Estados Unidos

¿Por qué los Dodgers no son el Madrid ni Messi es Lebron James?

Es relativamente habitual que cuando un licenciado estadounidense acabe su carrera cruce el charco y haga una tournée por Europa. Algunos visitan Londres, muchos Roma y todos Paris. Hablamos de gente de cierto nivel intelectual, cultural e incluso económico. Gente que admira el estado de bienestar europeo y ese gusto por trabajar por vivir y no el vivir por el trabajar tan propio de Estados Unidos. Ven Europa con ojos románticos, como una suerte de club de países pequeños con PIB extraordinarios. Un paraíso para disfrutar de una jubilación que se antoja de las más longevas y satisfactorias del planeta.

Y, sin embargo, todos esos jóvenes bien alimentados y bien educados que critican la venta de armas en Estados Unidos y admiran los hospitales públicos europeos, se echan las manos a la cabeza cuando ven que nadie tiene secadora.

Algo propio del tercer mundo.

El 90% de los habitantes de Estados Unidos tienen secadora. Así como casas más grandes, armas en el salón y multitud de problemas cardiacos. Dicen que eso sucede porque el alcohol protege de los problemas de corazón y como los europeos están siempre borrachos bebiendo vino en las comidas…Que un norteamericano tenga una secadora no es una cuestión geográfica, sino cultural. Tanto la tiene el habitante invernal de Wisconsin como el del verano perpetuo de Florida. Tender la ropa al viento es de pobres. Antiguamente era cosa de negros. Los blancos, los blancos más humildes y de casas húmedas del interior de Chicago, tendían la ropa al lado de la caldera. Desde que en los 50 la secadora se hizo accesible y popular a nadie, independientemente de su nivel de renta, se le ocurriría tender la ropa al viento.

En Europa no es así. La ratio de ventas de secadoras es de 1/9 en relación a la de las lavadoras. Sólo en las grandes ciudades, en pisos de metros cuadrados escasos, se le ocurre a alguien montar una secadora. Y no es una cuestión geográfica. Puede que en el sur de Europa el sol abunde, pero de los Pirineos para arriba el astro rey suele desaparecer con prontitud. La construcción de patios de luces, los recovecos de un ático o un sencillo sótano o trastero son válidos para tender la ropa. Incluso se puede colgar al aire libre en pleno invierno. En Manchester o en Oslo a las camisetas se les da la vuelta en el radiador como de un filete se tratase. Es, simplemente, una cuestión cultural. Incluso medioambiental en las zonas más progres del Viejo Continente.

Aunque a menudo Occidente se considera como un todo, la evolución histórica, geográfica y sociopolítica de sus diferentes lugares ha dado lugar a notables diferencias culturales. La amplia extensión de ambos mundos hace que cada región tenga sus particularidades. Con todo, la cohesión de Estados Unidos como única nación hace más fácil la homogeneidad que en Europa. Así un irlandés o un polaco tiende a parecerse más al prototipo americano que a buena parte de los europeos. Peso a lo cual, las secadoras escasean tanto en Dublín como en Varsovia.

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Secado Made in Europe

Escasean las secadoras al igual que las distancias y el tiempo permanecen en dimensiones distintas. Si una iglesia del siglo XIX es moderna para un europeo es antigua para un estadounidense. Si una ciudad está de la playa a unos 100 kilómetros es lejos para un europeo, pero cerca para un estadounidense. Lo haremos en un coche manual y pequeño, frente a los automáticos y grandes de un norteamericano, los cuales no tendrán problema para aparcar en los parkings gigantes que abundan por Estados Unidos. Nuestra semana empieza el lunes, mes y año. La de ellos es mes, domingo y año. Sus colegios son de pago y nadie tiene la obligatoriedad de aprender otro idioma, cuando aquí en el sistema público chapurreas, al menos, tres hablas. Nuestras calles están llenas de historia y las suyas de números, al igual que sus nombres de pila suelen ser también apellidos y sus políticos han de servir en el ejército antes de dar el salto a la política.

Y el deporte. En Europa la historia deportiva se ha cimentado sobre el fútbol. A su alrededor pivotan multitud de disciplinas, pero ninguna de ellas forma parte del tronco central del deporte estadounidense. Tan solo el baloncesto ha conseguido penetrar en el acervo colectivo de ambos continentes. Pero fútbol americano, béisbol y hockey sobre hielo son elementos extraños para el común de los europeos.

Empero, no es la diferencia de gustos lo que separa a europeos y a estadounidenses. La diferencia radica en la forma de concebir que es el deporte. Podemos identificar hasta tres diferencias fundamentales en torno a dicha concepción: a) aficionados; b) sistema de competición; c) objetivos de los clubes.

A) Aficionados:

En Europa las simpatías tienen una dimensión cultural y geográfica. De lo local a lo nacional y de lo nacional a lo internacional. El conglomerado de ligas regionales, nacionales y europeas certifica y pone en valor los sentimientos de cada forofo. Esta distinción es irreal para un estadounidense. Para ellos el campeón de la NFL, la NBA, o la NHL o la MLB es el campeón del mundo. Solo los Juegos Olímpicos son considerados para los estadounidenses un verdadero test internacional en el que enarbolar la bandera nacional.

La densidad de población de Europa Occidental es enorme lo que unido a un número considerable de países hace fácil el desplazamiento de aficionados para ver a su equipo. Esto convierte un partido fuera de casa en una aventura y crea una identidad cultural social entre los aficionados y su equipo. La inmensidad de Estados Unidos (donde caben hasta 18 Francias) limita al televisor el seguimiento del deporte, por lo que hace poco permeable la identificación con los colores.

B) Sistema de competición:

El deporte europeo se basa en tres tipos de resultados: victoria local, empate y victoria visitante. De igual modo, cuando existe un torneo de eliminatoria directa se establece un sorteo. Dicho sorteo funcionaba como una lotería donde el azar hacía su aparición. Solo en tiempos modernos e, influido por la tendencia estadounidense, se establecieron los condicionantes y los cabezas de serie. Al otro lado del Atlántico toda liga sirve como un proceso de selección natural en el que los mejores se clasifican para un torneo final eliminatorio en el que los cabezas de serie se eligen por el porcentaje de victorias.

En la opinión del que escribe está diferencia radica en el concepto de justicia. Para un europeo el resultado de una liga regular demuestra quien ha sido el mejor a lo largo de un recorrido, Quien ha sido el más fuerte a lo largo de una temporada. Esto implica que los mejores ganarán, pero, por un sentido de justicia y caridad, deben existir otros torneos donde el débil tenga su oportunidad. En las eliminatorias (copas) el azar sirve como balanza de la justicia que demuestra que, aparentemente, todos somos iguales. Es como el pan de los pobres que mantiene la ilusión de la felicidad.

Para un estadounidense no existe sentido de la justicia que pueda hacer creer que los últimos clasificados de una liga merezcan tener alguna opción de victoria. Sin embargo, crean ligas que irremediablemente cuentan con ‘playoffs’ por el título para demostrar que la justicia es igual para todos. Los mejores siempre parten con ventaja, pero deben demostrarlo, tanto a la larga como en las distancias cortas. Aquí el que manda juega con las cartas marcadas, pero siempre tiene que jugar. La justicia es igual para todos. La incertidumbre del resultado, y he aquí el quid de la cuestión, es mayor en el deporte norteamericano, aunque la sensación para el aficionado es que es mayor en el deporte europeo.

C) Objetivos de los clubes:

El objetivo de cualquier club es lograr el éxito. En Europa existe un sistema de ascensos y descensos en el que los fondos económicos se distribuyen en función de la categoría y de forma solidaria entre clubes a través de entes nacionales e internacionales. Trepar en el escalafón, sea como sea, es el objetivo para lograr el éxito deportivo. En Estados Unidos un club es una franquicia, donde un propietario, a través de su dinero, mantiene a su equipo en una liga independientemente de sus resultados deportivos. Todo se basa en la solvencia y en el crecimiento económico, y solo a través de la financiación correcta se puede alcanzar el objetivo deportivo.

Este sistema repercute directamente en los deportistas. En Europa sus sueldos dependen de las vicisitudes de su equipo y son altamente variables. En Estados Unidos dependen de sus méritos deportivos y son intocables tanto a la baja como al alza hasta que vencen sus compromisos contractuales.

Esto lleva directamente a una forma frontalmente distinta de entender la captación del talento.

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Fiesta universitaria

— ¿POR QUE LOS DODGERS NO SON EL MADRID NI MESSI ES LEBRON? —

Pocos conocerán a Randy Livingston. Normal. En doce años de carrera profesional jugó en infinidad de equipos. Concretamente en catorce equipos. En alguno de ellos de manera testimonial. Fueron dos los partidos que jugó con los Golden State Warriors y cinco en los que defendió la camiseta de los Chicago Bulls. En los Idaho Stampede de la liga de desarrollo de la NBA llegó a militar en cinco diferentes ocasiones en un espacio de ocho años. Y sin embargo Randy Livingston es un jugador de baloncesto venerado allí donde nació.

Porque en Nueva Orleans, en el estado de Louisiana, Randy Livingston es una leyenda viva. Asistió al instituto Newman de su ciudad natal con cuyo equipo de baloncesto logró el título de mejor jugador de secundaria de Estados Unidos en 1992 y 1993. Después logró una beca deportiva que le permitía ir a cualquier universidad del país. Decidió quedarse en casa y estudiar en la LSU, la Universidad Estatal de Louisiana. Que luego una lesión de rodilla cerciorase su carrera fue del todo inoperante. Randy Livingston es un icono de su comunidad.

Historia parecida es la de Herschel Walker. Nacido en Wrightswille, en el estado de Georgia, Walker compitió en el instituto de su pequeño pueblo donde logró la hazaña de guiar a su colegio a ganar el campeonato estatal de secundaria de fútbol americano en 1979. Al igual que Livingston, Herschel Walker decidió quedarse en casa y apostar por la Universidad de Georgia, donde también fue elegido mejor jugador del país y en 1981 ganó el campeonato universitario de Estados Unidos. Pero a diferencia de Livingston, Walker tuvo una carrera profesional fructífera que le llevó de Nueva Jersey a Dallas y de Dallas a Minneapolis, aunque jamás alcanzó los éxitos que logró como amateur en Georgia. Hoy Walker lucha por ser senador republicano por su Georgia natal.

Viajemos a Europa. Zlatan Ibrahimovic nació en Malmö, la ciudad más meridional de Suecia. De padre bosnio y madre croata, apenas jugó 40 partidos con el club sueco antes de firmar por el Ajax de Ámsterdam. Ahí inició una carrera antológica que le ha llevado a anotar más de 500 goles y a ganar títulos con algunos de los clubes más importantes del mundo, caso del FC Barcelona, el Manchester United, el PSG o las tres grandes escuadras italianas (Inter, Milan y Juve). Ibra es un dios del fútbol. Su carrera profesional es infinitamente superior a la de Walker o Livingston. Pero Ibra no es un dios en Suecia. Nunca ha tenido una actuación relevante con su selección. Es más. Ha renunciado sistemáticamente a defender la camiseta nacional y ha solicitado regresar cuando le ha convenido. Ni siquiera en Malmö es un ídolo. A la estatua de Ibrahimovic que daba la bienvenida a la ciudad de Malmö le fue amputada la nariz y fue tirada al suelo cuando Zlatan decidió entrar en el accionariado del Hammarby IF, club de Estocolmo y tradicional rival del equipo de Malmö. No, definitivamente Ibrahimovic no es un referente para su comunidad.

En Estados Unidos no existen las subvenciones estatales deportivas. Tan solo aportes económicos de la administración local. La economía del país obedece a la ley de la oferta y la demanda, y así funciona su sistema deportivo. Son los colegios los que tratan de captar talento en función de la disciplina, la productividad, el trabajo y el control. No se busca el modelo europeo de ‘fair play’ sino el modelo de excelencia. Ganar por encima de todo. A través de donaciones, publicidad y eventos financian los colegios su estructura académica. Del colegio se pasa al instituto (high school), donde se crea un vínculo con la sociedad. Esos deportistas llevan el nombre del instituto a lo largo del estado (o del país) y dan notoriedad a los mecenas que han llevado a esa institución al éxito.

Esos deportistas son captados por universidades que ofrecen becas deportivas para completar unos estudios que son prohibitivos para buena parte de los estadounidenses. A cambio, la universidad podrá obtener ingentes beneficios gracias a los ingresos televisivos, venta de mercadotecnia o control de derechos de imagen. Hay que tener en cuenta que los partidos universitarios reúnen a miles de espectadores en directo y a millones por televisión. Un entrenador universitario de fútbol americano o de baloncesto gana más dinero que el rector de la universidad.

Los más exitosos de estos atletas pasarán a la rueda del deporte profesional, mientras que la mayoría de ellos acabarán sus licenciaturas y entrarán en el mercado de trabajo. Suceda lo que suceda habrán formado parte de una comunidad. Quizás Michael Jordan sea el deportista más grande de todos los tiempos. Y lo es por sus hazañas con los Chicago Bulls, pero Jordan lo que es, es un ‘Tar Heel’ de la universidad de Carolina del Norte. Allí se formó como persona y como deportista. Fue allí donde decidió vivir una vez retirado y fue allí donde decidió invertir millones de dólares para comprar una franquicia de la NBA y no en el Chicago donde se convirtió en el hombre más famoso del mundo.

No sucede lo mismo en Europa. Aquí el deporte es diversión y formación. Está tutelado por los entes públicos, los cuales construyen los recintos deportivos. La idea es crear buenos hábitos, fomentar el compañerismo y desarrollar las capacidades psicomotrices de los niños. Salvo casos extraordinarios, solo cuando el niño se convierte en adolescente se empieza a pensar en su carrera profesional como deportista.

Y aquí estriba la gran diferencia. Ibrahimovic no jugó para un instituto ni para una universidad. Fue captado por un club privado quien lo formó en sus categorías inferiores y lo convirtió en profesional cuando consideró que estuvo preparado. No existió red de seguridad. Tuvo que escoger entre estudiar o dedicarse al fútbol. En Europa nadie es recordado por los goles que metió en la universidad. Simplemente porque esa opción no existe para el deportista de élite. Tomas el control de tu vida joven, seguramente excesivamente joven, y a cambio eres libre de decidir donde y para quien jugar. Quizás construyas un vínculo con una ciudad y su club de fútbol, pero lo normal es que no eches raíces ni edifiques vínculos e intentes labrarte una carrera de éxito por ti mismo sin tener en cuenta a tu comunidad.

Herschel Walker says he's been transparent about past violence - has he?
Herschel Walker

Lionel Messi nació en la ciudad argentina de Rosario y se formó en las categorías inferiores de Newell’s Old Boys. Allí estuvo hasta los doce años, por lo que pocos tienen recuerdo de él. Es así porque las categorías inferiores fuera de Estados Unidos son objeto de divertimiento y recuerdo y solo en épocas recientes los datos y las estadísticas han tenido una razón de ser. Es el salto al profesionalismo lo que marca la diferencia en Europa. Es así que Messi se convirtió en profesional con el FC Barcelona a los 16 años. Es en Barcelona donde ha cosechado sus éxitos por todos conocidos y es en la Ciudad Condal donde se ha convertido en una figura imperecedera que traspasa los límites del deporte. Messi es argentino de corazón y de sentimiento y anhela ganar el Mundial con su país para sentirse querido y reconocido por los que lo vieron nacer. Pero por mucho que quiera y por mucho que lo desee Messi jamás será rosarino. Nunca será Maradona. Messi ha sido criado, modelado y tutelado por Can Barça. Messi es patrimonio catalán, a pesar de que nunca ha hablado catalán.

Lebron James nació en un barrio marginal de Akron, suburbio al sur de Cleveland. Estudió en el instituto católico de Saint Vicent y Saint Mary donde sus estadísticas fueron contabilizadas al milímetro y se convirtió en campeón nacional y mejor jugador del país. Declinó declinar formarse en una universidad y dio el salto al profesionalismo a través de los Cleveland Cavaliers. De inmediato se convirtió en el hombre del momento, aunque tuvo que marcharse a Miami para ganar su primer anillo de la NBA. En aquel instante se convirtió en un Judas, pero con el tiempo regresó a Cleveland para hacer campeones por vez primera a los Cavaliers. Hoy Lebron James es una de las pocas figuras deportivas que pueden hacer sombra a Leo Messi a nivel global, pero su impacto a nivel local es inimaginable para el bueno de Leo. Ha construido escuelas, orfanatos o museos en su ciudad natal y, sobre todo, se ha convertido en ejemplo y referente para la comunidad de Akron y de Cleveland, a la que siempre hace referencia en cada una de sus intervenciones públicas.

