racismo

Rukeli

Al pequeño Johann lo llamaban Rukeli. Con ocho años ya frecuentaba el gimnasio del barrio. Era alto y fuerte y crecía a lo largo como un junco, como un árbol joven, que no era más que lo que significaba aquel apodo de ‘Rukeli’. Rukeli es una palabra romaní, el idioma usado por millones de cíngaros a lo largo del mundo. Y es que Johann Wilhelm Trollmann era gitano.

Johann Trollmann nació en Alemania en diciembre de 1907. Tuvo un hogar ciertamente estable en Hannover lugar donde se aficionó a pegar guantazos en el cuadrilátero. Tenía buenas condiciones, era alto y frágil, pero de gran agilidad y rápidos movimientos. Decían que danzaba como un bailarín, dando pasos de ballet, pero que asestaba puñetazos con la fuerza de una yegua. Comenzó a ganar pequeños torneos regionales, hasta que al llegar a los 20 años su fama era reconocida por toda Alemania.

Trollmann no solo era un gran boxeador. Era un sex-symbol. De tez morena y negrura en la mirada, llamaba la atención entre las chicas acostumbradas a ver varones rubicundos y de ojos claros. Su carrera estaba destinada al estrellato y todo el mundo contaba con que volvería de los Juegos Olímpicos de Estocolmo de 1928 con alguna presea bajo el cuello.

Pero Trollmann no viajaría a Suecia.

En vez de llevar al campeón de los semipesados, la Federación Alemana de Boxeo decidió enviar a uno de esos deportistas a los que Trollmann había derrotado. El comunicado de prensa argumentaba que Johann había sido excluido de la convocatoria porque su estilo de boxeo “no era demasiado alemán”. Traducido al román paladino. Había sido excluido por ser gitano.

Querido lector. Hagamos un pequeño ejercicio de historia.

Estamos en el verano de 1928. El ‘Deutsches Reich’ es una república federal semipresidencialista con capital en Berlín. Ese periodo de la historia germana también es conocido como República de Weimar, porque fue en esta pequeña ciudad turingia donde en 1918 se había reunido la Asamblea Nacional para proclamar una nueva constitución. A la altura de este relato, diez años más tarde, el presidente de Alemania era el socialista Hermann Müller quien gobernaba a través de una coalición en la que se reunían tres partidos; los citados socialistas (153 escaños), los liberales del DNVP (73 escaños) y los centristas de Zentrum (61 escaños).

En la oposición destacaban los comunistas (KPD) con 54 escaños y los monárquicos (DVP) con 45 escaños.

El noveno partido, con un total de 12 escaños de 491 posibles, era el NDSP o, lo que es lo mismo, el Partido Nazi liderado por Adolf Hitler, con menos del 3% de los votos.

A Johann Trollmann no le dejaron ir a los Juegos Olímpicos por cuestiones racistas.

Era 1928. No había nazi alguno en el poder. Ni se les atisbaba.

Johann Wilhelm Trollmann - Wikipedia, la enciclopedia libre
Johann Trollmann

Así las cosas, Trollmann decidió hacerse profesional. Por entonces solo los atletas amateurs podían acudir a los Juegos Olímpicos. Visto que su sueño se había cercenado, Trollmann marchó a Berlín para competir en veladas donde se movía dinero, mucho dinero. Con su juego de pies, en una época donde el estándar era el de armarios empotrados sin cintura, pero con puños de acero, Rukeli se convirtió en el favorito del público a base de una ligereza de piernas que catalogaba como baile lo que era un combate de boxeo.

A finales de 1933 Trollmann se jugaba el título nacional de los semipesados frente a un tal Adolf Witt. Se habían enfrentado dos veces antes con igualdad de victorias para los contendientes. Eran polos opuestos. Witt era un pegador de manual. Trollmann un virtuoso con los pies. El combate se celebraría en la explanada de la cervecería Bockbrauerei de Berlín con la presencia de varias autoridades de renombre.

El gitano dominó desde el primer asalto. Mientras Witt lanzaba mandobles como panes, Trollmann los evitaba con facilidad para luego ir ganando terreno y golpear poco a poco a su rival. El público enloquecía con el púgil de Hannover quien, sin embargo, tenía la gracilidad para esquivar a Witt pero no la fuerza necesaria para noquearlo. Al cabo de los doce asaltos ambos púgiles estaban en pie, por lo que serían los jueces los que dictaminasen quien sería el vencedor.

La decisión parecía fácil. La victoria debería ser para Trollmann quien había dominado todo el duelo. Los jueces no lo vieron así. Declararon nulo el combate y sugirieron la celebración de una revancha. El público comenzó a abuchear indignados por la decisión. Hubo lanzamiento de objetos al cuadrilátero y una turba amenazó a los jueces con todo aquello que estaba en sus manos. Asustados, los árbitros dieron marcha atrás y declararon vencedor a Rukeli a los puntos. Trollmann, emocionado, se tiró al suelo y comenzó a llorar.

Era el campeón alemán de los semipesados del año 1933.

Un par de días después Johann Trollmann recibía una carta certificada en su casa. La Federación Alemana lo desposeía de su título por “comportamiento indecoroso”. La razón. Haber llorado en público.

Querido lector. Hagamos nuevamente un pequeño ejercicio de historia.

En marzo de 1933 el Partido Nazi (NSDAP) había conseguido una rotunda victoria con más del 43% de los votos y 298 escaños. Aun así, debía pactar para gobernar al no haber alcanzado la mayoría absoluta. El resultado fue decepcionante para Hitler porque solo unos días antes de las elecciones había acusado a los comunistas de prender fuego al Reichstag, suceso que acabó con 4.000 comunistas arrestados. Años después se sabría que todo había sido una farsa, mas entonces se consideraba que eso daría la mayoría a los nazis de forma holgada. No fue así. Hitler tuvo que pactar con los conservadores del DNVP (52 escaños) mientras que socialistas (120 escaños) y comunistas (81 escaños) lideraban la oposición.

En el plazo de unas semanas, y tras una serie de circunstancias que no vienen a cuento para el relato, los nazis consiguieron inhabilitar a socialistas y comunistas excusándose en el incendio del Reichstag para aprobar decretos leyes que les privaban de sus asientos parlamentarios. Así, seis meses después, tendrán lugar unas nuevas elecciones en las que el voto no será secreto y solo podrán concurrir el NSDAP y una serie de políticos de derechas no afiliados a los nazis para dar sensación de democracia. Hitler logrará más del 92% de los votos y afirmará “democráticamente” su dictadura aun a pesar de que más de tres millones de alemanes osaron votar en su contra aun a sabiendas de que estaban siendo vigilados.

Si en la Alemania democrática de 1928 Johann Trollmann no era bien recibido, imaginen lo que este boxeador cíngaro iba a sufrir a partir de ese funesto año 1933.

Siruela publica en España El campeón prohibido de Dario Fo | Todoliteratura
Rukeli

Con todo Trollmann seguía viviendo de su fama, por lo que los nazis organizaron un nuevo combate para acabar con su buena estrella. El rival era Gustav Eder, un peso pesado, una categoría superior a la de Rukeli. Trollmann recibió otra carta de la Federación justo antes del combate. En ella se decía que si no quería perder su licencia debía comportarse como un “verdadero alemán” y quedarse en el centro del ring sin hacer nada y sin intercambiar golpes.

Tenía que perder el combate.

Eder saltó al ring para luego hacerlo Trollmann. Ante el asombro del respetable quien allí apareció fue otro hombre. Otro Trollmann. Se había teñido el pelo de rubio y se había cubierto el cuerpo de blanco al echarse encima un saco de harina y arrojar un bote de polvos de talco sobre su cara.

Si los nazis querían un verdadero alemán, un producto genuino de la raza aria, allí lo tenían.

Trollmann no se movió. Como un Don Tancredo aguantó estoicamente durante cinco asaltos, mientras el estilo grave de Eder le soltaba una hondonada de hostias.

A partir de entonces Johann Trollmann siguió compitiendo, aunque los grandes escenarios le fueron vetados. Hubo de escabullirse y deambular por ferias y pueblos soltando puñetazos para ganar un puñado de marcos. No era gran cosa, pero mucho peor sería cuando en 1935 le quiten la licencia de forma definitiva. Al ser gitano se le prohíbe competir, una de las consecuencias de una ley que también prohíbe el matrimonio entre razas diversas y la descendencia para mantener la pureza del linaje ario. Trollmann, casado con una alemana de esas consideradas perfectas por los nazis y con una preciosa niña pequeña, decide divorciarse para que su familia sea libre. Él nunca más podrá tener hijos, porque tres años más tarde será esterilizado, tras otro decreto de higiene racial que pretendía acabar con la descendencia de razas inferiores, pero también de comunistas, homosexuales, delincuentes, enfermos mentales, discapacitados y también religiosos.

Y aun con todo, aun no siendo un verdadero alemán, los nazis no dudaron en usar aquel cuerpo que consideraron invalido en la vida civil pero apto para la vida militar. Fue reclutado por la Wehrmacht y enviando al frente oriental donde fue herido en 1941. En enero del año siguiente tuvo lugar la Conferencia de Wannsee donde se decretó la llamada ‘solución final’ cuyo fin era exterminar a judíos y demás razas catalogadas de inferiores. Rukeli fue expulsado del ejército, pero se libró del exterminio quizás por los méritos acumulados en el campo de batalla.

Lo destinaron al campo de concentración de Neuengamme, a las afueras de Hamburgo. Allí Trollmann se vio obligado a pelear por una ración de comida mientras se consumía día a día. Como un objeto de feria era retado por los guardias del campo, quienes bien alimentados, uniformados y con objetos punzantes en la mano, tenían todo a su favor ante lo que antes era un gran boxeador y ahora sobrevivía como saco de huesos.

A Trollmann también lo ponían a pelear contra otros prisioneros. Muchos de ellos eran espías, gente que vendía su alma a cambio de un mendrugo de pan y un par de salchichas para servir como ojos de las SS allí a donde sus zarpas no conseguían llegar. Parece que cierto día de 1944 uno de esos presos compinches de los nazis llamado Cornelius perdió un combate contra Trollmann. Cabreado, cogió un palo del suelo y lo golpeó como un perro hasta que la sangre corrió por su cabeza. Johann ‘Rukeli’ Trollmann fallecía a los 37 años ante la pasividad y las risas de los allí presentes.

Neuengamme | Holocaust Encyclopedia
Neuengamme

El prisionero 9841 del campo de concentración de Neuengamme fue olvidado como tantos otros de sus compañeros. Hubo que esperar al año 2003 para que la Federación Alemana de Boxeo le entregara a un sobrino-nieto de Trollmann el cinturón de campeón nacional de los semipesados que injustamente le fue negado en 1933. Años después una placa en su recuerdo fue colocada a los pies del Teatro Flora de Hamburgo, hoy lugar de referencia para los amantes de la música y antaño escenario de algunos de los mejores combates de aquel árbol joven al que llamaban Rukeli.

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Múnich 72: Operación Ikrit

Era la madrugada del 5 al 6 de septiembre de 1972. Hace ahora cincuenta años. El verano daba sus últimos coletazos y el clima invitaba al paseo nocturno. Se acercaban las cinco de la mañana cuando unos cuantos componentes de la delegación estadounidense volvían a la Villa Olímpica. Habían estado explorando la noche muniquesa, disfrutando de la exuberancia de la juventud y de los galones que le permitían su estatus de deportistas olímpicos. Entre risas y un par de copas de más se toparon con otros ocho chicos. No hablaban inglés, pero portaban bolsas de deportes y vestían con chándales, por lo que estaba claro que eran deportistas. No dudaron en ayudarles a saltar la valla que separaba el complejo olímpico del resto de la ciudad para que pudiesen volver a sus habitaciones.

Una vez adentrados en los pasillos que conducían a los apartamentos, los ocho desconocidos se acercaron al lugar donde descansaban los miembros de la delegación israelí. Se trataba de una delegación minúscula que ni ganó medalla en Múnich ni la había ganado nunca, y que no ganaría su primera presea hasta Barcelona 92. El caso es que aquellos ocho jóvenes se quitaron los chándales, se pusieron una ropa un tanto estrafalaria y sacaron de las bolsas de deportes diferentes objetos.

Fusiles semiautomáticos, pistolas y unas cuantas granadas.

El primero en caer fue Moshé Weinberg, entrenador de lucha del conjunto israelí. No fue solo el primero en caer, sino que se convirtió en héroe involuntario permitiendo que un total de 17 atletas lograsen escapar. Weinberg estaba despierto, preparando unas tostadas en la cocina. Al escuchar alboroto en el pasillo se acercó a la puerta y, cuando vio que alguien la abría, se abalanzó sobre la madera para impedir que la traspasasen. Poco podía hacer él sólo ante aquellos terroristas que usaban sus fusiles como palanca para acceder al interior del apartamento. Los gritos despertaron a Yossef Romano, quien consiguió arrebatar una pistola a uno de los asaltantes, pero resultó muerto de un disparo. A Weinberg también le pegaron un tiro, pero aun vivo fue obligado a conducir a los terroristas a los otros apartamentos. Weinberg los dirigió expresamente al recinto donde estaban los atletas de boxeo o de lucha, ya que pensó que al ser estos los más fuertes podrían reducir a la fuerza a los terroristas.

Fue en vano.

Todos estaban durmiendo. No opusieron resistencia. El único que lo hizo fue Weinberg, quien fue acribillado a balazos.

Hasta nueve atletas fueron tomados como rehenes. Pertrechados en el edificio, a las 6:00 de la mañana los asaltantes lanzaron por una ventana unos papeles con sus demandas. Si al cabo de tres horas no se cumplía con lo solicitado se acabaría con la vida de uno de los rehenes. Si pasasen otras tres horas más, se perpetraría la muerte de un segundo israelí. Y así hasta acabar con los nueve secuestrados. El comando solicitaba la liberación de 234 prisioneros palestinos alojados en cárceles israelíes, así como la de los alemanes Andreas Baader y Ulrike Meinhof, encarcelados en tierras germanas como miembros fundadores del RAF (Fracción del Ejército Rojo).

