historia

Especial Año Nuevo: Entrevista a Nerón

Uno aguarda distinguir a un semidios pero en cambio se encuentra con un varón joven, pecoso y pelirrojo, un tanto pasado de peso, mas con unos penetrantes ojos azules que se clavan como un témpano de hielo en el corazón. Esa aguda mirada te hace comprender porque este mortal fue considerado el Anticristo. Nerón Claudio César Augusto Germánico fue el último emperador romano de la dinastía Julio-Claudia, un consumado deportista y un tirano que dominó el mundo conocido entre el año 54 de nuestra era y el 68 d.C.

Resultado de imagen de neron
Peter Ustinov, el Nerón mas famoso de todos los tiempos

Misterdato (P): ¡Feliz año César!

Nerón (R): ¿Qué dice usted? ¿Son las calendas de marzo?

P: No, no. Estamos a primeros de enero del calendario gregoriano. Acaba de comenzar el año 2020 d.C.

Nerón (R): ¡Cómo! ¡Cristo! ¿Aún sigue en pie esa secta? ¡A mí la guardia! ¡Pretorianos! ¡Dónde están mis legiones!

P: Cálmese, César. El mundo está plagado de cristianos pero no se preocupe, van a menos. Los que van a más son los musulmanes. Pero la verdad es que el tema religioso está perdiendo muchos adeptos, sobretodo en Europa. En otros sitios como América se mantiene muy bien.

Nerón (R): ¿América? ¿Qué es eso? ¿Una nueva tribu de bárbaros?

P: Es complicado… nos estamos desviando del tema. Este es un blog deportivo y si he considerado entrevistarle es porque usted fue un afamado protodeportista.

Nerón (R): En efecto. Siempre he considerado que un emperador es un dios tanto por lo que hace en el extra mundo como por el legado que deja a sus súbditos. A mí me gustaba comer, fornicar, matar, ya sabe, todas las obligaciones que tiene un emperador, pero también gozaba cantando, escribiendo poesía y, por supuesto, practicando deporte.

P: Se dice que estaba usted recitando versos y tocando la lira mientras Roma se quemaba durante el gran incendio del año 64.

Nerón (R): ¡Falacias! ¡Es una gran mentira! Yo fui el último emperador de la dinastía Julio-Claudia. Luego vinieron los Flavios, ya sabe, Trajano y toda esa gentuza, y lo que hicieron fue hacer propaganda en mi contra. Cuando el incendio se origina cerca del Circo Máximo yo no estaba en Roma. Tardé tres días en retornar y una vez regresé me puse al mando de los vigiles, el servicio de bomberos que yo mismo fundé. Luego los puñeteros artistas cristianos del Renacimiento empezaron a pintar cuadros de mí tocando el violín mientras Roma era devorada por las llamas. ¡Pero si no existía el violín en el año 64!

P: Correcto, pero siendo sinceros tampoco le preocupó mucho el incendio.

Nerón (R): Ustedes tienen ahora una tontería llamada Derechos Humanos. Nosotros no. Por eso dominamos el mundo conocido. El incendio fue una oportunidad. Pude reconstruir la ciudad a mi antojo. Hicimos una Roma nueva y ordenada. Creé los patios de manzanas, delimite la altura de los edificios e hice calles anchas y seguras. ¿A quién le importa la vida de plebeyos desconocidos? A los emperadores se nos recuerda 2.000 años después, al populacho no. ¿Cree que alguien se va a acordar de usted y de su morralla de blog cuando se muera? Después del incendio me hice un palacete, la Domus Aurea. Aquello era el paraíso. Tenía una sala de banquetes con una mesa redonda gigante. El palacio tenía lagos, jardines y una fuente de agua dulce. Hice desviar uno de los acueductos de Roma para que fluyera directamente a mi domus. Hice las mejores fiestas de la antigüedad. La cubertería era de plata y tenía asnos de bronce en cada habitación de invitados. Tenía las alforjas de los asnos siempre llenas de fruta fresca. Pero lo que más me gustaba era el agua de nieve que los esclavos de Alejandría me traían para lavarme las manos. ¡Qué tiempos!

P: Le podríamos llamar César, pero también tirano.

Nerón (R): ¡Me encanta que me llamen así! También me nombraron el Anticristo ¡El gran tirano! ¡Qué gran orgullo!

P: Vamos a ver si reconducimos la entrevista. ¿Por qué le gustaba practicar ejercicio físico?

Nerón (R): Yo fui un gran competidor. Un gran apostador. No sólo en el deporte, en la vida en general. Tiene que darse cuenta que mi vida era aburrida. Comía y bebía. Dicen que era un perverso sexual ¡No tenía otra cosa que hacer! Competía con mis subordinados a ver quién conseguía tirarse a más personas en el menor tiempo posible. ¡Hombres y mujeres! Libertad sexual. ¡Muerte a los cristianos! Una vez aposté unos miles de denarios para ver si era capaz de tirarme a un esturión. No lo conseguí. ¡Tuve que matar al que apostó conmigo!

P: …

Nerón (R): No se asuste. Todo es competición, es riesgo. Deporte extremo lo llaman ahora, ¿no?

P: Sí…también le llamamos civismo. Desequilibrado mental…cosas así.

Nerón (R): Tampoco se crea todo lo que se ha escrito sobre mí. Que si soy un monstruo o un ególatra… Por ejemplo, es verdad que me tiré a mi madre y que la mate. También es cierto que maté a mis hermanastros, ¡pero es que la lucha por el poder es enrevesada! Igualmente mandé envenenar a mis dos esposas, ¡pero es que no me daban hijos! Y una vez intenté castrar a un hombre. ¡Pero lo que no es verdad es que intentara casarme con él! Eso fue propaganda cristiana. Pero ya se sabe que el símbolo es mucho más poderoso que los hechos, y así me ha juzgado la posteridad.

P: Ya me ha quedado claro que usted era un tirano, pero un buen tirano, no cabe duda, un tirano inmejorable. Pero volviendo al tema deportivo, ¿es verdad que el deporte influyó en su asesinato?

Nerón (R): Sí. Ustedes se escandalizan mucho por el tema sexual, pero eso era habitual entre los patricios romanos. Pero lo que era inconcebible para un patricio es que escribiese versos o participara en festivales de música. Y no hablemos de correr, saltar o practicar cualquier actividad deportiva. Eso era una ofensa para un patricio. Y yo no era un patricio cualquiera, yo era el emperador.

P: También se la acusa de ordenar el asesinato de Séneca, la mente más brillante de su época.

Nerón (R): Séneca se suicidó. Demuestre usted que yo lo mandé matar. Atrévase. Eso lo primero. Y por otro lado, es cierto que él me acusó en el Senado de haber asesinado a su madre, pero lo que la gente suele obviar es que él se hizo millonario a mi lado mientras filosofaba sobre la moral y la pobreza. Repito; el símbolo es mucho más poderoso que los hechos.

P: Vamos al tema. ¿Cuándo decide participar en los Juegos Olímpicos del año 67?

Nerón (R): Cuando el incendio, que fue tres años antes, empecé a cantar en público tanto en Roma como cuando viajaba a Neápolis y vi que a la gente le encantaba y me adoraba. Pregunté en el Senado que les parecía mi voz y todo el mundo me decía que era extraordinaria. Comencé a ganar concursos de canto por toda la Península Itálica.

P: Es bueno señalar a los lectores que en el protodeporte, hace 2.000 años, tanto el canto como la poesía eran considerados deportes. Volviendo a sus victorias, se dicen que estaban amañadas.

Nerón (R): Eso decían, pero entonces déjeme afirmar. Si era denigrante que un emperador cantara, ¿por qué me dejaban ganar? Si hubiese perdido esos festivales igual no hubiese vuelto a cantar en público.

P: Igual tenían miedo a que si le dijesen la verdad acabarían muertos…o con los esturiones.

Nerón (R): ¡Ni que fuese un monstruo!

P: …

Nerón (R): ¡Qué!

P: El caso es que como siempre ganaba en todas las competiciones en las que se inscribía decide llevar su talento a los Juegos Olímpicos.

Nerón (R): También había un motivo político. ¡Aunque no lo parezca yo era el dueño del mundo conocido! Habíamos tenido una guerra con los griegos y consideré que participar en los Juegos era una forma de mejorar las relaciones con el mundo heleno. De hecho, aproveché la competición para declarar en toda Grecia la ciudadanía romana de pleno derecho, por lo que ya no tendrían que pagar más tributos. Impuestos que dicen ustedes.

P: Participó en seis disciplinas. Carreras de cuadrigas, canto, lanzamientos, música, teatro y danza.

Nerón (R): Sí, y si hubiese habido más pruebas hubiese participado en más. Mi favorita era la carrera de cuadrigas. Contaba con diez caballos africanos impresionantes. No sé si sabía usted que sufrí una fuerte caída en una de las curvas del circuito. Estuve a punto de morir aplastado por mis rivales, pero afortunadamente pude rehacerme y llevarme la victoria.

P: Dicen las crónicas que los rivales, asustados por su ira, aflojaron el ritmo y le dejaron ganar. Otras crónicas señalan que usted contaba con diez caballos y sus rivales con cuatro.

Nerón (R): Propaganda. Era el mejor y tenía los mejores caballos. ¡Eran tan rápidos que parecían más de los que eran!

P: También se dice que no cantaba demasiado bien y que las coronas de laurel fueron todas compradas.

Nerón (R): ¿Acaso es delito que un emperador mejore la vida de sus plebeyos con un saquito de denarios? ¡Es labor del César que el pueblo viva bien! ¡Qué es de un tirano sin sobornos! ¡Si en eso que llaman democracia hacen lo mismo!

P: El caso es que ganó tantas medallas como Michael Phelps.

Nerón (R): Ese quien es. ¿Un emperador?

P: Un emperador del deporte, podríamos decir. Pero él se dedicaba a nadar.

Nerón (R): Interesante. Los romanos, por lo general, no sabíamos nadar. Pero sí, gané todos los trofeos. Me los llevé todos a Roma y me hicieron un desfile de la victoria. Me proclamaron el deportista más grande del Imperio Romano. Algo que, por supuesto, ya sabía de antemano.

P: Mandó que le hicieran una estatua descomunal.

Nerón (R): Fue cosa del pueblo que me adoraba. Era una majestuosa estatua de 35 metros. Estaba situada donde hoy está el Coliseo. Le voy a contar una cosa que seguro que sus lectores no saben. Fue Vespasiano el que mandó construir un enorme anfiteatro y le puso el nombre Anfiteatro Flavio en honor a su dinastía. Pero la gente le empezó a llamar Coliseo en recuerdo a mi colosal estatua. Ya le digo que en el fondo la gente estaba encantada conmigo.

P: De lo que no hay duda es que usted revivió los Juegos Olímpicos. Estaban agonizantes y volvieron a estar en boca de todos gracias a sus triunfos, fuesen comprados o no.

Nerón (R): Mis antecesores estaban en contra de los Juegos porque lo consideraban algo griego. Por eso yo le di la ciudadanía romana a los griegos. De este modo los Juegos Olímpicos pasaban a ser romanos. Sabía que a los plebeyos les encantaban y a mí me encantaban. Me permitían ser yo mismo. Era feliz. Recuerdo una vez que participé en una obra de teatro y vi a un espectador que no me aplaudía. Ordené ejecutarlo. ¡Qué bien me sentí!

P: Dicen que cuando usted decidió suicidarse gritó “Oh, qué gran artista se pierde el mundo!

Nerón (R): Es que como César no fui gran cosa, pero como artista no ha habido otro igual. Me acuerdo perfectamente como si fuese hoy. Era junio del año 68. Había un complot contra mí y querían matarme. Pero yo no lo podía permitir. Mandé llamar a mi liberto y le ordené que me clavara una daga en la garganta. Le dije que lo hiciese poco a poco y que apuntase la frase. ¡Fue mi última gran representación!

P: A pesar de que considero que está usted como las maracas de Machín, no me queda más remedio que darle las gracias por haber mantenido viva la llama de los Juegos Olímpicos.

Nerón (R): Ya me dijeron que los Flavios empezaron desprestigiándolos y luego los cristianos acabaron prohibiéndolos para que nadie se acordase de mis hazañas. De todos modos le diré una cosa, si no hubiese sido los Juegos Olímpicos hubiese sido otra cosa. Yo era el César, tenía el poder y los medios. Hubiese sido el mejor en lo que me hubiese dado la gana.

P: También es verdad.

Nerón (R): Pues eso.

Resultado de imagen de neron deportista
Nerón y Phelps. Por increíble que parezca, dos leyendas olímpicas
Leer más

Especial Navidad: Entrevista a Franco

Acudo a la entrevista a la hora acordada. Me han dicho que es estricto con los horarios. Dicen que ha estado orando. Es tal y como me habían comentado. Bajito, rechoncho y débil desde su infancia, había compensado su fragilidad física con una fuerte determinación y un deseo de poder. Francisco Franco, veterano de la Guerra de Marruecos, general, caudillo, jefe del Estado, ganador de una guerra e instaurador de un régimen dictatorial tan personal que fue conocido como ‘Franquismo’, me recibe para esta entrevista.

Misterdato (P): Antes de nada, felices fiestas. Son sus primeras navidades lejos del Valle de los Caídos. ¿Cómo lo lleva?

Francisco Franco (R): Déjeme a mí también felicitar las fiestas a todos los buenos españoles. Me encuentro bien, la verdad. Es una humillación y un deshonor que me hayan sacado del lugar en el que merecía estar. Pero estoy en El Pardo, en mi casa, cerca de mi mujer, por lo que éstas son mis primeras navidades a su lado desde hace 45 años.

P: ¿Sin rencores entonces?

Francisco Franco (R): ¡Qué remedio! La Iglesia admite a los homosexuales, el ejército está infestado de mujeres y de sudamericanos y el sexo… ya sabe que yo nunca fui amigo del sexo. Para mí el mejor sexo era el campo de batalla. Y ahora lo único que veo son imágenes obscenas mire hacia donde mire.

