Italia

Giro de Lombardía. Guía de viaje

Para mucha gente el ciclismo es un deporte aburrido. Muy aburrido. Consiste en ver horas y horas de pedaladas sin ton ni son. Con gafas y casco, ni siquiera les ponemos cara a esos deportistas que aparecen en la pantalla. Horas de espera en curvas y rectas para ver volar delante de tu retina a unos ciclistas a los que eres incapaz de poner nombre. Sin embargo, lo que para unos es desdicha y aburrimiento para otros es pasión e ilusión. El ciclismo es libertad. Es viajar. Es divagar. Es descubrir la aventura del horizonte. Es recibir el viento en la cara, el olor del mar y las picaduras de los mosquitos desde el salón de tu casa. Es conocer mundo a través del televisor. Es soñar con la grandeza. Fantasear con la épica. Contemplar como el ser humano sigue siendo un retaco rodeado de montañas gulliverianas. Es la combinación indivisible entre hombre y máquina. Sin problemas éticos ni medioambientales.

Toda prueba ciclista es una guía de viaje. Y pocas guías de viaje hay tan intensas y excitantes como el Giro de Lombardía. Durante unas 6 horas los esforzados de la ruta recorren alrededor de 250 kilómetros por las carreteras de Lombardía, una de las regiones más prósperas y agraciadas sobre la faz de la tierra. Nos referimos a uno de los 5 monumentos del ciclismo, el más meridional de todos ellos.

La llamada ‘clásica de las hojas muertas’ tiene las mejores vistas de todas las carreras de un día. El recorrido comienza viendo un horizonte bañado de nieve en la lejanía para acabar bañando los ojos a orillas del Lago Como.

Tradicionalmente el Giro de Lombardía se disputaba el primer domingo de noviembre y con su disputa se daba por finalizada la temporada ciclista que, en buena lógica y por causas climatológicas, aparca la bicicleta en el garaje hasta mediados de febrero. En los últimos años, como el ciclismo se ha expandido a lugares del globo tan dispares como China, Australia o Canadá, la temporada se alarga unas cuantas semanas más, lo que ha llevado a la prueba lombarda a disputarse a principios de octubre. Ha mejorado el clima, pero sigue siendo otoño (por ahora), por lo que las hojas marchitas de color siguen embelleciendo las cunetas y el nombre de ‘clásica de las hojas muertas’ sigue manteniendo su vigencia.

A diferencia de otras clásicas, el Giro de Lombardía no se basa en unir dos localidades sino en recorrer una región de principio a fin. En sus inicios, el inicio y la meta estaban en Milán, capital de la comarca, pero otras urbes encantadoras como Varese o Cantú han tenido ese honor. En las últimas décadas lo habitual es partir de Bérgamo y concluir en Como.

Lombardía es el lugar donde los terroni del Sur de Italia depositaban sus anhelos de prosperidad, anhelos que ahora son compartidos por los hijos de África. Es la tierra de la Galia Cisalpina, de los lombardos, de los Sforza y de los Gonzaga, de los banqueros y los comerciantes, de los duques y de los obispos. Fue tierra de españoles, de austríacos y de la Francia napoleónica. Cruce de caminos entre el norte y el sur. Entre el este y el oeste. Lombardía es lujo. Es Armani, es Prada, es Ferrari, es Bugatti. Lombardía también es placer en la mesa. El queso Gorgonzola, la pasta rellena de calabaza o el delicioso panettone provienen de tan bella región.

El Giro de Lombardía combina ascensiones cortas pero terribles con largas llanuras y un esperado final al sprint si antes no revienta la carrera. Los años gloriosos de la prueba fueron los de entreguerras, con el galán y sonriente Alfredo Binda, y los años posteriores al fin de la II Guerra Mundial, con el izquierdista y rebelde Fausto Coppi. Estos dos colosos del ciclismo lograron ‘la doppietta’, es decir, vencer en el Giro de Lombardía y en la Milán-San Remo, los dos monumentos del ciclismo italiano. Pero sólo Coppi y, como no, Eddy Merckx, lograron ganar las dos clásicas y el Giro de Italia.

Saliendo de Milán, bajo la atenta mirada de la Duomo, los ciclistas se pierden por el encanto de una metrópolis sucia pero llena de vida gracias al diseño, la moda y las universidades. Desde la cúpula de Santa María de la Grazie, donde reposa ‘La última cena’ o desde la Madonna que descansa en los tejados de la Duomo, se vislumbran las nieves de los Alpes y las amplias llanuras que van a recorrer los ciclistas. Se dice que tras presentar sus respetos a la Madonna, Binda ganó la edición de 1931 tras comerse 34 huevos crudos en las casi 10 horas que pasó encima de la bicicleta.

A poco más de 40 kilómetros al nordeste se encuentra Bérgamo. Hoy redescubierta gracias a los vuelos de bajo coste, la ciudad alta de Bérgamo es un claro ejemplo del medievo, con sus palacios y sus cuadriculadas plazas renacentistas de la época en la que formaban parte de la República de Venecia. Los ciclistas deben alzar la cabeza para ver el conjunto arquitectónico, porque ellos circulan por la parte moderna, una parte baja de la ciudad que está unida a la antigua por un delicioso funicular.

