historia

A propósito del Brexit. El reinado inglés en el fútbol europeo de los 70 y los 80

Tras la II Guerra Mundial los archienemigos franceses y alemanes se sentaron tras una mesa y contemplaron la hecatombe que habían originado. Tras la masacre afloraron dos bestias pardas que habían contribuido a crear tanto en Oriente como en Occidente, y llegaron a la brillante y simple conclusión de que o bien se ponían a trabajar juntos o bien quedarían los restos de lo que antes había sido la hegemónica Europa. Así fue gestándose la Unión Europea, con la inestimable ayuda del fútbol, quizás el único objeto de deseo que los europeos compartimos desde Lisboa hasta Sebastopol.

Pero los británicos dijeron que no. En principio no. Su país no había sido arrasado por las bombas y se mantenía como líder comercial gracias al poder de su ya por entonces paupérrimo Imperio llamado ahora Commonwealth. Y el fútbol. El fútbol era un invento inglés. Y por supuesto no necesitaban ni la FIFA ni la Copa de Europa ni tonterías varias. No había mejor fútbol que el que se practicaba en las Islas Británicas.

Pero los tiempos habían cambiado. Mientras Francia, Alemania y hasta la raquítica Italia crecían de forma imparable en la posguerra, Gran Bretaña no carburaba, el Imperio se hacía pedazos y Estados Unidos se pasaba por el forro la flema y los modales. Así que al león británico no le quedó más remedio que entrar en la Unión Europea en 1973.

No pudo haber escogido peor momento.

La crisis del petróleo de 1973 puso fin a los años de bonanza de la posguerra. Los países que habían alcanzado la prosperidad aceptaron el desafío y fortalecieron sus lazos más si cabe. Fue una década dura para todos. Para el Reino Unido fue terrible. Fueron años de paro, recortes, desindustrialización y huelgas. Luego vino Margaret Thatcher y enderezó el país dotándolo de orgullo y patriotismo, o populismo, como se dice en estos tiempos. Y Gran Bretaña nunca pasó a ser miembro pleno de la Unión Europea. El brexit siempre estuvo en el aire desde el año 0. Nunca cumplió con Schengen (mantiene restricciones en la libre circulación de personas), no aceptó el euro (mantiene la libra) y es el único país de la UE que rechazó la carta de derechos europeos.

El proyecto europeo siempre ha sido para los ingleses un instrumento, nunca un fin ni un ideal. El escenario donde poder levantar cabeza y reafirmar sus sueños de grandeza. Una vía para poder ejercer una influencia que se desvanece por todo el orbe.

Luego vino el Brexit (o eso parece) por causas que más o menos todos conocemos. Pero estos son los orígenes. Unos orígenes que se remontan a la década de los 70, al mismo momento en el que el Reino Unido decide incorporarse sin demasiada fe a la Unión Europea. Buscaron luz donde había negrura y no lograron iluminar la estancia. Y es que los 70 en Inglaterra fueron lúgubres. Acabado el boom de la minifalda y de los Beatles, perdido el Imperio y aislados del resto de Europa, los británicos vivían instalados en la depresión.

Pero, ¿y el fútbol?

Inglaterra había ganado el Mundial de 1966 en casa. Tenían una buena generación y aprovecharon los beneficios arbitrales de actuar como anfitrión. Aquel grupo cayó en semifinales de la Eurocopa del 68 y feneció definitivamente al perder ante Alemania en cuartos de final del Mundial de México 70. Al fin se había ganado un Mundial, y los ingleses tenían argumentos para mantener viva la llama del aislacionismo y de la supuesta superioridad de su fútbol.

La desdicha llegó poco después. En 1974 y en 1978 Inglaterra no consiguió clasificarse para el Mundial. Practicaba un juego rudimentario basado en lanzar el balón hacia adelante, sus jugadores no eran conocidos internacionalmente y, por si fuera poco, lo habitual era escuchar historias de alcohol y de drogas entre muchos de sus componentes. El Manchester United, el único equipo inglés con sentido internacional, había descendido de categoría. De pronto la Inglaterra de provincias hizo su aparición.

Y la Inglaterra de provincias salvó al siempre colosal orgullo inglés. Fueron los años del Forest y del Aston Villa. Las victorias más sorprendentes que ha forjado la Copa de Europa. Entre 1977 y 1984 (con la excepción de 1983) algún equipo inglés fue campeón de la Copa de Europa de fútbol. Y lo hicieron desde el anonimato. Fueron conjuntos de ciudades provinciales, sin tradición, que representaban lo más profundo de la Inglaterra más profunda. Lugares donde la insularidad era acusada.

Durante el bienio 1979-1980 en Europa reinó el Nottingham Forest, el más fiero exponente de los midlands ingleses. Un equipo sin historia y sin tradición (y también sin dinero, lo que lo distingue de ‘trapalladas’ como el Manchester City) que en el espacio de tres años pasó de la segunda categoría del fútbol inglés a ser bicampeón europeo. Es cierto que tuvo cierta suerte en las eliminatorias, pero machacó a Ajax, Hamburgo o Colonia por el camino, rivales de enjundia en esos tiempos. Lo hizo con un fútbol directo basado en el contraataque y la solidaridad de sus jugadores. Tan sólo la fama del fenomenal portero Peter Shilton ha cruzado las aguas del Canal de la Mancha. Otros como Viv Anderson o Trevor Francis quizás suenen a los estudiosos del fútbol. Los demás son simples obreros sin nombre ni recuerdo al escapar del corazón de la campiña inglesa.

Más sangrante para la Europa futbolera y más satisfactorio para el inglés medio fue la victoria del Aston Villa en 1982. El Villa es el principal equipo de Birmingham, quizás la más inglesa de las ciudades inglesas. Cuna de la Revolución Industrial, se jacta de ser lugar de nacimiento de mil y un inventos y mil y una empresas, entre las que por supuesto están varios deportes como el criquet, el fútbol o el tenis. El Aston Villa había sido un grande en los albores de la competición a finales del siglo XIX, pero cuando en 1981 gana la Liga inglesa sorprende a propios y extraños. Con un fútbol cicatero, elemental y ultradefensivo elimina a Dinamo de Kiev y Anderlecht para ganar al Bayern de Münich en la final. En el caso del equipo de Birmingham no hay nadie, absolutamente nadie, que sea digno de guardar en el recuerdo. Ni tan siquiera su entrenador, ya que Tony Barton había accedido al cargo escasamente dos meses antes de la disputa de la final. El triunfo del Villa elevó el ego ingles hasta el infinito en una demostración de conjunto, lealtad y solidaridad entre compatriotas, que daba por sentado la superioridad frente a los incautos al otro lado del estrecho de Dover.

Por el camino hubo otros equipos recordados en la isla y olvidados fuera de ella. Equipos sin jugadores plausibles de aparecer en la lista del Balón de Oro, incapaces de destacar en un Mundial, indignos de ser recordados en un tomo sobre ases del balón, pero que dejaron su huella en Europa. El Leeds United, subcampeón de la Recopa en 1973 y de la Copa de Europa en 1975 y considerado uno de los equipos de fútbol más duros que se recuerdan. El ‘Dirty Leeds’ (sucios Leeds) hizo apología del destrozo al rival capitaneados por Billy Bremmer, un centrocampista pequeño y aguerrido que coleccionaba tarjetas partido tras partido. También fue subcampeón de la Recopa (1976) el West Ham, el conjunto de la clase obrera londinense con un fútbol y una alineación imposible de recordar. Igualmente perdió la final el Arsenal (1980), mientras que el Everton se proclamó campeón en 1985 con un equipo más ofensivo pero de escaso relieve. Por su parte el Tottenham venció en la Copa de la UEFA (1984) con Steve Archibald como jugador estrella, un delantero de escaso recuerdo en su posterior aventura en el FC Barcelona. Pero quizás el más estrafalario de los campeones fue el Ipswich Town en 1981. Conocidos como los ‘tractor boys’, el equipo del este de Inglaterra era un modestísimo conjunto. Practicaba un fútbol atractivo pero de arraigado carácter británico comandado por el central Terry Butcher, defensa que pasó a la historia por perder la cintura ante Maradona en México 86.

He omitido deliberadamente al gran Liverpool, la excepción que confirma la regla. El único equipo inglés que apostaba abiertamente por un juego de toque, de posesión y en el que el ataque primaba frente a la defensa. El famoso ‘passing game’ hizo grande al Liverpool y lo convirtió junto al Manchester United en el único conjunto inglés ‘europeo’, querido y respetado fuera de Gran Bretaña. Entre 1973 y 1984 se alzaron con 2 Copas de la UEFA y 4 Copas de Europa. Durante una década fue estandarte del fútbol europeo, liderado en un primer momento por Kevin Keegan, un doble ganador del Balón de Oro pequeño y de gran desborde y después por Kenny Dalglish, un escocés igual de diminuto pero con menos desborde y más gol. Pero, a pesar de todo, el triunfo de Liverpool fue una victoria del conjunto. Se recuerda más al equipo que a las estrellas. Primaba la fortaleza y la determinación inglesa frente a los focos y los millones de las vedettes del Continente.

Y es que las vedettes de aquellos equipos ingleses de entre décadas eran los entrenadores. Bill Shankly (Liverpool) Don Revie (Leeds), Bobby Robson (Ipswich Town), Howard Kendall (Everton) o Brian Clough (Nottingham Forest). Ellos representaban el estereotipo del inglés medio. Con sus lógicas diferencias todos personificaban al ‘míster’. Hombres educados, sencillos a la vez que inflexibles, egocéntricos y desconfiados, de lealtad intachable y de extrema eficiencia. Esos equipos eran sus equipos. Y esos equipos representaban a un pueblo. A una comunidad. Representaban a Inglaterra ante el resto de Europa. Como si de la Royal Navy se tratase y cada entrenador fuese un Nelson en miniatura.

Ese cóctel victorioso levantó el orgullo de los ingleses, pero también hizo que mucha gente inadaptada y desilusionada con la vorágine de la globalización se refugiara en el hooliganismo. Encontraron en el fútbol el nuevo faro de los ideales británicos. Cuando los muertos en las gradas traspasaron el Canal de la Mancha y ensangrentaron Heysel en la trágica final europea entre Liverpool y Juventus de 1985, la euforia futbolera se evaporó y un nuevo telón de acero se erigió entre Europa y las Islas Británicas. El fútbol mantuvo a Inglaterra en Europa a caballo entre los 70 y los 80. Heysel contribuyó a volver a separarlas entre los 80 y los 90, justo cuando en la mesa estaba la pluma preparada para firmar el Tratado de Maastricht.

“Todos nuestros problemas han venido de la Europa continental, y todas las soluciones han venido de las naciones anglohablantes a lo largo y ancho del mundo”. Margaret Thatcher, primera ministra del Reino Unido.

“Los ingleses tienen tantos deportes porque cuando otro país lo derrota inventan uno nuevo”. Peter Ustinov, actor nacido en Londres ganador de dos premio Óscar.

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¿Por qué Alemania odia al Bayern?

Recientemente hemos presenciado el humillante derrumbe del Real Madrid. Lo han echado de su trono europeo después de una desastrosa semana donde ha sido barrido, no sólo por el Ajax, sino también por el Barça. Al mismo tiempo el faraónico proyecto del PSG ha vuelto a hincar la rodilla, mientras que el Bayern hacía lo propio en un paupérrimo partido ante el Liverpool. Los tres gigantes cayeron en casa y el dolor de sus derrotas se ha convertido en celebración y fiesta en buena parte del mundo. Al menos la mitad de España considera prepotencia el llamado señorío del Real Madrid. Algo parecido ocurre en Francia, donde la soberbia del PSG genera ojeriza y rencor. Pero si hay un país donde la cuasi totalidad de la población odia a un club ese es Alemania.

