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Especial Navidad: Entrevista a Franco

Acudo a la entrevista a la hora acordada. Me han dicho que es estricto con los horarios. Dicen que ha estado orando. Es tal y como me habían comentado. Bajito, rechoncho y débil desde su infancia, había compensado su fragilidad física con una fuerte determinación y un deseo de poder. Francisco Franco, veterano de la Guerra de Marruecos, general, caudillo, jefe del Estado, ganador de una guerra e instaurador de un régimen dictatorial tan personal que fue conocido como ‘Franquismo’, me recibe para esta entrevista.

Misterdato (P): Antes de nada, felices fiestas. Son sus primeras navidades lejos del Valle de los Caídos. ¿Cómo lo lleva?

Francisco Franco (R): Déjeme a mí también felicitar las fiestas a todos los buenos españoles. Me encuentro bien, la verdad. Es una humillación y un deshonor que me hayan sacado del lugar en el que merecía estar. Pero estoy en El Pardo, en mi casa, cerca de mi mujer, por lo que éstas son mis primeras navidades a su lado desde hace 45 años.

P: ¿Sin rencores entonces?

Francisco Franco (R): ¡Qué remedio! La Iglesia admite a los homosexuales, el ejército está infestado de mujeres y de sudamericanos y el sexo… ya sabe que yo nunca fui amigo del sexo. Para mí el mejor sexo era el campo de batalla. Y ahora lo único que veo son imágenes obscenas mire hacia donde mire.

P: Bueno. En todo caso esto es un blog de deportes y por eso lo hemos traído hasta aquí. ¿A usted le gustaba el deporte?

Francisco Franco (R): Sinceramente no mucho. No entiendo como a usted le puede gustar. Recuerdo cuando Adolfo Hitler montó aquellos Juegos Olímpicos. Siempre estuvo un poco loco, parecía que representaba una comedia. Yo sirvo a España. Me parezco más a Salazar, un hombre modesto e inteligente. No me gustan esos estadios llenos. Yo prefiero la sencillez de la naturaleza. Mis días de descanso eran para pescar y para cazar. Fíjese todos los récords que tengo y nunca he presumido de ellos.

P: Pero seguía la liga de fútbol todos los domingos. Creo recordar que le tocó una quiniela.

Francisco Franco (R): Era una afición, me ayudaba Carmencita. Otras veces era Vicente (médico personal del Caudillo). Pero el fútbol nunca me gustó. Tengo jugado al tenis o al golf, pero eran compromisos sociales. Yo era de echar la partida, cazar y sobretodo pescar. Me encantaba navegar con el Azor. Podía estar durante horas peleando con los salmones y con los atunes como si de rojos se tratase. Los mataba a palos. Bueno, ¡eran atunes rojos! (risas). Una vez estuviera cerca de una hora para pescar a uno de más de 80 kilos. A veces me cansaba, pero no podía decirlo. Un Caudillo de España ni suda ni se fatiga.

P: Se dice que le ponían las presas a tiro.

Francisco Franco (R): Envidias. Propaganda marxista. Yo cazando era tan feliz como un burro en un prado verde. Si he gobernado con mano de hierro España y ajusticiado a miles de personas; ¿de verdad cree usted que un mísero animal se me iba a resistir?

P: Hombre, visto así.

Francisco Franco (R): El Azor me encantaba. En verano tengo competido en alguna regata en la ría de La Coruña. Y era una maravilla porque tenía un teléfono a bordo desde el que podía hablar con mis ministros sin moverme del medio del mar. Con la caza había más problemas porque después de cazar a la fiera, había que comerla. En mis últimos años mi médico me prohibió la caza, porque cada vez que íbamos al monte volvía con unos cuantos kilos de más. Carmen me tenía que ampliar el fajín de Generalísimo cada dos por tres.

P: No quisiera importunarle Excelencia, pero seguimos sin hablar de deportes. Se lo digo porque liquidar animales en desigualdad de oportunidades no es deporte. Así que si me lo permite vamos a cambiar de tercio. Dice usted que no le interesa el deporte, pero en 1941 creó la Delegación Nacional de Deportes (DND) quedando todo club y competición deportiva subordinada a Falange a imagen y semejanza de lo que Mussolini había hecho en Italia.

Francisco Franco (R): Para los españoles no hay ninguna política extranjera que pueda funcionar. Mussolini moldeó una ideología original y poderosa. Pero nosotros nos guiamos por el espíritu, la inteligencia y el corazón. Recuerde que la Falange fue siempre un partido residual, lo que yo creé fue el Movimiento Nacional para aglutinar a todas las sensibilidades.

P: No sé si le gusta el toreo, pero me está toreando.

Francisco Franco (R): Le contesto, no se preocupe. Mussolini controlaba todos y cada uno de los clubes y asociaciones deportivas que había en Italia, que eran más de 1.500. Todos los grandes estadios de Italia, y muchos aún están hoy en pie como en Génova o en Turín, fueron pagados por el Estado. En Italia se construyó un estadio nacional con el nombre de Estadio Nacional Fascista. Creo que hoy juega allí la selección de rugby. Yo no puse ni una peseta en un estadio de fútbol. En Italia, en Francia, en Portugal o en Inglaterra hay un estadio nacional. En España nunca lo hubo. En España son los socios los que con su dinero levantan los estadios como pasó con el Atlético de Bilbao o el Real Madrid, y si no son los ayuntamientos con ayuda de mecenas locales como el del Deportivo de La Coruña. ¡Nosotros no teníamos ni dinero ni deportistas! ¿Ha visto usted alguna infraestructura que lleve mi sello? Yo me dediqué en cuerpo y alma a los pantanos.

P: Habrá quien diga que el estadio nacional de España es el Santiago Bernabéu. ¿Usted es simpatizante del Real Madrid?

Francisco Franco (R): Yo sabía que después de la II Guerra Mundial vendría la era de la concordia europea. Por eso no me dejé convencer por Adolfo y no entré en la guerra. Yo nunca fui del Real Madrid, pero entendí que el Real Madrid era un instrumento ideal para llevar el nombre de España por toda Europa y para que el resto del continente entendiese que nuestra lucha era la lucha de todos ante el contubernio judeomasónico.

P: Pero, ¿ese uso del Real Madrid como instrumento internacional no estaba preparado desde dentro? ¿Qué me dice de aquello de que las Copas de Europa del Madrid eran compradas por Franco?

Francisco Franco (R): ¡Qué me hace gracia! Es mejor que los chistes de Gila ¡Si yo no pintaba nada en Europa! Fíjese que Holanda, con tres veces menos habitantes, tenía un PIB superior al nuestro. Sencillamente aprovechamos la oportunidad. Lo único que hicimos fue favorecer la nacionalización de jugadores oriundos, hermanos de la España sudamericana. Aquel Real Madrid contaba con Domínguez, Santamaría, Rial o Di Stéfano u otros como Puskas que fueron rápidamente españolizados. Pero todo esto era cosa de López Bravo y sobretodo de Fernando Castiella, que fue un gran ministro de exteriores y también un gran madridista.

P: Mencionaba usted a Puskas. Su nacionalización fue exprés.

Francisco Franco (R): Era una cuestión humanitaria. Ese hombre escapó de la barbarie roja para poder vivir en paz con su familia en España. Pero también lo hicimos con Kubala y jugó en el Barcelona. Cualquier persona que estuviese en contra del comunismo era bien recibida. Esa es una lucha de la que nunca desfalleceré. Recuerde que se me conoció como ‘El centinela de Occidente’.

P: También como ‘Paquita’ o como ‘Cerillita’, aunque imagino que eso son apodos que prefiere no recordar. Aunque es cierto que usted fue un célebre azote del comunismo. Recuerdo que no permitió que la selección de fútbol jugase en Moscú los cuartos de final de la Eurocopa de 1960 quedando automáticamente descalificada. Tampoco dejó que el Real Madrid de baloncesto jugase eliminatorias europeas en la URSS a pesar de que el Madrid paseaba el nombre de España por el continente. Y sin embargo usted estuvo presidiendo el palco del Bernabéu cuando España derrotó a la URSS en la final de la Eurocopa de 1964, ¿cómo fue eso posible?

Francisco Franco (R): ¡Qué remedio! ¿Usted cree que en los 50 iba a permitir que se emitiesen películas subidas de tono o que las mujeres fuesen enseñando las piernas? Y en mis últimos años de mandato todas lo hacían. En 1939 todos los clubes deportivos saludaban con el brazo en alto y la selección jugaba con camiseta azul. ¡Hay que evolucionar! ¡Cómo si no iba a aguantar 40 años en el poder! No quería que jugasen en la Unión Soviética porque podían ser contaminados con ideas marxistas que acabaran con la pureza de aquellos muchachos. En 1964 era una final, y era en España, no me quedó más remedio que aceptarlo. Los rusos estuvieron vigilados las 24 horas del día y tengo que decir que tuvieron un comportamiento esplendoroso. Realmente nunca tuvimos ningún problema con ellos. Cada uno en su casa y Dios en la de todos.

P: ¿Era simpatizante de algún equipo?

Francisco Franco (R): Como ya le dije nunca he sido futbolero. Sí que es verdad que durante un tiempo simpatice con el Atlético Aviación, lo que hoy es el Atlético de Madrid, aunque sin mucho entusiasmo. Tenía ahí a muy buenos amigos como el comandante Luis Navarro o el alférez Salamanca. Además el entrenador era el ilustre Ricardo Zamora, una leyenda de nuestro fútbol, un poco rojillo, pero supimos enderezarlo a tiempo. Y luego, supongo que por afinidad con la patria chica, siempre me ha interesado lo que ha hecho el Racing de Ferrol, esa tan bella ciudad que lleva mi apellido.

P: A decir verdad ya no lo lleva –afortunadamente-, pero ya que habla del Racing podemos hablar de la primera final copera tras la Guerra Civil, la primera Copa del Generalísimo. Sevilla contra Racing de Ferrol y que usted obligó a que se celebrase en Montjuïc.

Francisco Franco (R): Como ya le comenté antes hay que evolucionar. Aquella final de Copa se celebró apenas un par de meses después del fin de la guerra. Sí, es verdad, hubo venganza. Pero hay que tener en cuenta el momento. Yo quise que aquel partido se jugase en Barcelona. Se escuchó el himno de España y luego el ‘Cara al sol’ y una multitud de catalanes alzó el brazo al cielo en señal de respeto. El partido lo presidió el General Moscardó, el héroe del alcázar de Toledo, y su hija fue quien hizo el saque de honor. Los futbolistas dejaron una corona de flores en un monolito en honor a los caídos por Dios y por la Patria. El monolito, por cierto, fue de obligada presencia durante unos cuantos años en todos los estadios de España sin excepción.

P: No me queda más remedio que preguntarle por el tema más candente del momento; Cataluña. Y si nos referimos al mundo del deporte hay que preguntarle por el FC Barcelona. Hay quien dice que todo lo que estamos a vivir en la actualidad tiene como origen y como culpable a Francisco Franco.

