fútbol

Expresiones del lenguaje deportivo

Hay gente, mucha gente, que considera el deporte una tontería, algo banal, ‘pan y circo’. Son tan obtusos que son incapaces de ver que detrás del deporte hay una serie de ramificaciones que conforman esta expresión cultural como una evolución del desarrollo del ser humano. Esta misma gente suele tener cierto repelús a la hora de unir deporte con literatura y lenguaje académico, o, algo aún más prosaico, a la hora de usar el lenguaje deportivo como forma de lenguaje cotidiano. Estoy seguro que esa gente ignora que en el siglo V a.C. un ateniense llamado Arístocles puso las semillas de la filosofía, de la política, de la psicología o de la ética a través de sus libros escritos en forma de diálogo. Ese erudito ha pasado a la historia con el nombre de ‘Platón’, apodo que le pusieron sus amigos en la adolescencia porque era un gran atleta con una formidable espalda tan firme y tan ancha que parecía un plato. Siempre me ha resultado interesante que uno de los mayores genios de la humanidad sea conocido para la eternidad con su apodo deportivo.

Con la excepción del siempre presente fútbol, seguramente el deporte que más expresiones ha dado al habla cotidiana ha sido el hoy denostado boxeo. Podemos empezar con la clásica ‘tirar la toalla’, tan habitual para constatar que nos rendimos o que no nos esforzamos más y que tiene su origen en el gesto que los preparadores indican al árbitro para dar por finalizado un combate. Esto suele ocurrir cuando el boxeador está ‘grogui’, es decir, cuando se tambalea por el ring, expresión que hoy usamos para indicar un mareo fortuito muchas veces por culpa del alcohol. La palabra ‘grog’ hace referencia a un combinado cuya base es el ron, bebida de alta graduación que era muy habitual en el ejército británico. Se dice que los soldados consumían altas cantidades de esta bebida para entrar en combate y así quitarse el miedo antes de la batalla, en definitiva, entrar en combate ‘groguis’. Cuando un boxeador está ‘grogui’ o a punto de acabar en K.O. suele ‘estar contra las cuerdas’, arrinconado en una esquina del cuadrilátero. Dicha expresión la usamos cotidianamente cuando estás a punto de claudicar en cualquier ámbito de la vida. Pero, sin en el último momento consigues librarte de tan mal final es que te has `salvado por la campana´, dicho que hace referencia al fin del asalto, cuando el boxeador que va perdiendo tiene un minuto de descanso para recuperarse.

Otro clásico del argot pugilístico es recibir `un golpe bajo´, en referencia a golpear al rival en la entrepierna y hoy usado metafóricamente cuando somos sometidos a una traición en cualquier ámbito de la vida personal o profesional. Normalmente un `peso pesado´ no da `golpes bajos´ porque es un púgil de alto nivel, una persona de la máxima categoría, mientras que un ´sparring´ necesita de esas pequeñas triquiñuelas para obtener la victoria, lo cual tampoco está tan mal, porque un `sparring´ es aquel que en sentido figurado nos pone a prueba o que nos sirve para prepararnos ante algún acontecimiento más complicado.

Pero para deporte `grande, grande donde los haya´ como diría el bueno de José María García, no cabe duda de que ese es el fútbol. La regla más definitoria del llamado `deporte rey´ es el fuera de juego, y `quedarse en fuera de juego´ es algo habitual en nuestras relaciones cotidianas, especialmente en las de pareja. Los delanteros son los futbolistas que suelen caer más en fuera de juego y lo harán continuamente a lo largo de su carrera hasta que `cuelguen las botas´, algo que todos hacemos en algún momento de nuestra vida al llegar a la jubilación. `Colgar las botas´ o `colgar los guantes´ (volvemos otra vez al boxeo) es una expresión ciertamente prohibitiva en Centroamérica donde el significado es doble; dejar una actividad pero a través del fallecimiento.

La salsa del fútbol es `meter goles´ que es algo que todos hacemos cuando engatusamos a alguien y conseguimos lo que queremos, pero también podemos `echar balones fuera´ y agazaparnos para no entrar en una discusión y `lavarnos las manos como Poncio Pilato´. Cuando hay una falta peligrosa el portero se afana en `poner la barrera´ algo que los adolescentes enamorados deben realizar si no quieren evitar sustos a los 9 meses de colocar en funcionamiento sus hormonas.

Hay una expresión futbolera que es `100 x 100 made in Spain´. `Tener más moral que el Alcoyano´, que es algo así como rezarle a Santa Rita la `patrona de los imposibles´. Al parecer, en un encuentro en el que el CD Alcoyano iba perdiendo 13-0 los jugadores protestaron al árbitro por no dar varios minutos de descuento al término de la segunda parte. Según ellos esto impidió la remontada del equipo alicantino. Eso es lo que cuenta la leyenda. La realidad explica que a caballo entre los años 40 y los años 50, el CD Alcoyano era un `equipo ascensor´ que deambulaba entre Primera y Segunda División por lo que año tras año sus seguidores se cargaban de moral aún a sabiendas de que la vuelta a la máxima categoría iba a ser efímera.

Otra frase muy recurrente en el balompié es la de `ganar sin bajarse del autobús´, muy usada en los mítines políticos de los 70 y los 80 para referirse a la superioridad manifiesta entre el favorito y el aspirante. Este tipo de bravuconadas también se da entre jugadores. No obstante, cuando el entrenador utiliza su `mano de hierro´ para imponerse ante algún futbolista díscolo este inmediatamente pasa a `chupar banquillo´, expresión que era muy usada entre los adolescentes (sustituida por la de `pagafantas´ más recientemente), y que tiene su origen en la barra de metal que estaba colocada en muchos vestuarios (a semejanza de los asientos de las montañas rusas y otras atracciones) y que el jugador acababa chupando por aburrimiento.

La trilogía tradicional del deporte en España se completa con el ciclismo, otra disciplina llena de expresiones y frases hechas usadas en el día a día. Sin embargo, las dos expresiones más conocidas del mundo de las dos ruedas no tienen origen ciclista. La expresión `farolillo rojo´, que utilizamos para referirnos a aquel que va último en una carrera es originaria del mundo del ferrocarril, ya que originalmente el último vagón de un convoy llevaba una luz colorada para indicar el fin del vehículo a los transeúntes. Del mismo modo, cuando usamos la palabra `pelotón´ para indicar un grupo numeroso de personas inmediatamente pensamos en el Tour de Francia, cuando en origen es un vocablo de corte militar.

Siempre que discutimos con alguien y a pesar de las evidencias es incapaz de cambiar de parecer, decimos que es una persona `de piñón fijo´, como las primeras bicicletas de carrera o las de paseo que usamos de pequeños. Con ese tipo de bicis es más difícil `esprintar´ un verbo común en la actualidad y que implica un esfuerzo final y a última hora. En el ciclismo las victorias al sprint se consiguen después de jornadas `maratonianas´, que hacen referencia a la prueba atlética más larga y más fatigosa con sus más de 42 kilómetros de longitud.

En el mundo de la raqueta, si bien es cierto que en Francia la palabra ´deuce´ se utiliza como empate aunque realmente no quiere decir eso (la palabra francesa para empate es ‘egalité’), en el castellano lo más curioso es como la palabra tenis ha pasado a designar un tipo de zapato deportivo, dado que en el siglo XIX los únicos que llevaban tenis eran los jugadores de tenis, valga la redundancia.

Del norteamericano deporte del baloncesto hemos absorbido la expresión `tiempo muerto´, útil para hacer un `kit-kat´ en medio de una discusión o de un esfuerzo. Cuando la discusión no acaba como deseamos puede que nos `pillemos un rebote´ que hace referencia al acto, muchas veces desagradable porque implica dar codazos o manotazos, de recoger el balón cuando sale expulsado del aro.

El juego del ajedrez (deporte para muchos) tiene su origen en la Edad Media, momento en el que las lenguas romances adquieren forma propia para más adelante establecer reglas de uso y escritura a través de la gramática. Es por ello que el ajedrez, desde hace varios siglos, forma parte de la lengua de muchos países, y por supuesto del castellano, idioma en el que trazamos este artículo. El propio tablero de juego, tablero `ajedrezado´ ha creado un adjetivo usado para referirse a prendas de ropa o tipos de arquitectura que combinan cuadrados de distintos colores. Menos conocido es que cada uno de esos cuadrados recibe el nombre de `escaques´ de donde proviene el verbo `escaquear´, usado en el presente para quien evita una tarea impuesta y que en el medievo se refería a dividir los ejércitos en pequeñas unidades en una especie de `guerra de guerrillas´.

Por supuesto, la jugada maestra del ajedrez es el `jaque mate´, que se traslada a cualquier ámbito en el que gracias a nuestra pericia salimos victoriosos. Previamente hemos tenido que `poner en jaque´ a nuestro rival (pongamos por caso que sea nuestro jefe o nuestro padre) para poder conseguir nuestro objetivo, aunque a veces, ese jefe o ese padre, sabe `enrocarse´ y así defender su posición, por lo que no nos queda más remedio que dejar todo `en tablas´, o lo que es lo mismo en empate, porque aún a sabiendas de tener razón no tenemos ni fuerzas ni argumentos para demostrarlo.

Y luego hay otras ‘cositas´ que pasan desapercibidas. Desde el no muy usado verbo `placar´ sinónimo de derribar y común en el rugby, a otras más elitistas como `touché´ referidas a una argumentación brillante que es alabada y que proviene del afrancesado deporte de la esgrima.

Seguramente hay muchos más, pero con esto es suficiente para pasar un rato entretenido en una tarde de otoño. Porque como dijo Arístocles, más conocido como ‘Platón’; “mejor un poco que esté bien hecho, que una gran cantidad imperfecta”.

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River Plate – Boca Juniors

Cuando llega el rigor del invierno los erizos buscan un lugar en el que guarecerse. Desarmados por culpa del frío deciden juntarse para proporcionarse calor. Lamentablemente para ellos el juntarse implica pincharse, por lo que pegan un salto, reculan y vuelven a alejarse. Una vez calculado el punto exacto entre dolor y calor vuelven a acercarse hasta que determinan una distancia apropiada para darse ardor sin sufrir daño.

Acostumbrados a una versión eurocéntrica del mundo, tendemos a considerar que no existe acontecimiento futbolístico más relevante que un duelo entre el FC Barcelona y el Real Madrid. Si bien es cierto que por nivel futbolístico y por cuestiones socioculturales estamos ante el partido de fútbol más atractivo del momento, no debemos perder la perspectiva sobre otros encuentros. Para empezar, Madrid y Barcelona son dos ciudades en conflicto que se encuentran a 600 kilómetros de distancia. El mal llamado ‘clásico’ desde hace un par de décadas, por y obra gracia del marketing, ni siquiera es un enfrentamiento entre hermanos.

No recuerdo en que libro leí la historia del erizo, pero si puedo afirmar que no era un tratado de ciencias sociales ni un libro de naturaleza. Era una metáfora que explicaba porque las guerras civiles son las más dolorosas de entre todas las guerras. Las relaciones entre hermanos son las más profundas, pero a la vez son las más débiles, y encontrar el equilibrio entre el dolor y el amor se entorna siempre complicado.

