Gran Bretaña

The Boat Race (Oxford vs Cambridge)

Charles Merivale y Charles Wordsworth eran muy buenos amigos. Ambos pertenecían a la élite inglesa del momento y ambos eran unos entusiastas de los deportes que se estaban desarrollando en las universidades británicas en la primera mitad del siglo XIX. Merivale declinó una prometedora carrera como alto funcionario en la India para acabar sus estudios de historia y teología en Cambridge y acabar siendo el capellán de la Cámara de los Comunes en el Parlamento británico. Wordsworth terminó sus estudios en Oxford antes de tomar el mando como obispo de la Iglesia de Escocia, cuestión que ya venía predeterminada por su familia, dado que su padre había sido un afamado sacerdote y erudito.

El caso es que Merivale y Wordsworth se habían hecho amigos en la infancia cuando estudiaban en Harrow, un internado londinense de los más pomposos del momento. Allí, en la adolescencia, ambos participaron en los primeros partidos de cricket de la historia que enfrentaron al citado colegio con los también elitistas Eton o Winchester. En Harrow uno y otro se convirtieron también en entusiastas atletas y organizadores de continuas carreras contra el cronómetro.

Si bien los dos amigos tenían pensado estudiar en Cambridge, Wordsworth se decantó por Oxford porque contaba con un centro exclusivo dedicado a la teología cristiana. Así, esta pareja de colegas entusiastas del deporte dejaron de verse a diario, por lo que maquinaron una forma de mantener su sana rivalidad deportiva.

En 1829 Wordsworth le propuso a Merivale organizar una competición de remo de ocho miembros entre las dos universidades. Merivale se mostró entusiasmado y aceptó el reto. Ambos colectivos comenzaron un duro entrenamiento y una dieta que hoy consideraríamos estrambótica. Durante las semanas previas al duelo los remeros ingirieron día tras día filetes de ternera o de cerdo a tutiplén. Se descartó la ingesta de verduras al considerar que éstas no aportarían energía.

El 10 de junio de 1829 cientos de estudiantes se agolparon en la ribera del río Támesis, a unos 35 kilómetros de Oxford, para ver la primera regata de la historia entre las universidades de Oxford y de Cambridge. La victoria fue para los primeros y con relativa facilidad ya que además de Merivale, la Universidad de Oxford contaba con varios remeros experimentados. En aquella primera prueba los de Oxford remaron vestidos de azul oscuro y los de Cambridge de blanco con una banda rosa. Para la siguiente edición sustituyeron el blanco y el rosa por el azul esmeralda que mantienen hasta la fecha.

When Was the First Oxford and Cambridge Boat Race? | History Hit
Merivale (I) y Wordsworth (D)

A pesar del éxito hubo que esperar a 1836 para que se celebrase una nueva regata y a 1839 para que se disputase de forma anual sin interrupciones hasta nuestros días (guerras mundiales y coronavirus mediante). El motivo de ese trienio de parálisis estribaba en el lugar de celebración de la regata.

El río Támesis, el más importante de Gran Bretaña, recorre el sur de Inglaterra de oeste a este pasando por Londres antes de desembocar en el Mar del Norte. En su tránsito discurre a través de un canal por Oxford, pero no así por Cambridge, que se sitúa unos 150 kilómetros al noreste. Cambridge recoge su nombre del río Cam (‘Cambridge’ significa ‘puente del Cam’) que es afluente del río Ouse, el otro gran curso fluvial de Inglaterra.

Total, que los de Cambridge querían alternar el Támesis con el Cam y los de Oxford se negaban.  Los de Oxford argumentaban que eran la institución universitaria más antigua (1096) y que eran los que había tenido la idea de hacer la regata. Los de Cambridge, institución que fue fundada en 1209 por antiguos estudiantes de Oxford, argumentaban que eran la más prestigiosa (aunque ambas son fijas entre las 5 o 10 mejores del mundo, Cambridge siempre supera a Oxford) y que para que hubiese una carrera justa tendría que haber paridad.

Para evitar problemas se dispuso que la regata se celebrase en Londres. Concretamente entre Putney y Mortlake, dos barrios del sur londinense por donde fluye el Támesis. Decisión salomónica, dado que tanto Oxford como Cambridge están a un par de horas en coche de la capital. La prueba consta de 6 kilómetros y 800 metros río arriba, y aunque antaño discurría entre prados y campos de labranza. Hoy lo hace entre adoquines y edificaciones de varios pisos de altura. Un total de nueve hombres o mujeres (desde 1927) ocupan las embarcaciones a razón de ocho remeros y un timonel. Antes del inicio se lanza una moneda al aire y el ganador escoge por cual lado del río va a remar. No es decisión baladí, y no sólo por como sople el viento, sino porque quien escoja el lado norte tendrá ventaja en la primera y última curva, mientras que el del lado sur tendrá ventaja en la curva más larga del recorrido.

Regata Oxford-Cambridge - Wikipedia, la enciclopedia libre
La carrera

A fecha de este artículo, Cambridge cuenta con 84 victorias y Oxford con 80 triunfos. Tan sólo se ha registrado un empate. En la prueba de 1877 el juez dictaminó paridad entre los dos contendientes. Aún no había cronómetros y John Phelps, que así se llamaba el árbitro, no fue capaz de decidir qué universidad había ganado. La mayoría de la gente presente aquella mañana pensaba que había vencido Oxford, pero Phelps, de 70 años y ciego de un ojo, no se atrevió a afirmarlo.

Ha habido también hundimientos, como cuando en 1912, y debido a un terrible temporal, tanto la embarcación de Cambridge como la de Oxford acabaron en el fondo del Támesis. En 1978 volvió a suceder lo mismo, aunque en esta ocasión mientras que Cambridge pasaba a mejor vida, Oxford se recomponía y se alzaba con la victoria.

El punto crítico de la carrera tiene lugar en la curva de mitad de recorrido (la gran curva del lado sur de la que hablamos antes). Es entonces cuando ambas embarcaciones suelen tocarse y rozan cuchilla con cuchilla buscando las mejores corrientes del Támesis. Se dice que quien sale de primero en dicha curva llegará vencedor al final.

Una vez que los remeros desembarquen en Mortlake se entrega el trofeo, conocido con el nombre de ‘Boat Race Trophy’, a la universidad ganadora. Según la tradición es entonces cuando la escuadra vencedora tira su bote al río para celebrar el logro. Y luego, como toda buena tradición británica, hay una cena en la que a los vencidos les toca aguantar las bromas y la flema inglesa de los vencedores.

La regata Oxford-Cambridge no está en la agenda habitual de los consumidores del deporte fuera del Reino Unido, pero es sagrada en territorio británico. La BBC lleva retransmitiendo la carrera desde 1927 (primero a través de la radio y luego gracias a la televisión) y es seguida por cerca de 500 millones de espectadores tanto del Reino Unido como de los países que forman la Commonwealth. Es, y con diferencia, el evento deportivo amateur más seguido del planeta.

The Boat Race: La regata de Oxford vs Cambridge - Tour Londres
Duelo en el Támesis

Universidad de Oxford: Clement Atlee, Margaret Thatcher, Tony Blair, Indira Gandhi, Lawrence de Arabia, Rupert Murdoch, Lewis Carroll, Oscar Wilde, J.R. Tolkien, Adam Smith, John Locke, Thomas Hobbes, Albert Einstein o Tim Berners-Lee. Y celebridades como Rowan Atkinson (Mr. Bean), Hugh Grant o Rosamund Pike.

