Italia

Induráin contra la Santa Alianza

A Miguel Induráin se le acusa de ser un gran campeón de una sola carrera. No les falta razón a sus críticos. En su palmarés no se encuentra ninguno de los cinco monumentos y tan sólo se coronó en 1990 logrando la Clásica de San Sebastián. Por muchos cinco Tours seguidos que conquistase el gigante de Villava su palmarés palidece ante bestias competitivas del calado de Merckx o Hinault. Sin embargo, muchos olvidan que Miguel logró dos triunfos en el Giro de Italia (1992 y 1993) ambos en doblete con el Tour. Y el único en la historia de las dos ruedas que ha conseguido semejante proeza en dos años consecutivos es Miguel Induráin Larraya.

El Giro es aún hoy la más local de las tres grandes carreras ciclistas. Ninguna gran ronda es tan prolífica para los corredores nativos como la carrera más dura del mundo en el país más bello del mundo. Hasta 69 victorias italianas se suman en 104 ediciones, aunque bien es cierto es que en la última década solo Vicenzo Nibali (2013 y 2016) ha hecho sonar el himno de mameli en el pódium final. Es por ello que cuando un icono extranjero se aventura a asomarse por el país de la bota todo son agasajos y sonrisas.

Así pasó con Induráin. La organización del Giro lo trató como un rey antes de la salida. Desde Hinault en 1982 el vigente ganador del Tour no competía en el Giro de Italia. Miguel había renunciado a correr la Vuelta para evitar la presión mediática (por entonces la carrera española era en abril), en una decisión que fue muy protestada por los poderes fácticos. Renunciar a la Vuelta, la carrera nacional, donde el año anterior había sido segundo, para debutar en el Giro con veintisiete años no era algo del agrado de la prensa deportiva española.

Hace ahora 30 años, a la altura de 1992, ningún ciclista español había logrado vencer en el Giro de Italia. Induráin llegaba al prólogo de Génova como vigente campeón del Tour, pero no era el favorito. Por el contrario, los grandes candidatos a la victoria eran los transalpinos Franco Chioccioli y Claudio Chiappucci. El primero, apodado ‘Il Coppino’ en honor a Fausto Coppi, era un gran escalador, había ganado el Giro el año anterior y conformaba el estereotipo tipo de ciclista italiano con rendimiento sorprendente dentro de sus fronteras mas incapaz de exportarlas al exterior. El segundo era un diablo sobre dos ruedas que a punto estuviera de arrebatar el Tour a Induráin el año anterior. Chiappucci era un purasangre, un tormento que ponía a prueba el temple de Miguelón, que acumulaba pódiums en Giro y Tour, pero que confiaba en subir al escalón más alto por vez primera. Más lejos en las quinielas estaban Massimiliano Lelli, la gran promesa, y el veterano Marco Giovanetti.

Los 10 mejores momentos de Miguel Indurain en el Giro - AS.com
Induráin. Giro 1992

El Giro empezó con un prólogo cronometrado por las calles de Génova en el que se puso de rosa el francés Thierry Marie. Induráin quedó a ocho segundos, pero en la tercera etapa se colocaría de líder tras un ataque de Chiappucci que puso patas arriba el pelotón. No era una jornada de montaña, simplemente fue uno de esos sin sentidos que tanto le gustaban a Claudio. Hubo un corte en el pelotón y el de Villava será maglia rosa. Al día siguiente tocaba contrarreloj, y en los 38 kilómetros a pleno esfuerzo Induráin tritura a sus rivales. Le mete 2’16’’ a Chioccioli y 1’09’’ a Chiappucci. “El tiempo es bueno, pero podría haber sido mejor”, comenta el ciclista navarro. Pero lo cierto es que es el patrón del Giro y tiene a sus rivales donde quería. Y sólo iban cuatro jornadas.

En el Giro abundaban los equipos italianos y los ciclistas italianos. Al igual que en el baloncesto o en el fútbol, no existían escuadras de otros lugares capaces de poner en solfa el dominio transalpino. La cantidad de liras que movía el deporte profesional italiano en los 80 y buena parte de los 90 era inimaginable. Fue Massimiliano Lelli el que puso el grito en el cielo. Daba igual quien fuese el ganador, pero tenía que ser de la casa. No se podía permitir que Miguel Induráin resultase el vencedor del Giro.

La propuesta fue bien acogida por el GB-MG (Chioccioli, Vona), Carrera (Chiappucci), Gatorade-Chateau d’Ax (Giovanetti) o Ariostea (Lelli). Se creó entonces lo que se daría en conocer como la ‘Santa Alianza’, cuyo objetivo era evitar a toda costa la victoria de Induráin. El zafarrancho tenía que comenzar en las etapas llanas para desgastar a un equipo Banesto mucho más limitado que sus rivales. En principio Induráin había ido al Giro para preparar el Tour, así que la teoría decía que iría de menos a más. La idea era destrozarlo día a día para que al llegar la montaña acabase desfondado.

Giro de Italia: Cuando Miguel Indurain derrotó a la Santa Alianza:  ''Hablaba poco, le bastaba con un gesto'' | Giro de Italia 2022
La Santa Alianza al ataque

Se sucedieron los pequeños ataques y las emboscadas hasta llegar a la novena etapa con final en el alto del Terminillo, en los Abruzzos. Chioccholi demarró e Induráin se quedó sólo. Sería una constante el resto del Giro. El Banesto se había desfondado en las etapas llanas. El objetivo se había cumplido. Pero Induráin se puso en marcha. Con su ritmo machacón cogió a Chioccholi y se puso a marcar el ritmo al punto de que ‘Il Coppino’ se dejó tres minutos. Induráin, fiel a su estilo, dejó ganar a Lucho Herrera mientras que sólo Giovanetti aguantaba su rueda. Chiappucci se dejaba treinta segundos.

Al día siguiente, Chioccholi, encorajinado, recupera dos minutos en una escapada consentida por el gran jefe navarro. Pasan los días y se llega a los Dolomitas. Es la etapa de Alta Badia. Ataca Franco Vona y se va. Es el único. Atacaran todos. Lelli, Giovanetti y, sobre todo, Chiappucci y Chioccholi. Una, dos, tres, diez, veinte veces. Es la ‘Santa Alianza’ en acción. Molesto, Induráin se coloca tubular con tubular una, dos, tres, diez, veinte veces, y mira desafiante hacia atrás. ¿Queréis guerra? Tendréis guerra. Si Induráin normalmente dejaba marchar por delante a los escaladores a cierta distancia para tenerlos contentos y controlados al mismo tiempo, esta vez no será así. O llegan todos juntos, o ninguno. Incluso se dio el gusto de quedar el segundo de la etapa tras dejarlos marchar a 500 metros de la meta y exhibirse con un sprint portentoso para demostrar quién era el patrón del Giro.

Aún quedaba el consuelo de la etapa del día siguiente, con final en el Monte Bondone tras un doble paso por el mismo, además del Pordoi y Campolongo, pero fue otro consuelo vano; Indurain salió de los Dolomitas indemne sin dejar las migajas para los demás.

Los 10 mejores momentos de Miguel Indurain en el Giro - AS.com
Chiappucci (izq), Induráin y Chioccioli (dch)

La Santa Alianza no cejó en su empeño y en las tres etapas alpinas volvieron a la carga. Aquí Miguelón fue permisivo. Permitió una victoria parcial de Giovannetti en un ataque consentido, pero se mostró inflexible con Chioccioli y Chiappucci, que llegarán a la meta de Milán sin poder dejar de rueda en ningún momento al líder de la carrera. No necesitaba hacer gran cosa. A veces bastaba un gesto, una mirada, para controlar la carrera. Induráin jamás se enfadaba, pero aquel Giro había colmado su paciencia. Se estaba hartando de matar moscas con el rabo.

Quedaba la crono final. 66 kilómetros entre Vigevano y el palacio de los Sforza en Milán. El Giro estaba más que sentenciado, pero Induráin se había propuesto destrozar a todos aquellos que lo habían estado desafiando. Colocó una rueda lenticular y corrió con la misma bicicleta con la que mes y medio después tenía pensado disputar la primera contrarreloj del Tour, que aquel año sería en Luxemburgo.

Ese era el objetivo. Poner la primera piedra para ganar el Tour.

Induráin fue un rayo. La crono una carnicería. Acabó doblando en la misma recta de meta a Chiappucci que había salido tres minutos antes. El diablo hizo una de las mejores cronos de su vida quedando tercero en la etapa, por lo que la impotencia fue aún mayor. La estampa de la aplastante superioridad del navarro no se marcharía nunca de la cabeza del italiano. De hecho, Chiappucci confesaría más adelante que aquella tarde comprendió que jamás vencería a Induráin, cosa que así sería porque en el mes de julio repetirá en el segundo cajón del pódium detrás de Miguelón.

Y es que Chiappucci quedó segundo en la general final a más de cinco minutos y Chiocchioli tercero a más de siete minutos. Induráin quedo además el tercero en la clasificación de la montaña y segundo en la de la regularidad por detrás de Mario Cipollini. La ‘Santa Alianza’ había fracasado al igual que fracasó en 1815, cuando las monarquías europeas firmaron un pacto para detener los ideales de la Revolución Francesa y proteger a las monarquías absolutas por toda Europa.

Nadie fue capaz de contener a la democracia. Al igual que nadie fue capaz de contener a Induráin.

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Alberto Tomba

Cortina d’Ampezzo es un pequeño pueblo anclado en los Dolomitas, a medio camino entre Austria e Italia. Más allá de un majestuoso campanario, Cortina d’Ampezzo pasaría desapercibida en cualquier mapa de carreteras si no fuese por sus fastuosas pistas de esquí. Se trata de un pueblo de poco más de 5.000 habitantes que cuenta con más de 20 hoteles de cuatro o cinco estrellas y con dos aeropuertos internacionales a una hora de distancia. No en vano Cortina d’Ampezzo es destino invernal de la jet-set y fue sede olímpica en 1956, como también lo será en 2026.

En Cortina d’Ampezzo abundan las fiestas con coches caros, relojes obscenos, joyas prohibitivas, vinos de diseño y hombres y mujeres de cuerpos exorbitantes. Uno de esos cuerpos fabulosos cuenta ya con más de medio siglo de vida. Es alto y de anchas espaldas, pero la grasa se ha adueñado de su abdomen. Da igual. Con la ayuda del tinte conserva sus rizos azabaches y el paso del tiempo no ha podido doblegar el poder de su sonrisa. Es guapo, va impecablemente bien vestido y peinado y en algún lugar del imaginario hay una chimenea, una copa de Moët & Chandon y una mujer de campanillas a su lado.

Se llama carisma.

Cuando pasaba de la veintena los muslos de Alberto Tomba eran de granito armado. Fascinaban por igual a hombres y a mujeres. A Tomba le llamaban ‘La Bomba’ porque era igual de atrevido e inquieto con los esquís en los pies que con las mujeres en sus brazos. Tomba tiene cinco medallas olímpicas, pero sobre todo tiene el título del esquiador más seductor de todos los tiempos.

Alberto Tomba - Wikipedia
La Bomba

No hay fiesta que se precie que no cuente con Tomba justo antes de la medianoche. Sigue siendo un play-boy, un Don Juan, un Casanova, un hombre de innegable encanto y descomunal atractivo. Cuando Tomba aparece las bocas se callan, las cabezas se giran y ‘La Bomba’ hace el resto.

Cuando a finales de los 80 comenzó a deslumbrar por sus bajadas a tumba abierta, la prensa descubrió un filón que iba más allá del espectáculo deportivo. Tomba daba entrevistas a cambio de citas. No tenía reparo en declararse profundamente enamorado de cualquier chica atractiva que atravesase su mirada y pronto aparecía a buscarla en fiestas privadas que cruzaban Europa desde Londres a Atenas.

Pero no era sexo. O sí. Pero no. La fama de Tomba no se labraba en la cama, sino en el cortejo. En sus años de apogeo una corte de periodistas andaba detrás de él como si de la princesa Diana se tratase. En los Juegos Olímpicos de Lillehammer de 1994 ganó su última medalla olímpica, pero fue irrelevante. Lo trascendental fue cuando un plumilla le preguntó si prefería a Katarina Witt a Nancy Kerrigan o a Tonya Harding, tres excelentes y bellas deportistas. “Las tres juntas”, respondió mientras compartía sabanas con la top-model Elisabeth Ocko.

Alberto Tomba nació playboy. Hijo de una familia adinerada de las afueras de Bolonia, donde la nieve no se percibe en todo el año, conoció el esquí en una de las habituales escapadas de fin de semana de la familia. Practicó el fútbol y el tenis, pero fue la adrenalina del esquí lo que convirtió el deporte invernal en una selección natural para este ‘bon vivant’. Además, en el fútbol había que compartir honores con el resto del equipo y Tomba es hombre de ganar y perder por sí mismo. Alberto Tomba come, bebe, liga y se divierte. Es un macho, elogiosa y peyorativamente.

