racismo

Old Firm

Al principio no había mayor antagonista que el de la calle de enfrente. Y no existe antagonismo que se pueda comparar con el ‘Old Firm’. La rivalidad futbolística por excelencia es la de Glasgow. Católicos contra protestantes. Irlandeses contra unionistas. Odio, tensión religiosa e intimidación. El ‘Old Firm’ condiciona la vida cotidiana como ningún otro partido del mundo. Las diferencias no están en el balón, están en el pensamiento. Futbolísticamente los hay mejores, pero por intensidad un Celtic-Rangers solo es comparable a un Boca-River. Por condicionantes extradeportivos sólo un Barça-Madrid puede subírsele a las barbas. Pero es que un Madrid-Barça no es un derbi.

La palabra ‘derby’ (castellanizado a derbi y aceptado por la Real Academia Española de la Lengua) da nombre a una carrera de caballos considerada como la decisiva en una competición. Su uso data de finales del siglo XVIII y no se sabe bien como medio siglo más tarde era usado como sinónimo de una competición deportiva entre clubes de una misma ciudad.

Este detalle es importante. No existe el derbi gallego ni el derbi vasco. Un derbi no enfrenta a regiones ni a ciudades rivales. La acepción correcta sólo debe usarse cuando compiten dos equipos de la misma villa. Si nos paramos a pensarlo veremos que tiene toda lógica. El concepto de hincha visitante no se popularizó hasta bien entrado el siglo XX, cuando la mejora de la comunicaciones y el adelanto de las condiciones laborales de los trabajadores permitió que los aficionados se desplazaran a otras ciudades.

Atravesada por el río Clyde de este a oeste, Glasgow es una ciudad con dos partes bien diferenciadas. Al suroeste de los meandros del río se instalaron los protestantes. Al noreste se creó el barrio católico. Todos nacieron de la miseria y buscaron en Glasgow olvidarse de ella. Pero los del noroeste eran los campeones de la indigencia. La mayoría eran inmigrantes irlandeses que huían de la gran hambruna de la patata que azotó a la isla de San Patricio a mediados del siglo XIX. Los más atrevidos y los que menos tenían que perder iniciaron una aventura en Estados Unidos. Los más comedidos escogieron la escocesa y compasiva Glasgow por delante de la hostil e inglesa Londres.

Próspero durante el siglo XIX gracias al transporte fluvial de mercancías, el puerto de Glasgow es el único de Escocia que está resguardado de los vientos del Mar del Norte. El clima en Glasgow es mucho más agradable que en el resto del país gracias a las corrientes cálidas del estuario del Clyde y a las montañas que protegen el sur de la ciudad. Glasgow presume de universidad de primer nivel, de una fabulosa arquitectura victoriana y es lugar de peregrinaje en el arte grafitero. Y sin embargo no es buen lugar para vivir. Tiene uno de los menores índices de esperanza de vida del Reino Unido y unos cuantos barrios conflictivos. Vivir en Glasgow y transitar por sus anchas avenidas bajo un cielo plomizo es sinónimo de obesidad, depresión, drogas y alcohol.

Los sociólogos consideran que es un fenómeno reciente. Con la desindustrialización, miles de personas que trabajaban en astilleros y fábricas quedaron sin trabajo. Las grandes compañías daban al trabajador una identidad cultural y grupal que el nuevo sector de servicios es incapaz de igualar. Si bien el área metropolitana de Glasgow cuenta con cerca de millón y medio de habitantes, la ciudad tiene hoy unos 600.000 cuando poco después de la II Guerra Mundial superaba el millón. Se ha disipado el orgullo y Glasgow ha perdido buena parte de su tradición cultural.

En ese punto está también el fútbol. Celtic y Rangers fueron hasta los años 80 del siglo pasado dos grandes del balompié mundial y orgullo de Escocia. La globalización e internacionalización del deporte menguaron el atractivo de un país pequeño y poco acogedor para el futbolista, y con ello descendió el nivel de los equipos escoceses. Este declive también ha afectado en el día a día del ciudadano. Y por ello el ‘Old Firm’ es aún más importante que en tiempos pasados. Es la única vez en todo el año en el que Glasgow vuelve a estar en el centro del mundo.

Desde 1888 se ha desarrollado una rivalidad que no sólo es futbolística, también identitaria, religiosa y cultural. Ese año se jugó el primer ‘Old Firm’ con victoria del Celtic por 5-2. Hoy, 132 años más tarde, aún se aprecian mayor cantidad de rubios y pelirrojos en las gradas de Celtic Park que en las del Ibrox Stadium.

El Celtic fue fundado como club católico en 1887 por el padre Walfrid en la Iglesia de los Maristas. Su idea era crear un club de fútbol que entretuviese a los adolescentes y los alejase del vandalismo, y al mismo tiempo recaudar dinero para los niños huérfanos de la ciudad. Los de rayas blancas y verdes juegan desde 1892 en Celtic Park, el estadio más grande de Escocia. El primer césped que se plantó contaba con una mata de tréboles para recordar su influencia irlandesa. Permanece inamovible en su ubicación en un precioso parque al noreste de la ciudad, a pesar de las profundas remodelaciones que ha sufrido a lo largo del tiempo.

El Rangers fue fundado en 1872 en la otra punta de la ciudad por los hermanos McNeil. Conocidos como los puritanos, tomaron su nombre y su color azul de un equipo de rugby inglés considerado el mejor del momento. Juegan desde 1899 en Ibrox Park, al suroeste de Glasgow. Aunque el estadio ha sufrido sucesivas remodelaciones, continúa manteniendo su característica grada principal de ladrillo victoriano creada por Archibald Leitch, el arquitecto que nos legó la mística del fútbol inglés en estadios de dos alturas de estilo industrial como Old Trafford, Anfield o Highbury.

En las gradas de Celtic Park ondean banderas irlandesas e insignias del IRA. Los ultras del Celtic están hermanados con aficiones de izquierdas como las del Liverpool, hasta el punto de tomar como propio el famoso himno ‘You’ll never walk alone’. Los hinchas del Rangers portan símbolos del Reino Unido como ‘The Union Jack’ y están hermanados con los ultras del Chelsea. De este modo en el ‘Old Firm’ no se ve ninguna bandera escocesa en el estadio. Para eso hay que ir a Hampden Park.

La inquina entre los enemigos es tal que la selección escocesa juega sus encuentros en Hampden Park, uno de los estadios más legendarios para cualquier amante del fútbol. El estadio es casa del Queen’s Park, el club más antiguo de Escocia y que aún hoy se mantiene como amateur por convicción, a pesar de competir en ligas profesionales. Hampden Park se encuentra al sur de la ciudad, formando un perfecto triángulo con Celtic Park e Ibrox Stadium. La distancia entre los tres coliseos es prácticamente similar en un ejercicio de equilibrismo para satisfacción y calma de todos los fanáticos.

Aunque Celtic y Rangers disputaron el primer ‘Old Firm’ en 1888 el nombre data de unos cuantos años más tarde. En 1909, en una final de Copa, el partido entre ambos terminó en empate y, como entonces no había ni penaltis ni prórroga, se pasó a un segundo partido. Dicho encuentro transcurría por los mismos derroteros, por lo que las aficiones de Celtic y Rangers invadieron Hampden Park indignados por lo que consideraban un amaño. Hubo que suspender el choque y el título quedó desierto. El periódico ‘The scottish referee’ denominó el derbi escocés como ‘The old firm of Rangers-Celtic Ltd’ (Antigua empresa del Rangers-Celtic S.L.) por la sospecha de que los partidos importantes estaban arreglados desde siempre para que se repitiesen y así generar una nueva taquilla. Desde entonces al choque se le conoce como ‘Old Firm’ (Vieja Empresa).

Y lo cierto es que, aunque el odio que se profesan es atroz, en pleno siglo XXI siguen usando el ‘Old Firm’ en contra del resto de clubes escoceses. Ambos se benefician económicamente de la rivalidad que se profesan. Negocian juntos los patrocinios, los derechos de televisión e incluso han pedido conjuntamente ingresar en la Premier inglesa. Y habitualmente han compartido patrocinador, porque ninguna empresa es tan inconsciente como para invertir el dinero en uno generando inquina en los seguidores del otro.

El ‘Old Firm’ ha sido lugar de múltiples desgracias. En 1931, durante un encuentro entre Celtic y Rangers, John Thomson y Sam English fueron a por el balón al mismo tiempo y la rodilla de English chocó con la cabeza de Thomson. Éste, portero del Celtic de 22 años, salió peor parado y acabó con una fractura de cráneo falleciendo horas más tarde en el hospital. Hoy una canción en honor de Thomson es tarareada en todos los partidos del Celtic. Célebre por violenta también es la final de Copa de 1980 en la que el Celtic consiguió el título con un gol en el descuento originando una celebración por el título que acabó en una batalla campal en el césped de Hampden Park. Pero el ‘Old Firm’ más popular por aciago fue el disputado en Ibrox en 1971. Una avalancha de espectadores, también causada por un gol de última hora aunque en este caso del Rangers, acabó con 66 fallecidos, muchos de ellos menores. El siniestro provocó una remodelación de Ibrox que lo convirtió en uno de los primeros estadios del mundo con medidas de escape y de seguridad. 

Aunque la mayoría de los astilleros de Glasgow tenían vetada la presencia de trabajadores católicos, la convivencia entre los forofos de las dos religiones se mantuvo en calma hasta la década de 1920. Tras un trágico proceso que duró seis años (1916-1922) Irlanda obtuvo su independencia. Es entonces cuando en Glasgow la mayoría protestante comienza a hostilizar a la minoría católica, iniciando una inquina entre ambas comunidades que aún no ha sido resuelta.

