El año anterior, con apenas 22 años, ya se había proclamado campeón del mundo con tremenda autoridad tras superar a Fermín Cacho y a Reyes Estévez en la famosa carrera que en España pasaría a la posteridad como la de la ‘Leña al moro’. Pero cuando en el verano de 1998 Hicham El Guerrouj deje el récord mundial de 1.500 metros en unos perfectos 3’26’’00’’ se consagrará como el rey de la media distancia.
Ya en 1996 Hicham El Guerrouj había marcado la mejor marca mundial del año. Cumpliría con la tradición durante ocho años consecutivos bajando siempre de los tres minutos y veintinueve segundos salvo en el primero de esos años. Para hacerse una composición de lugar, solo trece atletas en la historia han logrado bajar en alguna ocasión de 3’29’00’’ mientras El Guerrouj lo hizo año tras año durante ocho temporadas.
El Guerrouj dominó con mano de hierro el medio fondo logrando cuatro títulos mundiales de 1.500 metros consecutivos (1997, 1999, 2001 y 2003) y sumando otros dos entorchados mundiales en pista cubierta (1997 y 2001). Ganó todas las grandes competiciones en las que participó incluyendo un increíble récord de imbatibilidad en 1997, 1998, 1999, 2000, 2001, 2002 y 2003 donde no perdió ninguna prueba de 1.500 por muy grande o pequeña que fuese.
Bueno, he mentido. Para ser más exactos entre 1997 y 2003 Hicham El Guerrouj sólo obtuvo una derrota en los 1.500 metros. Fue en la final de los Juegos Olímpicos.
Los malditos Juegos Olímpicos.
La victoria de El Guerrouj en los JJ.OO de Sídney 2000 se pagaba 1,1 a 1. Si había una medalla dorada que estaba predestinada era la del marroquí. Fue una carrera rápida. El Guerrouj fue siempre por delante, pero en los últimos 200 metros un sprint de Noah Ngeny le dio al keniata el oro con 3’32″07″, nuevo récord olímpico. Hicham fue plata por escasas centésimas, el segundo puesto más doloroso de siempre. La mayor sorpresa de la historia moderna del atletismo olímpico.
Segundo
Otros cuatro años de espera. Y no era la primera vez.
Casi un lustro antes, en Atlanta, al otro lado del globo, El Guerrouj aún no era favorito al oro pero entraba en todas las quinielas para subir al pódium. Se presumía un mano a mano entre Morceli y Fermín Cacho, con El Guerrouj como ‘outsider’. En la última vuelta estaba bien colocado, pero tropezó. Quedo último. No pasaba nada. Era joven. Tenía todo el futuro por delante.
Pero el futuro se desvaneció en Sídney.
Atenas 2004 era su última oportunidad. Por vez primera no era favorito. El keniata Bernard Lagat, que en Sídney había sido bronce, aparecía como su sucesor y lideraba el ranking mundial del año. Sabedor de que la derrota era una posibilidad, El Guerrouj decidió doblar y competir en 1.500 y 5.000 metros buscando asegurar la chapa. Había probado la fórmula en el Mundial de año anterior, logrando el oro en su prueba fetiche y la plata en los 5 kilómetros. Se contaba con que tocaría metal en las dos pruebas, pero tras un par de alarmantes derrotas a principio de temporada y problemas musculares recurrentes a semanas de cumplir los 30 años, no parecía el mejor momento para El Guerrouj.
Entre semifinales y finales, El Guerrouj debía hacer cinco carreras en menos de una semana. Era un esfuerzo titánico. Desde Paavo Nurmi en 1924 nadie había logrado el doblete olímpico en 1.500 y 5.000 metros. El Guerrouj precisaba ayuda divina.
La primera prueba en el calendario fue la de 1.500. La carrera fue lenta. Al llegar a la última curva Hicham iba primero pero el pelotón de favoritos estaba con él. Recta de meta. Bernard Lagat se abre y ataca por la calle exterior. Parece que Alá tampoco acudirá al socorro de El Guerrouj en estos Juegos. Lagat avanza. Se iguala a Hicham. Cuatro piernas al unísono. Meta….Al fin. Por milésimas. Pero las 18’’ de su 3’34” le dan el oro a El Guerrouj. Marruecos estalla de alegría.
Con el deber cumplido, El Guerrouj llega relajado a la final de los 5.000 metros. A diferencia del 1.500, en esta ocasión le interesa una carrera lenta, ya que está muy lejos de las marcas del recordman y gran favorito Kenenisa Bekele. El etíope también aspira al doblete; en su caso en 5.000 y 10.000. El Guerrouj quiere emular a Nurmi. Bekele quiere ser el nuevo Zatopek.
