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Ronaldinho y el partido del gazpacho

En el verano de 2002 el FC Barcelona era un club con un cuadro clínico de profunda depresión. En la temporada recién finalizada el Barça había acabado en una vergonzosa sexta posición, su peor clasificación en década y media, y había quedado eliminado de la Copa del Rey ante el modestísimo Novelda FC. Pasarían hasta tres entrenadores distintos por un Camp Nou en el que apenas se alcanzaba la media entrada. En febrero, Joan Gaspart había presentado su dimisión tras una vicepresidencia victoriosa de dos décadas y un bienio negro como presidente que se iniciara con la fuga de Luis Figo rumbo a Madrid.

En julio se iban a celebrar elecciones. Se necesitaba un revulsivo. El Barça llevaba un lustro sumido en el desánimo a lo que no ayudaba una nueva edad de oro del Real Madrid que aquel año logró su tercera Copa de Europa en color. El total ya era de nueve. El Barça vivía del recuerdo de Wembley 92.

Joan Laporta no era el favorito para ganar las elecciones. Pero al igual que había hecho Florentino con Figo años atrás para conseguir el trono madridista, Laporta hizo una promesa electoral que le garantizaría la victoria. Repitió por activa y por pasiva que si ganaba David Beckham sería futbolista del FC Barcelona. Además de guapo y una máquina expendedora de dinero, el centrocampista inglés era un volante de exquisita técnica que estaba considerado uno de los mejores jugadores del mundo.

En realidad todo era un farol. Sabedor de que Beckham era objetivo del Madrid, Laporta lo que hizo fue torpedear la operación y encarecer la compra. El Manchester United llega a un acuerdo con el FC Barcelona, pero Beckham prefiere firmar por el Madrid. A los merengues no les quedaría más remedio que subir la oferta para llevarse finalmente al centrocampista inglés. Pero mientras todo esto sucedía Laporta ya era presidente del Barça. Todo había salido tal y como había planeado.

El objetivo de Laporta era otro. Su vicepresidente era Sandro Rosell, el cual gestionaba los intereses publicitarios de Nike con la selección brasileña. Rosell tenía una excelente relación con Ronaldinho, un descomunal talento que por entonces militaba en el Paris Saint Germain. Había ganado el Mundial, pero eclipsado por futbolistas como Ronaldo y Rivaldo y militando en un equipo que por entonces era menor, tenía menos cartel que Beckham. Curiosamente el Barça hubo de luchar con el United para firmarlo, pero la resistencia fue mínima. Ronaldinho era nuevo jugador azulgrana.

Se cumplen 18 años de la presentación de Ronaldinho
Un nuevo ’10’

Ronaldinho será un desfibrilador que reviva el corazón de un club moribundo. El vestuario es otro. Ronaldinho es alegría, risas e infinidad de bromas. Es un artista que hace malabarismos con el balón mientras se ducha. Es un soñador que pone música en el vestuario y da toques al balón mientras saborea una caipirinha.

Ronaldinho debutó el sábado 30 de agosto de 2002 en San Mamés. Habría victoria azulgrana, pero con actuación individual decepcionante. Días después, el miércoles 3 de septiembre, tendría lugar el debut liguero en el Camp Nou. Aquella jornada se había adelantado porque el siguiente fin de semana había compromisos internacionales de selecciones. Brasil tenía una cita en Barranquilla ante Colombia la madrugada del sábado 6 al domingo 7 según el horario europeo.

Aunque el choque se tenía que disputar el miércoles, el FC Barcelona solicitó su adelanto para el martes. La decisión estaba falta de lógica dado que así los jugadores tendrían un día menos para descansar. Era un mal mayor. El miércoles Ronaldinho debía viajar a Brasil para incorporarse con su selección. No podría estar en el Camp Nou. Era indispensable su presencia. Se esperaba un Camp Nou lleno. Algo nunca visto en toda la temporada anterior. De hecho, en muchos choques no se había llegado ni al tercio de la entrada. Ronaldinho era el mesías. Habría que jugar el martes sí o sí. Sin la estrella no habría fiesta.

El problema es que el Sevilla FC, rival del Barça para aquella jornada entre semana, venía de vencer la tarde noche del domingo anterior al Atlético de Madrid en el Sánchez Pizjuán. Según la normativa vigente tenía que pasar un mínimo de 48 horas antes de poder disputarse otro encuentro. Así pues, el sueño del Barça era irrealizable. Ronaldinho no estaría aquella noche en el Camp Nou.

Pero ya se sabe que un hombre con una nueva idea es un loco hasta que la idea triunfa. Y Laporta tuvo una idea de loco. O al menos fue de loco hasta que se hizo real. Dado que el choque del Sevilla y el Atleti había terminado entorno a las 23:50 horas del domingo la junta directiva lo tuvo claro. Todo consistía en programar el choque para las 00:00 del miércoles, cumpliendo así con las 48 horas de rigor establecidas. Para evitar suspicacias y problemas alguien comentó que mejor programarlo para las 00:05 horas, no fuera a ser que la Liga considerase que las 00.00 horas seguía siendo un horario prohibido.

Dicho y hecho. El partido entre FC Barcelona y Sevilla FC tendría lugar a las 00:05 horas del miércoles 3 de septiembre cumpliendo con las 48 horas de descanso que establecía la Liga y permitiendo que Ronaldinho jugase el encuentro antes de coger un avión rumbo a Río de Janeiro. Tres días después de defender al Barça, Ronnie vestiría la verdeamarela en tierras cafeteras y así todos acabarían contentos.

Pero ya se sabe que a la masa no se le convence con consignas, sino con la satisfacción de sus necesidades.

Fue un partido especial, único. Diferente a todos los demás. Fue el inicio de todo. Pero no bastaba con Ronnie. Hacía falta algo más. Era un día de semana y el partido finalizaría a las dos de la madrugada. La mayoría no se abrazaría a la almohada hasta bien pasadas las tres del alba. Hacía falta un buen cebo.

Se organizaron un par de conciertos y actividades de ocio familiares en los aledaños del Camp Nou. Las entradas rebajaron su precio considerablemente y todo aquel que resolvió acudir al coliseo azulgrana recibió un vaso con su ración de gazpacho. Aquel día el Barça decidió homenajear a su rival andaluz, y de paso a los miles que desde las largas tierras de labranza se aventuraron a mejorar su fortuna en la industrial y cosmopolita Barcelona, regalando a todos los presentes una sopa fría con tomate, pimiento, ajo y pan.

Barcelona-Sevilla, el partido del gazpacho
Si la vida te da tomates…¡gazpacho!

Al que pasaría a la posteridad como el partido del gazpacho acudieron algo más de 81.000 espectadores. No se llenó el Camp Nou, pero fue una entrada colosal teniendo en cuenta el delirante horario. De todo ello nos hubimos de enterar al día siguiente, porque ningún canal de televisión quiso pujar por un partido que se antojaba deficitario. Lo disfrutaron los allí presentes. Como disfrutaron del gazpacho…y del pan, del chocolate, del fuet, del jamón y de la crema catalana. Porque todo era bueno para combatir el insomnio. Y el gazpacho refresca. Pero sólo con gazpacho no se llena el estómago.

Quedaba saber si Ronaldinho cumpliría con las expectativas.

Y Ronnie no falló.

El duelo ‘after hours’ no defraudó. Se adelantaron los sevillistas poco antes del minuto 10 tras un penalti transformado por el hoy malogrado y entonces imberbe José Antonio Reyes. Era aquel un Sevilla de corte menor, comandado por Caparrós en el banquillo y con Javi Navarro y Alfaro dando estopa en el campo, pero en el que los brotes verdes surgían por las esquinas. El Barça acusó el golpe, pero a medida que la primera mitad avanzaba recuperaba el mando por medio de Xavi, mientras los más hambrientos agotaban sus reservas sin esperar siquiera al descanso para tomar el postre.

Cuando la segunda parte hizo su aparición de Ronaldinho se sabía poco. Había dejado un taconazo en dirección a Luis Enrique que el asturiano malogró con un mal control. Como el buen dulce, el gusto por el taconazo fue efímero pero sus consecuencias terribles. El público esperaba algo más que un gesto técnico y sólo los estómagos agradecidos evitaban los murmullos.

Corría el minuto 59 cuando a Ronaldinho se le ocurrió demostrar que la entrada valía algo más que un vaso de gazpacho. Recogió el balón a la altura del círculo central, escorado en la banda izquierda. El brasileño montó el contraataque encarando a Martí, al que dribla con un golpe de cintura. Conduce con la derecha y con un cambio de ritmo deja atrás a otro sevillista para soltar un latigazo a 30 metros de la portería defendida por Notario. El balón describe una parábola perfecta y se cuela por la escuadra derecha del meta andaluz tras golpear el larguero.

Eran la 1:26 de la madrugada. El Instituto Geográfico Nacional detectó un breve movimiento sísmico en el barrio barcelonés de Les Corts. Más de 81.000 personas se levantaron de sus asientos. Dio exactamente igual que el Barça no marcase más goles y que el partido no pasase del empate. Aquel día se produjo un flechazo entre el Camp Nou y Ronaldinho. Ronnie iba a ser más que un jugador. Era una inyección anímica. Aquel día los socios del Barça dejaron el Prozac.

Lo cierto es que jugando de madrugada lo anormal era que Ronnie no jugase bien. Aquel malabarista de eterna sonrisa era un adicto a los partidos de la NBA e intentaba copiar jugadas realizadas con las manos a través de sus pies. Ronnie jugaba para divertirse y para que la gente se divirtiese. Era un funambulista del balón. Un pícaro con botas.

Tras estirar, ducharse y suponemos que cenar algo, Ronaldinho se acercó hasta el aeropuerto del Prat donde a las 07:00 de la mañana de aquel 3 de septiembre cogió un vuelo rumbo a Brasil para cumplir con su selección. La ‘canarinha’ vencería por 1-2 en Bogotá y Ronaldinho no llegaría a vestirse de corto.

Tanta historia para nada.

Ronaldinho sacó de la UCI al Barça y puso los cimientos para la época más gloriosa de su historia. Con el tiempo hubo que sacarlo de Barcelona para que sus devaneos nocturnos no corrompiesen a aquel enjuto argentino criado en La Masía que miraba a Ronnie con ojos embobados. Pero antes de que Messi dominase el fútbol contemporáneo, Ronaldinho fue durante un par de años el mejor futbolista del mundo liderando al FC Barcelona a la conquista de su segunda Copa de Europa y exhibiéndose hasta el punto de que el Bernabéu acabaría aplaudiendo su genio.

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A propósito del despropósito de la vacunación

Ahora que ya nos hemos alejado en el tiempo y los árboles que no nos permitían ver el bosque han sido talados, conviene hacer una reflexión a propósito del despropósito de la vacunación de la selección española de fútbol. Una chapuza de matrícula de honor donde se han visto involucrados el Gobierno de la Nación, la Real Federación Española del Fútbol y políticos y periodistas de distinta categoría. Reveladora, por lo que a mí respecta, la actuación del gremio deportivo del cuarto poder dejando a la altura del betún a todo aquel que en algún momento ha ejercido la profesión.

Antes de que a una semana del inicio de la Eurocopa, allá por el 6 de junio, la noticia saltase con el positivo por Covid-19 de Sergio Busquets, ningún medio informativo se preocupó de tratar la posible vacunación de la selección española. Sería el mes de febrero cuando los medios se manifestaron ante dicha posibilidad como algo baladí e insustancial. Rubiales, presidente de la RFEF, declararía, cuando la tormenta estaba en su auge, que llevaba dos meses luchando para obtener el visto bueno del Gobierno, el cual negó la mayor. No es que la palabra del Gobierno vaya a misa, de hecho no suele ni pisarla, pero es más fiable que la de Rubiales teniendo en cuenta que ningún medio ni periodista se hizo eco de dichas peticiones o exigencias hasta que todo estalló.

Lo cierto es que antes de que Busquets diese positivo el mundo del periodismo deportivo estaba a otras cosas. Unos comentando que “la selección no representa a España porque no lleva a nadie del Real Madrid” o “Laporte es un francés que ni siente el himno, ni el escudo, ni la camiseta” y otros replicando que “preguntar a un jugador si se siente español es xenofobia” o argumentando que “los jugadores que mejor rinden en la selección son aquellos a los que no les importa España”.

En esto estaba la materia gris de este país cuando estalló el positivo. La noticia pilló a los jefazos de la prensa con fin de semana de asueto. Con Eurocopa y Juegos Olímpicos en el horizonte había que aprovechar entre el fin de la Liga y el inicio de la competición para coger unos días libres. Del mismo modo los futbolistas contaron con unos exiguos días de descanso antes de penetrar en la burbuja de Las Rozas. Y aquí vino el problema, ya que Sergio Busquets estuvo en contacto con un positivo y, fruto de ello, llegó el contagio.

Es probable, querido lector, que no sepa que ese fue el motivo del contagio. La noticia fue dada con sordina en ‘La Razón’ y ‘ABC’ y también en ‘La Sexta’, para luego ser replicada a lo bajini en otros medios. Pronto se tapó. No hay que estudiar Ciencias de la Información para saber porque dos periódicos de editorial conservadora con sede en Madrid son los únicos que explican los motivos del positivo del centrocampista catalán del FC Barcelona. Un poco más avispado hay que estar para saber porque ‘La Sexta’ destapa la información. Dado que los derechos televisivos de la Eurocopa los tiene Mediaset (Telecinco y Cuatro), lo que para éstos será cerrar filas contra cualquier información negativa, para Atresmedia (La Sexta y Antena 3) es una oportunidad de dañar a la competencia.

Será Mediaset quien desvele un par de días después la inmensa preocupación en el seno de la RFEF tras el positivo de Diego Llorente y el más que probable de Thiago Alcántara. Y es que el centrocampista del Liverpool FC es el compañero de habitación de Busquets. Atresmedia nos contará que el verdadero motivo de la preocupación fue la salida a cenar en un restaurante madrileño de los ya citados.

Todo esto sucedía mientras la RFEF y el mundo periodístico deportivo mostraba su indignación y su preocupación ante la falta de respuesta del Gobierno y la negligencia mostrada al no haber vacunado a la selección. El aficionado medio se enervaba con tales comentarios pero, alguno, más reflexivo, se preguntaba. ¿Cómo pudieron ir a cenar a un restaurante cualquiera si están en una burbuja?, ¿cómo se le puede dar un fin de semana libre a miembros de una burbuja?, ¿cómo hacen vida en común si nos dijeron que comen por separado y que no comparten duchas en el vestuario?

Preguntas que no obtuvieron respuesta.

Crece la polémica tras positivo por COVID para Sergio Busquets, ¿Le  pidieron cuarentena a España?
De salud bien, gracias

Una vez que Sergio Busquets fue apartado del grupo y comenzaron las rutinas de entrenamiento individuales y los protocolos PCR para el resto de la expedición, se montó la marimorena. Inmediatamente se exteriorizó la indignación de la RFEF y se inició una campaña exprés a favor de la vacunación clamando por el buen nombre de España y su prestigio internacional. Se contaron un par de gruesas mentiras que conviene examinar antes de seguir con la cronología de los hechos:

A) España es el único país que no ha vacunado a su selección: Mediaset lo soltó a las primeras de cambio y luego hubo efecto rebote y rectificaciones varias. Lo cierto es que Italia y Turquía eran las únicas dos selecciones vacunadas entre las 24 participantes al inicio del campeonato. En Alemania, Austria, Eslovaquia, Chequia o Inglaterra se descartó por completo la vacunación y en Francia, Polonia o Portugal se le dio libertad a cada jugador para que se vacunase por su cuenta y riesgo si así lo desease. Dinamarca, Finlandia o Suecia también descartaron la posibilidad y ésta última aceptó con resignación y estoicismo los casos de coronavirus. En Bélgica y en los Países Bajos se les fueron ofrecidas, pero los propios jugadores las rechazaron ante el temor de sufrir efectos secundarios en los primeros partidos. En Rusia se vacunó al cuerpo técnico y a algún miembro de la expedición por cuestión de edad, pero no así a los futbolistas.