Un derbi es un enfrentamiento entre hermanos. Entre vecinos de una misma ciudad. Entre familias y amigos. Es cierto que el desarrollo de los medios de transporte ha hecho que consideremos derbi luchas entre distancias kilométricas, pero la esencia del derbi sigue siendo una rivalidad de vecindario. Una final de la Copa Libertadores entre Boca Juniors y River Plate tiene una carga emocional de tal envergadura que ni Real Madrid ni FC Barcelona pueden comprender. Tan sólo una final de la Copa de Europa entre los protestantes y unionistas del Glasgow Rangers y los católicos y separatistas del Celtic de Glasgow podría asemejarse a lo que en estos días están viviendo en Argentina. Pero que los dos colosos del fútbol escocés lleguen a enfrentarse en una final europea suena a ciencia ficción.

Boca Juniors y River Plate ocupan un lugar privilegiado en una lista en la que destacan AC Milan vs Inter de Milan, Betis vs Sevilla, Fenerbahce vs Galatasaray, Real Madrid vs Atlético, Olympiakos vs Panathinaikos, Partizan de Belgrado vs Estrella Roja, Nacional vs Peñarol o Lazio vs Roma. ‘Conditio sine qua’ puede haber un gran derbi es que tiene que existir una gran urbe en la que tengan cabida dos equipos de nivel superlativo e igualitario.

En Buenos Aires no sólo hay dos equipos, hasta 12 de los 26 que conforman la Liga Argentina se concentran en lo que se denomina Gran Buenos Aires. No es más que la muestra de la pujanza de un área metropolitana donde viven 13 millones de personas, un tercio de la población del país. Además de Boca Juniors y de River Plate, Argentinos Juniors, Huracán, San Lorenzo de Almagro y Vélez Sarfield compiten por la supremacía de la ciudad. En la otra orilla del río Matanza (conocido por los bonaerenses como el Riachuelo), en lo que antaño eran cuadras y haciendas y hoy son bloques de edificios, están Independiente, Racing de Avellaneda, Lanús, Tigre, Banfield y Defensa y Justicia. En total hay censados en la ciudad hasta un total de 66 estadios de diferentes categorías.

Que Boca Juniors y River Plate disputen una final de la Copa Libertadores es la amplificación de la exageración. Realmente “en Argentina todo es hiperbólico” como señaló el periodista Andrés Burgo. Buenos Aires es el centro mundial del fútbol. Del fútbol de barrio y del fútbol profesional. A nadie se lo ocurre compartir estadio con otro rival y a nadie se le ocurre demoler un estadio añejo y canonizado por uno funcional e innovador por muchos dividendos que vaya a generar.

La final de la Copa Libertadores se juega a doble partido. Lo que pierde en especial lo gana en sentimental. El primer duelo se jugó en el estadio Alberto José Armando, que no es otro que ‘La Bombonera’, con su característica forma de D y su tribuna vertical. Pequeño y angosto, los dirigentes de Boca llevan años tratando de convencer a la hinchada para mudarse, pero las protestas de la afición hacen que todos los planes se aparquen. La vuelta se jugará en el Antonio Vespucio Liberti, que no es otro que el ‘Monumental’. Mucho más grande, los aficionados de River disfrutan de este coloso de hormigón desde 1938. Parece que tras incontables discusiones hay acuerdo para tirarlo y levantar otro en el mismo solar, pero todo bajo promesa de albergar la final del Mundial de 2030. Si no hay Mundial, no hay final. Y si no hay final, no hay estadio nuevo.

Mauricio Macri (hoy presidente de Argentina y en el pasado máximo responsable de Boca Juniors) pidió prudencia y dijo que lo mejor es que la final jamás se hubiese jugado. Seguro que recuerda los disturbios entre aficiones de los 80 y los 90 de los que él formó parte o los recientes sucesos del derbi de 2015. Para Macri la tragedia vendrá para el derrotado “porque el que pierda estará tres semanas metido en cama y tardará 20 años en recuperarse”. Estos días las farmacias dispensan ansiolíticos por doquier y los servicios de cardiología de los hospitales argentinos han recibido cientos de llamadas para adelantar los chequeos médicos antes de la disputa del segundo encuentro de la final.

No tenemos datos sobre el parte médico de Andrés Cunha, el bendito que arbitrará el encuentro de vuelta.

Han tenido que pasar casi 60 años para que estos dos acérrimos enemigos se desafíen en una final continental. Realmente hasta el año 2005 las reglas de la competición impedían que se enfrentasen en la final dos equipos del mismo país. Es la última etapa de dos escuadras que tienen el mismo origen.

En 1901 se fundó River Plate en el barrio de La Boca. En la desembocadura del Río Riachuelo estaba el arrabal donde los españoles depositaban el cargamento de plata proveniente de las minas de Perú antes de partir a Europa. Con la independencia de Argentina en el siglo XIX la población se desplazó hacia el interior de la llanura abandonando el antiguo puerto comercial. Sin embargo, con el cambio de siglo los emigrantes italianos se asentaron en La Boca y en 1905 un grupo de jóvenes fundó Boca Juniors, rápidamente conocidos como los xeneizes (genoveses) comenzando una intensa rivalidad con los franjirojos de River. Con el paso de los años Boca Juniors se adueñó del barrio y River emigró al norte, primero al barrio de Palermo y luego a Belgrano, barrio de palacetes y haciendas y ensanche financiero de clase media-alta desde mediados del siglo XX.

En España a menudo se hace una errónea comparativa entre River Plate y Real Madrid y entre Boca Juniors y FC Barcelona. Al igual que el Madrid, River tuvo un presidente visionario que construyó un estadio en una zona periférica que con el tiempo se convirtió en privilegiada. Además a los aficionados de River se los conoce como ‘millonarios’ porque cuando el profesionalismo se hizo realidad en los años 30, River se convirtió en el club hegemónico del país gracias a Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau, una delantera legendaria conocida como ‘La Máquina’.

Sin embargo, River es especialista en dilapidar finales. En 1966 ganaban por 2-0 a Peñarol en la final de la Copa Libertadores a falta de media hora para la conclusión y acabaron perdiendo el partido. Desde entonces los ‘millonarios’ pasaron a ser ‘los gallinas’. Nunca han tenido el hambre y el aura victoriosa de los madridistas.

A Boca se le asocia con el FC Barcelona. En parte porque en estos dos equipos jugó Maradona de la misma forma que Di Stéfano jugó en River y en el Real Madrid. Como Boca se mantuvo fiel al puerto y fiel a su barrio, se asocia ese sentimentalismo con el ‘més que un club’ catalán. Nada más lejos de la realidad. Boca es un depredador de títulos y de finales, tiene el colmillo de la victoria mucho más afilado que el Barça. En Boca no existe conciencia política, ni apoyo de la burguesía, ni juego bonito. En Boca lo que importa es ganar por encima de todas las cosas.

Boca y River. River y Boca. Están prácticamente empatados en lo que a títulos nacionales se refiere, por lo que la diferencia hay que buscarla en la Copa Libertadores. Boca Juniors aspira a ser el equipo más laureado del continente y conseguir su séptimo entorchado, mientras que River Plate cuenta con tan sólo 3 títulos, eso sí, el último en 2015 tras eliminar en semifinales a Boca. En todo caso es Independiente de Avellaneda con 7 Copas Libertadores el que más títulos tiene e incluso el también argentino Estudiantes de la Plata cuenta con 4 trofeos continentales.

No es cuestión de títulos, es cuestión de sentimientos. ‘La final de todos los tiempos’ como ha sido calificada en Sudamérica. “Un partido que va a acabar con una coronación y un entierro” según el periodista Manuel Jabois.

https://www.youtube.com/watch?v=ZDW-ceeMCn0

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La maldición de Bela Guttmann

La noche del 31 de octubre al 1 de noviembre es para el mundo anglosajón la noche más terrorífica del año. Halloween (‘All Hallows Eve’ –algo así como ‘víspera de Todos los Santos’) se ha convertido en un momento de celebración, disfraces, risas y bebida por obra y gracia del rodillo consumista estadounidense. Con todo, sus orígenes nos llevan por caminos diferentes.

Para irlandenses, bretones, normandos, escoceses o gallegos (Santa Compaña), todo emana de la celebración del Samaín, vocablo de origen celta que significa fin del verano. Se cuenta que la noche del 31 de octubre, al acercarse el invierno, se realizaba una fiesta conmemorando el fin de la temporada de cosechas. A mayores de los vivos, eran invitados a la mesa todos los ancestros de la familia celebrándose comunicaciones con el otro mundo a través de la intersección de los druidas. Esta festividad fue asimilada más tarde por los romanos, aunque se quedaron con la bacanal festiva y obviaron por completo lo de hablar con el más allá.

Siglos más tarde, y viendo que el número de mártires (que es lo mismo que de santos) era mayor que días tenía el calendario, la Iglesia Católica decidió homenajear a todos en un mismo día, estableciendo la fecha del 1 de noviembre y haciendo lo propio con los difuntos al día siguiente. No obstante, en la ultracatólica Irlanda se mezcló la liturgia cristiana con el ritual festivo del Samaín.

Ese fue el coctel que los inmigrantes irlandeses llevaron a Estados Unidos a mediados del siglo XIX y que acabaría transformándose en el Halloween que hoy en día conocemos. A todo ello contribuyó el cine y la televisión del ‘American way of life’. Muchas de las cosas que hoy asociamos a Halloween, como los disfraces, las manzanas de caramelo o las películas de terror, fueron impulsadas por la industria USA en la década de 1970.

¿A dónde pretendo llegar con esta diatriba? Historias paranormales que el deporte nos haya dejado para contar a la luz de las velas en la noche de Halloween hay unas cuantas. La más terrorífica que conozco tuvo lugar en el Congo en 1998. Al parecer, los once miembros de un equipo de fútbol fallecieron al ser alcanzados por un rayo durante la disputa del choque. Lo inquietante es que todos ellos eran los futbolistas del equipo visitante. Los 11 chavales del equipo local resultaron misteriosamente ilesos.

Pero el misterio más conocido en el mundo del fútbol ni es macabro ni tiene muertos. Sencillamente es una maldición, de esas en las que nadie cree, pero que, como se cumplen, hacen que la gente acabe creyendo en ellas.
Es de sobra conocida, pero no por ello deja de ser interesante contarla. Es un hecho que atormenta a benfiquistas de todo el mundo desde hace más de medio siglo.

Es la maldición de Bela Guttmann.

— LA MALDICIÓN DE BELA GUTTMANN—

Guttmann merecería un libro por sí sólo. Es un personaje de cuidado. Húngaro, de origen judío, jugó al fútbol profesional en su país natal y en Austria, antes de emigrar a Estados Unidos. Estamos en los años 30 del siglo XX. Es entonces cuando Guttmann decide volver a Europa y hacerse entrenador, justo cuando la comunidad judía hacia el viaje contrario alentado por el terror a los nazis. Por entonces estalló la II Guerra Mundial y durante los años de conflicto se le perdió el rastro. Nadie sabe lo que hizo y él se encargó de que nadie lo supiese. Ni aparece en los registros de ningún campo de concentración, ni formó parte de la resistencia. Por supuesto, tampoco se le conoce colaboración con los nazis. No se sabe nada. Ni siquiera hoy en día ningún historiador ha sabido averiguar que fue de su vida durante aquellos años.

