fútbol

Una historia del catenaccio

‘Catenaccio’. Foneticamente hermoso. Deslucido en su significado. Palabra italiana usada en el argot futbolístico, el ‘catenaccio’ más que un estilo de juego es un estado de ánimo. La paradoja estriba en que en un país donde las reglas las dictamina el imperio de la belleza, el fútbol es la única actividad donde se suprime esta regla. En Italia el refinamiento y la retórica inundan todas las disciplinas, ya sea para pintar un cuadro, fabricar un coche o hacer la comida. Pero en el fútbol se predica lo pragmático, lo astuto y lo austero. En Italia el regate es un intruso, es el enemigo. Un lugar donde el músculo siempre vence a la técnica. El ‘catenaccio’ no es más que un arte. Es el arte de defender.

El ‘catenaccio’ es al fútbol, lo que el confinamiento es al coronavirus.

Toda idea necesita que sea difundida, y en el ‘catenaccio’ no existió mayor ministro de propaganda que Gianni Brera. Nacido en 1917 en la provincia de Pavía, Brera está considerado la pluma más sobresaliente en la historia del periodismo deportivo italiano. Antes de convertirse en el redactor más joven en acceder a la dirección de ‘La Gazzetta dello Sport’, Brera había formado parte de la resistencia italiana frente a los nazis que luchaba al norte de Milán. En esos meses finales de 1944 Brera aprendió a agazaparse, golpear rápido y volver a esconderse. A luchar como un guerrillero. Como un partisano.

A defender, y salir al contraataque.

Brera estaba convencido de que el italiano era un ser débil. Mediocres en talla y en fuerza frente a los rubios o pecosos habitantes del norte de Europa, pensaba que el soldado italiano no tenía nada que hacer si no recibía ayuda norteamericana. Trasladado al fútbol, Brera rumiaba que Italia podía producir defensas resueltos y correosos o delanteros oportunistas y escurridizos, pero que era incapaz de formar hombres enérgicos y rudos que sujetaran al equipo en el centro del campo. Por ello consideraba que los italianos tenían que esperar cerrados en defensa, burlar el medio del campo con pases largos y aprovechar las pocas oportunidades durante el partido con rápidos contraataques. Sólo así, según Brera, un equipo italiano podría batir a una escuadra superior.

Gianni Brera – Cartas Esféricas
Gianni Brera. La pluma de la defensa.

El apóstol difundía sus ideas, pero pocos lo escuchaban. Italia era una potencia futbolística y lo era gracias a un juego de enorme belleza… y la ayuda de unos cuantos argentinos nacionalizados. Los ‘azzurri’ habían ganado el Mundial de 1934 y 1938 con el sistema WM (3-2-2-3) o con su variante más defensiva (3-2-3-2), táctica creada por el inglés Herbert Chapman a comienzos de esa década y que era utilizada por la inmensa mayoría de los equipos. Una de las pocas excepciones era la modesta Suiza, que se plantó en los cuartos de final de 1938 con un sistema mucho más defensivo ideado por Karl Rappan, del que hablaremos más adelante.

Tras el fin de la II Guerra Mundial, Italia siguió siendo una selección ofensiva, poderosa y ganadora, que combinaba la gambeta sudamericana con el orden europeo. Pero en 1949 un avión se estrellaba a los pies de la basílica de Superga cerca de Turín. En ese aeroplano viajaba la plantilla del AC Torino, por entonces uno de los clubes más fuertes del mundo y que aportaba entonces 10 de los 11 titulares de la selección italiana. Los ‘azzurri’ viajaron a Brasil para disputar el Mundial de 1950 en un clima de pesimismo y claudicaron con estrépito. Para 1958 ni siquiera lograron clasificarse.

Italia se iba a convertir en un conjunto pequeño y ultradefensivo para agachar sus notables carencias. El ‘catenaccio’ iba a tener su oportunidad. No habría nunca más hueco en Italia para el fútbol ofensivo.

Gianni Brera vio entonces como sus soflamas y su prosa brillante iban a tener acogida. Necesitaba un ideólogo que las plasmara sobre el césped.

Y ese ideólogo iba a ser Nereo Rocco.

Rocco era el típico padre-entrenador de la época. Severo y huraño, pero querido por sus jugadores. En los años 50 había dirigido a la Triestina y al Pádova, dos conjuntos modestos a los que llevó a puestos altos del Calcio ganándose la inquina de media Italia mientras la otra mitad admiraba que con tan pocos mimbres consiguiera tanto éxito. Cuando la ‘azzurra’ no logró clasificarse para el Mundial de 1958, Rocco recibió su gran oportunidad y se le dio el mando de la selección olímpica italiana en los Juegos de Roma de 1960.

Rocco basaba su esquema de fútbol en una variante de la WM, en la que uno de los centrocampistas retrocedía para colocarse detrás de la defensa (4-3-3). Hoy podría parecer una táctica ofensiva, pero en un fútbol que hasta dos décadas antes aún jugaba con dos defensas y cinco delanteros, lo que proponía Rocco era un sacrilegio.

Rocco seguía la teoría de Brera de que si eras un equipo menor lo mejor era defenderse y jugar al contraataque. Pero Rocco no era el primero que intentaba algo parecido. Él sólo introdujo el ‘catenaccio’ en Italia. El verdadero ideólogo era Karl Rappan, el hombre que había llevado a Suiza a los cuartos de final del Mundial de 1938.

Austriaco de nacimiento, Rappan inventó el ‘verrou’ (cerrojo) cuando dirigía al Servette antes de ponerlo en práctica en la selección nacional de Suiza. Retrocediendo al centrocampista a la línea defensiva lo dejaba libre de obligaciones de marca, con la única función de asegurar la cobertura defensiva cuando el atacante lograba zafarse de su marcador. Con ese esquema de cuatro defensores siempre habría uno que estaría libre para la ayuda. Luego sería Brera quien a través de ‘La Gazzetta dello Sport’ convirtió el ‘verrou’ en ‘catenaccio’ y llamó líbero (libre en italiano) al futbolista que se situaba detrás de la defensa ejerciendo de escoba.

Aunque se sabe que en Francia y en la Unión Soviética hubo entrenadores que pusieron en marcha la técnica del ‘verrou’ en la década de los 40, nunca tuvieron excesivo éxito porque se consideraba que jugar a la defensiva atentaba contra la idea básica y los conceptos del fútbol.

Volvemos pues a Rocco, al que en 1961 le llegó su gran oportunidad al ofrecérsele el cargo de entrenador del AC Milan. Es entonces cuando el ‘catenaccio’ pasa a ser glorificado al alzarse los milaneses con la victoria en la liga italiana, pero sobre todo al lograr el triunfo en la Copa de Europa al derrotar a la sublime máquina ofensiva que era el SL Benfica de Eusebio.

—HELENIO HERRERA—

Pero si hay un hombre que popularizó el ‘catenaccio’ y lo convirtió en religión fue Helenio Herrera. Argentino afrancesado, a Herrera siempre le había gustado el fútbol físico pero sin renunciar al virtuosismo. Antes de ser Mourinho antes de Mourinho, Herrera no era un técnico ultradefensivo. De hecho, para Brera, amigo íntimo de Rocco, Herrera era un charlatán y un cambia chaquetas.

El caso es que Herrera llega al Inter de Milan en 1960 y lleva el ‘catenaccio’ a una nueva dimensión. Tras el nacimiento de la Copa de Europa, el industrializado norte de Italia (conviene aclarar la acotación geográfica) se hinchó a gastar dinero en la locura del fútbol. A finales de los 50 llegaron los suecos (Nordhal, Liedholm, Gren) y los 60 fueron turno para los británicos (John Charles, Law) o los españoles (Luis Suárez, Del Sol, Peiró) y a partir de los 80 los mejores futbolistas del momento estaban en Italia (Platini, Zidane, Maradona, Batistuta, Zico, Ronaldo, Rummenigge, Matthaüs, Gascoigne, Laudrup, Van Basten, Gullit). Así que desde los 60 el ‘catenaccio’ pasó a estar formado por una tropa de italianos abnegados al esfuerzo y a un par de extranjeros extraordinarios que marcasen la diferencia. Y es importante acotar lo de extranjero. Porque si el futbolista que se salía de la norma era italiano (Rivera, Mazzola, Conti, Baggio, Del Piero, Totti) la duda era acusada.

De la pizarra de Herrera salía una orden clara. Todo el equipo, desde los defensores hasta los atacantes, se volcaría en defensa cuando los rivales tuvieran el balón. Herrera buscaba explotar las cualidades defensivas de sus jugadores. Y dobló la apuesta. Retrasó a un jugador más creando un 1-4-2-3, donde el quinto defensa actuaba de libre ejerciendo de escoba detrás de la línea de 4 (5-2-3). Además, los tres jugadores de ataque ayudaban en defensa, por lo que lo que era un 1-4-2-3 (5-2-3) sobre el papel se convertía en un 1-4-5-1 (5-5-1) en labores defensivas. Con ese esquema en el que Picchi era el 1, el líbero que se situaba delante del portero, los laterales Burgnich y Fachetti eran locomotoras que subían y bajaban la banda y Jair o Mazzola eran liebres al ataque, el Inter consiguió 3 títulos ligueros y 2 Copas de Europa en cuatro temporadas.

El Inter de Helenio Herrera era un conjunto compacto, efectivo y resolutivo. Exigencia, disciplina y sacrificio desde la defensa hasta el ataque. Y tuvo un plus a mayores. Además de los éxitos, también contó con las imágenes televisivas. Aquel Inter fue uno de los primeros equipos exitosos seguidos y admirados a través de la pequeña pantalla.

El ‘catenaccio’ perfeccionado por Herrera se basaba en zagueros extraordinarios y en una rápida transición defensa-ataque. El mediocampo pasó a estar despoblado, ya que los equipos, viendo el éxito italiano, pasaron a formar en su vertiente ofensiva con un 4-2-4. El cuarto defensor ya era innegociable. Es en esa época cuando en España se empieza a hablar de ‘zona ancha’ para referirse al centro del campo, ya que normalmente estaba despoblado. Es por ello que para el triunfo del ‘catenaccio’ era indispensable un centrocampista fuerte, disciplinado, con férrea condición física y capaz de dar pases milimétricos a 30 o 40 metros de distancia. Ese hombre era Luis Suárez. Sin el coruñés, Herrera nunca habría tenido su ‘Grande Inter’.

El ‘catenaccio’ sufrió un duro golpe en el Mundial de 1970, cuando Brasil arrasó a Italia con un fútbol angelical. “El catenaccio no tiene ninguna posibilidad de subsistir”, declaró Pelé. Por lo general los 70 no sentaron bien a los italianos, porque en los Países Bajos iba a nacer el ‘fútbol total’, un balompié de genios que menospreciaba el ganar por ganar. Pero el ‘catenaccio’ había llegado para no marcharse. “Los italianos no te pueden ganar, pero tú puedes perder contra ellos”, dijo en una ocasión Johan Cruyff. En 1982 una Italia mediocre se alzó con el Mundial contando con un delantero corriente (Paolo Rossi) y una línea defensiva sucia y durísima liderada por Gentile y Scirea. Fue un milagro táctico y psicológico que aquel equipo derrotase a Brasil, Argentina, Polonia y Alemania. Aquello fue el culmen del ‘catenaccio’.

https://www.youtube.com/watch?v=qxUQaBkgJRE

A finales de los 80 el fútbol vivía su penúltima revolución. Un desconocido técnico llamado Arrigo Sacchi iba a devolver al AC Milan a la cima europea con una idea revolucionaria. Si en el fútbol total los once jugadores tenían libertad, para Sacchi los once jugadores eran uno sólo. A través de un rígido 4-4-2 en el que los futbolistas estaban juntísimos, presionando la salida del balón y adelantando la defensa para hacer caer al rival en el fuera de juego. Aquel equipo era ofensivo, pero tenía una disciplina física y técnica brutal que hacía que estrellas como Van Basten pareciesen obreros de una fábrica.

¿Qué hicieron los italianos? Quedarse con lo de la disciplina y olvidarse del ataque. Capello o Lippi cogieron las ideas de Sacchi pero las adaptaron al ‘catenaccio’. Si, era un 4-4-2 y los jugadores estaban juntos y ordenados, pero ni presionaban ni atacaban. Los dos puntas se colocaban a la altura del centro del campo, y a esperar la salida al contraataque. “Solo se han preocupado de vencer. En Italia el fútbol siempre fue sinónimo de sufrimiento, nunca de alegría o de felicidad. Son las arenas romanas, donde había que ir a morir”, explicaba Sacchi, quien siempre ha renegado de los entrenadores defensivos que dicen haberse inspirado en él.

Durante décadas los italianos ganaron a base de disciplina, encorsetamiento táctico y rigidez defensiva. Los brasileños aprendían a defender, los argentinos encajaban por su fiereza, los alemanes por su disciplina y todos, fuesen del país que fuesen, aprendían a sufrir y a jugar como equipo. Los equipos eran italianos por mucha estrella extranjera que tuviesen. Las plantillas funcionaban como una fábrica de montaje y los futbolistas creativos eran vanagloriados por su capacidad de transición defensiva y se esperaba que desnivelaran un partido en momentos puntuales.

Hoy el ‘catenaccio’ está en la UCI, pero nunca estará muerto, porque la gracia del fútbol es que no siempre ganan los que juegan mejor.

Perdón. Jugar mejor es una soflama. Rectifico. No siempre ganan los que practican un fútbol más ofensivo.

 “Somos campeones del mundo, no nos interesa el fútbol de toque”. Marcelo Lippi, seleccionador italiano, contestando a las críticas recibidas por el mal juego de Italia tras proclamarse vencedora del Mundial de 2006.

