Copa de Europa

El Pupas (50º aniversario)

15 de mayo de 1974. Día de San Isidro. Fiesta en Madrid. Bruselas. Estadio de Heysel. Final de la Copa de Europa. FC Bayern vs Atlético de Madrid. Por los alemanes forman Maier; Hansen, Schwarzenbeck, Beckenbauer, Breitner; Roth, Zobel, Kapelmann; Torstensson, Müller y Hoeness. Por los españoles la alineación la conforman Reina; Melo, Eusebio, Cacho Heredia, Capón; Luis Aragonés, Adelardo, Irureta, Salcedo; Ufarte y Gárate. Era la primera final de Copa de Europa de los dos equipos. Era la primera final de Copa de Europa de los 22 futbolistas presentes aquella tarde en la capital belga.

El Club Atlético de Madrid fue fundado en la capital homónima en 1903 como una sucursal del Athletic Club. La idea era que aquellos vizcaínos que estudiaban en Madrid pudiesen jugar al fútbol durante el curso escolar. Al cabo de unos años el Atlético logró su independencia, aunque mantuvo los colores rojiblancos (colchoneros por los tintes a rayas de unos colchones muy famosos de la época) y designó el azul y el blanco como alternativos. El Atlético fue uno de los fundadores de la Liga en el año 1928 disputando sus encuentros en el Metropolitano, un recinto ubicado al norte de Madrid, cerca de la zona universitaria. Al concluir la Guerra Civil tanto el estadio como las oficinas del club quedaron destrozados, por lo que el Atlético se fusionó con el Club Aviación Nacional, equipo militar, creando el Atlético Aviación. Ese apoyo financiero permitió al Atlético conseguir sus dos primeras Ligas en 1940 y 1941 y consolidarse, ya como Atlético de Madrid, como un grande del panorama nacional.

Aquella tarde primaveral en Bélgica el Atlético aspiraba a igualar a su odiado Real Madrid. Tras una década arrolladora los merengues iniciaban una progresiva cuesta abajo tras su meteórica carrera hacia la cima. El futbol español había pasado de la clara hegemonía del Athletic, a la breve del Barça de Kubala para acabar sucumbiendo a los encantos del Madrid de Di Stéfano. Desde entonces el Real Madrid se instaló en un trono que nunca abandonará. Empero, en pleno Franquismo, su alter ego no era el FC Barcelona sino su rival madrileño. Entre 1960 y 1977 el Atlético sumará cuatro ligas, cinco copas, una Recopa y hasta cuatro subcampeonatos ligueros a la sombra del Madrid. El Atlético era entonces la alternativa, sumando muchos cuerpos de ventaja sobre el Barça.

Pero le quedaba la Copa de Europa.

En dieciseisavos de final el Atlético se enfrentó al Galatasaray. Era un Atleti fuerte, que sumaba dos ligas en cuatro años, pero se mostró impotente. En Madrid el resultado fue de empate sin goles y en Estambul un salvador gol de Salcedo (un canterano del Real Madrid) en la prórroga daba el pase in extremis a los colchoneros. En octavos no hubo sorpresa alguna ya que el Atlético pasó por encima del Dinamo de Bucarest con una actuación estelar de José Eulogio Gárate, aquel ingeniero del área igual de fino en el campo como educado fuera del terreno de juego. Había jugado mejor el Atlético fuera de casa que en el Calderón durante estas dos rondas y repetiría secuencia en cuartos. Venció por 0-2 al Estrella Roja en Belgrado encerrándose atrás y saliendo al contraataque con los pases de Luis Aragonés y la clase de Gárate. Luego se dedicó a contemporizar en casa (0-0) para plantarse en semifinales por vez primera en su historia.

Luis Aragonés en su especialidad

Aquella edición de la Copa de Europa contaba con un claro favorito y un claro aspirante. El favorito era el Ajax, el cual era vigente tricampeón europeo. Sin embargo, ese verano Sjaak Swart colgó las botas y Johan Cruyff fichó por el FC Barcelona. Tras diez años con las puertas cerradas a los extranjeros, el fútbol español había reabierto sus fronteras y lo había hecho a lo grande. Cruyff fue la joya de la corona, el fichaje más caro jamás realizado. Netzer firmó por el Madrid y los argentinos Heredia y Ayala desembarcaron en el Atlético. El aspirante era el Liverpool FC de Kevin Keegan y dirigido desde el banquillo por Bill Shankly. Los ingleses rivalizaban con el Ajax por el trono de equipo más ofensivo de Europa y eran los vigentes ganadores de la Copa de la UEFA.

Y fue que los dos favoritos se quedaron por el camino en octavos de final. Al Ajax lo echó el CSKA de Sofía en una sucesión de errores defensivos clamorosos y ocasiones de gol desperdiciadas. Al Liverpool FC lo tumbó el Estrella Roja (al que luego echaría el Atlético) en una eliminatoria vibrante. Los serbios estaban liderados por Dragan Dzajic, un talento zurdo al que sólo las trabas burocráticas de la Guerra Fría le impidieron ser una estrella internacional.

Caídos neerlandeses e ingleses, cuando el Atlético se plantó en las semifinales tenía el trabajo medio hecho. Quedaba un oponente. Y el siguiente rival era de tronío. El Celtic de Glasgow. Hoy parece poca cosa, entonces era enfrentarte a uno de los mejores equipos de Europa. Campeones europeos en 1967, mantenían una estructura modélica comandada por el veterano Jimmy Johnstone y en la que emergía su sucesor bajo el nombre de Kenny Dalglish. El partido de ida es en Celtic Park. 74.000 almas abarrotan el estadio. Juan Carlos ‘Toto’ Lorenzo, técnico del Atleti, alinea un once tremendamente defensivo para aguantar el empate sin goles y decidir la eliminatoria a orillas del Manzanares.

Dirige el turco Dogan Bobacan. Expulsa a Ayala (63’), Panadero Díaz (64’) y a Quique (78’). Miguel Reina hace un partidazo bajo palos y el encuentro acaba 0-0. El partido es durísimo. Cada entrada es más brutal que la anterior. En Escocia y en toda Europa califican a los jugadores del Atlético como animales. En España se considera que los colchoneros han realizado un ejercicio de resistencia. La pelea continuó en el túnel de vestuarios y siguió hasta el aeropuerto de Glasgow con insultos entre directivos y aficionados. Multaron al Atlético con dos millones de pesetas. McNeill, capitán del Celtic, calificó de escoria al Atlético. Los sancionados (incluido Ovejero que fue expulsado al acabar el encuentro) no pudieron jugar la vuelta, pero, aun así, el Atlético consiguió vencer con dos goles de Irureta y Adelardo en los quince minutos finales (2-0) para clasificarse para su primera final de Copa de Europa.

La batalla de Glasgow

¿Quién era el otro finalista? Otro primerizo en la élite europea. Entrada la década de 1960 el FC Bayern tan solo contaba con un título liguero. Tildado como club judío, expoliado por los nazis, la indefinición del Bayern se reflejaba en sus colores que fueron de camiseta blanca y pantalón rojo hasta que fueron vendidos al mejor postor. Todo cambiaría en 1963. El TSV Múnich 1860, el otro club de la ciudad, rechazó a un chico llamado Franz Beckenbauer. Dos años más tarde Beckenbauer ya compartía equipo con Gerd Müller y Sepp Maier. En la siguiente década, desde 1964 a 1974, el FC Bayern sumó cuatro ligas, cuatro copas, una Recopa y cambió sus colores por un patrocinio millonario con Adidas. Faltaba lograr la Copa de Europa para ser considerado un grande, no sólo de Alemania, sino del planeta fútbol.

El FC Bayern había tirado la casa por la ventana el verano anterior. Firmó por 800.000 dólares, una cantidad muy respetable en la época, a Jupp Kapelmann, un escurridizo centrocampista procedente de Colonia que debía ayudar a dar el salto definitivo al conjunto bávaro. Para poder pagar el fichaje de Kapelmann el Bayern concertó 17 partidos amistosos en un plazo de 23 días. Tan extenuante calendario veraniego hizo que el FC Bayern llegara con las luces fundidas al partido de primera ronda ante el modesto Arvidaberg sueco. El 3-1 de Alemania se tornó en 3-1 en Suecia, y los muniqueses sólo pudieron acceder a octavos gracias a la victoria en la tanda de penaltis.

Llevaba el FC Bayern tres ligas seguidas, pero parecía desvanecerse su poder al competir en Europa. En octavos tocó un duelo fratricida ante el Dinamo Dresde. En Europa el Bayern había ganado la Recopa del 67 con unos jóvenes Maier, Müller y Beckenbauer. Y ahí se acababa el currículo. No obstante, la Bundesliga estaba muy por encima de la Oberliga, aunque eso no se notó sobre el césped. El Dinamo obligó al Bayern a jugar con ritmo elevado, algo que los muniqueses odiaban. El resultado fue una eliminatoria espectacular que acabó con un 4-3 en Múnich y un empate a tres goles en Dresde. En cuartos sí que demostró su aplastante superioridad el Bayern al aniquilar al CSKA Sofía. Esa eliminatoria dejó dos detalles. El primero es que el mejor fue Conny Torstensson, un sueco que haría carrera en Múnich tras jugar el primer partido de aquel año con el Arvidaberg (hoy no podría competir en Champions con dos equipos la misma temporada). El otro que Torpedo Müller falló un penalti. Era el tercero consecutivo que marraba. También lanzó y falló otro Franz Roth, pulmón de aquel equipo. A partir de entonces Paul Breitner se encargaría de los penaltis. La decisión se tornaría trascendental cuando meses después Alemania gane el Mundial en un duelo imponente ante Países Bajos con gol desde los once metros de Breitner.

En semifinales toca el Ujpest Dozsa húngaro. Empate en Hungría y 3-0 en casa. Por el camino además de Ajax o Liverpool FC también quedaron Club Brujas, Juventus o Benfica. La providencia fue eliminando rivales. El gran Bayern siempre tuvo una flor en el culo. Hay final pues. FC Bayern vs Atlético de Madrid. El colegiado es el belga Vital Loraux. Estadio Heysel. Aprovechando la festividad de San Isidro miles de colchoneros se desplazan a Bruselas. Se cuentan unos 25.000 en las gradas. Hay mayoría rojiblanca. Suceso extraño. Pero es que a los que viajan desde Madrid se les unen los miles de inmigrantes españoles que trabajan en Bélgica. Será la primera Copa de Europa que viaje a Alemania o la séptima que vuele a España tras las seis cosechadas por el Real Madrid.

Heysel.15/V/74

La final es intensa, disputada, pero no es agraciada para el espectador. El Atlético prefiere jugar al contraataque. El Bayern controla el balón, pero lo hace con calma, a trompicones, resguardando siempre sus espaldas. Todo esto es algo que no se visualiza desde España ya que los primeros quince minutos del partido no se pudieron ver en Televisión Española por un fallo técnico. Tras una primera parte insulsa, el Atlético tomo las riendas del partido en la segunda mitad mientras ahora era el Bayern el que esperaba agazapado. Las ocasiones eran escasas y el partido se encamina sin goles a la prórroga.

Entonces si también la prórroga finalizaba con empate se celebraría un partido de desempate. No había penaltis. La tónica de la segunda mitad continuó en el tiempo suplementario, hasta que en el minuto 114, a seis del final, hay una falta en el borde del área. Luis Aragonés lanza el esférico por encima de la barrera y el balón entra mansamente por la escuadra del palo derecho defendido por Maier. Una marea de banderas rojiblancas recorre las gradas de Heysel.

Tocaba entonces perder tiempo y aguantar las embestidas alemanas. Luis, quien llevaba todo el partido lanzándole besos a Beckenbauer y llamándolo guapo ante la incredulidad del Káiser, pide el balón todo el tiempo mientras se va a una esquina esperando una patada. Pero de pronto, rebasado el minuto 119, Gárate hace lo propio, pero sin la maldad suficiente para tirarse al suelo. Allí queda, permitiendo que el Bayern avance treinta metros sin oposición. Adelardo no va el corte y Luis Aragonés se desgañita pidiendo que alguien haga la cobertura. Beckenbauer envía un pase a Schwarzenbeck, el otro central muniqués, que sale de su cueva buscando la heroica. Adelardo sale a su encuentro, pero lo hace con poco tino. Luego confesará que estaba mirando al palco, buscando al presidente de la UEFA imaginándose levantando la Copa de Europa. Schwarzenbeck recibe poco después del centro del campo y a treinta metros arma la pierna sin que ningún jugador del Atlético salga a su encuentro.

Hans-Georg Schwarzenbeck era el hombre que le cubría las espaldas a Beckenbauer. Nacido en Múnich jugó toda su carrera, un total de 14 temporadas, en el club de su ciudad natal. También ganó el Mundial con Alemania. Fueron cerca de 600 partidos y apenas una veintena de goles.

Uno de ellos tendría lugar el 15 de mayo de 1974. Hace ahora medio siglo.

Schwarzenbeck le pegó duro. Abajo. Al palo derecho de Miguel Reina. Donde más duele. El tiro fue fabuloso y el padre de Pepe no pudo ver la salida del balón ante la maraña de defensores que tenía delante, no obstante, en el debe de Reina es necesario decir que estuvo lento y mal colocado. Luego correría el rumor, del todo falso, de que Reina no llegó al gol del empate porque acababa de llegar a la portería tras haberle regalado los guantes a un fotógrafo, celebrando el ya presumible triunfo. El caso es que a falta de veinte segundos para el final del partido el FC Bayern ponía el 1-1 en el marcador.

Tocaba partido de desempate. Apenas 48 horas después.

En las gradas había pocos españoles. Tocaba volver a Madrid a trabajar. También había menos muniqueses, pero el subidón de adrenalina y la relativa cercanía (700 kilómetros) animaron a los alemanes a desplazase a Bruselas. El Atlético, que seguía sin poder contar con los sancionados Panadero Díaz y Ayala, tendría que jugar sin Irureta por acumulación de amarillas y el Toto Lorenzo puso a Becerra sacando del campo a Ufarte. Udo Lattek sacó el mismo once que dos días atrás. Los bávaros eran imperturbables al cansancio.

Pronto se vio que el desempate no tendría nada que ver con el primer encuentro. Los jugadores del Bayern eran aviones. No existía el desfallecimiento. Dominaron el partido desde el inicio manteniendo el subidón de adrenalina provocado por el gol del impronunciable Schwarzenbeck. El Atlético ni estaba ni se le esperaba. Los jugadores no durmieron en toda la noche pensando en ese gol en el último minuto. Habían agarrado un asa de la orejona y se les había escurrido entre los dedos.

El Bayern arrolló gracias a un estelar Gerd Müller. Al descanso el marcador era 1-0 y al poco de comenzar la segunda parte Müller anotaba su segundo gol. El Atlético tuvo un arreón de vergüenza torera y Gárate fue claramente derribado dentro del área rival. No se pitó nada. Consecuencias de las salvajadas de Glasgow. Luego Müller completó el hat-trick con una preciosa vaselina y Hoeness marcó el tanto definitivo en un contrataque tras driblar a Miguel Reina.

FC Bayern 4-0 Atlético de Madrid.

Al acabar el choque los micrófonos de las radios españolas fueron en busca de Vicente Calderón, presidente del Atlético de Madrid. Y ahí soltó la frase. La perla.

