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La tragedia de Superga

Recientemente hemos asistido a la desaparición de una avioneta en la que viajaba el futbolista argentino Emiliano Sala. Suceso trágico, doloroso y punzante por infrecuente, saltó a noticiarios de todo el mundo debido a la jerarquía mediática del deportista. Su familia contrató a un equipo de rastreo para intentar localizarlo en la inmensidad del Canal de la Mancha mas todo concluyó en un funesto final. La misma conclusión que se vivió en las afueras de Turín en 1949. Este 4 de mayo se cumplen 70 años de la llamada tragedia de Superga, un accidente aéreo que conmocionó a medio planeta. Desde entonces, pase lo que pase, cada 4 de mayo cientos de personas peregrinan hacia la Basílica de Superga y, tras una admirable ceremonia, un grupo de aficionados finaliza el acto instalando una corona de flores al pie del monumento que perpetúa al ‘Il Grande Torino’.

En los años 40 no existían los torneos europeos por lo que los calendarios de los equipos eran mucho más ligeros que en la actualidad. Era común que se celebrasen giras y partidos amistosos entre los clubes más respetables del momento. Era una ocasión única para ver en directo a las grandes estrellas del planeta de las que limitadamente se tenía constancia por reseñas periodísticas. También era motivo de algarabía poder ver distintos modelos de fútbol, formas de juego y, en definitiva, salir de la rutina habitual a través de las patadas dadas a un esférico.

Uno de esos encuentros amigables tuvo lugar el 3 de mayo de 1949. La directiva del Benfica decidió celebrar un partido de homenaje en honor a Francisco ‘Xico’ Ferreira quien llevaba una década ejerciendo de capitán del conjunto lisboeta. Se trataba de una práctica habitual en la época para ayudar a la jubilación de los futbolistas más significativos, ya que el dinero de la taquilla iba íntegramente para el homenajeado. El rival escogido fue el Torino FC, quizás el equipo más fuerte de Europa en esos momentos y en dura pugna con los argentinos de River Plate por la hegemonía mundial.

¿De dónde había salido el Torino FC?

El Torino FC era una máquina ofensiva de primerísima magnitud. Había ganado cinco campeonatos italianos consecutivos y si hubiese existido la Copa de Europa estaríamos inmortalizando a un ilustre campeón. A finales de la década de 1940 al menos ocho (Bacigalupo, Ballarin, Castigliano, Loik, Maroso, Mazzola, Menti y Rigamonte) de los 11 titulares de la selección italiana pertenecían al Torino FC, aunque no era descabellado que ese número se ampliara hasta los diez. Tan sólo el portero ‘azzurro’ solía ser de otro equipo, aunque, por supuesto, el guardameta del Torino FC era el habitual suplente. Cabe recordar que por aquel entonces Italia era la vigente campeona mundial, y si bien es cierto que la II Guerra Mundial había provocado un impase en la celebración de los Mundiales, también lo era que los transalpinos habían vencido tanto en 1934 como en 1938. Semanas antes de la tragedia de Superga, Italia bailó a Hungría –por entonces potencia internacional- en un choque en el que ‘Il Grande Torino’ dotó a la selección de diez titulares. El partido acabó 3-2, pero no fue el resultado sino un fútbol vistoso con continuos cambios de posiciones de ataque y de sincronía entre defensores y atacantes, lo que hizo que fuese alabado por aficionados y periodistas.

‘Il Grande Torino’ es considerado como el antecesor del Ajax. Conjunto de altísima calidad técnica en el que las posiciones en el terreno de juego no importaban. Sus dos centrales, Aldo Ballarín y Virgilio Maroso, conducían el balón desde área propia y a menudo ingresaban en el centro del campo para distribuir el juego, algo muy poco frecuente por entonces. Conformaban una perfecta máquina ofensiva en la que el hábil artista era Ezio Loik y el virtuoso finalizador Valentino Mazzola. Juntos formaban una brutal dupla ofensiva que ayudó a que en la temporada 1947/48 el Torino FC anotase 125 goles en tan sólo 40 partidos.

Lamentablemente no tenemos imágenes en movimiento, tan sólo fotografías y bellas líneas escritas, pero todos los cronistas coinciden en considerar a Valentino Mazzola como el antecesor de Johan Cruyff. Figura y capitán tanto del Torino FC como de la selección italiana, Mazzola era un delantero de gran talento y notable técnica, de porte magistral, escurridizo y de fuerte carácter. Los que lo vieron jugar dirían de su hijo Sandro (también leyenda en el fútbol italiano como capitán y líder del Inter de Milán) que encarnaba los valores de su padre. Y de Sandro, afortunadamente, tenemos imágenes.

Así pues, aquel 3 de mayo, con un estadio da Luz a rebosar, portugueses e italianos disputaron un entretenido choque que se saldó con la victoria del Benfica por un ajustado 4-3.

Tras la disputa del partido, la mañana del miércoles 4 de mayo de 1949 los 18 integrantes de la plantilla italiana, personal técnico, tripulación y tres periodistas, para sumar un total de 31 pasajeros, surcaron el aire en un vuelo de cuatro horas con destino a Barcelona. El vuelo transcurrió con normalidad y los jugadores aprovecharon las dos horas muertas de escala que tenían para almorzar con la plantilla del AC Milan, que también hacía escala en la capital catalana tras haber jugado otro amistoso, en este caso en Madrid.

A las 14.50 horas el avión puso rumbo a Turín sin novedad alguna. Al superar la Costa Azul y acercarse a la frontera italiana el tiempo se tornó adverso y comenzaron a registrarse alguna que otra turbulencia. A la altura de Génova, el piloto, el teniente coronel Meroni, fue informado de que en Turín había fuertes ráfagas de viento, visibilidad prácticamente nula y enérgicos chubascos. Dado que el aeropuerto de Turín está al norte de la ciudad, Meroni contestó que haría un rodeo dirección Sur para luego remontar dirección Este a la altura de Superga.

Superga. La Basílica de Superga.

Al este de Turín, antes de avanzar a las llanuras del Po, la ciudad cuenta con un pulmón verde en forma de colina que está coronado por una iglesia. La Basílica de Superga es un precioso santuario neoclásico en el que están enterrados los miembros de la casa de Saboya. Entre los finados está Amadeo I, rey de España durante un par de tumultuosos años tras la proclamación de la I República.

A las 16.59 horas la torre recibió la comunicación de que el avión estaba a nueve millas de la pista de aterrizaje perfectamente alineado para aterrizar.

La pista está a 305 metros sobre el nivel del mar. La Basílica de Superga asciende a una altitud de 669 metros.

No hubo más comunicaciones.

El FIAT G-212 de la Avio Linee Italiane se estrelló a las 17.03 horas en la parte trasera de la colina sobre la que se levanta la Basílica. La única parte de la nave que permaneció intacta fue la cola. Los 31 pasajeros fallecieron en el acto.

18 futbolistas; Valerio Bacigalupo, Aldo Ballarin, Dino Ballarin, Emile Bongiorni, Eusebio Castigliano, Rubens Fadini, Guglielmo Gabetto, Ruggero Grava, Giuseppe Grezar, Ezio Loik, Virgilio Maroso, Danilo Martelli, Valentino Mazzola, Romeo Menti, Piero Operto, Franco Ossola, Mario Rigamonti y Giulio Schubert. 3 miembros del cuerpo técnico; Egri Erbstein, Leslie Levesley y Osvaldo Cortina. 3 directivos; Arnaldo Agnisetta, Ippolito Civalleri y Andrea Bonaiuti. 3 periodistas; Renato Casalbore, Renato Tosatti y Luigi Cavallero. Y por último los 4 miembros de la tripulación; Pierluigi Meroni, Celeste D’Inca, Antonio Pangrazi y Cesare Biancardi.

Era tal el estado tan desolador de los cuerpos que los miembros policiales y sanitarios se vieron incapaces de identificar a los cadáveres a pesar de que muchos de ellos eran personajes conocidos por el gran público y que sus fotografías eran de circulación frecuente en la prensa. Se tomó la decisión de llamar al seleccionador italiano Vittorio Pozzo para tan desagradable misión. Pozzo vivía en Turín y se acercó hasta Superga junto a Sauro Tomá, el único futbolista de la plantilla del Torino FC que no había viajado a Lisboa. Tomá estaba convaleciente de una fractura de menisco por lo que no pudo trasladarse con sus compañeros a Portugal. El destino le reservó la agridulce noticia de ser el único jugador vivo después del accidente. Tomá falleció en 2018 a los 92 años de edad. Tocado de por vida, necesitó ayuda psicológica durante años y cuando en 1989, cuatro décadas después del accidente, apareció llorando en la televisión pública italiana durante un reportaje de la tragedia sus lágrimas impactaron a aquellos que no conocían el suceso.

Paradojas de la historia, además de Tomá otro hubo superviviente del que poco se sabía entonces. Ladislav Kubala era un delantero húngaro que había huido de su país escapando del comunismo. Tras pasar unos meses en un campo de refugiados cerca de Roma, una semana antes de la tragedia viajó hasta Turín para firmar por el Torino FC. Aunque no estaba previsto que jugase, la idea era que viajara con el resto de sus futuros compañeros hasta Lisboa. La fortuna quiso que tanto su mujer como su hijo estuviesen enfermos en aquellos días por lo que finalmente se decidió que permaneciese en Turín.

El resto es historia. Kubala acabó firmando por el FC Barcelona siendo el buque insignia de la primera edad de oro del club catalán.

La consternación en Italia fue inconmensurable. Los documentales cinematográficos de la época enseñan como los ataúdes iban entrando en la catedral de Turín en el mismo orden con el que los jugadores ingresaban en el campo. De hecho, desde la megafonía eclesiástica se vitoreaba a los futbolistas como si del ‘Stadio Filadelfia’ se tratase. Se dice que hubo más de medio millón de personas que acudieron al entierro comunitario. Aún hoy, en el museo del Torino FC, se pueden ver las bolsas de viaje de tres de aquellos desafortunados chavales, incluida la del gran Valentino Mazzola. Junto a otros enseres también está la hélice del avión y a los pies de la Basílica de Superga no faltan nunca los ramos de flores.

Quedaban cuatro jornadas para el final de la Serie A pero se decidió que el Torino FC fuese proclamado campeón de Liga. En los partidos restantes los equipos rivales alinearon a sus juveniles para mitigar el impacto de los resultados. Semanas más tarde, River Plate se desplazó con todas sus figuras, incluyendo a Ángel Labruna y a Alfredo Di Stéfano, para jugar un partido amistoso en Turín a beneficio de los familiares de las víctimas. Desde entonces, y hasta que la mercadotecnia destrozase las buenas costumbres, la segunda zamarra del Torino FC pasó a ser blanca con franja roja en homenaje a los argentinos y River adoptó como segunda camiseta el color vino de los turineses.

La tragedia de Superga supuso un cambio total de paradigma en el fútbol italiano. A corto plazo provocó una crisis de resultados. Sin la base turinesa, la selección italiana pasó 20 días en un barco camino de Brasil para disputar el Mundial de 1950 por miedo a subirse a un avión. Quedarían eliminados en la primera fase del torneo al igual que sucedería en la cita de 1954. Para el Mundial de Suecia de 1958 ni llegaron a clasificarse. A largo plazo provocó un cambio de estilo. A finales de los 40 Italia era un equipo ofensivo, poderoso, ganador, que combinaba la gambeta sudamericana con el orden europeo. Tras la tragedia de Superga, muertos sus jugadores más técnicos, Italia se convirtió en un conjunto pequeño y ultradefensivo para agachar sus notables carencias. Cuando una vez pasada la crisis de los 50 la selección italiana y los equipos de Milán alcancen éxitos a través del catenaccio el cambio ya estaba hecho. No habrá nunca más hueco en Italia para el fútbol ofensivo.

Para el Torino FC no hubo cambio de paradigma. Para el Torino FC la tragedia de Superga supuso el fin. Jamás llegó a recuperarse. ‘Il grande Torino’ dejó paso a la ‘Vecchia Signora’. El equipo de la Cinzano claudicó ante el de la Fiat.