El Bayern de Múnich es el equipo más laureado y a la vez más odiado de Alemania. Mayor poder es sinónimo de más responsabilidad y más responsabilidad es sinónimo de más envidia. Es lógico que el Bayern, dominador con mano de hierro de la Bundesliga (ha ganado la mitad de los títulos 27/55) tenga miles de detractores, pero lo suyo es un fenómeno cuanto menos llamativo. Otros grandes caso del Real Madrid, Manchester United o Ajax cuentan con seguidores en todo el territorio de su país. Incluso algún otro como la Juventus o el Celtic son hegemónicos en su país, a pesar de ser la segunda preferencia dentro de su ciudad. En el Bayern su filiación alemana se restringe al länder de Baviera y por el contrario son millones los seguidores fuera de las fronteras germanas. ¿Por qué Alemania odia al Bayern?

Como de costumbre es necesario desempolvar el libro de historia para comprender de donde viene este odio. En 1618 lo que hoy es Alemania era un batiburrillo de principados, reinos y repúblicas divididas por la religión. El cristianismo en Europa estaba en medio de una crisis de proporciones bíblicas, mientras en el resto del mundo cumplía una labor de evangelización universal. Por supuesto que la religión era lo que hacía moverse a la plebe, mientras que a la élite lo que le preocupaba era el poder económico. Durante tres décadas las grandes potencias del momento se enfrentaron en lo que sería conocida como ‘La guerra de los 30 años’. Los protestantes de Sajonia, Prusia y la Liga Hanseática fueron apoyados por Países Bajos, Inglaterra o Suecia. Los católicos de Baviera fueron apoyados por el Imperio Español y Austria. ‘La guerra de los 30 años’ acabó con la derrota de estos últimos, una aceptación del protestantismo y, lo que a nosotros nos ocupa, un giro en la relación de Baviera con el resto de Alemania. Los católicos del sur pasaron a ser vistos como extranjeros.

‘La guerra de los 30 años’ forma parte de la identidad nacional de Alemania al igual que otras guerras civiles ocupan ese espacio en España o Estados Unidos o distintas revoluciones hacen lo propio en Francia o Rusia. Según los historiadores especializados en esa época, la Paz de Westfalia (1648) sentó las bases de la Unión Europea. Fundamentó dos principios esenciales; la libertad de religión (cristiana) dentro de unas fronteras y la negociación entre Estados soberanos (multilateralismo) antes de declarar una guerra. Estos dos principios hicieron posible que con el paso de los siglos Alemania fuese el único gran estado europeo con notable diversidad religiosa (cristiana) y que las decenas de reinos de taifas que la poblaban se uniesen pacíficamente en un Estado soberano en 1871.

Cuando en 1871 se constituyó Alemania los bávaros mantuvieron buena parte de su independencia. Primordialmente conservaron a sus embajadores en el extranjero, se encargaron de regular y construir su propio sistema de transportes y mantuvieron un ejército privado. Baviera era una región católica, eminentemente agraria y que mantenía fuertes lazos con la imperial Austria. Sí, había unión, pero Berlín y los industriales y militares prusianos y los protestantes comerciantes del norte del país eran poco menos que extranjeros con los que tan sólo se compartía el idioma. Tampoco era nada nuevo ni extraño. Cuando Napoleón conquistó Europa, Baviera se alió con el emperador y con otros länders fronterizos con Francia conformando la Confederación del Rin. Para Berlín y el resto de grandes ciudades industriales alemanas los bávaros eran unos traidores.

En Münich fue donde Hitler se dio a conocer e intentó un Golpe de Estado. En Münich y en el resto de Baviera fue donde más se impulsó la anexión con Austria durante la II Guerra Mundial. En Nuremberg, la otra gran ciudad de la región, tenían lugares los grandes desfiles nazis. Cuando la guerra acaba y toca hacer cuentas, Baviera era la cuna del nacionalsocialismo. Cuando se establece el sistema bipartidista entre socialdemócratas (centro izquierda) y democristianos (centro derecha), en Baviera se crea un partido propio de corte católica (CDU) que aún hoy se mantiene independiente del CSU, a imagen y semejanza de lo que ocurre en España con el PSOE y el PSC catalán.

Baviera era un lugar tradicionalista de cebada, vacas y misa dominical.

Como Alemania fue dividida en dos al finalizar la contienda mundial, Prusia quedó en el este comunista. Por lo tanto, tocaba buscar un centro gravitacional en el oeste. Baviera, eminentemente agrícola, recibió millones de dólares americanos y de marcos alemanes para crecer y modernizarse. Inteligentemente se apostó por la investigación y la industrialización. La tierra del lúpulo y de Wagner se convirtió en la tierra de Siemens, BMW, Allianz, Adidas o Puma. Así pues, en la década de 1960 Baviera se había convertido en la región más rica de Alemania Occidental gracias a la ayuda de unos länders que ahora miraban aún con mayor envidia a sus paisanos del sur.

—FC BAYERN—

La Bundesliga alemana no fue creada hasta 1963. Tiene esto que ver con la independencia de los länders y la falta de una idea nacional en el pueblo. Hasta ese año los campeones regionales se enfrentaban en un torneo final del que salía el vencedor del país. Cuando en 1963 se disputa la primera liga, el gran equipo de Baviera era el Münich 1860.

El Bayern de Münich se jacta de representar la forma de ser y la idiosincrasia de los bávaros (efectivamente Bayern quiere decir Baviera, sería algo así como si el Barça se denominara Catalunya Barcelona). De hecho, los 16 puntos de la filosofía del Bayern, que adornan las paredes del complejo deportivo y del estadio Allianz Arena, resumen lo que es Baviera para Baviera y lo que piensa de Baviera el resto del país: “Somos un club, un ejemplo, tradición, innovación, confianza en nosotros mismos, respeto, alegría, fidelidad, motor, patria, responsabilidad, familia (…) mia san mia FC Bayern!”. Para los que somos de fuera se asemejan a las líneas comerciales de Adidas o de cualquier otra multinacional. Pero el caso es que el Bayern no era nada hasta Franz Beckenbauer.

Beckenbauer fue rechazado por el Münich 1860, el equipo de su niñez, y recaló en el Bayern, por entonces un equipo de segunda. El ‘kaiser’ fue y será venerado porque apareció en el momento exacto y elevó a su equipo a la élite mundial. No es un caso extraño. Todos los grandes equipos tienen su bautismo de fuego, y si ese bautismo se encuentra en un momento del pasado donde la televisión, las competiciones europeas y la revolución juvenil se unen, hacen de ese equipo una leyenda eterna (Di Stéfano y el Real Madrid; Cruyff y el Ajax; Eusebio y el Benfica; Charlton y el United).

Maier, Müller, Beckenbauer y compañía elevaron la capacidad de un equipo que era ejemplo del milagro alemán. Concienzudo, cuadriculado, con unas finanzas de hierro y que funcionaba como un engranaje perfectamente engrasado. De repente el Bayern pasó a gobernar la Bundesliga y en poco tiempo se convirtió en tricampeón europeo.

Hasta entonces el gran club alemán era el Hamburgo, representante de la rica burguesía del norte. Pero no llegó a tiempo para los fastos europeos. El gran rival del Bayern en los 70 fue el Borussia Mönchengladbach. Los primeros representaban a los nuevos ricos del sur. Los segundos eran la imagen de una ciudad de provincias, textil y obrera. Los primeros eran aburridos hasta la saciedad. Los segundos hacían un juego que enamoraba a propios y extraños. Los primeros ganaban. Los segundos perdían finales.

Alemania ganó la Eurocopa de 1972 y el Mundial de 1974. El trofeo continental se ganó con una exhibición de fútbol coral. El título universal con una buena dosis de fortuna. No es casualidad que en el 74 el once inicial estuviese basado en el Bayern (Maier, Schwarzenbeck, Beckenbauer, Breitner, Hoeness, Müller). Los muniqueses se acostumbraron a ganar títulos en esa década a pesar de hacer un fútbol aburrido. En Alemania a eso le llaman ‘Bayern-dusel’, algo así como ‘la potra del Bayern’. Para los bávaros no es más que otra muestra de envidia.

‘Mia san mia’ es la frase de cabecera del club, que en dialecto bávaro significa ‘nosotros somos nosotros’. Es decir, nos da igual lo que piensen los demás. Para los seguidores del Bayern todo está claro, se les odia porque ganan siempre. Les odian porque son bávaros. Sus seguidores defienden que Baviera era pobre y que gracias a su trabajo han alcanzado el éxito. Consideran que el Bayern es un club familiar que con esfuerzo ha logrado ser millonario sin recurrir a bancos ni a jeques extranjeros. Es de los pocos clubes de elite europeos donde la presidencia y demás estamentos del club están ocupado por antiguos futbolistas.

En el resto de Alemania la visión es radicalmente opuesta. Critican la unión de grandes empresas como Adidas o Audi con el club. Reprochan que muchos de sus directivos sean accionistas de esas grandes corporaciones. Predican que los exjugadores que ocupaban la presidencia usan su fama y la fuerza de su leyenda para incidir en la Bundesliga y en la Federación Alemana de Fútbol.

Lo cierto es que raro es el año en el que el Bayern no fiche a la estrella de un club de la Bundesliga con el objetivo de reforzarse y de paso perjudicar a un posible rival. En Alemania no existen dos grandes. Ni existe un clásico. Dependiendo de la época el Bayern va cambiando de gran rival. El gran partido del año es cualquiera que se juegue contra los muniqueses. Viaje a Dortmund, Sttutgart, Hamburgo, Bremen o Genselkirchen, el Bayern es recibido con suma hostilidad.

“Los rivales nos respetan más de lo que nosotros los respetamos a ellos”. Uli Hoeness, presidente del Bayern.

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De cuando se perdonó al rugby en Irlanda

Durante siglos Irlanda funcionó como un sucedáneo de colonia inglesa y aunque en 1801 pasó a integrarse en el Reino Unido, en la práctica seguía teniendo el mismo status. A lo largo del siglo XIX una serie de catastróficas cosechas hicieron que millones de irlandeses emigraran a Estados Unidos. Humillados, hastiados y cansados, el romanticismo y el nacionalismo que brotaba por aquel entonces calaron con rapidez en buena parte de la población, por lo que en 1916 los irlandeses declaraban unilateralmente la independencia el Lunes de Pascua. A partir de entonces, y durante los siguientes seis años, tendría lugar una serie de escaramuzas que se acabarían convirtiendo en una guerra contra la Corona Británica.

Como cualquier hijo de vecino, los irlandeses habían abrazado con efusividad la llegada tanto del fútbol como, especialmente, del rugby, dos deportes ingleses de enorme aceptación. Sin embargo, en Eire ya había dos deportes de enorme arraigo; el hurling y el fútbol gaélico. ‘Grosso modo’ representaban la idiosincrasia celta de la nación irlandesa y venían a ser dos sustitutos del criquet y del rugby respectivamente.

Las grandes competiciones de ambos deportes se celebraban en Croke Park, un recinto propiedad de la Asociación de Deportes Gaélicos (GAA en sus siglas originales). Se trataba de un coqueto estadio de madera de altos muros que impedía miradas ajenas. La GAA se consideraba una plataforma de salvaguardia de las costumbres y la historia irlandesa y, a medida que el conflicto se fue enquistando, se fueron endureciendo las normas para el acceso a la Asociación. Se decretó la prohibición de practicar deportes gaélicos a los miembros del funcionariado que fuesen de origen británico. Por otro lado, los socios de la GAA tenían terminante prohibido practicar deportes ingleses, es decir, ni fútbol ni rugby.

El deporte simbólico por excelencia era y es el hurling. Jugado con un palo de madera, cuando la Corona británica prohibió a los irlandeses portar armas éstos pasaron a usar dicho palo como arma arrojadiza. En los funerales, y como reivindicación nacional, el stick del hurling se elevaba a lo alto y se tapaba en señal de luto.

El 21 de noviembre de 1920, Michael Collins, Comandante del Ejército Republicano Irlandés (IRA en sus siglas originales), ordenó una matanza que acabó con la vida de 18 miembros del servicio secreto británico que tenían su base en Dublín. Esa misma tarde se disputaba en Croke Park un encuentro de fútbol gaélico entre el equipo de la capital dublinesa y el Tipperary. Los paramilitares británicos aprovecharon la ocasión para tomarse cumplida venganza. Treparon por los muros del estadio para atizar con saña a todo sujeto viviente y acabar con la vida a golpe de metrallazos de 14 personas. Fue el llamado ‘Bloody Sunday’ (no confundir con el ocurrido en 1972 e inmortalizado en forma de canción por los irlandeses U2). Se cuenta que los británicos se jugaron a cara o cruz si asaltar con violencia Croke Park o liarse a tiros por la calle más transitada de Dublín.

