Copa de Europa

Los nuevos yuppies (Chelsea vs Manchester City)

Desde que nació sabía que tendría una vida plena, pero que nunca podría brillar. No era el pequeño, pero tampoco el primogénito de entre los cinco hermanos. Nunca sería emir, pero viviría a cuerpo de rey. Apenas una década antes de su nacimiento, tanto su vida como la de sus allegados cambiaría para siempre. Unos perforadores de petróleo habían descubierto reservas de crudo cerca de Abu Dabi. De producir dátiles y criar camellos se pasó a exportar oro negro. Las cabañas de barro y los caminos polvorientos dieron paso a oficinas bancarias e inmensos rascacielos.

Apenas un puñado de años antes, y a más de 4.000 kilómetros al norte, venía al mundo un niño que no lo iba a tener nada fácil para hacerse un hueco en la vida. Sus abuelos, judíos y de origen lituano, acabaron en Siberia víctimas de las purgas de Stalin. Sus padres terminaron asentándose en Saratov, a orillas del Volga, cerca de la martirizada Stalingrado. No duraron mucho. Cuando el pequeño tenía cuatro años ya era huérfano. Acabaría criándose con unos parientes lejanos al norte de Moscú.

Cuando creció, aquel joven de la realeza de los Emiratos marchó a Estados Unidos para licenciarse en comercio y política internacional. Ya estudiado, volvió a su país para ejercer diferentes puestos en el gobierno presidido por su hermano, así como para dirigir el banco más importante del país. No sólo eso, también logró el cargo de presidente del Consejo Supremo del Petróleo, lo que le convierte de facto en uno de los hombres más poderosos de Oriente Medio al controlar el 6% de las reservas mundiales de crudo.

Aquel pobre huérfano hubo de buscarse la vida en las calles de Moscú. Trabajó como mecánico y como vendedor ambulante, antes de comercializar con todo tipo de alimentos en el mercado negro aprovechándose de la desintegración de la URSS. Aquellas operaciones ilegales se convirtieron en legales de la noche a la mañana y pronto se interesó en poner en regla sus asuntos. Decidió investir lo ganado en el mundo del petróleo y al cabo de pocos años le comprará al Estado la principal empresa de crudo del país para crear Sibneft. Ya era inmensamente rico, pero lo será mucho más cuando una década más tarde el Estado ruso le devuelva estúpidamente el favor y adquiera la mayoría de acciones de la empresa. Lo que fue público y después privado pasaba ahora a ser nuevamente público. Hoy la empresa es la archiconocida Gazprom.

Sheikh Mansour, que así se llama nuestro protagonista arábigo, es un gran aficionado al deporte. Fue un reconocido jinete y es el responsable de que en los Emiratos se celebren distintos acontecimientos deportivos de repercusión internacional. Es también un fanático del fútbol.

A Roman Abramovich, que así se llama nuestro protagonista de las estepas, no se le conocía relación alguna con el mundo del deporte. Lo que sí se le presupone, como a todo nuevo rico procedente del Este, es fascinación por el glamour de Occidente. Pedro I fundó San Petersburgo para sacar a los rusos del oscurantismo y acercarlos a Europa. Desde entonces esa es la obsesión de la élite eslava. A Abramovich no le hechizaba el fútbol, pero le embrujaba Londres. Y cuenta la leyenda que sobrevolando el Támesis durante una tarde primaveral sus ojos se fijaron en un estadio de fútbol.

En 2008 Sheikh Mansour compraba el Manchester City por 210 millones de libras. La historia del club ‘citizen’ cambiaría para siempre. En apenas una década ha sumado más del doble de ligas que en los 125 años anteriores.

En 2003 Roman Abramovich compraba el Chelsea FC por 198 millones de libras. La historia de los ‘blues’ cambiaría para siempre. En cerca de dos décadas ha sumado cinco ligas mientras que en el siglo anterior sólo había sumado un entorchado. Sumó además una Copa de Europa en 2012, logrando convertir a Londres en una ciudad capital en el entramado futbolístico algo que ni París, ni Roma ni Berlín han conseguido alcanzar.

2011/12: Drogba termina con la espera del Chelsea | UEFA Champions League |  UEFA.com
Chelsea 2012

En el momento de escribir estas líneas estamos a apenas unos días de la disputa de la tercera final inglesa en la historia de la Copa de Europa tras las de 2008 (Manchester United vs Chelsea FC) y 2019 (Liverpool FC vs Tottenham). Si gana el City sería el sexto club inglés tras Liverpool FC, Manchester United, Nottingham Forest, Aston Villa y Chelsea FC en coronarse como rey de Europa. Además, en el caso de salir perdedor, el City se sumará a Leeds United, Arsenal FC y Tottenham como clubes ingleses que han jugado una final de Copa de Europa. Más aún. El City y estos tres perdedores cuentan con algún título europeo (UEFA o Recopa) al igual que West Ham, Everton e Ipswich Town. En total son 12 conjuntos anglosajones con réditos europeos. Ninguna otra liga puede compararse con los éxitos de la inglesa, en un claro contraste con los continuos fracasos de su selección que, a pesar de haber ganado el Mundial en el que ejerció de anfitrión, acumula malos resultados cada vez que hay un torneo de selecciones.

El Manchester City ha sido siempre el patito feo de la ciudad. Nació como club de los trabajadores de una acería, su campo de juego estaba al lado de un vertedero y varios de sus fundadores fueron detenidos por estafa. Aun así fueron el primer equipo de la ciudad en ganar un título. El United lo solucionó fichando por una cifra récord a Billy Meredith, capitán del City y el mejor jugador inglés del momento.

Los inicios del Chelsea FC son aún más humildes. Que no es lo mismo que pobres. Los hermanos Mears compraron un terreno al oeste de Londres, en el barrio de Fulham. Era, y es, una zona bien de la capital y allí edificaron un estadio llamado Stamford Bridge, que era como se llama el puente que cruza el Támesis en el barrio de Fulham. Su idea era que el Fulham FC pasase a ocupar el nuevo estadio pero, ante su negativa, a los hermanos Mears no les quedó más remedio que fundar un club para amortizar su inversión. El Chelsea FC nació en un barrio rico pero se mantuvo como paria del fútbol londinense hasta que medio siglo después, en 1955, se alzó con el título de liga.

Manchester City y Chelsea FC son unos yuppies del fútbol. Cuentan con dinero, visten a la moda, están en la vanguardia tecnológica y tienen una marcada tendencia a valorar en exceso lo material. A pesar de que como buenos conjuntos ingleses tienen una larga historia a sus espaldas y que incluso contaron con una edad dorada de éxitos -curiosamente compartida a finales de los 60 e inicios de los 70-, estos nuevos yuppies son vistos por los demás como arrogantes e inmerecidamente ricos. Si Madrid, Bayern o United son asquerosamente ricos gracias a los designios del balón, el City o el Chelsea FC lo son con una falta total de escrúpulos.

Para aquellos que tenemos mucho fútbol acumulado a nuestras espaldas, ni la hipotética primera corona del City o la segunda del Chelsea FC cambiarán esta perfección de yuppies. Sólo el paso del tiempo y la aceptación de los que hoy son adolescentes colocarán a estas dos escuadras inglesas en lo alto del altar social que con ahínco persiguen.

El Chelsea FC está a punto de lograrlo. Partía de una base más sencilla. En Londres los equipos de fútbol se acumulan, pero los éxitos escasean. Los ‘blues’ sólo tienen la competencia del Arsenal FC y bocado a bocado se están comiendo a los ‘gunners’. El Chelsea FC partía de un suelo más alto que el del City porque en los 90 había reunido a un grupo apañado que había logrado asentarse en los puestos de privilegio de la Premier además de lograr una Recopa de Europa.

Para el City es mucho más complicado. Aunque consiga ganar la Copa de Europa seguirá siendo el segundo equipo de Manchester. Es visto como un impostor. Abandonó Maine Road para instalarse en el Etihad, un estadio situado en el extrarradio de Manchester rodeado de zonas comerciales. El United (al igual que el Chelsea FC en Londres) ocupa una coqueta e histórica parcela al lado del río y en el corazón de la ciudad.

Será el dinero y el paso del tiempo los que dictaminarán que la masa social del City crezca lo suficiente para volverse irreversible. Sólo así sabremos si el City se instalará para siempre en el Olimpo del fútbol o bien quedará en el recuerdo de los hoy jóvenes y mañana ancianos aficionados, irrumpiendo en el lugar que hoy ocupan Stade de Reims, Nottingham Forest, Parma o el Borussia Mönchengladbach, por citar varios ejemplos.

https://www.youtube.com/watch?v=JrOfFSCVQy8&list=RDCMUCcMguvBd0eq6bctu1K7sS6Q&start_radio=1&rv=JrOfFSCVQy8&t=776

«El banco de inversión Goldman Sachs publicó un informe de 60 páginas en mayo de 2018 pronosticando que Brasil ganaría el Mundial venciendo a Alemania en el camino. No fue un ejercicio frívolo (…) analistas de riesgos y otras eminencias llegaron a la conclusión tras un minucioso examen de factores (…) Por si alguien no se enteró, Brasil cayó humillado por 7-1 ante Alemania. Los individuos más listos del mundo hacen el tonto cuando intentan comprender el fútbol (…) En un día, probablemente lejano, quizá se hará la revolución y aquellos que hoy se forran y a la vez se ríen de los demás mortales desfilaran cabizbajos mientras las multitudes les lanzan tomates podridos, pero mientras tanto tenemos el fútbol como refugio. Sí, por supuesto, el fútbol tiene sus putos amos, pero durante los 90 minutos que dura un partido la vida se vuelve imprevisible. El fútbol se escapa de los Goldman Sachs y de los Abramovich. Un consuelo mientras esperamos que llegue la revolución”. John Carlin en ‘El córner inglés’.

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La mandíbula alargada de Robert Prosinecki

Desde que Eden Hazard firmó un suculento contrato con el Real Madrid en el verano de 2019, el conjunto blanco ha disputado 96 partidos oficiales de los cuales el mediapunta belga apenas ha sumado 36 (la mayoría como suplente). Los motivos son los siguientes. Rotura muscular en el muslo izquierdo, fractura del tobillo derecho, fisura en el peroné, traumatismos varios, problemas musculares desconocidos y hasta coronavirus. Sin olvidarnos de unos supuestos kilos de más. La clase de Hazard es incuestionable e igual da un puñetazo en la mesa en el próximo partido, pero cada día que pasa su caso recuerda más a Kaká. Ya saben, un fichaje excepcional que con el tiempo se volvió cochambroso por culpa del pubis y del menisco. Como decía, a Hazard se le está poniendo cara de Kaká. El problema para él, y para el madridismo, es que la cosa vaya a peor y acabe poniéndosele cara de Robert Prosinecki. 

En el verano de 2006, coincidiendo con la celebración del Mundial de fútbol, la firma francesa de coches Renault lanzaba una campaña de anuncios en televisión. Era un ‘spot’ cuanto menos curioso. No había vehículo. Renault lanzaba un nuevo modelo de ‘Kangoo’, típica furgoneta pequeña, combi, habitual de autónomos y pequeñas empresas. Pero de coche en pantalla nada de nada. La idea del anuncio era fidelizar al cliente diciéndole que, por descabellada que fuese su nueva empresa, Renault siempre le apoyaría. Para ello contrataron como empresario ficticio a Robert Prosinecki. El ex futbolista croata era el dueño de una empresa de muñecos infantiles. Estos tenían la particularidad de que se iban de fiesta, se lesionaban, se tiraban muertos de cansancio sobre el césped y tenían su propio jacuzzi (rodeado de Barbies).

El muñeco en cuestión era conocido como ‘Prosikito’. Se trataba del alter ego de Robert Prosinecki.

Que una persona sea capaz de reírse de sí misma siempre es digno de elogio. Pero aquello fue el súmmum.

Robert Prosinecki era el unicornio blanco. Un futbolista elegante, recio, con una planta espectacular y una depurada técnica. A los 18 años fue elegido el mejor jugador del Mundial sub-20 en el que lideró a una generación yugoslava irrepetible. A los 20 fue escogido el mejor jugador sub-21 de Europa. Con 21 primaveras ya era campeón de Europa con el Estrella Roja y fue elegido el quinto mejor jugador del mundo antes de firmar por una cantidad indecente de dinero por el Real Madrid.

Y ahí se acabó todo.

Como muchos antes y muchos después, Prosinecki fue descartado por el club de sus amores. Hubo de dejar el Dinamo de Zagreb para probar fortuna en el Estrella Roja, en la rival y vecina capital de Serbia. Por entonces el Estrella Roja estaba formando un conjunto imponente con chavales que antes eran yugoslavos y después fueron serbios (Savicevic, Jugovic o Mihajlovic) pero en el que el jefe en la sala de máquinas era Prosinecki, un croata que ya había fascinado en el citado Mundial sub-20 junto a otros compatriotas como Suker o Boban.

Liderados por Prosinecki, acumularon cuatro campeonatos ligueros consecutivos antes de ganar la Copa de Europa de 1991 derrotando al proyecto millonario del Olympique de Marsella. Lo hicieron tras eliminar al Dinamo de Dresde, al Glasgow Rangers y, esencialmente, al FC Bayern en una épica semifinal.

Prosinecki, el paquete rubio- Odio Eterno Al Fútbol Moderno
‘Prosikito’, Rey de Europa

Cuatro de aquellos campeones fueron elegidos entre los diez primeros en la clasificación del Balón de Oro de aquel año. Belodedici (8º), un aseado defensa que acabaría firmando por el Valencia, Pancev (3º), un goleador que no pudo mantener en el Calcio los registros que atesoraba, y, con más relieve, Dejan Savicevic (2º) y Robert Prosinecki (5º), con diferencia los jugadores con más talento de esa generación.

Estos dos últimos contaban con los mismos pretendientes; Real Madrid y AC Milan. Los merengues acababan de perder la hegemonía en España frente al Barça de Cruyff. Ante la evidente cuesta debajo de Hugo Sánchez, el Madrid buscaba un acompañante para Butragueño. La opción obvia era Savicevic, que si bien no era un goleador, era tan buen facilitador como rematador. Mientras, el AC Milan, que contaba con Van Basten aún sano, se inclinaba más por fichar a un creador de juego como Prosinecki para reforzar su centro del campo.

