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El cromo de Bustingorri

El más conocido fue Zoco. Nacido en la montaña navarra, jugó tres temporadas en el Club Atlético Osasuna antes de hacer carrera en el Real Madrid donde lograría siete ligas y la sexta Copa de Europa de la entidad merengue. Alto, bregador, fuerte, jugaba de central o de mediocentro con el mismo acierto. Compañeros de Zoco en el éxito continental fueron Pachín o Serena, quienes también vistieron la camiseta rojilla. Andrés Sabido, duro defensa a caballo entre los 70 y los 80, y los delanteros Javier Portillo o Roberto Soldado, ya en el siglo XXI, también jugaron como locales tanto en el Santiago Bernabéu como en El Sadar.

Si el más conocido fue Zoco, el más mediático fue Pedrag Spasic. Serbio, entonces yugoslavo, había destacado en el Mundial de 1990 secando a Julio Salinas en un choque de octavos de final que finalizó con eliminación española. Ramón Mendoza, yuppie metido a presidente, lo fichó a regañadientes para el Real Madrid. ¿El motivo? Spasic era feo y calvo. Contaba con 25 años, pero aparentaba muchos más, su dentadura era descuidada y llevaba siempre una gabardina gris que lo hacía parecer un agente de la Stasi. Hoy sería carne de memes. El caso es que al agente Spasic le iba todo bien hasta que una noche de enero de 1991 le dio por meter un golazo en el Camp Nou…en propia puerta. Se convirtió en ídolo culé y en mofa recurrente en todos los campos de España. Tocado, entró en barrena. No era buena época. Koeman, Laudrup y Stoichkov eran los extranjeros en Can Barça. Spasic, Hagi y un Hugo Sánchez de 33 años eran los merengues. Había diferencia. Hubo que mal vender a Spasic en el siguiente verano y el yugoslavo firmó tres temporadas decentes en Pamplona. Hoy sobrevive en Belgrado gracias a una pensión que le fue otorgada por la Asociación de Veteranos del Real Madrid.

Pedrag Spasic compartió equipo con el protagonista del presente artículo; Eugenio Bustingorri. Lateral zurdo, pero también extremo o mediocentro. Futbolista polivalente, de los que corren por dos y jamás protestan ni tienen una mala cara. Navarro de pura cepa y capitán y leyenda del Osasuna donde militó durante doce temporadas. ‘Busti’ regenta hoy un bar en el centro de Pamplona donde despacha bocatas como antes despachaba pases y entradas.

Pero antes de todo ello Eugenio Bustingorri jugó en el Real Madrid.

¿O no?

Viajamos a la temporada 1989-1990. Se acaba de retirar José Antonio Camacho y el Madrid busca un sustituto en el lateral izquierdo que compita para el puesto con el veterano Rafa Gordillo. El elegido es Bustingorri, quien concluye una temporada estupenda con el Osasuna. Las negociaciones se inician con el jugador, el cual acepta de buen grado con el considerablemente aumento de sueldo adjunto, y finalizan con el acuerdo verbal entre presidentes de ambas entidades.

No obstante, al mismo tiempo que Bustingorri negocia su fichaje por el Real Madrid aparece en escena Sebastián Losada. Era Losada un delantero espigado de apenas 19 años forjado en el Castilla que el año anterior había estado cedido en el RCD Espanyol. Allí había explotado anotando 11 goles en Liga y dos de los tres tantos que los periquitos habían convertido en el partido de ida final de la Copa de la UEFA que los enfrentó al Bayer Leverkusen. Lástima que, en la vuelta jugada en Alemania, el Leverkusen igualase el tanteo de la ida (3-0) y en los penaltis Losada mandase a las nubes el penalti que hacía campeón a los germanos y subcampeones a los catalanes.

El caso es que el Madrid cuenta con recuperar a Losada para la nueva temporada en la que se tienen puestas grandes esperanzas en su desempeño. Es entonces cuando el Atlético de Madrid decide tomar parte del entuerto. Jesús Gil acaba de firmar como entrenador a Javier Clemente, quien el año anterior había sido técnico espanyolista. Clemente solicita una serie de fichajes y entre ellos está el de Sebastián Losada. Gil sabe que no tiene nada que hacer si pretende negociar con Mendoza por lo que decide tirar por la calle de en medio. Abonará la cláusula de rescisión.

Losada acepta y su futuro se encamina a la ribera del Manzanares pero, en un giro del destino, Ramón Mendoza corre a visitar al chaval a su casa. Lo convence de que está cometiendo un error y de que su futuro está en el Madrid. Tendrá oportunidades. Butragueño y Hugo Sánchez están por delante, pero la temporada es muy larga y el futuro es suyo. Losada da marcha atrás, llama a Gil y rechaza la oferta del Atlético de Madrid.

Y Gil y Gil monta en cólera.

Ojo por ojo y diente por diente. Gil se pone en contacto con Bustingorri y le dobla la oferta sin saber siquiera cual es la oferta. No le interesa para nada el navarro. Simplemente quiere dar por culo al Madrid. Convence a Fermín Ezcurra, el histórico presidente del Osasuna, para que acepte la propuesta colchonera. Ezcurra amablemente le dará largas al Madrid. Es un visto y no visto. Un frenesí de apenas 24 horas.

Eugenio Bustingorri jugará en el Atlético de Madrid.

Fue tal la celeridad de la operación que cuando la temporada esté a punto de rodar y las colecciones de cromos hagan su aparición, Eugenio Bustingorri no aparecerá en las páginas del Atlético de Madrid.

Tampoco en las del Club Atlético Osasuna.

Eugenio Bustingorri será jugador del Real Madrid.

Cromo Bustingorri. La verdadera historia del famoso cromo de Bustingorri  con la camiset...
Bustingorri merengue

Era tal el secreto a voces, estaba tan aceptado el fichaje de Bustingorri por el club de la Castelllana, que Ediciones Este decidió adelantarse a Panini, su principal competidor, y sacar un cromo de Bustingorri de blanco. Hoy la tecnología nos permite simulaciones realistas de todo tipo. Entonces la edición era artesanal. Se cogía una fotografía del jugador y se pintaba a mano la camiseta de su nuevo equipo. Bastante chusco, pero efectivo para la época. Luego, semanas después, se realizaba una foto, ahora real, vestido con su nueva equipación y paulatinamente se iba sustituyendo el cromo falso por el verdadero a medida que los niños y no tan niños iban gastando sus pesetas en los ‘sipis’ y en los ‘noes’.

El caso es que Ediciones Este sacó a la venta el cromo de Bustingorri antes de que el fichaje se formalizara. Durante unos breves días formó parte de la colección de unos cuantos niños que tenían en sus manos una suerte de incunable. Hoy el cromo de Bustingorri es objeto de coleccionistas. Lo he visto a la venta por internet por 80 euros. El de Maradona en el Barça, por ejemplo, lo encuentras por 15 euros.

Fiel a su fama a Gil no le duró mucho Clemente. Al vasco le sustituyó Briones y a este último Joaquín Peiró. Con ninguno de los tres tuvo excesiva suerte Bustingorri, quien apenas jugó 12 partidos como colchonero. Al finalizar la temporada regresó a las filas del Osasuna donde volvería como capitán. Peor suerte tendría incluso Sebastián Losada. El canterano tuvo pocas oportunidades en el Bernabéu y finalmente acabaría fichando por el Atlético de Madrid en 1991. Tuvo un mal año con los colchoneros para luego jugar en Sevilla FC y Celta de Vigo retirándose con apenas 27 años asqueado del fútbol profesional e iniciando una fructífera carrera como abogado.

En esos 12 choques a Bustingorri le dio por anotar un gol. Fue de falta directa. Y fue contra el Real Madrid.

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Un puente peatonal sujeto por más de 13.000 tornillos comunica la estación intermodal que une la parada con el estadio. Enjambres de aficionados cruzan la pasarela para luego atravesar la entrada del majestuoso coliseo de Wembley. Hace unos cuantos años, cuando visité el estadio, recuerdo que me habían dicho que desde el circulo central hasta la Abadía de Westminster hay una distancia de 22 kilómetros. Londres es un monstruo de madera, cemento, hormigón y acero y llegar a Wembley no es tarea sencilla. El caso es que a aquel puente, inaugurado a comienzos de este siglo para descongestionar el tránsito en la zona, hubo que bautizarlo con un nombre. La opción ganadora tenía que ser la de Geoff Hurst, el delantero que anotó tres goles en la única victoria de Inglaterra en un Mundial tras vencer por 4-2 a Alemania en la final celebrada en Wembley en 1966.

Hurst quedó segundo en la votación. El nombre escogido fue ‘White Horse Bridge’. Es decir, Puente del Caballo Blanco.

Hace ahora 100 años.

La FA Cup (Football Association Cup) es el torneo de fútbol más antiguo del mundo. La copa inglesa comenzó su andadura en 1872 y conserva intacta su mística gracias a su particular sistema de competición. Existen catorce rondas de eliminación que emprenden su andadura por el mes de agosto con equipos procedentes de la décima categoría del sistema de ligas inglés y galés. Cuando quedan 64 clubes en pie entran en juego las escuadras profesionales de las dos primeras categorías. El sábado siguiente al final de la Premier League, tradicionalmente a finales de mayo, tiene lugar la gran final y el fin de fiesta de un torneo con diez meses de duración.

Salvo las rondas de clasificación iniciales, donde se realiza un sorteo con condicionantes geográficos para abaratar gastos de transporte a los equipos más modestos, todas las eliminatorias se celebran sin cabezas de serie y sin condicionante alguno. Se juega a un partido y, en caso de empate, (no hay penaltis) se disputa un encuentro de desempate en el campo del conjunto que en el primer partido había ejercido como visitante. Este partido es conocido como ’replay’. Si el ‘replay’ también finaliza con una igualada entonces el vencedor se decidirá tras una tanda de penaltis.

Es tal la magnitud del torneo que cada año participan unos 700 clubes. 44 de ellos han logrado proclamarse campeones. El sueño de todos ellos es subir las escaleras que conducen desde el césped al ‘Royal Box’, donde un miembro de los Windsor hará acto de entrega al capitán de la escuadra ganadora de la copa de hojalata más valiosa de las Islas Británicas.

La FA Cup no tendrá partidos de desempate en la temporada 2020-21
FA Cup

Pero el caso es que no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que Wembley no era más que una quimera.

Cuando en 1872 el Wanderers FC derrotó al Royal Engineers por 1-0 para alzarse con la primera FA Cup de la historia, la final se disputó en el Kennigton Oval de la capital, un campo de criquet, aun hoy en funcionamiento, en el que también se disputó el primer partido internacional de todos los tiempos entre Inglaterra y Escocia. Se puede visitar. Échenle un ojo si van a Londinium. Hubo también finales en el hoy desaparecido campo de Crystal Palace, donde se había celebrado la Expo 1851, y en Stamford Bridge, el recinto ubicado en el exclusivo barrio de Chelsea.

Y sin embargo había excepciones. El fútbol no era cosa de londinenses. Una vez se hizo profesional, el fútbol pasó a ser propiedad de los Midlands, de Yorkshire y Lancashire y del industrial norte fronterizo con Escocia. Sheffield, Blackburn, Nottingham, Birmingham, Liverpool, Bolton, Manchester, Newcastle, Huddersfield o Bolton. Eso es el fútbol inglés. Unos permanecen y otros palidecieron. Pero allí está la esencia del deporte rey. Entre chimeneas, acero y campos embarrados. Por ello hubo finales en Old Trafford, Goodison Park o en el legendario Bramall Lane de Sheffield, inaugurado en 1855 y aún vivito y coleando.

Finalizada la I Guerra Mundial la disputa de la final le fue otorgada al londinense campo de Stamford Bridge. Mas lo hizo con escaso éxito. Fueron tres las ediciones contendidas tras la guerra y el caso es que la afluencia no había sido masiva. En 1922 se enfrentaron el Huddersfield Town y el Preston North End, dos modestos del norte del país que apenas consiguieron movilizar aficionados en una época de carestía. Los londinenses, poco interesados por el choque, no llenaron el estadio.

Mas algo estaba sucediendo durante ese trienio. Finiquitada la contienda bélica se promovió la construcción de un estadio nacional en Londres para dar trabajo y conferir patriotismo a partes iguales. Existía en Londres el White City construido en 1908 en el barrio de Hammersmith para la celebración de los Juegos Olímpicos, pero su capacidad de transformación era menor y se usaba para carreras de galgos y exhibiciones automovilísticas. En su interior incluso se había habilitado una piscina olímpica. Allí llegó a jugar sus partidos como local en ciertos periodos el Queen’s Park Rangers, hasta que el estadio fue demolido en 1984. Y por supuesto había múltiples recintos capitalinos como el citado Stamford Bridge, White Hart Lane o Highbury, pero todos estaban asociados a un club y no representaban al conjunto de la nación.

London 1908 | www.elhistoriador.es
White City 1908

Para 1924 Londres iba a acoger la Exposición Universal. Lo de las Expo era una idea francesa originaria a raíz de la acelerada industrialización del siglo XIX. Su objetivo era mostrar la grandeza del país al resto del mundo en una época donde la movilidad, el transporte y el comercio llegaba por vez primera a los cinco continentes. No menos importante era exponer la fortaleza del imperio y asombrar a ciudadanos y extranjeros con el poder de la nación. Si en el siglo XIX lo significativo era manifestar los avances tecnológicos, para el siglo XX tomaba relevancia la cultura. Hoy las expos languidecen, aunque se mantienen como instrumento de autopromoción de la ciudad y su región.

El caso es que Gran Bretaña quería revelar la fortaleza de su Imperio a través de un gran estadio. Acababa de perder Irlanda y se mostraba más débil que antes de la I Guerra Mundial por lo que debía dar un golpe en la mesa que recordase a propios y extraños quien era el dueño del planeta.

El conocido como Empire Stadium (Estadio del Imperio) fue concebido por los arquitectos John Simpson y Maxwell Ayrton en 1922. Se esperaba tenerlo finalizado para dos años después, pero fue tal la celeridad del proyecto que, al año siguiente, meses antes del inicio de la Exposición Universal, ya se pudo inaugurar. Fueron 1.500 obreros y 300 días seguidos de trabajo. Costó 750.000 libras, el equivalente a unos 50 millones de euros actuales, y fue levantado en unos terrenos situados al noroeste de Londres propiedad del duque de York. La idea era demoler el estadio al finalizar la Expo para levantar allí edificios de viviendas, pero fue tal el éxito del recinto que, afortunadamente, se mantendría en pie desde entonces.

Wembley. Basta el nombre para evocar al mito. Ganar allí no es como ganar en otro lugar. Wembley es un templo del fútbol mundial lleno de encanto.

Fue un trabajo de vanguardia. Una única tribuna parcialmente cubierta con un anillo para 125.000 espectadores de los cuales algo menos de la mitad tenían asiento, algo extraordinario para la época. Mientras las columnas imposibilitaban las vistas en la mayoría de los campos ingleses, en Wembley todo era vistoso y funcional a partes iguales. Esa majestuosidad lo ha diferenciado siempre del resto de estadios británicos caracterizados por una arquitectura básica, integrada en el entorno y poco llamativa. La suntuosidad del proyecto se coronaba con los 39 escalones que llevan al Palco Real, donde un miembro de los Windsor recibe a los vencedores. En Wembley, en la Catedral del Fútbol como fue bautizada por Pelé, son numerosos los legendarios partidos disputados a la sombra de aquellas 39 gradas que te introducen por derecho propio en la historia del balompié.