Los asaltantes decían hablar en nombre de la organización terrorista palestina Septiembre Negro. La maniobra en cuestión fue bautizada como ‘Operación Ikrit’.

Desde mediados de la década de 1960 los grupos terroristas campan a sus anchas por buena parte de Occidente. En gran medida es una respuesta cultural a un mundo nuevo, totalmente distinto al conocido hasta entonces. Por vez primera en la historia los hombres no tienen que perder su juventud en campos de batalla y por vez primera las mujeres son quienes de decidir su futuro por sí mismas. La sociedad de consumo ensancha sus objetivos a las clases media y apuesta por la juventud como reclamo, en una tendencia que ha llegado a límites insospechados en la actualidad y en la que no se vislumbra fin. La adolescencia ya llega hasta los 50 años y la vejez ha sido denostada.

Esa juventud se rebela ante todo aquello que sus padres y los padres de los padres de sus padres conocían. La cultura popular, comandada por la música, el cine y el deporte desbanca con rapidez a la tradición, el orden o la religión. Los cambios son rápidos y por lo general pacíficos, teniendo como cénit el llamado ‘Mayo del 68’. No obstante, hay grupos de jóvenes que quieren cambiar la forma de entender el mundo y apuestan por la violencia para cumplir con sus objetivos. Para ellos el sistema vigente está muerto y sólo a través de las armas podrán purificarlo. La inmensa mayoría de estos grupos serán marxistas y beberán de la utopía comunista para justificar sus crímenes, aunque algún otro abrazará la extrema derecha para reivindicar el orden tradicional. Lo cierto es que izquierda y derecha no forman una línea, sino más bien un círculo en el que los extremos acaban tocándose.

Entre esos muchos grupos que aterrorizan el mundo occidental destacan el IRA (Irlanda), las Brigate Rosse (Italia), Rote Armee Fraktion (Alemania Federal) o ETA (España), que comenzó a matar antes de que España se convirtiese en una democracia. Todas ellas mantenían lazos con los diferentes grupos armados de Oriente Medio que veían (y ven) la creación del Estado de Israel como una imposición de Occidente de la que no fueron consultados.

Desde que buena parte de Palestina se convirtió en Israel en 1948 como un intento de las democracias occidentales para resolver el conflicto judío y de paso limpiar sus conciencias sobre el Holocausto, la zona se ha visto alterado por continuas guerras, atentados y diferentes escaramuzas. En 1967 los israelís conformaron una de las campañas militares más espectaculares de la era moderna al derrotar a una coalición liderada por Egipto en apenas seis días. Ocuparon Gaza, Cisjordanía, los Altos del Golán y buena parte de Jerusalén. Más de medio siglo después esos territorios siguen en disputa y sin acuerdo internacional satisfactorio para su resolución.

Es entonces cuando tienen el germen la mayor parte de los grupos terroristas de Oriente Medio. De hecho, esas masacres a objetivos civiles y su poder sobre el petróleo, que tendrá su primer golpe de efecto en la crisis de 1973, conseguirá que Occidente tenga que mediar y buscar un equilibrio entre judíos y árabes por su propio interés.

Uno de esos grupos terroristas palestinos es Septiembre Negro. Fundado en 1970, reivindica la existencia del Estado de Palestina y la expulsión de los judíos. Forma parte de los grupos controlados por la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) una coalición política y paramilitar dirigida por Yasir Arafat que tiene como objetivo la destrucción de Israel. Tiene lazos con la RAF, también conocido como la Banda Baader-Meinhof, en honor a sus dos fundadores, un par de chicos que pretendían derrocar el capitalismo en Alemania a través de una guerra de guerrillas.

Conflicto israelí-palestino - Wikipedia, la enciclopedia libre
Israel & Palestina

Pero esta realidad no era más que un pequeño apéndice de un entorno sumido en la más absoluta felicidad. A la altura de 1972 Europa cabalgaba a gran velocidad por una era de gran prosperidad. Tras el fin de la II Guerra Mundial, el Viejo Continente sumaba dos décadas de increíble crecimiento económico. La locomotora de Europa era la hasta hace nada demoniaca Alemania. Concretamente la RFA, la parte Occidental de un país que había sido amputado, pero que no expresaba la menor queja por esa mutilación. En 1966 el COI seleccionó a Múnich como sede de los Juegos Olímpicos de 1972 y el país se preparó a conciencia para demostrarle al mundo que el nazismo era agua pasada.

El lema de aquellos Juegos era la felicidad. Se creó el inmenso Oympiapark con su fascinante cubierta de metacrilato, se apostó por vez primera por el reciclaje y destacaron Mark Spitz, Laase Viren u Orga Korbut.

Sin duda uno de los momentos cumbres tuvo lugar en la ceremonia de inauguración cuando la delegación israelí dio la vuelta al estadio olímpico bajo el atronador aplauso de 80.000 alemanes. Había sido Múnich la cuna del nazismo, el lugar donde Hitler había dado un golpe de Estado fallido en 1923. Y no había atleta israelí allí presente que no tuviese un familiar que no hubiese perecido en un campo de exterminio construido con el beneplácito de muchos de los padres de los que hoy estaban allí aplaudiendo tranquilamente sentados.

No es de extrañar pues que el secuestro de aquellos atletas israelís y la toma de la Villa Olímpica por parte de los terroristas causaran un shock mundial. Era una bomba mediática de la que todo el planeta se hacía eco. Millones de personas contuvieron la respiración durante horas. Y que fuese en Alemania, y que las víctimas fuesen judías, lo convertirían en algo catártico para la opinión pública germana.

Juegos Tokyo 2020: Septiembre Negro: El ataque terrorista que eclipsó los  Juegos Olímpicos de Munich 1972 | Marca
Horror en la Villa Olímpica

Un terrorista, con la cara untada de betún y sombrero, se erigió en portavoz de los asaltantes. Se hizo llamar a si mismo Issa y se encargó de negociar con el ministro de interior alemán. Hans-Dietrich Genscher, que así se llamaba, prometió a Issa una suma de dinero e incluso intercambiar su vida por la de los secuestrados, pero todo intento fue en vano. De hecho, resultó contraproducente, porque a juicio de los palestinos era una muestra más de la simplista retórica capitalista para resolver los problemas. Lo único que se consiguió fue alargar el límite de la respuesta hasta las 12:00 a.m.

Mientras todo esto sucedía medio mundo desayunaba con las imágenes del asalto. Casi tres décadas después de la caída del nazismo, Alemania se presentaba ante el mundo como garante de la paz y como país ferozmente opuesto a los nacionalismos. Deliberadamente las medidas de seguridad en los Juegos eran laxas y relajadas y los símbolos nacionales se mostraban a cuenta gotas. La idea era que todo deportista, periodista y visitante no asociase bandera o uniforme con un pasado del que querían escapar.

Pronto se iba a demostrar que las decisiones tomadas habían sido erróneas.

Poco después de las 11.00 Golda Meir, por entonces primera ministra de Israel, declaró tajantemente que no negociaría con terroristas. Israel daba carta blanca a los alemanes para tratar de liberar a los rehenes con todos los medios a su alcance. El negociador y jefe de policía de Múnich, Manfred Schreiber, consiguió alargar la hora límite hasta las 15.00 horas al anunciar a Issa que Baader y Meinhof, los cabecillas de la RAF, habían sido liberados y que se seguía negociando con el gobierno de Israel. Parcialmente satisfechos los asaltantes solicitaron comida para unas 20 personas.

Varios policías se disfrazan como cocineros y agachan armas en medio de la pitanza con la intención de subir a las habitaciones, pero Issa les exhorta a dejar la comida en el suelo y marcharse de allí bajo amenaza. El engaño no surte efecto y ahora los asaltantes saben que están siendo burlados. Uno de los policías es cosido a balazos. En ese momento todo está a punto de estallar, pero el repentino anunció del COI de cancelar los Juegos Olímpicos devuelve la calma a los terroristas. No hay televisión ni radio en el planeta que no hable de Septiembre Negro y de la causa palestina. Al menos uno de los objetivos se ha conseguido.

Alrededor de las 16:30 más de 70.000 personas rodeaban la Villa Olímpica mientras Issa y sus compadres hacían la señal de la victoria desde la azotea del edificio ocupado. Es entonces cuando Genscher ejecuta el mayor de los errores. Se decide acometer un asalto armado al edificio formado por un escuadrón de 38 miembros de la policía germana. Mal preparados e inexpertos, los policías visten ropa deportiva y se instalan en las azoteas de los edificios adyacentes. El ejército no puede participar en el asalto porque tiene prohibido operar en tiempos de paz debido a las sanciones derivadas de la II Guerra Mundial.

A nadie se le pasó por la cabeza romper esa estúpida restricción.

Total, que el asalto fue un rotundo fracaso. Entre la multitud agolpada, que con sus gritos anunciaban los pasos dados por la policía, y que todo estaba siendo retransmitido por televisión, con lo cual Issa y sus compinches seguían segundo a segundo los acontecimientos, la operación fue cancelada en el último instante. Los policías debieron bajar del edificio entre las risas de los terroristas.

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Genscher al teléfono

Si bien los alemanes daban palos de ciego, los terroristas también sabían que su suerte ya estaba echada. A escasos minutos del fin del plazo se llegó a una solución de compromiso. Los guerrilleros y los rehenes serían trasladados en helicóptero a una base área cercana a Múnich para luego viajar en avión a Egipto. Allí, en El Cairo, en territorio amigo, los terroristas se comprometían a liberar a los rehenes a cambio de que en el plazo de un mes fuesen liberados media centena de palestinos, supuestamente, injustamente encarcelados.

Previamente al traslado, Genscher exigió ver a los rehenes. Según dijo impresionaba la tranquilidad aparente de aquellos israelís de ojos perdidos que yacían sentados apoyados en un pared mientras el cadáver frío y la sangre seca de Weinberg regaba el suelo.

El plan consistía en atacar a los terroristas en el trayecto de unos 200 metros que los llevaría junto a los rehenes hasta los helicópteros. Issa exigió inspeccionar el camino y utilizó para ello a un par de rehenes como escudos humanos. Nervioso, uno de los policías que espera oculto detrás de un coche aparcado tropieza. El ruido alerta a los terroristas que vuelven sobre sus pasos para atrincherarse en los apartamentos.

En esos momentos la angustia se agigantaba mientras el mundo contenía la respiración a través del televisor. Los palestinos exigieron entonces un autobús para recorrer el escaso trayecto. Por entonces ya eran las 22.00 horas y por supuesto los terroristas demandaron que el vehículo estuviese vacío e inspeccionarlo antes de subirse a el y poner sus vidas en juego.

Hubo que pasar a un nuevo plan. En la base aérea esperaba un grupo de francotiradores dispuestos a matar a los terroristas en cuanto los dos helicópteros aterrizasen. Había un tercer helicóptero en el que viajaban los negociadores y varios policías que estarían esperando órdenes. Mientras, un Boeing 727, que pretendía viajar a El Cairo, estaba integrado por cinco policías armados que ejercían de improvisados miembros de Lufthansa.

El caso es que cuando los palestinos subieron a los helicópteros se pudo comprobar que los terroristas eran un total de ocho. Los francotiradores jamás llegaron a recibir esa información. Genscher había transmitido que no eran más de cuatro o cinco los que había visto al visitar a los rehenes. Para añadir un error más a la cadena de despropósitos, ninguno de los supuestos francotiradores era tal. Ninguno era militar por las restricciones a las que nos referimos párrafos atrás. Eran policías que habían sido seleccionados porque les gustaba practicar tiro los fines de semana. Tres se instalaron en el techo de la torre de control y otros dos se escondieron en tierra. Ninguno tenía equipo protector, radio, ni visor nocturno.

Y ya era noche cerrada. Las 22.30. Ya eran más de 18 horas de tensión acumulada.

Al momento de aterrizar los helicópteros, los miembros de Septiembre Negro tomaron como rehenes a los pilotos de los aparatos para acercarse con paso firme al Boeing. En ese momento los policías que hacían de tripulación del avión decidieron desdecirse de su juramento de honor y abandonaron el aparato. La incredulidad de la jefatura alemana era semejante a la de los palestinos que, al ver que el avión estaba vacío, pensaron que les habían engañado, por lo que corrieron de vuelta a los helicópteros.

Fue entonces cuando los francotiradores abrieron fuego. Y se desató el pandemónium. El cielo se ilumina de llamas y el humo recorre el horizonte. Trepidar de motores, sirenas y ráfagas de ametralladoras. En el intercambio de golpes, dos terroristas fallecieron así como un policía alemán. Los pilotos de los helicópteros consiguieron huir, pero no así ninguno de los rehenes israelís atados de pies y manos. Al cabo de unos minutos llegaron refuerzos por tierra e Issa, viendo que todo estaba perdido, fusiló a todos los rehenes. Después lanzó una granada en el interior del helicóptero y corrió por la pista de aterrizaje.

Fue masacrado.

Atentado a los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972: un trauma aún por  asimilar | El Mundo | DW | 25.08.2022
Una carnicería

Once atletas (nueve en el aeropuerto), un policía alemán y cinco terroristas palestinos fallecieron ese día. Los otros tres miembros de Septiembre Negro fueron capturados vivos. Los tres pasaron a ingresar en una cárcel de máxima seguridad teutona y tan solo una semana después la RFA creaba el GSG9, la unidad antiterrorista alemana. Los cadáveres de los otros cinco palestinos fueron enviados a Libia donde recibieron un funeral de héroes. Apenas un par de meses después Septiembre Negro secuestró un vuelo comercial de Lufthansa y exigió la liberación de los tres terroristas encarcelados para evitar el siniestro del avión.

Los mandos alemanes accedieron a todas las peticiones de los terroristas sin consultar a las autoridades israelís.