B) Los olímpicos fueron vacunados por el Gobierno: Es una media verdad. El COI (Comité Olímpico Internacional) se puso en contacto el año pasado con los Gobiernos de todo el mundo para establecer un protocolo de vacunación con todos los deportistas olímpicos. Para ello el COI se ofreció a pagar el doble de precio del mercado por cada vacuna inyectada a un deportista. Algunos países, caso de España, donaron esa plusvalía a países subdesarrollados y asumieron ellos mismos la vacunación de los deportistas. Todos los deportistas de los más de 200 países del COI estarán vacunados en Tokio por iniciativa privada, programada hace un año y ejecutada hace un par de meses.

Fueron estos los dos ejes sobre los que pivotó un debate banal y pestoso que dio lugar a diferentes consideraciones políticas. “Se les inmuniza en función de su cuenta corriente”, dijo una ministra del Gobierno español como apóstol, apóstola u apóstole de la miseria. Como si esas 60 vacunas fuesen a destrozar el erario público o como si se las fueran a quitar a unas viejecitas del bolso. El debate no es ese. Ahí se equivoca la izquierda. Como el debate no es que haya que vacunarlos por patriotismo y porque “defienden la honra, el orgullo y la decencia de España en el extranjero”, como argumenta la derecha mal llamada patriótica con verborrea chatarrera. Alimentando las llamas de la pira separatista.

¿Se tenía que haber vacunado a la selección española de fútbol? Si se quería haber vacunado a la selección se tendría que haber hecho hace un par de meses. La RFEF insiste en que así lo solicitó en repetidas ocasiones y en las mismas su solicitud fue denegada. Sanidad dice no saber nada y al ministro de Cultura y Deportes (sí, existe) nadie le vio el pelo hasta hace unos días. El problema es que nadie sabía hace 60 días quién iba ir a la Eurocopa. Ni siquiera Luis Enrique. Que le pregunten a Robert Sánchez. La opción de haber vacunado a la selección hace dos meses era irrealizable (imagínense haber vacunado al entonces intocable Sergio Ramos o a Aymeric Laporte para que luego fuese requerido por Francia).

El COI decidió vacunar a todos los deportistas con marcas mínimas para ir a Tokio, aun sabiendo que algunos de ellos no disputarían los Juegos Olímpicos. ¿Habría que haber vacunado a todos los futbolistas seleccionables? ¿A todos los futbolistas de élite? Llevamos desde marzo de 2020 en esta situación y se han disputado campeonatos nacionales e internacionales. Año y medio de nueva normalidad en el que hemos visto situaciones absurdas e incomprensibles. Futbolistas que comparten mascarilla en el banquillo para luego echarse el aliento a la cara mientras juegan. Entrenadores que dan instrucciones con máscara y luego organizan comidas de confraternización con decenas de personas. Clubes que separan a sus jugadores en hoteles y vestuarios y luego les permiten libre albedrio la noche antes y la noche después del partido. O campos vacíos de lloros y alegrías para luego celebrar títulos en reuniones multitudinarias de futbolistas y aficionados. ¿Y ahora nos rasgamos las vestiduras por un positivo?

Los futbolistas no han hecho nada que no hayan hecho la mayoría de los mortales en estos tiempos de pandemia. Pero ya hace un par de milenios se sabía que la mujer del César no solo debe serlo, sino parecerlo. O en la versión moderna, un gran poder conlleva una gran responsabilidad. La selección española de fútbol no es un conjunto de futbolistas, sino los seleccionados para representar a España en una competición internacional. Eso implica privilegios, pero también obligaciones. Si esos futbolistas nos representan (guste o no guste), también lo hace el Rey, los miembros del Gobierno o hasta el alcalde de tu pueblo (guste o no guste). Y también Rafa Nadal. O Ferran Adriá. O Blas Cantó en Eurovisión. Y ninguno fue vacunado ‘ad hoc’.

El problema, claro está, es que la vacunación es de carácter público. Justo cuando el caso Busquets estalló la prensa anunciaba que ‘El Corte Inglés’ empezaba a vacunar a aquellos empleados que por tramo de edad aún no habían sido vacunados, como antes hicieron o harán otras empresas. La RFEF (de base pública y fondos privados) pudo haber tomado esa decisión y no lo hizo, sencillamente porque nadie pensó en la vacunación hasta el fatídico domingo 6 de junio.

También pudo haber buscado la vacunación grupal la UEFA, pero no quiso. Sus criterios tendrían pero decidieron apostar por la responsabilidad individual y flexibilizar al máximo sus normas. Permitieron modificar la convocatoria hasta el pasado sábado a las 21:00 horas, cuando ya la Eurocopa contaba con cuatro partidos en liza, algo totalmente extraordinario. Lo cierto es que aunque el medallero es por países, los Juegos Olímpicos son una competición individual donde un positivo trastoca cuatro años de trabajo. La Eurocopa es una competición de equipo en la que se establece que con la mitad de los integrantes en condiciones (13/26) se permite seguir compitiendo.

Y es que en previsión de positivos por coronavirus la UEFA permitió extender las listas a 26 futbolistas cuando lo habitual era llevar a 23 seleccionados. Del mismo modo llevan año y medio permitiendo cinco cambios en los partidos y el aplazamiento sin coste deportivo alguno en caso de un brote que afecte a más de la mitad de la plantilla. Esas son las reglas, fueron conocidas y así fueron aceptadas y permitidas. No vale ahora quejarse.

Luis Enrique perdió el mismo día que dio la lista. Y él lo sabía. Y le daba igual. Esnob con tendencia a la confrontación, quizás algo bueno saque de tanto lio como amante que es del buen fango. Pero al no llevar a 26 jugadores y ante el miedo a una réplica del terremoto Busquets, surgió el pánico. Hubo que buscar culpables e iniciar una vacunación a toda pastilla.

Explicado ya los motivos por los cuales la selección de fútbol no fue vacunada a inicios del mes de mayo, volvamos a la semana del 7 de junio y sigamos con la cronología de una esperpéntica vacunación.

Aquel lunes el ministro de Cultura y Deporte asegura que en 24 horas la selección será vacunada a lo que contestará la titular de Sanidad al día siguiente para corroborar sus palabras y, 24 horas más tarde – ya en miércoles -, asegurar que no es competencia del ministerio y que debe ser la Comisión de Salud Pública la que tiene que tomar la decisión en función de criterios clínicos. Ese día la selección sub-21 de fútbol sustituye a la absoluta en un amistoso ante Lituania que RTVE decide emitir por ‘Teledeporte’ en vez de por ‘La 1’ ante la indignación de la RFEF. Rubiales manifestará pena por lo que él considera “falta de apoyo a la selección”. Mientras, los que debieron ser en principio 26 y se quedaron en 24 son ahora 24-2+4+1+1+11=39, en tres burbujas paralelas. Y Luis Enrique, siempre por encima del bien y del mal, manifestando que volvería a convocar a 24 en vez de a 26.

Y a todo esto, ¿qué hacía el mundo del periodismo deportivo? Pues poca cosa. Porque mientras la parodia nacional aumentaba la RFEF sacaba un comunicado que rezaba lo siguiente: “Se ha reforzado la burbuja y se mantienen las distancias”. ¿Cómo que se ha reforzado la burbuja? ¿Es que se puede reforzar una burbuja?

Es que no ha habido burbuja. Ni en Las Rozas, ni en la Liga, ni en la Copa de Europa ni tampoco la habrá en la Eurocopa. ¿Burbuja en la Eurocopa? Ni la competición se disputa en una única sede, ni todos los futbolistas están recluidos en un mismo complejo hotelero. Ni siquiera en la misma ciudad. Ni siquiera se prohíben los días libres en el exterior. La UEFA establece un protocolo que cada selección cumple o no cumple, porque la culpa es poca y el control es mínimo.

Ese control podría venir del periodismo. Es exasperante y frustrante para la profesión ver como la beligerancia es ausente cuando el fútbol hace su aparición. Los periodistas deportivos ejercen de palmeros incapaces de criticar todo aquello que rodea al juego. Corrupción, apuestas, exigencias contractuales, discusiones o ausencias a los entrenamientos o hasta denuncias sexuales nunca son motivo de investigación. El periodista vive del ego, de la oportunidad de la exclusiva, de la amistad con tal y con cual. Y meterse con uno o con otro resta poder de decisión.

La política se acerca al periodismo por interés. Necesita de los medios para exponer su argumentario y su apoyo mediático para derribar al rival. Desde el más humilde hasta el más poderoso. Los deportes minoritarios también se afanan por buscar al periodista, pero no ocurre así con el fútbol de élite, donde el contacto es a la inversa. El medio y el periodista tratan al futbolista como ídolo intocable besando el suelo que pisa. La crítica sólo se produce en la derrota, y el chivo expiatorio nunca es el sistema, siempre un particular, generalmente un extranjero fácilmente criticable por no ser objeto de entrevista.

Cada presidente, cada club o cada futbolista de élite cuentan con su grupo de palmeros. También los directivos o incluso el estamento arbitral. Pero nadie osa arremeter contra los dejes y los fallos del sistema. Contra el fútbol como un todo. Contrasta esto con la facilidad con la que se suelta el látigo en la política, donde cada error es pagado con suma beligerancia. A pesar de su abuso de poder, su lengua viperina y su ego desmedido, de vez en cuando se echa de menos al rey de la noche. Al menos mostraba credibilidad y contaba las verdades del barquero.

Y así los palmeros se pusieron “al servicio de España y del fútbol español” para solicitar que a los futbolistas se les pusiese la vacuna de Janssen, la de una única dosis. Todo alimentado por unas oportunas declaraciones de Luis Enrique en las que manifestaba sus dudas sobre una vacunación que podría causar efectos secundarios en los futbolistas.

Se establece que en la mañana del jueves 11 la expedición española, compuesta por unas 60 personas, sería vacunada con Pfizer en una primera dosis por sanitarios del Ejército, siendo la segunda el 1 de julio, con tal desatino que, cuando tocase la segunda dosis, los jugadores podrían estar luchando por ganar la Eurocopa o bañándose en las aguas de Bali. Si el objetivo era inmunizarlos para mejorar la convivencia y restar preocupaciones a los ya preocupados futbolistas, que baje Dios y lo vea.

Tras más profusos debates y exclusivas varias (la SER y la COPE peleando por ver quien lo dijo primero) hay una nuevo giro de guión. La RFEF se niega a vacunar a sus futbolistas con Pfizer y exigen la monodosis de Janssen. Se pospone todo para el viernes y en caso de que el Gobierno no ceda se decidiría no vacunar a los futbolistas.

¿Pero no era tan trascendental vacunarlos?

Y nuevamente lo importante se deja de lado y nadie hace las preguntas necesarias. Ningún medio (incluidos los generalistas) se preguntan porque si el Comité de Sanidad Pública recomendó Pfizer en 24 horas se cambia de decisión para suministrar la monodosis de Janssen. Con la cantidad de mentiras, medias verdades y contradicciones con las que las diferentes autoridades nos llevan obsequiando año y medio ya nada sorprende, pero si el Comité de Sanidad Pública considera que la más segura es la de Pfizer no habría nada más que añadir. Entiendo que todo el mundo quiere pincharse con una sola dosis, pero entiendo también que cuando a los españoles de entre 20 y 30 años les toque vacunarse les pondrán Janssen. ¿O dirán que no es recomendable por sus efectos secundarios?

El caso es que al final fue la monodosis de Janssen la elegida y el viernes 11 de junio el día de autos. Como se ve, no había preocupación alguna por los efectos secundarios, tan solo presión mediática para evitar las dos dosis. En realidad se le administró Janssen a los futbolistas vírgenes y una dosis de Pfizer a aquellos que, o bien habían pasado el coronavirus o bien ya se les había administrado una dosis.

Sí, querido lector, otro tema tratado con sordina y en el que no se ha profundizado. Si usted ha pasado el Covid-19 y tiene más de 65 años le pondrán dos dosis. Si tiene menos de 65 años deben pasar seis meses desde que tuvo el Covid-19 para ser vacunado. ¿No ha sido así? Normal. En la práctica se le pone doble dosis a todo el mundo. Pero si usted es futbolista ni hace falta esperar seis meses ni tampoco una segunda dosis. Y sí, querido lector, hay futbolistas que ya tenían una dosis. O bien porque en el país en el que trabajan los protocolos sanitarios lo establecían, o bien porque tiraron de billetera y se vacunaron por decisión propia.

La Selección se vacuna a tres días de su estreno en la Eurocopa 2020 ante  Suecia en Sevilla - Eurosport
Todo por España

El pasado lunes el balón asomó y las vísperas turbulentas se olvidaron. O por lo menos lo hicieron hasta que Morata se hinchó a fallar goles y los pitos superaron a los aplausos. Las tertulias periodísticas debatían sobre si habría que cambiar a Morata por Gerard Moreno en el segundo partido y también sobre si es patriótico o no silbar a un delantero de la selección española. En ninguna de esas tertulias escuche que la inquina a Morata, además de por su falta de gol, quizás fuese porque un par de días antes había censurado a los que criticaban la vacunación de la selección en una entrevista. “Hay una España que apoya y otra que no”.

Quizás, sólo quizás, el enfado de la afición se deba no sólo a que la pelotita no entre sino a semejante esperpento. Quizás, la gente se pregunte como no se ha vacunado a la selección española femenina de baloncesto que ha perdido a Alba Torrens y a Tamara Abalde por culpa del Covid-19 en vísperas del inicio del Eurobasket. Torneo que, además, se va a disputar en tierras españolas. Quizás no muevan ni tanta gente ni tanto dinero como los chicos del fútbol, pero en la última década han defendido la marca España consiguiendo tres Eurobasket y el subcampeonato mundial y olímpico. Pero ni el Gobierno ni, por supuesto, el mundo del periodismo deportivo han puesto el grito en el cielo.

Con Llorente y Busquets incorporados al grupo sólo los designios del balón nos dirán como será recordada esta chapuza. Que la selección masculina de fútbol es uno de los mayores argumentos de cohesión nacional y representación internacional es innegable (de ahí que catalanes o vascos se afanen por hacer lo mismo). Que se haya favorecido de forma chapucera y vertiginosa su vacunación era esperable y hasta entendible. En Francia se canceló el toque de queda durante una noche por la disputa de la semifinal de Roland Garros entre Djokovic y Nadal. Nada nuevo bajo el sol.

Mas el fútbol debe entender que, lenta pero inexorablemente, está perdiendo el contacto con la realidad. El foco suele ponerse en la volatilidad de los jóvenes, su aprecio por la inmediatez y su incapacidad para consumir un producto deportivo de larga duración. Pero el otro gran problema radica en que la distancia entre seguidores y futbolistas cada vez es más grande. El fútbol fue creciendo de la mano de la sociedad. Pero hace décadas que mientras la curva social o bien se mantiene o bien desciende, la del fútbol crece sin descanso alcanzando proporciones estratosféricas.

Los debates se centrarán en si tenían que haber sido vacunados o no. O en si son unos privilegiados millonarios o unos representantes de España en el mundo. O si 60 vacunas deben ser pagadas con fondos públicos o con fondos privados. Y mientras todo eso ocurre el fútbol y los futbolistas seguirán alejándose de la realidad, perdiendo adeptos y alimentando frustraciones.

Siempre y cuando la pelota no entre…

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Cuando Montero anotó una bandeja y Vrankovic le puso un tapón

En el extenso museo del FC Barcelona hay espacio para infinidad de trofeos. Es lo que ocurre al ser el club polideportivo más exitoso del mundo. En la sección dedicada al baloncesto se exponen las, hasta el momento de escribir estas líneas, dos Euroligas (2003 y 2010). Junto a ellas aparece un balón de baloncesto adyacente a la reproducción de una carta que reza lo siguiente: “La FIBA admite, en razón de las anomalías producidas, el derecho que asistía al Barcelona en la reclamación ante el juez único a pesar de que fuera rechazada por este. La FIBA desea con esta declaración ofrecer una compensación moral por el posible perjuicio causado por los errores cometidos en la medida que podrían haber afectado al resultado final».