The Old Wembley Stadium - for the 1999 F.A Cup Final between Newcastle Utd  v Man.Utd :) | Estadio de futbol, Estadios del mundo, Arquitectura de  estadios
Wembley 1966

Al menos lo de los 39 escalones se mantiene en la actualidad, no así las dos distintivas torres gemelas blancas de estilo victoriano de 40 metros de alto que daban la bienvenida al aficionado en la cara norte del estadio. Cuando fueron demolidas en 2002 se quebró la magia del Wembley original que pronto dio paso a un arco de 113 metros símbolo del nuevo Wembley. Se mantiene la mística, pero se ha perdido parte del encanto. ¿Qué hubiese costado haberlas mantenido? ¿Modernizar en vez de destruir? ¿O trasladar esas torres a un nuevo estadio? El hilo conductor de un estadio que nunca debería haber sido demolido, siguen siendo los 39 escalones camino de la gloria.

Ingeniería y Computación: Wembley Stadium, moderno estadio multipropósito.
Wembley 2023

Pero volvamos a 1923.

Decíamos que el estadio se finaliza antes de tiempo y hay ganas de ponerlo en funcionamiento. No existía mejor forma de inaugurarlo que con la final de la FA Cup. El torneo más proverbial del fútbol había encontrado el marco propicio para ser exhibido. Desde entonces serán todas, pero aquella iba a ser la primera. La final de la FA Cup de 1923 tendría lugar un 28 de abril de 1923 en el estadio de Wembley bajo presencia del rey Jorge V del Reino Unido, hijo de la reina Victoria y abuelo de la reina Isabel II.

Las autoridades de la Federación Inglesa se mostraban inseguras ante tan magno acontecimiento. Los precedentes no eran alentadores y se temía que se registrase una floja entrada en aquella mole con capacidad para 126.407 aficionados.  A mayores de todo, a la final habían llegado dos conjuntos modestos. Perteneciente a una ciudad fabril de la zona del Gran Manchester, el Bolton Wanderers era miembro fundador de la Football League, pero jamás había logrado un título. Iniciaba en la década de 1920 los mejores años de su historia donde acabaría logrando tres de los cuatro títulos coperos que adornan su palmarés. El otro finalista era el West Ham, entonces conjunto de segunda división y que jamás había jugado en la máxima categoría. Era, eso sí, una escuadra londinense con fuerte arraigo entre los trabajadores del acero y de los astilleros del estuario del Támesis.

Temerosos ante la baja afluencia de público, la FA puso en marcha una fastuosa campaña publicitaria para promocionar el partido. El nuevo estadio de Wembley y la presencia del rey eran el gancho perfecto. A medida que se acercaba el día 28 el ambiente fue creciendo y se supo que 5.000 seguidores del Bolton acompañarían a su equipo en la capital. Dado que el West Ham era un conjunto capitalino se contaba con que al menos se sobrepasara con creces la media entrada.

A las 11:30 del mediodía, tres horas y media antes de la hora prevista para el inicio del partido, las puertas de Wembley se abrieron y el goteo de público comenzó sin mayores problemas. A medida que pasaban los minutos era evidente que lo de la media entrada era marca más que superada. No era cuestión de fútbol, era curiosidad popular. Wembley era símbolo de los nuevos tiempos, un formidable coliseo y el deseo era formar parte de la eternidad.

A eso de la 13:30 el estadio estaba prácticamente lleno. Aquello había sido demencial. Los 5.000 aficionados del Bolton habían aparecido en la estación de Picadilly vía tren, pero el problema es que eran bastante más que 5.000. Mas ahí no radicaba el problema. La contrariedad era lo acontecido con los londinenses. Esa mañana se vendieron más de 200.000 tickets de metro con destino a Wembley. Y no solo eso. Riadas de gente formaban hileras que llegaban a los diez kilómetros de largo rumbo al oeste de Londres. La marabunta era absolutamente terrible y decididamente maravillosa. De nada sirvió que desde las estaciones de metro parejas de policías imploraran a la gente que se abstuvieran de transitar camino a Wembley.

Así pues, a eso de las 13.45 horas una masa tremenda de seres humanos había entrado en Wembley con o sin entrada. Aquella gran ola de humanidad, aquella ingente masa sólida de personas, había sucumbido a los encantos del fútbol y de una preciosa mañana soleada de primavera para convertirse en una marabunta que saltaba torniquetes y ocupaba las gradas bajas del estadio ante una organización incapaz de colocar a la turba en las gradas altas del coliseo.

Fue entonces cuando la policía cerró las puertas de Wembley impidiendo que nadie más accediera a su interior. La muchedumbre siguió creciendo y los empujones y los insultos hicieron acto de presencia. Asustados y alarmados, los policías se apartaron y la turba derribó una de las puertas de acceso. Después de la primera, cayeron las demás. Por entonces no existía la venta anticipada, por lo que la gran mayoría de esas personas sencillamente se había acercado para ver el choque sin saber lo que les esperaba. Contaban con llegar, comprar su entrada y ver el partido tranquilamente. Viendo que ni con el dinero en la mano podían entrar, decidieron tomarse la justicia por su cuenta.

Todo fue en vano.

A eso de las 14.15 horas una última gran masa de gente irrumpió en las gradas. Aquellos que estaban en los escalones más bajos se vieron aplastados, por lo que tuvieron que saltar las vallas para no quedar atrapados. De pronto el césped empezó a cubrirse de gentío hasta que al cabo de un par de minutos el verde brillaba por su ausencia. La totalidad del 105 x 70 estaba ocupado. Los futbolistas no podían saltar al césped a realizar ejercicios de calentamiento. Parafraseando a los estudiantes de la Sorbona, el césped estaba debajo de los adoquines.

El verde era una ilusión.

La gente protesta, grita y ríe, cuando a las 14.45 horas el rey Jorge V llega al palco. Su sorpresa fue mayúscula. La de los directivos de la FA también. Se temía no poder superar la media entrada y ahora se estimaba que cerca de 300.000 personas okupaban Wembley. Si, okupaban, con K.

Y de pronto el silencio. Suena el himno. El God Save The King. 300.000 almas entonan a pleno pulmón.

Pura magia.

The Black-And-White Years: The Chaos, Crowds And Confusion Of The 1923 'White  Horse' FA Cup Final At Wembley (Photos) | Who Ate all the Pies
Wembley. 14.45. 28/IV/1923

Los acordes callan y toca tomar una decisión. La policía estaba desbordada y se maneja hacer uso de la fuerza. La otra alternativa era suspender el partido. Un alto cargo de la policía y otro de la comitiva real comenta a los jugadores que se disputará un choque amistoso para calmar los ánimos y que al día siguiente, a puerta cerrada, se disputará la verdadera final. La propuesta, cierta o no, no pasa de anécdota, aunque habrá jugadores del West Ham que declaren años después que no sabían que estaban jugando la verdadera final hasta llegado el descanso. Son precisamente los futbolistas del West Ham, que evidentemente eran los que contaban con más aficionados en las gradas, los que saltan al campo intentando hacer razonar al respetable.

Lo único que consiguen son palmadas de apoyo, ser manteados y no pasar de poco más que el túnel de vestuarios.

Son las 15.10. Van diez minutos de retraso sobre el horario previsto. 300.000 almas ocupan un recinto cerrado con no demasiadas escapatorias. Parece que la única decisión posible es hacer uso de la fuerza.

Fuese esa u otra la decisión a tomar, todas parecen un suicidio.

Aquello iba a acabar en tragedia.

Fue entonces cuando apareció Billie.

Crin brillante, chirriar de dientes, aire natural, galope a cuatro tiempos, Billie comienza a danzar. Billie emprende un giro sobre sí mismo. Avanza en bípedo diagonal, primero de izquierda y luego de derecha, siempre haciendo círculos. Sobre Billie está un tal George Scorey, policía del distrito metropolitano de Londres. Un Bobby. Un booby sobre corcel blanco.

Scorey acaricia las riendas de Billie y el caballo, paso a paso, va aumentando la circunferencia de su baile. Nadie encuentra una explicación a lo que sucedió entonces. Los de la primera fila se agarraron las manos e iban presionando suavemente hacia atrás, intercalando más y más gente entre ellos. Al poco comenzó a verse una mancha verde en el centro del campo. Después un vasto césped, luego las áreas y más tarde el rectángulo en su plenitud. La gente se había ido apartando a medida que aumentaban los radios de la circunferencia del equino. Poco a poco el público fue abandonando el césped y apelotonándose detrás de la línea que marca el fin del terreno de juego.

A medida que Scorey y Billie hacían su magia otros policías imitaron la escena y el público acabó apiñándose entre las gradas. Fueron más de 1.000 personas las que hubieron de ser atendidas con heridas leves y tan sólo 22 tuvieron que pasar por el hospital. No hubo ningún fallecido entre los 300.000 presentes.

Aquello fue un milagro.

White Horse Final: 100 years since Bolton became the first team to win the  FA Cup at Wembley | Daily Mail Online
Billie

A las 15.45, con cerca de una hora de retraso, dio comienzo la final. Los jugadores se quejaron de que en las bandas solo había surcos y agujeros provocados por los caballos que trotaban de un lado hacia el otro impidiendo que el público ocupara de nuevo el terreno de juego. El descanso apenas duró cinco minutos, dado que los futbolistas fueron incapaces de alcanzar los vestuarios ante la que allí había montada. Bebieron un trago de agua, cambiaron de campo y vuelta a empezar.

En medio del caos ganó el Bolton 2-0. Se adelantaron al poco del inicio. David Jack se aprovechó de que su marcador se había quedado atrapado entre la multitud tras un saque de banda. El segundo gol tuvo lugar en el segundo tiempo. Fue un chut que entró y fue sacado por un seguidor que estaba detrás de la portería. Pero los futbolistas del West Ham reclamaron que no había cruzado la línea y que el balón había pegado en el poste. Fuese como fuese, el 2-0 hizo que muchos se fuesen de Wembley antes del final de los 90 minutos viendo que el partido estaba decidido y permitiendo que el desalojo del coliseo fuese pacífico y sin incidentes.

En las portadas de los periódicos del día siguiente no estaba el capitán del Bolton ni el rey Jorge V, sino Billie, el caballo que salvó la final. Un caballo gris, pero que el vigor del blanco y negro del metraje y de la fotografía convirtió en un blanco nieve para la eternidad. Durante las siguientes semanas en el Parlamento Británico se debatió por vez primera sobre el fenómeno hooligan y sobre la necesidad de aumentar la seguridad en los estadios de fútbol. Se decretó la obligatoriedad de colocar tornos antes de las puertas de entrada y se habilitó la posibilidad de comprar entradas con antelación para los grandes eventos.

A Billie le dieron alfalfa de por vida y a George Scorey entradas para ver las finales de la FA Cup en Wembley desde aquel entonces hasta el día de su muerte. Murió en 1965 sin acudir nunca más al coliseo londinense. No le gustaba el fútbol.

O tempora, o mores.

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Puede ser un sargento, un brigada o un subteniente. Caza mayor es teniente o comandante. Palabras mayores. El modus operandi se inicia con una vigilancia exhaustiva que oscila entre las semanas o los meses. El objetivo es detectar problemas. Los económicos son los distinguidos. Puedes estar atrapado en deudas o sencillamente deseas mejorar el nivel de vida de los tuyos. Luego están los que meramente son ambiciosos de por sí. O los que no tienen por divisa ni el honor ni la bandera. El caso es dar con un elegido. Detectadas las debilidades, primero la amistad y la codicia y luego, una vez hechizado, el miedo que pronto pasará a ser pánico.

Una vez acabada la caza mayor toca apresar a la caza menor. Suele ser más simple. Ante todo, porque hacen falta menos billetes y menos arrestos. En segundo lugar, porque cuentas con la autoridad y el terror que el oficial impone en el subordinado. Es entonces cuando puede descargar el alijo. Una y otra vez. Captadas las ovejas negras dentro de la Guardia Civil la banda de narcos puede operar a su antojo.

Hay más implicados. Muchos más. Marineros, amas de casa, estanqueros, camioneros, pelagatos variados o empleados de banca que callan, guardan y financian, pero, una vez manoseada la autoridad, todo es mucho más simple. Así funcionó en las Rías Baixas de los 80, así funciona en la actualidad en el Campo de Gibraltar y así operaban, operan y operarán los narcotraficantes tanto en España como en buena parte del globo.

Y con todo hay redadas. Y cuantiosas. Y los narcos caen y los capos acaban en la cárcel. El problema es que el trono está siempre caliente. En todo caso, repito, hay redadas. De vez en cuando el teniente corrupto debe hacer alguna operación y el narco le entrega alguna pieza prescindible para salvaguardar las formas. Pero en las muchas simplemente no puede mantener el control.

No puede porque hay gente que es intocable. Guardias miedosos que no quieren saber nada del asunto o guardias honrados que antes darían la vida que aceptar sobornos. Los más son los que podríamos llamar guardias felices, que disfrutan con su tranquila vida y prefieren mirar para otro lado y cerrar los ojos ante lo que intuyen, pero, angustiados por su conciencia, se ven en la obligación de contarlo cuando lo saben. Son estos los más peligrosos. A los miedosos y a los honrados no se les intenta tocar, pero son los guardias felices, los que conforman la silenciosa mayoría, los que pueden joder la operación. El oficial corrupto tiene que colocarlos en un segundo plano en una acción contra el narcotráfico o simplemente apartarlos deliberadamente de conversaciones o del acceso a papeles que son comprometidos. Porque éstos no sabes cómo respiran. Ni se van a apartar como los miedosos, ni los vas a mandar a hacer otras operaciones de más enjundia como a los honrados. A los otros, a los que conforman esa silenciosa mayoría, los tienes que tener cerca y arriesgarte a que, simplemente, hagan bien su trabajo.

En 2014 el FC Barcelona y el Atlético de Madrid se enfrentaron en el Camp Nou en la última jornada de Liga. El empate bastaba a los colchoneros para obtener el título dos décadas después de su último alirón. Lo lograron (1-1), aunque por el camino Mateu Lahoz anuló un gol por fuera de juego de Leo Messi que le hubiese dado la victoria y el trofeo al Barça.

Desde la ‘cova’ (si, en Barcelona también hay ‘caverna’ como en Madrid y también hay palcos elitistas convertidos en reservados para tejer corruptelas) se vocifera que de haber existido compraventa de árbitros a favor del Barça no se hubiera anulado ese gol a Leo Messi.

El Barça, Gaspart, Laporta o Bartomeu (o a algún directivo al que le carguen el muerto), pónganle el nombre que quieran, es el capo. Es el delincuente. José María Enríquez Negreira el teniente corrupto. Mateu Lahoz, tan buen árbitro como prepotente y cargante, es un guardia civil de los que darían la vida antes que aceptar sobornos. Comprar al teniente no implica tener todo el control. Pero que no tengas todo el control no quiere decir que no puedas realizar tu negocio.