En 1949 el Torino FC pugnaba con la Juventus, no sólo por ser el mejor club de la ciudad, sino de Italia. La Juve contaba con 6 trofeos mientras que los granates tenían 5 entorchados. Empataban con títulos con el Inter de Milan (5), y superaban al AC Milan (3) y a los capitalinos de la AS Roma (1). Desde aquella fatídica tarde de 1949, el Torino FC sólo logró el `scudetto’ de 1976, mientras que la Juventus cuenta con 35 entorchados ligueros amén de sus conquistas europeas.

Siete décadas más tarde los hinchas del ‘Toro’ siguen lamentado aquella trágica tarde del 4 de mayo a los pies de la Basílica de Superga.

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A propósito del Brexit. El reinado inglés en el fútbol europeo de los 70 y los 80

Tras la II Guerra Mundial los archienemigos franceses y alemanes se sentaron tras una mesa y contemplaron la hecatombe que habían originado. Tras la masacre afloraron dos bestias pardas que habían contribuido a crear tanto en Oriente como en Occidente, y llegaron a la brillante y simple conclusión de que o bien se ponían a trabajar juntos o bien quedarían los restos de lo que antes había sido la hegemónica Europa. Así fue gestándose la Unión Europea, con la inestimable ayuda del fútbol, quizás el único objeto de deseo que los europeos compartimos desde Lisboa hasta Sebastopol.

Pero los británicos dijeron que no. En principio no. Su país no había sido arrasado por las bombas y se mantenía como líder comercial gracias al poder de su ya por entonces paupérrimo Imperio llamado ahora Commonwealth. Y el fútbol. El fútbol era un invento inglés. Y por supuesto no necesitaban ni la FIFA ni la Copa de Europa ni tonterías varias. No había mejor fútbol que el que se practicaba en las Islas Británicas.

Pero los tiempos habían cambiado. Mientras Francia, Alemania y hasta la raquítica Italia crecían de forma imparable en la posguerra, Gran Bretaña no carburaba, el Imperio se hacía pedazos y Estados Unidos se pasaba por el forro la flema y los modales. Así que al león británico no le quedó más remedio que entrar en la Unión Europea en 1973.

No pudo haber escogido peor momento.

La crisis del petróleo de 1973 puso fin a los años de bonanza de la posguerra. Los países que habían alcanzado la prosperidad aceptaron el desafío y fortalecieron sus lazos más si cabe. Fue una década dura para todos. Para el Reino Unido fue terrible. Fueron años de paro, recortes, desindustrialización y huelgas. Luego vino Margaret Thatcher y enderezó el país dotándolo de orgullo y patriotismo, o populismo, como se dice en estos tiempos. Y Gran Bretaña nunca pasó a ser miembro pleno de la Unión Europea. El brexit siempre estuvo en el aire desde el año 0. Nunca cumplió con Schengen (mantiene restricciones en la libre circulación de personas), no aceptó el euro (mantiene la libra) y es el único país de la UE que rechazó la carta de derechos europeos.

El proyecto europeo siempre ha sido para los ingleses un instrumento, nunca un fin ni un ideal. El escenario donde poder levantar cabeza y reafirmar sus sueños de grandeza. Una vía para poder ejercer una influencia que se desvanece por todo el orbe.

Luego vino el Brexit (o eso parece) por causas que más o menos todos conocemos. Pero estos son los orígenes. Unos orígenes que se remontan a la década de los 70, al mismo momento en el que el Reino Unido decide incorporarse sin demasiada fe a la Unión Europea. Buscaron luz donde había negrura y no lograron iluminar la estancia. Y es que los 70 en Inglaterra fueron lúgubres. Acabado el boom de la minifalda y de los Beatles, perdido el Imperio y aislados del resto de Europa, los británicos vivían instalados en la depresión.

Pero, ¿y el fútbol?

Inglaterra había ganado el Mundial de 1966 en casa. Tenían una buena generación y aprovecharon los beneficios arbitrales de actuar como anfitrión. Aquel grupo cayó en semifinales de la Eurocopa del 68 y feneció definitivamente al perder ante Alemania en cuartos de final del Mundial de México 70. Al fin se había ganado un Mundial, y los ingleses tenían argumentos para mantener viva la llama del aislacionismo y de la supuesta superioridad de su fútbol.

La desdicha llegó poco después. En 1974 y en 1978 Inglaterra no consiguió clasificarse para el Mundial. Practicaba un juego rudimentario basado en lanzar el balón hacia adelante, sus jugadores no eran conocidos internacionalmente y, por si fuera poco, lo habitual era escuchar historias de alcohol y de drogas entre muchos de sus componentes. El Manchester United, el único equipo inglés con sentido internacional, había descendido de categoría. De pronto la Inglaterra de provincias hizo su aparición.

Y la Inglaterra de provincias salvó al siempre colosal orgullo inglés. Fueron los años del Forest y del Aston Villa. Las victorias más sorprendentes que ha forjado la Copa de Europa. Entre 1977 y 1984 (con la excepción de 1983) algún equipo inglés fue campeón de la Copa de Europa de fútbol. Y lo hicieron desde el anonimato. Fueron conjuntos de ciudades provinciales, sin tradición, que representaban lo más profundo de la Inglaterra más profunda. Lugares donde la insularidad era acusada.

Durante el bienio 1979-1980 en Europa reinó el Nottingham Forest, el más fiero exponente de los midlands ingleses. Un equipo sin historia y sin tradición (y también sin dinero, lo que lo distingue de ‘trapalladas’ como el Manchester City) que en el espacio de tres años pasó de la segunda categoría del fútbol inglés a ser bicampeón europeo. Es cierto que tuvo cierta suerte en las eliminatorias, pero machacó a Ajax, Hamburgo o Colonia por el camino, rivales de enjundia en esos tiempos. Lo hizo con un fútbol directo basado en el contraataque y la solidaridad de sus jugadores. Tan sólo la fama del fenomenal portero Peter Shilton ha cruzado las aguas del Canal de la Mancha. Otros como Viv Anderson o Trevor Francis quizás suenen a los estudiosos del fútbol. Los demás son simples obreros sin nombre ni recuerdo al escapar del corazón de la campiña inglesa.

Más sangrante para la Europa futbolera y más satisfactorio para el inglés medio fue la victoria del Aston Villa en 1982. El Villa es el principal equipo de Birmingham, quizás la más inglesa de las ciudades inglesas. Cuna de la Revolución Industrial, se jacta de ser lugar de nacimiento de mil y un inventos y mil y una empresas, entre las que por supuesto están varios deportes como el criquet, el fútbol o el tenis. El Aston Villa había sido un grande en los albores de la competición a finales del siglo XIX, pero cuando en 1981 gana la Liga inglesa sorprende a propios y extraños. Con un fútbol cicatero, elemental y ultradefensivo elimina a Dinamo de Kiev y Anderlecht para ganar al Bayern de Münich en la final. En el caso del equipo de Birmingham no hay nadie, absolutamente nadie, que sea digno de guardar en el recuerdo. Ni tan siquiera su entrenador, ya que Tony Barton había accedido al cargo escasamente dos meses antes de la disputa de la final. El triunfo del Villa elevó el ego ingles hasta el infinito en una demostración de conjunto, lealtad y solidaridad entre compatriotas, que daba por sentado la superioridad frente a los incautos al otro lado del estrecho de Dover.

Por el camino hubo otros equipos recordados en la isla y olvidados fuera de ella. Equipos sin jugadores plausibles de aparecer en la lista del Balón de Oro, incapaces de destacar en un Mundial, indignos de ser recordados en un tomo sobre ases del balón, pero que dejaron su huella en Europa. El Leeds United, subcampeón de la Recopa en 1973 y de la Copa de Europa en 1975 y considerado uno de los equipos de fútbol más duros que se recuerdan. El ‘Dirty Leeds’ (sucios Leeds) hizo apología del destrozo al rival capitaneados por Billy Bremmer, un centrocampista pequeño y aguerrido que coleccionaba tarjetas partido tras partido. También fue subcampeón de la Recopa (1976) el West Ham, el conjunto de la clase obrera londinense con un fútbol y una alineación imposible de recordar. Igualmente perdió la final el Arsenal (1980), mientras que el Everton se proclamó campeón en 1985 con un equipo más ofensivo pero de escaso relieve. Por su parte el Tottenham venció en la Copa de la UEFA (1984) con Steve Archibald como jugador estrella, un delantero de escaso recuerdo en su posterior aventura en el FC Barcelona. Pero quizás el más estrafalario de los campeones fue el Ipswich Town en 1981. Conocidos como los ‘tractor boys’, el equipo del este de Inglaterra era un modestísimo conjunto. Practicaba un fútbol atractivo pero de arraigado carácter británico comandado por el central Terry Butcher, defensa que pasó a la historia por perder la cintura ante Maradona en México 86.

He omitido deliberadamente al gran Liverpool, la excepción que confirma la regla. El único equipo inglés que apostaba abiertamente por un juego de toque, de posesión y en el que el ataque primaba frente a la defensa. El famoso ‘passing game’ hizo grande al Liverpool y lo convirtió junto al Manchester United en el único conjunto inglés ‘europeo’, querido y respetado fuera de Gran Bretaña. Entre 1973 y 1984 se alzaron con 2 Copas de la UEFA y 4 Copas de Europa. Durante una década fue estandarte del fútbol europeo, liderado en un primer momento por Kevin Keegan, un doble ganador del Balón de Oro pequeño y de gran desborde y después por Kenny Dalglish, un escocés igual de diminuto pero con menos desborde y más gol. Pero, a pesar de todo, el triunfo de Liverpool fue una victoria del conjunto. Se recuerda más al equipo que a las estrellas. Primaba la fortaleza y la determinación inglesa frente a los focos y los millones de las vedettes del Continente.

Y es que las vedettes de aquellos equipos ingleses de entre décadas eran los entrenadores. Bill Shankly (Liverpool) Don Revie (Leeds), Bobby Robson (Ipswich Town), Howard Kendall (Everton) o Brian Clough (Nottingham Forest). Ellos representaban el estereotipo del inglés medio. Con sus lógicas diferencias todos personificaban al ‘míster’. Hombres educados, sencillos a la vez que inflexibles, egocéntricos y desconfiados, de lealtad intachable y de extrema eficiencia. Esos equipos eran sus equipos. Y esos equipos representaban a un pueblo. A una comunidad. Representaban a Inglaterra ante el resto de Europa. Como si de la Royal Navy se tratase y cada entrenador fuese un Nelson en miniatura.

Ese cóctel victorioso levantó el orgullo de los ingleses, pero también hizo que mucha gente inadaptada y desilusionada con la vorágine de la globalización se refugiara en el hooliganismo. Encontraron en el fútbol el nuevo faro de los ideales británicos. Cuando los muertos en las gradas traspasaron el Canal de la Mancha y ensangrentaron Heysel en la trágica final europea entre Liverpool y Juventus de 1985, la euforia futbolera se evaporó y un nuevo telón de acero se erigió entre Europa y las Islas Británicas. El fútbol mantuvo a Inglaterra en Europa a caballo entre los 70 y los 80. Heysel contribuyó a volver a separarlas entre los 80 y los 90, justo cuando en la mesa estaba la pluma preparada para firmar el Tratado de Maastricht.

“Todos nuestros problemas han venido de la Europa continental, y todas las soluciones han venido de las naciones anglohablantes a lo largo y ancho del mundo”. Margaret Thatcher, primera ministra del Reino Unido.

“Los ingleses tienen tantos deportes porque cuando otro país lo derrota inventan uno nuevo”. Peter Ustinov, actor nacido en Londres ganador de dos premio Óscar.

