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Cómo de obsceno es el sueldo de un futbolista

El debate no es cuánto gana Leo Messi. No parece probable que los mandamases del FC Barcelona sean propensos al suicidio. Se supone que el sueldo de Messi está acorde a los beneficios que le genera al Barça (otra cosa es que el coronavirus haya puesto todo patas arriba). Un segundo motivo de discusión es saber cómo de lícito es ocultar un contrato cuando el Barça no es una sociedad anónima y sigue, aunque de soslayo, siendo propiedad de sus asociados. Al no haber público en el Camp Nou nos hemos quedado sin saber la opinión del respetable, aunque me aventuro a pensar que los aplausos ganarían en clara ventaja a los silbidos. Puestos a culpar a alguien por el cráter económico del Barça me da que el socio echaría más en cuenta excesos llamados Philippe Coutinho o Ousmane Dembelé que otros que obedecen al nombre de Leo Messi.

Lo que el diario ‘El Mundo’ aireó con clarines y timbales (con mucha diferencia la mejor redacción de investigación periodística de España, a pesar de cierto tufo a amarillismo) no fue el sueldo de Messi en sí (70 millones fijos anuales), sino unas disparatadas cláusulas que pueden hacer que el astro alcance los 140 kilos por temporada. Entre las más insólitas están los 39 millones que cobrará por fidelidad el día que se vaya del Barça (¿?), la posibilidad de quedar libre si Cataluña declarase la independencia o un bono por partidos jugados en el que se contabilizan aquellos que Messi no puede disputar por lesión (¿?).

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Solo faltan los céntimos

Decía que el debate no es cuánto gana Messi. Se supone que obedeciendo a la ley de la oferta y la demanda si llega a ganar 140 kilos al año es que al menos genera otros 140 al Barça. La pregunta y el debate es cuánto de obsceno es el sueldo de Messi. Y la respuesta es obvia. Es muy obsceno. Incontable e ilimitadamente obsceno.

Pero, ¿cuánto de obsceno?

Cuando en 1928 nace en España la Liga de Fútbol Profesional el sueldo medio de aquellos primeros asalariados rondaba los 40 euros (de la época) por temporada. Son los tiempos de Ricardo Zamora, la primera gran estrella del fútbol en España y el mejor portero del mundo en los años 30, por el que el Real Madrid pagó 900 euros al RCD Espanyol por su traspaso. Zamora firmó un contrato que le reportaba 215 euros al año.

Dada la relevancia futbolística, mediática y económica del Real Madrid, no existe mejor paño para apreciar la evolución del sueldo de los futbolistas. Entre la Guerra Civil, la inflación y la aguda crisis económica, la ficha de Zamora no fue superada hasta que en 1953 Alfredo Di Stéfano llegó a España. ‘La Saeta Rubia’ fue la comidilla en todo el país por un fichaje que se disputaron Barça y Madrid en el que finalmente los blancos salieron ganadores. Hubo desidia por parte azulgrana, pero también tráfico de influencias. El caso es que el Gobierno hubo de autorizar al Madrid a pagar la entonces escandalosa cifra de 4.000 euros anuales a beneficio de Di Stéfano. Para el año 1962 obtendría un contrato récord de 25.000 euros anuales, a lo que habría que añadir las correspondientes primas.

¿Eso era mucho? Pues sí. Di Stéfano cobraba 200 salarios mínimos anuales por temporada. Kubala, estrella azulgrana, cobraba menos que ‘La Saeta Rubia’, pero aun así  era un total de unos 150 salarios mínimos al año. Como veremos, aunque inmensas, son cifras ridículas si las comparamos con los sueldos millonarios de la actualidad.

Aunque Kopa, Puskás o Amancio superaron con amplitud los 10.000 euros por temporada, nadie se acercó al sueldo de Di Stéfano hasta que en los 70 el mercado internacional se volvió a abrir de par en par. Cruyff aterrizó en Barcelona con un traspaso que fue récord mundial y el Madrid contraatacó firmando a Gunter Netzer a razón de 115.000 euros anuales.

En 1979 Laurie Cunningham se convertía, además del primer negro en ser internacional con Inglaterra, en el fichaje más caro del momento. El Real Madrid le hizo un contrato de 78.000 euros anuales. Dicha cifra representaba un total de 48 sueldos mínimos anuales. Era mucho, pero era menos que en época de Di Stéfano.

Hubo que esperar a los 80 para el siguiente gran salto. En 1985 Emilio Butragueño fue el primer madridista en firmar un contrato de 100 millones de pesetas al año (600.000 euros) que llegaría a ser de 2 millones de euros tras diferentes renovaciones, misma cantidad que cobraba el croata Robert Prosinecki o el montenegrino Pedja Mijatovic.

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El Buitre. A 100 kilos de pesetas al año

—LA LEY BOSMAN—

En 1996 la llamada Ley Bosman permitió la libre circulación de jugadores europeos, por lo que el fútbol entró de lleno en el libre mercado de la oferta y demanda. Los clubes más poderosos aumentaron sus ofertas y los futbolistas vieron como su capacidad negociadora para obtener mejores contratos se ensanchaba exponencialmente. La Ley coincidió en el tiempo con la aparición del fútbol en emisión bajo pago y el desarrollo de internet. Ambos hechos llevaron a que las mejores ligas europeas formasen parte de la vida cotidiana en todos los rincones del planeta. La globalización es el motivo principal por el que cada vez más firmas comerciales centran hoy en día sus objetivos hacia las grandes estrellas futbolísticas como íconos de una juventud que, en buena parte, han dejado a un lado a los ídolos del cine y de la música (chicas incluidas).

Tras la aprobación de la Ley Bosman los sueldos se dispararon. Raúl fue el primer jugador merengue que firmó un contrato de 1.000 millones de pesetas por temporada (6 millones de euros), cifra igualada y luego superada (ya se sabe que las renovaciones siempre son al alza) por Figo, Zidane o Ronaldo. Kaká sería el primero en firmar por 10 millones de euros al año, misma cifra de un Cristiano Ronaldo que paso a paso llegó a cobrar 30 kilos antes de marcharse a Italia.

Florentino tuvo suerte de largarlo antes de que el coronavirus hiciese su aparición. O quizás no. Quizás mejor haberlos invertido en Cristiano que en Jovic, Militao, Mendy, Rodrigo y hasta Hazard, que inesperadamente oposita a Prosinecki.

La influencia y la locura que la Ley Bosman generó en el fútbol de cambio de siglo se puede observar en el precio de las contrataciones de los futbolistas. Desde que en 1893 el Aston Villa pagase unos 80 euros al WBA por el fichaje del escocés Willie Greaves, la progresión en aumento ha sido un fiel reflejo de la economía mundial. De Inglaterra se pasó a Italia previo paso por Argentina. Fue un argentino, Bernabe Ferreyra, el que mantuvo el récord de traspaso durante más tiempo, un total de 17 años entre 1932 y 1949 fiel reflejo de las vicisitudes de la II Guerra Mundial. Después, tan sólo el Barça con Cruyff y Maradona osó discutir el trono de los fichajes galácticos a Italia hasta la entrada de la Ley Bosman en 1996.

A partir de entonces un récord que solía durar unos años pasó a ser roto verano tras verano. Shearer (Newcastle) en el 96, Ronaldo (FC Barcelona) en el 97, Denilson (Real Betis) en el 98, Vieri (Inter Milan) en el 99, Figo (Real Madrid) y Hernán Crespo (SS Lazio) ambos en el año 2000, hasta que el Madrid rompió la banca fichando a Zidane en 2001 por 77 millones de euros. Otros lo superarían después, pero teniendo en cuenta la inflación, la contratación de Zidane fue el fichaje más caro de la historia hasta que el PSG pagó 222 millones por Neymar en el verano de 2017.

La burbuja estalló con la crisis financiera del 2008. A inicios del siglo XXI los sueldos estaban tan inflados que había futbolistas de Tercera División con salarios que les permitían vivir con holgura, y en Primera Autonómica se llegaban a pagar 1.000 euros mensuales. En la actualidad, hasta en Tercera División, hay jugadores que únicamente cobran bonos en función de los resultados y de los desplazamientos.

En la década de 2010 los salarios de los futbolistas volvieron a aumentar. Antes de la pandemia el sueldo bruto de un futbolista de Primera División se estimaba en 4 millones de euros anuales. Sólo entre 2013 y 2018 los sueldos de los jugadores habían crecido un 20% y representaban entre el 50% y el 70% del presupuesto de un club de fútbol. El salario mínimo de un futbolista profesional prepandemia era de 155.000 anuales por los 10.300 que representaban el salario mínimo de un trabajador. No es necesario señalar que en ninguna otra profesión ve aumentar sus ingresos fijos un 20% en un lustro. La pandemia ha roto con esa progresión. Siempre hubo y habrá cracks, pero para el futbolista medio, haber debutado en 1996 y retirarse en 2008 significa haberse hecho inmensamente millonario.

En los últimos 40 años mientras que el salario mínimo apenas ha aumentado un 10% el sueldo de los futbolistas se ha multiplicado cerca de un 200%. Netzer o Cruyff vivían muy bien, pero lo que ocurre en la actualidad es demencial. Contaba que Di Stéfano tenía 200 salarios mínimos anuales. Mucho, ¿verdad? Pues ni siquiera hablemos de Messi o de Cristiano, los Di Stéfano del momento. Se estima que Sergio Ramos, quizás el buque insignia del Madrid actual, cobra 15 millones de euros al año. Dicha cifra representa 1190 salarios mínimos anuales…y habría que añadir los contratos publicitarios.

Lo cierto es que la desigualdad entre los más ricos y los más pobres no deja de aumentar en todo el mundo. El directivo medio en Estados Unidos gana 104 veces lo que su trabajador, cuando esa diferencia era de 25 veces en los años 70 según ‘The New York Times’. Poco puede hacer el currante para que esto cambie. Pero cuando ese trabajador paga 300 euros para ir al Camp Nou o al Bernabéu está ratificando el sueldo de los 22 multimillonarios a los que luego critica por acaudalados cuando no juegan como a él le gusta.

Hoy en día Messi cobra unas 30 o 40 veces más que Di Stéfano en su época. Pero es que Messi cobra más que ningún otro deportista (según ‘Forbes’ solo es superado por Roger Federer, pero únicamente si se cuentan los ingresos por publicidad). Es normal. Es el mejor en el deporte más seguido. Leo Messi es producto de la globalización del fútbol. Ni siquiera los ídolos de la NBA llegan a establecerse por todas las esquinas del globo terráqueo como lo hacen los astros del balompié. Messi vende el 85% de las camisetas del Barça y es un filón turístico para Barcelona y Cataluña.

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Rey Midas

Pero para el forofo no existe la mercadotecnia ni las giras millonarias por Asia. Para el trabajador lo que gana Messi es obsceno, aunque los directivos del Barça digan que es rentable. Y es obsceno, ilimitadamente obsceno, porque aunque Lebron James sea archimillonario lo es por ejercer su trabajo en la nación más poderosa del mundo. Que Messi sea el deportista mejor pagado del mundo ejerciendo su trabajo en un país que no está entre los 15 más ricos del planeta y que pelea con Grecia por tener la tasa de paro más alta de la Unión Europea es obsceno. Irremediablemente obsceno.

Otras historias sobre lo que rodea al fútbol

El caso Di Stéfano (la lucha entre Barça y Madrid para fichar al crack argentino)

Gerard Piqué. Políticamente incorrecto (las polémicas fuera del césped de un magnífico futbolista)

A propósito del VAR (los cambios de la tecnología en el fútbol moderno)

Cláusula de rescisión (sobre el mercado de fichajes)

Expresiones del lenguaje deportivo (como el fútbol y el resto de deportes condicionan nuestra habla)

Fútbol postnacional (migrantes e identidades culturales)

El fútbol en el futuro (una ojeada al fútbol en el 2050)

La dignidad colectiva y el deportista dominante (en relación a la identidad de grupo y a la aceptación social del sujeto a través del deporte)

La España vacía (la ausencia del deporte de élite en la España olvidada)

El aficionado al fútbol (las inquietudes y los condicionantes del forofo)

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Especial Año Nuevo: Entrevista a Lenin

Libertario, idealista y voluntarioso para unos, parásito, verdugo o espía para otros, Vladimir Ilich Ulianov fue la persona que primero dotó de personalidad científica y luego convirtió realidad las ideas de igualdad social marxistas de Friedrich Engels y Karl Marx. Fuerte, autoritario y con una fe inquebrantable y sincera sobre la igualdad entre los distintos seres humanos, Lenin me recibe en el salón principal del Palacio de Invierno de San Petersburgo tras una mesa llena de libros y papeles desordenados. Con rictus serio y mirada penetrante, amenaza con derrumbarme con la misma oratoria que sigue dando esperanzas a millones de personas cuando nos acercamos al centenario de su fallecimiento.

Misterdato (P): ¡Feliz año!

Lenin (R): ¡Feliz 104º aniversario de la Revolución camarada!

P: La semana pasada entrevistaba a Churchill.

Lenin (R): Imperialista facineroso.

P: Decía que la semana pasada entrevisté a Churchill y me confesaba que nunca le había pegado una patada a un balón. ¿Usted ha practicado algún deporte?

