navarra

El sucesor de Induráin

En 1994 España no había ganado un Mundial de fútbol. Tampoco uno de baloncesto ni de balonmano. En 1994 Rafael Nadal tenía ocho años y Fernando Alonso trece. Marc Márquez llevaba pañal. En 1994 España vivía de éxitos esporádicos y pasados en tenis, motociclismo, boxeo y ciclismo. Cierto que había brotes verdes nacidos de la gloria de los Juegos Olímpicos de Barcelona, pero la realidad es que éramos unos parias en relación a nuestros semejantes europeos. Había una excepción y se llamaba Miguel Induráin. Vencedor del Tour de Francia, que es algo así como el Mundial de ciclismo, en 1991, 1992, 1993 y 1994, si lograba la victoria en el verano siguiente (spoiler: lo consiguió) podría ser catalogado como el mejor ciclista de la historia.

Un español como el mejor del planeta.

En 1994 toda España era del Team Induráin.

Y entonces nos llega una noticia. Resulta que en Ecuador se disputa el Mundial de ciclismo junior reservado para deportistas de 17 y 18 años. El campeonato empezó a diputarse en 1975 y entre los vencedores los hay ilustres de las dos ruedas como Roberto Visentini, Greg Lemond o Pavel Tonkov. Sucedía que en dos décadas de prueba ningún español había quedado si quiera entre los tres primeros clasificados. Y resultó que en 1994 se proclamó campeón del mundo un tal Miguel Morrás.

Nunca antes ni nunca después un español volverá a ser campeón del mundo juvenil.

Había nacido el nuevo Induráin. Las comparaciones surgieron y lo hicieron con fuerza. Morrás era navarro como Miguel. Había nacido en Sesma, a unos 50 kilómetros de Villava, lugar de nacimiento del entonces Miguel más conocido de la Península Ibérica. Luego Morrás emigró a Francia con sus padres. Allí practicó atletismo, judo y natación, pero lo que le de verdad le gustaba era el fútbol. Al volver a España se enroló en las filas del Izarra, uno de los múltiples equipos que están en la órbita del Athletic. Se le daba bien el balón, era extremo izquierdo, y de hecho llegó a enfrentarse a futuras estrellas como Guti o Iván de la Peña en campeonatos nacionales. Ocurrió que en plena edad de oro de Induráin lo convencieron para enrolarse en el Club Ciclista de Estella. Fue una aparición. Una centella. Sumó 32 victorias en 64 carreras en 1994, todas ellas por aplastamiento, amén de proclamarse subcampeón de España para luego vitorear a nivel mundial en Ecuador. Lo hizo tras escaparse en solitario a falta de 40 kilómetros para la línea de meta. Una portentosa exhibición.

Miguel Morrás

Miles de personas se concentraron en su pueblo para recibirle con honores. En los balcones, pancartas con su rostro. Todos querían felicitar a un campeón que, poco tiempo después, recibiría un Premio Marca y el reconocimiento a Mejor Deportista del Año en Navarra. Banesto se frotaba las manos. Las comparaciones con Induráin, que hasta entonces se comentaban en pequeños círculos, adquirieron una nueva dimensión. Era el elegido. Volaba. Iba sobrado y, lo mejor, tenía un margen de progresión inimaginable.

Era ágil de piernas, tenía motor, un gran ataque y además era buen compañero. Únicamente entrenaba hora y media al día y le era más que suficiente. Tenía un don. Físicamente superdotado para su edad, no tiene rival entre los chicos de su edad. Es así, que, al inicio de 1996, poco antes de cumplir los 20 años, pasa a categoría profesional. Hoy puede considerarse algo rutinario, por entonces era impensable. Nadie saltaba a profesionales hasta los 23 o 24 años. Hacerlo nada más llegar a la veintena era una auténtica locura. En 1996 Miguel Morrás era el ciclista profesional más joven del pelotón internacional.

Lo hace en las filas de la ONCE, el rival del Banesto. Morrás había crecido viendo a Perico Delgado ganar el Tour de Francia y admirando a Miguel Induráin tocayo y paisano. Ocurrió que la ONCE estaba dirigida por Manolo Saiz. Licenciado en INEF, Manolo Saiz había revolucionado el ciclismo español al introducirlo en un mundo científico. En la ONCE se trabajaba la aerodinámica, la planificación de entrenamientos, la nutrición o los ejercicios de compensación para la espalda. Aquello cautivó a Morrás, un tipo que tenía algo más en la cabeza que las dos ruedas.