Tomba va camino de la vejez, pero hace malabares para evitarla. Ya no esquía. Cuando llega el verano corre y nada en la playa, porque en invierno se dedica a comer y a beber. “Me invitan a todas partes y simplemente no puedo decir que no porque no sería educado”, contesta cuando le preguntan, “y menos si hay mujeres”, apostilla con gracia. Por supuesto no hay un mini Tomba. Sería imposible escoger a una entre tantas. Ya hace tiempo que superó los 47, la edad que él consideraba ideal para casarse.

Alberto Tomba ganó tres oros olímpicos, más de 50 carreras de la Copa del Mundo, conducía un Ferrari Testarossa y cambiaba de Miss Italia cada año. Cuando perdía se le criticaba por vivir de noche y cuando ganaba se le admiraba por dormir de día. Durante buen parte de los 80 y de los 90 Alberto Tomba convirtió en religión ver el esquí por televisión durante las mañanas del domingo.

La carrera de Tomba fue corta, apenas de una década. Al pasar de la treintena colgaba los esquís ante la imposibilidad de mantener el físico asombroso y la concentración prodigiosa que requiere el slalom. Popular, mujeriego y juerguista, fue quizás el esquiador más famoso que jamás ha habido. No necesariamente el mejor, pero si el único capaz de aparecer día tras día en los periódicos bien por una colosal victoria, por una ruptura amorosa, por una pelea con periodistas o por problemas con el fisco.

Tomba fue también el primer campeón que no lo fue por obligaciones geográficas. Fue un esquiador urbano. Ayudó a su leyenda que a Tomba no le gustaba vivir en la nieve, ni ayudaba a su abuelo a apilar leña para el invierno ni sumaba kilómetros bajo el manto blanco para llegar a la escuela. Tomba creció en medio de atascos, con calefacción eléctrica y haciendo la compra en el supermercado. Italia, un país apuntalado por montañas al norte pero que vive de espaldas a la nieve, comprendía más al esquiador que pasaba su tiempo libre entre playas y discotecas que al que prefería perderse entre valles y ríos.

Su personalidad arrolladora y su capacidad agonística atrajo a espectadores de todo el mundo para ver sus carreras, en las que siempre estaba asegurada la lucha y la emoción hasta el final. Fue el rey del deporte invernal por excelencia desde 1986 a 1998. Primer atleta en vencer en la misma especialidad de esquí alpino (en su caso slalom gigante) en dos ediciones consecutivas olímpicas (1988 y 1992), ganó también la Copa del Mundo de esquí en 1995 participando solo en dos pruebas, slalom y slalom gigante, dado que no le gustaba competir en las pruebas de velocidad. Era tal su dominio en las pruebas técnicas y de habilidad que tampoco necesitaba mucho más.

Mitos del Esquí Alpino – Biografía de Alberto Tomba | Soloski.net La web de  la Nieve desde 1.997
Alberto Tomba

Y es que Tomba no sólo vivía del ligoteo. Su potencia natural y su habilidad para desafiar la gravedad y superar las puertas lo convirtieron en un prodigio técnico. El esquí no pasa de ser una afición turística en muchos países, pero Tomba lo convirtió en un deporte referencial. En su tiempo Alberto Tomba era tan conocido como Roberto Baggio o Marco Pantani.

Tomba consiguió interrumpir la transmisión de la RAI del Festival de San Remo para que toda Italia le viese ganar dos medallas de oro en los Juegos de Calgary 1988. También para que la vieran cortejar a la patinadora alemana Katarina Witt en directo. Intentos, que en directo fueron en vano, pero que entre bambalinas dieron sus frutos. Como no.

No solo de testosterona vivió la leyenda Tomba. Cuentan que llevaba un traje de carabinieri en el maletero de su Ferrari que no dudaba en ponerse cuando un atasco lo atrapaba en la ladera de una montaña. La luz intermitente que ponía sobre el techo era cortesía de la policía italiana encantada de ver a Tomba hacer zigzag con su Testarossa como si de los esquís se tratase.

En Calgary también se acercó a uno de sus rivales y le dijo que no tenía motivo alguno de que preocuparse, que tenía el segundo puesto asegurado. La medalla de oro era cosa de Tomba. Fue su primera gran actuación internacional. La última fue en Sierra Nevada en 1996 donde fue recibido con pitos por los granadinos al situar Granada en Marruecos.

Pícaro y despreocupado fue rebautizado como Alberto de Albertville cuando se llevó de calle a la afición francesa en los Juegos de 1992. “Supongo que las mujeres prefieren al que gana que al que queda segundo, ¿no?”, sentenciaba mientras su mirada cautivadora derretía la cámara.

Sus saludos a cámara. Una vez retirado confesaría que las sonrisas iban dedicadas a su entrenador y los besos a su ‘mamma’. Por el camino el centenar de novias que pensaron que aquellos cariños eran para ellas.

Una vez, presentándose como juez en el certamen de Miss Italia, reclamó el primer premio él mismo cuando dejó el evento para salir a cenar con la ganadora. Durante los Juegos Olímpicos de Invierno de 1994, se sugirió que su vida privada estaba interfiriendo con su entrenamiento. «Admito que solía pasar un rato salvaje con tres mujeres hasta las 5 de la mañana. Ahora estoy entrenando, son cinco mujeres hasta las 3 de la mañana». Aquel pijo loco nunca quería ser segundo. Como aquella vez en Lillehammer que acabó duodécimo la primera manga para remontar y acabar ganando la plata. Siempre arriesgaba y nunca ponía su físico por delante. Le llamaban domador, porque en una época donde los esquís eran más largos y rectos que los actuales, era capaz de curvarlos de tal forma que aunaba velocidad y potencia.

Le dio tiempo a fracasar como actor (interpretando a un detective ligón, como no) y a aparecer en diferentes programas de todo tipo. Ya no es tiempo de machos. Berlusconi hace tiempo que dejó de ser Papá Silvio y la televisión italiana ha dejado de mostrar descomunales mujeres semidesnudas. Pero hasta el día que se muera Tomba seguirá siendo ‘La Bomba’, tanto dentro como fuera de las pistas.

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Cuando un volcán derrotó al Barça

En 2010 el FC Barcelona era un ciclón. Con Busquets como guardia de tráfico y una cuadrilla de virgueros rodeando al balón, aquel Barça practicaba un juego primoroso y ordenado en el que, de vez en cuando, Messi se salía de la norma para elevar la elegancia a arte. La temporada anterior aquel conjunto había logrado el sextete, incluyendo un histórico 2-6 en el Bernabéu en el día que Pep Guardiola se inventó lo del falso nueve y pasó de pupilo de Cruyff a ser reverenciado por su maestro.

Con Xavi e Iniesta a los mandos, Guardiola había formado un equipo legendario a través de un juego de toque y de una presión en campo rival jamás vista en el fútbol de élite. Aquel Barça machacaba a los rivales en los primeros minutos de partido con un ritmo asfixiante para luego ampliar el marcador por simple inercia. Ese Barça se estaba ganando a pulso un hueco entre los equipos más fastuosos de la historia del futbol.

En la primavera de 2010 se barruntaba otro sextete, pero una descomunal actuación del portero sevillista Andrés Palop en la Copa del Rey hizo añicos dicha posibilidad. Lo que estaba encaminado era el doblete Liga-Champions. A pesar de la vuelta a la presidencia de Florentino Pérez y de los fichajes de Cristiano Ronaldo y Kaká, el Real Madrid era incapaz de meterle mano a los azulgranas. Sumaron la escandalosa cifra de 96 puntos, pero fue insuficiente para doblegar a un FC Barcelona que ganó los dos duelos directos ante los merengues y que tan sólo perdió un partido (2-1 ante el Atlético de Madrid) en toda la Liga.

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Barça 09/10

Aun así, todo eran migajas a falta del premio gordo. El Madrid naufragó en octavos ante el Olympique de Lyon, en la que fue la sentencia deportiva del técnico Manuel Pellegrini. En aquel 2010 la final de la competición fetiche por excelencia tendría lugar en el Santiago Bernabéu. El aficionado merengue veía con pánico como el Barça destrozaba al VFB Sttutgart (5-1 en el global) y al Arsenal (6-3 en el global) y se plantaba en semifinales a dos pasos de levantar la orejona en el Santiago Bernabéu.

El Barça era el gran favorito para alzarse con el título y, por ende, para ganar su semifinal. Y más cuando se supo que su rival era el Inter de Milán. Ambos conjuntos ya se habían enfrentado en la fase de grupos. Hubo empate en tierras italianas (0-0) y una clara victoria del Barça (2-0) en el Camp Nou, a pesar de la ausencia por lesión de Lionel Messi y de Zlatan Ibrahimovic.

Sin embargo, había un hombre que se mostraba confiado de lograr la victoria. José Mourinho era tan histriónico y voluble como en la actualidad, pero por entonces el personaje todavía no había devorado al entrenador. Mou estaba en la cumbre de su capacidad motivacional y estratégica. Se barruntaba ya que la temporada siguiente sería él el encargado de dirigir al Real Madrid, pero antes debía demostrar que su kriptonita era la adecuada para batir a Pep Guardiola.

Con lo que nadie podía contar es que con la kriptonita llegase de Islandia.

A unos 3.000 kilómetros de Milán a un volcán de nombre impronunciable (Eyjafjallajökull) le dio por estallar unos días antes de la disputa del partido de ida en el Giuseppe Meazza. La explosión hizo brotar fragmentos de vidrio que ascendieron por la columna de ceniza del volcán. Los vulcanólogos dictaminaron que su presencia en las capas altas de la atmósfera dificultaba la presencia de vuelos aéreos, por lo que durante una semana más de 17.000 vuelos fueron cancelados en Europa Occidental.

Tras unos días de incertidumbre, el Barça tuvo que tomar la decisión de viajar a Milán por carretera. Se descartó el tren por culpa de una huelga ferroviaria en Francia, paso obligatorio antes de llegar a Italia. La expedición cubrió en dos autobuses los 980 kilómetros entre Barcelona y Milán parando a dormir en Cannes, para que el exceso de horas en autocar afectara lo menos posible a los futbolistas. Partieron el domingo a las 14.30 horas de Barcelona y llegaron el lunes a última hora de la mañana a tierras lombardas. Allí estaba la prensa, que acababa de completar el viaje de un tirón aprovechando la noche. Todo era trastorno para el siempre metódico Guardiola, que contaba con un plácido vuelo de una hora hasta Milán.

Barça: Diez años del volcán, el viaje en autocar y Benquerença
Rumbo a Milán

Mas si alguna perturbación hubo, aplacada quedó. El Inter despreció la posesión y decidió agazaparse y esperar. Con Xavi en modo imperial el Barça arrinconó al Inter y en el minuto 19 Pedro (entonces aún Pedrito) ponía en franca ventaja la eliminatoria para el Barça. Tuvo Messi otra que Julio César calmó con la parada de su carrera antes de que Sneijder anotase el 1-1 en una jugada aislada cuando ya avanzaba el primer tiempo.

La segunda mitad fue rock and roll. Pandev, Milito y Eto’o descuajeringaron al Barça con contraataques a velocidad de vértigo hasta que Maicon puso por delante a los neroazurros. Quizás fatigado por el viaje o tal vez derrengado por el esfuerzo acumulado tras jugar ante Real Madrid y Espanyol la semana anterior, el Barça se vino abajo y el Inter pico cual avispa hasta poner el 3-1 por obra de Diego Milito. Cierto que éste último tanto fue en fuera de juego, como que cierto es que hubo un claro penalti sobre Dani Alves, pero más cierto fue que el Inter fue el justo vencedor del encuentro.

“Aún van a decir que tengo un amigo en el volcán y he sido yo quien ha provocado su erupción. Un equipo que gana siempre a veces no sabe perder”, soltó Mourinho en rueda de prensa. Lo cierto es que la prensa catalana disculpó al Barça por el cansancio acumulado y culpó a Olegario Benquerença, árbitro del encuentro y paisano de Mourinho, de la derrota. Fuese el volcán o fuese el trencilla, pocos dudaban en la Ciudad Condal de que el traspiés había sido eso, un traspiés, y que la victoria en el partido de vuelta estaba asegurada. “90 minutos en el Camp Nou son muy largos”, había advertido Guardiola haciendo suya una sentencia de la biblia madridista.

No necesitaba más Mourinho para poner a sus pretorianos en guardia. Durante las siguientes dos semanas su humor de trazo grueso se encargó de hacer ver a sus chicos que su esfuerzo no era valorado por nadie. Sus chicos era hombres. Los otros eran niños que se quejaban de no haber descansado lo suficiente. Era el Inter el que había derrotado al Barça, no aquel volcán islandés de nombre impronunciable. Si el Barça estaba cansado no era por el viaje, sino por el partidazo de sus chicos.

Había que demostrarlo en el partido de vuelta.