La disyuntiva, sin embargo, se resolvió en la citada semifinal ante el FC Bayern. En el encuentro de ida disputado en Múnich, Robert Prosinecki bailó a los bávaros con un recital de dirección y clase que ya había demostrado en anteriores ocasiones, pero nunca antes en un escenario tan majestuoso. Ramón Mendoza, presidente del Real Madrid, presenció el encuentro desde las gradas y lo tuvo claro. Su idea era firmar a Savicevic, pero cambió de caballo a mitad de carrera. Quizás Savicevic tenía más instinto asesino que Prosinecki, pero la clase del croata era inigualable. El Madrid iría a por Prosinecki.

Pero Silvio Berlusconi también había visto el partido desde el salón de su casa. El AC Milan también iría a por Prosinecki.

Los lombardos eran por entonces el equipo en boga. Habían hecho doblete en la Copa de Europa (1989 y 1990), contaban con Arrigo Sacchi, el entrenador del momento, y con una pléyade de estrellas lideradas por Maldini, Baresi, Gullit y Van Basten, seguramente cuatro de los diez mejores futbolistas del momento. Así que cuando a Prosinecki se le acercaron los mandatarios ‘rossoneros’ lo tuvo claro. Ficharía por el AC Milan.

Según se supo después, el croata se trasladó a Italia en secreto para pasar un reconocimiento médico. El acuerdo entre el Estrella Roja y el AC Milan aún estaba muy verde. Entonces los futbolistas de los países comunistas necesitaban el visto bueno de su gobierno para salir del país. Aunque con el paso del tiempo se fue ablandando la normativa permitiendo que cada vez se pudiese dejar el país a edad más temprana, que un joven de 21 años lo hiciese resultaba por entonces inconcebible.

Mientras la burocracia hacia su papel, Prosinecki llega a Milán. Y allí se revela la verdad. Tiene la mandíbula alargada y los incisivos salidos (podría pasar por Borbón) y prácticamente todos sus dientes cuentan con una muesca de caries. Los galenos italianos lo tienen claro; es candidato a continuos problemas musculares y de espalda. Se reúnen con Berlusconi y dan su veredicto. Fichar a Prosinecki es fichar a un futbolista propenso a las lesiones.

El fichaje se cancela.

Todo esto sucede sin que el Madrid lo sepa, por lo que Mendoza sigue con su propósito de firmar al croata. Antes de ser presidente blanco, Mendoza se había convertido en uno de los empresarios más influyentes de España y en uno de los pocos con excelentes relaciones más allá del Telón de Acero. Mendoza tiró de contactos y don de gentes, se aprovechó de que Yugoslavia estaba a punto de estallar en mil pedazos, y firma un acuerdo que oscila entre los 1.000 millones y los 1.500 millones de pesetas, según diversas fuentes. O lo que es lo mismo, tras un arduo tira y afloja, el Madrid tuvo que pagar entre 7 y 10 millones de euros. En 2021 equivaldría a más de 100 kilos.

Sólo tiene que convencer al jugador, pero es pan comido. Prosinecki está loco por la música. Todo lo ocurrido en Milán se mantiene en estricto secreto.

Es el fichaje del año. Pero saldrá rana.

Robert Prosinecki es presentado en el Bernabéu en el verano de 1991. No hay fichaje de mayor relumbrón en todo el planeta fútbol. Es el hombre que tiene que acabar con el nuevo Barça de Cruyff. El futbolista que tiene que devolver la exquisitez técnica al Bernabéu. La estrella que debe darle a la Quinta del Buitre su última oportunidad de ganar la Copa de Europa. Aquel rubio de pelo ensortijado, mirada perdida y mandíbula alargada tiró de guión y dijo sentirse radiante “por firmar por el club más grande del mundo”. El Real Madrid acababa de contratar al jugador que se suponía que iba a dominar el fútbol europeo y mundial en la década de 1990.

Únicamente jugó tres partidos en su primera temporada. 1991/92.

En total fueron tres campañas, y fue la última la mejor de todas ellas, donde las lesiones aún le permitieron disputar 23 partidos y anotar 6 goles. Fueron años negros para los blancos. Quizás, si aquellas ligas perdidas en el último partido ante el Tenerife hubiesen sido distintas, ni Cruyff sería el Mesías en Barcelona ni Hagi y Prosinecki (curiosamente los dos acabarían en el Barça) hubiesen salido del Madrid por la puerta de atrás. Quién sabe.

Pero la realidad es que la huella que dejó Prosinecki en Madrid y en la Liga española es la de una serie de motes que harían las delicias en la era del Whatsapp y el Tik tok. El más utilizado era ‘Lesionecki’, pero el que tenía más arte era ‘Marlboro, el paquete rubio más caro’. Y es que el rubio mediapunta croata era un fumador empedernido, y, porque no decirlo, no hacía afán alguno por ocultarlo. Fumaba un par de cajetillas al día y cuentan que en sus años de declive se fumaba un pitillo en el descanso ante el asombro y el beneplácito de sus compañeros.

Conviene ponerse las gafas de la historia y ver las cosas con perspectiva. Es cierto que desde finales de los 80 empezaron a profesionalizarse los entrenamientos y las comidas, pero aún entonces era bastante habitual ver a un futbolista fumando. Lo de beber, aún sigue sucediendo, pero a escondidas. Antes, era la normalidad. “La cerveza viene bien después del entrenamiento porque repones líquidos”, era una coletilla habitual de la época. “El 50% de los futbolistas fuman, pero no lo reconocen. A mí me relaja y nadie vive 100 años. Porque deje de fumar no voy a correr más. Mira a Romario en qué forma está. ¿Es que él no sale por las noches?”, comentaba el bueno de Prosinecki en una entrevista en su última temporada vestido de blanco.

Lo curioso es que aunque fue apodado ‘Marlboro’, Prosinecki era un despiadado fumador de ‘Chester’.

Prosinecki - La Galerna
‘Lesionecki’

Prosinecki acumuló en su primera temporada hasta cinco lesiones musculares diferentes en nueve meses. Un récord que hasta el bueno de Hazard está lejos de igualar. Tras una de esas roturas, allá por el mes de enero, los servicios médicos del Madrid decidieron someter a Prosinecki a una intervención quirúrgica, y ¡voilà!, fue entonces cuando descubrieron aquello por lo que los galenos del AC Milan descartaron el fichaje. Tenía la boca llena de caries y una grave periodontitis. Lo enviaron de inmediato a un dentista.

Pero tampoco es que los médicos blancos fuesen unos incompetentes. Cuando Prosinecki llegó a Madrid sí que descubrieron que tenía las piernas hechas un cromo. Una colección de golpes y pinchazos. Pocos jugadores habían recibido tantos porrazos como él. Sus extremidades inferiores se asemejaban a los de un futbolista próximo a la retirada y no a uno que aún estaba empezando a forjar su carrera.

Se descubrió que el Estrella Roja llevaba un par de años explotando a Prosinecki. Jugaba partido si y partido también infiltrado. Tenía no sólo destrozados los cuádriceps o los tobillos, también se descubrieron infiltraciones en la rodilla. Aquella Europa del Este buscaba reconocimiento internacional destrozando a sus estrellas. Al acabar la temporada 1992/93, a los 24 años de edad, Robert Prosinecki acumulaba un total de dos decenas de lesiones musculares. Nunca pasó por el quirófano hasta llegar a España. En Yugoslavia acumuló infiltración tras infiltración.

Pero aun había un problema a mayores. El psicológico. Prosinecki llegó a Madrid mientras que muchos de sus familiares y de sus amigos sobrevivían a la guerra que estaba destrozando Yugoslavia. Como otros jugadores de la época, pasó por un torbellino de emociones. Mientras él lidiaba con una nueva vida acomodada, muchos de sus conocidos pasaban hambre o luchaban en el campo de batalla.

Y aunque psicológicamente estaba tocado y físicamente destrozado, de puertas para fuera Prosinecki era la alegría personificada. Quienes lo conocen dicen que era simpatiquísimo y que siempre tenía una palabra agradable o una sonrisa para cualquiera que se acercase a él. Podía echar horas en la cafetería de la ciudad deportiva del Real Madrid hablando con aficionados o con periodistas, mientras invitaba a cerveza y fumaba unos cuantos cigarros. Solo pedía una cosa. Que nadie le hiciese fotos.

El caso es que, tras tres temporadas catastróficas, el Madrid empaqueta el paquete de Marlboro y lo envía a Oviedo. El conjunto carballón estaba dirigido por el serbio Radomir Antic, que le obliga a cambiar de hábitos alimenticios a cambio de darle manga ancha con el tabaco y permitirle un par de noches locas al mes. Y Prosinecki se sale. Hace una temporada tremenda y lleva a los asturianos a la parte alta de la clasificación, incluyendo una victoria en casa ante el Madrid en la que Prosinecki da un recital.

Fue tan buena la conexión que, cuando al año siguiente Antic firme como entrenador del Atlético, intentará llevarse con él al croata. Pero en estas pasa por el medio Cruyff y Prosinecki decide fichar por el Barça, que lo compra por un tercio de lo que el Madrid había pagado por él. “Si hubiera ido al Atlético, no hubiesen ganado el doblete. Resultó mejor para Antic que fuera Milinko Pantic y yo me marchara al Barcelona», recordaba años después rememorando el fichaje frustrado y la victoria de los colchoneros en la Liga y la Copa de la temporada 1995/96.

El rubio contaba ya con 26 años y en el Barça iba a demostrar porque era el centrocampista con más talento de Europa. Tenía un regate en el que amagaba un tiro, hacía una finta y la pisaba. Siempre volvía loco al defensa. Sabías que venía, sabías que lo haría, pero era imparable. Y así fue durante 19 partidos… hasta que otra vez las lesiones dijeron basta. Fueron dos campañas en Can Barça y el resultado fue igual de catastrófico que en Madrid, tanto en lo personal como en lo colectivo. Y ya no volverá a resurgir. Tras un breve paso por Sevilla, vuelve a Croacia para jugar en el Dinamo de Zagreb. Tiene 28 años y está acabado. Alargará su carrera hasta los 35 jugando en ligas menores que le permitirán demostrar su increíble capacidad técnica escondiendo sus carencias físicas.

En 11 de sus 18 temporadas como profesional jugó menos de 30 partidos, contando encuentros ligueros, coperos y europeos. Y aun así, como la fortuna suele ser caprichosa, durante unas cuantas semanas del verano de 1998 Robert Prosinecki dio un clase magistral de como dirigir y organizar en equipo de fútbol.

En el Mundial de 1998 Robert Prosinecki fue el encargado de manejar la sala de máquinas de la selección croata. Visiblemente pasado de peso y olvidado en el Dinamo de Zagreb, el seleccionador dálmata lo llamó para la causa en la que fue la primera participación en un Mundial del recién creado país. Prosinecki marcó un par de goles (es el único jugador de la historia que ha marcado con dos selecciones – Yugoslavia en 1990 y Croacia en 1998- en un Mundial), pero sobretodo mostró como de clase iba sobrado.

Fue el coletazo final del arquetipo de futbolista bajo la exclamación de lo que pudo haber sido. Hoy Prosinecki es un entrenador obeso de escaso éxito que se ríe de sí mismo y que es igual de venerado como de querido en su Croacia natal.

Prosinecki: "Fumaba cuando era futbolista, si un jugador mío fuma... ¿qué  le voy a decir?" | MARCA Claro México
Antes (d) y después (i)

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La decadencia de Europa (un primer comentario en relación a la Superliga)

Existe una corriente historiográfica que considera que la llegada del hombre a la Luna marca el cénit de Occidente, iniciándose a partir de entonces un periodo de decadencia en el que nos encontramos. Otros atrasan el inicio a 1973 con la crisis del petróleo y algunos a 2001 con el atentado de las Torres Gemelas. En Europa, el declive se torna en más acusado, a pesar de un paréntesis de optimismo desmesurado en los 90 tras la caída del Muro de Berlín. Conviene apuntar que decadencia no es desaparición. Decadencia es falta de crecimiento. Estancamiento. Desde que el Imperio Romano entró en decadencia pasaron cerca de cuatro siglos para qué implosionara y, realmente, su legado sigue presente en la actualidad.

Podemos considerar en cinco los factores que contribuyen a la decadencia de Europa:

1. El peso demográfico: La caída de la tasa de natalidad en Occidente (Europa, Estados Unidos, Asia Oriental) limita el futuro crecimiento del PIB y el encarecimiento de los programas sociales. La sociedad envejecida es más precavida, vive de rentas y el emprendimiento y el riesgo cae en picado. Se necesita mano de obra extranjera, generalmente poco cualificada y generalmente joven. Éstos chocan con los nativos envejecidos que, destrozados por el choque cultural, se frustran ante los cambios y observan como los beneficios del futuro serán aprovechados por los inmigrantes y no por esos hijos que no han tenido.

2. El exceso de endeudamiento: Irá a más a medida que los hijos del ‘baby boom’ envejezcan y haya que pagar las facturas sanitarias previstas. El déficit se convertirá en un obstáculo imperecedero para la inversión pública y el crecimiento será ilusorio y estará destinado a evaporarse por tipos de interés bajos. Europa pasará a ser controlada financieramente por fondos de inversión y por el nuevo imperio mundial; China.

3. Restricciones a la educación: Hace 100 años menos del 5% de la población occidental era universitaria y en el sur de Europa las tasas de analfabetismo se acercaban al 60%. Hoy las tasas de licenciados en la Unión Europea superan el 30% de la población. Esos cambios en la educación solo se pueden producir una vez. Cualquier mejora en materia educativa es un proceso arduo y además está condicionado por las propias capacidades humanas. De hecho, en el norte de Europa ya se está constatando que por vez primera el cociente intelectual se ha atascado y no aumenta generación tras generación, como ocurría antaño.

4. Las restricciones del medio ambiente: El desmesurado crecimiento de Europa en el siglo XIX, de Estados Unidos en el XX y el del Asia Oriental en lo que va de siglo XXI se debe al destrozo de la naturaleza y al aprovechamiento de terrenos improductivos. Ahora el medio ambiente es una prioridad. Todas las innovaciones referidas a energías renovables y sostenibles no suponen una innovación, sino que son un medio para mantener el nivel de vida actual. Los avances ecologistas del siglo XXI buscan conservar nuestra forma de vida, no revolucionarla. Revolución fue el automóvil y el motor de gasolina. El coche eléctrico no causará una revolución mundial.