La ferocidad de la rivalidad hace difícil que un jugador pueda defender los colores de las dos escuadras. Se cuentan con los dedos de las manos los futbolistas que han militado en los dos equipos a lo largo de la historia. Con la aprobación de la ley Bosman todo ha cambiado y los mercados a los que pueden acceder ambos conjuntos son enormes, pero hasta 1995 el mercado principal era el nacional. El caso más desgarrador para ambas aficiones fue el de Mo Johnston. Graeme Souness, técnico del Rangers, solicitó a la directiva el fichaje de Johnston, un fenomenal delantero internacional con Escocia que jugaba en la liga francesa pero que había triunfado años atrás en las filas del Celtic. Mo Johnston, además de ex estrella del Celtic, era católico, y se convirtió en el primero de ellos que jugó en el Rangers en más de medio siglo. De este modo Mo Johnston pasó a ser un traidor para la afición del Celtic, pero tampoco fue aceptado por la del Rangers. Muchos aficionados protestantes quemaron su camiseta y su abono de temporada hasta que en un ‘Old Firm’ jugado meses más tarde Johnston pasaría a ser amado por la afición del Rangers al anotar el gol de la victoria.

Y es que el Celtic representa a los irlandeses, católicos, republicanos y en menor medida a las izquierdas y a los trabajadores. El Rangers es el equipo de los protestantes, de los partidarios de la unión del Imperio Británico, de los monárquicos y de forma más rehusada de las derechas y de los burgueses. Celtic y Rangers son instituciones preponderantes en la vida escocesa con un grado de significación social y cultural inimaginable en cualquier otro club de fútbol del mundo. La rivalidad se cierne en una serie de conflictos políticos y en una competencia sectaria y en ocasiones racista y violenta. 

El Rangers puede presumir de ser el club de fútbol con más ligas (54) no sólo en Escocia sino en que cualquier otra liga en el mundo, si bien es cierto que con una condena en ese historial. El Rangers tuvo que refundarse en 2012 al caer en bancarrota. Desde entonces, el nuevo Rangers, aún no sabe lo que es un título liguero. La caída en desgracia de los protestantes será ‘in secula seculorum’ motivo de júbilo para los católicos, con menos ligas (50) pero que son el único club escocés triunfante en una Copa de Europa (1967). Además, para el sempiterno orgullo Celtic, su victoria ante el Inter (2-1) se logró con un once inicial de jugadores nacidos en Glasgow o en sus alrededores.

“Hay gente que insiste en que otras rivalidades futbolísticas pueden generar tanta intensidad como los choques entre Rangers y Celtic. Creedme, no hay nada comparable”. Alex Ferguson,  nacido en Glasgow, y uno de los entrenadores más exitosos de todos los tiempos dirigiendo al Manchester United.

P.D: Había decidido escribir sobre el ‘Old Firm’ porque era el único evento deportivo que quedaba en pie para este fin de semana. Se iba a jugar este domingo, pero escasamente un par de horas antes de publicar este artículo, el ‘Old Firm’ era suspendido hasta nueva orden.

En las próximas semanas seguiré hablando de deporte, aunque el deporte permanezca parado. Porque el deporte no es más que algo secundario. El puñetero coronavirus, que aún estamos empezando a sufrir, nos deja de momento dos reflexiones. La primera la importancia de la libertad. Nos podemos empeñar en obtener reconocimiento social y laboral, pero el bien más preciado de un ser humano es su libertad. El segundo es la salud. Este blog nada a contracorriente. Pone el ojo en el pasado. Cuenta historias, anécdotas y describe el porqué de las cosas, o lo intenta, de forma pausada y amena a través de la palabra. Nada a contracorriente porque el siglo XXI es el siglo de la inmediatez, del futuro, de la imagen y de la tecnología. El coronavirus nos recuerda que no somos dioses. Somos simples, insignificantes y frágiles seres humanos. Como siempre hemos sido y como siempre seremos, por muy rápido que queramos avanzar.

“Cuando las expectativas de uno se reducen a cero, uno aprecia realmente todo lo que tiene.” Stephen Hawking.

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Leña al moro

Los 1.500 metros conforman junto a los 100 metros lisos y el maratón la santísima trinidad del atletismo. Durante poco más de tres minutos y medio (cuatro en el caso de las mujeres) se recorre kilómetro y medio en una combinación casi perfecta entre resistencia y velocidad. En España es una prueba fetiche desde que en la década de los 80 del siglo pasado José Luís González y José Manuel Abascal se acostumbraran a ganar medallas en competiciones internacionales. Al llegar los 90 el boom de los 1.500 llegaría a su cénit con Fermín Cacho y, en menor medida, con Reyes Estévez.

Cuando en 1997 tiene lugar el Mundial de Atletismo en Atenas, la delegación española tiene en el maratón y en los 1.500 sus mayores esperanzas para lograr la victoria. En la prueba de los 42 kilómetros y 195 metros Abel Antón conseguirá la medalla de oro y Martín Fiz la de plata. Para los 1.500 el problema para Fermín Cacho es Hicham El Guerrouj.

Hicham El Guerrouj, marroquí de 23 años, era en esos momentos la estrella de los 1.500. Al año siguiente batiría el récord del mundo con una marca perfecta de 3:26.00, pero aún entonces le faltaba asaltar un gran campeonato. En los Juegos Olímpicos de Atlanta era uno de los favoritos, pero un inoportuno tropezón a mitad de carrera lo dejó fuera de la lucha por las medallas.

Por su parte Fermín Cacho, de 28 años, había sido plata en los citados Juegos y el héroe español en los de 1992 de Barcelona al conseguir el oro en una carrera memorable. Por experiencia y frialdad debía lograr el oro mundial para añadir a un palmarés en el que ya tenía el olímpico y el europeo.

El tercero en discordia era Nouredinne Morceli. Argelino, de 27 años, era el vigente campeón olímpico y llevaba tres títulos mundiales consecutivos. Era el favorito por status, pero esa temporada ya había dado muestra de un acusado declive.

Y el tapado y gran promesa era Reyes Estévez. Con 21 años recién cumplidos había deslumbrado en categoría juvenil y estaba considerado el sucesor de Fermín Cacho. Aunque se confiaba en que alcanzase su cénit para el Mundial que se tendría que celebrar en Sevilla un par de años más tarde, para gran parte de la prensa especializada era el gran secreto de aquel Mundial de Atenas.

La carrera se iba a celebrar el miércoles 6 de agosto de 1997 en horario de máxima audiencia televisiva. Era verano, aún no había comenzado la Liga de fútbol, y el diario ‘Marca’, el más leído en España, decide ocupar toda su portada con Cacho y Estévez al pie de la Acrópolis ateniense mientras se abrazan y sonríen haciendo el símbolo de la victoria.

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Toma ya.

Moro. Leña al moro.

Hoy subnormal, maricón, moro, negro, zorra y expresiones similares están siendo relegadas a la privacidad de las reuniones de amigos y a la intimidad de los grupos de whatsapps. Hace 25 años aún era políticamente correcto decir ciertas expresiones. A decir verdad poca gente se escandalizó. Hubo un artículo bastante comentado de Hermann Tertsch en ‘El País’ y poco más. Después la risa, el chascarrillo y el silencio.

En aquel artículo Tertsch afirmaba que “el deporte siempre ha sido utilizado para aunar voluntades y exaltar identidades. Es comprensible y hasta legítima esa emoción. Lo que no parece legítimo y es zafio, grotesco y peligroso es instigar a despreciar y a odiar al contrario. Y son intolerables los llamamientos que implican violencia aunque sea en forma de metáforas de supuesto ingenio como ‘Leña al moro’ (…) Los autores de este disparate deben haberse sentido inmensamente ingeniosos. El entusiasmo ante semejante hallazgo para arengar a la clientela patria no les habrá dejado ver que es un titular perfectamente asumible por cualquier revista neonazi prohibida por agitación e incitación al odio racial”.

Tertsch (de padre austríaco y madre española) era entonces subdirector de ‘El País’ tras una guerrillera juventud en las filas del Partido Comunista. Hoy es eurodiputado por Vox y colaborador habitual en ‘Esradio’ y ‘13 televisión’.

Curioso.

Si optamos por ser académicos, es de justicia aclarar que no hay negatividad por llamar a alguien moro. Puede o no puede tener connotaciones peyorativas. Moro es todo habitante del norte de África. Lo que se conoce como Magreb, y que comprende entre otros a marroquís y argelinos. El nombre viene de la Antigüedad, pues moros fueron llamados por los romanos los habitantes de Mauritania. Y moros también eran calificados los pobladores de España en la época de Al-Andalus.

Aunque como San Jorge y el dragón o San Miguel y el diablo Santiago se dedicaba en el medievo a matar moros, el término peyorativo data de los estudios etnográficos del siglo XIX, cuando moro pasa a ser sinónimo de tez negra y de raza inferior. Es entonces cuando desde España, y desde otros países, el vocablo moro pasa a usarse, en la inmensa mayoría de los casos, de forma despectiva.

Total, que allí nos pegamos a la tele para ver cómo se daba leña al moro. Y como suele pasar en estos casos, la bravuconada no surtió efecto.

Fue una carrera lenta como mandan los cánones de las grandes citas, hasta que a mitad de recorrido Reyes Estévez decidió ponerse en cabeza. Joven y de frondoso pelo, Estévez no se parecía en nada al alopécico atleta de años posteriores. Poco antes de llegar a la última vuelta, al paso por la curva, El Guerrouj decidió que ya estaba bien de ir andando y que tocaba correr un poco. El marroquí subió el ritmo y empezaron a acumularse los cadáveres.

Al sonar la campana para los últimos 400 metros El Guerrouj iba primero con un ritmo infernal, seguido de Morceli y Cacho por este orden, mientras que Estévez había caído a la quinta plaza. A través de ese estilo tan alegre y cautivador que lo hizo famoso, El Guerrouj fue poco a poco aumentando la distancia mientras que Cacho atacaba a Morceli por fuera para alcanzar el segundo puesto. La sorpresa tendría lugar escasos segundos más tarde cuando un desfondado Morceli era batido en la línea de meta por Estévez que se alzaba con la medalla de bronce.