“Ha sido muy injusto. Somos el Pupas Fútbol Club”.

La expresión cuajó y fue adquiriendo tintes icónicos surgiendo una leyenda de perdedor feliz que hicieron del tercer club de España una especie de gigante bueno, de fracasado simpático, de rico amable. El Atlético pasó a ser el Pupas. El equipo que cuando se caía de espaldas se dañaba el ombligo.

Y no era así.

Vicente Calderón supo sostener con aciertos deportivos y una economía de guerra al Atlético frente al Real Madrid y FC Barcelona. Con Calderón el Atlético vivió su mejor época y en ciertos periodos incluso estuvo por encima del Madrid. Pero esa sentencia, esa frase, dejo un legado derrotista que precisamente él había sabido combatir mejor que nadie. No en vano, meses después el Atlético se proclamó campeón de la Copa Intercontinental. Entonces los equipos argentinos jugaban a matar y el Bayern decidió renunciar a enfrentarse a Independiente. El Atlético, son seis nativos argentinos, aceptó el reto y venció. El Pupas Fútbol Club se proclamaba campeón del mundo.

El Atlético es club fundador de la Liga española y el conjunto con el tercer estadio de mayor capacidad en España. Con once títulos ligueros también es el tercero en el palmarés español y suma en total más de treinta títulos nacionales e internacionales. Forma parte de los diez clubes más laureados a nivel europeo y es uno de los 30 equipos reconocidos por la FIFA como campeón del mundo al haber ganado la Copa Intercontinental de 1975. Según datos de la UEFA de 2023 es el undécimo club europeo con mayor número de ingresos.

El lamento ocasional de Calderón ha elevado la condición de Pupas a elemento trascendental del club tanto o más que el escudo con el oso y el madroño o las rayas rojiblancas. El gol de Ramos en la prórroga y las dos finales perdidas de Copa de Europa en 2014 y 2016 ante el Real Madrid no hicieron más que hurgar en esa herida.

El Atlético de Madrid está en esto como todos para ganar. Y lo consigue con frecuencia. Y lo volverá a conseguir. Pero ese halo de cordero degollado, de Pupas creado hace ahora medio siglo, le permite sobrevivir a las derrotas y refugiarse en un victimismo derrotista que no se ajusta con el tercer palmarés de España y con uno de los mejores de Europa.

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Cuando el Atlético jugó una final de Copa de Europa de balonmano

En 1952 tuvo lugar el primer Campeonato de España de Balonmano en Sala a siete. El antecesor de la actual Liga ASOBAL. Es conveniente indicar que entonces había balonmano con once jugadores y muchos partidos se disputaban en campos de fútbol reconvertidos para la causa. No será hasta finales de la década de 1960 cuando el balonmano tal y como lo conocemos en la actualidad sea una realidad. Aquel primer torneo fue ganado por el Club Atlético de Madrid.

La sección de balonmano del Atlético sería cerrada por causas económicas en 1994 bajo mandato de Jesús Gil y Gil. Resurgiría efímeramente en 2011 para clausurarse definitivamente poco después. Fue Gil padre, quien accedió al cargo presidencial en 1987, el que desmanteló poco a poco el tema del balonmano. Hasta entonces el Atlético lideraba el balonmano nacional junto al BM Granollers y el CB Alicante, más conocido como Balonmano Calpisa por tema de patrocinio.

Era entonces el balonmano español un deporte semiamateur. El primer gran nombre fue Domingo Bárcenas, que compaginó baloncesto, beisbol y balonmano a partes iguales. Tras él apareció en escena Juan de Dios Román, un profesor de educación física que se hará cargo del Atlético en 1971 hasta que en 1985 pase a cubrir el puesto de seleccionador nacional.

Es en 1985 cuando el Atlético llega a su cénit. Desde inicios de la década de los 80 el Atlético se convierte en el dominador nacional bajo el liderazgo de Cecilio Alonso y del portero Lorenzo Rico, quien inicia una prolífica cantera de guardametas de elite españoles. El caso es que en 1985 el Atlético alcanza por primera vez una final de la Copa de Europa. Luego FC Barcelona, SD Portland San Antonio, CD Cantabria, CD Bidasoa-Irún y BM Ciudad Real convertirían en habituales los éxitos españoles en Europa. Significativo es que de los cinco campeones españoles hasta tres de ellos (Portland, Cantabria y Ciudad Real) han desaparecido. Pero entonces, en 1985, lo que iba a acontecer con el Atlético se tornaba en extraordinario.

En aquellos tiempos la Copa de Europa se jugaba en eliminatorias a ida y vuelta. La primera ronda fue un trámite saldado con éxito ante los israelís del Hapoel Rehovot. El problema apareció en octavos. Tocaba enfrentarse al SC Magdeburgo, por entonces doble campeón europeo y uno de los ogros del Continente. La ida en el Magariños fue apoteósica y los colchoneros dieron la sorpresa al vencer por doce goles de diferencia (28-16). Cuando todo parecía decidido, los alemanes demostraron que nunca se les puede dar por vencidos. A pocos segundos del final ganaba el Magddeburgo por once goles de diferencia. Un tanto bastaba para forzar la prórroga. Fue entonces, entrados ya en el último minuto, cuando Agustín Milián anotó el gol que daba la tranquilidad y finiquitaba el encuentro (25-15). Aquella agonía no llegó a verse en España, porque la señal de Televisión Española (La2) se cortó en el tramo final del encuentro. Para el recuerdo queda un fondo negro sobre la voz del narrador de TVE relatando el gol de Millán.

Los cuartos fueron otro paseo ante el Soborg danés, antes de que las semifinales emparejasen al Atlético frente al Dukla de Praga, vigente campeón europeo. De nuevo tocaba empezar en casa, donde el Atlético consiguió una exigua renta (16-14). Ese debería haber sido el tope de los madrileños en la Copa de Europa. El partido de vuelta se complicó desde el inicio, por lo que Juan de Dios Román decidió jugárselo todo a una carta y sacar en el segundo tiempo a aquellos que habitualmente eran suplentes. La moneda se tiró al aire, salió cara y el gol final de Quique García daba el pase a los colchoneros por un tanto de diferencia en el total acumulado (18-17). Las semifinales habían sido el tope al BM Calpisa en el año anterior y ahora por vez primera un equipo español se clasificaba para la finalísima europea.

La final era contra la Metaloplastika de Sabac. Una auténtica constelación de estrellas. Mirko Basic, Mile Isakovic y esencialmente Veselin Vukovic (no confundir con el también fantástico Veselin Vujovic). Para los entendidos la Metaloplastika no solo era el mejor equipo del momento sino de todos los tiempos. En soledad o en compañía esos chicos forman parte del mejor siete de la historia para cualquier entendido. Eran talentosos, pero sobre todo eran ambiciosos. Cuentan que los entrenamientos eran durísimos y la capacidad de sacrificio y esfuerzo cultivado tras años de régimen comunista daba sus frutos en un grupo perspicaz que desde niños jugaban juntos. Vukovic, pivote titular de la Yugoslavia campeona olímpica y mundial, acabaría fichando por el Atlético y luego ganando más títulos con el FC Barcelona una vez se iniciase la guerra en los Balcanes. Entonces, en 1985, el palmarés europeo de los serbios de Sabac aún estaba por iniciarse. Llegaban con hambre, puesto que habían perdido la final del año anterior en los penaltis.

Era Sabac una pequeña ciudad de poco más de 50.000 habitantes en el interior de Serbia. En época yugoslava se tornó en importante gracias a su industria química y fruto de esa pujanza en los años 80 la Metoplastika Sabac se convirtió en una potencia del balonmano. Durante esa década alumbró una generación de jugadores excepcionales que solo fueron abatidos por la desintegración de Yugoslavia. El ambiente lleno de banderas azules y blancas y el humo de bengalas del pabellón de Sabac también ayudaba a construir el mito.

Atlético 1985

No hubo final. El Atlético aguantó la primera parte del partido de ida. Y nada más. En Sabac la victoria fue local por 19-12 y eso a pesar de que Lorenzo Rico hizo el que para él fue el mejor partido de su vida. En Madrid aun fue peor el correctivo al vencer los yugoslavos por 20-30. Eran cazas contra biplanos. Pero era el inicio de un camino. El inicio de la explosión y posterior consolidación del balonmano español. Aquel equipo contaba con un problema profundo. No tenía extremo zurdo. Estaban obligados a jugar con un diestro (Agustín Millán) con constantes lanzamientos rectificados. Lorenzo Rico, para mayor problema, tuvo que jugar el partido de vuelta con unas décimas de fiebre por culpa de unas anginas. Claudio Gómez, por su parte, disputó el encuentro con un dedo roto.

Faltó convicción. Los yugoslavos eran mejores, pero si bien en Sabak el resultado fue justo en Madrid pesaron más los errores locales que los aciertos visitantes. La resistencia fue leve. El 5-1 intenso y agresivo de los colchoneros poco pudo hacer ante el 3-2-1 flexible y mixto de los yugoslavos que fue inabarcable para los de Juan de Dios. Aquella Metaloplastika puso la base para un balonmano que pasó de los tanteos que rara vez llegaban a los veinte dígitos a los que los superaban ampliamente.

Metaloplastika 1985

El resultado fue lo de menos. Y no es brindis al sol tal afirmación. El Atlético jugaba sus partidos en Magariños, un recinto con poco más de 2.000 localidades disponibles. Magariños estaba lejos de ser una pista de dimensiones internacionales. De hecho, no reunía las condiciones que exigía la EHF. Se decía que los extremos descansaban en la banda apoyándose en la valla que separaba la línea de los asientos del público. Era lo que había y era más que suficiente. Pero no para aquella histórica final. El partido de vuelta ante la Metaloplastika se iba a jugar en el Polideportivo de la Comunidad de Madrid, en la calle Goya de la capital. Hubo que montar un parqué nuevo que se trajo de Alemania, así que los jugadores ni siquiera pudieron habituarse a su nuevo tatami. Se iban a congregar 10.000 almas en el corazón de Madrid. Nunca antes un partido de balonmano había tenido semejante recibimiento. Ni siquiera los siete goles de desventaja habían echado para atrás la ilusión por la remontada.

El Atlético no pudo hacer nada, como comentamos fue arrollado (20-30) por los yugoslavos en la pista, pero logró una victoria monumental en las gradas. El Palacio de Deportes fue una caldera. Hubo pasillo de honor para los perdedores y una cantidad de banderas y pancartas jamás vistas antes en el mundo del balonmano español. Vujovic, sabedor de los rigores de jugar en Sabac y que luego haría grande al Barça, recordaba siempre con afecto aquella noche en la calle Goya: “La gente abucheaba y pitaba, pero luego nos ovacionaron. Ni en Yugoslavia había visto nada igual ni lo volvería a ver en el resto de mi carrera profesional. Ese día decidí que tenía que jugar en España”.

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Mánchester

El infierno. Eso era Mánchester en el siglo XIX. Esa era la Inglaterra de Oliver Twist. La Inglaterra de David Copperfield. La Inglaterra de Dickens. Un país que afrontaba unos cambios inmensos donde la corrupción y la hipocresía crecían en la misma proporción en que lo hacía la desigualdad y la pobreza. Charles Dickens bien lo sabía porque antes de afamado escritor había sido un niño que deambulaba por calles angostas, sucias y oscuras, llenas de miseria y dolor, mientras corría para llegar a tiempo a su trabajo en una fábrica de betún. Los domingos los pasaba vagando alrededor de la cárcel londinense donde su padre, un oficinista encarcelado por las deudas, malvivía en una minúscula celda a ras del Támesis tosiendo por culpa de la humedad y durmiendo en un lecho de paja.

Dickens fue el cronista de la grandeza y de la desdicha de la Inglaterra victoriana. Del ‘Brittania Rules’. A menudo una simple calle dividía una vida acomodada y sin preocupaciones de un paraje lleno de ratas, cólera y humillación. Cientos de miles de personas se instalaron en barracas construidas con toda celeridad para trabajar en fábricas apestadas de humo, calor y jornadas agotadoras sin apenas descanso para devorar un mendrugo de pan. Dickens pondría voz a esos seres anónimos y servirá de conciencia para alertar de los males de la Revolución Industrial.

Y pocos lugares representaban con más fuerza la penumbra que Mánchester. Leeds, Sheffield, Hull, Blackpool o Preston eran algunas de esas ciudades infestadas de carbón, hierro y acero. Sin embargo, el principio y el fin de todo estaba en el Gran Mánchester. Bueno, entre Liverpool y Mánchester. 50 kilómetros al oeste de Mánchester está el mar. Está el estuario del río Mersey. Está Liverpool. Allí está el puerto por excelencia de la Gran Bretaña de la Revolución Industrial. Allí, para agilizar el envío de carbón u algodón entre la capital interior y la portuaria, se construyó un gran canal para unir el Mersey con el Irwell. Allí, entre Liverpool y Mánchester, se inauguró en 1830 la primera línea férrea del mundo. Allí, a finales del siglo XIX, se construyó el primer polígono industrial planificado de la historia. Una amalgama de empresas, fábricas y estructuras con decenas de kilómetros de extensión. “De esta sucia cañería fluye oro puro”, diría de Mánchester Alexis de Tocqueville.

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Mánchester. Siglo XIX

Eso era Mánchester. Un pueblo de 10.000 habitantes en 1800 y que sólo medio siglo después era hogar de 400.000 almas que malvivían como suerte de esclavos. Pasarán los años, se conquistarán derechos y se rebajarán calamidades. Nacerá la cultura del ocio. Las relaciones sociales urbanas. La identidad grupal posmoderna. El concepto de Estado como garante social. Nacerá el fútbol.

Al calor de un meandro del río brotará en 1878 el Newton Heath LYR Football Club. Era un club obrero fundado por los trabajadores del ferrocarril. Se ubicaba en el barrio de Old Trafford, zona al oeste del ayuntamiento y que, aún hoy, integrada perfectamente en la ciudad, está considerada una de las mayores zonas industriales del mundo. Unas calles más arriba, en el hotel Midland, se fundó Rolls Royce. El caso es que el equipo entró en bancarrota en 1902 y fue comprado por un empresario de la cerveza que lo refundó con el nombre de Manchester United y cambió su indumentaria original verde y oro por una en blanco y rojo. Habían nacido ‘Los Diablos Rojos’ y en 1910 lo haría el icónico Old Trafford situado en Warwick Road, en una parcela de tierra ganada al canal marítimo que une Mánchester con el puerto de Liverpool.

El United era el dueño del norte y del oeste de Mánchester, pero con el cambio a Old Trafford se asentaba en el corazón de la ciudad. Rápidamente fue considerado el club de los ricos. John Henry Davies, el magnate cervecero y ahora también presidente, gastó grandes sumas de dinero y pronto el equipo fue conocido como Moneybags United (sacos unidos de dinero). En 1908 vino el primer título, antesala de muchísimos más.

Al sureste surgía otro club de fútbol. Nacía con fines humanitarios. En el barrio de West Gordon. Violencia, robos, suciedad, prostitución o alcoholismo. Eso era lo que en ese humilde barrio obrero sucedía día tras día. Es por eso que Arthur Connell y su hija Anna decidieron fundar un club de fútbol con sede en la iglesia de Saint Marks con el objetivo de que el deporte alejase a los niños y a los adolescentes de las calles. El West Gordon FC se instituyó en 1880 y años después trasladó su campo de juego a los aledaños del vertedero de Ardwick, un poco más al sur de la ciudad. El ahora Ardwick FC llegó a la segunda categoría del futbol inglés y pasó, en 1894, a renombrarse como Manchester City. Cuando en 1922 el club se mude a Maine Road, al sur de la ciudad, ya Mánchester estará divida en dos fogosas mitades.