La carrera huele a leyenda.
La prueba es lentísima, sin más relato que el de la tensión comprimida en tan pequeño espacio de tiempo. Se llega así a la última vuelta. Bekele fuerza el ritmo. Detrás, Kipchoge -que será bronce y con el tiempo el hombre récord del maratón- y El Guerrouj. Son unos últimos 400 terroríficos. Llega la curva. Ahora Hicham intenta demostrar que procede de una distancia más corta. Esprinta. 100 metros. En ese momento Bekele vuelve a forzar. Parece que va a ganar. 50 metros. Es entonces cuando la ‘baraka’ decide aparecer por Atenas y darle a El Guerrouj lo que durante ocho años se le fue negado. Con un golpe de cadera monstruoso se produce el milagro. El Guerrouj vuelve al primer puesto. Victoria. Campeón. Doble campeón.
80 años después de que lo lograse Paavo Nurmi un atleta vuelve a vitorear en los 1.500 y en los 5.000 metros olímpicos. Y tuvo que ser en Atenas, donde le corresponde a un miembro del Olimpo.
Como todo hijo del altiplano keniata, Philip Boit estaba predeterminado para correr. Desde niño lo hizo. El deber de hacerlo para ir al colegio o a la tienda o para acompañar a las vacas al verde, acabó transfigurándose en placer. El paso del tiempo hizo que esas piernas fortalecidas y endurecidas evolucionasen en las extremidades inferiores de un posible atleta olímpico. En uno de esos corredores de fondo que cada cuatro años convierten a Kenia en el centro del universo durante unos minutos.
Hijo de agricultores, Boit nació en Eldoret en 1971. Eldoret es una ciudad del oeste de Kenia de clima agradable y centro agropecuario de una extensa comunidad que se sitúa en el valle del Rift. En dicha comarca, un lugar de naturaleza fastuosa que supera los 2.000 metros de altitud, han nacido algunos de los mejores atletas de la historia como Kipchoge Keino, Bernard Lagat o Eliud Kipchogue.
Philip Boit corrió y compartió andanzas y rutinas con Henry Bitok, otro hijo de Kenia que buscaba en el atletismo el camino para salir del anonimato. Pero por mucho que corriesen y por mucho que lo intentasen, ambos amigos no pasaban de ser dos buenos atletas en un país donde sólo se premia a la excelencia. Philip llegó a sellar una muy respetable marca personal de 1:46.06 en los 800 metros. Con un registro sólo superado por cinco centésimas su tío Mike había ganado la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de 1972. Pero a mediados de los 90 esa marca no era suficiente para desbancar a los tótems del atletismo africano.
El azar llamó a la puerta de Boit en 1996 cuando estaba camino de los 26 años. Por entonces Nike estaba en plena campaña mundial de su eslogan ‘Just do it’ (solo hazlo). La frase, una de las más icónicas en la historia del marketing, había sido creada a finales de los 80 en Estados Unidos tomando prestada la historia de un asesino que enfrentado a su pelotón de fusilamiento no dudó en soltarla antes de ser cosido a balazos. El caso es que a mediados de los 90 el ‘Just do it’ competía con el ‘Impossible is nothing’ (nada es imposible) de Adidas para hacerse con la hegemonía del ego adolescente en todo el planeta.
Así que comenzaron las aventuras imposibles y los patrocinios más extravagantes. Y uno de ellos iba a estar relacionado con Boit y con Bitok. Nike envió a un emisario a Kenia y escogió a aquellos dos jóvenes atletas como ratas de laboratorio para uno de sus experimentos deportivos más singulares. Iban a ser llevados a Finlandia para someterse a un duro entrenamiento de dos años para hacer de ellos esquiadores olímpicos.
El objetivo de Nike era convertirlos en los primeros africanos en competir en unos Juegos Olímpicos invernales. Ya en 1984 el senegalés Lamine Gueye había participado defendiendo la bandera de Senegal, pero Gueye llevaba desde los cuatro años viviendo en Suiza. La hazaña a la que Boit se iba a enfrentar era sobresaliente. Después vinieron unos cuantos afortunados de Zimbabwe, Togo, Etiopía, Madagascar o Camerún, pero en el instante en el que Boit se colocó los esquís, que un africano fuese a unos JJ.OO de invierno era ciencia ficción.