5. El estancamiento tecnológico: Llevemos a una persona en un viaje en el tiempo de un hogar de clase media de 1900 a uno de 1960. Se quedaría de piedra al comprobar como hay luz y agua corriente, como una máquina mantiene la comida fresca en la cocina, otro artilugio lava la ropa o dentro de un aparato que está en el salón hay gente que habla y ríe. En el jardín un hombre subido a un vehículo sin caballos está cortando el césped. Dentro, aunque es invierno, se está caliente y eso que no hay ningún fuego encendido. También hay un tubo parlante desde el que se habla con otra persona a distancia. Son madre e hijo. El hijo dice que mañana estará en casa a pesar de que vive a 4.000 kilómetros de distancia.

Subamos a esa misma persona a la máquina del tiempo. Ahora de un hogar de 1960 a otro de 2020. Ve que avanzó 60 años, pero le parece imposible. Casi no ha habido cambios. El diseño se ha alterado, pero nada sustituye a la nevera, a la lavadora, al cortacésped o a la calefacción. Sí, el teléfono no tiene cable, y la gente parece mejor alimentada, con ropa más cara y es más alta. Pero poco más. Sí, en vez de ver una caja con gente en blanco y negro, puede entrar en Youtube y ver lo que le apetezca en el momento que quiera. Aparte de esto, poco más.

Se puede decir que estoy subestimando las maravillas de Internet (lo más importante es que madre e hijo pueden verse a kilómetros de distancia sin necesidad de avión). Y puede que estéis en lo cierto. Pero aunque Internet es lo más importante que ha sucedido en el último medio siglo, nadie (en su sano juicio) sacrificaría el agua corriente, la calefacción o la lavadora a cambio de tener acceso instantáneo a una enciclopedia, a una película, a un disco de música o a la posibilidad de no salir de casa para hacer la compra. A la espera de que en los próximos decenios la robótica y la genética cambien de arriba a abajo nuestras vidas, la sensación es que, aunque seguimos avanzado, se ha ralentizado la velocidad a la que cambiamos el mundo.

Traslademos estos cinco factores de decadencia europea al deporte. Concretamente al fútbol. Es interesante recordar que el fútbol es un invento creado, impulsado y explotado por los europeos. Es el eje vertebrador de la cultura de ocio nacida en la Revolución Industrial y el más global de los ‘inventos’ europeos. En parte, la decadencia del fútbol es una consecuencia de la decadencia de Europa:

1. El peso demográfico: La caída de la tasa de natalidad ha obligado a Occidente a hacer una llamada a la inmigración para paliar la falta de recursos humanos que ayuden a pagar los programas sociales. La inmensa mayoría de estos inmigrantes lo hacen sin estudios superiores y buena parte de ellos ni siquiera tienen formación básica. Para muchos de ellos el fútbol es la entrada más sencilla no sólo al mercado laboral, sino a la obtención del estatus social necesario. La libre apertura de fronteras a raíz de la creación de la Ley Bosman ha convertido el fútbol europeo en una amalgama de futbolistas de cualquier lugar del globo. Es un proceso imparable y en permanente crecimiento. El fútbol en África y en buena parte de Sudamérica es la única forma de ascender en la escala social. En Europa era cultura y entretenimiento. Ahora también es una forma de escalar.

2. El exceso de endeudamiento: Tan solo tenemos que irnos un par de décadas más atrás para ver clubes de fútbol con un puñado de empleados en los que uno de ellos tenía las llaves que daba acceso al campo de entrenamiento. Con el beneplácito de los contratos televisivos y la permisividad fiscal de los gobiernos de turno, los clubes de fútbol se han convertido en empresas gigantescas con multitud de empleados. A los consejeros, se unen cuerpos técnicos de tamaño desmesurado, plantillas con exceso de futbolistas carne de cesión y gastos variados en agentes y mercadotecnia. Al igual que ocurre con la deuda externa de los gobiernos europeos, la deuda de los clubs de fútbol está siendo asumida por inversores asiáticos, arábicos o estadounidenses.

3. Restricciones a la educación: Cualquier mejora en materia educativa es un proceso arduo y además está condicionada por las propias capacidades humanas. La evolución técnica del fútbol lleva décadas estancada. El último progreso ha sido el de los centrales que salen con el balón jugado. Todos los avances actuales y futuros del fútbol se sustentan en las capacidades físicas. De hecho, para muchos analistas, las excelentes condiciones de equipamiento (ya no hay barro, ni charcos, ni balones pesados) hacen que la técnica haya sufrido un retroceso. Además, el hecho de que los niños futbolistas estén codificados en escuelas deportivas ha dejado a un lado la inventiva y ha vuelto más predecible y aburrido el juego. El fútbol es hoy repetición. Como la música, el cine, el arte, la moda o la gastronomía, se ha vuelto repetitivo. No hay nada más que inventar.

4. Las restricciones al medio ambiente: El crecimiento del deporte en general y del fútbol en particular se ha sustentado en un avance de las infraestructuras. De descampados se pasó a coliseos romanos y de estos últimos a edificios multiusos que además de estadios también son salas de concierto, centros comerciales, museos y restaurantes. De hacer carreras campo a través se pasó a entrenar en instalaciones públicas y de éstas últimas se pasó a ciudades deportivas que son más ciudades que deportivas. Todas estas innovaciones han llegado a un punto muerto. Cualquier avance de este tipo ya no es aceptado por un aficionado que prefiere mantenerse fiel a unas tradiciones (estadios) y que está en contra de proyectos megalómanos (mundiales, juegos olímpicos) por responsabilidad económica, social y medioambiental.

5. El estancamiento tecnológico: Uno de los motivos del éxito del fútbol radica en su sencillez. Cuando en 1863 se creó el primer reglamento contaba con 18 artículos. Años más tarde sería reducido a 13 y para 1930 estaban establecidas 17 reglas básicas. Por el contrario, en las últimas dos décadas el número de reglas ha aumentado en más de un tercio. El número fijo para cada futbolista, el gol de oro, el gol de plata, el tiempo exacto del descuento, las manos voluntarias e involuntarias, el aumento en el número de sustituciones, los tiempos muertos en medio de los partidos…Son todo parches que no han producido avances. Desde que en 1992 se les prohibió a los porteros coger el balón con las manos tras el pase de un compañero, no ha habido ningún cambio en las reglas que haya hecho evolucionar al fútbol.

No sólo evolucionar, sino involucionar. A la deidad tecnológica de la modernidad y el progreso había que buscarle un lugar en el fútbol. Ese invento diabólico es el VAR. Se podrá decir que el VAR es una maravilla que reduce los fallos en los penaltis y en los fueras de juego. La realidad es que sólo lo hace en los errores de bulto y, a cambio, enmaraña más el juego, resta autoridad al árbitro principal y hace más soporífero el partido alargándolo innecesariamente. El VAR está alejando de los estadios tanto a los aficionados veteranos como a los millennials, a los que no les gusta un juego que cada vez es más lento y soporífero.

VAR: cuando ni la tecnología salva al fútbol de la polémica
El progreso…o eso dicen

—SUPERLIGA—

A través de todo este cóctel de tradición, decadencia, estancamiento y búsqueda de nuevas oportunidades, se puede comprender como un conjunto de pudientes dirigentes de los clubes más opulentos de Europa se han atrevido a lanzar lo que se ha venido en llamar Superliga. Una liga que comenzó con 12 integrantes y la promesa de ser 15, pasó a 6, luego a 4, más tarde a 3 y al final quedará, ironías del destino, en un acuerdo fallido entre Barça y Madrid.

Si llaman al Vasco de Gama, el Dépor hace un cuadrangular de aúpa. Un Teresa Herrera de los de antaño.

La bomba se ha desactivado, pero que nadie dude que acabará estallando. Han vuelto al redil, pero por poco tiempo.

Dicen los impulsores que el fútbol está arruinado. Es falso. Los arruinados son ellos. Los que en una espiral de gasto indecente pagan millonadas a intermediarios, agentes y futbolistas. Los que deciden pagar 23 kilos por despedir a Mourinho en mitad del mes de abril. “No hacen falta más ingresos. Hay que reducir gastos”. No lo dijo un aficionado de bufanda, lo dijo Karl-Heinz Rummenigge, dos veces Balón de Oro y director general del FC Bayern, cuarto club más rico del mundo, cuando le preguntaron por la Superliga.

Dicen que cuando se creó la Copa de Europa en los años 50 también se hizo de la misma forma. Es falso. Entonces se juntaron varios equipos y acordaron invitar a los campeones de todas las ligas. Una vez llegado el acuerdo, solicitaron a la UEFA su aprobación. Y sí, la UEFA vio la oportunidad y aceptó encantada. Bernabéu, al que tanto nombra Florentino, asumía que si el Madrid no ganaba la Liga española no podría jugar la Copa de Europa. Era un proyecto de construcción europea que buscaba el beneficio económico. Lo de ahora es una idea de un cártel de empresas para eliminar a la competencia.

Salvo los extraños casos de los equipos españoles y de la Juve, propiedad de la FIAT de Agnelli, el resto de equipos fundadores de la Superliga están regidos por capital estadounidense o asiático. De ahí la importancia de llegar a 5.000 millones de televidentes e internautas (Netflix, Amazon TV o Inditex TV, vete tú a saber) para que paguen la fiesta de los archimillonarios. Son éstos los clubes arruinados. Los que hace tiempo convirtieron el estadio en un teatro global donde sí se estornuda en Yakarta se coge un constipado en Londres.

Se dice que el fútbol es aburrido. Que los jóvenes no ven los partidos contra equipos menores. Es falso. Los jóvenes no ven nada. Ni los partidos importantes ni los insustanciales. Los millennials viven en la cultura de la inmediatez. Si algún millennial ha entrado en este blog habrá dejado de leer hace unos cuantos párrafos ante la falta de contenido audiovisual. Todos los deportes tradicionales están en crisis ante una juventud a la que le cuesta ver una competición que dure horas (y no digamos ya con el p*** VAR). Pero, aun así, es mucho más atractivo un Barça-Juve al año que uno cada dos semanas. Es de Perogrullo. Los millenials lo que harán es suscribirse a una plataforma de pago ‘low cost’ para ver los ‘highlights’ (sí es que no piratean la señal). Serán amplía minoría los que paguen decenas de euros para ver todos los partidos.

Se dice que el sistema es abierto, que habrá sitio para los campeones nacionales. Falso. El sistema se dice abierto porque faltaba el Bayern y el PSG. Las invitaciones libres serán al mejor postor (con preferencia para los magnates rusos o turcos). En la Euroliga de baloncesto la escisión se produjo hace unos años. Es cierto que hay plazas abiertas, pero año a año se van reduciendo. Lo que ahora es apertura de mano será cerrazón cuando la fuerza y la razón acompañen a los promotores.

Florentino se ha pasado de frenada. Los ingleses, tan ingleses ellos, no han contado con una plebe a la que repulsa todo lo que suene a Europa y minusvalore su querida Premier. Los magnates dueños del ‘Big Six’ se mueven en aviones privados, en establecimientos exclusivos y no han pisado la vieja Britania. Han tenido miedo. El miedo a la afición más fiel del continente. Si en España es el Madrid, en Italia la Juve, en Portugal el Benfica o en Alemania el Bayern, en Inglaterra es la nada. En Inglaterra eres del equipo de tu tierra, vas al campo a ver los partidos y te desplazas con tus chicos sea verano o invierno. Ganen la FA Cup o desciendan a la Championship.

La tropelía ha salido rana por un fallo de estrategia, de fondo, de forma y de contenido. No se entiende como el presidente de la Superliga sale a comunicar la noticia a las 00.00 horas en un canal minoritario español, en vez de hacer una rueda de prensa a media mañana convocando a medio mundo y junto a los otros 11 presidentes implicados. Laporta es igual de culpable que Florentino y saldrá de rositas de este jaleo. No se entiende que el responsable de comunicación del Real Madrid permita decir a su presidente “los clubes estamos arruinados” a los cuatro vientos. “Si no tienen pan que coman pasteles”, razonó María Antonieta.

Pero que nadie se confunda, tardará más o menos, pero la Superliga (o algo parecido) saldrá adelante. Boris Johnson, Emmanuel Macron y compañía ladran, pero no muerden. Los campeonatos regionales, las copas de verano, los campeonatos entre naciones limítrofes (Copa Latina, Copa Mitropa…) pasaron a mejor vida. La evolución del transporte y la apertura de fronteras hacen inevitable que unas competiciones mueran y otras nazcan. Los grandes clubes son avariciosos. La FIFA y la UEFA también. No son hermanitas de la caridad. Son un monopolio ¿Qué son sino la Liga de Naciones de la UEFA o el Mundial de Clubes de la FIFA? Nuevas y estúpidas formas de ganar más dinero. ¿Qué es sino la Supercopa de Italia en Qatar o la de España en Arabia Saudí?

Si bien la UEFA y la FIFA tienen un as en la manga. Dejar a los futbolistas sin jugar con sus selecciones. Y se lo pueden permitir. A pocos le interesaría una Copa de Europa sin Madrid, Juve o United, pero el Mundial seguiría siendo Mundial aún sin Cristiano o Messi. El Mundial de fútbol es una festividad deportiva que se celebra cada cuatro años donde, aficionado o no, el interés está en ver lo que hacen tus compatriotas. Seguimos la competición de judo de los Juegos Olímpicos donde participa un atleta del que no sabes su nombre porque defiende los colores de tu país. De igual modo, cualquier aficionado seguiría a su selección en un Mundial, jugase quien jugase.

Y ese es el futuro, guste o no guste (yo soy de estos últimos). Ahora mismo no hay Superliga porque las cosas se hicieron rematadamente mal y, ojo, porque Francia y Alemania (PSG y Bayern) no han querido. El día que se animen, se acabará el debate. Al igual que pasó con el baloncesto es posible que haya un año de transición hasta llegar a un acuerdo. Menos probable es que, como en el básket, veamos partidos de selecciones sin las grandes estrellas. Pero no es descartable. La solución de compromiso será sustituir la Copa de Europa y la Europa League por dos o tres ligas europeas que garanticen cerca de 40 partidos al año y en el que haya ascensos y descensos. Está claro que el Madrid o el Liverpool no iban a descender. Eso sería cosa de Ajax o de Tottenham. De este modo, veríamos como el Barça forma una plantilla de 35 o 40 futbolistas, con un equipo A para Europa y un equipo B para la liga nacional.