Después de arrodillarse y besar el suelo como siempre hacía tras cada victoria, Hicham El Guerrouj se ponía la bandera marroquí como capa y daba la vuelta al estadio para celebrar su título mundial con una marca de 3:35.83.

Todos esperamos con ansía la portada de ‘Marca’ del día siguiente. Y si la de ‘Leña al moro’ había causado sensación, ésta tampoco iba a pasar desapercibida.

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‘Moro, plata, bronce’. Leña al moro 2.0.

Esta vez, y ya que no hubo victoria, el fútbol volvió a ocupar el espacio principal, pero en todo el ancho de página y ocupando las cinco columnas estaba ese ‘ingenioso’ juego de palabras que sustituía el vocablo oro por la palabra moro.

Hoy en día aquellas portadas forman parte del baúl de los desastres del periodismo español. O si queremos abrir el foco, del español. Sin más adjetivos. Esa era la España de los 90, ni mejor ni peor, profundamente distinta. Hoy es inaceptable, de aquella no lo era.

“Los moros, no es beber lo que les interesa, sino darse por culo. Está prohibido beber en su religión, por lo visto, pero darse por el culo no”. Louis-Ferdinand Céline, escritor francés considerado uno de los mejores novelistas del siglo XX.

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Jim Thorpe: Un camino iluminado por un gran relámpago

Tras lograr las medallas de oro en las pruebas de decatlón y de pentatlón con unas marcas cósmicas en los Juegos Olímpicos de Estocolmo de 1912, Jim Thorpe se preparó para recibir sendas distinciones olímpicas de manos del rey Gustavo V de Suecia. El monarca, admirado por unos registros que perdurarían durante casi dos décadas, se acercó a aquel piel roja mientras le daba la presea y le espetó: “Usted, señor, es el atleta más grande del mundo”. En 1912 un rey era un rey, pero a Jim Thorpe pareció no importarle en demasía. Se encogió de hombros y contestó con un lacónico “gracias rey”. Cuando un par de semanas después un desfile de miles de personas recorra la Quinta Avenida de Nueva York y Broadway para honrarle, Jim Thorpe sólo acertará a señalar, sin darle la menor importancia al hecho; “Oí a la gente gritar mi nombre y no podía entender cómo una sola persona podía tener tantos amigos”.

Aquel hombre, a la vez tan admirado y tan sencillo, acabaría sus días en la indigencia y feneciendo en el más absoluto olvido.

Jacobus Franciscus ‘Jim’ Thorpe nació en 1888 en una reserva india del estado de Oklahoma. Su raíces serían motivo de escarnio para Donald Trump. Su padre era hijo de un irlandés y de un piel roja. Su madre era hija de un francés y de un indio potawatomi. Aunque le inculcaron la fe católica, Jim fue obligado a cursar sus estudios en la Carlisle School, un programa escolar creado por el Senado norteamericano para ‘civilizar’ a la nación india y que estuvo en funcionamiento hasta 1918. Allí el niño Thorpe era conocido como ‘Wa-tho-huk’, que podríamos traducir como ‘un camino iluminado por un gran relámpago’.

Y un relámpago es lo que era Jim Thorpe. Pasó su niñez pescando, cazando y cultivando con sus propias manos y cuando llegó a la adolescencia era un fornido chaval capaz de destacar en cualquier deporte. Huérfano de padre y madre antes de llegar a la veintena, probó con éxito en el beisbol y en el fútbol americano, hasta que se decantó por el atletismo. Así, con 24 años, adquirirá la gloria olímpica en Suecia. Y apenas unas semanas después de su fastuoso recibimiento en Nueva York se casará con Iva Millar, su amor de juventud.

Todo marchaba sobre ruedas, pero al poco de comenzar 1913 una investigación periodística descubre que Thorpe había cobrado un sueldo por jugar una liga de verano con un club de béisbol. Por entonces los atletas que acudían a los JJ.OO debían de ser amateurs, con lo que estaba penalizado el cobro de cualquier cantidad económica por hacer deporte. En la práctica la gran mayoría de atletas cobraban, ya fuese falsificando su nombre o bien aceptando un trabajo como mera formalidad con el que poder justificar los ingresos percibidos bajo cuerda. Jim Thorpe, un hombre casi analfabeto, pecó de ignorante y ni supo ni quiso defenderse de tales acusaciones. El Comité Olímpico Internacional le retiró sus medallas y la prensa estadounidense tiro de racismo para enfangar su legado.

Tocado, pero no hundido, Jim decidió dedicarse profesionalmente al fútbol americano y aparcar sus sueños olímpicos. Jugó en los New York Giants donde acumuló honores y grandes sumas de dinero que malgastó en tres matrimonios y múltiples desgracias familiares. Como hombre era un despojo, pero el reconocimiento de sus colegas de profesión permanecía intacto. Sus dos medallas de oro permanecieron recluidas en una caja fuerte en la sede central del COI de Lausana porque Ferdinand Bie y Hugo Wieslander, los segundos clasificados en Estocolmo, se negaron a aceptar aquellas preseas ante el fuerte respeto que sentían hacía Jim Thorpe.

En sus últimos años en los Giants apenas jugará víctima de sus abusos con el alcohol y cuando en 1926 se retire lo hará con una gran cantidad de deudas a sus espaldas. Sin el salvavidas del deporte la vida de Jim se hundirá por completo. Hacía años que su vida personal estaba rota. Desde que su hijo mayor falleciese al poco de nacer, Jim se había convertido en un alcohólico empedernido. Se divorcia de su primera esposa que le acusará de abandono del hogar y se casará en segundas nupcias con una mujer que le dilapidará todo su dinero.

Los pocos ahorros que le quedaban se esfumarán por culpa del crack bursátil de 1929 y a partir de ahí Jim Thorpe tendrá que malvivir para sostener a tres mujeres (reincidirá y volverá a pasar por la vicaría) y a siete hijos. Trabajó como albañil, estibador, portero de discoteca, guardia de seguridad y hasta de indio en varias películas de Hollywood. Pero es inútil. Los trabajos duran poco y el dinero se esfuma día tras día tras la barra de un bar.

Olvidado por el gran público, en 1950 salta la noticia de su hospitalización por culpa de un cáncer. Se descubre que vive con su tercera mujer en una caravana, deambulando de un lado a otro de Estados Unidos y presumiendo de ser un jefe indio. Al año siguiente Burt Lancaster protagonizará ‘Jim Thorpe. All-American’, una película que arrasará en taquilla pero por la que Jim no percibe ningún dólar. En 1931 había sido engatusado por un directivo de la Metro para que le cediera los derechos de su vida para el cine, por lo que no obtuvo beneficio alguno del éxito de la película. Cuando se corre la voz de su desgracia comienza una campaña pública para su socorro y afloran las donaciones públicas para ayudar al bueno de Jim. Recauda el dinero necesario para la operación, tiene un golpe de suerte y logra tumbar al cáncer pero el calor del público se desvanece y Thorpe retoma sus costumbres ebrias. Rodeado de sus siete hijos y de su tercera esposa instala su caravana en California donde, entre golpe y golpe de whisky, fallecerá en 1953 víctima de un ataque cardiaco.

No sería hasta 1982 cuando el COI restituya el honor de Jim Thorpe y Juan Antonio Samaranch haga entrega a sus herederos de las dos medallas de oro que le fueron birladas. Años más tarde, en 1999, serían los Estados Unidos los que devolverían el honor a Thorpe y a los piel rojas al considerarlo el tercer mejor deportista de la historia del país, tan sólo por detrás de Babe Ruth y de Michael Jordan. Pocos se acordaban entonces que ya había sido elegido el mejor deportista americano del primer cuarto de siglo y en 1950 el mejor de la primera mitad de la centuria.

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El nazi bueno (2ª parte)

Bert (en realidad se llamaba Bernhard Carl) firma por el City en el verano de 1949. La prensa inglesa está encolerizada y la gente de Manchester se echa a la calle reclamando que Bert Trautmann vuelva a Alemania. Se estima que unas 20.000 personas (50.000 según algunas fuentes) salen a protestar colapsando Maine Road, la calle que daba nombre al antiguo estadio del City, con gritos de ¡nazi! dedicados a Trautmann y de ¡criminales de guerra! a los miembros de la junta directiva. Los titulares de prensa del día siguiente no le iban a la zaga: “A los nazis hay que enviarlos a casa”, “El portero del Manchester City no quiere recordar nuestro dolor”, o mi favorito: “Buy kraut goalkepper with Iron Cross”, que se podría traducir por “Comprado portero bajo palos con una Cruz de Hierro”.

¿Por qué el City decide fichar a Trautmann? ¿Por razones humanitarias? Obviamente no. El Manchester City ficha a Trautmann porque era un buen portero. Un muy buen portero. Solo necesita un puñado de partidos para acallar a los hinchas del City. Lo que en un primer momento eran gritos de ¡nazi! cada vez que realizaba una parada pronto se convierten en rotundos aplausos.

A la aceptación del cancerbero alemán contribuyen notablemente dos figuras. El primero es Alexander Altmann, rabino de Manchester. Decide escribir mano a mano con Trautmann una carta abierta que publicará la prensa local. En ella, el paracaidista de Bremen pedirá perdón y argumentará que hizo “todo lo que le ordenaron como soldado”. Altmann aprovecha para dirigirse a la populosa comunidad judía del Gran Manchester con las siguientes palabras: “Bert es un joven decente. No seáis estúpidos. No podemos castigar a un alemán en concreto por aquello que haya hecho un país. Dejemos que demuestre si es un buen portero y luego ya veremos”.

Pero más notables aún fueron las escuetas pero concretas palabras de Eric Westwood. Capitán del Manchester City y veterano del desembarco de Normandía, sólo necesito un par de partidos para comprobar que Trautmann ya no era un nazi. Ni siquiera era un soldado. Tampoco era un prisionero de guerra. Ya ni siquiera era alemán. Tan sólo era un futbolista. “No existen las guerras en este vestuario”, soltó Westwood ante la prensa. Ya no hubo más discusiones. Nadie más en Maine Road volvió a llamar nazi a Trautmann.