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El aficionado al fútbol

¿Habrá fútbol o no habrá fútbol? Pregunta sin resolver. Calendarios que practican la trashumancia. Dirigentes que hacen equilibrismo económico. El fútbol volver, volverá. Pero volverá a puerta cerrada. Sin aficionados. Con la canícula acechando. Futbolistas encarcelados en un gran hermano del balón a los que juzgaremos como césares con el poder de un dedo de nuestra mano.

Eche o que hai.

El fútbol a puerta cerrada es como un descafeinado o como una cerveza sin alcohol. O parafraseando a Jorge Valdano es como hacer el amor con un árbol. Cuando uno ve al Brasil del 70 admira su juego, pero también admira el sol y las sombras del campo, el ambiente, el color y el calor mexicano. Cuando uno ve a la España del 2010 no puede más que palidecer ante la imagen de sillones de plásticos vacíos, negras sombras invernales y un sonido agudo e insoportable llamado vuvuzela. No es lo mismo. Como no es lo mismo una narración viva y veraz con el sonido ambiente de fondo en contraposición a que un atajo de periodistas te cuenten lo mismo que tú estás viendo desde el salón de tu casa. No es lo mismo una tribuna de prensa que el plató televisivo de una nave a las afueras de Madrid.

El sonido de una gran multitud futbolera aullando su indignación y su placer no tiene parangón. Lo que estimula ese sonido es la circulación continua de la pelota. En los deportes estadounidenses, y en buena parte de los deportes de equipo, las acciones son episódicas (o por lo menos lo eran antes del VAR). En el fútbol la acción sólo se ve parada o bien por las faltas o bien cuando el balón sale del terreno de juego. Y en los partidos importantes estos dos sucesos no hacen más que aumentar el conflicto.

El marco es simple y los cambios se observan como fogonazos a ojos del aficionado. Las jugadas se suceden. Los jugadores tienen capacidad para improvisar porque las reglas son mínimas. Si a eso añadimos los golpes, los violentos disparos que se realizan a puerta o los remates de cabeza, el resultado es fascinante. No es sólo vista. Es oído. Tenemos el sonido del balón, los jadeos fatigados, los murmullos y los gritos de los entrenadores. Quizás eso haga comprender porque un partido de fútbol es tan especial.

A veces se argumenta que el fútbol es agresivo. Los insultos, las peleas y hasta ciertas dosis de salvajismo. Los hinchas del fútbol nunca se van a parecer a los aficionados al tenis y mucho menos a los visitantes de un hipódromo. Pero tampoco es un lugar de cabezas rapadas o de sórdidos procesos judiciales. Ni es donde se juntan los borrachos del pueblo, los desgraciados que pegan a sus mujeres o los descerebrados que apenas saben sumar y restar.

Lo que sucede en el terreno de juego influye en el comportamiento del aficionado. Y ahí debemos incluir el enfado, el malhumor o la angustia. Dicen que todos los seres humanos somos capaces de asesinar en las circunstancias determinadas. Pues ocurre lo mismo en un estadio de fútbol. Todos formamos parte de la masa. El vínculo de los aficionados con su equipo es tan estrecho que reaccionan ante un lance del partido como si de una descarga eléctrica se tratase. Según el escritor Arthur Hopcraft el fútbol afecta a los aficionados del mismo modo que lo hace el alcohol; nos que induzca al ser humano a un comportamiento impropio de su carácter, lo que hace es liberarlo de la malla de control de su naturaleza interna.

Las multitudes no son monolitos idénticos, sino que se componen de distintos seres. La masa está formada por personalidades diversas. A menudo cuajan, pero según el transcurso del partido cada uno estallará en función de sus gustos y de sus personalidades. La grandeza del juego es que atrae al que se exaspera y explota en cada acción y al que ve tranquilamente el choque como si de una obra de teatro se tratase. Y las dos opciones son igualmente válidas.

Por cada aficionado que suelta los pies y los puños hay miles a los que únicamente se les descontrola la lengua.

Claro que hay gente que destroza autobuses o raja asientos. Pero como quien rompe escaparates, quema cajeros de banca o comete algún hurto en un centro comercial. Son todos pasatiempos habituales y que no tienen relación alguna con el fútbol. De hecho, ya ha quedado bastante claro que los actos de vandalismo en torno a un estadio no tienen relación con ganar, perder o empatar. Es una especie de liga de hostias entre aficiones que no tiene que ver con el partido ni con el equipo.

Resulta difícil discernir los motivos por los cuales un adolescente decente, por muy duro que haya sido su barrio, acabe dando patadas a diestro y siniestro y destrozando todo aquello que esté a su paso. En la actualidad las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado están mal vistos en todas partes. La vida en los barrios periféricos es difícil, se necesita compresión, decimos. Pero nos gusta contemplar la violencia. Lo hacemos en los libros, en el cine o en los videojuegos. Cuando la violencia surge en un estadio, todos giramos la vista intrigados e interesados. Y los medios responden con igual interés que placer.

En todo caso hoy el conflicto es residual. Antes abundaban las zonas baratas de un estadio en las que se situaban hombres rudos acostumbrados a trabajar con las manos, con la fuerza y de exuberante esfuerzo físico. Hoy los estadios tienen cómodas butacas y los obreros han sido sustituidos por trabajadores y trabajadoras de servicios, cuyo contacto con el físico se adscribe a su abono del gimnasio. El fútbol es más tranquilo porque es cultural y social. Es reflejo de su tiempo.

Pero nos estamos desviando del tema principal; el aficionado. La esencia del fútbol es el contacto. Y sin aficionados no hay contacto ¿Partidos a puerta cerrada? El clamor que acompaña a un regate es totalmente distinto al de una entrada a destiempo. Pero sin clamor no hay fútbol. Cada acción recibe del público la respuesta que le determina la naturaleza de la jugada. Sea un insulto, un aplauso o una admiración. Pero exige respuesta.

El silencio húmedo de un estadio de fútbol es aterrador, dijo Nick Hornby.

Las multitudes controlan su furia emocional a través del humor. Desde siempre se ha mentado a la madre del árbitro o se ha hablado de su ceguera. Era un tema agresivo, espontáneo. Palabras malsonantes dedicadas al portero. Lindezas de tinte homófobo dedicadas a estrellas melenudas. Bromas crueles y sutiles propias de su tiempo. Lo que antes era un clamor de la masa ante un futbolista negro, ahora pasa a ser el reducto del insulto de un puñado.

Si todos los jugadores se comportaran con decoro supongo que los aficionados también lo harían. Pero las triquiñuelas y la dureza jamás se alejarán del fútbol. Si no, no sería fútbol. El fútbol es la vida. No gana el más fuerte, gana el más listo. Por eso es el gran deporte de masas. El más sencillo, el más barato, el más simple, y el deporte de equipo donde hay más probabilidades de que gane el inferior. ¿Si los jugadores se comportaran caballerosamente también lo harían los aficionados? Suena imposible en un mundo competitivo en el que se lucha por los trofeos, pero también por los salarios más altos, las multitudes más numerosas y el chovinismo, sea local o nacional, impera en cada polo de opinión.

Para un club de fútbol sus aficionados son un activo, aunque están siendo ignorados por la tiranía de la televisión de pago. La mayoría de los clubes han mejorado sus instalaciones para acoger a sus seguidores, pero los ignoran a cambio de asociarlos a la idea de un gran club mundial. Se crea la ficción de que tienen el honor de pertenecer a un equipo que es seguido a través de los cinco continentes a cambio del pago de la mercadotecnia.

Para ese niño, o quizás para ese adulto con insaciable apetito de fútbol, la implicación con su equipo tiene que ver con una especie de deuda. Vale la pena recordar la escasa diferencia que hay entre economizar y derrochar entre las personas que constituyen el grueso de las multitudes futboleras. Esto podía llevar a comprender a los clubes de élite porque hay tanta decepción resentida y porque los de aquí cada vez dicen más aquello de “yo soy de tal equipo pero cada vez menos” mientras los de allá aumentan el número de aficionados del club sin ni siquiera haber pisado nunca el estadio.

El aficionado al fútbol no es solo un espectador. Su sudor y sus nervios están dedicados a su equipo, y el equipo puede enriquecer o empobrecer su alma. Los corrillos en la puerta de entrada de los jugadores antes de los partidos o la gente que espera hasta el final para vitorear a sus ídolos. Eso también es fútbol.

O era fútbol. Al final la historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. De lo analógico a lo digital.

“La rutina se olvida, solo existe el templo. El aficionado, el hincha, empuja la pelota. Una vez acaba el domingo el hincha es melancólico como un miércoles después de semana Santa (…) El estadio del Rey Fahd, en Arabia Saudí, tiene palco de mármol y oro y tribunas alfombradas, pero no tiene memoria ni gran cosa que decir.” Eduardo Galeano en ‘El fútbol a sol y sombra’.

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Fútbol con fronteras. Historia contrafactual de la Copa de Europa (1996-2019)

Con unos cuantos países en estado de alarma y empapados de una psicosis colectiva, hemos cerrado fronteras y nos hemos puesto a mirar con aire de desprecio a aquellos que vienen de fuera. El aburrimiento al que el coronavirus nos ha sometido me ha llevado a tener tiempo para darle vueltas a la cabeza y pensar que habría pasado si Jean Marc Bosman no hubiese denunciado a la UEFA y siguiéramos con una limitación de extranjeros en las plantillas de los equipos profesionales de fútbol.

Si en el fútbol europeo siguiesen existiendo las fronteras.

Ya había comentado en un post anterior que una historia contrafactual es una historia alterna en la que se responde a la pregunta: ¿qué hubiera pasado sí? Se trata de un ejercicio de abstracción y ficción desde un punto de vista histórico.

Para crear la historia contrafactual de la Copa de Europa he tomado como punto de partida la temporada 1996/97, la primera en la que la ley tuvo efecto. La última final de la Liga de Campeones antes de la libre circulación de futbolistas comunitarios se produjo en mayo de 1996 entre la Juventus de Turín y el Ajax de Ámsterdam. Por parte holandesa, sólo Litmanen (finlandés), Finidi y Kanu (nigerianos), disputaron el encuentro, mientras que en los italianos estuvieron Paulo Sousa (portugués), Deschamps (francés) y Jugovic (serbio). Pero sí fue evidente el cambio en la final de 1998 entre Real Madrid y Juve. En los merengues, que llevaban 32 años sin ganar una Copa de Europa, jugaron hasta ocho futbolistas nacidos fuera de España, incluido el montenegrino Pedja Mijatovic, autor del gol de la victoria.

Con el devenir de los años, los clubes europeos fueron incorporando un gran número de futbolistas de la Unión Europea, si bien muchos de ellos ni siquiera mejoraban el nivel de jugadores nacionales a los que cerraron puertas. Aunque con el tiempo se compensó a las canteras con los llamados derechos de formación, esas cantidades no han sido disuasorias para que los equipos más grandes devoren a los pequeños fichando a sus mejores jugadores. Desde que se instauró la Ley Bosman todos los clubes que han ganado la Copa de Europa pertenecen a una de las cuatro ligas más importantes de Europa: España, Inglaterra, Alemania e Italia. La única excepción que confirma la regla es el FC Porto portugués victorioso en 2004.

Otro aspecto a tener en cuenta es el número de los participantes en la Copa de Europa. A raíz de la promulgación de la Ley Bosman, para la temporada 1997/98 se aumentó el número de equipos y se permitió la entrada de los ocho subcampeones de las ligas más potentes de Europa. Para la campaña 1999/00 se consintió por vez primera, y superando diversas rondas clasificatorias, la presencia de hasta cuatro equipos de un mismo país de las cuatro ligas más fuertes del continente, aumentando el número de participantes finales a 32.

Si la Ley Bosman nunca fuese aceptada nada de esto hubiese pasado. Es muy probable que el número de participantes ascendiese a 24 y que estuviesen clasificados los subcampeones de las grandes ligas. Pero hasta ahí llegaría la reforma. Que el cuarto clasificado de España o de Alemania fuese igual o más competitivo que el campeón de Croacia con límite de extranjeros sería más que discutible.

Esto implicaría que AC Milan (2003 y 2007), Liverpool FC (2005 y 2019) y FC Barcelona (2009) no podrían haberse proclamado campeones porque la temporada anterior a sus títulos europeos ni siquiera habían terminado entre los dos primeros en sus respectivas ligas.

Hay un componente de azar del que no nos podemos abstraer. Hay que diferenciar los equipos según coeficiente, realizar sorteos y determinar cruces. Es imposible ser fiel a estos factores. Éste es un fallo de acción que debemos asumir a la hora de realizar esta historia contrafactual. He tenido en cuenta tanto los coeficientes UEFA de los principales equipos en el período 1996-2019, así como he mantenido las restricciones de países y de organizaciones de grupo. Pero soy consciente de que es un ejercicio de ficción. Por lo que he tomado la decisión de que el campeón contrafactual únicamente podrá ser elegido entre los 16 equipos clasificados a octavos de final en cada edición existente, para intentar ajustarme lo máximo posible a la realidad.

Como última consideración hay que determinar el número de extranjeros por plantilla. Aunque antes de la Ley Bosman no existía un criterio uniforme en todas las ligas, lo más habitual era tener tres futbolistas foráneos en el once inicial, así como un cuarto o quinto en plantilla. Me mantendré fiel a la ideal tradicional de 3 extranjeros entre los 11 titulares. De estos conviene suprimir a aquellos foráneos que al haber formado parte de las canteras nacionales tendrían la doble nacionalidad (por ejemplo Lionel Messi), aquellos que por razones familiares también podrían optar a ella (por ejemplo Paolo Montero) o aquellos que por larga trayectoria en el país la habrían obtenido (por ejemplo Roberto Carlos). Aun así hay otros muchos futbolistas (por ejemplo Cristiano Ronaldo) al que he seguido considerando extranjero aun sabiendo que en una historia contrafactual sin Ley Bosman hubiesen adquirido la doble nacionalidad.