Ahora bien. Una pequeña advertencia a los millonarios. Al cabo de unos años -y no serán muchos- los futbolistas tendrán el control total del negocio, tal y como ocurre en los deportes norteamericanos. Habrá límite salarial, sí, pero también libre control de destino. Podrán declararse en huelga para reclamar más trozo del pastel y, sobretodo, podrán escoger donde y con quien jugar. Se empoderaran, se declararán en rebeldía y los agentes harán el trabajo. El Madrid tendrá músculo financiero para tener a Mbappé a Haaland o a Rita la Cantaora si le da la gana. Y ellos querrán jugar juntos. Como en la NBA.

Y aunque la NBA es una liga cerrada todo el mundo sabe que los Grizzlies nunca la ganarán.

La gente quiere jugar en los Lakers.

La gente sueña con jugar en el Real Madrid. Otros en la Juve. Menos en el Chelsea. Pocos en el Atlético.

Si yo fuese el presidente del Atlético, o del Tottenham, o del Arsenal, o incluso del actual AC Milan –que como los Celtics tiene mucho pedigrí pero poco tirón- me pensaría muy mucho entrar en la Superliga. Dentro de unos años captaran jóvenes jugadores a los que cuando les salgan los dientes estarán pidiendo el traspaso. Ganaran mucho más dinero, pero verán multiplicadas sus opciones de fracasar temporada tras temporada. Es mejor ser tercero en tu liga nacional y perder la final de copa que acabar undécimo temporada tras temporada en la Superliga.

Y esto sigue siendo la vieja Europa. Ya puede decir el presidente que el club ha ganado mucho dinero que como una turba de aficionados tome la Bastilla y se plante en el palacio real, al presidente de turno no le quedará más remedio que dimitir si no quiere acabar guillotinado.

Florentino Pérez ya se siente Bernabéu: "Salvé al Madrid y ahora voy a  salvar el fútbol"
El ser superior

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Somos egoístas y vagos. Esto no lo digo yo, lo dicen los antropólogos y los biólogos. Si hubiese que calificar al ser humano con un adjetivo éste sería el de perezoso. Somos perezosos porque hemos alcanzado la excelencia y hemos superado al resto de especies gracias a nuestro cerebro. Batiremos récords mejorando el físico, pero el físico debe ser ayudado por la mente. Pero es este un bucle pernicioso cuando escudriñamos el bien común. Si un vago coincide con un trabajador, el primero se aprovechará del segundo, sobrevivirá, obtendrá todos los beneficios y pasará sus genes a la generación siguiente. Al cabo de unos cuantos cientos y miles de años quedarían en liza sólo los más perezosos.

Pese a ello, en la naturaleza vemos que la cooperación reina en todas las especies. Desde los depredadores que pueblan las selvas hasta en las liliputienses colonias de hormigas. Y lo mismo sucede con los seres humanos. Somos perezosos y egoístas, pero si hemos evolucionado y progresado es gracias a la cooperación. ¿Cómo puede ser esto posible? La respuesta de la ciencia es simple: es una cuestión genética.

Si ayudas a tus sobrinos les irá mejor en la vida, y si les va mejor en la vida les irá mejor a tus genes. Esta idea fue desarrollada por el biólogo William Hamilton en una regla que él denominó rb>c (r es la probabilidad de que compartas genes con un individuo, multiplicado por b que es el beneficio que obtiene dicho individuo al ayudarlo, dividido entre c que es lo que a ti te cuesta ayudarlo). Según Hamilton si compartes con tu hijo 1/2 de genes y con tu sobrino 1/4 significa que debes pasar el doble de tiempo ayudando al primero que con el segundo.

Por eso tenemos descendencia. “Cuando un padre da algo a su hijo ambos ríen. Cuando un hijo da algo a su padre ambos lloran”, dejó escrito Shakespeare.

Como todas las teorías, la de Hamilton choca con la realidad. Igual es mejor pasar tiempo con el hermano de tu mejor amigo que con la sobrina con que la que apenas te ha dirigido la palabra en veinte años. Pero dicha teoría sí que sirve para explicar porque nos ayudamos los seres humanos cuando por definición somos unos perezosos.

Los antropólogos consideran que nuestros ancestros nómadas luchaban en grupos para conseguir alimentos. Esa cooperación entre tribus les permitía minimizar riesgos y ayudar a los jóvenes a prosperar. En esos grupos los lazos familiares podían existir o no, pero lo que si existía era un sentimiento de comunidad, de tribu, que fue base para la evolución de la especie. Cuando la agricultura y la industria, pero sobre todo el sistema de seguridad y sanidad de los Estados modernos sustituyeron a la tribu, los lazos grupales se fueron perdiendo en una tendencia que parece imparable.

Empero, el instinto a colaborar sigue presente a través de la solidaridad (que es un resultante de la traslación de la bondad religiosa) y a que la pertenencia a una misma tribu sigue codificada en nuestros genes en pleno siglo XXI.

De todos los vencedores de Copa de Europa que ha habido y que habrá, ninguno alcanzará el clímax de orgullo que obtuvo el Celtic de Glasgow de 1967. La totalidad de los miembros del equipo habían nacido en un radio inferior a 50 kilómetros de Glasgow. Todos y cada uno de ellos compartían aficiones, recuerdos, religión, acento, humor, valores y alguno hasta era novio de la prima de la tía de su madre. Es poco probable que el Celtic vuelva a ganar la Copa de Europa, pero, si lo hiciese, jamás volvería a hacerlo de una forma tan especial.

Celtic, historia de un campeón autóctono | Negre Sobre Blanc
11 colegas

Cuando el Manchester United salió victorioso en la Copa de Europa de 1999 con los ‘Fergie Boys’ (Butt, Giggs, Beckham, Neville, Scholes) o cuando el Barça arrasó como las huestes de Gengis Kan en 2009 con chicos de La Masía (Puyol, Iniesta, Xavi, Busquets, Valdés, Pedro, Messi) se celebró como una victoria de la cantera. Realmente era algo excepcional, pero ni siquiera esos chicos conformaban más de la mitad de la plantilla de sus equipos. Más aún. Muchos de ellos procedían de distintos puntos del país (o de otro continente como Messi) y sus raíces distaban mucho de ser parecidas.

Pero estos cambios en el mundo fútbol, acentuados desde la existencia de la Ley Bosman, no consiguen que nos volvamos menos forofos de nuestro equipo. Al contrario. En un mundo hiperconectado y en el que los referentes tradicionales se evaporan, un club de fútbol funciona como el eje vertebrador de la tribu. Quizás como el único eje que permite sostener a una comunidad. Son nuestros chicos. Jueguen tres partidos con nosotros, sean vendidos al cabo de una temporada o hayan militado en un odiado rival. Representan una identidad. Son chicos que debemos cuidar. Sea el portero negro, los centrales gabachos, la estrella un moro y el que mete los goles un sudaca. Defienden lo nuestro. Con genes o sin genes.

El Chelsea FC fue el primer equipo que en el año 1999 firmó una alineación sin ingleses (no ya sin canteranos londinenses). El RC Deportivo, en las catacumbas de la Segunda B, cuenta con más de 17.000 socios que ni siquiera pueden acercarse a Riazor y todo con únicamente seis canteranos de 22 fichas profesionales. A mediados del siglo XX los portugueses iban a Inglaterra a trabajar en las obras y en los hoteles, ahora van a jugar a los Wolves donde ya son mayoría. Y si Ramos no está, el brazalete de capitán del Real Madrid, santo y seña del fútbol español, lo llevan por este orden Marcelo, Benzema y Varane. Ah! Y aunque Ramos lleva una vida en la capital, conviene recordar que no es canterano.

Ni siquiera el inquebrantable y excesivamente orgulloso Athletic puede mantenerse fiel a sus  principios. Lo que antes eran vizcaínos, luego vascos y más tarde navarros pasan a ser ahora cualquier muchacho que en edad de formación grite ¡Aupa Athletic! Nunca fue tan real que los de Bilbao nacen donde quieren.

Resulta ciertamente sorprendente como hemos pasado de defender a un equipo de canteranos para luego ampliar el foco y buscar, salvaguardando nuestro compromiso, un nuevo requisito en la nacionalidad y así aceptar que un futbolista forme parte de nuestra tribu. Y aun así, si el equipo rinde, y sigue dando éxitos a la tribu, la procedencia y las raíces son indiferentes, y es entonces cuando nuestro compromiso pasa a ser multicultural.

Los seres humanos no podemos evitar establecer relaciones entre nosotros, sin tener en cuenta factores como la raza, la educación o la religión. Pero al ampliarse nuestras interacciones también lo han hecho los lazos sociales. Sigue existiendo, y existirá, el racismo y el egoísmo, pero quizás no existe mayor forma de implicación y de respeto al que no es parecido que incorporándolo a tu tribu.

Incorporándolo a tu club de fútbol.

Un día como hoy en 1999 el Chelsea jugó con 11 extranjeros e inauguró el  fútbol moderno | Deportes Premier League | TUDN Univision
De todo menos ingleses

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PSG vs Bayern (reflexiones)

Desde que la familia real catarí adquirió el PSG en 2011 con el objetivo primordial de cimentar su prestigio a través de la victoria en la Copa de Europa, se ha esperado con ansia en París, y en buena parte de Francia, la cita que le medirá al Bayern este domingo en el estadio Da Luz de Lisboa. Con no poca razón, pensaron que a través de la chequera conseguirían su objetivo a la primera. Las estrellas llegaron a borbotones hasta el acabose de hace un par de veranos al pagar 180 millones por Mbappé y arrebatarle a Neymar al Barça por 222 kilos.

Por más que la colección de estrellas sea insultante, el PSG lleva años adoleciendo de un plan de juego. Una vez que Rabiot escapó de un vestuario lleno de egos, únicamente Verratti es capaz de darle un sentido a la circulación del balón. Cuando allá por marzo Emmanuel Macron soltaba aquello de “estamos en guerra sanitaria”, el cuerpo técnico del PSG perdió el contacto con todos sus jugadores sudamericanos hasta nuevo aviso. El único que tuvo a bien comunicarse con sus patrones fue Cavani, el cual acabó contrato el 30 de junio, decidió no alargar el compromiso y no estará presente en la primera final de la historia del PSG en la Copa de Europa.

Edinson Cavani se subió al transatlántico parisino en 2013 y es el máximo goleador de la historia del club. El club, que hace apenas una semana celebró su quincuagésimo aniversario, decidió ‘homenajear’ al delantero uruguayo excluyéndolo de un cuadro de honor con los mejores jugadores que han pasado por el Parque de los Príncipes.

Y es que el PSG puede convertirse en campeón de Europa, pero tiene harto complicado dejar un legado.

El Bayern representa a la aristocracia europea. A pesar de que su palmarés es notablemente inferior al del Real Madrid, es el único club al que le puede tutear en mística y pedigrí. Y a la par que el Madrid, es igual de amado que de odiado. Los bávaros son después de los madrileños el equipo con más participaciones en semifinales y finales de Copa de Europa, aunque su ratio de victorias es mucho menor. De lo que si puede presumir el Bayern es de ser el equipo más regular, ya que es el único conjunto que ha jugado al menos una final de Copa de Europa en todas las décadas desde 1970 (1974, 1975, 1976, 1982, 1987, 1999, 2001, 2010, 2012, 2013 y 2020), lo que demuestra una continuidad en proyectos y resultados.

El Bayern personifica el clasicismo. Un conjunto que creció a través de un grupo excepcional de canteranos, la construcción de un gran estadio y el reconocimiento social y económico de una ciudad y de un país. El PSG es un invento de una metrópolis que nunca necesitó del fútbol para brillar, pero que lo ha adoptado de manera virtual para irradiar modernidad en plena revolución tecnológica y global.

Algún lector podrá cuestionar esta afirmación. Uno se puede preguntar qué diferencia habrá entre el PSG y el Bayern si ambos conjuntos amasan fortunas y compran activos arrebatándoselos a equipos con menor músculo financiero. Para expresar esa diferencia entre los llamados ‘grandes’, los equipos que son conocidos por aquellos aficionados al fútbol y también por los que sólo se asoman al deporte rey de tanto en tanto, podríamos clasificarlos en cuatro tipos distintos:

1. Equipos que desde su fundación aglutinaron el gusto de la mayor parte de su comunidad, convirtiéndoles en hegemónicos en su ciudad y en su comarca. Con el transcurrir de los años, se convirtieron en clubes dominantes en su país y la globalización los convirtió en marca a nivel europeo o mundial. Ese proceso histórico está basado en la aparición de un elemento interno (jugadores/entrenadores/presidentes) que se cristianizan en la piedra filosofal de la idiosincrasia y de los valores del club.

2. Clubes de rango abolengo, con una gran masa social y con un pasado lleno de triunfos, pero que no han sabido ni adaptarse ni sobrevivir a las leyes de la globalización. A pesar de no mantener el nivel competitivo son capaces de aglutinar una ingente masa social y de penetrar en el acervo social de todo un país.

3. Escuadras de reciente aparición en la élite que gracias a la globalización se han abierto paso en un mercado complejo y prefijado. Hay dos subtipos. Equipos de grandes ciudades que han utilizado con inteligencia sus recursos financieros para dar un salto en sus posibilidades. Y por otro lado, equipos de suburbios o de ciudades pequeñas que a través de un buen programa de fútbol base y una cuidada selección de personal han conseguido instalarse en la élite.

4. Y por último los nuevos ricos. Escuadras con mayor o menor tradición, o incluso totalmente artificiales, que han sido comprados por un magnate para conseguir el éxito en el menor tiempo posible. La falta de masa crítica hace que sin éxitos y sin dinero su influencia se evapore.

Durante esta Copa de Europa exprés hemos visto a varios de esos nuevos ricos. A un RB Leipzig sin masa social y con apenas una década de vida, y al Manchester City, con fuerte implantación social pero de escaso valor añadido hasta que fue adquirido por un jeque casi al mismo tiempo que un empresario de bebidas austriaco hacía lo mismo con el Leipzig. El músculo financiero del City es mayor y su presencia en la élite más palpable, pero ambos conjuntos sustentan su crecimiento en una liga fuerte y una metrópolis moderna. Sólo el tiempo y el dinero dirán si su arraigo en la sociedad será permanente.

