racismo

Una historia de Estados Unidos (Jack Johnson)

“Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas; que todos los hombres son creados iguales”, concluyó Thomas Jefferson aquel 4 de julio de 1776 en Philadelphia. ¡Dónde mora la libertad, allí está mi patria!, exclamó Benjamin Franklin entre vítores. Thomas Jefferson era descendiente de la aristocracia inglesa. Ben Franklin, considerado The First American, era hijo de inglés, lo que no le impidió ser considerado el definidor del espíritu estadounidense en base al trabajo duro y a los valores del libre progreso científico promovido por el Estado. George Washington, comandante en jefe del Ejército Continental que desde ese 4 de julio luchará frente a Inglaterra en loor de la independencia, será nombrado en 1789 primer presidente de Estados Unidos. No importó que su abuelo fuese inglés, que él de joven hubiese servido para el ejército británico y que con 11 años hubiese heredado diez esclavos negros.

A la hora de su muerte George Washington tenía 317 esclavos.

Al menos en su testamento liberó a todos ellos de sus obligaciones.

Fue el único padre fundador que lo hizo.

James Madison falleció dejando a 100 personas esclavizadas de por vida. 25 de los 55 primeros delegados en el Congreso de Estados Unidos tuvieron esclavos. 8 de los primeros 12 presidentes de Estados Unidos contaron con esclavos. Thomas Jefferson, redactor de la Declaración de Independencia y quién sería proclamado tercer presidente de la nación, se iría de este mundo con más de 600 esclavos a su cargo.

Durante toda su vida política Thomas Jefferson se mostró como contrario a la esclavitud.

James Monroe, quinto presidente de Estados Unidos, fue el ideólogo de la creación de Liberia en la costa de África como lugar de convivencia y prosperidad para los negros libres que deseasen volver a sus orígenes. Liberia, un país próspero para los cánones africanos, admira a Monroe y no en vano le dio el nombre de Monrovia a su capital.

Ocurre que James Monroe contaba con más de 50 esclavos. No los liberó en su testamento y los legó a sus hijos.

Eso también forma parte de la historia de Estados Unidos.

Es su reverso tenebroso.

250 años de la Independencia de Estados Unidos (1776-2026)

Hubo que esperar a la 13ª Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos el 18 de diciembre de 1865 para prohibir la esclavitud. Se redactó tras una cruenta guerra civil tras la cual los negros (de las mujeres negras no hablamos) obtuvieron la libertad. La viva prueba de que fue una decisión tomada a regañadientes es que incluso Andrew Johnson, vicepresidente de Lincoln y elevado al cargo presidencial tras el asesinato de éste, contaba con un total de ocho esclavos que cuidaban de sus propiedades y que hubo que liberar por imperativo legal y nunca por convicciones morales ni ideológicas.

Era pues, de suponer, que la libertad legal no trajese igualdad real. Durante la Reconstrucción (1865-1877), los afroamericanos votaron, ocuparon cargos públicos y fundaron escuelas, pero el avance fue aplastado por la supremacía blanca y las leyes Jim Crow que fueron aprobadas en 1877. Se mantendrían en vigencia hasta 1965, cuando el Movimiento por los Derechos Civiles liderado por Martin Luther King consiguió una igualdad real ante la ley (no socialmente) entre blancos y negros. No sucedía así mientras estuvieron en vigor las leyes Jim Crow. Aplicadas en el sur de Estados Unidos con más vehemencia, consideraban a negros y a blancos “separados pero iguales”. Segregación en lugares privados y públicos (escuelas, trenes, restaurantes o lavabos separados).

Black & White

Ese era el mundo de Jack Johnson. Nacido en Texas, sin educación escolar y siendo el tercer hijo de una familia de esclavos, lograría hacerse un sitio en la vida gracias al boxeo. El estilo de Johnson al boxear era muy característico. Mantenía la distancia con sus rivales en vez de realizar una aproximación constante. Peleaba defensivamente a la espera de cualquier error. Y cuando ese error se producía, él lo aprovechaba. La prensa lo machacaba. Lo consideraba un cobarde. Lo curioso es que Jim Corbett, quién había sido campeón mundial una década antes, boxeaba de la misma manera y pronto fue considerado como el hombre más inteligente en la historia del boxeo.

La diferencia radicaba en que Johnson era negro y Corbett era blanco.

Jack Johnson tenía hambre. No llegó a comerse los cordones de los zapatos, dado que al ser tan finos no le habrían alimentado. En varias ocasiones intentaron apuñalarlo y se defendió con unos brazos que también le servían como almohada cuando dormía al raso. A base de mamporros logró salir de la miseria y, el caso, es que Arthur John ‘Jack’ Johnson se proclamó por vez primera campeón del mundo en 1903…Campeón del mundo de color. Por entonces blancos y negros podían pelear entre sí, pero nunca luchando por el título mundial. James ‘Jimmy’ Jackson Jeffries, campeón mundial blanco, se negó en repetidas ocasiones a luchar contra Johnson. El caso es que Jack Johnson consiguió noquear al subcampeón del mundo blanco en dos asaltos y el run run no hizo más que aumentar. Al final, tras mucho insistir, perseguir y hasta amenazar, Jack Johnson consiguió que en 1908 se unificase a blancos y negros en la lucha por el campeonato mundial de los pesados. Johnson venció al canadiense Tommy Burns por K.O. técnico y se coronó como el hombre más fuerte del mundo.

Aquello no gustó nada de nada.

Comenzó entonces una campaña de desprestigio en prensa. Los plumillas buscaban a la Gran Esperanza Blanca. Jack London, gran aficionado al boxeo y escritor conocido por obras como Colmillo Blanco o La llamada de la selva, caricaturizaba a Johnson como un simio y exigía la llegada de un boxeador blanco que lo mandase de vuelta a África. El problema, para los blancos, es que no había nadie capaz de competir contra Jack Johnson…salvo Jimmy Jeffries. Campeón invicto entre 1899 y 1905, ya estaba retirado, pero se le ofrecieron ingentes sumas de dinero para pelear contra Johnson. “Ese Jack Johnson es un buen boxeador, pero es negro, y por ese motivo nunca pelearé contra él. Si yo no fuese el campeón me enfrentaría a él como a cualquier otro… pero lo soy, y el título no irá a manos de un negro mientras yo pueda evitarlo”, declaró ante la prensa. Jeffries, enorme boxeador y enorme racista, se negó repetidamente a disputar ese combate sabiendo que tenía mucho más que perder que ganar. Ocurrió que fue presionado políticamente y hasta recibiría la visita de Johnson en su casa pidiéndole encarecidamente un combate para dirimir quien era el mejor.

Habría combate.

Y sería un 4 de julio.

4 de julio de 1910.

Johnson vs Jeffries

Antes de hacerlo por dinero los hombres ya peleaban a puñetazos por mujeres, por comida, por un hogar o simplemente por orgullo. El boxeo es el único deporte donde ganar significa aniquilar. El triunfo por knockout escenifica una muerte simbólica. Como en una tragedia griega, el héroe levanta el brazo triunfal. El boxeo es teatral. Es un drama sin palabras, único y condensado en apenas unos minutos. Si por el camino no sucede nada, el drama se vuelve psicológico. Los boxeadores están para establecer una experiencia absoluta, una pública rendición de cuentas de los límites máximos de su ser. El boxeo es íntimo. Es salirse de la conciencia de la cordura para entrar en un ente diferente. Es arriesgarse y alcanzar la agonía de la cual somos raíz.

El combate tendrá lugar en Reno, ciudad del pecado, donde prostituirse o apostar está permitido. Johnson, por cierto, coleccionaba novias y amantes de pago. Siempre eran blancas. Fue acusado de violador y algunas de sus conquistas fueron linchadas. No existía mayor repugnancia para un blanco sureño que el coito entre negro y blanca. De ahí la fascinación de Johnson para realizar lo prohibido. Resulta que el combate tiene lugar en Reno donde es tan fácil y barato divorciarse como tomarse un whisky. Llegarán quince trenes y centenas de diligencias tiradas por caballos desde los cuatro puntos cardinales. 20.000 espectadores abarrotarán un estadio construido por aserradores y carpinteros en apenas tres semanas. Muchos miles de almas más deambularan por las calles de la ciudad. Habrá que hacer redadas para requisar armas tal era el grado de tensión en el ambiente.

Presentemos pues a los contendientes.

James ‘Jimmy’ Jeffries era una esperanza blanca de 1’86 cm de altura y 103 kilos de músculos. Estaba retirado y lo había hecho invicto con un balance de victorias-derrotas de 19-0. Todos los aficionados lo admiraban y todos los rivales temían su tremendo golpe de izquierda, su fiera combatividad y su capacidad de resistencia frente a los ataques del adversario. Era un tipo duro. Un Chuck Norris. Se decía que él mismo se había curado una neumonía al beberse una caja entera de whisky en un par de días. Había crecido en una granja, hasta que de adolescente se puso a trabajar en una fábrica de calderas de acero. De ahí su apodo: The Boilermaker (El calderero). Era un individuo imponente, dotado además de una técnica y combatividad que lo separaban claramente del resto. Un púgil de primerísima magnitud cuya popularidad lo llevó a hacer giras por Europa. Incluso su fama le permitió aparecer en algunas de las más primitivas producciones cinematográficas. Jim Jeffries era una leyenda viva. Había defendido nueve veces su título mundial con éxito antes de retirarse sin siquiera haber besado nunca la lona (sólo Rocky Marciano podrá decir lo mismo). Era rico, querido y famoso.

“El blanco no es un color. Es la ausencia del color”, espetó John ‘Jack’ Johnson al subir al ring. Negro, de 184 centímetros y 94 kilos, contaba con tres años menos que Jeffries y estaba en su cénit físico. Había empezado a trabajar de niño como limpiabotas, para luego destripar tripas de pescado antes de convertirse en estibador en el puerto de Chicago, lugar al que había llegado como polizón en un tren buscando mayor libertad racial. Al igual que en las novelas de Shakespeare se cuenta como se encadenaba a los osos en plazas de Londres para pelear contra perros, Jack Johnson comenzó boxeando en peleas ilegales donde les vendaban los ojos a los negros, se les daba vueltas como quien da cuerda a un motor para que se mareasen, antes de soltarlos ante otra jauría de negros. El último en pie sería el único que recibiría un plato de comida. Johnson ganaba siempre y pronto pasaron a atarle una mano a la espalda. Seguía ganando y consiguió salir de sótanos húmedos para boxear en gimnasios repletos de gente. Rápido de pies y con un golpe de derecha asfixiante, Johnson cansaba a su rival a base de movimientos fugaces y lenguaje soez, para luego soltar un gancho definitivo.

Como es de suponer, la inmensa mayoría del público era blanca. Incluso se temía por la vida de Jack Johnson en caso de salir victorioso del combate. Había un cartel gigante que representaba la lucha de un tigre contra un simio. “¡Vuelve a África!”, le gritaban a aquel negro de Texas. Johnson, siempre cuestionado sentimental, emocional y humanitariamente, tenía en su esquina a Etta Duryer, una espectacular rubia, quién, para más inri, era de buena familia y gustaba de competir en carreras de coches.

De lo malo, lo peor.

El combate comenzó a medio gas. Durante los tres primeros asaltos hubo una guerra psicológica en la que sorprendentemente Johnson se hizo ganador. Tanto Jeffries como el público buscaban una victoria rápida y fácil y lo único que se vio fueron bailes, algún crochet e infinidad de abrazos, tras los cuales Johnson aprovechaba para llamarle viejo y fracasado a Jeffries. Llegó entonces el cuarto asalto y Johnson logró impactar en la cara de Jeffries, algo que repetiría con suficiencia en el quinto, provocando el silencio sepulcral del respetable.

Johnson vs Jeffries

La normativa para el boxeo fue escrita en Londres por el galés John Graham Chambers en 1865. Este código de reglas reemplazó a las originales de 1743, escritas por Jack Broughton. Esta versión convenció a los boxeadores de que no deben luchar simplemente por ganar, sino que deben ganar siguiendo las reglas. El considerado primer campeón mundial (anglosajón para ser exactos) fue John Sullivan, logro que firmó en 1892. Por esa época se podía agarrar por el cuello a un adversario, el árbitro era mucho más permisivo con los contactos, prácticamente nunca mandaba a alguien a la esquina y no había asaltos. El campeón no se decidía hasta que uno de los púgiles no cayese al suelo o bien hasta que ambos considerasen, al límite de sus fuerzas, que se había llegado al asalto final, momento en el que se decidía quién era el ganador por puntos.

Así que, sin límite de asaltos, la idea de Jack Johnson era alargar el máximo el combate para desprestigio de los blancos.

En el séptimo asalto el calderero ataca al gorila con un recto de izquierda al estómago. El público ruge, pero el gorila se mantiene en pie. La pelea sigue en stand-by, hasta que, a la altura del undécimo asalto, Jack Johnson decide pasar definitivamente al ataque. Un recto con la derecha a la mejilla, seguido de otro de izquierda que le cierra el ojo a Jeffries. Suena la campana. A la esquina. Hace calor en Reno. Sudan. En el duodécimo asalto a Jeffries solo le queda buscar las cuerdas mientras el público calla. Jeffries lanza ganchos frustrados y busca abrazos de perdón, mientras Johnson lo esquiva y se ríe en su cara. Johnson juega un asalto más hasta que en el decimotercero un brutal gancho de derecha impacta en el rostro de Jeffries que cae y rompe como un cascarón.

Jimmy Jeffries se levanta.

El campeón blanco tiene orgullo.

El asalto 14 pasa sin pena ni gloria. Jeffries tiene los labios tan hinchados que parece un negro. Apenas se puede mantener en pie. Johnson le da tregua. Por vez primera en el combate lo respeta. Pero llega el decimoquinto asalto y Jeffries es un árbol que se tambalea. Únicamente hay que empujarlo. Jack Johnson conecta otro derechazo y Jimmy jeffries cae a la lona.

K.O.

Jack Johnson es campeón del mundo de los pesados.

K.O.

En Nueva York una multitud de 30.000 personas (¡más de las que se reunieron en el recinto de la pelea!) se congregó en torno a un teletipo de la calle Broadway para ir conociendo el desarrollo del combate. Al finalizar la pelea un grupo de blancos degolló a un negro en Houston, asesinaron a un par de ellos en Little Rock, lincharon a otro en Virginia por llevar traje y coche…hubo al menos una veintena de muertos en las siguientes 24 horas. La filmación de la pelea, que empezó a exhibirse en salas de cine, fue la película más taquillera en la por entonces breve historia del cine estadounidense.

Querido y odiado a partes iguales, Jack Johnson sería fiel a su estilo. No iba a ser un humilde Tío Tom que necesita la ayuda de los blancos. Iba a ser un hombre libre de pensamiento y voluntad. Sus padres habían nacido en plantaciones de algodón y su hijo no iba a pedir permiso por nada. Encargaba las telas de sus trajes en Paris y llevaba una inimaginable cantidad de oro en dientes y anillos. Invitaba siempre a los periodistas a comer en los mejores restaurantes del país, más caros cuanto más blanco era el plumilla. “No se sí me odian más por mis éxitos que por el color de mi piel”, dirá en una ocasión.

Y no le faltaba razón.

En 1912 su mujer, aquella blanca de alta sociedad que estaba en la esquina en el combate ante Jeffries, se suicida. Etta había sido insultada y ridiculizada por su relación con Jack. Se suicidó debido a la presión social y al acoso racial tal y como dejo escrito en una carta de despedida, aunque su aristocrática e influyente familia filtraría que lo había hecho por culpa de palizas que Jack le propinaba. El caso, es que fuese lo que fuese, apenas unos meses después Jack Johnson fue visto en compañía de otra jovencita rubia camino de un hotel.

Aquello tampoco gustó.

En 1910 se había aprobado la Ley Mann. Su objetivo fue prohibir la esclavitud blanca, transformando en delito federal el transportar mujeres de un Estado a otro para propósitos inmorales. Básicamente intentaba restringir la prostitución de mujeres blancas, aunque su usó practico fuese penar con cárcel a aquellos hombres que tuviesen sexo con menores de edad.

Resultó que la familia de Etta le pagó a una chica menor de edad llamada Belle para que tuviese sexo con Johnson, quién por sus comentarios y su fama era una piedra en el zapato del establishment. Detenido por propósitos inmorales con una menor fue sentenciado con doce meses de cárcel y una multa de 1.000 dólares de la época. Su ex suegra, la madre de Etta, se ofreció a retirar la demanda y librarse de la cárcel a cambio de que Johnson le donase a ella todo su capital y sus propiedades.