Nike puso un entrenador personal a tiempo completo a disposición de Boit y de Bitok. En un primer momento empezaron el experimento entrenando por las llanuras de Kenia usando esquís sobre ruedas. Tras ver que la extravagancia no daba resultado, Nike mandó a los dos keniatas a Finlandia para que conocieran la nieve. La idea era que compitieran en la prueba de 10 kilómetros de esquí de fondo aprovechando sus innatas y extraordinarias condiciones para la resistencia. No se trasladarían de manera definitiva a Europa hasta bien avanzado 1996. Disfrutaban de poco más de un año para estar listos para los Juegos Olímpicos de Nagano que tendrían lugar en febrero de 1998.
Al principio no sabían ni ponerse las fijaciones de los esquís y las caídas se convirtieron en cotidianas. El primer día que Boit llegó a Helsinki el termómetro alcanzó los 17° bajo cero. En Eldoret, a pesar de estar a 2.000 metros de altitud, es asombroso bajar de los 10 grados positivos. Era un desafío inhumano. Además, la amistad y el buen rollo pronto se convirtieron en una lucha de egos. Kenia tenía una sola plaza de acceso a la prueba de esquí de fondo, por lo que sólo uno de los dos podría cumplir el sueño olímpico.
Del dúo, Philip fue el más rápido y consiguió el billete olímpico. Boit iba a viajar a Japón con poco más de doce meses de experiencia encima de la nieve, pero con más ilusión que el resto de competidores juntos.
—JUEGOS OLÍMPICOS DE NAGANO—
Como el único representante de Kenia, Boit fue el agraciado atleta que como abanderado lució la bandera de su país en el estadio olímpico, recibiendo la entusiasta ovación del público japonés. Sería la primera, pero habría más. Unos días más tarde 97 atletas iban a participar en la prueba de 10 kilómetros de esquí de fondo. Y por supuesto Boit llevaría el número 97 amarrado a su espalda. Nadie esperaba que su puesto no fuese ese mismo.
La noche antes de la carrera Philip fue incapaz de pegar ojo. Pero no por culpa de los nervios. Cuando el día se apagaba empezó a llover con fuerza, y las nubes siguieron rociando agua al amanecer de la siguiente jornada. Boit nunca había esquiado bajo la lluvia. No sabía lo que era ponerse los esquís sobre nieve húmeda. La lluvia hace que la nieve se vuelva fango y el caminar se hace más lento y pesado. Más difícil todavía. La dificultad de la prueba pasaba a ser hercúlea.
La carrera comenzó y pronto Boit dejó de emerger en las pantallas televisivas. Empezó de último y acabaría de último. Por el camino se cayó en innumerables ocasiones. El caos fue el común denominador de la carrera. “Cuando iba cuesta arriba me sentía como si me hubiesen puesto tacones”, manifestó Boit al finalizar el recorrido. Tardó más de 47 minutos en transitar los 10 kilómetros cuando Bjorn Daehlie, ganador de la medalla de oro, tardó veinte minutos menos.
Orgullo africano. Experimento norteamericano
Lo maravilloso iba a llegar ahora.
Los Juegos Olímpicos de invierno no son el mastodonte de deportistas, patrocinadores y periodistas que abruman a su hermano veraniego. Hasta el torneo de los cuatro trampolines mueve tanta gente como la cita olímpica de la nieve. Siguen siendo manejables y la parafernalia es mucho menor que la que rodea a los de verano. No se tardan muchos minutos entre el fin de cada prueba y la entrega de medallas. Es todo más liviano.
Bjorn Daehlie se dispuso a recibir la medalla de oro (por entonces su sexta presea dorada en los Juegos Olímpicos) por su victoria en los 10 kilómetros de esquí de fondo cuando Boit aún no había finalizado la prueba. De repente la multitud comenzó a rugir y Daehlie se dio cuenta que no era por él. La ovación iba dedicada a Boit.
Boit estaba entrando en el recinto olímpico y se disponía a acometer los últimos metros de la prueba. Daehlie no lo dudó. Abandonó el pódium, ordenó paralizar la ceremonia y se acercó a la línea de meta para esperar la llegada de Boit.
En latitudes meridionales el nombre de Bjorn Daehlie no significa nada, pero al norte de Europa es un semidiós con esquís. Daehlie es el esquiador de fondo más laureado de la historia pasando con holgura de las 20 medallas acumuladas entre Juegos Olímpicos y Mundiales. En su Noruega natal es reverenciado con tal aprecio que dejaría en evidencia a las más grandes estrellas futboleras. Retirado hace ya un par de décadas, Daehlie es ahora un referente cultural con su propia marca de ropa y con continuas apariciones en el papel cuché y en la televisión al más puro estilo David Beckham.
