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Black Power: Anatomía de una fotografía

Antes de hablar de Tommie Smith y da la fotografía deportiva más icónica en la historia de los Juegos Olímpicos, hay que retroceder a 1865. Ese año la esclavitud es abolida en Estados Unidos tras una cruenta guerra civil. Podría parecer que una vez cerrada la caja de pandora llegaba la igualdad. Pues no. Justo ese mismo año los supremacistas blancos del sureste del país fundaban el Ku Klux Klan, una organización que intentaba, con frecuencia de forma violenta, mantener la subyugación de los negros. El poder blanco y los continuos enfrentamientos entre unos y otros hicieron que en 1876 se promulgasen las leyes de Jim Crow, que propugnaban la segregación racial en todas las instituciones públicas y daban pábulo legal el derecho de admisión en las privadas.

Había nacido el iguales sí, pero siempre separados.

Por supuesto esto se aplicaba a los deportes, con ligas de blancos en el beisbol (MLB), el fútbol americano (NFL), el hockey (NHL) o el baloncesto (NBA) y sus sucedáneas para gente de color. No sería hasta 1947 cuando un negro haga historia, no solo por ser el primero, sino por convertirse en un actor fundamental de una de las grandes ligas. Jackie Robinson, primera base de los Brooklyn Dodgers, fue el primer afroamericano en participar en la MLB y apenas dos años después de su debut fue elegido el mejor jugador de la competición (MVP).

Pero el deporte siempre ha ido un paso por delante de la realidad social. Robinson era un islote en un océano adverso. Poco o nada había cambiado desde la aprobación de las leyes de Jim Crown. Aun a finales de los 40 un ciudadano blanco del sur de Estados Unidos podía asesinar a sangre fría a un afroamericano sabiendo que si alegaba defensa propia jamás sería acusado.

Todo cambiaría cuando en 1955 Rosa Parks tomase un autobús para regresar a su casa tras una larga jornada laboral. Se sentó en la parte del medio del vehículo. La de delante era para los blancos, la de detrás para los negros, y en la del medio se podía sentar un negro siempre y cuando no hubiese un blanco que lo solicitase. Parks se acomodó y un chico blanco le pidió que se levantase para poder ocupar él el asiento. Parks, cansada, se negó a hacerlo, por lo que el chófer tuvo que llamar a la policía y Rosa Parks fue arrestada. Un joven pastor llamado Martin Luther King organizó una protesta en su apoyo y solicitó a la población negra que iniciasen un boicot a los autobuses públicos. Un año más tarde el estado de Alabama, de donde era Parks, abolió la ley de segregación entre blancos y negros en los autobuses.

Fue el inicio de una revolución. Comenzarían unos años de manifestaciones, disturbios y algún que otro fallecido, que concluirían felizmente en 1964 con la promulgación de la Ley de Derechos Civiles que prohibía la segregación y la discriminación racial. La ley establecía la desaparición de la discriminación en los centros públicos y privados, así como hizo ilegal la segregación de razas a la hora de contratar empleados. Eso decía la norma, pero sus efectos prácticos fueron lentos, y, aun bien entrado el siglo XXI, parecen lejos de acometerse por completo.

De ahí que cuando en abril de 1968 Martin Luther King sea asesinado por un supremacista blanco, parte del movimiento negro decida abandonar los postulados de igualdad de razas y de negociación pacífica (Luther King) y abrazar los de la lucha de clases y la superioridad negra (Malcolm X).

Ese es el Estados Unidos que le tocará vivir a Tommie Smith y a John Carlos.

Tommie Smith era uno de los once hermanos que crecieron en el seno de una familia algodonera del interior de Texas. Sus padres decidieron buscarse un futuro más halagüeño en la populosa California. De entre todos los hermanos, Tommie tenía unas piernas largas y fibrosas con las que consiguió una beca deportiva en atletismo para la Universidad Estatal de San José.

Eran tiempos de revueltas sociales, no sólo por los derechos de los negros, sino también por el de las mujeres, por el reconocimiento de las libertades sexuales o de la negación del patriotismo estatal. A finales de los 60, por vez primera en la historia de la humanidad, los jóvenes se revelan ante su destino y la madurez pasa de ser un valor a un demérito. Es en California donde esa contestación social, concretamente la de los negros, tiene mayor eco. Destaca sobremanera un profesor de sociología llamado Harry Edwards quien impulsó el Proyecto Olímpico para los Derechos Humanos (OPHR en sus siglas en inglés) en 1967.

El OPHR sostenía que a través de los deportistas negros de élite se podía concienciar a la humanidad acerca de la segregación racial de los Estados Unidos, del apartheid en Sudáfrica y sobre el racismo en cualquier deporte. El OPHR solicitaba a todos los atletas negros estadounidenses que no participasen en los Juegos Olímpicos de México de 1968 como protesta por las injusticias raciales. Para participar exigían que a Sudáfrica se le prohibiese participar en los JJ.OO, que Avery Brundage renunciara como presidente del COI (Brundage era un reconocido racista) y que a Muhammed Ali se le devolviese el título de campeón de los pesos pesados (se le había retirado al negarse a acudir a la Guerra de Vietnam).

El OPHR pasó a ser conocido coloquialmente como el movimiento del poder negro, el ‘Black Power’.

A la hora de la verdad pocas ‘vedettes’ optaron por renunciar a un sueño olímpico tras cuatro largos años de duro entrenamiento. La renuncia más pomposa fue la del baloncestista Lew Alcindor (más adelante Kareem Abdul-Jabbar). Otros como Tommie Smith y el también velocista John Carlos, optaron por una solución mucho más impactante.

Tommie Smith y John Carlos, ambos de raza negra, iban a competir en la final de los 200 metros lisos. Carlos era el favorito, ya que había sido el primer atleta en la historia en bajar de los 20 segundos en la prueba, pero el día de la carrera la victoria de Smith fue incontestable. Tras un cambio de ritmo brutal, Tommie Smith lograba la medalla de oro con un tiempo de 19’83’’ que era nuevo récord mundial. En segundo lugar quedaba el australiano Peter Norman y la medalla de bronce era para John Carlos. Pasarían once años hasta que el italiano Pietro Mennea rebaje el récord de Tommie Smith.

Mientras esperaban para subir al pódium para la entrega de medallas, John Carlos se acercó a Smith. Sigilosamente le entrega un guante mientras le susurra que el momento ha llegado. Aún habría algo más. En la solapa de la chaqueta del chándal de los Estados Unidos ambos atletas habían colocado una chapa del movimiento ‘Black Power’. Justo antes de ponérsela, John Carlos decidió ofrecer una insignia a Norman que aceptó a lucirla en su propia sudadera. No era esta una decisión sencilla, pues Norman, aunque blanco, representaba a un país que por entonces tenía silenciada a su población aborigen.

Los atletas salieron a la pista sin que todo esto fuera advertido por el ojo del común de los mortales y se subieron al pódium para escuchar el himno de los Estados Unidos. Cuando los acordes iniciales sonaron, Smith y Carlos bajaron sus cabezas, cerraron los párpados y ascendieron los brazos al cielo. Tommie Smith levantó el derecho y John Carlos el izquierdo, cerrando la mano y exhibiendo sus puños enfundados en un guante negro. Y no solo eso. Hoy ha quedado en el olvido, pero el impacto de los puños no tuvo entonces comparación con el de los pies. Y es que Smith y Carlos decidieron descalzarse y enseñar unos calcetines negros como símbolo de la pobreza de la población afroamericana.

Black Power. Peter Norman, el héroe olvidado de México 1968 ...
De izquierda a derecha. Norman, Smith y Carlos

La imagen, la fotografía que ha quedado para la posteridad, conserva muchos más detalles. Smith llevaba un pañuelo negro alrededor de su cuello que según dijo representaba el orgullo del ‘Black Power’. Carlos tenía la chaqueta de su chándal desabrochada como muestra de solidaridad con la clase obrera de Estados Unidos y acarreaba también un collar, según explicaría, en homenaje a las personas negras linchadas o asesinadas y para las que nadie nunca ha tenido una oración. Años más tarde también se sabría que John Carlos se había dejado su par de guantes en la villa olímpica y fue Norman quien les sugirió que compartiesen los de Smith y que cada cual llevase uno en cada mano.

Tommie Smith llegaría a confesar años más tarde que en ese momento esperaba que alguien le pegara un tiro en la cabeza. Y no era para menos. El violento silencio que conquistó el estadio es difícil de olvidar, pero aún más los abucheos cuando la música dejó de sonar. Eran otros tiempos. Brundage y los miembros del COI estallaron de indignación. Los tres atletas fueron expulsados de la villa olímpica y el COI decidió hacerles la vida imposible y acabar con sus carreras deportivas. Lejos de ser héroes, tanto el Gobierno de Estados Unidos como el de Australia decidieron ningunearlos y participaron del complot del COI para hacerlos pasto del olvido.

Aunque acabaron desterrados, hubo también defensores de Smith y de John Carlos, aunque sus voces quedaron apagadas. Si bien la carta olímpica prohibía y prohíbe los gestos políticos de todo tipo, muchos recordaron que el COI había permitido el saludo nazi durante los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. Brundage, que en su día había visto con buenos ojos el nacionalsocialismo, se defendió argumentando que el saludo de los nazis era el saludo nacional alemán de entonces y que había sido aceptado por la Sociedad de Naciones. Sin embargo, el saludo de los atletas Tommie Smith y John Carlos no era oficial ni en Estados Unidos ni en ningún otro país, por lo que era absolutamente inaceptable.

Tommie Smith, medalla de oro y récord del mundo, se pasó los siguientes años de su vida subsistiendo en un lavado de coches. Quizás se preguntaba si hubiese sido más sensato renunciar a ir a los JJ.OO como había hecho Abdul-Jabbar y continuar con su carrera deportiva.  Su vida se había convertido en un infierno. Aquel gesto había dignificado a los negros, pero a él le había destrozado la vida. Durante décadas Tommie Smith fue solo una fotografía en el recuerdo. Llegaría hasta vender sus zapatillas y su medalla de oro para poder pagar el alquiler de su casa.

La vida de John Carlos no fue mucho más sencilla a pesar de que consiguió un trabajo como preparador físico en un instituto. También proscrito, a la tragedia del olvido y de la ausencia de oportunidades, hubo de añadir el suicidio de su mujer. Había sido ella la que había tenido la idea de los guantes y quien decidió comprarlos. Para Norman la vida no fue tan difícil. Fue repudiado como atleta, pero pudo llevar una vida cómoda en el ámbito civil. Sus desvelos por lo sucedido se convertirían en continuos problemas de depresión y adicción al alcohol.

No sería hasta inicios del siglo XXI cuando la memoria de Smith y Carlos fuese reparada. Sería en el entierro de Norman, ocurrido en Australia ya en 2006. Durante el sepelio aquellos dos atletas negros estadounidenses portaron el féretro mientras sonaba la banda sonora de ‘Chariots of fire’.

«Si gano, soy americano, no afroamericano. Pero si hago algo malo, entonces se dice que soy un negro. Somos negros y estamos orgullosos de serlo. La América negra entenderá lo que hicimos esta noche». Tommie Smith.

Peter Norman, Juan Carlos, Tommie Smith 1968 Fotografía de stock ...
Black Power
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Steve Prefontaine y el origen de las zapatillas Nike

El 30 de mayo de 1975 Steve Prefontaine acudió a una fiesta universitaria. El día anterior había competido en una carrera y, como en él era costumbre, la había resuelto con una victoria. Cuando llegó al festejo era el amo del cotarro. Repartió unos cuantos abrazos, saludó a algunos amigos, departió con unos cuantos desconocidos y coqueteó con alguna chica. Pero estaba cansado y decidió retirarse pronto. Subió a su coche con el objetivo de volver a casa. A la mañana siguiente tocaba entrenamiento. Aquel día había chispeado, y entre eso y el calor primaveral, la noche se presentaba húmeda. La niebla baja afectaba a un camino sombrío dominado por la vegetación. Se sucedieron un par de malas curvas y en una de ellas un coche se cruzó en su camino. Prefontaine dio un volantazo para evitarlo y acabó estrellándose contra un abeto. Un par de días después se celebró en Hayward Field, el estadio de la Universidad de Oregón, su funeral. Bill Bowerman leyó un conmovedor panegírico alabando al chico que nunca se rendía, instantes antes de que el coche fúnebre diese la vuelta al estadio a la velocidad a la que Prefontaine solía acabar sus carreras. El público caminó esos últimos 400 metros en un profundo silencio.

Fue la única vez que Steve Prefontaine corrió en ese estadio sin el rugido de sus aficionados.

Tenía 24 años.

En los años 70 Estados Unidos estaba sumido en una profunda depresión. A la revolución por los derechos civiles de la minoría negra y al levantamiento juvenil que había aflorado en la década anterior, se le añadía la confirmación del desastre estadounidense en la guerra de Vietnam. Estados Unidos cambió de la noche a la mañana. Y entre esa nueva forma de entender la vida estaba el correr por correr. En las grandes metrópolis los yupis empezaron a hacer footing y el aficionado norteamericano comenzó a considerar suyos a los atletas de medio fondo.

Steve Prefontaine era el abanderado de su tiempo. Llegó a poseer al mismo tiempo todos los récords nacionales desde 1.500 a 10.000 metros. Era un icono de la juventud. Un icono de los 70. Ayudaba su imagen, sus piernas, su carisma y su aspecto desaliñado. “La gente compite para ver quién es más rápido, yo para ver quien tiene más agallas”, exclamaba con firmeza. Era diferente por su forma de pensar y de actuar. La gente le adoraba y en la Universidad de Oregón empezaron a circular por todo el campus sudaderas y camisetas con su nombre en lugar de con el nombre del centro. La gente cursaba sus estudios en la de universidad Steve Prefontaine.