Universidad de Cambridge: Isaac Newton, Charles Darwin, Francis Bacon, James Watson, Alan Turing, William Talbot, Stephen Hawking, John Keynes, Lord Byron, Oliver Cromwell, Niall Ferguson o Bertrand Russell. Y celebridades como Hugh Laurie (Dr. House), Emma Thompson o Sacha Baron Cohen.

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Old Firm

Al principio no había mayor antagonista que el de la calle de enfrente. Y no existe antagonismo que se pueda comparar con el ‘Old Firm’. La rivalidad futbolística por excelencia es la de Glasgow. Católicos contra protestantes. Irlandeses contra unionistas. Odio, tensión religiosa e intimidación. El ‘Old Firm’ condiciona la vida cotidiana como ningún otro partido del mundo. Las diferencias no están en el balón, están en el pensamiento. Futbolísticamente los hay mejores, pero por intensidad un Celtic-Rangers solo es comparable a un Boca-River. Por condicionantes extradeportivos sólo un Barça-Madrid puede subírsele a las barbas. Pero es que un Madrid-Barça no es un derbi.

La palabra ‘derby’ (castellanizado a derbi y aceptado por la Real Academia Española de la Lengua) da nombre a una carrera de caballos considerada como la decisiva en una competición. Su uso data de finales del siglo XVIII y no se sabe bien como medio siglo más tarde era usado como sinónimo de una competición deportiva entre clubes de una misma ciudad.

Este detalle es importante. No existe el derbi gallego ni el derbi vasco. Un derbi no enfrenta a regiones ni a ciudades rivales. La acepción correcta sólo debe usarse cuando compiten dos equipos de la misma villa. Si nos paramos a pensarlo veremos que tiene toda lógica. El concepto de hincha visitante no se popularizó hasta bien entrado el siglo XX, cuando la mejora de la comunicaciones y el adelanto de las condiciones laborales de los trabajadores permitió que los aficionados se desplazaran a otras ciudades.

Atravesada por el río Clyde de este a oeste, Glasgow es una ciudad con dos partes bien diferenciadas. Al suroeste de los meandros del río se instalaron los protestantes. Al noreste se creó el barrio católico. Todos nacieron de la miseria y buscaron en Glasgow olvidarse de ella. Pero los del noroeste eran los campeones de la indigencia. La mayoría eran inmigrantes irlandeses que huían de la gran hambruna de la patata que azotó a la isla de San Patricio a mediados del siglo XIX. Los más atrevidos y los que menos tenían que perder iniciaron una aventura en Estados Unidos. Los más comedidos escogieron la escocesa y compasiva Glasgow por delante de la hostil e inglesa Londres.

Próspero durante el siglo XIX gracias al transporte fluvial de mercancías, el puerto de Glasgow es el único de Escocia que está resguardado de los vientos del Mar del Norte. El clima en Glasgow es mucho más agradable que en el resto del país gracias a las corrientes cálidas del estuario del Clyde y a las montañas que protegen el sur de la ciudad. Glasgow presume de universidad de primer nivel, de una fabulosa arquitectura victoriana y es lugar de peregrinaje en el arte grafitero. Y sin embargo no es buen lugar para vivir. Tiene uno de los menores índices de esperanza de vida del Reino Unido y unos cuantos barrios conflictivos. Vivir en Glasgow y transitar por sus anchas avenidas bajo un cielo plomizo es sinónimo de obesidad, depresión, drogas y alcohol.

Los sociólogos consideran que es un fenómeno reciente. Con la desindustrialización, miles de personas que trabajaban en astilleros y fábricas quedaron sin trabajo. Las grandes compañías daban al trabajador una identidad cultural y grupal que el nuevo sector de servicios es incapaz de igualar. Si bien el área metropolitana de Glasgow cuenta con cerca de millón y medio de habitantes, la ciudad tiene hoy unos 600.000 cuando poco después de la II Guerra Mundial superaba el millón. Se ha disipado el orgullo y Glasgow ha perdido buena parte de su tradición cultural.

En ese punto está también el fútbol. Celtic y Rangers fueron hasta los años 80 del siglo pasado dos grandes del balompié mundial y orgullo de Escocia. La globalización e internacionalización del deporte menguaron el atractivo de un país pequeño y poco acogedor para el futbolista, y con ello descendió el nivel de los equipos escoceses. Este declive también ha afectado en el día a día del ciudadano. Y por ello el ‘Old Firm’ es aún más importante que en tiempos pasados. Es la única vez en todo el año en el que Glasgow vuelve a estar en el centro del mundo.

Desde 1888 se ha desarrollado una rivalidad que no sólo es futbolística, también identitaria, religiosa y cultural. Ese año se jugó el primer ‘Old Firm’ con victoria del Celtic por 5-2. Hoy, 132 años más tarde, aún se aprecian mayor cantidad de rubios y pelirrojos en las gradas de Celtic Park que en las del Ibrox Stadium.

El Celtic fue fundado como club católico en 1887 por el padre Walfrid en la Iglesia de los Maristas. Su idea era crear un club de fútbol que entretuviese a los adolescentes y los alejase del vandalismo, y al mismo tiempo recaudar dinero para los niños huérfanos de la ciudad. Los de rayas blancas y verdes juegan desde 1892 en Celtic Park, el estadio más grande de Escocia. El primer césped que se plantó contaba con una mata de tréboles para recordar su influencia irlandesa. Permanece inamovible en su ubicación en un precioso parque al noreste de la ciudad, a pesar de las profundas remodelaciones que ha sufrido a lo largo del tiempo.

El Rangers fue fundado en 1872 en la otra punta de la ciudad por los hermanos McNeil. Conocidos como los puritanos, tomaron su nombre y su color azul de un equipo de rugby inglés considerado el mejor del momento. Juegan desde 1899 en Ibrox Park, al suroeste de Glasgow. Aunque el estadio ha sufrido sucesivas remodelaciones, continúa manteniendo su característica grada principal de ladrillo victoriano creada por Archibald Leitch, el arquitecto que nos legó la mística del fútbol inglés en estadios de dos alturas de estilo industrial como Old Trafford, Anfield o Highbury.

En las gradas de Celtic Park ondean banderas irlandesas e insignias del IRA. Los ultras del Celtic están hermanados con aficiones de izquierdas como las del Liverpool, hasta el punto de tomar como propio el famoso himno ‘You’ll never walk alone’. Los hinchas del Rangers portan símbolos del Reino Unido como ‘The Union Jack’ y están hermanados con los ultras del Chelsea. De este modo en el ‘Old Firm’ no se ve ninguna bandera escocesa en el estadio. Para eso hay que ir a Hampden Park.

La inquina entre los enemigos es tal que la selección escocesa juega sus encuentros en Hampden Park, uno de los estadios más legendarios para cualquier amante del fútbol. El estadio es casa del Queen’s Park, el club más antiguo de Escocia y que aún hoy se mantiene como amateur por convicción, a pesar de competir en ligas profesionales. Hampden Park se encuentra al sur de la ciudad, formando un perfecto triángulo con Celtic Park e Ibrox Stadium. La distancia entre los tres coliseos es prácticamente similar en un ejercicio de equilibrismo para satisfacción y calma de todos los fanáticos.

Aunque Celtic y Rangers disputaron el primer ‘Old Firm’ en 1888 el nombre data de unos cuantos años más tarde. En 1909, en una final de Copa, el partido entre ambos terminó en empate y, como entonces no había ni penaltis ni prórroga, se pasó a un segundo partido. Dicho encuentro transcurría por los mismos derroteros, por lo que las aficiones de Celtic y Rangers invadieron Hampden Park indignados por lo que consideraban un amaño. Hubo que suspender el choque y el título quedó desierto. El periódico ‘The scottish referee’ denominó el derbi escocés como ‘The old firm of Rangers-Celtic Ltd’ (Antigua empresa del Rangers-Celtic S.L.) por la sospecha de que los partidos importantes estaban arreglados desde siempre para que se repitiesen y así generar una nueva taquilla. Desde entonces al choque se le conoce como ‘Old Firm’ (Vieja Empresa).