P: Bueno. En todo caso esto es un blog de deportes y por eso lo hemos traído hasta aquí. ¿A usted le gustaba el deporte?

Francisco Franco (R): Sinceramente no mucho. No entiendo como a usted le puede gustar. Recuerdo cuando Adolfo Hitler montó aquellos Juegos Olímpicos. Siempre estuvo un poco loco, parecía que representaba una comedia. Yo sirvo a España. Me parezco más a Salazar, un hombre modesto e inteligente. No me gustan esos estadios llenos. Yo prefiero la sencillez de la naturaleza. Mis días de descanso eran para pescar y para cazar. Fíjese todos los récords que tengo y nunca he presumido de ellos.

P: Pero seguía la liga de fútbol todos los domingos. Creo recordar que le tocó una quiniela.

Francisco Franco (R): Era una afición, me ayudaba Carmencita. Otras veces era Vicente (médico personal del Caudillo). Pero el fútbol nunca me gustó. Tengo jugado al tenis o al golf, pero eran compromisos sociales. Yo era de echar la partida, cazar y sobretodo pescar. Me encantaba navegar con el Azor. Podía estar durante horas peleando con los salmones y con los atunes como si de rojos se tratase. Los mataba a palos. Bueno, ¡eran atunes rojos! (risas). Una vez estuviera cerca de una hora para pescar a uno de más de 80 kilos. A veces me cansaba, pero no podía decirlo. Un Caudillo de España ni suda ni se fatiga.

P: Se dice que le ponían las presas a tiro.

Francisco Franco (R): Envidias. Propaganda marxista. Yo cazando era tan feliz como un burro en un prado verde. Si he gobernado con mano de hierro España y ajusticiado a miles de personas; ¿de verdad cree usted que un mísero animal se me iba a resistir?

P: Hombre, visto así.

Francisco Franco (R): El Azor me encantaba. En verano tengo competido en alguna regata en la ría de La Coruña. Y era una maravilla porque tenía un teléfono a bordo desde el que podía hablar con mis ministros sin moverme del medio del mar. Con la caza había más problemas porque después de cazar a la fiera, había que comerla. En mis últimos años mi médico me prohibió la caza, porque cada vez que íbamos al monte volvía con unos cuantos kilos de más. Carmen me tenía que ampliar el fajín de Generalísimo cada dos por tres.

P: No quisiera importunarle Excelencia, pero seguimos sin hablar de deportes. Se lo digo porque liquidar animales en desigualdad de oportunidades no es deporte. Así que si me lo permite vamos a cambiar de tercio. Dice usted que no le interesa el deporte, pero en 1941 creó la Delegación Nacional de Deportes (DND) quedando todo club y competición deportiva subordinada a Falange a imagen y semejanza de lo que Mussolini había hecho en Italia.

Francisco Franco (R): Para los españoles no hay ninguna política extranjera que pueda funcionar. Mussolini moldeó una ideología original y poderosa. Pero nosotros nos guiamos por el espíritu, la inteligencia y el corazón. Recuerde que la Falange fue siempre un partido residual, lo que yo creé fue el Movimiento Nacional para aglutinar a todas las sensibilidades.

P: No sé si le gusta el toreo, pero me está toreando.

Francisco Franco (R): Le contesto, no se preocupe. Mussolini controlaba todos y cada uno de los clubes y asociaciones deportivas que había en Italia, que eran más de 1.500. Todos los grandes estadios de Italia, y muchos aún están hoy en pie como en Génova o en Turín, fueron pagados por el Estado. En Italia se construyó un estadio nacional con el nombre de Estadio Nacional Fascista. Creo que hoy juega allí la selección de rugby. Yo no puse ni una peseta en un estadio de fútbol. En Italia, en Francia, en Portugal o en Inglaterra hay un estadio nacional. En España nunca lo hubo. En España son los socios los que con su dinero levantan los estadios como pasó con el Atlético de Bilbao o el Real Madrid, y si no son los ayuntamientos con ayuda de mecenas locales como el del Deportivo de La Coruña. ¡Nosotros no teníamos ni dinero ni deportistas! ¿Ha visto usted alguna infraestructura que lleve mi sello? Yo me dediqué en cuerpo y alma a los pantanos.

P: Habrá quien diga que el estadio nacional de España es el Santiago Bernabéu. ¿Usted es simpatizante del Real Madrid?

Francisco Franco (R): Yo sabía que después de la II Guerra Mundial vendría la era de la concordia europea. Por eso no me dejé convencer por Adolfo y no entré en la guerra. Yo nunca fui del Real Madrid, pero entendí que el Real Madrid era un instrumento ideal para llevar el nombre de España por toda Europa y para que el resto del continente entendiese que nuestra lucha era la lucha de todos ante el contubernio judeomasónico.

P: Pero, ¿ese uso del Real Madrid como instrumento internacional no estaba preparado desde dentro? ¿Qué me dice de aquello de que las Copas de Europa del Madrid eran compradas por Franco?

Francisco Franco (R): ¡Qué me hace gracia! Es mejor que los chistes de Gila ¡Si yo no pintaba nada en Europa! Fíjese que Holanda, con tres veces menos habitantes, tenía un PIB superior al nuestro. Sencillamente aprovechamos la oportunidad. Lo único que hicimos fue favorecer la nacionalización de jugadores oriundos, hermanos de la España sudamericana. Aquel Real Madrid contaba con Domínguez, Santamaría, Rial o Di Stéfano u otros como Puskas que fueron rápidamente españolizados. Pero todo esto era cosa de López Bravo y sobretodo de Fernando Castiella, que fue un gran ministro de exteriores y también un gran madridista.

P: Mencionaba usted a Puskas. Su nacionalización fue exprés.

Francisco Franco (R): Era una cuestión humanitaria. Ese hombre escapó de la barbarie roja para poder vivir en paz con su familia en España. Pero también lo hicimos con Kubala y jugó en el Barcelona. Cualquier persona que estuviese en contra del comunismo era bien recibida. Esa es una lucha de la que nunca desfalleceré. Recuerde que se me conoció como ‘El centinela de Occidente’.

P: También como ‘Paquita’ o como ‘Cerillita’, aunque imagino que eso son apodos que prefiere no recordar. Aunque es cierto que usted fue un célebre azote del comunismo. Recuerdo que no permitió que la selección de fútbol jugase en Moscú los cuartos de final de la Eurocopa de 1960 quedando automáticamente descalificada. Tampoco dejó que el Real Madrid de baloncesto jugase eliminatorias europeas en la URSS a pesar de que el Madrid paseaba el nombre de España por el continente. Y sin embargo usted estuvo presidiendo el palco del Bernabéu cuando España derrotó a la URSS en la final de la Eurocopa de 1964, ¿cómo fue eso posible?

Francisco Franco (R): ¡Qué remedio! ¿Usted cree que en los 50 iba a permitir que se emitiesen películas subidas de tono o que las mujeres fuesen enseñando las piernas? Y en mis últimos años de mandato todas lo hacían. En 1939 todos los clubes deportivos saludaban con el brazo en alto y la selección jugaba con camiseta azul. ¡Hay que evolucionar! ¡Cómo si no iba a aguantar 40 años en el poder! No quería que jugasen en la Unión Soviética porque podían ser contaminados con ideas marxistas que acabaran con la pureza de aquellos muchachos. En 1964 era una final, y era en España, no me quedó más remedio que aceptarlo. Los rusos estuvieron vigilados las 24 horas del día y tengo que decir que tuvieron un comportamiento esplendoroso. Realmente nunca tuvimos ningún problema con ellos. Cada uno en su casa y Dios en la de todos.

P: ¿Era simpatizante de algún equipo?

Francisco Franco (R): Como ya le dije nunca he sido futbolero. Sí que es verdad que durante un tiempo simpatice con el Atlético Aviación, lo que hoy es el Atlético de Madrid, aunque sin mucho entusiasmo. Tenía ahí a muy buenos amigos como el comandante Luis Navarro o el alférez Salamanca. Además el entrenador era el ilustre Ricardo Zamora, una leyenda de nuestro fútbol, un poco rojillo, pero supimos enderezarlo a tiempo. Y luego, supongo que por afinidad con la patria chica, siempre me ha interesado lo que ha hecho el Racing de Ferrol, esa tan bella ciudad que lleva mi apellido.

P: A decir verdad ya no lo lleva –afortunadamente-, pero ya que habla del Racing podemos hablar de la primera final copera tras la Guerra Civil, la primera Copa del Generalísimo. Sevilla contra Racing de Ferrol y que usted obligó a que se celebrase en Montjuïc.

Francisco Franco (R): Como ya le comenté antes hay que evolucionar. Aquella final de Copa se celebró apenas un par de meses después del fin de la guerra. Sí, es verdad, hubo venganza. Pero hay que tener en cuenta el momento. Yo quise que aquel partido se jugase en Barcelona. Se escuchó el himno de España y luego el ‘Cara al sol’ y una multitud de catalanes alzó el brazo al cielo en señal de respeto. El partido lo presidió el General Moscardó, el héroe del alcázar de Toledo, y su hija fue quien hizo el saque de honor. Los futbolistas dejaron una corona de flores en un monolito en honor a los caídos por Dios y por la Patria. El monolito, por cierto, fue de obligada presencia durante unos cuantos años en todos los estadios de España sin excepción.

P: No me queda más remedio que preguntarle por el tema más candente del momento; Cataluña. Y si nos referimos al mundo del deporte hay que preguntarle por el FC Barcelona. Hay quien dice que todo lo que estamos a vivir en la actualidad tiene como origen y como culpable a Francisco Franco.

Francisco Franco (R): Eso es una gran mentira. El problema catalán viene de muy atrás, de las Guerras Carlistas y del desastre español del siglo XIX. Fue Espartero, allá por 1842, el que dijo que por el bien de España habría que bombardear Barcelona cada 50 años. No fue el Caudillo, fue el general Espartero, un político liberal, de esos que eran apreciados por la República y que nosotros siempre hemos odiado. A los dos años de mi fallecimiento en Barcelona borraron mi nombre del callejero. ¿Sabe cuándo le quitaron la calle a Espartero? En 2008. Ese sí que era un dictador, no yo. Eso es algo pueril. Tiene más poder el presidente de los Estados Unidos que él que yo tuve nunca. Cataluña es un problema y yo quise unificarla a través de la familia, los municipios y los sindicatos.

P: No vamos a entrar en vicisitudes políticas, ya le he dicho que este es un blog de deportes. Pero marchemos a varios hechos concretos. ¿Qué me dice del famoso 11-1 del Madrid al Barça en la Copa de 1943? Se dice que los jugadores catalanes recibieron órdenes de perder.

Francisco Franco (R): Rotundamente falso. Mi objetivo siempre fue que con el deporte todos los pueblos de España estuviesen hermanados. Seamos civilizados. ¿No se cantaba ‘Los segadores’ en el campo del Barcelona? ¿El estadio no se llama ‘Camp Nou’ en vez de ‘Campo Nuevo’? ¿Puse yo algún impedimento? ¿Sabe cuántas medallas me dieron? No una ni dos. Y la última en 1974 cuando el presidente era Montal, un catalanista acérrimo. Aquella eliminatoria fue una vergüenza para todo español. En la ida hubo un recibimiento espantoso con insultos y altercados a los madrileños (el Barça ganó 3-0) y en la vuelta pasó lo mismo con los barceloneses. Y no hubo más. Y fíjese de mi equidistancia con el tema que al acabar el partido cesé a ambos presidentes, tanto al del Real Madrid como al del FC Barcelona, por el mal comportamiento de la afición en ambos casos y por actos subversivos contra España. Gracias a esa decisión Bernabéu se convirtió en presidente del Madrid, ¿y sabe que fue lo primero que hizo? ¡Acusarme de beneficiar al Barcelona!

P: Pero no me negará que el catalanismo del FC Barcelona siempre ha sido mal visto por usted.

Francisco Franco (R): Pero lo que yo le digo es que Francisco Franco hizo todo lo posible para evitarlo. Fue Primo de Rivera el que cerró el campo de Les Corts cuando se pitó al himno nacional. ¡Yo nunca he cerrado el Camp Nou! Le reitero lo dicho, no existió lugar durante el Franquismo donde se hablara más catalán que dentro del estadio. Y nunca puse ningún impedimento a sabiendas de que sucedía continuamente. ¡Dejar hacer y callar! ¡Cómo Pedro Sánchez! ¡Somos tal para cual!

P: Humor negro, Excelencia.

Francisco Franco (R): Es lo que queda. Eso, y mis recuerdos.

Leer más

¿Por qué en Lituania se juega al baloncesto?

En la prehistoria del baloncesto, cuando la técnica aún estaba en pañales, el componente morfológico era el primordial. Los países de la Europa septentrional, alta y bien alimentada, dominaban el básquet. Pero sólo en uno de esos lugares, en una esquina del Mar Báltico, la técnica del baloncesto evolucionó con celeridad, lo que unido a las excelentes condiciones físicas convirtió al baloncesto en su seña de identidad. En Lituania el `krepsinis’ (baloncesto) es sagrado. Lituania comparte etnia y lengua con los letones. Pero en Letonia pocos juegan al baloncesto. Lituania comparte cultura con Suecia o Estonia. Pero pocos en Suecia o en Estonia juegan al baloncesto. Lituania comparte historia, religión y glorioso pasado en común con Polonia. Pero pocos juegan al baloncesto en Polonia. Entonces, ¿por qué en Lituania se juega al baloncesto?

En 1937 y 1939 Lituania se coronó como bicampeona de Europa antes de que la pequeña república báltica perdiera su independencia frente a la URSS. El padre del básquet lituano fue un californiano llamado Frank Lubin. Era un pívot que frisaba los dos metros y que había ganado la medalla de oro en los JJ.OO de Berlín de 1936 honrando los intereses de Estados Unidos. Frank era hijo de inmigrantes lituanos y recibió una invitación para defender la camiseta de Lituania en la II edición del Eurobasket que tendría lugar en 1937. Frank Lubin transcribió su nombre al lituano quedando para la posteridad el nombre de Pranas Lubinas como el héroe que condujo al pequeño país de cerca de 3 millones de habitantes a la victoria en los Eurobasket de 1937 y 1939. Al año siguiente, y tras la anexión del país a la URSS, Lubinas volverá a ser Lubin y retornará a Los Ángeles donde fallecerá en 1999.

