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México 70. El partido del siglo (1ª parte)

La Copa Mundial de Fútbol es la mayor expresión balompédica existente y junto a los Juegos Olímpicos es el evento deportivo más seguido del planeta. Su magnetismo radica en que consiste en una lucha comprimida en el tiempo entre naciones de cualquier lugar del mundo, que, sobretodo antaño, permite conocer culturas, costumbres y razas distintas a las cotidianas. Contribuye a la seducción del evento que es cuatrienal lo que aumenta su excepcionalidad y su atractivo incluso para el que no es un gran aficionado al fútbol.

Ha habido grandes partidos en la historia del Mundial de Fútbol. Obviamente entre ellos están todas las finales disputadas. La más conocida por su anomalía fue la victoria de Uruguay ante Brasil (2-1) en 1950, el famoso ‘Maracanazo’, pero también fueron dignas de recuerdo la de 1954 (RFA 3-2 Hungría), la de 1986 (Argentina 3-2 RFA) o la de 2006 (Italia 1-1 Francia) por citar algunos ejemplos. En las fases previas, se han dado auténticos espectáculos futbolísticos. El más próximo en el tiempo fue el desastre de Brasil ante Alemania en las semifinales de 2014 (1-7). Pero hay multitud de choques que han quedado para el recuerdo. Algunos de los más recientes podrían ser el Italia 3-2 Brasil (1982), RFA 3-3 Francia (1982), Argentina 2-1 Inglaterra (1986), Brasil 1-1 Holanda (1998), Italia 2-0 Alemania (2006) o España 1-0 Alemania (2010).

Pero, si en algo hay consenso en el mundillo futbolístico, es que el mejor partido jamás disputado en una Copa Mundial de Fútbol tuvo lugar el 17 de junio de 1970 en el Estadio Azteca de México Distrito Federal y enfrentó en una de las semifinales a la República Federal Alemana (RFA) contra Italia.

Ni fue el primero, ni fue el último, mas quizás fue de uno los más famosos encuentros calificados como ‘Partido del Siglo´, magnificencia que aún se mantiene en Italia (Partita del Secolo) y en Alemania (Jahrhundertspiel) cuando se habla de un choque que va camino de la media centuria de antigüedad.

Fue un partido único, en un Mundial único. Y es que México 70 es para buena parte de los especialistas la más bella Copa del Mundo jamás celebrada. Aquel Mundial representa el juego del fútbol más puro que se ha visto, por plasticidad y por ejecución de un nivel técnico superlativo. Especialmente Brasil, que desplegaba un juego que hoy en día sería considerado lento, pero con un nivel de desarrollo y confección de las jugadas estéticamente perfecto. A esto ayudó a que también fue el primer Mundial en el que se usaron las amonestaciones con el fin de acabar con el juego duro que había aflorado con éxito en la década de 1960. Consecuencia de ese tipo de fútbol y de las muchas lesiones, fue que por primera vez se permitieron realizar dos sustituciones que ayudaban a igualar los partidos, compensaban los cansancios y dotaban de una nueva arma a los entrenadores otorgando una mayor riqueza táctica al juego.

A nivel organizativo todo fue espectacular. Se utilizaron las infraestructuras desarrolladas para la organización de los JJOO de 1968 y México se volcó en un deporte que amaba poniendo en marcha todo el poder de una nación de 100 millones de habitantes que por entonces se encontraba en plena expansión económica.

Era el primer Mundial de fútbol que se retransmitía por televisión en color vía satélite y la final se iba a jugar en el Estadio Azteca, un coloso de 110.000 espectadores de capacidad. También fue la primera vez que se diseñó un balón de forma especial para el torneo, el bellísimo Telstar de Adidas, compuesto por hexágonos blancos y pentágonos negros, y que sustituyó para siempre los tradicionales balones marrones. Era tan hermoso, que cuando acababa en las gradas los espectadores se pegaban entre ellos para atraparlo y quedárselo como objeto de coleccionista. Era la primera vez que tal suceso tenía lugar.

Era un balón futurista (recogía el nombre del primer satélite de telecomunicaciones enviado al espacio, y, de hecho, haciendo un guiño a la histórica industria espacial soviética el del actual Mundial de Rusia fue bautizado como Telstar 18) y ahora es la base de cualquier pelota de fútbol actual. Pero aún más rompedor fueron los preciosos diseños de las camisetas de juego, los primeros proporcionados por marcas oficiales y que lucían resplandecientes con color y con la preciosa luz del verano mexicano.

La única pega que la comunidad internacional puso al país azteca en los meses previos al inicio del campeonato era la elevada altitud del país, ya que buena parte de las sedes rondaban los 2.000 metros de altitud. Además del Azteca, conocido coloquialmente como ‘El coloso de Santa Úrsula’ al estar ubicado en el barrio de dicho nombre, destacaba el estadio Jalisco de Guadalajara con capacidad para 60.000 almas. Los jugadores sufrirían en su capacidad pulmonar el inconveniente de jugar en altitud, pero, los encuentros estuvieron adornados de una épica irrepetible.

Participaron 16 selecciones encuadradas en 4 grupos. La ausencia más significativa fue la de Argentina. También falló Hungría (por entonces potencia europea) y por vez primera se reservó una plaza fija para un equipo africano, honor que cayó del lado de Marruecos tras batir en la eliminatoria definitiva a Egipto. Aunque seguramente el hecho más recordado de la fase de clasificación fue un encuentro entre El Salvador y Honduras al término del cual se producirían una serie de disturbios que sirvieron de chispa para iniciar una corta guerra entre ambos países que se saldaría con más de 2.000 muertos y que ha pasado a la historia como ‘La Guerra del Fútbol’.

Había dos grandes favoritos al título. El candidato principal era Brasil, que además contaba con el apoyo del público local. Sin embargo, meses antes del inicio del torneo, la prensa internacional se haría eco de un asunto que dejaría en nimiedad el reciente despido de Julen Lopetegui.

En 1970 Brasil estaba regido por una dictadura militar conservadora. El máximo dirigente era el general Médici, que como la gran mayoría de los brasileños era un fanático del fútbol. La Federación, tras su fracaso de cuatro años antes en Inglaterra, había designado seleccionador a Joao Saldanha, simpatizante comunista, aunque, cabalmente, prefería no manifestar sus ideas públicamente. Contaba Saldanha además con el apoyo de la afición, porque fue él el artífice de juntar en el mismo equipo y hacerlos funcionar cual reloj suizo a Pelé, Tostao, Gerson, Rivelino y Jairzinho, todos ellos números ‘10’ en sus equipos (mediapuntas) y que demostraron una coordinación y una capacidad de adaptación extraordinarias. Esa disposición táctica hizo que Brasil prescindiera de un delantero centro puro. A pesar de los éxitos, Médici quería echar a Saldanha. Necesitaba un buen motivo y pronto iba a conseguirlo.

En la temporada del Mundial el máximo goleador brasileño fue Darío, fenomenal delantero centro del Atlético Mineiro que superó en goles al mismísimo Pelé. Era el jugador favorito del general Médici pero Saldanha prescindió de él al no necesitar un delantero centro en su esquema de juego. Esa era la excusa que el general necesitaba para despedir a Saldanha antes de que diera la convocatoria para el Mundial. Fue sustituido por Mario Zagallo, técnico simpatizante de la dictadura y que, obviamente, convocó a Darío a pesar de que no llegaría a disputar ni un mísero minuto en la Copa del Mundo.

El otro gran favorito era Inglaterra, vigente campeona mundial. Y también tuvo su ‘caso Lopetegui’ particular. Una semana antes del inicio del torneo, Inglaterra jugó un encuentro preparatorio ante Colombia. Al término del mismo, Bobby Moore, capitán anglosajón, fue esposado y llevado a comisaría acusado de robar un brazalete de oro en una joyería. El equipo viajó a México, mientras que a su capitán se le impedía salir de Colombia a la espera de juicio. Estuvo a punto de estallar un conflicto internacional, y la diplomacia, e incluso se dice que la realeza inglesa, tuvo que intervenir para sacar a Moore de Colombia y así poder llegar al partido inaugural, aunque con unos cuantos kilos de menos. Finalmente se descubrió que todo había sido un montaje del joyero que había simulado el robo para su propio beneficio.

El sorteo deparó que en la primera fase se enfrentaran los dos favoritos. Saldría vencedor Brasil (1-0), gracias a un extraordinario Pelé. Fue un Mundial bellísimo que dejó algunas jugadas para la posteridad, y en todas ellas intervino ‘O Rei’, que con su actuación en México se ganó el título para la posteridad de rey de reyes. En ese partido, su perfecto remate picado de cabeza elevándose desde los cielos fue despejado por el guardameta inglés Gordon Banks en la que para muchos es la mejor parada de la historia. Es curioso, porque hasta tres impactos dejó Pelé para la posteridad y ninguno fue gol. Antes, en el encuentro inaugural, había lanzado un tiro desde el centro del campo frente a Checoslovaquia (4-1) aprovechando que Viktor no se encontraba bajo palos: “Desgraciadamente el balón no rozó el palo, pero el grito de aprobación del público lo compensó”, diría ‘O Rei’. En semifinales, ante Uruguay (3-1), amagó delante del portero dejando pasar el balón ante sus narices y volviendo tras sus pasos, pero tampoco consiguió marcar. Pelé hacia genialidades nunca vistas. Es probable que ya se hubiesen intentado antes, pero nunca en un escenario de tal magnitud.

Decía que en semifinales se enfrentaron Brasil contra Uruguay, dando la canarinha buena cuenta de los siempre defensivos y competitivos charrúas. Los primeros habían eliminado a Perú (4-2) en cuartos en un espectacular mano a mano entre Pelé y Teófilo Cubillas y los segundos habían derrotado a la URSS (1-0) con un gol agónico de Víctor Espárrago a pocos minutos del final de la prórroga.

Después de ganar a Inglaterra, Perú y Uruguay, Brasil esperaba rival para la final. El vencedor saldría del encuentro entre Alemania e Italia. Los dos equipos más laureados del Viejo Continente. El vigente subcampeón mundial contra el vigente campeón europeo.

Será el partido del siglo. Pero eso quedará para el siguiente capítulo.

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A propósito del VAR

Cada 4 años, entre finales del mes de mayo e inicios del mes de junio, se produce un pico en la venta de aparatos de televisión. Coincide en el tiempo con los avances tecnológicos en materia de definición de las distintas marcas comerciales. Primero el sonido estéreo, luego el color, más adelante la alta definición, más tarde la TDT y ahora el 4K. Y coincide en el tiempo con la celebración del evento deportivo más seguido en el mundo, la Copa Mundial de Fútbol. A los que se preparan para un mes de junio de `sillón-ball` conviene hacerles un par de aclaraciones. En esta edición habrá dos novedades; un cuarto cambio en caso de que el partido tenga prórroga, y la aparición del VAR (Video Assistant Referee).

Aún está por ver el sistema que se implantará en la Liga española. En el método más aceptado por la FIFA un colegiado instalado en el palco es el encargado de ver las jugadas conflictivas por circuito cerrado y a través de un sistema de escucha le dice al árbitro principal lo que ha sucedido. Tendrá a su disposición un total de 35 cámaras a las que podrá acceder desde el centro de mando. Existe un segundo método que es menos inclusivo y que es el que parece ser que se implantará en la Liga la próxima temporada. En éste, el árbitro para el partido y se dirige a la zona de los banquillos donde él mismo, con la ayuda de unos cascos y un aparato televisivo, examina la jugada y toma una decisión en compañía de sus jueces de línea.

