fútbol

Un cuento de Navidad

Otto von Bismarck había dicho en 1878 que “Europa es un barril de pólvora y sus líderes son como hombres fumando en un arsenal. Una simple chispa desatará una explosión que nos consumirá a todos. No puedo decirles cuando será la explosión, pero sí puedo decirles dónde: alguna maldita estupidez en los Balcanes la desatará”. Hoy son palabras proféticas, pero en 1914 se las consideraba una estupidez de un viejo resentido. Al inicio de aquel verano era inimaginable que la próspera Europa se viera asolada por una guerra que pondría la primera piedra del fin de su hegemonía mundial y que se saldaría con un cambio en la concepción de la vida y de la muerte. A comienzos del otoño se creía que ese conflicto bélico remataría a las pocas semanas y todo volvería a su cauce. A finales de diciembre tanto las tropas como la población tenían asumida que aquella sería una guerra larga y muy gravosa.

Aunque luego fuese declarada mundial, hubo dos frentes de combate principales. En uno de ellos se retaron austrohúngaros y alemanes contra rusos en las llanuras del Vístula. Al mismo tiempo, francobritánicos y alemanes dejaban sus vidas en Bélgica y la Picardía, que junto a Alsacia y Lorena son las regiones donde se han librado siglo tras siglo las luchas de poder para conseguir el control de Europa. En esa línea que comprende desde Amberes a Estrasburgo tuvo lugar la llamada guerra de trincheras, un proceso en el que los combates eran sangrientos y los avances minúsculos. Entre la batalla de Verdún, del Somme y de Passchendaele fallecieron cerca de 2,5 millones de personas y los avances no llegaron a los 50 kilómetros.

El 24 de diciembre de 1914 hacía mucho frío. Las heladas y la nieve fueron habituales durante un mes especialmente gélido que se había cobrado víctimas no con armas, sino con enfermedades propagadas por los insectos que correteaban por las trincheras. Para levantar la moral en Nochebuena, el káiser Guillermo decidió enviar al frente raciones extras de pan, salchichas y alcohol así como algún abeto y adornos ante la nostalgia de los soldados de pasar las navidades a cientos de kilómetros de sus seres queridos. Al caer la noche, los cañones callaron y cientos de alemanes rompieron el silencio entonando a coro el ‘Stille nacht’ (Noche de paz) un villancico austriaco compuesto a inicios del siglo XIX y hoy símbolo de la Navidad.

Tras la sorpresa inicial, los británicos contraatacaron con sus propios villancicos. A través de las cartas y de los testimonios orales recogidos, sabemos que por toda la línea del frente se dieron situaciones parecidas y, como no todos somos iguales y en cada pandilla hay algún chistoso y desvergonzado, surgieron soldados que, ni cortos ni perezosos, brotaron de sus trincheras sin permiso y arriesgando sus vidas para felicitar las pascuas al bando enemigo, mientras muchos otros quedaron agazapados y muertos de miedo, y los menos echaban pestes y decían que había que aprovechar el descuido para abalanzarse sobre sus rivales. Cuentan que los alemanes regalaban salchichas a los británicos mientras ellos daban chocolate y cigarrillos a los germanos. “Los alemanes nos dijeron en inglés que si no disparábamos, ellos tampoco lo harían –contaba el sargento británico Bernard Brooks-. Encendieron fuegos fuera de sus trincheras, se sentaron alrededor y empezaron un concierto”.

Al día siguiente, 25 de diciembre, la tregua continuó, esta vez con la oposición de los mandos del ejército. Sin embargo, prefirieron no soliviantar a las tropas y dejar que la farsa continuase un día más. Es entonces cuando circulan numerosas historias apócrifas sobre partidos de fútbol que se disputaron ese día. Es posible que se celebrasen por todo el frente. Es probable que fuesen casos aislados y se haya exagerado todo a posteriori. Lo único cierto es que en un descampado a orillas de una iglesia en el pueblo belga de Yprés se disputó uno de esos encuentros. Y lo sabemos porque nos ha llegado una carta del teniente alemán Johannes Niemman en la que explica que pasó aquel día de Navidad.

“Un soldado apareció cargando un balón de fútbol. No sé de donde lo sacó. Ellos hicieron su portería con unos sombreros extraños, mientras que nosotros hicimos lo mismo. No era sencillo jugar en un lugar congelado, pero eso no nos detuvo. Mantuvimos las reglas del juego aunque el partido sólo duró una hora y no había árbitro”. El encuentro acabó con victoria británica por 3-2 y de tan extraño y admirable suceso también se hizo eco el general inglés Walter Congrave, que a pesar de no formar parte del juego, sí que vio como sus soldados disputaban el choque: “Ha pasado algo extraordinario. Esta mañana un alemán gritó que quería una tregua de un día. Así que, con mucha cautela, uno de nuestros hombres se levantó por encima del parapeto y vio como un alemán hacía lo mismo. Uno de mis informantes me dijo que había podido fumarse un cigarrillo con el mejor tirador del ejército alemán, quien no tenía más de 18 años pero ya había matado tantos hombres como 12 soldados juntos”.

Un reportero de Manchester escribió sobre aquel y otros muchos partidos, pero al ser el único periodista que habló del tema siempre quedó la duda sobre cuánto de verdad habría. Se dice también que el alto mando no deseaba que se publicitara estos hechos entre la población para no ablandar la moral de los ciudadanos por lo que se censuró la información. No hay pruebas que demuestren más casos, pero es obvio que hubo más partidos, y, de hecho, un soldado francés contaba en un periódico inglés que en el encuentro que disputó su batallón se puso en liza una liebre como trofeo para el vencedor.

EL 17 de diciembre de 2014, para conmemorar el centenario de tan bella historia, se celebró en aquella iglesia belga de Saint Martin de Ypres una ceremonia organizada por la UEFA y con la presencia de los jefes de estado de Reino Unido, Bélgica, Francia, Italia y Alemania. Paradojas de la historia, San Martín es el santo soldado, ya que antes de ayudar a los mendigos y propagar las enseñanzas de Cristo en Francia fue miembro de la guardia imperial romana.

Bajo su auspicio se erigió un monumento en el mismo sitio en el que se improvisó el duelo futbolístico. Michel Platini, por aquel entonces presidente de la UEFA, cerró la ceremonia recordando que “hace un siglo se expresó la humanidad en un partido de fútbol escribiendo un capítulo en la construcción de la unidad europea que debe servir de ejemplo a las jóvenes generaciones”.

«Lo que sudes en la paz, no lo sangrarás en la guerra».

P.D: En el vídeo el narrador comenta que el vencedor del partido fue Alemania. Falso. Fueron los británicos.

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Templos del fútbol (4ª parte y final. Wembley y Maracaná)

Si alguien ha tenido la paciencia, fuese por gusto o por convicción, de leer u hojear los tres anteriores artículos que versaban sobre los estadios de fútbol de ayer y de hoy y su significado en la arquitectura y en la sociedad contemporánea, debería haber notado que hay dos de ellos que no han sido reseñados. Cualquiera que se considere un buen aficionado se habrá percatado de que los dos grandes templos de ambos hemisferios han sido omitidos.

Al norte de este planeta está el más grande templo futbolístico de la antigüedad; que no es otro que Wembley. Sí, es cierto, Wembley sigue en pié. Pero es uno nuevo. No es Wembley. Lleva el mismo nombre y está en el mismo barrio londinense. Pero no es el mismo estadio. Por otra parte, en el hemisferio sur está el más grande santuario futbolístico aún en pie; Maracaná. Quizás el lugar con mayor aroma de fútbol y con mayor significado para un pueblo.

WEMBLEY (Londres. 1923-2002): Basta el nombre para evocar el mito. Un templo del fútbol mundial lleno de encanto, de desafíos legendarios disputados a la sombra de aquellas 39 gradas que llevan al palco real, para entrar por derecho propio en la historia del balompié. Ganar en Wembley no es como ganar en cualquier otro lugar. Es el estadio donde sólo juega la selección inglesa y donde se disputan la final de la F.A.Cup amén de alguna que otra final europea, siempre bajo la atenta mirada de la realeza británica. Es por eso que el Real Madrid, a pesar de su basta historia, nunca ha jugado en Wembley, por lo menos en el viejo Wembley.

Y es que en una decisión incomprensible se decidió demoler este símbolo del fútbol para edificar uno nuevo a escasas yardas. Un símbolo que nació de pie.

La leyenda prorrumpió en su primer encuentro. En la primera final copera del nuevo estadio. Se estima que en abril de 1923 acudieron unas 200.000 personas a presenciar el encuentro entre el Bolton Wanderers y el West Ham. Se sobrepasaba con más del doble la capacidad del campo y la gente saltó todas las barreras ocupando incluso el terreno de juego. Un policía a lomos de un caballo blanco, de nombre Billy, se colocó en el centro del campo y empezó a dar vueltas formando círculos cada vez de mayor diámetro. Poco a poco la gente se fue apelotonando fuera de las líneas del campo y se permitió que 130.000 de aquellos valientes presenciarán una final que pasó a la historia como la ‘The White horses final’ (la final del caballo blanco).