Al igual que en el caso de Lebron, es habitual que el deportista estadounidense devuelva parte de lo que le fue otorgado por su comunidad. Obviamente el sistema de bienestar europeo hace impensable que sea un mecenas quien tenga que construir una residencia de ancianos o una biblioteca. No solo eso. La existencia de un mecenas es criticable por cierta parte de la sociedad. La necesidad del mecenas en Estados Unidos es reflejo de un sistema social y económico opuesto. Pero en el caso que nos ocupa, la figura del mecenas deportista en Europa es difícil de ver debido a esa inexistencia de vínculos primigenios con la comunidad formativa.

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Lebron King Caridad

El Real Madrid fue fundado en 1902. Camino de los 125 años de historia posee el palmarés más exitoso del fútbol mundial y en sus filas han militado alguno de los jugadores más famosos de todos los tiempos. Pero el Real Madrid podría estar un siglo sin ganar título alguno y su fama se mantendría inquebrantable. Su estadio es un museo en movimiento que se mantiene en el corazón de la ciudad desde tiempos pasados y su escudo y su camiseta apenas han sufrido pequeños cambios inapreciables para el aficionado medio. El club, aun profesionalizado y convertido en una empresa multinacional, sigue siendo propiedad de unos socios que con sus críticas y reproches pueden hacer cambiar el devenir de la entidad de una semana para otra. El Real Madrid es un club global, español, pero, sobre todo, es un club madrileño. No se entiende la ciudad de Madrid sin su Real.

Los Ángeles Dodgers son junto a los Yankees de Nueva York el club de béisbol más valioso del mundo. Son el buque insignia de una ciudad de cerca de cuatro millones de habitantes y un área metropolitana de 20 millones. Han ganado siete veces las Series Mundiales y su estadio es el de mayor capacidad del país. Pero los Dodgers no son de Los Ángeles. No lo son porque no son un club, son una franquicia. Los Dodgers nacieron en 1883 en la otra punta del país, concretamente en el barrio neoyorkino de Brooklyn. Allí estuvieron hasta 1957, cuando el propietario decidió trasladar al equipo a California. Por el camino hay títulos en Brooklyn como en Los Ángeles, al igual que los Lakers de la NBA poseen entorchados en Minneapolis como en Los Ángeles. Nadie duda que los Dodgers son el equipo de L.A, pero ni su historia ni si cultura ni, quizás, su futuro, están en la ciudad que vio nacer a Hollywood.

La emoción es una pauta filogénicamente aprendida que se desencadena por un suceso intenso. La pertenencia, la identidad y la identificación con unos valores agravan ese sentimiento. En Europa ser de un club de fútbol es sinónimo de ser habitante de esa ciudad. Las rivalidades entre clubes crean resentimientos entre ciudades, aunque los odios solo ocupen el plano deportivo. Pertenecer a un equipo de fútbol es pertenecer a una secta religiosa con tradiciones centenarias. Implica formar parte de una tradición y un legado en el que por lo general el árbol genealógico ha tomado parte.

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De padres a hijos

“En Estados Unidos todo el mundo es de la opinión de que no tiene superiores sociales, ya que todos los hombres son iguales, pero no admitir que tiene inferiores sociales, ya que la doctrina de que todos los hombres son iguales sólo se aplica hacia arriba, y no hacia abajo”. Bertrand Russell.

“El ejemplo de Estados Unidos es absurdo. Si Estados Unidos estuviese en el centro de Europa no resistiría ni dos años la presión del resto de las monarquías”. Napoleón Bonaparte.

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Los límites del ser humano (sobre los récords cometidos y los que están por venir)

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¡Daría la vida por mi equipo! (sudacas, negros, gabachos y moros pero todos visten mis colores)

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La más grande de todas las polémicas (USA vs URSS 50 aniversario) 2ª parte

En una caja fuerte de Lausana. En la sede del Comité Olímpico Internacional. En el anverso la diosa de la victoria con una palma en la mano izquierda y una corona de laurel en la derecha. En el reverso dos jóvenes desnudos, representando la pureza del cuerpo atlético. Son doce las medallas de plata que allí aguardan, en un frio recipiente chapado de acero de una ciudad suiza a la espera de ser recogidas. La larga espera suma 50 años y nadie le augura fin. Alguno de los doce componentes del equipo norteamericano de baloncesto ya ha dejado este mundo. Otros aun no lo han hecho. Pero tantos unos como otros han sido tajantes. Ni ellos, ni sus hijos, ni los hijos de sus hijos, podrán nunca recoger esas medallas. Así lo atestiguan sus testamentos. Y sólo el acuerdo unánime de esos doce hombres o sus descendientes podrían sacar esas medallas del letargo en el que están asumidas.

Esas doce medallas son el amargo recuerdo de los tres segundos más corrosivos que el baloncesto ha parido. Del partido más controvertible jamás celebrado. De la más grande de todas las polémicas.

Una vez Doug Collins ha sido arrollado por Sakandelidze se dispone a lanzar dos tiros libres. Quedan tres segundos para el final. Antes hubo que levantarlo del suelo, porque el golpe fue terrible. Anota el primero ante el rugir del público. 49-49. Respira hondo, lanza con seguridad el segundo y vuelve a encestar. 50-49. Es la primera ventaja de Estados Unidos en todo el partido y el público y el banquillo norteamericano comienza a celebrar la victoria.

Why The 1972 U.S. Men's Basketball Team Refused Their Olympic Medals
Toda la presión para Collins

En el momento en el que el segundo tiro de Collins vuela hacia el aro suena una bocina. Es el indicativo que confirma que Kondrashin ha solicitado un tiempo muerto. En la retransmisión televisiva el sonido se escucha claramente, pero no así en el pabellón donde la algarabía enloquece a los presentes.

El árbitro brasileño Renato Righetto se gira hacia la mesa para ver qué ocurre, pero el búlgaro Artenik Arabadjan pone el balón en manos de Alzhan Zharmukhamedov. En ese momento se puede ver a Kondrashin y sus ayudantes haciendo con las manos el gesto de tiempo muerto totalmente desesperados. Zharmukhamedov saca rápido de fondo y envía el balón a Serguei Belov que intentará un lanzamiento a la desesperada desde el centro del campo. Justo cuando cruza la línea del medio los árbitros paran el partido. La solicitud de Kondrashin ha sido aceptada y habrá tiempo muerto. Queda un segundo para el final del choque.

Por entonces no se contabilizaban las centésimas, pero es evidente que desde que Collins lanzó los tiros libres han pasado un par de segundos, y no es lo mismo jugarte el partido con tres segundos de posesión que con tan sólo uno.

Jugadores y cuerpo técnico de ambas selecciones rodean a los colegiados y a la mesa de anotación buscando una solución satisfactoria a sus intereses. El caos es colosal. Es la locura. La prensa salta a la pista y los miembros de seguridad se afanan por devolver a todos a sus respectivos lugares.

Según las reglas de aquel momento, el tiempo muerto debía pedirse antes de que se lanzaran los tiros libres, y podía ser concedido o antes de los lanzamientos, o entre el primero y el segundo, nunca después del segundo.

¿Fue el tiempo muerto pedido correctamente? Kondrashin asegura que el tiempo muerto fue pedido antes de los lanzamientos, con la intención de hacerlo efectivo entre el primer y el segundo tiro libre. El hecho de que la mesa hiciera sonar la bocina cuando Collins ya tenía el balón en sus manos indica un intento de evitar que se produjera el segundo lanzamiento. En cambio, Hans Tenschert, responsable de la mesa de anotación, explica que en aquel torneo se había dado a los entrenadores un aparato electrónico para señalar a la mesa la intención de pedir tiempo muerto. Según Hans, los soviéticos no manejaron bien el aparato y acabaron pidiendo el tiempo muerto demasiado tarde. Mas tarde, cuando todo esto haya concluido, se acabará reconociendo que el error había sido de la mesa. Pero no adelantemos acontecimientos. Falta mucha tela que cortar.

El milagro olímpico de la URSS ante Estados Unidos en Múnich 72 | Antena 2
El VAR de 1972

De repente, y tras esos instantes de tensión, un hombre con una fina capa de pelo blanco, sempiternas gafas y una pajarita que daba un cierto aire cómico a su aspecto aristocrático, baja haciendo aspavientos desde la tribuna presidencial hasta la mesa arbitral. Se trataba de William Jones, presidente de la FIBA desde su fundación en 1932. Jones no tenía autoridad alguna para influir en los árbitros, pero al mismo tiempo tenía toda la autoridad para hacerlo. Era el hombre que había logrado que el baloncesto fuese olímpico y era mando respetado en todo el orbe. Así que cuando Jones levantó tres dedos al aire indicando que se otorgasen los tres segundos y se concediese el tiempo muerto la discusión finalizó con rotundidad.

Lo cierto es que más allá de la tropelía de Jones había una prueba que quitaba toda la razón a los norteamericanos. Al sonar la bocina tras el segundo lanzamiento de Collins se había encendido una luz en la mesa de los jueces. Quizás se podía argumentar que no se había oído la sirena, pero la luz encendida era una prueba irrefutable.

Total, que hay un nuevo saque de fondo y la jugada vuelve a ser la misma. Los protagonistas no. En el alboroto, Edeshko ha entrado por Zharmukhamedov para sacar de fondo y Paulauskas era el escogido para intentar el tiro a la desesperada en lugar de Serguei Belov. Los árbitros deciden reanudar el choque, mientras en la mesa gritan que paren, que todavía no están preparados. Defendido por el pívot McMillen, Edeshko se la pasa a Paulauskas, que lanza el balón hacia el aro. La bocina suena en el mismo momento que el jugador lituano recibe la pelota.

¿Fin del partido?

En ese momento el reloj sigue anclado en un segundo para el final porque alguien ha sido tan cenutrio como para volver a poner el partido en juego sin haberlo arreglado. En las centésimas que van desde que el balón sale de las manos de Edeshko hacia el infinito alguien se da cuenta del error y pone el cronómetro en 50 segundos. Entendemos que su intención era dejarlo en 3, pero con los nervios no se sabe que botón fue a tocar. El caso es que un miembro de la mesa se da cuenta del disparate y toca la bocina para invalidar todo lo que está sucediendo.

El balón surca el cielo y toca el aro estadounidense y la fiesta hace su aparición. Era la segunda vez que los norteamericanos alzan las manos y festejan la victoria y también la segunda vez que el público monta el jolgorio e intenta entrar en la pista.

Aquí el guirigay ya es de traca. Los yankees celebran con lujuria y el desenfreno es absoluto. Mientras varios hombres con traje intentan calmarlos alzando las manos con tres dedos al aire. ¡Faltan tres segundos! ¡Faltan tres segundos!

¿Faltan tres segundos?

Claro que faltaban tres segundos. Pero convencer al Team USA del error humano será imposible. Lo fue entonces y lo sigue siendo medio siglo después. Para los allí presentes todo aquello no era más que un complot. Entendían que esa jugada se repetiría las veces que hiciese falta hasta que los soviéticos lograsen la victoria. Para aquellos que lo vieron por televisión, la duda siempre permanecerá en el aire. Es cierto que la bocina sonó antes de tiempo, como también es cierto que el reloj marcaba erróneamente 50 segundos. Pero la realización televisiva nos obvió lo que pasaba en la pista mientras enfocaba el marcador electrónico. Tras una polémica primera repetición de la jugada, hubo quien quiso, y sigue queriendo ver, una segunda mano negra en esta segunda ocasión.

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¿Victoria norteamericana?

¿Cómo pudo haber semejante error? Se dijo que fue un error de comunicación. En la mesa de anotación se hablaba solo alemán, y los árbitros Righetto y Arabadjan no tenían una lengua común. Los relojes eran de la marca suiza Longines que se había llevado el acuerdo para esos Juegos y para los de cuatro años más tarde. Como curiosidad, había un miembro de Longines en esa mesa de anotación de infausto recuerdo. Era Joseph Blatter, quien años más tarde sería nombrado presidente de la FIFA. Fuese como fuese, estaba claro que la actuación de la mesa era indignante. Hubieron de pasar unos cuantos minutos hasta que las aguas volvieron a su cauce y se pudieron disputar por tercera y última vez los famosos tres segundos restantes.

En esta ocasión Edeshko decide obviar el pase corto y enviar un pase de fútbol americano al otro Belov, a Aleksander, que espera bajo la canasta estadounidense.

Esta vez sí, el cronómetro se sitúa en tres segundos y el partido se va a reanudar de nuevo. Arabadjan entrega el balón a Edeshko. Y aquí hay otra polémica. El árbitro búlgaro parece hacer un gesto a McMillen para que se aleje de Edeskho y le permita sacar de fondo sin oposición. Fuese por cansancio o por falta de concentración por todo lo ocurrido, en vez de dar un paso para atrás McMillen directamente se va de la escena y permite que Edeskho saque con total comodidad. El balón vuela y es recogido por Aleksander Belov debajo de la canasta estadounidense. Recoge el balón en carrera, le gana la partida a Forbes y a Jones que salen despedidos en una posible falta. Con los dos americanos fuera de juego, a Aleksander Belov aun le da tiempo a amagar con una finta en un acto reflejo antes de anotar una fácil bandeja a tabla. Había encestado prácticamente en el mismo sitio donde había fallado antes de que Collins anotase los dos tiros libres que iniciaron todo el galimatías.

Suena la bocina. Belov alza los brazos y su imagen corriendo patillas al aire la pista quedará grabada para la eternidad. La Unión Soviética vence por 50-51. Es la primera derrota estadounidense en baloncesto en la historia de los Juegos Olímpicos.

Si el ajedrez era estadounidense, ahora el baloncesto era soviético. La Guerra Fría volvía a las tablas.

Edeskho podría haber lanzado ese mismo pase otras diez veces y el resultado nunca sería el mismo. La fría delegación soviética saltaba y gritaba en el centro de la cancha como si de mediterráneos se tratasen. Los estadounidenses se frotaban los ojos y clamaban al cielo por la injusticia mientras se formaba un tumulto en el que a Hank Iba le robaban su cartera con 370 dólares de la época.

Por supuesto la historia no acabó aquí. El equipo norteamericano firma el acta con protesta, alegando que el tiempo total transcurrido en el partido es de 40 minutos y 3 segundos. La protesta se eleva al jurado de apelación. Se reúnen a las dos de la madrugada y la discusión se extiende hasta las diez de la mañana. Entre altísimas medidas de seguridad los cinco miembros del comité seleccionado por la FIBA comenzaron a revisar las imágenes para dictar sentencia. Mientras los dos bloques movían hilos entre bambalinas para influir en la decisión. Al final se reafirmó la victoria soviética por tres votos a favor y dos en contra. El escándalo en Estados Unidos fue incluso mayor que el producido por el resultado del partido. Votaron a favor del triunfo de la URSS los representantes de Cuba, Polonia y Hungría, todos países pertenecientes al bloque comunista. Votaron en contra Italia y Puerto Rico, todos países miembros de la órbita capitalista. “Nos la han metido doblada”, declaró Richard Nixon. “Ahora sé que Dios existe”, exclamó triunfante Leónidas Breznev.

Y con todo este panorama tendría lugar la ceremonia del pódium. Allí la imagen era impactante. Si en el tercer cajón estaban los doce héroes cubanos y en el más alto los doce exultantes soviéticos, en el segundo escalón el vacío hacía acto de presencia.

El Team USA no se presentó. No pensaban recoger una medalla que según ellos no les correspondía.