Jack Johnson

Decidido a no entrar en la cárcel, Jack Johnson se autoexilió y emigró a Francia. Allí es libre y feliz y boxea a cambio de un dinero que le permite sobrevivir. Pero estalla la I Guerra Mundial, y en 1915 coge un avión hasta La Habana donde pelea contra Jess Willard en su defensa por el título mundial pasadísimo de peso. Willard noqueó a Johnson en el 26º asalto tras un pacto con el Departamento de Estado norteamericano para que le dejasen visitar a su padre en su lecho de muerte antes de ingresar en prisión. Lo hizo, vio a su padre, pero Johnson nuevamente escapó de las rejas y voló a España.

Allí se enamoró de Barcelona. Residía en la Calle Mallorca, cerca de la Sagrada Familia, y frecuentaba los bares de alterne en el Paralelo. Gustaba de ir a la Monumental a ver los toros, ya que consideraba a los toreros tan valientes como los boxeadores. Y boxeó. Boxeó mucho. Boxeó hasta en La Monumental bajo la presencia del rey Alfonso XIII. Sacaba dinero fácil en peleas en las que apenas tenía que sudar. Mandaba dinero a Lucille, su nueva (y blanca) esposa. Luego le pagó un billete de transatlántico para que viajase a Europa, donde se gastaba el dinero que tenía en hoteles de lujo y banquetes de siete platos. Hubo de vender coches y posesiones.

Con una Europa devastada por el fin de la guerra (nadie quiere asistir a un concurso de violencia cuando la misma vida que te rodea es violencia), en 1920 Jack decide volver a Estados Unidos. Vuela a México y cruza la frontera hasta que es detenido para cumplir su pena carcelaria. Prepara un plan de huida, pero tras dos horas deliberándolo, acaba fumando puros y bebiendo una botella de whisky que le habían pasado de contrabando. En prisión disputará varios combates y tendrá que hacerlo también al salir de entre rejas para poder subsistir. Se retirará oficialmente en 1938, con 60 años de edad, tras unos últimos años contando su vida en teatros a cambio de unos dólares y peleando en lugares clandestinos tan inhóspitos como aquellos donde, con los ojos vendados, había comenzado a ponerse los guantes.

Jack Johnson fue durante década y media el afroamericano más famoso y notorio del planeta. Luego se fue. Se evaporó. Estados Unidos no espera a nadie, y menos a un negro triunfador.

En un documental sobre su vida, Ken Burns dijo: «Durante más de trece años, Jack Johnson fue el afroamericano más conocido del mundo. Fallecería en 1946, a los 68 años, por culpa de las lesiones sufridas en el cráneo tras un accidente de coche. Hubo de esperar casi un siglo para que su condena y juicio fuese considerado ilegal gracias a una iniciativa del senador republicano John McCain. Luego, en 2018, el presidente Donald Trump en un acto en compañía del actor Sylvester Stallone (Rocky en la ficción) le concedieron el perdón póstumo a Jack Johnson bajo presencia de sus mestizos descendientes”.

Justicia…un siglo más tarde

“Hay negros que viven en mansiones y otros al pie de un árbol. Algunos dan la vuelta al mundo y otros no se alejan de sus casas. Otros van en coche y los demás sólo pueden caminar. Pero todos los negros compartimos el miedo a que haya un hombre blanco con esposas o con una pistola a la vuelta de la esquina”. Jack Johnson.

“No soy negro, soy una persona. Tengo un sueño, que mis cuatro hijos vivan un día en una nación en la que no sean juzgados por el color de su piel sino por la naturaleza de su carácter”. Martin Luther King.

“Me gusta ver a un hombre orgulloso del lugar en el que vive. Me gusta ver a un hombre vivir de tal manera que su lugar se enorgullezca de él”. Abraham Lincoln.

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The Answer (1ª parte)

No lo tuvo nada fácil Ann. Nada fácil. A los 15 años tuvo a su primer hijo. Era madre soltera. El otro culpable puso pies en polvorosa al enterarse de que allí había un bombo. Ann vivía de lo que podía. Se apoyaba en su madre. Sobrevivía a base de contratos esporádicos. Robaba joyas y luego las revendía. Vivía en una vivienda de protección social. En un barrio complicado. Cuchillos, pistolas y cocaína. Vivía en el gueto. Vivía en Hampton, una ciudad de la bahía de Chesapeake, en el estado de Virginia, en el corazón del Estados Unidos confederado.

A su hijo le puso de nombre Allen, aunque todo el mundo lo conocía como Bubba Chuck. Con dificultades, Ann comenzó a trabajar en los astilleros y allí conoció a Michael Freeman. Se enamoraron. Y Michael aceptó hacerse cargo del paquete entero. Se convertiría en padre de Allen a tiempo completo. Un día, cuando Allen tenía diez años y su hermana menor contaba con siete, padre y padrastro se pegaron delante de los niños. El padre biológico perdió la pelea y nunca más volvió por Hampton.

Allen era un niño ultra competitivo. Sus tíos jugaban al baloncesto y allí aparecía aquel canijo para retarlos. Sus tíos jugaban al fútbol americano y allí aparecía él para desafiarlos. Allen se juntaba con malas compañías y su madre, desesperada, le obligaba a que practicase deporte. Y progresaba. Progresaba con celeridad. Tenía un deseo incasable por lograr la victoria y retorcía las normas a su favor para proclamarse vencedor. Era hábil y veloz y sentía que su mejora era constante. No sólo eso. Su palabra era palabra de Dios. Si decía que iba a hacer una cosa, no cesaba en el empeño hasta que la cumplía.

Era un niño flaco, no excesivamente alto, pero fuerte y con un torbellino por piernas. Se proclamaría campeón estatal tanto en fútbol americano como en baloncesto. Compaginaba ambos deportes y apenas dormía. Al principio no quería dedicarse al básquet dado que lo consideraba un deporte de blandos, pero todo cambió cuando alguien le dijo que al ser tan bajo nunca podría dedicarse al baloncesto. Allen, 183 centímetros de adulto, decidió que le daría en las narices a aquel bocachanclas.

Aquel David con mentalidad de Goliat había conocido a su novia durante el instituto. Se llamaba Tawanna y se convertiría en su pareja de por vida. Al baile de graduación Allen tuvo que llevar unos zapatos de su padre de la talla 42 a pesar de calzar un 44 dado que no tenía dinero para comprarse unos nuevos. En aquel momento la situación era extremadamente difícil, dado que su hermana pequeña necesitaba ayuda médica. Con todo, el futuro de Allen era esplendoroso. Elegido mejor jugador de instituto de Estados Unidos, tanto en baloncesto como en fútbol americano, tenía la posibilidad de obtener una beca deportiva en cualquier universidad del país.

Era la primavera de 1993.

El futuro de Allen Iverson era esplendoroso.

Meses antes del acto de graduación, Allen Iverson y varios colegas salieron a jugar a los bolos. Era el 14 de febrero de 1993. En un momento de la noche el alcohol y las drogas hicieron su aparición y se inició una pelea que enfrentó a una banda de negros con otra de blancos. Allen escapó a casa, pero por el camino detuvieron a tres de sus amigos. Rápidamente Allen, conocido por todos, fue incriminado por tenencia ilegal de armas, posesión de estupefacientes y agresión. Imputado, la noticia estalló justo antes de que se iniciase el verano.

El caso saltó a los noticiarios estatales. El jugador adolescente más famoso de todo Estados Unidos estaba imputado. Desde el comienzo dio la sensación de que el asunto tenía una connotación racista. Una grabación demostraría que Iverson fue de los primeros en escapar de la bolera. Dio igual. La fiscalía quería dar un escarmiento y la figura de Iverson era esencial para lograr su objetivo. Esperaron ocho meses para que cumpliese la mayoría de edad y poder juzgarlo como un adulto.

Le cayeron cinco años de cárcel y diez de inhabilitación deportiva.

Allen Iverson había tirado su futuro por el retrete y luego había tirado de la cadena.

Allen Iverson

Ann Iverson movilizó Roma con Santiago para defender a su hijo. Organizó boicots y manifestaciones y pidió entrevistas por tierra, mar y aire. A fin de cuentas, madre e hijo habían crecido juntos. Habían sido insultantemente jóvenes para todo. Hubo amenazas de muerte, cartas de odio y hasta acoso carcelario. Iverson trabajaba en la cocina y en la lavandería de la prisión, además de recibir continuos regalos de admiradores desde el exterior, lo que provocaba continuos celos y chantajes de otros presos para obtener prevendas.

Por el camino quedaba el futuro deportivo de Allen Iverson. Aun entonces podía decidir si optar por una beca universitaria de fútbol o por otra de baloncesto. La decisión fue fácil. Una vez se conoció la sentencia, ningún equipo de fútbol americano decidió apostar por Iverson. En baloncesto pasó más de lo mismo.

Salvo por un valiente.

El entrenador John Thompson.

John Thompson era desde 1975 el entrenador de la Universidad de Georgetown. Sumará un total de 24 presencias consecutivas en los playoffs por el título, récord aún vigente. Ocurre que Thompson era mucho más que eso. Era un negro de 208 centímetros con una disciplina que rozaba lo militar. No existía el éxito en el baloncesto sino existía el éxito en los estudios y no existía el éxito en los estudios sino existía el éxito como ser humano. Donde todos se echaron para atrás, John Thompson dio un paso hacia adelante. Thompson se reunió con Ann Iverson y le lanzó un salvavidas. Thompson confiaba en la inocencia de su hijo y le prometió a Ann que lo esperaría. Eso sí. Sería inflexible. A la mínima ruptura del código de honor, a la mínima torpeza, a la mínima salida de tono, sería expulsado de Georgetown y las puertas del baloncesto estarían cerradas para Allen Iverson de por vida.

Ann Iverson cogió a John Thompson del brazo, echó unas lágrimas y gritó:

¡Edúquelo!

John Thompson

Seis meses después de entrar en prisión llegaría el indulto. Después, ya iniciado 1995, la Corte de Apelación del Estado de Virginia revocaría la condena al demostrarse que Iverson no estaba en la bolera cuando la pelea se fue de madre. Sucedía que Iverson no había completado sus exámenes finales. Al entrar en prisión no había obtenido el título de bachillerato. Tuvo que ponerse a estudiar y lo hizo de la mano de una profesora que se prestó voluntaria a ayudarlo.

El asunto empezó mal. Muy mal. El primer día no se presentó a las clases particulares. Iverson se había ido con su pandilla a recuperar el tiempo perdido. El segundo día sucedió más de lo mismo. La profesora contactó con Ann y ambas se fueron en busca de Allen. Lo encontraron fumando marihuana y bebiendo cerveza. Ann se acercó a su hijo de 18 años y le propinó un par de puñetazos delante de todos sus amigos.

Al día siguiente Allen Iverson fue al instituto. Al acabar las clases se marchó a casa en virtud al toque de queda decretado por el juez a la espera de revocar su condena.

Acabaría graduándose con una media de notable alto.

Allen y Ann Iverson

Con un año de retraso Allen Iverson iniciaba su periplo en la Universidad de Georgetown. En su primer partido el público le gritaba jailbird (delicuente) cada vez que botaba el balón. Dio igual. El primer paso de Iverson era increíble casi tanto como su velocidad y su ansia por lograr la victoria. En su primer encuentro sumaría 40 puntos, el récord de siempre en un debut universitario. No fue ninguna sorpresa que fuese elegido el mejor novato de la temporada. Al año siguiente fue escogido como mejor defensor y MVP del campeonato. Sólo necesitó dos campañas para ser el máximo anotador de la historia de Georgetown.

Era el mejor tanto técnica como mentalmente. Jugaba con tobillos vendados, golpes en las costillas o heridas que a otros les habrían supuesto semanas de baja. Estaba siempre disponible, siempre liderando. Con el tiempo su cuerpo se tomaría cumplida venganza, mientras tanto el orgullo podía con todas las crudezas que apareciesen en su vida.

Por entonces nadie trabajaba en casa y la hermana de Allen estaba gravemente enferma. Iverson contaba con una oferta de patrocinio de Reebok si daba el salto a la NBA y su familia necesitaba imperiosamente el dinero. Pero Allen había dado su palabra al entrenador Thompson. Y su palabra era sagrada. Nunca antes ningún jugador había abandonado el ciclo universitario para irse a la NBA con John Thompson como entrenador. Iverson era consciente de ello y por mucho que su familia estuviese sufriendo sabía que no podía pedirle eso a su mentor.

No haría falta. Fue John Thompson el que organizó la rueda de prensa para que Allen Iverson marchase a la NBA a triunfar como jugador y a ganar el dinero que su familia necesitaba.

Allen Iverson fue elegido como número 1 del draft de la NBA por los Philadelphia 76rs. Por detrás de Iverson serían seleccionados Marcus Camby, Stephon Marbury, Ray Allen, Kobe Bryant, Peja Stojakovic o Jermaine O’Neal.

Con 183 centímetros de altura Allen Iverson era el jugador más bajo en la historia de la NBA en ser seleccionado en primera posición del draft. De pronto las dudas surgieron. ¿Sería capaz de mantener en la NBA el nivel mostrado en Georgetown? ¿Conseguiría el pequeño Iverson imponerse en el juego ultra físico de la NBA de finales de los 90?

Reebok, una empresa de ropa deportiva inglesa con no excesiva influencia en América, decidió apostar por Iverson. Fue presentado en una campaña publicitaria como pájaro que sale de una jaula.

¿Sería capaz Iverson de triunfar en la NBA?

Lo sería. Sería Iverson el encargado de responder a la pregunta.

Iverson sería la respuesta.

La Respuesta.

The Answer.

Ese será su apodo como jugador. El apodo con el que hará fortuna.

Continuará…

1º del Draft 1996

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Un futbolista distinto (Karembeu)

Christian nació en Europa. Es europeo. Vino a este mundo un 3 de diciembre de 1970. Resulta que para un europeo Christian nació un 2 de diciembre. Y es que hay diez horas de diferencia entre Lifou y París. Christian nació en una de las islas que conforman Nueva Caledonia, un archipiélago localizado en el Océano Pacífico a más de 16.000 kilómetros de Lutecia. En Nueva Caledonia se usa el euro y se canta la marsellesa desde que en 1853 los franceses arrebataran estas paradisiacas tierras a los británicos (de ahí el nombre de Nueva Caledonia, dado que Caledonia es como los romanos se referían a Escocia en latín). Rica en níquel, Francia se ha aferrado a Nueva Caledonia con uñas y dientes, aunque desde 2018 se ha visto obligada a conceder un par de referéndums de independencia que, más tarde o más temprano, deberán acabar con la independencia de la isla.

Esos movimientos eran prácticamente inexistentes en 1970. Entonces el pueblo canaco, la comunidad aborigen caledónica, era humillado y apartado de las instituciones públicas. Hoy, el canaco defiende con orgullo su legado. No obstante, no era así en 1970. Mucho menos generaciones atrás. Uno de los bisabuelos de Christian había sido expuesto como caníbal en un zoo humano en el París de 1931. No hace ni cien años. Christian se enteró de la historia a los siete años cuando su abuelo se lo contó. Ese año hubo de caminar 20 kilómetros para ir a agitar una bandera francesa ante la visita del presidente Giscard d’Estaing.

Christian contaba con 17 hermanos. Era de familia muy humilde. Por eso no dudó cuando a los 17 años, en 1988, el Nantes FC decidió reclutarlo para su equipo filial. Al llegar allí descubrió que no había libertad, ni fraternidad, ni igualdad. El que menos lo miraba mal y el que más directamente lo insultaba. Si los senegaleses o los argelinos llevaban décadas ganándose con sudor un sitio en la multicultural sociedad francesa, a los caledonios poco más que se les consideraba monos con taparrabos. No sólo eso. Justo entonces se fundó un grupo terrorista independentista en Nueva Caledonia, por lo que el joven Karembeu pronto pasó a ser mono y asesino a partes iguales.

Christian Karembeu en 1990

Karembeu no veía entonces claro lo del fútbol. Quería estudiar medicina, pero cambió de idea al toparse con su nueva realidad. Decidió hacerse antropólogo para transmitir la historia canaca y que fuese comprendida por los franceses. Así pues, Karembeu comenzó a entrenar y a estudiar. No salía ni bebía. Sus aficiones eran muy diferentes a las de los chicos de su edad. Christian iba a pescar y lo hacía con las manos. Plantaba en su propio huerto y se iba al campo a recoger fruta. También cazaba, pero siempre con respeto a la naturaleza. Desde pequeño aprendió a adelantarse a los movimientos de la presa y a conocer las particularidades del terreno. Según afirmaba, eso le permitía ser mejor futbolista, integrarse en la sociedad y ser humilde y generoso con sus compañeros. Entrenaba descalzo, aunque acabarían obligándole a usar botas de tacos.