Sí Bjorn Daehlie manda paralizar una ceremonia de medallas, se paraliza.
“Todos habíamos oído hablar de aquel chico. Escuché por el sistema de megafonía que casi había llegado al estadio y me impresionó que pudiera terminar la carrera en estas condiciones tan adversas. Quería esperarlo, ver a este valiente atleta africano terminar la carrera”, comentó a la prensa el fondista noruego. Boit apretó los dientes y encaró la recta final de meta ayudado por una atronadora multitud japonesa al grito de ¡Kenya go! y ¡Philip go! y con el mejor fondista de la historia esperándolo tras la línea de meta para fundirse con él en un sentido abrazo.
Boit había quedado el último. Pero la eternidad era suya.
Daehlie (i) y Boit (d)
¿Sabías quién era Bjorn Daehlie? Esa fue la primera pregunta de la prensa noruega. Y no era tan descabellada. “Mi entrenador me había hablado sobre él y lo había visto en la televisión. Es un honor que el mejor esquiador de fondo del mundo me haya felicitado”, dijo Boit. Fue el inicio de una buena amistad. Boit retó entre risas a Daehlie para los siguientes Juegos Olímpicos y cuando meses después tenga a su primer hijo le pondrá el nombre de Bjorn Boit en homenaje al fondista noruego.
Días después Philip Boit regresó a Kenia como un héroe. Una multitud le esperaba en el aeropuerto de Nairobi y le acompañó cantando y bailando caminó de su casa familiar. Había llegado el último, pero había sido el primero. No había necesitado ganar medalla alguna para convertirse en una celebridad.
Todo eran flores, aplausos y felicitaciones y el patrocinio de Nike parecía no tener fin. La marca estadounidense había conquistado primero el mundo del atletismo, luego el del baloncesto y ahora iban a dar el salto a los deportes de invierno. Al año siguiente se celebró en Austria el Mundial de Esquí y tanto Boit como Nike querían ver que lo que el año anterior había sido una anécdota ahora era un buen resultado. No fue así. Boit se esforzó como nunca pero los progresos fueron ínfimos. Volvió a quedar el último. Lo que el año anterior eran abrazos y congratulaciones pasaron ahora al más crudo silencio.
Boit ya no era un experimento y Nike decidió romper el contrato. Se habían acabado los recursos económicos, pero ahora su ilusión se había multiplicado. Boit se creía fondista, se creía esquiador. Sin dinero, tuvo que abandonar definitivamente la opulenta Europa y tomar un billete de vuelta a Kenia. Se presentó en Eldoret y pidió ayuda a su familia. Exigió a su padre su parte de la herencia y vendió todas sus tierras y sus vacas para poder seguir financiando su carrera. Montó una pista de esquí sobre tierra y siguió entrenando sobre seco.
Boit consiguió competir en dos ediciones más de los Juegos Olímpicos, siendo en ambas ocasiones el abanderado, ya que nuevamente fue el único representante de Kenia en la competición. En Salt Lake City 2002 consiguió escalar hasta la posición 64º dejando a tres participantes por detrás. En Turín 2006 participó en la prueba de fondo de 15 kilómetros batiendo su propia marca al conseguir quedar por delante de cinco esquiadores.
Abanderado y solitario
Boit tenía la idea de retirarse disputando sus cuartos Juegos Olímpicos en 2010. Pero no logró clasificarse. Tenía entonces 39 años. Decidió alargar un año más su sueño y disputar el Mundial de 2011 en Oslo, pero, aunque logró clasificarse, no pudo disputar la final de los 15 kilómetros de fondo al quedar eliminado en la calificación.
En todo caso aquel viaje a Oslo no fue en vano. A la capital Noruega viajó con sus cuatro hijos, incluido Bjorn Boit que pudo conocer entonces a su ‘padrino’ Bjorn Daehlie. Ambos fondistas no pudieron coincidir ni en 2002 ni en 2006 porque el noruego ya se había retirado. Fue la primera aparición pública de los dos ídolos de Nagano que desde entonces habían mantenido el contacto y que hoy en día participan juntos en diversos actos caritativos relacionados con los deportes invernales.