Lenin (R): Jamás. El deporte no me supone desafió intelectual alguno. Me encantaba jugar partidas de ajedrez contra Gorki. En mis continuos exilios el tablero de ajedrez era un compañero más.

P: Cuando la Revolución Rusa triunfa en 1917 los clubes de fútbol -al igual que el resto de sociedades privadas- o pasan a control estatal o bien son liquidados. Surgen los CSKA (equipo del ejército), Dinamo (policía y asuntos secretos), Lokomotiv (ferrocarril y sistemas eléctricos), Zenit (acero e industria pesada) o Torpedo (industria de la automoción).

Lenin (R): ¡Claro! Los comunistas rechazamos el fútbol profesional. Los clubes de fútbol no son más que organizaciones capitalistas.

P: Pero en la URSS todos los futbolistas cobraban bajo cuerda con un contrato de trabajo ficticio de la empresa estatal correspondiente. O se les daba mejores coches o casas, o cargos simbólicos en el ejército.

Lenin (R): Los fallos en el sistema no son mi culpa. Eso hágaselo saber al cara picada de Stalin. Mire, el deporte tiene que ser soviético. Mi objetivo siempre ha sido llevar la revolución socialista por el mundo e intentar de esta manera acabar definitivamente con el capitalismo. Si en el capitalismo está el deporte burgués, por supuesto es algo que hay que eliminar. Mi pensamiento es que el fútbol es una competición ideológica entre burgueses y no me interesa en absoluto. ¿Sabe porque los bolcheviques no triunfaron en la industrializada Gran Bretaña?

P: Dígame.

Lenin (R): Fíjese donde fuimos a triunfar, en uno de los países más atrasados del mundo. Hasta 1861 no se aceptó la liberación de los siervos en Rusia. Siempre pensé que sería en Gran Bretaña donde los bolcheviques haríamos la Revolución y siempre he culpado al deporte de ser una peste emocional que contamina los pensamientos revolucionarios. El fútbol es como la burguesía o la Iglesia; algo banal e insípido que controla a los obreros.

P: Sin embargo, como hombre inteligente que es, sabe que no se le puede poner puertas al campo. El deporte ha ido creciendo en importancia y los países soviéticos lo moldearon a su antojo. Aún hoy sigue siendo objeto de deseo por países capitalistas pero también por China, uno de los últimos reductos leninistas.

Lenin (R): ¿Leninista China? ¡No me hable de China! ¡Juy tebye sza schyoku!

P: ¿Perdón?

Lenin (R): Disculpe mis modales, prefiero no traducirlo.

P: No se preocupe.

Lenin (R): Lo que intento exponerle es que sin teoría marxista no puede haber una buena actuación práctica, esto es evidente. Los comunistas necesitamos una pureza de principios. Tenemos que distinguirnos nítidamente de todos los demás.

P: Hablemos del deporte soviético pues. Del deporte soviético genuino.

Lenin (R): La educación física es un elemento esencial en el sistema general de crianza de los jóvenes del comunismo. Tiene como objetivo disponer a los adolescentes para el trabajo y prepararlos para el ejército y para la defensa del poder soviético. Los clubes deportivos, creados en tiempos previos a la Revolución, deben ser tomados por los obreros y crear otros nuevos.

P: Crear soviets.

Lenin (R): Exacto. El marxismo es todopoderoso porque es cierto. Si hay agrupaciones y asambleas de obreros y de campesinos, ¿por qué no soviets de deportistas? ¿Por qué los futbolistas no pueden ser dueños de un club de fútbol al igual que unos obreros lo son de una fábrica de tractores?

P: Para usted el deporte solo tiene una concepción revolucionaria.

Lenin (R): ¡Obvio! Nacionalizar el deporte para controlar los recursos. Una de las primeras cosas que hice al llegar al poder es ordenarle a mi fiel Podvoisky redactar el decreto de instrucción de la gimnasia. El deporte ayuda a alejarse de la adicción al tabaco y al vodka, lo que aumenta la producción de los trabajadores. Una visión correcta de la educación física de las masas implica a ésta como un medio para obtener un desarrollo integral armonioso del individuo. El deporte no solo desarrolla al individuo, debe ejercer de antipresión del capitalismo y ayudar al comportamiento grupal y a la promoción de una vida saludable que ayude a la Revolución.

P: Perdóneme camarada. Pero si los comunistas utilizan el deporte para aumentar la producción de los trabajadores y para tenerlos controlados grupalmente como actores que luchen ante el capitalismo, ¿eso no es usar el deporte en su beneficio? ¿No es convertir el deporte en el opio del pueblo? ¿No es hacer lo mismo que hacen los países capitalistas con el deporte?

Lenin (R): Es imposible visualizar el ideal de una sociedad futura sin una combinación de instrucción y trabajo productivo, ni puede el trabajo productivo, sin una simultanea instrucción y educación física, ser puesto en el plano requerido por el nivel moderno de la tecnología y el estado de la ciencia y de su conocimiento.

P: No he conseguido comprenderle del todo.

Lenin (R): Yo a mí mismo tampoco. ¡Ese era el objetivo!

P: Bien, cambiemos de tercio. Lo que si podemos poner a su favor es la igualdad de géneros. Nunca antes la mujer deportista tuvo tanta relevancia como en los países comunistas.

Lenin (R): Así es. El deporte fue esencial para que en la primera dictadura del proletariado triunfásemos en la lucha por la plena equiparación social de la mujer. El deporte desarraiga más prejuicios que muchos volúmenes de literatura feminista. Pero, a pesar de todo y con todo, todavía no existe un movimiento femenino comunista internacional, y es necesario crearlo a todo trance. Es necesario entregarse inmediatamente a esta tarea. Veo que el movimiento feminista de la actualidad es burgués y eso no me satisface.

P: Es posible que tenga razón. También hemos avanzado mucho en libertades sexuales. Usted siempre creyó en el amor libre y sin embargo estuvo casado, ¿me equivoco?

Lenin (R): Imagino que sabrá que mis padres eran burgueses, algo de lo que, por cierto, nunca renegué, porque un hombre se hace a sí mismo y no tiene culpa de los padres que le tocan. Y sí, adoro a mi madre y me casé. Nunca me gustó el matrimonio burgués ni la santa propiedad, pero supongo que quería contentar a mi madre. Tuve múltiples amantes, pero fíjese, nunca hubo romanticismo o banalidad, buscaba mujeres inteligentes con las que discutir sobre los beneficios de la Revolución.

P: Ya que de deporte no le voy a sacar mucho más, hablemos de la actualidad. ¿Cómo ve este mundo entregado al capitalismo?

Lenin (R): Yo lo veo muy bien. Una revolución es imposible sin una situación revolucionaria. Estamos en un periodo de incertidumbre, y la incertidumbre es gasolina para la revolución comunista. Hay que incitar el odio de clases entre el proletariado y destruir su base moral para que se rebelen.

P: ¿Vería factible repetir en la actualidad la Revolución de 1917?

Lenin (R): ¡Claro que sí camarada! ¡Estado y Revolución! Lo esencial es ser despiadado y decir y hacer todo lo necesario para alcanzar el objetivo. Ustedes tienen hoy esa maravilla que se llama Internet ¡Paz, tierra y pan! y aún me sobran 136 caracteres para publicar en Twitter. Los periódicos pueden usarse como panfletos propagandísticos, pero las redes sociales son mucho más perversas y viles ¡A la mierda el Pravda! No se deje engañar por la doctrina. La doctrina es indispensable, pero al pueblo se le gana con mensajes claros y concisos.

P: Me está diciendo que con Internet los regímenes de Hitler o de Stalin hubiesen sido aún peores. Es decir, ¿si en 2021 hubiese un nuevo Hitler o un nuevo Stalin serían aún más terribles?

Lenin (R): En primer lugar, no me compare a un fascista con un comunista. Es deleznable y de una estupidez supina. En segundo lugar no me compare con ese georgiano de cara picada usurpador de poder. La violencia sólo se debe usar para mantener el poder del proletariado, pero nunca me ha entusiasmado. ¿Ha visto fotos mías? Nunca usé uniformes militares. Creé la policía secreta y los campos de trabajo, pero con fines de control, nunca de exterminio. La libertad es algo precioso, pero tan precioso que debe ser racionada cuidadosamente. La gente me sigue queriendo. El culto a Lenin sigue existiendo, sigue teniendo continuidad histórica.

P: Es cierto, pero su mausoleo más que el símbolo de una ideología comunista parece en la actualidad un altar del nacionalismo ruso.

Lenin (R): Ya sabe, si no eres parte de la solución eres parte del problema. Es una verdad el que con frecuencia en política se aprende del enemigo.

P: Creo que he tenido suficiente camarada. No hemos hablado prácticamente nada sobre deporte, pero gracias por su tiempo.

Lenin (R): A usted camarada. Y recuerde que está conversación está grabada. Espero que no cambie ni un ápice de lo que aquí hemos hablado o tendré que llamar a mis camaradas del NKVD. Ya sabe que salvo el poder, todo lo demás es ilusión.

Lenin, el escritor que hizo una revolución | El Correo
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Especial Navidad: Entrevista a Winston Churchill

Primer Lord del Almirantazgo, ministro del Interior, de Municiones, de la Guerra, de Colonias, de Hacienda y Primer Ministro de Gran Bretaña, Winston Churchill fue el hombre que lideró a las democracias durante la II Guerra Mundial. Orador impetuoso, hombre de buen vivir, afamado escritor y de convicciones inquebrantables, tuvo un funeral de Estado idéntico a los que honran desde hace siglos a los legatarios de la Corona Británica. Winston Churchill me recibe desde el Más Allá aparejado con su inconfundible pajarita, absorbiendo uno de sus legendarios habanos y sentado en un lujoso sillón. Adornando la estancia hay una fotografía suya, una imagen en blanco y negro, apoyado en un bastón, y que fue la elegida por la revista Time cuando nombró a Churchill personaje más importante del siglo XX.

Misterdato (P): ¡Don Winston! ¡Felices Fiestas!

Churchill (R): ¡Qué Dios le bendiga!

P: Supongo que sabe por todo lo que hemos pasado, y aún estamos pasando, las democracias durante este año. Aun así la gente sigue celebrando la Navidad con alegría, expresando sus buenos deseos a base de gastarse el dinero en grandes comilonas y buenos regalos.

Churchill (R): Los primeros cristianos decían todo lo mío es tuyo. Los socialistas dicen todo lo tuyo es mío. Odio a los comunistas por su tonto sistema económico y su absurda doctrina de la igualdad imposible. Los odio por el terrorismo sangriento y devastador que practican en cada tierra que arruinan, sólo mediante el cual su régimen criminal puede mantenerse. El socialismo es la filosofía del fracaso, el credo a la ignorancia y la prédica a la envidia; su virtud inherente es la distribución igualitaria de la miseria.

P: Empezamos fuerte. Debo decirle que 2020 no ha sido su mejor año. Hasta han intentado tirar su estatua en Londres. Revisionismo histórico le llaman.

Churchill (R): Algo me han dicho, sí. El precio de la grandeza es la responsabilidad. Los que critican nunca han tenido que tomar decisiones. ¿Sabe? El éxito no es definitivo y el fracaso no es fatal. Es el coraje para continuar lo que cuenta.

P: Durante la guerra su figura era omnipresente, estaba encima de los demás, pero cuando en 1945 hay elecciones usted las pierde. Realmente si no es por la victoria aliada hubiese pasado a la historia como un fracasado. Su desastre en los Dardanelos en la I Guerra Mundial, su empeño en proteger la libra frente al dólar, su apoyo a Eduardo VIII, sus declaraciones altisonantes…

Churchill (R): Yo era dominante, que no es lo mismo que dictador. Soy conservador y elitista, pero creo en la democracia y en la justicia social. Cuando perdí me sentí como un león herido, pero lo acepté. ¿Tienes enemigos? Bien, eso significa que has luchado por algo alguna vez en tu vida. Uno nunca debe dar la espalda a un peligro y escapar de él. Si te enfrentas de inmediato, reducirás el miedo a la mitad.

P: Pero imagino que el hombre que lideró al mundo libre, el único dirigente que se negó a claudicar ante el nazismo, se sentirá herido ante este revisionismo…Y más usted, que de orgulloso tiene un rato.

Churchill (R): Si comenzamos una discusión entre el pasado y el presente descubriremos que hemos perdido el futuro. Hace 70 años ya dije que los fascistas del futuro serían los que se llamarían a sí mismos antifascistas.

P: Bien. Vamos a intentar dejar un poco de lado la política. Le he traído aquí para hablar de deporte. Tengo entendido que no es un tema que le atraiga demasiado.

Churchill (R): ¿Sabe usted cual es la mejor forma para conservar la salud? Fumar, beber y no hacer deporte. Yo pedía ayuda hasta para matar moscas. ¿Sabe cuál fue el secreto de mi longevidad? Pues que nunca practiqué deporte.

P: Se puede decir que odia el deporte.

Churchill (R): ¿Odiar? No, no. Yo no odio a nadie, excepto a Hitler, y eso es profesional. Si Hitler invadiera el infierno yo haría un discurso en la Cámara de los Comunes con referencias favorables al diablo.