Munich 1972: Tres segundos que marcaron la historia (y II) - BasketMe
Ni rastro de la plata

La protesta americana se extiende al comité olímpico, pero en febrero de 1973 dicen que eso es una decisión que atañe a la FIBA, dando carpetazo definitivo el tema. Al menos de manera oficial. Medio siglo después los jugadores americanos siguen diciendo que les robaron la medalla de oro y que no aceptan la medalla de plata. Para recibir la medalla de plata todos los miembros del equipo (o sus descendientes) deberían estar de acuerdo. Y eso nunca sucederá.

El resto es historia. Alzhan Zharmukhamedov relata que todo el equipo se quedó hasta las tres de la mañana en los vestuarios del pabellón, con la incertidumbre de si su victoria sería invalidada o si el partido se tendría que repetir. Lo cierto es que habían dominado el marcador durante 39 minutos, y de hecho deberían haber cerrado el encuentro antes de que se llegara al final de infarto.

La concentración de errores humanos fue grandiosa, pero todo indica que la victoria soviética fue justa. Hubo quien dijo que todo había sido orquestado por William Jones para acabar con el dominio americano. Pero que Jones, un aristócrata británico, simpatizase con los comunistas era tan poco probable como el matrimonio entre un elefante y un grillo. Deportivamente hablando, los soviéticos se podían considerar justos vencedores, pero también era cierto que, a pesar de los avances del baloncesto internacional, el equipo americano era el más flojo de cuantos habían presentado a los Juegos Olímpicos. La baja de Bill Walton mermó sensiblemente el poderío interior y privó al equipo americano de su jugador más diferencial. Y, aun así, la URSS solo había conseguido una victoria por un punto en el último segundo con muchísima polémica.

El reinado americano seguía vigente y desde ese momento estuvieron con el cuchillo afilado esperando a la revancha que tendría lugar cuatro años más tarde. Pero al igual que Anatoly Karpov recuperó el trono del ajedrez para los soviéticos con la amarga sensación de no poder batir a un retirado Fischer, el equipo de baloncesto de Estados Unidos recuperó el trono sin ganarle a la URSS. En los Juegos de Montreal 76 Yugoslavia derrotó a la URSS en semifinales impidiendo una revancha y los boicots norteamericanos y soviéticos en Moscú 1980 y Los Ángeles 1984 retrasaron el duelo por excelencia. Hubo que esperar a Seúl 1988 donde Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentaron en semifinales con clara victoria de la URSS (82-76) y esta vez sin discusión alguna.

Fue entonces cuando Estados Unidos decidió llevar a los Juegos Olímpicos a sus figuras de la NBA, lo que cambiaría totalmente el ‘status quo’ del baloncesto internacional. La victoria de Estados Unidos en Barcelona 92 fue de una rotundidad pasmosa. Por entonces la Unión Soviética ya no existía y el mundo pasaba de ser bipolar a unidireccional. Ya hacía bastante más tiempo que no estaba Aleksander Belov, el legendario héroe con aquella canasta imposible. Había fallecido al filo de los 27 años víctima de un galopante sarcoma. Tras Múnich siguió militando en el Spartak de Leningrado a las órdenes de Kondrashin a pesar de las presiones para que firmara por el CSKA.

101 Greats: Alexander "Sasha" Belov - KOS magazin
Aleksander Belov

Si la victoria de Barcelona 92 de Estados Unidos fue una exhibición de poder, la de la Unión Soviética en Múnich 72 cambió para siempre la historia del baloncesto. Aquel deporte creado en Norteamérica pasaba a ser global. Con discusión o sin discusión, esa victoria demostró que Estados Unidos era batible. No fue solo un partido de baloncesto, sino que fue la más grande de todas las polémicas.

“Los estadounidenses tienen que aprender a perder, aun cuando creen llevar la razón”. William Jones

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Allá por 2017 el Gran Teatro de Moscú vestía sus mejores galas para presentar en sociedad la película ‘Going Vertical’. El estreno se aguardaba con premura en Rusia y las entradas se agotaron en todos los cines del país en cuestión de horas. Con el paso de las semanas ‘Going Vertical’ se convertiría en la película más taquillera del cine ruso. Aquella noche, dos bigardos imponentes, ya quebrados por la edad, fueron aclamados por la multitud que aguardaba a las puertas del Gran Teatro. Uno, el más carismático, presentaba un canoso bigote, gran sonrisa y repartía saludos por doquier. Se trataba de Ivan Edeshko. El otro, callado y camastreado, quebrado como débil junco, respondía al complejo nombre de Alzhan Zharmukhamedov. Ambos, juntos a los ausentes Modestas Paulauskas, por enfermedad, y Anatoli Polivoda, éste último por motivos políticos, son los únicos supervivientes de la más grande de todas las polémicas que el deporte haya parido. Los cuatro, bielorruso, uzbeko, lituano y ucraniano, respectivamente, portaban la camiseta de la selección soviética de baloncesto en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972, cuando tuvieron lugar los tres segundos más impactantes que se recuerden en el mundo de la canasta.

Hace ahora medio siglo, tal día como un 10 de septiembre de 1972, la selección de Estados Unidos de baloncesto perdía por vez primera un partido tras 63 victorias consecutivas en el torneo olímpico. Y no era un partido cualquiera. Era la final de los Juegos Olímpicos.

En España la película fue comercializada con el título de ‘Tres segundos’. Pueden encontrarla. Es complicado, pero factible. Dudo mucho que logren localizarla en Estados Unidos. Y no por falta de calidad del filme, sino por lo tabú de su contenido. En Estados Unidos aquella final es una humillación que cincuenta años después aún sigue carcomiendo los cimientos del único deporte de repercusión mundial que fue inventado en Norteamérica.

Desde que en 1936 el baloncesto hizo su aparición en los Juegos Olímpicos de Berlín no ha habido nación que haya logrado más oros que Estados Unidos. Su balance en 2022 es de 143-6 y 16 medallas de oro. Su dominio del deporte de la canasta es tal que durante décadas lo hizo usando a jugadores universitarios que apenas superaban los veinte años, mientras el resto del mundo presentaba a sus mejores baloncestistas. Son cerca de 90 años de rotundos triunfos sólo cortados por las catárticas derrotas de 1988 y 2004. Tras la primera de ellas, Estados Unidos decidió llevar a los Juegos a baloncestistas profesionales de la NBA. El resultado fue tan arrasador que las estrellas de la NBA declinaron participar en ediciones posteriores aburridos por la facilidad de las victorias. Hubo una nueva derrota en 2004, y desde entonces el nivel del ‘Team USA’ se ha mantenido en un montículo de excelencia que es intocable para el resto del mundo.

La derrota de 1972 no existe para los Estados Unidos.

Y es ahí donde reside el quid de la cuestión. ¿Qué pasó durante esos tres segundos? ¿Quién fue el vencedor moral de la final olímpica de baloncesto de 1972? Lo que para unos es blanco para otros es negro. Lo fue, lo es, y siempre lo será. Esos tres segundos cambiaron la historia del deporte de la canasta.

¿Por qué un simple partido de baloncesto forma parte de la psique de una nación? ¿Por qué es humillante e injusto para los estadounidenses? ¿Por qué es capaz de inflar el orgullo ruso medio siglo más tarde?

En 1972 Estados Unidos y la Unión Soviética mantenían una batalla política, ideológica y económica que se dio en llamar Guerra Fría. Afortunadamente los conflictos militares se dieron en escenarios secundarios y jamás hubo un enfrentamiento a campo abierto entre las dos superpotencias. Durante unos días de octubre de 1962, el mundo contuvo la respiración ante una inminente guerra nuclear que finalmente se solucionó diplomáticamente en la isla de Cuba. Ese fue el clímax de la Guerra Fría. Sabiendo que un enfrentamiento derivaría en el fin de la humanidad, a partir de entonces dio comienzo una época de conflicto y relajación a partes iguales en que cada potencia quiso vencer a la otra a base de logros en el ámbito civil. A la larga, los costes de la carrera armamentística, la mejor disposición americana a la creación de bienes de consumo y la burocratización y falta de libertad de la economía soviética, daría como rotundo vencedor al bloque capitalista. Pero en 1972 la partida se mostraba todavía muy igualada.

Tres años atrás Estados Unidos había conseguido enviar al ser humano a la Luna. Aquello había sido un golpe de efecto sideral. Los americanos estaban enfangados en una guerra cruenta y costosa en Vietnam y en la URSS había una calma chicha. Su líder, Leónidas Breznev, ni hacia ni dejaba hacer. Sus casi dos décadas en el poder fueron completamente anodinas y cimentaron el estancamiento soviético. Mientras, Nixon, aun a salvo del escándalo del Watergate, se erigía en vencedor. Era el presidente lunar, había suprimido el servicio militar obligatorio, viajó a China para jugar al ping pong con Mao y fue el mandatario del primer viaje oficial estadounidense a Moscú. En dicho viaje firmaría el tratado Salt-I, el primer acuerdo de reducción armamentística entre la URSS y Estados Unidos.

El deporte era la plaza predilecta para la propaganda en la Guerra Fría. Desde que en 1952 la Unión Soviética se incorporó al redil olímpico hubo una lucha fratricida para ocupar el primer lugar del medallero. Si Estados Unidos quedó primera en 1952, 1964 y 1968, la Unión Soviética lo había hecho en 1956 y 1960. Invariable era la presea dorada en baloncesto que de antemano ya era otorgada a los estadounidenses. El torneo de baloncesto solía ser una lucha entre las grandes potencias que era ganada con enorme suficiencia por los capitalistas. Incluso en 1968 Yugoslavia fue capaz de arrebatarle la plata a los soviéticos.

Pero apenas cuatro días antes del inicio de los Juegos Olímpicos iba a ocurrir algo que hasta entonces se consideraba imposible. Tras dos meses de reñidas partidas el estadounidense Bobby Fischer derrotaba a Boris Spasski y se convertía en el campeón mundial de ajedrez. Era el primer norteamericano en lograrlo y el único no soviético en cuarenta años. Aquello fue tremendo. Nunca antes y nunca después una partida de ajedrez tuvo tal cobertura mediática. Los libros de ajedrez y los tableros proliferaron por las escuelas y las casas occidentales y en la Unión Soviética se silenció todo lo que se pudo semejante humillación.

Cap. 13: Spassky-Fischer (1972) "El duelo del siglo" + las voces de los  alumnos de la Escuela Municipal de Rincón de la Victoria - Ajedrez Social  de Andalucía
Spasski vs Fischer

No es de extrañar que días después, justo antes de la ceremonia de inauguración de los Juegos de Múnich, un par de miembros de la KGB aborden a Vladimir Kondrashin, técnico soviético, con un mensaje claro. Hay que devolver el golpe. Se debe vencer a Estados Unidos y lograr la medalla de oro en baloncesto. No hay marcha atrás.

Era un imposible, pero Kondrashin llevaba dos años preparando lo imposible. Había sido nombrado seleccionador dos años atrás tras el fiasco en el Mundial de 1970 y había preparado una revolución destinada a vencer a los norteamericanos. La tradición mandaba hacer el equipo en función de la plantilla del CSKA, el venerado equipo del ejército rojo. Kondrashin, que había destacado fuera de Moscú entrenando al Spartak de Leningrado, declinó convocar a los jugadores en función de los dictámenes de la cúpula y preparó una estrategia basada en el contraataque a sabiendas de que era inferior a los estadounidenses. La rotunda victoria de Kondrashin en el Europeo de 1971 le dio carta blanca para su revolución. Pero había algo más. Kondrashin tenía un hijo en silla de ruedas y contaba con la promesa del Politburó de costear su operación si lograba el triunfo olímpico. No necesitaba que ningún trajeado del KGB lo intimidase con charlotadas sobre patriotismo y socialismo. Estaba más que motivado para lograr el oro.

El seleccionador soviético en 1970 era Alexander Gomelsky, quien era venerado por sus chicos porque era capaz de mantener alejados a los burócratas. Se encargaba de organizar excursiones en el extranjero cuando el equipo salía fuera de la URSS y conseguía unos cuantos dólares extra para sus chicos a través del contrabando. Gomelsky es el ‘Pope’ del baloncesto soviético y cerrará su carrera ganando el oro olímpico en 1988, pero tras el fracaso de 1970 fue cesado del cargo oficialmente por haberle encontrado pantalones vaqueros en la aduana. Fue entonces cuando accedió al cargo Kondrashin. Éste era mucho mejor técnico que Gomelsky. Era técnicamente genial, estudioso del baloncesto y un obseso del trabajo físico y defensivo. Todos los jugadores consideraban a Kondrashin un genio, aun a sabiendas de que la fiesta con él estaba descartada. 

Kondrashin contaba con una generación extraordinaria, un grupo nacido en 1944-45, y que tan sólo sería superado por el bloque soviético conformado a mediados de los 80. Los exteriores eran el lituano Modestas Paulauskas y el georgiano Zurab Sakandelidze, los aleros eran el ruso Ivan Edeshko y el georgiano Mijail Korkia y los pívots eran el ruso Aleksander Belov y el uzbeko Alzhan Zharmukhamedov. Esos seis jugadores formaban el heterogéneo bloque que Kondrashin logró unir para formar una familia. Pero en el compacto grupo sobresalía una rutilante estrella. Se trataba de Serguei Belov, un finísimo escolta con un impresionante lanzamiento de a cinco y seis metros y que por entonces era el mejor jugador del Viejo Continente. Aun hoy, Serguei (que nada tiene que ver con Aleksander) mantiene el récord de medallas mundialistas (cuatro) y europeas (siete), así como suma cuatro medallas olímpicas y dos Copas de Europa con el CSKA Moscú.

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Serguei Belov

Muy diferente era el ambiente en el USA Team. El seleccionador era Hank Iba, doble campeón olímpico (1964 y 1968) y con más de tres décadas a los mandos de la Universidad de Oklahoma State. Pero Iba llevaba dos años retirado y estaba de vuelta de todo. Era un hombre de 70 años enfrentado con el desenfadado juego moderno y que mantenía una disciplina espartana acorde con otros tiempos. La elección lógica hubiese sido la de John Wooden, técnico de UCLA, que consiguió encadenar siete títulos universitarios consecutivos. Por entonces reinaba gracias a Jamaal Wilkes y, sobre todo, Bill Walton, un pívot de 213 centímetros con movimientos de danzarín que era el mayor proyecto deportivo del mundo. Walton, vegetariano y pacifista, al ver que Wooden no era el técnico escogido rehusó ir a los Juegos Olímpicos como protesta por la invasión estadounidense de Vietnam.

Julius Erving, el otro gran proyecto norteamericano, había accedido a jugar en la ABA antes de dar el salto a la NBA, por lo que al haber abrazado el profesionalismo no podía acudir a los JJ.OO. Swen Nater, la otra estrella de UCLA, acabó marchándose de la concentración estadounidense hastiado de la dureza de los entrenamientos de Iba. Así, el USA Team era un equipo cuyos hombres más destacados eran el base Tom Henderson, el alero Bobby Jones, el ala-pívot Dwight Jones o el pívot y futuro congresista Tom McMillen. La estrella del equipo era el escolta y futuro número 1 del draft Doug Collins, quien, siendo un buen anotador, no pasó de una aceptable carrera en la NBA. Sabedor de estas limitaciones, Iba decidió que su equipo se dedicase a ganar los partidos en la defensa extasiando a unos jugadores a los que por un lado se les exigía la victoria como un proceso natural, pero por el que por otro lado se les tachaba de limitados frente a sus antecesores.

Avery County Native Tommy Burleson's 1972 United States Olympic Men's  Basketball Team Nominated for Naismith Basketball Hall of Fame - High  Country Press
USA Team 1972

Todo esto sería genial de comentar si se hubiese hecho a calzón quitado, pero días antes del inicio de los Juegos estos análisis eran del todo secundarios. Ya podía Estados Unidos presentar un equipo más flojo de lo normal que la victoria estaría igualmente asegurada. De hecho, había quien consideraba que la Yugoslavia liderada por Kresimir Cosic podría incluso quitarle la plata a los soviéticos. Otros candidatos a las medallas eran Brasil e Italia.

