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Sobre el racismo (y no va a gustar)

La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas ha trazado una nueva normativa para optar a los Óscar a partir de la edición de 2024. Más allá de que cumplan con requisitos artísticos suficientes para llevarse la tan preciada estatuilla, las películas candidatas deben formalizar ciertas vicisitudes; A) Al menos uno de los actores o actrices principales o de reparto deben pertenecer a un grupo étnico infrarrepresentado (traducido: no blanco caucásico), B) Al menos el 30% de los actores secundarios deben ser mujeres, grupo étnico infrarrepresentado, colectivo LGTBI+ y/o personas con diversidad; C) La historia principal del tema tiene que representar a algún compuesto de los anteriores citados. De estos tres requisitos hay que cumplir obligatoriamente con uno (no hay que ser un lince para saber que al cumplir con uno implícitamente ya efectúas los otros dos). Y esto, que es lo que se ve de cara al público, también se tiene que cumplir detrás de las cámaras (guionistas, productores, compañía de distribución, equipo técnico…).

Porque, claro, directores LGTBI+, con diversidad o que sean mujeres no hay demasiad@s. Tampoco los hay en puestos claves tanto en la empresa pública como en la privada. El techo de cristal en término acuñado por el feminismo. Cupos para mujeres en política. Mujeres que acceden a dirección de empresas por el hecho de ser mujeres. Patton, El padrino, Rocky, Carros de fuego, Amadeus, El último emperador, Sin perdón, Gladiator, Infiltrados, El discurso del rey o Argo. Películas que nunca hubiesen ganado los Óscar con las nuevas reglas.

¿Justo? Claro que no. Como tampoco era justo que hace una centuria, medio siglo, diez años o, escasamente un puñado de días, una mujer fuese excluida de un puesto de dirección por el simple hecho de tener vulva. Como no fue justo que una mujer negra no se llevase un Óscar hasta que en 2002 lo hiciese Halle Berry.

Que lo de antes no fuese justo no quiere decirse que lo de ahora lo sea. Lo de ahora es reparador. Lo de ahora es necesario. Es imprescindible. Pero no es justo. Es algo que como sociedad nos debemos. Algo que nos merecemos. Que nos hace crecer y avanzar. Pero no es justo. Es discriminación positiva. Pero es discriminación. No es igualdad. La máxima revolucionaria es que todos somos distintos, pero la ley nos iguala. Aquí la ley discrimina. Positivamente, pero discrimina.

Como en cualquier época de transición las tensiones, las dudas y los disensos son inevitables. En el paso de dos generaciones el estándar ha pasado de hombre blanco con trabajo estable, mujer-sirvienta en casa, hijo e hija ejemplares a familia disfuncional con padres divorciados, madre con novia, hije con problemas de salud mental (o perro que se considere hijo) e hija blanca con novio africano. El cambio es colosal. El terremoto conceptual sobrepasa la escala Richter. Los cambios se hacen con brocha gorda y lo que queda se avecina tremebundo.

El cambio debe venir desde la educación. Y la educación desde 1789, con sus altos y sus bajos, es cosa de papá Estado. Es necesario que con normas y leyes todos los colectivos que durante centurias han sido discriminados sean ahora beneficiados. La discriminación positiva no es equitativa, pero es imprescindible. El paso de los años y el arduo trabajo educacional harán que esa discriminación desaparezca, la igualdad sea real y así vivir en un mundo donde lo diferente sea lo cotidiano.

¿No?

Supongo que no hay negros que linchen a blancos que se acerquen a su barrio. Tampoco hay gitanos que maten a palos al payo que se enamore de una gitana. Desconozco si hay castellanos parlantes que se rían de los paletos que hablen gallego. O catalanistas que insulten a los que charlan en castellano. Imagino que no habrá latinos que denigren por estrechas a chicas blancas. O a chicas negras. Porque imagino que tampoco hay criollos que insulten a personas de tez negra. Ni gente que señale con el dedo a musulmanes por la calle. Ni musulmanes que griten y tiren piedras a católicos que entren en una iglesia.

Porque las minorías, de cuando en cuando, son mayorías. Y su respuesta es la misma. “La rebelión sentimental de las masas es el odio a los mejores”, decía Ortega Gasset. La masa es voluble. Los judíos eran los mismos en 1945 y en 1948. En 1945 eran una minoría masacrada. En 1948 una mayoría que masacraba.

Vinicius Junior representa a una minoría. La minoría negra. No. Vamos, sí. Pero, no. Vinicius Junior representa a una amplísima minoría. A la minoría adolescente millonaria de éxito deportivo planetario. Vinicius Junior es el mejor jugador del mejor club del deporte con más aficionados del mundo. Vinicius Junior es la minoría de la minoría.

Y a Vinicius Junior le faltan un par de bujías.

Cuando uno llama mono o negro de mierda a Vinicius lo hace para desestabilizarle. Para acabar con él. Para vencerle. Por odio. Pero no por odio racista. O sí. Pero no es eso. Es otra cosa. Es odio, pero fundamentalmente es impotencia. Porque el tipo es mejor que tú. Y además lo sabe. No se cansa de demostrarlo. El Real Madrid juega habitualmente con cinco jugadores negros en su once inicial. 5 de 11. No es moco de pavo. Alaba, Militao, Camavinga, Vinicius y Rodrygo. También juegan muchos minutos Rüdiger, Mendy o Tchouameni. Un ramillete. Pero el único que recibe insultos, amenazas y provocaciones es Vinicius. El único de todos ellos capaz de desestabilizarse cuando la masa escupe mierda por la boca.

Vinicius acaba expulsado en Mestalla tras protagonizar una nueva polémica  por insultos racistas
La víctima

Hay racismo. Mucho racismo. Y lo seguirá habiendo. Pero lo de Vinicius no es racismo. O sí. Es racismo. Pero hay algo más que eso. O mucho más que eso.

Hay capitalismo.

Y me explico.

(Y déjenme que me explique antes de que me llaman racista).

Recuerden que no por pensar diferente somos todos nazis o machistas.

Simplemente expongo una teoría. Y sino gusta, se puede rebatir. Por supuesto. Eso es así, con sus altos y sus bajos, desde 1789.

Todo esto existe por el capitalismo. Desde el ábaco a las bases de datos. Esto te lo dice hasta el que tiene el himno de la Internacional Comunista en su lista de reproducción del Spotify. El capitalismo genera capital, y el capital genera progreso y riqueza. El problema es que el capital también genera explotación y desigualdad. Mucha desigualdad. Pero si no es por el capitalismo no hubiésemos avanzado. ¡Sin capitalismo no habría marxismo!

Para que el capitalismo funcione se debe enfatizar al individualismo. Resaltar los objetivos y la autosuficiencia propia para que el individuo de lo máximo de sí. A través de esa autonomía y de ese afán de superación, el capitalismo le otorgará al individuo el premio que busque. Si todos los individuos actúan de la misma manera el conjunto de la sociedad se beneficiará y obtendrá réditos infinitos (en la teoría no se dice nada de los que se quedan por el camino).

Pero esto es lo que hay. Para bien y para mal. Y esto empieza desde muy pronto. Desde el mismo día en el que naces.

Tienes que ser el bebé más guapo. El más bueno. El que come de todo. El que obedece siempre. El que duerme toda la noche. El que va mejor vestido. El primero en hablar. El primero en andar. El que aprendió los números en inglés. El que ve los dibujos en francés.

Vas al cole. Tienes que hacer amigos. Muchos amigos. Pero los amigos listos. Los guapos. Los que tienen padres chulos. El primero en sumar. El primero en restar. El que canta en la función escolar. El que recita en la fiesta fin de curso. El niño en el bautizo y el muerto en el entierro.

El capitán del equipo de fútbol. El líder del coro del colegio. El que gana el premio de pintura de la provincia. El que fue seleccionado para el equipo de debate. El que gusta a los chicos. El que gusta a las chicas. El que va a ir a la universidad. El que va a estudiar la carrera que quiera. El que no sale. El que sale, pero no bebe. El que bebe, pero no se emborracha. El que se emborracha, pero porque le obligan. El que lo hizo una vez, pero no lo hará nunca más.

El responsable. El de la novia ideal. El del novio genial. El del trabajo ideal. El del trabajo genial. El que estuvo con su abuelo cuando murió. El que estuvo con su padre cuando enfermó. El que calla ante su madre para no preocuparle. El que odia su trabajo, pero es el primero de la empresa. Porque es el mejor. Siempre es el mejor. Y siempre lo será. Cuando tenga hijos dejará de ser el mejor. Porque sus hijos serán los mejores. Y si no tiene hijos, seguirá siendo el mejor. El mejor entre sus amigos, el mejor en su trabajo. El más filántropo. El que más viaja. El que más seguidores tiene en redes sociales. El que va a mejores restaurantes. El que tiene mejor piso. El que tiene mejor coche. El que fue al mejor sitio posible de vacaciones. El más enrollado a los 60. El más simpático del hospital. El más activo de la residencia de ancianos.

El mejor hasta al fallecer. Eso es el capitalismo. Ese es el mundo en el que vivimos.

Si, el mejor hasta en la muerte. ¿O acaso alguien ha escogido alguna vez el féretro más barato? Cuando toque el día y tengas que escoger la caja de pino de ese ser querido te darán tres opciones; la barata, la normal y la cara.

La barata no la escoge nadie.

Uno no se muere en pijama. Se afeita, se maquilla y se pone el traje. Y te escogen la caja. O la urna. O lo que sea. Y no te eligen la barata.

La normal puede. La barata nunca.

Eso es el mundo capitalista. El mundo en el que vivimos. Pero no todos podemos ser los mejores. De hecho, la inmensa minoría somos los peores. Los mejores son los pocos. Por eso hay que hacer otras cosas.

Cosas políticamente incorrectas.

No eres el bebé más guapo, pero ¡ay! tienes un pelazo. No como de todo, pero soy más feliz que tú. ¿La ropa? Qué más da. Eso es irrelevante. Sino hablo, ya hablaré. Si no sé inglés, ya aprenderé. Voy al cole y no tengo muchos amigos. Ni soy el más guapo ni el más listo, pero si el más espabilado. ¿No destaco? Pues me meteré con fulano. Seré el divertido, el rebelde, el guasón, el matón, el descocado. Copiaré en el examen. Haré la pelota al profesor. Diré que estoy enfermo para evitar un examen. Haré falta cuando alguien quiera meter un gol. Moveré los labios cuando esté en el coro. Diré una frase fuera de guion cuando haga de árbol en la función escolar y todo el mundo se descojonará conmigo.

Seré el estajanovista de mi equipo de balonmano. No gustaré a las chicas, pero les gustaré porque soy un echado para adelante. Le levantaré el novio a mi amiga. Le mentiré a mi mejor amigo para poder ligarme a la rubia que no me hace caso. Iré a la universidad tras copiar en el examen de acceso. Estudiaré poco, beberé mucho y dejaré la carrera. Enchufaré mi toma de luz a la comunitaria. Le mentiré a mis padres para conseguir dinero e ir a un concierto. No tendré dinero para pagar un alquiler, pero buscaré la forma de pagarlo. Haré otra cosa. Nunca seré el mejor, pero tendré trabajo. Lo conseguiré con una buena recomendación. Pasaré por encima de quien haga falta.

Sisaré dinero a mis viejos. Viviré de mis padres hasta que pueda vivir de mis hijos. Trabajaré lo justo y lo necesario. Disimularé lo suficiente para que los que trabajen sean otros pero el mérito sea el mío. Diré que soy filántropo, pero nunca lo seré. Presumiré de vida ideal, de coche ideal, de casa ideal, de familia ideal, y por dentro tendré mierda hasta debajo de las alfombras. Seré el más insoportable del hospital y conseguiré lo que quiera por puro agotamiento del personal. Seré el más cascarrabias de la residencia y lograré que me lleven en palmitas. Pondré cara de pena delante de mi familia, harán de tripas corazón y tendrán que aguantarme por compasión.

Y alguien morirá. Y compraré el ataúd más barato. Porque no tengo dinero. Porque la herencia es muy golosa.

Aunque cuando yo muera espero que compren el ataúd más caro. Por supuesto.

La Comisión contra el Racismo publica informes sobre Dinamarca, Mónaco y  Estonia - Portal
Stop racismo

¿A dónde pretendo llegar? A que no se puede ser el mejor. Pero dedicamos la vida a ser los mejores. Cuando de niños practicamos un deporte lo hacemos como acto lúdico y social, no por carácter competitivo. Sin embargo, la propia competición es intrínseca al acto. Desde el mismo momento en el que tu madre o tu padre te aplauden por darle patadas a una pelota en un pasillo y gritan y celebran con efusividad cuando la metes por un agujerito están premiando la competitividad.

Este factor competitivo se agrava con la masa. Lo que al individuo fascina, a la masa asombra. Jugar en equipo multiplica los efectos competitivos. Cumple destacar como individuo para brillar dentro del grupo. Y ese grupo (ese equipo) compite con otros equipos. Equipos peores y equipos mejores. Mucho mejores. Equipos a los que no podrás ganar.

Y tienes que intentar ganar. Es tu obligación.

¿Cómo lo harás?

Con faltas. Haciendo el campo más pequeño. Abusando de fuerza física. Agarrando camisetas mientras se lanza un córner. Zancadilleando en el centro del campo. Pisando el césped donde se marca el punto de penalti. Adelantándote un par de pasos cuando se forma una barrera. Moviéndote de arriba a abajo a la espera de que te lancen un penalti. Tirándote al suelo para perder tiempo. Simulando que te duele una rodilla cuando te llamen para hacer un cambio. Alargando tu salida de vestuarios para empezar la segunda parte mientras el equipo contrario se cala de frío hasta los huesos por culpa de la lluvia…

…e insultando.

Gordo, cuatro ojos, maricón, hijo de puta, cabrón, gilipollas, subnormal…y negro, negro de mierda. Por supuesto. El insulto pretende desarmar al contrario. Hacerlo débil. El insulto puede ir en contra del que está aislado (bullying) y sus consecuencias son terribles. Pero también funciona contra el que es mejor y parece fuerte. Cuando no puedes vencer en buena lid, debes vencer de otro modo. Cuando el Valencia CF se enfrenta al Real Madrid con el descenso de categoría en juego tiene que buscar formas de ganar. Y con el fútbol no lo conseguirá. Necesita otras cosas. Sea por convicción o sea por frustración, el insulto es un arma recurrente. Fácil de usar y fácil de ocultar. Abrigado por la masa, el que insulta se siente impune para despotricar barbaridades. Porque no fueron unos pocos los que llamaron mono a Vinicius. No. No es un caso aislado. Fueron muchos. Miles. No fue una grada. Fue un estadio. Miles lo insultaron y otros miles callaron. Alguno sonrío. Ninguno se indignó.

Ninguno. El fin justifica los medios.

Frase que por cierto nunca dijo Maquiavelo. El diplomático florentino lo que dejó escrito para la posteridad fue: “Cum finis est licitus, etiam media sunt licita”. Es decir; “Cuando el fin es lícito, también lo son los medios”.

Una sutil diferencia. Pero lava muchas más conciencias decir que el fin justifica los medios.

El tema, y perdón por si divago, es que lo de Vinicius es un caso de racismo y son las instituciones públicas a través de un compendio de sanciones y educación quien deben poner coto al asunto. Pero por otro lado no es racismo. Si fuese Ronaldo la rutilante estrella del Madrid se le llamaría gordo a grito pelado. Si fuese el guapo de Guti se le llamaría maricón. A Cristiano le decían gitano y le gritaban «ese portugués, hijo puta es». Y a Courtois, el celebérrimo portero blanco, hubo una época en la que le hicieron bullying partido tras partido porque compartió cuernos y novias con su compañero de selección Kevin de Bruyne. Todo ello intenta desestabilizar al rival. Pero todo ello pasa desapercibido para el ahora ofendido.