El ambiente en el Camp Nou era el de las grandes ocasiones. Cientos de aficionados tuvieron que ser dispersados la noche anterior al partido por presentarse en la puerta del hotel del Inter con la intención de no dejar pegar ojo a los italianos. La tarde del encuentro los hinchas acompañaron con sus motos al autocar azulgrana en su camino al Camp Nou. El Barça salió hipermotivado y el Inter acobardado. Mourinho dispuso una línea de cinco defensas y a Guardiola le dio un ataque de entrenador y colocó a Gabi Milito de lateral izquierdo. En el minuto 28 Motta golpeó a Busquets, quien convirtió un homicidio en un asesinato a sangre fría. Expulsado el italobrasileño, la siguiente hora el Inter se dispuso a defender la renta con un futbolista menos.

El Barça tuvo un 73% de posesión, lanzó 14 veces a puerta y dispuso de nueve saques de esquina a favor. El Inter tiró una vez entre los tres palos. Fue un asedio. Fue la guerra. Pero el Inter resistió. Pocos recuerdan que Mou no hizo su primer cambio hasta el minuto 81. Tras la expulsión no tocó al equipo. Colocó a Eto’o de lateral derecho, tan dañino para la vista como inolvidable de ver. Le dijo a Luis Figo, por entonces recién retirado y delegado del Inter, que saltase a protestar al campo en cada jugada. Sonido de viento para el Camp Nou. Leña al fuego. Pocas veces se ha visto a un equipo de élite defender tan atrás. Y pocas veces se ha visto a un equipo de élite tan entregado, solidario y sacrificado por el bien común.

Piqué anotó en el 84, pero fue insuficiente. Bojan lo haría más tarde, pero su gol fue anulado (esta vez correctamente). Fue el mejor día de la carrera de Mourinho. Edificó un castillo que Guardiola no pudo asaltar. Si el Barça pintaba un cuadro el Inter arañaba el marco. El brillante repliegue y la implicación defensiva de los atacantes del Inter no eran válidos para un restaurante de estrella Michelin, pero saciaban de hambre al más hambriento de los comensales.

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El Inter acababa de batir al equipo imbatible. Un torrente de euforia viajaba desde Milán a Madrid. Mourinho atravesó el Camp Nou de una punta a otra con el brazo levantado y dedo acusador mientras se dirigía a la grada donde se encontraban los aficionados del Inter. Sus aspavientos enervaron a Víctor Valdés que agarró por el cuello al portugués. Para que la sangre no llegase al río alguien tuvo la feliz idea de poner en marcha los aspersores del Camp Nou. Mourinho y sus pretorianos tuvieron que abandonar el césped y siguieron con la fiesta en los vestuarios.

El Inter acabó ganando aquella Copa de Europa y el Barça recuperaría el trono continental la temporada siguiente, tras uno de los mayores recitales de juego colectivo que se recuerdan ante el Manchester United. Durante tres años (2009-2011) el Barça fue, y con diferencia, el mejor equipo del mundo, pero, en 2010, el Inter modelado por Mourinho demostró que a un equipo vestido para matar no le hace falta jugar.

El volcán Mourinho consiguió desgastar a Guardiola que, hastiado, acabaría abandonando Barcelona. No obstante, a Pep le dio tiempo a humillar a Mou unas cuantas veces cuando el portugués dirigía al Real Madrid. Alimentando así la excéntrica teoría, muy arraigada en Barcelona, de que el Barça hubiese sumado tres Copas de Europa seguidas si un volcán de nombre impronunciable no se hubiese cruzado en su camino.

“¿Autobús? Ese día en el Camp Nou no pusimos el autobús, pusimos un A-340 con las alas bien desplegadas”. José Mourinho.

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Tommaso Berni

Empecemos por lo importante. Sí, sí, lo importante. Según diferentes webs Tommaso Berni rondó los 200.000 anuales. 16.000 y pico al mes. En una carrera de 15 años como profesional nos vamos ‘grosso modo’ a los tres millones de euros. Hagamos una cuenta fácil. Si una persona ingresa tres kilos en 40 años de vida profesional (que ya son años) estaría a razón de
6.250 euros al mes. Más del triple de un salario medio en España.

Quen os pillara.

Y es que ser futbolista profesional es una profesión más que interesante. No hablo de ganar miles de millones, de conseguir trofeos o de ser apreciado eternamente por una comunidad. Conseguir formar parte de los 400 o 500 futbolistas profesionales de una de las cuatro o cinco ligas más importantes del mundo y mantenerse en ella durante más de una década es de una
complejidad absoluta. Aquel que lo consiga puede sentirse orgulloso de sí mismo. Y si es precavido y está bien asesorado tendrá su vida solucionada.

Eso es lo que debió pensar Tommaso Berni. Sin lugar a dudas un profesional del fútbol con mayúsculas. Un funcionario del balón. Un hombre que prefirió la comodidad, la seguridad y el prestigio de pertenecer a una institución centenaria como el Inter de Milán, que a deambular
por ligas menores a la caza de una fortuna deportiva que quizás le reportarse una autosatisfacción personal que nunca pareció importarle.

Tommaso Berni nació y creció en Florencia. Como buen hijo de la Toscana se hizo hincha de la AC Fiorentina. El chico era bueno y pronto se hizo un habitual en las categorías inferiores violas y de la selección italiana. Allá por el año 2000, cuando contaba con 17 años, el Inter decidió apostar por él como portero de futuro del equipo. Fue cedido al Wimbledon FC inglés donde no llegó ni a debutar, hasta que encontró acomodo en la portería del Ternana, por entonces en la Serie B.

Tras dos buenas temporadas, la SS Lazio decidió ficharle. Habitual suplente, marcha cedido con relativo éxito a la US Salernitana. Más tarde rescinde contrato con los laziales y deambula sin éxito por el Sporting de Braga, la UC Sampdoria o el Torino FC. Estamos en 2014, Berni cuenta con 31 años de edad y apenas ha jugado una decena de partidos en la Serie A italiana.

Su último partido oficial había sido el 12 de octubre de 2012 defendiendo los colores de la UC Sampdoria. Por lo tanto, a sus más de 30 primaveras, habría que sumar que llevaba cerca de dos años sin saltar al campo. Cualquiera de nosotros podría pensar; sí yo fuese Berni buscaría acomodo en un club de la Serie B o tal vez intentaría una aventura en el extranjero para conocer otra cultura y, a lo mejor, hacer una buena temporada que me permitiese volver a Italia. Pero el caso es que el Inter de Milan decide fijarse en él. Por entonces el Inter contaba con el esloveno Samir Handanovic
como guardameta titular (a fecha de escribir este artículo lo sigue siendo y además es capitán del Inter) mientras que el teórico suplente era el argentino Juan Pablo Carrizo. El Inter quiere a Berni como tercer portero y decide hacerle una oferta.

El mismo club que había apostado por él cuando tenía 17 años le estaba ofreciendo un plan de pensiones irrechazable. Berni firmaba por un par de temporadas, que acabarían siendo seis lustrosas campañas en la ciudad del Duomo.

De 2014 a 2020 el panorama para Berni fue siempre el mismo. Entrenar y entrenar para no jugar. En 2017 el Inter se deshizo de Carrizo para contratar a Danielle Padelli, un tipo que había hecho unas buenas temporadas en el Torino FC. El panorama para Berni seguía siendo el mismo. Ocupar la plaza de tercer guardameta. Entrenar por la semana y ver el partido desde el palco el fin de semana. Seis temporadas en las que Berni se dedicó a ver pasar el tiempo.

El Inter renueva a Berni por un año
Berni, entrenando

Alguno me dirá que Messi o Cristiano son unos privilegiados. Y lo son. En un par de días ganan lo que Berni en un año. Pero Messi o Cristiano conviven con la exigencia, con el requerimiento de resultados y en la reivindicación permanente de su talento. Tommaso Berni dedicaba un par de horas de su día a mantenerse en forma para cobrar un elevado salario a final de mes en una de las instituciones de fútbol más prestigiosas del mundo.

Hay que valer.

Hay que valer porque Tommaso Berni se convirtió en un tipo respetado dentro del vestuario. Pasaron los entrenadores y los futbolistas y Berni siguió allí, impasible. Al fondo del fondo del banquillo. Se convirtió en mascota, en confidente de los jóvenes. Cuando un nuevo fichaje aterrizaba en Milán, Berni era el cicerone perfecto para dar a conocer la ciudad o las instalaciones del club. ¿A qué cole puedo llevar a los niños? Allí estaba Berni. ¿Conoces algún restaurante tailandés para llevar a mi novia? Berni ejercía de GPS. ¿Sabes de alguna casa en las afueras que se alquile? Tito Berni al rescate.

Para nada resto merito a Berni. De hecho es digno de admirar. Berni es un hombre común que utilizó una habilidad técnica y una competencia física preferente para ganarse la vida. Hizo de su pasión su profesión en mayúsculas. Decidió no convertirse en un jornalero de la gloria, sino
en un gris funcionario sin adrenalina competitiva. Prefirió ser cola de león que cabeza de ratón.

Quizás Berni no estaba predestinado para acaparar focos, mas tampoco era algo de su gusto. Podía haber sido una estrella en una ciudad de provincias o en un país menor, pero no era ese su sino. Fue un hombre privilegiado. Un futbolista de elite ajeno a miradas, atenciones, estrés y todo tipo de escrutinio público. No ha habido nunca jugador que estuviese seis temporadas en un club de campanillas al que las derrotas y los fracasos no le hayan hecho perder crédito ante los aficionados.

Tommaso Berni estiró al máximo su carrera con la esperanza de una agradable jubilación. Lo hizo sumando cero partidos disputados en siete temporadas, las seis recordadas en el Inter y la anterior en el Torino FC. Ni en la Serie A, ni en Europa, ni tan siquiera en un intrascendente partido de primera ronda de copa. El tercer portero era eso, el tercer portero. En los días grandes saltaba de la grada para ocupar el puesto de suplente en el banquillo. Así año tras año. Presumiendo de que nunca le han metido un gol.

Lo más extraordinario del caso, es que habiendo saltado al campo en cero minutos y en cero segundos, Tommaso Berni cuenta con dos expulsiones en sus seis temporadas en el Inter. Ambos hechos sucedieron a lo largo de la campaña 2019/20, su última en activo. En enero, en un partido ante el Cagliari FC, el árbitro expulsó a un futbolista del Inter. Berni saltó del banquillo y execró la decisión en la cara del colegiado ganándose la tarjeta roja. Meses más tarde, confinamiento de por medio, repitió acción en otro choque de la Serie A ganándose otra expulsión. Dos tarjetas rojas sin haber pisado el campo. Otro registro difícil de superar.

No se puede decir que Berni fuese un mal portero. Tal vez tampoco bueno. De hecho, puede presumir de que nunca ha encajado un gol. Imbatido durante seis temporadas. Berni es la epitome de un tercer portero. Ese hombre sube el nivel de los entrenamientos. Pero Berni no era un chiquillo que acababa de salir de la cantera ni un veterano que amarró un último contrato antes de decir adiós. Berni se convirtió en tercer portero al cumplir la treintena, una edad ideal para ser guardameta, y consagró su vida a hacer de ese puesto el eje de su existencia.

Inter de Milan rescinde contrato a Tommaso Berni: Siete años, ningún  partido y dos expulsiones - Diez - Diario Deportivo
Berni entrenando, otra vez

Camino de las cuatro décadas, Tommaso Berni disfruta ahora de una fabulosa jubilación. Amante de la naturaleza, apasionado del estudio de diversas culturas africanas y nudista convencido, Berni se compró una casa en Ibiza donde ha decido pasar la mayor parte de su tiempo. Sus años de futbolista profesional le permiten vivir holgadamente en el Mediterráneo y viajar continuamente alrededor del mundo en compañía de su esposa.

¿Acaso Berni no ha triunfado?

Otros futbolistas con una carrera singular

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El griego de la camiseta de Iríbar (como un portero del Panathinaikos disputó una final de la Copa de Europa con una elástica de Iríbar)

Gerard Piqué (un futbolista políticamente incorrecto)

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Cuando Italia ganó una Eurocopa gracias a una moneda

En el momento de escribir estas líneas Italia e Inglaterra están a 48 horas de disputar la final de la Eurocopa. Para los italianos sería la segunda. Para los ingleses la primera. Será el fin de fiesta de una Eurocopa que empezó mal. Aplazada un año por la pandemia, con restricciones de público y dispersa en distintas sedes por culpa de una mala idea de Michel Platini. Después se enderezó con partidos entretenidos, buen juego, igualdad absoluta y eliminatorias al borde del colapso cardiaco.

Finlandia y Macedonia del Norte fueron las debutantes de una Eurocopa en la que Cristiano Ronaldo batió el récord de goles de la competición. No destacó por su juego de pies el astro portugués, sino por un juego de manos que le costó a Coca-Cola una pérdida de 4.000 millones de dólares en bolsa. Portugal se fue a casa antes de tiempo, como Alemania y Francia. Los tres conformaron un grupo con 12 títulos europeos y mundiales que daba miedo, pero acabó dando pena.