El estadio de Wembley (nombre de la villa al norte de Londres que lo acoge), se llamaba realmente Empire y fue construido con motivo de la Exposición del Imperio Británico de 1924 bajo orden de los arquitectos John Simpson y Maxwell Ayerton. El conjunto resultante fue una imponente cubierta y un único anillo de gradas con algo más de 100.000 espectadores, y, lo más extraordinario, con la mitad de ellos sentados, algo inaudito por aquel entonces. El exterior refleja la suntuosidad del proyecto con las fachadas de estilo victoriano y las dos torres blancas gemelas de 38 metros de alto que dan la bienvenida a la entrada principal. Esa majestuosidad lo ha diferenciado siempre del resto de estadios ingleses caracterizados por una arquitectura básica, integrada en el entorno y poco llamativa.

Wembley también era de leyenda por su pista de atletismo y por el encadenamiento de las gradas que daban continuidad al perímetro. Es decir, visualmente parecía que las gradas estaban próximas al césped a pesar de la separación creada con las ocho calles de tartán. En Wembley se celebraron los Juegos Olímpicos de 1948, cinco finales de la Copa de Europa y el evento más importante de la historia del fútbol inglés, la victoria ante Alemania por 4-2 en la final del Mundial de 1966. Pero quizás el hecho más selecto fuese la derrota de la selección inglesa ante la húngara por 3-6 en 1953 en el denominado “partido del siglo”. A raíz de aquella derrota se creó la Copa de Europa y la Eurocopa y los conjuntos británicos abandonaron definitivamente su aislacionismo y admitieron que su supuesta superioridad era inexistente.

El 7 de octubre de 2000 el estadio se despidió con una derrota inglesa ante la selección alemana. Dos años después comenzó la demolición. El nuevo estadio, de más de 90.000 espectadores, incorpora un arco de 113 metros que pretende igualar en misticismo a las dos torres blancas. ¿Qué hubiese costado haberlas mantenido? ¿Modernizar en vez de destruir? ¿O trasladar esas torres a un nuevo estadio? Eso sí, por lo menos han mantenido los mismo 39 escalones del viejo Wembley para llegar al palco real. El hilo conductor de un estadio que no debería haber dejado nunca de existir.

MARIO FILHO ‘MARACANÁ’ (Rio de Janeiro. 1950-): Maracaná es Brasil. La imagen de Brasil son las playas de Copacabana, el Carnaval de Río y el coloso de cemento. La unión de los brasileños con el fútbol es la conexión entre negros y blancos. En un mundo dominado por los blancos, los negros debían adaptarse a sus costumbres y hábitos si querían progresar en la sociedad. El fútbol permitió una unión de razas, pero la forma de jugar era muy distinta. Los chicos blancos jugaban de forma académica al estilo aprendido a través de los comerciantes ingleses. Los chicos negros jugaban saltando, sonriendo y bailando, incorporando al fútbol el baile aborigen de la capoeira. Al igual que ocurrió con el baloncesto en Estados Unidos, la forma de jugar de los negros fue vilipendiada, especialmente tras el Maracanazo. Pelé y los triunfos de la ‘canarinha’ en los Mundiales sirvieron de acicate para cohesionar al pueblo brasileño y para definirlo en una forma de jugar característica. Hoy el fútbol es global, pero entonces en Maracaná se dibujaba un fútbol de pobres que paladeaba la fortuna y el poder a través de la simbiosis de dos estirpes en un mismo estadio.

La edificación de un estadio con 170.000 asientos (en la final del Mundial de 1950 dicen que hubo más de 250.000) en el corazón de Rio de Janeiro fue idea de Eurico Gaspar Dutra, presidente de Brasil, pero fue profusamente elogiada por el periodista deportivo Mario Filho, en honor a quien están dedicadas unas instalaciones popularmente conocidas como Maracaná, por el nombre de un pequeño arroyo que circula por la zona y que también da nombre a un papagayo típico de Brasil. La historia de este estadio está ligada al 16 de julio de 1950 cuando Brasil y Uruguay se enfrentaron por el título de campeón del mundo. La historia es archiconocida y no merece la pena extenderse. Después de una liguilla final entre cuatro equipos (no había final) a los brasileños les llegaba con un empate. El título se daba por hecho e incluso Brasil se adelantó en el marcador. Dos goles uruguayos, el último de Ghiggia a diez minutos del final, dieron el título a los albicelestes y desencadenó en los brasileños la depuración, la desesperación, los suicidios (si, no estoy exagerando) y una herida que nunca ha sido cerrada llamada ‘Maracanazo’.

A pesar de que hoy el aforo es netamente inferior, sigue siendo un estadio imponente gracias a su forma elíptica casi circular. Destacan sobre manera las dos rampas exteriores a ambos lados que proporcionan una rápida forma de evacuación. Desde las afueras del parque de Maracaná da la sensación de que te adentras en una nave espacial. La atmosfera siempre alegre y calurosa ha sido compartida tanto por el Botafogo, como por el Flamengo y el Fluminense. Pero sobre todo por la selección brasileña. En Maracaná tuvo lugar el gol 1.000 de la carrera de Pelé en un encuentro entre el Santos y el Vasco da Gama.

En 1999 tuvo lugar una primera reforma que redujo de 140.000 a 100.000 el número de asientos. Las normas de confort y seguridad dejaron el estadio en 80.000 espectadores para el Mundial de 2014, aun siendo inmenso, muy lejos de lo que llegó a ser. Actualmente la visibilidad y la inclinación de las gradas son más acusadas y se construyó un sistema energético basado en la energía solar. También cuenta con un paseo de la fama al estilo hollywoodiense donde los grandes del fútbol carioca y mundial dejan sus huellas para la posteridad. Para ese Mundial se esperaba que Brasil borrara para siempre el recuerdo de 1950, pero una clamorosa derrota por 1-7 ante Alemania en semifinales sigue perpetuando el maleficio. Afortunadamente semejante tropiezo se produjo en el estadio Mineirao de Belo Horizonte y Maracaná y Rio de Janeiro se vieron aislados de una tragedia conocida como el ‘Mineirazo’.

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Templos del fútbol (3ª parte. Estadios de la actualidad)

Elaborar una lista con los 7 grandes templos del fútbol de la actualidad ha sido tremendamente complicado. He tenido que dejar fuera el increíble Azteca, el único estadio capaz de albergar dos finales mundiales, el inmenso Olímpico de Berlín, el coqueto Maksimir de Zagreb, el funcional Ullevi de Goteborg, el precioso Philips Stadium de Eindhoven, el señorial Ernest Happel de Viena, el práctico Velodrome de Marsella, el majestuoso Américo Vespucio Liberti -más conocido como Monumental de River Plate-, el original Luigi Ferraris de Génova, el pomposo estadio Luzhniki de Moscú, el intenso Westfalenstadion de Dortmund o incluso el Camp Nou barcelonés, una maravilla para los sentidos futbolística y estructuralmente y que aún por encima tiene el honor de ser el estadio europeo de mayor capacidad. También han tenido que ser descartados recintos de reciente construcción que aun siendo iconos del presente lo serán aún más en el futuro, caso del Olímpico de Estambul, el Allianz Arena de Münich, el Stade de France de París o el nuevo Wembley. Todos los que forman parte de esta lista cuentan con al menos 70 años de historias.

7. ALBERTO ARMANDO ‘LA BOMBONERA’ (Buenos Aires. 1940-): José Delpini, el ingeniero jefe, manifestó al acabar la construcción que el estadio le parecía una caja de bombones. Había quedado rebautizada para la posteridad la casa de Boca Juniors. La forma del estadio es similar a una D, con tres gradas unidas y una tercera, donde están los palcos, sencilla y aislada que no tiene nada que ver con el resto del estadio. Esto se debe a que se aprovecharon los terrenos donde había un viejo campo y que la existencia de viviendas en esa zona impedía hacer una grada con un ancho normal. También es fascinante la cantidad de colores del graderío, lo cual se debe a que el barrio bonaerense de Boca está formado por un conjunto de casas con fachadas muy llamativas. Seguramente el bombón más apetitoso del que hayan disfrutado sus 57.000 gargantas sea el de Diego Armando Maradona, probablemente el mejor futbolista de la historia.

6. SANTIAGO BERNABÉU. (Madrid. 1947-): Manuel Muñoz Monasterio propuso a Santiago Bernabéu edificar un nuevo estadio en el Paseo de la Castellana de Madrid. Ahí ya se encontraba el viejo estadio del Real Madrid y Bernabéu aún lo quiso llevar más lejos del centro, a una zona periférica y poco hospitalaria. Creía que con el paso del tiempo el estadio y la zona se revalorizarían, y a buena fe que lo hizo. La Castellana paso de ser un trazo hacia la nada a la columna vertebral de la ciudad. Aunque ahora tiene unos 75.000 espectadores, el Santiago Bernabéu llegó a tener 120.000 siendo uno de los más grandes del mundo. Originalmente tenía dos líneas de gradas a los que se les añadió un tercer anillo. Para ser sede mundialista en 1982 se construyó una nueva fachada totalmente blanca sobre la estructura de cemento armado y una cubierta que le daba a la atmósfera una incandescencia de la que nació el mito del ‘miedo escénico’, argumento felizmente inventado por Valdano. Después se añadieron las hoy características torres circulares en cada una de las esquinas del estadio. En el Bernabéu han tenido lugar las gestas más importantes del club más laureado del mundo, pero también varias finales europeas y hasta la fiesta de celebración de la victoria de Bahamontes en el Tour de 1959.

