deporte femenino

Cuando Franco prohibió el atletismo en España (el extraño caso de Jordi Torremadé)

Los restos de los obuses y la metralla todavía impregnan las fachadas de los edificios de Madrid, Barcelona y otras grandes urbes. En el campo no hay dinero para fertilizantes y se siembra sin red de seguridad. La política autárquica dispara la inflación, provoca una bajada de los salarios y las insuficientes cartillas de racionamiento son complementadas con el mercado negro y el estraperlo. Miseria, muerte y pensamiento único, podría ser el resumen.

“Madrid era el fantasma de una ciudad, una desolación de perros y tranvías, con la Cibeles recién desvendada, como una momia, la Puerta de Alcalá como un pecho de piedra y de metralla, carteros muertos en las esquinas y la derrota comiendo de sí misma, en los solares, entre los gatos y los perros que desayunaban muerte y cenaban fusilado a media noche, bajo la luna grande del miedo”; así describía el escritor Francisco Umbral sobre el Madrid de 1941. “España, en la actualidad, está en peores condiciones que nunca antes en su historia. El gobierno es miserable, no hay comida, medio millón de personas están en la cárcel y un ejército enemigo se halla en la frontera. Esta situación obliga a la gente a pasar el tiempo en mórbidas reflexiones sobre sus infortunios y les impide tomar decisiones y actuar”, relatará el embajador británico Samuel Hoare en carta escrita a Winston Churchill en ese 1941.

En las cárceles la comida que se servía día sí y día también era caldo de nabos podridos. Inmunda, pero no mucho mejor que la de millones de hogares de la época que hacían maravillas con hierbas cocinadas con sal. En provincias como Córdoba hubo más muertos de hambre en ese 1941 que fusilados durante toda la Guerra Civil. Hay estudios que señalan que, en 1941, cuando los nazis estaban en su cénit, las calorías que los alemanes daban a sus presos eran superiores a las que consumía un español medio. Hambre, debilitamiento, desnutrición, enfermedad y muerte.

Una vista del Madrid de 1940

Ocurre que había otra España. Una parte de la sociedad que compraba zapatos, iba al cine, adquiría productos farmacéuticos, tomaba café con pastas e iban los fines de semana a un restaurante. Los había que tenían una villa con jardín en el barrio del Guinardó y un piso de techos altos, con ascensor de rejas y portero en la entrada en el ensanche barcelonés. Esa gente podía hacer cosas que se tornaban inimaginables para la época. Sucesos que entonces podrían ser concebidos como diabólicos. Sucesos que hoy nos parecen inconcebibles dado que jamás hubiésemos pensado que podrían haber sucedido en la oscuridad de la España de 1941.

Una operación de cambio de sexo.

El 9 de enero de 1923 nacía en el hospital de Sant Pau de Barcelona una niña a la que sus padres llamaron María Amparo Rita. Su apellido era Torremadé, un burgués de la época de familia bien. El caso es que la madre no las tenía todas consigo cuando expulsó a su retoño, por lo que preguntó a la comadrona por el sexo del recién nacido. Es una niña, parece que afirmó la comadrona. No tiene vulva, parece que le contestó la madre. Tampoco tiene pene, replicó la comadrona. Y así quedó el asunto. El caso es que María Amparo Rita, en adelante María, tenía una gran inflamación en sus partes delicadas. Según los médicos la inflamación se iría sola y al venir su primera regla todo volvería a la normalidad.

El caso es que la abnegada madre le ponía lazos a la niña y la vestía con preciosas faldas, pero el asunto no arrancaba. A María la tildaban de marimacho y era siempre la primera en ser escogida por los niños para jugar un partido de fútbol en la escuela mixta en la que estudiaba antes de que estallase la Guerra Civil. A María le gustaban las chicas y, a pesar de su aspecto hombruno, parece ser que ligaba. Tenía labia y contaba que era un espía soviético que estaba de incognito y tenía que ir disfrazado para que nadie lo reconociese. Llevaba consigo una foto de un guapo aviador y las convencía de que ese era su verdadero yo. En todo caso, el asunto no pasaba de cuatro o cinco besos dado que la inflamación, que era bulto, pero nunca palo largo, seguía escondida debajo de una falda.

Total, que María hubo de liberar testosterona y le dio por hacer deporte. Tuvo la fortuna de ser mujer para librarse de ir al frente, y lo que hizo fue dedicarse por activa y por pasiva a romper récords. Y es que María Torremadé llegó a poseer al mismo tiempo todas las plusmarcas del atletismo femenino. Campeona de España de 100, 200 y 800 metros lisos además de campeona en salto de altura y salto de longitud. También practicó baloncesto y hockey hierba y en los 60 metros lisos además de plusmarquista española también fue europea. Sus éxitos le hicieron ser recibida por el presidente Lluís Companys en el Palau de la Generalitat poco antes de que el molt honorable fuese fusilado.

María Torremadé

Poco después María Torremadé comenzó sus estudios universitarios (ya expliqué antes que era una chica de buena familia) y en un campamento del SEU (Sindicato Español Universitario) el bulto seguía sin ser palo al intentar ligar con una chica. Fue entonces cuando María sentó seriamente a sus padres a la mesa, les explicó que tenía 19 años y seguía sin saber lo que era una regla y que había que ir a un médico y cortar por lo sano. En caso de ser mujer aguantarse y seguir con un pendiente en cada oreja. En caso de ser hombre, coger bisturí y arreglar el asunto.

El padre de la criatura hubo de mover Roma con Santiago. No existía Irene Montero y la legislación no contemplaba de manera alguna un cambio de sexo. Hubo jaleo de papeles, visitas a los juzgados, desnudos públicos para cerciorarse de que el bulto era un bulto y no un palo, unos cuantos ceros menos en el banco y al final María Torremadé pasó por quirófano para convertirse en Jordi Torremadé. La cuestión técnica era calificada como Síndrome de Morris y consiste en una alteración genética ligada al cromosoma X donde las células son insensibles a los andrógenos, provocando que personas genéticamente masculinas se desarrollen físicamente como mujeres.

Aquello se silenció porque el papá de Torremadé tenía buenos contactos en la prensa. Pero, claro, María Torremadé era una atleta famosísima y parecía que se la había tragado la tierra. Hubo de ir a vivirse durante unos meses a casa de unos tíos. Allí estuvo entrenándose para ser hombre. Se movía con brusquedad, contestaba con palabrotas y aprendió a hacerse el nudo de la corbata. Un día, cuando se sintió seguro, decidió ir al encuentro de algún conocido y, al darse cuenta de no haber sido reconocido, convino que era el momento de empezar una nueva vida. A ello ayudó al carácter extrovertido de Torremadé, quién nunca sintió vergüenza por lo sucedido mientras que era su interlocutor el que saltaba del susto.

Lo primero que hizo fue ir junto a su padre y pedirle dinero. El progenitor le dio carta blanca durante un año finalizado el cual tendría que sentar la cabeza y ponerse a trabajar. Durante ese año lujurioso, Jordi Torremadé decidió recuperar el tiempo perdido a base de juergas, cabarets y sexo desenfrenado. Al final el bulto ya era palo.

Tarde o temprano el asunto tendría que estallar. Fue el diario Informaciones el que a inicios de 1942 daba cuenta del cambio de sexo de María Torremadé. No fue un escándalo, dado que desde la Sección de Prensa se decide acallar el griterío. Con todo, la bomba ya había sido lanzada.

Para las élites franquistas, el papel de la mujer había de ceñirse exclusivamente a las tareas del hogar. Pilar Primo de Rivera, fundadora de la Sección Femenina de la Falange, escribía artículos donde afirmaba con rotundidad que “lo más importante es la educación de la mujer como madre”, formarles “una conciencia basada en la doctrina de Cristo y en nuestras normas Nacional-Sindicalistas para que sepan distinguir claramente en cada momento el bien del mal”. La escuela estaba empapada de clericalismo y todo se impartía en base al dogma católico.

¿Cómo compaginar esto con un cambio de sexo en el año 1941?

La Delegación Nacional de Deportes, bajo la presión de la Sección Femenina de Falange, decide a través de decreto ley prohibir la práctica deportiva del atletismo femenino. A Jordi Torremadé, por su parte, se le prohibirá practicar cualquier deporte como hombre durante un año. Todas las marcas de María Torremadé pasarán a desaparecer de los registros oficiales a perpetuidad.

Jordi Torremadé siguió con su vida. De hecho, llegó a ser campeón de Cataluña de 100 metros masculinos. En 1952 contrajo matrimonio con Catalina Pons Bofill tras haber sido desheredado por su padre, quien se negó al enlace. Emigró a Paris donde trabajó como comercial en una multinacional hasta su jubilación cuando volvió a Barcelona. Vivió felizmente casado hasta fallecer de un paro cardiaco camino de las ocho décadas de vida.

María y Jordi Torremadé

La vida no fue tan agradable para las mujeres que querían ser atletas. Fueron 20 años de prohibición. Desde 1943 a 1963 ninguna mujer pudo saltar una valla, correr 800 metros o lanzar un martillo en una pista de atletismo. Aquella España de 1963 ya era muy diferente de la de 1943 y el clamor social logró cambiar una ley con dos décadas de vida.

Los récords de Torremadé serán pulverizados por una chica nacida en 1955, ocho años antes del fin de la prohibición. Carmen Valero fue la primera mujer en representar a España en atletismo en unos Juegos Olímpicos amen de lograr dos oros en mundiales de campo a través. Pero antes de eso Carmen Valero tuvo que realizar un examen del Servicio Social de Falange para demostrar sus habilidades de costura. Sólo así pudo inscribirse como atleta a pesar de ser, según el presidente de la Federación Española de Atletismo de la época, culona y pechugona.

Justo como le gustaban al bueno de Torremadé.

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Halina Konopacka

Leonarda Kazimiera Konopacka-Matuszewska-Szczerbińska nació en 1900 en una pequeña villa del interior de Polonia. Era de familia bien. De ahí su retahíla de apellidos. Eso le permitió que, aun siendo mujer, practicase hípica, natación, patinaje y tenis. Halina, como era conocida, era alta, medía 180 centímetros y tenía la piel morena y los ojos marrones, dado que su padre era tártaro. No era una valkiria polaca, sino que asemejaba ser de otras latitudes. Sorteada la I Guerra Mundial sin mayores problemas para su familia, al acabar la contienda inició sus estudios universitarios en Varsovia donde se aficionó al atletismo, especializándose en lanzamiento de disco. En 1927 estableció el récord del mundo de la especialidad. Con todo practicó distintas disciplinas sumando en su carrera 27 récords nacionales diferentes.