No ocurría así en terreno visitante. Después de 15 años en el City a Trautmann aún seguían llamándole nazi a lo largo y ancho de Inglaterra. Pero cuanto más hostil era el recibimiento, mejor era la actuación del meta alemán. En un partido en Londres contra el Fulham los pitos y los insultos de comienzo del encuentro se convirtieron en aplausos tras una exhibición de bravura y de valía personal. Bob Wilson, portero del Arsenal en la década de los 60 y los 70, contaba como de pequeño su ídolo era Bert Trautmann. Tanto su padre como sus dos hermanos mayores habían muerto en la guerra y en casa le recriminaban taxativamente que no podía admirar a un nazi. Pero su fascinación ante Trautmann era tal que no lo podía remediar. Wilson cuenta que la valentía del alemán, al borde de la temeridad, su templanza, su espectacularidad y su eterna compostura ante los continuos insultos recibidos, eran para él pura seducción.

En su primer partido con el equipo de reservas del City acudieron casi 27.000 personas. Trautmann comentaría años más tarde que había escogido Manchester porque le explicaron que cuanto más al norte de Inglaterra residiera mejor le aceptaría la gente. La realidad es que era el payaso del circo y el mono del zoo. Con el City vivirá dos descensos a segunda división pero la gloria a mediados de los 50. En esos años junto a Trautmann aparecerá el centrocampista Roy Paul y el delantero Don Revie, más tarde afamado entrenador y seleccionador inglés.

Con todos ellos a bordo el Manchester City se clasifica para la final de la FA Cup de 1955 ante el Newcastle. Es la primera vez que un alemán juega la final copera de Wembley y por supuesto es también la primera vez que lo hace delante de la reina Isabel II. ‘Pecata minuta’ en 2019 pero cacareada agitación en 1955. El City pierde por 1-3, pero se vuelve a clasificar para la final de 1956, en este caso ante el Birmingham City.

Y es en aquella final disputada el 5 de mayo de 1956 cuando Bert Trautmann se ganará para siempre el corazón de todos los seguidores del City y el respeto y la admiración de todos los aficionados ingleses.

A falta de 20 minutos para el final del partido el Manchester City ganaba por un claro 3-1. Entonces, un centro al área del Birmingham se queda corto. A por el balón se lanzará a tumba abierta Trautmann y a la carrera el delantero rival Peter Murphy. Los dos jugadores llegan al mismo tiempo y la rodilla de Murphy impacta en la base del cráneo del portero. Durante unos agónicos minutos Trautmann es asistido por el personal médico. Está inconsciente, aunque rápidamente se despierta. Las imágenes muestran cómo se levanta tambaleándose y con el cuello torcido hacia su izquierda. En 1956 no existían los cambios, por lo que si Trautmann se retira lesionado un jugador de campo tendría que colocarse bajo palos y el City afrontar los minutos finales del partido en inferioridad numérica.

No está en condiciones médicas para jugar. Pero Trautmann va a seguir jugando.

Trautmann nunca supo que ocurrió en esos últimos 20 minutos. Jamás recordó nada. Sólo resuena una neblina y unos cuantos sonidos en lo más profundo de su memoria. El caso es que consciente o inconscientemente realiza cuatro paradas espectaculares y un par de salidas suicidas que salvan al City y que permiten a los de Manchester alzarse con el título copero.

Por la noche, antes de la cena de gala para celebrar la victoria, Trautmann acude a un hospital de Londres donde le dicen que tiene un simple calambre y que en un par de días estará recuperado.

Al día siguiente una multitud de ‘citizens’ corea su nombre frente al ayuntamiento de Manchester. Él sonríe desde el palco con la cabeza torcida hacía un lado. Ese mismo año es designado mejor jugador de la liga, la primera vez que un portero recibe la mención y, por supuesto, la primera vez que un alemán recibe tal distinción. Días después un amigo le obliga a ir al hospital y se revelará su locura. La primera vértebra lumbar se había roto y su tercera vértebra estaba montada sobre la segunda debido al impacto recibido en el cuello el día de la final. Según le explica un médico ese golpe de azar evitó la rotura del cuello y su muerte en aquel mismo instante.

Durante las siguientes tres semanas estará totalmente inmovilizado sobre una plancha de madera. Tardará otros siete meses en volver a jugar al fútbol y durante la convalecencia sufrirá la pérdida de su segundo hijo (el primero reconocido) víctima de un atropello a los cinco años de edad. Esa pérdida hará que su matrimonio se termine años más tarde y que, sin hijo y sin esposa, Bert Trautmann decida conocer a su hija ilegítima fruto de aquella relación navideña en el campo de prisioneros de 1946.

En la vida de Trautmann no existen las medias tintas.

Bert Trautmann se retiró en 1964 tras 545 partidos oficiales con el Manchester City. Luego se convirtió en entrenador de las categorías inferiores de la selección alemana y más tarde de la inglesa. También dirigió a selecciones tan dispares como Birmania, Tanzania o Pakistán, hasta que a mediados de los 80 descubre el sol de la costa de Castellón y decide instalarse en el pueblo pesquero de Almenara hasta su muerte en 2013.

En 1964 su partido de homenaje reunió en el mismo equipo al City y al United en un combinado de Manchester que se enfrentó a la selección inglesa. Y medio siglo después, ya con 91 años a sus espaldas, la Reina Isabel II lo distinguió como Oficial del Imperio Británico en una ceremonia celebrada en Berlín. Años antes, el City había inaugurado una estatua en la memoria de un hombre que vivió dos vidas. Un hombre que pasó de enemigo a amigo. Un nazi bueno.

Bert Trautmann: “Me considero más inglés que alemán. Mi educación comenzó después de la guerra. Hasta ese momento yo no había tenido capacidad para decidir. Ellos me aceptaron. Mi verdadera educación comenzó a los 22 años en Inglaterra cuando aprendí sobre humanidad, tolerancia y perdón. Me preguntaban si había matado gente. Los muertos no se ven. En la guerra sólo ves sombras en el horizonte, figuras que corren. Y tú te defiendes, porque si no lo haces te disparan y te matan”.

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El nazi bueno (1ª parte)

Antes, mucho antes, de Robinho, Tévez, Agüero, Gündogan, Silva o De Bruyne, el Manchester City era un paria. Un club modesto, a caballo entre la primera y la segunda categoría del fútbol inglés y siempre a la sombra de los diablos rojos del United. Tuvo sus años de gloria a finales de los 60 cuando conquistó la Premier de forma sorpresiva, pero la historia del club tiene más sombras que luces. Y, a pesar de todo ello, para todo buen hincha ‘citizen’ por muchos títulos y por muchas estrellas que los petrodólares se encarguen de llevar a orillas del río Mersey no habrá nunca un futbolista más admirado que Bert Trautmann, el nazi bueno.

En 1949 el Manchester City necesitaba un portero. Frank Swift, el cancerbero del club en el último lustro, se acababa de retirar y aunque estaban convencidos de que el elegido era mucho mejor que él, los directivos del City dudaban de que fuese aceptado por la afición. Bert Trautmann era un excepcional portero que llevaba varios meses destacando en el fútbol regional pero que aún no había dado el paso al profesionalismo. Y no por culpa de sus aptitudes, a ojos de todos excepcionales, sino por culpa de su pasaporte.

Trautmann era alemán. Era un soldado alemán. Un sargento de la Luftwaffe. Bert Trautmann se iba a convertir en el primer teutón que jugaría en la liga inglesa. En el primer alemán que iba a disputar la FA Cup, la competición de fútbol más antigua del mundo. Y todo ello apenas un puñado de años después del fin de la II Guerra Mundial.

Bert Trautmann nació en Bremen en 1923, días antes del golpe de Estado fallido conjeturado por Hitler y otros gerifaltes del partido nazi en una cervecería de Münich. Como todo chiquillo alemán de raza aria, Bert era un niño alto, fornido y rubio. Y como tantos otros niños altos, fornidos y rubios creció mamando la propaganda nazi, pasó su pubertad en los campamentos organizados por las Juventudes Hitlerianas y cuando la guerra estalló en 1939, y con apenas 16 años de edad, corrió a alistarse como voluntario para defender el Reich de los 1.000 años.

Trautmann había pasado una difícil infancia. Sus padres no tenían trabajo y él vivía de pedir en la calle y de los alimentos que le daban en los comedores comunitarios. Con apenas 10 años ya se unió a las Juventudes Hitlerianas, donde le proporcionaban comida, le enseñaron el oficio de mecánico y, sobretodo, le devolvieron la dignidad. Es fácil comprender como aquel chaval de 16 años estaba dispuesto a dar su vida por Alemania y por su Führer.

Intentó alistarse en la sección de inteligencia. Su idea era convertirse en operador de radio, pero suspendió el examen para intérprete de código morse. Finalmente fue reclutado por la Luftwaffe como paracaidista. Los ‘fallschirmjager’ eran unidades de élite, fuertemente nazificadas y claves para la ofensiva nazi. Los alemanes fueron los primeros que crearon unidades específicas de paracaidistas para asaltar las líneas enemigas, cortar comunicaciones y crear el caos en la retaguardia del enemigo. Los ‘fallschirmjager’ eran muy respetados en el campo de batalla y estaban armados con el fusil de asalto FG 42, un arma de combate ligera y plegable, sin paragón por entonces.

Tras un arduo entrenamiento Trautmann fue enviado a la Polonia ocupada, hasta que en el verano de 1941 fue movilizado para iniciar la ofensiva alemana contra la URSS. Pasaría tres años combatiendo en el frente del Este siendo uno de los 90 supervivientes de una división aerotransportada conformada por 1.000 individuos. Trautmann es uno de los pocos afortunados que entró en la guerra en 1939 y salió indemne de sus garras en 1945.