La utilización del VAR se hará en cuatro supuestos; 1) validez de los goles, 2) señalización de penaltis, 3) amonestación por roja directa y 4) aclaración de duda ante que jugador ha cometido una falta. Los estudios de la FIFA esgrimen que el porcentaje de acierto es superior al 98% y que sólo representa un 1% de parálisis en el ritmo del partido. Los partidarios argumentan que con el VAR los árbitros podrán percibir todo lo que los aficionados ven desde su casa y que, además, será el colegiado el que tenga la última palabra sobre la decisión a tomar. Se dice que es justo darle una herramienta al árbitro para que no sea engañado. Y es cierto. Y es de justicia. Acabará con situaciones bochornosas por su claridad al ser vistas por televisión y que llevan a confusión y a improperios indiscriminados hacia el colegiado.

Pero a mí no me gusta.

En Derecho Civil existe la ‘teoría de la interpretación objetiva de la ley’. Se trata de una interpretación dinámica de la ley orientada al sentido que tienen las propias normas en el momento de ser aplicadas. Se basa en la creencia de que la ley, una vez promulgada y en vigor, adquiere vida propia y va conformando su contenido normativo en función de las circunstancias y necesidades sociales….Hagámoslo más fácil. Si no hubiese interpretación no habría ‘una primera vez` o ‘un primer caso’, ni haría falta contratar a un abogado. Sin interpretación, todos los casos serían idénticos. Con interpretación, existen condicionantes. Es más, si no hubiese interpretación no haría falta ni médicos, ni policías, ni profesores, ni jueces, ni periodistas. Cualquiera podría aprenderse la teoría y ejecutarla. No habría falta nadie especializado para interpretarla.

El problema se da en las jugadas opinables, donde la frontera entre el acierto y el error es muy fina. Donde la subjetividad es parte del arbitraje. Es aquel que estudia el reglamento el que tiene capacidad para adaptar la ley al contexto existente.

El reglamento arbitral está lleno de interpretaciones. Decisiones que no debe resolver la inteligencia artificial. En el fútbol, la infracción por tocar el balón con las manos está entre los tradicionales objetos de disputa. En España un pase interceptado con las manos suele ser tarjeta amarilla, en competición europea es raro que eso suceda. Ambas son decisiones correctas. El reglamento sugiere que es el colegiado el que debe interpretar si existe voluntariedad y si afecta al discurrir del juego. Lo mismo sucede con la, ya muy aceptada por el público, ley de la ventaja, acción totalmente interpretativa por el árbitro. Y así podríamos seguir con varios ejemplos más, como el tiempo añadido (el cuarto árbitro dictamina un tiempo estimativo informativo, pero el árbitro principal puede acortarlo o alargarlo a su antojo, por muchas protestas que haya) o el fuera de juego, donde es el colegiado el que tiene potestad para aplicarlo o no aplicarlo en caso de duda.

Y todo ello es lógico; ¿acaso un elemento de figuración compleja debe tener unilateralmente sólo un tipo de interpretación?

La UEFA ha probado con la utilización de los jueces de fondo, elevando el número de colegiados a cinco por encuentro. Es igual. Diez ojos no solucionan un problema de interpretación. Y 35 cámaras tampoco lo harán.

El VAR no sólo va a influir en la rectificación de posibles errores, sino en el ritmo de juego. Cada intervención del VAR será un parón y un reinicio. Aumentaran los arrebatos y las piruetas, se verán perjudicados los equipos que pregonan la posesión del balón, los que maduran poco a poco al contrario, distrayéndole con el balón de un lado para otro.

Y esto va a ser tremendamente perjudicial para el fútbol. Creará confusión. En Estados Unidos, donde el espectáculo deportivo dura varias horas, se están estudiando formas de acortar los tiempos de juego y de televisión, ya que están comprobando que los ‘millennials’ prefieren ver resúmenes con las mejores jugadas y no el partido entero. Las nuevas generaciones quieren información instantánea y no están dispuestos a sentarse delante del televisor durante un par de horas.

El fútbol es un juego dinámico en el que no hay goles. Hay otros deportes que tienen muchas interrupciones pero también muchos tantos. Infinidad de tantos. Si un partido de fútbol acaba sin goles y aún encima le quitas el dinamismo…difícilmente vas a enganchar a nuevos aficionados. Y corres el riesgo de provocar hartazgo en los viejos fans.

¿Hay que descartar entonces las nuevas tecnologías? Por supuesto que no. El ojo del halcón es una medida más que necesaria y que no requiere de un problema de interpretación. Es una ayuda tecnológica que determina si el balón cruza o no la línea de gol. Ahí no hay discusión posible.

Pero la solución sigue estando en mejorar la formación de los árbitros. Se dice que son unos ladrones, que están comprados. No. No es eso. Son malos. Y son humanos. Tienen sus equipos favoritos (como todos nosotros), les aflige la presión y el ambiente, y les afecta la importancia del encuentro y de los jugadores a los que están dirigiendo. Les falta personalidad.

Les falta profesionalización.

El arbitraje está regulado por la FIFA y sus distintas federaciones. No existe un mercado libre como ocurre con el de los futbolistas. De este modo, las distintas ligas europeas no pueden contratar a los mejores colegiados. Árbitros como el húngaro Victor Kassai, el suizo Massimo Busacca o el portugués Pedro Proença, todos ellos galardonados con el título de mejor colegiado del mundo, tuvieron que arbitrar en ligas menores. Lo lógico sería que arbitrasen en España, Inglaterra o Italia, con un sueldo millonario que les permitiese dedicarse en exclusiva al arbitraje y sin la sospecha de favorecer a uno u a otro equipo dado su condición de extranjero.

Esa sí que sería la verdadera revolución del arbitraje y no llenar el terreno de juego de cámaras y de colegiados. Porque a veces da la sensación de que nos olvidamos que el fútbol está pensado para los que juegan y para los que se acercan al campo a verlo, y no para los que nos sentamos en el sofá con el mando en la mano. Esos, aunque ahora ya no lo parezca, deberían ser los menos importantes.

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La quinta Copa de Europa del Real Madrid

Cuando Santiago Bernabéu agonizaba en su casa de la calle Jericó de Madrid en la primavera de 1978, cuentan que mandó llamar a su esposa. En un momento de lucidez le comentó que dejaba esta vida con una única pena, no ver ganar a su Real Madrid la séptima Copa de Europa. Y es que el conjunto merengue había ganado 6 trofeos europeos en las 11 primeras ediciones (los 5 primeros de forma consecutiva), pero ya acumulaba 12 años fracasando en la gran competición continental.

Bernabéu siempre fue un hombre de principios. Visionario para algunas cosas, pero en el fondo un gentleman con valores del siglo XIX. Consideraba que ganar era una obligación y que los futbolistas no deberían tener sueldo. Para él, el Real Madrid como institución era sagrado. No permitía que sus pupilos gastasen ostensiblemente su dinero ni que obtuviesen beneficios publicitarios. En las comidas, sólo permitía una botella de vino a compartir entre 4 jugadores.

Parece ser que tan sólo en una vez consintió dar una prima a sus futbolistas. Fue en 1960. En la final de la quinta Copa de Europa que enfrentó el Real Madrid contra el Eintracht de Frankfurt. Pero incluso en esa ocasión, Bernabéu se salió de la norma. Ofreció 25.000 pesetas de prima a aquellos jugadores que habían sido campeones de Europa con el Real Madrid en alguna de las cuatro anteriores ediciones, formasen parte o no del club. Pretendía que los veteranos (¡jugadores de otros equipos o ya retirados incluidos!) motivaran a la plantilla y les obligaran a ganar. Se dio la paradoja de que Miguel Muñoz recibiese 75.000 pesetas de prima como campeón en 1956,1957 y 1958, cuando en 1960 era el entrenador del club. No le quedó más remedio que repartirla con la plantilla, al igual que tuvieron que hacer los veteranos para no enemistarse con el resto.

Y es que la quinta Copa de Europa era el summun para el Real Madrid. Ya se sabe la predilección que tenemos los humanos para los números redondos. Como ante la volatilidad de la vida nos aferramos a cifras mágicas. 5 es un número mágico y 1960 es un número redondo. Excepto Paco Gento, todos los puntales del equipo sobrepasaban los 30 años y sabían que el final estaba cerca. Era el momento.

El Real Madrid había ganado las cuatro primeras ediciones de la Copa de Europa y, se podría decir, con cierta suficiencia. Durante esas cuatro temporadas y a pesar de disputar trepidantes e igualados encuentros contra el Stade de Reims, Partizan, Fiorentina, Rapid de Viena o Manchester United, quizás sólo el Atlético de Madrid en las semifinales de 1959 y el AC Milan en la final de 1958, estuvieron a punto de destronar a los merengues.

Pero para la temporada 1959/60 parecía que la hegemonía del Real Madrid tocaba a su fin.

El gran favorito era el FC Barcelona de Helenio Herrera, vigente campeón de Liga, Copa y Copa de Ferias (lo que hoy es la Europa League). El Real Madrid partía en un escalón inferior junto a AC Milan, Wolverhampton y Glasgow Rangers.

Ante la veteranía de Di Stéfano (33 años), Bernabéu fichó a Didí, estrella de la selección brasileña, pero éste ni siquiera llegó a debutar en Europa incapaz de aclimatarse al invierno madrileño y enfrentado a los pesos pesados del vestuario. A mitad de temporada hubo cambio de entrenador y Miguel Muñoz pasó a hacerse cargo del equipo devolviendo los galones a Di Stéfano, despidiendo a Didí y contratando a Luis del Sol, un talentoso interior del Betis.

Todo eso ocurrió en marzo, cuando empiezan a decidirse los campeonatos, pero antes de todo eso, el Madrid tuvo suerte, mucha suerte. Los favoritos se fueron enfrentando entre sí. El FC Barcelona se deshizo del AC Milan y del Wolverhampton inglés para plantarse en semifinales, mientras que el Real Madrid tuvo una plácida eliminatoria ante un desconocido equipo luxemburgués y otra ante el Niza francés. Se dice que los grandes necesitan de la suerte para triunfar. Y el Real Madrid la tenía.

El 13 de abril de 1960 tuvo lugar en el Santiago Bernabéu el enfrentamiento de ida de las semifinales entre el Barça y el Madrid. Todos los pronósticos daban como favorito a los azulgranas liderados por Luis Suárez (Balón de Oro de aquella temporada). Pero los pronósticos se olvidaban del orgullo de los blancos.

Di Stéfano tiró del equipo y anotó dos goles que ayudaron a la victoria por 3-1. Para el partido de vuelta, Helenio Herrera, técnico azulgrana, calentó el choque con comentarios despectivos respecto al arbitraje. Un partidazo de Gento ayudó a que el Madrid ganase por 1-3 en el Camp Nou y provocase que Herrera fuese cesado al día siguiente como técnico del FC Barcelona.

La final, disputada el 18 de mayo de 1960, desafiaba al Real Madrid contra el Eintracht de Frankfurt. En esta ocasión los blancos eran los indiscutibles favoritos. El conjunto alemán había ganado su liga de forma sorpresiva y no contaba con estrellas de renombre.

