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La autocanasta de Alocén (la autocanasta de Ferrándiz)

Imaginemos un baloncesto diferente. Un baloncesto donde no existe el triple. Baloncesto donde no consta el campo atrás. Un baloncesto donde no se halla el tiro libre adicional. Ese era el baloncesto en 1958, el año en el que se disputó la primera edición de la Copa de Europa y que acabó con triunfo de los soviéticos del ASK Riga en una final a doble partido ante los búlgaros del Akademik de Sofía. Así, en formato de ida y vuelta, se disputaron las cuatro primeras finales europeas hasta que en 1962 la autocanasta de Alocén sacudió los cimientos del baloncesto FIBA.

En el baloncesto existen dos realidades yuxtapuestas. La primera es la NBA, donde están los mejores jugadores del planeta y en cuyas reglas han primado siempre la movilidad, el espectáculo y el juego ofensivo. La segunda realidad es la del baloncesto FIBA que desde Europa regula ‘grosso modo’ un juego más técnico y táctico. Los europeos siempre se han jactado de guardar las esencias y la tradición de todos los deportes, pero no han podido hacerlo jamás con el baloncesto, que es, junto al fútbol, el deporte con mayor aceptación a nivel mundial. Dado que el basket fue inventado por los norteamericanos, desde esta parte del globo nunca hemos conseguido concretar una forma efectiva de poder.

En el deporte estadounidense no existe el empate. Sólo la victoria y la derrota. Prima la cultura del vencedor. El deporte en Europa, influenciado por la Inglaterra victoriana y la Grecia clásica, fomenta la competitividad entre caballeros. Además de la victoria, incorporó el empate. El baloncesto hizo el camino inverso al del resto de deportes y viajó de Estados Unidos para llegar a Europa. Lo hizo con su propia idiosincrasia, pero Europa lo reformuló a su imagen y semejanza.

Así pues, mientras que en Estados Unidos una eliminatoria entre dos equipos se dilucide en número de victorias siempre impares (al mejor de 3, 5 ó 7) en el baloncesto FIBA se implantaron las eliminatorias de ida y vuelta con la posibilidad de desempate en caso de igualdad. El problema es que, a diferencia del siempre presente fútbol, en el baloncesto las anotaciones son numerosas por lo que aumentaba considerablemente la complejidad de la ecuación. Se sumaban los puntos conseguidos en ambos partidos para obtener el resultado final. Y por tanto era muy importante ganar por muchos puntos de diferencia. O no perder por abultado tanteo.

Para la temporada 1961/62 la FIBA introdujo una novedad. Eliminaba los empates en las eliminatorias de ida y vuelta e introducía el tiempo suplementario. En caso de igualada al final de los 40 minutos se jugarían otros cinco de prórroga hasta que hubiese un vencedor.

Se suponía que se solucionaba el problema. Estaban muy equivocados.

El enero de 1962 el Ignis Varese y el Real Madrid disputaban los octavos de final de la Copa de Europa. Por aquel entonces las diferencias entre jugar en casa y fuera eran abismales. El público invadía la cancha constantemente, había injerencias en el reloj de posesión por parte de los miembros de la mesa arbitral, los colegiados solían ser caseros y además la ausencia de ojeadores y vídeos hacía que hubiese un frecuente desconocimiento del rival. Lo normal es que el equipo casero ganara en su pabellón, por lo que era fundamental salvar los muebles cuando se jugaba fuera para poder remontar en casa.

Esa era la idea del Real Madrid que entonces entrenaba Pedro Ferrándiz. Había llegado al banquillo del conjunto blanco en 1959 y se mantendría en el cargo hasta 1975 sumando 12 ligas y 4 Copas de Europa en su palmarés. Hombre agrio, mal encarado, pero inteligentísimo y aplicado, el día que dejó los banquillos lo hizo porque según indicó se había cansado de ganar. Ya anciano, es reacio a dedicar elogios y sólo se anima con aquellos entrenadores o jugadores que le puedan rebatir su palmarés, caso de Lolo Sainz o Felipe Reyes.

Pedro Ferrándiz, un pionero con ideas revolucionarisas. Historia ...
Ferrándiz. Genio y figura

Pero en 1962 el Real Madrid aun no era campeón de nada y viajó a Italia con múltiples precauciones. Sorpresivamente los madrileños fueron por delante durante toda la primera mitad con diferencias que rozaban los 10 puntos, liderados por Emiliano Rodríguez y Wayne Hightower. Sin embargo, en la segunda parte los italianos fueron reduciendo progresivamente la diferencia hasta que a falta de dos segundos para el final el Varese empató el partido (80-80) y todo parecía indicar que el encuentro se decidiría en la prórroga.

La posesión era para el Real Madrid que aún tendría una última oportunidad para ganar el partido. Ferrándiz pidió tiempo muerto y diseñó la jugada final. Una jugada que cambiaría los cimientos del baloncesto FIBA. El Madrid había perdido por acumulación de faltas a Carlos Sevillano y a Stanley Morrison, su pívot titular, en la jugada del empate del Varese, y Ferrándiz sabía que si el partido se iba a la prórroga los italianos ganarían el choque con facilidad.

Sólo podía aspirar a cambiar el sino del partido con esa jugada final. Con esos dos segundos de inspiración. Antes de volver a la pista, Ferrándiz cogió a Alocén del brazo y le susurró al oído; “ya sabes lo que tienes que hacer”.

Lluis Cortés sacó de fondo y pasó el balón a Lorenzo Alocén, habitual pívot suplente del Real Madrid. Alocén recibió la bola debajo de su propio aro y ante la sorpresa general lanzó a tabla y encestó en su propia canasta. Hizo una autocanasta. El Varese ganaba el partido por 82-80 con una autocanasta de un jugador del Real Madrid.

Fueron los dos únicos puntos de Alocén en todo el partido. Y los anotó a favor del Varese.

El público de Varese empezó a saltar de júbilo y a reírse del infeliz de Alocén. Pero pasados los primeros segundos de estupor los jugadores y la afición del Varese comprendieron lo que había sucedido. El primero en darse cuenta fue el varesino Lajos Toth que corrió junto a los árbitros para pedir la anulación de la canasta. El público se dio cuenta de la treta y empezaron a volar mecheros, cajas de cerillas con monedas en su interior y botellas sobre la pista. Pero a pesar de la indignación no había motivo alguno para anularla. Nada decía el reglamento sobre las autocanastas.

Pedro Ferrándiz sabía que una desventaja de dos puntos era remontable en el encuentro de vuelta. Sin Sevillano y sin Morrison, con Hightower tocado y con Lolo Saínz y Lluís Cortés con cuatro faltas personales, Ferrándiz lo tenía claro y cristalino. Mejor perder de 2 que ir a una prórroga y perder de 10 o de 15. Le dijo a Lorenzo Alocén que convirtiese una autocanasta a sabiendas de la derrota porque estaba seguro que en el Frontón Fiesta Alegre de Madrid la remontada era factible.

Según contó más tarde Alocén la jugada ya había sido ideada tiempo atrás. Ferrándiz había inculcado a sus muchachos que en caso de marcador ajustado siempre era mejor perder el partido de ida por una canasta que verse obligados a jugar una prórroga. Hubo una representación teatral digna de Buster Keaton. Ferrándiz se llevaba las manos a la cabeza y los compañeros de Alocén le gritaban y le zarandeaban mientras los rivales no daban crédito a lo sucedido y el público jaleaba con sorna al madridista con gritos de ¡Lorenzini!

Los días siguientes hubo un acalorado debate sobre lo sucedido pero, ante tanta nebulosidad, todo sucedió como Ferrándiz había previsto. En el partido de vuelta el Real Madrid pasó por encima del Varese (83-62) y se clasificó para los cuartos de final de la Copa de Europa de 1962.

Inmediatamente la FIBA convocó una reunión extraordinaria. Se homologó el resultado de la eliminatoria pero se cambió el reglamento con efecto inmediato. Se prohibieron las autocanastas deliberadas bajo multa de 1.000 francos suizos y eliminación del equipo infractor de la competición. Por otro lado se volvió a permitir el empate en las eliminatorias a doble partido descartando la opción de la prórroga. Aquel año se jugaría la primera final de Copa de Europa a partido único con victoria del Dinamo de Tiblisi (90-83) ante el Real Madrid de Pedro Ferrándiz y Carlos Alocén.

Ferrándiz seguiría impartiendo cátedra y a día de hoy es uno de los dos únicos entrenadores españoles (el otro es Díaz Miguel) que forman parte del Hall of Fame del baloncesto. Lorenzo Alocén acabaría siendo pieza importante en la selección española tras dejar el Madrid y convertirse en estrella en Zaragoza y en el desaparecido Picadero de Barcelona, que jugaba sus partidos en las que hoy son las instalaciones polideportivas del Palau Blaugrana del FC Barcelona.

Las eliminatorias europeas aún seguirían jugándose a doble partido hasta bien entrado el siglo XXI.

“Aproveché un resquicio legal. Como decimos en España, hecha la ley, hecha la trampa”. Pedro Ferrándiz.

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La Liga del asterisco

Pues al final hay Liga. A la hora de escribir este artículo apenas faltarán seis días para que se inicie el primer partido de una de las once jornadas que se van a comprimir en apenas 40 días. Será la Liga del asterisco, porque, sea el que sea el campeón, siempre habrá un borrón en el historial. Al menos en el palmarés no habrá un vacío, suceso inaudito y mayoritario en buena parte de las competiciones deportivas, y que nos retrotraen a tiempos de guerra, miseria y hambre en los que el ser humano tenía que hacer lo indecible sólo para poder comer, dormir y vestirse.

La Liga del asterisco será la Liga de la nueva normalidad. Un fútbol distinto. Un fútbol para ciegos, donde el sonido recobra diversos matices. Los gritos de rabia, el golpeo de balón o el crujir de los postes. También las indicaciones de los técnicos. Se trata de un fútbol envuelto en papel de burbuja, frágil, pero agradable al tacto. Extraño, propio a estos tiempos extraños. Con los suplentes fuera del banco, expectantes en las trincheras, cubriéndose la cara con la mascarilla a la espera de que el capitán del batallón los mande al frente a lidiar en la guerra bacteriológica. La ausencia de los saludos chocando las manos o de los abrazos al celebrar un gol serán jueces de un fútbol con sabor a cloroformo.

Así es porque así tiene que ser. Después de todo simplemente es fútbol, lo más importante de lo menos importante. Y aun siendo extraño e insólito, seguirá habiendo pasión, disparos implacables, carreras meteóricas, goles imposibles, tensión en las áreas y pases milimétricos.

La Bundesliga nos ha dado varias pistas de cómo va a ser esta Liga tan distinta. El factor campo dejará de tener importancia. En Alemania sólo hubo tres victorias locales en las tres primeras jornadas tras el coronavirus. 3 triunfos caseros en 27 partidos. No existe ni el local ni el visitante. No existe el duodécimo hombre, ni el miedo escénico, ni los pitos ni los abucheos.

Tampoco los gritos racistas.

El fútbol fue el primer deporte que entendió que tener aficionados fieles era un filón deportivo y económico. Desde una posición salvaje a una acomodada, el número de seguidores ha ido creciendo de forma ininterrumpida durante siglo y medio. El factor campo hace décadas que dejó de ser trascendental, pero el templo aún conserva buena parte de su mística y de su importancia. En la Liga de la temporada pasada, FC Barcelona (59%) y Real Madrid (55%) sacaron más puntos al calor de su afición que en campo ajeno, y eso a pesar de que las dos transatlánticos del fútbol español hace mucho tiempo que vitorean con la misma eficacia en cualquier ruedo.