Dicha carta irrumpe el hueco que debería ocupar el trofeo de la Euroliga de 1996. Fue tan flagrante el error arbitral y tan espantosa la aplicación del reglamento que un mes después de los acontecimientos la FIBA (Federación Internacional del Baloncesto) tuvo que admitir que el Barça debía haber sido el campeón. Ese reconocimiento le da a los catalanes un vano triunfo moral, pero ni devuelve a Montero la honra ni le quita a Vrankovic la suya.

Esta es la historia de la bandeja de Montero. O la del tapón de Vrankovic. Las dos caras de una misma moneda.

Dirigido por Aíto García Reneses, a mediados de los 80 el Barça acabó con la tiranía del Real Madrid en la competición doméstica. Entrada la década de 1990 los azulgranas repitieron regicidio en el fútbol a lo que añadieron la ansiada Copa de Europa. La Copa de Europa en color frente a las seis en blanco y negro del eterno rival. En el básket pasaba tres cuartos de lo mismo. Por muchas ligas ACB que se lograsen la obsesión era conseguir el primer cetro continental. Una herida agrandada por las ocho coronas que poseían por entonces los de la capital del reino.

El Barça acumulaba unas cuantas Final Four y tres finales perdidas en una década. Y uno de los protagonistas de tales derrotas era José Antonio Montero. Se trataba de un base moderno. Superaba el 1’90, gran penetrador y defensor y eminentemente físico. Procedía del Joventut y había sido el segundo español tras Fernando Martín en ser elegido en el draft de la NBA. Tenía problemas con el tiro exterior, lo cual hoy sería una contrariedad para un jugador exterior pero entonces era irrelevante, pero cargaba con fiereza el rebote ofensivo y era capaz de hacer mates.

Conviene recordar este último apunte. Que un base de raza blanca hiciese mates era en aquel tiempo extravagante.

Roberto Dueñas (1997) - Fotogalería - MARCA.com | Jugadores de baloncesto,  Nba, Balonmano
Montero. 113º del draft de 1987

Stojan Vrankovic pertenecía a la fantástica generación yugoslava del momento. Con 2’18 era un pívot intimidador y algo lento que destacaba en la faceta defensiva. Había probado fortuna sin suerte en la NBA y, aunque quizás era el menos talentoso de los pívots yugoslavos, su envergadura y su intimidación no tenían parangón en Europa.

A pesar de sus problemas en ataque su capacidad para rebotear y taponar era maravillosa.  También conviene recordar este apunte.

Stojan "Stojko" Vrankovic, el hombre del tapón - Pivot World 9
Vrankovic. 218 centímetros de ser humano

El caso es que en París, allá por la primavera de 1996, el FC Barcelona se presenta en una nueva Final Four. El rival en semifinales es el Real Madrid. Los blancos fueron por delante durante casi todo el encuentro hasta que a minutos del final un triple de Ferrán Martínez y varias acciones de mérito de Karnisovas y Salva Díez voltearon el partido y dieron la victoria a los catalanes (76-66). En la otra semifinal el Panathinaikos venció con facilidad al CSKA de Moscú.

En una época donde sólo se podía tener a dos extranjeros por equipo, los griegos eran los grandes favoritos. Los helenos (Ekonomou, Alvertis, Giannakis) estaban un punto por encima de los cuatribarrados (Xavi Fernández, Montero, Andrés Jiménez), pero la diferencia estribaba en los foráneos. El Barça contaba con el extraordinario alero lituano Arturas Karnisovas, pero su pívot titular era un norteamericano blanco de muy bajo rango llamado Dan Godfread.

Además del citado Vrankovic, el Panathinaikos contaba con Dominique Wilkins, un alero anotador con muelles en los pies que fichara por el conjunto griego con 35 años, pero tras firmar 18 puntos por partido la temporada anterior en los Boston Celtics. Wilkins fue ocho veces ‘All-Star’ y una de las más rutilantes estrellas de la NBA en los 80. Su fichaje por el Panathinaikos fue una de las últimas ocasiones en las que Europa consiguió subyugar a la NBA para atraer a una ‘primma donna’ a golpe de talonario.

El favorito tomó pronto ventaja y al descanso ya ganaba de amplia diferencia al Barça (35-25). Gracias a la dirección de Galilea, el acierto exterior de Xavi Fernández y a algún destello de calidad de Karnisovas, los catalanes consiguieron llegar con vida a los últimos cinco minutos de partido. Entonces Wilkins decidió asumir la responsabilidad y tras un robo de balón, una bandeja y una suspensión situaba el 65-53 con tres minutos por disputar.

Aíto decide poner a dos bases y hacer presión a media pista y, no se sabe bien como, los experimentados griegos empiezan a perder balones sin ton ni son. De repente, parcial de 2-13 para el Barça y se ponen a un punto a falta de 36 segundos (67-66 para los griegos).

Faltan 36 segundos y la posesión es para el Panathinaikos. Korfas marca jugada. En 1996 son 30 los segundos de posesión. Korfas estira la posesión tanto como puede y penetra asustado por lo que decide enviar el balón a Vrankovic que recibe en el poste alto. El gigante de 2,18 no sabe qué hacer con el balón y busca a Giannakis que recibe una doble ayuda defensiva, se trastabilla y cae al suelo.

El balón rueda sin dueño.

En la marabunta el balón aparece como por arte de magia en las manos de Montero. Está sólo. Solísimo. Y está en campo griego. Quedan siete segundos de posesión. Montero sólo tiene que echar a correr y anotar una bandeja.

En aquel momento Montero suma 0 puntos en el partido. Había lanzado un triple y lo había fallado en apenas 10 minutos de juego. Recoge el balón encorvado, besando el suelo, y se eleva zancada a zancada hasta que se adentra en la zona helena. Un pie para coger impulso y otro para mantener el equilibrio con el codo y la muñeca. Es una bandeja fácil. Y detrás, por si acaso, sólo por si acaso, aparece como flecha Xavi Fernández ante un poco probable rebote ofensivo.

Montero suelta la bandeja. Quedan 4 segundos y 9 décimas.

Justo entonces aparece Vrankovic. Aquel pívot lento y pesado se las ha arreglado para cruzar la pista con sus 2,18 y llegar el primero. ¿Cómo? No se sabe. El caso es que el balón toca el tablero y Vrankovic con una zarpa lo barre alejándolo del aro. Los integrantes del banquillo azulgrana saltan como un resorte y piden la validez de la canasta. Los miembros de la mesa, los que llevan las cuentas de las faltas, los tiempos muertos y el cronómetro del partido se ponen nerviosos y, vete tú a saber el porqué, paralizan el reloj de posesión.

Con el crono congelado, Xavi Fernández recoge el balón y se lo envía a Galilea que, ante la parálisis del tiempo, no sabe si arrancar o quedarse quieto. En esta está el base del Barça cuando el crono vuelve a moverse. Galilea arranca e intenta a penetrar mientras una jauría de lobos se lanza sobre él. No hay falta. La bocina aúlla.

El Panathinaikos consigue la primera Euroliga de su historia. El MVP de la final es Dominique Wilkins (16 puntos y 10 rebotes) pero el héroe del partido es Stojan Vrankovic que, al igual que Montero, acabará el encuentro sin anotar un solo punto. Pero aportando la acción defensiva que decidió la final.

Reuven Virovnik de Israel y el afamadísimo colegiado francés Pascal Dorizon son los encargados del despropósito. Montero liderara la frustración, los gritos y las duras protestas, pero todo será en vano. La decisión está tomada. La confusión es generalizada.

La primera duda está en el motivo de la paralización del cronómetro. Al haberse agotado los 30 segundos de posesión que tenían los griegos, la mesa decidió paralizar el tiempo. Si ese fuese el caso, todo lo que sucedió desde que Korfas perdió la bola tendría que haber sido anulado y la posesión pasaría a ser del Barça. Por otro lado, en la alocada penetración de Montero se cuentan hasta tres pasos antes de elevarse para realizar la bandeja, por lo que la canasta nunca tendría que haberse permitido. Después, cuando Galilea inicia un último intento a la desesperada es barrido en una clarísima falta por Wilkins.

Y lo más desvergonzado. Si uno analiza el vídeo de la final se dará cuenta que aquellos 4,9 segundos fueron en realidad 12.

Pero todo ello son nimiedades ante el escándalo mayúsculo acometido al dar como válido el tapón de Vrankovic. La normativa es clarísima. Se considera tapón ilegal cuando el balón está en trayectoria descendente. Si, además, el balón impacta con el tablero ya no hay ningún tipo de duda. Una vez choca con el tablero, cualquier intento de taponar o impedir que el balón se introduzca en el aro se considera ilegal. La canasta siempre será válida. Incluso aunque hipotéticamente el balón no llegase a entrar.

Inexplicablemente ni Virovnik ni Dorizon fueron capaces de apreciar la infracción. No había ningún tipo de impedimento visual. De hecho, uno de los colegiados se encuentra justo detrás de los dos protagonistas. Lo que hubo fue miedo o incompetencia. Sobre lo segundo los hechos hablan por sí mismos. En relación a lo primero hay mucha tela que cortar.

Una vez sonó la bocina, una marabunta de griegos ocupó el parqué del Omnisport de París-Bercy para que a nadie se le pasara la cabeza rearbitrar la jugada o discutir el triunfo final. La confusión fue total y absoluta. El Barça hizo todo lo posible para cambiar el 67-66 final, pero de nada sirvieron todas las alegaciones. El presidente de la sección de básket del Barça, por aquel entonces Salvador Alemany, presentó un recurso justo después del encuentro que fue estudiado hasta las cuatro de la madrugada en el hotel Concorde Lafayette, donde tenía instalado su cuartel general la FIBA.

De nada sirvió que los árbitros admitieran su error delante del secretario general de la FIBA. La decisión estaba tomada. El tapón de Vrankovic era válido.

Aunque fue eliminado del acta arbitral.

¿?

El Barça había perdido a la griega.

Después de que Grecia ganase el Eurobasket de 1987 un boom por el baloncesto sacudió la península helena. El AEK, el Aris de Salónica o el Olympiakos estuvieron a punto de conseguir la Euroliga pero, por h o por b, se quedaron en el camino. De repente, en los 90 el dracma griego parecía el dólar estadounidense y los clubes griegos se convierten en los mejores del continente. Fichan a norteamericanos de renombre, atraen con casa, coche y buen clima a jugadores del bloque del Este y buscan abuelos y bisabuelos griegos a yugoslavos para nacionalizarlos en tiempo récord.

Son tiempos donde se vuelve habitual perder a la griega. Pabellones que incumplen las normativas con exceso de aforo, lanzamiento de objetos, sirenas y pitidos en medio del partido, acoso y amenazas a los árbitros, paradas sospechosas de los cronómetros…es el llamado infierno griego que durante décadas fue permitido y protegido por la FIBA. Hoy, en Grecia, Turquía o la antigua Yugoslavia el ambiente sigue siendo intimidante, pero sólo beneficia al equipo local en el aspecto moral.

El FC Barcelona impugnó el partido y desplegó toda su maquinaria. Consiguieron incluso la intermediación de Juan Antonio Samaranch, entonces presidente del Comité Olímpico Internacional. No sirvió de nada y la apelación fue rechazada. El club no aceptó la derrota. El Barça encargó una reproducción de la Copa de Europa  para entregársela a cada jugador y los directivos del club mantuvieron el discurso victimista hasta conseguir que la FIBA admitiese su error y declarase al FC Barcelona campeón moral tal y como vimos en la carta citada al inicio del artículo.

El error arbitral fue admitido, la reparación moral aceptada, pero el campeón era el Panathinaikos. Las aguas se calmaron y de la indignación hacia los árbitros se pasó a la incomprensión por la acción de Montero. Le llovieron palos por todos los lados. ¿Se acuerdan que Montero era un base que hacía mates? Ya daba igual que los árbitros se hubiesen equivocado o que la FIBA hubiese prevaricado. La cuestión era; ¿por qué c*** Montero no hizo un mate?

El FC Barcelona repetiría final la temporada siguiente. Perdería con justicia y claridad ante el Olympiakos, el otro gran equipo griego. En esa final Montero no jugaría ni un minuto. Estaba relegado al fondo del fondo del banquillo. Decidió probar fortuna en Francia y poco después retirarse. Tenía 33 años. Tras el verano Vrankovic volvió a probar fortuna en la NBA, nuevamente sin demasiada suerte, mientras el Panathinaikos se instalaba en la elite y ganaba Euroliga tras Euroliga.

El Barça hubo de esperar a 2003 para romper el maleficio, pero el fantasma de la canasta de Montero sigue apareciendo de cuando en cuando.

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La mandíbula alargada de Robert Prosinecki

Desde que Eden Hazard firmó un suculento contrato con el Real Madrid en el verano de 2019, el conjunto blanco ha disputado 96 partidos oficiales de los cuales el mediapunta belga apenas ha sumado 36 (la mayoría como suplente). Los motivos son los siguientes. Rotura muscular en el muslo izquierdo, fractura del tobillo derecho, fisura en el peroné, traumatismos varios, problemas musculares desconocidos y hasta coronavirus. Sin olvidarnos de unos supuestos kilos de más. La clase de Hazard es incuestionable e igual da un puñetazo en la mesa en el próximo partido, pero cada día que pasa su caso recuerda más a Kaká. Ya saben, un fichaje excepcional que con el tiempo se volvió cochambroso por culpa del pubis y del menisco. Como decía, a Hazard se le está poniendo cara de Kaká. El problema para él, y para el madridismo, es que la cosa vaya a peor y acabe poniéndosele cara de Robert Prosinecki. 

En el verano de 2006, coincidiendo con la celebración del Mundial de fútbol, la firma francesa de coches Renault lanzaba una campaña de anuncios en televisión. Era un ‘spot’ cuanto menos curioso. No había vehículo. Renault lanzaba un nuevo modelo de ‘Kangoo’, típica furgoneta pequeña, combi, habitual de autónomos y pequeñas empresas. Pero de coche en pantalla nada de nada. La idea del anuncio era fidelizar al cliente diciéndole que, por descabellada que fuese su nueva empresa, Renault siempre le apoyaría. Para ello contrataron como empresario ficticio a Robert Prosinecki. El ex futbolista croata era el dueño de una empresa de muñecos infantiles. Estos tenían la particularidad de que se iban de fiesta, se lesionaban, se tiraban muertos de cansancio sobre el césped y tenían su propio jacuzzi (rodeado de Barbies).

El muñeco en cuestión era conocido como ‘Prosikito’. Se trataba del alter ego de Robert Prosinecki.

Que una persona sea capaz de reírse de sí misma siempre es digno de elogio. Pero aquello fue el súmmum.

Robert Prosinecki era el unicornio blanco. Un futbolista elegante, recio, con una planta espectacular y una depurada técnica. A los 18 años fue elegido el mejor jugador del Mundial sub-20 en el que lideró a una generación yugoslava irrepetible. A los 20 fue escogido el mejor jugador sub-21 de Europa. Con 21 primaveras ya era campeón de Europa con el Estrella Roja y fue elegido el quinto mejor jugador del mundo antes de firmar por una cantidad indecente de dinero por el Real Madrid.

Y ahí se acabó todo.

Como muchos antes y muchos después, Prosinecki fue descartado por el club de sus amores. Hubo de dejar el Dinamo de Zagreb para probar fortuna en el Estrella Roja, en la rival y vecina capital de Serbia. Por entonces el Estrella Roja estaba formando un conjunto imponente con chavales que antes eran yugoslavos y después fueron serbios (Savicevic, Jugovic o Mihajlovic) pero en el que el jefe en la sala de máquinas era Prosinecki, un croata que ya había fascinado en el citado Mundial sub-20 junto a otros compatriotas como Suker o Boban.

Liderados por Prosinecki, acumularon cuatro campeonatos ligueros consecutivos antes de ganar la Copa de Europa de 1991 derrotando al proyecto millonario del Olympique de Marsella. Lo hicieron tras eliminar al Dinamo de Dresde, al Glasgow Rangers y, esencialmente, al FC Bayern en una épica semifinal.