130.000 espectadores según datos oficiales y cerca de 200.000 según datos oficiosos se reunieron en el estadio de Hampden Park de Glasgow para presenciar un partido que aún para muchos analistas está considerado como el mejor de todos los tiempos. Sentencia muy arriesgada, pero que no es más que una muestra de admiración a unos jugadores que practicaban un fútbol técnicamente avanzado y engrasado por una maquinaria de fraternidad y compañerismo tras años jugando juntos.

El Madrid comenzó perdiendo, pero acabó ganando por 7-3, con 4 goles de Puskas y 3 de Di Stéfano en una sana lucha para ver quien marcaba un tanto más que el compañero. Pero no fue el resultado, sino el juego lo que dio esplendor a aquel encuentro. Espuelas, rabonas, sombreros, pases de 40 metros, cambios de ritmo….acciones comunes en la actualidad pero vanguardistas hace 60 años.

Y todo en una incipiente televisión. Para muchos fue el primer partido de fútbol que presenciaron en sus vidas. Di Stéfano y compañía como primera vez. No está nada mal.

En las Islas Británicas, donde aún consideraban que podían dar lecciones de fútbol al resto del mundo, el partido fue retransmitido en directo por la BBC. No tuvieron más remedio que admitir que el nivel de aquel equipo era supremo y superior a lo que se veía de domingo a domingo en las Islas Británicas. El impacto fue de tal envergadura que durante muchos años, aquella final de Copa de Europa fue repetida por la BBC durante la programación especial de Navidad.

La prensa tampoco escatimó en adjetivos. “Cada futbolista del conjunto español fue un maestro en su demarcación y tarea a desempeñar, y el balón, su obediente esclavo. Este fútbol es a lo que estamos acostumbrados, lo que el caviar al pescado”, se escribió en el ´Daily Record´. Mientras, el ‘Daily Herald’ apuntaba que “fue un fútbol que en los pies de esos grandes jugadores era fácil, tan fácil que parecía un sueño. Fútbol que hace que el nuestro, el que se disputa en los campos de Gran Bretaña, parezca como de segunda categoría”. La crónica del francés ‘L’Equipe’, que es para el periodismo deportivo como la Biblia para los católicos, sentenciaba: “Alfredo di Stéfano, Puskas, Gento y la superclase del resto de jugadores del Real Madrid han barrido al Eintracht. Ha sido, sin duda alguna, el mejor y el más rico de los partidos disputados en la Copa de Europa”. Por último siempre es interesante rememorar las palabras de ´The Times´ que sirvieron para dar un nuevo apodo al equipo madrileño: “El Real Madrid se pasea por Europa como antaño se paseaban los vikingos, arrasándolo todo a su paso”.

En España, por supuesto, también se desató un clima de excitación sin precedentes. Por vez primera un equipo recorrió en coches descapotables las calles de su ciudad ofreciendo el trofeo a los aficionados en el centro de la misma. Dicen que la multitud igualó en número al del desfile de la victoria del General Franco, con la diferencia que ésta última era de parada obligatoria y la del Real Madrid era de carácter opcional.

Al año siguiente, el FC Barcelona se tomaría cumplida revancha ante el Real Madrid y eliminaría a los blancos con claridad en los octavos de final dando por finalizada su imbatibilidad en Europa. Pero con aquellas cinco Copas de Europa, y especialmente con el partido ante el Eintracht, quedó registrado para la posteridad el legado de grandeza del Real Madrid, lo que le ha valido ser el equipo más admirado y venerado en el mundo del fútbol.

“Conviene recordar, porque la victoria trastorna. Lo que se está haciendo en estos últimos cuatro años es normal porque lo hace el Madrid, y se volverá extraordinario después, cuando nadie lo haga y se recuerde, como hace sesenta años, quién fue el que pisó la hierba que no volvió a crecer”. Manuel Jabois

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Zamora; ¿Rojo o facha?

La Avenida de Sarriá forma parte de la zona noble de Barcelona. Comunica la Diagonal, la arteria que separa el mar de la montaña, con el barrio que da nombre a la Avenida. Cerca de su fin, subiendo a mano derecha, hay una plaza en la que abunda el cemento y escasea la naturaleza. Al otro lado de la calle hay un bar llamado ‘Mundial 82’, el cual recuerda que en aquel solar, en lo que en el presente es plaza, se levantaba el estadio de Sarriá. Hoy, forman una coqueta urbanización de viviendas de clase media-alta y uno de los que residen en ese bloque de edificios es Thomas N’Kono, legendario portero camerunés del Espanyol.

La plaza fue bautizada con el nombre de otro guardameta perico; Ricardo Zamora Martínez.

Ricardo Zamora forma parte de la mitología del fútbol internacional. El fútbol aficionado y el incipiente balompié profesional del primer tercio del siglo XX permanecen en la memoria gracias a artículos periodísticos y a recuerdos orales que de generación en generación han convertido a aquellos primeros deportistas en símbolos icónicos. Zamora es uno de ellos. El portero por excelencia en el fútbol español y, según todos los especialistas, uno de los dos o tres mejores antes de 1950, cuando con el Mundial de Brasil y la creación de la Copa de Europa tuvo su inicio el ‘fútbol moderno’.

De corazón espanyolista, el portero barcelonés militó tanto en el Real Madrid como en el FC Barcelona. Hoy, lejos en el tiempo y lejos los tiempos de la confrontación política, Zamora es una figura reconocida. Durante el Franquismo fue especialmente controvertida. Tildado de rojo por unos y de fascista por otros.

Dos días después del inicio de la Guerra Civil, el 20 de julio de 1936, el ABC (periódico monárquico) informaba de que Zamora había aparecido en una cuneta en el barrio madrileño de La Moncloa al haber sido asesinado por milicianos comunistas. En Francia, donde Zamora también era un ídolo, la prensa gala se hizo eco de la información, y, de hecho, una semana después con motivo de un congreso de la FIFA, Jules Rimet, presidente del organismo, decretaba un minuto de silencio en todos los partidos internacionales por la muerte del cancerbero catalán.

Todo era falso. Simples rumores. ‘Fake news’ en un mundo analógico.

Pero, ¿quién era Zamora? Era un futbolista, y como cualquier futbolista antes, ahora y después se preocupaba, y muy mucho, de no hacer manifestaciones políticas. Pertenecía a la burguesía catalana, tenía cierto poder y disfrutaba de la fama. Era liberal y se podía presuponer que sus ideas serían las de un republicano conservador. Podría bailar a dos aguas. No tendría motivo por el que sentirse a disgusto con un Franquismo de cuello blanco y, así mismo, tampoco en una República que no girase a posiciones próximas al comunismo. En un momento de polarización, Zamora era reaccionario para unos y libertino para otros.

Dos sucesos servían para acusarlo tanto de pertenecer a uno como a otro bando. En 1934 le fue otorgada las Orden de la República en una recepción presidida por el presidente Alcalá Zamora (años más tarde Franco le agasajó con la Gran Cruz de la Orden de Cisneros y mucho antes, en 1920, el rey Alfonso XIII se desató en elogios por su contribución a la defensa de la Patria durante los Juegos Olímpicos de Amberes). Para más inri, en febrero de 1936, en un amistoso entre España y Alemania celebrado en Barcelona, Zamora decide levantar el puño mientras suena el himno hispano, en respuesta al saludo nazi con el brazo en alto de los germanos.

Parecía clara su afiliación a la República, pero, tan sólo un mes antes del inicio de la Guerra Civil, y poco después del encuentro internacional antes citado, el Real Madrid vence al FC Barcelona en la final de la Copa del Rey, encuentro que pasará a la historia por la célebre parada con el hombro de Zamora (la zamorana). Durante la cena, en plena celebración en un restaurante valenciano (fue a orillas del Turia donde se celebró el partido), Zamora dio un discurso que cerró con un viva Valencia, el Real Madrid y España. Inmediatamente un periodista replicó ¡y la República! ante lo que el guardameta enmudeció y pasó a sentarse.

Se supone que ese fue el motivo de su detención por parte del bando republicano. Porque Zamora no fue fusilado, pero sí que fue detenido.

En septiembre de 1936, Ricardo Zamora era el preso más famoso de la hoy desaparecida cárcel Modelo de Madrid. Zamora gozaba de un trato excepcional. Todos los milicianos querían conocerle, y por el mero hecho de charlar un rato con el gran portero, Zamora recibía una ración extra de comida o algún que otro cigarrillo.

Estuvo varios meses encarcelado y las muestras de apoyo le llegaron del extranjero, y, lo que es mucho más sorprendente, desde dentro del bando republicano. El 18 de octubre de 1936 se disputó un partido entre Cataluña y Valencia en el estadio de Les Corts. La recaudación estaba destinada para conseguir fondos para ‘el desarrollo de la lucha contra los fascistas’. En el descanso del mismo, el capitán del combinado catalán, Martín Vantolrá, se dirigió a Lluis Companys, presidente de la Generalitat, pidiendo la liberación de Zamora “que se halla detenido en Madrid y nos consta que no es fascista y es uno de los deportistas que más ha hecho por el fútbol nacional”.

Se sucedieron los meses hasta que su esposa consiguió que lo soltaran gracias a la intervención de la embajada de Argentina. El plan era salir en coche rumbo a Valencia y una vez allí embarcarse rumbo a Niza. Salió de la embajada camuflado con barba, bigote y unas gafas oscuras, para sortear los pocos metros que separaban la embajada del coche oficial que lo iba a trasladar a Alicante. Al parecer, y a pesar de las medidas tomadas, un miliciano lo reconoció, pero embobado por quien acababa de ver, se abstuvo de avisar a su superior.

Tras desembarcar se trasladó a Marsella, pero falto de forma y con 36 años, no quisieron contar con sus servicios. Se fue a Niza, a un club menor, y durante su primera temporada coincidiría con otra leyenda del fútbol español, el también catalán Pepe Samitier. Aún ejercería una campaña más como futbolista compaginando la labor con el cargo de entrenador. Mientras, en España se libraba una feroz y cruenta guerra en la que poco a poco se veía que iba a salir victorioso el mal llamado ‘Bando Nacional’.

Antes del inicio de las hostilidades, Zamora había colaborado como articulista en el diario católico ‘Ya’ y contaba con amplias simpatías en las filas franquistas. Cabe recordar que Zamora era una leyenda y que había sido encarcelado por los republicanos. Pero para la plana mayor de Franco, Ricardo Zamora era un proscrito. Otras personas públicas habían marchado al exilio de forma temporal pero habían vuelto en medio de la contienda para ponerse a las órdenes del Movimiento. Zamora no se dio prisa por volver y además, y aquí lo contradictorio, no le dejaban volver porque se le consideraba republicano. Al no haber manifestado nunca su apoyo a Franco no se confiaba plenamente en él. En abril de 1937, en un viaje a Paris declaró: “No soy un fascista y mi único deseo es regresar a España y trabajar por mi Patria. Jamás iré a Burgos”.

Burgos, hasta la toma de Madrid, era la capital de la España sublevada. El lugar donde tenía su cuartel general Franco.

Pero volvió.

