El objetivo primordial de la FIFA es ganar dinero. A través del Mundial obtiene la mayor parte de sus ganancias. Ese es el eje. Pero hay múltiples competiciones. Con la ayuda de ellas se obtienen réditos de derechos audiovisuales, patrocinios, entradas y hospitalidad. También se consigue una buena tajada con la licencia de productos, conocido en el argot como ‘branding’. Y es bueno que la FIFA gane dinero. Sin el dinero no podría llevar al fútbol a todos los rincones del planeta. La FIFA sostiene federaciones minúsculas, protege socialmente a ex futbolistas, construye escuelas y promueve el fútbol femenino.
La FIFA tiene seis hijos. Cuatro son pobres y necesitan a la FIFA para sobrevivir. Son mayoría, por lo que papá FIFA está siempre atento a sus súplicas y necesidades y, a cambio, cuando tiene algún problema sabe que siempre podrá contar con su apoyo. Esos hijos se llaman Concacaf (41 federaciones), CAF (54 federaciones), AFC (47 federaciones) y OFC (14 federaciones). Es decir, África, Norteamérica-Caribe, Asia y Oceanía. Tiene también la FIFA dos hijos rebeldes. Uno es contestario. No tiene muchos posibles, pero sus fieles son legión y su poder entre las masas es fascinante. Ese vástago se llama Conmebol (10 federaciones) y representa a Sudamérica. El otro hijo es rico y poderoso. Su fortuna es igual a la del padre y sueña con tomar las riendas de la empresa familiar para poder gestionarla a su antojo. Ese retoño responde al nombre de UEFA (55 federaciones) y representa a Europa.
Durante un siglo la UEFA y la Conmebol se consideraron dueños del mundo. No sin razón gestionaban el pasado y el presente del fútbol. Allá por 1960 crearon una competición que enfrentase anualmente a los campeones de América y de Europa para dictaminar cual era el mejor equipo del mundo. Era lógico. No había nada comparable fuera de ese marco. Aquel primer trofeo fue logrado por el Real Madrid al derrotar en dos partidos al CA Peñarol. Hubo empate sin goles en Montevideo y en Madrid el Real venció por un claro 5-1. Los merengues se proclamaron campeones de la primera Copa Intercontinental.
La FIFA, que ni pinchaba ni cortaba en ese trofeo, se negó a dar el título de campeón del mundo a los ganadores de la contienda. Era un torneo entre dos confederaciones. Nada más que eso. Aunque para los aficionados el vencedor de la Intercontinental fuese el mejor club del mundo, para la FIFA eso era irrelevante. Despechados, en 1980 la Conmebol y la UEFA firmaron un convenio con la empresa Toyota. La Intercontinental se disputaría a partido único en Japón aumentando considerablemente los premios y los beneficios. Mercedes que, por supuesto, no gestionaría la FIFA.
Real Madrid. Intercontinental 1960
Todo cambió a finales del siglo pasado. La FIFA se propuso sustituir la Copa Intercontinental por la Copa Mundial de Clubes de la FIFA. Durante diez días del mes de enero del año 2000 ocho conjuntos lucharían por conseguir el reinado del fútbol global. Estaban los seis campeones de las distintas confederaciones (Manchester United, Vasco de Gama, Necaxa, Al-Nassr, Raja Casablanca y South Melbourne) a los que se añadieron dos conjuntos a mayores para completar ocho escuadras y poder formar dos grupos de cuatro equipos. Los invitados fueron el Real Madrid, al que la FIFA reconoció como mejor club del siglo XX, y el SC Corinthians, por ejercer de anfitrión. Y es que el campeón brasileño tendría que estar presente en un torneo cuya final tendría lugar en el incomparable Maracaná.
El objetivo de la FIFA era eliminar la Intercontinental y ocupar su lugar. La FIFA debe apoyar la expansión del fútbol a nivel global, tanto por una cuestión moral, como política, como monetaria. Pero tanto la UEFA como la Conmebol se negaron a ello. La Copa Intercontinental seguiría en pie. Y así lo hizo. Apenas un mes antes el Manchester United había logrado el título de 1999 y en diciembre del 2000 sería el Boca Juniors el que vencería al Real Madrid. A ojos del gran público ambos conjuntos eran los reales campeones del mundo.
El caso es que la FIFA puso en marcha su Copa del Mundo de Clubes. Y el varapalo fue considerable. El torneo apenas tuvo repercusión fuera de Brasil. United y Madrid jugaron a medio gas y no lograron clasificarse para la final. Los ingleses tan sólo consiguieron vencer al South Melbourne en un duelo intrascendente. Los españoles no lograron disputar la final por diferencia de goles y perdieron el partido por el tercer puesto ante el Necaxa mexicano. El torneo fue ganado por penaltis por el Corinthians ante el Vasco da Gama tras un aburrido empate sin goles. Que el vencedor fuese un equipo invitado no daba demasiada credibilidad al torneo. En aquel Corinthians destacaban Dida, Vampeta, Luizao y un veterano Freddy Rincón.
Corinthians 2000
Visto el fiasco, para 2001 la FIFA decidió llevar el torneo al verano. Los grandes clubes europeos habían protestado por lo apretado del calendario. Pero ese no era el problema. Las pérdidas económicas fueron terribles y la FIFA pensó que disputar el torneo a finales de julio, cuando las grandes ligas están paradas, le permitiría obtener la atención de los aficionados.
Así que la FIFA subió la apuesta. Serían 12 los participantes. Se formarían tres grupos de cuatro equipos. Los vencedores y el mejor segundo se enfrentarían en las semifinales. La final tendría lugar en el Santiago Bernabéu. Y es que España sería la anfitriona. La FIFA confió en la ambición de dos hombres. Uno era Florentino Pérez. Recién nombrado presidente del Real Madrid, tenía la intención de convertir al club blanco en una empresa capaz de generar ingresos a nivel global. El otro era Augusto César Lendoiro. Había llevado al modesto RC Deportivo a codearse con los grandes de Europa y soñaba con poder mantener eternamente ese estatus y llevarse un trozo del pastel.
Habrían de participar dos equipos por confederación. Los campeones de todas ellas y un segundo espada también victorioso. Por ejemplo, de la UEFA irían el Real Madrid (campeón de Europa) y el Galatasaray SK (campeón de la Copa de la UEFA). De la Conmebol estaba Boca Juniors (campeón de la Libertadores) y el SD Palmeiras (subcampeón de la Libertadores). A estos había que añadir a Los Ángeles Galaxy y Olimpia de Honduras (Concacaf), Jubilo Iwata y Al-Hilal (AFC) y Zamalek SC y Hearts of Oak (CAF). El representante oceánico sería el Wollongong Wolves australiano. Únicamente se renunció a un segundo club de Oceanía para dar entrada al RC Deportivo, que acudiría como invitado.
En marzo de ese año tuvo lugar el sorteo. El grupo A, liderado por Boca y RC Deportivo, jugaría sus partidos en Riazor (A Coruña) y San Lázaro (Santiago). El grupo B comandado por Palmeiras y Galatasaray, en el Vicente Calderón de Madrid. El grupo C, gobernado por Real Madrid y LA Galaxy, tendría como sede el Santiago Bernabéu. La final se disputaría el 12 de agosto de 2001 en el coliseo blanco.
Jamás llegó a disputarse el torneo. En medio del estallido de la burbuja de las .com y del crack de las televisiones de pago por visión, ningún medio audiovisual pujó por llevarse los derechos de la competición. En mayo quiebra ISL, la empresa que gestiona la organización del torneo. La FIFA pierde 5.500 millones de dólares y tiene un muerto encima de la mesa. Decide indemnizar a los participantes y posponer el torneo hasta el año 2003. En 2003 se pospondría ‘sine die’.
Mientras la Copa Intercontinental sigue con sus andanzas, aunque también está tocada. Desde que en diciembre de 1995 se abrió la libre circulación de jugadores en Europa las plazas para foráneos quedaron en exclusiva para los astros que venían de Sudamérica. Año a año los grandes equipos argentinos y brasileños ven como los adolescentes que formaron siendo niños escapan a Europa donde esperan forjar una próspera carrera. Solo Boca Juniors (2000 y 2003) pudo romper la hegemonía de Europa en un torneo que hasta había perdido interés entre los aficionados japoneses.
En 2005 llegaría el reemplazo. Ahora si la Copa Mundial de Clubes tendría la aceptación de UEFA y Conmebol. Se jugaría en Japón, no habría grupos y el número de partidos sería limitado. Mientras los campeones de otras confederaciones se enfrentan entre sí en rondas previas, tanto el campeón de Europa como el de Sudamérica esperan rival en las semifinales. Se mejoran los premios económicos y el asunto queda zanjado. Sao Paulo FC venció a Al-Ittihad (3-2) y Liverpool FC a Deportivo Saprissa (3-0) para luego luchar por un título que se decantó para los brasileños por 1-0. Hubo que esperar hasta 2010 para ver una final sin representante sudamericano. Aquel año el Internazionale milanés venció por 3-0 al TP Mazembe congoleño. Nunca un equipo europeo ha faltado a una final y desde 2012 no pierden una.
No sería hasta el año 2017 cuando la FIFA consideró a los 25 clubes que ganaron al menos una vez la Copa Intercontinental (1960-2004) como legítimos campeones del mundo. Así pues, en el palmarés conjunto iniciado en 1960 por el Real Madrid encontramos a dos campeones del mundo oficiales para el año 2000. Son Boca Juniors como campeón de la Intercontinental y SC Corinthians como ganador de la primera Copa del Mundo de Clubes.
Quien nunca será campeón del mundo es el RC Deportivo. Para 2001 hubo Copa Mundial de Clubes. Pero solo en nuestra imaginación.
El Mundial que nunca se jugó
“¿Qué es la vida? Toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”. Calderón de la Barca.
Otras historias de la Copa Intercontinental
Benfica 2-5 Santos (Eusebio vs Pelé luchando por la hegemonía mundial en uno de los partidos más extraordinarios de todos los tiempos)
La FIFA decidió que, en diciembre de 2010, de una tacada, se eligiesen los países candidatos para el Mundial 2018 y el Mundial 2022. Para el primero se presentaron España y Portugal por un lado y Bélgica y Países Bajos por el otro en pretensiones conjuntas. De forma independiente también estaban Inglaterra y Rusia. Dado que se daba por hecho que el Mundial volvería a Europa y que la UEFA apoyaba abiertamente la candidatura anglosajona se contaba con que el Mundial tendría lugar en Inglaterra. Sorprendentemente el vencedor fue Rusia.
Para 2022 los elegidos eran Estados Unidos, que, con Clinton y Obama como embajadores, eran los archifavoritos, así como Australia, que jugaba la baza de llevar por vez primera el Mundial a Oceanía. No contaban las candidatas asiáticas las cuales eran Japón, Corea del Sur (ambas con escasas opciones porque en 2002 ya habían organizado un Mundial de forma conjunta) y Qatar.
Y ganó Qatar.
Si. Ganó Qatar.
La pregunta es; ¿cómo narices ganó Qatar?
The winner is…
Para lograr ser país organizador de un Mundial debes convencer a una mayoría de miembros del comité ejecutivo de la FIFA. Dichos miembros son un total de 24. Son los 24 dioses del fútbol. Ni Pelé, ni Messi ni Zidane. Esos 24 son los verdaderos dioses. La familia de la FIFA es como la familia de ‘El Padrino’, pero con peores personas.
Uno de esos miembros del comité ejecutivo era Chuck Blazer. Neoyorkino, hombre de negocios, en 1989 accedió al cargo de presidente de la Concacaf (Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de fútbol). Fue el impulsor y creador de la Copa de Oro de selecciones, así como de la Liga de Campeones de la Concacaf. Blazer también instaló las oficinas de la organización en una planta de la torre Trump de Nueva York, la decoró con mármol e hizo alquilar una habitación a la orden de 5.500 dólares al mes a cargo de la Concacaf para cobijo de sus dos gatos. Pronto se convirtió en uno de los brazos derechos del suizo Joseph Blatter, quien en 1998 fue designado como presidente de la FIFA.
En Zúrich, en una fastuosa sala de juntas situada dos pisos bajo tierra, en el edificio de la FIFA, al menos dos veces al año esos 24 hombres, quienes se alojaban en hoteles impecables y degustaban comidas extraordinarias, se debatía sobre como expandir el fútbol por todo el planeta para seguir lucrando el negocio. Blazer, que acabaría siendo confidente del FBI, declararía que cada uno de los allí presentes salía de esas reuniones con al menos 20.000 dólares de la caja fuerte de la FIFA en metálico.
Pero no adelantemos acontecimientos.
Los 24 miembros de la FIFA tienen como cometido la obligación de viajar por el mundo adelante visitando los países candidatos a albergar el Mundial y debatir con los posibles organizadores el plan de actuación. Las dádivas y agasajos forman parte del ritual. Cuando la expedición futbolística arribe en Moscú reparará en que todos los ministros rusos harán un corrillo y colmen de aplausos al personal mientras Vladimir Putin espera al otro lado de la fastuosa sala con los brazos abiertos. En Inglaterra sería la reina Isabel II la que expanda sonrisas y abandone, en cierto modo, el estricto protocolo, dejando que aquellos hombres de negocios se lleven una taza de té del Palacio de Buckingham a modo de souvenir.
En Qatar no había paseos por museos extraordinarios ni visitas a monumentos de cientos o miles de años. En Qatar lo que había era un calor insoportable que rondaba los 50 grados en verano, kilómetros y kilómetros de arena, ausencia total de estadios de fútbol y el único monumento digno de ver eran los pozos petrolíferos. No obstante, lo que si había era dinero. Mucho dinero. La candidatura de Qatar no tenía ningún tipo de límite monetario.
La persona encargada de manejar ese fondo ilimitado era Mohammed Bin Hammam. El presidente de la Federación de Futbol de Qatar ya había logrado convencer a los asiáticos de apoyar la candidatura de Blatter a la presidencia de la FIFA en 1998, pero eso era ‘pecata minuta’ en comparación con el ingenioso proyecto que ahora tenía en mente. A través de diez testaferros diferentes se encargó de dirigir diferentes pagos para asegurarse de que la candidatura de Qatar 2022 fuese la elegida.