Reapareció en 1946 y se convirtió en uno de los entrenadores más respetados de Europa tras dirigir al Honved de Budapest, el equipo de Ferenc Puskas. Conviene apuntar que por entonces el fútbol de Centroeuropa era de los más prestigiosos del mundo. Firmó después por el AC Milan con notable éxito, aunque se voluble carácter hizo que en su tercera temporada fuese despedido cuando el equipo iba líder. Dejo una perla para la posteridad: “No sé porque me echan si no soy ni un criminal ni un maricón”. Desde entonces en todos sus contratos hizo constar una cláusula en la que se especifica que si su equipo iba primero no podía ser despedido. Y firmó unos cuantos. Cambió de banquillo en 24 ocasiones.

Lo más extraordinario es que tras Hungría e Italia (con paradas en Rumanía o Chipre), Guttmann se marchó a Brasil a dirigir al Sao Paulo. Asociamos a la canarinha el ‘jogo bonito’, pero lo cierto es que el verdadero ‘jogo bonito’ por entonces lo aplicaba la selección húngara. Guttmann hizo en Brasil lo que tantos entrenadores españoles están haciendo en la actualidad o lo que muchos holandeses hicieron hace tres o cuatro décadas, exportar una idea de juego atractiva a un país con los mimbres adecuados para hacerla efectiva. Buena parte del éxito de Brasil en el 58 deriva de la fantástica Hungría del 54.

Tras Brasil, Guttmann aceptó la oferta del Oporto conquistando un nuevo título de Liga en un país diferente. Y, al año siguiente, el Benfica, el gran rival del equipo de la desembocadura del Duero, le hizo una oferta irrechazable que el judío aceptó de buen grado.

Era 1959. Y Guttmann se encargó de construir el Gran Benfica. El Benfica de Costa Pereira, Coluna, Germano o José Aguas. Y de Eusebio. Fueron dos Copas de Europa consecutivas (1961 y 1962), pero aunque muchos no lo sepan, sólo en la segunda participó Eusebio. El potente ariete mozambiqueño, por entonces con 19 años, no debutó con los encarnados hasta mayo de 1961 y no jugó ninguno de los partidos de la primera Copa de Europa benfiquista, incluida la victoria en la final ante el FC Barcelona. En la edición de 1962, Eusebio fue la estrella de la competición y el hombre clave en la victoria por 5-3 en la final ante el Real Madrid de Di Stéfano y compañía.

Tras masacrar al Real Madrid en aquella final disputada en Ámsterdam, la expedición del Benfica cogió un avión rumbo a Lisboa para festejar el título. Al día siguiente, Guttmann se reunió con Antonio Cabral, presidente del Benfica, para pedir un aumento de sueldo. Cabral llevaba apenas tres meses en el cargo y con una joya como Eusebio en el equipo y con una plantilla bicampeona de Europa no veía necesario contar con Guttmann, por lo que le negó el aumento. Fue entonces cuando Guttmann soltó la frase lapidaria que resuena en los oídos de los benfiquistas casi seis décadas más tarde: “Sin mí, ni en 100 años el Benfica volverá a ser campeón de Europa”, o según otra versión; “el Benfica no ganará en Europa en 100 años”. Fuese la que fuese, creo que el mensaje era claro y meridiano.

Una tercera versión sostiene que las palabras de Guttmann fueron: “Desde hoy hasta dentro de 100 años ningún club portugués ganará una copa europea”. Conviene recordar esta última versión para algo que explicaré más adelante.

Guttmann pertenecía a una estirpe de entrenadores-padres-profesores, en una época donde los jugadores eran obedientes y respetuosos y los equipos eran como pequeñas familias. Aun así, y a pesar de su ascendencia sobre la plantilla, nadie se tomó en serio las palabras de aquel viejo judío.

Nadie.

El Benfica era el club de moda, tenía un equipazo en todas las líneas y contaba con una bestia de la naturaleza de apenas 20 años. Eusebio. El mejor delantero del mundo en los años 60. Mbappé y Ronaldo Nazario, antes de Mbappé y Ronaldo Nazario. El futuro se presagiaba pletórico.

Pero no volvieron a ganar.

Nunca más.

En 1963 el Benfica se plantó en su tercera final de la Copa de Europa consecutiva y, a diferencia de en las dos ediciones anteriores, en ésta lo hacía como indiscutible favorito. El objetivo era crear una dinastía como la del Real Madrid. Pero perdió. El AC Milan ganó la final por 2-1 tras remontar el gol inicial de Eusebio. Dos años más tarde volvieron a disputar la final y volvieron a perder, en este caso por 1-0 ante el Inter de Milan. Era 1965. Era la segunda derrota en finales europeas.

Ese verano, Cabral fue relevado como presidente del Benfica y el nuevo dirigente se apremió en ofrecerle un contrato millonario a Guttmann (quien por cierto tampoco había ganado nada desde que dejara al Benfica). Aquella ‘boutade’ de la maldición empezaba a ser tomada en serio. Fue en vano. El Benfica cayó humillado en cuartos de final tras perder en casa por 1-5 ante el Manchester United y Guttmann fue despedido a final de temporada sin ganar ningún título ni internacional ni nacional.

Como había vuelto Guttmann y no se había ganado nada hubo quien pensó que el exorcismo estaba hecho. Pues no. En 1968 el Benfica disputó otra final de Copa de Europa y por tercera vez era derrotado, en este caso por 4-1 y tras una prórroga y ante el Manchester United.

Pasaron los años, Eusebio envejeció, el fútbol del norte de Europa se hizo poderoso y el Benfica se olvidó de disputar finales europeas. Los 70 corrieron sin pena ni gloria.

Nos situamos en el verano de 1981. Guttmann fallece en Viena a los 82 años de edad. Muchos pensaron que muerto el perro acababa la rabia. Nada más lejos de la realidad. En 1983 el Benfica cayó en la final de la Copa de la UEFA (hoy Europa League) ante el Anderlecht. Era la cuarta final europea perdida desde la lapidaria frase de Guttmann.

Por entonces, el Oporto, en un proceso similar al vivido por el FC Barcelona en España, pasó de ser el segundo equipo del país a rivalizar e incluso superar a su gran rival. Liderados por Futre y Madjer, el Oporto consiguió ganar la Copa de Europa de 1987. Es entonces cuando debemos recordar aquella versión de la maldición de Guttmann en la que profetizaba que ningún club portugués ganaría una Copa de Europa en 100 años. El Oporto acababa de romper la maldición, y, por ello, muchos aficionados del Benfica se alegraron del triunfo del eterno rival.

Así pues, sólo un año después el Benfica se plantó en la final de la Copa de Europa. Era 1988. Y era favorito. El rival era el PSV Eindhoven. Se contaba con ganar. Se respiraba optimismo.

0-0. Se perdió en los penaltis. Quinta final perdida. La maldición continuaba.

Dos años más tarde, en 1990, el Benfica llegó a una nueva final de la Copa de Europa, en este caso ante el poderoso AC Milan. Aprovechando que la final se disputaba en Viena, una delegación benfiquista capitaneada por Eusebio se desplazó al cementerio judío de la capital austríaca a depositar un ramo de flores y pedir el perdón de Guttmann. Eusebio siempre había negado en público que creyese en la maldición… Estaba claro que todos creían en ella.

Nuevamente todo fue en vano. El AC Milan ganó por 1-0. Sexta final europea perdida.

Eclipsado por el Oporto, el Benfica no volvió a ser importante en Europa hasta hace apenas una década. Con Matic, Luisao, Gaitán, Garay o el valencianista Rodrigo disputaron la final de la Europa League ante el millonario Chelsea en 2013. La ilusión era enorme pero nuevamente perdieron, en esta ocasión por 1-2. Era la séptima final europea perdida.

Tras mantener el mismo bloque de jugadores, al año siguiente se plantaron en una nueva final en este caso ante el Sevilla. El encuentro se disputó en mayo, pero un par de meses antes de la disputa del partido se inauguró una estatua de bronce de Bela Guttmann delante de la puerta 18 del estadio da Luz de Lisboa. Hasta entonces tan sólo Eusebio disponía de tal honor. En la base de la estatua colocaron los dos trofeos de Copa de Europa que el técnico judío había conseguido para la entidad. Un nuevo tipo de exorcismo hacía su aparición.

Pero no hubo suerte.

Tampoco la estatua consiguió el perdón de Guttmann. Nuevamente todo fue en vano. El Sevilla ganó al Benfica tras una cruenta tanda de penaltis. Octava final europea perdida.

Real o no, no hay nada más terrorífico para un aficionado del Benfica que invocar el nombre de Bela Guttmann. Y aún les quedan 44 años de derrotas para poder así enterrar para siempre el maleficio.

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Día de la Hispanidad 1969

La conmemoración de un día de fiesta nacional es una consecuencia de la exaltación del nacionalismo en el proceso de construcción de los Estados-nación. Sea la festividad local, regional, nacional o supranacional, es intrínseco a la idea de un poder popular dirigido a través de un ente político que surge de unos ancestros comunes. Ese sentimiento debe estar enraizado en ideales patrióticos, que están originados por lazos culturales, étnicos, religiosos, históricos, afectivos y/o económicos.

Cuestionar la celebración de una festividad (en este caso nacional) es cuestionar también el propio Estado-nación, sistema de vida en el que la sociedad en mayor o menor medida lleva rigiéndose desde hace un par de siglos. Cuestionar el sistema es factible y legítimo, pero conlleva profundas consecuencias.

El Estado-nación ofrece un desarrollo social y económico que puede ir acompañado de libertades (democracia) o no (dictadura), pero que permite la creación de ciudadanos donde antes había vasallos. Todos los Estados-nación del mundo celebran su fiesta nacional y en todos ellos hay una parada militar. Hoy da la sensación de ser un desfile desfasado, pero debemos recordar que, a pesar de que asociamos al Estado con la sanidad y la educación, lo que primero proporcionó el Estado-nación fue libertad, y la libertad se consigue a través de la seguridad y de la ley. Y para que se cumpla la ley debe existir el contrapeso de la fuerza.

La mayoría de los países conmemoran la fecha de su independencia o de su unificación, algunos celebran una fecha de significado monárquico y los hay, caso de Portugal, que se lo dedican a Luis de Camôes, el escritor más célebre en lengua portuguesa. La festividad francesa del 14 de julio recordando la toma de la Bastilla es también día de celebración para toda la Humanidad.

En España la fecha a celebrar es el 12 de octubre. Fiesta nacional de España, llamada en su día Fiesta de la Hispanidad o Día de la Raza. Y, de acuerdo con los tiempos que corren, Día del Respeto a la Diversidad Cultural o Día del Encuentro entre Dos Mundos en múltiples países americanos.

A pesar de todas las connotaciones negativas que tienen los primeros términos citados, el 12 de octubre no fue un invento de Franco como muchos suelen creer. De hecho, durante el Franquismo la Fiesta nacional se celebraba el 1 de abril, homenajeando el fin de la Guerra Civil y la victoria del ejército sublevado. El 12 de octubre, el día en el que Colón y su tripulación desembarcaron en las Antillas y revelaron aquellas tierras para los europeos, siempre fue una festividad de enorme arraigo en Hispanoamérica.

Los actos ceremoniales de los Estados-nación occidentales (bandera, himno y día Nacional) tienen como punto de partida el siglo XIX y su aceptación está ligada al auge del romanticismo y de los ideales nacionalistas. En el Estado español, la primera vez que hay constancia oficial de festejos del Día Nacional fue el 12 de octubre de 1892, conmemorando el IV aniversario del Descubrimiento.