No era así cuando la Liga se puso en marcha en 1929. Había campos más anchos y otros más estrechos y había notable diferencia entre jugar entre el barro y las charcas del norte y los campos pelados y el polvo del sur. Aún en tan tardía fecha como 1960 los equipos de casa ganaban cerca del 70% de los partidos. Pero no sólo era el estado del césped. Por entonces los aficionados estaban encima de los límites del campo, saltaban a menudo al terreno de juego cuando había una jugada conflictiva y la masa se presentaba de pie y amenazante asustando a rivales y a colegiados. Y peor aún. Había que viajar. Hoy los traslados de ciudad en ciudad se han atenuado. A mediados del siglo pasado ir de Coruña a Barcelona o de Oviedo a Granada era una odisea de un par de días de suplicio, entre brinques de autocar, ausencia de entrenamiento y noches en vela en vagones de tren.

Ante la deserción del factor campo, es la hora de los campeones del mundo de los entrenamientos. Jugadores que hasta ahora nunca habían existido. Es el momento de genios desconocidos que no soportan la presión. La hora de jóvenes canteranos o imberbes fichajes que no acusaron gritos ni miradas de acoso.

En esta Liga del asterisco es de esperar que el sheriff gane y el forajido pierda. Los intangibles, la garra o la pillería desaparecen. En la Liga del asterisco la calidad marcará más que nunca las diferencias. Que un campo sea vertical y que haya poca distancia entre las gradas y el césped es irrelevante. Desaparecen los partidos importantes en los que cuando el cansancio llega toque el correr por vergüenza torera. No. No habrá excitación, solo silencio. La fuerza inspiradora que hace inmune al cansancio se sustituirá por la frustración.

La calidad brotará sin cortapisas. Amanecerá el futbolista vanidoso, el que no necesita valeriana para jugar sin estrés. Será difícil tomar conciencia de lo que se está jugando. Desaparecerán de la escena los futbolistas que apenas entrenan pero que salen al ruedo como toros, con la adrenalina hasta los topes al escuchar el rugido del público. Habrá más goles, más boquetes en el centro del campo fruto del cansancio y más errores defensivos al bajar la intensidad y la concentración. Será más divertido para los que hagamos ‘sillón-ball’.

Pero la ausencia de público no solo afectará a los jugadores. La nueva normalidad inquietará sobremanera a los árbitros. En la Bundesliga se ha comprobado que el número de infracciones se ha reducido notablemente. La ausencia de exaltación y la rebaja de revoluciones perturban por igual a los rugidos del público como a la intensidad de los futbolistas. El árbitro no saltará asustado por los truenos y aullidos del respetable. Y poco o nada podremos decir los periodistas sobre si tal o cual decisión ha estado influenciada por el ambiente.

En el momento de ponerme a escribir aún se estaba debatiendo si incorporar a los estadios aficionados virtuales o de si permitir el acceso a la carne y al hueso aunque con aforo limitado. Lo que si se ha aprobado es un plan de cánticos enlatados con una sesión ‘remember’ con los ánimos e ínfulas más entonados en cada estadio. Además de rellenar el silencio, el plan de gradas enlatadas permitirá remediar la ansiedad de los clubes ante la posibilidad de que el aficionado conozca los secretos de entrenadores y jugadores. Fue a mediados del siglo pasado cuando los productores televisivos idearon un conjunto de risas enlatadas para insertar en las series y así hacer más llevadera la soledad de quien ve la televisión en la penumbra de la noche o del invierno.

En definitiva, la Liga del asterisco será una Liga con menos disputas, menos ritmo, más creatividad, más estrategia y con una fuerte dosis de fortaleza mental. Será también un fútbol con cinco cambios. Para los que vimos un fútbol con límite de extranjeros, porteros amasando el balón para perder tiempo y rectángulos de juego de los que podrían salir unos cuantos kilos de patatas, se nos antojan demasiados. Pero para los que en vez de escudriñar el espejo para tapar las primeras canas se plantan delante del cristal recordando tiempos mejores, será el acabose. Pero es lo que hay en unos tiempos de miedo y precaución. Mucha precaución. Habrá que confiar que lo de los cinco cambios sea una de esas cosas de la nueva normalidad que dejen de existir cuando vuelva la normalidad.

¿Y por qué el fútbol sí y los demás no? La Liga mueve tal cantidad ingente de dinero, que la prosperidad del fútbol permite que de sus beneficios se detraigan cantidades significativas para el resto de federaciones. Pero es una respuesta políticamente incorrecta. La Liga tuvo que pagar un impuesto casi revolucionario al Consejo Superior de Deportes (CSD) y a la Federación Española de Fútbol (RFEF) para ponerse en marcha.

Pero la controversia es evidente. Un país como España envía a los Juegos Olímpicos unos 300 atletas y a eso habría que añadir unos 5.000 deportistas de élite nacional o internacional. No son muchos, y parecen aún menos, si tenemos en cuenta que entre Primera y Segunda División del fútbol hay alrededor de 1.000 futbolistas. O lo que es lo mismo. 1.000 tests diarios. Solo se ha salvado el baloncesto, con fuerte enraizamiento social en ciudades pequeñas, muchas de ellas sin fútbol de élite, y por el efecto arrastre de Real Madrid y FC Barcelona con sendos equipos en la ACB. Y por eso vuelve la Liga y la ACB y no así el voleibol, el hockey, el balonmano, o la Liga femenina, ésta última con fuerte crecimiento y patrocinio en el último lustro, pero sin arraigo social capaz de mover los cimientos de una comunidad.

Estos números refuerzan los clichés anti fútbol, los cuales tienen su verdad, pero muchos no son más que eso, clichés. Da la impresión de que el fútbol lo mueve todo, y a su rebufo esa suerte de hermano tonto y feo, el baloncesto. Pero urge intentar comprender la importancia de la Liga como fenómeno económico y social, como escape psicológico y como retorno a la normalidad.

Como ya tengo expresado en otras ocasiones, el fútbol fue (y a pesar de Gran Bretaña) una pata trascendental para la reconstrucción de Europa tras la II Guerra Mundial. Una Europa donde no había euro, ni becas Erasmus, ni vuelos de bajo coste ni permeabilidad de fronteras. Una Europa constreñida en la que había monarquías y repúblicas, democracias y dictaduras, capitalistas y comunistas y también católicos, protestantes, ortodoxos y musulmanes.

Digo esto para defender los efectos terapeutas del fútbol. Ahora que hay barra libre de test y de mascarillas (ya saben, antes no, ahora sí, antes de usar y tirar ahora reutilizables porque contaminan) la indignación se ha atenuado, pero hace tan sólo unas semanas era un clamor popular porque los dichosos futbolistas tenían acceso diario a los tests. Era inquietante, desde luego, pero también lo era que las grandes empresas españolas (Inditex, Seat, BBVA o Mercadona) los tuviesen, o que laboratorios privados hiciesen su agosto a cuenta del pánico general, pero, por ellos, nadie se rasga las vestiduras.

Sólo trasciende si hablamos de fútbol. Primero porque fue el primer deporte que se profesionalizó, generando la inquina de las otras disciplinas. Después, porque fue capaz de generar ingentes sumas de dinero. Y eso generó envidia. La envidia de ver como con algo tan primigenio y al alcance de cualquier persona unos pocos se hacen de oro. Y en segundo lugar, porque en la España cainita en la que vivimos aún perduran los rescoldos del Franquismo que eliminó de nuestro subconsciente la simbiosis entre deporte y cultura y convirtió al fútbol en el tonto útil de la dictadura.

Los anti fútbol ponen como ejemplo la racionalidad de Macron que ya hace semanas decidió cancelar la competición. Pero en Francia el fútbol es algo menor. En Europa hay cinco grandes Ligas de fútbol, en la que la quinta, y sin discusión, es la francesa. Las otras han bajado o subido posiciones en función de los designios del dinero y los acertijos de la historia, pero de los cinco grandes países es en Francia donde el fútbol es un pato cojo. Por eso Macron se bajó pronto del carro y dijo que en el país galo ya no habría más patadas a la pelota.

El fútbol en Francia es provinciano, banal, cosa de ciudades pequeñas o industriales. El fútbol pasa de largo por Paris por mucho que se empeñe el jeque, que heredó una idea nunca acertada de Canal + allá a inicios de los 90. Y no en todas las pequeñas urbes de provincias triunfa el fútbol, porque en muchas de ellas está arrinconado por el rugby. En Francia el deporte nacional es el ciclismo. El Tour es glamour, orgullo y la mejor guía turística existente. Es una cuestión de Estado, y por eso Macron se apresuró pronto en asegurarlo. El Tour se tiene que celebrar por lo civil o por lo criminal.

Al fútbol en Francia le ha sucedido lo mismo que al baloncesto a nivel europeo; que no es relevante. Si bien la ACB se retoma en España, no ha sucedido lo mismo con la Euroliga. Un sin sentido para algunos. Una lógica geopolítica aplastante para muchos. Ni en Inglaterra, ni en Alemania ni en Francia, el baloncesto es esencial. En Italia hace unos cuantos lustros que está sumido en un fuerte retroceso, por  lo que de los cinco grandes países occidentales tan sólo en España es ‘prima dona’. En el momento en el que Rusia (CSKA Moscú) expresó su temor por volver a la competición, los fanáticos, pero pequeños, países del Báltico y del Mediterráneo que luchaban por el retorno de la Euroliga, tuvieron que claudicar.

Así pues celebremos la vuelta del fútbol. Como dijo Winston Churchill tras la batalla de El Alamein, la primera en la que los británicos salieron victoriosos tras cerca de tres años de contienda, esto no es el fin, ni siquiera es el principio del fin, pero sí es el fin del principio.

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El aficionado al fútbol

¿Habrá fútbol o no habrá fútbol? Pregunta sin resolver. Calendarios que practican la trashumancia. Dirigentes que hacen equilibrismo económico. El fútbol volver, volverá. Pero volverá a puerta cerrada. Sin aficionados. Con la canícula acechando. Futbolistas encarcelados en un gran hermano del balón a los que juzgaremos como césares con el poder de un dedo de nuestra mano.

Eche o que hai.

El fútbol a puerta cerrada es como un descafeinado o como una cerveza sin alcohol. O parafraseando a Jorge Valdano es como hacer el amor con un árbol. Cuando uno ve al Brasil del 70 admira su juego, pero también admira el sol y las sombras del campo, el ambiente, el color y el calor mexicano. Cuando uno ve a la España del 2010 no puede más que palidecer ante la imagen de sillones de plásticos vacíos, negras sombras invernales y un sonido agudo e insoportable llamado vuvuzela. No es lo mismo. Como no es lo mismo una narración viva y veraz con el sonido ambiente de fondo en contraposición a que un atajo de periodistas te cuenten lo mismo que tú estás viendo desde el salón de tu casa. No es lo mismo una tribuna de prensa que el plató televisivo de una nave a las afueras de Madrid.

El sonido de una gran multitud futbolera aullando su indignación y su placer no tiene parangón. Lo que estimula ese sonido es la circulación continua de la pelota. En los deportes estadounidenses, y en buena parte de los deportes de equipo, las acciones son episódicas (o por lo menos lo eran antes del VAR). En el fútbol la acción sólo se ve parada o bien por las faltas o bien cuando el balón sale del terreno de juego. Y en los partidos importantes estos dos sucesos no hacen más que aumentar el conflicto.

El marco es simple y los cambios se observan como fogonazos a ojos del aficionado. Las jugadas se suceden. Los jugadores tienen capacidad para improvisar porque las reglas son mínimas. Si a eso añadimos los golpes, los violentos disparos que se realizan a puerta o los remates de cabeza, el resultado es fascinante. No es sólo vista. Es oído. Tenemos el sonido del balón, los jadeos fatigados, los murmullos y los gritos de los entrenadores. Quizás eso haga comprender porque un partido de fútbol es tan especial.