P: No le preguntaré por el deporte femenino.

Churchill (R): Una mujer deportista es la viva imagen del estreñimiento británico. Bessie Bradock, una excelente oradora, me dijo una vez en la Cámara de los Comunes que estaba borracho, asquerosamente borracho, para ser más exactos. Yo le dije que ella era fea, es más, asquerosamente fea. La diferencia es que al día siguiente yo iba a estar sobrio y ella seguiría siendo fea.

P: Digamos que no tiene pelos en la lengua. No se puede decir que sea políticamente correcto.

Churchill (R): Y ahora me dirá usted que soy un machista.

P: Quizás…

Churchill (R): ¿Su abuelo lavaba los platos?

P: Nunca.

Churchill (R): ¿Fue a la universidad?

P: Pues no.

Churchill (R): ¿Usted cree que era un machista? ¿Fue infeliz su abuela? ¿Era un hombre estúpido? ¿Consideraría a su abuelo un burro?

P: Claro que no.

Churchill (R): Pues yo soy un hombre que nació en una mansión del siglo XIX con decenas de criados. Fui educado para no llorar, para triunfar y para mirar a los demás por encima del hombro. Para buscar la gloria de Gran Bretaña en un tiempo de batallas y poder colonial y para mirar por el bien de mis compatriotas con honor y con justicia social, conservadora, pero justicia social. Estamos donde Dios y el Rey nos colocan. No se puede mirar el pasado con ojos del presente. Su abuelo puede ser un ignorante o un machista a ojos de la actualidad, pero si usted es tan simple como para pensar eso, no habrá persona más ignorante y más machista que usted mismo.

P: Es usted un Castelar.

Churchill (R): Le corrijo, soy un Churchill.

P: Volvamos al deporte. Dice que no se mueve ni para matar moscas, pero tengo entendido que en su juventud practicó polo.

Churchill (R): Era una obligación social. Como le dije antes, yo soy esclavo de mi tiempo. Un hándicap de polo es un pasaporte al mundo. Pero el polo me gustaba por los caballos. El caballo es todo coraje, y el coraje lo es todo. Por eso también tengo admiración por la velocidad de las carreras de coches. Pero no por el conductor, sino por la máquina.

P: Otros deportes de realengo como el golf creo que no eran de su gusto. Y del rugby o del fútbol mejor ni hablamos.

Churchill (R): El golf es un juego cuyo objetivo es golpear una pelota pequeña en un hoyo aún más pequeño y con armas particularmente mal diseñadas para tal propósito. Respecto al rugby, ya sabe usted que es un deporte de bárbaros que es jugado por caballeros.

P: ¿Y el fútbol? Se dice que nunca le ha pegado una patada a una pelota.

Churchill (R): Jamás. Cuando tenía que ir a algún partido de la selección y hablaba con Sir Stanley Matthews (capitán de Inglaterra) siempre le preguntaba si las tropas estaban listas para entrar en batalla y él siempre me decía que estaban listas para el baile.

P: Hay una cita suya sobre el fútbol e Italia que es legendaria.

Churchill (R): ¡Oh, sí! Los italianos pierden las guerras como si fueran partidos de fútbol y los partidos de fútbol como si fuesen guerras. ¿Qué quiere que le diga? Son un pueblo extraordinario, pero la pasión con la que se toman las pequeñas cosas desaparece cuando hay que sopesar los asuntos de importancia.

P: Así que por si usted fuera eliminaríamos el fútbol de la vida de los británicos.

Churchill (R): No, por favor. Si eliminásemos todo lo que no me gusta de los británicos me quedaría sin los escoceses. Y sin escoceses me quedaría sin Johnnie Walker. No me gusta el fútbol, pero sé que forma parte de la cultura inglesa. ¿Y alguien puede explicarme para qué hacemos la guerra si no es para defender nuestra cultura?

P: No sólo forma parte de la cultura de Inglaterra, sino de gran parte del mundo. Como británico que es debería sentirse orgulloso de la influencia del fútbol en todo el mundo, fundamentalmente en Europa y en Latinoamérica.

Churchill (R): ¡Y me siento! Aunque para mí el mayor triunfo hubiese sido llevar los valores democráticos y de la Corona por todo el mundo, y no sólo el fútbol. Fíjese en Latinoamérica. Allí los que eligen a los gobernantes no son las personas que leen los periódicos, sino las que se limpian el culo con ellos. Los políticos latinoamericanos son peores que los presidentes de clubes de fútbol italianos.

P: ¿Y España?

Churchill (R): España es un país pesimista. Un país que ve dificultades en cada oportunidad. Los británicos vemos oportunidades en cada dificultad. Pero hay tres cosas de España que nunca podremos tener; el Real Madrid, el Mediterráneo y a Manolete.

P: Es cierto. Usted se carteaba con Manolete.

Churchill (R): ¡Qué torero! Los toros son como el polo. Deslumbran por su coraje. Admiro de los toreros el riesgo. Ese arrojo ante la muerte. Piense que la salud es un estado transitorio entre dos épocas de enfermedad. Manolete iba de una punta a otra y tiraba los dados cuando estaba de camino.

P: Pues nos vamos a ir despidiendo, Sir Winston. Como a usted a orador no le gana nadie, le dejo que diga lo que quiera para acabar la entrevista.

Churchill (R): Pues le diré que ha sido un placer hablar de deporte con usted, pero, como le dije, no hay mejor deporte que una buena copa y un buen puro. Así que si me permite me tomaré un Martini a lo Winston Churchill, ya sabe, ginebra con una gota de vermú. Recuerde que el whisky y la ginebra han salvado más vidas y cabezas inglesas que todos los médicos del Imperio.

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La Liga del asterisco

Pues al final hay Liga. A la hora de escribir este artículo apenas faltarán seis días para que se inicie el primer partido de una de las once jornadas que se van a comprimir en apenas 40 días. Será la Liga del asterisco, porque, sea el que sea el campeón, siempre habrá un borrón en el historial. Al menos en el palmarés no habrá un vacío, suceso inaudito y mayoritario en buena parte de las competiciones deportivas, y que nos retrotraen a tiempos de guerra, miseria y hambre en los que el ser humano tenía que hacer lo indecible sólo para poder comer, dormir y vestirse.

La Liga del asterisco será la Liga de la nueva normalidad. Un fútbol distinto. Un fútbol para ciegos, donde el sonido recobra diversos matices. Los gritos de rabia, el golpeo de balón o el crujir de los postes. También las indicaciones de los técnicos. Se trata de un fútbol envuelto en papel de burbuja, frágil, pero agradable al tacto. Extraño, propio a estos tiempos extraños. Con los suplentes fuera del banco, expectantes en las trincheras, cubriéndose la cara con la mascarilla a la espera de que el capitán del batallón los mande al frente a lidiar en la guerra bacteriológica. La ausencia de los saludos chocando las manos o de los abrazos al celebrar un gol serán jueces de un fútbol con sabor a cloroformo.

Así es porque así tiene que ser. Después de todo simplemente es fútbol, lo más importante de lo menos importante. Y aun siendo extraño e insólito, seguirá habiendo pasión, disparos implacables, carreras meteóricas, goles imposibles, tensión en las áreas y pases milimétricos.

La Bundesliga nos ha dado varias pistas de cómo va a ser esta Liga tan distinta. El factor campo dejará de tener importancia. En Alemania sólo hubo tres victorias locales en las tres primeras jornadas tras el coronavirus. 3 triunfos caseros en 27 partidos. No existe ni el local ni el visitante. No existe el duodécimo hombre, ni el miedo escénico, ni los pitos ni los abucheos.

Tampoco los gritos racistas.

El fútbol fue el primer deporte que entendió que tener aficionados fieles era un filón deportivo y económico. Desde una posición salvaje a una acomodada, el número de seguidores ha ido creciendo de forma ininterrumpida durante siglo y medio. El factor campo hace décadas que dejó de ser trascendental, pero el templo aún conserva buena parte de su mística y de su importancia. En la Liga de la temporada pasada, FC Barcelona (59%) y Real Madrid (55%) sacaron más puntos al calor de su afición que en campo ajeno, y eso a pesar de que las dos transatlánticos del fútbol español hace mucho tiempo que vitorean con la misma eficacia en cualquier ruedo.

No era así cuando la Liga se puso en marcha en 1929. Había campos más anchos y otros más estrechos y había notable diferencia entre jugar entre el barro y las charcas del norte y los campos pelados y el polvo del sur. Aún en tan tardía fecha como 1960 los equipos de casa ganaban cerca del 70% de los partidos. Pero no sólo era el estado del césped. Por entonces los aficionados estaban encima de los límites del campo, saltaban a menudo al terreno de juego cuando había una jugada conflictiva y la masa se presentaba de pie y amenazante asustando a rivales y a colegiados. Y peor aún. Había que viajar. Hoy los traslados de ciudad en ciudad se han atenuado. A mediados del siglo pasado ir de Coruña a Barcelona o de Oviedo a Granada era una odisea de un par de días de suplicio, entre brinques de autocar, ausencia de entrenamiento y noches en vela en vagones de tren.

Ante la deserción del factor campo, es la hora de los campeones del mundo de los entrenamientos. Jugadores que hasta ahora nunca habían existido. Es el momento de genios desconocidos que no soportan la presión. La hora de jóvenes canteranos o imberbes fichajes que no acusaron gritos ni miradas de acoso.

En esta Liga del asterisco es de esperar que el sheriff gane y el forajido pierda. Los intangibles, la garra o la pillería desaparecen. En la Liga del asterisco la calidad marcará más que nunca las diferencias. Que un campo sea vertical y que haya poca distancia entre las gradas y el césped es irrelevante. Desaparecen los partidos importantes en los que cuando el cansancio llega toque el correr por vergüenza torera. No. No habrá excitación, solo silencio. La fuerza inspiradora que hace inmune al cansancio se sustituirá por la frustración.

La calidad brotará sin cortapisas. Amanecerá el futbolista vanidoso, el que no necesita valeriana para jugar sin estrés. Será difícil tomar conciencia de lo que se está jugando. Desaparecerán de la escena los futbolistas que apenas entrenan pero que salen al ruedo como toros, con la adrenalina hasta los topes al escuchar el rugido del público. Habrá más goles, más boquetes en el centro del campo fruto del cansancio y más errores defensivos al bajar la intensidad y la concentración. Será más divertido para los que hagamos ‘sillón-ball’.

Pero la ausencia de público no solo afectará a los jugadores. La nueva normalidad inquietará sobremanera a los árbitros. En la Bundesliga se ha comprobado que el número de infracciones se ha reducido notablemente. La ausencia de exaltación y la rebaja de revoluciones perturban por igual a los rugidos del público como a la intensidad de los futbolistas. El árbitro no saltará asustado por los truenos y aullidos del respetable. Y poco o nada podremos decir los periodistas sobre si tal o cual decisión ha estado influenciada por el ambiente.

En el momento de ponerme a escribir aún se estaba debatiendo si incorporar a los estadios aficionados virtuales o de si permitir el acceso a la carne y al hueso aunque con aforo limitado. Lo que si se ha aprobado es un plan de cánticos enlatados con una sesión ‘remember’ con los ánimos e ínfulas más entonados en cada estadio. Además de rellenar el silencio, el plan de gradas enlatadas permitirá remediar la ansiedad de los clubes ante la posibilidad de que el aficionado conozca los secretos de entrenadores y jugadores. Fue a mediados del siglo pasado cuando los productores televisivos idearon un conjunto de risas enlatadas para insertar en las series y así hacer más llevadera la soledad de quien ve la televisión en la penumbra de la noche o del invierno.

En definitiva, la Liga del asterisco será una Liga con menos disputas, menos ritmo, más creatividad, más estrategia y con una fuerte dosis de fortaleza mental. Será también un fútbol con cinco cambios. Para los que vimos un fútbol con límite de extranjeros, porteros amasando el balón para perder tiempo y rectángulos de juego de los que podrían salir unos cuantos kilos de patatas, se nos antojan demasiados. Pero para los que en vez de escudriñar el espejo para tapar las primeras canas se plantan delante del cristal recordando tiempos mejores, será el acabose. Pero es lo que hay en unos tiempos de miedo y precaución. Mucha precaución. Habrá que confiar que lo de los cinco cambios sea una de esas cosas de la nueva normalidad que dejen de existir cuando vuelva la normalidad.

¿Y por qué el fútbol sí y los demás no? La Liga mueve tal cantidad ingente de dinero, que la prosperidad del fútbol permite que de sus beneficios se detraigan cantidades significativas para el resto de federaciones. Pero es una respuesta políticamente incorrecta. La Liga tuvo que pagar un impuesto casi revolucionario al Consejo Superior de Deportes (CSD) y a la Federación Española de Fútbol (RFEF) para ponerse en marcha.