Philip Boit disfruta hoy de una tranquila jubilación. El esquiador que nunca había visto nevar es ahora miembro del Comité Olímpico de Kenia y es director de la única escuela de esquí que existe en su país. Posee además una tranquila hacienda con vacas. Mantiene la amistad con Bjorn Daehlie, aunque aún no ha conseguido que lo vaya a visitar a Kenia porque el noruego le tiene fobia a las serpientes. Cuando se lo dice Boit se echa a reír y le recuerda que él también le tiene pánico a la nieve.
La bandera de Sudáfrica tiene una
forma un tanto singular. Está constituida por dos anchas bandas horizontales,
la superior de color rojo y la inferior de color azul, separadas ambas por una tira
central verde que remata en forma de y. La y griega está plasmada en negro y la
separación entre colores está representada con unas estrechas franjas amarillas
y blancas. En total la bandera de Sudáfrica consta de seis colores. Esta rareza
colorida, única en el mundo, data de tan temprana fecha como 1994 y simboliza
la unión de dos pueblos. El afrikáner blanco de origen neerlandés (blanco, azul
y rojo) y el zulú negro de origen nativo (negro, amarillo y verde).
En abril de 1994 Nelson Mandela
arrasó en las primeras elecciones libres celebradas en Sudáfrica tras el fin
del apartheid. Era la primera vez que el 80% de la población podía votar. La
primera vez que los negros podían votar. Y Mandela, el líder de la ANC (Congreso
Nacional Africano), logró una amplia mayoría. La ANC quería venganza y muchos
contemplaron así el resultado de las elecciones. Pero Mandela no lo veía así. A
pesar de transitar medía vida en una celda, ‘Madiba’ sabía que para que la paz
triunfase debía buscar la reconciliación de los sudafricanos. Por eso escudriñó
una nueva bandera. Una insignia que no destruyese y sí que integrase. Por eso
solicitó un nuevo himno que conviviese con el antiguo. Mandela, de 76 años,
quería ser el padre de la nueva nación.
El problema es que su política de
apaciguamiento no contentaba a nadie. Los sudafricanos blancos seguían controlando
el ejército y las fuerzas de inteligencia, y pronto surgieron grupos paramilitares
que acometieron diversos atentados para soliviantar al nuevo gobierno.
Mientras, la ANC clamaba contra Mandela por mantener en sus puestos a los
funcionarios blancos y grupos armados promovían el fin de la supremacía blanca.
Mandela sabía que su ascendencia sobre los negros podría con todo y que si él
pedía paz, tendría paz. Lo que no sabía era como ganarse el cariño de los
blancos, y, sobretodo, como conseguir que blancos y negros conviviesen juntos.
Como comentó años más tarde; “tuve que apelar a los sentimientos y dejar de
lado a la razón”.
Meses más tarde, en el verano de
1995, Sudáfrica iba a albergar la Copa del Mundo del rugby. Era un
acontecimiento extraordinario…para la población blanca. Los afrikáners son unos
fanáticos del rugby. El equipo, que viste una camiseta verde, es conocido como
los ‘springboks’ apelativo que emana de la gacela dorada que adorna el pecho de
los jugadores. Durante los años del apartheid los ’springboks’ fueron excluidos
de los eventos internacionales por lo que no pudieron acudir ni a la Copa del
Mundo de 1987 ni a la de 1991. Era la primera vez que Sudáfrica iba a
participar en un Mundial y lo haría en casa.
Para la población negra el rugby
representaba el dolor, la angustia y la represión. Para ellos el rugby no era
más que tipos, altos, rubios, vestidos con camiseta verde y pantalón caqui que
pasaban el tiempo bebiendo cerveza y humillando a los negros. A ningún nativo le
interesaba el rugby, por lo que se celebraban con júbilo las derrotas del
equipo nacional. Todo adolescente zulú o xhosa admiraba a los ‘All Blacks’ de Nueva
Zelanda, un equipo formado por blancos, negros y mestizos, considerado una
suerte de Brasil del rugby.
Un día a mediados de octubre de
1994 Nelson Mandela citó a François Pienaar a tomar un café al palacio presidencial.
Aunque ambos eran hombres públicos no se conocían en persona. Pienaar era el
capitán de la selección de rugby de Sudáfrica. Era un genuino representante
afrikáner. Con 1’92 metros de altura llevaba sobre sus hombros con ligereza sus
120 kilos de peso. Rubio, de mirada seria y penetrante y parco en palabras, personificaba
perfectamente al ideal del blanco sudafricano.