Bin Hammam
En primer lugar, viajó a Angola. Era enero de 2010. Faltaban once meses para la elección de la sede mundialista. Allí se celebraba el congreso de la CAF (Confederación Africana de Fútbol). Aquel año un benefactor había donado dos millones de dólares a la CAF. Era el emirato qatarí. Luego Bin Hammam dio órdenes a sus testaferros para que le diesen un millón de dólares en metálico a cada uno de los tres miembros de la CAF que formaban parte del comité ejecutivo de la FIFA. ¿Por qué un millón y no un millón y medio?, dicen que contestó uno de los dirigentes. Y así fue. Por 4,5 millones de dólares en total Qatar se aseguró los votos de los representantes africanos.
Luego viaje a Nueva Zelanda, a visitar al único representante del comité ejecutivo de la confederación más pequeña. Trato hecho. Y después más de los mismo con la Unión Caribeña de Fútbol. Aquí se contenta a los 25 miembros, que no tienen ni voz ni voto, pero que forman frente común en la Concacaf. El pago es irrisorio. 40.000 dólares en sobres individuales a cada uno y trabajo hecho.
Pero con esto no llegaba. Para decantar la balanza hacia falta el voto a favor de los representantes europeos, la delegación más numerosa. Y había un grave problema. Existía un acuerdo tácito de que los qatarís se encargarían de mover el voto a favor de Inglaterra en 2018 si los hijos de la Gran Bretaña hacían lo propio a favor de Qatar para 2022.
El problema es que por medio estaban los rusos. Y sí, ahora Vladimir Putin es el demonio con rabo y cuernos, pero entonces era íntimo de Angela Merkel y de las demás cancillerías europeas. Y los rusos también tienen dinero. Mucho dinero. Entre bambalinas Rusia hizo los deberes y se aseguró ser sede para 2018. Caída en desgracia Inglaterra, se daba por sentado que Estados Unidos sería el ganador para 2022.
Y allí se reunieron. En Zúrich. Un 2 de diciembre de 2010. Cada comité tenía quince minutos de presentación final ante una sala repleta de personalidades, desde miembros de familias reales a mandatarios y ex mandatarios como Bill Clinton o David Cameron. Luego habría una primera votación en la que el último en número de votos quedaría eliminado y así sucesivamente hasta que quedase un mano a mano del que saldría el vencedor.
Pero la decisión ya estaba tomada antes de que tuviesen lugar las presentaciones. Todo se había decidido una semana antes.
Por entonces el presidente de la UEFA era Michel Platini. Campeón de Europa con la Juventus y de la Eurocopa con Francia, tres veces Balón de Oro, había sido enormemente aplaudido al acceder al cargo. Se decía, y no sin razón, que era un soplo de aire fresco que un exjugador fuese directivo. Platini, además, era de la vieja escuela. Un hombre que había criticado duramente a la FIFA como jugador cuando se jugaba a casi 40 grados a los dos de la tarde durante el Mundial de México. Una de sus primeras medidas como dirigente de la UEFA había sido facilitar el acceso a las competiciones europeas de los países más modestos y posicionarse abiertamente contra el VAR.
Resultó que Platini recibió una llamada. Se trataba de Nicolas Sarkozy, entonces presidente de la República Francesa. Se le citaba a una cena en el Eliseo a la que también acudiría Hamad Al Thani, emir de Qatar. En la cena se habló de fútbol, pero esencialmente de economía. Se insinuó que si la UEFA apoyase la candidatura de Qatar quizás Francia se beneficiase en el futuro garantizándose suculentos contratos de infraestructuras en Oriente Próximo.
Platini, quien tenía idea de votar a Estados Unidos, se vio obligado a cambiar el sentido de su voto. Cuando el ídolo francés Zinedine Zidane forme parte de la delegación qatarí que se presentó en Zúrich aquel 2 de diciembre, la suerte estaba echada. Joseph Blatter abrió el sobre y los allí presentes quedaron en shock. Qatar, un país de apenas dos millones de habitantes y de casi 50 grados veraniegos, acogería el Mundial de 2022. Minutos más tarde Bill Clinton rompía de un puñetazo el espejo de su lujosa suite y exigía tener una conversación privada con Michel Platini.
El otrora astro francés declinó la invitación.
Sarkozy, Al Thani y Platini
Lo que después se supo es que Qatar compró Airbus fabricados en la ciudad francesa de Saint Nazaire a razón de 20.000 millones de euros. Luego hubo otros 50.000 millones invertidos en infraestructuras a cargo de empresas galas.
Quizás hoy, tras la bravuconada de Putin, no se entienda este cambio de aliados, pero es que hace apenas nada, hace simplemente un lustro, la política europea miraba con ojos golosos hacia el este. A Rusia al norte, Qatar al sureste y China a lo más lejos. Hoy parece un error colosal. Ayer era un acierto estratégico.
No solo eso. La familia real qatarí decidió invertir en el decaído fútbol francés, por entonces la sexta liga en importancia de Europa. Compraron una cadena de televisión, financiaron las ligas nacionales de baloncesto y balonmano y convirtieron al Paris Saint Germain en un gigante mundial. Fruto del acuerdo, Nasser Al-Khelaifi se convirtió en presidente del PSG y desde entonces el emirato qatarí ha invertido unos 2.000 millones de euros en el club parisino.
Todo esto fue consecuencia de aquello. Y es que aquello provocó un cirio. Pero esto se supo después. Antes hubo que tirar de la manta.
La garganta profunda fue Chris Eaton, jefe de seguridad de la FIFA durante apenas un par de años. Hombre recto, integro, presentó su dimisión en cuanto imaginó todo lo que allí se cocinaba. Se puso en contacto con el FBI estadounidense sin pruebas, pero si con fundamentos. Simplemente les dijo que siguieran el rastro del dinero y les sugirió quien de los 24 miembros del comité sería tan débil como para sucumbir a un par de preguntas.
Ese hombre débil era Chuck Blazer, aquel presidente de la Concacaf del que habíamos hablado. Nunca había pagado impuestos y se llevaba en crudo el 10% de todos los contratos que negociaba. El FBI lo tuvo muy fácil para sacarle un trato. Le colocaron un micrófono en un llavero, le dijeron que soltara el llavero en una de esas reuniones rodeadas de abundante comida y así tirase de la manta.
El lugar elegido fueron los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Allí estarían todos. Y lo harían en un ambiente distendido. En los JJ. OO hay fútbol, pero es un actor secundario del evento. No fue difícil que con unas cuantas copas de más unos cuantos se soltasen la lengua. Tuvieron que pasar tres años más para que en una redada del FBI en el Hotel Bar au Lac de Zúrich fuesen detenidos seis miembros del comité ejecutivo.
Acorralada, la FIFA contrató a un investigador interno. El Informe García (Michael García era el encargado de tan sucia tarea) admitía el fraude masivo en el seno de la entidad, aunque argumentaba que nunca se habían comprado votos, que todo eran regalos y que la FIFA había sido víctima de interferencias políticas. García sostenía que la FIFA había sido fundada por voluntarios que amaban y querían proteger el juego, mientras que en los últimos años su único objetivo había sido el de amasar dinero.
Cuando Blatter tuvo acceso al Informe García se negó a hacerlo público, pero, presionado por el Comité de Ética de la FIFA, se vio incitado a dimitir. Lo hizo en 2015. Y lo hizo tras ser reelegido. Se dio el gusto de ganar las elecciones internas para luego dimitir. Una muestra más de lo podrido del sistema.
El tío Gilito
Joseph Blatter jamás entró en la cárcel, aunque sigue inhabilitado para ocupar cualquier cargo relacionado con la FIFA. Siempre ha negado la mayor y considera una tropelía injusta que el FBI llevase una operación anticorrupción en un país europeo como Suiza. Para Blatter todo se basa en una operación de envidia y venganza estadounidense por no haber sido elegida sede del Mundial 2022. Michel Platini tampoco piso la cárcel, pero tuvo que dejar la presidencia de la UEFA y también sigue inhabilitado para ocupar cargo alguno en el mundo del fútbol. En 2018 admitió que también hubo sobornos para designar a Francia sede del Mundial 1998.
A raíz de aquello el diario ‘Der Spiegel’ sacó a la luz que tanto en Alemania 2006 como en Sudáfrica 2010 los sobornos también formaron parte del pack mundialista.
La FIFA siempre había sido capaz de controlar su destino. Bin Hamman y la delegación de Qatar no inventaron nada. Fue la FIFA la que con sus corruptelas inventó la norma. Lo que hace la elección de Qatar diferente al resto es que las injerencias no se basaron únicamente en sobornos, sino en compromisos políticos de primer nivel.
A fin de cuentas, con o sin sobornos, Francia, Alemania o Rusia tienen capacidad y tradición para albergar un Mundial. Hasta Sudáfrica puede formar parte de este saco como una operación de justicia ante la olvidada y exprimida África. La corruptela por la elección de Qatar como sede mundialista salió a la luz porque es un sin sentido mayúsculo. Un país de apenas 11.000 km cuadrados (Asturias), con 2’5 millones de habitantes de los que únicamente el 15% son nativos, donde hubo que construir estadios de fútbol ex proceso y donde hasta el año 2008 no hubo una liga de fútbol profesional.
Y lo más sangrante. Un país que ha obligado a darle una vuelta al calendario del fútbol mundial para evitar el verano y competir en los agradables 25 o 30 grados del diciembre qatarí.
Y todo gracias a Nicolas Sarkozy. El único de los tres grandes personajes de esta historia que pisó la cárcel. Acusado de tráfico de influencias e intento de soborno a un juez. Fueron tres años de condena, aunque únicamente estuvo siete meses en la cárcel. Y lo fue por aceptar dinero libio para financiar su campaña política. No fue condenado por el ‘Qatargate’. A fin de cuentas, la FIFA sabe bien como proteger a los suyos.
“La corrupción es peor que la prostitución. La prostitución pone en duda la moral del individuo, mientras que la corrupción pone en peligro la moral de todo el país”. Karl Kraus, escritor checo.
“Lo que las leyes no prohíben, puede prohibirlo la honestidad”. Séneca, filósofo romano.
Otras historias rodeadas de injerencias
Auge y caída de Nikolai Starostin (como el aparato comunista quiso acabar con el padre del fútbol en Rusia a través de dos artículos)
Al pequeño Johann lo llamaban Rukeli. Con ocho años ya frecuentaba el gimnasio del barrio. Era alto y fuerte y crecía a lo largo como un junco, como un árbol joven, que no era más que lo que significaba aquel apodo de ‘Rukeli’. Rukeli es una palabra romaní, el idioma usado por millones de cíngaros a lo largo del mundo. Y es que Johann Wilhelm Trollmann era gitano.
Johann Trollmann nació en Alemania en diciembre de 1907. Tuvo un hogar ciertamente estable en Hannover lugar donde se aficionó a pegar guantazos en el cuadrilátero. Tenía buenas condiciones, era alto y frágil, pero de gran agilidad y rápidos movimientos. Decían que danzaba como un bailarín, dando pasos de ballet, pero que asestaba puñetazos con la fuerza de una yegua. Comenzó a ganar pequeños torneos regionales, hasta que al llegar a los 20 años su fama era reconocida por toda Alemania.
Trollmann no solo era un gran boxeador. Era un sex-symbol. De tez morena y negrura en la mirada, llamaba la atención entre las chicas acostumbradas a ver varones rubicundos y de ojos claros. Su carrera estaba destinada al estrellato y todo el mundo contaba con que volvería de los Juegos Olímpicos de Estocolmo de 1928 con alguna presea bajo el cuello.
Pero Trollmann no viajaría a Suecia.
En vez de llevar al campeón de los semipesados, la Federación Alemana de Boxeo decidió enviar a uno de esos deportistas a los que Trollmann había derrotado. El comunicado de prensa argumentaba que Johann había sido excluido de la convocatoria porque su estilo de boxeo “no era demasiado alemán”. Traducido al román paladino. Había sido excluido por ser gitano.
Querido lector. Hagamos un pequeño ejercicio de historia.
Estamos en el verano de 1928. El ‘Deutsches Reich’ es una república federal semipresidencialista con capital en Berlín. Ese periodo de la historia germana también es conocido como República de Weimar, porque fue en esta pequeña ciudad turingia donde en 1918 se había reunido la Asamblea Nacional para proclamar una nueva constitución. A la altura de este relato, diez años más tarde, el presidente de Alemania era el socialista Hermann Müller quien gobernaba a través de una coalición en la que se reunían tres partidos; los citados socialistas (153 escaños), los liberales del DNVP (73 escaños) y los centristas de Zentrum (61 escaños).
En la oposición destacaban los comunistas (KPD) con 54 escaños y los monárquicos (DVP) con 45 escaños.
El noveno partido, con un total de 12 escaños de 491 posibles, era el NDSP o, lo que es lo mismo, el Partido Nazi liderado por Adolf Hitler, con menos del 3% de los votos.
A Johann Trollmann no le dejaron ir a los Juegos Olímpicos por cuestiones racistas.
Era 1928. No había nazi alguno en el poder. Ni se les atisbaba.
Johann Trollmann
Así las cosas, Trollmann decidió hacerse profesional. Por entonces solo los atletas amateurs podían acudir a los Juegos Olímpicos. Visto que su sueño se había cercenado, Trollmann marchó a Berlín para competir en veladas donde se movía dinero, mucho dinero. Con su juego de pies, en una época donde el estándar era el de armarios empotrados sin cintura, pero con puños de acero, Rukeli se convirtió en el favorito del público a base de una ligereza de piernas que catalogaba como baile lo que era un combate de boxeo.
A finales de 1933 Trollmann se jugaba el título nacional de los semipesados frente a un tal Adolf Witt. Se habían enfrentado dos veces antes con igualdad de victorias para los contendientes. Eran polos opuestos. Witt era un pegador de manual. Trollmann un virtuoso con los pies. El combate se celebraría en la explanada de la cervecería Bockbrauerei de Berlín con la presencia de varias autoridades de renombre.
El gitano dominó desde el primer asalto. Mientras Witt lanzaba mandobles como panes, Trollmann los evitaba con facilidad para luego ir ganando terreno y golpear poco a poco a su rival. El público enloquecía con el púgil de Hannover quien, sin embargo, tenía la gracilidad para esquivar a Witt pero no la fuerza necesaria para noquearlo. Al cabo de los doce asaltos ambos púgiles estaban en pie, por lo que serían los jueces los que dictaminasen quien sería el vencedor.