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Enríquez Negreira

El árbitro nació como cura, como juez de paz. Fútbol a lo largo, dos palos en el horizonte y un hombre de negro para dictar sentencia. Respetable y respetado. Si el fútbol nació en 1863 el árbitro lo hizo en 1891. Hasta entonces un representante de cada equipo, dos en total, discutían las decisiones comprometidas. Cuando el juego pasó de ser juego a lo más importante de los menos importante, se vio que así no se iba a ningún lado. Se designó un juez neutral y los dos representantes se hubieron de convertir en jueces de línea.

Así fue desde entonces hasta hace bien poco. El árbitro era mayor para imponer respeto. Y era malo. Lo era porque no era profesional. Era periodista, médico, abogado, profesor o quizás policía. Siempre una profesión liberal que le permitiese ausentarse dos o tres días de cuando en cuando para cumplir con su hobby.

Era normal que aquel hombre de negro se equivocase. Lo era porque no era su oficio, aunque lo pareciese, y lo era porque dos ojos siguiendo a veintidós personas, un balón y miles en las gradas escudillando lo que haces es harto complicado. La imagen que tenemos del árbitro es la de un enterrador vestido de negro, sin gracia ni salero y una profunda barriga cervecera. Era así hace 100 años y era así hasta hace poco más de dos décadas. Al Enríquez Martínez, allá a inicios de los 80, le puso de mote José María García ‘míster angulas’ porque el afamado periodista cazó al electico colegiado metiéndose en un lujoso restaurante un platazo de angulas un par de horas antes de un partido en La Romareda.

Esa es otra. El árbitro era tratado con palmitas. No es nada nuevo. Un representante del equipo que ejercía de local solía ir a recibirlo al aeropuerto, taxi pago, estancia en un buen hotel y comida y reloj de regalo. Nada nuevo bajo el sol. Sin televisión o con televisión de pascuas en ramos, miles de almas gritando y un acojone generalizado. ¿Quién es el guapo que iba a pitar en contra del conjunto de casa? Que el valiente levante la mano.

La llegada de la televisión por pago y las decenas de cámaras cambiaron el panorama. También las gradas de asiento. Jugar fuera o en casa no es como antaño. Todo son tapetes verdes, ya no hay ultras y el juez está sobreprotegido. Hasta se cuidan. Ya no hay árbitros gordos y el negro ha pasado a mejor vida. Colores por doquier. Y tienen ayuda. Primero vino el cuarto árbitro, luego la sala VAR, la VOR y un ejército de jueces que deben hacer el trabajo de uno sólo. Y lo hacen peor. Los jueces de línea bajan los brazos a sabiendas de que sus decisiones serán corregidas. Y el árbitro duerme tranquilo sabiendo de que ahora la culpa caerá sobre esos señores de la sala brumosa que habitan en algún lugar de las gradas.

LaLiga Santander 2019 - 20: Los árbitros plantean reducir la presencia en  la sala VOR y mamparas de separación | Marca.com
¿Árbitros?

No se entiende que en un negocio millonario los impartidores de justicia sigan sin ser profesionales. Si el mejor árbitro del mundo es chileno, ¿por qué no arbitra en Inglaterra o en España? Son las federaciones las que manejan los árbitros mientras que las ligas son entidades privadas independientes. He aquí un problema que afecta a todos los países. ¿Cómo entender que si la Premier tiene la mejor liga del planeta no cuente con los mejores árbitros? Con ello se mejoraría la calidad y, de paso, desaparecerían las suspicacias.

Porque suspicacias las hay. La norma indica que un colegiado no puede arbitrar a ningún equipo de su tierra. Un madrileño jamás pitará a Madrid o Atlético, pero tampoco al Leganés o al Rayo Majadahonda. El tal Enríquez Negreira, catalán, nunca pudo arbitrar al Barça. Con esto, se dice, hay neutralidad. Tontería supina. Como si nacer en Cudillero o en Salou impidiese a uno ser del Madrid. Según el CIS los blancos (39%) y los azulgranas (25%) suman el 64% de los forofos en España. Y son muchos más. Porque luego están los que tienen a Madrid o Barça como segundo equipo porque por mucho que adores al Hércules pocas alegrías tendrás en tu vida. Con lo cual, más allá de fallos o errores deliberados, lo que trabaja es el subconsciente. Y hay opciones, muchas opciones, de que toque dirigir un partido de tu equipo favorito ante una atmósfera sobrecogedora de 70 o 80.000 personas y, ante la duda, ya será tu psique quien tome la decisión.

La mayoría de las veces no hay que pagarle a nadie. La mayoría de las veces los colegiados se equivocan inconscientemente a favor de Real Madrid o del FC Barcelona. Algunos hasta benefician al Atlético, el más llorón de los llorones. Son todos los demás los que tienen que ejercer el verdadero derecho del pataleo.

Y con todo, de vez en cuando toca pagar.

El Barça de Laporta bate al de Bartomeu en deuda a corto plazo
Laporta y Bartomeu

“Ya han salido los sepulcros blanqueados, las ratas de sacristía, los blanqueadores de los de siempre, los miserables que han sacado la cabeza de su madriguera de roedores con la lujuria descontrolada de quien apunta el delito ajeno sabiendo perfectamente el funcionamiento del mismo. Ya sabemos quiénes son, los serviles del régimen, los que no hacen periodismo real sino que trabajan como portavoces encubiertos del primer gran club estado que ha tenido el fútbol: el entretenimiento de un régimen dictatorial que tenía al Madrid como el circo necesario para complacer los fines de semana de la población (…) una parte de la España periodística está completamente contaminada por la peste bubónica del poder, y la revuelta debe ser precisamente contra ese ejército de la calumnia que aprovecha las mierdas que nosotros debemos resolver para hundirnos aún un poco más”. Esto es lo que decía ‘L’Esportiu’ cuando el asunto Negreira salió a la luz, nada extraño en un periódico deportivo que desde 2017 luce un lazo amarillo en su portada. Lo llamativo es lo que su editorial decía a continuación:

“Es preocupante ver a Laporta encubriendo a Bartomeu, el presidente de la herencia envenenada, porque resulta que realmente no está protegiendo la verdad, sino que se está cubriendo los hombros porque si tiras atrás llegas a su primer mandato, donde curiosamente, en la directiva estaba el triunvirato de Laporta, Rosell y Bartomeu. Dicho de otro modo, el Laporta del 2023 está salvaguardando el honor del Laporta del 2003 (…) El Barça hace y hará bien en protegerse, pero convendría también que aclarara varios interrogantes para disipar la sombra de duda que genera el caso. La clave no es que el club reciba asesoramiento arbitral. Lo hacen la mayoría, ya sea con empleados en nómina o contratando servicios externos. El problema es el precio desmedido que se ha pagado por el servicio y al que se ha pagado. Que Enríquez Negreira fuera vicepresidente del comité técnico de árbitros mientras una empresa suya cobraba por asesorar a un club genera un conflicto de intereses muy difícil, si no imposible, de justificar (…) La relación es cara, fea y, aunque la investigación se centra entre el 2016 y el 2018, varias directivas reconocen que se prolongó durante muchos años, con distintos mandatos y distintos presidentes. Esto es lo primero que debería aclarar el Barça. ¿Cuándo empezó todo? Han pasado auditorías, se han analizado detalles y han salido facturas entre anecdóticas y ridículas. Y hasta ahora nada había trascendido de eso. Si realmente hace tantos años que dura, ¿lo sabían todos los presidentes? ¿Sabían que la empresa que tenía contratada era propiedad de un cargo arbitral en activo? Éticamente, al menos, cuesta explicar (…) sólo el hecho de relacionar el club y el estamento arbitral en un caso que se está investigando obliga al club a proteger la honorabilidad y la reputación. Con contundencia, y con las explicaciones que haga falta. Cuanta más luz ponga, mejor. No basta con apelar al victimismo”.

Por muchas vueltas que se le dé es difícil explicar lo del asunto Enríquez o caso Negreira, como más les guste. No se le puede adivinar otro fin al dinero que el Barça le estaba dando al vicepresidente del Comité de Árbitros que el que todos estamos pensando. Tampoco ayuda que el periodo de pagos denunciado desde el primer día por SER Catalunya de 2016 a 2018 coincide al milímetro con los 746 días que estuvo el Barça sin recibir un penalti en contra. Un compadreo institucionalizado desde 2001 a 2018, que, casualidades de la vida, finalizó justo cuando Negreira dejó su cargo como vicepresidente.

Investigaciones periodísticas y judiciales seguirán su trabajo pero los años de gloria del Barça, años en los que hasta el madridista más recalcitrante admitía haber visto el fútbol más armonioso jamás conocido, años en los que hasta en la intimidad el líder de los Ultra Sur gritaba con orgullo los goles de Iniesta y Xavi por haberle dado a España su primer y único Mundial, están quedando manchados por fichajes adulterados, espionaje entre compañeros, prebendas, tráficos de favores y negocios entre futbolistas y directivos. El Barça ganó ligas de forma honrada pero por culpa de unos patanes la mancha será eterna.

Y no es cosa de la caverna madridista. La noticia fue dada por el programa ‘Que t’hi jugues’ de SER Catalunya y pronto difundida con celeridad por medios catalanes y simpatizantes del barcelonismo. Porque los pagos parece que vienen de lejos, de 2001, con lo cual no es cosa de un presidente corrupto sino de una línea institucional, de un modus operandi que se remonta atrás en el tiempo.

Ni La Moreneta, en un soberbio acto de fe, puede creerse que el pastizal empleado por el Barça para sobornar a Negreira fuese para otra cosa que obtener un retorno basado en un trato de favor. Lo chusco, y ese es otro tema, es que el tal Enríquez Negreira fuese un listo y no hiciese tanto como prometía. Igual no hubo tantos favores como el Barça pretendía. Es probable. Porque, así y todo, en todos estos años ni el Barça ha ganado todas las ligas ni siempre los árbitros se han equivocado a su favor. Recordemos que hay árbitros, y son la mayoría silenciosa, que como los guardia civiles son intocables. ¿Negreira fue más listo que Laporta y compañía? ¿Fue un vende humos sin demasiada influencia? Pues seguramente sí. Pero eso no excluye de delito.

¿Cómo puede ser que se una auditoria descubriese que Laporta gastó 24 euros en una pollería con la tarjeta del club y que nadie en todos estos años supiese que Enríquez Negreira facturase siete millones de euros? Dicen las hordas barcelonistas que lo hacen todos los clubes. Es cierto, pero las ramas no dejan ver los árboles. El Madrid tiene como asesor a Megia Dávila, un ex árbitro sin cargo alguno, he ahí la diferencia. Y según han manifestado estos días diferentes directivos de Primera todos los equipos cuentan con una figura de este tipo que les indica si fulano o mengano es más propenso a sacar tarjetas, si es dialogante o si ese fin de semana le va a dar por sancionar las manos. El sueldo de estos asesores externos ronda los 25.000 anuales. Al parecer Enríquez Negreira guardaba 500.000 por año trabajado.

El complejo de inferioridad que Cruyff denunció cuando arribó en el 74 y que en buena parte consiguió eliminar con el Dream Team parece instalado en la conciencia del barcelonismo. Da la sensación de que como en el palco del Bernabéu hay tanta influencia el Barça se ve en la necesidad de igualarlo. A pesar de los increíbles éxitos deportivos de los últimos años se entiende que ese complejo de inferioridad solo puede ser rebatido en el palco. La mente enfermiza del entorno del Barça cree que sin tráfico de influencias nunca serán tan poderosos como el Madrid. Como un círculo vicioso retroalimentado por el nacionalismo catalán, lo importante no son tus triunfos, sino pasar por encima de tu alter ego capitalino.

Lleva tantos años el Barca subido a un relato enfermizo que acepta el caso Negreira como hecho ocurrido y vergonzoso, pero con la autoridad de no tener que dar ninguna explicación. El silencio por bandera. Y nadie levantará la voz. Nadie. Si el Barça fuese descendido administrativamente a Segunda ríete tú de las manifestaciones del 11-S. Jamás hubo tanta gente en la calle en Vigo y en Sevilla que cuando allá por los 90 celestes y sevillistas estuvieron a un tris de bajar a 2ºB vía decreto judicial. Ni reconversión industrial, ni crisis, ni muertos, ni nacionalismo. Lo que mueve el cotarro es el fútbol. El sentimiento.

Es el caso Enríquez Negreira como mínimo un inmoral conflicto de intereses. Lo dirá la justicia, no la deportiva, sino la ordinaria (tela marinera lo de este país que tiene más miedo a meterse con un club de fútbol que con un cartel de la droga). Los indicios son demoledores, aunque las pruebas atentan más contra Enríquez Negreira que contra el FC Barcelona. Por ahora se ha cazado al teniente de la Guardia Civil y, aunque todo se intuye, no hay forma de cazar al delincuente. Solo el paso del tiempo dictará sentencia. Hasta quizás tengan razón en Barcelona y todo es producto de la envidia madridista ante la mejor época de la historia blaugrana. Pues hasta quizás. En estos años el Barça ganó 22 títulos nacionales y el Madrid únicamente 10 contando minucias como las supercopas. Pero el caso es que todo esto cheira mal, muy mal. El seny, el mès que un club, está tocado. Con una sombra muy fea sobre el tramo de su historia que más títulos nacionales concentró y con una serie de jugadores maravillosos e irrepetibles que están entre los mejores que ha parido el fútbol mundial.

Y es que la mujer del César no solo debe ser honesta, sino parecerlo.

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El Mundial de Clubes que nunca se jugó (2000-2001)

El objetivo primordial de la FIFA es ganar dinero. A través del Mundial obtiene la mayor parte de sus ganancias. Ese es el eje. Pero hay múltiples competiciones. Con la ayuda de ellas se obtienen réditos de derechos audiovisuales, patrocinios, entradas y hospitalidad. También se consigue una buena tajada con la licencia de productos, conocido en el argot como ‘branding’. Y es bueno que la FIFA gane dinero. Sin el dinero no podría llevar al fútbol a todos los rincones del planeta. La FIFA sostiene federaciones minúsculas, protege socialmente a ex futbolistas, construye escuelas y promueve el fútbol femenino.

La FIFA tiene seis hijos. Cuatro son pobres y necesitan a la FIFA para sobrevivir. Son mayoría, por lo que papá FIFA está siempre atento a sus súplicas y necesidades y, a cambio, cuando tiene algún problema sabe que siempre podrá contar con su apoyo. Esos hijos se llaman Concacaf (41 federaciones), CAF (54 federaciones), AFC (47 federaciones) y OFC (14 federaciones). Es decir, África, Norteamérica-Caribe, Asia y Oceanía. Tiene también la FIFA dos hijos rebeldes. Uno es contestario. No tiene muchos posibles, pero sus fieles son legión y su poder entre las masas es fascinante. Ese vástago se llama Conmebol (10 federaciones) y representa a Sudamérica. El otro hijo es rico y poderoso. Su fortuna es igual a la del padre y sueña con tomar las riendas de la empresa familiar para poder gestionarla a su antojo. Ese retoño responde al nombre de UEFA (55 federaciones) y representa a Europa.

Durante un siglo la UEFA y la Conmebol se consideraron dueños del mundo. No sin razón gestionaban el pasado y el presente del fútbol. Allá por 1960 crearon una competición que enfrentase anualmente a los campeones de América y de Europa para dictaminar cual era el mejor equipo del mundo. Era lógico. No había nada comparable fuera de ese marco. Aquel primer trofeo fue logrado por el Real Madrid al derrotar en dos partidos al CA Peñarol. Hubo empate sin goles en Montevideo y en Madrid el Real venció por un claro 5-1. Los merengues se proclamaron campeones de la primera Copa Intercontinental.