Esos son los años en los que el baloncesto pasa a ser un deporte sagrado para los lituanos. En esa época los católicos lituanos vivían acomplejados frente a sus vecinos protestantes de Estonia y Letonia. Aunque en Occidente tenemos la simple idea de que las tres repúblicas bálticas son uniformes la realidad es mucho más cruenta. El Eurobasket de 1937 se había celebrado en la vecina Letonia y la victoria en el país fronterizo fue celebrada con algarabía por los lituanos. Se cuenta que el tren que traía a la selección de vuelta a casa tuvo que parar en cada población para que en cada pueblo se felicitase y se aplaudiese a sus héroes.

Pero el alboroto popular duró poco tiempo. En 1940 las tropas de la URSS invadieron Lituania iniciando una ocupación del país que duraría medio siglo. Los oponentes políticos y los grandes pensadores y empresarios fueron asesinados o deportados a Siberia. Los fantásticos jugadores de baloncesto lituanos pasaron a integrarse en las filas de la URSS. Hasta entonces Rusia no se había fijado demasiado en el básquet, pero a partir de los años 50 lo convertiría en uno de sus pilares deportivos.

Lituania iba a ser rusificada. Pero encontró en el baloncesto la fórmula de escape. Apresada por Rusia, amenazada históricamente por Alemania e hija de un pasado grandioso con Polonia, ninguna de esas tres grandes naciones había desarrollado un baloncesto de élite capaz de competir con la pequeña Lituania. Además, Lituania era un país desarrollado. Tuvo siempre la renta per cápita más alta de toda la URSS y aún hoy tiene un nivel de vida superior a países como Polonia o Grecia y similar a otros como Portugal o Chequia. Los hijos de la clase alta lituana que lograron escapar a Estados Unidos se formaron en universidades norteamericanas y, aún hoy, los proyectos de baloncestistas en Lituania prefieren formarse en la NCAA estadounidense que en cualquiera de las canteras más potentes del básquet europeo.

Y aun con todo, durante las cinco décadas de comunismo el CSKA de Moscú dominó la liga soviética con mano de hierro.

Desde 1954 y hasta que la norma fue abolida en 1987 el CSKA podía reclutar a los mejores promesas del país para que hicieran el servicio militar en Moscú mientras defendían la camiseta roja del CSKA. A excepción de 1968 (Dinamo de Tiblisi) y 1976 (Spartak de Leningrado) el CSKA ganó la liga soviética en todos esos años. De entre las grandes figuras del momento, tan sólo Aleksandr Belov consiguió jugar toda su carrera en el Spartak de Leningrado de su ciudad natal debido a los servicios prestados a la patria al anotar la canasta que doblegó a los Estados Unidos en los JJ.OO de 1972.

La excepción estaba en Lituania. Para mantener a los revoltosos lituanos tranquilos, las autoridades soviéticas permitieron que los jugadores lituanos permanecieran fieles a sus equipos. Rebeldes e inconformistas hicieron del Statyba de Vilna y especialmente del Zalgiris de Kaunas un reducto a prueba de bombas, un componente indisociable de la identidad lituana.

Siempre en un segundo o un tercer lugar, el Zalgiris alimentará en la década de los 80 a una generación irrepetible que el destino querrá que coincida en el tiempo con el desmantelamiento y putrefacción de la URSS. Homicius, Iovaisha, Kurtinaitis y sobre todo Arvydas Sabonis, harán que el Zalgiris acabe con el dominio del CSKA para vanagloria del nacionalismo lituano.

El Zalgiris conquistará la liga soviética en 1985, 1986 y 1987. Mención especial para este último título que se decidió con una victoria épica en un partido a vida o muerte disputado en Moscú. Más de 5.000 lituanos se trasladaron a la capital rusa sin entradas para asistir a ese choque definitivo. Ante la llegada de esa horda de lituanos, Aleksandr Gomelsky, entrenador del CSKA, exigió que todos los asientos se distribuyeran a aficionados locales. Pero los seguidores del Zalgiris se apelotonaron en las inmediaciones del pabellón y cambiaron a los rusos sus entradas por botellas de vodka. Así fue como el Zalgiris se alzó con el título en Moscú con un pabellón lleno de lituanos gritando por su libertad. La leyenda dice que Serguei Tarakanov, capitán del CSKA, encontró su taquilla llena de zurullos de mierda cuando acabó el choque y se retiró al vestuario.

Resultado de imagen de cska zalgiris 1987
Sabonis y Tkachenko. Dos gigantes. Dos mundos

Meses después de la caída del Muro de Berlín, Lituania declara unilateralmente su independencia. A diferencia de lo que había ocurrido con los países de la órbita comunista, Gorbachov no consiente que ninguna república soviética se independice. Nuevamente Lituania vuelve a mirar al baloncesto para autoafirmarse. Ningún lituano participará como jugador de la URSS en el Mundial de baloncesto de 1990. Sabonis, la estrella más famosa del básquet europeo, declara públicamente que sólo volverá a jugar una competición si es vistiendo la camiseta verde de Lituania. Sin la presencia de los bálticos, la URSS recibirá una paliza ante Yugoslavia en la final del torneo.

Meses más tarde, y ya con la independencia en el bolsillo, un puñado de lituanos rubios y desgarbados, con sus bufandas verdes y amarillas, y millones de ellos a través del televisor, contemplarán como Lituania derrotará a los restos del Imperio Soviético en el partido por la medalla de bronce de los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992. En aquellos Juegos, tras los inalcanzables estadounidenses, consiguieron subirse al pódium Croacia y Lituania. Para ambos países, recién independizados, esos Juegos Olímpicos son una suerte de fiesta nacional.

Hoy, la selección de baloncesto de Lituania es una habitual en el medallero de las competiciones internacionales. El básquet es el único deporte que está subvencionado por el Estado y recibe continuas ayudas públicas para el fomento de las diferentes categorías inferiores. Las banderas y las bufandas amarillas, verdes y rojas que antaño surgían clandestinas por debajo de las chaquetas hoy pululan con orgullo por cada región del país. Cada aldea cuenta con su humilde cancha de baloncesto jalonada por su bandera tricolor.

«No tenemos intención de jugar más con la URSS. Sólo defenderemos la camiseta de Lituania. Somos una nación distinta a la que durante muchos años se le ha privado de libertad y de sus señas de identidad, como la bandera, el himno o la lengua. La integración en la URSS fue fruto de una guerra, no del acuerdo de nuestro pueblo. No somos rusos, somos lituanos”, Arvydas Sabonis y Valdemaras Homicius en unas declaraciones conjuntas a la prensa en marzo de 1990 renunciando a competir en el Mundial de 1990 y a volver a vestir la camiseta de la URSS.

Leer más

El último partido de la RDA

En agosto de 1989 el gobierno húngaro decidió abrir sus fronteras durante un periodo de tres horas. Se esperaba temida respuesta desde Moscú. Y la hubo. Pero no la que se rumiaba. Mijaíl Gorbachov dio el visto bueno y días después miles de personas aprovecharon la ocasión para introducirse en Austria vía Hungría. Para escapar del bloque comunista y probar fortuna en el bloque capitalista. Donde el agujero fue más considerable fue en la RDA (República Democrática Alemana). Al otro lado del muro (una barrera física que abarcaba mucho más que la ciudad de Berlín) había un país con las mismas costumbres y la misma lengua y en el que vivían amigos y familiares. En un par de semanas más de 10.000 personas cambiaron la RDA por la RFA (República Federal Alemana).

Ante la presión ciudadana todo se aceleró el 7 de noviembre. Esa mañana la RDA promulgó un decreto que permitía los viajes turísticos a países de la órbita capitalista. La medida fue comunicada al público mediante una rueda de prensa en la tarde del 9 de noviembre. Fue entonces cuando Ricardo Ehrmann, periodista de la agencia de noticias italiana ANSA, preguntó a partir de cuando entraba en vigor la medida. Günter Schabowski, miembro del Politburó, contestó tras un breve titubeo: “Los viajes privados al extranjero se pueden autorizar sin presentación de un justificante, motivo de viaje o lugar de residencia. Los responsables de los visados y del registro han sido instruidos para autorizar sin retraso los permisos permanentes de viaje”. Tras un profundo murmullo en la sala alguien volvió a reformular la pregunta y Schabowski sólo acertó a añadir; “de inmediato”.

Se acababa de abrir la espita.

Miles de personas se dirigieron a los puntos fronterizos. Ante tal acumulación de gente, y poco antes de la medianoche, los controladores decidieron levantar las barreras y permitir que los ciudadanos de Berlín Este y los de Berlín Oeste se abrazaran, se tocaran, se gritaran y se besaran 28 años después.

Era la noche del 9 de noviembre y el Muro de Berlín pasaba a formar parte de otra época.

Pero la unión de las dos Alemanias no se iba a resolver de un día para otro.

Un mes antes de la caída del Muro de Berlín, la selección de fútbol de la RDA derrotaba por 2-1 a la URSS en un encuentro disputado en Chemnitz (por entonces ciudad rebautizada como Karl-Marx Stadt). Esa victoria unida a la derrota de Austria ante Turquía en Estambul estimulaba la ilusión de la RDA que tan sólo necesitaba un empate en el siguiente partido ante los austriacos para clasificarse para el Mundial de Italia 1990. De hacerlo sería la segunda vez en su historia en la que la RDA participase en un Mundial de fútbol.

La selección de fútbol de la RDA jugó y perdió su primer partido ante Polonia (3-0) en Varsovia en 1952. Desde entonces y hasta su disolución casi 40 años más tarde disputó cerca de 300 encuentros y ninguno más trascendental como la victoria por 1-0 con gol de Sparwasser ante sus vecinos de la RFA en Hamburgo durante el Mundial de 1974. Historia que daría y dará para un artículo en el futuro.

La RDA había destacado en las pistas de atletismo y en la piscina olímpica. Años más tarde se sabría que en gran medida gracias al dopaje de Estado. Pero en fútbol no pasaba de ser una selección menor. Irónicamente tan sólo logró clasificarse para el citado Mundial organizado por Alemania del Oeste. Con la base de ese equipo lograrían ganar la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1976. A parte de eso, poco más. Sin embargo, a finales de la década de 1980 la RDA podía presumir de contar con la mejor selección de su historia. Con el sistema comunista a punto de estallar los germanos oriéntales tan sólo necesitaban un empate en el Prater de Viena ante Austria para clasificarse para el Mundial y volver a estar en el mapa.

Hacía casi un mes que el partido se había programado para el miércoles 15 de noviembre de 1989 a las 18:00 horas.

Pero una semana antes el Muro de Berlín había caído.

Y el mundo cambió.

Y la vida de esos futbolistas lo hizo más rápidamente que la de cualquier otro alemán.

La selección estaba citada la tarde del día 10 en Berlín para iniciar la preparación del decisivo encuentro. Aquellos futbolistas pasaron del amateurismo al profesionalismo en un breve lapso de tiempo. Ese mismo día, horas después de la caída del Muro, los teléfonos de las habitaciones del hotel de concentración se colapsaron de llamadas de agentes y presidentes de clubes de la RFA poniendo precio a los sueños de esos futbolistas. En el entrenamiento vespertino decenas de periodistas rodeaban las líneas del terreno de juego y señores de oscuras gafas y valiosos trajes departían con los jugadores a la salida de los vestuarios.

La semana transcurrió con idas y venidas de agentes y escapadas a destiempo de los futbolistas. El día 14 el equipo viajó hasta Viena. Con la expedición también iba un misterioso hombre al que pronto se le identificó como un directivo del Eintracht de Frankfurt. La noche anterior al señalado partido Andreas Thom y Ulf Kirsten, la pareja de delanteros de la RDA, firmaron un precontrato con el equipo del águila bicéfala. Al día siguiente, en el banquillo de los suplentes, junto a los jugadores y el cuerpo técnico, aquel directivo ataviado con una oscura gabardina se sentaba al lado de la expedición de la RDA. Se trataba de aquel intrépido empleado del Eintracht.

La RDA formó con Hayne; Kreer, Stahmann, Lindner, Schössler, Döschner; Sammer, Stubner, Steinmann; Thom y Kirsten. Desde el banquillo partieron Doll y Weidemann. El seleccionador era Hans-Jürgen Dörner.

Con el Estado en plena descomposición, la selección germano oriental buscaba su pase al Mundial en medio de la incertidumbre. Fue un desastre. La derrota no pudo ser más contundente. Austria se impuso por un rotundo 3-0. Un triplete de Anton Polster, entonces delantero del Sevilla, les dio el billete para el Mundial. Matthias Sammer, Andreas Thom, Ulf Kirsten o Thomas Doll, las grandes estrellas de la RDA, deberían esperar por otra oportunidad.

La derrota supuso un alivio para la FIFA que en años venideros tendría que hacer malabares para aceptar o denegar el acceso a sus competiciones a los nuevos países surgidos por el fin del comunismo. Aquel verano la RFA ganó el Mundial de Italia de 1990 bajo un clima de exaltación, arrebato y fervor que se extendió a la frontera oriental del país. Franz Beckenbauer, seleccionador y mito viviente del fútbol alemán, afirmaría en los fastos de la celebración por la victoria que “con la reunificación la selección alemana sería invencible”.

El feliz acontecimiento tuvo lugar el 3 de octubre de 1990. Desde ese día Alemania volvió a ser oficialmente un país unido. Un par de semanas antes, el 12 de septiembre, la RDA disputó un encuentro amistoso ante Bélgica en Bruselas en lo que fue la despedida oficial de tan especial selección. Los federativos prepararon un fin de fiesta lleno de melancolía, pero estrellas como Ulf Kirsten o Andreas Thom declinaron volver a jugar para la RDA. Otros como Rainer Ernst sí que decidieron participar, pero manifestaron su disconformidad por el sinsentido del choque. Y alguno como Uwe Rösler, que debutaba como internacional, mostró su orgullo por jugar un partido que pasaría a la historia.