La extrema calidad de su musculatura, la facilidad para dominar cualquier terreno y su voraz apetito de triunfos lo hacían candidato a todo en un equipo plagado de vedettes como Álex Zülle, Laurent Jalabert o Melchor Mauri. Pero pronto Manolo Saiz detectó un problema. Miguel Morrás era muy listo. Era demasiado listo para ser ciclista.

Manolo Saiz

El primer año Miguel Morrás disputó dos docenas de carreras. Únicamente corrió una vuelta por etapas. Salía y entraba del pelotón cada dos por tres. Sobrecargas musculares, problemas en los tobillos, dolores en los gemelos y finalmente una lesión de rodilla. Se segunda temporada acabó prácticamente en blanco. Manolo Saiz puso todo su empeño y la ONCE no escatimó en medios. Fue atendido por el doctor Guillén, una eminencia deportiva, y más tarde por Müller-Wohlfarth, galeno de la selección alemana de fútbol. La conclusión era clara; el problema de Miguel Morrás era únicamente psicológico.

Antes de comenzar una carrera Morrás se aquejaba de ciertos dolores. En las pruebas médicas no se detectaba nada, pero se le hacía caso al paciente. Luego, comenzaba la rutina de los entrenamientos y nuevamente comenzaban los dolores. Así una y otra vez. Una y otra vez. Mientras, Morrás se sacaba a distancia la carrera de económicas. Los meses pasaban, los estudios continuaban y las pruebas médicas seguían sin ser concluyentes. Se dijo que la postura de la bicicleta le descompensaba la musculatura, que sus piernas arqueadas aplican una presión excesiva sobre la parte externa de la rodilla. Hasta se le buscó una bici a medida dado que tenía una pierna unos milímetros más larga que la otra. Nada funcionaba. Miguel se sentía inútil y no avanzaba. Todo lo contrario que en los estudios, donde progresaba con celeridad y excelentes cualificaciones.

Iba tan bien el asunto que decidió cursar unos estudios de posgrado en Londres. Fue entonces cuando Manolo Saiz quiso tener una seria charla con él. O ciclismo o estudios. O sacrificio sentado en el sillón o dejamos la burra. Por entonces iban tres años en los que la ONCE le había pagado religiosamente su contrato y la escuadra de los ciegos veía como Morrás se alejaba irremediablemente del deporte profesional.

No habría vuelta atrás.

Miguel Morrás no sería el nuevo Induráin.

“El primer año, todo el mundo te dice que estés tranquilo, El segundo, todavía eres joven. El tercero: bueno, a ver… Y, para el cuarto, en mi mente ya había otros retos profesionales. No sé si hubiese ganado una gran vuelta, pero sí que hubiese sido un gran contrarrelojista”, diría Morrás cuando anunció su retirada como ciclista con apenas 23 años. La ONCE le pagó los cuatro años de contrato y Manolo Saiz nunca pudo entender que es lo que había sucedido. Aquel chico tenía todas las cualidades para ser una superestrella, pero una vez llegado a la elite su mente se bloqueó de tal manera que su calvario se tradujo en lesiones más cercanas a la ficción que a la realidad.

Miguel Morrás acabó sus estudios en Londres y acabó siendo contratado por el banco suizo UBS. En la actualidad vive en Singapur donde compra y vende activos financieros en mercados online a corto plazo para diversos bancos japoneses. Lleva cerca de dos décadas ejerciendo una labor donde cuenta con una cartera de activos que ronda los 750 millones de dólares. Tras más de una década sin saberse nada de él, hace un par de años apareció como aficionado VIP en una Paris-Roubaix en la que pidió conocer a Enric Mas, el jefe de filas del Movistar, patrocinador principal de la antigua estructura de Banesto.

Cuando a Mas le dijeron que estaba delante de un campeón del mundo de ciclismo pensó que le estaban tomando el pelo.