Prefontaine había ingresado en la Universidad de Oregón en 1970. Situado en la región más lluviosa de Estados Unidos, el Estado de Oregón es uno de los que más fervientes aficionados al atletismo tiene en todo el país. El responsable del reclutamiento era Bill Bowerman, quien estaba convencido de que Prefontaine se iba a convertir en el mejor atleta del mundo. Bowerman era un ex militar que descubrió a Prefontaine en un campeonato infantil. Era un técnico estudioso, detallista y metódico. Un gurú. Tenía una máxima que rezaba; “Dios determina lo rápido que vas a correr. Yo me ocupo de la mecánica”. Adelantado a su época, diseñaba sus propias zapatillas en el garaje de su casa con la ayuda de su mujer. Estaba obsesionado con mejorar el rendimiento de sus discípulos, aunque para ello tuviese que adentrarse en terrenos insospechados.

Pero mientras seguía innovando con sus zapatillas caseras, Bowerman se dedicó a preparar a Prefontaine. Steve asombró en las clasificatorias estadounidenses y con sólo 21 años se veía favorito para los Juegos de Múnich. Aunque tenía varias marcas válidas en diferentes distancias, se decantó por correr los 5.000 metros. Empezó la final fiel a su estilo, a ritmo de mitin y con continuos cambios de cadencia que levantaban al público de sus asientos. Pero, como era de esperar, le acabó traicionando su carácter explosivo y su inconformismo. Fundido, acabó cuarto y sin tocar metal, en una prueba que concluyó ganando el finés Larse Viren.

Bowerman ya le había advertido de que sería necesario que se guardase fuerzas para el final, pero Prefontaine no le hizo caso. No se puede domar a un caballo salvaje. Cogía la cuerda de la pista y ya no la soltaba hasta el final. O eso, o moría en el intento. Se había convertido en una celebridad corriendo así y así lo seguiría siendo siempre.

Y a la gente le encantaba. Era todo corazón. Era puro arte.

A pesar del apoyo de la gente, a Prefontaine le costó superar aquel fracaso. Por entonces los atletas eran amateurs y a Steve le ofrecieron millones por disputar mítines en ciudades de medio mundo. Estuvo tentando a aceptarlo, pero finalmente no lo hizo. Con ayuda de Bowerman se propuso lograr el oro en los Juegos Olímpicos de 1976. Y para ello iba a tener el auxilio de unas zapatillas revolucionarias.

Por entonces la firma predominante en el tartán era Adidas. Las zapatillas alemanas eran el referente mundial y sus éxitos en los Juegos Olímpicos las convirtieron en la primera opción para cualquier deportista. De hecho, aunque Prefontaine usó alguna vez zapatillas Puma, en su victoria más celebrada en los clasificatorios estadounidenses para los Juegos de 1972 calzaba unas Adidas. En aquella celebre carrera en la que estableció un nuevo récord del mundo de los 5.000 metros acabó dando una vuelta de honor con una icónica camiseta que ponía ‘Stop Pre’, y que pronto se convirtió en prenda de culto en la cultura hippie.

Concretamente las zapatillas de Prefontaine eran unas ‘Adidas Tokyo’ que, como es fácil de deducir, fueron arrojadas al mercado en los Juegos Olímpicos de dicha ciudad. Como por entonces no se lanzaban nuevos modelos cada dos por tres, ese revolucionario diseño estuvo en vigencia desde 1964 hasta 1972. Eran unas zapatillas, hoy legendarias, con una lengüeta blanca y una X en el talón. Con alguna variación, es el modelo habitual de las barrigas cerveceras que sudan una vez por semana en las pistas de fútbol sala.

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Adidas Tokyo. Un clásico

Pero en 1973 Prefontaine iba a calzar por vez primera unas nuevas zapatillas. Se trataban de unas ‘Nike Pre Montreal’, pensadas y diseñadas para él, de ahí que llevaran el sufijo de ‘Pre’. Se trataba de unas zapatillas de una sola pieza y sin costuras que combinaban el verde y el amarillo, los colores de la Universidad de Oregón.

Por entonces las zapatillas eran un peso muerto contra el que los atletas tenían que luchar. No solo era el viento y los rivales, también había que pelear contra una enorme carga aerodinámica que se convertía en lastre para cualquier atleta. El objetivo era aligerar la zancada al golpear el pie con el suelo. El objetivo era buscar el dopaje tecnológico.

Para diseñar sus zapas revolucionarias, Bowerman había determinado que si conseguía quitar 28 gramos a la suela de una zapatilla los corredores se ahorrarían el esfuerzo de levantar 50 kilos de peso por cada milla recorrida. La pregunta era cómo hacerlo y fue su mujer quien le sugirió la idea una mañana mientras preparaba unos gofres. Bowerman esparció caucho líquido por la plancha de los gofres y el resultado fue una suela con forma de rejilla, más ligera y capaz de amortiguar las pisadas.

Bowerman tenía sus zapatillas y tenía claro quién iba a ser el primero que las probara. Steve Prefontaine las vio y frunció el ceño, pero tras dar una vuelta a la pista lo tuvo claro. Esas eran las zapatillas. Bowerman le diseñó unas exclusivas y adaptadas a sus pies que apenas pensaban 85 gramos cada una.

Mientras Bowerman le daba a la materia gris, un ex atleta suyo llamado Phil Knight se convirtió en representante de Estados Unidos de la, por entonces, modestísima marca japonesa de zapatillas Asics. Knight le pidió a Bowerman que le vendiera unos cuantos modelos a sus alumnos, pero la respuesta de Bowerman fue otra. Convenció a Knight para que se convirtiera en su socio y a través de la base de Asics crear una marca nueva y modificarla. Dicho y hecho, hicieron un primer pedido a Japón de 500 pares y tras introducir varias modificaciones con los diseños de Bowerman crearon la marca Onitsuka Cortez.

Era de esperar que Asics comenzara un litigio por los derechos de las nuevas zapatillas. Y así fue. Por lo que en 1972 los dos empresarios estadounidenses fundaron Nike. Escogieron el nombre en honor a la diosa griega de la victoria, capaz de volar y de correr a gran velocidad y cuya efigie aparece en el anverso de muchas de las medallas olímpicas.

Fue así como Prefontaine se convirtió en icono y en primer deportista patrocinado por Nike. Las zapatillas que Prefontaine popularizó llevaron el nombre de Oregon Waffle (gofre en inglés) y en los Juegos Olímpicos de 1976 ya eran mayoría entre los atletas estadounidenses. Quien no las pudo calzar fue el propio Prefontaine, que falleció en el referido accidente de coche que sesgó su vida con apenas 24 años mientras se preparaba para los que iban a ser sus Juegos. “Se ha muerto el alma de Nike”, sentenció Bowerman.

1974 Original Nike "Waffle Trainers" Sneakers.... Miscellaneous ...
Las primeras Nike. Todo a base de gofres.

Cuando la década de 1980 esbozaba sus inicios, las zapatillas deportivas pasaron de ser un objeto de deportistas a integrarse en la cultura urbana. Por entonces Nike seguía viviendo de la fama de Steve Prefontaine, pero sus competidores habían desarrollado sus propios modelos y se encontraban en una posición mucho mejor para afrontar el nuevo mundo de patrocinio y ventas que se les avecinaba.

Todo cambiaría cuando en 1984 Michael Jordan firme un contrato astronómico con Nike.

Pero esa es otra historia.

“Para mí el mejor ritmo es un ritmo suicida. Cualquier día de carrera es un gran día para morir.”, Steve Prefontaine.

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Una historia del catenaccio

‘Catenaccio’. Foneticamente hermoso. Deslucido en su significado. Palabra italiana usada en el argot futbolístico, el ‘catenaccio’ más que un estilo de juego es un estado de ánimo. La paradoja estriba en que en un país donde las reglas las dictamina el imperio de la belleza, el fútbol es la única actividad donde se suprime esta regla. En Italia el refinamiento y la retórica inundan todas las disciplinas, ya sea para pintar un cuadro, fabricar un coche o hacer la comida. Pero en el fútbol se predica lo pragmático, lo astuto y lo austero. En Italia el regate es un intruso, es el enemigo. Un lugar donde el músculo siempre vence a la técnica. El ‘catenaccio’ no es más que un arte. Es el arte de defender.

El ‘catenaccio’ es al fútbol, lo que el confinamiento es al coronavirus.

Toda idea necesita que sea difundida, y en el ‘catenaccio’ no existió mayor ministro de propaganda que Gianni Brera. Nacido en 1917 en la provincia de Pavía, Brera está considerado la pluma más sobresaliente en la historia del periodismo deportivo italiano. Antes de convertirse en el redactor más joven en acceder a la dirección de ‘La Gazzetta dello Sport’, Brera había formado parte de la resistencia italiana frente a los nazis que luchaba al norte de Milán. En esos meses finales de 1944 Brera aprendió a agazaparse, golpear rápido y volver a esconderse. A luchar como un guerrillero. Como un partisano.

A defender, y salir al contraataque.

Brera estaba convencido de que el italiano era un ser débil. Mediocres en talla y en fuerza frente a los rubios o pecosos habitantes del norte de Europa, pensaba que el soldado italiano no tenía nada que hacer si no recibía ayuda norteamericana. Trasladado al fútbol, Brera rumiaba que Italia podía producir defensas resueltos y correosos o delanteros oportunistas y escurridizos, pero que era incapaz de formar hombres enérgicos y rudos que sujetaran al equipo en el centro del campo. Por ello consideraba que los italianos tenían que esperar cerrados en defensa, burlar el medio del campo con pases largos y aprovechar las pocas oportunidades durante el partido con rápidos contraataques. Sólo así, según Brera, un equipo italiano podría batir a una escuadra superior.

Gianni Brera – Cartas Esféricas
Gianni Brera. La pluma de la defensa.

El apóstol difundía sus ideas, pero pocos lo escuchaban. Italia era una potencia futbolística y lo era gracias a un juego de enorme belleza… y la ayuda de unos cuantos argentinos nacionalizados. Los ‘azzurri’ habían ganado el Mundial de 1934 y 1938 con el sistema WM (3-2-2-3) o con su variante más defensiva (3-2-3-2), táctica creada por el inglés Herbert Chapman a comienzos de esa década y que era utilizada por la inmensa mayoría de los equipos. Una de las pocas excepciones era la modesta Suiza, que se plantó en los cuartos de final de 1938 con un sistema mucho más defensivo ideado por Karl Rappan, del que hablaremos más adelante.

Tras el fin de la II Guerra Mundial, Italia siguió siendo una selección ofensiva, poderosa y ganadora, que combinaba la gambeta sudamericana con el orden europeo. Pero en 1949 un avión se estrellaba a los pies de la basílica de Superga cerca de Turín. En ese aeroplano viajaba la plantilla del AC Torino, por entonces uno de los clubes más fuertes del mundo y que aportaba entonces 10 de los 11 titulares de la selección italiana. Los ‘azzurri’ viajaron a Brasil para disputar el Mundial de 1950 en un clima de pesimismo y claudicaron con estrépito. Para 1958 ni siquiera lograron clasificarse.

Italia se iba a convertir en un conjunto pequeño y ultradefensivo para agachar sus notables carencias. El ‘catenaccio’ iba a tener su oportunidad. No habría nunca más hueco en Italia para el fútbol ofensivo.

Gianni Brera vio entonces como sus soflamas y su prosa brillante iban a tener acogida. Necesitaba un ideólogo que las plasmara sobre el césped.

Y ese ideólogo iba a ser Nereo Rocco.

Rocco era el típico padre-entrenador de la época. Severo y huraño, pero querido por sus jugadores. En los años 50 había dirigido a la Triestina y al Pádova, dos conjuntos modestos a los que llevó a puestos altos del Calcio ganándose la inquina de media Italia mientras la otra mitad admiraba que con tan pocos mimbres consiguiera tanto éxito. Cuando la ‘azzurra’ no logró clasificarse para el Mundial de 1958, Rocco recibió su gran oportunidad y se le dio el mando de la selección olímpica italiana en los Juegos de Roma de 1960.

Rocco basaba su esquema de fútbol en una variante de la WM, en la que uno de los centrocampistas retrocedía para colocarse detrás de la defensa (4-3-3). Hoy podría parecer una táctica ofensiva, pero en un fútbol que hasta dos décadas antes aún jugaba con dos defensas y cinco delanteros, lo que proponía Rocco era un sacrilegio.

Rocco seguía la teoría de Brera de que si eras un equipo menor lo mejor era defenderse y jugar al contraataque. Pero Rocco no era el primero que intentaba algo parecido. Él sólo introdujo el ‘catenaccio’ en Italia. El verdadero ideólogo era Karl Rappan, el hombre que había llevado a Suiza a los cuartos de final del Mundial de 1938.

Austriaco de nacimiento, Rappan inventó el ‘verrou’ (cerrojo) cuando dirigía al Servette antes de ponerlo en práctica en la selección nacional de Suiza. Retrocediendo al centrocampista a la línea defensiva lo dejaba libre de obligaciones de marca, con la única función de asegurar la cobertura defensiva cuando el atacante lograba zafarse de su marcador. Con ese esquema de cuatro defensores siempre habría uno que estaría libre para la ayuda. Luego sería Brera quien a través de ‘La Gazzetta dello Sport’ convirtió el ‘verrou’ en ‘catenaccio’ y llamó líbero (libre en italiano) al futbolista que se situaba detrás de la defensa ejerciendo de escoba.

Aunque se sabe que en Francia y en la Unión Soviética hubo entrenadores que pusieron en marcha la técnica del ‘verrou’ en la década de los 40, nunca tuvieron excesivo éxito porque se consideraba que jugar a la defensiva atentaba contra la idea básica y los conceptos del fútbol.

Volvemos pues a Rocco, al que en 1961 le llegó su gran oportunidad al ofrecérsele el cargo de entrenador del AC Milan. Es entonces cuando el ‘catenaccio’ pasa a ser glorificado al alzarse los milaneses con la victoria en la liga italiana, pero sobre todo al lograr el triunfo en la Copa de Europa al derrotar a la sublime máquina ofensiva que era el SL Benfica de Eusebio.

