Los Ángeles Lakers

Jack McKinney

En 1979 un químico que había amasado una inmensa fortuna en el mercado inmobiliario compró una franquicia de baloncesto de la NBA. El empresario se llamaba Jerry Buss y la franquicia eran Los Ángeles Lakers. Buss, por entonces un treintañero mujeriego empedernido, frecuentaba locales de la noche californiana. Su favorito era un club conocido como The Horn. El club atraía una exclusiva clientela hollywoodiense y contaba con la presencia de sensuales cuerpos femeninos danzando de forma pecaminosa. Las chicas salían a bailar al son de la música, siendo presentadas por un maestro de ceremonias que iniciaba el acto con un grito del que sobresalía una palabra.

It’s showtime.

Showtime. Tiempo de espectáculo.

En la década de 1980 Los Ángeles Lakers acumularon cinco títulos de campeón en ocho finales disputadas de la NBA. Ocurre que no fueron los títulos lo que llevaría a ese equipo al olimpo. Los Lakers de los 80 son conocidos como los Lakers del Showtime, un conjunto de juego dinámico, ofensivo y en cierto punto alocado que fue el pilar que usó la NBA para expandirse más allá de las fronteras de Estados Unidos. El equipo estaba liderado por Earvin Magic Johnson quien con su sempiterna sonrisa se convirtió en el yerno y en el novio que toda americana deseaba tener. Además de un baloncesto que primero miraba al ataque y luego a la defensa, el Showtime también eran las despampanantes cheerleaders de los Lakers, las fiestas postpartido, los actores de cine a pie de pista y las luces de colores en el pabellón.

Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar eran las caras visibles del equipo. No obstante, había una organización dentro de esa aparente desorganización. El hombre que ponía límites al desenfreno y coordinaba y combinaba jugadas de contraataque y velocidad era Pat Riley. De 1982 a 1990 Riley llevó a los Lakers a cuatro títulos de la NBA y, de paso, se convirtió en un hombre empoderado. Riley había sido un mediocre jugador de los Lakers en la década de 1970. Riley era un cachitas, un tipo desaliñado con bigote y patillas kilométricas. Ocurre que Riley era de esas personas que llenan una habitación con su sola presencia. Comprendió enseguida que Magic Johnson era la gallina de los huevos de oro y que Buss tenía una visión sobre los Lakers que iba más allá del baloncesto. Pat Riley accedió al cargo de entrenador e hizo algo más. Dejó los vaqueros, se compró carísimos trajes italianos y pasó a engominarse el cabello para atrás en todas y cada una de sus presencias públicas. Riley, guapo y alto, se convirtió en un icono. En la viva imagen del Showtime.

Tras los Lakers, Pat Riley llevó a los New York Knicks a la que hasta la fecha es su última final de la NBA para luego ganar otro título con los Miami Heat. Lo hizo con un estilo ultradefensivo que, no obstante, nunca puso en tela de juicio su labor como arquitecto del Showtime.

Con 80 años ya cumplidos, Pat Riley actualmente es el jefe de operaciones de los Miami Heat. El CEO. El que hace y deshace a su antojo. Como jefe ha ganado dos títulos más. Tiene la caballera repleta de canas y las entradas son ya considerables, mas sigue usando la misma capa de gomina de cuatro décadas atrás. Su imponente figura coronada por trajes carísimos de Armani sigue siendo más que respetada. No en vano, además de como arquitecto del Showtime, a Pat Riley se le considera el Godfather de la NBA.

Y así ha sido.

Pero así no tenía que haber sido.

Pat Riley tenía que haber sido Jack McKinney.

Pat Riley y compañía

Cuando Jerry Buss compra los Lakers se encuentra con un regalo. Se trata de Magic Johnson, escogido por los Lakers en primera posición del Draft de aquel año. Necesita entonces un entrenador. Dado que tanto él como Magic apuestan por el baloncesto ofensivo, necesitan a alguien que secunde sus ideas. Intenta contratar a Jerry Tarkanian, un técnico universitario de reputada fama. No lo consigue. Buss se decanta entonces por un tal Jack McKinney, quien había sido segundo entrenador en Portland y en Milwaukee, en donde había coincidido con Kareem Abdul-Jabbar. Éste tiene buenas palabras sobre McKinney. El apadrinamiento de Abdul-Jabbar es más que suficiente para ser contratado y que así tenga su primera experiencia cómo técnico jefe en la NBA.

Nada más llegar a los Lakers, Jack McKinney se da cuenta de que le tiene que dar el timón del equipo a Magic Johnson. Los Lakers tenían entonces a un excelente base llamado Norm Nixon y McKinney decide poner a los dos como titulares, a uno de base y al otro de escolta. La idea es simple. Correr, correr y correr. Y en caso de no poder correr, balón dentro de la zona para Abdul-Jabbar. Comentaba que la idea es sencilla, pero requiere de automatismos perfeccionados para funcionar en su plenitud. Funciona. Arrancan mal en las primeras dos semanas, pero durante el siguiente mes de competición los Lakers ganan y divierten creando una ola de admiración allí por donde pasan.

Jack McKinney

Jack casaba bien con el espectáculo angelino. Comprendía el potencial de Magic. Un día, en agosto de 1948, cuando Jack tenía nueve años, fue a ver una película. Esa tarde, Paul, inspector de policía en Pensilvania y padre de Jack, recogió a su hijo a la salida del colegio para llevarlo a un cine. Allí estaban echando una película biográfica sobre Babe Ruth. Ruth, el mejor jugador de béisbol de siempre, acababa de fallecer. Paul quería que su hijo supiese que clase de hombre era Babe.

Paul salió llorando del cine. Jack estaba impactado. Su padre era dios y estaba llorando. Para un niño de nueve años su padre siempre es dios. El caso es que a la mañana siguiente Paul cogió el coche, subió a su hijo a su lado y condujo durante dos horas y media para acercase a la Catedral de San Patricio de Nueva York. Allí iba a celebrarse la misa funeral en memoria de Babe Ruth.

Durante el viaje en coche el hijo preguntaba y el padre contestaba. Babe Ruth tuvo una complicada infancia de la que salió gracias al béisbol. Primero en los Red Sox y luego en los Yankees de Nueva York. Babe Ruth se convirtió en el mejor jugador en la historia de su deporte y en un mito que aún hoy en día es venerado. El padre de Jack era un enamorado de los deportes y frecuentaba partidos de béisbol, combates de boxeo o encuentros de fútbol americano. En la cima de todos esos mitos en pantalón corto estaba Babe Ruth. Si era un dios para el padre de Jack, también tendría que serlo para Jack.

El caso es que cuando llegaron a la catedral de San Patricio la marea humana era de dimensiones históricas. Filas y filas de chicos, chicas, blancos y negros aguardaban pacientemente el momento de darle un último adiós al cuerpo y al alma de Ruth. El padre de Jack tiró de placa para saltarse la cola y poder acercarse junto a su hijo a los pies de ese hombre por el que habían derramado un mar de lágrimas.

Jack McKinney nunca olvidó ese día. Los sonidos, la tristeza, la agitación y sobre todo la energía mágica de su padre. El poder emocionante y mítico del deporte. Lo cautivador y lo embriagador de formar parte de una misma idea, de una misma esperanza.

McKinney se dijo a sí mismo que se iba a dedicar a eso. Baloncesto y atletismo. Consigue una beca universitaria como saltador de altura y se gradúa en Historia. Lo intenta en el baloncesto, pero es mediocre. Sin embargo, es listo y aplicado, se saca el título de entrenador y comienza a dirigir a un equipo de un instituto. Accede luego como asistente a las ligas universitarias para más tarde dar el salto a la NBA como segundo entrenador. Llega entonces la oportunidad de los Lakers.

Jack McKinney había aprendido de niño que no sólo hay que ganar, también emocionar. Inmediatamente se dio cuenta de que Magic Johnson era Babe Ruth y diseñó un sistema pensado para vencer y enamorar al mismo tiempo. Para convertir a Magic en ganador y en mito al mismo tiempo.

Era el Showtime.

Apenas fueron cuatro semanas de enamoramiento.

McKinney (c) y Magic (dcha)

Era una mañana del 8 de noviembre de 1979. Los Lakers, tras una racha triunfante de buen juego, presentaban un balance de 14 victorias por 10 derrotas. Aquel 8 de noviembre los Lakers jugaban en casa, por lo que esa mañana tenían libre. McKinney había quedado para jugar un partido de tenis a las 10.00 de la mañana en unas pistas que había cerca de su casa. Su oponente sería Paul Westhead, amigo y segundo entrenador de los Lakers. Westhead llegó a las 10.00 en punto a la pista de juego. Pasó una hora y McKinney seguía sin aparecer. Por entonces no había teléfonos móviles y Westhead simplemente pensó que McKinney se habría olvidado de la cita o que quizás se hubiese entretenido en su despacho repasando el plan del partido. A eso de las 12.00 decidió plantarse en casa de McKinney y fue entonces cuando la esposa de éste le contestó que había salido en bicicleta en dirección a la cancha de tenis poco antes de las 10.00.

Se llama a la sede de los Lakers. Nada. Se llama luego a los hospitales de Los Ángeles.

Bingo.

Jack McKinney apretó los frenos para disminuir la velocidad en una pequeña bajada con tan mala suerte que la cadena se bloqueó al instante, la rueda delantera frenó en seco y McKinney salió disparado contra el asfalto. Se golpeó duramente el cráneo con el suelo durante varias veces fruto de la inercia del golpe. Tenía la cara destrozada, hematomas en todo el cuerpo y sangrados internos en el bazo.

Permanecería tres días en coma.

Durante el resto de la temporada Paul Westhead se haría cargo del equipo. McKinney era un tipo decente, fiable, resolutivo. Un buen tipo. Había criticado y matizado a Abdul-Jabbar y el pívot aceptó de buen grado que McKinney le diese las llaves del equipo a Magic Johnson. Todo el mundo se movía en ataque, incluido Kareem, y se jugaba a correr salvo en los momentos importantes en donde Kareem podía pedir el balón dentro de la zona.

Westhead no tocó nada del sistema a la espera de que McKinney volviese.

Los Lakers acabaron ganando el título tras derrotar a los Philadelphia 76rs con Paul Westhead en el banquillo.

McKinney jamás volvió.

En la temporada siguiente, la campaña 1980-81, Paul Westhead se convirtió en pleno derecho en entrenador jefe de los Lakers. Se segundo sería un comentarista televisivo que había sido un jugador residual de los Lakers.

Se trataba de Pat Riley.

La cosa fue mal. A Westhead le dio un ataque de entrenador. Decidió poner su sello en el equipo y cambiar de arriba a abajo lo que McKinney había creado. Cortó de raíz las transicciones y decidió parar el juego en beneficio de Kareem Abdul-Jabbar. A Magic Johnson no le gustó e inmediatamente subió al despacho de Jerry Buss para exigir la cabeza del técnico. Lo interesante del tema es que a Kareem tampoco le gustó. Abdul-Jabbar era el mejor y también era el antidivo. Estaba encantado con que fuese Magic el que se llevase todos los focos.

Paul Westhead no seguiría la siguiente temporada en los Lakers.

Pat Riley se convirtió en técnico de los Lakers. Riley retomó la idea del Showtime y la perfeccionó al dotarle de rigor defensivo y presión a media pista.

Pat Riley se convirtió en el padre del Showtime

…aunque no le era.

¿El padre del Showtime?

¿Qué fue de Jack McKinney? Recibió su despido de los Lakers con acritud. Se encontraba bien y lo consideró una puñalada por la espalda. Indiana Pacers le hizo una oferta aquel verano y pasó a dirigir al equipo de Indianápolis en la temporada 1980-81. Lo hizo bien. Muy bien. Era la primera vez en un lustro que los Pacers se clasificaban para los playoffs para el título. Lo hizo tan bien que fue galardonado con el premio al mejor entrenador de la temporada.

Todo era pura fachada. Al empezar la siguiente temporada Jack comenzó a tener serias lagunas mentales. Fueron a más. Acabó esa campaña poniendo pegatinas con el nombre de los jugadores en las camisetas de entrenamiento para saber quien eran y poder nombrarlos. El problema se agravaba durante los tiempos muertos de los partidos, donde McKinney alternaba cuestiones tácticas con silencios gigantescos en los que su segundo tenía que interceder mientras Jack intentaba retomar la conversación.

Aquello no tenía mucho más recorrido y hubo que abandonar los banquillos por prescripción médica. Tras visitas y más visitas a neurólogos volvería al ruedo meses más tarde. Sin embargo apenas pudo dirigir en nueve partidos a los New York Knicks antes de tener que abandonar de forma definitiva el baloncesto profesional.

Pat Riley es una leyenda de la NBA.

Jack McKinney es un completo desconocido.

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La vida alternativa de David Rivers

Verano de 1986. Antes de su tercer año universitario David Rivers encontró trabajo en Portapit Barbacue, una empresa de catering de Indiana. Una noche, después de acabar su turno, estaba sentado en el asiento del copiloto de una furgoneta conducida por un amigo y también jugador universitario de Notre Dame. Iban por la Ruta 30 cuando un coche en dirección contraria invadió su carril. Kenny Barlow, así se llamaba su compañero, giró bruscamente el volante hacia la derecha para impedir el impacto y el coche cayó rodando por un terraplén, dio varias vueltas de campana por el aire y acabó destrozado a treinta metros de la calzada. Rivers, quien no llevaba puesto el cinturón de seguridad, salió volando por el parabrisas y aterrizó a más de seis metros, en medio de un campo de maíz.

Tenía una herida de cuarenta centímetros en el estómago.

Se le salían las entrañas.

Barlow puso una camisa encima del estómago de su amigo para intentar controlar el flujo de sangre. Mientras Barlow apenas tenía un par de cortes en las piernas, RIvers era un moribundo con el torso ensangrentado. Lo llamativo es que hablaba y razonaba con normalidad y apenas tenía dolor. Cogió con las dos manos sus órganos y se dispuso a aguantarlos mientras se debatía entre la vida y la muerte.

Y fue mucho tiempo de espera.

Era un paraje desierto. No había teléfonos móviles y la circulación era escasa a esas horas de la madrugada. Barlow tardó quince minutos en encontrar ayuda y la ambulancia aún tardaría diez minutos más en llegar a la escena del accidente.

Trasladado al hospital, a David Rivers le dijeron que había sobrevivido por siete centímetros. Esa era la distancia que separaba al corte que tenía en el estómago de su corazón. Perdió un litro de sangre y, cuando tras la operación le preguntó al cirujano cuantos puntos le habían dado, éste ni se dignó en contestarle.