Suiza pasó a ser noticia por mor del fútbol por vez primera desde 1954 y Escocia consiguió llegar al siglo XXI. La UEFA dejó reivindicar a Ucrania sus derechos sobre Crimea. Muy a su pesar también dejó a Neuer reivindicar los derechos LGTBI a pesar de la negativa húngara. Austria brilló liderada por un futbolista negro mientras su máximo goleador era sancionado por un gesto racista.

Holanda ya no es Holanda. Ahora es Países Bajos. Holanda maravillaba con sus extremos. Países Bajos intenta agradar con tres centrales y dos laterales. En Bélgica destaca el otro Hazard, pero el resultado es igual de decepcionante que de costumbre. El mejor jugador del mundo en los últimos 18 meses mete 3 goles pero su Polonia se va para casa a las primeras de cambio. El eterno futuro jugador del Real Madrid no marca ningún gol, falla un penalti, pero sigue siendo el ídolo de la Francia futbolística.

Del Real Madrid no hay jugador alguno en España. La selección cambió Bilbao por Sevilla, anduvo llorando vacunas, empezó sin Busquets y con un seleccionador insoportablemente chulesco y ha acabado ilusionando con unas semifinales y tres prórrogas antológicas. Morata pasó de Salinas a Villa y de Villa a Salinas de un día para otro.

Inglaterra y Dinamarca dieron más de lo que se esperaba. Fuera de las islas los ingleses nunca ilusionan, pero por una vez parece que han cumplido con las expectativas que tenían dentro de sus fronteras. Dinamarca ha ilusionado y ha sobrepasado expectativas dentro y fuera de sus límites. Estuvieron a punto de llorar a un muerto y acabaron siendo semifinalistas con un seleccionador que igual no sabe mucho de bloque bajo ni de bloque alto, pero que se sacó el doctorado en coaching durante la Eurocopa.

Gane o pierda la final, para Italia la Eurocopa es un punto de inflexión en su tradición futbolística. Suma más de 30 partidos sin perder y juega los partidos con un extraño optimismo. Ha abandonado el ‘catenaccio’, aunque mantiene el espíritu y el oficio si es menester.

Decía al inicio que puede ser la segunda Eurocopa para Italia. Sea lo que sea, ninguna podrá ganar en originalidad a la primera. Una Eurocopa en la que el triunfo se logró gracias a una moneda.

— ITALIA Y LA MISTERIOSA MONEDA DE LA EUROCOPA 1968 —

La fase final de la Eurocopa 1968 se disputaría en Italia, con semifinales en Florencia y Nápoles y finalísima en Roma. Eran tiempos de apogeo del ‘catenaccio’. Tiempos en los que primaban los sistemas defensivos, los marcajes al hombre y se había reforzado sobremanera la preparación física. Era el llamado fútbol fuerza. Fue el último gran torneo sin tarjetas, las cuales pronto se harían indispensables ante un juego que rayaba la violencia.

Por entonces la fase final sólo contaba con cuatro equipos. La Eurocopa era un fin de fiesta comprimido en cuatro días. Antes había grupos de clasificación y una ronda de cuartos de final a ida y vuelta. En uno de esos duelos Inglaterra vencería a España con claridad con victoria en Wembley y en el Bernabéu. Los otros clasificados eran Italia, la Unión Soviética y Yugoslavia, que pasó por encima de Francia en cuartos y había vencido a Alemania en el grupo de clasificación.

Yugoslavia repetiría machada en semifinales al eliminar a Inglaterra, por entonces vigente campeón mundial, con un gol de Dzajic. En Nápoles Italia y la URSS se enfrentaban ante la presencia de más de 75.000 tifosis. A pesar de jugar en casa los italianos partían como víctimas. Habían sido humillados por Corea del Norte en el Mundial anterior mientras que la URSS había jugado las semifinales mundialistas dos años atrás y era la vigente subcampeona europea.

Eurocopa 1968 | Semifinales | Italia fue finalista ante la URSS porque en  el sorteo salió 'cara' - AS.com
Italia vs URSS. 1968

Las dos selecciones completaron un partido aburridísimo en el que ambas escuadras se dedicaron a eliminar al rival, por lo que el resultado final fue un esperado 0-0. La media hora de prórroga tampoco sirvió de nada y el marcador se tornó en inamovible.

Como comentaba fue éste el último gran torneo sin tarjetas. También fue el último sin sustituciones. Los once iniciales, salvo el portero lesionado, eran intocables y tenían que resistir hasta el fin. Tal fue el caso de Gianni Rivera que aguantó tocado en el campo como simple figura decorativa.

Fue también el último gran torneo sin tanda de penaltis. Tras un empate lo habitual era jugar un segundo encuentro tras 48 horas. En este caso la organización decidió que tras 120 minutos de igualada fuese el azar el que designara al finalista. Tschenscher, el colegiado alemán, reunió en el vestuario de San Paolo a Facchetti y a Shesternev, capitanes de Italia y la URSS respectivamente. La moneda salió del bolsillo del español Agustín Pujol, que ejercía de delegado de la UEFA en el encuentro. La moneda voló y cayó al suelo y Facchetti gritó triunfalmente ¡testa!. Había salido cara. Los jugadores de Italia volvieron exultantes al terreno de juego y el público napolitano comprendió con rapidez que su selección jugaría la final. La prensa titularía ‘otro milagro de San Gennaro’.

Sobre la moneda se han escrito mil historias. Unos dijeron que era una pieza de coleccionista con una cara con un balón y otra con una portería. Otros que era un franco francés en desuso y los más que era una moneda de 100 liras. La versión oficial es que era una moneda de cinco francos suizos con la figura de Helvetia (la imagen femenina que representa Suiza en la cara) y la cruz de la bandera en la otra inscripción.

Tampoco hay acuerdo acerca de si la moneda se lanzó al aire una o dos veces. Lo que sí parece cierto es que el árbitro no la cazó al vuelo y cayó al suelo, desde donde fue recogida y mostrada a los capitanes. Otra versión indica que la primera pieza se perdió en las rendijas de una ducha. De ahí que unos digan que se usó una segunda moneda. Quizá la de 100 liras o quizá la pieza de coleccionista.

Final de la Eurocopa 1968 - Wikipedia, la enciclopedia libre
Shesternev (i) y Facchetti (d)

Shesternev comentaría que no entendió nada de lo que se habló durante ese trascendental sorteo. Se torna creíble por las lenguas allí presentes, más poco verosímil porque la elección de un sorteo a cara o cruz es un idioma universal. Las suspicacias quedaron instaladas en el imaginario colectivo para la posteridad cuando años después, en un reportaje realizado por la UEFA, Facchetti comentó que él había escogido cruz. Si escogió cruz, ¿por qué saltó al campo gritando ¡Testa, testa! Abbiamo vinto? (¡Cara, cara! Hemos ganado).

Un simple lapsus de la edad. Un serpenteo de la memoria.

Tras el milagro, apenas 72 horas después, Italia y Yugoslavia se vieron las caras en Roma. Desde el primer momento el juego ofensivo de los eslavos se impuso antes unos italianos que estaban exhaustos tras los 120 minutos napolitanos. Al descanso, Yugoslavia vencía por 0-1 con otro gol de Dzajic y sumaban numerosas ocasiones. En la segunda parte los plavi reclamaron hasta tres claros penaltis que el colegiado decidió omitir. No hizo lo mismo con una falta más que dudosa al borde del área al poco del final que Italia, por obra de Domenghini, aprovecharía para lograr el empate definitivo.

Esta vez no había moneda de la suerte. Dos días después ambos equipos se volvieron a citar en el Olímpico de Roma en la repetición de la final. Era un día de semana y apenas se cubrió la media entrada. El seleccionador italiano cambió a la mitad del once inicial mientras que su homólogo yugoslavo solo modificó a uno de sus hombres. Lo pagaría caro. Gigi Riva adelantó a los ‘azzurri’ a los 12 minutos en un evidente fuera de juego que otra vez fue omitido por un claro arbitraje casero. El causante, en este caso, el español Ortiz de Mendíbil.

A la media hora Anastasi ponía el 2-0 con un latigazo desde fuera del área. Fue el fin del partido. Yugoslavia tendría la posesión y las ocasiones desde entonces hasta el fin de los 90 minutos, pero las buenas paradas de Dino Zoff y el peso del cansancio, al prácticamente calcar la alineación del encuentro anterior, pasaron factura.

https://www.youtube.com/watch?v=Sg1dAqaaeNs

Italia se proclamaba por vez primera en su historia campeona de la Eurocopa. Lo hizo ante su público, con arbitrajes caseros y con un juego compacto y ultradefensivo. Pero ni los ánimos de la afición italiana, ni los colegiados tendenciosos, ni la oda al ‘catenaccio’ fueron los principales causantes del triunfo. Fue el azar, reencarnado en moneda de cinco francos suizos, la que hizo a Italia campeona de la Eurocopa.

Otras historias del fútbol italiano

1990. Italia signora del calcio (el culmen del fútbol italiano)

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El nacimiento del Caníbal (2ª parte)

Durante quince días Eddy Merckx no tocó su bicicleta. No quiso ver a nadie. Tan sólo su mujer tenía el derecho y el deber de sufrir una compañía en la que las lágrimas y la rabia se mezclaban a partes iguales. Merckx tenía tanto de ganador como de frágil. A diferencia de los héroes ciclistas de entonces, Merckx ni fue un niño de campo ni vivió rallando la miseria. Fue un chico de ciudad que escogió la bicicleta porque quiso, pero que podría haber ido a la universidad si le hubiese apetecido. Siempre le había ido todo bien y, ahora que por vez primera algo le iba mal, no sabía cómo lidiar con tal frustración.

Se sentía traicionado y engañado. Humillado y avergonzado. El ‘Savona affaire’ fue como un sopetón de realidad. Una pérdida de la inocencia en toda regla. Entendía el ciclismo como una diversión y se dio cuenta que además de un deporte también era un negocio.

Fueron quince días encerrado en casa. Quince días de largos silencios y profundas reflexiones. Pero pasada la quincena, una mañana, sin venir a cuento, le pidió a su mujer que le preparase la ropa mientras bajaba al garaje en busca de la bicicleta. Se subió a la burra y se metió 240 kilómetros bajo una tormenta torrencial del mes de julio.

Eddy había vuelto.

Paradójicamente los quince días de descanso le vinieron genial. Merckx no competía dos o tres meses en la temporada. Lo hacía todo el año durante todas las semanas. Fue la primera vez en su vida en la que estuvo más de diez días sin competir. Estaba fresco y tenía ganas de desquite. Sentía que tenía que demostrar su valía más que nadie.

Se propuso ganar el Tour de principio a fin. Sin contemplaciones.

El resultado fue un despliegue de fuerza bruta de hercúleas proporciones.

El primer movimiento sobrenatural tuvo lugar a escasos metros de la cima del Tourmalet un 15 de julio de 1969. Divisó el terreno, se dejó caer a cola del grupo para dar la sorpresa y puso el plato grande en unas rampas que superaban el 10%. Fue como cuando un cañón sale disparado. Contaba delante con un compañero de equipo que iba a tener el honor de coronar la más mítica de las cimas pirenaicas en primera posición. Pero Merckx no se lo iba a permitir. Este era un Merckx que iba a ganarlo todo. Había nacido un ogro. Había nacido el ‘Caníbal’.

Parlamento Ciclista - una pregunta sobre estas etapas - El Baúl de los  Recuerdos
Luchon-Mourenx 1969

Merckx pilló a su compañero de equipo, lo pasó y se lanzó en solitario a descender el Tourmalet. Al llegar al llano su ventaja sobre el pelotón de los favoritos era de apenas 40 segundos.

Distancia totalmente insustancial.

Y mucho más faltando todavía 145 kilómetros para la línea de meta.

Ante los gritos en contra de su director de equipo, Merckx pedaleó sin descanso en el llano en solitario ante la incredulidad general y mantuvo la renta frente al pelotón antes de comenzar la ascensión del Soulor. Al llegar a la cima ya sumaba tres minutos sobre el grupo de los favoritos. Serían cinco tras coronar el Aubisque. A partir de ahí 70 kilómetros hasta la meta en el pueblo de Mourenx sorteando bajadas y amplias llanuras. Llegó a contar con hasta 10 minutos de ventaja, pero hasta el Caníbal es humano, y en los últimos kilómetros el tío del mazo haría su aparición para reducir la diferencia final a ocho minutos.