—HELENIO HERRERA—

Pero si hay un hombre que popularizó el ‘catenaccio’ y lo convirtió en religión fue Helenio Herrera. Argentino afrancesado, a Herrera siempre le había gustado el fútbol físico pero sin renunciar al virtuosismo. Antes de ser Mourinho antes de Mourinho, Herrera no era un técnico ultradefensivo. De hecho, para Brera, amigo íntimo de Rocco, Herrera era un charlatán y un cambia chaquetas.

El caso es que Herrera llega al Inter de Milan en 1960 y lleva el ‘catenaccio’ a una nueva dimensión. Tras el nacimiento de la Copa de Europa, el industrializado norte de Italia (conviene aclarar la acotación geográfica) se hinchó a gastar dinero en la locura del fútbol. A finales de los 50 llegaron los suecos (Nordhal, Liedholm, Gren) y los 60 fueron turno para los británicos (John Charles, Law) o los españoles (Luis Suárez, Del Sol, Peiró) y a partir de los 80 los mejores futbolistas del momento estaban en Italia (Platini, Zidane, Maradona, Batistuta, Zico, Ronaldo, Rummenigge, Matthaüs, Gascoigne, Laudrup, Van Basten, Gullit). Así que desde los 60 el ‘catenaccio’ pasó a estar formado por una tropa de italianos abnegados al esfuerzo y a un par de extranjeros extraordinarios que marcasen la diferencia. Y es importante acotar lo de extranjero. Porque si el futbolista que se salía de la norma era italiano (Rivera, Mazzola, Conti, Baggio, Del Piero, Totti) la duda era acusada.

De la pizarra de Herrera salía una orden clara. Todo el equipo, desde los defensores hasta los atacantes, se volcaría en defensa cuando los rivales tuvieran el balón. Herrera buscaba explotar las cualidades defensivas de sus jugadores. Y dobló la apuesta. Retrasó a un jugador más creando un 1-4-2-3, donde el quinto defensa actuaba de libre ejerciendo de escoba detrás de la línea de 4 (5-2-3). Además, los tres jugadores de ataque ayudaban en defensa, por lo que lo que era un 1-4-2-3 (5-2-3) sobre el papel se convertía en un 1-4-5-1 (5-5-1) en labores defensivas. Con ese esquema en el que Picchi era el 1, el líbero que se situaba delante del portero, los laterales Burgnich y Fachetti eran locomotoras que subían y bajaban la banda y Jair o Mazzola eran liebres al ataque, el Inter consiguió 3 títulos ligueros y 2 Copas de Europa en cuatro temporadas.

El Inter de Helenio Herrera era un conjunto compacto, efectivo y resolutivo. Exigencia, disciplina y sacrificio desde la defensa hasta el ataque. Y tuvo un plus a mayores. Además de los éxitos, también contó con las imágenes televisivas. Aquel Inter fue uno de los primeros equipos exitosos seguidos y admirados a través de la pequeña pantalla.

El ‘catenaccio’ perfeccionado por Herrera se basaba en zagueros extraordinarios y en una rápida transición defensa-ataque. El mediocampo pasó a estar despoblado, ya que los equipos, viendo el éxito italiano, pasaron a formar en su vertiente ofensiva con un 4-2-4. El cuarto defensor ya era innegociable. Es en esa época cuando en España se empieza a hablar de ‘zona ancha’ para referirse al centro del campo, ya que normalmente estaba despoblado. Es por ello que para el triunfo del ‘catenaccio’ era indispensable un centrocampista fuerte, disciplinado, con férrea condición física y capaz de dar pases milimétricos a 30 o 40 metros de distancia. Ese hombre era Luis Suárez. Sin el coruñés, Herrera nunca habría tenido su ‘Grande Inter’.

El ‘catenaccio’ sufrió un duro golpe en el Mundial de 1970, cuando Brasil arrasó a Italia con un fútbol angelical. “El catenaccio no tiene ninguna posibilidad de subsistir”, declaró Pelé. Por lo general los 70 no sentaron bien a los italianos, porque en los Países Bajos iba a nacer el ‘fútbol total’, un balompié de genios que menospreciaba el ganar por ganar. Pero el ‘catenaccio’ había llegado para no marcharse. “Los italianos no te pueden ganar, pero tú puedes perder contra ellos”, dijo en una ocasión Johan Cruyff. En 1982 una Italia mediocre se alzó con el Mundial contando con un delantero corriente (Paolo Rossi) y una línea defensiva sucia y durísima liderada por Gentile y Scirea. Fue un milagro táctico y psicológico que aquel equipo derrotase a Brasil, Argentina, Polonia y Alemania. Aquello fue el culmen del ‘catenaccio’.

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A finales de los 80 el fútbol vivía su penúltima revolución. Un desconocido técnico llamado Arrigo Sacchi iba a devolver al AC Milan a la cima europea con una idea revolucionaria. Si en el fútbol total los once jugadores tenían libertad, para Sacchi los once jugadores eran uno sólo. A través de un rígido 4-4-2 en el que los futbolistas estaban juntísimos, presionando la salida del balón y adelantando la defensa para hacer caer al rival en el fuera de juego. Aquel equipo era ofensivo, pero tenía una disciplina física y técnica brutal que hacía que estrellas como Van Basten pareciesen obreros de una fábrica.

¿Qué hicieron los italianos? Quedarse con lo de la disciplina y olvidarse del ataque. Capello o Lippi cogieron las ideas de Sacchi pero las adaptaron al ‘catenaccio’. Si, era un 4-4-2 y los jugadores estaban juntos y ordenados, pero ni presionaban ni atacaban. Los dos puntas se colocaban a la altura del centro del campo, y a esperar la salida al contraataque. “Solo se han preocupado de vencer. En Italia el fútbol siempre fue sinónimo de sufrimiento, nunca de alegría o de felicidad. Son las arenas romanas, donde había que ir a morir”, explicaba Sacchi, quien siempre ha renegado de los entrenadores defensivos que dicen haberse inspirado en él.

Durante décadas los italianos ganaron a base de disciplina, encorsetamiento táctico y rigidez defensiva. Los brasileños aprendían a defender, los argentinos encajaban por su fiereza, los alemanes por su disciplina y todos, fuesen del país que fuesen, aprendían a sufrir y a jugar como equipo. Los equipos eran italianos por mucha estrella extranjera que tuviesen. Las plantillas funcionaban como una fábrica de montaje y los futbolistas creativos eran vanagloriados por su capacidad de transición defensiva y se esperaba que desnivelaran un partido en momentos puntuales.

Hoy el ‘catenaccio’ está en la UCI, pero nunca estará muerto, porque la gracia del fútbol es que no siempre ganan los que juegan mejor.

Perdón. Jugar mejor es una soflama. Rectifico. No siempre ganan los que practican un fútbol más ofensivo.

 “Somos campeones del mundo, no nos interesa el fútbol de toque”. Marcelo Lippi, seleccionador italiano, contestando a las críticas recibidas por el mal juego de Italia tras proclamarse vencedora del Mundial de 2006.

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Juegos Olímpicos cancelados. De Tokio a Londres pasando por Helsinki (1940-1944)

En 1936, durante la disputa de los Juegos Olímpicos de Berlín (aquellos que tendrían que haberse celebrado en 1916) el Comité Olímpico Internacional (COI) determinó que los Juegos de la XII Olimpiada se programaran para Tokio. Hito histórico, porque por vez primera los Juegos salían de Europa y de Estados Unidos para aproximarse al Lejano Oriente.

Fue en 1932 cuando los japoneses presentaron su candidatura. Al mismo tiempo que Tokio hubo tres contendientes europeos; Roma, Helsinki y Barcelona. Los catalanes habían quedado por detrás de Berlín cuando el año anterior se había escogido a la ciudad organizadora para 1936, por lo que ahora eran los favoritos para organizar los Juegos Olímpicos de 1940. El mundo era entonces eurocéntrico, y aún no existía esa regla no escrita de rotación continental por cada edición olímpica.

La elección de Tokio fue una rotunda sorpresa. El país nipón, gobernado por un régimen castrense, comenzó los años 30 del siglo pasado ocupando militarmente Manchuria. Al avanzar la década una guerra contra China era más que evidente para la sociedad internacional. Pero la caída de Barcelona representó una oportunidad para Tokio. Apenas un par de semanas antes de la elección de la sede olímpica, la Guerra Civil española estallaba y con ella se sepultaban las aspiraciones olímpicas catalanas.

Muestra de la sorpresa nipona por la elección, y del escaso interés por la misma, es que no se construyó ningún estadio olímpico. Se embelleció y preparó el ‘Meiji Jingu’, un estadio de beisbol, y se planeó trasladar el resto de instalaciones al parque de Kinuta, hoy un área de esparcimiento protegida, que es famosa por sus cerezos y sus instalaciones golfistas.

Todo iba en orden, aunque sin demasiado entusiasmo, hasta que en julio de 1937 estalló la esperada guerra entre Japón y China. Los nipones creían que la guerra sería rápida. Además los combates se ceñían al territorio chino, por lo que aun a comienzos de 1938 los japoneses aseguraban al COI que no habría ningún problema en celebrar los Juegos Olímpicos. El COI aceptó la espera, pero cuando la delegación nipona fue a contar la buena nueva al gobierno los militares exigieron el fin de los JJ.OO para centrar todo el esfuerzo del país en la guerra. Así, en julio de 1938, los japoneses renunciaron oficialmente a su candidatura.

El COI debía buscar con rapidez un candidato alternativo. Con Barcelona y Roma en guerra (los italianos habían ocupado Albania y participaban activamente en la guerra civil española) la única ciudad disponible era Helsinki.

Los finlandeses estaban sobradamente preparados. Por entonces Finlandia era una potencia deportiva de primerísimo nivel. Y finés era Paavo Nurmi, el atleta más laureado del momento. En 1934 habían iniciado la construcción de un estadio olímpico futurista coronado con una espectacular torre de maratón con vistas sobre la ciudad que se eleva hasta los 72,71 metros de altura, exactamente la distancia a la que Matti Järvinen envió su jabalina cuando ganó la medalla de oro en Los Ángeles 1932. Para 1938 el estadio estaba listo para ser sede olímpica.

Cuadernos de Finlandia - El estadio olímpico de Helsinki
Helsinki. La torre más icónica del atletismo.

El único problema era el alojamiento. Helsinki no era una metrópoli y estaba escasa de plazas hoteleras, por lo que la organización diseñó un conjunto de apartamentos en un bosque a las afueras de la ciudad, que una vez finalizada la competición se podrían a la venta pública. Los fineses también acometieron el desafío tecnológico de retransmitir en directo a través de la radio los Juegos Olímpicos para todo el mundo (para quien tuviese receptor, lógicamente).

Pero el 1 de septiembre de 1939 Alemania invadía Polonia y daba comienzo la II Guerra Mundial. A diferencia de otros conflictos bélicos, cuando un par de días después Gran Bretaña y Francia declaraban la guerra a los alemanes se daba por seguro que la contienda iba a ser larga y cruenta. No habría lugar para los Juegos Olímpicos. Y mucho menos cuando en noviembre de ese mismo año la Unión Soviética invadía el territorio finlandés. Si había alguna ligera esperanza de que se celebrasen los JJ.OO ahora quedaba totalmente sepultada.

Al final no hubo Juegos ni en Tokio ni en Helsinki. Los nipones tuvieron que esperar a 1964 (y a 2021 coronavirus mediante) y los fineses a 1952. Y un detalle más. La cancelación de los JJ.OO de 1940 nos privó de una de las iniciativas más audaces de relevo de la antorcha olímpica.

Fue Carl Diem el que inventó el relevo de la antorcha olímpica para Berlín 1936. La idea era encender un fuego en los restos arqueológicos de Olimpia, donde se celebraban los Juegos en la Antigüedad. Desde ahí, y a través del relevo de la antorcha por voluntarios, la llama tendría que llegar a la ciudad anfitriona, en este caso Berlín, y con esa llama encender el pebetero instalado en el estadio olímpico.

Para 1940 la llama tendría que viajar de Olimpia a Tokio recorriendo 10.000 kilómetros y pasando por infinidad de países donde ni siquiera se intuía que era eso del espíritu olímpico. La primera idea era llevar la llama por medio de jinetes a través de la Ruta de la Seda, pero fue descartada por su peligrosidad. La segunda propuesta vino de Alemania. Consistía en llevar la llama en un Messserschmitt 261, el primer avión del mundo capaz de superar los 10.000 kilómetros sin repostar. La idea era magnífica, pero desvirtuaba el espíritu de confraternización. Al final los nipones aceptaron la sugerencia alemana, pero exigieron que se hiciese a través de un Mitsubishi fabricado en Japón. Como no tenía tanto alcance como el aeroplano alemán, el Mitsubishi tendría que aterrizar en algún punto del sur de Asia para luego la llama subirse a un barco de guerra japonés y alcanzar Tokio.

Los finlandeses lo tuvieron más fácil. Su idea era repetir ‘grosso modo’ el recorrido de Berlín en 1936, para luego atravesar el estrecho que separa Dinamarca y Escandinavia a través de un bote de remos. Al final habría que esperar a Londres 1948 para ver por primera vez la llama olímpica en el mar. Pero curiosamente fue en Helsinki, pero en 1952, cuando la llama viajaría por vez primera en el aire. Salió de Olimpia en un vuelo que haría escala en Munich y Düsseldorf antes de aterrizar en la ciudad danesa de Aalborg, para seguir por mar y tierra su viaje final a la capital finlandesa.