En Estados Unidos a esto le llaman ‘trash-talking’. Consiste en desestabilizar al rival a través del desprecio. Normalmente es menospreciando cualidades deportivas, aunque el tono puede aumentar y pasar al desprecio. Las novias y las madres suelen tener eje principal en un lenguaje hipersexualizado y masculinizado. Es propio de los negros, que lo practican indiscriminadamente entre sí, aunque muchos blancos también lo ejercen. Uno de los maestros del ‘trash-talking’ era Larry Bird, legendario jugador de raza blanca de la NBA de los 80. Antes de anotar una canasta solía lanzar pullas a su defensor. Se pueden encontrar decenas de declaraciones de jugadores, periodistas o aficionados en las que consideran a Bird un jugador sobrevalorado y con mucha buena prensa por el hecho de ser blanco. No encontrareis nunca una declaración en la que se le tilde de racista.

Es la NBA un deporte de negros donde antes fue de blancos. Hubo un tiempo de transición en el que era un deporte de negros, pero de aficionados blancos. Hoy también los aficionados ya son negros. Son consumidores. Como también son las mujeres. O la comunidad LGTBI+ o las personas con diversidad. Antes no. Antes una persona con diversidad se ocultaba en el anonimato. Ahora, afortunadamente, forma parte de la comunidad. Trabaja, sale y consume. Consume. Y esa es la clave. Donde antes había minorías silenciadas ahora hay minorías que consumen.

Hoy las mayorías imitan los actos de las minorías, porque las minorías se han integrado en el mercado. ¿Cómo no perseguir el racismo en el fútbol si la minoría negra es ahora mayoría? ¿Cómo no perseguirlo si los jugadores más imitados y más queridos por los niños son los exóticos? ¿Cómo no acabar con la discriminación si las gradas de los estadios están llenas de mujeres? Es puro capitalismo. Para el capitalismo antes el negro no contaba. La mujer no contaba. Quien consumía fútbol era un hombre caucásico. Hoy el consumidor de fútbol es tan diverso como el que lo practica.

Vinicius no es un chico negro indefenso al que la sociedad repudia. Vinicius es la estrella (negra) de un equipo inabordable para la mayoría de los mortales. Insultarle es una forma (rastrera) de intentar doblegarle.

Defender el fútbol ante el racismo es defender el producto. Todo el cirio que se ha montado por lo de Vinicius no ha sido por culpa del racismo. Todo ha sido por miedo a dañar el producto.

Y, créanme, lo que importa es el producto.

FIFA 22 se une a la lucha contra el racismo con una equipación temática  para La Liga | Hobby Consolas
Diversidad

En 1948 se creó una carrera ciclista. Circulaba por Polonia y Checoslovaquia y pretendía ser un canto a la paz del ideal comunista. No había premios para el vencedor, ni maillot de líder. Tan sólo se corría por el simple hecho de gozar. Sólo podían participar ciclistas del bloque comunista u occidentales amateurs. Al año siguiente se rebautizó como Carrera de la Paz y se añadió al recorrido un paso por la Alemania Oriental con fin en Berlín. Era una forma de firmar el perdón con los antaño agresores alemanes.

Tres años después los soviéticos participaron por vez primera. Lo hicieron formando un bloque compacto, con mecánicos y masajistas propios, se implantó el maillot de líder y los premios económicos bajo cuerda. El objetivo era ganar. Una década más tarde la Alemania Oriental diseñaba un plan de dopaje estatal para convertir a sus deportistas en puras sangres. Los rusos pronto se sumaron al juego. La Carrera de la Paz se convirtió en una especie de Tour soviético donde se buscaba ganar por la gloria del individuo y la gloria del país.

Ni los comunistas pueden dejar de ser capitalistas.

Otras historias sobre racismo

El partido prohibido (negros contra blancos en una cancha de baloncesto de 1944)

La desconocida fiebre del ciclismo en Eritrea (como los italianos implantaron el gusto por las bicicletas en el corazón de África)

Cuando el rugby convirtió a Sudáfrica en un país (Mandela y el fin del apartheid con pelota ovalada)

El nazi bueno (la increíble historia de Bert Trautmann en dos partes)

Jim Thorpe (el nativo americano que fue el mejor deportista de la primera mitad del siglo XX)

Leña al moro (una carrera legendaria y un titular de periódico lamentable)

Old Firm (Celtic vs Rangers. Católicos contra protestantes)

Anatomía de una fotografía (el Black Power en los JJ.OO. de Mexico 1968)

¡Daria la vida por mi equipo! (como los clubes crean identidad local a pesar de estar llenos de extranjeros)

Alguien todavía más fuerte que evite pelear (la historia de Jackie Robinson)

Cuando Bill se convirtió en entrenador (cuando Bill Russell fue el primer técnico negro de la NBA)

Rukeli (el gitano que quiso tumbar a puñetazos a Hitler)

Operación Ikrit (Septiembre negro y la matanza de judíos en la villa olímpica de Múnich)

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La final del caballo blanco (White Horse Final)

Un puente peatonal sujeto por más de 13.000 tornillos comunica la estación intermodal que une la parada con el estadio. Enjambres de aficionados cruzan la pasarela para luego atravesar la entrada del majestuoso coliseo de Wembley. Hace unos cuantos años, cuando visité el estadio, recuerdo que me habían dicho que desde el circulo central hasta la Abadía de Westminster hay una distancia de 22 kilómetros. Londres es un monstruo de madera, cemento, hormigón y acero y llegar a Wembley no es tarea sencilla. El caso es que a aquel puente, inaugurado a comienzos de este siglo para descongestionar el tránsito en la zona, hubo que bautizarlo con un nombre. La opción ganadora tenía que ser la de Geoff Hurst, el delantero que anotó tres goles en la única victoria de Inglaterra en un Mundial tras vencer por 4-2 a Alemania en la final celebrada en Wembley en 1966.

Hurst quedó segundo en la votación. El nombre escogido fue ‘White Horse Bridge’. Es decir, Puente del Caballo Blanco.

Hace ahora 100 años.

La FA Cup (Football Association Cup) es el torneo de fútbol más antiguo del mundo. La copa inglesa comenzó su andadura en 1872 y conserva intacta su mística gracias a su particular sistema de competición. Existen catorce rondas de eliminación que emprenden su andadura por el mes de agosto con equipos procedentes de la décima categoría del sistema de ligas inglés y galés. Cuando quedan 64 clubes en pie entran en juego las escuadras profesionales de las dos primeras categorías. El sábado siguiente al final de la Premier League, tradicionalmente a finales de mayo, tiene lugar la gran final y el fin de fiesta de un torneo con diez meses de duración.

Salvo las rondas de clasificación iniciales, donde se realiza un sorteo con condicionantes geográficos para abaratar gastos de transporte a los equipos más modestos, todas las eliminatorias se celebran sin cabezas de serie y sin condicionante alguno. Se juega a un partido y, en caso de empate, (no hay penaltis) se disputa un encuentro de desempate en el campo del conjunto que en el primer partido había ejercido como visitante. Este partido es conocido como ’replay’. Si el ‘replay’ también finaliza con una igualada entonces el vencedor se decidirá tras una tanda de penaltis.

Es tal la magnitud del torneo que cada año participan unos 700 clubes. 44 de ellos han logrado proclamarse campeones. El sueño de todos ellos es subir las escaleras que conducen desde el césped al ‘Royal Box’, donde un miembro de los Windsor hará acto de entrega al capitán de la escuadra ganadora de la copa de hojalata más valiosa de las Islas Británicas.

La FA Cup no tendrá partidos de desempate en la temporada 2020-21
FA Cup

Pero el caso es que no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que Wembley no era más que una quimera.

Cuando en 1872 el Wanderers FC derrotó al Royal Engineers por 1-0 para alzarse con la primera FA Cup de la historia, la final se disputó en el Kennigton Oval de la capital, un campo de criquet, aun hoy en funcionamiento, en el que también se disputó el primer partido internacional de todos los tiempos entre Inglaterra y Escocia. Se puede visitar. Échenle un ojo si van a Londinium. Hubo también finales en el hoy desaparecido campo de Crystal Palace, donde se había celebrado la Expo 1851, y en Stamford Bridge, el recinto ubicado en el exclusivo barrio de Chelsea.

Y sin embargo había excepciones. El fútbol no era cosa de londinenses. Una vez se hizo profesional, el fútbol pasó a ser propiedad de los Midlands, de Yorkshire y Lancashire y del industrial norte fronterizo con Escocia. Sheffield, Blackburn, Nottingham, Birmingham, Liverpool, Bolton, Manchester, Newcastle, Huddersfield o Bolton. Eso es el fútbol inglés. Unos permanecen y otros palidecieron. Pero allí está la esencia del deporte rey. Entre chimeneas, acero y campos embarrados. Por ello hubo finales en Old Trafford, Goodison Park o en el legendario Bramall Lane de Sheffield, inaugurado en 1855 y aún vivito y coleando.

Finalizada la I Guerra Mundial la disputa de la final le fue otorgada al londinense campo de Stamford Bridge. Mas lo hizo con escaso éxito. Fueron tres las ediciones contendidas tras la guerra y el caso es que la afluencia no había sido masiva. En 1922 se enfrentaron el Huddersfield Town y el Preston North End, dos modestos del norte del país que apenas consiguieron movilizar aficionados en una época de carestía. Los londinenses, poco interesados por el choque, no llenaron el estadio.

Mas algo estaba sucediendo durante ese trienio. Finiquitada la contienda bélica se promovió la construcción de un estadio nacional en Londres para dar trabajo y conferir patriotismo a partes iguales. Existía en Londres el White City construido en 1908 en el barrio de Hammersmith para la celebración de los Juegos Olímpicos, pero su capacidad de transformación era menor y se usaba para carreras de galgos y exhibiciones automovilísticas. En su interior incluso se había habilitado una piscina olímpica. Allí llegó a jugar sus partidos como local en ciertos periodos el Queen’s Park Rangers, hasta que el estadio fue demolido en 1984. Y por supuesto había múltiples recintos capitalinos como el citado Stamford Bridge, White Hart Lane o Highbury, pero todos estaban asociados a un club y no representaban al conjunto de la nación.

London 1908 | www.elhistoriador.es
White City 1908

Para 1924 Londres iba a acoger la Exposición Universal. Lo de las Expo era una idea francesa originaria a raíz de la acelerada industrialización del siglo XIX. Su objetivo era mostrar la grandeza del país al resto del mundo en una época donde la movilidad, el transporte y el comercio llegaba por vez primera a los cinco continentes. No menos importante era exponer la fortaleza del imperio y asombrar a ciudadanos y extranjeros con el poder de la nación. Si en el siglo XIX lo significativo era manifestar los avances tecnológicos, para el siglo XX tomaba relevancia la cultura. Hoy las expos languidecen, aunque se mantienen como instrumento de autopromoción de la ciudad y su región.

El caso es que Gran Bretaña quería revelar la fortaleza de su Imperio a través de un gran estadio. Acababa de perder Irlanda y se mostraba más débil que antes de la I Guerra Mundial por lo que debía dar un golpe en la mesa que recordase a propios y extraños quien era el dueño del planeta.

El conocido como Empire Stadium (Estadio del Imperio) fue concebido por los arquitectos John Simpson y Maxwell Ayrton en 1922. Se esperaba tenerlo finalizado para dos años después, pero fue tal la celeridad del proyecto que, al año siguiente, meses antes del inicio de la Exposición Universal, ya se pudo inaugurar. Fueron 1.500 obreros y 300 días seguidos de trabajo. Costó 750.000 libras, el equivalente a unos 50 millones de euros actuales, y fue levantado en unos terrenos situados al noroeste de Londres propiedad del duque de York. La idea era demoler el estadio al finalizar la Expo para levantar allí edificios de viviendas, pero fue tal el éxito del recinto que, afortunadamente, se mantendría en pie desde entonces.

Wembley. Basta el nombre para evocar al mito. Ganar allí no es como ganar en otro lugar. Wembley es un templo del fútbol mundial lleno de encanto.

Fue un trabajo de vanguardia. Una única tribuna parcialmente cubierta con un anillo para 125.000 espectadores de los cuales algo menos de la mitad tenían asiento, algo extraordinario para la época. Mientras las columnas imposibilitaban las vistas en la mayoría de los campos ingleses, en Wembley todo era vistoso y funcional a partes iguales. Esa majestuosidad lo ha diferenciado siempre del resto de estadios británicos caracterizados por una arquitectura básica, integrada en el entorno y poco llamativa. La suntuosidad del proyecto se coronaba con los 39 escalones que llevan al Palco Real, donde un miembro de los Windsor recibe a los vencedores. En Wembley, en la Catedral del Fútbol como fue bautizada por Pelé, son numerosos los legendarios partidos disputados a la sombra de aquellas 39 gradas que te introducen por derecho propio en la historia del balompié.

The Old Wembley Stadium - for the 1999 F.A Cup Final between Newcastle Utd  v Man.Utd :) | Estadio de futbol, Estadios del mundo, Arquitectura de  estadios
Wembley 1966

Al menos lo de los 39 escalones se mantiene en la actualidad, no así las dos distintivas torres gemelas blancas de estilo victoriano de 40 metros de alto que daban la bienvenida al aficionado en la cara norte del estadio. Cuando fueron demolidas en 2002 se quebró la magia del Wembley original que pronto dio paso a un arco de 113 metros símbolo del nuevo Wembley. Se mantiene la mística, pero se ha perdido parte del encanto. ¿Qué hubiese costado haberlas mantenido? ¿Modernizar en vez de destruir? ¿O trasladar esas torres a un nuevo estadio? El hilo conductor de un estadio que nunca debería haber sido demolido, siguen siendo los 39 escalones camino de la gloria.

Ingeniería y Computación: Wembley Stadium, moderno estadio multipropósito.
Wembley 2023

Pero volvamos a 1923.

Decíamos que el estadio se finaliza antes de tiempo y hay ganas de ponerlo en funcionamiento. No existía mejor forma de inaugurarlo que con la final de la FA Cup. El torneo más proverbial del fútbol había encontrado el marco propicio para ser exhibido. Desde entonces serán todas, pero aquella iba a ser la primera. La final de la FA Cup de 1923 tendría lugar un 28 de abril de 1923 en el estadio de Wembley bajo presencia del rey Jorge V del Reino Unido, hijo de la reina Victoria y abuelo de la reina Isabel II.

Las autoridades de la Federación Inglesa se mostraban inseguras ante tan magno acontecimiento. Los precedentes no eran alentadores y se temía que se registrase una floja entrada en aquella mole con capacidad para 126.407 aficionados.  A mayores de todo, a la final habían llegado dos conjuntos modestos. Perteneciente a una ciudad fabril de la zona del Gran Manchester, el Bolton Wanderers era miembro fundador de la Football League, pero jamás había logrado un título. Iniciaba en la década de 1920 los mejores años de su historia donde acabaría logrando tres de los cuatro títulos coperos que adornan su palmarés. El otro finalista era el West Ham, entonces conjunto de segunda división y que jamás había jugado en la máxima categoría. Era, eso sí, una escuadra londinense con fuerte arraigo entre los trabajadores del acero y de los astilleros del estuario del Támesis.

Temerosos ante la baja afluencia de público, la FA puso en marcha una fastuosa campaña publicitaria para promocionar el partido. El nuevo estadio de Wembley y la presencia del rey eran el gancho perfecto. A medida que se acercaba el día 28 el ambiente fue creciendo y se supo que 5.000 seguidores del Bolton acompañarían a su equipo en la capital. Dado que el West Ham era un conjunto capitalino se contaba con que al menos se sobrepasara con creces la media entrada.

A las 11:30 del mediodía, tres horas y media antes de la hora prevista para el inicio del partido, las puertas de Wembley se abrieron y el goteo de público comenzó sin mayores problemas. A medida que pasaban los minutos era evidente que lo de la media entrada era marca más que superada. No era cuestión de fútbol, era curiosidad popular. Wembley era símbolo de los nuevos tiempos, un formidable coliseo y el deseo era formar parte de la eternidad.

