atletismo

El rey descalzo

Cuando uno entra en www.misterdato.es lo primero con lo que se encuentra es con una imagen en la que el primer plano es para un atleta que porta una camiseta con el número once. Permanece impertérrita al paso del tiempo, ya que es la misma instantánea que decora el blog en cuanto cada viernes desde mayo de 2017 me puse a esbozar unas historias deportivas. El caso es que el protagonista de la fotografía aparece con aire pensativo, mano izquierda sobre mentón y rictus de esfuerzo. Detrás de él un atleta esculpido sin gramo de grasa, gesto serio, grandes orejas y corte de pelo tradicional.

El que sigue a nuestro protagonista es soviético, lo que ya da una primera pista de la época en la que nos adentramos. Otra la dan los aficionados. Gente de mediana edad, quizás más jóvenes de lo que son, pero vestidos con seriedad y elegancia. No hay atisbo de juventud ni de hedonismo. Un chico vestido de marinero, una señora de negro absoluto y una preciosidad de pulcro blanco, ambas las dos, con el pelo tapado en señal de respeto religioso. Escasea la luz, es de noche. Y hace calor. Al fondo se observan pantalones cortos, de niño, seguro, porque nadie en edad adulta lleva entonces calzón corto.

Lo que la fotografía no nos deja ver son los pies de nuestro protagonista. Pero si ampliásemos el foco y viésemos la totalidad de la instantánea descubriremos el porqué de la importancia de la misma. El motivo por el que yo escogí una imagen de Roma fechada el 10 de septiembre de 1960 como la icónica para este humilde blog. El atleta que porta el número once en el frontal de su camiseta, el atleta que acabará ganando el maratón olímpico, va descalzo.

Se convertirá en el primer campeón olímpico africano de la historia, batirá el récord del mundo vigente y lo hará bajo el inconmensurable marco de la Ciudad Eterna.

Y todo lo hará descalzo.

Repito. Descalzo.

Bikila (11)

Abebe Bikila nació en un pueblo de la montaña etíope en 1932. Sus padres eran pastores, por lo que su vida no se vio especialmente dañada por la ocupación italiana. Tenía cuatro años cuando Mussolini hizo ocupar Etiopía y la convirtió en Abisinia. La vida de Abebe y su hermano Albalongo era correr por las praderas para ver quien era el que se cansaba antes. A oídos de ambos llegó la noticia de que la guardia de élite del emperador daba hogar y abundante comida a quien conseguía plaza en ella. Para aquellos niños desnutridos esa información era gasolina para su cuerpo. Abebe Bikila consiguió salir de la miseria a los 21 años, en 1953, cuando sus condiciones físicas le permitieron ingresar en la Guardia Imperial de Haile Selassie. Aquello le reportaba un futuro sin preocupaciones, con salario fijo y la posibilidad de acceder a comodidades que solo la vida urbana es capaz de ofrecer.

Por entonces los escandinavos eran los tótems del atletismo. En 1956 Etiopia compitió por vez primera en los Juegos Olímpicos. No logró medalla alguna, pero sentó las bases futuras con la contratación de un entrenador y militar sueco llamado Onne Niskanen. Para 1959 Niskanen diseña una maratón por Adís Abeba cuyo ganador será el elegido para competir en Roma el verano siguiente. Una lesión jugando un partido de fútbol impide participar a Wami Biratu, el protegido de Niskanen, pero es entonces cuando el emperador Selassie habla con el sueco y le dice que invite a la prueba al joven Bikila. Le comenta que el tal Bikila gana con márgenes escandalosos a sus compañeros de la Guardia Imperial en todas las pruebas atléticas que organizan los militares.

Así que Abebe Bikila corre cierto día de 1959 el primer maratón de su vida. Lo hace descalzo, por supuesto. Porque no tiene zapatillas y porque siempre ha corrido así. Con el roce de la palma de sus pies y el bamboleo del suelo. Gana el maratón. Y lo hace con un registro 2h 21’23’’. En 1951, tan sólo ocho años atrás, hubiese sido récord del mundo. Niskanen no se cree lo que acaba de ver.

Niskanen apenas tenía unos meses de entrenamiento para moldear a un medallista olímpico. Un diamante en bruto que el mundo no conocía. Y no lo tendría fácil. Su primer mandamiento fue que Bikila se calzase unas zapatillas Adidas que el sueco le había encargado. Abebe se negó. Iba a correr descalzo. Como siempre lo había hecho. Como se corre por la sabana africana.

El rey descalzo

El maratón era la última prueba del programa olímpico. Se disputaría con unos calurosos pero agradables 23 grados y, a su finalización, lo harían también los Juegos Olímpicos. El favorito indiscutible para lograr la medalla de oro era el soviético Sergei Popov, vigente campeón mundial. Muy por detrás estaba el francés Alain Mimoun, vigente campeón olímpico, y el argentino Osvaldo Suárez. El trazado era de una preciosidad insultante. Se salía de la plaza del Campidoglio diseñada por Miguel Ángel en la colina Capitolina y adornada por la agraciada estatua de Marco Aurelio. Después un recorrido con subes y bajas por la capital italiana hasta llegar a los últimos once kilómetros, en los que los atletas pisarían los adoquines con más de dos milenios de vida de la Via Appia Antica. Caída la noche, un grupo de militares portando antorchas darían luz a los fondistas que consiguiesen llegar al Coliseo para poner punto final a los más de 42 kilómetros de la prueba a pies del Arco de Constantino.

Los primeros diez kilómetros fueron gobernados por el británico Kelly y el belga Van Dendriessche seguidos de cerca por otros dos atletas, quienes a partir del kilómetro 20 tomaron el mando de la prueba. Uno era el marroquí Rhadi Ben-Abdesselam, con quien nadie contaba, ya que apenas dos días antes había competido, y sin éxito, en los 10.000 metros. El otro era un etíope de nombre Abebe Bikila que corría en primera posición…y lo hacía descalzo.

Los miles, centenares de miles, de personas que animaban desde las aceras a los atletas no comprendían nada. Los afortunados que por vez primera veían en directo unos Juegos Olímpicos por televisión tampoco. Era un fondista negro. Africano. Lo nunca visto. ¡E iba descalzo! Aquello no tenía sentido ninguno. El boca a boca se expandió con celeridad y el número de romanos que salían a la calle iba en aumento. En el kilómetro 30 la ventaja de los dos fugados era de un minuto sobre el soviético Popov (recordemos que hasta entonces era el gran favorito) y el neozelandés Barry Magee.

El dúo cabecero se adentró en la Via Appia. Hace ya bastantes años quien escribe recorrió ese tramo. Andando. Y lo hizo descalzo. Y duele. Como para hacerlo corriendo. Como para hacerlo corriendo a ritmo de récord del mundo. Son guijarros enormes. Cantos rodados mezclados con arenas. La Via Appia era la reina de las grandes calzadas romanas. Unía la ciudad imperial con el importante puerto de Brindisi al sureste de la Península Itálica. Allí había sido crucificado Espartaco. Y allí pretendía coronarse rey Bikila. Coronarse como rey descalzo.

Bikila recorrió la vía Appia en primera posición, siempre con el marroquí detrás de él. Sus piernas, largas y hermosas, se veían si cabe más estilizadas con aquellas zancadas desprovistas de calzado. Pero Bikila no atacó allí. El momento del asalto tendría lugar en paraje de una simbología apabullante.

Finalizada la Via Appia, superadas las descomunales Termas de Caracalla, se llega a la Piazza di Porta Capena. Allí la plaza ejerce de guardia de tráfico y el transeúnte debe decidir entre continuar en dirección al Circo Máximo y al Tíber o girar hacia la calle de San Gregorio y encarar el encuentro con el Coliseo. Pues allí, en dicha plaza, un impresionante monumento de granito de 150 toneladas preciosamente decorado gobernaba el paisaje. Erigido en el siglo IV, el obelisco de Axum es una pieza funeraria levantada en honor al primer rey cristiano de Etiopía.

No intenten dar con el obelisco en su próxima visita a Roma. El obelisco está en su ubicación original. No lo estuvo entre 1937 y 2008, año en el que fue devuelto a Etiopía por Italia tras más de medio siglo de litigios. Como ya comentáramos párrafos atrás, en 1936 tropas transalpinas habían depuesto al rey etíope y habían ocupado Etiopía rebautizándola como Abisinia. Mussolini decidió llevarse el obelisco a Roma como botín de guerra (en su descargo hay que decir que estaba destrozado y que en Italia fue reparado). Finalizada la II Guerra Mundial, el emperador Halie Selassie fue devuelto al trono con el beneplácito inglés y Etiopía recobró su independencia. Sin embargo, y a pesar de una resolución favorable de Naciones Unidas, Italia hacía oídos sordos a la devolución del obelisco de Axum.

Fue en ese mismo punto, justo al rodear el obelisco de Axum, cuando el etíope Abebe Bikila inició el cambio de ritmo que debía llevarle a la victoria. Ben-Abdesselam fue incapaz de seguir ese ritmo endemoniado y Bikila afrontó en solitario los últimos 1.500 metros de la prueba. Luego de bordear el Coliseo romano llegó a la meta bajo el Arco de Constantino tras dos horas quince minutos y dieciséis segundos de esfuerzo. Era campeón olímpico y había batido el récord del mundo de Popov por apenas un segundo de diferencia. “Quería que el mundo supiera que mi país siempre ha ganado con determinación y heroísmo”, afirmó al llegar a meta. Los cuatro primeros bajaron de las dos horas y veinte minutos, registros que hoy no son gran cosa, pero entonces eran excepcionales, ya que nunca antes en unos JJ. OO se había bajado de ese tiempo. En Roma lo habían hecho cuatro atletas.

Bikila llegó a la meta sin perder resuello. No se detuvo en la llegada, lo tuvieron que agarrar para que se parase. Los servicios médicos no se lo podrían creer. Marcaba un pulso de 88 en pleno esfuerzo, no mostraba signos de agotamiento…y sus pies no tenían ampollas. El médico le preguntó si se veía con fuerzas para ir andando hasta la Villa Olímpica y Bikila le dice que está para hacer otros quince kilómetros corriendo.

Al día siguiente la prensa italiana es unánime. Mussolini necesitó un ejército para conquistar Etiopía, Selassie tan sólo necesito un soldado para conquistar Italia. El emperador regalará un Wolkswagen descapotable a Bikila al ser recibido con honores en Adís Abeba. También lo agasajaron con dinero, pero rechazó la oferta. Lo ganado lo destinó en crear una escuela en su aldea natal.

La hazaña de Bikila pronto recorrió el mundo. Su récord mundial descalzó eclipsó la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos. Y aún había más. Un detalle que pasó desapercibido. Al bordear el obelisco de Axum, durante apenas un par de segundos que se notaron imperceptibles en un mundo que aún no estaba inundado por cámaras, Bikila aflojó la zancada, agachó la cabeza y mostró respeto por los caídos en la guerra italoetíope. Sin esa fugaz parada, el récord de Abebe Bikila hubiese sido aún más mayúsculo.

Axum en Roma

—AUGE Y CAÍDA—

Convertido en icono mundial Abebe Bikila se propuso ser el primer atleta en lograr el doblete en un maratón olímpico. Lo hizo a su ritmo. Con calma. Sólo correría quince maratones a lo largo de su carrera, obteniendo la victoria en doce de ellos. NIskanen estuvo a su lado durante cuatro años y, ahora sí, las zapatillas formarían parte del atuendo del etíope. Adidas no iba a dar su brazo a torcer y en Tokio 1964 Bikila no podría correr descalzo.

El problema vendría por otro lado. A apenas seis semanas de iniciarse los Juegos Olímpicos Bikila es golpeado por una apendicitis. Hay tiempo para recuperarse, pero extremadamente delgado y débil es un contratiempo definitivo para una prueba tan exigente como el maratón. Niskanen le dice a Bikila que se olvide y que ya habrá tiempo para pensar en México 1968, pero un miembro de la Guardia Imperial no se va a rendir tan fácilmente.