La FIFA, que ni pinchaba ni cortaba en ese trofeo, se negó a dar el título de campeón del mundo a los ganadores de la contienda. Era un torneo entre dos confederaciones. Nada más que eso. Aunque para los aficionados el vencedor de la Intercontinental fuese el mejor club del mundo, para la FIFA eso era irrelevante. Despechados, en 1980 la Conmebol y la UEFA firmaron un convenio con la empresa Toyota. La Intercontinental se disputaría a partido único en Japón aumentando considerablemente los premios y los beneficios. Mercedes que, por supuesto, no gestionaría la FIFA.

REAL MADRID Campeón de la Copa Intercontinental 1960
Real Madrid. Intercontinental 1960

Todo cambió a finales del siglo pasado. La FIFA se propuso sustituir la Copa Intercontinental por la Copa Mundial de Clubes de la FIFA. Durante diez días del mes de enero del año 2000 ocho conjuntos lucharían por conseguir el reinado del fútbol global. Estaban los seis campeones de las distintas confederaciones (Manchester United, Vasco de Gama, Necaxa, Al-Nassr, Raja Casablanca y South Melbourne) a los que se añadieron dos conjuntos a mayores para completar ocho escuadras y poder formar dos grupos de cuatro equipos. Los invitados fueron el Real Madrid, al que la FIFA reconoció como mejor club del siglo XX, y el SC Corinthians, por ejercer de anfitrión. Y es que el campeón brasileño tendría que estar presente en un torneo cuya final tendría lugar en el incomparable Maracaná.

El objetivo de la FIFA era eliminar la Intercontinental y ocupar su lugar. La FIFA debe apoyar la expansión del fútbol a nivel global, tanto por una cuestión moral, como política, como monetaria. Pero tanto la UEFA como la Conmebol se negaron a ello. La Copa Intercontinental seguiría en pie. Y así lo hizo. Apenas un mes antes el Manchester United había logrado el título de 1999 y en diciembre del 2000 sería el Boca Juniors el que vencería al Real Madrid. A ojos del gran público ambos conjuntos eran los reales campeones del mundo.

El caso es que la FIFA puso en marcha su Copa del Mundo de Clubes. Y el varapalo fue considerable. El torneo apenas tuvo repercusión fuera de Brasil. United y Madrid jugaron a medio gas y no lograron clasificarse para la final. Los ingleses tan sólo consiguieron vencer al South Melbourne en un duelo intrascendente. Los españoles no lograron disputar la final por diferencia de goles y perdieron el partido por el tercer puesto ante el Necaxa mexicano. El torneo fue ganado por penaltis por el Corinthians ante el Vasco da Gama tras un aburrido empate sin goles. Que el vencedor fuese un equipo invitado no daba demasiada credibilidad al torneo. En aquel Corinthians destacaban Dida, Vampeta, Luizao y un veterano Freddy Rincón.

Campeonato Mundial de Clubes de la FIFA Brasil 2000™
Corinthians 2000

Visto el fiasco, para 2001 la FIFA decidió llevar el torneo al verano. Los grandes clubes europeos habían protestado por lo apretado del calendario. Pero ese no era el problema. Las pérdidas económicas fueron terribles y la FIFA pensó que disputar el torneo a finales de julio, cuando las grandes ligas están paradas, le permitiría obtener la atención de los aficionados.

Así que la FIFA subió la apuesta. Serían 12 los participantes. Se formarían tres grupos de cuatro equipos. Los vencedores y el mejor segundo se enfrentarían en las semifinales. La final tendría lugar en el Santiago Bernabéu. Y es que España sería la anfitriona. La FIFA confió en la ambición de dos hombres. Uno era Florentino Pérez. Recién nombrado presidente del Real Madrid, tenía la intención de convertir al club blanco en una empresa capaz de generar ingresos a nivel global. El otro era Augusto César Lendoiro. Había llevado al modesto RC Deportivo a codearse con los grandes de Europa y soñaba con poder mantener eternamente ese estatus y llevarse un trozo del pastel.

Habrían de participar dos equipos por confederación. Los campeones de todas ellas y un segundo espada también victorioso. Por ejemplo, de la UEFA irían el Real Madrid (campeón de Europa) y el Galatasaray SK (campeón de la Copa de la UEFA). De la Conmebol estaba Boca Juniors (campeón de la Libertadores) y el SD Palmeiras (subcampeón de la Libertadores). A estos había que añadir a Los Ángeles Galaxy y Olimpia de Honduras (Concacaf), Jubilo Iwata y Al-Hilal (AFC) y Zamalek SC y Hearts of Oak (CAF). El representante oceánico sería el Wollongong Wolves australiano. Únicamente se renunció a un segundo club de Oceanía para dar entrada al RC Deportivo, que acudiría como invitado.

En marzo de ese año tuvo lugar el sorteo. El grupo A, liderado por Boca y RC Deportivo, jugaría sus partidos en Riazor (A Coruña) y San Lázaro (Santiago). El grupo B comandado por Palmeiras y Galatasaray, en el Vicente Calderón de Madrid. El grupo C, gobernado por Real Madrid y LA Galaxy, tendría como sede el Santiago Bernabéu. La final se disputaría el 12 de agosto de 2001 en el coliseo blanco.

Jamás llegó a disputarse el torneo. En medio del estallido de la burbuja de las .com y del crack de las televisiones de pago por visión, ningún medio audiovisual pujó por llevarse los derechos de la competición. En mayo quiebra ISL, la empresa que gestiona la organización del torneo. La FIFA pierde 5.500 millones de dólares y tiene un muerto encima de la mesa. Decide indemnizar a los participantes y posponer el torneo hasta el año 2003. En 2003 se pospondría ‘sine die’.

Mientras la Copa Intercontinental sigue con sus andanzas, aunque también está tocada. Desde que en diciembre de 1995 se abrió la libre circulación de jugadores en Europa las plazas para foráneos quedaron en exclusiva para los astros que venían de Sudamérica. Año a año los grandes equipos argentinos y brasileños ven como los adolescentes que formaron siendo niños escapan a Europa donde esperan forjar una próspera carrera. Solo Boca Juniors (2000 y 2003) pudo romper la hegemonía de Europa en un torneo que hasta había perdido interés entre los aficionados japoneses.

En 2005 llegaría el reemplazo. Ahora si la Copa Mundial de Clubes tendría la aceptación de UEFA y Conmebol. Se jugaría en Japón, no habría grupos y el número de partidos sería limitado. Mientras los campeones de otras confederaciones se enfrentan entre sí en rondas previas, tanto el campeón de Europa como el de Sudamérica esperan rival en las semifinales. Se mejoran los premios económicos y el asunto queda zanjado. Sao Paulo FC venció a Al-Ittihad (3-2) y Liverpool FC a Deportivo Saprissa (3-0) para luego luchar por un título que se decantó para los brasileños por 1-0. Hubo que esperar hasta 2010 para ver una final sin representante sudamericano. Aquel año el Internazionale milanés venció por 3-0 al TP Mazembe congoleño. Nunca un equipo europeo ha faltado a una final y desde 2012 no pierden una.

No sería hasta el año 2017 cuando la FIFA consideró a los 25 clubes que ganaron al menos una vez la Copa Intercontinental (1960-2004) como legítimos campeones del mundo. Así pues, en el palmarés conjunto iniciado en 1960 por el Real Madrid encontramos a dos campeones del mundo oficiales para el año 2000. Son Boca Juniors como campeón de la Intercontinental y SC Corinthians como ganador de la primera Copa del Mundo de Clubes.

Quien nunca será campeón del mundo es el RC Deportivo. Para 2001 hubo Copa Mundial de Clubes. Pero solo en nuestra imaginación.

UN DÍA COMO HOY EL DEPORTIVO SOÑÓ CON GANAR EL MUNDIAL DE CLUBS | Onda Cero  Radio
El Mundial que nunca se jugó

“¿Qué es la vida? Toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”. Calderón de la Barca.

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Red Bull te da alas

Dietrich Mateschitz estaba a miles de kilómetros de casa. En otro de esos cargantes viajes de negocios. Suerte que entre reunión y reunión siempre se podía sacar unas horas de asueto. Acabada la jornada decidió probar las aguas del Índico. Disfrutar de una de las playas paradisiacas de Tailandia. Allí, con los pies besando la arena, probó una bebida desconcertante. Se llamaba Krating Daeng. Era refrescante, pero sobre todo adictiva. Y, es más. Era mucho mejor que el café. Era ideal para superar el jet-lag de vuelta a casa. Una vez probó la primera, Dietrich ya no pudo parar. Preguntó, indagó, se informó y acabó consiguiendo una cita con un tal Chaleo Yoovidhya, el padre de la criatura. Pronto llegaron a un acuerdo. Yoovidhya vendió su receta a Mateschitz, quien únicamente añadió el dióxido de carbono a la composición original para hacerla más agria. Era 1987.

Acababa de nacer el Red Bull. La bebida energética por excelencia.

Apenas un cuarto de siglo después de aquello a Mateschitz le dio por enviar un hombre al espacio. Félix Baumgartner fue el primer ser humano en romper la barrera del sonido al tirarse en caída libre saltando a unos 40.000 metros de altura. Hubo tal cantidad de gente que vio el acontecimiento que los servidores de Youtube estuvieron a punto de romperse. El evento fue seguido por una audiencia quince veces mayor que la de unos Juegos Olímpicos y llevó a Red Bull a la cima de su fama. Aquella mezcla entra gesta y espectáculo fue el origen de la transmisión remota y móvil en las retransmisiones deportivas.

Quizás ese fue el cenit de Red Bull.

Pero, ¿cuál es el origen?

Antes de ese viaje a Tailandia Dietrich Mateschitz trabajaba para una empresa de cosméticos. Licenciado en marketing, se dedicaba a diseñar campañas publicitarias y era ampliamente reconocido en su mundo laboral. Cuando vuelve de Asia decide dejarlo todo e invertir sus ahorros para comercializar su nueva bebida. Su primera misión es conquistar el mercado de su Austria natal y para ello decide regalar el Red Bull como forma de darlo a conocer. Resuelve suministrarlo en las puertas de universidades e institutos y lo hace con rápido éxito. Dietrich no bebe alcohol y sabe que el Red Bull funcionará en un entorno estresante como el de los estudios. Lo considera ideal para mantenerse despierto en noches de exámenes o en madrugadas de fiesta, tanto para aquellos que beben alcohol como para quienes lo rehúsan.

Una vez conseguido el conocimiento entre los jóvenes lo siguiente es asociar el Red Bull con el riesgo, el vigor y la velocidad, ecuación perfecta para aquellos que rondan la veintena. Ahora ya se puede vender el Red Bull en discotecas, restaurantes y supermercados, pero hace falta un gancho que haga que la genta decida invertir su dinero en esa nueva bebida. Lo primero que hizo Mateschitz fue basarse en el guion habitual. Aquí no hubo improvisación, sino determinación. Decidió invertir una buena suma en Gerhard Berger, por entonces piloto austriaco de Fórmula 1 de la escudería Ferrari. Desde ese primer momento, velocidad y Red Bull harían un binomio inseparable. Las alas del toro rojo se incorporarán al casco de Berger y años después lo harán en el chasis de la escudería Sauber. Berger será la cara que hará al Red Bull popular primero en Austria y rápidamente en el resto de Centroeuropa.

El siguiente paso fue comprar una escudería. Se trataba de un camino mucho más ambicioso, pero Mateschitz, como buen hombre de negocios, sabia cuadrar con perfección el riesgo con el beneficio. En 2004 Ford decidió deshacerse de Jaguar ante una tremenda crisis de ventas. Hubo que despedir a miles de trabajadores de Estados Unidos y deshacerse del equipo de Fórmula 1 en tiempo récord. Mateschitz se hizo cargo de las deudas y compró la plaza de Jaguar por un simbólico e insignificante dólar. Inmediatamente bautizó al equipo como Red Bull y adquirió a mayores la escudería italiana Minardi para convertirla en Toro Rosso (Red Bull) y ser usada como captación de talentos y banco de pruebas. Con motores Ferrari alcanzaría la cima logrando cuatro títulos consecutivos con Sebastián Vettel y dos más con Max Verstappen, el último de ellos con motor propio fabricado en Austria, el último paso del ambicioso proyecto de la escudería de la bebida energética.

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Red Bull F1 2022

Pero antes de eso hubo mucho más. Para expandirse y salir de las fronteras austriacas Red Bull necesitaba algo más cuantioso que un piloto de Fórmula 1. Por entonces, hablamos de mediados de los 90, el dinero gastado en Berger había vaciado las arcas del departamento de publicidad. Por lo que cumplía cambiar de estrategia. Así que Mateschitz decidió apostar por deportes minoritarios, baratos, en los que no habría que inyectar mucho dinero. La ecuación a seguir fue la misma: riesgo + juventud + velocidad. Se apuesta por deportes urbanos como el skateboard, el parkour o por el ciclismo de montaña del BMX, el windsurf o el snowboard. Red Bull se introduce también en el automovilismo de velocidad o en pruebas de parapente. El lema ‘Red Bull te da alas’ da la vuelta al mundo y es sinónimo de desenfado y juventud. La imagen pública es que Red Bull es algo guay, genial, ‘cool’. Luego se decide patrocinar eventos de lo más descabellados que pretenden ser récord Guinness y donde la velocidad, siempre, debe estar presente. En un momento donde se hace efectiva la prohibición de anunciar bebidas de alta graduación y la inmensa mayoría de países impiden el alcohol en la conducción de vehículos a motor, Red Bull es un soplo de aire fresco que tiene el éxito garantizado.

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Red Bull te da alas

Se había logrado la internacionalización y estabilización del producto. Pero faltaba la caza mayor. El fútbol.

Como siempre Dietrich decidió empezar por casa para abrirse al mundo. Mateschitz es de Salzburgo y de pequeño animaba al SV Salzburgo, un modesto club austriaco que desde los 80 era patrocinado por la cadena de supermercados Casino. Desde entonces el Casino Salzburgo creció a nivel local y en 1994 llegó a la final de la Copa de la UEFA que perdió ante el Inter milanés. Era un pequeño éxito, pero mucho más lo será cuando en 2005 Red Bull compre el equipo. Fiel a su ideario, Mateschitz no se contentará con patrocinarlo, sino que al adquirirlo cambia la historia de un club fundado en 1933 que es finiquitado y rebautizado como Red Bull Salzburgo. Se renombra el estadio (Red Bull Arena), se modifica el escudo (dos toros rojos) y se cambian los colores del equipo, pasándose al rojo y blanco corporativos. A pesar de las discrepancias iniciales la ciudad se vuelca con su mecenas y su nuevo club que, desde entonces, ha ganado 13 de 16 ligas posibles y se ha convertido en un habitual de la fase de grupos de la Liga de Campeones.

El mismo año que se fundaba el Red Bull Salzburgo se ponía en marcha en Estados Unidos el Red Bull New York, el cual no ha tenido tanto éxito deportivo, pero es lo de menos. Lo que se buscaba al otro lado del Atlántico, abrazados por la ciudad más famosa del mundo, era conseguir respeto y resonancia para abrirse al mercado más goloso del planeta.

