Gran Bretaña

El hundimiento de Van de Velde

Jean Van de Velde nació en Mont-de-Marsan, en las Landas, no muy lejos de la frontera con España. Mont-de-Marsan es donde Luis Ocaña plantó raíces y lugar en el que decidió dejar este mundo con un disparo a bocajarro. Ocaña es apellido español al igual que Van de Velde es un apellido neerlandés. Podríamos traducirlo por ‘Del Campo’. No se le conocen antepasados de Holanda al Van de Velde que nos ocupa. Jean era uno de los hijos de un empresario francés. La familia contaba con una casa en la playa, cerca de Biarritz. Colindante al jardín de la vivienda había un campo de golf y, desde la ventana de la habitación del pequeño Jean, se veía el hoyo 4 y el hoyo 6 del campo. Así Jean se pasaba las horas mirando a través del cristal.

Con seis años Jean Van de Velde se convirtió en el único niño socio del club. Jugaba rodeado de mayores y con palos de adulto, dado que entonces no existían ni hierros ni maderas para infantes. Su padre no entendía nada de lo que él consideraba un capricho infantil. Ocurre que Jean decidió declinar la oferta paterna de introducirse en la empresa familiar y resolvió hacerse profesional del golf. Contaba con veinte años cuando se convirtió en el golfista número 1 en Francia.

La cosa pintaba bien, aunque no demasiado. A la altura de 1999 Jean Van de Velde llevaba un lustro liderando al golf francés, pero apenas era el 152º del mundo. Decir que era un completo desconocido suena a eufemismo, aunque no resulte exagerado. Lo cierto es que, tras casi una década de carrera, apenas había disputado un puñado de grandes torneos y su mejor clasificación en un major es un modestísimo 34º puesto. Tampoco es cuestión de tildar a Van de Velde de incompetente. Ningún golfista francés ganaba un gran torneo desde 1907 y no se atisbaba cambio alguno a la hora de celebrarse el British Open del citado 1999.

El British Open no es otra cosa que el Abierto Británico. Hablamos del torneo más antiguo (1860) y con más solera del golf internacional. Se celebra en un campo de golf británico que puede variar, pero que siempre está en línea de costa y dónde las dunas y el viento deben formar parte de la esencia del juego. El lugar más conocido y con más abolengo es Saint Andrews, aunque para la edición de 1999 el campo elegido fue el de Carnoustie, sito en Escocia, cuna del golf. Se trata de un campo con pocos lagos y menos árboles. Es tremendamente molesto para el golfista por culpa del viento y con un recorrido con múltiples trampas. Golfear en Carnoustie se considera toda una proeza.

Carnoustie

El sistema de juego es una ronda diaria de 18 hoyos con varios cortes hasta la jornada final de la mañana del domingo. Quien acumule menos golpes al llegar a la mañana final se proclama vencedor del torneo. Van de Velde tuvo un discreto inicio tras el primer día para acabar en el puesto 24º. Poca cosa, más teniendo en cuenta que nos referimos al 152º del mundo se trata de un éxito morrocotudo.

Durante aquellos cuatro días Carnoustie estará envuelto en una tormenta de viento y agua de donde gran parte de los favoritos irán cayendo cansados de pelear contra los elementos. Tiger Woods, David Duval o Sergio García ya claudican al poco de empezar. La sorpresa se convirtió en realidad en el segundo día. Van de Velde suma una tarjeta prodigiosa de 68 golpes y se coloca segundo provisional tras el español Ángel Cabrera. En la rueda de prensa posterior los pocos periodistas presenten no saben ni cuál es su nombre de pila. El propio Van de Velde es el primer sorprendido y da por hecho que al día siguiente finalizará el cuento de hadas.

Así tendría que haber sido. Ocurre que no fue así. Despreocupado al golpear, con un estilo agresivo qué le beneficiaba por las condiciones inhóspitas de un campo donde el viento arreciaba con fuerza, se coloca en primera posición y se convierte en el máximo favorito al triunfo. Golpea sin miedo, fuerte, sin nada que perder, y la moneda siempre cae de cara.

Tras esa tercera ronda hay más de 200 periodistas en la sala de prensa. Los juntaletras franchutes han cogido un vuelo en el aeropuerto Charles de Gaulle y se han plantado en Escocia. Es sábado por la noche. Van de Velde no pegará ojo. Se pasará la tenebrosidad haciendo la tostada. Vuelta y vuelta. Y vuelta a empezar.

Amanece. Llega el domingo. Jean Van de Velde lo hace bien. A la altura del hoyo 18 lleva tres golpes de ventaja sobre el segundo. El par del hoyo está en cuatro golpes.

Si hace un doble bogey y emboca la pelota en el hoyo con dos golpes más de los que se establecen será campeón igualmente.

Vayan enfriando el champán.

Jean Van de Velde

Para iniciar el golpeo lo más recomendable en el hoyo 18 de Carnoustie es utilizar un driver para enviar la bola bien lejos. Sin embargo, con tres golpes de ventaja, lo más inteligente hubiese sido ser conservador. Con un viento arrollador como el de aquella mañana, más todavía. Van de Velde decidió arriesgar. Todos los comentaristas se llevaron las manos a la cabeza. Tras el impacto, la bola se elevó y Van de Velde la mandó al otro lado del campo, cerca del hoyo 17.

La jugada había sido catastrófica. Van de Velde mira al público, hace un gesto que parece decir con los hombros qué no todo puede ser perfecto y el público le ríe la gracia.

Podemos arreglarlo.

Con todo, con un buen golpe, usando un hierro largo, aún podría mandarla al green y recuperar parte de lo perdido. Van de Velde tomó impulso con su estilo elegante y napoleónico, impactó con la bola…y escuchó un ruido sordo. La bola chocó en algún punto de la grada, rebotó contra la valla que separa al campo de los espectadores, aporreó un muro y fue a parar a 57 metros del hoyo 18 en medio de un montículo de hierba alta.

Aquello era un desastre.

Amplio suspiro.

Van de Velde había dilapidado su ventaja. Ahora necesitaba acertar con el tercer golpe si no quería ver comprometida su victoria. Con la mirada perdida y sin parecer comprender nada de lo que estaba a suceder, golpeó la bola para sacarla de su prisión con tal mal tino que cayó en el arroyo que la separaba del green. La bola pasó a hundirse en el fondo del agua. Y ese no era el único problema. Ya no sólo había que sacarla del agua, sino superar un muro que había enfrente del líquido elemento.

Van de Velde decidió remangarse el pantalón y comprobar la magnitud del desastre.

Aquella imagen forma parte de la mitología del desastre deportivo.

El hundimiento

Van de Velde ya no sabe ni lo que está haciendo. La gente lo ovaciona con más pena que ganas. Repasemos un instante. Le bastaba con hacer seis golpes en un par de 4 (sencillísimo para un golfista profesional) para lograr un torneo que nunca hubiese imaginado haber ganado. De repente se encuentra con que ya ha dado tres… y su bola está en el agua. Entra en pánico. Empieza en su cerebro una cuenta atrás frenética; ¿Cuántos golpes me quedan para ganar el torneo? Tres. Si consigo meter la pelota en el hoyo después del tercer golpe ganaré el British Open.

La televisión enfoca a su esposa. Tiene las manos tapándose la cara.

Ante la imposibilidad de golpear la bola en el agua, Van de Velde decide cogerla con la mano y colocarla sobre el césped para golpearla. Ese movimiento es lícito en el golf, aunque supone sumar un golpe más en la tarjeta del golfista. Se sienta en el borde, se quita los zapatos y los calcetines, se arremanga los pantalones como un percebeiro y baja al riachuelo para tomar la decisión. Si lo que quería era ser recordado, lo está consiguiendo. Otra imagen que dará la vuelta al mundo. Son pues cinco golpes. Uno sobre el par. Peligro.

O percebeiro

A 45 metros del hoyo Van de Velde se juega el todo por el todo. Al salir de la ría, se seca con una toalla los pies y las piernas, vuelve a bajarse el pantalón, ponerse las zapatillas con clavos e intenta parecer un jugador de golf. El golpe es elegante y balanceado…y es horrible. La bola se va a la arena. Y desde allí comprueba como Craig Parry hace el hoyo 18…en tres golpes. En ese momento Parry queda en quinta posición, Cabrera en cuarta y Van de Velde ya no tiene opciones matemáticas de ser campeón. El escocés Paul Lawrie y el estadounidense Justin Leonard lideran el British Open. Van de Velde únicamente puede empatar con ellos si emboca la bola en su séptimo golpe.

Séptimo golpe. Van de Velde bambolea los brazos…y el golpe es perfecto. La bola sale de su prisión, enfila el green y entra en el hoyo. Hay triple empate.

Toca una ronda final de tres hoyos para un desempate.

Apenas hay tres cuartos de hora de descanso antes de poner rumbo a esa ronda final. Para Van de Velde no es tiempo suficiente para tomar conciencia de lo sucedido. Ha perdido el British Open cuando lo tenía ganado. Tres golpes de ventaja en el último hoyo es como ir ganando 3-0 en un partido de fútbol a diez minutos del final. No hay opción para Van de Velde en el playoff. No compite. Deambula. Paul Lawrie gana el British Open.

Van de Velde ni siquiera es segundo. Finalizará tercero.

Van de Velde ha quedado asociado para siempre como ejemplo de fracaso deportivo. Se retiró en 2008 y nunca jamás estuvo ni cerca de proclamarse vencedor de ningún gran torneo de golf. Y, con todo, su legado es más que positivo. Siempre contestó con una sonrisa a las preguntas, a las burlas o a las mofas sobre su desgracia. Extremadamente educado, hoy en día se gana la vida dando conferencias sobre como aprender de los fracasos. Tiene también una escuela de golf para niños. Es la más destacada de Francia. En la actualidad Francia cuenta con unas 300.000 licencias de golf, diez veces más que cuando el niño de Mont-de-Marsan miraba desde su ventana hacia el infinito. El crecimiento es continuo desde que Van de Velde decidió convertir un domingo de ensueño en una pesadilla de época.

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A los 40 años de la tragedia de Heysel

Los algoritmos fomentan la indignación en lugar de la compasión. Ni siquiera los mayores críticos de Facebook, Tik-Tok o Youtube pueden sostener que los ingenieros o directivos de esas compañías sean propensos a la violencia. La verdad es más sencilla y a la vez más preocupante. El éxito de las redes sociales implica mayor número de clics y mayor tiempo de exposición. Al aumentar la implicación, aumenta la recopilación de datos, se venden más anuncios, se adquiere mayor proporción en el mercado de la información y como resultado final se gana más dinero. De acuerdo con ese modelo los ingenieros lo que hacen es programar el algoritmo para conseguir mayor implicación del usuario. Así, tras experimentar con millones de usuarios, la IA llega a la conclusión de que a los humanos nos gusta más la indignación en vez de la compasión. Un video de una caída, de un accidente, de una explosión, de un trio sexual, de un sacrilegio o de un asesinato tiene muchos más seguidores que uno de un sermón, de una conversación, de una buena acción, de un amor casto o de un suceso cotidiano.

Cuando uno teclea “Heysel” encontrará vídeos, fotos y artículos sobre muerte y tragedia. Todo extremadamente macabro. Es lo que el algoritmo ha diseñado para nosotros dado que es lo que nosotros queremos ver. Heysel es un precioso barrio verde de Bruselas. En Heysel está el Atomium. En Heysel hay un parque acuático y una exposición permanente de Europa. Nada de eso aparece en el algoritmo. En Heysel también ganó Alemania su primera Eurocopa ante la Unión Soviética o logró el Real Madrid su tercer título europeo al derrotar en la final al AC Milan o el sexto ante el Partizán. En Heysel también fue donde el Atlético perdió una final a doble partido ante el Bayern de Beckenbauer. Tampoco aparece nada de eso.

Si uno teclea “Copa de Europa de 1985” el algoritmo le hablará de la tragedia. Intercalará imágenes de celebración por la victoria con otras de muertos y avalanchas. El cielo y el infierno. Morbo. No es lo que el algoritmo escoge. O mejor dicho, es lo que el algoritmo escoge dado que es un ser inteligente y sabe cómo obtener más clics. Es un ser inorgánico, pero es capaz de aprender. El algoritmo sabe lo que queremos ver y el algoritmo nos lo ofrece. Un peligro que se retroalimenta. Y un poder que le hemos dado a la IA y que a buen seguro acabará con el ser humano como ejecutor de la realidad.

Por eso, cuarenta años después, todo aficionado al fútbol sabe que es la Tragedia de Heysel. Y pocos, muy pocos, saben quién ganó la Copa de Europa de ese año.

Heysel 1985

29/V/85. 16:00. La policía de Bruselas sabía que iba a ser un día muy largo cuando recibió la orden para evacuar la Grand Place. Miles de hooligans ingleses habían aterrorizado a las reservas de cerveza de la capital belga. Caballos armados guiaban los pasos de aquellos bebedores de cebada que iban a ser trasladados al estadio de Heysel callejeando por la zona vieja de Bruselas antes de afrontar el paso de amplias avenidas. Por el camino varios robos, algunos empujones, otros tantos agarrones y unas cuantas navajas confiscadas. Por el suelo restos y más restos de comida y una marea de latas de agua, malta, lúpulo y levadura.

11/V/85. Bradford. Inglaterra. Partido de Tercera División. Si el Bradford gana su partido ascenderá de categoría. Minutos antes del descanso se inicia un incendio en una de las gradas. Las llamas se extendieron por toda la hilera de la grada principal a un ritmo imparable. Se perdieron 53 vidas y más de 200 personas resultaron heridas. Días más tarde, las investigaciones determinaron que el fuego había sido ocasionado por una colilla mal apagada. El estadio estaba construido sobre bases de postes de madera y debajo de la estructura había basura que se acumulaba desde hacía varios años. La caída del cigarro en la mugre inició el fuego y la facilidad de los postes de madera para arder hizo el resto. Una tragedia que podría haberse evitado y que se sumaba a otras que permanecían en el recuerdo como la de Ibrox Park 1971 (66 fallecidos) y la del Luzhnikí de Moscú en 1982 (curiosamente también 66 fallecidos).

29/V/1985. 18:15. Un hincha de la Juventus se enfrenta a otro del Liverpool. El italiano acabará hospitalizado. Será el primero de la tarde. Acabarán siendo 375. Todo ocurre fuera del estadio. Dentro, ya se roza el lleno. Se está jugando la final juvenil como antesala de la gran final de la Copa de Europa. Son 60.000 espectadores. Las entradas se han repartido equitativamente entre ingleses e italianos dejando 10.000 para venta en taquilla. En el fondo oeste, a los pies y a la vez a la sombra de los focos del Atomium, la organización ha dispuesto que se coloquen los radicales del Liverpool. Enfrente, en el fondo este, se disponen los radicales de la Juve. Ocurre que las gradas del sector X, contiguo al Z, estaban pensadas para dar cobijo a aficionados belgas. Éstos vieron el negocio, por lo que revendieron los tickets a italianos llegados a última hora. El sector X, condenado a funcionar en teoría como un cordón sanitario espontáneo, acaba siendo lugar donde se instalan aficionados italianos, muchos de ellos padres con hijos. En pocos minutos, lo que la policía consideraba el único lugar donde la gente podía respirar, y por lo tanto estaba prácticamente sin vigilancia, desapareció. Los controles son escasos, casi inexistentes. Hay muchos policías, pero todos parecen ocupados inspeccionando las zonas alrededor del estadio.

1973. El hooliganismo existe desde que hay fútbol. Enfrentamientos entre pueblos a golpe de pedradas. Pero es en 1973 cuando el fenómeno se convierte en grupal, masivo y radical. La subida de los precios por culpa de la crisis del petróleo de ese año tuvo un impacto bestial en Europa. Italia fue el primer lugar donde jóvenes y no tan jóvenes formaron grupos paramilitares para, a base de alcohol y armas blancas, hacer de su equipo de fútbol el faro de una vida que de pronto estaba vacía. Ocurre que es en el Reino Unido donde el impacto de la crisis es mucho mayor dado que a ésta se le sumó una huelga de mineros en el invierno del 73-74 que dejó al Reino Unido sin calefacción durante meses, hizo subir el paro siete puntos y puso las bases para que Margaret Thatcher sacase la rebarbadora años más tarde. Es en Inglaterra donde el hooliganismo se convierte en una religión. Desde finales de los 70 e inicios de los 80 cualquier encuentro internacional en el que formen parte equipos británicos se convertirá en una pesadilla para las fuerzas del orden.