No obstante el quid de la cuestión tuvo lugar años más tarde. En 1913, en pleno apogeo de las ideas raciales, el ministro Faustino Rodríguez impulsó la institución del 12 de octubre como Día de la Raza en todos los países de habla hispana. Fue un exitazo en toda Latinoamérica, y a pesar de que desde 1958 en España se cambió por la expresión Día de la Hispanidad, en Colombia, Honduras o El Salvador se sigue empleando la denominación original.

Por lo tanto, el 12 de octubre de 1969 se celebró en España el Día de la Hispanidad. No era por entonces el día de la Fiesta Nacional, pero evidentemente era un día de gran importancia simbólica.

Aquel año sería una festividad muy especial para los ciudadanos de La Línea de la Concepción.

—ESPAÑA vs FINLANDIA. 1969—

Al acabar la II Guerra Mundial la ONU determinó que Gibraltar era un territorio pendiente de descolonización. Sin embargo, dado que España estaba regida por una Dictadura, Inglaterra hizo valer su peso internacional para que nunca se cumpliese esa resolución. Tras varios dimes y diretes no hubo ningún cambio de status, hasta que a finales de 1960 la presión española se recrudeció. Los ingleses contraatacaron celebrando un referéndum pseudodemocrático en Gibraltar que daba a los gibraltareños un Gobierno y una Constitución propia, por supuesto, dependiente de la corona británica.

Total que, envalentonado, Franco ordenó el 8 de junio de 1969 el cierre de la valla de Gibraltar, es decir, el corte de las comunicaciones entre España y el Peñón. Esto era un duro varapalo para los gibraltareños, pero también para miles de españoles de poblaciones limítrofes como Algeciras, San Roque y, fundamentalmente, La Línea de la Concepción. Para los que no conozcan la zona, Gibraltar y La Línea son poblaciones colindantes, siendo la primera escarpada y angosta y la segunda llana y abierta a la Península. En realidad, si no hubiese sido por la influencia económica de la colonia inglesa, La Línea no pasaría de ser un pequeño pueblo.

De un día para otro se estima que unos 5.000 españoles se quedaron sin trabajo, por no hablar de la fractura para muchas familias mixtas que surgieron con el paso de los años. Para compensar a la maltrecha economía de La Línea, el Gobierno decretó la urbanización (ilegal) de la zona neutral entre ambas poblaciones y programó un ambicioso plan de industrialización que sólo se llevó a cabo bajo mínimos. Quizás lo más impactante fue la creación de un trenecito turístico para ver todo el litoral linense.

Y, por supuesto, la construcción de un estadio de fútbol a edificar dentro de la Ciudad Deportiva Francisco Franco. El nombre del coliseo sería José Antonio Primo de Rivera. Se trataba de un descomunal campo de fútbol con capacidad para 21.000 espectadores, cifra monstruosa para albergar los partidos de la Balompédica Linense, club gaditano habitual en la Tercera División. Fue construido en poco más de dos años.

Sólo se llenaría en una ocasión. El día de su inauguración. El 15 de octubre de 1969 para presenciar un encuentro entre España y Finlandia.

Era el último partido de clasificación para el Mundial de 1970. España no se jugaba nada. La selección tuvo hasta 3 entrenadores diferentes en una fase de clasificación para el olvido en la que fueron incapaces de superar ni a Bélgica ni a Yugoslavia y en la que se cosechó una humillante derrota en Helsinki ante Finlandia. El último e intrascendental encuentro sería nuevamente ante Finlandia, pero esta vez en territorio español.

Iba a ser el primer partido como seleccionador de Kubala y también iba a ser el último como internacional de Gento. El extremo cántabro se retiraba con 43 encuentros internacionales en su haber, una cifra extraordinaria para la época.

Durante toda la semana el clima de exaltación patriótica fue inmenso. En toda España el 12 de octubre se vivió con una agitación emocional alta, fuese un sentimiento real u obligado. Desde Zaragoza a Huelva, pasando por Coruña o Tarragona, todos los actos del Pilar finalizaban con una reclamación de españolía del Peñón. Decenas de periodistas viajaron hasta La Línea y se hicieron múltiples reportajes para toda España sobre el día a día de los habitantes de la comarca del Campo de Gibraltar.

El día del encuentro estuvo lleno de actos simbólicos. Todos los hoteles, hostales y pensiones de la bahía de Algeciras estaban llenos. Por la mañana el complejo deportivo fue inaugurado por el ministro falangista José Solís, quien, por supuesto, fue nombrado hijo adoptivo de la ciudad. También fue inaugurado el nuevo palacio consistorial y un colegio infantil. Todo ello bajo la atenta mirada y la bendición del obispo de turno. Luego hubo una serie de pruebas y exhibiciones deportivas infantiles y juveniles mientras actuaba la banda de música de la Legión. A la hora del encuentro, además del citado Solís, también formaría cohorte en el palco Méndez Tolosa, ministro del ejército.

A las 17.00 horas tendría lugar el inicio del partido. El estadio estaba lleno, engalanado con varias rojigualdas y cientos de pancartas se esgrimían exigiendo la devolución del Peñón. “La dignidad de la Patria por encima de todo”, “Gibraltar con España”, “El Peñón es nuestro” o “Saludos de España a La Línea y su Peñón” rezaban varias de las inscripciones.

España venció con claridad por 6-0. Formó con Reina; Gaztelu, Barrachina, Pirri, Eladio, Violeta; Amancio, Velázquez, Gento (Quino); Gárate (Pujol) y Asensi. La selección jugó brillantemente dejando atrás las malas sensaciones de partidos anteriores. Muchos dijeron que todo había sido gracias al sentimiento patriótico. De hecho, coincidió que en la primera parte España atacó hacia la portería que tenía a sus espaldas el Peñón. En esos primeros 45 minutos se anotaron 5 de los 6 goles. “Parecía que el objetivo era Gibraltar y no la meta finlandesa”, se pudo leer al día siguiente en la crónica de ABC.

El público no se cansó de exclamar ¡viva España! durante los 90 minutos de juego y TVE (por entonces el único canal televisivo) concentró a todo un país unido por el fútbol y por la reclamación del Peñón de Gibraltar. Los jugadores recibieron una prima de 25.000 pesetas por la victoria y de otras 5.000 por cada gol de ventaja. Ya se sabe que el dinero siempre ayuda a aumentar el fulgor nacionalista.

Con el paso de los años se le suprimió el nombre de José Antonio al estadio y se redujo su capacidad al convertir varias localidades de pie en asientos, pero, aunque en 1984 volvió a acoger un encuentro de la selección española, ni el campo se llenó ni se volvieron a repetir aquellos sentimientos de exaltación patriótica de aquel 15 de octubre de 1969.

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Cláusula de rescisión

El 31 de agosto es día de faxes (sí, aún se usan los faxes), llamadas telefónicas entre agentes, futbolistas, directivos y periodistas. Es una noche de alegría o de decepción para los aficionados. Esta temporada, tanto en Inglaterra como en Italia, han tenido la maravillosa idea de no joder las guías de la Liga o los álbumes de cromos, y cerrar el mercado de fichajes antes del inicio del campeonato. En España no. Por supuesto que no. La Liga comenzó el 17 de agosto, pero las plantillas no se han cerrado hasta dos semanas más tarde.

Más allá de un sin sentido que esperemos que tenga pronta solución, la particularidad del mercado de transacción de futbolistas en España es la existencia de las cláusulas de rescisión. Es una figura jurídica única en el mundo y derogarla implicaría un acuerdo parlamentario. Son efectivas por el Real Decreto 1006/1985 y su origen está en la protección de los derechos del deportista y de los clubes.

Hasta 1985 existía el derecho de retención, que `grosso modo´ imposibilitaba que un futbolista abandonase un club si este no se lo permitía y si era capaz de igualar el salario que le ofrecía un tercero. Realmente siempre que lo aumentase un 10% le era permitido. El truco estaba en que cuando el chaval tenía 17 o 18 años firmaba un contrato ridículo por lo que por mucho que aumentase un 10% el salario, la soldada nunca iba a ser muy elevada. La promulgación del Real Decreto 1006/1985 daba, más que protección, una poderosa arma a los futbolistas para cambiar de aires con mayor facilidad y poder ascender en la escalera social del fútbol. Desde 1985, los clubes más poderosos pueden tirar de chequera y saltarse cualquier negociación impidiendo que los equipos pequeños retengan a un futbolista en contra de sus deseos.

Si bien pensamos que es el club comprador el que abona la cantidad marcada en la cláusula de rescisión, quien debe afrontar el pago es el futbolista que está comprando su “liberación”. Sin embargo, aunque el jugador es el que abona la transferencia, obviamente el club comprador es el que está asumiendo el coste.

La única liga de fútbol importante donde hay un sistema legal similar es Brasil. También en China, liga menor pero con un volumen creciente de estrellas y de dinero, el sistema es parecido, aunque sujeto a condiciones estatales impuestas por el Politburó del Partido Comunista. Lo mismo sucedía hasta 1989 en todos los países de la órbita de la URSS.

A nivel mundial, la FIFA sólo permite establecer el precio de venta de un jugador cuando un futbolista lleva 3 o más temporadas en un mismo equipo y firmó el contrato antes de los 28 años. Si supera esa edad, el listón se baja a 2 temporadas, pero siempre y cuando sea la primera firma y no haya rubricado ninguna renovación o modificación contractual. Para los demás supuestos a los futbolistas sólo les queda la pataleta, tensar la cuerda y ponerse en rebeldía, aunque si se niegan a jugar sin causa justificada la FIFA permite a los clubes imponer una sanción de empleo y sueldo por un máximo de 4 meses.

Volviendo a España y a sus famosísimas cláusulas de rescisión, al principio el procedimiento fue del agrado de la patronal. Los clubes ponían cláusulas elevadas y los grandes equipos extranjeros tenían que rezar para que el club español de turno tuviese problemas de liquidez para poder negociar a la baja. Pero eso era antes. Ahora es el jugador el que tiene el poder, el que decide cuando y donde quiere jugar. Exige subidas de sueldo y lo consigue porque es un activo, y el club sabe que cuando un jugador está a disgusto o no juega pierde valor. El futbolista tiene poder porque es una mercancía, para lo bueno y para lo malo. Pero es una mercancía perecedera, que debe ser vendida en el momento oportuno.

El primer jugador que se acogió a su cláusula de rescisión para cambiar de equipo fue Paco Llorente, que dejó el Atlético de Madrid en 1987 para firmar por el rival merengue. Cobraba 18.000 euros anuales y el Real Madrid le ofrecía 360.000. Los blancos pagaron los 50 millones de pesetas (300.000 euros) de la cláusula y Llorente pasaba a formar parte de la historia.

Los casos no eran muy frecuentes por entonces, pero todo cambió tras la aprobación de la Ley Bosman y la libre circulación de futbolistas comunitarios. El primer gran conflicto en un cierre de mercado se produjo el 31 de agosto de 1996 cuando el Real Madrid abonó 1.200 millones de pesetas (7’2 millones de euros) al Valencia para hacerse con los servicios de Pedrag Mijatovic, una afrenta aún no olvidada en la ciudad del Turia. Al año siguiente, el FC Barcelona, a falta de escasos minutos para el cierre del mercado, enviaba un fax a la Liga y se hacía con los servicios de Rivaldo tras pagar los 4.000 millones (24 millones de euros) de su cláusula de rescisión al RC Deportivo.

En la siguiente temporada el Betis fichó a Denilson por 5.500 millones (33 millones de euros) de pesetas, y para asegurarse que ningún club grande le robase a su galáctico, el presidente del Betis, Manuel Ruiz de Lopera, con el beneplácito del centrocampista brasileño, estableció una prohibitiva cláusula de rescisión de 65.000 millones de pesetas (390 millones de euros), cifra disparatada hasta para los qataríes del PSG.