5. GIUSEPPE MEAZZA (Milán. 1926-): El estadio milanés ya fue rompedor en su día al eliminar las pistas de atletismo. De hecho, fue construido ante multitud de críticas. Se tenía miedo de que al pasar la moda del fútbol aquel coliseo de cemento quedara inservible para otras disciplinas. Piero Pirelli, presidente el AC Milan y de la famosa casa de neumáticos, quería un estadio de estilo inglés con 35.000 espectadores de capacidad y con la condición de que las gradas principales estuviesen a cubierto. Se inauguró en 1926 con el nombre de San Siro, pequeña iglesia próxima al estadio. Para el Mundial de 1934 soportó la ampliación y el cierre de los cuatro graderíos dejando su capacidad en 55.000 almas. Dado que el coste de la obra fue sufragado por el ayuntamiento milanés, el estadio pasó a titularidad pública por lo que el Internazionale empezó a jugar sus encuentros también en San Siro. Por aquel entonces la estrella del Inter y capitán de la selección italiana bicampeona del mundo era Giuseppe Meazza, con lo que en 1980 se renombró el estadio en su honor. Sin embargo, para los tifossi del AC Milan el recinto sigue siendo conocido como San Siro honrando los deseos de quien lo levantó en 1926.

Lo magnífico de este estadio es que en la remodelación de la década de 1960 se construyó un nuevo anillo de gradas superpuestas a las anteriores y que descansan sobre una estructura independiente. Ergo, para trasladarte a tu asiento debes acceder por una serie de rampas. Para el Mundial de 1990 se dejó definitivamente la capacidad en 85.000 almas creando un tercer graderío también autónomo. Para ello hubo que rebajar el terreno y hundirlo, por lo que la sensación es que estás en un foso y no en un graderío. La intensidad es similar a la de un pabellón. Se cubrieron también todos los fondos salvó el del este, ante la imposibilidad de hacerlo debido a la cercanía de las instalaciones de un hipódromo cercano. Aquellos abonados con asientos en la parte alta de ese fondo se empaparán en un día de lluvia. A cambio, por el mismo precio y con apenas girar el cuello, podrán disfrutar de una vista maravillosa del horizonte de Milán y de su excepcional catedral.

4. CENTENARIO (Montevideo. 1930-): Como homenaje a la selección ganadora de la medalla de oro futbolística en los Juegos de 1924 y 1928 se le otorgó la organización del primer Mundial de fútbol a Uruguay en 1930. Precisamente ese año se conmemoraba el centenario de la independencia uruguaya, así que se acometió la construcción de un coloso capaz de acoger a 100.000 espectadores (en la actualidad son 65.000 asientos). El arquitecto Juan Antonio Scasso proyectó cuatro graderíos siguiendo una estructura elíptica y equidistante en todas partes con el terreno de juego. Se bautizaron los cuatro fondos con los nombres de América (la principal), Olímpica, Colombes (lugar de la victoria en los JJ.OO de 1924) y Ámsterdam (lugar del triunfo en los JJ.OO de 1928). Sobre la llamada tribuna Olímpica despunta una torre de 100 metros de alto símbolo de la monumentalidad del proyecto y donde tendría que ondear la bandera de la selección campeona, que felizmente fue Uruguay. El estadio ha sufrido varios cambios pero su esencia es muy parecida, por lo menos a la espera de que Uruguay consiga la candidatura para el Mundial de 2030 al que aspira.

3. HAMPDEN PARK (Glasgow. 1903-): El estadio nacional inglés (aquí no juega ni el Celtic ni el Rangers) es hoy una multifuncional instalación de vanguardia que en 1903 era un gran hoyo. El gran hoyo. El afamado arquitecto escocés Archibald Leitch mandó construir el estadio en el parque de Hampden, al sur de Glasgow. Excavando y modelando la tierra se pudo realizar un sólido soporte para los espectadores sin tener que recurrir a las estructuras de madera de la época. Un incendio en 1945 hizo reducir sus 150.000 asientos a 55.000 aunque, eso sí, todos de asiento. La tribuna central pasó a ser cubierta y a finales del siglo pasado se cerró el estadio completamente. El encanto de Hampden reside en que al ser un gran hoyo la sensación de vértigo y de proximidad de los espectadores es brutal, aun existiendo una pista de atletismo. En Hampden se disputó la famosa final de la Copa de Europa en la que el Real Madrid de Di Stéfano arrolló por 7-3 al Eintracht finalizando se glorioso ciclo de cinco campeonatos consecutivos.

2. OLD TRAFFORD (Manchester. 1910-): El proyecto de Archibald Leitch es conocido como ‘the theatre of dreams’ (el teatro de los sueños). Y lo es porque John Davies, propietario del United, decidió llevar a su equipo a la otra punta de la ciudad, a la zona verde de Trafford Docks con la intención de simbolizar un resurgimiento económico y una nueva era lejos de calles estrechas y fábricas humeantes. Old Trafford presentaba amplias tribunas unidas a diferencia de lo habitual entonces en Inglaterra. Con un aforo de 80.000 personas y con la tribuna cubierta por una serie de pequeños techos articulados en capas colgantes ya era un estadio futurista en 1910. Un bombardeo alemán en la II Guerra Mundial lo destrozó casi por completo y tuvo que ser reconstruido. Se proyectaron dos niveles de gradas y en el centro de las mismas se colocó la tribuna, la primera vez que se hacía eso en un recinto. Pero más importante que el estadio era el césped. En una época de campos embarrados y con muchas calvas, Old Trafford se mantuvo impoluto durante décadas y con un césped inmaculado que permitía el juego de toque característico del Manchester United. Actualmente el estadio tiene capacidad para casi 70.000 almas y las gradas están totalmente cubiertas. En un muro de ladrillo de los exteriores están escritos los nombres de los históricos del equipo como Edwards, Charlton, Best, Keane, Giggs o Schmeichel. Al lado de ese muro se levanta una pared de ladrillo que a comienzos de este siglo fue recubierta con una vitrina de plexiglás. Desde el aire el estadio se asemeja a un gran almacén industrial que destaca ante las viviendas de ladrillo típicas de los alrededores.

1. ANFIELD ROAD (Liverpool. 1884-): Hablamos del estadio más antiguo en pie. De los de relevancia, quiero decir. ‘This is Anfield’ reza en el túnel de acceso al campo. Una forma de atención y respeto para todo aquel que entre en ese terreno de juego. Anfield Road, típico barrio victoriano de casas estrechas, era el hogar del Everton, el otro club de la ciudad, pero en 1892 John Houlding, antiguo presidente el Everton, decidió fundar el Liverpool. ¿Qué había sucedido? Que Houlding además de presidente era el dueño del estadio y ni corto ni perezoso decidió triplicó el alquiler de las instalaciones, por lo que los socios del Everton resolvieron echarlo de la presidencia, emigrar y comprar un nuevo terreno en Goodison Park para construir otro campo de juego. Houlding, propietario de un estadio pero sin equipo que lo ocupase, decidió fundar uno nuevo. Los hinchas del Everton aún se mofan de los del Liverpool por ello, pero el caso es que con un hecho especulativo nacía uno de los clubes más importantes del mundo.

La imagen actual es el resultado de muchas transformaciones aunque los cuatro graderíos siempre se han mantenido independientes y muy cerca del terreno de juego (45.000 espectadores). El más conocido es el fondo sur inaugurado en 1906 y que recibe el nombre de ‘The Kop’, en honor a los soldados ingleses (la mayoría de Liverpool) muertos un par de años en las ‘kopjes’, las colonias sudafricanas en la guerra entre británicos y zulúes. En su momento podía acoger a 30.000 espectadores de pie siendo la grada única más grande del mundo, honor que hoy ostenta el Westfalenstadion de Dortmund. En el exterior del estadio una verja de hierro con el lema del club ‘You’ll never walk alone’ (nunca caminarás sólo) conduce a una estatua de Bill Shankly, histórico entrenador, y a un mausoleo en recuerdo de los 96 aficionados muertos en Hillsborough en 1989 al desplomarse un graderío. Aunque en 2008 estaba prevista la construcción de un nuevo recinto, la presión de los aficionados consiguió paralizar el proyecto. Actualmente Anfield está en proceso de remodelación. No se destruirá, se remozará. Felizmente. Muy felizmente.