Ese era el primer paso. Pero, como siempre, era el preludio del siguiente. Mateschitz pone sus ojos en Alemania, donde por idioma y cultura, está el mercado más importante al que debe acceder un austriaco. Es Leipzig ciudad de tronío. Cuna de la imprenta y junto con Dresde el núcleo más importante de Alemania del Este. Allí estaba el Dinamo Dresde, imponente club en la época comunista y desde finales de los 90 escuadra que deambula entre la segunda y la tercera categoría. Cuando el Zentralstadion acoja varios partidos del Mundial 2006 el club más representativo de la ciudad era el FC Sachsen Leipzig, por entonces en la cuarta categoría del fútbol teutón. Aquel gigante de cemento con capacidad para 45.000 espectadores apenas conseguía, con suerte, ocupar una quinta parte de sus asientos.

Hasta que en mayo de 2009 se fundaba el Rasen Ball Sport Leipzig. Contrariamente a lo que se pueda pensar la R y la B no son las iniciales de Red Bull, aunque la intencionalidad está fuera de toda duda. El significado del nombre es “deporte de pelota y césped” y venía a sortear la normativa alemana que impide asociar un club con una casa comercial. Mateschitz adquirió la plaza del SSV Markranstädt, un club del extrarradio de Leipzig, y comenzó a competir en la quinta categoría alemana. Meses después le compró al ayuntamiento la propiedad del Zentralstation y lo renombró como Red Bull Arena. Tras cinco ascensos consecutivos el Red Bull Leipzig llegaba a la Bundesliga en 2016. Era el cuarto equipo de Alemania Oriental que lograba tal hazaña.

Desde ese año ha sido el tercer equipo que más ha invertido en fichajes tras el Bayern y el Dortmund y en 2022 consiguió su primer título al vencer en la final de copa al SC Friburgo. Ni aun así ha logrado la aceptación popular, ya que raras veces el estadio se llena para ver al Red Bull. El Dinamo Dresde sigue superando en abonados a un club que es visto con inquina tanto en la ciudad como en el resto de Alemania, al incumplir la norma no escrita de que la propiedad del club debe ser de los socios.

Hoy además del RB Salzburgo, New York y Leipzig también existe el Red Bull Bragantino, con el objetivo de captar a los jóvenes talentos del fútbol brasileño. No en vano, de la academia de fútbol de Red Bull han salido futbolistas de primer nivel como Lukas Klostermann, Dayot Upamecano, Naby Keita, Timo Werner, Joshua Kimmich, Sadio Mané y, especialmente, Erling Haaland.

El ultimo sueño de Dietrich Mateschitz fue conquistar la Copa América de vela. Puso a disposición toda la maquinaria de su equipo de Fórmula 1 para alinearse con el Alinghi suizo y formar el equipo Red Bull de vela con más de 100 personas a pleno rendimiento. Eso sería en 2024. Pero Mateschitz falleció víctima de un infarto antes de ver cumplido el objetivo. Hoy Red Bull cuenta con más de 13.000 trabajadores por todo el orbe y suma más de 8.000 millones anuales en ingresos. Su crecimiento y consolidación está ligado a una revolucionaria iniciativa de expansión comercial a través del patrocinio deportivo. Junto a las motos KTM y la joyería de Swarowski, en la actualidad no existe empresa austriaca más reconocida a nivel mundial que Red Bull.

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Erling Haaland

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Explicando a Pelé (2ª parte)

Coruña 1959. Riazor. Junio. Trofeo Teresa Herrera. Partido único. Santos FC vs Botafogo FR. Pelé frente a Garrincha. Siete campeones del mundo sobre el campo. Se cuenta que había gente situada encima de la torre de maratón. Otros parecían gravitar sobre el voladizo de la grada de preferencia. 38.000 fue la cifra oficial. De 50.000 no bajaba según las crónicas. El Santos ganó por 4-1 incluyendo un soberano gol de Pelé deshaciéndose de varios contrarios. Fue lo nunca visto. El mejor partido de la historia del torneo. Días antes el Santos había colgado el cartel de no hay billetes en el Bernabéu en el que fue el único enfrentamiento entre Di Stéfano y Pelé y que acabó con victoria del Real Madrid por 5-3.

Paris 1960. Colombes. Junio. El Santos viene de jugar cinco amistosos en diez días. Está en Paris. Es un triangular. Los paulistas frente al Stade Reims y el Racing de Paris. Pelé está lesionado. No puede jugar, pero tiene que jugar. Su caché es el que le da vida al equipo. Dorval tiene una idea. Es joven y es negro como ‘O Rei’. Junto a Mengalvio, Coutinho y Pepe formaban la delantera del ballet blanco del Santos. Todos excelentes, pero sin Pelé el brillo del ballet se desvanece. El caso es que Dorval sugiere ponerse el ‘10’ pensando que la multitud será incapaz de reconocer a un garoto al que solo han visto en fotos. Dicen que hay 80.000 personas apiladas, el doble de la capacidad permitida. Dorval salta al campo, el juego se inicia, pero hay que pararlo. La pitada es demencial. No hay distrito de Paris que no se estremezca ante tales silbidos. Pelé salta al campo. El embuste es descubierto. Juega lesionado los noventa minutos. El Santos domina por 5-3. Dos días después vuelve a ganar, en este caso al Racing de Paris, por 4-1. Pelé juega ambos choques.

Era y es Paris capital del mundo. Lugar multicultural, brillante, vanguardista, donde el fútbol no es nada, apaciguado por la infinidad de ofertas que la megalópolis ofrece a los sentidos. Era Coruña ciudad pequeña, modesta, arrojada en una esquina del Atlántico para uso mundano, donde el fútbol es lo más importante de lo menos importante. Pero el efecto de Pelé fue el mismo, tanto en una ciudad como en la otra. Aquel atleta de velocidad sostenida, sonrisa perenne e ingenio máximo, ejercía la misma fascinación por grande o pequeño que fuese el escenario preparado para sostener su grandeza.

Una galaxia llamada Riazor
7 campeones del mundo en Coruña

Pelé era un circo. Desde que con 17 años fue coronado como ‘O Rei’ tras salir victorioso en Suecia, fue transformado en mito viviente. Para los brasileños Pelé es el summum. Es el hombre que hizo que un país pobre y olvidado pasase a ser conocido en todo el mundo. Pelé fue y será el embajador más trascendental del país del orden y el progreso. El fútbol en Brasil lo es todo, porque solo en fútbol puede presumir Brasil de ser vanguardia. Y lo es porque aquel chico de 17 años proclamó a Brasil campeón por encima de todos en 1958. Luego vendrían otras dos veces más. Y desde entonces Brasil es el rey del planeta fútbol. El rey del ‘jogo bonito’.

Pelé fue explotado hasta la saciedad. Llegó a jugar dos partidos en menos de 24 horas. Y no ocurrió en una ocasión aislada. Hasta nueve veces tuvo lugar tal aberración. Pero el culmen del paroxismo fue cuando se le contabilizaron tres partidos en 48 horas. En 1959 se le contaron 22 partidos amistosos con el Santos en 14 países diferentes en el plazo de seis semanas.

Y no eran partidos amistosos. Eran partidos a muerte. Partidos en los que había que salir a ganar. Pelé no jugaba en Europa. Pelé no jugaba la Copa de Europa. La oportunidad de ver a Pelé frente a Di Stéfano, Cruyff, Eusebio o Best era fascinante. Lo era para los aficionados, para el espectáculo, para el negocio y para los propios jugadores. Si Pelé quería demostrar que era el mejor, sólo tenía el Mundial y los amistosos para ejercer su dominio.

Y tenía que jugarlo todo. Todo. Los noventa minutos. No eran amistosos. Eran compromisos ineludibles. En todos y cada uno de los partidos que el Santos de Pelé jugó por medio mundo, en más de 300 partidos amistosos, siempre se colgó el cartel de no hay billetes. Perenemente. Pero siempre tenía que estar Pelé presente. Pelé no se podía permitir un descanso. Tenía que jugar y tenía que jugar bien. Ese chico que había ahorrado hasta el último céntimo para poder ver a Pelé no iba a tener otra oportunidad en su vida. Y Pelé lo sabía. Era una responsabilidad que llevaba grabada a fuego en su corazón.

Pelé forjó su leyenda sobre campos embarrados, secos o pelados. Con patatas redondas como balones, como leí acertadamente en la prensa en estos días. Y lo hizo cada cuatro años con la selección brasileña, pero también semana tras semana con el Santos. River, Boca, Benfica, Anderlecht, Sporting Lisboa, Inter, Real Madrid o Barça. Todos se midieron a Pelé, un abrepuertas de alcance internacional. En 1959 fueron hasta 36 los partidos amistosos con solo cuatro derrotas a cuestas. El Santos venció a la selección de Bulgaria (2-0), al Anderlecht (4-2), al Feyenoord (3-0) o al Inter (7-1). La victoria ante los italianos corregía una derrota acontecida apenas quince días antes. Aquel día a Pelé le dio por meter cuatro goles en apenas un cuarto de hora de juego.

Pelé había marcado en el Bernabéu, aunque había claudicado ante el entonces tetracampeón europeo. También anotó en el Camp Nou, donde el Santos bailó a un Barça sin Ramallets y Luis Suárez por 1-5. Como el caballo de Atila. Así pasaba Pelé por los campos europeos. La experiencia española se repitió en 1960. Aquí fueron menos amistosos, un total de 20, saldados con únicamente dos derrotas. Se venció a la selección de Polonia (5-2), a la de Bélgica (3-1) o a la Roma (3-2). Una de las dos derrotas tuvo lugar en el Camp Nou. En la revancha del año anterior el Barça se puso 4-0 al descanso con goles de Luis Suárez y Kubala. Era el cuarto partido del Santos en ocho días. Estaban muertos. El Camp Nou pitaba a los brasileños en una noche veraniega pasada por agua. ‘O Rei’ no podía consentir la afrenta y en la segunda parte descargó un torrente de fútbol que los más veteranos aun consideran de lo mejor que han visto en el coliseo azulgrana. Pelé cogió el balón y empezó a trazar jugadas imposibles. Le dio dos goles hechos a Pepe y metió el 4-3 a diez minutos del final. Solo los postes impidieron que el Santos empatase el partido. Pero daba igual. El Santos perdió, pero la ovación a Pelé fue escandalosa.

Durante el primer quinquenio de la década de 1960 Pelé fue de largo el mejor futbolista del mundo. Fueron unos años brutales donde Pelé jugaba cerca de noventa partidos anuales a razón de noventa minutos por choque. El caché de Pelé duplicaba al del resto del equipo y no podía ser sustituido salvo que hubiese lesión de por medio. El Santos era un equipo pequeño. Vila Belmiro, el lugar donde Pelé construyó su mito y donde fue velado en su entierro, apenas acogía a 20.000 almas, palideciendo ante bestias de hormigón y cemento como Morumbí, Porto Alegre, Mineirào o Maracaná. Ante Corinthians, Flamengo, Fluminense, Palmeiras o Botafogo.

Pele - Santos Futebol Clube, 8x10 Color Photo | eBay
‘O Rei’

Extenuado, Pelé duró hasta 1966. Ese fue el año en el que pensó en dejar el fútbol. Tenía 26 y había sido cosido a patadas en el Mundial de Inglaterra. Allí fracasó, pero con el Santos viajó por vez primera a Estados Unidos para jugar un triangular ante el Benfica y el Inter, los dos colosos europeos del momento. Salió victorioso. Pelé era ‘O Rei’.

A partir de entonces los amistosos pasaron de ser duelos a cara de perro a jornadas festivas. Pero tampoco podemos entender la magnitud de Pelé sin esos viajes por medio mundo. Fueron 72 países y 17 pasaportes distintos. En mayo de 1967 se fueron de gira por el África subsahariana para partir más tarde a Italia y Alemania. En 1969 regresó a África por una nueva gira en la cual estuvo esta vez en el Congo y Nigeria. Allí en Biafra llegó a parar una guerra. Hubo que decretar un día de tregua para que el Santos pudiese jugar. Rodeado de soldados, Pelé jugó un extraño partido en Lagos. Verlo jugar valía una tregua y mucho más. En otra ocasión fue expulsado por un árbitro en un amistoso en Colombia. Habían anulado un gol a Pelé y ‘O Rei’’, enfadado, insultó al trencilla. De repente hubo que parar el partido ante la cantidad de objetos que el respetable lanzaba al césped. Pelé salió de los vestuarios y volvió al campo. El colegiado hubo de marcharse del recinto. El partido continuó hasta el final sin árbitro de por medio.

En 1967 visitó Gabón, Congo y Costa de Marfil antes de volar a Alemania e Italia, para luego ir a Estados Unidos y regresar a Europa. En 1969 estuvo en Yugoslavia antes de volar a Marruecos. Fueron cuatro partidos en seis días. La locura era la misma. Pero el rendimiento no lo era tanto. Pelé era entonces un objeto de feria, pero seguía llenando estadios, colapsando aeropuertos y deslumbrando a rivales. No eran partidos colapsados de magia, pero siempre había un destello, una finta, un gesto, un gol, que cambiaba todo lo antes conocido. En esos años Pelé también ejerció de portero. Cuando el rival era débil, especialmente si era africano, a Pelé le daba por jugar un tiempo como guardameta. Y era excelente. El Santos nunca tuvo portero suplente. Pelé, que debe su ‘apelido’ a Bilé un arquero brasileño al que Edson idolatraba de niño, era un fantástico guardameta. Celebre es una semifinal de copa ante el Gremio en la que Pelé tuvo que jugar de portero por la expulsión de Gilmar. En la primera parte como delantero ‘O Rei’ metió dos goles. En la segunda como portero salvó un par de ellos al poco del final.

Por el camino llegó el gol 1.000. En otro elogiado encuentro. Santos vs Vasco. Maracaná. Penalti. Los compañeros de Pelé esperaban en el centro del campo para felicitarlo. A nadie se le pasaba por la cabeza que pudiese fallarlo. Nunca antes estuvo tan nervioso. Ni en un Mundial. El árbitro confesaría más tarde que pitó el penalti porque deseaba ser protagonista de la historia. Pelé no quería tirarlo. Quería que el gol 1.000 fuera mágico, que los defensas se dieran la vuelta y miraran a la red para contemplarlo. No quería que fuese desde el punto fatídico. Pero 100.000 personas se lo reclamaron. Se hizo silencio en el estadio más bullanguero del mundo. Fueron doce pasos eternos hasta que el mundo saltó de alegría.

O milésimo": la historia detrás del gol 1.000 de Pelé
El gol 1.000

Para la temporada del 73 Pelé acababa contrato con el Santos. Contaba con 33 años, y tras su advenimiento como leyenda a color en México, apuraba sus últimos partidos. El Santos se embarcó en su última gira. Durante esos últimos doce meses el Santos se propuso que ningún país del mundo se quedase sin ver a Pelé. Se viajó a Sudamérica, Caribe, Norteamérica, Europa, Asia y finalmente Australia. Volvieron a Brasil para jugar compromisos oficiales y luego vuelta al avión. Viajaron por el Golfo Pérsico, África, Alemania, Bélgica, Francia e Inglaterra. Luego cruzaron el Atlántico a Estados Unidos para jugar ante el Baltimore Bays. En ese partido Pelé anotó el único gol olímpico de toda su carrera. En otro encuentro un defensa alemán sacó un tiro de Pelé bajo palos. La afición local reprochó el desagravio. Pitado y hundido, el teutón pidió a su entrenador salir del campo apenado por osar contradecir a su majestad.