Así entonces, Croke Park se convirtió en un templo del nacionalismo y la GAA tomó la decisión de que nunca se celebrarían en ese recinto competiciones extranjeras, es decir, ni fútbol ni rugby. Aquel desaliñado estadio de madera se acabaría convirtiendo en un coloso de 82.000 espectadores, el tercero más grande de Europa. Hoy es visita obligada para turistas, tanto por cuestiones deportivas como por causas históricas y políticas.

—EL XV DEL TRÉBOL—

Total que, tras una cruenta guerra, en 1922 se constituye formalmente la República de Irlanda que conforma algo más de las ¾ partes de la isla del mismo nombre. En el noreste, en la llamada región del Ulster, los ciudadanos decidieron seguir fieles al Rey de Inglaterra y establecieron un nuevo país llamado Irlanda del Norte, que continúa bajo mandato monárquico integrando parte del Reino de Gran Bretaña.

Ese año, como era lógico, se instauraron dos federaciones distintas de fútbol, una para Irlanda y otra para Irlanda del Norte. Lo curioso es que había futbolistas que jugaban indistintamente para una y para la otra, hasta que en 1953 la FIFA tomó cartas en el asunto y prohibió esos intercambios, amén de reconocer a ambas federaciones nacionales.

Con todo, el rugby había arraigado con mayor fuerza en la isla del trébol, por lo que, a pesar de existir dos países, se tomó la decisión de seguir formando con un único equipo. No fue esta una decisión fácil. Ayudaba que la mayoría de los jugadores solían ser irlandeses así que a los norirlandeses les quedaba poco más que callar. Los partidos acostumbraban jugarse en Dublín, aunque de vez en cuando se viajaba a Belfast, la capital unionista del norte.

El juego de equilibrismos llegaba al paroxismo de cambiar de himno en función de donde se disputase el choque. En Dublín sonaba el ‘Amhrán na Bhfiann’ (la canción del soldado) himno gaélico de Irlanda. Si el encuentro se disputaba en Belfast se entonaba el ‘God save the queen’ (Dios salve a la reina), himno británico. Así fue hasta 1954, cuando los jugadores irlandeses se negaron a escuchar la canción inglesa y desde entonces nunca más se volvió a jugar un partido en Belfast. Mucho después, en 1995, se tomó la decisión de elaborar un nuevo himno para los encuentros internacionales que representase a las dos Irlandas. ‘Ireland’s call’ (La llamada de Irlanda) está escrita en inglés, sustituye al himno británico y su letra está llena de continuas referencias al trabajo en equipo y a la unión de todos los irlandeses.

Lo de las banderas también es de traca. Cuando el equipo juega en Dublín, junto a la bandera de la Irish Rugby Union ondea la naranja, blanca y verde de Eire. Cuando juega en Belfast o sale de la isla para jugar en el extranjero, se elimina la bandera de Eire y se cambia por un blasón que representa las cuatro regiones irlandesas; Connacht, Munster y Leinster -que conforman la tradicionalmente católica Irlanda- y Ulster -en los que 6 de sus 9 condados forman la tradicionalmente anglicana Irlanda del Norte-.

Con todo este batiburrillo de información viajamos a 2006. Ya sabemos que es tal la inquina de los tradicionalistas que en Croke Park no se puede jugar ni al fútbol ni al rugby. Así pues, la selección del balón ovalado disputa sus encuentros en Lansdwone Road, un recinto histórico levantado en 1872. Tras diversas modificaciones a lo largo de las décadas llegó a contar con unos 45.000 espectadores de aforo, una buena cifra, pero notablemente inferior a la de Croke Park.

Cómo es de recibo, Lansdwone Road sufrió pertinentes modificaciones hasta que en 2006 se tomó la decisión de una renovación integral que básicamente consistía en tirar el estadio y construir uno nuevo a través de los cimientos del antiguo. La selección de futbol se quedaba sin hogar, pero sobretodo, quien se quedaba sin hogar era la selección de rugby. El ‘XV del Trébol’ iba a disputar el 6 Naciones, y además era favorito, pero no tenía estadio donde disputar sus partidos como local. Existía la alternativa de jugar en Belfast, pero teniendo en cuenta que poco más del 5% de su plantilla era norirlandesa y que desde 1954 no se iba por esos lares, no se consideraba una opción viable.

Se podía jugar en Croke Park.

Violar suelo sagrado.

La Irish Rugby Union, con el apoyo del Gobierno, presionó a la GAA para que aceptase que como excepción se jugasen partidos de rugby en Croke Park. A regañadientes la GAA realizó una votación entre sus socios. El resultado fue de 227 votos a favor y 97 en contra, pero la claridad de los números no deja de ser engañosa. Fue una votación polémica y muy reñida porque por el medio hubo muchas dimisiones y protestas. Muchos exjugadores y familiares de exjugadores de hurling y de fútbol gaélico pidieron retirar sus recuerdos del museo del estadio.

Y así, el 11 de febrero de 2007, la selección irlandesa de rugby jugó y perdió ante Francia violando el sagrado suelo de Croke Park. No obstante, 15 días después tendría lugar el verdadero sacrilegio. Nuevamente en Croke Park, el rival iba a ser Inglaterra. Se tenía pavor ante la llamada a la violencia cuando sonase el himno inglés. Sorprendentemente el silencio y el respeto fueron memorables. Cuando los jugadores ingleses dejaron de entonar el himno hubo numerosos aplausos desde la grada. Segundos después el himno irlandés sonó por megafonía y miles de espectadores derramaron ríos de lágrimas. Horas después Irlanda vencía por 43-13 y la fiesta de la concordia se convirtió en fiesta deportiva.

Durante los siguientes tres años la selección irlandesa disputó sus partidos en Croke Park y volvió a jugar como local en Belfast tras más de medio siglo de voluntaria ausencia. En 2010 fue inaugurado el nuevo Lansdwone Road (llamado Aviva Road por motivos comerciales) y tanto el rugby como el fútbol volvieron a su lugar de origen.

Durante esos tres años en Croke Park se había enterrado para siempre una historia de sangre y odio entre hermanos que iba camino de la centuria de antigüedad.

Católicos y protestantes. Irlandeses libres e irlandeses unionistas. Fútbol gaélico y rugby.

El rugby irlandés había sido perdonado.

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La filosofía del Athletic

Si uno entra en la página web del Athletic de Bilbao podrá echar un vistazo a un apartado bajo el título de ‘filosofía’. Una vez dentro, un corto buceo por la web y acabará encontrando una de las máximas más conocidas en el mundo del fútbol: “El Athletic Club está radicado en Bilbao, provincia de Bizkaia (País Vasco). Nuestra filosofía deportiva se rige por el principio de que pueden jugar en sus filas los jugadores que se han hecho en la propia cantera y los formados en clubes de Euskal Herria, que engloba a las siguientes demarcaciones territoriales: Bizkaia, Guipuzkoa, Araba, Nafarroa, Lapurdi, Zuberoa y Nafarroa Behera, así como, por supuesto, los jugadores y jugadoras que hayan nacido en una de ellas”.

Luego hojeas el periódico y averiguas que el Athletic acaba de fichar a Kenan Kodro. Sí, un joven delantero nacido en San Sebastián pero hijo de padres bosnios (concretamente el papá es un icono en Donostia). Lees que se ha formado en la cantera de la Real Sociedad pero que nunca ha jugado en un club de Vizcaya. Observas que ha hecho carrera en Suiza y en Dinamarca.

Y se te queda mal cuerpo.

Al igual que la inmensa mayoría de los primeros clubes de fútbol surgidos en España, en el Athletic Club de inicios del siglo XX había franca mayoría de futbolistas nacidos en Gran Bretaña. Es más, dado que había mucha población flotante en la capital de Vizcaya gracias a la pujanza industrial, había jugadores de distintas regiones españolas. Lo normal en cualquier alineación del conjunto bilbaíno de 1900 o de 1905 era encontrar a 5 o 6 oriundos de Albión, 2 o 3 vizcaínos y otros tantos castellanos.

Al parecer fue en 1911 cuando el Athletic decidió no contratar jugadores foráneos a perpetuidad. Más la causa no obedecía a ningún tipo de romanticismo. Aún no existía campeonato de Liga, y el torneo que reunía a la flor y la nata del fútbol español era la Copa del Rey. En la edición de 1911 se reglamentó que ningún equipo participante podría contratar jugadores profesionales ingleses y tan solo los extranjeros que llevasen 2 años residiendo en el país podrían ser alineados. Según las crónicas, el Athletic jugó y venció en su partido de octavos de final al Fortuna de Vigo contando en su once inicial con un tal Sloop y un tal Martin (que no Martín), dos británicos que incumplían la normativa. Curiosamente no fueron los gallegos quienes denunciaron por alineación indebida a los bilbaínos. La denuncia fue cosa de la Real Sociedad, que ni siquiera se había clasificado para las rondas finales de Copa, pero que ya por entonces mantenía fuerte rivalidad con sus vecinos provinciales. Finalmente la denuncia no prosperó debido a las agarraderas con las que contaba el Athletic en la Federación. Tal fue la cosa que los vascos se proclamaron campeones tras vencer al RCD Espanyol (de aquella aún Español) en la final. Aun así, heridos en su orgullo y ante las acusaciones de tramposos, el Athletic tomó una decisión salomónica. No volverían a fichar extranjeros. Ni siquiera españoles. Ni siquiera vascos ni navarros. Solo jugarían con vizcaínos.

Tan sólo era una declaración de intenciones. No había nada por escrito. Ni lo había, ni lo hubo, ni lo habrá. Tan sólo es una filosofía. Pero el caso es que los años pasaron y el Athletic se consolidó como el mejor equipo de España. Los jugadores vascos evolucionaron con más rapidez que sus compatriotas debido a varios factores. En primer lugar, los norteños eran más físicos y tenían una talla media más elevada. En segundo lugar, los puertos éuscaros eran lugar de entrada de innovaciones procedentes del Reino Unido, y el Athletic y demás conjuntos vascos contaron desde sus inicios con técnicos ingleses de primer nivel. Por último, los jugadores del norte estaban acostumbrados a jugar en campos encharcados y bajo la lluvia, lo que en un fútbol donde el balón, las botas o las camisetas triplicaban el peso actual, era un plus importantísimo.

Pero había algo más. La causa definitoria para mantener esa norma autoimpuesta de 1911. Las décadas iniciales del siglo XX vieron un florecer de los nacionalismos periféricos. Las ideas de Sabino Arana fluyen y se concretan en el PNV (Partido Nacionalista Vasco). La cultura del Athletic se convirtió en santo y seña de Euskadi. Si los resultados en el terreno de juego acompañaban, ¿quién podría cuestionar la filosofía? En 1911 el Athletic había ganado 4/9 de los primeros torneos coperos y cuando estalló la Guerra Civil acumulaba un total de 13/32. De las 8 Ligas disputadas hasta 1936 el Athletic había sido campeón en la mitad de ellas. En la temporada 1930/31 consiguió el doblete de Liga y Copa, perdiendo sólo 1 partido entre ambas competiciones.

Aunque en los años 40 y 50 el Athletic vio como otros conjuntos poco a poco le superaban, se mantenía como el club de referencia del fútbol español. Silenciados por el Franquismo, los vascos hubieron de buscar otras fórmulas para dar visibilidad a su forma de ser. Los vizcaínos vieron en el Athletic un instrumento de reivindicación nacionalista y convirtieron en dogma lo que era una mera tradición.

No había reglas escritas, pero cuando la década de 1950 echó a andar cualquier presidente del Athletic que pretendiese seguir en su cargo sabía que no podía sacar la escopeta de su coto de caza. Lo contrario equivaldría a un suicidio deportivo.