La decisión parecía fácil. La victoria debería ser para Trollmann quien había dominado todo el duelo. Los jueces no lo vieron así. Declararon nulo el combate y sugirieron la celebración de una revancha. El público comenzó a abuchear indignados por la decisión. Hubo lanzamiento de objetos al cuadrilátero y una turba amenazó a los jueces con todo aquello que estaba en sus manos. Asustados, los árbitros dieron marcha atrás y declararon vencedor a Rukeli a los puntos. Trollmann, emocionado, se tiró al suelo y comenzó a llorar.
Era el campeón alemán de los semipesados del año 1933.
Un par de días después Johann Trollmann recibía una carta certificada en su casa. La Federación Alemana lo desposeía de su título por “comportamiento indecoroso”. La razón. Haber llorado en público.
Querido lector. Hagamos nuevamente un pequeño ejercicio de historia.
En marzo de 1933 el Partido Nazi (NSDAP) había conseguido una rotunda victoria con más del 43% de los votos y 298 escaños. Aun así, debía pactar para gobernar al no haber alcanzado la mayoría absoluta. El resultado fue decepcionante para Hitler porque solo unos días antes de las elecciones había acusado a los comunistas de prender fuego al Reichstag, suceso que acabó con 4.000 comunistas arrestados. Años después se sabría que todo había sido una farsa, mas entonces se consideraba que eso daría la mayoría a los nazis de forma holgada. No fue así. Hitler tuvo que pactar con los conservadores del DNVP (52 escaños) mientras que socialistas (120 escaños) y comunistas (81 escaños) lideraban la oposición.
En el plazo de unas semanas, y tras una serie de circunstancias que no vienen a cuento para el relato, los nazis consiguieron inhabilitar a socialistas y comunistas excusándose en el incendio del Reichstag para aprobar decretos leyes que les privaban de sus asientos parlamentarios. Así, seis meses después, tendrán lugar unas nuevas elecciones en las que el voto no será secreto y solo podrán concurrir el NSDAP y una serie de políticos de derechas no afiliados a los nazis para dar sensación de democracia. Hitler logrará más del 92% de los votos y afirmará “democráticamente” su dictadura aun a pesar de que más de tres millones de alemanes osaron votar en su contra aun a sabiendas de que estaban siendo vigilados.
Si en la Alemania democrática de 1928 Johann Trollmann no era bien recibido, imaginen lo que este boxeador cíngaro iba a sufrir a partir de ese funesto año 1933.
Rukeli
Con todo Trollmann seguía viviendo de su fama, por lo que los nazis organizaron un nuevo combate para acabar con su buena estrella. El rival era Gustav Eder, un peso pesado, una categoría superior a la de Rukeli. Trollmann recibió otra carta de la Federación justo antes del combate. En ella se decía que si no quería perder su licencia debía comportarse como un “verdadero alemán” y quedarse en el centro del ring sin hacer nada y sin intercambiar golpes.
Tenía que perder el combate.
Eder saltó al ring para luego hacerlo Trollmann. Ante el asombro del respetable quien allí apareció fue otro hombre. Otro Trollmann. Se había teñido el pelo de rubio y se había cubierto el cuerpo de blanco al echarse encima un saco de harina y arrojar un bote de polvos de talco sobre su cara.
Si los nazis querían un verdadero alemán, un producto genuino de la raza aria, allí lo tenían.
Trollmann no se movió. Como un Don Tancredo aguantó estoicamente durante cinco asaltos, mientras el estilo grave de Eder le soltaba una hondonada de hostias.
A partir de entonces Johann Trollmann siguió compitiendo, aunque los grandes escenarios le fueron vetados. Hubo de escabullirse y deambular por ferias y pueblos soltando puñetazos para ganar un puñado de marcos. No era gran cosa, pero mucho peor sería cuando en 1935 le quiten la licencia de forma definitiva. Al ser gitano se le prohíbe competir, una de las consecuencias de una ley que también prohíbe el matrimonio entre razas diversas y la descendencia para mantener la pureza del linaje ario. Trollmann, casado con una alemana de esas consideradas perfectas por los nazis y con una preciosa niña pequeña, decide divorciarse para que su familia sea libre. Él nunca más podrá tener hijos, porque tres años más tarde será esterilizado, tras otro decreto de higiene racial que pretendía acabar con la descendencia de razas inferiores, pero también de comunistas, homosexuales, delincuentes, enfermos mentales, discapacitados y también religiosos.
Y aun con todo, aun no siendo un verdadero alemán, los nazis no dudaron en usar aquel cuerpo que consideraron invalido en la vida civil pero apto para la vida militar. Fue reclutado por la Wehrmacht y enviando al frente oriental donde fue herido en 1941. En enero del año siguiente tuvo lugar la Conferencia de Wannsee donde se decretó la llamada ‘solución final’ cuyo fin era exterminar a judíos y demás razas catalogadas de inferiores. Rukeli fue expulsado del ejército, pero se libró del exterminio quizás por los méritos acumulados en el campo de batalla.
Lo destinaron al campo de concentración de Neuengamme, a las afueras de Hamburgo. Allí Trollmann se vio obligado a pelear por una ración de comida mientras se consumía día a día. Como un objeto de feria era retado por los guardias del campo, quienes bien alimentados, uniformados y con objetos punzantes en la mano, tenían todo a su favor ante lo que antes era un gran boxeador y ahora sobrevivía como saco de huesos.
A Trollmann también lo ponían a pelear contra otros prisioneros. Muchos de ellos eran espías, gente que vendía su alma a cambio de un mendrugo de pan y un par de salchichas para servir como ojos de las SS allí a donde sus zarpas no conseguían llegar. Parece que cierto día de 1944 uno de esos presos compinches de los nazis llamado Cornelius perdió un combate contra Trollmann. Cabreado, cogió un palo del suelo y lo golpeó como un perro hasta que la sangre corrió por su cabeza. Johann ‘Rukeli’ Trollmann fallecía a los 37 años ante la pasividad y las risas de los allí presentes.
Neuengamme
El prisionero 9841 del campo de concentración de Neuengamme fue olvidado como tantos otros de sus compañeros. Hubo que esperar al año 2003 para que la Federación Alemana de Boxeo le entregara a un sobrino-nieto de Trollmann el cinturón de campeón nacional de los semipesados que injustamente le fue negado en 1933. Años después una placa en su recuerdo fue colocada a los pies del Teatro Flora de Hamburgo, hoy lugar de referencia para los amantes de la música y antaño escenario de algunos de los mejores combates de aquel árbol joven al que llamaban Rukeli.
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Quizás la Copa América es el único torneo que puede competir a nivel de tronío con la FA Cup. Antiquísimo, data de 1916, ha ido dejando una estela de imágenes, escritos y recuerdos que aun siendo superados por los tiempos modernos siguen insuflando una mística intrínseca a su disputa. Entre sus rarezas está la aportación de una medalla de bronce a aquella selección que concluye el torneo en cuarto lugar.
El caso es que en aquella primera edición de 1916 compitieron Uruguay (primer campeón), Argentina, Brasil y Chile. Eran los cuatro países más avanzados de Sudamérica, no solo en términos económicos, sino también en términos futbolísticos. Concretamente uruguayos y argentinos eran por entonces potencias, no sólo del continente sino a nivel mundial. Fuera a través del Río de la Plata por donde el Imperio Británico introdujo sus costumbres y estilo de vida y con ello el entonces revolucionario juego del fútbol. Montevideo y Buenos Aires eran capitales del balompié mundial.
Poco a poco fueron enganchándose al torneo el resto de países de Latinoamérica, hasta que a mediados de la década de 1980 la Copa América implantó un formato similar al actual. Los diez equipos participantes (Uruguay, Argentina, Chile, Brasil, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela) se dividían en grupos y de ahí salían los semifinalistas y con ello la final. El problema radicaba en que muchos de los partidos no tenían interés al ya estar los puestos decididos de antemano. Además, el torneo era corto y no demasiado atractivo para los operadores televisivos dado que el número de choques de enjundia era escaso.
La dificultad reside en que diez es un número de difícil solución para fabricar un torneo eliminatorio. Es imposible cuadrar unos cuartos de final y los grupos de cinco escuadras son demasiado largos. Por ello la Conmebol decidió en 1993 ampliar el torneo a doce equipos. De esta manera se creaban tres grupos de cuatro países, clasificándose los dos mejores de cada grupo y los dos mejores terceros a cuartos de final. No es la solución ideal, pero permitía dotar a cada grupo de interés y crear eliminatorias, la salsa de cualquier torneo internacional.
Desde entonces países como México, Estados Unidos, Honduras, Costa Rica, Japón o Qatar han disputado la Copa América como selecciones invitadas. Ha habido hasta intentos de convencer a España y a Portugal para formar parte del ruedo, argumentando el valor de la madre patria y la latinidad inherente a todos los países. Pero todas estas combinaciones resultan ante la imposibilidad de conseguir doce selecciones en Hispanoamérica.
¿Pero acaso no hay doce países en Latinoamérica?
Abramos pues el atlas. Lo primero en lo que debemos fijarnos es que hay una serie de islas situadas al norte de Venezuela. Destacan Trinidad y Tobago, Barbados o Santa Lucía. Todos estos países forman parte de la Concacaf, el organismo que rige los designios futbolísticos de Norteamérica y América central. Tiene todo el sentido ya que todas estas islas se sitúan por encima de la línea del ecuador y forman parte de lo que hemos dado en llamar Caribe.
Pero lo sorprendente es que encima de esa línea del ecuador terrestre hay tres países que constituyen porción del subcontinente sudamericano y que no forman fragmento de la Conmebol. Todos ellos hacen frontera al sur con Brasil y los tres hacen frontera entre ellos. Se trata de Guayana, con capital en Georgetown y frontera al oeste con Venezuela, Surinam, con capital en Paramaribo, y Guayana francesa, que linda al este con el Atlántico y cuya capital es Cayenne. Éste último es un territorio de ultramar francés, por lo que su estatus es de región autónoma, aunque mantiene su independencia en términos deportivos.
Así pues, la pregunta es obvia. ¿Por qué Surinam y Guayana no forman parte de la Conmebol?
Los tres olvidados
Cuando los ingleses (y en menor medida franceses y neerlandeses) asaltaron el Atlántico se centraron en aquellas regiones de América que no habían sido ocupadas por España o Portugal. En el norte implicaba conquistar territorios vírgenes, pero en el sur comprendía entablar batalla. Lo más simple era establecer una base naval en una isla del Caribe e iniciar la expansión a través del poderío de una armada. Década a década los ingleses conquistaron las islas del Caribe y los enemigos de España pusieron sus ojos en una zona selvática entre la desembocadura del Orinoco y la del Amazonas, que había sido considerada irrelevante por los conquistadores de la Península Ibérica.
Fueron los neerlandeses los que allí primero se asentaron a comienzos del siglo XVII tras expulsar a los reductos de un fuerte español (los cuales antes habían echado a las tribus caribes). Los franceses vieron la oportunidad e hicieron lo propio poco después. Así entre oranges y gallos se repartió el territorio hasta que siglo y medio después los británicos arrebataron a los neerlandeses la parte más occidental. Dado que los lazos culturales, económicos y lingüísticos eran diametralmente opuestos a los del resto de Sudamérica, las Guayanas se mantuvieron como una especie de isla exótica sin comunicación con el resto del continente en un proceso que se mantiene en la actualidad.
En 1966 Guayana (750.000 habitantes) obtuvo su independencia por parte de los ingleses y en 1975 Surinam (600.000 habitantes) consiguió lo propio enfrentándose a los neerlandeses. Por el contrario, la Guayana francesa (250.000 habitantes) es miembro ultramarino de la Unión Europea y sigue formando parte de la República Francesa.
Parecería obvio que tanto Guayana como Surinam se hubiesen adscrito a la Conmebol, pero no fue así. Ambos países decidieron formar parte de la Concacaf y disputar partidos contra selecciones de Centroamérica. Tras más de un siglo de historia y más de 1.000 partidos internacionales, la selección argentina jamás ha jugado un encuentro frente a Guayana, algo que parece inconcebible. El caso es que el nivel futbolístico de las Guayanas era bajo, los lazos culturales ínfimos y la decisión, aunque geográficamente inaceptable, era futbolísticamente aceptable.
Lo que es más difícil de entender es que la Conmebol no hubiese seducido a ambos países para formar parte de su red de influencia y así solucionar un problema eterno en relación a la Copa América. Y es que el nivel de Gibraltar, Malta o Chipre puede ser ínfimo, pero a ninguna de estas tres selecciones se les ocurriría competir en África y abandonar el paraguas de la UEFA. Si la Conmebol hubiese querido habría convencido a Surinam y Guayana y con el paso del tiempo el nivel futbolístico de ambos países habría crecido.
De hecho, tras muchos años de intento, en 2019 Guayana consiguió clasificarse por vez primera para una fase final de la Copa de Oro. Lograría un histórico empate ante Trinidad y Tobago. Parecida es la trayectoria de Surinam que hubo que esperar a 2021 para disputar una Copa de Oro y de paso lograr una victoria frente a Guadalupe y poner en serios aprietos a Costa Rica antes de caer eliminados.
Empero, el caso de Surinam es digno de ser analizado independientemente. Al igual que en la vecina Brasil, en Surinam es muy habitual que los niños jueguen descalzos al fútbol en la playa dado que una de las pocas armas para salir de la pobreza es siendo un virtuoso con el balón. Jugar al fútbol en la calle sin reglas ni normas, por el simple hecho de disfrutar, aumenta la destreza y potencia la técnica. El pionero, aun cuando Surinam formaba parte de los Países Bajos, fue Humphrey Mijnals, el primer negro que jugó con los Orange a inicios de los años 60.
Luego vinieron Ruud Gullit y Frank Rijkaard, ambos amigos y ambos hijos de dos amigos surinameses que emigraron a Europa buscando un futuro mejor. Luego vendrían más; Edgar Davids, Patrick Kluivert o Clarence Seedorf. En la actualidad jugadores como Van Dijk o Wijnaldum son nados en Países Bajos, pero podrían jugar perfectamente con Surinam por ser el lugar de nacimiento de alguno de sus progenitores. Se estima que unos 150 jugadores que militan en la Eredivisie holandesa podrían ser internacionales con Surinam. Una alineación histórica de Surinam estaría formada por Menzo; Reiziger, Van Dijk, Rijkaard, Bogarde; Seedorf, Davids, Wijnaldum; Gullit, Kluivert y Hasselbaink.