En un principio el encuentro era un choque de clasificación para la Eurocopa de 1992. Así lo había dictaminado el sorteo celebrado en febrero de aquel año, pero una vez que se vio que nunca más habría dos Alemanias pasó de ser oficial a oficioso. Pocos jugadores querían arriesgarse a jugar un partido sin sentido en el que podrían sufrir una desafortunada lesión que mermara sus nuevos y lucrativos contratos.

Se concentraron en Berlín y en un principio sólo había 10 jugadores disponibles. Muchos, como Rösler, aún jugaban en Alemania Oriental y confiaban en que una buena actuación les abriese las puertas de la Bundesliga. Hubo una excepción notabilísima entre las vedettes, el capitán Matthias Sammer, quien ya jugaba en el Stuttgart de la RFA y que estaba considerado uno de los mejores centrales del mundo. Pero lo cierto es que su presencia fue casual. Llegó a Berlín con la idea de encontrarse con otras estrellas como Kirsten o Thom, pero cuando le dijeron que éstos habían declinado la convocatoria decidió coger un vuelo de vuelta a Stuttgart. Desafortunadamente para él era muy tarde y tendría que esperar a la mañana siguiente para volver a casa. Aquella noche, Eduard Geyer, seleccionador de la RDA, lo convenció de la importancia histórica del choque y logró que Sammer capitanease a un equipo en el que al final habría de tener 14 integrantes, de los cuales 3 eran debutantes.

El partido, pasmosamente, fue un éxito. La RDA jugó con una pasión y un compromiso inesperado y venció por 0-2 con goles de Rösler y de Sammer. Rösler ganó mucho dinero en el Manchester City y en el Kaiserlautern pero nunca llegó a ser internacional con la Alemania unificada. Matthias Sammer llegó a ser capitán de la nueva Alemania que ganó la Eurocopa de naciones de 1996 así como vencedor de la Copa de Europa con el Borussia Dortmund en 1997 tras un desafortunado paso por el Inter de Milán.

https://www.youtube.com/watch?v=k7TWKkdyVNs

Una vez se supo que para la temporada 1991/92 habría una única liga alemana hubo que preparar un plan de choque para unificar las dos competiciones. Para los clubes de la RDA fue una hecatombe. No existió una unión. Fue una absorción. El músculo financiero de la Bundesliga de la RFA fagocitó a la paupérrima Oberliga de la RDA. Los dos primeros de la liga comunista (Hansa Rostock y Dinamo Dresde) pasarían a integrarse a una Bundesliga que ampliaba a 20 sus integrantes. Los seis siguientes clasificados recalaban en la Bundesliga 2 y el resto de los equipos transitarían por las categorías regionales del fútbol alemán.

Poco a poco varios internacionales del Este se sumaron al bloque que había ganado el Mundial de 1990. Fue el caso de Sammer, Doll, Andreas Thom o Kirsten. Curiosamente los dos primeros debutaron en marzo de 1991 ante una Unión Soviética ya moribunda. Pero los equipos de la RDA fueron incapaces de levantar el vuelo. El Dinamo de Berlín, el conjunto vinculado a la Stasi y gran dominador de la Oberliga, malvive hoy en campos de regional. Situación similar al Rot-Weiss Essen, el Carl Zeiss Jena o el Lokomotiv Leipzig, éste último finalista de la Recopa de 1987 y todos ellos equipos mitificados por aquellos que hoy frisan los 60 o los 70 y que en su juventud presumían de leer a Marx o a Bakunin.

Beckenbauer había afirmado con fanfarria que la nueva Alemania sería invencible pero su bravuconada no se cumplió. Después de que en 1996 los alemanes ganasen su tercer cetro continental (el primero como un único país) la selección teutona entró en una profunda crisis derivada del envejecimiento, la ausencia de estructuras de cantera adecuadas, metodologías anticuadas y crisis financieras que afectaron por igual a los clubes del Este por falta de liquidez y a los del Oeste por haber gastado mucho más de lo que tenían. El cambio de siglo se tornó complicado y en ellos futbolistas nacidos en la RDA como Ballack, Schneider, Linke, Jancker o Jeremies tuvieron un peso importante a la hora de lograr el subcampeonato mundial de 2002. Sin embargo, la falta de un patrón de juego claro y la irregularidad fueron una tendencia que no remontaron hasta la llegada al banquillo años más tarde de Joachim Löw.

En la actualidad tan sólo hay dos equipos del Este en la Bundesliga. El más destacado es el RB Leipzig, propiedad de la multinacional Red Bull, en una alegoría que trae a la memoria la escena de la película ‘Goodbye Lenin’ en la que un joven trata de convencer a su madre de que la RDA sigue en pie y que si ve tanta Coca-Cola en los supermercados es porque la multinacional se ha convertido en una empresa comunista. En el combinado nacional apenas hay futbolistas nacidos en los territorios de la antigua RDA. En la victoria de Alemania en el Mundial de Brasil en 2014 tan sólo Toni Kroos había nacido en la Alemania comunista.

«El Muro seguirá existiendo dentro de 50 y de 100 años si las condiciones que se dieron para que se erigiera no se combaten». Erich Honecker, presidente de la RDA en declaraciones a la prensa en febrero de 1989, apenas diez meses antes de la caída del Muro de Berlín.

Leer más

El mito de los All Blacks y la nomenclatura del rugby

Deporte de bárbaros jugado por caballeros, el rugby es el más victoriano de los deportes ideados por los británicos. Un deporte en el que pie y mano están en continuo desacuerdo y en el que el balón es un verso libre y caprichoso. Deporte noble e inteligente, el único en el que para avanzar hay que retroceder. Las entrañas del rugby están en los libros de historia, en el honor y en el respeto, y su ideario está ligado a la construcción del Estado-nación. La nomenclatura del rugby, sus códigos y su doctrina forman parte de la idiosincrasia de cada país.

No existe equipo más respetado y más temido en el planeta rugby que la selección de Nueva Zelanda. Una vez completada la colonización de la isla por los británicos en el último tercio del siglo XIX, el rugby fue introducido entre la población autóctona como fórmula de asimilación. Los maorís pronto demostraron una destreza innata para el deporte del balón almendrado y el equipo nacional de Nueva Zelanda se colmó de jugadores maorís que derrotaban con facilidad a irlandeses, ingleses o australianos.

El mito de la invencibilidad de los neozelandeses nació en 1905. Los 29 integrantes de la selección de rugby de Nueva Zelanda embarcaron en Wellington para iniciar una gira que les llevaría a Europa. Subieron a bordo del SS Rimutaka y doblaron el Cabo de Hornos hasta llegar a Uruguay donde disputaron un partido de exhibición. Semanas antes de atracar en Montevideo, los 29 integrantes, de las más variopintas razas y profesiones, se conjuraron para poner en práctica un tipo de rugby distinto. Entrenaban en la cubierta del barco con calabazas e idearon nuevas técnicas nunca vistas en las Islas Británicas como las fintas evasivas o la melé con sólo dos delanteros.

Un mes más tarde, y tras una corta parada para descansar en Tenerife, los neozelandeses atracaban en Plymouth, la ciudad desde la cual los barcos británicos habían conquistado el  mundo. En su primer partido derrotaron con suma facilidad a Devon (4-55). Los neozelandeses fueron vitoreados y aclamados por el público. Agradecidos por el trato recibido decidieron despedirse interpretando una haka. Danza tradicional maorí considerada hoy una herramienta poderosa de persuasión, la haka no es más que un ritual autóctono que personifica el orgullo, la unidad y la fuerza de la tribu antes de una batalla.

Ganaron un total de 34 partidos en la gira y sacaron al rugby de sus prácticas más puristas. Aún hoy se discute si el rugby es un deporte de contacto o de evasión. Sudáfrica, Inglaterra o Australia son los defensores del orden y la dureza, mientras que Francia o Gales son atacantes compulsivos. Nueva Zelanda creó una armonía coral que un siglo después, y gane o pierda, hace que sea considerada una suerte de Brasil del rugby. Derrotaron a Escocia (7-12) y humillaron a Irlanda (0-15) y a Inglaterra (0-15) ante más de 75.000 conmocionados espectadores citados en el Crystal Palace de Londres. Acabaron la gira con un balance de 34-1, ganando en Paris a Francia (0-12) y perdiendo únicamente y con polémica ante Gales (3-0). Después de cuatro meses volvieron a Oceanía tras una insultante superioridad y un juego fresco y ofensivo de gran riqueza táctica que convirtieron a los ‘All Blacks’ en leyenda para el imaginario colectivo europeo.

Al parecer un tal Bill Wallace informó en su crónica en un diario londinense que los neozelandeses jugaban todos como ‘all backs’ (todos como tres cuartos). Por culpa de un error tipográfico lo que era ‘all backs’ se transformó en ‘all blacks’ (todos negros), y dado que los neozelandeses vestían con polo de color negro el traspié tuvo rápida aceptación y acogida. De hecho, cuando el equipo llegó a casa un par de meses después fueron recibidos por las autoridades de Nueva Zelanda en un acto ya bautizado como ‘the return of the All Blacks’.

Había nacido la leyenda de los ‘All Blacks’.

Además de como ‘All Blacks’ o ‘kiwis’ (la fruta típica del país) a la selección de Nueva Zelanda también se le conoce como ‘el XV del helecho plateado’. Llevado con orgullo en la camiseta a la altura del corazón, es un tipo de helecho único tanto por su tamaño como por su color y que es originario de los Alpes del Sur, la cordillera que atraviesa de norte a sur el país. Otro uso más residual es el de ‘el XV de la nube blanca’ que hace honor a la perpetua niebla que asola a buena parte del archipiélago.

LA NOMENCLATURA DEL RUGBY

Al igual que a los ‘All blacks’ a los ‘Pumas’ argentinos también se les conoce así por culpa de un malentendido. Durante una gira por Sudáfrica en 1965 un semanario sudafricano les puso ese mote por el animal que lucían en la pechera de su camiseta. En realidad el animal era un jaguar. Al norte de Argentina, en los más inhóspito de las comarcas de Jujuy y la Salta habita el jaguar, pero para la posteridad ha quedado el sobrenombre de pumas para la escuadra albiceleste.

Australia también luce un animal en su polo de juego. En su caso se trata del canguro. La selección es conocida como los ‘Wallabies’, la raza de marsupial típica del país. De hecho, dato para los puristas, el wallaby es el más pequeño de la familia de los canguros. Otro nombre usado con asiduidad por los bicampeones del mundo es el de ‘aussies’, que no es más que el nombre con el que los nativos se referían a su isla antes de la llegada de los europeos.

A Sudáfrica se le conoce como los ‘Springboks’ en honor a la gacela habitual de las sabanas del África austral y que brilla en el escudo de la selección desde hace más de un siglo. Lo curioso es que incluyeron la gacela en sus camisetas en una gira que hicieron por Gran Bretaña en 1906, justo un año después de la de los ‘All Blacks’, y precisamente para que no hubiese confusión ni error de ningún tipo como les había ocurrido a los neozelandeses. En 1994 el gobierno presidido por Nelson Mandela se planteó eliminar la gacela de la camiseta, ya que el ‘Springbok’ era para la comunidad negra un símbolo de opresión racista. Al final se mantuvo el emblema de la gacela y se añadió una protea, la flor típica de la zona y que convive con la gacela como símbolo de la unión de los dos pueblos.

Países poco afortunados en el mundo del rugby también incorporan los animales para su identificación. Los portugueses adoptaron el lobo (común al norte del río Duero) y los estadounidenses las águilas, animal que también se repite en el distintivo de Namibia y de Tonga. Costa de Marfil adoptó el elefante por razones obvias, Paraguay el yacaré (una subespecie del jaguar), México la serpiente (animal precolombino símbolo de la divinidad), Zimbabue es ‘el XV del sable’ (un antílope de gran tamaño) y Rusia se apropió del oso (que ya fue la mascota de los JJ.OO de Moscú). Son todos animales identificativos de la nación, como es el caso de la paloma en el escudo de Tonga. La selección española es ‘el XV del león’. Aunque es común la identificación de España con el toro, lo cierto es que en la mitología de la nación el león es una alegoría de España desde la época de la Reconquista. Los leones del Congreso fueron bautizados como Daoíz y Velarde en honor a los héroes de la Guerra de la Independencia y cómo emblema de honor, respeto y fiereza.

País pequeño, pero muy respetado en el planeta rugby, es Fiyi. Al igual que los ‘All Blacks’, los fiyianos interpretan su propia haka antes de los partidos. Visten con camiseta blanca y en su pechera llevan una palmera. Los fiyianos suelen jugar al rugby en la playa y usan los cocos como balón. Selección en continuo crecimiento es Japón, habitualmente representado con el cerezo. Es un árbol muy común en el país y que en la época de florecimiento deja unas estampas impregnadas de rosa y blanco que hacen las delicias de nativos y visitantes.

Siguiendo con lo motivos florales, Canadá cuenta con la hoja de arce, que engalana su bandera nacional y que es común a lo largo y ancho del país. Rumanía adoptó como emblema el roble e Italia tiró de historia y apostó por la corona de laureles que lucían los generales romanos después de cada triunfo en el campo de batalla.

Existen símbolos más complejos como el de Samoa, un escudo con una palmera, una perla y la Cruz del Sur, la constelación que señala el Polo Sur. Georgia cuenta en su distintivo con un sol con siete alas. Pero lo más llamativo para los que usamos el castellano es su sobrenombre de ‘el XV de los lelos’, apodo despectivo por estos lares pero que hace referencia a un juego ancestral que se practicaba en las llanuras georgianas y que se asemejaba al rugby.