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El fútbol en el futuro. El fútbol en 2050

Allá por 1964 en el rotativo barcelonés ‘El Mundo Deportivo’ les dio por hacer un ejercicio de ciencia ficción y elucubrar como sería el fútbol por el año 2000. Como suele pasar en este tipo de predicciones, hubo tanto aciertos como errores. A mediados de los 60 se comenzaron a televisar los partidos y desde muchas tribunas se profetizaba que eso iba a acabar con la presencia del público en las gradas. ‘El Mundo Deportivo’ acertó al señalar que la televisión “ampliará en millones de personas los aficionados al fútbol creando ídolos mundiales”. En el artículo también se anotaba, con buen tino, que “se reducirá la capacidad de los estadios para que todo el mundo pueda estar sentado”, que “un aparato de radar indicará si un balón ha traspasado la raya para saber si ha sido gol” y que los estadios contarían “con aparcamiento, restaurantes y hasta estaciones de metro debajo de los campos”. Sin embargo, el artículo fantaseaba demasiado al indicar que “el partido se vería a oscuras mientras un foco seguiría al balón” o que los estadios contarían “con helipuerto en las tribunas” para llevar al recinto a las grandes personalidades.

No se puede decir que los fallos sean demasiados. De hecho se puede decir que los aciertos superan ampliamente a los errores. Vamos a intentar hacer lo mismo y presagiar cómo será el mundo del fútbol a 30 o 40 años vista. Vamos a bosquejar un decálogo. E intentaremos no equivocarnos, aunque si lo hacemos tanto dará. Poca gente leerá este artículo, y, podríamos aventurar, que nadie lo releerá allá por 2050.

1. EL BIG DATA SUBSTITUIRÁ AL ENTRENADOR: Poco a poco los románticos iremos desapareciendo. La tecnología llegará al siguiente nivel. Se recogerá información en tiempo real y se analizará el rendimiento, los riesgos y las oportunidades de cada jugador y su influencia en el resto del equipo. Habrá sensores en las espinilleras y chips en la piel que analizarán la temperatura del jugador y su nivel de esfuerzo. Se elaborarán las mejores estrategias y tácticas en cada momento y se considerarán los riesgos de lesión o de expulsión de un futbolista en tiempo real. El cuerpo técnico de un equipo de fútbol se ampliará a imagen y semejanza de los deportes americanos y contará con diversos especialistas para cada concepto del juego. La idea de entrenador-padre-motivador desaparecerá por completo.

2. MENOS FÚTBOL PERO MÁS VELOZ: La tendencia indica que cada vez se juega menos al fútbol, cada vez hay menos tiempo efectivo de juego. Con las nuevas tecnologías los parones serán más acusados y habrá partidos en los que menos del 40% del tiempo sea juego efectivo o real. A cambio los encuentros tendrán cada vez más pases y serán más rápidos debido al incremento sustancial tanto de la técnica como de las condiciones físicas. En las ligas potentes, como las española, los equipos serán capaces de desenvolverse en uno o dos toques. La diferencia entre los mejores y los peores estará en la rapidez de la ejecución. Habrá mucha más velocidad en los encuentros.

3. BALÓN INTELIGENTE: El balón será capaz de hincharse o deshincharse y cambiar de peso en función de las condiciones climatológicas. Tendrá un sensor por el que cambiará de color cada vez que traspase la línea de banda y salga fuera del terreno de juego. Hará lo mismo cada vez que haya un gol. Desaparecerán por completo las polémicas por los goles fantasmas.

4. MUNDIAL DE 48 CLUBES Y LIGA EUROPEA: El Mundial de fútbol contará con 48 clubes e incluso podría llegar a ampliarse realizando rondas previas clasificatorias de las que estarían exentos las grandes selecciones. En Europa habrá 3 o 4 competiciones europeas en formato de liga (Champions A, B, C, D), con los consiguientes ascensos y descensos. La primera Liga sería la Copa de Europa en la que seguirían existiendo las rondas eliminatorias a partir de cuartos de final. Estas ligas no substituirán a las ligas nacionales, pero aumentarán los ingresos de los grandes clubes. Los partidos de las ligas europeas pasarán a jugarse el fin de semana (los primeros cambios ya los vamos a ver en 2024).

5. CHINA SUBSTITUIRÁ A SUDAMÉRICA: Las ligas más fuertes y los mejores jugadores seguirán estando en Europa, pero China substituirá en importancia y relevancia a los campeonatos brasileño y argentino. Un país de 1.500 millones de habitantes, primera potencia económica mundial y que, a diferencia de Estados Unidos, ha apostado por un programa de formación desde la infancia obtendrá beneficios. Los buenos jugadores de Europa del Este o de Sudamérica que no puedan hacer carrera en los transatlánticos europeos acabarán en China.

6. VISIÓN TV: Los jugadores llevarán incorporadas lentes de contacto que permitirán al espectador una visión 3D desde su casa. Incluso podría haber cámaras en la camiseta. A cambio de una cuota, el espectador podrá pinchar varias cámaras con imágenes que le ofrecerán los distintos drones que sobrevolarán el campo.

7. ABOLICIÓN DE LAS TANDAS DE PENALTIS: En un primer momento se corregirá el sistema de lanzamiento a semejanza del ‘tie-break’ del tenis. Con el paso del tiempo se podría evolucionar a un sistema parecido al del hockey donde el atacante arranca con el balón desde poco más adelante del centro del campo y dispone de unos segundos para encarar al portero y decidir que jugada ejecutar. La International Board ya lo ha implantado en categorías inferiores.

8. ACUMULACIÓN DE FALTAS: Dado que el juego cada vez será más lento por las interrupciones del VAR y de otros avances tecnológicos, se castigará con tarjeta amarilla la reiteración de un número determinado de faltas. Al igual que ocurre en el fútbol sala, el objetivo es que disminuyan los parones y el juego violento. Para evitar las pérdidas de tiempo al final de los partidos, los gurús también defienden que los últimos 5 minutos de juego y el descuento se realicen con tiempo real de juego.

9. ÁRBITROS PROFESIONALES: Al igual que los jugadores, los árbitros de Primera División y de élite mundial tendrán que ser profesionales y dedicarse en exclusiva a su profesión.

10. GANAR. El que más goles marque, el que más veces introduzca el esférico en la portería rival, es el que gana.

Eso no cambiará jamás.

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¿Por qué Alemania odia al Bayern?

Recientemente hemos presenciado el humillante derrumbe del Real Madrid. Lo han echado de su trono europeo después de una desastrosa semana donde ha sido barrido, no sólo por el Ajax, sino también por el Barça. Al mismo tiempo el faraónico proyecto del PSG ha vuelto a hincar la rodilla, mientras que el Bayern hacía lo propio en un paupérrimo partido ante el Liverpool. Los tres gigantes cayeron en casa y el dolor de sus derrotas se ha convertido en celebración y fiesta en buena parte del mundo. Al menos la mitad de España considera prepotencia el llamado señorío del Real Madrid. Algo parecido ocurre en Francia, donde la soberbia del PSG genera ojeriza y rencor. Pero si hay un país donde la cuasi totalidad de la población odia a un club ese es Alemania.

El Bayern de Múnich es el equipo más laureado y a la vez más odiado de Alemania. Mayor poder es sinónimo de más responsabilidad y más responsabilidad es sinónimo de más envidia. Es lógico que el Bayern, dominador con mano de hierro de la Bundesliga (ha ganado la mitad de los títulos 27/55) tenga miles de detractores, pero lo suyo es un fenómeno cuanto menos llamativo. Otros grandes caso del Real Madrid, Manchester United o Ajax cuentan con seguidores en todo el territorio de su país. Incluso algún otro como la Juventus o el Celtic son hegemónicos en su país, a pesar de ser la segunda preferencia dentro de su ciudad. En el Bayern su filiación alemana se restringe al länder de Baviera y por el contrario son millones los seguidores fuera de las fronteras germanas. ¿Por qué Alemania odia al Bayern?

Como de costumbre es necesario desempolvar el libro de historia para comprender de donde viene este odio. En 1618 lo que hoy es Alemania era un batiburrillo de principados, reinos y repúblicas divididas por la religión. El cristianismo en Europa estaba en medio de una crisis de proporciones bíblicas, mientras en el resto del mundo cumplía una labor de evangelización universal. Por supuesto que la religión era lo que hacía moverse a la plebe, mientras que a la élite lo que le preocupaba era el poder económico. Durante tres décadas las grandes potencias del momento se enfrentaron en lo que sería conocida como ‘La guerra de los 30 años’. Los protestantes de Sajonia, Prusia y la Liga Hanseática fueron apoyados por Países Bajos, Inglaterra o Suecia. Los católicos de Baviera fueron apoyados por el Imperio Español y Austria. ‘La guerra de los 30 años’ acabó con la derrota de estos últimos, una aceptación del protestantismo y, lo que a nosotros nos ocupa, un giro en la relación de Baviera con el resto de Alemania. Los católicos del sur pasaron a ser vistos como extranjeros.

‘La guerra de los 30 años’ forma parte de la identidad nacional de Alemania al igual que otras guerras civiles ocupan ese espacio en España o Estados Unidos o distintas revoluciones hacen lo propio en Francia o Rusia. Según los historiadores especializados en esa época, la Paz de Westfalia (1648) sentó las bases de la Unión Europea. Fundamentó dos principios esenciales; la libertad de religión (cristiana) dentro de unas fronteras y la negociación entre Estados soberanos (multilateralismo) antes de declarar una guerra. Estos dos principios hicieron posible que con el paso de los siglos Alemania fuese el único gran estado europeo con notable diversidad religiosa (cristiana) y que las decenas de reinos de taifas que la poblaban se uniesen pacíficamente en un Estado soberano en 1871.

Cuando en 1871 se constituyó Alemania los bávaros mantuvieron buena parte de su independencia. Primordialmente conservaron a sus embajadores en el extranjero, se encargaron de regular y construir su propio sistema de transportes y mantuvieron un ejército privado. Baviera era una región católica, eminentemente agraria y que mantenía fuertes lazos con la imperial Austria. Sí, había unión, pero Berlín y los industriales y militares prusianos y los protestantes comerciantes del norte del país eran poco menos que extranjeros con los que tan sólo se compartía el idioma. Tampoco era nada nuevo ni extraño. Cuando Napoleón conquistó Europa, Baviera se alió con el emperador y con otros länders fronterizos con Francia conformando la Confederación del Rin. Para Berlín y el resto de grandes ciudades industriales alemanas los bávaros eran unos traidores.

En Münich fue donde Hitler se dio a conocer e intentó un Golpe de Estado. En Münich y en el resto de Baviera fue donde más se impulsó la anexión con Austria durante la II Guerra Mundial. En Nuremberg, la otra gran ciudad de la región, tenían lugares los grandes desfiles nazis. Cuando la guerra acaba y toca hacer cuentas, Baviera era la cuna del nacionalsocialismo. Cuando se establece el sistema bipartidista entre socialdemócratas (centro izquierda) y democristianos (centro derecha), en Baviera se crea un partido propio de corte católica (CDU) que aún hoy se mantiene independiente del CSU, a imagen y semejanza de lo que ocurre en España con el PSOE y el PSC catalán.

Baviera era un lugar tradicionalista de cebada, vacas y misa dominical.

Como Alemania fue dividida en dos al finalizar la contienda mundial, Prusia quedó en el este comunista. Por lo tanto, tocaba buscar un centro gravitacional en el oeste. Baviera, eminentemente agrícola, recibió millones de dólares americanos y de marcos alemanes para crecer y modernizarse. Inteligentemente se apostó por la investigación y la industrialización. La tierra del lúpulo y de Wagner se convirtió en la tierra de Siemens, BMW, Allianz, Adidas o Puma. Así pues, en la década de 1960 Baviera se había convertido en la región más rica de Alemania Occidental gracias a la ayuda de unos länders que ahora miraban aún con mayor envidia a sus paisanos del sur.

—FC BAYERN—

La Bundesliga alemana no fue creada hasta 1963. Tiene esto que ver con la independencia de los länders y la falta de una idea nacional en el pueblo. Hasta ese año los campeones regionales se enfrentaban en un torneo final del que salía el vencedor del país. Cuando en 1963 se disputa la primera liga, el gran equipo de Baviera era el Münich 1860.