29/V/1985. 18:30. Los británicos cantan, beben, saltan y observan con avizor la tierra de nadie entre ellos y los transalpinos. Al poco ocurre el primer incidente de importancia. Un italiano saca del bolsillo una bandera fascista y ante la reprimenda del gendarme lo golpea violentamente. No se sabe ni el cómo ni el por qué, pero eso excita al respetable que comienza a lanzar latas de cerveza al aire. Empiezan los empujones y la tierra de nadie ya es directamente territorio inglés.

16/I/85. Supercopa de Europa. Juegan el Liverpool FC, vigente campeón de la Copa de Europa, frente a la Juventus FC, vigente campeón de la Recopa. Partido único. Ganan los italianos por 2-0 con un doblete de Boniek. Meses después la Juve buscará su primera Copa de Europa frente al Liverpool que defiende un título logrado el año anterior en Roma y que ya se había saldado con incidentes entre radicales en las gradas. Los ingleses son un equipo veterano y sólidamente armado en el que destacan el capitán Phil Neal (cuatro Copas de Europa con el Liverpool) y el delantero galés Ian Rush. La Juve cuenta con el citado Boniek y con Tardelli, Cabrini, Scirea o Rossi, todos ellos campeones del mundo con Italia tres años atrás. Pero la estrella de la Juve es el francés Michel Platini. Tras perder la final de la Copa de Europa en 1983 frente al HSV Hamburgo, la Juve decidió fichar al mejor jugador del planeta, con permiso de Maradona, para alzarse de una santa vez con el trofeo de los trofeos.

29/V/1985. 19:00. Un hombre de mediana edad se desploma. Es un visto y no visto. Es belga. Podría tratarse de un desmayo provocado por la basta cantidad de gente y el calor sofocante. No. No es eso. Al poco se descubre que tiene una herida de cuchillo en el estómago. Sangra y hay que evacuarlo. Los hooligans asaltan entonces el sector Z. Son todos jóvenes. Hay menores de edad. Van armados con cuchillos y hasta portan barras de hierro. En pocos instantes la valla de separación claudica ante el envite. Comienza la batalla. Parece el medievo. Ocurre que el enfrentamiento es desigual. Son hooligans ante chavales que no están armados. Los tifosi, los radicales de la Juve, están en la otra punta del estadio. Aquí, en el sector Z, la abrumadora mayoría es pacífica. Hay familias. Sólo piensan en escapar, mas no hay escapatoria. Los rojos están desatados, avanzan en oleadas, tiran piedras, tienen garrotes metálicos y trozos de botellas. Están excitados por la huida del enemigo. La policía no es consciente de la algarabía. Con el muro no se va nada y tardarán en reaccionar. Los juventinos buscan una escapatoria. Ilusos, no saben que están llamando a las puertas del infierno.

Las puertas del infierno

29/V/1985. 19:24. Hay unos 5.000 italianos. Están siendo empujados y espoleados en busca de una salida. Hay vallas. Por entonces hay vallas. Separan a los aficionados del césped con el fin de evitar incidentes y ocupaciones ilegales del césped. Detrás de las vallas hay un muro de dos metros de alto. Llegado el momento se buscará la llave de la valla. No aparece. Ley de Murphy. Cuando todo sale mal, siempre puede empeorar. Hay dos puertas. Ambas están cerradas. Supuestamente por razones de seguridad. De las puertas, del muro, hasta el terreno de juego, hay otra caída de otros dos metros de altura. De repente se derrumba. El muro se derrumba. La valla cae sobre los italianos. El alambre de púas cae sobre los italianos. Los espárragos de Rommel están listos para el combate.

29/V/1985. 19:32. Silencio. Más de un centenar de personas no dan señales de vida. Gritos. Lloros. Con el muro y la valla decenas han caído a plomo. Son 39. Treinta y nueve. Por entonces poco se sabe. Pero se intuye. Serán 39 muertos. La policía detiene a un innombrable que aprovecha la tragedia para buscar carteras en los bolsillos. El ser humano es depreciable. Los ingleses, borrachos, orinan. Mean sobre los cuerpos sin vida de los juventinos. Se llama a todo médico disponible en Bruselas y los taxis hacen de ambulancias improvisadas. Es un pandemónium.

29/V/1985. 19:40. En las gradas hay caos y confusión. Aquellos con un transistor lo encienden. Los periodistas dan cuentan de lo sucedido. Lo hacen gracias a un español. Se llama Alejandro Andreu y es el responsable de comunicación de Coca-Cola, principal patrocinador de la Copa de Europa. Va arriba y abajo. Del campo a la tribuna de prensa. Los periodistas de la RAI movilizan a todo plumilla disponible para ayudar a los servicios de emergencia y llevar camillas al terreno de juego.

1989. Únicamente catorce personas fueron condenadas. Todos fueron absueltos tras recuso al entenderse que el homicidio había sido involuntario. Ni la UEFA ni los propietarios de Heysel ni las autoridades belgas fueron inculpadas. Ni el estadio de Heysel (en la actualidad profundamente remodelado) ni ningún otro recinto belga volvió a acoger una competición internacional hasta 1995. No se permitió el acceso de ningún club inglés a una pugna europea hasta 1990 y al Liverpool hasta 1991. Se consideró que el comportamiento de los hooligans no era un hecho aislado, sino un patrón que había que corregir. A finales de la década de 1980 las familias huían de los campos de futbol por miedo a la violencia, lo que fue motivo, entre otros factores, a un importante aumento en seguidores y practicantes del baloncesto. Hoy, el fútbol sigue siendo el deporte rey y vuelve a ser un evento familiar en el que se han incorporado con éxito niñas y mujeres de cualquier edad.

29/V/1985. 20:33. Se discute. Se negocia. En ningún momento se habla de la opción de suspender el partido. La policía belga se niega en rotundo. Y da sus razones. Da sus motivos. El ejército va a decretar el estadio de sitio. Se cierran bares, cines y restaurantes. Todo bruselense va de cabeza a su casa. Argumentan que necesitan entre tres y cuatro horas para mover a las 60.000 almas que hay en Heysel. Si el partido se suspende, ¿a dónde va toda esa gente? Con toda seguridad habrá vendetta y los muertos podrían ascender a miles. Son las ocho de la tarde y hasta la 01.00 de la madrugada no salen ni los vuelos chárteres rumbo a Liverpool ni los autobuses que cogerán la autopista camino de Turín. Hay que jugar el partido y luego sacar a toda esa marabunta del campo y en orden. Los últimos serán los periodistas.

29/V/1985. 21:03. Hace algo más de una hora que tenía que haber empezado el partido. No lo ha hecho todavía. Los futbolistas saben lo que sucede. En la puerta de los vestuarios hay gente ensangrentada. Otros lloran en busca de sus familias. Antonio Cabrini, futbolista de la Juve, se une a ellos. Boniek, delantero polaco blanquinegro, solloza. Pero en ese momento los jugadores se preparan para que el simulacro dé comienzo. El jefe de la policía belga, capitán Johan Mahieu, y el alcalde de Bruselas, Hervé Brouhon, apelan a jugar el partido para evitar una guerra civil. La plantilla de la Juventus y su cuerpo técnico se niegan a disputar el choque.

29/V/1985. 21:15. El partido comenzará. Lo hará por razones de orden público. Lo hará con 75 minutos de retraso. Lo hará con cerca de 400 personas hospitalizadas. Lo hará con el ejército belga movilizado por lo que pudiese suceder. Gaetano Scirea y Phil Neal, capitanes de Juventus y Liverpool respectivamente, salen micrófono en mano para leer un comunicado en medio del campo de batalla y explicar a los allí presentes que el espectáculo debía continuar. Ni Scirea ni ningún miembro de la Juventus quería jugar el partido. Nadie comprendió lo que estaba a suceder.

29/V/2025. 22:29. Minuto 58 de partido. La primera parte había sido un truño. La segunda había comenzado con la misma sensación de parálisis. Pase en largo de Platini a la carrera de Boniek. Controla de cabeza y es derribado. Cae. Penalti. Alza los brazos. No lo es ni por asomo. Ha caído a un metro del área tras la zancadilla de Gary Gillespie. Nadie protesta. El locutor de la RAI no avista emoción alguna. Todos aceptan la decisión como hecho consumado. Michel Platini engaña a Bruce Grobelaar y adelanta a la Juve. Platini corre agitando el brazo derecho con el puño cerrado al frente del sector Z. Luego se arrepentirá de aquella celebración. El hedor de la muerte flotaba en el aire. Cuarenta años después sigue arrepintiéndose. Cuatro décadas más tarde Heysel sigue hediendo a cadáver. La final, como consecuencia del trágico suceso, se disputó en un clima enrarecido y con algunos cadáveres todavía visibles desde ciertas zonas del estadio.

29/V/1985. 23:30. La Juventus ha ganado su primera Copa de Europa. Hay vuelta de honor. Es un rodeo fugaz. Hay ira, tristeza y vacío. Unos 2.300 agentes conducen a la multitud por oscuros pasillos de camiones y los escoltan bajo vigilancia camino de numerosos autobuses. De ahí no se va ni dios a pie. De allí no se forma ningún grupito con ganas de venganza bajo ningún concepto. Bruselas está bajo control del ejército. No hay un alma en las calles. Sólo sirenas. Sirenas de policía. Sirenas de ambulancia. Ocurre que la tragedia calma los ánimos. Sólo hay ocho detenciones. Todas inglesas. Hay un silencio atónito.

30/V/1984. 06:30. Amanece. Los barcos han partido del puerto de Ostende para transportar a los ingleses a su isla. Los aeropuertos ya dieron buena cuenta de unos y otros a altas horas de la madrugada. El tráfico en las autopistas vuelve a su normalidad tras acotar varios carriles que llevaban a los italianos rumbo sur a Turín. En un hospital militar de Bruselas los médicos forenses dan cuenta de las primeras autopsias. Serán 39 fallecidos. Treinta y dos italianos, cuatro belgas, dos franceses y un inglés. Nadie llegaba a los 60 años. La mayoría están en la flor de la vida. Hay un niño de diez años. Iba con su padre.

30/V/2025. Hoy Heysel no existe. O sí. Existe. Pero es otro estadio. Cuenta con capacidad para 50.000 espectadores todos con localidades de asiento. Es un coliseo de máxima categoría UEFA en términos de accesibilidad y comodidad. Se rebautizó en 1995 con el nombre de Estadio Rey Balduino, en honor al que fue rey de Bélgica durante cuatro décadas. A las afueras hay un monumento iluminado con 39 luces en conmemoración a cada uno de los fallecidos. En la grada Z hay dos vallas, ambas abiertas, para recordar aquello que nunca tendría que haber sucedido.

29/V/1985

“El partido no debería haberse jugado. No podemos estar orgullosos de esa Copa de Europa. No repetiría el desfile de la victoria alrededor del campo. Esos 39 muertos merecen respeto”. Michel Platini, futbolista del Juventus FC.

“Solo quería acabar el partido y ver que mi familia estaba bien. Me daba igual el penalti en contra. Ganar o perder era secundario”. Ian Rush, futbolista del Liverpool FC.

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Cuando la trampa del fuera de juego cambió el fútbol para siempre (2ª parte)

¡Cómo había cambiado el juego! Aquella carga ligera de caballería se estaba convirtiendo en un interesante juego colectivo. La brutalización daba paso a la sofisticación. Si antes el portero despejaba de puños porque si cogía el balón lo podían matar (literalmente), en 1912 el guardameta era intocable y sólo podía tocar el balón con las manos dentro de su propia área.

Con el 2-3-5 todo cambió, pero pronto hubo quien detectó que ese tercer mediocentro, con sus subidas y bajadas, iba dejando huecos en el centro del campo. Los más avispados, y los más avispados eran los futbolistas del Río de la Plata, comprendieron que moviendo posicionalmente a los cinco atacantes y acercando a alguno de ellos al centro del campo se originaba una superioridad que se tornaba en decisiva. El ataque en línea se convierte en ataque en abanico, donde los extremos retroceden o el delantero centro se cristaliza en mediapunta.

Es pues cuando los equipos, alarmados por ese agujero en el centro del campo, deciden reforzar su parcela defensiva. Para ello se valen de la táctica del fuera de juego. Recordemos que por entonces si tres defensores (dos zagueros y el portero) están por detrás del delantero rival ya hay fuera de juego. No era difícil que a alguien se le ocurriese levantar la mano para avisar al compañero, dar un paso al frente y usar el fuera de juego a su favor.

El inductor y referente del uso de la trampa de fuera de juego fue un norirlandés llamado Billy McCracken. Durante veinte años (1904-1924) fue el líder del Newcastle United y elemento estructural del centro de la zaga con sus más de 180 centímetros y sus 85 kilos de peso, medidas muy consideradas en la época.

Cuando observaba que el delantero rival iniciaba el desmarque, McCracken lanzaba un grito y corría en dirección al círculo central mientras su compañero en el centro de la defensa levantaba la mano para reclamar al árbitro (a imagen y semejanza de lo que muchas décadas después hará Baresi en el AC Milan) el fuera de juego. Dado que entonces los pases eran cortos y lentos y los jugadores no se podían mover de su zona asignada, no había profundidad, únicamente horizontalidad, por lo que no había forma de romper la trampa del fuera de juego. Cuando en un partido McCracken consiga que el árbitro sancione más de cuarenta fueras de juego en un mismo partido todo estallará. Al reanudarse las competiciones tras la I Guerra Mundial todos los clubes utilizarán la misma táctica, el número de goles se reducirá (2,95 por partido en 1908 a 2,43 en 1924), se culpará a McCracken de acabar con el fútbol y el número de aficionados en los estadios descenderá drásticamente.

Billy McCracken

El problema crecía como bola de nieve y no se atisbaba solución. El juego era monótono y los delanteros centros, grandes y lentos, caían sin remedio en la trampa. Y en Inglaterra entró el pánico. Y entraría mucho más cuando Uruguay gane los Juegos Olímpicos de 1924 arrasando a todos sus rivales (los británicos se autoexcluían de las competiciones internacionales). José Nasazzi, capitán uruguayo, observa que los europeos abusan del fuera de juego y decide instalarse en el centro del campo (2-4-4), descartando el juego directo y apostando por el pase para llegar a la portería rival. El fuera de juego de los rivales naufraga y Uruguay gana de forma bella con un estilo que se prolongará en el tiempo.

Así que la Football Association (FA) atisbó dos soluciones. La primera consistía en pintar una línea a 36 metros de la portería que marcase a partir de donde se establecía el fuera de juego (como en las categorías inferiores de la actualidad). La segunda consistía en limitar el fuera de juego a dos defensores (el portero más un zaguero) facilitándole así las cosas al delantero falto de calidad técnica. Se realizó una prueba en un partido en Highbury. Primera parte tirando la línea de 36 metros y segunda mitad reduciendo a dos el número de defensores para marcar el fuera de juego. Quizás fuese demasiado precipitado, pero la solución requería urgencia.

Gustará la segunda idea. A partir de entonces un futbolista estaría en posición de fuera de juego si está más cerca de la línea de meta contraria que el balón y el penúltimo adversario a menos que se encuentre dentro de su propio campo. Era abril de 1925.

El fútbol iba a cambiar para siempre.

Al cabo de una temporada el promedio de goles en la liga inglesa pasó de menos de 3 por partido a 4,5. La falta de profundidad de la línea de cinco quedaba descartada y los McCracken de turno, al no tener un compañero en defensa, se lo tendrían que pensar muy mucho antes de adelantarse y levantar la mano para reclamar el fuera de juego. Al ligero error dejaban a su portero vendido en un mano a mano frente al delantero rival.

Lo que en abril era una realidad en las Islas Británicas el 13 de junio de 1925 se cristalizó en cierto en el resto del mundo. La FIFA puso en marcha un tren que revolucionaría para siempre la forma de jugar y en la que, por vez primera, tendría más importancia la táctica que los jugadores.

Nacía la era de los entrenadores.

Y aunque nadie lo sabía entonces, nacía la parte defensiva del juego. Defender para ganar.

Y es que los árboles no dejaron ver el bosque. En las siguientes tres décadas el fútbol ofensivo campó a sus anchas por el orbe. Los goles aumentaron de forma radical. En el Mundial de 1954 se llegó a la cima de la excelencia ofensiva con 5,4 goles por partido, hasta que en los 60 arribó el boom defensivo que intentará ser contrarrestado con los cambios para oxigenar el centro del campo y las tarjetas para proteger a los delanteros. Pero el caso es que, sin que nadie se diese cuenta ni lo advirtiese, en ese 1925 estaba naciendo una forma de jugar que primaba lo defensivo antes que lo ofensivo.