La carrera cuenta con varias subidas que se modifican en cada edición, aunque 3 de ellas son de obligado cumplimiento. La primera tiene lugar al poco de salir de Bérgamo y girar en dirección noreste dirección a Como. Se trata del Colle Gallo (7,4 km al 10%) una exigente subida que concluye con un rápido descenso. A partir de ahí, son múltiples las localidades por las que puede pasar la carrera caso de Monza (catedral), Lecco (puentes de hierro) Varese (palacio Estense) o Cantú (torre del campanario). Últimamente la organización ha decidido que los ciclistas y los televidentes veamos año tras año las casas de colores y la preciosa iglesia con campanario de Varenna o el castillo de Sirmione, al que los rayos de sol que rebotan en el Lago de Gorda le confiere un color especial a la piedra.

A unos 50 kilómetros del final, la carrera deja de un lado los ‘selfies’ y se pone el mono de trabajo. En ese instante tienen lugar dos ascensiones encadenadas. La segunda de ellas es el Muro di Sormano (1,9 km al 15,8%) una pared que los ciclistas tienen que atacar con unos 200 kilómetros sobre sus espaldas. La subida cuenta con una obra de arte en forma de grafiti en la que están inscritos el nombre de los ciclistas que hicieron mejores marcas ascendiendo el muro.

Pero la selección de la carrera se hace apenas unos cuantos kilómetros más atrás.

El lago de Como tiene forma de Y invertida. Justo en la intersección se encuentra el pequeño pueblo de Bellagio, un balcón de calles empinadas pintorescas y obligado paso para excursionistas. En ese lugar están las primeras rampas de la dura subida a la basílica de Madonna del Ghisallo (3,3 km al 7,4 %). En la ermita, el catolicismo y el ciclismo se unen. De hecho, en 1948 el Papa Pio XII declaró a la Virgen patrona de los ciclistas. Junto a Jesús y los apóstoles hay un busto de Fausto Coppi (curiosamente uno de los ciclistas más anticlericales que se recuerdan) a la puerta de la ermita. Dentro de la capilla el espectáculo es asombroso. Contiguo a velas y santos hay bicicletas colgadas en el techo y maillots y otros recuerdos de ciclistas que han ganado el Giro de Lombardía. Es tal la cantidad de recuerdos de profesionales y de aficionados, que en el año 2000 se construyó a escasos metros de la ermita un museo del ciclismo, amplio y moderno. No obstante, los grandes siguen prefiriendo dejar sus pertenencias en la capilla tal y como manda la tradición.

Tras un rápido descenso se enfila el destino final a la pequeña ciudad de Como, famosa desde la época romana cuando pretores y cónsules descansaban allí en época estival. Hoy sigue siendo lugar de privilegiados acaudalados pero también de aventureros mochileros. Sus panorámicas, su catedral, su plaza central o sus paseos otoñales hacen la delicia de los visitantes. Y como no, el templo Voltiano, un curioso edificio de estilo grecoromano en honor a Alessandro Volta, el hombre que desarrollo la pila y que pasó su vida inventando a orillas del Lago de Como.

Después llega el turno del champán y del pódium. Y de uno de los más sencillos, pero a la vez más significativos trofeos en el mundo del ciclismo. Una rueda de bicicleta bañada en plata.

“Cuando el espíritu está decaído, cuando el día parece oscuro, cuando el trabajo se vuelve monótono, cuando parece que no vale la pena tener esperanza, móntate en una bicicleta y da una vuelta, sin pensar en más que el paseo que estás dando” Arthur Conan Doyle.

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México 70. El partido del siglo (2ª parte)

En el estadio Azteca, en la fachada principal, hay un muro en el que se concentran varias placas que recuerdan los hechos más significativos de uno de los recintos deportivos más señalados del planeta. Entre los recuerdos conmemorativos están el primer encuentro, el primer gol o del orgullo de haber sido sede de dos finales de la Copa del Mundo. No obstante, lo que más destaca es una placa que rememora que el 17 de junio de 1970 se disputó el partido más extraordinario jamás lidiado en un Mundial: “El Estadio Azteca rinde homenaje a las selecciones de Italia (4) y Alemania (3) protagonistas en el Mundial de 1970, del “Partido del Siglo”.

Alemania.

En Alemania los padres apuntan a sus hijos a la práctica de un deporte con la convicción de que obtenga la victoria. A diferencia de lo que ocurre en otras culturas, la finalidad de la práctica deportiva para los alemanes es trabajar el cuerpo y aprender a ganar como funcionamiento para el triunfo en la vida. Fue en Prusia donde se integró por primera vez la gimnasia como disciplina obligatoria en el ejército y donde mantener en perfecta forma física a la ciudadanía se convirtió en una obsesión tras las fulgurantes derrotas ante el ejército de Napoleón a comienzos del siglo XIX. Toda esa cultura de esfuerzo, de lucha, de organización y esa sensación de que los alemanes al final siempre acaban ganando, tiene su origen por aquel entonces.

Italia.

´Catenaccio´, algo así como cerrojazo, es la base del sistema futbolístico italiano. Está concebido para obtener la victoria por agotamiento, tras estrangular al rival y así aprovechar su impotencia física o mental. Para ello, Italia siempre cuenta con 2 o 3 jugadores de talento sideral y se ve ante la difícil tarea de escoger a sólo uno de ellos aguantando críticas internas y externas por privar al público de un auténtico espectáculo. Históricamente buenos financieros y comerciales, los italianos hacen gala de una extrema paciencia y de una explotación de sus virtudes aprovechando los defectos de los demás.