LA ARISTOCRACIA DEL RUGBY

El ‘XV del gallo’ es motivo de mofa y de orgullo a partes iguales. Si bien es cierto que gallo deriva de la palabra galo, nombre con el que el Imperio Romano se refería a buena parte de lo que hoy es Francia, pronto los franceses adoptaron como emblema al gallo. Sin ser un símbolo oficial representa el orgullo y la grandeza francesa y para el resto del mundo su suficiencia y su vanidad. Su chauvinismo. A Francia también se le conoce como ‘les bleus’ por el intenso azul de su camiseta de juego.

En Gales el rugby es el deporte nacional y en el ratio practicantes/habitantes incluso superan a Nueva Zelanda. Los galeses utilizan como símbolo a un dragón, en este caso un animal mitológico. El dragón proviene de la colonización romana, pues era un emblema que los ejércitos usaban en sus estandartes. Pero su uso en la idiosincrasia galesa viene de mucho más atrás. La leyenda cuenta que existía un dragón de color blanco que representaba el mal y un dragón de color rojo adalid del bien. El mago Berlín fue quien los liberó de su lucha y de esa pelea resultó vencedor el dragón rojo. Siglos más tarde el rey de Gales Uther Pendragon decidió tomar como emblema de Gales el dragón.

Los galeses también son conocidos como ‘el XV del puerro’ y por las tres plumas de un avestruz. El puerro data del siglo VI, cuando los galeses junto a otros pueblos celtas combatieron ante los sajones. Los aliados celtas decidieron colocar un puerro sobre sus cascos para distinguirse del enemigo resultando victoriosos de la contienda. Por su parte las plumas de avestruz datan del siglo XIV, cuando tras la batalla de Crecy (1346) una coalición de británicos y bohemios derrotó a los franceses. Fruto de esa unión el rey de Bohemia concedió al príncipe de Gales las tres plumas de avestruz para añadir a su escudo heráldico como símbolo de su honor.

El escudo de la selección inglesa de rugby se remonta al siglo XV. Por aquel entonces se produjo una guerra civil por el trono de Inglaterra entre la Casa de Lancaster y la Casa de York. Los primeros tenían como símbolo una rosa roja mientras que los segundos lucían como emblema una rosa blanca, por ello la disputa pasó a la posteridad con el nombre de la Guerra de las Dos Rosas. El conflicto terminó en 1485 con la victoria de Enrique Tudor de la Casa de Lancaster. Pero Enrique, sabiamente, decidió casarse con Elisabeth de York, uniendo las dos casas para siempre y creando la dinastía de los Tudor. Fue entonces cuando se estableció como emblema de los Tudor una rosa roja que en su interior porta una pequeña rosa blanca. A pesar de que hoy la familia real inglesa pertenece a la dinastía de los Windsor, la selección de rugby de Inglaterra sigue siendo conocida como el ‘XV de la rosa’.

Escocia es para todos el ‘XV del cardo’, nombre que proviene de una batalla contra los vikingos en el siglo XI. Los nórdicos desembarcaron en las inhóspitas tierras altas escocesas y la leyenda cuenta que los gritos de dolor de los vikingos al pisar encima de los cardos fue lo que alertó a los escoceses. El ejército se puso en marcha y pudieron detenerlos antes de que llegasen a los núcleos de población.

Irlanda es el ‘XV del trébol’ por cuestiones puramente religiosas. Se dice que en el siglo V San Patricio llegó a las costas irlandesas y recorrió la isla de cabo a rabo introduciendo el cristianismo en Irlanda. Para que los nativos comprendiesen la complejidad del misterio de la Santísima Trinidad arrancó un trébol del suelo. San Patricio les contó que al igual que las tres hojas del trébol conforman una única planta, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo representaban una sola persona. Irlanda, al igual que Polonia, no se puede entender sin el cristianismo. Más allá de la espiritualidad, el catolicismo está intrínsecamente unido a la nación, y, por supuesto, a su selección de rugby.

 “Mi tío jugaba al rugby y mi padre jugaba al fútbol americano. Solían discutir cuál de los dos deportes era el más rudo y todos coincidían en que era el rugby. Es un gran juego de equipo. No vale con tener un par de estrellas. Es un deporte en el que para tener éxito los quince jugadores deben jugar al mismo nivel”. Clint Eastwood, director de cine y aficionado al rugby.

Leer más

Auge y caída de Nikolai Starostin (un retrato del stalinismo) 2ª parte

Dado que a través del fútbol no podía luchar contra Starostin y su Spartak, Lavrenti Beria y su NKVD decidieron cambiar de táctica. Tras unos primeros meses caóticos, la URSS consiguió frenar al ejército alemán a las puertas de Moscú en diciembre de 1941. Establecido el frente, el NKVD obtuvo vía libre para apresar, juzgar, encarcelar y ejecutar a cualquier ciudadano acusado de supuesta o real traición al régimen. El 20 de marzo de 1942 Lavrenti Beria ordenó la detención de Nikolai Starostin y de sus tres hermanos acusándolos de traición a la patria. Como dictaba la costumbre de la época, Nikolai fue llevado a la ‘Lubianka’ para un primer interrogatorio.

La escena era terrible. En un sótano, apenas iluminado y con fuerte hedor a cloaca y humedad, el acusado se sentaba tras una mesa aguardando ser interrogado. Tras una espera que podía contarse en horas y después de un tenso silencio, un comisario político preguntaba al detenido si estaba dispuesto a confesar. Muchos revelaban cualquier cosa esperando que la NKVD se mostrara compasiva. Otros callaban sabiendo del riesgo de mantener su inocencia. Nikolai Starostin fue uno de estos últimos.

Desde ese momento el acusado sabía que su suerte estaba echada. Durante semanas Nikolai estuvo subsistiendo en poco más de tres metros cuadrados. La luz estaba encendida día y noche para imposibilitar que Starostin pudiese conciliar el sueño. Desde las 22:00 horas hasta las 07:00 horas del día siguiente era llevado a una sala de interrogatorios donde únicamente le preguntaban si estaba dispuesto a confesar, mientras sus captores le sometían a golpes y patadas por todo el cuerpo que aumentaban en frecuencia en la misma medida que se multiplicaban los vasos de vodka.

Pasado un tiempo, y ante la fortaleza y fama del preso, la NKVD tuvo que buscar una acusación. Se le atribuyó la preparación de un atentado contra Stalin el día del famoso partido de exhibición de la Plaza Roja. Nikolai lo tuvo fácil para defenderse. Argumentó que era imposible que desde el terreno de juego pudiese atacar a Stalin y que bajo la camiseta y el pantalón de deportes era inverosímil que lograse esconder un arma. Además, Stalin estaba rodeado de miembros del ejército y de la NKVD, incluido Beria. Ante esos argumentos a los acusadores no les quedó más remedio que callar, porque acusar a Starostin de atentar contra Stalin equivalía a proclamar la incompetencia de la NKVD y de su líder supremo.

Al igual que Nikolai sus hermanos estaban aislados en zulos similares. No se sabe bien como, pero NIkolai consiguió hacerles llegar una nota en la que les indicaba que se mantuviesen firmes y callados y que cuando se les acusase de algo tan sólo dijesen que no tenían ni idea de nada. Lo único que tenían que decir es que quien estaba al tanto de todo era su hermano mayor. Al final, a Beria no le quedó más remedio que acusar a Nikolai Starostin y a sus hermanos de fomentar el deporte burgués. Era una acusación fácil de demostrar y ante la que no se podrían defender. Era una pena menor, si por menor se puede concebir pasar diez años de trabajos forzados en un gulag, campos de trabajo en lugares extremos de la estepa siberiana. Se habían librado de la muerte aunque iban a ser enterrados en vida. Nikolai ordenó a sus hermanos que aceptasen la condena y que manifestaran su amor por el deporte burgués como un mal menor. La acusación final alegaba que “los hermanos Starostin han vivido por encima de sus posibilidades, han recibido regalos del extranjero y han dado premios especiales para motivar a los deportistas”.

Dentro de la desgracia Nikolai Starostin fue un afortunado. Era un personaje de gran fama en toda Rusia y si no hubiese sido por el fútbol la condena hubiese sido mucho mayor. Aun así, Starostin recorrió la geografía de la URSS junto a miles de sus compatriotas ayudando a industrializar el país bajo condiciones infrahumanas. La Rusia campesina del zar Nicolás II pasó a ser una potencia industrial bajo Stalin gracias a unos planes quinquenales basados en la expropiación y en los trabajos forzados. En la ciudad siberiana de Ujta, a la que llegó tras un viaje de tres meses en tren, Nikolai Starostin tuvo la suerte de trabajar como enfermero en el hospital (forma eufemística de decir que transportaba cadáveres de la cámara mortuoria al crematorio) y allí conoció a un médico que lo reconoció y que consiguió que le dieran el encargo de crear un equipo de fútbol para mejorar la condición física de los reclusos. En su autobiografía Nikolai recordaba que veía pasar frente a sus ojos a unos cuarenta muertos al día. Pronto fue llamado de gulag a gulag para ejercer de entrenador. Con el paso de los meses los jefes de los distintos campos de trabajo se lo rifaban para tenerlo a sus órdenes.

Una noche de 1948, con seis años de condena a cuestas y con la II Guerra Mundial ya finalizada, despertaron a Starostin en plena madrugada. Tenía una llamada de teléfono de Stalin. Pero no del gran líder, sino de su hijo, Vasili Stalin, vástago del dictador. Vasili era el jefe de las Fuerzas Aéreas, un loco del fútbol, un alcohólico reconocido, y, lo más importante, mantenía una conocida rivalidad en las esferas de poder con Lavrenti Beria, quien había salido muy reforzado del conflicto bélico y era el candidato más plausible para suceder a Stalin padre. El objetivo de Vasili era contratar a Starostin como entrenador del VVS (el equipo de las fuerzas aéreas) y de paso fastidiar al Dinamo de Moscú de Beria que durante esos años de posguerra reinaba a sus anchas en la liga soviética.

A pesar del poder del hijo de Stalin la autoridad de Beria era mucho mayor, por lo que Vasili Stalin tardó dos años en sacar a Starostin del gulag de Amur (a orillas del Pacífico) en el que se encontraba para trasladarlo a Moscú. El problema es que Beria, inteligente como era, sólo le regalaría la libertad a Starostin a cambio de que no volviese nunca más a Moscú. A Stalin hijo no le valía de nada tener a Nikolai libre si no podía llevarlo a la capital para que entrenase a su equipo de fútbol.

La solución fue propia de un loco. Vasili Stalin se puso al mando de un comando de asalto formado por hombres de su regimiento, abordó el gulag, metió a Starostin en un avión del ejército y lo trasladó en secreto a su dacha de las afueras de Moscú. Lo confinó en su propia habitación. Sólo salía de allí para ir al baño. Cada vez que tenía que dirigir un entrenamiento del VVS una patrulla militar lo acompañaba para mantenerlo protegido de la NKVD de Beria. Al volver del campo de entrenamiento, Starostin tenía que regresar directamente a la habitación de Vasili. Incluso en ocasiones, cuando Vasili estaba borracho –lo cual era su estado natural- Nikolai compartía lecho con el hijo de Stalin y su arma reglamentaria (que siempre quedaba debajo de la almohada).

La situación kafkiana se sostuvo durante un par de meses. Una noche, aprovechando una de las bacanales de Vasili, Nikolai Starostin escapó por una ventana y se marchó a su casa. Por primera vez en ocho años iba a ver a su mujer y a su hijo. Es de imaginar la emoción del momento. Más quizás podría engañar al borracho de Vasili pero nunca a la sanguijuela de Beria. Al levantase, poco antes del alba, dos hombres del NKVD de Beria estaban en la puerta de su casa preparados para detenerlo. Ni tan siquiera Vasili Stalin logró contener la ira del líder de la NKVD, por lo que Starostin le pidió que no se entrometiera y le dijo a Beria que estaba dispuesto a seguir cumpliendo con su condena.

Aun así la victoria del líder de la NKVD no pudo ser plena. Intentó enviarlo nuevamente a un gulag pero ya no fue posible. A pesar del control estatal la gente de Moscú seguía teniendo vivo el recuerdo de Starostin. Los últimos años de condena de Nikolai fueron más llevaderos. Los pasó en una cárcel de Alma Ata (Kazajstan) viviendo en un régimen de semiarresto, durmiendo en una celda, pero ejerciendo de entrenador del equipo de la población local.

Nikolai se encontraba en su celda de Alma Ata cuando el 5 de marzo de 1953 Iosef Stalin moría víctima de una insuficiencia cardiaca. Durante las siguientes semanas hubo una lucha por el control del Partido Comunista entre Molotov, Malenkov, Kruschev y Beria. A pesar de que éste último se hizo con el mando en un primer momento, Kruschev supo ganarse a los dos primeros y acusó a Beria de traición y de actividades capitalistas (malversación de fondos y cohecho). Lavrenti Beria probó de su propia medicina y fue ejecutado en junio de aquel año. Nikita Kruschev inició entonces su mandato, una década de medrosas aperturas y búsqueda de las esencias del comunismo. Un proceso que se dio a conocer como desestalinización, o lo que es lo mismo, la eliminación del culto a Stalin.

Así, en 1955, los cuatro hermanos Starostin, al igual que miles de soviéticos, fueron liberados de los gulags poniendo fin a dos décadas de campos de concentración, represión, muerte y trabajos forzados. Para Nikolai Starostin, con 53 años, comenzaba una nueva vida. Una vida que pasaba por y para el fútbol.

Nikolai fue recibido por miles de personas a su llegada a Moscú y hábilmente fue rehabilitado. Fue nombrado presidente del Spartak de inmediato y se le dio el cargo de entrenador de la selección soviética de fútbol.