Prosinecki, el paquete rubio- Odio Eterno Al Fútbol Moderno
‘Prosikito’, Rey de Europa

Cuatro de aquellos campeones fueron elegidos entre los diez primeros en la clasificación del Balón de Oro de aquel año. Belodedici (8º), un aseado defensa que acabaría firmando por el Valencia, Pancev (3º), un goleador que no pudo mantener en el Calcio los registros que atesoraba, y, con más relieve, Dejan Savicevic (2º) y Robert Prosinecki (5º), con diferencia los jugadores con más talento de esa generación.

Estos dos últimos contaban con los mismos pretendientes; Real Madrid y AC Milan. Los merengues acababan de perder la hegemonía en España frente al Barça de Cruyff. Ante la evidente cuesta debajo de Hugo Sánchez, el Madrid buscaba un acompañante para Butragueño. La opción obvia era Savicevic, que si bien no era un goleador, era tan buen facilitador como rematador. Mientras, el AC Milan, que contaba con Van Basten aún sano, se inclinaba más por fichar a un creador de juego como Prosinecki para reforzar su centro del campo.

La disyuntiva, sin embargo, se resolvió en la citada semifinal ante el FC Bayern. En el encuentro de ida disputado en Múnich, Robert Prosinecki bailó a los bávaros con un recital de dirección y clase que ya había demostrado en anteriores ocasiones, pero nunca antes en un escenario tan majestuoso. Ramón Mendoza, presidente del Real Madrid, presenció el encuentro desde las gradas y lo tuvo claro. Su idea era firmar a Savicevic, pero cambió de caballo a mitad de carrera. Quizás Savicevic tenía más instinto asesino que Prosinecki, pero la clase del croata era inigualable. El Madrid iría a por Prosinecki.

Pero Silvio Berlusconi también había visto el partido desde el salón de su casa. El AC Milan también iría a por Prosinecki.

Los lombardos eran por entonces el equipo en boga. Habían hecho doblete en la Copa de Europa (1989 y 1990), contaban con Arrigo Sacchi, el entrenador del momento, y con una pléyade de estrellas lideradas por Maldini, Baresi, Gullit y Van Basten, seguramente cuatro de los diez mejores futbolistas del momento. Así que cuando a Prosinecki se le acercaron los mandatarios ‘rossoneros’ lo tuvo claro. Ficharía por el AC Milan.

Según se supo después, el croata se trasladó a Italia en secreto para pasar un reconocimiento médico. El acuerdo entre el Estrella Roja y el AC Milan aún estaba muy verde. Entonces los futbolistas de los países comunistas necesitaban el visto bueno de su gobierno para salir del país. Aunque con el paso del tiempo se fue ablandando la normativa permitiendo que cada vez se pudiese dejar el país a edad más temprana, que un joven de 21 años lo hiciese resultaba por entonces inconcebible.

Mientras la burocracia hacia su papel, Prosinecki llega a Milán. Y allí se revela la verdad. Tiene la mandíbula alargada y los incisivos salidos (podría pasar por Borbón) y prácticamente todos sus dientes cuentan con una muesca de caries. Los galenos italianos lo tienen claro; es candidato a continuos problemas musculares y de espalda. Se reúnen con Berlusconi y dan su veredicto. Fichar a Prosinecki es fichar a un futbolista propenso a las lesiones.

El fichaje se cancela.

Todo esto sucede sin que el Madrid lo sepa, por lo que Mendoza sigue con su propósito de firmar al croata. Antes de ser presidente blanco, Mendoza se había convertido en uno de los empresarios más influyentes de España y en uno de los pocos con excelentes relaciones más allá del Telón de Acero. Mendoza tiró de contactos y don de gentes, se aprovechó de que Yugoslavia estaba a punto de estallar en mil pedazos, y firma un acuerdo que oscila entre los 1.000 millones y los 1.500 millones de pesetas, según diversas fuentes. O lo que es lo mismo, tras un arduo tira y afloja, el Madrid tuvo que pagar entre 7 y 10 millones de euros. En 2021 equivaldría a más de 100 kilos.

Sólo tiene que convencer al jugador, pero es pan comido. Prosinecki está loco por la música. Todo lo ocurrido en Milán se mantiene en estricto secreto.

Es el fichaje del año. Pero saldrá rana.

Robert Prosinecki es presentado en el Bernabéu en el verano de 1991. No hay fichaje de mayor relumbrón en todo el planeta fútbol. Es el hombre que tiene que acabar con el nuevo Barça de Cruyff. El futbolista que tiene que devolver la exquisitez técnica al Bernabéu. La estrella que debe darle a la Quinta del Buitre su última oportunidad de ganar la Copa de Europa. Aquel rubio de pelo ensortijado, mirada perdida y mandíbula alargada tiró de guión y dijo sentirse radiante “por firmar por el club más grande del mundo”. El Real Madrid acababa de contratar al jugador que se suponía que iba a dominar el fútbol europeo y mundial en la década de 1990.

Únicamente jugó tres partidos en su primera temporada. 1991/92.

En total fueron tres campañas, y fue la última la mejor de todas ellas, donde las lesiones aún le permitieron disputar 23 partidos y anotar 6 goles. Fueron años negros para los blancos. Quizás, si aquellas ligas perdidas en el último partido ante el Tenerife hubiesen sido distintas, ni Cruyff sería el Mesías en Barcelona ni Hagi y Prosinecki (curiosamente los dos acabarían en el Barça) hubiesen salido del Madrid por la puerta de atrás. Quién sabe.

Pero la realidad es que la huella que dejó Prosinecki en Madrid y en la Liga española es la de una serie de motes que harían las delicias en la era del Whatsapp y el Tik tok. El más utilizado era ‘Lesionecki’, pero el que tenía más arte era ‘Marlboro, el paquete rubio más caro’. Y es que el rubio mediapunta croata era un fumador empedernido, y, porque no decirlo, no hacía afán alguno por ocultarlo. Fumaba un par de cajetillas al día y cuentan que en sus años de declive se fumaba un pitillo en el descanso ante el asombro y el beneplácito de sus compañeros.

Conviene ponerse las gafas de la historia y ver las cosas con perspectiva. Es cierto que desde finales de los 80 empezaron a profesionalizarse los entrenamientos y las comidas, pero aún entonces era bastante habitual ver a un futbolista fumando. Lo de beber, aún sigue sucediendo, pero a escondidas. Antes, era la normalidad. “La cerveza viene bien después del entrenamiento porque repones líquidos”, era una coletilla habitual de la época. “El 50% de los futbolistas fuman, pero no lo reconocen. A mí me relaja y nadie vive 100 años. Porque deje de fumar no voy a correr más. Mira a Romario en qué forma está. ¿Es que él no sale por las noches?”, comentaba el bueno de Prosinecki en una entrevista en su última temporada vestido de blanco.

Lo curioso es que aunque fue apodado ‘Marlboro’, Prosinecki era un despiadado fumador de ‘Chester’.

Prosinecki - La Galerna
‘Lesionecki’

Prosinecki acumuló en su primera temporada hasta cinco lesiones musculares diferentes en nueve meses. Un récord que hasta el bueno de Hazard está lejos de igualar. Tras una de esas roturas, allá por el mes de enero, los servicios médicos del Madrid decidieron someter a Prosinecki a una intervención quirúrgica, y ¡voilà!, fue entonces cuando descubrieron aquello por lo que los galenos del AC Milan descartaron el fichaje. Tenía la boca llena de caries y una grave periodontitis. Lo enviaron de inmediato a un dentista.

Pero tampoco es que los médicos blancos fuesen unos incompetentes. Cuando Prosinecki llegó a Madrid sí que descubrieron que tenía las piernas hechas un cromo. Una colección de golpes y pinchazos. Pocos jugadores habían recibido tantos porrazos como él. Sus extremidades inferiores se asemejaban a los de un futbolista próximo a la retirada y no a uno que aún estaba empezando a forjar su carrera.

Se descubrió que el Estrella Roja llevaba un par de años explotando a Prosinecki. Jugaba partido si y partido también infiltrado. Tenía no sólo destrozados los cuádriceps o los tobillos, también se descubrieron infiltraciones en la rodilla. Aquella Europa del Este buscaba reconocimiento internacional destrozando a sus estrellas. Al acabar la temporada 1992/93, a los 24 años de edad, Robert Prosinecki acumulaba un total de dos decenas de lesiones musculares. Nunca pasó por el quirófano hasta llegar a España. En Yugoslavia acumuló infiltración tras infiltración.

Pero aun había un problema a mayores. El psicológico. Prosinecki llegó a Madrid mientras que muchos de sus familiares y de sus amigos sobrevivían a la guerra que estaba destrozando Yugoslavia. Como otros jugadores de la época, pasó por un torbellino de emociones. Mientras él lidiaba con una nueva vida acomodada, muchos de sus conocidos pasaban hambre o luchaban en el campo de batalla.

Y aunque psicológicamente estaba tocado y físicamente destrozado, de puertas para fuera Prosinecki era la alegría personificada. Quienes lo conocen dicen que era simpatiquísimo y que siempre tenía una palabra agradable o una sonrisa para cualquiera que se acercase a él. Podía echar horas en la cafetería de la ciudad deportiva del Real Madrid hablando con aficionados o con periodistas, mientras invitaba a cerveza y fumaba unos cuantos cigarros. Solo pedía una cosa. Que nadie le hiciese fotos.

El caso es que, tras tres temporadas catastróficas, el Madrid empaqueta el paquete de Marlboro y lo envía a Oviedo. El conjunto carballón estaba dirigido por el serbio Radomir Antic, que le obliga a cambiar de hábitos alimenticios a cambio de darle manga ancha con el tabaco y permitirle un par de noches locas al mes. Y Prosinecki se sale. Hace una temporada tremenda y lleva a los asturianos a la parte alta de la clasificación, incluyendo una victoria en casa ante el Madrid en la que Prosinecki da un recital.

Fue tan buena la conexión que, cuando al año siguiente Antic firme como entrenador del Atlético, intentará llevarse con él al croata. Pero en estas pasa por el medio Cruyff y Prosinecki decide fichar por el Barça, que lo compra por un tercio de lo que el Madrid había pagado por él. “Si hubiera ido al Atlético, no hubiesen ganado el doblete. Resultó mejor para Antic que fuera Milinko Pantic y yo me marchara al Barcelona», recordaba años después rememorando el fichaje frustrado y la victoria de los colchoneros en la Liga y la Copa de la temporada 1995/96.

El rubio contaba ya con 26 años y en el Barça iba a demostrar porque era el centrocampista con más talento de Europa. Tenía un regate en el que amagaba un tiro, hacía una finta y la pisaba. Siempre volvía loco al defensa. Sabías que venía, sabías que lo haría, pero era imparable. Y así fue durante 19 partidos… hasta que otra vez las lesiones dijeron basta. Fueron dos campañas en Can Barça y el resultado fue igual de catastrófico que en Madrid, tanto en lo personal como en lo colectivo. Y ya no volverá a resurgir. Tras un breve paso por Sevilla, vuelve a Croacia para jugar en el Dinamo de Zagreb. Tiene 28 años y está acabado. Alargará su carrera hasta los 35 jugando en ligas menores que le permitirán demostrar su increíble capacidad técnica escondiendo sus carencias físicas.

En 11 de sus 18 temporadas como profesional jugó menos de 30 partidos, contando encuentros ligueros, coperos y europeos. Y aun así, como la fortuna suele ser caprichosa, durante unas cuantas semanas del verano de 1998 Robert Prosinecki dio un clase magistral de como dirigir y organizar en equipo de fútbol.

En el Mundial de 1998 Robert Prosinecki fue el encargado de manejar la sala de máquinas de la selección croata. Visiblemente pasado de peso y olvidado en el Dinamo de Zagreb, el seleccionador dálmata lo llamó para la causa en la que fue la primera participación en un Mundial del recién creado país. Prosinecki marcó un par de goles (es el único jugador de la historia que ha marcado con dos selecciones – Yugoslavia en 1990 y Croacia en 1998- en un Mundial), pero sobretodo mostró como de clase iba sobrado.

Fue el coletazo final del arquetipo de futbolista bajo la exclamación de lo que pudo haber sido. Hoy Prosinecki es un entrenador obeso de escaso éxito que se ríe de sí mismo y que es igual de venerado como de querido en su Croacia natal.

Prosinecki: "Fumaba cuando era futbolista, si un jugador mío fuma... ¿qué  le voy a decir?" | MARCA Claro México
Antes (d) y después (i)

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La decadencia de Europa (un primer comentario en relación a la Superliga)

Existe una corriente historiográfica que considera que la llegada del hombre a la Luna marca el cénit de Occidente, iniciándose a partir de entonces un periodo de decadencia en el que nos encontramos. Otros atrasan el inicio a 1973 con la crisis del petróleo y algunos a 2001 con el atentado de las Torres Gemelas. En Europa, el declive se torna en más acusado, a pesar de un paréntesis de optimismo desmesurado en los 90 tras la caída del Muro de Berlín. Conviene apuntar que decadencia no es desaparición. Decadencia es falta de crecimiento. Estancamiento. Desde que el Imperio Romano entró en decadencia pasaron cerca de cuatro siglos para qué implosionara y, realmente, su legado sigue presente en la actualidad.

Podemos considerar en cinco los factores que contribuyen a la decadencia de Europa:

1. El peso demográfico: La caída de la tasa de natalidad en Occidente (Europa, Estados Unidos, Asia Oriental) limita el futuro crecimiento del PIB y el encarecimiento de los programas sociales. La sociedad envejecida es más precavida, vive de rentas y el emprendimiento y el riesgo cae en picado. Se necesita mano de obra extranjera, generalmente poco cualificada y generalmente joven. Éstos chocan con los nativos envejecidos que, destrozados por el choque cultural, se frustran ante los cambios y observan como los beneficios del futuro serán aprovechados por los inmigrantes y no por esos hijos que no han tenido.

2. El exceso de endeudamiento: Irá a más a medida que los hijos del ‘baby boom’ envejezcan y haya que pagar las facturas sanitarias previstas. El déficit se convertirá en un obstáculo imperecedero para la inversión pública y el crecimiento será ilusorio y estará destinado a evaporarse por tipos de interés bajos. Europa pasará a ser controlada financieramente por fondos de inversión y por el nuevo imperio mundial; China.

3. Restricciones a la educación: Hace 100 años menos del 5% de la población occidental era universitaria y en el sur de Europa las tasas de analfabetismo se acercaban al 60%. Hoy las tasas de licenciados en la Unión Europea superan el 30% de la población. Esos cambios en la educación solo se pueden producir una vez. Cualquier mejora en materia educativa es un proceso arduo y además está condicionado por las propias capacidades humanas. De hecho, en el norte de Europa ya se está constatando que por vez primera el cociente intelectual se ha atascado y no aumenta generación tras generación, como ocurría antaño.

4. Las restricciones del medio ambiente: El desmesurado crecimiento de Europa en el siglo XIX, de Estados Unidos en el XX y el del Asia Oriental en lo que va de siglo XXI se debe al destrozo de la naturaleza y al aprovechamiento de terrenos improductivos. Ahora el medio ambiente es una prioridad. Todas las innovaciones referidas a energías renovables y sostenibles no suponen una innovación, sino que son un medio para mantener el nivel de vida actual. Los avances ecologistas del siglo XXI buscan conservar nuestra forma de vida, no revolucionarla. Revolución fue el automóvil y el motor de gasolina. El coche eléctrico no causará una revolución mundial.

5. El estancamiento tecnológico: Llevemos a una persona en un viaje en el tiempo de un hogar de clase media de 1900 a uno de 1960. Se quedaría de piedra al comprobar como hay luz y agua corriente, como una máquina mantiene la comida fresca en la cocina, otro artilugio lava la ropa o dentro de un aparato que está en el salón hay gente que habla y ríe. En el jardín un hombre subido a un vehículo sin caballos está cortando el césped. Dentro, aunque es invierno, se está caliente y eso que no hay ningún fuego encendido. También hay un tubo parlante desde el que se habla con otra persona a distancia. Son madre e hijo. El hijo dice que mañana estará en casa a pesar de que vive a 4.000 kilómetros de distancia.