Ante el pánico de dejar a un solo defensa ante el delantero rival, el pavor hace su aparición y hay una serie de entrenadores que deciden fortificar la defensa. Es importante resaltar que son entrenadores. Hasta entonces los equipos cuentan con un preparador físico, pero no existe la táctica. Las plantillas con cortas (a lo sumo 13 o 14 futbolistas) y las alineaciones son decididas por el capitán que las consensa con los compañeros. A partir de entonces los entrenadores (siempre ex jugadores) determinarán el estilo de juego y quienes deben saltar al campo. Uno de estos primeros gurús fue el inglés Herbert Chapman. Dirigiendo al Huddersfield Town decidió retrasar a uno de los medios para fortalecer la defensa. El 2-3-5 pasaba a ser 3-2-5. El sistema fue afiliado cuando en los años 30 Chapman pasó a dirigir con éxito al Arsenal FC. Era la WM de Chapman, el sistema imperante en el mundo desde entonces hasta finales de la década de 1950.

La WM permitía movilidad dentro de la limitación del juego zonal de entonces. Aunque sobre el papel el dibujo WM con los extremos super adelantados parezca ofensivo, la realidad es que se asemejaba más a un 3-4-3 o a un 5-2-3 en defensa. Los goles aumentaron, sí, pero porque aumentó el juego directo. Chapman hizo hincapié en el pase largo y el control del balón. Que un extremo controlase el balón de primeras tras un pase de treinta o cuarenta metros era un gol asegurado. Pero se hizo acosta de aumentar la precaución defensiva y el abandono del centro del campo. Ahora había dos trincheras. Una en defensa y otra en ataque. El centro del campo era yermo. Será tras la II Guerra Mundial cuando algún avispado acuñe la expresión zona ancha para referirse a ese centro del campo que quedaba desocupado.

La WM de Herbert Chapman

El concepto cambia. Hasta entonces el objetivo era marcar un gol más que tu rival, no obstante, ahora el objetivo era defender para no encajar goles, No es que antes no hubiese equipos defensivos. Sin echar la vista muy atrás en los ya citados JJ. OO de 1924 Uruguay solo tuvo dificultades en el partido de semifinales ante Países Bajos (2-1), Según las crónicas, viendo que sus opciones de vencer eran ficticias, los neerlandeses desplegaron un 5-5-0 sin intención alguna de ganar. La diferencia radicaba en que antes de la modificación de la regla del fuera de juego el acumular jugadores en defensa eran acciones coyunturales y tras la modificación de la regla se convertirán en estructurales.

Lo que era un estigma, una deshonra, un gesto de cobardía (recordemos que el fútbol nació como un deporte de caballeros) se convirtió en aceptable. Si en origen el fútbol funcionaba como carga ligera de caballería, ahora se aceptaba que los soldados cavasen una trinchera a la espera de una oportunidad. Un dato. Hasta 1925 el balance entre Escocia e Inglaterra en partidos internacionales era ligeramente favorable a los primeros. Tras la modificación de la regla del fuera de juego los escoceses abandonaron su tradicional juego de pases y aceptaron el juego directo y la WM masivamente. Desde entonces cayeron en picado ante los ingleses. Era la contrarrevolución.

Lo curioso es que fueron los ingleses victoriosos los que abrazaron con fuerza la modificación de la regla del fuera de juego y el establecimiento de la WM como patrón de juego. El resto del mundo exploró una vía alternativa, una que rompiese con el juego acartonado de usos y costumbres tan británico y que diese pábulo a las filigranas ofensivas para romper con el fuera de juego.

Así si la WM es la solución defensiva a la modificación de la regla del fuera de juego, la solución ofensiva pasará porqué los delanteros usen el cerebro. Si para contrarrestar la amenaza los clubes británicos transformaron un mediocentro en defensa con la instrucción de perseguir al delantero centro sustituyendo el marcaje zonal por el individual, en el resto del mundo hubo técnicos que decidieron mover a los atacantes. El italiano Vittorio Pozzo fue pionero al establecer cuatro líneas en el campo en vez de las tres tradicionales. En determinadas ocasiones usaba la figura del líbero (a semejanza de los uruguayos) para tener un defensor libre de cargas, pero fundamentalmente lo que hizo fue retrasar a los extremos obligándoles a regatear hacia dentro buscando el disparo en vez de pegarse siempre a la banda. Así los interiores, liberados de su función ofensiva, podían bajar al centro del campo para distribuir el balón. El 2-3-2-3 de Pozzo (3-4-2-1 sin balón) le dio a Italia dos Mundiales (1934 y 1938) desactivando por completo el problema del fuera de juego.

Los sudamericanos decidieron mejorar el juego al primer toque y el control con la idea de aumentar la velocidad del juego. Comprendieron que, si jugaban como siempre, pero a mayor ritmo, la lentitud de los defensas rivales sería impedimento total para que pudiesen poner en práctica la táctica del fuera de juego. Así, y al menos hasta finales de los 40, Uruguay, Argentina o la Escuela Danubiana (Checoslovaquia, Hungría o Austria eran los mejores países europeos hasta la II Guerra Mundial en parte gracias a las enseñanzas del inglés Jimmy Hogan – véase artículo escrito en este blog -) decidieron expresarse con el pase y el regate reforzando el centro del campo a costa de un delantero y siempre manteniendo los dos defensores. El 2-3-5 peleó por sobrevivir ante la WM importada desde las Islas Británicas.

La Italia bicampeona (34 y 38) de Pozzo

Tras la II Guerra Mundial la WM ya será el esquema habitual en todo el mundo. Para entonces el fútbol ya había cambiado para siempre. Había dejado de ser inglés. Los british eran todo piernas y pulmones y nada de cabeza. Cuando en 1950 caigan derrotados ante Estados Unidos el mito acabará por romperse. El resto del mundo, aun aceptando la WM, comprendió que la esencia del fútbol se basa en que la pelota corra y el rival tras ella.

Pero lo que había llegado para no marchar era la corriente defensiva del juego, quizás porque el fútbol hacía mucho que había dejado de ser un juego. Desde que en 1925 se modificó la regla del fuera juego el fútbol se dividió entre los que decidieron protegerse de la amenaza retrasando a un defensor y los que apostaron por potenciar el juego de pases para desde el mediocampo llegar hasta la portería rival.

Donde antes sólo había una forma de entender el fútbol, la ofensiva, ahora había dos. La ofensiva y la defensiva. Y todo había sido provocado por la modificación de la regla del fuera de juego.

¿Cómo ganar? Pocos pases a gran velocidad para llegar al arco contrario en el menor tiempo posible. El regate está en desuso. La pelota siempre viaja más rápido sin un jugador detrás de ella”. Helenio Herrera, factótum del Catenaccio.

“Al fútbol siempre ha de jugarse de manera atractiva y de manera ofensiva”. Johan Cruyff, factótum del Fútbol Total.

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Cuando la trampa del fuera de juego cambió el fútbol para siempre (1ª parte)

Yo estuve allí. Es una calle insulsa en el barrio de Covent Garden. No muy lejos del British Museum. Hoy mantiene la esencia. Poco iluminado, decoración cargante, amplia barra de bebidas y escasa oferta de comida. Pidiera sausage and mash. Es decir, salchichas con puré de patatas. Mi esposa pidiera fish and chips. Es decir, bacalao frito con patatas. Lo típico. Tampoco había mucho más para elegir. Pues allí, en The Freemason’s Tavern, una mañana de octubre de 1863 se reunieron representantes de los centros educativos más prestigiosos de Gran Bretaña para discernir sobre cuáles eran las reglas a seguir de manera uniforme en ese nuevo deporte de pelota que estaba desarrollándose y creciendo aceleradamente por todo el país. Los partidarios de jugar con pies y manos, liderados por los religiosos de la Rugby School, no fueron capaces de convencer a los allí presentes de las bondades de sus reglas. Así que un grupo de once disidentes, enderezados por Harrow School, firmaban, esa mañana en la The Freemason’s Tavern, un documento con trece reglas entre las que destacaba la prohibición del uso de las manos para trasladar el balón. Había nacido la Football Association. Había nacido la FA.

El fútbol pasaba a ser un ente propio y reglamentado.

Porque los ingleses no inventaron el fútbol (de hecho, tuvieron mucho más peso los escoceses, pero esa es otra historia ya contada en este blog). El fútbol surgió como hijo de la Revolución Industrial ante la necesidad de ocupar un tiempo de ocio instituido al sustituir el trabajo agrario de sol a sol por el mecanizado con horario de inicio y de fin. El fútbol triunfó por su sencillez y por su capacidad para aglutinar en torno al juego un compendio de identidades culturales y sociales que sirviesen de vía de escape a aquellos que se trasladaron del campo a la ciudad y vieron saltar por los aires todas sus convicciones tradicionales. Pero al fútbol se jugaba igual en Oxford, que, en el patio de una fábrica, en la cubierta de un barco o detrás de una iglesia. Lo que se hizo aquella mañana en la The Freemason’s Tavern fue reglamentar el juego, dotarlo de unas normas y un patrón común a todos sus practicantes. El reglamento del fútbol dice claramente como debe jugarse, cuáles son los códigos de actuación y cuáles las normas de conducta.

Toda norma condiciona. La Ley de Propiedad Horizontal determina que puedes y que no puedes hacer en tu vivienda, el Código de Circulación establece como conducir y la Constitución decreta que y que no puede hacer el partido político que está en el Gobierno de la Nación. El reglamento del fútbol, las trece reglas originales, condicionaron como se iba a jugar al fútbol desde entonces hasta el presente. Condicionó la orientación del juego (ofensiva, al ataque), limito el terreno de juego al 100 x 100 (hoy la horquilla va desde el 110 x 75 al 100 x 64) y estableció elementos fijos de finalización (porterías con medidas estandarizadas). Las reglas dictaminan que para ganar hay que meter gol, lo que sugiere que el juego se practica de medio campo hacia adelante. Con los años la táctica más extendida y con más durabilidad en el tiempo será el 2-3-5 que estimuló la ocupación del ancho del campo en la búsqueda de un eje vertical de actuación que lleve a la portería, auténtico referente del juego. Más adelante la portería será sustituida por un referente móvil (el balón) y mucho más tarde, en tiempos de Cruyff, el referente del juego serán los propios jugadores a través de su movimiento.

Durante un tiempo fútbol y rugby beberán de la misma agua. El caos en el juego, las melés, el patadón, lo más puro de la diversión, formarán parte del desconcierto inicial. El origen se parecerá y mucho al patio del colegio, a las vísceras del juego donde todos corríamos sin ton ni son en busca del balón. Esos inicios tienen que ver con las reglas, y las reglas las conforman unos individuos determinados por un lugar y un hábitat concreto. Hablamos del Imperio Británico. Del Britannia Rules. De la Inglaterra Victoriana. Lo que prima es el juego directo. El yo contra todos. El juego individual, pero también caballeroso. No hay centros, no hay pases. El que coge el balón vuela hacia el horizonte como la carga de la Brigada Ligera cabalgaba hacia el abismo en la batalla de Balaclava. Lo que importaba era el romanticismo, el héroe que luchaba ante todo y salía victorioso tanto en la victoria como en la derrota. El liderazgo y la proeza individual encarnaba todo lo que un futbolista tenía que ser. No es extraño que el primer gran equipo fuese el Old Etonians, de la prestigiosa y elitista Eton, donde, evidentemente, sus jugadores ni podían ni querrían ser profesionales.

Pasar el balón estaba mal visto. Era un acto de cobardes. Una dejación de funciones. Todo se basaba en el héroe, en el único responsable. Entre los primeros partidos de los que tenemos constancia hay muertos. Cuerdos y locos, valientes que cogían el balón y recibían la envestida de otros hombres a base de golpes. Fruto de todo aquello, de aquella locura pseudoheroica, en 1891, casi tres décadas después de la fundación del fútbol reglado, tiene lugar la primera modificación del reglamento. Se prohíbe golpear al portero (hasta entonces eso no era falta) y se crea el área pequeña, también llamada área de gol. Toda infracción dentro de ese rectángulo será sancionada con un golpeo directo sin barrera. Es el penalti. También conocido como disparo de la muerte.

El disparo de la muerte

Hasta entonces se podía hacer lo que te viniera en gana para derribar al portero. Desde entonces el arquero es intocable con la pelota en su poder. Mas también lo es el delantero que consigue ser tan audaz como para adentrarse en el área rival. La creación del penalti (1891), la modificación del fuera de juego (1925, lev motiv de este artículo), la introducción de los cambios (1967) y la aparición del VAR (2016), son los cuatro grandes cambalaches que han puesto patas arribas el fútbol en más de siglo y medio de vida.

¿Cómo era entonces el juego en sus inicios? La disposición táctica habitual era el 1-1-8. Era un juego simple, basado en el individualismo, el regate, la velocidad y el buen disparo desde lejos. Todo era un caos absoluto. Era un caos promovido por un reglamento que fomentaba patear, correr y driblar. Era el velocista con buen regate el jugador más demandado. Y no hay que caer en la simpleza. Uno piensa que con 1-1-8 los goles estaban asegurados. En realidad, había un defensa y un medio fijos. Los otros ocho delanteros lo que hacían era correr a por el balón. En el momento en el que uno de ellos lo controlaba, los otros siete se hacían a un lado para ver el espectáculo. Para ver como su compañero ejercía de loco y tocaba a corneta. Mientras, esperaban a que fuese abatido y así recuperar el balón.

El 1-1-8 era la táctica habitual en Inglaterra. No así en Escocia. Allí pronto se adoptó el 1-2-7, utilizando otro medio más a imagen y semejanza del tres cuartos del rugby. La idea básica seguía siendo el juego físico, de hombres fuertes y vigorosos camino a la portería rival. Sin embargo, desde Escocia ya se intuía otra sensibilidad. El juego era ofensivo, se practica de medio campo para adelante, pero tenía un freno. Y ese freno era la regla del fuera de juego.

La regla original del fuera de juego dictaminaba que un futbolista estaba en posición antirreglamentaria si tres oponentes se encontraban entre él y la portería rival. Esto hacía que el equipo defensor, al poner a dos defensores junto al portero, siempre estaría en posición de ventaja ante el rival. De este modo, aunque sobre el papel el 1-1-8 o el 1-2-7 pareciese un suicidio defensivo, la realidad era mucho más prosaica. De igual manera, dado que el fuera de juego quedaba desactivado si el pase procedía de la línea anterior al centro del campo, se promovía el kick and run y al delantero veloz capaz de cabalgar 40 o 50 metros detrás del balón.

Es en Escocia donde tiene lugar la primera gran revolución. Su psique es opuesta a la de los mandamases del Imperio. Los futbolistas ingleses son más grandes, están mejor alimentados. Cuando en 1872 Escocia e Inglaterra se enfrenten en el primer partido internacional de la historia, los ingleses tendrán doce kilos de peso medio más elevado que los escoceses. La necesidad hace que Escocia adapte un juego de equipo, un enfoque colectivo, un sistema de pases basado en la solidaridad y la colectividad. Si en Inglaterra el fútbol es un deporte de caballeros victorianos que sueñan con ser héroes, en Escocia el fútbol es lugar para obreros y gente de humilde condición. No es extraño, pues, que hasta 1888 las victorias de Escocia a Inglaterra se cuenten por goleadas. El primer gran club británico fue el Queen’s Park de Glasgow. El inglés Preston North End gana el primer doblete liga-copa en 1889 con siete escoceses en su once. El Liverpool FC contaba en 1892 con un once inicial entero de escoceses. Con el profesionalismo riadas de futbolistas de Escocia pasaron a jugar en la caudalosa Inglaterra, suponiendo el fin para el amateurismo de los elitistas colegios ingleses.

Fue ese el tipo de juego que llegó al Río de la Plata y a orillas del Danubio. El juego de pases importado por los escoceses. Rápidamente evolucionó en un 2-2-6, que fomentaba un juego de pases basado en triángulos y dejaba de lado la velocidad, la fuerza y el regate inglés. Ese segundo mediocentro inventado por los escoceses ejercía de enlace con los delanteros cuando tras una de esas alocadas cabalgadas el punta perdía el balón. Esa dicotomía marcará el futuro del fútbol desde ese momento en adelante. En España, por ejemplo, fueron los ingleses los que trajeron el balompié por los puertos del País Vasco. El fútbol español, representado por el Athletic Club, acogerá el kick and run, el juego directo inglés como propio (la furia española) desde entonces hasta inicios del siglo XXI.

Es entonces, rondando los últimos años de 1880, cuando el fútbol se exporta por buena parte del orbe por obra y gracia del Imperio Británico y cuando el establecimiento del profesionalismo y de una liga regular estandariza definitivamente lo que es el fútbol. Se produce entonces la última gran invención táctica, una, que, con matices, será patrón común durante cerca de medio siglo. Se trata del 2-3-5, la disposición táctica por excelencia que convirtió el fútbol en el deporte atractivo de masas que conocemos en la actualidad.