Francisco Franco (R): Eso es una gran mentira. El problema catalán viene de muy atrás, de las Guerras Carlistas y del desastre español del siglo XIX. Fue Espartero, allá por 1842, el que dijo que por el bien de España habría que bombardear Barcelona cada 50 años. No fue el Caudillo, fue el general Espartero, un político liberal, de esos que eran apreciados por la República y que nosotros siempre hemos odiado. A los dos años de mi fallecimiento en Barcelona borraron mi nombre del callejero. ¿Sabe cuándo le quitaron la calle a Espartero? En 2008. Ese sí que era un dictador, no yo. Eso es algo pueril. Tiene más poder el presidente de los Estados Unidos que él que yo tuve nunca. Cataluña es un problema y yo quise unificarla a través de la familia, los municipios y los sindicatos.

P: No vamos a entrar en vicisitudes políticas, ya le he dicho que este es un blog de deportes. Pero marchemos a varios hechos concretos. ¿Qué me dice del famoso 11-1 del Madrid al Barça en la Copa de 1943? Se dice que los jugadores catalanes recibieron órdenes de perder.

Francisco Franco (R): Rotundamente falso. Mi objetivo siempre fue que con el deporte todos los pueblos de España estuviesen hermanados. Seamos civilizados. ¿No se cantaba ‘Los segadores’ en el campo del Barcelona? ¿El estadio no se llama ‘Camp Nou’ en vez de ‘Campo Nuevo’? ¿Puse yo algún impedimento? ¿Sabe cuántas medallas me dieron? No una ni dos. Y la última en 1974 cuando el presidente era Montal, un catalanista acérrimo. Aquella eliminatoria fue una vergüenza para todo español. En la ida hubo un recibimiento espantoso con insultos y altercados a los madrileños (el Barça ganó 3-0) y en la vuelta pasó lo mismo con los barceloneses. Y no hubo más. Y fíjese de mi equidistancia con el tema que al acabar el partido cesé a ambos presidentes, tanto al del Real Madrid como al del FC Barcelona, por el mal comportamiento de la afición en ambos casos y por actos subversivos contra España. Gracias a esa decisión Bernabéu se convirtió en presidente del Madrid, ¿y sabe que fue lo primero que hizo? ¡Acusarme de beneficiar al Barcelona!

P: Pero no me negará que el catalanismo del FC Barcelona siempre ha sido mal visto por usted.

Francisco Franco (R): Pero lo que yo le digo es que Francisco Franco hizo todo lo posible para evitarlo. Fue Primo de Rivera el que cerró el campo de Les Corts cuando se pitó al himno nacional. ¡Yo nunca he cerrado el Camp Nou! Le reitero lo dicho, no existió lugar durante el Franquismo donde se hablara más catalán que dentro del estadio. Y nunca puse ningún impedimento a sabiendas de que sucedía continuamente. ¡Dejar hacer y callar! ¡Cómo Pedro Sánchez! ¡Somos tal para cual!

P: Humor negro, Excelencia.

Francisco Franco (R): Es lo que queda. Eso, y mis recuerdos.

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Jim Thorpe: Un camino iluminado por un gran relámpago

Tras lograr las medallas de oro en las pruebas de decatlón y de pentatlón con unas marcas cósmicas en los Juegos Olímpicos de Estocolmo de 1912, Jim Thorpe se preparó para recibir sendas distinciones olímpicas de manos del rey Gustavo V de Suecia. El monarca, admirado por unos registros que perdurarían durante casi dos décadas, se acercó a aquel piel roja mientras le daba la presea y le espetó: “Usted, señor, es el atleta más grande del mundo”. En 1912 un rey era un rey, pero a Jim Thorpe pareció no importarle en demasía. Se encogió de hombros y contestó con un lacónico “gracias rey”. Cuando un par de semanas después un desfile de miles de personas recorra la Quinta Avenida de Nueva York y Broadway para honrarle, Jim Thorpe sólo acertará a señalar, sin darle la menor importancia al hecho; “Oí a la gente gritar mi nombre y no podía entender cómo una sola persona podía tener tantos amigos”.

Aquel hombre, a la vez tan admirado y tan sencillo, acabaría sus días en la indigencia y feneciendo en el más absoluto olvido.

Jacobus Franciscus ‘Jim’ Thorpe nació en 1888 en una reserva india del estado de Oklahoma. Su raíces serían motivo de escarnio para Donald Trump. Su padre era hijo de un irlandés y de un piel roja. Su madre era hija de un francés y de un indio potawatomi. Aunque le inculcaron la fe católica, Jim fue obligado a cursar sus estudios en la Carlisle School, un programa escolar creado por el Senado norteamericano para ‘civilizar’ a la nación india y que estuvo en funcionamiento hasta 1918. Allí el niño Thorpe era conocido como ‘Wa-tho-huk’, que podríamos traducir como ‘un camino iluminado por un gran relámpago’.

Y un relámpago es lo que era Jim Thorpe. Pasó su niñez pescando, cazando y cultivando con sus propias manos y cuando llegó a la adolescencia era un fornido chaval capaz de destacar en cualquier deporte. Huérfano de padre y madre antes de llegar a la veintena, probó con éxito en el beisbol y en el fútbol americano, hasta que se decantó por el atletismo. Así, con 24 años, adquirirá la gloria olímpica en Suecia. Y apenas unas semanas después de su fastuoso recibimiento en Nueva York se casará con Iva Millar, su amor de juventud.

Todo marchaba sobre ruedas, pero al poco de comenzar 1913 una investigación periodística descubre que Thorpe había cobrado un sueldo por jugar una liga de verano con un club de béisbol. Por entonces los atletas que acudían a los JJ.OO debían de ser amateurs, con lo que estaba penalizado el cobro de cualquier cantidad económica por hacer deporte. En la práctica la gran mayoría de atletas cobraban, ya fuese falsificando su nombre o bien aceptando un trabajo como mera formalidad con el que poder justificar los ingresos percibidos bajo cuerda. Jim Thorpe, un hombre casi analfabeto, pecó de ignorante y ni supo ni quiso defenderse de tales acusaciones. El Comité Olímpico Internacional le retiró sus medallas y la prensa estadounidense tiro de racismo para enfangar su legado.

Tocado, pero no hundido, Jim decidió dedicarse profesionalmente al fútbol americano y aparcar sus sueños olímpicos. Jugó en los New York Giants donde acumuló honores y grandes sumas de dinero que malgastó en tres matrimonios y múltiples desgracias familiares. Como hombre era un despojo, pero el reconocimiento de sus colegas de profesión permanecía intacto. Sus dos medallas de oro permanecieron recluidas en una caja fuerte en la sede central del COI de Lausana porque Ferdinand Bie y Hugo Wieslander, los segundos clasificados en Estocolmo, se negaron a aceptar aquellas preseas ante el fuerte respeto que sentían hacía Jim Thorpe.

En sus últimos años en los Giants apenas jugará víctima de sus abusos con el alcohol y cuando en 1926 se retire lo hará con una gran cantidad de deudas a sus espaldas. Sin el salvavidas del deporte la vida de Jim se hundirá por completo. Hacía años que su vida personal estaba rota. Desde que su hijo mayor falleciese al poco de nacer, Jim se había convertido en un alcohólico empedernido. Se divorcia de su primera esposa que le acusará de abandono del hogar y se casará en segundas nupcias con una mujer que le dilapidará todo su dinero.

Los pocos ahorros que le quedaban se esfumarán por culpa del crack bursátil de 1929 y a partir de ahí Jim Thorpe tendrá que malvivir para sostener a tres mujeres (reincidirá y volverá a pasar por la vicaría) y a siete hijos. Trabajó como albañil, estibador, portero de discoteca, guardia de seguridad y hasta de indio en varias películas de Hollywood. Pero es inútil. Los trabajos duran poco y el dinero se esfuma día tras día tras la barra de un bar.

Olvidado por el gran público, en 1950 salta la noticia de su hospitalización por culpa de un cáncer. Se descubre que vive con su tercera mujer en una caravana, deambulando de un lado a otro de Estados Unidos y presumiendo de ser un jefe indio. Al año siguiente Burt Lancaster protagonizará ‘Jim Thorpe. All-American’, una película que arrasará en taquilla pero por la que Jim no percibe ningún dólar. En 1931 había sido engatusado por un directivo de la Metro para que le cediera los derechos de su vida para el cine, por lo que no obtuvo beneficio alguno del éxito de la película. Cuando se corre la voz de su desgracia comienza una campaña pública para su socorro y afloran las donaciones públicas para ayudar al bueno de Jim. Recauda el dinero necesario para la operación, tiene un golpe de suerte y logra tumbar al cáncer pero el calor del público se desvanece y Thorpe retoma sus costumbres ebrias. Rodeado de sus siete hijos y de su tercera esposa instala su caravana en California donde, entre golpe y golpe de whisky, fallecerá en 1953 víctima de un ataque cardiaco.

No sería hasta 1982 cuando el COI restituya el honor de Jim Thorpe y Juan Antonio Samaranch haga entrega a sus herederos de las dos medallas de oro que le fueron birladas. Años más tarde, en 1999, serían los Estados Unidos los que devolverían el honor a Thorpe y a los piel rojas al considerarlo el tercer mejor deportista de la historia del país, tan sólo por detrás de Babe Ruth y de Michael Jordan. Pocos se acordaban entonces que ya había sido elegido el mejor deportista americano del primer cuarto de siglo y en 1950 el mejor de la primera mitad de la centuria.

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La dignidad colectiva y el deportista dominante (¿Por qué gusta Rafa Nadal?)

Martin Lutero forma parte de una larga tradición cristiana que veía la libertad como un don de Dios que otorgaba a los seres humanos una dignidad y una identidad que los hacía diferentes del resto de las especies. Esa tradición fue continuada por Kant, quien la dotó de secularidad, y fue rematada por Nietzsche a finales del siglo XIX. El filósofo alemán dilucidó que el Dios cristiano existió como horizonte moral de la sociedad europea, pero, a diferencia de Lutero o de Kant, Nietzsche consideraba que los seres humanos no solo eran libres para aceptar la ley moral sino también para crearla. Para Nietzsche, Dios desaparece con la ruptura de la creencia y eso implica que hay un vacío moral que debe llenarse con valores alternativos.

Las ideas de Nietzsche no pueden ser comprendidas sin el surgimiento de la Revolución Francesa. Con sus idas y venidas, con sus revoluciones y sus contrarrevoluciones, a partir de 1789 el mundo occidental establece por primera vez dos tipos de dignidad con independencia de Dios.

La primera es la dignidad individual (primero de los hombres y mucho más tarde de las mujeres) que contempla que todos somos iguales y nacimos libres. Las instituciones deben preservar esa libertad natural entroncándola con la necesidad de una vida social común.

La segunda es la dignidad colectiva. El problema de la vida social es que si no estamos de acuerdo con una cultura común mínima no podemos cooperar entre nosotros y no consideraremos legítimas las instituciones que regulan y en cierto modo coartan nuestra libertad. De hecho, ni siquiera podríamos tener dignidad colectiva si no tuviésemos un idioma común que nos permitiese comunicarnos.