Volvió a España el 7 de diciembre de 1938 para jugar un partido amistoso en San Sebastián en beneficio del bando franquista. El público lo aclamó ávido de ver a su héroe. Se instaló en Barcelona, y no se supo nada más de él hasta el verano de 1939 (con la guerra concluida) cuando disputaría otros partidos benéficos en Barcelona con viejas glorias del club azulgrana en beneficio de las Juventudes de las FET y las JONS.

Zamora viviría en España hasta su fallecimiento en 1978, aunque se reconciliación nunca fue plena con el bando franquista. En 1939 fue obligado a ser el entrenador del Atlético Aviación, equipo cuya directiva estaba formada por altos cargos militares (de hecho, el Atlético de Madrid era el verdadero equipo del Régimen). Consiguió dos títulos ligueros consecutivos y luego incluso llegaría a dirigir a la selección nacional.

Fue un brillante portero, con actuaciones de leyenda dignas de ser contadas, pero sobre todo fue un superviviente. Sí, es cierto, a todos nos gustan los héroes. Las cosas fáciles. Blanco y negro. Pero la vida es más difícil. Zamora jugó con dos barajas, y el que juega con dos barajas suele ganar. Fue conservador, luego rojo, fue encarcelado por fascista, se exilió sin que nadie se lo pidiese y volvió a la España franquista a pesar de haber simpatizado con la República.

¿Quién de nosotros no jugaría con las cartas marcadas si pudiese?

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1990. Italia, signora del calcio

La característica primordial de la prensa escrita frente a otros medios de comunicación es el tiempo de redacción. El hándicap en esta especialidad es que las noticias van con retraso, pero, a cambio, la reflexión y la documentación permiten elaborar un contenido de mayor calidad y que satisfaga al lector. La excepción se da cuando el suceso ocurre ya avanzada la tarde y se premia la celeridad, pues el diario tiene que cerrar su edición, para luego ir a la rotativa y más adelante a las furgonetas de distribución y, de este modo, estar en los quioscos al alba del día siguiente.

En los medios deportivos esto sucede cada dos por tres. Un partido de Copa de Europa, que finaliza a las 22:30, y al que hay que añadir declaraciones de los protagonistas en las postrimerías del encuentro, es uno de esos días en lo que lo esencial es la premura. La docena de páginas que hay que escribir sobre el choque deben estar preparadas. Asimismo, si uno observa detenidamente, en la crónica del partido hay muchas más referencias a la primera parte que a la segunda, ya que lo normal es que cuando falten 10 minutos para el final, el cronista ya la tenga preparada esperando que ningún cambio de última hora altere su escrito.

Los periodistas del partido del AS Roma contra el FC Barcelona tenían escrito la crónica antes del inicio del choque. Yo me incluyo entre ellos.

Los que redactaron la crónica del Madrid-Juve más de lo mismo. Esos tuvieron que hacer un ejercicio de prestidigitación y concebir hasta tres cambios en un mismo texto, uno de ellos en el minuto 98 del choque.

Este artículo estaba pensado para tratar este año 2018 como el ‘annus horribilis’ del fútbol italiano. Tras el estrepitoso empate de la selección ‘azzurra’ ante Suecia en el pasado mes de noviembre, Italia se perderá el Mundial de Rusia, y las eliminaciones de la Juventus y de la Roma en cuartos de final de la Liga de Campeones y de la Lazio en la segunda competición continental no hacían otra cosa más que reafirmar el declive general en el que está instalado el fútbol italiano.

Yo también tuve que cambiar la crónica. Tuve que darle una vuelta de tuerca a mi disertación.

La AS Roma no está eliminada. Quien quedó eliminado fue el Barça. Ningún cronista lo habría previsto. Son las segundas semifinales para la AS Roma en toda su historia. Las primeras tuvieron lugar en 1984. El que apostó una buena suma de dinero por la victoria de 3-0 del conjunto romano supongo que estará riéndose a carcajada limpia. La ganancia era de 81 euros por cada euro arriesgado.

La hazaña quizás sólo se pueda comparar a la ocurrida en estas mismas fechas en el año 2004. Por aquel entonces, el AC Milan era el vigente campeón, la Serie A la liga de fútbol más respetada del mundo, y alguno de los mejores jugadores del planeta eran ‘rossoneros’. Vencieron 4-1 en la ida al RC Deportivo, un buen equipo, pero sin pedigrí europeo y que había llegado al límite de sus posibilidades para expertos y aficionados. Sorpresivamente, en el partido de vuelta los gallegos pasaron por encima de Maldini, Seedorf, Kaká y compañía y vencieron por 4-0.

Si sustituimos al AC Milan por el FC Barcelona y al RC Deportivo por la AS Roma, tendremos una crónica válida para esta edición de los cuartos de final de la Liga de Campeones.

Aquel RC Deportivo, envalentonado por su victoria pensaba que ya había ganado el título. Lo creían los jugadores, los medios y los aficionados. Les había tocado el Oporto y pensaban que ya estaba todo hecho. Pronto sabremos si a la Roma le sucede lo mismo y menosprecian al Liverpool tras haber logrado la machada ante el Barça.

El caso es que este rotundo éxito no debería nublar la vista de los rectores del fútbol italiano, porque lo que hoy es una morrocotuda sorpresa, en el pasado era la regla general. Sólo la Juventus, fuerte y segura en sus convicciones y en su modelo empresarial, puede competir en mayor o menor medida con la elite europea. El Internazionale y el Milan profesan un dolor inmenso si comparamos sus plantillas actuales con las de antaño. La Roma (sí, a pesar de todo, que ganasen el título sería una sorpresa de dimensiones bíblicas) y el Nápoles quieren y no pueden, y otros, caso del Parma, la Fiorentina o la Sampdoria ni están ni se le esperan. Ningún jugador italiano es el favorito de los niños y pocos venden camisetas más allá de los barrios y los centros comerciales de sus respectivas ciudades. Buffon, a sus 40 primaveras y al borde de la retirada, sigue siendo el futbolista transalpino más venerado.

No hace mucho esto no era así. De hecho, era justamente al revés. En Italia el fútbol caló rápidamente y se integró en la cultura y las costumbres del país. Italia era bicampeona del mundo antes de la II Guerra Mundial. El clima, las costumbres, las raíces migratorias y el idioma propiciaron que cientos de sudamericanos se nacionalizasen italianos, lo que facilitó un salto de calidad de primer nivel frente a otras naciones europeas. Después, tras el nacimiento de la Copa de Europa, el industrializado norte de Italia se hinchó a gastar dinero en la locura del fútbol (por muy industrializado que fuese, Italia seguía, y sigue, siendo un país del Sur de Europa, el país de la ´dolce vita´). Cazados ya argentinos, uruguayos o brasileños, los conjuntos italianos se dedicaron a reclutar jugadores en función del país que estuviese de moda. Así, a finales de los 50 llegaron los suecos (Nordhal, Liedholm, Gren) y los 60 fueron turno para los británicos (John Charles, Law) o los españoles (Luis Suárez, Del Sol). En los 70 se decidió prohibir el fichaje de jugadores extranjeros, pero cuando en 1980 se reabrió el mercado, una orgía de millones de liras inundó los campos italianos. Los mejores futbolistas del momento estaban en Italia, ya fuesen franceses (Platini, Zidane), argentinos (Maradona, Batistuta), brasileños (Zico, Ronaldo), alemanes (Rummenigge, Matthaüs), ingleses (Gascoigne), daneses (Laudrup), holandeses (Van Basten, Gullit)… De tal forma, que entre el año 1980 y 2007 todos los ganadores del Balón de Oro salvó el ucraniano Igor Belanov (1986) y el inglés Michael Owen (2001) jugaron en algún momento en la Serie A.

El cambio de tendencia se produjo en el año 2008 al abrigo de la mayor crisis financiera de la época moderna. Clasificados Roma (Italia), Liverpool (Inglaterra), Real Madrid (España) y Bayern (Alemania), las de esta temporada son las primeras semifinales en los últimos 10 años propiamente de Copa de Europa. A la antigua usanza. Con un equipo de cada país. Lo normal en esta década es encontrar a varias escuadras inglesas, españolas, alemanas e incluso francesas en estas rondas. Para Italia, con la excepción de la Juve, están siendo unos años muy dolorosos.

Durante décadas los italianos ganaron a base de disciplina, encorsetamiento táctico y rigidez defensiva. Los brasileños aprendían a defender, los argentinos encajaban por su fiereza, los alemanes por su disciplina y todos, fuesen del país que fuesen, aprendían a sufrir y a jugar como equipo. Los equipos eran ITALIANOS por mucha estrella extranjera que tuviesen. Las plantillas funcionaban como una fábrica de montaje y los futbolistas creativos eran vanagloriados por su capacidad de transición defensiva y se esperaba que desnivelaran un partido en momentos puntuales, debido a su talento para lanzar una falta o para rematar a gol en espacios pequeños.

Pero, de pronto, el dinero escaseo, y los grandes jugadores emigraron a Inglaterra, incluso a Alemania o a Francia, y asimismo a España. En este último país también golpeó la crisis y escaseó el dinero, pero, a diferencia de Italia, los equipos modestos españoles realizan un fútbol atractivo que permite destacar a los jugadores de calidad. Así, muchos futbolistas prefieren disputar la Liga aun perdiendo dinero, soñando tener una tarde de gloria en un partido de domingo en el Camp Nou o en el Bernabéu.

—1990—

El cénit del fútbol italiano se produjo en 1990. Italia albergó el Campeonato del Mundo aquel verano. Quedó eliminada en semifinales y acabó en un honroso tercer puesto, pero la Serie A puede ser considerada la campeona moral. Aquel Mundial se recuerda como el más aburrido de la historia. Defensas de cinco zagueros, equipos jugando al fuera de juego y poco espacio a la imaginación. Todos jugaron como italianos. Alemania, país recién unificado, derrotó a Argentina en la final. 6 jugadores teutones jugaban en equipos italianos (Brehme, Matthaüs, Völler, Klinsmann, Hässler y Berthold) y lo mismo sucedía con 4 argentinos (Maradona, Dezotti, Lorenzo y Sensini).

Por aquel entonces se disputaban tres competiciones continentales. Las tres fueron a parar a Italia. En la extinta Recopa se retaron en la final la Sampdoria y el Anderlecht. Los genoveses se hicieron con el título gracias a los goles de Vialli y Mancini y las paradas de Pagliuca. La apoteosis tendría lugar en la Copa de la UEFA con final italiana a doble partido entre la Juventus y la Fiorentina. Para entender cómo ha cambiado el fútbol en este cuarto de siglo, aquel año ningún conjunto español se había clasificado para los octavos de final. El vencedor fue el equipo turinés, que aunque no contaba con ninguna estrella, mostró su siempre fiable solidez. En los florentinos destacaba Roberto Baggio, el jugador con más calidad de su generación.

Para la fiesta grande, la competición por excelencia, el Milan se proclamaba campeón de Europa y repetía el título del año anterior tras vencer al Benfica en una final disputada en Viena. Aquel Milan estaba dirigido por Arrigo Sacchi, un innovador de la táctica, liderado por un trio de holandeses descollantes con Van Basten por bandera, y levantado sobre una defensa que ha pasado a los anales del futbol, con un acento 100 x 100 italiano, formada por Tassotti, Costacurta, Baresi y Maldini.