A veces ni hace falta pagar la cláusula. Ha habido algún caso que otro de futbolistas que han ido a juicio para solicitar una rebaja en el precio de la cláusula de rescisión al considerarla abusiva. Quizás el más conocido fue el del delantero internacional español Mista. Militaba en la cantera del Real Madrid cuando le ofreció un contrato el Tenerife. Como todo jugador de un equipo filial, Mista tenía un sueldo modesto y una cláusula elevada para evitar su marcha. Pleiteó y argumentó que su cláusula era desproporcionada en relación a su ficha y consiguió firmar por el Tenerife por la mitad del precio que marcaba su cláusula de rescisión.

Este verano hemos presenciado varios casos de fichajes clausísticos, como de costumbre. El más significativo es el de Kepa, que ha cambiado Bilbao por Londres tras abonar los 80 millones de euros de su cláusula, cuando hace apenas 7 meses había firmado una renovación de su contrato con un sustancial aumento de sueldo.

La tendencia general en el ideario de la mayoría de los clubes es la de eliminar las cláusulas de rescisión, lo que permitiría mayor flexibilidad para negociar. Cuando Florentino Pérez ganó las elecciones sacando a Figo del Barça, el proceso sufrió una hecatombe que se solucionó elevando las cláusulas al estilo Lopera. Los años pasaron, las aguas volvieron a su cauce y los grandes equipos volvieron a olvidarse de las cláusulas, pero el caso Neymar ha cambiado todo y ha provocado un cataclismo en el pensamiento de los mandamases de FC Barcelona, Real Madrid e incluso de otros como Atlético de Madrid o Athletic de Bilbao.

Pocos pensaban que hubiese un equipo capaz de seducir económica y deportivamente a un jugador de Barça o Madrid. El PSG lo hizo la temporada pasada y dejó sin poder de reacción al FC Barcelona tras abonar los 222 millones de la cláusula del delantero brasileño.

El debate está en si la cláusula posibilita o impide la marcha de los futbolistas. Sus defensores sostienen que marca una barrera infranqueable o al menos justa ante un traspaso. Los detractores mantienen que establece un precio de mercado que convierte en papel mojado el contrato firmado. El caso es que mientras tengamos cláusulas y cierre de mercado el 31 de agosto, tendremos diversión asegurada todos los veranos.

https://www.youtube.com/watch?v=nd68YAcmKRc

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Iniesta y Navarro. Dos formas de decir adiós

Se dice que una leyenda es un relato maravilloso que tiene origen en un hecho histórico. El paso del tiempo y las fuentes orales contribuyen a ensalzar los hechos y a añadir datos que no son ciertos. Con el paso de los años, que bien pueden ser siglos, la leyenda se convierte en relato, y ese relato se entremezcla con la historia. Esta semana, he leído en múltiples artículos que Juan Carlos Navarro ya es leyenda. Lo correcto sería decir que lo será, porque aún están muy recientes todas sus hazañas, pero lo cierto es que ha metido tantas canastas y de formas tan diversas con rachas imposibles y penetraciones anárquicas, que en el imaginario colectivo de su carrera ya hemos mezclado la realidad con la ficción y lo hemos convertido en leyenda.

El adiós de Juan Carlos Navarro ha coincidido con el de Andrés Iniesta, ambos iconos del FC Barcelona, del deporte español y del baloncesto europeo en el caso del primero y del fútbol mundial en el caso del segundo. Son dos deportistas admirados dentro y fuera de nuestras fronteras. Por su juego y por su forma de expresarse y de ver la vida. Es preciso indicar que Iniesta no se ha retirado y sigue dando clases magistrales de fútbol en Japón, pero para los efectos es como si lo estuviera. No está en el foco ni está para alardes.

Manchego uno y catalán el otro, ambos ingresaron en las categorías inferiores del FC Barcelona con 12 años. El primero debutó con la primera plantilla con 18 años y con 22 ya era campeón de Europa. El segundo se estrenó un poco antes, con 17, pero también con 22 era campeón de Europa. Y ambos fueron decisivos para que España ganase su primer Mundial tanto en fútbol como en baloncesto.

Hay muchas similitudes entre Iniesta y Navarro. La primera es cuantificable; el palmarés. Iniesta ha logrado hasta el momento (a expensas de lo que haga en Japón) 32 títulos con el FC Barcelona y 3 con España. Navarro ha colgado las botas con 23 títulos con su club y 3 con España a mayores de 3 medallas olímpicas. La segunda similitud sólo se mide con intangibles, y es la huella que han dejado en el deporte y en la sociedad.

El éxito de estos dos genios radica en que son dos de los nuestros. Dos chicos corrientes que han hecho de lo normal algo extraordinario. Iniesta (1,71) y Navarro (1,93), deportistas vulgares para sus disciplinas que se han hecho grandes al perfeccionar un elemento técnico y convertirlo en arte para así poder competir ante gigantes.

¿Quién no ha intentado nunca lanzar una bomba? Es un tiro que nace de la necesidad. Del pobre ante el rico. Del pequeño ante el grande. Todos hemos hecho ese lanzamiento alguna que otra vez pero sólo Navarro lo convirtió en arte. Nunca estaba quieto. Trote cansino, búsqueda de espacios, cambio de ritmo y canasta cual relámpago. Veía toda la pista y al galope paraba y escogía la mejor opción. Los rivales le agarraban de la camiseta y del pantalón, le aplicaban llaves de lucha libre o le tiraban codazos de carga policial, pero nunca pudieron pararlo porque jamás fueron capaces de cortarle las alas.

¿Quién no ha soñado con zafarse de su defensor con un simple gesto? Cuando no hay velocidad y cuando no hay fuerza todos hemos exprimido el cerebro para hacer realidad un gol o un pase. En eso se basa el control orientado, en ingenio y en horas y horas de entrenamiento, para, con un simple gesto técnico, acabar con la resistencia de uno o dos defensores en un instante. Hay muchos futbolistas que dominan ese arte, pero ninguno ha convertido `la croqueta´ en arte como Iniesta. Cuando Iniesta iba a la carrera parecía cuchillo a través de sus defensores. Cuando se detenía, los rivales se perdían en los laberintos que sus piernas dibujaban. Iniesta trataba al balón con cariño y el balón le obedecía, y la única vez que lo maltrató, el balón besó la red y puso en pie a 45 millones de personas.

Son, fueron y serán dos deportistas de valor incalculable. Son y serán valiosos. Pero lo que antes era un valor activo ahora es un valor pasivo. Y la clave está en cómo tratar un pasivo a través del raciocinio y dejando al margen la sensibilidad.

Se está criticando y mucho la forma en que la directiva del FC Barcelona ha dado carpetazo a la carrera de Navarro. En 2017 el escolta de Sant Feliú renovó su contrato por 10 temporadas a cambio de una considerable rebaja de su sueldo. El acuerdo implicaba que Navarro podía colgar las botas cuando desease y en ese momento pasaría a formar parte de la dirección técnica del club. Con 38 años, y en claro declive, el Barça quería que este fuese el verano en el que Navarro diese un paso atrás, pero el escolta no se dio por aludido. Al final, a escondidas, sin un acto de homenaje y de forma impropia, el Barça ha “invitado” a Navarro a colgar las botas.

Contrasta con la despedida de Andrés Iniesta en el pasado mes de mayo. Homenajes de club y compañeros, ovaciones en cada estadio de Primera División, acto institucional en el Camp Nou, ceremonias en la sede del club y un largo etcétera. Todo perfecto, con su justa mezcla de formalidad y sentimiento.

El último gran baile de Navarro se produjo en 2014. Aquel año lideró la victoria liguera del FC Barcelona ante el Real Madrid en la final de la Liga ACB. A partir de entonces diversas lesiones y el paso de los años hicieron que se convirtiera en muchas ocasiones en un jarrón chino tanto en el club azulgrana como en la selección española. Para Iniesta (cuatro años más joven) el declive no hizo su aparición hasta hace un par de temporadas, pero fue un declive diferente. En el baloncesto, a pesar de ser un deporte de equipo, cada jugador debe mantener un cierto equilibrio individual tanto en ataque como en defensa. En el fútbol, hay jugadores que pueden brillar en una de las dos facetas sabiendo que en aquella en la que flojean serán escoltados por otros compañeros. Durante estas dos últimas temporadas, Iniesta, destrozado y agotado, rara vez ha jugado los 90 minutos de un partido y apenas ha presionado o intimidado la salida del balón del rival, pero siempre ha estado protegido en el centro del campo por alguno de sus compañeros, por lo que su talento ha seguido gobernando partidos.

Iniesta meditó y consideró que no estaba en condiciones de jugar a fútbol de primer nivel y el FC Barcelona vio la luz y le agasajó con todos los honores mientras le abría la puerta de salida. Para los románticos el sueño era que Iniesta se retirara de azulgrana. Para los que son muy románticos (como yo) lo ideal era que jugase un añito más en Barcelona y luego se retirara en el Albacete, aunque fuese en Segunda División. Decidió marcharse a Japón, porque es un país que le atrae tanto a él como a su mujer. Lo pasará pipa. Le van a pagar muy bien por jugar al fútbol sin presión y disfrutando como cuando era un niño.

Navarro creía (y seguramente cree) que podía seguir jugando en el Barça. Hace apenas un par de meses manifestó que se quería retirar con un gran título (Liga o Copa de Europa) y que se veía con fuerzas para seguir. Pero su cuerpo no respondía a lo que decía su mente. El problema para Navarro es que no había alternativa. En el baloncesto la panacea de marcharse a Asia a ganar millones sólo existe para los jugadores de la NBA (en China pocos sabrán quien es Navarro). Además, ni Navarro ni su mujer Vanessa quieren marcharse de Barcelona. Cuando el escolta catalán probó fortuna en la NBA en 2007, solo tardo una temporada en dar marcha atrás y volver a España, y no por falta de interés en seguir con su carrera en Memphis, sino porque tanto él como su familia fueron incapaces de adaptase a la vida en Estados Unidos.

Como leí recientemente en un artículo, Navarro tenía que haberse retirado con un balón en las manos y recibir cariño y ovación a partes iguales, al estilo de la marcha que los Lakers le profesaron a Kobe Bryant. Lo cierto es que ni la cultura ni la competición estadounidense se parecen a la europea, y si bien en la primera es bien recibido perder si ello implica un impulso para volver a ganar, en Europa los títulos son efímeros.

En la NBA, un club puede hincharse a perder partidos mientras su estrella se pasea por las canchas de todo el país y es recibido como un César del baloncesto para aumentar el ego del protagonista y los ingresos de la franquicia. En Europa un club debe ganar, o al menos intentarlo, y eso implica decisiones antipopulares que no dejan hueco para giras nostálgicas.

https://www.youtube.com/watch?v=VEBExbL9n4I

“Un referente como jugador y como persona. Una auténtica pasada verle jugar al baloncesto todos estos años. ¡Siempre gracias amigo! Andrés Iniesta sobre la retirada de Juan Carlos Navarro.