Para cubrir este segundo tipo de dignidad surgieron los nacionalismos. Y no lo hicieron sólo por eso. Según Nietzsche todos somos superhombres que buscamos redefinir nuestros valores. La realidad es que superhombres hay pocos. Los seres humanos suelen ser criaturas emocionales que necesitan ajustarse a una sociedad. La mayoría de la gente no se alegra por tener libertad. La mayoría de la gente se alegra por tener un horizonte moral estable y compartido.

¿A dónde pretendo llegar con esto si estoy hablando de deporte?

Si bien tanto la dignidad individual como la colectiva necesitan resortes externos, es ésta última la que no depende de uno mismo. El deporte, o más bien el deporte de élite, es una de las herramientas más valiosas que tiene el ser humano para alcanzar una dignidad colectiva plena. Los clubes, especialmente los de fútbol, reconocen la dignidad colectiva. Representan los ideales difuminados de la tribu, sea local, regional o nacional.

Pero no sólo un club puede representar la dignidad y la identidad colectiva. En ocasiones podemos recurrir a deportistas de disciplinas individuales. A deportistas dominantes. Generales modernos. Seres humanos reconocidos por su capacidad de liderazgo y persuasión, pero que a la vez destacan por su sociabilidad.

No siempre hay que recurrir a disciplinas individuales para descubrir a esa persona dominante. Pocos deportistas han influido tanto en la psique de una sociedad como Michael Jordan en la estadounidense. De hecho, cientos de personas podrían describir a Jordan con numerosos adjetivos calificativos a pesar no haber visto jamás un partido del alero neoyorkino. Jordan, como buen ser humano dominante, buscaba aliados y trataba de convencer a los demás inquiriendo argumentos. Cuando los argumentos fallaban, como buen líder, usaba el ejemplo para convencer y persuadir.

Jordan traspasó la frontera estadounidense y se convirtió en un icono global. En un triunfador. En un ejemplo. Dotó de dignidad colectiva a millones de seres humanos de todo Occidente que vieron en él la representación del sueño americano, del sueño capitalista. Del ‘es alguien como yo’ y del ‘ese podría haber sido yo’. Jordan es un caso único por su capacidad de traspasar fronteras.

Se dice que Jordan era arrogante. Pero no lo era. Los individuos dominantes, al contrario de lo que se suele creer, no son arrogantes. Suelen seguir y admirar a personas que toman buenas decisiones. Escuchan y aprenden. Y cuando aprenden superan lo que han hecho sus antecesores.

Conviene distinguir. Existe el individuo dominante arrogante que considera el liderazgo como algo propio y que minusvalora el trabajo de los demás. Pero el verdadero líder es el individuo dominante social que aprende, respeta y consigue el liderazgo por aclamación popular.

Ese es Rafael Nadal.

Rafael Nadal representa todos los valores que lo hacen ser querido y admirado por todos aquellos que jamás le han visto jugar. Como le hubiese ocurrido a Nietzsche, habrá a quien Nadal no le aporte valor moral alguno, pero para la masa, para aquellos que necesitan ver reforzada su dignidad y su identidad, Nadal lo es todo.

Nadal representa los valores morales y sociales universales. Se le llama gladiador, extraterrestre o superhéroe porque le asignamos capacidades sobrenaturales. Su poder no viene de sus triunfos extraordinarios. Su poder surge de sus caídas y de sus resurrecciones. Porque caer lo hace humano. Y levantarse lo hace sobrehumano. Mohammed Alí, Tiger Woods, Niki Lauda o Rafa Nadal estaban acabados y volvieron. Se levantaron y siguieron. Se convirtieron en ejemplo.

Son seres humanos modélicos en su comportamiento, pero con el toque irreverente que hace que, aun perteneciendo a la masa, se acerquen a los confines de la misma.

¿Por qué gusta Nadal? Porque gana. Sí, pero no. Gusta porque sufre. Porque juega con inteligencia, con cabeza. Porque se ha adaptado y ha superado las adversidades. Porque lo hemos visto como joven insolente, como dominante en aprendizaje, y ahora lo vemos como ser superior, como líder dominante. Gusta Nadal por el cómo y no por el qué. Gusta porque nos creemos su humildad. Porque creemos que sin raqueta y sin los bolsillos llenos sería uno de los nuestros. Uno de esos con los que llenaríamos nuestros valores. Gusta porque Nadal tiene rivales, pero nunca enemigos. Gusta porque es magnánimo y sincero. Gusta porque no se aferra a lo que tiene, porque es desapegado al triunfo. Gusta porque lo hemos visto perder y lo hemos visto lesionarse. Gusta porque no busca excusas. Gusta porque habla claro y directo y cuenta sus problemas con sinceridad y con dolor, como le ocurriría a cualquiera de nosotros.

Rafa Nadal es un ser humano dominante. Reconocemos en él una forma de satisfacer nuestra dignidad y nuestra identidad colectiva. Reconocemos en él una forma de nacionalismo.

Reconocemos en él una forma de cubrir nuestros valores, a pesar de que en opinión de Nietzsche éste tipo de valores sean frívolos y mundanos.

“El dominio de Rafa Nadal en Roland Garros atenta contra la base del deporte, el sentimiento fundamental por el que millones de personas de todo el mundo gastan (buena) parte de su tiempo en ver a personas hacer ejercicio; la emoción. Sin emoción, la duda sobre quien será el ganador no tiene sentido (…) Si yo fuera parisino o neoyorkino o tokiota, odiaría a Rafa Nadal. Y usted también, no mienta. Por fortuna, no lo somos”. Página de opinión del diario ‘El Mundo’ el día 10/06/2019, el día después de que Rafael Nadal ganase su 12º título de Roland Garros.

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Deportistas que se pasaron a la política

Domingo 28 de abril. Elecciones para Cortes Generales en la decimotercera legislatura. La llamada fiesta de la democracia. Más de 36 millones de españoles están llamados a las urnas. Entre ellos, por supuesto, los deportistas profesionales. Por lo general el común de los mortales supone que los deportistas no acuden a las urnas. Seguramente tengamos razón. Si es más común que alguno de ellos entre en el ruedo político una vez finalicen su carrera profesional. Independientemente de sus convicciones, su imagen, sus éxitos y su saber estar en público hacen que sean cortejados por partidos de distinta índole.

En las últimas décadas UNICEF se ha esforzado en reclutar a cientos de deportistas para sus campañas, desechando a aristócratas u a estrellas de Hollywood como ocurría en el pasado. El deporte ofrece héroes a los que admirar y modelos de conducta que inspiran a los niños a buscar el éxito.

Trazando un arco parlamentario de derecha a izquierda encontramos varios ejemplos a lo largo y ancho del panorama político español.

El Partido Popular (PP) ha calado mayoritariamente en el atletismo. El campeón mundial de maratón Abel Antón fue concejal de deportes del Ayuntamiento de Soria y desde 2011 ocupa un puesto de senador por dicha provincia. El mismo cargo, pero por la provincia de Palencia, ostenta Marta Domínguez, cuyos éxitos en el medio fondo están salpicados por sanciones a causa del dopaje. Breve fue la experiencia del lanzador de peso Manolo Martínez que apenas estuvo unos meses en el Ayuntamiento de León, también defendiendo las siglas del PP.

Aún más breve fue la candidatura de la saltadora Ruth Beitia como cabeza de lista del PP por Cantabria. Campeona olímpica, Beitia era militante del PP desde 2011 pero ha dado un paso atrás y ya no ocupa la primera línea de fuego. Temporal también fue el movimiento de la saltadora de longitud Niurka Montalvo en la Dirección General de Deportes de la Comunidad Valenciana en la época de Francisco Camps en la presidencia del PP.

Como miembro del Parlamento Europeo, es necesario destacar la legislatura (1999-2004) de la doble medallista olímpica en vela Theresa Zabell también defendiendo las siglas populares. Otra mujer con éxito en los Juegos Olímpicos fue la judoka Miriam Blasco, senadora por el PP en varias legislaturas, en su caso por Valladolid. Más modesta fue la trayectoria de Miguel Reina, exportero del Atlético de Madrid y padre del también portero Pepe Reina que fue concejal ‘pepero’ en el Ayuntamiento de Córdoba.

En el llamado centro o centro derecha, podemos integrar a Javier Imbroda. Desde diciembre del año pasado ocupa su escaño en el Parlamento de Andalucía bajo las siglas de Ciudadanos. El melillense entrenó durante más de una década al Unicaja de Málaga, a lo que hay que añadir un breve paso por el Real Madrid y por la selección española de baloncesto. También de centro derecha es la UPN (Unión del Pueblo Navarro) la marca blanca del PP en Navarra. Prudencio Induráin, el hermanísimo, ocupa su escaño en el parlamento navarro desde 2011.

Como ¿independiente? podríamos catalogar la trayectoria política de Tomás Reñones. Histórico lateral derecho del Atlético de Madrid entre los 80 y los 90, formó parte del Ayuntamiento de Marbella bajo las siglas del GIL (Grupo Independiente Liberal) el partido creado por el ex presidente del Atlético Jesús Gil y Gil. Tras las acciones judiciales que llevaron a este último a la cárcel, Tomás ocupó interinamente el cargo de alcalde.

En la otra pata tradicional de la política española encontramos al Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Empezando por lo que va a suceder en las próximas elecciones municipales, el PSOE ha presentado como candidato a la alcaldía de Madrid a Pepu Hernández, afamado entrenador de baloncesto recordado por ser el hombre que dirigía a la selección española cuando ganó su primer y único Mundial en 2006. Otro de los recientes fichajes de Pedro Sánchez es la esquiadora María José Rienda, que desde el año 2018 es la secretaria de Estado para el Deporte.

En la pista de atletismo destaca la presencia del oro olímpico de 1500 metros y recordman europeo Fermín Cacho. El soriano fue concejal de deportes en el Ayuntamiento de Andújar bajo las siglas del PSOE. También concejal, en su caso por Ciudad Real, fue José Javier Hombrados, histórico portero de la selección española de balonmano.

Curioso fue el enfrentamiento entre el maratoniano García Bragado y el gimnasta Gervasio Deferr. El primero fue el candidato a la alcaldía de San Adrián de Besós en 2011 bajo las siglas del PP. El segundo formó parte de la candidatura del PSOE en la misma ciudad catalana. Bragado perdió las elecciones pero llegó a ocupar un escaño del Parlamento de Cataluña. Por su parte, el PSOE de Deferr ganó las elecciones pero él únicamente había accedido al juego político de forma simbólica.

En Cataluña, precisamente, tenemos un par de ejemplos a ambos lados del espectro político. En la extrema izquierda o la izquierda antisistema podemos colocar a Oleguer Presas, campeón de Europa con el FC Barcelona y afiliado a la CUP desde el año 2015. Por su parte, Albert Jorquera (portero suplente de aquel equipo) fue concejal del Ayuntamiento de Gerona por los conservadores de CIU cuando presidía la localidad gerundense Carles Puigdemont.