El PSG, del mismo modo que el City, tiene un pasado al que aferrarse, pero su crecimiento ha sido igual de artificial. La diferencia con el Olympique de Lyon, brillante semifinalista, es abismal. Cuando el PSG se fundaba en 1970 el gran equipo galo era el Saint Ettiene. Ésta era una ciudad orgullosa de sí misma, de extracción carbonífera y cuna de la industria armamentística francesa. El Saint Ettiene (‘el rayo verde’) llegó a jugar la final de la Copa de Europa de 1976 -precisamente ante el Bayern-, antes de iniciar su declive al mismo tiempo que se desmantelaba la industria pesada de la ciudad.

Fue entonces, a finales de los 80, cuando a 60 kilómetros de allí emergió la ciudad de Lyon. Con vestigios romanos, un gran legado cultural, importantes universidades y vaca sagrada de la gastronomía francesa, Lyon volvió por sus fueros y a inicios del siglo XXI es una ciudad luminosa que pisoteó el legado de su vecina Saint Ettiene. Una era sucia y oscura y la otra radiante y vigorosa. De igual modo el Olympique de Lyon ocupó esa sinergia y se convirtió en un poderoso club ocupando y mejorando el legado del Saint Ettiene. Así, el Olympique de Lyon es un claro ejemplo de equipo (3) y el Saint Ettiene es de tipo (2).

Pero volvamos a la final. PSG-Bayern. Francia contra Alemania. Ha sido una Copa de Europa extraña en tiempos extraños. A partido único, sin público y con una temporada alargada en el calendario hasta el infinito. Desde 1987 no había un ratio de campeones tan bajo entre los cuartofinalistas (2/8) y desde 1991 no se habían presenciado una semifinales sin escuadras italianas, inglesas o españolas. El Bayern puede lograr su sexto título, empatar con el Liverpool (6) y situarse por detrás de AC Milan (7) y Real Madrid (13). Si gana el PSG será un nuevo club al que añadir al palmarés desde que el también proyecto millonario del Chelsea se coronase en 2012 al vencer en los penaltis, precisamente -otra vez-, al Bayern.

Veremos cual equipo y cuales jugadores desencantan la balanza, pero los focos apuntan a tres. En Francia todos los ojos estarán puestos en el parisino Kylian Mbappé. Si Mbappé hace un doblete las mentes pensantes de ‘France Football’ se rasgaran las vestiduras, ya que hace apenas un par de semanas se pegaron un tiro en el pie al anunciar que este año se dejaría desierto el palmarés del Balón de Oro. Con la liga francesa parada desde marzo y sin Eurocopa en el horizonte, no contaban con ver a algún gabacho triunfar en Lisboa.

Lo cierto es que las excusas fueron peregrinas. Que si la Copa de Europa se completa a un solo partido, que si no hay Eurocopa y que si no sabemos aún si volverán las ligas cuando llegue septiembre. Pero el caso es que sigue habiendo fútbol, y si no es Mbappé quizás sea Neymar el que se quede sin balón dorado. Por hambre y ganas, no hay futbolista que más lo reclame en esta burbuja lisboeta que el brasileño. Su nivel de compromiso con la Champions es inversamente proporcional al que demuestra en la Ligue 1.

La lógica dice que tanto Neymar como Mbappé tendrán otra oportunidad de ganar el Balón de Oro. No será ese el caso de Robert Lewandowski.

Estrella de una selección menor sin opciones en Mundial o Eurocopa, Lewandowski ha completado la temporada de su vida. Con 31 años, el polaco es el heredero de Lato y Boniek, y tiene en esta final la opción de coronarse como el gran ‘9’ de la última década. Alto, fuerte y corpulento, es capaz de encimar a los centrales y crearse su propio espacio en el área. Ostenta un sublime juego de espaldas y posee el instinto depredador necesario para completar segundas opciones. Es un ‘rara avis’, un ‘9’ de los que no quedan, pero, y ahí su excelso nivel, sabe dejarse caer a la banda, dispara con las dos piernas, juega al primer toque, ha aprendido a jugar de falso ‘9’ y posee una estética y una flexibilidad sólo comparable con la de Ibrahimovic.

https://www.youtube.com/watch?v=IF29f_FuveI

El Bayern puede ser el primer equipo de siempre en proclamarse campeón ganando todos y cada uno de los partidos. Si lo hace lo hará fiel a su estilo. A la alemana. Como un pegador sin compasión. Monótono y molesto, a la espera de dar la estocada. El PSG buscará la gloria a la parisina. Con prisas, con ruido y con insolencia. Pero también con belleza, con arte y con harmonía. A lo parisino. A lo Neymar.

“Si mi teoría de la relatividad resulta exitosa, Alemania me reclamará como alemán y Francia declarará que soy ciudadano del mundo. Si mi teoría resulta equivocada, Francia dirá que yo soy alemán y Alemania declarará que soy judío”. Albert Einstein.

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Cuando la UEFA eliminó las semifinales de la Liga de Campeones

Ya está aquí la Copa de Europa. La Liga de Campeones. La Champions. En agosto. A partido único. Extraño. Extraño en tiempos extraños. Pero no es la primera vez. Cuando la Copa de Europa pasó a ser la Liga de Campeones, a las cabezas pensantes de la UEFA les dio por innovar y durante un trienio crearon un formato de competición que, cuanto menos, podríamos calificar de curioso. En la temporada 1991/1992 y en la 1992/93 no hubo semifinales y en 1993/94 se disputaron a partido único.

Y todo por culpa del Estrella Roja.

Cuando el sueco Lennart Johansson accede a la presidencia de la UEFA en 1990 lo hace con la promesa de una profunda remodelación de la Copa de Europa. Desde su creación en 1955 el máximo torneo futbolístico europeo se había basado en el formato de ‘knock-out’, eliminatorias directas a doble partido hasta la disputa de una final en campo neutral. Esto implicaba que según los designios de la diosa fortuna dos gallos podrían enfrentarse en una ronda inicial y un equipo menor acceder con dicha a una ronda definitiva. Quizás el caso más paradigmático sea el de los eslovacos del Spartak Trnava, que en 1969 cayeron ante el Ajax en semifinales tras haber batido a los terribles y temidos Steaua de Bucarest, Reipas Lahti finlandés y al AEK Atenas.

La UEFA fue dirigiendo el sorteo en años posteriores estableciendo una ronda previa y creando cabezas de serie en la primera eliminatoria, pero seguía siendo inevitable que los gallos se enfrentasen antes de tiempo. Cuando en 1988 la Copa de Europa se quede sin Maradona en dieciseisavos de final tras caer su Nápoles ante el Real Madrid un trueno recorre los salones de la jefatura de la UEFA. Pero cuando en 1991 el Nápoles vuelva a caer antes de tiempo y el vigente campeón (AC Milan) ni siquiera consiga llegar a semifinales la decisión está tomada. Aquel año ganaría la Copa de Europa el Estrella Roja de Belgrado, un equipo menor, con jugadores semidesconocidos y que, para más inri, venció en la final al Olympique de Marsella, otro conjunto novato en esas lides.

Era inaceptable que los campeones de UEFA (Inter de Milan) y Recopa (Manchester United) de 1991 tuviesen más pedigrí que el de la Copa de Europa.

El Estrella Roja de 1991, último triunfo europeo de Yugoslavia
29/V/91.Crvena Zvezda

Para la campaña 1991/92 se introdujo un cambio en el formato. Se modificó el original de eliminatorias directas introduciendo dos liguillas en las que los vencedores de esos hipotéticos cuartos de final se disputaban el liderato para designar los participantes en la final. Lo que se buscaba era mayores ingresos de taquilla y televisión al aumentar los partidos y asegurarse de la presencia de los grandes equipos en las rondas decisivas. Se reducían las posibilidades de sorpresa y los cruces entre equipos menores e insulsos.

Así pues, y tras una eliminatoria de octavos de final, se conformaron dos grupos con cuatro equipos. En el primero de ellos la Sampdoria de Pagliuca, Mancini y Vialli se clasificó para la final al superar a Estrella Roja (vigente campeón), Anderlecht y Panathinaikos. En el segundo grupo fue el FC Barcelona el vencedor al prevalecer con suficiencia frente a Sparta de Praga, Benfica y Dinamo de Kiev. La UEFA tenía su final soñada. El campeón español contra el campeón italiano. Sería la primera Copa de Europa del Barça, la del legendario gol de falta de Koeman y la del apogeo del ‘Dream Team’ de Johan Cruyff y su equipo de ensueño.

Visto el éxito del formato, la UEFA decidió repetir experiencia para el curso 1992/93. Lo haría con nueva denominación. La Copa de Europa fenecía y daba paso a la Liga de Campeones. Se repitió el sistema de liguillas, pero hubo que añadir varias rondas previas para separar a la paja del grano. La desmembración del bloque soviético hizo aparecer una docena de nuevos países en el mapa europeo cuyos campeones ligueros reclamaban su sitio en la nueva competición. Con el nuevo sistema de cabezas de serie ninguno de esos nuevos países logró clasificarse para octavos de final donde, eso sí, el no ya tan modesto CSKA de Moscú eliminaba al FC Barcelona.

La 92/93 trajo un nuevo campeón. Se enfrentaron dos proyectos millonarios concebidos por dos megalómanos. Por un lado el Olympique de Marsella de Bernard Tapie que lideró el primer grupo y por otro el AC Milan de Silvio Berlusconi que hizo lo propio en el suyo. Francia contra Italia. Otros dos grandes mercados frente a frente. Y sería la primera, y hasta la fecha, única vez que los franceses se alzarían con la Copa de Europa con un equipo plagado de grandes futbolistas entre los que destacaban Barthez, Desailly, Deschamps, Boskic o Rudi Völler.

A pesar del éxito no faltaban voces que criticaban el nuevo formato. Los defensores de la tradición clamaban por una vuelta a las eliminatorias directas. Esos críticos fueron rápidamente callados vista la aceptación popular de la Liga de Campeones. Sin embargo, lo que era un suspiro generalizado es que volviesen las semifinales. Se podía aceptar las liguillas, pero no la ausencia de esa última ronda previa con el calor de la afición y plagada de momentos y remontadas épicas. Sin ir más lejos, el AC Milan se había clasificado para la final de esa temporada a falta de dos partidos para la conclusión de la liguilla. Y eso, era inaceptable.

Es por eso que para la edición de 1993/94 volvieron a instaurarse las semifinales tras el sistema de liguilla. Pero, y aquí estaba lo novedoso, se jugarían a partido único en el campo del primer clasificado de cada grupo. En el primero de ellos, el FC Barcelona se clasificó como líder y el AS Mónaco como segundo, quedando fuera el Spartak de Moscú y el Galatasaray (que en octavos había dado la campanada eliminando al Manchester United). En el segundo grupo, el primero fue el AC Milan, seguido del FC Oporto y quedando descartados el Werder Bremen y el Anderlecht.

Así entonces a finales de abril de 1994 tienen lugar las que hasta ahora habían sido las únicas semifinales de Copa de Europa o de Liga de Campeones a partido único. Fueron un visto y no visto donde los primeros de cada grupo cumplieron con los pronósticos. En el Camp Nou el Barça derrotó al FC Oporto (3-0) en una exhibición de carácter y juego de Hristo Stoichkov. En San Siro el AC Milan firmó idéntico resultado ante los monegascos en otra lección de seriedad y contundencia de los italianos. Semanas más tarde los ‘rossoneros’ barrieron al Barça en Atenas (4-0) y conquistaron su quinta Copa de Europa en una final que significó el punto y final del lustro legendario con el que el ‘Dream Team’ asombró al mundo.

La final no sólo significó el fin del ‘Dream Team’ sino el final del experimento. Tras dos años sin semifinales y un último con semifinales a partido único, la UEFA acabó encontrando la fórmula mágica que aunaba tradición y renovación. Para 1994-95, tras una ronda previa, se establecerían cuatro grupos con cuatro equipos, cada uno de ellos con sus cabezas de serie en función de un coeficiente previo. Los dos primeros de cada grupo se clasificaban para los cuartos de final y, tanto esta ronda como la de semifinales, se disputarían con sorteo puro y con el tradicional formato de ida y vuelta. Fue un éxito morrocotudo y más cuando el vencedor fue el Ajax, un equipo perteneciente a la realeza europea, pero que, plagado de adolescentes de diferentes razas, parecía adelantarse al futuro.

Con los años y con la aparición de la Ley Bosman, la Liga de Campeones fue aumentando los grupos hasta llegar a un máximo de ocho. También se fueron ampliando los participantes permitiendo la inclusión de los mejores clasificados en las ligas más potentes y poniendo trabas a los campeones de los países más modestos. Pero con mayor o menor número de conjuntos, y con mayor o menor número de rondas, lo que se ha mantenido inalterable es tanto la ronda de cuartos de final como la de semifinales.

Tan solo el extraño experimento de principios de los 90 y la pandemia del coronavirus han alterado la esencia y la belleza de la vaca sagrada del planeta fútbol.

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La autocanasta de Alocén (la autocanasta de Ferrándiz)

Imaginemos un baloncesto diferente. Un baloncesto donde no existe el triple. Baloncesto donde no consta el campo atrás. Un baloncesto donde no se halla el tiro libre adicional. Ese era el baloncesto en 1958, el año en el que se disputó la primera edición de la Copa de Europa y que acabó con triunfo de los soviéticos del ASK Riga en una final a doble partido ante los búlgaros del Akademik de Sofía. Así, en formato de ida y vuelta, se disputaron las cuatro primeras finales europeas hasta que en 1962 la autocanasta de Alocén sacudió los cimientos del baloncesto FIBA.

En el baloncesto existen dos realidades yuxtapuestas. La primera es la NBA, donde están los mejores jugadores del planeta y en cuyas reglas han primado siempre la movilidad, el espectáculo y el juego ofensivo. La segunda realidad es la del baloncesto FIBA que desde Europa regula ‘grosso modo’ un juego más técnico y táctico. Los europeos siempre se han jactado de guardar las esencias y la tradición de todos los deportes, pero no han podido hacerlo jamás con el baloncesto, que es, junto al fútbol, el deporte con mayor aceptación a nivel mundial. Dado que el basket fue inventado por los norteamericanos, desde esta parte del globo nunca hemos conseguido concretar una forma efectiva de poder.