A eso de la 13:30 el estadio estaba prácticamente lleno. Aquello había sido demencial. Los 5.000 aficionados del Bolton habían aparecido en la estación de Picadilly vía tren, pero el problema es que eran bastante más que 5.000. Mas ahí no radicaba el problema. La contrariedad era lo acontecido con los londinenses. Esa mañana se vendieron más de 200.000 tickets de metro con destino a Wembley. Y no solo eso. Riadas de gente formaban hileras que llegaban a los diez kilómetros de largo rumbo al oeste de Londres. La marabunta era absolutamente terrible y decididamente maravillosa. De nada sirvió que desde las estaciones de metro parejas de policías imploraran a la gente que se abstuvieran de transitar camino a Wembley.

Así pues, a eso de las 13.45 horas una masa tremenda de seres humanos había entrado en Wembley con o sin entrada. Aquella gran ola de humanidad, aquella ingente masa sólida de personas, había sucumbido a los encantos del fútbol y de una preciosa mañana soleada de primavera para convertirse en una marabunta que saltaba torniquetes y ocupaba las gradas bajas del estadio ante una organización incapaz de colocar a la turba en las gradas altas del coliseo.

Fue entonces cuando la policía cerró las puertas de Wembley impidiendo que nadie más accediera a su interior. La muchedumbre siguió creciendo y los empujones y los insultos hicieron acto de presencia. Asustados y alarmados, los policías se apartaron y la turba derribó una de las puertas de acceso. Después de la primera, cayeron las demás. Por entonces no existía la venta anticipada, por lo que la gran mayoría de esas personas sencillamente se había acercado para ver el choque sin saber lo que les esperaba. Contaban con llegar, comprar su entrada y ver el partido tranquilamente. Viendo que ni con el dinero en la mano podían entrar, decidieron tomarse la justicia por su cuenta.

Todo fue en vano.

A eso de las 14.15 horas una última gran masa de gente irrumpió en las gradas. Aquellos que estaban en los escalones más bajos se vieron aplastados, por lo que tuvieron que saltar las vallas para no quedar atrapados. De pronto el césped empezó a cubrirse de gentío hasta que al cabo de un par de minutos el verde brillaba por su ausencia. La totalidad del 105 x 70 estaba ocupado. Los futbolistas no podían saltar al césped a realizar ejercicios de calentamiento. Parafraseando a los estudiantes de la Sorbona, el césped estaba debajo de los adoquines.

El verde era una ilusión.

La gente protesta, grita y ríe, cuando a las 14.45 horas el rey Jorge V llega al palco. Su sorpresa fue mayúscula. La de los directivos de la FA también. Se temía no poder superar la media entrada y ahora se estimaba que cerca de 300.000 personas okupaban Wembley. Si, okupaban, con K.

Y de pronto el silencio. Suena el himno. El God Save The King. 300.000 almas entonan a pleno pulmón.

Pura magia.

The Black-And-White Years: The Chaos, Crowds And Confusion Of The 1923 'White  Horse' FA Cup Final At Wembley (Photos) | Who Ate all the Pies
Wembley. 14.45. 28/IV/1923

Los acordes callan y toca tomar una decisión. La policía estaba desbordada y se maneja hacer uso de la fuerza. La otra alternativa era suspender el partido. Un alto cargo de la policía y otro de la comitiva real comenta a los jugadores que se disputará un choque amistoso para calmar los ánimos y que al día siguiente, a puerta cerrada, se disputará la verdadera final. La propuesta, cierta o no, no pasa de anécdota, aunque habrá jugadores del West Ham que declaren años después que no sabían que estaban jugando la verdadera final hasta llegado el descanso. Son precisamente los futbolistas del West Ham, que evidentemente eran los que contaban con más aficionados en las gradas, los que saltan al campo intentando hacer razonar al respetable.

Lo único que consiguen son palmadas de apoyo, ser manteados y no pasar de poco más que el túnel de vestuarios.

Son las 15.10. Van diez minutos de retraso sobre el horario previsto. 300.000 almas ocupan un recinto cerrado con no demasiadas escapatorias. Parece que la única decisión posible es hacer uso de la fuerza.

Fuese esa u otra la decisión a tomar, todas parecen un suicidio.

Aquello iba a acabar en tragedia.

Fue entonces cuando apareció Billie.

Crin brillante, chirriar de dientes, aire natural, galope a cuatro tiempos, Billie comienza a danzar. Billie emprende un giro sobre sí mismo. Avanza en bípedo diagonal, primero de izquierda y luego de derecha, siempre haciendo círculos. Sobre Billie está un tal George Scorey, policía del distrito metropolitano de Londres. Un Bobby. Un booby sobre corcel blanco.

Scorey acaricia las riendas de Billie y el caballo, paso a paso, va aumentando la circunferencia de su baile. Nadie encuentra una explicación a lo que sucedió entonces. Los de la primera fila se agarraron las manos e iban presionando suavemente hacia atrás, intercalando más y más gente entre ellos. Al poco comenzó a verse una mancha verde en el centro del campo. Después un vasto césped, luego las áreas y más tarde el rectángulo en su plenitud. La gente se había ido apartando a medida que aumentaban los radios de la circunferencia del equino. Poco a poco el público fue abandonando el césped y apelotonándose detrás de la línea que marca el fin del terreno de juego.

A medida que Scorey y Billie hacían su magia otros policías imitaron la escena y el público acabó apiñándose entre las gradas. Fueron más de 1.000 personas las que hubieron de ser atendidas con heridas leves y tan sólo 22 tuvieron que pasar por el hospital. No hubo ningún fallecido entre los 300.000 presentes.

Aquello fue un milagro.

White Horse Final: 100 years since Bolton became the first team to win the  FA Cup at Wembley | Daily Mail Online
Billie

A las 15.45, con cerca de una hora de retraso, dio comienzo la final. Los jugadores se quejaron de que en las bandas solo había surcos y agujeros provocados por los caballos que trotaban de un lado hacia el otro impidiendo que el público ocupara de nuevo el terreno de juego. El descanso apenas duró cinco minutos, dado que los futbolistas fueron incapaces de alcanzar los vestuarios ante la que allí había montada. Bebieron un trago de agua, cambiaron de campo y vuelta a empezar.

En medio del caos ganó el Bolton 2-0. Se adelantaron al poco del inicio. David Jack se aprovechó de que su marcador se había quedado atrapado entre la multitud tras un saque de banda. El segundo gol tuvo lugar en el segundo tiempo. Fue un chut que entró y fue sacado por un seguidor que estaba detrás de la portería. Pero los futbolistas del West Ham reclamaron que no había cruzado la línea y que el balón había pegado en el poste. Fuese como fuese, el 2-0 hizo que muchos se fuesen de Wembley antes del final de los 90 minutos viendo que el partido estaba decidido y permitiendo que el desalojo del coliseo fuese pacífico y sin incidentes.

En las portadas de los periódicos del día siguiente no estaba el capitán del Bolton ni el rey Jorge V, sino Billie, el caballo que salvó la final. Un caballo gris, pero que el vigor del blanco y negro del metraje y de la fotografía convirtió en un blanco nieve para la eternidad. Durante las siguientes semanas en el Parlamento Británico se debatió por vez primera sobre el fenómeno hooligan y sobre la necesidad de aumentar la seguridad en los estadios de fútbol. Se decretó la obligatoriedad de colocar tornos antes de las puertas de entrada y se habilitó la posibilidad de comprar entradas con antelación para los grandes eventos.

A Billie le dieron alfalfa de por vida y a George Scorey entradas para ver las finales de la FA Cup en Wembley desde aquel entonces hasta el día de su muerte. Murió en 1965 sin acudir nunca más al coliseo londinense. No le gustaba el fútbol.

O tempora, o mores.

Ascenso Inglés on Twitter: "Mundialmente conocida como la White Horse Final  o Final del caballo blanco. Por esta imagen de un oficial montado  intentando retener a los hinchas que invadían el terreno
White Horse Final

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Milán-Turín. Guía de viaje

En 1876 aún no se había inventado el fonógrafo. Tampoco el coche ni el avión. No existía el cine ni tampoco las Coca-Cola. No había aspirinas ni tampoco termómetros. No teníamos lavadoras ni aspiradoras, tampoco ositos de peluche o cremalleras. Nadie sabía lo que era el acero inoxidable. 1876 queda muy atrás en el tiempo.

Pero en 1876 ya existía la Milano-Torino, la carrera ciclista más antigua del mundo aun en disputa. Siempre en marzo, una semana antes de la más famosa Milano-San Remo, salvo entre 1987 y 2005 donde fue trasladada a octubre. Es la Milán-Turín una lección de historia, un remonte a través del valle del río Po, un paseo por uno de los lugares más prolíficos de la industria y la agricultura europea.

Desde que en 1876 el ciclista, naturalista y explorador italiano Paolo Magretti completó los 150 kilómetros que separan a la capital de Lombardía con la del Piamonte son más del centenar las ediciones celebradas. Hasta la I Guerra Mundial fue imposible coser dos ediciones consecutivas. Aún habría un intervalo de paralización a finales de los años 20, pero desde 1930 la Milán-Turín fue fiel al calendario salvo contadas excepciones. En el 2000 el motivo fueron unas lluvias dantescas que anegaron el valle del Po. Lo curioso es que la Milán-Turín sobrevivió con dignidad a la hecatombe de la II Guerra Mundial, pero no así a la crisis financiera de 2008. Rehusados los patrocinadores alarmados por los escándalos de dopaje en el ciclismo y acumulando pérdidas millonarias, entre 2008 y 2011 hubo que mandar al cubo de la basura a la Milán-Turín.

Al igual que la Milán-San Remo, la Milán-Turín es el último paseo del invierno. Si la primera viaja al sur en busca del sol, la segunda cabalga hacia el oeste indagando los orígenes de Italia. La primera es conservadora y la segunda explora caminos más progresistas, pero ambas son el vivo ejemplo de un deporte que, en esa eterna pugna entre progresismo y conservadurismo, siempre ha escogido la cautela a pesar de la fuerza de los vatios y de las analíticas.

La Milán-Turín es ciertamente monótona, pero rezuma belleza por todos sus poros. Es una prueba para tipos rápidos, pero también para aventureros que apuestan todos sus créditos a dar la sorpresa en la subida final. Quizás para el aficionado inexperto el pedaleo es tedioso, pero para el amante de la cultura, la naturaleza y la arquitectura, la Milán-Turín, como tantas y tantas maravillas del ciclismo, es una amalgama de excitación para la percepción.

Fue el Club Ciclista de Milán quien promovió la primera edición. Hoy es la empresa RCS Sport la que se hace cargo de la organización de la carrera, así como también del Giro de Italia. Es de las pocas carreras de renombre que no deben sus inicios a la idea empresarial de un periódico, aunque hoy sí dependa de ello, ya que RCS Sport es el brazo organizativo de ‘La Gazzetta dello Sport’. Solo hubo ocho valientes en aquel 1876, y tan sólo el ya citado Magretti y tres aventureros más consiguieron llegar a Turín. Siempre fue una prueba muy italiana y su escasez de cotas montañosas hizo rehusar a los Merckx, Hinault y compañía de intentar hincarle el diente. Cavendish, Jalabert, Bugno, Saronni, de Vlaeminck o Magni son algunos de los insignes triunfadores.

Milano–Torino - Wikipedia

La prueba debería empezar en Milán, a los pies de la Madoninna. La Asunción de María vigila a devotos, paisanos y turistas cuando se acercan a la imperial Duomo milanesa o se arriman a pecar a las cercanas galerías de Vittorio Emanuele II. Lo cierto es que los viajeros comienzan la aventura más al norte, en un pueblo, hoy ciudad dormitorio de Milán, conocido como Novate Milanese. Allí nació Vicenzo Torriani, el hombre que se puso a cargo de ‘La Gazzetta dello Sport’ y reflotó el Giro de Italia o la Milán-San Remo tras el fin de la II Guerra Mundial. La tradición hoy es olvidada y a veces los ciclistas empiezan a rodar en las también próximas San Giuliano o Magenta, famosa ésta última por una batalla de la independencia italiana de 1859 que dio nombre al pigmento descubierto ese mismo año.

De Lombardía pronto se pasa al Piamonte. Los milaneses ya tienen San Remo. La Milán-Turín es más turinesa que milanesa. Pero la Milán-Turín es, por encima de todo, la carrera del Po. El valle del Po conforma un triángulo cuyas tres partes son idénticamente prósperas. Podrido el sistema político italiano, a inicios de los 90 a alguien se le iluminó la bombilla y le dio por decir que aquello era un ente propio. Padania independiente. Es el Po el que cruza ese paradisiaco lugar de prosperidad e inquina al mismo tiempo. De admiración y odio visceral a partes iguales. En el extremo inicial del triángulo, cuando el Po pasa de niño a adolescente, están Piamonte y Lombardía. En el invierno los días son duros, ventosos, fríos y propensos a la niebla. Encerrados por altas cordilleras y solo abiertos al este, los veranos son húmedos y asfixiantes. Podrán ser ricos y poderosos, pero opresivos e industriosos, los habitantes de Padania están rodeados de una de las capas de contaminación más vigorosas de toda Europa.

Decía entonces que la carrera remonta el valle del Po. Lo hace cuando es modesto y aún no es navegable, cuando el Ticino todavía no vierte sus aguas en él para volverlo descollante. Se remonta el Po y la carrera camina hacia el norte para buscar a algunos de sus afluentes. Traspasa la barrera de la Galia cisalpina y los ciclistas dejan de ser ciudadanos romanos y se convierten en bárbaros. La bienvenida a Piamonte la da Vercelli, una pequeña ciudad anclada entre Milán y Turín. Es hermosa y serena, y, rodeada de campos de arroz, es capital de comarca. La basílica de San Andrés saluda a los ciclistas con sus tres estilos, románico, gótico y lombardo, el propio de la zona y el que sirve de enlace entre la recatada y la luminosa. De Vercelli es también el Pro Vercelli, el primer gran campeón del fútbol italiano donde jugó Silvio Piola, aun hoy el máximo goleador histórico de la Serie A.

Se cruzan entonces el rio Sesia, uno de esos lagartos de agua que llenan las tripas del gran cocodrilo. A veces se cruza más al sur por el valle Lomellina, paraje de garzas y otras aves. Por allá también habrá viñedos de uva freisa, una uva italiana que da vinos tintos como el Canavese o rosados como el Monferrato. Todo es zona de iglesias hermosas, renacentistas y barrocas a partes iguales, y donde los elementos arquitectónicos se integran con colinas, bosques y lagos. Estatuas, frescos y campanarios conforman lugares que obedecen al culto mariano.

Otras veces se cruza Dora Baltea que da al Po truchas, percas y salmones. Por allí está el canal Cavour, que riega del agua necesaria al arroz con el que poder hacer un risotto paniscia, con sus judías, su tocino y su salami, siempre regado con una botella de vino tinto. Piamonte es uno de esos lugares donde nació el ‘slow food’, la apuesta por la alimentación sana, el turismo cultural y de tenedor, cuchillo y cuchara.

A unos 50 kilómetros de Turín se encuentra San Germano Vercellese y su iglesia de Santa Águeda con su campanario lombardo, su fachada en forma de panteón griego y los frescos en su interior. En vez de seguir hacia Turín la carrera da un rodeo dirección norte hasta encontrarse con Ivrea y así poder acercarse a los 200 kilómetros de recorrido. Eporedia en tiempos romanos, Ivrea vislumbra el paso del tiempo desde un cerro en el que se levanta un castillo del cual sobreviven tres torres quedando la cuarta inutilizada por un relámpago que acabó con el polvorín que se guardaba en su interior. Al pie del cerro, se conserva el edificio Olivetti, hoy Patrimonio de la Humanidad, donde a inicios del siglo XX se diseñaron no las primeras máquinas de escribir y calculadoras, pero si las primeras que combinaron funcionalidad con hermosura.