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Templos del fútbol (2ªparte. Estadios de la antigüedad)

Si recuerdan del artículo anterior vamos a tratar primeramente los 7 grandes templos futbolísticos de la antigüedad, o lo que es lo mismo, aquellos campos de fútbol de los que únicamente nos quedan evocaciones de recuerdos y momentos de magia en la retina. Quedan fuera de esta lista, coqueta pero a la fuerza demasiada corta, grandes estadios como los argentinos Doble Visera o Viejo Gasómetro, escenario de las gestas de Indepediente y de San Lorenzo de Almagro. Tampoco estarán en esta clasificación el antiguo Das Antas portugués, el Parc Lescure de Burdeos, el Vicente Calderón o el barcelonés Sarriá, donde tuvo lugar uno de los partidos más bellos de la historia de los mundiales entre Brasil y la Italia de un revivido Paolo Rossi. Y también se cae de este inventario el estadio De Meer de Amsterdam que para siempre estará ligado al Ajax y sobre todo a Johan Cruyff, el cual se crió a escasas calles de un campo al que luego se encargó de mitificar.

7. DELLE ALPI (Turín. 1990-2009): Situado sobre una pequeña colina se caracterizaba por estar sostenido sobre unas estacas de acero que sustentaban las cubiertas. Muy característicos también eran los dos arcos con forma de V inversa dispuestos en ambos fondos del campo. La cubierta estaba construida con elementos de aluminio y teflón muy innovadores para 1990, año en el que fue inaugurado un estadio a compartir entre la Juventus (el equipo de Italia) y el Torino (el equipo de Turín). En el encuentro inaugural, una selección de jugadores de ambos conjuntos se enfrentó al Porto. Algo insólito y lejos de la normalidad en la realidad de dos conjuntos irreconciliables. Con 70.000 espectadores de capacidad, el estadio Delle Alpi fue volado en 2009 y desde entonces la Juve juega en su nuevo y acogedor estadio sin pista de atletismo, mientras que el Torino juega en la reformada cancha municipal. El derbi de la Molle Antonelliana, el más antiguo de la Serie A, ya nunca más compartirá ubicación.

6. WHITE HART LANE (Londres. 1899-2017) Tottenham es un barrio al nordeste de Londres que da nombre al que es, junto al Arsenal, el gran club de la capital inglesa. Realmente ni siquiera es Londres, sino Haringey, una de tantas villas que las megaciudades se han ocupado de absorber. El estadio toma nombre de la tienda deportiva que se ubicaba cerca del recinto. Antes de la obligatoriedad de hacer sentadas todas las localidades, unas 70.000 personas se agolpaban en White Hart Lane. Lo más hermoso de aquel estadio es que hasta 1972 no se permitió la instalación de ningún tipo de valla publicitaria. En 1990 se culminó la grada de Park Lane que redujo definitivamente la capacidad a 37.000 espectadores. Demasiado pequeño para las exigencias actuales, se demolió este verano para construir un nuevo coliseo. La memoria de Jimmy Greaves, Glenn Hoddle, Osvaldo Ardiles o Teddy Sheringham quedó dañada para siempre.

5. COLOMBES (Paris. 1924-2006) Aquí me he permitido una pequeña licencia. El estadio Yves de Manoir sigue hoy en pie aunque desde 2006 es una minúscula instalación para 10.000 espectadores dedicada al rugby totalmente alejada de su glorioso pasado. El Olímpico de Colombes (barrio del extrarradio parisino y hoy rebautizado en honor al ex seleccionador de rugby francés) podía acoger a 60.000 almas en un estadio con una cubierta plana de hierro entre las dos gradas principales. En la pista de atletismo de esta arena tuvo lugar el duelo entre Harold Abrahams y Eric Lidell en los Juegos de 1924 inmortalizado en la película ‘Carros de Fuego’. También se disputó aquí la final del Mundial de 1938 y uno de los encuentros amistosos más recordados de todos los tiempos entre el Benfica de Eusebio y el Santos de Pelé. Y como no, en el estadio de Colombes se rodó la que quizás es la mejor película sobre fútbol de la historia, ‘Evasión o victoria’ de John Houston.

4. SAN MAMÉS (1913-2013): A orillas del río Nervión había una ermita dedicada a San Mamés. Ese fue el lugar elegido por el Athletic para levantar su estadio en 1913 y dado que el santo que da nombre a la capilla fue arrojado a las fieras por su fe cristiana, al conjunto bilbaíno se le conoce desde entonces como ‘Los leones’. El legendario Pichichi marcó el primer gol en ‘La Catedral’, un apodo que si bien en sus inicios tenía marcado carácter religioso con el tiempo adquiriría fenómeno de importancia ante el buen juego y los éxitos de conjunto vasco. El estadio formaba un conjunto coqueto de apenas 10.000 espectadores pero que fue ampliándose década a década hasta llegar a las 47.000 almas. En 1952 se construyó el famoso arco (semejante al del actual Wembley) que coronaba la tribuna central y que permitía la ausencia de columnas y por lo tanto una perfecta visibilidad. Diez años más tarde se cerró la última tribuna conocida popularmente con el nombre de Garay, defensa del Athletic que fue vendido al FC Barcelona y que proporcionó los dividendos necesarios para acometer dicha reforma. Lamentablemente en 2013 el Athletic decidió seguir la nueva moda de los estadios de reciente factura y construyó un nuevo San Mamés en unos terrenos adyacentes al antiguo. Otra de esas decisiones inexplicables, y mucho más en un conjunto pegado a las tradiciones y arraigado a la simbología vasca. El nuevo San Mamés es más grande, más moderno y más hermoso, pero no tiene encanto añejo. Por lo menos se decidió trasladar pieza por pieza el famoso arco e injertarlo al campo de entrenamiento de Lezama. Quizás los jóvenes cachorros del Athletic B cada vez que salten al campo adquieran el perfume futbolístico de Gorostiza, Gaínza, Zarra o Sarabia.

3. DA LUZ (Lisboa. 1954-2004): Un caso semejante al de San Mamés. Una auténtica aberración. Para la Eurocopa de 2004 el Gobierno portugués acometió una destrucción y modernización de sus estadios. Aparte del enorme coste económico, se pasó por encima de la historia. El nuevo Da Luz vino a sustituir al viejo Da Luz, cuando con un lavado de cara era más que suficiente. El viejo Da Luz (a apenas 300 metros del nuevo) tenía además algo de solidario. Fue sufragado con donaciones populares de los aficionados ante la imposibilidad del club de construirlo. Tenía una única grada elíptica capaz de acoger a 50.000 espectadores, aunque 10 años después se inauguró un segundo anillo que amplió su capacidad a los 80.000 y 15 años más tarde se abrió el tercer anillo que daba una capacidad récord mundial en aquel entonces de 120.000, reducida posteriormente al convertir las localidades de a pie en asientos. Aquella locura fue promovida por Eusebio, cuyo juego y cuyos éxitos llevaron al Benfica a la gloria mundial en la década de 1960. Su estatua adorna hoy la entrada en el nuevo Da Luz lisboeta.

2. RASUNDA (Solna. 1937-2013): Casi 50.000 espectadores vieron en este estadio en el verano de 1958 la eclosión de un joven brasileño de 17 años que respondía al nombre de Pelé. Situado en Solna, lugar donde descansan los restos de Alfred Nobel, Rasunda fue durante ocho décadas la casa de los encuentros de la selección sueca. Lo más característico eran los sectores que hay detrás de los fondos que, a diferencia de los de los lados, tienen dos niveles de gradas más altas que las tribunas principales. Llamativas también eran sus tribunas de colores y los sostenes metálicos que sujetaban las cubiertas que impedían una completa visión del terreno de juego. En 2013 la Federación Sueca ordenó demoler el estadio ante la construcción del Friends Arena, el nuevo recinto nacional sueco a las afueras de Estocolmo. Un dato más para la nostalgia; Rasunda fue el primer estadio en albergar la final del Mundial masculino y femenino.

1. HIGHBURY (Londres. 1913-2006): El estadio Arsenal, más conocido como Highbury por el nombre del barrio residencial londinense donde su ubica, siempre será recordado por su imponente entrada de estilo Art Decó adornada por el escudo del club y un cañón, dado que el Arsenal es conocido como los ‘gunners’ (cañoneros) al haber sido fundado en 1886 por trabajadores del arsenal de Woolwich. El estadio fue diseñado por Archibald Leitch, el arquitecto por excelencia del fútbol británico con casi 40 proyectos a sus espaldas. Su tribuna este estaba compuesta por una insólita cubierta de nueve arcos. En la década de 1930 se edificó la tribuna oeste con dos niveles superpuestos que se convirtieron en referencia para los restantes estadios europeos (por ejemplo la del Rasunda). Ya a finales del siglo XX, el coliseo se renovó con la adecuación de las plazas de a pie en sentadas descendiendo de 70 a 40.000 espectadores de capacidad. El estadio de Highbury era un exponente claro de la tradición inglesa que permitía al público el contacto directo con el campo y cuyos cimientos estaban enfrascados en medio de calles estrechas y de casas de estilo victoriano. A pesar de que tenía el status de bien arquitectónico (incluido su famoso marcador) fue derribado en 2006 para que el club se trasladase a unas nuevas instalaciones financiadas por dinero árabe en Ashburton Grove.