Primero luchó en Crimea y más tarde fue enviado al frente de Moscú. Allí, durante la contraofensiva soviética, una granada le estalló en los pies e increíblemente no sufrió rasguño alguno. Era el invierno de 1942 y poco después fue capturado por los rusos. Dicen quienes lo conocieron que era un soldado entusiasta y eficiente y que mantenía la compostura incluso encerrado en un campo de trabajo. Su fidelidad a Alemania se mantenía por entonces inquebrantable. A los pocos meses de ser capturado fue enviado junto a otros presos a reasfaltar y adecentar una carretera que había sido demolida en el transcurso de los combates. Mientras estaba trabajando, un escuadrón de cazas de la Luftwaffe atacó a las posiciones más avanzadas del flanco soviético. Aprovechándose del caos originado, Trautmann consiguió escapar de su cautiverio y emprender una larga huida para regresar a territorio alemán. Con motivo de su hazaña fue galardonado con una Cruz de Hierro, una condecoración militar alemana de origen prusiano, y aún vigente en la actualidad, que es concedida por actos de gran valentía. Tan sólo fue una más de las cinco condecoraciones que Trautmann recibió en los años de contienda.

Tras unas semanas de descanso en Bremen volvería a Rusia donde alcanzaría el grado de sargento, hasta que en 1944 fue desplegado sobre Bélgica para tratar de ayudar a detener la ofensiva de los aliados tras el desembarco de Normandía. Pero por entonces su visión de la guerra ya había cambiado. En Bremen había comprobado como parte de su familia había muerto y como la otra malvivía. Había sufrido en sus carnes como su ciudad era víctima de bombardeos aliados continuos, algo que la propaganda nazi se había encargado de ocultar. Pero no sólo eso. Años más tarde confesaría lo orgulloso que se había sentido cuando había logrado escapar de los soviéticos. Pero también explicaría que su nazismo se había visto diezmado cuando advirtió como un comando de las SS aniquilaba a los habitantes de un pueblo ruso al completo y los enterraba en una fosa común. “Si no hubiese sido tan niño entonces creo que me hubiese suicidado”, se sinceraría en un profundo reportaje.

En diciembre de 1944 participó en la batalla de las Ardenas, la última ofensiva alemana de la guerra. La ofensiva fracasó y Trautmann nuevamente fue capturado, en esta ocasión por un comando francés. Nuevamente consiguió escapar, en esta oportunidad sin mayores dificultades, pero en esta ocasión no habría tiempo para descansar. El ejército alemán estaba a punto de colapsar y no se podía escatimar en personal. Trautmann fue enviado al frente de nuevo, esta vez a defender la frontera del Rin, el último reducto antes de que los enemigos entrasen en Alemania.

La noche del 7 al 8 de febrero de 1945 la aviación inglesa convirtió en escombros gran parte de la ciudad medieval de Cléveris. Entre los cascotes emergió Bert Trautmann tras tres largos días y tres largas noches inmóvil debajo de las ruinas. Sólo, aislado de su división, sin pertrechos ni comida, deambulaba vestido de uniforme camino de Bremen usando la persistencia como su único método para sobrevivir. Un par de días después fue sorprendido por un par de soldados norteamericanos mientras dormía en un granero. Consiguió zafarse de ambos, pero mientras escapaba corriendo campo a través tropezó. Al levantar la cabeza vio a un grupo de soldados ingleses que le espetaron: “¡Eh! Fritz (así es como los ingleses llamaban a todos los alemanes), ¿te apetece una taza de té?”. Y Trautmann definitivamente se rindió. Su guerra había acabado.

“Fue una liberación. Estaba cansado de escapar y de combatir. Todo cambiaba demasiado rápido y era imposible soportar aquella sensación de que en cualquier momento todo podía acabarse”, declararía Trautmann años más tarde.

Los aliados primero le enviaron a un campo de prisioneros situado en Bélgica y, al acabar la guerra, fue trasladado a Essex, al noreste de Londres. Existían tres categorías de reclusos. Los negros eran considerados nazis impenitentes, los reclusos grises eran considerados simpatizantes pero no militantes y los convictos con distintivo blanco eran aquellos soldados alemanes que se consideraban antinazis.

Trautmann fue catalogado como recluso de distintivo negro. Fue clasificado como un nazi peligroso.

Durante más de medio año fue sometido a un plan de desnazificación. Fue reeducado en los valores democráticos, fue sometido a sesiones de vídeo con imágenes de los campos de exterminio de judíos y, en definitiva, se le hizo partícipe de todas las atrocidades que los nazis perpetraron durante la guerra y que él se encargó de defender al vestir el uniforme del ejército alemán.

En el verano de 1946 fue recalificado como prisionero de distintivo gris y fue enviado a un campo de trabajo en Ashton-in-Makerfield, un pueblo a caballo entre Manchester y Liverpool. Allí se convierte en conductor de un camión de reparto entre granjas y se entremezcla con los pueblerinos en labores de intendencia como el arreglo de tendidos eléctricos, el levantamiento de puentes, el traslado de enseres o la retirada de bombas que quedaron sin estallar.

El director del campamento era un general escocés fanático del fútbol que tan pronto como pudo organizó un equipo para competir en las ligas locales. Trautmann no había jugado nunca al fútbol y es utilizado como defensa central. Fuerte, robusto y con 1’89 metros de altura se convierte en un central leñero. Pero el azar le tenía destinado otra aventura. El portero del equipo se lesiona y Trautmann es enviado bajo palos. Aquel central mostrenco y bruto se convertirá en un portero seguro, ágil y de gran colocación. El boca a boca pronto hará efecto y los partidos del domingo del equipo del campamento de prisioneros número 50 pronto serán seguidos por miles de curiosos.

En las navidades de 1946 Trautmann, al igual que otros presos, pasará la Navidad con una familia de la zona en un intento de normalizar una situación anómala. Es entonces cuando conoce a Marion Greenhall, una chica de un pueblo cercano que pronto se quedará embarazada. Bert Trautmann, ya con 23 años de edad, había matado a cientos de hombres pero aún no sabía lo que era el sexo. Cuando en 1947 el Gobierno inglés repatrie a los presos a su país de origen, Trautmann decide rechazar el ofrecimiento. En Bremen ya no tiene ni familia ni amigos. En Inglaterra tiene una nueva vida.

La buena voluntad le dura apenas un par de meses. Antes de que Marion dé a luz a una niña que llamará Frida, Trautmann escapará víctima del miedo y de la responsabilidad. Hoy parecerá extraño, pero en los años de posguerra los hijos de madre soltera fueron pan de cada día. Hasta los años 60 Frida no sabrá quién es su padre biológico y tuvo que esperar a 1990 para conocerlo.

Bert malvive trabajando en una granja hasta que en abril de 1948 el Saint Helens Town, un equipo de regional contra el que había jugado en alguna ocasión, le ofrece un puesto como portero y un empleo en la fábrica local. Trautmann acepta y con sus paradas consigue con rapidez que el St. Helens ascienda de categoría.

Antes de que termine la temporada 1948/49 sus actuaciones han llamado la atención del Manchester City. Es evidente que Trautmann es un portero de primer nivel, pero una cosa es que un prisionero de guerra, un alemán, juegue en un equipo semiamateur y otra es que salte a los campos de la primera división inglesa.

Pero esa será la historia de la próxima semana.

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Cuando el rugby convirtió a Sudáfrica en un país

La bandera de Sudáfrica tiene una forma un tanto singular. Está constituida por dos anchas bandas horizontales, la superior de color rojo y la inferior de color azul, separadas ambas por una tira central verde que remata en forma de y. La y griega está plasmada en negro y la separación entre colores está representada con unas estrechas franjas amarillas y blancas. En total la bandera de Sudáfrica consta de seis colores. Esta rareza colorida, única en el mundo, data de tan temprana fecha como 1994 y simboliza la unión de dos pueblos. El afrikáner blanco de origen neerlandés (blanco, azul y rojo) y el zulú negro de origen nativo (negro, amarillo y verde).

En abril de 1994 Nelson Mandela arrasó en las primeras elecciones libres celebradas en Sudáfrica tras el fin del apartheid. Era la primera vez que el 80% de la población podía votar. La primera vez que los negros podían votar. Y Mandela, el líder de la ANC (Congreso Nacional Africano), logró una amplia mayoría. La ANC quería venganza y muchos contemplaron así el resultado de las elecciones. Pero Mandela no lo veía así. A pesar de transitar medía vida en una celda, ‘Madiba’ sabía que para que la paz triunfase debía buscar la reconciliación de los sudafricanos. Por eso escudriñó una nueva bandera. Una insignia que no destruyese y sí que integrase. Por eso solicitó un nuevo himno que conviviese con el antiguo. Mandela, de 76 años, quería ser el padre de la nueva nación.

El problema es que su política de apaciguamiento no contentaba a nadie. Los sudafricanos blancos seguían controlando el ejército y las fuerzas de inteligencia, y pronto surgieron grupos paramilitares que acometieron diversos atentados para soliviantar al nuevo gobierno. Mientras, la ANC clamaba contra Mandela por mantener en sus puestos a los funcionarios blancos y grupos armados promovían el fin de la supremacía blanca. Mandela sabía que su ascendencia sobre los negros podría con todo y que si él pedía paz, tendría paz. Lo que no sabía era como ganarse el cariño de los blancos, y, sobretodo, como conseguir que blancos y negros conviviesen juntos. Como comentó años más tarde; “tuve que apelar a los sentimientos y dejar de lado a la razón”.

Meses más tarde, en el verano de 1995, Sudáfrica iba a albergar la Copa del Mundo del rugby. Era un acontecimiento extraordinario…para la población blanca. Los afrikáners son unos fanáticos del rugby. El equipo, que viste una camiseta verde, es conocido como los ‘springboks’ apelativo que emana de la gacela dorada que adorna el pecho de los jugadores. Durante los años del apartheid los ’springboks’ fueron excluidos de los eventos internacionales por lo que no pudieron acudir ni a la Copa del Mundo de 1987 ni a la de 1991. Era la primera vez que Sudáfrica iba a participar en un Mundial y lo haría en casa.