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City & United

Y es que, si bien el United es el club más seguido de Inglaterra, no ocurre lo mismo en la ciudad de Mánchester (véase la película Billy Elliott). Al igual que sucede en Italia con Juve y Torino, la victoria en casa ajena no valida la de la casa propia. El United domina la ribera del río Irwell, el norte, el oeste y el centro de la ciudad. En Deansgate, donde se corta el bacalao, el rojo es mayoría. La tradición lo identifica con la élite. Por su parte, el City es dueño del este y del sur, de los antes arrabales y hoy barrios de la ciudad. El City es, paradojas del destino, el club del populacho.

Paradoja porque hoy el City es el nuevo rico. Lo es en la ciudad del fútbol por excelencia. No en vano el National Football Museum, el museo del fútbol inglés – que es lo mismo que decir del fútbol mundial -, está en Mánchester y no en Londres. En el Mánchester proUnited, por supuesto. El United de Best, Charlton y Law. De Cantona y Beckham. De Rooney y Cristiano. Del Teatro de los Sueños. El del diablo con el tridente y el barco que simboliza la Revolución Industrial (esclavista según los revisionistas).

El City también tiene en su escudo el ahora apestado barco y la rosa de Lancashire sobre los tres ríos que bañan la ciudad rumbo al canal que desemboca en el puerto de Liverpool. Y poco más que eso. Ni la Santísima Trinidad ni el pedigrí. Pero eso está cambiando. O ya ha cambiado. Se mudaron al norte, vendieron su alma al oro negro, pero a cambio van siete ligas en once años. Con lo que sumaron el siglo anterior, mientras eran pobres, más la porrea de éxitos que llevan desde que son ricos, ya son el cuarto club inglés en el palmarés histórico sólo por detrás de United, Liverpool FC y Arsenal. Si mañana (a la hora de escribir estas líneas) ganan la Copa de Europa no habrá más que decir. Será grande. Y vendrá la duda.

¿Y si el grande de Mánchester es el City?

Hoy las fronteras son más laxas. United y City celebran los títulos en el mismo lugar, en Picadilly Gardens. Se dice que Green Ancoast Street (el pedazo más al este de la M-30 mancuniana) divide la ciudad entre rojos y azules. Pero los azules ganan terreno. El City ya es una marca global y los jóvenes se identifican con ella. Hoy Mánchester ha dejado de lado el pasado siderúrgico y es fuerte centro cultural. Su museo, su biblioteca, la cocina internacional y sus fábricas reconvertidas en centros tecnológicos han dado paso a un nuevo Mánchester. Se ha recuperado incluso la Mamacium romana ocultada durante siglos.

En ese nuevo Mánchester el rey es el City. Y su reinado será continental si la vieja guardia y la tradición del Internazionale milanés no lo impiden este 10 de junio de 2023.

“Me gustaría vivir en Mánchester. La transición entre Mánchester y la muerte sería imperceptible”. Mark Twain, escritor estadounidense.

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Por parte del Real Madrid jugaron: Agustín; García Cortes, García Navajas, Sabido, Camacho; Ángel, Del Bosque, Stielike; Juanito, Santillana y Cunningham. En la segunda parte entró Pineda. Formaron por parte del Liverpool FC: Clemence; Neal, Thompson, Hansen, Alan Kennedy; Lee, McDermott, Souness, Ray Kennedy; Dalglish y Johnson. En la segunda parte entró Case. Esas fueron las alineaciones que ambos conjuntos presentaron en el Parque de los Príncipes de París el 27 de mayo de 1981 con motivo de la final de la Copa de Europa. Para el Real Madrid, entonces hexacampeón, era su primera finalísima en 15 años. Para el Liverpool FC, entonces bicampeón, era su tercera final en un lustro. Los españoles contaban con los hados de la historia. Los ingleses con el favoritismo.

La temporada blanca no auguraba proeza semejante. Al contrario. Hacía estragos el sol del verano cuando en un amistoso en Múnich el FC Bayern le endosa un humillante 9-1 al Real Madrid. Es un amigable, pero escuece como pocas derrotas han escocido antes. Entrena a los merengues Vujadin Boskov, un hombre de verborrea simple, pero autor de algunas de las frases más recordadas de la historia del balompié. A su famoso ‘el fútbol es fútbol’ acuñado para esas acciones de difícil explicación, dejará otra sentencia para los anales al acabar el duelo de Alemania: “Mejor perder un partido por nueve goles, que nueve partidos por un gol”.

Bayern Múnich, 9 - Real Madrid, 1. La risa va por barrios - Madrid-Barcelona
Mejor perder un partido por nueve…

Lo cierto es que el fútbol español no da para mucho más. Los setenta son una década horrenda en la que se escapan las clasificaciones para el Mundial de 1970 y 1974. La Liga apenas cuenta con estrellas y se abusa del fútbol de raza y defensivo. Son más famosos fuera de nuestras fronteras los defensas de pelo en pecho (el estereotipo es Goyo Benito) que los jugadores habilidosos. Ingleses, italianos y, esencialmente, alemanes, parecen cazas a reacción con coraza de acero cada vez que vienen a España. Son 13 años sin títulos internacionales desde la Copa de Europa del Real Madrid de 1966 hasta la Recopa del FC Barcelona de 1979. Es, sin duda, la época más oscura del fútbol español, no tanto por los títulos, sino por la sensación de impotencia ante el extranjero.

Y si hay club representativo de la fortaleza de España en Europa ese es el Real Madrid. Desde la consecución de la sexta Copa de Europa en 1966 el Madrid deambula por el continente como alma en pena. Sigue reinando en España, aunque en los 70 su rival vecinal será capaz de discutirle la hegemonía. De hecho, el Atlético alcanzará el subcampeonato europeo en 1974 algo con lo que el Madrid sólo podrá soñar. Más aún cuando a finales de esa década tanto Amancio como Pirri, últimos supervivientes del gran Madrid, se retiren. A la altura de 1980 el siempre resolutivo Santillana y el corazón de Juanito intentan mantener a flote a un grupo de meritorios.

A la pareja citada se unen dos extranjeros. El primero, Uli Stielike, es un internacional alemán de sólida carrera capaz de jugar tanto de libre como en el centro del campo. Sin embargo, al igual que Juanito o Santillana, aun siendo buenos futbolistas no eran para nada estrellas de categoría mundial. El otro foráneo es Laurie Cunningham, el primer jugador de raza negra en ser internacional inglés, una bellísima persona pero que no consiguió destacar sobremanera como extremo. El resto del equipo está formado por meritorios, jugadores de la casa, algunos mejores que los otros, pero la mayoría de ellos futbolistas de perfil bajo que en cualquier otra época no hubiesen pasado de jugar un par de partidos con el Real Madrid.

Buena parte de ellos tenían como apellido García. Es García el más común de los apellidos en lengua castellana. Ser un García es ser un ser desapercibido. Uno entre cientos. Y así eran aquellos meritorios del Real Madrid. Un equipo de desconocidos que todos juntos formaban un ente. Había hasta cinco (García Cortés, García Navajas, García Hernández, García Remón, Pérez García) y junto a otros comunes mortales como Ángel, Pineda, Sabido o Isidro estuvieron a punto de devolverle la grandeza al Real Madrid.

Y así pasaron a la historia. Si hubo un ‘Madrid de Di Stéfano’, un ‘Madrid-Yé-Yé’, una ‘Quinta del Buitre’, un ‘Madrid de los Galácticos’ o un ‘Madrid de Zidane’, también hubo un ‘Madrid de los García’.

En las dos primeras rondas el Madrid elimina con facilidad al Limerick FC irlandés y al Honved de Budapest recordando glorias pasadas. En esta eliminatoria (3-0 de parcial) destaca la actuación de Cunningham, en uno de sus mejores partidos con la camiseta blanca. En cuartos de final el Real Madrid viaja a Moscú para enfrentarse al Spartak. Allí sobrevive al asedio ruso con una actuación estelar de García Remón recordando a aquella de años atrás ante el Dinamo de Kiev que le valió el apodo de ‘Gato de Odesa’. En la vuelta, la entrada de Isidro por Del Bosque en la segunda parte cambiará el signo de la eliminatoria. Isidro batirá en dos ocasiones a Rinat Dassaev para darle a los blancos la clasificación para semifinales. ‘San Isidro goleador’ era un futbolista multidisciplinar al que Boskov colocaba tanto de lateral izquierdo como de delantero con el mismo aceptable rendimiento. Como un Lucas Vázquez de la actualidad, Isidro representaba a ese meritorio que nunca protesta cuando no juega y que siempre rinde cuando se le necesita.

Real Madrid Crónicas de aquel Real Madrid: San Isidro Goleador - AS.com
Gol de Isidro

Por el otro lado del cuadro avanzaba el Liverpool FC. A diferencia de lo que le ocurrió al Madrid, la década de los 70 fue gloriosa por los ‘reds’. Desde que el escocés Billy Shankly cogió las riendas del club en 1959 cuando militaba en la segunda categoría inglesa, no hizo más que hacerlo crecer hasta llegar al estrellato europeo. Lo hizo identificando al club con una forma de jugar que se dio en llamar ‘passing Liverpool game’ basada en el juego de toque, muy al contrario de lo que se estilaba en la Inglaterra de entonces donde el ‘kick and run’ (lanzar y correr) formaba parte del ABC del fútbol. Eso, y una comunión casi sagrada con los socios y trabajadores de la ciudad (Shankly fue el que hizo colocar la placa de ‘This is Anfield’ en el túnel de vestuarios para enfervorizar a los suyos y hacer temblar a los visitantes) hizo del Liverpool FC un grande en pocos años.

A Shankly lo sucedió su segundo, Bob Paisley, en 1974. Desde ese año y hasta 1981 el Liverpool FC había sumado 4 Premier, la Copa de la UEFA de 1976 y las Copas de Europa de 1977 y 1978. El esqueleto del equipo estaba formado por el portero Ray Clemence, el lateral derecho Phil Neal, los centrales Alan Hansen y Phil Thompson, el pivote Terry McDermott y, esencialmente, los escoceses Graeme Souness y Kenny Dalglish. El primero era un oso con la delicia de un violinista. Era un ‘box to box’ capaz de morder a ambos lados del campo. El segundo era un estilista, pequeño y pillo, de gran técnica y no excesivamente goleador, pero si capaz de anotar en el momento preciso.

El Liverpool FC elimina en primera ronda al Limerick FC irlandés y al OPS (10-1 en el global) finés antes de jugar en cuartos ante el CSKA Sofía. Allí Souness firmó una actuación memorable con tres goles en una eliminatoria que se resolvió por 6-1 en el global a favor de los ‘reds’. En semifinales tocó el FC Bayern. En Inglaterra el partido acabó sin goles a pesar de las numerosas ocasiones del Liverpool FC. Quedaba la vuelta. Los muniqueses no habían perdido partido alguno en casa durante la temporada. Y así seguiría la cosa. Dalglish se lesionó al poco del inicio, pero el Liverpool FC se las apañó para aguantar el 0-0, hasta que a falta de siete minutos Ray Kennedy anotaba el 0-1. Poco antes del final Rummenigge empataba el encuentro, pero el valor doble de los goles en campo contrario daba el pase a la final a los ingleses.

Trent, Lovren, Garcia and more: Kop 10 wins over German teams - Liverpool FC
Ray Kennedy (Liv) y Paul Breitner (Bay)

Al Madrid le tocó en suerte en semifinales el Internazionale milanés. En el Bernabéu los blancos barrieron al Inter con un monumental cabezazo de Santillana y un derechazo de Juanito. En la vuelta, el liderazgo de Stielike y una gran actuación del portero Agustín en su debut europeo darán el pase al Real Madrid a pesar de perder por 1-0. Agustín había debutado semanas atrás tras lesionarse García Remón y sería titular en la primera final de Copa de Europa para el Real Madrid en quince años.

El Madrid llegaba a París con urgencias históricas y también recientes. No hubo Liga ni Copa del Rey. Era todo o nada. El Liverpool FC también había fracasado esa temporada, por lo que sólo la Copa de Europa podía salvar su campaña. Jugarían Dalglish y Alan Kennedy, ambos recientemente recuperados de sus lesiones. Se especulaba con que el emergente Ian Rush sustituiría a Dalglish, pero no fue así. También Cunningham, que volviera a los terrenos de juego diez días antes tras seis meses de lesión, sería de la partida. Arbitraba el húngaro Palotai, quien ya dirigiera la final de 1976 y que es uno de los excepcionales casos de colegiados con notable carrera futbolística en el pasado.

El Liverpool FC dominó el partido y el Real Madrid se dedicó a defender y a salir a la contra. Aun así, las ocasiones fueron escasas, salvó un remate a bocajarro de Souness. En la segunda parte se mantuvo la misma tónica, pero el Madrid estuvo a punto de anotar en una cabalgada de Camacho que se marchó por encima del larguero. Llegó a tener alguna ocasión más, pero fue malgastada por Juanito, quien sería fuertemente criticado al finalizar el partido por exceso de individualismo.

Se llegó así al minuto 81, cuando un error al despejar un saque de banda de García Cortés dejó solo a Agustín ante Alan Kennedy que le fusiló. Los blancos reclamaron que el saque de banda les favorecía y Alan Kennedy acabaría confesando que su intención era centrar y no tirar. Lo cierto que es era el futbolista más tosco de los 22 que había el campo y tal sería su suerte que también anotaría el penalti decisivo en la tanda que en 1984 le daría al Liverpool FC otra Copa de Europa.

El Madrid de los García no pudo alzarse con el título, pero llegar hasta la final habla realmente bien de un grupo que igual era limitado, pero quizás menos de lo que se les atribuía por lo común de los apellidos con los que fueron bautizados. Fue la tercera Copa de Europa del Liverpool FC y un intento perdido para el Real Madrid. La revancha llegaría en 2018 con la consecución de la 13ª Copa de Europa blanca gracias a una prodigiosa chilena de Gareth Bale y una descomunal cantada de Karius. En 2022 toca el desempate.

Conocidos y admirados a partes iguales los Stielike, Del Bosque, Camacho, Juanito, Santillana o Cunningham, recordemos quien eran los García y sus allegados:

Mariano García Remón (1971-1984): Trece temporadas como portero alternando titularidad y suplencia. Es junto a Casillas el único guardameta nacido en Madrid con éxito defendiendo el arco blanco. Sus paradas ante el Dinamo de Kiev le valieron el mote de ‘Gato de Odesa’. Fue efímeramente entrenador del Real Madrid.

Francisco García Hernández (1978-1983): Habitual suplente, era un centrocampista multiusos utilizado con frecuencia por todos sus entrenadores. Canterano y madrileño, tras dejar el Madrid jugó cinco temporadas en el CD Castellón en Segunda División. Tras retirarse fue ojeador de las categorías inferiores merengues.

Rafel García Cortés (1978-1982): Lateral derecho y buen lanzador de faltas, pasó un año cedido en Burgos antes de afianzarse como titular. También madrileño, ganó una Copa del Rey con el Real Zaragoza y se retiró en el Rayo Vallecano a inicios de los 90. En la actualidad forma parte del organigrama de la Fundación Real Madrid.