Israel sigue clamando en la actualidad por la incompetencia alemana a la hora de resolver el conflicto. El Mossad (servicio de inteligencia israelí) fue advirtiendo a los alemanes de los diversos fallos cometidos en la operación y todos sus consejos fueron rechazados. Tanto el ministro Genscher como el jefe de policía muniquesa Schreiber habían sido miembros del partido nazi y habían combatido en la II Guerra Mundial. Ninguno fue cesado de su cargo tras el fiasco de la operación de rescate. Para los israelís los alemanes no hicieron lo suficiente para salvar la vida de aquellos once atletas judíos.

Así que decidieron hacer la justicia por su cuenta. Golda Meir ordenó al Mossad que pusiera en marcha la operación ‘Cólera de Dios’. Se buscó y asesinó a los tres supervivientes, así como a decenas de activos terroristas y miembros de la OLP. Se bombardearon objetivos civiles en Siria y Líbano argumentando que ocultaban bases militares propalestinas y todo concluyó con una breve guerra en octubre de 1973 cuyo resultado, más allá de los muertos, fue el que los países árabes descubrieron que a través del petróleo podían fagocitar a Occidente y a Israel a su antojo.

Pero volvamos a Múnich. Al 6 de septiembre de aquel año. Los Juegos Olímpicos estaban cancelados.

Pero solo momentáneamente.

Se realizó una ceremonia de conmemoración al día siguiente ante 80.000 espectadores y 3.000 atletas, pero nunca un funeral oficial. Los familiares de las víctimas llegarían a pedir la construcción de un monumento conmemorativo, pero el COI tendría siempre un no como respuesta. La única muestra del duelo del COI fue izar a media asta la bandera olímpica hasta el fin de los Juegos. El COI, como organización independiente, prefirió no significarse políticamente. “Los Juegos deben continuar”, fueron las polémicas palabras del estadounidense Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Internacional.

Fueron los últimos Juegos de Brundage, quien falleció tres años más tarde. Fue un feroz defensor del amateurismo, un racista empedernido al que desagradaba la proliferación de atletas de raza negra en su país y un defensor de la excelencia de los Juegos de Berlín de 1936 y la perfección organizativa de los nazis. Ese fue el hombre que dijo aquello de “los Juegos deben continuar”. El mismo hombre que meses más tarde se casó con una princesa alemana mucho más joven que él y que fallecería poco después en Garmish, una localidad no muy lejana de Múnich y su desgraciada Villa Olímpica, de la base aérea de Fürstenfeldbruck donde la sangre corrió a raudales una noche de septiembre, y tampoco no muy lejos de Berchtesgaden, donde Adolf Hitler tenia su búnker de verano, el fastuoso ‘Nido del Águila’.

 “La violencia engendra violencia”. Evangelio de San Mateo 26:52.

A 45 años del atentado de Munich 1972 en los Juegos Olimpicos
A media asta

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Lorenzo Brown

El martes 5 de julio de 2002 el Boletín Oficial del Estado publicaba que Lorenzo D’Ontez Brown era español por carta de naturaleza, un procedimiento excepcional que permite otorgar la nacionalidad española regulada por el artículo 21 del Código Civil español. Lorenzo Brown nació en Roswell, una ciudad del Estado norteamericano de Georgia el 26 de agosto de 1990. Hasta hace unas semanas nunca había pisado España. No va a descubrir una cura para el alzhéimer, ni conoce un método para crear lluvia artificial, ni es un erudito que sabe cien idiomas, ni sabe detener la inflación ni va a acabar con la prostitución, las drogas y el hambre en el mundo.

Es un jugador de baloncesto.

Pero ni siquiera es el mejor jugador de baloncesto. Ni uno de los mejores. Ni siquiera uno de los mejores entre los menos mejores. No es quien de llenar pabellones por sí mismo. Sus habilidades no son capaces de alegrar la vida de miles de personas. De hecho, sus destrezas, aun siendo muy notables, no son representativas de lo que el cuerpo humano puede lograr en su máxima expresión.

Lorenzo Brown no tiene que ser la reencarnación de Einstein. Ni se le pide. Pero “un procedimiento excepcional” se tiene que dar a quien es excepcional en su trabajo. Un deportista excepcional es tan importante como el erudito que sabe cien idiomas o el científico que descubra la cura para el alzhéimer. Lo es porque a través de sus actos vuelve acertada una vida anodina, crea vínculos e ilusiones sociales, construye un relato común que se traslada de generación en generación y muestra la excelencia del cuerpo humano a través de una perfecta unión entre el físico y la mente.

Pero es que Lorenzo Brown no es excepcional. Nada excepcional.

Lorenzo Brown no quiere líos por su polémica nacionalización: "No entro en  políticas, yo juego al baloncesto"
El marrón de Lorenzo

Cuando en 1935 la selección española de baloncesto juega el primer partido de la historia en el Europeo de Suiza lo hará con cuatro extranjeros en sus filas. Serán los hermanos cubanos Emilio y Pedro Alonso, el costarricense Rafael Ruano y el salvadoreño Rafael Martin. Aquellos cuatro hombres ayudaron a que España se proclamase subcampeona de Europa. Pero todos ellos tenían fuertes vínculos con España. Todos eran hijos de españoles.

En 1984 España conseguiría otra histórica medalla de plata, en este caso en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. En aquel conjunto formaba el argentino Juan Domingo de la Cruz. Hijo de españoles, ‘Lagarto’ De la Cruz nació en Sudamérica antes de pasar 21 años de su carrera en tierras hispanas. También estuvo toda su vida deportiva en España Chicho Sibilio, quien, tras debutar a los 17 años con la selección dominicana, tuvo que esperar tres años antes de hacer acto de aparición con España, camiseta que defendió en 87 ocasiones. Con ellos dos coincidiría José Aleksandrovich Biriukov. Su madre había sido una de esas niñas vascas que había sido enviada a Moscú en tiempos de la Guerra Civil. Chechu Biriukov llegó a jugar 22 partidos con la Unión Soviética antes de firmar 57 internacionalidades con España.

También existen deportistas que hicieron carrera en España pero que ni por idioma ni por antepasados tenían vínculo alguno con el país. Son los casos de Mike Smith en los 90 y de Chuck Kornegay o Johhny Rogers a inicios de siglo. Éste último, californiano, se casó con una española y se asentó en Valencia donde reside feliz, pero nunca fue perdonado por la opinión pública al quitarle el puesto a un imberbe Pau Gasol en los Juegos de Sidney. Más conocidas fueron las nacionalizaciones de Wayne Brabender y Clifford Luyk en los años 60. Ambos pasaron a ser españoles al poco de aterrizar en España, pero ambos echaron raíces y aquí siguen desde entonces. Uno y otro siguen estando en el Top-10 de los jugadores con más puntos anotados en la historia de la selección (Brabender fue MVP del Eurobasket 1973).

Mas recientes para el aficionado moderno son los casos de Serge Ibaka o Nikola MIrotic. Son dos casos coetáneos y que reflejan la laxidad de fronteras fruto de la globalización. Nacido en el Congo, Ibaka llegó de adolescente a España donde se formó como jugador. El grueso de su carrera se ha labrado en Estados Unidos, pero decidió representar a España declinando la oferta del Congo. Nikola MIrotic nació en Montenegro. No pasó hambre de niño ni pretendía buscar una vida mejor. Simplemente fue captado como infante por el Real Madrid y sus padres decidieron que era lo mejor para él. Al igual que Ibaka tuvo dos selecciones para escoger, y decidió hacerlo con España. Su caso es similar al de Luka Doncic, aunque éste último resolvió defender los intereses del país que lo vio nacer. Otros, como el griego Antetokoumpo, son griegos con todas las de la ley, aunque ese físico privilegiado y ese apellido tan poco helénico hubiese permanecido en el anonimato si los padres de Giannis no hubiesen dejado Nigeria en busca de la prosperidad en la vieja Europa.

$70M Giannis Antetokounmpo announced he and his brothers will represent  Greece and left Nigerian National Basketball Team in dismay - The SportsRush
Los cuatro hermanos Antetokoumpo

Lorenzo Brown pertenece a otra estirpe. A una en la que no hay casuística ni nexo de unión alguno con el país. No es situación común, pero si existente en otras latitudes. El estadounidense Bo McCalebb ayudó a que Macedonia llegase a semifinales del Europeo de 2011 sin haber residido ni haber jugado en la antigua república yugoslava. El también norteamericano Anthony Randolph puede presumir de ser campeón de Europa con el Real Madrid y campeón de Europa de selecciones defendiendo los intereses de Eslovenia, sin haber jugado jamás en el país donde nació Luka Doncic.

El mismo día en que en España nacionalizaba a Lorenzo Brown, en Francia se hacía lo propio dando pasaporte galo a Joel Embiid. Nacido en Camerún, Embiid ha sido el primer jugador extranjero en liderar en anotación una temporada en la NBA y la campaña pasada acabó segundo en la votación por ser el MVP de la competición. El caso de Embiid se asemeja más a la del “procedimiento excepcional” en busca de un bien mayor y de interés común. Y aun así a Embiid se le puede rebuscar una relación peregrina con su nuevo país a través del idioma, las costumbres o de la amplísima colonia camerunesa que reside en Francia. No en vano entre 1889 y 1960 el territorio de Camerún perteneció al Imperio Francés.

No es una situación ajena en Europa, pero no por ello es ética o correcta. El vivero de Estados Unidos es capaz de aportar jugadores al mundo a la misma velocidad que Henry Ford lo motorizaba. Otros nueve jugadores estadounidenses estarán en el Eurobasket. Los hay como Shane Larkin (Turquía) o Tyler Dorsey (Grecia), quienes han tenido la decencia de jugar en sus países de adopción. Otros como Dee Bost (Bulgaria), Thad McFadden (Georgia), AJ Slaughter (Polonia) o Mike Tobey (Eslovenia) ni han llegado a esos mínimos de decencia.

Repito. No es situación ajena, pero no por ello es ética o correcta.

La nacionalización exprés de Lorenzo Brown es una incongruencia y un sin sentido que habla más de los dislates del poder que de lo que a una realidad deportiva se refiere. Otorgar residencia a un semiconocido jugador de baloncesto para conceder mayor poderío de forma circunstancial a la selección por un capricho del seleccionador es una tropelía vergonzante. Es una gota en un mar, pero es una gota que muestra a la perfección cuan alejados están los representantes del pueblo de ese pueblo al que dicen representar.

Siempre ha existido un hilo del que tirar. Hasta cuando en los 60 el fútbol español se llenaba de oriundos se rebusca un abuelo o un bisabuelo emigrante para poder darle nacionalidad a los Lobo Diarte, Roberto Martínez y compañía. A otros como Kubala o Puskas se les daba la nacionalidad por aquello de ser refugiados políticos, por escapar de las garras del comunismo. No era mucho, pero era algo. Con Lorenzo Brown no hay nada que se pueda rascar.

Son millones los inmigrantes que residen en España y cientos de miles los que lo hacen sin papeles. La gran mayoría latinoamericanos, con los que hay un convenio de preferencia por aquello de la madre patria, y aun así toca esperar un par de años antes de poder jurar la Constitución. Y ni siquiera hablo de currelas. Vinicius, jugador del Real Madrid, lleva cuatro años residiendo y trabajando en España, cumple con los requisitos legales y aún no ha le han dado la nacionalidad española. Dudo mucho que Lorenzo Brown sea más conocido que Vinicius Junior, y no hablemos ya del poder legal, político o mediático que podría ejercer el Real Madrid.

Lorenzo Brown no es español por mucho que jurase la Constitución en un despacho de Atlanta a miles de kilómetros de la Península Ibérica. No lo es, ni nunca quiso serlo. Otros llegaron en patera arriesgando sus vidas para conseguir unos papeles que les devolviesen la dignidad. Lorenzo Brown ha sido una inocentada de Scariolo y Garbajosa que elevaron su petición a unas instancias superiores para recorrer a la velocidad del rayo unos trámites hasta que el papel fue firmado por la ministra de Justicia en, teoría, por el bien de la Nación.

La selección española tiene un jugador más. Quizás anote una canasta decisiva o haga una defensa definitoria y gracias a él España logre una medalla. Quizás. Pero la sensación de agravio comparativo y de bochorno es inaudita.

En tiempos donde los equipos son una especie de ONU con pantalones cortos, las selecciones nacionales se baten por garantizar una idea común en el imaginario colectivo. No es una cuestión de sentir los colores, besar la bandera o defender el orgullo de una nación. Eso son simplezas superfluas. Es una cuestión de identificarse con una serie de chicos que tienen un pasado, un presente y un futuro común y un acervo cultural similar. Quizás ninguno de nosotros sea Rudy Fernández, pero en algún momento de nuestras vidas hemos desayunado la misma marca de leche que él, compramos su misma ropa, fuimos a un colegio parecido, vimos los mismos dibujos en la tele, escuchamos la misma música, estudiamos las mismas asignaturas, jugamos a los mismos juegos, sus padres serán igual de pesados que los nuestros, votamos en colegios electorales similares, celebramos las navidades con el mismo tipo de familia que la nuestra y sus preocupaciones, más allá de lo que el dinero y el deporte profesional conlleva, son similares a las de cualquiera de nosotros.

Pocos españoles coincidirán en la misma rutina de vida con el bueno de Lorenzo Brown.

Lo que ha hecho la selección española de baloncesto es despreciar con nocturnidad y alevosía a una serie de jugadores que sen han batido (y se baten) en las famosas ventanas de clasificación. Chicos que, en ausencia de los mejores, luchan por un bien común. Deportistas que igual no rayan en la excelencia, pero que cumplen con aquello que se pide a los que forman parte de un combinado nacional deportivo.

Ser los mejores en su especialidad y se merecen representar a su país. Algo que Lorenzo Brown, con pasaporte o sin él, no se merece.

Ojalá lo llegue a merecer hacer algún día.

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Cuando Bill se convirtió en entrenador

Era una jornada anodina de abril de 1966. Faltaban escasos días para que dieran comienzo los playoffs de la NBA. Bill cruzó la puerta del despacho de Red. Era una de tantas. Ni podría aproximar un número de las veces que había acometido ese recorrido. Siempre tenía que hacerlo tras una acentuada postración, dado que sus 205 centímetros de altura bordeaban el dintel de la puerta. Bill tomó asiento y frente a él un despacho minúsculo, una mesa de roble y un aire pegajoso y cargado apestado de tabaco.