El 21 de octubre de 1964, Abebe Bikila entraba en solitario en el Estadio Nacional de Tokio bajo una atronadora ovación para lograr su segundo oro olímpico y marcar un nuevo récord del mundo con un registro de 2h 12’11’’, una marca más de tres minutos mejor que la lograda en Italia. Al cruzar la línea de meta Bikila inició una tabla de gimnasia para estirar los músculos. Cuando llegó el segundo, cinco minutos más tarde, Abebe Bikila estaba duchándose.

Tokio 64

Para México 1968 Bikila buscaba un imposible. Contaba con 36 años y la altura de la capital azteca iba en su contra. Afectado de una lesión crónica de rodilla tuvo que abandonar cuando el maratón encaraba el kilómetro 17. Su semilla, sin embargo, había brotado. Su compatriota Mamo Wolde acabaría logrando la victoria. Al año siguiente, mientras Bikila conducía su descapotable, aquel que el emperador le había regalado, un grupo de manifestantes se presentó en su camino. Hubo de girar con fuerza el volante para esquivarlos, y su coche salió despedido.

Sufrió una paraplejia de la cual no se recuperó jamás.

No volvería a caminar.

«Los hombres de éxito conocen la tragedia. Fue la voluntad de Dios que ganase en los Juegos Olímpicos y fue la voluntad de Dios que tuviera mi accidente. Acepto esas victorias y acepto esta tragedia. Tengo que aceptar ambas circunstancias como hechos de la vida y vivir feliz», dijo entonces. Al año siguiente acudió en Londres a una competición que podríamos llamar precursora de los Juegos Paralímpicos. Competiría en tiro con arco y tenis de mesa. Después, en 1972, tuvo una sentida despedida durante la ceremonia de apertura de los JJ. OO de Múnich, donde fue ovacionado mientras saludaba desde el césped desde su silla de ruedas.

Las complicaciones por las cirugías fueron acabando con su vida que puso fin el 25 de octubre de 1973, hace ahora medio siglo. Contaba con apenas 41 años. Lo que ha cambiado el atletismo mundial y el africano en particular en estos cincuenta años se tornaba en inimaginable entonces. Bikila logró la primera medalla de oro africana en unos Juegos Olímpicos. Pocos sospechaban lo que aquella victoria de aquel desconocido descalzo iba a significar. Se iniciaba una era donde etíopes y después keniatas pasarían a ser los reyes del fondo y el medio fondo. Desde entonces ha habido trece victorias africanas en el maratón olímpico y desde Atenas 2004 un atleta blanco no sabe lo que es ganar el oro en el maratón masculino (2008 en el femenino) y desde Los Ángeles 1984 en los 10.000 metros (1996 en el femenino). Si en 1983, en el primer Mundial de Atletismo de la historia, Etiopía lograba una medalla de plata, en el último, celebrado hace unos meses en Budapest, sumaba ocho metales.

Bikila en Múnich 72

Abebe Bikila fue enterrado con honores militares y su sepelio se convirtió en un funeral de Estado. Asistieron cerca de 70.000 personas, incluido, como no podía ser de otra forma, el emperador Haile Selassie.

«Bikila hizo que nosotros, los africanos, pensáramos que si él puede hacerlo los demás también podemos hacerlo». Haile Gebrselassie, atleta etíope dos veces campeón olímpico de los 10.000 metros.

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Tito Margaride

“Siempre he creído, y lo sigo creyendo, que no hay en el mundo plaza más bella que la de Siena. La única que me ha hecho dudar es la de Santiago de Compostela, por su equilibrio y aire juvenil, que no permite pensar en su edad venerable, sino que parece construida el día anterior por alguien que hubiera perdido el sentido del tiempo”. Gabriel García Márquez.

En tan bella plaza cosechó Jesús González Margaride una de sus primeras victorias de renombre. Era la carrera pedestre de Santiago que desde 1978 se había convertido en referencia atlética del noroeste ibérico. Para Tito Margaride era una victoria especial que tuvo como colofón su primera convocatoria para defender los colores de la selección española en un torneo internacional. Sería en mayo de 1991 y lo haría disputando los 5.000 metros.

Margaride: sueño roto en Budapest – Vida Atlética de Galicia
Dorsal 1173

Tito Margaride se había aficionado al atletismo siendo un niño. Nacido y criado entre pastos, vacas y días plomizos, Tito se pasaba las tardes corriendo por carreiros de su Pontenova natal. Allí, entre minas abandonadas, hermosas iglesias y el nacimiento del más al norte aclamado río Eo, corría aquel niño que pronto llamó la atención del médico de la villa. Se trataba del pontevedrés Mariano Castiñeira, traumatólogo que recaló junto a su esposa en A Pontenova en 1978 cuando Margaride contaba con once años. Mariano había sido atleta en su juventud, entonces rondaba la cuarentena, y gustaba de estirar las piernas al acabar sus consultas. Pronto vería como a su espalda se situaba aquel imberbe al que era incapaz de dejar atrás hasta que cierto día le propuso cogerlo bajo sus alas y convertirse en su entrenador.

El primer día Tito apareció con botas y pantalón vaquero. Mariano arrancó la moto bordeando el Eo y hubo de ir frenando al aspirante hasta que, al cabo de una hora, Mariano dio por finalizada la sesión. Tito le hizo una reverencia, le dio las gracias, lo trato de usted y quedaron en el mismo lugar y a la misma hora para el día siguiente. Cuando en la siguiente tarde Mariano aparezca con un chándal a estrenar como regalo para el chaval, solo la timidez de Tito y el respeto a aquel desconocido harán que no se acabe ahogando en un mar de lágrimas.

Poco a poco Tito irá progresando y con el tiempo se trasladará a la capital lucense con el objetivo de hacerse profesional. Para entonces Mariano además de entrenador e íntimo amigo, será también el chófer que lo lleve de A Pontenova a Lugo las veces que haga falta. Tito sufría, pero disfrutaba, contenía esa sensación tan placentera que tienen todos los atletas de regocijarse con el dolor. Pronto se especializó en 5.000 y 10.000 metros convirtiéndose en uno de los atletas más prometedores de España y campeón gallego en dichas especialidades.

Para 1992 el objetivo de Margaride era clasificarse para los Juegos Olímpicos de Barcelona. Lo intentaría en los 5.000 metros. A inicios de año ocupaba el quinto lugar en el ránking nacional con 13’28’’57 a escasa distancia del plusmarquista español que era el soriano Abel Antón con 13’21’’86. Con el tiempo Antón sería bicampeón del mundo de maratón, mas entonces era corredor de pista. Tan sólo había tres plazas para los españoles, siempre y cuando consiguiesen la marca mínima, y a la altura del mes de junio Margaride veía que era incapaz de ascender en el ránking. Lo intentó en un mitin en Sevilla donde logró marca personal, pero le fue inútil. Antonio Serrano y Martín Fiz iban a ser los que acompañasen a Antón.

Como decía era junio. Faltaban menos de dos meses para el inicio de los Juegos Olímpicos y Margaride decidió jugárselo todo a una carta e intentar la mínima para participar en los 10.000 metros. En la distancia de los 10 kilómetros el nivel nacional era modesto, por lo que Margaride vio que tendría opciones. El problema es que ya eran escasas las pruebas donde podría intentar esa marca y ninguna de ellas tendría lugar en España. Mariano, su entrenador, le habló de una carrera en Budapest para el día 18. Tendría que ir por su cuenta y riesgo y pagarse el viaje y al alojamiento ya que la RFEA (Real Federación Española de Atletismo) no acudiría con ninguno de sus atletas. Margaride aceptó el reto y allí se fue él solo. Su mujer, embaraza de ocho meses, quedará en Galicia, al igual que Mariano, quien por asuntos laborales tampoco puede desplazarse de A Pontenova.

Una vez aterrizado en Hungría, Margaride se desplaza a su hotel. Al día siguiente tendrá lugar la carrera. Será a las 19.00 horas. Por la mañana Tito Margaride decide desayunar y dar una vuelta por la ciudad para desentumecer las piernas y prepararse para la batalla vespertina.

Una corriente se adueña del cuerpo de Tito. Desde los pies a la cabeza una explosión de dolor lo invade hasta que cae desplomado en medio de la calle.

Está consciente. La gente lo mira. Le gritan.

Tito quiere hablar.

No puede.

El tiempo se para.

Los recuerdos se desvanecen.

Cinco días más tarde Tito Margaride aterriza en el aeropuerto santiagués de Lavacolla. Lo hace en un avión ambulancia procedente de Budapest. Es noche cerrada. Allí está su mujer, su eterno Mariano y el secretario de deportes de la Xunta de Galicia. Al poco la ambulancia arranca rumbo al Hospital Provincial de Lugo.

Tito Margaride había sufrido una trombosis del tronco basilar.

Nunca más volverá a caminar.

Margaride: sueño roto en Budapest – Vida Atlética de Galicia
Margaride

Fueron unos días horribles. Solo, a miles de kilómetros de casa. Sin nadie que lo abrazase. Sin nadie que lo entendiese. Consciente de lo que ocurría, pero incapaz de comunicarse. Son tiempos sin mensajería instantánea. Pasaron 36 horas hasta que alguien del hospital de Budapest que sabía castellano consiguió contactar con la Embajada española para desde ahí poder avisar a la familia de Margaride.

Y luego vino la lucha. La lucha para repatriar al atleta lucense. La RFEA no quiso saber nada del asunto. Argumentaba que el viaje se había hecho por iniciativa personal del atleta y que no podían costear un avión medicalizado. Viendo que pinchaba en hueso, Mariano Castiñeira pretendió que la RFEA enviase un médico federativo a Budapest en compañía de un familiar, a lo que también se negó el organismo.

Visto que tiene el no por castigo, Mariano decide contratar por su cuenta y riesgo un avión, así como pagar de su bolsillo a un médico y un ATS húngaros para que viajen hasta Santiago acompañando a Margaride. Serán 14.000 euros de la época. Una pasta. La suerte para el bueno de Margaride es que Mariano Castiñeira es un hombre desahogado económicamente. Con el tiempo Mariano pleitearía para recuperar ese dinero, pero el fallo favoreció a la RFEA dado que se entendía que el accidente cardiovascular de Tito no había tenido lugar durante la celebración de un evento deportivo.

Comenzó entonces una lucha. Fueron miles de horas de rehabilitación en el Hospital de Lugo. Margaride no podía mover el lado derecho del cuerpo, por lo que lo primero fue aprender a escribir con la izquierda. Su entrega fue total. Por las mañanas tocaba sesión hospitalaria y por la tarde fisioterapia en casa. Por el camino el nacimiento de su hijo. Y los Juegos de Barcelona que, por desgracia, hubo que ver por televisión.

Pero Tito, que hasta entonces había sido un chico callado e introvertido cuya única felicidad era correr entre castiñeiros y carballos, de repente se convirtió en un simpático contertulio. Como un bebé que comienza a hablar, sus balbuceos pronto se convertían en risas. Donde todo el mundo esperaba ver tristeza y pena se encontraba ternura y felicidad.

No fue de extrañar que la Federación Gallega de Atletismo quisiese homenajear a Margaride con una fiesta atlética cuyos beneficios serían para Tito y su familia. Seria en la pista universitaria de atletismo de Santiago de Compostela. Allí acudieron todos los que tendrían que acudir. Sandra Myers, Alejandro Gómez, Andrés Díaz, Julia Vaquero o Isaac Viciosa. Y sobre todo Martin Fiz y Fermín Cacho, quien tras haber logrado el oro en 1.500 metros en Barcelona no dudó en dedicárselo al bueno de Margaride.

Quien no patrocinó ni acudió al evento fue la RFEA.