Antonio García Navajas (1979-1982): Procedente de la cantera del Real Burgos, fue suplente habitual, aunque formó parte de la defensa titular en la final de París. Después militó en el Real Valladolid y en el Rayo Vallecano.

Ángel Pérez García (1979-1982): Lateral izquierdo canterano que saltó a la fama por un descomunal marcaje a Kevin Keegan en semifinales de Copa de Europa de 1980. Sin embargo, se diluyó como un azucarillo y pronto marchó al Elche CF antes de retirarse en el Real Murcia. Fallecido.

Andrés Sabido (1977-1982): El más conocido de los desconocidos. Un defensa de los que primero daban y después preguntaban. Madrileño y canterano, cerró su carrera en el CA Osasuna tras militar en el RCD Mallorca.

Isidro Díaz (1977-1985): ‘San Isidro Goleador’ es una de esas personas que sólo tiene amigos. Defensa, centrocampista, delantero…cumplía siempre que salía desde el banquillo. Nacido en Guijuelo y formado en la cantera merengue se retiró en el Elche CF tras pasar antes por el Racing de Santander.

Ángel de los Santos (1979-1985): A diferencia de los anteriores, el andaluz Ángel llegó al Real Madrid como futbolista consagrado. Tras destacar en la UD Salamanca se hizo fuerte en la sala de máquinas del Real Madrid durante varios años para colgar las botas en el Bernabéu en 1985 ya relegado al ostracismo del banquillo.

Francisco Pineda (1980-1985): También era García, pero no usaba su segundo apellido. Delantero voluntarioso que tras triunfar en el Castilla no lo pudo hacer en el primer equipo. Jugará también en el Real Zaragoza y se retirará en 1990 en el CD Málaga.

El Madrid de los García | Cuadernos de Fútbol
El Madrid de los García

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Como el caballo de Atila. Así se puede resumir la historia del Real Madrid de Di Stéfano. La historia del Madrid de las cinco Copas de Europa. Aquel huracán blanco arrasó a sus rivales. Sí, hubo eliminatorias igualadas contra el Rapid Viena o el Manchester United y hasta un partido de desempate frente al Atlético de Madrid, pero la sensación de superioridad era manifiesta. Es cierto que en tanto en la primera como en la quinta hubo de remontar goles iniciales del Stade de Reims y del Eintracht respectivamente, empero, salvo en la final de 1957 frente al AC Milan (3-2 en la prórroga), no existió nunca la sensación de que el Real Madrid podía ser batido.

Fueron los años en los que se formó la leyenda del Real Madrid. Una leyenda creada por dos hombres a cada cual con más carácter y más autoridad; Santiago Bernabéu y Alfredo di Stéfano. El primero había sido jugador, entrenador y secretario técnico del Real Madrid cuando el club merengue no podría ni concebir lo que es en la actualidad. Fue Bernabéu el que firmó a Samitier del FC Barcelona (una suerte de Luis Figo) y a Ricardo Zamora, una de las estrellas más rutilantes del mundo en tiempos pretéritos. Tras el fin de la Guerra Civil se empeñó en construir un estadio descomunal en el extrarradio madrileño para la modesta masa social que entonces tenía el conjunto blanco. Mas pronto que tarde ese estadio se bautizará como Santiago Bernabéu y pronto el Real Madrid se convertirá en el club más legendario de Europa.

Alfredo di Stéfano aterrizó en España en 1953. Por entonces el Real Madrid sumaba dos ligas en dos décadas. Con ‘La Saeta Rubia’ sumó ocho en un decenio amen de las cinco primeras Copas de Europa. Es ahí cuando nace el mito del Madrid. Ganar, ganar y volver a ganar, como bien explicó Luis Aragonés, un símbolo, pero un símbolo de la otra parte de Madrid. Ganar por encima de todo, pero siempre con señorío. ¿Y qué es el señorío? El señorío es actuar como Di Stéfano. Correr, encimar, protestar, defender y gritar durante 90 minutos. Ser igual de genio como de perro en el campo. Ser igual de admirado que odiado, pero, al finalizar el encuentro, ni regocijarse por la victoria ni mostrar rencor por la derrota.

Esas han sido las líneas maestras del Real Madrid desde entonces y con ellas se ha hecho grande y respetado hasta la saciedad. Pero la historia del Madrid no ha sido siempre una historia de éxito. Fueron 32 años sin ganar la Copa de Europa. Si el Madrid no llega a sumar la séptima un 20 de mayo de 1998 es probable que no fuese elegido por la FIFA como el mejor club del siglo XX. No hacía mucho que el Spartak de Moscú (1-3) o el desconocido Odense (0-2) habían eliminado al Madrid de Europa en el Bernabéu.

El caso es que hubo un tiempo en el que el Madrid acumulaba fracaso en Europa año tras año. Eso incluye también mancillar el sagrado coliseo de la Avenida de la Castellana. Desde que en 1962 el Real Madrid perdió por primera vez un partido en casa en Copa de Europa (fue ante la Juventus por 0-1) han sido muchos más. Y no hay que retrotraerse demasiado en el tiempo para ver actuaciones desconcertantes y humillantes. Ni siquiera hay que rememorar la década ominosa (2003-2013) en la que el Real Madrid caía una vez y otra vez en octavos de final. En los gloriosos años recientes el Madrid ha perdido en casa ante el Spartak Moscú (0-3), el AFC Ajax (1-4), y esta misma temporada ante el todopoderosísimo Sheriff Tiraspol (1-2).

Así pues, ni el Santiago Bernabéu es intocable ni su leyenda está ligada al Real Madrid victorioso de Alfredo Di Stéfano.

¿De dónde viene entonces la leyenda del Santiago Bernabéu?

Nostalgia Futbolera ® on Twitter: "Estadio Santiago Bernabéu, Real Madrid.  Entre 1970-diciembre 1972. https://t.co/9rrrGkoT1M" / Twitter
Santiago Bernabéu. Año 1970.

En esa longa noite de pedra que vivió el Real Madrid durante más de tres décadas hubo momentos mejores y peores. A los blancos les tocó de cuando en cuando abandonar su tan querida Copa de Europa y arrastrarse por la segunda competición continental, la por entonces Copa de la UEFA. A decir verdad, la UEFA no tendría el prestigio ni la pomposidad de la Copa de Europa, pero su nivel era ciertamente superior. Si a la ‘Champions’ iban solo los campeones ligueros a la UEFA iban el segundo, tercero y cuarto de las ligas más potentes del continente.

Durante dos campañas consecutivas (84/85 y 85/86) el Real Madrid logró alzarse con la Copa de la UEFA. Hoy son dos títulos arrinconados en la sala de trofeos de la Castellana. Por entonces fueron un balón de oxígeno para un club que había perdido el respeto de Europa.

Fue entonces cuando se creó el mito de la indestructibilidad del viejo Chamartín. Cualquier derrota fuera de casa era levantada en el Bernabéu por un pandemónium inexplicable a través de unos futbolistas que, además de manosear con belleza a la pelota, corrían, encimaban, protestaban, defendían y gritaban en comunión con un estadio y con el apoyo y el patrocinio de una camiseta y un escudo predestinado.  

Todo empezó con el RSC Anderlecht. Atlético de Madrid, Real Betis, Real Valladolid y Real Madrid. Esos eran los cuatro participantes españoles en la Copa de la UEFA 1984/85. A dieciseisavos de final solo llegaron los merengues. Su rival era el conjunto belga, que contaba con Morten Olsen, Scifo o Vercauteren en sus filas. En ida ganaron con claridad (3-0) y parecía imposible que remontaran. El público acudió escéptico al campo, pero en quince minutos ya iban dos goles y al descanso el Madrid ganaba por 4-0 (Valdano (2), Sanchís y Butragueño). Por entonces el Bernabéu ya era una olla a presión y luego sería un festival cuando el Buitre anote otros dos tantos en la segunda parte para un choque que acabó 6-1.

El nombre de Butragueño había sido coreado por vez primera en el Bernabéu en la eliminatoria anterior. El HNK Rijeka, hoy croata entonces yugoslavo, había vencido por 3-1 en la ida. En la vuelta el marcador al descanso era 0-0. Fue entonces cuando entró al campo Butragueño, por entonces un meritorio suplente de Santillana y Valdano. El madrileño fue el revulsivo para la remontada (3-0), empequeñecida por la que semanas después se perpetró ante el Anderlecht.

‘Revista de Occidente’ es la publicación de divulgación cultural más antigua editada en España. Fundada por Ortega y Gasset, en 2023 cumplirá un siglo de vida, tan solo apagada en las primeras décadas del Franquismo. Es ‘Revista de Occidente’ lugar de filósofos, ensayistas y eruditos, y fue un punto de encuentro político durante la Transición. Bajo ese paraguas académico llegará a escribir un artículo Jorge Valdano. Además de fenomenal delantero (gol incluido en la final de un Mundial), Valdano era, y es, un filósofo del balón. Tras colgar las botas, ha escrito varios libros y ha sido galardonado por sus artículos y su trabajo periodístico. Así entonces, que un futbolista de 31 años escribiese un artículo en ‘Revista de Occidente’ titulado ‘Miedo escénico’ era una rareza en el mundo del fútbol, pero que se torna en corriente conociendo al personaje.

Valdano cogió prestado el término ‘miedo escénico’ acuñado por el escritor colombiano García Márquez en un artículo escrito años atrás hablando sobre los diferentes miedos del ser humano. Márquez consideraba el escénico (hablar en público, relacionarse con los demás, encajar) como el mayor de los miedos. Para Valdano, lo que el Anderlecht había padecido en el Bernabéu era miedo escénico, y lo describía de la siguiente manera: «Cada miércoles europeo, un carnaval a destiempo, ruidoso y orgullosamente disfrazado de blanco, nos espera en nuestro feudo con una confianza casi irresponsable en nuestras posibilidades. Resultados escandalosamente desfavorables fueron superados frente a gloriosos representantes gracias a actuaciones poco menos que milagrosas, pero que son enteramente explicables apelando a elementos que van más allá de lo estrictamente futbolístico. Las razones técnicas, tácticas e incluso físicas que dan a un equipo su fisonomía, que hacen su estilo, responden, en primer lugar, a las peculiaridades de cada jugador y, en segundo término, a las pretensiones del entrenador (…) Pero un equipo es, sobre todo, un estado de ánimo, y el Real Madrid ha sabido cuajar un carácter tan peculiar y cimentado que ha terminado por convertirse marca registrada que el público exige, obligando al jugador, y que se va perpetuando en el tiempo. Así pues, aun entendiendo que los grandes equipos se hacen a partir de grandes jugadores, hay aspectos puramente emocionales de importancia trascendental en el desarrollo de un encuentro futbolístico. Sabemos que el escudo del Real Madrid no tiene el poder de las hadas para hacer ganar sin esfuerzo, capacidad y organización (…) Sacrificio, orden y un. equipo en tecnicolor son atributos indiscutibles de un grupo preparado para las grandes exigencias, que valora y utiliza la confianza de 90.000 entusiasmados deseos que, al mismo tiempo, cuelgan en cada jugador adversario una mochila cargada de inseguridad, timidez y miedo”.

Plano Deportivo Jorge Valdano, elegido para el Salón de la Fama del Futbol
El poeta del balón

El artículo fue acogido con entusiasmo en los mentideros del fútbol. Se había creado el sustrato que iba a sostener como parte del Madrid la magia del Bernabéu y el espíritu de las remontadas. Aún habría algo más. En cuartos el rival era el Tottenham. Aquí la ida tocó en casa. 1-0. Para la vuelta se esperaba una derrota. Se acusaba al Madrid de blandito. Contaba con veteranos como Camacho, Santillana o Stielike, pero también como imberbes como Sanchís o el citado Butragueño. El Tottenham salió a muerte en White Hart Lane. Al descanso el resultado era 0-0, pero era cuestión de tiempo que llegase el gol inglés. No fue así. En el intermedio Amancio, entonces técnico madridista, no dijo nada. Únicamente se bajó los pantalones y enseñó a sus jugadores las cicatrices y marcas de guerra de sus gloriosos años como futbolista.

Nadie se achantó. El Madrid aguantó el 0-0 y se clasificó para semifinales. Eso también es la grandeza del Madrid.

En semis tocaba el Inter. Los italianos eran muy favoritos. En la ida jugada en Italia hay un 2-0 en un horripilante partido madridista. Pero lo peor no fue la derrota. Butragueño acabó tocado y Amancio se acercó a la habitación del Buitre para ver cómo estaba. No había nadie. Pero escuchó jaleo en otra habitación. La sorpresa del técnico coruñés fue mayúscula al ver a Butragueño leyendo un libro mientras Juanito y Lozano intimaban con dos italianas. Habría sanción económica a los dos conquistadores por el escándalo y la injusta destitución de Amancio como técnico merengue. La realidad es que el equipo marchaba mal en la Liga y el núcleo duro (Salguero, Miguel Ángel, Juanito, Stielike, Camacho) lo culpaba de favorecer a los jóvenes.

Se le da las riendas a Luis Molowny, habitual apagafuegos. Toca otra machada. A diferencia del día del RSC Anderlecht ahora el Bernabéu si cree en la remontada. Hay pancartas que hablan del miedo escénico. Era un Bernabéu distinto al actual. Ya tenía la marquesina cubierta instalada un par de años antes con motivo del Mundial de 1982 y había reducido su aforo de los 120.000 espectadores originales a 90.000 para dotar de asientos al estadio. Pero era un Bernabéu donde las calvas eran habituales. Muchas familias se habían alejado del campo por culpa de la televisión (en color -un bombazo-) y por la creciente presencia de ultras detrás de la portería. Además, la instalación de vallas preventivas creaba una barrera de separación entre jugadores y aficionados que no favorecía la comunión del estadio.

Ese día no. Chamartín estaba a rebosar. El Bernabéu amedrentó a los italianos. Santillana en el 12 tras un rechace y luego antes del descanso con otro de sus cabezazos eternos igualaba la eliminatoria. El éxtasis llego al poco de iniciarse la segunda parte cuando un tiro cruzado de Michel bata a Walter Zenga. El público, en pie, gritaba ¡Así, así, así gana el Madrid! Al acabar el choque Collovati atiende a los medios y dice comprender como al Anderlecht le pudieron caer seis.

La final a ida y vuelta fue un paseo ante el Videoton húngaro que sorpresivamente había derrotado en los penaltis al Manchester United. Carlos Santillana ejercía como capitán y levantaba un trofeo tras años de sin sabores en Europa.

1984/85: Madrid awake from European slumber | UEFA Europa League | UEFA.com
UEFA 84/85

A decir verdad, la primera hazaña del Real Madrid en Europa se había producido años atrás. Aun no estaban ni Valdano ni Juanito, pero si Camacho o Santillana. Eran los octavos de final de la Copa de Europa de 1976. El rival el Derby County. Por entonces el favoritismo no era lo abrumador que sería en la actualidad. Al contrario. El Derby County había vencido en la ida por 4-1 con una autoridad aplastante. Jamás el Madrid había remontado hasta entonces una diferencia de tres goles en Europa. Roberto Martínez anotó al poco de empezar a pase de Santillana, pero hubo que esperar a la segunda parte ver un 3-0. El Derby anotó un gol más y en un arreón final Pirri marcó el 4-1 de penalti llevando el partido a la prórroga, donde Santillana hizo el 5-1 que clasificaba al Madrid. Fue el éxtasis, pero fue efímero. El FC Bayern pasó por encima del Madrid en el que fue el último partido europeo de Amancio.