El Bayern de Münich se jacta de representar la forma de ser y la idiosincrasia de los bávaros (efectivamente Bayern quiere decir Baviera, sería algo así como si el Barça se denominara Catalunya Barcelona). De hecho, los 16 puntos de la filosofía del Bayern, que adornan las paredes del complejo deportivo y del estadio Allianz Arena, resumen lo que es Baviera para Baviera y lo que piensa de Baviera el resto del país: “Somos un club, un ejemplo, tradición, innovación, confianza en nosotros mismos, respeto, alegría, fidelidad, motor, patria, responsabilidad, familia (…) mia san mia FC Bayern!”. Para los que somos de fuera se asemejan a las líneas comerciales de Adidas o de cualquier otra multinacional. Pero el caso es que el Bayern no era nada hasta Franz Beckenbauer.

Beckenbauer fue rechazado por el Münich 1860, el equipo de su niñez, y recaló en el Bayern, por entonces un equipo de segunda. El ‘kaiser’ fue y será venerado porque apareció en el momento exacto y elevó a su equipo a la élite mundial. No es un caso extraño. Todos los grandes equipos tienen su bautismo de fuego, y si ese bautismo se encuentra en un momento del pasado donde la televisión, las competiciones europeas y la revolución juvenil se unen, hacen de ese equipo una leyenda eterna (Di Stéfano y el Real Madrid; Cruyff y el Ajax; Eusebio y el Benfica; Charlton y el United).

Maier, Müller, Beckenbauer y compañía elevaron la capacidad de un equipo que era ejemplo del milagro alemán. Concienzudo, cuadriculado, con unas finanzas de hierro y que funcionaba como un engranaje perfectamente engrasado. De repente el Bayern pasó a gobernar la Bundesliga y en poco tiempo se convirtió en tricampeón europeo.

Hasta entonces el gran club alemán era el Hamburgo, representante de la rica burguesía del norte. Pero no llegó a tiempo para los fastos europeos. El gran rival del Bayern en los 70 fue el Borussia Mönchengladbach. Los primeros representaban a los nuevos ricos del sur. Los segundos eran la imagen de una ciudad de provincias, textil y obrera. Los primeros eran aburridos hasta la saciedad. Los segundos hacían un juego que enamoraba a propios y extraños. Los primeros ganaban. Los segundos perdían finales.

Alemania ganó la Eurocopa de 1972 y el Mundial de 1974. El trofeo continental se ganó con una exhibición de fútbol coral. El título universal con una buena dosis de fortuna. No es casualidad que en el 74 el once inicial estuviese basado en el Bayern (Maier, Schwarzenbeck, Beckenbauer, Breitner, Hoeness, Müller). Los muniqueses se acostumbraron a ganar títulos en esa década a pesar de hacer un fútbol aburrido. En Alemania a eso le llaman ‘Bayern-dusel’, algo así como ‘la potra del Bayern’. Para los bávaros no es más que otra muestra de envidia.

‘Mia san mia’ es la frase de cabecera del club, que en dialecto bávaro significa ‘nosotros somos nosotros’. Es decir, nos da igual lo que piensen los demás. Para los seguidores del Bayern todo está claro, se les odia porque ganan siempre. Les odian porque son bávaros. Sus seguidores defienden que Baviera era pobre y que gracias a su trabajo han alcanzado el éxito. Consideran que el Bayern es un club familiar que con esfuerzo ha logrado ser millonario sin recurrir a bancos ni a jeques extranjeros. Es de los pocos clubes de elite europeos donde la presidencia y demás estamentos del club están ocupado por antiguos futbolistas.

En el resto de Alemania la visión es radicalmente opuesta. Critican la unión de grandes empresas como Adidas o Audi con el club. Reprochan que muchos de sus directivos sean accionistas de esas grandes corporaciones. Predican que los exjugadores que ocupaban la presidencia usan su fama y la fuerza de su leyenda para incidir en la Bundesliga y en la Federación Alemana de Fútbol.

Lo cierto es que raro es el año en el que el Bayern no fiche a la estrella de un club de la Bundesliga con el objetivo de reforzarse y de paso perjudicar a un posible rival. En Alemania no existen dos grandes. Ni existe un clásico. Dependiendo de la época el Bayern va cambiando de gran rival. El gran partido del año es cualquiera que se juegue contra los muniqueses. Viaje a Dortmund, Sttutgart, Hamburgo, Bremen o Genselkirchen, el Bayern es recibido con suma hostilidad.

“Los rivales nos respetan más de lo que nosotros los respetamos a ellos”. Uli Hoeness, presidente del Bayern.

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Eres más retrasado que tu hijo

Hace unos cuantos días, con ayuda de las decenas de cámaras que a modo de Gran Hermano pululan por los campos de fútbol, veíamos dos desplantes típicos del deporte profesional actual. Por un lado reparábamos como Gareth Bale rechazaba uno a uno a sus compañeros del Real Madrid cuando se acercaban a él para felicitarle por la consecución de un gol. El egocentrismo de Bale, siendo bíblico, empequeñece al de Kepa. El portero vasco montó un pollo de tres pares de narices cuando su entrenador, Maurizio Sarri, le ordenó salir del campo para ser sustituido. La falta de autoridad del técnico es una muestra más del poder del futbolista y de toda su corte de aduladores, entrenadores personales y representantes. El Chelsea apenas ha sancionado a Kepa con una semana sin sueldo, mientras que Sarri queda desprestigiado y al pie de los caballos.

https://www.youtube.com/watch?v=ZRtvGVHa8i4

Broncas entre jugadores y entrenadores las ha habido siempre. Bien es cierto que la autoridad del técnico se ha disuelto cual azucarillo al aumentar las libertades de los futbolistas, por lo que son más comunes en la actualidad. Si a eso añadimos que las cámaras llegan a entrenamientos, vestuarios y estadios, en el siglo XXI es harto complicado que las broncas escapen del ojo público.

Echando la vista atrás, pero no mucho atrás, hay varias tanganas que son dignas de ser recordadas. En España es resonada aquella entre Djalminha y Javier Irureta, que acabó con cabezazo del brasileño al pecho del técnico vasco del RC Deportivo aunque sin la fuerza suficiente para tumbarlo, como sí que hizo años después Materazzi contra Zidane. Aquello sucediera en un entrenamiento, no como cuando Luis Aragonés agarró por la pechera a Samuel Eto’o y lo zarandeó sentado en el banquillo cuando el delantero camerunés no paraba de quejarse por haber sido sustituido. En el plano internacional el enemigo público número 1 es Mario Balotelli. Las ha tenido de todos los colores, aunque las imágenes en un entrenamiento del Manchester City en el que tiene que ser agarrado por varios compañeros para que no le arrancase la cabeza a su entrenador son impagables.

También ha habido peleas al acabar un partido. El entrenador del Swindon Town Paolo di Canio enfiló con calma el camino a los vestuarios al acabar un partido pero, y aún no se sabe porque, se le cruzaron los cables y se tiró encima de uno de sus pupilos instantes más tarde. Otros encontronazos no han acabado en hostias, pero si en desplantes e insurrecciones similares al de Kepa. En un encuentro del FC Barcelona, Guardiola ordenó a Eto’o que se pegara a la banda para que Messi ocupase el centro de ataque. Eto’o desobedeció la orden y a los pocos minutos anotó un gol. Entonces se acercó a la banda, señaló al técnico y gritó a los cuatro vientos para que todo el mundo lo escuchase; “te lo dije”.

Pero la más bizarra de todas las historias fue la protagonizada por el entonces técnico italiano de la Fiorentina Delio Rossi y el delantero serbio Adem Ljalic allá por la temporada 2011/2012.

Delio Rossi era un técnico de amplia experiencia en la Serie A. Aquella era su primera temporada en Florencia tras dejar buenos recuerdos en la Lazio y en el Palermo. Ljalic era en aquel momento un prometedor delantero internacional que cumplía su segunda campaña en Florencia. Había deslumbrado en su primer año llamando la atención del Manchester United pero en aquel segundo año había bajado notablemente su rendimiento y no contaba con la confianza de Delio Rossi.

El caso es que en mayo, a apenas dos jornadas para el final del campeonato y con la Fiorentina en tierra de nadie, Delio Rossi decidió sacar de titular a Ljalic en un intrascendente partido ante el Novara.

Al poco de iniciarse el choque la Fiorentina ya perdía por un claro 0-2. El ritmo de los florentinos era parsimonioso y el choque parecía una pachanga de pretemporada. A falta de cinco minutos para el final de la primera parte Delio Rossi decidió hacer un cambio. No es plato de buen gusto ser sustituido antes de ir a vestuarios y el elegido para tan dudoso honor fue el punta serbio. Ljalic lo hizo lentamente y se dirigió visiblemente molesto al banquillo. En Florencia los asientos para los suplentes están por debajo del nivel del terreno de juego por lo que Ljalic pasó por detrás de su técnico. A mitad de camino se puso a aplaudir irónicamente a su entrenador, lo señaló y le gritó en perfecto serbio: “Viste više odloženi nego vaš sin”. O lo que es lo mismo; “eres más retrasado que tu hijo”.

Y es que el hijo de Delio Rossi tenía y tiene una deficiencia mental.

Con lo que no contaba Ljalic es que Rossi había entrenado a muchos futbolistas serbios a lo largo de su carrera. Contaba con ciertas nociones de tan complicado idioma. Y teniendo en cuenta que tenía un hijo retrasado sólo tuvo que sumar dos más dos para traducir al italiano el improperio.

Rossi se giró y no lo dudo en ningún momento. Se abalanzó sobre Ljalic y lo agarró por el cuello dispuesto a ahogarlo, mientras por su boca salían unos cuantos insultos por todos imaginados. Varios miembros del banquillo se echaron encima de él, pero en décimas de segundo se rehízo y le lanzó a Ljalic un gancho de derechas como si fuese Floyd Mayweather. Luego varios miembros de la plantilla se encargaron de que la sangre no llegase al río.

Al loro con las consecuencias. Inmediatamente Delio Rossi fue despedido como técnico de la Fiorentina e inhabilitado por la Serie A para dirigir a cualquier club en un plazo de tres meses. Ljalic, ni corto ni perezoso, denunció al día siguiente a su técnico por agresión.

“Mi gesto ha sido deplorable, pero humanamente comprensible”, sentenció Delio Rossi en la rueda de prensa que pronunció un par de días después. Guste o no guste, la afición tenía otra opinión. Rossi era un técnico respetado, educado y hasta tímido, de esos que hacen largas y dignas carreras a pesar de no lograr ningún título. La afición viola decidió tomar parte por él. “Un niñato como Ljalic merece dos guantazos” apareció escrito en una pancarta en los campos de entrenamiento de la Fiorentina a los dos días de la marcha de Rossi. Luego, en el estadio, apareció otra con la foto del técnico despedido en la que se podía leer: “Rossi ha demostrado que es un hombre que está rodeado de mercenarios”.

En un editorial de ‘Il Corriere de la Sera’ tras la justa y necesaria crítica a Rossi por su agresión, sentenciaban con tino: “Todos nos sentimos moralmente superiores a Rossi porque hasta ahora no nos hemos encontrado en nuestro camino a nuestro Ljalic”.

Hasta la fecha Ljalic no se ha referido al incidente. Su entorno deslizó que nunca se había metido con el hijo discapacitado de su entrenador, pero cuesta creerlo. Aquel verano fue expulsado de la selección serbia por mala conducta en los entrenamientos y por negarse a cantar el himno antes de los partidos (puede que parezca una chorrada, pero en una nación con una historia reciente tan convulsa como Serbia es un sacrilegio). La directiva de la Fiorentina se dijo a sí misma pelillos a la mar. Llegó el verano, nuevo entrenador, nuevos fichajes y a otra cosa mariposa. Pensaron que tenían un diamante en bruto y no iban a cargárselo por una tontería.

Al final Ljalic no llegó a eclosionar. Pasó por la Roma y por el Inter, siempre como estrella de futuro y siempre como sonoro fracaso. Actualmente milita en el Besiktas y ha vuelto a las convocatorias de su selección. Es un buen jugador, pero ni por asomo es aquello que se pensaba que iba a ser.