Eddy Merckx, el Caníbal
El Caníbal

La etapa de Mourenx fue una epopeya en solitario de cuatro horas escapado sobre la bicicleta. Antes del Tourmalet ya se había ascendido bajo un sol abrasador el Peyresourde y el Aspin. ‘L’Equipé’ titularía ‘MERCKXISSIMO’. Lo extraordinario dentro de lo extraordinario es que Merckx no tenía necesidad alguna de atacar. Era el líder de la carrera. Su objetivo no era ganar, sino aplastar. Otra de las razones que lo diferencian de todos los demás campeones es que los fastuosos ataques del Caníbal no se producían en situaciones de desventaja, sino cuando iba de líder, y de líder destacado. Se sentía superior y no le importaba lanzarse al vacío temiendo una pájara. Eddy Merckx entendía el ciclismo como una lucha al ataque de una forma nunca vista.

Merckx tenía un estilo más rotundo que estético. Su pedaleo gravitaba en la fuerza bruta, la cual resultaba bella por su intensidad, pero no por su gracia. Portaba un desarrollo pesado y usaba continuamente los hombros y los riñones como si estuviese poseído. Era digno y eficaz, pero nunca elegante. Medía 1,82 metros, altura considerable para un ciclista, y siempre tuvo que mostrarse muy firme para no aumentar de peso. Pero era precisamente eso, esa capacidad de esfuerzo, lo que engatusaba.

Solo Hinault ha tenido ese colmillo asesino entre los grandes campeones. Merckx ganaba con claridad, pero sufriendo. Sin órdenes de equipo, con pájaras, con esfuerzo y con dolor. El ABC de una prueba de tres semanas es minimizar los riesgos y aprovechar las debilidades del rival. Merckx no ganó ninguna de sus más de 500 carreras de ese modo. Siempre iba a tumba abierta. Podías ver la rabia y el esfuerzo en su cara. Por eso es el más grande.

Emparanoiado por lo ocurrido semanas atrás en el Giro, no aceptó bidón ni comida alguna por miedo a ser envenenado. Él mismo bajaba al coche a buscar su avituallamiento que previamente estaba marcado para no cambiarlo de manos. Se acotó el hotel únicamente para su equipo y se vetó la entrada de periodistas, algo inconcebible entonces y mucho más en un deporte tan pegado al patrocinio y a los medios como el ciclismo. Y todos los días pasó control voluntario de sangre y orina, algo que haría costumbre en años sucesivos para mostrar su limpieza.

La etapa de Mourenx fue el culmen de un Tour apoteósico. En una etapa que salía de Bruselas, Merckx decidió escaparse a la salida para que lo vieran sus familiares y sus amigos con el maillot amarillo puesto. Lo perdería en una etapa intrascendente y lo recuperó en la subida al Ballon de Alsacia donde atacó en el llano y se llevó a todos los favoritos a su rueda sin mirar atrás. Merckx jamás miraba para atrás. Rudi Altig, el último de los buenos, claudicó a falta de cuatro kilómetros para la meta. Hubo que ampliar el cierre de control para que medio pelotón no se fuese para casa a las primeras de cambio.

Dos días después ganó la contrarreloj y al día siguiente, en una decisión imposible de comprender, decidió atacar en una etapa llana reventando definitivamente a Altig a Gimondi y a Poulidor. Tan sólo Roger Pingeon aguantaba a una cierta distancia entre los gallos, pero claudicaría en la siguiente jornada subiendo el Col de la Madeleine. Pingeon osó atacar al Caníbal que, una vez cogida la rueda del francés, decidió dar el golpe definitivo.

Y así llegaríamos a la famosa etapa de Mourenx. Al culmen del canibalismo. Con Merckx primero y con Pingeon, Poulidor y Gimondi peleando por el pódium a unos 10 minutos de distancia. Y así, en esa inmejorable posición, Eddy Merckx decidió atacar en el Tourmalet y marcharse en solitario con 145 kilómetros de carretera por delante.

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Pingeon (i), Gimondi y Merckx (d)

La etapa de Mourenx es el ejemplo indiscutible de dominio deportivo total. Merckx ganó el Tour con casi 18 minutos sobre el segundo clasificado. El décimo clasificado, Jan Janssen, vencedor en la edición del año anterior, acabó a casi una hora. Merckx ganó siete etapas, incluida la contrarreloj final donde llegó a golpearse con una valla incapaz de ser conservador y controlar sus instintos. Venció también en la clasificación de la montaña, en la combinada, por equipos y la clasificación por puntos (jugándose el tipo en los sprints de la penúltima etapa para arrebatarle el maillot a Cyrille Guimard, un consumado esprínter). Aun no existía la clasificación de los jóvenes, sino también la habría ganado. Nunca antes y nunca después (y sí, en este caso se puede decir con certeza nunca después) se repetirá nada igual.

El Caníbal subió al pódium del Tour el mismo día que el hombre pisó la luna. Merckx fue entrevistado por la televisión belga al mismo tiempo que Neil Armstrong correteaba por el espacio. Mientras la gente alucinaba con el alunizaje, Merckx parloteaba sobre su hazaña lunática en el Tour.

Una analogía perfecta.

“Mourenx fue de una extravagancia tal que es complicado encontrarle paralelismo en otros deportes. Imaginen a George Best poniendo un 4-0 a favor del Manchester United en la final de la Copa de Europa para después decirle a la mitad del equipo que saliera del campo y aun así marcar otros dos goles. O a Juan Manuel Fangio doblando dos veces a los demás pilotos en Mónaco a mitad de gran premio y después seguir tirando en vez de controlar el ritmo. O a Mohammed Ali ofreciéndose a repetir una pelea en la selva con una mano atada a la espalda”. William Fotheringham sobre la hazaña de Merckx.

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El nacimiento del Caníbal (primera parte del origen del canibalismo)

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Poulidor y la leyenda del Puy de Dôme (doble historia sobre la gran oportunidad perdida por el eterno segundón)

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Lance Armstrong: El fraude de un campeón (mito, auge y caída a los infiernos de un héroe posmoderno en dos partes)

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El nacimiento del Caníbal (1ª parte)

Si Eddy Merckx ha pasado a la historia como el más grande de una forma rotunda e indiscutible que no tiene parangón en prácticamente cualquier deporte, lo es, además de por sus victorias, porque su imagen está asociada a un clima dantesco. Pocos deportes como el ciclismo están tan condicionados por la climatología. Ninguno cuenta con sus continuos destellos de épica.

Muchas de las hazañas de Merckx ocurrieron empapadas de lluvia o bañadas de nieve. Era su comportamiento sobrehumano en esas condiciones lo que lo hacía parecer inmortal. Merckx era conocido por sus descensos a tumba abierta en los que se quitaba el impermeable mientras sus rivales tiritaban. Además, a diferencia de las estrellas contemporáneas, Merckx no centraba su calendario en el verano, competía a pleno rendimiento durante todas las estaciones. Muchas de sus victorias ocurrieron al inicio de la primavera, en otoño y hasta en invierno. Son menos las imágenes en movimiento pero innumerables las fotografías de Merckx golpeado por el granizo, sin guantes en medio de la nieve o esperando al coche de equipo bajo una espesa lluvia sin calentadores ni cubre botas.

Puertos de Montaña - HISTORIA DEL TOUR. La Grande Bouclé. - Le Tour
Inhumano

Uno de esos días, durante el Giro de 1968, Merckx puso las bases de un dominio físico y psicológico que acabó con sus rivales durante cerca de una década. Aquella jornada lluviosa, fría y nevada, en el que la hipotermia llevaría el cuerpo y la mente al límite, el Giro terminaba en las Tres Cimas de Lavaredo, una fastuosa ascensión que finaliza a 2.300 metros de altitud. Allí, besando el cielo, emergen imperiales tres rocas que como tres dedos esperan al visitante antes de cruzar los Dolomitas y dejar Italia para invadir Austria.

Hasta entonces el joven Merckx se había centrado en las clásicas y en las carreras de una semana. Como buen belga era un enamorado de las pruebas de un día donde atacaba sin piedad, sin contener las fuerzas y amasaba un desarrollo brutal para dejar atrás a sus rivales. Con una capacidad de sacrificio inusual, una pedalada excepcional para el llano y un pico de velocidad más que aceptable, dichas carreras parecían ideales para Merckx. Pero en 1968 Eddy fichó por el Faema, un equipo patrocinado por una casa de pequeños electrodomésticos italianos. La orden fue clara; había que correr el Giro de Italia. Tocaba probarse en una carrera de tres semanas.

La etapa de Lavaredo era la 12º del Giro. Lideraba Michelle Dancelli, que no contaba para la general, y los favoritos estaban a unos dos minutos de distancia. Éstos eran Merckx, el español Julio Jiménez y los dos últimos vencedores del Giro, los italianos Gianni Motta y Felice Gimondi, el cual era, con diferencia, la ‘prima donna’ de la carrera ya que contaba en su palmarés con Tour, Giro y Vuelta.

Llovió desde la salida, agua que con la altura se transformaba en nieve. Era un ‘tappone’. A falta de la ascensión final un grupo de seis escapados tenía nueve minutos de ventaja sobre el pelotón. Fue entonces cuando Merckx tiró de desarrollo y desoyendo los consejos de su director de equipo atacó a pie de puerto. La sacudida fue colosal y tan sólo Gimondi aguantó durante escasos 400 metros semejante desarrollo.

Lo que los contemporáneos cuentan de lo que allí sucedió quedó para la historia del ciclismo. Merckx fue abriéndose camino bajo el aguanieve machacando uno a uno a todos los ciclistas de la escapada. En los apenas siete kilómetros que dura la ascensión consiguió enjuagar una renta de nueve minutos. Algo sanguinario. La imagen de Merckx de manga corta, y apenas visible bajo los copos de nieve, mientras el público aguarda en las cunetas con gorros, impermeables y gruesos guantes, queda para la posteridad. Merckx cruzó la línea de meta y cayó redondo antes de que varias personas acudiesen a taparlo con una manta.

Motta y Jiménez se dejaron cuatro minutos y Gimondi, desfondado, llegó a casi seis. Eran diferencias inconcebibles para tan escaso kilometraje. “Coppi ha resucitado”, escribiría la prensa italiana al día siguiente. Fue el primer triunfo de un belga en el Giro y la confirmación y la comprensión de que Eddy Merckx podría correr una prueba de tres semanas. En Lavaredo Merckx perdió el miedo a las montañas. Se dio cuenta de que, si bien no era un as en las ascensiones, si conseguía poner tierra de por medio ningún otro ciclista era capaz de mantener su ritmo durante tanto tiempo. Como Hinault o como Induráin (aunque éste nunca lo puso en práctica en las clásicas) aprendió que el esfuerzo de neutralizar a un escalador en una montaña no era mucho mayor que el que tenía que afrontar en el llano. Todo consistía en poner un ritmo brutal y nadie podría atraparlo.

—SAVONA AFFAIRE—

Tras la victoria del año anterior, Eddy Merckx repitió exhibición en el Giro de 1969. A la altura de la 15ª etapa Merckx contaba con dos minutos de ventaja sobre Gimondi y sumaba cuatro etapas en el zurrón. Pocos dudaban de la victoria del belga.

Fue entonces cuando, en una etapa intrascendente en Savona, el director del Giro y un par de periodistas de la RAI entraron en su habitación sin previo aviso.

Había dado positivo en fencafamina. Así, a quemarropa. Sin paños calientes. Y la televisión lo estaba dando en riguroso directo.

La humillación fue total. El golpe sistémico.

LAS BATALLITAS DEL ABUELO XABIER
Vergüenza en riguroso directo

La fencafamina un estimulante que podía comprarse en cualquier farmacia, pero que acababa de ser prohibido en el deporte profesional. Un par de años antes Tom Simpson había caído al suelo mientras ascendía el Mont Ventoux durante el Tour de Francia falleciendo en el acto. De su bolsillo se desprendió un bote con anfetaminas y lo que todos sabían se convirtió en realidad. Fue el inicio de unos muy rudimentarios controles antidopaje.

El positivo de Merckx, que pasaría a ser conocido como ‘Savona affaire’, sigue siendo uno de los grandes misterios del ciclismo. Para empezar no se hizo contraanálisis alguno. El bote con la segunda muestra de orina se perdió misteriosamente en el mismo instante en el que la prensa salió de la habitación de Merckx. Por otro lado, el sistema de detención no estaba homologado. Estamos en 1969. Las muestras tendrían que haber sido analizadas en un laboratorio de Roma, el único capacitado. En su lugar se hacía en un laboratorio móvil instalado en la comisaría de policía de cada pueblo sin ningún toxicólogo que diese fe de que el tubo no hubiese sido manipulado. Por último, Merckx jamás fue avisado tal y como indican los protocolos y la irrupción en su habitación fue tan humillante como kafkiana.

Y lo más interesante. En el Giro del año anterior hasta 10 ciclistas habían dado positivo por fencafamina, incluido Felice Gimondi. Todos eran italianos. Los resultados de los controles fueron anunciados después del Giro y no hubo sanción alguna. Repito, estamos en los años 60. Aquello era lo que movía a Merckx, y a buena parte del ciclismo internacional, a pensar en la conspiración. Por entonces el Tour era más abierto, pero tanto el Giro como la Vuelta eran carreras muy cerradas y ajenas a ciclistas extranjeros. Para los conspiracionistas estaba claro que el director del Giro no quería a Merckx por segunda vez subido al primer puesto del pódium.