Aun así, soy consciente de que estoy realizando un ejercicio de ficción, por lo que he tenido que tomar prestadas ciertas licencias futbolísticas. He determinado onces iniciales y he pronosticado que equipo vencería a cual con la ventaja que me da el paso de tiempo. He tenido que mantener a los ganadores ligueros entre 1996-2019, aún a sabiendas que, al igual que la Liga de Campeones, los títulos de Liga variarían de igual forma al cambiar las reglas de extranjeros.

En esta Copa de Europa contrafactual es más fácil que los equipos repitan entorchado. Obviamente el número de transacciones es más bajo y las plantillas más monótonas, por lo que es fácil que se creen dinastías.

En este juego de ficción hay que tener en cuenta que al reducirse el mercado internacional las transacciones nacionales se verían explotadas. Por citar un ejemplo, los Silva, Fernando Torres, Mata o Fernando Llorente que aceptaron ofertas de otros países es harto complicado que no acabasen firmando o por el FC Barcelona o por el Real Madrid. Estos supuestos no se han tenido en cuenta. Sin embargo, sí que me he permitido ciertas licencias como mantener a ciertos jugadores en sus equipos de origen durante un par de años más. Es el caso de Götze o Lewandowski, futbolistas que serían muy difíciles de retener por el Dortmund, pero que en un mercado capado es seguro que lo harían a mediana edad, y no al inicio de sus carreras.

No ha sido sencillo. Y ha llevado unas cuantas horas (todo gracias al coronavirus). Pero ahí va el resultado final. Los extranjeros están marcados en cursiva:

1996/97 Borussia Dortmund / Klos; Köhler, Sammer, Kree. Reuter; Lambert, Paulo Sousa, Heinrich, Möller; Riedle y Chapuisat.  

1997/98 Juventus FC / Peruzzi; Torricelli, Montero, Iuliano, Di Livio, Pesotto; Deschamps, Davids, Zidane; Inzaghi y Del Piero.

1998/99 Bayern Munich / Kahn; Babbel, Kuffour, Linke, Tarnat; Matthaüs, Jeremies, Effenberg; Basler, Jancker y Scholl.

1999/00 Real Madrid / Casillas; Salgado, Iván Campo, Hierro, Karanka, Roberto Carlos; Helguera, Redondo, Mc Manaman; Raúl y Morientes.

2000/01 Real Madrid / Casillas; Salgado, Hierro, Karanka, Roberto Carlos; Figo, Makelelé, Guti, Mc Manaman; Raúl y Morientes.

2001/02 Real Madrid / Casillas; Salgado, Hierro, Helguera, Roberto Carlos; Figo, Makelelé, Guti, Zidane; Raúl y Morientes.

2002/03 Juventus FC / Buffon; Birindelli, Thuram, Ferrara, Zambrotta; Camoranesi, Tacchinardi, Conte, Nedved; Del Piero y Trezeguet.

2003/04 FC Porto / Vitor Baia; Paulo Ferreira, Jorge Costa, Carvalho, Nuno Valente; Deco, Alenichev, Costinha, Maniche; Derlei y Carlos Alberto.

2004/05 FC Barcelona / Valdés; Puyol, Oleguer, Piqué, Fernando Navarro; Xavi, Gerard, Deco; Ronaldinho, Eto’o e Iniesta.

2005/06 Olympique Lyon / Coupet; Reveillere, Cris, Clerc, Abidal; Pedretti, Diarra, Juninho Pernambucano, Malouda; Benzema y Govou.

2006/07 AS Roma / Curci; Panucci, Ferrari, Méxes, Casetti; Mancini, Aquilani, De Rossi, Perrotta; Totti y Montella.

2007/08 Manchester United / Foster; Brown, Ferdinand, O’Shea, Evra; Carrick, Scholes, Giggs; Cristiano Ronaldo, Rooney y Tévez.

2008/09 Bayern Munich / Butt; Lahm, Van Buyten, Demichelis, Badstuber; Ribery, Borowski, Schweinsteinger; Thomas Müller, Klose y Podolski.

2009/10 Bayern Munich / Butt; Lahm, Van Buyten, Badstuber, Contento; Ribery, Schwesteinger, Robben; Thomas Müller, Klose y Mario Gómez.

2010/11 FC Barcelona / Valdés; Dani Alves, Puyol, Piqué, Abidal; Busquets, Xavi, Iniesta; Pedrito, Villa y Messi.

2011/12 FC Barcelona /Valdés; Dani Alves, Puyol, Piqué, Abidal; Busquets, Xavi, Cesc; Iniesta, Villa y Messi.

2012/13 FC Barcelona / Valdés; Dani Alves, Piqué, Mascherano, Jordi Alba; Busquets, Xavi, Cesc; Iniesta, Villa y Messi.

2013/14 Borussia Dortmund / Weindenfeller; Piszczek, Friedrich, Hummels, Schmelzer; Bender, Kehl, Gündogan; Götze, Lewandowski y Aubameyang.

2014/15 FC Barcelona / Ter Stegen; Dani Alves, Piqué, Mascherano, Jordi Alba; Busquets, Xavi, Iniesta; Pedrito, Luis Suárez y Messi.

2015/16 Bayern Munich / Neuer; Lahm, Boateng, Tasci, Badstuber; Ribery, Rode, Kimmich, Robben; Thomas Müller y Lewandowski.

2016/17 Paris Saint Germain / Areola; Aurier, Kimpembe, Thiago Silva, Kurzawa; Verratti, Rabiot, Matuidi; Ben Arfa, Cavani y Mbappé.

2017/18 Real Madrid / Kiko Casilla; Carvajal, Ramos, Nacho, Marcelo; Modric, Isco, Ceballos; Asensio, Benzema y Cristiano Ronaldo.

2018/19 AFC Ajax  / Onana; Veltman, De Ligt, Blind, Tagliafico; De Jong, Van de Beek, Schöne; Kluivert, Tadic y Ziyech.

Como se puede observar los grandes damnificados serían los conjuntos ingleses. La Premier se ha convertido en la competición más potente del mundo y sus equipos están plagados de jugadores foráneos. Arsenal, Chelsea o Liverpool apenas han contado con futbolistas británicos en su once inicial. Lo mismo sucedió con el Calcio italiano en la primera década del siglo XX y, en menor medida, en la Liga española. El FC Barcelona se sustentó durante años gracias a una gran camada de canteranos, no así el Real Madrid glorioso del último lustro.

De todos modos, el músculo financiero y la lógica capacidad maltusiana de los países con más habitantes hacen inviable que conjuntos como el Steaua de Bucarest o el Estrella Roja puedan reverdecer laureles. Sin embargo, países del segundo escalafón futbolístico como Portugal o Países Bajos pueden mantener a sus estrellas en plantilla y con una buena generación asaltar el trono europeo.

Seguramente los casos más chirriantes en esta historia contrafactual sean los de Olympique de Lyon y AS Roma. Los franceses ganaron su liga entre 2002 y 2008 de forma consecutiva y fueron habituales en las rondas finales europeas en aquellos años. En 2006 fueron eliminados en cuartos de final por un AC Milan plagado de extranjeros, igual que los dos finalistas de aquel año; FC Barcelona (sólo 3 españoles en el once inicial) y Arsenal (sólo 2 ingleses).

https://www.youtube.com/watch?v=G7ENXVA_MKo

Más llamativo puede ser el caso de la AS Roma la temporada siguiente. Pero es que ni Liverpool FC ni AC Milan podrían haber jugado aquella final al no acabar entre los dos primeros en sus respectivas ligas. Los otros semifinalistas de aquella temporada fueron el Manchester United y el Chelsea, cargados de futbolistas no británicos en sus onces iniciales. Aquel año sólo el Bayern podría toserle a una AS Roma que de la mano de Totti vivía uno de los mejores momentos de su historia.

De este modo, el palmarés contrafactual de la Copa de Europa sería el siguiente:

1. Real Madrid 10 (en la realidad 13)

2. Bayern Munich 7 (en la realidad 5)

3. FC Barcelona 6 (en la realidad 5)

4. AC Milan 5 (en realidad 7)

4. Ajax Ámsterdam 5 (en la realidad 4)

5. Juventus FC 4 (en la realidad 2)

5. Liverpool FC 4 (en realidad 6)

6. Borussia Dortmund 2 (en la realidad 1)

6. FC Porto 2 (en la realidad 2)

6. Inter Milan 2 (en la realidad 3)

6. Manchester United 2 (en realidad 3)

6. SL Benfica 2 (en realidad 2)

6. Nottingham Forest 2 (en realidad 2)

7. Paris Saint Germain 1 (en realidad 0)

7. Olympique Lyon 1 (en realidad 0)

7. AS Roma 1 (en realidad 0)

7. Celtic Glasgow, Hamburgo, Steaua Bucarest, Olympique de Marsella, Feyenoord, Aston Villa, PSV Eindhoven y Estrella Roja 1 (en realidad 1)

“Quiero que el Real Madrid lo gane todo. Pero con que gane la Copa de Europa me sirve”. Julio Iglesias, celebridad musical y aficionado del Real Madrid.

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Old Firm

Al principio no había mayor antagonista que el de la calle de enfrente. Y no existe antagonismo que se pueda comparar con el ‘Old Firm’. La rivalidad futbolística por excelencia es la de Glasgow. Católicos contra protestantes. Irlandeses contra unionistas. Odio, tensión religiosa e intimidación. El ‘Old Firm’ condiciona la vida cotidiana como ningún otro partido del mundo. Las diferencias no están en el balón, están en el pensamiento. Futbolísticamente los hay mejores, pero por intensidad un Celtic-Rangers solo es comparable a un Boca-River. Por condicionantes extradeportivos sólo un Barça-Madrid puede subírsele a las barbas. Pero es que un Madrid-Barça no es un derbi.

La palabra ‘derby’ (castellanizado a derbi y aceptado por la Real Academia Española de la Lengua) da nombre a una carrera de caballos considerada como la decisiva en una competición. Su uso data de finales del siglo XVIII y no se sabe bien como medio siglo más tarde era usado como sinónimo de una competición deportiva entre clubes de una misma ciudad.

Este detalle es importante. No existe el derbi gallego ni el derbi vasco. Un derbi no enfrenta a regiones ni a ciudades rivales. La acepción correcta sólo debe usarse cuando compiten dos equipos de la misma villa. Si nos paramos a pensarlo veremos que tiene toda lógica. El concepto de hincha visitante no se popularizó hasta bien entrado el siglo XX, cuando la mejora de la comunicaciones y el adelanto de las condiciones laborales de los trabajadores permitió que los aficionados se desplazaran a otras ciudades.

Atravesada por el río Clyde de este a oeste, Glasgow es una ciudad con dos partes bien diferenciadas. Al suroeste de los meandros del río se instalaron los protestantes. Al noreste se creó el barrio católico. Todos nacieron de la miseria y buscaron en Glasgow olvidarse de ella. Pero los del noroeste eran los campeones de la indigencia. La mayoría eran inmigrantes irlandeses que huían de la gran hambruna de la patata que azotó a la isla de San Patricio a mediados del siglo XIX. Los más atrevidos y los que menos tenían que perder iniciaron una aventura en Estados Unidos. Los más comedidos escogieron la escocesa y compasiva Glasgow por delante de la hostil e inglesa Londres.

Próspero durante el siglo XIX gracias al transporte fluvial de mercancías, el puerto de Glasgow es el único de Escocia que está resguardado de los vientos del Mar del Norte. El clima en Glasgow es mucho más agradable que en el resto del país gracias a las corrientes cálidas del estuario del Clyde y a las montañas que protegen el sur de la ciudad. Glasgow presume de universidad de primer nivel, de una fabulosa arquitectura victoriana y es lugar de peregrinaje en el arte grafitero. Y sin embargo no es buen lugar para vivir. Tiene uno de los menores índices de esperanza de vida del Reino Unido y unos cuantos barrios conflictivos. Vivir en Glasgow y transitar por sus anchas avenidas bajo un cielo plomizo es sinónimo de obesidad, depresión, drogas y alcohol.

Los sociólogos consideran que es un fenómeno reciente. Con la desindustrialización, miles de personas que trabajaban en astilleros y fábricas quedaron sin trabajo. Las grandes compañías daban al trabajador una identidad cultural y grupal que el nuevo sector de servicios es incapaz de igualar. Si bien el área metropolitana de Glasgow cuenta con cerca de millón y medio de habitantes, la ciudad tiene hoy unos 600.000 cuando poco después de la II Guerra Mundial superaba el millón. Se ha disipado el orgullo y Glasgow ha perdido buena parte de su tradición cultural.

En ese punto está también el fútbol. Celtic y Rangers fueron hasta los años 80 del siglo pasado dos grandes del balompié mundial y orgullo de Escocia. La globalización e internacionalización del deporte menguaron el atractivo de un país pequeño y poco acogedor para el futbolista, y con ello descendió el nivel de los equipos escoceses. Este declive también ha afectado en el día a día del ciudadano. Y por ello el ‘Old Firm’ es aún más importante que en tiempos pasados. Es la única vez en todo el año en el que Glasgow vuelve a estar en el centro del mundo.

Desde 1888 se ha desarrollado una rivalidad que no sólo es futbolística, también identitaria, religiosa y cultural. Ese año se jugó el primer ‘Old Firm’ con victoria del Celtic por 5-2. Hoy, 132 años más tarde, aún se aprecian mayor cantidad de rubios y pelirrojos en las gradas de Celtic Park que en las del Ibrox Stadium.