Con esa carta de presentación Halina Konopacka acudió a los Juegos Olímpicos de Ámsterdam de 1928 donde lograría la medalla de oro con un nuevo récord del mundo. Lo mantendría durante cuatro años y nunca jamás sería batida en una competición de disco. Competía siempre con una boina roja muy llamativa y su mezcla de rasgos fasciales, que la hacían sumamente atractiva, le acabaron de dar el apodo de Miss Olimpia. Fue recibida con honores en Polonia, donde fue la primera campeona olímpica del país, antes de retirarse para dedicarse a su marido y a su familia tal y como establecía la sociedad de la época.

Contrajo matrimonio como Ignacy Matuszewski, diplomático, coronel del ejército y ministro de Hacienda en hasta cinco gobiernos polacos diferentes. Con todo, Halina era de todo menos una ama de casa al uso. Y ni su marido pretendía que lo fuese ni lo hubiese conseguido de haberlo deseado. Halina Konopacka siguió practicando deporte. Esquí y tenis, además de escribir artículos deportivos en prensa. Fue invitada de honor en los Juegos Olímpicos de 1936, tanto en su versión invernal como en la veraniega, y en 1938 pasó a formar parte del Comité Olímpico Polaco.

Konopacka hablaba cuatro idiomas diferentes y escribía como los ángeles. Se licenció en filosofía y publicó varios poemarios, especializándose en temas amorosos y en la relación entre iguales del hombre y la mujer.

Halina

Con esto bastaría para una interesante biografía. Bella, erudita, culta y todo en un cuerpo de 1’80 que se movía con gracilidad.

Pero aún hay más.

Cuando Hitler ocupó Praga en marzo de 1939 Ignacy Matuszewski ideó un plan. Consciente que más pronto que tarde los nazis invadirían Polonia, consideró oportuno trasladar las reservas de oro polacas al extranjero. Para llevar a cabo su plan Matuszewski contó con su mujer. Ambos harían viajes en coche aparentando desplazamientos de ocio en pareja para no levantar sospechas. Así movieron el dinero en dirección a Rumanía. Ocurre que la escalada bélica aumentaba por momentos y no estaba claro que el plan pudiese finalizarse antes de que la II Guerra Mundial estallase. Fue entonces cuando Halina dio un paso más y decidió hacerse conductora de autobuses para poder mover una cantidad elevada de lingotes de un lugar a otro.

Llegó septiembre. Y comenzó la contienda.

En cuarenta días el ejército alemán habrá conquistado Polonia. Fueron cuarenta días de viajes interminables. Halina condujo autobuses sin descanso que pilotaba por la noche para evitar los ataques aéreos de la Luftwaffe. De día se ocultaba en bosques o granjas a la espera de un momento de calma. Los alemanes eran conocedores de la salida de las reservas de oro del país y la perseguían, pero Halina y otros valientes compatriotas polacos fueron capaces de llegar a Ucrania a través de Rumanía, descargar allí unas 75 toneladas de oro y transferirlas desde aguas del Mar Negro a barcos británicos. No habían acabado en esa travesía los peligros, pues se encontraban en sus aguas submarinos alemanes que tuvieron que esquivar. Así, llegaron a Estambul, de allí hasta Beirut, donde descargarían el oro en barcos franceses que arribaron al puerto de Marsella.

Ese oro serviría para aportar recursos al gobierno polaco en el exilio. Cuando Francia fue a su vez invadida por los alemanes, el oro se trasladaría a Gran Bretaña.

¿A qué espera Netflix o Amazon para hacer una serie?

Tras lograr el objetivo, y con media Europa ocupada por las fuerzas alemanas, Halina Konopacka y su marido tuvieron que marchar rumbo al exilio. Con un patrimonio considerable y una vasta red de contactos pudieron sobornar a unos cuantos nazis, lo que les permitió librarse del cadalso. Y con todo no fue fácil salir de Polonia. Viajaron por tren y carretera escondidos cruzando Francia hasta llegar a España. Una vez en Madrid lograron esquivar a varios espías nazis antes de establecerse en Lisboa, en donde cogieron un barco rumbo a Brasil. Ya más tranquilos, el matrimonio puso rumbo a Nueva York donde Halina quedaría viuda al poco de llegar debido a un infarto que segó la vida de su marido.

Konopacka y Matuszewski (p,plano)

Era 1946. La II Guerra Mundial había finalizado. Polonia mantenía su independencia, pero bajo un gobierno comunista títere de la Unión Soviética. Halina volvió a casarse, en este caso con un ex tenista, pero de nuevo enviudó. Como no podía ser de otro modo, Halina no quiso quedarse en casa a llorar sus penas.

Abrió una tienda de ropa y se lanzó como diseñadora. Se mudó a Florida y decidió estudiar Bellas Artes con 60 años. Se especializó en cuadros con motivos florales. Aprendió a tocar el piano y la guitarra y comenzó a pilotar coches de rallye. Alguien dijo de ella que era una mujer del Renacimiento. Y lo era. De verdad que lo era.

Únicamente volvió a Polonia en tres ocasiones. Todas bajo el régimen comunista. Falleció en enero de 1989, apenas un año antes de que la democracia volviese a su país. Sus cenizas serían trasladadas a Varsovia y se le daría la Cruz de Plata al Mérito de forma póstuma.

“Polonia es como un tablero de ajedrez en el que unos juegan al ajedrez y otros a las damas. Nadie puede ganar, pero sí todos decir; he ganado”. Lech Walesa, presidente de Polonia (1990-1995).

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El síndrome de Marfan (Flo Hyman)

A Plutarco le dio por escribir en la antigüedad una serie de libros biográficos sobre la Antigua Grecia. En uno de ellos habla del espartano Licurgo y nos cuenta una práctica que él puso en marcha en Esparta y que fue bautizada como infanticidio. Al parecer los espartanos tenían como aceptado y normalizado el abandono de los recién nacidos con deformidades, quienes suponían un lastre tanto para su familia como para su ciudad. Miles de años después, a la altura de 1930, en la progresista y cívica Suecia, aún se asesinaba a los bebés nacidos con malformaciones bajo el consentimiento de sus padres.

Fue Stalin quien dijo aquello de que “un muerto es una desgracia mientras que un millón es estadística”. Así es en las guerras y en las tragedias. No así en la medicina. Aquellas enfermedades que afectan a miles, a millones de personas, reciben el afecto y el cariño de la sociedad. ¿Quién no ha sufrido un cáncer en carne propia o en su círculo de confianza? Quien no lo haya vivido lo acabará viviendo. Eso suma billones de recursos públicos y privados en busca del pronto diagnóstico y de un acertado tratamiento. En cambio, quienes sufren una enfermedad rara, aquella en la que solo hay un predestinado entre miles de supervivientes, ni es aceptada ni entendida, ni recibe recursos ni apoyos, ni tiene presente ni futuro.

Flora ‘Flo’ Hyman nació en Los Ángeles cierto día del verano de 1954. Era la segunda de una familia de ocho hermanos afroamericanos. No es que sus hermanos fuesen de estatura baja (su padre medía 1’84 y su madre 1’80) pero la diferencia con Flo era abismal. Pronto apodaron a Flo como Gigante verde. Le costó asimilarlo. Negra y esbelta cual jirafa, atendía a las llamadas de quienes le rodeaban cuando lo que buscaba era escapar en el anonimato. Sus padres le animaron a ver una oportunidad donde ella veía una adversidad. Sus imponentes 196 centímetros le tenían que servir para progresar en la vida.

Probó con el baloncesto, pero no le gustó. Así que comenzó a practicar el vóley-playa en las arenas que bañan la costa de Los Ángeles. Con 16 años se convirtió en jugadora de voleibol en pista y su buen hacer le valió para recibir una beca de estudios de la Universidad de Houston. No era poca cosa. Se convirtió en la primera mujer en acceder a Houston gracias a una beca deportiva. Allí tomó una decisión hoy habitual y entonces radical. Tras tres años de carrera universitaria decidió dar el salto al profesionalismo sin haber acabado sus estudios. Aquello era un sinsentido. Quería dedicarse al poco lucrativo voleibol profesional y, por si fuera poco, Flo era una mujer. No se entendió tal decisión, a lo que Hyman replicaba que si quería jugar al voleibol lo tenía que hacer a los 20 años y que si quisiese estudiar lo podría hacer a los 60. Y hubo algo más. Hyman decidió repartir el dinero que le correspondía de último año de beca entre sus compañeras de equipo, para que pudiesen acabar sus estudios con un plus de tranquilidad.

Flo Hyman

El voleibol femenino era entonces un deporte que de profesional tenía poco o nada. Las dominadoras mundiales eran la Unión Soviética y Japón, lugar donde el voleibol era respetado y masas de espectadores acudían a los pabellones. Otros países comunistas caso de Cuba, Checoslovaquia o China también destacaban, así como Corea del Sur. Para comprender el escaso interés del voleibol en Estados Unidos basta señalar que cuando Flo Hyman se unió a la selección en 1974 ni siquiera tenían entrenador. La selección norteamericana no lograría clasificarse para los Juegos Olímpicos de 1976.

El buen hacer de Hyman logrará revertir esos malos resultados. En 1982 Estados Unidos conseguirá el tercer lugar en el Mundial y en 1984 (sin participantes del bloque soviético debido a un boicot) firmará la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles tras perder la final ante China. Por entonces Hyman era la jugadora más veterana del equipo y estaba considerada la mejor jugadora del planeta. Lo era para los entendidos, aunque para los profanos era dificilísimo de apreciar dado que su juego era siempre altruista. Era alta, tenía técnica y era extremadamente veloz. Su especialidad era un vertiginoso remate tras salto capaz de alcanzar los 180 km/h. Se le llamó Flying clutchman (agarre de la voladora).

Tras su éxito olímpico Hyman decidió salir del anonimato y pasar a ser una estrella en Japón. Allí pasó a convertirse en una jugadora respetada y admirada. No sólo era su juego en la pista, sino que era requerida con asiduidad para ejercer de modelo o de actriz. Era feliz. Y acabó sus estudios. Logró graduarse en matemáticas. Además, se convierte en una abnegada activista. Es voz pública en la lucha por la discriminación de la mujer deportista y en la dotación de fondos deportivos en lugares donde la violencia y la criminalidad son acusadas. Flo no es solo una gran deportista. Tiene carisma y una fuerte personalidad.