Cuando en diciembre se cerró el curso futbolero de aquel año con la entrega del Balón de Oro, la fiesta no podía ser más italiana. El ganador, Lotthar Matthaüs era alemán, pero también era la estrella del Inter. El balón de plata fue Salvatore Schilliaci, delantero siciliano de la Juventus. Entre los 10 primeros clasificados había 3 jugadores italianos (al ya citado se sumaban Baresi y Baggio) y 7 de los 9 primeros jugaban en la Serie A. De hecho, el primer español en la clasificación (12º puesto), era Martín Vázquez, centrocampista del Torino, a donde había llegado tras abandonar el Real Madrid por unos cuantos millones de liras.

En aquellos tiempos el AC Milan fichó a Gianluigi Lentini (¿alguien lo recuerda?) procedente del Torino. Era el fichaje más caro de la historia por aquel entonces. Hoy, de los 25 fichajes más caros de la historia solo el de Higuain por la Juventus en 2016 pertenece a equipos de la Serie A.

Hace unos años, con motivo del 25 aniversario del mundial celebrado en Italia, la prensa transalpina publicaba especiales sobre el año 1990 bajo la frase: “Ricordare è di essere di nuovo felice” (recordar es ser feliz de nuevo).

Seguro que todos en Italia están de acuerdo. Excepto los ‘tiffosi’ de la Roma.

https://www.youtube.com/watch?v=LD16w001tHc

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Una de entrenadores. La regla de los 10 años

Cuando en un anterior artículo escribí sobre los inicios de Mourinho como entrenador lo hice teniendo en cuenta que hoy por hoy está en franco declive. Tras dejar tierra quemada en Madrid, tuvo el canto del cisne en Londres y si bien, estoy seguro, que alcanzará éxitos con el Manchester United, ni serán de renombre, ni los jugadores ni la afición están a pies juntillas con sus ataques al entorno para mantener intacta la coraza directa de amor hacia su persona y su disciplina.

A raíz de ello, he querido versar sobre la excelencia del entrenador. Esa excelencia no puede ser eterna. Hace unos cuantos años leí en un artículo médico que un futbolista de élite puede jugar 450 partidos al máximo nivel, es decir, 45 por temporada en una carrera de una década.

Se puede argumentar que con los avances en alimentación y entrenamiento este margen se ha ampliado. Y es cierto. Solo hay que ver la longevidad en la élite de Messi o de Cristiano Ronaldo. Pero se debe tener en cuenta que aunque un futbolista de élite juegue en la actualidad en torno a 70 partidos al año, no quiere decir que los dispute al máximo nivel. Cuando Messi compite contra el Leganés, el Anderlecht o la selección de Venezuela, no lo hace exprimiendo su cuerpo.

En el deporte, como en cualquier otra disciplina que requiere esfuerzo físico o mental, el tiempo máximo de excelencia está determinado. Esta plenitud se sustenta en una horquilla que oscila entre los 10 y los 15 años. Es lo que yo he llamado ‘LA REGLA DE LOS 10 AÑOS’.

En todas las disciplinas de la cultura contemporánea vemos como los más laureados o bien constriñeron su obra en un espacio corto de años o bien han alargado su obra durante décadas. Pero en este último caso, por mucho que el artista sea longevo, se puede comprobar como su plenitud y el legado que dejará para la posteridad está concentrado temporalmente.

En todos los rankings y listas elaborados por expertos musicales aparecen grupos tan variopintos y diferentes como The Beatles (1960-1970), Nirvana (1987-1994), The Doors (1965-1973) o ABBA (1972-1982). En estos grupos advertimos como la regla de los 10 años también se cumple. Ya fuese por decisión propia o por causa de fallecimiento dejaron su legado en apenas una década. Otros como The Rolling Stones, AC/DC o U2 superan con creces las dos décadas sobre los escenarios, pero sus grandes éxitos están ligados a un periodo muy concreto de tiempo. Si cambiamos de registro y hablamos de cantantes en solitario tipo Julio Iglesias, Frank Sinatra o Raphael nos sucede lo mismo. Los números 1 de que encumbraron a Julio Iglesias (‘La vida sigue igual’, ‘Gwendolyne’, ‘Un canto a Galicia’, ‘Me olvide de vivir’, ‘Soy un truhán’…) fueron compuestos en un plazo de 10-15 años.

En el cine, donde los directores pueden alargar sus carreras incluso más allá de medio siglo, sucede tres cuartas partes de lo mismo. Orson Welles dirigió ‘Ciudadano Kane’ y ‘La dama de Shanghai’ en espacio de cinco años. Francis Ford Coppola nunca superará sus obras de los 70 comandadas por ‘El Padrino’ y ‘Appocalypsis Now’. Alfred Hitchcock, a pesar de su basta y maravillosa filmografía, realizó en el plazo de 7 años obras maestras como ‘Psicosis’, ‘Los pájaros’, ‘El hombre que sabía demasiado’ y ‘Vértigo’. Algo parecido le pasa a Steven Spielberg, que aunque sigue fabricando películas por doquier nunca superará el binomio bélico de ‘La lista de Schindler’ (1993) y ‘Salvar al soldado Ryan’ (1997). Si nos vamos a la comedia, repetimos escenario. Billy Wilder triunfó en los 50 y 60, y del gran Charles Chaplin siempre gozaremos de su aptitud como director y actor entre 1925 y 1940, desde ‘La quimera del oro’ a ‘El gran dictador’.

Pero es que si cambiamos de registro y si se me permite la comparación (sacrílega para muchos) entre deporte y pintura (lo cual será corriente en el futuro, de igual manera que hoy el cine se considera arte) todos los estudiosos consideran que Velázquez pintó sus obras cumbres en su última década de vida. Goya concentró en 15 años obras como ‘La familia de Carlos IV’, ‘La Maja desnuda’ o ‘Los fusilamientos del 2 de mayo’. Y hasta Pablo Picasso, inventor o perfeccionista de múltiples estilos pictóricos en más de 90 años de vida, concentra sus obras maestras en algo menos de dos décadas (‘Maternidad’, ‘Arlequín’, ‘Las señoritas de Avignon’…). La única excepción; ‘Guernica’.

Lo excepcional es tener una vida plagada de éxitos. Lo corriente es tener unos años dorados por los que ser recordado.

—Entrenadores de fútbol—

Así que los entrenadores (sean de fútbol o de otros deportes) no pueden ejercer su maestría en los banquillos con la misma firmeza e innovación por los siglos de los siglos. No he analizado en esta clasificación a aquellos que han dirigido a selecciones nacionales, un trabajo a tiempo parcial, que no se parece en absoluto a tutelar diariamente a un club. A ese cargo se llega o bien por ser un hombre de la federación de turno (Joachim Löw) o bien como premio después de una fructífera y/o larga trayectoria (Marcelo Lippi).

También hay notables entrenadores que han logrado inmensas hazañas con equipos de baja categoría. Pero la élite es aquella que colecciona títulos. Y la élite entre la élite está formada por aquellos entrenadores que o bien han transformado la historia de un club convirtiéndolo para la posteridad en una referencia o bien aterrizaron en un club ya de por si grande y tuvieron la responsabilidad y la obligación de seguir ganando. Las obras cumbres de Velázquez se concentran en 10-15 años, pero toda su obra es incomparable porque es un genio. Lo que se discute es la perfección dentro de la perfección. Eso es la élite.

La presión de entrenar a un equipo de élite quita años de vida. Además, las innovaciones técnicas y tácticas dejan de sorprender y de tener efecto entre tus rivales e incluso son adaptadas por ellos al crear tendencia. Pero hay otro problema a mayores. El vestuario, el grupo humano que uno dirige, deja de prestar atención y no te considera como referente por lo que tu profesionalidad se ve quebrada por el paso del tiempo.

Es por ello que un entrenador está en la élite una media de 10 años, 15 a lo sumo. Lo normal es que llegue a los banquillos una vez retirado (fuese jugador de primer nivel o de categoría regional) en torno a los 40 años, por lo que al alcanzar los 50 o 55 debería dejar su lugar y retirarse en la cúspide.

Siempre habrá técnicos como Claudio Rainieri, Luis Aragonés o Javier Irureta en los que lo mejor de tu carrera llega en la edad de jubilación. Son éstos entrenadores de larguísima trayectoria y modestos méritos, pero que se han ganado la fama de ser respetados por sus jugadores. Pero sus éxitos se deben más a una gestión de vestuario y a una pizca de suerte. En cuatro décadas en banquillos de primera categoría tarde o temprano conseguirás ganar. Es una cuestión de probabilidad. Es como los grupos de música que sacan un hit del que viven toda su carrera.

He consultado diversas fuentes para ver cuáles son los entrenadores más laureados en la historia. La dificultad del fútbol, a diferencia de otros deportes como el balonmano, tenis, beisbol u otros de similar rango, es que no existe una competición que sobresalga por encima de las demás. Es cierto, está la Liga de Campeones, pero es prácticamente imposible valorar más o menos un título liguero o copero en Inglaterra, España o Italia. Y muchas veces depende de la época, ya que por ejemplo hoy ganar un título en Francia da mucho más pedigrí que en Holanda, algo impensable hace 20 o 30 años.

Una vez puesto los datos sobre la mesa, he comprobado como el patrón, la regla de los 10-15 años, se cumple fidedignamente. He escogido a los más laureados en bloques de países, con la excepción de España (Guardiola) y Mourinho (Portugal), los únicos de la lista aún en activo.

Podemos diferenciar:

1. 10/15 años en la élite

A) —Walter Smith— (1991-2002) y (2007-2012): Campeón de 10 Ligas escocesas y finalista de la UEFA con el Glasgow Rangers en dos etapas.
—Jock Stein— (1960-1978): Campeón de 10 Ligas escocesas y 1 Copa de Europa con el Celtic de Glasgow.

B) —Pep Guardiola— (2009-): Tricampeón liguero en Alemania con el Bayern Münich y bicampeón de Europa con el FC Barcelona.
—Jose Mourinho— (2001-): Bicampeón de Europa con el Oporto y el Internazionale y campeón de ligas en Portugal, Inglaterra, Italia y España.

C) —Bob Paisley— (1974-83): Campeón de 6 ligas inglesas y 3 Copas de Europa con el Liverpool.
—Bill Shankly— (1959-1974): Ascendió al Liverpool de categorías inferiores y lo convirtió en un grande ganando tres títulos ligueros y 1 Copa de la UEFA.

D) —Arrigo Sacchi— (1984-1991) y (1996-2000): Bicampeón de Europa con el AC Milan y creador de un estilo de juego que le llevó a ganar ligas desde la Serie C italiana a la Serie A.
—Fabio Capello— (1991-2007): Campeón liguero con Real Madrid, Roma, Juventus y Milan y ganador de la Copa de Europa con este último.

E) —Johan Cruyff— (1985-1996): Campeón de 4 ligas españolas y 1 Copa de Europa con el FC Barcelona y de la Recopa con el Ajax.
—Louis Van Gaal— (1991-2000) y (2002-2011) y (2014-2016): Campeón de Europa con el Ajax y vencedor liguero en España u Holanda.

2. Largas trayectorias en los banquillos y éxitos concentrados en 10 años

—Giovanni Trapattoni— (1974-2000) y (2004-2008): Cimentó su fama entre 1977 a 1989 con el Inter, y principalmente la Juventus consiguiendo 7 Ligas italianas y 1 Copa de Europa. Acabó entrenando en Austria.