Y lo cierto es que, aunque el odio que se profesan es atroz, en pleno siglo XXI siguen usando el ‘Old Firm’ en contra del resto de clubes escoceses. Ambos se benefician económicamente de la rivalidad que se profesan. Negocian juntos los patrocinios, los derechos de televisión e incluso han pedido conjuntamente ingresar en la Premier inglesa. Y habitualmente han compartido patrocinador, porque ninguna empresa es tan inconsciente como para invertir el dinero en uno generando inquina en los seguidores del otro.

El ‘Old Firm’ ha sido lugar de múltiples desgracias. En 1931, durante un encuentro entre Celtic y Rangers, John Thomson y Sam English fueron a por el balón al mismo tiempo y la rodilla de English chocó con la cabeza de Thomson. Éste, portero del Celtic de 22 años, salió peor parado y acabó con una fractura de cráneo falleciendo horas más tarde en el hospital. Hoy una canción en honor de Thomson es tarareada en todos los partidos del Celtic. Célebre por violenta también es la final de Copa de 1980 en la que el Celtic consiguió el título con un gol en el descuento originando una celebración por el título que acabó en una batalla campal en el césped de Hampden Park. Pero el ‘Old Firm’ más popular por aciago fue el disputado en Ibrox en 1971. Una avalancha de espectadores, también causada por un gol de última hora aunque en este caso del Rangers, acabó con 66 fallecidos, muchos de ellos menores. El siniestro provocó una remodelación de Ibrox que lo convirtió en uno de los primeros estadios del mundo con medidas de escape y de seguridad. 

Aunque la mayoría de los astilleros de Glasgow tenían vetada la presencia de trabajadores católicos, la convivencia entre los forofos de las dos religiones se mantuvo en calma hasta la década de 1920. Tras un trágico proceso que duró seis años (1916-1922) Irlanda obtuvo su independencia. Es entonces cuando en Glasgow la mayoría protestante comienza a hostilizar a la minoría católica, iniciando una inquina entre ambas comunidades que aún no ha sido resuelta.

La ferocidad de la rivalidad hace difícil que un jugador pueda defender los colores de las dos escuadras. Se cuentan con los dedos de las manos los futbolistas que han militado en los dos equipos a lo largo de la historia. Con la aprobación de la ley Bosman todo ha cambiado y los mercados a los que pueden acceder ambos conjuntos son enormes, pero hasta 1995 el mercado principal era el nacional. El caso más desgarrador para ambas aficiones fue el de Mo Johnston. Graeme Souness, técnico del Rangers, solicitó a la directiva el fichaje de Johnston, un fenomenal delantero internacional con Escocia que jugaba en la liga francesa pero que había triunfado años atrás en las filas del Celtic. Mo Johnston, además de ex estrella del Celtic, era católico, y se convirtió en el primero de ellos que jugó en el Rangers en más de medio siglo. De este modo Mo Johnston pasó a ser un traidor para la afición del Celtic, pero tampoco fue aceptado por la del Rangers. Muchos aficionados protestantes quemaron su camiseta y su abono de temporada hasta que en un ‘Old Firm’ jugado meses más tarde Johnston pasaría a ser amado por la afición del Rangers al anotar el gol de la victoria.

Y es que el Celtic representa a los irlandeses, católicos, republicanos y en menor medida a las izquierdas y a los trabajadores. El Rangers es el equipo de los protestantes, de los partidarios de la unión del Imperio Británico, de los monárquicos y de forma más rehusada de las derechas y de los burgueses. Celtic y Rangers son instituciones preponderantes en la vida escocesa con un grado de significación social y cultural inimaginable en cualquier otro club de fútbol del mundo. La rivalidad se cierne en una serie de conflictos políticos y en una competencia sectaria y en ocasiones racista y violenta. 

El Rangers puede presumir de ser el club de fútbol con más ligas (54) no sólo en Escocia sino en que cualquier otra liga en el mundo, si bien es cierto que con una condena en ese historial. El Rangers tuvo que refundarse en 2012 al caer en bancarrota. Desde entonces, el nuevo Rangers, aún no sabe lo que es un título liguero. La caída en desgracia de los protestantes será ‘in secula seculorum’ motivo de júbilo para los católicos, con menos ligas (50) pero que son el único club escocés triunfante en una Copa de Europa (1967). Además, para el sempiterno orgullo Celtic, su victoria ante el Inter (2-1) se logró con un once inicial de jugadores nacidos en Glasgow o en sus alrededores.

“Hay gente que insiste en que otras rivalidades futbolísticas pueden generar tanta intensidad como los choques entre Rangers y Celtic. Creedme, no hay nada comparable”. Alex Ferguson,  nacido en Glasgow, y uno de los entrenadores más exitosos de todos los tiempos dirigiendo al Manchester United.

P.D: Había decidido escribir sobre el ‘Old Firm’ porque era el único evento deportivo que quedaba en pie para este fin de semana. Se iba a jugar este domingo, pero escasamente un par de horas antes de publicar este artículo, el ‘Old Firm’ era suspendido hasta nueva orden.

En las próximas semanas seguiré hablando de deporte, aunque el deporte permanezca parado. Porque el deporte no es más que algo secundario. El puñetero coronavirus, que aún estamos empezando a sufrir, nos deja de momento dos reflexiones. La primera la importancia de la libertad. Nos podemos empeñar en obtener reconocimiento social y laboral, pero el bien más preciado de un ser humano es su libertad. El segundo es la salud. Este blog nada a contracorriente. Pone el ojo en el pasado. Cuenta historias, anécdotas y describe el porqué de las cosas, o lo intenta, de forma pausada y amena a través de la palabra. Nada a contracorriente porque el siglo XXI es el siglo de la inmediatez, del futuro, de la imagen y de la tecnología. El coronavirus nos recuerda que no somos dioses. Somos simples, insignificantes y frágiles seres humanos. Como siempre hemos sido y como siempre seremos, por muy rápido que queramos avanzar.

“Cuando las expectativas de uno se reducen a cero, uno aprecia realmente todo lo que tiene.” Stephen Hawking.

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Cuando en Inglaterra estaba prohibido el fútbol femenino

Dado que el fútbol fue parido en Gran Bretaña es más que lógico que fuese en Inglaterra donde las mujeres diesen las primeras patadas al balón. Si bien es cierto que el deporte, primero en su vertiente amateur y más adelante en la profesional, fue concebido sin ningún tipo de connotación sexual, se daba por lógico que era una práctica pensada para los hombres. Mas eso no fue impedimento para que las mujeres jugasen al fútbol.

Y de hecho lo hicieron sin dilación desde mediados del siglo XIX. Hay constancia de decenas de partidos por toda Inglaterra y en tan temprana fecha como 1890 hay registros de encuentros en los que se superaban los 10.000 espectadores, cifras que rivalizan con las acometidas por los hombres en aquel momento. Por supuesto, y tal y como ocurre en el presente, había firmes detractores de la presencia de la mujer en un campo de fútbol y presagiaban que era una moda pasajera que no duraría mucho en el tiempo.

Y sin embargo en 1921 la Football Asociation (FA) tomo la decisión salomónica de prohibir el fútbol femenino en Inglaterra. La medida estuvo en vigor durante medio siglo hasta que fue abolida en 1971. ¿Por qué?