Todo iba sobre ruedas en su vida hasta que un día de enero de 1986 se desplomó sobre el banquillo tras ser sustituida en un partido liguero disputado en Japón. Desplomada sobre el parqué, les dijo a sus compañeras que siguiesen jugando, que se encontraba bien.

Horas más tarde fallecía en un hospital de la ciudad de Matsue. Contaba con 31 años.

Flo Hyman 1954-1986

Al principio se pensó que la causa del fallecimiento había sido un ataque cardíaco. Al no aceptar plenamente el diagnóstico, su familia solicitó que se le realizara una autopsia en Estados Unidos. Se descubrió entonces que Flo tenía un corazón muy sano y, en cambio, se determinó que sufría otra patología no antes diagnosticada.

Aparte de su altura, miopía, brazos muy largos y manos grandes, mostró pocos otros síntomas físicos que señalasen el problema. El forense determinó que Hyman se encontraba físicamente en excelentes condiciones excepto por un único defecto fatal; un punto débil del tamaño de una moneda de diez céntimos en la aorta. Ese pequeño punto, a menos de un centímetro por encima de su corazón, había estado allí desde su nacimiento, y la arteria había estallado en ese punto mientras estaba sentada aquel día en Matsue. Se estimó que el coágulo que provocó el desgarro en la pared de la aorta había ocurrido unas tres semanas antes del fallecimiento.

El síndrome de Marfan es un trastorno genético que hace que las personas tengan brazos, piernas y dedos inusualmente largos. Es posible que el médico quiera medirte la distancia de ambos brazos extendidos si cree que puedes padecer este trastorno.

Más tarde, los médicos descubrieron que uno de los hermanos de Flo tenía el mismo problema que ella. Fue operado por precaución. Los médicos no lograban explicarse como Flo pudo haber sobrevivido tantos ellos sometida al exigente esfuerzo físico del voleibol.

Entonces nadie sabía el motivo por el que Flo Hyman había fallecido. Hoy sí. Y tiene nombre. Es conocido como Síndrome de Marfán.

El Síndrome de Marfan lleva el nombre de Antoine Marfan, el médico francés que en 1896 puso nombre a una enfermedad rara del tejido conectivo, que afecta a distintas estructuras. Se caracteriza por un aumento inusual de la longitud de las extremidades y anormalidades de los vasos sanguíneos y corazón. La miopía infantil, la curvatura de la columna vertebral y los dedos largos también son signos a tener en cuenta. Afecta a una de cada 10.000 personas y, a diferencia de otros problemas genéticos, no perturba a la inteligencia.

El fallecimiento de Flo Hyman sirvió para salvar muchas vidas. Porque fue una muerte trágica y dolorosa, pero también evitable. Y puso el foco sobre la patología, permitiendo un aumento considerable del conocimiento sobre la misma. En la actualidad las pruebas médicas realizadas a los recién nacidos determinan si sufren o pueden sufrir el Síndrome de Marfan. Tratados y operados por prevención, pueden disfrutar de una vida plena e incluso de una carrera deportiva profesional. Julio César, Abraham Lincoln o Osama Bin Laden están considerados como pacientes archiconocidos. También Michael Phelps, el deportista olímpico más laureado de todos los tiempos con 28 preseas, 23 de ellas de oro.

Gracias a Flo el diagnóstico de Marfan en pruebas a recién nacidos se hizo rutinario en el mundo occidental. En todos los menores (o no menores) en los que se sospeche que hay un Marfan se debe realizar un ecocardiograma y una revisión ocular. Es fundamental examinar la historia familiar buscando una sospecha de Marfan para que el cardiólogo valore los riesgos. Los resultados han sido alentadores. Cuando Flo Hyman falleció en 1986 la esperanza de vida para los enfermos de Marfan era de 40 años. En la actualidad ronda los 75 años.

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Las lágrimas de Martina Navratilova

A finales de los 70 había dos fuerzas extraordinarias en el circuito femenino. Una era Chris Evert. Tenista brillante por su juego de pies desde el fondo de la pista con un potente golpeo en carrera que le permitió ser la reina de la tierra batida. La otra era Martina Navratilova. Jugadora de ataque con un revés a una mano infalible que le permitió dominar el circuito durante una década. Cuando Navratilova restaba al fondo contaba con un revés liftado precioso y si subía a la red utilizaba el revés cortado para cambiar el ritmo de juego. Eran tan antagonistas en el juego como en su vida. Evert era guapísima. Sonrisa perenne, cuerpo perfecto, rubia de bote. Casada con otro tenista de cuerpo escultural. La novia de América. Navratilova no era mal parecida, pero no se ayudaba. De largas piernas, pero de rictus serio, desaliñada y corte de pelo desfavorecedor. Navratilova era checoslovaca. Del otro lado del Telón de Acero.

Sus grandes batallas tendrían lugar entrados los años 80. Antes de eso ya se habían visto las caras en incontables ocasiones. Fueron hasta cuatro finales de Grand Slam con un balance de tres victorias para Martina y una para Chris (al final de sus carreras serán 14 finales con diez triunfos para Navratilova y cuatro para Evert). El tema es que cuando Chris ganaba eran todo elogios y aplausos y cuando perdía también recibía la misma recompensa. Navratilova era la mala de la película. Pero no por mala, sino por fría. Aún por encima el guaperas de marido del novio de Evert le puso los cuernos y el público, que ya adoraba a la novia de América, pasó a amarla.

Navratilova (i) y Evert (d)

El caso es que, tras unos excelentes resultados en los años anteriores, la temporada de 1980 fue mala para Martina. No se le ve disfrutar en la pista y su actitud se torna agria en las ruedas de prensa. Se filtra que su mal juego y su mal humor se deben a las presiones del régimen comunista checo que le impiden conseguir la nacionalidad estadounidense. Martina había nacido como Subertova en 1956. Tres años después sus padres se divorciaron y en 1962 su madre se volvió a casar. Martina adoptó el apellido Navratilova del que sería su padrastro, quien también se convirtió en su primer entrenador de tenis. Miroslav, como se llamaba el interfecto, era un gran entrenador y también un acérrimo comunista. Cuando en 1975 Martina viaje por vez primera a Estados Unidos para disputar un torneo decidirá coger un avión sin billete de vuelta. Decide solicitar asilo político y dejar atrás a su madre y al resto de su familia.

Martina llevaba entonces cinco años pinchando en hueso. Debería ser más fácil conseguir la nacionalidad y más para una deportista reconocida como ella, pero desde Checoslovaquia no se lo iban a facilitar. Así que su carácter agrio y sus malos resultados parecían tener causa concreta.

Pero había algo más.

Algo más trascendental.

Martina iba camino de los 25 y no se le conocía pareja alguna. Ni oficial ni extraoficial. Era un ciborg diseñado por los soviets que únicamente se dedicaba al tenis. Hasta que estalló la bomba.

Y menuda bomba.

A inicios de 1981 Martina consiguió finalmente la nacionalidad estadounidense. Para celebrarlo le concedió una entrevista al New York Daily News donde confesó que era lesbiana y que tenía una relación con una mujer. Sin embargo, Martina acordó con el periodista no publicar el artículo hasta que hablase con su pareja y hasta que acabase la gira europea. Entonces, Martina estaba enfrascada en la disputa de Roland Garros y Wimbledon y su idea era que la entrevista saliese a la luz en agosto, antes de la disputa del Open USA.

Fuese por el motivo que fuese el periodista no respetó los tiempos y el mundo descubrió que Martina Navratilova era lesbiana mientras se celebraba el torneo de Wimbledon de 1981.

Fue un shock.

Recordemos que la homosexualidad estuvo penada en Gran Bretaña hasta 1967. Apenas catorce años atrás.

En España se despenalizó en 1978. Tres años antes.

En Estados Unidos hubo que esperar a una ley federal aprobada en 2003.

Faltaban casi veinte años.

En su autobiografía Martina confiesa que de joven sentía atracción por ambos sexos pero que fue al cumplir los 18 años cuando mantuvo su primera relación íntima con una mujer descubriendo que su orientación sexual era lésbica. Confesaría también que había decidido mantenerlo en secreto, ya que pensaba que de saberse eso le habría imposibilitado obtener la nacionalidad estadounidense. De ahí que decidiese salir del armario una vez conseguido el pasaporte.

Inmediatamente hubo reacciones desde Checoslovaquia. Sus padres se sintieron perturbados al descubrir la orientación sexual de su hija. Su padre (padrastro) lo calificó de enfermedad y sostuvo que hubiese preferido que Martina hubiese sido prostituta. Visiblemente afectada, Martina respondió a esas palabras comentando que en Checoslovaquia a los gais se les enviaba a manicomios y a las lesbianas ni se les daba esa posibilidad, porque ninguna lesbiana sería capaz de confesar públicamente sus sentimientos. Se descubría también que la huida de Martina de Checoslovaquia se debía más a temas personales que a políticos.

Así, una tocada Martina se clasifica para las semifinales de Wimbledon. En la final ya espera Chris Evert, quien ha apabullado a todas sus rivales en las rondas previas. Ironías de la vida, Martina se enfrenta en semifinales ante la checa Hana Mandalikova. Pierde el primer set por 5-7 y gana el segundo por 6-4. Comienza el tercero y definitivo y Martina pierde su servicio. Desde ese momento su juego se torna en errático con fallos groseros en cada resto. Su rostro compungido nunca antes había sido mostrado. Otro error le da la victoria a Mandalikova por 1-6.

Es entonces cuando Martina Navratilova se echa a llorar. Lo nunca visto.

Todos los presentes en el All England Club de Wimbledon su pusieron a aplaudir mientras vitoreaban a Martina. Nadie hacia el menor caso a la vencedora. La protagonista era aquella hermética chica. Había asumido el papel de mala ante Chris Evert a pesar de sus numerosos triunfos y ahora una derrota la convertía en querida y amada por el público. Los vítores poco tenían que ver con el tenis. Eran aplausos de aceptación, de respeto, incluso de cariño. Martina nunca había sentido algo así en su vida. Le estaban animando como persona, no como tenista. Nunca se había sentido tan querida.

Las lágrimas de Martina

Semanas más tarde Martina llegó a la final del Open de Estados Unidos. Perdería contra la local Tracy Austin y las escenas de Londres se repitieron en Nueva York. El público ni prestó atención a las dobles faltas de saque que cometió Navratilova durante el choque. No estaban animando a Martina la tenista, ni a la perdedora, ni a la checa, ni a la desertora. Animaban a la persona, a la valiente, a aquella que había decidido abandonar sus miedos y abrirse al mundo. Otra vez hubo lloros y, nuevamente, los aplausos y los vítores a la perdedora superaron con creces a los de la vencedora cuando tuvo lugar la entrega de trofeos.