Pero la controversia es evidente. Un país como España envía a los Juegos Olímpicos unos 300 atletas y a eso habría que añadir unos 5.000 deportistas de élite nacional o internacional. No son muchos, y parecen aún menos, si tenemos en cuenta que entre Primera y Segunda División del fútbol hay alrededor de 1.000 futbolistas. O lo que es lo mismo. 1.000 tests diarios. Solo se ha salvado el baloncesto, con fuerte enraizamiento social en ciudades pequeñas, muchas de ellas sin fútbol de élite, y por el efecto arrastre de Real Madrid y FC Barcelona con sendos equipos en la ACB. Y por eso vuelve la Liga y la ACB y no así el voleibol, el hockey, el balonmano, o la Liga femenina, ésta última con fuerte crecimiento y patrocinio en el último lustro, pero sin arraigo social capaz de mover los cimientos de una comunidad.

Estos números refuerzan los clichés anti fútbol, los cuales tienen su verdad, pero muchos no son más que eso, clichés. Da la impresión de que el fútbol lo mueve todo, y a su rebufo esa suerte de hermano tonto y feo, el baloncesto. Pero urge intentar comprender la importancia de la Liga como fenómeno económico y social, como escape psicológico y como retorno a la normalidad.

Como ya tengo expresado en otras ocasiones, el fútbol fue (y a pesar de Gran Bretaña) una pata trascendental para la reconstrucción de Europa tras la II Guerra Mundial. Una Europa donde no había euro, ni becas Erasmus, ni vuelos de bajo coste ni permeabilidad de fronteras. Una Europa constreñida en la que había monarquías y repúblicas, democracias y dictaduras, capitalistas y comunistas y también católicos, protestantes, ortodoxos y musulmanes.

Digo esto para defender los efectos terapeutas del fútbol. Ahora que hay barra libre de test y de mascarillas (ya saben, antes no, ahora sí, antes de usar y tirar ahora reutilizables porque contaminan) la indignación se ha atenuado, pero hace tan sólo unas semanas era un clamor popular porque los dichosos futbolistas tenían acceso diario a los tests. Era inquietante, desde luego, pero también lo era que las grandes empresas españolas (Inditex, Seat, BBVA o Mercadona) los tuviesen, o que laboratorios privados hiciesen su agosto a cuenta del pánico general, pero, por ellos, nadie se rasga las vestiduras.

Sólo trasciende si hablamos de fútbol. Primero porque fue el primer deporte que se profesionalizó, generando la inquina de las otras disciplinas. Después, porque fue capaz de generar ingentes sumas de dinero. Y eso generó envidia. La envidia de ver como con algo tan primigenio y al alcance de cualquier persona unos pocos se hacen de oro. Y en segundo lugar, porque en la España cainita en la que vivimos aún perduran los rescoldos del Franquismo que eliminó de nuestro subconsciente la simbiosis entre deporte y cultura y convirtió al fútbol en el tonto útil de la dictadura.

Los anti fútbol ponen como ejemplo la racionalidad de Macron que ya hace semanas decidió cancelar la competición. Pero en Francia el fútbol es algo menor. En Europa hay cinco grandes Ligas de fútbol, en la que la quinta, y sin discusión, es la francesa. Las otras han bajado o subido posiciones en función de los designios del dinero y los acertijos de la historia, pero de los cinco grandes países es en Francia donde el fútbol es un pato cojo. Por eso Macron se bajó pronto del carro y dijo que en el país galo ya no habría más patadas a la pelota.

El fútbol en Francia es provinciano, banal, cosa de ciudades pequeñas o industriales. El fútbol pasa de largo por Paris por mucho que se empeñe el jeque, que heredó una idea nunca acertada de Canal + allá a inicios de los 90. Y no en todas las pequeñas urbes de provincias triunfa el fútbol, porque en muchas de ellas está arrinconado por el rugby. En Francia el deporte nacional es el ciclismo. El Tour es glamour, orgullo y la mejor guía turística existente. Es una cuestión de Estado, y por eso Macron se apresuró pronto en asegurarlo. El Tour se tiene que celebrar por lo civil o por lo criminal.

Al fútbol en Francia le ha sucedido lo mismo que al baloncesto a nivel europeo; que no es relevante. Si bien la ACB se retoma en España, no ha sucedido lo mismo con la Euroliga. Un sin sentido para algunos. Una lógica geopolítica aplastante para muchos. Ni en Inglaterra, ni en Alemania ni en Francia, el baloncesto es esencial. En Italia hace unos cuantos lustros que está sumido en un fuerte retroceso, por  lo que de los cinco grandes países occidentales tan sólo en España es ‘prima dona’. En el momento en el que Rusia (CSKA Moscú) expresó su temor por volver a la competición, los fanáticos, pero pequeños, países del Báltico y del Mediterráneo que luchaban por el retorno de la Euroliga, tuvieron que claudicar.

Así pues celebremos la vuelta del fútbol. Como dijo Winston Churchill tras la batalla de El Alamein, la primera en la que los británicos salieron victoriosos tras cerca de tres años de contienda, esto no es el fin, ni siquiera es el principio del fin, pero sí es el fin del principio.

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Steve Prefontaine y el origen de las zapatillas Nike

El 30 de mayo de 1975 Steve Prefontaine acudió a una fiesta universitaria. El día anterior había competido en una carrera y, como en él era costumbre, la había resuelto con una victoria. Cuando llegó al festejo era el amo del cotarro. Repartió unos cuantos abrazos, saludó a algunos amigos, departió con unos cuantos desconocidos y coqueteó con alguna chica. Pero estaba cansado y decidió retirarse pronto. Subió a su coche con el objetivo de volver a casa. A la mañana siguiente tocaba entrenamiento. Aquel día había chispeado, y entre eso y el calor primaveral, la noche se presentaba húmeda. La niebla baja afectaba a un camino sombrío dominado por la vegetación. Se sucedieron un par de malas curvas y en una de ellas un coche se cruzó en su camino. Prefontaine dio un volantazo para evitarlo y acabó estrellándose contra un abeto. Un par de días después se celebró en Hayward Field, el estadio de la Universidad de Oregón, su funeral. Bill Bowerman leyó un conmovedor panegírico alabando al chico que nunca se rendía, instantes antes de que el coche fúnebre diese la vuelta al estadio a la velocidad a la que Prefontaine solía acabar sus carreras. El público caminó esos últimos 400 metros en un profundo silencio.

Fue la única vez que Steve Prefontaine corrió en ese estadio sin el rugido de sus aficionados.

Tenía 24 años.

En los años 70 Estados Unidos estaba sumido en una profunda depresión. A la revolución por los derechos civiles de la minoría negra y al levantamiento juvenil que había aflorado en la década anterior, se le añadía la confirmación del desastre estadounidense en la guerra de Vietnam. Estados Unidos cambió de la noche a la mañana. Y entre esa nueva forma de entender la vida estaba el correr por correr. En las grandes metrópolis los yupis empezaron a hacer footing y el aficionado norteamericano comenzó a considerar suyos a los atletas de medio fondo.

Steve Prefontaine era el abanderado de su tiempo. Llegó a poseer al mismo tiempo todos los récords nacionales desde 1.500 a 10.000 metros. Era un icono de la juventud. Un icono de los 70. Ayudaba su imagen, sus piernas, su carisma y su aspecto desaliñado. “La gente compite para ver quién es más rápido, yo para ver quien tiene más agallas”, exclamaba con firmeza. Era diferente por su forma de pensar y de actuar. La gente le adoraba y en la Universidad de Oregón empezaron a circular por todo el campus sudaderas y camisetas con su nombre en lugar de con el nombre del centro. La gente cursaba sus estudios en la de universidad Steve Prefontaine.

Prefontaine había ingresado en la Universidad de Oregón en 1970. Situado en la región más lluviosa de Estados Unidos, el Estado de Oregón es uno de los que más fervientes aficionados al atletismo tiene en todo el país. El responsable del reclutamiento era Bill Bowerman, quien estaba convencido de que Prefontaine se iba a convertir en el mejor atleta del mundo. Bowerman era un ex militar que descubrió a Prefontaine en un campeonato infantil. Era un técnico estudioso, detallista y metódico. Un gurú. Tenía una máxima que rezaba; “Dios determina lo rápido que vas a correr. Yo me ocupo de la mecánica”. Adelantado a su época, diseñaba sus propias zapatillas en el garaje de su casa con la ayuda de su mujer. Estaba obsesionado con mejorar el rendimiento de sus discípulos, aunque para ello tuviese que adentrarse en terrenos insospechados.

Pero mientras seguía innovando con sus zapatillas caseras, Bowerman se dedicó a preparar a Prefontaine. Steve asombró en las clasificatorias estadounidenses y con sólo 21 años se veía favorito para los Juegos de Múnich. Aunque tenía varias marcas válidas en diferentes distancias, se decantó por correr los 5.000 metros. Empezó la final fiel a su estilo, a ritmo de mitin y con continuos cambios de cadencia que levantaban al público de sus asientos. Pero, como era de esperar, le acabó traicionando su carácter explosivo y su inconformismo. Fundido, acabó cuarto y sin tocar metal, en una prueba que concluyó ganando el finés Larse Viren.

Bowerman ya le había advertido de que sería necesario que se guardase fuerzas para el final, pero Prefontaine no le hizo caso. No se puede domar a un caballo salvaje. Cogía la cuerda de la pista y ya no la soltaba hasta el final. O eso, o moría en el intento. Se había convertido en una celebridad corriendo así y así lo seguiría siendo siempre.

Y a la gente le encantaba. Era todo corazón. Era puro arte.

A pesar del apoyo de la gente, a Prefontaine le costó superar aquel fracaso. Por entonces los atletas eran amateurs y a Steve le ofrecieron millones por disputar mítines en ciudades de medio mundo. Estuvo tentando a aceptarlo, pero finalmente no lo hizo. Con ayuda de Bowerman se propuso lograr el oro en los Juegos Olímpicos de 1976. Y para ello iba a tener el auxilio de unas zapatillas revolucionarias.

Por entonces la firma predominante en el tartán era Adidas. Las zapatillas alemanas eran el referente mundial y sus éxitos en los Juegos Olímpicos las convirtieron en la primera opción para cualquier deportista. De hecho, aunque Prefontaine usó alguna vez zapatillas Puma, en su victoria más celebrada en los clasificatorios estadounidenses para los Juegos de 1972 calzaba unas Adidas. En aquella celebre carrera en la que estableció un nuevo récord del mundo de los 5.000 metros acabó dando una vuelta de honor con una icónica camiseta que ponía ‘Stop Pre’, y que pronto se convirtió en prenda de culto en la cultura hippie.

Concretamente las zapatillas de Prefontaine eran unas ‘Adidas Tokyo’ que, como es fácil de deducir, fueron arrojadas al mercado en los Juegos Olímpicos de dicha ciudad. Como por entonces no se lanzaban nuevos modelos cada dos por tres, ese revolucionario diseño estuvo en vigencia desde 1964 hasta 1972. Eran unas zapatillas, hoy legendarias, con una lengüeta blanca y una X en el talón. Con alguna variación, es el modelo habitual de las barrigas cerveceras que sudan una vez por semana en las pistas de fútbol sala.

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Adidas Tokyo. Un clásico

Pero en 1973 Prefontaine iba a calzar por vez primera unas nuevas zapatillas. Se trataban de unas ‘Nike Pre Montreal’, pensadas y diseñadas para él, de ahí que llevaran el sufijo de ‘Pre’. Se trataba de unas zapatillas de una sola pieza y sin costuras que combinaban el verde y el amarillo, los colores de la Universidad de Oregón.

Por entonces las zapatillas eran un peso muerto contra el que los atletas tenían que luchar. No solo era el viento y los rivales, también había que pelear contra una enorme carga aerodinámica que se convertía en lastre para cualquier atleta. El objetivo era aligerar la zancada al golpear el pie con el suelo. El objetivo era buscar el dopaje tecnológico.

Para diseñar sus zapas revolucionarias, Bowerman había determinado que si conseguía quitar 28 gramos a la suela de una zapatilla los corredores se ahorrarían el esfuerzo de levantar 50 kilos de peso por cada milla recorrida. La pregunta era cómo hacerlo y fue su mujer quien le sugirió la idea una mañana mientras preparaba unos gofres. Bowerman esparció caucho líquido por la plancha de los gofres y el resultado fue una suela con forma de rejilla, más ligera y capaz de amortiguar las pisadas.

Bowerman tenía sus zapatillas y tenía claro quién iba a ser el primero que las probara. Steve Prefontaine las vio y frunció el ceño, pero tras dar una vuelta a la pista lo tuvo claro. Esas eran las zapatillas. Bowerman le diseñó unas exclusivas y adaptadas a sus pies que apenas pensaban 85 gramos cada una.

Mientras Bowerman le daba a la materia gris, un ex atleta suyo llamado Phil Knight se convirtió en representante de Estados Unidos de la, por entonces, modestísima marca japonesa de zapatillas Asics. Knight le pidió a Bowerman que le vendiera unos cuantos modelos a sus alumnos, pero la respuesta de Bowerman fue otra. Convenció a Knight para que se convirtiera en su socio y a través de la base de Asics crear una marca nueva y modificarla. Dicho y hecho, hicieron un primer pedido a Japón de 500 pares y tras introducir varias modificaciones con los diseños de Bowerman crearon la marca Onitsuka Cortez.

Era de esperar que Asics comenzara un litigio por los derechos de las nuevas zapatillas. Y así fue. Por lo que en 1972 los dos empresarios estadounidenses fundaron Nike. Escogieron el nombre en honor a la diosa griega de la victoria, capaz de volar y de correr a gran velocidad y cuya efigie aparece en el anverso de muchas de las medallas olímpicas.