El Spartak había quedado desmantelado durante la guerra y no volvió a ganar una Liga hasta 1953, justo el mismo año de la muerte de Stalin y de Beria. A pesar todo, Nikolai demostró tener cintura y comprender que sin perdón no habría paz. Cuando en 1956 la URSS se proclame vencedora en el torneo de futbol de los Juegos Olímpicos de Melbourne, el once inicial estará formado por una mezcla de jugadores del Dinamo, liderados por Lev Yashin y del Spartak, comandados por Igor Netto. Esos dos jugadores serían la base del equipo que ganaría la primera Eurocopa de la historia cuatro años más tarde.

Starostin había vuelto de la muerte y con la victoria en los JJ.OO se había convertido en un héroe nacional. Pidió permiso para centrarse en la presidencia de su Spartak y abandonó el cargo de técnico de la selección con el visto bueno de un Kruschev que vio en Starostin una forma de afianzar su poder delante del pueblo.

Nikolai Starostin fue presidente del Spartak de Moscú hasta 1994. Tuvo tiempo de sufrir un descenso, pero también de disfrutar con la hegemonía de su equipo en los años finales del comunismo y en los primeros del postcomunismo liderados por la última gran generación ‘spartakista’ de Dasaev, Mostovoi, Popov, Radchenko, Onopko o Karpin. Tuvo además la visión de transformar a un club amateur en uno capitalista, y de hecho, el Spartak fue el único club soviético que mantuvo su estructura ejerciendo un dominio en la nueva Liga rusa hasta que en el siglo XXI los millones del gas y el petróleo hicieron su aparición.

En 1996, a los 94 años de edad, Nikolai Starostin falleció. A pesar de ser el mayor fue el más longevo de sus hermanos. En una de sus últimas declaraciones afirmaba que “los futbolistas de hoy tienen dinero pero no cultura. Sólo se interesan por los vídeos y el rock. En mi época yo me codeaba con la élite cultural, dramaturgos, bailarines y pintores”. Palabras que recogen lo mejor del ciudadano soviético dichas por un hombre que sufrió la represión comunista.

https://www.youtube.com/watch?v=xsH5RSrqRfI

Una estatua suya de bronce preside hoy la entrada del Spartak Arena, el flamante estadio del Spartak de Moscú construido con motivo de la celebración del Mundial de Rusia de 2018.

Leer más

Auge y caída de Nikolai Starostin (un retrato del stalinismo) 1ª parte

El fútbol no alcanzó tierras rusas hasta inicios del siglo XX y lo hizo a cuentagotas. Era una moda foránea que se estableció únicamente en las ciudades, esencialmente en Moscú. Se crearon diversos equipos de barrio que iban y venían y se jugaban torneos locales en estadios improvisados y sin apoyo federativo. Prueba del bajo nivel ruso es que en los Juegos Olímpicos de 1912 Rusia fue derrotada por un esclarecedor 16-0 ante Alemania. Bajo ese iniciático panorama emergió la figura de Nikolai Starostin (1902-1996) el mayor de cuatro hermanos apasionados por el fútbol y el hombre que iba a liderar el auge y crecimiento del balompié soviético.

Esta es la historia de los hermanos Starostin. De Nikolai, Andrei, Aleksandr y Piotr. Es una historia de la URSS. De gulags y de revolución. Una historia de Stalin y de Beria. De miedo y de represión. De stalinismo y de desestalinización. Pero es sobre todo una historia de supervivencia a través del fútbol.

Cuando la Revolución Rusa triunfa en 1917 los clubes de fútbol –al igual que el resto de sociedades privadas- o pasan a control estatal o bien son liquidados. En el ámbito que nos ocupa, y dado que el deporte está considerado amateur, los equipos polideportivos pasan a depender del Estado. Así, surgen por toda la Unión Soviética los CSKA (equipo del ejército), Dinamo (policía y asuntos secretos), Lokomotiv (ferrocarril y sistemas eléctricos), Zenit (acero e industria pesada) o Torpedo (industria de la automoción). Todos los futbolistas cobraban bajo cuerda con un contrato de trabajo ficticio de la empresa estatal correspondiente. Por causas obvias el CSKA y el Dinamo eran los clubes más potentes y los que gozaban de mayores ventajas públicas.

Nikolai Starostin tenía otros planes. Era el capitán y estrella del Krasnaja Presnya, un club de barrio considerado entonces el mejor equipo de Moscú. Al disolverse el club, y con el apoyo de sus hermanos menores, propuso al Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos la creación de un nuevo equipo que no dependiese del Estado. Para su sorpresa la petición fue aceptada, pero con unas condiciones draconianas. Podía crear un nuevo club, pero tendría que hacerlo sin dinero. No podía invertir ni un rublo en esa nueva escuadra.

Starostin consiguió lo imposible. Congregó a más de 2.000 vecinos que en sus horas libres le ayudaron a levantar un estadio de fútbol para más de 10.000 espectadores en un descampado del barrio. Lidero diversos actos benéficos, bailes y partidos de exhibición para conseguir fondos que hábilmente donó a un conglomerado de alimentación, una de las pocas empresas semiprivadas que quedaban en la ciudad, y que serviría de coartada para dar un ‘trabajo’ a sus futbolistas. Y así, en 1922, nacía el Spartak de Moscú. El nombre no fue escogido al azar. Se denominó Spartak en honor al esclavo romano Espartaco, quien lideró una sublevación de gladiadores y esclavos ante la República romana y que ha pasado a la posteridad como símbolo de la lucha por la libertad. El Spartak era un club de fútbol singular dentro de la URSS y el único que hoy, casi tres décadas después del fin del comunismo, tiene miles de seguidores más allá de la frontera rusa.

Aunque hasta tan tardía fecha como 1936 no se disputaría la primera liga soviética, el Spartak era ‘de facto’ el mejor equipo ruso. Consiguió derrotar al Racing de Paris y a la selección de Euskadi en sendos amistosos, hazañas de renombre por aquel entonces para el incipiente fútbol del país. En la URSS no tenían rival y Nikolai Starostin pronto pasó a ser una figura reconocida y venerada en todo el país.

Tal era la fama de Starostin y del Spartak que en julio de 1936 el Komsomol (la organización juvenil del Partido Comunista) decidió celebrar un partido de fútbol en la Plaza Roja de Moscú. El objetivo era dar a conocer el nuevo deporte al líder supremo, Iosif Stalin. Se fabricó una enorme alfombra de fieltro de más de 10.000 metros cuadrados sobre el empedrado de la plaza que tuvo que ser tejida en horario nocturno para no entorpecer el trajín del día a día. El responsable de los actos era Nikolai Starostin, presidente, entrenador y aún capitán a sus 34 años del Spartak de Moscú. El acto central de los festejos era un choque de exhibición entre el primer y el segundo equipo del Spartak bajo la atenta mirada de Stalin y del resto de miembros del Politburó desde la tribuna presidencial, cuidadosamente situada junto al mausoleo de Lenin. Se trataba de un encuentro de media hora de duración que más bien era una representación teatral en la que habría goles de todo tipo para satisfacción de papá Stalin “el mejor amigo de los deportistas”. Si antes de esa media hora Stalin daba síntomas de aburrimiento, un camarada desde el palco agitaría parcamente un pañuelo para que Starostin se diese cuenta y parase el partido. Al parecer Stalin disfrutó de su primera experiencia futbolística y, no sólo aceptó de buen grado la media hora, sino que exigió jugar un cuarto de hora más para regocijo de Nikolai Starostin y de todos los presentes.

Todos salvo uno.

Lavrenti Beria, por entonces secretario del Partido Comunista en Georgia, había jugado al fútbol contra Starostin cuando era un adolescente y había sido humillado partido tras partido. Beria era un apasionado del fútbol pero pronto descubrió que no tenía nivel suficiente para competir y orientó sus esfuerzos en escalar en el terreno de la política. Ya entonces era considerado una sanguijuela, pero su fama de hombre implacable crecería hasta el infinito cuando un par de años más tarde, en 1938, pasaría a ser el director del Comisionado del Pueblo para Asuntos Internos, o lo que es lo mismo, del NKVD –hoy KGB-, el órgano represivo más temido de la Unión Soviética.

https://www.youtube.com/watch?v=qKAwAaeJ8SU

Cuando en 1936 se celebra la primera liga soviética el Spartak se convierte en el vencedor. Al año siguiente, ya con Nikolai Starostin ejerciendo únicamente de entrenador, el campeón será el Dinamo, pero el Spartak (con los tres hermanos menores de Nikolai en la plantilla) logra vencer nuevamente en 1938 y 1939. Es algo que Beria no puede tolerar. Al acceder al cargo de director del NKVD, Beria pasó automáticamente a ser presidente del Dinamo de Moscú (el equipo de la policía y los asuntos secretos). En teoría era una formalidad. Su antecesor no tenía el más mínimo interés en el cargo, pero Beria, como apasionado del balompié que era, se propuso que su Dinamo fuese el club más poderoso de la Unión Soviética.

Beria estaba presente en cada uno de los encuentros del Dinamo. Según se cuenta amenazaba a sus jugadores con fusilamientos y continuas visitas a los calabozos de la ‘Lubianka’, el nombre popular del gigantesco edificio de ladrillos amarillos sede de la NKVD. El Dinamo ganó la liga de 1937 bajo sospechas, pero tanto en 1938 como en 1939 no pudo hacer nada ante la superioridad del Spartak, campeón tanto del torneo liguero como del copero. Aun así Beria lo intentó de todas las formas posibles. Incluso haciendo uso de otros ‘Dinamos’, conjuntos que estaban en su área de influencia.

En las semifinales de Copa de 1939 el Spartak de Moscú derrotó por 1-0 al Dinamo de Tiblisi. Estos últimos denunciaron que en el gol del Spartak el balón no había traspasado totalmente la línea de gol. A pesar de que el Spartak derrotó en la final al Leningrado días después, Beria mandó repetir la semifinal tres semanas más tarde. Nuevamente se enfrentaron Spartak y Dinamo y nuevamente ganaron los primeros por 3-1. Como ya comentamos, aunque Beria sólo era presidente del Dinamo de Moscú también era ‘de facto’ presidente de todos los ‘Dinamos’. Estuvo presente en el choque, y, tras el tercer gol del Spartak, se marchó airadamente del palco y ordenó el fusilamiento de los periodistas que publicasen la reseña del partido. La lógica dictaba que también habría que repetir la final pero Beria se dio por derrotado y se decidió dar por buena la ya jugada. Así pues el Spartak se proclamó rocambolesco campeón tras disputar una semifinal tras haber ganado una final.

A pesar de todo el poder de Beria y del NKVD éste se veía incapaz de contrarrestar el fervor popular de Nikolai Starostin y de su Spartak de Moscú. Pero a las 03:15 horas del 22 de junio de 1941 cerca de 5 millones de soldados alemanes y más de 8.000 carros blindados y aviones cruzaron la frontera soviética dando lugar al inicio de la guerra entre la Alemania de Hitler y la URSS de Stalin. Un holocausto que cambiaría por completo la vida de millones de personas, entre la cuales estaban tanto Nikolai Starostin como Lavrenti Beria.

Leer más

100 años del maillot amarillo

El Tour de Francia de 2019 que en estos momentos se está dirimiendo conmemora dos efemérides. Partió de Bruselas como homenaje al quincuagésimo aniversario de la primera victoria en el Tour del belga Eddy Merckx, uno de los escasos deportistas que tienen el quórum de público y crítica de haber sido con plena certeza el mejor en su disciplina. El segundo motivo de celebración es el centenario del maillot amarillo, el grial del ciclismo, la sagrada prenda que porta el líder de uno de los más extraordinarios acontecimientos que nos brinda el deporte.

A pesar de que la primera edición del Tour tuvo lugar en 1903 no sería hasta la edición de 1919 cuando el maillot amarillo pasaría a ser la prenda alegórica del líder de la carrera. Por entonces los ciclistas llevaban un jersey de lana con una gama de colores que iba del negro al blanco, siendo el gris y el azul oscuro los colores predominantes. Como ocurre en el presente, los ciclistas estaban patrocinados por equipos, esencialmente fabricantes de bicicletas, neumáticos, coches o componentes del motor, pero no llevaban el jersey xerografiado, si acaso un par de pegatinas en el cuadro de la bicicleta.

El Tour, al igual que cualquier otra vuelta por etapas, presenta una enorme dificultad para aquel que se adentra a la carrera con ojos de novato. Dado que el ganador final lo hace por acumulación de tiempos, el cabeza de carrera o el vencedor de la etapa provisional no es el verdadero líder de la prueba. Esa complejidad unida a que el barro y la lluvia en el rostro y en el pecho de los ciclistas los hacían irreconocibles para los aficionados, hizo que se ideara la creación de un color nuevo, de un maillot amarillo, para el líder del Tour de Francia.

Se dice que fue el ex ciclista Alphonse Baugé el que le dio la idea a Henri Desgrange, patrón del Tour, de inmortalizar con un maillot amarillo al cabecilla del Tour. Maillot ha pasado a ser sinónimo de camiseta, aunque en sus inicios el maillot amarillo fuese un jersey de lana y en la actualidad una malla ajustada. Es maillot porque Maillot era el apellido del fabricante de bonetes parisino que en el siglo XVIII inventó la camiseta. El bonete, por cierto, es la gorra de terciopelo que usan los eclesiásticos y que evolucionó en el birrete de los universitarios. Amarillo lo fue y lo es porque el Tour era organizado por el periódico deportivo `L’Auto’ que se imprimía en hojas de color amarillo. Desgrange, director del rotativo, fue el que puso en marcha el Tour en 1903 con la idea de hacer patria y aumentar la venta de diarios. Lo consiguió con creces y tras la II Guerra Mundial, y muerto ya Desgrange, `L’Auto’ pasará a ser `L’Equipé’, jornal considerado la Biblia del periodismo deportivo.

Había un motivo más para que el maillot fuese amarillo. Tras cuatro años de infierno en Europa, de lamentos, lloros, hambre y muertos, Francia afrontaba su primer Tour tras el impase de la I Guerra Mundial. Para Henri Desgrange el amarillo, el dorado, representaba “el color de la esperanza, del sol que ilumina después de la Gran Guerra las ciudades destruidas y las carreteras infames”.