Para la temporada 1985/86 el Real Madrid repetía participación en la UEFA. El Barça había ganado la Liga y jugaría la Copa de Europa. Es un Madrid más fuerte. Ramón Mendoza es el nuevo presidente y firma a Maceda, Gordillo y Hugo Sánchez. Santillana y Juanito pasan a ser suplentes habituales y la ‘Quinta del Buitre’ da el paso definitivo hacia el estrellato. Esa será la primera de las cinco ligas consecutivas que ganará el Madrid. En la UEFA se plantará en octavos junto al Athletic Club que caerá ante el Sporting de Portugal. Al Real Madrid en octavos le toca jugar ante el Borussia Mönchengladbach. Será el primero de otro camino lleno de sobresaltos como visitante y de heroicidades como local.

Se pierde 5-1 en Alemania y el ‘miedo escénico’ debe hacer de nuevo su aparición en el Bernabéu. Un gol de Carlos Santillana en el último minuto desde el suelo y tras infinidad de rechaces, resume la fe, el corazón y los bemoles que dan cuerpo a las remontadas blancas. Antes de eso tocó arrebato y nueva clase magistral de pandemónium. Hay decenas de ataques en oleadas con Maceda ejerciendo de todocampista y con balones de área a área dejando inerte el centro del campo. En el minuto 19 Valdano ya había colocado el 2-0, pero no sería hasta los diez minutos finales cuando Santillana apelase a la épica para firmar el 4-0 definitivo.

Por entonces el ‘miedo escénico’ había calado en el madridismo, pero falta un aquel que llegara al corazón de los madridistas. Era una suerte de evangelio basado en las entrañas de la religión, pero su redacción había estado a cargo de un erudito. No solo Valdano tenía de todo menos pinta de futbolista. Había muchos chicos buenos y hasta a unos cuantos de ellos les dio por sacarse una carrera. Pero en el vestuario también los había de pelo en pecho, de esos que hablaban tanto con el estómago como con la lengua. Estaban Camacho, Maceda o Hugo Sánchez. Y para que el ‘miedo escénico’ llegase a las masas y se quedara en el acervo colectivo del madridismo hacía falta algo más.

Hacía falta que hablara Juanito.

Como Raúl, Juanito pasó por la cantera del Atlético de Madrid antes de convertirse en ‘pope’ blanco. Juan Gómez era un talentoso mediapunta de fuertísimo carácter y profundamente temperamental. Alguien dejó escrito que tenía el demonio de los extremos y, siendo diestro, la sensibilidad de un zurdo. Era un buen futbolista, pero palidecería en el vestuario del Real Madrid actual. Sin embargo, pocos podrán superar a Juanito en amor y lealtad merengue. Nadie representa como él a aquellos que ven en la camiseta del Real Madrid una segunda piel.

Juan Gómez González "Juanito". - Mundo Real Madrid
El ‘7’ maravilla

En semifinales vuelve a tocar el Inter. En San Siro ganan los italianos por 3-1. Al acabar el choque Juanito se retira con una sonrisa camino de los vestuarios y lanza una boutade para que sea escuchada al mismo tiempo por sus rivales y por la prensa, para que los plumillas se encarguen de difundirla a los cuatro vientos: “90 minuti en el Bernabéu son molto longo”.

Juanito sabía de italiano tanto como yo de arameo. Nada. Cero. Pero la frase resonó como un trueno durante la semana siguiente. Si Valdano había sido el erudito, Juanito había traducido su relato para que fuese entendido por la masa. El ‘miedo escénico’ pasó a ser ‘el espíritu de las remontadas’. Y cuando años más tarde un coche se lleve por delante al genio de Fuengirola, ‘el espíritu de las remontadas’ pasará a ser ‘el espíritu de Juanito’.

El partido fue de escándalo. Al descanso se llegó con 1-0 con gol de Hugo. Luego anotó Gordillo y recortó Brady, hasta que Hugo de penalti puso el 3-1. En la prórroga fue Santillana, suplente casi todo el año, el que anotó dos cabezazos poniendo el 5-1 definitivo y recordando porque años atrás era el mejor rematador de cabeza del mundo.

90 minutos en el Bernabéu habían sido ‘molto longos’, pero en la final la ida tocaba en casa. Fue un vendaval de juego. Una completa exhibición, quizás el mejor encuentro en dos años. Aquí no hubo testosterona, sino clase y calidad. Y hasta hubo remontada porque el FC Colonia se adelantó por medio de Klaus Allofs. Acabaría ganando el Madrid por 5-1 haciendo bueno el 2-0 de la vuelta donde Schumacher, Littbarski y compañía apretaron, pero un par de paradas formidables de Agustín cerraron el partido dándole al Real Madrid su segunda Copa de la UEFA consecutiva.

Madrid-Inter, un duelo 'vintage' - AS.com
Siempre gol de Santillana

La temporada siguiente el Real Madrid volvía a la Copa de Europa. Se remontó al Young Boys en dieciseisavos (1-0 en Suiza y 5-0 en España) y al Estrella Roja en cuartos (4-2 en Belgrado y 2-0 en Madrid) pero en semifinales el FC Bayern ejerció de bestia negra y humilló al Madrid con el famoso pisotón de Juanito a Matthäus incluido.

Sería el último choque de Juanito en Europa y sería también el fin de la mística. Habría alguna que otra remontada, especialmente golosa una ante el FC Bayern en tiempos de Raúl, pero ni rastro de la magia del Bernabéu salvó a cuentagotas. No sería hasta esta temporada cuando las animaladas perpetradas por Benzema y compañía ante PSG, Chelsea y Manchester City hagan retraernos a los tiempos del ‘miedo escénico’ y a los del ’90 minuti en el Bernabéu son molto longos’.

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Cuando los goles fuera de casa tenían valor doble

Laszló (Ladislao) Kubala es uno de esos grandes futbolistas que jamás han disputado un Mundial. Recientemente nacionalizado español, Kubala estaba llamado a ser la gran estrella del Mundial de 1954 junto a Ferenc Puskas, con el que curiosamente compartió dos nacionalidades en épocas distintas. Pero para disputar el Mundial la selección española debía superar a la inofensiva Turquía en una eliminatoria a ida y vuelta. En Madrid, los españoles vencieron por 4-1, pero en Estambul hubo sorpresa y los turcos lograron el triunfo por 1-0. Entonces lo que contaban eran las victorias y no la diferencia de goles por lo que se hubo de disputar un partido de desempate en Roma. Allí no pudo jugar Kubala por una protesta de los turcos sobre el pasaporte del que ya antes había sido internacional con Hungría y con Checoslovaquia, caso inédito en el fútbol mundial. El caso es que España y Turquía empataron (2-2) y hubo que recurrir al azar para ver quien acudiría a Suiza’54.

Con una venda en los ojos, un niño de ocho años llamado Franco Gemma hizo de mano inocente. Metió los dedos en una bolsa de tela y extrajo un papel con el nombre de Turquía. Kubala y España se quedaban sin Mundial. Doce años más tarde Italia pudo ganar una Eurocopa gracias a una moneda que salió cara. Lo de las manos inocentes o el ‘cara o cruz’ (‘cara o seca’ en Argentina o ‘águila al sol’ en México) era una injusticia deportiva recalcitrante. Era necesario buscar soluciones.

En los 60 surgieron una vorágine de ideas que trataban de hacer más ofensivo, más atractivo y más justo el fútbol. En primer lugar, se le dio valor al número de goles para desempatar eliminatorias con lo cual un 5-0 ya no era igual que un 1-0. Al final de la década la FIFA admitió el establecimiento de las tarjetas para sancionar las faltas agresivas. Con el mismo fin se permitieron dos cambios por conjunto, con la idea de que cada equipo pudiese reemplazar a futbolistas lesionados o agotados. Más años tardaría en entrar a funcionar la tanda de penaltis que en los 60 se estrenaría en el veraniego Ramón de Carranza, con notable éxito entre público y expertos. Quizás los penaltis no fuesen muy justos, pero eran mucho más que las manos inocentes y que las monedas al aire.

Pero el gran cambio se iba a producir con el valor doble de los goles en las eliminatorias a ida y vuelta. La gota que colmó el vaso se dio en los dieciseisavos de final de la Copa de Europa de 1965. Bolonia FC y RSC Anderlecht hubieron de disputar un partido de desempate en el Camp Nou tras sendas igualadas en la ida y en la vuelta. Tras los noventa minutos de juego persistía el empate sin goles por lo que el partido tuvo que ir a la prórroga. Tras la disputa de dos prórrogas (se disputaban tantas como el cuerpo aguantarse) se consensuó que el pase se decidiría con el lanzamiento de una moneda al aire. El colegiado español Zariquiegui hizo los honores y la moneda cayó de canto en la hierba. Hubo que lanzarla una segunda vez con feliz resultado para los belgas y airadas protestas por parte de los italianos.

El valor de los goles fuera | Deportes | EL PAÍS
Risas. La moneda cayó de canto

Así que la UEFA decidió poner en práctica un experimento para la campaña 1965-66. Lo haría en la Recopa, la entonces tercera competición continental. La norma establecía que, en caso de empate a goles en la eliminatoria, pesasen el doble los anotados como visitante. Se trataba, además de evitar polémicas, de estimular al conjunto de fuera a jugar al ataque en una época donde el ‘catenaccio’ reinaba por el mundo entero. Los goles fuera, eso sí, solo tenían preferencia cuando había empate sumados los dos partidos. Obviamente si tras un 0-0 se perdía por 3-2 uno quedaba eliminado. No es que los dos goles a domicilio valiesen cuatro.

El caso es que esa temporada no hubo ningún partido donde se pudiese aplicar la nueva norma, mientras que en la Copa de la UEFA hubo hasta dos que tuvieron que resolverse con el lanzamiento de moneda. Para la temporada siguiente (66-67) tenemos el primer caso que se resolvería favorablemente para el Standard de Lieja que perdió 2-1 en Leipzig e hizo bueno el gol fuera de casa al vencer 1-0 a los alemanes en el partido de vuelta disputado en Bélgica.

Para la temporada 1968-69 veremos el primer caso en la Copa de Europa, la reina de las competiciones de clubes. Quiso la fortuna que el primer perjudicado fuese el rey de la Copa de Europa.

Eran los octavos de final y se enfrentaban el Real Madrid y el Rapid de Viena. En la capital austríaca venció el Rapid por 1-0 ante un Madrid que acusó las bajas de Amancio y de Gento. En el Bernabéu, Velázquez adelantó a los suyos antes del descanso, pero justo tras la reanudación empatarían los centroeuropeos. A partir de ahí habría acoso y derribo por parte merengue pero que solo se concretaría con un gol de Pirri en el minuto 81. El Real Madrid había vencido por 2-1 pero caía eliminado por el valor doble de los goles marcados fuera de casa.

Con el valor doble de los goles, la prórroga de 30 minutos y los penaltis se estableció una norma que acotó el tiempo de los partidos, solucionó problemas de calendario y dio más emoción a las eliminatorias. Faltaba una duda por resolver; ¿el valor doble de los goles también tendría validez durante la prórroga?

Nada decía la norma sobre esta particularidad y como suele pasar hubo que esperar al caso práctico para la polémica y la posible resolución del conflicto. Seria en la temporada 1971-72 en una eliminatoria de Recopa entre Glasgow Rangers y Sporting de Lisboa. Ambos equipos vencieron por 3-2 como locales por lo que hubo que ir a una prórroga en el partido de vuelta. Era en Lisboa. Allí marcaron tanto portugueses como escoceses. 4-3 a favor del Sporting. 6-6 en el total. Hubo penaltis. Y en los penaltis salió victorioso el Sporting.

Pero el Rangers no estaba de acuerdo. Fue un periodista escocés el que puso el grito en el cielo. Si la prórroga forma parte del partido, ¿por qué no han de tener también los goles fuera de casa valor doble? La UEFA dio razón al Rangers e invalidó los lanzamientos de penaltis. El Rangers pasó de eliminatoria (por cierto, acabaría ganando el trofeo) y quedó establecido que los goles fuera de casa valdrían doble tanto dentro como fuera de los 90 minutos.

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Rangers vs Sporting

La regla del valor doble de los goles en campo contrario feneció en el verano de 2021. La temporada 2021-22 está siendo la primera con la nueva normativa. Ahora da igual vencer o perder por 1-0 que por 4-3. Se mantienen, eso sí, la prórroga y los penaltis, que con todo siguen siendo la forma más justa y rápida de resolver una eliminatoria. De la misma forma que en los 60 se consideró que ayudaba al fútbol ofensivo, en los últimos tiempos se había observado que en los encuentros de ida los equipos de casa se parapetaban defensivamente para evitar un gol que se había convertido en un tesoro para el visitante.

Según la UEFA, si a inicios de la década de 1980 la correlación entre victorias caseras y a domicilio era del 61-19%, en la actualidad es 47-30%. De igual modo la correlación de goles era 2,02-0,95 por los 1,58-1,15 del presente. Esta reducción de la importancia entre ser local o visitante hace inútil, en opinión del máximo organismo del fútbol europeo, beneficiar al que juega fuera de casa.

Es el fin de una regla que ha estado presente en la vida de todos los futboleros, desde los que han vibrado con Messi o Cristiano hasta los que vieron patear un balón a Pelé o Di Stéfano. Pero los tiempos cambian y las reglas con ellos.

“La mayor calidad de los terrenos de juegos, la estandarización de las dimensiones, la mejora de las infraestructuras, el arbitraje (el VAR), la mayor y mejor cobertura televisiva, las condiciones más cómodas de los desplazamientos de los equipos, un calendario comprimido que impone la rotación de las plantillas y los cambios en los formatos de las competiciones son los motivos del fin de la regla” Comunicado de prensa de la UEFA sobre el fin del valor doble de los goles a domicilio.

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Una historia del destino: Edwards y Charlton

El partido de vuelta de cuartos de final de la Copa de Europa entre el Estrella Roja y el Manchester United llega a su fin. Es el miércoles 5 de febrero de 1958. Tras una cómoda ventaja de 0-3 al descanso, los yugoslavos fueron capaces de empatar el partido después de una segunda parte soberbia. Habían rozado la hazaña, pero el empate (3-3) era insuficiente para levantar el 2-1 en contra de la ida. La estrella del partido es el inglés Bobby Charlton, que en su tercer partido europeo marca dos soberbios goles. Charlton apenas tiene 20 años y juega de mediapunta. Sus espaldas están resguardadas por un mediocentro colosal, el estandarte de la selección inglesa. Se trata de Duncan Edwards, otro joven valor, en este caso de 21 años, con un presente esplendoroso y un futuro prometedor.