Luego ya se desciende dirección Turín dejando kilómetro a kilómetro lo rural por lo urbano y lo añejo por lo moderno. Son múltiples los pueblos por los que el tiempo parece haberse detenido y donde la plaza, el bar y la iglesia siguen siendo el centro comunitario. Para lugares como Rivarossa, la Milán-Turín es una fiesta y una afirmación de identidad. Todo el recorrido no será patrimonio de la humanidad, pero si lo es del ciclismo y de la vida.

Se entra entonces en el gran Turín por el noroeste. A poco más de 30 kilómetros está la abadía de San Michele, localización famosa por ser donde se rodó ‘El nombre de la Rosa’, película de Sean Connery que igualó o mejoró la novela de Umberto Eco. Se encuentra tan magno lugar en el valle del Susa donde más adelante estará el Venaria Reale, la residencia de la casa real de Saboya, hecha a imagen y semejanza del parisino de Versalles y cuya Galería de Diana pretendía rivalizar con la Galería de los Espejos francesa.

Turín es una señorita, refinada, distinguida y de gustos remilgados. Primera capital de la Italia cuando el yelmo de Escipión cubrió la cabeza, Turín nos recibe con largas avenidas, calles porticadas y vastas vistas a los Alpes. Atravesada por el Po, en Turín encontramos la Mole Antonelliana, una antigua sinagoga que hoy alberga el Museo Nazionale del Cinema y que en su momento fue la construcción de albañilería más alta de Europa. Formidable también es el arcón de madera que guarda la Sábana Santa, donde dice la tradición que fue enterrado Jesucristo y que preside majestuosa la catedral de fachada de mármol blanco de la ciudad.

En Turín los ciclistas también pueden circular y admirar la vía Roma, la vía Po o la vía Garibaldi, siendo ésta última la calle comercial más larga de Europa y que desemboca en la Piazza Castello que une a todas las anteriormente citadas. Allí está el fin de fiesta tras cerca de 200 kilómetros de ritmo elevado, codazos, destrucción, colocación y velocidad. Pero cuando la Milán-Turín revivió a inicios del siglo XXI se quiso darle un vuelco a la prueba acorde a los tiempos actuales.

La principal seña de identidad de la carrera es el alto de Superga, una ascensión de dificultad media situada a las afueras de Turín y que tras su descenso da por acabada la carrera. Aunque la Milán-Turín es una prueba para velocistas, la ascensión a Superga exigía un esfuerzo extra para con los sprinteres y daba la oportunidad de victoria a los valientes. Fue en el descenso de Superga donde Marco Pantani fue atropellado en 1995 dejándolo año y medio en el dique seco. Y fue a los pies de la basílica de Superga donde en 1949 la niebla hizo trizas el avión en el que viajaba el Torino FC de Valentino Mazzola acabando con uno de los mejores equipos de fútbol de todos los tiempos.

Pero en 2012 los organizadores escogieron un final más duro y mediático, realizando un doble paso por la vertiente más dura de Superga (4,3 km al 9,1%) y finalizando la prueba en lo alto de la cima. Un trazado sin mucha dureza global, siendo básicamente llano desde la salida hasta llegar a los alrededores de Turín, pero que de pronto contaba con veinte kilómetros sin respiro encadenando dos subidas a Superga. Desde entonces se ha mantenido con asiduidad el final en alto, aunque las variantes siguen siendo múltiples. A veces finaliza en Rivoli, bella ciudad situada al oeste de Turín y de Superga, y otras se apuesta por un final más llano y tranquilo.

Milano Torino 2023 | Official website
Milano-Torino

En aquel 2012 aquella renovada edición dio como vencedor a Alberto Contador. Miguel Poblet, Valentín Uriona, Igor Astarloa y el gallego Marcos Serrano son los otros españoles que han vencido en Turín. Por supuesto son los italianos con 73 triunfos de 103 posibles los plusmarquistas y el maravilloso Constante Girardengo el más laureado con cinco victorias (1915, 1915, 1919, 1920 y 1923). Piamontés, Girardengo fue una de las primeras estrellas mundiales del ciclismo y un icono italiano ganador en Lombardía, San Remo y en la clasificación general del Giro de Italia.

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Tour de Flandes (adoquines y barro en tierras belgas)

Giro de Lombardía (un paseo otoñal por el norte de Italia)

París-Roubaix (pavés, trincheras y agonía en la clásica de las clásicas)

Milán-San Remo (Una oda a la llegada de la primavera en ‘La Classicissima’)

Lieja-Bastoña-Lieja (la carrera de los valones, la competencia directa al Tour de Flandes)

La desconocida fiebre del ciclismo en Eritrea (como los italianos llevaron al corazón de África la pasión por el ciclismo)

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Vivir a la manera de Nava

Una manera de vivir. Así definió Zupo Equisoain la fascinante historia del Club Balonmano Nava. Zupo dirigió al equipo segoviano durante dos temporadas (2000-2022) tras sumar más de 700 partidos en la Liga Asobal y conseguir varios títulos ligueros y la Copa de Europa con el Portland San Antonio de Pamplona. Que Zupo aceptase dirigir a un club de una población de menos de 3.000 habitantes era del todo menos normal.

Pero es que en Nava de la Asunción todo es paranormal. Esta bucólica villa de la campiña segoviana tiene el honor de ser la población más pequeña de España en albergar un equipo deportivo de carácter profesional que haya llegado a la máxima categoría. Un pueblo alejado de la mano de Dios, aunque no tanto, ya que está a menos de 50 kilómetros de la capital provincial y a unos 130 de Madrid.

El caso es que el Balonmano Nava militó durante tres temporadas en la Liga Asobal (2019-2022). Sin ser esto moco de pavo, lo más trascendental es que durante la última década se ha consolidado como cantera de referencia en el balonmano y en club habitual de la segunda categoría. Y lo ha hecho con una idiosincrasia única. El club es el pueblo y el pueblo es la afición.

Los únicos miembros del Balonmano Nava que cobran son el entrenador y los jugadores. En tiempos de Zupo los más afortunados podían llegar a los 2.000 euros brutos mensuales. El resto de los empleados, desde el presidente al utillero, son voluntarios. Han convertido en virtud su mayor pecado. ¿Qué hace falta algo? Participan los vecinos. La construcción del pabellón municipal se hizo tras un referéndum. Y no se concibió a las prisas. Fueron ocho años de proyecto en virtud del presupuesto del ayuntamiento. Hoy entran allí 1.000 personas, un tercio de los censados en Nava de la Asunción.

Lo del censo es importante porque otra característica del club es que obliga a que sus jugadores vivan en Nava. Podrían hacerlo en la cercana Segovia, a media hora en coche, pero eso está prohibido. De hecho, hay resquemor. Es el club deportivo de más categoría de la provincia, pero se sienten abandonados. Los políticos terciaron para llevar el club a la capital, pero en Nava él no ha sido la respuesta. El roce con el pueblo es básico. Todo fichaje es presentado a finales de agosto y se integra al grupo en la semana de fiestas de Nava, las cuales tienen lugar a inicios de septiembre. Después empieza la temporada y también el cole. El nombre del polideportivo (Guerrer@s naver@s) fue escogido por los alumnos del colegio tras voto secreto.

Los jugadores son como dioses. Destacan por su altura y comparten saludos y abrazos. También visitan farmacias, supermercados y bares. Y no pagan. Pero acaban pagando. Lo hacen por vergüenza. Porque quieren. Porque son aceptados como miembros de la comunidad. El presupuesto es cosa de Viveros Herol (50%) y el resto es otorgado por otros patrocinadores (35%) y por los socios (15%). Prácticamente no hay vecino de Nava que no sea socio. Y el que no lo es hará otras cosas. Por ejemplo, lavar las camisetas de los jugadores o preparar la comida para después del entrenamiento.

Nava de la Asunción, otro milagro del balonmano español - MARCA.com
El milagro de Nava

Todo empezó en 1976. Un vecino llamado Quintín Maestro comenzó a practicar balonmano en Coca, la capital de la región. Le gustó tanto la experiencia que decidió montar un club en su Nava natal. El asunto se inició como una afición de un grupo de amigos para luego convertirse en seña de identidad del pueblo. Los partidos se jugaban en un frontón de cemento sin escapadas de fondo de pista. Un lugar peligroso y terrible para jugar, pero que encantaba a todos los rivales porque el ambiente era espectacular.

Hace trece años el Balonmano Nava militaba en la quinta categoría nacional, pero pronto ascenderá hasta llegar a la segunda categoría en 2014 y a la Asobal en 2019. Lo hace apostando por gente de la casa que tuvo que marchar para crecer, pero que vuelve tras la crisis que azota al balonmano español. Es el caso de Carlos Villagrán o Alberto García. Adolescentes que marchaban a León o a Valladolid pero que vuelven a Nava ante la desaparición, refundación o crisis de los antaño gigantes del balonmano hispano.

La hazaña se hace realidad en 2019. El Balonmano Nava es equipo de Asobal. Pero la cosa no marcha. Llega el Covid. Y es cuando aparece Zupo. El antiguo campeón de Europa estaba haciéndose de oro dirigiendo a la selección de Emiratos Árabes Unidos, pero aquella llamada le devolvió la pasión por el balonmano. Esa manera de divertirse, ese frente nava-verde, le hizo centellear, devolverle el brillo a su mirada.

Zupo salvó al Balonmano Nava la primera vez. Pero el milagro no podía ser eterno. En 2022 bajó de categoría. Da igual. El pueblo seguirá sosteniendo al club. Como lo hizo ayer, y como lo hará mañana.

Programa de Fiestas de Nava de la Asunción | Segovia al día | Noticias de  Segovia y provincia
Nava de la Asunción

“Son veinte años como entrenador de élite. Puedo decir que he vivido muchas cosas en mi vida, pero este es el momento más triste de mi carrera deportiva. No tiene comparación con nada”. Zupo Equisoain tras perder la categoría con el Balonmano Nava por un punto de diferencia tras sumar cinco derrotas en las últimas cinco jornadas.

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Red Bull te da alas

Dietrich Mateschitz estaba a miles de kilómetros de casa. En otro de esos cargantes viajes de negocios. Suerte que entre reunión y reunión siempre se podía sacar unas horas de asueto. Acabada la jornada decidió probar las aguas del Índico. Disfrutar de una de las playas paradisiacas de Tailandia. Allí, con los pies besando la arena, probó una bebida desconcertante. Se llamaba Krating Daeng. Era refrescante, pero sobre todo adictiva. Y, es más. Era mucho mejor que el café. Era ideal para superar el jet-lag de vuelta a casa. Una vez probó la primera, Dietrich ya no pudo parar. Preguntó, indagó, se informó y acabó consiguiendo una cita con un tal Chaleo Yoovidhya, el padre de la criatura. Pronto llegaron a un acuerdo. Yoovidhya vendió su receta a Mateschitz, quien únicamente añadió el dióxido de carbono a la composición original para hacerla más agria. Era 1987.

Acababa de nacer el Red Bull. La bebida energética por excelencia.

Apenas un cuarto de siglo después de aquello a Mateschitz le dio por enviar un hombre al espacio. Félix Baumgartner fue el primer ser humano en romper la barrera del sonido al tirarse en caída libre saltando a unos 40.000 metros de altura. Hubo tal cantidad de gente que vio el acontecimiento que los servidores de Youtube estuvieron a punto de romperse. El evento fue seguido por una audiencia quince veces mayor que la de unos Juegos Olímpicos y llevó a Red Bull a la cima de su fama. Aquella mezcla entra gesta y espectáculo fue el origen de la transmisión remota y móvil en las retransmisiones deportivas.

Quizás ese fue el cenit de Red Bull.

Pero, ¿cuál es el origen?

Antes de ese viaje a Tailandia Dietrich Mateschitz trabajaba para una empresa de cosméticos. Licenciado en marketing, se dedicaba a diseñar campañas publicitarias y era ampliamente reconocido en su mundo laboral. Cuando vuelve de Asia decide dejarlo todo e invertir sus ahorros para comercializar su nueva bebida. Su primera misión es conquistar el mercado de su Austria natal y para ello decide regalar el Red Bull como forma de darlo a conocer. Resuelve suministrarlo en las puertas de universidades e institutos y lo hace con rápido éxito. Dietrich no bebe alcohol y sabe que el Red Bull funcionará en un entorno estresante como el de los estudios. Lo considera ideal para mantenerse despierto en noches de exámenes o en madrugadas de fiesta, tanto para aquellos que beben alcohol como para quienes lo rehúsan.

Una vez conseguido el conocimiento entre los jóvenes lo siguiente es asociar el Red Bull con el riesgo, el vigor y la velocidad, ecuación perfecta para aquellos que rondan la veintena. Ahora ya se puede vender el Red Bull en discotecas, restaurantes y supermercados, pero hace falta un gancho que haga que la genta decida invertir su dinero en esa nueva bebida. Lo primero que hizo Mateschitz fue basarse en el guion habitual. Aquí no hubo improvisación, sino determinación. Decidió invertir una buena suma en Gerhard Berger, por entonces piloto austriaco de Fórmula 1 de la escudería Ferrari. Desde ese primer momento, velocidad y Red Bull harían un binomio inseparable. Las alas del toro rojo se incorporarán al casco de Berger y años después lo harán en el chasis de la escudería Sauber. Berger será la cara que hará al Red Bull popular primero en Austria y rápidamente en el resto de Centroeuropa.

El siguiente paso fue comprar una escudería. Se trataba de un camino mucho más ambicioso, pero Mateschitz, como buen hombre de negocios, sabia cuadrar con perfección el riesgo con el beneficio. En 2004 Ford decidió deshacerse de Jaguar ante una tremenda crisis de ventas. Hubo que despedir a miles de trabajadores de Estados Unidos y deshacerse del equipo de Fórmula 1 en tiempo récord. Mateschitz se hizo cargo de las deudas y compró la plaza de Jaguar por un simbólico e insignificante dólar. Inmediatamente bautizó al equipo como Red Bull y adquirió a mayores la escudería italiana Minardi para convertirla en Toro Rosso (Red Bull) y ser usada como captación de talentos y banco de pruebas. Con motores Ferrari alcanzaría la cima logrando cuatro títulos consecutivos con Sebastián Vettel y dos más con Max Verstappen, el último de ellos con motor propio fabricado en Austria, el último paso del ambicioso proyecto de la escudería de la bebida energética.

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Red Bull F1 2022

Pero antes de eso hubo mucho más. Para expandirse y salir de las fronteras austriacas Red Bull necesitaba algo más cuantioso que un piloto de Fórmula 1. Por entonces, hablamos de mediados de los 90, el dinero gastado en Berger había vaciado las arcas del departamento de publicidad. Por lo que cumplía cambiar de estrategia. Así que Mateschitz decidió apostar por deportes minoritarios, baratos, en los que no habría que inyectar mucho dinero. La ecuación a seguir fue la misma: riesgo + juventud + velocidad. Se apuesta por deportes urbanos como el skateboard, el parkour o por el ciclismo de montaña del BMX, el windsurf o el snowboard. Red Bull se introduce también en el automovilismo de velocidad o en pruebas de parapente. El lema ‘Red Bull te da alas’ da la vuelta al mundo y es sinónimo de desenfado y juventud. La imagen pública es que Red Bull es algo guay, genial, ‘cool’. Luego se decide patrocinar eventos de lo más descabellados que pretenden ser récord Guinness y donde la velocidad, siempre, debe estar presente. En un momento donde se hace efectiva la prohibición de anunciar bebidas de alta graduación y la inmensa mayoría de países impiden el alcohol en la conducción de vehículos a motor, Red Bull es un soplo de aire fresco que tiene el éxito garantizado.

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Red Bull te da alas

Se había logrado la internacionalización y estabilización del producto. Pero faltaba la caza mayor. El fútbol.