Delio Rossi no levantó cabeza desde entonces. Fracasó en la Sampdoria y en el Bolonia y actualmente, a punto de cumplir los 60 años, está sin equipo.

BONUS TRACK: “Tengo una pila de buenos momentos, pero mi favorito es cuando le di una patada a un hooligan”. Eric Cantona.

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La filosofía del Athletic

Si uno entra en la página web del Athletic de Bilbao podrá echar un vistazo a un apartado bajo el título de ‘filosofía’. Una vez dentro, un corto buceo por la web y acabará encontrando una de las máximas más conocidas en el mundo del fútbol: “El Athletic Club está radicado en Bilbao, provincia de Bizkaia (País Vasco). Nuestra filosofía deportiva se rige por el principio de que pueden jugar en sus filas los jugadores que se han hecho en la propia cantera y los formados en clubes de Euskal Herria, que engloba a las siguientes demarcaciones territoriales: Bizkaia, Guipuzkoa, Araba, Nafarroa, Lapurdi, Zuberoa y Nafarroa Behera, así como, por supuesto, los jugadores y jugadoras que hayan nacido en una de ellas”.

Luego hojeas el periódico y averiguas que el Athletic acaba de fichar a Kenan Kodro. Sí, un joven delantero nacido en San Sebastián pero hijo de padres bosnios (concretamente el papá es un icono en Donostia). Lees que se ha formado en la cantera de la Real Sociedad pero que nunca ha jugado en un club de Vizcaya. Observas que ha hecho carrera en Suiza y en Dinamarca.

Y se te queda mal cuerpo.

Al igual que la inmensa mayoría de los primeros clubes de fútbol surgidos en España, en el Athletic Club de inicios del siglo XX había franca mayoría de futbolistas nacidos en Gran Bretaña. Es más, dado que había mucha población flotante en la capital de Vizcaya gracias a la pujanza industrial, había jugadores de distintas regiones españolas. Lo normal en cualquier alineación del conjunto bilbaíno de 1900 o de 1905 era encontrar a 5 o 6 oriundos de Albión, 2 o 3 vizcaínos y otros tantos castellanos.

Al parecer fue en 1911 cuando el Athletic decidió no contratar jugadores foráneos a perpetuidad. Más la causa no obedecía a ningún tipo de romanticismo. Aún no existía campeonato de Liga, y el torneo que reunía a la flor y la nata del fútbol español era la Copa del Rey. En la edición de 1911 se reglamentó que ningún equipo participante podría contratar jugadores profesionales ingleses y tan solo los extranjeros que llevasen 2 años residiendo en el país podrían ser alineados. Según las crónicas, el Athletic jugó y venció en su partido de octavos de final al Fortuna de Vigo contando en su once inicial con un tal Sloop y un tal Martin (que no Martín), dos británicos que incumplían la normativa. Curiosamente no fueron los gallegos quienes denunciaron por alineación indebida a los bilbaínos. La denuncia fue cosa de la Real Sociedad, que ni siquiera se había clasificado para las rondas finales de Copa, pero que ya por entonces mantenía fuerte rivalidad con sus vecinos provinciales. Finalmente la denuncia no prosperó debido a las agarraderas con las que contaba el Athletic en la Federación. Tal fue la cosa que los vascos se proclamaron campeones tras vencer al RCD Espanyol (de aquella aún Español) en la final. Aun así, heridos en su orgullo y ante las acusaciones de tramposos, el Athletic tomó una decisión salomónica. No volverían a fichar extranjeros. Ni siquiera españoles. Ni siquiera vascos ni navarros. Solo jugarían con vizcaínos.

Tan sólo era una declaración de intenciones. No había nada por escrito. Ni lo había, ni lo hubo, ni lo habrá. Tan sólo es una filosofía. Pero el caso es que los años pasaron y el Athletic se consolidó como el mejor equipo de España. Los jugadores vascos evolucionaron con más rapidez que sus compatriotas debido a varios factores. En primer lugar, los norteños eran más físicos y tenían una talla media más elevada. En segundo lugar, los puertos éuscaros eran lugar de entrada de innovaciones procedentes del Reino Unido, y el Athletic y demás conjuntos vascos contaron desde sus inicios con técnicos ingleses de primer nivel. Por último, los jugadores del norte estaban acostumbrados a jugar en campos encharcados y bajo la lluvia, lo que en un fútbol donde el balón, las botas o las camisetas triplicaban el peso actual, era un plus importantísimo.

Pero había algo más. La causa definitoria para mantener esa norma autoimpuesta de 1911. Las décadas iniciales del siglo XX vieron un florecer de los nacionalismos periféricos. Las ideas de Sabino Arana fluyen y se concretan en el PNV (Partido Nacionalista Vasco). La cultura del Athletic se convirtió en santo y seña de Euskadi. Si los resultados en el terreno de juego acompañaban, ¿quién podría cuestionar la filosofía? En 1911 el Athletic había ganado 4/9 de los primeros torneos coperos y cuando estalló la Guerra Civil acumulaba un total de 13/32. De las 8 Ligas disputadas hasta 1936 el Athletic había sido campeón en la mitad de ellas. En la temporada 1930/31 consiguió el doblete de Liga y Copa, perdiendo sólo 1 partido entre ambas competiciones.

Aunque en los años 40 y 50 el Athletic vio como otros conjuntos poco a poco le superaban, se mantenía como el club de referencia del fútbol español. Silenciados por el Franquismo, los vascos hubieron de buscar otras fórmulas para dar visibilidad a su forma de ser. Los vizcaínos vieron en el Athletic un instrumento de reivindicación nacionalista y convirtieron en dogma lo que era una mera tradición.

No había reglas escritas, pero cuando la década de 1950 echó a andar cualquier presidente del Athletic que pretendiese seguir en su cargo sabía que no podía sacar la escopeta de su coto de caza. Lo contrario equivaldría a un suicidio deportivo.

Cuando en 1957 el técnico Fernando Daucik le echó el ojo a un prometedor extremo de raza negra que jugaba en el Barakaldo y estudiaba en la Universidad de Deusto, inmediatamente fue a las oficinas del Athletic a solicitar su fichaje. A Daucik (que era checo, aunque llevaba años entrenando en España y conocía de sobra la filosofía de los bilbaínos) le costó comprender como un futbolista criado en Euskadi y que había jugado desde niño en equipos de la periferia de Bilbao no podía jugar en el Athletic. Miguel Jones, nombre del prometedor muchacho, acabaría siendo un pilar del Atlético de Madrid y nunca pudo jugar en el equipo de sus amores porque había nacido y vivido hasta los 6 años en Guinea Ecuatorial.

No fue el único caso. Famosos también son los de Chus Pereda y José Eulogio Gárate. El primero se formó en el Indautxu, pero dado que había nacido en un pueblo de la provincia de Burgos no pudo nunca jugar en el Athletic. Acabaría haciendo carrera en otros equipos, destacando sus años de gloria en el FC Barcelona. El caso de Gárate es mucho más sangrante. Nació en Argentina por accidente y a los 3 meses ya residía junto a sus padres en la ciudad guipuzcoana de Éibar. Jugó para los eibarreses y para el Indautxu (que era algo así como un Athletic B) pero tampoco pudo jugar como local en San Mamés y se tendría que conformar con visitar Bilbao con la camiseta del Atlético de Madrid, donde, por supuesto, es una leyenda.

Otro de los casos más conocidos por injusto y estúpido es el de los hermanos Sarabia. Manuel, el pequeño, es un icono del Athletic, el delantero goleador en su último título liguero de 1984. Lázaro, el mayor, nació en Jaén antes de que la familia emigrase a Bilbao, por lo que fue rechazado cuando quiso entrar en las recién creadas categorías inferiores rojiblancas.

Estos casos hicieron mucho daño en Bilbao que veía como poco a poco quedaba anquilosado frente a los portaviones provenientes de Madrid y Barcelona. El Athletic estuvo 11 años sin ganar ningún título (1958-1969). Algo inaudito. Hasta entonces no había pasado de un trienio sin levantar una copa. Había miedo, y la norma se hizo entonces más laxa. A mediados de los 60 se abrió la mano. Se empezaron a reclutar jugadores formados en Guipúzcoa (Guisasola o Iribar) y en los 70 la enemistad con la Real se hizo patente al cazar a otros guipuzcoanos como Irureta, Churruca o Lasa. A partir de los 80 se incorporó a alaveses como Zubizarreta y se empezó a formar en la cantera a riojanos (Valverde, Aranzubia, Ezquerro), navarros (Urzaiz, Llorente) y hasta se llegó a fichar a vascofranceses (Lizarazu).

Pero no fue suficiente. El Athletic no gana un título desde 1984 (ganar una Supercopa sin haber ganado ni la Liga ni la Copa no se puede considerar ganar un título) por lo que la norma está siendo estirada hasta extremos impensables. Jugadores nacidos en Salamanca (Patxi Ferreira), en Brasil (Biurrun) o en Venezuela (Amorebieta) han jugado en el Athletic por el simple hecho de haber pasado al menos una temporada en un club de formación vasco.

Imaginamos que con la sana envidia de todos los Gárate que quedaron por el camino.

Al igual que el mal jugador de solitarios, el Athletic ha llegado al absurdo de hacerse trampas a sí mismo. Aymeric Laporte, hoy flamante central del Manchester City, nació en Agen, localidad francesa que dista unos 250 kilómetros de Irún. Ojeadores del Athletic captaron las virtudes de Laporte, pero el joven central no había nacido ni en Lapurdi ni en Zuberoa. sino mucho más al norte. No era vascofrancés. Laporte tenía 15 años y si un jugador supera los 16 y no ha sido formado en el País Vasco (en este lado de la raya o en el otro) pasa a no ser seleccionable para ‘los leones’. Así pues, el Athletic incitó a los padres de Laporte para mudarse con el chaval a Bayona, capital del País Vasco francés. Una vez cumplida la temporada de trámite en la provincia vascofrancesa de Lapurdi, el Athletic formalizó su fichaje para su equipo juvenil.

Este galimatías crea paradojas que son difíciles de explicar. Antoine Griezmann podría jugar en el Athletic porque se formó en la cantera de la Real Sociedad a pesar de haber nacido en la poco vasca villa de Macon, a una hora en coche de Suiza. Lo mismo sucede con el hoy cedido en el Numancia Cristian Ganea, un futbolista rumano que únicamente vivió en Euskadi de los 11 a los 17 años, pero dado que esa fue la época de su formación ya es un futurible del Athletic. Sin embargo, estrellas mundiales como Gonzalo Higuaín o Marco Asensio, con padres y/o abuelos vascos, no podrían jugar en Bilbao por no haber nacido ni haberse formado en tierras vascas.

El Athletic del siglo XXI pasa por la reinvención. El Athletic tiene los medios para lograrlo. Tiene un estadio moderno y de gran capacidad, una economía saneada con el respaldo de empresas públicas y privadas y el club es un estandarte social en Vizcaya y en buena parte del País Vasco. Cuenta con unas instalaciones y una red de ojeadores de primer nivel y, por prestigio e importancia, se encuentra entre los 50 clubes de referencia en Europa. Y sigue siendo el cuarto en jerarquía en España, por mucho que le pese a Valencia CF o Sevilla FC.

Su filosofía es su seña de identidad y es lo que le hace especial en una era de globalidad. De nada le vale al Athletic traicionarse a sí mismo para clasificarse cuarto o ganar algún título menor. Tan sólo si le garantizasen el olimpo mundial podría el Athletic traicionarse a sí mismo. Pero su filosofía es su mejor garante de estabilidad y de prestigio. Es algo único y especial.

Su futuro pasa por invertir en la cantera y por ampliar las miras. El objetivo para el Athletic es seguir haciéndose trampas a sí mismo y estirar el chicle de su filosofía. El objetivo es encontrar a Messi y llevarlo a Lezama. El objetivo es buscar a un abuelo de Bermeo o a una abuela de Guernika y traer al Indautxu a un Asensio. El objetivo es buscar a cientos de Iñaki Williams que dejaron sus tierras buscando fortuna en el Gran Bilbao. El objetivo es convencer a los Iñigo Martínez de la Real, del Osasuna o del Alavés para que fichen por el Athletic.