Fue así como Prefontaine se convirtió en icono y en primer deportista patrocinado por Nike. Las zapatillas que Prefontaine popularizó llevaron el nombre de Oregon Waffle (gofre en inglés) y en los Juegos Olímpicos de 1976 ya eran mayoría entre los atletas estadounidenses. Quien no las pudo calzar fue el propio Prefontaine, que falleció en el referido accidente de coche que sesgó su vida con apenas 24 años mientras se preparaba para los que iban a ser sus Juegos. “Se ha muerto el alma de Nike”, sentenció Bowerman.

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Las primeras Nike. Todo a base de gofres.

Cuando la década de 1980 esbozaba sus inicios, las zapatillas deportivas pasaron de ser un objeto de deportistas a integrarse en la cultura urbana. Por entonces Nike seguía viviendo de la fama de Steve Prefontaine, pero sus competidores habían desarrollado sus propios modelos y se encontraban en una posición mucho mejor para afrontar el nuevo mundo de patrocinio y ventas que se les avecinaba.

Todo cambiaría cuando en 1984 Michael Jordan firme un contrato astronómico con Nike.

Pero esa es otra historia.

“Para mí el mejor ritmo es un ritmo suicida. Cualquier día de carrera es un gran día para morir.”, Steve Prefontaine.

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El deportista: ¿nace o se hace?

El deportista: ¿nace o se hace? La pregunta del millón. No es complicado deducir que no hay blanco ni negro. Siempre predomina la equidad. Condiciones innatas, trabajo espartano y una pizca de diosa fortuna. Uno de los libros que adornan mi estantería y que he vuelto a releer durante el confinamiento es ‘El gen deportivo’ de David Epstein. Licenciado en ciencias medioambientales y en periodismo, Epstein es el referente mundial en temas de investigación deportiva y dopaje, así como de genética o entrenamiento científico. En su libro, un sesudo ensayo, Epstein pretende dar respuesta científica a la eterna pregunta: ¿El deportista nace o se hace?

“Es difícil definir si nace o se hace (…) Los deportistas de élite tienen talento deportivo, lo cual se traduce en una mayor capacidad de mejora (…) Esa capacidad tiene un componente genético, pero también psicológico y de entorno”, reflexiona Epstein. Con el avance del siglo XX las evidencias científicas fueron determinando que en función de las características fisiológicas, un deportista era más o menos apto según qué deporte. Comenzó así una selección artificial que produjo que los cuerpos de los deportistas se hiperespecializaran en función de las diferentes disciplinas. El siguiente paso fue someter a esos cuerpos perfectos al mismo entrenamiento, pero, oh, sorpresa, se comprobó que el mismo tipo de cuerpo y el mismo tipo de entrenamiento no obtenían idénticos resultados.

Epstein explica que en 2003, cuando se secuenció el genoma humano, se descubrieron los diferentes genes que hacen al ser humano propenso al éxito deportivo. Es el caso del ATCN3, que produce una proteína trascendental para la contracción muscular. También el ACE, básico para la regulación de la presión sanguínea en momentos de esfuerzo. Sin embargo, se ha demostrado que eso no determina a un gran deportista. En primer lugar porque se puede tener el gen pero no activarlo, y en segundo lugar porque los factores ambientales y de trabajo decretarán el rendimiento del gen.

Y es que Epstein indaga tanto en los determinantes físicos como en el ambiente cultural, y enlaza ambas ideas. Explica que los keniatas, concretamente los de la tribu Kalenjin, tienen  unas piernas extremadamente largas y delgadas y unas caderas estrechas que los hacen perfectos para las carreras de larga distancia. Es una evolución natural para un pueblo nómada que hubo de buscarse alimento en el altiplano keniano superando distancias kilométricas y esfuerzos a gran altitud. Que hoy salgan grandes corredores de allí es fruto del entorno y de una oportunidad laboral (el deporte) que por vez primera en la historia ha permitido convertir a pastores en deportistas profesionales.

El último factor para forjar a un gran deportista no está en los genes, sino en las neuronas. Un superatleta tiene que tener una mente privilegiada capaz de soportar la presión, pero también debe ser capaz de mantener una concentración excelsa. Poseer un cerebro de genio competente para responder en décimas o milésimas de segundo al golpeo de una pelota o al giro del cuerpo. Como en una especie de examen psicotécnico extremo, el deportista de élite es capaz de percibir lo que va a suceder antes de que suceda, tomando decisiones prácticamente de forma irracional.

Es por ello que aunque la ciencia dictamina una respuesta basada en los datos, Epstein lo tiene claro. Es una acumulación de genes, neuronas, entrenamiento y hábitat. Y es por ello que no existe una respuesta científica que determine quien será o no será un deportista de élite.

Y aquí es a donde yo quería llegar.

Hay una diferencia entre ser rápido y pensar rápido.

Hoy vivimos con la ansiedad de validar todo con datos. Pero que me perdonen. Es al revés. Algo es importante porque puede ser medido. No se mide para ser importante. En Estados Unidos hace años que se usa la ‘combine’ para seleccionar a los jugadores de los distintos deportes antes de acceder a la universidad o al profesionalismo. Pero la ‘combine’ mide si eres rápido, no si piensas rápido. Diagnostica, pero no mide la creatividad. Ayuda, pero no puede ser definitivo. Si las estadísticas predominan sobre el criterio, es que no tienes criterio alguno.

Cuando se descifró el genoma humano se esperaba que cada secuencia de ADN fuese individual. La realidad es compleja y cada secuencia interactúa con la otra. Lo que parece que conducía a un resultado, puede acabar conduciendo a un opuesto.

Cuando a Pelé se le pregunta quién es el mejor jugador que ha visto en un campo de fútbol siempre dice que es Garrincha. Extremo fabuloso, los genes de Garrincha determinaban que no podría caminar. Él convirtió esa discapacidad en sus piernas en un regate imprevisible y demoledor. Rocky Marciano era el más liviano y bonachón de los pesos pesados y, para más inri, tenía los brazos cortos, por lo que su alcance era limitado. Pero aprendió a agacharse y escabullirse para crear un boxeador intrépido que lo hizo invencible. Algo parecido le pasó a Wayne Gretzky, el mejor jugador de hockey sobre hielo de la historia. Corto de estatura, aprendió a colocarse detrás de la portería para no recibir golpes y transformó un juego que dependía de la velocidad y de la fuerza, en sentido común, engaño y creatividad.

Los factores biológicos otorgan una ventaja competitiva, pero hay que trabajarla. Tiger Woods golpeaba pelotas de golf con cuatro años, misma edad en la que las hermanas Williams estaban aleccionadas por su padre día y noche a pegar raquetazos. Michael Jordan iba a clase botando el balón y luego echaba canastas en la parte trasera de su casa hasta que su madre le mandaba ir a la cama. Eso es trabajo. ¿Pero cuantos Woods o Jordan hicieron lo mismo y se quedaron por el camino? No hay blanco ni negro. Siempre hay matices.

Fundamental no es sólo entrenar, sino tener libertad. De pequeño hay que jugar. Está demostrado que practicar varios deportes desarrolla la creatividad y la imaginación. Se debe experimentar y cometer errores para aprender. Hoy los padres de los niños escogen un deporte desde muy pequeños y los inscriben en escuelas donde todo responde a una organización que recuerda a un penal. El control es excesivo. Se debe practicar un deporte, no porque sea bueno para ti, sino porque te hace feliz. Las decisiones y la presión ya te llegarán en la adolescencia. Pelé hizo karate, de donde consiguió esa flexibilidad extraordinaria para jugar al fútbol, que le permitía caer con inteligencia tras sufrir una fuerte tarascada. Jordan enredaba continuamente con el beisbol. Bob Hayes, campeón de los 100 metros lisos en los JJ.OO de 1964, aprendió a correr como los dioses con el casco de fútbol americano. Y la también velocista Marion Jones usó su aprendizaje en el baloncesto para perfeccionar sus saltos de longitud.

En definitiva, todo se resume en un don que hay que trabajar. Sin uno no hay lo otro, y viceversa. Wayne Gretzky tenía un hermano menor que jugaba al hockey las mismas horas que él y que fue a los mismos equipos infantiles que él. Uno acabó siendo leyenda y el otro no pasó de las categorías inferiores. Otros, como las hermanas Williams, acaban llegando a la élite, pero ni aunque fueran gemelas podrían clonar resultados y rendimiento.

A mayores de genes y de entrenamiento, una característica que distingue a los genios del resto de deportistas es la innovación. Son alteradores del paradigma. Dominan lo esencial de su deporte y les aburre hacer siempre lo mismo. Son una especie que se nutre de ideas e imaginación. De ahí la importancia del cerebro.

Laary Bird jugaba como si la pelota se le ralentizara en sus manos. No es que sus dedos fuesen más rápidos, es que iban al sitio al que tenían que ir antes de que las cosas sucediesen. Durante un partido en la temporada de 1985 se le ocurrió tirar a canasta con la mano izquierda, prohibiéndose a sí mismo hacerlo con la derecha. Roger Federer ha confesado que en los partidos de primeras rondas de los torneos se motiva a si mismo buscando golpes imposibles en las esquinas. Michael Jordan empapelaba el vestuario con recortes de prensa, a veces inventados, de sus rivales criticándole para auto motivarse antes de un duelo intrascendental.

Estas cosas no son medibles en datos. No hay ‘big data’ capaz de computar el instinto asesino de un campeón. Los campeones son como los perros de trineo. Si los paras, se deprimen.

Se necesita la furia por dominar una materia y la capacidad para aprenderla. Necesitas la creatividad y necesitas los datos. Dick Fosbury inventó una forma de saltar revolucionaria al ser el primero en superar el listón de espaldas. Hoy la ciencia corrobora que es la mejor forma de hacerlo en función de la masa y del arco que forma el cuerpo, pero el mérito de Fosbury es que lo hizo antes de que la ciencia lo afirmase. Él contaba con los conocimientos científicos para saberlo (era ingeniero), pero tuvo la valentía y la creatividad necesaria para ponerlo en marcha.

Se dice que se puede enseñar a defender, pero no a meter goles. Los grandes entrenadores son sargentos detrás de los focos, pero fantasmas delante de las luces para que las estrellas sean deportistas libres. No son números. Hay que saber hacer sentir incómodo al genio, pero al mismo tiempo ser su mejor amigo. Ser estratega y ser un filósofo. A Michael Jordan lo encauzó Phil Jackson. A Rafa Nadal su tío Toni.

Vivimos en un mundo en el que sólo existe el ahora. Todo el mundo quiere emocionarse y ver algo que nunca ha visto, que no esté medido. Pero eso requiere espontaneidad. Y la espontaneidad va en contra del ‘big data’. Maradona nunca habría pasado una ‘combine’ norteamericana. Sus números, sus datos y sus títulos palidecen ante otros genios del balón. Y sin embargo, es un semidios.

Y si todo estuviese medido, nunca hubiese habido ‘una mano de dios’.

“He luchado con caimanes, peleado con ballenas. He esposado relámpagos, metido truenos en la cárcel. Soy malo. He asesinado a una roca, herido a una piedra y a un ladrillo hospitalicé. Soy tan malo que a la medicina enfermé. Soy tan rápido que podría atravesar un huracán y no mojarme”, Muhammad Alí, uno de los más grandes deportistas de todos los tiempos.

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El aficionado al fútbol

¿Habrá fútbol o no habrá fútbol? Pregunta sin resolver. Calendarios que practican la trashumancia. Dirigentes que hacen equilibrismo económico. El fútbol volver, volverá. Pero volverá a puerta cerrada. Sin aficionados. Con la canícula acechando. Futbolistas encarcelados en un gran hermano del balón a los que juzgaremos como césares con el poder de un dedo de nuestra mano.

Eche o que hai.

El fútbol a puerta cerrada es como un descafeinado o como una cerveza sin alcohol. O parafraseando a Jorge Valdano es como hacer el amor con un árbol. Cuando uno ve al Brasil del 70 admira su juego, pero también admira el sol y las sombras del campo, el ambiente, el color y el calor mexicano. Cuando uno ve a la España del 2010 no puede más que palidecer ante la imagen de sillones de plásticos vacíos, negras sombras invernales y un sonido agudo e insoportable llamado vuvuzela. No es lo mismo. Como no es lo mismo una narración viva y veraz con el sonido ambiente de fondo en contraposición a que un atajo de periodistas te cuenten lo mismo que tú estás viendo desde el salón de tu casa. No es lo mismo una tribuna de prensa que el plató televisivo de una nave a las afueras de Madrid.

El sonido de una gran multitud futbolera aullando su indignación y su placer no tiene parangón. Lo que estimula ese sonido es la circulación continua de la pelota. En los deportes estadounidenses, y en buena parte de los deportes de equipo, las acciones son episódicas (o por lo menos lo eran antes del VAR). En el fútbol la acción sólo se ve parada o bien por las faltas o bien cuando el balón sale del terreno de juego. Y en los partidos importantes estos dos sucesos no hacen más que aumentar el conflicto.