Subamos a esa misma persona a la máquina del tiempo. Ahora de un hogar de 1960 a otro de 2020. Ve que avanzó 60 años, pero le parece imposible. Casi no ha habido cambios. El diseño se ha alterado, pero nada sustituye a la nevera, a la lavadora, al cortacésped o a la calefacción. Sí, el teléfono no tiene cable, y la gente parece mejor alimentada, con ropa más cara y es más alta. Pero poco más. Sí, en vez de ver una caja con gente en blanco y negro, puede entrar en Youtube y ver lo que le apetezca en el momento que quiera. Aparte de esto, poco más.

Se puede decir que estoy subestimando las maravillas de Internet (lo más importante es que madre e hijo pueden verse a kilómetros de distancia sin necesidad de avión). Y puede que estéis en lo cierto. Pero aunque Internet es lo más importante que ha sucedido en el último medio siglo, nadie (en su sano juicio) sacrificaría el agua corriente, la calefacción o la lavadora a cambio de tener acceso instantáneo a una enciclopedia, a una película, a un disco de música o a la posibilidad de no salir de casa para hacer la compra. A la espera de que en los próximos decenios la robótica y la genética cambien de arriba a abajo nuestras vidas, la sensación es que, aunque seguimos avanzado, se ha ralentizado la velocidad a la que cambiamos el mundo.

Traslademos estos cinco factores de decadencia europea al deporte. Concretamente al fútbol. Es interesante recordar que el fútbol es un invento creado, impulsado y explotado por los europeos. Es el eje vertebrador de la cultura de ocio nacida en la Revolución Industrial y el más global de los ‘inventos’ europeos. En parte, la decadencia del fútbol es una consecuencia de la decadencia de Europa:

1. El peso demográfico: La caída de la tasa de natalidad ha obligado a Occidente a hacer una llamada a la inmigración para paliar la falta de recursos humanos que ayuden a pagar los programas sociales. La inmensa mayoría de estos inmigrantes lo hacen sin estudios superiores y buena parte de ellos ni siquiera tienen formación básica. Para muchos de ellos el fútbol es la entrada más sencilla no sólo al mercado laboral, sino a la obtención del estatus social necesario. La libre apertura de fronteras a raíz de la creación de la Ley Bosman ha convertido el fútbol europeo en una amalgama de futbolistas de cualquier lugar del globo. Es un proceso imparable y en permanente crecimiento. El fútbol en África y en buena parte de Sudamérica es la única forma de ascender en la escala social. En Europa era cultura y entretenimiento. Ahora también es una forma de escalar.

2. El exceso de endeudamiento: Tan solo tenemos que irnos un par de décadas más atrás para ver clubes de fútbol con un puñado de empleados en los que uno de ellos tenía las llaves que daba acceso al campo de entrenamiento. Con el beneplácito de los contratos televisivos y la permisividad fiscal de los gobiernos de turno, los clubes de fútbol se han convertido en empresas gigantescas con multitud de empleados. A los consejeros, se unen cuerpos técnicos de tamaño desmesurado, plantillas con exceso de futbolistas carne de cesión y gastos variados en agentes y mercadotecnia. Al igual que ocurre con la deuda externa de los gobiernos europeos, la deuda de los clubs de fútbol está siendo asumida por inversores asiáticos, arábicos o estadounidenses.

3. Restricciones a la educación: Cualquier mejora en materia educativa es un proceso arduo y además está condicionada por las propias capacidades humanas. La evolución técnica del fútbol lleva décadas estancada. El último progreso ha sido el de los centrales que salen con el balón jugado. Todos los avances actuales y futuros del fútbol se sustentan en las capacidades físicas. De hecho, para muchos analistas, las excelentes condiciones de equipamiento (ya no hay barro, ni charcos, ni balones pesados) hacen que la técnica haya sufrido un retroceso. Además, el hecho de que los niños futbolistas estén codificados en escuelas deportivas ha dejado a un lado la inventiva y ha vuelto más predecible y aburrido el juego. El fútbol es hoy repetición. Como la música, el cine, el arte, la moda o la gastronomía, se ha vuelto repetitivo. No hay nada más que inventar.

4. Las restricciones al medio ambiente: El crecimiento del deporte en general y del fútbol en particular se ha sustentado en un avance de las infraestructuras. De descampados se pasó a coliseos romanos y de estos últimos a edificios multiusos que además de estadios también son salas de concierto, centros comerciales, museos y restaurantes. De hacer carreras campo a través se pasó a entrenar en instalaciones públicas y de éstas últimas se pasó a ciudades deportivas que son más ciudades que deportivas. Todas estas innovaciones han llegado a un punto muerto. Cualquier avance de este tipo ya no es aceptado por un aficionado que prefiere mantenerse fiel a unas tradiciones (estadios) y que está en contra de proyectos megalómanos (mundiales, juegos olímpicos) por responsabilidad económica, social y medioambiental.

5. El estancamiento tecnológico: Uno de los motivos del éxito del fútbol radica en su sencillez. Cuando en 1863 se creó el primer reglamento contaba con 18 artículos. Años más tarde sería reducido a 13 y para 1930 estaban establecidas 17 reglas básicas. Por el contrario, en las últimas dos décadas el número de reglas ha aumentado en más de un tercio. El número fijo para cada futbolista, el gol de oro, el gol de plata, el tiempo exacto del descuento, las manos voluntarias e involuntarias, el aumento en el número de sustituciones, los tiempos muertos en medio de los partidos…Son todo parches que no han producido avances. Desde que en 1992 se les prohibió a los porteros coger el balón con las manos tras el pase de un compañero, no ha habido ningún cambio en las reglas que haya hecho evolucionar al fútbol.

No sólo evolucionar, sino involucionar. A la deidad tecnológica de la modernidad y el progreso había que buscarle un lugar en el fútbol. Ese invento diabólico es el VAR. Se podrá decir que el VAR es una maravilla que reduce los fallos en los penaltis y en los fueras de juego. La realidad es que sólo lo hace en los errores de bulto y, a cambio, enmaraña más el juego, resta autoridad al árbitro principal y hace más soporífero el partido alargándolo innecesariamente. El VAR está alejando de los estadios tanto a los aficionados veteranos como a los millennials, a los que no les gusta un juego que cada vez es más lento y soporífero.

VAR: cuando ni la tecnología salva al fútbol de la polémica
El progreso…o eso dicen

—SUPERLIGA—

A través de todo este cóctel de tradición, decadencia, estancamiento y búsqueda de nuevas oportunidades, se puede comprender como un conjunto de pudientes dirigentes de los clubes más opulentos de Europa se han atrevido a lanzar lo que se ha venido en llamar Superliga. Una liga que comenzó con 12 integrantes y la promesa de ser 15, pasó a 6, luego a 4, más tarde a 3 y al final quedará, ironías del destino, en un acuerdo fallido entre Barça y Madrid.

Si llaman al Vasco de Gama, el Dépor hace un cuadrangular de aúpa. Un Teresa Herrera de los de antaño.

La bomba se ha desactivado, pero que nadie dude que acabará estallando. Han vuelto al redil, pero por poco tiempo.

Dicen los impulsores que el fútbol está arruinado. Es falso. Los arruinados son ellos. Los que en una espiral de gasto indecente pagan millonadas a intermediarios, agentes y futbolistas. Los que deciden pagar 23 kilos por despedir a Mourinho en mitad del mes de abril. “No hacen falta más ingresos. Hay que reducir gastos”. No lo dijo un aficionado de bufanda, lo dijo Karl-Heinz Rummenigge, dos veces Balón de Oro y director general del FC Bayern, cuarto club más rico del mundo, cuando le preguntaron por la Superliga.

Dicen que cuando se creó la Copa de Europa en los años 50 también se hizo de la misma forma. Es falso. Entonces se juntaron varios equipos y acordaron invitar a los campeones de todas las ligas. Una vez llegado el acuerdo, solicitaron a la UEFA su aprobación. Y sí, la UEFA vio la oportunidad y aceptó encantada. Bernabéu, al que tanto nombra Florentino, asumía que si el Madrid no ganaba la Liga española no podría jugar la Copa de Europa. Era un proyecto de construcción europea que buscaba el beneficio económico. Lo de ahora es una idea de un cártel de empresas para eliminar a la competencia.

Salvo los extraños casos de los equipos españoles y de la Juve, propiedad de la FIAT de Agnelli, el resto de equipos fundadores de la Superliga están regidos por capital estadounidense o asiático. De ahí la importancia de llegar a 5.000 millones de televidentes e internautas (Netflix, Amazon TV o Inditex TV, vete tú a saber) para que paguen la fiesta de los archimillonarios. Son éstos los clubes arruinados. Los que hace tiempo convirtieron el estadio en un teatro global donde sí se estornuda en Yakarta se coge un constipado en Londres.

Se dice que el fútbol es aburrido. Que los jóvenes no ven los partidos contra equipos menores. Es falso. Los jóvenes no ven nada. Ni los partidos importantes ni los insustanciales. Los millennials viven en la cultura de la inmediatez. Si algún millennial ha entrado en este blog habrá dejado de leer hace unos cuantos párrafos ante la falta de contenido audiovisual. Todos los deportes tradicionales están en crisis ante una juventud a la que le cuesta ver una competición que dure horas (y no digamos ya con el p*** VAR). Pero, aun así, es mucho más atractivo un Barça-Juve al año que uno cada dos semanas. Es de Perogrullo. Los millenials lo que harán es suscribirse a una plataforma de pago ‘low cost’ para ver los ‘highlights’ (sí es que no piratean la señal). Serán amplía minoría los que paguen decenas de euros para ver todos los partidos.

Se dice que el sistema es abierto, que habrá sitio para los campeones nacionales. Falso. El sistema se dice abierto porque faltaba el Bayern y el PSG. Las invitaciones libres serán al mejor postor (con preferencia para los magnates rusos o turcos). En la Euroliga de baloncesto la escisión se produjo hace unos años. Es cierto que hay plazas abiertas, pero año a año se van reduciendo. Lo que ahora es apertura de mano será cerrazón cuando la fuerza y la razón acompañen a los promotores.

Florentino se ha pasado de frenada. Los ingleses, tan ingleses ellos, no han contado con una plebe a la que repulsa todo lo que suene a Europa y minusvalore su querida Premier. Los magnates dueños del ‘Big Six’ se mueven en aviones privados, en establecimientos exclusivos y no han pisado la vieja Britania. Han tenido miedo. El miedo a la afición más fiel del continente. Si en España es el Madrid, en Italia la Juve, en Portugal el Benfica o en Alemania el Bayern, en Inglaterra es la nada. En Inglaterra eres del equipo de tu tierra, vas al campo a ver los partidos y te desplazas con tus chicos sea verano o invierno. Ganen la FA Cup o desciendan a la Championship.

La tropelía ha salido rana por un fallo de estrategia, de fondo, de forma y de contenido. No se entiende como el presidente de la Superliga sale a comunicar la noticia a las 00.00 horas en un canal minoritario español, en vez de hacer una rueda de prensa a media mañana convocando a medio mundo y junto a los otros 11 presidentes implicados. Laporta es igual de culpable que Florentino y saldrá de rositas de este jaleo. No se entiende que el responsable de comunicación del Real Madrid permita decir a su presidente “los clubes estamos arruinados” a los cuatro vientos. “Si no tienen pan que coman pasteles”, razonó María Antonieta.

Pero que nadie se confunda, tardará más o menos, pero la Superliga (o algo parecido) saldrá adelante. Boris Johnson, Emmanuel Macron y compañía ladran, pero no muerden. Los campeonatos regionales, las copas de verano, los campeonatos entre naciones limítrofes (Copa Latina, Copa Mitropa…) pasaron a mejor vida. La evolución del transporte y la apertura de fronteras hacen inevitable que unas competiciones mueran y otras nazcan. Los grandes clubes son avariciosos. La FIFA y la UEFA también. No son hermanitas de la caridad. Son un monopolio ¿Qué son sino la Liga de Naciones de la UEFA o el Mundial de Clubes de la FIFA? Nuevas y estúpidas formas de ganar más dinero. ¿Qué es sino la Supercopa de Italia en Qatar o la de España en Arabia Saudí?

Si bien la UEFA y la FIFA tienen un as en la manga. Dejar a los futbolistas sin jugar con sus selecciones. Y se lo pueden permitir. A pocos le interesaría una Copa de Europa sin Madrid, Juve o United, pero el Mundial seguiría siendo Mundial aún sin Cristiano o Messi. El Mundial de fútbol es una festividad deportiva que se celebra cada cuatro años donde, aficionado o no, el interés está en ver lo que hacen tus compatriotas. Seguimos la competición de judo de los Juegos Olímpicos donde participa un atleta del que no sabes su nombre porque defiende los colores de tu país. De igual modo, cualquier aficionado seguiría a su selección en un Mundial, jugase quien jugase.

Y ese es el futuro, guste o no guste (yo soy de estos últimos). Ahora mismo no hay Superliga porque las cosas se hicieron rematadamente mal y, ojo, porque Francia y Alemania (PSG y Bayern) no han querido. El día que se animen, se acabará el debate. Al igual que pasó con el baloncesto es posible que haya un año de transición hasta llegar a un acuerdo. Menos probable es que, como en el básket, veamos partidos de selecciones sin las grandes estrellas. Pero no es descartable. La solución de compromiso será sustituir la Copa de Europa y la Europa League por dos o tres ligas europeas que garanticen cerca de 40 partidos al año y en el que haya ascensos y descensos. Está claro que el Madrid o el Liverpool no iban a descender. Eso sería cosa de Ajax o de Tottenham. De este modo, veríamos como el Barça forma una plantilla de 35 o 40 futbolistas, con un equipo A para Europa y un equipo B para la liga nacional.

Ahora bien. Una pequeña advertencia a los millonarios. Al cabo de unos años -y no serán muchos- los futbolistas tendrán el control total del negocio, tal y como ocurre en los deportes norteamericanos. Habrá límite salarial, sí, pero también libre control de destino. Podrán declararse en huelga para reclamar más trozo del pastel y, sobretodo, podrán escoger donde y con quien jugar. Se empoderaran, se declararán en rebeldía y los agentes harán el trabajo. El Madrid tendrá músculo financiero para tener a Mbappé a Haaland o a Rita la Cantaora si le da la gana. Y ellos querrán jugar juntos. Como en la NBA.

Y aunque la NBA es una liga cerrada todo el mundo sabe que los Grizzlies nunca la ganarán.

La gente quiere jugar en los Lakers.

La gente sueña con jugar en el Real Madrid. Otros en la Juve. Menos en el Chelsea. Pocos en el Atlético.

Si yo fuese el presidente del Atlético, o del Tottenham, o del Arsenal, o incluso del actual AC Milan –que como los Celtics tiene mucho pedigrí pero poco tirón- me pensaría muy mucho entrar en la Superliga. Dentro de unos años captaran jóvenes jugadores a los que cuando les salgan los dientes estarán pidiendo el traspaso. Ganaran mucho más dinero, pero verán multiplicadas sus opciones de fracasar temporada tras temporada. Es mejor ser tercero en tu liga nacional y perder la final de copa que acabar undécimo temporada tras temporada en la Superliga.

Y esto sigue siendo la vieja Europa. Ya puede decir el presidente que el club ha ganado mucho dinero que como una turba de aficionados tome la Bastilla y se plante en el palacio real, al presidente de turno no le quedará más remedio que dimitir si no quiere acabar guillotinado.

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¿Por qué Uruguay lleva cuatro estrellas de campeón del mundo en la camiseta?

Camino del siglo del inicio del primer Mundial de fútbol, únicamente ocho naciones pueden presumir de ser campeonas mundiales. A la más reciente España (1), se le unen Inglaterra (1), Argentina (2), Francia (2), Alemania (4), Italia (4) y la plusmarquista Brasil (5). Falta uno en la lista; Uruguay. Tiene 2 Mundiales de fútbol (1930 y 1950) y sin embargo 4 estrellas están cosidas sobre el escudo que adorna su camiseta. Cualquier charrúa dirá que su país ha ganado 4 Copas del Mundo de fútbol. Y los más ‘frikis’ hasta argumentarán que tienen 5 títulos en su palmarés. De ser así, no habría nación más laureada en la historia del fútbol.