Cuando en 1957 el técnico Fernando Daucik le echó el ojo a un prometedor extremo de raza negra que jugaba en el Barakaldo y estudiaba en la Universidad de Deusto, inmediatamente fue a las oficinas del Athletic a solicitar su fichaje. A Daucik (que era checo, aunque llevaba años entrenando en España y conocía de sobra la filosofía de los bilbaínos) le costó comprender como un futbolista criado en Euskadi y que había jugado desde niño en equipos de la periferia de Bilbao no podía jugar en el Athletic. Miguel Jones, nombre del prometedor muchacho, acabaría siendo un pilar del Atlético de Madrid y nunca pudo jugar en el equipo de sus amores porque había nacido y vivido hasta los 6 años en Guinea Ecuatorial.

No fue el único caso. Famosos también son los de Chus Pereda y José Eulogio Gárate. El primero se formó en el Indautxu, pero dado que había nacido en un pueblo de la provincia de Burgos no pudo nunca jugar en el Athletic. Acabaría haciendo carrera en otros equipos, destacando sus años de gloria en el FC Barcelona. El caso de Gárate es mucho más sangrante. Nació en Argentina por accidente y a los 3 meses ya residía junto a sus padres en la ciudad guipuzcoana de Éibar. Jugó para los eibarreses y para el Indautxu (que era algo así como un Athletic B) pero tampoco pudo jugar como local en San Mamés y se tendría que conformar con visitar Bilbao con la camiseta del Atlético de Madrid, donde, por supuesto, es una leyenda.

Otro de los casos más conocidos por injusto y estúpido es el de los hermanos Sarabia. Manuel, el pequeño, es un icono del Athletic, el delantero goleador en su último título liguero de 1984. Lázaro, el mayor, nació en Jaén antes de que la familia emigrase a Bilbao, por lo que fue rechazado cuando quiso entrar en las recién creadas categorías inferiores rojiblancas.

Estos casos hicieron mucho daño en Bilbao que veía como poco a poco quedaba anquilosado frente a los portaviones provenientes de Madrid y Barcelona. El Athletic estuvo 11 años sin ganar ningún título (1958-1969). Algo inaudito. Hasta entonces no había pasado de un trienio sin levantar una copa. Había miedo, y la norma se hizo entonces más laxa. A mediados de los 60 se abrió la mano. Se empezaron a reclutar jugadores formados en Guipúzcoa (Guisasola o Iribar) y en los 70 la enemistad con la Real se hizo patente al cazar a otros guipuzcoanos como Irureta, Churruca o Lasa. A partir de los 80 se incorporó a alaveses como Zubizarreta y se empezó a formar en la cantera a riojanos (Valverde, Aranzubia, Ezquerro), navarros (Urzaiz, Llorente) y hasta se llegó a fichar a vascofranceses (Lizarazu).

Pero no fue suficiente. El Athletic no gana un título desde 1984 (ganar una Supercopa sin haber ganado ni la Liga ni la Copa no se puede considerar ganar un título) por lo que la norma está siendo estirada hasta extremos impensables. Jugadores nacidos en Salamanca (Patxi Ferreira), en Brasil (Biurrun) o en Venezuela (Amorebieta) han jugado en el Athletic por el simple hecho de haber pasado al menos una temporada en un club de formación vasco.

Imaginamos que con la sana envidia de todos los Gárate que quedaron por el camino.

Al igual que el mal jugador de solitarios, el Athletic ha llegado al absurdo de hacerse trampas a sí mismo. Aymeric Laporte, hoy flamante central del Manchester City, nació en Agen, localidad francesa que dista unos 250 kilómetros de Irún. Ojeadores del Athletic captaron las virtudes de Laporte, pero el joven central no había nacido ni en Lapurdi ni en Zuberoa. sino mucho más al norte. No era vascofrancés. Laporte tenía 15 años y si un jugador supera los 16 y no ha sido formado en el País Vasco (en este lado de la raya o en el otro) pasa a no ser seleccionable para ‘los leones’. Así pues, el Athletic incitó a los padres de Laporte para mudarse con el chaval a Bayona, capital del País Vasco francés. Una vez cumplida la temporada de trámite en la provincia vascofrancesa de Lapurdi, el Athletic formalizó su fichaje para su equipo juvenil.

Este galimatías crea paradojas que son difíciles de explicar. Antoine Griezmann podría jugar en el Athletic porque se formó en la cantera de la Real Sociedad a pesar de haber nacido en la poco vasca villa de Macon, a una hora en coche de Suiza. Lo mismo sucede con el hoy cedido en el Numancia Cristian Ganea, un futbolista rumano que únicamente vivió en Euskadi de los 11 a los 17 años, pero dado que esa fue la época de su formación ya es un futurible del Athletic. Sin embargo, estrellas mundiales como Gonzalo Higuaín o Marco Asensio, con padres y/o abuelos vascos, no podrían jugar en Bilbao por no haber nacido ni haberse formado en tierras vascas.

El Athletic del siglo XXI pasa por la reinvención. El Athletic tiene los medios para lograrlo. Tiene un estadio moderno y de gran capacidad, una economía saneada con el respaldo de empresas públicas y privadas y el club es un estandarte social en Vizcaya y en buena parte del País Vasco. Cuenta con unas instalaciones y una red de ojeadores de primer nivel y, por prestigio e importancia, se encuentra entre los 50 clubes de referencia en Europa. Y sigue siendo el cuarto en jerarquía en España, por mucho que le pese a Valencia CF o Sevilla FC.

Su filosofía es su seña de identidad y es lo que le hace especial en una era de globalidad. De nada le vale al Athletic traicionarse a sí mismo para clasificarse cuarto o ganar algún título menor. Tan sólo si le garantizasen el olimpo mundial podría el Athletic traicionarse a sí mismo. Pero su filosofía es su mejor garante de estabilidad y de prestigio. Es algo único y especial.

Su futuro pasa por invertir en la cantera y por ampliar las miras. El objetivo para el Athletic es seguir haciéndose trampas a sí mismo y estirar el chicle de su filosofía. El objetivo es encontrar a Messi y llevarlo a Lezama. El objetivo es buscar a un abuelo de Bermeo o a una abuela de Guernika y traer al Indautxu a un Asensio. El objetivo es buscar a cientos de Iñaki Williams que dejaron sus tierras buscando fortuna en el Gran Bilbao. El objetivo es convencer a los Iñigo Martínez de la Real, del Osasuna o del Alavés para que fichen por el Athletic.

Y ese es el gran reto del Athletic del siglo XXI; convencer. Al final la filosofía no es otra cosa que el amor a la sabiduría, y ahí radica el gran reto de los rojiblancos. No reside en captar talento y formarlo. No. Reside en darles amor. En enseñarles lo que es el amor por el Athletic. El gran reto del Athletic es que su filosofía no se muera en el camino que va de la grada al campo. El reto es que todo aquel que se ponga la camiseta del Athletic sienta el amor por su filosofía.

La diferencia entre un Athletic vivo y un Athletic muerto está en las decisiones que tomen los Fernando Llorente, Javi Martínez, Ander Herrera o Kepa Arrizabalaga del futuro. ¿De qué vale tener el Messi del futuro si no ama al Athletic?

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Fútbol postnacional

Hace apenas dos siglos las relaciones culturales entre individuos se adscribían al ámbito local. Realmente se podría reducir este periodo hasta hace apenas 70 años, porque si bien es cierto que la revolución de los transportes benefició el movimiento en la sociedad urbana y capitalista occidental, la inmensa mayoría del orbe (incluida la población campesina y obrera de Europa) seguía relacionándose con sus vecinos y con villas limítrofes. La vida de un ser humano tipo transcurría en el mismo sitio en el que nacía.

Pero fue a inicios del siglo XIX cuando el asentamiento del Estado-nación desarrolló una organización política basada en la centralización administrativa, fiscal y ejecutiva, fomentando el beneficio del ciudadano y, a su vez, promoviendo la concienciación del mismo con el Estado a través de la educación de masas. El despliegue del sistema posibilitó la difusión de una identidad y cultura nacionales.

Junto a otros deportes, el surgimiento del fútbol fue contemporáneo al asentamiento del Estado-nación. El fútbol, primero entre aldeas, barrios o villas, y después entre ciudades y naciones, sirvió, y sirve, para exponer las propias identidades y las supuestas fortalezas en una especie de lucha imaginaria.

No es casualidad que, a pesar de surgir en las élites universitarias de Inglaterra, el fútbol se convirtiera en fenómeno de masas mundial al ser engullido por los inmigrantes y las clases bajas de las ciudades. Muchos desarraigados de los suburbios vieron en el fútbol la mejor forma de encaje y pertenencia a una sociedad por el simple hecho de defender una camiseta y un escudo. El fútbol contribuyó a dar un nuevo equilibrio a las sociedades industriales y postindustriales.

Así pues, el fútbol (y con menor o mayor rapidez todos los deportes) se organizó a imagen y semejanza del Estado-nación para más tarde aglutinarse en una federación internacional (FIFA y similares). Tras la II Guerra Mundial, el deporte se convirtió definitivamente en un espectáculo de masas donde se enfrentaban personas y equipos que simbolizaban los Estados-nación.

Para llevar a cabo esta simbiosis, los Estado-nación hicieron uso de los medios de comunicación. La radio y la televisión (especialmente esta última) se convirtieron en básicos para trasladar los éxitos nacionales a los ciudadanos. Los medios se encargaron de mitificar a los deportistas a través de un discurso épico en el que a menudo se utilizaban adjetivos y comparaciones frecuentes con los hechos gloriosos de la nación y en el que el lenguaje bélico formaba parte de la rutina diaria.

De este modo, y con el paso de tiempo, cada Estado-nación contó con su ‘deporte nacional’ y se desarrollaron ‘estilos nacionales de juego’ influenciados por la tradición y la cultura de cada nación. Los encuentros de las selecciones nacionales y sus victorias pasaron a formar parte de los acontecimientos fundamentales en la historia del país.

Sin embargo, en las últimas dos décadas el Estado-nación afronta un proceso de pérdida de autoridad debido a la fuerza de la globalización. Detrás de estos cambios (que para muchos historiadores datan de tan temprana fecha como 1973) están las corrientes xenófobas, los aranceles comerciales, el Brexit y tantos otros problemas actuales. ‘Grosso modo’ vivimos en una era donde entes internacionales dictaminan las normas sociales y los procesos económicos. El acuerdo entre el Estado-nación y el ciudadano basado en que el primero otorga al segundo seguridad y bienestar a cambio de compromiso y lealtad, ha saltado por los aires.

Todos los Estados de Europa, sin excepción aunque en mayor o menor medida, experimentaron un proceso de descentralización administrativa aunque manteniendo la estructura clásica de un Estado-nación. La legitimidad del Estado-nación ya no se fundamenta en las armas, y, en ocasiones, ni en los sentimientos. Pero el Estado se mantendrá en pie mientras sea el que abone las pensiones, conceda los subsidios de desempleo, ofrezca seguridad y mantenga el monopolio sobre la educación y la sanidad de sus ciudadanos. Si una entidad supranacional (UE) o una infranacional (regiones autónomas) adquiere parte o la totalidad de esas competencias, el Estado-nación perderá su legitimidad.

Las actividades económicas, sociales y políticas desbordan las fronteras nacionales y desafían la idea de que los contornos de la sociedad coinciden con las fronteras del Estado-nación.

Todo ello ha repercutido, como no podía ser de otra forma, en el fútbol. Y lo ha hecho de manera extraordinaria. El crecimiento y desarrollo del fútbol ha puesto de manifiesto su supremacía sobre cualquier otro deporte. Se estima que el 5% de la población mundial tiene un trabajo relacionado directa o indirectamente con el fútbol. La FIFA duplica sus beneficios prácticamente cada año y cuenta con más afiliados que miembros tiene la ONU.

Paradójicamente, a pesar de que el poder de los Estado-nación es decreciente, el ciudadano se muestra indiferente ante las cuestiones supranacionales. De alguna manera parece que la Unión Europea no es un asunto de los ciudadanos, que siguen viendo en las elecciones nacionales o regionales la forma de influir en los asuntos que le preocupan. Es en Bruselas donde se decide el tamaño de los melocotones, el color de la madera o los impuestos al transporte, pero nos sigue pareciendo que el poder real emana del Estado-nación.