Margaride: sueño roto en Budapest – Vida Atlética de Galicia
Tito Margaride y Fermín Cacho

Era 1993. Apenas un año después del accidente cardiovascular. Tito disfrutó del espectáculo junto a su esposa y su hijo en la tribuna del estadio universitario. Y allí se dio la sorpresa. Margaride tomó el micrófono, agradeció el recibimiento y dijo encontrarse bastante bien y llevar una vida tranquila. Tan sólo que aquel hombre se pusiese en pie y dejase unas palabras ya era motivo de satisfacción generalizada.

Recuperado parcialmente de la trombosis solicitó una plaza para minusválidos en la Diputación de Lugo donde aún hoy sigue trabajando. Pero Tito no estaba conforme. Su sueño era acudir a unos Juegos Olímpicos. Y aquel ex campeón gallego de 5.000 metros no iba a cejar en su empeño.

Parcialmente paralizado de su pierna derecha y acompañado de su inseparable técnico, comenzó un entrenamiento intensivo que lo llevara a los Juegos Paralímpicos de Atlanta 1996. Lo que no había sido realidad en Barcelona se convertiría en un hecho en la capital de Georgia. En Estados Unidos consiguió un diploma olímpico al finalizar séptimo en los 5.000 metros para discapacitados físicos. En Sídney 2000 repitió diploma al ser octavo en los 800 metros y logró una medalla de bronce en los 1.500 metros.

Lo que el magnífico Abel Antón nunca consiguió fue logrado por Tito Margaride.

Una medalla olímpica.

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Paavo Nurmi

Ya pasaba con holgura los 60 años cuando Paavo Nurmi accedió a que le hiciesen una entrevista. Era harto extraño. Taciturno, arisco, serio, pesimista y sin amigos conocidos, Nurmi huía de los focos como de la peste. Una vez llegó a declarar que “la fama y la reputación son menos valiosos que un arándano podrido”. Así que conseguir una entrevista con el atleta más laureado de los Juegos Olímpicos, el hombre al que en 1996 la revista ‘Time’ nombrará el mejor olimpista del siglo XX, era una bomba mediática. Tras un repaso a su exitosa carrera, Nurmi declaró: “Cuanto mayor sea el nivel de vida de un país, peores serán los resultados en los eventos que piden trabajo y problemas. Me gustaría advertir a esta generación, a los países con mayor bienestar, que no dejen que esta vida cómoda los haga perezosos. No dejen que los nuevos medios de transporte maten sus instintos de ejercicio físico”.

La premonitoria entrevista data de tan temprana fecha como 1962. Paavo Nurmi había nacido en 1897 en Raunistula, una aldea costera del suroeste de Finlandia y hoy un barrio de la ciudad de Turku. Nurmi formaba parte de un mundo que en Occidente ya no existe. El mundo de la agricultura de subsistencia. La única alternativa al trabajo duro y mal recompensado estaba en los sueños que hace aflorar el deporte. En la Finlandia de inicios del siglo XX había que arrancar el sustento gracias a los muslos de un caballo para mantenerse vivo a base de sopas de cebolla y pescado seco a lo largo del duro y frío invierno. Como tantas otras familias, los Nurmi se trasladaron a la ciudad para malvivir en un diminuto apartamento con cinco hijos mientras compartían la cocina con otra familia.

Al igual que sus hermanos, Paavo hubo de abandonar la escuela para ponerse a trabajar tras la temprana muerte de su padre. Era un niño de piernas largas y unos ojos enormes. Era un crío famélico, delgado como el palo de una fregona y con la mirada del hambre siempre presente en su rostro. Nurmi se convirtió en repartidor y empujaba carretas por las empinadas cuestas de Turku a la vez que fortalecía sus piernas.

Por entonces los atletas escandinavos eran los favoritos en las pruebas atléticas de los Juegos Olímpicos. El ídolo del momento era el finés Hannes Kolehmainen y Nurmi decidió que su forma de salir de aquella vida era convirtiéndose en el nuevo Kolehmainen. Comenzó a realizar una serie de entrenamientos espartanos. Añadía pesos a sus botas para dificultar la zancada o se agarraba al parachoques trasero de los trenes obligándose a correr a su mismo ritmo. Su estoicidad llegó al extremo de desfilar con una mochila llena de piedras a la espalda por voluntad propia mientras ejercía el servicio militar.

Así pues, no era de extrañar que en los Juegos Olímpicos de Amberes 1920, Paavo Nurmi se alzase con tres medallas de oro (10.000 metros, cross campo a través -8.000 metros- y fondo por equipos) y una medalla de plata en los 5.000 metros). Un éxito sin paliativos que, a mayores de gloria y notoriedad, le permitió dotar de luz eléctrica la casa de sus padres y, esencialmente, obtener una beca del gobierno finés para poder estudiar.

Y así Paavo Nurmi debería estar feliz. Pero no lo estaba. Era incapaz de asimilar la derrota en los 5.000 metros. Si ya era un obseso del entrenamiento, ahora se iba a convertir en un exaltado.

A casi 100 años Paavo Nurmi sigue siendo el rey del atletismo de fondo |  Deportes Más Deportes | TUDN Univision
El rey de la media distancia

Si ya de por sí era callado, de un día para otro se convirtió en antipático. Nunca sonreía ni admitía entrevistas. Su metodismo creció hasta límites insospechados. Hasta entonces los atletas corrían a todo gas desde el pistoletazo de salida intentando aguantar su potencial hasta la llegada. Nurmi compró un cronómetro y desde entonces lo convirtió en un anexo de sus dedos. A partir de ese instante competiría siempre con un reloj en la mano, en una época donde no existía el paso por vuelta ni los tiempos por kilómetro. Empezó a entrenarse por intervalos utilizando para ello los postes telefónicos que encontraba en los caminos, combinando intensidad larga y series explosivas.

Todo lo hizo con una reserva desorbitada. Convirtió esa zancada harmoniosa y regular en el arquetipo del corredor de medio fondo que desde entonces ha llegado a nuestros días. Pero corría siempre solo y, en caso de que alguien fuera lo suficientemente atrevido para acompañarle, aumentaba su ritmo y rápidamente lo agotaba. Sus propios compañeros de la selección finesa admitieron que tenían poco más que espiarlo para aprender algo de él. “Nunca fue real ni para sus compañeros. Era enigmático, un fantasma, como un dios en una nube”, escribirían de él.

Así llegó a París para los Juegos Olímpicos de 1924 como el gran favorito y dispuesto a reventar todos los récords existentes. Y vaya si lo hizo. Fue un suceso sobrehumano. Obtuvo cinco medallas de oro olímpicas (fondo por equipos, 1.500 metros, 3.000 metros, 5.000 metros y cross campo a través -8.000 metros-) en seis días. Pero más allá de las preseas, lo que lo convirtió en un mito es cuando logró el doblete en 1.500 y 5.000 en poco menos de una hora.

Aquella semana de julio fue una de las más calurosas de la historia parisina con máximas que rondaron los 40 grados. Bajo ese sol acuciante Paavo Nurmi venció en la prueba de los 1.500 metros marcando un nuevo récord olímpico. Apenas una hora más tarde, exactamente 55 minutos después, tenía lugar la final de los 5.000 metros cuando el termómetro se acercaba peligrosamente a los 43 grados. Los rivales de Nurmi asumieron que estaría exhausto y corrieron a ritmo de récord del mundo desde el inicio para acabar con el finés. Viendo que sus rivales se distanciaban, Nurmi tiró su cronómetro al suelo, se dejó de pamplinas y protagonizó una remontada que lo llevaría a ganar el oro sumando un nuevo récord olímpico. «Todo reside en la mente. Los músculos no son más que piezas de un engranaje. Todo lo que soy, es gracias a mi cabeza», declaró poco antes de la ceremonia del pódium.

Pero es que al día siguiente el termómetro en París se fue hasta los 45 grados, que en una metrópolis y con alta humedad daba una sensación térmica cerca de diez grados a mayores. Era la jornada en la que tendría lugar la prueba de campo a través. De los 38 participantes tan sólo 15 consiguieron finalizar la prueba. Las crónicas dicen que hubo un atleta que, aunque logró terminar, cayó al suelo desmayado. La cantidad de colapsos que hubo entre espectadores y atletas hizo que el COI suspendiese por perpetuidad la prueba de campo a través del programa olímpico. Jamás se ha vuelto a disputar. Pero Paavo Nurmi ni se inmutó. Logró la victoria con una ventaja de más de un minuto sobre el segundo clasificado. Lejos del cansancio, clamaría más tarde que la eliminación de la disciplina era una injusticia inclasificable.

Paavo Nurmi, el atleta finlandés de oro - Michan en Finlandia
Campo a través

Pero ni así Nurmi quedó saciado. Quería uno más. Su intención era correr los 10.000 metros, pero ni el COI ni la delegación finesa estaban dispuestos a que la vaca sagrada del atletismo acabase enferma, por lo que se le prohibió competir. Furioso, Nurmi saltó a la pista del estadio olímpico de Colombes cuando ya era noche para correr en solitario los 10.000 metros. Según atestiguaron los pocos privilegiados que presenciaron el momento, Nurmi lo hizo en seis segundos menos que su compatriota Ville Ritola, quien horas antes se había proclamado campeón olímpico de la distancia.

Aquella exhibición, y su pasión por el cronómetro y el entrenamiento especializado y quirúrgico, lo convirtieron en un Frankenstein. En una época donde las máquinas se evangelizaron como el símbolo de la modernidad, Nurmi se convirtió en el fiel reflejo de la unión de máquina y ser humano.

Nurmi pasó a ser un icono y el mejor embajador posible de su país. Se embarcó en una gira internacional que le llevó a participar en diversas pruebas en Estados Unidos e incluso a trabar una buena amistad con el presidente Herbert Hoover. “Su célebre zancada era inconfundible para los espectadores. Cuando apareció, las oleadas de gritos aumentaron de un rugido a un trueno”, dirían sobre él en ‘Sports Illustrated’. Cuando una década más tarde Paavo Nurmi se convierta en la estrella de la delegación finesa que acometerá una gira por Estados Unidos buscando financiación para ganar la guerra contra la Unión Soviética, esa amistad se tornará en fundamental.

Antes, ya como celebridad, pero lejos de sus mejores años y plagado de lesiones musculares, Nurmi acude a los JJ.00 de Ámsterdam de 1928. Allí conquista otra medalla de oro en los 10.000 metros y un par de preseas de plata (5.000 y 3.000 metros). Su récord de nueve medallas de oro olímpicas tan sólo ha sido igualado por la gimnasta Larisa Latynina, el nadador Mark Spitz y el atleta Carl Lewis. Y hubo que esperar a 2008 para que el nadador Michael Phelps lo superase.

Pero a Nurmi aún le faltaba un reto que completar. Camino de los 35 años se propuso ganar el maratón en los Juegos Olímpicos de 1932. Sin embargo, una información periodística destapó que durante su gira por Estados Unidos había percibido beneficios económicos. Por entonces los atletas debían ser amateurs, y aunque se podía hacer la vista gorda si ejercían otros trabajos, lo que nunca era aceptado es que cobrasen por el hecho de su práctica deportiva. Medio mundo pidió clemencia para Nurmi, pero el COI no dio su brazo a torcer. No habría traca final. Paavo Nurmi decidió retirarse y cambiar las zapatillas por el traje y la corbata para convertirse en un promotor inmobiliario.

Su velocidad le hizo poseedor del apodo de ‘Finlandés volador’, pero su esquiva personalidad también le granjeó el seudónimo de ‘Finlandés fantasma’ y ‘El gran silencioso’. Sus métodos de entrenamiento y su estilo de zancada regular influenciaron a generaciones posteriores, como al checo Emil Zatopek, rey del medio fondo en la década de los 50 y que desde niño quiso emular a Nurmi coleccionando artículos e imitando el sistema de entrenamiento de su ídolo. Siete décadas más tarde el marroquí Hicham El Guerrouj proclamaría que se volvió atleta para repetir los logros del gran hombre del que su abuelo le hablaba. Fue El Guerrouj el hombre que igualó la hazaña del finés al vencer en 2004 en la prueba de 1.500 y 5.000 metros en los mismos Juegos Olímpicos. Desconozco si más impresionante fue igualar el récord o que desde el lejano Marruecos un niño que luego sería abuelo tuviese como referencia a un finés del que poco a nada sabría a comienzos del siglo XX.