En los siguientes seis años, de 1982 a 1987, Martina Navratilova ganó un total de 14 Grand Slams de 20 posibles. Sumó 6/6 en Wimbledon, 4/6 en el Open USA y 2/6 y 2/6 en el Open de Australia y en Roland Garros. Se convirtió en la favorita del público tanto dentro como fuera de la pista. Tanto en Estados Unidos como en su Checoslovaquia natal, a donde volvió por vez primera en 1990 tras la caída del comunismo y el restablecimiento de la democracia. Lo hizo como heroína deportiva e icono lésbico.

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Alice Milliat

En 1896 no existía país alguno en el que las mujeres tuviesen derecho al voto. Tampoco había país del mundo en el que, una vez casadas, tuviesen potestad de gestionar alguna de las propiedades que poseían cuando estaban solteras sin el consentimiento de sus esposos. Era pues, lógico y evidente, que de los 241 atletas que participaron en los I Juegos Olímpicos de 1896 no hubiese presencia femenina. Para Pierre de Coubertin el mayor logro de una mujer sería alentar a sus hijos a ser distinguidos en el deporte y aplaudir el esfuerzo de los hombres. Y la opinión de Coubertin era la mayoritaria.

En realidad, hubo una intrépida que se saltó las reglas. Una mosca cojonera. Una griega de treinta años, de nombre Stamata Revithi, se plantó en la línea de salida en el pequeño pueblo de Maratón con la intención de cubrir los 42 kilómetros de la prueba. Oficialmente fue rechazada al no estar inscrita. Extraoficialmente un par de policías la invitaron amablemente a marcharse a su casa. Al día siguiente volvió al punto de inicio con la intención de correr el maratón por su cuenta. Consiguió que un juez firmase un documento atestiguando la hora y el lugar de salida y un cargo militar testificó la hora y el lugar de llegada a las puertas del Estadio Panathinaikó. Y digo a las puertas porque los organizadores no le dejaron entrar en el estadio olímpico. Tardó cinco horas y media, por las cerca de tres que necesitó Spiridon Louis, el campeón masculino. Habría que esperar treinta años (1926) para que dejasen a una mujer participar en un maratón cronometrado y a 1984 para que una mujer pudiese participar en un maratón olímpico.

Stamata Revithi

El caso de Stamata se perdió en el polvo de la historia, pero estuvo muy vivo y presente en el pensamiento de Alice Million. Francesa, nacida en Nantes, Alice contaba con doce años cuando se celebraron los Juegos Olímpicos de Atenas. Por entonces ella ya practicaba con fervor numerosos deportes como tenis, natación, vela, hípica o golf. Obviamente podía hacerlo al formar parte de una familia acomodada que le permitía privilegios vetados para muchos hombres y para muchísimas más mujeres. Casada en 1904 pasó a rebautizarse como Alice Milliat y se trasladó a Londres donde comenzó a ejercer como maestra.

Su desgracia fue que al poco de casarse enviudó. Cuatro años después de trasladarse a Inglaterra su marido falleció repentinamente. La suerte para Alice es que no tenía hijos por lo que pudo reponerse y empezar una nueva vida sin cargas ni perjuicios sociales a sus espaldas.

Y su nueva vida iba a ser el deporte. Retomó sus actividades, aunque exploró nuevas disciplinas como el hockey o el remo. Fue este último el deporte que más le enamoró y decidió dedicarse a él por completo. Pero claro, para ganarse la vida eso no era suficiente. El deporte no daba réditos económicos. Y el profesorado le impedía viajar a distintas competiciones. Así pues, decidió dejar la enseñanza y operar como traductora. Se instaló entre Estados Unidos e Inglaterra vendiendo sus servicios como traductora de francés y dedicando su vida al remo.

Poco después estalló la I Guerra Mundial. En plena contienda, en 1915, a Alice la eligen como presidenta de la Federación Francesa de Sociedades Deportivas. En esos años deja la practica activa del deporte y como tantas otras mujeres se dedica a la defensa activa del país ocupando puestos de trabajo que los hombres han dejado libres al acudir a primera línea de batalla. Es entonces, al acabar la contienda y comprobar que el esfuerzo bélico de las mujeres es olvidado y se les incita a volver a las cocinas de sus casas, cuando decide pelear con todas sus fuerzas para que las mujeres formen parte del movimiento olímpico.

Tras denodados esfuerzos consigue organizar varias reuniones con los representantes de la IAAF (Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo) para conseguir que el atletismo femenino tenga la misma representación que el masculino en la competiciones nacionales e internacionales. Su propuesta es rechazada. Consigue luego una reunión con Pierre de Coubertin con la intención de que el atletismo femenino forme parte del programa olímpico. Hay vagas promesas que pronto se diluyen en vaso de agua.

Así pues, en 1921, en la acomodada Montecarlo, Alice Milliat decide organizar un certamen atlético en el que forman parte mujeres de cinco países diferentes. La iniciativa es un éxito y en 1922 se celebran los primeros Juegos Olímpicos atléticos femeninos. Aquello es una revolución. Son los años 20. Los corsés dejan paso a las faldas por encima del tobillo. La mujer es objeto político y tiene conciencia por sí misma. Lo que era impensable apenas un lustro antes se torna ahora en esperanzador futuro. Tras la victoriosa edición de Montecarlo la edición de 1926 de los Juegos atléticos femeninos tendrá lugar en Gotemburgo.

El COI entra en pánico y se aviene a negociar.

Juegos atléticos 1922

Pierre de Coubertin acaba de dejar la presidencia. Su sucesor, el belga Baillet-Latour, es igual de aristocrático, pero es más pragmático que su antecesor. Le promete a Milliat que para los Juegos Olímpicos de Ámsterdam 1928 habrá cinco pruebas atléticas femeninas a cambio de que desista de celebrar esos Juegos femeninos alternativos. Milliat acepta y firma la paz no sin reservas. Incluso el Papa Pio XI bramará en contra de la posibilidad de que las mujeres pongan en peligro sus cuerpos y eso les imposibilite ser madres en el futuro.

La competición atlética femenina queda reservada para salto de altura, lanzamiento de disco, 100 metros lisos, relevo 4 x 100 y 800 metros. En esta última prueba resultó vencedora la alemana Lina Radke y varias participantes cruzarían la línea de meta con visibles muestras de fatiga. Los cambios sociales y el retiro de Coubertin habían permitido que las mujeres cruzasen una nueva frontera dejando a un lado a la natación y al tenis, considerados deportes menos masculinos. Pero las fotografías de aquellas chicas llegando exhaustas al final de los 800 metros volvieron a cambiar el statu quo. Los miembros más conservadores del COI, auspiciados por periodistas afines, fomentaron la imagen de esas mujeres cansadas tras el esfuerzo por lo que Baillet-Latour es conminado a eliminar la prueba de 800 metros del programa olímpico de tal forma que no volverá a disputarse hasta Roma 1960.

Todo era fruto de una exageración. SI bien es cierto que hubo finalistas que llegaron al límite de sus fuerzas, también lo era que lo hicieron con la misma cara de esfuerzo con la que lo hacían sus homólogos masculinos tras sobrepasar los límites de su resistencia. Milliat estalla ante la actitud del COI y vuelve a poner en marcha los Juegos atléticos femeninos. En 1930 celebra una nueva edición en Praga. El COI y la IAAF contratacan considerando ilegales todas las marcas que se consigan en esos Juegos alternativos. A Milliat le da soberanamente igual. Habrá nueva edición en Londres 1934 y lo hará con récord de participantes. Visto el éxito, Milliat sube el órdago. Para 1938 no sólo habrá Juegos atléticos femeninos sino Juegos Olímpicos femeninos. Todas las mujeres deportistas son invitadas formalmente.

El terremoto es colosal. Alice Milliat y Baillet-Latour deben negociar. Finalmente, la activista francesa se sale con la suya. La edición de los Juegos atléticos femeninos de 1938, a celebrar en Viena, pasará a ser el I Campeonato del Mundo de Atletismo. Será auspiciado por la IAAF y participarán en igual de condiciones hombres y mujeres. Además, para los JJ. OO de 1940 habrá nueve pruebas atléticas femeninas incluyendo los 200 metros, los 100 metros vallas o el lanzamiento de jabalina. Las pruebas de resistencia siguen vetadas, pero el avance es asombroso.

Por culpa de la II Guerra Mundial hubo que esperar a la edición de Londres 1948 para ver hechos realidad todos estos avances. Por entonces ya no estaba presente Alice Milliat. La IAAF y el COI aceptaron todos esos adelantos con una única condición; que Alice Milliat desapareciese de escena. Fue apartada de los focos y vivió en soledad sus últimas dos décadas de vida. Cuando murió en 1957 fue enterrada en el anonimato. En una lápida que ni siquiera tenía placa. Era mujer en el olvido. Hasta la década de 1980 no se volverá a ver a una mujer en un puesto de responsabilidad en un organismo deportivo y hasta que llegue el siglo XXI no existirá igualdad de participantes masculinos y femeninos en los Juegos Olímpicos.

En gran medida todo ello fue gracias al impulso de Alice Milliat, una mujer que se alejó de la fama para que muchas otras pudiesen optar a ella. Sólo en los últimos años su figura comienza a ser reivindicada en su Francia natal renombrando instalaciones deportivas o bautizando con su nombre becas deportivas destinadas para mujeres. Algo es, pero insuficiente para la mujer que más hizo por la paridad entre el deporte femenino y el masculino.

Alice Milliat

“Paris 2024 es una realidad gracias a dos personas. El señor Coubertin, padre fundador del olimpismo, y la señora Milliat, la gran embajadora del deporte femenino”. Dennis Masseglia, presidente del Comité Olímpico Francés, en 2021.

“La única misión de las mujeres en el deporte es coronar a los campeones con guirnaldas”. Pierre de Coubertin en 1900.

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Judy Guinness

Heather Seymour ‘Judy’ Guinness era hija del banquero y político irlandés Henry Seymour Guinness. Éste fue senador y director del Banco de Irlanda tras lograr la independencia y antes había sido pieza clave para dotar a los rebeldes de infraestructura económica para sostener la guerra contra el ejército británico. La familia Guinness poseía importantes activos a través de la banca, la política, la religión y, esencialmente, la fabricación de cerveza. El caso es que Judy era hija de este afamado prohombre irlandés.