El cambio de paradigma tuvo lugar en 1914. En ese momento las mujeres inglesas lideradas por Emmeline Pankhurst están en el momento álgido en la lucha por el sufragio femenino. Pero a pesar de sus loables intentos estaban muy lejos de conseguir sus objetivos. Muchas de ellas eran tildadas de lesbianas, otras tantas fueron reprobadas por sus padres o maridos y unas cuantas de ellas jugaban al fútbol con asiduidad. Una mujer estaba diseñada para tener hijos y recibir un golpe en una manifestación o un balonazo durante un partido podría dejarlas tocadas por perpetuidad. El ‘British Medical Journal’ sentenciaba que «de ninguna manera podemos aprobar la exposición imprudente a la violencia de los órganos femeninos, que en la experiencia común ha llevado a las mujeres a protegerse de cualquier forma».

Pero en agosto de 1914 la I Guerra Mundial detonó y el mundo cambió.

Con cientos de miles de hombres yendo a los campos de batalla las mujeres ocuparon sus lugares en las fábricas. De pronto, las mujeres pasaron de la cocina a la oficina y de sonreír detrás de un mostrador a ensamblar las piezas que componen un obús. Pero al mismo tiempo que las mujeres se convirtieron en las máquinas que hacían funcionar a la industria bélica, también se convirtieron en las máquinas que hacían funcionar a la industria del ocio. Aquellos chicos que se fueron a morir a los campos de Francia no volverían a jugar al fútbol. Y alguien tendría que hacerlo.

La I Guerra Mundial tuvo el imprevisto efecto de empoderar a las mujeres inglesas. Al igual que se incorporaron a las cadenas de montaje y empezaron a llevar a cabo trabajos que se consideraban ´peligrosos´ para el sexo débil, no tardaron en formar equipos de fútbol y jugar entre ellas en los descansos del trabajo.

De repente las fábricas comenzaron a organizarse y a fundar sus propios clubes de fútbol, los cuales rápidamente formaron un sucedáneo de liga. El más destacado era el Kerr’s Ladies FC, de la fábrica de municiones del mismo nombre situado en Preston, una de esas ciudades que fueron motor de la Revolución Industrial y que por entonces era uno de los lugares más respetados en el mundillo futbolístico. El Kerr’s Ladies FC ganó poco a poco cientos de seguidores, especialmente cada vez que se enfrentaba a un equipo masculino y lo derrotaba.

Su estrella era Lily Parr, una brava y enérgica delantera con gran toque de balón. Se trataba de una chica que empezó a jugar y a trabajar con apenas 14 años y que se estima que anotó más de 1.000 goles en 30 años de carrera. Se dice que un guardameta le dijo que una mujer sería incapaz de meterle un gol desde lejos. Parr aceptó el reto a lo Oliver y Benji, disparó y metió un gol con tal potencia que acabó partiendo el brazo del pobre hombre en su intento de atajar el balón. Obviamente es una leyenda, pero contribuyó al mito de Parr y a empoderar la lucha de aquellas mujeres futbolistas.

El Kerr’s Ladies FC gozó del favor de los dirigentes más retrógrados porque durante los cuatro años que duró la I Guerra Mundial donó el dinero recaudado en todos sus partidos a beneficio de las víctimas de la contienda. Disputaron encuentros por toda Gran Bretaña y lograron juntar hasta 600 libras en un partido, que en los parámetros actuales se situarían en torno al millón de euros.

Poco después del fin de las hostilidades, en marzo de 1919, el Kerr’s Ladies FC jugó un encuentro ante un combinado francés que reunió a 35.000 espectadores. Al año siguiente inició una gira por toda Europa para recaudar dinero para los soldados mutilados. En 1920 el Kerr’ Ladies FC congregó a 53.000 espectadores en el Goodison Park de Liverpool ante el Saint Helen’s Ladies. Las chicas de la fábrica de Kerr disputaron 67 partidos en doce meses y se vieron forzadas a rechazar más de 120 invitaciones. Era 1920, y por entonces había más de 150 equipos femeninos federados en Inglaterra.

El fútbol femenino estaba en su apogeo, pero de repente todo iba a volver a cambiar. Las mujeres habían conseguido ya el derecho al voto, pero la sociedad aún no estaba preparada para un cambio tan brusco. Los hombres que consiguieron volver del infierno pretendían regresar a sus vidas de 1914. Esperaban retornar a sus trabajos y que las mujeres volviesen a sus quehaceres domésticos. Aquellos hombres habían dado los mejores años de su vida y no estaban dispuestos a perder lo que según ellos habían defendido en las trincheras francesas.

De un día para otro se consideró a las mujeres como incapacitadas para jugar al fútbol. Los médicos (y las médicas) volvieron a alertar de los peligros del fútbol para las mujeres, de como un golpe en el lugar inadecuado podía incapacitar a una mujer para tener hijos. Los expertos alertaban de la pérdida de población de la nación y de cómo la mujer tenía que dotar de vástagos al país para recuperar sus cifras de natalidad. La doctora y tenista Eustace Miles llegó a afirmar: «Las patadas son un movimiento brusco para las mujeres y la presión es severa. La complexión física de una mujer tiende a ser más redonda que la del hombre, pero el fútbol obliga a movimientos menos redondos y más angulares”.

La campaña fue cruenta hasta que el 5 de diciembre de 1921 la FA ordenó a los clubes pertenecientes a la asociación que no permitieran el uso de los recintos para los partidos entre mujeres. Así pues, las féminas no podrían usar ningún estadio profesional bajo las excusas ya conocidas sobre los peligros físicos. Pero había otro motivo velado. Se acusaba a las mujeres de ser incapaces de ver el beneficio económico del fútbol, ya que únicamente sabían recaudar sumas de dinero con fines benéficos.

Aun así las mujeres podrían seguir jugando con tal de que encontrasen un rectángulo habilitado para la práctica del fútbol. Pero la FA fue más lejos todavía. Prohibió que un colegiado o juez de línea federado pudiese arbitrar en un partido de fútbol femenino. Las mujeres protestaron, evidentemente, pero ni era el momento ni el lugar. Ningún partido político, sindicato o medio de comunicación consideró de relevancia sus protestas. «El órgano controlador de la FA lleva cientos de años de retraso y sus acciones son simples prejuicios de género. Ninguna de nosotras ha sufrido ningún efecto dañino debido a la práctica del fútbol», declaraba la capitana del Plymouth Ladies, en una de las escasas entrevistas a las que las mujeres obtuvieron acceso.

La gran mayoría de clubes femeninos desaparecieron de un día para otro. El Kerr’s Ladies FC fue el único que aguantó con la nueva denominación Preston Ladies FC. Jugaron numerosos partidos en Canadá y Estados Unidos, muchos de ellos arbitrados por Tom Finney, internacional inglés nacido en Preston y que siempre apoyó la causa. El equipo se disolvió en 1965 en medio de enormes medidas de presión de la FA, la cual consiguió cancelar muchos de sus encuentros.

Hubo que esperar a 1969 para que en Inglaterra se formara la Asociación Femenina de Fútbol aprovechando el éxito de los chicos en el Mundial celebrado tres años antes. Y en 1971 la FA permitió medio siglo después que las mujeres pudiesen jugar en los estadios de los equipos profesionales.

Habría que esperar aún un poco más, hasta 1984, para que se celebrase la primera Eurocopa femenina, a 1991 para el primer Mundial femenino y a 2002, ayer como quien dice, para el primer torneo europeo de clubes femenino.

Y aún así, no hay equipo femenino que aglutine 30 o 40.000 espectadores en cada encuentro como hacían las Kerr’s Ladies FC a inicios de 1920.