Tan sólo con el fútbol comprendemos la magnitud de la globalización. Tan sólo el fútbol consigue unir a los europeos.

¿Qué implica esto para la sociedad? Mucho.

Los clubes de fútbol (en función de sus posibilidades) se han dotado de estructuras empresariales quebrando una tradición asociacionista que durante un siglo fue la base del sentimiento de pertenencia a los mismos. Estos cambios coincidieron en el tiempo con un flujo cada vez mayor de emigrantes hacia Europa. Entre ellos hay miles de niños africanos, latinoamericanos o asiáticos que se convertirán en futuros futbolistas con educación europea. Además, la libre movilidad de fronteras en Europa ha permitido un flujo constante de deportistas entre los antiguamente aislados países del norte y del sur europeo.

Está evaporación del Estado-nación ha provocado que, el ‘estilo italiano’ o el ‘estilo inglés’ de juego tenga cada vez menos sentido. Las ligas nacionales cuentan con tantos jugadores foráneos como patrios. Las selecciones nacionales se han convertido en una amalgama de hijos de inmigrantes y jugadores nacionales, fruto de la realidad multicultural de la Europa del siglo XXI (con la excepción de Polonia).

Es por ello que cada vez resulta más difícil hablar de ‘fútbol nacional’ si con ello entendemos un patrón de juego. Evidentemente queda la historia social y cultural, así como la tradición, pero la atracción de la globalización es tan grande que competiciones como la Liga de Campeones están sustituyendo a las ligas nacionales en el gusto de los niños, los cuales luchan entre la querencia por el equipo de su tierra y su admiración por un gran campeón de una nación extranjera.

Es el momento del ‘fútbol postnacional’.

En esa lucha de ideas entre la globalización y lo local se entronca la decisión (de momento frustrada) de llevar un partido de la Liga española a Estados Unidos. Para la gente de Girona que el FC Barcelona vaya a su estadio es un acontecimiento que conjuga orgullo y honor. Para la gente de Girona, que su club y su camiseta de rayas rojas y blancas sea la elegida para viajar a Miami conjuga orgullo y honor. Es una lucha entre pasado y presente. Entre tradición e innovación. Entre conservadurismo y progresismo. La globalización no tiene nada de romántica.

La tan manida frase de que el fútbol traspasa fronteras nunca ha sido tan cierta como en la actualidad. Practica barata y adaptable a cualquier tipo de físico, hoy es el medio más fácil para que millones de jóvenes desarraigados hijos de la clase modesta puedan alcanzar la prosperidad. Pero a pesar de la individualidad creciente del éxito deportivo y su similitud con otras artes del capitalismo, el futbolista sigue formando parte de un equipo, y ese equipo es símbolo de una comunidad. Ese futbolista jugará en una selección nacional y se le rendirán homenajes como héroe del Estado-nación.

El Estado-nación es, en definitiva, un modo de vivir. En palabras del historiador Tony Judt es ‘el modelo social europeo’ que se basa en una simbiosis entre capitalismo y socialismo, entre libertad y orden, y entre tradición y modernidad. Romper con esa forma de vivir tan europea está acarreando graves consecuencias.

Y por todo eso, un estadounidense ve con normalidad que un partido de la NBA se juegue en Londres y un europeo ve con preocupación que un partido de la Liga española se dispute en Miami.

“Mientras los franceses tienen derecho a 25 días de vacaciones pagadas y los suecos a 30, los estadounidenses (y dependiendo de dónde vivieran) tenían que conformarse con unas vacaciones pagadas inferiores a la mitad de las citadas. Los europeos habían elegido deliberadamente trabajar menos, ganar menos y vivir mejor. A cambio de pagar unos impuestos especialmente elevados, los europeos tenían asistencia sanitaria gratuita o prácticamente gratuita, una pronta jubilación y una prodigiosa gama de servicios sociales y públicos (…) Sus vidas eran más seguras y más largas (…) el modelo social europeo como forma de vida era caro pero los ciudadanos estaban dispuestos (…) aunque muchas naciones seguían presumiendo del hockey sobre hielo en la República Checa, el baloncesto en Lituania y la ex Yugoslavia, el ciclismo en Francia o los toros (sic) en España (…) desde el punto de vista del entretenimiento, lo que realmente une a Europa es el fútbol (…) y a diferencia de Estados Unidos el fútbol no es el símbolo de una empresa y está al alcance de cualquier hombre y de cualquier mujer. En resumen, el fútbol es un deporte muy europeo.” Tony Judt.

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El regalo de Reyes de Pierre

Pierre pasaba con creces de los 70 pero aquella noche se sentía como un niño con zapatos nuevos. Aquel desconocido de brillante traje blanco, aquel guía con alas, le había cogido con ternura del brazo y le estaba ayudando a sentarse en un cómodo y mullido sofá de terciopelo. Delante de él, una nevada pared con la única salvedad de una enorme pantalla que se asemejaba a aquellos cines de su juventud. Pero aquello no era una sala de cine, más bien parecía el vasto salón de una casa. Pierre llevaba más de 80 años en el otro mundo, pero le habían dicho que por una vez, y como regalo de Reyes, iba a recobrar el cuerpo de anciano con el que había dejado este mundo e iba a presenciar en lo que se había convertido su legado.

Era un favor especial que el más allá le iba a conceder por todo el bien que había legado a la humanidad.

El guía dispuso todo en perfecto orden para que se acomodase y que disfrutase. El show iba a comenzar. Pierre se alisó el cabello, jugueteó con su canoso bigote y abrió los ojos con sumo interés.

La película comenzó con lentitud enlazando imágenes inconexas del joven Pierre. Se vio a sí mismo a los pies de la Torre Eiffel, en la Exposición Universal de 1889, convenciendo al gobierno de Francia a introducir el deporte en los programas de estudio. Vio fotos de sí mismo cogiendo barco tras barco y tren tras tren, recorriendo parte de Estados Unidos y media Europa, convenciendo a crédulos e incrédulos de los beneficios del deporte y de cómo su poder podía convertir las guerras y los conflictos en paz y solidaridad entre pueblos. Y así, tras varios minutos de recuerdos y dulces sonrisas, la proyección se paró en el 26 de junio de 1894. La Universidad de la Sorbona de París lucía esplendida el día que se decide instaurar los Juegos Olímpicos.

Las imágenes viajaron con prontitud al 6 de abril de 1896 para ver aquel inaudito gentío de más de 80.000 personas que se reunieron en el estadio Panathinaikó de Atenas. Tenía lugar un milagro de la modernidad. Al viejo Pierre de Coubertin se le saltaron las lágrimas cuando se reconoció a si mismo pronunciar unas palabras que para siempre iban a estar ligadas a su recuerdo: “Lo importante no es vencer, sino participar”.

La película rodaba seguidamente por todo el orbe. De Atenas a París, pasando por Londres, Estocolmo, Amberes, Ámsterdam o Los Ángeles. El guía, hábilmente, no incluyó imágenes de Saint Louis, donde en 1904 una catastrófica programación estuvo a punto de enterrar los Juegos para siempre. Pierre agradeció con una sincera sonrisa que el guía también obviase los parones en el desarrollo de su obra por culpa de la maldita guerra. Suspiró profundamente cuando recordó el empeño que había puesto en convertir los Juegos en una garantía de paz y advirtió en la pantalla el megalómano desfile que los nazis habían hecho para los Juegos de Berlín. Él mismo, ya frágil y anciano, a escasos meses de su muerte, había dado las gracias a Hitler por aquellos majestuosos Juegos, los más grandes hasta entonces. Maldita mancha. Maldito error.

Todas aquellas escenas, rodadas en blanco y negro, habían sido vividas por Pierre. Poco a poco la pantalla fue apagándose y el guía encendió una magnifica lámpara de estilo rococó que recorría la estancia. Pierre dio las gracias de todo corazón al guía por los gratos recuerdos y señaló que estaba preparado para volver al sueño eterno.

Estaba ya a punto de levantarse del sofá cuando el desconocido de impoluto traje blanco, con un rápido ademán, le dijo que se agarrase nuevamente a su brazo, que el día no había terminado.

Enganchados del brazo, aquellos dos seres recorrieron la estancia y por una pequeña puerta al fondo del salón accedieron a una especie de cuarto oscuro. Viendo que Pierre se asustaba, el guía, con un cálido gesto, se apiadó del anciano y con una franca sonrisa le dijo que no se preocupase por nada.

De pronto, se hizo la luz, y Pierre y su guía estaban sentados en un impresionante estadio olímpico, de una elegancia asombrosa. Pierre no entendía nada. Era un estadio, sí, pero no comprendía de qué material estaba hecho. Era colosal, pero todo daba sensación de ligereza, de caerse en cualquier momento. No veía columnas, tan sólo soportes similares al vidrio y unas estructuras que parecían más frágiles que las cuerdas que amarran a un pequeño navío. El guía procedió entonces a encender los focos y Pierre pegó un salto hacia atrás. El corazón palpitaba con fuerza. Jamás había visto tal cantidad y potencia de luz, ni siquiera en los Campos Elíseos de su querida París. Una vez calmado empezó a escrutar el estadio de arriba a abajo. Había pantallas por todos los lados y una gran cantidad de relojes. O algo parecido a relojes, pero sin agujas. Había también pequeñas pantallas de cine, y ante sus dudas el guía le explicó que eran estudios de televisión. Pierre, profundamente sorprendido, le preguntó si la gente tenía eso en sus casas, a lo que el guía le dijo que se relajase y disfrutase, que todo era muy complicado para su mente. Tan sólo le dijo que el gentío que ahora iba a los estadios lo hacía para disfrutar del ambiente y de la solemnidad de la competición, pero el que únicamente quiere ver las pruebas deportivas lo puede hacer donde quiera y cuando quiera con un pequeño aparato. Sacó del bolsillo derecho de su impoluto traje un smartphone y el anciano cogió el móvil con curiosidad. El guía también le dijo que con ese utensilio se podían sacar fotos y vídeos y comunicarse al instante con cualquier lugar del planeta. Pierre suspiró y recordó sus largos viajes en barco y sus interminables cartas a la luz de las velas.

Dominado por las emociones, Pierre logró preguntar dónde estaba. El guía le dijo con firmeza que estaba en el año 2020, en el estadio olímpico de Tokio. ¿2020? ¿Tokio? ¿Los Juegos han llegado a Asia? Preguntó Pierre y pidió bajar al centro del estadio. El guía le agarró por el brazo izquierdo mientras Coubertin sostenía un bastón con el derecho. Una vez pisó aquella extraña superficie el guía le dijo que era tartán y que gracias a ella los atletas hacen marcas extraordinarias y que no hay riesgo de que sufran una fractura si se caen al suelo.

Pierre balbuceó y pidió una silla para sentarse. El guía se la dio y le explicó que todo lo que veía era obra suya. Pierre volvió a recorrer su bigote de derecha a izquierda como siempre hacía y negaba con la cabeza. El guía le volvió a dedicar un amplía sonrisa y le indicó que le acompañara al palco, que aún tenía que ver algo más. Pierre torció el gesto pensando en todas las escaleras que tenía que subir, pero el guía se acercó con un pequeño vehículo y lo aproximó hasta un coqueto ascensor que lo llevó a las puertas del palco de autoridades.

Ambos se sentaron en el palco y entonces el guía le requirió a Pierre que cerrase los ojos. Le pidió que confiara en él y que se dejara llevar. Que no se asustase y que todo lo que iba a ver era real, por increíble que le pareciese. El anciano dijo que sí, aunque en su fuero interno no estaba muy convencido. Pasado unos segundos, un fuerte griterío asoló el estadio y Pierre abrió los ojos.

A punto estuvo de morir una segunda vez por culpa de un infarto.

Tras el griterío distinguió una nube de flashes y un pistoletazo que daba salida a una carrera que había acabado antes incluso de parpadear. Sin espacio material ni lógica alguna, tan sólo distinguió a un grupo de hombres negros corriendo y discernió que el que acababa de ganar era un tal Usain Bolt de Jamaica, un país que debía ser inventado. 9’59’’. Aquello no podía ser real.