Cuando en 1952 los Juegos Olímpicos tuvieron lugar en Helsinki el COI le exoneró de toda culpa por aquellos cobros en Estados Unidos. Por supuesto, Paavo Nurmi fue el elegido para entrar en el estadio olímpico con la antorcha. Era la primera vez en muchos años que aquel hombre taciturno volvía a estar en boca de todos. Cuando el héroe apareció en la pista, con menos pelo, más arrugas, pero con idéntica zancada y una forma física envidiable para un hombre de 55 años, los allí presentes entonaron un rugido atronador y una retahíla de pasos acompañó a aquella zancada legendaria.

Archivo:Paavo Nurmi sytyttää olympiatulen 1952.jpg - Wikipedia, la  enciclopedia libre
Nurmi en Helsinki 52

Falleció en 1973, a los 76 años, y fue despedido con un funeral de Estado. Hoy su figura, plasmada en una estatua, custodia el Estadio Olímpico de Helsinki. La estampa muestra a Paavo Nurmi exprimiendo su zancada. La zancada que convirtió en leyenda al ‘Finlandés volador’.

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Nueve años, nueves meses y nueve días

Edwin era un portento deportivo de tal magnitud que no era de extrañar que le ofrecieran una beca deportiva para cursar sus estudios universitarios. Más raro fue su elección. Edwin decidió hacer un doble grado en física e ingeniería en la Universidad de Atlanta. Que un chico que aspira a ser atleta profesional decida cursar dos carreras al mismo tiempo era y es inaudito. Pero Edwin lo hará. Y lo hará con éxito.

Y es que la vida de Edwin Moses es física e ingeniería. Elasticidad + vallas. Su fórmula del éxito.

Edwin Moses había destacado desde pequeño en las pruebas cortas de velocidad, pero a los 20 años decidió cambiar de distancia y apostar por los 400 metros vallas. Pocos contaban con que lograra clasificarse para la citada distancia en los trials estadounidenses de 1976, pero lo consiguió logrando el mejor registro. Mayor fue la sorpresa cuando obtenga la medalla de oro ese verano en los Juegos Olímpicos de Montreal logrando una marca de 47’’64 que significaba un nuevo récord del mundo.

Era el verano de 1976. Edwin Moses había vapuleado a sus rivales. Su compatriota Mike Shine entró más de un segundo después para lograr la medalla de plata. A más de dos segundos logró el bronce el soviético Gavrilenko. Eran diferencias descomunales para tan transitoria distancia.

Aquella victoria convirtió a Moses en una estrella mundial. Fue la única medalla de oro que logró el atletismo estadounidense en dichos Juegos Olímpicos. Moses fue la luz en la época más oscura de la historia yanki. Los 70 son la década del desastre en Vietnam y del principio del fin del ideal de perfección del ‘American way of life’. Necesitado de héroes, Moses es uno radiante. Es joven, negro, estudiado y educado. La perfección hecha carne.

Empezó entonces una de las tiranías más longevas que ha parido el deporte. Pronto Moses batirá su propio récord del mundo haciéndolo en hasta cuatro veces para dejar el registro definitorio en 47’’02. Sería en 1983 y, aún hoy, cerca de cuarenta años más tarde, sigue siendo la sexta mejor marca de todos los tiempos.

Por el camino logró 122 victorias consecutivas en los 400 metros vallas, incluida lo lograda en el primer Mundial de atletismo de la historia celebrado en 1983. Desde que el 26 de agosto de 1977 perdió en Berlín ante el alemán Harald Schimdt ganó todo lo que se puede ganar salvo la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1980, donde no pudo participar debido al boicot estadounidense a Moscú con motivo de la invasión soviética de Afganistán.

Como acabo de comentar, por entonces no existía ni el Mundial de atletismo ni la Golden League y los atletas hacían carrera y dinero compitiendo en mítines. Uno de los más respetados de Europa era el que se celebraba en Madrid, concretamente en las instalaciones deportivas del barrio de Vallehermoso, limítrofe con el grueso de las facultades de la Universidad Complutense de Madrid.

La primera reunión atlética de Vallehermoso tuvo lugar en 1961, pero habría que esperar ocho años más para contar con presencia internacional al instalar la primera pista de material sintético (tartán) de España. Durante las décadas de 1970 y 1980 Vallehermoso se llenaba ‘sine die’ para ver a las estrellas nacionales e internacionales del momento. Celebres fueron los duelos en 1.500 entre José Luis González y José Manuel Abascal, las visitas de Linford Christie, Said Aouita, Sebastian Coe o Javier Sotomayor o los récords mundiales de Carl Lewis o Yelena Isinbayeva.

Pero si hay una carrera que está a conciencia en la memoria de Vallehermoso es la acontecida el 4 de junio de 1987. Aquella tarde a Carl Lewis se le había ocurrido correr los 200 metros en 19’’92, por entonces la mejor marca mundial conseguida en tierras europeas. Pocos pensaban que tan soberbio acontecimiento iba a quedar en el olvido por lo ocurrido en los 400 metros vallas.

Edwin Moses había aterrizado en Barajas apenas 48 horas antes del evento. Faltaban únicamente dos meses para el Mundial que tendría lugar en Roma. Concedió varias entrevistas a los medios, tanto de información general como a los deportivos, avidos de noticias ante la ausencia veraniega del fútbol. De entre los muchos titulares destacó uno perpetrado por ‘El País’ que rezaba un categórico “jamás me he planteado la posibilidad de que nadie me gane” en boca de Moses.

El outsider era Danny Harris. Estadounidense también, pero diez años más joven que Moses, había acabado detrás de él en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, posición que repetía si se encontraban en los mítines. Solía pedir más dinero si sabía que al evento acudiría Moses, asegurando que iba a vencerlo. Lo cierto es que era un interesante doble juego. Por un lado, si Harris no acudía al mitin de turno no habría posibilidad alguna de que Moses cayese derrotado. Por otro Harris sabía que iba a perder, así que se salvaguardaba de la enésima humillación incrementando sus ganancias.

La realidad es que Harris, ofendido, pocas veces aceptaba acudir. En Madrid iba a percibir 250.000 pesetas (1.500 euros) por los algo más de dos millones (12.000 euros) que percibiría Moses. Pero lo cierto es que, si bien Moses era el rey Sol, llevaba tres años sin mejorar su marca, mientras que el aspirante iba año a año limando las distancias.

Moses salió dos calles por delante de Harris. Al partir desde el anillo exterior no podía ver la progresión de su rival, por lo que en la teoría salía con desventaja. Las 12.000 almas que llenaban Vallehermoso comenzaron a palidecer cuando a mitad de carrera, en torno a la segunda curra, Harris había ganado la compensación al rey Sol. Moses tiró de arrestos para volver a recuperar la cabeza en la siguiente curva, por lo que a la falta de la recta final había un empate virtual entre los dos contendientes. Sería en la última valla cuando Moses, tantas veces un prodigio de la técnica, perdió unas centésimas al tropezar con el último obstáculo. Harris vio el cielo abierto y estableció su marca personal (47’’56) obteniendo la victoria con trece centésimas de ventaja sobre Moses.

Exultante, Harris declaraba a la televisión que era el día más feliz de su vida. Mas nadie le hacía caso. Con el rostro desencajado y los ojos luchando por no escupir lágrimas, Moses daba una vuelta de honor a la pista de Vallehermoso mientras el público coreaba su nombre.

Madrid lloraba por una derrota. Era el 4 de junio de 1987. Hacía nueve años, nueve meses y nueve días que Edwin Moses no perdía una carrera. 122 veces consecutivas que firmaban su fin.

Edwin Moses pierde 9 años después - MARCA.com
No había fútbol

Al final a Harris le pagaron el doble de lo acordado por haber logrado la victoria. Semanas más tarde lograría derrotar de nuevo a Moses en Paris, donde la lluvia que horas antes había caído en el tartán hace que Edwin tropiece con una valla y se vaya al suelo. Todo hace indicar que en el Mundial de Roma se oficiará el entierro de Moses, pero éste sacará el genio que lleva dentro y vencerá agonísticamente a Harris con dos centésimas de ventaja.

A partir de ahí todo estallará por los aires. Danny Harris se lesionará y no podrá acudir a los Juegos Olímpicos de Seúl de 1988 donde era el gran favorito. Entrará en depresión y acabará siendo un adicto a la cocaína. Mientras, Edwin Moses si estará en Seúl en la búsqueda de su tercera medalla de oro. Se tendrá que conformar con un bronce e inmediatamente anunciará su retirada con 33 años de edad.

Ya licenciado, Edwin comenzó a trabajar en ‘General Dynamics’ pero no pasa mucho tiempo hasta que decide volver a dedicarse al deporte. Le da por practicar bobsleigh y en apenas un par de años su talento le otorga una medalla de bronce mundialista. Y aún hay más. En 2003, con 48 años, anuncia su vuelta a los 400 metros vallas con el objetivo de disputar los Juegos Olímpicos de Atenas. No lo logrará, pero el simple hecho de haberlo intentado pondrá en solfa al mundo del atletismo ante el temor a otra tiranía de nueve años, nueve meses y nueve días.

Qué fue de Edwin Moses? - AS USA
Edwin Moses

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Tokio 2020. Balance

En Rusia se prohíbe enseñar un idioma extranjero en los colegios públicos ante el escándalo de una Unión Europea que permite que varios de sus miembros legislen con tintes homófobos. El Reino Unido celebra el brexit y proclama como día de la libertad el fin de las restricciones por Covid mientras baten récord veraniego de infectados. En España lo que se baten son récords de precariedad laboral, descrédito económico y pesimismo generalizado y aun así la calle solo arde para amparar la libertad de un rapero de pésimo gusto.

En Lyon se realiza el primer trasplante de hombros y brazos al mismo tiempo que un cacharro con cuatro ruedas se da un paseo por Marte. En Cuba siguen instalados en 1959 y siguen imaginando, como imaginó John Lennon hace ahora medio siglo. En Canadá mueren más de 700 personas por una ola de calor que supera los 50 grados mientras que en Alemania más de 200 fallecen por culpa de unas riadas en pleno mes de julio.

Media América celebra el bicentenario del fin del dominio español cuestionando la democracia, mientras la democracia más antigua del planeta echa democráticamente a un loco del sillón presidencial que alentó el asalto del Capitolio de Estados Unidos por un grupo de tarados.

Joe Biden, un anciano de 78 años, es elegido el hombre más poderoso del mundo. Putin tiene 69, Xi Jiping 68 y el desconocido presidente de India 76 primaveras. En Europa cuanto más joven e inexperto, mucho mejor. El drama de la belleza efímera ataca a Miss Universo por pasarse con los retoques virtuales. Virtuales son los youtubers, los blogueros, los instagramers y los bitcoins, que llegaron a cotizarse a 50.000 dólares al mismo tiempo que una empresa centenaria como Hertz se iba al carajo incapaz de menear sus más de 200.000 coches por culpa de la pandemia.

Fallece Larry King y Albert Roux, el hombre que convirtió el comer en un placer. Placenteras eran las caderas de Raffaella Carra que durante años demostró que para menearse había que viajar al sur. Mucho más lejos viajó Michael Collins, el desafortunado al que le tocó hacer de conductor mientras sus compañeros borrachos se pegaban un fiestón gravitando por la Luna. También falleció Felipe de Edimburgo. Lástima. Pero ese no era el que tenía que marcharse al otro mundo. El príncipe Carlos ya suma 69 años esperando para ser coronado Rey de Inglaterra.