A veces se argumenta que el fútbol es agresivo. Los insultos, las peleas y hasta ciertas dosis de salvajismo. Los hinchas del fútbol nunca se van a parecer a los aficionados al tenis y mucho menos a los visitantes de un hipódromo. Pero tampoco es un lugar de cabezas rapadas o de sórdidos procesos judiciales. Ni es donde se juntan los borrachos del pueblo, los desgraciados que pegan a sus mujeres o los descerebrados que apenas saben sumar y restar.

Lo que sucede en el terreno de juego influye en el comportamiento del aficionado. Y ahí debemos incluir el enfado, el malhumor o la angustia. Dicen que todos los seres humanos somos capaces de asesinar en las circunstancias determinadas. Pues ocurre lo mismo en un estadio de fútbol. Todos formamos parte de la masa. El vínculo de los aficionados con su equipo es tan estrecho que reaccionan ante un lance del partido como si de una descarga eléctrica se tratase. Según el escritor Arthur Hopcraft el fútbol afecta a los aficionados del mismo modo que lo hace el alcohol; nos que induzca al ser humano a un comportamiento impropio de su carácter, lo que hace es liberarlo de la malla de control de su naturaleza interna.

Las multitudes no son monolitos idénticos, sino que se componen de distintos seres. La masa está formada por personalidades diversas. A menudo cuajan, pero según el transcurso del partido cada uno estallará en función de sus gustos y de sus personalidades. La grandeza del juego es que atrae al que se exaspera y explota en cada acción y al que ve tranquilamente el choque como si de una obra de teatro se tratase. Y las dos opciones son igualmente válidas.

Por cada aficionado que suelta los pies y los puños hay miles a los que únicamente se les descontrola la lengua.

Claro que hay gente que destroza autobuses o raja asientos. Pero como quien rompe escaparates, quema cajeros de banca o comete algún hurto en un centro comercial. Son todos pasatiempos habituales y que no tienen relación alguna con el fútbol. De hecho, ya ha quedado bastante claro que los actos de vandalismo en torno a un estadio no tienen relación con ganar, perder o empatar. Es una especie de liga de hostias entre aficiones que no tiene que ver con el partido ni con el equipo.

Resulta difícil discernir los motivos por los cuales un adolescente decente, por muy duro que haya sido su barrio, acabe dando patadas a diestro y siniestro y destrozando todo aquello que esté a su paso. En la actualidad las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado están mal vistos en todas partes. La vida en los barrios periféricos es difícil, se necesita compresión, decimos. Pero nos gusta contemplar la violencia. Lo hacemos en los libros, en el cine o en los videojuegos. Cuando la violencia surge en un estadio, todos giramos la vista intrigados e interesados. Y los medios responden con igual interés que placer.

En todo caso hoy el conflicto es residual. Antes abundaban las zonas baratas de un estadio en las que se situaban hombres rudos acostumbrados a trabajar con las manos, con la fuerza y de exuberante esfuerzo físico. Hoy los estadios tienen cómodas butacas y los obreros han sido sustituidos por trabajadores y trabajadoras de servicios, cuyo contacto con el físico se adscribe a su abono del gimnasio. El fútbol es más tranquilo porque es cultural y social. Es reflejo de su tiempo.

Pero nos estamos desviando del tema principal; el aficionado. La esencia del fútbol es el contacto. Y sin aficionados no hay contacto ¿Partidos a puerta cerrada? El clamor que acompaña a un regate es totalmente distinto al de una entrada a destiempo. Pero sin clamor no hay fútbol. Cada acción recibe del público la respuesta que le determina la naturaleza de la jugada. Sea un insulto, un aplauso o una admiración. Pero exige respuesta.

El silencio húmedo de un estadio de fútbol es aterrador, dijo Nick Hornby.

Las multitudes controlan su furia emocional a través del humor. Desde siempre se ha mentado a la madre del árbitro o se ha hablado de su ceguera. Era un tema agresivo, espontáneo. Palabras malsonantes dedicadas al portero. Lindezas de tinte homófobo dedicadas a estrellas melenudas. Bromas crueles y sutiles propias de su tiempo. Lo que antes era un clamor de la masa ante un futbolista negro, ahora pasa a ser el reducto del insulto de un puñado.

Si todos los jugadores se comportaran con decoro supongo que los aficionados también lo harían. Pero las triquiñuelas y la dureza jamás se alejarán del fútbol. Si no, no sería fútbol. El fútbol es la vida. No gana el más fuerte, gana el más listo. Por eso es el gran deporte de masas. El más sencillo, el más barato, el más simple, y el deporte de equipo donde hay más probabilidades de que gane el inferior. ¿Si los jugadores se comportaran caballerosamente también lo harían los aficionados? Suena imposible en un mundo competitivo en el que se lucha por los trofeos, pero también por los salarios más altos, las multitudes más numerosas y el chovinismo, sea local o nacional, impera en cada polo de opinión.

Para un club de fútbol sus aficionados son un activo, aunque están siendo ignorados por la tiranía de la televisión de pago. La mayoría de los clubes han mejorado sus instalaciones para acoger a sus seguidores, pero los ignoran a cambio de asociarlos a la idea de un gran club mundial. Se crea la ficción de que tienen el honor de pertenecer a un equipo que es seguido a través de los cinco continentes a cambio del pago de la mercadotecnia.

Para ese niño, o quizás para ese adulto con insaciable apetito de fútbol, la implicación con su equipo tiene que ver con una especie de deuda. Vale la pena recordar la escasa diferencia que hay entre economizar y derrochar entre las personas que constituyen el grueso de las multitudes futboleras. Esto podía llevar a comprender a los clubes de élite porque hay tanta decepción resentida y porque los de aquí cada vez dicen más aquello de “yo soy de tal equipo pero cada vez menos” mientras los de allá aumentan el número de aficionados del club sin ni siquiera haber pisado nunca el estadio.

El aficionado al fútbol no es solo un espectador. Su sudor y sus nervios están dedicados a su equipo, y el equipo puede enriquecer o empobrecer su alma. Los corrillos en la puerta de entrada de los jugadores antes de los partidos o la gente que espera hasta el final para vitorear a sus ídolos. Eso también es fútbol.

O era fútbol. Al final la historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. De lo analógico a lo digital.

“La rutina se olvida, solo existe el templo. El aficionado, el hincha, empuja la pelota. Una vez acaba el domingo el hincha es melancólico como un miércoles después de semana Santa (…) El estadio del Rey Fahd, en Arabia Saudí, tiene palco de mármol y oro y tribunas alfombradas, pero no tiene memoria ni gran cosa que decir.” Eduardo Galeano en ‘El fútbol a sol y sombra’.

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Cuando en Inglaterra estaba prohibido el fútbol femenino

Dado que el fútbol fue parido en Gran Bretaña es más que lógico que fuese en Inglaterra donde las mujeres diesen las primeras patadas al balón. Si bien es cierto que el deporte, primero en su vertiente amateur y más adelante en la profesional, fue concebido sin ningún tipo de connotación sexual, se daba por lógico que era una práctica pensada para los hombres. Mas eso no fue impedimento para que las mujeres jugasen al fútbol.

Y de hecho lo hicieron sin dilación desde mediados del siglo XIX. Hay constancia de decenas de partidos por toda Inglaterra y en tan temprana fecha como 1890 hay registros de encuentros en los que se superaban los 10.000 espectadores, cifras que rivalizan con las acometidas por los hombres en aquel momento. Por supuesto, y tal y como ocurre en el presente, había firmes detractores de la presencia de la mujer en un campo de fútbol y presagiaban que era una moda pasajera que no duraría mucho en el tiempo.

Y sin embargo en 1921 la Football Asociation (FA) tomo la decisión salomónica de prohibir el fútbol femenino en Inglaterra. La medida estuvo en vigor durante medio siglo hasta que fue abolida en 1971. ¿Por qué?

El cambio de paradigma tuvo lugar en 1914. En ese momento las mujeres inglesas lideradas por Emmeline Pankhurst están en el momento álgido en la lucha por el sufragio femenino. Pero a pesar de sus loables intentos estaban muy lejos de conseguir sus objetivos. Muchas de ellas eran tildadas de lesbianas, otras tantas fueron reprobadas por sus padres o maridos y unas cuantas de ellas jugaban al fútbol con asiduidad. Una mujer estaba diseñada para tener hijos y recibir un golpe en una manifestación o un balonazo durante un partido podría dejarlas tocadas por perpetuidad. El ‘British Medical Journal’ sentenciaba que «de ninguna manera podemos aprobar la exposición imprudente a la violencia de los órganos femeninos, que en la experiencia común ha llevado a las mujeres a protegerse de cualquier forma».

Pero en agosto de 1914 la I Guerra Mundial detonó y el mundo cambió.

Con cientos de miles de hombres yendo a los campos de batalla las mujeres ocuparon sus lugares en las fábricas. De pronto, las mujeres pasaron de la cocina a la oficina y de sonreír detrás de un mostrador a ensamblar las piezas que componen un obús. Pero al mismo tiempo que las mujeres se convirtieron en las máquinas que hacían funcionar a la industria bélica, también se convirtieron en las máquinas que hacían funcionar a la industria del ocio. Aquellos chicos que se fueron a morir a los campos de Francia no volverían a jugar al fútbol. Y alguien tendría que hacerlo.

La I Guerra Mundial tuvo el imprevisto efecto de empoderar a las mujeres inglesas. Al igual que se incorporaron a las cadenas de montaje y empezaron a llevar a cabo trabajos que se consideraban ´peligrosos´ para el sexo débil, no tardaron en formar equipos de fútbol y jugar entre ellas en los descansos del trabajo.

De repente las fábricas comenzaron a organizarse y a fundar sus propios clubes de fútbol, los cuales rápidamente formaron un sucedáneo de liga. El más destacado era el Kerr’s Ladies FC, de la fábrica de municiones del mismo nombre situado en Preston, una de esas ciudades que fueron motor de la Revolución Industrial y que por entonces era uno de los lugares más respetados en el mundillo futbolístico. El Kerr’s Ladies FC ganó poco a poco cientos de seguidores, especialmente cada vez que se enfrentaba a un equipo masculino y lo derrotaba.

Su estrella era Lily Parr, una brava y enérgica delantera con gran toque de balón. Se trataba de una chica que empezó a jugar y a trabajar con apenas 14 años y que se estima que anotó más de 1.000 goles en 30 años de carrera. Se dice que un guardameta le dijo que una mujer sería incapaz de meterle un gol desde lejos. Parr aceptó el reto a lo Oliver y Benji, disparó y metió un gol con tal potencia que acabó partiendo el brazo del pobre hombre en su intento de atajar el balón. Obviamente es una leyenda, pero contribuyó al mito de Parr y a empoderar la lucha de aquellas mujeres futbolistas.

El Kerr’s Ladies FC gozó del favor de los dirigentes más retrógrados porque durante los cuatro años que duró la I Guerra Mundial donó el dinero recaudado en todos sus partidos a beneficio de las víctimas de la contienda. Disputaron encuentros por toda Gran Bretaña y lograron juntar hasta 600 libras en un partido, que en los parámetros actuales se situarían en torno al millón de euros.