Christian Karembeu era un mono con taparrabos, un asesino y un bicho raro.

Un bicho rarísimo.

Ocurre que aquel bicho raro sabía jugar muy bien al fútbol. Tenía 20 años cuando debutó con el primer equipo del Nantes FC. Serían cuatro temporadas gloriosas gobernando el centro del campo del Nantes hasta conseguir un título liguero, el primero del equipo del Loira en más de una década. En aquella escuadra compartían sala de máquinas Karembeu y Makelelé, en la mediapunta estaba Pedrós y la delantera era para Patrice Loko. El primero de Nueva Caledonia, el segundo del Zaire, el tercero de madre portuguesa y el cuarto nacido en Orleans de padres congoleños.

Todos internacionales con Francia.

En 1995 Karembeu firma por la Sampdoria, entonces equipo de campanillas de la fortísima Serie A. Allí se establecería como uno de los mejores pivotes del planeta amén de competir en la banda derecha en un clásico 4-4-2. En esa posición firmaría una estupenda Eurocopa en 1996 y otra gran temporada en Italia que harán que en el verano de 1997 se convierta en pieza deseada para los dos grandes clubes españoles.

Y es que Lorenzo Sanz, presidente del Real Madrid, llamó directamente a Karembeu preguntándole si estaría interesado en firmar por el conjunto blanco. Christian accedió de inmediato a la petición y llevó la oferta madrileña a la sala de presidencia de la Sampdoria. El problema vino cuando días después el FC Barcelona hacía una oferta superior al club genovés. Los azulgranas tantearon entonces a Karembeu, quien desde un primer momento se mostró firme en su deseo de jugar en el Real Madrid, no por un amor a los colores, sino por una cuestión de honor. Le habían llamado primero y había dado su palabra. Jugaría para el Real Madrid.

El problema es que la Sampdoria sólo quería vender a Karembeu al FC Barcelona dado que la oferta era considerablemente superior. Presionado, Karembeu fue apartado del equipo durante seis meses en año previo al Mundial. Iba todos los días a la ciudad deportiva y se entrenaba en solitario en un campo anexo mientras observaba a sus compañeros. Era convocado a todos los desplazamientos y siempre era el descarte de última hora, por lo que se quedaba en el hotel de turno mientras el resto de la expedición se desplaza al estadio.

Con todo, en un tira y afloja el jugador suele obtener lo que desea, y en las navidades de 1997 Christian Karembeu firmó por el Real Madrid. Lo que sucedería en los siguientes seis meses iba a hacer olvidar, y con creces, lo sucedido en los anteriores 180 días. Únicamente marcará cuatro goles en su trayectoria en el Real Madrid, pero tres de ellos los anotará en esos seis gloriosos meses. En cuartos de final de la Copa de Europa registrará con un derechazo el gol del empate en el partido de vuelta ante el Bayer Leverkusen para luego volver a marcar en el partido de vuelta que acabaría con victoria merengue. Aún más importante fue el segundo gol que sentenciaba la semifinal ante el Borussia Dortmund. Luego, no anotaría, pero sería titular en la victoria ante la Juventus, en la que fue la séptima Copa de Europa del Real Madrid. La primera tras 32 años de sequía.

¡La Séptima!

Poco más de un mes después de tal hazaña, Christian Karembeu era campeón del mundo. Titular en la final de Paris en la que Francia venció a Brasil (3-0). Para Karembeu fue algo más que un partido. En su adolescencia había tenido el corazón dividido cuando Francia había vencido a Brasil en los cuartos de final de México 1986. Entonces Jean Tigana era el único negro en el equipo galo. Brasil era el sueño de cualquier adolescente de color. Ahora no. Thuram, Desailly, Vieira y el propio Karembeu representaban una nueva Francia. Karembeu organizó un viaje y fletó un autobús para medio centenar de amigos y familiares. Estuvieron en el Stade de Francia y se llevaron la camiseta, la medalla, los pantalones o las medias de Karembeu. Para aquel chaval isleño lo importante no eran los trofeos, sino el recorrido. Su madre ni siquiera vio el partido entero. Con 2-0 al descanso, y viendo a su hijo feliz en el campo, decidió levantarse e irse a una cafetería cercana a tomarse un té.

A partir de ahí todo se torció un poco para Karembeu. Nunca volvió a mostrar el excelso nivel de aquellos seis meses. Jugó dos temporadas más en el Real Madrid sin cumplir las expectativas depositadas en él. Ganó otra Copa de Europa con los blancos amén de una Eurocopa con Francia en el año 2000. En ambos casos como suplente. Contrajo matrimonio con la espectacular modelo Adriana Sklenarikova y se convirtió en carne de meme cuando aún no había memes. Era el hombre más afortunado del mundo. Lo había ganado todo como futbolista sin ser un futbolista extraordinario y tenía una esposa que era la envidia de cualquier hombre.

¿El hombre más afortunado del mundo?

Firmaría por el Middlesbrough y más adelante por el Olympiakos. Por entonces ya no iba convocado con la selección francesa. En su último partido con los galos fue sonoramente pitado. Se había manifestado públicamente en contra de las pruebas nucleares en Nueva Caledonia considerándolas colonialismo.

Karembeu se retiró en 2008. Contaba con 38 años. Lo primero que hizo fue convencer a la plantilla campeona del mundo de 1998 en ir a jugar un partido benéfico a favor de los niños necesitados de Nueva Caledonia. Era un motivo de vida. Se había marchado de allí a los 17 años y consideraba que sus vecinos debían sentir que eran campeones del mundo al igual que todos sus compatriotas de la metrópolis. Llevó a Dugarry y a Deschamps a pescar tiburones con una soga atada a un palo. Por la noche invitó a Zidane y a Lizarazu a comer mandioca y boniato.

Según sus propias palabras aquello fue mejor que haber ganado el Mundial.

«Yo nací en Nueva Caledonia. No soy francés. Yo no me lo considero y ellos tampoco me lo consideran. Mientras jugué en Francia descubrí que es un país racista. En Francia, un ciudadano de color no dispone de las mismas posibilidades que un ciudadano blanco. Estuve a punto de renunciar a la selección cuando se realizaron las pruebas nucleares en el atolón de Mururoa. No lo hice porque siendo internacional, mis reivindicaciones tienen más relevancia». Karembeu en 1996 al poco de fichar por la Sampdoria.

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La primera perla negra (Salif Keïta)

En estas páginas ya he hablado alguna vez sobre el racismo. Al que da patadas se le llama asesino. Al que no es capaz de correr noventa minutos se le tilda de gordo o de viejo. Cabrón si pierde tiempo. Hijo de puta si contesta a la grada. Todo está mal. Pasa y pasa mucho. Y no son minorías. Reflejan el sentir de una sociedad que usa expresiones como ‘ser traidor como judío’, ‘engañar como un chino’ o ‘sudar como un panchito’. El caso es que llamar a alguien negro, atacarlo lanzándole plátanos o mofarse de él simulando gritos de mono dentro de un campo de fútbol no es racismo. Es una forma de desestabilizar al rival. De mal gusto, penable, incluso, pero es una entre tantas formas de ahondar en la mentalidad del oponente y comerle la moral.

Y con todo, no siempre fue así. El racismo no era cuestión en España, básicamente porque no había nadie distinto de nuestra raza en el país salvo un puñado de futbolistas. No éramos racistas, dado que no había necesidad de ello. Contaba mi padre que la primera vez que vio a un negro fue a un feriante en las fiestas de su pueblo. Años 60. Aquella tarde nadie subió a atracción alguna. Todos los niños se escondieron detrás de columnas para presenciar de cerca a aquel junco color de ébano. A aquel Baltasar venido del Lejano Oriente.

Ben Barek, Mendoza, Waldo o Jones pertenecían a esos futbolistas que no es que fueran mal tratados, sino que eran buscados, admirados. Todos eran vistos con la simpatía de lo exótico. Había poquísimos, la mayoría de los equipos no tenían ninguno y si recibían insultos nada tenían que ver con el racismo. Además, todos compartían lengua, costumbres y religión, ya que provenían de América. Y en caso contrario, caso de Ben Barek, lo hacían de Marruecos, país con lazos muy profundos con España.

Hasta que llega 1973.

Ese año se abren fronteras tras una década sin presencia de extranjeros en la liga española. El Barça fichó a Cruyff (Países Bajos) y a Sotil (Perú), el Madrid a Netzer (Alemania) y Más (Argentina) y el Atlético a los también argentinos Ayala y Heredia. Todos ellos blancos. Todos contrastados.

El Valencia CF, siguiendo la línea iniciada con los brasileños Waldo y Walter, decidió apostar por un delantero negro. Ocurre que en este caso indagó en una ruta jamás explorada. El África subsahariana.

El Valencia CF fichó a Salif Keïta.

Era un fichaje extraño para una España donde el Franquismo daba sus últimos coletazos. No obstante, era un fichaje de tronío. Procedía del Olympique de Marsella, era natural de Mali, jugaba como segundo delantero y había sido galardonado con el primer Balón de Oro africano. Ocurre que en Francia estaba muy asentado el fichaje de jugadores africanos. La época colonial había dado hijos afrancesados y el recorrido África-Francia estaba más que formalizado. Se argumentaba que encajaban bien en el país vecino por la misma razón que los sudamericanos se aclimataban con éxito en España. Pero aquello de que un subsahariano pudiese triunfar en la piel de toro no era visto como algo posible. Las editoriales de los periódicos fueron muy críticas con su llegada. En Las Provincias se dijo que el Valencia iba a por un alemán y acabó fichando a un negro. Así. A un negro. Y no pasaba nada. Keïta protestó con educación y ahí quedó la cosa.

Lo cierto es que era sensacional. Había debutado con apenas 16 años con la selección y ahora estaba en el Valencia con 27 años en su periodo de plenitud. Pecaba de individualista y su procedencia africana hacía que el aficionado multiplicase al cubo ese defecto, pero lo cierto es que técnicamente era fantástico y tenía ese gracejo propio del que aprende a jugar en la calle. Debutó con dos goles ante el Real Oviedo y dejó para el recuerdo un golazo ante el Atlético, el día del debut de Luis Aragonés como técnico colchonero, tras tumbar a varios rojiblancos dentro del área.

El debut de Keïta

Keïta había sido captado por un oftalmólogo francés que ejercía en Bamako, capital de Mali. Se lo ofreció a un amigo que era directivo del Saint Étienne, por entonces prima donna del fútbol francés. Era un chico liviano de apenas 62 kilos en unos 178 centímetros de altura. No lo tuvo fácil. En Mali era un símbolo nacional. Tuvo que abandonar Bamako de manera clandestina para coger un vuelo en Liberia temeroso de que el régimen dictatorial de Mali impidiese su salida del país. Salió rumbo al aeropuerto parisino de Orly un día antes de lo establecido para que nadie pudiese interceptar su salida. Así que llegó, solo, a una ciudad donde nadie lo conocía. Se subió a un taxi y puso rumbo a Saint Éttiene para cubrir 500 kilómetros sin un duro en el bolsillo. Tuvo suerte de que el taxista fuese futbolero y confiase en su palabra de que cobraría la carrera de 1.000 francos que le habían prometido.

Y luego estaba lo de aclimatarse. Había llegado a un club que recién se había proclamado campeón, por lo que tendría que funcionar desde el primer minuto. Con su zancada, regate y capacidad de remate se ganó el título, luego tan manoseado, de perla negra. Y eso que le costó. Tardó quince partidos en anotar su primer gol. Luego, subió como cohete. En la temporada 1968-69 marcó 21 dianas y en la siguiente dobló la cifra y se fue a 42 goles. Ese año fue el máximo goleador de Europa tan sólo por detrás de Gerd ´Torpedo’ Müller. En 1971 el Saint Éttiene disputó un amistoso en Paris ante el Santos y Keïta rivalizó en aplausos con el gran Pelé. Salif Keïta era pura belleza en piernas finas y fibrosas.

En Saint Éttiene era un semidios. La bandera con una pantera negra en fondo verde puebla, más de medio siglo después, las gradas del conjunto francés. Durante un tiempo incluso se añadió la pantera al escudo del club. Fueron 125 goles en 149 partidos y un legado incalculable. Luego Salif Keïta fichó por Olympique. No le fue bien. Le incitaron a pedir la nacionalidad francesa para no ocupar plaza de extranjero y se negó. Se enfrentó con los directivos de Marsella y dio el salto a Valencia. Aquí la cosa tampoco cuajó. Le pegaron mucho. No tenía cuerpo para aguantar a los defensas de la época y sufrió lesiones en los dos años que estuvo en la capital del Turia. Y no sólo eso. Por vez primera el racismo aparecía en el fútbol español. Donde antes el negro era visto con simpatía por exótico ahora era visto con desprecio por extraño. Quino Sierra, cinco temporadas en Valencia e internacional con España, dejó en el diario AS una perla para el recuerdo: «Los demás equipos se han reforzado y nosotros tenemos un negro que no rasca bola». Con Keïta también sucedió algo que nunca antes se había visto en un campo español. Los plátanos. Por vez primera aparecieron en el verde cuando Keïta se acercaba a la línea de cal.

Rápidamente la imponente presencia de Kempes en Valencia difuminó el recuerdo de Keïta. Y es una pena. En 1973 la FIFA organizó en el Camp Nou un encuentro amistoso América frente a Europa. Keïta fue el único invitado de otro continente y dio un recital en los 45 minutos en los que defendió la camiseta europea. Su presencia en el fútbol español y en el Valencia CF en particular es notoria como primer subsahariano de una larga lista que en la actualidad parece no tener fin.

El futbolista que cambió un escudo

El presidente del Sporting de Lisboa se enteró a través de una noticia radiofónica que el Valencia quería vender a Keïta. Contactó con el club ché a sabiendas de que no tenía dinero suficiente para pagarle la ficha. Pero Keïta quería jugar en Lisboa y conocer a Eusebio, el africano que goleó como europeo y que llevó el nombre de Portugal y de su Mozambique natal a ser conocido por medio mundo. No tuvo problema en aceptar una fuerte bajada de sueldo. A cambio pidió no entrenar los lunes y decidir si jugar o no jugar a domicilio en función de lo pesado de los desplazamientos.

En Portugal también fue ídolo y querido por sus compañeros. Llegaba siempre una hora antes de los entrenamientos y era el último en marcharse para casa. Gustaba de ejercer de defensa en los partidillos para enseñarle a los jóvenes delanteros como encarar a sus contrarios. En 1979 se convertiría en uno de los primeros africanos que emigraría al fútbol estadounidense para hincharse a ganar el dinero que había perdido en sus años de farándula lisboeta.

Keïta

Salif Keïta es un personaje capital en el deporte africano como precursor de la globalización del fútbol. Además de ganar el Balón de Oro africano, creado por L’Equipé en su honor, fue el primer negro en recibir la Orden del Mérito de la FIFA, fue presidente de la Federación de Fútbol de Mali y, por descontado, fue presidente de honor del Saint Éttiene. Es también tío de dos estupendos futbolistas. Su sobrino Mohamed Sissoko ganó la Copa de la UEFA con el Valencia CF y la liga francesa con el Paris Saint Germain. Otro de sus sobrinos, Seydou Keïta, se formó en la cantera del Olympique de Marsella antes de ganar dos Copas de Europa con el FC Barcelona.

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Boris Becker

1985. Boris le pega tan fuerte a la bola que siempre parece que va a salir por fuera de la pista. Tiene 17 años. Su saque es pura potencia. Su volea es perfecta. Un potro salvaje que parece a punto de despeñarse. Rubio. Guapo. Con cara de no haber roto nunca un plato. El futuro es suyo. Se le otorga el apodo de ‘Boom boom Boris’, dado que sólo necesita dos derechazos para noquear a su oponente.

1978. Leimen. Alemania Occidental. Boris es campeón nacional. Cuenta con once años. Lo hace todo a lo grande. Con las victorias se muestra eufórico hasta rozar la demencia. Con las derrotas se llena de rabia y se vuelve impredecible. Para Boris no hay término medio. O el todo o la nada.