Fueron los Juegos de la XXXII Olimpiada. Se iban celebrar en 2020 pero al final se pospusieron a 2021 coincidiendo con el 150 aniversario de los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna celebrados en Atenas. Fueron los Juegos del silencio. Japón quería erradicar, no mitigar el coronavirus. Pudieron ser los Juegos de la quiebra financiera. El gobierno nipón admitió que de cancelarlos no tendría forma de devolver el dinero ingresado por los derechos televisivos. Sin alcohol en los bares solo la borrachera de oros japonesa hizo fluir tickets de metro gratuitos para que la fiesta de la villa olímpica se trasladase a la noche de Tokio.

Quisieron ser los Juegos de la igualdad, desde Suecia a Arabia Saudí a pesar de que Brunei no pudiese llevar a una abanderada porque solo contaba con machos en su delegación. Hubo luces, drones y fuegos artificiales para disfrute del consumidor televisivo mientras los atletas saludan al vacío.

Fueron los Juegos de deportes sospechosos de considerarse como tales caso de la escalada (en rocódromo), el baloncesto (3×3) o el skate, gobernado por niños que gritan y ríen a ritmo de Foo Fighters o Pennywise cuando no tienen edad para estrenar las camas antisexo de la villa olímpica. Lo curioso es que para aquellos que consideran sospechoso el skate no lo es que un señor de 62 años gane una medalla de oro por subirse a lomos de un caballo.

Y es que el mundo está en continuo cambio. En Alemania se manifiestan contra el sacrificio de un caballo olímpico tras los servicios prestados. Gavin Hubbard, antes Laurel, se convierte en el primer transexual de los JJ.OO. La namibia Christine Mboma compite como mujer ante la duda de sus tasas de testosterona. El equipo germano de gimnasia estrena una equipación asexual para su concurso cuando las adolescentes de medio mundo se pasan el día en leggins y leotardos. Una lanzadora de peso estadounidense obtiene la plata, pero gana la medalla de platino por su peinado, sus mascarillas y sus declaraciones a favor del movimiento LGTBI. Una japonesa de tez oscura enciende el pebetero olímpico.

Tokyo 2020: Naomi Osaka fue la encargada de encender el pebetero olímpico -  Los Pleyers
Empieza la fiesta

‘The New York Times’ y la ‘NBC’ cambian el orden tradicional del medallero para que Estados Unidos supere a China y vuelven al original en la última jornada cuando los americanos dan el ‘sorpasso’ gracias a un último oro. Las parejas chinas de dobles mixtos de tenis de mesa y la masculina de bádminton tienen que pedir perdón públicamente por perder el oro ante los odiados taiwaneses y japoneses respectivamente. La orgía de oros de Japón hace dudar de la importancia del público para el anfitrión. Australia domina en la piscina, Italia es un cohete y Kosovo gana el doble de medallas de oro que la India con 1.000 veces menos habitantes. Rusia se convierte en el Comité Olímpico Ruso y cambia su himno por el concierto para piano número uno de Tchaikowsky.

Un atleta iraní gana la medalla de oro en tiro y Estados Unidos pide que se la retiren por estar en su lista de terroristas más buscados. Aditi Ashok gana la medalla de chocolate en golf tras cambiar a su padre por su madre buscando un caddie que no le gritase tanto. García Bragado compite en sus octavos JJ.OO en la misma prueba donde un español se pasa 49 kilómetros y 850 metros saboreando la plata para en los últimos 150 metros acabar fuera del podio. Se considera una oda al olimpismo que un italiano y un qatarí compartan medalla de oro en salto de altura y nadie se pregunta porque no compartieron la de plata.

Ninguno de los fondistas, velocistas o saltadores de Estados Unidos gana la medalla de oro en Tokio. Desaparecida Rusia, el atletismo ha recuperado a Europa para la causa tras décadas abandonado por la audiencia ante la ausencia de repercusión de sus atletas. Más de la mitad de los finalistas del 1.500 son europeos por vez primera desde tiempos inmemorables, y aunque muchos son hijos de africanos, parece que la Europa multiétnica le ha vuelto a coger el gusto al correr.

Italoestadounidense es Marcell Jacobs, el italiano que se convirtió en el primer europeo campeón de los 100 metros desde Barcelona 92. De origen etíope es Sifan Hassan la neerlandesa que logró doblete en 5.000 y 10.000 metros. Rubios y arios son Ingebrigtsen y Warholm, este último bajando de 46 segundos en los 400 vallas cuando reducir los 47 se consideraba ciencia ficción. De otro planeta también es el récord de Yulimar Rojas en longitud. Allyson Félix sumó 11 medallas en cinco Juegos superando la decena del Hijo del Viento.

La preparación y las suelas de fibra de carbono con tecnología Mercedes han ayudado a obtener buenas marcas y a batir unos cuantos récords con la proporción adecuada para que su excepcionalidad siga siendo su gran valor. No sucedía así con la piscina, donde en la época del poliuterano las marcas eran una fiesta y ha habido que esperar a Tokio para batir aquellos tiempos mentirosos.

Caeleb Dressel sucedió a Phelps con cinco oros en la piscina, pero su falta de magnetismo le impidió ser el rey de los Juegos. La reina abdicó por culpa de unos demonios que entraron en su cabeza y aunque Elaine Thompson, Sifan Hassan o Katie Ledecky reclamaron su trono atufan a republicanismo.

Jamaica sigue humillando a Estados Unidos en la velocidad y Kenia y Etiopía deben ponerse las pilas sino quieren perder la hegemonía del fondo en África. Un tifón aplaza la competición de vela para alegría de los surferos. El calor, la humedad y las cigarras hacen que una tenista tenga que volver a la villa olímpica en silla de ruedas. Djokovic lo hace en taxi tras dejar en la estacada a su compañera de dobles mixtos. Pau Gasol se va de sus últimos Juegos sin medalla en la enésima fiesta del baloncesto NBA.

Fueron los Juegos de las babas, de los test diarios de saliva. Los Juegos de las camas de poliéster 100 x 100% recicladas. De los platos de cartón y los vasos de papel reciclados. De los podios hechos con impresoras 3D fabricados con desechos plásticos. Fueron los Juegos de los coches eléctricos y de las medallas hechas con desechos de teléfonos móviles inservibles.

Fueron, en definitiva, los mejores Juegos de la historia. Los de 2020 celebrados en 2021. Hasta que dentro de tres años, en Paris, volvamos a tener los mejores Juegos de la historia.

Las mejores imágenes de la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos -  Infobae
Arigato

Otros balances y reflexiones grandilocuentes:

Desglosando al mejor futbolista de la historia (Di Stefáno, Pelé, Cruyff, Maradona o Messi)

Escogiendo al mejor ciclista de la historia (De Coppi a Froome con permiso de Merckx)

Escollendo ao mellor deportista de Galicia (os 10 mellores da nosa terra)

Rusia 2018. Balance (una reflexión sobre el último Mundial de fútbol)

Tottenham vs Liverpool (final inglesa de la Copa de Europa 2019)

PSG vs Bayern (nuevos ricos contra ricos de toda la vida en una final en año de pandemia)

Los nuevos yuppies (Chelsea vs Manchester City en la final de la Copa de Europa de 2021)




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El rey de la milla

El año anterior, con apenas 22 años, ya se había proclamado campeón del mundo con tremenda autoridad tras superar a Fermín Cacho y a Reyes Estévez en la famosa carrera que en España pasaría a la posteridad como la de la ‘Leña al moro’. Pero cuando en el verano de 1998 Hicham El Guerrouj deje el récord mundial de 1.500 metros en unos perfectos 3’26’’00’’ se consagrará como el rey de la media distancia.

Ya en 1996 Hicham El Guerrouj había marcado la mejor marca mundial del año. Cumpliría con la tradición durante ocho años consecutivos bajando siempre de los tres minutos y veintinueve segundos salvo en el primero de esos años. Para hacerse una composición de lugar, solo trece atletas en la historia han logrado bajar en alguna ocasión de 3’29’00’’ mientras El Guerrouj lo hizo año tras año durante ocho temporadas.

El Guerrouj dominó con mano de hierro el medio fondo logrando cuatro títulos mundiales de 1.500 metros consecutivos (1997, 1999, 2001 y 2003) y sumando otros dos entorchados mundiales en pista cubierta (1997 y 2001). Ganó todas las grandes competiciones en las que participó incluyendo un increíble récord de imbatibilidad en 1997, 1998, 1999, 2000, 2001, 2002 y 2003 donde no perdió ninguna prueba de 1.500 por muy grande o pequeña que fuese.

Bueno, he mentido. Para ser más exactos entre 1997 y 2003 Hicham El Guerrouj sólo obtuvo una derrota en los 1.500 metros. Fue en la final de los Juegos Olímpicos.

Los malditos Juegos Olímpicos.

La victoria de El Guerrouj en los JJ.OO de Sídney 2000 se pagaba 1,1 a 1. Si había una medalla dorada que estaba predestinada era la del marroquí. Fue una carrera rápida. El Guerrouj fue siempre por delante, pero en los últimos 200 metros un sprint de Noah Ngeny le dio al keniata el oro con 3’32″07″, nuevo récord olímpico. Hicham fue plata por escasas centésimas, el segundo puesto más doloroso de siempre. La mayor sorpresa de la historia moderna del atletismo olímpico.

Ngeny outpaces stunned El Guerrouj - Olympic News
Segundo

Otros cuatro años de espera. Y no era la primera vez.

Casi un lustro antes, en Atlanta, al otro lado del globo, El Guerrouj aún no era favorito al oro pero entraba en todas las quinielas para subir al pódium. Se presumía un mano a mano entre Morceli y Fermín Cacho, con El Guerrouj como ‘outsider’. En la última vuelta estaba bien colocado, pero tropezó. Quedo último. No pasaba nada. Era joven. Tenía todo el futuro por delante.

Pero el futuro se desvaneció en Sídney.

Atenas 2004 era su última oportunidad. Por vez primera no era favorito. El keniata Bernard Lagat, que en Sídney había sido bronce, aparecía como su sucesor y lideraba el ranking mundial del año. Sabedor de que la derrota era una posibilidad, El Guerrouj decidió doblar y competir en 1.500 y 5.000 metros buscando asegurar la chapa. Había probado la fórmula en el Mundial de año anterior, logrando el oro en su prueba fetiche y la plata en los 5 kilómetros. Se contaba con que tocaría metal en las dos pruebas, pero tras un par de alarmantes derrotas a principio de temporada y problemas musculares recurrentes a semanas de cumplir los 30 años, no parecía el mejor momento para El Guerrouj.

Entre semifinales y finales, El Guerrouj debía hacer cinco carreras en menos de una semana. Era un esfuerzo titánico. Desde Paavo Nurmi en 1924 nadie había logrado el doblete olímpico en 1.500 y 5.000 metros. El Guerrouj precisaba ayuda divina.

La primera prueba en el calendario fue la de 1.500. La carrera fue lenta. Al llegar a la última curva Hicham iba primero pero el pelotón de favoritos estaba con él. Recta de meta. Bernard Lagat se abre y ataca por la calle exterior. Parece que Alá tampoco acudirá al socorro de El Guerrouj en estos Juegos. Lagat avanza. Se iguala a Hicham. Cuatro piernas al unísono. Meta….Al fin. Por milésimas. Pero las 18’’ de su 3’34” le dan el oro a El Guerrouj. Marruecos estalla de alegría.

Con el deber cumplido, El Guerrouj llega relajado a la final de los 5.000 metros. A diferencia del 1.500, en esta ocasión le interesa una carrera lenta, ya que está muy lejos de las marcas del recordman y gran favorito Kenenisa Bekele. El etíope también aspira al doblete; en su caso en 5.000 y 10.000. El Guerrouj quiere emular a Nurmi. Bekele quiere ser el nuevo Zatopek.

La carrera huele a leyenda.