Y ese es el gran reto del Athletic del siglo XXI; convencer. Al final la filosofía no es otra cosa que el amor a la sabiduría, y ahí radica el gran reto de los rojiblancos. No reside en captar talento y formarlo. No. Reside en darles amor. En enseñarles lo que es el amor por el Athletic. El gran reto del Athletic es que su filosofía no se muera en el camino que va de la grada al campo. El reto es que todo aquel que se ponga la camiseta del Athletic sienta el amor por su filosofía.

La diferencia entre un Athletic vivo y un Athletic muerto está en las decisiones que tomen los Fernando Llorente, Javi Martínez, Ander Herrera o Kepa Arrizabalaga del futuro. ¿De qué vale tener el Messi del futuro si no ama al Athletic?

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Fútbol postnacional

Hace apenas dos siglos las relaciones culturales entre individuos se adscribían al ámbito local. Realmente se podría reducir este periodo hasta hace apenas 70 años, porque si bien es cierto que la revolución de los transportes benefició el movimiento en la sociedad urbana y capitalista occidental, la inmensa mayoría del orbe (incluida la población campesina y obrera de Europa) seguía relacionándose con sus vecinos y con villas limítrofes. La vida de un ser humano tipo transcurría en el mismo sitio en el que nacía.

Pero fue a inicios del siglo XIX cuando el asentamiento del Estado-nación desarrolló una organización política basada en la centralización administrativa, fiscal y ejecutiva, fomentando el beneficio del ciudadano y, a su vez, promoviendo la concienciación del mismo con el Estado a través de la educación de masas. El despliegue del sistema posibilitó la difusión de una identidad y cultura nacionales.

Junto a otros deportes, el surgimiento del fútbol fue contemporáneo al asentamiento del Estado-nación. El fútbol, primero entre aldeas, barrios o villas, y después entre ciudades y naciones, sirvió, y sirve, para exponer las propias identidades y las supuestas fortalezas en una especie de lucha imaginaria.

No es casualidad que, a pesar de surgir en las élites universitarias de Inglaterra, el fútbol se convirtiera en fenómeno de masas mundial al ser engullido por los inmigrantes y las clases bajas de las ciudades. Muchos desarraigados de los suburbios vieron en el fútbol la mejor forma de encaje y pertenencia a una sociedad por el simple hecho de defender una camiseta y un escudo. El fútbol contribuyó a dar un nuevo equilibrio a las sociedades industriales y postindustriales.

Así pues, el fútbol (y con menor o mayor rapidez todos los deportes) se organizó a imagen y semejanza del Estado-nación para más tarde aglutinarse en una federación internacional (FIFA y similares). Tras la II Guerra Mundial, el deporte se convirtió definitivamente en un espectáculo de masas donde se enfrentaban personas y equipos que simbolizaban los Estados-nación.

Para llevar a cabo esta simbiosis, los Estado-nación hicieron uso de los medios de comunicación. La radio y la televisión (especialmente esta última) se convirtieron en básicos para trasladar los éxitos nacionales a los ciudadanos. Los medios se encargaron de mitificar a los deportistas a través de un discurso épico en el que a menudo se utilizaban adjetivos y comparaciones frecuentes con los hechos gloriosos de la nación y en el que el lenguaje bélico formaba parte de la rutina diaria.

De este modo, y con el paso de tiempo, cada Estado-nación contó con su ‘deporte nacional’ y se desarrollaron ‘estilos nacionales de juego’ influenciados por la tradición y la cultura de cada nación. Los encuentros de las selecciones nacionales y sus victorias pasaron a formar parte de los acontecimientos fundamentales en la historia del país.

Sin embargo, en las últimas dos décadas el Estado-nación afronta un proceso de pérdida de autoridad debido a la fuerza de la globalización. Detrás de estos cambios (que para muchos historiadores datan de tan temprana fecha como 1973) están las corrientes xenófobas, los aranceles comerciales, el Brexit y tantos otros problemas actuales. ‘Grosso modo’ vivimos en una era donde entes internacionales dictaminan las normas sociales y los procesos económicos. El acuerdo entre el Estado-nación y el ciudadano basado en que el primero otorga al segundo seguridad y bienestar a cambio de compromiso y lealtad, ha saltado por los aires.

Todos los Estados de Europa, sin excepción aunque en mayor o menor medida, experimentaron un proceso de descentralización administrativa aunque manteniendo la estructura clásica de un Estado-nación. La legitimidad del Estado-nación ya no se fundamenta en las armas, y, en ocasiones, ni en los sentimientos. Pero el Estado se mantendrá en pie mientras sea el que abone las pensiones, conceda los subsidios de desempleo, ofrezca seguridad y mantenga el monopolio sobre la educación y la sanidad de sus ciudadanos. Si una entidad supranacional (UE) o una infranacional (regiones autónomas) adquiere parte o la totalidad de esas competencias, el Estado-nación perderá su legitimidad.

Las actividades económicas, sociales y políticas desbordan las fronteras nacionales y desafían la idea de que los contornos de la sociedad coinciden con las fronteras del Estado-nación.

Todo ello ha repercutido, como no podía ser de otra forma, en el fútbol. Y lo ha hecho de manera extraordinaria. El crecimiento y desarrollo del fútbol ha puesto de manifiesto su supremacía sobre cualquier otro deporte. Se estima que el 5% de la población mundial tiene un trabajo relacionado directa o indirectamente con el fútbol. La FIFA duplica sus beneficios prácticamente cada año y cuenta con más afiliados que miembros tiene la ONU.

Paradójicamente, a pesar de que el poder de los Estado-nación es decreciente, el ciudadano se muestra indiferente ante las cuestiones supranacionales. De alguna manera parece que la Unión Europea no es un asunto de los ciudadanos, que siguen viendo en las elecciones nacionales o regionales la forma de influir en los asuntos que le preocupan. Es en Bruselas donde se decide el tamaño de los melocotones, el color de la madera o los impuestos al transporte, pero nos sigue pareciendo que el poder real emana del Estado-nación.

Tan sólo con el fútbol comprendemos la magnitud de la globalización. Tan sólo el fútbol consigue unir a los europeos.

¿Qué implica esto para la sociedad? Mucho.

Los clubes de fútbol (en función de sus posibilidades) se han dotado de estructuras empresariales quebrando una tradición asociacionista que durante un siglo fue la base del sentimiento de pertenencia a los mismos. Estos cambios coincidieron en el tiempo con un flujo cada vez mayor de emigrantes hacia Europa. Entre ellos hay miles de niños africanos, latinoamericanos o asiáticos que se convertirán en futuros futbolistas con educación europea. Además, la libre movilidad de fronteras en Europa ha permitido un flujo constante de deportistas entre los antiguamente aislados países del norte y del sur europeo.

Está evaporación del Estado-nación ha provocado que, el ‘estilo italiano’ o el ‘estilo inglés’ de juego tenga cada vez menos sentido. Las ligas nacionales cuentan con tantos jugadores foráneos como patrios. Las selecciones nacionales se han convertido en una amalgama de hijos de inmigrantes y jugadores nacionales, fruto de la realidad multicultural de la Europa del siglo XXI (con la excepción de Polonia).

Es por ello que cada vez resulta más difícil hablar de ‘fútbol nacional’ si con ello entendemos un patrón de juego. Evidentemente queda la historia social y cultural, así como la tradición, pero la atracción de la globalización es tan grande que competiciones como la Liga de Campeones están sustituyendo a las ligas nacionales en el gusto de los niños, los cuales luchan entre la querencia por el equipo de su tierra y su admiración por un gran campeón de una nación extranjera.

Es el momento del ‘fútbol postnacional’.

En esa lucha de ideas entre la globalización y lo local se entronca la decisión (de momento frustrada) de llevar un partido de la Liga española a Estados Unidos. Para la gente de Girona que el FC Barcelona vaya a su estadio es un acontecimiento que conjuga orgullo y honor. Para la gente de Girona, que su club y su camiseta de rayas rojas y blancas sea la elegida para viajar a Miami conjuga orgullo y honor. Es una lucha entre pasado y presente. Entre tradición e innovación. Entre conservadurismo y progresismo. La globalización no tiene nada de romántica.

La tan manida frase de que el fútbol traspasa fronteras nunca ha sido tan cierta como en la actualidad. Practica barata y adaptable a cualquier tipo de físico, hoy es el medio más fácil para que millones de jóvenes desarraigados hijos de la clase modesta puedan alcanzar la prosperidad. Pero a pesar de la individualidad creciente del éxito deportivo y su similitud con otras artes del capitalismo, el futbolista sigue formando parte de un equipo, y ese equipo es símbolo de una comunidad. Ese futbolista jugará en una selección nacional y se le rendirán homenajes como héroe del Estado-nación.

El Estado-nación es, en definitiva, un modo de vivir. En palabras del historiador Tony Judt es ‘el modelo social europeo’ que se basa en una simbiosis entre capitalismo y socialismo, entre libertad y orden, y entre tradición y modernidad. Romper con esa forma de vivir tan europea está acarreando graves consecuencias.

Y por todo eso, un estadounidense ve con normalidad que un partido de la NBA se juegue en Londres y un europeo ve con preocupación que un partido de la Liga española se dispute en Miami.

“Mientras los franceses tienen derecho a 25 días de vacaciones pagadas y los suecos a 30, los estadounidenses (y dependiendo de dónde vivieran) tenían que conformarse con unas vacaciones pagadas inferiores a la mitad de las citadas. Los europeos habían elegido deliberadamente trabajar menos, ganar menos y vivir mejor. A cambio de pagar unos impuestos especialmente elevados, los europeos tenían asistencia sanitaria gratuita o prácticamente gratuita, una pronta jubilación y una prodigiosa gama de servicios sociales y públicos (…) Sus vidas eran más seguras y más largas (…) el modelo social europeo como forma de vida era caro pero los ciudadanos estaban dispuestos (…) aunque muchas naciones seguían presumiendo del hockey sobre hielo en la República Checa, el baloncesto en Lituania y la ex Yugoslavia, el ciclismo en Francia o los toros (sic) en España (…) desde el punto de vista del entretenimiento, lo que realmente une a Europa es el fútbol (…) y a diferencia de Estados Unidos el fútbol no es el símbolo de una empresa y está al alcance de cualquier hombre y de cualquier mujer. En resumen, el fútbol es un deporte muy europeo.” Tony Judt.

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Cuando la Intercontinental era una carnicería

El Mundial de clubes de fútbol no es más que la evolución de un torneo llamado Copa Intercontinental que desde su primera edición en 1960 y hasta la última en 2004 enfrentaba anualmente al campeón de la Copa de Europa con el triunfador en la Copa Libertadores. A medida que el poder económico de los clubes europeos se multiplicaba el torneo fue languideciendo y reduciendo al mínimo las posibilidades de éxito de las escuadras sudamericanas. En todo caso, siempre fue una competición con mayor importancia en el Nuevo Mundo que en la vieja Europa.

La Copa Intercontinental tuvo en la década de 1980 su época de brillantez, cuando se decidió que la final se jugase en Japón a un único partido. Hasta entonces, la competición era de ida y vuelta, formato con cierto éxito pero no exento de polémica. De todos modos, y a pesar de las controversias, el torneo alcanzó prestigio con celeridad hasta que en 1968 apareció en escena el Estudiantes de la Plata y la Copa Intercontinental pasó de ser un torneo de fútbol a ser una carnicería. Una carnicería futbolística.

En 1965 llegó al banquillo del equipo argentino Osvaldo Zubeldia. Se trataba de un técnico innovador que ensayaba las jugadas de estrategia, los saques de esquina a pierna cambiada o el marcaje individual por todo el campo. Realizaba sesiones dobles de trabajo porque su máxima era que con esfuerzo y trabajo se podía conseguir la victoria. Dicen que un día citó a la plantilla a las 4 de la mañana para un entrenamiento y los llevó a una estación de tren para que viesen a toda la marabunta de gente que madrugaba y se sacrificaba para ir a su puesto de trabajo. “¿Veis? -les gritó a todos aquellos privilegiados futbolistas-. Y luego gastarán su mierda de sueldo en ir al estadio para ver ganar a su equipo”.