Poco después del fin de las hostilidades, en marzo de 1919, el Kerr’s Ladies FC jugó un encuentro ante un combinado francés que reunió a 35.000 espectadores. Al año siguiente inició una gira por toda Europa para recaudar dinero para los soldados mutilados. En 1920 el Kerr’ Ladies FC congregó a 53.000 espectadores en el Goodison Park de Liverpool ante el Saint Helen’s Ladies. Las chicas de la fábrica de Kerr disputaron 67 partidos en doce meses y se vieron forzadas a rechazar más de 120 invitaciones. Era 1920, y por entonces había más de 150 equipos femeninos federados en Inglaterra.

El fútbol femenino estaba en su apogeo, pero de repente todo iba a volver a cambiar. Las mujeres habían conseguido ya el derecho al voto, pero la sociedad aún no estaba preparada para un cambio tan brusco. Los hombres que consiguieron volver del infierno pretendían regresar a sus vidas de 1914. Esperaban retornar a sus trabajos y que las mujeres volviesen a sus quehaceres domésticos. Aquellos hombres habían dado los mejores años de su vida y no estaban dispuestos a perder lo que según ellos habían defendido en las trincheras francesas.

De un día para otro se consideró a las mujeres como incapacitadas para jugar al fútbol. Los médicos (y las médicas) volvieron a alertar de los peligros del fútbol para las mujeres, de como un golpe en el lugar inadecuado podía incapacitar a una mujer para tener hijos. Los expertos alertaban de la pérdida de población de la nación y de cómo la mujer tenía que dotar de vástagos al país para recuperar sus cifras de natalidad. La doctora y tenista Eustace Miles llegó a afirmar: «Las patadas son un movimiento brusco para las mujeres y la presión es severa. La complexión física de una mujer tiende a ser más redonda que la del hombre, pero el fútbol obliga a movimientos menos redondos y más angulares”.

La campaña fue cruenta hasta que el 5 de diciembre de 1921 la FA ordenó a los clubes pertenecientes a la asociación que no permitieran el uso de los recintos para los partidos entre mujeres. Así pues, las féminas no podrían usar ningún estadio profesional bajo las excusas ya conocidas sobre los peligros físicos. Pero había otro motivo velado. Se acusaba a las mujeres de ser incapaces de ver el beneficio económico del fútbol, ya que únicamente sabían recaudar sumas de dinero con fines benéficos.

Aun así las mujeres podrían seguir jugando con tal de que encontrasen un rectángulo habilitado para la práctica del fútbol. Pero la FA fue más lejos todavía. Prohibió que un colegiado o juez de línea federado pudiese arbitrar en un partido de fútbol femenino. Las mujeres protestaron, evidentemente, pero ni era el momento ni el lugar. Ningún partido político, sindicato o medio de comunicación consideró de relevancia sus protestas. «El órgano controlador de la FA lleva cientos de años de retraso y sus acciones son simples prejuicios de género. Ninguna de nosotras ha sufrido ningún efecto dañino debido a la práctica del fútbol», declaraba la capitana del Plymouth Ladies, en una de las escasas entrevistas a las que las mujeres obtuvieron acceso.

La gran mayoría de clubes femeninos desaparecieron de un día para otro. El Kerr’s Ladies FC fue el único que aguantó con la nueva denominación Preston Ladies FC. Jugaron numerosos partidos en Canadá y Estados Unidos, muchos de ellos arbitrados por Tom Finney, internacional inglés nacido en Preston y que siempre apoyó la causa. El equipo se disolvió en 1965 en medio de enormes medidas de presión de la FA, la cual consiguió cancelar muchos de sus encuentros.

Hubo que esperar a 1969 para que en Inglaterra se formara la Asociación Femenina de Fútbol aprovechando el éxito de los chicos en el Mundial celebrado tres años antes. Y en 1971 la FA permitió medio siglo después que las mujeres pudiesen jugar en los estadios de los equipos profesionales.

Habría que esperar aún un poco más, hasta 1984, para que se celebrase la primera Eurocopa femenina, a 1991 para el primer Mundial femenino y a 2002, ayer como quien dice, para el primer torneo europeo de clubes femenino.

Y aún así, no hay equipo femenino que aglutine 30 o 40.000 espectadores en cada encuentro como hacían las Kerr’s Ladies FC a inicios de 1920.

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Paulino Uzcudun y el escándalo del estraperlo

En mayo de 1934 se reúnen en el hotel Ritz de Madrid los empresarios Daniel Strauss y Joachim Perlowitz con Joan Pich y Aurelio Lerroux, miembros del Partido Republicano Radical (PRR). Éste último es, además, sobrino de Alejandro Lerroux, presidente del Gobierno. La reunión obedecía a implantar en España un sistema de juego de apuestas basado en la ruleta, juego de apuestas prohibido en el medievo y que el Principado de Mónaco legalizó a mediados del siglo XIX iniciando un periodo de prosperidad en el pequeño país de la Costa Azul. Pich y Lerroux se comprometieron a gestionar la licencia, previo soborno, de un juego de casino fraudulento que daba la victoria a la casa y cuyo sistema se dio en llamar estraperlo, en un juego de palabras basado en la unión de los apellidos de los dos inventores.

Por entonces los juegos de azar estaban prohibidos en España al igual que en buena parte de Europa. La ruleta trucada del estraperlo pasaba a ser aceptada en los casinos de todo el país por los enormes beneficios que aquel ingenio iba a dar a sus promotores. Según el acuerdo, la plana mayor del PRR se llevaría un 10% de los beneficios, mientras que Alejandro Lerroux alcanzaría hasta el 25% de las mercedes. De esta forma, semanas después se constituye la sociedad explotadora del estraperlo en España que, y aquí viene lo interesante para este artículo, contará con tres socios a partes iguales; los citados Strauss y Perlowitz y el afamado boxeador Paulino Uzcudun.

Paulino Uzcudun era un mito viviente. Un vasco descomunal que desde niño había partido troncos a golpe de riñones y que prometía como aizcolari. Pero, en palabras de un cronista de la época, pronto demostró que “tenía más de árbol que de hombre”. Paulino aguantaba los golpes como un titán. Aunque en el País Vasco son frecuentes las hayas, Uzcudun se asemejaba más a un acebo, porque a su comedida altura (1,78) añadía más de 90 kilos de fuerza sobrenatural.

Uzcudun era un boxeador que no sabía boxear. Subía al cuadrilátero, recibía una hondonada de hostias y cuando el rival estaba agotado sacaba un par de heterodoxos guantazos que le daban la victoria. Como tantos boxeadores que lo fueron antes y como otros que lo serían después, Uzcudun era el boxeador tonto. El amansado. El que se subía al ring con la vitola de inútil y perdedor y acababa ganando por constancia y por echarle un par de huevos. Y como muchos antes y muchos después era el preferido del público que, como es bien sabido, siempre se alía con el más débil.

Paulino empezó a demoler hombres como quien derriba columnas de acero. Primero se convirtió en campeón de España de los pesos pesados y luego se alzó como campeón de Europa en tres ocasiones diferentes. En 1933 era el año de su asalto al título mundial. Se enfrentó a los estadounidenses Jack Delaney y Harry Willis antes de intentar la irrupción al trono que en aquel entonces tenía el italiano Primo Carnera. A pesar de que Carnera era el gran favorito solo pudo ganar a los puntos. Uzcudun aguantó una ristra de puñetazos durante los 12 asaltos sin caer al suelo ni una sola vez ganándose el respeto del público transalpino.

https://www.youtube.com/watch?v=nccFRh8cjC8

En 1934 Uzcudun comenzó la preparación de su segundo asalto al título mundial que tendría lugar al año siguiente ante Joe Louis. Perdería por K.O., la primera vez en toda su carrera y seguidamente anunciaría su retirada. Pero lo más relevante para nuestra historia es que en uno de esos duelos de preparación se enfrentaría en mayo de aquel año al alemán Max Schmeling en Barcelona.

Aquel combate había sido ideado por Daniel Strauss. Aunque alemán, Strauss sabía hablar español y, con chanchullos o no, estaba claro de que era un hombre de negocios. En 1929 se había celebrado en Barcelona la Exposición Universal y, como suele pasar en estas ocasiones, una vez acabada la fiesta nadie sabía qué hacer con las instalaciones. Strauss propuso crear una especie de ciudad del deporte y como muestra de buena voluntad se encargó de organizar el citado combate.

Así, entre idas y venidas, el empresario chabacano y el solícito púgil se hicieron amigos. Parece ser que el primero engatusó al segundo o sencillamente ambos se cayeron bien, pero el caso es que Strauss reveló a Uzcudun el funcionamiento del sistema del estraperlo y Paulino descubrió una forma más sencilla de ganar miles de pesetas que partirse la cara en un cuadrilátero.

Y luego, lo antes explicado.

La avaricia de los implicados iba a acabar pronto con el asunto. Rafael Salazar Alonso, alcalde de Madrid, viendo que sus compañeros de partido en el Gobierno se estaban haciendo ricos solicitó un aumento de la mordida. Al negarse los demás al chantaje, filtró información confidencial a la policía que se presentó en el Casino de San Sebastián precintando a punta de pistola las ruletas del estraperlo. Meses después sería otro ministro, en este caso Eloy Vaquero, el que haría lo propio en el de Pollença al no estar conforme con el reparto de comisiones.

Con este panorama, y al ver que los casinos eran clausurados, Strauss amenazó a Lerroux con sacar toda la verdad a la luz pública si seguían las clausuras de los casinos donde se había implantado el sistema del estraperlo. Lerroux decidió ignorar la extorsión y hacer la vista gorda, pero semanas más tarde Strauss escribía a Niceto Alcalá-Zamora, jefe del Estado, explicándole toda la verdad. El asunto rápidamente pasó a las Cortes y el 29 de octubre de 1935 Alejandro Lerroux se vio obligado a dimitir. Alcalá-Zamora tuvo que plantar al partido centrista y mirar más a su derecha, a los católicos de la CEDA, algo de lo que siempre renegó, por lo que tuvo la excusa perfecta para disolver las Cortes y anunciar unas elecciones anticipadas. El PRR, el único partido de masas que de verdad creía en la República se partió en mil pedazos en medio de un ambiente guerracivilista. Cuando en febrero del año siguiente tengan lugar las elecciones, el PRR pasará de los 102 escaños de 1933 a los 5 que logró en 1936.

¿Y Uzcudun?

Cuando el escándalo salió a la luz estaba en Nueva York preparando el combate contra Joe Louis. Al volver comunicó su retirada y se encerró en su casa, de donde sólo saldría meses más tarde para declarar en el juicio del estraperlo. Explicó que lo habían engañado, que no sabía nada de la ilegalidad de la trama y salió de rositas del asunto.

Y la gente se olvidó de él. Día sí y día también había disturbios, encarcelados o muertos en algún lugar de España. Y si Paulino Uzcudun era o no era un estafador no tenía la mayor importancia.

Y estalló la Guerra Civil. Y Uzcudun, un hombre que según decía tenía el hacha, el frontón y la iglesia como sus tres devociones, ya se sabía con qué bando iba a comulgar. Era un falangista de camisa vieja, afiliado número 785. Parece ser que miembros anarquistas estuvieron a punto de asesinarlo, pero unos militantes del Partido Nacionalista Vasco (PNV) lograron ocultarlo en un piso de Zarautz, cerca de San Sebastián.

El PNV acabaría lamentándose de dicha decisión.

Uzcudun pasó a liderar pelotones de fusilamiento en la provincia de Guipúzcoa sembrando el terror entre republicanos, nacionalistas y comunistas. Francisco Umbral decía, aunque no está verificado, que visitaba las cárceles para usar a los presos rojos como espárrines antes de ser ejecutados. Dicen, y esto sí que está demostrado, que formó parte de un comando que intentó liberar al líder falangista Primo de Rivera sin éxito de su presidio alicantino.