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El nazi bueno (2ª parte)

Bert (en realidad se llamaba Bernhard Carl) firma por el City en el verano de 1949. La prensa inglesa está encolerizada y la gente de Manchester se echa a la calle reclamando que Bert Trautmann vuelva a Alemania. Se estima que unas 20.000 personas (50.000 según algunas fuentes) salen a protestar colapsando Maine Road, la calle que daba nombre al antiguo estadio del City, con gritos de ¡nazi! dedicados a Trautmann y de ¡criminales de guerra! a los miembros de la junta directiva. Los titulares de prensa del día siguiente no le iban a la zaga: “A los nazis hay que enviarlos a casa”, “El portero del Manchester City no quiere recordar nuestro dolor”, o mi favorito: “Buy kraut goalkepper with Iron Cross”, que se podría traducir por “Comprado portero bajo palos con una Cruz de Hierro”.

¿Por qué el City decide fichar a Trautmann? ¿Por razones humanitarias? Obviamente no. El Manchester City ficha a Trautmann porque era un buen portero. Un muy buen portero. Solo necesita un puñado de partidos para acallar a los hinchas del City. Lo que en un primer momento eran gritos de ¡nazi! cada vez que realizaba una parada pronto se convierten en rotundos aplausos.

A la aceptación del cancerbero alemán contribuyen notablemente dos figuras. El primero es Alexander Altmann, rabino de Manchester. Decide escribir mano a mano con Trautmann una carta abierta que publicará la prensa local. En ella, el paracaidista de Bremen pedirá perdón y argumentará que hizo “todo lo que le ordenaron como soldado”. Altmann aprovecha para dirigirse a la populosa comunidad judía del Gran Manchester con las siguientes palabras: “Bert es un joven decente. No seáis estúpidos. No podemos castigar a un alemán en concreto por aquello que haya hecho un país. Dejemos que demuestre si es un buen portero y luego ya veremos”.

Pero más notables aún fueron las escuetas pero concretas palabras de Eric Westwood. Capitán del Manchester City y veterano del desembarco de Normandía, sólo necesito un par de partidos para comprobar que Trautmann ya no era un nazi. Ni siquiera era un soldado. Tampoco era un prisionero de guerra. Ya ni siquiera era alemán. Tan sólo era un futbolista. “No existen las guerras en este vestuario”, soltó Westwood ante la prensa. Ya no hubo más discusiones. Nadie más en Maine Road volvió a llamar nazi a Trautmann.

No ocurría así en terreno visitante. Después de 15 años en el City a Trautmann aún seguían llamándole nazi a lo largo y ancho de Inglaterra. Pero cuanto más hostil era el recibimiento, mejor era la actuación del meta alemán. En un partido en Londres contra el Fulham los pitos y los insultos de comienzo del encuentro se convirtieron en aplausos tras una exhibición de bravura y de valía personal. Bob Wilson, portero del Arsenal en la década de los 60 y los 70, contaba como de pequeño su ídolo era Bert Trautmann. Tanto su padre como sus dos hermanos mayores habían muerto en la guerra y en casa le recriminaban taxativamente que no podía admirar a un nazi. Pero su fascinación ante Trautmann era tal que no lo podía remediar. Wilson cuenta que la valentía del alemán, al borde de la temeridad, su templanza, su espectacularidad y su eterna compostura ante los continuos insultos recibidos, eran para él pura seducción.

En su primer partido con el equipo de reservas del City acudieron casi 27.000 personas. Trautmann comentaría años más tarde que había escogido Manchester porque le explicaron que cuanto más al norte de Inglaterra residiera mejor le aceptaría la gente. La realidad es que era el payaso del circo y el mono del zoo. Con el City vivirá dos descensos a segunda división pero la gloria a mediados de los 50. En esos años junto a Trautmann aparecerá el centrocampista Roy Paul y el delantero Don Revie, más tarde afamado entrenador y seleccionador inglés.

Con todos ellos a bordo el Manchester City se clasifica para la final de la FA Cup de 1955 ante el Newcastle. Es la primera vez que un alemán juega la final copera de Wembley y por supuesto es también la primera vez que lo hace delante de la reina Isabel II. ‘Pecata minuta’ en 2019 pero cacareada agitación en 1955. El City pierde por 1-3, pero se vuelve a clasificar para la final de 1956, en este caso ante el Birmingham City.

Y es en aquella final disputada el 5 de mayo de 1956 cuando Bert Trautmann se ganará para siempre el corazón de todos los seguidores del City y el respeto y la admiración de todos los aficionados ingleses.

A falta de 20 minutos para el final del partido el Manchester City ganaba por un claro 3-1. Entonces, un centro al área del Birmingham se queda corto. A por el balón se lanzará a tumba abierta Trautmann y a la carrera el delantero rival Peter Murphy. Los dos jugadores llegan al mismo tiempo y la rodilla de Murphy impacta en la base del cráneo del portero. Durante unos agónicos minutos Trautmann es asistido por el personal médico. Está inconsciente, aunque rápidamente se despierta. Las imágenes muestran cómo se levanta tambaleándose y con el cuello torcido hacia su izquierda. En 1956 no existían los cambios, por lo que si Trautmann se retira lesionado un jugador de campo tendría que colocarse bajo palos y el City afrontar los minutos finales del partido en inferioridad numérica.

No está en condiciones médicas para jugar. Pero Trautmann va a seguir jugando.

Trautmann nunca supo que ocurrió en esos últimos 20 minutos. Jamás recordó nada. Sólo resuena una neblina y unos cuantos sonidos en lo más profundo de su memoria. El caso es que consciente o inconscientemente realiza cuatro paradas espectaculares y un par de salidas suicidas que salvan al City y que permiten a los de Manchester alzarse con el título copero.

Por la noche, antes de la cena de gala para celebrar la victoria, Trautmann acude a un hospital de Londres donde le dicen que tiene un simple calambre y que en un par de días estará recuperado.

Al día siguiente una multitud de ‘citizens’ corea su nombre frente al ayuntamiento de Manchester. Él sonríe desde el palco con la cabeza torcida hacía un lado. Ese mismo año es designado mejor jugador de la liga, la primera vez que un portero recibe la mención y, por supuesto, la primera vez que un alemán recibe tal distinción. Días después un amigo le obliga a ir al hospital y se revelará su locura. La primera vértebra lumbar se había roto y su tercera vértebra estaba montada sobre la segunda debido al impacto recibido en el cuello el día de la final. Según le explica un médico ese golpe de azar evitó la rotura del cuello y su muerte en aquel mismo instante.

Durante las siguientes tres semanas estará totalmente inmovilizado sobre una plancha de madera. Tardará otros siete meses en volver a jugar al fútbol y durante la convalecencia sufrirá la pérdida de su segundo hijo (el primero reconocido) víctima de un atropello a los cinco años de edad. Esa pérdida hará que su matrimonio se termine años más tarde y que, sin hijo y sin esposa, Bert Trautmann decida conocer a su hija ilegítima fruto de aquella relación navideña en el campo de prisioneros de 1946.

En la vida de Trautmann no existen las medias tintas.

Bert Trautmann se retiró en 1964 tras 545 partidos oficiales con el Manchester City. Luego se convirtió en entrenador de las categorías inferiores de la selección alemana y más tarde de la inglesa. También dirigió a selecciones tan dispares como Birmania, Tanzania o Pakistán, hasta que a mediados de los 80 descubre el sol de la costa de Castellón y decide instalarse en el pueblo pesquero de Almenara hasta su muerte en 2013.