Todo cambió de nuevo, y de repente percibió a Coe luchar codo con codo con Ovett en Moscú. Vio también a Bikila vencer descalzo el maratón de Roma. Y a Michael Johnson ganar carrera tras carrera danzando como un pato mareado. Vio también a Bob Beamon saltar lo imposible y a Fosbury ganar el salto de altura brincando de espaldas como si fuese un rana. Vio a Isinbayeva bailar con la pértiga con una facilidad que despertaría la envidia de los hombres de su tiempo. Y es que vio mujeres. Muchas mujeres. Deportistas, periodistas y aficionadas. Y las vio solas, sin padres y sin maridos. Y vio países, muchos países desconocidos. Y los vio a todos mezclados. A hombres y a mujeres. A negros y a blancos. A creyentes de todo el mundo. Advirtió los Juegos que él quería. Unos Juegos universales, desde Canadá a Nueva Zelanda, desde Sudáfrica a Corea. No entendía, y de hecho, en su mente decimonónica no alcanzaba a comprender tal mezcla de razas y sexos, pero observaba que la gente reía y se divertía.

Y se sintió en paz.

Pero lo que de verdad le impactaba eran las marcas. Todo ocurría a una velocidad que parecía propia del demonio. Vio luego a Bekele arrasar carrera tras carrera y años antes a Laase Viren tropezar, levantarse y recuperar el resuello para ganar a sus rivales. Contempló a Edwin Moses correr y saltar unas vallas como si fuese una gacela. Todo era una ofensiva de estímulos abrumadora.

Fue entonces cuando el guía, que disfrutaba con cada gesto inconsciente de Pierre, le mandó volver a cerrar los ojos. Coubertin, que aunque incrédulo estaba saboreando cada palada de aquel gran regalo, lo hizo sin dudar y cuando los abrió, sucedió lo inimaginable.

El estadio olímpico se convirtió en un gran palacio y vio a una niña llamada Comaneci volar de anilla a anilla y de aro a aro. El palacio de pronto se transformó en una impresionante piscina y distinguió a Spitz ganar medalla tras medalla con un frondoso bigote. Pensó en lo increíble de sus marcas, hasta que vio nadar a un pez con piernas, un tal Michael Phelps. Y vio al joven Mohammed Alí atizar derechazos en un cuadrilátero, y a Greg Louganis saltar al vacío desde un trampolín. Vio a Steffi Graf pegar raquetazos con elegancia y violencia. Vio a Messi hacer diabluras con un balón de fútbol en Pekín, y vio como Estados Unidos no ganaba la medalla de oro en baloncesto en unos Juegos Olímpicos. Y cuando creyó haberlo visto todo, vio a Estados Unidos ganar una medalla de oro en baloncesto cuatro años más tarde en Barcelona con un equipo al que todos llamaban ‘Dream Team’.

Distinguió entonces deportes que no conocía mientras el guía le explicaba los pormenores de su funcionamiento. Natación sincronizada, bádminton, taekwondo, voleibol, tenis de mesa o triatlón entraban en escena ante la incredulidad de Pierre.

La función tocaba a su fin. Poco a poco el guía fue apagando las luces del estadio, y, una vez apagada la última, le dijo a Pierre que el día había terminado. Pierre, un hombre decimonónico, un hombre que no sabía lo que era llorar, estalló en un mar de lágrimas.

Conmovido, el ángel apretó con fuerza la mano del barón Pierre Fredy de Coubertin y de repente, tras un fulgurante estallido, Pierre perdió años de vida y se convirtió en un enjuto niño de mirada inocente y brillante.

El ángel se colocó la chaqueta de su impoluto traje blanco y subió al pequeño Pierre a sus hombros. Le agarró con ternura de los pelos y le dijo con una amplia sonrisa que tenían que volver al mundo de las ánimas, mientras le preguntaba si le había gustado su regalo de Reyes Magos.

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El récord imposible de Marita Koch

En el antaño majestuoso boulevard ‘Unter den linden’ (bajo los tilos) está el corazón de Prusia y el lugar de confraternización y encuentro entre lo que hasta hace apenas tres décadas eran dos Alemanias. Esa amplia avenida berlinesa que comienza en la Puerta de Brandenburgo cuenta con varios edificios de interés. Alguno de ellos consiguió milagrosamente sobrevivir a la II Guerra Mundial. Es el caso del edificio del Arsenal de Artillería que desde 1987 alberga el Museo de Historia de Alemania. Una de las secciones del museo está dedicada a la República Democrática Alemana (RDA), la parte oriental de un país que estuvo casi medio siglo separado por la Guerra Fría. Llama la atención que en una de las vitrinas de la exposición hay una pequeña caja de esteroides. Se trata de unas pastillas conocidas como Oral Turinabol. A través de ese blíster de píldoras se puede trazar la historia del deporte en la RDA. De hecho hasta se puede esbozar la misma historia de la RDA. Una historia de dopaje de Estado.

El legado más perdurable del socialismo de laboratorio no está en obras sociales, ni en colosales construcciones públicas, ni en la calidad de la enseñanza. Está en legendarios registros deportivos. El dopaje de Estado en la RDA está demostrado, comprobado, analizado y reprobado. Algo que en menor medida se verificó en todos los países comunistas, pero que en ningún lugar fue tan descarado y premeditado que en Alemania Oriental. La RDA, un país de 17 millones de habitantes, llegó a ser segundo en la tabla de medallas durante los Juegos Olímpicos de Seúl de 1988 con 102 preseas. Alemania, unificada, con cerca de 80 millones de habitantes, ni se ha acercado a esas cifras, descendiendo de las 82 logradas en Barcelona´92 a las 42 de los Juegos Olímpicos de Río de 2016.

El dopaje de Estado comenzó en la RDA en 1974 y se estima que en década y media unos 15.000 deportistas pasaron por el laboratorio del dopaje. La obra maestra de esta locura pseudocientífica tuvo lugar el 6 de octubre de 1985 en Canberra y estuvo protagonizada por la atleta Marita Koch.

La prueba de los 400 metros lisos está considerada la más agónica del atletismo. Se requiere mantener durante una vuelta al estadio la explosividad de una carrera de velocidad y resistir al déficit de oxígeno y al aumento del ácido láctico con la mentalidad de un fondista. Marita Koch llevaba años siendo la reina de la distancia, pero aquella tarde no sólo ganó, sino que humilló a sus rivales. Pocas veces se ha visto superioridad tan apabullante entre seres supuestamente iguales. La exageración del enunciado adquiere significado al ver la grabación de la carrera. Aupada por un vigoroso tren inferior, Koch sacó una ventaja excesiva a sus rivales desde la curva para marcar un inaudito 47’60’’.

Koch pulverizó el récord mundial de 400 metros femeninos con una facilidad pasmosa. Corriendo por la calle número 2 su suficiencia fue tal que hasta se consideró que no había hecho lo máximo, con la intención de batir el récord en una carrera posterior. Para comprender la magnitud de la marca es necesario señalar que el récord sigue vigente más de 30 años después y que campeonas olímpicas como Marie Jose-Perec, Cathy Freeman o Sanya Richards ni se han acercado a los 48 segundos.

El récord de España de Sandra Myers está en 49’69’’. Comparar la marca de Koch con la de Myers es como comparar el jamón de cebo ibérico con la mortadela siciliana.

Koch nunca dio positivo en los arcaicos controles antidopajes de aquellos años. Hoy, superados los 60, sigue negando la mayor. De sobra es conocido y reconocido por muchos de sus compañeros que el Oral Turinabol, los esteroides que aceleraban el crecimiento muscular sostenido, tenían barra libre en los campus de entrenamiento. El Turinabol, un medicamento diseñado y comercializado en la RDA, es el causante de que muchas de aquellas chicas hoy parezcan hombres e incluso hayan tenido que cambiar de sexo.

El Oral Turinabol era consumido mayoritariamente por mujeres. Era un esteroide anabólico-androgénico que fue creado por Jenapharm, una compañía farmacéutica con sede en Jena, ciudad de renombre gracias a Napoleón. La multinacional sigue en activo gracias a sus progresos en el campo de la fertilidad, algo, cuanto menos chocante, cuando desde hace años se sabe que a las atletas de Alemania Oriental se les inseminaba artificialmente para que la producción de hormonas aumentase durante el embarazo y, una vez alcanzado el rendimiento óptimo para la competición, se les obligaba a abortar.

Koch, como la mayor parte de atletas del bloque comunista, evitaba las competiciones menores para así sortear los controles, participando sólo en las dos o tres pruebas importantes del año logrando victorias cual Sputniks. Una vez logrado el récord del mundo Koch no tenía nada más que demostrar y mucho que ocultar. Alegó problemas en el tendón de Aquiles y se retiró a los 29 años.

Hoy repudiada, lo cierto es que a mediados de los 80 Marita Koch era una figura legendaria. Para el emergente movimiento feminista era una heroína que estaba demostrando que podía romper las leyes biológicas y superar las marcas de los hombres. Además, para sorpresa de machistas y misóginos, Koch no era fea. Se casó con su entrenador (que también era su camello), tuvo una hija, se dejó el pelo largo y pasó de marimacho a mujer atractiva.

Tan solo otra mujer, la checa Jarmila Kratochvilova, consiguió bajar de 48 segundos en los 400 metros. Kratochvilova tiene el otro récord prohibido en el atletismo los 1’53’28’’ en los 800 metros desde 1983, que si bien son estratosféricos parecen más reales que los 400 de Koch. Aunque es ‘vox populi’ que Kratochvilova era producto del doping, su caso se adscribe más al de hombre que nació con el cuerpo de una mujer. De aspecto andrógino, musculada y fisiológicamente hombruna, nunca pareció una fémina. Al igual que le ocurre a la sudafricana Caster Semenya (que en 2018 ha ganado 25 de 28 carreras sin el beneplácito de la IAAF) la controversia radica en su sexo.

Al caer el Muro de Berlín y pasar a ser públicos los archivos de la policía secreta de la RDA se descubrió la existencia del ‘Plan Estatal 14.25’ un programa sistemático de dopaje al que ningún deportista se podía negar y que dio a la RDA más de 400 medallas de oro en competiciones de atletismo y natación durante 15 años. Fue tal la vergüenza que la IAAF intentó en el año 2001 borrar todos los récords existentes en atletismo y empezar de cero, aunque tan controvertida idea no logró materializarse.

Marita Koch sigue diciendo que la única razón por la que se dedicó al atletismo era porque era la única forma que le permitía escapar de la RDA y conocer otros países. Siempre cuenta, medio en broma y medio en serio, que si en su primera competición internacional en vez de disputarse en Atenas hubiese tenido lugar en un sitio menos atractivo como Polonia hubiese dejado el atletismo. Sigue afirmando que nunca se dopó y que no sabe que es el Oral Turinabol.

Siguen siendo curiosas afirmaciones para alguien que además de una atleta voraz y fanática del atletismo es también licenciada en medicina.

“Me siento confuso, y, sin embargo, al término de mi vida, tengo la certeza de que la RDA no fue fundada en vano. Dejó planteado el hecho de que el socialismo puede existir y ser mejor que el capitalismo. Fue un experimento que fracasó. Pero la humanidad no ha abandonado jamás la búsqueda de nuevas verdades y caminos a causa de un experimento fracasado”. Erich Honecker, presidente de la RDA (1976-1989).

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¡No! Los ingleses no inventaron el fútbol

Para todos aquellos que tienen un mínimo de interés en el fútbol la historia es más o menos conocida. En el siglo XIX los alumnos de los colegios privados de Inglaterra dedicaban su tiempo de asueto en jugar al fútbol. Cada institución académica tenía sus propias reglas y eran tan variadas que en algunos sitios se podían usar las manos (Rugby o Marlborough) y en otras únicamente los pies (Winchester, Eton o Cambridge). A mediados de siglo y gracias al desarrollo de la red de ferrocarril comenzaron a disputarse competiciones entre las distintas universidades, por lo que se hizo necesario establecer unas reglas comunes. En octubre de 1863 se constituyeron las reglas básicas del fútbol y años después los disidentes harían lo propio implantando las reglas básicas del rugby.