Seedorf, Davids….un amistoso
Mas complicado es el caso de la Guayana francesa. La FIFA no lo reconoce como país (recordemos que es un territorio de ultramar francés) y no puede competir en las eliminatorias para disputar un Mundial. Sin embargo, está adscrita a la Concacaf y participa tanto en competiciones regionales del Caribe como en la Copa de Oro. De la Guayana francesa era Bernard Lama, portero suplente de Francia cuando ganó el Mundial de 1998, o Florent Malouda, subcampeón del mundo con los galos en 2006.
Malouda, durante muchos años titular en el Chelsea FC y 80 veces internacional con Francia, llegó a disputar un par de partidos con la Guayana francesa en 2017. Uno de esos choques fue ante Honduras durante la Copa de Oro del año citado en el que Malouda fue titular. La FIFA había advertido previamente que la alineación del centrocampista sería motivo de sanción, algo que se confirmó al finalizar el choque. Lo que había sido un partido sin goles se convirtió en una derrota administrativa por 0-3 de la Guayana francesa.
Fue el último partido de un francés de ultramar que defendió los colores de un país a más de 6.000 kilómetros de su casa.
En una caja fuerte de Lausana. En la sede del Comité Olímpico Internacional. En el anverso la diosa de la victoria con una palma en la mano izquierda y una corona de laurel en la derecha. En el reverso dos jóvenes desnudos, representando la pureza del cuerpo atlético. Son doce las medallas de plata que allí aguardan, en un frio recipiente chapado de acero de una ciudad suiza a la espera de ser recogidas. La larga espera suma 50 años y nadie le augura fin. Alguno de los doce componentes del equipo norteamericano de baloncesto ya ha dejado este mundo. Otros aun no lo han hecho. Pero tantos unos como otros han sido tajantes. Ni ellos, ni sus hijos, ni los hijos de sus hijos, podrán nunca recoger esas medallas. Así lo atestiguan sus testamentos. Y sólo el acuerdo unánime de esos doce hombres o sus descendientes podrían sacar esas medallas del letargo en el que están asumidas.
Esas doce medallas son el amargo recuerdo de los tres segundos más corrosivos que el baloncesto ha parido. Del partido más controvertible jamás celebrado. De la más grande de todas las polémicas.
Una vez Doug Collins ha sido arrollado por Sakandelidze se dispone a lanzar dos tiros libres. Quedan tres segundos para el final. Antes hubo que levantarlo del suelo, porque el golpe fue terrible. Anota el primero ante el rugir del público. 49-49. Respira hondo, lanza con seguridad el segundo y vuelve a encestar. 50-49. Es la primera ventaja de Estados Unidos en todo el partido y el público y el banquillo norteamericano comienza a celebrar la victoria.
Toda la presión para Collins
En el momento en el que el segundo tiro de Collins vuela hacia el aro suena una bocina. Es el indicativo que confirma que Kondrashin ha solicitado un tiempo muerto. En la retransmisión televisiva el sonido se escucha claramente, pero no así en el pabellón donde la algarabía enloquece a los presentes.
El árbitro brasileño Renato Righetto se gira hacia la mesa para ver qué ocurre, pero el búlgaro Artenik Arabadjan pone el balón en manos de Alzhan Zharmukhamedov. En ese momento se puede ver a Kondrashin y sus ayudantes haciendo con las manos el gesto de tiempo muerto totalmente desesperados. Zharmukhamedov saca rápido de fondo y envía el balón a Serguei Belov que intentará un lanzamiento a la desesperada desde el centro del campo. Justo cuando cruza la línea del medio los árbitros paran el partido. La solicitud de Kondrashin ha sido aceptada y habrá tiempo muerto. Queda un segundo para el final del choque.
Por entonces no se contabilizaban las centésimas, pero es evidente que desde que Collins lanzó los tiros libres han pasado un par de segundos, y no es lo mismo jugarte el partido con tres segundos de posesión que con tan sólo uno.
Jugadores y cuerpo técnico de ambas selecciones rodean a los colegiados y a la mesa de anotación buscando una solución satisfactoria a sus intereses. El caos es colosal. Es la locura. La prensa salta a la pista y los miembros de seguridad se afanan por devolver a todos a sus respectivos lugares.
Según las reglas de aquel momento, el tiempo muerto debía pedirse antes de que se lanzaran los tiros libres, y podía ser concedido o antes de los lanzamientos, o entre el primero y el segundo, nunca después del segundo.
¿Fue el tiempo muerto pedido correctamente? Kondrashin asegura que el tiempo muerto fue pedido antes de los lanzamientos, con la intención de hacerlo efectivo entre el primer y el segundo tiro libre. El hecho de que la mesa hiciera sonar la bocina cuando Collins ya tenía el balón en sus manos indica un intento de evitar que se produjera el segundo lanzamiento. En cambio, Hans Tenschert, responsable de la mesa de anotación, explica que en aquel torneo se había dado a los entrenadores un aparato electrónico para señalar a la mesa la intención de pedir tiempo muerto. Según Hans, los soviéticos no manejaron bien el aparato y acabaron pidiendo el tiempo muerto demasiado tarde. Mas tarde, cuando todo esto haya concluido, se acabará reconociendo que el error había sido de la mesa. Pero no adelantemos acontecimientos. Falta mucha tela que cortar.
El VAR de 1972
De repente, y tras esos instantes de tensión, un hombre con una fina capa de pelo blanco, sempiternas gafas y una pajarita que daba un cierto aire cómico a su aspecto aristocrático, baja haciendo aspavientos desde la tribuna presidencial hasta la mesa arbitral. Se trataba de William Jones, presidente de la FIBA desde su fundación en 1932. Jones no tenía autoridad alguna para influir en los árbitros, pero al mismo tiempo tenía toda la autoridad para hacerlo. Era el hombre que había logrado que el baloncesto fuese olímpico y era mando respetado en todo el orbe. Así que cuando Jones levantó tres dedos al aire indicando que se otorgasen los tres segundos y se concediese el tiempo muerto la discusión finalizó con rotundidad.
Lo cierto es que más allá de la tropelía de Jones había una prueba que quitaba toda la razón a los norteamericanos. Al sonar la bocina tras el segundo lanzamiento de Collins se había encendido una luz en la mesa de los jueces. Quizás se podía argumentar que no se había oído la sirena, pero la luz encendida era una prueba irrefutable.
Total, que hay un nuevo saque de fondo y la jugada vuelve a ser la misma. Los protagonistas no. En el alboroto, Edeshko ha entrado por Zharmukhamedov para sacar de fondo y Paulauskas era el escogido para intentar el tiro a la desesperada en lugar de Serguei Belov. Los árbitros deciden reanudar el choque, mientras en la mesa gritan que paren, que todavía no están preparados. Defendido por el pívot McMillen, Edeshko se la pasa a Paulauskas, que lanza el balón hacia el aro. La bocina suena en el mismo momento que el jugador lituano recibe la pelota.
¿Fin del partido?
En ese momento el reloj sigue anclado en un segundo para el final porque alguien ha sido tan cenutrio como para volver a poner el partido en juego sin haberlo arreglado. En las centésimas que van desde que el balón sale de las manos de Edeshko hacia el infinito alguien se da cuenta del error y pone el cronómetro en 50 segundos. Entendemos que su intención era dejarlo en 3, pero con los nervios no se sabe que botón fue a tocar. El caso es que un miembro de la mesa se da cuenta del disparate y toca la bocina para invalidar todo lo que está sucediendo.
El balón surca el cielo y toca el aro estadounidense y la fiesta hace su aparición. Era la segunda vez que los norteamericanos alzan las manos y festejan la victoria y también la segunda vez que el público monta el jolgorio e intenta entrar en la pista.
Aquí el guirigay ya es de traca. Los yankees celebran con lujuria y el desenfreno es absoluto. Mientras varios hombres con traje intentan calmarlos alzando las manos con tres dedos al aire. ¡Faltan tres segundos! ¡Faltan tres segundos!
¿Faltan tres segundos?
Claro que faltaban tres segundos. Pero convencer al Team USA del error humano será imposible. Lo fue entonces y lo sigue siendo medio siglo después. Para los allí presentes todo aquello no era más que un complot. Entendían que esa jugada se repetiría las veces que hiciese falta hasta que los soviéticos lograsen la victoria. Para aquellos que lo vieron por televisión, la duda siempre permanecerá en el aire. Es cierto que la bocina sonó antes de tiempo, como también es cierto que el reloj marcaba erróneamente 50 segundos. Pero la realización televisiva nos obvió lo que pasaba en la pista mientras enfocaba el marcador electrónico. Tras una polémica primera repetición de la jugada, hubo quien quiso, y sigue queriendo ver, una segunda mano negra en esta segunda ocasión.
¿Victoria norteamericana?
¿Cómo pudo haber semejante error? Se dijo que fue un error de comunicación. En la mesa de anotación se hablaba solo alemán, y los árbitros Righetto y Arabadjan no tenían una lengua común. Los relojes eran de la marca suiza Longines que se había llevado el acuerdo para esos Juegos y para los de cuatro años más tarde. Como curiosidad, había un miembro de Longines en esa mesa de anotación de infausto recuerdo. Era Joseph Blatter, quien años más tarde sería nombrado presidente de la FIFA. Fuese como fuese, estaba claro que la actuación de la mesa era indignante. Hubieron de pasar unos cuantos minutos hasta que las aguas volvieron a su cauce y se pudieron disputar por tercera y última vez los famosos tres segundos restantes.
En esta ocasión Edeshko decide obviar el pase corto y enviar un pase de fútbol americano al otro Belov, a Aleksander, que espera bajo la canasta estadounidense.
Esta vez sí, el cronómetro se sitúa en tres segundos y el partido se va a reanudar de nuevo. Arabadjan entrega el balón a Edeshko. Y aquí hay otra polémica. El árbitro búlgaro parece hacer un gesto a McMillen para que se aleje de Edeskho y le permita sacar de fondo sin oposición. Fuese por cansancio o por falta de concentración por todo lo ocurrido, en vez de dar un paso para atrás McMillen directamente se va de la escena y permite que Edeskho saque con total comodidad. El balón vuela y es recogido por Aleksander Belov debajo de la canasta estadounidense. Recoge el balón en carrera, le gana la partida a Forbes y a Jones que salen despedidos en una posible falta. Con los dos americanos fuera de juego, a Aleksander Belov aun le da tiempo a amagar con una finta en un acto reflejo antes de anotar una fácil bandeja a tabla. Había encestado prácticamente en el mismo sitio donde había fallado antes de que Collins anotase los dos tiros libres que iniciaron todo el galimatías.
Suena la bocina. Belov alza los brazos y su imagen corriendo patillas al aire la pista quedará grabada para la eternidad. La Unión Soviética vence por 50-51. Es la primera derrota estadounidense en baloncesto en la historia de los Juegos Olímpicos.
Si el ajedrez era estadounidense, ahora el baloncesto era soviético. La Guerra Fría volvía a las tablas.
Edeskho podría haber lanzado ese mismo pase otras diez veces y el resultado nunca sería el mismo. La fría delegación soviética saltaba y gritaba en el centro de la cancha como si de mediterráneos se tratasen. Los estadounidenses se frotaban los ojos y clamaban al cielo por la injusticia mientras se formaba un tumulto en el que a Hank Iba le robaban su cartera con 370 dólares de la época.
Por supuesto la historia no acabó aquí. El equipo norteamericano firma el acta con protesta, alegando que el tiempo total transcurrido en el partido es de 40 minutos y 3 segundos. La protesta se eleva al jurado de apelación. Se reúnen a las dos de la madrugada y la discusión se extiende hasta las diez de la mañana. Entre altísimas medidas de seguridad los cinco miembros del comité seleccionado por la FIBA comenzaron a revisar las imágenes para dictar sentencia. Mientras los dos bloques movían hilos entre bambalinas para influir en la decisión. Al final se reafirmó la victoria soviética por tres votos a favor y dos en contra. El escándalo en Estados Unidos fue incluso mayor que el producido por el resultado del partido. Votaron a favor del triunfo de la URSS los representantes de Cuba, Polonia y Hungría, todos países pertenecientes al bloque comunista. Votaron en contra Italia y Puerto Rico, todos países miembros de la órbita capitalista. “Nos la han metido doblada”, declaró Richard Nixon. “Ahora sé que Dios existe”, exclamó triunfante Leónidas Breznev.
Y con todo este panorama tendría lugar la ceremonia del pódium. Allí la imagen era impactante. Si en el tercer cajón estaban los doce héroes cubanos y en el más alto los doce exultantes soviéticos, en el segundo escalón el vacío hacía acto de presencia.
El Team USA no se presentó. No pensaban recoger una medalla que según ellos no les correspondía.
Ni rastro de la plata
La protesta americana se extiende al comité olímpico, pero en febrero de 1973 dicen que eso es una decisión que atañe a la FIBA, dando carpetazo definitivo el tema. Al menos de manera oficial. Medio siglo después los jugadores americanos siguen diciendo que les robaron la medalla de oro y que no aceptan la medalla de plata. Para recibir la medalla de plata todos los miembros del equipo (o sus descendientes) deberían estar de acuerdo. Y eso nunca sucederá.
El resto es historia. Alzhan Zharmukhamedov relata que todo el equipo se quedó hasta las tres de la mañana en los vestuarios del pabellón, con la incertidumbre de si su victoria sería invalidada o si el partido se tendría que repetir. Lo cierto es que habían dominado el marcador durante 39 minutos, y de hecho deberían haber cerrado el encuentro antes de que se llegara al final de infarto.
La concentración de errores humanos fue grandiosa, pero todo indica que la victoria soviética fue justa. Hubo quien dijo que todo había sido orquestado por William Jones para acabar con el dominio americano. Pero que Jones, un aristócrata británico, simpatizase con los comunistas era tan poco probable como el matrimonio entre un elefante y un grillo. Deportivamente hablando, los soviéticos se podían considerar justos vencedores, pero también era cierto que, a pesar de los avances del baloncesto internacional, el equipo americano era el más flojo de cuantos habían presentado a los Juegos Olímpicos. La baja de Bill Walton mermó sensiblemente el poderío interior y privó al equipo americano de su jugador más diferencial. Y, aun así, la URSS solo había conseguido una victoria por un punto en el último segundo con muchísima polémica.