En el deporte estadounidense no existe el empate. Sólo la victoria y la derrota. Prima la cultura del vencedor. El deporte en Europa, influenciado por la Inglaterra victoriana y la Grecia clásica, fomenta la competitividad entre caballeros. Además de la victoria, incorporó el empate. El baloncesto hizo el camino inverso al del resto de deportes y viajó de Estados Unidos para llegar a Europa. Lo hizo con su propia idiosincrasia, pero Europa lo reformuló a su imagen y semejanza.

Así pues, mientras que en Estados Unidos una eliminatoria entre dos equipos se dilucide en número de victorias siempre impares (al mejor de 3, 5 ó 7) en el baloncesto FIBA se implantaron las eliminatorias de ida y vuelta con la posibilidad de desempate en caso de igualdad. El problema es que, a diferencia del siempre presente fútbol, en el baloncesto las anotaciones son numerosas por lo que aumentaba considerablemente la complejidad de la ecuación. Se sumaban los puntos conseguidos en ambos partidos para obtener el resultado final. Y por tanto era muy importante ganar por muchos puntos de diferencia. O no perder por abultado tanteo.

Para la temporada 1961/62 la FIBA introdujo una novedad. Eliminaba los empates en las eliminatorias de ida y vuelta e introducía el tiempo suplementario. En caso de igualada al final de los 40 minutos se jugarían otros cinco de prórroga hasta que hubiese un vencedor.

Se suponía que se solucionaba el problema. Estaban muy equivocados.

El enero de 1962 el Ignis Varese y el Real Madrid disputaban los octavos de final de la Copa de Europa. Por aquel entonces las diferencias entre jugar en casa y fuera eran abismales. El público invadía la cancha constantemente, había injerencias en el reloj de posesión por parte de los miembros de la mesa arbitral, los colegiados solían ser caseros y además la ausencia de ojeadores y vídeos hacía que hubiese un frecuente desconocimiento del rival. Lo normal es que el equipo casero ganara en su pabellón, por lo que era fundamental salvar los muebles cuando se jugaba fuera para poder remontar en casa.

Esa era la idea del Real Madrid que entonces entrenaba Pedro Ferrándiz. Había llegado al banquillo del conjunto blanco en 1959 y se mantendría en el cargo hasta 1975 sumando 12 ligas y 4 Copas de Europa en su palmarés. Hombre agrio, mal encarado, pero inteligentísimo y aplicado, el día que dejó los banquillos lo hizo porque según indicó se había cansado de ganar. Ya anciano, es reacio a dedicar elogios y sólo se anima con aquellos entrenadores o jugadores que le puedan rebatir su palmarés, caso de Lolo Sainz o Felipe Reyes.

Pedro Ferrándiz, un pionero con ideas revolucionarisas. Historia ...
Ferrándiz. Genio y figura

Pero en 1962 el Real Madrid aun no era campeón de nada y viajó a Italia con múltiples precauciones. Sorpresivamente los madrileños fueron por delante durante toda la primera mitad con diferencias que rozaban los 10 puntos, liderados por Emiliano Rodríguez y Wayne Hightower. Sin embargo, en la segunda parte los italianos fueron reduciendo progresivamente la diferencia hasta que a falta de dos segundos para el final el Varese empató el partido (80-80) y todo parecía indicar que el encuentro se decidiría en la prórroga.

La posesión era para el Real Madrid que aún tendría una última oportunidad para ganar el partido. Ferrándiz pidió tiempo muerto y diseñó la jugada final. Una jugada que cambiaría los cimientos del baloncesto FIBA. El Madrid había perdido por acumulación de faltas a Carlos Sevillano y a Stanley Morrison, su pívot titular, en la jugada del empate del Varese, y Ferrándiz sabía que si el partido se iba a la prórroga los italianos ganarían el choque con facilidad.

Sólo podía aspirar a cambiar el sino del partido con esa jugada final. Con esos dos segundos de inspiración. Antes de volver a la pista, Ferrándiz cogió a Alocén del brazo y le susurró al oído; “ya sabes lo que tienes que hacer”.

Lluis Cortés sacó de fondo y pasó el balón a Lorenzo Alocén, habitual pívot suplente del Real Madrid. Alocén recibió la bola debajo de su propio aro y ante la sorpresa general lanzó a tabla y encestó en su propia canasta. Hizo una autocanasta. El Varese ganaba el partido por 82-80 con una autocanasta de un jugador del Real Madrid.

Fueron los dos únicos puntos de Alocén en todo el partido. Y los anotó a favor del Varese.

El público de Varese empezó a saltar de júbilo y a reírse del infeliz de Alocén. Pero pasados los primeros segundos de estupor los jugadores y la afición del Varese comprendieron lo que había sucedido. El primero en darse cuenta fue el varesino Lajos Toth que corrió junto a los árbitros para pedir la anulación de la canasta. El público se dio cuenta de la treta y empezaron a volar mecheros, cajas de cerillas con monedas en su interior y botellas sobre la pista. Pero a pesar de la indignación no había motivo alguno para anularla. Nada decía el reglamento sobre las autocanastas.

Pedro Ferrándiz sabía que una desventaja de dos puntos era remontable en el encuentro de vuelta. Sin Sevillano y sin Morrison, con Hightower tocado y con Lolo Saínz y Lluís Cortés con cuatro faltas personales, Ferrándiz lo tenía claro y cristalino. Mejor perder de 2 que ir a una prórroga y perder de 10 o de 15. Le dijo a Lorenzo Alocén que convirtiese una autocanasta a sabiendas de la derrota porque estaba seguro que en el Frontón Fiesta Alegre de Madrid la remontada era factible.

Según contó más tarde Alocén la jugada ya había sido ideada tiempo atrás. Ferrándiz había inculcado a sus muchachos que en caso de marcador ajustado siempre era mejor perder el partido de ida por una canasta que verse obligados a jugar una prórroga. Hubo una representación teatral digna de Buster Keaton. Ferrándiz se llevaba las manos a la cabeza y los compañeros de Alocén le gritaban y le zarandeaban mientras los rivales no daban crédito a lo sucedido y el público jaleaba con sorna al madridista con gritos de ¡Lorenzini!

Los días siguientes hubo un acalorado debate sobre lo sucedido pero, ante tanta nebulosidad, todo sucedió como Ferrándiz había previsto. En el partido de vuelta el Real Madrid pasó por encima del Varese (83-62) y se clasificó para los cuartos de final de la Copa de Europa de 1962.

Inmediatamente la FIBA convocó una reunión extraordinaria. Se homologó el resultado de la eliminatoria pero se cambió el reglamento con efecto inmediato. Se prohibieron las autocanastas deliberadas bajo multa de 1.000 francos suizos y eliminación del equipo infractor de la competición. Por otro lado se volvió a permitir el empate en las eliminatorias a doble partido descartando la opción de la prórroga. Aquel año se jugaría la primera final de Copa de Europa a partido único con victoria del Dinamo de Tiblisi (90-83) ante el Real Madrid de Pedro Ferrándiz y Carlos Alocén.

Ferrándiz seguiría impartiendo cátedra y a día de hoy es uno de los dos únicos entrenadores españoles (el otro es Díaz Miguel) que forman parte del Hall of Fame del baloncesto. Lorenzo Alocén acabaría siendo pieza importante en la selección española tras dejar el Madrid y convertirse en estrella en Zaragoza y en el desaparecido Picadero de Barcelona, que jugaba sus partidos en las que hoy son las instalaciones polideportivas del Palau Blaugrana del FC Barcelona.

Las eliminatorias europeas aún seguirían jugándose a doble partido hasta bien entrado el siglo XXI.

“Aproveché un resquicio legal. Como decimos en España, hecha la ley, hecha la trampa”. Pedro Ferrándiz.

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Una historia del catenaccio

‘Catenaccio’. Foneticamente hermoso. Deslucido en su significado. Palabra italiana usada en el argot futbolístico, el ‘catenaccio’ más que un estilo de juego es un estado de ánimo. La paradoja estriba en que en un país donde las reglas las dictamina el imperio de la belleza, el fútbol es la única actividad donde se suprime esta regla. En Italia el refinamiento y la retórica inundan todas las disciplinas, ya sea para pintar un cuadro, fabricar un coche o hacer la comida. Pero en el fútbol se predica lo pragmático, lo astuto y lo austero. En Italia el regate es un intruso, es el enemigo. Un lugar donde el músculo siempre vence a la técnica. El ‘catenaccio’ no es más que un arte. Es el arte de defender.

El ‘catenaccio’ es al fútbol, lo que el confinamiento es al coronavirus.

Toda idea necesita que sea difundida, y en el ‘catenaccio’ no existió mayor ministro de propaganda que Gianni Brera. Nacido en 1917 en la provincia de Pavía, Brera está considerado la pluma más sobresaliente en la historia del periodismo deportivo italiano. Antes de convertirse en el redactor más joven en acceder a la dirección de ‘La Gazzetta dello Sport’, Brera había formado parte de la resistencia italiana frente a los nazis que luchaba al norte de Milán. En esos meses finales de 1944 Brera aprendió a agazaparse, golpear rápido y volver a esconderse. A luchar como un guerrillero. Como un partisano.

A defender, y salir al contraataque.

Brera estaba convencido de que el italiano era un ser débil. Mediocres en talla y en fuerza frente a los rubios o pecosos habitantes del norte de Europa, pensaba que el soldado italiano no tenía nada que hacer si no recibía ayuda norteamericana. Trasladado al fútbol, Brera rumiaba que Italia podía producir defensas resueltos y correosos o delanteros oportunistas y escurridizos, pero que era incapaz de formar hombres enérgicos y rudos que sujetaran al equipo en el centro del campo. Por ello consideraba que los italianos tenían que esperar cerrados en defensa, burlar el medio del campo con pases largos y aprovechar las pocas oportunidades durante el partido con rápidos contraataques. Sólo así, según Brera, un equipo italiano podría batir a una escuadra superior.

Gianni Brera – Cartas Esféricas
Gianni Brera. La pluma de la defensa.

El apóstol difundía sus ideas, pero pocos lo escuchaban. Italia era una potencia futbolística y lo era gracias a un juego de enorme belleza… y la ayuda de unos cuantos argentinos nacionalizados. Los ‘azzurri’ habían ganado el Mundial de 1934 y 1938 con el sistema WM (3-2-2-3) o con su variante más defensiva (3-2-3-2), táctica creada por el inglés Herbert Chapman a comienzos de esa década y que era utilizada por la inmensa mayoría de los equipos. Una de las pocas excepciones era la modesta Suiza, que se plantó en los cuartos de final de 1938 con un sistema mucho más defensivo ideado por Karl Rappan, del que hablaremos más adelante.

Tras el fin de la II Guerra Mundial, Italia siguió siendo una selección ofensiva, poderosa y ganadora, que combinaba la gambeta sudamericana con el orden europeo. Pero en 1949 un avión se estrellaba a los pies de la basílica de Superga cerca de Turín. En ese aeroplano viajaba la plantilla del AC Torino, por entonces uno de los clubes más fuertes del mundo y que aportaba entonces 10 de los 11 titulares de la selección italiana. Los ‘azzurri’ viajaron a Brasil para disputar el Mundial de 1950 en un clima de pesimismo y claudicaron con estrépito. Para 1958 ni siquiera lograron clasificarse.

Italia se iba a convertir en un conjunto pequeño y ultradefensivo para agachar sus notables carencias. El ‘catenaccio’ iba a tener su oportunidad. No habría nunca más hueco en Italia para el fútbol ofensivo.

Gianni Brera vio entonces como sus soflamas y su prosa brillante iban a tener acogida. Necesitaba un ideólogo que las plasmara sobre el césped.

Y ese ideólogo iba a ser Nereo Rocco.

Rocco era el típico padre-entrenador de la época. Severo y huraño, pero querido por sus jugadores. En los años 50 había dirigido a la Triestina y al Pádova, dos conjuntos modestos a los que llevó a puestos altos del Calcio ganándose la inquina de media Italia mientras la otra mitad admiraba que con tan pocos mimbres consiguiera tanto éxito. Cuando la ‘azzurra’ no logró clasificarse para el Mundial de 1958, Rocco recibió su gran oportunidad y se le dio el mando de la selección olímpica italiana en los Juegos de Roma de 1960.

Rocco basaba su esquema de fútbol en una variante de la WM, en la que uno de los centrocampistas retrocedía para colocarse detrás de la defensa (4-3-3). Hoy podría parecer una táctica ofensiva, pero en un fútbol que hasta dos décadas antes aún jugaba con dos defensas y cinco delanteros, lo que proponía Rocco era un sacrilegio.

Rocco seguía la teoría de Brera de que si eras un equipo menor lo mejor era defenderse y jugar al contraataque. Pero Rocco no era el primero que intentaba algo parecido. Él sólo introdujo el ‘catenaccio’ en Italia. El verdadero ideólogo era Karl Rappan, el hombre que había llevado a Suiza a los cuartos de final del Mundial de 1938.

Austriaco de nacimiento, Rappan inventó el ‘verrou’ (cerrojo) cuando dirigía al Servette antes de ponerlo en práctica en la selección nacional de Suiza. Retrocediendo al centrocampista a la línea defensiva lo dejaba libre de obligaciones de marca, con la única función de asegurar la cobertura defensiva cuando el atacante lograba zafarse de su marcador. Con ese esquema de cuatro defensores siempre habría uno que estaría libre para la ayuda. Luego sería Brera quien a través de ‘La Gazzetta dello Sport’ convirtió el ‘verrou’ en ‘catenaccio’ y llamó líbero (libre en italiano) al futbolista que se situaba detrás de la defensa ejerciendo de escoba.

Aunque se sabe que en Francia y en la Unión Soviética hubo entrenadores que pusieron en marcha la técnica del ‘verrou’ en la década de los 40, nunca tuvieron excesivo éxito porque se consideraba que jugar a la defensiva atentaba contra la idea básica y los conceptos del fútbol.

Volvemos pues a Rocco, al que en 1961 le llegó su gran oportunidad al ofrecérsele el cargo de entrenador del AC Milan. Es entonces cuando el ‘catenaccio’ pasa a ser glorificado al alzarse los milaneses con la victoria en la liga italiana, pero sobre todo al lograr el triunfo en la Copa de Europa al derrotar a la sublime máquina ofensiva que era el SL Benfica de Eusebio.