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Templos del fútbol (1ª parte. Introducción)

Ahora que por vez primera se cuestiona a Simeone en virtud de entrenador del Atlético de Madrid, muchos ponen como coartada que los colchoneros no se sienten cómodos en su nuevo estadio. Es evidente que hasta que el equipo gane algún título siempre habrá nostalgia por el Vicente Calderón. Y es normal. Aquel estadio era un símbolo de los madrileños (merengues incluidos) que congeniaba con el entorno de la metrópolis. Con una grada abierta para que transitase la ronda de circunvalación de la ciudad (de hecho una ingeniosa puerta de entrada estaba en los túneles de la M-30) y con otra a riberas del Manzanares, nunca tanto un estadio hizo por un río. Sucio y poco caudaloso, el río era indigno de una capital europea y el Calderón contribuía a darle notoriedad y a mitificarlo.

En absoluto estoy de acuerdo con la demolición de un estadio en beneficio del progreso, un eufemismo que dota de apariencia a una operación económica. Para un coruñés como yo la imagen del estadio de Riazor en la bahía del mismo nombre es tan icónica como la de la Casa del Hombre justo enfrente. Ambos son dos museos y ambos forman parte del cuerpo y de la idiosincrasia de la ciudad. Un estadio debe ser remodelado, rehabilitado, remozado, modernizado y engalanado, pero nunca derribado. Si heredas un piso antiguo en el centro de una ciudad lo que haces es reformarlo. De necios es tirarlo.

Con esa idea he querido hacer una lista con los mejores estadios de fútbol tanto los que hoy siguen en pie como los que ya han desaparecido. He escogido una visión eurocentrista para elaborar esta lista. Es indudable que hay templos deportivos en todos los continentes y dedicados a deportes irrelevantes bajo el prisma europeo como el fútbol americano, el bádminton o el críquet que deberían estar en esta clasificación. Pero dado que fue ‘la vieja Europa’ la que inventó el deporte moderno, y que a pesar de su actual declive su legado está presente en todo el mundo, su peso histórico le otorga preponderancia frente a otros recintos. Este pensamiento occidental permite la introducción de estadios latinoamericanos, el otro lugar del planeta que vive el fútbol con devoción y que tiene una historia digna de ser tomada en consideración.

Ergo hablamos de estadios y no de pabellones. Estos últimos son recintos polideportivos y multiusos que no podemos adscribir concretamente con el hecho deportivo. El fastuoso Madison Square Garden de Nueva York sirve tanto para presenciar partidos de baloncesto como homilías del Papa, conciertos de Beyoncé o mítines de Donald Trump. Un estadio funciona como templo futbolístico aunque esporádicamente sirva para otros eventos. Incluso, progresivamente, se han ido eliminado las pistas de atletismo de todos los recintos para que la identificación con un club y una afición sea aún más profunda.

¿Qué es un estadio? No es sólo un simple marco; es un evento deportivo, histórico y arquitectónico en sí. Es baluarte inexpugnable, símbolo de un club, reflejo de una cultura y protagonista de una ciudad. Son ejemplos de elegancia estética y soluciones técnicas y también de innovaciones tipológicas y tecnológicas. A menudo comparamos los estadios con el Anfiteatro Flavio, conocido por todos como el Coliseo de Roma. Realmente los estadios se asemejan a los prototipos del teatro griego, adaptados a unos desniveles naturales y abiertos al territorio circundante. Del anfiteatro romano adquieren la estructura cerrada y edificada.

La palabra estadio procede del latín ‘stadium’. Hablamos de un terreno plano rodeado por gradas de espectadores que cada vez en mayor medida son cerradas. De hecho, en Sudamérica se les suelen llamar canchas, vocablo que proviene del quechua ‘kancha’ que significa recinto cerrado. El estadio más antiguo del mundo del que se tiene constancia es el estadio de Olimpia (776 a.C) en Grecia. Sabemos que en el mundo griego cada cuatro años se celebraba una competición deportiva para conmemorar la paz, por lo que se concedía una tregua en todas las guerras en disputa.

—Las 7 maravillas—

En el siglo XVI, durante el Renacimiento clásico, se elaboró una lista con los monumentos más representativos de la Antigüedad. Se escogieron siete por ser un número recurrente en la cultura. Sólo una de las siete, la Gran Pirámide de Guiza sobrevive y sobrevivía por aquel entonces. Mucho después, en 2007, la empresa New Open World Corporation financió una elección de las siete maravillas vigentes en la actualidad a través de una votación en la que participaron más de 100 millones de personas. Por cierto, esa lista oficiosa (la UNESCO no le da validez) fue anunciada en una fastuosa ceremonia que tuvo lugar en un coliseo futbolístico, el Estadio da Luz de Lisboa.

Con esa simbología trataré de seleccionar los siete templos futbolísticos de la antigüedad y los siete templos del fútbol de la modernidad. Como toda lista tendrá un matiz subjetivo, pero intentaré darle una serie de parámetros para que prime la objetividad.

Al hacerlo renunciaré a darle preponderancia a estadios de gran significado deportivo pero de menor valor futbolístico. Templos que acogieron competiciones olímpicas o finales europeas como el Olímpico de Berlín están lejos de ser una referencia a pesar de su jerarquía histórica, su capacidad o la preeminencia de la ciudad que acoge esa infraestructura. ‘Templos del fútbol’ es el título del artículo. Y por mucho que me duela Owens y Hitler no forman parte de este elenco.

Del mismo modo quedarán fuera de la lista verdaderas maravillas arquitectónicas pero de exigua importancia deportiva como el increíble Marina Bay de Singapur cuyo terreno de juego está sobre el mar, el estadio de fútbol americano de los Jaguars de Jacksonville donde se puede seguir el encuentro mientras disfrutas de un baño en una piscina o el muchísimo más modesto estadio municipal de Braga cuyos fondos son las increíbles laderas de granito de una montaña.

Tampoco se han tenido en cuenta la magnitud de los estadios como elemento diferenciador. El Primero de Mayo de Pyonyang (150.000 almas), Buktit Jalil (115.000) de Kuala Lumpur o el Criquet Ground (105.000) de Melbourne no tienen cabida en este artículo. De igual manera no es obligatorio que sean estadios cuatro estrellas de la FIFA, aunque la mayoría si lo sean. Esta cualificación, la estrella Michelin del fútbol, es otorgada en función de las dimensiones, capacidad y asientos, iluminación, zonas VIP y medios de comunicación, palcos y megafonía, instalaciones sanitarias y sistema de vigilancia.

Lo que se ha tomado como eje principal de esta clasificación es el peso y tradición de los equipos que lo representan, así como el valor arquitectónico del recinto por sí mismo y en la preponderancia del barrio y de la ciudad donde se ha edificado. No se ha olvidado la majestuosidad de templos de reciente construcción, pero, es incuestionable, que ante caso de duda el valor histórico existente prima sobre el hipotético valor histórico de futuro. El Allianz Arena de Münich estará presente en una clasificación como ésta dentro de medio siglo, pero a día de hoy no tiene peso histórico para formar parte de este elenco.

Para los siete grandes estadios de la antigüedad me permitiré la licencia de hacer algo de trampa. La mayoría no existen en la actualidad pero también los hay que ya que aun no existiendo ya no cumplen la función para la que fueron diseñados. O bien ya no se utilizan habitualmente para disputar competiciones deportivas o bien han destruido o eliminado partes fundamentales de su estructura o de sus asientos. Esta última es la tendencia habitual en los complejos olímpicos del momento, que ven reducida bruscamente su capacidad una vez concluido el evento.

Como último comentario, se observará al concluir ambas listas que faltarán dos estadios esenciales. Esos dos me los guardaré para un artículo final. El escribiente espera que el ávido lector se dé cuenta de cuáles son esos dos recintos una vez concluya de exponer las dos clasificaciones.

“¿Ha entrado usted alguna vez a un estadio vacío? Haga la prueba. Párese en medio de la cancha y escuche. No hay nada menos vacío que un estadio vacío”. Eduardo Galeano

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De la gloria al ridiculo. De Italia a Inglaterra

Tras el empate en San Siro ante Suecia, el fútbol italiano vive y vivirá, al menos hasta el verano que viene, en un estado permanente de dolor y tragedia a partes iguales. Gianni Mura, leyenda viva del periodismo deportivo, escribía tras confirmarse que Italia se ausentará de un Mundial por vez primera en 60 años: “Si no es luto nacional, poco falta. Los suecos han eliminado a los inventores del catenaccio con un supercatenaccio (…) El complejo que gira en torno al fútbol en Italia ya no se sostiene. La culpa es del exceso de extranjeros, opinan muchos, entre ellos Salvini de la Liga Norte, por motivos electorales. Pero en 2006 también había extranjeros en el campeonato. De amos del mundo a bailarines de cuarta fila. Parece imposible, pero es cierto. Hemos olvidado que en 2006 Italia podía contar con verdaderos campeones (Pirlo, Del Piero, Totti, Buffon, Cannavaro), de los cuales hoy en día, aparte de Buffon no queda ni rastro. Basta con que Bellotti marque un gol de chilena para que lo proclamemos el nuevo Riva; si Donnnarumma hace dos paradas decentes, ya es el nuevo Buffon; Bonucci acierta dos tiros largos y es Beckenbauer. No es verdad, o aún no (…) En Italia la federación de fútbol tiene poco poder, y la liga demasiado. En Alemania hay 200 centros de formación. En Italia 30 (…) Hoy es fácil decirlo, pero también en el pasado, cuando no eran los grandes equipos, sino Eslovaquia, Nueva Zelanda o Costa Rica, los que mandaban a casa a la Italia de los fenómenos en la primera fase de los mundiales de 2010 y 2014. Hace tiempo que suena la alarma, pero hemos hecho como que no la oíamos”.