En 1964 su partido de homenaje reunió en el mismo equipo al City y al United en un combinado de Manchester que se enfrentó a la selección inglesa. Y medio siglo después, ya con 91 años a sus espaldas, la Reina Isabel II lo distinguió como Oficial del Imperio Británico en una ceremonia celebrada en Berlín. Años antes, el City había inaugurado una estatua en la memoria de un hombre que vivió dos vidas. Un hombre que pasó de enemigo a amigo. Un nazi bueno.

Bert Trautmann: “Me considero más inglés que alemán. Mi educación comenzó después de la guerra. Hasta ese momento yo no había tenido capacidad para decidir. Ellos me aceptaron. Mi verdadera educación comenzó a los 22 años en Inglaterra cuando aprendí sobre humanidad, tolerancia y perdón. Me preguntaban si había matado gente. Los muertos no se ven. En la guerra sólo ves sombras en el horizonte, figuras que corren. Y tú te defiendes, porque si no lo haces te disparan y te matan”.

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El nazi bueno (1ª parte)

Antes, mucho antes, de Robinho, Tévez, Agüero, Gündogan, Silva o De Bruyne, el Manchester City era un paria. Un club modesto, a caballo entre la primera y la segunda categoría del fútbol inglés y siempre a la sombra de los diablos rojos del United. Tuvo sus años de gloria a finales de los 60 cuando conquistó la Premier de forma sorpresiva, pero la historia del club tiene más sombras que luces. Y, a pesar de todo ello, para todo buen hincha ‘citizen’ por muchos títulos y por muchas estrellas que los petrodólares se encarguen de llevar a orillas del río Mersey no habrá nunca un futbolista más admirado que Bert Trautmann, el nazi bueno.

En 1949 el Manchester City necesitaba un portero. Frank Swift, el cancerbero del club en el último lustro, se acababa de retirar y aunque estaban convencidos de que el elegido era mucho mejor que él, los directivos del City dudaban de que fuese aceptado por la afición. Bert Trautmann era un excepcional portero que llevaba varios meses destacando en el fútbol regional pero que aún no había dado el paso al profesionalismo. Y no por culpa de sus aptitudes, a ojos de todos excepcionales, sino por culpa de su pasaporte.

Trautmann era alemán. Era un soldado alemán. Un sargento de la Luftwaffe. Bert Trautmann se iba a convertir en el primer teutón que jugaría en la liga inglesa. En el primer alemán que iba a disputar la FA Cup, la competición de fútbol más antigua del mundo. Y todo ello apenas un puñado de años después del fin de la II Guerra Mundial.

Bert Trautmann nació en Bremen en 1923, días antes del golpe de Estado fallido conjeturado por Hitler y otros gerifaltes del partido nazi en una cervecería de Münich. Como todo chiquillo alemán de raza aria, Bert era un niño alto, fornido y rubio. Y como tantos otros niños altos, fornidos y rubios creció mamando la propaganda nazi, pasó su pubertad en los campamentos organizados por las Juventudes Hitlerianas y cuando la guerra estalló en 1939, y con apenas 16 años de edad, corrió a alistarse como voluntario para defender el Reich de los 1.000 años.

Trautmann había pasado una difícil infancia. Sus padres no tenían trabajo y él vivía de pedir en la calle y de los alimentos que le daban en los comedores comunitarios. Con apenas 10 años ya se unió a las Juventudes Hitlerianas, donde le proporcionaban comida, le enseñaron el oficio de mecánico y, sobretodo, le devolvieron la dignidad. Es fácil comprender como aquel chaval de 16 años estaba dispuesto a dar su vida por Alemania y por su Führer.

Intentó alistarse en la sección de inteligencia. Su idea era convertirse en operador de radio, pero suspendió el examen para intérprete de código morse. Finalmente fue reclutado por la Luftwaffe como paracaidista. Los ‘fallschirmjager’ eran unidades de élite, fuertemente nazificadas y claves para la ofensiva nazi. Los alemanes fueron los primeros que crearon unidades específicas de paracaidistas para asaltar las líneas enemigas, cortar comunicaciones y crear el caos en la retaguardia del enemigo. Los ‘fallschirmjager’ eran muy respetados en el campo de batalla y estaban armados con el fusil de asalto FG 42, un arma de combate ligera y plegable, sin paragón por entonces.

Tras un arduo entrenamiento Trautmann fue enviado a la Polonia ocupada, hasta que en el verano de 1941 fue movilizado para iniciar la ofensiva alemana contra la URSS. Pasaría tres años combatiendo en el frente del Este siendo uno de los 90 supervivientes de una división aerotransportada conformada por 1.000 individuos. Trautmann es uno de los pocos afortunados que entró en la guerra en 1939 y salió indemne de sus garras en 1945.

Primero luchó en Crimea y más tarde fue enviado al frente de Moscú. Allí, durante la contraofensiva soviética, una granada le estalló en los pies e increíblemente no sufrió rasguño alguno. Era el invierno de 1942 y poco después fue capturado por los rusos. Dicen quienes lo conocieron que era un soldado entusiasta y eficiente y que mantenía la compostura incluso encerrado en un campo de trabajo. Su fidelidad a Alemania se mantenía por entonces inquebrantable. A los pocos meses de ser capturado fue enviado junto a otros presos a reasfaltar y adecentar una carretera que había sido demolida en el transcurso de los combates. Mientras estaba trabajando, un escuadrón de cazas de la Luftwaffe atacó a las posiciones más avanzadas del flanco soviético. Aprovechándose del caos originado, Trautmann consiguió escapar de su cautiverio y emprender una larga huida para regresar a territorio alemán. Con motivo de su hazaña fue galardonado con una Cruz de Hierro, una condecoración militar alemana de origen prusiano, y aún vigente en la actualidad, que es concedida por actos de gran valentía. Tan sólo fue una más de las cinco condecoraciones que Trautmann recibió en los años de contienda.

Tras unas semanas de descanso en Bremen volvería a Rusia donde alcanzaría el grado de sargento, hasta que en 1944 fue desplegado sobre Bélgica para tratar de ayudar a detener la ofensiva de los aliados tras el desembarco de Normandía. Pero por entonces su visión de la guerra ya había cambiado. En Bremen había comprobado como parte de su familia había muerto y como la otra malvivía. Había sufrido en sus carnes como su ciudad era víctima de bombardeos aliados continuos, algo que la propaganda nazi se había encargado de ocultar. Pero no sólo eso. Años más tarde confesaría lo orgulloso que se había sentido cuando había logrado escapar de los soviéticos. Pero también explicaría que su nazismo se había visto diezmado cuando advirtió como un comando de las SS aniquilaba a los habitantes de un pueblo ruso al completo y los enterraba en una fosa común. “Si no hubiese sido tan niño entonces creo que me hubiese suicidado”, se sinceraría en un profundo reportaje.

En diciembre de 1944 participó en la batalla de las Ardenas, la última ofensiva alemana de la guerra. La ofensiva fracasó y Trautmann nuevamente fue capturado, en esta ocasión por un comando francés. Nuevamente consiguió escapar, en esta oportunidad sin mayores dificultades, pero en esta ocasión no habría tiempo para descansar. El ejército alemán estaba a punto de colapsar y no se podía escatimar en personal. Trautmann fue enviado al frente de nuevo, esta vez a defender la frontera del Rin, el último reducto antes de que los enemigos entrasen en Alemania.

La noche del 7 al 8 de febrero de 1945 la aviación inglesa convirtió en escombros gran parte de la ciudad medieval de Cléveris. Entre los cascotes emergió Bert Trautmann tras tres largos días y tres largas noches inmóvil debajo de las ruinas. Sólo, aislado de su división, sin pertrechos ni comida, deambulaba vestido de uniforme camino de Bremen usando la persistencia como su único método para sobrevivir. Un par de días después fue sorprendido por un par de soldados norteamericanos mientras dormía en un granero. Consiguió zafarse de ambos, pero mientras escapaba corriendo campo a través tropezó. Al levantar la cabeza vio a un grupo de soldados ingleses que le espetaron: “¡Eh! Fritz (así es como los ingleses llamaban a todos los alemanes), ¿te apetece una taza de té?”. Y Trautmann definitivamente se rindió. Su guerra había acabado.