¿Cómo es que Uruguay tiene cuatro estrellas en su camiseta? Un viaje a la Wikipedia nos dará una rápida respuesta. Dos obedecen a sus títulos de la Copa del Mundo y las otras dos dan fe de sus triunfos en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928. Pero eso no es motivo suficiente. El fútbol fue por primera vez disciplina olímpica en 1908, repitió en 1912 (ambas con victoria de Gran Bretaña) y se refrendaría en Amberes 1920 con triunfo de la anfitriona Bélgica ante España. Así pues, ¿por qué se ha de reconocer las victorias de Uruguay en esos dos Juegos Olímpicos como victorias mundiales y no sucede lo mismo con las anteriores?

Debemos retroceder al año 1921. Por aquel entonces tuvo lugar el congreso de la FIFA en el que fue elegido presidente el francés Jules Rimet. Era Jules Rimet un hombre empecinado. Abogado de profesión y árbitro aficionado, nunca jugó al fútbol pero demostró unas dotes organizativas y políticas de primer nivel. Su deseo era crear una Copa del Mundo de fútbol. Pero era un deseo a medio plazo. Sabía que ante la negativa inglesa a participar y con un mundo en proceso de reconstrucción tras el fin de la I Guerra Mundial, debía esperar unos cuantos años. Apostó por una solución de compromiso. La decisión que tomó en aquel congreso de 1921 era que mientras ese momento llegara “la Federación Internacional reconocerá el Torneo Olímpico de Fútbol como un Campeonato del mundo amateur si éste es organizado conforme a los reglamentos”. Así entonces, la competición de fútbol de 1924 a celebrar en los JJ.OO de Paris iba a tener rango de Copa del Mundo.

En aquellos tiempos el fútbol sudamericano era un desconocido. Fueron escoceses los que llevaron el juego a los puertos de Montevideo y de Buenos Aires. Y este hecho es significativo, dado que a diferencia de los ingleses, los escoceses propugnaban un juego de pase y movimiento. Pronto los hijos de la inmigración italiana y española convertirían aquello en un fútbol dinámico donde la garra y el gambeteo iban de la mano.

La selección de fútbol de la República Oriental del Uruguay era la vigente campeona de América. Pero que un país del otro lado del charco viajase a Europa se antojaba harto complicado. Había que afrontar un largo y pesado viaje en barco y solicitar una ausencia de un par de meses en el puesto de trabajo para poder prepararse y competir. La competición sólo daba permiso a la participación de amateurs, aunque era por todos sabido que la mayoría de los futbolistas cobraban bajo cuerda.

Atilio Narancio, presidente de la federación charrúa, vio en los JJ.OO de 1924 la oportunidad de elevar el nombre de su país a los altares. Vendió varias de sus propiedades para sufragar una expedición que iba a convertir en el sueño de su vida. Convenció a los más escépticos con una serie de partidos amistosos para sacar cuartos y, esencialmente, prometió la gloria eterna a los jugadores que viajasen con él a Francia.

La selección uruguaya desembarcó en el puerto de Vigo el 6 de abril de 1924 con una calurosa bienvenida de los aficionados gallegos, la inmensa mayoría de ellos con familiares repartidos por el país sudamericano. Era la primera vez que una selección sudamericana de fútbol viajaba a Europa. Y causó sensación. Disputaron nueve partidos amistosos en España, para saldar el consabido balance de cuentas, y salieron victoriosos en todos ellos. Impresión causaron las contundentes victorias ante el Real Madrid y Athletic de Bilbao, los dos grandes equipos del momento. Habían viajado en tercera clase en un barco que tardó mes y medio en cruzar el Atlántico, pero ya se vislumbraba que volverían a casa con billete de primera.

Vigo, con la selección de Uruguay - Faro de Vigo
Vigo. 6-IV-24. Llegan los uruguayos

De Madrid a París serían unas 30 horas de tren y más de 3.000 espectadores (una cifra considerable en la época) verían la fácil victoria de los exóticos uruguayos ante Yugoslavia (7-0) en el primer partido del torneo. Después vencieron a Estados Unidos (3-0), Francia (5-1), Holanda (2-1) y a Suiza en la final (3-0). Uruguay había arrasado. El impacto fue tal que se estima en cerca del millón de mapamundis se vendieron en París y alrededores tras la victoria uruguaya, para poder así ubicar al pequeño país latinoamericano en el mundo. No era para menos, Paris contaba con más habitantes que la totalidad del Uruguay. En Montevideo se decretó fiesta nacional y se emitieron sellos conmemorativos. No era una victoria deportiva, era un éxito cultural y una prueba de que las jóvenes naciones sudamericanas podían competir con los viejos estados europeos.

Toda Europa, salvo los orgullosos y profesionales ingleses, celebró el triunfo uruguayo como un triunfo del refinamiento. Las imágenes de la época nos enseñan lo que hoy conocemos como estilo sudamericano. Pases al primer toque y decenas de gambetas. Con un ritmo y una velocidad notablemente inferior al fútbol del siglo XXI, pero muy alejado del prototipo inglés de fuerza, balón el aire y todos al área.

Fue tan extraordinaria la actuación de aquella selección charrúa, que al acabar la final el público parisino que abarrotaba el Estadio Olímpico de Colombes (ahora ya no eran 3.000 sino 45.000 almas) irrumpió con una sonora ovación. Pierre de Coubertin (presidente del COI) se dirigió al seleccionador uruguayo y le propuso dar una vuelta al campo para que los jugadores fuesen saludando al público. Había nacido la ‘vuelta olímpica’. No sólo eso. Un par de meses después, Uruguay disputó un partido amistoso ante Argentina para conmemorar el triunfo. Al cuarto de hora de partido, el delantero argentino Cesáreo Onzari anotaba un gol directo desde saque de esquina. Era el primer tanto que Uruguay encajaba tras ser proclamada campeona olímpica y aquel gol fue bautizado por la prensa como “el gol a los olímpicos”. De ahí nació la expresión ‘gol olímpico’ para referirse al tanto anotado directamente desde saque de esquina. Un término que surgió de la admiración por esa gran selección.

Juegos Olímpicos 1924 - AUF
«Campeones del mundo». 1924

Tal y como afirmé líneas atrás, los jugadores uruguayos eran amateurs, aunque por todos es sabido que los casos de profesionalismo encubierto eran evidentes en muchas disciplinas. Donde más en el fútbol, que había crecido de tal manera que hacía sombra a los propios JJ.OO. Esto fue notorio en Ámsterdam en 1928. Los uruguayos volvieron a lograr la presea de oro tras vencer sucesivamente a Holanda (2-0), Alemania (4-1), Italia (3-2) y a Argentina (2-1) en el encuentro por el título y tras un partido de desempate, en una antesala de la final de la Copa del Mundo de dos años después. Sin embargo, fue esta una victoria mucho más costosa, ya que los equipos europeos acudieron con los mejores jugadores de sus ligas, todos ellos falsos amateurs.

El COI, consciente de que era imposible controlar el amateurismo en el fútbol, prescindió de la disciplina balompédica en 1932. Recuperó el fútbol en 1936 bajo la estricta norma de prescindir de futbolistas profesionales la cual se mantendría vigente hasta 1988 imponiendo, eso sí, unas restricciones de edad, convirtiéndose el fútbol en los JJ.OO en una especie de Mundial sub-23. La FIFA se desmarcó de esa decisión, dejo de considerar los JJ.OO como competición mundial y pudo poner en marcha el proyecto que tenía en mente.

Fue entonces cuando Jules Rimet decide crear una competición propia a celebrar cada cuatro años, que se alternase con los JJ.OO y que llevaría el nombre de Copa del Mundo. La aprobación del primer Mundial tuvo lugar en un Congreso Extraordinario de la FIFA celebrado en el salón del Consejo del Ciento de Barcelona en 1929. Dado que Uruguay era la vigente campeona olímpica se dio por hecho que sería el país organizador, aunque Hungría e Italia también presentaron su candidatura. Al final el Mundial de 1930 se celebraría en el país sudamericano con tan sólo 13 países inscritos. Las naciones europeas (excepto Francia, Bélgica, Rumanía y Yugoslavia) se negaron a acudir esgrimiendo motivos económicos y de calendario.

El boicot no tuvo efecto. El Mundial de 1930 fue un éxito y detrás del primero vendrían todos los demás. La organización uruguaya fue ejemplar. Todas las fuerzas vivas de la nación y los cerca de 2 millones de habitantes que entonces tenía el pequeño país latinoamericano se volcaron en el Mundial y en la construcción del estadio Centenario, que fue bautizado con ese nombre porque en 1930 la competición futbolística iba a coincidir en el tiempo con los fastos por la celebración del centenario de la Independencia de Uruguay. Por cierto, las cuatro tribunas del estadio están bautizadas con los evocadores nombres de América, Colombes, Ámsterdam y Olímpica, un homenaje a los éxitos futbolísticos del país.

Uruguay ganó aquel Mundial de 1930 al igual que había vencido en los JJ.OO de 1924 y 1928. Pelé cuenta como el único jugador que ha ganado 3 Mundiales (1958, 1962 y 1970), pero es un dato no del todo cierto. Hasta 6 jugadores uruguayos fueron vencedores en las 2 ediciones de los JJ.OO y en el primer Mundial. El capitán del combinado era Jose Nasazzi, un fenomenal central apodado ‘El Mariscal’ y que era temido por los delanteros. La figura del equipo era Héctor Scarone, uno de los mejores puntas del mundo en la década de 1920 y que jugaría en Europa en el FC Barcelona y en el Inter de Milán. El acompañante de Scarone era Pedro Petrone, máximo goleador en los JJ.OO de Paris. El centro del campo era comandado por José Andrade, un mediocentro rocoso que está considerado por los historiadores como el primer gran jugador de raza negra. Y nos faltan dos extremos, ambos de origen español. Por un lado estaba Santos Urdinarán, apodado ‘Vasquito’. El otro extremo era Pedro Cea, uno de los jugadores más aclamados al desembarcar la expedición uruguaya en Vigo porque había nacido en el pueblo gallego de Redondela antes de emigrar con sus padres al país charrúa (también era nacido en Redondela Lorenzo Fernández, que fue campeón olímpico en 1928 y del mundo en 1930).

Pero aún hay más. Si el lector recuerda, en el primer párrafo de este artículo anunciaba que los más ‘frikis’ dan a Uruguay 5 títulos de la Copa del Mundo. Y éste último, además, vale doble.

Uruguay es el único país que cuenta con una Copa de Oro de Campeones Mundiales.

En diciembre de 1980, con motivo de los 50 años de la creación del primer Mundial, la FIFA organizó una competición a lo que solo podían acudir aquellos equipos que habían sido campeones mundiales (en aquel entonces eran Uruguay, Italia, Brasil, Alemania, Inglaterra y Argentina). Los ingleses, fieles a su legendaria flema, renunciaron a ir, por lo que la FIFA invitó a Holanda por haber sido subcampeona en 1974 y 1978. Se formaron dos grupos con tres equipos saliendo finalistas los vencedores de grupo. A la final se clasificaron Uruguay, que ejercía de país anfitrión, y Brasil. En la finalísima, disputada el 10 de enero de 1981, los uruguayos vencieron por 2-1 con goles de Barrios y Vitorino haciendo inútil el tanto del brasileño Sócrates.

He aquí el pentacampeonato uruguayo.

Según los estatutos de la FIFA en 2030 se debe celebrar una nueva Copa de Oro de Campeones Mundiales. El problema es que 2030 también es año de Mundial y el calendario internacional está mucho más saturado de lo que estaba en 1980. Veremos lo que Infantino y compañía inventan, pero mientras tanto, y a la espera de saber quién ganará el Mundial de Qatar, Uruguay puede seguir presumiendo de tener 4+1 Copa del Mundo de fútbol.

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Lutz Eigendorf: El Beckenbauer del Este

Una de las múltiples diferencias que había entre la Alemania del Este (RDA) y la Alemania Occidental (RFA) estaba en la posibilidad de adquirir un vehículo. En la RDA había un número limitado de modelos de fabricación propia a los que se podía acceder en función del estatus laboral y de la disposición familiar. Para alcanzar un coche de importación hacía falta un salvoconducto oficial, un muy probable soborno y una espera de meses o incluso años. En la RFA el acceso al vehículo obedecía a términos capitalistas. Si tienes dinero te lo compras. Si no lo tienes no te lo compras. Así que una de las primeras cosas que Lutz Eigendorf hizo al escapar a la RFA fue comprarse un deportivo, un Alfa Romeo GTV-6.

Mucho antes de realizar tal compra, Lutz Eigendorf era el ojito derecho de los jefazos de la RDA. En 1974 la RFA había ganado el Mundial de fútbol en el que habían ejercido como anfitriones, pero a la RDA le quedó la satisfacción de haber vencido a sus vecinos en la fase de grupos tras un gol de Sparwasser que se tornó en mítico. Aquello, unido a los éxitos internacionales del Magdeburgo, envalentonó a los dirigentes de la RDA en su pesquisa por lograr el éxito a través del deporte. Fueron los inicios del dopaje de Estado y también de la búsqueda del nuevo Franz Beckenbauer, el jugador alemán nacido al otro lado del muro que por entonces era una de las estrellas más rutilantes del planeta fútbol.

El elegido fue Lutz Eigendorf, un elegante futbolista que militaba en el Dinamo de Berlín. Tenía porte, buena presencia y una notable calidad técnica. Erich Mielke lo nombró capitán con apenas 22 años. Es preciso explicar que Mielke, además de máximo responsable del Dinamo de Berlín, era el director de la Stasi, la policía secreta de la RDA. Mucho antes, de jovenzuelo, combatiera en la Guerra Civil española enrolado en las Brigadas Internacionales. Cuando sus obligaciones de espionaje y de asesinatos se lo permitían, a Mielke le encantaba dirigir la Oberliga a su antojo y promover los amaños necesarios para que su Dinamo se proclamase campeón.

Eigendorf era un privilegiado. Era tratado en palmitas por el Partido Comunista. Se había casado con la chica más popular del instituto y era padre de una niña de dos años. Tenía una buena casa y acceso al mejor coche que la RDA le podía dar. Pronto fue apodado el Beckenbauer del Este y pasó a ser cara cotidiana en los medios como representación del éxito en la Alemania comunista.

Pero Eigendorf no era feliz. Desde que fuese reclutado como joven proyecto futbolista a los 14 años vivía bajo estricto control. Le decían lo que tenía que hacer, cuando y como hacerlo. Se ahogaba. Y tenía envidia. Tenía envidia del verdadero Beckenbauer y de todo lo que se estaba perdiendo. Así que, sin comunicárselo a su esposa, decidió emprender una nueva vida.

El Dinamo de Berlín jugaba un partido amistoso ante el FC Kaiserlautern a más de 600 kilómetros rumbo a la libertad. El encuentro se disputó sin mayor noticia y en el viaje de vuelta el autobús paró para repostar antes de entrar en la RDA. A pesar de la vigilancia, era en esas ocasiones cuando los futbolistas aprovechaban para hacer alguna compra e introducir objetos de contrabando en el país. Las autoridades solían hacer la vista gorda, para así mantener a sus estrellas contentas. Pero Eigendorf tenía otro plan en la cabeza. Se escabulló, subió a un taxi y le dijo al conductor que lo llevase de vuelta a Kaiserlautern, concretamente a las oficinas del club renano. Una vez bajó del vehículo, se reunió con el presidente, se ofreció como defensa central y firmó un papel en blanco.

Acababa de ser contratado por el FC Kaiserlautern. Acababa de desertar.

Dado que tenía mujer e hija, la Stasi jamás se podría haber imaginado que Eigendorf desertase. Mielke estalló en cólera y puso en marcha la llamada ‘Operación Rosa’ con el objetivo de hacerle la vida imposible a Eigendorf. Pusieron en nómina a un agente encubierto, un tal Peter Hommann, con el objetivo de seducir a la mujer de Eigendorf y ponerla en su contra.