Alemania (la RFA para ser más exactos) combinaba en su selección la clase, el talento y el esfuerzo de varias generaciones, a pesar de que su Liga no tenía tal poder. Alemania se clasificó en la primera fase arrollando a sus rivales. Era un grupo asequible pero aun así sorprendió su suficiencia. Tenía un equipo descomunal línea por línea, empezando por Maier en la portería, Vogts en defensa, Beckenbauer o Overath en el centro del campo y una dupla increíble en punta formada por Uwe Seeler y Gerd ‘Der bomber’ (Torpedo) Müller. Lo mejor para ellos es que la columna vertebral era joven y además de un presente brillante también tenían un futuro esplendido.

En cuartos de final se enfrentaron a Inglaterra. Se repetía la final de cuatro años atrás en la que los ingleses salieron victoriosos tras una prórroga con varias jugadas polémicas. Ahora, en México, Alf Ramsey, seleccionador inglés, declaraba en la previa del partido: “Nadie debe dudar de nuestra victoria, porque Alemania nunca nos ganó ni en el fútbol ni en la guerra”. Cuentan que es una letanía muy habitual usada por la flema inglesa en este tipo de partidos y que también Bobby Robson apelaría a ella en la semifinal de 1990. Pero lo cierto es que, (por lo menos hasta 2018), quienes ganan son los alemanes.

Y los alemanes estaban sedientos de venganza.

Inglaterra se puso en franca ventaja con 2-0 en el minuto 70. Ramsey sacó del campo a Bobby Charlton en un error que pagaría caro. Alemania recortó distancias y Seeler empató a poco del final. En la segunda parte de la prórroga un remate acrobático de Müller concluía la remontada y la venganza. La RFA esperaba rival en la semifinal.

En 1970 Italia tenía un equipo fabuloso. Había tardado dos décadas en gozar de un plantel competitivo. En 1949 la plantilla del Torino (con 8 titulares de la selección abordo) había fallecido en un accidente de avión. Habían tardado mucho en recuperarse, pero la fantástica generación de los 60 ya les había dado un título, la Eurocopa de 1968. Lideraba la defensa el capitán Giacinto Fachetti, y contaban con dos extraordinarios mediapuntas, Sandro Mazzola (ídolo del Inter de Milan) y Gianni Rivera (ídolo del AC Milan). En cualquier otro país ambos podrían jugar juntos. En Italia eso era imposible. Es más, en la punta del ataque estaba Luigi Riva, un delantero con una zurda descomunal, pero que a menudo acababa desesperado ante la ausencia de pases dignos de ser convertidos en gol.

Italia consiguió el pase en la primera fase haciendo gala de un juego plomizo, en la que únicamente consiguió una victoria por la mínima ante Suecia. Valcareggi, seleccionador azzurro, ponía a Mazzola y Riva como titulares, mientras que Rivera era suplente colocando en su lugar al voluntarioso Domenghini. Cuando en cuartos de final Italia hubo de enfrentarse a la anfitriona México y los aztecas se adelantaron en el marcador, ni siquiera entonces Valcareggi cambió de táctica. Sustituyó en el descanso a Mazzola por Rivera, incapaz de juntar a los dos genios, pero dado que Italia arrolló a México tras el descanso con 2 tantos de Riva y otro de Rivera, el plan seguía dando los resultados previstos.

—El partido del siglo—

Italia-Alemania. Alemania-Italia. 17 de junio de 1970. 16:00 hora local. Fue un partido lleno de giros imprevistos. Un combate extenuante, sembrado de rachas de buen juego, errores clamorosos, lesiones, jugadas polémicas y un esfuerzo descomunal ante un calor abrasador. La fatiga provocó un desenlace en la prórroga que se tornó en inolvidable.

Italia formó con Albertosi; Burgnich, Rosato (Poletti), Cera, Facchetti; Bertini, De Sisti, Mazzola (Rivera), Domenghini; Boninsegna y Riva. Alemania alineó a Maier; Vogts, Patzke (Held), Schulz, Schnellinger; Overath, Beckenbauer, Grabowski; Seeler, Müller y Löhr (Libuda). El seleccionador transalpino era Ferruccio Valcareggi y el teutón Helmut Schön.

Durante la primera parte el encuentro se ajustó al guión previsto. Alemania dominaba y tenía varias ocasiones de peligro, mientras que Italia esperaba agazapada. Fruto de la legendaria paciencia azzurra, al filo del descanso Boninsegna cargó con velocidad y adelantó a Italia en el marcador con un fulgurante disparo desde 30 metros. Seeler, capitán alemán, pedía calma a sus compañeros. Inmediatamente los transalpinos se echaron aún más atrás si cabe esperando el fin del encuentro.

Pero aún quedaba toda la segunda parte.

Fue un bombardeo.

Liderados por Franz Beckenbauer, todavía por entonces un centrocampista con un excelente pase de larga distancia, los alemanes arrollaron la portería defendida por Albertosi. Bajo cerca de 40 grados y con la afición mexicana de su lado, los germanos estuvieron a punto de marcar en dos clarísimas ocasiones de Seeler y Grabowski , pero Italia siempre era capaz de apagar el fuego encendido. Se llegó al tiempo de descuento, y cuando todo parecía perdido, Alemania hizo gala de su fama y en la última ocasión del partido Grabowski envió un centro al área que fue empujado a la red por Schnellinger, que había abandonado su puesto defensivo para subir a la desesperada. Era gol. 1-1. Los italianos caían al suelo exasperados y alguno, caso de Boninsegna, vertía un par de lágrimas con el disgusto. La RFA celebraba el empate como un triunfo. Era el primer gol de Schnellinger con la selección y el único que anotó en sus 47 partidos internacionales. Alemania, una vez más, mostraba un absoluto dominio del tempo del partido.