Luego vino el último partido en España. Trofeo Carranza. Barça vs Santos. Cruyff contra Pelé. Ganaron fácil los azulgranas por 4-1. Pelé anotó de penalti. Cuando era joven aborrecía tirarlos. El lanzador era Pepe, aquel fino volante bautizado como José Macia hijo de ourensanos. “El penalti es el gol de los cobardes”, decía ‘O Rei’. Ahora ya no lo era. Cansado, viejo, destrozado por viajes y patadas, Pelé debe aferrase al más cobarde de los actos para dar brillo a sus actos.

Pelé tenía 17 cuando se convirtió en rey. Una veintena cuando fue declarado tesoro nacional y se impidió su exportación. Ganó tres Mundiales. En su apogeo era un cuchillo y los defensas se perdían en los laberintos que su trazo dibujaba. “Antes del partido pensé que era de carne y hueso como yo. Luego comprendí que estaba equivocado”, diría Burgnich tras aquel gol ante Italia en México en el que Pelé se suspendió en el aire como si en una escalera se apoyase. Todo eso es Pelé. Pero si queremos entender como Pelé hizo universal su corona, no existe mejor forma que explicando el porqué de aquellas exhaustas giras del Santos por todo el planeta.

https://www.youtube.com/watch?v=qQNr9EkOPa0

“Pelé te hacía las tres. La fácil, la difícil y la imposible”. Roberto Perfumo, defensa argentino.

“Nunca habrá otro Pelé, porque mis padres cerraron la fábrica”. Edson Arantes do Nascimento ‘Pelé’.

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Explicando a Pelé (1ª parte)

Se ha escrito tanto, se está escribiendo y se escribirá tanto sobre Pelé que poco o nada podré aportar. De hecho, yo ya he escrito sobre ‘O Rei’. Sobre su legendario partido ante el Benfica de Eusebio, sobre sus hipotéticos siete balones de oro, sobre el eterno debate acerca de quién es el mejor de todos los tiempos, en relación a aquel icónico equipo de Brasil en 1970 y hasta sobre su película con Stallone. Y se puede hablar de muchas más cosas. Del Mundial que ganó con 17 años, de sus no goles, de su aventura estadounidense o hasta de sus zapatillas Puma. De lo que ya he escrito tendréis referencia al final de este artículo. De lo que se puede escribir no sabemos lo que nos deparará el futuro. Pero de todo lo que se ha publicado a lo largo de esta semana me quedo con un video. El video que demuestra que Pelé lo inventó todo. Antes de que todos los demás lo hicieran, Pelé ya lo había hecho.

https://www.youtube.com/watch?v=iCbLUc-QKJw

Pelé era ‘O Rei’. El apodo se lo puso ‘France Football’ tras ganar el Mundial de 1958 con 17 años. Un garoto que empezó como suplente y anotó seis goles en cuatro partidos. Pero ya llevaba el ‘10’. Ojo. Ese año metió 66 goles en 46 partidos oficiales. Todo el mundo sabía lo que allí se cocía. Uno de los goles que anotó en Suecia fue antológico, con sombrero incluido. Lo curioso de Pelé es que sus goles más recordados son aquellos de los que no tenemos constancia. Cuentan que en 1959 hizo el más bello de sus más de 1.200 chicharros. Hizo hasta tres sombreros seguidos, el último de ellos al portero rival, antes de colocar la pelota en la red. No hay imágenes. Solo testigos. Como el que anotó ante Fluminense en el que cogió el balón en el área propia y regateó hasta a siete rivales a lo largo de 80 metros para anotar el tanto. Ese es ‘el gol de placa’, porque, a la falta de imágenes, una placa atestigua la proeza acontecida una tarde de 1961 en Maracaná.

Tenía entonces Pelé 21 años y estaba en el apogeo de su carrera. Entre 1957 y 1961 metió 355 goles. Era el futuro. Delicado y voraz. Frugal y hambriento. Tenía el talento y también la determinación. Era mágico. Luchaba por la pelota con la misma ansía con la que luchaba por el pan cuando era niño. Porque Pelé pasó hambre. Mucha hambre. Poseedor de toda clase de trucos, su fútbol no era espumoso sino concreto. Lo daba todo en cada partido y era valiente al contacto. Recibía, pero también daba. Alto, fuerte, era rata como Messi y león como Cristiano. Rehuía de marcar de penalti para aumentar sus estadísticas. “Es un gol de cobardes”, decía. Y era magnífico de cabeza, algo, que, en su opinión, ponía fin al eterno debate: “El único gol que marcó Maradona de cabeza fue con la mano”.

Pelé ganó el debate porque brillaba tanto dentro como fuera del campo. Era un encanto de persona, la alegría personificada. Jamás decía que no a un periodista, a un aficionado o a una foto. Y siempre, siempre, saludaba a todos y cada uno de los presentes en una estancia. Desde el gran ejecutivo hasta al que pasaba la mopa. Era un ídolo, un icono, y le encantaba. Pero nunca con soberbia, siempre con elegancia. “¿El mejor jugador del mundo? Para ser el mejor jugador del mundo habría que rendir bien en todas las posiciones, y eso es imposible”, decía. En cierta ocasión, en 1979, Pelé coincidió con Maradona. Entonces el ‘Pelusa’ era un adolescente prodigioso que tenía al brasileño como ídolo. Luego vendrían los desencuentros. El caso es que un retirado Pelé compartió unas horas con él y de paso le dio unos cuantos consejos. Maradona se grabó a fuego aquello de que negociase bien sus contratos porque la vida del futbolista era corta. A lo que no hizo mucho caso fue al otro gran consejo de ‘O Rei’: “Acepta los aplausos, pero no vivas de ellos. Nunca hagas caso cuando te digan que eres el mejor. El día que te sientas el mejor, dejarás de serlo para siempre”.

Murió Edson, pero Pelé es eterno. Lo es por sus no goles. Por aquellas tardes de México en 1970. Hastiado de tantas patadas, apenas tiene 26 años, pero ya es un jubilado. En el 66 le dieron tanto que Eusebio tuvo que regañar a sus propios compañeros de selección para que parasen. Fue cuando Portugal venció a Brasil. Los 60 se habían iniciado con el ‘jogo bonito’ y acabaron con el cénit del catenaccio. Nunca antes y nunca después como en los 60 se pegó tanto y con tanta impunidad. Antes porque el fútbol era caballeroso y después porque la televisión imposibilitó tales atropellos. Pelé no es el que era. Entre 1966 y 1969 es un ex futbolista. 11 goles en 29 partidos el año del Mundial. La FIFA decide cambiar el reglamento. Introduce las tarjetas. Por vez primera se protege al artista. Pelé vuelve en 1970. Con 29 años. Nadie cree en él. Nadie. Lo que hace es divino. Deja al menos una perla en cada partido. El goleador se convierte en hacedor. Sus no goles en México son obras de arte eternas. Tanto como un cuadro de Rubens o un poema de García Lorca. Porque Pelé lo que hizo es dotar al fútbol de belleza. Siempre jugó y compitió. Siempre por ese orden.

Pelé era un ‘10’. Al igual que Di Stéfano o Messi siempre rehusó de la etiqueta de delantero. Por muchos goles que anotase, Pelé era un facilitador del juego. Uno de esos seres que pululan por el campo como el león por la selva. Adormilado, pero despierto. Capaz de reinar, dentro y fuera del área, con balón y sin balón. “Cuando duermo nunca sueño en meter goles, siempre estoy corrigiendo a mis compañeros y pasándoles el balón en buena posición”, dijo en una ocasión. Siempre se debatirá quien es el mejor. Nunca quien porta la corona.

Fallece Pelé, el mito más grande del fútbol mundial - Prensa Latina
‘O Rei’

Pelé es ‘O Rei’ por unanimidad. Porque fue el primer futbolista universal. El origen. El primero que cautivó a aficionados de todo el mundo. Pelé surgió en un mundo donde la palabra claudicó por vez primera ante la imagen. Los 60 marcan la divisoria entre el fútbol antiguo y el moderno. Entre el antes y el después. No es extraño que tres de los cinco más grandes coincidieran en el espacio de una década. Cuando Cruyff debutaba, Di Stéfano se apagaba y Pelé reinaba. Entonces la imagen llevó el fútbol a los cinco continentes. Y fue en México, en 1970, cuando el color impregnó de emoción y discurso a la imagen. Y allí estaba Pelé. Para tomar posesión de todas sus tierras a lo largo y ancho del planeta.

En ocho años se han ido los cuatro fantásticos. Queda Messi, aun en activo. Luego, un escalón por debajo, están Puskás, Ronaldo, Zidane o Cristiano. Pero los cuatro bichos que dominaron el fútbol desde mediados del siglo XX, desde que el fútbol es global, ya se encuentran en el olimpo. Entonces, en el siglo pasado, Pelé era ‘O Rei’. Mas hoy hay escepticismo. Dicen que Pelé no jugó en Europa, que solo ganó dos Copas Libertadores con el Santos y que, si bien venció en tres Mundiales, en el segundo de ellos apenas jugó por culpa de una lesión. Que Brasil saliese campeona en Chile 1962 sin el concurso de Pelé es la muestra palpable de que su importancia está magnificada.

Pero lo que más chirria a los críticos son los amistosos. Por entonces no existía la liga brasileña. La inmensidad del país era tal que era imposible gestionar una competición semanal. El Santos de Pelé competía en el Paulistâo. Y era el Santos de Pelé, porque el Santos no era nada. Con Pelé lo fue todo. Pero no era suficiente. El Santos sabía que tenía a la gallina de los huevos de oro y durante más de una década programó cientos de partidos amistosos por todo el mundo para sacar la mayor rentabilidad a su estrella.

Hay quien dice que son esos partidos los que restan credibilidad al mito. Yo no estoy de acuerdo. A Pelé no se le entiende ni por los títulos, ni por sus goles. A Pelé se le entiende por la belleza de los mismos y por su inventiva sobre el césped. Pero, sobre todo, la mejor forma de explicar que fue y que es Pelé es a través de esos amistosos que movían millones de personas hastiadas por contemplar lo que un ángel podría hacer con una pelota.

Continuará…

“El futbolista más grande que ha habido es Di Stéfano. Me niego a calificar a Pelé como jugador. Estaba por encima de eso”. Ferenc Puskás.

“Pelé fue el único jugador que sobrepasó los límites de la lógica”. Johan Cruyff.

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Pelé

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Qatar 2022. Balance

La ONU acepta que los turcos cambien su nombre oficial de Turkey a Türkiye para que dejen de ser tomados por pavos (turkey). En Italia gobierna la extrema derecha y no pasa nada, al igual que tampoco pasa nada porque en Cuba se acepte el matrimonio homosexual o porque en Brasil gobierne el comunista Lula da Silva tras doce años fuera de la poltrona visita a la cárcel incluida. Tampoco pasa nada porque la III Guerra Mundial esté a la espera de una caída del sistema, un fallo humano o a un golpe de dron mal configurado. El presidente Joe Biden y el presidente Xi Jiping se conocen en persona, se dan la mano y declaran un tiempo muerto, mientras Vladimir Putin empieza a darse cuenta de que invadir Ucrania ha sido un error porque el ogro ruso da miedo en Europa, pero es un osezno ante las otras dos bestias que gobiernan el planeta.

Nieva en Egipto mientras que en Escocia se alcanzan los 37 grados centígrados. Se llega a un acuerdo de mínimos en la cumbre del clima, pero el silencio le gana por goleada a los aplausos. El silencio es lo que le espera a Twitter tras su compra por el archimillonario y excéntrico Elon Musk. Millonaria también es la inversión de Kellogg’s, que además de producir cereales quiere llevar al hombre a Marte. Por el espacio anda el telescopio James Webb que demuestra que hay dióxido de carbono más allá de nuestro universo.

Aquí, en la Tierra, los europeos dudan en darle armas a Ucrania, pero a cambio le dan los votos para que ganen Eurovisión. Sube el trigo, la soja, el maíz, el petróleo, la inflación se desborda y el mundo se da cuenta de que no todo puede ser ‘made in China’ y que no todos podemos vivir en ciudades. Putin habla de la Gran Rusia y los rusos se quedan sin Zara y sin McDonald’s mientras juguetea con armas atómicas. Con misiles nucleares también pasa el rato Kim Jong-un, pero da demasiado miedo como para echarle la bronca por sus jugueteos. Nuclear, pero fisión, es la panacea que nos anuncian, una energía libre e ilimitada que hará que pasemos de pobres y sucios a ricos y limpios.

Al presidente del Gobierno de España le da por decir que el Sáhara es marroquí tras medio siglo diciendo lo contrario. Tampoco es raro, porque dicen los expertos que decimos entre cuatro y veinte mentiras al día. A Pedro Sánchez le dan el Pichichi. Nicaragua elige por vez primera a una mujer presidenta y le da por cambiar el azul oscuro de su bandera por un azul turquesa. Novak Djokovic sigue ganando títulos a pesar de negarse a vacunarse de la Covid y a Gerard Piqué le obligan a retirarse para seguir siendo un hombre orquesta. En Hollywood le dan el Oscar a CODA, una película de sordos, plagio de un filme francés y que se estrena en Apple TV, el mismo día que a Will Smith le da por demostrar que pa chulo su pirulo. Descubren el origen del euskera la misma semana que estalla la burbuja de las criptomonedas, la enésima forma de hacerse rico sin pegar un palo al agua.

Fallece el primer ser humano al que se le había trasplantado el corazón de un cerdo. Fenece Dietrich Mateschitz, el culpable de que los adolescentes tripliquen su ingesta de azúcar y cafeína al abandonar la Coca Cola por la bebida energética que te da alas. También fallece Hana Tanaka a los 119 años, récord mundial absoluto. Muere Mijail Gorbachov en loor de multitudes, a excepción del lugar que lo vio nacer. Y sí, al fin muere Isabel II tras celebrar su jubileo como reina. A su entierro asistirá Liz Truss, tras sustituir a Boris Johnson, el loco del Brexit que se creyó Winston Churchill en patinete y que recitaba a Pericles mientras bebía pintas de cerveza. A la coronación del eterno Príncipe de Gales, hoy Carlos III, ya no acudirá Liz Truss, quien apenas aguantará 44 días en la silla eléctrica del número 10 de Downing Street.

En Qatar se disputa la XXII Copa del Mundo de fútbol. Participaron 32 países entre los cuales había un debutante; la anfitriona Qatar. Fueron 220.000 millones de euros, 500 fallecidos oficiales y 6.000 oficiosos en la construcción esclavista de unas pirámides (perdón, estadios) de politetrafluoretileno que protegen del viento cálido, el polvo y permiten que entre el sol al mismo tiempo que funciona el aire acondicionado. Todo eco, bio, orgánico y fantástico. Los de casa perdieron todos sus partidos, aunque evitaron el ridículo, mientras el presidente de la FIFA anunciaba que era el mejor Mundial de la historia y, de lo tan encantado que estaba, informaba que iba a trasladar su residencia a Doha.