Fue el equipo de fútbol de la universidad de Cambridge el primer equipo de fútbol que apostó por el 2-3-5, de ahí que a esta disposición táctica se le conoce como La pirámide de Cambridge. Y así es. Una pirámide invertida donde por vez primera el juego está diseñado en su totalidad por triángulos y donde el pase es capaz de sustituir al kick and run a lo largo de los 100 metros de longitud del campo. El 2-3-5 fue el primer sistema universal, común a todos los equipos entre 1890 y 1930, posición en el tiempo que se alargó hasta el fin de la II Guerra Mundial en muchos más.

Pirámide de Cambridge (rojos)

La idea del 2-3-5 era la de juntar a dos defensores cerca del portero (para habilitar la trampa del fuera de juego) siempre defendiendo en zona y raramente en paralelo. Lo normal es que uno de los dos, generalmente el derecho, se quedase más cerca del guardameta. Los tres del centro del campo se dividían entre el mediocentro creativo y los dos interiores que ejercían de guardaespaldas, mientras que en paralelo cohabitaban los cinco atacantes. Era un fútbol de posiciones fijas, si bien es cierto que el 2-3-5 en realidad era un 2-5-3, dado que dos de los delanteros, el número 8 y el número 10, los dos que jugaban por dentro (de ahí lo del carril del 8, el carril del 10…) funcionaban como abanicos que subían y bajaban desde el centro del campo hasta el ataque. La función de todos ellos eran enviar el balón a los extremos (carril del 7 y carril del 11) para que, a través de un centro, el ariete (el 9) rematase de cabeza, ya que generalmente era el futbolista más grande y más fuerte del equipo.

Como vemos el juego, aun rudimentario para nuestra óptica, tenía todos los elementos clásicos y contemporáneos necesarios para hacerlo efectivo. La figura esencial de esta ruptura e innovación táctica era el mediocentro, el tercer centrocampista. Ejercía de policía, bajaba a defensa a recibir el balón si era necesario y tenía libertad de movimientos para avanzar con el esférico y acercarlo a la delantera. Ejercía de bisagra entre los dos mundos.

Era el punto fuerte del esquema y, sin embargo, al mismo tiempo, era el punto débil. El mediocentro no siempre llegaba a tiempo a las ayudas y, en una época donde la preparación física era escasa y no existían los cambios, su ausencia generaba un constante agujero y multitud de espacios. Ahí reside el motivo por el que entonces había tantos goles en los partidos y no por la impresión (falsa) de que se jugaba con cinco delanteros. Eran los interiores (el carril del 8 y el carril del 10) los verdaderos protagonistas del ataque dado que se aprovechaban de la ausencia del mediocentro rival para cabalgar en transiciones rápidas y dinamitar el juego en estático.

El primer gran mediocentro del que se tiene constancia es Ernest Needham, faro del Sheffield United entre 1891 y 1909 con 160 centímetros escasos de altura, inaugurando un perfil de jugador que nos lleva desde él hasta los Xavi Hernández del presente.

Como él hubo más, pero su hegemonía se iría diluyendo poco a poco.

Ernest Needham

A sabiendas de que ese agujero en el centro del campo debía de ser explotado, se empezó a desarrollar una nueva forma de distribución en el campo. Recordemos que entonces las posiciones son fijas, cada futbolista es encargado de ocupar una parcela del campo, ni una más y ni una menos, por lo que las ayudas o los desplazamientos son inexistentes. Lo que se propone es mover ligeramente a los cinco de arriba. En vez de estar en paralelo, los cinco delanteros pueden situarse en forma de abanico, se adelanta a los extremos o en algunos casos, como sucede en Uruguay, el delantero centro pasará a retrasarse y ocupar el centro del campo. Esa innovación, la del delantero falso (el falso ‘9’) hará que Uruguay domine el fútbol mundial (con permiso de los ingleses) en el primer cuarto del siglo XX.

Así pues, asustado, el mediocentro dejó de ser tan libre y de acercarse tanto al ataque para convertirse más en un elemento defensivo que ofensivo. De repente, cuando nos acercamos a 1920, el número de goles por partido baja drásticamente. Donde antes había dos defensores ahora hay dos y medio. Los medios piensan más en defender que en atacar, el centro del campo se va rompiendo y los delanteros quedan aislados. El kick and run vuelve a coger fuerza.

Y es entonces, viendo que el fútbol se adentra en el mundo de la oscuridad, cuando en 1925 aparezca la nueva regla del fuera de juego. La norma que lo cambiará todo.

Y sin embargo lo que no sabían los que la diseñaron es que aquello que se pensó hacer para favorecer al fútbol ofensivo, acabaría siendo el caldo de cultivo de una teorización defensiva que revolucionaría el futbol para siempre.

Continuará…

“Estoy orgulloso de que Inglaterra haya ideado estas leyes y que como resultado el fútbol se haya extendido por el fútbol como lo ha hecho. Las reglas no solo permiten jugar al fútbol, encarnan el espíritu y la herencia de nuestro juego”. Sir Bobby Charlton.

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All Blacks; la psique de Nueva Zelanda

En aquellos tiempos que un hombre con el uniforme del servicio postal golpease la puerta de tu casa no era nada halagüeño. El telegrama procedía del War Office, el Ministerio de la Guerra. Ya imaginaba que le iban a decir. Era su hijo. Era octubre de 1915. Días antes una ofensiva lanzada por el general Haig en Loos, a las afueras de Lille, cerca de la frontera francobelga, se había saldado con cerca de 50.000 bajas británicas entre muertos, heridos y desaparecidos. Y justamente eso era lo que decía el telegrama. El hijo de Rudyard y Carrie Kipling había desaparecido en combate. No se le daba por muerto. Pero como si lo estuviese.

Rudyard Kipling era entonces uno de los escritores más famosos del mundo. Nacido en la India británica, el autor de ‘El libro de la selva’ o ‘El hombre que pudo ser rey’ consiguió a través de sus escritos darle dignidad a las colonias que entonces dominaba Gran Bretaña. Bien considerado, utilizó todos sus contactos y su inmensa fortuna en tratar de descubrir el paradero de su hijo. Peinó todos los hospitales y todas las cárceles en una lucha desesperada. Ya había perdido a su hija a los seis años por culpa de una neumonía y no estaba dispuesto a que la parca le hiciese lo mismo a su primogénito de 18 primaveras.

Fueron cuatro años de lucha rogando a todo a quien quisiese oírlo que no declarase muerto a su hijo, sino simplemente desaparecido. Al acabar la guerra viajó hasta Francia a rastrillar la zona en la que combatió su vástago buscando el cuerpo sin suerte. Hubo de aceptar lo inevitable y Jack Kipling fue declarado muerto oficialmente.

Frustrado y dolido, Kipling utilizó la poesía para dar rienda suelta a sus sentimientos. En ‘Epitafios de la guerra’ dejó unas perlas que aún resuenan en la actualidad; “Si alguien pregunta porque hemos muerto diles que fue porque nuestros padres mintieron”. Y en ‘Mi hijo Jack’ dejó una frase que fue pronto aceptada primero por Gran Bretaña y luego por el resto de los países para recordar a los desaparecidos en combate: ‘Known to God’ (Conocido solo por Dios). La inscripción adorna desde entonces la tumba de los soldados desconocidos y también la de Jack Kipling quien, finalmente, fue identificado en una fosa común en el norte de Francia en 1992, más de 75 años después de su muerte y más de medio siglo más tarde del fallecimiento de su padre.

Rudyard Kipling

Robert Stanley Black se convirtió en All Black un 18 de julio de 1914. Fue en Tasmania. Nueva Zelanda derrotó con claridad a Australia por 21-0. Hijo de inmigrantes británicos, no existía mayor honor para Robert que formar parte de la selección neozelandesa de rugby. Ser un All Black era una forma de aceptación en la comunidad. Apenas unos días más tarde Robert embarcó rumbo a Inglaterra junto a sus compañeros. Los rostros de la alegría y las palmadas de autoafirmación brotaban de proa a popa para unos chicos que emprendían la primera gira en la historia de los All Blacks. Aquellos jugadores iban a dar a conocer la existencia de Nueva Zelanda, un país de poco más de medio siglo de vida, por toda Gran Bretaña.

Tras tan largo viaje, a Robert le dio para jugar otro partido internacional nada más llegar a tierras británicas. Dos semanas más tarde el rey Jorge V anunciaba que el Imperio Británico estaba en guerra contra el Imperio Alemán y sus aliados. Las sonrisas se tornaron en mesura cuando Robert y parte de sus compañeros se alisten en el batallón de Canterbury. Poco le duró la gloria militar a Robert quien al poco, el 21 de septiembre, dejaba su vida en un lodazal de un pueblo belga.

En tres meses pasó de ser un chaval que cumplía el sueño de jugar un partido con su selección, a embarcarse en un difuso viaje camino de la entonces lejanísima Gran Bretaña, jugar ante los inventores del juego, calzarse un traje militar y empuñar un arma por vez primera en su vida y perderla en un extraño paraje a miles de kilómetros de su hogar.

Nueva Zelanda pagó un precio terrible por su participación en la Gran Guerra. En términos porcentuales encabezó la lista de muertos y heridos. Con una población entonces de poco más de un millón de personas envió a 110.000 hombres a batalla de los cuales 18.000 murieron y 55.000 quedaron heridos. En total un 66% de bajas. Galípoli, Somme, Messines Ridge o Passchendaele. Son los sitios donde se formó una nación orgullosa, valiente y decidida. Autosuficiente, animosa en espíritu y preparada para aceptar su diversidad.

Aunque ya explorada por españoles y luego ocupada por británicos, no fue hasta bien entrado el siglo XIX cuando los europeos pusieron sus ojos en Nueva Zelanda. Los colonizadores se asentaron en la isla norte, de más fácil acceso, pero afectada por peor clima. Con una vegetación espectacular, los británicos tuvieron que adentrarse tierra adentro luchando contra las inclemencias del tiempo. Solo los más fuertes consiguieron asentarse y echar raíces y pronto el conflicto con los maorís se hizo evidente. Pobladores originarios de las islas, los maorís eran grandes cazadores y pescadores y habían aprendido a domar la naturaleza a su antojo.

Las trifulcas y la violencia se hicieron comunes al día a día en Nueva Zelanda. El hombre blanco intentó acabar con el maorí, suceso que nunca ocurrió porque los maorís mantuvieron su raza y su cultura a salvo alejándose de los núcleos de población. Sin embargo, hubo un nexo de unión entre conquistados y conquistadores que pronto serviría para vertebrar el futuro del país.

El rugby.

En Nueva Zelanda el fútbol no caló entre la población. Hombres y mujeres, blancos y maorís, compartían fortaleza y destreza física. El rugby gustaba porque era una lucha cuerpo a cuerpo, una batalla de iguales en la que no había artificios. Solo dos cuerpos luchando entre sí. “Se juega como se trabaja”, gusta decir en Nueva Zelanda. Al rugby se podía jugar en la playa o en medio de la selva. Gustó. Y unió a las dos razas en un único objetivo. El rugby sería el objeto que daría identidad a la nueva nación.

Hasta trece miembros de los All Blacks fallecieron durante la I Guerra Mundial. El ANZAC (Australian and New Zealand Army Corps) representa desde entonces lo que es ser australiano o neozelandés; gente de distintos orígenes y clases sociales que demostraron valor en el combate, honor bajo presión y siempre dándole una mano a un compañero. Esta esencia se le llama el espíritu del ANZAC: las cualidades de valor, sacrificio y compañerismo que son las hoy defendidas a través del deporte especialmente representadas por los All Blacks. Las heroicas acciones neozelandesas durante la I Guerra Mundial sirvieron también para que Gran Bretaña reconociese a Nueva Zelanda como país y no como un apéndice colonial.

Si uno rasca bajo las colosales odas que glosan sus hazañas y ese místico aura que recubre a estos semidioses maoríes, encontrará que en esencia los All Blacks son simple y llanamente el mejor equipo de la historia del deporte mundial. Su porcentaje de victorias supera el 70%, pero más que su registro es su forma de someter a sus adversarios lo que les ha convertido en un referente que trasciende a la disciplina del rugby e incluso a los límites del deporte. Una historia de superación, discriminación racial, honor, sabotajes, derrotas aleccionadoras y sobre todo victorias, cientos de triunfos. Una historia que comenzó una soleada tarde de agosto de 1903 y que únicamente se vio interrumpida por una guerra en la que sus componentes cambiaron el balón por el fusil con la misma determinación y valentía.

Valentía que demostró Dave Gallagher, otro de aquellos hombres que ayudó a construir la psique neozelandesa. Carnicero de profesión, formó parte de los primeros All Blacks, aquellos que debutaron en 1903. Retirado, en 1907 se convirtió en seleccionador nacional, pero, aunque exento de conscripción debido a su edad, en 1916 decidió dejar a un lado su vida acomodada para alistarse en el ejército. El sargento Dave Gallagher tuvo que ver como dos de sus hermanos caían en el campo de batalla hasta que él mismo fue herido en combate en octubre de 1917 por un trozo de metralla que atravesó su casco. Al día siguiente fallecía en un hospital de campaña a los 43 años de edad.

Enterrado en el cementerio británico de Poperinge, cerca de Ypres, al oeste de Bélgica, su lápida tiene grabado un helecho plateado, planta propia de Nueva Zelanda y emblema de la selección neozelandesa de rugby. Desde 1922, cuando los All Blacks se embarcan en una gira por Europa, sea para jugar un partido amistoso o una competición oficial, es de obligado cumplimiento que la expedición se acerque a Poperinge a mostrarle sus respetos a Gallagher y por ende a todos aquellos que a través del rugby ayudaron a construir la psique de la nación.

La costumbre, que cuenta con un siglo de vida, no ha sido alterada ni lo será, a pesar de los continuos problemas del saturado calendario profesional y de las presiones de los diferentes patrocinadores.

Poperinge. Dave Gallagher

P.D: Nueva Zelanda es en la actualidad el país del mundo con más practicantes de deportes extremos por habitante, lo que demuestra el carácter de agresividad, aventura y fortaleza física extrema de la nación.

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Templos del deporte: Resto del mundo (2ª parte)

¿Por qué el fútbol es el deporte rey? Porque es simple y democrático. Pueden jugar bajos y altos, pequeños y mayores, gordos y delgados, pobres y ricos. Es rural. Abierto. Se juega al horizonte. Dos piedras hacen de portería y algo que ruede ejerce de balón. Pero sobre todo el fútbol es el deporte rey porque fue el primero. Cuando el deporte moderno nace en el siglo XIX derivado a la cultura de ocio surgida tras la Revolución Industrial, el fútbol es el primero de los deportes. Su éxito radica en su sencillez y en su capacidad para crear identidades colectivas con las que se puedan identificar los alineados del campo. El fútbol es el instrumento necesario para dar tranquilidad a unos ciudadanos que pasan de tener cobijo en la familia y la vecindad a ser seres individuales controlados por el Estado.

Así el fútbol se expande con celeridad y se convierte, no sólo en un deporte, sino en símbolo de identidad para esa nueva generación de origen rural, pero de presente y futuro urbano. El fútbol triunfará por ese haz de sentimientos. Por esa capacidad de unión de espíritus. El ciclismo, el atletismo o el tenis son deportes individuales que no pueden competir a la hora de construir identidades. El baloncesto o el balonmano jamás poseerán esa capacidad porque son mucho más modernos. Cuando surjan ya el fútbol ocupará un lugar de privilegio en la psique de la sociedad. El fútbol golpeó primero y su victoria fue definitiva.

Pero el futbol no nació sólo. Gran Bretaña exportó tres grandes deportes colectivos a mediados del siglo XIX. Son el fútbol, el rugby y el criquet. En Estados Unidos se cogió esos ingredientes, pero se hizo una receta propia. Como vimos en el primer capítulo de este artículo el fútbol americano y el béisbol forman parte de la identidad estadounidense. El futbol, soccer como allí lo llaman, es irrelevante socialmente.

Pero falta el resto del mundo. Y a finales del siglo XIX una cuarta parte del orbe era inglés. Y existían otros dos deportes colectivos surgidos al unísono del fútbol y que estaban en disposición de arrebatarle el título de aglutinador de identidades colectivas. Eran el rugby y el criquet. Ambos palidecieron ante el fútbol por motivos diferentes. El rugby no pudo competir con el fútbol al ser una dictadura física. Mientras el fútbol es democrático y permite la participación de todo tipo de cuerpos, el rugby favorecía a aquellos que eran grandes y fuertes. Por su parte el criquet se quedó atrás en los gustos del pueblo por la complejidad aparente de sus reglas. El fútbol no requiere conocimientos genéricos previos y de ahí que nuevos aficionados se puedan sumar rápidamente a su aventura.