Erich Mielke - Maestro del miedo | TV | DW | 06.02.2018
Mielke. Maestro del terror

Quién sabe lo que pensaría esa mujer de un marido que en su búsqueda de la libertad había convertido en infierno su vida y la de su hija, pero el caso es que Gabriele, así se llamaba la mujer, acabó pidiendo el divorcio y casándose con el tal Hommann. Es más, el agente, no se sabe si por celo amoroso o por celo laboral, acabaría también adoptando a la hija del desertor.

Quién sabe, también, lo que pensaría aquel joven en busca de la libertad. Eigendorf tenía larvada una insatisfacción. Se había casado muy pronto y había tenido una hija que no quería. Hay documentación al respecto. Como que cometió al menos un par de infidelidades al poco de casarse. Al igual que cualquier veinteañero estaba fascinado por la libertad. Habitaba en lo más profundo de su ser una frustración por no haber vivido al límite, por no haber tenido aventuras. Pesó mucho más la fascinación por cruzar el Muro que el pesar por dejar mujer e hija al otro lado.

Así que el plan de Mielke, la ‘Operación Rosa’, no había dado los frutos previstos. Mielke se subía por las paredes y su paciencia se agotó cuando Eigendorf dio una entrevista a una televisión occidental pegado al propio Muro y con un plano televisivo en el que al fondo se veían los focos del Friedrich-Ludwig-Jahn-Sportpatk, la casa del Dinamo. Aquello era intolerable. Por si su deserción fuese poca afrenta, Eigendorf aprovechaba toda ocasión para denunciar en público las condiciones de vida de la RDA y al régimen comunista.

En todas y cada una de las reuniones que Mielke mantenía en su despacho con sus subordinados de la Stasi recordaba que el objetivo número uno era Eigendorf. Ni disidentes políticos, ni espías occidentales. El diablo con patas era ese sucio futbolista. Mielke se sentía dolido, engañado y humillado, y no precisamente por ese orden.

Según los papeles desclasificados una vez que Alemania volvió a ser una, Lutz Eigendorf llegó a tener hasta 50 agentes diferentes de la Stasi ocupándose de su vigilancia. Todas las noches un par de espías de la Stasi hacían vigilancia en las puertas de su casa de Braunschweig donde volvió a casarse y tuvo un segundo hijo. Uno de esos agentes era un tal Klaus Schlosser que velozmente lo engatusó hasta convertirse en su mejor amigo.

Y es que Eigendorf pronto cambió el FC Kaiserlautern por el más modesto Eintracht Braunschweig. Ya fuese porque el nivel en la Oberliga era inferior a la Bundesliga (lo cual se certificó con la caída del Muro), o quizás mentalmente exhausto y deprimido al sentirse perseguido, Eigendorf bajó considerablemente su rendimiento. Fueron tres años mediocres en Renania antes de pasar a las filas del modesto conjunto cuya ciudad es más conocida por un licor de hierbas llamado Jägermeister que por su club de fútbol.

Y así llegamos a la noche del 6 de marzo de 1983. Como tantas otras veces Eigendorf salió a pasar el rato y como tantas otras veces cogió su Alfa Romeo GTV-6 para acercarse a su bar habitual. El caso es que cuando cerca de las once de la noche se dirigía a su casa perdió el control del vehículo y se estrelló contra un árbol falleciendo en el acto. La tasa de alcohol en sangre era de 2,2 por lo que la conclusión era obvia. Estaba borracho. Muy borracho. Muy, muy borracho.

El problema es que Eigendorf apenas bebía. Si acaso un par de cervezas. Se interrogó a los que estaban en el bar aquella noche y todos dijeron que apenas había consumido. Sus compañeros de equipo y amigos dijeron lo mismo. Era imposible que Eigendorf hubiese bebido tanto. Además, estaba haciendo un cursillo de piloto de avionetas y tenía clase al día siguiente. Conociendo lo importante que era aquello para él, todos descartaban por completo que se hubiese emborrachado.

Lutz Eigendorf... el día que un futbolista 'condenado a muerte' jugó en el  Bernabéu | Marca.com
El Alfa Romeo hizo pum

Hubo que esperar al año 2010 para que un antiguo colaborador de la Stasi presentase de forma anónima en unos juzgados unos documentos fechados en 1983 en la RDA en la que se contemplaban las órdenes para asesinar a Eigendorf. Al parecer dos agentes de la Stasi habrían secuestrado al futbolista obligándole a ingerir una alta cantidad de alcohol antes de dejarle volver a coger el coche para provocar su accidente.

Una vez que el escándalo salió a la luz, a las pesquisas policiales le siguieron las investigaciones históricas y los reportajes periodísticos. Se desveló un probable envenenamiento a través de la piel, y la existencia de un segundo vehículo (del que nada se supo en 1983) que deslumbró a Eigendorf desde un lateral de la carretera justo en el momento en el que perdió el control de su vehículo. Estas certezas echaron por tierra la teoría popular, comúnmente aceptada, de que la Stasi, simple y llanamente, lo que había hecho era cortarle los frenos del Alfa Romeo.

Se estima que sólo en la década de 1970 más de 500 deportistas desertaron de la RDA. Ninguno tan importante como Lutz Eigendorf. Su aventura apenas duró tres años antes de ser asesinado con 26 primaveras. De su primera mujer no se supo mucho más. De su segunda mujer se sabe que vivió con miedo y con antidepresivos hasta que el Muro cayó. Schlosser, su supuesto mejor amigo, recibió 500 marcos en forma de gratificación por parte de la Stasi y hoy disfruta de una apacible jubilación sin admitir preguntas. Tras la reunificación alemana de 1990, el Dinamo de Berlín deambula por categorías regionales y Mielke tuvo que pasar un par de años en prisión, aunque por su avanzada edad pudo fallecer plácidamente en su hogar a los 92 años de edad.

Un total de 66 años más de los que vivió Lutz Eigendorf.

El «Beckenbauer del Este» que fue víctima de la Stasi
El Beckenbauer del Este
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¿Por qué los futbolistas brasileños tienen apodos?

Pelé, Garrincha o Rivaldo. Todos ellos son sobrenombres. Son todos motes. ¿Por qué los futbolistas brasileños tienen apodos? A decir verdad no son sólo los brasileños, también entre portugueses anda el juego. Y lo cierto es que no es cosa sólo de futbolistas. Es raro que en portugués no se ponga apodo a cualquiera. Da igual que se deportista, ministro o mediopensionista.

El idioma portugués está considerado una lengua dulce y agradable. Es el séptimo idioma mundial en número de hablantes maternos. Lo que en castellano es un apodo en portugués es un ‘apelido’. Prácticamente todo el mundo tiene un ‘apelido’, sea por una característica física, un rasgo familiar, un nombre o por una cualidad o condición psicológica.

Pero la pregunta no tiene respuesta certera más allá de la famosa sonoridad del portugués. Hay estudiosos que lo atribuyen a la dulzura típica de Brasil. Según estos filólogos, fue a través del mestizaje como esa proliferación de apodos se hizo un hueco en el uso del lenguaje. Otros argumentan que el origen está en la madre Portugal, donde era tradición poner nombres compuestos a los recién nacidos (uno escogido por los padres y otro por los padrinos), por lo que en ocasiones era necesario buscar un apodo que contentara a las cuatro partes.

Lo de los apellidos resulta algo lioso, ya que la mujer, al casarse, cambia su nombre y adopta algunos de los apellidos de su marido. Aún ya andado el siglo XXI continúan siendo minoría las mujeres que no lo hacen. Hay que tener en cuenta que el último apellido que aparece en el carné de identidad es el del padre, el llamado, por los lusos, nombre de familia. Es decir, que una hipotética mujer portuguesa llamada Paula María Rodrigues Teixeira Gomes, acaba por ser tratada como Paula Gomes, de forma simplificada. Su marido se podría llamar perfectamente Rui Pedro Bento Teixeira Gomes, al que llaman Rui Gomes. En este posible caso la mujer guarda el apellido Rodrigues de su familia y ha adoptado otros dos de su esposo.

Pero la fama mundial de los apodos, de los ‘apelidos’, se la dio el triunfo brasileño en el Mundial de 1958. Aquel equipo estaba liderado por dos fenómenos, un imberbe llamado Edson Arantes y un adolescente que respondía al nombre de Manoel dos Santos. El primero no era otro que Pelé, que tenía ese apodo porque cuando era pequeño admiraba al portero del equipo donde militaba su padre, que no era otro que un tal Bilé. Como de Bilé se pasó a Pelé ya es un misterio.

Y sí, Pelé de pequeño quería ser portero.

A Manoel le pusieron el apodo de Garrincha, que no es más que un pájaro amazónico grotesco y en apariencia torpe, pero que es desesperadamente veloz. Manoel, uno de los mejores regateadores de la historia en buena medida gracias a sus piernas torcidas, se ajustaba como anillo al dedo a dicho ‘apelido’. En aquel Mundial disputado en Suecia, los periodistas bromeaban con que la alineación carioca estaba formada por Dida, Dadé, Didí, Dodó y Dudú ante tal cantidad de apodos y nombres impronunciables. Además de por su calidad, una de las razones del éxito de Pelé es que fue aceptado rápidamente por los suecos porque Pelle (con dos eles) es un nombre común en Suecia, mucho más fácil de recordar (para los nórdicos) que los Dida y Didí de turno.

Un lío, ¿verdad?

No obstante hubo un tiempo en el que los apodos pasaron a ser clandestinos. Durante la travesía en el desierto del fútbol brasileño (1970-1994) hubo voces poderosas que pidieron eliminar los ‘apelidos’ por considerarlos infantiles y humillantes. Eran tiempos donde la boca se llenaba al escuchar en las crónicas periodísticas a los majestuosos Marco Van Basten, Karl-Heinz Rummenigge o Diego Armando Maradona. Felizmente la idea no llegó a buen puerto. Y en ciertos casos hasta sería contraproducente. Junior, lateral izquierdo de la ‘canarinha’ en los 80, era el apodo de Leovegildo Lins.

Cumple diferenciar apodos de diminutivos. Los Zé Roberto, Zé Elías o Zé Castro no son más que pepes. Zé es Pepe, al igual que Chico es Fran, Mané es Manu, Drica es Adri, Beto es Rober o Binho es Robson. Aunque sí, éste último es mucho más rebuscado.

También hay una serie de apodos que tuvieron que contraerse o expandirse para conseguir su lugar en el mundo. Ronaldo Nazario nació futbolísticamente como Ronaldinho hasta que explotó y se convirtió en Ronaldo. Ronaldinho (el del Barça) era jugador de tronío para ser Ronaldo, pero como ya había uno contemporáneo, y tan bueno o más que él, se quedó con el sufijo –inho. Al mismo tiempo surgió otro Ronaldo, este central y de menor enjundia, y se quedó en Ronaldao.

Al igual que Ronaldos hay decenas de Luisaos. Otra opción es añadir al ‘apelido’ un apellido en función de su lugar de nacimiento. Gaucho, Paulista, Pernambucano… Una vuelta de tuerca a esta idea fue la de ex delantero del AC Milan Alexandre Rodrigues, que se puso Alexandre Pato en honor al pueblo donde nació (en España existe el archiconocido caso de Carlos Alonso, que pasó a ser Carlos Santillana, preciosa población cántabra).

Los hay bastante divertidos. Carlos Caetano Blenidorm fue el capitán de la selección carioca durante la victoria en el Mundial de 1994. Dunga, apodo del personaje, recibe el nombre por su parecido con Mudito, uno de los siete enanitos. Dopey en su versión original en inglés, Mudito en castellano y Dunga en portugués. Cuando Dunga asumió el cargo de seleccionador brasuca en 2006 un canal de televisión brasileño envió a una periodista disfrazada de Blancanieves y a los otros seis enanitos para entrevistarlo y darle la enhorabuena.

Más jugosos son los de Vágner Silva, el delantero del amor. Este clásico del fútbol de inicio de siglo pasó a ser conocido como Vágner Love cuando en una de sus primeras convocatorias con el Palmeiras fue sorprendido en plena faena por su entrenador en la habitación de su hotel. A Ricardo Izecson le pusieron Kaká porque su hermano era incapaz de pronunciar la palabra Ricardo y le hizo gracia llamarle Kaká. A Givanildo Vieira le quedó el apodo de Hulk por su parecido con la bestia verde. A José Roberto da Gama en cambio le pusieron Bebeto por su cara angelical que resiste al paso del tiempo.

Para la opinión pública, fuera de casos puntuales, no existen conflictos intergrupales y florecen los chistes, los estereotipos o las obscenidades. Pero desde arriba lo políticamente incorrecto avanza a pasos agigantados. Si lo de Hulk para muchos pudiese ser hoy ofensivo, imagínense con unos clásicos del siglo pasado. Ricardo Rogerio (Alemao, por ser rubio), Claudio Ibrahim Vaz (Branco –obvio-), Antonio Carlos (Negro –obvio-), Joao Ferreira (Bigode, por su estrafalario mostacho) o Nilton Pinheiro (Batata, con problemas para la contención de peso por culpa de las patatas fritas).

Eduardo Gonçalves no es otro que Tostao, uno de los héroes del Brasil del 70. Se dice que era tan bueno que cuando era un niño jugaba contra adolescentes y los volvía locos con sus regates. Por eso aquellos chavales le pusieron el apodo de Tostao, una moneda medieval de plata, pequeña en tamaño pero de inmenso valor.

Son sólo varios ejemplos. Pero hay muchos más. Los portugueses son más comedidos, pero también han aportado parte a este galimatías. Manuel Gomes (Nené), Luis Filipe Madeira (Figo), Luis Carlos Almeida (Nani) o Pedro Miguel Carreiro (Pauleta) son algunos ejemplos.

Los ’apelidos’ perviven, pero la globalización hace sus efectos. En el Mundial de 2018 la selección brasileña mostró diminutivos, pero no así apodos. El diario ‘O Globo’ escribió un bonito editorial lamentando la ausencia de ‘apelidos’, en su buen juicio,  “una muestra más de que el fútbol brasileño es cada vez más corporativo y menos irreverente”. Y añadía que “en un país que siempre fue creativo en colocar apodos, un nombre común no sobrevive a una carrera mediocre”.

Este verano el Benfica ha fichado a Éverton Sousa Soares. Procedente del Gremio, internacional con Brasil, fue máximo goleador de la Copa América de 2019 y ha dado el salto a Europa este verano a los 24 años. Cuando con 18 años debutó con el Gremio nadie sabía quién era ese tal Éverton. Su ‘apelido’ era Cebolinha, por su cara redonda en forma de chupa chups similar a un dibujo animado popular en Brasil.

Ahora que quiere triunfar en Europa, prefiere ser conocido como Éverton. De la ‘cebolinha’ no queda ni la ‘raicinha’.

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Cuando la UEFA eliminó las semifinales de la Liga de Campeones

Ya está aquí la Copa de Europa. La Liga de Campeones. La Champions. En agosto. A partido único. Extraño. Extraño en tiempos extraños. Pero no es la primera vez. Cuando la Copa de Europa pasó a ser la Liga de Campeones, a las cabezas pensantes de la UEFA les dio por innovar y durante un trienio crearon un formato de competición que, cuanto menos, podríamos calificar de curioso. En la temporada 1991/1992 y en la 1992/93 no hubo semifinales y en 1993/94 se disputaron a partido único.

Y todo por culpa del Estrella Roja.

Cuando el sueco Lennart Johansson accede a la presidencia de la UEFA en 1990 lo hace con la promesa de una profunda remodelación de la Copa de Europa. Desde su creación en 1955 el máximo torneo futbolístico europeo se había basado en el formato de ‘knock-out’, eliminatorias directas a doble partido hasta la disputa de una final en campo neutral. Esto implicaba que según los designios de la diosa fortuna dos gallos podrían enfrentarse en una ronda inicial y un equipo menor acceder con dicha a una ronda definitiva. Quizás el caso más paradigmático sea el de los eslovacos del Spartak Trnava, que en 1969 cayeron ante el Ajax en semifinales tras haber batido a los terribles y temidos Steaua de Bucarest, Reipas Lahti finlandés y al AEK Atenas.