Al finalizar la guerra Uzcudun se estableció en Madrid y, aunque pasó los últimos años de su vida enfermo, vivió cómodamente en el barrio castizo de Chamberí hasta su fallecimiento en 1985. No obstante no gozó de todo el amor del Franquismo que esperaba recibir. Se da por probado que Uzcudun era homosexual (aunque se casó y tuvo cuatro hijos) y a pesar de su compromiso con la causa nunca fue aceptado del todo por las élites franquistas. Cuando a mediados de los 60 surja otro aizcolari vasco, rudo y fuerte llamado José Manuel Urtain sin el peso de la Guerra Civil a sus espaldas, Paulino Uzcudun pasará a ser un lejano recuerdo.

Ironías de la vida, la dictadura se sustentaría en sus inicios en un floreciente mercado negro. Unas prácticas ilegales, pero profundamente aceptadas, que se dieron a conocer con el nombre de estraperlo, palabra que desde entonces es sinónimo de chanchullo, intriga o negocio fraudulento. Así, por extensión, se denominó también estraperlo al comercio ilegal de los artículos intervenidos por el Estado franquista o sujetos a racionamiento entre 1936 y 1952. Aquello que un par de empresarios piratas, unos políticos corruptos y un boxeador pusilánime crearon en tiempos republicanos quedó asociado a los años del hambre del primer Franquismo.

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Auge y caída de Nikolai Starostin (un retrato del stalinismo) 2ª parte

Dado que a través del fútbol no podía luchar contra Starostin y su Spartak, Lavrenti Beria y su NKVD decidieron cambiar de táctica. Tras unos primeros meses caóticos, la URSS consiguió frenar al ejército alemán a las puertas de Moscú en diciembre de 1941. Establecido el frente, el NKVD obtuvo vía libre para apresar, juzgar, encarcelar y ejecutar a cualquier ciudadano acusado de supuesta o real traición al régimen. El 20 de marzo de 1942 Lavrenti Beria ordenó la detención de Nikolai Starostin y de sus tres hermanos acusándolos de traición a la patria. Como dictaba la costumbre de la época, Nikolai fue llevado a la ‘Lubianka’ para un primer interrogatorio.

La escena era terrible. En un sótano, apenas iluminado y con fuerte hedor a cloaca y humedad, el acusado se sentaba tras una mesa aguardando ser interrogado. Tras una espera que podía contarse en horas y después de un tenso silencio, un comisario político preguntaba al detenido si estaba dispuesto a confesar. Muchos revelaban cualquier cosa esperando que la NKVD se mostrara compasiva. Otros callaban sabiendo del riesgo de mantener su inocencia. Nikolai Starostin fue uno de estos últimos.

Desde ese momento el acusado sabía que su suerte estaba echada. Durante semanas Nikolai estuvo subsistiendo en poco más de tres metros cuadrados. La luz estaba encendida día y noche para imposibilitar que Starostin pudiese conciliar el sueño. Desde las 22:00 horas hasta las 07:00 horas del día siguiente era llevado a una sala de interrogatorios donde únicamente le preguntaban si estaba dispuesto a confesar, mientras sus captores le sometían a golpes y patadas por todo el cuerpo que aumentaban en frecuencia en la misma medida que se multiplicaban los vasos de vodka.

Pasado un tiempo, y ante la fortaleza y fama del preso, la NKVD tuvo que buscar una acusación. Se le atribuyó la preparación de un atentado contra Stalin el día del famoso partido de exhibición de la Plaza Roja. Nikolai lo tuvo fácil para defenderse. Argumentó que era imposible que desde el terreno de juego pudiese atacar a Stalin y que bajo la camiseta y el pantalón de deportes era inverosímil que lograse esconder un arma. Además, Stalin estaba rodeado de miembros del ejército y de la NKVD, incluido Beria. Ante esos argumentos a los acusadores no les quedó más remedio que callar, porque acusar a Starostin de atentar contra Stalin equivalía a proclamar la incompetencia de la NKVD y de su líder supremo.

Al igual que Nikolai sus hermanos estaban aislados en zulos similares. No se sabe bien como, pero NIkolai consiguió hacerles llegar una nota en la que les indicaba que se mantuviesen firmes y callados y que cuando se les acusase de algo tan sólo dijesen que no tenían ni idea de nada. Lo único que tenían que decir es que quien estaba al tanto de todo era su hermano mayor. Al final, a Beria no le quedó más remedio que acusar a Nikolai Starostin y a sus hermanos de fomentar el deporte burgués. Era una acusación fácil de demostrar y ante la que no se podrían defender. Era una pena menor, si por menor se puede concebir pasar diez años de trabajos forzados en un gulag, campos de trabajo en lugares extremos de la estepa siberiana. Se habían librado de la muerte aunque iban a ser enterrados en vida. Nikolai ordenó a sus hermanos que aceptasen la condena y que manifestaran su amor por el deporte burgués como un mal menor. La acusación final alegaba que “los hermanos Starostin han vivido por encima de sus posibilidades, han recibido regalos del extranjero y han dado premios especiales para motivar a los deportistas”.

Dentro de la desgracia Nikolai Starostin fue un afortunado. Era un personaje de gran fama en toda Rusia y si no hubiese sido por el fútbol la condena hubiese sido mucho mayor. Aun así, Starostin recorrió la geografía de la URSS junto a miles de sus compatriotas ayudando a industrializar el país bajo condiciones infrahumanas. La Rusia campesina del zar Nicolás II pasó a ser una potencia industrial bajo Stalin gracias a unos planes quinquenales basados en la expropiación y en los trabajos forzados. En la ciudad siberiana de Ujta, a la que llegó tras un viaje de tres meses en tren, Nikolai Starostin tuvo la suerte de trabajar como enfermero en el hospital (forma eufemística de decir que transportaba cadáveres de la cámara mortuoria al crematorio) y allí conoció a un médico que lo reconoció y que consiguió que le dieran el encargo de crear un equipo de fútbol para mejorar la condición física de los reclusos. En su autobiografía Nikolai recordaba que veía pasar frente a sus ojos a unos cuarenta muertos al día. Pronto fue llamado de gulag a gulag para ejercer de entrenador. Con el paso de los meses los jefes de los distintos campos de trabajo se lo rifaban para tenerlo a sus órdenes.

Una noche de 1948, con seis años de condena a cuestas y con la II Guerra Mundial ya finalizada, despertaron a Starostin en plena madrugada. Tenía una llamada de teléfono de Stalin. Pero no del gran líder, sino de su hijo, Vasili Stalin, vástago del dictador. Vasili era el jefe de las Fuerzas Aéreas, un loco del fútbol, un alcohólico reconocido, y, lo más importante, mantenía una conocida rivalidad en las esferas de poder con Lavrenti Beria, quien había salido muy reforzado del conflicto bélico y era el candidato más plausible para suceder a Stalin padre. El objetivo de Vasili era contratar a Starostin como entrenador del VVS (el equipo de las fuerzas aéreas) y de paso fastidiar al Dinamo de Moscú de Beria que durante esos años de posguerra reinaba a sus anchas en la liga soviética.

A pesar del poder del hijo de Stalin la autoridad de Beria era mucho mayor, por lo que Vasili Stalin tardó dos años en sacar a Starostin del gulag de Amur (a orillas del Pacífico) en el que se encontraba para trasladarlo a Moscú. El problema es que Beria, inteligente como era, sólo le regalaría la libertad a Starostin a cambio de que no volviese nunca más a Moscú. A Stalin hijo no le valía de nada tener a Nikolai libre si no podía llevarlo a la capital para que entrenase a su equipo de fútbol.

La solución fue propia de un loco. Vasili Stalin se puso al mando de un comando de asalto formado por hombres de su regimiento, abordó el gulag, metió a Starostin en un avión del ejército y lo trasladó en secreto a su dacha de las afueras de Moscú. Lo confinó en su propia habitación. Sólo salía de allí para ir al baño. Cada vez que tenía que dirigir un entrenamiento del VVS una patrulla militar lo acompañaba para mantenerlo protegido de la NKVD de Beria. Al volver del campo de entrenamiento, Starostin tenía que regresar directamente a la habitación de Vasili. Incluso en ocasiones, cuando Vasili estaba borracho –lo cual era su estado natural- Nikolai compartía lecho con el hijo de Stalin y su arma reglamentaria (que siempre quedaba debajo de la almohada).

La situación kafkiana se sostuvo durante un par de meses. Una noche, aprovechando una de las bacanales de Vasili, Nikolai Starostin escapó por una ventana y se marchó a su casa. Por primera vez en ocho años iba a ver a su mujer y a su hijo. Es de imaginar la emoción del momento. Más quizás podría engañar al borracho de Vasili pero nunca a la sanguijuela de Beria. Al levantase, poco antes del alba, dos hombres del NKVD de Beria estaban en la puerta de su casa preparados para detenerlo. Ni tan siquiera Vasili Stalin logró contener la ira del líder de la NKVD, por lo que Starostin le pidió que no se entrometiera y le dijo a Beria que estaba dispuesto a seguir cumpliendo con su condena.

Aun así la victoria del líder de la NKVD no pudo ser plena. Intentó enviarlo nuevamente a un gulag pero ya no fue posible. A pesar del control estatal la gente de Moscú seguía teniendo vivo el recuerdo de Starostin. Los últimos años de condena de Nikolai fueron más llevaderos. Los pasó en una cárcel de Alma Ata (Kazajstan) viviendo en un régimen de semiarresto, durmiendo en una celda, pero ejerciendo de entrenador del equipo de la población local.

Nikolai se encontraba en su celda de Alma Ata cuando el 5 de marzo de 1953 Iosef Stalin moría víctima de una insuficiencia cardiaca. Durante las siguientes semanas hubo una lucha por el control del Partido Comunista entre Molotov, Malenkov, Kruschev y Beria. A pesar de que éste último se hizo con el mando en un primer momento, Kruschev supo ganarse a los dos primeros y acusó a Beria de traición y de actividades capitalistas (malversación de fondos y cohecho). Lavrenti Beria probó de su propia medicina y fue ejecutado en junio de aquel año. Nikita Kruschev inició entonces su mandato, una década de medrosas aperturas y búsqueda de las esencias del comunismo. Un proceso que se dio a conocer como desestalinización, o lo que es lo mismo, la eliminación del culto a Stalin.

Así, en 1955, los cuatro hermanos Starostin, al igual que miles de soviéticos, fueron liberados de los gulags poniendo fin a dos décadas de campos de concentración, represión, muerte y trabajos forzados. Para Nikolai Starostin, con 53 años, comenzaba una nueva vida. Una vida que pasaba por y para el fútbol.

Nikolai fue recibido por miles de personas a su llegada a Moscú y hábilmente fue rehabilitado. Fue nombrado presidente del Spartak de inmediato y se le dio el cargo de entrenador de la selección soviética de fútbol.

El Spartak había quedado desmantelado durante la guerra y no volvió a ganar una Liga hasta 1953, justo el mismo año de la muerte de Stalin y de Beria. A pesar todo, Nikolai demostró tener cintura y comprender que sin perdón no habría paz. Cuando en 1956 la URSS se proclame vencedora en el torneo de futbol de los Juegos Olímpicos de Melbourne, el once inicial estará formado por una mezcla de jugadores del Dinamo, liderados por Lev Yashin y del Spartak, comandados por Igor Netto. Esos dos jugadores serían la base del equipo que ganaría la primera Eurocopa de la historia cuatro años más tarde.

Starostin había vuelto de la muerte y con la victoria en los JJ.OO se había convertido en un héroe nacional. Pidió permiso para centrarse en la presidencia de su Spartak y abandonó el cargo de técnico de la selección con el visto bueno de un Kruschev que vio en Starostin una forma de afianzar su poder delante del pueblo.