El reinado americano seguía vigente y desde ese momento estuvieron con el cuchillo afilado esperando a la revancha que tendría lugar cuatro años más tarde. Pero al igual que Anatoly Karpov recuperó el trono del ajedrez para los soviéticos con la amarga sensación de no poder batir a un retirado Fischer, el equipo de baloncesto de Estados Unidos recuperó el trono sin ganarle a la URSS. En los Juegos de Montreal 76 Yugoslavia derrotó a la URSS en semifinales impidiendo una revancha y los boicots norteamericanos y soviéticos en Moscú 1980 y Los Ángeles 1984 retrasaron el duelo por excelencia. Hubo que esperar a Seúl 1988 donde Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentaron en semifinales con clara victoria de la URSS (82-76) y esta vez sin discusión alguna.
Fue entonces cuando Estados Unidos decidió llevar a los Juegos Olímpicos a sus figuras de la NBA, lo que cambiaría totalmente el ‘status quo’ del baloncesto internacional. La victoria de Estados Unidos en Barcelona 92 fue de una rotundidad pasmosa. Por entonces la Unión Soviética ya no existía y el mundo pasaba de ser bipolar a unidireccional. Ya hacía bastante más tiempo que no estaba Aleksander Belov, el legendario héroe con aquella canasta imposible. Había fallecido al filo de los 27 años víctima de un galopante sarcoma. Tras Múnich siguió militando en el Spartak de Leningrado a las órdenes de Kondrashin a pesar de las presiones para que firmara por el CSKA.
Aleksander Belov
Si la victoria de Barcelona 92 de Estados Unidos fue una exhibición de poder, la de la Unión Soviética en Múnich 72 cambió para siempre la historia del baloncesto. Aquel deporte creado en Norteamérica pasaba a ser global. Con discusión o sin discusión, esa victoria demostró que Estados Unidos era batible. No fue solo un partido de baloncesto, sino que fue la más grande de todas las polémicas.
“Los estadounidenses tienen que aprender a perder, aun cuando creen llevar la razón”. William Jones
Allá por 2017 el Gran Teatro de Moscú vestía sus mejores galas para presentar en sociedad la película ‘Going Vertical’. El estreno se aguardaba con premura en Rusia y las entradas se agotaron en todos los cines del país en cuestión de horas. Con el paso de las semanas ‘Going Vertical’ se convertiría en la película más taquillera del cine ruso. Aquella noche, dos bigardos imponentes, ya quebrados por la edad, fueron aclamados por la multitud que aguardaba a las puertas del Gran Teatro. Uno, el más carismático, presentaba un canoso bigote, gran sonrisa y repartía saludos por doquier. Se trataba de Ivan Edeshko. El otro, callado y camastreado, quebrado como débil junco, respondía al complejo nombre de Alzhan Zharmukhamedov. Ambos, juntos a los ausentes Modestas Paulauskas, por enfermedad, y Anatoli Polivoda, éste último por motivos políticos, son los únicos supervivientes de la más grande de todas las polémicas que el deporte haya parido. Los cuatro, bielorruso, uzbeko, lituano y ucraniano, respectivamente, portaban la camiseta de la selección soviética de baloncesto en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972, cuando tuvieron lugar los tres segundos más impactantes que se recuerden en el mundo de la canasta.
Hace ahora medio siglo, tal día como un 10 de septiembre de 1972, la selección de Estados Unidos de baloncesto perdía por vez primera un partido tras 63 victorias consecutivas en el torneo olímpico. Y no era un partido cualquiera. Era la final de los Juegos Olímpicos.
En España la película fue comercializada con el título de ‘Tres segundos’. Pueden encontrarla. Es complicado, pero factible. Dudo mucho que logren localizarla en Estados Unidos. Y no por falta de calidad del filme, sino por lo tabú de su contenido. En Estados Unidos aquella final es una humillación que cincuenta años después aún sigue carcomiendo los cimientos del único deporte de repercusión mundial que fue inventado en Norteamérica.
Desde que en 1936 el baloncesto hizo su aparición en los Juegos Olímpicos de Berlín no ha habido nación que haya logrado más oros que Estados Unidos. Su balance en 2022 es de 143-6 y 16 medallas de oro. Su dominio del deporte de la canasta es tal que durante décadas lo hizo usando a jugadores universitarios que apenas superaban los veinte años, mientras el resto del mundo presentaba a sus mejores baloncestistas. Son cerca de 90 años de rotundos triunfos sólo cortados por las catárticas derrotas de 1988 y 2004. Tras la primera de ellas, Estados Unidos decidió llevar a los Juegos a baloncestistas profesionales de la NBA. El resultado fue tan arrasador que las estrellas de la NBA declinaron participar en ediciones posteriores aburridos por la facilidad de las victorias. Hubo una nueva derrota en 2004, y desde entonces el nivel del ‘Team USA’ se ha mantenido en un montículo de excelencia que es intocable para el resto del mundo.
La derrota de 1972 no existe para los Estados Unidos.
Y es ahí donde reside el quid de la cuestión. ¿Qué pasó durante esos tres segundos? ¿Quién fue el vencedor moral de la final olímpica de baloncesto de 1972? Lo que para unos es blanco para otros es negro. Lo fue, lo es, y siempre lo será. Esos tres segundos cambiaron la historia del deporte de la canasta.
¿Por qué un simple partido de baloncesto forma parte de la psique de una nación? ¿Por qué es humillante e injusto para los estadounidenses? ¿Por qué es capaz de inflar el orgullo ruso medio siglo más tarde?
En 1972 Estados Unidos y la Unión Soviética mantenían una batalla política, ideológica y económica que se dio en llamar Guerra Fría. Afortunadamente los conflictos militares se dieron en escenarios secundarios y jamás hubo un enfrentamiento a campo abierto entre las dos superpotencias. Durante unos días de octubre de 1962, el mundo contuvo la respiración ante una inminente guerra nuclear que finalmente se solucionó diplomáticamente en la isla de Cuba. Ese fue el clímax de la Guerra Fría. Sabiendo que un enfrentamiento derivaría en el fin de la humanidad, a partir de entonces dio comienzo una época de conflicto y relajación a partes iguales en que cada potencia quiso vencer a la otra a base de logros en el ámbito civil. A la larga, los costes de la carrera armamentística, la mejor disposición americana a la creación de bienes de consumo y la burocratización y falta de libertad de la economía soviética, daría como rotundo vencedor al bloque capitalista. Pero en 1972 la partida se mostraba todavía muy igualada.
Tres años atrás Estados Unidos había conseguido enviar al ser humano a la Luna. Aquello había sido un golpe de efecto sideral. Los americanos estaban enfangados en una guerra cruenta y costosa en Vietnam y en la URSS había una calma chicha. Su líder, Leónidas Breznev, ni hacia ni dejaba hacer. Sus casi dos décadas en el poder fueron completamente anodinas y cimentaron el estancamiento soviético. Mientras, Nixon, aun a salvo del escándalo del Watergate, se erigía en vencedor. Era el presidente lunar, había suprimido el servicio militar obligatorio, viajó a China para jugar al ping pong con Mao y fue el mandatario del primer viaje oficial estadounidense a Moscú. En dicho viaje firmaría el tratado Salt-I, el primer acuerdo de reducción armamentística entre la URSS y Estados Unidos.
El deporte era la plaza predilecta para la propaganda en la Guerra Fría. Desde que en 1952 la Unión Soviética se incorporó al redil olímpico hubo una lucha fratricida para ocupar el primer lugar del medallero. Si Estados Unidos quedó primera en 1952, 1964 y 1968, la Unión Soviética lo había hecho en 1956 y 1960. Invariable era la presea dorada en baloncesto que de antemano ya era otorgada a los estadounidenses. El torneo de baloncesto solía ser una lucha entre las grandes potencias que era ganada con enorme suficiencia por los capitalistas. Incluso en 1968 Yugoslavia fue capaz de arrebatarle la plata a los soviéticos.
Pero apenas cuatro días antes del inicio de los Juegos Olímpicos iba a ocurrir algo que hasta entonces se consideraba imposible. Tras dos meses de reñidas partidas el estadounidense Bobby Fischer derrotaba a Boris Spasski y se convertía en el campeón mundial de ajedrez. Era el primer norteamericano en lograrlo y el único no soviético en cuarenta años. Aquello fue tremendo. Nunca antes y nunca después una partida de ajedrez tuvo tal cobertura mediática. Los libros de ajedrez y los tableros proliferaron por las escuelas y las casas occidentales y en la Unión Soviética se silenció todo lo que se pudo semejante humillación.
Spasski vs Fischer
No es de extrañar que días después, justo antes de la ceremonia de inauguración de los Juegos de Múnich, un par de miembros de la KGB aborden a Vladimir Kondrashin, técnico soviético, con un mensaje claro. Hay que devolver el golpe. Se debe vencer a Estados Unidos y lograr la medalla de oro en baloncesto. No hay marcha atrás.
Era un imposible, pero Kondrashin llevaba dos años preparando lo imposible. Había sido nombrado seleccionador dos años atrás tras el fiasco en el Mundial de 1970 y había preparado una revolución destinada a vencer a los norteamericanos. La tradición mandaba hacer el equipo en función de la plantilla del CSKA, el venerado equipo del ejército rojo. Kondrashin, que había destacado fuera de Moscú entrenando al Spartak de Leningrado, declinó convocar a los jugadores en función de los dictámenes de la cúpula y preparó una estrategia basada en el contraataque a sabiendas de que era inferior a los estadounidenses. La rotunda victoria de Kondrashin en el Europeo de 1971 le dio carta blanca para su revolución. Pero había algo más. Kondrashin tenía un hijo en silla de ruedas y contaba con la promesa del Politburó de costear su operación si lograba el triunfo olímpico. No necesitaba que ningún trajeado del KGB lo intimidase con charlotadas sobre patriotismo y socialismo. Estaba más que motivado para lograr el oro.
El seleccionador soviético en 1970 era Alexander Gomelsky, quien era venerado por sus chicos porque era capaz de mantener alejados a los burócratas. Se encargaba de organizar excursiones en el extranjero cuando el equipo salía fuera de la URSS y conseguía unos cuantos dólares extra para sus chicos a través del contrabando. Gomelsky es el ‘Pope’ del baloncesto soviético y cerrará su carrera ganando el oro olímpico en 1988, pero tras el fracaso de 1970 fue cesado del cargo oficialmente por haberle encontrado pantalones vaqueros en la aduana. Fue entonces cuando accedió al cargo Kondrashin. Éste era mucho mejor técnico que Gomelsky. Era técnicamente genial, estudioso del baloncesto y un obseso del trabajo físico y defensivo. Todos los jugadores consideraban a Kondrashin un genio, aun a sabiendas de que la fiesta con él estaba descartada.
Kondrashin contaba con una generación extraordinaria, un grupo nacido en 1944-45, y que tan sólo sería superado por el bloque soviético conformado a mediados de los 80. Los exteriores eran el lituano Modestas Paulauskas y el georgiano Zurab Sakandelidze, los aleros eran el ruso Ivan Edeshko y el georgiano Mijail Korkia y los pívots eran el ruso Aleksander Belov y el uzbeko Alzhan Zharmukhamedov. Esos seis jugadores formaban el heterogéneo bloque que Kondrashin logró unir para formar una familia. Pero en el compacto grupo sobresalía una rutilante estrella. Se trataba de Serguei Belov, un finísimo escolta con un impresionante lanzamiento de a cinco y seis metros y que por entonces era el mejor jugador del Viejo Continente. Aun hoy, Serguei (que nada tiene que ver con Aleksander) mantiene el récord de medallas mundialistas (cuatro) y europeas (siete), así como suma cuatro medallas olímpicas y dos Copas de Europa con el CSKA Moscú.
Serguei Belov
Muy diferente era el ambiente en el USA Team. El seleccionador era Hank Iba, doble campeón olímpico (1964 y 1968) y con más de tres décadas a los mandos de la Universidad de Oklahoma State. Pero Iba llevaba dos años retirado y estaba de vuelta de todo. Era un hombre de 70 años enfrentado con el desenfadado juego moderno y que mantenía una disciplina espartana acorde con otros tiempos. La elección lógica hubiese sido la de John Wooden, técnico de UCLA, que consiguió encadenar siete títulos universitarios consecutivos. Por entonces reinaba gracias a Jamaal Wilkes y, sobre todo, Bill Walton, un pívot de 213 centímetros con movimientos de danzarín que era el mayor proyecto deportivo del mundo. Walton, vegetariano y pacifista, al ver que Wooden no era el técnico escogido rehusó ir a los Juegos Olímpicos como protesta por la invasión estadounidense de Vietnam.
Julius Erving, el otro gran proyecto norteamericano, había accedido a jugar en la ABA antes de dar el salto a la NBA, por lo que al haber abrazado el profesionalismo no podía acudir a los JJ.OO. Swen Nater, la otra estrella de UCLA, acabó marchándose de la concentración estadounidense hastiado de la dureza de los entrenamientos de Iba. Así, el USA Team era un equipo cuyos hombres más destacados eran el base Tom Henderson, el alero Bobby Jones, el ala-pívot Dwight Jones o el pívot y futuro congresista Tom McMillen. La estrella del equipo era el escolta y futuro número 1 del draft Doug Collins, quien, siendo un buen anotador, no pasó de una aceptable carrera en la NBA. Sabedor de estas limitaciones, Iba decidió que su equipo se dedicase a ganar los partidos en la defensa extasiando a unos jugadores a los que por un lado se les exigía la victoria como un proceso natural, pero por el que por otro lado se les tachaba de limitados frente a sus antecesores.
USA Team 1972
Todo esto sería genial de comentar si se hubiese hecho a calzón quitado, pero días antes del inicio de los Juegos estos análisis eran del todo secundarios. Ya podía Estados Unidos presentar un equipo más flojo de lo normal que la victoria estaría igualmente asegurada. De hecho, había quien consideraba que la Yugoslavia liderada por Kresimir Cosic podría incluso quitarle la plata a los soviéticos. Otros candidatos a las medallas eran Brasil e Italia.
El torneo de baloncesto de los Juegos Olímpicos se disputó entre el 27 de agosto y el 10 de septiembre de 1972. Lo hizo en el Rudi-Sedlmayer-Halle, conocido en la actualidad por cuestiones de patrocinio como Audio Dome. La sala, entonces de 7.000 asientos, formaba parte del espectacular complejo deportivos del Olympiapark, cuya magnifica cúpula de metacrilato con forma de carpa costó el triple que la entera organización de los Juegos de Roma de 1960. Los alemanes querían demostrar que el nazismo era un amargo recuerdo.