La tormenta mediática fue enorme y los abucheos a Gimondi en el pódium superaron a los aplausos, incluso entre los propios italianos. Aún hoy no está claro si Merckx se dopó o no. Que el proceso estuvo lleno de irregularidades es evidente, pero eso no justifica el positivo. Lo cierto es que nunca antes y nunca después Merckx volvió a dar positivo.

Merckx fue expulsado del Giro y se le acarreó una sanción de un mes sin competir. La pena que a ojos actuales se entorna ridícula era durísima para los cánones de 1969. No era tanto el hecho de no competir sino la culpabilidad. La sanción implicaba culpabilidad lo cual era deshonra para el ciclista.

La pena finalizaba de forma conveniente el día antes del inicio del Tour de Francia. Iba a ser la primera participación del as belga en la ‘Grande Boucle’.

Si es que Merckx decidía ir al Tour. Bajo un mar de lágrimas Eddy puso pie en tierra y cogió un coche a Savona. De ahí 15 horas de carretera hasta llegar a su casa de Bruselas.

Encerrado en su habitación y sumido en un profundo silencio decide no volver a montarse en bicicleta.

Nunca jamás.

¿Cambiará de idea Eddy Merckx y se animará a correr el Tour de Francia?

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El divorcio de Fausto Coppi (2ª parte)

‘Un uomo solo è al comando’. Fue el periodista Mario Ferrer el que popularizó una expresión que aún en la Italia del siglo XXI se reconoce como distintivo de Fausto Coppi. El término obedecía a las kilométricas escapadas alpinas de Coppi, que nunca fueron tan continuas como tras el fallecimiento de su hermano Serse. Porque Fausto era ‘un uomo solo’. Era un héroe trágico que buscaba la soledad. Coppi logró el doblete Giro-Tour de 1952 bajo la penumbra de la tristeza y atacando sin contemplación. Nunca la rabia de su pedaleo fue tan voraz como en su victoria sobre la carretera sin asfaltar del Pordoi en el Giro de aquel año. Si Bartali era un coronel, Coppi era un general. Nunca antes la afirmación fue tan rotunda como cuando ‘Il Campionissimo’ ganó el Tour de aquel año con media hora de ventaja sobre el segundo, incluyendo la primera victoria de etapa en un Alpe d’Huez rodeado de un río de gente. Prueba de la grandeza de Fausto es que la organización del Tour decidió incrementar el premio para el segundo a mitad de Tour a sabiendas que la victoria de Coppi era incontestable.

Además del triunfo en Alpe d’Huez, Coppi logró otra gran victoria en Sestriere. Quiso el destino que a aquel final de etapa se acercase Bruna, cosa extraña, ya que la mujer de Coppi no solía acudir a las carreras. Quien sí que solía ir era Giulia, su por entonces más que presumible amante. Lo que pasó en aquel final de etapa sólo lo saben ellos, pero lo que sí se sabe a ciencia cierta es que una vez finalizó el Tour, Coppi decidió tomarse el resto del año de asueto en compañía de su mujer y de su hija.

Esa fue la versión oficial.

La realidad es que Coppi no volvió a su casa y se pasó los siguientes meses en compañía de Giulia.

Tras la muerte de su cuñado, Bruna suplicaba a su marido que dejase de correr. Le obligaba a llevar coderas y chichonera, en una época donde la seguridad era sinónimo de falta de virilidad. Pero el abismo en el matrimonio era mucho más profundo que eso. Bruna era la hija de un tendero de provincias que no conocía mundo. Apenas veía a su marido, el cual estaba todo el año de viaje entre carrera y carrera, y tenía que deducir como se encontraba por las fotos que veía en la prensa. Bruna era la misma persona de siempre, pero Fausto había evolucionado. Cuentan que tras el triunfo del Tour de 1952, Bruna vio en los noticiarios a su marido contestando a un periodista en inglés. El impacto fue inmenso porque Bruna no sabía que Fausto dominaba idiomas. El matrimonio estaba roto.

Bruna Ciampolini (moglie di Fausto Coppi) con la figlia Marina, 1947  Fotografía de stock - Alamy
Bruna y Marina Coppi

Si ya de por si era retraído, tras la muerte de su hermano los silencios de Fausto se hicieron interminables. Giulia Locatelli era un torbellino precioso y de incomparable estilo que se podía hacer cargo de esos silencios. La familia Coppi se trasladó a Nova Liguri y se instalaron a menos de 10 kilómetros de la familia Locatelli y, ante la sorpresa general, sus respectivos callaban o ignoraban.

Todo estalló en el Giro de Italia de 1953. Aunque Coppi no lo sabía, esa iba a ser su última victoria en una grande. La cimentó tras una impresionante exhibición en el Stelvio, un coloso próximo a la frontera con Austria con una de las carreteras más hermosas que ha otorgado la ingeniería. Coppi se fue abriendo pasó entre la multitud y la nieve hasta lograr la victoria. Allí, en la línea de meta, estaba Giulia, y ambos marcharon a la habitación del campeón para celebrarlo. Apenas un mes después Coppi renunciará al Tour, pero viajará hasta Francia en una caravana para seguirlo como espectador en compañía de unos amigos…entre los que estaba Giulia Locatelli.

Giulia Occhini e Fausto Coppi, 1955 | Coppie
Giulia y Fausto

El código penal italiano, vigente hasta 1968, establecía un año de cárcel para la esposa o el esposo en caso de adulterio. En la práctica no se dictaba. Pero si, y sólo en el caso de las mujeres, el escarnio público, la ruina económica y la perdida de la custodia de los hijos. Incluso el marido cornudo podía matar a la esposa o al amante sin miedo a recibir una pena carcelaria siempre y cuando los pillara ‘in fraganti’ en el lecho conyugal.

En esa Italia Fausto Coppi también estaba manteniendo un pulso con el Vaticano. Aunque a menudo se considera a Coppi un ateo, lo cierto es que era creyente. Había sido recibido en un par de ocasiones por el Papa Pio XII, el cual era tan fanático del ciclismo que usaba símiles ciclistas en sus homilías.

Pero que Fausto Coppi, el hombre más famoso de Italia, engañara a su mujer era inconcebible. El ciclismo era un deporte misógino y era más que habitual que las estrellas pusiesen los cuernos a sus esposas, pero siempre conservando las apariencias. Todo hombre tenía que mantener a su familia. Si un famoso tenía una aventura no pasaba nada si era capaz de conservarla en secreto, y, siempre y cuando, pudiese mantener económicamente a ambas parejas. El problema para Fausto es que Giulia era la antítesis de lo que por entonces se consideraba una buena mujer. Ni era abnegada, ni era bondadosa, ni era dócil. Ni Fausto ni Giulia iban a hacer nada por mantener en secreto su aventura. Habían declarado la guerra a la Iglesia.

Aunque las revistas del corazón ya llevaban tiempo desvelando la realidad, la confirmación oficial del escándalo tuvo lugar durante el Giro de 1954. Hasta entonces Giulia llevaba a su hija Lolli, de ocho años, a las carreras como tapadera, y, mientras la pareja retozaba en la habitación del hotel, alguno de los gregarios de Coppi ejercía de canguro de la pequeña. Pero durante una etapa en los Dolomitas, Giulia Locatelli se presentó en la línea de meta con una espectacular trenca de color blanco. Al día siguiente las portadas de los periódicos obviaron a los ciclistas y dejaban para la foto principal a aquella mujer que para la posteridad iba a ser conocida como la ‘Dama Bianca’, la hechicera que había hipnotizado a Coppi. Al día siguiente se producirá un hecho inaudito, cuando la ‘Dama Bianca’ siga a Coppi durante una contrarreloj en el asiento del copiloto de su equipo. Aquello era la gota que colmó el vaso.

Un par de semanas más tarde Fausto Coppi recibirá en su casa una carta con el sello del Vaticano. En ella el Papa Pio XII le pide que se reconcilie con su familia, pero cuidándose mucho de no utilizar la palabra adulterio y siempre hablando de los rumores que salen en la prensa. Coppi tirará la carta al fuego, ganándose para la posteridad la fama de ateo, y decidirá contraatacar. Firma a Giulia como su secretaria personal y se compra una casa para vivir con su enamorada, oficialmente, su empleada. Es entonces cuando el doctor Locatelli, que o bien estaba ciego o bien era tonto, se da cuenta del affaire y decide denunciar a su mujer por adulterio.

El Vaticano publicará los archivos de Pío XII, papa durante la Segunda  Guerra Mundial
Pio XII. El Papa Pacelli

La madrugada del 8 de septiembre de 1954 los carabinieri asaltaron la casa de Coppi y arrestaron a Giulia, que pasaría los siguientes días en el calabozo. Tras pagar la fianza, se le prohibió ver a su hija y se le retiró el pasaporte, al igual que a Coppi, a la espera del juicio.

Comenzó entonces una demolición pública del personaje.

La salsa rosa del juicio era digna de las mejores producciones hollywoodienses. La ‘Dama Bianca’ fue públicamente machacada. Se le prohibió ver a su hija hasta que ésta cumpliese los 18 años, momento en el que le tendría que leer una carta admitiendo su adulterio y su abandono de la familia. El juicio, seguido minuto a minuto por los italianos a través de la radio y la prensa, daba detalles del fornicio. Peor aún. La patética comparecencia de Lolli y Marina, las hijas de los dos proscritos, dando detalles íntimos de la pareja cuando ni siquiera habían cumplido los 10 años de edad fue el acabose. Giulia (ya para siempre la ‘Dama Bianca’) quedó como una furcia y Coppi como un analfabeto que había sido engatusado. A la causa no ayudo que los dos amantes decidiesen compartir habitación de hotel durante el juicio.

Fausto Coppi y Bruna tuvieron que pedir permiso a la Iglesia para separarse. Costó lo suyo, pero lo lograron, a cambio de que Coppi mantuviese la manutención de su esposa y su hija, la cual, por cierto, prácticamente dejó de ver. En cambio, el doctor Locatelli se negó a separarse de Giulia e impidió el fin del matrimonio. Esto implicaba que cualquier hijo entre Fausto y Giulia sería legalmente del doctor Locatelli.

De este modo, la ‘Dama Bianca’ marchó a Argentina para dar a luz a Faustino, el hijo que había concebido con Fausto, porque en el país sudamericano podía inscribir como padre a Coppi a pesar de no estar casados. En el momento de dar a luz, Coppi estaba corriendo el Giro de Italia, carrera en la que, por vez primera, el Papa Pio XII se negó a dar la bendición al pelotón por estar entre los ciclistas una oveja descarriada.

Por entonces Fausto Coppi tenía 36 años y sus mejores años habían pasado. Estuvo arrastrándose unas cuantas temporadas más porque necesitaba el dinero para mantener a dos familias, pero sobre todo para soportar el alto tren de vida que mantenía con Giulia. A la ‘Dama Bianca’ se le acusó de mujer fatal, un cliché común y que denota connotaciones machistas. Lo cierto es que Coppi también disfrutaba de la buena vida y, con la ‘Dama Bianca’ o sin ella, su toque excelso de pedal había pasado a mejor vida.

Pero es indudable que Giulia disfrutaba de la fama y gustaba de ser famosa. La pareja viajaba en cruceros de lujo, compraba coches ostentosos o alquilaba hoteles enteros para que nadie los molestase. Sin embargo, otras veces Giulia llamaba a la prensa rosa para dar entrevistas y enseñar los rincones de su casa en el ‘Oggi’. Fuerte, impulsiva, impetuosa y ambiciosa, disfrutaba de los lujos y la ostentosidad. Comían en cubertería de plata, el servicio cambiaba las sábanas todos los días y estrenaba modelo a diario.

Coppi decidió centrarse en las pruebas de velódromo buscando el dinero fácil. No había lugar donde se respirase más glamour que allí. Antes de que la televisión fuese común a los hogares, el ciclismo en pista era un deporte de masas. Solo en el velódromo se podía admirar a los ases del pedal a los que apenas podías ver durante un par de segundos en la cuneta de una carretera. El champán, los buenos trajes y las buenas comidas eran habituales en las tournés invernales que Coppi y otras estrellas hacían por los velódromos europeos. Ahí es donde se veía la clase y el poderío de Guilia. El contraste con Bruna que, a pesar de tener posibles, era incapaz de comprar una prenda cara pensando en el qué dirán, era infinito.

Parecía que Fausto Coppi había recobrado la felicidad, pero todo se desvaneció a finales de 1959. Empezó a echar de menos a sus amigos del mundillo ciclista, muchos de los cuales no tragaban a la ‘Dama Bianca’. Pero el principal problema es que tenía un hijo que no era suyo (Faustino no llevaría el apellido Coppi de forma legal en Italia hasta 1978) y una hija (Marina) a la que apenas veía. Imploró a Bruna poder ver a su hija y, al cabo de un tiempo, Coppi escapaba de casa de su amante para tener relaciones esporádicas con su mujer.