Fin del partido. Descanso antes de la prórroga.

No hay cambios. Se habían agotado. Fiel a su rutina habitual, Valcareggi había introducido a Rivera por Mazzola en la media parte sin importarle nada más. Alemania había agotado los cambios cerca del minuto 75, justo antes de que en una internada espectacular de Beckenbauer, el central Cera cargara sobre él cual toro embistiendo a torero derribando al ‘Kaiser’ en el borde del área. Beckenbauer se levanta, pero visiblemente dolorido en su hombro derecho y, aunque renqueante, continua en el encuentro.

Ahora, antes de iniciarse la prórroga, y sin más cambios para realizar, Beckenbauer habla con los servicios médicos teutones, le vendan el brazo, y con una clavícula rota y el brazo en cabestrillo se dispone a jugar la media hora de la prórroga. Su estampa de valkiria sobre el abrasador sol mexicano se convertirá en icono de tan bello partido.

Comienzo de la prórroga.

En el minuto 95 del choque (5’ de la prórroga), Libuda envía un centro al área que es despejado por la defensa italiana. Sin embargo, en un error de coordinación entre un par de italianos, ‘Torpedo’ Müller aparece por detrás y en un escorzo tan característico del pequeño delantero, adelanta a Alemania. Los italianos dejaron las precauciones defensivas para otro momento y en tan sólo 4 minutos un balón bombeado al área enviado por Rivera es recogido por Tarcisio Burgnich (cuyo apellido dejaba bien clara la procedencia de su familia paterna) que con un disparo a bocajarro otorgaba el empate nuevamente para Italia. 2-2.

Poco después el cazagoles Riva bajaba el balón dentro del área, se libraba de Schulz con un precioso regate y con un zurdazo cruzado batía a Maier y ponía por delante a Italia. Para entonces las cámaras de televisión sólo tenían ojos para un Beckenbauer que con el brazo derecho en cabestrillo no paraba de pedirle a sus compañeros que mantuviesen la calma agitando con vehemencia el izquierdo.

Descanso de la prórroga.

El cansancio y los calambres iban a propiciar un espectáculo inolvidable. El árbitro solicita a los equipos que vuelvan al campo pero los masajistas se afanan por realizar estiramientos. El calor abrasador hace que las botellas de agua rieguen los cuerpos tanto por dentro como por fuera. Gemelos e isquiotibiales parecen a punto de estallar. Los cuádriceps dejan de funcionar.

Segunda parte de la prórroga.

Con el 3-2 a su favor, Italia empezó a perder tiempo de forma descarada, en una mezcla de lesiones simuladas y exhausto cansancio. Pero Alemania no estaba muerta. Nunca está muerta. Overath centra por enésima vez desde la banda izquierda y Seeler cabecea en picado obligando a Albertosi a un escorzo para desviar el balón por encima del larguero. Es saque de esquina. El propio Seeler cabecea en primera instancia y luego Müller demostró porque, con permiso de Pelé, era el mejor goleador del momento. Con su estilo aparentemente tosco, consiguió poner la puntera y desviar un tiro previo paso por varias piernas de defensores italianos batiendo a un desesperado Albertosi. Era el décimo gol del que iba a ser el máximo goleador del Mundial. 3-3.

En ese momento parecía que el partido iba a acabar en tablas. Ello implicaba otro extenuante partido al cabo de dos días, ya que por aquel entonces no estaba todavía implantado el sistema de penaltis. Sin embargo, en el minuto 116, a 4 minutos de final, la elegancia de Rivera surgió cerca del área para con un precioso disparo con el interior batir a Sepp Maier y dar una nueva ventaja, esta vez parecía que definitiva, de 4-3 para Italia. El cancerbero teutón cierra los puños y golpea con rabia el suelo mientras Rivera y Riva se funden en abrazo.

El marcador corre hacia atrás.

Ni siquiera los correosos alemanes fueron capaces de volver a marcar, e Italia se clasificaba para la final tras un majestuoso partido en el que se anotaron 7 goles, 5 de ellos durante la prórroga, tiempo extra al que se había llegado tras un gol alemán en el minuto 93. Colosal. Inolvidable.

Italia, totalmente extenuada, jugó la final ante Brasil físicamente destrozada. En otro partido para el recuerdo, Carlos Alberto, Tostao, Rivelino, Gerson, Jairzinho y Pelé arrollaron a los italianos por 4-1 convirtiéndose en campeones por tercera vez en su historia.

Para Italia fue el corolario de un lustro magnífico. No volvería a un Mundial hasta 1978. Para Alemania supuso un paso más para lograr el éxito que se le estaba resistiendo y que conseguiría venciendo en la Eurocopa de 1972 y en el Mundial de 1974.

Fue un partido al que se le agotaron todos los calificativos y que permanece y permanecerá en la memoria. La emoción de la prórroga afectó no sólo a alemanes y a italianos sino a todos aquellos buenos aficionados al fútbol. Los funcionarios de prisiones de la cárcel mexicana de Tixtla estaban escuchando el partido por la radio. Era tal la emoción que decidieron desplazarse al otro lado de la calle para ver los instantes finales del partido por televisión en un bar. Debió ser tal la premura de su marcha, que 23 presos aprovecharon la falta de vigilancia para escaparse de la cárcel. Habían ganado su propio partido del siglo.