El Induráin que se convirtió en broker

Otras historias del ciclismo español de los 90

Vuelta a España 1995 (la primera disputada en septiembre)

El nacimiento del Angliru (Vuelta a España 1999)

La madre de todas las espadas (cuando Miguel Induráin batió el récord de la hora)

Induráin contra la Santa Alianza (cuando Induráin ganó el Giro de Italia)

Rompetechos en bicicleta (la historia de Álex Zülle)

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Especial Año Nuevo: Entrevista a Ernst Hemingway

Segundo hijo de un ginecólogo y de una artista, Ernst Hemingway me recibe en un paraje inhóspito más propio del averno que del paraíso. Ha adornado su despacho de la otra vida con un rifle y la piel de un leopardo que sucumbió a sus disparos y con una fotografía suya rodeada de amigos y botellas de vino en pleno San Fermín. De sonrisa difícil, fuertes convicciones, agrio carácter y cautivadora mirada, Hemingway fue periodista, activista y notable escritor de estilo minimalista. Maravilloso narrador y de asombroso caudal de conocimientos, su pluma está presente tanto en la I como en la II Guerra Mundial. Hemingway hizo de España un lugar de culto literario tras realizar una exhaustiva crónica de la Guerra Civil. El autor de ¿Por quién doblan las campanas? y El viejo y el mar, ganador de Nobel de Literatura, nos recibe para hablar mucho de nada y un poco de todo.

Ernst Hemingway

Míster Dato (P): ¡Feliz Año Nuevo!

Ernst Hemingway (R): ¡Bebo por ello!

P: No es usted un amante de estas fechas.

Hemingway (R): Como usted comprenderá no existe Navidad si no existe infancia. ¿Qué fue la infancia para mí? Un cúmulo de tragedias. Desde un padre que se suicida consumido por un cáncer a una madre que pasaba las tardes libres poniéndome coletas y vestidos como si fuese una niña. Mi único objetivo cuando era pequeño era crecer para poder escabullirme de aquel infierno.

P: ¿Está usted borracho?

Hemingway (R): Llevo borracho desde 1915. Tengo miedo a la resaca. Guardo cien kilos de tomate en conserva para el enorme zumo que me tendré que tomar para superar el dolor de cabeza. Le daré un consejo. Siempre haz sobrio lo que dijiste que ibas a hacer borracho. Eso te enseñará a mantener la boca cerrada.

P: Al final acabó como su padre. Era un fanático de la caza como usted. Su madre creo que era tremendamente ambiciosa, igualmente como usted. Me cuentan que su padre acabó también alcoholizado y que le obligaba a estar presente en los partos…acabasen como acabasen.

Hemingway (R): Si nuestros padres son la vara con la que nos medimos, vivir a la sombra de un padre suicida equivale a viajar por una carretera llena de baches en un camión cargado de nitroglicerina. Yo sobreviví al ántrax, a la malaria, a la neumonía, a la disentería, al cáncer de piel, a la hepatitis, a la anemia, a la diabetes y a la presión arterial alta. Tuve también un riñón dañado, una rotura del bazo, un hígado dañado, una vértebra aplastada, una fractura de cráneo, heridas de metralla de mortero, tres accidentes automovilísticos y quemaduras en incendios forestales. Hasta que un día, me puse la bata que más me gustaba a la que yo llamaba la túnica del emperador y me pegué un tiro con mi escopeta.

P: Caray.

Hemingway (R): La vida de cada hombre termina de la misma manera. Son solo los detalles de cómo vivió y cómo murió lo que distingue a un hombre de otro.

P: En ese caso su vida es excelsa. Pocos la han tenido tan intensa e interesante. A los 18 años se alista como voluntario en la Cruz Roja para conducir ambulancias durante la I Guerra Mundial. En una de sus novelas describe aquel primer día como horrible. «Me acuerdo que, después de haber buscado los cuerpos completos, se recogieron los pedazos». Y con todo, ya no volverá a casa.

Hemingway (R): Toda mi vida ha sido una aventura, una gran aventura. Por eso creí siempre que en ella encontraría la mejor base para una novela. Con todo sí que volví. Sucedió que conocí a una mujer. Todas las catástrofes de la historia de la humanidad han sucedido por culpa de las mujeres. Me hirieron, y me enamoré de una enfermera que era siete años mayor que yo. Al recuperarme volví a Estados Unidos con la intención de despedirme de mi madre y volver de por vida a Italia. Resultó que la enfermera se había comprometido en matrimonio con un militar italiano. Desde aquel día decidí que mis parejas fuesen más jóvenes que yo y que serían abandonadas en cuanto tuviese la primera oportunidad.