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Rusia 2018. Balance

Los griegos reconocen la existencia de Macedonia y entretanto la UE hace aguas. En Italia no dejan entrar a los inmigrantes y en España no dejan entrar a un ‘ex president’ que se pasea por Europa autoproclamándose mártir cuando vive en un hotel de 100 euros la noche. ETA anuncia su disolución con más de 800 asesinatos a cuestas y sin lograr nada a cambio. El presidente de Corea del Norte visita Corea del Sur por primera vez en 65 años. Donald Trump y Vladimir Putin hablan de imperios y, entretanto ellos sueñan, China está a punto de alcanzar el 20% del PIB mundial.

Se celebra el bicentenario de la independencia de Chile, mientras al presidente Nicolás Maduro le hacen el vacío sus colegas sudamericanos y para remediarlo decide acuñar una nueva moneda para Venezuela. Hay elecciones parlamentarias en Cuba y Miguel Diaz-Canel es elegido presidente con 603 votos a favor de 604 posibles, porque él tuvo la decencia de no votarse a sí mismo.

Las mujeres se manifiestan por medio mundo exigiendo igualdad y respeto. En el otro medio celebran como un logro que en Arabia Saudí se les permita sacar un permiso de conducción. Fallece el escritor Tom Wolfe y el astrofísico Stephen Hawking, el descubridor de los agujeros negros. Negro era el vestido de Audrey Hepburn en ‘Breakfast at Tiffany’s’ diseñado por el también fenecido Hubert de Givenchy. En una cueva de Tailandia rescatan a un grupo de niños y a su monitor de una muerte segura en un evento seguido a nivel planetario por las llamadas redes sociales. El príncipe Carlos va camino de los 70 años y ya son 66 los que lleva esperando para ser coronado Rey de Inglaterra.

Participaron 32 países entre los cuales había dos debutantes; Panamá e Islandia. Roman Torres, capitán panameño de 99 kilos de peso, fue acusado de gordo por un par de periodistas a lo que contestó levantando la camiseta y enseñando una tableta que ya le gustaría tener a la mayor parte de los plumillas. Halldorsson es un director de cine islandés que en su tiempo libre se dedica a ser portero para así poder pararle un penalti al mejor jugador del mundo. Cuando Messi falló, el que fuera mejor jugador del mundo, y que estaba viendo el partido en el palco, se lamentaba de la eliminación de Argentina dando un bochornoso espectáculo cimentado con el consumo de sustancias prohibidas.

Inglaterra causa sensación con los chalecos de su entrenador, mientras que Japón asombra al mundo no por su fútbol, sino por su exquisita educación y lo impoluto que dejan los vestuarios al acabar un partido. En Nigeria juega de titular un portero de 19 años que es suplente en el equipo filial del RC Deportivo, de la tercera categoría española. En Egipto ponen a jugar a un cancerbero de 43 años que podría ser padre del africano.

No fue el Mundial de Messi ni tampoco el de Cristiano. Cristiano le metió 3 goles a España y no hizo nada más. Fue su modo de decir, españoles me vais a echar de menos. Ahora se va a Italia. España empezó el Mundial con ansias de ser campeona del mundo y lo acaba en depresión y con un nuevo seleccionador que es odiado por la mitad del país. Italia empezó el Mundial deprimida y lo termina llena de ánimo con el fichaje más importante en la Serie A en lo que va de siglo.

Se estrenaron nuevas reglas. El VAR, que causo menos problemas de los esperados, y un cuarto cambio en las prórrogas, lo cual no impidió las lesiones simuladas y el miedo atroz a atacar en el tiempo extra para amarrar la tanda de penaltis. El cese de Lopetegui y los peinados y las caídas de Neymar hicieron la delicia de los hacedores de memes. Con las nuevas tecnologías también topo Alemania, ya que dicen que sus jugadores le dedicaban más tiempo al fútbol virtual de la Play que al real del terreno de juego.

Fue un Mundial sin chicha, aunque con muchos goles, el 43 por ciento de ellos a balón parado. Europa ganó los primeros puestos del torneo, aunque ningún país ganó el trofeo a un fútbol de ensueño que quedara para el recuerdo. Los fogosos belgas con Lukaku, De Bruyne y Hazard eliminaron a una encorsetada Brasil en un precioso encuentro de cuartos de final. Después, unas pinceladas de Croacia, y un precioso duelo entre Francia y Argentina con destellos de superclase de un imberbe Mbappe, un negro del extrarradio parisino símbolo de la Francia del siglo XXI y al que comparan con una tortuga de dibujos animados que tiene nombre de genio del Renacimiento.

La Copa del Mundo fue para Francia que derrotó a una sorprendente Croacia por 4-2 en la final más goleadora desde 1966. Fue la primera vez en la historia que en unas semifinales de un Mundial no estaban ni Alemania, ni Brasil, ni Argentina ni Italia (los italianos de hecho ni estuvieron en Rusia). Ganó la Francia del eléctrico Mbappé, del vigoréxico Pogba, del colosal Umtiti y de Griezmann, la última esperanza de los franceses rubios, pequeños e insolentes. Pero el gran vencedor del Mundial fue Vladimir Putin, que supo controlar a los hooligans y a los terroristas y que dejo una imagen global de una Rusia moderna y civilizada.

El máximo goleador fue el inglés Harry Kane, con 6 goles. Empezó como un tiro y acabó sin pólvora, al igual que su selección, que a pesar de acabar en un meritorio cuarto puesto sólo consiguió ganar en el Mundial a las temibles selecciones de Túnez, Panamá y Suecia. El mejor jugador del Mundial fue el croata Luka Modric y en la final el honor recayó en el galo Antoine Griezmann.

https://www.youtube.com/watch?v=s87MnWLUOOc

“El juego se ha convertido en un espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue”. Eduardo Galeano.

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Croacia. Hija aventajada de Yugoslavia

Al concluir la I Guerra Mundial, los gerifaltes mundiales decidieron crear unos cuantos países nuevos en Europa. Abierta la caja de pandora de los nacionalismos en el siglo XIX, utilizaron como excusa las teorías de la evolución social para proponer y diseñar nuevas fronteras. Para ello no escatimaron en sandeces. Crearon Polonia a cambio de desmembrar Alemania, abandonaron las repúblicas bálticas a los designios de Rusia, se olvidaron de Ucrania, cambiaron lindes en Rumanía y Bulgaria, juntaron a checos y eslovacos sin ‘lev motiv’ aparente y, el sinsentido más grande de todos, fundaron Yugoslavia (el Reino de los eslavos del Sur).

En Yugoslavia había eslavos. Pero no eran todos iguales. Los había católicos (Eslovenia y Croacia) y ortodoxos (Serbia y Montenegro). Los primeros miraban a Europa Occidental. Los segundos tenían sus raíces en Europa del Este. Al sur estaba Macedonia, un batiburrillo lleno de albaneses y gitanos romanís. Además, en lo que hoy son los países de Bosnia y Kosovo estaba la mayor comunidad de musulmanes por km2 de Europa (sin contar Estambul). Para unir esta macedonia cultural se inventaron a un rey, Aleksandar I, que procedía de una dinastía serbia. Y ahí radicaba el gran problema. Yugoslavia bebía su nacimiento de la Gran Serbia y eran los serbios, de marcada influencia rusa, los que iban a dictar las órdenes formando la república más fuerte en ese nuevo Estado.

El contrapeso al poder serbio radicaba en Croacia, que por población y economía, era la única de las repúblicas que podía mirar de tú a tú a Belgrado. De hecho, Croacia llegó a ser independiente (1941-1945) pero bajo un régimen fascista títere de los nazis que muchos croatas prefieren omitir.

A partir de 1945 Yugoslavia fue un Estado Comunista. En teoría cada república era independiente, pero todos los conflictos acabaron explotando con el fin del comunismo y el inicio de la guerra en 1991. Durante esas cuatro décadas, la planificación central del Estado también se vio reflejada en el deporte, donde aprovechando las excelentes condiciones innatas de la raza eslava y una planificada y cuidada ética de trabajo, llevaron a Yugoslavia a la excelencia en la gran parte de los deportes de equipo, destacando mundialmente en balonmano o baloncesto.

Y por supuesto en fútbol.

Antes de que Europa Occidental invirtiese ingestas sumas de dinero público y privado en el fútbol, Yugoslavia era una potencia del balompié. Fue subcampeona de Europa en 1960 y 1968 y semifinalista en el Mundial de 1962. Mucho antes, en 1930, había sido también semifinalista en el primer Mundial de la historia. En los años 60 Galic, Durkovic, Acimovic y especialmente Dragan Dzajic (futbolista del gusto del mismísimo Pelé), deleitaban en los campos europeos con un fútbol de alto nivel técnico pero sobretodo con una mezcla exacta de organización y caos. Yugoslavia también llegó a semifinales en la Eurocopa de 1976 y, ‘ergo’, era un país que solía llegar a las rondas finales de la competición que disputase.

Al acabar la guerra surgieron nuevos Estados. Croacia disputó su primera competición internacional en la Eurocopa de 1996 y dos años después alcanzó las semifinales en el Mundial de 1998. Croacia cuenta aproximadamente con la mitad de habitantes que Serbia. El Estrella Roja, el único campeón yugoslavo de la Copa de Europa, es de Belgrado. Que Croacia encadenase éxitos no entraba dentro del guión previsto.

Antes de la guerra, en 1987, Yugoslavia se había proclamado campeona mundial sub-20 de fútbol. Las estrellas de aquel equipo eran croatas. Prosinecki, Boban, Suker, Pavlicic o Stimac habían sido criados en Zagreb o Split. Ninguno era de Belgrado. Ninguno era serbio. Cuando en 1998 comandaron a una selección con apenas un lustro de vida como Croacia a disputar unas semifinales mundialistas ante Francia (tras eliminar a Alemania en cuartos de final) el planeta fútbol se convulsionó.

Con la independencia, Serbia mantuvo el nombre de Yugoslavia. Era la república heredera y principal de la antigua nación. Sólo en el siglo XXI, y tras la independencia de Montenegro, Serbia abandonó su antigua denominación. Pero, tras Mijatovic, Savicevic o Stojkovic ha habido la nada. Serbia no juega una Eurocopa desde el año 2000 y cuando se clasifica para un Mundial no supera la primera ronda.

En Croacia el terremoto de 1998 ha abierto unas brechas que alcanzan el presente. Desde hace una década Croacia no ha parado de generar buenos jugadores, mientras que Serbia sigue sin encontrar la tecla. Srna, Corluka, Olic, Robert Kovac, Pletikosa sirvieron de puente a la generación actual. Modric y compañía han llevado a un pequeño país de 4 millones de habitantes y que no está ni entre los 50 con mayor PIB del mundo, a ser un habitual de las rondas finales en Europa y en la Copa del Mundo.

Un habitual quiere decir ser un ‘outsider’. Un equipo complicado de primera ronda, que con un buen calendario puede plantarse en cuartos de final. Lo que nadie imaginaba es que Croacia alcanzase ser ganador de un Mundial. Nadie pensaba que Croacia pudiese ser la Uruguay del siglo XXI. Que en plena era de la globalización y de los grandes Estados, un minúsculo país de 55.000 kilómetros cuadrados (no mucho más grande que Aragón) se plantase en la final de la madre de todas las competiciones deportivas.

No lo había conseguido nunca Yugoslavia. Croacia llega a la final tras tres prórrogas, las dos primeras resueltas por tandas de penaltis y la tercera por un gol agónico de Mandzukic. Queda para la discusión si todo es fruto del trabajo mental y físico o de la buena suerte. Venció a Argentina en la primera fase, y luego se midió a rivales inferiores (Dinamarca), inferiores pero con nombre (Rusia) y similares con mucho nombre (Inglaterra). También queda para el debate sin tan favorable calendario fue suerte o destino.