—Ottmar Hitzfeld— (1984-2008): Consiguió 7 Ligas alemanas y 2 Copas de Europa entrenando a Borussia Dortmund y Bayern Münich entre 1995 y 2003.

—Valery Lobanovsky— (1974-2001): A pesar de que siempre mantuvo al Dinamo Kiev como referente en Europa Oriental, sus grandes logros europeos tuvieron lugar de 1975 a 1986.

—Brian Clough— (1967-1993): El niño prodigio de los banquillos ingleses tuvo tiempo entre 1972 de ascender a Primera y ganar la Liga con el modesto Derby County y de ganar 2 Copas de Europa con el aún más modesto Nottingham Forest. A partir de entonces coleccionó fracaso tras fracaso.

—Helenio Herrera— (1948-1981): El mago está rodeado de un aura de invencibilidad, pero fue despedido de muchos banquillos. Sus grandes éxitos tuvieron lugar entre 1959 y 1969 con FC Barcelona e Internazionale (5 ligas, 2 Copa de Europa y 1 Copa de la UEFA).

—Ernst Happel— (1962-1991): De 1969 a 1983 fue campeón de liga en Holanda, Bélgica y Alemania y alzó 2 Copas de Europa con Feyenoord y Hamburgo.

—Rinus Michels (1965-1992): Sí, es cierto, entrenó en 4 épocas distintas a la selección holandesa logrando éxitos hacia el final de su carrera. Pero su legado, la revolución del fútbol total, se concentra en 8 años, los que pasó dirigiendo al Ajax y al FC Barcelona.

3. La excepción que confirma la regla

—Alex Ferguson— (1975-2013). Ganó la liga escocesa y una Recopa con el modesto Aberdeen y desembarcó en el Manchester United en 1986. Si bien es cierto que tardó tres años en ganar su primer título, desde 1990 hasta su retiro en 2013, únicamente en 5 de sus 23 años en el banquillo su equipo no consiguió un trofeo, ya fuese nacional o internacional.

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Mourinho en la prehistoria

En mi mente barruntaba desde hace días relatar una historia acerca del declive de los entrenadores. Va a ser un artículo un poco más extenso de lo habitual, y, creo (pecando de soberbia) que será clarividente e interesante. No obstante, he decidido dejarlo para una posterior ocasión y, antes de nada, escribir en relación a la persona que me llevó a plantearme tratar sobre el auge y el declive de los entrenadores de fútbol. Y esa persona, y más que persona es un personaje (en el buen sentido de la acepción), no es otra que José Mario dos Santos Mourinho Félix.

José Mourinho es seguramente el entrenador que más titulares y enemigos ha acaparado desde la retirada de Helenio Herrera. Legendaria es aquella portada de ‘La Gazzetta dello Sport’ en la que el luso aparece poniéndose una careta de HH. Se ha ganado una merecida fama de polémico y maleducado, pero al mismo tiempo goza de un palmarés extraordinario y, lo más importante, del respeto del mundo del fútbol y de la lealtad incondicional de muchos de sus pupilos. O se lo odia o se le ama, pero no deja a nadie indiferente.

La estrella de Mou ha brillado en este siglo XXI. Sin embargo, la aparición meteórica de Guardiola y del FC Barcelona liderado por Messi, considerado por muchos el mejor club de la historia, ha convertido al portugués en una especie de Salieri. Las buenas formas y la belleza del fútbol sugerido por el entrenador catalán lo han encumbrado como un innovador, un Mozart de la táctica. Mourinho, con sus esquemas ordenados e inflexibles necesita de la victoria para convencer. Cuando esta no llega queda retratado. Al igual que Salieri, la estrella de Mourinho dejó de brillar con la aparición de su alter ego, y todas sus victorias quedan ensombrecidas por lo que haga su gran rival. Desde que se marchó de Madrid su aura de invencibilidad ha ido desapareciendo inexorablemente y ha iniciado un lento declive.

Mourinho es hijo de entrenador y nieto de un histórico presidente del Vitoria de Setúbal, ciudad al sur del estuario del Tajo y equipo habitual de la primera portuguesa. Impregnado de ese olor familiar, desde pequeño iba de estadio en estadio apuntando estadísticas, viendo futbolistas y haciendo alineaciones. Era evidente que iba a ser entrenador, ya que Dios le había otorgado un buen cerebro pero unas dotes físicas de escasa categoría. Y después de ser el segundo de su padre en el Rio Ave, consiguió un puesto también como segundo técnico en el Estrela de Amadora, club de las afueras de Lisboa, hoy tristemente desaparecido por impagos.

El entrenador del Amadora era Manuel Fernández, el cual tenía cierta amistad con Bobby Robson, leyenda inglesa de los banquillos y un verdadero gentleman británico. Cuando sir Booby Robson firma por el Sporting de Lisboa, Fernández le recomienda a Mourinho como ojeador y al mismo tiempo como traductor ante el nulo conocimiento de Robson del portugués. Dos años después, para la temporada 1996/97, Robson firma por el FC Barcelona y se lleva al poliglota Mourinho consigo.

Aterriza como traductor, pero es mucho más que eso. Se caracteriza por tener un contacto fluido con todos los miembros de la plantilla. Se dice que salta al campo de entrenamiento y les da los buenos días a todos. En una época en donde internet aún está en pañales, maneja un cuaderno donde tiene apuntados datos personales de cada jugador siendo el primero que está pendiente para preguntar por un familiar enfermo o para felicitar un cumpleaños. Con el paso de los años trascienden varias anécdotas que destacan el trato humano de un hombre que es capaz de pasar de villano a caballero en escasos segundos.

Una de las anécdotas más conocidas tuvo lugar en el verano de 1997, en el FC Barcelona. En medio de la tradicional concentración de pretemporada, en uno de los habituales descansos, los jugadores se lanzaron a la piscina que tenían en el hotel donde se hospedaban. Todos menos uno. El nigeriano Haruna Babangida camina de puntillas y con la cabeza alta. El extremo africano de 18 años no sabía nadar. Ante las risas del personal, Mourinho se lanzó al agua y se puso a enseñar a bracear al joven jugador.

Pero Mourinho no era un simple amigo, era un magnífico ojeador, motivador y entrenador. Para la temporada 1997/98 el holandés Louis Van Gaal recala en Barcelona con su propio cuerpo técnico. Una llamada de Robson le convence para mantener a Mourinho. El traductor mantiene su trabajo. Pero Van Gaal no es tonto y conoce el potencial del muchacho. Le encarga hacer el informe semanal del rival del Barça. Mourinho no sólo ve el encuentro anterior del rival, analiza un mínimo de 13 partidos completos. Al año siguiente ascenderá a segundo entrenador.

Tenía un futuro prometedor, pero el año 2000 es convulso en Can Barça. Es el verano de la huida de Figo al Real Madrid y se produce una limpia tanto en la plantilla como en el cuerpo técnico. Mou tiene su primera oportunidad como entrenador jefe. Y es una gran responsabilidad. El club más grande de su tierra y uno de los más laureados de Europa. El Benfica.

Era una gran ocasión, pero no era el momento adecuado. Recaló en Lisboa para la cuarta jornada del campeonato en sustitución de Jupp Heynckes, cesado tras un intento de la directiva de reconciliarse con su afición. El Benfica estaba inmerso en un proceso de elecciones y Mourinho era una apuesta del presidente vigente y candidato abocado al fracaso. Nueve jornadas después anunciaron presidente a Manuel Vilariño que, por increíble que parezca en un candidato, hizo lo que había prometido en su campaña electoral, echar a Mourinho y contratar a Toni, nuevo entrenador y leyenda del club.

Con la temporada perdida, Mourinho se dedicó a viajar y a formarse en compañía de su familia. Suponemos que como profundamente creyente que es también se dedicó a rezar y a pedir una nueva oportunidad. Y le fue concedida. Aunque tuvo que rebajar sus expectativas.

En 2001/02 Mou fue el técnico del Uniao de Leiria. A mitad de camino entre Porto y Lisboa, Leiria pertenece a una comarca en la que se concentran los grandes hitos de la historia portuguesa. En el plano futbolístico tratamos de un equipo menor que por aquel entonces luchaba con mantener el sueño de jugar en Primera. Acabaron quintos y clasificados para jugar en Europa. Justo por detrás del gran Benfica. Un exitazo. `The special One’ iba a tener una segunda oportunidad. Y además fue una alegría doble. Iba a entrenar al Oporto, el otro grande de Portugal. Al igual que cuando dirigió al Real Madrid el regusto amargo de su marcha de Barcelona estuvo siempre presente, con los encarnados lisboetas le pasó lo mismo. El Benfica es la gran cruz en la carrera de Mourinho. Y como entrenador del Oporto, su gran rival, la motivación pasó a ser doble.

A partir de ahí toda la historia es conocida. Por cierto. Aquel gran Oporto tenía como portero a Vitor Baia. Era ya un guardameta en el ocaso de su carrera y Mourinho tenía echado el ojo a Robert Enke. En su breve estancia en el Benfica había compartido vestuario con el que por entonces era el sucesor de futuro de Kahn en la selección alemana. Había recibido el OK para ficharlo, pero días antes recibió una llamada desde Barcelona en la que le pedían referencias sobre Enke. Inmediatamente llamó al guardameta y le dijo que no firmara con el Oporto, que esperara a que le llegara la oferta del FC Barcelona, que era algo que no podía rechazar. Mourinho no dudó en retirarse de la puja y de promover el fichaje del portero por el club catalán. Quien sabe, quizás si Enke hubiese sido tutelado por Mou no habría fracasado en el Barça y más tarde en el Fenerbahçe, y hoy no hablaríamos de la historia de un portero que se suicidó por la presión del fútbol profesional, y si del portero titular del Oporto campeón de Europa con Mourinho.

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Paris

Con motivo de la Exposición Universal de París de 1867, se le encargó a Víctor Hugo un libro sobre la capital francesa. La pequeña obra llevó por título ‘Elogio de Paris’ y puede ser considerada la primera guía moderna de la ‘ville lumière’ (ciudad de las luces). Es una declaración de amor a París, una reinterpretación de la historia de la urbe y un aplauso a su importancia en el devenir del desarrollo de la humanidad. Víctor Hugo utiliza cientos de adjetivos elogiosos para reivindicar la importancia de la antigua Lutecia en la cultura universal. “Sus libros, sus periódicos, su teatro, su industria, su arte, su ciencia, sus modas, lo bueno y lo malo, el bien y el mal, todo ello agita a las naciones del mundo y las guía”.

El resplandor de Paris no necesita del fútbol. Por lo menos no lo ha necesitado hasta ahora.

Ha habido 22 equipos que han ganado la Copa de Europa de fútbol representando a un total de 21 ciudades diferentes (Milán tiene dos equipos campeones). Si nos detenemos a examinar a estas urbes observaremos tres tipos distintos de localidades. Ciudades provinciales con fuerte desarrollo industrial (Turín, Liverpool, Manchester, Birmingham, Nottingham, Hamburgo, Dortmund, Rotterdam, Eindhoven y Marsella), ciudades provinciales que funcionan como segunda capital por motivos económicos, históricos o culturales (Milán, Glasgow, Barcelona, Ámsterdam, Múnich y Oporto) y capitales de países que necesitaron del deporte para reafirmarse durante una dictadura (Madrid, Lisboa, Bucarest y Belgrado).