La prueba es lentísima, sin más relato que el de la tensión comprimida en tan pequeño espacio de tiempo. Se llega así a la última vuelta. Bekele fuerza el ritmo. Detrás, Kipchoge -que será bronce y con el tiempo el hombre récord del maratón- y El Guerrouj. Son unos últimos 400 terroríficos. Llega la curva. Ahora Hicham intenta demostrar que procede de una distancia más corta. Esprinta. 100 metros. En ese momento Bekele vuelve a forzar. Parece que va a ganar. 50 metros. Es entonces cuando la ‘baraka’ decide aparecer por Atenas y darle a El Guerrouj lo que durante ocho años se le fue negado. Con un golpe de cadera monstruoso se produce el milagro. El Guerrouj vuelve al primer puesto. Victoria. Campeón. Doble campeón.

80 años después de que lo lograse Paavo Nurmi un atleta vuelve a vitorear en los 1.500 y en los 5.000 metros olímpicos. Y tuvo que ser en Atenas, donde le corresponde a un miembro del Olimpo.

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Black Power: Anatomía de una fotografía

Antes de hablar de Tommie Smith y da la fotografía deportiva más icónica en la historia de los Juegos Olímpicos, hay que retroceder a 1865. Ese año la esclavitud es abolida en Estados Unidos tras una cruenta guerra civil. Podría parecer que una vez cerrada la caja de pandora llegaba la igualdad. Pues no. Justo ese mismo año los supremacistas blancos del sureste del país fundaban el Ku Klux Klan, una organización que intentaba, con frecuencia de forma violenta, mantener la subyugación de los negros. El poder blanco y los continuos enfrentamientos entre unos y otros hicieron que en 1876 se promulgasen las leyes de Jim Crow, que propugnaban la segregación racial en todas las instituciones públicas y daban pábulo legal el derecho de admisión en las privadas.

Había nacido el iguales sí, pero siempre separados.

Por supuesto esto se aplicaba a los deportes, con ligas de blancos en el beisbol (MLB), el fútbol americano (NFL), el hockey (NHL) o el baloncesto (NBA) y sus sucedáneas para gente de color. No sería hasta 1947 cuando un negro haga historia, no solo por ser el primero, sino por convertirse en un actor fundamental de una de las grandes ligas. Jackie Robinson, primera base de los Brooklyn Dodgers, fue el primer afroamericano en participar en la MLB y apenas dos años después de su debut fue elegido el mejor jugador de la competición (MVP).

Pero el deporte siempre ha ido un paso por delante de la realidad social. Robinson era un islote en un océano adverso. Poco o nada había cambiado desde la aprobación de las leyes de Jim Crown. Aun a finales de los 40 un ciudadano blanco del sur de Estados Unidos podía asesinar a sangre fría a un afroamericano sabiendo que si alegaba defensa propia jamás sería acusado.

Todo cambiaría cuando en 1955 Rosa Parks tomase un autobús para regresar a su casa tras una larga jornada laboral. Se sentó en la parte del medio del vehículo. La de delante era para los blancos, la de detrás para los negros, y en la del medio se podía sentar un negro siempre y cuando no hubiese un blanco que lo solicitase. Parks se acomodó y un chico blanco le pidió que se levantase para poder ocupar él el asiento. Parks, cansada, se negó a hacerlo, por lo que el chófer tuvo que llamar a la policía y Rosa Parks fue arrestada. Un joven pastor llamado Martin Luther King organizó una protesta en su apoyo y solicitó a la población negra que iniciasen un boicot a los autobuses públicos. Un año más tarde el estado de Alabama, de donde era Parks, abolió la ley de segregación entre blancos y negros en los autobuses.

Fue el inicio de una revolución. Comenzarían unos años de manifestaciones, disturbios y algún que otro fallecido, que concluirían felizmente en 1964 con la promulgación de la Ley de Derechos Civiles que prohibía la segregación y la discriminación racial. La ley establecía la desaparición de la discriminación en los centros públicos y privados, así como hizo ilegal la segregación de razas a la hora de contratar empleados. Eso decía la norma, pero sus efectos prácticos fueron lentos, y, aun bien entrado el siglo XXI, parecen lejos de acometerse por completo.

De ahí que cuando en abril de 1968 Martin Luther King sea asesinado por un supremacista blanco, parte del movimiento negro decida abandonar los postulados de igualdad de razas y de negociación pacífica (Luther King) y abrazar los de la lucha de clases y la superioridad negra (Malcolm X).

Ese es el Estados Unidos que le tocará vivir a Tommie Smith y a John Carlos.

Tommie Smith era uno de los once hermanos que crecieron en el seno de una familia algodonera del interior de Texas. Sus padres decidieron buscarse un futuro más halagüeño en la populosa California. De entre todos los hermanos, Tommie tenía unas piernas largas y fibrosas con las que consiguió una beca deportiva en atletismo para la Universidad Estatal de San José.

Eran tiempos de revueltas sociales, no sólo por los derechos de los negros, sino también por el de las mujeres, por el reconocimiento de las libertades sexuales o de la negación del patriotismo estatal. A finales de los 60, por vez primera en la historia de la humanidad, los jóvenes se revelan ante su destino y la madurez pasa de ser un valor a un demérito. Es en California donde esa contestación social, concretamente la de los negros, tiene mayor eco. Destaca sobremanera un profesor de sociología llamado Harry Edwards quien impulsó el Proyecto Olímpico para los Derechos Humanos (OPHR en sus siglas en inglés) en 1967.

El OPHR sostenía que a través de los deportistas negros de élite se podía concienciar a la humanidad acerca de la segregación racial de los Estados Unidos, del apartheid en Sudáfrica y sobre el racismo en cualquier deporte. El OPHR solicitaba a todos los atletas negros estadounidenses que no participasen en los Juegos Olímpicos de México de 1968 como protesta por las injusticias raciales. Para participar exigían que a Sudáfrica se le prohibiese participar en los JJ.OO, que Avery Brundage renunciara como presidente del COI (Brundage era un reconocido racista) y que a Muhammed Ali se le devolviese el título de campeón de los pesos pesados (se le había retirado al negarse a acudir a la Guerra de Vietnam).

El OPHR pasó a ser conocido coloquialmente como el movimiento del poder negro, el ‘Black Power’.

A la hora de la verdad pocas ‘vedettes’ optaron por renunciar a un sueño olímpico tras cuatro largos años de duro entrenamiento. La renuncia más pomposa fue la del baloncestista Lew Alcindor (más adelante Kareem Abdul-Jabbar). Otros como Tommie Smith y el también velocista John Carlos, optaron por una solución mucho más impactante.

Tommie Smith y John Carlos, ambos de raza negra, iban a competir en la final de los 200 metros lisos. Carlos era el favorito, ya que había sido el primer atleta en la historia en bajar de los 20 segundos en la prueba, pero el día de la carrera la victoria de Smith fue incontestable. Tras un cambio de ritmo brutal, Tommie Smith lograba la medalla de oro con un tiempo de 19’83’’ que era nuevo récord mundial. En segundo lugar quedaba el australiano Peter Norman y la medalla de bronce era para John Carlos. Pasarían once años hasta que el italiano Pietro Mennea rebaje el récord de Tommie Smith.

Mientras esperaban para subir al pódium para la entrega de medallas, John Carlos se acercó a Smith. Sigilosamente le entrega un guante mientras le susurra que el momento ha llegado. Aún habría algo más. En la solapa de la chaqueta del chándal de los Estados Unidos ambos atletas habían colocado una chapa del movimiento ‘Black Power’. Justo antes de ponérsela, John Carlos decidió ofrecer una insignia a Norman que aceptó a lucirla en su propia sudadera. No era esta una decisión sencilla, pues Norman, aunque blanco, representaba a un país que por entonces tenía silenciada a su población aborigen.

Los atletas salieron a la pista sin que todo esto fuera advertido por el ojo del común de los mortales y se subieron al pódium para escuchar el himno de los Estados Unidos. Cuando los acordes iniciales sonaron, Smith y Carlos bajaron sus cabezas, cerraron los párpados y ascendieron los brazos al cielo. Tommie Smith levantó el derecho y John Carlos el izquierdo, cerrando la mano y exhibiendo sus puños enfundados en un guante negro. Y no solo eso. Hoy ha quedado en el olvido, pero el impacto de los puños no tuvo entonces comparación con el de los pies. Y es que Smith y Carlos decidieron descalzarse y enseñar unos calcetines negros como símbolo de la pobreza de la población afroamericana.

Black Power. Peter Norman, el héroe olvidado de México 1968 ...
De izquierda a derecha. Norman, Smith y Carlos

La imagen, la fotografía que ha quedado para la posteridad, conserva muchos más detalles. Smith llevaba un pañuelo negro alrededor de su cuello que según dijo representaba el orgullo del ‘Black Power’. Carlos tenía la chaqueta de su chándal desabrochada como muestra de solidaridad con la clase obrera de Estados Unidos y acarreaba también un collar, según explicaría, en homenaje a las personas negras linchadas o asesinadas y para las que nadie nunca ha tenido una oración. Años más tarde también se sabría que John Carlos se había dejado su par de guantes en la villa olímpica y fue Norman quien les sugirió que compartiesen los de Smith y que cada cual llevase uno en cada mano.

Tommie Smith llegaría a confesar años más tarde que en ese momento esperaba que alguien le pegara un tiro en la cabeza. Y no era para menos. El violento silencio que conquistó el estadio es difícil de olvidar, pero aún más los abucheos cuando la música dejó de sonar. Eran otros tiempos. Brundage y los miembros del COI estallaron de indignación. Los tres atletas fueron expulsados de la villa olímpica y el COI decidió hacerles la vida imposible y acabar con sus carreras deportivas. Lejos de ser héroes, tanto el Gobierno de Estados Unidos como el de Australia decidieron ningunearlos y participaron del complot del COI para hacerlos pasto del olvido.

Aunque acabaron desterrados, hubo también defensores de Smith y de John Carlos, aunque sus voces quedaron apagadas. Si bien la carta olímpica prohibía y prohíbe los gestos políticos de todo tipo, muchos recordaron que el COI había permitido el saludo nazi durante los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936. Brundage, que en su día había visto con buenos ojos el nacionalsocialismo, se defendió argumentando que el saludo de los nazis era el saludo nacional alemán de entonces y que había sido aceptado por la Sociedad de Naciones. Sin embargo, el saludo de los atletas Tommie Smith y John Carlos no era oficial ni en Estados Unidos ni en ningún otro país, por lo que era absolutamente inaceptable.

Tommie Smith, medalla de oro y récord del mundo, se pasó los siguientes años de su vida subsistiendo en un lavado de coches. Quizás se preguntaba si hubiese sido más sensato renunciar a ir a los JJ.OO como había hecho Abdul-Jabbar y continuar con su carrera deportiva.  Su vida se había convertido en un infierno. Aquel gesto había dignificado a los negros, pero a él le había destrozado la vida. Durante décadas Tommie Smith fue solo una fotografía en el recuerdo. Llegaría hasta vender sus zapatillas y su medalla de oro para poder pagar el alquiler de su casa.

La vida de John Carlos no fue mucho más sencilla a pesar de que consiguió un trabajo como preparador físico en un instituto. También proscrito, a la tragedia del olvido y de la ausencia de oportunidades, hubo de añadir el suicidio de su mujer. Había sido ella la que había tenido la idea de los guantes y quien decidió comprarlos. Para Norman la vida no fue tan difícil. Fue repudiado como atleta, pero pudo llevar una vida cómoda en el ámbito civil. Sus desvelos por lo sucedido se convertirían en continuos problemas de depresión y adicción al alcohol.

No sería hasta inicios del siglo XXI cuando la memoria de Smith y Carlos fuese reparada. Sería en el entierro de Norman, ocurrido en Australia ya en 2006. Durante el sepelio aquellos dos atletas negros estadounidenses portaron el féretro mientras sonaba la banda sonora de ‘Chariots of fire’.

«Si gano, soy americano, no afroamericano. Pero si hago algo malo, entonces se dice que soy un negro. Somos negros y estamos orgullosos de serlo. La América negra entenderá lo que hicimos esta noche». Tommie Smith.