El Celtic fue fundado como club católico en 1887 por el padre Walfrid en la Iglesia de los Maristas. Su idea era crear un club de fútbol que entretuviese a los adolescentes y los alejase del vandalismo, y al mismo tiempo recaudar dinero para los niños huérfanos de la ciudad. Los de rayas blancas y verdes juegan desde 1892 en Celtic Park, el estadio más grande de Escocia. El primer césped que se plantó contaba con una mata de tréboles para recordar su influencia irlandesa. Permanece inamovible en su ubicación en un precioso parque al noreste de la ciudad, a pesar de las profundas remodelaciones que ha sufrido a lo largo del tiempo.

El Rangers fue fundado en 1872 en la otra punta de la ciudad por los hermanos McNeil. Conocidos como los puritanos, tomaron su nombre y su color azul de un equipo de rugby inglés considerado el mejor del momento. Juegan desde 1899 en Ibrox Park, al suroeste de Glasgow. Aunque el estadio ha sufrido sucesivas remodelaciones, continúa manteniendo su característica grada principal de ladrillo victoriano creada por Archibald Leitch, el arquitecto que nos legó la mística del fútbol inglés en estadios de dos alturas de estilo industrial como Old Trafford, Anfield o Highbury.

En las gradas de Celtic Park ondean banderas irlandesas e insignias del IRA. Los ultras del Celtic están hermanados con aficiones de izquierdas como las del Liverpool, hasta el punto de tomar como propio el famoso himno ‘You’ll never walk alone’. Los hinchas del Rangers portan símbolos del Reino Unido como ‘The Union Jack’ y están hermanados con los ultras del Chelsea. De este modo en el ‘Old Firm’ no se ve ninguna bandera escocesa en el estadio. Para eso hay que ir a Hampden Park.

La inquina entre los enemigos es tal que la selección escocesa juega sus encuentros en Hampden Park, uno de los estadios más legendarios para cualquier amante del fútbol. El estadio es casa del Queen’s Park, el club más antiguo de Escocia y que aún hoy se mantiene como amateur por convicción, a pesar de competir en ligas profesionales. Hampden Park se encuentra al sur de la ciudad, formando un perfecto triángulo con Celtic Park e Ibrox Stadium. La distancia entre los tres coliseos es prácticamente similar en un ejercicio de equilibrismo para satisfacción y calma de todos los fanáticos.

Aunque Celtic y Rangers disputaron el primer ‘Old Firm’ en 1888 el nombre data de unos cuantos años más tarde. En 1909, en una final de Copa, el partido entre ambos terminó en empate y, como entonces no había ni penaltis ni prórroga, se pasó a un segundo partido. Dicho encuentro transcurría por los mismos derroteros, por lo que las aficiones de Celtic y Rangers invadieron Hampden Park indignados por lo que consideraban un amaño. Hubo que suspender el choque y el título quedó desierto. El periódico ‘The scottish referee’ denominó el derbi escocés como ‘The old firm of Rangers-Celtic Ltd’ (Antigua empresa del Rangers-Celtic S.L.) por la sospecha de que los partidos importantes estaban arreglados desde siempre para que se repitiesen y así generar una nueva taquilla. Desde entonces al choque se le conoce como ‘Old Firm’ (Vieja Empresa).

Y lo cierto es que, aunque el odio que se profesan es atroz, en pleno siglo XXI siguen usando el ‘Old Firm’ en contra del resto de clubes escoceses. Ambos se benefician económicamente de la rivalidad que se profesan. Negocian juntos los patrocinios, los derechos de televisión e incluso han pedido conjuntamente ingresar en la Premier inglesa. Y habitualmente han compartido patrocinador, porque ninguna empresa es tan inconsciente como para invertir el dinero en uno generando inquina en los seguidores del otro.

El ‘Old Firm’ ha sido lugar de múltiples desgracias. En 1931, durante un encuentro entre Celtic y Rangers, John Thomson y Sam English fueron a por el balón al mismo tiempo y la rodilla de English chocó con la cabeza de Thomson. Éste, portero del Celtic de 22 años, salió peor parado y acabó con una fractura de cráneo falleciendo horas más tarde en el hospital. Hoy una canción en honor de Thomson es tarareada en todos los partidos del Celtic. Célebre por violenta también es la final de Copa de 1980 en la que el Celtic consiguió el título con un gol en el descuento originando una celebración por el título que acabó en una batalla campal en el césped de Hampden Park. Pero el ‘Old Firm’ más popular por aciago fue el disputado en Ibrox en 1971. Una avalancha de espectadores, también causada por un gol de última hora aunque en este caso del Rangers, acabó con 66 fallecidos, muchos de ellos menores. El siniestro provocó una remodelación de Ibrox que lo convirtió en uno de los primeros estadios del mundo con medidas de escape y de seguridad. 

Aunque la mayoría de los astilleros de Glasgow tenían vetada la presencia de trabajadores católicos, la convivencia entre los forofos de las dos religiones se mantuvo en calma hasta la década de 1920. Tras un trágico proceso que duró seis años (1916-1922) Irlanda obtuvo su independencia. Es entonces cuando en Glasgow la mayoría protestante comienza a hostilizar a la minoría católica, iniciando una inquina entre ambas comunidades que aún no ha sido resuelta.

La ferocidad de la rivalidad hace difícil que un jugador pueda defender los colores de las dos escuadras. Se cuentan con los dedos de las manos los futbolistas que han militado en los dos equipos a lo largo de la historia. Con la aprobación de la ley Bosman todo ha cambiado y los mercados a los que pueden acceder ambos conjuntos son enormes, pero hasta 1995 el mercado principal era el nacional. El caso más desgarrador para ambas aficiones fue el de Mo Johnston. Graeme Souness, técnico del Rangers, solicitó a la directiva el fichaje de Johnston, un fenomenal delantero internacional con Escocia que jugaba en la liga francesa pero que había triunfado años atrás en las filas del Celtic. Mo Johnston, además de ex estrella del Celtic, era católico, y se convirtió en el primero de ellos que jugó en el Rangers en más de medio siglo. De este modo Mo Johnston pasó a ser un traidor para la afición del Celtic, pero tampoco fue aceptado por la del Rangers. Muchos aficionados protestantes quemaron su camiseta y su abono de temporada hasta que en un ‘Old Firm’ jugado meses más tarde Johnston pasaría a ser amado por la afición del Rangers al anotar el gol de la victoria.

Y es que el Celtic representa a los irlandeses, católicos, republicanos y en menor medida a las izquierdas y a los trabajadores. El Rangers es el equipo de los protestantes, de los partidarios de la unión del Imperio Británico, de los monárquicos y de forma más rehusada de las derechas y de los burgueses. Celtic y Rangers son instituciones preponderantes en la vida escocesa con un grado de significación social y cultural inimaginable en cualquier otro club de fútbol del mundo. La rivalidad se cierne en una serie de conflictos políticos y en una competencia sectaria y en ocasiones racista y violenta. 

El Rangers puede presumir de ser el club de fútbol con más ligas (54) no sólo en Escocia sino en que cualquier otra liga en el mundo, si bien es cierto que con una condena en ese historial. El Rangers tuvo que refundarse en 2012 al caer en bancarrota. Desde entonces, el nuevo Rangers, aún no sabe lo que es un título liguero. La caída en desgracia de los protestantes será ‘in secula seculorum’ motivo de júbilo para los católicos, con menos ligas (50) pero que son el único club escocés triunfante en una Copa de Europa (1967). Además, para el sempiterno orgullo Celtic, su victoria ante el Inter (2-1) se logró con un once inicial de jugadores nacidos en Glasgow o en sus alrededores.

“Hay gente que insiste en que otras rivalidades futbolísticas pueden generar tanta intensidad como los choques entre Rangers y Celtic. Creedme, no hay nada comparable”. Alex Ferguson,  nacido en Glasgow, y uno de los entrenadores más exitosos de todos los tiempos dirigiendo al Manchester United.

P.D: Había decidido escribir sobre el ‘Old Firm’ porque era el único evento deportivo que quedaba en pie para este fin de semana. Se iba a jugar este domingo, pero escasamente un par de horas antes de publicar este artículo, el ‘Old Firm’ era suspendido hasta nueva orden.

En las próximas semanas seguiré hablando de deporte, aunque el deporte permanezca parado. Porque el deporte no es más que algo secundario. El puñetero coronavirus, que aún estamos empezando a sufrir, nos deja de momento dos reflexiones. La primera la importancia de la libertad. Nos podemos empeñar en obtener reconocimiento social y laboral, pero el bien más preciado de un ser humano es su libertad. El segundo es la salud. Este blog nada a contracorriente. Pone el ojo en el pasado. Cuenta historias, anécdotas y describe el porqué de las cosas, o lo intenta, de forma pausada y amena a través de la palabra. Nada a contracorriente porque el siglo XXI es el siglo de la inmediatez, del futuro, de la imagen y de la tecnología. El coronavirus nos recuerda que no somos dioses. Somos simples, insignificantes y frágiles seres humanos. Como siempre hemos sido y como siempre seremos, por muy rápido que queramos avanzar.

“Cuando las expectativas de uno se reducen a cero, uno aprecia realmente todo lo que tiene.” Stephen Hawking.

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Cuando en Inglaterra estaba prohibido el fútbol femenino

Dado que el fútbol fue parido en Gran Bretaña es más que lógico que fuese en Inglaterra donde las mujeres diesen las primeras patadas al balón. Si bien es cierto que el deporte, primero en su vertiente amateur y más adelante en la profesional, fue concebido sin ningún tipo de connotación sexual, se daba por lógico que era una práctica pensada para los hombres. Mas eso no fue impedimento para que las mujeres jugasen al fútbol.

Y de hecho lo hicieron sin dilación desde mediados del siglo XIX. Hay constancia de decenas de partidos por toda Inglaterra y en tan temprana fecha como 1890 hay registros de encuentros en los que se superaban los 10.000 espectadores, cifras que rivalizan con las acometidas por los hombres en aquel momento. Por supuesto, y tal y como ocurre en el presente, había firmes detractores de la presencia de la mujer en un campo de fútbol y presagiaban que era una moda pasajera que no duraría mucho en el tiempo.

Y sin embargo en 1921 la Football Asociation (FA) tomo la decisión salomónica de prohibir el fútbol femenino en Inglaterra. La medida estuvo en vigor durante medio siglo hasta que fue abolida en 1971. ¿Por qué?

El cambio de paradigma tuvo lugar en 1914. En ese momento las mujeres inglesas lideradas por Emmeline Pankhurst están en el momento álgido en la lucha por el sufragio femenino. Pero a pesar de sus loables intentos estaban muy lejos de conseguir sus objetivos. Muchas de ellas eran tildadas de lesbianas, otras tantas fueron reprobadas por sus padres o maridos y unas cuantas de ellas jugaban al fútbol con asiduidad. Una mujer estaba diseñada para tener hijos y recibir un golpe en una manifestación o un balonazo durante un partido podría dejarlas tocadas por perpetuidad. El ‘British Medical Journal’ sentenciaba que «de ninguna manera podemos aprobar la exposición imprudente a la violencia de los órganos femeninos, que en la experiencia común ha llevado a las mujeres a protegerse de cualquier forma».

Pero en agosto de 1914 la I Guerra Mundial detonó y el mundo cambió.

Con cientos de miles de hombres yendo a los campos de batalla las mujeres ocuparon sus lugares en las fábricas. De pronto, las mujeres pasaron de la cocina a la oficina y de sonreír detrás de un mostrador a ensamblar las piezas que componen un obús. Pero al mismo tiempo que las mujeres se convirtieron en las máquinas que hacían funcionar a la industria bélica, también se convirtieron en las máquinas que hacían funcionar a la industria del ocio. Aquellos chicos que se fueron a morir a los campos de Francia no volverían a jugar al fútbol. Y alguien tendría que hacerlo.

La I Guerra Mundial tuvo el imprevisto efecto de empoderar a las mujeres inglesas. Al igual que se incorporaron a las cadenas de montaje y empezaron a llevar a cabo trabajos que se consideraban ´peligrosos´ para el sexo débil, no tardaron en formar equipos de fútbol y jugar entre ellas en los descansos del trabajo.

De repente las fábricas comenzaron a organizarse y a fundar sus propios clubes de fútbol, los cuales rápidamente formaron un sucedáneo de liga. El más destacado era el Kerr’s Ladies FC, de la fábrica de municiones del mismo nombre situado en Preston, una de esas ciudades que fueron motor de la Revolución Industrial y que por entonces era uno de los lugares más respetados en el mundillo futbolístico. El Kerr’s Ladies FC ganó poco a poco cientos de seguidores, especialmente cada vez que se enfrentaba a un equipo masculino y lo derrotaba.

Su estrella era Lily Parr, una brava y enérgica delantera con gran toque de balón. Se trataba de una chica que empezó a jugar y a trabajar con apenas 14 años y que se estima que anotó más de 1.000 goles en 30 años de carrera. Se dice que un guardameta le dijo que una mujer sería incapaz de meterle un gol desde lejos. Parr aceptó el reto a lo Oliver y Benji, disparó y metió un gol con tal potencia que acabó partiendo el brazo del pobre hombre en su intento de atajar el balón. Obviamente es una leyenda, pero contribuyó al mito de Parr y a empoderar la lucha de aquellas mujeres futbolistas.

El Kerr’s Ladies FC gozó del favor de los dirigentes más retrógrados porque durante los cuatro años que duró la I Guerra Mundial donó el dinero recaudado en todos sus partidos a beneficio de las víctimas de la contienda. Disputaron encuentros por toda Gran Bretaña y lograron juntar hasta 600 libras en un partido, que en los parámetros actuales se situarían en torno al millón de euros.