—LONDRES 1944—

En junio de 1939 los gerifaltes del COI se reunieron en Lausana para decidir cuál sería la ciudad anfitriona de los Juegos Olímpicos de 1944. En junio de 1939 Helsinki preparaba con celeridad la Olimpiada de 1940. En junio de 1939 el mundo aún estaba en paz. Se presentaron Londres, Roma, Lausana, Atenas, Budapest, Montreal, Detroit….y Helsinki. Los ingleses ganaron por abrumadora mayoría en la primera votación superando a Roma y se dispusieron a preparar los Juegos de la XIII Olimpiada.

Y ya está. No hay mucho más que contar. Ese verano el gobierno británico, viendo que la guerra era inevitable, decidió aumentar más del 50% su gasto militar, incremento que sería mucho más acusado cuando en septiembre la II Guerra Mundial daba comienzo.

Si en 1940 la guerra aún escapaba a algún lugar del globo terráqueo, en 1944, ya fuese directa o indirectamente, era total.

1944 era el año en el que el COI celebraba su quincuagésimo aniversario. Y a pesar de que Europa estaba arrasada por la guerra, Carl Diem organizó en la neutral Lausana diferentes actos de celebraciones a pesar de la ausencia de los Juegos Olímpicos. Hubo izada de la bandera de los cinco aros, un canto a la paz y a la harmonía del deporte y unos cuantos discursos. Pero no hubo competiciones.

Londres buscó de nuevo la oportunidad tras el cese de las hostilidades y el retorno de la paz. En mayo de 1946, apenas ocho meses después del fin de la II Guerra Mundial, los miembros del COI votaron por correo y dieron de forma unánime los JJ.OO a Londres, en este caso para el verano de 1948. A pesar de que la suiza Lausana y las estadounidenses Baltimore, Minneapolis, Los Ángeles y Philadelphia presentaron candidatura, el COI decidió premiar el esfuerzo inglés, aún a sabiendas de que Londres no estaba en condiciones de organizar unos Juegos Olímpicos.

Londres 1948 pasaría a la historia como ‘Los Juegos de la Austeridad’. Los ingleses decidieron no invertir en nuevas instalaciones. Al estadio de Wembley se le añadió una pista de atletismo, se aprovechó el Támesis para las pruebas náuticas y los atletas durmieron en los barracones militares levantados durante la II Guerra Mundial. La escasez de alojamiento, comida y equipamiento no iba a impedir recuperar el espíritu olímpico.

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Juegos Olímpicos cancelados. Berlín 1916

Al final se descartó la primavera y el florecimiento de los cerezos y se apostó por el verano, cuando la inmensidad del casco urbano de Tokio se acerca a los 40 grados, pero el caso es que los Juegos de la XXXII Olimpiada que se iban a disputar en 2020 quedan pospuestos para el 2021. Lo nunca visto. Sólo las guerras mundiales impidieron la celebración de los de Juegos Olímpicos de Berlín 1916, así como de las ediciones de 1940 y 1944.

Hasta la aparición de la pandemia del coronavirus nunca se había violado a la Olimpiada. Conviene explicar que los Juegos Olimpicos es el periodo en el que se disputan las competiciones deportivas, mientras que la Olimpiada es el espacio de tiempo que hay entre unos Juegos y los siguientes. Este periodo es de cuatro años, como quedó establecido en la Carta Olímpica moderna de 1896 en imitación de lo que antes de Cristo se hubo establecido en la Antigua Grecia.

Y es conveniente resaltar este detalle. Los Juegos Olímpicos se celebran cada cuatro años. Si por causa de fuerza mayor no se pueden disputar, ni se retrasan ni se posponen. Lo propio es saltar hasta la siguiente fecha estableciéndose una Olimpiada de ocho años. De hecho, y tal como veremos ahora, los Juegos de Berlín de 1916 son oficialmente los Juegos de la VI Olimpiada a pesar de que nunca se celebraron. La V Olimpiada fue en Estocolmo en 1912 y la VII Olimpiada en Amberes en 1920. Pero a efectos oficiales los Juegos Olímpicos de Berlín de 1916 constan en los registros olímpicos aunque nunca se celebrasen.

Digo esto porque la celebración de la XXXII Olimpiada en 2021 atenta contra los principios olímpicos. Se podía haber retrasado los Juegos de Tokio a finales de 2020, pero cambiarlos de año va en contra de la tradición, el espíritu y las reglas.

Pero ya sabemos que el dinero hace tiempo que es el aro más grande de la bandera olímpica.

El caso es que los primeros Juegos Olímpicos que se tuvieron que cancelar fueron los de Berlín 1916. Durante la celebración de los Juegos Olímpicos de 1912 organizados en Estocolmo, los miembros del Comité Olímpico Internacional (COI) se reunieron para dirimir la ciudad sede de los de 1916. Las urbes candidatas eran las europeas Ámsterdam, Berlín, Bruselas y Budapest; la norteamericana Cleveland y la africana Alejandría.

Desde tan temprana fecha como 1904 Alemania ya había empezado a postularse como anfitrión de los Juegos Olímpicos. Durante el siglo XIX los germanos fueron los más firmes defensores de la práctica de la gimnasia por parte de los escolares, así como de la introducción de los deportes dentro del ejército. Si en Inglaterra se crearon las reglas y se impulsó el deporte federativo, Alemania era la cuna de la gimnasia y la higiene como forma de crear una juventud más sana y robusta. Así pues, Berlín ya había propuesto organizar los Juegos de 1912, pero finalmente el COI designo a Estocolmo como sede. Que Berlín fuese la ciudad elegida para organizar los Juegos Olímpicos de 1916 era ‘vox populi’.

Apenas un mes después de la elección de Berlín como ciudad olímpica comenzaron las obras para la construcción del estadio olímpico. Su diseño fue encargado a Otto March, un influyente arquitecto alemán que no pudo ver acabado su proyecto ya que falleció escasos meses antes del fin de las obras.

El estadio fue bautizado como ‘Deutsches Stadion’, mismo nombre que escogerían los nazis para el fastuoso escenario de sus mítines celebrados en Núremberg años más tarde. El lugar seleccionado fue un parque al noroeste de Berlín donde ya existía un hipódromo. El modelo de March replicaba al White City Stadium de Londres que había acogido los JJ.OO. de 1908. Constaba de un espectacular estadio rodeado de pista de atletismo con un velódromo en su exterior. Junto al estadio también se levantó una piscina adornada por numerosas estatuas neoclásicas. El estadio olímpico, con capacidad para 33.000 espectadores, fue inaugurado el 8 de junio de 1913 junto a la modernísima estación de metro que se encontraba a su entrada. El acto fue un apogeo a la cultura gimnástica alemana con la presencia de cerca de 10.000 deportistas.

Photo: Das Deutsche Stadion - Berlin B&W | Germany album ...
La construcción del Deutsches Stadion

A mediados de junio de 1914, apenas un par de semanas antes del estallido de la I Guerra Mundial, tuvo lugar un ensayo olímpico en Berlín a modo de campeonato nacional que iba a determinar que deportistas teutones participarían en los JJ.OO. de 1916. En ese ensayo se utilizó una bandera blanca en la que estaban dibujados cinco aros. Había sido diseñada personalmente por Pierre de Coubertin, presidente del COI, y sería para siempre el símbolo de los Juegos Olímpicos. Representa los cinco continentes a través de los cinco aros entrelazados. Europa (azul), Asia (amarillo), África (negro), Oceanía (verde) y América (rojo).

Todo iba viento en popa hasta que poco más de un mes después un serbio de nombre Gavrilo Princep asesinaba a sangre fría a Francisco Fernando, heredero de la corona austrohúngara, en nombre del nacionalismo serbio. Esto fue la espita para que a través de un complejo sistema de alianzas estallase una guerra europea que pronto se iba a convertir en mundial.

Fue una guerra en cierto modo esperada y en cierto modo deseada. Todas las grandes naciones europeas llevaban años implementando en sus ejércitos nuevas armas nacidas de la fogosa industrialización. Aunque las tácticas militares en 1914 aún obedecían a patrones napoleónicos, los avances en artillería, comunicaciones, vehículos o armas ligeras hacían pensar a cada una de las potencias que resultarían vencedoras tras apenas unos meses de batalla.

Nadie se planteó cancelar los Juegos. La guerra comenzó en agosto de 1914 y era de locos pensar que el conflicto continuaría en el verano de 1916.

Duraría hasta noviembre de 1918.

Las esperadas nuevas tecnologías lo que hicieron fue llevar a la guerra a una nueva dimensión. El honor y la lucha cuerpo a cuerpo, que desde la guerra civil americana ya estaba dando visos de desaparecer, pasó a mejor vida durante la I Guerra Mundial. La carnicería que las ametralladoras, los obuses o los morteros causaron en los soldados convirtió lo que iba a ser una guerra rápida en un sin sentido. Los hombres esperaban en un foso rodeado de alambre de espino y cavado bajo una mugre de barro y ratas, la orden de un descerebrado para correr campo abierto camino de la parca.

En 1915 la guerra de trincheras era una realidad y que la guerra fuese a acabar rápidamente era una utopía. Pierre de Coubertin comienza a dar pasos para salvaguardar el movimiento olímpico. En primer lugar decide trasladar la sede del COI de Paris a la neutral ciudad suiza de Lausana, donde aún permanece a día de hoy. En segundo lugar los miembros del COI plantean que dado que Suecia es neutral, Estocolmo repita como sede aprovechando las instalaciones de 1912. Otros miembros del COI votan por llevar los Juegos a Sudamérica.

El problema es que Gran Bretaña exige que de disputarse los Juegos Olímpicos se excluya de los mismos tanto al Imperio Austrohúngaro como a Alemania, al considerar a ambos países causantes de la guerra. Obviamente las potencias centrales rechazan la idea y mantienen que los Juegos o se disputan en Berlín o no se celebran. Pero el principal problema es que la gran mayoría de los futuribles deportistas olímpicos o están en el frente o hace tiempo que la muerte se los llevó consigo.

Coubertin aún aguantará unos meses con los diferentes planes de contingencia sobre la mesa, hasta que en enero de 1916 los Juegos de la VI Olimpiada de Berlín 1916 son oficialmente cancelados. “Hoy, como en la antigüedad, una Olimpiada podrá no celebrarse si circunstancias imprevistas vinieran a oponerse, pero no se puede cambiar ni el orden ni el número”; comunica el mandamás del COI.

Palabras de 1916 que no han sido recordadas en 2020.

El COI no se volvería a reunir hasta 1919 cuando se decidió que la ciudad belga de Amberes organizase los de 1920, principalmente porque era el único gran puerto europeo que se mantenía en pie. En ningún momento se planteó que Berlín organizase los Juegos de 1920. Primeramente porque Alemania estaba en clima prerevolucionario y el hambre era común a la mayoría de sus ciudadanos. Pero también porque Alemania fue considerada por los vencedores culpable de la guerra y fue sometida a unas draconianas medidas económicas. Se le expulsó de la mayoría de los organismos internacionales, incluyendo los JJ.OO. de 1920 y los de 1924.

Pierre de Coubertin, el padre del olimpismo moderno - José Cárdenas
Coubertin. Padre de los JJ.OO.

El ‘Deutsches Stadion’ fue usado como hospital militar durante la I Guerra Mundial. Al volver la normalidad se recuperó su uso deportivo y pasó a ser sede habitual de los partidos de fútbol de la selección alemana y de la final copera. También fue lugar de mítines políticos o de récords del mundo de atletismo, que llegaron a acumular hasta 64.000 espectadores después de una ampliación del aforo.

Y algo aún más importante tendría lugar en el complejo olímpico. En las oficinas del ‘Deutsches Stadion’ el profesor Carl Diem inauguró en los años 20 la primera escuela de investigación deportiva del mundo. Diem, responsable de la organización de los JJ.OO. de 1916 y de 1936, fue el primer estudioso de las ciencias del deporte. Corredor de larga distancia, entrenador, directivo y creador de la tradición de la antorcha olímpica, ha sido rehabilitado hoy como el padre de la historiografía deportiva a pesar de su conexión con los nazis.

Berlín 1916 iba a ser también la primera vez que el COI iba a organizar un sucedáneo de Juegos Olímpicos de Invierno. Se pretendía realizar una semana invernal en la que el patinaje, el esquí y el hockey sobre hielo estuviesen presentes. No pudo ser, y hubo que esperar hasta 1924 para ver la primera edición con deportes invernales.

Finalmente fue en 1931 cuando Berlín superó a Barcelona y fue elegida sede de los Juegos Olímpicos de 1936, exactamente veinte años después de cuando se tenían que haber celebrado. La idea del gobierno alemán era retocar el ‘Deutsches Stadion’ y no excederse en el gasto en medio del clima de recesión mundial que se vivía en aquel momento.

Pero en 1933 el Partido Nacionalsocialista alcanzó el poder y Joseph Goebbels, ministro de Propaganda, decidió usar unos Juegos Olímpicos, que en principio no le interesaban, en beneficio de los nazis. En 1934 se decretó la demolición del ‘Deutsches Stadion’ y la construcción de un gran complejo olímpico que iba a estar coronado por el nuevo e imponente ‘Olympiastadion’. Se designó que Werner y Walter, hijos de Otto March y también arquitectos, diseñasen el ‘Olympiastadion’ de 1936 en el que los alemanes iban a demostrar al mundo que la raza aria era superior.

Pero esta era la historia de Berlín 1916. La historia de Berlín 1936 es otra historia.

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Fútbol con fronteras. Historia contrafactual de la Copa de Europa (1996-2019)

Con unos cuantos países en estado de alarma y empapados de una psicosis colectiva, hemos cerrado fronteras y nos hemos puesto a mirar con aire de desprecio a aquellos que vienen de fuera. El aburrimiento al que el coronavirus nos ha sometido me ha llevado a tener tiempo para darle vueltas a la cabeza y pensar que habría pasado si Jean Marc Bosman no hubiese denunciado a la UEFA y siguiéramos con una limitación de extranjeros en las plantillas de los equipos profesionales de fútbol.

Si en el fútbol europeo siguiesen existiendo las fronteras.