Cosmopolita y aristocrática, Judy era un tanto rebelde. Más allá de prepararse para encontrar un marido adecuado gustaba de practicar deporte, hecho en su mayoría insólito a principios del siglo XX. Pronto destacó en esgrima y consiguió clasificarse como una de las favoritas para lograr la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1932. Judy Guinness tenía entonces 22 años y estaba ante un hecho extraordinario. Y es que tan sólo cuatro años antes se había abierto la autorización para que las féminas compitiesen en los Juegos Olímpicos. Entre la primera edición fechada en 1896 y los de París de 1924 tuvieron lugar siete ediciones en los que los únicos participantes habían sido hombres.

Guinness fue pasando eliminatorias hasta que se encontró en la final con la austriaca Ellen Preiss. Nacida en Berlin, Preiss vivía en Viena desde que tenía 18 años. Era una estrella de la esgrima e incluso acabaría siendo nombrado deportista del año en Austria por encima de futbolistas o esquiadores. Logrará tener el récord Guinness (curiosamente) de ser la deportista olímpica con la vida deportiva más longeva al haber competido en Los Ángeles 1932 y en Melbourne 1956. Por tanto, aquellos de Los Ángeles serían sus primeros Juegos Olímpicos. Quiso competir por Alemania, como era de recibo, pero le fue denegado el derecho. Lo haría siempre bajo bandera austriaca, incluyendo la edición de Berlín 1936 donde será una de las pocas deportistas judías que conseguiría una presea olímpica.

La final de esgrima individual femenina de 1932 tenía por tanto a Preiss como favorita frente a Guinness. Sin embargo, la trayectoria de Judy a lo largo de la competición había sido tan notoria como la de Ellen. De hecho, ambas llegaron a la final empatadas en número de victorias y en número de tocados, por lo que hizo falta un combate de desempate para dictaminar a la ganadora de la medalla de oro.

La modalidad en la que Guinness y Preis competían era la de florete. La esgrima consta de tres especialidades; espada, sable y florete y todas ellas tienen su propia reglamentación. En el florete se obtiene un punto cuando se toca el torso del oponente. Cualquier otro lugar atacado tanto por encima como por debajo de la cintura es inválido. Cada toque en el torso del rival otorga un punto ganando aquel que obtiene más toques en un determinado tiempo. La duración del combate y el número de tocadas ha ido variando con el transcurrir de los años.

Así pues, Judy Guinness iba venciendo por 4-3 en una final que ganaba la primera que llegaba a cinco tocados o cuando finalizase el límite del tiempo. Y es entonces, a un escaso espadazo de la medalla de oro, cuando decide parar el combate.

Se acerca a los jueces y explica que la victoria debe ser para Preis. Al inicio del combate hubo un tocado de la austriaca que no fue contabilizado. Un error de ese tipo era más que habitual. Estamos en 1932 y no hay tecnología suficiente para adjudicar puntos de forma automática. Práctica común eran fallos de los árbitros y minutos y minutos de deliberación, fundamentalmente en las carreras de velocidad del atletismo, para decidir los puestos en el pódium.

Guinness explica que no le dio importancia a ese error. Sabía que podía suceder y que seguramente el ‘favor arbitral’ le sería devuelto a Preis a lo largo del duelo. Sin embargo, no fue así, sino todo lo contrario. Al poco de acabar Judy Guinness notó como la espada volvía a impactar sobre su torso sin que los jueces lo apercibiesen. Habían sido dos veces. Dos errores a su favor. Si lo jueces se hubiesen percatado, el triunfo tendría que haber sido para Preis por 4-5.

Aquello fue un acontecimiento notorio. Algunos la tildaron de estúpida, de ingenua, de niña tonta. Pronto fue tachada de adolescente inmadura y muchos hombres criticaron el parco espíritu competitivo de las mujeres. Una muestra más de que debiera ser vetada la presencia de las féminas en la práctica deportiva. Otros clamaron por su sentido de la justicia, por su excelsa educación y por mostrar los valores del deporte olímpico, algo, que, para muchos otros, demostraba la excelencia moral de la mujer.

El caso es que Judy Guinness acababa de renunciar a la medalla de oro. Se auto conformaba con la presea de plata.

Judy Guinness, un noble gesto por el que pasó a la historia de los Juegos  Olímpicos - Libertad Digital
Preis (centro) y Guinness (derecha)

Con la medalla de plata al cuello Judy cumplió con lo que su padre y la sociedad le demandaba y pasó por la vicaría. Pero Judy no se iba a casar con un hombre al uso. El elegido fue un aristócrata, sí, pero no un aristócrata de traje de tweed y puro al calor de una chimenea. Judy se casó con un piloto de carreras. Así que si él podía disfrutar del deporte ella no iba a ser menos. Para los Juegos Olímpicos de 1936 habría un nuevo duelo entre Judy Guinness y Ellen Preis. Mejor dicho, entre Judy Hughes, que era su apellido de casada, y Ellen Preis.

Judy y Ellen se enfrentaron en los octavos de final de florete individual y la victoria fue nuevamente para la austriaca. Esta vez de forma rotunda. Ambas se dieron un fuerte abrazo y continuaron con sus caminos. Ellen Preis lograría el bronce y repetiría el tercer puesto en Londres 1948. Acabaría siendo catedrática de Artes Escénicas en la Universidad de Viena y dando gracias eternas a Guinness por su honradez. Sin ella, nunca habría sido oro olímpico.

Para Judy Guinness fueron sus últimos Juegos Olímpicos. Su temerario marido falleció en un accidente de avión y hubo de casarse en segundas nupcias con un hacendado. Estalló la II Guerra Mundial y pasó a ejercer de ama de casa en Rhodesia, hoy Zimbabue. Enfermó y falleció joven, a los 42 años de edad.

Judy Guinness by sara madinelli
Judy Guinness

Pocos años después del icónico gesto de Judy Guinness nacía en tierras ucranianas, entonces Unión Soviética, Boris Onishchenko. A la altura de 1976 había sido campeón mundial de pentatlón moderno y campeón mundial y olímpico por equipos. Los de 1976 iban a ser sus terceros Juegos Olímpicos y la última oportunidad de salir victorioso en la prueba individual de la mayor competición deportiva del planeta.

El pentatlón moderno consta de cinco pruebas; natación (200 metros), salto ecuestre, atletismo (800 metros), tiro con pistola y esgrima. Onishchenko marchaba detrás del británico Jim Fox cuando tendría lugar la prueba de esgrima en la modalidad de espada. Onishchenko ganó por un punto de diferencia, pero la delegación británica pronto emitió una protesta. Estamos en 1976. Ya existe tecnología. Cuando el cuadro de puntuación del traje nota una estocada con una fuerza superior a 750 gramos un interruptor salta y formaliza el punto. Cuando Onishchenko embiste con la espada se ve claramente como su estocada es al aire y, sin embargo, el interruptor de Fox se acciona. Aquello no tenía sentido.

Rápidamente se descubrió que la espada de Onishchenko había sido modificada ilegalmente para incluir un interruptor que le permitía registrar un toque sin hacer ningún contacto con su oponente. Aquel escándalo se resolvió con la expulsión del soviético de los Juegos Olímpicos tras uno de los actos de mayor mezquindad de la historia del deporte. A Onishchenko se le prohibió a perpetuidad practicar deporte de competición y le fueron retiradas todas las condecoraciones y privilegios que la Unión Soviética le hubiera otorgado.

Unos tanto y otros tan poco.

Fotorrelato: Los grandes tramposos del deporte | EL PAÍS Semanal
Boris Onishchenko

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Sara Estévez

Sara había estudiado taquigrafía, mecanografía y contabilidad y sólo la Guerra Civil le impidió realizar estudios universitarios. El caso de Sara era extraño. Una mujer formada y capaz en los lúgubres años 40, los del miedo y el hambre. Sara tenía una buena posición, pero era de todo menos una afortunada. Huérfana de padre desde que era un bebé, vio como la mitad de sus ocho hermanos fallecerían antes de la mayoría de edad. Una de sus hermanas era maestra y sería quien se ocuparía de enseñarle a leer y a escribir.

Cuando las tropas de Franco entraron en Bilbao, Sara fue escogida junto a otros cientos de chicas para una exhibición gimnástica en San Mamés. Era la primera vez que entraba en el coliseo rojiblanco. Tenía 12 años. De ahí surgiría un flechazo. Cuando con 19 años cobre la paga del 18 de julio pasará a ser abonada del Athletic. Eran los años de Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza. Años en los que el Athletic ganaba títulos por doquier y época donde los banderines del Athletic se exhibían con gran profusión en cafeterías y bares a lo largo y ancho de España.

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Y nótese el escogido uso de las palabras. Las pagas extras se denominan pagas del 18 de julio. Los hombres eran socios del Athletic. Las mujeres eran abonadas. Los socios, además de un asiento, tenían voz y voto en las decisiones concernientes al club. Las abonadas tan sólo podían ver los partidos. Ni mandaban ni opinaban.

Además del fútbol, a Sara le encantaba la radio. Al acabar su jornada matinal solía acercarse a Radio Juventud de Bilbao, emisora del Movimiento, para narrar cuentos infantiles en directo. Por entonces para trabajar en la radio no hacía falta titulación alguna ni formación específica. Tan sólo buena dicción, buen timbre de voz y ganas de comerse el mundo. La femenina y cadenciosa voz de Sara Estévez era ideal para llegar a los niños y a los no tan niños de Vizcaya.

Hasta que un buen día de 1952 alguien preguntó en redacción a quien le gustaba el fútbol. Fueron muchos los que levantaron la mano. La siguiente cuestión era conocer quien estaría dispuesto a ser cronista deportivo. Eso ya era otro cantar. El periodismo deportivo estaba muy mal visto. Era una profesión de segunda en la que a menudo se usaban pseudónimos para no ser reconocido por otros compañeros.

Tan sólo una persona levantó la mano. Era Sara Estévez.

Se acababa de convertir en la primera periodista deportiva de España.

Pero nadie lo sabría. Sara escogió como pseudónimo el nombre de ‘Maraton’ y con ese nombre escribiría sus textos. “El símil de una persona que había corrido hasta la muerte para entregar una noticia era la mejor imagen que se podía dar del periodista, que lo que tiene que hacer es precisamente eso: esforzarse para dar la noticia de la mejor manera posible”, explicaría ya retirada sobre el porqué de la elección.

Sara iba a los entrenamientos, hacía entrevistas y redactaba las crónicas de los partidos del Athletic. Pero jamás locutaba. Los textos eran narrados por un tal Paco Blanco que “colocaba bien la voz” como se decía en la época. Era frecuente que los redactores no leyesen sus propios textos si la emisora consideraba que el periodista no contaba con una voz radiofónica. Pero en el caso de Sara no habría esa disyuntiva. Era impensable que una voz femenina hablase de fútbol en antena.