1985. Wimbledon. John McEnroe, el gran favorito, queda eliminado en cuartos de final. A la final llega el sudafricano Kevin Curren, cabeza de serie número 8. Su rival es un chico de 17 años y 7 meses que responde al nombre de Boris Becker. Toda Alemania se pega a la televisión. Boris es una fuerza imparable al subir a la red. Su celebración cerrando los puños y dando pasitos con los pies hacia adelante causa sensación. Visceral, en su tenis no hay respeto alguno por su cuerpo. Se tira al suelo por la bola como muñeco de trapo. Pide aplausos al público por doquier. Es tribunero hasta la saciedad. Y gana. Es histórico. El jugador más joven en vencer en Wimbledon. El primer alemán que gana en la casa del tenis británico. Becker es un héroe nacional y es recibido como tal a su vuelta a Alemania. En las siguientes semanas recibirá más de 50.000 cartas de admiradoras con peticiones entre románticas y de sexo explícito. No es tiempo de redes sociales.

2005. Boris Becker reside en Miami. Conoce allí a Lilly. Boris es halagador, carismático, guapo y tiene mucho dinero. Muchísimo dinero.

1986. Boris es captado por Ion Tiriac, un exjugador ahora convertido en agente. Tiriac decide hacer millonario a Becker y de paso hacerse millonario él mismo. Boris se instala en Londres y vende exclusivas sobre su vida cada dos por tres. El alemán Bild se harta de sacar fotos de Boris y sus amigas. Todo forma parte de un acuerdo. No son robadas. Son pactadas. Él mismo perdió la oportunidad de hacer una vida normal. Por ahora le va bien. Gana Wimbledon por segundo año consecutivo. Becker es sinónimo de éxito. También es una superestrella sin valores.

Boris Becker

1987. Se muda de nuevo. Ahora vive en Montecarlo. La idea es no pagar impuestos. Pero la mina de oro gripa al entrar en una pista de tenis. Cae a las primeras de cambio en Australia. Su entrenador, aquel que lo conoce desde niño, decide renunciar ante los aires de divo de su antaño protegido.

2008. Zúrich. Boris lleva unos meses saliendo con una chica de la nobleza alemana mucho más joven que él. Llama por teléfono a Bild y anuncia que se va a casar. Lilly, su novia desde hace tres años, se entera por la prensa. Se entera de que Boris va a contraer matrimonio…con otra.

1989. Boris vuelve. Gana su tercer Wimbledon ante Stefan Edberg y logra el triunfo en el US Open. En el mes de enero de 1990 vence en el Open de Australia y obtiene el número 1 mundial. Recibirá honores ante los fotógrafos acompañado de su nueva conquista.

1992. Open de Australia. Boris aparece con su nueva novia. Se llama Bárbara. Es negra. Y es la buena. Un año después contraen matrimonio. El noviazgo marca un hito en tierras teutonas. Es la primera pareja interracial de renombre que se recuerda en Alemania. Su boda es televisada. Boris se convierte en papá y su rendimiento cae en picado. Parece otro y deja de un lado el tenis.

1996. Boris es la sexta raqueta en el ránking mundial. Es el número uno en el ránking de los mejores pagados. 125 millones de dólares en nueve años. Tiene propiedades en Londres, Múnich, Miami y Montecarlo. Todas son casas de lujo. El fisco alemán le reclama. Nunca ha pagado impuestos. Comenzará un largo juicio y Boris renegará de los alemanes. Envidia me tienen, dice. Cae de los 100 primeros del mundo y en 1998 se retira. Apenas cuenta con 29 años.

1999. Boris va a ser padre por segunda vez y decide volver a las pistas acuciado por sus problemas fiscales. Entrena como nunca. Pero su vuelta es terrible. Cae en primera ronda de Wimbledon por tres sets a cero ante Patrick Rafter. Lo deja definitivamente. Está destrozado. Se siente viejo e inútil. Esa noche deja a su mujer embarazada en casa y se va a cenar y a bailar a un local de lujo en el barrio de Mayfair londinense. Acabará acostándose con una empleada del restaurante.

2000. Annus horribilis. El Bild publica fotos de un recién nacido que es idéntico a Boris. Es su hijo ilegítimo. Nacido de aquella noche en Mayfair. Boris otorga una entrevista donde cuenta la surrealista historia de que aquella mujer le había drogado para luego hacerle una felación y quitarle el esperma con la intención de inseminarse. Sin embargo, eso no fue lo peor. La condena del fisco alemán es firme y Boris no puede enfrentarse a ello. Por un lado, toca pagarle al Estado alemán y por otro pagarle un multimillonario divorcio a su hasta entonces esposa.

2003. Boris está en Nueva York. Había sido condenado a dos años de cárcel de los que se libró. Hubo de pagar más de dos millones al fisco.

2008. Boris comunica a Bild que no se casa. Apenas ha pasado un mes desde que anunció que pasaría por la vicaría en segunda ocasión. Vuelve con Lilly y al poco ambos aparecen en un programa de máxima audiencia de la televisión alemana para anunciar su compromiso. En 2009 son matrimonio. Es el segundo de ‘boom boom’. Y otra vez es televisado. La boda es televisada. Para Becker la fama es una droga. Sino conseguía ser famoso por algo que hacía bien, lo iba a seguir siendo por hacer el ridículo. Aparece en shows televisivos bailando, cocinando, cantando o, simplemente, riéndose de sí mismo. Invierte en negocios de diferente calado y todos caen en desgracia. Pone dinero en la construcción de pozos petrolíferos en Nigeria que no van para arriba y en torres en Dubái que no se levantan.

2017. Arbuthof Bank, el banco que había financiado con intereses escandalosos la lujosa vida de Boris, reclama a su cliente 4.000.000 de dólares. Becker redobla sus exclusivas, sus ridículos y sus apariciones en fiestas privadas. Está perdido.

2013. Djokovic confía en Becker para ser su entrenador. Boris encarga su biografía. Le va bien. Compra una finca en Mallorca y encomienda una casa cuyo coste asciende a 15 millones de dólares. No les paga a los trabajadores y acumula una deuda de medio millón de euros con el constructor. Es demandado y recibe una visita de la justicia española. Le ordenan subastar la propiedad. El día del peritaje mete dos caballos purasangres en el dormitorio principal para que el perito no los encuentre. Necesita dinero rápido y lo consigue con un particular que le da 1.200.000 dólares al 25%. El particular se cubre las espaldas con una entidad bancaria llamada Arbuthof Bank.

2018. A Becker le piden el divorcio. El segundo. Otra vez una infidelidad. Y otra vez se publica en Bild. Y sigue sin ser el principal problema. El fisco está al acecho. Ahora la cárcel sí que es una realidad. De la primera se salvó por no tener antecedentes. Ahora no tiene salvavidas. Le paga a un alto funcionario de la República Centroafricana un pastizal para conseguir el cargo de agregado de deportes y así lograr la inmunidad diplomática. Es una estafa. Es todo falso. Está acabado. Le quitan sus propiedades en Estados Unidos y en Inglaterra y tras un largo litigio es condenado a tres años de cárcel en 2022.

2022. En diciembre, tras ocho meses en una prisión londinense, Becker sale de la cárcel por buen comportamiento y bajo la premisa de no volver a pisar nunca más el Reino Unido. Un helicóptero lo espera en la puerta del presidio y de allí lo lleva a su casa de Múnich. Al día siguiente da una entrevista en exclusiva en la televisión alemana por la que se lleva 250.000 euros.

Tres meses después presenta un documental sobre su vida y es cazado por los fotógrafos con su nueva y jovencísima novia mientras sigue aferrándose a la fama con la misma fiereza con la que golpeaba pelotas cuando apenas contaba con diecisiete años.

Becker saliendo de la cárcel

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Negros en la selección española

No era racismo. O si era. Vete tú a saber. El caso es que era un entrenamiento. Y había cámaras. Y se vio todo. Era el año 2004. Luis Aragonés era el seleccionador. José Antonio Reyes el niño bonito. El de Hortaleza llamó a un aparte al de Utrera y le dijo aquello de al negro de mierda dígale que usted es mejor que él. La arenga iba dirigida contra Thierry Henry, estrella del Arsenal y compañero en la delantera de José Antonio Reyes.

Se lió parda. Racismo, inquisición y todo el rollo de las colonias. En Inglaterra nos pusieron a parir. No los hay más papistas que el papa. ¿Era racismo? No. No era racismo. Era una expresión racista. Son cosas distintas. La primera es repugnante. Yo a la segunda le pondría el calificativo de triste. El racismo está intrínseco a la condición humana. Lo estuvo, lo está y lo estará. Las expresiones racistas se corrigen con educación y valores cívicos. Hay menos de las que hubo y hay más de las que habrá. Las expresiones homófobas, racistas o machistas afortunadamente irán feneciendo generación tras generación. La homofobia, el racismo y el machismo siempre formaran parte de la humanidad. Thomas Jefferson escribió aquello de que todos los hombres han sido criados iguales con derecho a la vida, a la libertad y a la felicidad, pero luego tenía 4.000 hectáreas en propiedad y 135 esclavos a los que les negó la liberación. Al menos no los azotaba como hacía George Washington.

El caso es que en España no abundaban los negros. Luis Aragonés conoció a unos cuantos, pero Luis fue un futbolista de élite que compartió duchas y vestuarios con trancas de color azabache. Para el común de los mortales ver un negro era un asunto paranormal. Mi padre, niño del rural gallego de los 60, siempre cuenta que la primera vez que vio a un negro fue en las fiestas de su pueblo. Era un feriante que acoplaba una atracción. Ningún niño se montó en aquellos caballitos. Todos pasaron la tarde detrás de una pared, ocultos, mirando a aquel joven de tez oscura que parecía un extraterrestre a ojos de aquellos zagales.

Suponemos que en Madrid o Barcelona el relato causará cierta gracia, pero tampoco es que en las grandes ciudades los negros fueran algo común. En 1980 había 200.000 extranjeros en España (0,5 % de la población) y la mayoría eran blancos sudamericanos. En 2020 eran 5.400.000 (11,5 % de los residentes) los extranjeros censados. En 2024, únicamente tres años más tarde, ya eran 6.300.000 (13,1% de los habitantes). La diferencia en cuarenta años ha sido demencial.

Ruta esclavista

La condena de la esclavitud es un hecho históricamente reciente. Todas las sociedades, sin excepción relevante, han contado con esclavos, desde los egipcios a los ingleses pasando, por supuesto, por los españoles. Lo singular del caso hispano es que de todas las potencias esclavistas europeas que ha habido la española ha sido, con diferencia, la más indulgente.

Como tengo dichas en otras ocasiones conviene ponerse las gafas de la historia. En términos morales la esclavitud es algo infame. En términos históricos la esclavitud es una institución económica. Hasta la propagación de la mecanización, el sistema de producción necesitaba de abundante mano de obra. Así nacieron sectores enteros de población cuya naturaleza era esa; la esclavitud. Era esta una vida sin dignidad humana, que no pobre, ya que, principalmente en tiempos antiguos, en la mayoría de las ocasiones vivía mejor el esclavo que el pobre.

La esclavitud pasó a ser un negocio multimillonario a partir del siglo XVI. A través de ese oficio lucrativo, aunque asqueroso, colonizarían bastos territorios de América con un número muy limitado de militares y civiles portugueses, españoles, ingleses, franceses o neerlandeses (también había esclavos blancos pululando los puertos del Mar Negro y de Oriente Medio, ya que rubios eslavos y morenos ibéricos abundaron en las cortes de sultanes otomanos). Los portugueses fueron los que le pusieron el cascabel al gato (el 40% de los esclavos africanos acabaron en Brasil) a lo que siguieron luego los españoles, pero de una manera mucho más residual, a pesar de lo que la Leyenda Negra nos ha hecho creer.

Mujer del Renacimiento y ferviente católica, Isabel patrocinó el viaje de Colón a las Indias no con afanes aventureros ni económicos, sino con la idea de instaurar una monarquía cristiana. La esclavitud era incompatible con su ideal político y religioso. Su misión era evangelizar a todos los nativos. Y ningún cristiano podía ser esclavo. La culminación de este planteamiento es el testamento leído tras la muerte de Isabel la Católica en 1504. Con la mentalidad de la época era algo extravagante e inaudito, pues nunca antes una potencia vencedora había decidido no esclavizar al vencido.

Se establecieron entonces las encomiendas, en las que se concedía a un español un número determinado de indígenas como mano de obra. Eran los líderes indígenas los encargados de movilizar el tributo y la mano de obra asignada. A su vez, los encomenderos debían asegurarse de que los nativos de la encomienda recibieran instrucción en la fe cristiana y en la lengua española y protegerlos de agresiones externas. Hubo problemas. Claro. A 7.000 kilómetros de distancia las órdenes y las sanciones llegaban con meses de retraso, por lo que muchas de esas encomiendas pasaban a ser esclavitudes encubiertas.

Hasta que en 1530 Carlos I reconociese el derecho a la libertad, a la propiedad privada y al cristianismo de todo nativo. Los conquistados en la Pampa, en México o en el Perú nunca serían esclavos. Éste último punto se antoja trascendental y es radicalmente moderno para la época.

Dado que los nativos americanos ya no podían ser esclavos, es entonces cuando se mira al mercado esclavista africano. Por entonces Lisboa era el centro negrero mundial por excelencia. Los portugueses llevaban años cambiando manufacturas y cereales por el oro y los seres humanos que los jefes tribales africanos y los árabes del Magreb les proporcionaban. A ese mercado se sumaron rápidamente los españoles porque, en términos legales, los negros ya eran “esclavos por naturaleza”.

Se calcula que sólo en el siglo XVII llegaron 250.000 esclavos negros a América. Pero eso era sólo el inicio. En 1714, tras el Tratado de Utrecht que puso fin a la hegemonía hispana, Londres ocupó el lugar de Lisboa como puerto mercantil de la esclavitud. Para el siglo XVIII ya eran siete los millones de esclavos africanos enviados a América.

Pero seguimos sin contestar a la pregunta; ¿por qué hay tan pocos negros en las antiguas colonias españolas? La respuesta está en la doctrina católica. Aun siendo esclavos, a todo aquel negro que se convertía al catolicismo se le integraba en la sociedad. Es más, en la América española el esclavo podía comprar su libertad. En las colonias inglesas o neerlandesas, esclava era toda la familia. En las españolas los hijos de un esclavo dejaban de serlo (al menos en la teoría). De ahí que exista abundante documentación de la existencia de cientos de negros que escapasen del dominio inglés para buscar cobijo en la Florida española.

Cuando hace ahora dos siglos llegó el momento de las guerras de independencia en América, la mayor parte de los nativos se alineó con la Corona española. Veían en la metrópolis una institución capaz de garantizar sus libertades y sus costumbres. Los criollos, los hijos del mestizaje (fruto de las revolucionarias ideas de Isabel la Católica el mestizaje diferenció la colonización hispana de todas las demás potencias europeas), eran los que querían acabar con las costumbres indígenas. Cuando Simón Bolívar llegue al sur de Colombia en 1820 escribirá, entre horrorizado y sorprendido, que sus enemigos más encarnizados eran indios nativos.

Perdidas las colonias norteamericanas, desde el Imperio Británico se presiona para abolir la esclavitud, lo cual se hará efectivo en 1833. No es un acto de fe, dado que seguirán esclavizando de facto a los africanos durante el siglo XIX, más los esclavos dejarán de existir como mano de obra en las Islas y se perseguirá y juzgará a aquellos que trafiquen con personas por todo el Atlántico. Presionados por los británicos, el resto de naciones europeas y las nuevas naciones sudamericanas aceptarán la nueva realidad con celeridad.

No será ese el caso de Estados Unidos, que no abolirá la esclavitud hasta 1865 tras una cruenta guerra civil, o de Brasil, que no lo hizo hasta 1888, tras más de medio siglo de independencia. España no acabó con la esclavitud hasta 1880, manteniendo viva esa sucia realidad en Puerto Rico y Cuba para gloria de las compañías negreras de Bilbao, Cádiz o Barcelona. Y con todo habrá que esperar al siglo XX para ver al mayor negrero de la historia, el industrial alemán Alfred Krupp. Cierto día, en una reunión con Hitler, le comentó que antes de gasear, asesinar o encarcelar a elementos desafectos, siempre era mejor hacerlos trabajar hasta la muerte para aumentar la producción bélica. Se estima que en las fábricas Krupp trabajaron unos doce millones de esclavos. Alfred tuvo bajo sus órdenes directas a unos 200.000.