Es un proceso muy doloroso porque en la actualidad participan en la cita mundialista 32 selecciones frente a las 16 que lo hacían en el pasado. No obstante hay un cierto truco en esta afirmación. La ampliación ha democratizado el fútbol a nivel mundial, pero Europa siempre tuvo cierta barra libre para clasificarse. En la actualidad el cupo europeo está en 13 escuadras mientras que antaño quedaba en 9. Teniendo en cuenta que con la disgregación soviética y yugoslava el número de países creció en un tercio, la tan manida frase de que ahora es más fácil clasificarse que en tiempos pasados se puede tomar por falsa -en lo que al continente europeo se refiere-.

Con el de Rusia serán ya 21 las citas mundialistas. Brasil es el único país que hace pleno. Alemania (o en su defecto la RFA) ha fallado en dos ocasiones y Argentina en tres citas. México ha participado en 16 y Francia, España e Inglaterra en 15. Detrás de Brasil y de Alemania aparece Italia con 18 celebraciones. Falló en la edición inaugural de 1930, en 1958 y lo hará el año que viene en Rusia. Entre medias cuatro entorchados y dos subcampeonatos.

Realmente lo de Italia siendo tragedia no es una sorpresa morrocotuda. Quedó segunda de grupo ante España (probable) y la eliminó Suecia (posible). Casos como este los hay a borbotones. De hecho, Suecia pasó en su grupo por delante de una lamentable Holanda, la cual también falló en el 2002 ante Irlanda y en 1986 con Gullit, Van Basten y compañía frente a Bélgica. Sorprendente de igual forma fue la clasificación de Escocia ante la España de Di Stéfano en 1958 o la de la Bulgaria de Stoichkov y Kostadinov con un gol en el descuento en el partido decisivo ante Francia valedero para el Mundial de 1994.

Pero para tragedia nacional debemos trasladarnos a la década de 1970. Fue un caso muy parecido al de Italia. Inglaterra pasó de ganar el Mundial al fracaso absoluto en apenas diez años.

Inglaterra había salido campeona en 1966 y fuera eliminada cuatro años después ante Alemania en cuartos en una reedición de la final anterior. Las viejas glorias como Charlton, Moore o Banks se habían retirado pero Sir Alf Ramsey seguía siendo el seleccionador. Además, tras años de oscuridad en el continente, los equipos ingleses iban a enlazar durante esa década un título europeo tras otro gracias a Manchester City (1970), Chelsea (1971), Tottenham (1972), Liverpool (1973,1976,1977,1978), o Nottingham Forest (1979,1980). El futuro prometía.

Para la clasificación de 1974, Inglaterra quedó encuadrada en un grupo de tres equipos junto a Polonia y Gales. Los polacos eran los actuales campeones olímpicos y con Lato y Deyna tenían un buen conjunto, pero nunca se habían clasificado para una cita mundial. Inglaterra sacó 3 puntos (de aquella las victorias sumaban sólo dos puntos) ante los galeses, mientras que Polonia cayó en Cardiff por lo que sólo pudo sumar 2. No obstante, Polonia pasó por encima de Inglaterra en Varsovia por lo que los ingleses tenían que ganar en Wembley para clasificarse para el Mundial. A Polonia le valía el empate. La misma situación a la que se enfrentaron Italia y Suecia hace unos días.

Era el 7 de octubre de 1973. La clasificación se daba por hecha. De hecho la federación inglesa se negó a posponer la jornada liguera para dar descanso a los futbolistas anglosajones porque se consideraba innecesario.

Se empató. Tomaszewski, portero polaco, hizo un partido prodigioso. Sólo encajo un gol de penalti. Domarski había adelantado a los centroeuropeos antes de la pena máxima al iniciarse la segunda parte. Las paradas de Tomaszewski fueron numerosas. Se convirtió en héroe nacional. Inglaterra se quedó atónita. Era la primera vez que no iban a un Mundial desde que firmaran la paz con la FIFA en 1950. Era el final de una era. Pero la pesadilla aún no había acabado.

Cuatro años después los ingleses tenían un equipo formidable en el que destacaban Shilton, Paul Mariner o Kevin Keegan. Se contrató como entrenador a Don Revie, el hombre que había hecho grande a un equipo de provincias como el Leeds. La cosa ya empezó mal al no clasificarse para la Eurocopa de 1976, pero aún se puso peor cuando por los malos resultados Inglaterra dejó de ser cabeza de serie y tuvo que compartir grupo de clasificación con Luxemburgo, Finlandia…e Italia.

Italia sometió a Inglaterra en Roma por 2-0 gracias a Antonogni y Bettega y se optó por echar a Revie y contratar a Ron Greenwood, un entrenador de medio pelo. Habría que ganar en Londres en el partido de vuelta y rezar para que Italia pinchase sorpresivamente. Obviamente nada de eso sucedió. De hecho, Italia pasó por encima de Luxemburgo y de Finlandia mientras que los ingleses sufrieron para derrotar por la mínima a los fineses.

El problema era la diferencia de goles. Contaba la diferencia general y no la particular, por lo que Inglaterra debía vencer a Italia por 6-0. Los chicos de Greenwood hicieron su mejor partido en años pero sólo consiguieron dominar por 2-0. Habían igualado el resultado de la ida, pero resultó insuficiente.

El fracaso había sido doble, pero dado que esta vez el rival era la siempre respetable Italia y no la desconocida Polonia se aceptó con cierta resignación. Aún habría otra trágica fase de clasificación en 1994 con ridículo ante San Marino incluido, pero eso sería tema de otro artículo. Con lo que hay quedarse es que antes de Italia ya hubo una selección que pasó de la gloria mundial al ridículo nacional en apenas una década. Y no fue una selección cualquiera.

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El griego de la camiseta de Iribar

Esta historia es un plagio, aunque todas las historias son un plagio. No estoy hablando de fusilar un escrito de principio a fin o de cabo a rabo. Eso indudablemente es plagiar. Hacer un Ana Rosa. Me refiero a que contar una historia es plagiar a quien te la ha contado o a quien la ha escrito o a quien la ha escuchado. De cada en cada vez una historia es transmitida. Es pura narrativa. La esencia de la historia siempre es plagio. Como aprendiz de escritor y como neonato de contador de relatos, voy a darle a esta historia mi barniz particular. Eliminar unos pasajes, añadir otros y contarlo desde otro punto de vista, y, al final, la historia será la misma pero el envoltorio será diferente.

Decía que es plagio porque esta historia me fue contada hace apenas unas semanas. Normalmente lo que escribo ya está en mi mente desde hace tiempo, es algo aprendido, estudiado o madurado. Esto no. Es algo que no sabía. Le tengo que dar las gracias a mi primo Fernando que de cuando en cuando me manda vía whatsapp alguna que otra cosa interesante sobre deporte, historia, o deporte e historia. Normalmente le doy las gracias y le contesto con un pedante “ya lo sabía” mientras mi ego crece por momentos. Pero en este caso no tenía ni idea. Ni pajolera idea. Y la historia de Takis Iokonomopoulos es digna de ser conocida, porque a historia curiosa pocas le hacen sombra.

En los años 60 el fútbol griego era semiprofesional. El Panathinaikos, protagonista de este relato, tendría dificultades para mantenerse no ya en la millonaria Serie A italiana del momento, sino en la Serie B. Mas, por aquel entonces, la Copa de Europa de fútbol era un torneo de eliminatorias directas en las que únicamente participaban los campeones de las distintas ligas europeas. Ello provocaba que realmente solo hubiera 6 o 7 potenciales ganadores entre los 32 participantes.

Aún así a finales de aquella década la selección griega estuvo a punto de clasificarse para su primer Mundial. Fue el momento de su gran generación de futbolistas, sólo superada más de tres décadas después. La columna vertebral de aquel equipo la formaban tres jugadores del Panathinaikos, el portero Iokonomopoulos, el central Mimis Domazos y el delantero centro Antonios Antoniadis, un goleador excepcional al que solo las restricciones del mercado internacional del momento le impidieron triunfar en una gran liga europea.

En octubre de 1970 las selecciones de España y Grecia, ausentes en la cita mundialista celebrada el verano anterior, se enfrentaron en un partido amistoso en Zaragoza. Los españoles vencieron por 2-1 y al finalizar el choque Iokonomopoulos se acercó a Iribar, el legendario guardameta vasco considerado uno de los mejores del mundo. Le expresó su profunda admiración y le pidió intercambiar la camiseta. Este inocente gesto, tan común en la actualidad, no era algo habitual en una época donde los jugadores tenían un número limitado de prendas. Tan sólo se permitía el intercambio como objeto de coleccionismo en los grandes encuentros mundiales o en finales europeas. A pesar de todo, Iribar, halagado y lleno de orgullo de igual manera, aceptó darle su camiseta al meta griego.