“Fue una liberación. Estaba cansado de escapar y de combatir. Todo cambiaba demasiado rápido y era imposible soportar aquella sensación de que en cualquier momento todo podía acabarse”, declararía Trautmann años más tarde.

Los aliados primero le enviaron a un campo de prisioneros situado en Bélgica y, al acabar la guerra, fue trasladado a Essex, al noreste de Londres. Existían tres categorías de reclusos. Los negros eran considerados nazis impenitentes, los reclusos grises eran considerados simpatizantes pero no militantes y los convictos con distintivo blanco eran aquellos soldados alemanes que se consideraban antinazis.

Trautmann fue catalogado como recluso de distintivo negro. Fue clasificado como un nazi peligroso.

Durante más de medio año fue sometido a un plan de desnazificación. Fue reeducado en los valores democráticos, fue sometido a sesiones de vídeo con imágenes de los campos de exterminio de judíos y, en definitiva, se le hizo partícipe de todas las atrocidades que los nazis perpetraron durante la guerra y que él se encargó de defender al vestir el uniforme del ejército alemán.

En el verano de 1946 fue recalificado como prisionero de distintivo gris y fue enviado a un campo de trabajo en Ashton-in-Makerfield, un pueblo a caballo entre Manchester y Liverpool. Allí se convierte en conductor de un camión de reparto entre granjas y se entremezcla con los pueblerinos en labores de intendencia como el arreglo de tendidos eléctricos, el levantamiento de puentes, el traslado de enseres o la retirada de bombas que quedaron sin estallar.

El director del campamento era un general escocés fanático del fútbol que tan pronto como pudo organizó un equipo para competir en las ligas locales. Trautmann no había jugado nunca al fútbol y es utilizado como defensa central. Fuerte, robusto y con 1’89 metros de altura se convierte en un central leñero. Pero el azar le tenía destinado otra aventura. El portero del equipo se lesiona y Trautmann es enviado bajo palos. Aquel central mostrenco y bruto se convertirá en un portero seguro, ágil y de gran colocación. El boca a boca pronto hará efecto y los partidos del domingo del equipo del campamento de prisioneros número 50 pronto serán seguidos por miles de curiosos.

En las navidades de 1946 Trautmann, al igual que otros presos, pasará la Navidad con una familia de la zona en un intento de normalizar una situación anómala. Es entonces cuando conoce a Marion Greenhall, una chica de un pueblo cercano que pronto se quedará embarazada. Bert Trautmann, ya con 23 años de edad, había matado a cientos de hombres pero aún no sabía lo que era el sexo. Cuando en 1947 el Gobierno inglés repatrie a los presos a su país de origen, Trautmann decide rechazar el ofrecimiento. En Bremen ya no tiene ni familia ni amigos. En Inglaterra tiene una nueva vida.

La buena voluntad le dura apenas un par de meses. Antes de que Marion dé a luz a una niña que llamará Frida, Trautmann escapará víctima del miedo y de la responsabilidad. Hoy parecerá extraño, pero en los años de posguerra los hijos de madre soltera fueron pan de cada día. Hasta los años 60 Frida no sabrá quién es su padre biológico y tuvo que esperar a 1990 para conocerlo.

Bert malvive trabajando en una granja hasta que en abril de 1948 el Saint Helens Town, un equipo de regional contra el que había jugado en alguna ocasión, le ofrece un puesto como portero y un empleo en la fábrica local. Trautmann acepta y con sus paradas consigue con rapidez que el St. Helens ascienda de categoría.

Antes de que termine la temporada 1948/49 sus actuaciones han llamado la atención del Manchester City. Es evidente que Trautmann es un portero de primer nivel, pero una cosa es que un prisionero de guerra, un alemán, juegue en un equipo semiamateur y otra es que salte a los campos de la primera división inglesa.

Pero esa será la historia de la próxima semana.

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A propósito del Brexit. El reinado inglés en el fútbol europeo de los 70 y los 80

Tras la II Guerra Mundial los archienemigos franceses y alemanes se sentaron tras una mesa y contemplaron la hecatombe que habían originado. Tras la masacre afloraron dos bestias pardas que habían contribuido a crear tanto en Oriente como en Occidente, y llegaron a la brillante y simple conclusión de que o bien se ponían a trabajar juntos o bien quedarían los restos de lo que antes había sido la hegemónica Europa. Así fue gestándose la Unión Europea, con la inestimable ayuda del fútbol, quizás el único objeto de deseo que los europeos compartimos desde Lisboa hasta Sebastopol.

Pero los británicos dijeron que no. En principio no. Su país no había sido arrasado por las bombas y se mantenía como líder comercial gracias al poder de su ya por entonces paupérrimo Imperio llamado ahora Commonwealth. Y el fútbol. El fútbol era un invento inglés. Y por supuesto no necesitaban ni la FIFA ni la Copa de Europa ni tonterías varias. No había mejor fútbol que el que se practicaba en las Islas Británicas.

Pero los tiempos habían cambiado. Mientras Francia, Alemania y hasta la raquítica Italia crecían de forma imparable en la posguerra, Gran Bretaña no carburaba, el Imperio se hacía pedazos y Estados Unidos se pasaba por el forro la flema y los modales. Así que al león británico no le quedó más remedio que entrar en la Unión Europea en 1973.

No pudo haber escogido peor momento.

La crisis del petróleo de 1973 puso fin a los años de bonanza de la posguerra. Los países que habían alcanzado la prosperidad aceptaron el desafío y fortalecieron sus lazos más si cabe. Fue una década dura para todos. Para el Reino Unido fue terrible. Fueron años de paro, recortes, desindustrialización y huelgas. Luego vino Margaret Thatcher y enderezó el país dotándolo de orgullo y patriotismo, o populismo, como se dice en estos tiempos. Y Gran Bretaña nunca pasó a ser miembro pleno de la Unión Europea. El brexit siempre estuvo en el aire desde el año 0. Nunca cumplió con Schengen (mantiene restricciones en la libre circulación de personas), no aceptó el euro (mantiene la libra) y es el único país de la UE que rechazó la carta de derechos europeos.

El proyecto europeo siempre ha sido para los ingleses un instrumento, nunca un fin ni un ideal. El escenario donde poder levantar cabeza y reafirmar sus sueños de grandeza. Una vía para poder ejercer una influencia que se desvanece por todo el orbe.

Luego vino el Brexit (o eso parece) por causas que más o menos todos conocemos. Pero estos son los orígenes. Unos orígenes que se remontan a la década de los 70, al mismo momento en el que el Reino Unido decide incorporarse sin demasiada fe a la Unión Europea. Buscaron luz donde había negrura y no lograron iluminar la estancia. Y es que los 70 en Inglaterra fueron lúgubres. Acabado el boom de la minifalda y de los Beatles, perdido el Imperio y aislados del resto de Europa, los británicos vivían instalados en la depresión.

Pero, ¿y el fútbol?

Inglaterra había ganado el Mundial de 1966 en casa. Tenían una buena generación y aprovecharon los beneficios arbitrales de actuar como anfitrión. Aquel grupo cayó en semifinales de la Eurocopa del 68 y feneció definitivamente al perder ante Alemania en cuartos de final del Mundial de México 70. Al fin se había ganado un Mundial, y los ingleses tenían argumentos para mantener viva la llama del aislacionismo y de la supuesta superioridad de su fútbol.