Como siempre Dietrich decidió empezar por casa para abrirse al mundo. Mateschitz es de Salzburgo y de pequeño animaba al SV Salzburgo, un modesto club austriaco que desde los 80 era patrocinado por la cadena de supermercados Casino. Desde entonces el Casino Salzburgo creció a nivel local y en 1994 llegó a la final de la Copa de la UEFA que perdió ante el Inter milanés. Era un pequeño éxito, pero mucho más lo será cuando en 2005 Red Bull compre el equipo. Fiel a su ideario, Mateschitz no se contentará con patrocinarlo, sino que al adquirirlo cambia la historia de un club fundado en 1933 que es finiquitado y rebautizado como Red Bull Salzburgo. Se renombra el estadio (Red Bull Arena), se modifica el escudo (dos toros rojos) y se cambian los colores del equipo, pasándose al rojo y blanco corporativos. A pesar de las discrepancias iniciales la ciudad se vuelca con su mecenas y su nuevo club que, desde entonces, ha ganado 13 de 16 ligas posibles y se ha convertido en un habitual de la fase de grupos de la Liga de Campeones.

El mismo año que se fundaba el Red Bull Salzburgo se ponía en marcha en Estados Unidos el Red Bull New York, el cual no ha tenido tanto éxito deportivo, pero es lo de menos. Lo que se buscaba al otro lado del Atlántico, abrazados por la ciudad más famosa del mundo, era conseguir respeto y resonancia para abrirse al mercado más goloso del planeta.

Ese era el primer paso. Pero, como siempre, era el preludio del siguiente. Mateschitz pone sus ojos en Alemania, donde por idioma y cultura, está el mercado más importante al que debe acceder un austriaco. Es Leipzig ciudad de tronío. Cuna de la imprenta y junto con Dresde el núcleo más importante de Alemania del Este. Allí estaba el Dinamo Dresde, imponente club en la época comunista y desde finales de los 90 escuadra que deambula entre la segunda y la tercera categoría. Cuando el Zentralstadion acoja varios partidos del Mundial 2006 el club más representativo de la ciudad era el FC Sachsen Leipzig, por entonces en la cuarta categoría del fútbol teutón. Aquel gigante de cemento con capacidad para 45.000 espectadores apenas conseguía, con suerte, ocupar una quinta parte de sus asientos.

Hasta que en mayo de 2009 se fundaba el Rasen Ball Sport Leipzig. Contrariamente a lo que se pueda pensar la R y la B no son las iniciales de Red Bull, aunque la intencionalidad está fuera de toda duda. El significado del nombre es “deporte de pelota y césped” y venía a sortear la normativa alemana que impide asociar un club con una casa comercial. Mateschitz adquirió la plaza del SSV Markranstädt, un club del extrarradio de Leipzig, y comenzó a competir en la quinta categoría alemana. Meses después le compró al ayuntamiento la propiedad del Zentralstation y lo renombró como Red Bull Arena. Tras cinco ascensos consecutivos el Red Bull Leipzig llegaba a la Bundesliga en 2016. Era el cuarto equipo de Alemania Oriental que lograba tal hazaña.

Desde ese año ha sido el tercer equipo que más ha invertido en fichajes tras el Bayern y el Dortmund y en 2022 consiguió su primer título al vencer en la final de copa al SC Friburgo. Ni aun así ha logrado la aceptación popular, ya que raras veces el estadio se llena para ver al Red Bull. El Dinamo Dresde sigue superando en abonados a un club que es visto con inquina tanto en la ciudad como en el resto de Alemania, al incumplir la norma no escrita de que la propiedad del club debe ser de los socios.

Hoy además del RB Salzburgo, New York y Leipzig también existe el Red Bull Bragantino, con el objetivo de captar a los jóvenes talentos del fútbol brasileño. No en vano, de la academia de fútbol de Red Bull han salido futbolistas de primer nivel como Lukas Klostermann, Dayot Upamecano, Naby Keita, Timo Werner, Joshua Kimmich, Sadio Mané y, especialmente, Erling Haaland.

El ultimo sueño de Dietrich Mateschitz fue conquistar la Copa América de vela. Puso a disposición toda la maquinaria de su equipo de Fórmula 1 para alinearse con el Alinghi suizo y formar el equipo Red Bull de vela con más de 100 personas a pleno rendimiento. Eso sería en 2024. Pero Mateschitz falleció víctima de un infarto antes de ver cumplido el objetivo. Hoy Red Bull cuenta con más de 13.000 trabajadores por todo el orbe y suma más de 8.000 millones anuales en ingresos. Su crecimiento y consolidación está ligado a una revolucionaria iniciativa de expansión comercial a través del patrocinio deportivo. Junto a las motos KTM y la joyería de Swarowski, en la actualidad no existe empresa austriaca más reconocida a nivel mundial que Red Bull.

Haaland al Dortmund: RB Salzburgo es una fábrica de talentos, otras grandes  ventas a clubes de Europa | FOTOS | FUTBOL-INTERNACIONAL | DEPOR
Erling Haaland

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Explicando a Pelé (2ª parte)

Coruña 1959. Riazor. Junio. Trofeo Teresa Herrera. Partido único. Santos FC vs Botafogo FR. Pelé frente a Garrincha. Siete campeones del mundo sobre el campo. Se cuenta que había gente situada encima de la torre de maratón. Otros parecían gravitar sobre el voladizo de la grada de preferencia. 38.000 fue la cifra oficial. De 50.000 no bajaba según las crónicas. El Santos ganó por 4-1 incluyendo un soberano gol de Pelé deshaciéndose de varios contrarios. Fue lo nunca visto. El mejor partido de la historia del torneo. Días antes el Santos había colgado el cartel de no hay billetes en el Bernabéu en el que fue el único enfrentamiento entre Di Stéfano y Pelé y que acabó con victoria del Real Madrid por 5-3.

Paris 1960. Colombes. Junio. El Santos viene de jugar cinco amistosos en diez días. Está en Paris. Es un triangular. Los paulistas frente al Stade Reims y el Racing de Paris. Pelé está lesionado. No puede jugar, pero tiene que jugar. Su caché es el que le da vida al equipo. Dorval tiene una idea. Es joven y es negro como ‘O Rei’. Junto a Mengalvio, Coutinho y Pepe formaban la delantera del ballet blanco del Santos. Todos excelentes, pero sin Pelé el brillo del ballet se desvanece. El caso es que Dorval sugiere ponerse el ‘10’ pensando que la multitud será incapaz de reconocer a un garoto al que solo han visto en fotos. Dicen que hay 80.000 personas apiladas, el doble de la capacidad permitida. Dorval salta al campo, el juego se inicia, pero hay que pararlo. La pitada es demencial. No hay distrito de Paris que no se estremezca ante tales silbidos. Pelé salta al campo. El embuste es descubierto. Juega lesionado los noventa minutos. El Santos domina por 5-3. Dos días después vuelve a ganar, en este caso al Racing de Paris, por 4-1. Pelé juega ambos choques.

Era y es Paris capital del mundo. Lugar multicultural, brillante, vanguardista, donde el fútbol no es nada, apaciguado por la infinidad de ofertas que la megalópolis ofrece a los sentidos. Era Coruña ciudad pequeña, modesta, arrojada en una esquina del Atlántico para uso mundano, donde el fútbol es lo más importante de lo menos importante. Pero el efecto de Pelé fue el mismo, tanto en una ciudad como en la otra. Aquel atleta de velocidad sostenida, sonrisa perenne e ingenio máximo, ejercía la misma fascinación por grande o pequeño que fuese el escenario preparado para sostener su grandeza.

Una galaxia llamada Riazor
7 campeones del mundo en Coruña

Pelé era un circo. Desde que con 17 años fue coronado como ‘O Rei’ tras salir victorioso en Suecia, fue transformado en mito viviente. Para los brasileños Pelé es el summum. Es el hombre que hizo que un país pobre y olvidado pasase a ser conocido en todo el mundo. Pelé fue y será el embajador más trascendental del país del orden y el progreso. El fútbol en Brasil lo es todo, porque solo en fútbol puede presumir Brasil de ser vanguardia. Y lo es porque aquel chico de 17 años proclamó a Brasil campeón por encima de todos en 1958. Luego vendrían otras dos veces más. Y desde entonces Brasil es el rey del planeta fútbol. El rey del ‘jogo bonito’.

Pelé fue explotado hasta la saciedad. Llegó a jugar dos partidos en menos de 24 horas. Y no ocurrió en una ocasión aislada. Hasta nueve veces tuvo lugar tal aberración. Pero el culmen del paroxismo fue cuando se le contabilizaron tres partidos en 48 horas. En 1959 se le contaron 22 partidos amistosos con el Santos en 14 países diferentes en el plazo de seis semanas.

Y no eran partidos amistosos. Eran partidos a muerte. Partidos en los que había que salir a ganar. Pelé no jugaba en Europa. Pelé no jugaba la Copa de Europa. La oportunidad de ver a Pelé frente a Di Stéfano, Cruyff, Eusebio o Best era fascinante. Lo era para los aficionados, para el espectáculo, para el negocio y para los propios jugadores. Si Pelé quería demostrar que era el mejor, sólo tenía el Mundial y los amistosos para ejercer su dominio.

Y tenía que jugarlo todo. Todo. Los noventa minutos. No eran amistosos. Eran compromisos ineludibles. En todos y cada uno de los partidos que el Santos de Pelé jugó por medio mundo, en más de 300 partidos amistosos, siempre se colgó el cartel de no hay billetes. Perenemente. Pero siempre tenía que estar Pelé presente. Pelé no se podía permitir un descanso. Tenía que jugar y tenía que jugar bien. Ese chico que había ahorrado hasta el último céntimo para poder ver a Pelé no iba a tener otra oportunidad en su vida. Y Pelé lo sabía. Era una responsabilidad que llevaba grabada a fuego en su corazón.

Pelé forjó su leyenda sobre campos embarrados, secos o pelados. Con patatas redondas como balones, como leí acertadamente en la prensa en estos días. Y lo hizo cada cuatro años con la selección brasileña, pero también semana tras semana con el Santos. River, Boca, Benfica, Anderlecht, Sporting Lisboa, Inter, Real Madrid o Barça. Todos se midieron a Pelé, un abrepuertas de alcance internacional. En 1959 fueron hasta 36 los partidos amistosos con solo cuatro derrotas a cuestas. El Santos venció a la selección de Bulgaria (2-0), al Anderlecht (4-2), al Feyenoord (3-0) o al Inter (7-1). La victoria ante los italianos corregía una derrota acontecida apenas quince días antes. Aquel día a Pelé le dio por meter cuatro goles en apenas un cuarto de hora de juego.

Pelé había marcado en el Bernabéu, aunque había claudicado ante el entonces tetracampeón europeo. También anotó en el Camp Nou, donde el Santos bailó a un Barça sin Ramallets y Luis Suárez por 1-5. Como el caballo de Atila. Así pasaba Pelé por los campos europeos. La experiencia española se repitió en 1960. Aquí fueron menos amistosos, un total de 20, saldados con únicamente dos derrotas. Se venció a la selección de Polonia (5-2), a la de Bélgica (3-1) o a la Roma (3-2). Una de las dos derrotas tuvo lugar en el Camp Nou. En la revancha del año anterior el Barça se puso 4-0 al descanso con goles de Luis Suárez y Kubala. Era el cuarto partido del Santos en ocho días. Estaban muertos. El Camp Nou pitaba a los brasileños en una noche veraniega pasada por agua. ‘O Rei’ no podía consentir la afrenta y en la segunda parte descargó un torrente de fútbol que los más veteranos aun consideran de lo mejor que han visto en el coliseo azulgrana. Pelé cogió el balón y empezó a trazar jugadas imposibles. Le dio dos goles hechos a Pepe y metió el 4-3 a diez minutos del final. Solo los postes impidieron que el Santos empatase el partido. Pero daba igual. El Santos perdió, pero la ovación a Pelé fue escandalosa.

Durante el primer quinquenio de la década de 1960 Pelé fue de largo el mejor futbolista del mundo. Fueron unos años brutales donde Pelé jugaba cerca de noventa partidos anuales a razón de noventa minutos por choque. El caché de Pelé duplicaba al del resto del equipo y no podía ser sustituido salvo que hubiese lesión de por medio. El Santos era un equipo pequeño. Vila Belmiro, el lugar donde Pelé construyó su mito y donde fue velado en su entierro, apenas acogía a 20.000 almas, palideciendo ante bestias de hormigón y cemento como Morumbí, Porto Alegre, Mineirào o Maracaná. Ante Corinthians, Flamengo, Fluminense, Palmeiras o Botafogo.

Pele - Santos Futebol Clube, 8x10 Color Photo | eBay
‘O Rei’

Extenuado, Pelé duró hasta 1966. Ese fue el año en el que pensó en dejar el fútbol. Tenía 26 y había sido cosido a patadas en el Mundial de Inglaterra. Allí fracasó, pero con el Santos viajó por vez primera a Estados Unidos para jugar un triangular ante el Benfica y el Inter, los dos colosos europeos del momento. Salió victorioso. Pelé era ‘O Rei’.

A partir de entonces los amistosos pasaron de ser duelos a cara de perro a jornadas festivas. Pero tampoco podemos entender la magnitud de Pelé sin esos viajes por medio mundo. Fueron 72 países y 17 pasaportes distintos. En mayo de 1967 se fueron de gira por el África subsahariana para partir más tarde a Italia y Alemania. En 1969 regresó a África por una nueva gira en la cual estuvo esta vez en el Congo y Nigeria. Allí en Biafra llegó a parar una guerra. Hubo que decretar un día de tregua para que el Santos pudiese jugar. Rodeado de soldados, Pelé jugó un extraño partido en Lagos. Verlo jugar valía una tregua y mucho más. En otra ocasión fue expulsado por un árbitro en un amistoso en Colombia. Habían anulado un gol a Pelé y ‘O Rei’’, enfadado, insultó al trencilla. De repente hubo que parar el partido ante la cantidad de objetos que el respetable lanzaba al césped. Pelé salió de los vestuarios y volvió al campo. El colegiado hubo de marcharse del recinto. El partido continuó hasta el final sin árbitro de por medio.

En 1967 visitó Gabón, Congo y Costa de Marfil antes de volar a Alemania e Italia, para luego ir a Estados Unidos y regresar a Europa. En 1969 estuvo en Yugoslavia antes de volar a Marruecos. Fueron cuatro partidos en seis días. La locura era la misma. Pero el rendimiento no lo era tanto. Pelé era entonces un objeto de feria, pero seguía llenando estadios, colapsando aeropuertos y deslumbrando a rivales. No eran partidos colapsados de magia, pero siempre había un destello, una finta, un gesto, un gol, que cambiaba todo lo antes conocido. En esos años Pelé también ejerció de portero. Cuando el rival era débil, especialmente si era africano, a Pelé le daba por jugar un tiempo como guardameta. Y era excelente. El Santos nunca tuvo portero suplente. Pelé, que debe su ‘apelido’ a Bilé un arquero brasileño al que Edson idolatraba de niño, era un fantástico guardameta. Celebre es una semifinal de copa ante el Gremio en la que Pelé tuvo que jugar de portero por la expulsión de Gilmar. En la primera parte como delantero ‘O Rei’ metió dos goles. En la segunda como portero salvó un par de ellos al poco del final.

Por el camino llegó el gol 1.000. En otro elogiado encuentro. Santos vs Vasco. Maracaná. Penalti. Los compañeros de Pelé esperaban en el centro del campo para felicitarlo. A nadie se le pasaba por la cabeza que pudiese fallarlo. Nunca antes estuvo tan nervioso. Ni en un Mundial. El árbitro confesaría más tarde que pitó el penalti porque deseaba ser protagonista de la historia. Pelé no quería tirarlo. Quería que el gol 1.000 fuera mágico, que los defensas se dieran la vuelta y miraran a la red para contemplarlo. No quería que fuese desde el punto fatídico. Pero 100.000 personas se lo reclamaron. Se hizo silencio en el estadio más bullanguero del mundo. Fueron doce pasos eternos hasta que el mundo saltó de alegría.