Nos imaginamos que el bueno de Iokonomopoulos volvería a su casa de Atenas más feliz que un niño con una bolsa de caramelos. Y decidió que no iba a enmarcar la zamarra, sino que la iba a usar. Estamos en la temporada 1970-71 y en Grecia. Olvídense de patrocinios, publicidad o marcas deportivas. Y Grecia es una dictadura militar, al igual que España. Es irrelevante que Iokonomopoulos se ponga una camiseta española. Son países amigos. En un fútbol aún semiprofesional es aceptable.

Dicho y hecho. Takis tiene dos camisetas aquella temporada. La oficial con el trébol del escudo del Panathinaikos para los partidos de liga y la negra de Iribar con el escudo franquista para los partidos de Copa de Europa. Y lo de las dos camisetas es literal. Tenía una de cada. No había repuestos. Usar, lavar, secar y planchar. La misma para cada encuentro.

Y no fueron pocos. Una pena que no se vieran por televisión en España.

En la primera ronda europea el Panathinaikos eliminó al Jeunesse Esch luxemburgués con suma facilidad para hacer lo mismo en octavos de final ante el Slovan de Bratislava. Se suponía que la comedia griega se convertiría en tragedia en la siguiente ronda ante el Everton. Pero un gol de Antoniadis y las paradas de Iokonomopoulos sustentaron el milagro. En semifinales el Estrella Roja, en aquel entonces un grande de Europa, endosó un claro 4-1 al Panathinaikos en Belgrado, pero el 3-0 de la vuelta disputada en Atenas otorgó un increíble pase a la final al conjunto heleno. Partido, por otra parte, que aún hoy sigue envuelto en rumores de amaño.

El 2 de junio de 1971 en el icónico estadio de Wembley, el Panathinaikos se convertía en el primer y hasta ahora único equipo griego en disputar una final continental. Su rival era el majestuoso Ajax comandado por Johan Cruyff, indiscutible favorito. Por cierto, que no se me olvide, aquel Panathinaikos lo dirigía desde el banquillo el legendario Ferenc Puskás.

https://www.youtube.com/watch?v=dgJWmsIItGU

El conjunto holandés dio un recital y derrotó por 2-0 a un Panathinaikos que fue un monigote en manos de Cruyff, Keizer, Neeskens y compañía. Pero lo importante para nosotros es; ¿qué cojones hacía un portero griego jugando la final de la Copa de Europa en Wembley con el escudo del pollo en la camiseta? Las fotos de la época lo atestiguan por increíble que pueda parecer.

Tuvo que esperar un par de años el Panathinaikos para volver a la Copa de Europa. Fue una visita efímera. Cayeron en primera ronda ante el CSKA Sofía. Pero lo que a nosotros nos interesa es la añeja camiseta negra del Txopo Iribar. ¿Seguía el pollo deambulando por Europa? Pues el bueno de Iokonomopoulos debió dejarla guardada en un cajón de su habitación, porque los cuatro goles que le metieron los búlgaros fueron recibidos con una camiseta sin el escudo español, pero si con el trébol de la suerte de los griegos.

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Benfica 2 – Santos 5

Durante buena parte de la década de 1960 se discutía sobre quien podría rebatirle el trono a Pelé. Tan sólo un futbolista tuvo tal distinción. De hecho, era “O Pelé da Europa”, o “O Pelé de África”, teniendo en cuenta que aunque de nacionalidad portuguesa era nacido en Lourenço Marqués, o lo que es lo mismo, Maputo. De aquella la capital de Mozambique recibía tal nombre en honor del explorador luso que descubrió para Occidente aquellas costas.

El Benfica tenía un equipo tremendo basado en una columna vertebral formada por Germano en el centro de la zaga, el gran capitán Mario Coluna en el mediocampo y una delantera temible en la que destacaban Eusebio y José Aguas, un poderoso ariete (nacido en Angola) que se compenetraba fantásticamente con el mozambiqueño.

Los lisboetas eran bicampeones de Portugal y de Europa y lo habían logrado sin perder ningún partido en casa en esas dos temporadas. En la edición europea de 1962, en la que se habían coronado al derrotar al Real Madrid cinco veces campeón de Di Stéfano, habían vencido en el estadio de Da Luz a Austria Viena (5-1), Nuremberg (6-0) y Tottenham (3-1) sucesivamente.

El Benfica era el equipo de Eusebio, pero ganaba antes de él y ganó después de él. Era la estrella dentro del equipo. El Santos era un muy buen equipo con jugadores de la categoría de Pepe o Coutinho, pero era el Santos de Pelé. Era un equipo circense que se desplegaba en decenas de amistosos todos los años para mayor gloria del astro de Tres Coraçoes. Dependía en exclusiva de “O Rei”.

Por aquel entonces la Copa Intercontinental se disputaba a doble partido. La FIFA no le daba el título de torneo mundial al vencedor porque tan sólo competían los campeones europeos y sudamericanos. No será hasta este siglo cuando esta competición, rebautizada como Mundial de Clubes, gane en democratización pero pierda en competitividad e interés. En el partido de ida disputado en el estadio Vila Belmiro, el Santos derrotó 3-2 al Benfica, pero las sensaciones fueron mucho mejores para los portugueses. Dominaron el encuentro y remontaron el gol de Coutinho para dar la vuelta al marcador con tantos de Santana y del cañonero Eusebio. Pero dos fogonazos de Pelé en los últimos minutos otorgaron una pírrica victoria a los brasileños. El primero fue un golazo por la escuadra y el segundo una exhibición de recursos técnicos que remató con un par de benfiquistas por el suelo.

Pelé estaba en sus años dorados. En cinco partidos consecutivos había anotado 23 goles. Tenía 22 años y aunque su carrera se prolongaría por casi tres lustros más, nunca alcanzó el nivel de excelencia que tuvo a comienzos de esa década. Sin embargo, había un nubarrón que llenaba de niebla su corona. Se acababa de disputar el Mundial de Chile donde Brasil se proclamó campeón con la presencia testimonial de Pelé. Se lesionó en el segundo partido y la prensa (sobre todo la europea) se preguntaba si se le podía considerar el mejor teniendo en cuenta que la canarinha no necesitó de su concurso para triunfar.

El run run tardaría pocos meses en disiparse. El encuentro de vuelta se disputó en Lisboa el 11 de octubre. Las dudas, si alguna vez las hubo o hubiese, pronto se disiparon.

El partido fue precioso con dos equipos volcados al ataque, aunque con diferente tino a la hora de materializar las ocasiones. Al poco de comenzar Pelé hacía el 0-1. Pero lo magnífico sucedió sólo unos minutos después cuando Edson Arantes recibió el balón en el centro del campo y dejo tirados a cuatro defensores para fallar en el último momento una jugada de ensueño. A partir de ahí el partido fue de Pelé, que poco después anotó el 0-2 tras un doble regate y un latigazo al palo de la portería defendida por Costa Pereira.

El recital fue para enmarcar. Dominó el encuentro a su antojo mientras Germano, uno de los mejores centrales de Europa, lo perseguía y era abatido en cada cambio de ritmo. Dispuso de otra fantástica ocasión antes del descanso que arrancó los aplausos de la afición lisboeta que, muy a su pesar, se rendía ante lo evidente.

En la segunda parte el Santos acusó el esfuerzo físico y bajó el ritmo, pero el tempo del partido lo seguía poniendo Pelé que frenaba y aceleraba a su antojo. Al inicio de la segunda mitad Coutinho colocó el 0-3 en el marcador tras dejar Pelé a cinco jugadores en el suelo (incluido a Costa Pereira) y más tarde el propio Pelé hacía el 0-4. Entonces el Benfica tiró de orgullo y a pocos minutos del final redujo distancias con dos goles, uno de ellos del indomable Eusebio, que no estaba dispuesto a irse del encuentro sin dejar su sello. Aún tuvo tiempo Pelé de anotar el hat-trick en el descuento tras un lanzamiento de penalti.

En Sudamérica, exceptuando Argentina –obviamente-, se considera a aquella exhibición del Santos como el partido perfecto. Pepe, un extraordinario extremo izquierdo, sigue diciendo que fue el mejor jugador de aquel partido porque Pelé “vino de Saturno, no cuenta como ser humano”.

Costa Pereira, el legendario portero portugués, concluyó al acabar el encuentro; “Llegué con la esperanza de enfrentarme a un gran jugador, pero me voy convencido de que he sido derrotado por alguien que no es humano, que nació en otro planeta”. Pero quizás, el que mejor definió aquel partido fue José Augusto en una entrevista años después: “Éramos optimistas. Éramos campeones de Europa y contábamos con Eusebio en plena forma, el mejor jugador del momento”. Y luego remata: “Di Stéfano era el más completo, pero Pelé era espectacular, más emocionante. Siempre iba directo hacía el gol. Sólo podías mirar admirado”.