Para la población negra el rugby representaba el dolor, la angustia y la represión. Para ellos el rugby no era más que tipos, altos, rubios, vestidos con camiseta verde y pantalón caqui que pasaban el tiempo bebiendo cerveza y humillando a los negros. A ningún nativo le interesaba el rugby, por lo que se celebraban con júbilo las derrotas del equipo nacional. Todo adolescente zulú o xhosa admiraba a los ‘All Blacks’ de Nueva Zelanda, un equipo formado por blancos, negros y mestizos, considerado una suerte de Brasil del rugby.

Un día a mediados de octubre de 1994 Nelson Mandela citó a François Pienaar a tomar un café al palacio presidencial. Aunque ambos eran hombres públicos no se conocían en persona. Pienaar era el capitán de la selección de rugby de Sudáfrica. Era un genuino representante afrikáner. Con 1’92 metros de altura llevaba sobre sus hombros con ligereza sus 120 kilos de peso. Rubio, de mirada seria y penetrante y parco en palabras, personificaba perfectamente al ideal del blanco sudafricano.

Pienaar no era más que un producto de su tiempo. Un niño de clase media que creció en la década de los 80 escuchando de boca de sus padres que el negro era el enemigo y que el afrikáner era franco, sencillo y trabajador en contraprestación a los ruines, zafios y vagos negros que pululaban el extrarradio. Pero Pienaar no era un afrikáner cualquiera. Al ser deportista profesional había visto más allá de las fronteras del Traansvaal. Era, además, licenciado en derecho y tenía más conversación que la que se le presupone a un deportista. Y mucha más que la que se le conjetura a un jugador de rugby afrikáner.

Pienaar acudió a la cita con ciertos nervios y tiempo después admitiría que cuando estrechó la mano del presidente sintió pánico. Esperaba encontrarse a un anciano de 76 años y se encontró un hombre más jovial que él mismo. Mandela se mantenía en gran forma. Había sido boxeador en su juventud y durante sus años de cautiverio no dejó de practicar deporte. Ya como presidente todos los días se levantaba a las 4 de la mañana para hacer carrera continua. Era, además, un bigardo de 1’85 que podía mirar de tú a tú a Pienaar.

Lo primero que le extraño a Pienaar es que los policías que custodiaban la estancia eran afrikáners. No vio a ningún negro a excepción de la secretaria de Mandela. Por supuesto los policías aprovecharon para charlar con la estrella, comentar las esperanzas que todos tenían en los ‘springboks’ y pedirle un par de autógrafos. Mandela sonreía agazapado y así continuó hasta que su secretaria dejó a Pienaar sentado en una sala contigua. ‘Madiva’ espero cinco minutos para entrar en la estancia mientras Pienaar empezaba a sudar su traje con continuas miradas a su reloj de pulsera.

Al cabo de esos cinco minutos Mandela ordenó a la secretaria que dejase a entrar a François a su despacho. Éste golpeó con los nudillos la puerta, pidió permiso y entró. ¡Ah, François, gracias por haber venido!, esbozó Mandela con una amplia sonrisa y al mismo tiempo estrechaba la mano de Pienaar con soberana fuerza, como si de un placaje se tratase. Luego ambos se sentaron de frente en unos cómodos sofás mientras el presidente servía un café con leche a su invitado.

Durante la siguiente media hora François Pienaar borró de su mente todos los prejuicios que su educación afrikáner tenía para con los negros. A través de sus anécdotas y de su eterna sonrisa, Mandela consiguió que aquel gigante de pies de barro se sintiera cómodo y seguro. La intimidad y la complicidad entre ambos surgió enseguida y Mandela consiguió lo que había hecho con tantos y tantos blancos y lo que pretendía hacer con todos los demás. Le habló de la importancia del deporte y de que lo necesitaba para conseguir la construcción y la reconciliación nacional.

A partir de ese momento siguieron seis meses frenéticos de paz y armonía en las que el rugby fue el motor que consiguió calmar revueltas, disturbios y profundos odios de tiempos inmemoriales. Como magistralmente relató John Carlín en el libro ‘El factor humano’ y perfectamente recreó en el cine Clint Eastwood en ‘Invictus’, los afrikáners aprendieron a respetar a los negros, y éstos a confiar en los blancos. Los ‘springboks’ viajaron a aldeas xhosas y zulús a enseñarle el juego a los niños, se adoptó un nuevo himno que se cantó no sólo en inglés sino en los diferentes idiomas nativos y se potenció la figura de Chester Williams, el único jugador de raza negra de la selección.

El resto de la historia es sobradamente conocida. Sudáfrica venció contra pronóstico a Nueva Zelanda por 15-12 y se proclamó campeona del mundo ante las más de 60.000 personas que abarrotaban el Ellis Park de Johannesburgo (en la película de Eastwood se omite deliberadamente ayudas arbitrales a Sudáfrica en la semifinal y una posible intoxicación de los neozelandeses antes de la final). El partido ya se había ganado mucho antes de empezar cuando Mandela asomó en el palco y saludó al público vestido con una gorra de los ‘springboks’ y una camiseta con el número 6, el número del capitán François Pienaar. Cuando la abrumadora mayoría blanca del estadio vio a Mandela portar la sagrada zamarra verde los gritos de ¡Nelson! ¡Nelson! atronaron en un recinto colmado de las banderas de seis colores de la nueva Sudáfrica.

Hoy el rugby es objeto de deseo para muchos niños negros, aunque el fútbol sigue siendo el deporte preferido de zulús y xhosas. Es cierto que el número de academias de rugby ha aumentado en los barrios de raza negra, pero la proporción de practicantes sigue siendo baja en un país donde los blancos sólo constituyen el 15% de la población. Si Chester Williams era el único negro de los 15 titulares del equipo campeón de 1995, hoy la cifra no es mucho mayor. Ciertamente un joven xhosa llamado Siya Kolosi es el capitán de los ‘springboks’, pero tan sólo 3 o 4 jugadores de raza negra son habituales en la línea de salida de la Copa del Mundo de 2019. Un total de 11 de los 35 jugadores seleccionados son de raza negra, aunque buena parte de culpa la tiene una tasa implantada el año pasado por el gobierno que obliga a seleccionar al menos a un 20% de jugadores negros o mestizos.

A pesar de todas las complicaciones en la Sudáfrica actual no hay atentados, ni disturbios ni asesinatos. Como dijo Mandela “el deporte tiene el poder de cambiar el mundo, de curar heridas y dar esperanza donde antes solo hubo desesperación.” Mas en 2019 sigue habiendo desigualdad de clases, corrupción y miedo entre razas, algo tan intrínseco a las entrañas del ser humano que erradicarlo es sinónimo de utópico. Pero lo cierto es que la Sudáfrica de hoy, la que Mandela creó a través de gente como Pienaar, es una Sudáfrica multicultural en la que blancos y negros han conseguido vivir juntos y aprender a respetarse.

“Si quieres hacer la paz con tu enemigo tienes que trabajar con él. Entonces se convierte en tu compañero.” Nelson Mandela.

“Nelson Mandela ha sido el ser humano más extraordinario e increíble que ha existido. Siempre será un ejemplo y le estaré profundamente agradecido por el papel personal que me dio en la unión del país.” François Pienaar, en el entierro de Nelson Mandela.

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La princesa de los pies descalzos

Los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984 se tornaban descafeinados. Bajo órdenes procedentes de Moscú, los países del bloque comunista decidieron no tomar parte de los JJ.OO repitiendo el mismo boicot que Estados Unidos y alguno de sus aliados habían protagonizado en los JJ.OO celebrados en Rusia cuatro años atrás. El deporte no era sino una mano más de la partida de póker que ambas potencias mantenían desde el inicio de la Guerra Fría. Hubo cientos de deportistas que vieron frustrados sus sueños e hicieron inútil un trabajo exhaustivo de preparación. Una de esas atletas era la sudafricana Zola Budd, conocida como la princesa de los pies descalzos.

Con sólo 17 años de edad Zola Budd había batido el récord mundial de los 5.000 metros (15’01’’) corriendo descalza, costumbre que mantenía desde niña emulando a la leyenda africana Abebe Bikila. La proeza de Budd se tornaba sideral. Los atletas suelen centrarse en su juventud en las pruebas de velocidad y sólo alcanzan la plenitud en las de fondo en torno a los 30 años, cuando el cuerpo humano está perfectamente formado para las disciplinas de resistencia.

El problema de Budd iba más allá de comunismo y de capitalismo, de boicots y de Guerra Fría. El problema para Zola Budd es que la IAFF (Federación Internacional de Atletismo) no reconoció su récord mundial. Por aquel entonces Sudáfrica llevaba un par décadas gobernada bajo el régimen del ‘apartheid’ (segregación racial). En un primer momento las grandes potencias, comandadas por Estados Unidos, hicieron oídos sordos a las voces que reclamaban libertad y democracia para Sudáfrica. Sin embargo, en la década de 1980, aprobados y aceptados los derechos civiles para la población negra en Estados Unidos, Sudáfrica estaba totalmente aislada internacionalmente y eso, evidentemente, incluía su exclusión de los eventos deportivos.

Esta situación beneficiaba a la estadounidense Mary Decker. Rubia, guapa, de brillante pelo cardado a la moda de entonces y de sonrisa arrebatadora, era una de esas deportistas que despertaba tanto interés compitiendo como en su vida privada. En aquel entonces ella y Carl Lewis eran los ‘novios de América’. El año anterior había logrado la victoria en los 1.500 y en los 3.000 metros en el Mundial de Atletismo. Su intención era repetir el doblete en Los Ángeles lugar de donde Decker era oriunda. En la prueba de los 1.500 tenía dura competencia con las rumanas Melinte y Puicâ. En los 3.000, y dado que las soviéticas se habían autoexcluido, la medalla de oro estaba virtualmente asegurada. Tan sólo Budd podría inquietarle, pero debido a que la sudafricana tenía vetada su presencia en los JJ.OO se daba por seguro el triunfo de Decker.