Volvamos al siglo XIX. Es entre 1820 y 1880 cuando la esclavitud financiada por España se torne en real. Se estima que llegaron el doble de esclavos al caribe español en esos sesenta años que en los dos siglos anteriores. Y coincidió en el tiempo cuando desde el Imperio Británico se prohibía y se luchaba contra la esclavitud. De ahí la mala, y en cierto modo injusta, fama española. El malagueño Pedro Blanco, uno de los mayores negreros de la historia, había hecho su fortuna traficando entre Sierra Leona y La Habana hasta que en 1850 sus barcos fueron arrasados por la marina británica. Ese hecho incendió a la opinión pública inglesa en el momento en el que la alfabetización se había generalizado y el periódico era devorado por las masas. Fue así como, a pesar de ser la potencia europea más restrictiva con la esclavitud, la Leyenda Negra y el derrumbe hispano en el siglo XIX hizo que a ojos de la sociedad ilustrada España quedase como un país rancio y anquilosado.

La leyenda negra….

— NEGROS EN LA SELECCIÓN ESPAÑOLA —

El primer partido de la selección española tuvo lugar en 1920 en Amberes. Fue llegar y besar el santo porque España logró la medalla de plata en aquellos Juegos Olímpicos. No estaba allí presente Paulino Alcántara, el hombre con el récord de goles anotados en la historia del FC Barcelona hasta que Leo Messi lo pulverizó en 2014. Paulino debutó con La Roja en 1921 a los 25 años. Antes había sido internacional con Filipinas. Pero la primera gran figura del fútbol español no era negro, sino blanco con ligera tez morena. Hijo de militar español y de una joven filipina había nacido dos años antes de que España perdiese sus colonias en Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

Cubano era Chus Alonso (3 veces internacional), centrocampista del Real Madrid de la posguerra y autor del primer gol en Liga en el Santiago Bernabéu. Alonso había nacido en una Cuba ya independiente, pero sus padres eran asturianos. Para entonces nadie emigraba a España, sino que eran los españoles los que emigraban al extranjero debido a la carestía y la falta de libertades del Franquismo. Y aun así había quien soñaba con vivir bajo el paraguas del Caudillo. Es el caso de Laszlo Kubala (19 partidos) y Ferenc Puskás (4 partidos). Ambos húngaros de nacimiento y ambos acabarían siendo figuras en España e internacionales con su país de adopción. Junto a ellos, a caballo entre los 50 y los 60, estará Alfredo di Stéfano (31 partidos). En todo caso todos ellos eran nacionalizados y todos eran blancos. Caso de los argentinos Rubén Cano (12 internacionalidades) y Juan Antonio Pizzi (22 partidos), el paraguayo Eulogio Martínez (8 internacionalidades) o el brasileño Diego Costa (24 encuentros).

Dado que España durante el Franquismo pasó a ser país de emigrantes también contamos con casos de futbolistas que son hijos de padres que hicieron la maleta buscando un futuro mejor. Es el caso de José Eulogio Gárate (18 internacionalidades) que nació en Argentina, aunque a los pocos meses ya estaba de vuelta en España. Algo más, concretamente ocho años, fue lo que tardó Roberto López Ufarte (15 partidos) en dejar Marruecos y volver a Irún. Cuatro años eran los que tenía Álvaro Cervera (1 encuentro con España) cuando llegó a Tenerife procedente de Guinea Ecuatorial donde trabajaba su padre.

Con los años la diáspora española se europeizó hasta que la llegada de la democracia hizo que esos emigrantes se convirtiesen en retornados. Así muchos niños nacidos en los 60 y 70 pasaron a ser futbolistas españoles de pleno derecho entre la última década del pasado siglo y la primera del presente. Nos referimos al suizo Luis Cembranos (1 partido), al francés Armando Álvarez (2 partidos), al danés Thomas Christiansen (2 partidos) o al nacido en Alemania Curro Torres (5 internacionalidades).

Todos ellos son blancos.

Pizzi (22 veces internacional)

El primer negro de la selección tendría que haber sido Miguel Jones. Jones sí que era negro. Su padre era un destacado político en la entonces colonia española de Guinea, pero al poco se trasladó a vivir a Bilbao. Miguel era hincha del Athletic, pero nunca pudo jugar con el club de sus amores ante la estricta política de fichajes que entonces tenían los leones. De aquella no valía con formarse en Euskalherria, también había que haber nacido en territorio vasco. El caso es que Jones acabaría haciendo carrera en el Atlético de Madrid. Jones llegó a estar convocado para un partido de la selección española ante Rumanía, pero no pasó de hacer ejercicios de calentamiento en la banda y se perdió una oportunidad histórica.

Hubo que dar un salto en el tiempo.

El primer negro que jugó con España fue Vicente Engonga Maté. Debutó un 23 de septiembre de 1998 en Granada en un encuentro amistoso ante Rusia. El seleccionador era José Antonio Camacho que contó con su presencia en 14 partidos y lo convocó para formar parte de la plantilla de España en la Eurocopa 2000. Sus padres eran guineanos y, aunque había nacido en Barcelona, pasó su infancia en Torrelavega. Engonga, y sus tres hermanos, pudieron ser internacionales con Guinea Ecuatorial, pero la federación africana no tenía forma de costear los futuribles viajes de España a África. El tiempo pasó y Vicente, el mejor de ellos, debuta en Primera con el Real Valladolid a los 26 años. Era una edad tardía, pero acababan de comenzar los 90, años de doble pivotes, medios de contención y robar antes que pasar. Engonga era duro y trabajador, un Makelelé a la española. Hizo carrera en el RC Celta antes de formar parte de alguno de los mejores años de la historia del RCD Mallorca.

Engonga. El primer negro

Antes, concretamente cuatro años antes, había debutado Donato Gama da Silva. Negro, negrísimo. Pero no era un negro español. Donato (12 internacionalidades) era brasileño y se había nacionalizado español tras su exitoso paso por Atlético de Madrid y RC Deportivo. También negros nacionalizados eran los brasileños Catanha (3 internacionalidades) o Marcos Senna (28 partidos) el negro más victorioso, ya que llegó a proclamarse campeón de la Eurocopa 2008.

Los nuevos tiempos han hecho que ya no sea extraño ver a un negro vistiendo la camiseta de la selección. Muy recientes son los casos de los mestizos Thiago Alcántara (46 internacionalidades) o Rodrigo Moreno (28 partidos). España es hoy país receptor de emigrantes y se ve en la composición de estos nuevos futbolistas. Adama Traoré (8 partidos) nació en Hospitalet, pero es hijo de padres malienses que se instalaron en Barcelona a finales de los 80. A España también emigraron a inicios de los 90 los Williams, cuyo primer hijo Iñaki (1 partido) nació en Bilbao y el segundo Nico (25 internacionalidades de momento) lo hizo en Pamplona.

Es obvio que cuando se introduzcan en la elite todos aquellos futbolistas nacidos en el nuevo siglo el número de negros en la selección se asemejará a lo que ocurre en otros países europeos del entorno, incluyendo a la hasta no hace mucho aria Alemania. Es cierto que el peso de la emigración latinoamericana mitigará este efecto y España se parecerá más en sus alineaciones a Italia que a Francia o a Portugal, pero es innegable que los tiempos cambiarán y lo que antes era una rareza ahora será una certeza. Se pensaba que el líder de esa generación sería Ansu Fati (10 internacionalidades), un africano que a los seis años vivía en Sevilla junto a su familia y que tres años más tarde entraba en las categorías inferiores del FC Barcelona. No fue así. Lo será el ya campeón de la Eurocopa y también producto de Can Barça Lamine Yamal (17 internacionalidades a los 17 años) de padre marroquí y madre ecuatoguineana criado en Mataró. Quién sabe si será la estrella del Mundial 2026 formando una delantera negra y campeona junto al ya citado Nico Williams y al delantero melillense Samu Omorodion (1 vez internacional de momento). Quizás. Y quizás uno de esos tres marque el gol de la victoria mundialista tras pase de Alejandro Balde (7 internacionalidades), lateral negro barcelonés de madre dominicano y padre bisauguineano.

Lamine. El NEGRO de España

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Swing low, sweet chariot

Rugby. Deporte de bárbaros jugado por caballeros. Quizás no exista deporte tan decimonónico como el rugby. No fue hasta finales del siglo XX cuando se profesionalizó y aun hoy no hay jugador que ose discutir a un árbitro decisión alguna por muy errónea que fuese. La tecnología y el rugby siguen sin casar y, a pesar de los tímidos intentos por globalizar el deporte del balón ovalado, las competiciones tradicionales siguen siendo coto cerrado de las naciones con más pedigrí. Todo este coctel se retroalimenta con un calendario exiguo para lo que el mundo televisivo exige. No es viable jugar más de un partido de rugby a la semana dado el brutal desgaste físico de los jugadores.

El santo sactorum del rugby es el Six Nations Championship, antiguo torneo de cinco naciones y mucho antes torneo de cuatro naciones. En el Seis Naciones compiten Inglaterra, Escocia, Gales, Irlanda (unidas bajo una misma bandera en uno de esos milagros que el deporte realiza de cuando en cuando), Francia y la advenediza Italia. Durante mes y medio estas seis orgullosas naciones compiten entre sí para ser consideradas como la mejor selección del hemisferio norte. Todo lo que rodea a estos partidos está plagado de tradiciones y rituales los cuales son tan o más importantes que lo que ocurre en el rectángulo de juego.

Seis Naciones

Inglaterra es la plusmarquista del torneo en dura competencia con Gales. Los ingleses siempre han tratado a los galeses con condescendencia. Escocia es a Inglaterra como Cataluña es al resto de España, mientras que Irlanda es a Inglaterra como Euskadi es a España. Gales es Galicia. Un territorio diferente a la vez que sumiso, que los ingleses siempre han tratado con migajas al considerarlos inofensivos. Es en el rugby donde Gales luce orgulloso su dragón celta sabedores de que al menos son tan superiores como los crecidos ingleses.

Es pues normal que los galeses entonen un himno patriótico cuando el Millennium Stadium de Cardiff se viste de gala para recibir a su orgullosa selección de rugby. El cántico (Hyd) exalta la supervivencia de la lengua y la nación galesa “pese a todo y pese a todos, todavía estamos aquí” tal y como reza el estribillo. El resto de la canción hace referencia a Magno Máximo, emperador romano del siglo IV que nació en tierras galesas.

El caso es que Inglaterra no contaba con una canción oficial que lucir para sus partidos de Twickenham más allá del himno nacional. Ocurrió que en 1988 Inglaterra perdía por 3-11 en casa ante Gales, la cual se encaminaba a lograr un nuevo trofeo. Nada extraño dado que en los veinte años anteriores Inglaterra sólo sumaba dos títulos. La sangría era aún peor debido a que Irlanda, tradicionalmente inferior a los ingleses, sumaba 15 triunfos en los últimos 23 encuentros contra los ingleses. Nunca fueron peores los tiempos para el rugby inglés. Así pues, tras aquel desastre contra Gales tocaba cerrar el torneo de 1988, ya sin nada en juego, en Twickenham, al suroeste de Londres, frente a Irlanda.

Los ingleses llevaban tres partidos sin anotar siquiera un ensayo. Era el 19 de marzo de 1988. Al descanso Irlanda vencía por 0-3. Tras el interludio Inglaterra lograba un ensayo. ¡Un milagro! Había sido anotado por Chris Oti, el primer jugador negro de la selección en 80 años. Fue entonces cuando un grupo de universitarios comenzaron a cantar Swing Low, Sweet Chariot para animar a Oti. Y Oti marcó su segundo ensayo y entonces muchos otros espectadores sentados cerca de aquellos chicos se unieron a la canción. Para cuando Oti anotó su tercer ensayo de aquella tarde, todo Twickenham cantaba Swing Low, Sweet Chariot. Inglaterra había aplastado a Irlanda por 35-3 y aquella canción se convertía en himno oficioso del XV de la Rosa.

¿De dónde había salido esa canción? Hubo que retraerse hasta 1849. Sweet Chariot (Linda Calesa) era la canción que solían entonar los esclavos afroamericanos de Estados Unidos y que pronto se propagó entre los que aun atravesaban el Atlántico con grilletes en los tobillos desde África. La canción tiene una curiosa historia. Cuenta la vida Harriet Tubman, una esclava que vivía en Maryland con sus diez hijos y que una noche de 1849 escapó en su carreta guiándose por la Estrella Polar para buscar el Norte, es decir la libertad, a pesar de atravesar peligrosos caminos repletos de cazarrecompensas en busca de esclavos en fuga. Pero no contenta con ello, regresó en quince ocasiones al Sur en busca de esclavos a los que salvar en su carroza camino de la liberación. La cabeza de Harriet Tubman llegó a valer 40.000 dólares de la época.

La melodía y su letra fue compuesta años después por Wallace Willis, un esclavo negro, que, una vez liberado, consiguió trabajo en una parroquia bajo órdenes de un reverendo al que le encantaba la música coral. A inicios del siglo XX aquel himno de libertad afroamericano era un éxito de ventas y en la década de 1960 se convertirá en referente en la lucha por los Derechos Civiles. Luego alcanzará el estatus de mito al sonar en el festival de Woodstock de 1969 gracias a las cuerdas vocales de Joan Báez.

Swing Low, Sweet Chariot se trata de un cántico simple, apenas un estribillo, que sonaba indefectiblemente durante la puesta de sol en los enormes campos de algodón de Estados Unidos. Mécete suave, dulce carruaje/ que vienes a por mí para llevarme a casa. Apenas eso, un par de versos que se repiten. La letra original es algo más larga y refuerza el contenido religioso con alusiones al río Jordán y a los ángeles. Elvis, Johnny Cash, Eric Clapton o Beyoncé la incluyeron a su repertorio. También Mocedades, un grupo famosísimo en la España de la década de 1970.

El caso es que, sin un motivo razonable, aquella canción de esclavos se convirtió en el himno oficioso de Inglaterra. Una curiosa ironía, dado que todas las demás naciones de Gran Bretaña consideran de un modo u otro a los ingleses como sus opresores. Fuese como fuese, el éxito de Sweet Chariot fue vertiginoso hasta instalarse en la tradición colectiva del rugby. Incluso se hizo una versión para la Copa del Mundo de Rugby de 1991, y a esa siguieron más versiones para otras ediciones del Mundial grabadas por el grupo UB40 o el cantante británico Russell Watson.

Hoy, Swing Low, Sweet Chariot está en tela de juicio. En 2013 se inició una investigación por parte de World Rugby, la federación internacional, para dictaminar si el uso de la canción debería ser prohibido por sus connotaciones racistas. La presión popular evitó el fin de la melodía. Pero lo cierto es que hay amplios sectores ajenos al rugby que consideran que la canción no debería ser entonada, dado que es una melodía triste que recuerda el sufrimiento y las penurias de los esclavos en busca de la libertad. Mientras, la comunidad negra no se muestra especialmente cómoda al ver entonar uno de sus himnos por un público, el del rugby, cuya inmensa mayoría es blanca.

Por de pronto, a la altura de 2025, el XV de la Rosa y sus fieles seguidores seguirán entonando el Swing Low, Sweet Chariot cada vez que el equipo juegue un partido del Seis Naciones.

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El 68 de Arthur Ashe

Actualmente formamos parte de lo que los historiadores dieron en llamar Historia Contemporánea. Hay quien argumenta que, en tiempos futuros, 1989 marcará el fin de esa etapa para darle paso a una nueva que está por nombrar. La caída del Muro de Berlín es la pauta a marcar para el común de los mortales. Pero hay algo más. En 1989 Tim Berners-Lee comenzó a desarrollar la página web que haría realidad en 1991, el mismo año en el que la bandera de la hoz y el martillo dejó de ondear en el Kremlin. Sólo el futuro nos dirá si 1989-1991 marcará una nueva era. No obstante, hay historiadores que van más allá. Según sus teorías el mundo futuro (nuestro presente) comenzó en 1968. Ese año, por vez primera en la Historia de la Humanidad, los jóvenes pasaron a tomar el control de la sociedad substituyendo a la experiencia y al respeto de los más ancianos a los que siempre se les había considerado como garantes de sabiduría.

La mujer arrinconada en su casa dio un salto triple mortal hacia la libertad. Y el hombre por vez primera se rebeló ante la guerra. Todas las generaciones de varones debían afrontar la posibilidad de morir en el campo de batalla. Aquellos nacidos en la década de 1940 se rebelaron contra el futuro establecido. En 1968 los jóvenes occidentales desaprobaron al sistema, rechazaron a la autoridad y renegaron del mundo que había sido construido. La tradición, la religión y la familia dieron paso, y para quedarse para siempre jamás, al ocio, a la libertad individual y a lo que se daría en llamar disfrutar de la vida.

Arthur Ashe es una de esas personas a las que 1968 les cambió la vida.