Pasó ocho días en el Hospital de Elkhart antes de empezar una durísima rehabilitación. Sus días de jugador de baloncesto parecían finiquitados, pero en una mezcla de determinación y cabezonería volvió con fuerza a Notre Dame promediando 15 puntos a su vuelta y 22 en su último curso.

Fue escogido en el puesto número 25 del draft de la NBA de 1988 por Los Ángeles Lakers. Pasaba de ser un moribundo a formar parte del mejor equipo de baloncesto del planeta.

Rivers en la Universidad

David Rivers era un jugador en peligro de extinción. En sus años de instituto fue elegido como uno de los mejores bases de Estados Unidos. Su futuro era prometedor. Era un base rapidísimo, con un excepcional manejo del balón y con un fantástico lanzamiento exterior. Pero era un jugador de apenas 183 centímetros y 77 kilos de peso. Eso no fue motivo para no destacar en la universidad. Su endiablada velocidad le seguía haciendo prácticamente infranqueable para cualquier defensor, pero aquel accidente de circulación pondría todo patas arriba. Rivers perdió rapidez, por lo que decidió suplirlo con fuerza y con una mayor eficacia en el lanzamiento. Aquello le valió para reinventarse y seguir progresando en la universidad. Sin embargo, fue su carta de defunción cuando dio el salto a la NBA.

Rivers botaba la pelota tan baja que no había manera de seguirlo cuando cambiaba de ritmo, pero la faltaba intensidad, instinto defensivo y la estatura necesaria para defender a bases rivales. Rivers había llegado a la NBA en un momento donde los jugadores de su estatura ya comenzaban a ser una excepción. Su gran valor radicaba en su increíble velocidad, pero al perder ese punch inicial su suerte estaba echada. David Rivers era un pequeño diablo que podía anotar cualquier tiro en suspensión…

…dependiendo quien lo defendiera.

En su primer año entre profesionales, en la temporada 1988/89, David Rivers fue base suplente de Magic Johnson. Normal, dado que el genio de los Lakers era el mejor jugador de la NBA en esos momentos. Rivers apenas jugó nueve minutos por partido. Los Lakers llegaron a la final de la NBA y se enfrentaron a los Detroit Pistons. Quiso el destino que Magic sufriese una lesión en el muslo en la disputa del segundo partido de la serie lo que limitó sus minutos en el tercer choque e imposibilitó su presencia en el cuarto duelo. David Rivers sería el base titular de los Lakers en ese cuarto partido. La cima para cualquier jugador. Titular en los Lakers en la final de la NBA. Era la oportunidad de su vida. Enfrente tendría a Isiah Thomas, el base de los Detroit Pistons. Si Johnson medía 206 centímetros, Thomas era un base de los de antes de apenas 185 centímetros. Los 183 de Rivers frente a los 185 de Thomas. El duelo era igualado. Pero sólo lo fue sobre el papel. Rivers apenas pudo anotar una canasta y los Lakers perdieron el partido para ser barridos por 0-4 ante los Pistons.

Aquel verano los Lakers decidieron prescindir de Rivers quien encontró acomodo en el otro equipo de la ciudad. Sus minutos en los Clippers, un equipo de menor entidad, fueron tan limitados como en los Lakers, por lo que en el verano de 1990 se encontró sin equipo con apenas 25 años de edad. Ficharía por un par de conjuntos de ligas semiprofesionales de Estados Unidos antes de disputar un puñado de encuentros más con los Clippers cubriendo un par de bajas por lesión. No había mucho más que rascar. Tocaba vestirse de civil y buscar trabajo.

Y entonces su agente le hizo una llamada.

Le ofrecía un contrato de una temporada en Francia. El sueldo no era nada del otro mundo, pero le permitía continuar jugando al baloncesto. Además, el Olympique Antibes, que era el club interesado, correría con los gastos de alojamiento y le ponía un coche a su disposición. Rivers se negó en primera instancia. Ir a Europa era dar carpetazo a su sueño de volver a la NBA. Él había jugado en los Lakers. Había sido el suplente de Magic Johnson ¡Por el amor de Dios! Su agente fue claro. Con sus limitaciones físicas nunca conseguiría ser un jugador triunfante en la NBA. En Europa tenía la oportunidad de ser alguien. De labrarse una carrera. Y por si los motivos baloncestísticos no fueran suficiente, su agente le habló de Antibes, de la Costa Azul, del sol perpetuo, de las botellas de vino y de las chicas francesas. Tocaba pues, subirse al avión, y empezar una vida alternativa.

Rivers en Europa

Todas las limitaciones de Rivers en la NBA quedaron ocultas en su desembarco europeo. El motivo estructural era la altura. Los 183 centímetros de Rivers aún no eran rara avis en el Viejo Continente. Aquel año el Limoges ganó la final de la Euroliga ante el Benetton Treviso. En los italianos el base titular era Chris Corchiani de 1’85 de altura. Al año siguiente ganaría la Euroliga el Joventut de Badalona con los hermanos Rafael y Tomás Jofresa de bases, ambos de 183 centímetros sobre el suelo. Y en la temporada posterior sería el turno del Real Madrid con José Miguel Antúnez (1’83) ante el Olympiakos de Milan Tomic (1’90). El motivo coyuntural era el tipo de baloncesto que se practicó en la década de los 90. Posesiones largas, juego interior y ultradefensivo. Un baloncesto lentísimo, donde Rivers iba a destacar por su rapidez. Y un baloncesto donde toda la suerte en ataque se destinaba a los hombres altos, por lo que cualquier jugador exterior con buena mano iba a destacar sobremanera.

Así pues, David Rivers promedia 22 puntos y cerca de 6 asistencias en el Antibes, números antológicos en un baloncesto donde los equipos rondan los 60 puntos al final del partido. El primer año queda subcampeón de Liga y al siguiente consigue el título francés, algo inimaginable para el pequeño equipo de la Costa Azul. Es entonces cuando le llueve un contrato millonario y es fichado por el Olympiakos.

El gigante griego quiere ganar su primera Euroliga y convertirse así en el primer conjunto heleno en conseguir la corona continental. Rivers se convierte en el faro sobre la cancha de Olympiakos y los guía en la consecución de Liga y Copa, pero fracasa en Europa al perder en cuartos de final ante el Real Madrid. Para más inri es el Panathinaikos, su odiado rival, quien logra el entorchado europeo. Para la temporada siguiente el Olympiakos dobla la apuesta con un quinteto formado por Rivers, Tomic, Sigalas, Fassoulas y Tarlac donde el norteamericano es la estrella y el jugador mejor pagado. Tras deshacerse del Olimpia Ljubliana en semifinales de la Final Four toca partido por el título ante el FC Barcelona dirigido por Aleksandar Djordjevic (188 centímetros).

El Olympiakos pasó por encima del Barça en esa final y Rivers hizo lo propio ante Djordjevic, el mejor base europeo de su generación. Rivers anotó 26 puntos, cogió seis rebotes y robó tres balones para liderar a su equipo a una victoria por quince tantos de diferencia (73-58) la más amplia en 35 años y lograr la Euroliga 1997. Rivers fue elegido MVP de la Final Four llevando a su antojo el ritmo del partido en el tramo final del choque ante la impotencia azulgrana.

David Rivers había alcanzado la gloria. No era la gloria que se imaginaba cuando jugaba en las calles de Nueva Jersey. Tampoco era la gloria que esperaba cuando era elegido uno de los mejores jugadores de instituto de Estados Unidos. Y por supuesto no era la gloria que estaba en su mente cuando compartía vestuario con Magic Johnson y el resto de leyendas vivas de Los Ángeles Lakers. Pero era la gloria al fin y al cabo lo que había encontrado. Mucho más que lo que el destino parecía haberle reservado cuando sus entrañas peleaban por no escurrirse entre sus ensangrentados dedos.

Endiosado, David Rivers aceptó una mareante oferta de la Fortitudo Bolonia que lo juntó contiguo a Dominique Wilkins, Gregor Fucka y Carlton Myers. El proyecto fracasó y Rivers se marchó a continuar con su carrera a Turquía antes de volver con 35 años a ser un jugador residual en su querido Olympiakos. Por entonces Ken Barlow, aquel amigo que hizo girar el volante camino del averno en una aciaga madrugada, ya había colgado las botas. También había sido elegido por los Lakers en el draft, aunque en su caso no pasó de un par de entrenamientos a inicios del verano. Barlow también ganó la Euroliga (en Milán) y tuvo una consistente y larga carrera deambulando por numerosos equipos italianos dejando su mejor recuerdo de rendimiento y fidelidad en el Maccabi israelita.

A diferencia de su amigo, David Rivers no manejaba la opción de volver a Estados Unidos. Había quedado enamorado del sol y del buen comer de la Costa Azul y allí es a donde se destinarían sus pasos. Regreso a Antibes, un paraíso de tranquilidad tan diferente a su Nueva Jersey natal. Entonces el Antibes Basket estaba en la segunda categoría del modesto baloncesto francés. Era lo de menos. Rivers jugó hasta los 39 años y aun le daría tiempo a coger ocho rebotes en un partido y firmar marca personal camino de la cuarentena con sus 183 centímetros de altura.

Elegido mejor jugador europeo de 1997, siendo el primer estadounidense en recibir dicha mención, Rivers se instaló en Europa para ejercer como entrenador en categorías inferiores en diferentes equipos. Mantiene también un campus veraniego donde hace especial hincapié a aquellos niños cuyas excelencias con el balón no sean acordes con los centímetros con los que fueron agasajados por la madre naturaleza.

“No tengo quejas. Todo fue a pedir de boca” David Rivers

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El draft de Kobe Bryant

Verano de 1996. East Rutherford. Quincuagésima cuarta edición del Draft de la NBA. Con el fin de garantizar una liga competitiva, evitando grandes desequilibrios entre los equipos participantes, en 1947 se introdujo en la NBA el sistema de draft. Cada verano, los equipos, en orden de peor a mejor clasificación (con ciertos matices que no vienen al caso), elegirían a los jugadores interesados en entrar en la NBA. La tradición dicta que los designados procedan del sistema universitario norteamericano, pero, desde finales de los 90 el draft, progresivamente, se ha abierto al mercado internacional.

Ese año el mejor jugador elegible en el draft era un chico de 17 años. Su nombre era Kobe Bean Bryant.

La norma dictaba que todo jugador que se presentase al draft debía haber acudido a la universidad o haber contado con contrato profesional fuera de Estados Unidos. Mas en 1995 se abolió esa norma permitiendo que las estrellas de instituto saltasen directamente al draft de la NBA. Minnesotta Timberwolves había apostado por un tal Kevin Garnett en el puesto número 5 y el resultado había sido discreto, pero también prometedor. Solo en el tramo final de esa primera temporada se llegó a vislumbrar lo que Garnett podía llegar a ser.

Así que el dictamen de los expertos era claro. Esos chicos eran potenciales estrellas, pero tardarían años en desarrollar ese potencial. Los dueños de los clubes tenían miedo de elegir a un jugador tan joven solo para dedicarle años de maduración y cuidados con el riesgo de que se marchara después, en cuanto fuera agente libre y justo cuando estuviera alcanzando su primer pico de máximo rendimiento. Eran hipotecas a medio y largo plazo. Y en el deporte profesional solo existe el corto plazo. La NBA era lugar para hombres curtidos, formados y musculosos. Y mucho más en los 90 donde el baloncesto ultradefensivo era el predominante. No. No era lugar para chavales que aún no tienen permiso para beber una cerveza.

Kobe Bryant era fantástico. Un extraordinario escolta con un irrefrenable deseo de ganar. Pero era un saco de huesos con muelles en los pies. Si alguna franquicia quisiese apostar por un ‘wonder boy’ lo haría por uno alto y engreído, capaz de hacerse fuerte en la zona y dominarla con su cuerpo. Garnett cumplía de largo con esa definición. Moses Malone lo había hecho ganando tres MVP de la NBA. Malone, una fuerza de la naturaleza de 206 centímetros, había renunciado a ir a la universidad en 1974 y, tras dos años de profesional en la ABA, había entrado en la NBA por la puerta grande en 1976 erigiéndose en buque insignia de los Houston Rockets. Pero Malone, al igual que Kevin Garnett, eran pívots. Y Kobe era un escolta.

En ese torbellino habitual de juegos psicológicos que es el draft todos los ojeadores admitían que el mejor era Bryant. Y no sólo era el talento. Había algo más. Para acceder a la División I de la NCAA se requerían unas notas de elegibilidad académica que muchos no tenían. Es cierto que se hacían trampas, pero ni las universidades más permisivas podían ocultar lo imposible. Así que muchos jugadores se iban a Europa durante un año a ganar dinero antes de presentarse al draft de la NBA. Garnett, horripilante estudiante, había roto con ese modelo de acción y no le había ido del todo mal.

No era el caso de Bryant. Kobe era un estudiante modélico, pero no quería ir a la universidad. Sencillamente su objetivo, su único objetivo, era la NBA. No sólo era un voraz anotador, Kobe era inteligente y competitivo, con soberana capacidad de concentración, con la expresa idea de ser el mejor, un ego desmedido y, en tiempos de ropas anchas y cadenas de oro, vestía siempre con traje y corbata. No sólo impresionó a los ojeadores, también a los psicólogos.

Pero tenía 17 años. 17 malditos años. Todas las franquicias admiran sus condiciones, no obstante tan sólo tres están interesadas en contratarlo.

Kobe Bryant: las leyendas son eternas
Bryant a los 17

La primera es Philadelphia 76rs. Kobe Bryant es de Philadelphia. Había abandonado el instituto Lower Merion como el máximo anotador de su historia superando a Wilt Chamberlain y había sido escogido en el quinteto ideal sub-18 de Estados Unidos. Además, Joe Bryant, padre de Kobe, había tenido una sólida carrera como suplente en los 76rs. Kobe era el ídolo local y la elección se tornaba en lógica. Sin embargo, los 76rs contaban con la primera elección del draft y sería un suicidio dársela a un chaval de 17 años. La elección lógica era la de Allen Iverson, estrella de la Universidad de Georgetown, capaz de masacrar al rival a golpe de fintas y canastas o de sofocarlo con defensas extenuantes. Era un proyecto hecho y derecho.

El siguiente en la lista son los New Jersey Nets. Tienen la elección número 8 y buscan un jugador exterior. Kobe Bryant encaja con el modelo. Además, los Nets pertenecen al gran mercado de la ciudad de Nueva York, la cual es urbe relativamente cerca de Philadelphia, por lo que los padres de Bryant aplauden con las orejas la idea. Sin embargo, los Nets cuentan con nuevo entrenador. Se trata de John Calipari, afamado técnico universitario, que afronta su primera aventura profesional en la NBA. A Calipari le gusta Bryant, pero sabe que tiene que ganar desde el primer día. Tiene dudas sobre el tiempo que necesitará para que Kobe pase al siguiente nivel.