No obstante a Budd se le abrió un resquicio por una puerta de la que nadie conocía su existencia. El rotativo británico ‘Daily Mail’ publicó un reportaje en el que exponía que conforme a que el abuelo de Budd era inglés podría solicitar la ciudadanía inglesa y competir con Gran Bretaña en los Juegos Olímpicos. Hubo jarana en Westminster. Mientras que los laboristas denunciaban el pasteleo con el ‘apartheid’, los conservadores, liderados por la primera ministra Margaret Thatcher, resolvieron el papeleo en tiempo récord y Zola Budd adquirió con celeridad la doble nacionalidad.

Los ingredientes estaban en la mesa y sólo quedaba usarlos con tino para crear una epopeya deportiva. Pero aún había más. Zola Budd no se había planteado nunca ser atleta profesional. Tan sólo cuando un devastador cáncer se lleve a su hermana por delante decidirá descargar su rabia contenida corriendo campo a través, siempre descalza. Esa mezcla de rabia y pena la convirtió en una atleta de élite a la tierna edad de 17 años. Pero esa ternura también la convirtió en blanco fácil de un desalmado padre. Con el tiempo el señor Budd se aprovecharía de los éxitos de su hija y se apropiaría de todas sus ganancias. La infancia de Decker tampoco fue idílica. De pequeña fue víctima de abusos sexuales por uno de los tantos novios que una madre desarraigada le traía a casa de cuando en cuando. Sin padre y con su madre ausente, Mary Decker pronto se convirtió en una adolescente presa cómoda de hombres de bragueta fácil.

Así entonces, aquel 11 de agosto de 1984, Budd y Decker se presentaron en la línea de salida del estadio olímpico de Los Ángeles para disputar la final de los 3.000 metros femeninos. La primera defendía los intereses de Gran Bretaña y la segunda de Estados Unidos. La primera iba descalza, la segunda calzaba unas zapatillas de diseño.

La carrera fue extremadamente lenta, lo que en teoría beneficiaba a Decker que poseía un rush final imponente. Decker braceaba y corría pegada a la cuerda gastando la menor cantidad de energía posible. Mediada la carrera Budd decidió ponerse al mando y avivar el ritmo consiguiendo estirar el grupo y provocando la aparición de los primeros cadáveres. Decker, como una sombra, se coloca tras ella.

A falta de tres vueltas Decker, que se mantenía detrás de Budd, comenzó a dar pequeños golpes con sus zapatillas en los talones desnudos de la sudafricana. Sus defensores dirían que son roces habituales de las carreras. Sus detractores dirían que los golpes eran deliberados y que incluso llegó a clavarle los tacos premeditadamente.

El caso es que al tercer impacto Mary Decker tropezó y se fue al suelo.
Milagrosamente Zola Budd aguantó de pie y siguió corriendo.

Los 84.000 espectadores que abarrotaban el estadio olímpico enmudecieron mientras veían a Decker llorando desconsoladamente ante la oportunidad perdida. Cuatro años de entrenamiento se iban al carajo.

Pero la carrera no había terminado. Zola Budd miró hacia atrás y al instante perdió la concentración. Se había mantenido en pie y había conservado el equilibrio, pero su mente ya no estaba allí. El estadio comenzó a chillarle y a increparle. Al mismo tiempo Mary Decker se echaba a los brazos de su novio, el discóbolo olímpico Richard Slaney, alzaba la vista y cambiaba las lágrimas por la rabia y el odio desmedido. Totalmente descentrada, Zola Budd pasó de ir liderando la prueba a caer hasta la séptima plaza de forma incomprensible. El oro acabó en posesión de la rumana Maricica Puicâ.

Mary Decker acabó abandonando el estadio olímpico llorando y cojeando, recibiendo la ovación de un público que veía como su princesa se quedaba sin corona. En ese instante Decker cambió el dictado de su eternidad de ‘la novia de América’ a ‘la llorona de América’.

Zola Budd se marchó corriendo a vestuarios. La prensa americana la tildó de villana y de tramposa y pasó varios días en paradero desconocido pagando por un crimen del que no tenía culpa. Se abrió entonces una crisis internacional alimentada por los medios sensacionalistas de Estados Unidos e Inglaterra y que desencadenó en una crisis política sobre el apoyo al régimen racista sudafricano.

Tuvieron que pasar doce meses para que Decker y Budd se encontraran nuevamente en una pista de atletismo durante una competición en Londres y se estrecharan la mano.

Mary Decker nunca más volvió a ganar una competición de élite. Fracasó en los Juegos Olímpicos de Seúl donde no pasó del octavo puesto. A Budd todo parecía irle de cine cuando en aquella prueba disputada un año más tarde en Londres volvió a batir el récord del mundo de los 5.000 metros y, esta vez sí, la plusmarca fue reconocida por la IAFF, pero fue su canto del cisne. Tras renunciar a competir en los JJ.OO de Seúl víctima de una depresión, Zola Budd reapareció cuatro años más tarde en Barcelona como estrella de la nueva selección sudafricana unificada bajo mandato de Nelson Mandela y ni tan siquiera llegó a clasificarse para la final.

Solo años más tarde Mary Decker reconoció que la culpa había sido suya por no haber sabido situarse bien en el grupo.

Hubo que esperar a 2016, 32 largos años más tarde, para que Zola Budd confesara que, después del tropezón e intimidada por los abucheos del público, decidió perder la carrera aposta por miedo a subir al pódium. Temblaba de pánico al imaginar la pelotera que le podría caer al recibir una medalla de la que fue injustamente privada.

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La desconocida fiebre del ciclismo en Eritrea

Según un estudio del Real Instituto Elcano lo que conocemos de África se puede resumir en diez palabras; pobres, patera, niños, negros, hambre, Nilo, Kilimanjaro, Cataratas Victoria, hachís y esclavitud. Si arqueamos las cejas y echamos un vistazo a la noticias sólo veremos desgracias. La última de ellas la de un avión que viajaba de Nigeria a Etiopía al que le echamos el ojo con escarnio. Como si en Occidente no tuviésemos accidentes aéreos y como si el Boeing 737 estrellado no hubiese sido fabricado en Estados Unidos.

Si los africanos quieren salir en las agendas de los medios por un buen motivo deben, como no, recurrir al deporte.

Es curioso comprobar como si bien el atletismo se ha convertido en una seña de identidad de muchos países africanos, no ha sucedido lo mismo con el ciclismo. Se podrá argumentar que correr es deporte de pobres. En lo único que nos diferencia de unos a otros es en el tamaño del bíceps femoral, del soleo y de los gemelos. Sí, es cierto, para andar en bicicleta hace falta una bicicleta, valga la redundancia. Utensilio asequible en Occidente y prohibitivo en lo que hemos llamado Tercer Mundo. No obstante, si en vez de bicicleta de competición nos referimos a una bici como medio de transporte constataremos como proliferan por doquier por las llanuras y estepas africanas. Y si el chico desdentado que corre descalzo se convertirá en récordman mundial calzando zapatillas Nike, ¿por qué ese mismo chico con bici sin marchas no se puede convertir en ganador del Tour de Francia con una Trek de 10.000 euros?

No ha sido el ciclismo un deporte que haya arraigado en el continente africano. Muy pocos conocían este deporte hasta que el eritreo Daniel Teklehaimanot se colocó líder de la montaña en el Tour de Francia de 2015. Ese mismo ciclista se había convertido en los Juegos Olímpicos de 2012 en el primer eritreo que representaba a su país en una disciplina que no fuese el atletismo.

Unos cuantos años antes, concretamente en 2007, se fundó en Sudáfrica el Dimension Data, el primer club africano de categoría élite dentro del ciclismo. En sus estatutos se compromete a tener la mitad de su plantilla compuesta por ciclistas africanos y a fomentar la práctica del deporte de las dos ruedas por todo el continente. Se estima que dota de unas 5.000 bicicletas anuales a diferentes clubes infantiles de norte a sur de África.

En los últimos dos decenios han proliferado distintas carreras. La más reseñable es la Vuelta a Ruanda, que sigue asombrando a propios y extraños con imágenes de miles de personas amontonadas por carreteras que combinan el asfalto con la grava y la tierra. En la citada Ruanda, en Sudáfrica o en Kenia la fiebre por el ciclismo sigue creciendo, pero no hay país donde existía mayor arraigo que en Eritrea.

Eritrea es un país perfecto para un ciclista. Bañado por el mar, en su interior está atravesado por una cadena montañosa que no baja de los 2000 metros de altitud. Entre la masa de agua salada y las altas cumbres se conforma el majestuoso Gran Valle del Rift. Para un ciclista esto es oro puro. Puede entrenarse a grandes altitudes realizando el mismo esfuerzo con menos oxígeno para luego retirarse y descansar al nivel del mar. Ni más ni menos que es el mismo truco que durante más de un siglo han utilizado los ciclistas de elite que fijan su referencia en el arco que va desde Cataluña hasta la Liguria, a escasos kilómetros de los Pirineos y de los Alpes.

Eritrea es un país de cerca de seis millones de habitantes situado al noreste de África, una de las regiones más pobres del mundo y limítrofe a Sudan y Etiopía. Como indicaba, al este está bañada por el Mar Rojo, lo que hizo que fuese apetecible para Italia cuando se anexionó la región en 1890 en plena época de carroñaría imperial.

Debido a la pobreza y a lo dificultoso del terreno, los miembros del ejército italiano se desplazaban en bicicleta de un destacamento a otro.

Existía un problema cultural. Para los africanos la bicicleta era sinónimo de pobreza y marginación. Los colonizadores franceses o británicos viajaban en motocicletas o en coches. En su defecto se desplazaban a caballo. Los italianos se lanzaron al juego de los imperios con una mano delante y otra detrás. Ellos mismos se desplazaban en bicicleta, por lo que los eritreos vieron con buenos ojos tan maravilloso medio de transporte.