En aquel equipo destacaban Verón, Bilardo, Pachamé, Flores, Poletti o Aguirre Suárez. Estudiantes no era un grande de América, ni tan siquiera de Argentina, pero reunía un plantel que seguía ciegamente los idearios de su entrenador, de que se podía ganar a base de trabajo. De todo tipo de trabajo.

Las pérdidas de tiempo, las patadas a destiempo o los insultos al rival pasaron a ser tarea cotidiana. Bilardo se hizo famoso por pinchar a los rivales con alfileres en los saques de esquina. Los jugadores se sabían los nombres de las mujeres y de las novias de los rivales y alardeaban de haberse acostado con ellas. Dicen que en una ocasión se pasaron todo el partido llamando “asesino” a un portero que había matado en un accidente de caza a su hermano, hasta que el cancerbero se derrumbó y encajó una ristra de goles.

El caso es que aquel equipo ganó 3 Copas Libertadores consecutivas (1968, 1969 y 1970) por lo que también disputó sendas finales de la Copa Intercontinental. En la primera final, ante el Manchester United, ganaron en la ida y defendieron la renta en el choque de vuelta disputado en Old Trafford. Hubo de todo en ambos encuentros. En la ida, Charlton acabó con una brecha en la cabeza y Bilardo se lió a patadas con Stiles hasta que acabó rompiéndole las gafas. Como sería la cosa que Stiles, considerado en Europa el futbolista sucio por excelencia, acabaría aterrorizado y siendo de los primeros miopes en pasarse a una especie de protolentillas. En la vuelta, los argentinos fueron recibidos con gritos de “¡animals, animals!” y tras múltiples patadas George Best perdió los nervios y acabó siendo expulsado. Al final del encuentro hubo varias peleas en los vestuarios y los argentinos aún saldrían al terreno de juego a hacerse fotos de recuerdo provocando aún más al respetable.

En 1969 el rival fue el AC Milan. La ida se jugó en San Siro donde los rossoneros ganaron con un rotundo 3-0. La vuelta parecía un trámite, pero los jugadores de Estudiantes quisieron morir matando. El partido fue una batalla campal y lo que menos le importaba a Estudiantes era el resultado. Los italianos Prati y Rivera acabaron con fuertes contusiones y éste último confesó que necesitó ayuda psicológica para superar el miedo que pasó aquella noche. Lo peor lo sufrió el argentino Combin, que al militar en el AC Milan fue tildado de judas por los aficionados. Acabó saliendo del campo en camilla tras una fractura de pómulo y nariz. Fue tal la barbarie que los platenses Poletti, Aguirre Suárez y Manero acabaron siendo arrestados y pasarían un mes en calabozos como medida disuasoria para aplacar la indignación de la FIFA y del Gobierno italiano.

El 1970 el Feyenoord viajó a La Plata con la lección aprendida devolviendo golpe tras golpe y arrancando un valioso empate ante unos anonadados argentinos. En la vuelta el Feyenoord ganó, pero Estudiantes sacó a relucir las garras una vez más. Esta vez fue Pachamé el que arrancó y rompió las gafas del defensa holandés van Daele. A pesar de la victoria holandesa la indignación fue tal que en Europa ya se hablaba abiertamente de renunciar a disputar la Copa Intercontinental.

Y así fue. Entre 1971 y 1979 no se celebró el torneo en dos ocasiones (1975 y 1978) y hasta en otras 6 ediciones (1971, 1973, 1974, 1976, 1977 y 1979) el campeón de Europa renunció a participar.

—LOS DUROS AÑOS 70—

En 1971 el Ajax renuncia y su puesto pasa a ser ocupado por el Panathinaikos, subcampeón europeo. La ida se disputó en Grecia y nuevamente el juego duro hizo acto de presencia. Los griegos protestaron ante la FIFA por la violencia empleada por el Nacional que entre otras cosas dejó al griego Tomaras con una doble fractura de tibia y peroné. Las protestas fueron en vano y en la vuelta los uruguayos de Nacional de Montevideo lograron alzarse con el trofeo.

Tras ganarlo todo y asombrar a Europa con su juego, al Ajax no le quedó más remedio que disputar la edición de 1972. Fue ante Independiente de Avellaneda. La ida, jugada en Buenos Aires, tuvo a Cruyff como gran protagonista. Primero anotó un gol a los 5 minutos del inicio y poco después tuvo que abandonar el terreno de juego lesionado tras una brutal entrada de Mircoli. En el descanso, los jugadores del Ajax anunciaron que se volvían a su hotel hartos de aguantar insultos y patadas de los argentinos. Cuentan que hubo gritos y empujones entre directivos, técnicos y futbolistas en los vestuarios, pero finalmente, y con bastante retraso, los holandeses saltaron al campo ante una pitada monumental. Independiente llegaría a empatar el encuentro pero en la vuelta jugada en Ámsterdam, Cruyff y compañía sentaron cátedra con un claro 3-0.

El Ajax volvió a ganar la Copa de Europa en 1973, pero evidentemente no iba a repetir tan funesta experiencia. Tal ‘honor´ fue a parar a la Juventus. Los turineses se negaron a viajar a Argentina y exigieron jugar el partido en campo neutral. Independiente, nuevamente finalista, accedió a regañadientes y salió victorioso en duelo disputado sin mayores incidentes en la poco neutral ciudad italiana de Roma.

La exigencia europea de jugar el choque en un campo neutral pero, por supuesto, en Europa no gustó en Sudamérica, por lo que hubo que volver al doble enfrentamiento. Así que por enésima vez hubo renuncia, en este caso del Bayern de Münich, lo que permitió al Atlético de Madrid ganar la Copa Intercontinental de 1974 derrotando a Independiente.

Parecía que iba a ser costumbre que Europa enviase a la Intercontinental a su subcampeón, pero en 1975 ocurrió lo inimaginable. Ni el Bayern (campeón) ni el Leeds (subcampeón) quisieron jugar el torneo por lo que se tomó la drástica decisión de cancelarlo. El Bayern si accedió a jugar y a ganar la edición de 1976 y no es casualidad que aceptase porque su rival era el Cruzeiro brasileño, primera ocasión en muchos años en la que ningún equipo rioplatense se asomaba en la final del torneo.

Al año siguiente volvió a la final un club argentino y volvieron las renuncias. En este caso fue el Liverpool quien declinó participar dejando su puesto al Borussia Mönchengladbach. El rival era Boca Juniors y por primera vez en décadas un equipo argentino ganaba a uno europeo a base de buen fútbol. Los xeneizes humillaron a los germanos tras una gran lección de fútbol y sin ningún atisbo de violencia ni juego duro.

A pesar de todo, el Liverpool volvió a renunciar en 1978. La UEFA ordenó al subcampeón Brujas participar en la Copa Intercontinental, pero esto fue visto como una ofensa en Argentina. El finalista sudamericano era por segundo año consecutivo Boca Juniors, que auspiciado por su buen fútbol y su buen comportamiento del año anterior, exigía la presencia del Liverpool. Boca estiró la cuerda y finalmente se negó a jugar una final de consolación contra el subcampeón europeo, por lo que al igual que en 1975 se decidió suspender la Copa Intercontinental.

Llegamos así a 1979 cuando el Nottingham Forest se niega a jugar por lo que su lugar pasa a ser ocupado por los suecos del Malmoe. Éstos eran un club muy modesto que habían sido subcampeones de Europa de forma sorpresiva. Del mismo modo, el Olimpia paraguayo se había proclamado campeón de la Libertadores rompiendo todos los pronósticos. Fue una final sin incidentes entre suecos y paraguayos, pero fue también una final insulsa y sin un mínimo de interés con poco más de 5.000 espectadores en las gradas.

Fue entonces cuando la FIFA llegó a un acuerdo con Toyota para disputar la Copa Intercontinental a partido único en Japón en el mes de diciembre de 1980 como colofón al año futbolístico. De este modo, se conseguía una sede neutral aceptada por todos y se abría un melón para que el fútbol de primer nivel llegase a un mercado tan apetecible como el japonés. A partir de entonces la Intercontinental ganó en seriedad y recuperó la esencia que había tenido cuando fue creada en 1960. Luego, en 2004, la FIFA la democratizó por todo el globo, con igualdad de oportunidades en la forma, pero bajo dictadura europea en el fondo.

“No me arrepiento de nada. El fútbol era violento y si había que desestabilizar a un rival para ganar se hacía. Era otra forma de ganar”. Alberto Poletti, portero de Estudiantes de la Plata (1965-1970).

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Y el Madrid lo ha vuelto a hacer

La final sin fin. La segunda parte de la interminable final de la Copa Libertadores parece ser que, si ningún barra brava lo impide, se va a jugar en Madrid, en el Santiago Bernabéu. El Real Madrid vuelve a colgarse la medalla al mérito civil. Hay quien dice que es un tanto para el Gobierno de Pedro Sánchez, otros que para Manuela Carmena y los más que para Luis Rubiales y la Federación Española de Fútbol. Tonterías. Es un triunfo del Real Madrid. Otra condecoración en el uniforme. Otro motivo más para ser respetado. Otro motivo más para ser envidiado. Otro motivo para ser admirado. Otro motivo más para ser odiado.

El Real Madrid es como un tornado que todo lo engulle. La camiseta blanca trasmite una impronta y una carga de respetabilidad que se desparrama irremediablemente en el mundo del fútbol. El Real Madrid se hizo universal a finales de los 50, una década antes de que las reglas establecidas explotaran por los aires. El Real Madrid de Di Stéfano es el último club de fútbol caballeroso, elegante y gentleman y esa aura lo acompañará para siempre. Se trataba de un equipo victorioso de hombres maduros (salvo Gento todos rondaban o superaban la treintena) que no tenía nada que ver con lo que vino después. El Benfica era un equipo multirracial en un tiempo de racismo, el Inter practicaba un juego defensivo y aburrido y el fútbol alborotador de insolentes y melenudos que desplegaban los inconformistas del United y del Ajax se pasaba de provocador. El Madrid se quedó con la etiqueta de equipo caballeroso por excelencia porque fue la última gran escuadra antes de la revolución juvenil de los 60.

Únicamente 10.000 asientos, la mitad de los mismos para cada club, serán vendidos en Argentina. 12.000 serán para compromisos oficiales de los gerifaltes del fútbol, sus empresas y particulares (los beneficios de la venta de estos billetes irán íntegramente a las arcas del Real Madrid) y las 50.000 restantes serán para los aficionados de River y Boca que residan en España. Son más de 250.000 los argentinos que están censados en España y son ellos los que viven en un estado de fiesta permanente desde hace 10 días ante la posibilidad de disfrutar de un partido legendario a más de 10.000 kilómetros de casa.

El problema de seguridad es mayúsculo, aunque para los agoreros cabe recordar que en el encuentro de ida, disputado en la volcánica Argentina, no hubo ningún incidente. No obstante, los ánimos estarán excitados y el riesgo es evidente. Además, Madrid se enfrenta a un doble problema. Durante el Puente de la Constitución, la capital de España está abarrotada por miles de compatriotas que deciden pasar esos días de asueto en un destino cercano. Madrid se presta a ser visitado por sus luces y sus mercadillos navideños. Todo esto se traduce en un despliegue especial policial y de servicio de emergencias que aún encima se ve agravado por estar España en un nivel 4 de alerta terrorista.

Se estima que en un Madrid-Barça entre antidisturbios, caballería, agentes de subsuelo, policías, helicópteros y sanitarios hay unos 2.500 empleados públicos movilizados. Se comenta que para el River-Boca la cifra va a acercarse a los 5.000. Lo curioso es que mientras la ciudadanía, frecuentemente azuzada por partidos de izquierda (por lo menos hasta el 2-D), protesta y muestra su indignación por gastos semejantes ante la llegada de un mandatario extranjero o de una reunión económica, religiosa o política de alto nivel, no emite reproche cuando el gasto público va destinado a un evento deportivo. Es la “magia” del fútbol. Sólo en sueldos públicos (sin tener en cuenta destrozos de mobiliario urbano o servicios de limpieza) se habla de cifras próximas a los 650.000 euros.