El otro equipo interesado es Los Ángeles Lakers. Su director deportivo entonces es Jerry West, logo de la liga y quizás el mejor escolta de la historia de la NBA hasta la aparición de Michael Jordan. West decide montar un entrenamiento secreto en Los Ángeles para Bryant. Será un uno contra uno. Cita a Michael Cooper, fenomenal defensor ya retirado de los Lakers que acaba de cumplir 40 años. Bryant lo humilla y West lo tiene claro. “Es mejor jugador que cualquiera de los que tenemos actualmente en la plantilla”. Los Lakers irán a por Kobe Bryant.

El problema es que los Lakers no tienen una elección alta en el draft. No escogen hasta el puesto 24º y es harto complicado que Bryant caiga a cifra tan baja. Es seguro que los Nets (8º) lo escogerán, pero si los de New Jersey se echasen atrás, había más candidatos. Los Sacramento Kings (14º) y los Phoenix Suns (15º) buscan jugadores exteriores y no tienen urgencia por ganar. Si Bryant está a tiro, lo escogerán. Y mucho más cuando escuchen que el gran Jerry West apuesta por Kobe. Las dudas de los Nets y de Calipari desaparecerán cuando el gran tótem de los Lakers de su visto bueno al prometedor adolescente.

Para enrevesar más el asunto, Kobe Bryant necesitaba imperiosamente ser seleccionado entre los quince primeros del draft de la NBA. Arn Tellem, su agente deportivo, había negociado un fabuloso acuerdo de patrocinio de un millón de dólares con Adidas que sólo se haría válido si Bryant estaba entre los quince mejores. Joe y Kobe Bryant se habían lanzado a un precipicio sin red. Al padre le habían ofrecido el cargo de entrenador asistente de la Universidad de La Salle sólo para captar a su hijo. Rechazarlo significaba también perder su puesto de trabajo. Duke, North Carolina o UCLA también cortejaron a Kobe, pero fue en vano. No habría carrera universitaria. Pero el plan, el atajo para ir a la NBA, dependía de ser elegido entre los quince primeros.

Si los Lakers quieren a Kobe Bryant tendrán que hacer magia.

Jerry West still can't believe no one else drafted Kobe Bryant in 1996 |  Sporting News
West y Bryant en 2010

Llega así la noche del draft. El talento presente es tremendo. No en vano el paso del tiempo lo dictará como uno de los mejores drafts de la historia. Como está cantado en el primer puesto Philadelphia escoge a Allen Iverson. Los siguientes puestos también son secretos a voces y son para jugadores que acabaran siendo campeones de la NBA (Ray Allen y Antoine Walker), All-Stars (Stephon Marbury y Abdur-Rahim) y también un mejor defensor de la temporada (Marcus Camby).

La séptima posición del draft es para Los Ángeles Clippers, el segundo equipo de la ciudad californiana.

Los Ángeles. Y aquí conviene hacer un inciso.

Arn Tellem, el agente del joven Bryant, tiene un acuerdo con Sonny Vaccaro. ¿Quién es Vaccaro? El hombre que en nombre de Nike había convertido a Michael Jordan en una mina de oro. Vaccaro acababa de lanzarle un órdago a Nike en forma de subida de sueldo y, rechazado, se había ofrecido a Adidas. Y Vaccaro sabía que su Jordan era Kobe. El Jordan de Adidas. Vaccaro era consciente de que no bastaba con meter canastas, había que vender, vender y vender. Y no existe mejor mercado para el capitalismo que California. Tellem y Vaccaro lo tienen claro. Kobe Bryant tiene que irse a Los Ángeles.

Pero no. Los Clippers prefieren ir a lo seguro. Son el eterno perdedor de la NBA y la mofa del resto de equipos. Podrían echarle bemoles y romper el mercado, pero el miedo es mucho mayor. No van a elegir a un chaval de 17 años y convertirse en el hazmerreír del mundillo. Y Kobe opina lo mismo. Él es un ganador y no piensa irse a un equipo perdedor.

Así que los Clippers seleccionan a Lorenzo Wright, un correcto pívot de 2’11 que hará una consistente pero discreta carrera en la NBA.

Llega la elección número 8.

El draft de la NBA tiene su aquel. En las primeras elecciones, entre una y la otra, hay un receso de tiempo. Y mientras hay llamadas. Muchas llamadas. Que yo te cambio mi puesto por esto y lo otro. Que yo te vendo a fulanito si tú me dejas elegir a menganito. Es en el último momento cuando el director deportivo del equipo llama al comisionado de la NBA para decirle el nombre del escogido. Hasta entonces muchas cosas pueden suceder.

La mañana del draft tiene lugar una última sesión de contacto con los jugadores. Unas postreras impresiones. Esa mañana Kobe Bryant rechazó reunirse con los representantes de los New Jersey Nets. También con los de Sacramento Kings y con los de Charlotte Hornets. Esa mañana Sonny Vaccaro llamó a Calipari y la amenaza fue clara: “Tengo un acuerdo con los Lakers, si tú y tu equipo lo estropeáis, lo lamentaréis”.

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Kerry Kittles

Y hubo algo más. Arn Tellem y David Falk eran los representantes del momento. ¿Quién era David Falk? El representante de más de 100 jugadores…entre ellos Michael Jordan. Falk llevaba los asuntos de Kerry Kittles, un escolta de la universidad de Villanova, área cercana a Nueva Jersey, y donde Kittles quería jugar a toda costa. Kittles era un gran escolta, mejor en esos momentos que Bryant (luego, años después, diría que había compartido entrenamientos con Kobe aquel verano y que si él hubiese sido el dueño de una franquicia habría apostado por Bryant sin dudarlo) por lo que era una buena elección. Falk usó su poder de convicción (o sus dotes de mafioso, como ustedes prefieran enfocarlo) para advertir a los Nets de que, en caso de no escoger a Kittles, se olvidasen de seguir haciendo asuntos con sus negociados.

Llegamos entonces al momento de la elección. Se produce entonces una llamada. Los Lakers ofrecen el traspaso de Vlade Divac, su entonces pívot titular, a cambio de los derechos de la elección de los Nets. Los Nets rechazan el acuerdo. No se van a desprender de su número 8. Ellos necesitan un escolta. Pero todas las tácticas intimidatorias surten efecto.

Los New Jersey Nets escogen a Kerry Kittles con el número 8 del draft de la NBA de 1996. Será titular en las dos finales de la NBA que los Nets jugarán y perderán en 2002 y 2003. Una de ellas contra los Lakers. En aquella final Kittles promedió 12’1 puntos. Kobe Bryant 26’6 dianas. Kittles se retiró en 2005. El año de su retirada Bryant anotó 27’6 puntos por partido. Aun jugaría once campañas más.

Llega entonces el momento de tomar decisiones erróneas. Las siguientes franquicias solo buscan pívots. Y lo que hay no es gran cosa. Samaki Walker, Erick Dampier, Todd Fuller y Vitaly Potapenko. Cuatro jugadores prescindibles de la mente de cualquier persona sea o no sea aficionado al baloncesto. Llegamos pues a la elección número 13. Pertenece a Charlotte Hornets.

Los Hornets también quieren un pívot. Y no hay mucho donde escoger. Y ahí es donde Jerry West debe hacer magia. Hace el mismo ofrecimiento que le había hecho a los Nets. Sacrifica a su pívot titular a cambio de la elección número 13. Su objetivo es evitar que se llegue a la siguiente elección, la número 14, la de los Sacramento Kings, porque los Kings sí que quieren a Kobe Bryant.

Los Hornets aceptan. Y no es mala decisión. Divac forma parte del estrellato de la NBA. Es uno de los primeros jugadores europeos en triunfar al otro lado del Atlántico. Los Hornets pasarán de no clasificarse para playoffs a sumar 54 victorias y plantarle cara a Knicks y Bulls en la lucha por el título. Pero eso se sabrá después. Divac amenazará con volver a Europa si se consuma su traspaso a los Hornets, aunque al final acabará dando su brazo a torcer. En 1998 firmará por los Kings donde se convertirá en leyenda junto a su compatriota Peja Stojakovic, escolta escogido en el puesto 14, justo después de Kobe Bryant, en el draft de 1996.

Así pues, los Charlotte Hornets seleccionan a Kobe Bryant con el número 13 del draft de la NBA de 1996. Bryant se hace la foto con la gorra de los Hornets e inmediatamente después se venden sus derechos y se convierte en jugador de Los Ángeles Lakers.

Abejorro por unos instantes - foto 28 - MARCA.com
Bryant 13ª Charlotte Hornets

Como Ray Allen o Antoine Walker, Peja Stojakovic también fue campeón de la NBA. Steve Nash (dos veces MVP), Jermaine O’Neal o Zydrunas Ilgauskas fueron los otros jugadores que fueron All-Stars. Junto a los de 1984 y 2003, el draft de 1996 forma parte del pódium de las mejores camadas de baloncestistas de todos los tiempos. Todos los citados fueron grandes jugadores, pero ninguno alcanzó ni por asomo los éxitos y el legado de Kobe Bryant, campeón de la NBA cinco veces con los Lakers, MVP de la NBA y 18 veces All-Star.

“No te lo vas a creer, Jerry, pero te he conseguido al mejor jugador de este draft”. Jerry West en conversación con Jerry Buss (propietario de los Lakers) tras hacerse con los derechos de Kobe Bryant.

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El virgen de hierro

La noche ya era cerrada cuando alguien llamó a la puerta. Era extraño. Por entonces todos los componentes del equipo debían estar dormidos. Tan sólo contaban con un par de horas para abrazar a Morfeo. El partido había terminado tarde y a primera hora tendrían que coger un vuelo a Los Ángeles. A.C. Green dejó el libro en la mesilla, se puso las zapatillas y abrió la puerta. Al otro lado estaba una escultural mujer. Guapa, rubia, de ojos penetrantes y labios lascivos. Era esbelta y sus pechos se abrían paso con fuerza entre las ranuras de un vestido transparente. “Hola, guapo”, le dijo, mientras su lengua circulaba entre sus labios. Sorprendido y halagado, A.C. le devolvió la sonrisa mientras decía:

“No degradarás a tu hija haciendo que se prostituya, para que la tierra no se entregue a la prostitución ni se llene de corrupción”. Levítico 19:29.

NBA: A.C. Green: vuelve la historia del 'virgen de hierro' de la NBA -  AS.com
A.C. Green

En un mundo rebosante de testosterona y adrenalina, A.C. Green era como una fuerza exotérica que cabalgaba en contra de todo lo conocido. Durante los primeros seis meses de su primera temporada en la NBA, Green fue asaltado en numerosas ocasiones por mujeres de todo tipo que intentaron hacerle caer en la tentación. Para todas ellas tenía la misma respuesta. Una sonrisa agradable y un versículo de la Biblia. Al cabo de ese primer año sus compañeros de los Lakers lo dieron por imposible. Nadie se tragaba lo de su virginidad, pero los hechos corroboraban su franqueza moral. A.C. Green era irreductible.

Su caso fue único y diría que hasta patológico en la NBA. Y mucho más en los 80. Es la década de la cocaína, de la música glam de marcado carácter sexual y del capitalismo yuppie a gran escala. En una época donde las mieles de lo prohibido eran pan de cada día, pocos lugares gozaban de tan promiscuidad como el vestuario de Los Ángeles Lakers. Aparte de enamorar con sus triunfos, aquel equipo también se ganó una fama en las madrugadas californianas. El líder, de día y de noche, era Magic Johnson. Célebres eran las entrevistas de Magic tras una reunión en la sauna con alguna animadora de los Lakers y más apoteósicas aún fueron sus visitas a la sala ‘Bagdad’ de Barcelona durante los Juegos Olímpicos. Y es que el bueno de Magic demostró fehacientemente que el sida no era solo cosa de homosexuales.

En aquel equipo, y en aquellos años, aterrizó el bueno de A.C (Amanda y Chester eran sus abuelos paternos, de ahí su nombre) Green. La realidad es que el muchacho fue criado en un ambiente no muy diferente al de la mayoría de los niños de su entorno. Más allá de las rarezas de papá y mamá con el nombre, su infancia no tuvo nada de especial, hasta que en algún momento dado de la adolescencia Green escuchó un sermón dominical que hablaba del cielo y del infierno. Tal fue el impacto de las palabras del sacerdote que A.C. lo tuvo claro. No cataría mujer hasta el día en que pasase por la vicaría. Si eso era lo que el cristianismo pedía, él lo cumpliría.

Aquella fue la primera promesa de Green. Tras graduarse en un instituto cristiano fue a la universidad donde, además de licenciarse, se consagró como uno de los mejores ala-pívots del país. Por entonces se le diagnosticó un hipo de tipo crónico que le afectaba día y noche y que solo era capaz de controlar cuando realizaba alguna actividad deportiva. Apenas dormía un par de horas al día. Era joven y podía haber hecho todo tipo de cosas. Permitidas y prohibidas. A.C. Green decidió centrarse en las consentidas. Su vida eran los estudios y el deporte. Y era como un roble. Jamás se perdió una clase y jamás se perdió un partido.

Esa irremediable sensación de estar siempre en plena forma y jugar todos y cada uno de los partidos como si la vida le fuese en ello, convertiría a A.C. Green en una leyenda de la NBA. Tan sólo en su segunda temporada tuvo que ausentarse durante tres encuentros. ‘Iron Man’ (el hombre de hierro) saltó a una cancha de la NBA un 19 de noviembre de 1986 y se mantuvo en ella hasta el 18 de abril de 2001. Fueron un total de 1.192 partidos consecutivos sin interrupciones, una barbaridad de difícil repetición. No se le conoce lesión. Tan sólo la pérdida de un par de dientes tras un choque. Por descontado, eso no le impidió seguir jugando.

Evidentemente las bromas y las ofensas fueron el pan de cada día para el bueno de Green. Además de la aparición de despampanantes mujeres en la puerta de su habitación, en otras ocasiones eran hombres los que eran contratados por sus compañeros. Y visto que ni carne ni pescado, también se intentó con travestis. Dicen que en cierta ocasión Magic Johnson le invitó a pasar la tarde en su casa. Magic cerró con llave y desapareció por la puerta de atrás dejando al bueno de Green con media docena de supermodelos desnudas deambulando por la mansión.

No se sabe si A.C. Green rompió una ventana, la puerta o si simplemente se encerró en el baño esperando que alguien lo rescatase.