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México 70. El partido del siglo (1ª parte)

La Copa Mundial de Fútbol es la mayor expresión balompédica existente y junto a los Juegos Olímpicos es el evento deportivo más seguido del planeta. Su magnetismo radica en que consiste en una lucha comprimida en el tiempo entre naciones de cualquier lugar del mundo, que, sobretodo antaño, permite conocer culturas, costumbres y razas distintas a las cotidianas. Contribuye a la seducción del evento que es cuatrienal lo que aumenta su excepcionalidad y su atractivo incluso para el que no es un gran aficionado al fútbol.

Ha habido grandes partidos en la historia del Mundial de Fútbol. Obviamente entre ellos están todas las finales disputadas. La más conocida por su anomalía fue la victoria de Uruguay ante Brasil (2-1) en 1950, el famoso ‘Maracanazo’, pero también fueron dignas de recuerdo la de 1954 (RFA 3-2 Hungría), la de 1986 (Argentina 3-2 RFA) o la de 2006 (Italia 1-1 Francia) por citar algunos ejemplos. En las fases previas, se han dado auténticos espectáculos futbolísticos. El más próximo en el tiempo fue el desastre de Brasil ante Alemania en las semifinales de 2014 (1-7). Pero hay multitud de choques que han quedado para el recuerdo. Algunos de los más recientes podrían ser el Italia 3-2 Brasil (1982), RFA 3-3 Francia (1982), Argentina 2-1 Inglaterra (1986), Brasil 1-1 Holanda (1998), Italia 2-0 Alemania (2006) o España 1-0 Alemania (2010).

Pero, si en algo hay consenso en el mundillo futbolístico, es que el mejor partido jamás disputado en una Copa Mundial de Fútbol tuvo lugar el 17 de junio de 1970 en el Estadio Azteca de México Distrito Federal y enfrentó en una de las semifinales a la República Federal Alemana (RFA) contra Italia.

Ni fue el primero, ni fue el último, mas quizás fue de uno los más famosos encuentros calificados como ‘Partido del Siglo´, magnificencia que aún se mantiene en Italia (Partita del Secolo) y en Alemania (Jahrhundertspiel) cuando se habla de un choque que va camino de la media centuria de antigüedad.

Fue un partido único, en un Mundial único. Y es que México 70 es para buena parte de los especialistas la más bella Copa del Mundo jamás celebrada. Aquel Mundial representa el juego del fútbol más puro que se ha visto, por plasticidad y por ejecución de un nivel técnico superlativo. Especialmente Brasil, que desplegaba un juego que hoy en día sería considerado lento, pero con un nivel de desarrollo y confección de las jugadas estéticamente perfecto. A esto ayudó a que también fue el primer Mundial en el que se usaron las amonestaciones con el fin de acabar con el juego duro que había aflorado con éxito en la década de 1960. Consecuencia de ese tipo de fútbol y de las muchas lesiones, fue que por primera vez se permitieron realizar dos sustituciones que ayudaban a igualar los partidos, compensaban los cansancios y dotaban de una nueva arma a los entrenadores otorgando una mayor riqueza táctica al juego.

A nivel organizativo todo fue espectacular. Se utilizaron las infraestructuras desarrolladas para la organización de los JJOO de 1968 y México se volcó en un deporte que amaba poniendo en marcha todo el poder de una nación de 100 millones de habitantes que por entonces se encontraba en plena expansión económica.

Era el primer Mundial de fútbol que se retransmitía por televisión en color vía satélite y la final se iba a jugar en el Estadio Azteca, un coloso de 110.000 espectadores de capacidad. También fue la primera vez que se diseñó un balón de forma especial para el torneo, el bellísimo Telstar de Adidas, compuesto por hexágonos blancos y pentágonos negros, y que sustituyó para siempre los tradicionales balones marrones. Era tan hermoso, que cuando acababa en las gradas los espectadores se pegaban entre ellos para atraparlo y quedárselo como objeto de coleccionista. Era la primera vez que tal suceso tenía lugar.

Era un balón futurista (recogía el nombre del primer satélite de telecomunicaciones enviado al espacio, y, de hecho, haciendo un guiño a la histórica industria espacial soviética el del actual Mundial de Rusia fue bautizado como Telstar 18) y ahora es la base de cualquier pelota de fútbol actual. Pero aún más rompedor fueron los preciosos diseños de las camisetas de juego, los primeros proporcionados por marcas oficiales y que lucían resplandecientes con color y con la preciosa luz del verano mexicano.

La única pega que la comunidad internacional puso al país azteca en los meses previos al inicio del campeonato era la elevada altitud del país, ya que buena parte de las sedes rondaban los 2.000 metros de altitud. Además del Azteca, conocido coloquialmente como ‘El coloso de Santa Úrsula’ al estar ubicado en el barrio de dicho nombre, destacaba el estadio Jalisco de Guadalajara con capacidad para 60.000 almas. Los jugadores sufrirían en su capacidad pulmonar el inconveniente de jugar en altitud, pero, los encuentros estuvieron adornados de una épica irrepetible.

Participaron 16 selecciones encuadradas en 4 grupos. La ausencia más significativa fue la de Argentina. También falló Hungría (por entonces potencia europea) y por vez primera se reservó una plaza fija para un equipo africano, honor que cayó del lado de Marruecos tras batir en la eliminatoria definitiva a Egipto. Aunque seguramente el hecho más recordado de la fase de clasificación fue un encuentro entre El Salvador y Honduras al término del cual se producirían una serie de disturbios que sirvieron de chispa para iniciar una corta guerra entre ambos países que se saldaría con más de 2.000 muertos y que ha pasado a la historia como ‘La Guerra del Fútbol’.