Si ampliamos el foco a otros países es recomendable hacerlo a Sudamérica. En Brasil la legendaria dupla de delanteros victoriosa en el Mundial de 1994 ha revivido sus éxitos en la política. Defendiendo las siglas del Partido Socialista Brasileiro (PSB) Romario fue designado diputado en 2010. Cuatro años más tarde fue investido senador por Río de Janeiro con la mayor cantidad de votos lograda por un político carioca en toda la historia. En 2018 dejó al PSB para liderar un nuevo partido denominado Podemos (no confundir con el español) catalogado de centro y obtuvo el 8% de los votos en su intento de ser elegido Presidente de Brasil. A esa nueva etapa política se sumó su excompañero Bebeto. El que fuera delantero del RC Deportivo fue elegido diputado por el centroizquierda PT (Partido dos Trabalhadores) de Lula da Silva. Sin embargo, en 2017 aceptó la llamada de Romario y se unió al nuevo partido de centro obteniendo también un escaño.

Y, como no, el rey Pelé llegó a lo más alto. Aunque nunca tuvo carnet de partido, Pelé aceptó la llamada de los socialistas y fue ministro de Deportes de Brasil entre 1994 y 1998. Bajo su mandato se promulgó la llamada ‘Ley Pelé’ que obligaba a los clubes profesionales a presentar balances y cuentas y la liberación del futbolista si se producía algún retraso a la hora de cobrar su sueldo.

En Argentina destacan Agustín Calleri, un clásico del circuito tenístico a principios de este siglo y que hoy en día es Gobernador de Córdoba. Por su parte el futbolista Roberto Perfumo fue secretario de Estado para el Deporte y Antonio Rattin, leyenda de Boca Juniors en los 60 y 70, sigue hoy en día formando parte de PAUFE, un partido minoritario de centroderecha.

A nivel mundial hay un ramillete de deportistas que han logrado como políticos gran notoriedad. El ajedrecista Gari Kasparov entró a formar parte del Partido Comunista en 1986. Una vez cayó el régimen comunista se mostró un claro activista a favor de la democracia en Rusia y en 2008 llegó a disputarle la presidencia del país a Vladimir Putin con escaso éxito. Por su parte, el campeón del mundo de boxeo Manny Paquiao es militante del Partido Liberal (centro izquierda). Es senador desde 2016 y ya ha manifestado su deseo de presentarse al cargo de Presidente de Filipinas en las próximas elecciones generales.

La leyenda del AC Milan y Balón de Oro de 1969 Gianni Rivera entró en política en 1986 bajo las siglas de la DC (Democracia Cristiana) y llegó a ser secretario de Defensa a finales de los 90 con el mandato de Romano Prodi. Bicampeón de Europa con el AC Milan también fue el georgiano Kakha Kaladze, aunque, en su caso, a inicios del siglo XXI. A diferencia de Rivera sus postulados políticos son progresistas, pero sus éxitos son parejos. Llegó a ser vicepresidente del Gobierno y desde 2017 es alcalde de Tiflis, capital de Georgia.

Por último, George Weah. El primer futbolista africano que ganó el Balón de Oro fundó el partido conservador CDC (Congreso para el Cambio Democrático) de Liberia en 2005. El delantero liberiano empezó realizando obras humanitarias por buena parte del país y fue creciendo desde la nada hasta que en 2017 fue elegido presidente de su país con más del 60% de los votos.

https://www.youtube.com/watch?v=LJOcWNECNFk

P.D: Nos queda la figura de mi favorito, Bill Bradley. El hombre perfecto. Pero eso merece capítulo aparte.

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Fútbol postnacional

Hace apenas dos siglos las relaciones culturales entre individuos se adscribían al ámbito local. Realmente se podría reducir este periodo hasta hace apenas 70 años, porque si bien es cierto que la revolución de los transportes benefició el movimiento en la sociedad urbana y capitalista occidental, la inmensa mayoría del orbe (incluida la población campesina y obrera de Europa) seguía relacionándose con sus vecinos y con villas limítrofes. La vida de un ser humano tipo transcurría en el mismo sitio en el que nacía.

Pero fue a inicios del siglo XIX cuando el asentamiento del Estado-nación desarrolló una organización política basada en la centralización administrativa, fiscal y ejecutiva, fomentando el beneficio del ciudadano y, a su vez, promoviendo la concienciación del mismo con el Estado a través de la educación de masas. El despliegue del sistema posibilitó la difusión de una identidad y cultura nacionales.

Junto a otros deportes, el surgimiento del fútbol fue contemporáneo al asentamiento del Estado-nación. El fútbol, primero entre aldeas, barrios o villas, y después entre ciudades y naciones, sirvió, y sirve, para exponer las propias identidades y las supuestas fortalezas en una especie de lucha imaginaria.

No es casualidad que, a pesar de surgir en las élites universitarias de Inglaterra, el fútbol se convirtiera en fenómeno de masas mundial al ser engullido por los inmigrantes y las clases bajas de las ciudades. Muchos desarraigados de los suburbios vieron en el fútbol la mejor forma de encaje y pertenencia a una sociedad por el simple hecho de defender una camiseta y un escudo. El fútbol contribuyó a dar un nuevo equilibrio a las sociedades industriales y postindustriales.

Así pues, el fútbol (y con menor o mayor rapidez todos los deportes) se organizó a imagen y semejanza del Estado-nación para más tarde aglutinarse en una federación internacional (FIFA y similares). Tras la II Guerra Mundial, el deporte se convirtió definitivamente en un espectáculo de masas donde se enfrentaban personas y equipos que simbolizaban los Estados-nación.

Para llevar a cabo esta simbiosis, los Estado-nación hicieron uso de los medios de comunicación. La radio y la televisión (especialmente esta última) se convirtieron en básicos para trasladar los éxitos nacionales a los ciudadanos. Los medios se encargaron de mitificar a los deportistas a través de un discurso épico en el que a menudo se utilizaban adjetivos y comparaciones frecuentes con los hechos gloriosos de la nación y en el que el lenguaje bélico formaba parte de la rutina diaria.

De este modo, y con el paso de tiempo, cada Estado-nación contó con su ‘deporte nacional’ y se desarrollaron ‘estilos nacionales de juego’ influenciados por la tradición y la cultura de cada nación. Los encuentros de las selecciones nacionales y sus victorias pasaron a formar parte de los acontecimientos fundamentales en la historia del país.

Sin embargo, en las últimas dos décadas el Estado-nación afronta un proceso de pérdida de autoridad debido a la fuerza de la globalización. Detrás de estos cambios (que para muchos historiadores datan de tan temprana fecha como 1973) están las corrientes xenófobas, los aranceles comerciales, el Brexit y tantos otros problemas actuales. ‘Grosso modo’ vivimos en una era donde entes internacionales dictaminan las normas sociales y los procesos económicos. El acuerdo entre el Estado-nación y el ciudadano basado en que el primero otorga al segundo seguridad y bienestar a cambio de compromiso y lealtad, ha saltado por los aires.

Todos los Estados de Europa, sin excepción aunque en mayor o menor medida, experimentaron un proceso de descentralización administrativa aunque manteniendo la estructura clásica de un Estado-nación. La legitimidad del Estado-nación ya no se fundamenta en las armas, y, en ocasiones, ni en los sentimientos. Pero el Estado se mantendrá en pie mientras sea el que abone las pensiones, conceda los subsidios de desempleo, ofrezca seguridad y mantenga el monopolio sobre la educación y la sanidad de sus ciudadanos. Si una entidad supranacional (UE) o una infranacional (regiones autónomas) adquiere parte o la totalidad de esas competencias, el Estado-nación perderá su legitimidad.

Las actividades económicas, sociales y políticas desbordan las fronteras nacionales y desafían la idea de que los contornos de la sociedad coinciden con las fronteras del Estado-nación.

Todo ello ha repercutido, como no podía ser de otra forma, en el fútbol. Y lo ha hecho de manera extraordinaria. El crecimiento y desarrollo del fútbol ha puesto de manifiesto su supremacía sobre cualquier otro deporte. Se estima que el 5% de la población mundial tiene un trabajo relacionado directa o indirectamente con el fútbol. La FIFA duplica sus beneficios prácticamente cada año y cuenta con más afiliados que miembros tiene la ONU.

Paradójicamente, a pesar de que el poder de los Estado-nación es decreciente, el ciudadano se muestra indiferente ante las cuestiones supranacionales. De alguna manera parece que la Unión Europea no es un asunto de los ciudadanos, que siguen viendo en las elecciones nacionales o regionales la forma de influir en los asuntos que le preocupan. Es en Bruselas donde se decide el tamaño de los melocotones, el color de la madera o los impuestos al transporte, pero nos sigue pareciendo que el poder real emana del Estado-nación.

Tan sólo con el fútbol comprendemos la magnitud de la globalización. Tan sólo el fútbol consigue unir a los europeos.

¿Qué implica esto para la sociedad? Mucho.

Los clubes de fútbol (en función de sus posibilidades) se han dotado de estructuras empresariales quebrando una tradición asociacionista que durante un siglo fue la base del sentimiento de pertenencia a los mismos. Estos cambios coincidieron en el tiempo con un flujo cada vez mayor de emigrantes hacia Europa. Entre ellos hay miles de niños africanos, latinoamericanos o asiáticos que se convertirán en futuros futbolistas con educación europea. Además, la libre movilidad de fronteras en Europa ha permitido un flujo constante de deportistas entre los antiguamente aislados países del norte y del sur europeo.

Está evaporación del Estado-nación ha provocado que, el ‘estilo italiano’ o el ‘estilo inglés’ de juego tenga cada vez menos sentido. Las ligas nacionales cuentan con tantos jugadores foráneos como patrios. Las selecciones nacionales se han convertido en una amalgama de hijos de inmigrantes y jugadores nacionales, fruto de la realidad multicultural de la Europa del siglo XXI (con la excepción de Polonia).

Es por ello que cada vez resulta más difícil hablar de ‘fútbol nacional’ si con ello entendemos un patrón de juego. Evidentemente queda la historia social y cultural, así como la tradición, pero la atracción de la globalización es tan grande que competiciones como la Liga de Campeones están sustituyendo a las ligas nacionales en el gusto de los niños, los cuales luchan entre la querencia por el equipo de su tierra y su admiración por un gran campeón de una nación extranjera.

Es el momento del ‘fútbol postnacional’.

En esa lucha de ideas entre la globalización y lo local se entronca la decisión (de momento frustrada) de llevar un partido de la Liga española a Estados Unidos. Para la gente de Girona que el FC Barcelona vaya a su estadio es un acontecimiento que conjuga orgullo y honor. Para la gente de Girona, que su club y su camiseta de rayas rojas y blancas sea la elegida para viajar a Miami conjuga orgullo y honor. Es una lucha entre pasado y presente. Entre tradición e innovación. Entre conservadurismo y progresismo. La globalización no tiene nada de romántica.

La tan manida frase de que el fútbol traspasa fronteras nunca ha sido tan cierta como en la actualidad. Practica barata y adaptable a cualquier tipo de físico, hoy es el medio más fácil para que millones de jóvenes desarraigados hijos de la clase modesta puedan alcanzar la prosperidad. Pero a pesar de la individualidad creciente del éxito deportivo y su similitud con otras artes del capitalismo, el futbolista sigue formando parte de un equipo, y ese equipo es símbolo de una comunidad. Ese futbolista jugará en una selección nacional y se le rendirán homenajes como héroe del Estado-nación.