Su ascetismo era tal que tampoco fumaba ni bebía alcohol. Cuando el champán corría por los vestuarios de los Lakers tras la consecución de un anillo, Green desaparecía de la escena negándose a rociar de champaña a sus compañeros. Las apuestas entre los jugadores de la NBA sobre cuando perdería la virginidad alcanzaron los miles de dólares. Los rivales le tentaban en los partidos con tal amiga o tal conocida e ingentes sumas de dinero, pero, el caso, es que Green se mantuvo incólume.

Más allá de todo eso A.C. Green era un jugador soberbio. Era el pegamento de los Lakers. El obrero que ponía el sudor para que los dóciles movimientos de Kareem Abdul-Jabbar bajo el aro funcionasen, el que ponía bloqueos ofensivos para que Worthy penetrase o el que acudía al rescate de Magic en una ayuda defensiva para que el genio de los Lakers descansase.

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Magic, Scott, Worthy, Green y Abdul-Jabbar

Llegó a ser ‘All-Star’ en 1990 y fue un jugador básico en los Lakers durante cerca de una década. Mientras sus cualidades baloncestísticas crecían, las burlas y los insultos decrecían. De vez en cuando acudía a platós televisivos y, en uno de ellos, en el programa de la celebérrima Oprah, tuvo ocasión de exponer su concepto de la vida. Criticó a sus compañeros por pensar únicamente en lo material, confesó que muchas mujeres se le abalanzaban y reflexionó sobre el uso de los condones entre la juventud, cuando en su opinión lo mejor era no practicar sexo hasta el matrimonio.

El caso es que su estilo de vida dio óptimos resultados en la cancha. Se fue cuando quiso, porque daba la sensación de poder seguir jugando eternamente. Ganó tres títulos con los Lakers, dos a finales de los 80 con Magic y un último en el año 2000 pasados los 35 años y como titular en un equipo comandado por Shaquille O’Neal y Kobe Bryant. Su récord de 1192 partidos es impresionante y más sabiendo que su fortaleza mental era proporcional a la fiereza con la que se exponía debajo del aro.

Se retiró el 18 de abril de 2001. Y el 20 de abril de 2002, prácticamente un año después de su retirada, contraía matrimonio con Veronique, su novia de toda la vida.

Tenía entonces 37 años.

Ya sé. Sé cuál es la pregunta que os está atormentando. Si había que casarse para poder fornicar; ¿por qué esperó hasta los 37 para pasar por la vicaría? El propio A.C. contesta a vuestra pregunta: “En estos tiempos el sexo es el alfa y omega de todo. Soy virgen porque Dios me lo designó y por el gran respeto que tengo a mi cuerpo y también a mi cerebro. En estos años me he encontrado con tentaciones y situaciones complicadas en las que he tenido que poner a prueba mi fortaleza mental de jugador profesional”.

Mientras A.C. Green jugase al baloncesto el matrimonio no tendría lugar. Y si no hay matrimonio, no hay lugar para el sexo.

The NBA's 38-Year-Old Virgin: A.C. Green, the Iron Man with the Iron Will
Se mira, pero no se toca

“Es mejor que el hombre no toque a ninguna mujer. Sin embargo, en vista de que la inmoralidad sexual es tan común, que cada hombre tenga su propia esposa y que cada mujer tenga su propio esposo. La esposa no es quien tiene autoridad sobre su propio cuerpo, sino su esposo. Del mismo modo, el esposo no es quien tiene autoridad sobre su propio cuerpo, sino su esposa. No se priven el uno del otro, a menos que los dos estén de acuerdo y que sea por un tiempo fijado para dedicarse a orar y luego volver a estar juntos. Así Satanás no podrá tentarlos por su falta de autocontrol. Ahora bien, les digo esto como una concesión, no como un mandato. Con todo, me gustaría que todos los hombres fueran como yo. Sin embargo, cada uno recibe de Dios su propio don; unos de una manera y otros de otra”. San Pablo a los Corintios 7:1-7.

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El mágico All-Star de Magic Johnson

El 7 de noviembre de 1991 Earvin ‘Magic’ Johnson convocaba a los medios para una rueda de prensa en el centro de entrenamiento de Los Ángeles Lakers. Hacía un par de semanas que estaba de baja. Oficialmente por culpa de una gripe. Extraoficialmente el motivo era otro. Buena parte de la prensa sabía que esa mañana todo iba a cambiar, aunque nadie acertaba a saber el porqué. Tan sólo su mujer, su representante, el dueño del club y los doctores estaban al corriente de lo que sucedía. Horas antes de dar la noticia se enteraron David Stern, comisionado de la NBA, el cuerpo técnico y la plantilla de los Lakers. A falta de pocos minutos antes del inicio del acto, Magic decidió informar con una breve llamada a su ex entrenador Pat Riley y a sus amigos y megaestrellas de la NBA Isiah Thomas, Michael Jordan y Larry Bird.

“Buenas tardes a todos. A causa de haber adquirido el VIH tengo que retirarme de los Lakers hoy mismo. Quiero dejar claro que no tengo la enfermedad del sida. Soy portador del virus”.

Aquello fue un shock a nivel mundial. Se estima que la foto de Magic fue portada en unos 1.200 diarios de más de 140 países. En Estados Unidos de las 4.000 consultas diarias a la red telefónica preguntando por el sida se pasaron a 40.000 en apenas una hora. Al día siguiente del anuncio el presidente George Bush notificó un aumento en el gasto público para combatir el sida, una lacra que por entonces afectaba con igual fuerza tanto al corazón de África como al mundo desarrollado.

Y había algo más. Magic no era homosexual. No había sido castigado por la providencia por ser una oveja descarriada. Magic era un mujeriego de antología. Fornicaba en el jacuzzi del vestuario de los Lakers haciendo gala del amor libre para luego enrollarse una toalla y responder a las preguntas de los periodistas. Si de algo pecaba Earvin ‘Magic’ Johnson era de ponerle los cuernos a su esposa con toda mujer atractiva que se pusiese a su alcance.

La noche siguiente Magic Johnson fue de nuevo Magic. Apareció en un late-show por expreso deseo suyo y, fiel a su estilo, lo hizo con una sonrisa de oreja a oreja. “No os preocupéis por mí. Sí muero mañana, os aseguro que habré tenido la mejor vida que ningún ser humano pueda imaginar”. En Estados Unidos la audiencia de aquella entrevista fue superior a cualquiera de los partidos de las finales de la NBA que el base de los Lakers había disputado.

Tienes que llamar a Larry”: el VIH y el día que Magic Johnson conmocionó al  mundo - AS.com
El anuncio

Hoy sabemos que el sida no es sinónimo de muerte segura. Pero en 1991 el desconocimiento de la enfermedad era abrumador. Hoy Magic es un empresario de éxito y utiliza su magnetismo y su don de gentes para ganar millones donde antes ganaba partidos de baloncesto.

Pero en 1991 el VIH estaba al mismo nivel que la lepra. No sólo era la muerte en vida, sino que estigmatizaba socialmente. Aunque te llamases Magic Johnson y fueses la estrella de baloncesto más rutilante del momento.

Pasaron las semanas y el escaso conocimiento de la enfermedad daba a pensar en un paulatino empeoramiento de la salud de Magic Johnson. Pero bien por el buen funcionamiento de los fármacos, por su extraordinaria condición física o por su eterna actitud positiva, Magic se encontraba como siempre. Se convirtió en imagen pública de la investigación contra el VIH y siguió con sus rutinas de entrenamiento. Se había retirado por prescripción médica, pero tenía 31 años y se encontraba en plena forma.

Magic quería jugar, pero los médicos no le dejaban. No sólo eso. No tenía con quien jugar. Tan sólo Pat Riley se acordó de él. Riley había sido el arquitecto del ‘showtime’, un tipo de baloncesto ofensivo y pícaro que con él en el banquillo y Magic en la cancha le había dado a los Lakers cinco anillos en la década de los 80. Riley se encontraba entonces en la otra punta del país dirigiendo a los Knicks de Nueva York, pero no dudó en dar su tiempo y su amistad a Magic para que se siguiese manteniendo activo.

En febrero, como todos los febreros desde 1951, tiene lugar el All-Star de la NBA. Se trata de un partido amistoso a mitad de temporada en el que se enfrentan dos equipos con los mejores jugadores de la NBA. Tradicionalmente desafiaba a los mejores de la Conferencia Oeste con los de la Conferencia Este, aunque el sistema ha cambiado recientemente. Para seleccionar a los jugadores hay una mezcla de votos entre entrenadores, periodistas y aficionados.

Aquel fin de semana de febrero de 1992 el All-Star de la NBA se iba a celebrar en Orlando, la ciudad donde se halla Disneylandia, el paraíso terrenal de la imaginación. Fue un fin de semana mágico. Desde la fiesta de bienvenida de los jugadores hasta el alojamiento de los mismos tendría lugar en el mundo Disney.

Y en 1992 el jugador que más votos recibió por parte de los aficionados era uno que no había jugado ni un minuto en toda la temporada. Uno que se entrenaba en solitario y que no tenía con quien jugar.

Earvin ‘Magic’ Johnson. El más mágico de todos.

La NBA hizo los deberes. Se consultó a los mejores especialistas del mundo. Los eruditos comentaron que era imposible que hubiese un contagio. Tendría que ser entre una herida abierta y otra, y, aun así, las posibilidades eran escasísimas. Los facultativos hasta recomendaron la presencia de Johnson para dar visibilidad al hecho de que el sida no era sinónimo de fallecimiento. Hubo muchas llamadas de apoyo a la oficina del comisionado David Stern, pero hubo otras tantas llamadas amenazantes, incluidas de varios directivos que veían con preocupación que alguna de sus estrellas pudiese contagiarse con el VIH.

No todo iba a ser de color de rosa.

La pega más liviana era la ausencia de Larry Bird. El hombre junto al que Magic cimentó la leyenda de la NBA en la década de los 80 no iba a poder disputar el partido por culpa de sus sempiternos problemas de espalda. Mucho más duro para Magic fueron las declaraciones de Charles Barkley, al que consideraba un amigo. Barkley había pedido cambiar el número de su camiseta a mitad de temporada para llevar el 32 de Magic Johnson como homenaje a la estrella de los Lakers. No obstante, y fiel a su fama, Barkley comentó a los medios que le parecía injusto que un jugador retirado como Magic pudiese disputar el All-Star y que debería haber renunciado a hacerlo.

Pero todo eso eran nimiedades ante el hostil recibimiento que Magic iba a tener.

Magic fue el primer jugador que llegó a Disneylandia. Lo hizo junto a su mujer y junto a la responsable de su fundación contra el VIH, la cual se pasó el fin de semana tranquilizando a los demás jugadores y a sus familias sobre las opciones de contagio. Al parecer dio una charla sobre la enfermedad desmontado mitos, para lo que usó imágenes y declaraciones de varios enfermos que dejó a los presentes conmocionados. Pero no a todos. Otros arquearon las cejas. Cuando después de cenar Magic acompañó a su mujer al castillo de Blancanieves para ver los fuegos artificiales, sabía que al día siguiente se tendría que ganar a sus compañeros de vestuario.

La tarde posterior Magic entró el último en las dependencias de la Conferencia Oeste. Cuando hizo su aparición, los saludos fueron cordiales, pero distantes. Nada de abrazos ni carantoñas. Nada de apretones de manos. Muchos jugadores lo habían defendido en público, pero en privado tenían miedo. Magic se quedó petrificado. Por primera vez en toda la semana la sonrisa se desvaneció de su cara. Al fondo del vestuario estaba Karl Malone, la viva imagen de la virilidad, un excepcional jugador forrado de músculos y conocido por sus ideas ultraconservadoras.

Ni siquiera le miró a los ojos.

Minutos más tarde, y tras una atronadora ovación del público de Orlando a Magic, los jugadores de ambos equipos formaron dos filas en torno a la línea del centro del campo antes de iniciar la rueda de calentamiento. La tensión se cortaba con un cuchillo. Fue entonces cuando Isiah Thomas, miembro del equipo rival, rompió la línea de saludo y se acercó a darle un abrazo a su amigo mientras los flashes de los fotógrafos se hicieron eco del momento.

Se desata la guerra más sucia entre Isiah Thomas y Magic Johnson - MARCA.com
Johnson & Thomas

Fue algo catártico. Detrás de Thomas fueron todos los demás.

En ese mismo momento Magic recuperó la sonrisa.

El partido comenzó, pero en el ambiente flotaba la sensación de que el encuentro no era normal. Se había hablado, y mucho, si los jugadores se atreverían a dar codazos o a luchar por un rebote y buscar el contacto ante un seropositivo. Pero en la primera jugada del partido Magic se acercó a la canasta rival mientras era defendido por Dennis Rodman, el más malo de los chicos malos de la NBA. Éste rompió todas las reglas. Defendió con fiereza a Johnson, le metió el codo en la espalda y cuerpeó pecho con espalda. Magic anotó, y dos cosas quedaron claras. Que Magic no se había olvidado de jugar y que si Rodman iba a ser duro con él, los demás también lo serían.

Mickey, Donald y compañía habían hecho magia. Magic corrió, asistió, sudó, dio un par de pases prodigiosos y los demás se dieron cuenta de que era el de siempre. Magic hizo una finta, después una puerta atrás, lanzó un par de tiros imposibles de tres que entraron y facilitó unos cuantos pases sin mirar. Puro espectáculo. Ahí si hubo choques de manos, abrazos y carantoñas sin vacilación. El partido transcurrió con normalidad y la fiesta siguió su curso hasta la traca final.

Llegados a los últimos minutos y con el partido más que sentenciado por la Conferencia Oeste (la de Magic), Isiah Thomas invitó a su amigo Magic a un uno contra uno más allá de la línea del triple. Thomas jugueteaba con el balón entre las piernas mientras Magic le retaba con la mano a que se atreviese a encararle. No pudo. Magic era inquebrantable. Y Thomas tuvo que lanzar un desesperado tiro en suspensión que ni tocó el aro. Magic había salido victorioso. El público reventó el audímetro del pabellón.

En la jugada siguiente, y por aclamación popular, fue Michael Jordan el que se citó con Magic. La sucesión del trono en diez segundos de clímax. El público decidió ponerse de pie mientras el resto de los contendientes se abrían como el Mar Rojo ante Moisés para que los dos elegidos se citaran frente a frente. Jordan no se anduvo con chiquilladas. Fintó a su izquierda y comenzó una penetración hacia su derecha para lanzar una suspensión por encima de un Magic que llegó justó a tiempo para inhabilitar el lanzamiento. Agua. El tiro rebotó en el aro, pero no entró. Disneylandia volvió a rugir. Magic 2. NBA 0.