Nikolai Starostin fue presidente del Spartak de Moscú hasta 1994. Tuvo tiempo de sufrir un descenso, pero también de disfrutar con la hegemonía de su equipo en los años finales del comunismo y en los primeros del postcomunismo liderados por la última gran generación ‘spartakista’ de Dasaev, Mostovoi, Popov, Radchenko, Onopko o Karpin. Tuvo además la visión de transformar a un club amateur en uno capitalista, y de hecho, el Spartak fue el único club soviético que mantuvo su estructura ejerciendo un dominio en la nueva Liga rusa hasta que en el siglo XXI los millones del gas y el petróleo hicieron su aparición.

En 1996, a los 94 años de edad, Nikolai Starostin falleció. A pesar de ser el mayor fue el más longevo de sus hermanos. En una de sus últimas declaraciones afirmaba que “los futbolistas de hoy tienen dinero pero no cultura. Sólo se interesan por los vídeos y el rock. En mi época yo me codeaba con la élite cultural, dramaturgos, bailarines y pintores”. Palabras que recogen lo mejor del ciudadano soviético dichas por un hombre que sufrió la represión comunista.

https://www.youtube.com/watch?v=xsH5RSrqRfI

Una estatua suya de bronce preside hoy la entrada del Spartak Arena, el flamante estadio del Spartak de Moscú construido con motivo de la celebración del Mundial de Rusia de 2018.

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Auge y caída de Nikolai Starostin (un retrato del stalinismo) 1ª parte

El fútbol no alcanzó tierras rusas hasta inicios del siglo XX y lo hizo a cuentagotas. Era una moda foránea que se estableció únicamente en las ciudades, esencialmente en Moscú. Se crearon diversos equipos de barrio que iban y venían y se jugaban torneos locales en estadios improvisados y sin apoyo federativo. Prueba del bajo nivel ruso es que en los Juegos Olímpicos de 1912 Rusia fue derrotada por un esclarecedor 16-0 ante Alemania. Bajo ese iniciático panorama emergió la figura de Nikolai Starostin (1902-1996) el mayor de cuatro hermanos apasionados por el fútbol y el hombre que iba a liderar el auge y crecimiento del balompié soviético.

Esta es la historia de los hermanos Starostin. De Nikolai, Andrei, Aleksandr y Piotr. Es una historia de la URSS. De gulags y de revolución. Una historia de Stalin y de Beria. De miedo y de represión. De stalinismo y de desestalinización. Pero es sobre todo una historia de supervivencia a través del fútbol.

Cuando la Revolución Rusa triunfa en 1917 los clubes de fútbol –al igual que el resto de sociedades privadas- o pasan a control estatal o bien son liquidados. En el ámbito que nos ocupa, y dado que el deporte está considerado amateur, los equipos polideportivos pasan a depender del Estado. Así, surgen por toda la Unión Soviética los CSKA (equipo del ejército), Dinamo (policía y asuntos secretos), Lokomotiv (ferrocarril y sistemas eléctricos), Zenit (acero e industria pesada) o Torpedo (industria de la automoción). Todos los futbolistas cobraban bajo cuerda con un contrato de trabajo ficticio de la empresa estatal correspondiente. Por causas obvias el CSKA y el Dinamo eran los clubes más potentes y los que gozaban de mayores ventajas públicas.

Nikolai Starostin tenía otros planes. Era el capitán y estrella del Krasnaja Presnya, un club de barrio considerado entonces el mejor equipo de Moscú. Al disolverse el club, y con el apoyo de sus hermanos menores, propuso al Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos la creación de un nuevo equipo que no dependiese del Estado. Para su sorpresa la petición fue aceptada, pero con unas condiciones draconianas. Podía crear un nuevo club, pero tendría que hacerlo sin dinero. No podía invertir ni un rublo en esa nueva escuadra.

Starostin consiguió lo imposible. Congregó a más de 2.000 vecinos que en sus horas libres le ayudaron a levantar un estadio de fútbol para más de 10.000 espectadores en un descampado del barrio. Lidero diversos actos benéficos, bailes y partidos de exhibición para conseguir fondos que hábilmente donó a un conglomerado de alimentación, una de las pocas empresas semiprivadas que quedaban en la ciudad, y que serviría de coartada para dar un ‘trabajo’ a sus futbolistas. Y así, en 1922, nacía el Spartak de Moscú. El nombre no fue escogido al azar. Se denominó Spartak en honor al esclavo romano Espartaco, quien lideró una sublevación de gladiadores y esclavos ante la República romana y que ha pasado a la posteridad como símbolo de la lucha por la libertad. El Spartak era un club de fútbol singular dentro de la URSS y el único que hoy, casi tres décadas después del fin del comunismo, tiene miles de seguidores más allá de la frontera rusa.

Aunque hasta tan tardía fecha como 1936 no se disputaría la primera liga soviética, el Spartak era ‘de facto’ el mejor equipo ruso. Consiguió derrotar al Racing de Paris y a la selección de Euskadi en sendos amistosos, hazañas de renombre por aquel entonces para el incipiente fútbol del país. En la URSS no tenían rival y Nikolai Starostin pronto pasó a ser una figura reconocida y venerada en todo el país.

Tal era la fama de Starostin y del Spartak que en julio de 1936 el Komsomol (la organización juvenil del Partido Comunista) decidió celebrar un partido de fútbol en la Plaza Roja de Moscú. El objetivo era dar a conocer el nuevo deporte al líder supremo, Iosif Stalin. Se fabricó una enorme alfombra de fieltro de más de 10.000 metros cuadrados sobre el empedrado de la plaza que tuvo que ser tejida en horario nocturno para no entorpecer el trajín del día a día. El responsable de los actos era Nikolai Starostin, presidente, entrenador y aún capitán a sus 34 años del Spartak de Moscú. El acto central de los festejos era un choque de exhibición entre el primer y el segundo equipo del Spartak bajo la atenta mirada de Stalin y del resto de miembros del Politburó desde la tribuna presidencial, cuidadosamente situada junto al mausoleo de Lenin. Se trataba de un encuentro de media hora de duración que más bien era una representación teatral en la que habría goles de todo tipo para satisfacción de papá Stalin “el mejor amigo de los deportistas”. Si antes de esa media hora Stalin daba síntomas de aburrimiento, un camarada desde el palco agitaría parcamente un pañuelo para que Starostin se diese cuenta y parase el partido. Al parecer Stalin disfrutó de su primera experiencia futbolística y, no sólo aceptó de buen grado la media hora, sino que exigió jugar un cuarto de hora más para regocijo de Nikolai Starostin y de todos los presentes.

Todos salvo uno.

Lavrenti Beria, por entonces secretario del Partido Comunista en Georgia, había jugado al fútbol contra Starostin cuando era un adolescente y había sido humillado partido tras partido. Beria era un apasionado del fútbol pero pronto descubrió que no tenía nivel suficiente para competir y orientó sus esfuerzos en escalar en el terreno de la política. Ya entonces era considerado una sanguijuela, pero su fama de hombre implacable crecería hasta el infinito cuando un par de años más tarde, en 1938, pasaría a ser el director del Comisionado del Pueblo para Asuntos Internos, o lo que es lo mismo, del NKVD –hoy KGB-, el órgano represivo más temido de la Unión Soviética.

https://www.youtube.com/watch?v=qKAwAaeJ8SU

Cuando en 1936 se celebra la primera liga soviética el Spartak se convierte en el vencedor. Al año siguiente, ya con Nikolai Starostin ejerciendo únicamente de entrenador, el campeón será el Dinamo, pero el Spartak (con los tres hermanos menores de Nikolai en la plantilla) logra vencer nuevamente en 1938 y 1939. Es algo que Beria no puede tolerar. Al acceder al cargo de director del NKVD, Beria pasó automáticamente a ser presidente del Dinamo de Moscú (el equipo de la policía y los asuntos secretos). En teoría era una formalidad. Su antecesor no tenía el más mínimo interés en el cargo, pero Beria, como apasionado del balompié que era, se propuso que su Dinamo fuese el club más poderoso de la Unión Soviética.

Beria estaba presente en cada uno de los encuentros del Dinamo. Según se cuenta amenazaba a sus jugadores con fusilamientos y continuas visitas a los calabozos de la ‘Lubianka’, el nombre popular del gigantesco edificio de ladrillos amarillos sede de la NKVD. El Dinamo ganó la liga de 1937 bajo sospechas, pero tanto en 1938 como en 1939 no pudo hacer nada ante la superioridad del Spartak, campeón tanto del torneo liguero como del copero. Aun así Beria lo intentó de todas las formas posibles. Incluso haciendo uso de otros ‘Dinamos’, conjuntos que estaban en su área de influencia.

En las semifinales de Copa de 1939 el Spartak de Moscú derrotó por 1-0 al Dinamo de Tiblisi. Estos últimos denunciaron que en el gol del Spartak el balón no había traspasado totalmente la línea de gol. A pesar de que el Spartak derrotó en la final al Leningrado días después, Beria mandó repetir la semifinal tres semanas más tarde. Nuevamente se enfrentaron Spartak y Dinamo y nuevamente ganaron los primeros por 3-1. Como ya comentamos, aunque Beria sólo era presidente del Dinamo de Moscú también era ‘de facto’ presidente de todos los ‘Dinamos’. Estuvo presente en el choque, y, tras el tercer gol del Spartak, se marchó airadamente del palco y ordenó el fusilamiento de los periodistas que publicasen la reseña del partido. La lógica dictaba que también habría que repetir la final pero Beria se dio por derrotado y se decidió dar por buena la ya jugada. Así pues el Spartak se proclamó rocambolesco campeón tras disputar una semifinal tras haber ganado una final.

A pesar de todo el poder de Beria y del NKVD éste se veía incapaz de contrarrestar el fervor popular de Nikolai Starostin y de su Spartak de Moscú. Pero a las 03:15 horas del 22 de junio de 1941 cerca de 5 millones de soldados alemanes y más de 8.000 carros blindados y aviones cruzaron la frontera soviética dando lugar al inicio de la guerra entre la Alemania de Hitler y la URSS de Stalin. Un holocausto que cambiaría por completo la vida de millones de personas, entre la cuales estaban tanto Nikolai Starostin como Lavrenti Beria.

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El último baile de Supergarcía. Cuando José María García acabó con una huelga de Iberia (2ª parte)

José María García desembarcó en Onda Cero en el año 2000. Después de toda una vida contra lo que él llamaba “el imperio del monopolio” tenía ante sí la oportunidad de dirigir los deportes de un verdadero conglomerado mediático de radio, prensa, televisión e internet, bajo la titularidad de una multinacional como Telefónica. El hombre que había combatido contra molinos de viento en Antena 3 Radio y COPE (que como él bien se encargaba de repetir por activa y por pasiva había cogido en quiebra técnica) tenía la oportunidad de liderar un gran proyecto.

García seguía siendo el periodista más popular de España, pero ya no era el líder. José Ramón de la Morena le había superado y muchos chavales habían cambiado el tono guerrillero de García por la radio deportiva trivial y humorística que defendía de la Morena en los micrófonos de la SER. De hecho, lo que Telefónica quería para competir con Prisa era que García dirigiese desde los despachos, no que estuviese delante de un micrófono. Pero pedirle eso a Supergarcía era imposible.

Los resultados de audiencia no acompañaban. Le recortaron el programa en media hora. Algo inédito. Y empezaban los problemas que iban a convertir a Aznar y a García en enemigos confesos y que iban a dar al traste con la idea de crear un conglomerado mediático afín al centro-derecha. Pero lo peor para García es que, acostumbrado a ser el jefe de todo y de todos, ahora veía que era una parte minúscula de un proyecto gigante que se le iba de las manos.