El torneo de baloncesto de los Juegos Olímpicos se disputó entre el 27 de agosto y el 10 de septiembre de 1972. Lo hizo en el Rudi-Sedlmayer-Halle, conocido en la actualidad por cuestiones de patrocinio como Audio Dome. La sala, entonces de 7.000 asientos, formaba parte del espectacular complejo deportivos del Olympiapark, cuya magnifica cúpula de metacrilato con forma de carpa costó el triple que la entera organización de los Juegos de Roma de 1960. Los alemanes querían demostrar que el nazismo era un amargo recuerdo.

La competición constaba de 16 equipos divididos en dos grupos de ocho escuadras. Los dos primeros de cada grupo se clasificaban para semifinales. En el grupo B pelearían por las dos plazas la URSS, Yugoslavia e Italia. En el A podrían acompañar a Estados Unidos en la clasificación a semifinales Brasil, Checoslovaquia y quizás España. Los españoles habían logrado entrar en los Juegos Olímpicos tras clasificarse en el preolímpico de Groningen a última hora. Conformaban un equipo limitado en altura y donde destacaba el sempiterno base Nino Buscató y los nacionalizados Wayne Brabender y Clifford Luyk.

España hizo un torneo mediocre. Ganó a Australia y cayó con estrépito ante Brasil o Cuba. Luego se supo que el ambiente en la selección era tóxico, que hubo intento de motín y que veteranos y jóvenes andaban a la gresca. Diaz-Miguel salvó el puesto con una honrosa derrota ante Estados Unidos (56-72), quienes lograron con suficiencia el primer puesto del grupo. Causó sensación la victoria estadounidense ante Checoslovaquia, a la que dejaron en sólo tres canastas en la primera mitad. Aun así, a pesar de que las victorias eran claras lo eran con muy pocos puntos. Hank Iba cerró los entrenamientos a público y prensa en una decisión que se antojaba exagerada. Lo cierto es que el equipo ganaba por exuberancia física, pero era limitado en ataque.

El segundo puesto del grupo fue logrado por Cuba tras una sorprendente victoria ante el Brasil de Ubitarán tras fallo carioca en el último segundo. Los cubanos nunca jamás repetirían actuación igual y se tendrían de enfrentar en semifinales a la URSS, que ganaron su grupo invictos y con mayor promedio de puntos que los estadounidenses. El segundo del grupo B fue la Italia de Meneghin, Bison o Marzoratti, quienes lograron meterse en la ronda final por ‘basket average’ al empatar en victorias en el segundo puesto con Yugoslavia y Puerto Rico.

Múnich 72: La medalla olímpica del baloncesto cubano
Los sorprendentes cubanos

Antes de las semifinales el comando terrorista Septiembre Negro asaltó la Villa Olímpica y tomó como rehenes a una decena de atletas israelís a modo de chantaje a favor de la causa palestina. La patética actuación de la policía alemana derivó en una catástrofe que acabó con 17 muertos y un shock de dimensiones mundiales. Los JJ. OO estuvieron a punto de cancelarse pero, tras más de 24 horas de deliberación, se reanudaron en una decisión no exenta de polémica.

Por entonces Mark Spitz ya había sumado sus siete medallas de oro en natación y Olga Korbut sus cuatro medallas áureas en gimnasia. No había muchas más ganas de Juegos. Faltaban apenas cuatro días para el fin de fiesta y tan sólo la posibilidad de que Laase Viren sumase otro oro en 5.000 al ya ganado en 10.000 se antojaba interesante para el espectador. El otro momento cumbre tendría que ser la final de baloncesto entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

Mark Spitz en los JJOO de Munich 1972
Spitz. El Rey de Múnich

Antes tocaban las semifinales. Los norteamericanos cumplieron con creces. Pasaron por encima de Italia (68-38) y demostraron que estaban más que preparados para conseguir el oro. Los transalpinos fueron incapaces de superar la asfixiante defensa estadounidense y apenas sumaban 30 puntos a falta de dos minutos y medio para el final del encuentro. Estados Unidos llegaba a la final con una fascinante media de tan sólo 44 puntos encajados en el torneo. En la otra semifinal los cubanos llegaron a mandar hasta por siete puntos gracias a Ruperto Herrera y Pedro Chappé, pero finalmente la altura soviética se impuso por un ajustado 67-61. Como ya apuntamos, los cubanos nunca más volverían a tener un baloncesto de semejante nivel que coronaron con una sorprendente medalla olímpica al derrotar en el partido por el bronce a Italia tras un fallo transalpino en el último segundo.

El 9 de septiembre, un día antes de la celebración de la ceremonia de clausura, Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentaban en la final de baloncesto en un abarrotado pabellón que simpatizaba con los capitalistas. Sin embargo, en los anuarios quedó grabado que la final fue el día 10. Lo cierto es que el choque dio comienzo el día 9 a las 23.30 hora local para adecuarse al ‘prime time’ televisivo estadounidense, aunque su resolución tendría lugar en la madrugada del día 10. No era solo un enfrentamiento deportivo. Era mucho más que eso. Eran dos formas antagonistas de entender la vida.

Munich 1972: Tres segundos que marcaron la historia (y II) - BasketMe
Empieza la fiesta

Desde que la selección de Estados Unidos compitió por vez primera en los Juegos de Berlín de 1936 su balance era de 63 victorias y ninguna derrota. Los números hablaban por sí solos, pero pronto se vio que la URSS estaba dispuesta a vender cara su derrota. A través de un claro dominio del rebote y un mayor acierto a media distancia los soviéticos se pusieron por delante desde la primera canasta. Estados Unidos no logra estrenar su casillero hasta que van cuatro minutos de partido. El marcador es de 11-21 por los soviéticos gracias a diez tantos de Serguei Belov, pero tras un arreón estadounidense la ventaja se reduce a cinco puntos en el descanso (21-26).

La segunda parte fue durísima y plagada de errores. Los soviéticos fueron siempre por delante hasta que faltaban seis segundos para el final. Llegaron a tener otra ventaja cercana a los diez puntos, pero Iba pidió un tiempo muerto y los norteamericanos salieron a morder. Desde ese momento abundaron los golpes y las faltas. El soviético Korkia y el estadounidense Brewer fueron descalificados por los árbitros que, como no podía ser de otro modo, representaban a los dos bloques, uno procedente de Brasil y el otro de Bulgaria. Los puntos se suceden a cuentagotas. Cada canasta es un sacrificio. A falta de seis minutos el marcador era de 36-44 para la URSS que se mantenía firme gracias a Serguei Belov, quien acabaría el partido con 20 tantos, 2/5 partes de los de su equipo.

Los últimos seis minutos se antojan ridículos a ojos del espectador moderno. Aquellos chavales de patillas algarrobianas, pantalones fardahuevos, calcetines invernales y camisetas de todo a cien, acumulaban pérdidas de balón, lanzamientos a destiempo y faltas fragantes sin ton ni son. Si eses eran los mejores jugadores de baloncesto del mundo, que baje Dios y lo vea. Aun así, la tensión agarrotaba más a los comunistas que a los capitalistas que poco a poco sumaban capital para llevarse el bote gordo. La defensa americana es tan brutal que en varias jugadas los soviéticos tienen que retroceder a su propio campo para tomar aire (por entonces no había campo atrás). Seis puntos seguidos de Kevin Joyce, hasta entonces un meritorio del banquillo, ponía al Team USA a uno de distancia (46-47) a falta de 1’49’’ para el final.

A partir de ahí no se juega al baloncesto sino al ajedrez. Como si de Fisher y Spasski se tratase, el partido se va a decidir en el tablero ficticio de los tiros libres. Han de pasar 49 larguísimos segundos para que los soviéticos se pongan tres arriba (46-49) con dos lanzamientos tras falta personal.

En la siguiente jugada, y tras un saque de banda, Jim Forbes anota una preciosa suspensión sin oposición a cinco metros y coloca el 48-49 en el electrónico. Quedan entonces 39 segundos para el fin del encuentro. La URSS tiene tiempo de sobra para anotar una canasta que sentencie el partido. Cumple recordar que entonces no había línea de tres puntos. Serguei Belov sube el balón, que pronto pasará por todos sus compañeros de equipo ante la incapacidad de acercarse a canasta por la férrea defensa rival. Nadie se atreve a lanzar. Cuando la posesión se está consumando la pelota le llega a Aleksander Belov que está debajo del aro. Se levanta para anotar, pero recibe un tapón de McMillen. La bola vuelve a Belov que intenta un pase atrás interceptado por Collins.

Quedan menos de diez segundos cuando Doug Collins corre a la desesperada hacia el aro soviético. Si anota, la victoria será para Estados Unidos. Encara el aro por su vertiente izquierda y cuando se eleva para anotar una bandeja es arrollado por Sakandelidze.

Hoy hubiese sido una falta técnica. Por entonces era una personal sancionada con dos tiros libres.

Quedaban tres segundos para el final.

Lo que pasará a partir de entonces quedará en los anales de la historia.

“El ajedrez es una guerra sobre un tablero. El objetivo es aplastar la mente de tu adversario”. Bobby Fischer

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Cuando Bill se convirtió en entrenador

Era una jornada anodina de abril de 1966. Faltaban escasos días para que dieran comienzo los playoffs de la NBA. Bill cruzó la puerta del despacho de Red. Era una de tantas. Ni podría aproximar un número de las veces que había acometido ese recorrido. Siempre tenía que hacerlo tras una acentuada postración, dado que sus 205 centímetros de altura bordeaban el dintel de la puerta. Bill tomó asiento y frente a él un despacho minúsculo, una mesa de roble y un aire pegajoso y cargado apestado de tabaco.

Red fue al grano. Llevaban diez años juntos. Podía ir al grano. Fue Red quien había jugado al póker para conseguir llevarse a Bill en el draft de 1956. Él sabía que la capacidad defensiva de Bill cambiaría para siempre el devenir de los Boston Celtics. Desde entonces año sí y año también los Celtics habían gobernado la NBA hasta crear la dinastía más exitosa del deporte estadounidense. Pero Red estaba cansado. No solo mentalmente, sino que motivacionalmente. Su deseo era dejar de ser entrenador y dar el salto a los despachos.

Y su deseo era que Bill Russell ejerciese de entrenador.

Como Judas, Bill negó tres veces el ofrecimiento. Red dio otra calada a su puro y aceptó la negativa, pero con una condición. Le pidió a Bill que pusiera en un papel cinco posibles entrenadores y él haría lo mismo. Al día siguiente quedarían en el despacho y entre los dos escogerían al candidato. Si no lograban contratar a nadie del gusto de Russell, él mismo tendría que aceptar ser el técnico de los Celtics.

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Russell y Auerbach

Es complicado describir lo que unía a aquel blanco judío hijo de un emigrante ruso y a aquel negro enorme nacido en las profundidades de Louisiana. Bill Russell había visto a su abuelo defender un colegio de niños negros ante una banda del Ku Klux Khan o a su madre insultada por policías blancos que le acusaban de vestir demasiado bien un domingo que iba a la iglesia. Después de ganar dos títulos universitarios siendo minusvalorado por el color de su piel, escogió a los Celtics porque su técnico, Red Auerbach, se dirigió personalmente a él, mientras que los demás equipos hablaban directamente con su entrenador universitario. Red lo trató como una persona y se fraguó una amistad y una lealtad inquebrantable.

Juntos hablaban de su infancia. Una la de un negro que cambió Louisana por California con escaso éxito. Una vez viajaba con su padre en el coche y vio cómo se les era negado el servicio en una gasolinera hasta que todos los clientes blancos hubieran sido atendidos. Cuando su padre intentó marcharse y buscar otra gasolinera, el encargado del establecimiento le pegó con una escopeta en la cara amenazándolo de muerte con que se quedara y esperara pacientemente su turno. Auerbach se reía de su tragedia diciéndole que no sabía lo que era ser un judío pelirrojo en el Nueva York de la Gran Depresión. La complicidad era tal que Auerbach nunca se enfadaba con Russell a sabiendas que llevaba muy mal las críticas. De cuando en cuando tenía que hacerlo delante del resto del equipo para demostrar que no había distinciones, pero siempre era una pantomima perpetrada y preparada por las dos partes.

Bill sabía que no podía jugar para otro entrenador que no fuese Red. Había sido MVP y había llevado a los Celtics a la cima. Sumaba título tras título, pero jamás fue aceptado. Por entonces Boston era una de las ciudades más racistas del norte de Estados Unidos. Una vez, tras una actuación portentosa de Russell, un aficionado de los Celtics se le acercó y le dijo que era un bostoniano de cuarta generación y que hiciese lo que hiciese Boston jamás lo aceptaría como uno de los suyos. Red era especialista en contestar a esa gente con fina ironía o restarle importancia a los hechos cuando Bill se lo contaba en confianza.

Era impensable que Bill no jugase para Red.

Bill Russell lideró a los Celtics a ocho títulos consecutivos. Lo hizo a través de la defensa, cuando entonces los pívots lo único que hacían era anotar. Ponía tapón tras tapón en lo que se dio llamar las Wilsonburguers, por aquello de que entonces la pelota era de la marca Wilson, y el balón salía despedido a sus compañeros que anotaban en rápidos contraataques. Era una leyenda. Pero era un negro que no se callaba. Cuando los Celtics retiraron su camiseta no se presentó a la ceremonia enfadado por el trato que los aficionados le habían dado. Cuando fue elegido para el Salón de la Fama del baloncesto, más de lo mismo. Hubieron de pasar un par de décadas para que la NBA, la sociedad americana y la ciudad de Boston hiciesen las paces con el jugador más laureado del deporte estadounidense.

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Bill Russell (6)

Por todo ello era tan difícil encontrar a un entrenador que permitiese a Bill liderar a través de la defensa y que lo aceptase tanto como deportista y como persona en una época de efervescencia de derechos sociales y lucha racial. De esta forma cuando Russell y Auerbach se citaron al día siguiente en el despacho las listas no llegaban a los cinco nombres preestablecidos. La de Russell, de hecho, estaba vacía.

El plan de Russell era demostrarle a Auerbach que no había quien lo sustituyese, por lo que no le quedaría más remedio que seguir en los banquillos muy a su pesar. Pero Auerbach le dio un nombre de los que tenía en su lista. Bill negó con la cabeza. Sabía que fulanito era un gran técnico, pero también un racista empedernido. Auerbach probó con el segundo de la lista. Misma respuesta. Éste también era buen técnico, pero se oponía al matrimonio entre negros y blancos.

Auerbach, satisfecho en su interior, se encogió de hombros y le dijo a Russell que no sabía quien podría entrenar a los Celtics. Russell, enojado, se marchó a casa y prometió a Auerbach encontrar el hombre adecuado.

Por más vueltas y vueltas que le daba no había forma de encontrar a un entrenador de su gusto. Fue con Red con quien había viajado a aquel hotel en el que no le dejaron entrar por “tener mal olor”. Red sacó a Russell y a sus compañeros de aquel sitio y buscó otro donde aceptasen a negros y blancos. Cuando fue lapidado por apoyar a Muhammed Alí y posicionarse en contra de la guerra de Vietnam, allí estaba el viejo Red para defender que un deportista pudiese expresarse y tener sus propias ideas políticas. Y fue Red el que le dio un contrato de 100.001 dólares cuando los Lakers firmaron a Wilt Chamberlain a razón de 100.000 anuales. «Si eres el mejor, también tienes que ser el mejor pagado”, dicen que le dijo Auerbach.

Acariciando la medianoche, Bill descolgó el teléfono y llamó a Red.

“Acepto el trabajo”, dijo Russell.

“¿Seguirás jugando al mismo tiempo que harás de entrenador?”, contestó Auerbach.

“De eso se trata”, respondió Russell.

“Una última cosa – cuentan que le dijo Auerbach -. Escribirán que eres el primer negro en entrenar a un equipo de la NBA. Cállate, no les hagas el menor caso y demuéstrales que se equivocan. Demuéstrales que eres el nuevo entrenador de los Boston Celtics”.

Sexto Hombre on Twitter: "Tercero: fue el primer coach y ejecutivo  afroamericano en la historia de la NBA, lo que marcó un gran precedente en  la asociación. Ah, y al mismo tiempo
El primer técnico negro

Los Celtics ganaron su octavo título consecutivo y el noveno de Russell y Auerbach (1957 y 1959-66). La temporada 1966/67 comenzó con Bill Russell como entrenador-jugador y respondiendo a cientos y cientos de preguntas sobre si estaba capacitado para su trabajo y como sería capaz de mantener la calma cuando un problema racial hiciese su aparición. Ese año los Celtics perdieron la final de la NBA ante los Philadelphia 76rs de Wilt Chamberlain. Pero los Celtics se rehicieron y volvieron a ganar la NBA en 1968 y 1969, en la que fue la última temporada de Bill Russell como entrenador y jugador de los Boston Celtics.