Pienaar no era más que un
producto de su tiempo. Un niño de clase media que creció en la década de los 80
escuchando de boca de sus padres que el negro era el enemigo y que el afrikáner
era franco, sencillo y trabajador en contraprestación a los ruines, zafios y
vagos negros que pululaban el extrarradio. Pero Pienaar no era un afrikáner
cualquiera. Al ser deportista profesional había visto más allá de las fronteras
del Traansvaal. Era, además, licenciado en derecho y tenía más conversación que
la que se le presupone a un deportista. Y mucha más que la que se le conjetura
a un jugador de rugby afrikáner.
Pienaar acudió a la cita con
ciertos nervios y tiempo después admitiría que cuando estrechó la mano del
presidente sintió pánico. Esperaba encontrarse a un anciano de 76 años y se
encontró un hombre más jovial que él mismo. Mandela se mantenía en gran forma.
Había sido boxeador en su juventud y durante sus años de cautiverio no dejó de
practicar deporte. Ya como presidente todos los días se levantaba a las 4 de la
mañana para hacer carrera continua. Era, además, un bigardo de 1’85 que podía
mirar de tú a tú a Pienaar.
Lo primero que le extraño a
Pienaar es que los policías que custodiaban la estancia eran afrikáners. No vio
a ningún negro a excepción de la secretaria de Mandela. Por supuesto los
policías aprovecharon para charlar con la estrella, comentar las esperanzas que
todos tenían en los ‘springboks’ y pedirle un par de autógrafos. Mandela
sonreía agazapado y así continuó hasta que su secretaria dejó a Pienaar sentado
en una sala contigua. ‘Madiva’ espero cinco minutos para entrar en la estancia
mientras Pienaar empezaba a sudar su traje con continuas miradas a su reloj de pulsera.
Al cabo de esos cinco minutos Mandela
ordenó a la secretaria que dejase a entrar a François a su despacho. Éste
golpeó con los nudillos la puerta, pidió permiso y entró. ¡Ah, François,
gracias por haber venido!, esbozó Mandela con una amplia sonrisa y al mismo
tiempo estrechaba la mano de Pienaar con soberana fuerza, como si de un placaje
se tratase. Luego ambos se sentaron de frente en unos cómodos sofás mientras el
presidente servía un café con leche a su invitado.
Durante la siguiente media hora
François Pienaar borró de su mente todos los prejuicios que su educación
afrikáner tenía para con los negros. A través de sus anécdotas y de su eterna
sonrisa, Mandela consiguió que aquel gigante de pies de barro se sintiera
cómodo y seguro. La intimidad y la complicidad entre ambos surgió enseguida y
Mandela consiguió lo que había hecho con tantos y tantos blancos y lo que
pretendía hacer con todos los demás. Le habló de la importancia del deporte y
de que lo necesitaba para conseguir la construcción y la reconciliación
nacional.
A partir de ese momento siguieron seis meses frenéticos de paz y armonía en las que el rugby fue el motor que consiguió calmar revueltas, disturbios y profundos odios de tiempos inmemoriales. Como magistralmente relató John Carlín en el libro ‘El factor humano’ y perfectamente recreó en el cine Clint Eastwood en ‘Invictus’, los afrikáners aprendieron a respetar a los negros, y éstos a confiar en los blancos. Los ‘springboks’ viajaron a aldeas xhosas y zulús a enseñarle el juego a los niños, se adoptó un nuevo himno que se cantó no sólo en inglés sino en los diferentes idiomas nativos y se potenció la figura de Chester Williams, el único jugador de raza negra de la selección.
El resto de la historia es
sobradamente conocida. Sudáfrica venció contra pronóstico a Nueva Zelanda por
15-12 y se proclamó campeona del mundo ante las más de 60.000 personas que
abarrotaban el Ellis Park de Johannesburgo (en la película de Eastwood se omite
deliberadamente ayudas arbitrales a Sudáfrica en la semifinal y una posible
intoxicación de los neozelandeses antes de la final). El partido ya se había
ganado mucho antes de empezar cuando Mandela asomó en el palco y saludó al
público vestido con una gorra de los ‘springboks’ y una camiseta con el número
6, el número del capitán François Pienaar. Cuando la abrumadora mayoría blanca
del estadio vio a Mandela portar la sagrada zamarra verde los gritos de
¡Nelson! ¡Nelson! atronaron en un recinto colmado de las banderas de seis
colores de la nueva Sudáfrica.