Pero aun así el rugby y el criquet se expandieron con celeridad en muchos de los territorios que Gran Bretaña controlaba. El criquet se convirtió en deporte nacional en el Caribe, en ciertos países africanos y esencialmente en el sureste asiático. En Afganistán, Pakistán o Bangladesh, los verdaderos ídolos del deporte son jugadores de criquet. Y por encima de todos estos países se encuentra India, donde sus casi 1.500 millones de habitantes tienen como deporte rey el juego de bate y pelota. A ojos europeos puede parecer poca cosa, pero estamos hablando de cerca de un 20% de la población mundial.

Allí donde el criquet no triunfó lo hizo el rugby. Lo hizo en las colonias oceánicas como Fiji, Samoa, Australia o Nueva Zelanda. Allí, en nuestras antípodas, se convirtió en la argamasa que unió a nativos y colonizadores. Pero el rugby además de triunfar en países africanos como Sudáfrica consiguió atrapar adeptos dentro de las Islas Británicas. El rugby es el deporte nacional de Gales y es capaz de unir a católicos y protestantes irlandeses cuando se pega una patada al balón oval.

Nos quedaría China. Pero el gigante asiático tiene una idiosincrasia propia. Son el tenis de mesa (de nacimiento británico) y el bádminton los deportes más seguidos. Es cierto que China es inmensa, no obstante, son deportes muy ligados al país. Es verdad que el bádminton tiene legión de seguidores en Asia, pero es un deporte individual y, al igual que el baloncesto, se juega en pabellones cerrados, por lo que no existe ningún estadio deportivo que podamos calificar como templo del deporte.

Es por ello que tras seleccionar diez templos del deporte estadounidense (fútbol americano y béisbol) me veo en la obligación de seleccionar ahora otros diez templos del deporte en el resto del orbe. Excluido el fútbol de esta clasificación, serán diez recintos donde se juegue al rugby o al criquet, los otros dos grandes deportes colectivos surgidos en el siglo XIX capaces de aglutinar identidades colectivas.

No están todos los que son, pero si los más trascendentales. De la ecuación se han excluido iconos como los australianos Docklands o el ANZ Stadium, donde se celebró los JJ. OO de Sídney porque son recintos multiusos también usados semana tras semana para la práctica de fútbol. Lo mismo ocurre con el Aviva Stadium de Dublín. Se verá también que no hay ningún estadio de fútbol africano. En África el fútbol es el deporte rey con mucha diferencia, pero como ya explicara en su día cuando cometiera la lista de templos del fútbol más relevantes, nuestra visión del juego es occidental y los recintos africanos no tienen enjundia histórica para ser aquí incluidos. Quizás en un futuro.

La inmensidad de Asia hace que me sea imposible hablar de todos sus estadios significativos. Quedan fuera de la lista el Kalinga de Bhubaneshwar o el Bujut Jalir de Kuala Lumpur. También el estadio nacional de Lahore en Pakistán donde se practica el hockey hierba, otro deporte muy popular en esas latitudes. Por supuesto son inabarcables muchos de los estadios de criquet de realengo que hay en la India.

Tampoco formaron parte de la ecuación el Athletic Park de Wellington, hogar de los All Blacks de Nueva Zelanda que fue derrumbado en 1999. También desaparecido es el Lansdowne Road de Dublín que durante 135 años (1872-2007) albergó partidos de rugby y de fútbol. El recinto tenía una estación de cercanías incorporada, ya que las vías del ferrocarril circulaban por debajo de una de las tribunas. También ha sido excluido el inquietante Suncorp (1914) de Brisbane que fue construido sobre un cementerio y el Newlands (1890) de Ciudad del Cabo, que puede presumir de ser el templo deportivo más antiguo de África.

Estadio Newlands - Wikipedia, la enciclopedia libre
Newlands (1890)

— TEMPLOS DEL DEPORTE DEL RESTO DEL MUNDO —

Vamos pues con los que he considerado los recintos deportivos más importantes del planeta excluyendo al fútbol y a Estados Unidos de nuestras posibilidades:

10. ESTADIO NARENDA MODI (India / criquet): Es reciente. Muy reciente. Pero tiene que estar aquí. Inaugurado en 2020 es el estadio más grande del mundo con 132.000 asientos. El estadio está situado en Ahmedabad, una ciudad histórica del occidente de la India desconocida para los europeos, pero que tiene cerca de seis millones de habitantes. Su inmensidad es tal que tiene una pasarela aérea por la que se pueden evacuar al mismo tiempo hasta a 60.000 personas. Cuenta con estación de metro propia en el subsuelo del recinto y el techo fue diseñado específicamente para soportar terremotos de gran escala. Se planificó con cuatro vestuarios y grandes espacios abiertos que permitirían hasta jugar dos partidos de criquet en el mismo recinto al mismo tiempo.

Ahmedabad's Narendra Modi Stadium Is Set To Be The World's Largest Spo
Narenda Modi

9. GADDAFI LAHORE (Pakistán / criquet): Con 27.000 asientos de capacidad es el estadio donde juega la selección de Pakistán sus partidos internacionales, aunque fue renombrado en honor al ex presidente de Libia cuando éste defendió en un discurso el derecho de los pakistanís a desarrollar armas nucleares. Construido en 1959, fue el primer estadio en autoabastecerse energéticamente. Su capacidad era el doble de la actual, pero se remodeló en 1996 cuando albergó la final del Mundial de criquet y se eliminaron las plazas de pie. En 2009 ocho jugadores de Sri Lanka resultaron heridos tras un ataque terrorista durante un partido Pakistán-Sri Lanka. Hubieron de pasar diez años hasta que el criquet de selecciones volvió al Gaddafi Lahore. La selección también juega en Karachi, la capital, en el llamado estadio nacional, inaugurado en 1955 y donde en lo que va de siglo XXI solo ha perdido dos de los 45 partidos que ha disputado.

Gaddafi Stadium: History, Capacity, Events & Significance
Gaddafi Lahore

8. MELBOURNE CRIQUET GROUND (Australia / criquet): Reinaugurado en 1956 con motivo de los Juegos Olímpicos de Melbourne, sus asientos para 100.000 almas lo hacen lugar sede para eventos multideporte. En el día a día es un estadio que acoge partidos de fútbol australiano y de criquet, donde ha sido sede del Mundial de 1992 y de 2015. En el recinto del actual estadio ya se había jugado el primer partido de criquet de la historia del país en 1877 en un duelo entre australianos e ingleses, pero el estadio había sido inaugurado mucho antes, concretamente en 1853. La tribuna de madera pasó a ser de ladrillo y ya en 1900 contaba con iluminación eléctrica. Será de hormigón cuando se convierta en olímpica y sea inaugurada en 1956 por el duque de Edimburgo, marido de la reina Isabel II. Volverá a ser demolida y ampliada techando todo el estadio en 2006 con motivo de los Juegos de la Commonwealth. El Melbourne Criquet Ground debería estar mucho más arriba en esta lista, pero dado que es el fútbol australiano el deporte más usado y hasta el fútbol ha hecho suya presencia habitual en los últimos años, he considerado etiquetarle un número (8) que por jerarquía, repercusión e historia no le corresponde.

Melbourne Cricket Ground (MCG): History, Capacity, Events & Significance
Melbourne Criquet Ground

7. WACA (Australia / criquet): Pero si de un recinto destinado únicamente y exclusivamente al mundo del criquet nos tenemos que referir en Oceanía entonces debemos nombrar a la Waca. Inaugurado en 1890 en Perth se considera la cancha más rápida y con más rebote del mundo, lo que unido a la brisa marina que lo rodea lo convierte en un recinto donde los marcadores suelen ser altos. El nombre del estadio reproduce las iniciales de sus propietarios (Asociación de Criquet de Australia Occidental, WACA en inglés). Aunque la selección suele jugar en la otra punta de la nación (Sidney está a 4.000 kilómetros), es en Perth donde el criquet es capaz de desbancar al rugby o al fútbol en los corazones de sus vecinos. Es tal la fuerza de la WACA que el desarrollo de vuelos comerciales en Australia comenzó con la intención de poder jugar partidos a uno y otro lado del país y poder llevar a la selección a la WACA.

WACA development to make Perth a two Test venue town | cricket.com.au
WACA

6. MURRAYFIELD (Escocia / rugby): Hogar de la SRU (Unión Escocesa de Fútbol) Murrayfield es la casa del rugby escocés. Inaugurado al oeste de Edimburgo con una única grada en 1925, fue creciendo en capacidad hasta llegar a los 100.000 espectadores, siendo reducido a 67.000 asientos en la actualidad. Murrayfield fue base área y de suministros durante la II Guerra Mundial y aún mantiene el récord de aficionados a un partido de rugby en Europa. Su grada más icónica es la West Stand, en cuyos bajos hay un museo del rugby escocés y bajo su techo unos asientos pintados con la bandera escocesa armonizan el conjunto de un estadio que hace más de dos décadas no ve ganar a su selección el Torneo de las Seis Naciones. Es en Murrayfield donde resuena más fuerte el himno escocés y donde se proclama la singularidad escocesa frente a sus vecinos ingleses.

Murrayfield Stadium
Murrayfield

5. MILLENIUM STADIUM (Gales / rugby): El rugby es Gales. Gales es el rugby. Y su templo está en Cardiff. A orillas del río Taff se levantaba el Cardiff Arms Park (1881-1999) hasta que se decidió tirarlo para alzar uno nuevo en la misma ubicación. Ese el Millenium Stadium que fue inaugurado en el Mundial de Rugby de 1999. Se trata de un estadio con tres anillos con capacidad para 75.000 almas y techo retráctil de acero, una innovación en la época. Se regeneró toda la zona industrial alrededor del río y se giró la orientación 90 grados, pero se mantuvo su icónica aproximación al río. El estadio es asimétrico salvo en la tribuna norte, donde hubo que dejar un hueco al no llegar a un acuerdo con el presidente del Cardiff RFC, club de rugby local que posee los terrenos adyacentes al estadio nacional. Dicho hueco es conocido popularmente como Glanmor’s Gap en honor al nombre del entonces presidente. Por fuera los mástiles (cables sostenidos) adornan el recinto cayendo sobre el río dando forma a un barco que surca el mar buscando la victoria de los heroicos ‘Dragones Rojos’.

The Millennium Stadium - Cardiff - YouTube
Millenium Stadium

4. ELLIS PARK (Sudáfrica / rugby): Fue en Ellis Park donde Nelson Mandela se puso la camiseta de los ‘Springboks’ y Sudáfrica ganó el Mundial de 1995. Aquella victoria unió a negros y blancos y cicatrizó las heridas que el ‘apartheid’ había dejado en la sociedad sudafricana. Desde entonces el rugby pasó a ser también el deporte de los negros al igual que tras 2010 el fútbol también pasará a ser el deporte de los blancos. Ya solo por eso Ellis Park merecería ocupar un lugar reverencial en esta clasificación. Pero hay más. Creado en 1928 en Johannesburgo, en el lugar ocupado por un vertedero, pronto se convirtió en referencia del rugby sudafricano. En los 80 fue puesto al día y en 2005 dio un nuevo paso en su historia al ser el primer estadio de rugby de África en ser propiedad de hombres de raza negra. Su nombre deriva del alcalde Ellis, el regidor de la ciudad cuando se construyó, pero, curiosamente, también es el nombre de la persona que inventó el rugby.

Sedes en MARCA.com
Ellis Park

3. EDEN GARDENS (India / criquet): Ya lo dice el propio nombre. Hablamos del jardín del Edén del criquet. La meca del criquet de la India. Son 60.000 las personas que entran en Eden Gardens, aunque se dice que más de 120.000 abarrotaban el recinto cuando allí se disputó la final del Mundial de 1987. Fue inaugurado en 1864 en unos terrenos propiedad de un tal Babu Rajchandra que se los regaló a Lord Auckland por darle asistencia médica a una hija que estaba a punto de fallecer. El terreno, fértil, pronto fue bautizado como Eden, cuyo nombre también era el de la hermana de Lord Auckland. El estadio está situado en Calcuta y vio como en 1934 se enfrentaban por vez primera la selección de la India contra la de Inglaterra, cuando aún por entonces los primeros seguían siendo súbditos de los segundos.

El estadio se mantuvo prácticamente inalterable hasta 1987. La madera y las incomodidades eran las características de un lugar que aun así era delicioso para jugadores y aficionados. Fue entonces cuando se techó parte de las gradas y se creó una infraestructura que permitiese televisar los partidos. Con el tiempo se instaló una icónica fachada acristalada que se ha convertido en seña de identidad del estadio. El rugido y el ambiente de Eden Gardens es difícilmente igualado en cualquier otra parte del mundo. Todas sus gradas están renombradas en recuerdo a ex leyendas del criquet o a destacados miembros del ejército indio. No se debe olvidar que Calcuta fue antes joya del Imperio Británico y ahora es ciudad fronteriza con Bangladesh, país que mantiene litigios territoriales con la India desde hace medio siglo.

Santuarios del deporte. Eden Gardens: 'la casa del cricket' en India
Eden Gardens

2. TWICKENHAM (Inglaterra / rugby): La catedral del rugby. Eso es Twickenham. Un colosal estadio con capacidad para 82.000 personas situado en el suroeste de Londres y que fue inaugurado en 1909. Su diseño ovalado y simétrico con dos columnas a la entrada se asemeja al antiguo Wembley, pero, al contrario de lo que le sucedió a la catedral del fútbol, la del rugby se mantiene incólume al paso del tiempo. Además del World Rugby Museum, Twickenham puede presumir de haber albergado tres Mundiales de rugby (1991, 1999 y 2015) y varias finales de la Copa de Europa.

El recinto fue construido con daños estructurales en su grada sur. Desde el primer momento se descartó tirar la grada y siempre se optó por reformas varias. Así se hizo hasta en tres ocasiones durante el siglo XX, hasta que al llegar el siglo XXI lo inevitable parecía cerca. Sin embargo, la RFU (Rugby Football Union) se negó a tirar el estadio para construir uno nuevo. Lo que se hizo fue tirar la grada sur y hacer una totalmente nueva y de paso hacer lo propio con la norte para ampliar su capacidad. Era un lavado de cara, pero Twickenham se mantenía en pie como llevaba haciendo desde 1909. Desde que en ese campo de repollos Inglaterra y Gales jugasen su partido inaugural. Fue allí también, tras remontar un partido a Irlanda en 1988, cuando se adoptó el cántico ‘Swing low, sweet chariot’ himno oficioso inglés para combatir a los afamados cánticos patrióticos o independentistas del resto de las Islas Británicas.

Twickenham Stadium | Guías de deportes y eventos | DFDS
Twickenham

1. EDEN PARK (Nueva Zelanda / rugby): Pero si hay un recinto de rugby representativo por excelencia ese es Eden Park. Y lo es porque allí juegan los ‘All Blacks’, el equipo más venerado y respetado del rugby. El de más del 80% de victorias. El de un país de menos de cinco millones de habitantes que domina el deporte del balón ovalado. Construido en 1900 en Auckland y con un aforo actual de 45.000 almas, es un coqueto recinto con grada abierta que es venerado por cualquier jugador de rugby. Ha albergado citas mundialistas, pero debe compartir honores con otros estadios del país dado que la geografía de Nueva Zelanda, país conformado por dos grandes islas, hace que la selección se deba dividir entre una y otra para contentar a toda la nación.

En la isla sur es obligatorio jugar en el AMI Stadium de Christchurch, pero es en la isla norte donde se encuentra el grueso de la población. En Auckland está el progreso, el mejor puerto del país y su ciudad más poblada (1,6 millones de habitantes). Pero fue al sur de la isla norte, en un lugar mucho más propenso a las adversidades climatológicas, donde se asentaron los pioneros. Allí en la capital Wellington (250.000 habitantes) estaba el Athletic Park, creado en 1896 y considerado la casa original de los ‘All Blacks’. Lástima que fuese derrumbado en el año 2000 para crear el moderno Wellington Regional Stadium, que ha perdido parte de su encanto al ser elegido sede de la selección nacional de fútbol.

Eden Park (NZ) | Austadiums
Eden Park

BONUS: LORD’S CRIQUET GROUND (Inglaterra / criquet): Su importancia no deja de ser limitada porque el criquet, aunque con tradición y aficionados, nunca llegó a ser un deporte de masas en Inglaterra. Sin embargo, para cualquier niño de cualquier lugar del mundo que ame este deporte no existe mayor honor que jugar al criquet en Lord’s. Situado un poco más al norte del Madame Tussauds de Londres, se trata del recinto deportivo en pie más antiguo del mundo. Inaugurado en 1814 allí se mantiene imperecedero al paso del tiempo. Son innumerables los cambios en el campo a lo largo de dos siglos, pero lo más característico del recinto fundado por Thomas Lord es el pabellón y tribuna principal diseñada en 1889 y que se encuentra prácticamente igual. Actualmente consta con asientos para 31.000 almas, aunque llegó a acoger a más de 100.000 espectadores de pie.