Red fue al grano. Llevaban diez años juntos. Podía ir al grano. Fue Red quien había jugado al póker para conseguir llevarse a Bill en el draft de 1956. Él sabía que la capacidad defensiva de Bill cambiaría para siempre el devenir de los Boston Celtics. Desde entonces año sí y año también los Celtics habían gobernado la NBA hasta crear la dinastía más exitosa del deporte estadounidense. Pero Red estaba cansado. No solo mentalmente, sino que motivacionalmente. Su deseo era dejar de ser entrenador y dar el salto a los despachos.

Y su deseo era que Bill Russell ejerciese de entrenador.

Como Judas, Bill negó tres veces el ofrecimiento. Red dio otra calada a su puro y aceptó la negativa, pero con una condición. Le pidió a Bill que pusiera en un papel cinco posibles entrenadores y él haría lo mismo. Al día siguiente quedarían en el despacho y entre los dos escogerían al candidato. Si no lograban contratar a nadie del gusto de Russell, él mismo tendría que aceptar ser el técnico de los Celtics.

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Russell y Auerbach

Es complicado describir lo que unía a aquel blanco judío hijo de un emigrante ruso y a aquel negro enorme nacido en las profundidades de Louisiana. Bill Russell había visto a su abuelo defender un colegio de niños negros ante una banda del Ku Klux Khan o a su madre insultada por policías blancos que le acusaban de vestir demasiado bien un domingo que iba a la iglesia. Después de ganar dos títulos universitarios siendo minusvalorado por el color de su piel, escogió a los Celtics porque su técnico, Red Auerbach, se dirigió personalmente a él, mientras que los demás equipos hablaban directamente con su entrenador universitario. Red lo trató como una persona y se fraguó una amistad y una lealtad inquebrantable.

Juntos hablaban de su infancia. Una la de un negro que cambió Louisana por California con escaso éxito. Una vez viajaba con su padre en el coche y vio cómo se les era negado el servicio en una gasolinera hasta que todos los clientes blancos hubieran sido atendidos. Cuando su padre intentó marcharse y buscar otra gasolinera, el encargado del establecimiento le pegó con una escopeta en la cara amenazándolo de muerte con que se quedara y esperara pacientemente su turno. Auerbach se reía de su tragedia diciéndole que no sabía lo que era ser un judío pelirrojo en el Nueva York de la Gran Depresión. La complicidad era tal que Auerbach nunca se enfadaba con Russell a sabiendas que llevaba muy mal las críticas. De cuando en cuando tenía que hacerlo delante del resto del equipo para demostrar que no había distinciones, pero siempre era una pantomima perpetrada y preparada por las dos partes.

Bill sabía que no podía jugar para otro entrenador que no fuese Red. Había sido MVP y había llevado a los Celtics a la cima. Sumaba título tras título, pero jamás fue aceptado. Por entonces Boston era una de las ciudades más racistas del norte de Estados Unidos. Una vez, tras una actuación portentosa de Russell, un aficionado de los Celtics se le acercó y le dijo que era un bostoniano de cuarta generación y que hiciese lo que hiciese Boston jamás lo aceptaría como uno de los suyos. Red era especialista en contestar a esa gente con fina ironía o restarle importancia a los hechos cuando Bill se lo contaba en confianza.

Era impensable que Bill no jugase para Red.

Bill Russell lideró a los Celtics a ocho títulos consecutivos. Lo hizo a través de la defensa, cuando entonces los pívots lo único que hacían era anotar. Ponía tapón tras tapón en lo que se dio llamar las Wilsonburguers, por aquello de que entonces la pelota era de la marca Wilson, y el balón salía despedido a sus compañeros que anotaban en rápidos contraataques. Era una leyenda. Pero era un negro que no se callaba. Cuando los Celtics retiraron su camiseta no se presentó a la ceremonia enfadado por el trato que los aficionados le habían dado. Cuando fue elegido para el Salón de la Fama del baloncesto, más de lo mismo. Hubieron de pasar un par de décadas para que la NBA, la sociedad americana y la ciudad de Boston hiciesen las paces con el jugador más laureado del deporte estadounidense.

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Bill Russell (6)

Por todo ello era tan difícil encontrar a un entrenador que permitiese a Bill liderar a través de la defensa y que lo aceptase tanto como deportista y como persona en una época de efervescencia de derechos sociales y lucha racial. De esta forma cuando Russell y Auerbach se citaron al día siguiente en el despacho las listas no llegaban a los cinco nombres preestablecidos. La de Russell, de hecho, estaba vacía.

El plan de Russell era demostrarle a Auerbach que no había quien lo sustituyese, por lo que no le quedaría más remedio que seguir en los banquillos muy a su pesar. Pero Auerbach le dio un nombre de los que tenía en su lista. Bill negó con la cabeza. Sabía que fulanito era un gran técnico, pero también un racista empedernido. Auerbach probó con el segundo de la lista. Misma respuesta. Éste también era buen técnico, pero se oponía al matrimonio entre negros y blancos.

Auerbach, satisfecho en su interior, se encogió de hombros y le dijo a Russell que no sabía quien podría entrenar a los Celtics. Russell, enojado, se marchó a casa y prometió a Auerbach encontrar el hombre adecuado.

Por más vueltas y vueltas que le daba no había forma de encontrar a un entrenador de su gusto. Fue con Red con quien había viajado a aquel hotel en el que no le dejaron entrar por “tener mal olor”. Red sacó a Russell y a sus compañeros de aquel sitio y buscó otro donde aceptasen a negros y blancos. Cuando fue lapidado por apoyar a Muhammed Alí y posicionarse en contra de la guerra de Vietnam, allí estaba el viejo Red para defender que un deportista pudiese expresarse y tener sus propias ideas políticas. Y fue Red el que le dio un contrato de 100.001 dólares cuando los Lakers firmaron a Wilt Chamberlain a razón de 100.000 anuales. «Si eres el mejor, también tienes que ser el mejor pagado”, dicen que le dijo Auerbach.

Acariciando la medianoche, Bill descolgó el teléfono y llamó a Red.

“Acepto el trabajo”, dijo Russell.

“¿Seguirás jugando al mismo tiempo que harás de entrenador?”, contestó Auerbach.

“De eso se trata”, respondió Russell.

“Una última cosa – cuentan que le dijo Auerbach -. Escribirán que eres el primer negro en entrenar a un equipo de la NBA. Cállate, no les hagas el menor caso y demuéstrales que se equivocan. Demuéstrales que eres el nuevo entrenador de los Boston Celtics”.

Sexto Hombre on Twitter: "Tercero: fue el primer coach y ejecutivo  afroamericano en la historia de la NBA, lo que marcó un gran precedente en  la asociación. Ah, y al mismo tiempo
El primer técnico negro

Los Celtics ganaron su octavo título consecutivo y el noveno de Russell y Auerbach (1957 y 1959-66). La temporada 1966/67 comenzó con Bill Russell como entrenador-jugador y respondiendo a cientos y cientos de preguntas sobre si estaba capacitado para su trabajo y como sería capaz de mantener la calma cuando un problema racial hiciese su aparición. Ese año los Celtics perdieron la final de la NBA ante los Philadelphia 76rs de Wilt Chamberlain. Pero los Celtics se rehicieron y volvieron a ganar la NBA en 1968 y 1969, en la que fue la última temporada de Bill Russell como entrenador y jugador de los Boston Celtics.

Bill Russell es uno de los únicos baloncestistas que ha ganado la NCAA, el oro olímpico y la NBA. Fue cinco veces MVP de la competición y sumó un récord inalcanzable de 11 anillos de la NBA. Once como jugador y dos como entrenador, concretamente como el primer entrenador afroamericano de la historia del deporte profesional estadounidense.

“Aprendí a hacerme un caparazón cuando era joven. Luego pasé el resto de mi vida esperando que alguien metiese la mano dentro y me tocase. Pero solo tocarme; cualquier cosa más que eso sería demasiado para mí”. Bill Russell.

https://www.youtube.com/watch?v=ony_ocSPtBo

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The Rumble in the Jungle (2ª parte)

“Float like a butterfly, sting like a bee. His hands can’t hit, what his eyes can’t see. Now you see me, now you don’t. George thinks he will, but I know he won’t”. Esta declaración de intenciones de Muhammad Alí ha pasado a la historia por la doble metáfora inicial, poética y directa. Ahora me ves, ahora no me ves. Vuelo como una mariposa y pico como una avispa. Tus ojos no pueden verme, tus manos no pueden tocarme. Adelante y atrás. Una danza, un juego de pies, tan rápido y tan coordinado que aún no ha sido igualado.

La frase ya había sido enunciada por Alí tiempo atrás, pero en esta ocasión su corolario estaba dedicado a George Foreman, el hombre al que tenía la intención de arrebatarle el título de campeón del mundo de los pesados. Foreman era el rey invicto. Un joven pegador imbatido (40-0) que había noqueado a Joe Frazier y a Ken Norton en dos asaltos. Muhammad Alí, siete años mayor, había sufrido lo indecible para tumbar a los citados. La inmensa mayoría de los críticos le otorgaban el cartel de víctima a Alí en su pugna ante Foreman.

El Acorazado Cinéfilo - Le Cuirassé Cinéphile: Muhammad Ali. Films -  Francisco Huertas Hernández. Alicante (Spain)
Alí (i) y Foreman (d)

Muhammad Alí se había ganado a pulso luchar por lo que era suyo. Combatir por el título de campeón del mundo de los pesos pesados. Tras derrotar a Joe Frazier, debía vencer a George Foreman para recobrar la corona que el Gobierno de Estados Unidos le había arrebatado en 1966. Habían pasado ocho años. Alí continúa siendo un atrevido fanfarrón, pero comienza a acusar la edad, el cansancio y las heridas físicas y emocionales. Seguía siendo arrogante, pero, las posibilidades de que no fuese capaz de hacer efectivas sus amenazas sobre el ring eran considerables.

El duelo entre Alí y Foreman no era un combate cualquiera. Muhammad Alí era entonces un semidiós. Su carácter seco y atrevido y su estilo excéntrico habían alcanzado unas cotas que rozaban la locura. Llegaría a combatir contra Supermán en un cómic, combate que, por cierto, ganará el púgil de carne y hueso. Su desmesurado afán por ser el centro de las miradas le había llevado a ser vilipendiado, pero el Estados Unidos de 1974 no tenía nada que ver con el de 1966. Alí había pasado de ser un villano a ser un héroe americano.

George Foreman era el gran favorito. Contaba con 27 años, por los 34 de Alí, y meses atrás había demostrado una pegada descomunal que había dejado seco a Joe Frazier. Era granito con piernas y, aun así, era la antítesis de lo que es un púgil de los pesos pesados. Foreman era querido. Era un buenazo. Un bonachón que una vez retirado acabaría haciéndose reverendo y vendiendo barbacoas a padres de familia a través de la teletienda.

Los ingredientes estaban dispuestos y solo faltaba alguien que los cocinase. Quien sacó el colmillo y vio la oportunidad que allí se presentaba fue un joven afroamericano llamado Don King. Mucho antes de teñir de blanco un mechón de pelo y de ser parodiado en ‘Los Simpsons’, King era un ambicioso promotor que se haría famoso por explotar hasta la extenuación a los boxeadores a cambio de ingentes sumas de dinero.

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Don King

King no era, para nada, el favorito para organizar el evento pugilístico del siglo, pero se le ocurrió una idea tan descabellada como lucrativa. Se reunió con Alí y con Foreman y les prometió a ambos una bolsa de cinco millones de dólares por cabeza. Nunca jamás se había juntado cifra tan desorbitada por un combate. Ambos aceptaron de inmediato. Ahora sólo tocaba saber de dónde sacaría King diez millones de dólares.

Iba a crear “The Rumble in the Jungle” (Un Estruendo en la Jungla). Don King iba a llevar el combate al corazón de África.

Don King tuvo una idea. Y ya se sabe que lo más difícil es tenerla. Pensó. Si Muhammad Ali abandonó su nombre de esclavo (Cassius Clay) para volver a sus raíces y ser el guía moral de los afroamericanos, ¿por qué no llevar a Alí a la tierra natal de todos ellos? ¿Por qué no llevar el combate a África? La idea era magnífica. Pero para llevarla a cabo necesitaba de alguien que invirtiese diez millones de dólares en su plan.

Ese hombre iba a ser Mobutu Sese Seko.

Entonces en Zaire, hoy República Democrática del Congo y anteriormente el Congo belga, gobernaba Mobutu Sese Seko, uno de estos militares apoyados por la CIA que a cambio de engordar una cuenta personal en Suiza acaban liquidando un país. Cuando en 1997 los zaireños le den una patada, la riqueza personal del mariscal será mayor que la deuda externa del país centroafricano.

Con el apoyo estadounidense, temerosos de que el comunismo se expandiese por África, Mobutu Sese Seko acababa de presentar ante las Naciones Unidas lo que él llamo su plan de “autenticidad”. Renombro ciudades y lugares para africanizar el país, prohibió el cristianismo y la vestimenta originaría de Europa y, aquí está el quid de la cuestión, creó una beatificación a su persona y confiscó las empresas extranjeras para dárselas a sus familiares.

Ante tal panorama, Mobutu necesitaba un lavado de cara que, además, fomentase la africanización de su país. Que mejor que invitar a Zaire a Alí, el hombre que renegó de su pasado de esclavo y que se erigió como defensor de los derechos civiles de los negros. Don King supo ver la oportunidad y cerró el acuerdo. ‘The Rumble in the Jungle’ ya era una realidad.

Rumble in the jungle - Canarias3puntocero
Mobutu Sese Seko (i) y Alí (d)

—THE RUMBLE IN THE JUNGLE—

El combate quedó fijado para finales del mes de septiembre. Era 1974. Sin embargo, Foreman se cortó una ceja en un entrenamiento, por lo que hubo que posponer la pelea hasta el 30 de octubre. Y esas semanas de retraso fueron esenciales para convertir a Alí en mito viviente.