Sara Estévez fue la voz sin voz del Athletic en Radio Juventud durante dos décadas. Su sueldo era tan exiguo que nunca pudo dejar su trabajo como mecanógrafa. El público de San Mamés veneraba a ‘Maraton’, pero nadie amaba a Sara. Ella ocupaba su asiento de abonada en el estadio y con una libreta en las rodillas se dedicaba a escribir lo que sucedía. Después Paco Blanco locutaba y Sara escuchaba como una radioyente más.

Con el tiempo a ‘Maraton’ le dieron un programa propio llamado ‘Stadium’. Información seria enfocada en el Athletic y un comentario editorial valiente firmado por el propio ‘Maraton’. A la gente le gustaba. ‘Maraton’ apostaba por tal o por cual chico de la cantera y, efectivamente, esos eran los que triunfaban. Fue Sara la primera que apostó por Iribar. Nadie sabía quién era ese tal ‘Maraton’. Era de sobra conocido que, aunque la voz de Paco Blanco daba las noticias, no era él el que las escribía. Pero se suponía que la mente pensante detrás de todo aquello era un hombre. ¿Quién podría pensar que fuese una mujer? Era lo de menos. La palabra de ‘Maraton’ iba a misa.

El programa se emitía todos los domingos poco antes de la madrugada y se hizo célebre por dar todos los resultados de las categorías regionales vascas. La tarea era hercúlea en aquellos tiempos. Para ello Sara reclutó una red de colaboradores con los que contactaba a golpe de teléfono la tarde del domingo. Para el colaborador Sara no era ‘Maraton’. Era la secretaria que le daba los resultados a ‘Maraton’.

El éxito llevaría a la expansión del programa a todos los días de la semana. El editorial de ‘Maraton’ también pasó a ser diario. El anonimato le permitía ser dura en tiempos donde ser dura era ir contracorriente.

Fueron dos décadas de secretismo hasta que el paso del tiempo permitió que ‘Maraton’ se sacase la máscara sin miedo a ser lapidada. Era 1973 cuando Sara Estévez habló por vez primera delante de un micrófono. Para entonces su programa se había expandido de tal forma que contaba con información polideportiva y hasta contenía una sección sobre deportes vascos que se permitía hacer en euskera. Arrastre de piedras y corte de troncos en la misma radiofrecuencia que acababa sus emisiones radiando el ‘Cara al Sol’.

La noticia supuso un shock para muchos, pero los tiempos cambiaban y había otras muchas cosas por las que preocuparse en aquellos años del tardofranquismo. Con la llegada de la democracia aquellas empresas alimentadas por el Franquismo desaparecieron. Radio Nacional de España absorbió a unas cuantas emisoras, entre ellas a Radio Juventud, y en 1983 decidió cancelar ‘Stadium’.

Fue una tragedia. Si hasta entonces la vida de Sara había sido discreta ahora iba a recibir todo el cariño que las vicisitudes de su época le habían negado. Las demás periodistas se solidarizaron con Sara y la gente escribía cartas a los periódicos exigiendo su vuelta. Todo fue en vano. Fue el fin para la mecanógrafa tras casi dos décadas de anonimato y una como Sara Estévez. Fue recolocada en redacción y pasaría sus últimos años informando sobre terrorismo y política, algo que le aborrecía.

Sara se jubiló a los 65 pero pasaría las siguientes tres décadas escribiendo una columna de opinión deportiva en ‘El Correo Vasco’. Por uno de esos textos cobraba más que por días de trabajo cuando en vez de Sara era ‘Maraton’. Hoy, a los 97 años, no hay bilbaíno que no reconozca su cara ni hay aficionado del Athletic que no venere su trabajo. Es hija predilecta de su ciudad y cuando la muerte decida llevarla a su lado tendrá un más que merecido homenaje en el nuevo San Mamés.

La voz sin voz del periodismo deportivo | Deportes | EL PAÍS
Sara Estévez

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La gimnasta eterna

Oksana Chusovitina y su marido estaban a punto de coger un avión que los llevase de vuelta a Uzbekistán. Acababan de terminar los Juegos Asiáticos donde Bahtier, el esposo de Oksana y renombrado luchador grecorromano, había perdido la disputa por alcanzar la medalla de bronce. Para Oksana había sido su despedida de la alta competición. Tres años atrás había decidido ser madre y, tras un enorme esfuerzo físico y mental, consiguió clasificarse para los Juegos de Sidney y cerrar su carrera con dos medallas en los citados Juegos Asiáticos de 2002 celebrados en Corea del Sur. Tenía entonces 27 años y había decidido dejar definitivamente el deporte profesional.

Cuando el matrimonio se disponía a embarcar, Oksana recibió una llamada de su madre. El tono de voz de la abuela era preocupante y los lloros pronto harían su aparición. A Alisher, el pequeño de la familia, le acababan de diagnosticar una leucemia linfocítica aguda.

Alisher contaba con tres años de edad.

Tras un vuelo infinito, Oksana pudo comprobar en primera persona la gravedad de la situación. Alisher había tosido sangre y decidieron trasladarlo al hospital en una ambulancia con sospechas de que podría tratarse de una neumonía. No lo era. Era algo mucho peor. Oksana supo inmediatamente que en Uzbekistán sería imposible salvar a su hijo. Los médicos aconsejaron a la familia trasladarse al hospital alemán de Colonia, donde Alisher recibiría el tratamiento adecuado.

El problema es que no había dinero para pagarlo.

El matrimonio mal vendió su apartamento de tres dormitorios y sus dos coches, pero con eso no consiguieron ni cubrir el coste de la mitad del tratamiento. Hubo que recurrir a la ayuda popular. Tantos años dando alegrías deportivas a sus compatriotas tuvo su recompensa y Oksana y su marido consiguieron recaudar el dinero necesario para cubrir la parte inicial del tratamiento.

Lo más difícil se había logrado, pero ahora el matrimonio debía iniciar una nueva vida en Colonia. Sin vivienda, sin trabajo, sin conocer el idioma y, sobre todo, sin un céntimo. Fue entonces cuando Shanna Brüggemann, entrenadora de la selección alemana de gimnasia, se puso en contacto con Oksana para ofrecerle competir por el país teutón. Eso era la salvación para la uzbeka, ya que los emolumentos por ser deportista en Alemania eran muy superiores a los percibidos en la antigua república soviética. Oksana tuvo que volar a Taskent y pedir entre lágrimas una autorización especial para obtener la nacionalidad germana. En Uzbekistán no gustó aquella decisión, pero al final dieron su brazo a torcer. Oksana Chusovitina sería alemana.

Uzbekistán liberó a Chusovitina para competir por Alemania en 2003. Sin embargo, debido a que la legislación teutona no otorga la nacionalidad hasta cumplir tres años de residencia, estuvo hasta 2006 entrenando y compitiendo a nivel local en Alemania, pero representando a Uzbekistán en los torneos internacionales. El esfuerzo era terrible. Oksana pasaba de los 30 años en un deporte donde las mejores no llegan a la veintena y siempre con el miedo a que una lesión acabase con su carrera y le impidiese seguir ganando dinero y sostener el día a día de su hijo.

Iba a continuar así una historia que había comenzado mucho antes, allá por 1991, cuando a sus tiernos dieciséis Oksana Chusovitina lograba la victoria en el ejercicio de suelo de los Mundiales de Gimnasia. Al año siguiente obtendría otra medalla áurea, en este caso por equipos, formando parte del conjunto de la CEI (la extinta Unión Soviética) que acudió a los Juegos Olímpicos de Barcelona. Tras el desmembramiento de la URSS, Chusovitina pasó a representar a la nueva república de Uzbekistán. Lo hará en Atlanta, Sidney y Atenas, pero, aunque logró múltiples medallas internacionales, jamás consiguió presea alguna representando a Uzbekistán en los JJ.OO.

Gymnast Oksana Chusovitina, 46, Got Standing Ovation at 8th Olympics
Oksana Chusovitina. Barcelona 92. 16 años y 11 meses.

Lo cierto es que las condiciones de entrenamiento en Taskent eran muy diferentes a las de Moscú. El material escaseaba y las instalaciones eran deficientes. Oksana tenía que poner de su peculio para competir a nivel internacional y todo esto sucedía mientras sus mejores años volaban sin remedio alguno.

Pero ese afán por contentar a su nuevo país y esa lucha titánica para ver a su hijo recuperado hacen que Chusovitina logre para Alemania una medalla de bronce en el Mundial de Gimnasia de 2007. Oksana tiene entonces 32 años y será la gimnasta más veterana en participar en los Juegos Olímpicos del año siguiente, donde logra una inesperada medalla de plata en la prueba de salto.

Ese inesperado éxito se unió en el tiempo con la feliz recuperación de su hijo. El tratamiento había dado resultado y la leucemia había sido superada. Oksana se planteó entonces dejar la gimnasia e iniciar una carrera como entrenadora, pero ahora estaba presionada por la federación alemana que la incitaba a seguir compitiendo. Dolida, pero agradecida, Chusovitina ganó unas cuantas medallas más a nivel europeo y mundial, batiendo siempre los registros de edad conocidos, hasta que, en 2012, en los que eran sus sextos Juegos Olímpicos, logró la quinta plaza en el concurso individual.

Tenía 37 años y, ahora sí, había decidido retirarse.

Pero algo rondaba la cabeza de Oksana. Sentía que había traicionado a su país. Sus compatriotas la habían apoyado cuando su hijo estaba enfermo y se sentía en deuda con ellos. Había ganado medallas olímpicas en su juventud defendiendo la bandera soviética y en una inesperada madurez bajo los colores alemanes. Y, sin embargo, durante su plenitud física, no había podido subirse al cajón olímpico defendiendo los intereses uzbekos.

Tras unas semanas de dudas decidió volver al ruedo. Solicitó permiso para cambiar una vez más de nacionalidad y poder competir nuevamente con Uzbekistán. En esta ocasión no hubo traba alguna. Tanto en Berlín como en Taskent estuvieron de acuerdo y el COI (Comité Olímpico Internacional) hizo la vista gorda y entendió la excepcionalidad del cambio.

Representando de nuevo a Uzbekistán, Chusovitina compitió en Río 2016, donde fue séptima en el evento de salto. Aquella prueba fue ganada por Simone Biles, 22 años más joven que Oksana y tan sólo dos años mayor que Alisher, antes niño enfermo y ahora un robusto adolescente. A pesar de no lograr una presea, Chusovitina tuvo que subir al pódium ante el clamor popular, mientras el video marcador del pabellón mostraba imágenes de sus mejores momentos. Era un más que merecido homenaje.