Y al sur del Támesis, como máximo rival, está The Oval. Inaugurado en 1845 reunía a nobles, pero también a plebeyos, por lo que pronto rivalizaría con Lord’s por la hegemonía del criquet nacional. Y una cosa más. Para los aficionados al futbol The Oval es un lugar especial porque allí se disputó en 1872 el primer partido internacional de fútbol entre Inglaterra y Escocia, así como la primera final de la FA Cup, el torneo de balompié más antiguo del mundo.

LORD'S CRICKET GROUND (Londres) - 2023 Qué SABER antes de ir
Lord’s Criquet Ground

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The Six Nations; el torneo más decimonónico de los deportes decimonónicos

En ‘Astérix en Bretaña’ el valiente galo de bigote dorado y su fiel e inseparable Obélix desembarcan al otro lado del Canal de la Mancha para ayudar a los britanos en su lucha contra Julio César. Durante su aventura tendrán que hacer frente a la extrema educación de los nativos, lo que incluso los llevara a solicitar un alto en su lucha con los romanos para tomar el agua hervida a las cinco de la tarde. Vestirán prendas de tweed, viajarán en un barco pilotado por remeros de Cambridge, verán a unos bardos firmar autógrafos (los Beatles) o tendrán problemas para conducir su carro por la izquierda, entre otras maravillosas delicias anacrónicas.

En uno de esos pasajes, Astérix y Obélix acabarán en Camulodunum (Colchester) donde verán un partido de ‘Las Cinco Tribus’. Por supuesto el grandullón de Obélix acabará saltando al césped y pronto se convertirá en estrella del encuentro, pero antes, fascinado por lo que ve, le comenta a Astérix: “Es un juego inteligente, lo llevaremos a la Galia.”

Dos milenios después Francia es por pleno derecho miembro del torneo más prestigioso que ha parido el rugby. Cuando en 1966 Albert Uderzo publique ‘Astérix chez les Bretons’ los galos ya formaban parte de un torneo que empezó como Cuatro Naciones en 1883 (Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda), pasó a ser Cinco Naciones en 1910 (con la inclusión de Francia) y desde el año 2000 es el Seis Naciones (Italia). La mayor rareza la protagonizan los irlandeses, que en estos 135 años ha pasado de ser provincia autónoma a Estado independiente, dejaron la monarquía por la república y renunciaron a ser un único país para dividirse en dos mitades. Sin embargo, en lo que a rugby se refiere, Irlanda compite desde los inicios con un único equipo formado en la actualidad por jugadores irlandeses y norirlandeses en total harmonía.

Fue Winston Churchill, un hombre poco sospechoso de ser deportista pero que hubiese sido campeón olímpico de verborrea, el que dio con la más aguda definición con la que ha contado el rugby. “Se trata de un deporte de hooligans jugado por caballeros”. El aserto viene como anillo al dedo porque, aunque a ojos del espectador inexperto el rugby es de una brutalidad pasmosa, cuenta con unas reglas y tácticas complejas y rígidas que son seguidas con total concordia y deportividad. Es el deporte decimonónico por excelencia. Creado hace dos siglos, se ha mantenido prácticamente inflexible en sus ideales hasta hace apenas unas décadas. Aunque la mercadotecnia y el estrellismo (Lomu, Wilkinson, O’Driscoll) ha hecho tambalear sus cimientos, es increíble observar cómo sigue conservando buena parte de su misticismo, su amateurismo y sus tradiciones.

Si bien la profesionalización y la creación del Mundial en 1987 llevaron al rugby a otra dimensión y si también es cierto que es en el hemisferio sur donde está la hegemonía del deporte del balón ovalado (hasta la fecha Inglaterra es el único país europeo que ha ganado un Mundial palideciendo ante Nueva Zelanda (3), Sudáfrica (3) y Australia (2)), no existe nada comparable al Seis Naciones en lo que a rugby se refiere.

En este todos contra todos, Inglaterra y Escocia dominaron las primeras ediciones, pero fue Gales quien en 1893 conquistó por vez primera la Triple Corona. Los galeses estuvieron invictos en casa entre 1900 y 1913, pero pronto los ingleses se mantuvieron como la selección a batir mejorando el registro y permaneciendo intocables entre 1910 y 1926. En esos años Inglaterra había conquistado el Grand Slam en cinco ocasiones, mientras que Escocia había sumado el primero en 1925.

¿Qué es el Grand Slam? Además del trofeo como vencedor del Seis Naciones, durante la competición hay múltiples batallas que deben ser libradas. El Grand Slam no es un trofeo, simplemente es un honor. Se otorga a aquel que gana el Seis Naciones venciendo en todos y cada uno de sus partidos. Son los ingleses los que hasta la fecha más veces lo han logrado (13 ocasiones de 29 títulos conseguidos). Gales (28 títulos y 12 Grand Slam), Francia (17/9), Escocia (15/3), Irlanda (14/3) e Italia (0/0) cierran la clasificación. La Triple Corona (Triple Crown) tampoco es un trofeo, sino una mención, y es para aquel país que logra vencer a los otros tres equipos de las Islas Británicas, es decir, una mini competición en la que no participan franceses ni italianos.

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Seis Naciones

Los franceses entraron en disputa en 1910 aunque fueron expulsados en 1931 acusados de ser demasiados violentos y de pagar bajo cuerda a sus jugadores. Los galos volvieron tras la II Guerra Mundial, donde fallecieron muchos deportistas, aunque no se llegó a la formidable cifra de 111 jugadores de rugby caídos entre 1914 y 1919 en las trincheras del norte de Europa. Los franceses hubieron de esperar a 1959 para lograr su primer título y en 1968 sumaron su primer Grand Slam.

Luego vino una edad de oro para el rugby galés que dominó con fiereza los 70 al igual que el rugby champagne francés los hizo en los 80. Antes, en 1973, se dio un quíntuple empate, caso enormemente curioso. Desde 1993 esto es imposible que vuelva a suceder, ya que los empates se dirimen por diferencia de tantos o por mayor número de ensayos conseguidos. Son cuatro puntos por triunfo, dos por empate y un cero en caso de derrota. En 2017 se inauguró una bonificación de un punto ofensivo por anotar al menos cuatro ensayos y otro punto, en este caso defensivo, si el que pierde lo hace por menos de siete puntos de diferencia. Lo que sigue siendo tabú, a pesar de la ayuda de la tecnología, es poner en duda una decisión arbitral. Está prohibido discutir las decisiones del trencilla y siempre hay que acercarse a parlamentar con él interpelándole como señor.

En el 2000 entra en liza Italia y nace el Seis Naciones. Los transalpinos lograron contra todo pronóstico la victoria en su debut ante Escocia, sorprendiendo a propios y extraños, aunque a partir de ahí encadenaron catorce derrotas consecutivas. Año tras año luchan por evitar la Cuchara de Madera, y aunque mejoran a pasos agigantados, más de dos décadas después sigue pareciendo ciencia ficción que se alcen con la victoria. Italia es incapaz de doblegar tanto a Francia como a Inglaterra, sea en el estadio Flaminio de Roma o sea a domicilio. Son cinco los partidos del Seis Naciones por lo que no existe la ida y la vuelta. Un sistema rotatorio determina a quien le toca ejercer como local en función del año en disputa.

¿Y qué es la Cuchara de madera? La Cuchara de madera (Wooden spoon) es un irónico trofeo que se entrega al equipo que pierde todos y cada uno de sus partidos. Hasta en doce ocasiones entre 2000 y 2022 semejante deshonor ha recaído en Italia, que lucha año tras año por escapar de esa aberración. A parte de la Wooden spoon en cada partido del Seis Naciones se entrega un trofeo en cada duelo particular. El Millennium Trophy, con su característica forma de vikingo, data de 1989 y se la da al vencedor del partido entre Irlanda e Inglaterra. De ese mismo año es el Centenary Quaich, disputado entre Irlanda y Escocia. Otros son el Trofeo Garibaldi (2007 Francia vs Italia), Auld Alliance (2018 Escocia vs Francia) y el Doddie Wier (2019 Escocia vs Gales). Sorprendentemente a nadie se le ha ocurrido todavía dotar de un trofeo el enfrentamiento entre franceses e ingleses.

Pero el origen de todos ellos es la Copa Calcuta. El inicio de todos estos ritos tuvo lugar el día de Navidad de 1872. Fue en Calcuta, hoy megalópolis de la India y por entonces prospera ciudad del Imperio Británico, donde se jugó un partido de rugby que enfrentó a Inglaterra frente a un combinado de jugadores de Escocia, Gales e Irlanda. Tal fue el éxito de la iniciativa que una semana más tarde se repitió el enfrentamiento y pronto todos los allí presentes fundaron el Calcutta Football Club.

El equipo se unió a la RFU (Rugby Football Union) pero, tras un año de grandes dificultades, comprendieron que era imposible competir regularmente con los equipos de rugby de las Islas Británicas situados a 8.000 kilómetros de distancia. Así pues, decidieron disolver el equipo y retirar los fondos del banco. Con ese dinero encargaron una copa de plata que donaron a la RFU con el compromiso de que a partir de 1878 se disputase un encuentro anual entre Inglaterra y Escocia, siendo un año anfitrión una selección y al siguiente la otra, cuyo vencedor sería el poseedor de una copa de manufactura india de 45 centímetros de alto.

Había nacido la Calcutta Cup. El origen del Seis Naciones.

What is the Calcutta Cup? - Rugby World magazine
Copa Calcuta 1872

— LA ARISTOCRACIA DEL RUGBY —

Toda nación que participa en el Seis Naciones tiene su apodo, su nombre de guerra. Hasta Italia tiene su propio alias. Los transalpinos fueron considerados durante años los sextos mejores de Europa en dura pugna con Rumania o la antigua Unión Soviética hasta que en 2000 entraron en el selecto club de los grandes. Son conocidos como los ‘azzurri’ debido al color azul cielo de sus camisetas que honra a la Casa de Saboya, reinante en Italia desde la independencia hasta 1945. Abolida la monarquía, la camiseta adoptó un escudo (scudetto) con la bandera tricolor con una corona de laurel dorada.

El ‘XV del gallo’ es motivo de mofa y de orgullo a partes iguales. Si bien es cierto que gallo deriva de la palabra galo, nombre con el que el Imperio Romano se refería a buena parte de lo que hoy es Francia, pronto los franceses adoptaron como emblema al gallo, el macho de la gallina. Sin ser un símbolo oficial representa el orgullo y la grandeza francesa y para el resto del mundo su suficiencia y su vanidad. Su chauvinismo. A Francia también se le conoce como ‘les bleus’ por el intenso azul de su camiseta de juego.

En Gales el rugby es el deporte nacional y en el ratio practicantes /habitantes incluso superan a Nueva Zelanda. Los galeses utilizan como símbolo a un dragón, en este caso un animal mitológico. El dragón proviene de la colonización romana, pues era un emblema que los ejércitos usaban en sus estandartes. Pero su uso en la idiosincrasia galesa viene de mucho más atrás. La leyenda cuenta que existía un dragón de color blanco que representaba el mal y un dragón de color rojo adalid del bien. El mago Berlín fue quien los liberó de su lucha y de esa pelea resultó vencedor el dragón rojo. Siglos más tarde el rey de Gales Uther Pendragon decidió tomar como emblema de Gales el dragón.

Los galeses también son conocidos como ‘el XV del puerro’ y por las tres plumas de un avestruz. El puerro data del siglo VI, cuando los galeses, junto a otros pueblos celtas, combatieron ante los sajones. Los aliados celtas decidieron colocar un puerro sobre sus cascos para distinguirse del enemigo resultando victoriosos de la contienda. Por su parte las plumas de avestruz datan del siglo XIV, cuando tras la batalla de Crecy (1346) una coalición de británicos y bohemios derrotó a los franceses. Fruto de esa unión el rey de Bohemia concedió al príncipe de Gales las tres plumas de avestruz para añadir a su escudo heráldico como símbolo de su honor.

El escudo de la selección inglesa de rugby se remonta al siglo XV. Por aquel entonces se produjo una guerra civil por el trono de Inglaterra entre la Casa de Lancaster y la Casa de York. Los primeros tenían como símbolo una rosa roja mientras que los segundos lucían como emblema una rosa blanca, por ello la disputa pasó a la posteridad con el nombre de la Guerra de las Dos Rosas. El conflicto terminó en 1485 con la victoria de Enrique Tudor de la Casa de Lancaster. Pero Enrique, sabiamente, decidió casarse con Elisabeth de York, uniendo las dos casas para siempre y creando la dinastía de los Tudor. Fue entonces cuando se estableció como emblema de los Tudor una rosa roja que en su interior porta una pequeña rosa blanca. A pesar de que hoy la familia real inglesa pertenece a la dinastía de los Windsor, la selección de rugby de Inglaterra sigue siendo conocida como el ‘XV de la rosa’.

Escocia es para todos el ‘XV del cardo’, nombre que proviene de una batalla contra los vikingos en el siglo XI. Los nórdicos desembarcaron en las inhóspitas tierras altas escocesas y la leyenda cuenta que los gritos de dolor de los vikingos al pisar encima de los cardos fue lo que alertó a los escoceses. El ejército se puso en marcha y pudieron detenerlos antes de que llegasen a los núcleos de población.

Irlanda es el ‘XV del trébol’ por cuestiones puramente religiosas. Se dice que en el siglo V San Patricio llegó a las costas irlandesas y recorrió la isla de cabo a rabo introduciendo el cristianismo en Irlanda. Para que los nativos comprendiesen la complejidad del misterio de la Santísima Trinidad arrancó un trébol del suelo. San Patricio les contó que al igual que las tres hojas del trébol conforman una única planta, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo representaban a una sola persona. Irlanda, al igual que Polonia, no se puede entender sin el cristianismo. Más allá de la espiritualidad, el catolicismo está intrínsecamente unido a la nación, y, por supuesto, a su selección de rugby. La complejidad es tal que mientras ‘el XV del trébol’ canta el himno nacional (A soldier’s song) cuando juegan en el Aviva Stadium en Dublín, cambian de cántico al jugar en territorio británico (Ireland call) para no herir susceptibilidades políticas con sus vecinos, y en el rugby compañeros, de Irlanda del Norte.

La Selección de Irlanda apodada "del Trébol" 🍀 -
Irlanda unida por el rugby

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Judy Guinness

Heather Seymour ‘Judy’ Guinness era hija del banquero y político irlandés Henry Seymour Guinness. Éste fue senador y director del Banco de Irlanda tras lograr la independencia y antes había sido pieza clave para dotar a los rebeldes de infraestructura económica para sostener la guerra contra el ejército británico. La familia Guinness poseía importantes activos a través de la banca, la política, la religión y, esencialmente, la fabricación de cerveza. El caso es que Judy era hija de este afamado prohombre irlandés.

Cosmopolita y aristocrática, Judy era un tanto rebelde. Más allá de prepararse para encontrar un marido adecuado gustaba de practicar deporte, hecho en su mayoría insólito a principios del siglo XX. Pronto destacó en esgrima y consiguió clasificarse como una de las favoritas para lograr la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1932. Judy Guinness tenía entonces 22 años y estaba ante un hecho extraordinario. Y es que tan sólo cuatro años antes se había abierto la autorización para que las féminas compitiesen en los Juegos Olímpicos. Entre la primera edición fechada en 1896 y los de París de 1924 tuvieron lugar siete ediciones en los que los únicos participantes habían sido hombres.

Guinness fue pasando eliminatorias hasta que se encontró en la final con la austriaca Ellen Preiss. Nacida en Berlin, Preiss vivía en Viena desde que tenía 18 años. Era una estrella de la esgrima e incluso acabaría siendo nombrado deportista del año en Austria por encima de futbolistas o esquiadores. Logrará tener el récord Guinness (curiosamente) de ser la deportista olímpica con la vida deportiva más longeva al haber competido en Los Ángeles 1932 y en Melbourne 1956. Por tanto, aquellos de Los Ángeles serían sus primeros Juegos Olímpicos. Quiso competir por Alemania, como era de recibo, pero le fue denegado el derecho. Lo haría siempre bajo bandera austriaca, incluyendo la edición de Berlín 1936 donde será una de las pocas deportistas judías que conseguiría una presea olímpica.