P: Se asentó en Paris. Allí compartió copas y cuentos con Scott Fitzgerald o Pablo Picasso. Habría mucho de lo que hablar y de lo que preguntar, pero mi cometido es hablar de deporte. Cuéntennos que sucedió con Morley Callaghan.

Hemingway (R): ¿Por qué? Hablemos de literatura. ¿Quiere una copa?

P: No, gracias. Venga, no se haga de rogar. José Luis Borges era amigo de Menotti y siempre se extrañó de que le gustase el fútbol. Decía que era imposible que a alguien inteligente le gustase algo que él consideraba estúpido y desagradable. Por lo general los intelectuales desprecian el fútbol, aunque la mayoría de ellos aprecian al boxeo. Solo dos hombres, frente a frente, en una pelea tan brutal como noble.

Hemingway (R): Mi literatura no es nada y mi boxeo lo es todo. Me encanta el deporte de las doce cuerdas. Yo desafié a cualquiera que se atreviese a golpearme en tasca o cervecería de medio mundo. Nadie podía conmigo.

P: No es cierto. Célebre es el KO que recibió de Morley Callaghan, escritor canadiense.

Hemingway (R): ¡Estaba borracho! No tiene validez.

P: Siempre está borracho

Hemingway (R): ¡Joder! ¡Vale! Callaghan estaba mirándole el escote a Martha, mi tercera esposa. Fue en Paris. Creo que en 1929. Estábamos hablando de boxeo junto a Scott Fitzgerald, el autor de El Gran Gatsby. Fitzgerald haría de árbitro, por cierto. El caso es que Morley escribía crónicas pugilísticas y le dije que no tenía ni puta idea. Le desafié a cruzar los puños. Morley no quería iniciar la pelea y pensé que era un flojo. Al final se calentó y me tumbó de dos sopapos. ¡El cabrón sabía boxear! ¡Pero la culpa fue de Fitzgerald! Alargó el asalto más de lo necesario, sino hubiese aguantado.

P: Si usted lo dice.

Hemingway (R): El hijo de puta de Callaghan contó la historia en una mierda de novela que escribió para asegurarse de que todo el mundo lo supiese. Le pedí la revancha durante años y nunca me la concedió. Fitzgerald me pedía que lo dejase estar una y otra vez. Me cansé de las tonterías de ambos y nunca más volvimos a quedar.

P: Sé que escribió un relato corto sobre boxeo, pero si uno rasca un poco en sus novelas siempre ve referencia al deporte. En una de ellas hay incluso un compendio de técnicas y hábitos de esquiadores de los que únicamente siendo un notable experto se puede hacer referencia tan detallada.

Hemingway (R): Desde joven he practicado y he tenido interés por el boxeo, el esquí, los caballos, la natación, el montañismo o la caza. Pero todo son mero juegos. Los únicos deportes que existen son los toros, el automovilismo y el montañismo.

P: La caza o los toros no son un deporte.

Hemingway (R): ¡Cómo que no!

P: ¿Sigue borracho?

Hemingway (R): ¡Por supuesto!

P: Pues no pienso agotarme en una conversación que no tendría fin. Su padre le obligó a tocar el violonchelo y su madre se empeñó en que hiciese medicina. Usted lo dejó todo para ser periodista y viajar por el mundo. Ocurre que donde realmente destacó de joven, sin querer quitarle importancia a sus méritos como juntaletras, es en el deporte. Gran boxeador y decente jugador de fútbol americano. Pero no existe nada en el mundo que le cautivase tanto como los toros. ¿Cómo ocurrió?

Hemingway (R): Aun soy mejor cazador que boxeador. En 1929 estaba entonces casado con mi segunda mujer. Iba ir a África, lugar donde casi muero de disentería…no, no. Fue en 1923… con otra esposa, creo. Bueno. Eso es lo de menos. Quedé fascinado por las fiestas de San Fermín. Luego escribí Fiesta que fue mi primer gran éxito. ¡Adoro Pamplona!

P: Y estalla la Guerra Civil Española.