Las cuatro capitales más grandes de Europa no tienen representación en este listado. Moscú, Londres, Paris y Berlín. La excepción es la quinta en la clasificación; Madrid. La sexta, Roma, tampoco ha ganado nunca la Copa de Europa de fútbol.

Ninguna de estas magníficas ciudades ha tenido la necesidad de enfatizar su relevancia a través de un club de fútbol. Todo lo que Víctor Hugo aplicaba a París puede ser aprovechado a todas ellas. Roma es igual al Coliseo; Moscú a la Plaza Roja; Berlín a la Puerta de Brandemburgo y Londres al Big Ben.

Dortmund es el Borussia, Eindhoven el PSV, Manchester es el United y Turín es la Juventus.

Alguien exclamará, ¡pero el Chelsea ganó en 2012 una Copa de Europa para Londres! Cierto. Ahí es a donde quería llegar. La victoria del Chelsea no es el esfuerzo de una ciudad, ni es fruto del desarrollo histórico de un club de fútbol. Ni siquiera el Chelsea es el gran equipo londinense, honor que ostenta el Arsenal o en su defecto el Tottenham. El triunfo del Chelsea es el reflejo de como el fútbol se ha convertido en el pasatiempo primordial de nuestro tiempo y en el principal motor económico de la cultura de ocio. El Chelsea es hoy una gran escuadra porque un acaudalado ruso decidió invertir una fortuna en comprar el equipo. En el siglo XIX mandabas construir una piscina de oro en tu mansión, encargabas alfombras persas e invitabas a tus conocidos para regodearte. Hoy, si eres millonario, compras un club de fútbol y haces lo mismo en el palco VIP de tu estadio.

Los parisinos nunca han tenido la necesidad de poseer un gran club de fútbol. Un parisino es ciudadano de la capital del mundo. Un parisino crea la Copa de Europa y observa como el resto del mundo lucha por conseguir el trofeo. Un parisino crea los Juegos Olímpicos para demostrar que la civilización griega y la francesa son el corazón y el alma del progreso. Un parisino organiza exposiciones universales porque su ciudad es el jardín de Occidente.

El Racing Club de France Colombes 92, conocido popularmente como ‘Racing de Paris’, conquistó una Liga francesa y varios títulos coperos en el período de entreguerras. Sin embargo, quebró a mediados de la década de 1960 y Paris quedó huérfano de fútbol de primer nivel. Por supuesto que hay decenas de clubes de menor categoría en la capital francesa, pero ninguno digno de mención, y muchísimo menos capaz de rivalizar con Stade de Reims, Saint Éttiene, Olympique de Marsella o Lyon, los grandes del fútbol francés. Más adelante, en la década de 1980, el modesto Red Star de Paris fue comprado por la empresa de armamento Matra, la cual invirtió millones en crear un equipo en torno a figuras como Francescoli, Madjer o Littbarski. En cinco temporadas sólo consiguió un subcampeonato, y la familia Matra abandonó el proyecto.

El Paris Saint Germain es un club relativamente joven. Fue creado en 1970 tras la fusión del Paris Football Club y el Stade Saint Germanois. Cuatro años después de su fusión alcanzaron la primera categoría del fútbol galo. En su escudo aparecen representados la Torre Eiffel y la flor de Lis de la monarquía borbónica, debido a que la corte de Luis XIV fue la que proporcionó notoriedad al arrabal parisino de Saint Germain.

El club no ganó ningún título liguero hasta 1986 y no tuvo su primera época de esplendor hasta la década de 1990 cuando fue comprado por Canal +. La corporación mediática fue la primera en intuir que la globalización del fútbol iba a hacer de Paris un mercado muy apetecible e infinitamente superior al de ciudades de provincia como Burdeos, Nantes o Lille. Se logró alzar la Recopa y varios títulos ligueros con jugadores como Ginola, Djorkaeff, Raí o Weah. Luego, con el PSG asentado como grande de Francia, vendrían Pauleta o Ronaldinho.

El gran cambio se producirá en 2011 tras la compra del club por parte de Qatar Investement Authority. Primero desbandaran a sus contrincantes franceses adquiriendo a las estrellas de otros equipos como Giuly, Matuidi o Ben Arfa, y luego asestarán poco a poco una puñalada al mercado internacional con futbolistas de la talla de Beckham, Ibrahimovic, Cavani, Di María, Thiago Silva o Neymar.

El PSG juega en el Parque de los Príncipes, una coqueta instalación insertada en el Bosque de Boulogne y cerca de las pistas de Roland Garros. Todo es muy ‘très chic’. No existe estadio que al ser imaginado evoque menos pasión y sudor. Todo lo contrario. Parece que vamos a acudir a ver una ópera o una obra de teatro y que bajando las escaleras del palco brotaran las pelucas, los tacones y los vestidos de vuelo. El Parque de los Príncipes. Es curioso. No hay nada más glamuroso y más monárquico que París, la capital de la democracia republicana.

El Paris Saint Germain va a ganar la Copa de Europa. Quizás eliminé al Real Madrid y sea este año. Tal vez no lo consiga y tenga que esperar otro año más. O quizás no habrá trono hasta dentro de una década. Pero la ganará. Igual que la ganó el Chelsea. E igual que la ganará la Roma o el Hertha de Berlin si algún magnate decide invertir su fortuna en el fútbol. Pero, por muchos trofeos que levante el PSG, para los parisinos y para el resto de los mortales (los turistas), Paris seguirá siendo la Torre Eiffel, Notre Dame, los Campos Elíseos y el Sena, pero nunca, nunca, nunca será un club de fútbol.

https://www.youtube.com/watch?v=Nm5UY9qE-eM

“París responde a todo lo que el corazón desea. Uno puede divertirse, aburrirse, reír, llorar o hacer lo que se le antoje sin llamar la atención, puesto que miles de personas hacen otro tanto…y cada uno como quiere”. Frédéric Chopin.

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Gerard Piqué. Políticamente incorrecto

En Francia, cuando un niño hace una pregunta embarazosa de esas a las que los padres no saben que responder se le llama cariñosamente ‘l’enfant terrible’. Esa expresión pronto pasó a ser una coletilla que se le concedía a aquellos jóvenes y no tan jóvenes con opiniones, comentarios o acciones que vamos a tildar de incorrectas o desmesuradas. En los tiempos modernos esa conducta ha pasado de ser socarrona o divertida a grosera o incívica. Se la ha puesto la etiqueta de ‘políticamente incorrecto’.

Gerard Piqué es un magnífico futbolista. Posiblemente se trate del mejor central de su generación y probablemente es uno de los cincuenta mejores defensas de todos los tiempos. Rápido, altivo, con buen juego de pies y de cabeza, sus méritos sobre el césped se solapan con sus comentarios más allá del rectángulo de juego. La última de sus chiquilladas tuvo lugar en el derbi barcelonés ante el Espanyol cuando tildó despectivamente al conjunto blanquiazul por tener su estadio en Cornellá (población limítrofe a Barcelona) y por ser presidido por un empresario chino.

https://www.youtube.com/watch?v=Ap_tD5aXP84

Todo lo que Piqué dijo es cierto. Sin cortapisas. El problema no son las palabras. Al final las palabras no son más que la unión de un conjunto de letras. El problema es el uso que se hace de ellas. Lo que significan esas palabras. El cuándo, el cómo y el porqué de expulsarlas por la boca. Es la interpretación, el contexto y la entonación lo que hace que una frase se convierta en algo más hiriente que una espita de pólvora.

Piqué es un maestro en el arte de herir, en el sarcasmo y en lo soez. Piqué se ha ganado el odio o la indiferencia de muchos que admiran su compostura y su carácter como futbolista.

Pero tal y como esto es cierto, y hasta es admitido por muchos aficionados del Barça, lo que Piqué dijo sobre el Espanyol es íntegramente cierto. Absolutamente cierto. Es un club que se está desarraigando de su lugar de origen, que se ha trasladado a otra localidad y cuya propiedad está en manos de propietarios asiáticos. Guste o no guste. Y hasta el más perico lo debe de admitir. Piqué actúa con sarcasmo y con la voluntad de herir. Quienes se sintieron ofendidos también lo sabían. Y todos, ofendidos o no, sabían que la ofensa es lo que hiere. La mentira no puede hacer daño porque es mentira. La verdad duele, porque es real.

Es por ello que he querido recordar alguna frase ‘políticamente incorrecta’. No quiero defender al deportista que perpetro esa ofensa. Piqué se equivocó, como tantas otras veces. Pero no mintió, hirió con la verdad. Simplemente quiero hacer constatar que vivimos en unos tiempos ‘happy flower’ y que muchas veces nos rasgamos las vestiduras por comentarios que sí, son groseros, pero lo son porque son verdad. Los Piqués de turno son estúpidos e insoportables por decirlo. Pero son por expresarlo, no porque lo que digan no sea verdad.

MARADONA: “Espero que los napolitanos me apoyen. Nápoles no es Italia. El norte les pide que sean italianos por una noche mientras los insultan los 364 demás días del año. Deberían animar a Argentina”.

En la semifinal del Mundial de Italia en 1990 se enfrentaron en Nápoles la Argentina del ídolo local y la selección italiana. Maradona pidió el apoyo del público, pero los napolitanos finalmente animaron a su selección. Durante una semana la polémica fue colosal y meses después Maradona daba positivo por cocaína y abandonaba la liga italiana. Se sabía que consumía desde años atrás, pero no fue hasta ese momento cuando fue sancionado.

Todo lo que dijo Maradona era hiriente, pero era verdad. El sentimiento italiano en Nápoles era y es limitado y el amor al astro argentino era grandioso. En el opulento norte se utiliza la expresión racista ‘terrone’ para referirse a los inmigrantes napolitanos y sicilianos.

CRISTIANO RONALDO: “Me pitan porque soy guapo, rico y un gran futbolista”.

El Real Madrid había vencido 6-2 al Dinamo de Zagreb en un partido de la primera fase de Liga de Campeones, pero Cristiano decidió buscar gol tras gol sin obtener premio en varias jugadas cuando sus compañeros estaban desmarcados. El público del Bernabéu lo despidió con pitos, y el escándalo fue de órdago. Fue la primera de muchas ocasiones en las que Cristiano Ronaldo se hizo de rogar y exigió cariño a la afición blanca.

Al igual que Piqué, Cristiano es un futbolista tan extraordinario como inaguantable fuera del terreno de juego. Todo lo que dijo puede ser calificado de vanidoso o egocéntrico. Pero todo ello también era la simple y llana realidad.

JOSE MOURINHO: “No me llaméis arrogante. Pero soy campeón de Europa y soy especial. Wenger, Ferguson o Benítez nunca serán tan especiales como yo”.

El mérito de la sentencia es que tuvo lugar en la previa de las semifinales de la Liga de Campeones del 2010. El Inter (comandado por Mourinho) eliminó al Barça, y luego derrotó en la final al Bayern consiguiendo su primer título en 45 años y el segundo como entrenador para el portugués.

Fanfarrón como pocos, en lo que a títulos se refiere pocos pueden competir con Mourinho. Quizás Ferguson, pero nunca sus odiados Wenger y Benítez.

DAVOR SUKER: “La pretemporada está siendo muy dura. Nos levantamos a las 9 de la mañana”.