La final de esgrima individual femenina de 1932 tenía por tanto a Preiss como favorita frente a Guinness. Sin embargo, la trayectoria de Judy a lo largo de la competición había sido tan notoria como la de Ellen. De hecho, ambas llegaron a la final empatadas en número de victorias y en número de tocados, por lo que hizo falta un combate de desempate para dictaminar a la ganadora de la medalla de oro.

La modalidad en la que Guinness y Preis competían era la de florete. La esgrima consta de tres especialidades; espada, sable y florete y todas ellas tienen su propia reglamentación. En el florete se obtiene un punto cuando se toca el torso del oponente. Cualquier otro lugar atacado tanto por encima como por debajo de la cintura es inválido. Cada toque en el torso del rival otorga un punto ganando aquel que obtiene más toques en un determinado tiempo. La duración del combate y el número de tocadas ha ido variando con el transcurrir de los años.

Así pues, Judy Guinness iba venciendo por 4-3 en una final que ganaba la primera que llegaba a cinco tocados o cuando finalizase el límite del tiempo. Y es entonces, a un escaso espadazo de la medalla de oro, cuando decide parar el combate.

Se acerca a los jueces y explica que la victoria debe ser para Preis. Al inicio del combate hubo un tocado de la austriaca que no fue contabilizado. Un error de ese tipo era más que habitual. Estamos en 1932 y no hay tecnología suficiente para adjudicar puntos de forma automática. Práctica común eran fallos de los árbitros y minutos y minutos de deliberación, fundamentalmente en las carreras de velocidad del atletismo, para decidir los puestos en el pódium.

Guinness explica que no le dio importancia a ese error. Sabía que podía suceder y que seguramente el ‘favor arbitral’ le sería devuelto a Preis a lo largo del duelo. Sin embargo, no fue así, sino todo lo contrario. Al poco de acabar Judy Guinness notó como la espada volvía a impactar sobre su torso sin que los jueces lo apercibiesen. Habían sido dos veces. Dos errores a su favor. Si lo jueces se hubiesen percatado, el triunfo tendría que haber sido para Preis por 4-5.

Aquello fue un acontecimiento notorio. Algunos la tildaron de estúpida, de ingenua, de niña tonta. Pronto fue tachada de adolescente inmadura y muchos hombres criticaron el parco espíritu competitivo de las mujeres. Una muestra más de que debiera ser vetada la presencia de las féminas en la práctica deportiva. Otros clamaron por su sentido de la justicia, por su excelsa educación y por mostrar los valores del deporte olímpico, algo, que, para muchos otros, demostraba la excelencia moral de la mujer.

El caso es que Judy Guinness acababa de renunciar a la medalla de oro. Se auto conformaba con la presea de plata.

Judy Guinness, un noble gesto por el que pasó a la historia de los Juegos  Olímpicos - Libertad Digital
Preis (centro) y Guinness (derecha)

Con la medalla de plata al cuello Judy cumplió con lo que su padre y la sociedad le demandaba y pasó por la vicaría. Pero Judy no se iba a casar con un hombre al uso. El elegido fue un aristócrata, sí, pero no un aristócrata de traje de tweed y puro al calor de una chimenea. Judy se casó con un piloto de carreras. Así que si él podía disfrutar del deporte ella no iba a ser menos. Para los Juegos Olímpicos de 1936 habría un nuevo duelo entre Judy Guinness y Ellen Preis. Mejor dicho, entre Judy Hughes, que era su apellido de casada, y Ellen Preis.

Judy y Ellen se enfrentaron en los octavos de final de florete individual y la victoria fue nuevamente para la austriaca. Esta vez de forma rotunda. Ambas se dieron un fuerte abrazo y continuaron con sus caminos. Ellen Preis lograría el bronce y repetiría el tercer puesto en Londres 1948. Acabaría siendo catedrática de Artes Escénicas en la Universidad de Viena y dando gracias eternas a Guinness por su honradez. Sin ella, nunca habría sido oro olímpico.

Para Judy Guinness fueron sus últimos Juegos Olímpicos. Su temerario marido falleció en un accidente de avión y hubo de casarse en segundas nupcias con un hacendado. Estalló la II Guerra Mundial y pasó a ejercer de ama de casa en Rhodesia, hoy Zimbabue. Enfermó y falleció joven, a los 42 años de edad.

Judy Guinness by sara madinelli
Judy Guinness

Pocos años después del icónico gesto de Judy Guinness nacía en tierras ucranianas, entonces Unión Soviética, Boris Onishchenko. A la altura de 1976 había sido campeón mundial de pentatlón moderno y campeón mundial y olímpico por equipos. Los de 1976 iban a ser sus terceros Juegos Olímpicos y la última oportunidad de salir victorioso en la prueba individual de la mayor competición deportiva del planeta.

El pentatlón moderno consta de cinco pruebas; natación (200 metros), salto ecuestre, atletismo (800 metros), tiro con pistola y esgrima. Onishchenko marchaba detrás del británico Jim Fox cuando tendría lugar la prueba de esgrima en la modalidad de espada. Onishchenko ganó por un punto de diferencia, pero la delegación británica pronto emitió una protesta. Estamos en 1976. Ya existe tecnología. Cuando el cuadro de puntuación del traje nota una estocada con una fuerza superior a 750 gramos un interruptor salta y formaliza el punto. Cuando Onishchenko embiste con la espada se ve claramente como su estocada es al aire y, sin embargo, el interruptor de Fox se acciona. Aquello no tenía sentido.

Rápidamente se descubrió que la espada de Onishchenko había sido modificada ilegalmente para incluir un interruptor que le permitía registrar un toque sin hacer ningún contacto con su oponente. Aquel escándalo se resolvió con la expulsión del soviético de los Juegos Olímpicos tras uno de los actos de mayor mezquindad de la historia del deporte. A Onishchenko se le prohibió a perpetuidad practicar deporte de competición y le fueron retiradas todas las condecoraciones y privilegios que la Unión Soviética le hubiera otorgado.

Unos tanto y otros tan poco.

Fotorrelato: Los grandes tramposos del deporte | EL PAÍS Semanal
Boris Onishchenko

Otras historias del deporte femenino

El ama de casa voladora (Blankers-Koen y su récord de medallas de atletismo)

Mujeres y deportes de motor (como la barrera física entre hombres y mujeres se puede quebrar con los deportes sobre ruedas)

El récord imposible de Marita Koch (cuando en los 80 el dopaje hacía milagros sobre el tartán)

Suzanne Lenglen (moda y empoderamiento en el tenis de los locos años 20)

La princesa de los pies descalzos (agonía sobre la pista en los Juegos Olímpicos de 1984)

Cuando en Inglaterra estaba prohibido el fútbol femenino (medio siglo de ostracismo para las mujeres que llenaban estadios tras la I Guerra Mundial)

Cuando un loco apuñaló a Mónica Seles (el desalmado que acabó con la carrera de la número 1 del tenis mundial)

Hacerse un Biles (presión, éxito y derechos y deberes del deporte de competición)

La gimnasta eterna (la lucha de Oksana Chusovitina para conseguir curar a su hija enferma)

Sara Estévez (la mujer que se hacía pasar por hombre para narrar los éxitos del Athletic)

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El padre del fútbol

Por el antiguo testamento el partido duraba noventa minutos según el reloj del árbitro, que sólo lo detenía por causas visibles y aceptadas por todos. Cuando había una interrupción extraordinaria el árbitro paraba el reloj y lo reactivaba al resolverse el problema. El tiempo real de juego venía a ser de algo menos que una hora (..) Aquello era sencillo, pero eran otras circunstancias. No había cambios, salvo el del portero en caso de lesión y en la Copa de Europa ni eso. Llegaron los cambios y fueron subiendo: dos, tres, cinco por la pandemia que ya quedaron, uno más en la prórroga… Apareció la moda de echar el balón fuera cada vez que uno se cae o se tira. Vino el cuarto árbitro y trajo las broncas con los banquillos. Más el VAR, con las pelmazas reflexiones de sus sexadores de pollos en la sala brumosa. Y las pausas para hidratación, que camuflan tiempos muertos para los entrenadores (..) No me olvido del árbitro advirtiendo en todos y cada uno de los córners a los jugadores de que no pueden, cosa que ya saben desde pequeñitos (…) Todas esas adherencias en mayoría absurdas con que se ha ido cargando el fútbol desbordan la capacidad del árbitro. Y el final es difuso. Por el antiguo testamento, el tiempo terminaba en la muñeca del árbitro (…) La vieja sencillez del fútbol ha sido batida por muchos flancos en un proceso de autolesión continua (…) De un tiempo acá el fútbol viene tomando muchas cosas del baloncesto y otros deportes americanos: cambios, números fijos en las camisetas, proliferación de árbitros, estadísticas, revisión tecnológica, entrenador de pie dando gritos, volatilidad de las plantillas, bloqueos, sobeteo continuo de reglas… Lo siguiente será la medición del tiempo”. Alfredo Relaño, director del Diario AS (1996-2019).

Al principio de los tiempos el fútbol obedecía a su origen rural. Se juega en hierba, el objetivo está en el horizonte y un árbitro (una suerte de cura o juez de paz) dicta las normas. El partido dura lo que dura, hasta que alguien meta pongamos diez goles. Si, fueron los hijos de Eton, Harrow o Winchester los que crearon las reglas, pero fueron esos campesinos convertidos en obreros que buscaban una identidad grupal los que hicieron del fútbol una religión. Aquellos campesinos que formaban comunidades fuertes fundadas gracias a lazos familiares se convirtieron en individuos anónimos bajo el control de la ciudad y el Estado. El fútbol sirvió como argamasa para construir una nueva identidad asociativa.

El fútbol era rural. El baloncesto es urbanita. Se juega en espacio menor y suelo artificial, el objetivo está arriba, como los edificios, lo controla una tropilla de burócratas, con sistemas de alta tecnología, en lugar del viejo reloj del viejo árbitro de fútbol. Los jugadores entran y salen frenéticamente, registrados en una estricta contabilidad estadística.

Pues el fútbol esta yendo a eso. Esta perdiendo irremediable y tristemente su esencia. Sus reglas, inmutables desde 1925, que eran tan impasibles como los 10 mandamientos de Moisés se retocan año a año con novedades que dicen resolver problemas de los que no teníamos constancia. Decía Relaño en el fin del texto al que hago referencia al inicio de este artículo que no es de los que piensan que el pasado fue mejor, salvo en el caso de la fruta. Pero lo cierto es que aunque los balones, las botas, la tele en la que vemos el fútbol o los propios futbolistas sean mejores todos los cambios en el reglamento están destrozando una religión que se mantenía fuerte e inalterable.

Historia de las Reglas del Fútbol - El fútbol y más allá
Los origenes

Sir Frederick Wall era el secretario de la FA (Football Association – Federación Inglesa -). Había sido un notable jugador amateur en los albores del balompié y su rango abolengo le hacía ser desdeñoso ante los jóvenes advenedizos que se lucraban jugando al fútbol. Al finalizar la I Guerra Mundial decidió poner en marcha una iniciativa solidaria para ayudar con 200 libras a futbolistas y exfutbolistas que hubiesen sufrido penurias durante la contienda. Fue tal el caso de Frederick Pentland, quien pasó cuatro años en un campo de prisioneros en Alemania y que años después se convertiría en Míster Pentland, el afamado técnico con el que el Athletic ganó 2 ligas y 5 copas antes de la Guerra Civil.

Pero Wall odiaba a los pusilánimes. Y en su opinión Jimmy Hogan era un pusilánime. Hogan residía en Austria cuando comenzó la guerra. Era 1914. Tenía entonces 32 años. Al igual que Pentland, Hogan fue encarcelado, pero pasaría pocos días en prisión. Llegó a un acuerdo con sus carceleros para entrenar al MTK Budapest durante los años de conflicto llevando una existencia cuanto menos plácida. Al finalizar la guerra, hablamos de 1918, Hogan volvió a Inglaterra, pidió cita con Wall y solicitó la ayuda de 200 libras. Es cierto que no había estado en primera línea de combate ni había sido víctima de alemanes o austrohúngaros, pero también lo era que estaba en la miseria. Ante su solicitud, Wall se levantó de su asiento, abrió un cajón y sacó un par de calcetines de color caqui. “Para ti. Es lo mismo que enviábamos a los muchachos en el frente y ellos estaban agradecidos”.

Hogan fue considerado un traidor y tuvo que volver a buscar cobijo en Austria.

La historia del fútbol estaba a punto de cambiar.

Sir Frederick Wall, secretary of the FA (Photos Prints, Framed, Posters,  Cards,...) #23150498
Sir Frederick Wall

Antes, mucho antes, de la transición defensiva, de la profundidad ofensiva, del marcaje en zona, del bloque bajo o de la presión alta, estaba Jimmy Hogan. Antes, mucho antes, de Guardiola, Ferguson, Cruyff o Sacchi también estaba Jimmy Hogan. Y antes, mucho antes, de la España del 2010, de la Francia champagne de los 80, de la Naranja mecánica o del Brasil del 70, estaba Jimmy Hogan.

Y es que Jimmy Hogan es el apóstol que sacó una veta madre de una isla y desparramó su esencia por todo el globo.

Ya bien avanzado el siglo XIX, el fútbol tenía dos concepciones ideológicas; la inglesa y la escocesa. Los primeros se decantaban por el ‘kick and run’ (patear y correr) y los segundos por el ‘passing game’ (juego de pases). Quiso el destino que triunfase la concepción inglesa ya que desde 1888 el fútbol pasó a ser un deporte profesional en el que los resultados se convirtieron en más importantes que el buen juego. Por contra, fue el sistema escocés de juego socializado y colectivo fundamentado en la asociación a través del balón lo que convirtió al fútbol en el deporte de más éxito a nivel mundial. Fueron los marinos escoceses, militares y empresarios mercantes, los que llevaron el ‘passing game’ por toda Europa y por Sudamérica remontando el Río de la Plata. La gambeta argentina jamás hubiese existido si no fuese por sus padres escoceses.

Jimmy Hogan estaba cerca de la treintena cuando apuraba sus últimos años de profesional como centrocampista del Bolton Wanderers. Había nacido en Inglaterra, pero de padres irlandeses y criado futbolísticamente en Escocia, su concepción del fútbol se basaba en el ‘passing game’. En el verano de 1910 el Bolton Wanderers iba a disputar una serie de partidos amistosos en los Países Bajos como una forma de dar a conocer el progreso del fútbol por el Viejo Continente. Hogan no era un futbolista muy reconocido, y, de hecho, su forma de entender el fútbol no era aceptada en Inglaterra. Por ello aprovechó el viaje para ofrecerse a la selección neerlandesa, colgar las botas y ejercer de entrenador.

Por aquel entonces que un inglés se ofreciese a dirigir tu selección era como si un alto cargo de Inditex se ofreciese a pilotar tu empresa. Así que Hogan tenía carta blanca para hacer lo que le viniese en gana. Se olvidó de la fuerza y de la resistencia y empezó a moldear la técnica individual de los futbolistas a través de los ejercicios con balón. Los pases y la movilidad pasaron a ser vitales en las pizarras de cualquier entrenamiento.

En los Países Bajos permanecerá apenas un par de temporadas, en las que la diminuta y desconocida Holanda acabará derrotando por vez primera a Alemania. La estancia de Jimmy Hogan fue breve, pero al marchar recomendó para el puesto a un amigo suyo llamado Jack Reynolds. Éste pasaría a ser tras la I Guerra Mundial técnico de un club judío de Ámsterdam conocido como AFC Ajax y ostentaría el cargo hasta finales de los años 40. En su última temporada dirigiría a un delantero centro llamado Rinus Michels, el ideólogo del ‘fútbol total’ comandado por Johan Cruyff.

Todo encaja.

AFC Ajax on Twitter: "Already 15 years without one of the greatest coaches  ever… Rinus Michels. ♥️💫 https://t.co/sKwsiqevvc" / Twitter
Michels (Mr. Mármol)

Pero volvamos a Jimmy Hogan. Tras ese par de años de voluntario exilio vuelve a Inglaterra con la intención de encontrar un puesto de entrenador en un equipo de la Premier. No tendrá éxito. En la cuna del fútbol el estilo de pase largo y dominio físico del partido es aún innegociable. Entonces Hogan se pone en contacto con Hugo Meisl, presidente de la OFB (Asociación Austriaca de Fútbol), visionario y padre de la Copa Mitropa, embrión de la futura Copa de Europa.

Y es aceptado. En 1913 Jimmy Hogan pasa a tener el control total del fútbol austríaco, desde los profesionales hasta los conjuntos infantiles. Y lo hace con pasión. Todos los equipos bajo sus órdenes pasan a tener el pase y la pared como elementos básicos del juego. Los problemas comienzan a resolverse a través del regate y la ocupación de espacios, desechando la fuerza física y el juego duro. El control al primer toque se convierte en innegociable para todos y cada uno de los integrantes de la plantilla.