Arthur Robert Ashe fue un niño del sur. Nacido y criado en Richmond, capital de Virginia. O lo que es lo mismo. Capital de los Estados Confederados de América. De la América del algodón y de la esclavitud. Su padre trabajaba como chapuzas para un reputado médico…reputado médico blanco. Ashe y su padre eran negros. El señor Ashe era humilde, pero se afanó por ofrecerle a su hijo una educación exquisita. Ante todo, le mostró que podría conseguir lo que desease mientras se manifestase sereno. Si era inteligente, si tenía un comportamiento impecable y si usaba el cerebro y nunca los puños, lograría prosperar.

Arthur Ashe se aplicaría a rajatabla las enseñanzas de su padre. En la vida y en el tenis. Y es que Arthur comenzó a practicar en el jardín de la casa del doctor Johnson. Sus progresos fueron extraordinarios. Jugaba vestido de blanco, con una pelota blanca, con líneas blancas y rodeado de blancos. Y era el mejor entre todos ellos. Y se reían de él, y le insultaban y le escupían. Y Arthur contestaba con una sonrisa.

Si se mostraba sereno podría conseguir lo que querría. Lo tenía grabado a fuego.

Era un Tío Tom.

El Tío Tom es el personaje de una célebre novela del siglo XIX que cuenta la historia de un esclavo y su familia, quienes a pesar de las múltiples desgracias que les acontecen, aceptan su destino y su situación con respecto a los blancos. Malcolm X llamaba Tío Tom a Martín Luther King.

Los negros estadounidenses llaman Tío Tom a aquellos otros negros que consideran sumisos con los blancos o, simplemente, poco reivindicativos.

Arthur Ashe era un Tío Tom de manual.

Arthur Ashe

Lo que es seguro que era Arthur era un tenista extraordinario y mejor persona. Como tenista tenía una derecha descomunal. Era rápido y agresivo. Delgado, desgarbado y con un gran revés y un mejor saque. Pudo saltar al mundo profesional, pero recibió varias becas deportivas y decidió matricularse en la Universidad de California Los Ángeles (UCLA). Allí estudió economía y aprovechó su tiempo libre para viajar. Se echó una novia blanca y aprovechó la libertad y el anonimato que le daba California para convertirse en ciudadano del mundo.

Arthur era in intelectual. Jugaba al tenis con gafas de pasta. Le gustaba vestir bien y llevar ropa de marca. Frecuentaba los clubes elitistas de la América blanca. No era para nada el estereotipo del afroamericano. Los blancos cumplían con el cupo y los negros no entendían que hacía rodeado de blanquitos. Arthur el Cagón le llamaban. Había dudas y desprecio. Pero él no apreciaba nada de ello. Su padre no sabía leer y le había inculcado una obsesión por la disciplina y por el respeto hacia los blancos. Si él lo tenía hacía ellos, ellos lo tendrían hacía él.

Había guerra en Vietnam. Los negros renegaban de ella. Era una guerra de blancos. Si en Estados Unidos no había libertad no iban a ir ellos a luchar para defenderla en un remoto rincón de Asia. Ashe no pensaba así. Renunció nuevamente a su carrera profesional, cambió de universidad y se matriculó en la Academia Militar de West Point. Su hermano estaba en Vietnam. Desde el fin de la II Guerra Mundial se estableció que dos hermanos no podrían combatir en la misma guerra. A Arthur le dio igual. Se alistó en los marines y allí estuvo. Es cierto que no fue un recluta al uso. Fue tratado en palmitas y no estuvo nunca en primera línea de combate. Pero allí estuvo.

Muhammad Ali perdió su título de los pesados y fue encarcelado por negarse a ir a Vietnam. Arthur Ashe hizo todo lo contrario.

Arthur era un Tío Tom.

Fue vilipendiado por sus hermanos negros.

Era 1968. Y entonces mataron a Luther King. El hombre que creía en la reconciliación entre razas. Fue un golpe para Ashe. Por vez primera sintió la necesidad de dar un paso adelante. Dio un discurso en una marcha en Washington DC.

Meses después mataron a Bobby Kennedy. El pequeño del clan era candidato a la presidencia. Era un rico blanco de la Ivy League, pero creía en la igualdad de razas. Aquello supuso un golpe total para Ashe. Todos sus ideales estallaron en mil pedazos.

Y fue asaltado.

Y fue presionado.

Tenía que dar un paso al frente.

Tenía que convertirse en activista.

Era tiempo del US Open. Su primer US Open. Su primer gran torneo como profesional.

“Todos quieren que hable. Será la raqueta la que hablará por mí”.

Fueron las únicas palabras de Ashe en todo el torneo.

Ashe fue el único negro participante en todo el torneo. El único entre 128 candidatos. Venció en la final al neerlandés Tom Okker en cinco sets. Al día siguiente, un lunes lluvioso en Nueva York, decenas de ciudades estadounidenses registraron disturbios raciales que se saldaron con varios muertos. Ashe dio su primera entrevista en semanas. Habló de tenis y por vez primera habló de lo que estaba sucediendo en Estados Unidos. Nuevamente fue ambiguo. Fue calmado. Fue el Luther King de la raqueta. No gustó ni a unos ni a otros. “Soy un campeón negro. Se me escuchará y utilizaré las palancas del poder para hablar. Pero lo haré a mi manera, no a la manera que quieren los demás. Yo no me reprimo. Yo interiorizo las cosas”.

Ashe comenzó a frecuentar programas de radio y de televisión y a conceder entrevistas a periódicos y revistas influyentes. Lo hacía siempre sin levantar la voz, con una calma pasmosa. Iba bien vestido y se mostraba afable a la vez que beligerante. Usaba siempre gafas de pasta de distintos colores que lo hacían agradable a la cámara. Comenzó a cartearse con Nelson Mandela, quien desde una cárcel sudafricana propugnaba el perdón entre negros y blancos en lugar de la venganza. Ashe renunció a jugar la Copa Davis o a ganar dinero en grandes torneos para poder competir en Sudáfrica, un lugar donde los negros tenían prohibido empuñar una raqueta. Le negaron por tres veces el visado hasta que a la cuarta logró entrar en el país. Se dedicó a visitar barrios negros, jugar al tenis con niños pobres o regalar material deportivo a cualquiera que se lo pidiese. Después jugó el torneo de Johannesburgo ante miles de espectadores blancos. Él era el único negro presente en el recinto. Perdió frente a su compatriota Jimmy Connors, la genuina expresión del blanco rico y arrogante.

En Estados Unidos fue criticado. Su derrota era una vergüenza para los negros. Su exposición en Sudáfrica era un sinsentido para los blancos. No era querido ni por unos ni por otros. Pero Ashe estaba haciendo algo distinto. Algo que poco a poco iba a calar entre la sociedad estadounidense. Arthur Ashe fue la primera persona pública que hizo comprender a los negros que la ortodoxia negra no era sustituta del racismo blanco institucionalizado. No es negros contra blancos. No es venganza. Se trata de que la gente tenga libertad para tomar sus propias decisiones. Ese es el objetivo.

Ashe en Sudáfrica

Los años pasan y la figura de Ashe es cada vez más respetada. Ashe lleva tiempo lejos de su mejor nivel. La raqueta ya no es su prioridad. Estamos en 1975. Wimbledon. Jimmy Connors es el gran favorito. No pierde set alguno hasta plantarse en la final. Connors había demandado a Ashe años atrás, cuando lo de Sudáfrica, por antipatriota al renunciar a jugar la Copa Davis. No pierde set alguno. Ashe, ya con 32 años, había vencido contra pronóstico a Björn Borg anteriormente.

En la final Ashe cambia se habitual juego directo y agresivo por uno de ritmo lento donde usa y abusa de los globos. La idea es bajar el ritmo para que Connors no se muestre cómodo. Arthur utiliza la cabeza y no los músculos, tal y como le hubo inculcado su padre. Vencería por 6-1, 6-1, 5-7 y 6-4 poniendo un colofón majestuoso a su carrera.

Wimbledon 1975

Una vez retirado Arthur Ashe se convertiría en capitán estadounidense de la Copa Davis. No le tembló el pulso para meter en vereda a John McEnroe por sus desplantes e hizo las paces con Jimmy Connors por el bien del equipo. Cuando Ashe se cuadraba ante el himno nacional todos callaban. Por entonces ya era un hombre reverenciado por negros y por blancos a lo ancho y largo de Estados Unidos. Se casó con una fotógrafa negra y siempre se jactó de anteponer la carrera profesional de su mujer por encima de todo lo demás. También luchó para incrementar los premios en los torneos femeninos para igualarlos al de los hombres.

En 1983 sufrió un ataque al corazón y en 1988 se hizo público que era portador de Sida. Su hija de cinco años se enteró a través del USA Today que filtró la noticia con un gusto deplorable. Fiel a su estilo, Ashe cerró la boca e invitó a su hija a un helado. Nunca más volvería a dar una entrevista a ese diario, pero de su boca tampoco salió jamás palabra malsonante alguna. Viviría cinco años más y aun tendría tiempo, visiblemente enfermo, para viajar a Sudáfrica y darle un abrazo a Nelson Mandela cuando éste salió de la cárcel.

«Sé que nunca me habría perdonado si hubiera elegido vivir sin un propósito humano, sin tratar de ayudar a los pobres y desafortunados, sin reconocer que, quizás, el goce puro de la vida viene al tratar de ayudar a otros». Arthur Ashe.

“Demasiados negros sueñan con ser deportistas y pocos sueñan con ser médicos, abogados, ingenieros, periodistas o profesores”. Arthur Ashe.

“En el mundo 50.000.000 de chicos comienzan a jugar al tenis, 5.000.000 aprenden a jugarlo, 500.000 aprenden tenis profesional, 50.000 entran al circuito, 5.000 alcanzan jugar un Grand Slam, 50 llegan a Wimbledon, 4 a las semifinales, 2 a la final. Cuando estaba levantando el trofeo en Wimbledon nunca le pregunté a Dios; ¿Por qué a mí? Y hoy con el Sida, tampoco le debería preguntarle; ¿Por qué a mí?”. Arthur Ashe.

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17 de junio de 1994

Era viernes. 17 de junio de 1994. El verano tocaba nudillos en la puerta. En Berlín tropas británicas, francesas y estadounidenses abandonan sus puestos en los cuarteles de Berlín Occidental. Días más tarde lo harán los soviéticos del antes llamado Berlín Oriental poniendo fin a la Guerra Fría y al siglo XX antes de tiempo. Estados Unidos es dueño del planeta. Gran parte de su triunfo se debía a un poder blando labrado durante décadas en el que el deporte era eje trascendental.

Aquel 17 de junio la oferta deportiva en Estados Unidos iba a paralizar al país y a medio mundo. Desde primera hora de la mañana en Oakmont, Pensilvania, tendría lugar la segunda y última ronda del US Open de golf. Luego, a las 14:00 hora local, se inauguraría el Mundial de fútbol en el Soldier Field de Chicago con un encuentro entre Bolivia y Alemania, entonces vigente campeón. Con una hora de adelanto por mor de los usos horarios, la ciudad de Nueva York se paralizaría con miles de personas en sus aceras para ver los festejos que coronaban a los Rangers como campeones de la Stanley Cup de la NHL tras más de medio siglo de espera. Y luego, como fin de fiesta, el Madison Square Garden de la Gran Manzana sería testigo del quinto partido de las finales de la NBA que enfrentaba a los New York Knicks contra los Houston Rockets y que en aquel momento mostraban un empate a dos victorias al mejor de siete partidos.

Lo de las finales de la NBA estaba siendo el clímax de la aridez y de la aprensión. Knicks y Rockets disputaban una serie de playoffs siderúrgica con defensas agresivas y con anotaciones bajísimas, sinónimos de la negación del común de los aficionados. Si el baloncesto de la década de los 90 fue condenadamente duro, las finales de la NBA de 1994 fueron batallas en trincheras en cada jugada. Duro, ultra físico, con acometidas de hombres con pelos en el pecho. El culmen final de una época de hermetismo postindustrial. De hijos que a través del deporte honraban a sus padres y a sus abuelos obreros. Cuando para ganarse la vida había que TRABAJAR con mayúsculas. Los últimos coletazos de los Stallone, Schwarzenegger o Willis. La última época dorada de los hombres que no lloran.

Eran unas finales que pivotaban en dos hombres altos. Hakeem Olajuwon era un gigante con pajarita. Podría pasar por diplomático nigeriano con un puñado menos de centímetros. Criado baloncestísticamente en Houston buscaba para los Rockets su primer título de la NBA a través de unos pasos de baile que hipnotizaban a sus rivales debajo del aro. Mientras, Patrick Ewing era una montaña de músculos que había devuelto el orgullo a Nueva York, la meca del baloncesto. Los Knicks eran la franquicia más valiosa de la NBA, pero acumulaban dos décadas de fracasos en busca de un título que era primordial para la ciudad de Nueva York.

Cinco días antes del que sería un legendario 17 de junio, los Houston Rockets se ponían 2-1 en la eliminatoria recuperando la ventaja de campo al vencer por 89-93 en Nueva York. Sería esa la anotación más alta de una serie de defensas hipermusculadas y tensión armamentística. Olajuwon firmaba 21 puntos, 11 rebotes y 7 asistencias, pero era incapaz de emocionar a los televidentes. Michael Jordan se había retirado por vez primera para jugar al beisbol, Bird y Magic ya no estaban y la audiencia televisiva de la NBA había caído un 30%. Lo verdaderamente importante el 12 junio, cinco días antes del día D, era que los cadáveres de Nicole Brown Simpson y Ronald Goldman aparecieron rodeados de un charco de sangre en un barrio residencial de Los Ángeles. La brutalidad había sido tal que Nicole tenía la laringe a la vista y Ronald era un coladero con agujeros en todo su cuerpo. Horas después la conmoción se adueñó de Estados Unidos cuando se encontraron manchas de sangre en el coche de OJ Simpson a apenas unos kilómetros de la escena del crimen. Era el principal sospechoso del asesinato de un crimen que se tornaba en pasional.

OJ Simpson y Nicole Brown

Aquel golpe de mortero conmocionó a Estados Unidos. Orenthal James Simpson era una celebridad. MVP de la NFL de 1973, considerado uno de los mejores jugadores de fútbol americano de siempre, su fama como deportista se mantenía tras su retirada gracias a su sonrisa, su encanto y su éxito como comentarista televisivo. Llevaba dos años divorciado de su segunda esposa, una camarera llamada Nicole. Simpson era negro. Nicole blanca, rubia y de ojos azules. Nicole mantenía entonces una relación con Ronald, un actor de poca monta.

Millones de estadounidenses se engancharon a la televisión para seguir todas las novedades sobre el caso con la única excepción de los neoyorkinos. El martes 14 de junio en el Madison Square Garden de Nueva York los Rangers vencerán a los Vancouver Canucks en el séptimo partido de la final de la NHL logrando la Stanley Cup de hockey para la ciudad de Nueva York por vez primera en medio siglo. Brian Leetch recibía el premio MVP como mejor jugador de la final y exaltaba a los aficionados a colapsar las calles del centro de Nueva York para celebrar el éxito en el paseo triunfal que tendría lugar el viernes 17 de junio. La Gran Manzana sería la capital mundial del hockey sobre hielo.

Un día antes, jueves 16, en la otra punta del país, a más de 4.000 kilómetros de distancia, se da eterna sepultura al cuerpo y al alma de Nicole. OJ Simpson había llegado a estar esposado, sin embargo, le permitieron acudir al último adiós a su ex esposa. De riguroso luto y con gafas de sol, Simpson se agachó ante el féretro descubierto y besó el rostro sin vida de la que había sido su segunda esposa. La mayoría de los presentes en la ceremonia abrieron los ojos entre estupefactos y conmovidos por lo visto. Justo al finalizar el entierro la policía hacía público un informe de cinco años atrás en los que se detallaba una paliza que OJ le había propinado a su mujer tras una discusión. Aquello llevó al juez a dictar la orden de detención que se haría efectiva el 17 de junio de aquel año 1994 tras la negociación con los abogados del acusado.

Nacía así el viernes 17 de junio de 1994. Día de sillon-ball. Salsa rosa, crónica negra y deporte. Mucho deporte.

Simpson pasó aquella noche en casa de Robert Kardashian (abogado amigo suyo y padre de las celebérrimas hermanas). Prensa de medio país esperaba a las puertas del domicilio a que OJ saliese y se presentase en la comisaría de policía correspondiente. OJ Simpson decidió tomárselo con calma. Mientras esto sucedía se iniciaba la penúltima jornada del US Open de golf en Pensilvania. Colin Montgomerie, gran favorito, pasó el corte rumbo a la ronda final en primera posición, aunque acabaría cediendo el título dos días más tarde ante el sudafricano Ernie Els. Sin embargo, lo trascendental de aquella mañana fue el último putt de Arnold Palmer quien era incapaz de pasar el corte y quedaba eliminado. Se ponía así fin a la carrera de Palmer, el hombre que popularizó el golf por todo el mundo. The King, como era conocido, logró a través de sus modestos orígenes y una popularidad basada en hablar sin pelos en la lengua, a que el golf pasase de jugarse en campos privados y elitistas a que fuese accesible para las clases medias mediante la construcción de campos públicos. La retirada de Palmer auguraba un 17 de junio lleno de emociones.