La competición constaba de 16 equipos divididos en dos grupos de ocho escuadras. Los dos primeros de cada grupo se clasificaban para semifinales. En el grupo B pelearían por las dos plazas la URSS, Yugoslavia e Italia. En el A podrían acompañar a Estados Unidos en la clasificación a semifinales Brasil, Checoslovaquia y quizás España. Los españoles habían logrado entrar en los Juegos Olímpicos tras clasificarse en el preolímpico de Groningen a última hora. Conformaban un equipo limitado en altura y donde destacaba el sempiterno base Nino Buscató y los nacionalizados Wayne Brabender y Clifford Luyk.
España hizo un torneo mediocre. Ganó a Australia y cayó con estrépito ante Brasil o Cuba. Luego se supo que el ambiente en la selección era tóxico, que hubo intento de motín y que veteranos y jóvenes andaban a la gresca. Diaz-Miguel salvó el puesto con una honrosa derrota ante Estados Unidos (56-72), quienes lograron con suficiencia el primer puesto del grupo. Causó sensación la victoria estadounidense ante Checoslovaquia, a la que dejaron en sólo tres canastas en la primera mitad. Aun así, a pesar de que las victorias eran claras lo eran con muy pocos puntos. Hank Iba cerró los entrenamientos a público y prensa en una decisión que se antojaba exagerada. Lo cierto es que el equipo ganaba por exuberancia física, pero era limitado en ataque.
El segundo puesto del grupo fue logrado por Cuba tras una sorprendente victoria ante el Brasil de Ubitarán tras fallo carioca en el último segundo. Los cubanos nunca jamás repetirían actuación igual y se tendrían de enfrentar en semifinales a la URSS, que ganaron su grupo invictos y con mayor promedio de puntos que los estadounidenses. El segundo del grupo B fue la Italia de Meneghin, Bison o Marzoratti, quienes lograron meterse en la ronda final por ‘basket average’ al empatar en victorias en el segundo puesto con Yugoslavia y Puerto Rico.
Los sorprendentes cubanos
Antes de las semifinales el comando terrorista Septiembre Negro asaltó la Villa Olímpica y tomó como rehenes a una decena de atletas israelís a modo de chantaje a favor de la causa palestina. La patética actuación de la policía alemana derivó en una catástrofe que acabó con 17 muertos y un shock de dimensiones mundiales. Los JJ. OO estuvieron a punto de cancelarse pero, tras más de 24 horas de deliberación, se reanudaron en una decisión no exenta de polémica.
Por entonces Mark Spitz ya había sumado sus siete medallas de oro en natación y Olga Korbut sus cuatro medallas áureas en gimnasia. No había muchas más ganas de Juegos. Faltaban apenas cuatro días para el fin de fiesta y tan sólo la posibilidad de que Laase Viren sumase otro oro en 5.000 al ya ganado en 10.000 se antojaba interesante para el espectador. El otro momento cumbre tendría que ser la final de baloncesto entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
Spitz. El Rey de Múnich
Antes tocaban las semifinales. Los norteamericanos cumplieron con creces. Pasaron por encima de Italia (68-38) y demostraron que estaban más que preparados para conseguir el oro. Los transalpinos fueron incapaces de superar la asfixiante defensa estadounidense y apenas sumaban 30 puntos a falta de dos minutos y medio para el final del encuentro. Estados Unidos llegaba a la final con una fascinante media de tan sólo 44 puntos encajados en el torneo. En la otra semifinal los cubanos llegaron a mandar hasta por siete puntos gracias a Ruperto Herrera y Pedro Chappé, pero finalmente la altura soviética se impuso por un ajustado 67-61. Como ya apuntamos, los cubanos nunca más volverían a tener un baloncesto de semejante nivel que coronaron con una sorprendente medalla olímpica al derrotar en el partido por el bronce a Italia tras un fallo transalpino en el último segundo.
El 9 de septiembre, un día antes de la celebración de la ceremonia de clausura, Estados Unidos y la Unión Soviética se enfrentaban en la final de baloncesto en un abarrotado pabellón que simpatizaba con los capitalistas. Sin embargo, en los anuarios quedó grabado que la final fue el día 10. Lo cierto es que el choque dio comienzo el día 9 a las 23.30 hora local para adecuarse al ‘prime time’ televisivo estadounidense, aunque su resolución tendría lugar en la madrugada del día 10. No era solo un enfrentamiento deportivo. Era mucho más que eso. Eran dos formas antagonistas de entender la vida.
Empieza la fiesta
Desde que la selección de Estados Unidos compitió por vez primera en los Juegos de Berlín de 1936 su balance era de 63 victorias y ninguna derrota. Los números hablaban por sí solos, pero pronto se vio que la URSS estaba dispuesta a vender cara su derrota. A través de un claro dominio del rebote y un mayor acierto a media distancia los soviéticos se pusieron por delante desde la primera canasta. Estados Unidos no logra estrenar su casillero hasta que van cuatro minutos de partido. El marcador es de 11-21 por los soviéticos gracias a diez tantos de Serguei Belov, pero tras un arreón estadounidense la ventaja se reduce a cinco puntos en el descanso (21-26).
La segunda parte fue durísima y plagada de errores. Los soviéticos fueron siempre por delante hasta que faltaban seis segundos para el final. Llegaron a tener otra ventaja cercana a los diez puntos, pero Iba pidió un tiempo muerto y los norteamericanos salieron a morder. Desde ese momento abundaron los golpes y las faltas. El soviético Korkia y el estadounidense Brewer fueron descalificados por los árbitros que, como no podía ser de otro modo, representaban a los dos bloques, uno procedente de Brasil y el otro de Bulgaria. Los puntos se suceden a cuentagotas. Cada canasta es un sacrificio. A falta de seis minutos el marcador era de 36-44 para la URSS que se mantenía firme gracias a Serguei Belov, quien acabaría el partido con 20 tantos, 2/5 partes de los de su equipo.
Los últimos seis minutos se antojan ridículos a ojos del espectador moderno. Aquellos chavales de patillas algarrobianas, pantalones fardahuevos, calcetines invernales y camisetas de todo a cien, acumulaban pérdidas de balón, lanzamientos a destiempo y faltas fragantes sin ton ni son. Si eses eran los mejores jugadores de baloncesto del mundo, que baje Dios y lo vea. Aun así, la tensión agarrotaba más a los comunistas que a los capitalistas que poco a poco sumaban capital para llevarse el bote gordo. La defensa americana es tan brutal que en varias jugadas los soviéticos tienen que retroceder a su propio campo para tomar aire (por entonces no había campo atrás). Seis puntos seguidos de Kevin Joyce, hasta entonces un meritorio del banquillo, ponía al Team USA a uno de distancia (46-47) a falta de 1’49’’ para el final.
A partir de ahí no se juega al baloncesto sino al ajedrez. Como si de Fisher y Spasski se tratase, el partido se va a decidir en el tablero ficticio de los tiros libres. Han de pasar 49 larguísimos segundos para que los soviéticos se pongan tres arriba (46-49) con dos lanzamientos tras falta personal.
En la siguiente jugada, y tras un saque de banda, Jim Forbes anota una preciosa suspensión sin oposición a cinco metros y coloca el 48-49 en el electrónico. Quedan entonces 39 segundos para el fin del encuentro. La URSS tiene tiempo de sobra para anotar una canasta que sentencie el partido. Cumple recordar que entonces no había línea de tres puntos. Serguei Belov sube el balón, que pronto pasará por todos sus compañeros de equipo ante la incapacidad de acercarse a canasta por la férrea defensa rival. Nadie se atreve a lanzar. Cuando la posesión se está consumando la pelota le llega a Aleksander Belov que está debajo del aro. Se levanta para anotar, pero recibe un tapón de McMillen. La bola vuelve a Belov que intenta un pase atrás interceptado por Collins.
Quedan menos de diez segundos cuando Doug Collins corre a la desesperada hacia el aro soviético. Si anota, la victoria será para Estados Unidos. Encara el aro por su vertiente izquierda y cuando se eleva para anotar una bandeja es arrollado por Sakandelidze.
Hoy hubiese sido una falta técnica. Por entonces era una personal sancionada con dos tiros libres.
Quedaban tres segundos para el final.
Lo que pasará a partir de entonces quedará en los anales de la historia.
“El ajedrez es una guerra sobre un tablero. El objetivo es aplastar la mente de tu adversario”. Bobby Fischer
El martes 5 de julio de 2002 el Boletín Oficial del Estado publicaba que Lorenzo D’Ontez Brown era español por carta de naturaleza, un procedimiento excepcional que permite otorgar la nacionalidad española regulada por el artículo 21 del Código Civil español. Lorenzo Brown nació en Roswell, una ciudad del Estado norteamericano de Georgia el 26 de agosto de 1990. Hasta hace unas semanas nunca había pisado España. No va a descubrir una cura para el alzhéimer, ni conoce un método para crear lluvia artificial, ni es un erudito que sabe cien idiomas, ni sabe detener la inflación ni va a acabar con la prostitución, las drogas y el hambre en el mundo.
Es un jugador de baloncesto.
Pero ni siquiera es el mejor jugador de baloncesto. Ni uno de los mejores. Ni siquiera uno de los mejores entre los menos mejores. No es quien de llenar pabellones por sí mismo. Sus habilidades no son capaces de alegrar la vida de miles de personas. De hecho, sus destrezas, aun siendo muy notables, no son representativas de lo que el cuerpo humano puede lograr en su máxima expresión.
Lorenzo Brown no tiene que ser la reencarnación de Einstein. Ni se le pide. Pero “un procedimiento excepcional” se tiene que dar a quien es excepcional en su trabajo. Un deportista excepcional es tan importante como el erudito que sabe cien idiomas o el científico que descubra la cura para el alzhéimer. Lo es porque a través de sus actos vuelve acertada una vida anodina, crea vínculos e ilusiones sociales, construye un relato común que se traslada de generación en generación y muestra la excelencia del cuerpo humano a través de una perfecta unión entre el físico y la mente.
Pero es que Lorenzo Brown no es excepcional. Nada excepcional.
El marrón de Lorenzo
Cuando en 1935 la selección española de baloncesto juega el primer partido de la historia en el Europeo de Suiza lo hará con cuatro extranjeros en sus filas. Serán los hermanos cubanos Emilio y Pedro Alonso, el costarricense Rafael Ruano y el salvadoreño Rafael Martin. Aquellos cuatro hombres ayudaron a que España se proclamase subcampeona de Europa. Pero todos ellos tenían fuertes vínculos con España. Todos eran hijos de españoles.
En 1984 España conseguiría otra histórica medalla de plata, en este caso en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. En aquel conjunto formaba el argentino Juan Domingo de la Cruz. Hijo de españoles, ‘Lagarto’ De la Cruz nació en Sudamérica antes de pasar 21 años de su carrera en tierras hispanas. También estuvo toda su vida deportiva en España Chicho Sibilio, quien, tras debutar a los 17 años con la selección dominicana, tuvo que esperar tres años antes de hacer acto de aparición con España, camiseta que defendió en 87 ocasiones. Con ellos dos coincidiría José Aleksandrovich Biriukov. Su madre había sido una de esas niñas vascas que había sido enviada a Moscú en tiempos de la Guerra Civil. Chechu Biriukov llegó a jugar 22 partidos con la Unión Soviética antes de firmar 57 internacionalidades con España.
También existen deportistas que hicieron carrera en España pero que ni por idioma ni por antepasados tenían vínculo alguno con el país. Son los casos de Mike Smith en los 90 y de Chuck Kornegay o Johhny Rogers a inicios de siglo. Éste último, californiano, se casó con una española y se asentó en Valencia donde reside feliz, pero nunca fue perdonado por la opinión pública al quitarle el puesto a un imberbe Pau Gasol en los Juegos de Sidney. Más conocidas fueron las nacionalizaciones de Wayne Brabender y Clifford Luyk en los años 60. Ambos pasaron a ser españoles al poco de aterrizar en España, pero ambos echaron raíces y aquí siguen desde entonces. Uno y otro siguen estando en el Top-10 de los jugadores con más puntos anotados en la historia de la selección (Brabender fue MVP del Eurobasket 1973).
Mas recientes para el aficionado moderno son los casos de Serge Ibaka o Nikola MIrotic. Son dos casos coetáneos y que reflejan la laxidad de fronteras fruto de la globalización. Nacido en el Congo, Ibaka llegó de adolescente a España donde se formó como jugador. El grueso de su carrera se ha labrado en Estados Unidos, pero decidió representar a España declinando la oferta del Congo. Nikola MIrotic nació en Montenegro. No pasó hambre de niño ni pretendía buscar una vida mejor. Simplemente fue captado como infante por el Real Madrid y sus padres decidieron que era lo mejor para él. Al igual que Ibaka tuvo dos selecciones para escoger, y decidió hacerlo con España. Su caso es similar al de Luka Doncic, aunque éste último resolvió defender los intereses del país que lo vio nacer. Otros, como el griego Antetokoumpo, son griegos con todas las de la ley, aunque ese físico privilegiado y ese apellido tan poco helénico hubiese permanecido en el anonimato si los padres de Giannis no hubiesen dejado Nigeria en busca de la prosperidad en la vieja Europa.
Los cuatro hermanos Antetokoumpo
Lorenzo Brown pertenece a otra estirpe. A una en la que no hay casuística ni nexo de unión alguno con el país. No es situación común, pero si existente en otras latitudes. El estadounidense Bo McCalebb ayudó a que Macedonia llegase a semifinales del Europeo de 2011 sin haber residido ni haber jugado en la antigua república yugoslava. El también norteamericano Anthony Randolph puede presumir de ser campeón de Europa con el Real Madrid y campeón de Europa de selecciones defendiendo los intereses de Eslovenia, sin haber jugado jamás en el país donde nació Luka Doncic.
El mismo día en que en España nacionalizaba a Lorenzo Brown, en Francia se hacía lo propio dando pasaporte galo a Joel Embiid. Nacido en Camerún, Embiid ha sido el primer jugador extranjero en liderar en anotación una temporada en la NBA y la campaña pasada acabó segundo en la votación por ser el MVP de la competición. El caso de Embiid se asemeja más a la del “procedimiento excepcional” en busca de un bien mayor y de interés común. Y aun así a Embiid se le puede rebuscar una relación peregrina con su nuevo país a través del idioma, las costumbres o de la amplísima colonia camerunesa que reside en Francia. No en vano entre 1889 y 1960 el territorio de Camerún perteneció al Imperio Francés.