Pero había llegado demasiado pronto.

Seguía sin conseguir una medalla olímpica para Uzbekistán y seguía fija en su empeño. Atentando contra todas las leyes de la naturaleza, Oksana pretendía estar en Japón para los Juegos de 2020. Por entonces tendría 45 años, una edad asombrosa para cualquier deportista profesional e inaudita en gimnasia donde la flexibilidad es intrínseca a su dificultad. El Covid alejó su objetivo en doce meses, pero Oksana siguió entrenando hasta competir en Tokio a los 46 años de edad.

Aquel 25 de julio de 2021 saltó al tatami por enésima vez. No logró superar la ronda previa y no consiguió la nota necesaria para clasificarse para la final olímpica de gimnasia. Dio igual. Jueces, rivales, entrenadores y periodistas se pusieron en pie para dar una cerrada ovación a Chusovitina. Rodeada de flashes y de un mar de lágrimas tuvo que volver al centro del tartán para dar las gracias. Lástima de pandemia que impidió que el gentío se sumase a la fiesta.

Fiel a sí misma, y a pesar de haber declarado que tras Tokio se retiraría, actualmente Oksana Chusovitina apura sus opciones para clasificarse para los Juegos Asiáticos de 2022. A pesar de contar con dos medallas olímpicas y más de una decena en pruebas mundiales, Oksana Chusovitina no es una leyenda de la gimnasia por sus logros. Lo es por su infinita longevidad, por una capacidad de sacrificio espartana y por demostrar que la voluntad y el amor de una madre es una fuerza que mueve montañas.

Tokio 2020: la gimnasta Oksana Chusovitina demuestra a sus 46 que la edad  es solo un número
Oksana Chusovitina. Tokio 21. 46 años y 1 mes.

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Hacerse un Biles

Poseedor de una vasta hacienda, Cayo era uno de los consejeros más acaudalados y afamados de Octavio Augusto. Sin la presencia de este noble romano Augusto no se hubiese convertido en emperador, ya que fue su labor diplomática la que convenció al Senado de que la única forma de acabar con la guerra civil era finiquitar el triunvirato surgido tras el asesinato de Julio César. Ayudar a colocar la corona de laureles sobre la cabeza de Augusto tiene su aquel, mas no fue eso lo que hizo pasar a Cayo a la posteridad. Con su inmensa riqueza, Cayo apoyó y protegió a numerosos eruditos, siendo los más conocidos los poetas Horacio y Virgilio. Cayo Mecenas, como así era conocido, dio nombre a aquel que patrocina la cultura de forma desinteresada.

Cayo Mecenas es epónimo de mecenas y de mecenazgo. Los epónimos son usados desde hace siglos para nombrar pueblos, conceptos, descubrimientos o inventos. Entre los más conocidos epónimos de diferentes tipologías podríamos citar a Américo Vespucio (América), Cristóbal Colón (Colombia), Louis Braille (sistema Braille), San Cirilo (alfabeto cirílico), Mijail Kalashnikov (fusil Kalashnikov), Louis Pasteur (pasteurización), Karl Marx (marxismo) o Charles Darwin (darwinismo). Entre los epónimos a destacar también los hay irrelevantes para el desarrollo humano, pero ampliamente gratificantes como bechamel (Louis de Bechameil), jacuzzi (Cándido Jacuzzi) o sándwich (Conde de Sándwich). Pasar a la posteridad como un epónimo es dejar un legado imperecedero en la sociedad.

Simone Biles no solo es la gimnasta más laureada de todos los tiempos, sino que ha ligado su nombre a la historia a través de unos movimientos jamás antes practicados. En gimnasia a la ejecución se le añade la dificultad. El ‘Biles’ es un salto de extrema dificultad que Simone ejecutó en 2013 y que desde entonces ha ido perfeccionando. Se trata de un doble salto mortal o dos vueltas con el cuerpo completamente extendido, pero, en la última vuelta, se da un giro en el otro sentido, combinando los dos ejes de rotación. La extrema dificultad radica en que, en vez de caer mirando al suelo, uno lo hace hacía adelante a ojos ciegos.

“A veces me pregunto qué pensará mi madre biológica sobre todo esto”, acertó a comentar Simone Biles la primera vez que consiguió una medalla. Y es que la atleta afroamericana fue acogida por sus abuelos al poco de cumplir tres años. Inmersa en la droga y el alcoholismo, los servicios sociales no dudaron en quitar la custodia a la madre biológica de Biles.

Ahora, convertida en leyenda deportiva, Simone mantiene el contacto con ella por respeto a sus abuelos. El destino quiso que cuando Simone contaba con seis años el mal tiempo cancelase una excursión prevista en el colegio. Los profesores decidieron invertir la mañana en la visita a un centro deportivo cercano. Allí, aquella niña risueña quedó fascinada por los saltos y las piruetas que daban las gimnastas. A partir de ahí no hubo actividad que distrajese a Biles de su objetivo. Llegaría a entrenar durante cinco horas al día sin descuidar ni un ápice sus notas. No existieron otras actividades extraescolares, ni fiestas de cumpleaños con los amigos. En 2013, con 16 primaveras recién cumplidas, ya era campeona del mundo. Sólo entonces hubo vacaciones.

Simone Biles es la única gimnasta de la historia que ha sido tres veces consecutivas campeona del mundo en el concurso general de gimnasia (2013, 2014, 2015). Son 19 victorias mundiales y 25 medallas ganadas. Pero más allá de su creatividad, destaca su longevidad, extrema para una gimnasta. Si Nadia Comaneci era equilibrio y gracilidad, Simone Biles es un estallido continuo de potencia con una sonrisa en el rostro. SI la rumana era ballet, la estadounidense es rock and roll. Con una estatura que apenas supera los 140 centímetros, sus casi 50 kilos de puro músculo combinan la flexibilidad con la fuerza. Sus acrobacias son rapidísimas y sus aterrizajes seguros. Su centro de gravedad tan bajo la favorece en el ejercicio de suelo, pero dificulta sobremanera su ejercicio en el potro. Como Michael Jordan, Simone Biles tiene la capacidad de anular la ley de la gravedad.

Pero Biles quiso más. En el Mundial de 2019, Simone consiguió llevar a cabo una acrobacia que ninguna otra gimnasta femenina había conseguido hacer. Este salto en concreto se trataba de un triple-doble, o sea, un doble mortal hacia atrás con triple giro sobre sí misma en su ejercicio de suelo. Un salto sin precedentes. Tal fue el asombro y la admiración por ese movimiento que a partir de ese momento quedó bautizado como «Biles II». Su segundo epónimo.

https://youtube.com/watch?v=C6bLy43Qd4s

El secreto de Biles, como explicaban de forma fantástica en un especial olímpico del ‘The New York Times’, es su capacidad para incluir más movimientos en cada serie. Por ejemplo, cuando en el ejercicio de suelo Biles encara desde una esquina la diagonal del tablero, necesita correr menos para generar la misma potencia que el resto de sus competidoras. Así, puede pasar más tiempo en el aire, incluyendo más elementos y ofreciendo concursos más espectaculares. La complejidad de sus ejercicios la empuja a cometer errores en barra, pero la altísima dificultad de la que parte, y su capacidad para mantenerse constante durante el resto de sus series, hace que los jueces la coloquen de forma invariable por encima de los 15.000 puntos en todas sus intentonas.

Y así, esa mujer que ejecuta actuaciones que los hombres solo pueden soñar, se plantó en Tokio con la intención de lucir el ‘Biles II’ en los Juegos Olímpicos, y, según los rumores, con alguna que otra sorpresa en la recámara. Antes de los concursos individuales, la escuadra olímpica de Estados Unidos competía en la prueba de equipos. Minutos antes de enfundarse los leotardos, y ante el estupor general, Simone Biles anuncia que se retira de la competición. Lo que en un primer momento se anuncia como molestias en el tobillo acaba siendo un colapso mental. No participará tampoco en las pruebas individuales.

Biles acaba de hacer un ‘Biles’. El ‘Biles III’. Pero esta vez el epónimo no obedece a sus fastuosas actuaciones. ‘Hacerse un Biles’ quedará como epónimo del colapso mental del deportista de élite.

Biles, como otras hijas de la gimnasia, ha sido exigida, reprimida y explotada desde niña. Al igual que la rítmica, la gimnasia artística es un deporte de niñas, de niñas que son élite cuando no conocen la menstruación. Niñas que demuestran coraje y valentía, sacrificio y dedicación, y que son manejadas desde lo más alto por quienes ven en ella objetos con día presto para la caducidad.

¿Por qué Biles tardó tanto en comprender que su cabeza estaba llena de demonios? Con todo ganado, a lo que Biles aspiraba en Tokio era a la eternidad. Tras cuatro (cinco) años de preparación, imposiciones y obsesiones, Simone Biles tuvo miedo a perder. Se sentía como un hámster en la rueda, acertó a decir un periodista. A Biles se le cayó la capa de superheroína. Un dolor invisible, acrecentado por la pandemia, le ha producido un bloqueo mental. Pasó de tener una estructura ordenada al vacío por rutina. Su éxito está construido sobre un esfuerzo y un talento descomunal, pero también sobre lacras que ayudan a comprender su fragilidad. Es la imagen y fuente de ingresos de una federación que apoyó el terror físico y psicológico promovido por el matrimonio Karloyi, los mismos que hace casi 45 años atormentaron a una niña rumana que vendió su alma a cambio de ser la reina de Montreal.

Y es que la excelencia se cultiva en ambientes tóxicos, pero el deportista de élite hace poco por acotarlos. La niña Biles era voluble y manejable. La mujer Biles es una deportista empoderada, un icono racial y una voz capaz de crear estados de opinión. Por eso cuesta entender que no echara antes el freno. Es la presión, sí, de patrocinadores, de entrenadores, de directivos y hasta de aficionados, pero sobretodo es la autoexigencia. Fue ella la que quiso hacer el ‘Biles’, el ‘Biles II’ y coronarse en Tokio quien sabe si con un ‘Biles III’. Hay sargentos que deciden no ser tenientes, profesores que declinan ser directores, currelas que no quieren ser jefes. Nadie obligó a Biles ser leyenda. Lo quiso ella.