O milésimo": la historia detrás del gol 1.000 de Pelé
El gol 1.000

Para la temporada del 73 Pelé acababa contrato con el Santos. Contaba con 33 años, y tras su advenimiento como leyenda a color en México, apuraba sus últimos partidos. El Santos se embarcó en su última gira. Durante esos últimos doce meses el Santos se propuso que ningún país del mundo se quedase sin ver a Pelé. Se viajó a Sudamérica, Caribe, Norteamérica, Europa, Asia y finalmente Australia. Volvieron a Brasil para jugar compromisos oficiales y luego vuelta al avión. Viajaron por el Golfo Pérsico, África, Alemania, Bélgica, Francia e Inglaterra. Luego cruzaron el Atlántico a Estados Unidos para jugar ante el Baltimore Bays. En ese partido Pelé anotó el único gol olímpico de toda su carrera. En otro encuentro un defensa alemán sacó un tiro de Pelé bajo palos. La afición local reprochó el desagravio. Pitado y hundido, el teutón pidió a su entrenador salir del campo apenado por osar contradecir a su majestad.

Luego vino el último partido en España. Trofeo Carranza. Barça vs Santos. Cruyff contra Pelé. Ganaron fácil los azulgranas por 4-1. Pelé anotó de penalti. Cuando era joven aborrecía tirarlos. El lanzador era Pepe, aquel fino volante bautizado como José Macia hijo de ourensanos. “El penalti es el gol de los cobardes”, decía ‘O Rei’. Ahora ya no lo era. Cansado, viejo, destrozado por viajes y patadas, Pelé debe aferrase al más cobarde de los actos para dar brillo a sus actos.

Pelé tenía 17 cuando se convirtió en rey. Una veintena cuando fue declarado tesoro nacional y se impidió su exportación. Ganó tres Mundiales. En su apogeo era un cuchillo y los defensas se perdían en los laberintos que su trazo dibujaba. “Antes del partido pensé que era de carne y hueso como yo. Luego comprendí que estaba equivocado”, diría Burgnich tras aquel gol ante Italia en México en el que Pelé se suspendió en el aire como si en una escalera se apoyase. Todo eso es Pelé. Pero si queremos entender como Pelé hizo universal su corona, no existe mejor forma que explicando el porqué de aquellas exhaustas giras del Santos por todo el planeta.

https://www.youtube.com/watch?v=qQNr9EkOPa0

“Pelé te hacía las tres. La fácil, la difícil y la imposible”. Roberto Perfumo, defensa argentino.

“Nunca habrá otro Pelé, porque mis padres cerraron la fábrica”. Edson Arantes do Nascimento ‘Pelé’.

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Explicando a Pelé (primera parte del artículo)

Desglosando al mejor de la historia (sobre el eterno debate en relación al más grande en varios artículos)

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Brasil del 70 (el equipo más hermoso que el fútbol haya parido a través de dos artículos)

¿Por qué los futbolistas brasileños tienen apodos? (Pelé, Ronaldinho, Zico, Bebeto y demás apodos que adornan a los ases del balón)

Benfica 2-5 Santos (Eusebio contra Pelé en una apasionante final de la Copa Libertadores)

Evasión o victoria (Stallone, Caine y Pelé en la película de fútbol más famosa de todos los tiempos en dos partes)

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Especial Año Nuevo: Entrevista a Albert Einstein

Paciente y metódico, Albert Einstein me recibe con una mezcla de despiste y parsimonia. Lleva un jersey roído, unos pantalones que le quedan excesivamente grandes y, a su inconfundible bigote, le acompaña un pelo que hace mucho tiempo que no visita un peine. Es un honor entrevistar al físico que desarrolló la Teoría de la Relatividad y que es considerado el padre de la bomba atómica, a pesar de ser un firme defensor del pacifismo y del federalismo mundial. Estimado el científico más relevante en la historia de la humanidad junto a Isaac Newton tiene, además, el logro de ser el único científico capaz de convertirse en un icono social.

Einstein S.A.: la desconocida faceta de inventor del Nobel
Einstein

Misterdato (P): Es un honor que me haya recibido señor Einstein. Tengo que confesarle que, aunque sé que usted es un pilar básico para el desarrollo de la humanidad, no comprendo en exceso sus teorías. Siempre se dice que usted y Newton cambiaron los paradigmas conocidos. Y si bien la Teoría de la Gravedad es comprensible, no lo es tanto la de la Relatividad. ¿Podría explicarme lo de E=mc²?

Einstein (R): ¿Me puede usted explicar cómo se fríe un huevo?

P: Sí, claro.

Einstein (R): Pues hágalo, pero imagine que yo no sé lo que es un huevo, ni una sartén, ni el aceite, ni el fuego.

P: Eso es imposible.

Albert Einstein (R): Si usted no tiene unos conocimientos de física y de matemáticas previos no puedo ayudarle. Es suficiente con que sepa que el sistema de posicionamiento GPS que usa continuamente es posible gracias a la Teoría de la Relatividad.

P: Sin embargo, aunque todo el mundo le conoce por dicha teoría, usted ganó el Premio Nobel por sus contribuciones al efecto fotoeléctrico.

Einstein (R): Correcto. Gracias a ello ustedes pueden usar un láser, desarrollar el código de barras, crear placas solares o algo tan banal como entrar en un ascensor o encender una farola en función de si una persona está o no está cerca. También desarrollé el Teorema de Fluctuación-Disipación cuyas ecuaciones son usadas diariamente en Wall Street.

P: Sinceramente no tengo ni idea de que me está hablando. Yo soy periodista deportivo.

Einstein (R): No entiendo entonces el motivo de esta entrevista.

P: No le falta razón…Querría hablar con usted un poco de deporte. Es algo que suelo hacer en fechas navideñas con personajes relevantes que no están ligados al mundo deportivo.

Einstein (R): La Navidad…

P: Sí. Creo que usted tiene sentimientos encontrados con el mundo religioso. Según algunos usted es ateo. Para otros es la prueba de que hay científicos que creen en Dios.

Einstein (R): Esto sí que es fácil de explicar. Procedo de una familia judía y fui criado en la doctrina de la Fe. Pero, como comprenderá, eso de que el pueblo judío es el elegido es pura superstición. En mi opinión la Biblia es una colección de leyendas venerables donde la palabra de Dios es la expresión y el producto de las debilidades humanas.

P: Por lo tanto, usted es ateo.

Einstein (R): No comprendo esa diferenciación entre religión y ciencia. La mente humana, no importa cuán altamente capacitada esté, no puede comprender el universo. Somos como un niño pequeño entrando en una biblioteca cuyas paredes están cubiertas hasta el techo de libros en diferentes idiomas. Intente usted penetrar en los secretos de la naturaleza y, detrás de todo lo perceptible, siempre encontrará algo sutil, intangible e inexplicable. Esa es mi religión. No hay leyes sin un legislador. Mi religión es una admiración hacía ese ilimitado espíritu superior.

P: ¿Agnóstico?

Einstein (R): De acuerdo.

P: Antes de entrar en materia y hablar de deporte me gustaría hacerle una última cuestión. Al igual que unos dicen que es religioso y otros que es ateo, también hay quien le considera un asesino por crear la bomba atómica y otros un pacifista por oponerse a su uso.

Einstein (R): En primer lugar, yo no creé nada. A través de mis teorías se desarrolló la bomba atómica. En segundo lugar, yo soy un pacifista convencido, pero cuando los nazis llegaron al poder me puse al servicio de los Estados Unidos para, a través del Proyecto Manhattan, crear una bomba atómica que acabase con la barbarie nazi.

P: Y después se arrepintió.

Einstein (R): Sí, creo que fue una gran desgracia. Yo escapé de Alemania porque Hitler era la encarnación del mal. Imagínese lo que me hubiese obligado a hacer si me hubiese puesto a su servicio. Usar la bomba contra el nazismo era un mal menor. Una vez eliminado Hitler no era necesario tener la bomba. Además, me di cuenta de que una vez creada una se podían crear muchas más. Me llamaron comunista cuando dije que si nosotros la teníamos también la tenían que tener los rusos, pero creía firmemente que sería bueno para el bienestar mundial. De hecho, se ha demostrado que el miedo de unos ha sido igualado por el miedo de los otros. Pero ya se sabe lo que es correcto no siempre es popular y lo que es popular no siempre es correcto. También le digo otra cosa. Roosevelt no hubiese lanzado la bomba. Fue cosa del pusilánime de Truman.

P: Hablemos si le parece sobre el deporte. Tengo entendido que usted considera al béisbol el rey de los deportes.

Einstein (R): Yo no tenía ni idea de lo que era el béisbol hasta que llegue a Nueva York en 1933. Era la época de Babe Ruth y los Yankees y quedé fascinado por el juego. Para mí es el rey de los deportes porque es bellísimamente complejo. Le diré más. Usted aprenderá la relatividad más rápido que yo aprenderé los entresijos del béisbol.

P: Me parece harto complicado. Creo que también le gustaba andar en bicicleta.

Einstein (R): En eso se equivoca. Yo dije que la vida es como andar en bicicleta, que para mantener el equilibrio debes seguir moviéndote. De esa frase alguien sacó que me gustaba andar en bici. Es falso. Como que soy un tipo solitario y alejado de mi familia o que tenía el mismo conjunto de pantalón y jersey repetido en mi armario para poner una y otra vez. Sencillamente soy un tipo tímido y de pocas palabras. Pero tengo unos hijos maravillosos y no compro ropa porque me parece algo insustancial.

P: ¿Es cierto que nunca llevaba calcetines?

Einstein (R): Lo es. Tampoco usaba el peine. Me parecía una pérdida de tiempo innecesaria. ¡Si tu intención es aprender y abrir la mente hazlo con sencillez, la elegancia déjasela a los sastres! Tanto lo uno como lo otro. Y si observa, normalmente visto con chaqueta de cuero. Eso es porque tengo alergia a la lana. ¡Y no busque muchos libros en mi biblioteca! Lo único que necesito es una papelera para poder tirar todos mis errores.

P: Volvamos al deporte. Quizás ese gusto por el béisbol se debe a que usted era un hombre paciente. El béisbol es un deporte de paso lento que requiere concentración y paciencia y donde las matemáticas forman parte de su idiosincrasia.

Einstein (R): Yo soy un hombre con mucha paciencia, aunque no me considero un buen profesor. Y es cierto que en el béisbol hace falta paciencia, pero también imaginación. No puedes repetir un mismo lanzamiento. Si quieres un resultado distinto no puedes hacer siempre lo mismo. Recuerde que la imaginación es más importante que el conocimiento.

P: Me decía antes que no era cierto lo de que le gustara andar en bicicleta. Lo que sí será cierto es que era un auténtico andarín.

Einstein (R): Efectivamente. La mejor manera de liberarse de la tensión mental es dando un largo paseo. A menudo estaba tan absorto en mi trabajo que olvidaba almorzar, pero lo que nunca perdonaba era mi paseo diario. Podía hacerlo solo o con mi mujer. En verano también me gustaba salir a navegar con mi bote. Es maravilloso para la mente.

P: Es llamativo que un científico se interese por el béisbol. En realidad, es llamativo que se interese por cualquier deporte. No suele ser una relación que tenga muchos adeptos.

Einstein (R): Al contrario. Yo simplemente era observador de un juego y me dedicaba a dar un largo paseo diario, de unos diez kilómetros, pero hay científicos que eran amplios devotos de la disciplina deportiva. Un paisano suyo, Ramón y Cajal, era un obsesionado de las pesas. Una vez perdió un pulso con un amigo y decidió fortalecer sus bíceps y sus pectorales. Tenía una circunferencia torácica de 112 centímetros.

P: Vaya.

Einstein (R): Hubble, el astrónomo, fue un gran peso pesado que dejó el boxeo para dedicarse por completo a la ciencia. Alan Turing, el matemático, corría maratones para desestresarse. Era tan bueno que estuvo a punto de ir a los Juegos Olímpicos de 1948. Su mejor marca apenas excedía en 11 minutos al ganador de aquellos Juegos. Y luego también estaba Rosalind Franklin, la descubridora del ADN, que era una atleta de primer nivel. Destacaba en cricket, tenis, ciclismo y hockey.

P: Interesante. Una última cuestión, señor Einstein. Usted es, entre otras cosas, un icono del pop tras aquella famosa fotografía con la lengua de fuera. ¿Me podría explicar cómo se le ocurrió posar así?

Einstein (R): Fue tras una cena. Había ido a un restaurante a celebrar mi 72º cumpleaños. A la salida había un montón de periodistas y me saqué la lengua con la idea de que las fotos fuesen malas y no las publicasen. Y ya ve, luego se convirtió en mi imagen más célebre. ¡Qué le vamos a hacer!

P: Ha sido un placer señor Einstein. Ya sé que no he estado a la altura, espero por lo menos haber sido de su agrado.

Einstein (R): No se martirice. Recuerde que todos somos muy ignorantes, lo que pasa es que no todos ignoramos las mismas cosas. Y recuerde, el día que usted se muera no sabrá que está muerto y no sufrirá por ello, pero será duro para los que lo rodean… Lo mismo sucede cuando eres un imbécil.

Albert Einstein: cómo el científico organizaba su tiempo (y por qué a veces  se olvidaba hasta de almorzar) - BBC News Mundo
Albert

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Qatar 2022. Balance

La ONU acepta que los turcos cambien su nombre oficial de Turkey a Türkiye para que dejen de ser tomados por pavos (turkey). En Italia gobierna la extrema derecha y no pasa nada, al igual que tampoco pasa nada porque en Cuba se acepte el matrimonio homosexual o porque en Brasil gobierne el comunista Lula da Silva tras doce años fuera de la poltrona visita a la cárcel incluida. Tampoco pasa nada porque la III Guerra Mundial esté a la espera de una caída del sistema, un fallo humano o a un golpe de dron mal configurado. El presidente Joe Biden y el presidente Xi Jiping se conocen en persona, se dan la mano y declaran un tiempo muerto, mientras Vladimir Putin empieza a darse cuenta de que invadir Ucrania ha sido un error porque el ogro ruso da miedo en Europa, pero es un osezno ante las otras dos bestias que gobiernan el planeta.

Nieva en Egipto mientras que en Escocia se alcanzan los 37 grados centígrados. Se llega a un acuerdo de mínimos en la cumbre del clima, pero el silencio le gana por goleada a los aplausos. El silencio es lo que le espera a Twitter tras su compra por el archimillonario y excéntrico Elon Musk. Millonaria también es la inversión de Kellogg’s, que además de producir cereales quiere llevar al hombre a Marte. Por el espacio anda el telescopio James Webb que demuestra que hay dióxido de carbono más allá de nuestro universo.

Aquí, en la Tierra, los europeos dudan en darle armas a Ucrania, pero a cambio le dan los votos para que ganen Eurovisión. Sube el trigo, la soja, el maíz, el petróleo, la inflación se desborda y el mundo se da cuenta de que no todo puede ser ‘made in China’ y que no todos podemos vivir en ciudades. Putin habla de la Gran Rusia y los rusos se quedan sin Zara y sin McDonald’s mientras juguetea con armas atómicas. Con misiles nucleares también pasa el rato Kim Jong-un, pero da demasiado miedo como para echarle la bronca por sus jugueteos. Nuclear, pero fisión, es la panacea que nos anuncian, una energía libre e ilimitada que hará que pasemos de pobres y sucios a ricos y limpios.

Al presidente del Gobierno de España le da por decir que el Sáhara es marroquí tras medio siglo diciendo lo contrario. Tampoco es raro, porque dicen los expertos que decimos entre cuatro y veinte mentiras al día. A Pedro Sánchez le dan el Pichichi. Nicaragua elige por vez primera a una mujer presidenta y le da por cambiar el azul oscuro de su bandera por un azul turquesa. Novak Djokovic sigue ganando títulos a pesar de negarse a vacunarse de la Covid y a Gerard Piqué le obligan a retirarse para seguir siendo un hombre orquesta. En Hollywood le dan el Oscar a CODA, una película de sordos, plagio de un filme francés y que se estrena en Apple TV, el mismo día que a Will Smith le da por demostrar que pa chulo su pirulo. Descubren el origen del euskera la misma semana que estalla la burbuja de las criptomonedas, la enésima forma de hacerse rico sin pegar un palo al agua.