Hemingway (R): ¡España! La primera cura para una nación mal administrada es la inflación de la moneda; la segunda es la guerra. Ambas aportan una riqueza temporal; las dos traen una ruina permanente. Pero ambas son el refugio de políticos y económicos oportunistas. Vine a España como corresponsal de guerra. Lo hice junto a una amiga periodista, Martha Gellhorn. Ya se imagina. Me volví a divorciar y me casé con Martha. El caso es que fue ella la que me dio la idea para escribir Por quién doblan las campanas.

P: Novela que no iba a escribir hasta que se enfadó con el que era su amigo y también escritor John Dos Passos. Él dijo que no tenía ninguna sensibilidad humana. Que era un ser autodestructivo y narcisista.

Hemingway (R): Bueno. Seguramente es lo de poco de lo que me arrepiento en esta vida. Al poco de iniciarse la guerra en España unos agentes de Stalin ordenaron asesinar a José Robles. ¿Era gallego, sabe? Un convencido republicano, una mente brillante, profesor universitario en Estados Unidos. Simpatizaba con el comunismo, pero jamás quiso ponerse un uniforme ni tener carnet alguno. Lo purgaron. Dos Passos movió cielo y tierra para que le diesen una explicación y, desencantado, se volvió a Estados Unidos y no quiso saber nada más sobre la Guerra Civil. Yo lo llamé cobarde tanto en público como en privado. Yo me quedé en España y le voy a contar una cosa. Antes de escribir Por quién doblan las campanas, que es una historia de ficción, me propuse contar con pelos y señales la historia de José Robles y su muerte. Llevaba escritas unas cien páginas y acabé por tirarlas a la basura. En la oficina de un escritor la papelera es el mejor mueble. Premié la causa general por encima de una bella amistad. Quizás fue un error. Se precisan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar.

P: Estuvo también en el Día D.

Hemingway (R): R: Después de ver los horrores de la Guerra Civil me fui a China como corresponsal y más tarde acabé en Normandía. Antes hice una colaboración con la KGB, pero pronto me di cuenta que los soviéticos hacía tiempo que habían abandonado el sueño de la libertad. Luego ya me fui a descansar entre Florida y Cuba. A Pamplona volví en 1953 cuando ya Franco no me iba a molestar y una última vez en 1959. Recuerdo que por aquel entonces me entrevistó el diario ABC. Hablé de Joselito y de Juan Belmonte, me preguntaron si Muerte en la tarde estaba basado en Cayetano Ordóñez y también reconocí que nunca había visto torear en directo a Manolete. Fue un coloquio exquisito, muy agradable, pero luego, al ver el periódico a la jornada siguiente, observé que el periodista había escrito que le extrañaba que un hombre sano, inteligente y correcto como yo hubiese apoyado a la II República. ¿Sabe que le contesté?

P: Dígame.

Hemingway (R): Le envié un libro dedicado de mi novela. Le puse; “con admiración para un español por quién NO doblaron las campanas”.

P: ¿Pamplona o París?

Hemingway (R): Si tienes la suerte de haber vivido en París de joven, entonces donde sea que vayas por el resto de tu vida, se queda contigo, ya que París es una fiesta movible. Le contestaría; Paris todo el año excepto por las fiestas de San Fermín.

P: ¿Se siente orgulloso de que gracias a usted gente de todo el mundo viaje a Pamplona para participar en los Sanfermines?

Hemingway (R): Me encanta que conozcan España, sus tierras, su comida, su bebida y sus gentes. También tengo que decirle que me apena que cada vez los toros tengan menos importancia en los festejos y que se considere que todo consiste en emborracharse. Lo interesante está en el peligro. Ya le dije que hay tres deportes; toros, automovilismo y boxeo. Todos están relacionados con el peligro y la muerte. ¿De qué sirve emborracharse si luego no hay corrida de toros? Le diré una cosa más a todos aquellos que invocan mi nombre cuando hablan de Pamplona. No estaría del todo mal que leyesen alguna de mis novelas de vez en cuando.

P: Se lo compro. Me cuentan también que es un fanático de la pelota vasca.

Hemingway (R): Creo recordar que vi a Edorza en un viaje a San Sebastián a finales de la década de 1920. Me fascinó por completo. La pelota vasca es el deporte más rápido y violento que conozco. Me emociona enormemente y es uno de mis entretenimientos favoritos. Conozco todas las modalidades, pero mi preferida es la cesta-punta. Aunque supongo que la razón es que es la modalidad que yo practico.