Había dos grandes favoritos al título. El candidato principal era Brasil, que además contaba con el apoyo del público local. Sin embargo, meses antes del inicio del torneo, la prensa internacional se haría eco de un asunto que dejaría en nimiedad el reciente despido de Julen Lopetegui.

En 1970 Brasil estaba regido por una dictadura militar conservadora. El máximo dirigente era el general Médici, que como la gran mayoría de los brasileños era un fanático del fútbol. La Federación, tras su fracaso de cuatro años antes en Inglaterra, había designado seleccionador a Joao Saldanha, simpatizante comunista, aunque, cabalmente, prefería no manifestar sus ideas públicamente. Contaba Saldanha además con el apoyo de la afición, porque fue él el artífice de juntar en el mismo equipo y hacerlos funcionar cual reloj suizo a Pelé, Tostao, Gerson, Rivelino y Jairzinho, todos ellos números ‘10’ en sus equipos (mediapuntas) y que demostraron una coordinación y una capacidad de adaptación extraordinarias. Esa disposición táctica hizo que Brasil prescindiera de un delantero centro puro. A pesar de los éxitos, Médici quería echar a Saldanha. Necesitaba un buen motivo y pronto iba a conseguirlo.

En la temporada del Mundial el máximo goleador brasileño fue Darío, fenomenal delantero centro del Atlético Mineiro que superó en goles al mismísimo Pelé. Era el jugador favorito del general Médici pero Saldanha prescindió de él al no necesitar un delantero centro en su esquema de juego. Esa era la excusa que el general necesitaba para despedir a Saldanha antes de que diera la convocatoria para el Mundial. Fue sustituido por Mario Zagallo, técnico simpatizante de la dictadura y que, obviamente, convocó a Darío a pesar de que no llegaría a disputar ni un mísero minuto en la Copa del Mundo.

El otro gran favorito era Inglaterra, vigente campeona mundial. Y también tuvo su ‘caso Lopetegui’ particular. Una semana antes del inicio del torneo, Inglaterra jugó un encuentro preparatorio ante Colombia. Al término del mismo, Bobby Moore, capitán anglosajón, fue esposado y llevado a comisaría acusado de robar un brazalete de oro en una joyería. El equipo viajó a México, mientras que a su capitán se le impedía salir de Colombia a la espera de juicio. Estuvo a punto de estallar un conflicto internacional, y la diplomacia, e incluso se dice que la realeza inglesa, tuvo que intervenir para sacar a Moore de Colombia y así poder llegar al partido inaugural, aunque con unos cuantos kilos de menos. Finalmente se descubrió que todo había sido un montaje del joyero que había simulado el robo para su propio beneficio.

El sorteo deparó que en la primera fase se enfrentaran los dos favoritos. Saldría vencedor Brasil (1-0), gracias a un extraordinario Pelé. Fue un Mundial bellísimo que dejó algunas jugadas para la posteridad, y en todas ellas intervino ‘O Rei’, que con su actuación en México se ganó el título para la posteridad de rey de reyes. En ese partido, su perfecto remate picado de cabeza elevándose desde los cielos fue despejado por el guardameta inglés Gordon Banks en la que para muchos es la mejor parada de la historia. Es curioso, porque hasta tres impactos dejó Pelé para la posteridad y ninguno fue gol. Antes, en el encuentro inaugural, había lanzado un tiro desde el centro del campo frente a Checoslovaquia (4-1) aprovechando que Viktor no se encontraba bajo palos: “Desgraciadamente el balón no rozó el palo, pero el grito de aprobación del público lo compensó”, diría ‘O Rei’. En semifinales, ante Uruguay (3-1), amagó delante del portero dejando pasar el balón ante sus narices y volviendo tras sus pasos, pero tampoco consiguió marcar. Pelé hacia genialidades nunca vistas. Es probable que ya se hubiesen intentado antes, pero nunca en un escenario de tal magnitud.

Decía que en semifinales se enfrentaron Brasil contra Uruguay, dando la canarinha buena cuenta de los siempre defensivos y competitivos charrúas. Los primeros habían eliminado a Perú (4-2) en cuartos en un espectacular mano a mano entre Pelé y Teófilo Cubillas y los segundos habían derrotado a la URSS (1-0) con un gol agónico de Víctor Espárrago a pocos minutos del final de la prórroga.

Después de ganar a Inglaterra, Perú y Uruguay, Brasil esperaba rival para la final. El vencedor saldría del encuentro entre Alemania e Italia. Los dos equipos más laureados del Viejo Continente. El vigente subcampeón mundial contra el vigente campeón europeo.

Será el partido del siglo. Pero eso quedará para el siguiente capítulo.

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1990. Italia, signora del calcio

La característica primordial de la prensa escrita frente a otros medios de comunicación es el tiempo de redacción. El hándicap en esta especialidad es que las noticias van con retraso, pero, a cambio, la reflexión y la documentación permiten elaborar un contenido de mayor calidad y que satisfaga al lector. La excepción se da cuando el suceso ocurre ya avanzada la tarde y se premia la celeridad, pues el diario tiene que cerrar su edición, para luego ir a la rotativa y más adelante a las furgonetas de distribución y, de este modo, estar en los quioscos al alba del día siguiente.