El adiós de Palmer

Mientras Simpson se negaba a salir de la mansión de los Kardashian en Los Ángeles, en el Medio Oeste, en el estadio Soldier Field de Chicago, tendría lugar la inauguración del Mundial de fútbol de 1994. A diferencia de los otros hechos del día, el fútbol pasaría sin más pena que gloria en el corazón de los estadounidenses, mas no así en el resto del mundo que aguardaba impaciente el inicio del evento deportivo más seguido del planeta. En todo caso, aquel Mundial era un intento de la FIFA de volver a introducirse con éxito en el mercado más suculento del planeta tras aquel primer éxito de los 70 con el Cosmos de Pelé. Era por ello que la ceremonia de inauguración, el único evento del Mundial que tendría por seguro la atención de los estadounidenses, debería salir perfecta.

A las 14.00 hora local echaba a rodar el balón. Alemania, vigente campeona, derrotaba a Bolivia por 1-0 en un mal partido que dejaba intuir los problemas que los teutones iban a tener para revalidar el título. Minutos antes del inicio del choque, Diana Ross, actriz y cantante de The Supremes, había sido la elegida para hacer disfrutar al público presente en el estadio y al que seguía el evento desde sus casas. Zapatillas blancas y traje rojo, la voluptuosa Ross comenzó a cantar I’m going out mientras se dirigía hacía una de las áreas rodeada de bailarines.

Allí había una portería preparada para partirse en dos cuando Diana convirtiera el gol pateando un penalti. También esperaba un grandilocuente arquero dando saltos con buzo amarillo y pantalón blanco con la única intención de dejarse marcar un gol. Diana se dispuso a marcar el tanto de su vida micrófono en mano y dio un puntapié con la derecha… que se fue un par de metros más allá del palo derecho. Los fuegos artificiales explotaron, la portería se abrió como el Mar Rojo ante Moisés y Diana Ross actuó como una reina del espectáculo. Le dio todo igual, se abrió camino hasta el escenario mientras la gente seguía aplaudiendo sin saber que había pasado ya que, al fin y al cabo, la mayoría de los allí presentes de fútbol sabían más bien poco.

https://www.youtube.com/watch?v=EyAC4bPe0wY

— OJ SIMPSON Y LA FINAL DE LA NBA —

Al mismo tiempo que en Chicago el teutón Jurgen Kiinsmann anotaba el primer gol del Mundial, la calle Broadway se atestaba de fanáticos del hockey para seguir a la comitiva de los Rangers camino al City Hall con las entonces fastuosas Torres Gemelas al fondo. La fiesta fue de aúpa, pero irremediablemente tuvo que acabar pronto porque a las 20.30 hora local el Madison Square Garden se volvía a vestir de gala para el quinto partido de la final de la NBA entre Knicks y Rockets. El resultado entonces era 2-2 y los Knicks tenían la oportunidad de ponerse por delante antes de que la serie viajase a Houston para los dos últimos encuentros. El choque iba a comenzar poco después del segundo y último partido de la jornada inaugural del Mundial de fútbol. Se trató del sorprendente empate a dos goles entre España y Corea del Sur en partido disputado en Dallas. Aquella igualada dejaba a los de Javier Clemente con la obligatoriedad de sacar algo positivo del siguiente choque ante Alemania para aspirar a los octavos de final.

Y a todo esto OJ Simpson seguía atrincherado en casa agotando hasta el límite su entrega ante la policía.

Knicks y Rockets se encontraban en titánica disputa cuando un ciudadano alerta a la policía de que ha visto a OJ Simpson empuñando un revólver viajando en un Ford Bronco. Era poco después de las 18.30 (hora de Los Ángeles) cuando OJ Simpson logró sortear a periodistas y curiosos para salir de casa junto a un amigo de la infancia, quien al volante de un Ford Bronco blanco llevaba a OJ Simpson en el asiento del copiloto. Mientras la camioneta avanzaba por las calles de Los Ángeles, OJ Simpson portaba una pistola sobre su sien anunciando a grito pelado que estaba dispuesto a quitarse la vida. La policía necesitó más de una hora para que el ex jugador accediera a salir del auto, tras prometerle que podría llamar por teléfono a su madre.

Aquello era la bomba. La caída de un héroe americano en pleno directo. Todas las cadenas de televisión conectaron para ver al Ford Blanco avanzando por la interestatal 405 con la policía de Los Ángeles persiguiéndole los talones. Y cuando digo todas las cadenas, digo todas. 120 millones de televidentes, incluidos los de la NBC. Fue tal el suceso que en pleno tercer cuarto con 59-53 a favor de los Knicks, la NBC decidió cortar la final de la NBA para ver el que quizás fue el primer reality show de la historia. David Stern, el mandamás de la NBA, cogió el teléfono para bufar y despotricar a los directivos de la NBC a quienes exigía que se volviese a conectar con el Madison. Lo más que consiguió fue que, en un pequeño recuadro y escudriñando la vista, pudiésemos ver a Ewing y a Olajuwon fajarse en medio de la zona buscando canastas imposibles. El resto de la pantalla era para aquel Ford Bronco rodeado de innumerables helicópteros y al menos una veintena de coches de policía.

La persecución duro cerca de hora y media a lo largo de unos 80 kilómetros. Varios ex compañeros y John McKay, el entrenador de Simpson en su época universitaria, conectaron con OJ a través de la radio para pedir que se entregara y no se matara. “Soy el único que merezco morir” y “voy al encuentro de Nicole” fueron dos de las escasas sentencias que Simpson acertó a decir. Finalmente, tras aparcar la camioneta delante de la puerta de su casa, la policía le ordenó soltar el arma y le permitió entrar en su domicilio. Allí, una vez dentro, le dio un beso a su hijo, otro a su madre, bebió un zumo de naranja (sí, verídico, no es una licencia artística) y se entregó a la policía mientras recibía una sonora ovación de los curiosos que allí se congregaban.

Iba OJ Simpson camino de la comisaría cuando Patrick Ewing emergió para con 25 puntos y 12 rebotes darle la victoria por 91-84 a los Knicks y ponerlos 3-2 por delante en la eliminatoria ante la indiferencia de todo el país. El único lugar de Estados Unidos donde no se hablaba de OJ Simpson era en Nueva York donde tras 54 años se había logrado la Stanley Cup de hockey y donde los Knicks estaban a un partido de lograr el anillo de la NBA tras el conseguido veintiún años atrás en 1973.

Olajuwon (izq) y Ewing (dch)

Acusado de doble asesinato, el juicio de OJ Simpson fue la muestra de cómo un buen equipo de abogados (cobraron en torno a seis millones de dólares) son capaces de hacer que la justicia no sea igual para todos. El juicio pasó de hacerse en la elitista y blanca Santa Mónica a celebrarse en una corte del centro de Los Ángeles para así asegurarse de que el jurado estuviese formado por una mayoría negra y jugar la baza de la discriminación racial (cabe recordar que OJ Simpson era negro y su ex mujer era blanca). Otra jugada maestra se dio cuando el abogado principal concedió una entrevista en televisión donde reveló grabaciones y datos personales del inspector de policía que llevaba el caso demostrando que era un racista compulsivo.

En todo caso la clave de la absolución de OJ Simpson fueron los guantes ensangrentados que fueron encontrados en su casa al poco del asesinato y que fueron congelados y descongelados varias veces durante el proceso. Tras requerimiento de su abogado, Simpson se los probó delante del jurado y entre muecas y gruñidos no lograba ponérselos argumentando que le quedaban pequeños. Aquella obra teatral convenció al jurado de la inocencia del acusado. Fueron 150 millones de personas las que siguieron en vilo los 134 días de juicio y la sentencia dada el 3 de octubre de 1995 que lo daba por no culpable. Había muestras de ADN de Simpson en toda la escena del crimen, las huellas de sus zapatos y los famosos guantes. Pero Simpson se libró de la cárcel.

En 1997 se celebró un juicio civil por el mismo crimen y ese jurado sí declaró a Simpson responsable del crimen, pero no suponía una revisión del juicio penal. Simplemente fue condenado a pagar 33 millones de dólares a los familiares de las dos víctimas. Un dinero que nunca llegó a abonar. Por entonces incluso el Estados Unidos negro dudaba de OJ Simpson, aunque mantenía esa aura de intachable gracias a un atractivo y a un carisma que explotaba en continuas apariciones en shows televisivos.

Con el tiempo, OJ Simpson fue apartado de la opinión pública. Sus desvaríos le llevaron a bromear sobre el tema e incluso a escribir una autobiografía en la que explicaba como habría asesinado a su ex mujer en el hipotético caso de haberlo hecho. Apartado entonces de la vida pública, sin apoyo social y acusado por las deudas fue detenido y condenado a prisión en 2008 por intento de robo a mano armada en Las Vegas. Saldría en libertad diez años después justo cuando la aparición de una navaja ensangrentada en una finca de su propiedad parecía reabrir el caso. Portaba ADN de Nicole, pero el caso nunca se pudo reabrir al no haber causa federal. Así pues, OJ Simpson fallecería en 2024 víctima de un cáncer sin nunca haber sido penado por un crimen que nadie duda ya que no hubiese cometido.

¿Y la final de la NBA? Justo al caer derrotados en el Madison Square Garden los ojos de Hakeem Olajuwon se clavaron en los del resto de sus compañeros y de su boca salieron palabras de tranquilidad y sosiego. Cuando la NBA lo había nombrado MVP el gigante nigeriano se había negado a recoger el premio sin que sus compañeros estuviesen delante. Estaba convencido de que iban a ser campeones. Mas a pesar del optimismo de Olajuwon los Knicks estuvieron a una canasta de proclamarse campeones. En el sexto encuentro, Olajuwon taponó un lanzamiento triple de John Starks en el último segundo, dando a los Rockets la victoria por 86-84 y forzando el séptimo partido. En el encuentro definitivo un Olajuwon sublime (27 puntos, 10 rebotes y 7 asistencias) le daba el título a Houston en un choque que quedará en el recuerdo por el horrendo partido de John Starks (0/11 en triples y 2/18 en tiros) quien, psicológicamente afectado por su fallo en el choque anterior, puso los clavos para cerrar la tumba de los Knicks en el encuentro final y decisivo.

El juicio de OJ Simpson duró año y medio y fue el fiel reflejo de como la raza, el dinero y la televisión pueden distorsionar e influir en el sistema judicial. OJ Simpson se convirtió en icono de la cultura popular estadounidense y en muestra clara de sus virtudes y sus defectos. Diversos estudios indican que, durante el veredicto, el uso de telefonía se redujo en un 60% y también descendió el uso de agua porque la gente no se atrevía a ir al baño para no perderse nada. El número de operaciones que se realizaron en Wall Street bajó un 41% aquel día e incluso el presidente Bill Clinton abandonó sus funciones para seguir lo que sucedía. Fueron 150 millones de televidentes, cerca del triple de los que siguieron la investidura de Barack Obama. La actuación de OJ Simpson fue perturbadoramente increíble, como lo fue la de Olajuwon en una serie de baloncesto memorable que se asemejó más a un duelo de rugby que a uno de baloncesto. Fueron siete partidos resueltos por una media de siete puntos de diferencia. Se tardaría más de una década en ver un séptimo partido de la final de la NBA, pero dio exactamente igual. Lo único que aquel 17 de junio de 1994 importaba era ver a OJ Simpson cabalgando en aquel legendario Ford Bronco de color blanco.

OJ y los guantes de la discordia

P.D: Ford decidió retirar la producción del Ford Bronco lo que tuvo el efecto no deseado de convertir a aquella furgoneta en un objeto de deseo. En 2021 Ford volvió a anunciar su producción, pero, por el camino, Mike Gilbert, ex agente de OJ Simpson, se hizo con la camioneta y la mantuvo en buen estado hasta que años después intentó su venta por un millón de dólares. Pecó de avaricioso y la venta no cuajó. Ahora el Ford Bronco reposa en el Museo Nacional del Crimen de Estados Unidos donde, evidentemente, es la estrella del recinto.

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Sobre el racismo (y no va a gustar)

La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas ha trazado una nueva normativa para optar a los Óscar a partir de la edición de 2024. Más allá de que cumplan con requisitos artísticos suficientes para llevarse la tan preciada estatuilla, las películas candidatas deben formalizar ciertas vicisitudes; A) Al menos uno de los actores o actrices principales o de reparto deben pertenecer a un grupo étnico infrarrepresentado (traducido: no blanco caucásico), B) Al menos el 30% de los actores secundarios deben ser mujeres, grupo étnico infrarrepresentado, colectivo LGTBI+ y/o personas con diversidad; C) La historia principal del tema tiene que representar a algún compuesto de los anteriores citados. De estos tres requisitos hay que cumplir obligatoriamente con uno (no hay que ser un lince para saber que al cumplir con uno implícitamente ya efectúas los otros dos). Y esto, que es lo que se ve de cara al público, también se tiene que cumplir detrás de las cámaras (guionistas, productores, compañía de distribución, equipo técnico…).

Porque, claro, directores LGTBI+, con diversidad o que sean mujeres no hay demasiad@s. Tampoco los hay en puestos claves tanto en la empresa pública como en la privada. El techo de cristal en término acuñado por el feminismo. Cupos para mujeres en política. Mujeres que acceden a dirección de empresas por el hecho de ser mujeres. Patton, El padrino, Rocky, Carros de fuego, Amadeus, El último emperador, Sin perdón, Gladiator, Infiltrados, El discurso del rey o Argo. Películas que nunca hubiesen ganado los Óscar con las nuevas reglas.

¿Justo? Claro que no. Como tampoco era justo que hace una centuria, medio siglo, diez años o, escasamente un puñado de días, una mujer fuese excluida de un puesto de dirección por el simple hecho de tener vulva. Como no fue justo que una mujer negra no se llevase un Óscar hasta que en 2002 lo hiciese Halle Berry.

Que lo de antes no fuese justo no quiere decirse que lo de ahora lo sea. Lo de ahora es reparador. Lo de ahora es necesario. Es imprescindible. Pero no es justo. Es algo que como sociedad nos debemos. Algo que nos merecemos. Que nos hace crecer y avanzar. Pero no es justo. Es discriminación positiva. Pero es discriminación. No es igualdad. La máxima revolucionaria es que todos somos distintos, pero la ley nos iguala. Aquí la ley discrimina. Positivamente, pero discrimina.

Como en cualquier época de transición las tensiones, las dudas y los disensos son inevitables. En el paso de dos generaciones el estándar ha pasado de hombre blanco con trabajo estable, mujer-sirvienta en casa, hijo e hija ejemplares a familia disfuncional con padres divorciados, madre con novia, hije con problemas de salud mental (o perro que se considere hijo) e hija blanca con novio africano. El cambio es colosal. El terremoto conceptual sobrepasa la escala Richter. Los cambios se hacen con brocha gorda y lo que queda se avecina tremebundo.

El cambio debe venir desde la educación. Y la educación desde 1789, con sus altos y sus bajos, es cosa de papá Estado. Es necesario que con normas y leyes todos los colectivos que durante centurias han sido discriminados sean ahora beneficiados. La discriminación positiva no es equitativa, pero es imprescindible. El paso de los años y el arduo trabajo educacional harán que esa discriminación desaparezca, la igualdad sea real y así vivir en un mundo donde lo diferente sea lo cotidiano.

¿No?

Supongo que no hay negros que linchen a blancos que se acerquen a su barrio. Tampoco hay gitanos que maten a palos al payo que se enamore de una gitana. Desconozco si hay castellanos parlantes que se rían de los paletos que hablen gallego. O catalanistas que insulten a los que charlan en castellano. Imagino que no habrá latinos que denigren por estrechas a chicas blancas. O a chicas negras. Porque imagino que tampoco hay criollos que insulten a personas de tez negra. Ni gente que señale con el dedo a musulmanes por la calle. Ni musulmanes que griten y tiren piedras a católicos que entren en una iglesia.

Porque las minorías, de cuando en cuando, son mayorías. Y su respuesta es la misma. “La rebelión sentimental de las masas es el odio a los mejores”, decía Ortega Gasset. La masa es voluble. Los judíos eran los mismos en 1945 y en 1948. En 1945 eran una minoría masacrada. En 1948 una mayoría que masacraba.