Ya había comentado en un post anterior que una historia contrafactual es una historia alterna en la que se responde a la pregunta: ¿qué hubiera pasado sí? Se trata de un ejercicio de abstracción y ficción desde un punto de vista histórico.

Para crear la historia contrafactual de la Copa de Europa he tomado como punto de partida la temporada 1996/97, la primera en la que la ley tuvo efecto. La última final de la Liga de Campeones antes de la libre circulación de futbolistas comunitarios se produjo en mayo de 1996 entre la Juventus de Turín y el Ajax de Ámsterdam. Por parte holandesa, sólo Litmanen (finlandés), Finidi y Kanu (nigerianos), disputaron el encuentro, mientras que en los italianos estuvieron Paulo Sousa (portugués), Deschamps (francés) y Jugovic (serbio). Pero sí fue evidente el cambio en la final de 1998 entre Real Madrid y Juve. En los merengues, que llevaban 32 años sin ganar una Copa de Europa, jugaron hasta ocho futbolistas nacidos fuera de España, incluido el montenegrino Pedja Mijatovic, autor del gol de la victoria.

Con el devenir de los años, los clubes europeos fueron incorporando un gran número de futbolistas de la Unión Europea, si bien muchos de ellos ni siquiera mejoraban el nivel de jugadores nacionales a los que cerraron puertas. Aunque con el tiempo se compensó a las canteras con los llamados derechos de formación, esas cantidades no han sido disuasorias para que los equipos más grandes devoren a los pequeños fichando a sus mejores jugadores. Desde que se instauró la Ley Bosman todos los clubes que han ganado la Copa de Europa pertenecen a una de las cuatro ligas más importantes de Europa: España, Inglaterra, Alemania e Italia. La única excepción que confirma la regla es el FC Porto portugués victorioso en 2004.

Otro aspecto a tener en cuenta es el número de los participantes en la Copa de Europa. A raíz de la promulgación de la Ley Bosman, para la temporada 1997/98 se aumentó el número de equipos y se permitió la entrada de los ocho subcampeones de las ligas más potentes de Europa. Para la campaña 1999/00 se consintió por vez primera, y superando diversas rondas clasificatorias, la presencia de hasta cuatro equipos de un mismo país de las cuatro ligas más fuertes del continente, aumentando el número de participantes finales a 32.

Si la Ley Bosman nunca fuese aceptada nada de esto hubiese pasado. Es muy probable que el número de participantes ascendiese a 24 y que estuviesen clasificados los subcampeones de las grandes ligas. Pero hasta ahí llegaría la reforma. Que el cuarto clasificado de España o de Alemania fuese igual o más competitivo que el campeón de Croacia con límite de extranjeros sería más que discutible.

Esto implicaría que AC Milan (2003 y 2007), Liverpool FC (2005 y 2019) y FC Barcelona (2009) no podrían haberse proclamado campeones porque la temporada anterior a sus títulos europeos ni siquiera habían terminado entre los dos primeros en sus respectivas ligas.

Hay un componente de azar del que no nos podemos abstraer. Hay que diferenciar los equipos según coeficiente, realizar sorteos y determinar cruces. Es imposible ser fiel a estos factores. Éste es un fallo de acción que debemos asumir a la hora de realizar esta historia contrafactual. He tenido en cuenta tanto los coeficientes UEFA de los principales equipos en el período 1996-2019, así como he mantenido las restricciones de países y de organizaciones de grupo. Pero soy consciente de que es un ejercicio de ficción. Por lo que he tomado la decisión de que el campeón contrafactual únicamente podrá ser elegido entre los 16 equipos clasificados a octavos de final en cada edición existente, para intentar ajustarme lo máximo posible a la realidad.

Como última consideración hay que determinar el número de extranjeros por plantilla. Aunque antes de la Ley Bosman no existía un criterio uniforme en todas las ligas, lo más habitual era tener tres futbolistas foráneos en el once inicial, así como un cuarto o quinto en plantilla. Me mantendré fiel a la ideal tradicional de 3 extranjeros entre los 11 titulares. De estos conviene suprimir a aquellos foráneos que al haber formado parte de las canteras nacionales tendrían la doble nacionalidad (por ejemplo Lionel Messi), aquellos que por razones familiares también podrían optar a ella (por ejemplo Paolo Montero) o aquellos que por larga trayectoria en el país la habrían obtenido (por ejemplo Roberto Carlos). Aun así hay otros muchos futbolistas (por ejemplo Cristiano Ronaldo) al que he seguido considerando extranjero aun sabiendo que en una historia contrafactual sin Ley Bosman hubiesen adquirido la doble nacionalidad.

Aun así, soy consciente de que estoy realizando un ejercicio de ficción, por lo que he tenido que tomar prestadas ciertas licencias futbolísticas. He determinado onces iniciales y he pronosticado que equipo vencería a cual con la ventaja que me da el paso de tiempo. He tenido que mantener a los ganadores ligueros entre 1996-2019, aún a sabiendas que, al igual que la Liga de Campeones, los títulos de Liga variarían de igual forma al cambiar las reglas de extranjeros.

En esta Copa de Europa contrafactual es más fácil que los equipos repitan entorchado. Obviamente el número de transacciones es más bajo y las plantillas más monótonas, por lo que es fácil que se creen dinastías.

En este juego de ficción hay que tener en cuenta que al reducirse el mercado internacional las transacciones nacionales se verían explotadas. Por citar un ejemplo, los Silva, Fernando Torres, Mata o Fernando Llorente que aceptaron ofertas de otros países es harto complicado que no acabasen firmando o por el FC Barcelona o por el Real Madrid. Estos supuestos no se han tenido en cuenta. Sin embargo, sí que me he permitido ciertas licencias como mantener a ciertos jugadores en sus equipos de origen durante un par de años más. Es el caso de Götze o Lewandowski, futbolistas que serían muy difíciles de retener por el Dortmund, pero que en un mercado capado es seguro que lo harían a mediana edad, y no al inicio de sus carreras.

No ha sido sencillo. Y ha llevado unas cuantas horas (todo gracias al coronavirus). Pero ahí va el resultado final. Los extranjeros están marcados en cursiva:

1996/97 Borussia Dortmund / Klos; Köhler, Sammer, Kree. Reuter; Lambert, Paulo Sousa, Heinrich, Möller; Riedle y Chapuisat.  

1997/98 Juventus FC / Peruzzi; Torricelli, Montero, Iuliano, Di Livio, Pesotto; Deschamps, Davids, Zidane; Inzaghi y Del Piero.

1998/99 Bayern Munich / Kahn; Babbel, Kuffour, Linke, Tarnat; Matthaüs, Jeremies, Effenberg; Basler, Jancker y Scholl.

1999/00 Real Madrid / Casillas; Salgado, Iván Campo, Hierro, Karanka, Roberto Carlos; Helguera, Redondo, Mc Manaman; Raúl y Morientes.

2000/01 Real Madrid / Casillas; Salgado, Hierro, Karanka, Roberto Carlos; Figo, Makelelé, Guti, Mc Manaman; Raúl y Morientes.

2001/02 Real Madrid / Casillas; Salgado, Hierro, Helguera, Roberto Carlos; Figo, Makelelé, Guti, Zidane; Raúl y Morientes.

2002/03 Juventus FC / Buffon; Birindelli, Thuram, Ferrara, Zambrotta; Camoranesi, Tacchinardi, Conte, Nedved; Del Piero y Trezeguet.

2003/04 FC Porto / Vitor Baia; Paulo Ferreira, Jorge Costa, Carvalho, Nuno Valente; Deco, Alenichev, Costinha, Maniche; Derlei y Carlos Alberto.

2004/05 FC Barcelona / Valdés; Puyol, Oleguer, Piqué, Fernando Navarro; Xavi, Gerard, Deco; Ronaldinho, Eto’o e Iniesta.

2005/06 Olympique Lyon / Coupet; Reveillere, Cris, Clerc, Abidal; Pedretti, Diarra, Juninho Pernambucano, Malouda; Benzema y Govou.

2006/07 AS Roma / Curci; Panucci, Ferrari, Méxes, Casetti; Mancini, Aquilani, De Rossi, Perrotta; Totti y Montella.

2007/08 Manchester United / Foster; Brown, Ferdinand, O’Shea, Evra; Carrick, Scholes, Giggs; Cristiano Ronaldo, Rooney y Tévez.

2008/09 Bayern Munich / Butt; Lahm, Van Buyten, Demichelis, Badstuber; Ribery, Borowski, Schweinsteinger; Thomas Müller, Klose y Podolski.

2009/10 Bayern Munich / Butt; Lahm, Van Buyten, Badstuber, Contento; Ribery, Schwesteinger, Robben; Thomas Müller, Klose y Mario Gómez.

2010/11 FC Barcelona / Valdés; Dani Alves, Puyol, Piqué, Abidal; Busquets, Xavi, Iniesta; Pedrito, Villa y Messi.

2011/12 FC Barcelona /Valdés; Dani Alves, Puyol, Piqué, Abidal; Busquets, Xavi, Cesc; Iniesta, Villa y Messi.

2012/13 FC Barcelona / Valdés; Dani Alves, Piqué, Mascherano, Jordi Alba; Busquets, Xavi, Cesc; Iniesta, Villa y Messi.

2013/14 Borussia Dortmund / Weindenfeller; Piszczek, Friedrich, Hummels, Schmelzer; Bender, Kehl, Gündogan; Götze, Lewandowski y Aubameyang.

2014/15 FC Barcelona / Ter Stegen; Dani Alves, Piqué, Mascherano, Jordi Alba; Busquets, Xavi, Iniesta; Pedrito, Luis Suárez y Messi.

2015/16 Bayern Munich / Neuer; Lahm, Boateng, Tasci, Badstuber; Ribery, Rode, Kimmich, Robben; Thomas Müller y Lewandowski.

2016/17 Paris Saint Germain / Areola; Aurier, Kimpembe, Thiago Silva, Kurzawa; Verratti, Rabiot, Matuidi; Ben Arfa, Cavani y Mbappé.

2017/18 Real Madrid / Kiko Casilla; Carvajal, Ramos, Nacho, Marcelo; Modric, Isco, Ceballos; Asensio, Benzema y Cristiano Ronaldo.

2018/19 AFC Ajax  / Onana; Veltman, De Ligt, Blind, Tagliafico; De Jong, Van de Beek, Schöne; Kluivert, Tadic y Ziyech.

Como se puede observar los grandes damnificados serían los conjuntos ingleses. La Premier se ha convertido en la competición más potente del mundo y sus equipos están plagados de jugadores foráneos. Arsenal, Chelsea o Liverpool apenas han contado con futbolistas británicos en su once inicial. Lo mismo sucedió con el Calcio italiano en la primera década del siglo XX y, en menor medida, en la Liga española. El FC Barcelona se sustentó durante años gracias a una gran camada de canteranos, no así el Real Madrid glorioso del último lustro.

De todos modos, el músculo financiero y la lógica capacidad maltusiana de los países con más habitantes hacen inviable que conjuntos como el Steaua de Bucarest o el Estrella Roja puedan reverdecer laureles. Sin embargo, países del segundo escalafón futbolístico como Portugal o Países Bajos pueden mantener a sus estrellas en plantilla y con una buena generación asaltar el trono europeo.

Seguramente los casos más chirriantes en esta historia contrafactual sean los de Olympique de Lyon y AS Roma. Los franceses ganaron su liga entre 2002 y 2008 de forma consecutiva y fueron habituales en las rondas finales europeas en aquellos años. En 2006 fueron eliminados en cuartos de final por un AC Milan plagado de extranjeros, igual que los dos finalistas de aquel año; FC Barcelona (sólo 3 españoles en el once inicial) y Arsenal (sólo 2 ingleses).

https://www.youtube.com/watch?v=G7ENXVA_MKo

Más llamativo puede ser el caso de la AS Roma la temporada siguiente. Pero es que ni Liverpool FC ni AC Milan podrían haber jugado aquella final al no acabar entre los dos primeros en sus respectivas ligas. Los otros semifinalistas de aquella temporada fueron el Manchester United y el Chelsea, cargados de futbolistas no británicos en sus onces iniciales. Aquel año sólo el Bayern podría toserle a una AS Roma que de la mano de Totti vivía uno de los mejores momentos de su historia.

De este modo, el palmarés contrafactual de la Copa de Europa sería el siguiente:

1. Real Madrid 10 (en la realidad 13)

2. Bayern Munich 7 (en la realidad 5)

3. FC Barcelona 6 (en la realidad 5)

4. AC Milan 5 (en realidad 7)

4. Ajax Ámsterdam 5 (en la realidad 4)

5. Juventus FC 4 (en la realidad 2)

5. Liverpool FC 4 (en realidad 6)

6. Borussia Dortmund 2 (en la realidad 1)

6. FC Porto 2 (en la realidad 2)

6. Inter Milan 2 (en la realidad 3)

6. Manchester United 2 (en realidad 3)

6. SL Benfica 2 (en realidad 2)

6. Nottingham Forest 2 (en realidad 2)

7. Paris Saint Germain 1 (en realidad 0)

7. Olympique Lyon 1 (en realidad 0)

7. AS Roma 1 (en realidad 0)

7. Celtic Glasgow, Hamburgo, Steaua Bucarest, Olympique de Marsella, Feyenoord, Aston Villa, PSV Eindhoven y Estrella Roja 1 (en realidad 1)

“Quiero que el Real Madrid lo gane todo. Pero con que gane la Copa de Europa me sirve”. Julio Iglesias, celebridad musical y aficionado del Real Madrid.