El marco es simple y los cambios se observan como fogonazos a ojos del aficionado. Las jugadas se suceden. Los jugadores tienen capacidad para improvisar porque las reglas son mínimas. Si a eso añadimos los golpes, los violentos disparos que se realizan a puerta o los remates de cabeza, el resultado es fascinante. No es sólo vista. Es oído. Tenemos el sonido del balón, los jadeos fatigados, los murmullos y los gritos de los entrenadores. Quizás eso haga comprender porque un partido de fútbol es tan especial.

A veces se argumenta que el fútbol es agresivo. Los insultos, las peleas y hasta ciertas dosis de salvajismo. Los hinchas del fútbol nunca se van a parecer a los aficionados al tenis y mucho menos a los visitantes de un hipódromo. Pero tampoco es un lugar de cabezas rapadas o de sórdidos procesos judiciales. Ni es donde se juntan los borrachos del pueblo, los desgraciados que pegan a sus mujeres o los descerebrados que apenas saben sumar y restar.

Lo que sucede en el terreno de juego influye en el comportamiento del aficionado. Y ahí debemos incluir el enfado, el malhumor o la angustia. Dicen que todos los seres humanos somos capaces de asesinar en las circunstancias determinadas. Pues ocurre lo mismo en un estadio de fútbol. Todos formamos parte de la masa. El vínculo de los aficionados con su equipo es tan estrecho que reaccionan ante un lance del partido como si de una descarga eléctrica se tratase. Según el escritor Arthur Hopcraft el fútbol afecta a los aficionados del mismo modo que lo hace el alcohol; nos que induzca al ser humano a un comportamiento impropio de su carácter, lo que hace es liberarlo de la malla de control de su naturaleza interna.

Las multitudes no son monolitos idénticos, sino que se componen de distintos seres. La masa está formada por personalidades diversas. A menudo cuajan, pero según el transcurso del partido cada uno estallará en función de sus gustos y de sus personalidades. La grandeza del juego es que atrae al que se exaspera y explota en cada acción y al que ve tranquilamente el choque como si de una obra de teatro se tratase. Y las dos opciones son igualmente válidas.

Por cada aficionado que suelta los pies y los puños hay miles a los que únicamente se les descontrola la lengua.

Claro que hay gente que destroza autobuses o raja asientos. Pero como quien rompe escaparates, quema cajeros de banca o comete algún hurto en un centro comercial. Son todos pasatiempos habituales y que no tienen relación alguna con el fútbol. De hecho, ya ha quedado bastante claro que los actos de vandalismo en torno a un estadio no tienen relación con ganar, perder o empatar. Es una especie de liga de hostias entre aficiones que no tiene que ver con el partido ni con el equipo.

Resulta difícil discernir los motivos por los cuales un adolescente decente, por muy duro que haya sido su barrio, acabe dando patadas a diestro y siniestro y destrozando todo aquello que esté a su paso. En la actualidad las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado están mal vistos en todas partes. La vida en los barrios periféricos es difícil, se necesita compresión, decimos. Pero nos gusta contemplar la violencia. Lo hacemos en los libros, en el cine o en los videojuegos. Cuando la violencia surge en un estadio, todos giramos la vista intrigados e interesados. Y los medios responden con igual interés que placer.

En todo caso hoy el conflicto es residual. Antes abundaban las zonas baratas de un estadio en las que se situaban hombres rudos acostumbrados a trabajar con las manos, con la fuerza y de exuberante esfuerzo físico. Hoy los estadios tienen cómodas butacas y los obreros han sido sustituidos por trabajadores y trabajadoras de servicios, cuyo contacto con el físico se adscribe a su abono del gimnasio. El fútbol es más tranquilo porque es cultural y social. Es reflejo de su tiempo.

Pero nos estamos desviando del tema principal; el aficionado. La esencia del fútbol es el contacto. Y sin aficionados no hay contacto ¿Partidos a puerta cerrada? El clamor que acompaña a un regate es totalmente distinto al de una entrada a destiempo. Pero sin clamor no hay fútbol. Cada acción recibe del público la respuesta que le determina la naturaleza de la jugada. Sea un insulto, un aplauso o una admiración. Pero exige respuesta.

El silencio húmedo de un estadio de fútbol es aterrador, dijo Nick Hornby.

Las multitudes controlan su furia emocional a través del humor. Desde siempre se ha mentado a la madre del árbitro o se ha hablado de su ceguera. Era un tema agresivo, espontáneo. Palabras malsonantes dedicadas al portero. Lindezas de tinte homófobo dedicadas a estrellas melenudas. Bromas crueles y sutiles propias de su tiempo. Lo que antes era un clamor de la masa ante un futbolista negro, ahora pasa a ser el reducto del insulto de un puñado.

Si todos los jugadores se comportaran con decoro supongo que los aficionados también lo harían. Pero las triquiñuelas y la dureza jamás se alejarán del fútbol. Si no, no sería fútbol. El fútbol es la vida. No gana el más fuerte, gana el más listo. Por eso es el gran deporte de masas. El más sencillo, el más barato, el más simple, y el deporte de equipo donde hay más probabilidades de que gane el inferior. ¿Si los jugadores se comportaran caballerosamente también lo harían los aficionados? Suena imposible en un mundo competitivo en el que se lucha por los trofeos, pero también por los salarios más altos, las multitudes más numerosas y el chovinismo, sea local o nacional, impera en cada polo de opinión.

Para un club de fútbol sus aficionados son un activo, aunque están siendo ignorados por la tiranía de la televisión de pago. La mayoría de los clubes han mejorado sus instalaciones para acoger a sus seguidores, pero los ignoran a cambio de asociarlos a la idea de un gran club mundial. Se crea la ficción de que tienen el honor de pertenecer a un equipo que es seguido a través de los cinco continentes a cambio del pago de la mercadotecnia.

Para ese niño, o quizás para ese adulto con insaciable apetito de fútbol, la implicación con su equipo tiene que ver con una especie de deuda. Vale la pena recordar la escasa diferencia que hay entre economizar y derrochar entre las personas que constituyen el grueso de las multitudes futboleras. Esto podía llevar a comprender a los clubes de élite porque hay tanta decepción resentida y porque los de aquí cada vez dicen más aquello de “yo soy de tal equipo pero cada vez menos” mientras los de allá aumentan el número de aficionados del club sin ni siquiera haber pisado nunca el estadio.

El aficionado al fútbol no es solo un espectador. Su sudor y sus nervios están dedicados a su equipo, y el equipo puede enriquecer o empobrecer su alma. Los corrillos en la puerta de entrada de los jugadores antes de los partidos o la gente que espera hasta el final para vitorear a sus ídolos. Eso también es fútbol.

O era fútbol. Al final la historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. De lo analógico a lo digital.

“La rutina se olvida, solo existe el templo. El aficionado, el hincha, empuja la pelota. Una vez acaba el domingo el hincha es melancólico como un miércoles después de semana Santa (…) El estadio del Rey Fahd, en Arabia Saudí, tiene palco de mármol y oro y tribunas alfombradas, pero no tiene memoria ni gran cosa que decir.” Eduardo Galeano en ‘El fútbol a sol y sombra’.

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Juegos Olímpicos cancelados. De Tokio a Londres pasando por Helsinki (1940-1944)

En 1936, durante la disputa de los Juegos Olímpicos de Berlín (aquellos que tendrían que haberse celebrado en 1916) el Comité Olímpico Internacional (COI) determinó que los Juegos de la XII Olimpiada se programaran para Tokio. Hito histórico, porque por vez primera los Juegos salían de Europa y de Estados Unidos para aproximarse al Lejano Oriente.

Fue en 1932 cuando los japoneses presentaron su candidatura. Al mismo tiempo que Tokio hubo tres contendientes europeos; Roma, Helsinki y Barcelona. Los catalanes habían quedado por detrás de Berlín cuando el año anterior se había escogido a la ciudad organizadora para 1936, por lo que ahora eran los favoritos para organizar los Juegos Olímpicos de 1940. El mundo era entonces eurocéntrico, y aún no existía esa regla no escrita de rotación continental por cada edición olímpica.

La elección de Tokio fue una rotunda sorpresa. El país nipón, gobernado por un régimen castrense, comenzó los años 30 del siglo pasado ocupando militarmente Manchuria. Al avanzar la década una guerra contra China era más que evidente para la sociedad internacional. Pero la caída de Barcelona representó una oportunidad para Tokio. Apenas un par de semanas antes de la elección de la sede olímpica, la Guerra Civil española estallaba y con ella se sepultaban las aspiraciones olímpicas catalanas.

Muestra de la sorpresa nipona por la elección, y del escaso interés por la misma, es que no se construyó ningún estadio olímpico. Se embelleció y preparó el ‘Meiji Jingu’, un estadio de beisbol, y se planeó trasladar el resto de instalaciones al parque de Kinuta, hoy un área de esparcimiento protegida, que es famosa por sus cerezos y sus instalaciones golfistas.

Todo iba en orden, aunque sin demasiado entusiasmo, hasta que en julio de 1937 estalló la esperada guerra entre Japón y China. Los nipones creían que la guerra sería rápida. Además los combates se ceñían al territorio chino, por lo que aun a comienzos de 1938 los japoneses aseguraban al COI que no habría ningún problema en celebrar los Juegos Olímpicos. El COI aceptó la espera, pero cuando la delegación nipona fue a contar la buena nueva al gobierno los militares exigieron el fin de los JJ.OO para centrar todo el esfuerzo del país en la guerra. Así, en julio de 1938, los japoneses renunciaron oficialmente a su candidatura.

El COI debía buscar con rapidez un candidato alternativo. Con Barcelona y Roma en guerra (los italianos habían ocupado Albania y participaban activamente en la guerra civil española) la única ciudad disponible era Helsinki.

Los finlandeses estaban sobradamente preparados. Por entonces Finlandia era una potencia deportiva de primerísimo nivel. Y finés era Paavo Nurmi, el atleta más laureado del momento. En 1934 habían iniciado la construcción de un estadio olímpico futurista coronado con una espectacular torre de maratón con vistas sobre la ciudad que se eleva hasta los 72,71 metros de altura, exactamente la distancia a la que Matti Järvinen envió su jabalina cuando ganó la medalla de oro en Los Ángeles 1932. Para 1938 el estadio estaba listo para ser sede olímpica.

Cuadernos de Finlandia - El estadio olímpico de Helsinki
Helsinki. La torre más icónica del atletismo.

El único problema era el alojamiento. Helsinki no era una metrópoli y estaba escasa de plazas hoteleras, por lo que la organización diseñó un conjunto de apartamentos en un bosque a las afueras de la ciudad, que una vez finalizada la competición se podrían a la venta pública. Los fineses también acometieron el desafío tecnológico de retransmitir en directo a través de la radio los Juegos Olímpicos para todo el mundo (para quien tuviese receptor, lógicamente).

Pero el 1 de septiembre de 1939 Alemania invadía Polonia y daba comienzo la II Guerra Mundial. A diferencia de otros conflictos bélicos, cuando un par de días después Gran Bretaña y Francia declaraban la guerra a los alemanes se daba por seguro que la contienda iba a ser larga y cruenta. No habría lugar para los Juegos Olímpicos. Y mucho menos cuando en noviembre de ese mismo año la Unión Soviética invadía el territorio finlandés. Si había alguna ligera esperanza de que se celebrasen los JJ.OO ahora quedaba totalmente sepultada.

Al final no hubo Juegos ni en Tokio ni en Helsinki. Los nipones tuvieron que esperar a 1964 (y a 2021 coronavirus mediante) y los fineses a 1952. Y un detalle más. La cancelación de los JJ.OO de 1940 nos privó de una de las iniciativas más audaces de relevo de la antorcha olímpica.

Fue Carl Diem el que inventó el relevo de la antorcha olímpica para Berlín 1936. La idea era encender un fuego en los restos arqueológicos de Olimpia, donde se celebraban los Juegos en la Antigüedad. Desde ahí, y a través del relevo de la antorcha por voluntarios, la llama tendría que llegar a la ciudad anfitriona, en este caso Berlín, y con esa llama encender el pebetero instalado en el estadio olímpico.

Para 1940 la llama tendría que viajar de Olimpia a Tokio recorriendo 10.000 kilómetros y pasando por infinidad de países donde ni siquiera se intuía que era eso del espíritu olímpico. La primera idea era llevar la llama por medio de jinetes a través de la Ruta de la Seda, pero fue descartada por su peligrosidad. La segunda propuesta vino de Alemania. Consistía en llevar la llama en un Messserschmitt 261, el primer avión del mundo capaz de superar los 10.000 kilómetros sin repostar. La idea era magnífica, pero desvirtuaba el espíritu de confraternización. Al final los nipones aceptaron la sugerencia alemana, pero exigieron que se hiciese a través de un Mitsubishi fabricado en Japón. Como no tenía tanto alcance como el aeroplano alemán, el Mitsubishi tendría que aterrizar en algún punto del sur de Asia para luego la llama subirse a un barco de guerra japonés y alcanzar Tokio.