Mientras Foreman se encerraba en un gimnasio de Kinshasa, Alí se dedicaba a trotar por las calles y barrios más humildes de la ciudad. Se pasó el mes de octubre juntándose con los niños, visitando a los mayores, y, en definitiva, inhalando sus raíces. Mientras Foreman representaba al ‘Tío Tom’, al esclavo bueno que se ganaba su libertad siendo fiel a su amo, Alí era el hombre que daba dignidad al oprimido. Cuando en el acto de presentación del combate los miles de zaireños allí presentes se unan al grito de ‘¡Alí bomayé! (¡Alí mátalo!) la suerte de Foreman ya estaba echada.

En ‘The Rumble in the Jungle’ Alí iba a demostrar que podía aparcar su condición de estilista y encajar todos los golpes emulando la fortaleza de Foreman. La víspera del combate Alí pidió a los trabajadores del estadio donde se iba a celebrar el combate que con una llave inglesa aflojaran la tensión de las cuerdas del cuadrilátero. “Vas a bailar, Muhammad, esta noche vas a bailar”, cuentan que le dijo su entrenador. La idea era dejarse dominar por Foreman mientras apoyaba la espalda en las cuerdas y aguantaba las embestidas a derecha e izquierda. En el momento justo del impacto, Alí tendría que bailar un paso atrás para amortiguar el golpe y subyugarlo a través de las cuerdas. Al ser más elásticas absorberían la potencia de Foreman a la espera de que éste se cansase y Alí pudiese lanzar su contraataque.

Volar como una mariposa para picar como una abeja.

La pelea comenzó a las 04:00 horas de la madrugada de Kinshasa, para que el combate se viera en horario de máxima audiencia en Estados Unidos. Curiosamente en Zaire no fue retransmitido por ninguna cadena. Menos mal que hasta 60.000 zaireños se apelotonaron en el estadio 20 de mayo (antes Rey Balduino, después Tata Räphael) para desgañitarse animando a Muhammad Alí. 

The Rumble in the Jungle (1974) - IMDb
The Rumble in the Jungle

El combate y todo el contexto político, social y cultural en el que se desarrolló el evento fueron legendarios. Antes del evento hubo un megaconcierto con B.B King, Celia Cruz o James Brown, que cautivó a todos con ‘Say it loud. I’m black and I’m proud’ (‘Dilo alto. Soy negro y estoy orgulloso’). Norman Mailer, ganador de dos premios Pullitzer, decidió coger la pluma y escribir in situ sobre aquel combate. Ya había un ganador antes del inicio. Ese era Don King.

Tras el gong, Alí se mantuvo tranquilo y fanfarrón durante los primeros asaltos. Encajaba golpe tras golpe contra las cuerdas y le hablaba a Foreman al oído. “Me decepcionas, no me estás pegando fuerte”, soltaba Alí, a lo que Foreman respondía sacudiendo enloquecido. Todos los presentes querían la victoria de Alí, pero todos contaban con el triunfo de Foreman.

El plan de Muhammad Alí estaba dando el resultado esperado. En el quinto asalto Foreman comenzó a dar síntomas de fatiga. Alí se había dejado golpear por una mula, pero seguía intacto. Foreman descargó una batería de golpes que hubiesen tumbado a un rinoceronte, pero Alí se mantenía en pie. Se las arregló para que le golpease los brazos y el cuerpo, pero siempre evitando que el puño de Foreman se acercase a su cabeza. “No puedes hacerme daño. No pensé que fueses tan malo”, contestó con una sonrisa el rey del ‘trash-talking’.

En el séptimo asalto Foreman al fin logró impactar contra la mandíbula de Alí. Fue un golpe seco. Terrible. Alí se tambaleó durante unos segundos y cayó a los brazos de Foreman. “¿Eso es todo lo que tienes, George?”, le dijo Alí con una sonrisa, como el que recibe una caricia. Aquel hombre acababa de ser atropellado por un tren de mercancías y seguía intacto. Se dice que fue entonces cuando a un joven italoamericano que estaba viendo el combate por televisión a miles de kilómetros de distancia se le encendió una luz. Al día siguiente comenzó a escribir un guion que le permitiese dejar de un lado un aciago pasado como actor porno para poder brillar en Hollywood.

Era Sylvester Stallone.

Con Foreman exhausto y psicológicamente destrozado, en el octavo asalto Alí decidió salir de la cueva e irse al ataque con las fuerzas que le quedaban. Alí, enrollado entre las cuerdas, no tendría gas para más que un par de asaltos, por lo que tendría que acertar de primeras. A Foreman comenzaron a lloverle derechazos desde el cielo de Kinshasa. Dos relámpagos salieron de los puños de Alí, y tras varios ganchos consiguió arrinconar a Foreman contra las cuerdas. A veinte segundos del final del asalto, Foreman, falto de velocidad por el cansancio, erró su gancho y en una brutal combinación izquierda-derecha, Alí enviaba a la lona al campeón. ¡Alí, bomayé! rugían los 60.000 zaireños como una manada mientras el árbitro comenzaba la cuenta atrás. Foreman llegó a ponerse en pie mientras el colegiado gastaba el último número de la cuenta atrás. Pero el campeón no llegó a tiempo.

Había un nuevo campeón.

Muhammad Alí recuperaba, siete años más tarde, el título de campeón del mundo de los pesos pesados. ¡Alí, bomayé! ¡Alí bomayé! No hubo la danza que había pronosticado Alí, pero sí un dominio táctico y psicológico que pasaría a la historia. Alí recuperaba un cinturón de campeón del mundo que siempre debió ser suyo tras diez segundos apoteósicos. Un contraataque de seis picaduras de avispa que tumbaron a un oso.

George Foreman necesitaría ayuda psicológica para superar la derrota y sumaría dos años sin volver a pelear. La mañana siguiente al combate, aún sin dormir, Muhammad Alí paseaba por las calles de Kinshasa saludando a la gente y hablando de la unión entre los negros de África y de Estados Unidos. Ambos, Foreman y Alí, subirán abrazados a recoger el premio Oscar en 1996 cuando un documental sobre la pelea gane el premio de la academia hollywoodiense.

A Don King le salió bien la jugada porque el evento tuvo tanto éxito que recaudó más de 100 millones de dólares. Diez veces más de lo prometido a los dos púgiles. La televisión lo convirtió en uno de los primeros éxitos a nivel global. Así que para el año siguiente Don King decidió repetir la jugada. Para 1975 Muhammad Alí tendría que defender su corona ante Joe Frazier en Manila, bajo la atenta mirada de Ferdinand Marcos, otro sátrapa derrochador de dinero público.

El evento ’Thrilla in Manila’ (Gorila en Manila) fue otro éxito rotundo. Alí volvería a generar emoción e interés y, de paso, desgaste en su oponente (lo de gorila iba dedicado a Joe Frazier) pero no llegaría a alcanzar el clímax de ‘The Rumble in the Jungle’. En Filipinas hubo que parar el combate a falta de un asalto porque el entrenador de Frazier temía por la vida de su pupilo. Muhammad Alí retendría un título que conservaría durante un trienio, pero jamás volvería a alcanzar en ningún otro combate la mística de aquella legendaria pelea en el corazón de África. La mística de ‘The Rumble in the Jungle’. 

“Luché contra un lagarto. Peleé contra una ballena. Sólo la semana pasada asesiné a una roca, lesioné a una piedra y hospitalicé a un ladrillo. Soy tan malo que hago enfermar a los medicamentos (…) Soy tan rápido que ayer a la noche apagué la luz de la habitación de mi hotel y ya estaba en la cama antes de que el cuarto se pusiese oscuro. Hay dos cosas que son difíciles de ver; una es un fantasma y otra es Muhammad Alí”.

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A inicios de 1967 Muhammad Alí era el indiscutible campeón mundial de los pesos pesados. Eran tiempos convulsos. Estados Unidos se había embarcado en la que iba a ser una larga y costosa guerra en Vietnam. Alí se negó a alistarse cuando fue llamado a filas y el Gobierno americano abrió un proceso público contra él que acabó con una multa de 100.000 dólares, su encarcelamiento y la desposesión de su título de campeón del mundo. Tenía 25 años y, de pronto, había perdido sus mejores años como boxeador.

No volvió a competir hasta finales de 1970.

Antes de eso Cassius Clay había sido un joven y lenguaraz boxeador que había ganado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma antes de dar el salto al profesionalismo. Combate a combate fue ganando respetabilidad, hasta que en 1964 tuvo la oportunidad de luchar por el título de campeón de los pesados ante Sonny Liston. Ganó. Pero lo relevante es como ganó. Clay recurrió a la provocación llamando vago, oso y feo a su oponente, un bigardo de ancha nariz y pobladas cejas. Escribió un poema en el que decía que lo tumbaría en el octavo asalto. Su conducta escapaba de todo control y fue multado por ello. Dejó también una frase que se convertiría en parte de su existencia: “Flotaré como una mariposa y picaré como una abeja”. Clay ganó y al día siguiente de su victoria decidió cambiar su nombre de esclavo y convertirse al islamismo.

Había nacido Muhammad Alí (El amado de Dios).

Alí se apodó a sí mismo como ‘The greatest’ no sólo por su genio en el cuadrilátero, sino por su ingenio al bajarse del ring. Vinculado a la cultura afroamericana, el ‘trash-talking’ es la utilización del lenguaje para minusvalorar al oponente, para destrozarlo psicológicamente, algo sensacional en una cultura ultra competitiva e individualista como la estadounidense. Alí supo usar sus declaraciones incendiarias para fundirse con la sociedad del momento. Su vida, con sus idas y venidas, explica que significa ser americano y ayuda a comprender como los desgarros sociales de los 60 llegaron a parir un presidente afroamericano en 2008.

Para el mundo eurocéntrico la audacia comunicativa de Alí tiene continuación en el baloncesto, un deporte mucho más popular. Curiosamente fue un blanco, Larry Bird, el más aplicado alumno del ‘trash-talking’ (algo así como lenguaje basura), una práctica hoy en desuso por la fiebre de lo políticamente correcto. Atenazados por el miedo a la ofensa de un chiste, una palabra o una idea, lo que antes era banal y divertido hoy será visto en el mejor de los casos como prepotente y despectivo y, en el peor, como racista o misógino.

Muhammad Alí era un genio en el uso de los adjetivos. Burlón, grosero en exceso, hiperbólico, estúpido, capaz. Arrogante, odioso y creativo, sus palabras brotaban para hacer crecer el interés de la audiencia, multiplicar el dinero, y. sobre todo, desestabilizar al oponente. Alí tenía la imperiosa necesidad de llevar a la lona al contrincante a golpe de diccionario. Era capaz de ganar un combate mediante la palabra, al tener la habilidad de introducirse en la cabeza de aquel al que tenía que sacudirle una hondonada de ostias.

Esa insolencia lo hacía igual de querido que de odiado. La indiferencia no era aplicable a Alí. Tuvo que pelear una segunda vez contra Liston para obtener el título de campeón de los pesados, porque la WBA (World Boxing Association) vio irregularidades en su pelea. La realidad era otra. Nadie quería como campeón a un seguidor de Malcolm X que escupía sapos y culebras por la boca. Dio igual. Alí noqueó a Liston en un segundo combate en apenas trece segundos. La instantánea de la victoria, es, quizás, la fotografía deportiva más conocida de todos los tiempos.

 

Muhammad Ali y la historia de una foto ícono del deporte - La Tercera
K.O. en trece segundos

Alí se convirtió en un icono atemporal. Un altavoz de los rupturistas y desenfadados años 60. Era atractivo para los medios de comunicación, alzaba la voz contra el sistema, defendía la lucha por los derechos sociales de los negros y se mostraba abiertamente hostil ante la tropelía bélica de Estados Unidos durante la Guerra Fría.

Como comentaba, Muhammad Alí fue llamado a filas para combatir en Vietnam. Presentó sucesivos requerimientos para aplazar la llamada y, dado que era personaje público, si hubiese estado callado Alí hubiese pasado el servicio militar entrenando y tomando unas cervezas con algún teniente coronel. Pero el caso es que Alí alegó razones de conciencia y motivos religiosos para no incorporarse al ejército. “No tengo problemas con los vietcongs. Ellos nunca me llamaron negrata”, diría.

Alí se convirtió de facto en la persona más odiada, al menos, por la mitad del país. Le retiraron su título de campeón del mundo y le imposibilitaron volver a pelear. Jamás acudió a los requerimientos judiciales que lo citaron como Cassius Clay y dedicó su tiempo a dar charlas en universidades de todo Estados Unidos. Cuando las cosas se torcieron en Vietnam y la opinión pública se puso de espaldas ante la guerra, la figura de Alí fue reivindicada y la sanción revocada.

De pronto Muhammad Alí pasaba a ser algo más que un púgil soberbio y bocazas para convertirse en una figura capaz de enfrentarse al país más poderoso del mundo y poner frente al espejo a una sociedad profundamente racista.

Trump considera otorgar un perdón póstumo a Muhammad Ali
The greatest

El tiempo pasó. Era septiembre de 1970. Habían transcurrido cerca de cuatro años. Alí salió de la cárcel. Ya no era campeón del mundo, pero estaba dispuesto a recuperar lo que en verdad era suyo.

Durante esos cuarenta meses de obligada ausencia, Joe Frazier y George Foreman se disputaron el título de campeón del mundo. Ambos eran dos pegadores con una contundencia descomunal en cada golpe. Ambos eran, además, dos negros queridos por el ‘establishment’. Alí se distinguía por su agilidad, su juego de pies y un combate a distancia a la espera del momento oportuno para conectar un golpe preciso y contundente. Era un estilista. Y era un estilista con labia. Volvió con un discurso ideológico radicalizado. “Me echaron los políticos blancos”, decía. Alí pasó a ser un sujeto perturbador por lo que decía y por como lo decía. Ahora no solo los negros lo adoraban, sino multitud de blancos lo apoyaban. Pasó a ser un icono para los desfavorecidos. Pasó a ser un símbolo del pacifismo.