Bill Russell es uno de los únicos baloncestistas que ha ganado la NCAA, el oro olímpico y la NBA. Fue cinco veces MVP de la competición y sumó un récord inalcanzable de 11 anillos de la NBA. Once como jugador y dos como entrenador, concretamente como el primer entrenador afroamericano de la historia del deporte profesional estadounidense.

“Aprendí a hacerme un caparazón cuando era joven. Luego pasé el resto de mi vida esperando que alguien metiese la mano dentro y me tocase. Pero solo tocarme; cualquier cosa más que eso sería demasiado para mí”. Bill Russell.

https://www.youtube.com/watch?v=ony_ocSPtBo

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El anillo perdido de Larry Bird (como una trifulca en un bar acabó con las opciones de victoria de los Celtics en 1985)

El partido prohibido (negros contra blancos en el Estados Unidos de los años 40)

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Cuando Michael Chang lanzó globos para ganar Roland Garros

Ivan Lendl y Michael Chang se enfrentaron en alguna primera ronda en algún torneo del año 1988. Lendl, primera raqueta mundial, apabulló a aquel adolescente de 16 años en dos plácidos sets. Al acabar el choque ambos se saludaron en el centro de la pista hasta que Chang se dirigió a las gradas para saludar a sus padres, dos inmigrantes taiwaneses que habían emigrado a Estados Unidos para brindarle un futuro mejor a Michael y al resto de sus hermanos. Fue entonces cuando Lendl, tan dechado de virtudes en la pista como ordinario fuera de ella, se acercó a Chang y le dijo: “No tienes saque ni tienes un segundo servicio decente. Por mucho que corras no podrás sobrevivir en la pista sino desarrollas un arma más poderosa para vencerme”.

El extracto de esta conversación la daría Michael Chang muchos años después cuando, con esas mismas miseras armas, acumule una década entre los diez mejores jugadores del mundo y haya disputado tres finales de Grand Slam, además de haber ganado Roland Garros en 1989.

A finales de la década de 1980 una serie de jóvenes estadounidenses se habrían paso a zancadas entre los mejores tenistas del mundo. El más mediático era André Agassi. También hijo de inmigrantes, en su caso iranies, Agassi era una estrella del rock empuñando una raqueta. Sin llegar a los 18 ya estaba entre los cinco mejores del mundo y sabía lo que era llegar a semifinales de un Grand Slam. Era un producto consumista perfecto con su melena cardada, sus camisetas de colores, su nervio visceral y con una sonrisa igual de agresiva que cautivadora. Era un producto grunge camino de ser el mejor tenista del planeta.

Agassi era el sucesor moderno de McEnroe. O del clasicista Connors. Ninguno de ellos había conseguido ganar nunca Roland Garros. De hecho, desde que en 1955 Tony Trabert había ganado en París ya iban más de tres décadas sin triunfo norteamericano en las pistas de arcilla. El favorito era el checoeslovaco Lendl que tantas y tantas veces había frustrado los intentos de McEnroe de salir victorioso en la tierra batida. Tenían opciones Edberg o Becker, pero ambos eran hombres de pista dura. Si había alguien que tenía que ganar en 1989 Roland Garros tenía que ser el adolescente André Agassi.

A excepción de Lendl, todos cayeron antes de octavos de final. Agassi cayó ante Jim Courier, un pelirrojo mozo estadounidense que era el favorito de los puristas. Con el tiempo Courier acabaría ganando Roland Garros, pero entonces aquello fue una sorpresa. Por lo tanto, el camino quedaba expedito para que Ivan Lendl ganase por cuarta vez en su carrera Roland Garros.

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Lendl; tres veces campeón

Una de las pequeñas piedras que Lendl se iba a encontrar por el camino era un tal Michael Chang. Como Agassi, Michael Chang era un prometedor adolescente, pero a diferencia de éste era un chico apocado y desapercibido. Era un hijo de taiwaneses que cumplía a la perfección con todos los estereotipos que el mundo le tenía asignado. Era delgado, pequeño, con cara de no haber roto un plato, de ojos rasgados, grandes orificios nasales y pelo desordenado. Era una tachuela enfrentándose a un terremoto.

Con 15 años había ganado su primer partido en el US Open, el más joven en alcanzar dicho logro, y con 16 su primer trofeo ya decoraba el salón de casa de sus padres. Con 17 afrontaba Roland Garros como decimoquinta raqueta del planeta.

Había hecho tanto o más que Agassi, pero nadie lo tomaba en serio. Era carne de mobbing escolar. Pocos creían que fuese a tener recorrido en el circuito profesional. Lo cierto es que su día a día en el torneo fue un lento pesar. Pasaba ronda con sufrimiento. Pero pasaba. Uno de los derrotados fue Pete Sampras, otro adolescente estadounidense entonces ni entre los 100 mejores del mundo, pero que con el tiempo se convertirá en uno de los mejores tenistas en pista rápida de la historia.

En octavos de final a Chang le tocaba enfrentarse con Lendl. David contra Goliat. Uno un niño de colegio de curas. El otro un Apolo en pantalón corto. Con el tiempo quedó en la retina como la final de Roland Garros 1989. La realidad es que no era más que un partido de cuarta ronda. ¡Pero qué partido!

Durante los dos primeros sets Ivan Lendl cumplió con el pronóstico y pasó por encima del imberbe estadotaiwanense con más claridad de lo que dictaba el electrónico (6-4 y 6-4). En el tercer set llegó a romper el servicio de Chang en lo que parecía una victoria clara y rotunda. No fue así. Chang se recompuso y empezó a devolver siempre un golpe más que su rival. Desde el fondo de la pista mandaba la bola hacia uno y otro lado convirtiéndose en una pared infranqueable. La misma pared y el mismo juego de contraataque que lo convertirá en un muro de elite durante la siguiente década.

En un abrir y cerrar de ojos, Chang había conseguido remontar el tercer set y se ponía también por delante en el cuarto (3-5). El día anterior los tanques del ejército popular chino habían entrado en la plaza de Tiananmén causando un número indeterminado de muertos. Chang era como aquellos estudiantes que se colocaron delante de los blindados reclamando libertad. Era terco y obstinado y no tenía miedo a nada.

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Michael Chang

Lendl había perdido los nervios, situación completamente inusual en el checo. No había derrochado una manga en todo el torneo y de repente estaba a un tris de perder dos. Comenzó a discutir con el juez de silla por cualquier nimiedad y emprendió a juguetear con los pantalones, con la bola, con el pelo o con la toalla. Todo le estaba mal.

Lo cierto es que por mucho que Chang acabase con la paciencia de Lendl, claudicar y dimitir del partido era lo que tendría que suceder. Su físico de niño endeble estaba a punto de finar. Los calambres hacían su aparición y la boca era incapaz de cerrarse. Con ese 3-5 y saque para finiquitar el cuarto set, Chang se dio cuenta de que era un moribundo. Empezó a tirar globos a campo contrario. Lendl golpeaba con todas sus fuerzas y Chang se limitaba a enviar bolas altas para poder recuperar el aliento entre golpe y golpe. Eran globos muy largos, groseramente altos, que obligan a Lendl a marcharse fuera de la pista para poder restar y seguir con el juego.

A los silbidos le siguieron las risas del entendido público parisino, pero lo cierto es que el ejercicio de supervivencia de Chang tuvo éxito y ganó el set por 3-6. Con aquel tenis de urbanización con piscina estaba ganando al mejor especialista en tierra batida del último lustro. La táctica de enviar la bola a la Luna surtió efecto en el quinto y definitivo set y Chang rompió el saque de Lendl para adelantarse por dos juegos de diferencia. Entonces los calambres volvieron a hacer su aparición y Lendl sacó a relucir su físico de granito para poner el 2-2 en el electrónico.

Según confesó Chang al acabar el torneo, en ese momento, después del 2-2 y con unos calambres insoportables, Chang se acercó al juez de silla con la intención de abandonar el partido. A escasos metros de la llegada decidió darse la vuelta y continuar con el choque. “Tengo 17 años, si la primera vez que me encuentro en una situación así, me retiro, ¿qué haré la cuarta o la quinta? Retirarme también”, comentaría a la prensa.

Luchando contra los elementos Michael Chang consiguió volver a romper el saque de Lendl y con ese nuevo break se ponía 4-3 a favor y con servicio para poner un 5-3 que se antojaba definitorio.

Con 15-30 para Lendl, y viendo que iba a perder su servicio, Michael Chang iba a idear un truco digno de niño de preescolar. Si lo de lanzar globos era tenis de urbanización con piscina lo que ahora pretendía realizar era tenis infantil de palas y bañador. Chang flexiona las rodillas, estira el brazo, inicia la rutina de saque…y saca de abajo a arriba.

Saca de cuchara.

Ojiplático, Lendl se ve obligado a correr hacia la red lo que acaba siendo una dejada. Como es un superclase lo consigue, pero Chang tiene todo de su mano para lanzar una derecha que firma el 30-30. El público ríe y aplaude a partes iguales, mientras Lendl revienta los labios a base de dentelladas de impotencia.

Chang logra el 5-3 de ventaja y se enfrenta al servicio de Lendl. Aún le quedaba otro truco en la recámara al hijo de taiwaneses. Lendl falla el primer servicio y Chang se coloca para el segundo al borde de la red. Un suicidio. Algo propio del tenis de dobles o del pádel, jamás de un partido a campo abierto entre dos tenistas. Otra vez el griterío hace su aparición entre incrédulo y jocoso, y otra vez Lendl pierde los nervios. El checo saca y la doble falta se consuma.

Michael Chang acabó ganando el partido en cinco sets (4-6, 4-6, 6-3, 6-3 y 6-3) para luego vencer en cuartos y en semifinales siempre remontando un set en contra. En la final le tocaba el sueco Stefan Edberg, el cual se puso dos sets a uno a favor. Chang no tiró de trucos en este caso, pero llegó a salvar hasta once bolas de break e incluso volvió a remontar un 0-2 en contra en el último set para al final salir victorioso por 6-2.

Con 17 años y tres meses Michael Chang se proclamaba campeón de Roland Garros. El día anterior otra adolescente de 17 años y, en este caso cinco meses, llamada Arantxa Sánchez Vicario se proclamaba vencedora en el torneo femenino.

Ivan Lendl ganó su último Grand Slam en Australia a inicios del año siguiente antes de dejar las pistas en 1994 como uno de los más grandes. Michael Chang no volvió a disputar una final de Roland Garros hasta 1995 donde perdió con claridad ante el austriaco Thomas Muster tras vencer en semifinales al español Sergi Bruguera. Con el tiempo Chang y Lendl han compartido tardes de pesca, aunque al parecer jamás han vuelto a hablar de aquel partido ni de aquellos globos propios de tenis de urbanización con piscina.

El tenista más joven en ganar un Grand Slam – El Gurú del deporte
Campeón a los 17

“Como haga lo mismo en Wimbledon y gane, prometo quitarme los calzoncillos en plena pista central”, John McEnroe sobre la victoria de Chang ante Lendl en los octavos de final de Roland Garros 1989.

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El virgen de hierro

La noche ya era cerrada cuando alguien llamó a la puerta. Era extraño. Por entonces todos los componentes del equipo debían estar dormidos. Tan sólo contaban con un par de horas para abrazar a Morfeo. El partido había terminado tarde y a primera hora tendrían que coger un vuelo a Los Ángeles. A.C. Green dejó el libro en la mesilla, se puso las zapatillas y abrió la puerta. Al otro lado estaba una escultural mujer. Guapa, rubia, de ojos penetrantes y labios lascivos. Era esbelta y sus pechos se abrían paso con fuerza entre las ranuras de un vestido transparente. “Hola, guapo”, le dijo, mientras su lengua circulaba entre sus labios. Sorprendido y halagado, A.C. le devolvió la sonrisa mientras decía:

“No degradarás a tu hija haciendo que se prostituya, para que la tierra no se entregue a la prostitución ni se llene de corrupción”. Levítico 19:29.

NBA: A.C. Green: vuelve la historia del 'virgen de hierro' de la NBA -  AS.com
A.C. Green

En un mundo rebosante de testosterona y adrenalina, A.C. Green era como una fuerza exotérica que cabalgaba en contra de todo lo conocido. Durante los primeros seis meses de su primera temporada en la NBA, Green fue asaltado en numerosas ocasiones por mujeres de todo tipo que intentaron hacerle caer en la tentación. Para todas ellas tenía la misma respuesta. Una sonrisa agradable y un versículo de la Biblia. Al cabo de ese primer año sus compañeros de los Lakers lo dieron por imposible. Nadie se tragaba lo de su virginidad, pero los hechos corroboraban su franqueza moral. A.C. Green era irreductible.

Su caso fue único y diría que hasta patológico en la NBA. Y mucho más en los 80. Es la década de la cocaína, de la música glam de marcado carácter sexual y del capitalismo yuppie a gran escala. En una época donde las mieles de lo prohibido eran pan de cada día, pocos lugares gozaban de tan promiscuidad como el vestuario de Los Ángeles Lakers. Aparte de enamorar con sus triunfos, aquel equipo también se ganó una fama en las madrugadas californianas. El líder, de día y de noche, era Magic Johnson. Célebres eran las entrevistas de Magic tras una reunión en la sauna con alguna animadora de los Lakers y más apoteósicas aún fueron sus visitas a la sala ‘Bagdad’ de Barcelona durante los Juegos Olímpicos. Y es que el bueno de Magic demostró fehacientemente que el sida no era solo cosa de homosexuales.

En aquel equipo, y en aquellos años, aterrizó el bueno de A.C (Amanda y Chester eran sus abuelos paternos, de ahí su nombre) Green. La realidad es que el muchacho fue criado en un ambiente no muy diferente al de la mayoría de los niños de su entorno. Más allá de las rarezas de papá y mamá con el nombre, su infancia no tuvo nada de especial, hasta que en algún momento dado de la adolescencia Green escuchó un sermón dominical que hablaba del cielo y del infierno. Tal fue el impacto de las palabras del sacerdote que A.C. lo tuvo claro. No cataría mujer hasta el día en que pasase por la vicaría. Si eso era lo que el cristianismo pedía, él lo cumpliría.

Aquella fue la primera promesa de Green. Tras graduarse en un instituto cristiano fue a la universidad donde, además de licenciarse, se consagró como uno de los mejores ala-pívots del país. Por entonces se le diagnosticó un hipo de tipo crónico que le afectaba día y noche y que solo era capaz de controlar cuando realizaba alguna actividad deportiva. Apenas dormía un par de horas al día. Era joven y podía haber hecho todo tipo de cosas. Permitidas y prohibidas. A.C. Green decidió centrarse en las consentidas. Su vida eran los estudios y el deporte. Y era como un roble. Jamás se perdió una clase y jamás se perdió un partido.

Esa irremediable sensación de estar siempre en plena forma y jugar todos y cada uno de los partidos como si la vida le fuese en ello, convertiría a A.C. Green en una leyenda de la NBA. Tan sólo en su segunda temporada tuvo que ausentarse durante tres encuentros. ‘Iron Man’ (el hombre de hierro) saltó a una cancha de la NBA un 19 de noviembre de 1986 y se mantuvo en ella hasta el 18 de abril de 2001. Fueron un total de 1.192 partidos consecutivos sin interrupciones, una barbaridad de difícil repetición. No se le conoce lesión. Tan sólo la pérdida de un par de dientes tras un choque. Por descontado, eso no le impidió seguir jugando.

Evidentemente las bromas y las ofensas fueron el pan de cada día para el bueno de Green. Además de la aparición de despampanantes mujeres en la puerta de su habitación, en otras ocasiones eran hombres los que eran contratados por sus compañeros. Y visto que ni carne ni pescado, también se intentó con travestis. Dicen que en cierta ocasión Magic Johnson le invitó a pasar la tarde en su casa. Magic cerró con llave y desapareció por la puerta de atrás dejando al bueno de Green con media docena de supermodelos desnudas deambulando por la mansión.