De este modo, a inicios de 2002 lanzó un órdago a César Alierta, presidente de Telefónica, pidiendo plenos poderes. Obtuvo el silencio por respuesta. Por lo que el domingo 7 de abril de 2002 se emitiría el último Supergarcía de la historia.

Según han contado todos sus colaboradores cercanos, la etapa de Onda Cero tuvo dos fases bien diferenciadas. Los primeros meses García tenía la ilusión de un niño. Trabajaba a destajo y se afanaba por lograr exclusivas como siempre había hecho. Sin embargo, en su último año apenas pisaba la radio. Llegaba justo para comenzar el programa y nada más terminar se ponía la americana y se marchaba para casa.

Tuvo un último destello.

Era la noche del sábado 7 al domingo 8 de julio de 2001, y tal y como explicaba en la primera parte de este artículo, se iniciaba una huelga indefinida de trabajadores de Iberia que amenazaba con paralizar los aeropuertos de toda España. A las 00.00 horas sonó la sintonía de Simple Minds y José María García comenzó su programa junto a Javier Algarra, entonces director de informativos de Onda Cero. No obstante, salvo un par de comentarios en los primeros minutos del programa, Algarra estuvo de escuchante aquella noche.

El programa se inició con varias entrevistas a alguno de los pilotos que habían dimitido. Empezaron exponiendo sus demandas, pero García cortó por lo sano y comenzaron a tratar el tema de la seguridad ciudadana. Los pilotos dijeron que era todo mentira y que no había problema alguno de seguridad en las torres de control. Según ellos era falso que no pudiesen operar los servicios mínimos y los vuelos de otras compañías, y por ese motivo habían decidido dimitir.

Por supuesto García ordenó a sus reporteros que fuesen raudos a cada uno de los aeropuertos del país y aparcasen la información deportiva para otro momento. Los micrófonos de Onda Cero se llenaron de declaraciones de gente anónima que estaban pasando la noche en las terminales a la espera de una respuesta oficial.

Luego un miembro de la directiva del PSOE entró en el programa para pedir la comparecencia inmediata del presidente Aznar. Fue entonces cuando García dio el número de la central de Iberia por antena (cabe recordar que poca gente tenía acceso entonces a Internet) provocando el inmediato colapso de las líneas telefónicas de la compañía.

Aquello se semejaba a un minuto y resultado radiofónico. Sólo faltaban los anuncios de Terry, Seguros Finisterre y Ponche Caballero. Los corresponsales de deportes estaban en los aeropuertos de media España alertando de las cancelaciones y de los retrasos de las compañías que no eran Iberia. Y García dando paso a diestro y siniestro. Radio y directo en estado puro.

Es entonces cuando García conecta con Pedro J. Ramírez, director de ‘El Mundo´, y a dos voces pone en antena al ministro Cascos que afirma que pronto volverá la normalidad y que Iberia debe rectificar. “Por una vez, José María –dijo el ministro-, los pilotos tienen razón”.

Quedaba patente que esa noche no iba a haber información deportiva. García, ya de por sí una celebridad, había pasado a la historia colectiva de la nación cuando retransmitió el asalto de Tejero al Congreso el 23-F desde el capó de un coche como si de una retransmisión futbolística se tratase. Salvando las distancias, estaba haciendo lo mismo.

Cascos le había comunicado a García que el Ministerio había enviado unas cartas a la plana mayor de Iberia y a los pilotos (a través del sindicato SEPLA) instándoles a volver al trabajo para más adelante negociar un acuerdo.

Era la 01:00 a.m.

Entraba en antena un nuevo personaje. Ángel Mullor, vicepresidente de Iberia, le dijo a García que ni él, ni Irala ni ningún piloto había recibido ninguna de esas cartas de las que los medios estaban hablando. Inmediatamente García pidió comunicación con Cascos. No lo consiguió, pero en su lugar entró en directo Sanmartí (director general de Aviación Civil) como portavoz oficial de la versión del Gobierno. Este reiteró que las cartas habían sido mandadas y pidió al SEPLA y a los pilotos que no faltasen a la verdad y que dejaran de mentir.

Según parecía, los huelguistas, visto el cariz de los acontecimientos, querían dar marcha atrás, por lo que los pilotos (con el beneplácito del SEPLA) remitieron las cartas a Mullor y al resto de la plana mayor de Iberia, con la condición, eso sí, de que volverían al trabajo “sólo hasta que la dirección de la empresa encuentre a quien los pueda sustituir temporalmente”.

No obstante todo esto aún no era de dominio público. Ahora que el Gobierno estaba metido en el ajo y como la presión social era asfixiante, Irala y Mullor pretendían que la huelga siguiese para poder forzar un acuerdo favorable a sus intereses.

García seguía en antena y ni él ni nadie sabían lo que se cocía entre bambalinas. El programa deportivo estaba a punto de terminar. Tras García le tocaba el turno a Juan Antonio Cebrián y ‘La rosa de los vientos’, un espacio cajón de sastre que era líder de las madrugadas radiofónicas.

No era ni la primera ni la última vez que Supergarcía alargaba su programa para rabia del compañero que iba detrás de él. García comunicó a los oyentes que el directo mandaba y que había que solucionar la huelga y llamó al responsable del SEPLA. Tras varias preguntas incisivas, la mentira saltó por el aire y se descubrió que los pilotos estaban dispuestos a dejar la huelga.

Era turno del García en ebullición. Consigue tener al mismo tiempo a las tres partes implicadas, a Sanmartí (Aviación Civil, Gobierno), a Mullor (Iberia) y al representante de la SEPLA. Espectáculo y servicio social al mismo tiempo. Preguntas cerradas con respuestas obligadas. Puro García.

Consiguió arrancarles un acuerdo verbal del fin de la huelga. A los tres. Al mismo tiempo.

Eran cerca de las 02.30 a.m. Hacía más de una hora que el programa tenía que haber finalizado. Fueron 210 minutos de emisión. Cuando se despidió de sus oyentes García tiró de socarronería y egolatría para recordar que así es como se tienen que hacer las cosas.

A las 05:00 a.m. los aviones de Iberia surcaban los aires con total normalidad.

A la mañana siguiente, todas las cadenas de televisión destacaban el papel de García en el fin de la huelga. Periodistas de tan diverso pelaje e ideología como Matías Prats o María Teresa Campos calificaron aquella madrugada, seguramente de forma exagerada, “la otra noche de los transistores”. Pero tenía su punto de verdad. Fue José María García quien propició el acuerdo, los paros se suspendieron y, en reconocimiento a su labor, un par de meses después Supergarcía fue nombrado ‘piloto del año’ por el SEPLA.

P.D: Esa noche falleció Miguel Gila, el humorista más famoso de España. Nadie se enteró hasta la mañana siguiente.

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El último baile de Supergarcía. Cuando José María García acabó con una huelga de Iberia (1ª parte)

El sábado 7 de julio de 2001, con media España pendiente de una ola de calor y la otra media contando los días para empezar sus vacaciones, el SEPLA (Sindicato Español de Pilotos de Líneas Aéreas) anunciaba una huelga de carácter indefinido que comenzaría dos días más tarde. Iberia cancelaba más de 200 vuelos diarios (un 20-25 % del total) tanto nacionales como al extranjero.

En 2001 los vuelos baratos aún eran rara-avis. Era Iberia o la nada.

Iberia, creada como empresa privada en 1927, había sido la mayor parte de su vida una compañía de titularidad pública. El Gobierno del PP (1996-2004) decidió sacársela de encima ante la necesidad de conseguir dinero inmediato para aprobar las cuentas que permitirían a España entrar en la zona Euro. Ese proceso de privatización llevaría a Iberia a Bolsa en 2001 y amenazaba con acabar con los muchos privilegios que los empleados de la compañía aérea mantenían de cuando Iberia era de titularidad pública.

El presidente de Iberia era Xabier de Irala. Pretendía que el Gobierno solucionase el problema como en los tiempos de la propiedad pública. Como cuando existía el Sindicato Vertical, que no era otra cosa que la ley de la pirámide, donde el que está en la cima consulta pero si no hay acuerdo tiene potestad de imponer su voluntad sobre la base inferior.

El problema es que José María Aznar había nombrado a Irala presidente de Iberia en 1996 cuando la compañía aún dependía del Ministerio de Fomento. A pesar de que ahora era una empresa privada, Irala seguía pensando que el Gobierno era quien tenía que arreglar sus problemas.

Nada más lejos de la realidad. Irala tenía que responder ante un consejo de administración. Irala sabía que las pérdidas causadas por una huelga le podían costar el puesto.

Sindicatos y patronal no consiguen llegar a un acuerdo y surge la noticia bomba. El jueves 12 de julio, Xavier de Irala decide “suspender las operaciones de Iberia y forzar la intervención del Gobierno en el conflicto por el bien de la seguridad aérea”. Traducción: ni servicios mínimos ni farrapos de gaita. O el Gobierno obliga a los trabajadores a parar la huelga o en todo el verano ni un solo avión de Iberia surcará los vuelos. Para España, potencia turística mundial, era la hecatombe.

En un primer momento el Ministerio de Fomento no se tomó muy en serio la noticia. Álvarez Cascos (a la sazón titular del cargo) explicó a través de los medios que “no se puede mezclar la falta de seguridad con la paralización de la flota y con un conflicto de negociación colectiva”. El día siguió con relativa normalidad para los ciudadanos hasta que poco antes de los telediarios de la noche, a eso de las 20:30 h, llegaba la notificación oficial de la paralización total de la actividad aérea de Iberia.

Bomba.

Faltaba otra bomba.

Ante la decisión unilateral tomada por la dirección de Iberia, 99 de sus pilotos (casi la mitad de la plantilla) presentaban su dimisión.

Álvarez Cascos estaba volviendo de Córdoba a Madrid en AVE cuando saltó la noticia. Al llegar a Madrid se subió a un taxi y se instaló en su despacho. No saldría de allí hasta las 7 de la mañana del día siguiente.

Irala argumentaba que la huelga impedía que hubiese personal suficiente para poder efectuar vuelos con seguridad. Dado que entre el personal de Iberia seguía habiendo trabajadores en las torres de control de los aeropuertos, y siendo estos de titularidad estatal, Irala lanzaba la pelota al tejado del Gobierno para que zanjase el asunto por las bravas. Los técnicos de Fomento repudiaban ese argumento y sostenían que era una cortina de humo para que el Ministerio negociase con los pilotos y accediese a sus demandas con dinero público.

Pasadas las 23.30 h, un motorista fue hasta casa del presidente de Iberia con una carta sellada y firmada por Cascos, con el beneplácito de José María Aznar, entonces Presidente del Gobierno. En la misiva se instaba a Iberia a reanudar inmediatamente los vuelos. El contenido de la carta nunca salió a la luz, aunque Xavier de Irala manifestaría tiempo después que había sido “extremadamente dura”. Al mismo tiempo, Enrique Sanmartí, director general de Aviación Civil, hizo lo propio dirigiéndose a los responsables de SEPLA y encomiándoles a cambiar su actitud ya que “la seguridad también es responsabilidad de los pilotos y eso les obliga a reaccionar”.

De esta guisa nos acercábamos a las 00.00 horas, con los aeropuertos de todo el país inoperativos y con la programación deportiva radiofónica a punto de comenzar. Desde la década de 1970 esa hora intempestiva se había convertido en la hora fetiche del deporte en la radio española.