Poco después del fin de las hostilidades, en marzo de 1919, el Kerr’s Ladies FC jugó un encuentro ante un combinado francés que reunió a 35.000 espectadores. Al año siguiente inició una gira por toda Europa para recaudar dinero para los soldados mutilados. En 1920 el Kerr’ Ladies FC congregó a 53.000 espectadores en el Goodison Park de Liverpool ante el Saint Helen’s Ladies. Las chicas de la fábrica de Kerr disputaron 67 partidos en doce meses y se vieron forzadas a rechazar más de 120 invitaciones. Era 1920, y por entonces había más de 150 equipos femeninos federados en Inglaterra.

El fútbol femenino estaba en su apogeo, pero de repente todo iba a volver a cambiar. Las mujeres habían conseguido ya el derecho al voto, pero la sociedad aún no estaba preparada para un cambio tan brusco. Los hombres que consiguieron volver del infierno pretendían regresar a sus vidas de 1914. Esperaban retornar a sus trabajos y que las mujeres volviesen a sus quehaceres domésticos. Aquellos hombres habían dado los mejores años de su vida y no estaban dispuestos a perder lo que según ellos habían defendido en las trincheras francesas.

De un día para otro se consideró a las mujeres como incapacitadas para jugar al fútbol. Los médicos (y las médicas) volvieron a alertar de los peligros del fútbol para las mujeres, de como un golpe en el lugar inadecuado podía incapacitar a una mujer para tener hijos. Los expertos alertaban de la pérdida de población de la nación y de cómo la mujer tenía que dotar de vástagos al país para recuperar sus cifras de natalidad. La doctora y tenista Eustace Miles llegó a afirmar: «Las patadas son un movimiento brusco para las mujeres y la presión es severa. La complexión física de una mujer tiende a ser más redonda que la del hombre, pero el fútbol obliga a movimientos menos redondos y más angulares”.

La campaña fue cruenta hasta que el 5 de diciembre de 1921 la FA ordenó a los clubes pertenecientes a la asociación que no permitieran el uso de los recintos para los partidos entre mujeres. Así pues, las féminas no podrían usar ningún estadio profesional bajo las excusas ya conocidas sobre los peligros físicos. Pero había otro motivo velado. Se acusaba a las mujeres de ser incapaces de ver el beneficio económico del fútbol, ya que únicamente sabían recaudar sumas de dinero con fines benéficos.

Aun así las mujeres podrían seguir jugando con tal de que encontrasen un rectángulo habilitado para la práctica del fútbol. Pero la FA fue más lejos todavía. Prohibió que un colegiado o juez de línea federado pudiese arbitrar en un partido de fútbol femenino. Las mujeres protestaron, evidentemente, pero ni era el momento ni el lugar. Ningún partido político, sindicato o medio de comunicación consideró de relevancia sus protestas. «El órgano controlador de la FA lleva cientos de años de retraso y sus acciones son simples prejuicios de género. Ninguna de nosotras ha sufrido ningún efecto dañino debido a la práctica del fútbol», declaraba la capitana del Plymouth Ladies, en una de las escasas entrevistas a las que las mujeres obtuvieron acceso.

La gran mayoría de clubes femeninos desaparecieron de un día para otro. El Kerr’s Ladies FC fue el único que aguantó con la nueva denominación Preston Ladies FC. Jugaron numerosos partidos en Canadá y Estados Unidos, muchos de ellos arbitrados por Tom Finney, internacional inglés nacido en Preston y que siempre apoyó la causa. El equipo se disolvió en 1965 en medio de enormes medidas de presión de la FA, la cual consiguió cancelar muchos de sus encuentros.

Hubo que esperar a 1969 para que en Inglaterra se formara la Asociación Femenina de Fútbol aprovechando el éxito de los chicos en el Mundial celebrado tres años antes. Y en 1971 la FA permitió medio siglo después que las mujeres pudiesen jugar en los estadios de los equipos profesionales.

Habría que esperar aún un poco más, hasta 1984, para que se celebrase la primera Eurocopa femenina, a 1991 para el primer Mundial femenino y a 2002, ayer como quien dice, para el primer torneo europeo de clubes femenino.

Y aún así, no hay equipo femenino que aglutine 30 o 40.000 espectadores en cada encuentro como hacían las Kerr’s Ladies FC a inicios de 1920.

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La España vacía

El campo y la ciudad no son más que dos formas antagónicas de entender la vida. Una se autoproclama moderna y civilizada y a la otra la etiquetan como atrasada e ignorante. Obviamente son estereotipos. Pero los estereotipos esconden realidades. Un choque empeñado en afrontar el contraste y la asincronía. La lucha de la España vacía no es sino la lucha del reconocimiento.

Como todo gallego, y como buena parte de los españoles, no soy más que un urbanita que tiene sus raíces en el rural. Y un urbanita no es más que un pueblerino acomplejado. Hay urbanitas que trasfiguraron sus raíces para convertir los vaqueros y las botas en ropa de asfalto. En otros lugares del globo ocultaron los pololos y los bombachos en el armario pero por dignidad los sacan a relucir cuando hay que tirar de orgullo. En España los trajes regionales han sido relegados al trastero ante la vergüenza y el escarnio del urbanita retraído. Al final los zocos, las polainas o la pañoleta no son más que la imagen del mal, el arquetipo del pasado, del ser humano que hemos dejado atrás.

La que se ha dado en llamar la España vacía representa el 53% de la superficie del país en la que apenas vive el 15% de la población. Menos del 10% si se suprimen las capitales de provincia. Hablamos de poco más de 4 millones y medio de seres humanos cuando en el otro 47% del territorio habitan 43 millones. En toda Europa tan sólo el interior de Irlanda presenta una densidad de población más baja.

Para los ortodoxos la España vacía son la Castilla manchega y la Castilla leonesa, Extremadura, La Rioja y Aragón. Pero la España vacía es toda aquella que no conoce el mar. Aquella que entre duros inviernos y ásperos veranos ha asustado a los que hemos renegado del esfuerzo y hemos apostado por el adjetivo perezoso. La España vacía también es la Andalucía agreste, los pueblos de montaña del Cantábrico y de los Pirineos, y también la Galicia más íntima, la Galicia olvidada de Lugo y Orense.

El resultado es un retrato de un país acostumbrado a vivir en la particularidad y la extrañeza, que apenas se reconoce a sí mismo, repleto de zonas geográficas que comparten muy pocos elementos en común. Algunas ni siquiera el idioma. Pero tampoco su historia ni sus características climáticas, lo que propicia que arquitectónicamente los pueblos del norte no tengan nada que ver con los del sur. Una guerra con un bando que mira a Europa, a la modernidad y a las reformas, enfrentado a otro de valores tradicionales y reaccionarios que reclama solamente no ser olvidado.

Y ahí está el fútbol. El fútbol es orgullo y sentimiento de pertenencia. Incluso en comunidades fragmentadas y cosmopolitas, donde ya no existe ni la integridad ni la uniformidad, sea esta cultural, racial o hasta religiosa, el club de fútbol sigue magnificando al pueblo o a la pequeña ciudad. Cuando Guipúzcoa se resquebrajaba a gritos, golpes y a tiros, el campo de Atocha se llenaba de abrazos inconcebibles entre personas que sólo tenían en común las paradas de Arconada y los goles de Satrústegui. Pero es en las villas y en las ciudades de la España vacía donde el fútbol representa una esperanza pra salir de la podredumbre. Para lugares como León, Huesca, Jaén, Logroño o Burgos no hay mejor forma de ser escuchados y reconocidos que a través de sus años de gloria en Primera División.

El CD Orense (en adelante usaremos el hoy reconocido CD Ourense) es uno de esos equipos que durante un breve periodo de tiempo consiguió que su modesta ciudad pasase a ser centro del panorama nacional y que en Madrid o en Barcelona se prestase atención a lo que ellos consideran un villorrio de interior.

Ourense es una de esas ciudades provinciales que se ha peleado con el mar. A la sombra de las Rías Baixas, de la Galicia simpática y amable, de la soleada del buen beber y del mejor comer. Alejada de la oscuridad, la libertad, la historia, el misterio y la literatura de Santiago. Apartada de la comercial y bulliciosa Coruña. Ourense, como su hermana norteña Lugo, está en ese rincón que no viene en las guías de viaje. Ambas se tiran a brazos del Miño para precipitarse en Galicia. Pero si bien a Lugo le sobra para pertrecharse a occidente del Bierzo, a Ourense no le es suficiente. Lo que en Lugo es verde al mirar a su derecha en Ourense se va convirtiendo en marrón. Lo que en Lugo es humedad en Ourense es secarral. Ourense es la puerta a Castilla, una puerta que le beneficia y que la penaliza ¿Quién quiere conformarse con una impostora teniendo Galicia tan cerca?

Como todas las ciudades que se tiran al turismo para sobrevivir, Ourense ha diseñado millones de euros en un centro turístico amable y coqueto en el que Las Burgas saludan al paseante. Amable y acogedora, Ourense es otra de esas ciudades pequeñas o pueblos grandes, con elevada media de edad y sin el glamour del Corte Inglés.

Y como toda ciudad Ourense cuenta con un club de fútbol. Un club sin demasiado éxito, ya desaparecido y hoy refundado. Más bien mal refundado, porque en una ciudad en la que malamente sobrevivía un club profesional ahora malviven dos en la misma categoría, una pésima receta que también ha sido aplicada en lugares como Salamanca o Logroño. A diferencia de estas dos últimas, la ciudad de Ourense no ha podido nunca saborear las mieles de la Primera División. Pero en la temporada 1967/68 el CD Ourense tuvo la temporada perfecta. Nunca antes ni nunca después un equipo de fútbol de categoría nacional ha logrado algo similar. El récord del CD Ourense sigue siendo inalcanzable.

LA TEMPORADA PERFECTA

En la campaña 67/68 el CD Ourense militaba en Tercera División. Por aquel entonces era la tercera categoría del fútbol español. Para hacernos una idea de la diferencia es menester indicar que en la actualidad sumamos 122 clubes entre Primera (20), Segunda (22) y los cuatro grupos de Segunda B (80). En 1968 había 50 clubes entre Primera (16) y los dos grupos de Segunda (32) y luego ya se pasaba directamente a Tercera División. Grosso modo los grupos en Tercera se dividían por regiones autonómicas como en la actualidad, pero el menor número de equipos profesionales hace comprender como por entonces tenía más pedigrí que en el presente competir en Tercera.

Tras varias temporadas en Segunda el CD Ourense había descendido a Tercera en 1965. Desde entonces había encadenado ejercicios meritorios para acabar claudicando en la fase de ascenso. En la temporada 67/68 conformaba un grupo gallego de 16 equipos en donde destacaba la SD Compostela, el CD Lugo, los filiales del RC Deportivo y del RC Celta y equipos antaño relevantes como el CD Lemos.

La temporada comenzó un 10 de septiembre con victoria a domicilio en Monforte ante el CD Lemos por 0-2. Los ourensanos tardaron ocho jornadas en encajar su primer gol en contra para finalizar la primera vuelta con 14 victorias. Faltó un partido por disputarse, ante el CD Lugo, que hubo de suspenderse por culpa de una fuerte nevada en la ciudad amurallada.

Como no podía ser de otro modo la segunda vuelta fue mucho más complicada, porque todos sabían del récord y todos querían acabar con la famosa racha. A medida que se sucedían las victorias el equipo iba acaparando minutos en las radios nacionales y haciéndose un hueco en la prensa deportiva editada en Madrid.

Todo fue de color de rosa hasta la jornada 27, apenas cuatro antes de la conclusión del campeonato. Jugaban en Vigo ante el Rápido de Bouzas y aunque el CD Ourense dominó el choque no pudo anotar el gol de la victoria (0-1) hasta los instantes finales. Misión cumplida. 27 de 27. Lo mismo sucedió en la siguiente fecha. En el barrio de O Couto, que da nombre al estadio, el CD Ourense recibía al CD Lugo. Era el tiempo de descuento y el marcador era de empate a un gol. Córner a favor de los ourensanos que es ejecutado muy cerrado y bota entre el poste y el portero rival hasta que es sacado malamente por el guardameta lucense. El árbitro mira a su linier y concede el tanto. Gol olímpico. La afición rojilla estalla de alegría y el récord cada vez está más cerca. 28 de 28.

La penúltima fue un trámite ante el otro equipo de la ciudad, el Atlético Orense (5-0) para en la última jornada visitar el antiguo estadio de Santa Isabel de Santiago. El rival era la SD Compostela, segundo clasificado del campeonato y que tan sólo había encajado una derrota, lógicamente, ante los aurienses en la primera vuelta.

El 29 de abril de 1969 Santa Isabel estaba a rebosar con más de 2.500 aficionados llegados desde Ourense para completar la gesta. Matías Prats padre comandaba la expedición de Televisión Española encargada de filmar el partido. Fue un partido duro y tenso vigilado por la aguda lluvia que cayó en Santiago, y que no se resolvió hasta que Tunez anotaba el gol que sellaba el récord del CD Ourense (0-1). Cuando el colegiado pitó el final del partido hubo invasión de campo y los jugadores, como manda la tradición, acabaron sin camiseta. “Es un récord único, nadie lo va a igualar”, contestaba profético Carballeda a las preguntas de los periodistas. Carballeda fue el pichichi de la categoría con 38 tantos, la gran mayoría de ellos rematados de cabeza tras los centros de Pataco, el jugador de más clase de aquel conjunto que acabaría fichando por el Atlético de Madrid.

La hazaña se había consumado. 30 partidos jugados y 30 partidos ganados. 98 goles a favor (3,26 por partido) y 7 en contra (0,23 por partido). Al término del choque se leyó por megafonía un telegrama de Juan Antonio Samaranch, por entonces Delegado Nacional de Deportes, concediendo al club la Medalla de Plata al Mérito Deportivo.