Los finlandeses lo tuvieron más fácil. Su idea era repetir ‘grosso modo’ el recorrido de Berlín en 1936, para luego atravesar el estrecho que separa Dinamarca y Escandinavia a través de un bote de remos. Al final habría que esperar a Londres 1948 para ver por primera vez la llama olímpica en el mar. Pero curiosamente fue en Helsinki, pero en 1952, cuando la llama viajaría por vez primera en el aire. Salió de Olimpia en un vuelo que haría escala en Munich y Düsseldorf antes de aterrizar en la ciudad danesa de Aalborg, para seguir por mar y tierra su viaje final a la capital finlandesa.

—LONDRES 1944—

En junio de 1939 los gerifaltes del COI se reunieron en Lausana para decidir cuál sería la ciudad anfitriona de los Juegos Olímpicos de 1944. En junio de 1939 Helsinki preparaba con celeridad la Olimpiada de 1940. En junio de 1939 el mundo aún estaba en paz. Se presentaron Londres, Roma, Lausana, Atenas, Budapest, Montreal, Detroit….y Helsinki. Los ingleses ganaron por abrumadora mayoría en la primera votación superando a Roma y se dispusieron a preparar los Juegos de la XIII Olimpiada.

Y ya está. No hay mucho más que contar. Ese verano el gobierno británico, viendo que la guerra era inevitable, decidió aumentar más del 50% su gasto militar, incremento que sería mucho más acusado cuando en septiembre la II Guerra Mundial daba comienzo.

Si en 1940 la guerra aún escapaba a algún lugar del globo terráqueo, en 1944, ya fuese directa o indirectamente, era total.

1944 era el año en el que el COI celebraba su quincuagésimo aniversario. Y a pesar de que Europa estaba arrasada por la guerra, Carl Diem organizó en la neutral Lausana diferentes actos de celebraciones a pesar de la ausencia de los Juegos Olímpicos. Hubo izada de la bandera de los cinco aros, un canto a la paz y a la harmonía del deporte y unos cuantos discursos. Pero no hubo competiciones.

Londres buscó de nuevo la oportunidad tras el cese de las hostilidades y el retorno de la paz. En mayo de 1946, apenas ocho meses después del fin de la II Guerra Mundial, los miembros del COI votaron por correo y dieron de forma unánime los JJ.OO a Londres, en este caso para el verano de 1948. A pesar de que la suiza Lausana y las estadounidenses Baltimore, Minneapolis, Los Ángeles y Philadelphia presentaron candidatura, el COI decidió premiar el esfuerzo inglés, aún a sabiendas de que Londres no estaba en condiciones de organizar unos Juegos Olímpicos.

Londres 1948 pasaría a la historia como ‘Los Juegos de la Austeridad’. Los ingleses decidieron no invertir en nuevas instalaciones. Al estadio de Wembley se le añadió una pista de atletismo, se aprovechó el Támesis para las pruebas náuticas y los atletas durmieron en los barracones militares levantados durante la II Guerra Mundial. La escasez de alojamiento, comida y equipamiento no iba a impedir recuperar el espíritu olímpico.

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Juegos Olímpicos cancelados. Berlín 1916

Al final se descartó la primavera y el florecimiento de los cerezos y se apostó por el verano, cuando la inmensidad del casco urbano de Tokio se acerca a los 40 grados, pero el caso es que los Juegos de la XXXII Olimpiada que se iban a disputar en 2020 quedan pospuestos para el 2021. Lo nunca visto. Sólo las guerras mundiales impidieron la celebración de los de Juegos Olímpicos de Berlín 1916, así como de las ediciones de 1940 y 1944.

Hasta la aparición de la pandemia del coronavirus nunca se había violado a la Olimpiada. Conviene explicar que los Juegos Olimpicos es el periodo en el que se disputan las competiciones deportivas, mientras que la Olimpiada es el espacio de tiempo que hay entre unos Juegos y los siguientes. Este periodo es de cuatro años, como quedó establecido en la Carta Olímpica moderna de 1896 en imitación de lo que antes de Cristo se hubo establecido en la Antigua Grecia.

Y es conveniente resaltar este detalle. Los Juegos Olímpicos se celebran cada cuatro años. Si por causa de fuerza mayor no se pueden disputar, ni se retrasan ni se posponen. Lo propio es saltar hasta la siguiente fecha estableciéndose una Olimpiada de ocho años. De hecho, y tal como veremos ahora, los Juegos de Berlín de 1916 son oficialmente los Juegos de la VI Olimpiada a pesar de que nunca se celebraron. La V Olimpiada fue en Estocolmo en 1912 y la VII Olimpiada en Amberes en 1920. Pero a efectos oficiales los Juegos Olímpicos de Berlín de 1916 constan en los registros olímpicos aunque nunca se celebrasen.

Digo esto porque la celebración de la XXXII Olimpiada en 2021 atenta contra los principios olímpicos. Se podía haber retrasado los Juegos de Tokio a finales de 2020, pero cambiarlos de año va en contra de la tradición, el espíritu y las reglas.

Pero ya sabemos que el dinero hace tiempo que es el aro más grande de la bandera olímpica.

El caso es que los primeros Juegos Olímpicos que se tuvieron que cancelar fueron los de Berlín 1916. Durante la celebración de los Juegos Olímpicos de 1912 organizados en Estocolmo, los miembros del Comité Olímpico Internacional (COI) se reunieron para dirimir la ciudad sede de los de 1916. Las urbes candidatas eran las europeas Ámsterdam, Berlín, Bruselas y Budapest; la norteamericana Cleveland y la africana Alejandría.

Desde tan temprana fecha como 1904 Alemania ya había empezado a postularse como anfitrión de los Juegos Olímpicos. Durante el siglo XIX los germanos fueron los más firmes defensores de la práctica de la gimnasia por parte de los escolares, así como de la introducción de los deportes dentro del ejército. Si en Inglaterra se crearon las reglas y se impulsó el deporte federativo, Alemania era la cuna de la gimnasia y la higiene como forma de crear una juventud más sana y robusta. Así pues, Berlín ya había propuesto organizar los Juegos de 1912, pero finalmente el COI designo a Estocolmo como sede. Que Berlín fuese la ciudad elegida para organizar los Juegos Olímpicos de 1916 era ‘vox populi’.

Apenas un mes después de la elección de Berlín como ciudad olímpica comenzaron las obras para la construcción del estadio olímpico. Su diseño fue encargado a Otto March, un influyente arquitecto alemán que no pudo ver acabado su proyecto ya que falleció escasos meses antes del fin de las obras.

El estadio fue bautizado como ‘Deutsches Stadion’, mismo nombre que escogerían los nazis para el fastuoso escenario de sus mítines celebrados en Núremberg años más tarde. El lugar seleccionado fue un parque al noroeste de Berlín donde ya existía un hipódromo. El modelo de March replicaba al White City Stadium de Londres que había acogido los JJ.OO. de 1908. Constaba de un espectacular estadio rodeado de pista de atletismo con un velódromo en su exterior. Junto al estadio también se levantó una piscina adornada por numerosas estatuas neoclásicas. El estadio olímpico, con capacidad para 33.000 espectadores, fue inaugurado el 8 de junio de 1913 junto a la modernísima estación de metro que se encontraba a su entrada. El acto fue un apogeo a la cultura gimnástica alemana con la presencia de cerca de 10.000 deportistas.

Photo: Das Deutsche Stadion - Berlin B&W | Germany album ...
La construcción del Deutsches Stadion

A mediados de junio de 1914, apenas un par de semanas antes del estallido de la I Guerra Mundial, tuvo lugar un ensayo olímpico en Berlín a modo de campeonato nacional que iba a determinar que deportistas teutones participarían en los JJ.OO. de 1916. En ese ensayo se utilizó una bandera blanca en la que estaban dibujados cinco aros. Había sido diseñada personalmente por Pierre de Coubertin, presidente del COI, y sería para siempre el símbolo de los Juegos Olímpicos. Representa los cinco continentes a través de los cinco aros entrelazados. Europa (azul), Asia (amarillo), África (negro), Oceanía (verde) y América (rojo).

Todo iba viento en popa hasta que poco más de un mes después un serbio de nombre Gavrilo Princep asesinaba a sangre fría a Francisco Fernando, heredero de la corona austrohúngara, en nombre del nacionalismo serbio. Esto fue la espita para que a través de un complejo sistema de alianzas estallase una guerra europea que pronto se iba a convertir en mundial.

Fue una guerra en cierto modo esperada y en cierto modo deseada. Todas las grandes naciones europeas llevaban años implementando en sus ejércitos nuevas armas nacidas de la fogosa industrialización. Aunque las tácticas militares en 1914 aún obedecían a patrones napoleónicos, los avances en artillería, comunicaciones, vehículos o armas ligeras hacían pensar a cada una de las potencias que resultarían vencedoras tras apenas unos meses de batalla.

Nadie se planteó cancelar los Juegos. La guerra comenzó en agosto de 1914 y era de locos pensar que el conflicto continuaría en el verano de 1916.

Duraría hasta noviembre de 1918.

Las esperadas nuevas tecnologías lo que hicieron fue llevar a la guerra a una nueva dimensión. El honor y la lucha cuerpo a cuerpo, que desde la guerra civil americana ya estaba dando visos de desaparecer, pasó a mejor vida durante la I Guerra Mundial. La carnicería que las ametralladoras, los obuses o los morteros causaron en los soldados convirtió lo que iba a ser una guerra rápida en un sin sentido. Los hombres esperaban en un foso rodeado de alambre de espino y cavado bajo una mugre de barro y ratas, la orden de un descerebrado para correr campo abierto camino de la parca.

En 1915 la guerra de trincheras era una realidad y que la guerra fuese a acabar rápidamente era una utopía. Pierre de Coubertin comienza a dar pasos para salvaguardar el movimiento olímpico. En primer lugar decide trasladar la sede del COI de Paris a la neutral ciudad suiza de Lausana, donde aún permanece a día de hoy. En segundo lugar los miembros del COI plantean que dado que Suecia es neutral, Estocolmo repita como sede aprovechando las instalaciones de 1912. Otros miembros del COI votan por llevar los Juegos a Sudamérica.

El problema es que Gran Bretaña exige que de disputarse los Juegos Olímpicos se excluya de los mismos tanto al Imperio Austrohúngaro como a Alemania, al considerar a ambos países causantes de la guerra. Obviamente las potencias centrales rechazan la idea y mantienen que los Juegos o se disputan en Berlín o no se celebran. Pero el principal problema es que la gran mayoría de los futuribles deportistas olímpicos o están en el frente o hace tiempo que la muerte se los llevó consigo.

Coubertin aún aguantará unos meses con los diferentes planes de contingencia sobre la mesa, hasta que en enero de 1916 los Juegos de la VI Olimpiada de Berlín 1916 son oficialmente cancelados. “Hoy, como en la antigüedad, una Olimpiada podrá no celebrarse si circunstancias imprevistas vinieran a oponerse, pero no se puede cambiar ni el orden ni el número”; comunica el mandamás del COI.

Palabras de 1916 que no han sido recordadas en 2020.

El COI no se volvería a reunir hasta 1919 cuando se decidió que la ciudad belga de Amberes organizase los de 1920, principalmente porque era el único gran puerto europeo que se mantenía en pie. En ningún momento se planteó que Berlín organizase los Juegos de 1920. Primeramente porque Alemania estaba en clima prerevolucionario y el hambre era común a la mayoría de sus ciudadanos. Pero también porque Alemania fue considerada por los vencedores culpable de la guerra y fue sometida a unas draconianas medidas económicas. Se le expulsó de la mayoría de los organismos internacionales, incluyendo los JJ.OO. de 1920 y los de 1924.

Pierre de Coubertin, el padre del olimpismo moderno - José Cárdenas
Coubertin. Padre de los JJ.OO.

El ‘Deutsches Stadion’ fue usado como hospital militar durante la I Guerra Mundial. Al volver la normalidad se recuperó su uso deportivo y pasó a ser sede habitual de los partidos de fútbol de la selección alemana y de la final copera. También fue lugar de mítines políticos o de récords del mundo de atletismo, que llegaron a acumular hasta 64.000 espectadores después de una ampliación del aforo.

Y algo aún más importante tendría lugar en el complejo olímpico. En las oficinas del ‘Deutsches Stadion’ el profesor Carl Diem inauguró en los años 20 la primera escuela de investigación deportiva del mundo. Diem, responsable de la organización de los JJ.OO. de 1916 y de 1936, fue el primer estudioso de las ciencias del deporte. Corredor de larga distancia, entrenador, directivo y creador de la tradición de la antorcha olímpica, ha sido rehabilitado hoy como el padre de la historiografía deportiva a pesar de su conexión con los nazis.

Berlín 1916 iba a ser también la primera vez que el COI iba a organizar un sucedáneo de Juegos Olímpicos de Invierno. Se pretendía realizar una semana invernal en la que el patinaje, el esquí y el hockey sobre hielo estuviesen presentes. No pudo ser, y hubo que esperar hasta 1924 para ver la primera edición con deportes invernales.

Finalmente fue en 1931 cuando Berlín superó a Barcelona y fue elegida sede de los Juegos Olímpicos de 1936, exactamente veinte años después de cuando se tenían que haber celebrado. La idea del gobierno alemán era retocar el ‘Deutsches Stadion’ y no excederse en el gasto en medio del clima de recesión mundial que se vivía en aquel momento.