“Odié cada minuto de entrenamiento, pero no paraba de repetirme; no renuncies, sufre ahora y el resto de tu vida vivirás como un campeón”. Alí volvió más grande, más rápido, más borde, más prepotente y más irreverente que nunca. “Si alguna vez sueñas con vencerme, es mejor que despiertes y me pidas disculpas”, así le espetó a Joe Frazier cuando en 1971 se retaron por el título mundial. El combate fue durísimo y Frazier retuvo el título de los pesados tras los doce asaltos por decisión de los jueces. En este caso no hubo polémica alguna. Tan sólo eran dos mulas dándose estacazos. Por supuesto Alí no estaba de acuerdo con la decisión del jurado. Sacó la lengua a pacer y lo tuvo claro. El único campeón era él.

Tras el combate Alí tuvo que pasar 24 horas en observación en un hospital.

Frazier estaría más de dos semanas ingresado.

El estilista Alí y el fajador Frazier volvieron a enfrentarse a inicios de 1974. El veterano Alí se llevó la victoria tras otro terrible combate resuelto por los jueces tras los doce asaltos. Pero en este caso el premio no era la corona mundial, sino poder retar a George Foreman, por entonces dueño del cinturón de campeón del mundo. Siete años más joven, Foreman lucía un récord de 40-0, incluyendo una eléctrica victoria ante Frazier en tan sólo dos asaltos.

George Foreman era el indiscutible favorito. Muhammad Alí tendría que usar todas sus artimañas para obtener el título. El 30 de octubre de 1974 dos bestias dejarían el ring para pelearse en la selva…

“Imposible solo es una palabra que usan los hombres débiles para vivir fácilmente en el mundo que se les dio sin atreverse a explorar el poder que tienen para cambiarlo. Imposible no es un hecho, es una opinión. Imposible no es una declaración, es un reto. Imposible no es nada”. Muhammad Alí.

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Alguien todavía más fuerte que evite pelear

La reunión fue corta. Rickey no tenía ninguna duda de la valía de Robinson como jugador. Sabía que el béisbol seguía siendo un deporte de blancos jugado por blancos, pero la II Guerra Mundial había terminado y el mundo había cambiado. Muchas plantillas habían perdido hombres y, la sociedad, aunque a paso de tortuga, iba abriendo nuevos horizontes. Un buen lugar para buscar nuevos jugadores era acudir a la Negro League, donde abundaban los beisbolistas de calidad. El caso era atreverse a dar el paso.

Branch Rickey era el dueño de los Dodgers de Brooklyn. Antes en el corazón de Nueva York y desde 1958 en Los Ángeles, los Dodgers son uno de los transatlánticos de la Major League Baseball (MLB). Aquel hombre camino de la vejez, siempre ataviado con una pajarita y sus eternas gafas redondas, había concertado una cita con un joven de los Kansas Monarchs que destacaba en la liga para negros.

El chico en cuestión se llamaba Jackie Robinson.

Rickey fue claro. Le explicó a Robinson que le insultarían, quizás hasta le pegarían. Cada vez que jugase un partido el público intentaría acobardarle. Los rivales le provocarían y alguno de sus compañeros ni siquiera le dirigiría la palabra. Tras su primer error la prensa se abalanzaría sobre él y su familia tendría que convivir con ese infierno. Robinson, por entonces de 26 años y una estrella del béisbol negro, no entendía lo que aquel hombre quería de él. No hablaron de béisbol. Ni le preguntaron por su promedio de bateo de 34,9 ni por sus 40 bases robadas en una temporada. Robinson no entendía nada y se limitó a contestar:

“Usted necesita un jugador fuerte que pueda pelear”.

A lo que Rickey contestó:

“No. Lo que necesito es alguien todavía más fuerte que evite pelear”.

Robinson asintió con la cabeza y apretó la mano de Rickey. Jackie Robinson iba a ser jugador de los Brooklyn Dodgers. Iba a ser el primer negro en jugar en la MLB.

El acuerdo existía, pero la MLB tendría que aprobarlo. Racista empedernido, Kenasaw Landis era el mandamás de la competición y llevaba años fomentando la segregación. Pero quiso el destino que falleciese de un ataque al corazón en 1944. Su sucesor, un tal Albert Chandler, consiguió convencer al resto de los equipos y al resto de los negacionistas para hacer realidad el acuerdo. Era 1946.

Jackie Robinson and Branch Rickey: Together in history | Newsday
Robinson (i) y Rickey (d)

Nacido en 1919, Jackie Robinson había sido criado por su madre después de que su padre abandonase a la familia antes de que cumpliese su primer año. Uno de sus hermanos mayores había ganado la medalla de plata en los 200 metros lisos en los JJ.OO de Berlín por detrás del aclamado Jesse Owens. A Jackie le gustaba el fútbol americano, pero se decantó por el béisbol en sus ratos libres en el ejército tras ser alistado meses después del ataque japonés en Pearl Harbor. Se licenció con honores, a pesar de ser arrestado por negarse a dejar su asiento a un soldado blanco en un convoy militar.

Esa mentalidad y ese compromiso era lo que el dueño de los Dodgers buscaba en Robinson. El 15 de abril de 1947 Jackie Robinson debutaba como jugador profesional en un duelo entre Brooklyn y Boston. Una nueva barrera racial se resquebrajaba en Estados Unidos.

Por muy miembro de los Dodgers que fuera, Jackie tuvo que hacer frente a situaciones humillantes. En sus primeros desplazamientos con el equipo tenía que alojarse en la casa de algún afroamericano mientras sus compañeros disfrutaban de las comodidades de un hotel. Al principio se trasladaba con su mujer, pero los insultos y los gritos desde las gradas hicieron que su esposa dejase pronto los viajes. Se suspendieron entrenamientos con la excusa de incumplir una ley que impedía la actividad física conjunta entre negros y blancos. Una vez un periodista preguntó qué haría cuando los pitchers le tirasen las bolas a la cara, a lo que Robinson contestó “agacharme y esquivarla, como haríais vosotros”.

Alguien todavía más fuerte que evite pelear.

No fue un año sencillo. Pese a que venía del equipo filial (le obligaron a pasar meses allí antes de ir al primer equipo), para Robinson la llegada a Brooklyn suponía partir de cero. Además, su bienvenida fue una carta firmada por varios compañeros en la que expresaban su negativa a jugar con él y que trasladaron en persona al presidente Rickey. La situación se solucionó tras una reunión entre Rickey, los técnicos y los jugadores. El dueño les recordó a algunos de ellos su origen extranjero y les hizo recapacitar sobre la irracionalidad de su petición. Pero la rebelión fue sofocada por Leo Durocher, técnico de los Dodgers, con una cita que ha quedado para el recuerdo:

“No me importa si este tío es amarillo o negro o si tiene rayas como una puta cebra. Soy entrenador de este equipo y os digo que va a jugar. Es más. Os digo que nos va a hacer ricos a todos”. La frase está en el ideario deportivo de Estados Unidos junto a la de Wee Reese, compañero de Robinson, que meses después dejó otra cita antológica: “Se puede odiar a un hombre por muchas razones, pero el color de la piel no es una de ellas”.

Su estoicismo le hizo triunfar. No más que su forma de jugar. Fue elegido novato del año fundamentalmente por su capacidad para robar bases y sembrar de dudas al lanzador rival. Sangrantes eran sus viajes a Pittsburgh o Cincinatti, donde incluso jugadores rivales se negaban a disputar el encuentro si Robinson era de la partida. Sonada fue la actitud del entrenador de Philadelphia que se pasaba todo el partido insultando a Robinson desde la banda en vez de dar consignas a su plantilla. En Philadelphia los Dodgers tuvieron que cambiar el hotel al que llevaban décadas acudiendo cuando se desplazaban a la ciudad del amor fraterno, porque lo que Robinson recibía en el hall del local era de todo menos afecto.

Los años pasaron y si bien en Brooklyn fue poco a poco aceptado, cada vez que Jackie Robinson viajaba a alguna ciudad como visitante tenía que soportar lo indecible. Algunos le escupían en los pies, otros le lanzaban las bolas deliberadamente al cuerpo y, sobretodo, le insultaban una y otra vez. Robinson aguantó con estoicidad, mostrándose fuerte para evitar la pelea, tal y como le había prometido a Rickey. Jamás contestó o agredió a un rival en las diez temporadas que estuvo compitiendo en la MLB.

Jackie Robinson. Mejores Jugadores de la Historia | Pitcheos Salvajes
Evitando la pelea

Jackie Robinson derrumbó una puerta que en la actualidad ha sido demolida no sólo por los negros, sino por una amplía comunidad hispana que hoy representa el 30% de los jugadores de la MLB. Jackie Robinson aguantó humillaciones varias y, aun así, además de novato del año, fue seis veces elegido para el ‘All-Star’, en una ocasión MVP del campeonato y ayudó a los Dodgers a alzarse con el título de las Series Mundiales de la MLB en 1958.

Jackie Robinson murió en 1972, a los 53 años de edad. Desde el año 2004 todos los 15 de abril, el día que debutó, se celebra el ‘Jackie Robinson’s Day’ una conmemoración en la que se recuerda la fecha en la que el béisbol se convirtió fehacientemente en el deporte nacional. La trascendencia del primer afroamericano que jugó en la MLB es tal que todos y cada uno de los equipos del país tienen retirado su camiseta con el número 42.     

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El portero es negro, los centrales gabachos, la estrella es un moro y el que mete los goles es un sudaca ¡Pero daría la vida por mi equipo!

Somos egoístas y vagos. Esto no lo digo yo, lo dicen los antropólogos y los biólogos. Si hubiese que calificar al ser humano con un adjetivo éste sería el de perezoso. Somos perezosos porque hemos alcanzado la excelencia y hemos superado al resto de especies gracias a nuestro cerebro. Batiremos récords mejorando el físico, pero el físico debe ser ayudado por la mente. Pero es este un bucle pernicioso cuando escudriñamos el bien común. Si un vago coincide con un trabajador, el primero se aprovechará del segundo, sobrevivirá, obtendrá todos los beneficios y pasará sus genes a la generación siguiente. Al cabo de unos cuantos cientos y miles de años quedarían en liza sólo los más perezosos.

Pese a ello, en la naturaleza vemos que la cooperación reina en todas las especies. Desde los depredadores que pueblan las selvas hasta en las liliputienses colonias de hormigas. Y lo mismo sucede con los seres humanos. Somos perezosos y egoístas, pero si hemos evolucionado y progresado es gracias a la cooperación. ¿Cómo puede ser esto posible? La respuesta de la ciencia es simple: es una cuestión genética.

Si ayudas a tus sobrinos les irá mejor en la vida, y si les va mejor en la vida les irá mejor a tus genes. Esta idea fue desarrollada por el biólogo William Hamilton en una regla que él denominó rb>c (r es la probabilidad de que compartas genes con un individuo, multiplicado por b que es el beneficio que obtiene dicho individuo al ayudarlo, dividido entre c que es lo que a ti te cuesta ayudarlo). Según Hamilton si compartes con tu hijo 1/2 de genes y con tu sobrino 1/4 significa que debes pasar el doble de tiempo ayudando al primero que con el segundo.

Por eso tenemos descendencia. “Cuando un padre da algo a su hijo ambos ríen. Cuando un hijo da algo a su padre ambos lloran”, dejó escrito Shakespeare.

Como todas las teorías, la de Hamilton choca con la realidad. Igual es mejor pasar tiempo con el hermano de tu mejor amigo que con la sobrina con que la que apenas te ha dirigido la palabra en veinte años. Pero dicha teoría sí que sirve para explicar porque nos ayudamos los seres humanos cuando por definición somos unos perezosos.

Los antropólogos consideran que nuestros ancestros nómadas luchaban en grupos para conseguir alimentos. Esa cooperación entre tribus les permitía minimizar riesgos y ayudar a los jóvenes a prosperar. En esos grupos los lazos familiares podían existir o no, pero lo que si existía era un sentimiento de comunidad, de tribu, que fue base para la evolución de la especie. Cuando la agricultura y la industria, pero sobre todo el sistema de seguridad y sanidad de los Estados modernos sustituyeron a la tribu, los lazos grupales se fueron perdiendo en una tendencia que parece imparable.

Empero, el instinto a colaborar sigue presente a través de la solidaridad (que es un resultante de la traslación de la bondad religiosa) y a que la pertenencia a una misma tribu sigue codificada en nuestros genes en pleno siglo XXI.

De todos los vencedores de Copa de Europa que ha habido y que habrá, ninguno alcanzará el clímax de orgullo que obtuvo el Celtic de Glasgow de 1967. La totalidad de los miembros del equipo habían nacido en un radio inferior a 50 kilómetros de Glasgow. Todos y cada uno de ellos compartían aficiones, recuerdos, religión, acento, humor, valores y alguno hasta era novio de la prima de la tía de su madre. Es poco probable que el Celtic vuelva a ganar la Copa de Europa, pero, si lo hiciese, jamás volvería a hacerlo de una forma tan especial.

Celtic, historia de un campeón autóctono | Negre Sobre Blanc
11 colegas

Cuando el Manchester United salió victorioso en la Copa de Europa de 1999 con los ‘Fergie Boys’ (Butt, Giggs, Beckham, Neville, Scholes) o cuando el Barça arrasó como las huestes de Gengis Kan en 2009 con chicos de La Masía (Puyol, Iniesta, Xavi, Busquets, Valdés, Pedro, Messi) se celebró como una victoria de la cantera. Realmente era algo excepcional, pero ni siquiera esos chicos conformaban más de la mitad de la plantilla de sus equipos. Más aún. Muchos de ellos procedían de distintos puntos del país (o de otro continente como Messi) y sus raíces distaban mucho de ser parecidas.