El Estado-nación es, en definitiva, un modo de vivir. En palabras del historiador Tony Judt es ‘el modelo social europeo’ que se basa en una simbiosis entre capitalismo y socialismo, entre libertad y orden, y entre tradición y modernidad. Romper con esa forma de vivir tan europea está acarreando graves consecuencias.

Y por todo eso, un estadounidense ve con normalidad que un partido de la NBA se juegue en Londres y un europeo ve con preocupación que un partido de la Liga española se dispute en Miami.

“Mientras los franceses tienen derecho a 25 días de vacaciones pagadas y los suecos a 30, los estadounidenses (y dependiendo de dónde vivieran) tenían que conformarse con unas vacaciones pagadas inferiores a la mitad de las citadas. Los europeos habían elegido deliberadamente trabajar menos, ganar menos y vivir mejor. A cambio de pagar unos impuestos especialmente elevados, los europeos tenían asistencia sanitaria gratuita o prácticamente gratuita, una pronta jubilación y una prodigiosa gama de servicios sociales y públicos (…) Sus vidas eran más seguras y más largas (…) el modelo social europeo como forma de vida era caro pero los ciudadanos estaban dispuestos (…) aunque muchas naciones seguían presumiendo del hockey sobre hielo en la República Checa, el baloncesto en Lituania y la ex Yugoslavia, el ciclismo en Francia o los toros (sic) en España (…) desde el punto de vista del entretenimiento, lo que realmente une a Europa es el fútbol (…) y a diferencia de Estados Unidos el fútbol no es el símbolo de una empresa y está al alcance de cualquier hombre y de cualquier mujer. En resumen, el fútbol es un deporte muy europeo.” Tony Judt.

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El regalo de Reyes de Pierre

Pierre pasaba con creces de los 70 pero aquella noche se sentía como un niño con zapatos nuevos. Aquel desconocido de brillante traje blanco, aquel guía con alas, le había cogido con ternura del brazo y le estaba ayudando a sentarse en un cómodo y mullido sofá de terciopelo. Delante de él, una nevada pared con la única salvedad de una enorme pantalla que se asemejaba a aquellos cines de su juventud. Pero aquello no era una sala de cine, más bien parecía el vasto salón de una casa. Pierre llevaba más de 80 años en el otro mundo, pero le habían dicho que por una vez, y como regalo de Reyes, iba a recobrar el cuerpo de anciano con el que había dejado este mundo e iba a presenciar en lo que se había convertido su legado.

Era un favor especial que el más allá le iba a conceder por todo el bien que había legado a la humanidad.

El guía dispuso todo en perfecto orden para que se acomodase y que disfrutase. El show iba a comenzar. Pierre se alisó el cabello, jugueteó con su canoso bigote y abrió los ojos con sumo interés.

La película comenzó con lentitud enlazando imágenes inconexas del joven Pierre. Se vio a sí mismo a los pies de la Torre Eiffel, en la Exposición Universal de 1889, convenciendo al gobierno de Francia a introducir el deporte en los programas de estudio. Vio fotos de sí mismo cogiendo barco tras barco y tren tras tren, recorriendo parte de Estados Unidos y media Europa, convenciendo a crédulos e incrédulos de los beneficios del deporte y de cómo su poder podía convertir las guerras y los conflictos en paz y solidaridad entre pueblos. Y así, tras varios minutos de recuerdos y dulces sonrisas, la proyección se paró en el 26 de junio de 1894. La Universidad de la Sorbona de París lucía esplendida el día que se decide instaurar los Juegos Olímpicos.

Las imágenes viajaron con prontitud al 6 de abril de 1896 para ver aquel inaudito gentío de más de 80.000 personas que se reunieron en el estadio Panathinaikó de Atenas. Tenía lugar un milagro de la modernidad. Al viejo Pierre de Coubertin se le saltaron las lágrimas cuando se reconoció a si mismo pronunciar unas palabras que para siempre iban a estar ligadas a su recuerdo: “Lo importante no es vencer, sino participar”.

La película rodaba seguidamente por todo el orbe. De Atenas a París, pasando por Londres, Estocolmo, Amberes, Ámsterdam o Los Ángeles. El guía, hábilmente, no incluyó imágenes de Saint Louis, donde en 1904 una catastrófica programación estuvo a punto de enterrar los Juegos para siempre. Pierre agradeció con una sincera sonrisa que el guía también obviase los parones en el desarrollo de su obra por culpa de la maldita guerra. Suspiró profundamente cuando recordó el empeño que había puesto en convertir los Juegos en una garantía de paz y advirtió en la pantalla el megalómano desfile que los nazis habían hecho para los Juegos de Berlín. Él mismo, ya frágil y anciano, a escasos meses de su muerte, había dado las gracias a Hitler por aquellos majestuosos Juegos, los más grandes hasta entonces. Maldita mancha. Maldito error.

Todas aquellas escenas, rodadas en blanco y negro, habían sido vividas por Pierre. Poco a poco la pantalla fue apagándose y el guía encendió una magnifica lámpara de estilo rococó que recorría la estancia. Pierre dio las gracias de todo corazón al guía por los gratos recuerdos y señaló que estaba preparado para volver al sueño eterno.

Estaba ya a punto de levantarse del sofá cuando el desconocido de impoluto traje blanco, con un rápido ademán, le dijo que se agarrase nuevamente a su brazo, que el día no había terminado.

Enganchados del brazo, aquellos dos seres recorrieron la estancia y por una pequeña puerta al fondo del salón accedieron a una especie de cuarto oscuro. Viendo que Pierre se asustaba, el guía, con un cálido gesto, se apiadó del anciano y con una franca sonrisa le dijo que no se preocupase por nada.

De pronto, se hizo la luz, y Pierre y su guía estaban sentados en un impresionante estadio olímpico, de una elegancia asombrosa. Pierre no entendía nada. Era un estadio, sí, pero no comprendía de qué material estaba hecho. Era colosal, pero todo daba sensación de ligereza, de caerse en cualquier momento. No veía columnas, tan sólo soportes similares al vidrio y unas estructuras que parecían más frágiles que las cuerdas que amarran a un pequeño navío. El guía procedió entonces a encender los focos y Pierre pegó un salto hacia atrás. El corazón palpitaba con fuerza. Jamás había visto tal cantidad y potencia de luz, ni siquiera en los Campos Elíseos de su querida París. Una vez calmado empezó a escrutar el estadio de arriba a abajo. Había pantallas por todos los lados y una gran cantidad de relojes. O algo parecido a relojes, pero sin agujas. Había también pequeñas pantallas de cine, y ante sus dudas el guía le explicó que eran estudios de televisión. Pierre, profundamente sorprendido, le preguntó si la gente tenía eso en sus casas, a lo que el guía le dijo que se relajase y disfrutase, que todo era muy complicado para su mente. Tan sólo le dijo que el gentío que ahora iba a los estadios lo hacía para disfrutar del ambiente y de la solemnidad de la competición, pero el que únicamente quiere ver las pruebas deportivas lo puede hacer donde quiera y cuando quiera con un pequeño aparato. Sacó del bolsillo derecho de su impoluto traje un smartphone y el anciano cogió el móvil con curiosidad. El guía también le dijo que con ese utensilio se podían sacar fotos y vídeos y comunicarse al instante con cualquier lugar del planeta. Pierre suspiró y recordó sus largos viajes en barco y sus interminables cartas a la luz de las velas.

Dominado por las emociones, Pierre logró preguntar dónde estaba. El guía le dijo con firmeza que estaba en el año 2020, en el estadio olímpico de Tokio. ¿2020? ¿Tokio? ¿Los Juegos han llegado a Asia? Preguntó Pierre y pidió bajar al centro del estadio. El guía le agarró por el brazo izquierdo mientras Coubertin sostenía un bastón con el derecho. Una vez pisó aquella extraña superficie el guía le dijo que era tartán y que gracias a ella los atletas hacen marcas extraordinarias y que no hay riesgo de que sufran una fractura si se caen al suelo.

Pierre balbuceó y pidió una silla para sentarse. El guía se la dio y le explicó que todo lo que veía era obra suya. Pierre volvió a recorrer su bigote de derecha a izquierda como siempre hacía y negaba con la cabeza. El guía le volvió a dedicar un amplía sonrisa y le indicó que le acompañara al palco, que aún tenía que ver algo más. Pierre torció el gesto pensando en todas las escaleras que tenía que subir, pero el guía se acercó con un pequeño vehículo y lo aproximó hasta un coqueto ascensor que lo llevó a las puertas del palco de autoridades.

Ambos se sentaron en el palco y entonces el guía le requirió a Pierre que cerrase los ojos. Le pidió que confiara en él y que se dejara llevar. Que no se asustase y que todo lo que iba a ver era real, por increíble que le pareciese. El anciano dijo que sí, aunque en su fuero interno no estaba muy convencido. Pasado unos segundos, un fuerte griterío asoló el estadio y Pierre abrió los ojos.

A punto estuvo de morir una segunda vez por culpa de un infarto.

Tras el griterío distinguió una nube de flashes y un pistoletazo que daba salida a una carrera que había acabado antes incluso de parpadear. Sin espacio material ni lógica alguna, tan sólo distinguió a un grupo de hombres negros corriendo y discernió que el que acababa de ganar era un tal Usain Bolt de Jamaica, un país que debía ser inventado. 9’59’’. Aquello no podía ser real.

Todo cambió de nuevo, y de repente percibió a Coe luchar codo con codo con Ovett en Moscú. Vio también a Bikila vencer descalzo el maratón de Roma. Y a Michael Johnson ganar carrera tras carrera danzando como un pato mareado. Vio también a Bob Beamon saltar lo imposible y a Fosbury ganar el salto de altura brincando de espaldas como si fuese un rana. Vio a Isinbayeva bailar con la pértiga con una facilidad que despertaría la envidia de los hombres de su tiempo. Y es que vio mujeres. Muchas mujeres. Deportistas, periodistas y aficionadas. Y las vio solas, sin padres y sin maridos. Y vio países, muchos países desconocidos. Y los vio a todos mezclados. A hombres y a mujeres. A negros y a blancos. A creyentes de todo el mundo. Advirtió los Juegos que él quería. Unos Juegos universales, desde Canadá a Nueva Zelanda, desde Sudáfrica a Corea. No entendía, y de hecho, en su mente decimonónica no alcanzaba a comprender tal mezcla de razas y sexos, pero observaba que la gente reía y se divertía.

Y se sintió en paz.

Pero lo que de verdad le impactaba eran las marcas. Todo ocurría a una velocidad que parecía propia del demonio. Vio luego a Bekele arrasar carrera tras carrera y años antes a Laase Viren tropezar, levantarse y recuperar el resuello para ganar a sus rivales. Contempló a Edwin Moses correr y saltar unas vallas como si fuese una gacela. Todo era una ofensiva de estímulos abrumadora.

Fue entonces cuando el guía, que disfrutaba con cada gesto inconsciente de Pierre, le mandó volver a cerrar los ojos. Coubertin, que aunque incrédulo estaba saboreando cada palada de aquel gran regalo, lo hizo sin dudar y cuando los abrió, sucedió lo inimaginable.