No se sabe si A.C. Green rompió una ventana, la puerta o si simplemente se encerró en el baño esperando que alguien lo rescatase.

Su ascetismo era tal que tampoco fumaba ni bebía alcohol. Cuando el champán corría por los vestuarios de los Lakers tras la consecución de un anillo, Green desaparecía de la escena negándose a rociar de champaña a sus compañeros. Las apuestas entre los jugadores de la NBA sobre cuando perdería la virginidad alcanzaron los miles de dólares. Los rivales le tentaban en los partidos con tal amiga o tal conocida e ingentes sumas de dinero, pero, el caso, es que Green se mantuvo incólume.

Más allá de todo eso A.C. Green era un jugador soberbio. Era el pegamento de los Lakers. El obrero que ponía el sudor para que los dóciles movimientos de Kareem Abdul-Jabbar bajo el aro funcionasen, el que ponía bloqueos ofensivos para que Worthy penetrase o el que acudía al rescate de Magic en una ayuda defensiva para que el genio de los Lakers descansase.

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Magic, Scott, Worthy, Green y Abdul-Jabbar

Llegó a ser ‘All-Star’ en 1990 y fue un jugador básico en los Lakers durante cerca de una década. Mientras sus cualidades baloncestísticas crecían, las burlas y los insultos decrecían. De vez en cuando acudía a platós televisivos y, en uno de ellos, en el programa de la celebérrima Oprah, tuvo ocasión de exponer su concepto de la vida. Criticó a sus compañeros por pensar únicamente en lo material, confesó que muchas mujeres se le abalanzaban y reflexionó sobre el uso de los condones entre la juventud, cuando en su opinión lo mejor era no practicar sexo hasta el matrimonio.

El caso es que su estilo de vida dio óptimos resultados en la cancha. Se fue cuando quiso, porque daba la sensación de poder seguir jugando eternamente. Ganó tres títulos con los Lakers, dos a finales de los 80 con Magic y un último en el año 2000 pasados los 35 años y como titular en un equipo comandado por Shaquille O’Neal y Kobe Bryant. Su récord de 1192 partidos es impresionante y más sabiendo que su fortaleza mental era proporcional a la fiereza con la que se exponía debajo del aro.

Se retiró el 18 de abril de 2001. Y el 20 de abril de 2002, prácticamente un año después de su retirada, contraía matrimonio con Veronique, su novia de toda la vida.

Tenía entonces 37 años.

Ya sé. Sé cuál es la pregunta que os está atormentando. Si había que casarse para poder fornicar; ¿por qué esperó hasta los 37 para pasar por la vicaría? El propio A.C. contesta a vuestra pregunta: “En estos tiempos el sexo es el alfa y omega de todo. Soy virgen porque Dios me lo designó y por el gran respeto que tengo a mi cuerpo y también a mi cerebro. En estos años me he encontrado con tentaciones y situaciones complicadas en las que he tenido que poner a prueba mi fortaleza mental de jugador profesional”.

Mientras A.C. Green jugase al baloncesto el matrimonio no tendría lugar. Y si no hay matrimonio, no hay lugar para el sexo.

The NBA's 38-Year-Old Virgin: A.C. Green, the Iron Man with the Iron Will
Se mira, pero no se toca

“Es mejor que el hombre no toque a ninguna mujer. Sin embargo, en vista de que la inmoralidad sexual es tan común, que cada hombre tenga su propia esposa y que cada mujer tenga su propio esposo. La esposa no es quien tiene autoridad sobre su propio cuerpo, sino su esposo. Del mismo modo, el esposo no es quien tiene autoridad sobre su propio cuerpo, sino su esposa. No se priven el uno del otro, a menos que los dos estén de acuerdo y que sea por un tiempo fijado para dedicarse a orar y luego volver a estar juntos. Así Satanás no podrá tentarlos por su falta de autocontrol. Ahora bien, les digo esto como una concesión, no como un mandato. Con todo, me gustaría que todos los hombres fueran como yo. Sin embargo, cada uno recibe de Dios su propio don; unos de una manera y otros de otra”. San Pablo a los Corintios 7:1-7.

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Nueve años, nueves meses y nueve días

Edwin era un portento deportivo de tal magnitud que no era de extrañar que le ofrecieran una beca deportiva para cursar sus estudios universitarios. Más raro fue su elección. Edwin decidió hacer un doble grado en física e ingeniería en la Universidad de Atlanta. Que un chico que aspira a ser atleta profesional decida cursar dos carreras al mismo tiempo era y es inaudito. Pero Edwin lo hará. Y lo hará con éxito.

Y es que la vida de Edwin Moses es física e ingeniería. Elasticidad + vallas. Su fórmula del éxito.

Edwin Moses había destacado desde pequeño en las pruebas cortas de velocidad, pero a los 20 años decidió cambiar de distancia y apostar por los 400 metros vallas. Pocos contaban con que lograra clasificarse para la citada distancia en los trials estadounidenses de 1976, pero lo consiguió logrando el mejor registro. Mayor fue la sorpresa cuando obtenga la medalla de oro ese verano en los Juegos Olímpicos de Montreal logrando una marca de 47’’64 que significaba un nuevo récord del mundo.

Era el verano de 1976. Edwin Moses había vapuleado a sus rivales. Su compatriota Mike Shine entró más de un segundo después para lograr la medalla de plata. A más de dos segundos logró el bronce el soviético Gavrilenko. Eran diferencias descomunales para tan transitoria distancia.

Aquella victoria convirtió a Moses en una estrella mundial. Fue la única medalla de oro que logró el atletismo estadounidense en dichos Juegos Olímpicos. Moses fue la luz en la época más oscura de la historia yanki. Los 70 son la década del desastre en Vietnam y del principio del fin del ideal de perfección del ‘American way of life’. Necesitado de héroes, Moses es uno radiante. Es joven, negro, estudiado y educado. La perfección hecha carne.

Empezó entonces una de las tiranías más longevas que ha parido el deporte. Pronto Moses batirá su propio récord del mundo haciéndolo en hasta cuatro veces para dejar el registro definitorio en 47’’02. Sería en 1983 y, aún hoy, cerca de cuarenta años más tarde, sigue siendo la sexta mejor marca de todos los tiempos.

Por el camino logró 122 victorias consecutivas en los 400 metros vallas, incluida lo lograda en el primer Mundial de atletismo de la historia celebrado en 1983. Desde que el 26 de agosto de 1977 perdió en Berlín ante el alemán Harald Schimdt ganó todo lo que se puede ganar salvo la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1980, donde no pudo participar debido al boicot estadounidense a Moscú con motivo de la invasión soviética de Afganistán.

Como acabo de comentar, por entonces no existía ni el Mundial de atletismo ni la Golden League y los atletas hacían carrera y dinero compitiendo en mítines. Uno de los más respetados de Europa era el que se celebraba en Madrid, concretamente en las instalaciones deportivas del barrio de Vallehermoso, limítrofe con el grueso de las facultades de la Universidad Complutense de Madrid.

La primera reunión atlética de Vallehermoso tuvo lugar en 1961, pero habría que esperar ocho años más para contar con presencia internacional al instalar la primera pista de material sintético (tartán) de España. Durante las décadas de 1970 y 1980 Vallehermoso se llenaba ‘sine die’ para ver a las estrellas nacionales e internacionales del momento. Celebres fueron los duelos en 1.500 entre José Luis González y José Manuel Abascal, las visitas de Linford Christie, Said Aouita, Sebastian Coe o Javier Sotomayor o los récords mundiales de Carl Lewis o Yelena Isinbayeva.

Pero si hay una carrera que está a conciencia en la memoria de Vallehermoso es la acontecida el 4 de junio de 1987. Aquella tarde a Carl Lewis se le había ocurrido correr los 200 metros en 19’’92, por entonces la mejor marca mundial conseguida en tierras europeas. Pocos pensaban que tan soberbio acontecimiento iba a quedar en el olvido por lo ocurrido en los 400 metros vallas.

Edwin Moses había aterrizado en Barajas apenas 48 horas antes del evento. Faltaban únicamente dos meses para el Mundial que tendría lugar en Roma. Concedió varias entrevistas a los medios, tanto de información general como a los deportivos, avidos de noticias ante la ausencia veraniega del fútbol. De entre los muchos titulares destacó uno perpetrado por ‘El País’ que rezaba un categórico “jamás me he planteado la posibilidad de que nadie me gane” en boca de Moses.

El outsider era Danny Harris. Estadounidense también, pero diez años más joven que Moses, había acabado detrás de él en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, posición que repetía si se encontraban en los mítines. Solía pedir más dinero si sabía que al evento acudiría Moses, asegurando que iba a vencerlo. Lo cierto es que era un interesante doble juego. Por un lado, si Harris no acudía al mitin de turno no habría posibilidad alguna de que Moses cayese derrotado. Por otro Harris sabía que iba a perder, así que se salvaguardaba de la enésima humillación incrementando sus ganancias.

La realidad es que Harris, ofendido, pocas veces aceptaba acudir. En Madrid iba a percibir 250.000 pesetas (1.500 euros) por los algo más de dos millones (12.000 euros) que percibiría Moses. Pero lo cierto es que, si bien Moses era el rey Sol, llevaba tres años sin mejorar su marca, mientras que el aspirante iba año a año limando las distancias.

Moses salió dos calles por delante de Harris. Al partir desde el anillo exterior no podía ver la progresión de su rival, por lo que en la teoría salía con desventaja. Las 12.000 almas que llenaban Vallehermoso comenzaron a palidecer cuando a mitad de carrera, en torno a la segunda curra, Harris había ganado la compensación al rey Sol. Moses tiró de arrestos para volver a recuperar la cabeza en la siguiente curva, por lo que a la falta de la recta final había un empate virtual entre los dos contendientes. Sería en la última valla cuando Moses, tantas veces un prodigio de la técnica, perdió unas centésimas al tropezar con el último obstáculo. Harris vio el cielo abierto y estableció su marca personal (47’’56) obteniendo la victoria con trece centésimas de ventaja sobre Moses.

Exultante, Harris declaraba a la televisión que era el día más feliz de su vida. Mas nadie le hacía caso. Con el rostro desencajado y los ojos luchando por no escupir lágrimas, Moses daba una vuelta de honor a la pista de Vallehermoso mientras el público coreaba su nombre.

Madrid lloraba por una derrota. Era el 4 de junio de 1987. Hacía nueve años, nueve meses y nueve días que Edwin Moses no perdía una carrera. 122 veces consecutivas que firmaban su fin.

Edwin Moses pierde 9 años después - MARCA.com
No había fútbol

Al final a Harris le pagaron el doble de lo acordado por haber logrado la victoria. Semanas más tarde lograría derrotar de nuevo a Moses en Paris, donde la lluvia que horas antes había caído en el tartán hace que Edwin tropiece con una valla y se vaya al suelo. Todo hace indicar que en el Mundial de Roma se oficiará el entierro de Moses, pero éste sacará el genio que lleva dentro y vencerá agonísticamente a Harris con dos centésimas de ventaja.

A partir de ahí todo estallará por los aires. Danny Harris se lesionará y no podrá acudir a los Juegos Olímpicos de Seúl de 1988 donde era el gran favorito. Entrará en depresión y acabará siendo un adicto a la cocaína. Mientras, Edwin Moses si estará en Seúl en la búsqueda de su tercera medalla de oro. Se tendrá que conformar con un bronce e inmediatamente anunciará su retirada con 33 años de edad.

Ya licenciado, Edwin comenzó a trabajar en ‘General Dynamics’ pero no pasa mucho tiempo hasta que decide volver a dedicarse al deporte. Le da por practicar bobsleigh y en apenas un par de años su talento le otorga una medalla de bronce mundialista. Y aún hay más. En 2003, con 48 años, anuncia su vuelta a los 400 metros vallas con el objetivo de disputar los Juegos Olímpicos de Atenas. No lo logrará, pero el simple hecho de haberlo intentado pondrá en solfa al mundo del atletismo ante el temor a otra tiranía de nueve años, nueve meses y nueve días.

Qué fue de Edwin Moses? - AS USA
Edwin Moses

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El mágico All-Star de Magic Johnson

El 7 de noviembre de 1991 Earvin ‘Magic’ Johnson convocaba a los medios para una rueda de prensa en el centro de entrenamiento de Los Ángeles Lakers. Hacía un par de semanas que estaba de baja. Oficialmente por culpa de una gripe. Extraoficialmente el motivo era otro. Buena parte de la prensa sabía que esa mañana todo iba a cambiar, aunque nadie acertaba a saber el porqué. Tan sólo su mujer, su representante, el dueño del club y los doctores estaban al corriente de lo que sucedía. Horas antes de dar la noticia se enteraron David Stern, comisionado de la NBA, el cuerpo técnico y la plantilla de los Lakers. A falta de pocos minutos antes del inicio del acto, Magic decidió informar con una breve llamada a su ex entrenador Pat Riley y a sus amigos y megaestrellas de la NBA Isiah Thomas, Michael Jordan y Larry Bird.

“Buenas tardes a todos. A causa de haber adquirido el VIH tengo que retirarme de los Lakers hoy mismo. Quiero dejar claro que no tengo la enfermedad del sida. Soy portador del virus”.

Aquello fue un shock a nivel mundial. Se estima que la foto de Magic fue portada en unos 1.200 diarios de más de 140 países. En Estados Unidos de las 4.000 consultas diarias a la red telefónica preguntando por el sida se pasaron a 40.000 en apenas una hora. Al día siguiente del anuncio el presidente George Bush notificó un aumento en el gasto público para combatir el sida, una lacra que por entonces afectaba con igual fuerza tanto al corazón de África como al mundo desarrollado.

Y había algo más. Magic no era homosexual. No había sido castigado por la providencia por ser una oveja descarriada. Magic era un mujeriego de antología. Fornicaba en el jacuzzi del vestuario de los Lakers haciendo gala del amor libre para luego enrollarse una toalla y responder a las preguntas de los periodistas. Si de algo pecaba Earvin ‘Magic’ Johnson era de ponerle los cuernos a su esposa con toda mujer atractiva que se pusiese a su alcance.

La noche siguiente Magic Johnson fue de nuevo Magic. Apareció en un late-show por expreso deseo suyo y, fiel a su estilo, lo hizo con una sonrisa de oreja a oreja. “No os preocupéis por mí. Sí muero mañana, os aseguro que habré tenido la mejor vida que ningún ser humano pueda imaginar”. En Estados Unidos la audiencia de aquella entrevista fue superior a cualquiera de los partidos de las finales de la NBA que el base de los Lakers había disputado.

Tienes que llamar a Larry”: el VIH y el día que Magic Johnson conmocionó al  mundo - AS.com
El anuncio

Hoy sabemos que el sida no es sinónimo de muerte segura. Pero en 1991 el desconocimiento de la enfermedad era abrumador. Hoy Magic es un empresario de éxito y utiliza su magnetismo y su don de gentes para ganar millones donde antes ganaba partidos de baloncesto.

Pero en 1991 el VIH estaba al mismo nivel que la lepra. No sólo era la muerte en vida, sino que estigmatizaba socialmente. Aunque te llamases Magic Johnson y fueses la estrella de baloncesto más rutilante del momento.

Pasaron las semanas y el escaso conocimiento de la enfermedad daba a pensar en un paulatino empeoramiento de la salud de Magic Johnson. Pero bien por el buen funcionamiento de los fármacos, por su extraordinaria condición física o por su eterna actitud positiva, Magic se encontraba como siempre. Se convirtió en imagen pública de la investigación contra el VIH y siguió con sus rutinas de entrenamiento. Se había retirado por prescripción médica, pero tenía 31 años y se encontraba en plena forma.

Magic quería jugar, pero los médicos no le dejaban. No sólo eso. No tenía con quien jugar. Tan sólo Pat Riley se acordó de él. Riley había sido el arquitecto del ‘showtime’, un tipo de baloncesto ofensivo y pícaro que con él en el banquillo y Magic en la cancha le había dado a los Lakers cinco anillos en la década de los 80. Riley se encontraba entonces en la otra punta del país dirigiendo a los Knicks de Nueva York, pero no dudó en dar su tiempo y su amistad a Magic para que se siguiese manteniendo activo.