Ahora a Magic le tocaba atacar. Quedaban menos de veinte segundos para el fin del partido. Magic cuerpeaba a Isiah más allá de la línea de 7’25, hasta girar 180 grados y lanzar un tiro de tres puntos a una mano que finiquitaba el partido. Voltaire había dicho que la suerte sucede cuando la preparación y la oportunidad se encuentran y se fusionan. Aquel hombre era mágico. Pero no era cuestión de suerte. Había sido el mejor durante diez años y ninguna enfermedad por desconocida y mortífera que fuese iba a impedir que lo siguiese demostrando.

Magic saboreó todos y cada uno de los minutos de aquel partido. Todo lo que se vio allí fue la viva imagen de la vida. Abrazos, sonrisas, caricias y cientos de avalanchas de gestos de simpatía a todos los niños que se acercaban a saludarlo. Cada vez que veía una cámara de televisión Magic se aproximaba para hacer un chascarrillo. Cada vez que veía a un compañero allí estaba él para hacerle una carantoña. Aquel hombre era todo lo contrario a la definición de enfermo. Era el reverso brillante de la muerte.

El Oeste ganó con facilidad el encuentro ante el Este por 153-113. Magic fue declarado el mejor jugador del partido (MVP) por aclamación popular, pero también al haber sido el máximo anotador del choque con 25 puntos a los que añadió 9 asistencias.

Aquello fue un espejismo, hermoso, pero un espejismo. Justo una semana más tarde los Celtics visitaron a los Lakers en Los Ángeles. En el descanso del encuentro se aprovechó para realizar la ceremonia de homenaje de la retirada de la camiseta de Magic. Y, ahí sí, micrófono en mano, estaba su antagonista Larry Bird para decirle adiós, a pesar de que su espalda seguía martirizándolo. Bird hizo entrega a Magic de un trozo del parqué del Boston Garden, y, por vez primera, Magic entendió que todo había acabado. Johnson era un hombre emocionalmente destrozado. Él sabía que podía jugar, pero el mundo se empeñaba en enterrarlo.

The Magic Number: Los Angeles Lakers retire Magic Johnson's number in 1992  - New York Daily News
Johnson & Bird

—BARCELONA 92—

Aquel era año olímpico. Ya se había experimentado cuatro años antes en Seúl, pero en Barcelona 92 el amateurismo quedaba enterrado para la posteridad. Y no habría estrellas más rutilantes que las de la NBA. Tras la victoria soviética comandada por Sabonis en 1988, Estados Unidos quería demostrar al mundo que no existía ninguna nación baloncestística que pudiese competir con ellos.

Esa pléyade de estrellas fue conocida como el ‘Dream Team’. Estuvieron los mejores del momento, en una colección de talento que aún no ha sido igualada por h o por b en otras convocatorias olímpicas. El equipo estaba comandado por Michael Jordan, el cual ya había sido campeón olímpico en 1984. No obstante, había dos figuras en el ocaso de sus carreras que no habían participado nunca en unos JJ.OO. Una de ellas era Larry Bird. El alero de los Celtics no tenía muchas ganas de acudir. De hecho, había decidido retirarse.

El otro era Magic. Y Magic hizo de aquella convocatoria una cruzada. Persistió hasta convencer tanto a Jordan como a Bird. No veía mejor forma de despedirse del baloncesto que reuniendo a los mejores. Sin ellos tres el ‘Dream Team’ no hubiera sido tal. La federación estadounidense estaba encantada y dio el visto bueno a la presencia de Johnson. Magic seguía en plena forma y el All-Star de meses atrás había demostrado que el riesgo era cuasi inexistente.

Estados Unidos ganó el oro arrollando a sus rivales con una media de 43 puntos de diferencia. Ahora sí, Magic decía adiós.

Pero Magic no quería decir adiós.

Se sentía fuerte, joven y en plena forma y con el OK de los médicos se dispuso a retornar a las canchas para la campaña 1992/93. En una rueda de prensa multitudinaria declaró que, aunque infectado por el virus, no había ningún riesgo de contagio para con sus rivales. Pero con la pretemporada en marcha, un periodista le preguntó a Karl Malone que le parecía la vuelta de Magic a las canchas. El pívot de los Jazz señaló los cortes de sus brazos y de sus piernas y se limitó a arquear los hombros y señalar “que no hay ningún jugador de la NBA que no haya pensado en todos los riesgos”. Desatado y visiblemente molesto, Malone dio la sentencia definitiva: “Cuando haya que defenderlo mi instinto me pedirá ir a por él, pero me preocupan las consecuencias de lo que pueda ocurrir. Y yo estoy aquí para ganar”.

Karl Malone, el Cartero de Utah | Alley-oop!
Malone; el malo de la película

Que Karl Malone, uno de los jugadores más duros de la NBA y que acababa partido tras partido con múltiples cortes en su cuerpo, fuese tan taxativo fue muy duro para Magic. Peor aún. Magic y Malone habían compartido equipo olímpico en Barcelona. Aquello era puro rencor.

Quiso el destino que días después, en un amistoso disputado en Carolina del Norte, un pequeño reguero de sangre corriese del brazo de Magic tras un encontronazo. El silencio en el pabellón fue sepulcral. Cuando el médico de los Lakers se puso unos guantes para solucionar el corte con unas vendas y un poco de algodón, los murmullos se sucedieron de una punta a otra de la cancha.

Fue ver la muerte en vida.

“Pude ver el miedo en la gente tras aquel corte. Fue suficiente para mí”.

Magic no necesitó leer la prensa ni ver las noticias para darse cuenta de lo que aquellos murmullos significaban.

Sabía que, ahora sí, no habría más magia.

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Fue en Roma. En 1960. Era la primera vez que la selección española de baloncesto lograba clasificarse para unos Juegos Olímpicos. Estados Unidos ganó el oro humillando a la Unión Soviética en la final. Walt Bellamy (2’11) pasó por encima del rey letón Janis Krumins (2’20). España quedó en penúltima posición. Los dos pívots de la selección, Juan Martos y Alfonso Martínez, medían 1’95 metros, lo mismo que Oscar Robertson, base titular estadounidense. Jerry West, la más rutilante estrella de aquellos Juegos, era un escolta de 1’88 metros. Nino Buscató, el mejor jugador español, medía 178 centímetros.

Medio siglo después España había parido a un chico de 216 centímetros coordinado, fluido, atlético, elegante y con una inteligencia para el juego paranormal. En los JJ.OO de Londres fue un martillo pilón que hizo parecer real una gesta imposible. Durante el tercer cuarto (15 puntos) bailó a sus defensores con una gracilidad y una fiereza no entendible para aquellos que conocimos el baloncesto del viejo testamento (A.G.). Sus 24 puntos, 8 rebotes y 7 asistencias no fueron suficientes para doblegar a Lebron James, Kevin Durant y Kobe Bryant, pero dio igual. Cuando toda la expedición estadounidense rindió pleitesía al vencido, comprendimos que el legado de Pau trascendía a lo universal.

Y es que España iba a por el oro. Gasol iba a por el oro. Ya en China, cuatro años atrás, España había querido hacer posible lo imposible. El francés George Eddy, más de 2.000 partidos comentados a lo largo de su exitosa carrera, declaró que aquella final olímpica de Pekín había sido “el mejor partido FIBA de siempre”. En Pekín se perdió de once puntos y en Londres de siete, pero en ambas ocasiones la sensación fue de miedo, de pánico entre las estrellas estadounidenses. Lo más extraordinario no es que España rozase la victoria, sino que Estados Unidos tuvo que jugar a su máximo nivel para lograrla.

https://www.youtube.com/watch?v=erXOnAsT3-4

Curiosamente en Río la derrota fue más ajustada (seis puntos), pero la sensación de impotencia española afloró por vez primera en una década. Allí, a orillas de Copacabana, Gasol y sus pretorianos ponían el punto final a una escandalosa pléyade de éxitos. Es cierto que Pau quiso darse un homenaje cuasi póstumo en Tokio, como también lo es que Ricky Rubio lideró la victoria española en el Mundial 2019. Pero fue en Río 2016 cuando se clausuró una trayectoria de dominio absoluto en el baloncesto mundial, coronada por aquellas dos platas olímpicas irrepetibles ante un ‘Dream Team’ que, nunca antes y nunca después, sintió tal miedo contando con sus mejores jugadores en la pista.

Pau Gasol fue el alma de esa generación liderada por los llamados ‘juniors de oro’ que en el Mundial sub-20 de 1999 lograron, esta vez sí, derrotar a Estados Unidos. Unos chicos que se iban a comer el mundo hasta tal punto que Gasol sumaría once medallas (cuatro de oro -tres Europeos y un Mundial-) con la selección. 11 medallas en 16 años. A.G. España sumó 6 medallas en 65 años.

Si en la NBA Pau pecó de mordiente y entendió que debía adaptar su juego a un ente superior para conseguir el éxito colectivo, con España se erigió en dueño y señor del equipo. Todos los ataques empezaban con balón al poste bajo para que luego Pau decidiese que hacer con la jugada. Todos, Navarro, Felipe, Calderón, Rudy o Ricky, orbitaban alrededor de un rey Sol que durante más de una década fue un jugador que sembró el terror de Europa cada vez que se ponía la Roja. Con Gasol la selección española pasó de intentar derribar gigantes a ser EL gigante.

31 puntos ante la Alemania de Nowitzki para colgarse el bronce europeo en 2001 (17’3 puntos y 9’7 rebotes de media en el torneo). 31 tantos sólo en la primera parte ante Rusia en la semifinal europea de 2003 (12/14 en tiros) y 36 tantos y 12 rebotes ante Lituania en la final (máximo anotador del torneo con 25’8 puntos de media). Mejor jugador (21’1 puntos y 9’4 rebotes) en el Mundial 2006, en el que no pudo disputar la final tras torcerse el tobillo a 100 segundos del fin de la semifinal ante Argentina (19 puntos y 11 rebotes). Los dos últimos tras anotar un par de tiros libres cojeando.

Y con todo, su sensación de dominio, de ascendencia sobre la cancha, es difícil de expresar en palabras o en datos. Son pálpitos. Inquietudes. Sensaciones. Esa sensación que le hizo estar presente en el interior de cada uno de sus compañeros en aquella final ante Grecia en la que Gasol recibió la medalla de oro apoyado en una sola pierna con lágrimas en los ojos. Esa sensación, que solo tienen los más grandes, de hacer temblar la tierra con su sola presencia. Con cada gesto, con cada mirada, las piernas del adversario tiemblan y las dudas asoman en su cabeza.

De Japón a China, la historia que se repite: un Mundial sin EEUU y con  España en busca del oro
Rodeando al Cid

Gasol convirtió Europa en el patio de su recreo. Su dominio en el planeta FIBA también contó con las dulces derrotas olímpicas, pero fue en el Eurobasket donde cimentó la leyenda de inexpugnable. España fue el ogro. Lo que antes había sido la Unión Soviética y más tarde Yugoslavia. Una entelequia de talento coronado por el jugador más dominante que ha dado el baloncesto FIBA, el de los 40 minutos de partido y el del colectivo antes del individuo. Olvídense de Belov, Tkachenko, Spanoulis, Bodiroga, Sabonis, Petrovic o Kukoc, todos palidecen ante Pau. Y de los Nowitzki, Parker y todos aquellos de brillantes andanzas NBA que claudicaron cada vez que Gasol se vistió de Quijote y se puso España por bandera.

El cénit de ese dominio llegó en 2009 tras alcanzar su máximo apogeo gracias a la tortura mental a la que fue sometido por Kobe Bryant, su ‘hermano mayor’, en los Lakers. En aquel campeonato Scariolo decidió darle la titularidad a Marc Gasol como pívot inicial para que intimidase y tapase espacios. Pau iba a jugar de 4 por vez primera con España. Aquella propuesta no dejó indiferente a nadie y dio lugar a una fuerte discusión popular que amainó cuando se vio que, sin responsabilidades defensivas, Pau iba tener como único límite vencerse a sí mismo.

Su actuación fue imperial. Lideró a España desde el primer minuto del primer partido al último minuto del último encuentro. En octavos le dio por anotar seis triples para machacar a Polonia, en cuartos pasó por encima de Francia con 28 tantos y 9 rebotes y en la final sumó 18+11 ante Grecia. El triunfo de España fue de una suficiencia pocas veces vista y la exhibición al tran tran de Gasol no se recordaba en la vieja Europa. Inteligente, ambicioso, motivado y siempre pendiente de aprender, mejorar y competir, el resultado era un jugador de corte histórico.

Aquello de 2009, como lo del Eurobasket de 2011, fue de un dominio insultante. En 2013 Pau no estuvo presente, y España pasó del oro al bronce. Daba igual. Ese equipo de ensueño, siempre contó con Pau. Su éxito se basó tanto en su faceta de jugador como en su faceta de ser humano. Cuando los rigores y las exigencias norteamericanas le impedían acudir a la llamada de la selección, Pau siempre estaba ahí. Como comentarista, como amigo, entrenando, pero no jugando. En todos y cada uno de los torneos en los que no se puso las zapatillas, Pau estuvo presente. Siempre buscó la forma. Y siempre la encontró. La familia, dieron en llamar a la ÑBA. Y el cabeza de familia siempre fue él. Siempre fue Pau.

Gasol fue un artista, un talento y una figura portentosa que alcanzó cotas inimaginables. A sus cualidades se le unió una cabeza excepcional que le permitió estar a la altura que demandaban sus responsabilidades. Su apogeo y sus éxitos con la ÑBA coincidieron en el tiempo con unos años en los que desde Madrid y desde Barcelona se buscó la apropiación ideológica de su figura. Ha sabido defender con hechos y palabras ambas posturas y sólo los más nacionalistas recalcitrantes han querido incautarse de sus sentimientos.

Pau Gasol: los principales hitos de una carrera de 26.516 puntos - AS.com
España (2001-2021)

Pau quiso despedirse en el parqué y no en una consulta médica. Lo hizo tras rozar con las yemas de los dedos la Euroliga, la única muesca que falta en su revólver, y tras disputar sus quintos Juegos Olímpicos con 41 años ¿Por qué? Porque quiso y punto. Su despedida real había tenido lugar seis años antes, cuando ya contaba con 35 primaveras. Quiso entonces Pau poner el broche de oro no a su carrera, pero sí a sus años de reinado. Cuando nadie lo esperaba, cuando sus años de gloria vislumbraban su fin, a Pau le dio por pintar su ‘magnus opum’, su obra maestra.