—HELENIO HERRERA—

Pero si hay un hombre que popularizó el ‘catenaccio’ y lo convirtió en religión fue Helenio Herrera. Argentino afrancesado, a Herrera siempre le había gustado el fútbol físico pero sin renunciar al virtuosismo. Antes de ser Mourinho antes de Mourinho, Herrera no era un técnico ultradefensivo. De hecho, para Brera, amigo íntimo de Rocco, Herrera era un charlatán y un cambia chaquetas.

El caso es que Herrera llega al Inter de Milan en 1960 y lleva el ‘catenaccio’ a una nueva dimensión. Tras el nacimiento de la Copa de Europa, el industrializado norte de Italia (conviene aclarar la acotación geográfica) se hinchó a gastar dinero en la locura del fútbol. A finales de los 50 llegaron los suecos (Nordhal, Liedholm, Gren) y los 60 fueron turno para los británicos (John Charles, Law) o los españoles (Luis Suárez, Del Sol, Peiró) y a partir de los 80 los mejores futbolistas del momento estaban en Italia (Platini, Zidane, Maradona, Batistuta, Zico, Ronaldo, Rummenigge, Matthaüs, Gascoigne, Laudrup, Van Basten, Gullit). Así que desde los 60 el ‘catenaccio’ pasó a estar formado por una tropa de italianos abnegados al esfuerzo y a un par de extranjeros extraordinarios que marcasen la diferencia. Y es importante acotar lo de extranjero. Porque si el futbolista que se salía de la norma era italiano (Rivera, Mazzola, Conti, Baggio, Del Piero, Totti) la duda era acusada.

De la pizarra de Herrera salía una orden clara. Todo el equipo, desde los defensores hasta los atacantes, se volcaría en defensa cuando los rivales tuvieran el balón. Herrera buscaba explotar las cualidades defensivas de sus jugadores. Y dobló la apuesta. Retrasó a un jugador más creando un 1-4-2-3, donde el quinto defensa actuaba de libre ejerciendo de escoba detrás de la línea de 4 (5-2-3). Además, los tres jugadores de ataque ayudaban en defensa, por lo que lo que era un 1-4-2-3 (5-2-3) sobre el papel se convertía en un 1-4-5-1 (5-5-1) en labores defensivas. Con ese esquema en el que Picchi era el 1, el líbero que se situaba delante del portero, los laterales Burgnich y Fachetti eran locomotoras que subían y bajaban la banda y Jair o Mazzola eran liebres al ataque, el Inter consiguió 3 títulos ligueros y 2 Copas de Europa en cuatro temporadas.

El Inter de Helenio Herrera era un conjunto compacto, efectivo y resolutivo. Exigencia, disciplina y sacrificio desde la defensa hasta el ataque. Y tuvo un plus a mayores. Además de los éxitos, también contó con las imágenes televisivas. Aquel Inter fue uno de los primeros equipos exitosos seguidos y admirados a través de la pequeña pantalla.

El ‘catenaccio’ perfeccionado por Herrera se basaba en zagueros extraordinarios y en una rápida transición defensa-ataque. El mediocampo pasó a estar despoblado, ya que los equipos, viendo el éxito italiano, pasaron a formar en su vertiente ofensiva con un 4-2-4. El cuarto defensor ya era innegociable. Es en esa época cuando en España se empieza a hablar de ‘zona ancha’ para referirse al centro del campo, ya que normalmente estaba despoblado. Es por ello que para el triunfo del ‘catenaccio’ era indispensable un centrocampista fuerte, disciplinado, con férrea condición física y capaz de dar pases milimétricos a 30 o 40 metros de distancia. Ese hombre era Luis Suárez. Sin el coruñés, Herrera nunca habría tenido su ‘Grande Inter’.

El ‘catenaccio’ sufrió un duro golpe en el Mundial de 1970, cuando Brasil arrasó a Italia con un fútbol angelical. “El catenaccio no tiene ninguna posibilidad de subsistir”, declaró Pelé. Por lo general los 70 no sentaron bien a los italianos, porque en los Países Bajos iba a nacer el ‘fútbol total’, un balompié de genios que menospreciaba el ganar por ganar. Pero el ‘catenaccio’ había llegado para no marcharse. “Los italianos no te pueden ganar, pero tú puedes perder contra ellos”, dijo en una ocasión Johan Cruyff. En 1982 una Italia mediocre se alzó con el Mundial contando con un delantero corriente (Paolo Rossi) y una línea defensiva sucia y durísima liderada por Gentile y Scirea. Fue un milagro táctico y psicológico que aquel equipo derrotase a Brasil, Argentina, Polonia y Alemania. Aquello fue el culmen del ‘catenaccio’.

https://www.youtube.com/watch?v=qxUQaBkgJRE

A finales de los 80 el fútbol vivía su penúltima revolución. Un desconocido técnico llamado Arrigo Sacchi iba a devolver al AC Milan a la cima europea con una idea revolucionaria. Si en el fútbol total los once jugadores tenían libertad, para Sacchi los once jugadores eran uno sólo. A través de un rígido 4-4-2 en el que los futbolistas estaban juntísimos, presionando la salida del balón y adelantando la defensa para hacer caer al rival en el fuera de juego. Aquel equipo era ofensivo, pero tenía una disciplina física y técnica brutal que hacía que estrellas como Van Basten pareciesen obreros de una fábrica.

¿Qué hicieron los italianos? Quedarse con lo de la disciplina y olvidarse del ataque. Capello o Lippi cogieron las ideas de Sacchi pero las adaptaron al ‘catenaccio’. Si, era un 4-4-2 y los jugadores estaban juntos y ordenados, pero ni presionaban ni atacaban. Los dos puntas se colocaban a la altura del centro del campo, y a esperar la salida al contraataque. “Solo se han preocupado de vencer. En Italia el fútbol siempre fue sinónimo de sufrimiento, nunca de alegría o de felicidad. Son las arenas romanas, donde había que ir a morir”, explicaba Sacchi, quien siempre ha renegado de los entrenadores defensivos que dicen haberse inspirado en él.

Durante décadas los italianos ganaron a base de disciplina, encorsetamiento táctico y rigidez defensiva. Los brasileños aprendían a defender, los argentinos encajaban por su fiereza, los alemanes por su disciplina y todos, fuesen del país que fuesen, aprendían a sufrir y a jugar como equipo. Los equipos eran italianos por mucha estrella extranjera que tuviesen. Las plantillas funcionaban como una fábrica de montaje y los futbolistas creativos eran vanagloriados por su capacidad de transición defensiva y se esperaba que desnivelaran un partido en momentos puntuales.

Hoy el ‘catenaccio’ está en la UCI, pero nunca estará muerto, porque la gracia del fútbol es que no siempre ganan los que juegan mejor.

Perdón. Jugar mejor es una soflama. Rectifico. No siempre ganan los que practican un fútbol más ofensivo.

 “Somos campeones del mundo, no nos interesa el fútbol de toque”. Marcelo Lippi, seleccionador italiano, contestando a las críticas recibidas por el mal juego de Italia tras proclamarse vencedora del Mundial de 2006.

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Fútbol con fronteras. Historia contrafactual de la Copa de Europa (1996-2019)

Con unos cuantos países en estado de alarma y empapados de una psicosis colectiva, hemos cerrado fronteras y nos hemos puesto a mirar con aire de desprecio a aquellos que vienen de fuera. El aburrimiento al que el coronavirus nos ha sometido me ha llevado a tener tiempo para darle vueltas a la cabeza y pensar que habría pasado si Jean Marc Bosman no hubiese denunciado a la UEFA y siguiéramos con una limitación de extranjeros en las plantillas de los equipos profesionales de fútbol.

Si en el fútbol europeo siguiesen existiendo las fronteras.

Ya había comentado en un post anterior que una historia contrafactual es una historia alterna en la que se responde a la pregunta: ¿qué hubiera pasado sí? Se trata de un ejercicio de abstracción y ficción desde un punto de vista histórico.

Para crear la historia contrafactual de la Copa de Europa he tomado como punto de partida la temporada 1996/97, la primera en la que la ley tuvo efecto. La última final de la Liga de Campeones antes de la libre circulación de futbolistas comunitarios se produjo en mayo de 1996 entre la Juventus de Turín y el Ajax de Ámsterdam. Por parte holandesa, sólo Litmanen (finlandés), Finidi y Kanu (nigerianos), disputaron el encuentro, mientras que en los italianos estuvieron Paulo Sousa (portugués), Deschamps (francés) y Jugovic (serbio). Pero sí fue evidente el cambio en la final de 1998 entre Real Madrid y Juve. En los merengues, que llevaban 32 años sin ganar una Copa de Europa, jugaron hasta ocho futbolistas nacidos fuera de España, incluido el montenegrino Pedja Mijatovic, autor del gol de la victoria.

Con el devenir de los años, los clubes europeos fueron incorporando un gran número de futbolistas de la Unión Europea, si bien muchos de ellos ni siquiera mejoraban el nivel de jugadores nacionales a los que cerraron puertas. Aunque con el tiempo se compensó a las canteras con los llamados derechos de formación, esas cantidades no han sido disuasorias para que los equipos más grandes devoren a los pequeños fichando a sus mejores jugadores. Desde que se instauró la Ley Bosman todos los clubes que han ganado la Copa de Europa pertenecen a una de las cuatro ligas más importantes de Europa: España, Inglaterra, Alemania e Italia. La única excepción que confirma la regla es el FC Porto portugués victorioso en 2004.

Otro aspecto a tener en cuenta es el número de los participantes en la Copa de Europa. A raíz de la promulgación de la Ley Bosman, para la temporada 1997/98 se aumentó el número de equipos y se permitió la entrada de los ocho subcampeones de las ligas más potentes de Europa. Para la campaña 1999/00 se consintió por vez primera, y superando diversas rondas clasificatorias, la presencia de hasta cuatro equipos de un mismo país de las cuatro ligas más fuertes del continente, aumentando el número de participantes finales a 32.

Si la Ley Bosman nunca fuese aceptada nada de esto hubiese pasado. Es muy probable que el número de participantes ascendiese a 24 y que estuviesen clasificados los subcampeones de las grandes ligas. Pero hasta ahí llegaría la reforma. Que el cuarto clasificado de España o de Alemania fuese igual o más competitivo que el campeón de Croacia con límite de extranjeros sería más que discutible.

Esto implicaría que AC Milan (2003 y 2007), Liverpool FC (2005 y 2019) y FC Barcelona (2009) no podrían haberse proclamado campeones porque la temporada anterior a sus títulos europeos ni siquiera habían terminado entre los dos primeros en sus respectivas ligas.

Hay un componente de azar del que no nos podemos abstraer. Hay que diferenciar los equipos según coeficiente, realizar sorteos y determinar cruces. Es imposible ser fiel a estos factores. Éste es un fallo de acción que debemos asumir a la hora de realizar esta historia contrafactual. He tenido en cuenta tanto los coeficientes UEFA de los principales equipos en el período 1996-2019, así como he mantenido las restricciones de países y de organizaciones de grupo. Pero soy consciente de que es un ejercicio de ficción. Por lo que he tomado la decisión de que el campeón contrafactual únicamente podrá ser elegido entre los 16 equipos clasificados a octavos de final en cada edición existente, para intentar ajustarme lo máximo posible a la realidad.

Como última consideración hay que determinar el número de extranjeros por plantilla. Aunque antes de la Ley Bosman no existía un criterio uniforme en todas las ligas, lo más habitual era tener tres futbolistas foráneos en el once inicial, así como un cuarto o quinto en plantilla. Me mantendré fiel a la ideal tradicional de 3 extranjeros entre los 11 titulares. De estos conviene suprimir a aquellos foráneos que al haber formado parte de las canteras nacionales tendrían la doble nacionalidad (por ejemplo Lionel Messi), aquellos que por razones familiares también podrían optar a ella (por ejemplo Paolo Montero) o aquellos que por larga trayectoria en el país la habrían obtenido (por ejemplo Roberto Carlos). Aun así hay otros muchos futbolistas (por ejemplo Cristiano Ronaldo) al que he seguido considerando extranjero aun sabiendo que en una historia contrafactual sin Ley Bosman hubiesen adquirido la doble nacionalidad.

Aun así, soy consciente de que estoy realizando un ejercicio de ficción, por lo que he tenido que tomar prestadas ciertas licencias futbolísticas. He determinado onces iniciales y he pronosticado que equipo vencería a cual con la ventaja que me da el paso de tiempo. He tenido que mantener a los ganadores ligueros entre 1996-2019, aún a sabiendas que, al igual que la Liga de Campeones, los títulos de Liga variarían de igual forma al cambiar las reglas de extranjeros.

En esta Copa de Europa contrafactual es más fácil que los equipos repitan entorchado. Obviamente el número de transacciones es más bajo y las plantillas más monótonas, por lo que es fácil que se creen dinastías.

En este juego de ficción hay que tener en cuenta que al reducirse el mercado internacional las transacciones nacionales se verían explotadas. Por citar un ejemplo, los Silva, Fernando Torres, Mata o Fernando Llorente que aceptaron ofertas de otros países es harto complicado que no acabasen firmando o por el FC Barcelona o por el Real Madrid. Estos supuestos no se han tenido en cuenta. Sin embargo, sí que me he permitido ciertas licencias como mantener a ciertos jugadores en sus equipos de origen durante un par de años más. Es el caso de Götze o Lewandowski, futbolistas que serían muy difíciles de retener por el Dortmund, pero que en un mercado capado es seguro que lo harían a mediana edad, y no al inicio de sus carreras.

No ha sido sencillo. Y ha llevado unas cuantas horas (todo gracias al coronavirus). Pero ahí va el resultado final. Los extranjeros están marcados en cursiva:

1996/97 Borussia Dortmund / Klos; Köhler, Sammer, Kree. Reuter; Lambert, Paulo Sousa, Heinrich, Möller; Riedle y Chapuisat.  

1997/98 Juventus FC / Peruzzi; Torricelli, Montero, Iuliano, Di Livio, Pesotto; Deschamps, Davids, Zidane; Inzaghi y Del Piero.

1998/99 Bayern Munich / Kahn; Babbel, Kuffour, Linke, Tarnat; Matthaüs, Jeremies, Effenberg; Basler, Jancker y Scholl.

1999/00 Real Madrid / Casillas; Salgado, Iván Campo, Hierro, Karanka, Roberto Carlos; Helguera, Redondo, Mc Manaman; Raúl y Morientes.