El fútbol es más antiguo que la bombilla, el cine o el automóvil.

A partir de ahí el fútbol se extenderá con rapidez por todo el planeta y se convertirá en el deporte hegemónico por antonomasia. El rugby quedará anclado en las Islas Británicas y sólo tendrá aceptación en las colonias del Imperio y, de forma sorpresiva, en Francia.

Los triunfantes ingleses siempre se han orgullecido de ser los inventores del fútbol. Fue un invento de la Inglaterra Victoriana para escapar de los aburrimientos de los domingos y llenar de ocupación el nuevo tiempo de ocio de la sociedad contemporánea. Y es cierto. Pero hay matices. Muchos matices.

¿Quiénes son los responsables de hacer del fútbol un deporte divertido y sugerente para buena parte de la humanidad? ¿Quiénes lograron que se convirtiese en el ariete y primordial entre todos los deportes? No. No fueron los ingleses. Fueron los escoceses.

En 1707 Escocia pasó a formar parte del Reino de Gran Bretaña. A partir de entonces (y de forma errónea) los escoceses pasaron a ser para el resto de la humanidad ingleses. De tal forma que cuando el Imperio Británico conquistó los cinco continentes a través de su armada y de su ejército o cuando una empresa británica explotaba una mina de carbón, creaba una industria textil o explotaba un pozo de petróleo, a ojos de la humanidad era un hito de la comunidad inglesa. Para el nativo el británico era sinónimo de inglés. Ni existía el escocés, ni el galés ni el irlandés.

La realidad es que un alto porcentaje de los militares y de los comerciantes británicos eran escoceses. Por un lado, las durísimas condiciones climatológicas y un terreno verde pero de paupérrimo nivel de cultivo hacían del escocés un pueblo proclive a la emigración. Por el otro lado, las diferencias religiosas y la pérdida de propiedades y estatus tras la absorción de los ingleses del Reino de Escocia hizo que la familias de renombre o bien marchasen a Londres a probar fortuna o se convirtieran en ricos comerciantes y en ávidos empresarios bajo el mandato de la Corona inglesa.

Así pues, fueron los comerciantes y los trabajadores escoceses los que llevaron el fútbol a través del mar más allá de las Islas Británicas.

¿Cómo se convirtió el fútbol en el deporte ganador? ¿Por qué lo que triunfó fue el fútbol y no el rugby? ¿Por qué en Escocia el balón redondo le ganó la partida al balón ovalado?

Debemos viajar al 30 de noviembre de 1872. Tal día como hoy hace 146 años, y conmemorando la festividad de San Andrés, las selecciones de Escocia e Inglaterra disputaron en Glasgow el primer encuentro internacional de la historia.

La nada desdeñable cifra de 4.000 espectadores se reunieron en el estadio Hamilton Crescent de Glasgow (estadio, por cierto, que sigue en pie y que alberga encuentros de criquet) para presenciar un decepcionante empate sin goles. Fue algo extraño en una época en la que se jugaba con 6 o 7 delanteros y, de hecho, hasta 1970 ambas selecciones no volverían a empatar sin goles. Las mujeres pudieron entrar gratis al estadio y el partido comenzó con retraso porque los ingleses llegaron tarde. Los 11 integrantes del equipo escocés pertenecían al Queen’s Park (entonces el mejor equipo de Glasgow) y jugaron el choque con la indumentaria del club, camiseta azul, pantalón blanco y medias rojas, que aún hoy siguen siendo los colores oficiales de la selección escocesa.

Para muchos historiadores este fue el encuentro que marcó el nacimiento del fútbol. Antes del encuentro los dirigentes de ambas federaciones se reunieron para determinar con que reglas se iba a disputar el choque. Por aquel entonces en muchas partes de Inglaterra se seguía practicando un híbrido entre pies y manos, ente fútbol y rugby, mientras que los escoceses ya se habían decantado por un juego basado en los pies. Tras varias horas de reunión decidieron jugar únicamente con los pies, con las reglas de 1863, es decir, se decantaron por jugar al fútbol.

Los escoceses habían perfeccionado el juego. Eran conocidos por ofrecer un buen trato con el balón, dar muchos pases y hacer un gran juego colectivo. Los ingleses preferían encarar por bandas y el ‘up and under’ (el patadón), un tipo de fútbol más individualista y que tenía su razón de ser en el rugby. Aquel primer encuentro acabó en empate, pero más pronto que tarde el fútbol de ‘passing game’ y ‘dribbling’ escocés triunfaría. Hasta 1890 la estadística era humillante para los ingleses, que sólo ganaron 3 veces y encajaron 11 derrotas contra Escocia, incluido un 7-2 en Glasgow (1878) y dos palizas en casa 1-6 (1881) o 1-5 (1882).

El juego propuesto por los escoceses, tan atractivo para el público, fue lo que hizo que el fútbol le ganara la batalla al rugby o al cricket por la supremacía mundial y que fuese aceptado y asimilado rápidamente en todos los puntos del globo. Los escoceses Charles Miller (nacido en Brasil pero de padre escocés), Jock Hamilton y Archie McLean fueron los que introdujeron el juego de toque y combinación en Brasil en la ciudad de Sao Paulo, donde estaban las fábricas derivadas del ferrocarril. Otro escocés, el profesor del instituto británico de Buenos Aires, Alexander Hutton Watson, es reconocido como el padre del fútbol argentino e impulsor del primer campeonato en Buenos Aires a finales de la década de 1880.

Escoceses también eran la gran mayoría de británicos que comerciaron en España en el siglo XIX, los cuales introdujeron el fútbol en nuestro país. La familia católica y escocesa Gordon montó un imperio bodeguero en Jerez y el también escocés Hugh Matheson consiguió la concesión para explotar las minas del Río Tinto cerca de la ciudad de Huelva. Fueron los trabajadores de las minas quienes fundaron el Huelva Recreation Club (Recreativo de Huelva) en 1889 cuyo primer presidente es el también escocés Charles Adams quien dirigía una empresa de gas en la capital onubense. Los escoceses (en las crónicas siempre confundidos por ingleses) fundaron los primeros clubes en Sevilla, Bilbao o Barcelona, ciudades con fuerte presencia de capital extranjero.

En los arrabales de Barcelona se crea una gran industria textil que atrae a numerosos escoceses y que contribuirá a que lugares como Sabadell o Terrasa pasen de ser pueblos a ciudades. En Barcelona, un día de 1898, el suizo Hans Gamper se acercó a las instalaciones del Gimnasio Tolosa para integrarse en su club de fútbol. El club estaba formado por escoceses y le denegaron el acceso, pero no por motivo de su nacionalidad, sino por culpa de sus creencias, ya que Gamper era protestante y el club estaba integrado por escoceses católicos. A finales de ese año Gamper decide crear su propio club de fútbol, en el que además de a suizos también permitirá la presencia a ingleses y a escoceses protestantes. Es el FC Barcelona.

Pero no habría que cruzar el Canal de la Mancha para seguir el rastro a los escoceses. Cuando en 1888 la Liga inglesa se pone en marcha se produce una avalancha de fichajes de entrenadores y jugadores escoceses, la élite del momento. Durante la década de 1890 el Aston Villa (Birmingham) se convierte en el gran club inglés al conseguir 5 títulos de Liga bajo dirección de un entrenador escocés. El Liverpool, que tomó el relevo del Aston Villa en el cambio de siglo, era conocido como el equipo de los `Mac’s’ porque la mayoría de sus futbolistas eran escoceses, y el Preston North End, el primer campeón de la FA Cup, tenía a ocho escoceses en su alineación inicial.

“La tragedia es que después de extender el fútbol de pase a todos los rincones del mundo, perdimos nuestro estilo. Enseñamos al mundo a jugar, y olvidamos luego como hacerlo nosotros”. Richard McBreathy, historiador escocés.

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Día de la Hispanidad 1969

La conmemoración de un día de fiesta nacional es una consecuencia de la exaltación del nacionalismo en el proceso de construcción de los Estados-nación. Sea la festividad local, regional, nacional o supranacional, es intrínseco a la idea de un poder popular dirigido a través de un ente político que surge de unos ancestros comunes. Ese sentimiento debe estar enraizado en ideales patrióticos, que están originados por lazos culturales, étnicos, religiosos, históricos, afectivos y/o económicos.

Cuestionar la celebración de una festividad (en este caso nacional) es cuestionar también el propio Estado-nación, sistema de vida en el que la sociedad en mayor o menor medida lleva rigiéndose desde hace un par de siglos. Cuestionar el sistema es factible y legítimo, pero conlleva profundas consecuencias.

El Estado-nación ofrece un desarrollo social y económico que puede ir acompañado de libertades (democracia) o no (dictadura), pero que permite la creación de ciudadanos donde antes había vasallos. Todos los Estados-nación del mundo celebran su fiesta nacional y en todos ellos hay una parada militar. Hoy da la sensación de ser un desfile desfasado, pero debemos recordar que, a pesar de que asociamos al Estado con la sanidad y la educación, lo que primero proporcionó el Estado-nación fue libertad, y la libertad se consigue a través de la seguridad y de la ley. Y para que se cumpla la ley debe existir el contrapeso de la fuerza.

La mayoría de los países conmemoran la fecha de su independencia o de su unificación, algunos celebran una fecha de significado monárquico y los hay, caso de Portugal, que se lo dedican a Luis de Camôes, el escritor más célebre en lengua portuguesa. La festividad francesa del 14 de julio recordando la toma de la Bastilla es también día de celebración para toda la Humanidad.

En España la fecha a celebrar es el 12 de octubre. Fiesta nacional de España, llamada en su día Fiesta de la Hispanidad o Día de la Raza. Y, de acuerdo con los tiempos que corren, Día del Respeto a la Diversidad Cultural o Día del Encuentro entre Dos Mundos en múltiples países americanos.

A pesar de todas las connotaciones negativas que tienen los primeros términos citados, el 12 de octubre no fue un invento de Franco como muchos suelen creer. De hecho, durante el Franquismo la Fiesta nacional se celebraba el 1 de abril, homenajeando el fin de la Guerra Civil y la victoria del ejército sublevado. El 12 de octubre, el día en el que Colón y su tripulación desembarcaron en las Antillas y revelaron aquellas tierras para los europeos, siempre fue una festividad de enorme arraigo en Hispanoamérica.

Los actos ceremoniales de los Estados-nación occidentales (bandera, himno y día Nacional) tienen como punto de partida el siglo XIX y su aceptación está ligada al auge del romanticismo y de los ideales nacionalistas. En el Estado español, la primera vez que hay constancia oficial de festejos del Día Nacional fue el 12 de octubre de 1892, conmemorando el IV aniversario del Descubrimiento.

No obstante el quid de la cuestión tuvo lugar años más tarde. En 1913, en pleno apogeo de las ideas raciales, el ministro Faustino Rodríguez impulsó la institución del 12 de octubre como Día de la Raza en todos los países de habla hispana. Fue un exitazo en toda Latinoamérica, y a pesar de que desde 1958 en España se cambió por la expresión Día de la Hispanidad, en Colombia, Honduras o El Salvador se sigue empleando la denominación original.

Por lo tanto, el 12 de octubre de 1969 se celebró en España el Día de la Hispanidad. No era por entonces el día de la Fiesta Nacional, pero evidentemente era un día de gran importancia simbólica.

Aquel año sería una festividad muy especial para los ciudadanos de La Línea de la Concepción.

—ESPAÑA vs FINLANDIA. 1969—

Al acabar la II Guerra Mundial la ONU determinó que Gibraltar era un territorio pendiente de descolonización. Sin embargo, dado que España estaba regida por una Dictadura, Inglaterra hizo valer su peso internacional para que nunca se cumpliese esa resolución. Tras varios dimes y diretes no hubo ningún cambio de status, hasta que a finales de 1960 la presión española se recrudeció. Los ingleses contraatacaron celebrando un referéndum pseudodemocrático en Gibraltar que daba a los gibraltareños un Gobierno y una Constitución propia, por supuesto, dependiente de la corona británica.