Hoy el rugby es objeto de deseo
para muchos niños negros, aunque el fútbol sigue siendo el deporte preferido de
zulús y xhosas. Es cierto que el número de academias de rugby ha aumentado en
los barrios de raza negra, pero la proporción de practicantes sigue siendo baja
en un país donde los blancos sólo constituyen el 15% de la población. Si
Chester Williams era el único negro de los 15 titulares del equipo campeón de
1995, hoy la cifra no es mucho mayor. Ciertamente un joven xhosa llamado Siya
Kolosi es el capitán de los ‘springboks’, pero tan sólo 3 o 4 jugadores de raza
negra son habituales en la línea de salida de la Copa del Mundo de 2019. Un
total de 11 de los 35 jugadores seleccionados son de raza negra, aunque buena
parte de culpa la tiene una tasa implantada el año pasado por el gobierno que
obliga a seleccionar al menos a un 20% de jugadores negros o mestizos.
A pesar de todas las
complicaciones en la Sudáfrica actual no hay atentados, ni disturbios ni
asesinatos. Como dijo Mandela “el deporte tiene el poder de cambiar el mundo,
de curar heridas y dar esperanza donde antes solo hubo desesperación.” Mas en
2019 sigue habiendo desigualdad de clases, corrupción y miedo entre razas, algo
tan intrínseco a las entrañas del ser humano que erradicarlo es sinónimo de
utópico. Pero lo cierto es que la Sudáfrica de hoy, la que Mandela creó a
través de gente como Pienaar, es una Sudáfrica multicultural en la que blancos
y negros han conseguido vivir juntos y aprender a respetarse.
“Si quieres hacer la paz con tu
enemigo tienes que trabajar con él. Entonces se convierte en tu compañero.”
Nelson Mandela.
“Nelson Mandela ha sido el ser
humano más extraordinario e increíble que ha existido. Siempre será un ejemplo
y le estaré profundamente agradecido por el papel personal que me dio en la
unión del país.” François Pienaar, en el entierro de Nelson Mandela.
Según un estudio del Real Instituto Elcano lo que conocemos de África se puede resumir en diez palabras; pobres, patera, niños, negros, hambre, Nilo, Kilimanjaro, Cataratas Victoria, hachís y esclavitud. Si arqueamos las cejas y echamos un vistazo a la noticias sólo veremos desgracias. La última de ellas la de un avión que viajaba de Nigeria a Etiopía al que le echamos el ojo con escarnio. Como si en Occidente no tuviésemos accidentes aéreos y como si el Boeing 737 estrellado no hubiese sido fabricado en Estados Unidos.
Si los africanos quieren salir en las agendas de los medios por un buen motivo deben, como no, recurrir al deporte.
Es curioso comprobar como si bien el atletismo se ha convertido en una seña de identidad de muchos países africanos, no ha sucedido lo mismo con el ciclismo. Se podrá argumentar que correr es deporte de pobres. En lo único que nos diferencia de unos a otros es en el tamaño del bíceps femoral, del soleo y de los gemelos. Sí, es cierto, para andar en bicicleta hace falta una bicicleta, valga la redundancia. Utensilio asequible en Occidente y prohibitivo en lo que hemos llamado Tercer Mundo. No obstante, si en vez de bicicleta de competición nos referimos a una bici como medio de transporte constataremos como proliferan por doquier por las llanuras y estepas africanas. Y si el chico desdentado que corre descalzo se convertirá en récordman mundial calzando zapatillas Nike, ¿por qué ese mismo chico con bici sin marchas no se puede convertir en ganador del Tour de Francia con una Trek de 10.000 euros?
No ha sido el ciclismo un deporte que haya arraigado en el continente africano. Muy pocos conocían este deporte hasta que el eritreo Daniel Teklehaimanot se colocó líder de la montaña en el Tour de Francia de 2015. Ese mismo ciclista se había convertido en los Juegos Olímpicos de 2012 en el primer eritreo que representaba a su país en una disciplina que no fuese el atletismo.
Unos cuantos años antes, concretamente en 2007, se fundó en Sudáfrica el Dimension Data, el primer club africano de categoría élite dentro del ciclismo. En sus estatutos se compromete a tener la mitad de su plantilla compuesta por ciclistas africanos y a fomentar la práctica del deporte de las dos ruedas por todo el continente. Se estima que dota de unas 5.000 bicicletas anuales a diferentes clubes infantiles de norte a sur de África.
En los últimos dos decenios han proliferado distintas carreras. La más reseñable es la Vuelta a Ruanda, que sigue asombrando a propios y extraños con imágenes de miles de personas amontonadas por carreteras que combinan el asfalto con la grava y la tierra. En la citada Ruanda, en Sudáfrica o en Kenia la fiebre por el ciclismo sigue creciendo, pero no hay país donde existía mayor arraigo que en Eritrea.