Y sin embargo la temporada perfecta acabó en fracaso. Como campeones de su grupo de Tercera debían afrontar dos eliminatorias para poder ascender a Segunda. En primera ronda cayeron en Barcelona ante el Condal en lo que fue la primera derrota de la temporada, pero consiguieron darle la vuelta a la eliminatoria en el partido disputado en O Couto. En la ronda definitiva perdieron ante el Ilicitano (lo que hoy sería el Elche B) al empatar sin goles en casa y caer por 2-1 en tierras alicantinas.

Aquel equipo formado casi en exclusiva por gallegos es motivo de orgullo para los ourensanos. Destacaba el portero lucense Roca, el defensa Paredes, apodado ‘Gladiador’ y que acabó jugando en el Pontevedra CF y en el Real Valladolid en Primera. En el centro del campo estaba el vigués Pito y el extremo de Xunqueira de Espadañedo Cortés que un año después firmaría por el RC Deportivo. Las estrellas eran los ya citados Carballeda, un delantero pontevedrés que nunca volvería a rendir a tan estratosférico nivel, y Carlos Couceiro ‘Pataco’, un juvenil ourensano que llegó a formar parte de la plantilla del Atlético campeona de la Copa Intercontinental en 1974 aunque de manera testimonial.

El CD Ourense llegó a celebrar 67 partidos invicto en Liga sumando encuentros de la temporada anterior y de la posterior. Sumó además, con fases de ascensos incluidas, cuatro años sin perder en el estadio de O Couto. Fernando Bouso, el técnico en aquellos años consiguió 80 victorias en sus 98 partidos al frente del club. En todas sus temporadas el CD Ourense fue campeón de su grupo de Tercera, y después de dos liguillas sin premio logró ascender a Segunda en 1969 tras eliminar al Athletic B en San Mamés.

Fueron los años dorados de un conjunto que, al igual que el Pontevedra CF también triunfante de la época, tuvo una segunda y fugaz época gloriosa a finales de los 90. Seguramente la década de los 60 fue el cénit del fútbol gallego. Sí, es cierto, en el cambio del siglo el RC Deportivo reinaba en España y el RC Celta practicaba el juego más hermoso del momento, pero ambos lo hacían gobernados por brasileños, holandeses, rusos o argentinos. En los 60 las plantillas de coruñeses y vigueses contaban con un buen puñado de gallegos. A ellos se sumaban el Pontevedra CF del ‘hai que roelo’, las hazañas ourensanas y los grandes mitos futbolísticos del momento (Marcelino, Amancio o Luis Suárez) habían nacido en esta esquina de la Península Ibérica.

 “La palabra provincia remolca un imaginario que tiene una catedral gótica, unos soportales, un paseo arbolado, señoritas recatadas que salen de misa, salones con tapetes y casinos mercantiles donde se juega al tresillo y se lee la prensa de Madrid con un día de retraso. Escenas que pueden situarse lo mismo en Burgos que en Ceuta que en Murcia que en Cuenca que en Gerona. No importan el clima o el paisaje, que no alteran el ideal platónico. Desde las grandes ciudades las provincias son un ser y un estar uniforme e intercambiable, igual de feo, católico y sentimental en la montaña que en el llano o en la costa (…) Así las concibió Javier de Burgos y han hecho muy bien su papel de modernización y vertebración (…) Prácticamente inalteradas desde 1833 (las provincias) en un país incapaz, en doscientos años, de mantener regímenes políticos duraderos, enzarzado en cuatro guerras civiles, tres coloniales y una de liberación nacional, con siete constituciones democráticas y varios estatutos y fueros impuestos.”  Sergio del Molino en el libro ‘Lugares fuera de sitio’.

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Historia contrafactual del Balón de Oro

Hace unos días recibía un whatsapp de un buen amigo de confesión madridista. Estaba indignado por mi último artículo referido a los siete balones de oro de Pelé. Según mi colega no podía quitarle un Balón de Oro a Di Stéfano para dárselo a Pelé. En su opinión la Copa de Europa debería estar por encima de todo y Alfredo Di Stéfano tendría que tener cinco balones dorados consecutivos en su haber. Después me señalaba que Pelé nunca había jugado en Europa y que eso le impedía estar valorado a la misma altura que Di Stéfano, Cruyff o Maradona. Y para concluir me decía que como nunca vio jugar a ninguno de los dos lo único que cuenta son los títulos.

Como ya le comenté, y mantengo su anonimato para que no se me irrite, me parece loable la discusión pero los argumentos que me esgrimía no me valían. Cometemos el error, yo el primero, de discutir sobre temas de las que no somos expertos. Si bien en las ciencias puras donde hay afirmación no hay réplica, en las ciencias sociales donde hay afirmación hay opinión y polémica. Así como nadie va a cuestionar la aseveración de un químic@, un físic@, un matemátic@, un biólog@, un médic@, un telec@ o un geólog@, todos vamos a acalorarnos ante un economist@, un psicólog@, un lingüist@, un historiad@r y, por supuesto, un periodist@.

Y la discusión es sana, porque es cierto, si una ciencia no es exacta por propia definición está sujeta a la interpretación. Hay decenas de teorías económicas y, al menos sobre el papel, todas son ciertas. Aun así, y en el caso que nos atañe, hay un axioma común cuando se habla de fútbol en pasado: “Yo nunca lo vi jugar así que no sé si es bueno”. Falso.

La labor del periodista, del periodista deportivo en este caso, es contar, juzgar, verificar y explicar los sucesos que ocurren. Y para ello el receptor no necesita ver el partido. Y ni siquiera viéndolo, sea en vivo o a través de la televisión, tendrá una visión ecuánime, ya que le faltarán perspectivas que no alcanzará a poseer.

Obviamente lo ideal es que cada uno de nosotros leyese, escuchase y viese varias interpretaciones del mismo hecho, porque el periodista tiene un componente subjetivo influenciado por el medio en el que trabaja. Aunque haya un patrón común hay diferentes sesgos. Eso sería lo ideal, pero nadie lo hace. Porque el receptor lo que quiere es leer, escuchar y ver su verdad, por lo que escoge cual es la información que quiere absorber.

Por eso la labor del historiador/periodista deportivo, como sería mi caso, es devanarse los sesos, convertirse en una rata de biblioteca, navegar durante unas cuantas horas a través de la web, desempolvar unos cuantos libros de la estantería y comerse con la vista unas cuantas clasificaciones de revistas y de federaciones internacionales.

Y si uno lo sabe sabrá, por ejemplo, que la Copa de Europa no cogió vuelo hasta unos cuantos años después de empezar. El vuelo se lo dio precisamente el Real Madrid ganando cinco de forma consecutivas, pero su valor era ínfimo comparado con el presente. Si uno tiene un poco de consideración por el pasado sabrá que los encuentros amistosos internacionales eran considerados como pequeñas copas del mundo y era en ellos donde se veía el verdadero nivel de los grandes futbolistas. Y uno también sabrá que la diferencia entre las ligas era mínima y que ser máximo goleador en Hungría era al menos tan importante como serlo en España.

Así pues, si un medio o un periodista de referencia (abstenerse los Roberto Gómez de turno) dice que Pelé fue el mejor jugador del Mundial de 1958, que había horas de cola en la puerta del hotel brasileño para pedirle un autógrafo y que su forma de regatear y pisar el balón no había sido nunca antes apreciada en Europa, no hace falta haberlo visto para creerlo. Ya te lo están contando. Igual que nos han contado que el 12 de octubre de 1942 Cristóbal Colón llegó a América. Y tampoco estuvimos allí para comprobarlo. Y tampoco lo vimos en la televisión.

Aunque también los hay que sostienen que la Tierra es plana.

El caso es que después de ese intercambio de whatsapps (y de buen rollo, que nadie piense que nos tiramos los trastos) he decidido hacer una historia contrafactual del Balón de Oro. Por supuesto, sujeta a discusión, pero con argumentos que vayan más allá del “yo nunca lo vi jugar”.

¿Qué es una historia contrafactual? Es una historia alterna en la que se responde a la pregunta;  ¿qué hubiera pasado sí? Es un ejercicio de abstracción y ficción pero desde un punto de vista histórico. Uno de los ejemplos más relatados es la hipotética victoria de los nazis en la II Guerra Mundial. Una historia contrafactual se basaría en datos, personajes y relaciones geopolíticas reales para crear una nueva historia en la que la Guerra Fría se libraría entre el Eje y el llamado Mundo libre. Un futuro lleno de nazis zombis, de esclavitud y de apocalipsis nuclear sería una historia de literatura fantástica.

Para crear la historia contrafactual del Balón de Oro he tenido que escoger un punto de divergencia. He tomado como inicio el año 1930. Es entonces cuando se celebra el primer Mundial de fútbol, que marca el punto de globalización definitivo del deporte inventado por los británicos a mediados del siglo XIX. Por otro lado en 1930 la profesionalización ya es una realidad en gran parte de los países occidentales. De hecho, la creación del Mundial obedece a ello. Dado que los profesionales no podían competir en los Juegos Olímpicos, las victorias uruguayas de 1924 y 1928 se ponían en entredicho al no haber podido participar los mejores futbolistas de Europa.

Para los escépticos es importante señalar que por entonces no existía la diferencia Europa-América. Realmente no será hasta mediados de los 60 cuando el milagro económico de la posguerra haga que Europa pase por encima de Sudamérica lo que, como no podía ser de otro modo, se reflejará en la industria futbolística. El proceso culminará en los 90 con la aprobación de la Ley Bosman y la ruina definitiva de las ligas de fútbol iberoamericanas. Pero entre 1930 y 1960 el nivel de equipos y jugadores sudamericanos y europeos occidentales era parejo. De hecho, en los años 40 la preponderancia del fútbol latinoamericano fue total frente a una Europa que estaba desmembrándose en el campo de batalla.

Para más inri los británicos, sabiéndose ya sino en inferioridad al menos no superiores al resto del mundo, declinaban participar en las competiciones de clubes y de selecciones por lo que era muy complicado calibrar su verdadero nivel en comparación con el resto de naciones. No será hasta 1950 cuando Inglaterra participe en un Mundial de fútbol y lo hará de forma estrepitosa.

La última consideración a tener en cuenta es el escaso número de partidos disputados en comparación a la actualidad. En una temporada habitual una figura de la época podía disputar menos de 30 partidos oficiales con su club y tan sólo 3 o 4 con su selección. Los partidos amistosos eran vistos como auténticos torneos internacionales. Al acabar las ligas los grandes equipos emprendían giras por otros países, cuyas visitas solían ser devueltas al año siguiente. Eran esos choques amistosos de carácter internacional los que llenaban estadios de fútbol y páginas de prensa. La leyenda de la gambeta argentina se fraguó en amistosos jugados en España, la invencibilidad del ‘Wunderteam’ austriaco en partidos por toda Europa y el mito de Pelé en las giras veraniegas del Santos.

Así pues, vamos con la lista de los ganadores del Balón de Oro antes de que hubiese el Balón de Oro. Además de haber sido grandes futbolistas todos ellos pertenecen a la época más romántica del fútbol, sin representantes, sin acólitos, sin millones y sin la saturación de los medios de comunicación. No son más que los ganadores de un trofeo. Pudieron tener un gran año, una gran trayectoria, pertenecer a un gran club o tener la suerte de no coexistir con otros grandes campeones. No es más que una lista. No es más que un trofeo. Pero son la fotografía de un instante. Una base que nos permite recordar a los grandes campeones del pasado. Aquellos de los que apenas hay imágenes, pero si un hondo recuerdo.

Los ganadores entre 1930 y 1955 serían los siguientes.

1930 José Nasazzi (Uruguay) Club Atlético Bella Vista

1931 Héctor Scarone (Uruguay) Nacional de Montevideo / Inter Milan

1932 Dixie Dean (Inglaterra) Everton FC

1933 Matthias Sindelar (Austria) FK Austria Viena

1934 Giuseppe Meazza (Italia) Inter Milan

1935 Ricardo Zamora (España) Real Madrid

1936 Giuseppe Meazza (Italia) Inter Milan

1937 Stanley Matthews (Inglaterra) Stoke City

1938 Silvio Piola (Italia) SS Lazio

1939 Arsenio Erico (Paraguay) Independiente de Avellaneda

1940 Josef Bican (Austria) Slavia Praga

1941 José Manuel Moreno (Argentina) River Plate

1942 José Manuel Moreno (Argentina) River Plate

1943 Obdulio Varela (Uruguay) Montevideo Wanderers

1944 Adolfo Pedernera (Argentina) River Plate

1945 Adolfo Pedernera (Argentina) River Plate

1946 Valentino Mazzola (Italia) AC Torino

1947 José Manuel Moreno (Argentina) River Plate

1948 Ferenc Puskás (Hungría) Honved

1949 Zizinho (Brasil) Flamengo

1950 Juan Alberto Schiaffino (Uruguay) CA Peñarol

1951 Gunnar Nordahl (Suecia) AC Milan

1952 Ferenc Puskás (Hungría) Honved

1953 Billy Wright (Inglaterra) Wolverhampton Wanderers

1954 Ferenc Puskás (Hungría) Honved

1955 Alfredo Di Stéfano (Argentina) Real Madrid

Como todos ya sabéis, el primer Balón de Oro en 1956 fue para Stanley Matthews. Por aquel entonces el extremo inglés ya contaba con 40 años y el premio no fue más que un reconocimiento a su trayectoria y a la del fútbol británico.

De este modo, y esto alegrará a mi amigo, es justo modificar al ganador del Balón de Oro de 1956 y otorgárselo a Alfredo Di Stéfano, goleador y artífice de la victoria del Real Madrid en la primera Copa de Europa de la historia.