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Old Firm

Al principio no había mayor antagonista que el de la calle de enfrente. Y no existe antagonismo que se pueda comparar con el ‘Old Firm’. La rivalidad futbolística por excelencia es la de Glasgow. Católicos contra protestantes. Irlandeses contra unionistas. Odio, tensión religiosa e intimidación. El ‘Old Firm’ condiciona la vida cotidiana como ningún otro partido del mundo. Las diferencias no están en el balón, están en el pensamiento. Futbolísticamente los hay mejores, pero por intensidad un Celtic-Rangers solo es comparable a un Boca-River. Por condicionantes extradeportivos sólo un Barça-Madrid puede subírsele a las barbas. Pero es que un Madrid-Barça no es un derbi.

La palabra ‘derby’ (castellanizado a derbi y aceptado por la Real Academia Española de la Lengua) da nombre a una carrera de caballos considerada como la decisiva en una competición. Su uso data de finales del siglo XVIII y no se sabe bien como medio siglo más tarde era usado como sinónimo de una competición deportiva entre clubes de una misma ciudad.

Este detalle es importante. No existe el derbi gallego ni el derbi vasco. Un derbi no enfrenta a regiones ni a ciudades rivales. La acepción correcta sólo debe usarse cuando compiten dos equipos de la misma villa. Si nos paramos a pensarlo veremos que tiene toda lógica. El concepto de hincha visitante no se popularizó hasta bien entrado el siglo XX, cuando la mejora de la comunicaciones y el adelanto de las condiciones laborales de los trabajadores permitió que los aficionados se desplazaran a otras ciudades.

Atravesada por el río Clyde de este a oeste, Glasgow es una ciudad con dos partes bien diferenciadas. Al suroeste de los meandros del río se instalaron los protestantes. Al noreste se creó el barrio católico. Todos nacieron de la miseria y buscaron en Glasgow olvidarse de ella. Pero los del noroeste eran los campeones de la indigencia. La mayoría eran inmigrantes irlandeses que huían de la gran hambruna de la patata que azotó a la isla de San Patricio a mediados del siglo XIX. Los más atrevidos y los que menos tenían que perder iniciaron una aventura en Estados Unidos. Los más comedidos escogieron la escocesa y compasiva Glasgow por delante de la hostil e inglesa Londres.

Próspero durante el siglo XIX gracias al transporte fluvial de mercancías, el puerto de Glasgow es el único de Escocia que está resguardado de los vientos del Mar del Norte. El clima en Glasgow es mucho más agradable que en el resto del país gracias a las corrientes cálidas del estuario del Clyde y a las montañas que protegen el sur de la ciudad. Glasgow presume de universidad de primer nivel, de una fabulosa arquitectura victoriana y es lugar de peregrinaje en el arte grafitero. Y sin embargo no es buen lugar para vivir. Tiene uno de los menores índices de esperanza de vida del Reino Unido y unos cuantos barrios conflictivos. Vivir en Glasgow y transitar por sus anchas avenidas bajo un cielo plomizo es sinónimo de obesidad, depresión, drogas y alcohol.

Los sociólogos consideran que es un fenómeno reciente. Con la desindustrialización, miles de personas que trabajaban en astilleros y fábricas quedaron sin trabajo. Las grandes compañías daban al trabajador una identidad cultural y grupal que el nuevo sector de servicios es incapaz de igualar. Si bien el área metropolitana de Glasgow cuenta con cerca de millón y medio de habitantes, la ciudad tiene hoy unos 600.000 cuando poco después de la II Guerra Mundial superaba el millón. Se ha disipado el orgullo y Glasgow ha perdido buena parte de su tradición cultural.

En ese punto está también el fútbol. Celtic y Rangers fueron hasta los años 80 del siglo pasado dos grandes del balompié mundial y orgullo de Escocia. La globalización e internacionalización del deporte menguaron el atractivo de un país pequeño y poco acogedor para el futbolista, y con ello descendió el nivel de los equipos escoceses. Este declive también ha afectado en el día a día del ciudadano. Y por ello el ‘Old Firm’ es aún más importante que en tiempos pasados. Es la única vez en todo el año en el que Glasgow vuelve a estar en el centro del mundo.

Desde 1888 se ha desarrollado una rivalidad que no sólo es futbolística, también identitaria, religiosa y cultural. Ese año se jugó el primer ‘Old Firm’ con victoria del Celtic por 5-2. Hoy, 132 años más tarde, aún se aprecian mayor cantidad de rubios y pelirrojos en las gradas de Celtic Park que en las del Ibrox Stadium.

El Celtic fue fundado como club católico en 1887 por el padre Walfrid en la Iglesia de los Maristas. Su idea era crear un club de fútbol que entretuviese a los adolescentes y los alejase del vandalismo, y al mismo tiempo recaudar dinero para los niños huérfanos de la ciudad. Los de rayas blancas y verdes juegan desde 1892 en Celtic Park, el estadio más grande de Escocia. El primer césped que se plantó contaba con una mata de tréboles para recordar su influencia irlandesa. Permanece inamovible en su ubicación en un precioso parque al noreste de la ciudad, a pesar de las profundas remodelaciones que ha sufrido a lo largo del tiempo.

El Rangers fue fundado en 1872 en la otra punta de la ciudad por los hermanos McNeil. Conocidos como los puritanos, tomaron su nombre y su color azul de un equipo de rugby inglés considerado el mejor del momento. Juegan desde 1899 en Ibrox Park, al suroeste de Glasgow. Aunque el estadio ha sufrido sucesivas remodelaciones, continúa manteniendo su característica grada principal de ladrillo victoriano creada por Archibald Leitch, el arquitecto que nos legó la mística del fútbol inglés en estadios de dos alturas de estilo industrial como Old Trafford, Anfield o Highbury.

En las gradas de Celtic Park ondean banderas irlandesas e insignias del IRA. Los ultras del Celtic están hermanados con aficiones de izquierdas como las del Liverpool, hasta el punto de tomar como propio el famoso himno ‘You’ll never walk alone’. Los hinchas del Rangers portan símbolos del Reino Unido como ‘The Union Jack’ y están hermanados con los ultras del Chelsea. De este modo en el ‘Old Firm’ no se ve ninguna bandera escocesa en el estadio. Para eso hay que ir a Hampden Park.

La inquina entre los enemigos es tal que la selección escocesa juega sus encuentros en Hampden Park, uno de los estadios más legendarios para cualquier amante del fútbol. El estadio es casa del Queen’s Park, el club más antiguo de Escocia y que aún hoy se mantiene como amateur por convicción, a pesar de competir en ligas profesionales. Hampden Park se encuentra al sur de la ciudad, formando un perfecto triángulo con Celtic Park e Ibrox Stadium. La distancia entre los tres coliseos es prácticamente similar en un ejercicio de equilibrismo para satisfacción y calma de todos los fanáticos.

Aunque Celtic y Rangers disputaron el primer ‘Old Firm’ en 1888 el nombre data de unos cuantos años más tarde. En 1909, en una final de Copa, el partido entre ambos terminó en empate y, como entonces no había ni penaltis ni prórroga, se pasó a un segundo partido. Dicho encuentro transcurría por los mismos derroteros, por lo que las aficiones de Celtic y Rangers invadieron Hampden Park indignados por lo que consideraban un amaño. Hubo que suspender el choque y el título quedó desierto. El periódico ‘The scottish referee’ denominó el derbi escocés como ‘The old firm of Rangers-Celtic Ltd’ (Antigua empresa del Rangers-Celtic S.L.) por la sospecha de que los partidos importantes estaban arreglados desde siempre para que se repitiesen y así generar una nueva taquilla. Desde entonces al choque se le conoce como ‘Old Firm’ (Vieja Empresa).

Y lo cierto es que, aunque el odio que se profesan es atroz, en pleno siglo XXI siguen usando el ‘Old Firm’ en contra del resto de clubes escoceses. Ambos se benefician económicamente de la rivalidad que se profesan. Negocian juntos los patrocinios, los derechos de televisión e incluso han pedido conjuntamente ingresar en la Premier inglesa. Y habitualmente han compartido patrocinador, porque ninguna empresa es tan inconsciente como para invertir el dinero en uno generando inquina en los seguidores del otro.

El ‘Old Firm’ ha sido lugar de múltiples desgracias. En 1931, durante un encuentro entre Celtic y Rangers, John Thomson y Sam English fueron a por el balón al mismo tiempo y la rodilla de English chocó con la cabeza de Thomson. Éste, portero del Celtic de 22 años, salió peor parado y acabó con una fractura de cráneo falleciendo horas más tarde en el hospital. Hoy una canción en honor de Thomson es tarareada en todos los partidos del Celtic. Célebre por violenta también es la final de Copa de 1980 en la que el Celtic consiguió el título con un gol en el descuento originando una celebración por el título que acabó en una batalla campal en el césped de Hampden Park. Pero el ‘Old Firm’ más popular por aciago fue el disputado en Ibrox en 1971. Una avalancha de espectadores, también causada por un gol de última hora aunque en este caso del Rangers, acabó con 66 fallecidos, muchos de ellos menores. El siniestro provocó una remodelación de Ibrox que lo convirtió en uno de los primeros estadios del mundo con medidas de escape y de seguridad. 

Aunque la mayoría de los astilleros de Glasgow tenían vetada la presencia de trabajadores católicos, la convivencia entre los forofos de las dos religiones se mantuvo en calma hasta la década de 1920. Tras un trágico proceso que duró seis años (1916-1922) Irlanda obtuvo su independencia. Es entonces cuando en Glasgow la mayoría protestante comienza a hostilizar a la minoría católica, iniciando una inquina entre ambas comunidades que aún no ha sido resuelta.

La ferocidad de la rivalidad hace difícil que un jugador pueda defender los colores de las dos escuadras. Se cuentan con los dedos de las manos los futbolistas que han militado en los dos equipos a lo largo de la historia. Con la aprobación de la ley Bosman todo ha cambiado y los mercados a los que pueden acceder ambos conjuntos son enormes, pero hasta 1995 el mercado principal era el nacional. El caso más desgarrador para ambas aficiones fue el de Mo Johnston. Graeme Souness, técnico del Rangers, solicitó a la directiva el fichaje de Johnston, un fenomenal delantero internacional con Escocia que jugaba en la liga francesa pero que había triunfado años atrás en las filas del Celtic. Mo Johnston, además de ex estrella del Celtic, era católico, y se convirtió en el primero de ellos que jugó en el Rangers en más de medio siglo. De este modo Mo Johnston pasó a ser un traidor para la afición del Celtic, pero tampoco fue aceptado por la del Rangers. Muchos aficionados protestantes quemaron su camiseta y su abono de temporada hasta que en un ‘Old Firm’ jugado meses más tarde Johnston pasaría a ser amado por la afición del Rangers al anotar el gol de la victoria.

Y es que el Celtic representa a los irlandeses, católicos, republicanos y en menor medida a las izquierdas y a los trabajadores. El Rangers es el equipo de los protestantes, de los partidarios de la unión del Imperio Británico, de los monárquicos y de forma más rehusada de las derechas y de los burgueses. Celtic y Rangers son instituciones preponderantes en la vida escocesa con un grado de significación social y cultural inimaginable en cualquier otro club de fútbol del mundo. La rivalidad se cierne en una serie de conflictos políticos y en una competencia sectaria y en ocasiones racista y violenta. 

El Rangers puede presumir de ser el club de fútbol con más ligas (54) no sólo en Escocia sino en que cualquier otra liga en el mundo, si bien es cierto que con una condena en ese historial. El Rangers tuvo que refundarse en 2012 al caer en bancarrota. Desde entonces, el nuevo Rangers, aún no sabe lo que es un título liguero. La caída en desgracia de los protestantes será ‘in secula seculorum’ motivo de júbilo para los católicos, con menos ligas (50) pero que son el único club escocés triunfante en una Copa de Europa (1967). Además, para el sempiterno orgullo Celtic, su victoria ante el Inter (2-1) se logró con un once inicial de jugadores nacidos en Glasgow o en sus alrededores.

“Hay gente que insiste en que otras rivalidades futbolísticas pueden generar tanta intensidad como los choques entre Rangers y Celtic. Creedme, no hay nada comparable”. Alex Ferguson,  nacido en Glasgow, y uno de los entrenadores más exitosos de todos los tiempos dirigiendo al Manchester United.

P.D: Había decidido escribir sobre el ‘Old Firm’ porque era el único evento deportivo que quedaba en pie para este fin de semana. Se iba a jugar este domingo, pero escasamente un par de horas antes de publicar este artículo, el ‘Old Firm’ era suspendido hasta nueva orden.

En las próximas semanas seguiré hablando de deporte, aunque el deporte permanezca parado. Porque el deporte no es más que algo secundario. El puñetero coronavirus, que aún estamos empezando a sufrir, nos deja de momento dos reflexiones. La primera la importancia de la libertad. Nos podemos empeñar en obtener reconocimiento social y laboral, pero el bien más preciado de un ser humano es su libertad. El segundo es la salud. Este blog nada a contracorriente. Pone el ojo en el pasado. Cuenta historias, anécdotas y describe el porqué de las cosas, o lo intenta, de forma pausada y amena a través de la palabra. Nada a contracorriente porque el siglo XXI es el siglo de la inmediatez, del futuro, de la imagen y de la tecnología. El coronavirus nos recuerda que no somos dioses. Somos simples, insignificantes y frágiles seres humanos. Como siempre hemos sido y como siempre seremos, por muy rápido que queramos avanzar.

“Cuando las expectativas de uno se reducen a cero, uno aprecia realmente todo lo que tiene.” Stephen Hawking.

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Cuando en Inglaterra estaba prohibido el fútbol femenino

Dado que el fútbol fue parido en Gran Bretaña es más que lógico que fuese en Inglaterra donde las mujeres diesen las primeras patadas al balón. Si bien es cierto que el deporte, primero en su vertiente amateur y más adelante en la profesional, fue concebido sin ningún tipo de connotación sexual, se daba por lógico que era una práctica pensada para los hombres. Mas eso no fue impedimento para que las mujeres jugasen al fútbol.