Peter Norman, Juan Carlos, Tommie Smith 1968 Fotografía de stock ...
Black Power
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Steve Prefontaine y el origen de las zapatillas Nike

El 30 de mayo de 1975 Steve Prefontaine acudió a una fiesta universitaria. El día anterior había competido en una carrera y, como en él era costumbre, la había resuelto con una victoria. Cuando llegó al festejo era el amo del cotarro. Repartió unos cuantos abrazos, saludó a algunos amigos, departió con unos cuantos desconocidos y coqueteó con alguna chica. Pero estaba cansado y decidió retirarse pronto. Subió a su coche con el objetivo de volver a casa. A la mañana siguiente tocaba entrenamiento. Aquel día había chispeado, y entre eso y el calor primaveral, la noche se presentaba húmeda. La niebla baja afectaba a un camino sombrío dominado por la vegetación. Se sucedieron un par de malas curvas y en una de ellas un coche se cruzó en su camino. Prefontaine dio un volantazo para evitarlo y acabó estrellándose contra un abeto. Un par de días después se celebró en Hayward Field, el estadio de la Universidad de Oregón, su funeral. Bill Bowerman leyó un conmovedor panegírico alabando al chico que nunca se rendía, instantes antes de que el coche fúnebre diese la vuelta al estadio a la velocidad a la que Prefontaine solía acabar sus carreras. El público caminó esos últimos 400 metros en un profundo silencio.

Fue la única vez que Steve Prefontaine corrió en ese estadio sin el rugido de sus aficionados.

Tenía 24 años.

En los años 70 Estados Unidos estaba sumido en una profunda depresión. A la revolución por los derechos civiles de la minoría negra y al levantamiento juvenil que había aflorado en la década anterior, se le añadía la confirmación del desastre estadounidense en la guerra de Vietnam. Estados Unidos cambió de la noche a la mañana. Y entre esa nueva forma de entender la vida estaba el correr por correr. En las grandes metrópolis los yupis empezaron a hacer footing y el aficionado norteamericano comenzó a considerar suyos a los atletas de medio fondo.

Steve Prefontaine era el abanderado de su tiempo. Llegó a poseer al mismo tiempo todos los récords nacionales desde 1.500 a 10.000 metros. Era un icono de la juventud. Un icono de los 70. Ayudaba su imagen, sus piernas, su carisma y su aspecto desaliñado. “La gente compite para ver quién es más rápido, yo para ver quien tiene más agallas”, exclamaba con firmeza. Era diferente por su forma de pensar y de actuar. La gente le adoraba y en la Universidad de Oregón empezaron a circular por todo el campus sudaderas y camisetas con su nombre en lugar de con el nombre del centro. La gente cursaba sus estudios en la de universidad Steve Prefontaine.

Prefontaine había ingresado en la Universidad de Oregón en 1970. Situado en la región más lluviosa de Estados Unidos, el Estado de Oregón es uno de los que más fervientes aficionados al atletismo tiene en todo el país. El responsable del reclutamiento era Bill Bowerman, quien estaba convencido de que Prefontaine se iba a convertir en el mejor atleta del mundo. Bowerman era un ex militar que descubrió a Prefontaine en un campeonato infantil. Era un técnico estudioso, detallista y metódico. Un gurú. Tenía una máxima que rezaba; “Dios determina lo rápido que vas a correr. Yo me ocupo de la mecánica”. Adelantado a su época, diseñaba sus propias zapatillas en el garaje de su casa con la ayuda de su mujer. Estaba obsesionado con mejorar el rendimiento de sus discípulos, aunque para ello tuviese que adentrarse en terrenos insospechados.

Pero mientras seguía innovando con sus zapatillas caseras, Bowerman se dedicó a preparar a Prefontaine. Steve asombró en las clasificatorias estadounidenses y con sólo 21 años se veía favorito para los Juegos de Múnich. Aunque tenía varias marcas válidas en diferentes distancias, se decantó por correr los 5.000 metros. Empezó la final fiel a su estilo, a ritmo de mitin y con continuos cambios de cadencia que levantaban al público de sus asientos. Pero, como era de esperar, le acabó traicionando su carácter explosivo y su inconformismo. Fundido, acabó cuarto y sin tocar metal, en una prueba que concluyó ganando el finés Larse Viren.

Bowerman ya le había advertido de que sería necesario que se guardase fuerzas para el final, pero Prefontaine no le hizo caso. No se puede domar a un caballo salvaje. Cogía la cuerda de la pista y ya no la soltaba hasta el final. O eso, o moría en el intento. Se había convertido en una celebridad corriendo así y así lo seguiría siendo siempre.

Y a la gente le encantaba. Era todo corazón. Era puro arte.

A pesar del apoyo de la gente, a Prefontaine le costó superar aquel fracaso. Por entonces los atletas eran amateurs y a Steve le ofrecieron millones por disputar mítines en ciudades de medio mundo. Estuvo tentando a aceptarlo, pero finalmente no lo hizo. Con ayuda de Bowerman se propuso lograr el oro en los Juegos Olímpicos de 1976. Y para ello iba a tener el auxilio de unas zapatillas revolucionarias.

Por entonces la firma predominante en el tartán era Adidas. Las zapatillas alemanas eran el referente mundial y sus éxitos en los Juegos Olímpicos las convirtieron en la primera opción para cualquier deportista. De hecho, aunque Prefontaine usó alguna vez zapatillas Puma, en su victoria más celebrada en los clasificatorios estadounidenses para los Juegos de 1972 calzaba unas Adidas. En aquella celebre carrera en la que estableció un nuevo récord del mundo de los 5.000 metros acabó dando una vuelta de honor con una icónica camiseta que ponía ‘Stop Pre’, y que pronto se convirtió en prenda de culto en la cultura hippie.

Concretamente las zapatillas de Prefontaine eran unas ‘Adidas Tokyo’ que, como es fácil de deducir, fueron arrojadas al mercado en los Juegos Olímpicos de dicha ciudad. Como por entonces no se lanzaban nuevos modelos cada dos por tres, ese revolucionario diseño estuvo en vigencia desde 1964 hasta 1972. Eran unas zapatillas, hoy legendarias, con una lengüeta blanca y una X en el talón. Con alguna variación, es el modelo habitual de las barrigas cerveceras que sudan una vez por semana en las pistas de fútbol sala.

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Adidas Tokyo. Un clásico

Pero en 1973 Prefontaine iba a calzar por vez primera unas nuevas zapatillas. Se trataban de unas ‘Nike Pre Montreal’, pensadas y diseñadas para él, de ahí que llevaran el sufijo de ‘Pre’. Se trataba de unas zapatillas de una sola pieza y sin costuras que combinaban el verde y el amarillo, los colores de la Universidad de Oregón.

Por entonces las zapatillas eran un peso muerto contra el que los atletas tenían que luchar. No solo era el viento y los rivales, también había que pelear contra una enorme carga aerodinámica que se convertía en lastre para cualquier atleta. El objetivo era aligerar la zancada al golpear el pie con el suelo. El objetivo era buscar el dopaje tecnológico.

Para diseñar sus zapas revolucionarias, Bowerman había determinado que si conseguía quitar 28 gramos a la suela de una zapatilla los corredores se ahorrarían el esfuerzo de levantar 50 kilos de peso por cada milla recorrida. La pregunta era cómo hacerlo y fue su mujer quien le sugirió la idea una mañana mientras preparaba unos gofres. Bowerman esparció caucho líquido por la plancha de los gofres y el resultado fue una suela con forma de rejilla, más ligera y capaz de amortiguar las pisadas.

Bowerman tenía sus zapatillas y tenía claro quién iba a ser el primero que las probara. Steve Prefontaine las vio y frunció el ceño, pero tras dar una vuelta a la pista lo tuvo claro. Esas eran las zapatillas. Bowerman le diseñó unas exclusivas y adaptadas a sus pies que apenas pensaban 85 gramos cada una.

Mientras Bowerman le daba a la materia gris, un ex atleta suyo llamado Phil Knight se convirtió en representante de Estados Unidos de la, por entonces, modestísima marca japonesa de zapatillas Asics. Knight le pidió a Bowerman que le vendiera unos cuantos modelos a sus alumnos, pero la respuesta de Bowerman fue otra. Convenció a Knight para que se convirtiera en su socio y a través de la base de Asics crear una marca nueva y modificarla. Dicho y hecho, hicieron un primer pedido a Japón de 500 pares y tras introducir varias modificaciones con los diseños de Bowerman crearon la marca Onitsuka Cortez.

Era de esperar que Asics comenzara un litigio por los derechos de las nuevas zapatillas. Y así fue. Por lo que en 1972 los dos empresarios estadounidenses fundaron Nike. Escogieron el nombre en honor a la diosa griega de la victoria, capaz de volar y de correr a gran velocidad y cuya efigie aparece en el anverso de muchas de las medallas olímpicas.

Fue así como Prefontaine se convirtió en icono y en primer deportista patrocinado por Nike. Las zapatillas que Prefontaine popularizó llevaron el nombre de Oregon Waffle (gofre en inglés) y en los Juegos Olímpicos de 1976 ya eran mayoría entre los atletas estadounidenses. Quien no las pudo calzar fue el propio Prefontaine, que falleció en el referido accidente de coche que sesgó su vida con apenas 24 años mientras se preparaba para los que iban a ser sus Juegos. “Se ha muerto el alma de Nike”, sentenció Bowerman.

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Las primeras Nike. Todo a base de gofres.

Cuando la década de 1980 esbozaba sus inicios, las zapatillas deportivas pasaron de ser un objeto de deportistas a integrarse en la cultura urbana. Por entonces Nike seguía viviendo de la fama de Steve Prefontaine, pero sus competidores habían desarrollado sus propios modelos y se encontraban en una posición mucho mejor para afrontar el nuevo mundo de patrocinio y ventas que se les avecinaba.

Todo cambiaría cuando en 1984 Michael Jordan firme un contrato astronómico con Nike.

Pero esa es otra historia.

“Para mí el mejor ritmo es un ritmo suicida. Cualquier día de carrera es un gran día para morir.”, Steve Prefontaine.

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Leña al moro

Los 1.500 metros conforman junto a los 100 metros lisos y el maratón la santísima trinidad del atletismo. Durante poco más de tres minutos y medio (cuatro en el caso de las mujeres) se recorre kilómetro y medio en una combinación casi perfecta entre resistencia y velocidad. En España es una prueba fetiche desde que en la década de los 80 del siglo pasado José Luís González y José Manuel Abascal se acostumbraran a ganar medallas en competiciones internacionales. Al llegar los 90 el boom de los 1.500 llegaría a su cénit con Fermín Cacho y, en menor medida, con Reyes Estévez.

Cuando en 1997 tiene lugar el Mundial de Atletismo en Atenas, la delegación española tiene en el maratón y en los 1.500 sus mayores esperanzas para lograr la victoria. En la prueba de los 42 kilómetros y 195 metros Abel Antón conseguirá la medalla de oro y Martín Fiz la de plata. Para los 1.500 el problema para Fermín Cacho es Hicham El Guerrouj.

Hicham El Guerrouj, marroquí de 23 años, era en esos momentos la estrella de los 1.500. Al año siguiente batiría el récord del mundo con una marca perfecta de 3:26.00, pero aún entonces le faltaba asaltar un gran campeonato. En los Juegos Olímpicos de Atlanta era uno de los favoritos, pero un inoportuno tropezón a mitad de carrera lo dejó fuera de la lucha por las medallas.

Por su parte Fermín Cacho, de 28 años, había sido plata en los citados Juegos y el héroe español en los de 1992 de Barcelona al conseguir el oro en una carrera memorable. Por experiencia y frialdad debía lograr el oro mundial para añadir a un palmarés en el que ya tenía el olímpico y el europeo.

El tercero en discordia era Nouredinne Morceli. Argelino, de 27 años, era el vigente campeón olímpico y llevaba tres títulos mundiales consecutivos. Era el favorito por status, pero esa temporada ya había dado muestra de un acusado declive.