1956 Alfredo Di Stéfano (Argentina) Real Madrid

Por lo tanto, y según la historia contrafactual formulada en éste y en el artículo de la semana pasada, la lista de los más laureados futbolistas con el Balón de Oro sería la siguiente.

1. Pelé (Brasil) Santos FC(1958, 1959, 1960, 1961, 1963, 1964, 1970) 7

2. Lionel Messi (Argentina) FC Barcelona(2009, 2010, 2011, 2012, 2015, 2019) 6

3. Cristiano Ronaldo (Portugal)M. United / Real Madrid(2008, 2013, 2014, 2016, 2017) 5

4. José Manuel Moreno (Argentina) River Plate(1941, 1942, 1947) 3

4. Ferenc Puskás (Hungría) Honved(1948, 1952, 1954) 3

4. Alfredo Di Stéfano (Argentina) Real Madrid(1955, 1956, 1957) 3

4. Johan Cruyff (Holanda) AF Ajax / FC Barcelona (1971, 1973, 1974) 3

4. Michel Platini (Francia) Juventus (1983, 1984, 1985) 3

4. Marco van Basten (Holanda) AC Milan (1988, 1989, 1992) 3

5. Giuseppe Meazza (Italia) Inter Milan(1934, 1936) 2

5. Adolfo Pedernera (Argentina) River Plate(1944, 1945) 2

5. Franz Beckenbauer (Alemania) Bayern Munich (1972, 1976) 2

5. Karl-Heinz Rummenigge (Alemania) Bayern Munich(1980, 1981) 2

5. Diego Maradona (Argentina) SS Nápoles(1986, 1990) 2

5. Ronaldo (Brasil) Inter Milan / Real Madrid(1997, 2002) 2

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Los siete balones de oro de Pelé

El Balón de Oro es una idea surgida de las cabezas pensantes del periodismo deportivo. Para ser más preciso de los plumillas de ‘France Football’ (semanario futbolístico parido por el diario L’Equipé) que idearon el trofeo como refuerzo de la recién creada Copa de Europa. Para escudriñar sus inicios tenemos que retroceder al año 1956. En un comienzo se entregaba a inicios de enero para premiar al mejor jugador europeo del año anterior. Año natural y nunca año futbolístico, lo que desde el principio creo controversias y confusiones. Entre los más laureados por esencial lógica están los más grandes, empezando por Di Stéfano y acabando con Messi, y en medio Cruyff o Platini. Pero en el palmarés del Balón de Oro chirría la falta de dos futbolistas. Ni Maradona ni Pelé han catado el más preciado galardón individual del más preciado de los deportes.

En un principio el Balón de Oro iba constreñido al mejor jugador europeo, pero eso no fue óbice para que un argentino como Alfredo Di Stéfano ganase dos de ellos (1957 y 1959). La ‘Saeta rubia’ pronto compitió como nacionalizado español al igual que el también argentino Omar Sívori resultó vencedor en 1961 con el pasaporte italiano bajo el brazo. En 1995 se abrió el premio a jugadores de cualquier continente con el triunfo del liberiano George Weah. Aunque el Balón de Oro ha perdido a zancadas respeto y solemnidad, su influencia es más palpable que nunca en un deporte, que como tantos otros, está dejando lo colectivo de lado para apostar por lo individual.

La FIFA intentó primero imitarlo, luego absorberlo, para más tarde claudicar y rendirse a lo evidente. Igual deberían tomar nota aquellos que quieren crear una liga europea privada a base de dinero y derechos televisivos sin tener en cuenta la herencia, el legado y la tradición de la Copa de Europa.

El que caso es que Pelé nunca obtuvo el Balón de Oro, más que nada porque nunca pudo formar parte de la terna de posibles vencedores. Cuando en 1995 el Balón de Oro derribó las fronteras, Diego Maradona, agasajando su retirada, recibió uno honorífico. Antes, en 1989, Alfredo Di Stéfano también había sido distinguido con uno honorífico, en este caso con uno gigante que dieron en llamar Superbalón de Oro y que lo consideraba como el mejor jugador ‘europeo’ del último medio siglo. Pues hubo que esperar bastante más, hasta tan tardía fecha como 2013, para que Edson Arantes do Nascimento ‘Pelé’ recibiese su Balón de Oro conmemorativo.

Allá por 1956 el primer ganador fue el extremo inglés Stanley Matthews. Por entonces contaba con 40 años y el galardón se vendió como un homenaje a los británicos inventores e impulsores del fútbol. Desde entonces cada uno de los corresponsales de ‘L’Equipé’ desperdigado por el mundo (hoy son más de 200 periodistas los que votan –siempre con un máximo de uno por país- y no tienen por qué trabajar directamente para el rotativo parisino) votan atendiendo a tres criterios de mayor a menor importancia. Sólo conociendo esos tres criterios puede uno juzgar con conocimiento de causa a los distintos vencedores.

Según las bases del Balón de Oro el criterio fundamental son las acciones individuales y colectivas del jugador durante el año en disputa. El segundo criterio a tener en cuenta es la clase del jugador, y el último, y menos relevante, es la carrera del futbolista. Traducido al román paladino lo primero que se tiene en cuenta son los trofeos individuales o de equipo ganados en ese año natural, en segunda instancia el talento y la limpieza del futbolista –clara consideración a los jugadores ofensivos-, y en tercer y último lugar la trayectoria del deportista. Éste último axioma se considera el definitorio en caso de duda o desempate.

De este modo, atendiendo al criterio del palmarés se pueden razonar discutidos trofeos como los de Bobby Charlton (1966), Paolo Rossi (1982), Fabio Cannavaro (2006) o Luka Modric (2018), pero de la misma forma es inexplicable que Jimmy Johnstone (1967) Paolo Maldini (1994) o Andrés Iniesta (2010) no lo ganasen siguiendo esos mismos razonamientos. Respecto a la clase del jugador, pero no a los trofeos ganados, se entienden los galardones de Denis Law (1964), Kevin Keegan (1978) o Lionel Messi (2019), empero se siente la ausencia de los Bergkamp, Totti, Ibrahimovic y muchos otros antes que ellos de técnica exquisita pero sin suerte a la hora de conjugar trofeos importantes en el mismo año natural con su club y con su selección. Y por último, y atendiendo a los largos años de excelencia de un futbolista, son de entender los galardones de Lev Yashin (1963) o Marco Van Basten (1992), pero no que nunca se diera el Balón de Oro a goleadores incasables como Puskas, defensas longevos como Baresi o arquitectos perennes como Xavi Hernández.

El caso es que de una forma u de otra el Balón de Oro no es ajeno a la controversia. Y no hay más controversia que dos de los más grandes, sino lo más grandes, no cuenten con ningún Balón de Oro en su palmarés. Por lo que había que ponerse a ello, y, de paso, arrojar un poco más de luz sobre si nos quedamos con Pelé o nos quedamos con Maradona.

En el año 2015, con motivo del sexagésimo aniversario del Balón de Oro, las cabezas pensantes de ‘France Football’ y ‘L’Equipe’ decidieron hacer una votación extraordinaria, analizar los resultados, encerrarse en sus despachos y reescribir la historia del Balón de Oro sin restricciones geográficas.

Y resultó que ‘Pelé’ era o ‘O Rei’.

Pelé tendría que contar con 7 trofeos. Según los nuevos criterios saldría ganador en cuatro ediciones consecutivas (1958, 1959, 1960, 1961) sustituyendo en el palmarés a Raymond Kopa, Alfredo Di Stéfano, Luis Suárez y Omar Sívori sucesivamente. Pelé volvería a ganar el Balón de Oro en 1963 (en lugar de Lev Yashin) y en 1964 (en sustitución de Denis Law). Son los años del gran Pelé, de sus dos primeros triunfos mundiales con Brasil, de su hegemonía en Sudamérica con el Santos y de sus continuas exhibiciones en sus giras europeas.

Durante ese reinado entre 1958 y 1964, tan sólo dejaría de vencer en el Balón de Oro en el año 1962. Aquel verano su compatriota Garrincha tirará de regates, amagos, fintas y goles para, en ausencia de un lesionado Pelé, darle a Brasil la victoria en el Mundial de Chile al conquistar la final ante Checoslovaquia. Fue Josef Masopust, el líder de los europeos, quien ganó el Balón de Oro de aquel año que, según esta historia revisionista, tendría que haber sido para Garrincha.

Son años en la que la supremacía brasileña es abrumadora y que dejaran un legado que se ha perpetuado hasta la actualidad. La obra maestra de aquella década fue también el canto del cisne de Pelé que en 1970 dio un concierto futbolístico ganando el Mundial de México y logrando un ficticio séptimo Balón de Oro (en lugar de Gerd ‘Torpedo’ Müller), lo que le convierte en el futbolista más laureado con el tan afamado balón dorado.

En la sesión retrospectiva de chapa y pintura hay lugar para dos campeones del mundo más. En 1978 el argentino Mario Kempes le quitaría el galardón al inglés Kevin Keegan y en 1994 el carioca Romario haría lo propio con el búlgaro Hristo Stoichkov.

Nos queda Diego Armando Maradona. El astro argentino resultaría vencedor en 1986 (Igor Belanov) y en 1990 (Lotthar Matthaus). A pesar de su extraordinaria clase no podría competir con el talento y los títulos de sus coetáneos Michael Platini o Marco Van Basten.

Así pues Pelé con 7 títulos superaría -al menos de momento- a Messi (6), Cristiano Ronaldo (5), Cruyff (3), Platini (3), Van Basten (3) y, por descontado, al arrollador pero intermitente Maradona (2).

Pelé sigue siendo ‘O Rei’.

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De la final de las botellas al caso Guruceta (2ª parte)

Poco menos de dos años después de la llamada ‘final de las botellas’, Real Madrid y FC Barcelona volvieron a cruzar sus caminos en la Copa del Generalísimo. En este caso se trataba de una eliminatoria de cuartos de final que se resolvería en el encuentro de vuelta, un choque que pasó a la posteridad como el del ‘caso Guruceta’. En ese interludio de 24 meses ocurrieron un par de hechos sobresalientes. En una entrevista veraniega Santiago Bernabéu, presidente madridista, declaró sin pelos en la lengua: “No están en lo cierto quienes digan que no quiero a Cataluña. La quiero y la admiro mucho, a pesar de los catalanes. Y a quien admiro de verdad es a Vilá-Reyes. Ser presidente en Cataluña de un club que se llama Español es digno de admiración”. En esas mismas fechas, Narcís de Carreras, presidente azulgrana, acuñaría en un acto público una expresión que llevaría el significado del barcelonismo a una nueva dimensión: “El Barcelona es algo más que un club de fútbol, es más que un lugar de esparcimiento donde los domingos vamos a ver jugar al equipo. Más que todas las cosas es un espíritu que llevamos muy arraigado dentro”.

La Liga 1969-70 finalizó con el Real Madrid sexto. Era la primera vez que los blancos no iban a disputar la Copa de Europa. Hasta entonces lo habían hecho siempre al ser vigentes campeones europeos o vigentes campeones de Liga. La única opción que tenían de competir en el continente la siguiente temporada era ganar la Copa y así clasificarse para la Recopa. Al FC Barcelona tampoco le había ido mucho mejor, pero al menos finalizó cuarto (llevaba diez años sin conquistar la Liga) y se había clasificado para la Copa de la UEFA. La Liga la había ganado el Atlético de Madrid en dura pugna con el Athletic de Bilbao.

Total, que en cuartos se enfrentan los dos gigantes en el único torneo que les puede permitir salvar la temporada. En el Barça Manolo Reina había sustituido en la portería a Sadurní, Olivella se había retirado y en el centro del campo Pereda había dejado su lugar a Marcial. El principal cambio del Real Madrid era Sebastián Fleitas, un delantero paraguayo que no dio resultado, y la entrada en el once titular de Goyo Benito, un joven y duro central que haría carrera en la casa blanca. Con estos mimbres el encuentro de ida tiene lugar en el Bernabéu y el Madrid gana por 2-0 con mucha polémica. Desde Barcelona se reclama que el segundo gol, obra de Amancio, tiene lugar en claro fuera de juego.

La vuelta se disputa en el Camp Nou el 6 de junio de 1970. Como árbitro se designó al guipuzcoano Emilio Guruceta, un prometedor colegiado que esa temporada había hecho su debut en Primera División. Se trataba de un trencilla autoritario pero dialogante, que dejaba jugar al estilo inglés, a imagen de lo que hoy podría ser Mateu Lahoz. Cuando en 1987 fallezca víctima de un accidente de circulación el diario ‘Marca’ instaurará un premio que llevará su nombre para designar al mejor árbitro de cada temporada.

La primera parte no tiene gran historia, pero al filo del descanso un latigazo de Rexach pega en el poste y se cuela dentro. El FC Barcelona gana 1-0 y tan sólo necesita otro gol para empatar la eliminatoria.

El Barça sale en tromba en la segunda mitad y se suceden las ocasiones en el área defendida por Junquera. Pero en el minuto 14 de ese período el Madrid recupera el balón y lanza un contraataque comandado por Velázquez. Comienza una carrera que lo ha de llevar hasta el área contraria momento en el que es derribado por detrás por Rifé (el mismo que había centrado en el autogol de Zunzunegui dos años atrás). Guruceta pita penalti.

El problema es que el derribo había sido fuera del área. Pero no por unos escasos centímetros, sino por unos cuantos metros. La dificultad estriba en que la caída no es limpia. Velázquez se va trastabillando y acaba con el cuerpo dentro del área. Pero no es excusa. El error es de bulto, tanto desde la televisión como dentro del campo.