La desdicha llegó poco después. En 1974 y en 1978 Inglaterra no consiguió clasificarse para el Mundial. Practicaba un juego rudimentario basado en lanzar el balón hacia adelante, sus jugadores no eran conocidos internacionalmente y, por si fuera poco, lo habitual era escuchar historias de alcohol y de drogas entre muchos de sus componentes. El Manchester United, el único equipo inglés con sentido internacional, había descendido de categoría. De pronto la Inglaterra de provincias hizo su aparición.

Y la Inglaterra de provincias salvó al siempre colosal orgullo inglés. Fueron los años del Forest y del Aston Villa. Las victorias más sorprendentes que ha forjado la Copa de Europa. Entre 1977 y 1984 (con la excepción de 1983) algún equipo inglés fue campeón de la Copa de Europa de fútbol. Y lo hicieron desde el anonimato. Fueron conjuntos de ciudades provinciales, sin tradición, que representaban lo más profundo de la Inglaterra más profunda. Lugares donde la insularidad era acusada.

Durante el bienio 1979-1980 en Europa reinó el Nottingham Forest, el más fiero exponente de los midlands ingleses. Un equipo sin historia y sin tradición (y también sin dinero, lo que lo distingue de ‘trapalladas’ como el Manchester City) que en el espacio de tres años pasó de la segunda categoría del fútbol inglés a ser bicampeón europeo. Es cierto que tuvo cierta suerte en las eliminatorias, pero machacó a Ajax, Hamburgo o Colonia por el camino, rivales de enjundia en esos tiempos. Lo hizo con un fútbol directo basado en el contraataque y la solidaridad de sus jugadores. Tan sólo la fama del fenomenal portero Peter Shilton ha cruzado las aguas del Canal de la Mancha. Otros como Viv Anderson o Trevor Francis quizás suenen a los estudiosos del fútbol. Los demás son simples obreros sin nombre ni recuerdo al escapar del corazón de la campiña inglesa.

Más sangrante para la Europa futbolera y más satisfactorio para el inglés medio fue la victoria del Aston Villa en 1982. El Villa es el principal equipo de Birmingham, quizás la más inglesa de las ciudades inglesas. Cuna de la Revolución Industrial, se jacta de ser lugar de nacimiento de mil y un inventos y mil y una empresas, entre las que por supuesto están varios deportes como el criquet, el fútbol o el tenis. El Aston Villa había sido un grande en los albores de la competición a finales del siglo XIX, pero cuando en 1981 gana la Liga inglesa sorprende a propios y extraños. Con un fútbol cicatero, elemental y ultradefensivo elimina a Dinamo de Kiev y Anderlecht para ganar al Bayern de Münich en la final. En el caso del equipo de Birmingham no hay nadie, absolutamente nadie, que sea digno de guardar en el recuerdo. Ni tan siquiera su entrenador, ya que Tony Barton había accedido al cargo escasamente dos meses antes de la disputa de la final. El triunfo del Villa elevó el ego ingles hasta el infinito en una demostración de conjunto, lealtad y solidaridad entre compatriotas, que daba por sentado la superioridad frente a los incautos al otro lado del estrecho de Dover.

Por el camino hubo otros equipos recordados en la isla y olvidados fuera de ella. Equipos sin jugadores plausibles de aparecer en la lista del Balón de Oro, incapaces de destacar en un Mundial, indignos de ser recordados en un tomo sobre ases del balón, pero que dejaron su huella en Europa. El Leeds United, subcampeón de la Recopa en 1973 y de la Copa de Europa en 1975 y considerado uno de los equipos de fútbol más duros que se recuerdan. El ‘Dirty Leeds’ (sucios Leeds) hizo apología del destrozo al rival capitaneados por Billy Bremmer, un centrocampista pequeño y aguerrido que coleccionaba tarjetas partido tras partido. También fue subcampeón de la Recopa (1976) el West Ham, el conjunto de la clase obrera londinense con un fútbol y una alineación imposible de recordar. Igualmente perdió la final el Arsenal (1980), mientras que el Everton se proclamó campeón en 1985 con un equipo más ofensivo pero de escaso relieve. Por su parte el Tottenham venció en la Copa de la UEFA (1984) con Steve Archibald como jugador estrella, un delantero de escaso recuerdo en su posterior aventura en el FC Barcelona. Pero quizás el más estrafalario de los campeones fue el Ipswich Town en 1981. Conocidos como los ‘tractor boys’, el equipo del este de Inglaterra era un modestísimo conjunto. Practicaba un fútbol atractivo pero de arraigado carácter británico comandado por el central Terry Butcher, defensa que pasó a la historia por perder la cintura ante Maradona en México 86.

He omitido deliberadamente al gran Liverpool, la excepción que confirma la regla. El único equipo inglés que apostaba abiertamente por un juego de toque, de posesión y en el que el ataque primaba frente a la defensa. El famoso ‘passing game’ hizo grande al Liverpool y lo convirtió junto al Manchester United en el único conjunto inglés ‘europeo’, querido y respetado fuera de Gran Bretaña. Entre 1973 y 1984 se alzaron con 2 Copas de la UEFA y 4 Copas de Europa. Durante una década fue estandarte del fútbol europeo, liderado en un primer momento por Kevin Keegan, un doble ganador del Balón de Oro pequeño y de gran desborde y después por Kenny Dalglish, un escocés igual de diminuto pero con menos desborde y más gol. Pero, a pesar de todo, el triunfo de Liverpool fue una victoria del conjunto. Se recuerda más al equipo que a las estrellas. Primaba la fortaleza y la determinación inglesa frente a los focos y los millones de las vedettes del Continente.

Y es que las vedettes de aquellos equipos ingleses de entre décadas eran los entrenadores. Bill Shankly (Liverpool) Don Revie (Leeds), Bobby Robson (Ipswich Town), Howard Kendall (Everton) o Brian Clough (Nottingham Forest). Ellos representaban el estereotipo del inglés medio. Con sus lógicas diferencias todos personificaban al ‘míster’. Hombres educados, sencillos a la vez que inflexibles, egocéntricos y desconfiados, de lealtad intachable y de extrema eficiencia. Esos equipos eran sus equipos. Y esos equipos representaban a un pueblo. A una comunidad. Representaban a Inglaterra ante el resto de Europa. Como si de la Royal Navy se tratase y cada entrenador fuese un Nelson en miniatura.

Ese cóctel victorioso levantó el orgullo de los ingleses, pero también hizo que mucha gente inadaptada y desilusionada con la vorágine de la globalización se refugiara en el hooliganismo. Encontraron en el fútbol el nuevo faro de los ideales británicos. Cuando los muertos en las gradas traspasaron el Canal de la Mancha y ensangrentaron Heysel en la trágica final europea entre Liverpool y Juventus de 1985, la euforia futbolera se evaporó y un nuevo telón de acero se erigió entre Europa y las Islas Británicas. El fútbol mantuvo a Inglaterra en Europa a caballo entre los 70 y los 80. Heysel contribuyó a volver a separarlas entre los 80 y los 90, justo cuando en la mesa estaba la pluma preparada para firmar el Tratado de Maastricht.

“Todos nuestros problemas han venido de la Europa continental, y todas las soluciones han venido de las naciones anglohablantes a lo largo y ancho del mundo”. Margaret Thatcher, primera ministra del Reino Unido.

“Los ingleses tienen tantos deportes porque cuando otro país lo derrota inventan uno nuevo”. Peter Ustinov, actor nacido en Londres ganador de dos premio Óscar.

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