P: Hizo amistad con algún pelotari. ¿Se queda con alguno?

Hemingway (R): Sin lugar a dudas con Atano III (Mariano Juaristi). Hablamos de un pelotari que se mantuvo en el reinado durante dos décadas seguidas. Para mí es el mejor que ha existido. Si se refiere a afinidad, conocí en el exilio mexicano a Txiquito de Gallarta y trabamos una gran amistad. Le digo una cosa. ¡Si los pelotaris vascos se comportasen en la cancha cómo se comportan en la mesa todos los partidos finalizarían 29 a 29!

P: Me cuentan que una vez tuvo que acudir en México en socorro de uno de ellos.

Hemingway (R): No fue así exactamente. Ibarluces. Fue en el frontón de La Habana. Ibarluces sufrió un golpe en la cabeza. Cayó a plomo. El sonido era glacial. Corrí a la enfermería con tal estado de excitación que cualquiera hubiera creído que era yo el accidentado. Cuando llegué allí me quedé pasmado con la entereza con la que fui recibido. Si nadie lo hubiese sabido hubiesen pensado que el del grave accidente había sido yo.

P: En Cuba trabó amistad con el boxeador Kid Tunero.

Hemingway (R): Era un gran amigo y el mejor boxeador que ha habido. Nunca ganó un título mundial, pero me da igual. Un hombre, recto, lacónico, sencillo y la mejor persona que ha producido Cuba. Era integro y humilde, todo lo contrario a lo que soy yo. Luego fue entrenador de José Legrá, que se exiliaría en España y se haría un gran campeón en Europa.

P: Vamos a ir terminando señor Hemingway. Creo que sería interesante, y un honor, que nos diese unos consejos sobre el arte de la escritura.

Hemingway (R): Observar. Si un escritor deja de observar está muerto. ¿El proceso? Uno escribe hasta llegar a un lugar en el que todavía le queda jugo y sabe lo que ocurrirá a continuación, y allí se interrumpe y trata de vivir hasta el día siguiente para volver a seguir con eso. Y le diré algo más. En la escritura no hay sentimiento de grupo. Cuánto más lejos va uno con la escritura, tanto más solo está.

P: Me despido señor Hemingway. Viajó mucho. ¿Cómo se lleva estar en el averno para la eternidad?

Hemingway (R): Tengo alcohol por doquier. No me quejo. Ir a otro país no hace ninguna diferencia. He intentado todo eso. No puedes alejarte de ti mismo moviéndote de un lugar a otro. No es posible. Además, duermo mucho. Mi vida tiene la tendencia a derrumbarse cuando estoy despierto.

P: Pues duerma…y beba.

Hemingway (R): Un placer haberle conocido. Son dos cosas distintas conocer a un hombre y saber qué tiene en la cabeza.

¡Viva San Fermín!

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Gran Premio de Estella. Guía de viaje

Lo cierto es que él no nació en estas tierras. Lo hizo hacia el noreste. En Villava. Entonces zona rural. De hecho, sus padres fueron agricultores. Hoy no. Hoy Villava ha sido engullida por Pamplona y tomada por solteros y familias que encuentran el suelo urbano más barato que en la capital de Navarra. Pero en definitiva Villava no es más que una muestra de lo que fue Navarra y de lo que es hoy. Carlista, agrícola, religiosa y española entonces. Federalista, industrial, atea y euskalduna en la actualidad. Miguel nació en Villava, pero hizo miles y miles de horas en bicicleta por tierras de Estella. No era de extrañar que la prueba fundada en 1951 pasase a rebautizarse en 1999 con el nombre de su vecino más ilustre.

Miguel Induráin.

Nacido como Campeonato Vasco-Navarro de Montaña, rebautizado como Gran Premio Navarra, Trofeo Jesús Galdeano, Trofeo Comunidad Foral de Navarra y finalmente como Gran Premio Miguel Induráin, esta prestigiosa carrera ciclista es conocida en el mundillo como Gran Premio Lizarra-Estella, ya que es organizada por el club ciclista de dicha localidad. Y así debe ser debido a que la prueba nace y muere en esta localidad navarra tras un recorrido zigzagueante por las tierras altas y bajas del oeste de Navarra.