Todo había sido idea de un enjuto e incisivo periodista que acabó en deportes por accidente. En pleno franquismo, en los años 60, lo que él quería hacer era investigar y denunciar y el único lugar donde tenía manga ancha para hacerlo era en la sección de deportes. Cuando ese joven es enviado por el diario ‘Pueblo’ a los Juegos Olímpicos de México se convertirá en celebridad en toda Europa por sus crónicas sobre las matanzas estudiantiles en la plaza de las Tres Culturas. Aquel chaval desobedeció a sus jefes, abandonó a los deportistas que batían récords en el Estadio Olímpico de DF y se fue a cubrir las revueltas que junto a las de Paris y a las manifestaciones contra la guerra de Vietnam conmovieron a Occidente en 1968.

Décadas después era el líder de la radio deportiva en España y referente del periodismo de investigación.

Era hora de ‘Love song’ de Simple Minds.

Era hora de José María García.

Era hora de Supergarcía.

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Obradovic y el Partizan de Fuenlabrada

Una agradable mañana de mayo de 1991 Zelimir ‘Zeljko’ Obradovic recibió una llamada telefónica. Al otro lado del aparato estaba Dragan Kikanovic, leyenda y director deportivo del Partizan de Belgrado. Éste le sobresaltó ofreciéndole el cargo de entrenador para la siguiente temporada. Por entonces Obradovic era el base titular del Partizan. Contaba con 31 años de edad, estaba en plenitud física, era un especialista defensivo de primer nivel y el verano anterior había formado parte de la plantilla yugoslava que había ganado el Mundial de 1990. Por el camino había pasado cerca de un año en prisión por homicidio involuntario al atropellar a una mujer con su coche. La única condición que le impuso Kikanovic era la de colgar las botas y dedicarse en exclusiva a la faceta de entrenador. Eso implicaba que Obradovic tendría que renunciar a acudir con su selección al Europeo de ese verano (donde Yugoslavia era la virtual ganadora) y dedicar los meses estivales a preparar tácticas y métodos de entrenamientos.

Obradovic aceptó, y hoy, a las puertas de disputar como el Fenerbahçe su 18ª Final Four de la Euroliga y optar a su décimo título, es el técnico más laureado del Continente. En el momento de escribir estas líneas Obradovic posee 9 títulos de Euroliga. Si Obradovic fuese un club sería el segundo más triunfante de Europa tan sólo por detrás del Real Madrid. Ha ganado títulos con todos los equipos a los que ha entrenado e incluso le ha dado tiempo a conquistar un Mundial como técnico en un breve interludio que se tomó para dirigir a la ya desmembrada selección de Yugoslavia. Obradovic es un zorro con mil trucos. Patentó los entrenamientos con grabaciones de chillidos y gritos a todo volumen para que sus jugadores se adaptasen al ruido ensordecedor de las canchas de basket más temibles de Europa.

Pero antes de toda esta retahíla de títulos hubo una primera vez. Su primera vez. Con sólo 31 años, con una guerra en perspectiva y dirigiendo al equipo de sus amores, el Partizan de Belgrado. O lo que es lo mismo, el Partizan de Fuenlabrada.

Tras un verano ajetreado Obradovic se puso a los mandos del Partizan. El equipo serbio se había clasificado para la Euroliga de la temporada 1991/92, pero tras el estallido de la Guerra de los Balcanes su participación en la competición estaba en entredicho. En junio de 1991 Eslovenia y Croacia declaraban unilateralmente su independencia y se iniciaba una guerra que ‘grosso modo’ iba a enfrentar a Serbia y a Croacia por la hegemonía de lo que durante siete décadas había sido Yugoslavia. Vista la escalada de violencia, en septiembre la FIBA decidió que los partidos de los equipos yugoslavos de Euroliga se tendrían que disputar en otros países debido al “clima de inseguridad reinante”. En el plazo de una semana, Partizan de Belgrado (Serbia), Cibona de Zagreb (Croacia) y KK Split (Croacia y vigente campeón) tendrían que comunicar a la FIBA donde iban a jugar como locales con la amenaza de expulsión de la competición sobre sus cabezas.

La casualidad hizo que el mismo día del comunicado en una ciudad dormitorio al sur de Madrid se inaugurase un pabellón con el nombre de Fernando Martín, la joven estrella del basket español que unos años atrás había fallecido en un accidente de tráfico. Un pívot serbio llamado Milenko Savovic que jugaba en España acudió a ver aquel partido inaugural. Allí coincidió con un representante de Dorna, una empresa de gestión y representación deportiva que había financiado la construcción del pabellón y que acababa de adquirir los derechos del Mundial de Motociclismo. Hablaron sobre la posibilidad de que el Partizan jugase sus partidos en España. Al acabar la charla Savovic cogió el teléfono y llamó a Obradovic, amigo de la adolescencia, y le dijo que aquel pabellón era perfecto para disputar la Euroliga.

Había nacido el Partizan de Fuenlabrada.

Era la época de esplendor del baloncesto yugoslavo y solo la guerra pudo desgajar a una generación que era descollante. Dorna se encargó de trasladar a aquellos genios de la canasta de la ruina de la guerra del fin de semana al oasis de felicidad hispano entre semana. Durante aquella temporada europea de 1991/92 los vecinos de Fuenlabrada pudieron disfrutar con el Partizan de Belgrado, los habitantes de A Coruña con el KK Split, mientras que los gaditanos de Puerto Real vibraron con la Cibona de Zagreb.

La comunión entre la grada del Fernando Martín y el Partizan fue instantánea. Para Fuenlabrada era un acontecimiento sideral y para los chicos era una forma de evadirse de los horrores de la guerra. “La cancha se convirtió en nuestra salvación”, declaró Sasha Djordjevic, base de aquel equipo. “Nadie de nosotros sintió nostalgia de Belgrado”, contaba Danilovic, la otra estrella yugoslava.

Cuando tocaba partido europeo la expedición del Partizan cogía un vuelo en Belgrado y se desplazaba a Madrid. Desde allí un corto viaje en autobús hasta Fuenlabrada. Obradovic tenía miedo a que en los partidos no hubiese gente que los apoyase por lo que trazó un plan que contó con el beneplácito de las autoridades de la ciudad. Antes de cada partido concurrían a colegios e institutos donde la plantilla acudía a firmar autógrafos y regalar gorras o camisetas.

El pabellón era coqueto pero ni siquiera estaba homologado por la FIBA. Durante la primera semana de entrenamiento del Partizan en Fuenlabrada se dieron cuenta de que las canastas no cumplían con los requisitos mínimos. Eran de quita y pon. Por las noches la plantilla asistía a un bingo para pasar el rato, pero con la aguda intención de aprender los números en castellano. Esperaban que salieran las bolas del bombo con el objetivo de conocer la pronunciación en su país de acogida de los números que llevaban tras sus espaldas.

Así, sin darse cuenta, en el primer partido de la Euroliga había 4.000 fuenlabreños en el Pabellón Fernando Martín vitoreando a un equipo de Belgrado, una ciudad distante en unos 2.500 kilómetros.

El primer partido se disputó el 7 de noviembre ante el Racing de Malinas, la cenicienta del grupo. Se ganó con suma facilidad y la gente se marchó encantada a sus casas. Muchos consideran que el equipo de Fuenlabrada que hoy es un habitual de la Liga ACB nació aquella noche de comunión con aquel equipo de baloncestistas yugoslavos.

El Partizan no era favorito para ganar la Euroliga. La competición estaba formada por dos grupos de ocho equipos de los que los cuatro primeros se clasificaban para cuartos de final. El Partizan compartía cuadro con el Joventut y el Estudiantes. Los conjuntos españoles se clasificaron con facilidad mientras que el Partizan lo hizo en la cuarta y última posición con un balance de 9-5.

Fueron siete partidos en tierras madrileñas y ganaron todos salvo el que disputaron ante el Estudiantes. En el duelo ante el ‘Estu’ la afición se decantó por el equipo colegial, pero el choque más especial fue ante el Joventut. El Partizan ganó por 76-75 gracias a un tiro libre en el último segundo. Ese día el pabellón Fernando Martín fue una caldera hirviendo de apoyo al Partizan de Fuenlabrada con abucheos continuos a los jugadores del Joventut. Al día siguiente la prensa española se echó encima y criticó el apoyo a un equipo extranjero. El Joventut era por entonces el equipo de moda en España y Badalona sede del torneo olímpico de baloncesto del verano siguiente que iba a contar con la rutilante presencia de las estrellas de la NBA.

Todos los jugadores del Partizan eran serbios excepto el ala-pívot croata Ivo Nakic. Decidió quedarse en el equipo a pesar de las presiones y de las continuas amenazas que sufrió su familia. Se encontraba en territorio enemigo. Sólo pudo jugar la Euroliga porque le fue vetada su presencia en los partidos ligueros para evitar altercados. Otros, como Danilovic, que era serbiobosnio, trataron de evacuar a su familia de la zona de conflicto con escaso éxito.

En la eliminatoria de cuartos de final el Partizan se iba a enfrentar a los archifavoritos de la Virtus Bolonia. Se daba la curiosidad de que el base titular de los italianos era Juri Zdovc, el hombre que sustituyó a Obradovic en el Europeo de año anterior cuando decidió colgar las zapatillas. Era al mejor de tres partidos. El primero se iba a disputar en Fuenlabrada pero la FIBA hizo una excepción y permitió que se jugase en un Belgrado ya azotado por las bombas. El Partizan quiso tener un detalle con la ciudad que le había acogido e invitó a una nutrida delegación madrileña a Serbia. La fiesta fue completa porque el Partizan ganó el partido. Cayeron en el segundo disputado en Bolonia, pero dieron la campanada y vencieron en el tercero y último también disputado en tierras italianas. El Partizan se había clasificado para la Final Four.

Nuevamente el Partizan partía como cenicienta. En aquel fin de semana de baloncesto estaba sólo ante el peligro. Por motivos obvios en las gradas del Abdi Ipekci de Estambul había una ridícula presencia de aficionados serbios. En la semifinal se iban a enfrentar al Olimpia Milano, un equipo hecho a golpe de talonario liderado por Darryl Dawkins un ex número 1 del draft de la NBA. Ganó el Partizan (82-75) con un estelar Sasha Danilovic con 22 puntos y 10 rebotes. Fue la puesta de largo de un chaval de 22 años que estaba llamado a ser el gran escolta europeo de la década.

La final enfrentó al Partizan de Belgrado contra el Joventut de Badalona. Dos novatos frente a frente. Ninguno sabía lo que era coronarse como campeón de Europa, pero los catalanes partían con un cuerpo de ventaja. La final fue igualadísima y se decidió en los instantes finales. A falta de nueve segundos Tomás Jofresa encara a su derecha y finta a la izquierda. Penetra e intenta una bandeja que a falta de fuerza se queda en un lanzamiento corto que entra llorando. 68-70 en el marcador a favor del Joventut. Koprivica saca de fondo con rapidez y pone el balón en las manos de Djordjevic. El Joventut decide no hacer falta y defender el posible triple del Partizan. Djordjevic corre la línea lateral próxima a los banquillos con rivales y compañeros con pie y medio dentro del campo. Bota con la derecha mientras se protege con la izquierda. A falta de tres segundos se cuadra, salta cual conejo y lanza en escorzo con los dos pies juntos y los brazos perfectamente alineados en uno de los lanzamientos más icónicos de la historia del baloncesto europeo. 71-70. El Partizan de Belgrado. El Partizan de Fuenlabrada acababa de proclamarse campeón de la Euroliga.

“Aquel tiro nos cambió la vida a todos. La emoción que sentí con aquel título no la he vuelto a sentir en mi vida”. Zeljko Obradovic.

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