Las críticas al exnovio de Ana Obregón fueron terroríficas. La afición del Real Madrid exige tanto o más que la calidad, el esfuerzo y la entrega continúa de sus jugadores. La relación de Suker y de la grada nunca fue la misma y pronto fue sustituido por Morientes. Las comparaciones con mineros, obreros y demás miembros del proletariado surgieron de manera inmediata.

Fuera de tiesto, estúpida o sin sentido, así podríamos calificar la sentencia. Más, hagamos un esfuerzo y llevémosla al contexto y al limitado cerebro de un futbolista profesional. Los equipos de fútbol suelen entrenar como máximo dos horas y a media mañana. En pretemporada las sesiones o son vespertinas o si son matinales son mucho más suaves. Entrenar en julio a las 09:00 a.m es un sacrificio para un futbolista. Políticamente incorrecto. Sí. Estupidez. Sí. Mentira. No.

JOHN BENJAMIN TOSHACK: “El domingo me cargaría a todos los jugadores. El martes, sólo a ocho. El jueves creo que los culpables son dos o tres. Al final acaban jugando los mismos 11 cabrones de siempre”.

Corría el año 1999 y esa y otras sentencias memorables le costaron el puesto a mitad de temporada al entrenador galés del Real Madrid. Fue acusado de maltratar psicológicamente a la plantilla, de no saber imponerse en el vestuario y la prensa inició una campaña de desprestigio considerándolo un entrenador anticuado y desfasado.

Toshack no hizo otra cosa que manifestar una realidad que ocurre en todos los equipos y, primordialmente, en los grandes equipos. Tras un mal partido, las estrellas son criticadas y se anuncian cambios. Al final, la presión presidencial, de los medios y de la afición hace que el entrenador vuelva a alinear a las estrellas relegando al banquillo a los jugadores con menos nombre.

VUJADIN BOSKOV: “Prefiero perder un partido por nueve goles, que nueve partidos por un gol”.

Amistoso de pretemporada en 1979 entre el Bayern y el Real Madrid y a los madrileños les caen nueve goles. Vergüenza y humillación, pero el bueno de Boskov, el de frases tan memorables como “fútbol es futbol” prefiere quitar hierro al asunto. La prensa madrileña se lanzó a degüello y apeló al honor y a los valores merengues.

Boskov tenía razón. Es de Perogrullo. Y además era pretemporada, No tenía importancia. Una derrota es derrota sea como sea. Su frase sólo es la constatación de un hecho.

ALLEN IVERSON: “No voy a entrenar a nadie que gane más dinero que yo. No habría respeto”.

Así contestó Iverson cuando en la rueda de prensa en la que anunciaba su retirada le preguntaban si tenía pensado ser entrenador. Fue calificado como prepotente, soberbio y niño mimado, algo que, por otra parte, fue siempre su etiqueta de presentación en una carrera problemática y volcánica en la NBA.

Las palabras son irrespetuosas. Si nos centramos en el contexto veremos que no. Lo que Iverson manifestaba como ‘enfant terrible’ que fue durante toda su vida profesional es que los jugadores tienen mucho poder económico y no pueden tener respeto por la figura de un entrenador con un puesto de trabajo precario y con un sueldo notablemente inferior al de las estrellas de los equipos. Lo que hizo Iverson fue diagnosticar un problema. El problema de la falta de respeto y de disciplina en los vestuarios.

NOVAK DJOKOVIC: “Tenemos más espectadores que en los partidos de chicas. Nosotros debemos ganar más”.

La frase políticamente incorrecta por excelencia. Ha sido pronunciada por Djokovic recientemente, pero al igual que para él, es un mantra para todos los tenistas. Las críticas del movimiento feminista al mundo del deporte son, han sido y serán salvajes. En plena lucha por la paridad de salarios y la igualdad de oportunidades, el tenis, quizás la disciplina femenina más seguida tanto por hombres como por mujeres, siempre está en el centro de la polémica por la igualdad de salarios.

Lo cierto es que hay equipos, deportistas y disciplinas que generan más ingresos, y por lo tanto más beneficios. La igualdad y la paridad deben estar presentes en el deporte aficionado. En el deporte profesional el seguimiento del público funciona de corrector como la oferta de la ley y la demanda lo hace en el mercado. Y lo cierto es que por agresividad, fondo físico, potencia, velocidad y plasticidad, el tenis masculino es más seguido que el femenino, y por lo tanto es de lógica que los tenistas obtengan más ingresos que sus compañeras féminas.

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Cuando Puyol secó a Figo

Para un zaguero es mucho más difícil brillar que para un delantero. La razón es obvia; el gol. En los partidos importantes lo que queda para el recuerdo es quien marcó el gol de la victoria. También quedará en la rutina aquella jugada, aquel control o incluso aquella parada milagrosa de un portero. Lo que diferencia a un defensa del resto de posiciones es que sólo permanecerá en el recuerdo del aficionado el que destaque por su trayectoria. El goleador o el portero puede que sólo hagan un partido para la posteridad. El defensa que forma parte de nuestras alineaciones de ensueño es aquel que sujetó al equipo en las buenas y en las malas temporadas.

La excepción se da en aquellos defensas desconocidos que se hacen un nombre con un marcaje para la posteridad. Luego brillarán durante años o hasta quizás en un córner marquen un gol histórico, pero su camino al estrellato se iniciará con un marcaje. En España, por la trascendencia del partido, siempre se recordaran dos casos, ambos en un FC Barcelona-Real Madrid. El marcaje de un imberbe Camacho ante la leyenda Cruyff en 1975 y el de un inexperto Carles Puyol ante Luis Figo en 2000.

En el mes de octubre del año 2000, el Camp Nou estaba abarrotado. Todos y cada uno de los 92.000 espectadores sujetaban una cartulina que imitaba a un billete de 10.000 pesetas. Cuando el Real Madrid saltó en su tradicional blanco impoluto al campo para el inicio del encuentro, un penetrante pitido sacudió los cimentos del estadio mientras atronaban gritos de ‘puta’, ‘traidor’, ‘mentiroso’ o ‘judas’. Las cámaras hicieron un zoom y se pudo ver como Luis Figo se tapaba los oídos y lucía una media sonrisa de asco.

Tres meses antes, el capitán del FC Barcelona había dejado la Ciudad Condal para recalar en el Real Madrid. La marcha del extremo portugués (que ganaría aquel año el Balón de Oro) dejó convulsionado al conjunto azulgrana. El Barça se sumiría en un lustro de desdichas, dando tumbos sin ton ni son tratando de superar aquella traición deportiva, pero fundamentalmente sentimental. Era el mejor jugador del mundo y era la bandera del club. Había futbolistas que habían militado en ambos equipos, pero lo de Figo partió el alma al aficionado culé.

La semana del partido, Lorenzo Serra Ferrer, técnico del Barça, decidió contener el huracán Figo con un marcaje al hombre. La prensa especulaba con que el elegido para realizar tan ardua tarea fuese Michael Reiziger, el defensa más rápido y experimentado del Barcelona. Pero la mañana del partido, cuando Serra Ferrer anunció su decisión al vestuario, sorprendió a todos dando el nombre de Carles Puyol.

Puyol había debutado la temporada anterior bajo mandato de Van Gaal, pero lo que la gente recordaba más del defensa catalán no era su juego sino su larga melena ondulada y unos rasgos faciales muy marcados. Había destacado como lateral cumplidor y el FC Barcelona trató de cederlo aquel verano al Málaga para que se foguease en Primera División. Sin embargo, Puyol se negó a marcharse y decidió quedarse y buscar su oportunidad. El problema es que no era demasiado habilidoso para jugar de lateral y no era lo suficientemente alto para ser central.

‘Puyi’ era un joven del municipio ilerdense de La Pobla de Segur que destacaba por un corazón y una capacidad de sufrimiento ilimitada. Había recalado en el club tarde, con 17 años, porque no quiso marcharse a la ciudad y separarse de su familia. Amaba al Barça hasta las entrañas y como cualquier aficionado se tomó la marcha de Figo como una traición.

Desde el minuto uno se vio que el internacional portugués no iba a hacer un gran partido. Puyol se pegó a él como a una lapa y se dedicaba a hacer todo aquello que el árbitro le permitía. Empujarle el hombro, agarrarlo por detrás o pegarle pequeñas patadas en la espinilla.

Mediada la primera parte, Figo recibió el balón cerca del área y Puyol le rebañó el balón limpiamente. El Camp Nou irrumpió en una ovación. Sólo medio minuto después, el esférico volvió a Figo y Puyol nuevamente se tiró al suelo enviando la pelota fuera de banda. La cámara enfocó a Figo y captó una mirada mezcla de odio e impotencia.

Justo antes del intermedio, con el Barça ya por delante en el marcador, el Real Madrid pretendía montar un contraataque. Figo recogió el balón en la banda izquierda, con cincuenta metros por delante en solitario. Puyol, varios pasos por detrás, sabía que nunca llegaría al balón, por lo que decidió acortar el camino y correr hacia la portería para entorpecer la llegada del portugués. Una entrada a destiempo y una decisión en el aire; tarjeta amarilla o tarjeta roja.

Lo cazó de lado, pero en el mediocampo. Podía haber sido roja, pero Puyol, con 21 años, demostró que iba a ser un futbolista de élite. Después de cazar a Figo, se levantó rápidamente e hizo un gesto impasible hacia el árbitro mientras abroncaba a sus compañeros de equipo por su desidia y el Camp Nou rugía de placer. El árbitro sacó amarilla intimidado por el ambiente y por la mirada del central catalán.

A inicios de la segunda parte, tras otra entrada de Puyol, Figo se revolvió y lo golpeó levemente cerca del banderín de córner. Fue el momento de mayor júbilo en el estadio. Empezaron a llover objetos en el campo y los gritos contra Figo se recrudecieron mientras el luso permanecía impasible. Escasos minutos después, Figo recibió un pase de Roberto Carlos y Puyol se le adelantó. Frustrado, Figo lanzó una patada al aire desde el suelo. El colegiado pitó falta y amonestó al futbolista del Real Madrid. Nuevamente el Camp Nou rugió y el chaval de la cantera escuchó por primera vez como el estadio coreaba su nombre. En ese momento el futuro Balón de Oro parecía el joven central y el recién llegado el extremo lisboeta.

El resultado final fue 2-0 con goles de Simao y de Luis Enrique, otro especialista en cambiar de bando. Fue una noche de venganza y satisfacción en el Camp Nou aunque aquella Liga remataría siendo para un Real Madrid liderado por Figo y Raúl mientras el Barça acabaría celebrando en Canaletas quedar cuarto en el último partido y conseguir la clasificación para la Liga de Campeones.

Al finalizar el encuentro, el diario ‘Marca’ título “implacable e impecable” para referirse a la actuación de Puyol y añadía que había sido “la eterna sombra de Figo hasta reducirle a un jugador de Segunda”. Los aficionados culés no podían ni imaginarse en quien se iba a convertir Puyol, pero sí que descubrieron esa misma noche su deseo y su pasión por el juego así como su humildad, algo infrecuente en un futbolista de élite. Cuando le preguntaron sobre su marcaje se limitó a decir: “Tenía sólo un objetivo, que era pararlo. No fue para tanto. No tenía que hacer nada más”.

https://www.youtube.com/watch?v=CVuCViO-QwY

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