Vinicius Junior representa a una minoría. La minoría negra. No. Vamos, sí. Pero, no. Vinicius Junior representa a una amplísima minoría. A la minoría adolescente millonaria de éxito deportivo planetario. Vinicius Junior es el mejor jugador del mejor club del deporte con más aficionados del mundo. Vinicius Junior es la minoría de la minoría.

Y a Vinicius Junior le faltan un par de bujías.

Cuando uno llama mono o negro de mierda a Vinicius lo hace para desestabilizarle. Para acabar con él. Para vencerle. Por odio. Pero no por odio racista. O sí. Pero no es eso. Es otra cosa. Es odio, pero fundamentalmente es impotencia. Porque el tipo es mejor que tú. Y además lo sabe. No se cansa de demostrarlo. El Real Madrid juega habitualmente con cinco jugadores negros en su once inicial. 5 de 11. No es moco de pavo. Alaba, Militao, Camavinga, Vinicius y Rodrygo. También juegan muchos minutos Rüdiger, Mendy o Tchouameni. Un ramillete. Pero el único que recibe insultos, amenazas y provocaciones es Vinicius. El único de todos ellos capaz de desestabilizarse cuando la masa escupe mierda por la boca.

Vinicius acaba expulsado en Mestalla tras protagonizar una nueva polémica  por insultos racistas
La víctima

Hay racismo. Mucho racismo. Y lo seguirá habiendo. Pero lo de Vinicius no es racismo. O sí. Es racismo. Pero hay algo más que eso. O mucho más que eso.

Hay capitalismo.

Y me explico.

(Y déjenme que me explique antes de que me llaman racista).

Recuerden que no por pensar diferente somos todos nazis o machistas.

Simplemente expongo una teoría. Y sino gusta, se puede rebatir. Por supuesto. Eso es así, con sus altos y sus bajos, desde 1789.

Todo esto existe por el capitalismo. Desde el ábaco a las bases de datos. Esto te lo dice hasta el que tiene el himno de la Internacional Comunista en su lista de reproducción del Spotify. El capitalismo genera capital, y el capital genera progreso y riqueza. El problema es que el capital también genera explotación y desigualdad. Mucha desigualdad. Pero si no es por el capitalismo no hubiésemos avanzado. ¡Sin capitalismo no habría marxismo!

Para que el capitalismo funcione se debe enfatizar al individualismo. Resaltar los objetivos y la autosuficiencia propia para que el individuo de lo máximo de sí. A través de esa autonomía y de ese afán de superación, el capitalismo le otorgará al individuo el premio que busque. Si todos los individuos actúan de la misma manera el conjunto de la sociedad se beneficiará y obtendrá réditos infinitos (en la teoría no se dice nada de los que se quedan por el camino).

Pero esto es lo que hay. Para bien y para mal. Y esto empieza desde muy pronto. Desde el mismo día en el que naces.

Tienes que ser el bebé más guapo. El más bueno. El que come de todo. El que obedece siempre. El que duerme toda la noche. El que va mejor vestido. El primero en hablar. El primero en andar. El que aprendió los números en inglés. El que ve los dibujos en francés.

Vas al cole. Tienes que hacer amigos. Muchos amigos. Pero los amigos listos. Los guapos. Los que tienen padres chulos. El primero en sumar. El primero en restar. El que canta en la función escolar. El que recita en la fiesta fin de curso. El niño en el bautizo y el muerto en el entierro.

El capitán del equipo de fútbol. El líder del coro del colegio. El que gana el premio de pintura de la provincia. El que fue seleccionado para el equipo de debate. El que gusta a los chicos. El que gusta a las chicas. El que va a ir a la universidad. El que va a estudiar la carrera que quiera. El que no sale. El que sale, pero no bebe. El que bebe, pero no se emborracha. El que se emborracha, pero porque le obligan. El que lo hizo una vez, pero no lo hará nunca más.

El responsable. El de la novia ideal. El del novio genial. El del trabajo ideal. El del trabajo genial. El que estuvo con su abuelo cuando murió. El que estuvo con su padre cuando enfermó. El que calla ante su madre para no preocuparle. El que odia su trabajo, pero es el primero de la empresa. Porque es el mejor. Siempre es el mejor. Y siempre lo será. Cuando tenga hijos dejará de ser el mejor. Porque sus hijos serán los mejores. Y si no tiene hijos, seguirá siendo el mejor. El mejor entre sus amigos, el mejor en su trabajo. El más filántropo. El que más viaja. El que más seguidores tiene en redes sociales. El que va a mejores restaurantes. El que tiene mejor piso. El que tiene mejor coche. El que fue al mejor sitio posible de vacaciones. El más enrollado a los 60. El más simpático del hospital. El más activo de la residencia de ancianos.

El mejor hasta al fallecer. Eso es el capitalismo. Ese es el mundo en el que vivimos.

Si, el mejor hasta en la muerte. ¿O acaso alguien ha escogido alguna vez el féretro más barato? Cuando toque el día y tengas que escoger la caja de pino de ese ser querido te darán tres opciones; la barata, la normal y la cara.

La barata no la escoge nadie.

Uno no se muere en pijama. Se afeita, se maquilla y se pone el traje. Y te escogen la caja. O la urna. O lo que sea. Y no te eligen la barata.

La normal puede. La barata nunca.

Eso es el mundo capitalista. El mundo en el que vivimos. Pero no todos podemos ser los mejores. De hecho, la inmensa minoría somos los peores. Los mejores son los pocos. Por eso hay que hacer otras cosas.

Cosas políticamente incorrectas.

No eres el bebé más guapo, pero ¡ay! tienes un pelazo. No como de todo, pero soy más feliz que tú. ¿La ropa? Qué más da. Eso es irrelevante. Sino hablo, ya hablaré. Si no sé inglés, ya aprenderé. Voy al cole y no tengo muchos amigos. Ni soy el más guapo ni el más listo, pero si el más espabilado. ¿No destaco? Pues me meteré con fulano. Seré el divertido, el rebelde, el guasón, el matón, el descocado. Copiaré en el examen. Haré la pelota al profesor. Diré que estoy enfermo para evitar un examen. Haré falta cuando alguien quiera meter un gol. Moveré los labios cuando esté en el coro. Diré una frase fuera de guion cuando haga de árbol en la función escolar y todo el mundo se descojonará conmigo.

Seré el estajanovista de mi equipo de balonmano. No gustaré a las chicas, pero les gustaré porque soy un echado para adelante. Le levantaré el novio a mi amiga. Le mentiré a mi mejor amigo para poder ligarme a la rubia que no me hace caso. Iré a la universidad tras copiar en el examen de acceso. Estudiaré poco, beberé mucho y dejaré la carrera. Enchufaré mi toma de luz a la comunitaria. Le mentiré a mis padres para conseguir dinero e ir a un concierto. No tendré dinero para pagar un alquiler, pero buscaré la forma de pagarlo. Haré otra cosa. Nunca seré el mejor, pero tendré trabajo. Lo conseguiré con una buena recomendación. Pasaré por encima de quien haga falta.

Sisaré dinero a mis viejos. Viviré de mis padres hasta que pueda vivir de mis hijos. Trabajaré lo justo y lo necesario. Disimularé lo suficiente para que los que trabajen sean otros pero el mérito sea el mío. Diré que soy filántropo, pero nunca lo seré. Presumiré de vida ideal, de coche ideal, de casa ideal, de familia ideal, y por dentro tendré mierda hasta debajo de las alfombras. Seré el más insoportable del hospital y conseguiré lo que quiera por puro agotamiento del personal. Seré el más cascarrabias de la residencia y lograré que me lleven en palmitas. Pondré cara de pena delante de mi familia, harán de tripas corazón y tendrán que aguantarme por compasión.

Y alguien morirá. Y compraré el ataúd más barato. Porque no tengo dinero. Porque la herencia es muy golosa.

Aunque cuando yo muera espero que compren el ataúd más caro. Por supuesto.

La Comisión contra el Racismo publica informes sobre Dinamarca, Mónaco y  Estonia - Portal
Stop racismo

¿A dónde pretendo llegar? A que no se puede ser el mejor. Pero dedicamos la vida a ser los mejores. Cuando de niños practicamos un deporte lo hacemos como acto lúdico y social, no por carácter competitivo. Sin embargo, la propia competición es intrínseca al acto. Desde el mismo momento en el que tu madre o tu padre te aplauden por darle patadas a una pelota en un pasillo y gritan y celebran con efusividad cuando la metes por un agujerito están premiando la competitividad.

Este factor competitivo se agrava con la masa. Lo que al individuo fascina, a la masa asombra. Jugar en equipo multiplica los efectos competitivos. Cumple destacar como individuo para brillar dentro del grupo. Y ese grupo (ese equipo) compite con otros equipos. Equipos peores y equipos mejores. Mucho mejores. Equipos a los que no podrás ganar.

Y tienes que intentar ganar. Es tu obligación.

¿Cómo lo harás?

Con faltas. Haciendo el campo más pequeño. Abusando de fuerza física. Agarrando camisetas mientras se lanza un córner. Zancadilleando en el centro del campo. Pisando el césped donde se marca el punto de penalti. Adelantándote un par de pasos cuando se forma una barrera. Moviéndote de arriba a abajo a la espera de que te lancen un penalti. Tirándote al suelo para perder tiempo. Simulando que te duele una rodilla cuando te llamen para hacer un cambio. Alargando tu salida de vestuarios para empezar la segunda parte mientras el equipo contrario se cala de frío hasta los huesos por culpa de la lluvia…

…e insultando.

Gordo, cuatro ojos, maricón, hijo de puta, cabrón, gilipollas, subnormal…y negro, negro de mierda. Por supuesto. El insulto pretende desarmar al contrario. Hacerlo débil. El insulto puede ir en contra del que está aislado (bullying) y sus consecuencias son terribles. Pero también funciona contra el que es mejor y parece fuerte. Cuando no puedes vencer en buena lid, debes vencer de otro modo. Cuando el Valencia CF se enfrenta al Real Madrid con el descenso de categoría en juego tiene que buscar formas de ganar. Y con el fútbol no lo conseguirá. Necesita otras cosas. Sea por convicción o sea por frustración, el insulto es un arma recurrente. Fácil de usar y fácil de ocultar. Abrigado por la masa, el que insulta se siente impune para despotricar barbaridades. Porque no fueron unos pocos los que llamaron mono a Vinicius. No. No es un caso aislado. Fueron muchos. Miles. No fue una grada. Fue un estadio. Miles lo insultaron y otros miles callaron. Alguno sonrío. Ninguno se indignó.

Ninguno. El fin justifica los medios.

Frase que por cierto nunca dijo Maquiavelo. El diplomático florentino lo que dejó escrito para la posteridad fue: “Cum finis est licitus, etiam media sunt licita”. Es decir; “Cuando el fin es lícito, también lo son los medios”.

Una sutil diferencia. Pero lava muchas más conciencias decir que el fin justifica los medios.

El tema, y perdón por si divago, es que lo de Vinicius es un caso de racismo y son las instituciones públicas a través de un compendio de sanciones y educación quien deben poner coto al asunto. Pero por otro lado no es racismo. Si fuese Ronaldo la rutilante estrella del Madrid se le llamaría gordo a grito pelado. Si fuese el guapo de Guti se le llamaría maricón. A Cristiano le decían gitano y le gritaban «ese portugués, hijo puta es». Y a Courtois, el celebérrimo portero blanco, hubo una época en la que le hicieron bullying partido tras partido porque compartió cuernos y novias con su compañero de selección Kevin de Bruyne. Todo ello intenta desestabilizar al rival. Pero todo ello pasa desapercibido para el ahora ofendido.

En Estados Unidos a esto le llaman ‘trash-talking’. Consiste en desestabilizar al rival a través del desprecio. Normalmente es menospreciando cualidades deportivas, aunque el tono puede aumentar y pasar al desprecio. Las novias y las madres suelen tener eje principal en un lenguaje hipersexualizado y masculinizado. Es propio de los negros, que lo practican indiscriminadamente entre sí, aunque muchos blancos también lo ejercen. Uno de los maestros del ‘trash-talking’ era Larry Bird, legendario jugador de raza blanca de la NBA de los 80. Antes de anotar una canasta solía lanzar pullas a su defensor. Se pueden encontrar decenas de declaraciones de jugadores, periodistas o aficionados en las que consideran a Bird un jugador sobrevalorado y con mucha buena prensa por el hecho de ser blanco. No encontrareis nunca una declaración en la que se le tilde de racista.

Es la NBA un deporte de negros donde antes fue de blancos. Hubo un tiempo de transición en el que era un deporte de negros, pero de aficionados blancos. Hoy también los aficionados ya son negros. Son consumidores. Como también son las mujeres. O la comunidad LGTBI+ o las personas con diversidad. Antes no. Antes una persona con diversidad se ocultaba en el anonimato. Ahora, afortunadamente, forma parte de la comunidad. Trabaja, sale y consume. Consume. Y esa es la clave. Donde antes había minorías silenciadas ahora hay minorías que consumen.

Hoy las mayorías imitan los actos de las minorías, porque las minorías se han integrado en el mercado. ¿Cómo no perseguir el racismo en el fútbol si la minoría negra es ahora mayoría? ¿Cómo no perseguirlo si los jugadores más imitados y más queridos por los niños son los exóticos? ¿Cómo no acabar con la discriminación si las gradas de los estadios están llenas de mujeres? Es puro capitalismo. Para el capitalismo antes el negro no contaba. La mujer no contaba. Quien consumía fútbol era un hombre caucásico. Hoy el consumidor de fútbol es tan diverso como el que lo practica.

Vinicius no es un chico negro indefenso al que la sociedad repudia. Vinicius es la estrella (negra) de un equipo inabordable para la mayoría de los mortales. Insultarle es una forma (rastrera) de intentar doblegarle.

Defender el fútbol ante el racismo es defender el producto. Todo el cirio que se ha montado por lo de Vinicius no ha sido por culpa del racismo. Todo ha sido por miedo a dañar el producto.

Y, créanme, lo que importa es el producto.

FIFA 22 se une a la lucha contra el racismo con una equipación temática  para La Liga | Hobby Consolas
Diversidad

En 1948 se creó una carrera ciclista. Circulaba por Polonia y Checoslovaquia y pretendía ser un canto a la paz del ideal comunista. No había premios para el vencedor, ni maillot de líder. Tan sólo se corría por el simple hecho de gozar. Sólo podían participar ciclistas del bloque comunista u occidentales amateurs. Al año siguiente se rebautizó como Carrera de la Paz y se añadió al recorrido un paso por la Alemania Oriental con fin en Berlín. Era una forma de firmar el perdón con los antaño agresores alemanes.

Tres años después los soviéticos participaron por vez primera. Lo hicieron formando un bloque compacto, con mecánicos y masajistas propios, se implantó el maillot de líder y los premios económicos bajo cuerda. El objetivo era ganar. Una década más tarde la Alemania Oriental diseñaba un plan de dopaje estatal para convertir a sus deportistas en puras sangres. Los rusos pronto se sumaron al juego. La Carrera de la Paz se convirtió en una especie de Tour soviético donde se buscaba ganar por la gloria del individuo y la gloria del país.

Ni los comunistas pueden dejar de ser capitalistas.

Otras historias sobre racismo

El partido prohibido (negros contra blancos en una cancha de baloncesto de 1944)

La desconocida fiebre del ciclismo en Eritrea (como los italianos implantaron el gusto por las bicicletas en el corazón de África)

Cuando el rugby convirtió a Sudáfrica en un país (Mandela y el fin del apartheid con pelota ovalada)

El nazi bueno (la increíble historia de Bert Trautmann en dos partes)

Jim Thorpe (el nativo americano que fue el mejor deportista de la primera mitad del siglo XX)

Leña al moro (una carrera legendaria y un titular de periódico lamentable)

Old Firm (Celtic vs Rangers. Católicos contra protestantes)

Anatomía de una fotografía (el Black Power en los JJ.OO. de Mexico 1968)

¡Daria la vida por mi equipo! (como los clubes crean identidad local a pesar de estar llenos de extranjeros)

Alguien todavía más fuerte que evite pelear (la historia de Jackie Robinson)

Cuando Bill se convirtió en entrenador (cuando Bill Russell fue el primer técnico negro de la NBA)

Rukeli (el gitano que quiso tumbar a puñetazos a Hitler)

Operación Ikrit (Septiembre negro y la matanza de judíos en la villa olímpica de Múnich)

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