Así pues, a diferencia de lo que ocurría en las colonias inglesas donde la elite se desplazaba por fuerza animal por motivos de rango, en Eritrea a los italianos no les importaba hacerlo en bicicleta. Para los eritreos fue un shock. Viajar en bicicleta no era cosa de negros pobres, era cosa de blancos ricos. No pasarían muchos años hasta que se celebrasen las primeras carreras y en 1937 tendría lugar en Asmara el primer campeonato nacional, eso sí, sin la presencia de nativos.

Al parecer, en 1939, se permite por presión popular la presencia de dos eritreos saliendo vencedor uno de ellos, un tal Ghebremariam Ghebru. Aún hoy, aquella victoria se considera un triunfo patriótico, una fiesta nacional y una muestra de igualdad racial ante los colonizadores europeos.

Finalizada la II Guerra Mundial, Eritrea pasa a formar parte del botín de guerra que el Imperio Británico arrebata a la derrotada Italia. En 1946 se celebra por primera vez el Tour de Eritrea. Es un hito morrocotudo para el África negra. La prueba consta de cinco etapas y participarán 33 ciclistas siendo la victoria para el transalpino Nunzio Barilá. A pesar del éxito y de que el ciclismo ya estaba muy arraigado entre los eritreos, los británicos cancelan la prueba y al año siguiente dejará de disputarse.

De repente el ciclismo desaparece del mapa.

En los 60, Gran Bretaña, que previamente había unido territorialmente Eritrea con Etiopía, abandona prematuramente la región. Es lo que se dio en llamar descolonización, pero si bien en los territorios donde había intereses económicos se hizo con acierto y responsabilidad, donde no había intereses se hizo con prontitud e ineptitud. Ese fue el caso de Eritrea que se sumó en guerras civiles y guerras de independencia contra Etiopía hasta 1991. Fueron décadas pérdidas en las que a nadie se lo ocurriría hablar de ciclismo.

Recobrada la independencia y las necesidades básicas, los eritreos rescataron su amor por las bicicletas. Proliferaron los clubes ciclistas (a diferencia de Kenia, Uganda o Etiopía donde hay clubes de atletismo) y el gobierno diseñó un plan de reabastecimiento de bicicletas por todo el país como medio de transporte. En el año 2001 volvió a ponerse en marcha el Tour de Eritrea, una prueba de 10 etapas y con rango de segunda categoría para la UCI. Es muy apreciada por los ciclistas de todo el mundo porque combina costa, desiertos y montañas. En el campeonato nacional compiten cada año cerca de 200 ciclistas. Y en el 2015 al ya citado Teklehaimanot se le unió Merhawi Kudus como primeros africanos negros, y por supuesto eritreos, en disputar el Tour de Francia.

Sólo es cuestión de tiempo que alguno de ellos triunfe en una de las grandes pruebas europeas. Como dijo el pentacampeón del Tour Bernard Hinault: “Los africanos son los nuevos colombianos”.

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El partido prohibido. Negros contra blancos

En 1944 los estadounidenses de raza negra eran seres humanos de segunda categoría. Sí, es cierto, desde 1865 eran libres, pero no tenían los mismos derechos que el resto de sus compatriotas. No sólo le sucedía a los negros, también a los latinos, a los asiáticos e incluso a algún que otro eslavo. Y no sólo ocurría con los negros de Estados Unidos, sino también con los que residían en otras partes del globo. Pero el hecho de que la tierra de la libertad, la nación que enarbolaba y enarbola la bandera de la democracia hiciera tal distinción entre seres iguales, era algo, cuanto menos, chirriante.

Por entonces negros y blancos compartían país pero no vida. Escuelas, tiendas, restaurantes, trenes o lavabos estaban segregados evitando en la medida de lo posible que negros y blancos se relacionasen. Concretamente la ley establecía de forma tajante que “quedaba prohibida la actividad compartida entre seres humanos de raza blanca con los de raza negra”.

Obviamente lo mismo ocurría en el deporte. No es que no pudiesen jugar entre ellos, es que ni siquiera se podían enfrentar blancos contra negros. Negros contra blancos.

Jack Burgess era un estudiante de Montana, uno de los estados menos poblados de EE.UU. Montañoso y fronterizo con Canadá tenía y tiene una paupérrima densidad de habitantes por kilómetro cuadrado. En Montana no existían leyes raciales, básicamente porque apenas había negros. Por eso Burgess no podía tener una educación racista y por eso Burgess no entendía porque blancos y negros no podían competir en un partido de baloncesto, su deporte favorito.

Tras acabar el instituto Burgess se trasladó a la ciudad de Durham, en Carolina del Norte, en la otra punta del país, para comenzar sus estudios universitarios. Joven de familia acomodada, Burgess se matriculó en la facultad de medicina de la Universidad de Duke. A parte de hincar los codos, Jack formaba parte del equipo de baloncesto de Duke, uno de los programas formativos de basket más relevantes del mundo. A mediados de la temporada 1943-44 estaban invictos.

Ferviente creyente, Burgess tenía contacto con varios alumnos del otro centro de estudios de la ciudad, la Universidad para Negros de Carolina del Norte (hoy en día Universidad Central de Carolina del Norte). Ambos, blancos y negros, se reunían en la iglesia y compartían confidencias en el único lugar donde ambas razas se podían mezclar sin el repudio social. A través de esos fructíferos contactos a Burgess se le ocurrió organizar un partido de baloncesto entre ambas universidades.

Las dos partes estaban de acuerdo. Los blancos estaban invictos en la liga universitaria de blancos. Los negros llevaban un récord de 28-1 aquella temporada de la liga universitaria de negros. Ambos querían enfrentarse y ambos conjuntos pensaban que eran los mejores.

El problema era como disputar un partido en el más absoluto secreto. Era un partido prohibido. Era 1944.

Se puso como fecha el domingo 12 de marzo a las 12.00 de la mañana. Se escogió ese momento porque se pensaba que la mayoría de la población de la ciudad (incluidos los agentes de policía) o bien estarían durmiendo o bien estarían en la iglesia. El pabellón elegido fue el de la Universidad para Negros. Hubo que robar las llaves para poder entrar en las instalaciones. Ningún chaval tenía los arrestos necesarios para pedírselas a un miembro de la junta académica.

El gran problema era como aquellos chicos (sobre todo los visitantes de Duke) se iban a acercar al pabellón sin ser vistos. Declinaron hacerlo en autobús y resolvieron ir en varios coches alquilados. Tuvieron que dar varias vueltas por la ciudad para no ir por la ruta habitual. Cuando bajaron de los vehículos llevaban sombreros y sudaderas tapándoles la cara para que nadie los reconociese.

Una vez dentro cerraron el pabellón y bajaron las luces. En el interior estaban los jugadores, entrenadores, el árbitro y un periodista de ´The Carolina Times´ bajo promesa de no publicar nada al respecto. El plumilla estaba en aquel pabellón para hacer de testaferro.

Según lo que contaron años más tarde, tanto unos como otros, el encuentro fue un cúmulo de nervios y sentimientos exacerbados. Nadie sabía lo que podía pasar si había un golpe o un enfrentamiento. Los blancos no querían hacerle faltas a los negros porque temían las consecuencias. Lo mismo sucedía en el lado opuesto de la pista. Todos, absolutamente todos, dijeron que el resultado era lo de menos.

Pero el resultado no era lo de menos.

Universidad Negra de Carolina del Norte 88-44 Universidad de Duke.

Los negros corrían, driblaban, saltaban y eran agresivos. Los puristas blancos, acostumbrados a dar pases y más pases y a hacer lanzamientos seguros, minusvaloraban un tipo de baloncesto calificado de circense. Una vez que unos y otros jugaron entre sí se demostró que el espectáculo además de circense era efectivo. Muy efectivo.

Para aquellos jóvenes fue un shock. Pero fue un shock pasajero. No se puede decir que hubiese un antes y un después porque el encuentro fue clandestino. Pasarían años antes de que un negro jugase en la NBA y décadas antes de que un negro fuese entrenador de una escuadra profesional.

Pero, lo gordo, lo verdaderamente gordo, ocurrió al finalizar el encuentro. Comprobada la superioridad de los negros, alguien lanzó la pregunta más esperada, ¿y si jugamos otro partido y nos mezclamos para que sea más igualado? Todas las barreras raciales estaban a punto de saltar por los aires.

Jugaron una pachanga todos contra todos, blancos con negros y negros con blancos. Al acabar el encuentro, los negros (los anfitriones) invitaron a los blancos (los visitantes) a tomar unas cervezas. Por supuesto en los vestuarios y a escondidas. Era inviable salir a la luz del día. “Fue un día de alegría. Todos éramos hijos de Dios”, manifestó uno de los chicos.

Todo esto estuvo en el más absoluto secreto hasta cinco décadas más tarde. Hasta la década de 1990. Fue entonces cuando el historiador Scott Ellsworth decidió entrevistar a John McLendon en un estudio sobre la historia del baloncesto negro. McLendon era una leyenda por haber sido el primer entrenador negro en una universidad blanca, el primer entrenador negro en unos Juegos Olímpicos, uno de los primeros entrenadores profesionales….y también había sido el entrenador de la Universidad Negra de Carolina del Norte en 1944.

McLendon habló largo y tendido de lo que ocurrió aquella mágica mañana en la que varios chavales decidieron romper con los cánones establecidos. El partido secreto salió de la clandestinidad y de pronto se convirtió en un mito. Los chicos que quedaban vivos empezaron a dar entrevistas y la NBA difundió la historia y cumplió haciéndoles varios homenajes.

“Los deportes tienen el poder de cambiar el mundo. Tienen el poder de inspirar. Tienen el poder de unir a la gente. Puede crear esperanza donde antes solo hubo desesperanza. El deporte es más poderoso que el gobierno para acabar con el racismo”. Nelson Mandela

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