Para más inri la Iglesia decidió acercarse nuevamente a Coppi tras el fallecimiento de Pio XII. Su sucesor, Juan XXIII, modernizador de la curia, usó al piadoso Bartali para acercarse a Coppi e intentar reconciliarlo con su familia. Cuando su viejo rival y el enviado del Papa fueron a hablar con Fausto, éste su hundió y cayó en un mar de lágrimas.

Así estaban las cosas cuando Coppi aceptó disputar una carrera de exhibición para las navidades de 1959 en Burkina Faso. Otros corredores como Anquetil o Riviere aprovecharon para hacer turismo con sus parejas, pero Coppi viajó solo mientras la ‘Dama Bianca’ se quedaba en Italia, un claro indicio de que algo iba mal en la relación. La mala suerte quiso que en una noche de risas entre amigos, un mosquito picase a Coppi y éste contrajese la malaria. Coppi volvió a su casa con una fuerte fiebre que, según los médicos, no era más que una gripe. Fallecería apenas 72 horas después, el 2 de enero de 1960, a los 40 años. Raphael Geminiani, un corredor francés que fue con él a Burkina Faso, se salvó de la muerte porque 48 horas antes su médico dedujo que el mal era la malaria.

Por supuesto hubo quien culpó a la ‘Dama Bianca’ de su muerte y aún hay quien lo mantiene en la actualidad. Se dice que el día anterior alguien llamó desde la casa de Geminiani para advertir de la presencia de la malaria pero que se hizo caso omiso de la llamada. Nunca se investigó. Está claro que hubo negligencia médica, pero tampoco nadie se explica como Coppi o Giulia no le contaron al médico que ‘Il Campionissimo’ había estado en Burkina Faso.

Fausto Coppi: el mito de Italia | ctxt.es
Un uomo solo

La polémica no solo se quedó ahí. Horas antes de su muerte, el obispo de Tortona se acercó a la habitación de un moribundo Coppi para darle la extremaunción. El prelado cogió la mano de Coppi y le preguntó si quería confesar sus pecados. Fausto contestó apretando las manos. Para Bruna eso significaba que volvían a ser una familia. Para Giulia no era más que una vil manipulación. Porque si, por increíble que parezca, ambas mujeres pululaban por el hospital al mismo tiempo.

Más de 50.000 personas acudieron a Castellania a un entierro que, como no, tuvo su dosis de polémica. En los pueblos italianos, como aún ocurre hoy en los españoles, es costumbre que la familia coloque en cada aldea una esquela informativa del evento. Hubo una oficial realizada por Bruna y por la madre de Coppi. También una extraoficial que encargó imprimir la ‘Dama Bianca’.

El día que Castellania lloró a Fausto Coppi
El adiós de ‘Il Campionissimo’

El entierro fue el último reflejo de cómo eran ambas mujeres. Bruna salió por la puerta de atrás de la casa familiar de los Coppi y esperó la llegada del féretro dentro de la iglesia. Giulia se puso detrás de los compañeros de equipo que portaban el ataúd y caminó detrás de ellos en soledad. Bruna se retiró discretamente al acabar el sepelio. A Giulia hubo que sacarla arrastras cuando todo el mundo ya se había ido. Antes, en medio de la misa, el cura habló de la confesión de Fausto en el hospital, momento en el que la ‘Dama Bianca’ se desmayó. O hizo que se desmayaba.

Todo esto está perfectamente documentado porque los diarios y las revistas italianas nos lo dejaron escrito para la posteridad. Décadas más tarde la RAI haría una serie sobre los hechos.

Arrasó en los medidores de audiencia.

Tras la muerte de Coppi la ‘Dama Bianca’ tardó sólo una semana en dar su primera exclusiva periodística. Pasaría los siguientes años de su vida concediendo entrevistas y buscando notoriedad. Sin embargo, hasta su muerte en 1993, 33 años más tarde, aquella mujer decidida y aparentemente fría se acercaba cada sábado a Castellania para llevar flores frescas a la tumba de Coppi. Su hija Lolli Locatelli, con la que nunca más tuvo contacto, fallecería antes que ella víctima de un cáncer.

Bruna Coppi, fiel a sí misma, volvió a la monotonía de su vida tras el fallecimiento de su marido y nunca más se supo de ella hasta su muerte en 1979 víctima de una parada cardiaca. Hubo que esperar al año 2000, en una carrera de homenaje a Coppi, para que Marina y Faustino, los dos hermanastros, se conociesen en persona.

Fausto Coppi murió joven, en el esplendor de la vida. Pero antes tuvo tiempo de convertirse en la primera estrella internacional del ciclismo. Gianni Mura, uno de los grandes periodistas deportivos de la historia, dijo de Coppi que era el mito perfecto, porque es la suma de muchos. El mito total, libre de cualquier ambigüedad, porque su influencia en la estética, en el organigrama, en el entrenamiento y en el glamour de la competición hacen que haya un antes de Coppi y un después de Coppi en la historia del ciclismo.

https://www.youtube.com/watch?v=BJ1ImeJzWwI

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60 años después de su muerte Fausto Coppi sigue siendo un héroe nacional en Italia. Su mito tiene vida propia. Coppi el mito. Coppi el héroe. Coppi vive. Arriba Coppi. ‘Un uomo solo è al comando’. Para muchos el más grande ciclista de todos los tiempos. ‘Il Campionissimo’, un título que algunos portaron antes, pero que ninguno llevó después. Al cruzar la recepción en el edificio ‘La Gazzetta dello Sport’ aparece su fotografía decorando la estancia. No lo hace un futbolista, ni tampoco un piloto de Ferrari. Es la instantánea de Coppi. La imagen del mejor deportista italiano del siglo XX. Todas las carreteras del norte del país están llenas de memorias de un hombre cuyo recuerdo obsesivo solo es igualado por el de Marco Pantani, otro ciclista que hizo doblete Giro-Tour y otro James Dean que falleció antes de tiempo.

Fausto Coppi era un chico sencillo criado en Castellania, una aldea del Piamonte en el noroeste de Italia. Provenía de una familia que rozaba la pobreza y que, como tantas otras, vivía de la agricultura de subsistencia. Cuando Coppi ganó su primera carrera profesional le regaló a su ‘mamma’ un frigorífico. Aquella nevera jamás conoció el tendido eléctrico. Aquel aparato era ideal para almacenar la leña.

Y es que muchos de los grandes, caso de Coppi, Hinault o Induráin, provienen del campo. El ciclismo era y es sinónimo de libertad, posibilidad de conocer mundo y, además, ganar dinero y salir de las limitaciones. Ver a hijos de herreros, albañiles, granjeros o pastores ganarse la vida a través del ciclismo era inspirador. La bici era una necesidad básica como el pan o el agua. En tiempos de Coppi el coche era un bien impensable y aún no se había creado la Vespa. La bici era status. Era glamour.

Fausto Coppi era uno de esos soñadores que querían ampliar su mundo más allá de las montañas que rodean su pueblo. Era un chico torpe, escuálido, excesivamente delgado y con nariz un tanto aguileña. Alguien acertó a compararlo con una garza, porque era mostrenco en tierra, pero ascendiendo cumbres parecía que volaba. Y es que todo lo que aparentaba en la primera impresión se desvanecía al cabo de unos segundos. Su postura, su pedaleo y el arco de su espalda eran perfectos. Lo mismo ocurría cuando se bajaba la camiseta. Siempre con gafas de sol para ocultar su timidez, tenía una clase natural al vestir y al andar. Sí, era un campesino, pero tenía porte de galán.

Fausto | Jersey de ciclismo, Ciclismo, Historia del ciclismo
‘Il Campionissimo’

Con apenas 20 años se presentó en el Giro de Italia de 1940 enrolado en el equipo Legnano. El jefe de filas era Gino Bartali, el ciclista más laureado del momento. En la segunda etapa Bartali tuvo una caída y Coppi, sorpresivamente, se convirtió en el capo de la carrera. Cuando a Fausto se le pinche una rueda ascendiendo los Dolomitas, Bartali pondrá pie en tierra para darle su bicicleta a su joven gregario. Coppi acabará convirtiéndose en el más joven vencedor del Giro de Italia mientras Bartali proclamará a los cuatro vientos que había sido un triunfo falso y que en igualdad de condiciones Coppi nunca habría sido el vencedor.

Acababa de iniciarse una de las rivalidades deportivas más enconadas de la historia que se prolongaría durante algo más de una década.

Apenas dos días después del triunfo de Coppi, Italia declaraba la guerra a Francia y Mussolini unía su destino al de Hitler al introducir a su país en la II Guerra Mundial. Coppi sería llamado a filas y enviado a Túnez, donde al cabo de un mes ya había sido hecho prisionero por los británicos. Al ser ya una celebridad tuvo un cautiverio llevadero en el que ejerció de mecánico, transportista y de voluntario de la Cruz Roja. Cuando en mayo de 1945 fue liberado se encontraba en Nápoles, a más de 800 kilómetros de su casa. Se disponía a recorrer una Italia desbastada en bicicleta, llegar a Castellania y casarse con Bruna, su novia de la adolescencia, y vivir una vida tranquila pegado al campo y a la tierra.

No fue así. Fausto tenía un hermano pequeño que se llamaba Serse. Si bien Fausto, que jamás habló de política ni de su experiencia en combate, era simpatizante izquierdista, Serse había combatido con convencimiento a favor de la causa fascista. Ninguno sabía si el otro había sobrevivido, pero el azar quiso que se encontrasen en Roma. Allí Serse se sacaba unas liras compitiendo en carreras con una vieja bicicleta y enfundado con la maglia rosa que su hermano había ganado cinco años atrás. Serse era la antítesis de Fausto. Dicharachero, optimista, ligón y decidido, convenció a Fausto para que volviese a las carreras y de inmediato se convirtió en su confidente, su psicólogo y también en su gregario más fiel.

De este modo a finales de 1945 Fausto se casaba con Bruna y con el dinero que había ganado en varias pruebas de exhibición se compraba un pequeño piso en Sestri Ponente, en los arrabales de Génova, para iniciar una nueva vida. A pesar de los años de contienda, la fama de Fausto era tal que los aficionados se encargaban de subirle la bici del rellano al cuarto piso sin ascensor donde vivía para evitar que gastase fuerzas innecesarias después del entrenamiento.

Así en 1946 el mundo ciclista se reanuda. Es el llamado Giro de la reconstrucción, que merecería artículo propio. El recorrido pasaba por todos los lugares destrozados en la guerra incluida una marcha por Trento, que entonces estaba en disputa entre Italia y Yugoslavia. Habrá manifestaciones, huelgas y muertos por el camino, antes de que Bartali se proclame campeón gracias a su regularidad y Coppi acabe segundo pero venciendo en las etapas alpinas más relevantes. Antes, en primavera, Coppi había dado una exhibición en la Milán-San Remo. Aquella había sido la primera gran prueba tras la guerra, y cuando la radiante cadencia de Coppi atreviese en solitario el túnel del Turchino, sin luz eléctrica y sin asfaltar, para dejar atrás las montañas y poner rumbo al sol de San Remo en ‘La Gazzetta dello Sport’ se escribirá que “Coppi en 24 minutos a dado luz a un túnel que llevaba 6 años en la oscuridad”.

Por entonces Coppi ya era el líder del equipo Bianchi, mientras que Bartali seguía en Legnano. Coppi se llevó a Bianchi a su hermano Serse, así como a un masajista y a un mecánico personal, algo inaudito por entonces. Coppi fue el inventor del entrenamiento centrado y sistemático. Era la clase, mientras que Bartali era la fuerza bruta. Aunque nunca fueron enemigos, ambos supieron explotar esas diferencias para crear dos personajes antagónicos que apasionaron a la prensa y a la afición italiana en un momento donde el ciclismo era el deporte de masas e Italia estaba sumida en un caos político absoluto.

Coppi era tímido y educado, pero también desconfiado y distante. Siempre lacónico hablando, siempre con silencios largos. Era frágil, pero también muy estudioso. Por su parte Bartali era duro como el mármol. Un ciclista a la antigua usanza. Comía abundantemente antes o durante las carreras y era aficionado a la vida nocturna. Coppi experimentó con una dieta vegetariana (¡en los años 40!) y obligaba a sus gregarios a que cargasen con su comida para minimizar esfuerzos. Modernizó el ciclismo con sus maillots Bianchi celeste, sus guantes a juego y sus Ray-Ban. Se preocupaba por el material en una época donde los ciclistas ejercían de mecánicos sobre la marcha. Siempre buscaba innovaciones y con su trabajo ayudó a convertir las fábricas del norte de Italia en la vanguardia del ciclismo internacional. Cuentan que una vez se levantó a medio comer de un restaurante. El dueño se acercó y le preguntó si no le gustaba la comida. “Me gusta demasiado” -contestó Coppi-, “por eso me tengo que marchar”. 