Y de hecho lo hicieron sin dilación desde mediados del siglo XIX. Hay constancia de decenas de partidos por toda Inglaterra y en tan temprana fecha como 1890 hay registros de encuentros en los que se superaban los 10.000 espectadores, cifras que rivalizan con las acometidas por los hombres en aquel momento. Por supuesto, y tal y como ocurre en el presente, había firmes detractores de la presencia de la mujer en un campo de fútbol y presagiaban que era una moda pasajera que no duraría mucho en el tiempo.

Y sin embargo en 1921 la Football Asociation (FA) tomo la decisión salomónica de prohibir el fútbol femenino en Inglaterra. La medida estuvo en vigor durante medio siglo hasta que fue abolida en 1971. ¿Por qué?

El cambio de paradigma tuvo lugar en 1914. En ese momento las mujeres inglesas lideradas por Emmeline Pankhurst están en el momento álgido en la lucha por el sufragio femenino. Pero a pesar de sus loables intentos estaban muy lejos de conseguir sus objetivos. Muchas de ellas eran tildadas de lesbianas, otras tantas fueron reprobadas por sus padres o maridos y unas cuantas de ellas jugaban al fútbol con asiduidad. Una mujer estaba diseñada para tener hijos y recibir un golpe en una manifestación o un balonazo durante un partido podría dejarlas tocadas por perpetuidad. El ‘British Medical Journal’ sentenciaba que «de ninguna manera podemos aprobar la exposición imprudente a la violencia de los órganos femeninos, que en la experiencia común ha llevado a las mujeres a protegerse de cualquier forma».

Pero en agosto de 1914 la I Guerra Mundial detonó y el mundo cambió.

Con cientos de miles de hombres yendo a los campos de batalla las mujeres ocuparon sus lugares en las fábricas. De pronto, las mujeres pasaron de la cocina a la oficina y de sonreír detrás de un mostrador a ensamblar las piezas que componen un obús. Pero al mismo tiempo que las mujeres se convirtieron en las máquinas que hacían funcionar a la industria bélica, también se convirtieron en las máquinas que hacían funcionar a la industria del ocio. Aquellos chicos que se fueron a morir a los campos de Francia no volverían a jugar al fútbol. Y alguien tendría que hacerlo.

La I Guerra Mundial tuvo el imprevisto efecto de empoderar a las mujeres inglesas. Al igual que se incorporaron a las cadenas de montaje y empezaron a llevar a cabo trabajos que se consideraban ´peligrosos´ para el sexo débil, no tardaron en formar equipos de fútbol y jugar entre ellas en los descansos del trabajo.

De repente las fábricas comenzaron a organizarse y a fundar sus propios clubes de fútbol, los cuales rápidamente formaron un sucedáneo de liga. El más destacado era el Kerr’s Ladies FC, de la fábrica de municiones del mismo nombre situado en Preston, una de esas ciudades que fueron motor de la Revolución Industrial y que por entonces era uno de los lugares más respetados en el mundillo futbolístico. El Kerr’s Ladies FC ganó poco a poco cientos de seguidores, especialmente cada vez que se enfrentaba a un equipo masculino y lo derrotaba.

Su estrella era Lily Parr, una brava y enérgica delantera con gran toque de balón. Se trataba de una chica que empezó a jugar y a trabajar con apenas 14 años y que se estima que anotó más de 1.000 goles en 30 años de carrera. Se dice que un guardameta le dijo que una mujer sería incapaz de meterle un gol desde lejos. Parr aceptó el reto a lo Oliver y Benji, disparó y metió un gol con tal potencia que acabó partiendo el brazo del pobre hombre en su intento de atajar el balón. Obviamente es una leyenda, pero contribuyó al mito de Parr y a empoderar la lucha de aquellas mujeres futbolistas.

El Kerr’s Ladies FC gozó del favor de los dirigentes más retrógrados porque durante los cuatro años que duró la I Guerra Mundial donó el dinero recaudado en todos sus partidos a beneficio de las víctimas de la contienda. Disputaron encuentros por toda Gran Bretaña y lograron juntar hasta 600 libras en un partido, que en los parámetros actuales se situarían en torno al millón de euros.

Poco después del fin de las hostilidades, en marzo de 1919, el Kerr’s Ladies FC jugó un encuentro ante un combinado francés que reunió a 35.000 espectadores. Al año siguiente inició una gira por toda Europa para recaudar dinero para los soldados mutilados. En 1920 el Kerr’ Ladies FC congregó a 53.000 espectadores en el Goodison Park de Liverpool ante el Saint Helen’s Ladies. Las chicas de la fábrica de Kerr disputaron 67 partidos en doce meses y se vieron forzadas a rechazar más de 120 invitaciones. Era 1920, y por entonces había más de 150 equipos femeninos federados en Inglaterra.

El fútbol femenino estaba en su apogeo, pero de repente todo iba a volver a cambiar. Las mujeres habían conseguido ya el derecho al voto, pero la sociedad aún no estaba preparada para un cambio tan brusco. Los hombres que consiguieron volver del infierno pretendían regresar a sus vidas de 1914. Esperaban retornar a sus trabajos y que las mujeres volviesen a sus quehaceres domésticos. Aquellos hombres habían dado los mejores años de su vida y no estaban dispuestos a perder lo que según ellos habían defendido en las trincheras francesas.

De un día para otro se consideró a las mujeres como incapacitadas para jugar al fútbol. Los médicos (y las médicas) volvieron a alertar de los peligros del fútbol para las mujeres, de como un golpe en el lugar inadecuado podía incapacitar a una mujer para tener hijos. Los expertos alertaban de la pérdida de población de la nación y de cómo la mujer tenía que dotar de vástagos al país para recuperar sus cifras de natalidad. La doctora y tenista Eustace Miles llegó a afirmar: «Las patadas son un movimiento brusco para las mujeres y la presión es severa. La complexión física de una mujer tiende a ser más redonda que la del hombre, pero el fútbol obliga a movimientos menos redondos y más angulares”.

La campaña fue cruenta hasta que el 5 de diciembre de 1921 la FA ordenó a los clubes pertenecientes a la asociación que no permitieran el uso de los recintos para los partidos entre mujeres. Así pues, las féminas no podrían usar ningún estadio profesional bajo las excusas ya conocidas sobre los peligros físicos. Pero había otro motivo velado. Se acusaba a las mujeres de ser incapaces de ver el beneficio económico del fútbol, ya que únicamente sabían recaudar sumas de dinero con fines benéficos.

Aun así las mujeres podrían seguir jugando con tal de que encontrasen un rectángulo habilitado para la práctica del fútbol. Pero la FA fue más lejos todavía. Prohibió que un colegiado o juez de línea federado pudiese arbitrar en un partido de fútbol femenino. Las mujeres protestaron, evidentemente, pero ni era el momento ni el lugar. Ningún partido político, sindicato o medio de comunicación consideró de relevancia sus protestas. «El órgano controlador de la FA lleva cientos de años de retraso y sus acciones son simples prejuicios de género. Ninguna de nosotras ha sufrido ningún efecto dañino debido a la práctica del fútbol», declaraba la capitana del Plymouth Ladies, en una de las escasas entrevistas a las que las mujeres obtuvieron acceso.

La gran mayoría de clubes femeninos desaparecieron de un día para otro. El Kerr’s Ladies FC fue el único que aguantó con la nueva denominación Preston Ladies FC. Jugaron numerosos partidos en Canadá y Estados Unidos, muchos de ellos arbitrados por Tom Finney, internacional inglés nacido en Preston y que siempre apoyó la causa. El equipo se disolvió en 1965 en medio de enormes medidas de presión de la FA, la cual consiguió cancelar muchos de sus encuentros.

Hubo que esperar a 1969 para que en Inglaterra se formara la Asociación Femenina de Fútbol aprovechando el éxito de los chicos en el Mundial celebrado tres años antes. Y en 1971 la FA permitió medio siglo después que las mujeres pudiesen jugar en los estadios de los equipos profesionales.

Habría que esperar aún un poco más, hasta 1984, para que se celebrase la primera Eurocopa femenina, a 1991 para el primer Mundial femenino y a 2002, ayer como quien dice, para el primer torneo europeo de clubes femenino.

Y aún así, no hay equipo femenino que aglutine 30 o 40.000 espectadores en cada encuentro como hacían las Kerr’s Ladies FC a inicios de 1920.

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Historia contrafactual del Balón de Oro

Hace unos días recibía un whatsapp de un buen amigo de confesión madridista. Estaba indignado por mi último artículo referido a los siete balones de oro de Pelé. Según mi colega no podía quitarle un Balón de Oro a Di Stéfano para dárselo a Pelé. En su opinión la Copa de Europa debería estar por encima de todo y Alfredo Di Stéfano tendría que tener cinco balones dorados consecutivos en su haber. Después me señalaba que Pelé nunca había jugado en Europa y que eso le impedía estar valorado a la misma altura que Di Stéfano, Cruyff o Maradona. Y para concluir me decía que como nunca vio jugar a ninguno de los dos lo único que cuenta son los títulos.

Como ya le comenté, y mantengo su anonimato para que no se me irrite, me parece loable la discusión pero los argumentos que me esgrimía no me valían. Cometemos el error, yo el primero, de discutir sobre temas de las que no somos expertos. Si bien en las ciencias puras donde hay afirmación no hay réplica, en las ciencias sociales donde hay afirmación hay opinión y polémica. Así como nadie va a cuestionar la aseveración de un químic@, un físic@, un matemátic@, un biólog@, un médic@, un telec@ o un geólog@, todos vamos a acalorarnos ante un economist@, un psicólog@, un lingüist@, un historiad@r y, por supuesto, un periodist@.

Y la discusión es sana, porque es cierto, si una ciencia no es exacta por propia definición está sujeta a la interpretación. Hay decenas de teorías económicas y, al menos sobre el papel, todas son ciertas. Aun así, y en el caso que nos atañe, hay un axioma común cuando se habla de fútbol en pasado: “Yo nunca lo vi jugar así que no sé si es bueno”. Falso.

La labor del periodista, del periodista deportivo en este caso, es contar, juzgar, verificar y explicar los sucesos que ocurren. Y para ello el receptor no necesita ver el partido. Y ni siquiera viéndolo, sea en vivo o a través de la televisión, tendrá una visión ecuánime, ya que le faltarán perspectivas que no alcanzará a poseer.

Obviamente lo ideal es que cada uno de nosotros leyese, escuchase y viese varias interpretaciones del mismo hecho, porque el periodista tiene un componente subjetivo influenciado por el medio en el que trabaja. Aunque haya un patrón común hay diferentes sesgos. Eso sería lo ideal, pero nadie lo hace. Porque el receptor lo que quiere es leer, escuchar y ver su verdad, por lo que escoge cual es la información que quiere absorber.

Por eso la labor del historiador/periodista deportivo, como sería mi caso, es devanarse los sesos, convertirse en una rata de biblioteca, navegar durante unas cuantas horas a través de la web, desempolvar unos cuantos libros de la estantería y comerse con la vista unas cuantas clasificaciones de revistas y de federaciones internacionales.

Y si uno lo sabe sabrá, por ejemplo, que la Copa de Europa no cogió vuelo hasta unos cuantos años después de empezar. El vuelo se lo dio precisamente el Real Madrid ganando cinco de forma consecutivas, pero su valor era ínfimo comparado con el presente. Si uno tiene un poco de consideración por el pasado sabrá que los encuentros amistosos internacionales eran considerados como pequeñas copas del mundo y era en ellos donde se veía el verdadero nivel de los grandes futbolistas. Y uno también sabrá que la diferencia entre las ligas era mínima y que ser máximo goleador en Hungría era al menos tan importante como serlo en España.

Así pues, si un medio o un periodista de referencia (abstenerse los Roberto Gómez de turno) dice que Pelé fue el mejor jugador del Mundial de 1958, que había horas de cola en la puerta del hotel brasileño para pedirle un autógrafo y que su forma de regatear y pisar el balón no había sido nunca antes apreciada en Europa, no hace falta haberlo visto para creerlo. Ya te lo están contando. Igual que nos han contado que el 12 de octubre de 1942 Cristóbal Colón llegó a América. Y tampoco estuvimos allí para comprobarlo. Y tampoco lo vimos en la televisión.

Aunque también los hay que sostienen que la Tierra es plana.

El caso es que después de ese intercambio de whatsapps (y de buen rollo, que nadie piense que nos tiramos los trastos) he decidido hacer una historia contrafactual del Balón de Oro. Por supuesto, sujeta a discusión, pero con argumentos que vayan más allá del “yo nunca lo vi jugar”.

¿Qué es una historia contrafactual? Es una historia alterna en la que se responde a la pregunta;  ¿qué hubiera pasado sí? Es un ejercicio de abstracción y ficción pero desde un punto de vista histórico. Uno de los ejemplos más relatados es la hipotética victoria de los nazis en la II Guerra Mundial. Una historia contrafactual se basaría en datos, personajes y relaciones geopolíticas reales para crear una nueva historia en la que la Guerra Fría se libraría entre el Eje y el llamado Mundo libre. Un futuro lleno de nazis zombis, de esclavitud y de apocalipsis nuclear sería una historia de literatura fantástica.

Para crear la historia contrafactual del Balón de Oro he tenido que escoger un punto de divergencia. He tomado como inicio el año 1930. Es entonces cuando se celebra el primer Mundial de fútbol, que marca el punto de globalización definitivo del deporte inventado por los británicos a mediados del siglo XIX. Por otro lado en 1930 la profesionalización ya es una realidad en gran parte de los países occidentales. De hecho, la creación del Mundial obedece a ello. Dado que los profesionales no podían competir en los Juegos Olímpicos, las victorias uruguayas de 1924 y 1928 se ponían en entredicho al no haber podido participar los mejores futbolistas de Europa.