En Argentina se ha montado un quilombo. En un primer momento la cancelación de la final se consideró una vergüenza nacional. Deportistas de renombre y diversas personalidades manifestaron su repulsa por lo sucedido y admitieron que no se podía jugar el partido de vuelta en Buenos Aires. Pero cuando se supo que la Conmebol iba a llevar la final a Madrid, el discurso cambió radicalmente.

Los pseudoperiodistas se pusieron la bandera como capa y empezaron a decir burradas sin sentido histórico. En ‘Clarín’ se preguntaban qué dirían Bolívar y San Martín si supieran que la final se jugaría en Madrid y en ’90 minutos de fútbol’ se rasgaban las vestiduras y proponían un revisionismo histórico y cambiar el nombre de ‘Copa Libertadores’ por ‘Copa Colonizadores de América’ o por ‘Copa Conquistadores de América’. La sensación generalizada en el país es que se está robando a Argentina algo que es suyo, cuando la realidad es que el Boca-River, aunque argentino por definición, es sudamericano por aclaración, porque la competición no es local, sino internacional. El problema, más allá de las quejas de Boca (que solicita la victoria por decreto, y con parte de razón) y de River (que solicita jugar en casa a puerta cerrada, y con parte de razón) es que la Conmebol puede llevar la final al lugar de su jurisdicción (Sudamérica) que desee y en cambio se lo ha llevado a España, a la querida-odiada España.

Bolívar y San Martín estudiaron y residieron en España, y San Martín, el héroe argentino, formó parte del ejército español que luchó contra las tropas napoleónicas en Bailén. Ambos tienen dos estatuas ecuestres en Madrid, y ambas fueron levantadas en la década de 1960, cuando en España gobernaba alguien tan poco libertador y tan poco proclive a la independencia de los pueblos iberoamericanos como Francisco Franco. Y por supuesto San Martín cuenta con honores en Bailén, en Palencia –de donde eran sus padres-, en lugares en los que residió como Cádiz, Málaga o Sevilla y hasta en Fisterra, quizás por aquello de que es el lugar de la Península más próximo a América.

Lo que si es cierto es que la final al disputarse en Europa se ha convertido en un injusto espectáculo de primera clase. Sin contar estancia y vuelo, únicamente con las entradas se va a producir un alza de precios descomunal. Para el Monumental se vendían tickets por 20 euros, en el Bernabéu las más baratas están en 80 euros. Como cuando toca Mundial, sólo podrán viajar los hinchas adinerados o los residentes en Europa. En Argentina el salario medio está en 365 euros y con la inflación en eterno desboque.

El caso es que en la próxima rueda de prensa, en la próxima junta de accionistas o en el próximo fichaje, Florentino Pérez subirá al estrado y podrá presumir de que el Santiago Bernabéu es ( y será) el único estadio del mundo que ha albergado, más allá de finales coperas y partidos de Liga ante el FC Barcelona, la final de la Copa de Europa (1957, 1969, 1980, 2010), la final de la Copa Intercontinental (1960), la final de la Eurocopa de naciones (1964), la final del Mundial (1982) y desde ahora la final de la Copa Libertadores (2018). Y den por hecho que si algún día la final de la Copa de Asia, de África o de lo que sea, se tiene que desplazar de sede, el lugar elegido será el Santiago Bernabéu.

Guste o no guste, el Madrid lo ha vuelto a hacer.

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¡No! Los ingleses no inventaron el fútbol

Para todos aquellos que tienen un mínimo de interés en el fútbol la historia es más o menos conocida. En el siglo XIX los alumnos de los colegios privados de Inglaterra dedicaban su tiempo de asueto en jugar al fútbol. Cada institución académica tenía sus propias reglas y eran tan variadas que en algunos sitios se podían usar las manos (Rugby o Marlborough) y en otras únicamente los pies (Winchester, Eton o Cambridge). A mediados de siglo y gracias al desarrollo de la red de ferrocarril comenzaron a disputarse competiciones entre las distintas universidades, por lo que se hizo necesario establecer unas reglas comunes. En octubre de 1863 se constituyeron las reglas básicas del fútbol y años después los disidentes harían lo propio implantando las reglas básicas del rugby.

El fútbol es más antiguo que la bombilla, el cine o el automóvil.

A partir de ahí el fútbol se extenderá con rapidez por todo el planeta y se convertirá en el deporte hegemónico por antonomasia. El rugby quedará anclado en las Islas Británicas y sólo tendrá aceptación en las colonias del Imperio y, de forma sorpresiva, en Francia.

Los triunfantes ingleses siempre se han orgullecido de ser los inventores del fútbol. Fue un invento de la Inglaterra Victoriana para escapar de los aburrimientos de los domingos y llenar de ocupación el nuevo tiempo de ocio de la sociedad contemporánea. Y es cierto. Pero hay matices. Muchos matices.

¿Quiénes son los responsables de hacer del fútbol un deporte divertido y sugerente para buena parte de la humanidad? ¿Quiénes lograron que se convirtiese en el ariete y primordial entre todos los deportes? No. No fueron los ingleses. Fueron los escoceses.

En 1707 Escocia pasó a formar parte del Reino de Gran Bretaña. A partir de entonces (y de forma errónea) los escoceses pasaron a ser para el resto de la humanidad ingleses. De tal forma que cuando el Imperio Británico conquistó los cinco continentes a través de su armada y de su ejército o cuando una empresa británica explotaba una mina de carbón, creaba una industria textil o explotaba un pozo de petróleo, a ojos de la humanidad era un hito de la comunidad inglesa. Para el nativo el británico era sinónimo de inglés. Ni existía el escocés, ni el galés ni el irlandés.

La realidad es que un alto porcentaje de los militares y de los comerciantes británicos eran escoceses. Por un lado, las durísimas condiciones climatológicas y un terreno verde pero de paupérrimo nivel de cultivo hacían del escocés un pueblo proclive a la emigración. Por el otro lado, las diferencias religiosas y la pérdida de propiedades y estatus tras la absorción de los ingleses del Reino de Escocia hizo que la familias de renombre o bien marchasen a Londres a probar fortuna o se convirtieran en ricos comerciantes y en ávidos empresarios bajo el mandato de la Corona inglesa.

Así pues, fueron los comerciantes y los trabajadores escoceses los que llevaron el fútbol a través del mar más allá de las Islas Británicas.

¿Cómo se convirtió el fútbol en el deporte ganador? ¿Por qué lo que triunfó fue el fútbol y no el rugby? ¿Por qué en Escocia el balón redondo le ganó la partida al balón ovalado?

Debemos viajar al 30 de noviembre de 1872. Tal día como hoy hace 146 años, y conmemorando la festividad de San Andrés, las selecciones de Escocia e Inglaterra disputaron en Glasgow el primer encuentro internacional de la historia.

La nada desdeñable cifra de 4.000 espectadores se reunieron en el estadio Hamilton Crescent de Glasgow (estadio, por cierto, que sigue en pie y que alberga encuentros de criquet) para presenciar un decepcionante empate sin goles. Fue algo extraño en una época en la que se jugaba con 6 o 7 delanteros y, de hecho, hasta 1970 ambas selecciones no volverían a empatar sin goles. Las mujeres pudieron entrar gratis al estadio y el partido comenzó con retraso porque los ingleses llegaron tarde. Los 11 integrantes del equipo escocés pertenecían al Queen’s Park (entonces el mejor equipo de Glasgow) y jugaron el choque con la indumentaria del club, camiseta azul, pantalón blanco y medias rojas, que aún hoy siguen siendo los colores oficiales de la selección escocesa.

Para muchos historiadores este fue el encuentro que marcó el nacimiento del fútbol. Antes del encuentro los dirigentes de ambas federaciones se reunieron para determinar con que reglas se iba a disputar el choque. Por aquel entonces en muchas partes de Inglaterra se seguía practicando un híbrido entre pies y manos, ente fútbol y rugby, mientras que los escoceses ya se habían decantado por un juego basado en los pies. Tras varias horas de reunión decidieron jugar únicamente con los pies, con las reglas de 1863, es decir, se decantaron por jugar al fútbol.

Los escoceses habían perfeccionado el juego. Eran conocidos por ofrecer un buen trato con el balón, dar muchos pases y hacer un gran juego colectivo. Los ingleses preferían encarar por bandas y el ‘up and under’ (el patadón), un tipo de fútbol más individualista y que tenía su razón de ser en el rugby. Aquel primer encuentro acabó en empate, pero más pronto que tarde el fútbol de ‘passing game’ y ‘dribbling’ escocés triunfaría. Hasta 1890 la estadística era humillante para los ingleses, que sólo ganaron 3 veces y encajaron 11 derrotas contra Escocia, incluido un 7-2 en Glasgow (1878) y dos palizas en casa 1-6 (1881) o 1-5 (1882).

El juego propuesto por los escoceses, tan atractivo para el público, fue lo que hizo que el fútbol le ganara la batalla al rugby o al cricket por la supremacía mundial y que fuese aceptado y asimilado rápidamente en todos los puntos del globo. Los escoceses Charles Miller (nacido en Brasil pero de padre escocés), Jock Hamilton y Archie McLean fueron los que introdujeron el juego de toque y combinación en Brasil en la ciudad de Sao Paulo, donde estaban las fábricas derivadas del ferrocarril. Otro escocés, el profesor del instituto británico de Buenos Aires, Alexander Hutton Watson, es reconocido como el padre del fútbol argentino e impulsor del primer campeonato en Buenos Aires a finales de la década de 1880.

Escoceses también eran la gran mayoría de británicos que comerciaron en España en el siglo XIX, los cuales introdujeron el fútbol en nuestro país. La familia católica y escocesa Gordon montó un imperio bodeguero en Jerez y el también escocés Hugh Matheson consiguió la concesión para explotar las minas del Río Tinto cerca de la ciudad de Huelva. Fueron los trabajadores de las minas quienes fundaron el Huelva Recreation Club (Recreativo de Huelva) en 1889 cuyo primer presidente es el también escocés Charles Adams quien dirigía una empresa de gas en la capital onubense. Los escoceses (en las crónicas siempre confundidos por ingleses) fundaron los primeros clubes en Sevilla, Bilbao o Barcelona, ciudades con fuerte presencia de capital extranjero.

En los arrabales de Barcelona se crea una gran industria textil que atrae a numerosos escoceses y que contribuirá a que lugares como Sabadell o Terrasa pasen de ser pueblos a ciudades. En Barcelona, un día de 1898, el suizo Hans Gamper se acercó a las instalaciones del Gimnasio Tolosa para integrarse en su club de fútbol. El club estaba formado por escoceses y le denegaron el acceso, pero no por motivo de su nacionalidad, sino por culpa de sus creencias, ya que Gamper era protestante y el club estaba integrado por escoceses católicos. A finales de ese año Gamper decide crear su propio club de fútbol, en el que además de a suizos también permitirá la presencia a ingleses y a escoceses protestantes. Es el FC Barcelona.

Pero no habría que cruzar el Canal de la Mancha para seguir el rastro a los escoceses. Cuando en 1888 la Liga inglesa se pone en marcha se produce una avalancha de fichajes de entrenadores y jugadores escoceses, la élite del momento. Durante la década de 1890 el Aston Villa (Birmingham) se convierte en el gran club inglés al conseguir 5 títulos de Liga bajo dirección de un entrenador escocés. El Liverpool, que tomó el relevo del Aston Villa en el cambio de siglo, era conocido como el equipo de los `Mac’s’ porque la mayoría de sus futbolistas eran escoceses, y el Preston North End, el primer campeón de la FA Cup, tenía a ocho escoceses en su alineación inicial.

“La tragedia es que después de extender el fútbol de pase a todos los rincones del mundo, perdimos nuestro estilo. Enseñamos al mundo a jugar, y olvidamos luego como hacerlo nosotros”. Richard McBreathy, historiador escocés.

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