Fallece el primer ser humano al que se le había trasplantado el corazón de un cerdo. Fenece Dietrich Mateschitz, el culpable de que los adolescentes tripliquen su ingesta de azúcar y cafeína al abandonar la Coca Cola por la bebida energética que te da alas. También fallece Hana Tanaka a los 119 años, récord mundial absoluto. Muere Mijail Gorbachov en loor de multitudes, a excepción del lugar que lo vio nacer. Y sí, al fin muere Isabel II tras celebrar su jubileo como reina. A su entierro asistirá Liz Truss, tras sustituir a Boris Johnson, el loco del Brexit que se creyó Winston Churchill en patinete y que recitaba a Pericles mientras bebía pintas de cerveza. A la coronación del eterno Príncipe de Gales, hoy Carlos III, ya no acudirá Liz Truss, quien apenas aguantará 44 días en la silla eléctrica del número 10 de Downing Street.

En Qatar se disputa la XXII Copa del Mundo de fútbol. Participaron 32 países entre los cuales había un debutante; la anfitriona Qatar. Fueron 220.000 millones de euros, 500 fallecidos oficiales y 6.000 oficiosos en la construcción esclavista de unas pirámides (perdón, estadios) de politetrafluoretileno que protegen del viento cálido, el polvo y permiten que entre el sol al mismo tiempo que funciona el aire acondicionado. Todo eco, bio, orgánico y fantástico. Los de casa perdieron todos sus partidos, aunque evitaron el ridículo, mientras el presidente de la FIFA anunciaba que era el mejor Mundial de la historia y, de lo tan encantado que estaba, informaba que iba a trasladar su residencia a Doha.

No hubo incidencias con los hooligans. Ayudó que se construyeran unas carpas a kilómetros de los estadios para que allí se les pasara la borrachera. Budweiser reclamó daños y perjuicios a la FIFA al no poder vender cerveza dentro de los estadios, a lo que la FIFA contestó con una sonrisa y cientos de millones. Total, paga papá Qatar. Decía que ayudó a no haber incidencias la falta de alcohol y también el enésimo fracaso de Inglaterra, concretado cuando Harry Kane envió un penalti al espacio para que el balón vaya abriendo camino a la conquista de Marte.

Fue el primer Mundial en otoño que finalizó a las puertas del invierno. En Argentina encantados, porque fue en primavera y finalizó a las puertas del verano. En Alemania no gustó. Tanto que nunca antes se habían vendido tan pocas camisetas de la Mannschaft. ¿Quién se iba a poner de manga corta a cinco bajo cero? Tampoco ayudó que Alemania cayese por segunda vez consecutiva a las primeras de cambio.

A Alemania la echó Japón, que sorprendió tanto por su fútbol alegre como por la pulcritud de sus futbolistas a la hora de dejar limpio y ordenado un vestuario. Japón ganó a Alemania y a España, Corea del Sur a Portugal, Australia a Dinamarca, Irán a Gales, Marruecos a Bélgica, Túnez a Francia, Camerún a Brasil y Arabía Saudita a Argentina. A octavos pasaron por vez primera representantes de los cinco continentes. Australia lo hizo con un gol de un tipo que un par de años antes ejercía de fontanero. Al Dawsari no ejerció de fontanero, pero apenas le dio para jugar un partido de regalo con el Villarreal. Dio lo mismo. Su gol ante Argentina hubiese sido firmado por el propio Juan Román Riquelme.

Hubo lloros varios. Muchos fracasos. Lloró Luis Suárez. Lloró Son. De Bruyne no lloró, porque De Bruyne ni llora ni ríe. Luis Enrique no lloró, porque solo sabe reír. A Bale le dio para escuchar con orgullo el himno de Gales, marchar de Qatar y ahora, sí, al fin, poder irse tranquilo a jugar al golf. Podrá invitar a echar unos hoyos a Hazard, uno de los que dijo adiós al fútbol internacional, aunque ya hace tiempo que se había marchado. Pero sobre todo lloraron Neymar y Cristiano Ronaldo. El final de Cristiano es impropio para quien deja semejante testamento en el archivo del futbol. Empezó metiendo el gol que lo convirtió en el único ser humano capaz de anotar en cinco Copas del Mundo distintas. Pero eso fue todo. Jugó poco, mal, y acabó enfadado con los suyos y con el mundo. Neymar hizo música del cuerpo e hizo de su juego fiesta para nuestros ojos, pero claudicó ante la exigencia, algo intrínseco a su persona. Durante media hora Brasil homenajeo al moribundo Pelé, pero al final ‘O Rei’ tendrá que negociar con la muerte otros cuatro años si quiere presenciar en vida el hexacampeonato.

Fue el primer Mundial con fuera de juego semiautomático y con cinco cambios, dos de esas cosas que dicen que acercan el fútbol a los jóvenes, pero lo que hacen es alargar el tedio hasta el infinito. Aunque para tedioso los descuentos de diez minutos. Catorce llegó a ser el récord. Ahora los partidos duran 110 minutos. Fue un Mundial donde dos hermanos jugaron enfrentados, uno con España y otro con Ghana, aunque los dos jugarán juntos con la selección de Euskadi. Fue también el Mundial de Stephanie Frappaut, primer arbitra de la historia mundialista. Fue en un Alemania vs Costa Rica, el mismo día que Alemania quedó eliminada en fase de grupos, como ya dijimos, por segunda vez seguida. Gary Lineker ya se ha prestado a cambiar su máxima. Francia es ahora Alemania. Las hecatombes de Bélgica y Uruguay dejan secuelas irreparables. Dos generaciones de oro que afrontan su jubilación. No es el caso de Alemania que lleva dos Mundiales conviviendo con la vulgaridad. Neuer o Müller pasarán a mejor vida, pero la realidad es que Alemania está plagada de jóvenes extraordinarios que llevan años fracasando. Quizás apostar por la horizontalidad con posesión para ganar en 2014 finiquitó el modelo de verticalidad con aplastamiento que ahora tan echa de menos el corazón teutón.

Fue también el Mundial de Irán. Alemanes o ingleses anunciaron que llevarían un brazalete en honor al colectivo LGTBI. Alarmados por la amenaza de ser sancionados con una tarjeta amarilla, plegaron velas y se refugiaron en búnkeres temiendo por sus vidas. En un acto de vergüenza torera a los teutones les dio por taparse sus bocas en una foto oficial como símbolo de protesta. Fue como salir del búnker a buscar comida. Los de Irán decidieron salir de las trincheras. Comenzaron el Mundial negándose a cantar el himno en protesta por la teocracia islámica. En el segundo partido cantaron todos a viva voz una vez se supo que habían amenazado a sus familias con la muerte de seguir con ese acto de rebeldía. Eso sí que es ir a la guerra.

¿Y los nuestros? España ha hecho de un sistema una superstición. Si el patadón era genial para futbolistas malos, el tiki taka lo es para aquellos extraordinarios. Y en España no sabemos lo que es el término medio. Así que ni fue ni fa. Como dijo Valdano, lo que hizo España durante el Mundial fue masturbar la pelota sin llegar al orgasmo. Eso sí, jugamos con pantalón y camiseta roja porque a Luis Padrique le pareció que intimidaría más a los contrarios a expensas de aquellos padres que gastaron sus euros en comprar a sus hijos la indumentaria oficial. Mas debemos estar contentos, porque Twitchenrique se fue “muy satisfecho porque MIS jugadores han representado a la perfección MI idea futbolística”.

El gol del Mundial lo metió Richarlison, un tipo que llevaba meses sin meter uno y que en Qatar le dio por meter los dos más bellos de su carrera. También le fue de cine al insípido Giroud, que pasó de la nada al todo, luchando por ser máximo goleador tras no tirar a puerta en el pasado Mundial. La jugada del Mundial fue de Messi contra el defensa del Mundial. Un sprint de potro imparable con burreo al enmascarado Gvuardiol.

Croacia fue semifinalista tras derrotar a Brasil en cuartos de final. Los ex yugoslavos han exprimido el hueso del jamón durante años mientras que los cariocas no han tenido nada que exprimir a pesar de vivir en la abundancia. Fue el éxito de Modric, un pulmón entre dos costillas sostenidas por dos palos que bailan con la destreza de un trapecista. Decía que Croacia fue semifinalista como también lo fue Marruecos. Dalic y Regragui son sus técnicos. No tienen currículo, y ni aun teniéndolo tendrían el móvil lleno de WhatsApp. Otros filosofan, algunos apuntan mil fórmulas en roídas libretas, los hay que bailan en el banquillo y hasta hay uno que confiesa que lleva tanga. Todos fracasaron, pero todos tendrán igualmente suculentas ofertas.

Llegaron cuatro a semifinales. Nadie confiaba en Marruecos, Croacia se fabricó su propia confianza, Argentina fue creciendo en confianza y Francia derrochaba autoconfianza. La FIFA dijo que el mejor jugador del Mundial fue Lionel Messi, pero la realidad es que fue Sofyan Amrabat. Uno habría podido jubilar a sus bisnietos de hacer tal afirmación en una casa de apuestas antes de comenzar la Copa del Mundo. Ni siquiera la sonrisa de anuncio de Bono y los fans de Achraf hubiesen podido imaginar que Amrabat se pudiese haber convertido en un Hecantónquiro, aunque sustituyendo los brazos por múltiples piernas. Amrabat nació en Holanda, se formó y jugó en las categorías inferiores de la selección neerlandesa y llevaba años ejerciendo de excavadora y perforadora en la liga italiana. Con un par de días más en Qatar hubiese dejado sin arena el desierto.

La final la disputaron Argentina y Francia. Fue la mejor de los tiempos modernos. Fue en el estadio de Lusail. Diseñado por Albert Speer Junior, el hijo del arquitecto de Hitler. Mbappé marcó tres goles, el segundo de ellos un zarpazo de leopardo. Messi anotó dos, superó a Matthäus como futbolista con más partidos en un Mundial y ganó el gran título que le faltaba. Messi jugó el partido luchando por ser Maradona. Mbappé lo hacía para ser Pelé. Francia no se presentó a la final hasta el minuto 80 afectada por el virus del camello, pero no existe mejor preparador físico que el gol, y un tanto les hizo aparecer en escena. Le ha costado tanto a Messi ser Maradona que tuvo que ganar el partido en tres veces. La última le echó una mano el Dibu Martínez, que, en el último acto, en la tanda de penaltis, le birló el título de mejor arquero del Mundial a la araña Livakovic. Messi ha tenido dos carreras. La primera la hizo a toda pastilla con el Barça. La segunda la ha hecho andando con Argentina. Y todas triunfadoras. Un círculo victorioso inigualable.

El máximo goleador del Mundial fue Kylian Mbappé con ocho tantos. El delantero francés se llevó el Balón de Plata al mejor jugador del torneo, el ya citado Messi fue el Balón de Oro y Luka Modric el Balón de Bronce. Enzo Fernández ganó el trofeo al mejor jugador joven. Seis años antes, cuando contaba con 15 años, Enzo le escribió una carta a Messi pidiéndole que no se retirara de la selección argentina ante las criticas y fracasos con la albiceleste que sumaba el entonces jugador del Barça. Hoy Messi debe agradecerle buena parte de su éxito a un Enzo que empezó como suplente y acabó desnortando al centro del campo francés.

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“Como futbolista sabes que no hay muchas oportunidades de jugar el Mundial, por lo que debes tomarlas cuando puedas”. Lionel Messi.

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“Me veo en los cromos vestido de blanco y me da un no sé qué”. “Para un jugador del Barça es gratificante que le piten en el Bernabéu”. “No me acerco ni diez metros a una televisión ni borracho”. “A mí me vale el ritmo, me va la adversidad, porque soy gilipollas”. “Si no te gusta mi estilo me importa un bledo, por decirlo de manera educada”. “Los catalanes son la hostia y están adelantados a los españoles en general”. “Pregunta lo que quieras y yo contesto lo que me apetezca”. “¿Hablar con la prensa? Para mí es un juego de niños”. “Pletórico es un adjetivo calificativo para decir como estoy”. “Soy el mejor seleccionador que hay sobre la faz de la tierra”. “En todos los vestuarios hay un gilipollas”. “¿Convocados? El que tengo aquí colgado”.

Luis Enrique Martínez es un chaval poligonero. No es despectivo. Es el nombre del barrio gijonés donde creció a caballo entre los 70 y los 80. Los años del Naval Xixón, de las barricadas en los altos hornos, de los neumáticos quemados a la entrada de los astilleros. De un tipo de vida que fue y que finalizó por obra y gracia de la Unión Europea. Luis Enrique era un chulo, un ‘playu’, uno de esos lideres del barrio que no se achanta ante nadie. Un tipo con lengua viperina, que va de frente y que todo lo sabe. Cuando el Madrid pagó al Sporting 250 millones por su fichaje lo primero que hizo fue comprarse un deportivo rojo. Lo mismo que tantos y tantos hicieron antes y harán después. Pero Lucho hizo algo más. Se encargó de pasar una tarde calle arriba y calle abajo cruzando el Polígono para que todos vieran quien conducía ese Opel Calibra rojo recién estrenado.

No hace falta que me extienda mucho más para explicar quién es. Jugador de Sporting de Gijón, Real Madrid y FC Barcelona. Reconocido entrenador de los azulgranas y seleccionador nacional. Se trata de Luis Enrique Martínez. Persona maleducada, irrespetuosa y soberbia para algunos. Divertida, sincera y graciosa para otros. Para mí, por cierto, encaja mejor con la primera definición. El caso es que Luis Enrique no deja indiferente a nadie. No existen las medianías con él. Pero no es de Luis Enrique de quien voy a hablar en este artículo, aunque parezca lo contrario.

Vamos a hablar de periodismo.

A Luis Enrique le ha dado por hacer de streamer durante el Mundial de Qatar. ¿Qué es un streamer? Es un anglicismo derivado de la palabra ‘streaming’ que consiste en emitir contenido audiovisual en primera persona, sea en directo o grabado, para compartir ideas, entretenimiento u opiniones con quien se desee. Y aquí está la madre del cordero. Es un mensaje entre el que quiere enviar información y el que la quiere recibir sin que exista un intermediario. Sin que exista un periodista.

He aquí el problema. La profesión periodística ha estallado contra la decisión de Luis Enrique. Ya no era santo de devoción de los medios, pero tras lo del streaming menos todavía. Argumentan que es una forma de Luis para cobrarse facturas y para demostrarle a la prensa que es del todo innecesaria necesaria. Os provoco porque me sois inútiles, viene a decir el seleccionador.

El Sporting, con Luis Enrique y La Roja | El Comercio
Lucho

La realidad es que la decisión de Luis Enrique obedece a dos circunstancias. La primera es su predisposición a atribuirse el mensaje y ser el foco de los medios para llamar la atención y descargar de responsabilidades a sus jugadores. Cuenta Ronaldo Nazario que cuando le dio por hacerse aquel estrafalario peinado en el Mundial de Corea lo hizo porque la prensa debatía sobre si podría jugar la final tras una lesión muscular durante la semifinal. Fue hacerse aquel esperpéntico triángulo en el pelo y nadie volvió referirse a la lesión. Luis Enrique forma parte de esta estirpe de entrenadores que convoca a una cohorte de legionarios que moriría por el centurión a cambio de recibir por ellos todos los golpes venidos del exterior.

La segunda realidad obedece al hecho de comunicar un mensaje. Lo que hace Luis Enrique es, con perdón de la expresión, más viejo que cagar. Se llama comunicación corporativa. Desde que Julio César escribiera en primera persona su crónica sobre la invasión y toma de la Galia por parte del ejército romano hasta que en tiempos presentes a Hugo Chávez le dio por formar su propio programa de televisión bajo el nombre en ‘Aló Presidente’, la comunicación corporativa se basa en controlar el mensaje que queremos transmitir a nuestros clientes (nuestro público). Es lo que hacen las empresas, tanto de forma interna como externa, pero también los particulares, desde el mismo momento en que ellos tienen conciencia por sí mismos ser un hecho noticiable.