El Camp Nou estalla. Hay lluvia de almohadillas (ya no había botellas, pero sigue habiendo incómodos asientos de cemento que son aderezados por cojines) y los jugadores del Barça hacen amago de marcharse del campo, pero son frenados por el inglés Buckingham, técnico azulgrana, y que al llevar poco tiempo en España no sabe de qué va la película. La lluvia de almohadillas no cesa y entre una cosa y otra pasarán casi nueve minutos hasta que Amancio lance el penalti e iguale el partido (1-1). Es entonces cuando Eladio, capitán azulgrana, se acerca a Guruceta y le aplaude en tono de guasa. Guruceta saca la cartulina roja de su bolsillo y expulsa al catalán. Un trueno recorre el Camp Nou y a las almohadillas le siguen unos cuantos espontáneos que invaden el campo. Como sería el ambiente que hasta los jugadores del Real Madrid le piden a Guruceta que rectifique y no expulse a Eladio, pero será como predicar en el desierto.

El partido sigue jugándose a trompicones con continuos lanzamientos de almohadillas y continuos parones en el juego mientras el público grita con ironía “¡campeones, campeones!” a los madridistas. A falta de diez minutos para el final Rifé cae en el área pero Guruceta no pita penalti. Más abucheos y nueva entrada de hinchas al rectángulo de juego. Emilio Guruceta decide dar por finalizado el partido y dar por válido el empate que clasifica al Real Madrid. En el acta del encuentro el colegiado vasco especificará que cayeron “más de 30.000 almohadillas” sobre el césped del Camp Nou.

El postpartido es de traca. Miles de aficionados barcelonistas se concentran en el entorno de la Plaza Canaletas gritando consignas que mezclan el deporte y la política hasta que la policía disuelve a los manifestantes. Bernabéu, fiel a su estilo, declara; “ha sido un penalti como una casa”. Pero lo que avivará el fuego son las declaraciones de Antonio Calderón, gerente madridista: “Ha pasado lo que suele pasar en cualquier pueblo”. De traca. Con menos los CDR te montan una barricada en Barcelona. Agustín Montal, un joven de 35 años que apenas unos meses antes había sustituido a Carreras en la presidencia azulgrana, no entra al trapo, y bien asesorado se limita a pedir que el partido se repita a partir del minuto 59, eso sí, eliminando de la escena el penalti que considera “un robo”.

La RFEF quiere dar por finiquitado el partido e imponer una sanción al FC Barcelona por el lanzamiento de objetos. Pero la indignación en Cataluña es brutal. El asunto pasa directamente al Consejo de Ministros. Y se decide intentar contentar a todos. En primer lugar el partido se da por terminado con la clasificación del Real Madrid a pesar de que faltan diez minutos por jugarse. En segundo término se castiga a Eladio con dos partidos de sanción por menosprecio al árbitro, pero a cambio se decide no clausurar el Camp Nou. Y por último se suspende de empleo y sueldo a Emilio Guruceta durante seis meses “por alteración del orden público”.

Pero eso no bastó para aplacar la indignación catalana. Era 1970 y lo que antes era sumisión ahora es rebeldía. Hubo que pasar a la pela. En las semanas siguientes el Consejo de Ministros libera 50 millones de pesetas que sirvieron para que el Barça construyera el Palau Blaugrana y la pista de hielo.

El Real Madrid eliminó al Athletic en semifinales y se clasificó para la final a disputar ante el Valencia. El partido se celebró en el Camp Nou en medio de un ambiente terrible hacia los madridistas que aun así lograron alzarse con el título tras vencer por 3-1. Cuando Franco entregue el trofeo a Gento, capitán madridista, el estadio se tornará vacío salvo por la presencia de unos cuantos miles de aficionados merengues.

Guruceta no volvió a arbitrar al FC Barcelona en más de 17 años de carrera. Muchos años después de su muerte una investigación de la UEFA demostró que había recibido un millón de francos suizos para facilitar la victoria del Anderlecht ante el Nottingham Forest (3-0) en las semifinales de la Copa de la UEFA de 1984. La noticia fue portada en la prensa deportiva catalana e intensificó el dolor por el recuerdo del ‘caso Guruceta’.

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De la final de las botellas al caso Guruceta (1ª parte)

Ahora que parece que por fin se va a disputar el Barça-Madrid es sugestivo rememorar otros clásicos plagados de odio, vísceras y altas dosis de política. En este blog ya hemos repasado la relación entre el FC Barcelona y la identidad catalana a través de una trilogía de artículos que nos llevaban desde los albores del nacionalismo hasta la Transición. En toda esta epopeya histórica tanto Madrid como Barça representan a disgusto o por convicción los papeles de españolidad y de catalanidad. Mas a pesar de los niveles de exaltación patriótica de la actualidad aún no se ha superado el cataclismo del bienio 1968-70, cuando en plenos estertores del Franquismo a la ‘final de las botellas’ le siguió el ‘caso Guruceta’.

La llamada ‘final de las botellas’ no es más que el calificativo con el que la posteridad recuerda la polémica final de Copa (entonces del Generalísimo) que enfrentó a FC Barcelona y a Real Madrid en 1968. Por entonces la Copa se empezaba a disputar en mayo una vez consumada la Liga. En el torneo de la regularidad el Real Madrid había ganado con claridad liderando la tabla desde el inicio de la segunda vuelta. Era el séptimo título consecutivo de los merengues. En la Copa vencieron al Sevilla y al Zaragoza para arrollar al Celta de Vigo en semifinales y clasificarse con holgura para la final.

El Barça tenía puestas sus esperanzas en la Copa. En semifinales se enfrentó al Atlético de Madrid, por aquel entonces club con más enjundia que los catalanes. En la ida ganaron los rojiblancos por 1-0 pero acabaron el duelo indignados por lo que consideraban un mal arbitraje. En la vuelta el Barça ganaba 2-1 a escasos segundos del final, lo que conducía a la prórroga (no había valor doble de los goles en campo contrario), pero el colegiado del encuentro aplicó un tiempo de descuento excesivo que permitió a Zaldúa anotar al filo del minuto 99 y clasificaba al Barça para la final.

El árbitro de ambos encuentros fue el mallorquín Antonio Rigo, acreditado colegiado con fama de barcelonista. Había dirigido 11 de los 30 partidos del Barça en aquel campeonato y también los cuartos de final ante el Athletic. La prensa madrileña sacó el látigo y en medio de aquel follón se conoció que Rigo iba a ser el árbitro de la final entre el FC Barcelona y el Real Madrid. Por si la polémica fuese poca hubo que retrasar varios días la final por problemas de agenda de Franco, lo que hizo sino aumentar la vorágine escritora de los periodistas.

El partido se iba a disputar el jueves 11 de julio de 1969, único día posible en la agenda del Caudillo. El Madrid no estaba de acuerdo con la designación arbitral y el Barça mostraba su indignación porque el choque se tendría que disputar en el Santiago Bernabéu, una ofensa contra la neutralidad de la final.

El Madrid tiene a tres titulares lesionados, el lateral Calpe, el cerebro Velázquez y la leyenda Gento. El Barça cuenta con su once de gala incluido a Carles Rexach, un joven extremo que había debutado esa temporada y que estaba considerado la gran perla del fútbol español. El Bernabéu estaba a reventar con más de 100.000 espectadores en las gradas con lógica mayoría madridista. En el palco de autoridades las vacas sagradas del Franquismo junto a Bernabéu, el presidente que convirtió al Real Madrid en el club de fútbol más importante del mundo, y a Narcís de Carreras, el presidente que acuñó la frase ‘més que un club’ y que ha definido la trascendencia social del FC Barcelona hasta nuestros días.

Apenas seis minutos después del pitido inicial, el azulgrana Rifé se interna por la banda izquierda y centra al corazón del área blanca. Zunzunegui se prepara para despejar el balón con una fuerte volea, pero con tan mal tino que se trastabilla y proyecta un perfecto remate que se cuela en la portería defendida por Betancort. Gol en propia puerta. Silencio sepulcral en el Bernabéu y el Barça se adelanta por 0-1.

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Zunzunegui anotó el tanto más desafortunado de su carrera

El Barça se echa atrás y el encuentro se convierte en un monólogo madridista. Minutos después Pereda, con la pierna en alto, golpea al madridista José Luis que queda largo rato conmocionado en el terreno de juego. Hay protestas en el graderío. Un poco más tarde es Serena el que es cazado con dureza por Gallego. Aún no había aparecido Cruyff por Barcelona y no se sabía lo que era el ‘fútbol total’. El Barça era un equipo que daba mucha leña, tal y como mandaban los cánones a finales de los 60.

Minutos después el propio Gallego caza a Pirri que vuela por los aires y sufre una luxación de clavícula. Pirri acabaría el partido con el brazo doblado hacia arriba anticipándose a la icónica imagen de Beckenbauer con el brazo en cabestrillo del Mundial de 1970. Es entonces cuando caen las primeras botellas al césped. Los aficionados iban al estadio con botellas de cristal. A diferencia de lo que ocurre en la actualidad aquellas botellas estaban llenas de alcohol, el cual, tras pasar por el tubo digestivo y ser descompuesto a partes iguales por el intestino y el hígado, viaja a través de la sangre hasta el cerebro para convertir al brazo de un ciudadano ejemplar en un arma de destrucción masiva.

Entre tanta mala leche también hay tiempo para el buen fútbol, donde resplandecen los regates de Amancio, pero mucho más las extraordinarias paradas del azulgrana Sadurní. Poco después del inicio de la segunda parte se desata la locura. Serena enfila el área y la parte en dos cual cuchillo hasta que es cazado por Eladio. Rigo dice que no ha pasado nada. Que siga el juego. Las botellas llueven sobre el Bernabéu. A decenas. A cientos. A miles. Botellas de cristal. De tercio de litro. De cerveza y también alguna de Coca-cola y de Kas. Lo normal entonces era tirar almohadillas. Aquello de las botellas era lo nunca visto.

El juego se para, pero minutos después hay otra entrada de juzgado de guardia. En este caso el derribado es Amancio. Vuelven a llover las botellas. Montones de botellas. Sadurní decide meterse dentro de su propia portería esperando que la red le proteja de los impactos. Los jugadores del Madrid se dirigen al público pidiéndoles que dejen de lanzar objetos, pero la masa está extasiada y no cesan de arrojar todo lo que tienen a mano.

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Sadurní recibió un aluvión de botellas dentro de su área

A partir de entonces, y hasta el final del choque, cada vez que un jugador del Barça tenga que sacar de banda o lanzar un córner recibirá como obsequio unas cuantas botellas. En el último cuarto de hora apenas se juega al fútbol y el Barça consigue aguantar el chaparrón y proclamarse campeón de Copa gracias al tempranero gol en propia meta de Zunzunegui.

El capitán Zaldúa se dirige al palco para recibir el trofeo de manos de Franco y el estadio grita de forma unánime ¡Rigo, campeón! visiblemente disconformes con la actuación del árbitro mallorquín. Aun cuando el Barça se retira al túnel de vestuarios caerán unas cuantas almohadillas sobre la cabeza de los futbolistas, una vez que las botellas han pasado a mejor vida.

Pero el intríngulis de la ‘final de las botellas’ tendrá lugar en el palco. Entre los presentes está Camilo Alonso Vega, veterano de las guerras de Marruecos y por entonces ministro de Gobernación. Al parecer su mujer se acerca a Bernabéu y le dice: “¡Qué desgracia, hemos perdido!”. Alonso Vega la acerca a su lado, la reprende y le indica que felicite al presidente del FC Barcelona. Ella se vuelve hacía Narcís de Carreras y le espeta: “Felicidades. Porque Cataluña también es España, ¿verdad?”, a lo que éste replica: “Señora, no fotem”, expresión que no necesita traducción.

En Barcelona se espera una fuerte sanción para el Real Madrid. La federación no hace nada. No es el Real Madrid el que ha organizado el partido. Al ser la final de Copa la organización corre a cargo de la propia Federación. Si la Federación decide sancionar, tendría que sancionarse a sí misma. Por lo que va a ser que no. Barcelona estalla de indignación. La única decisión que toma la RFEF es prohibir la venta de líquidos en botellas de cristal dentro de los estadios de fútbol. Desde entonces los vasos de plástico se hicieron un hueco en los graderíos del balompié español.

Por su parte el Real Madrid decidió recusar a Antonio Rigo. Nunca más volvió a dirigir a los de Chamartín. El FC Barcelona contraatacó haciendo lo propio con Ortiz de Mendíbil, uno de los mejores colegiados del mundo pero simpatizante madridista que en 1966 había alargado un Madrid-Barça durante 11 minutos hasta que los blancos marcaron el gol de la victoria. Rigo siguió arbitrando al resto de clubes de la Liga hasta que en 1975 fue obligado a retirarse al aparecer su nombre en una trama de corrupción que la llegada de la democracia dejó en el olvido.

Para el Barça que el Madrid no fuese sancionado tras la ‘final de las botellas’ era un síntoma más del poder del Madrid. Para los merengues que aquella final fuese dirigida por Rigo no hacía más que demostrar que las protestas llegadas desde Barcelona no eran más que lloreras, y que gracias a esas lloreras conseguían lo que querían.

Una vez retirado Antonio Rigo admitió que tras la ‘final de las botellas’ se hizo profundamente antimadridista. Obviamente para los blancos ya lo era antes de esa final. Lo único cierto es que aquella imagen del césped del Bernabéu lleno de botellas dio la vuelta al mundo y que el Barça consiguió sumar un nuevo título en su palmarés en casa del eterno rival.

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Rigo, el gran protagonista de ‘la final de las botellas’

P.D: Hubo que tirar de fotografías en prensa y de las crónicas de los periodistas para comprobar que hubo ‘final de las botellas’. Tanto en el resumen del NO-DO como en la retransmisión de TVE se evitó mostrar imágenes que incitasen a la polémica y a la violencia.

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