Pero estos cambios en el mundo fútbol, acentuados desde la existencia de la Ley Bosman, no consiguen que nos volvamos menos forofos de nuestro equipo. Al contrario. En un mundo hiperconectado y en el que los referentes tradicionales se evaporan, un club de fútbol funciona como el eje vertebrador de la tribu. Quizás como el único eje que permite sostener a una comunidad. Son nuestros chicos. Jueguen tres partidos con nosotros, sean vendidos al cabo de una temporada o hayan militado en un odiado rival. Representan una identidad. Son chicos que debemos cuidar. Sea el portero negro, los centrales gabachos, la estrella un moro y el que mete los goles un sudaca. Defienden lo nuestro. Con genes o sin genes.

El Chelsea FC fue el primer equipo que en el año 1999 firmó una alineación sin ingleses (no ya sin canteranos londinenses). El RC Deportivo, en las catacumbas de la Segunda B, cuenta con más de 17.000 socios que ni siquiera pueden acercarse a Riazor y todo con únicamente seis canteranos de 22 fichas profesionales. A mediados del siglo XX los portugueses iban a Inglaterra a trabajar en las obras y en los hoteles, ahora van a jugar a los Wolves donde ya son mayoría. Y si Ramos no está, el brazalete de capitán del Real Madrid, santo y seña del fútbol español, lo llevan por este orden Marcelo, Benzema y Varane. Ah! Y aunque Ramos lleva una vida en la capital, conviene recordar que no es canterano.

Ni siquiera el inquebrantable y excesivamente orgulloso Athletic puede mantenerse fiel a sus  principios. Lo que antes eran vizcaínos, luego vascos y más tarde navarros pasan a ser ahora cualquier muchacho que en edad de formación grite ¡Aupa Athletic! Nunca fue tan real que los de Bilbao nacen donde quieren.

Resulta ciertamente sorprendente como hemos pasado de defender a un equipo de canteranos para luego ampliar el foco y buscar, salvaguardando nuestro compromiso, un nuevo requisito en la nacionalidad y así aceptar que un futbolista forme parte de nuestra tribu. Y aun así, si el equipo rinde, y sigue dando éxitos a la tribu, la procedencia y las raíces son indiferentes, y es entonces cuando nuestro compromiso pasa a ser multicultural.

Los seres humanos no podemos evitar establecer relaciones entre nosotros, sin tener en cuenta factores como la raza, la educación o la religión. Pero al ampliarse nuestras interacciones también lo han hecho los lazos sociales. Sigue existiendo, y existirá, el racismo y el egoísmo, pero quizás no existe mayor forma de implicación y de respeto al que no es parecido que incorporándolo a tu tribu.

Incorporándolo a tu club de fútbol.

Un día como hoy en 1999 el Chelsea jugó con 11 extranjeros e inauguró el  fútbol moderno | Deportes Premier League | TUDN Univision
De todo menos ingleses

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Nadie anima a Goliat. La historia de Wilt Chamberlain (1ª parte)

Cuando el 12 de octubre de 1999 el sobrino de Wilt Chamberlain encuentre a su tío tirado en el sofá de su casa víctima de un ataque al corazón, se encontrará con una agenda con las llamadas pendientes para el día siguiente. El segundo en la lista era Bill Russell. Durante más de una década Chamberlain y Russell se pegaron en una cancha de baloncesto. A lo largo de más de un decenio ni se hablaron. Pero entonces, ya encarando la vejez, eran amigos. Bill Russell era el gigante bueno. El hombre que puso su físico al servicio de su equipo para crear una dinastía en la NBA. Chamberlain era Goliat. El hombre que según su propio recuento llegó a acostarse con más de 20.000 mujeres. El deportista que llegó a liderar la NBA en puntos, rebotes y asistencias. Pero también el hombre que fue incapaz de quitarse el sambenito de egoísta y de perdedor.

https://www.youtube.com/watch?v=FPXpGewsDyc

Wilt Chamberlain era un portento físico. El Stephen Hawking de la fisionomía. Era un armario empotrado de 2,16 metros de altura y 130 kilos. Un torrente de músculos desde las uñas de los pies hasta las cejas. Todo él era una gran espalda. Llegó a correr los 400 metros en 49 segundos, lanzar el peso a 16,27 metros o rebotar 1,98 metros en salto de altura. Un ser humano que por envergadura y coordinación estaba medio siglo adelantado a su tiempo.

Era un gigante de dibujos animados. De dimensiones deslumbrantes en una época donde las imágenes en movimiento escaseaban y todo había que fiárselo a las letras y a la fotografía. Se convirtió en un dios griego. Los niños hablaban de un King-Kong. Hay quien decía que tenía tornillos en la cabeza. Otros que no sabía hablar y que solo gruñía. Alguno comentaba que era Frankenstein con un balón de baloncesto. Un hombre que comía niños. Era fascinante. Era despreciable. El villano de un cómic de la Marvel.

Y es que Wilt jugaba entre niños. En el baloncesto de los 60 era Goliat entre lilliputs. Cuando debuta en la NBA y juega su primer ‘All-Star’, la diferencia de corpulencia entre él y el resto de los jugadores es demencial. En aquel partido entre las 24 estrellas más rutilantes del baloncesto mundial apenas hay otros cuatro jugadores que superen los 2 metros, algo inimaginable en la actualidad. Su descomunal planta hizo que ya en su época de instituto fuese una celebridad nacional. Recibió más de 100 becas universitarias, la gran mayoría de ellas con dinero bajo cuerda.

Wilt Chamberlain fue el primer baloncestista que dotó al deporte de la canasta del glamour de la celebridad. Mucho antes de que Lebron James cambiase su natal Cleveland por Los Ángeles con la mirada fijada en su posterior vida tras la retirada, Chamberlain ya había puesto la idea en marcha. ‘Big Dipper’ decidió abandonar Philadelphia (donde ganó un anillo) y mudarse a la soleada California. Al darse cuenta de su valor, no sólo como jugador sino como celebridad, Chamberlain comprendió que su futuro estaba en Los Ángeles, una ciudad con enormes posibilidades y el mercado más atractivo de Estados Unidos junto a Nueva York.

Chamberlain siempre fue un solitario. Era tremendamente egoísta y presuntuoso y siempre aprovechaba para mofarse de sus rivales. Nunca se le conoció pareja. Difícil promover cimientos con 20.000 mujeres de por medio. Lo cierto es que pocos hombres podrían competir con él, aunque sus más allegados, los pocos, consideraban que era una forma de autodefensa porque tenía miedo a que alguien le hiciese daño. Cierto o no, el caso es que siempre quiso profundizar, pero nunca intimar, con ninguna mujer.

Para Wilt el baloncesto nunca fue un juego de equipo. Por lo menos antes de llegar a los Lakers. Luego, también, aunque de forma menos acusada. Los partidos de Chamberlain eran conciertos de solistas. La gente sólo veía en la cancha a Wilt. La noche de 1962 en Nueva York en la que anotó la extraterrestre cifra de 100 puntos, un reportero que asistió al encuentro escribió: “Chamberlain les hizo sentir (a sus compañeros) su insuficiencia y pequeñez. Era grande, luminoso y ocasionalmente ruidoso (…) Él existía aparte de su equipo, orbitando en su propio reino brillante”.

En Los Ángeles, Wilt Chamberlain buscó la atención y el reconocimiento que merecía al ser enjuiciado como el mejor. Invirtió en inmuebles, restaurantes y caballos de carreras. Hasta compró una discoteca en Nueva York, en la época en la que Studio 54 era el centro del universo. Vivía feliz entre artistas y músicos engatusando y presentándose a diferentes mujeres. Le encantaba retar a otro hombre a jugar a cualquier deporte y tras su victoria revolotear cual pavo real delante de sus admiradas pretendientes.

La crítica baloncestística nunca lo trato bien. Para algunos Wilt Chamberlain ha sido el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos. Pero a pesar de su abrumadora superioridad (en 1962 promedió 50’4 puntos y 25’7 rebotes jugando todos y cada uno de los minutos de todos y cada uno de los partidos) nunca tuvo colmillo asesino. No fue Jordan, ni Bird, ni Magic, ni Lebron, ni Kobe. Y tampoco fue Bill Russell. Mientras Chamberlain coleccionaba récords individuales era derrotado una y otra vez en la lucha por el anillo de la NBA ante los Celtics de Russell. Éste, otro portento de 2,06 metros (con una media de más de 22 rebotes por partido en su carrera), posee la plusmarca de anillos de campeón con 11 en 13 temporadas, destacando como capitán y baluarte defensivo de un equipo en el que primaba la solidaridad. A ojos de todos Chamberlain siempre fue el malo de la película. Una estrella incapaz de hacer mejores a sus compañeros y un engreído que socavaba la autoridad de los entrenadores.

Su físico era tan deslumbrante que hubo que adaptar las normas para contenerlo. Cuando jugaba para la Universidad de Kansas al bueno de Wilt le dio por tirar los tiros libres haciendo mates. Es decir, saltar desde la línea a 4,60 metros del aro y machacar. Chamberlain promedió poco más del 50% en lanzamientos libres durante su carrera. Era su kriptonita. Así que vio buena esa solución. Al año siguiente se decretó que los lanzamientos libres se hicieran detrás de la línea de 4,60 prohibiendo expresamente saltar o introducirse dentro de la zona antes de que el balón tocase el aro. Tal y como lo entendemos hoy en día.

Algunos números que dicen que Wilt Chamberlain es el mejor jugador de la  historia de la NBA – Pio Deportes
Un hombre entre niños

La prensa lo retrató como un villano, una estrella meditabunda que destruyó la moral de sus equipos. Chamberlain representó la indulgencia y el individualismo excesivo. «Soy Wilt Chamberlain, una persona. Es mi individualismo lo que más valoro», dijo en una ocasión. Cansado de ser tildado de egoísta hubo un año en el que le dio por liderar la NBA en asistencias. No por compromiso con el equipo, sino para alimentar su egocéntrica personalidad. Sus 2,16 transformaron el baloncesto profesional para llevarlo a las alturas. Wilt Chamberlain hizo de la NBA una curiosidad. Una rareza antropomórfica que había que escrutar.

Tampoco ayudó a Chamberlain que no se significase políticamente. Al principio de su carrera su indiferencia ante la lucha por los derechos civiles de la población negra le granjeó la amistad de la elite blanca. Era un negro bueno. Al contrario, Russell, su némesis, fue portavoz de los deportistas negros que se negaban a alistarse para combatir en Vietnam. Así que cuando a finales de los 60 Chamberlain siguió escabulléndose de las cuestiones políticas, pasó de ser sospechoso a enemigo de la comunidad negra que no entendía que una persona de su relevancia no se implicara. Wilt siempre fue un hombre de ley y orden. Él sólo veía una diferenciación entre razas; el dinero.

Para los demás jugadores (que por entonces eran blancos en su mayoría) se convirtió en una amenaza. Acabará con el juego, decían los puristas. En realidad a lo que jugaba Chamberlain era a un baloncesto 2.0. Era una amenaza. Pero no por monstruoso, lo era por celos y fascinación. Cuando perdía o fallaba se le comparaba con un boxeador mediocre que intentaba entender el juego.

—UNA ORGÍA DE NÚMEROS Y UNA CATARATA DE DERROTAS—

Después de que los 76ers despilfarraran una ventaja de 3-1 ante los Celtics en las finales de la Conferencia Este de 1968, la prensa culpó a Chamberlain. Había llevado a los 76ers al título la temporada anterior, pero la realidad es que tras once temporadas con números monstruosos sólo había sabido saborear la victoria en una ocasión. Fue entonces cuando decidió firmar por Los Ángeles Lakers. A las razones anteriormente esgrimidas, había un par de ellas más profundas. Chamberlain solía acostarse con mujeres blancas, algo todavía tabú en muchas zonas de Estados Unidos, pero no así en la progresista California. Y además, su padre, residente en el Estado del sol, apuraba sus últimos meses de vida por culpa de un cáncer.

Los Lakers acababan de estrenar un fastuoso pabellón decorado con columnas púrpura y oro que obedecían a la disposición del foro imperial de Roma. En ‘The Fabulous Forum’ los Lakers construyeron el primer súper equipo de la historia antes de que Garnett se marchase a Boston, Lebron a Miami o Durant a San Francisco. Para la campaña 1968/69 Los Ángeles Lakers reunían a Elgin Baylor, el primer jugador en volar por encima del aro, a Jerry West, un tirador sublime que dio su imagen al logo de la NBA, y a Wilt Chamberlain. Con Goliat en plantilla los Lakers construían el mejor equipo de baloncesto de la historia.

Los Lakers pasaron como un ciclón en la temporada regular pero acabaron perdiendo en el séptimo partido de las finales ante los Celtics, sumando la que era su séptima derrota ante los de Boston. Wilt Chamberlain también contaba en siete las veces que había caído en un partido decisivo ante Bill Russell. El hombre de los 100 puntos nunca fue capaz de ganar un choque a vida o muerte ante el pívot solidario por excelencia. “Séptimo partido son las palabras más bonitas del baloncesto”, había dicho en una ocasión el bueno de Russell.

El camino de activismo social en la NBA y los inicios de la mano de Bill  Russell y Wilt Chamberlain | NBA.com España | El sitio oficial de la NBA
Russell (6) y Chamberlain (13)

En ese séptimo y decisivo encuentro, Chamberlain se pasó el último cuarto sentado en el banquillo discutiendo a grito pelado con su entrenador. Se dijo que estaba lesionado, pero la realidad es que Wilt no llegaba al 50% en tiros libres. Una vez que le prohibieron machacar el aro lo intentó de diferentes maneras, a cada cual peor. Sus tiros con cuchara espantarían a cualquier entrenador infantil. No era procedente mantenerlo en el partido en un momento caliente. Pero es que además, obsesionado como estaba con cincelar con números sagrados su legado, se había propuesto no ser nunca eliminado por faltas durante un partido. Esto hacía que en los momentos calientes bajara los brazos y su defendido tuviese pista libre para aterrizar en el aro.