Pero en 1933 el Partido Nacionalsocialista alcanzó el poder y Joseph Goebbels, ministro de Propaganda, decidió usar unos Juegos Olímpicos, que en principio no le interesaban, en beneficio de los nazis. En 1934 se decretó la demolición del ‘Deutsches Stadion’ y la construcción de un gran complejo olímpico que iba a estar coronado por el nuevo e imponente ‘Olympiastadion’. Se designó que Werner y Walter, hijos de Otto March y también arquitectos, diseñasen el ‘Olympiastadion’ de 1936 en el que los alemanes iban a demostrar al mundo que la raza aria era superior.

Pero esta era la historia de Berlín 1916. La historia de Berlín 1936 es otra historia.

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Especial Año Nuevo: Entrevista a Nerón

Uno aguarda distinguir a un semidios pero en cambio se encuentra con un varón joven, pecoso y pelirrojo, un tanto pasado de peso, mas con unos penetrantes ojos azules que se clavan como un témpano de hielo en el corazón. Esa aguda mirada te hace comprender porque este mortal fue considerado el Anticristo. Nerón Claudio César Augusto Germánico fue el último emperador romano de la dinastía Julio-Claudia, un consumado deportista y un tirano que dominó el mundo conocido entre el año 54 de nuestra era y el 68 d.C.

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Peter Ustinov, el Nerón mas famoso de todos los tiempos

Misterdato (P): ¡Feliz año César!

Nerón (R): ¿Qué dice usted? ¿Son las calendas de marzo?

P: No, no. Estamos a primeros de enero del calendario gregoriano. Acaba de comenzar el año 2020 d.C.

Nerón (R): ¡Cómo! ¡Cristo! ¿Aún sigue en pie esa secta? ¡A mí la guardia! ¡Pretorianos! ¡Dónde están mis legiones!

P: Cálmese, César. El mundo está plagado de cristianos pero no se preocupe, van a menos. Los que van a más son los musulmanes. Pero la verdad es que el tema religioso está perdiendo muchos adeptos, sobretodo en Europa. En otros sitios como América se mantiene muy bien.

Nerón (R): ¿América? ¿Qué es eso? ¿Una nueva tribu de bárbaros?

P: Es complicado… nos estamos desviando del tema. Este es un blog deportivo y si he considerado entrevistarle es porque usted fue un afamado protodeportista.

Nerón (R): En efecto. Siempre he considerado que un emperador es un dios tanto por lo que hace en el extra mundo como por el legado que deja a sus súbditos. A mí me gustaba comer, fornicar, matar, ya sabe, todas las obligaciones que tiene un emperador, pero también gozaba cantando, escribiendo poesía y, por supuesto, practicando deporte.

P: Se dice que estaba usted recitando versos y tocando la lira mientras Roma se quemaba durante el gran incendio del año 64.

Nerón (R): ¡Falacias! ¡Es una gran mentira! Yo fui el último emperador de la dinastía Julio-Claudia. Luego vinieron los Flavios, ya sabe, Trajano y toda esa gentuza, y lo que hicieron fue hacer propaganda en mi contra. Cuando el incendio se origina cerca del Circo Máximo yo no estaba en Roma. Tardé tres días en retornar y una vez regresé me puse al mando de los vigiles, el servicio de bomberos que yo mismo fundé. Luego los puñeteros artistas cristianos del Renacimiento empezaron a pintar cuadros de mí tocando el violín mientras Roma era devorada por las llamas. ¡Pero si no existía el violín en el año 64!

P: Correcto, pero siendo sinceros tampoco le preocupó mucho el incendio.

Nerón (R): Ustedes tienen ahora una tontería llamada Derechos Humanos. Nosotros no. Por eso dominamos el mundo conocido. El incendio fue una oportunidad. Pude reconstruir la ciudad a mi antojo. Hicimos una Roma nueva y ordenada. Creé los patios de manzanas, delimite la altura de los edificios e hice calles anchas y seguras. ¿A quién le importa la vida de plebeyos desconocidos? A los emperadores se nos recuerda 2.000 años después, al populacho no. ¿Cree que alguien se va a acordar de usted y de su morralla de blog cuando se muera? Después del incendio me hice un palacete, la Domus Aurea. Aquello era el paraíso. Tenía una sala de banquetes con una mesa redonda gigante. El palacio tenía lagos, jardines y una fuente de agua dulce. Hice desviar uno de los acueductos de Roma para que fluyera directamente a mi domus. Hice las mejores fiestas de la antigüedad. La cubertería era de plata y tenía asnos de bronce en cada habitación de invitados. Tenía las alforjas de los asnos siempre llenas de fruta fresca. Pero lo que más me gustaba era el agua de nieve que los esclavos de Alejandría me traían para lavarme las manos. ¡Qué tiempos!

P: Le podríamos llamar César, pero también tirano.

Nerón (R): ¡Me encanta que me llamen así! También me nombraron el Anticristo ¡El gran tirano! ¡Qué gran orgullo!

P: Vamos a ver si reconducimos la entrevista. ¿Por qué le gustaba practicar ejercicio físico?

Nerón (R): Yo fui un gran competidor. Un gran apostador. No sólo en el deporte, en la vida en general. Tiene que darse cuenta que mi vida era aburrida. Comía y bebía. Dicen que era un perverso sexual ¡No tenía otra cosa que hacer! Competía con mis subordinados a ver quién conseguía tirarse a más personas en el menor tiempo posible. ¡Hombres y mujeres! Libertad sexual. ¡Muerte a los cristianos! Una vez aposté unos miles de denarios para ver si era capaz de tirarme a un esturión. No lo conseguí. ¡Tuve que matar al que apostó conmigo!

P: …

Nerón (R): No se asuste. Todo es competición, es riesgo. Deporte extremo lo llaman ahora, ¿no?

P: Sí…también le llamamos civismo. Desequilibrado mental…cosas así.

Nerón (R): Tampoco se crea todo lo que se ha escrito sobre mí. Que si soy un monstruo o un ególatra… Por ejemplo, es verdad que me tiré a mi madre y que la mate. También es cierto que maté a mis hermanastros, ¡pero es que la lucha por el poder es enrevesada! Igualmente mandé envenenar a mis dos esposas, ¡pero es que no me daban hijos! Y una vez intenté castrar a un hombre. ¡Pero lo que no es verdad es que intentara casarme con él! Eso fue propaganda cristiana. Pero ya se sabe que el símbolo es mucho más poderoso que los hechos, y así me ha juzgado la posteridad.

P: Ya me ha quedado claro que usted era un tirano, pero un buen tirano, no cabe duda, un tirano inmejorable. Pero volviendo al tema deportivo, ¿es verdad que el deporte influyó en su asesinato?

Nerón (R): Sí. Ustedes se escandalizan mucho por el tema sexual, pero eso era habitual entre los patricios romanos. Pero lo que era inconcebible para un patricio es que escribiese versos o participara en festivales de música. Y no hablemos de correr, saltar o practicar cualquier actividad deportiva. Eso era una ofensa para un patricio. Y yo no era un patricio cualquiera, yo era el emperador.

P: También se la acusa de ordenar el asesinato de Séneca, la mente más brillante de su época.

Nerón (R): Séneca se suicidó. Demuestre usted que yo lo mandé matar. Atrévase. Eso lo primero. Y por otro lado, es cierto que él me acusó en el Senado de haber asesinado a su madre, pero lo que la gente suele obviar es que él se hizo millonario a mi lado mientras filosofaba sobre la moral y la pobreza. Repito; el símbolo es mucho más poderoso que los hechos.

P: Vamos al tema. ¿Cuándo decide participar en los Juegos Olímpicos del año 67?

Nerón (R): Cuando el incendio, que fue tres años antes, empecé a cantar en público tanto en Roma como cuando viajaba a Neápolis y vi que a la gente le encantaba y me adoraba. Pregunté en el Senado que les parecía mi voz y todo el mundo me decía que era extraordinaria. Comencé a ganar concursos de canto por toda la Península Itálica.

P: Es bueno señalar a los lectores que en el protodeporte, hace 2.000 años, tanto el canto como la poesía eran considerados deportes. Volviendo a sus victorias, se dicen que estaban amañadas.

Nerón (R): Eso decían, pero entonces déjeme afirmar. Si era denigrante que un emperador cantara, ¿por qué me dejaban ganar? Si hubiese perdido esos festivales igual no hubiese vuelto a cantar en público.

P: Igual tenían miedo a que si le dijesen la verdad acabarían muertos…o con los esturiones.

Nerón (R): ¡Ni que fuese un monstruo!

P: …

Nerón (R): ¡Qué!

P: El caso es que como siempre ganaba en todas las competiciones en las que se inscribía decide llevar su talento a los Juegos Olímpicos.

Nerón (R): También había un motivo político. ¡Aunque no lo parezca yo era el dueño del mundo conocido! Habíamos tenido una guerra con los griegos y consideré que participar en los Juegos era una forma de mejorar las relaciones con el mundo heleno. De hecho, aproveché la competición para declarar en toda Grecia la ciudadanía romana de pleno derecho, por lo que ya no tendrían que pagar más tributos. Impuestos que dicen ustedes.

P: Participó en seis disciplinas. Carreras de cuadrigas, canto, lanzamientos, música, teatro y danza.

Nerón (R): Sí, y si hubiese habido más pruebas hubiese participado en más. Mi favorita era la carrera de cuadrigas. Contaba con diez caballos africanos impresionantes. No sé si sabía usted que sufrí una fuerte caída en una de las curvas del circuito. Estuve a punto de morir aplastado por mis rivales, pero afortunadamente pude rehacerme y llevarme la victoria.

P: Dicen las crónicas que los rivales, asustados por su ira, aflojaron el ritmo y le dejaron ganar. Otras crónicas señalan que usted contaba con diez caballos y sus rivales con cuatro.

Nerón (R): Propaganda. Era el mejor y tenía los mejores caballos. ¡Eran tan rápidos que parecían más de los que eran!

P: También se dice que no cantaba demasiado bien y que las coronas de laurel fueron todas compradas.

Nerón (R): ¿Acaso es delito que un emperador mejore la vida de sus plebeyos con un saquito de denarios? ¡Es labor del César que el pueblo viva bien! ¡Qué es de un tirano sin sobornos! ¡Si en eso que llaman democracia hacen lo mismo!

P: El caso es que ganó tantas medallas como Michael Phelps.

Nerón (R): Ese quien es. ¿Un emperador?

P: Un emperador del deporte, podríamos decir. Pero él se dedicaba a nadar.

Nerón (R): Interesante. Los romanos, por lo general, no sabíamos nadar. Pero sí, gané todos los trofeos. Me los llevé todos a Roma y me hicieron un desfile de la victoria. Me proclamaron el deportista más grande del Imperio Romano. Algo que, por supuesto, ya sabía de antemano.

P: Mandó que le hicieran una estatua descomunal.

Nerón (R): Fue cosa del pueblo que me adoraba. Era una majestuosa estatua de 35 metros. Estaba situada donde hoy está el Coliseo. Le voy a contar una cosa que seguro que sus lectores no saben. Fue Vespasiano el que mandó construir un enorme anfiteatro y le puso el nombre Anfiteatro Flavio en honor a su dinastía. Pero la gente le empezó a llamar Coliseo en recuerdo a mi colosal estatua. Ya le digo que en el fondo la gente estaba encantada conmigo.

P: De lo que no hay duda es que usted revivió los Juegos Olímpicos. Estaban agonizantes y volvieron a estar en boca de todos gracias a sus triunfos, fuesen comprados o no.

Nerón (R): Mis antecesores estaban en contra de los Juegos porque lo consideraban algo griego. Por eso yo le di la ciudadanía romana a los griegos. De este modo los Juegos Olímpicos pasaban a ser romanos. Sabía que a los plebeyos les encantaban y a mí me encantaban. Me permitían ser yo mismo. Era feliz. Recuerdo una vez que participé en una obra de teatro y vi a un espectador que no me aplaudía. Ordené ejecutarlo. ¡Qué bien me sentí!

P: Dicen que cuando usted decidió suicidarse gritó “Oh, qué gran artista se pierde el mundo!

Nerón (R): Es que como César no fui gran cosa, pero como artista no ha habido otro igual. Me acuerdo perfectamente como si fuese hoy. Era junio del año 68. Había un complot contra mí y querían matarme. Pero yo no lo podía permitir. Mandé llamar a mi liberto y le ordené que me clavara una daga en la garganta. Le dije que lo hiciese poco a poco y que apuntase la frase. ¡Fue mi última gran representación!

P: A pesar de que considero que está usted como las maracas de Machín, no me queda más remedio que darle las gracias por haber mantenido viva la llama de los Juegos Olímpicos.

Nerón (R): Ya me dijeron que los Flavios empezaron desprestigiándolos y luego los cristianos acabaron prohibiéndolos para que nadie se acordase de mis hazañas. De todos modos le diré una cosa, si no hubiese sido los Juegos Olímpicos hubiese sido otra cosa. Yo era el César, tenía el poder y los medios. Hubiese sido el mejor en lo que me hubiese dado la gana.

P: También es verdad.

Nerón (R): Pues eso.

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Nerón y Phelps. Por increíble que parezca, dos leyendas olímpicas
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