No es una situación ajena en Europa, pero no por ello es ética o correcta. El vivero de Estados Unidos es capaz de aportar jugadores al mundo a la misma velocidad que Henry Ford lo motorizaba. Otros nueve jugadores estadounidenses estarán en el Eurobasket. Los hay como Shane Larkin (Turquía) o Tyler Dorsey (Grecia), quienes han tenido la decencia de jugar en sus países de adopción. Otros como Dee Bost (Bulgaria), Thad McFadden (Georgia), AJ Slaughter (Polonia) o Mike Tobey (Eslovenia) ni han llegado a esos mínimos de decencia.
Repito. No es situación ajena, pero no por ello es ética o correcta.
La nacionalización exprés de Lorenzo Brown es una incongruencia y un sin sentido que habla más de los dislates del poder que de lo que a una realidad deportiva se refiere. Otorgar residencia a un semiconocido jugador de baloncesto para conceder mayor poderío de forma circunstancial a la selección por un capricho del seleccionador es una tropelía vergonzante. Es una gota en un mar, pero es una gota que muestra a la perfección cuan alejados están los representantes del pueblo de ese pueblo al que dicen representar.
Siempre ha existido un hilo del que tirar. Hasta cuando en los 60 el fútbol español se llenaba de oriundos se rebusca un abuelo o un bisabuelo emigrante para poder darle nacionalidad a los Lobo Diarte, Roberto Martínez y compañía. A otros como Kubala o Puskas se les daba la nacionalidad por aquello de ser refugiados políticos, por escapar de las garras del comunismo. No era mucho, pero era algo. Con Lorenzo Brown no hay nada que se pueda rascar.
Son millones los inmigrantes que residen en España y cientos de miles los que lo hacen sin papeles. La gran mayoría latinoamericanos, con los que hay un convenio de preferencia por aquello de la madre patria, y aun así toca esperar un par de años antes de poder jurar la Constitución. Y ni siquiera hablo de currelas. Vinicius, jugador del Real Madrid, lleva cuatro años residiendo y trabajando en España, cumple con los requisitos legales y aún no ha le han dado la nacionalidad española. Dudo mucho que Lorenzo Brown sea más conocido que Vinicius Junior, y no hablemos ya del poder legal, político o mediático que podría ejercer el Real Madrid.
Lorenzo Brown no es español por mucho que jurase la Constitución en un despacho de Atlanta a miles de kilómetros de la Península Ibérica. No lo es, ni nunca quiso serlo. Otros llegaron en patera arriesgando sus vidas para conseguir unos papeles que les devolviesen la dignidad. Lorenzo Brown ha sido una inocentada de Scariolo y Garbajosa que elevaron su petición a unas instancias superiores para recorrer a la velocidad del rayo unos trámites hasta que el papel fue firmado por la ministra de Justicia en, teoría, por el bien de la Nación.
La selección española tiene un jugador más. Quizás anote una canasta decisiva o haga una defensa definitoria y gracias a él España logre una medalla. Quizás. Pero la sensación de agravio comparativo y de bochorno es inaudita.
En tiempos donde los equipos son una especie de ONU con pantalones cortos, las selecciones nacionales se baten por garantizar una idea común en el imaginario colectivo. No es una cuestión de sentir los colores, besar la bandera o defender el orgullo de una nación. Eso son simplezas superfluas. Es una cuestión de identificarse con una serie de chicos que tienen un pasado, un presente y un futuro común y un acervo cultural similar. Quizás ninguno de nosotros sea Rudy Fernández, pero en algún momento de nuestras vidas hemos desayunado la misma marca de leche que él, compramos su misma ropa, fuimos a un colegio parecido, vimos los mismos dibujos en la tele, escuchamos la misma música, estudiamos las mismas asignaturas, jugamos a los mismos juegos, sus padres serán igual de pesados que los nuestros, votamos en colegios electorales similares, celebramos las navidades con el mismo tipo de familia que la nuestra y sus preocupaciones, más allá de lo que el dinero y el deporte profesional conlleva, son similares a las de cualquiera de nosotros.
Pocos españoles coincidirán en la misma rutina de vida con el bueno de Lorenzo Brown.
Lo que ha hecho la selección española de baloncesto es despreciar con nocturnidad y alevosía a una serie de jugadores que sen han batido (y se baten) en las famosas ventanas de clasificación. Chicos que, en ausencia de los mejores, luchan por un bien común. Deportistas que igual no rayan en la excelencia, pero que cumplen con aquello que se pide a los que forman parte de un combinado nacional deportivo.
Ser los mejores en su especialidad y se merecen representar a su país. Algo que Lorenzo Brown, con pasaporte o sin él, no se merece.
Ojalá lo llegue a merecer hacer algún día.
Rumbo a Berlín
Otras historias de la selección española de baloncesto
Antes de Mbappé existió Ronaldo. Y antes de Ronaldo existió Eusebio. Pero antes de ser Eusebio, Eusebio fue Magagaga. Magagaga era un velocista con recursos para la finta y para el regate y con una capacidad innata para golpear en seco desde cualquier parte del campo rival. Por eso Magagaga dejó Lourenço Marqués a los 18 años para probar fortuna en Lisboa. Con el paso del tiempo Lourenço Marqués pasará a ser Maputo, Mozambique un país independiente y Eusebio será considerado el mejor futbolista africano del siglo XX.
Pero Eusebio no es africano.
En Mozambique a Eusebio se le admira, pero no se le ama.
Eusebio es bandera de Portugal. Eusebio es Patrimonio del Estado.
En la década de 1960 la selección portuguesa de fútbol se hizo un hueco en el panorama internacional con un fútbol hermoso y ofensivo que tuvo su culmen al alcanzar el tercer puesto en el Mundial de Inglaterra. La base de aquel conjunto era el Benfica, bicampeón europeo y hasta tres veces subcampeón en el plazo de ocho años. En aquel conjunto destacaban varios futbolistas nacidos en las colonias portuguesas de África. Titulares eran Costa Pereira y Joaquim Santana, ambos angoleños, así como Mario Coluna y Eusebio, nacidos en Mozambique.
Todo el amor del que carece Eusebio en África es recogido con profusión por Coluna, el capitán y ancla organizativa de aquel Benfica. Una vez Mozambique declaró su independencia en 1975, Mario Coluna regresó a sus orígenes y se convirtió en el primer presidente de la federación nacional de fútbol. Después ostentaría el cargo de ministro de deportes antes de fallecer en 2014, tras cuatro décadas residiendo en Mozambique.
Eusebio estuvo veinte años sin pisar tierras africanas. Ni siquiera acudió al sepelio de su madre. Con un pánico atroz a los aviones y constantes problemas estomacales, evitó siempre que pudo el viaje hasta que se hizo inevitable. Eusebio falleció en Lisboa, apenas seis meses antes que Coluna, y el Gobierno de Portugal declaró tres días de luto oficial.
Eusebio es un icono portugués que trasciende el paso del tiempo.
Eusebio es Patrimonio Nacional.
Coluna (i) y Eusebio (d)
En el verano de 1964 la Juventus de Turín necesitaba dar un golpe de efecto para recobrar la primacía futbolística. Los turineses seguían siendo el equipo más laureado en Italia, pero tanto el AC Milan como el Inter habían ganado la Copa de Europa. Para más escarnio ambos conjuntos contaban con las dos figuras más rutilantes del país; Gianni Rivera en el caso de los rossoneros y Sandro Mazzola en caso de los neroazurros. Hacía falta una estrella para recuperar la primacía. Con Di Stéfano a punto de retirarse y Cruyff aun imberbe, no existía figura igual en Europa que Eusebio da Silva Ferreira.
Eusebio era un torbellino que alteraba con estruendo todo lo que le rodeaba. Con 19 años había tumbado al Madrid a base de latigazos en la Copa de Europa y con 22 discutía a base de goles el trono del rey Pelé. Era el delantero del momento y del futuro porque tenía años y años de dominio por delante. El Calcio vivía su primera edad de oro y cazaba jugadores de otras ligas con la misma suficiencia con la que las vacas cazan moscas con el rabo. Años atrás el Inter había batido todas las marcas al quitarle a Luis Suárez al Barça. La Juventus tiró de chequera y ofreció al Benfica una oferta irrechazable. Lo que se le daba a Eusebio tampoco era ‘pecata minuta’. El delantero portugués cuadriplicaría su sueldo.
Todo Portugal estaba pendiente de la confirmación del acuerdo, cuando Eusebio fue invitado a comer por el primer ministro Antonio de Oliveira Salazar. La oferta era irrechazable, entre otras cosas, porque lo de primer ministro era un eufemismo, ya que Salazar llevaba ejerciendo el poder de forma autoritaria desde hacia tres décadas atrás. Salazar era la cabeza visible de un régimen dictatorial y conservador, rancio, pero no sanguinario. Se sustentaba en lo que se dio en llamar las tres efes (fado, fútbol y Fátima), aunque, curiosamente, Salazar detestaba el fado y le era indiferente el fútbol.
Pero nadie echa tres décadas en la poltrona si no es astuto e inteligente. Apenas Eusebio se había sentado a la mesa que Salazar le espeta: “Usted no puede irse al extranjero. Entienda que usted es Patrimonio del Estado”. Eusebio, joven, pero con arrestos, alza los ojos y replica: “¿Y cómo es que siendo Patrimonio del Estado tengo que pagar impuestos?” Pero Salazar es perro viejo y rechaza la réplica con un una sonrisa y un par de aspavientos y empieza a hablar con él sobre fútbol como si la discusión no tuviera más de sí. Hablaron del Benfica, del sistema de juego de la selección o del Mundial de Inglaterra que iba a celebrarse un par de años más tarde. Eusebio lo pasó de cine, consiguió pagar unos cuantos miles de escudos menos en impuestos y, una vez retirado, rememorará la charla con afecto admirado ante los conocimientos futbolísticos de Salazar.
Como es de suponer Eusebio se quedó en Portugal.
Eusebio y Salazar
Eusebio siguió jugando con los encarnados y exhibiéndose por el Viejo Continente, llegando al cénit de su carrera en 1966 cuando quedó máximo goleador del citado Mundial de Inglaterra eclipsando al mismísimo Pelé. ‘O Rei’ no dudó en considerarlo su sucesor a pesar de que apenas era año y medio menor que él.
Tuvo entonces Eusebio una nueva oportunidad. En este caso era el Internazionale milanés quien apostó por su fichaje. El conjunto dirigido por Helenio Herrera era el mejor equipo del momento, aunque carecía de un delantero de campanillas. Los méritos en aquel Mundial le abrieron las puertas y Salazar dio el visto bueno a su marcha. Eusebio firmó por el Inter, le encontraron casa, pasó reconocimiento médico…y todo se fue al carajo. En ese mismo Mundial Italia hizo el ridículo al caer en la fase de grupos ante Corea del Norte. Los mandamases italianos respondieron al fracaso cerrando la entrada a los futbolistas extranjeros durante más de una década.
Así que la ‘Pantera Negra’ se quedaría en Portugal. Y esta vez sería para siempre. Aunque hubo algún que otro rumor las únicas dos ofertas en firme que tuvo fueron las procedentes de tierras italianas. Eusebio siguió rugiendo, pero sus gritos fueron ahogados con el paso del tiempo. Con su Benfica ganaría el Balón de Oro de 1966 y la Bota de Oro en 1968 y 1973, con 43 y 40 goles respectivamente, pero la gran generación portuguesa envejeció y los recambios no estuvieron a la altura.
Cuando por fin salió de Portugal para jugar en Estados Unidos, Eusebio ya superaba los 33 años. Era 1975 y contaba con seis operaciones en la rodilla izquierda y una en la derecha. Magagaga, aquel hijo de África, es Patrimonio del Estado portugués como lo es la Universidad de Coimbra, el Monasterio de los Jerónimos, la Torre de Belem o el Castillo de Guimarães. Hoy, una estatua suya, apoyado sobre una rodilla, con un balón entre una mano y el suelo y una hoja de laurel elevada al cielo con la otra, adorna la entrada principal del estadio Da Luz de Lisboa.
Oksana Chusovitina y su marido estaban a punto de coger un avión que los llevase de vuelta a Uzbekistán. Acababan de terminar los Juegos Asiáticos donde Bahtier, el esposo de Oksana y renombrado luchador grecorromano, había perdido la disputa por alcanzar la medalla de bronce. Para Oksana había sido su despedida de la alta competición. Tres años atrás había decidido ser madre y, tras un enorme esfuerzo físico y mental, consiguió clasificarse para los Juegos de Sidney y cerrar su carrera con dos medallas en los citados Juegos Asiáticos de 2002 celebrados en Corea del Sur. Tenía entonces 27 años y había decidido dejar definitivamente el deporte profesional.
Cuando el matrimonio se disponía a embarcar, Oksana recibió una llamada de su madre. El tono de voz de la abuela era preocupante y los lloros pronto harían su aparición. A Alisher, el pequeño de la familia, le acababan de diagnosticar una leucemia linfocítica aguda.
Alisher contaba con tres años de edad.
Tras un vuelo infinito, Oksana pudo comprobar en primera persona la gravedad de la situación. Alisher había tosido sangre y decidieron trasladarlo al hospital en una ambulancia con sospechas de que podría tratarse de una neumonía. No lo era. Era algo mucho peor. Oksana supo inmediatamente que en Uzbekistán sería imposible salvar a su hijo. Los médicos aconsejaron a la familia trasladarse al hospital alemán de Colonia, donde Alisher recibiría el tratamiento adecuado.
El problema es que no había dinero para pagarlo.
El matrimonio mal vendió su apartamento de tres dormitorios y sus dos coches, pero con eso no consiguieron ni cubrir el coste de la mitad del tratamiento. Hubo que recurrir a la ayuda popular. Tantos años dando alegrías deportivas a sus compatriotas tuvo su recompensa y Oksana y su marido consiguieron recaudar el dinero necesario para cubrir la parte inicial del tratamiento.