Simone Biles realizó una ejecución limpia y concentrada, aunque menos espectacular de lo acostumbrado. Y se mostró feliz de salir nuevamente al tabloncillo.
El Ángel domó al demonio

Fue Johan Cruyff el que se inventó lo de la presión externa. Cuando de adolescente saltó a la fama, decidió que un futbolista tenía que traspasar los límites del terreno de juego. Se convirtió en hombre anuncio porque quiso y abrió el camino del terror capitalista en el que se ha convertido el deporte de élite. Pero el propio Cruyff fue víctima de su ambición, porque el hombre que anunció su retirada a los 30 tuvo que estirar su carrera a disgusto hasta cerca de la cuarentena para cumplir con todo con lo que su ambición se había comprometido.

Sin presión no existiría el deporte profesional. Novak Djokovic lo dijo al ser interpelado por el caso Biles: “Si ansias ser el mejor en tu deporte debes aprender a hacer frente a la presión en la pista y fuera de ella”. Gestionar la duda debe formar parte del entrenamiento. Hay una asociación, quizás peligrosa pero muy real, entre la ansiedad y la alta competición, como la hay entre la ansiedad y un trabajo de éxito. Y como también la hay entra la ansiedad y el fracaso. O entre la ansiedad y la falta de trabajo. Todo es agotador, porque la vida es agotadora.

Puede que a Simone Biles, ante la soledad del dolor mental y la vergüenza al ser juzgada, se la hayan comido los demonios. De Tokio se lleva una medalla de bronce que siempre recordará como un oro. Su séptima medalla olímpica. De todas, la más brillante. La que le hizo recuperar la sonrisa. Quizás los demonios se hayan ido ya y una tarde cualquiera el ‘Biles III’ haga su aparición.

Quién sabe.

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Cuando un loco apuñaló a Mónica Seles

Con una demostración de poderío absoluto y desplegando su característico juego de zurda a dos manos desde ambos fondos de la pista, Mónica Seles destrozaba por agotamiento a Steffi Graf (4-6, 6-3 y 6-2) consiguiendo el que era su tercer Open de Australia y su noveno Grand Slam. Era 1993. Acababa de cumplir los 19 años y tenía el mundo a sus pies.

Nacida en Novi Sad, antes Yugoslavia y hoy Serbia, a los 14 años ya pegaba raquetazos en el circuito profesional y con 16 ya salía triunfante en Roland Garros. En aquella final venció a la entonces nº1 del ranking, Steffi Graf, anunciando el cambio de dinastía que estaba por llegar. Por si quedaran dudas, en ese mismo año logró también el Masters de la WTA derrotando en la final a otra de las grandes tenistas del momento, la argentina Gabriela Sabatini.

Hasta entonces Steffi Graf dominaba el circuito tenístico de la misma forma que Atila subyugó a Roma. Graf arrasaba con un tenis en el que dibujaba la perfección en las líneas y una gracilidad impropia de semejante fiereza. Pero entonces llegó ella. Mónica Seles era un soplo de aire fresco con sus golpes a dos manos, siempre al ataque y desconcertando a los rivales con gritos y gestos continuos. El actor Peter Ustinov, un amante del tenis, declaró con agudeza que compadecía a los vecinos de Seles en su noche de bodas.

Mientras Graf se había formado en una escuela de tenis siendo niña, Seles era producto de un padre fanático que le obligaba a golpear pelotas contra la pared del aparcamiento que había delante de su casa. Su talento era tal, que hubo que llevarla a los 13 años a Estados Unidos para pulir un juego selvático en el que huía continuamente de la red asustando los ojos de los puristas.

Así, si en 1988 y 1989 Steffi Graf ganó 7 de 8 grandes (sólo Arantxa Sánchez Vicario la derrotó en Roland Garros 89) para 1991 y 1992 Mónica Seles emulaba el logro dejando únicamente las migajas para Wimbledon 92 a favor de la alemana. 1993 comenzaba con otro triunfo de la serbia y todo indicaba que mientras Seles seguía ascendiendo Graf ya se había estancado.

Hasta que todo cambió.

Mónica Seles estaba disputando un partido de cuartos de final en Hamburgo. Un torneo previo y preparatorio para Roland Garros. En un descanso entre juego y juego, Seles se sentó en una silla y sorbió un poco de agua. Segundos después, ante los gritos de los espectadores y la incredulidad de los televidentes, se levantó, se llevó la mano a la espalda y cayó al suelo. Mónica Seles gritaba aturdida mientras un cuchillo de cocina de 23 centímetros de longitud le succionaba la espalda. Ante el desconcierto y el horror de los 7.000 espectadores presentes, la tenista se levantó, se llevó la mano al hombro, dio varios pasos y se desplomó en la arcilla.

https://www.youtube.com/watch?v=Xt7vbkXkjpQ

Con Yugoslavia desmembrándose en una guerra de identidades (Seles era serbia de ascendencia húngara) se habló de atentado. Pero no. El asunto era más mundano. El tarado fue detenido al instante. Se trataba de un alemán que obedecía al nombre de Günter Parche. “Quería ver a Steffi Graf ganar otra vez”, declaró en el juicio. Quedó en libertad condicional y tuvo que someterse a tratamiento psiquiátrico. Al parecer cada vez que Seles derrotaba a Graf sufría instintos suicidas y amenazaba con quitarse la vida.

Por suerte el impacto del cuchillo fue menor del esperado y la herida cicatrizó con facilidad al no superar los dos centímetros de profundidad. Si la hondura hubiese llegado a los siete centímetros, Seles hubiese quedado paralítica. No había órganos ni tendones dañados. A la suerte también le ayudó que cuando Parche intentó clavarle el cuchillo por segunda vez, dos agentes de seguridad lo aplacaron a tiempo.

Era un milagro. Iba a estar un mes de baja. No podría competir en Roland Garros pero estaría lista para asaltar Wimbledon.

Fueron 28 los meses de ausencia. Cerca de dos años y medio sin competir.

Mientras Graf llenaba de felicidad a Parche ganando 6 torneos de Gran Slam de 8 posibles durante esos 28 meses, Mónica Seles se introducía en una espiral de miedo y terror de la que nunca llegó a salir completamente. Sus ingresos cayeron, su novio la abandonó y sus patrocinadores escaparon. Aquella chica alegre y decidida se convirtió en un ser huraño que detestaba ser vista en público. Sufría continuas pesadillas, ataques de ansiedad y comenzó a coleccionar pastillas de todo tipo para la depresión.

La WTA propuso mantenerla como número 1 adyacente hasta que regresase, pero todas las tenistas votaron en contra con la excepción de Gabriela Sabatini, que se abstuvo. De algún modo, tal falta de cariño le hizo recuperar la entereza y volver a las pistas para disputar el Open de Montreal de 1995. Su victoria fue espectacular, al ganar el trofeo sin ceder un solo set. Dos semanas más tarde disputaba la final del US Open ante Steffi Graf y, aunque acabó cediendo tras tres sets, la ovación del público a Seles (por entonces nacionalizada estadounidense tras el fin de la guerra de Yugoslavia) superó, y por mucho, a la recibida por Graf.

Parecía que Mónica Seles había vuelto.

La vida aun le tenía guardada otra sorpresa.

Su sonrisa volvió al cajón cuando su padre le contó que sufría de un cáncer de estómago terminal que no respondía al tratamiento. Para aquella muchacha de apenas 21 años fue la gota que colmó el vaso. A la ansiedad, a la depresión y al continuo cambio de su cuerpo por culpa de la adolescencia, hubo que sumar tan devastadora noticia. Se refugió en la comida y ganó cerca de 20 kilos de peso. Se despertaba de madrugada y asaltaba la nevera.

De pequeña le habían enseñado a no dejar nada en el plato. Y en Miami los platos eran mucho más abundantes que en Novi Sad. Engullía patatas fritas a cualquier momento. La prensa no ayudaba y los tabloides le llamaban gorda de cuando en cuando. Lo de la depresión en los deportistas de élite seguía siendo tema tabú. Años más tarde, cuando Seles se abrió al mundo, llegó a confesar que era capaz de decir al menos un restaurante italiano de cualquiera ciudad del orbe. Por entonces su única alegría era escoger un lugar al azar e ir a engullir comida en busca de la felicidad.

Y a pesar de todo volvió. “Cuanto más sufría Seles la conexión de los fans del tenis con ella crecía. Comparada con todos los atletas millonarios que parecen vivir en otro planeta, Seles resultaba gloriosamente mortal. Ella también estaba de luto por su padre, ella también luchaba contra sus problemas de sobrepeso, ella también lo pasaba mal en su trabajo. Ella era uno de nosotros”; escribiría el periodista Jon Werthein. La gente se volcó con Mónica como nunca antes lo había hecho. Las tenistas que le habían dado la espalda clamaron por su vuelta. Y no se sabe bien como, Mónica se levantó y a volvió a competir.

Meses más tarde reapareció en Australia. Había bajado unos cuantos kilos su peso, pero no era la misma. Tenía más cuerpo, era más lenta y poseía menos resistencia. No trasmitía energía y su movilidad era menor. Pero su clase había revivido. Su zurda a dos manos doblegó a la alemana Anke Huber para lograr su noveno Grand Slam y su cuarto título en Australia.

Fue su canto del cisne. Llegó a jugar tres finales más de Grand Slam pero no logró alzarse con el triunfo. El reinado de Graf fue sucedido efímeramente por Martina Hingis la cual pronto claudicaría ante la exuberancia de las hermanas Williams. Seles se retiró en 2003, a los 29 años, sin volver nunca a ser ella misma. Su paranoia fue tal que jamás volvió a pisar Alemania desde que Parche truncara la que era una carrera que iba camino del olimpo.

Mónica Seles forma parte de la terna de las mejores tenistas de la historia, pero quizás un loco la privó de ser considerada la mejor de todos los tiempos. Hoy Seles vive feliz en Florida y ejerce de relaciones públicas para programas que combaten la depresión y la ansiedad. Indirectamente también contribuyó a mejorar la seguridad en los torneos. Desde 1993 es obligatorio que los guardias se sienten de cara al público con el fin de prevenir cualquier altercado.

Günther Parche está internado en un psiquiátrico. Según el último artículo conocido sobre su vida, su antigua casa sigue adornada con fotografías y posters de Steffi Graf.

Stories of the Open Era- Monica Seles - YouTube
A un paso del olimpo

“Me apuñalaron, me dañaron el alma y mi carrera cambió de forma irreversible. Una fracción de segundo me convirtió en otro ser humano (…) A algunas personas les ha ido mejor que a mí y a otras les ha ido peor. En general creo que me ha ido bien, pero aunque mantengo una relación sana con el tenis, no es mi vida”. Mónica Seles.

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