En los medios deportivos esto sucede cada dos por tres. Un partido de Copa de Europa, que finaliza a las 22:30, y al que hay que añadir declaraciones de los protagonistas en las postrimerías del encuentro, es uno de esos días en lo que lo esencial es la premura. La docena de páginas que hay que escribir sobre el choque deben estar preparadas. Asimismo, si uno observa detenidamente, en la crónica del partido hay muchas más referencias a la primera parte que a la segunda, ya que lo normal es que cuando falten 10 minutos para el final, el cronista ya la tenga preparada esperando que ningún cambio de última hora altere su escrito.

Los periodistas del partido del AS Roma contra el FC Barcelona tenían escrito la crónica antes del inicio del choque. Yo me incluyo entre ellos.

Los que redactaron la crónica del Madrid-Juve más de lo mismo. Esos tuvieron que hacer un ejercicio de prestidigitación y concebir hasta tres cambios en un mismo texto, uno de ellos en el minuto 98 del choque.

Este artículo estaba pensado para tratar este año 2018 como el ‘annus horribilis’ del fútbol italiano. Tras el estrepitoso empate de la selección ‘azzurra’ ante Suecia en el pasado mes de noviembre, Italia se perderá el Mundial de Rusia, y las eliminaciones de la Juventus y de la Roma en cuartos de final de la Liga de Campeones y de la Lazio en la segunda competición continental no hacían otra cosa más que reafirmar el declive general en el que está instalado el fútbol italiano.

Yo también tuve que cambiar la crónica. Tuve que darle una vuelta de tuerca a mi disertación.

La AS Roma no está eliminada. Quien quedó eliminado fue el Barça. Ningún cronista lo habría previsto. Son las segundas semifinales para la AS Roma en toda su historia. Las primeras tuvieron lugar en 1984. El que apostó una buena suma de dinero por la victoria de 3-0 del conjunto romano supongo que estará riéndose a carcajada limpia. La ganancia era de 81 euros por cada euro arriesgado.

La hazaña quizás sólo se pueda comparar a la ocurrida en estas mismas fechas en el año 2004. Por aquel entonces, el AC Milan era el vigente campeón, la Serie A la liga de fútbol más respetada del mundo, y alguno de los mejores jugadores del planeta eran ‘rossoneros’. Vencieron 4-1 en la ida al RC Deportivo, un buen equipo, pero sin pedigrí europeo y que había llegado al límite de sus posibilidades para expertos y aficionados. Sorpresivamente, en el partido de vuelta los gallegos pasaron por encima de Maldini, Seedorf, Kaká y compañía y vencieron por 4-0.

Si sustituimos al AC Milan por el FC Barcelona y al RC Deportivo por la AS Roma, tendremos una crónica válida para esta edición de los cuartos de final de la Liga de Campeones.

Aquel RC Deportivo, envalentonado por su victoria pensaba que ya había ganado el título. Lo creían los jugadores, los medios y los aficionados. Les había tocado el Oporto y pensaban que ya estaba todo hecho. Pronto sabremos si a la Roma le sucede lo mismo y menosprecian al Liverpool tras haber logrado la machada ante el Barça.

El caso es que este rotundo éxito no debería nublar la vista de los rectores del fútbol italiano, porque lo que hoy es una morrocotuda sorpresa, en el pasado era la regla general. Sólo la Juventus, fuerte y segura en sus convicciones y en su modelo empresarial, puede competir en mayor o menor medida con la elite europea. El Internazionale y el Milan profesan un dolor inmenso si comparamos sus plantillas actuales con las de antaño. La Roma (sí, a pesar de todo, que ganasen el título sería una sorpresa de dimensiones bíblicas) y el Nápoles quieren y no pueden, y otros, caso del Parma, la Fiorentina o la Sampdoria ni están ni se le esperan. Ningún jugador italiano es el favorito de los niños y pocos venden camisetas más allá de los barrios y los centros comerciales de sus respectivas ciudades. Buffon, a sus 40 primaveras y al borde de la retirada, sigue siendo el futbolista transalpino más venerado.

No hace mucho esto no era así. De hecho, era justamente al revés. En Italia el fútbol caló rápidamente y se integró en la cultura y las costumbres del país. Italia era bicampeona del mundo antes de la II Guerra Mundial. El clima, las costumbres, las raíces migratorias y el idioma propiciaron que cientos de sudamericanos se nacionalizasen italianos, lo que facilitó un salto de calidad de primer nivel frente a otras naciones europeas. Después, tras el nacimiento de la Copa de Europa, el industrializado norte de Italia se hinchó a gastar dinero en la locura del fútbol (por muy industrializado que fuese, Italia seguía, y sigue, siendo un país del Sur de Europa, el país de la ´dolce vita´). Cazados ya argentinos, uruguayos o brasileños, los conjuntos italianos se dedicaron a reclutar jugadores en función del país que estuviese de moda. Así, a finales de los 50 llegaron los suecos (Nordhal, Liedholm, Gren) y los 60 fueron turno para los británicos (John Charles, Law) o los españoles (Luis Suárez, Del Sol). En los 70 se decidió prohibir el fichaje de jugadores extranjeros, pero cuando en 1980 se reabrió el mercado, una orgía de millones de liras inundó los campos italianos. Los mejores futbolistas del momento estaban en Italia, ya fuesen franceses (Platini, Zidane), argentinos (Maradona, Batistuta), brasileños (Zico, Ronaldo), alemanes (Rummenigge, Matthaüs), ingleses (Gascoigne), daneses (Laudrup), holandeses (Van Basten, Gullit)… De tal forma, que entre el año 1980 y 2007 todos los ganadores del Balón de Oro salvó el ucraniano Igor Belanov (1986) y el inglés Michael Owen (2001) jugaron en algún momento en la Serie A.