Hasta el inicio de la edición de 2019 en estos 100 años de maillot amarillo tan sólo 266 corredores han portado la sagrada prenda. Como no podía ser de otra forma Eddy Merckx es el plusmarquista absoluto con 96 días llevando la mágica zamarra. Realmente fueron 95 veces, aunque el palmarés está engalanado con 96 ocasiones. En 1971 Luis Ocaña sacaba más de 7 minutos de ventaja al ogro belga cuando el infortunio se cruzó en su camino descendiendo el Col de Menté. Al día siguiente, y en señal de respeto al que consideraba su gran rival, Eddy Merckx se negó a vestir de amarillo a pesar de ser el nuevo líder de la carrera.

El francés Eugene Christophe tuvo el honor de ser el primer portador del maillot amarillo en la undécima etapa del Tour de 1919 que unía Grenoble con Ginebra. El impoluto amarillo sólo se veía alterado por las iniciales HD, bordadas en lana, en honor al patrón del Tour y que sólo fueron eliminadas en 1984 para facilitar el patrocinio. En la última década se ha recuperado la tradición colocándolas discretamente en una de las mangas.

Christophe nunca ganó el Tour. Se hizo famoso cuando, siendo líder destacado, rompió la horquilla de su bicicleta en medio de una escapada, en plena ascensión al Tourmalet. Como, a diferencia de ahora, no había coches de asistencia tuvo que descender con la bici rota, buscar un herrero en un pueblo y reparar la avería. Indudablemente perdió el Tour. Indudablemente entró en la leyenda.

Aquel jersey de lana picante y tejido rasposo es hoy un maillot de corte anatómico que garantiza la ventilación del ciclista. La lana, el algodón o la lycra han dado paso al elastano flexible, que hace que los corredores en vez de ciclistas parezcan astronautas. El maillot no tiene costuras y el flujo de aire se crea con un panel de ventilación transpirable que se instala en la espalda regulando la temperatura del ciclista y limitando su gasto de energía. El poliuretano evita que se suelte y que cree llagas. Uno hasta se sorprende de que eso sea una camiseta y de que el amarillo sea un color.

El maillot, al igual que la bicicleta, puede valer cientos o miles de euros, pero sigue siendo lo mismo. Una prenda de ropa el uno, un cuadro, un sillín, dos ruedas y un manillar el otro.

El ciclista que porta el maillot amarillo es como un rey sobre su caballo. En el medievo se decía que sólo podía haber buenas palabras para hablar del trasero de un rey. Lo mismo le ocurre al líder del Tour de Francia. El maillot amarillo, es áureo y es pajizo, es místico y es emocionante.

Como señalaba unas líneas más arriba, Eddy Merckx tiene la plusmarca de túnicas sagradas con hasta 96 días brillando de amarillo. El extraterrestre Induráin lo vivió 60 veces y el proscrito Amstrong 81 fechas hasta que fue eliminado de los libros de historia. Tan sólo en dos ocasiones (1947 con Jean Robic y 1968 con Jan Janssen) el vencedor final no se vistió de amarillo hasta la última etapa y sólo en tres oportunidades el maillot amarillo lo fue desde la primera hasta la última etapa (1924 con Ottavio Bottecchia, 1928 con Nicolas Frantz y en 1935 con Romain Maes).

Después del maillot amarillo vinieron todos los demás. El maillot blanco distingue a la mejor promesa, al ciclista menor de 25 años que más destaca. Se entrega desde 1968. Más antiguo es el maillot verde (1953) y que premia la regularidad en cada una de las etapas, normalmente a los velocistas que mejor pasan la alta montaña. Pero el más querido por aficionados y ciclistas es el maillot blanco de lunares rojos que desde 1975 premia al mejor escalador. Aunque la prenda es de fecha tardía, desde 1933 ya se premiaba al ciclista que pasaba mejor clasificado en el mayor número de picos de montaña.

Cada uno de los 20 maillots amarillos que se entregan en esta edición del Tour son distintos y originales. `Le Coq sportif’, el fabricante, ha diseñado una serie de elementos representativos de la historia de la carrera, de sus héroes, sus montañas y sus ciudades. Desde la Catedral de Reims, el Coliseo de Nimes, el Arco del Triunfo parisino, el Galibier, el Tourmalet o los retratos de Christophe, Hinault, Anquetil, Indurain o Merckx en el frontal del maillot.

“No hay que tener miedo a perder, de hecho he perdido bastante más carreras de las que he ganado” Miguel Indurain, pentacampeón del Tour de Francia.

Leer más

Obradovic y el Partizan de Fuenlabrada

Una agradable mañana de mayo de 1991 Zelimir ‘Zeljko’ Obradovic recibió una llamada telefónica. Al otro lado del aparato estaba Dragan Kikanovic, leyenda y director deportivo del Partizan de Belgrado. Éste le sobresaltó ofreciéndole el cargo de entrenador para la siguiente temporada. Por entonces Obradovic era el base titular del Partizan. Contaba con 31 años de edad, estaba en plenitud física, era un especialista defensivo de primer nivel y el verano anterior había formado parte de la plantilla yugoslava que había ganado el Mundial de 1990. Por el camino había pasado cerca de un año en prisión por homicidio involuntario al atropellar a una mujer con su coche. La única condición que le impuso Kikanovic era la de colgar las botas y dedicarse en exclusiva a la faceta de entrenador. Eso implicaba que Obradovic tendría que renunciar a acudir con su selección al Europeo de ese verano (donde Yugoslavia era la virtual ganadora) y dedicar los meses estivales a preparar tácticas y métodos de entrenamientos.

Obradovic aceptó, y hoy, a las puertas de disputar como el Fenerbahçe su 18ª Final Four de la Euroliga y optar a su décimo título, es el técnico más laureado del Continente. En el momento de escribir estas líneas Obradovic posee 9 títulos de Euroliga. Si Obradovic fuese un club sería el segundo más triunfante de Europa tan sólo por detrás del Real Madrid. Ha ganado títulos con todos los equipos a los que ha entrenado e incluso le ha dado tiempo a conquistar un Mundial como técnico en un breve interludio que se tomó para dirigir a la ya desmembrada selección de Yugoslavia. Obradovic es un zorro con mil trucos. Patentó los entrenamientos con grabaciones de chillidos y gritos a todo volumen para que sus jugadores se adaptasen al ruido ensordecedor de las canchas de basket más temibles de Europa.

Pero antes de toda esta retahíla de títulos hubo una primera vez. Su primera vez. Con sólo 31 años, con una guerra en perspectiva y dirigiendo al equipo de sus amores, el Partizan de Belgrado. O lo que es lo mismo, el Partizan de Fuenlabrada.

Tras un verano ajetreado Obradovic se puso a los mandos del Partizan. El equipo serbio se había clasificado para la Euroliga de la temporada 1991/92, pero tras el estallido de la Guerra de los Balcanes su participación en la competición estaba en entredicho. En junio de 1991 Eslovenia y Croacia declaraban unilateralmente su independencia y se iniciaba una guerra que ‘grosso modo’ iba a enfrentar a Serbia y a Croacia por la hegemonía de lo que durante siete décadas había sido Yugoslavia. Vista la escalada de violencia, en septiembre la FIBA decidió que los partidos de los equipos yugoslavos de Euroliga se tendrían que disputar en otros países debido al “clima de inseguridad reinante”. En el plazo de una semana, Partizan de Belgrado (Serbia), Cibona de Zagreb (Croacia) y KK Split (Croacia y vigente campeón) tendrían que comunicar a la FIBA donde iban a jugar como locales con la amenaza de expulsión de la competición sobre sus cabezas.

La casualidad hizo que el mismo día del comunicado en una ciudad dormitorio al sur de Madrid se inaugurase un pabellón con el nombre de Fernando Martín, la joven estrella del basket español que unos años atrás había fallecido en un accidente de tráfico. Un pívot serbio llamado Milenko Savovic que jugaba en España acudió a ver aquel partido inaugural. Allí coincidió con un representante de Dorna, una empresa de gestión y representación deportiva que había financiado la construcción del pabellón y que acababa de adquirir los derechos del Mundial de Motociclismo. Hablaron sobre la posibilidad de que el Partizan jugase sus partidos en España. Al acabar la charla Savovic cogió el teléfono y llamó a Obradovic, amigo de la adolescencia, y le dijo que aquel pabellón era perfecto para disputar la Euroliga.

Había nacido el Partizan de Fuenlabrada.

Era la época de esplendor del baloncesto yugoslavo y solo la guerra pudo desgajar a una generación que era descollante. Dorna se encargó de trasladar a aquellos genios de la canasta de la ruina de la guerra del fin de semana al oasis de felicidad hispano entre semana. Durante aquella temporada europea de 1991/92 los vecinos de Fuenlabrada pudieron disfrutar con el Partizan de Belgrado, los habitantes de A Coruña con el KK Split, mientras que los gaditanos de Puerto Real vibraron con la Cibona de Zagreb.

La comunión entre la grada del Fernando Martín y el Partizan fue instantánea. Para Fuenlabrada era un acontecimiento sideral y para los chicos era una forma de evadirse de los horrores de la guerra. “La cancha se convirtió en nuestra salvación”, declaró Sasha Djordjevic, base de aquel equipo. “Nadie de nosotros sintió nostalgia de Belgrado”, contaba Danilovic, la otra estrella yugoslava.

Cuando tocaba partido europeo la expedición del Partizan cogía un vuelo en Belgrado y se desplazaba a Madrid. Desde allí un corto viaje en autobús hasta Fuenlabrada. Obradovic tenía miedo a que en los partidos no hubiese gente que los apoyase por lo que trazó un plan que contó con el beneplácito de las autoridades de la ciudad. Antes de cada partido concurrían a colegios e institutos donde la plantilla acudía a firmar autógrafos y regalar gorras o camisetas.

El pabellón era coqueto pero ni siquiera estaba homologado por la FIBA. Durante la primera semana de entrenamiento del Partizan en Fuenlabrada se dieron cuenta de que las canastas no cumplían con los requisitos mínimos. Eran de quita y pon. Por las noches la plantilla asistía a un bingo para pasar el rato, pero con la aguda intención de aprender los números en castellano. Esperaban que salieran las bolas del bombo con el objetivo de conocer la pronunciación en su país de acogida de los números que llevaban tras sus espaldas.

Así, sin darse cuenta, en el primer partido de la Euroliga había 4.000 fuenlabreños en el Pabellón Fernando Martín vitoreando a un equipo de Belgrado, una ciudad distante en unos 2.500 kilómetros.

El primer partido se disputó el 7 de noviembre ante el Racing de Malinas, la cenicienta del grupo. Se ganó con suma facilidad y la gente se marchó encantada a sus casas. Muchos consideran que el equipo de Fuenlabrada que hoy es un habitual de la Liga ACB nació aquella noche de comunión con aquel equipo de baloncestistas yugoslavos.

El Partizan no era favorito para ganar la Euroliga. La competición estaba formada por dos grupos de ocho equipos de los que los cuatro primeros se clasificaban para cuartos de final. El Partizan compartía cuadro con el Joventut y el Estudiantes. Los conjuntos españoles se clasificaron con facilidad mientras que el Partizan lo hizo en la cuarta y última posición con un balance de 9-5.

Fueron siete partidos en tierras madrileñas y ganaron todos salvo el que disputaron ante el Estudiantes. En el duelo ante el ‘Estu’ la afición se decantó por el equipo colegial, pero el choque más especial fue ante el Joventut. El Partizan ganó por 76-75 gracias a un tiro libre en el último segundo. Ese día el pabellón Fernando Martín fue una caldera hirviendo de apoyo al Partizan de Fuenlabrada con abucheos continuos a los jugadores del Joventut. Al día siguiente la prensa española se echó encima y criticó el apoyo a un equipo extranjero. El Joventut era por entonces el equipo de moda en España y Badalona sede del torneo olímpico de baloncesto del verano siguiente que iba a contar con la rutilante presencia de las estrellas de la NBA.

Todos los jugadores del Partizan eran serbios excepto el ala-pívot croata Ivo Nakic. Decidió quedarse en el equipo a pesar de las presiones y de las continuas amenazas que sufrió su familia. Se encontraba en territorio enemigo. Sólo pudo jugar la Euroliga porque le fue vetada su presencia en los partidos ligueros para evitar altercados. Otros, como Danilovic, que era serbiobosnio, trataron de evacuar a su familia de la zona de conflicto con escaso éxito.

En la eliminatoria de cuartos de final el Partizan se iba a enfrentar a los archifavoritos de la Virtus Bolonia. Se daba la curiosidad de que el base titular de los italianos era Juri Zdovc, el hombre que sustituyó a Obradovic en el Europeo de año anterior cuando decidió colgar las zapatillas. Era al mejor de tres partidos. El primero se iba a disputar en Fuenlabrada pero la FIBA hizo una excepción y permitió que se jugase en un Belgrado ya azotado por las bombas. El Partizan quiso tener un detalle con la ciudad que le había acogido e invitó a una nutrida delegación madrileña a Serbia. La fiesta fue completa porque el Partizan ganó el partido. Cayeron en el segundo disputado en Bolonia, pero dieron la campanada y vencieron en el tercero y último también disputado en tierras italianas. El Partizan se había clasificado para la Final Four.

Nuevamente el Partizan partía como cenicienta. En aquel fin de semana de baloncesto estaba sólo ante el peligro. Por motivos obvios en las gradas del Abdi Ipekci de Estambul había una ridícula presencia de aficionados serbios. En la semifinal se iban a enfrentar al Olimpia Milano, un equipo hecho a golpe de talonario liderado por Darryl Dawkins un ex número 1 del draft de la NBA. Ganó el Partizan (82-75) con un estelar Sasha Danilovic con 22 puntos y 10 rebotes. Fue la puesta de largo de un chaval de 22 años que estaba llamado a ser el gran escolta europeo de la década.