El feliz acontecimiento tuvo lugar en Lille, donde Francia pierde su nombre y pasa a ser Bélgica. Allí, ante 27.000 almas, Pau hizo lo que llevaba haciendo durante una década, con la salvedad de que nadie contaba con que lo hiciese en ese momento de su carrera. España había caído derrotada en el Mundial del año anterior ante Francia, ante lo que se dio a pensar que era el fin de una era dorada. Los franceses, más jóvenes y más grandes, eran el futuro.

En Lille, en el Eurobasket 2015, España llegó a semifinales con sufrimiento y con el depósito de gasolina en la reserva. El corderito estaba tierno para asar, pero a Gasol le dio por sacar los colmillos cuando nadie lo esperaba. Firmó 40 puntos (de los 80 de España) y 11 rebotes para un 52 de valoración. Gasol era King Kong. “El Imperio contraataca”, acertó a titular un diario. Pau bailó a un joven Gobert hasta sacarlo del partido por exceso de faltas. La imagen de Pau dándose golpes en el pecho tras machacar el aro francés simbolizaba un reinado. El reinado del ogro de Europa. Con aquel mate Pau ganó la semifinal y ya, de paso, la final ante Lituania.

Nunca fue cosa de títulos. Nunca fue cosa de números. Fueron las sensaciones. Lecciones y más lecciones de como jugar al baloncesto.

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“Gasol ha completado un partido colosal, el tercero consecutivo en el que supera la barrera de los 25 puntos en esta fase final. Ha estado monumental. Ha eliminado prácticamente él solo a Francia en la semifinal y nos ha hecho llorar (…) Su actuación ha sido absolutamente monstruosa, formidable, genial y sobrehumana. Ha estado gargantuesco.” Frederic Forte en el diario ‘L’Equipé’, en el análisis de la histórica victoria de España ante Francia en el Eurobasket 2015.

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Gasol (1ª parte): Versión NBA

El viernes 1 de febrero de 2008 los Memphis Grizzlies traspasaban a Pau Gasol a Los Ángeles Lakers a cambio de Kwame Brown, Aaron McKie, Javaris Crittenton y los derechos de su hermano Marc, por entonces dominador de la ACB en las filas del Basket Girona. Aquel traspaso está considerado el más desigual de la historia de la NBA. Y no es un comentario chauvinista, sino que está refrendado por los periodistas especializados y los directivos más reputados de Estados Unidos.

En Memphis admitieron que el traspaso no les reportaba gran beneficio. Sencillamente lo habían hecho por Pau. Por un tipo racional y reflexivo, solidario y cabal, que jamás tenía una palabra negativa que ofrecer. Dicen los plumillas al otro lado del Atlántico que Pau Gasol era el único jugador que interpelaba a los reporteros por si querían preguntar algo más. Por eso, tras una temporada horrenda en la que se había desmantelado al equipo, todo el mundo en Memphis consideró que aquel larguirucho extremadamente educado merecía una oportunidad para conseguir el anillo.

Gasol había subido al Everest. Era E.T, cómo le hubo de bautizar acertadamente Andrés Montes. Con 216 centímetros de altura era más rápido que sus iguales y más alto que los que alcanzaban a seguirle. Su tiro desde cinco metros era de una amenaza colosal y su inteligencia para entender el juego superaba con creces la media. Había decidido batirse contra los más grandes ante la incredulidad de Aíto García Reneses, el hombre que lo había hecho debutar con el Barça, un ‘old school’ que renegaba de todo lo que atufaba a NBA. Fue escogido por los Atlanta Hawks en el mismo puesto que el Jesús Negro e inmediatamente fue traspasado a Memphis a cambio de Shareef Abdur-Rahim, un jugador que no es necesario recordar.

Trasladados de Vancouver a Memphis, los Grizzlies dejaron la tierra de los osos para irse a los dominios del rock and roll. Suplente en su primer partido, acabaría como ‘Rookie of the year’ y con mate en la cara de Kevin Garnett para ganarse el respeto de la NBA. En Memphis se hizo grande, liderando a un equipo pequeño a tres clasificaciones consecutivas de playoffs, todas históricas y todas finiquitadas con un absoluto fracaso. Son los años de Pau ‘Gasoft’, un juego de palabras para calificar a Pau como blando (soft). Porque eso era Gasol, un buen jugador, con buenos movimientos, pero incapaz de llevar a su equipo a lo más alto. Sus números eran bondadosos (18’8 puntos y 8’6 rebotes de media en Memphis), pero se mantenían estancados temporada tras temporada. No se vislumbraba progresión. No era un primer espada.

Hasta aquel 1 de febrero de 2008. El día que a Gasol se le abre el cielo. En Los Ángeles se convierte en poste de circulación, como un aclarado del juego en el que su talento natural y el estímulo táctico lo promueve. Phil Jackson ve cómo puede perfeccionar el sistema del triángulo ofensivo, esquema que utilizó con éxito en los Bulls de Jordan, pero que siempre estuvo cojo al carecer de un pívot pasador. Lo que algunos no consiguen entender en un curso, Pau lo domina en dos semanas. Ahora con Gasol, Jackson dispone de un hombre que ventile cargas de juego, como una puerta intermedia que dé paso una y otra vez al lado débil y que permita el lucimiento y el descanso de Kobe Bryant. Gasol aporta resolución colectiva y mejora del entorno, lo que en la actualidad se da en llamar IQ. Entender el juego de toda la vida. Comprendió el papel que se le pedía a la perfección y se sintió cómodo. Era el facilitador. Era el pasador. Era el ancla para que los demás se luciesen.

Y era también el defensor. Si en su adolescencia Juan Carlos Navarro le hizo conocer la noche y al mismo tiempo le hizo entender que su mente y su talento extraordinario tenían que escapar de ella, Kobe Bryant se encargó en su madurez de demostrarle que no podía ser primera espada, pero que si se mostraba intenso en defensa sería un jugador inexpugnable. Tras caer ante los Celtics de Garnett en las finales de 2008, Bryant se encargó de preparar mentalmente a Gasol para convertirlo en una máquina insuperable e intimidatoria en defensa.

Gasol quiso ser excepcional y con sus dos títulos (2009, 2010) de la NBA lo consiguió. Aquel chico que soñaba con ser Kukoc, acabó debajo del aro, al igual que el croata, por imperativo NBA. En el primer anillo dejará a Dwight Howard, en aquel momento el mejor pívot del planeta, en menos del 50% de tiros en toda la eliminatoria. Ya Pau había dejado de ser el “hombre del renacimiento” como fue calificado por Phil Jackson, a ser un muro en la zona. En su primer partido de playoffs con Los Ángeles acabaría con 36 puntos, 16 rebotes y 8 asistencias. En el séptimo partido de la final de la NBA de 2010 pasaría por encima de Kevin Garnett con 19 puntos, 18 rebotes y 4 asistencias (con Bryant agotado con un 6/24 en tiros) y cambiando la trayectoria de cada uno de los tiros de los interiores de los Celtics.

Por entonces Pau ya era en Estados Unidos un ser humano, no un jugador de baloncesto. Apareció en una portada de ‘The New York Times’ como una persona culta, curiosa, amable y sencilla. Solo así se entiende que entre sus múltiples premios (dos campeonatos, seis veces ‘All-Star’) acumule el trofeo Walter Kennedy, el premio Magic Johnson y el Impact Player. Traducido: premio al jugador de la NBA más filántropo, premio al jugador con mejor trato con los medios de comunicación y premio al jugador que más ayuda a difundir los valores de la NBA.

Pau se sale de la norma en una competición donde la norma es usar el baloncesto para salir del gueto. Es difícil de entender para un negro norteamericano la, para ellos, riqueza y opulencia de la depauperada clase media europea. Es cierto que Larry Bird fue un niño pobre, tanto, que Magic Johnson quedó impactado cuando visitó a su madre. También lo es que al joven Jordan lo del gueto solo le sonó de oídas o que Stephen Curry es millonario desde la infancia. Pero la realidad es que solo hay escepticismo cuando un chico salta de Europa y se adentra en una competición dominada por el poder negro.

Gasol es raro hasta en Europa. Pau destaca por la variedad y sofisticación de sus aficiones. No es extraño que quisiese hacer oficial su retirada en el Liceu de Barcelona. Lo primero que hizo al llegar a Los Ángeles fue preguntar por el calendario de las obras de teatro, salas de conciertos y exposiciones. “Nunca antes un jugador me había preguntado eso”, confesaría más adelante el relaciones públicas de los Lakers. Como es igual de posible que ningún jugador de la NBA prefiera ir a un concierto de Plácido Domingo que a uno de Daddy Jankee, o que se decante para firmar por un equipo en función de la oferta cultural de la ciudad, como cuando fichó por los Chicago Bulls.

A Chicago llega tras alargar demasiado su estancia en Los Ángeles. Es ya un hombre veterano (35 años) y le toca lidiar con un baloncesto distinto, donde los codos y el juego de pies han dejado paso a los triples imposibles y a las fintas excesivas. Gasol ya no es un rara avis, es uno más entre gigantes de siete pies con coordinación de un seis pies. Sus piernas ya no le permiten percutir en el poste, pero su inteligente lectura de espacios y una impresionante mejoría en el tiro a pie quieto de larga distancia le permite ser un jugador total. Nunca fue un tirador extraordinario, pero si extremadamente agudo para saber cuándo lanzar.

Con los Bulls volverá a ser ‘All-Star’, incluyendo un impagable salto inicial con su hermano Marc. Le dará tiempo a dejar un par de perlas. Marcar el tope de carrera con 46 puntos en un partido al que le añadió 18 rebotes, y firmar un encuentro perfecto con 22 puntos sin fallo en el tiro, 9 rebotes y 6 asistencias, algo nunca visto en un cuarto de siglo en alguien de 36 años.

Los hermanos Gasol en el All Star - NBA
Hermanos estrellas

Gasol ha vivido acomplejado por su comparación con Dirk Nowitzki, el patrón oro de los jugadores europeos. Con talla y peso similar, el alemán contó con un mayor arsenal de movimientos ofensivos y aterrizó en una franquicia que desde el primer momento apostó por él como piedra angular. La carrera NBA de Gasol es fantástica, pero está superada por la del alemán, por la de Antetokoumpo y, en futuro no muy lejano, por la de Luka Doncic.

Y aun así Nowitzki no puede presumir de tener dos anillos ni de sumar en su carrera al menos 20.000 puntos, 10.000 rebotes, 3.500 asistencias y 1.500 tapones. Sólo el de Sant Boi y tres jugadores más han llegado a tal hazaña. Pau consiguió normalizar lo asombroso, cuando lo normal hasta su aterrizaje en la NBA es que nos contentáramos con que un español (realmente cualquier europeo que no fuese yugoslavo) jugase un par de partidos al otro lado del Atlántico.

Gasol estiró “demasiado”, según sus propias palabras, el chicle. Primero en San Antonio y sobre todo en Milwaukee, donde una fractura en el pie abortó la caza de su tercer título. Mas Pau es de esos tipos que eligen cómo y cuándo quieren acabar su carrera. Durante dos años peleó cuando tenía que descansar, ya no para alcanzar la gloria, sino para demostrar que lo podía hacer. Para despedirse con honores vistiendo la camiseta de la selección española. “Soy consciente de que he sido un privilegiado, pero los privilegios conllevan responsabilidades”.

Pero esa, la historia de Pau con España, será otra historia.

“Era maduro, inteligente, poseedor de una profunda comprensión de nuestro deporte y dispuesto a adoptar una función subalterna, si era necesario, con tal de aumentar las probabilidades que tenía el equipo para ganar. Fue la persona correcta en el momento adecuado. En cuanto se incorporó, dejamos de ser un equipo que luchaba por arañar cien puntos por encuentro para transformarnos en una veloz máquina de anotar que promediaba más de 110 puntos y se divertía muchísimo al conseguirlo”. Phil Jackson, entrenador de Gasol en los Lakers.

“Uno de los aspectos más impresionantes de la trayectoria de Pau es como ha sabido hacerse un hueco en la NBA. La NBA está muy dispuesta a adoptar el talento extranjero para mejorar su competición, pero está menos dispuesta a otorgar responsabilidad o representatividad. El respeto a Pau yo le he respirado desde el inicio, en un mundo donde eso cuesta mucho. Y cuesta ganárselo, y mucho, sobre todo si vienes desde otro mundo”. Sergio Scariolo, seleccionador español y campeón de la NBA formando parte del cuerpo técnico de Toronto Raptors.

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Nadie anima a Goliat. La historia de Wilt Chamberlain (2ª parte)

Cuando Wilt Chamberlain juega su último partido en la NBA cuenta con 36 años. Es el quinto y definitivo de la final de la NBA de 1973 que los Los Ángeles Lakers, su equipo, pierde ante los New York Knicks. Chamberlain juega los 48 minutos del choque sin descansar ni un mísero segundo al igual que había hecho en todos y cada uno de los partidos de las finales. En ese último choque anotó 23 puntos y capturó 21 rebotes. Durante la temporada apresó más de 18 rechaces por encuentro, siendo el líder estadístico de la NBA en la campaña. Era la undécima vez que lo lograba y tendrían que pasar dos décadas para que Dennis Rodman superase ese registro de 18 capturas.

Estaba claro que Wilt Chamberlain no estaba próximo a la jubilación.

Sin embargo acababa contrato con los Lakers y el club angelino no estaba por la labor de pagarle un sueldo a un hombre, que por muy superhombre que fuese, contaba con 36 años y, he ahí la cuestión, contaba con más derrotas que victorias en su palmarés. Así que el verano pasó y los Lakers no se movieron. Quienes sí lo hicieron fueron los San Diego Conquistadors de la ABA que le ofrecían a Goliat un mega contrato tres veces superior al que Chamberlain tenía (y, ojo, era de los mejores pagados en la NBA).

La ABA (American Basketball Association) se había fundado en 1967 en clara competencia hacia la NBA. En esos tiempos la población negra de Estados Unidos estaba en plena lucha por las libertades y toda institución creada y dirigida por blancos era mal vista. Y mucho más en el básquet, donde había una profunda grieta entre el baloncesto académico, encorsetado y de equipo promulgado por las elites, y el desenfadado, vibrante e individual que se practicaba en los barrios negros de las ciudades estadounidenses.

La ABA apenas sobreviviría durante una década antes de claudicar económicamente y ser absorbida por la NBA, pero en ese decenio le dio tiempo a reinventar el baloncesto. Surgieron la línea de tres puntos, los concursos de mates o el maravilloso balón tricolor. En esos años la competencia entre ambas ligas fue feroz y por ello un jugador no podía pasar de una liga a la otra sin el consentimiento y la renuncia de los derechos del equipo vendedor.

Y los Lakers no iban a permitir que Chamberlain se marchase a San Diego.