Nada existe por el azar al igual que nada se crea de la nada. Eso era el destino para los griegos. Decía Aristóteles que la naturaleza humana está orientada hacia un fin, y ese fin último es la felicidad. La pregunta que teólogos y filósofos de entonces, de después y del mañana se hacen es resolver el porqué. ¿Por qué no todos podemos disfrutar de ese fin? ¿Por qué si el destino no está prescrito, no es concebible y es vivible, se ceba en unos y no en otros? Supongo que preguntas como esta rondaron día tras día la vida de Bobby Charlton. Digo rondaron en pasado porque, aunque Charlton sigue vivo ya pasados los 80, el alzhéimer hace tiempo que se ha encargado de destrozar sus recuerdos. Esta leyenda del fútbol no lo hubiese sido si el destino no lo hubiese querido. Porque Bobby Charlton era bueno, muy bueno, pero dicen que no era tan bueno como Duncan Edwards.

Quiso el destino que Edwards dejara este mundo antes de tiempo.

Mucho antes de tiempo.

Al acabar el partido la plantilla del United y del Estrella Roja confraternizaron alrededor de unas cuantas botellas. Tras una noche de alcohol a la mañana siguiente tocaba coger un vuelo rumbo a Londres, previa escala en Múnich. Era un vuelo chárter, algo inusual en la época, porque el día 8 el United tenía que jugar en Inglaterra ante el Wolverhampton un encuentro liguero. Busby, técnico y factótum de los Diablos Rojos, trato de atrasar el partido, pero la Federación Inglesa se negó, por lo que tuvo que alquilar un avión para poder llegar a tiempo a Inglaterra tras jugar apenas 48 horas antes el citado encuentro europeo frente al Estrella Roja.

Edwards y Charlton se conocieron en el verano de 1956. Duncan Edwards había sido colegial en los cuarenta y era adolescente en los cincuenta. Pertenecía a esa generación feliz que dejó atrás la guerra. Edwards cumplía con todos los tópicos. Era honrado, superlativo, fuerte y simpático. Era la encarnación de las fantasías infantiles. El niño bueno que a base de trabajo, talento y esfuerzo había logrado su sueño siendo humilde y excelente persona. En el campo era un box to box. Un hombre que tenía tanto talento y estilo como fuerza y serenidad.

Tras la resaca, la expedición del United se dispuso a desayunar y a abandonar el hotel. Era la mañana del jueves 6 de febrero. Subieron a un autobús y pusieron rumbo al aeropuerto de Belgrado. Eran 44 personas entre futbolistas, técnicos, directivos y periodistas. Cuando llegaron al control de pasaportes tuvo lugar el primer inconveniente. Johnny Berry, un hábil extremo derecho, no encontraba su pasaporte. Buscaba y rebuscaba sin suerte en su maleta hasta que cayó en la cuenta de que el pasaporte había quedado olvidado en su habitación. Una hora después un empleado del hotel aparecía en taxi con el susodicho visado. El vuelo a Londres, con parada para repostar en Múnich, salía con una hora de retraso.

Como Robben, Bobby Charlton era tímido y eternamente calvo. Hijo de minero y de una madre de porcelana que hasta el matrimonio fue una fenomenal futbolista, Charlton combinaba elegancia y espectacularidad. Un trescuartista capaz de silenciar a una multitud a la espera de un pase, un cambio de dirección, un disparo o una decisión. Uno de esos futbolistas capaz de levantar del asiento a periodistas y aficionados de mirada triste.

El Airspeed Ambassador, que era el nombre de aquel pájaro de hierro, aterrizó en el aeropuerto de Múnich a eso de las 14.00 horas. Había una soberana capa de hielo en la pista y los copos de nieve caían sin cesar. Tras el repostaje el comandante intentó despegar, pero un extraño ruido en el motor y el asfalto helado le hicieron rectificar. Tras unos minutos hubo un segundo intento. Las sensaciones fueron las mismas y a los contratiempos hubo que añadir una fuerte ventisca. Se ordenó a los pasajeros tomar un café en la terminal mientras se revisaban los motores y se echaba sal a la pista de despegue.

Aquel equipo era conocido como los ‘Busty Babes’. Matt Busby había reclutado a unos adolescentes extraordinarios a inicios de los 50 que tocaron el cielo al ganar la Liga en 1956. Duncan Edwards lideraba un equipo que seguía la máxima de que el balón es redondo y debe rodar por el césped, algo poco frecuente en aquella Inglaterra. Jugaban a un toque y con un desparpajo sin igual. En 1957 aquellos imberbes habían caído ante el todopoderoso Madrid en las semifinales de la Copa de Europa, pero para 1958 el objetivo era ganarla. Edwards, que sumaba 18 internacionalidades con 21 años -un récord estratosférico de la época-, había acogido bajo su ala a Charlton, de 20 años recién cumplidos, y que aquella temporada se había ganado un puesto en el once titular tras dos años alternando la cantera y el primer equipo. “Deja de pedir un puesto en el equipo y robalo”, le había dicho Edwards a Charlton el verano anterior.

Por tercera ocasión, a las 16:05 del 6 de febrero de 1958, el comandante, que respondía al nombre de James Thain, se dispuso a intentar el despegue que creía definitivo. Por entonces el miedo ya estaba presente entre los pasajeros. La mayoría hubiese preferido hacer noche y esperar al día siguiente, pero el compromiso ante el Wolverhampton era ineludible si el United no quería hacer frente a una sanción y a la pérdida del partido. El caso es que el avión se deslizó por la pista incapaz de coger la altura suficiente. Se estrelló en una colina cercana en la que había una casa deshabitada. Pronto las llamas hicieron su aparición. El avión se había partido en dos.

Por entonces Charlton aún no había sido internacional. Lo sería meses más tarde, pero le costó alcanzar la madurez. Eres incapaz de meter la pierna, le decían. Un jugador al que se admira, pero al que los niños no deben imitar. La pelota puede rebotarle en el estómago que se mantendrá indiferente, se comentaba. Duncan Edwards llevaba desde los 18 siendo una estrella. “No recuerdo ningún jugador tan grande que se mueva a tal velocidad”, diría de él Stanley Matthews, el mito viviente, el primer Balón de Oro de la historia.

En el mismo momento en el que el avión se partió en dos las llamas comenzaron a brotar por todo el fuselaje. El horror hace su aparición. Muchos quedan calcinados en sus asientos, otros saltan por los aires con algún miembro partido. Alguno de los supervivientes es incapaz de soltar el cinturón de seguridad mientras agoniza a la espera de una ambulancia.

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El infierno con alas

Fueron 23 los fallecidos. Hubo periodistas, técnicos y directivos. Entre los futbolistas perecieron Geoff Bent, Eddie Colman, Mark Jones, Bill Whelan, David Pegg, Roger Bryne y Tommy Taylor. Los tres últimos eran internacionales con Inglaterra. Todos ellos estaban comenzando a disfrutar de la vida.

Entre los supervivientes destacaba Bobby Charlton. Milagrosamente quedó intacto a pesar de que su asiento saltó por los aires hasta topar con la nieve. Impresionado y aturdido, fue incapaz de ayudar a sus compañeros. Quien sí lo hizo fue Harry Gregg, el portero del United, que ayudó a sacar del avión tanto a Matt Busby como a Duncan Edwards.

Aquello dolió lo indecible, pero la conmoción adicional de la tragedia la iba a traer Duncan Edwards. Justo una semana después, Matt Busby respondía, sin que se le esperase, a los estímulos de los médicos cuando horas antes le habían dado la extremaunción. Tendría que seguir hospitalizado en Múnich, aunque se recuperaría. Los futbolistas supervivientes también iban a poner rumbo a Londres con la excepción de uno. Duncan Edwards tenía un riñón perforado y había sobrevivido a un trasplante de urgencia hecho a través de uno artificial. Pero el invento no funcionaba y la sangre de Edwards se coagulaba.

Fueron quince días lo que el héroe de los tres leones estuvo luchando entre la vida y la muerte. Aquel gigante con pies de funambulista y corazón de león expiró a los 21 años causando un dolor nacional. 5.000 personas acudieron a su entierro en la pequeña aldea de Dudley, en cuyo cementerio su padre ejercía de jardinero. En la iglesia del pueblo una hermosa vidriera con su imagen mantiene vivo el recuerdo de un jugador brillante y con coraje que dejó una sensación de obra incompleta.

Días antes de volver a Inglaterra Jimmy Murphy, segundo técnico del United, visitó a Edwards obviando la verdad sobre su estado. En la charleta, Edwards le dijo a Murphy que estaría listo para jugar contra los Wolves, pero que si no conseguía llegar a tiempo tenía que ser Charlton el encargado de liderar al equipo.

Lo cierto es el partido ante el Wolverhampton se volvería a aplazar, pero el 19 de febrero, dos días antes del fallecimiento de Edwards y apenas 13 días después del accidente, el Manchester United tendría que jugar sí o sí ante el Sheffield Wednesday. La idea es no jugar, pero a las oficinas del United llegan miles de cartas y de sobres de dinero para que el club pueda seguir participando tanto en la Liga como en la Copa de Europa, en un tiempo en el que un futbolista tenía el mismo sueldo que un carpintero. Finalmente, un United plagado de juveniles derrota al Sheffield en un encuentro donde el programa del partido se dejó en blanco y en el cual no se nombró por megafonía a ninguno de los nuevos jugadores. Todos, juveniles y fallecidos, eran parte del United.

Bobby Charlton vería desde el palco aquel encuentro, Había decidido no volver a jugar al fútbol impactado por la tragedia y avergonzado por no auxiliar a sus compañeros. El United sólo ganaría un encuentro de Liga de los 14 disputados de ahí a final de temporada. Quedó eliminado de manera honrosa (2-5 en el global) ante el AC Milan en las semifinales de la Copa de Europa. Charlton no jugaría ninguno de esos encuentros. Tardó semanas antes de volver a calzarse las botas.

Matt Busby tardaría un lustro en recuperar a los Diablos Rojos. El United ganaría la Liga en 1965 y 1967 y al año siguiente se convertiría en el primer conjunto inglés en ganar la Copa de Europa. Por entonces una nueva generación comandada por George Best y Denis Law lideraba a un grupo maravilloso. De los supervivientes de la tragedia de Múnich de diez años atrás se mantenía el portero, entonces suplente, Harry Gregg, el defensa Bill Foulkes…y el por entonces capitán Bobby Charlton.

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Bobby Charlton (sentado a la izq de Matt Busby)

Meses después de la tragedia de Múnich, Charlton debutó con Inglaterra y su trayectoria no tendría picos de sierra siguiendo una línea continua con un punto álgido en el Mundial de 1966. Quiso el destino que Charlton ocupase el lugar de Edwards como el futbolista más importante de la nación más importante del deporte más importante jamás inventado. Pocos como él pueden presumir de ser campeones de Europa de clubes, del mundo con su selección y tener el Balón de Oro.

Y ninguno de todo eso y de haber sobrevivido a un accidente de avión.

Y mientras todo esto sucedía Duncan Edwards acumulaba malvas en un pequeño cementerio de los midlands ingleses.

Duncan Edwards era mejor jugador que Bobby Charlton. «Era bueno con la derecha, bueno con la izquierda, con un extraordinario remate de cabeza y muy sólido en defensa. Era capaz de ponerte un balón a sesenta metros de distancia”, diría de él Charlton. “Tan sólo Edwards y Pelé me han hecho sentirme inferiores en un campo de juego”, contaría en otra ocasión. Quizás el recuerdo exagere el comentario, pero los hechos y los datos recogidos de aquel joven centrocampista reafirman lo pensado.

Quiso el destino que Edwards fuese un sueño y Charlton su realidad.

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Cuando Jopie conoció a Gento

“Gento era el jugador que ponía en pie al Bernabéu. Sus carreras, locas y descontroladas en un primer año en el que llegó a ser martirizado con burlas, terminaron por ser la delicia del estadio y el terror de los rivales. Di Stéfano le salvó ante Bernabéu, que al final de la primera temporada lo quería devolver al Racing de Santander (…) Fue arrollador. No era un estilista, pero su velocidad y potencia de tiro le mantuvieron por encima (…) Deja en su palmarés 23 títulos. De ellos, 12 son de Liga y 6 de Copa de Europa, récords impresionantes. Jugó el solemne partido Inglaterra-Resto del Mundo, celebración Centenario del fútbol. Dos veces mundialista. Si quieren ver una jugada que le defina, busquen en ‘google’ su carrera ante México en Chile-62; lástima que lleva el ‘9’ y no su ’11’ (…) En su tiempo fue un trueno, en el campo y fuera de él. Con razón se le apodó ‘La Galerna del Cantábrico’”. Alfredo Relaño, Diario AS.

Jopie trabajaba en una tienda de deportes. Apenas los pelos comenzaban a asomar por su cuerpo. El dinero no sobraba en casa. A papá se lo había llevado la muerte. Mamá limpiaba retretes y fregaba suelos a destajo. Jopie no era muy habitual de los libros. Aquel chaval flacucho y respondón era amigo de saltarse las clases y pasar el día en los billares o jugando con el balón.

A Jopie le aburría su trabajo. Cargar y desembalar cajas, poner etiquetas a los artículos u ordenar ropa en los estantes. Pero el dueño de la tienda era un antiguo jugador de fútbol y Jopie aprovechaba para hacerle toda clase de preguntas. Porque si algo caracterizaba a Jopie era su lengua afilada. Siempre quería hablar con gente mayor que él para aprender cosas nuevas. Nunca se cansaba de hacer preguntas. Se sabía en un estrato superior a la gente de su edad y sólo mostraba respeto por aquellos que consideraba mejores que él.

Los cuales eran la excepción.

Leo, que así se llamaba el dueño de la tienda, acudía los sábados a suministrar material nuevo a su antiguo club de fútbol. O a limpiar alguna que otra cosa. O a arreglar cualquier otra. Pronto Jopie se convertiría en el encargado de dicha tarea. Gracias a su lengua viperina, aquello rapidamente se convertiría en una oportunidad fantástica para preguntar, charlar y debatir de forma insolente con aquellos hombres hechos y derechos que se ganaban la vida pateando un balón de fútbol.

Por entonces Jopie tenía 14 años. Su talento no pasaba desapercibido y hubo de falsificar su fecha de nacimiento para ser aceptado en un equipo juvenil que sólo permitía acceso a los 16 años. Era éste un tema trascendental, porque tener ficha juvenil implicaba recibir un pequeño sueldo que, combinado con el trabajo en la tienda de deportes, le permitiría convencer a su madre de dejar de forma definitiva los estudios.

Las posibilidades de que Jopie pudiese vivir del fútbol eran ínfimas. No por su talento, descomunal para su edad, sino por las condiciones del fútbol en su país. El profesionalismo apenas había sido aprobado cinco años atrás y la selección se conformaba con ganar a Luxemburgo y buscar el milagro del empate ante los gigantes europeos. Abe Lenstra, un referente para Jopie y para todos los niños del país, tuvo que compaginar el fútbol con su trabajo como funcionario del ayuntamiento.

Pronto se vería que Jopie era diferente. Jugando con chicos que le superaban en dos años de edad apresuradamente se convirtió en el mejor jugador juvenil del momento. Una vez metió 17 goles en un partido de 40 minutos de juego. Destacaba por un regate y un cambio de ritmo nunca vistos. Con un simple giro de tobillo era capaz de parar el juego. También era veloz. Muy veloz. Al ser tan escuálido había aprendido a correr con el balón pasándoselo indistintamente de un pie a otro para evitar las patadas de los rivales.

Pero lo más sorprendente era su confianza. No paraba de gritar y ordenar a sus compañeros donde colocarse. Otras veces se acercaba a la banda para discutir la táctica a seguir con el entrenador. Era inaguantable. Deliciosamente inaguantable. Con 17 años firmará su primer contrato profesional y cambiará la vida de su equipo y del fútbol de su país para siempre.