La UEFA fue dirigiendo el sorteo en años posteriores estableciendo una ronda previa y creando cabezas de serie en la primera eliminatoria, pero seguía siendo inevitable que los gallos se enfrentasen antes de tiempo. Cuando en 1988 la Copa de Europa se quede sin Maradona en dieciseisavos de final tras caer su Nápoles ante el Real Madrid un trueno recorre los salones de la jefatura de la UEFA. Pero cuando en 1991 el Nápoles vuelva a caer antes de tiempo y el vigente campeón (AC Milan) ni siquiera consiga llegar a semifinales la decisión está tomada. Aquel año ganaría la Copa de Europa el Estrella Roja de Belgrado, un equipo menor, con jugadores semidesconocidos y que, para más inri, venció en la final al Olympique de Marsella, otro conjunto novato en esas lides.

Era inaceptable que los campeones de UEFA (Inter de Milan) y Recopa (Manchester United) de 1991 tuviesen más pedigrí que el de la Copa de Europa.

El Estrella Roja de 1991, último triunfo europeo de Yugoslavia
29/V/91.Crvena Zvezda

Para la campaña 1991/92 se introdujo un cambio en el formato. Se modificó el original de eliminatorias directas introduciendo dos liguillas en las que los vencedores de esos hipotéticos cuartos de final se disputaban el liderato para designar los participantes en la final. Lo que se buscaba era mayores ingresos de taquilla y televisión al aumentar los partidos y asegurarse de la presencia de los grandes equipos en las rondas decisivas. Se reducían las posibilidades de sorpresa y los cruces entre equipos menores e insulsos.

Así pues, y tras una eliminatoria de octavos de final, se conformaron dos grupos con cuatro equipos. En el primero de ellos la Sampdoria de Pagliuca, Mancini y Vialli se clasificó para la final al superar a Estrella Roja (vigente campeón), Anderlecht y Panathinaikos. En el segundo grupo fue el FC Barcelona el vencedor al prevalecer con suficiencia frente a Sparta de Praga, Benfica y Dinamo de Kiev. La UEFA tenía su final soñada. El campeón español contra el campeón italiano. Sería la primera Copa de Europa del Barça, la del legendario gol de falta de Koeman y la del apogeo del ‘Dream Team’ de Johan Cruyff y su equipo de ensueño.

Visto el éxito del formato, la UEFA decidió repetir experiencia para el curso 1992/93. Lo haría con nueva denominación. La Copa de Europa fenecía y daba paso a la Liga de Campeones. Se repitió el sistema de liguillas, pero hubo que añadir varias rondas previas para separar a la paja del grano. La desmembración del bloque soviético hizo aparecer una docena de nuevos países en el mapa europeo cuyos campeones ligueros reclamaban su sitio en la nueva competición. Con el nuevo sistema de cabezas de serie ninguno de esos nuevos países logró clasificarse para octavos de final donde, eso sí, el no ya tan modesto CSKA de Moscú eliminaba al FC Barcelona.

La 92/93 trajo un nuevo campeón. Se enfrentaron dos proyectos millonarios concebidos por dos megalómanos. Por un lado el Olympique de Marsella de Bernard Tapie que lideró el primer grupo y por otro el AC Milan de Silvio Berlusconi que hizo lo propio en el suyo. Francia contra Italia. Otros dos grandes mercados frente a frente. Y sería la primera, y hasta la fecha, única vez que los franceses se alzarían con la Copa de Europa con un equipo plagado de grandes futbolistas entre los que destacaban Barthez, Desailly, Deschamps, Boskic o Rudi Völler.

A pesar del éxito no faltaban voces que criticaban el nuevo formato. Los defensores de la tradición clamaban por una vuelta a las eliminatorias directas. Esos críticos fueron rápidamente callados vista la aceptación popular de la Liga de Campeones. Sin embargo, lo que era un suspiro generalizado es que volviesen las semifinales. Se podía aceptar las liguillas, pero no la ausencia de esa última ronda previa con el calor de la afición y plagada de momentos y remontadas épicas. Sin ir más lejos, el AC Milan se había clasificado para la final de esa temporada a falta de dos partidos para la conclusión de la liguilla. Y eso, era inaceptable.

Es por eso que para la edición de 1993/94 volvieron a instaurarse las semifinales tras el sistema de liguilla. Pero, y aquí estaba lo novedoso, se jugarían a partido único en el campo del primer clasificado de cada grupo. En el primero de ellos, el FC Barcelona se clasificó como líder y el AS Mónaco como segundo, quedando fuera el Spartak de Moscú y el Galatasaray (que en octavos había dado la campanada eliminando al Manchester United). En el segundo grupo, el primero fue el AC Milan, seguido del FC Oporto y quedando descartados el Werder Bremen y el Anderlecht.

Así entonces a finales de abril de 1994 tienen lugar las que hasta ahora habían sido las únicas semifinales de Copa de Europa o de Liga de Campeones a partido único. Fueron un visto y no visto donde los primeros de cada grupo cumplieron con los pronósticos. En el Camp Nou el Barça derrotó al FC Oporto (3-0) en una exhibición de carácter y juego de Hristo Stoichkov. En San Siro el AC Milan firmó idéntico resultado ante los monegascos en otra lección de seriedad y contundencia de los italianos. Semanas más tarde los ‘rossoneros’ barrieron al Barça en Atenas (4-0) y conquistaron su quinta Copa de Europa en una final que significó el punto y final del lustro legendario con el que el ‘Dream Team’ asombró al mundo.

La final no sólo significó el fin del ‘Dream Team’ sino el final del experimento. Tras dos años sin semifinales y un último con semifinales a partido único, la UEFA acabó encontrando la fórmula mágica que aunaba tradición y renovación. Para 1994-95, tras una ronda previa, se establecerían cuatro grupos con cuatro equipos, cada uno de ellos con sus cabezas de serie en función de un coeficiente previo. Los dos primeros de cada grupo se clasificaban para los cuartos de final y, tanto esta ronda como la de semifinales, se disputarían con sorteo puro y con el tradicional formato de ida y vuelta. Fue un éxito morrocotudo y más cuando el vencedor fue el Ajax, un equipo perteneciente a la realeza europea, pero que, plagado de adolescentes de diferentes razas, parecía adelantarse al futuro.

Con los años y con la aparición de la Ley Bosman, la Liga de Campeones fue aumentando los grupos hasta llegar a un máximo de ocho. También se fueron ampliando los participantes permitiendo la inclusión de los mejores clasificados en las ligas más potentes y poniendo trabas a los campeones de los países más modestos. Pero con mayor o menor número de conjuntos, y con mayor o menor número de rondas, lo que se ha mantenido inalterable es tanto la ronda de cuartos de final como la de semifinales.

Tan solo el extraño experimento de principios de los 90 y la pandemia del coronavirus han alterado la esencia y la belleza de la vaca sagrada del planeta fútbol.

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La Liga de 22

Con una negligencia sanitaria por un lado y una chapuza deportiva por el otro, a la hora de escribir este artículo la Liga de Fútbol Profesional (LFP) está inmersa en un batiburrillo de dimes y diretes que inexorablemente acabaran en una decisión de compromiso y en un cúmulo de denuncias. En Fuenlabrada, bien por desidia o bien bajo extorsión, Alicante (Elche), Madrid (Rayo), Soria (Numancia) o Coruña (Deportivo) esperan con ansia una solución que pusiese fin a la liga de Segunda que todavía se mantiene en parálisis por culpa del coronavirus. Desde Coruña, con una pizca de pánico, un cuarto de cabeza y un lote de corazón, se solicita una Liga de 24 recordando a la famosa ‘Liga de 22’, la, hasta el momento, gran chapuza del fútbol hispano.

‘La Liga de 22’ no es más que, como su propio nombre indica, un campeonato regular de 22 equipos. La particularidad radica en que las grandes ligas europeas se manejan en una horquilla de equipos que van desde los 16 hasta los 20. Superar la veintena no entra dentro de lo estipulado. Mas durante dos campañas, 1995-1996 y 1996-1997, la Primera División de España contó con 22 conjuntos, tras un rocambolesco verano donde la presión popular y mediática quebraron el dictamen de las leyes.

Pero antes de revivir aquel tumultuoso mes de agosto de 1995 conviene alejar un poco más el foco. En 1990 el Gobierno de Felipe González lanzó el proyecto de la conversión de los clubes deportivos profesionales en Sociedades Anónimas Deportivas (SAD). Esto implicaba un plan de saneamiento (con dinero público, por supuesto) que salvaguardara a unos clubes que estaban en el colapso financiero. Por entonces los futbolistas tenían dos sueldos, el oficial (A) y el extraoficial (B). En la práctica, los Lopera, Lendoiro o Gil siguieron haciéndolo en los 90, pero hasta la creación de las SAD era práctica común a todos los clubes sin excepción. Paulo Futre, estrella del Atlético a caballo entre los 80 y los 90, llegó a afirmar que cobraba en B el doble de lo que ganaba en A.

Únicamente aquellos clubes que en el trienio 1989-1992 hubiesen presentado balance positivo podían negarse a convertirse en SAD. Esto implicaba que seguían siendo propiedad de los socios, o, lo que es lo mismo, podían –y pueden- seguir siendo opacos con sus finanzas y no presentar cuentas de resultados a un consejo de administración. Fue el caso de CA Osasuna, Athletic de Bilbao, FC Barcelona y Real Madrid, aunque en el caso de los blancos, y según todos los indicios, gracias al beneplácito gubernamental, ya que sus cuentas habían sido debidamente maquilladas.

Para julio de 1992 todos los clubes de Primera y Segunda salvo los cuatro citados eran SAD. Otros, caso del Real Murcia o el CD Málaga, no lograron reunir los avales necesarios y fueron descendidos administrativamente. Así pues, las cuentas comenzaron a ser auditadas y los pagos en B eliminados. Y eso dio lugar a problemas. A enormes problemas. Las cuentas no salían. Por lo menos, las oficiales no salían. Además, los clubes tuvieron que invertir cientos de millones en modernizar sus estadios para sustituir las plazas de pie por los asientos, y todo ello con un contrato televisivo que aún era incipiente y estaba a años luz de lo que depararía el futuro.

Este complejo proceso tenía prevista su finalización en 1995. Ese año la LFP exigió a todos los clubes presentar un aval del 5% de su presupuesto para posibles deudas futuras antes del 1 de agosto de aquel año. La noticia bomba saltaba cuando al comenzar el mes se descubre que ni RC Celta de Vigo ni Sevilla FC han presentado dicho aval. La norma es clara. Si no se presenta el aval el club de turno descenderá administrativamente a Segunda División B.

El shock en Vigo y Sevilla es brutal, y contrasta con la alegría desmesurada en Albacete y Valladolid. Y es que esos dos conjuntos castellanos habían descendido a Segunda por deméritos deportivos, pero tras la resolución de la LFP se decide que se mantengan en Primera en detrimento de gallegos y andaluces.

El Sevilla FC reaccionó con rapidez y al día siguiente envió el aval correspondiente. En caso del RC Celta la respuesta fue mucho más tibia. Abdujeron desde Vigo que el aval estaba en camino, pero la realidad es que el tiempo pasó y nunca llegó. En todo caso, la LFP no admitió el aval sevillano al estar fuera de plazo. A la causa no ayudó la actitud de Luis Cuervas, presidente sevillista, que aquel 1 de agosto espetó a la prensa: “No hay cojones para echarnos”.

A partir de ahí el caos.

Sevilla FC y RC Celta decidieron acudir al Consejo Superior de Deportes (CSD) el cual remitió a los clubes a presentar una denuncia en los tribunales. La estrategia era clara, primero acudir a los tribunales deportivos y luego a los ordinarios, pero era una estrategia lenta. En menos de un mes tenía que empezar la temporada 1995/96 y la LFP decidió ponerse de lado y esperar a que las aguas volvieran a su cauce.

Llegó el día 3 y miles de personas salieron a las calles sevillanas y viguesas a mostrar su indignación. En la capital andaluza se cifraron en 30.000 los manifestantes y en la ciudad olívica en 25.000. Fue la mayor manifestación que hubo en Vigo en toda su historia. Ni en la Transición, ni en los duros 80 de la reconversión industrial de los astilleros, ni cuando el desastre ecológico del Prestige. Nunca tanta gente salió a la calle como para defender al RC Celta. Esto da para una pequeña reflexión acerca de la importancia social del fútbol, el poder de la masa y los estómagos agradecidos.

Donde caben 20, caben 22 - Odio Eterno Al Futbol Moderno
Portugueses dando las gracias al rey de los turcos

En esas movilizaciones llamaron la atención el apoyo de aficionados del Dépor y del Betis, rivales enconados de celtistas y sevillistas. El clamor popular era tal que Pérez Rubalcaba, por entonces ministro de la Presidencia, llegó a afirmar que “no se puede castigar a la gente”. El Gobierno, a través del CSD, presionó para la readmisión de los morosos, por lo que a la LFP no le quedaba más remedio que recular y readmitir a ambos equipos. Pero, y ahí el gran inconveniente, eso implicaba redescender a Real Valladolid y Albacete Balompié.

El mes de agosto transitaba y la solución parecía lejos de producirse. Para mayor dificultad ni Real Madrid ni FC Barcelona eran partidarios de una ‘Liga de 22’, dado que llevaban un par de temporadas reclamando la reducción de equipos a 18. En esas estamos cuando la LFP anuncia una sesión extraordinaria y televisada para el 16 de agosto.

Poco después del anuncio, las fuerzas vivas de cada ciudad se ponen en marcha. En Vigo, el Ayuntamiento fleta autobuses gratuitos para que unos 5.000 gallegos estén presentes en la sede de la LFP y hagan fuerza ante la salomónica decisión. En Sevilla se habla de “humillación” y de defender “un legado de abuelos y de padres” y se solicita a Renfe, a la Diputación de Sevilla y a la Junta de Andalucía que abonen billetes gratis para acudir a Madrid.

Con miles de fanáticos a las puertas, los presidentes de los clubes de Primera y Segunda acudieron a una reunión que se tornaba maratoniana. A pesar de que el apoyo a la ´Liga de 22´ no era mayoritario, la amenaza de indemnizaciones millonarias por parte de los patrocinadores y de las televisiones ante la suspensión judicial del inicio de la próxima Liga hicieron rectificar a la mayoría de los clubes, incluidos Real Madrid y FC Barcelona, a los que no les quedó más remedio que aceptar un trágala.

La imagen de la asamblea es la de Ramón Mendoza y Joan Gaspart, presidentes de Madrid y Barça, votando al unísono a favor de la ‘Liga de 22’ tras encogimiento de hombros y mueca de desagrado. Pero la actuación estelar fue la de José María Caneda, el histriónico presidente de la SD Compostela, que afirmaría en su intervención: “Los señores del Gobierno y del CSD son unos capullos. El Compostela no acepta, pero traga, pero que no nos la envaine Cortés Elvira (presidente del CSD) ni ningún capullo por ahí”. Destacada también la sentencia de la matriarca María Teresa Rivero, presidenta del Rayo Vallecano: “Como mujer y madre de familia numerosa votaré una solución que traiga paz, orden, bien social y entendimiento para lograr alegría y satisfacción para todos los patriotas”.

Por votación unánime la LFP decidió que los cuatro equipos (Sevilla FC, RC Celta, Real Valladolid y Albacete Balompié) se iban a mantener en Primera División. Fue una sesión dura y compleja en la que se creaba la ‘Liga de 22’. Esta cantidad de equipos se mantendría durante la temporada 1995-1996 y la 1996-1997, pero en esta última se decretó que descenderían un total de cuatro clubes de forma directa mientras que ascenderían dos. Para la 97/98 se volvería a la normalidad, pero desde entonces sería la Segunda División la que se quedaría con el sambenito de ‘Liga de 22’, a no ser que la propuesta del Dépor prospere y el sambenito se eleve a 24 conjuntos.

Por cierto, de los cuatro clubes implicados en aquella ‘Liga de 22’, tan sólo el Albacete Balompié descendería a Segunda al finalizar la temporada. Fue también la última temporada con límite de jugadores comunitarios y la primera en la que los jugadores llevaron un dorsal fijo en las camisetas. Y, para los niños y los coleccionistas, hubo que añadir un suplemento en el álbum de cromos de Panini para acomodar en el libro a los futbolistas de los 22 equipos.

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