En febrero, como todos los febreros desde 1951, tiene lugar el All-Star de la NBA. Se trata de un partido amistoso a mitad de temporada en el que se enfrentan dos equipos con los mejores jugadores de la NBA. Tradicionalmente desafiaba a los mejores de la Conferencia Oeste con los de la Conferencia Este, aunque el sistema ha cambiado recientemente. Para seleccionar a los jugadores hay una mezcla de votos entre entrenadores, periodistas y aficionados.

Aquel fin de semana de febrero de 1992 el All-Star de la NBA se iba a celebrar en Orlando, la ciudad donde se halla Disneylandia, el paraíso terrenal de la imaginación. Fue un fin de semana mágico. Desde la fiesta de bienvenida de los jugadores hasta el alojamiento de los mismos tendría lugar en el mundo Disney.

Y en 1992 el jugador que más votos recibió por parte de los aficionados era uno que no había jugado ni un minuto en toda la temporada. Uno que se entrenaba en solitario y que no tenía con quien jugar.

Earvin ‘Magic’ Johnson. El más mágico de todos.

La NBA hizo los deberes. Se consultó a los mejores especialistas del mundo. Los eruditos comentaron que era imposible que hubiese un contagio. Tendría que ser entre una herida abierta y otra, y, aun así, las posibilidades eran escasísimas. Los facultativos hasta recomendaron la presencia de Johnson para dar visibilidad al hecho de que el sida no era sinónimo de fallecimiento. Hubo muchas llamadas de apoyo a la oficina del comisionado David Stern, pero hubo otras tantas llamadas amenazantes, incluidas de varios directivos que veían con preocupación que alguna de sus estrellas pudiese contagiarse con el VIH.

No todo iba a ser de color de rosa.

La pega más liviana era la ausencia de Larry Bird. El hombre junto al que Magic cimentó la leyenda de la NBA en la década de los 80 no iba a poder disputar el partido por culpa de sus sempiternos problemas de espalda. Mucho más duro para Magic fueron las declaraciones de Charles Barkley, al que consideraba un amigo. Barkley había pedido cambiar el número de su camiseta a mitad de temporada para llevar el 32 de Magic Johnson como homenaje a la estrella de los Lakers. No obstante, y fiel a su fama, Barkley comentó a los medios que le parecía injusto que un jugador retirado como Magic pudiese disputar el All-Star y que debería haber renunciado a hacerlo.

Pero todo eso eran nimiedades ante el hostil recibimiento que Magic iba a tener.

Magic fue el primer jugador que llegó a Disneylandia. Lo hizo junto a su mujer y junto a la responsable de su fundación contra el VIH, la cual se pasó el fin de semana tranquilizando a los demás jugadores y a sus familias sobre las opciones de contagio. Al parecer dio una charla sobre la enfermedad desmontado mitos, para lo que usó imágenes y declaraciones de varios enfermos que dejó a los presentes conmocionados. Pero no a todos. Otros arquearon las cejas. Cuando después de cenar Magic acompañó a su mujer al castillo de Blancanieves para ver los fuegos artificiales, sabía que al día siguiente se tendría que ganar a sus compañeros de vestuario.

La tarde posterior Magic entró el último en las dependencias de la Conferencia Oeste. Cuando hizo su aparición, los saludos fueron cordiales, pero distantes. Nada de abrazos ni carantoñas. Nada de apretones de manos. Muchos jugadores lo habían defendido en público, pero en privado tenían miedo. Magic se quedó petrificado. Por primera vez en toda la semana la sonrisa se desvaneció de su cara. Al fondo del vestuario estaba Karl Malone, la viva imagen de la virilidad, un excepcional jugador forrado de músculos y conocido por sus ideas ultraconservadoras.

Ni siquiera le miró a los ojos.

Minutos más tarde, y tras una atronadora ovación del público de Orlando a Magic, los jugadores de ambos equipos formaron dos filas en torno a la línea del centro del campo antes de iniciar la rueda de calentamiento. La tensión se cortaba con un cuchillo. Fue entonces cuando Isiah Thomas, miembro del equipo rival, rompió la línea de saludo y se acercó a darle un abrazo a su amigo mientras los flashes de los fotógrafos se hicieron eco del momento.

Se desata la guerra más sucia entre Isiah Thomas y Magic Johnson - MARCA.com
Johnson & Thomas

Fue algo catártico. Detrás de Thomas fueron todos los demás.

En ese mismo momento Magic recuperó la sonrisa.

El partido comenzó, pero en el ambiente flotaba la sensación de que el encuentro no era normal. Se había hablado, y mucho, si los jugadores se atreverían a dar codazos o a luchar por un rebote y buscar el contacto ante un seropositivo. Pero en la primera jugada del partido Magic se acercó a la canasta rival mientras era defendido por Dennis Rodman, el más malo de los chicos malos de la NBA. Éste rompió todas las reglas. Defendió con fiereza a Johnson, le metió el codo en la espalda y cuerpeó pecho con espalda. Magic anotó, y dos cosas quedaron claras. Que Magic no se había olvidado de jugar y que si Rodman iba a ser duro con él, los demás también lo serían.

Mickey, Donald y compañía habían hecho magia. Magic corrió, asistió, sudó, dio un par de pases prodigiosos y los demás se dieron cuenta de que era el de siempre. Magic hizo una finta, después una puerta atrás, lanzó un par de tiros imposibles de tres que entraron y facilitó unos cuantos pases sin mirar. Puro espectáculo. Ahí si hubo choques de manos, abrazos y carantoñas sin vacilación. El partido transcurrió con normalidad y la fiesta siguió su curso hasta la traca final.

Llegados a los últimos minutos y con el partido más que sentenciado por la Conferencia Oeste (la de Magic), Isiah Thomas invitó a su amigo Magic a un uno contra uno más allá de la línea del triple. Thomas jugueteaba con el balón entre las piernas mientras Magic le retaba con la mano a que se atreviese a encararle. No pudo. Magic era inquebrantable. Y Thomas tuvo que lanzar un desesperado tiro en suspensión que ni tocó el aro. Magic había salido victorioso. El público reventó el audímetro del pabellón.

En la jugada siguiente, y por aclamación popular, fue Michael Jordan el que se citó con Magic. La sucesión del trono en diez segundos de clímax. El público decidió ponerse de pie mientras el resto de los contendientes se abrían como el Mar Rojo ante Moisés para que los dos elegidos se citaran frente a frente. Jordan no se anduvo con chiquilladas. Fintó a su izquierda y comenzó una penetración hacia su derecha para lanzar una suspensión por encima de un Magic que llegó justó a tiempo para inhabilitar el lanzamiento. Agua. El tiro rebotó en el aro, pero no entró. Disneylandia volvió a rugir. Magic 2. NBA 0.

Ahora a Magic le tocaba atacar. Quedaban menos de veinte segundos para el fin del partido. Magic cuerpeaba a Isiah más allá de la línea de 7’25, hasta girar 180 grados y lanzar un tiro de tres puntos a una mano que finiquitaba el partido. Voltaire había dicho que la suerte sucede cuando la preparación y la oportunidad se encuentran y se fusionan. Aquel hombre era mágico. Pero no era cuestión de suerte. Había sido el mejor durante diez años y ninguna enfermedad por desconocida y mortífera que fuese iba a impedir que lo siguiese demostrando.

Magic saboreó todos y cada uno de los minutos de aquel partido. Todo lo que se vio allí fue la viva imagen de la vida. Abrazos, sonrisas, caricias y cientos de avalanchas de gestos de simpatía a todos los niños que se acercaban a saludarlo. Cada vez que veía una cámara de televisión Magic se aproximaba para hacer un chascarrillo. Cada vez que veía a un compañero allí estaba él para hacerle una carantoña. Aquel hombre era todo lo contrario a la definición de enfermo. Era el reverso brillante de la muerte.

El Oeste ganó con facilidad el encuentro ante el Este por 153-113. Magic fue declarado el mejor jugador del partido (MVP) por aclamación popular, pero también al haber sido el máximo anotador del choque con 25 puntos a los que añadió 9 asistencias.

Aquello fue un espejismo, hermoso, pero un espejismo. Justo una semana más tarde los Celtics visitaron a los Lakers en Los Ángeles. En el descanso del encuentro se aprovechó para realizar la ceremonia de homenaje de la retirada de la camiseta de Magic. Y, ahí sí, micrófono en mano, estaba su antagonista Larry Bird para decirle adiós, a pesar de que su espalda seguía martirizándolo. Bird hizo entrega a Magic de un trozo del parqué del Boston Garden, y, por vez primera, Magic entendió que todo había acabado. Johnson era un hombre emocionalmente destrozado. Él sabía que podía jugar, pero el mundo se empeñaba en enterrarlo.

The Magic Number: Los Angeles Lakers retire Magic Johnson's number in 1992  - New York Daily News
Johnson & Bird

—BARCELONA 92—

Aquel era año olímpico. Ya se había experimentado cuatro años antes en Seúl, pero en Barcelona 92 el amateurismo quedaba enterrado para la posteridad. Y no habría estrellas más rutilantes que las de la NBA. Tras la victoria soviética comandada por Sabonis en 1988, Estados Unidos quería demostrar al mundo que no existía ninguna nación baloncestística que pudiese competir con ellos.

Esa pléyade de estrellas fue conocida como el ‘Dream Team’. Estuvieron los mejores del momento, en una colección de talento que aún no ha sido igualada por h o por b en otras convocatorias olímpicas. El equipo estaba comandado por Michael Jordan, el cual ya había sido campeón olímpico en 1984. No obstante, había dos figuras en el ocaso de sus carreras que no habían participado nunca en unos JJ.OO. Una de ellas era Larry Bird. El alero de los Celtics no tenía muchas ganas de acudir. De hecho, había decidido retirarse.

El otro era Magic. Y Magic hizo de aquella convocatoria una cruzada. Persistió hasta convencer tanto a Jordan como a Bird. No veía mejor forma de despedirse del baloncesto que reuniendo a los mejores. Sin ellos tres el ‘Dream Team’ no hubiera sido tal. La federación estadounidense estaba encantada y dio el visto bueno a la presencia de Johnson. Magic seguía en plena forma y el All-Star de meses atrás había demostrado que el riesgo era cuasi inexistente.

Estados Unidos ganó el oro arrollando a sus rivales con una media de 43 puntos de diferencia. Ahora sí, Magic decía adiós.

Pero Magic no quería decir adiós.

Se sentía fuerte, joven y en plena forma y con el OK de los médicos se dispuso a retornar a las canchas para la campaña 1992/93. En una rueda de prensa multitudinaria declaró que, aunque infectado por el virus, no había ningún riesgo de contagio para con sus rivales. Pero con la pretemporada en marcha, un periodista le preguntó a Karl Malone que le parecía la vuelta de Magic a las canchas. El pívot de los Jazz señaló los cortes de sus brazos y de sus piernas y se limitó a arquear los hombros y señalar “que no hay ningún jugador de la NBA que no haya pensado en todos los riesgos”. Desatado y visiblemente molesto, Malone dio la sentencia definitiva: “Cuando haya que defenderlo mi instinto me pedirá ir a por él, pero me preocupan las consecuencias de lo que pueda ocurrir. Y yo estoy aquí para ganar”.

Karl Malone, el Cartero de Utah | Alley-oop!
Malone; el malo de la película

Que Karl Malone, uno de los jugadores más duros de la NBA y que acababa partido tras partido con múltiples cortes en su cuerpo, fuese tan taxativo fue muy duro para Magic. Peor aún. Magic y Malone habían compartido equipo olímpico en Barcelona. Aquello era puro rencor.

Quiso el destino que días después, en un amistoso disputado en Carolina del Norte, un pequeño reguero de sangre corriese del brazo de Magic tras un encontronazo. El silencio en el pabellón fue sepulcral. Cuando el médico de los Lakers se puso unos guantes para solucionar el corte con unas vendas y un poco de algodón, los murmullos se sucedieron de una punta a otra de la cancha.

Fue ver la muerte en vida.

“Pude ver el miedo en la gente tras aquel corte. Fue suficiente para mí”.

Magic no necesitó leer la prensa ni ver las noticias para darse cuenta de lo que aquellos murmullos significaban.

Sabía que, ahora sí, no habría más magia.

Otras historias de la NBA

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El mejor en el mejor partido que se ha jugado nunca (Jo Jo White y las tres prórrogas del 5º partido de la final de 1976)

Los años de Jordan en Washington (cuando Jordan decidió que volvía por amor al baloncesto)

El partido prohibido. Negros contra blancos (negros contra blancos en pleno segregacionismo)

Bullying a Toni Kukoc (acoso y derribo de Kukoc en dos partes)

El experimento Nowitzki (como un desconocido alemán triunfó en la NBA)

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Los años negros de Estados Unidos (cuando Estados Unidos perdía al baloncesto 2002-2006)

La perturbadora existencia de un gusano (vida y obra de Dennis Rodman en dos partes)

Kobe Bryant (amor y odio de un jugador irrepetible en dos partes)

Nadie anima a Goliat (serial en dos partes de la bestia más grande que ha parido el baloncesto)

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Cuando Santa Claus se hizo hincha de los New York Knicks

De familia más que acomodada, Nicolás tenía a su alcance todo aquello que fuese deseo terrenal para su imaginación. Pronto su inmaculada infancia se vio privada tras la muerte de sus padres a causa de la peste. Apesadumbrado, decidió ordenarse sacerdote y dar su vida a la oración, por lo que no dudo en regalar todos sus bienes y todas las propiedades de sus progenitores a aquellos que más lo necesitaban.

Nicolás acabaría siendo obispo en Mira, una ciudad, hoy desaparecida, situada en la moderna Turquía. Su querencia por hacer el bien atendía con efusividad a los niños. Se cuentan decenas de historias sobre pequeños a los que hacía regalos. Pero la más conocida no está relacionada con pequeños, sino con tres muchachas a punto de casarse. Se dice que existían unas hermanas que iban camino de la soltería al no disponer de dote para encontrar marido. Al parecer, enterado del asunto, Nicolás entró en secreto por la ventana del domicilio y colocó unas monedas de oro en los calcetines de las tres hermanas.

Siglos más tarde los restos del obispo Nicolás fueron trasladados a la italiana Bari, donde sus reliquias son veneradas. A San Nicolás de Bari se le rinde pleitesía en múltiples templos y es patrono en países tan dispares como Grecia o Turquía.

Por una serie de mezclas de tradiciones paganas y rituales cristianos, de una forma u otra, la leyenda de San Nicolás fue tomando forma. Uno de esos lugares fueron los Países Bajos. Allí, la noche del 5 al 6 de diciembre, San Nicolás (Sint-Nicolaas o Sinterklaas) entregaba a los niños sus regalos. Dado que San Nicolás era de Bari, por entonces dominio español del reino de Nápoles, se decía, y aun se dice, que viene de España, del mismo modo que los españoles dicen que los Reyes Magos vienen de Oriente. ‘Sinterklaas’ cuenta con un ayudante, un chico español llamado Pedrito el negro (Zwarte Piot) que es quien desciende por las chimeneas y se cuela en los salones de los niños que se han portado bien. Al que se portaba mal, Pedro se lo llevaría consigo a Alicante, lugar desde el que decían partía el barco que llevaba a San Nicolás desde España todos los 5 de diciembre.

Con el paso del tiempo Sinterklaas pasaría a ser Santa Claus, de igual modo que Nueva Ámsterdam pasó a ser Nueva York. Aquellos emigrantes neerlandeses que se asentaron a orillas del río Hudson en el siglo XVII llevaron consigo la tradición de la festividad de San Nicolás. Cuando los colonos ingleses y sus hijos estadounidenses conviertan aquella ciénaga en Nueva York, Santa Claus pasará a convertirse en el gran icono navideño al otro lado del Atlántico. Realmente los yanquis hicieron con Santa Claus lo mismo que con Halloween o con el Día de Acción de Gracias. Absorber, asimilar y transformar. Santa Claus era neerlandés, Halloween irlandés y Acción de Gracias español. Todos acabaron siendo estadounidenses.