Pero antes, apenas una semana después de que Jopie cumpliese los 15 años, un suceso iba a convencerlo definitivamente de que había nacido para jugar al fútbol.

A Jopie le encantaba acercarse a De Meer los domingos por la tarde para ver que hacían los profesionales. También acudía al Estadio Olímpico de vez en cuando para presenciar algún encuentro de la selección neerlandesa. Analizaba lo que sucedía en el campo, pero no se sentía satisfecho. De hecho, en De Meer jugaba el AFC Ajax. Ese era su equipo. El equipo de origen judío al que los sábados suministraba material y en el que los domingos se calzaba las botas para defender los intereses del juvenil. Era también el club cuyas estancias eran limpiadas y acicaladas día tras día por su abnegada madre, trabajadora del servicio de limpieza. Pero era un mal equipo. En ocasiones hasta era superado por el DWS Amsterdam, la otra escuadra de la ciudad.

Pero el caso es que el 2 de mayo de 1962 el Estadio Olímpico de Ámsterdam sería la sede de la final de la Copa de Europa que iba a enfrentar a Real Madrid y SL Benfica. Para un neerlandés era lo nunca visto. Di Stéfano contra Eusebio. El equipo de las cinco coronas frente a su heredero en el trono europeo.

Era fútbol de altísima calidad al que Jopie iba a acceder por vez primera.

Y le costó lo suyo. El Ajax jugaba en De Meer, un modesto estadio con capacidad para 19.000 espectadores, mientras que el DWS o el FC Amsterdam jugaban en el Olímpico con sus 65.000 plazas disponibles. Así que los recogepelotas de estos dos últimos equipos serían los afortunados de escoltar a las rutilantes estrellas merengues y encarnadas al círculo central. Tras dimes y diretes al Ajax le permitieron llevar a dos chavales y, uno de ellos, evidentemente, tenía que ser Jopie.

Jopie tenía claro con quien querría posar cuando sonasen los himnos. Su ídolo era el número 11 que vestía de blanco. Se trataba de un extremo zurdo de tremenda velocidad y elasticidad. Un huracán. Un vendaval. Era capaz de coger el balón en campo propio, cosérselo a la bota y pararse en seco para retornar inmediatamente la carrera. Era eso lo que más le llamaba la atención de Jopie. La parada en seco. Iba a practicarla una y otra vez hasta conseguir para el tiempo.

Para el flacucho Jopie aquel número 11 era un gigante. Y eso que Francisco Gento no era muy alto. Pero todo lo que Jopie había leído sobre Gento y todas las filmaciones que había podido ver de él lo tenían hipnotizado. Ese despliegue físico y ese ritmo endiablado lo tenían cautivado. Veía en Gento un reflejo del futbolista que quería ser él. De cómo a través de la velocidad y los desplazamientos en diagonal cara a la portería se podía sortear a rivales más grandes y fuertes.

Así que allí estaba Jopie con su sudadera de entrenamiento del AFC Ajax acompañando al legendario extremo cántabro mientras sonaban los himnos. Luego se acomodaría detrás de la portería donde se anotarían seis de los ocho goles de aquella final que el SL Benfica se llevaría por 5-3. Desde allí Jopie vio a Gento, pero también al maravilloso Puskas que anotó tres tantos, uno de ellos exquisito tras cazar un rechace, sortear a un rival y ajustar a la base del poste. Y también vio al joven Eusebio, apenas cinco años mayor que él, emerger por el ancho de la zona de ataque y soltar latigazos con su pierna derecha desde cualquier lugar del campo.

Y por supuesto vio a Alfredo Di Stefano. Pasado de kilos, y ya con 35 años, Di Stéfano seguía dirigiendo la orquesta merengue. Jopie se fijaba en como mandaba y en cómo se colocaba en el campo. Y es que mientras la mayoría adoraba al Di Stéfano goleador, Jopie se propuso analizar lo que hacía cuando no tenía el balón.

Así que Jopie lo tenía claro. Una vez acabase el partido tendría que preguntarles a esos ases como lo hacían. En 1962 el fútbol seguía siendo familiar. El partido finalizó y el público neerlandés invadió el campo de forma pacífica. A Eusebio lo llevaron a hombros al vestuario mientras agarraba como un tesoro la ‘9’ merengue de Don Alfredo.

Así que Jopie aprovechó el tumulto para colarse en los vestuarios. Por todos era conocido, a todos conocía y la pillería hizo el resto. Allí estaban todos. Santamaría, Del Sol, Puskas y, sobre todo, Alfredo Di Stéfano y Paco Gento.

Quiso Jopie hablar con ‘La Saeta’ pero le fue imposible. Un gruñido de lo más profundo de la pampa salió de la boca de Di Stéfano, que estaba tratando de digerir la que él sabía era su última oportunidad de conquistar otra Copa de Europa. Entonces los ojos sagaces de Jopie se fijaron en Gento, el cual contestó al chaval con una franca sonrisa.

Embelesado y desconocedor del castellano, Jopie trató de preguntarle a Gento como hacía para frenar en seco. Aquel huracán embravecido, aquella galerna del Cantábrico, se encogió de hombros en una respuesta con doble significado. Ni entendía lo que le preguntaban ni sabía desvelar cual era la pócima de su secreto.

Real Madrid: el mítico exfutbolista Paco Gento falleció a los 88 años de  edad | LaLiga | España | Copas de Europa | NCZD | FUTBOL-INTERNACIONAL |  DEPOR
Mr. Champions

Para Jopie aquel fue el mejor partido que vio en su vida. No muchos años después Jopie se convertirá en Johan Cruyff y se encargará de que otros chavales sueñen con ser profesionales de igual forma que el soñó el día que vio volar a ras de césped a Paco Gento.

Johan Cruyff acabará superando a Gento. No tendrá nunca la velocidad del extremo cántabro, pero mejorará tanto su capacidad de desborde como su regate con ambas piernas. De hecho, será una versión mejorada de Di Stéfano, con su misma capacidad de mando, su entendimiento del juego y con el punto de maldad necesario para emerger en los instantes decisivos de los partidos. La comparación entre Di Stéfano y Cruyff será constante, pero no será otro sino Gento el que hizo posibles los sueños de Jopie.

Algo tendría aquel alocado extremo cuando Cruyff lo convirtió en su ídolo y Di Stéfano lo catalogó como su mejor compañero.

“Tiene velocidad y le pega al balón como un cañón. Sigue, arranca y frena durante todo el partido en carreras de 50 metros. Sabe correr, pero lo más importante es que sabe interpretar el fútbol. Yo, los balones todos a Gento”. Alfredo Di Stéfano; compañero en el Real Madrid durante más de una década.

“Gento corría tan rápido que no podías cogerle nunca en fuera de juego. Técnica con velocidad, la más rápida que nunca he visto”. Bobby Charlton, ex jugador del Manchester United y Balón de Oro.

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Cuando un volcán derrotó al Barça

En 2010 el FC Barcelona era un ciclón. Con Busquets como guardia de tráfico y una cuadrilla de virgueros rodeando al balón, aquel Barça practicaba un juego primoroso y ordenado en el que, de vez en cuando, Messi se salía de la norma para elevar la elegancia a arte. La temporada anterior aquel conjunto había logrado el sextete, incluyendo un histórico 2-6 en el Bernabéu en el día que Pep Guardiola se inventó lo del falso nueve y pasó de pupilo de Cruyff a ser reverenciado por su maestro.

Con Xavi e Iniesta a los mandos, Guardiola había formado un equipo legendario a través de un juego de toque y de una presión en campo rival jamás vista en el fútbol de élite. Aquel Barça machacaba a los rivales en los primeros minutos de partido con un ritmo asfixiante para luego ampliar el marcador por simple inercia. Ese Barça se estaba ganando a pulso un hueco entre los equipos más fastuosos de la historia del futbol.

En la primavera de 2010 se barruntaba otro sextete, pero una descomunal actuación del portero sevillista Andrés Palop en la Copa del Rey hizo añicos dicha posibilidad. Lo que estaba encaminado era el doblete Liga-Champions. A pesar de la vuelta a la presidencia de Florentino Pérez y de los fichajes de Cristiano Ronaldo y Kaká, el Real Madrid era incapaz de meterle mano a los azulgranas. Sumaron la escandalosa cifra de 96 puntos, pero fue insuficiente para doblegar a un FC Barcelona que ganó los dos duelos directos ante los merengues y que tan sólo perdió un partido (2-1 ante el Atlético de Madrid) en toda la Liga.

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Barça 09/10

Aun así, todo eran migajas a falta del premio gordo. El Madrid naufragó en octavos ante el Olympique de Lyon, en la que fue la sentencia deportiva del técnico Manuel Pellegrini. En aquel 2010 la final de la competición fetiche por excelencia tendría lugar en el Santiago Bernabéu. El aficionado merengue veía con pánico como el Barça destrozaba al VFB Sttutgart (5-1 en el global) y al Arsenal (6-3 en el global) y se plantaba en semifinales a dos pasos de levantar la orejona en el Santiago Bernabéu.

El Barça era el gran favorito para alzarse con el título y, por ende, para ganar su semifinal. Y más cuando se supo que su rival era el Inter de Milán. Ambos conjuntos ya se habían enfrentado en la fase de grupos. Hubo empate en tierras italianas (0-0) y una clara victoria del Barça (2-0) en el Camp Nou, a pesar de la ausencia por lesión de Lionel Messi y de Zlatan Ibrahimovic.

Sin embargo, había un hombre que se mostraba confiado de lograr la victoria. José Mourinho era tan histriónico y voluble como en la actualidad, pero por entonces el personaje todavía no había devorado al entrenador. Mou estaba en la cumbre de su capacidad motivacional y estratégica. Se barruntaba ya que la temporada siguiente sería él el encargado de dirigir al Real Madrid, pero antes debía demostrar que su kriptonita era la adecuada para batir a Pep Guardiola.

Con lo que nadie podía contar es que con la kriptonita llegase de Islandia.

A unos 3.000 kilómetros de Milán a un volcán de nombre impronunciable (Eyjafjallajökull) le dio por estallar unos días antes de la disputa del partido de ida en el Giuseppe Meazza. La explosión hizo brotar fragmentos de vidrio que ascendieron por la columna de ceniza del volcán. Los vulcanólogos dictaminaron que su presencia en las capas altas de la atmósfera dificultaba la presencia de vuelos aéreos, por lo que durante una semana más de 17.000 vuelos fueron cancelados en Europa Occidental.

Tras unos días de incertidumbre, el Barça tuvo que tomar la decisión de viajar a Milán por carretera. Se descartó el tren por culpa de una huelga ferroviaria en Francia, paso obligatorio antes de llegar a Italia. La expedición cubrió en dos autobuses los 980 kilómetros entre Barcelona y Milán parando a dormir en Cannes, para que el exceso de horas en autocar afectara lo menos posible a los futbolistas. Partieron el domingo a las 14.30 horas de Barcelona y llegaron el lunes a última hora de la mañana a tierras lombardas. Allí estaba la prensa, que acababa de completar el viaje de un tirón aprovechando la noche. Todo era trastorno para el siempre metódico Guardiola, que contaba con un plácido vuelo de una hora hasta Milán.

Barça: Diez años del volcán, el viaje en autocar y Benquerença
Rumbo a Milán

Mas si alguna perturbación hubo, aplacada quedó. El Inter despreció la posesión y decidió agazaparse y esperar. Con Xavi en modo imperial el Barça arrinconó al Inter y en el minuto 19 Pedro (entonces aún Pedrito) ponía en franca ventaja la eliminatoria para el Barça. Tuvo Messi otra que Julio César calmó con la parada de su carrera antes de que Sneijder anotase el 1-1 en una jugada aislada cuando ya avanzaba el primer tiempo.

La segunda mitad fue rock and roll. Pandev, Milito y Eto’o descuajeringaron al Barça con contraataques a velocidad de vértigo hasta que Maicon puso por delante a los neroazurros. Quizás fatigado por el viaje o tal vez derrengado por el esfuerzo acumulado tras jugar ante Real Madrid y Espanyol la semana anterior, el Barça se vino abajo y el Inter pico cual avispa hasta poner el 3-1 por obra de Diego Milito. Cierto que éste último tanto fue en fuera de juego, como que cierto es que hubo un claro penalti sobre Dani Alves, pero más cierto fue que el Inter fue el justo vencedor del encuentro.

“Aún van a decir que tengo un amigo en el volcán y he sido yo quien ha provocado su erupción. Un equipo que gana siempre a veces no sabe perder”, soltó Mourinho en rueda de prensa. Lo cierto es que la prensa catalana disculpó al Barça por el cansancio acumulado y culpó a Olegario Benquerença, árbitro del encuentro y paisano de Mourinho, de la derrota. Fuese el volcán o fuese el trencilla, pocos dudaban en la Ciudad Condal de que el traspiés había sido eso, un traspiés, y que la victoria en el partido de vuelta estaba asegurada. “90 minutos en el Camp Nou son muy largos”, había advertido Guardiola haciendo suya una sentencia de la biblia madridista.

No necesitaba más Mourinho para poner a sus pretorianos en guardia. Durante las siguientes dos semanas su humor de trazo grueso se encargó de hacer ver a sus chicos que su esfuerzo no era valorado por nadie. Sus chicos era hombres. Los otros eran niños que se quejaban de no haber descansado lo suficiente. Era el Inter el que había derrotado al Barça, no aquel volcán islandés de nombre impronunciable. Si el Barça estaba cansado no era por el viaje, sino por el partidazo de sus chicos.

Había que demostrarlo en el partido de vuelta.

El ambiente en el Camp Nou era el de las grandes ocasiones. Cientos de aficionados tuvieron que ser dispersados la noche anterior al partido por presentarse en la puerta del hotel del Inter con la intención de no dejar pegar ojo a los italianos. La tarde del encuentro los hinchas acompañaron con sus motos al autocar azulgrana en su camino al Camp Nou. El Barça salió hipermotivado y el Inter acobardado. Mourinho dispuso una línea de cinco defensas y a Guardiola le dio un ataque de entrenador y colocó a Gabi Milito de lateral izquierdo. En el minuto 28 Motta golpeó a Busquets, quien convirtió un homicidio en un asesinato a sangre fría. Expulsado el italobrasileño, la siguiente hora el Inter se dispuso a defender la renta con un futbolista menos.

El Barça tuvo un 73% de posesión, lanzó 14 veces a puerta y dispuso de nueve saques de esquina a favor. El Inter tiró una vez entre los tres palos. Fue un asedio. Fue la guerra. Pero el Inter resistió. Pocos recuerdan que Mou no hizo su primer cambio hasta el minuto 81. Tras la expulsión no tocó al equipo. Colocó a Eto’o de lateral derecho, tan dañino para la vista como inolvidable de ver. Le dijo a Luis Figo, por entonces recién retirado y delegado del Inter, que saltase a protestar al campo en cada jugada. Sonido de viento para el Camp Nou. Leña al fuego. Pocas veces se ha visto a un equipo de élite defender tan atrás. Y pocas veces se ha visto a un equipo de élite tan entregado, solidario y sacrificado por el bien común.