Si bien la comunicación corporativa es antigua, el hecho de que un individuo actúe por sí mismo sin la existencia de filtros de forma masiva es reciente. Se debe a la popularización de las redes sociales y a los diferentes canales surgidos gracias a internet, pero también a la existencia de representantes e ingresos ajenos a la práctica deportiva que han convertido al deportista en una empresa. Mientras los deportes minoritarios y los deportistas semi anónimos buscan desesperados a la prensa para contar su relato y obtener visibilidad, una centena de deportistas de élite renuncian a los medios tradicionales sabiéndose poseedores de la potestad de poder controlar el relato y así poder comunicarse con sus seguidores sin intermediarios.

Ese es el quid de la cuestión. El intermediario. Esa es la labor del periodista. Filtrar, interpretar, analizar y transmitir la información al receptor para que este tome sus propias decisiones. Y son dos partes irremplazables e interconectadas. El periodista tiene que coger ese bruto, ponerle forma y a partir de ahí transmitir una idea. Pero ojo. El receptor no debería tomar la palabra del periodista como la palabra de Dios, sino aceptarla y compararla con otras interpretaciones y después tomar una decisión propia.

Esa es pues la función del periodista. La de masticador de la realidad. El receptor no tiene por qué saber de todo y, aunque tenga acceso prácticamente ilimitado a cualquier información a través de la red, ni tiene tiempo para consumirlo todo ni tiene capacidad analítica para interpretar todo lo que le llega. Es por eso que la labor del periodista ni ha desaparecido ni va a desaparecer, porque sin periodista no existe interpretación alguna.

El problema es que el periodista, los medios y la profesión en su totalidad hace tiempo que han dejado de practicar el periodismo. ¿Qué diferencia hay entre en una rueda de prensa y un directo de Twitch? Ninguna si las preguntas están teledirigidas. ¿Qué valor tiene una comparecencia sin preguntas? ¿Qué valor tiene una hagiografía, una entrevista en la que solo hay baño y jabón? No hay entrevistas incisivas, no hay denuncia, no hay investigación. Todo es griterío, espectáculo y oda al deportista. No existen los ataques con fundamento ni la denuncia como sustento.

¿Qué Luis Enrique es streamer? De puertas afuera hay crítica e indignación por la falta de respeto contra la profesión. De puertas adentro es la felicidad absoluta. Cuantas más plataformas, mejor. Cuanto más se hable, más fácil es rellenar parrillas informativas. Twitch no da información, pero da titulares. Los primeros que siguen a Luis Enrique son aquellos que lo critican. No existe forma más sencilla de conseguir contenidos. Podemos saber lo que piensa, cuál es su estado de ánimo, como está la moral de los jugadores, que sucede en la concentración…

A la hora de publicar este artículo España está a las puertas de disputar los octavos de final del Mundial ante Marruecos. De cómo y hasta donde llegue la selección influirán las críticas a Lucho. Una de las más recurrentes es que el deportista metido a streamer (Luis Enrique en este caso) pierde el tiempo con estos asuntos en vez de centrarse en su trabajo. No obstante, ¿no es tan cierto que la hora y media que pasa Luis Enrique como streamer la hubiese pasado en otros tiempos entrando en directo primero en la COPE, luego en la SER, después en Onda Cero, más tarde en RNE y para acabar en Radio Marca? ¿Si las cosas van mal, lo criticarán? Claro. ¿Y si no lo hiciera? Seguro que también.

Luis Enrique debuta en Twitch: "Me gusta mucho lo de Luis Padrique" | Onda  Cero Radio
Twitchenrique

Así visto parece que el deportista que decide ser su propio medio de comunicación tiene todas la de ganar. Pero no es oro todo lo que reluce. Iniciar una fuente de preguntas abiertas a todo el mundo obliga a contestar a todos, algo imposible por gustos (haters) o por tiempo. Y, sobre todo, abre un melón informativo en el que todo vale. Si el Luis Enrique de turno permite que el internauta le pregunte sobre su mujer, sobre lo que come, sobre sus vacaciones, sobre el sexo entre su hija y su yerno, o sobre si es hijo de Amunike, da carta blanca al periodista para abrir un melón peligroso en el que se le pueda preguntar lo que se quiera. Decidir exponer tu vida privada al público por decisión propia legitima al periodista a meter las narices en el asunto.

Y ese es un punto de no retorno.

No sabemos si Luis Enrique seguirá como seleccionador después del Mundial. Como dije hace unas líneas dependerá de lo que pasé los próximos días. Pero haga lo que haga en el futuro lo que es seguro es que seguirá haciendo el cabra. Y como él tantos y tantos que reniegan de los medios para transmitir su mensaje. Es legítimo y hasta es beneficioso para el periodista porque tiene más material que comunicar. Pero es peligroso tanto para la profesión como para el receptor. Que el receptor no sea consciente de ello es razonable. Que el periodista no sea capaz de hacer entender al receptor de la importancia de su trabajo es decepcionante. Pero que ni los periodistas ni los medios no sean capaces de ejercer de informantes es humillante e indignante para la profesión.

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Rukeli

Al pequeño Johann lo llamaban Rukeli. Con ocho años ya frecuentaba el gimnasio del barrio. Era alto y fuerte y crecía a lo largo como un junco, como un árbol joven, que no era más que lo que significaba aquel apodo de ‘Rukeli’. Rukeli es una palabra romaní, el idioma usado por millones de cíngaros a lo largo del mundo. Y es que Johann Wilhelm Trollmann era gitano.

Johann Trollmann nació en Alemania en diciembre de 1907. Tuvo un hogar ciertamente estable en Hannover lugar donde se aficionó a pegar guantazos en el cuadrilátero. Tenía buenas condiciones, era alto y frágil, pero de gran agilidad y rápidos movimientos. Decían que danzaba como un bailarín, dando pasos de ballet, pero que asestaba puñetazos con la fuerza de una yegua. Comenzó a ganar pequeños torneos regionales, hasta que al llegar a los 20 años su fama era reconocida por toda Alemania.

Trollmann no solo era un gran boxeador. Era un sex-symbol. De tez morena y negrura en la mirada, llamaba la atención entre las chicas acostumbradas a ver varones rubicundos y de ojos claros. Su carrera estaba destinada al estrellato y todo el mundo contaba con que volvería de los Juegos Olímpicos de Estocolmo de 1928 con alguna presea bajo el cuello.

Pero Trollmann no viajaría a Suecia.

En vez de llevar al campeón de los semipesados, la Federación Alemana de Boxeo decidió enviar a uno de esos deportistas a los que Trollmann había derrotado. El comunicado de prensa argumentaba que Johann había sido excluido de la convocatoria porque su estilo de boxeo “no era demasiado alemán”. Traducido al román paladino. Había sido excluido por ser gitano.

Querido lector. Hagamos un pequeño ejercicio de historia.

Estamos en el verano de 1928. El ‘Deutsches Reich’ es una república federal semipresidencialista con capital en Berlín. Ese periodo de la historia germana también es conocido como República de Weimar, porque fue en esta pequeña ciudad turingia donde en 1918 se había reunido la Asamblea Nacional para proclamar una nueva constitución. A la altura de este relato, diez años más tarde, el presidente de Alemania era el socialista Hermann Müller quien gobernaba a través de una coalición en la que se reunían tres partidos; los citados socialistas (153 escaños), los liberales del DNVP (73 escaños) y los centristas de Zentrum (61 escaños).

En la oposición destacaban los comunistas (KPD) con 54 escaños y los monárquicos (DVP) con 45 escaños.

El noveno partido, con un total de 12 escaños de 491 posibles, era el NDSP o, lo que es lo mismo, el Partido Nazi liderado por Adolf Hitler, con menos del 3% de los votos.

A Johann Trollmann no le dejaron ir a los Juegos Olímpicos por cuestiones racistas.

Era 1928. No había nazi alguno en el poder. Ni se les atisbaba.

Johann Wilhelm Trollmann - Wikipedia, la enciclopedia libre
Johann Trollmann

Así las cosas, Trollmann decidió hacerse profesional. Por entonces solo los atletas amateurs podían acudir a los Juegos Olímpicos. Visto que su sueño se había cercenado, Trollmann marchó a Berlín para competir en veladas donde se movía dinero, mucho dinero. Con su juego de pies, en una época donde el estándar era el de armarios empotrados sin cintura, pero con puños de acero, Rukeli se convirtió en el favorito del público a base de una ligereza de piernas que catalogaba como baile lo que era un combate de boxeo.

A finales de 1933 Trollmann se jugaba el título nacional de los semipesados frente a un tal Adolf Witt. Se habían enfrentado dos veces antes con igualdad de victorias para los contendientes. Eran polos opuestos. Witt era un pegador de manual. Trollmann un virtuoso con los pies. El combate se celebraría en la explanada de la cervecería Bockbrauerei de Berlín con la presencia de varias autoridades de renombre.

El gitano dominó desde el primer asalto. Mientras Witt lanzaba mandobles como panes, Trollmann los evitaba con facilidad para luego ir ganando terreno y golpear poco a poco a su rival. El público enloquecía con el púgil de Hannover quien, sin embargo, tenía la gracilidad para esquivar a Witt pero no la fuerza necesaria para noquearlo. Al cabo de los doce asaltos ambos púgiles estaban en pie, por lo que serían los jueces los que dictaminasen quien sería el vencedor.

La decisión parecía fácil. La victoria debería ser para Trollmann quien había dominado todo el duelo. Los jueces no lo vieron así. Declararon nulo el combate y sugirieron la celebración de una revancha. El público comenzó a abuchear indignados por la decisión. Hubo lanzamiento de objetos al cuadrilátero y una turba amenazó a los jueces con todo aquello que estaba en sus manos. Asustados, los árbitros dieron marcha atrás y declararon vencedor a Rukeli a los puntos. Trollmann, emocionado, se tiró al suelo y comenzó a llorar.

Era el campeón alemán de los semipesados del año 1933.

Un par de días después Johann Trollmann recibía una carta certificada en su casa. La Federación Alemana lo desposeía de su título por “comportamiento indecoroso”. La razón. Haber llorado en público.

Querido lector. Hagamos nuevamente un pequeño ejercicio de historia.

En marzo de 1933 el Partido Nazi (NSDAP) había conseguido una rotunda victoria con más del 43% de los votos y 298 escaños. Aun así, debía pactar para gobernar al no haber alcanzado la mayoría absoluta. El resultado fue decepcionante para Hitler porque solo unos días antes de las elecciones había acusado a los comunistas de prender fuego al Reichstag, suceso que acabó con 4.000 comunistas arrestados. Años después se sabría que todo había sido una farsa, mas entonces se consideraba que eso daría la mayoría a los nazis de forma holgada. No fue así. Hitler tuvo que pactar con los conservadores del DNVP (52 escaños) mientras que socialistas (120 escaños) y comunistas (81 escaños) lideraban la oposición.

En el plazo de unas semanas, y tras una serie de circunstancias que no vienen a cuento para el relato, los nazis consiguieron inhabilitar a socialistas y comunistas excusándose en el incendio del Reichstag para aprobar decretos leyes que les privaban de sus asientos parlamentarios. Así, seis meses después, tendrán lugar unas nuevas elecciones en las que el voto no será secreto y solo podrán concurrir el NSDAP y una serie de políticos de derechas no afiliados a los nazis para dar sensación de democracia. Hitler logrará más del 92% de los votos y afirmará “democráticamente” su dictadura aun a pesar de que más de tres millones de alemanes osaron votar en su contra aun a sabiendas de que estaban siendo vigilados.

Si en la Alemania democrática de 1928 Johann Trollmann no era bien recibido, imaginen lo que este boxeador cíngaro iba a sufrir a partir de ese funesto año 1933.

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Rukeli

Con todo Trollmann seguía viviendo de su fama, por lo que los nazis organizaron un nuevo combate para acabar con su buena estrella. El rival era Gustav Eder, un peso pesado, una categoría superior a la de Rukeli. Trollmann recibió otra carta de la Federación justo antes del combate. En ella se decía que si no quería perder su licencia debía comportarse como un “verdadero alemán” y quedarse en el centro del ring sin hacer nada y sin intercambiar golpes.

Tenía que perder el combate.

Eder saltó al ring para luego hacerlo Trollmann. Ante el asombro del respetable quien allí apareció fue otro hombre. Otro Trollmann. Se había teñido el pelo de rubio y se había cubierto el cuerpo de blanco al echarse encima un saco de harina y arrojar un bote de polvos de talco sobre su cara.

Si los nazis querían un verdadero alemán, un producto genuino de la raza aria, allí lo tenían.

Trollmann no se movió. Como un Don Tancredo aguantó estoicamente durante cinco asaltos, mientras el estilo grave de Eder le soltaba una hondonada de hostias.

A partir de entonces Johann Trollmann siguió compitiendo, aunque los grandes escenarios le fueron vetados. Hubo de escabullirse y deambular por ferias y pueblos soltando puñetazos para ganar un puñado de marcos. No era gran cosa, pero mucho peor sería cuando en 1935 le quiten la licencia de forma definitiva. Al ser gitano se le prohíbe competir, una de las consecuencias de una ley que también prohíbe el matrimonio entre razas diversas y la descendencia para mantener la pureza del linaje ario. Trollmann, casado con una alemana de esas consideradas perfectas por los nazis y con una preciosa niña pequeña, decide divorciarse para que su familia sea libre. Él nunca más podrá tener hijos, porque tres años más tarde será esterilizado, tras otro decreto de higiene racial que pretendía acabar con la descendencia de razas inferiores, pero también de comunistas, homosexuales, delincuentes, enfermos mentales, discapacitados y también religiosos.

Y aun con todo, aun no siendo un verdadero alemán, los nazis no dudaron en usar aquel cuerpo que consideraron invalido en la vida civil pero apto para la vida militar. Fue reclutado por la Wehrmacht y enviando al frente oriental donde fue herido en 1941. En enero del año siguiente tuvo lugar la Conferencia de Wannsee donde se decretó la llamada ‘solución final’ cuyo fin era exterminar a judíos y demás razas catalogadas de inferiores. Rukeli fue expulsado del ejército, pero se libró del exterminio quizás por los méritos acumulados en el campo de batalla.

Lo destinaron al campo de concentración de Neuengamme, a las afueras de Hamburgo. Allí Trollmann se vio obligado a pelear por una ración de comida mientras se consumía día a día. Como un objeto de feria era retado por los guardias del campo, quienes bien alimentados, uniformados y con objetos punzantes en la mano, tenían todo a su favor ante lo que antes era un gran boxeador y ahora sobrevivía como saco de huesos.

A Trollmann también lo ponían a pelear contra otros prisioneros. Muchos de ellos eran espías, gente que vendía su alma a cambio de un mendrugo de pan y un par de salchichas para servir como ojos de las SS allí a donde sus zarpas no conseguían llegar. Parece que cierto día de 1944 uno de esos presos compinches de los nazis llamado Cornelius perdió un combate contra Trollmann. Cabreado, cogió un palo del suelo y lo golpeó como un perro hasta que la sangre corrió por su cabeza. Johann ‘Rukeli’ Trollmann fallecía a los 37 años ante la pasividad y las risas de los allí presentes.

Neuengamme | Holocaust Encyclopedia
Neuengamme

El prisionero 9841 del campo de concentración de Neuengamme fue olvidado como tantos otros de sus compañeros. Hubo que esperar al año 2003 para que la Federación Alemana de Boxeo le entregara a un sobrino-nieto de Trollmann el cinturón de campeón nacional de los semipesados que injustamente le fue negado en 1933. Años después una placa en su recuerdo fue colocada a los pies del Teatro Flora de Hamburgo, hoy lugar de referencia para los amantes de la música y antaño escenario de algunos de los mejores combates de aquel árbol joven al que llamaban Rukeli.

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