El estadio olímpico se convirtió en un gran palacio y vio a una niña llamada Comaneci volar de anilla a anilla y de aro a aro. El palacio de pronto se transformó en una impresionante piscina y distinguió a Spitz ganar medalla tras medalla con un frondoso bigote. Pensó en lo increíble de sus marcas, hasta que vio nadar a un pez con piernas, un tal Michael Phelps. Y vio al joven Mohammed Alí atizar derechazos en un cuadrilátero, y a Greg Louganis saltar al vacío desde un trampolín. Vio a Steffi Graf pegar raquetazos con elegancia y violencia. Vio a Messi hacer diabluras con un balón de fútbol en Pekín, y vio como Estados Unidos no ganaba la medalla de oro en baloncesto en unos Juegos Olímpicos. Y cuando creyó haberlo visto todo, vio a Estados Unidos ganar una medalla de oro en baloncesto cuatro años más tarde en Barcelona con un equipo al que todos llamaban ‘Dream Team’.

Distinguió entonces deportes que no conocía mientras el guía le explicaba los pormenores de su funcionamiento. Natación sincronizada, bádminton, taekwondo, voleibol, tenis de mesa o triatlón entraban en escena ante la incredulidad de Pierre.

La función tocaba a su fin. Poco a poco el guía fue apagando las luces del estadio, y, una vez apagada la última, le dijo a Pierre que el día había terminado. Pierre, un hombre decimonónico, un hombre que no sabía lo que era llorar, estalló en un mar de lágrimas.

Conmovido, el ángel apretó con fuerza la mano del barón Pierre Fredy de Coubertin y de repente, tras un fulgurante estallido, Pierre perdió años de vida y se convirtió en un enjuto niño de mirada inocente y brillante.

El ángel se colocó la chaqueta de su impoluto traje blanco y subió al pequeño Pierre a sus hombros. Le agarró con ternura de los pelos y le dijo con una amplia sonrisa que tenían que volver al mundo de las ánimas, mientras le preguntaba si le había gustado su regalo de Reyes Magos.

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Expresiones del lenguaje deportivo

Hay gente, mucha gente, que considera el deporte una tontería, algo banal, ‘pan y circo’. Son tan obtusos que son incapaces de ver que detrás del deporte hay una serie de ramificaciones que conforman esta expresión cultural como una evolución del desarrollo del ser humano. Esta misma gente suele tener cierto repelús a la hora de unir deporte con literatura y lenguaje académico, o, algo aún más prosaico, a la hora de usar el lenguaje deportivo como forma de lenguaje cotidiano. Estoy seguro que esa gente ignora que en el siglo V a.C. un ateniense llamado Arístocles puso las semillas de la filosofía, de la política, de la psicología o de la ética a través de sus libros escritos en forma de diálogo. Ese erudito ha pasado a la historia con el nombre de ‘Platón’, apodo que le pusieron sus amigos en la adolescencia porque era un gran atleta con una formidable espalda tan firme y tan ancha que parecía un plato. Siempre me ha resultado interesante que uno de los mayores genios de la humanidad sea conocido para la eternidad con su apodo deportivo.

Con la excepción del siempre presente fútbol, seguramente el deporte que más expresiones ha dado al habla cotidiana ha sido el hoy denostado boxeo. Podemos empezar con la clásica ‘tirar la toalla’, tan habitual para constatar que nos rendimos o que no nos esforzamos más y que tiene su origen en el gesto que los preparadores indican al árbitro para dar por finalizado un combate. Esto suele ocurrir cuando el boxeador está ‘grogui’, es decir, cuando se tambalea por el ring, expresión que hoy usamos para indicar un mareo fortuito muchas veces por culpa del alcohol. La palabra ‘grog’ hace referencia a un combinado cuya base es el ron, bebida de alta graduación que era muy habitual en el ejército británico. Se dice que los soldados consumían altas cantidades de esta bebida para entrar en combate y así quitarse el miedo antes de la batalla, en definitiva, entrar en combate ‘groguis’. Cuando un boxeador está ‘grogui’ o a punto de acabar en K.O. suele ‘estar contra las cuerdas’, arrinconado en una esquina del cuadrilátero. Dicha expresión la usamos cotidianamente cuando estás a punto de claudicar en cualquier ámbito de la vida. Pero, sin en el último momento consigues librarte de tan mal final es que te has `salvado por la campana´, dicho que hace referencia al fin del asalto, cuando el boxeador que va perdiendo tiene un minuto de descanso para recuperarse.

Otro clásico del argot pugilístico es recibir `un golpe bajo´, en referencia a golpear al rival en la entrepierna y hoy usado metafóricamente cuando somos sometidos a una traición en cualquier ámbito de la vida personal o profesional. Normalmente un `peso pesado´ no da `golpes bajos´ porque es un púgil de alto nivel, una persona de la máxima categoría, mientras que un ´sparring´ necesita de esas pequeñas triquiñuelas para obtener la victoria, lo cual tampoco está tan mal, porque un `sparring´ es aquel que en sentido figurado nos pone a prueba o que nos sirve para prepararnos ante algún acontecimiento más complicado.

Pero para deporte `grande, grande donde los haya´ como diría el bueno de José María García, no cabe duda de que ese es el fútbol. La regla más definitoria del llamado `deporte rey´ es el fuera de juego, y `quedarse en fuera de juego´ es algo habitual en nuestras relaciones cotidianas, especialmente en las de pareja. Los delanteros son los futbolistas que suelen caer más en fuera de juego y lo harán continuamente a lo largo de su carrera hasta que `cuelguen las botas´, algo que todos hacemos en algún momento de nuestra vida al llegar a la jubilación. `Colgar las botas´ o `colgar los guantes´ (volvemos otra vez al boxeo) es una expresión ciertamente prohibitiva en Centroamérica donde el significado es doble; dejar una actividad pero a través del fallecimiento.

La salsa del fútbol es `meter goles´ que es algo que todos hacemos cuando engatusamos a alguien y conseguimos lo que queremos, pero también podemos `echar balones fuera´ y agazaparnos para no entrar en una discusión y `lavarnos las manos como Poncio Pilato´. Cuando hay una falta peligrosa el portero se afana en `poner la barrera´ algo que los adolescentes enamorados deben realizar si no quieren evitar sustos a los 9 meses de colocar en funcionamiento sus hormonas.

Hay una expresión futbolera que es `100 x 100 made in Spain´. `Tener más moral que el Alcoyano´, que es algo así como rezarle a Santa Rita la `patrona de los imposibles´. Al parecer, en un encuentro en el que el CD Alcoyano iba perdiendo 13-0 los jugadores protestaron al árbitro por no dar varios minutos de descuento al término de la segunda parte. Según ellos esto impidió la remontada del equipo alicantino. Eso es lo que cuenta la leyenda. La realidad explica que a caballo entre los años 40 y los años 50, el CD Alcoyano era un `equipo ascensor´ que deambulaba entre Primera y Segunda División por lo que año tras año sus seguidores se cargaban de moral aún a sabiendas de que la vuelta a la máxima categoría iba a ser efímera.

Otra frase muy recurrente en el balompié es la de `ganar sin bajarse del autobús´, muy usada en los mítines políticos de los 70 y los 80 para referirse a la superioridad manifiesta entre el favorito y el aspirante. Este tipo de bravuconadas también se da entre jugadores. No obstante, cuando el entrenador utiliza su `mano de hierro´ para imponerse ante algún futbolista díscolo este inmediatamente pasa a `chupar banquillo´, expresión que era muy usada entre los adolescentes (sustituida por la de `pagafantas´ más recientemente), y que tiene su origen en la barra de metal que estaba colocada en muchos vestuarios (a semejanza de los asientos de las montañas rusas y otras atracciones) y que el jugador acababa chupando por aburrimiento.

La trilogía tradicional del deporte en España se completa con el ciclismo, otra disciplina llena de expresiones y frases hechas usadas en el día a día. Sin embargo, las dos expresiones más conocidas del mundo de las dos ruedas no tienen origen ciclista. La expresión `farolillo rojo´, que utilizamos para referirnos a aquel que va último en una carrera es originaria del mundo del ferrocarril, ya que originalmente el último vagón de un convoy llevaba una luz colorada para indicar el fin del vehículo a los transeúntes. Del mismo modo, cuando usamos la palabra `pelotón´ para indicar un grupo numeroso de personas inmediatamente pensamos en el Tour de Francia, cuando en origen es un vocablo de corte militar.

Siempre que discutimos con alguien y a pesar de las evidencias es incapaz de cambiar de parecer, decimos que es una persona `de piñón fijo´, como las primeras bicicletas de carrera o las de paseo que usamos de pequeños. Con ese tipo de bicis es más difícil `esprintar´ un verbo común en la actualidad y que implica un esfuerzo final y a última hora. En el ciclismo las victorias al sprint se consiguen después de jornadas `maratonianas´, que hacen referencia a la prueba atlética más larga y más fatigosa con sus más de 42 kilómetros de longitud.

En el mundo de la raqueta, si bien es cierto que en Francia la palabra ´deuce´ se utiliza como empate aunque realmente no quiere decir eso (la palabra francesa para empate es ‘egalité’), en el castellano lo más curioso es como la palabra tenis ha pasado a designar un tipo de zapato deportivo, dado que en el siglo XIX los únicos que llevaban tenis eran los jugadores de tenis, valga la redundancia.

Del norteamericano deporte del baloncesto hemos absorbido la expresión `tiempo muerto´, útil para hacer un `kit-kat´ en medio de una discusión o de un esfuerzo. Cuando la discusión no acaba como deseamos puede que nos `pillemos un rebote´ que hace referencia al acto, muchas veces desagradable porque implica dar codazos o manotazos, de recoger el balón cuando sale expulsado del aro.

El juego del ajedrez (deporte para muchos) tiene su origen en la Edad Media, momento en el que las lenguas romances adquieren forma propia para más adelante establecer reglas de uso y escritura a través de la gramática. Es por ello que el ajedrez, desde hace varios siglos, forma parte de la lengua de muchos países, y por supuesto del castellano, idioma en el que trazamos este artículo. El propio tablero de juego, tablero `ajedrezado´ ha creado un adjetivo usado para referirse a prendas de ropa o tipos de arquitectura que combinan cuadrados de distintos colores. Menos conocido es que cada uno de esos cuadrados recibe el nombre de `escaques´ de donde proviene el verbo `escaquear´, usado en el presente para quien evita una tarea impuesta y que en el medievo se refería a dividir los ejércitos en pequeñas unidades en una especie de `guerra de guerrillas´.

Por supuesto, la jugada maestra del ajedrez es el `jaque mate´, que se traslada a cualquier ámbito en el que gracias a nuestra pericia salimos victoriosos. Previamente hemos tenido que `poner en jaque´ a nuestro rival (pongamos por caso que sea nuestro jefe o nuestro padre) para poder conseguir nuestro objetivo, aunque a veces, ese jefe o ese padre, sabe `enrocarse´ y así defender su posición, por lo que no nos queda más remedio que dejar todo `en tablas´, o lo que es lo mismo en empate, porque aún a sabiendas de tener razón no tenemos ni fuerzas ni argumentos para demostrarlo.