Piqué anotó en el 84, pero fue insuficiente. Bojan lo haría más tarde, pero su gol fue anulado (esta vez correctamente). Fue el mejor día de la carrera de Mourinho. Edificó un castillo que Guardiola no pudo asaltar. Si el Barça pintaba un cuadro el Inter arañaba el marco. El brillante repliegue y la implicación defensiva de los atacantes del Inter no eran válidos para un restaurante de estrella Michelin, pero saciaban de hambre al más hambriento de los comensales.

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El Inter acababa de batir al equipo imbatible. Un torrente de euforia viajaba desde Milán a Madrid. Mourinho atravesó el Camp Nou de una punta a otra con el brazo levantado y dedo acusador mientras se dirigía a la grada donde se encontraban los aficionados del Inter. Sus aspavientos enervaron a Víctor Valdés que agarró por el cuello al portugués. Para que la sangre no llegase al río alguien tuvo la feliz idea de poner en marcha los aspersores del Camp Nou. Mourinho y sus pretorianos tuvieron que abandonar el césped y siguieron con la fiesta en los vestuarios.

El Inter acabó ganando aquella Copa de Europa y el Barça recuperaría el trono continental la temporada siguiente, tras uno de los mayores recitales de juego colectivo que se recuerdan ante el Manchester United. Durante tres años (2009-2011) el Barça fue, y con diferencia, el mejor equipo del mundo, pero, en 2010, el Inter modelado por Mourinho demostró que a un equipo vestido para matar no le hace falta jugar.

El volcán Mourinho consiguió desgastar a Guardiola que, hastiado, acabaría abandonando Barcelona. No obstante, a Pep le dio tiempo a humillar a Mou unas cuantas veces cuando el portugués dirigía al Real Madrid. Alimentando así la excéntrica teoría, muy arraigada en Barcelona, de que el Barça hubiese sumado tres Copas de Europa seguidas si un volcán de nombre impronunciable no se hubiese cruzado en su camino.

“¿Autobús? Ese día en el Camp Nou no pusimos el autobús, pusimos un A-340 con las alas bien desplegadas”. José Mourinho.

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Cuando Montero anotó una bandeja y Vrankovic le puso un tapón

En el extenso museo del FC Barcelona hay espacio para infinidad de trofeos. Es lo que ocurre al ser el club polideportivo más exitoso del mundo. En la sección dedicada al baloncesto se exponen las, hasta el momento de escribir estas líneas, dos Euroligas (2003 y 2010). Junto a ellas aparece un balón de baloncesto adyacente a la reproducción de una carta que reza lo siguiente: “La FIBA admite, en razón de las anomalías producidas, el derecho que asistía al Barcelona en la reclamación ante el juez único a pesar de que fuera rechazada por este. La FIBA desea con esta declaración ofrecer una compensación moral por el posible perjuicio causado por los errores cometidos en la medida que podrían haber afectado al resultado final».

Dicha carta irrumpe el hueco que debería ocupar el trofeo de la Euroliga de 1996. Fue tan flagrante el error arbitral y tan espantosa la aplicación del reglamento que un mes después de los acontecimientos la FIBA (Federación Internacional del Baloncesto) tuvo que admitir que el Barça debía haber sido el campeón. Ese reconocimiento le da a los catalanes un vano triunfo moral, pero ni devuelve a Montero la honra ni le quita a Vrankovic la suya.

Esta es la historia de la bandeja de Montero. O la del tapón de Vrankovic. Las dos caras de una misma moneda.

Dirigido por Aíto García Reneses, a mediados de los 80 el Barça acabó con la tiranía del Real Madrid en la competición doméstica. Entrada la década de 1990 los azulgranas repitieron regicidio en el fútbol a lo que añadieron la ansiada Copa de Europa. La Copa de Europa en color frente a las seis en blanco y negro del eterno rival. En el básket pasaba tres cuartos de lo mismo. Por muchas ligas ACB que se lograsen la obsesión era conseguir el primer cetro continental. Una herida agrandada por las ocho coronas que poseían por entonces los de la capital del reino.

El Barça acumulaba unas cuantas Final Four y tres finales perdidas en una década. Y uno de los protagonistas de tales derrotas era José Antonio Montero. Se trataba de un base moderno. Superaba el 1’90, gran penetrador y defensor y eminentemente físico. Procedía del Joventut y había sido el segundo español tras Fernando Martín en ser elegido en el draft de la NBA. Tenía problemas con el tiro exterior, lo cual hoy sería una contrariedad para un jugador exterior pero entonces era irrelevante, pero cargaba con fiereza el rebote ofensivo y era capaz de hacer mates.

Conviene recordar este último apunte. Que un base de raza blanca hiciese mates era en aquel tiempo extravagante.

Roberto Dueñas (1997) - Fotogalería - MARCA.com | Jugadores de baloncesto,  Nba, Balonmano
Montero. 113º del draft de 1987

Stojan Vrankovic pertenecía a la fantástica generación yugoslava del momento. Con 2’18 era un pívot intimidador y algo lento que destacaba en la faceta defensiva. Había probado fortuna sin suerte en la NBA y, aunque quizás era el menos talentoso de los pívots yugoslavos, su envergadura y su intimidación no tenían parangón en Europa.

A pesar de sus problemas en ataque su capacidad para rebotear y taponar era maravillosa.  También conviene recordar este apunte.

Stojan "Stojko" Vrankovic, el hombre del tapón - Pivot World 9
Vrankovic. 218 centímetros de ser humano

El caso es que en París, allá por la primavera de 1996, el FC Barcelona se presenta en una nueva Final Four. El rival en semifinales es el Real Madrid. Los blancos fueron por delante durante casi todo el encuentro hasta que a minutos del final un triple de Ferrán Martínez y varias acciones de mérito de Karnisovas y Salva Díez voltearon el partido y dieron la victoria a los catalanes (76-66). En la otra semifinal el Panathinaikos venció con facilidad al CSKA de Moscú.

En una época donde sólo se podía tener a dos extranjeros por equipo, los griegos eran los grandes favoritos. Los helenos (Ekonomou, Alvertis, Giannakis) estaban un punto por encima de los cuatribarrados (Xavi Fernández, Montero, Andrés Jiménez), pero la diferencia estribaba en los foráneos. El Barça contaba con el extraordinario alero lituano Arturas Karnisovas, pero su pívot titular era un norteamericano blanco de muy bajo rango llamado Dan Godfread.

Además del citado Vrankovic, el Panathinaikos contaba con Dominique Wilkins, un alero anotador con muelles en los pies que fichara por el conjunto griego con 35 años, pero tras firmar 18 puntos por partido la temporada anterior en los Boston Celtics. Wilkins fue ocho veces ‘All-Star’ y una de las más rutilantes estrellas de la NBA en los 80. Su fichaje por el Panathinaikos fue una de las últimas ocasiones en las que Europa consiguió subyugar a la NBA para atraer a una ‘primma donna’ a golpe de talonario.

El favorito tomó pronto ventaja y al descanso ya ganaba de amplia diferencia al Barça (35-25). Gracias a la dirección de Galilea, el acierto exterior de Xavi Fernández y a algún destello de calidad de Karnisovas, los catalanes consiguieron llegar con vida a los últimos cinco minutos de partido. Entonces Wilkins decidió asumir la responsabilidad y tras un robo de balón, una bandeja y una suspensión situaba el 65-53 con tres minutos por disputar.

Aíto decide poner a dos bases y hacer presión a media pista y, no se sabe bien como, los experimentados griegos empiezan a perder balones sin ton ni son. De repente, parcial de 2-13 para el Barça y se ponen a un punto a falta de 36 segundos (67-66 para los griegos).

Faltan 36 segundos y la posesión es para el Panathinaikos. Korfas marca jugada. En 1996 son 30 los segundos de posesión. Korfas estira la posesión tanto como puede y penetra asustado por lo que decide enviar el balón a Vrankovic que recibe en el poste alto. El gigante de 2,18 no sabe qué hacer con el balón y busca a Giannakis que recibe una doble ayuda defensiva, se trastabilla y cae al suelo.

El balón rueda sin dueño.

En la marabunta el balón aparece como por arte de magia en las manos de Montero. Está sólo. Solísimo. Y está en campo griego. Quedan siete segundos de posesión. Montero sólo tiene que echar a correr y anotar una bandeja.

En aquel momento Montero suma 0 puntos en el partido. Había lanzado un triple y lo había fallado en apenas 10 minutos de juego. Recoge el balón encorvado, besando el suelo, y se eleva zancada a zancada hasta que se adentra en la zona helena. Un pie para coger impulso y otro para mantener el equilibrio con el codo y la muñeca. Es una bandeja fácil. Y detrás, por si acaso, sólo por si acaso, aparece como flecha Xavi Fernández ante un poco probable rebote ofensivo.

Montero suelta la bandeja. Quedan 4 segundos y 9 décimas.

Justo entonces aparece Vrankovic. Aquel pívot lento y pesado se las ha arreglado para cruzar la pista con sus 2,18 y llegar el primero. ¿Cómo? No se sabe. El caso es que el balón toca el tablero y Vrankovic con una zarpa lo barre alejándolo del aro. Los integrantes del banquillo azulgrana saltan como un resorte y piden la validez de la canasta. Los miembros de la mesa, los que llevan las cuentas de las faltas, los tiempos muertos y el cronómetro del partido se ponen nerviosos y, vete tú a saber el porqué, paralizan el reloj de posesión.

Con el crono congelado, Xavi Fernández recoge el balón y se lo envía a Galilea que, ante la parálisis del tiempo, no sabe si arrancar o quedarse quieto. En esta está el base del Barça cuando el crono vuelve a moverse. Galilea arranca e intenta a penetrar mientras una jauría de lobos se lanza sobre él. No hay falta. La bocina aúlla.

El Panathinaikos consigue la primera Euroliga de su historia. El MVP de la final es Dominique Wilkins (16 puntos y 10 rebotes) pero el héroe del partido es Stojan Vrankovic que, al igual que Montero, acabará el encuentro sin anotar un solo punto. Pero aportando la acción defensiva que decidió la final.

Reuven Virovnik de Israel y el afamadísimo colegiado francés Pascal Dorizon son los encargados del despropósito. Montero liderara la frustración, los gritos y las duras protestas, pero todo será en vano. La decisión está tomada. La confusión es generalizada.

La primera duda está en el motivo de la paralización del cronómetro. Al haberse agotado los 30 segundos de posesión que tenían los griegos, la mesa decidió paralizar el tiempo. Si ese fuese el caso, todo lo que sucedió desde que Korfas perdió la bola tendría que haber sido anulado y la posesión pasaría a ser del Barça. Por otro lado, en la alocada penetración de Montero se cuentan hasta tres pasos antes de elevarse para realizar la bandeja, por lo que la canasta nunca tendría que haberse permitido. Después, cuando Galilea inicia un último intento a la desesperada es barrido en una clarísima falta por Wilkins.

Y lo más desvergonzado. Si uno analiza el vídeo de la final se dará cuenta que aquellos 4,9 segundos fueron en realidad 12.

Pero todo ello son nimiedades ante el escándalo mayúsculo acometido al dar como válido el tapón de Vrankovic. La normativa es clarísima. Se considera tapón ilegal cuando el balón está en trayectoria descendente. Si, además, el balón impacta con el tablero ya no hay ningún tipo de duda. Una vez choca con el tablero, cualquier intento de taponar o impedir que el balón se introduzca en el aro se considera ilegal. La canasta siempre será válida. Incluso aunque hipotéticamente el balón no llegase a entrar.

Inexplicablemente ni Virovnik ni Dorizon fueron capaces de apreciar la infracción. No había ningún tipo de impedimento visual. De hecho, uno de los colegiados se encuentra justo detrás de los dos protagonistas. Lo que hubo fue miedo o incompetencia. Sobre lo segundo los hechos hablan por sí mismos. En relación a lo primero hay mucha tela que cortar.

Una vez sonó la bocina, una marabunta de griegos ocupó el parqué del Omnisport de París-Bercy para que a nadie se le pasara la cabeza rearbitrar la jugada o discutir el triunfo final. La confusión fue total y absoluta. El Barça hizo todo lo posible para cambiar el 67-66 final, pero de nada sirvieron todas las alegaciones. El presidente de la sección de básket del Barça, por aquel entonces Salvador Alemany, presentó un recurso justo después del encuentro que fue estudiado hasta las cuatro de la madrugada en el hotel Concorde Lafayette, donde tenía instalado su cuartel general la FIBA.

De nada sirvió que los árbitros admitieran su error delante del secretario general de la FIBA. La decisión estaba tomada. El tapón de Vrankovic era válido.

Aunque fue eliminado del acta arbitral.

¿?

El Barça había perdido a la griega.

Después de que Grecia ganase el Eurobasket de 1987 un boom por el baloncesto sacudió la península helena. El AEK, el Aris de Salónica o el Olympiakos estuvieron a punto de conseguir la Euroliga pero, por h o por b, se quedaron en el camino. De repente, en los 90 el dracma griego parecía el dólar estadounidense y los clubes griegos se convierten en los mejores del continente. Fichan a norteamericanos de renombre, atraen con casa, coche y buen clima a jugadores del bloque del Este y buscan abuelos y bisabuelos griegos a yugoslavos para nacionalizarlos en tiempo récord.

Son tiempos donde se vuelve habitual perder a la griega. Pabellones que incumplen las normativas con exceso de aforo, lanzamiento de objetos, sirenas y pitidos en medio del partido, acoso y amenazas a los árbitros, paradas sospechosas de los cronómetros…es el llamado infierno griego que durante décadas fue permitido y protegido por la FIBA. Hoy, en Grecia, Turquía o la antigua Yugoslavia el ambiente sigue siendo intimidante, pero sólo beneficia al equipo local en el aspecto moral.

El FC Barcelona impugnó el partido y desplegó toda su maquinaria. Consiguieron incluso la intermediación de Juan Antonio Samaranch, entonces presidente del Comité Olímpico Internacional. No sirvió de nada y la apelación fue rechazada. El club no aceptó la derrota. El Barça encargó una reproducción de la Copa de Europa  para entregársela a cada jugador y los directivos del club mantuvieron el discurso victimista hasta conseguir que la FIBA admitiese su error y declarase al FC Barcelona campeón moral tal y como vimos en la carta citada al inicio del artículo.

El error arbitral fue admitido, la reparación moral aceptada, pero el campeón era el Panathinaikos. Las aguas se calmaron y de la indignación hacia los árbitros se pasó a la incomprensión por la acción de Montero. Le llovieron palos por todos los lados. ¿Se acuerdan que Montero era un base que hacía mates? Ya daba igual que los árbitros se hubiesen equivocado o que la FIBA hubiese prevaricado. La cuestión era; ¿por qué c*** Montero no hizo un mate?

El FC Barcelona repetiría final la temporada siguiente. Perdería con justicia y claridad ante el Olympiakos, el otro gran equipo griego. En esa final Montero no jugaría ni un minuto. Estaba relegado al fondo del fondo del banquillo. Decidió probar fortuna en Francia y poco después retirarse. Tenía 33 años. Tras el verano Vrankovic volvió a probar fortuna en la NBA, nuevamente sin demasiada suerte, mientras el Panathinaikos se instalaba en la elite y ganaba Euroliga tras Euroliga.

El Barça hubo de esperar a 2003 para romper el maleficio, pero el fantasma de la canasta de Montero sigue apareciendo de cuando en cuando.

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