Eritrea es un país perfecto para un ciclista. Bañado por el mar, en su interior está atravesado por una cadena montañosa que no baja de los 2000 metros de altitud. Entre la masa de agua salada y las altas cumbres se conforma el majestuoso Gran Valle del Rift. Para un ciclista esto es oro puro. Puede entrenarse a grandes altitudes realizando el mismo esfuerzo con menos oxígeno para luego retirarse y descansar al nivel del mar. Ni más ni menos que es el mismo truco que durante más de un siglo han utilizado los ciclistas de elite que fijan su referencia en el arco que va desde Cataluña hasta la Liguria, a escasos kilómetros de los Pirineos y de los Alpes.
Eritrea es un país de cerca de seis millones de habitantes situado al noreste de África, una de las regiones más pobres del mundo y limítrofe a Sudan y Etiopía. Como indicaba, al este está bañada por el Mar Rojo, lo que hizo que fuese apetecible para Italia cuando se anexionó la región en 1890 en plena época de carroñaría imperial.
Debido a la pobreza y a lo dificultoso del terreno, los miembros del ejército italiano se desplazaban en bicicleta de un destacamento a otro.
Existía un problema cultural. Para los africanos la bicicleta era sinónimo de pobreza y marginación. Los colonizadores franceses o británicos viajaban en motocicletas o en coches. En su defecto se desplazaban a caballo. Los italianos se lanzaron al juego de los imperios con una mano delante y otra detrás. Ellos mismos se desplazaban en bicicleta, por lo que los eritreos vieron con buenos ojos tan maravilloso medio de transporte.
Así pues, a diferencia de lo que ocurría en las colonias inglesas donde la elite se desplazaba por fuerza animal por motivos de rango, en Eritrea a los italianos no les importaba hacerlo en bicicleta. Para los eritreos fue un shock. Viajar en bicicleta no era cosa de negros pobres, era cosa de blancos ricos. No pasarían muchos años hasta que se celebrasen las primeras carreras y en 1937 tendría lugar en Asmara el primer campeonato nacional, eso sí, sin la presencia de nativos.
Al parecer, en 1939, se permite por presión popular la presencia de dos eritreos saliendo vencedor uno de ellos, un tal Ghebremariam Ghebru. Aún hoy, aquella victoria se considera un triunfo patriótico, una fiesta nacional y una muestra de igualdad racial ante los colonizadores europeos.
Finalizada la II Guerra Mundial, Eritrea pasa a formar parte del botín de guerra que el Imperio Británico arrebata a la derrotada Italia. En 1946 se celebra por primera vez el Tour de Eritrea. Es un hito morrocotudo para el África negra. La prueba consta de cinco etapas y participarán 33 ciclistas siendo la victoria para el transalpino Nunzio Barilá. A pesar del éxito y de que el ciclismo ya estaba muy arraigado entre los eritreos, los británicos cancelan la prueba y al año siguiente dejará de disputarse.
De repente el ciclismo desaparece del mapa.
En los 60, Gran Bretaña, que previamente había unido territorialmente Eritrea con Etiopía, abandona prematuramente la región. Es lo que se dio en llamar descolonización, pero si bien en los territorios donde había intereses económicos se hizo con acierto y responsabilidad, donde no había intereses se hizo con prontitud e ineptitud. Ese fue el caso de Eritrea que se sumó en guerras civiles y guerras de independencia contra Etiopía hasta 1991. Fueron décadas pérdidas en las que a nadie se lo ocurriría hablar de ciclismo.
Recobrada la independencia y las necesidades básicas, los eritreos rescataron su amor por las bicicletas. Proliferaron los clubes ciclistas (a diferencia de Kenia, Uganda o Etiopía donde hay clubes de atletismo) y el gobierno diseñó un plan de reabastecimiento de bicicletas por todo el país como medio de transporte. En el año 2001 volvió a ponerse en marcha el Tour de Eritrea, una prueba de 10 etapas y con rango de segunda categoría para la UCI. Es muy apreciada por los ciclistas de todo el mundo porque combina costa, desiertos y montañas. En el campeonato nacional compiten cada año cerca de 200 ciclistas. Y en el 2015 al ya citado Teklehaimanot se le unió Merhawi Kudus como primeros africanos negros, y por supuesto eritreos, en disputar el Tour de Francia.
Sólo es cuestión de tiempo que alguno de ellos triunfe en una de las grandes pruebas europeas. Como dijo el pentacampeón del Tour Bernard Hinault: “Los africanos son los nuevos colombianos”.