Y el tapado y gran promesa era Reyes Estévez. Con 21 años recién cumplidos había deslumbrado en categoría juvenil y estaba considerado el sucesor de Fermín Cacho. Aunque se confiaba en que alcanzase su cénit para el Mundial que se tendría que celebrar en Sevilla un par de años más tarde, para gran parte de la prensa especializada era el gran secreto de aquel Mundial de Atenas.

La carrera se iba a celebrar el miércoles 6 de agosto de 1997 en horario de máxima audiencia televisiva. Era verano, aún no había comenzado la Liga de fútbol, y el diario ‘Marca’, el más leído en España, decide ocupar toda su portada con Cacho y Estévez al pie de la Acrópolis ateniense mientras se abrazan y sonríen haciendo el símbolo de la victoria.

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Toma ya.

Moro. Leña al moro.

Hoy subnormal, maricón, moro, negro, zorra y expresiones similares están siendo relegadas a la privacidad de las reuniones de amigos y a la intimidad de los grupos de whatsapps. Hace 25 años aún era políticamente correcto decir ciertas expresiones. A decir verdad poca gente se escandalizó. Hubo un artículo bastante comentado de Hermann Tertsch en ‘El País’ y poco más. Después la risa, el chascarrillo y el silencio.

En aquel artículo Tertsch afirmaba que “el deporte siempre ha sido utilizado para aunar voluntades y exaltar identidades. Es comprensible y hasta legítima esa emoción. Lo que no parece legítimo y es zafio, grotesco y peligroso es instigar a despreciar y a odiar al contrario. Y son intolerables los llamamientos que implican violencia aunque sea en forma de metáforas de supuesto ingenio como ‘Leña al moro’ (…) Los autores de este disparate deben haberse sentido inmensamente ingeniosos. El entusiasmo ante semejante hallazgo para arengar a la clientela patria no les habrá dejado ver que es un titular perfectamente asumible por cualquier revista neonazi prohibida por agitación e incitación al odio racial”.

Tertsch (de padre austríaco y madre española) era entonces subdirector de ‘El País’ tras una guerrillera juventud en las filas del Partido Comunista. Hoy es eurodiputado por Vox y colaborador habitual en ‘Esradio’ y ‘13 televisión’.

Curioso.

Si optamos por ser académicos, es de justicia aclarar que no hay negatividad por llamar a alguien moro. Puede o no puede tener connotaciones peyorativas. Moro es todo habitante del norte de África. Lo que se conoce como Magreb, y que comprende entre otros a marroquís y argelinos. El nombre viene de la Antigüedad, pues moros fueron llamados por los romanos los habitantes de Mauritania. Y moros también eran calificados los pobladores de España en la época de Al-Andalus.

Aunque como San Jorge y el dragón o San Miguel y el diablo Santiago se dedicaba en el medievo a matar moros, el término peyorativo data de los estudios etnográficos del siglo XIX, cuando moro pasa a ser sinónimo de tez negra y de raza inferior. Es entonces cuando desde España, y desde otros países, el vocablo moro pasa a usarse, en la inmensa mayoría de los casos, de forma despectiva.

Total, que allí nos pegamos a la tele para ver cómo se daba leña al moro. Y como suele pasar en estos casos, la bravuconada no surtió efecto.

Fue una carrera lenta como mandan los cánones de las grandes citas, hasta que a mitad de recorrido Reyes Estévez decidió ponerse en cabeza. Joven y de frondoso pelo, Estévez no se parecía en nada al alopécico atleta de años posteriores. Poco antes de llegar a la última vuelta, al paso por la curva, El Guerrouj decidió que ya estaba bien de ir andando y que tocaba correr un poco. El marroquí subió el ritmo y empezaron a acumularse los cadáveres.

Al sonar la campana para los últimos 400 metros El Guerrouj iba primero con un ritmo infernal, seguido de Morceli y Cacho por este orden, mientras que Estévez había caído a la quinta plaza. A través de ese estilo tan alegre y cautivador que lo hizo famoso, El Guerrouj fue poco a poco aumentando la distancia mientras que Cacho atacaba a Morceli por fuera para alcanzar el segundo puesto. La sorpresa tendría lugar escasos segundos más tarde cuando un desfondado Morceli era batido en la línea de meta por Estévez que se alzaba con la medalla de bronce.

Después de arrodillarse y besar el suelo como siempre hacía tras cada victoria, Hicham El Guerrouj se ponía la bandera marroquí como capa y daba la vuelta al estadio para celebrar su título mundial con una marca de 3:35.83.

Todos esperamos con ansía la portada de ‘Marca’ del día siguiente. Y si la de ‘Leña al moro’ había causado sensación, ésta tampoco iba a pasar desapercibida.

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‘Moro, plata, bronce’. Leña al moro 2.0.

Esta vez, y ya que no hubo victoria, el fútbol volvió a ocupar el espacio principal, pero en todo el ancho de página y ocupando las cinco columnas estaba ese ‘ingenioso’ juego de palabras que sustituía el vocablo oro por la palabra moro.

Hoy en día aquellas portadas forman parte del baúl de los desastres del periodismo español. O si queremos abrir el foco, del español. Sin más adjetivos. Esa era la España de los 90, ni mejor ni peor, profundamente distinta. Hoy es inaceptable, de aquella no lo era.

“Los moros, no es beber lo que les interesa, sino darse por culo. Está prohibido beber en su religión, por lo visto, pero darse por el culo no”. Louis-Ferdinand Céline, escritor francés considerado uno de los mejores novelistas del siglo XX.

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Jim Thorpe: Un camino iluminado por un gran relámpago

Tras lograr las medallas de oro en las pruebas de decatlón y de pentatlón con unas marcas cósmicas en los Juegos Olímpicos de Estocolmo de 1912, Jim Thorpe se preparó para recibir sendas distinciones olímpicas de manos del rey Gustavo V de Suecia. El monarca, admirado por unos registros que perdurarían durante casi dos décadas, se acercó a aquel piel roja mientras le daba la presea y le espetó: “Usted, señor, es el atleta más grande del mundo”. En 1912 un rey era un rey, pero a Jim Thorpe pareció no importarle en demasía. Se encogió de hombros y contestó con un lacónico “gracias rey”. Cuando un par de semanas después un desfile de miles de personas recorra la Quinta Avenida de Nueva York y Broadway para honrarle, Jim Thorpe sólo acertará a señalar, sin darle la menor importancia al hecho; “Oí a la gente gritar mi nombre y no podía entender cómo una sola persona podía tener tantos amigos”.

Aquel hombre, a la vez tan admirado y tan sencillo, acabaría sus días en la indigencia y feneciendo en el más absoluto olvido.

Jacobus Franciscus ‘Jim’ Thorpe nació en 1888 en una reserva india del estado de Oklahoma. Su raíces serían motivo de escarnio para Donald Trump. Su padre era hijo de un irlandés y de un piel roja. Su madre era hija de un francés y de un indio potawatomi. Aunque le inculcaron la fe católica, Jim fue obligado a cursar sus estudios en la Carlisle School, un programa escolar creado por el Senado norteamericano para ‘civilizar’ a la nación india y que estuvo en funcionamiento hasta 1918. Allí el niño Thorpe era conocido como ‘Wa-tho-huk’, que podríamos traducir como ‘un camino iluminado por un gran relámpago’.

Y un relámpago es lo que era Jim Thorpe. Pasó su niñez pescando, cazando y cultivando con sus propias manos y cuando llegó a la adolescencia era un fornido chaval capaz de destacar en cualquier deporte. Huérfano de padre y madre antes de llegar a la veintena, probó con éxito en el beisbol y en el fútbol americano, hasta que se decantó por el atletismo. Así, con 24 años, adquirirá la gloria olímpica en Suecia. Y apenas unas semanas después de su fastuoso recibimiento en Nueva York se casará con Iva Millar, su amor de juventud.

Todo marchaba sobre ruedas, pero al poco de comenzar 1913 una investigación periodística descubre que Thorpe había cobrado un sueldo por jugar una liga de verano con un club de béisbol. Por entonces los atletas que acudían a los JJ.OO debían de ser amateurs, con lo que estaba penalizado el cobro de cualquier cantidad económica por hacer deporte. En la práctica la gran mayoría de atletas cobraban, ya fuese falsificando su nombre o bien aceptando un trabajo como mera formalidad con el que poder justificar los ingresos percibidos bajo cuerda. Jim Thorpe, un hombre casi analfabeto, pecó de ignorante y ni supo ni quiso defenderse de tales acusaciones. El Comité Olímpico Internacional le retiró sus medallas y la prensa estadounidense tiro de racismo para enfangar su legado.

Tocado, pero no hundido, Jim decidió dedicarse profesionalmente al fútbol americano y aparcar sus sueños olímpicos. Jugó en los New York Giants donde acumuló honores y grandes sumas de dinero que malgastó en tres matrimonios y múltiples desgracias familiares. Como hombre era un despojo, pero el reconocimiento de sus colegas de profesión permanecía intacto. Sus dos medallas de oro permanecieron recluidas en una caja fuerte en la sede central del COI de Lausana porque Ferdinand Bie y Hugo Wieslander, los segundos clasificados en Estocolmo, se negaron a aceptar aquellas preseas ante el fuerte respeto que sentían hacía Jim Thorpe.

En sus últimos años en los Giants apenas jugará víctima de sus abusos con el alcohol y cuando en 1926 se retire lo hará con una gran cantidad de deudas a sus espaldas. Sin el salvavidas del deporte la vida de Jim se hundirá por completo. Hacía años que su vida personal estaba rota. Desde que su hijo mayor falleciese al poco de nacer, Jim se había convertido en un alcohólico empedernido. Se divorcia de su primera esposa que le acusará de abandono del hogar y se casará en segundas nupcias con una mujer que le dilapidará todo su dinero.

Los pocos ahorros que le quedaban se esfumarán por culpa del crack bursátil de 1929 y a partir de ahí Jim Thorpe tendrá que malvivir para sostener a tres mujeres (reincidirá y volverá a pasar por la vicaría) y a siete hijos. Trabajó como albañil, estibador, portero de discoteca, guardia de seguridad y hasta de indio en varias películas de Hollywood. Pero es inútil. Los trabajos duran poco y el dinero se esfuma día tras día tras la barra de un bar.

Olvidado por el gran público, en 1950 salta la noticia de su hospitalización por culpa de un cáncer. Se descubre que vive con su tercera mujer en una caravana, deambulando de un lado a otro de Estados Unidos y presumiendo de ser un jefe indio. Al año siguiente Burt Lancaster protagonizará ‘Jim Thorpe. All-American’, una película que arrasará en taquilla pero por la que Jim no percibe ningún dólar. En 1931 había sido engatusado por un directivo de la Metro para que le cediera los derechos de su vida para el cine, por lo que no obtuvo beneficio alguno del éxito de la película. Cuando se corre la voz de su desgracia comienza una campaña pública para su socorro y afloran las donaciones públicas para ayudar al bueno de Jim. Recauda el dinero necesario para la operación, tiene un golpe de suerte y logra tumbar al cáncer pero el calor del público se desvanece y Thorpe retoma sus costumbres ebrias. Rodeado de sus siete hijos y de su tercera esposa instala su caravana en California donde, entre golpe y golpe de whisky, fallecerá en 1953 víctima de un ataque cardiaco.

No sería hasta 1982 cuando el COI restituya el honor de Jim Thorpe y Juan Antonio Samaranch haga entrega a sus herederos de las dos medallas de oro que le fueron birladas. Años más tarde, en 1999, serían los Estados Unidos los que devolverían el honor a Thorpe y a los piel rojas al considerarlo el tercer mejor deportista de la historia del país, tan sólo por detrás de Babe Ruth y de Michael Jordan. Pocos se acordaban entonces que ya había sido elegido el mejor deportista americano del primer cuarto de siglo y en 1950 el mejor de la primera mitad de la centuria.

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