En la foto de Bartali, Coppi y el bidón resulta que tiene truco
¿Quién dio la botella de agua a quién?

Tras cerrar 1947 con el nacimiento de su hija Marina, 1948 fue un año para olvidar para Fausto Coppi. Se cayó en el Giro y no pudo correr el Tour, donde el triunfador fue Gino Bartali, que con su victoria salvó a Italia de una Guerra Civil. Pero aquel año 1948 también dejó un encuentro que marcaría el futuro de Fausto. A orillas del Adriático un médico de provincias llamado Enrico Locatelli seguía sin cesar las hazañas de Coppi. Coincidiendo con que Coppi iba a disputar una carrera cerca de su casa, Locatelli se acercó al inicio de la prueba para obtener un autógrafo de su ídolo. Junto a él, iba su esposa, una decidida y brillante morena llamada Giulia. Ésta no entendía la obsesión de su marido con el ciclismo, pero decidió ir con él. Era una mujer ambiciosa, que se sentía constreñida en el papel de ama de casa abnegada que la sociedad le demandaba, así que aceptó con gusto el proyecto de viaje. Mucho más decidida que su marido, fue ella quien asaltó a Coppi para pedirle un autógrafo. Fuese por lo que fuese, aquella mujer se sintió atraída por aquel mundillo y al cabo de unas horas compartía el fanatismo de su marido por el mundo del ciclismo.

Concretamente por la figura de Fausto Coppi.

Para 1949 Fausto Coppi iba a realizar una hazaña nunca vista. El doblete Giro-Tour. En la carrera transalpina consiguió una legendaria victoria en una de las etapas de montaña más duras de la historia. Eran 254 kilómetros con un desnivel de más de 4.000 metros pasando por cinco colosos alpinos. Coppi atacó a ¡192! Kilómetros de meta y ganó la etapa con 12 minutos sobre Bartali.

El Tour se corría por equipos nacionales, por lo que Coppi y Bartali tendrían que compartir equipo. Tuvo que intervenir Alcide de Gasperi, presidente de Italia, para que los dos egos fuesen de la partida. Al final cada uno eligió a sus gregarios y corrieron por libre. Llegaron a la etapa decisiva del Izoard prácticamente pegados y el seleccionador los obligó a trabajar en equipo, pero cuando al día siguiente en el descenso del Iseran (2.800 metros) Bartali se caiga, a Coppi le darán barra libre para marchar. Aunque Coppi sentenciaría la prueba en una contrarreloj de ¡137 kilómetros! en la que sacó 7 minutos a Bartali, aun hoy se debate en Italia si de verdad a Coppi le mandaron o no esperar a Bartali.

Aquel doblete lo convirtió en leyenda, y mucho más cuando en 1952 lo vuelva a repetir. Solo Hinault e Induráin lo han hecho en dos ocasiones, mientras que el caníbal de Merckx lo hizo en hasta tres oportunidades.

Pero antes de la gloriosa temporada de 1952, Coppi pasó el año 1950 en blanco por una fractura de clavícula que se produjo a los pocos días de comenzar una nueva edición del Giro. Pasó un par de meses hospitalizado. Entre sus visitas una de las más habituales era la del matrimonio Locatelli. Por entonces se había trabado una amistad entre seguidores e ídolo y Fausto ya contaba con ellos dentro de su círculo de confianza. Dado que el doctor Locatelli tenía que atender su consulta, las más de las veces era Giulia la que acudía al hospital, siempre acompañada de su hija o de alguna amiga que ejerciera de carabina para mantener las formas.

Era evidente que algo estaba surgiendo entre Fausto y Giulia. Al año siguiente el matrimonio Locatelli se trasladó a Novo Ligure, a menos de una hora de distancia de la residencia de los Coppi. Con la excusa de salir a entrenar, Fausto se acercaba a casa de Giulia aprovechando las ausencias de su marido. Por si fuera poco, Coppi volvió a sufrir una fuerte caída y las visitas de Giulia al hospital empezaron a tornarse en más que sospechosas. A diferencia de la tímida y humilde Bruna –la esposa de ‘Il Campionissimo’-, Giulia era una mujer decidida a comerse el mundo y que, más que atemorizada, disfrutaba con el qué dirán.

Por entonces el círculo de confianza de Coppi sabía que su matrimonio estaba a punto de romperse. Entre ellos su hermano Serse, quién era el que evitaba que la cosa fuese a mayores. Como ya comenté, Serse no sólo era su gregario más fiel, sino su confidente y el hombre que ejercía de guía y de apoyo psicológico. Con Serse de por medio, Fausto no se atrevía a dar el paso adelante.

Fue entonces cuando todo cambió. Una tarde de verano, Serse Coppi estaba disputando el Giro del Piamonte cuando en una curva introdujo el neumático de su rueda delantera en la vía del tranvía, iniciándose una caída que le llevaría a impactar la cabeza con el asfalto. A pesar del susto Serse se levantó y se marchó a su habitación del hotel para descansar. Únicamente contaba con un fuerte dolor de cabeza, pero, camino del anochecer, se dispuso a darse un baño quedando totalmente inconsciente. A pesar de que el equipo llamó a una ambulancia, Serse Coppi fallecía víctima de una hemorragia cerebral.

ROSSELLA SPINOSA: TRIBUTO A COPPI | Ikki Lab
Serse (i) y Fausto Coppi (d)

La desolación de Fausto fue brutal. No sólo había perdido a su hermano pequeño, también a su mejor amigo y guía espiritual. A los cuatro días del fallecimiento, Fausto tuvo que acudir al Tour de Francia porque le obligaron los patrocinadores. Perdió más de media hora durante la primera semana. Día tras día acumulaba sobre la bicicleta las vomitonas, los lloros y la rabia. Pero fue Gino Bartali, su gran rival, y compadre de correrías nocturnas de Serse, quien le animó a acabar el Tour para honrar la memoria de su hermano. Coppi acabaría en un digno décimo puesto y ganando una etapa de prestigio en los Alpes, pero ya nada volvería a ser lo mismo.

Todo estaba servido para que la vida de Fausto Coppi pasara a ser un infierno…

Continuará…

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La semana mágica de Paolo Rossi

29 de junio de 1982. Barcelona. Estadio de Sarriá. 44.000 espectadores en las gradas. 18:30 horas. Alrededor del minuto 60 de partido. Paolo Rossi, el delantero centro de la selección italiana, recibe en solitario al contraataque, se interna en el área pequeña y es incapaz de levantar el balón por encima de Fillol, cancerbero argentino. Es un mano a mano clarísimo. Era el cuarto partido consecutivo en el que Rossi salía de titular en el Mundial y el cuarto consecutivo en que abandonaba el encuentro sin anotar un tanto. Italia triunfa, pero Rossi fracasa, titula la prensa transalpina. Italia venció a Argentina y se jugará el pase a semifinales ante Brasil, la indiscutible favorita del torneo.

Con 14 años Luciano Moggi lo captó para la Juventus procedente de la Cattolica de Virtus. Era un delantero oportunista, no exento de técnica, pero que destacaba por estar en el lugar preciso en el momento justo. Paolo Rossi era una prometedora estrella pero sufre tres lesiones distintas de menisco antes de los 18 años. Se recuperaría, pero a los 30 ya estaría retirado. El caso es que la Juve se deshace de él y lo manda al Vicenza que estaba en la Serie B. El primer año es el máximo goleador de Segunda y asciende a Primera. La segunda temporada repite ‘Pichichi’ en la Serie A y deja a su modesto equipo en puestos europeos. Pablito había renacido.

Va al Mundial del 78 y se sale. Italia alcanza las semifinales. Y llega el escándalo. El Perugia, un modesto, ofrece una millonada. La Juve se echa atrás. Entonces los italianos sólo podían salir del país con el equivalente a 65 euros de la actualidad. El fichaje de Rossi cuesta 5 millones de hoy, pero el sueldo de Rossi sigue siendo modesto. Los jugadores exigen cobrar más. Los equipos pagar menos impuestos. Se rumorea que se amañan partidos. Nunca se probó que Paolo Rossi cobrara ninguna mordida, pero al igual que a la hora de meter goles estaba en el lugar preciso en el momento justo, el escándalo del ‘Tottonero’ le salpicará de lleno. Un coloso como el AC Milan es castigado con el descenso a la Serie B y una figura como Paolo Rossi estará dos años sancionada sin jugar. Era 1980.

Archivo:Paolo Rossi Vicenza.jpg - Wikipedia, la enciclopedia libre
Pablito

Enzo Bearzot siempre creyó en su inocencia. El seleccionador ‘azzurro’ lo estimaba como futbolista y como hombre. Fue su medicina durante dos largos años. Creía en ese delantero oportunista. Tras sólo tres partidos jugados en dos largos años decide convocarlo para el Mundial 82. Le da la posibilidad de forjarse un destino. Rossi jugará la primera fase del Mundial como un futbolista encadenado. La prensa quiere a Roberto Pruzzo y no a un chico tramposo y falto de forma. Bearzot decide que ningún jugador hable con los medios. Sólo hablará él. Dice que pone a Rossi de titular “por una cuestión moral”. El escándalo está servido. Italia está a punto de irse a casa en la primera fase. Las críticas son duras. Pero Rossi, con el 20 a la espalda, seguirá siendo el 9 titular.

5 de junio de 1982. Barcelona. Estadio de Sarriá. 44.000 espectadores. 17:20. Minuto 5 de partido. Centro al área, Rossi arranca una décima de segundo antes que su defensor y de cabeza cruza el balón. Es el gol más importante de la carrera de Pablito. El que le abre las puertas del paraíso tras 365 minutos en el averno. Luego vendría el segundo en el que Rossi volvió a ser Pablito el oportunista al ganarle el balón a Toninho Cerezo y anotar un gol de pillería. En el tercero demostró que nadie era capaz de defenderlo. Aquella tarde sólo un hombre podía entrometerse entre Brasil y las semifinales. Rossi anotó un ‘hat-trick’ en el que fue el partido más hermoso de todo el Mundial.

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Brasil del 82 era como el Brasil del 70 pero no tenía ni portero ni gol. Era como bailar con tu hermana. Todo era hermoso hasta que llegabas al final. Rossi, el proscrito, el delantero que había jugado tres partidos en dos años, que no había marcado ningún gol en el Mundial, volvió a ser Pablito. En una época donde se marcaba al hombre, Rossi era el delantero que se escabullía, el pillo que se escurría y bailaba con el balón hasta llevarlo a la línea de gol.

8 de junio de 1982. Barcelona. Camp Nou. 60.000 espectadores. 17:15 horas. Italia contra Polonia. Semifinales. Italia ya no tenía a un delantero. Tenía a un héroe nacional. Paolo Rossi anotó otros dos goles tocando apenas un par de balones. No podía haber escogido un mejor momento para resucitar. Italia volvía a la final de un Mundial tras haber perdido ante Brasil doce años antes.

Cuando Enzo Bearzot llegó a la ‘Nazionale’ siete años atrás decidió apostar por algunos jóvenes que conocía de las categorías inferiores. Concretamente dos de ellos se mostraron indispensables. Antonio Cabrini en la defensa y Paolo Rossi en la delantera. Esos dos futbolistas eran innegociables. Bearzot era un hombre culto. No era un entrenador al uso, era como un pintor que sabía cómo combinar colores. Y Paolo Rossi era como el azul, el azul de Italia, el azul del cielo y del mar. Como ese color que permite enlazar con los demás.

11 de junio de 1982. Madrid. Santiago Bernabéu. 90.000 espectadores. 20:00 horas. Italia contra Alemania Federal. Final del Mundial. El sueño de una vida. Minuto 57 de partido. Tardelli abre a la derecha, Gentile recibe el balón y centra al área donde cayendo y todo potencia aparece Rossi que entre su cabeza y su corazón abre el marcador. Esta vez solo fue un gol, pero se dice que en una final el primero vale por tres. Alemania venía de una extenuante prórroga ante Francia, Rummenigge estaba tocado y los teutones bajaron los brazos. Italia acabaría ganando 3-1 y lograría el que hasta el momento era su tercer Mundial.

Paolo Rossi jugó 7 partidos en aquel Mundial y anotó 6 goles distribuidos en apenas 230 minutos. Fue el máximo goleador. En dos años disputó únicamente 10 partidos oficiales marcando 7 tantos. Al acabar el Mundial firmó por la Juventus, su amor de adolescencia, tuvo un par de años mediocres y se apagó. Paolo Rossi fue una estrella fugaz. Fue un héroe que entró en combustión durante una semana mágica para ingresar en el olimpo de los dioses. Es uno de los únicos 8 futbolistas que han ganado la Copa de Europa, el Mundial y el Balón de Oro. Un Balón de Oro, aquel de 1982, que es uno de los más baratos de siempre, porque a Paolo Rossi tan sólo le hizo falta una semana para justificar un año. Para justificar una carrera. Para justificar una vida.

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