2000/01 Real Madrid / Casillas; Salgado, Hierro, Karanka, Roberto Carlos; Figo, Makelelé, Guti, Mc Manaman; Raúl y Morientes.

2001/02 Real Madrid / Casillas; Salgado, Hierro, Helguera, Roberto Carlos; Figo, Makelelé, Guti, Zidane; Raúl y Morientes.

2002/03 Juventus FC / Buffon; Birindelli, Thuram, Ferrara, Zambrotta; Camoranesi, Tacchinardi, Conte, Nedved; Del Piero y Trezeguet.

2003/04 FC Porto / Vitor Baia; Paulo Ferreira, Jorge Costa, Carvalho, Nuno Valente; Deco, Alenichev, Costinha, Maniche; Derlei y Carlos Alberto.

2004/05 FC Barcelona / Valdés; Puyol, Oleguer, Piqué, Fernando Navarro; Xavi, Gerard, Deco; Ronaldinho, Eto’o e Iniesta.

2005/06 Olympique Lyon / Coupet; Reveillere, Cris, Clerc, Abidal; Pedretti, Diarra, Juninho Pernambucano, Malouda; Benzema y Govou.

2006/07 AS Roma / Curci; Panucci, Ferrari, Méxes, Casetti; Mancini, Aquilani, De Rossi, Perrotta; Totti y Montella.

2007/08 Manchester United / Foster; Brown, Ferdinand, O’Shea, Evra; Carrick, Scholes, Giggs; Cristiano Ronaldo, Rooney y Tévez.

2008/09 Bayern Munich / Butt; Lahm, Van Buyten, Demichelis, Badstuber; Ribery, Borowski, Schweinsteinger; Thomas Müller, Klose y Podolski.

2009/10 Bayern Munich / Butt; Lahm, Van Buyten, Badstuber, Contento; Ribery, Schwesteinger, Robben; Thomas Müller, Klose y Mario Gómez.

2010/11 FC Barcelona / Valdés; Dani Alves, Puyol, Piqué, Abidal; Busquets, Xavi, Iniesta; Pedrito, Villa y Messi.

2011/12 FC Barcelona /Valdés; Dani Alves, Puyol, Piqué, Abidal; Busquets, Xavi, Cesc; Iniesta, Villa y Messi.

2012/13 FC Barcelona / Valdés; Dani Alves, Piqué, Mascherano, Jordi Alba; Busquets, Xavi, Cesc; Iniesta, Villa y Messi.

2013/14 Borussia Dortmund / Weindenfeller; Piszczek, Friedrich, Hummels, Schmelzer; Bender, Kehl, Gündogan; Götze, Lewandowski y Aubameyang.

2014/15 FC Barcelona / Ter Stegen; Dani Alves, Piqué, Mascherano, Jordi Alba; Busquets, Xavi, Iniesta; Pedrito, Luis Suárez y Messi.

2015/16 Bayern Munich / Neuer; Lahm, Boateng, Tasci, Badstuber; Ribery, Rode, Kimmich, Robben; Thomas Müller y Lewandowski.

2016/17 Paris Saint Germain / Areola; Aurier, Kimpembe, Thiago Silva, Kurzawa; Verratti, Rabiot, Matuidi; Ben Arfa, Cavani y Mbappé.

2017/18 Real Madrid / Kiko Casilla; Carvajal, Ramos, Nacho, Marcelo; Modric, Isco, Ceballos; Asensio, Benzema y Cristiano Ronaldo.

2018/19 AFC Ajax  / Onana; Veltman, De Ligt, Blind, Tagliafico; De Jong, Van de Beek, Schöne; Kluivert, Tadic y Ziyech.

Como se puede observar los grandes damnificados serían los conjuntos ingleses. La Premier se ha convertido en la competición más potente del mundo y sus equipos están plagados de jugadores foráneos. Arsenal, Chelsea o Liverpool apenas han contado con futbolistas británicos en su once inicial. Lo mismo sucedió con el Calcio italiano en la primera década del siglo XX y, en menor medida, en la Liga española. El FC Barcelona se sustentó durante años gracias a una gran camada de canteranos, no así el Real Madrid glorioso del último lustro.

De todos modos, el músculo financiero y la lógica capacidad maltusiana de los países con más habitantes hacen inviable que conjuntos como el Steaua de Bucarest o el Estrella Roja puedan reverdecer laureles. Sin embargo, países del segundo escalafón futbolístico como Portugal o Países Bajos pueden mantener a sus estrellas en plantilla y con una buena generación asaltar el trono europeo.

Seguramente los casos más chirriantes en esta historia contrafactual sean los de Olympique de Lyon y AS Roma. Los franceses ganaron su liga entre 2002 y 2008 de forma consecutiva y fueron habituales en las rondas finales europeas en aquellos años. En 2006 fueron eliminados en cuartos de final por un AC Milan plagado de extranjeros, igual que los dos finalistas de aquel año; FC Barcelona (sólo 3 españoles en el once inicial) y Arsenal (sólo 2 ingleses).

https://www.youtube.com/watch?v=G7ENXVA_MKo

Más llamativo puede ser el caso de la AS Roma la temporada siguiente. Pero es que ni Liverpool FC ni AC Milan podrían haber jugado aquella final al no acabar entre los dos primeros en sus respectivas ligas. Los otros semifinalistas de aquella temporada fueron el Manchester United y el Chelsea, cargados de futbolistas no británicos en sus onces iniciales. Aquel año sólo el Bayern podría toserle a una AS Roma que de la mano de Totti vivía uno de los mejores momentos de su historia.

De este modo, el palmarés contrafactual de la Copa de Europa sería el siguiente:

1. Real Madrid 10 (en la realidad 13)

2. Bayern Munich 7 (en la realidad 5)

3. FC Barcelona 6 (en la realidad 5)

4. AC Milan 5 (en realidad 7)

4. Ajax Ámsterdam 5 (en la realidad 4)

5. Juventus FC 4 (en la realidad 2)

5. Liverpool FC 4 (en realidad 6)

6. Borussia Dortmund 2 (en la realidad 1)

6. FC Porto 2 (en la realidad 2)

6. Inter Milan 2 (en la realidad 3)

6. Manchester United 2 (en realidad 3)

6. SL Benfica 2 (en realidad 2)

6. Nottingham Forest 2 (en realidad 2)

7. Paris Saint Germain 1 (en realidad 0)

7. Olympique Lyon 1 (en realidad 0)

7. AS Roma 1 (en realidad 0)

7. Celtic Glasgow, Hamburgo, Steaua Bucarest, Olympique de Marsella, Feyenoord, Aston Villa, PSV Eindhoven y Estrella Roja 1 (en realidad 1)

“Quiero que el Real Madrid lo gane todo. Pero con que gane la Copa de Europa me sirve”. Julio Iglesias, celebridad musical y aficionado del Real Madrid.

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Tottenham vs Liverpool

Tottenham y Liverpool disputan una final de Copa de Europa extraña por inesperada. Insospechada porque ambos conjuntos superaron la primera fase a duras penas. Impensada porque ha sido esta una Liga de Campeones extraña hasta las entrañas. Estuvimos a un suspiro de ver al Ajax en una final, algo inimaginable en la era post-Bosman. Hemos presenciado remontadas cotidianas como la de la Juve ante el Atlético, pero las más frecuentes han sido las imposibles como la del United en Paris, la de los tulipanes holandeses en el Bernabéu, y, especialmente, la del Liverpool ante el Barça en Anfield.

Será una final sin rimbombantes ‘Balones de Oro’, sin futbolistas de portada, sin brujos de la fachada. Ninguno de los futuribles del Real Madrid estará presente en la final del Metropolitano. Y mira que es difícil porque el cambio climático ha llegado a Chamartín y llevan desde marzo instalados en el verano. Leía hace unas semanas en un artículo que por no cumplirse ni se han cumplido los pronósticos médicos. Han llegado a la final dos equipos ingleses, con diferencia los conjuntos que más partidos disputan en una temporada. El fin de semana antes de la vuelta de las semifinales Ajax y Barça estuvieron en la tumbona viendo como Tottenham y Liverpool se partían el pecho en la liga inglesa. Luego, los primeros se desfondaron en las segundas partes de sus partidos mientras los británicos parecían Spitfires con propulsión a chorro.

Es una victoria de la liga inglesa, aunque ya se sabe que en el mundo mediático del histrionismo en el que nos situamos lo que hoy es negro mañana es blanco. Esto ocurre incluso con la tradicional mesura británica. Antes de los partidos de vuelta había enconadas críticas acerca de la falta de competitividad de sus equipos tras perder ante FC Barcelona y Ajax en los encuentros de ida de semifinales. Como decía es una victoria de la liga inglesa, una competición con excelsa salud fomentada en la combinación de tradición y modernidad que se refleja tanto en sus estadios, sus aficionados, las plantillas y cuerpos técnicos de sus equipos, y en una fuerte economía que ha sabido globalizarse sin olvidar las esencias. Será la segunda vez que dos conjuntos ingleses se enfrenten en una final (Manchester United vs Chelsea en 2008), hazaña conseguida por la liga española también en dos ocasiones (2000 y 2014), la liga italiana (2003) y la liga alemana (2013). También es la primera vez que los cuatro finalistas de las dos principales competiciones europeas son del mismo país. Lo más parecido a tal proeza tuvo lugar en 1990 cuando la hoy depauperada liga italiana dio campeones europeos en Copa de Europa, Copa de la UEFA y Recopa.

No son solo cuatro equipos ingleses, son tres equipos londinenses. Y esto es un hito con dos caras. Londres quizás sea el rincón de Europa donde la globalización pone a prueba el pulso de las identidades de manera más patente. Este año hasta seis equipos londinenses han competido en la Premier. Londres, al igual que Roma, Paris o Berlín, no ha necesitado nunca del fútbol. El arte, la cultura o la innovación las han convertido en imanes de población y ejes de la humanidad. En Inglaterra fueron las ciudades industriales las que hicieron el fútbol garantía de éxito para ser referente mundial. En otros lugares, como Barcelona o Münich, el fútbol sirvió como acicate para visibilizar una identidad diferente a la impuesta desde la capital. Otras urbes, caso de Lisboa o Madrid, utilizaron el fútbol para legitimarse en una época oscura. Que en el último decenio Londres haya salido victorioso en la Copa de Europa (Chelsea 2012) y que en este 2019 tenga tres finalistas en competiciones europeas es una evidencia del declive de Londres como referente mundial y de la búsqueda de nuevas formas de autoafirmación.

Ambos clubes pertenecen a la élite del fútbol inglés pero se comportan como hermanos pobres. Son como los socialistas acomodados, progres de corazón y liberales de actuación. Luchan contra equipos de bolsillos más profundos y compiten por el mismo nicho de mercado de jugadores argumentando una falsa modestia. Ambos defienden una idea de espíritu y de tradición a pesar de que la globalización los afecta de igual manera que a sus archirrivales (Arsenal o United).

Así entonces el nuevo campeón será un falso pobre. El Liverpool gastó una millonada en fichar a un central que se había hecho hombre curtiéndose en Escocia. La decisión fue un éxito porque hoy Virgil van Dijk está considerado el central más maduro y con más proyección del mundo. A cambio cobró un pastizal por Coutinho y no se le fue la cabeza invirtiendo en parches innecesarios. El Tottenham no fichó ni atacantes ni defensores. Construyó un nuevo estadio, más grande y más moderno, y ha dedicado el año a exprimir sus recursos y a desarrollar su cantera. Un modelo exitoso que ha llamado la atención por estos lares donde la construcción de infraestructuras no lleva a la contención de gastos sino a la petición de créditos bancarios o de ayudas públicas (Valencia, Athletic, Real Madrid…).

Tottenham y Liverpool conforman una rivalidad moderna. Cuando el Real Madrid derrotó al Liverpool en la final de la Copa de Europa de 2018 los aficionados ingleses que más lo celebraron (según los exabruptos de las redes sociales) fueron los del Tottenham. Cuando Harry Kane se lesionó hace unas semanas el ‘big data’ dice que en Liverpool hubo exaltación por la noticia. No hay una explicación sensata o racional. Una rivalidad está intrínsecamente ligada a un conflicto geográfico o de identidad, pero en tiempos donde los hinchas y los jugadores deambulan de un lugar a otro se dan rivalidades a golpe de twitter. Eso pasa entre el Tottenham y el Liverpool. Simplemente el City y el Chelsea son los nuevos ricos, el United y el Arsenal los ricos de toda la vida, mientras que Tottenham y Liverpool, que también son ricos y también son de toda la vida, han sabido venderse como los chicos del pueblo.

Ambos equipos ya se vieron las caras en las semifinales de la Copa de la UEFA de 1973. Los londinenses estiraban los últimos coletazos de su edad de oro. Contaban con el portero norirlandés Pat Jennings y con el delantero Jimmy Greaves, uno de los goleadores más prolíficos de la historia que era igual de letal con un balón en los pies que con una botella de whisky en la mano. Ante la curva descendente del Tottenham, el Liverpool estaba en proceso de ascenso a los cielos. Dirigidos por Bill Shankly, habían ido conformando un grupo de jóvenes en ebullición donde destacaban Phil Thompson y sobretodo Kevin Keegan. En el partido de ida disputado en Liverpool el Tottenham aguantó las embestidas de los ‘reds’ que sólo pudieron vencer por 1-0. En la vuelta, pugnada en White Hart Lane, los londinenses liderados por el campeón del mundo Martin Peters estuvieron a punto de dar la vuelta a la eliminatoria, pero finalmente el valor doble de los goles en campo contrario clasificó a los ‘reds’ (2-1). El Liverpool pugnó la final y doblegó al Borussia Mönchengladbach logrando el primero de sus 6 títulos europeos en 11 años.

El Liverpool tiene una historia más brillante pero el Tottenham es junto al United el único equipo inglés que ha ganado al menos un título en cada una de las últimas siete décadas. Ambos clubes tienen directivas y entrenadores jóvenes y dinámicos. Excesivos y fanáticos. Del heavy metal y la incontinencia educada de Jürgen Kloop a la lengua viperina bajo guante de seda de Mauricio Pochettino. Tottenham y Liverpool conforman una rivalidad “inventada” que dará con la sexta estrella en el blasón del ‘Pool’ o que permitirá estrenar el emblema de los Spurs del Tottenham.

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