Pero cuando aún no se había asentado en su puesto, la I Guerra Mundial estalla y Jimmy Hogan pasa a ser un enemigo. Gran Bretaña y el Imperio Austrohúngaro están en guerra y la presencia de un inglés en Viena no es bien recibida. Hogan es encarcelado, pero su buena fama hace que pronto sea dado en libertad y enviado a Hungría. Allí, es puesto al mando del MTK de Budapest, y en medio de la guerra se encargó de hacer entender a los futbolistas húngaros la importancia de la creatividad y el fin lúdico y estético del fútbol.

Al igual que había pasado en los Países Bajos, la estancia de Hogan en Hungría se limitó a un par de temporadas, pero al igual que había sucedido con la selección Orange no se puede entender el éxito de los magiares mágicos sin Jimmy Hogan. “Jimmy nos enseñó todo lo que sabemos”, contó Sandor Barcsl presidente de la MLSZ (Federación Húngara de Fútbol) cuando Hungría infrinja a los ingleses la primera derrota en casa de su historia, un doloroso 3-6 en Wembley en 1953. Aquel equipo conocido como el ‘equipo de oro’ estaba dirigido por Gusztav Sebes, el técnico inventor del llamado ‘fútbol socialista’, un sistema colectivo de pases que encumbró a Puskás y compañía.

Nuevamente todo encaja.

Equipo de oro - Wikipedia, la enciclopedia libre
La fabulosa Hungría de los 50

Una vez terminada la guerra, siendo un proscrito en su país y un extranjero en Budapest, Hogan cogió nuevamente las maletas y puso rumbo a la neutral suiza. Allí impartió cátedra durante un par de años llevando a Suiza a la medalla de plata en los JJ.OO. de 1924, un hecho que se antoja irrepetible para la pequeña selección helvética. La huella de Hogan en Suiza no parece profunda teniendo en cuenta la trayectoria de los clubes suizos y de su selección a lo largo de la historia, pero quizás si lo es si nos fijamos en quien era el segundo entrenador de Hogan en aquellos Juegos Olímpicos.

Su segundo era un amigo húngaro llamado Dori Kurschner. Éste, ejerció de entrenador del Grasshoppers hasta que en 1937 decidió cruzar el charco y probar fortuna primero en el Flamengo y luego en el Botafogo. Kurschner llevó a Brasil las ideas de Hogan, germen de lo que hoy es el ‘jogo bonito’. De hecho, fue él quien introdujo en el país la táctica WM (3-2-3-2) y el hombre que impulsó la explosión de los delanteros negros en la selección para que luego pudiesen surgir los Ademir, Didí, Garrincha o Pelé.

Todo encaja. Por enésima vez.

Jimmy Hogan, el primer romántico del fútbol - La Opinión de Málaga
Jimmy Hogan

Volvamos al bueno de Jimmy Hogan. Tras triunfar en Suiza fue llamado nuevamente por el MTK de Budapest, antes de ser contratado por la DFB (Federación Alemana de Fútbol) para dar charlas y seminarios por todo el país. Y es que Alemania, por increíble que parezca hoy en día, era insignificante cuando de fútbol se trataba. Allí no dirigió a ningún equipo, pero se encargó de explicar tácticas a jóvenes entrenadores y explorar las esencias del juego con adolescentes que pretendían ser grandes futbolistas. Uno de aquellos chicos fue Helmut Schön, seleccionador alemán en los 60 y 70, que tras alzarse victorioso en el Mundial de 1974 le dedicó el triunfo a Jimmy Hogan al que llamó “padre del fútbol moderno”.

Es inevitable repetirse. Todo encaja.

Pero la Alemania de inicios de los 30 pasaba por momentos convulsos, así que cuando Meisl llamó a la puerta de Hogan para volver a Viena, no se lo pensó ni dos veces, y más sabiendo que contaba con una generación de oro, el llamado ‘Wunderteam’.

Un adelantado a su tiempo - Panenka
Hogan y el Wunderteam

Aquella selección austriaca estaba conformada por una serie de exquisitos jugadores coronados por un incomprendido que respondía al nombre de Matthias Sindelar. Era un delantero frágil, pero con un endiablado cambio de ritmo, una exquisita técnica y, sustancialmente, una gran conducción del balón y una bellísima estética. Sindelar fue conocido como ‘Der Papierene’ (el hombre de papel) y se convertiría en el primer delantero centro que cambió la ortodoxia y bajaba al centro del campo para ayudar a construir el juego y echar un capote al generar situaciones de desequilibrio en la ofensiva.

La llamada ‘Escuela del Danubio’ que Jimmy Hogan había sembrado entre Viena y Budapest tendría su culmen con un equipo que sería conocido como el ‘Wunderteam’ (equipo maravilla) y que durante tres años se mantendría invicto salvo por una derrota en Stamford Bridge ante los poderosos y profesionales ingleses. Pero más allá de los triunfos, aquel equipo maravillaba por su querencia a jugar a ras de césped y por el ensalzamiento de la colectivización del juego frente a las acciones individuales.

Austria se presentó como gran favorita para ganar el Mundial de 1934 de Italia, pero cayó ante los anfitriones en semifinales tras un encuentro bronco en el que los transalpinos dispusieron de enormes ayudas arbitrales. El palo fue duro para los austriacos que aun así siguieron maravillando durante un par de años hasta que en la final de los Juegos Olímpicos de 1936 volvieron a caer ante los italianos y, esta vez sí, de manera justa.

Fue el canto del cisne de un equipo y del estilo de juego de Hogan. No había ganado, pero aquel equipo pasaría a la historia por su influencia en el enriquecimiento del fútbol y las nuevas alternativas que había aportado. Quizás por vez primera en la historia, el fútbol pasaba a ser algo más que un juego y la derrota era considerada como bella. Cuando un par de años después la Alemania de Hitler se anexione Austria, el ‘Wunderteam’ quedará desmantelado y su recuerdo perecerá ante la ausencia de imágenes televisivas.

Pero quedará su impronta. El logro final es lo más importante, pero también el camino para recorrido para alcanzarlo.

Jimmy Hogan volvió a Inglaterra y, esta vez sí, logró acomodo en un club. Era 1936 y sus éxitos con la selección austriaca le fueron reconocidos en las Islas Británicas. Firmó por el Aston Villa, y tras la II Guerra Mundial se convirtió en el entrenador de su fútbol base. Por primera vez un club inglés instauraba la idea del pase-movimiento-pase e introducía el juego con balón en los entrenamientos. Su interrelación con la pelota influiría en una generación de futbolistas ingleses que a finales de los 60 desterraría –aunque sólo en parte- la idea prehistórica de la concepción del juego que se defendía en Inglaterra. Su alumno más aventajado en el Aston Villa fue Ron Atkinson quien nunca llegó a debutar con el primer equipo de los villanos, pero que se convirtió en un respetado técnico de longeva trayectoria, de escaso éxito, pero siempre considerado el entrenador con el libreto más atractivo de toda Gran Bretaña.

Salvó en Argentina y en Uruguay donde fueron los empresarios, soldados y marinos escoceses de entre siglos los que llevaron el regate y el juego de pase al fútbol sudamericano (Alexander Watson Hutton, sería el Hogan del Río de la Plata), todos los demás países le deben a Jimmy Hogan la autoría de un nuevo tipo de fútbol. E incluso al otro lado del Atlántico le deben mucho a Hogan, ya que Imre Hirschl, un grande en los banquillos de River Plate o Peñarol de Montevideo, era un húngaro que había sido discípulo de Hogan.

Como siempre. Todo encaja.

Brian Little on Twitter: "A visit to Burnley today .. where a new Headstone  was Unveiled for Former Aston Villa Manager, Burnley Player and Legendary  Hungarian Coach..Jimmy Hogan.. https://t.co/gqeB7oSS4k" / Twitter
Jimmy Hogan (1882-1974)

El caso es que, de una forma u otra, todos los equipos que han perdurado en la memoria por una innovación táctica ofensiva y por un tipo de fútbol que ha trascendido más allá del resultado le deben su origen a Jimmy Hogan.

De Países Bajos a España: Jimmy Hogan, Jack Reynolds, Rinus Michels, Johan Cruyff, Pep Guardiola. Del fútbol total al ‘tiki-taka’.

De Hungría a Brasil: Jimmy Hogan, Dori Kurschner, Gustav Sebes, Vicente Feola, Bela Guttmann. Del equipo de oro al ‘jogo bonito’.

Alemania: Jimmy Hogan, Helmut Schön, Hennes Weismeller.

Inglaterra: Jimmy Hogan, Ron Atkinson.

Austria: Jimmy Hogan, Hugo Meisl.

Argentina y Uruguay: Jimmy Hogan, Imre Hirschl.

“Estaba viendo el partido, pero no en el palco, sino en las gradas rodeado de los juveniles del Aston Villa. Inglaterra tuvo que reflexionar sobre la complejidad del ataque-defensa. Habíamos dejado atrás el talante presuntuoso y triunfamos con un fútbol comunicativo”. Jimmy Hogan, ya anciano, hablando con orgullo sobre la victoria inglesa en el Mundial de 1966.

Otras reflexiones sobre la evolución del fútbol

Como escoger el nombre de un equipo de fútbol (de sportings, spartaks y rápidos)

A propósito del VAR (el invento que acabó con la tradición en el fútbol)

Fútbol postnacional (relaciones culturales e identidades grupales a través de un balón)

Expresiones del lenguaje deportivo (golpes bajos, farolillos rojos o ganar sin bajarse del autobús)

El fútbol en el futuro (una ojeada al fútbol allá por 2050)

La España vacía (el fútbol como la única forma de salir del anonimato en el interior de España)

Una historia del catenaccio (idea, evolución y éxito de la corriente defensiva)

El aficionado al fútbol (una ojeada distinta sobre aquellos que mantienen en pie la pasión por el balón)

¿Cómo de obsceno es el sueldo de un futbolista? (¿ganaba más Di Stéfano o Leo Messi?

Cuando los goles fuera de casa tenían valor doble (una historia sobre los desempates con goles en campo contrario)

De los tres puntos por victoria (la idea de Jimmy Hill para favorecer a los atacantes)

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Apuntes sobre la Ryder Cup

La Ryder Cup nació en 1927 como un enfrentamiento entre Estados Unidos y Gran Bretaña, los dos países que aglutinaban el interés mundial por el golf en aquella época. Para ser más precisos, los orígenes del golf tienen sus raíces en Escocia y la Costa Este de Estados Unidos. Y es que fue en tierras escocesas donde juegos similares al golf o al hockey sobre hierba empezaron a practicarse desde la Edad Media y sería en Edimburgo donde a mediados del siglo XVIII se crearon las reglas del golf moderno. Luego los emigrantes escoceses introducirían el nuevo deporte en las colonias británicas, que más tarde serían el germen de los Estados Unidos.

En la década de 1920 el golf ya era un deporte preponderante entre la alta sociedad y a cada lado del Atlántico se jactaban de practicar el mejor golf conocido. En ese debate entre jugadores y aficionados surgió la idea de Samuel Ryder, un empresario del maíz residente en Londres. La afición de Ryder al golf comenzó cuando ya frisaba los 50 años. Fue debido a una recomendación médica cuando la práctica del deporte se convirtió en cotidiana para él. Comenzó con poco gusto, pero al poco tiempo se había convertido en un fanático. Su acomodada posición económica le permitió contratar a un golfista profesional como tutor personal y construirse un campo de golf en su mansión situada en Wessex.

Ryder Cup, el legado de una amistad - Crónica Golf
Samuel Ryder

Dicho tutor era un tal Abe Mitchell al que había conocido en 1926 durante un torneo benéfico disputado en Sant Albans, al norte de Londres, con participación de deportistas de ambos continentes. Fascinado por la calidad de los contendientes, Samuel Ryder decide financiar un torneo que enfrente a Estados Unidos con Gran Bretaña bianualmente. Su idea y su forma de estructurar la competición a través de un duelo hoyo a hoyo (‘match play’) revolucionó el golf. Ryder puso en juego una copa de oro de 12 quilates que aún hoy se mantiene en liza.

En aquella primera edición celebrada en Massachusetts en junio de 1927 los estadounidenses demostrarían una superioridad que mantendrían con el transcurrir de los años. El barco ‘Aquitania’ llevó a los británicos al Nuevo Continente tras seis días de travesía en la que no pudo participar Mitchell por una inoportuna apendicitis. Mitchell había sido designado por Samuel Ryder como capitán del equipo británico, pero tendría que esperar a la siguiente edición disputada en Europa para lucir capitanía.

Y es que esas son las dos grandes señas de identidad de la Ryder Cup. Por un lado, es un torneo grupal en el que cada escuadra cuenta con 12 golfistas a los que hay que añadir un capitán. La fórmula de competición (la ya citada forma del ‘match play’) se basa en el juego por hoyos durante tres días, en los que primero se compite por parejas y en la jornada del domingo se finaliza con 12 duelos individuales. En la modalidad de juego por parejas cada miembro del dúo alterna las salidas (uno sale en los hoyos pares y otro en los impares) y los golpes hasta acabar el hoyo. Para puntuar cuenta el mejor resultado de uno de los miembros de la pareja en cada hoyo.

La segunda característica es su sistema bianual rotatorio entre continentes Tan sólo el periodo entre 1939 y 1945, cuando tuvo que ser cancelada debido a la Segunda Guerra Mundial, y la edición del año 2001, que tuvo que ser retrasada un año porque iba a tener lugar pocos días después de los atentados del 11-S, alteraron su curso. Es por eso que desde el año 2002 el torneo se celebraba en los años pares, hasta que el coronavirus hizo retrasar la edición de 2020. De esta forma en 2021 se ha vuelto al sistema de años impares.

En 1973, tras un dominio arrollador por parte estadounidense en el que los británicos tan sólo lograron una victoria en cuatro décadas, se decidió ampliar a Irlanda el equipo europeo. Sería con la aparición fulgurante del español Severiano Ballesteros cuando todos los golfistas de la Europa Continental optaron a entrar en el equipo de la Ryder. Gracias a la influencia de Ballesteros la Ryder Cup salió por vez primera de las Islas Británicas para disputarse en Valderrama (Cádiz) en 1997. En 2018 sería turno de Paris. Desde ese 1979 el torneo es mucho más interesante, ya que el número de victorias se ha igualado (Europa 12- Estados Unidos 10).

El torneo asume sus particularidades. Cuenta con ceremonia de inauguración y desfile con izada de banderas y entonación de himnos. Más tarde tiene lugar la cena de gala con los equipos al completo en compañía de sus parejas, si es menester. Asisten también invitados de renombre, patrocinadores y grandes personalidades. Los 24 jugadores que forman parte de la Ryder Cup están obligados a visitar al sastre y vestir impecablemente, tanto dentro como fuera del campo de golf, durante toda la semana.

Para la mayoría de los entendidos no existe Ryder más legendaria que la de 1969. El duelo iba empatado en el último hoyo del último enfrentamiento, cuando el estadounidense Jack Nicklaus dio por finalizado el choque antes de que el británico Tony Jacklin golpease la bola. ‘La concesión’, como así quedó el hecho reflejado para la posteridad, permite que un golfista de por acabada para su rival la disputa de un hoyo antes de embocar definitivamente. Se da por hecho que el golfista va a embocar y así se le libra del mal trago de fracasar. Jacklin tenía que meter la bola a menos de un metro para empatar, pero en caso de fallar su equipo perdería el torneo y, de paso, su reputación quedaría tocada de por vida. “No creo que hubieses fallado, pero mejor no darte la oportunidad”, le comentó Nicklaus a su oponente.

Lo cierto es que desde aquel primer torneo de 1927 en el que Samuel Ryder donó una copa de oro como premio al equipo ganador, la Ryder Cup ha crecido de tal forma que hoy es un monstruo que genera cientos de millones de euros y tiene una audiencia planetaria estimada en 600 millones de telespectadores. Curiosamente, los golfistas no perciben ni un euro, siendo la Ryder Cup el único torneo del circuito en el que la gloria y el honor sustituyen al profesionalismo.

Los golfistas: la Ryder Cup encarna los valores del golf | Europa Digital
Ceremonia Ryder 2018

“El golf es un juego en el que se coloca una bola de unos centímetros de diámetro sobre otra bola de 12.000 kilómetros de diámetro. Todo consiste en darle a la bola pequeña sin tocar la grande”. Charles Chaplin, actor y golfista aficionado.

«En el tenis, el número uno del mundo pasa el 90 por ciento de su tiempo ganando, mientras que el golfista número uno del mundo se pasa el 90 por ciento de su tiempo perdiendo. El golf es el juego de los grandes perdedores». David Feherty, golfista profesional.

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