Total que Wilt se pasó el año en blanco. Retirado, aunque oficialmente no estaba retirado.

Al verano siguiente recibió una oferta de los New York Knicks, pero algo había cambiado. Durante ese año de asueto Wilt se había dedicado a la buena vida, a invertir en negocios dispares (entre ellos en la liga estadounidense de voleibol) y a relacionarse con el mundo del cine tras comprarse una lujosa mansión. No tenía intención alguna de marcharse de la soleada California rumbo al estrés invernal de la ciudad de Nueva York. Así que, entonces sí, con 37 años, Wilt Chamberlain anunciaba su retirada oficial del baloncesto.

Pero el portento más extraordinario que jamás ha pisado una cancha de baloncesto nunca podría alejarse demasiado de la rumorología del deporte de la canasta. No frecuentaba las pistas ni como espectador ni como invitado, pero sí que era un personaje con continuas apariciones públicas. Y cada vez que el periodista, impactado por una mole de 2,16 metros esculpida a base de músculos, le preguntaba si pensaba volver a la NBA, Chamberlain, entre halagado y egocéntrico, siempre contestaba con evasivas que no hacían más que alimentar el sueño.

En 1979 la rutilante estrella de la NBA era Kareem Abdul-Jabbar. Era éste un extraordinario pívot, grácil y de extraordinarios movimientos que, si bien dominaba por su físico, lo hacía más por su portentosa coordinación. En una entrevista empequeñeció a Chamberlain al considerar que él tenía que lidiar con hombres más altos y más físicos que los que había en la época de Chamberlain (algo de razón tenía). Aquello encendió a ‘Big Dipper’, que negó la mayor y declaró: “Pesó 13 kilos menos que en mi último año de profesional. No tengo duda de que si ahora volviese a jugar dominaría. Lo único que no quiero es volver a una rutina de entrenamientos”. Wilt Chamberlain tenía por entonces 43 años.

Se había abierto la veda. El primer equipo que apareció para intentar ficharlo fueron los Cleveland Cavaliers. Le ofrecieron un contrato por dos temporadas con cláusulas que le liberaban de los entrenamientos diarios y que le permitían jugar un máximo de 20 minutos por partido. Pero nuevamente Wilt no aceptó. No le entusiasmaban los inviernos de Ohio y Cleveland era un equipo perdedor.

Para la temporada 1981/1982, cuando Chamberlain ya contaba con 45 años, fueron los Philadelphia 76rs los que intentaron hacerse con Superman. La cosa era distinta. Philadelphia era uno de los candidatos a ganar la NBA. Chamberlain llegó a viajar a la ciudad de los cuáqueros mientras hacía unas declaraciones a la prensa propias de él: “Si quisiera podría volver a hacerlo. Sin ninguna duda lideraría la NBA en rebotes y tapones. Suena a ególatra, bueno, lo es”. Y sí que sonaba, pero cuando uno ve fotos de ese bicho andante parece increíble que tuviese 45 años. Pasaría por un chaval de veintitantos.

Las mejores frases de Wilt Chamberlain – El Gurú del deporte
Goliat bien entrada la cuarentena

Wilt era natural de Philadelphia y el acuerdo parecía inminente, pero había una discrepancia insalvable. A diferencia de lo que ocurría con los Cavaliers, los 76rs eran una franquicia ganadora y eso implicaba seriedad y compromiso. No habría problema en lo económico, pero si en lo referido a las ausencias de los entrenamientos. Wilt tenía que ser uno más.

Y el acuerdo se rompió.

Y mientras, Wilt seguía haciendo cosas propias de Goliat. Se inscribió en una liga nacional de atletismo para mayores de 40 años. Aunque la mayoría de los participantes eran atletas profesionales retirados, Chamberlain se llevó la victoria en lanzamiento de peso, triple salto, salto de altura y 200 metros lisos. Poco después, en 1984, a punto de cumplir las 48 primaveras, debutaba en la gran pantalla en la película ‘Conan, el bárbaro’ protagonizada por Arnold Schwarzenegger. El actor austríaco, entonces de 37 años y 7 veces campeón del mundo de culturismo, quedó alucinado con la fortaleza de Chamberlain: “No puedo creer que tenga cerca de 50 años. Tiene tanta fuerza que juguetea con una espada y amenaza con hacerte trizas”.

todoarnold+cine on Twitter: "#ConanTheDestroyer Behind the scenes. Wilt  Chamberlain, Anne Strick (unit publicist) and Arnold @Schwarzenegger.  http://t.co/yrtf7Ae9SX"
Y Schwarzenegger se convirtió en un mixiricas

Hubo que esperar a 1991 para un último intento. El más increíble de ellos. Los Ángeles Clippers hacían una nueva oferta a Chamberlain para volver a la NBA. El simple hecho de que un equipo profesional decida interesarse por un ex jugador de entonces 54 años y que llevaba 18 años retirado habla del increíble portento físico que era Chamberlain. Como en otras ocasiones, Wilt declinó la oferta aduciendo que no quería volver a una rutina de viajes y de entrenamiento, y, como de costumbre, tiraba de ego para afirmar que por físico estaría capacitado para jugar con gente que podrían ser sus hijos, y, rizando el rizo, hasta sus nietos: “A lo largo de estos años he tenido muchas más ofertas de las que se han publicado. Es fantástico para el ego que con 53 o 54 años los equipos sigan pensando que puedo jugar. Y personalmente creo que podría, pero no tengo ningún deseo”.

Menos de un año después Goliat ingresaba en un hospital de Los Ángeles debido a una presión arterial que se disparaba por momentos. Aquel corazón se rompería definitivamente el 12 de octubre de 1999 a los 63 años de edad.

El ‘shock’ fue inmenso. Wilt Chamberlain era un monumento humano, una estatua de piedra irrompible a ojos de seres humanos que veían como sus músculos se consumían con el paso del tiempo mientras los suyos permanecían inalterables. Chamberlain no era una leyenda retirada, era un monolito en camiseta de tiras y calzones cortos incapaz de envejecer. Que aquel gigante se derrumbase era una muestra de que la muerte no entiende de músculos.

Se iba el hombre que anotó más de 60 puntos en 32 ocasiones (el siguiente de la lista es Kobe Bryant con seis), el único que ha hecho un doble-triple-doble en un partido (22 puntos, 25 rebotes y 21 asistencias) y que en el total de su carrera promedió 30,1 puntos, 22,9 rebotes y 4,4 asistencias. Pero también el superhombre que tan sólo ganó 2 anillos de la NBA a pesar de su aplastante superioridad, lejos de los 3 de Bird, los 4 de Lebron y de O’Neal, los 5 de Duncan, de Kobe o de Magic, los 6 de Abdul-Jabbar o de Jordan, y, sobretodo, de los 11 de Bill Russell.

“Si pudiera cambiar algo de mi vida, me gustaría saber cómo vive alguien que mide 1,80. Todo el mundo apoya a David, nadie anima a Goliat”. Wilt Chamberlain.

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Nadie anima a Goliat. La historia de Wilt Chamberlain (1ª parte)

Cuando el 12 de octubre de 1999 el sobrino de Wilt Chamberlain encuentre a su tío tirado en el sofá de su casa víctima de un ataque al corazón, se encontrará con una agenda con las llamadas pendientes para el día siguiente. El segundo en la lista era Bill Russell. Durante más de una década Chamberlain y Russell se pegaron en una cancha de baloncesto. A lo largo de más de un decenio ni se hablaron. Pero entonces, ya encarando la vejez, eran amigos. Bill Russell era el gigante bueno. El hombre que puso su físico al servicio de su equipo para crear una dinastía en la NBA. Chamberlain era Goliat. El hombre que según su propio recuento llegó a acostarse con más de 20.000 mujeres. El deportista que llegó a liderar la NBA en puntos, rebotes y asistencias. Pero también el hombre que fue incapaz de quitarse el sambenito de egoísta y de perdedor.

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Wilt Chamberlain era un portento físico. El Stephen Hawking de la fisionomía. Era un armario empotrado de 2,16 metros de altura y 130 kilos. Un torrente de músculos desde las uñas de los pies hasta las cejas. Todo él era una gran espalda. Llegó a correr los 400 metros en 49 segundos, lanzar el peso a 16,27 metros o rebotar 1,98 metros en salto de altura. Un ser humano que por envergadura y coordinación estaba medio siglo adelantado a su tiempo.

Era un gigante de dibujos animados. De dimensiones deslumbrantes en una época donde las imágenes en movimiento escaseaban y todo había que fiárselo a las letras y a la fotografía. Se convirtió en un dios griego. Los niños hablaban de un King-Kong. Hay quien decía que tenía tornillos en la cabeza. Otros que no sabía hablar y que solo gruñía. Alguno comentaba que era Frankenstein con un balón de baloncesto. Un hombre que comía niños. Era fascinante. Era despreciable. El villano de un cómic de la Marvel.

Y es que Wilt jugaba entre niños. En el baloncesto de los 60 era Goliat entre lilliputs. Cuando debuta en la NBA y juega su primer ‘All-Star’, la diferencia de corpulencia entre él y el resto de los jugadores es demencial. En aquel partido entre las 24 estrellas más rutilantes del baloncesto mundial apenas hay otros cuatro jugadores que superen los 2 metros, algo inimaginable en la actualidad. Su descomunal planta hizo que ya en su época de instituto fuese una celebridad nacional. Recibió más de 100 becas universitarias, la gran mayoría de ellas con dinero bajo cuerda.

Wilt Chamberlain fue el primer baloncestista que dotó al deporte de la canasta del glamour de la celebridad. Mucho antes de que Lebron James cambiase su natal Cleveland por Los Ángeles con la mirada fijada en su posterior vida tras la retirada, Chamberlain ya había puesto la idea en marcha. ‘Big Dipper’ decidió abandonar Philadelphia (donde ganó un anillo) y mudarse a la soleada California. Al darse cuenta de su valor, no sólo como jugador sino como celebridad, Chamberlain comprendió que su futuro estaba en Los Ángeles, una ciudad con enormes posibilidades y el mercado más atractivo de Estados Unidos junto a Nueva York.

Chamberlain siempre fue un solitario. Era tremendamente egoísta y presuntuoso y siempre aprovechaba para mofarse de sus rivales. Nunca se le conoció pareja. Difícil promover cimientos con 20.000 mujeres de por medio. Lo cierto es que pocos hombres podrían competir con él, aunque sus más allegados, los pocos, consideraban que era una forma de autodefensa porque tenía miedo a que alguien le hiciese daño. Cierto o no, el caso es que siempre quiso profundizar, pero nunca intimar, con ninguna mujer.

Para Wilt el baloncesto nunca fue un juego de equipo. Por lo menos antes de llegar a los Lakers. Luego, también, aunque de forma menos acusada. Los partidos de Chamberlain eran conciertos de solistas. La gente sólo veía en la cancha a Wilt. La noche de 1962 en Nueva York en la que anotó la extraterrestre cifra de 100 puntos, un reportero que asistió al encuentro escribió: “Chamberlain les hizo sentir (a sus compañeros) su insuficiencia y pequeñez. Era grande, luminoso y ocasionalmente ruidoso (…) Él existía aparte de su equipo, orbitando en su propio reino brillante”.

En Los Ángeles, Wilt Chamberlain buscó la atención y el reconocimiento que merecía al ser enjuiciado como el mejor. Invirtió en inmuebles, restaurantes y caballos de carreras. Hasta compró una discoteca en Nueva York, en la época en la que Studio 54 era el centro del universo. Vivía feliz entre artistas y músicos engatusando y presentándose a diferentes mujeres. Le encantaba retar a otro hombre a jugar a cualquier deporte y tras su victoria revolotear cual pavo real delante de sus admiradas pretendientes.

La crítica baloncestística nunca lo trato bien. Para algunos Wilt Chamberlain ha sido el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos. Pero a pesar de su abrumadora superioridad (en 1962 promedió 50’4 puntos y 25’7 rebotes jugando todos y cada uno de los minutos de todos y cada uno de los partidos) nunca tuvo colmillo asesino. No fue Jordan, ni Bird, ni Magic, ni Lebron, ni Kobe. Y tampoco fue Bill Russell. Mientras Chamberlain coleccionaba récords individuales era derrotado una y otra vez en la lucha por el anillo de la NBA ante los Celtics de Russell. Éste, otro portento de 2,06 metros (con una media de más de 22 rebotes por partido en su carrera), posee la plusmarca de anillos de campeón con 11 en 13 temporadas, destacando como capitán y baluarte defensivo de un equipo en el que primaba la solidaridad. A ojos de todos Chamberlain siempre fue el malo de la película. Una estrella incapaz de hacer mejores a sus compañeros y un engreído que socavaba la autoridad de los entrenadores.

Su físico era tan deslumbrante que hubo que adaptar las normas para contenerlo. Cuando jugaba para la Universidad de Kansas al bueno de Wilt le dio por tirar los tiros libres haciendo mates. Es decir, saltar desde la línea a 4,60 metros del aro y machacar. Chamberlain promedió poco más del 50% en lanzamientos libres durante su carrera. Era su kriptonita. Así que vio buena esa solución. Al año siguiente se decretó que los lanzamientos libres se hicieran detrás de la línea de 4,60 prohibiendo expresamente saltar o introducirse dentro de la zona antes de que el balón tocase el aro. Tal y como lo entendemos hoy en día.

Algunos números que dicen que Wilt Chamberlain es el mejor jugador de la  historia de la NBA – Pio Deportes
Un hombre entre niños

La prensa lo retrató como un villano, una estrella meditabunda que destruyó la moral de sus equipos. Chamberlain representó la indulgencia y el individualismo excesivo. «Soy Wilt Chamberlain, una persona. Es mi individualismo lo que más valoro», dijo en una ocasión. Cansado de ser tildado de egoísta hubo un año en el que le dio por liderar la NBA en asistencias. No por compromiso con el equipo, sino para alimentar su egocéntrica personalidad. Sus 2,16 transformaron el baloncesto profesional para llevarlo a las alturas. Wilt Chamberlain hizo de la NBA una curiosidad. Una rareza antropomórfica que había que escrutar.

Tampoco ayudó a Chamberlain que no se significase políticamente. Al principio de su carrera su indiferencia ante la lucha por los derechos civiles de la población negra le granjeó la amistad de la elite blanca. Era un negro bueno. Al contrario, Russell, su némesis, fue portavoz de los deportistas negros que se negaban a alistarse para combatir en Vietnam. Así que cuando a finales de los 60 Chamberlain siguió escabulléndose de las cuestiones políticas, pasó de ser sospechoso a enemigo de la comunidad negra que no entendía que una persona de su relevancia no se implicara. Wilt siempre fue un hombre de ley y orden. Él sólo veía una diferenciación entre razas; el dinero.