Total que, envalentonado, Franco ordenó el 8 de junio de 1969 el cierre de la valla de Gibraltar, es decir, el corte de las comunicaciones entre España y el Peñón. Esto era un duro varapalo para los gibraltareños, pero también para miles de españoles de poblaciones limítrofes como Algeciras, San Roque y, fundamentalmente, La Línea de la Concepción. Para los que no conozcan la zona, Gibraltar y La Línea son poblaciones colindantes, siendo la primera escarpada y angosta y la segunda llana y abierta a la Península. En realidad, si no hubiese sido por la influencia económica de la colonia inglesa, La Línea no pasaría de ser un pequeño pueblo.

De un día para otro se estima que unos 5.000 españoles se quedaron sin trabajo, por no hablar de la fractura para muchas familias mixtas que surgieron con el paso de los años. Para compensar a la maltrecha economía de La Línea, el Gobierno decretó la urbanización (ilegal) de la zona neutral entre ambas poblaciones y programó un ambicioso plan de industrialización que sólo se llevó a cabo bajo mínimos. Quizás lo más impactante fue la creación de un trenecito turístico para ver todo el litoral linense.

Y, por supuesto, la construcción de un estadio de fútbol a edificar dentro de la Ciudad Deportiva Francisco Franco. El nombre del coliseo sería José Antonio Primo de Rivera. Se trataba de un descomunal campo de fútbol con capacidad para 21.000 espectadores, cifra monstruosa para albergar los partidos de la Balompédica Linense, club gaditano habitual en la Tercera División. Fue construido en poco más de dos años.

Sólo se llenaría en una ocasión. El día de su inauguración. El 15 de octubre de 1969 para presenciar un encuentro entre España y Finlandia.

Era el último partido de clasificación para el Mundial de 1970. España no se jugaba nada. La selección tuvo hasta 3 entrenadores diferentes en una fase de clasificación para el olvido en la que fueron incapaces de superar ni a Bélgica ni a Yugoslavia y en la que se cosechó una humillante derrota en Helsinki ante Finlandia. El último e intrascendental encuentro sería nuevamente ante Finlandia, pero esta vez en territorio español.

Iba a ser el primer partido como seleccionador de Kubala y también iba a ser el último como internacional de Gento. El extremo cántabro se retiraba con 43 encuentros internacionales en su haber, una cifra extraordinaria para la época.

Durante toda la semana el clima de exaltación patriótica fue inmenso. En toda España el 12 de octubre se vivió con una agitación emocional alta, fuese un sentimiento real u obligado. Desde Zaragoza a Huelva, pasando por Coruña o Tarragona, todos los actos del Pilar finalizaban con una reclamación de españolía del Peñón. Decenas de periodistas viajaron hasta La Línea y se hicieron múltiples reportajes para toda España sobre el día a día de los habitantes de la comarca del Campo de Gibraltar.

El día del encuentro estuvo lleno de actos simbólicos. Todos los hoteles, hostales y pensiones de la bahía de Algeciras estaban llenos. Por la mañana el complejo deportivo fue inaugurado por el ministro falangista José Solís, quien, por supuesto, fue nombrado hijo adoptivo de la ciudad. También fue inaugurado el nuevo palacio consistorial y un colegio infantil. Todo ello bajo la atenta mirada y la bendición del obispo de turno. Luego hubo una serie de pruebas y exhibiciones deportivas infantiles y juveniles mientras actuaba la banda de música de la Legión. A la hora del encuentro, además del citado Solís, también formaría cohorte en el palco Méndez Tolosa, ministro del ejército.

A las 17.00 horas tendría lugar el inicio del partido. El estadio estaba lleno, engalanado con varias rojigualdas y cientos de pancartas se esgrimían exigiendo la devolución del Peñón. “La dignidad de la Patria por encima de todo”, “Gibraltar con España”, “El Peñón es nuestro” o “Saludos de España a La Línea y su Peñón” rezaban varias de las inscripciones.

España venció con claridad por 6-0. Formó con Reina; Gaztelu, Barrachina, Pirri, Eladio, Violeta; Amancio, Velázquez, Gento (Quino); Gárate (Pujol) y Asensi. La selección jugó brillantemente dejando atrás las malas sensaciones de partidos anteriores. Muchos dijeron que todo había sido gracias al sentimiento patriótico. De hecho, coincidió que en la primera parte España atacó hacia la portería que tenía a sus espaldas el Peñón. En esos primeros 45 minutos se anotaron 5 de los 6 goles. “Parecía que el objetivo era Gibraltar y no la meta finlandesa”, se pudo leer al día siguiente en la crónica de ABC.

El público no se cansó de exclamar ¡viva España! durante los 90 minutos de juego y TVE (por entonces el único canal televisivo) concentró a todo un país unido por el fútbol y por la reclamación del Peñón de Gibraltar. Los jugadores recibieron una prima de 25.000 pesetas por la victoria y de otras 5.000 por cada gol de ventaja. Ya se sabe que el dinero siempre ayuda a aumentar el fulgor nacionalista.

Con el paso de los años se le suprimió el nombre de José Antonio al estadio y se redujo su capacidad al convertir varias localidades de pie en asientos, pero, aunque en 1984 volvió a acoger un encuentro de la selección española, ni el campo se llenó ni se volvieron a repetir aquellos sentimientos de exaltación patriótica de aquel 15 de octubre de 1969.

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Apuntes sobre el maratón

Existen diversas barreras fisiológicas que los deportistas de élite han roto para así desmontar los tratados de la medicina y de la biología médica. Se ha bajado de los 4 minutos en la milla, de los 10 segundos en los 100 metros lisos y parece que más pronto que tarde también se ultrajarán las 2 horas en la prueba del maratón. Aprovechando la buena climatología y la planísima orografía de la ciudad de Berlín, el keniano Eliud Kipchoge batió el pasado 16 de septiembre de 2018 el récord del mundo de maratón (42 kilómetros y 195 metros), estableciéndolo en 2h 1m 39s, siendo el primer ser humano que baja de las 2h 2m.

La disciplina del maratón es la prueba más simbólica del atletismo. La carrera de la resistencia. Bebe de la leyenda de Filípides, quien en el año 490 a.C. recorrió los aproximadamente 42 kilómetros entre Maratón y Atenas para comunicar a los atenienses que la coalición de ciudades-Estado griegas habían derrotado al ejército persa. Una vez acabado el encargo se dice que Filípides cayó al suelo víctima de un paro cardíaco.

La hazaña es lustrosa, pero es ficción. Aunque lo interesante es que, haciendo válido el dicho, la realidad supera a la ficción. Y con creces.

Según el historiador Herodoto, los vigías de Atenas observaron en un amanecer como la armada persa se dirigía a desembarcar en el puerto de Maratón. Los atenienses encargaron a un joven llamado Filípides que se desplazara a la ciudad aliada de Esparta para pedir refuerzos. En total eran algo más de 200 kilómetros. Parece ser que Filípides pernoctó a mitad de camino, y efectivamente, al llegar a Esparta y dar el mensaje se desplomó en el suelo y falleció en el acto.

Así pues, si a alguien le parece poco un maratón siempre puede emular a Filípides y disputar un sparthalón, la salvajada de carrera entre Atenas y Esparta que se celebra anualmente el último fin de semana de septiembre y que es 6 veces más larga que un maratón.

Cuando en 1896 se disputaron en Atenas los primeros Juegos Olímpicos modernos, el maratón iba a ser la prueba estrella. Se fijó en 42 kilómetros la distancia, en parte por la errónea leyenda de Filípides y en parte porque ya se consideraba de por sí una distancia sobrehumana. Era un trayecto que no formaba parte del concepto moderno del atletismo y que no era practicado en ningún instituto o universidad tanto europea como estadounidense. Sin embargo, Pierre de Coubertin, presidente del Comité Olímpico Internacional, decidió crear esa prueba como homenaje a los orígenes helenos del olimpismo.

Para orgullo del joven nacionalismo griego, el primer vencedor olímpico de maratón fue Spiridon Louis, un vendedor de agua de 24 años que como preparación estuvo un par de días antes del evento sin comer ni beber. Como regalo por su triunfo recibió un carro y un caballo con los que poder ejercer su costoso trabajo por las calles de Atenas sin cargar con pesados barriles de madera llenos del preciado líquido. En Grecia, la expresión ´égine Louis´ (haz como Louis) es sinónimo de hacer algo con mucha celeridad.

Doce años después los Juegos Olímpicos tuvieron lugar en Londres. Se dice que fue la edición que salvó al olimpismo. Por primera vez se construyó un estadio olímpico, se concentró el calendario en dos semanas (salvo un par de deportes) y lo más importante, para el tema que nos ocupa, se estableció la distancia definitiva del maratón, 42 kilómetros y 195 metros.

En plena época imperial, la metrópolis de Londres convirtió el maratón en un homenaje a la realeza británica. La prueba saldría del castillo de Windsor para finalizar en el estadio olímpico, justo delante de la tribuna real, presidida por el rey Jorge V. El problema es que aunque el rey iba a estar en el estadio, el resto de la familia real se quedaría en el castillo. Era un día lluvioso y no se contemplaba que la reina y el Príncipe de Gales bajasen al jardín a mezclarse con la plebe, por lo que hubo que pintar la línea de salida justo debajo del balcón de la puerta Este del castillo. Ese ligero cambio implicó la añadidura de 195 metros a los 42 kilómetros de la prueba, quedando para la posteridad el establecimiento de tan curiosa distancia y dotando de más literatura a la leyenda del maratón.

En aquella edición de 1908 salió victorioso el estadounidense John Hayes, si bien el vencedor moral de la prueba fue el italiano Dorando Pietri. Totalmente deshidratado, Pietri entró en el estadio olímpico en un destacado primer lugar pero desorientado y a un tris del derrumbe. Empezó a dar la vuelta final en sentido contrario, por lo que los jueces tuvieron que ayudarle a girar 180 grados ante los vítores de una multitud compungida. Pietri llegó a caerse al suelo hasta en cinco ocasiones antes de cruzar la línea de llegada, y en todas ellas tanto jueces como aficionados (entre ellos el escritor Arthur Conan Doyle) se ocuparon de levantarlo y redirigirlo hacia la meta. Más mal que bien llegó el primero, pero minutos después fue justamente descalificado por haber recibido ayuda externa. Hayes se llevó el oro olímpico, aunque Pietri se convirtió en una celebridad en la época y hasta recibió un trofeo de plata de manos de la reina Alejandra.

Lo cierto es que el ser humano está programado para recorrer grandes distancias. Según biólogos y antropólogos todo se debe a que, a diferencia de otros mamíferos, tenemos capacidad para disipar el sudor mientras corremos. De ahí que el ser humano pudiese sobrevivir pacientemente en la sabana africana corriendo detrás de sus presas e incluso a la espera de que estas falleciesen a causa de un golpe de calor. Esta misma teoría evolutiva explica porque hemos desarrollado nuestra capacidad de aguante y en contra no hemos hecho lo mismo con la explosividad muscular tan típica de otros mamíferos depredadores.

Está estimado que para correr un maratón en menos de 2 horas hay que mantener una media de 21 km/h, similar, por ejemplo, a la de un ciclista subiendo un puerto con una pendiente media del 10% y con el hándicap de llevar el peso de un utensilio de 7 kilos de peso. En algo más de un siglo se ha rebajado en casi 1 hora el tiempo de Spiridon Louis de 1896.

No sabemos si el hombre que pasará a la historia será Kipchoge o algún otro, pero, se puede asegurar que procederá de África, y rizando el rizo, hasta podríamos ajustar y decir que surgirá de África Oriental. Un estilo de vida donde no existe el transporte a motor y donde la múltiple actividad física realizada desde niño se expone a más de 2.000 metros de altura, concede a keniatas, ugandeses o etíopes una considerable ventaja. Si a esto añadimos que por una cuestión social correr es la única forma de salir de un modo de vida primitivo, tenemos el caldo de cultivo para presenciar un nuevo hito en la evolución de la especie humana.

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