Al año siguiente volvería a perder otra final, en este caso ante los Knicks de Reed, Frazier y Bradley. Más, por vez primera, el afecto y la ternura hicieron acto de presencia. Con 34 años y tras cerca de 900 partidos consecutivos, Goliat sufrió una lesión. Su rodilla dijo basta y tuvo que pasar por quirófano. Por vez primera Chamberlain dejaba de ser una bestia del Helesponto y se convertía en humano. “He hecho cosas que ningún hombre hará, pero la gente sigue esperando que me supere, y no puedo hacer eso”, comentó tras su vuelta en una muestra de dolor ajena al superhombre.

Finalmente, durante la temporada 1971-72, Chamberlain encontró la redención renunciando a ser Goliat. Se dedicó a rebotear y a defender dejando que Jerry West se centrase en anotar. Los Lakers se llevaron de una santa vez el campeonato y Chamberlain, por una vez, dejó de ser un perdedor. Para ello tuvo que renunciar a sí mismo. Tuvo que ser Bill Russell.

Pero más importante que el anillo fue la influencia de Chamberlain convirtió para convertir a Los Ángeles en un destino atractivo para jugadores y empresas que elevó a los Lakers al olimpo del baloncesto. “Mi impacto es eterno”, declaró al poco de retirarse.

Al dejar las pistas y al sucederse los años, se hizo ya de por si inevitable la comparación de Chamberlain con Russell, su eterno antagonista contemporáneo y con quien siempre hubo pugna por decidir quién de los dos era mejor. Y no había duda. Wilt siempre salía mal parado cuando se le comparaba con el portento de los Celtics de Boston, quien ganó 11 títulos de la NBA y nunca perdió una serie de playoff o de las finales con el hombre de los 100 puntos.

Y sin embargo Bill Russell estaba en aquella libreta que el sobrino de Chamberlain abrió el día de su muerte. Mucho antes, en aquel séptimo partido de 1969 en el que Goliat pasó el último cuarto en el banquillo supuestamente por una lesión, Russell le había sentenciado: “Para marcharse así de un séptimo partido de una final uno tiene que tener la pierna o la espalda rotas. Si no vas directo al hospital no tiene sentido que salgas de la cancha. Esas lesiones que se pasan a los tres minutos no son propias de campeones”. De todas las críticas que ha recibido en su carrera, esta es la que Chamberlain jamás va a perdonar. “Lo ha ganado todo y aun así sigue siendo un hombre infeliz”, contestará el superhombre.

Años después llegó la reconciliación y la devolución de visitas domiciliaras. Russell fue fiel a sí mismo, y tras una discreta carrera como entrenador se fue alejando de los focos hasta que la NBA lo recuperó para la causa hace poco más de una década. A Chamberlain el corazón se lo llevó poco después de los 60, pero por el camino se negó a envejecer y amenazó una y otra vez con volver a la NBA a impartir justicia.

Pero esa historia quedará para la próxima semana.

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Black Power: Anatomía de una fotografía

Antes de hablar de Tommie Smith y da la fotografía deportiva más icónica en la historia de los Juegos Olímpicos, hay que retroceder a 1865. Ese año la esclavitud es abolida en Estados Unidos tras una cruenta guerra civil. Podría parecer que una vez cerrada la caja de pandora llegaba la igualdad. Pues no. Justo ese mismo año los supremacistas blancos del sureste del país fundaban el Ku Klux Klan, una organización que intentaba, con frecuencia de forma violenta, mantener la subyugación de los negros. El poder blanco y los continuos enfrentamientos entre unos y otros hicieron que en 1876 se promulgasen las leyes de Jim Crow, que propugnaban la segregación racial en todas las instituciones públicas y daban pábulo legal el derecho de admisión en las privadas.

Había nacido el iguales sí, pero siempre separados.

Por supuesto esto se aplicaba a los deportes, con ligas de blancos en el beisbol (MLB), el fútbol americano (NFL), el hockey (NHL) o el baloncesto (NBA) y sus sucedáneas para gente de color. No sería hasta 1947 cuando un negro haga historia, no solo por ser el primero, sino por convertirse en un actor fundamental de una de las grandes ligas. Jackie Robinson, primera base de los Brooklyn Dodgers, fue el primer afroamericano en participar en la MLB y apenas dos años después de su debut fue elegido el mejor jugador de la competición (MVP).

Pero el deporte siempre ha ido un paso por delante de la realidad social. Robinson era un islote en un océano adverso. Poco o nada había cambiado desde la aprobación de las leyes de Jim Crown. Aun a finales de los 40 un ciudadano blanco del sur de Estados Unidos podía asesinar a sangre fría a un afroamericano sabiendo que si alegaba defensa propia jamás sería acusado.

Todo cambiaría cuando en 1955 Rosa Parks tomase un autobús para regresar a su casa tras una larga jornada laboral. Se sentó en la parte del medio del vehículo. La de delante era para los blancos, la de detrás para los negros, y en la del medio se podía sentar un negro siempre y cuando no hubiese un blanco que lo solicitase. Parks se acomodó y un chico blanco le pidió que se levantase para poder ocupar él el asiento. Parks, cansada, se negó a hacerlo, por lo que el chófer tuvo que llamar a la policía y Rosa Parks fue arrestada. Un joven pastor llamado Martin Luther King organizó una protesta en su apoyo y solicitó a la población negra que iniciasen un boicot a los autobuses públicos. Un año más tarde el estado de Alabama, de donde era Parks, abolió la ley de segregación entre blancos y negros en los autobuses.

Fue el inicio de una revolución. Comenzarían unos años de manifestaciones, disturbios y algún que otro fallecido, que concluirían felizmente en 1964 con la promulgación de la Ley de Derechos Civiles que prohibía la segregación y la discriminación racial. La ley establecía la desaparición de la discriminación en los centros públicos y privados, así como hizo ilegal la segregación de razas a la hora de contratar empleados. Eso decía la norma, pero sus efectos prácticos fueron lentos, y, aun bien entrado el siglo XXI, parecen lejos de acometerse por completo.

De ahí que cuando en abril de 1968 Martin Luther King sea asesinado por un supremacista blanco, parte del movimiento negro decida abandonar los postulados de igualdad de razas y de negociación pacífica (Luther King) y abrazar los de la lucha de clases y la superioridad negra (Malcolm X).

Ese es el Estados Unidos que le tocará vivir a Tommie Smith y a John Carlos.

Tommie Smith era uno de los once hermanos que crecieron en el seno de una familia algodonera del interior de Texas. Sus padres decidieron buscarse un futuro más halagüeño en la populosa California. De entre todos los hermanos, Tommie tenía unas piernas largas y fibrosas con las que consiguió una beca deportiva en atletismo para la Universidad Estatal de San José.

Eran tiempos de revueltas sociales, no sólo por los derechos de los negros, sino también por el de las mujeres, por el reconocimiento de las libertades sexuales o de la negación del patriotismo estatal. A finales de los 60, por vez primera en la historia de la humanidad, los jóvenes se revelan ante su destino y la madurez pasa de ser un valor a un demérito. Es en California donde esa contestación social, concretamente la de los negros, tiene mayor eco. Destaca sobremanera un profesor de sociología llamado Harry Edwards quien impulsó el Proyecto Olímpico para los Derechos Humanos (OPHR en sus siglas en inglés) en 1967.

El OPHR sostenía que a través de los deportistas negros de élite se podía concienciar a la humanidad acerca de la segregación racial de los Estados Unidos, del apartheid en Sudáfrica y sobre el racismo en cualquier deporte. El OPHR solicitaba a todos los atletas negros estadounidenses que no participasen en los Juegos Olímpicos de México de 1968 como protesta por las injusticias raciales. Para participar exigían que a Sudáfrica se le prohibiese participar en los JJ.OO, que Avery Brundage renunciara como presidente del COI (Brundage era un reconocido racista) y que a Muhammed Ali se le devolviese el título de campeón de los pesos pesados (se le había retirado al negarse a acudir a la Guerra de Vietnam).

El OPHR pasó a ser conocido coloquialmente como el movimiento del poder negro, el ‘Black Power’.

A la hora de la verdad pocas ‘vedettes’ optaron por renunciar a un sueño olímpico tras cuatro largos años de duro entrenamiento. La renuncia más pomposa fue la del baloncestista Lew Alcindor (más adelante Kareem Abdul-Jabbar). Otros como Tommie Smith y el también velocista John Carlos, optaron por una solución mucho más impactante.

Tommie Smith y John Carlos, ambos de raza negra, iban a competir en la final de los 200 metros lisos. Carlos era el favorito, ya que había sido el primer atleta en la historia en bajar de los 20 segundos en la prueba, pero el día de la carrera la victoria de Smith fue incontestable. Tras un cambio de ritmo brutal, Tommie Smith lograba la medalla de oro con un tiempo de 19’83’’ que era nuevo récord mundial. En segundo lugar quedaba el australiano Peter Norman y la medalla de bronce era para John Carlos. Pasarían once años hasta que el italiano Pietro Mennea rebaje el récord de Tommie Smith.

Mientras esperaban para subir al pódium para la entrega de medallas, John Carlos se acercó a Smith. Sigilosamente le entrega un guante mientras le susurra que el momento ha llegado. Aún habría algo más. En la solapa de la chaqueta del chándal de los Estados Unidos ambos atletas habían colocado una chapa del movimiento ‘Black Power’. Justo antes de ponérsela, John Carlos decidió ofrecer una insignia a Norman que aceptó a lucirla en su propia sudadera. No era esta una decisión sencilla, pues Norman, aunque blanco, representaba a un país que por entonces tenía silenciada a su población aborigen.

Los atletas salieron a la pista sin que todo esto fuera advertido por el ojo del común de los mortales y se subieron al pódium para escuchar el himno de los Estados Unidos. Cuando los acordes iniciales sonaron, Smith y Carlos bajaron sus cabezas, cerraron los párpados y ascendieron los brazos al cielo. Tommie Smith levantó el derecho y John Carlos el izquierdo, cerrando la mano y exhibiendo sus puños enfundados en un guante negro. Y no solo eso. Hoy ha quedado en el olvido, pero el impacto de los puños no tuvo entonces comparación con el de los pies. Y es que Smith y Carlos decidieron descalzarse y enseñar unos calcetines negros como símbolo de la pobreza de la población afroamericana.

Black Power. Peter Norman, el héroe olvidado de México 1968 ...
De izquierda a derecha. Norman, Smith y Carlos

La imagen, la fotografía que ha quedado para la posteridad, conserva muchos más detalles. Smith llevaba un pañuelo negro alrededor de su cuello que según dijo representaba el orgullo del ‘Black Power’. Carlos tenía la chaqueta de su chándal desabrochada como muestra de solidaridad con la clase obrera de Estados Unidos y acarreaba también un collar, según explicaría, en homenaje a las personas negras linchadas o asesinadas y para las que nadie nunca ha tenido una oración. Años más tarde también se sabría que John Carlos se había dejado su par de guantes en la villa olímpica y fue Norman quien les sugirió que compartiesen los de Smith y que cada cual llevase uno en cada mano.

Tommie Smith llegaría a confesar años más tarde que en ese momento esperaba que alguien le pegara un tiro en la cabeza. Y no era para menos. El violento silencio que conquistó el estadio es difícil de olvidar, pero aún más los abucheos cuando la música dejó de sonar. Eran otros tiempos. Brundage y los miembros del COI estallaron de indignación. Los tres atletas fueron expulsados de la villa olímpica y el COI decidió hacerles la vida imposible y acabar con sus carreras deportivas. Lejos de ser héroes, tanto el Gobierno de Estados Unidos como el de Australia decidieron ningunearlos y participaron del complot del COI para hacerlos pasto del olvido.

Aunque acabaron desterrados, hubo también defensores de Smith y de John Carlos, aunque sus voces quedaron apagadas. Si bien la carta olímpica prohibía y prohíbe los gestos políticos de todo tipo, muchos recordaron que el COI había permitido el saludo nazi durante los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. Brundage, que en su día había visto con buenos ojos el nacionalsocialismo, se defendió argumentando que el saludo de los nazis era el saludo nacional alemán de entonces y que había sido aceptado por la Sociedad de Naciones. Sin embargo, el saludo de los atletas Tommie Smith y John Carlos no era oficial ni en Estados Unidos ni en ningún otro país, por lo que era absolutamente inaceptable.

Tommie Smith, medalla de oro y récord del mundo, se pasó los siguientes años de su vida subsistiendo en un lavado de coches. Quizás se preguntaba si hubiese sido más sensato renunciar a ir a los JJ.OO como había hecho Abdul-Jabbar y continuar con su carrera deportiva.  Su vida se había convertido en un infierno. Aquel gesto había dignificado a los negros, pero a él le había destrozado la vida. Durante décadas Tommie Smith fue solo una fotografía en el recuerdo. Llegaría hasta vender sus zapatillas y su medalla de oro para poder pagar el alquiler de su casa.

La vida de John Carlos no fue mucho más sencilla a pesar de que consiguió un trabajo como preparador físico en un instituto. También proscrito, a la tragedia del olvido y de la ausencia de oportunidades, hubo de añadir el suicidio de su mujer. Había sido ella la que había tenido la idea de los guantes y quien decidió comprarlos. Para Norman la vida no fue tan difícil. Fue repudiado como atleta, pero pudo llevar una vida cómoda en el ámbito civil. Sus desvelos por lo sucedido se convertirían en continuos problemas de depresión y adicción al alcohol.

No sería hasta inicios del siglo XXI cuando la memoria de Smith y Carlos fuese reparada. Sería en el entierro de Norman, ocurrido en Australia ya en 2006. Durante el sepelio aquellos dos atletas negros estadounidenses portaron el féretro mientras sonaba la banda sonora de ‘Chariots of fire’.

«Si gano, soy americano, no afroamericano. Pero si hago algo malo, entonces se dice que soy un negro. Somos negros y estamos orgullosos de serlo. La América negra entenderá lo que hicimos esta noche». Tommie Smith.

Peter Norman, Juan Carlos, Tommie Smith 1968 Fotografía de stock ...
Black Power
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