Croacia lo ha logrado siendo fiel al ideario yugoslavo. Modric y Rakitic son los abanderados de la exquisita calidad técnica del conjunto. Y jugadores como Rebic, Strinic o Perisic aportan ese caos organizado, futbolistas desgarbados y hasta aparentemente toscos pero dotados de grandes recursos y que mantienen una entrega constante a favor del grupo. No hay que olvidar que Croacia no es una potencia mundial (por lo menos no lo era) pero su once inicial está plagado de futbolistas que son primeras espadas en los principales conjuntos de Europa.

En menos de 48 horas sabremos si lo de Croacia queda en el recuerdo como la hazaña sin premio de un pequeño país (Hungría en 1938, 1954; Checoslovaquia en 1934 y 1962; Holanda en 1974 y 1978; Suecia en 1958) o si por el contrario podemos afirmar que Croacia es el Uruguay del siglo XXI y aparte del centro histórico de Dubrovnik, las ruinas romanas de Split, la majestuosa Zagreb o las playas del Adriático, los croatas también pueden presumir de ser campeones del Mundial de Fútbol.

https://www.youtube.com/watch?v=W0CVItfhkl0

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México 70. El partido del siglo (2ª parte)

En el estadio Azteca, en la fachada principal, hay un muro en el que se concentran varias placas que recuerdan los hechos más significativos de uno de los recintos deportivos más señalados del planeta. Entre los recuerdos conmemorativos están el primer encuentro, el primer gol o del orgullo de haber sido sede de dos finales de la Copa del Mundo. No obstante, lo que más destaca es una placa que rememora que el 17 de junio de 1970 se disputó el partido más extraordinario jamás lidiado en un Mundial: “El Estadio Azteca rinde homenaje a las selecciones de Italia (4) y Alemania (3) protagonistas en el Mundial de 1970, del “Partido del Siglo”.

Alemania.

En Alemania los padres apuntan a sus hijos a la práctica de un deporte con la convicción de que obtenga la victoria. A diferencia de lo que ocurre en otras culturas, la finalidad de la práctica deportiva para los alemanes es trabajar el cuerpo y aprender a ganar como funcionamiento para el triunfo en la vida. Fue en Prusia donde se integró por primera vez la gimnasia como disciplina obligatoria en el ejército y donde mantener en perfecta forma física a la ciudadanía se convirtió en una obsesión tras las fulgurantes derrotas ante el ejército de Napoleón a comienzos del siglo XIX. Toda esa cultura de esfuerzo, de lucha, de organización y esa sensación de que los alemanes al final siempre acaban ganando, tiene su origen por aquel entonces.

Italia.

´Catenaccio´, algo así como cerrojazo, es la base del sistema futbolístico italiano. Está concebido para obtener la victoria por agotamiento, tras estrangular al rival y así aprovechar su impotencia física o mental. Para ello, Italia siempre cuenta con 2 o 3 jugadores de talento sideral y se ve ante la difícil tarea de escoger a sólo uno de ellos aguantando críticas internas y externas por privar al público de un auténtico espectáculo. Históricamente buenos financieros y comerciales, los italianos hacen gala de una extrema paciencia y de una explotación de sus virtudes aprovechando los defectos de los demás.

Alemania (la RFA para ser más exactos) combinaba en su selección la clase, el talento y el esfuerzo de varias generaciones, a pesar de que su Liga no tenía tal poder. Alemania se clasificó en la primera fase arrollando a sus rivales. Era un grupo asequible pero aun así sorprendió su suficiencia. Tenía un equipo descomunal línea por línea, empezando por Maier en la portería, Vogts en defensa, Beckenbauer o Overath en el centro del campo y una dupla increíble en punta formada por Uwe Seeler y Gerd ‘Der bomber’ (Torpedo) Müller. Lo mejor para ellos es que la columna vertebral era joven y además de un presente brillante también tenían un futuro esplendido.

En cuartos de final se enfrentaron a Inglaterra. Se repetía la final de cuatro años atrás en la que los ingleses salieron victoriosos tras una prórroga con varias jugadas polémicas. Ahora, en México, Alf Ramsey, seleccionador inglés, declaraba en la previa del partido: “Nadie debe dudar de nuestra victoria, porque Alemania nunca nos ganó ni en el fútbol ni en la guerra”. Cuentan que es una letanía muy habitual usada por la flema inglesa en este tipo de partidos y que también Bobby Robson apelaría a ella en la semifinal de 1990. Pero lo cierto es que, (por lo menos hasta 2018), quienes ganan son los alemanes.

Y los alemanes estaban sedientos de venganza.

Inglaterra se puso en franca ventaja con 2-0 en el minuto 70. Ramsey sacó del campo a Bobby Charlton en un error que pagaría caro. Alemania recortó distancias y Seeler empató a poco del final. En la segunda parte de la prórroga un remate acrobático de Müller concluía la remontada y la venganza. La RFA esperaba rival en la semifinal.

En 1970 Italia tenía un equipo fabuloso. Había tardado dos décadas en gozar de un plantel competitivo. En 1949 la plantilla del Torino (con 8 titulares de la selección abordo) había fallecido en un accidente de avión. Habían tardado mucho en recuperarse, pero la fantástica generación de los 60 ya les había dado un título, la Eurocopa de 1968. Lideraba la defensa el capitán Giacinto Fachetti, y contaban con dos extraordinarios mediapuntas, Sandro Mazzola (ídolo del Inter de Milan) y Gianni Rivera (ídolo del AC Milan). En cualquier otro país ambos podrían jugar juntos. En Italia eso era imposible. Es más, en la punta del ataque estaba Luigi Riva, un delantero con una zurda descomunal, pero que a menudo acababa desesperado ante la ausencia de pases dignos de ser convertidos en gol.

Italia consiguió el pase en la primera fase haciendo gala de un juego plomizo, en la que únicamente consiguió una victoria por la mínima ante Suecia. Valcareggi, seleccionador azzurro, ponía a Mazzola y Riva como titulares, mientras que Rivera era suplente colocando en su lugar al voluntarioso Domenghini. Cuando en cuartos de final Italia hubo de enfrentarse a la anfitriona México y los aztecas se adelantaron en el marcador, ni siquiera entonces Valcareggi cambió de táctica. Sustituyó en el descanso a Mazzola por Rivera, incapaz de juntar a los dos genios, pero dado que Italia arrolló a México tras el descanso con 2 tantos de Riva y otro de Rivera, el plan seguía dando los resultados previstos.

—El partido del siglo—

Italia-Alemania. Alemania-Italia. 17 de junio de 1970. 16:00 hora local. Fue un partido lleno de giros imprevistos. Un combate extenuante, sembrado de rachas de buen juego, errores clamorosos, lesiones, jugadas polémicas y un esfuerzo descomunal ante un calor abrasador. La fatiga provocó un desenlace en la prórroga que se tornó en inolvidable.

Italia formó con Albertosi; Burgnich, Rosato (Poletti), Cera, Facchetti; Bertini, De Sisti, Mazzola (Rivera), Domenghini; Boninsegna y Riva. Alemania alineó a Maier; Vogts, Patzke (Held), Schulz, Schnellinger; Overath, Beckenbauer, Grabowski; Seeler, Müller y Löhr (Libuda). El seleccionador transalpino era Ferruccio Valcareggi y el teutón Helmut Schön.

Durante la primera parte el encuentro se ajustó al guión previsto. Alemania dominaba y tenía varias ocasiones de peligro, mientras que Italia esperaba agazapada. Fruto de la legendaria paciencia azzurra, al filo del descanso Boninsegna cargó con velocidad y adelantó a Italia en el marcador con un fulgurante disparo desde 30 metros. Seeler, capitán alemán, pedía calma a sus compañeros. Inmediatamente los transalpinos se echaron aún más atrás si cabe esperando el fin del encuentro.

Pero aún quedaba toda la segunda parte.

Fue un bombardeo.

Liderados por Franz Beckenbauer, todavía por entonces un centrocampista con un excelente pase de larga distancia, los alemanes arrollaron la portería defendida por Albertosi. Bajo cerca de 40 grados y con la afición mexicana de su lado, los germanos estuvieron a punto de marcar en dos clarísimas ocasiones de Seeler y Grabowski , pero Italia siempre era capaz de apagar el fuego encendido. Se llegó al tiempo de descuento, y cuando todo parecía perdido, Alemania hizo gala de su fama y en la última ocasión del partido Grabowski envió un centro al área que fue empujado a la red por Schnellinger, que había abandonado su puesto defensivo para subir a la desesperada. Era gol. 1-1. Los italianos caían al suelo exasperados y alguno, caso de Boninsegna, vertía un par de lágrimas con el disgusto. La RFA celebraba el empate como un triunfo. Era el primer gol de Schnellinger con la selección y el único que anotó en sus 47 partidos internacionales. Alemania, una vez más, mostraba un absoluto dominio del tempo del partido.

Fin del partido. Descanso antes de la prórroga.

No hay cambios. Se habían agotado. Fiel a su rutina habitual, Valcareggi había introducido a Rivera por Mazzola en la media parte sin importarle nada más. Alemania había agotado los cambios cerca del minuto 75, justo antes de que en una internada espectacular de Beckenbauer, el central Cera cargara sobre él cual toro embistiendo a torero derribando al ‘Kaiser’ en el borde del área. Beckenbauer se levanta, pero visiblemente dolorido en su hombro derecho y, aunque renqueante, continua en el encuentro.

Ahora, antes de iniciarse la prórroga, y sin más cambios para realizar, Beckenbauer habla con los servicios médicos teutones, le vendan el brazo, y con una clavícula rota y el brazo en cabestrillo se dispone a jugar la media hora de la prórroga. Su estampa de valkiria sobre el abrasador sol mexicano se convertirá en icono de tan bello partido.

Comienzo de la prórroga.

En el minuto 95 del choque (5’ de la prórroga), Libuda envía un centro al área que es despejado por la defensa italiana. Sin embargo, en un error de coordinación entre un par de italianos, ‘Torpedo’ Müller aparece por detrás y en un escorzo tan característico del pequeño delantero, adelanta a Alemania. Los italianos dejaron las precauciones defensivas para otro momento y en tan sólo 4 minutos un balón bombeado al área enviado por Rivera es recogido por Tarcisio Burgnich (cuyo apellido dejaba bien clara la procedencia de su familia paterna) que con un disparo a bocajarro otorgaba el empate nuevamente para Italia. 2-2.

Poco después el cazagoles Riva bajaba el balón dentro del área, se libraba de Schulz con un precioso regate y con un zurdazo cruzado batía a Maier y ponía por delante a Italia. Para entonces las cámaras de televisión sólo tenían ojos para un Beckenbauer que con el brazo derecho en cabestrillo no paraba de pedirle a sus compañeros que mantuviesen la calma agitando con vehemencia el izquierdo.

Descanso de la prórroga.

El cansancio y los calambres iban a propiciar un espectáculo inolvidable. El árbitro solicita a los equipos que vuelvan al campo pero los masajistas se afanan por realizar estiramientos. El calor abrasador hace que las botellas de agua rieguen los cuerpos tanto por dentro como por fuera. Gemelos e isquiotibiales parecen a punto de estallar. Los cuádriceps dejan de funcionar.

Segunda parte de la prórroga.