Y luego hay otras ‘cositas´ que pasan desapercibidas. Desde el no muy usado verbo `placar´ sinónimo de derribar y común en el rugby, a otras más elitistas como `touché´ referidas a una argumentación brillante que es alabada y que proviene del afrancesado deporte de la esgrima.

Seguramente hay muchos más, pero con esto es suficiente para pasar un rato entretenido en una tarde de otoño. Porque como dijo Arístocles, más conocido como ‘Platón’; “mejor un poco que esté bien hecho, que una gran cantidad imperfecta”.

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Iniesta y Navarro. Dos formas de decir adiós

Se dice que una leyenda es un relato maravilloso que tiene origen en un hecho histórico. El paso del tiempo y las fuentes orales contribuyen a ensalzar los hechos y a añadir datos que no son ciertos. Con el paso de los años, que bien pueden ser siglos, la leyenda se convierte en relato, y ese relato se entremezcla con la historia. Esta semana, he leído en múltiples artículos que Juan Carlos Navarro ya es leyenda. Lo correcto sería decir que lo será, porque aún están muy recientes todas sus hazañas, pero lo cierto es que ha metido tantas canastas y de formas tan diversas con rachas imposibles y penetraciones anárquicas, que en el imaginario colectivo de su carrera ya hemos mezclado la realidad con la ficción y lo hemos convertido en leyenda.

El adiós de Juan Carlos Navarro ha coincidido con el de Andrés Iniesta, ambos iconos del FC Barcelona, del deporte español y del baloncesto europeo en el caso del primero y del fútbol mundial en el caso del segundo. Son dos deportistas admirados dentro y fuera de nuestras fronteras. Por su juego y por su forma de expresarse y de ver la vida. Es preciso indicar que Iniesta no se ha retirado y sigue dando clases magistrales de fútbol en Japón, pero para los efectos es como si lo estuviera. No está en el foco ni está para alardes.

Manchego uno y catalán el otro, ambos ingresaron en las categorías inferiores del FC Barcelona con 12 años. El primero debutó con la primera plantilla con 18 años y con 22 ya era campeón de Europa. El segundo se estrenó un poco antes, con 17, pero también con 22 era campeón de Europa. Y ambos fueron decisivos para que España ganase su primer Mundial tanto en fútbol como en baloncesto.

Hay muchas similitudes entre Iniesta y Navarro. La primera es cuantificable; el palmarés. Iniesta ha logrado hasta el momento (a expensas de lo que haga en Japón) 32 títulos con el FC Barcelona y 3 con España. Navarro ha colgado las botas con 23 títulos con su club y 3 con España a mayores de 3 medallas olímpicas. La segunda similitud sólo se mide con intangibles, y es la huella que han dejado en el deporte y en la sociedad.

El éxito de estos dos genios radica en que son dos de los nuestros. Dos chicos corrientes que han hecho de lo normal algo extraordinario. Iniesta (1,71) y Navarro (1,93), deportistas vulgares para sus disciplinas que se han hecho grandes al perfeccionar un elemento técnico y convertirlo en arte para así poder competir ante gigantes.

¿Quién no ha intentado nunca lanzar una bomba? Es un tiro que nace de la necesidad. Del pobre ante el rico. Del pequeño ante el grande. Todos hemos hecho ese lanzamiento alguna que otra vez pero sólo Navarro lo convirtió en arte. Nunca estaba quieto. Trote cansino, búsqueda de espacios, cambio de ritmo y canasta cual relámpago. Veía toda la pista y al galope paraba y escogía la mejor opción. Los rivales le agarraban de la camiseta y del pantalón, le aplicaban llaves de lucha libre o le tiraban codazos de carga policial, pero nunca pudieron pararlo porque jamás fueron capaces de cortarle las alas.

¿Quién no ha soñado con zafarse de su defensor con un simple gesto? Cuando no hay velocidad y cuando no hay fuerza todos hemos exprimido el cerebro para hacer realidad un gol o un pase. En eso se basa el control orientado, en ingenio y en horas y horas de entrenamiento, para, con un simple gesto técnico, acabar con la resistencia de uno o dos defensores en un instante. Hay muchos futbolistas que dominan ese arte, pero ninguno ha convertido `la croqueta´ en arte como Iniesta. Cuando Iniesta iba a la carrera parecía cuchillo a través de sus defensores. Cuando se detenía, los rivales se perdían en los laberintos que sus piernas dibujaban. Iniesta trataba al balón con cariño y el balón le obedecía, y la única vez que lo maltrató, el balón besó la red y puso en pie a 45 millones de personas.

Son, fueron y serán dos deportistas de valor incalculable. Son y serán valiosos. Pero lo que antes era un valor activo ahora es un valor pasivo. Y la clave está en cómo tratar un pasivo a través del raciocinio y dejando al margen la sensibilidad.

Se está criticando y mucho la forma en que la directiva del FC Barcelona ha dado carpetazo a la carrera de Navarro. En 2017 el escolta de Sant Feliú renovó su contrato por 10 temporadas a cambio de una considerable rebaja de su sueldo. El acuerdo implicaba que Navarro podía colgar las botas cuando desease y en ese momento pasaría a formar parte de la dirección técnica del club. Con 38 años, y en claro declive, el Barça quería que este fuese el verano en el que Navarro diese un paso atrás, pero el escolta no se dio por aludido. Al final, a escondidas, sin un acto de homenaje y de forma impropia, el Barça ha “invitado” a Navarro a colgar las botas.

Contrasta con la despedida de Andrés Iniesta en el pasado mes de mayo. Homenajes de club y compañeros, ovaciones en cada estadio de Primera División, acto institucional en el Camp Nou, ceremonias en la sede del club y un largo etcétera. Todo perfecto, con su justa mezcla de formalidad y sentimiento.

El último gran baile de Navarro se produjo en 2014. Aquel año lideró la victoria liguera del FC Barcelona ante el Real Madrid en la final de la Liga ACB. A partir de entonces diversas lesiones y el paso de los años hicieron que se convirtiera en muchas ocasiones en un jarrón chino tanto en el club azulgrana como en la selección española. Para Iniesta (cuatro años más joven) el declive no hizo su aparición hasta hace un par de temporadas, pero fue un declive diferente. En el baloncesto, a pesar de ser un deporte de equipo, cada jugador debe mantener un cierto equilibrio individual tanto en ataque como en defensa. En el fútbol, hay jugadores que pueden brillar en una de las dos facetas sabiendo que en aquella en la que flojean serán escoltados por otros compañeros. Durante estas dos últimas temporadas, Iniesta, destrozado y agotado, rara vez ha jugado los 90 minutos de un partido y apenas ha presionado o intimidado la salida del balón del rival, pero siempre ha estado protegido en el centro del campo por alguno de sus compañeros, por lo que su talento ha seguido gobernando partidos.

Iniesta meditó y consideró que no estaba en condiciones de jugar a fútbol de primer nivel y el FC Barcelona vio la luz y le agasajó con todos los honores mientras le abría la puerta de salida. Para los románticos el sueño era que Iniesta se retirara de azulgrana. Para los que son muy románticos (como yo) lo ideal era que jugase un añito más en Barcelona y luego se retirara en el Albacete, aunque fuese en Segunda División. Decidió marcharse a Japón, porque es un país que le atrae tanto a él como a su mujer. Lo pasará pipa. Le van a pagar muy bien por jugar al fútbol sin presión y disfrutando como cuando era un niño.

Navarro creía (y seguramente cree) que podía seguir jugando en el Barça. Hace apenas un par de meses manifestó que se quería retirar con un gran título (Liga o Copa de Europa) y que se veía con fuerzas para seguir. Pero su cuerpo no respondía a lo que decía su mente. El problema para Navarro es que no había alternativa. En el baloncesto la panacea de marcharse a Asia a ganar millones sólo existe para los jugadores de la NBA (en China pocos sabrán quien es Navarro). Además, ni Navarro ni su mujer Vanessa quieren marcharse de Barcelona. Cuando el escolta catalán probó fortuna en la NBA en 2007, solo tardo una temporada en dar marcha atrás y volver a España, y no por falta de interés en seguir con su carrera en Memphis, sino porque tanto él como su familia fueron incapaces de adaptase a la vida en Estados Unidos.

Como leí recientemente en un artículo, Navarro tenía que haberse retirado con un balón en las manos y recibir cariño y ovación a partes iguales, al estilo de la marcha que los Lakers le profesaron a Kobe Bryant. Lo cierto es que ni la cultura ni la competición estadounidense se parecen a la europea, y si bien en la primera es bien recibido perder si ello implica un impulso para volver a ganar, en Europa los títulos son efímeros.

En la NBA, un club puede hincharse a perder partidos mientras su estrella se pasea por las canchas de todo el país y es recibido como un César del baloncesto para aumentar el ego del protagonista y los ingresos de la franquicia. En Europa un club debe ganar, o al menos intentarlo, y eso implica decisiones antipopulares que no dejan hueco para giras nostálgicas.

https://www.youtube.com/watch?v=VEBExbL9n4I

“Un referente como jugador y como persona. Una auténtica pasada verle jugar al baloncesto todos estos años. ¡Siempre gracias amigo! Andrés Iniesta sobre la retirada de Juan Carlos Navarro.

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¿Por qué Israel juega en Europa?

La edición de este año del Giro de Italia tiene una particularidad. Su salida tuvo lugar en Israel. Un total de 3 etapas en las que la ‘corsa rosa’ deambuló por las calles de Jerusalén, visitó las playas de Haifa, el cosmopolitismo de Tel Aviv, la ciudad bíblica de Beerseba y la conflictiva Eliat. ¿Por qué el Giro salió de Israel? La respuesta es sencilla; por dinero. Concretamente por 12 millones de dólares. En un momento en el que los conatos de terrorismo islamista son preocupantes en Europa, en Israel, por extraño que parezca, se vive un periodo de cierta calma (con permiso de los cambios de humor de Trump). El gobierno hebreo ha impulsado una campaña turística y ha encontrado en el deporte (o en la música como lleva años haciendo con Eurovisión) una forma de entrar en el mercado europeo.

Los deportistas y equipos del país hebreo son habituales en las competiciones europeas. Sin embargo, Israel dista mucho de ser una potencia deportiva, por lo que invariablemente su presencia pasa desapercibida. Quizás, por su relevancia, el caso más conocido es el del Maccabi Tel Aviv, equipo de baloncesto 6 veces campeón de Europa, el tercero más laureado en la Euroliga tan sólo por detrás del Real Madrid y del CSKA de Moscú.

Si alguien tiene un planisferio a mano (o acceso a Internet) comprobará que geográficamente Israel pertenece a Asia. Limita con Líbano, Jordania y Palestina (país no reconocido por la ONU pero si por organismos deportivos como la FIFA), estados miembros de la Confederación Asiática de Fútbol (AFC). Al sur tiene frontera con Egipto, que juega en la Confederación Africana de Futbol (CAF).

Cuando en 1948 se creó el estado de Israel ya existían competiciones y estamentos deportivos en la zona. Toda esa comarca formaba parte de un protectorado británico, por lo que el gusanillo del fútbol caló pronto entre la población. Así, por ejemplo, la Federación Palestina de Fútbol había sido fundada en 1928, comprendiendo buena parte de lo que hoy es Israel. Cuando el país hebreo adquirió status internacional, dicho organismo fue absorbido y su federación se integró en la Federación Israelí de Fútbol.