En un meandro del Ega espera coqueta al visitante Estella. El río aquí parte caudaloso antes de regar de agua al siempre sediente Ebro. El Ega forma una primera frontera entre las montañas navarras y el camino a las tierras áridas del sur. Allí fundó el rey Sancho Garcés I una ciudad a la que dio nombre de Estella (estrella) y que pronto prosperó por su buen pan, su buen vino, por ser lugar de la primera imprenta navarra y por un agua dulce, sana y extraordinaria. Zapaterías, ebanisterías, alfarerías y hospederías pronto adornarán la llamada joya del románico navarro que velozmente se convertiría en enclave de importancia en el transcurso del Camino de Santiago.

Induráin no nació en Estella, pero no hay llamativas diferencias entre los distintos parajes navarros. Los alrededor de 200 kilómetros que deben afrontar los ciclistas se enmarañan en un recorrido plagado de ochos y en un continuo zigzagueo por tierras navarras. Una vez abandonada Estella los corredores remontan el Camino de Santiago en busca de Puente la Reina, abarrotada de peregrinos que aprovechan el inicio de la primavera para aprender más en el camino que en el propio destino.

En Puente la Reina lucharon navarros y castellanos y allí se junta el Camino francés con el que desde los Pirineos serpentea desde Jaca. Son 110 metros y 7 arcos donde se guardan imágenes de santos y crucifijos. La reina Muniadona mandó construir un puente que cruza el Río Arga, el otro gran curso de agua dulce que baña la huerta navarra. Bien sabido es que Ega, Arga y Aragón hacen al Ebro varón. Como no, Puente la Reina cuenta con iglesia dedicada al Apóstol Santiago, aunque su patrona es la Virgen del Txori (pájaro en euskera). Antaño la talla de la Virgen se encontraba sita en un arco del puente y cuenta la leyenda que todos los días un pajarito cogía agua del río con sus alas y lavaba el rostro de la Virgen.

Puente la Reina

Tras el paso por Puente la Reina el pelotón vira hacia el oeste y retoma el Camino de Santiago hasta llegar a Villatuerta, uno de esos tantos lugares donde el puente crea la villa y la iglesia le da sentido a su vida. Se adentra entonces el pelotón hacia el norte camino de la Sierra de Andía y de la sierra de Urbasa. Zona ideal para el que le guste montar a la burra. Zona de hayas y endrinos. De pacharán y de vinos. En el alto de Irache los ciclistas podrán contemplar los restos de la vía romana que unía Jaca con Logroño y el monasterio benedictino de Santa María la Real a los pies de Montejurra. En tiempos de la Guerra Civil fue usado como campo de concentración franquista. Hoy es un plácido lugar en el que brota constantemente un caño de vino procedente de las cercanas bodegas de Irache.

Tras el paso por Arroniz y por Murieta, los ciclistas afrontan el alto de Eraul (3,8 kilómetros al 5.5%). La cima da nombre a una de las pocas batallas ganadas por los carlistas durante las guerras del mismo nombre de mediados del siglo XIX. Y es que son estas tierras de carlistas y requetés. De Dios, Patria y Rey. Tras descender el alto de Eraul el pelotón vuelve a Estella en ese continuo viaje entre la Navarra Media montañosa y la Ribera estellana del Alto Ebro. Entre los valles y las sierras. Entre el cereal y la hortaliza. Entre la sopa estellesa untada de manteca de cerdo, arroz y leche y el cordero al chilindrón estofado con pimientos y espárragos.

Hasta años muy recientes el GP Miguel Induráin contó con presencia escasa de estrellas del pelotón internacional. Situado en el primer domingo de abril, cuando el calendario de clásicas europeas está más cargado, y con escaso puntaje y dotación económica, sólo en años recientes ha visto incrementado su pedigrí. A ello contribuye la presencia perenne del Movistar Team. Aunque patrocinado por la multinacional de telecomunicaciones, la estructura del conjunto es íntegramente navarra teniendo sus orígenes en la empresa de aluminios Reynolds (1980-1989), luego Banesto (1990-2003), Illes Balears (2004-2005) y Caisse d’Epargne (2006-2010), hasta que en 2011 se formó su actual estructura.