No hubo incidencias con los hooligans. Ayudó que se construyeran unas carpas a kilómetros de los estadios para que allí se les pasara la borrachera. Budweiser reclamó daños y perjuicios a la FIFA al no poder vender cerveza dentro de los estadios, a lo que la FIFA contestó con una sonrisa y cientos de millones. Total, paga papá Qatar. Decía que ayudó a no haber incidencias la falta de alcohol y también el enésimo fracaso de Inglaterra, concretado cuando Harry Kane envió un penalti al espacio para que el balón vaya abriendo camino a la conquista de Marte.

Fue el primer Mundial en otoño que finalizó a las puertas del invierno. En Argentina encantados, porque fue en primavera y finalizó a las puertas del verano. En Alemania no gustó. Tanto que nunca antes se habían vendido tan pocas camisetas de la Mannschaft. ¿Quién se iba a poner de manga corta a cinco bajo cero? Tampoco ayudó que Alemania cayese por segunda vez consecutiva a las primeras de cambio.

A Alemania la echó Japón, que sorprendió tanto por su fútbol alegre como por la pulcritud de sus futbolistas a la hora de dejar limpio y ordenado un vestuario. Japón ganó a Alemania y a España, Corea del Sur a Portugal, Australia a Dinamarca, Irán a Gales, Marruecos a Bélgica, Túnez a Francia, Camerún a Brasil y Arabía Saudita a Argentina. A octavos pasaron por vez primera representantes de los cinco continentes. Australia lo hizo con un gol de un tipo que un par de años antes ejercía de fontanero. Al Dawsari no ejerció de fontanero, pero apenas le dio para jugar un partido de regalo con el Villarreal. Dio lo mismo. Su gol ante Argentina hubiese sido firmado por el propio Juan Román Riquelme.

Hubo lloros varios. Muchos fracasos. Lloró Luis Suárez. Lloró Son. De Bruyne no lloró, porque De Bruyne ni llora ni ríe. Luis Enrique no lloró, porque solo sabe reír. A Bale le dio para escuchar con orgullo el himno de Gales, marchar de Qatar y ahora, sí, al fin, poder irse tranquilo a jugar al golf. Podrá invitar a echar unos hoyos a Hazard, uno de los que dijo adiós al fútbol internacional, aunque ya hace tiempo que se había marchado. Pero sobre todo lloraron Neymar y Cristiano Ronaldo. El final de Cristiano es impropio para quien deja semejante testamento en el archivo del futbol. Empezó metiendo el gol que lo convirtió en el único ser humano capaz de anotar en cinco Copas del Mundo distintas. Pero eso fue todo. Jugó poco, mal, y acabó enfadado con los suyos y con el mundo. Neymar hizo música del cuerpo e hizo de su juego fiesta para nuestros ojos, pero claudicó ante la exigencia, algo intrínseco a su persona. Durante media hora Brasil homenajeo al moribundo Pelé, pero al final ‘O Rei’ tendrá que negociar con la muerte otros cuatro años si quiere presenciar en vida el hexacampeonato.

Fue el primer Mundial con fuera de juego semiautomático y con cinco cambios, dos de esas cosas que dicen que acercan el fútbol a los jóvenes, pero lo que hacen es alargar el tedio hasta el infinito. Aunque para tedioso los descuentos de diez minutos. Catorce llegó a ser el récord. Ahora los partidos duran 110 minutos. Fue un Mundial donde dos hermanos jugaron enfrentados, uno con España y otro con Ghana, aunque los dos jugarán juntos con la selección de Euskadi. Fue también el Mundial de Stephanie Frappaut, primer arbitra de la historia mundialista. Fue en un Alemania vs Costa Rica, el mismo día que Alemania quedó eliminada en fase de grupos, como ya dijimos, por segunda vez seguida. Gary Lineker ya se ha prestado a cambiar su máxima. Francia es ahora Alemania. Las hecatombes de Bélgica y Uruguay dejan secuelas irreparables. Dos generaciones de oro que afrontan su jubilación. No es el caso de Alemania que lleva dos Mundiales conviviendo con la vulgaridad. Neuer o Müller pasarán a mejor vida, pero la realidad es que Alemania está plagada de jóvenes extraordinarios que llevan años fracasando. Quizás apostar por la horizontalidad con posesión para ganar en 2014 finiquitó el modelo de verticalidad con aplastamiento que ahora tan echa de menos el corazón teutón.

Fue también el Mundial de Irán. Alemanes o ingleses anunciaron que llevarían un brazalete en honor al colectivo LGTBI. Alarmados por la amenaza de ser sancionados con una tarjeta amarilla, plegaron velas y se refugiaron en búnkeres temiendo por sus vidas. En un acto de vergüenza torera a los teutones les dio por taparse sus bocas en una foto oficial como símbolo de protesta. Fue como salir del búnker a buscar comida. Los de Irán decidieron salir de las trincheras. Comenzaron el Mundial negándose a cantar el himno en protesta por la teocracia islámica. En el segundo partido cantaron todos a viva voz una vez se supo que habían amenazado a sus familias con la muerte de seguir con ese acto de rebeldía. Eso sí que es ir a la guerra.

¿Y los nuestros? España ha hecho de un sistema una superstición. Si el patadón era genial para futbolistas malos, el tiki taka lo es para aquellos extraordinarios. Y en España no sabemos lo que es el término medio. Así que ni fue ni fa. Como dijo Valdano, lo que hizo España durante el Mundial fue masturbar la pelota sin llegar al orgasmo. Eso sí, jugamos con pantalón y camiseta roja porque a Luis Padrique le pareció que intimidaría más a los contrarios a expensas de aquellos padres que gastaron sus euros en comprar a sus hijos la indumentaria oficial. Mas debemos estar contentos, porque Twitchenrique se fue “muy satisfecho porque MIS jugadores han representado a la perfección MI idea futbolística”.

El gol del Mundial lo metió Richarlison, un tipo que llevaba meses sin meter uno y que en Qatar le dio por meter los dos más bellos de su carrera. También le fue de cine al insípido Giroud, que pasó de la nada al todo, luchando por ser máximo goleador tras no tirar a puerta en el pasado Mundial. La jugada del Mundial fue de Messi contra el defensa del Mundial. Un sprint de potro imparable con burreo al enmascarado Gvuardiol.

Croacia fue semifinalista tras derrotar a Brasil en cuartos de final. Los ex yugoslavos han exprimido el hueso del jamón durante años mientras que los cariocas no han tenido nada que exprimir a pesar de vivir en la abundancia. Fue el éxito de Modric, un pulmón entre dos costillas sostenidas por dos palos que bailan con la destreza de un trapecista. Decía que Croacia fue semifinalista como también lo fue Marruecos. Dalic y Regragui son sus técnicos. No tienen currículo, y ni aun teniéndolo tendrían el móvil lleno de WhatsApp. Otros filosofan, algunos apuntan mil fórmulas en roídas libretas, los hay que bailan en el banquillo y hasta hay uno que confiesa que lleva tanga. Todos fracasaron, pero todos tendrán igualmente suculentas ofertas.

Llegaron cuatro a semifinales. Nadie confiaba en Marruecos, Croacia se fabricó su propia confianza, Argentina fue creciendo en confianza y Francia derrochaba autoconfianza. La FIFA dijo que el mejor jugador del Mundial fue Lionel Messi, pero la realidad es que fue Sofyan Amrabat. Uno habría podido jubilar a sus bisnietos de hacer tal afirmación en una casa de apuestas antes de comenzar la Copa del Mundo. Ni siquiera la sonrisa de anuncio de Bono y los fans de Achraf hubiesen podido imaginar que Amrabat se pudiese haber convertido en un Hecantónquiro, aunque sustituyendo los brazos por múltiples piernas. Amrabat nació en Holanda, se formó y jugó en las categorías inferiores de la selección neerlandesa y llevaba años ejerciendo de excavadora y perforadora en la liga italiana. Con un par de días más en Qatar hubiese dejado sin arena el desierto.

La final la disputaron Argentina y Francia. Fue la mejor de los tiempos modernos. Fue en el estadio de Lusail. Diseñado por Albert Speer Junior, el hijo del arquitecto de Hitler. Mbappé marcó tres goles, el segundo de ellos un zarpazo de leopardo. Messi anotó dos, superó a Matthäus como futbolista con más partidos en un Mundial y ganó el gran título que le faltaba. Messi jugó el partido luchando por ser Maradona. Mbappé lo hacía para ser Pelé. Francia no se presentó a la final hasta el minuto 80 afectada por el virus del camello, pero no existe mejor preparador físico que el gol, y un tanto les hizo aparecer en escena. Le ha costado tanto a Messi ser Maradona que tuvo que ganar el partido en tres veces. La última le echó una mano el Dibu Martínez, que, en el último acto, en la tanda de penaltis, le birló el título de mejor arquero del Mundial a la araña Livakovic. Messi ha tenido dos carreras. La primera la hizo a toda pastilla con el Barça. La segunda la ha hecho andando con Argentina. Y todas triunfadoras. Un círculo victorioso inigualable.

El máximo goleador del Mundial fue Kylian Mbappé con ocho tantos. El delantero francés se llevó el Balón de Plata al mejor jugador del torneo, el ya citado Messi fue el Balón de Oro y Luka Modric el Balón de Bronce. Enzo Fernández ganó el trofeo al mejor jugador joven. Seis años antes, cuando contaba con 15 años, Enzo le escribió una carta a Messi pidiéndole que no se retirara de la selección argentina ante las criticas y fracasos con la albiceleste que sumaba el entonces jugador del Barça. Hoy Messi debe agradecerle buena parte de su éxito a un Enzo que empezó como suplente y acabó desnortando al centro del campo francés.

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La tercera estrella

“Como futbolista sabes que no hay muchas oportunidades de jugar el Mundial, por lo que debes tomarlas cuando puedas”. Lionel Messi.

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Apuntes sobre una final (Argentina vs Francia)

Para bien o para mal será el Mundial de Messi. Para saber si es o no es. Si el debate pasa a tener fin o se alarga ‘per saecula saeuculorum’. La vejez le ha tratado mejor que a Cristiano, con quien libró una batalla que acabó decantándose a su favor por el trono mundial. Fueron años de lucha, mas no son años, sino toda una vida, la que Leo lleva intentando ganarse el corazón de los argentinos para sustituir en el altar al d10s Maradona. Messi ha facturado dos temporadas de vacaciones, ahorrando físico, para reconciliarse con el fútbol y con su país en este último baile. Todos los jugadores que han estado en Qatar querían ganar el Mundial, pero sólo uno de ellos lo necesita.

Mientras Leo Messi exprime su fútbol porque no le sobra energía, Kylian Mbappé es todo exuberancia. Es una manada que baila sobre el césped. Le da tiempo a todo, incluso a cometer errores. Es arrogante, porque puede. Tiene más piernas que Messi, aunque menos fútbol en su cabeza. Si Messi abruma ambición atrapado por la necesidad de ser el más grande, Mbappé encara el triunfo de una forma mucho más lúdica. Lucha por ganar su segundo Mundial con apenas 23 años. Le quedan al menos otros dos y, salvo que una lesión destroce su carrera, la lógica dice que acabará siendo el máximo goleador de la historia de la Copa del Mundo. Por mucho que duela en Madrid podría retirarse sin ganar la Copa de Europa y no pasaría nada. Con dos Mundiales a sus espaldas Mbappé sería al mismo tiempo la Torre Eiffel, Juana de Arco y Charles de Gaulle.

Para Argentina será su sexta final de Mundial con, hasta el momento, un balance de 2/3. Cayó en 1930 ante Uruguay, en 1990 frente a Alemania y en 2014 de nuevo ante los germanos. Alcanzó el éxito en 1978 contra Países Bajos y en 1986 venciendo a Alemania. Argentina es la élite. Alemania ha jugado ocho (4 victorias y 4 derrotas), Brasil siete (5/2) e Italia seis (4/2) junto a los ya citados argentinos. Inmediatamente después en el escalafón estaría Francia, que con la de Qatar acumula cuatro finales en total. Salió victoriosa en 1998 contra Brasil y en 2018 frente a Croacia, mientras que perdió por penaltis ante Italia en 2006.

Será, pues, el tercer Mundial para cualquiera de las dos naciones. Lo será en el cuarto enfrentamiento mundialista entre estos dos países. La primera vez fue al inicio de esta mágica competición. Era 1930 y Argentina salió vencedora (1-0), ayudada por el hecho de que Francia jugó medio partido con un jugador menos al lesionarse uno de sus delanteros en una época en la que no existían cambios. Aquel triunfo permitió a los albicelestes clasificarse para semifinales. Volvería a ganar Argentina en 1978, en este caso para meterse en una segunda fase equivalente a los cuartos de final. Ganaron por 2-1 ante una Francia en la que emergía un joven Platini. La última vez fue en los octavos de final de Rusia 2018, donde la moneda cayó del lado francés al vencer por 4-3 en un impresionante partido que encumbró a Mbappé camino del triunfo en la Copa del Mundo.

Estaba Mbappé por aquel entonces, como también lo estaban Hugo Lloris, Steve Mandanda, Alphonse Areolá, Benjamin Pavard, Lucas Hernández, Antoine Griezmann, Ousman Dembelé y Oliver Giroud. Estos nueve jugadores pueden proclamarse bicampeones mundiales. Solo dos países han logrado repetir tal hazaña de forma consecutiva. Italia en 1934 y 1938 (cuatro italianos bicampeonaron, entre ellos Giuseppe Meazza) y Brasil en 1958 y 1962 (doce bicampeones entre los cuales estaban Garrincha o Djalma Santos). También son bicampeones Passarella (1978 y 1986) y Cafú y Ronaldo (1994 y 2002). Si bien es cierto que tanto Pasarella en el segundo como Ronaldo en el primero tuvieron una participación meramente testimonial. De igual modo tan sólo Lloris, Griezmann, Giroud, Mbappé y, en menor medida, Dembelé, podrían considerarse capitales en los dos posibles entorchados galos.

Por encima de todos ellos solo quedaría Pelé, el único ganador de tres Mundiales (1958, 1962 y 1970), siendo la figura más relevante tanto en el primero como en el último de ellos.

Decía que capital en los dos triunfos sería Oliver Giroud. El delantero que no tiró entre los tres palos en los siete partidos de Rusia 2018 y que en Qatar 2022 lucha por ser el máximo goleador de la competición. Su lugar tendría que haber sido ocupado por Benzema, jugador de tronío, que se retirará con al menos cinco entorchados continentales con el Real Madrid y con dos Mundiales ganados en su imaginación. ¿Hubiese sido el palmarés más extraordinario de un futbolista? Sin lugar a dudas. Pero eso, como mucho, es una historia contrafactual.

La realidad dice que el mejor es Messi. La corona ya la tiene. Ahora pretende colocarle el orbe. Son cinco mundiales. Son 16 años de espera. A Ronaldinho lo retiró, a Buffon lo humilló, a Xavi e Iniesta los eclipsó, con los alemanes no se presta la comparación y Mbappé aún está lejos en el retrovisor…siempre y cuando a Kylian no le dé por ganar su segunda estrella.

Comparativa entre Messi y Mbappé, las dos estrellas del Mundial de Qatar
Futuro, presente y pasado

Pero hay más que Mbappé y Messi. Es el Mundial de Antoine Griezmann. Un jugador principesco, con una carrera extraña, salpicada de toma de decisiones erróneas, pero que es faro y guía de su selección. Griezmann lleva una década manejando los hilos de Francia, con ingenio y con trabajo, sirviendo de continuidad a lo que antes hicieron Platini y Zidane. Nunca comerá en la mesa de los grandes y ni siquiera se le ha permitido llevar el ‘10’, pero su batuta es capital para entender el éxito francés de estos últimos años.