Para los escépticos es importante señalar que por entonces no existía la diferencia Europa-América. Realmente no será hasta mediados de los 60 cuando el milagro económico de la posguerra haga que Europa pase por encima de Sudamérica lo que, como no podía ser de otro modo, se reflejará en la industria futbolística. El proceso culminará en los 90 con la aprobación de la Ley Bosman y la ruina definitiva de las ligas de fútbol iberoamericanas. Pero entre 1930 y 1960 el nivel de equipos y jugadores sudamericanos y europeos occidentales era parejo. De hecho, en los años 40 la preponderancia del fútbol latinoamericano fue total frente a una Europa que estaba desmembrándose en el campo de batalla.

Para más inri los británicos, sabiéndose ya sino en inferioridad al menos no superiores al resto del mundo, declinaban participar en las competiciones de clubes y de selecciones por lo que era muy complicado calibrar su verdadero nivel en comparación con el resto de naciones. No será hasta 1950 cuando Inglaterra participe en un Mundial de fútbol y lo hará de forma estrepitosa.

La última consideración a tener en cuenta es el escaso número de partidos disputados en comparación a la actualidad. En una temporada habitual una figura de la época podía disputar menos de 30 partidos oficiales con su club y tan sólo 3 o 4 con su selección. Los partidos amistosos eran vistos como auténticos torneos internacionales. Al acabar las ligas los grandes equipos emprendían giras por otros países, cuyas visitas solían ser devueltas al año siguiente. Eran esos choques amistosos de carácter internacional los que llenaban estadios de fútbol y páginas de prensa. La leyenda de la gambeta argentina se fraguó en amistosos jugados en España, la invencibilidad del ‘Wunderteam’ austriaco en partidos por toda Europa y el mito de Pelé en las giras veraniegas del Santos.

Así pues, vamos con la lista de los ganadores del Balón de Oro antes de que hubiese el Balón de Oro. Además de haber sido grandes futbolistas todos ellos pertenecen a la época más romántica del fútbol, sin representantes, sin acólitos, sin millones y sin la saturación de los medios de comunicación. No son más que los ganadores de un trofeo. Pudieron tener un gran año, una gran trayectoria, pertenecer a un gran club o tener la suerte de no coexistir con otros grandes campeones. No es más que una lista. No es más que un trofeo. Pero son la fotografía de un instante. Una base que nos permite recordar a los grandes campeones del pasado. Aquellos de los que apenas hay imágenes, pero si un hondo recuerdo.

Los ganadores entre 1930 y 1955 serían los siguientes.

1930 José Nasazzi (Uruguay) Club Atlético Bella Vista

1931 Héctor Scarone (Uruguay) Nacional de Montevideo / Inter Milan

1932 Dixie Dean (Inglaterra) Everton FC

1933 Matthias Sindelar (Austria) FK Austria Viena

1934 Giuseppe Meazza (Italia) Inter Milan

1935 Ricardo Zamora (España) Real Madrid

1936 Giuseppe Meazza (Italia) Inter Milan

1937 Stanley Matthews (Inglaterra) Stoke City

1938 Silvio Piola (Italia) SS Lazio

1939 Arsenio Erico (Paraguay) Independiente de Avellaneda

1940 Josef Bican (Austria) Slavia Praga

1941 José Manuel Moreno (Argentina) River Plate

1942 José Manuel Moreno (Argentina) River Plate

1943 Obdulio Varela (Uruguay) Montevideo Wanderers

1944 Adolfo Pedernera (Argentina) River Plate

1945 Adolfo Pedernera (Argentina) River Plate

1946 Valentino Mazzola (Italia) AC Torino

1947 José Manuel Moreno (Argentina) River Plate

1948 Ferenc Puskás (Hungría) Honved

1949 Zizinho (Brasil) Flamengo

1950 Juan Alberto Schiaffino (Uruguay) CA Peñarol

1951 Gunnar Nordahl (Suecia) AC Milan

1952 Ferenc Puskás (Hungría) Honved

1953 Billy Wright (Inglaterra) Wolverhampton Wanderers

1954 Ferenc Puskás (Hungría) Honved

1955 Alfredo Di Stéfano (Argentina) Real Madrid

Como todos ya sabéis, el primer Balón de Oro en 1956 fue para Stanley Matthews. Por aquel entonces el extremo inglés ya contaba con 40 años y el premio no fue más que un reconocimiento a su trayectoria y a la del fútbol británico.

De este modo, y esto alegrará a mi amigo, es justo modificar al ganador del Balón de Oro de 1956 y otorgárselo a Alfredo Di Stéfano, goleador y artífice de la victoria del Real Madrid en la primera Copa de Europa de la historia.

1956 Alfredo Di Stéfano (Argentina) Real Madrid

Por lo tanto, y según la historia contrafactual formulada en éste y en el artículo de la semana pasada, la lista de los más laureados futbolistas con el Balón de Oro sería la siguiente.

1. Pelé (Brasil) Santos FC(1958, 1959, 1960, 1961, 1963, 1964, 1970) 7

2. Lionel Messi (Argentina) FC Barcelona(2009, 2010, 2011, 2012, 2015, 2019) 6

3. Cristiano Ronaldo (Portugal)M. United / Real Madrid(2008, 2013, 2014, 2016, 2017) 5

4. José Manuel Moreno (Argentina) River Plate(1941, 1942, 1947) 3

4. Ferenc Puskás (Hungría) Honved(1948, 1952, 1954) 3

4. Alfredo Di Stéfano (Argentina) Real Madrid(1955, 1956, 1957) 3

4. Johan Cruyff (Holanda) AF Ajax / FC Barcelona (1971, 1973, 1974) 3

4. Michel Platini (Francia) Juventus (1983, 1984, 1985) 3

4. Marco van Basten (Holanda) AC Milan (1988, 1989, 1992) 3

5. Giuseppe Meazza (Italia) Inter Milan(1934, 1936) 2

5. Adolfo Pedernera (Argentina) River Plate(1944, 1945) 2

5. Franz Beckenbauer (Alemania) Bayern Munich (1972, 1976) 2

5. Karl-Heinz Rummenigge (Alemania) Bayern Munich(1980, 1981) 2

5. Diego Maradona (Argentina) SS Nápoles(1986, 1990) 2

5. Ronaldo (Brasil) Inter Milan / Real Madrid(1997, 2002) 2

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Los siete balones de oro de Pelé

El Balón de Oro es una idea surgida de las cabezas pensantes del periodismo deportivo. Para ser más preciso de los plumillas de ‘France Football’ (semanario futbolístico parido por el diario L’Equipé) que idearon el trofeo como refuerzo de la recién creada Copa de Europa. Para escudriñar sus inicios tenemos que retroceder al año 1956. En un comienzo se entregaba a inicios de enero para premiar al mejor jugador europeo del año anterior. Año natural y nunca año futbolístico, lo que desde el principio creo controversias y confusiones. Entre los más laureados por esencial lógica están los más grandes, empezando por Di Stéfano y acabando con Messi, y en medio Cruyff o Platini. Pero en el palmarés del Balón de Oro chirría la falta de dos futbolistas. Ni Maradona ni Pelé han catado el más preciado galardón individual del más preciado de los deportes.

En un principio el Balón de Oro iba constreñido al mejor jugador europeo, pero eso no fue óbice para que un argentino como Alfredo Di Stéfano ganase dos de ellos (1957 y 1959). La ‘Saeta rubia’ pronto compitió como nacionalizado español al igual que el también argentino Omar Sívori resultó vencedor en 1961 con el pasaporte italiano bajo el brazo. En 1995 se abrió el premio a jugadores de cualquier continente con el triunfo del liberiano George Weah. Aunque el Balón de Oro ha perdido a zancadas respeto y solemnidad, su influencia es más palpable que nunca en un deporte, que como tantos otros, está dejando lo colectivo de lado para apostar por lo individual.

La FIFA intentó primero imitarlo, luego absorberlo, para más tarde claudicar y rendirse a lo evidente. Igual deberían tomar nota aquellos que quieren crear una liga europea privada a base de dinero y derechos televisivos sin tener en cuenta la herencia, el legado y la tradición de la Copa de Europa.

El que caso es que Pelé nunca obtuvo el Balón de Oro, más que nada porque nunca pudo formar parte de la terna de posibles vencedores. Cuando en 1995 el Balón de Oro derribó las fronteras, Diego Maradona, agasajando su retirada, recibió uno honorífico. Antes, en 1989, Alfredo Di Stéfano también había sido distinguido con uno honorífico, en este caso con uno gigante que dieron en llamar Superbalón de Oro y que lo consideraba como el mejor jugador ‘europeo’ del último medio siglo. Pues hubo que esperar bastante más, hasta tan tardía fecha como 2013, para que Edson Arantes do Nascimento ‘Pelé’ recibiese su Balón de Oro conmemorativo.

Allá por 1956 el primer ganador fue el extremo inglés Stanley Matthews. Por entonces contaba con 40 años y el galardón se vendió como un homenaje a los británicos inventores e impulsores del fútbol. Desde entonces cada uno de los corresponsales de ‘L’Equipé’ desperdigado por el mundo (hoy son más de 200 periodistas los que votan –siempre con un máximo de uno por país- y no tienen por qué trabajar directamente para el rotativo parisino) votan atendiendo a tres criterios de mayor a menor importancia. Sólo conociendo esos tres criterios puede uno juzgar con conocimiento de causa a los distintos vencedores.

Según las bases del Balón de Oro el criterio fundamental son las acciones individuales y colectivas del jugador durante el año en disputa. El segundo criterio a tener en cuenta es la clase del jugador, y el último, y menos relevante, es la carrera del futbolista. Traducido al román paladino lo primero que se tiene en cuenta son los trofeos individuales o de equipo ganados en ese año natural, en segunda instancia el talento y la limpieza del futbolista –clara consideración a los jugadores ofensivos-, y en tercer y último lugar la trayectoria del deportista. Éste último axioma se considera el definitorio en caso de duda o desempate.

De este modo, atendiendo al criterio del palmarés se pueden razonar discutidos trofeos como los de Bobby Charlton (1966), Paolo Rossi (1982), Fabio Cannavaro (2006) o Luka Modric (2018), pero de la misma forma es inexplicable que Jimmy Johnstone (1967) Paolo Maldini (1994) o Andrés Iniesta (2010) no lo ganasen siguiendo esos mismos razonamientos. Respecto a la clase del jugador, pero no a los trofeos ganados, se entienden los galardones de Denis Law (1964), Kevin Keegan (1978) o Lionel Messi (2019), empero se siente la ausencia de los Bergkamp, Totti, Ibrahimovic y muchos otros antes que ellos de técnica exquisita pero sin suerte a la hora de conjugar trofeos importantes en el mismo año natural con su club y con su selección. Y por último, y atendiendo a los largos años de excelencia de un futbolista, son de entender los galardones de Lev Yashin (1963) o Marco Van Basten (1992), pero no que nunca se diera el Balón de Oro a goleadores incasables como Puskas, defensas longevos como Baresi o arquitectos perennes como Xavi Hernández.

El caso es que de una forma u de otra el Balón de Oro no es ajeno a la controversia. Y no hay más controversia que dos de los más grandes, sino lo más grandes, no cuenten con ningún Balón de Oro en su palmarés. Por lo que había que ponerse a ello, y, de paso, arrojar un poco más de luz sobre si nos quedamos con Pelé o nos quedamos con Maradona.

En el año 2015, con motivo del sexagésimo aniversario del Balón de Oro, las cabezas pensantes de ‘France Football’ y ‘L’Equipe’ decidieron hacer una votación extraordinaria, analizar los resultados, encerrarse en sus despachos y reescribir la historia del Balón de Oro sin restricciones geográficas.

Y resultó que ‘Pelé’ era o ‘O Rei’.

Pelé tendría que contar con 7 trofeos. Según los nuevos criterios saldría ganador en cuatro ediciones consecutivas (1958, 1959, 1960, 1961) sustituyendo en el palmarés a Raymond Kopa, Alfredo Di Stéfano, Luis Suárez y Omar Sívori sucesivamente. Pelé volvería a ganar el Balón de Oro en 1963 (en lugar de Lev Yashin) y en 1964 (en sustitución de Denis Law). Son los años del gran Pelé, de sus dos primeros triunfos mundiales con Brasil, de su hegemonía en Sudamérica con el Santos y de sus continuas exhibiciones en sus giras europeas.

Durante ese reinado entre 1958 y 1964, tan sólo dejaría de vencer en el Balón de Oro en el año 1962. Aquel verano su compatriota Garrincha tirará de regates, amagos, fintas y goles para, en ausencia de un lesionado Pelé, darle a Brasil la victoria en el Mundial de Chile al conquistar la final ante Checoslovaquia. Fue Josef Masopust, el líder de los europeos, quien ganó el Balón de Oro de aquel año que, según esta historia revisionista, tendría que haber sido para Garrincha.

Son años en la que la supremacía brasileña es abrumadora y que dejaran un legado que se ha perpetuado hasta la actualidad. La obra maestra de aquella década fue también el canto del cisne de Pelé que en 1970 dio un concierto futbolístico ganando el Mundial de México y logrando un ficticio séptimo Balón de Oro (en lugar de Gerd ‘Torpedo’ Müller), lo que le convierte en el futbolista más laureado con el tan afamado balón dorado.

En la sesión retrospectiva de chapa y pintura hay lugar para dos campeones del mundo más. En 1978 el argentino Mario Kempes le quitaría el galardón al inglés Kevin Keegan y en 1994 el carioca Romario haría lo propio con el búlgaro Hristo Stoichkov.

Nos queda Diego Armando Maradona. El astro argentino resultaría vencedor en 1986 (Igor Belanov) y en 1990 (Lotthar Matthaus). A pesar de su extraordinaria clase no podría competir con el talento y los títulos de sus coetáneos Michael Platini o Marco Van Basten.

Así pues Pelé con 7 títulos superaría -al menos de momento- a Messi (6), Cristiano Ronaldo (5), Cruyff (3), Platini (3), Van Basten (3) y, por descontado, al arrollador pero intermitente Maradona (2).

Pelé sigue siendo ‘O Rei’.

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