Es por ello que cualquier ciclista del Movistar, vaya o no vaya a ganar, tenga como obligación pasar al ataque en el alto de Guirguillano (2,8 km al 5,9%), a unos 60 kilómetros para línea de meta. Una vez acabado el descenso toca la subida al alto de Lezaun (3,9 km al 5,4%) para adentrarse entonces en los últimos cuarenta kilómetros de carrera. Vuelve entonces el pelotón a atravesar Estella siguiendo siempre la ruta Pamplona-Logroño entre encinas, hayas, romero y tomillo. Toca entonces avituallamiento para quien lo desee, aunque lástima que en las barritas y en los geles energéticos no se puedan introducir las alubias pochas, el chorizo o las tortas de chanchingorri, un dulce elaborado con los restos de la matanza del cerdo, pan y abundante azúcar.

La carrera puede decidirse al sprint en el centro de Estella. Existe la posibilidad de ascender al alto de la Basílica de Puy, llamada así porque en 1085 unos pastores acudieron a una colina atraídos porque unas estrellas lo señalaban. Allí encontraron en una cueva una imagen de la Virgen con el niño Jesús. Se la llamó Virgen del Puy, por haberse encontrado sobre una colina a semejanza de una advocación muy venerada en Francia conocida como Le Puy en Velay. Es del todo infrecuente que los organizadores tomen la decisión de llevar la carrera a ojos de la Virgen, por lo que el punto clave de la prueba está en el alto de Lezaun (3,9 km al 5,4%), a poco más de diez kilómetros del final.

Se llega entonces definitivamente a Estella, lugar donde se encuentran el palacio de los reyes navarros y los restos del castillo donde nació Juana II de Navarra, la cual entregó sus dominios a Francia al casarse con Felipe VI de Valois. No será hasta 1512 cuando Navarra pase a formar parte del Reino de España tras ser anexionada por Fernando el Católico. Llegados a este punto es cuando es conveniente que a la Estella profundamente clerical donde Tomás de Zumalacárregui fue nombrado comandante general en la I Guerra Carlista o donde Carlos VII tenía su corte durante la III Guerra Carlista, dejemos de llamarla Estella. Ahora es Lizarra (fresno en euskera), donde la derecha vasca conservadora y la izquierda abertzale intentaron unir fuerzas en un pacto para buscar una solución al llamado conflicto vasco dejando de lado los atentados y los asesinatos.

Eso es el Gran Premio Miguel Induráin. Un viaje paradisiaco alrededor de la naturaleza en uno de los parajes más contradictorios que ha parido España. Navarro, aragonés, castellano, francés, español y euskaldún. Conservador, religioso, campesino, industrial y revolucionario. Ese es el viaje en el que durante 200 kilómetros ciclistas y aficionados disfrutan cada año el primer domingo de abril.

Estella-Lizarra

Hasta cuatro ciclistas se han llevado la victoria en tres ocasiones. Entre ellos Juan Fernández o Miguel María Lasa, dos clásicos del ciclismo español de los 70. Tres triunfos también tiene Alejandro Valverde (2014, 2018 y 2021), quien supera en el palmarés a otras leyendas hispanas que cuentan con dos victorias caso de José Pérez-Francés (1961 y 1963) o Pedro Delgado (1988 y 1990). Simon Yates, Joaquim Rodríguez o Alex Zülle son otros de los que lograron vitorear en Estella en una ocasión, misma cantidad de veces que el hombre que le da el nombre a la prueba, quien se impuso en 1987 cuando aún no sabía lo que era ganar el Tour y el Gran Premio Miguel Induráin estaba muy lejos de llamarse Miguel Induráin.

Otras guías de viaje ciclistas

Propuesta de un Tour por Europa (una vuelta de norte a sur por el Viejo Continente a lomos de una bicicleta)

Milán-Turín (un viaje remontando el río Po camino de la esplendorosa Turín)

Amstel Gold-Race (descubriendo el corazón de Europa a golpe de cerveza)

Tour de Flandes (adoquines y barro en tierras belgas)

Giro de Lombardía (un paseo otoñal por el norte de Italia)

París-Roubaix (pavés, trincheras y agonía en la clásica de las clásicas)

Milán-San Remo (Una oda a la llegada de la primavera en La Classicissima)

Lieja-Bastoña-Lieja (la carrera de los valones, la competencia directa al Tour de Flandes)

La desconocida fiebre del ciclismo en Eritrea (como los italianos llevaron al corazón de África la pasión por el ciclismo)

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