Lo más difícil se había logrado, pero ahora el matrimonio debía iniciar una nueva vida en Colonia. Sin vivienda, sin trabajo, sin conocer el idioma y, sobre todo, sin un céntimo. Fue entonces cuando Shanna Brüggemann, entrenadora de la selección alemana de gimnasia, se puso en contacto con Oksana para ofrecerle competir por el país teutón. Eso era la salvación para la uzbeka, ya que los emolumentos por ser deportista en Alemania eran muy superiores a los percibidos en la antigua república soviética. Oksana tuvo que volar a Taskent y pedir entre lágrimas una autorización especial para obtener la nacionalidad germana. En Uzbekistán no gustó aquella decisión, pero al final dieron su brazo a torcer. Oksana Chusovitina sería alemana.
Uzbekistán liberó a Chusovitina para competir por Alemania en 2003. Sin embargo, debido a que la legislación teutona no otorga la nacionalidad hasta cumplir tres años de residencia, estuvo hasta 2006 entrenando y compitiendo a nivel local en Alemania, pero representando a Uzbekistán en los torneos internacionales. El esfuerzo era terrible. Oksana pasaba de los 30 años en un deporte donde las mejores no llegan a la veintena y siempre con el miedo a que una lesión acabase con su carrera y le impidiese seguir ganando dinero y sostener el día a día de su hijo.
Iba a continuar así una historia que había comenzado mucho antes, allá por 1991, cuando a sus tiernos dieciséis Oksana Chusovitina lograba la victoria en el ejercicio de suelo de los Mundiales de Gimnasia. Al año siguiente obtendría otra medalla áurea, en este caso por equipos, formando parte del conjunto de la CEI (la extinta Unión Soviética) que acudió a los Juegos Olímpicos de Barcelona. Tras el desmembramiento de la URSS, Chusovitina pasó a representar a la nueva república de Uzbekistán. Lo hará en Atlanta, Sidney y Atenas, pero, aunque logró múltiples medallas internacionales, jamás consiguió presea alguna representando a Uzbekistán en los JJ.OO.
Oksana Chusovitina. Barcelona 92. 16 años y 11 meses.
Lo cierto es que las condiciones de entrenamiento en Taskent eran muy diferentes a las de Moscú. El material escaseaba y las instalaciones eran deficientes. Oksana tenía que poner de su peculio para competir a nivel internacional y todo esto sucedía mientras sus mejores años volaban sin remedio alguno.
Pero ese afán por contentar a su nuevo país y esa lucha titánica para ver a su hijo recuperado hacen que Chusovitina logre para Alemania una medalla de bronce en el Mundial de Gimnasia de 2007. Oksana tiene entonces 32 años y será la gimnasta más veterana en participar en los Juegos Olímpicos del año siguiente, donde logra una inesperada medalla de plata en la prueba de salto.
Ese inesperado éxito se unió en el tiempo con la feliz recuperación de su hijo. El tratamiento había dado resultado y la leucemia había sido superada. Oksana se planteó entonces dejar la gimnasia e iniciar una carrera como entrenadora, pero ahora estaba presionada por la federación alemana que la incitaba a seguir compitiendo. Dolida, pero agradecida, Chusovitina ganó unas cuantas medallas más a nivel europeo y mundial, batiendo siempre los registros de edad conocidos, hasta que, en 2012, en los que eran sus sextos Juegos Olímpicos, logró la quinta plaza en el concurso individual.
Tenía 37 años y, ahora sí, había decidido retirarse.
Pero algo rondaba la cabeza de Oksana. Sentía que había traicionado a su país. Sus compatriotas la habían apoyado cuando su hijo estaba enfermo y se sentía en deuda con ellos. Había ganado medallas olímpicas en su juventud defendiendo la bandera soviética y en una inesperada madurez bajo los colores alemanes. Y, sin embargo, durante su plenitud física, no había podido subirse al cajón olímpico defendiendo los intereses uzbekos.
Tras unas semanas de dudas decidió volver al ruedo. Solicitó permiso para cambiar una vez más de nacionalidad y poder competir nuevamente con Uzbekistán. En esta ocasión no hubo traba alguna. Tanto en Berlín como en Taskent estuvieron de acuerdo y el COI (Comité Olímpico Internacional) hizo la vista gorda y entendió la excepcionalidad del cambio.
Representando de nuevo a Uzbekistán, Chusovitina compitió en Río 2016, donde fue séptima en el evento de salto. Aquella prueba fue ganada por Simone Biles, 22 años más joven que Oksana y tan sólo dos años mayor que Alisher, antes niño enfermo y ahora un robusto adolescente. A pesar de no lograr una presea, Chusovitina tuvo que subir al pódium ante el clamor popular, mientras el video marcador del pabellón mostraba imágenes de sus mejores momentos. Era un más que merecido homenaje.
Pero había llegado demasiado pronto.
Seguía sin conseguir una medalla olímpica para Uzbekistán y seguía fija en su empeño. Atentando contra todas las leyes de la naturaleza, Oksana pretendía estar en Japón para los Juegos de 2020. Por entonces tendría 45 años, una edad asombrosa para cualquier deportista profesional e inaudita en gimnasia donde la flexibilidad es intrínseca a su dificultad. El Covid alejó su objetivo en doce meses, pero Oksana siguió entrenando hasta competir en Tokio a los 46 años de edad.
Aquel 25 de julio de 2021 saltó al tatami por enésima vez. No logró superar la ronda previa y no consiguió la nota necesaria para clasificarse para la final olímpica de gimnasia. Dio igual. Jueces, rivales, entrenadores y periodistas se pusieron en pie para dar una cerrada ovación a Chusovitina. Rodeada de flashes y de un mar de lágrimas tuvo que volver al centro del tartán para dar las gracias. Lástima de pandemia que impidió que el gentío se sumase a la fiesta.
Fiel a sí misma, y a pesar de haber declarado que tras Tokio se retiraría, actualmente Oksana Chusovitina apura sus opciones para clasificarse para los Juegos Asiáticos de 2022. A pesar de contar con dos medallas olímpicas y más de una decena en pruebas mundiales, Oksana Chusovitina no es una leyenda de la gimnasia por sus logros. Lo es por su infinita longevidad, por una capacidad de sacrificio espartana y por demostrar que la voluntad y el amor de una madre es una fuerza que mueve montañas.
Oksana Chusovitina. Tokio 21. 46 años y 1 mes.
Otras historias sobre gimnasia
Vitaly Sherbo (una historia de amor y desgracia en la gimnasia olímpica)
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Tokio 2020 ( un balance sobre Biles, Chusovitina y otras historias que ocurrieron en los Juegos Olímpicos de Tokio 2021)
A inicios de 1967 Muhammad Alí era el indiscutible campeón mundial de los pesos pesados. Eran tiempos convulsos. Estados Unidos se había embarcado en la que iba a ser una larga y costosa guerra en Vietnam. Alí se negó a alistarse cuando fue llamado a filas y el Gobierno americano abrió un proceso público contra él que acabó con una multa de 100.000 dólares, su encarcelamiento y la desposesión de su título de campeón del mundo. Tenía 25 años y, de pronto, había perdido sus mejores años como boxeador.
No volvió a competir hasta finales de 1970.
Antes de eso Cassius Clay había sido un joven y lenguaraz boxeador que había ganado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma antes de dar el salto al profesionalismo. Combate a combate fue ganando respetabilidad, hasta que en 1964 tuvo la oportunidad de luchar por el título de campeón de los pesados ante Sonny Liston. Ganó. Pero lo relevante es como ganó. Clay recurrió a la provocación llamando vago, oso y feo a su oponente, un bigardo de ancha nariz y pobladas cejas. Escribió un poema en el que decía que lo tumbaría en el octavo asalto. Su conducta escapaba de todo control y fue multado por ello. Dejó también una frase que se convertiría en parte de su existencia: “Flotaré como una mariposa y picaré como una abeja”. Clay ganó y al día siguiente de su victoria decidió cambiar su nombre de esclavo y convertirse al islamismo.
Había nacido Muhammad Alí (El amado de Dios).
Alí se apodó a sí mismo como ‘The greatest’ no sólo por su genio en el cuadrilátero, sino por su ingenio al bajarse del ring. Vinculado a la cultura afroamericana, el ‘trash-talking’ es la utilización del lenguaje para minusvalorar al oponente, para destrozarlo psicológicamente, algo sensacional en una cultura ultra competitiva e individualista como la estadounidense. Alí supo usar sus declaraciones incendiarias para fundirse con la sociedad del momento. Su vida, con sus idas y venidas, explica que significa ser americano y ayuda a comprender como los desgarros sociales de los 60 llegaron a parir un presidente afroamericano en 2008.
Para el mundo eurocéntrico la audacia comunicativa de Alí tiene continuación en el baloncesto, un deporte mucho más popular. Curiosamente fue un blanco, Larry Bird, el más aplicado alumno del ‘trash-talking’ (algo así como lenguaje basura), una práctica hoy en desuso por la fiebre de lo políticamente correcto. Atenazados por el miedo a la ofensa de un chiste, una palabra o una idea, lo que antes era banal y divertido hoy será visto en el mejor de los casos como prepotente y despectivo y, en el peor, como racista o misógino.
Muhammad Alí era un genio en el uso de los adjetivos. Burlón, grosero en exceso, hiperbólico, estúpido, capaz. Arrogante, odioso y creativo, sus palabras brotaban para hacer crecer el interés de la audiencia, multiplicar el dinero, y. sobre todo, desestabilizar al oponente. Alí tenía la imperiosa necesidad de llevar a la lona al contrincante a golpe de diccionario. Era capaz de ganar un combate mediante la palabra, al tener la habilidad de introducirse en la cabeza de aquel al que tenía que sacudirle una hondonada de ostias.
Esa insolencia lo hacía igual de querido que de odiado. La indiferencia no era aplicable a Alí. Tuvo que pelear una segunda vez contra Liston para obtener el título de campeón de los pesados, porque la WBA (World Boxing Association) vio irregularidades en su pelea. La realidad era otra. Nadie quería como campeón a un seguidor de Malcolm X que escupía sapos y culebras por la boca. Dio igual. Alí noqueó a Liston en un segundo combate en apenas trece segundos. La instantánea de la victoria, es, quizás, la fotografía deportiva más conocida de todos los tiempos.
K.O. en trece segundos
Alí se convirtió en un icono atemporal. Un altavoz de los rupturistas y desenfadados años 60. Era atractivo para los medios de comunicación, alzaba la voz contra el sistema, defendía la lucha por los derechos sociales de los negros y se mostraba abiertamente hostil ante la tropelía bélica de Estados Unidos durante la Guerra Fría.
Como comentaba, Muhammad Alí fue llamado a filas para combatir en Vietnam. Presentó sucesivos requerimientos para aplazar la llamada y, dado que era personaje público, si hubiese estado callado Alí hubiese pasado el servicio militar entrenando y tomando unas cervezas con algún teniente coronel. Pero el caso es que Alí alegó razones de conciencia y motivos religiosos para no incorporarse al ejército. “No tengo problemas con los vietcongs. Ellos nunca me llamaron negrata”, diría.
Alí se convirtió de facto en la persona más odiada, al menos, por la mitad del país. Le retiraron su título de campeón del mundo y le imposibilitaron volver a pelear. Jamás acudió a los requerimientos judiciales que lo citaron como Cassius Clay y dedicó su tiempo a dar charlas en universidades de todo Estados Unidos. Cuando las cosas se torcieron en Vietnam y la opinión pública se puso de espaldas ante la guerra, la figura de Alí fue reivindicada y la sanción revocada.
De pronto Muhammad Alí pasaba a ser algo más que un púgil soberbio y bocazas para convertirse en una figura capaz de enfrentarse al país más poderoso del mundo y poner frente al espejo a una sociedad profundamente racista.
The greatest
El tiempo pasó. Era septiembre de 1970. Habían transcurrido cerca de cuatro años. Alí salió de la cárcel. Ya no era campeón del mundo, pero estaba dispuesto a recuperar lo que en verdad era suyo.
Durante esos cuarenta meses de obligada ausencia, Joe Frazier y George Foreman se disputaron el título de campeón del mundo. Ambos eran dos pegadores con una contundencia descomunal en cada golpe. Ambos eran, además, dos negros queridos por el ‘establishment’. Alí se distinguía por su agilidad, su juego de pies y un combate a distancia a la espera del momento oportuno para conectar un golpe preciso y contundente. Era un estilista. Y era un estilista con labia. Volvió con un discurso ideológico radicalizado. “Me echaron los políticos blancos”, decía. Alí pasó a ser un sujeto perturbador por lo que decía y por como lo decía. Ahora no solo los negros lo adoraban, sino multitud de blancos lo apoyaban. Pasó a ser un icono para los desfavorecidos. Pasó a ser un símbolo del pacifismo.
“Odié cada minuto de entrenamiento, pero no paraba de repetirme; no renuncies, sufre ahora y el resto de tu vida vivirás como un campeón”. Alí volvió más grande, más rápido, más borde, más prepotente y más irreverente que nunca. “Si alguna vez sueñas con vencerme, es mejor que despiertes y me pidas disculpas”, así le espetó a Joe Frazier cuando en 1971 se retaron por el título mundial. El combate fue durísimo y Frazier retuvo el título de los pesados tras los doce asaltos por decisión de los jueces. En este caso no hubo polémica alguna. Tan sólo eran dos mulas dándose estacazos. Por supuesto Alí no estaba de acuerdo con la decisión del jurado. Sacó la lengua a pacer y lo tuvo claro. El único campeón era él.
Tras el combate Alí tuvo que pasar 24 horas en observación en un hospital.
Frazier estaría más de dos semanas ingresado.
El estilista Alí y el fajador Frazier volvieron a enfrentarse a inicios de 1974. El veterano Alí se llevó la victoria tras otro terrible combate resuelto por los jueces tras los doce asaltos. Pero en este caso el premio no era la corona mundial, sino poder retar a George Foreman, por entonces dueño del cinturón de campeón del mundo. Siete años más joven, Foreman lucía un récord de 40-0, incluyendo una eléctrica victoria ante Frazier en tan sólo dos asaltos.
George Foreman era el indiscutible favorito. Muhammad Alí tendría que usar todas sus artimañas para obtener el título. El 30 de octubre de 1974 dos bestias dejarían el ring para pelearse en la selva…
“Imposible solo es una palabra que usan los hombres débiles para vivir fácilmente en el mundo que se les dio sin atreverse a explorar el poder que tienen para cambiarlo. Imposible no es un hecho, es una opinión. Imposible no es una declaración, es un reto. Imposible no es nada”. Muhammad Alí.