Con el 3-2 a su favor, Italia empezó a perder tiempo de forma descarada, en una mezcla de lesiones simuladas y exhausto cansancio. Pero Alemania no estaba muerta. Nunca está muerta. Overath centra por enésima vez desde la banda izquierda y Seeler cabecea en picado obligando a Albertosi a un escorzo para desviar el balón por encima del larguero. Es saque de esquina. El propio Seeler cabecea en primera instancia y luego Müller demostró porque, con permiso de Pelé, era el mejor goleador del momento. Con su estilo aparentemente tosco, consiguió poner la puntera y desviar un tiro previo paso por varias piernas de defensores italianos batiendo a un desesperado Albertosi. Era el décimo gol del que iba a ser el máximo goleador del Mundial. 3-3.

En ese momento parecía que el partido iba a acabar en tablas. Ello implicaba otro extenuante partido al cabo de dos días, ya que por aquel entonces no estaba todavía implantado el sistema de penaltis. Sin embargo, en el minuto 116, a 4 minutos de final, la elegancia de Rivera surgió cerca del área para con un precioso disparo con el interior batir a Sepp Maier y dar una nueva ventaja, esta vez parecía que definitiva, de 4-3 para Italia. El cancerbero teutón cierra los puños y golpea con rabia el suelo mientras Rivera y Riva se funden en abrazo.

El marcador corre hacia atrás.

Ni siquiera los correosos alemanes fueron capaces de volver a marcar, e Italia se clasificaba para la final tras un majestuoso partido en el que se anotaron 7 goles, 5 de ellos durante la prórroga, tiempo extra al que se había llegado tras un gol alemán en el minuto 93. Colosal. Inolvidable.

Italia, totalmente extenuada, jugó la final ante Brasil físicamente destrozada. En otro partido para el recuerdo, Carlos Alberto, Tostao, Rivelino, Gerson, Jairzinho y Pelé arrollaron a los italianos por 4-1 convirtiéndose en campeones por tercera vez en su historia.

Para Italia fue el corolario de un lustro magnífico. No volvería a un Mundial hasta 1978. Para Alemania supuso un paso más para lograr el éxito que se le estaba resistiendo y que conseguiría venciendo en la Eurocopa de 1972 y en el Mundial de 1974.

Fue un partido al que se le agotaron todos los calificativos y que permanece y permanecerá en la memoria. La emoción de la prórroga afectó no sólo a alemanes y a italianos sino a todos aquellos buenos aficionados al fútbol. Los funcionarios de prisiones de la cárcel mexicana de Tixtla estaban escuchando el partido por la radio. Era tal la emoción que decidieron desplazarse al otro lado de la calle para ver los instantes finales del partido por televisión en un bar. Debió ser tal la premura de su marcha, que 23 presos aprovecharon la falta de vigilancia para escaparse de la cárcel. Habían ganado su propio partido del siglo.

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Ohne worte. ¡Alemania K.O!

Esta semana me tocaba escribir la segunda y última parte del artículo sobre el llamado ‘Partido del siglo’, el partido más bello de la historia de la Copa del Mundo. Pero la actualidad manda y toca hablar de Alemania, mas, y esto es lo sorprendente, toca hablar mal de Alemania. Muy mal. Lamentablemente mal. Humillantemente mal. Toca hablar de la mayor sorpresa en 21 ediciones de la Copa del Mundo. La eliminación de Alemania, del aún vigente campeón, en la primera fase de Rusia 2018.

Y es que la sorpresa es morrocotuda. No es la primera vez que un campeón del mundo queda eliminado en la primera fase. No hay que irse muy atrás en el tiempo. Le sucedió a España en 2014 tras ganar el Mundial en 2010, le aconteció a Italia en 2010 tras ser campeón en 2006 o le ocurrió a Francia en 2002 tras proclamarse vencedor en 1998.

Pero es que Alemania es sinónimo de FIABILIDAD. Así, en mayúsculas. Nunca había quedado eliminada en una fase de grupos. Y antes era mucho más difícil clasificarse. Había 16 selecciones en un Mundial. Los grupos eran terroríficos. Alemania, Argentina, España, Suiza (1966). Cuando se subió a 24 participantes también. Alemania, Dinamarca, Uruguay, Escocia (1986). Con 32 no hay tanto miedo. Equipos como Alemania pasan seguro. Alemania es el Real Madrid de los Mundiales. Llega a cuartos siempre. Eso es fehaciente. Y a partir de ahí ya veremos. Su peor resultado hasta la fecha había sido en 1938, cuando quedaron eliminados en octavos de final ante Suiza. Ni los más viejos del lugar. Pero incluso aquella vez tenía truco. La Alemania nazi acababa de anexionarse a Austria (por entonces una potencia futbolística) y 6 de los titulares eran austriacos… Digamos que no pusieron mucho interés en el partido.

Alemania es un ogro que poco a poco se va acercando y te acaba devorando. Siempre ha sido así. Siempre. Hasta ahora. Hasta Rusia. No ha sido ésta una tierra santo de devoción de los alemanes. Federico el Grande acabó rindiendo Berlín ante los rusos y la maquinaria de guerra del III Reich se quedó a las puertas de Moscú. Definitivamente Rusia no es nación amiga.

Tuvieron los alemanes hasta 9 minutos de tiempo extra. Y pensábamos que lo conseguirían una vez más. Pero no. Hay un país donde la eliminación de Alemania fue celebrada con suma simpatía. Brasil. Y no por evitar un cruce con los germanos en octavos. La guasa y los memes han sido legendarios (con ataúdes con la bandera teutona incluidos) y todo para intentar borrar o contrarrestar de la memoria la chufla alemana por el 7-1 del pasado Mundial.

No es una exageración. Alemania sólo ha ido por delante durante 15 segundos en este Mundial. Tiro de raza y de su tradicional buena suerte para derrotar agónicamente a Suecia en la prórroga del segundo partido. En el primero los alemanes eran sombras ante el huracán mexicano. Y en el tercero, cuando todos, TODOS, esperábamos que Alemania ganase, como ha hecho siempre, se vio incapaz de derrotar a Corea del Sur con un juego ramplón y soporífero y con una alarmante falta de gol. Acabaron perdiendo por 2-0, con un último gol grotesco tras paseo por el campo cual Caperucita de Neuer. Por cierto, el gol surcoreano fue de Son quien, quizás, pueda librarse del servicio militar, porque Corea habrá acabado eliminada del Mundial pero la fiesta por ganar a Alemania ha sido apoteósica.

En un Mundial que ya es el del VAR, la tecnología también tuvo su momento de gloria al aumentar la incertidumbre y el suspense en la eliminación teutona. El otro día leí en un artículo que ahora el fútbol parece una película de Hitchcock. Las caras de los alemanes mientras esperaban que la ciencia dictaminase si el primer gol de Corea había sido en fuera de juego mostraban resignación y conformismo. No había atisbos de furia ni de deseo. La selección alemana no tuvo finura, pero tampoco tuvo vigor. No tuvo gracia ni chicha.

Sólo se recordaba un fracaso alemán. En la Eurocopa del año 2000, Portugal masacró a Alemania e Inglaterra dio la puntilla quedando los teutones eliminados en la primera fase. Pero era esa una Alemania de entretiempo, ya retirados jugadores como Brehme, Reuter o Klinsmann, con otros ya muy veteranos como Matthaüs, Scholl o Bierhoff y sin ninguna gran promesa exceptuando a Ballack. Esta Alemania de 2018 no tenía mala pinta. Combinaba jugadores veteranos con jóvenes promesas. Alemania llevaba cuatro semifinales seguidas de la Copa del Mundo y es la actual campeona de Europa sub-21.

Tras el citado fracaso del año 2000, y a pesar de la sorpresiva buena actuación en el Mundial 2002, la Federación Alemana inició un cambio en su modelo formativo. Joaquim Löw, seleccionador desde 2006, copió el exitoso modelo de toque iniciado en España siempre acompañado del tradicional golpe de arrebato germano. No ha habido nada de eso en Rusia. No ha sabido o no ha querido sustituir a Müller, Özil, Khedira o Neuer, como España no supo hacer lo propio con Xavi, Alonso, Torres o Casillas. Otros colgaron las botas como Lahm o Klose, y a pesar de tanto talento no ha habido nadie que ocupase esos huecos. Lenta en el repliegue, fracturada en el medio y sin mordiente ni movimiento en ataque, teniendo que recurrir a la desesperada por un jugador semiretirado como Mario Gómez. Y es que con tanto cambio de mentalidad Löw buscaba en el banquillo y no había panzers que variasen la dinámica de juego. No hay sitio en esta Alemania para Klinsmann, Völler, Briegel, Stielike, Seeler o Breitner. Y hacían falta. Mucha falta.

El propio Breitner, hoy comentarista, declaraba tras la hecatombe ante Corea que “estaría encantado en prescindir de los 15.000 pases de Kroos si lograse aprovechar una sola vez el espacio que genera con sus movimientos”. Ahora empezará el debate. El debate de abandonar las triangulaciones y los pases cortos por las arrancadas abriendo brechas en el centro del campo.

Supongo que Löw dimitirá o lo obligaran a dimitir. Y habrá bronco debate. Si ser toro o ser torero. En España el debate está finiquitado porque sólo hemos sido campeones siendo toreros. En Alemania no. Han ganado con técnica, han ganado con cojones, y han ganado con técnica y cojones. Imagino que la vieja guardia abandonará la selección y entrarán ideas nuevas, y dentro de esas ideas aparecerán panzers 2.0. Panzers de nueva generación. Hombres de pelo en pecho en un mundo feminizado.

Nunca es fácil administrar el éxito. Es muy costoso descuartizar lo que ha funcionado. A los técnicos les ocurre por una cuestión de ego y al aficionado por una cuestión de lealtad. Y los jugadores…bueno, los jugadores forman una sociedad exclusiva de campeones y miran con recelo a aquellos advenedizos que quieren beber de las mieles de su éxito. Es cierto que Löw prescindió de Götze, el autor del gol de la victoria en la final de 2014, pero Götze era un joven prometedor que tuvo su día de gloria y que ha acabado lastrado por una serie de problemas psicológicos. Los otros eran vacas sagradas. Neuer ha estado un año lesionado, Müller exigía ser titular, Khedira está pasado de kilos y Özil ha presumido de raíces turcas en pleno conflicto turcogermano. Otros como Gündogan, llamados a liderar a la nueva generación, se han dedicado a hacer campaña electoral a favor de Erdogan una semana antes de que empezase la Copa del Mundo.

Al acabar el encuentro, Hummels manifestaba en zona mixta que el último buen partido que habían jugado había sido en otoño. Concretamente fue en septiembre cuando machacaron a Noruega por 6-0 en la fase de clasificación. Y es verdad que antes del Mundial habían perdido con Austria o con Brasil en partidos amistosos, pero, sinceramente, no creo que nadie, NADIE, se hubiese esperado esto.

“Yo veía a Alemania como favorita en este campeonato (…) Hay un viejo respeto a Alemania, cuya fiabilidad me impone, tratase de una lavadora, un coche o un equipo de fútbol (…) Cuando Alemania falla nos falla a todos los europeos, no hablo sólo de fútbol, y no quiero extenderme más. Ya vale que no esté Italia (un amigo solía decirme que el Mundial empieza cuando se juega el primer partido de Italia) como para que nos quedemos sólo con Francia, Inglaterra y España como selecciones europeas con estrella en el pecho (…) Caída Alemania, en cierto modo nos falta el hermano mayor”. Alfredo Relaño.

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