Aquel Santa Claus fue medrando en el tiempo hasta que a finales del siglo XIX hizo el camino inverso y regreso a Europa. En Francia le dieron por llamar ‘Bonhomme Noël’, y con el cambio de siglo, a Papa Noel se le dio por mudarse al Polo Norte y comprarse un trineo tirado por unos renos para que le facilitasen el viaje. Mientras en los Países Bajos la fiesta siguió adscrita al 5 de diciembre, en el resto del mundo se estableció para la noche del 24 para honrar al niño más famoso en la historia de la Humanidad. Luego vendría el afamado anuncio de Coca-Cola y el color rojo…

San Nicolás - ACI Prensa
San Nicolás

Pero todo esto fue un proceso lento, muy lento. Desde que San Nicolás pasó a ser Santa Claus hubieron de pasar cerca de dos siglos. No conocemos la existencia del moderno Santa Claus hasta el 6 de diciembre de 1809. Concretamente en un libro llamado ‘Historia de Nueva York’ firmado por un tal Diedrich Knickerbocker.

El libro contaba la historia de la ciudad desde la llegada de los primeros emigrantes neerlandeses hasta entonces. El ensayo no hubiese tenido relevancia alguna si no fuese porque su autor se desvaneció sin dejar rastro. La prensa informó de la desaparición del tal Knickerbocker, descrito como un caballero menudo, entrado en años, con pantalones bombachos, sombrero de tres puntas y un viejo abrigo negro. Al parecer una noche no había vuelto al hotel en el que se hospedaba y se solicitaba la búsqueda ciudadana para dar con él.

Ante la ausencia de novedades sobre el paradero del historiador neerlandés, un mes después se informa de que en la habitación del señor Knickerbocker se ha encontrado un libro no publicado llamado ‘Historia de la ciudad de Nueva York’ y que de inmediato se iba a imprimir y poner a la venta con el objetivo de saldar las deudas impagadas del señor Knickerbocker con el hotel. Aquel 6 de diciembre de 1809, festividad de San Nicolás, las librerías de la ciudad inundan sus escaparates con la novedad editorial.

El morbo y la expectación de los neoyorkinos va en aumento y, como era de suponer, el libro es un éxito de ventas. Lo será no sólo por el morbo, sino porque el libro parece ser una interesante obra de dos volúmenes amena, divertida y con menudos detalles sobre las costumbres políticas y sociales de aquellos primeros neerlandeses. Era una oda a una generación que puso los cimientos para lo que ya entonces era una de las ciudades más importantes del mundo. El libro se convirtió en un ‘best-seller’, porque además rastreaba los orígenes de algunas de las empresas y ciudadanos más notables del momento cuando, para ser un verdadero neoyorkino, era importantísimo contar con antepasados de origen neerlandés.

Fue así como Diedrich Knickerbocker pasó a convertirse en una leyenda. Y fue así como San Nicolás pasó de ser una pequeña tradición familiar a colarse en las casas de todo niño neoyorkino. Más adelante penetrará en el salón de cada niño estadounidense con el nombre de Santa Claus. El pasaje en el que se habla sobre la hermosa tradición de la festividad de San Nicolás fue de los más aplaudidos por los lectores. Fue ese libro lo que convirtió a Santa Claus en una celebridad.

Lo curioso es que Diedrich Knickerbocker jamás apareció. Nunca dieron con su paradero.

De hecho, nunca existió.

Fue todo obra de la mente del célebre escritor estadounidense Washington Irving (de origen escocés, por cierto) en una de las primeras grandes operaciones publicitarias conocidas. Su editorial se inventó la desaparición de un desconocido escritor neerlandés dejando tras de sí un manuscrito en la habitación de un hotel. Con el beneplácito del dueño del hospedaje y un suculento contrato de colaboración con el ‘Evening Post’, la maquinaria se puso en marcha con un resultado fastuoso.

Cuando se supo toda la verdad dio exactamente igual. El libro era tan bueno y había calado de tal manera en el subconsciente de aquellos neoyorkinos que ‘Historia de Nueva York’ pasó a formar parte de la idiosincrasia de la Gran Manzana. Tal fue el éxito de la invención de Irving que, a los oriundos de Nueva York, a aquellos considerados genuinamente neoyorkinos, comenzó a llamárseles knickerbockers. Hoy se sigue aplicando a todos los habitantes de Nueva York, sean de donde sean, pero siguen siendo aquellos que habitan en Manhattan (la isla donde se asentó Nueva Ámsterdam) los que son auténticos knickerbockers.

Mucho más tarde, cuando Santa Claus campaba a sus anchas por medio mundo con su gorda barriga embutida en un traje rojo, un tal Ned Irish decidió fundar una franquicia de baloncesto para que compitiese en la recién creada NBA (National Basketball Association). Esa franquicia es una de las tres (junto a Celtics y Warriors) que 75 años después se mantienen en pie. Para decidir el nombre, Ned Irish reunió a sus hombres de confianza y les pidió que pensasen en un apodo.

Tras un sorteo la elegida fue ‘Knickerbockers’.

Habían nacido los New York Knickerbockers.

Habían nacido los New York Knicks.

Durante sus primeras dos décadas de vida la mascota de los Knicks fue un señor vestido con unos pantalones bombachos típicos de los primeros emigrantes neerlandeses y sombrero de tres puntas. Era conocido como ‘Father Knickerbocker’.

‘Father Knickerbocker’. Aquel escritor que jamás escribió nada. Aquel escritor que convirtió a Santa Claus en una celebridad.

New York Knicks Logo - Significado, História e PNG
New York Knickerbockers

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Un cuento de Navidad (cuando un partido de fútbol paralizó la I Guerra Mundial)

Entrevista a Franco (un tête a tête navideño con el Generalísimo)

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Mardy Fish; el segundo que nunca quiso ser primero

Durante décadas la supremacía del tenis fue capitaneada por Estados Unidos. De cuando en cuando surgían fueras de serie desde Australia hasta Suecia, pero siempre había, al menos, un estadounidense en la cima del tenis mundial. En los 70 Jimmy Connors era el abanderado, para los 80 fue el turno de John McEnroe, Jim Courier cabalgó entre los 80 y los 90, Pete Sampras dominó los 90 y André Agassi dio su último coletazo ganando el Open de Australia de 2003.

Ese mismo año, un chico de Nebraska de apenas 21 años de edad conseguiría ser proclamado número 1 del mundo tras lograr la victoria en el Open de Estados Unidos. Se llamaba Andy Roddick, y aquel tendría que ser el primero de muchos Grand Slam. Debía ser el próximo abanderado del dominio estadounidense en el mundo del tenis masculino.

No fue así.

Andy Roddick era el elegido. Había sido modelado en Boca Ratón, un lugar paradisíaco a orillas del Caribe donde los mandamases del tenis norteamericano preparan a los niños con potencial para alcanzar el estrellato. En Boca Ratón centenas de candidatos reciben una educación espartana donde se les enseña a no quejarse por el dolor y a no mostrar debilidad tras una derrota. De cuando en cuando leyendas como McEnroe y Courier aparecían por las instalaciones y advertían a los aspirantes de que, sin sufrimiento, jamás alcanzarían la excelencia.

De toda aquella generación de preadolescentes modelada a mediados de los 90, cuando Sampras y Agassi brillaban en los torneos internacionales, destacaba sobremanera Andy Roddick. Con 1’88 de altura y un saque descomunal que superaba de largo los 200 km/h, Roddick será perfecto para el juego de saque y volea común de las pistas rápidas. Roddick era catalogado por todos como un número 1 mundial y como el futuro ganador de varios Grand Slam.

El sparring de Roddick era un chico totalmente opuesto a él. No tenía excesivo talento, tenía pies planos y, aunque disfrutaba del tenis, tenía una perspectiva amplia de la vida. Un verano, cuando eran quinceañeros, Roddick le invitó a pasar las vacaciones con su familia mientras acumulaban partido tras partido entre chapuzón y chapuzón. Se hicieron compañeros de entrenamiento al tiempo que afianzaban su amistad. Para Roddick era el amigo ideal. Nunca le hacía sombra y le permitía maximizar al máximo su preparación.

Aquel chico respondía al nombre de Mardy Fish.

Fish no era un don nadie. Era la segunda mejor raqueta juvenil de Estados Unidos. Su proyección estimada es que podría estar entre los diez mejores del mundo en sus años de esplendor y que sería capaz de llegar a las rondas finales de los Grand Slam. No era poca cosa. Pero nada especial para un tenis acostumbrado a la excelencia como es el estadounidense.

Los pronósticos se cumplieron, aunque solo en parte. Tras ganar el US Open de 2003 Roddick se instaló en la élite del tenis mundial, pero tras aquella victoria sumo derrotas y más derrotas ante un talento imperecedero como es Roger Federer. Después del suizo surgirá Rafa Nadal y tras éste Novak Djokovic. Las críticas se ceban contra Roddick. Lo cierto es que no es culpable. Es un gran tenista, pero está compitiendo ante dioses.

También en parte los pronósticos acertaron al hablar del futuro de Mardy Fish. Claramente era la segunda raqueta estadounidense, pero ni de lejos estaba entre los mejores del mundo. Entre torneo y torneo Fish sumaba fiesta tras fiesta, pizza tras pizza y gin-tonic tras gin-tonic. Disfrutaba de la vida, competía sin tensión y gozaba de ser tenista profesional sin tener detrás la presión de ser la esperanza de una nación.

Hasta que llega el año 2009. Aquel verano Roger Federer supera en la final de Wimbledon a Andy Roddick en el quinto set por 16-14 tras un maratoniano partido. Era la enésima derrota. La cuarta en una final de Grand Slam. Y la más cruel de todas. Roddick es incapaz de superarlo. Entra en una espiral de malos resultados que acabarán originando continuos problemas físicos y mentales. Mientras todo esto sucede Roddick y Fish se enfrentan en Cincinnati. Es la décima vez que ocurre desde que ambos son profesionales y es la primera vez que Fish logra alzarse con la victoria.

No había ocurrido antes. Mardy Fish es la primera raqueta estadounidense. Nunca antes a lo largo de su carrera había tenido la responsabilidad de defender el prestigio de su país.

Mardy decide intentarlo. Deja la noche, entrena como nunca y se prepara para ser el mejor. No es un niño. Se acerca a la treintena. Pero se va a dejar la piel en ello. Comienza 2010 como un tiro y gana fácilmente en Newport y Atlanta. De repente Mardy Fish es el número 7 del mundo y sólo Djokovic y Federer son capaces de vencerlo en las rondas finales de un Grand Slam.

La inercia positiva continúa en 2011 cuando Novak Djokovic tenga que sudar sangre para derrotarlo en la final del Masters Series de Montreal, pero, y aunque él no se da cuenta, la presión está haciendo mella en su interior. Mardy está siendo agresivo, tenaz, egoísta y ambicioso. Está siendo alguien que no es.

Todo estallará en 2012. La temporada se inicia con el anuncio de Roddick de retirarse tras la disputa del US Open durante el mes de agosto. Apenas tiene 29 años, pero para Roddick ha sido suficiente. No ha logrado dominar el tenis mundial, pero su carrera ha sido francamente buena. Cuando Juan Martín del Potro lo elimine en octavos final del torneo neoyorkino las lágrimas acompañarán su rostro y una retahíla de aplausos inundarán Flushing Meadows.

Ese 2012 es tremendo para Fish. El anuncio de la retirada de Roddick y sus dos buenas temporadas anteriores convierten a Mardy Fish en la única esperanza norteamericana. Es un veterano, pero detrás de él hay un erial. Estados Unidos es incapaz de generar una nueva estrella, en un tiempo donde el tenis europeo presenta una supremacía cruel. Fish acusa la presión y encadena derrota tras derrota a inicios de 2012. El pánico es tal que en Miami tiene que ser tratado en mitad del torneo por culpa de una taquicardia. Los médicos le dicen que ha sido una arritmia sin mucha importancia. Chapa y pintura. Pero desde entonces nada será igual.

Apenas horas después de la derrota y retirada de Roddick ante Del Potro, Mardy Fish debe enfrentarse a Roger Federer en otro partido de los octavos de final del US Open 2012. Fish apenas es entonces el número 24 del mundo tras un horrendo año. Federer acaba de recuperar la primera posición mundial tras ganar por séptima vez Wimbledon. Ambos tienen la misma edad, pero ambos comparten una realidad muy diferente.

Por alguna extraña razón los medios norteamericanos tienen esperanza en la victoria de Fish. Lo cierto es que ha estado jugando muy bien, mientras que Federer se ha mostrado más bien discreto, pero todo parece obedecer a una estrategia de mercadotecnia ante la única esperanza que tienen los estadounidenses de ver triunfar a uno de los suyos en casa. El partido se disputará en la pista central y será retransmitido en horario de máxima audiencia.

Mardy está a punto de jugar contra el mejor de todos los tiempos y tiene la posibilidad de conseguir el mejor resultado de su vida en su torneo favorito. Lo hará en su pista, en su casa, bajo el escrutinio de la CBS y el día del cumpleaños de su padre. Lo hará con su mujer en las gradas y con el apoyo de un público que lo adora.

Con sus raquetas al hombro y su siempre pulcra vestimenta, Federer aparece en la pista de juego preparado para el duelo.

Mardy Fish no.

No está. No aparece. No es un retraso.

Sencillamente no va a jugar.

Rumores y rumores. Especulaciones varias. Nada en concreto. Fish no ha aparecido y Federer es ganador de la eliminatoria por incomparecencia.

Nadie entiende nada.

La presión por ser el mejor acumulada durante los últimos 24 meses explotó aquella noche en Nueva York. Fish se estaba volviendo loco. Su éxito era destructivo. Sabía que le estaba yendo mejor, pero sabía que no era lo suficientemente bueno. Hubo que esperar a la mañana siguiente para encontrar luz en las sombras. Mardy Fish se ha colapsado. Los nervios le habían vencido. La ansiedad se había apoderado de su ser. Su cabeza dijo basta.

No jugó ante Federer. No lo haría nunca más. Tiempo después anunciaría públicamente una retirada del tenis profesional que hacía meses que era efectiva.

“Tenía problemas para conciliar el sueño. No podía dormir solo. Tuve que llevar a mi esposa conmigo, a todos lados, siempre. Tenía que tener a alguien en el cuarto siempre. Era un tipo que amaba estar solo, viajar solo, esa soledad. Me traía paz apagar el móvil y pasar un largo vuelo. Pero ya no podía viajar solo. Mis padres tuvieron que venir a Wimbledon. Necesitaba personas conmigo todo el tiempo. Punto. Pero seguía teniendo estos pensamientos, esta ansiedad. Y estaba consumido por ese agotador y confuso temor. Entonces, los ataques comenzaron a ser peores”, declaró.

Fish tuvo que recurrir a ayuda psicológica para salir de aquel pozo negro. Contó con la ayuda de Roddick, con el que continuamente hablaba de todo menos de tenis. La herida fue cicatrizando y en 2015, tres años más tarde, Mardy Fish y Andy Roddick se animarán a participar en un torneo de dobles. Era la primera vez en dos décadas que los siempre rivales, las dos primeras raquetas americanas, competían juntos en una cancha de tenis. Fish incluso logro una invitación para participar en el US Open por última vez y despedirse, esta vez sí, dentro de la cancha de tenis.

Hoy Mardy Fish es el orgulloso capitán estadounidense de la Copa Davis. Intenta devolver parte de su grandeza a un país que durante décadas dominó el tenis mundial. En el momento de escribir estas líneas la mejor raqueta estadounidense es John Isner, que ocupa la vigesimotercera posición del ranking mundial. Isner, de 36 años, compartió andanzas con Roddick y Fish.

No se vislumbra a ningún estadounidense que vaya a ser el mejor del mundo en la próxima década.

Quizás Fish era mejor jugador de lo que la gente pensaba.

Olympic Medalist Mardy Fish Seemingly Had It All — Until Anxiety Hit
Mardy Fish

“Preferiría ser el primero en este pueblo, que el segundo en Roma”. Dijo Julio César a sus legiones cuando estas se burlaban de las costumbres de una aldea gala.

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