El cambio de tendencia se produjo en el año 2008 al abrigo de la mayor crisis financiera de la época moderna. Clasificados Roma (Italia), Liverpool (Inglaterra), Real Madrid (España) y Bayern (Alemania), las de esta temporada son las primeras semifinales en los últimos 10 años propiamente de Copa de Europa. A la antigua usanza. Con un equipo de cada país. Lo normal en esta década es encontrar a varias escuadras inglesas, españolas, alemanas e incluso francesas en estas rondas. Para Italia, con la excepción de la Juve, están siendo unos años muy dolorosos.

Durante décadas los italianos ganaron a base de disciplina, encorsetamiento táctico y rigidez defensiva. Los brasileños aprendían a defender, los argentinos encajaban por su fiereza, los alemanes por su disciplina y todos, fuesen del país que fuesen, aprendían a sufrir y a jugar como equipo. Los equipos eran ITALIANOS por mucha estrella extranjera que tuviesen. Las plantillas funcionaban como una fábrica de montaje y los futbolistas creativos eran vanagloriados por su capacidad de transición defensiva y se esperaba que desnivelaran un partido en momentos puntuales, debido a su talento para lanzar una falta o para rematar a gol en espacios pequeños.

Pero, de pronto, el dinero escaseo, y los grandes jugadores emigraron a Inglaterra, incluso a Alemania o a Francia, y asimismo a España. En este último país también golpeó la crisis y escaseó el dinero, pero, a diferencia de Italia, los equipos modestos españoles realizan un fútbol atractivo que permite destacar a los jugadores de calidad. Así, muchos futbolistas prefieren disputar la Liga aun perdiendo dinero, soñando tener una tarde de gloria en un partido de domingo en el Camp Nou o en el Bernabéu.

—1990—

El cénit del fútbol italiano se produjo en 1990. Italia albergó el Campeonato del Mundo aquel verano. Quedó eliminada en semifinales y acabó en un honroso tercer puesto, pero la Serie A puede ser considerada la campeona moral. Aquel Mundial se recuerda como el más aburrido de la historia. Defensas de cinco zagueros, equipos jugando al fuera de juego y poco espacio a la imaginación. Todos jugaron como italianos. Alemania, país recién unificado, derrotó a Argentina en la final. 6 jugadores teutones jugaban en equipos italianos (Brehme, Matthaüs, Völler, Klinsmann, Hässler y Berthold) y lo mismo sucedía con 4 argentinos (Maradona, Dezotti, Lorenzo y Sensini).

Por aquel entonces se disputaban tres competiciones continentales. Las tres fueron a parar a Italia. En la extinta Recopa se retaron en la final la Sampdoria y el Anderlecht. Los genoveses se hicieron con el título gracias a los goles de Vialli y Mancini y las paradas de Pagliuca. La apoteosis tendría lugar en la Copa de la UEFA con final italiana a doble partido entre la Juventus y la Fiorentina. Para entender cómo ha cambiado el fútbol en este cuarto de siglo, aquel año ningún conjunto español se había clasificado para los octavos de final. El vencedor fue el equipo turinés, que aunque no contaba con ninguna estrella, mostró su siempre fiable solidez. En los florentinos destacaba Roberto Baggio, el jugador con más calidad de su generación.

Para la fiesta grande, la competición por excelencia, el Milan se proclamaba campeón de Europa y repetía el título del año anterior tras vencer al Benfica en una final disputada en Viena. Aquel Milan estaba dirigido por Arrigo Sacchi, un innovador de la táctica, liderado por un trio de holandeses descollantes con Van Basten por bandera, y levantado sobre una defensa que ha pasado a los anales del futbol, con un acento 100 x 100 italiano, formada por Tassotti, Costacurta, Baresi y Maldini.

Cuando en diciembre se cerró el curso futbolero de aquel año con la entrega del Balón de Oro, la fiesta no podía ser más italiana. El ganador, Lotthar Matthaüs era alemán, pero también era la estrella del Inter. El balón de plata fue Salvatore Schilliaci, delantero siciliano de la Juventus. Entre los 10 primeros clasificados había 3 jugadores italianos (al ya citado se sumaban Baresi y Baggio) y 7 de los 9 primeros jugaban en la Serie A. De hecho, el primer español en la clasificación (12º puesto), era Martín Vázquez, centrocampista del Torino, a donde había llegado tras abandonar el Real Madrid por unos cuantos millones de liras.

En aquellos tiempos el AC Milan fichó a Gianluigi Lentini (¿alguien lo recuerda?) procedente del Torino. Era el fichaje más caro de la historia por aquel entonces. Hoy, de los 25 fichajes más caros de la historia solo el de Higuain por la Juventus en 2016 pertenece a equipos de la Serie A.

Hace unos años, con motivo del 25 aniversario del mundial celebrado en Italia, la prensa transalpina publicaba especiales sobre el año 1990 bajo la frase: “Ricordare è di essere di nuovo felice” (recordar es ser feliz de nuevo).

Seguro que todos en Italia están de acuerdo. Excepto los ‘tiffosi’ de la Roma.

https://www.youtube.com/watch?v=LD16w001tHc

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