Para los demás jugadores (que por entonces eran blancos en su mayoría) se convirtió en una amenaza. Acabará con el juego, decían los puristas. En realidad a lo que jugaba Chamberlain era a un baloncesto 2.0. Era una amenaza. Pero no por monstruoso, lo era por celos y fascinación. Cuando perdía o fallaba se le comparaba con un boxeador mediocre que intentaba entender el juego.

—UNA ORGÍA DE NÚMEROS Y UNA CATARATA DE DERROTAS—

Después de que los 76ers despilfarraran una ventaja de 3-1 ante los Celtics en las finales de la Conferencia Este de 1968, la prensa culpó a Chamberlain. Había llevado a los 76ers al título la temporada anterior, pero la realidad es que tras once temporadas con números monstruosos sólo había sabido saborear la victoria en una ocasión. Fue entonces cuando decidió firmar por Los Ángeles Lakers. A las razones anteriormente esgrimidas, había un par de ellas más profundas. Chamberlain solía acostarse con mujeres blancas, algo todavía tabú en muchas zonas de Estados Unidos, pero no así en la progresista California. Y además, su padre, residente en el Estado del sol, apuraba sus últimos meses de vida por culpa de un cáncer.

Los Lakers acababan de estrenar un fastuoso pabellón decorado con columnas púrpura y oro que obedecían a la disposición del foro imperial de Roma. En ‘The Fabulous Forum’ los Lakers construyeron el primer súper equipo de la historia antes de que Garnett se marchase a Boston, Lebron a Miami o Durant a San Francisco. Para la campaña 1968/69 Los Ángeles Lakers reunían a Elgin Baylor, el primer jugador en volar por encima del aro, a Jerry West, un tirador sublime que dio su imagen al logo de la NBA, y a Wilt Chamberlain. Con Goliat en plantilla los Lakers construían el mejor equipo de baloncesto de la historia.

Los Lakers pasaron como un ciclón en la temporada regular pero acabaron perdiendo en el séptimo partido de las finales ante los Celtics, sumando la que era su séptima derrota ante los de Boston. Wilt Chamberlain también contaba en siete las veces que había caído en un partido decisivo ante Bill Russell. El hombre de los 100 puntos nunca fue capaz de ganar un choque a vida o muerte ante el pívot solidario por excelencia. “Séptimo partido son las palabras más bonitas del baloncesto”, había dicho en una ocasión el bueno de Russell.

El camino de activismo social en la NBA y los inicios de la mano de Bill  Russell y Wilt Chamberlain | NBA.com España | El sitio oficial de la NBA
Russell (6) y Chamberlain (13)

En ese séptimo y decisivo encuentro, Chamberlain se pasó el último cuarto sentado en el banquillo discutiendo a grito pelado con su entrenador. Se dijo que estaba lesionado, pero la realidad es que Wilt no llegaba al 50% en tiros libres. Una vez que le prohibieron machacar el aro lo intentó de diferentes maneras, a cada cual peor. Sus tiros con cuchara espantarían a cualquier entrenador infantil. No era procedente mantenerlo en el partido en un momento caliente. Pero es que además, obsesionado como estaba con cincelar con números sagrados su legado, se había propuesto no ser nunca eliminado por faltas durante un partido. Esto hacía que en los momentos calientes bajara los brazos y su defendido tuviese pista libre para aterrizar en el aro.

Al año siguiente volvería a perder otra final, en este caso ante los Knicks de Reed, Frazier y Bradley. Más, por vez primera, el afecto y la ternura hicieron acto de presencia. Con 34 años y tras cerca de 900 partidos consecutivos, Goliat sufrió una lesión. Su rodilla dijo basta y tuvo que pasar por quirófano. Por vez primera Chamberlain dejaba de ser una bestia del Helesponto y se convertía en humano. “He hecho cosas que ningún hombre hará, pero la gente sigue esperando que me supere, y no puedo hacer eso”, comentó tras su vuelta en una muestra de dolor ajena al superhombre.

Finalmente, durante la temporada 1971-72, Chamberlain encontró la redención renunciando a ser Goliat. Se dedicó a rebotear y a defender dejando que Jerry West se centrase en anotar. Los Lakers se llevaron de una santa vez el campeonato y Chamberlain, por una vez, dejó de ser un perdedor. Para ello tuvo que renunciar a sí mismo. Tuvo que ser Bill Russell.

Pero más importante que el anillo fue la influencia de Chamberlain convirtió para convertir a Los Ángeles en un destino atractivo para jugadores y empresas que elevó a los Lakers al olimpo del baloncesto. “Mi impacto es eterno”, declaró al poco de retirarse.

Al dejar las pistas y al sucederse los años, se hizo ya de por si inevitable la comparación de Chamberlain con Russell, su eterno antagonista contemporáneo y con quien siempre hubo pugna por decidir quién de los dos era mejor. Y no había duda. Wilt siempre salía mal parado cuando se le comparaba con el portento de los Celtics de Boston, quien ganó 11 títulos de la NBA y nunca perdió una serie de playoff o de las finales con el hombre de los 100 puntos.

Y sin embargo Bill Russell estaba en aquella libreta que el sobrino de Chamberlain abrió el día de su muerte. Mucho antes, en aquel séptimo partido de 1969 en el que Goliat pasó el último cuarto en el banquillo supuestamente por una lesión, Russell le había sentenciado: “Para marcharse así de un séptimo partido de una final uno tiene que tener la pierna o la espalda rotas. Si no vas directo al hospital no tiene sentido que salgas de la cancha. Esas lesiones que se pasan a los tres minutos no son propias de campeones”. De todas las críticas que ha recibido en su carrera, esta es la que Chamberlain jamás va a perdonar. “Lo ha ganado todo y aun así sigue siendo un hombre infeliz”, contestará el superhombre.

Años después llegó la reconciliación y la devolución de visitas domiciliaras. Russell fue fiel a sí mismo, y tras una discreta carrera como entrenador se fue alejando de los focos hasta que la NBA lo recuperó para la causa hace poco más de una década. A Chamberlain el corazón se lo llevó poco después de los 60, pero por el camino se negó a envejecer y amenazó una y otra vez con volver a la NBA a impartir justicia.

Pero esa historia quedará para la próxima semana.

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Kobe (2ª parte): Respeto

El respeto que Kobe Bryant llevaba años demandando tiene fecha de inicio. 22 de enero de 2006. La fórmula yo contra el mundo no había funcionado. El Kobe definitivo, el que emergió después del asunto de Colorado, era el dueño de los Lakers. Era su equipo. El equipo de Kobe. Pero los Lakers no carburaban. Así que decidió que si no podía destacar colectivamente lo haría de forma individual. En la temporada 2005-06 la bestia se iría hasta los 35’4 puntos por partido y aquella tarde de enero alcanzaría los 81 puntos, dejando la sensación de que habría superado los 100 si le hubiese dado la gana. Ese fue el partido. Pero hubo muchos más. Desatado, aquella campaña sumó 27 partidos con más de 40 puntos y hasta 6 superando los 50.

Aun así tuvo que esperar hasta el 2008 para lograr un merecido MVP de la temporada y ganarse el respeto definitivo del mundo del baloncesto. Aquel año sería el de la unión con Pau Gasol, una coalición gestada el verano anterior cuando coincidió con el pívot catalán en Barcelona. Fue entonces cuando Bryant tanteó su traspaso a los Bulls de su venerado Jordan harto de la incompetencia de los Lakers. Fue entonces cuando pidió el traspaso en una entrevista y horas más tarde rectificaba y juraba amor eterno a los Lakers. Fue entonces cuando por primera vez en su vida fue pitado por el público angelino, a lo que el angelito contestó con 45 puntos. Finalmente se quedó en Los Ángeles y en febrero de 2008 Gasol recalaba en los Lakers para ser pieza esencial en la nueva época dorada del club. En su primer partido en California Pau Gasol sumó un triple-doble de 24 puntos, 12 rebotes y 12 asistencias, ante un Bryant que inteligentemente se quedó en un segundo plano anotando 8 puntos, su puntuación más baja en mucho tiempo.

Tras la travesía por el desierto Kobe comprendió que si quería ser Batman necesitaba a un Robin. Habría dos anillos más en 2009 y 2010, éste último en una épica serie ante los Celtics. En el séptimo y definitivo partido de la final Kobe Bryant se fue hasta los 23 puntos y 15 rebotes y Pau Gasol sumó 19+18. Kobe jugó series de playoffs estratosféricas. Antes, en 2008 fundió a los Nuggets con fases de juego incontrolables y selladas con un partido de 49 puntos, 10 asistencias y un 66% en tiros de campo. En 2009 sumó en la final ante Orlando Magic 32’4 puntos, 5’6 rebotes y 7’4 asistencias por noche.

El Kobe Bryant de la primera etapa había sido definido por Phil Jackson, su entrenador – y, cómo no, el ex entrenador de Jordan – como “una piedra en el riñón porque no hay manera de que pase”. El Kobe Bryant de los anillos de 2009 y 2010 comprendió la importancia de no acaparar el balón más de lo necesario y de implicar a los demás compañeros en el juego si quería ser un líder que alcanzase la grandeza en virtud de sus triunfos colectivos. Para llegar al éxtasis Bryant había tenido que tirar de psicología. “Si me ves peleando con un oso, reza por el oso”, comentó en una ocasión. Tras perder la final de 2008, precisamente ante los Celtics, Bryant dejó colgada la medalla de oro que Estados Unidos había logrado ante España en la final olímpica de Pekín en la taquilla de Gasol, para así recordarle al catalán que ser segundo no valía para nada.

Como Jordan, el Bryant de la segunda etapa, el del número 24, se alejó del aire y potenció la tierra. Se hizo obsesivo y desterró la palabra imposible de su diccionario. Afinó el pase, se convirtió en un perro de presa en defensa, aprendió a devorar al rival en el poste y se acostumbró a gobernar el tempo de los partidos. Como Jordan, se convirtió en un experto en recibir de espaldas y buscar el contacto. Hizo del ‘fade away’ su seña de identidad, un demoledor tiro a 5 o 6 metros que los Warriors de Curry han hecho desaparecer de la faz de la tierra. Pero si Jordan realizaba el ‘fade away’ de manera académica con la espalda recta y con una suspensión angelical, Bryant lo hacía tras un ligero encorvamiento y una sensación de sufrimiento que lo hacía más imperfecto, pero al mismo tiempo más humano.

Después del odio y de la envidia vino la redención. Después de la explosión vino el respeto. En unos Lakers en decadencia y con un Bryant enfilando los 35 años el escolta angelino se rompió el talón de Aquiles. Se apostaba por su retirada, pero tras casi un año en blanco volvió y el respeto se convirtió en admiración. Con cerca de 37 años e infinidad de golpes y lesiones entre pecho y espalda promedió más de 22 puntos por partido, mismos números que firmó con 21 años cuando logró su primer título de la NBA.

El día que se retiró, Shaquille O’Neal, su mayor aliado y a la vez su mayor enemigo en un vestuario, le pidió que anotase al menos 50 puntos en un directo televisivo. Kobe sonrió y le dijo que eso era imposible. Llevaba meses dando vueltas de honor y agradeciendo cumplidos por todas las canchas de Estados Unidos, pero el depósito de gasolina estaba en la reserva.

Al final no fueron 50, fueron 60 puntos. La mayor anotación de un jugador en la temporada 2015-2016. El rival fueron los Utah Jazz. El mismo equipo contra el que en su primera visita a los playoffs en 1997 llegó a lanzar cuatro tiros sin tocar aro uniendo la palabra descarado con la de chupón a su carnet de identidad.

Antes de reclamar su lugar en la eternidad a Kobe le dio tiempo a ganar un Óscar hollywoodiense con un precioso documental que él mismo escribió y que acertó en llamar ‘Querido baloncesto’. Se había embarcado también en la literatura infantil y había cautivado a un genio como Paulo Coelho para escribir junto a él un libro sobre baloncesto para niños.

Todo no es más que el resultado del amor por el juego. “Cuando alguien te desafía es que se preocupa por ti. Cuando alguien te ignora es que no le importas”, acertó a decir. Kobe Bryant forma parte de la terna de los mejores de todos los tiempos y hasta el mismo Magic Johnson ha llegado a decir que es el “mejor jugador de la historia de los Lakers”. Y eso es mucho decir si además de Magic la camiseta de púrpura y oro la han vestido bestias como Baylor, Chamberlain, West, Abdul-Jabbar u O’Neal.

Kobe pasó de egoísta a chupón, de chupón a mal compañero, de mal compañero a sobrevalorado y de sobrevalorado a mal líder. Al final no es más que la búsqueda de la crítica a tipos que hacen cosas extraordinarias de forma tan sencilla que nos acaban pareciendo rutina. Casi solapados en el tiempo, Bryant quedó por detrás de Jordan en todos los medidores numéricos y fue incapaz de igualar su carisma y su aurea de imbatibilidad. Kobe ganó una tonelada de partidos con volúmenes de tiro imprudentes, pero también perdió muchos más de los que perdió Jordan. “Mi puesto es shooting guard (escolta). Lleva en su nombre la palabra shoot (tirar), así que no voy a dejar de hacerlo”, contestaba enfadado en una ocasión.

Pero la gran victoria de Kobe, el respeto que se ha llevado a la eternidad, es el ser Kobe. Hasta el encumbramiento de Lebron James, Kobe fue la imagen de la NBA durante el siglo XXI. Ha sabido dejar un legado que bebe del respeto y de la admiración hacia Michael Jordan, pero que tiene sello propio. El sello de Kobe Bryant. El sello de la ‘mamba negra’.

Quizás el discípulo no superó al maestro, pero ha conseguido ser el maestro de muchos otros discípulos.

https://www.youtube.com/watch?v=1vzBFmRYyE0

“Hay jugadores que son especiales por su deseo inquebrantable de ganarte. Kobe puede tener días malos, puede a veces obcecarse por ser egoísta (…) pero ese deseo que tiene de derrotarte es tan poderoso (…) En los últimos cuartos igualados se siente capaz de todo, no tiene miedo a nada. Ni a las mejores defensas colectivas o individuales, ni a dobles o triples marcajes… ¿Veis los tiros que mete? ¡Por favor! ¿Qué se supone que se puede hacer contra eso? Nada, sólo decir ‘bueno, lo ha vuelto a hacer’. Es un ganador, porque hay una diferencia entre jugadores con talento y jugadores ganadores”. George Karl, entrenador de Denver Nuggets tras caer ante los Lakers en los playoffs de 2012 con 43 puntos de Kobe Bryant.

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