Capital también ha sido el trabajo de Lionel Scaloni. Si Deschamps lleva desde 2012 como seleccionador con un discurso que sólo los triunfos y el fondo de armario francés ha mantenido en pie, Scaloni es un advenedizo con el que nadie contaba. Su tranquilidad frente al histrionismo argentino al caer el primer día ante Arabía Saudí hizo saltar un clic en la opinión pública. Su gestión del vestuario, su apuesta por Enzo Fernández y Julián Álvarez y en especial el virtuosismo táctico que ha mostrado en las rondas eliminatorias, lo ha encumbrado como técnico con enjundia.

Es pues una final inédita, pero que confronta a dos elegidos. Al presente y al pasado. Al presente y al futuro. A Argentina y a Francia. Junto a los uruguayos, los argentinos fueron la vanguardia del fútbol en sus orígenes. A orillas del río de la Plata se cultivó una forma de jugar que combinaba la garra con la técnica. Así Argentina cayó ante Uruguay en 1930, en el primer Mundial de la historia. Hasta 1978 no volvería a una final, pero no por eso decayó el fútbol argentino. Pedernera, Moreno, Sívori, Carrizo, River, Boca, Racing, Independiente…todos forman parte del acervo cultural del fútbol. Tres de los llamados cinco grandes son argentinos y, con mayor o menor suerte, Argentina siempre es referente en cualquier competición a la que se presente.

Para Francia el pasado es borroso. Eclipsado por el ciclismo y el rugby, el fútbol no tuvo en sus inicios la preponderancia que tiene en el presente. Sin embargo, su evolución es sorprendente. Ganó su primera Eurocopa en 1984 con Platini de maestro de ceremonias y alcanzando dos semifinales mundiales. Era algo excelente. Pero desde 1998 Francia acumula dos trofeos y una final. Son cuatro finales de las últimas siete. Apabullante. Donde antes estaban Italia y Alemania ahora está Francia. No enamora y es terriblemente conservadora, pero es exitosa. Es el equipo más mestizo de Europa y sabe aprovecharse de eso. Son fuertes, rápidos y técnicamente prodigiosos. Los italianos daban pánico por su control del tempo del partido, virtud a la que los alemanes le añadían un poderoso despliegue físico. Francia hoy lo es todo. Ese equipo que puede hacer un partido horrible pero que igualmente se llevará el triunfo. Francia es hoy la nueva Alemania.

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Cuando Roger Milla pasó de nadar con delfines a ser la estrella de un Mundial

Marruecos ha tocado el cielo. Es la primera nación árabe que llega a los cuartos de final de un Mundial. Eso al menos. Ahí es donde está Marruecos a la hora de escribir estas líneas, a la víspera de su histórico partido ante Portugal. Quizás, estimado lector, cuando lea esto ya habrá roto Marruecos el techo de cristal y se convierta en la primera nación africana en alcanzar unas semifinales mundialistas. O quizás no. Lo lógico es que caiga en cuartos de final y ponga fin a un sueño que inició con Croacia, se hizo realidad con Bélgica y cristalizó frente a España.

El caso es que es la tercera vez que un equipo africano llega a cuartos de final de un Mundial. Pero es éste un equipo africano diferente. No es una nación del corazón africano. No es una nación negra. Es una nación árabe. Una comunidad de seres humanos que rivalizan conforme a distintas fronteras, pero que tienen un acerbo cultural común desde Mauritania a orillas del Atlántico hasta Irán a las puertas del Océano Índico. Aún así el triunfo de Marruecos es el triunfo de África. El triunfo de un fútbol técnico y físico a partes iguales que lleva años evolucionando gracias a los nietos e hijos de los que buscaron en Occidente una vida mejor. De la plantilla marroquí de 26 convocados un total de 14 nacieron lejos de suelo marroquí, incluidos sus futbolistas más destacados; Bono (Canadá), Achraf (España), Boufal (Francia) y Amrabat, Mazraoui y Ziyech (Países Bajos).

Marruecos da el campanazo, hace historia y elimina a España para avanzar a  Cuartos de Final de Qatar 2022 - Los Angeles Times
Éxtasis marroquí

San Paolo. Nápoles. Junio de 1990. Camerún 0-1 Inglaterra. Descanso. Son los cuartos de final de la Copa del Mundo. Roger Milla entra al campo con el ‘9’ en la espalda sustituyendo a Emmanuel Maboang. Milla va a revolucionar el partido. Eléctrico, móvil, perspicaz, alborota la defensa inglesa y en dos fogonazos Camerún se pone por delante. A falta de ocho minutos para el fin del partido Camerún gana por 2-1. Roger Milla tiene 38 años. Es la primera vez que juega los cuartos de final de un Mundial. Es la primera vez que un país africano juega los cuartos de final de un Mundial.

Un penalti anotado por Gary Lineker condujo el partido a la prórroga y otra pena máxima anotada en el tiempo extra por el entonces delantero del Tottenham daba la victoria a los británicos por 2-3. África no volverá a estar tan cerca de la gloria hasta que la selección de Ghana caiga en la tanda de penaltis ante Uruguay en los cuartos del Mundial de Sudáfrica de 2010. Aquello también fue de traca. Con Luis Suárez expulsado por hacer de portero a escasos minutos del final y con Abreu marcando el tanto de la victoria con un penalti tirado a lo Panenka. Doce años después ha tocado la epopeya de Marruecos en suelo qatarí. Pero la primera vez fue aquella de Camerún. Con un Roger Milla desatado. Anotó cuatro goles en cinco partidos y con 38 años fue elegido en el mejor once del Mundial. Su nombre brillaba junto a los de Matthaüs, Baresi, Maldini, Klinsmann o Maradona.

Cameroon legend Roger Milla regrets they lost to England at Italia 90 | The  Sun
Roger Milla

Camerún es una nación brillante situada en un lugar privilegiado. Desiertos, playas, sabanas y montañas adornaban a un país que se abre al golfo de Guinea. Fueron los portugueses los que bautizaron a esa zona como río de camarones, pero serían los alemanes los que en el siglo XIX explotaron esas tierras a su antojo como fructífera colonia. Tras la I Guerra Mundial lo que desde 1960 será el Camerún independiente fue dividido entre ingleses y franceses. En la parte británica destacaba la fe musulmana, mientras que, en la parte francesa, mucho más numerosa, la facción católica.

Es conveniente hacer esta distinción cuando nos adentramos en los años 70 del siglo pasado. El fútbol africano era ignorado por los medios y los ojeadores europeos. Pero entonces, además de hombres de negocios, eran los misioneros católicos quienes seguían manteniendo los lazos con las antiguas colonias. Así que un joven delantero de potencial inmenso y futuro brillante llamado Roger Miller no podría ni imaginarse lo que sería jugar en un grande de Europa. Por suerte para Milla (con la independencia de Camerún se africanizó el apellido) los lazos religiosos con Francia seguían presentes tras la descolonización.

Fue así como el boca a boca hizo que un club francés se atreviese a apostar por Roger Milla. Pero no era un grande. Ni mucho menos. Quien apostó por el camerunés fue el Valenciennes, escuadra modesta recién ascendida a la Ligue 1. Allí estuvo dos temporadas donde anotaba prácticamente gol por partido. Había llegado a Francia con 25 años y su hambre de gol e instinto asesino lo hicieron brillar de inmediato. Era un delantero de larga zancada, regate a golpe de cadera y disparo certero al primer toque. No era un rematador al uso, pero si un alborotador, un tiburón del área que acechaba a su presa y disparaba tras el primer movimiento. Su valía no se cifraba solo en goles, porque su entusiasmo y su personalidad le hacían echarse encima al equipo en los malos momentos y fabricarse goles por sí mismo si fuese necesario.

Milla firmó entonces por el AS Mónaco, pero ahí su estrellato pronto pasó al olvido. Los monegascos ya eran un grande del futbol galo y por entonces tirar la barrera psicológica que separaba a africanos de europeos parecía inabordable. No consiguió ser titular, se acercaba a la treintena, y los ramalazos de genio que mostraba con su selección eran tildados de frivolidades cuando se ponía la camiseta del AS Mónaco.

Así que hubo que dar otro paso atrás y fichar por el SC Bastia. Y allí fue la explosión. Fueron cuatro temporadas de éxitos, incluyendo un gol histórico que le dio una copa al pequeño club de Cerdeña. Fueron años de champán. Fue elegido jugador africano del año y en 1982 junto a M’Bida o N’Kono disputó el Mundial de 1982 con Camerún quedando eliminados en primera ronda, pero por culpa de la diferencia de goles y sin perder ningún partido.

La carrera de Roger Milla era exitosa para ser un futbolista africano, pero seguía siendo un don nadie. Un completo desconocido. En 1984 lideró a Camerún a la victoria en la Copa de África y repitió hazaña en 1988 añadiendo el título de máximo goleador. Contaba entonces con 36 años y jugaba en el Montpellier HSC al que ayudó a ascender a la Ligue 1 para luego clasificarlo para la Copa de la UEFA. Al año siguiente, en 1989, decidió retirarse dejando una media de nueve goles por temporada en máxima categoría y dieciséis en segunda tras doce temporadas en Francia.

Olympia di Twitter: "Roger Milla. #Bastia https://t.co/dtehngBwmx" / Twitter
Milla en el SC Bastia

A sus 38 años Roger Milla iba a gozar de un retiro dorado. Y decidió hacerlo en la Isla de Reunión, un idílico departamento de ultramar francés situado en el Océano Índico. Firmó por un equipo de la isla y decidió meter unos goles mientras disfrutaba de placenteros baños en parajes de ensueño.

Y mientras, ¿qué pasa con Camerún? Los leones indomables son los grandes favoritos para ganar la Copa de África de 1990. Se disputa en marzo, a escasos cuatros meses del Mundial de Italia. Y el fracaso es absoluto. Son superados por Zambia y Senegal y ni siquiera son capaces de pasar de primera ronda. La conmoción en el país es absoluta. Se trata de un equipo joven y con talento, pero en el que, exceptuando al portero del Espanyol Tommy N’Kono, no hay demasiada experiencia en el fútbol europeo.

Urge una solución inmediata.

¡Roger! ¡Roger! ¡Tienes una llamada! Así fue como avisaron a Milla. Y no era para menos. La llamada tenía carácter oficial. Pero tendría que esperar. Milla tendría que dejar su equipo de submarinismo en el barco, antes de cambiarse y poner pie en tierra. Había estado nadando y buceando en aguas cristalinas acompañado de bancos de coral y pequeños delfines. El sempiterno sol brillaba cuando entró en la casa y fue acompañado hasta el teléfono.

Roger escuchó y se cuadró. Al otro lado del teléfono estaba Paul Biya, presidente de la República de Camerún desde hacía una década. Biya y Milla tenían una buena relación y compartían convicciones religiosas. Hablaron durante largo rato y Biya le pidió a Milla que volviera a calzarse las botas, aunque fuese únicamente para ejercer de referente moral. No importaba que jugase o no, pero su sola presencia en el equipo resultaría beneficiosa. Realmente aquello no era una conversación. Era una súplica. Pero procedía de un ser superior. En la psique africana eso era una orden dada por un rey que el noble debía de cumplir.

Roger Milla dejó la arena fina y el agua cristalina bañada por delfines para coger un avión rumbo a Camerún. Su primer movimiento fue hablar con Valery Nepomnyashhchy, el técnico ruso de apellido impronunciable que había fracasado en la Copa de África. El acuerdo fue fácil de conseguir. Milla iría al Mundial como suplente y el ruso salvaría su cabeza. Podría dirigir a los leones indomables en Italia 90.

Pero no todos estaban contentos. Milla podría ser un mito, pero su presencia en Italia era la de un advenedizo. Quien peor se lo tomó fue François Omar-Biyik, delantero fuerte, poderoso, que veía peligrar su puesto en el once titular. Milla lo tranquilizó y le dijo que no se preocupara, que su intención era tan solo apoyar desde el banquillo al equipo.

Y así fue. En el primer partido Camerún se convirtió en la primera selección que derrotaba al vigente campeón en el partido inaugural. La Argentina de Maradona caía ante los africanos gracias a un solitario gol de Oman-Biyik, que fue fervorosamente aplaudido por Milla desde el banquillo.

En el siguiente choque Roger Milla saltó al campo a los 15 minutos de la segunda parte. Camerún vs Rumanía. Lo hizo distraído, con aquella camiseta verde roída del pegote amarillo como escudo. Sin aliñar, con la zamarra mitad por dentro mitad por fuera, Milla anota dos goles. El primero es pillería. Golpe al defensa, salto a destiempo y golpeo seco con la izquierda. El segundo es un tiro áspero con la diestra tras un buen gesto técnico. Camerún se clasifica para octavos con dos goles de Miller, porque sí, a los 38 años, y tras una vida en Francia, Miller sigue siendo un desconocido en los rótulos de la televisión italiana.

Ya clasificado, Camerún se relaja y cae por 0-4 ante la URSS antes de enfrentarse a Colombia en octavos de final. Guiados por Valderrama los sudamericanos dominan el partido mientras los africanos esperaban agazapados para lanzar contragolpes. Se llega así a la prórroga donde el suplente Milla recibe cerca del área grande, se saca de encima a dos colombianos, y anota el primer gol del partido. Luego vendrá la gran locura de Higuita, quien intentará ser un Maradona con guantes cerca del círculo central, lo que aprovechará Roger Milla para anotar el segundo de Camerún. Su baile de celebración con el banderín del córner también pasará a la historia. Los leones indomables estarán en cuartos de final.

Luego vino el histórico partido de cuartos ante Inglaterra, donde el hasta entonces comedido y defensivo Camerún se convirtió en una escuadra agresiva y ofensiva que puso contra las cuerdas a los ingleses. Milla saldría del banquillo para forzar un penalti y dar la asistencia para el segundo gol camerunés. Camerún acabará cayendo, pero llegará más lejos de lo que nunca antes (con permiso de Marruecos) ha llegado una selección africana.

Roger Milla había descolgado las botas y fue aclamado como un héroe a su vuelta a Camerún. Dejó los baños con delfines para su jubilación y firmó por el Tonerre Yaoundé de su ciudad natal. Allí estuvo hasta 1994, cuando con 42 años acudió al Mundial de Estados Unidos y consiguió anotar otro tanto. Por supuesto sigue siendo el futbolista más veterano en anotar un gol en un Mundial.

Por entonces los jugadores de la África negra ya eran más que respetados. Abedi Pelé es estrella del Marsella campeón de la Copa de Europa, Nwankwo Kanu es el delantero del futuro en el Ajax y George Weah gana el Balón de Oro con el AC Milan, en reconocimiento histórico al hasta entonces siempre menospreciado fútbol africano.

Roger Milla colgó las botas en 1996, a los 44 años. Hay quien dice que realmente tenía más y que su pasaporte fue falseado. Sea cierto o no, lo hizo con el reconocimiento de la FIFA como el mejor jugador africano del siglo XX, dos Balón de Oro africanos con 14 años de diferencia (1976 y 1990) y con cinco goles en diez partidos mundialistas. Hoy es embajador de Unicef en África y aspira a ser presidente de un país al que en su día ayudó a poner en el mapa.

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