El primer gran problema surgió en la fase de clasificación para el Mundial de Suecia de 1958. Israel formaba parte de la AFC pero varios países musulmanes se negaron a jugar contra sus vecinos. Turquía e Indonesia decidieron no presentarse y fueron descalificados. Sin nadie que quisiese jugar ante los israelitas, la FIFA tuvo que inventarse un partido entre Israel y Gales, con victoria de los británicos, para discernir la plaza “asiática” de aquel Mundial.

Con mayores o peores problemas (renuncias, partidos en campo neutral, disturbios entre aficiones…), Israel se mantuvo en la AFC hasta 1972, participando en el Mundial de 1970 (el único hasta la fecha) y ganando una Copa de Asia en 1964. Éste es un título que podría tener el calificativo de descafeinado ya que únicamente compitieron otras 3 selecciones (India, Corea del Sur y Taiwán). Todos los países asiáticos que procesaban religión musulmana se negaron a participar.

El punto de inflexión se produjo en el verano de 1972. Durante los Juegos Olímpicos de Münich, un comando terrorista palestino secuestró y mató a 11 atletas israelís y la guerra que al año siguiente enfrentó a Israel con una coalición de países árabes, provocó que los hebreos fuesen expulsados de la AFC en 1973 por 17 votos a favor, 13 en contra y 6 abstenciones. A partir de entonces a Israel se le buscó acomodó en el mundo. Tarea que se antojaba complicada.

No sería hasta 1992 cuando fue aceptada definitivamente en Europa por la UEFA. Antes llegó a adscribirse a la CAF e incluso batalló en varios torneos de Oceanía disputando eliminatorias mundialistas ante países tan alejados de su esfera de influencia como Fiji o Nueva Caledonia.

La solución europea venía operando desde tiempo atrás gracias al baloncesto, mejor dicho, gracias a Raimundo Saporta. Brazo derecho de Bernabéu, fue el impulsor de la Copa de Europa de baloncesto en 1957. Saporta había nacido en Tesalónica en el seno de una familia y una comunidad sefardí, descendientes de los judíos que siglos atrás fueron expulsados de España. La ventaja que tenía el baloncesto es que por entonces aún no existían las confederaciones continentales, por lo que ya había experiencia con la participación de países no europeos en torneos del Viejo Continente.

Cuando se crea el Eurobasket en 1935 se considera como “europeo” cualquier país que tenga salida al Mar Mediterráneo. Esto provoca anomalías tales como que Egipto tenga un título de campeón europeo conseguido en 1949. Hasta que a finales de los 50 se crean delegaciones continentales el sistema se mantiene inamovible.

Gracias a esta ley no escrita y a sus dotes de persuasión, Saporta conseguirá que el Maccabi Tel Aviv participe en aquella primera edición de la Copa de Europa. Y lo hará con notable relevancia, ya que el baloncesto era capital en el orgullo del joven país hebreo. Antes de que los jugadores de raza negra dominaran el deporte de la canasta, el baloncesto puede ser considerado una disciplina de judíos. En Estados Unidos, los europeos del este abrazaron al hockey sobre hielo, los irlandeses y los italianos el beisbol, y todos, procedentes de uno u otro lugar del planeta, el fútbol americano o americanizado. Los judíos de la Costa Este se enamoraron del baloncesto. Fueron los pioneros y fueron los que introdujeron el deporte en Israel y los que llevaron a los primeros norteamericanos de nivel a jugar en Europa.

Aunque en otros deportes quizás no se entienda, la historia del baloncesto europeo está ligada al Estado de Israel. A judíos como Tal Brody, Miki Berkowich, Doron Jamchi o Moti Aroesti y a nortemericanos como Anthony Parker, Kevin Magee o Derrick Sharp.

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En el nombre del padre

La película ‘In the name of the father’ (En el nombre del padre), narra una historia social de denuncia de la violencia policial en la Irlanda de los años de plomo. Pero el fondo del filme, y lo que hace que fuese aceptada por crítica y especialmente por el público, trata sobre un hijo y su padre. En la negación de la adolescencia y en la aceptación en la madurez. Del honor de un padre y de la lucha por dejar vivo un legado.

El Día del Padre (así, en mayúsculas) fue instaurado el tercer domingo del mes de junio de 1924 por parte de Calvin Coolidge, uno de los presidentes más irrelevantes de los Estados Unidos. Parece ser que su origen se remonta un par de décadas más atrás cuando en los inicios de la lucha del movimiento feminista unas cuantas mujeres lideradas por Smart Dood quisieron destacar el papel del padre en la educación de sus hijas. Concretamente la tal Dood era la hija pequeña de un hombre que perdió a su mujer tras el parto por lo que tuvo que criar sólo a sus 6 hijas.

Este día fue exportado prácticamente por todo el orbe, aunque con variaciones en la fecha. En el caso de España, al igual que en otros países católicos, se celebra el 19 de marzo coincidiendo con la festividad de San José. Parece ser que la primera vez que se gozó de la fecha fue en 1948 en un colegio madrileño. Fue radiado con estrépito y difundido con éxito por la prensa y, rápidamente, Galerías Preciados (para los no iniciados lo que hoy sería El Corte Inglés) se apropió de la idea. Desde 1953 San José pasó de ser una celebración religiosa a una festividad comercial.

En el deporte, como en tantos otros ámbitos de la vida, hay numerosos hijos que han querido seguir los pasos de sus padres. Por supuesto, hay diversos grados de éxito. El porqué de que una saga familiar se perpetúe tiene dos razones básicas. La primera es genética y la segunda responde a la imitación. Si los genes y el deseo de imitar se unen, lo habitual es que el hijo mejore al padre. Pero existe un aspecto adyacente; el hábitat. El padre no tuvo presión y probablemente tuvo que escalar socialmente desde abajo para llegar a la cima. El hijo tiene muchas puertas abiertas pero también una presión asfixiante y una comodidad que puede provocar o bien su renuncia o bien su fracaso.

1) HIJO, NO HAS LLEGADO A MI NIVEL

Pocas cosas hay más cruentas para un hijo que su padre sea uno de los grandes del fútbol mundial. Eso le pasó a Jordi CRUYFF un buen delantero con una larga carrera pero minusvalorada por el éxito de su padre. Mucho peor le fue al hijo de PELÉ, un portero brasileño que tuvo que retirarse antes de tiempo por no aguantar las comparaciones constantes y que incluso acabó en la cárcel por tráfico de drogas.

https://www.youtube.com/watch?v=BWFiSultQeM

Saga de porteros es la de los daneses SCHMEICHEL. El padre fue una leyenda en la selección y en el Manchester United, el hijo se ha labrado una buena carrera en la Liga inglesa pero muy lejos de los estándares de excelencia del primero.

Uno de los sucesos más curiosos es el de la familia BARRY. Brent, el padre, fue uno de los grandes jugadores de la NBA en las décadas de los 60 y 70. Sus tres hijos llegaron a jugar al baloncesto profesional pero ninguno alcanzó ni de lejos los logros de su progenitor. Lo mismo le sucedió a Luke WALTON que pasó sin pena ni gloria por la NBA cuando su padre llegó a ser MVP de la Final de 1977.

Es muy duro ser hijo cuando tu padre ha sido el mejor en la historia de su deporte. Le pasó a Edinho, el retoño de Pelé, y también le sucedió a Axel MERCKX, un buen ciclista de finales de la década de 1990 pero que vivió bajo la sombra de Eddy, el ganador de 5 Tours y 5 Giros, el ‘caníbal’ del ciclismo. Otro ganador del Tour fue el irlandés Stephen ROCHE nivel al que no ha podido llegar todavía su vástago.

A otros que les pasa lo mismo es a los RIVERA. Valerio, el padre, fue estrella del Barcelona como jugador y como entrenador. El hijo (que también se llama Valerio) ha tenido una carrera mucho más modesta aunque consiguió ser campeón del mundo de balonmano….y su padre también, porque era el seleccionador.

2) PAPÁ, TE HE SUPERADO

Pocos mediocentros existen en la actualidad con la jerarquía de Sergio BUSQUETS. Su padre defendió la portería del FC Barcelona a mediados de los 90 pero será el hijo el que inscriba su nombre con letras de oro en la historia del club azulgrana. Otro que superó a su progenitor y con claridad fue Frank LAMPARD, uno de los mejores futbolistas ingleses de la historia y que tras formarse en el West Ham como su padre acabó siendo leyenda en el Chelsea.

En el deporte de la canasta, la NBA está plagada de sagas familiares. Stephen CURRY es quizás el mejor jugador de la actualidad y ha dejado en nada la trayectoria de su padre Dell. Lo mismo hizo Kobe BRYANT cuyo padre tuvo que deambular por equipo en equipo mientras que su hijo ganó 5 anillos de la NBA con Los Ángeles Lakers.

En el deporte de las dos ruedas, uno de los pocos ciclistas que consiguió batir a Contador en su época de esplendor fue Andy SCHLECK, siempre bajo el paraguas de su hermano Frank quien le ayudaba con un último esfuerzo en las etapas de montaña. Ambos superaron al patriarca de la familia, el cual también fue ciclista profesional.
Y qué decir de Floyd MAYWEATHER junior, el boxeador más laureado del momento y sucesor de su padre, que ni por asomo podía siquiera imaginar en lo buen púgil que se iba a convertir su retoño.

3) ESTAMOS EMPATADOS

Manuel SANCHÍS padre y Manuel SANCHÍS hijo fueron dos extraordinarios defensas del Real Madrid. Ambos fueron campeones de Europa y ambos disputaron un Mundial. Otra saga ilustre de defensas es la de Cesare MALDINI y Paolo MALDINI. Y aunque es cierto que el hijo superó al padre, ambos pueden presumir de títulos europeos y de presencias en la selección italiana. Caso parecido es el de Perico ALONSO y Xabi ALONSO. El hijo superó las prestaciones de su progenitor, aunque la carrera del primero es digna de vitrina al igual que la de su vástago. Otros casos similares son los de los VERÓN en Argentina o el clan de los CHICHARITOS en México.

Cuestión parecida a los Maldini es la de los también italianos MENEGHIN. En este caso, Dino, el padre, tiene más trofeos en la estantería que el hijo (Andrea), pero ambos fueron campeones con la selección italiana de baloncesto.
Existen también padres e hijos que comparten genes pero deciden llevar sus habilidades a diferentes disciplinas. Yannick NOAH fue un excelente tenista francés ganador de Roland Garros. Joakim, el hijo, nacido en Estados Unidos, se ha labrado una excelente carrera como pívot en la NBA.

También los DUJSHEBAEV se pueden sentar cara a cara para hablar de sus éxitos. Si bien el padre está considerado uno de los mejores jugadores de balonmano de la historia, su hijo (aún en activo) ya es campeón de Europa de clubes y con la selección española.

“Cuando yo tenía 14 años mi padre era tan ignorante que no podía soportarle. Pero cuando cumplí los 21, me parecía increíble lo mucho que mi padre había aprendido en siete años”. Mark Twain.

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