La final enfrentó al Partizan de Belgrado contra el Joventut de Badalona. Dos novatos frente a frente. Ninguno sabía lo que era coronarse como campeón de Europa, pero los catalanes partían con un cuerpo de ventaja. La final fue igualadísima y se decidió en los instantes finales. A falta de nueve segundos Tomás Jofresa encara a su derecha y finta a la izquierda. Penetra e intenta una bandeja que a falta de fuerza se queda en un lanzamiento corto que entra llorando. 68-70 en el marcador a favor del Joventut. Koprivica saca de fondo con rapidez y pone el balón en las manos de Djordjevic. El Joventut decide no hacer falta y defender el posible triple del Partizan. Djordjevic corre la línea lateral próxima a los banquillos con rivales y compañeros con pie y medio dentro del campo. Bota con la derecha mientras se protege con la izquierda. A falta de tres segundos se cuadra, salta cual conejo y lanza en escorzo con los dos pies juntos y los brazos perfectamente alineados en uno de los lanzamientos más icónicos de la historia del baloncesto europeo. 71-70. El Partizan de Belgrado. El Partizan de Fuenlabrada acababa de proclamarse campeón de la Euroliga.

“Aquel tiro nos cambió la vida a todos. La emoción que sentí con aquel título no la he vuelto a sentir en mi vida”. Zeljko Obradovic.

Leer más

La tragedia de Superga

Recientemente hemos asistido a la desaparición de una avioneta en la que viajaba el futbolista argentino Emiliano Sala. Suceso trágico, doloroso y punzante por infrecuente, saltó a noticiarios de todo el mundo debido a la jerarquía mediática del deportista. Su familia contrató a un equipo de rastreo para intentar localizarlo en la inmensidad del Canal de la Mancha mas todo concluyó en un funesto final. La misma conclusión que se vivió en las afueras de Turín en 1949. Este 4 de mayo se cumplen 70 años de la llamada tragedia de Superga, un accidente aéreo que conmocionó a medio planeta. Desde entonces, pase lo que pase, cada 4 de mayo cientos de personas peregrinan hacia la Basílica de Superga y, tras una admirable ceremonia, un grupo de aficionados finaliza el acto instalando una corona de flores al pie del monumento que perpetúa al ‘Il Grande Torino’.

En los años 40 no existían los torneos europeos por lo que los calendarios de los equipos eran mucho más ligeros que en la actualidad. Era común que se celebrasen giras y partidos amistosos entre los clubes más respetables del momento. Era una ocasión única para ver en directo a las grandes estrellas del planeta de las que limitadamente se tenía constancia por reseñas periodísticas. También era motivo de algarabía poder ver distintos modelos de fútbol, formas de juego y, en definitiva, salir de la rutina habitual a través de las patadas dadas a un esférico.

Uno de esos encuentros amigables tuvo lugar el 3 de mayo de 1949. La directiva del Benfica decidió celebrar un partido de homenaje en honor a Francisco ‘Xico’ Ferreira quien llevaba una década ejerciendo de capitán del conjunto lisboeta. Se trataba de una práctica habitual en la época para ayudar a la jubilación de los futbolistas más significativos, ya que el dinero de la taquilla iba íntegramente para el homenajeado. El rival escogido fue el Torino FC, quizás el equipo más fuerte de Europa en esos momentos y en dura pugna con los argentinos de River Plate por la hegemonía mundial.

¿De dónde había salido el Torino FC?

El Torino FC era una máquina ofensiva de primerísima magnitud. Había ganado cinco campeonatos italianos consecutivos y si hubiese existido la Copa de Europa estaríamos inmortalizando a un ilustre campeón. A finales de la década de 1940 al menos ocho (Bacigalupo, Ballarin, Castigliano, Loik, Maroso, Mazzola, Menti y Rigamonte) de los 11 titulares de la selección italiana pertenecían al Torino FC, aunque no era descabellado que ese número se ampliara hasta los diez. Tan sólo el portero ‘azzurro’ solía ser de otro equipo, aunque, por supuesto, el guardameta del Torino FC era el habitual suplente. Cabe recordar que por aquel entonces Italia era la vigente campeona mundial, y si bien es cierto que la II Guerra Mundial había provocado un impase en la celebración de los Mundiales, también lo era que los transalpinos habían vencido tanto en 1934 como en 1938. Semanas antes de la tragedia de Superga, Italia bailó a Hungría –por entonces potencia internacional- en un choque en el que ‘Il Grande Torino’ dotó a la selección de diez titulares. El partido acabó 3-2, pero no fue el resultado sino un fútbol vistoso con continuos cambios de posiciones de ataque y de sincronía entre defensores y atacantes, lo que hizo que fuese alabado por aficionados y periodistas.

‘Il Grande Torino’ es considerado como el antecesor del Ajax. Conjunto de altísima calidad técnica en el que las posiciones en el terreno de juego no importaban. Sus dos centrales, Aldo Ballarín y Virgilio Maroso, conducían el balón desde área propia y a menudo ingresaban en el centro del campo para distribuir el juego, algo muy poco frecuente por entonces. Conformaban una perfecta máquina ofensiva en la que el hábil artista era Ezio Loik y el virtuoso finalizador Valentino Mazzola. Juntos formaban una brutal dupla ofensiva que ayudó a que en la temporada 1947/48 el Torino FC anotase 125 goles en tan sólo 40 partidos.

Lamentablemente no tenemos imágenes en movimiento, tan sólo fotografías y bellas líneas escritas, pero todos los cronistas coinciden en considerar a Valentino Mazzola como el antecesor de Johan Cruyff. Figura y capitán tanto del Torino FC como de la selección italiana, Mazzola era un delantero de gran talento y notable técnica, de porte magistral, escurridizo y de fuerte carácter. Los que lo vieron jugar dirían de su hijo Sandro (también leyenda en el fútbol italiano como capitán y líder del Inter de Milán) que encarnaba los valores de su padre. Y de Sandro, afortunadamente, tenemos imágenes.

Así pues, aquel 3 de mayo, con un estadio da Luz a rebosar, portugueses e italianos disputaron un entretenido choque que se saldó con la victoria del Benfica por un ajustado 4-3.

Tras la disputa del partido, la mañana del miércoles 4 de mayo de 1949 los 18 integrantes de la plantilla italiana, personal técnico, tripulación y tres periodistas, para sumar un total de 31 pasajeros, surcaron el aire en un vuelo de cuatro horas con destino a Barcelona. El vuelo transcurrió con normalidad y los jugadores aprovecharon las dos horas muertas de escala que tenían para almorzar con la plantilla del AC Milan, que también hacía escala en la capital catalana tras haber jugado otro amistoso, en este caso en Madrid.

A las 14.50 horas el avión puso rumbo a Turín sin novedad alguna. Al superar la Costa Azul y acercarse a la frontera italiana el tiempo se tornó adverso y comenzaron a registrarse alguna que otra turbulencia. A la altura de Génova, el piloto, el teniente coronel Meroni, fue informado de que en Turín había fuertes ráfagas de viento, visibilidad prácticamente nula y enérgicos chubascos. Dado que el aeropuerto de Turín está al norte de la ciudad, Meroni contestó que haría un rodeo dirección Sur para luego remontar dirección Este a la altura de Superga.

Superga. La Basílica de Superga.

Al este de Turín, antes de avanzar a las llanuras del Po, la ciudad cuenta con un pulmón verde en forma de colina que está coronado por una iglesia. La Basílica de Superga es un precioso santuario neoclásico en el que están enterrados los miembros de la casa de Saboya. Entre los finados está Amadeo I, rey de España durante un par de tumultuosos años tras la proclamación de la I República.

A las 16.59 horas la torre recibió la comunicación de que el avión estaba a nueve millas de la pista de aterrizaje perfectamente alineado para aterrizar.

La pista está a 305 metros sobre el nivel del mar. La Basílica de Superga asciende a una altitud de 669 metros.

No hubo más comunicaciones.

El FIAT G-212 de la Avio Linee Italiane se estrelló a las 17.03 horas en la parte trasera de la colina sobre la que se levanta la Basílica. La única parte de la nave que permaneció intacta fue la cola. Los 31 pasajeros fallecieron en el acto.

18 futbolistas; Valerio Bacigalupo, Aldo Ballarin, Dino Ballarin, Emile Bongiorni, Eusebio Castigliano, Rubens Fadini, Guglielmo Gabetto, Ruggero Grava, Giuseppe Grezar, Ezio Loik, Virgilio Maroso, Danilo Martelli, Valentino Mazzola, Romeo Menti, Piero Operto, Franco Ossola, Mario Rigamonti y Giulio Schubert. 3 miembros del cuerpo técnico; Egri Erbstein, Leslie Levesley y Osvaldo Cortina. 3 directivos; Arnaldo Agnisetta, Ippolito Civalleri y Andrea Bonaiuti. 3 periodistas; Renato Casalbore, Renato Tosatti y Luigi Cavallero. Y por último los 4 miembros de la tripulación; Pierluigi Meroni, Celeste D’Inca, Antonio Pangrazi y Cesare Biancardi.

Era tal el estado tan desolador de los cuerpos que los miembros policiales y sanitarios se vieron incapaces de identificar a los cadáveres a pesar de que muchos de ellos eran personajes conocidos por el gran público y que sus fotografías eran de circulación frecuente en la prensa. Se tomó la decisión de llamar al seleccionador italiano Vittorio Pozzo para tan desagradable misión. Pozzo vivía en Turín y se acercó hasta Superga junto a Sauro Tomá, el único futbolista de la plantilla del Torino FC que no había viajado a Lisboa. Tomá estaba convaleciente de una fractura de menisco por lo que no pudo trasladarse con sus compañeros a Portugal. El destino le reservó la agridulce noticia de ser el único jugador vivo después del accidente. Tomá falleció en 2018 a los 92 años de edad. Tocado de por vida, necesitó ayuda psicológica durante años y cuando en 1989, cuatro décadas después del accidente, apareció llorando en la televisión pública italiana durante un reportaje de la tragedia sus lágrimas impactaron a aquellos que no conocían el suceso.

Paradojas de la historia, además de Tomá otro hubo superviviente del que poco se sabía entonces. Ladislav Kubala era un delantero húngaro que había huido de su país escapando del comunismo. Tras pasar unos meses en un campo de refugiados cerca de Roma, una semana antes de la tragedia viajó hasta Turín para firmar por el Torino FC. Aunque no estaba previsto que jugase, la idea era que viajara con el resto de sus futuros compañeros hasta Lisboa. La fortuna quiso que tanto su mujer como su hijo estuviesen enfermos en aquellos días por lo que finalmente se decidió que permaneciese en Turín.

El resto es historia. Kubala acabó firmando por el FC Barcelona siendo el buque insignia de la primera edad de oro del club catalán.

La consternación en Italia fue inconmensurable. Los documentales cinematográficos de la época enseñan como los ataúdes iban entrando en la catedral de Turín en el mismo orden con el que los jugadores ingresaban en el campo. De hecho, desde la megafonía eclesiástica se vitoreaba a los futbolistas como si del ‘Stadio Filadelfia’ se tratase. Se dice que hubo más de medio millón de personas que acudieron al entierro comunitario. Aún hoy, en el museo del Torino FC, se pueden ver las bolsas de viaje de tres de aquellos desafortunados chavales, incluida la del gran Valentino Mazzola. Junto a otros enseres también está la hélice del avión y a los pies de la Basílica de Superga no faltan nunca los ramos de flores.

Quedaban cuatro jornadas para el final de la Serie A pero se decidió que el Torino FC fuese proclamado campeón de Liga. En los partidos restantes los equipos rivales alinearon a sus juveniles para mitigar el impacto de los resultados. Semanas más tarde, River Plate se desplazó con todas sus figuras, incluyendo a Ángel Labruna y a Alfredo Di Stéfano, para jugar un partido amistoso en Turín a beneficio de los familiares de las víctimas. Desde entonces, y hasta que la mercadotecnia destrozase las buenas costumbres, la segunda zamarra del Torino FC pasó a ser blanca con franja roja en homenaje a los argentinos y River adoptó como segunda camiseta el color vino de los turineses.

La tragedia de Superga supuso un cambio total de paradigma en el fútbol italiano. A corto plazo provocó una crisis de resultados. Sin la base turinesa, la selección italiana pasó 20 días en un barco camino de Brasil para disputar el Mundial de 1950 por miedo a subirse a un avión. Quedarían eliminados en la primera fase del torneo al igual que sucedería en la cita de 1954. Para el Mundial de Suecia de 1958 ni llegaron a clasificarse. A largo plazo provocó un cambio de estilo. A finales de los 40 Italia era un equipo ofensivo, poderoso, ganador, que combinaba la gambeta sudamericana con el orden europeo. Tras la tragedia de Superga, muertos sus jugadores más técnicos, Italia se convirtió en un conjunto pequeño y ultradefensivo para agachar sus notables carencias. Cuando una vez pasada la crisis de los 50 la selección italiana y los equipos de Milán alcancen éxitos a través del catenaccio el cambio ya estaba hecho. No habrá nunca más hueco en Italia para el fútbol ofensivo.

Para el Torino FC no hubo cambio de paradigma. Para el Torino FC la tragedia de Superga supuso el fin. Jamás llegó a recuperarse. ‘Il grande Torino’ dejó paso a la ‘Vecchia Signora’. El equipo de la Cinzano claudicó ante el de la Fiat.

En 1949 el Torino FC pugnaba con la Juventus, no sólo por ser el mejor club de la ciudad, sino de Italia. La Juve contaba con 6 trofeos mientras que los granates tenían 5 entorchados. Empataban con títulos con el Inter de Milan (5), y superaban al AC Milan (3) y a los capitalinos de la AS Roma (1). Desde aquella fatídica tarde de 1949, el Torino FC sólo logró el `scudetto’ de 1976, mientras que la Juventus cuenta con 35 entorchados ligueros amén de sus conquistas europeas.

Siete décadas más tarde los hinchas del ‘Toro’ siguen lamentado aquella trágica tarde del 4 de mayo a los pies de la Basílica de Superga.

Leer más