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Cuando Corea del Norte era noticia por el fútbol

Corea del Norte. ¡Qué gran país! Tiene mucho mérito. Cada uno de nosotros sobrevive en uno de los 194 estados soberanos que nos gobiernan y Kim Jong-Un ha conseguido que en un mundo interconectado sus conciudadanos vivan aislados de todo y de todos. De un asombroso supino. Nunca antes un gobernante había conseguido semejante cerrazón. Chapeau! Ni fibra óptica, ni twitter, ni Facebook, ni whatsapp. A Corea del Norte no llega ni Dios, y que Dios me perdone.

La televisión muestra a Corea cerrada como una tortuga, argumentamos usando una metáfora, o cerrada como un acordeón, si gusta más. Hay que fiarse de la caja tonta, porque saber no lo vamos a saber. Quizás vayamos de vacaciones a Fiji, a Groenlandia o a Sebastopol, pero a Corea va a ser que no. Y es probable que si fuéramos nunca veríamos Corea. Quizás nunca existió. Para que las cosas existan son necesarias dos cosas, que el hombre las vea y les ponga nombre. Y pocos la han visto.

Históricamente Corea fue un centro cultural y artístico bajo protección o dependencia de China. Sin embargo, su aislamiento geográfico y social hizo que en el siglo XIX pasara a un segundo plano ante el pujante Japón, que en 1905 se anexionó la península coreana para su por entonces emergente imperio. Al acabar la II Guerra Mundial, el quersoneso es dividido en dos zonas por el famoso paralelo 38, al norte los soviéticos y al sur los norteamericanos. Tres años después los soviéticos declinan celebrar elecciones y todo llevará a una guerra que oficialmente no ha acabado, ya que nunca se ha firmado la paz, sólo un armisticio.

La República Popular Democrática de Corea es desde 1953 un Estado tenebroso, en el mismo significado de la palabra; está en las tinieblas no porqué sea un país atrasado, que también, sino porque no sabemos lo que ocurre allí dentro. Hay quien lo considera un Estado comunista. No se debe insultar a los ideales, acertados o no, del marxismo. Lo de Corea es una dictadura familiar y autárquica controlada por un Estado militar. El día más importante del año es el del nacimiento de Kim Il-Sung (presidente eterno y fundador del país). Apaga y vámonos.

—Mundial de Inglaterra—

En 1966 los Mundiales no olían a la fiesta global y mediática que son en la actualidad. Aún no había borrachera de selecciones y sólo eran 16 las escuadras elegidas. Fue el primer campeonato con recogepelotas, mascota y retransmisión vía satélite. Sólo había una plaza para equipos que no fueran europeos o americanos. Era una fiesta con limitaciones.

Azar, carambola, destino o suerte. Llámenlo como quieran. Los equipos africanos decidieron reiterarse en bloque al no estar de acuerdo con el reparto de plazas hecho por la FIFA. En la zona asiática, todavía virgen en cuanto a fútbol se refiere, se inscribieron únicamente cinco conjuntos. Israel, por razones religiosas, fue adscrito a un grupo europeo y Siria decidió retirarse por solidaridad con la delegación africana. Quedaban Corea del Sur, que renunció por falta de interés y Filipinas, rechazada por deudas con la FIFA. De este modo, el destino, el azar o la suerte, dejó a Corea del Norte el camino expedito para enfrentarse por una plaza para el campeonato con la oceánica Australia (con un todavía más nobel fútbol, sí que aún podía ser más nobel) a la que destrozó en dos partidos.

El milagro se ha producido. Los norcoreanos comparten grupo en Middelsbrough y Sunderland junto a la URSS, Italia y Chile. O lo que es lo mismo; el actual subcampeón europeo, el próximo campeón europeo y el actual tercer clasificado mundial. En el primer partido ocurrió lo que todos imaginaban. Los soviéticos vencieron por 3-0 sin excesivos inconvenientes. En el segundo, a falta de dos minutos para el final, se produjo un acontecimiento inesperado. Corea marcó, y Chile y los norcoreanos empataron a un tanto.

Para el último partido a Italia le bastaba empatar para clasificarse para cuartos de final mientras que Corea del Norte debía ganar y esperar que la URSS derrotase a Chile. La pregunta era cuantos goles iba a encajar el portero Lee Chan-uyung. Pues ninguno. Y tampoco tuvo excesivo trabajo. “Vergüenza nacional”, titularía la prensa italiana la mañana posterior.

Park Doo-ik, dentista de profesión y militar por obligación, ponía a Corea del Norte en el mapa del fútbol, mientras que humillaba a Italia y la sacaba del torneo (1-0). El gol podría haber sido suyo o de Lee-Chan… o de Ping Pong o de Jackie Chan, para los occidentales tanto da como da lo mismo. De hecho, los italianos hicieron correr el rumor de que los coreanos cambiaron a sus once jugadores al descanso y que como son todos iguales nadie se había dado cuenta. Pecado occidental. Pregúntenle a un coreano que distinga a once italianos. Le dirá que son todos iguales; de piel morena y engominados hasta las cejas.

En Italia recibieron a sus jugadores a tomatazos en el aeropuerto mientras los coreanos viajaban rumbo a Liverpool (previo cambio de fecha en los billetes de vuelta a Pyongyang que ya habían sido sacados dos semanas antes) a jugar los cuartos de final contra Portugal.

Al minuto de juego se adelantaron los asiáticos y a mediados de la primera parte goleaban por 3-0. Inexplicable. En ese mismo instante eran la sensación futbolística mundial y estaban a dos días de distancia de jugar las semifinales de un Mundial ante Inglaterra y en Wembley, la cuna del fútbol. El sueño duró 42 minutos. Exactamente el tiempo que necesitó Eusebio para marcar 4 goles y darle la vuelta al partido. Un tanto postrero de José Augusto dejó el marcador en el definitivo 5-3 para los lusos.

Corea del Norte tuvo otro paso mundialista en 2010, ya con 32 equipos en liza. Perdió dignamente con Brasil (2-1) y frente a Costa de Marfil (3-0), para caer con estrépito en el último encuentro ante Portugal (7-0).

Tal vez los misiles dejen de apuntar a Guam y se aproximen a Madeira. Igual tienen más motivos.

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Clemente, Villar y la hecatombe de Chipre

Los millennials desconocerán quien es Javier Clemente. La furia es cosa del pasado. Como las camisetas a bajo precio, los partidos a la misma hora, las declaraciones altisonantes, los presidentes gordos y fumadores, los futbolistas de pelo en pecho, los campos embarrados o las bengalas y las patadas a destiempo. Pero así era el fútbol de antes. Cuando Javier Clemente era un semidiós para muchos. Cuando formaba la Santísima Trinidad del fútbol español con Ángel María Villar y José María García.

Mucho antes de ganar trofeos, llegar a cuartos de final en un torneo internacional era sinónimo de éxito. ¿Quedar entre los ocho mejores del mundo? ¿España? Era lo máximo a lo que se podía aspirar. Físicamente inferiores, tácticamente anticuados y, sí, técnicamente aún íbamos tirando. Pero la referencia siempre fue Italia, donde de los once que juegan llega con que uno sea creativo.

Javier Clemente y Ángel María Villar se conocen desde la adolescencia. Sus trayectorias siempre han tenido un nexo de unión, aunque la de cada uno tomó un camino distinto. El rubio de Barakaldo y Chule nacieron en la comarca bilbaína en 1950 y ambos se formaron en clubes de la zona y en los juveniles del Athletic. No obstante, había grandes diferencias entre ambos. Clemente era una suerte de Muniáin. Interior zurdo, bajito, con desborde y gran visión de juego, estaba llamado a ser una referencia internacional. Con 18 años debutó y con 19 ganó una Copa liderando a su equipo en la delantera junto a Txetxu Rojo. Ya era una estrella y Villar aún no se había estrenado en Primera División.

Todo cambió en noviembre de 1969 cuando Clemente sufrió una fractura de tibia y peroné. Una fractura de hace 50 años. Sin remedio. Tras pasar cinco veces por el quirófano se retiró con 25 años y 47 partidos en la élite. El niño prodigio fenecía. Por entonces, el tosco Villar ya era internacional y titular indiscutible de los rojiblancos.

Clemente entrenador

Pocos podrían imaginar que aquel chaval electrizante se convertiría en un entrenador defensivo. Tras foguearse en el fútbol vasco, le dieron la oportunidad de entrenar al Athletic en 1981. Coincidió con los inicios directivos de Villar y con el apogeo radiofónico de José María García, periodista que pronto congenió con el de Barakaldo por su forma de ser. Ambos eran directos, decían lo que pensaban y escupían contra los llamados poderes fácticos, léase Real Madrid, Barcelona, Federación o Gobierno de España.

Clemente ganó dos Ligas con el Ahtletic (hace ya 33 años que los leones no sacan la gabarra) pero tuvo que dejar el equipo por desavenencias con la plantilla. Era como un Mourinho de andar por casa. Llegó a la cima muy joven y triunfó con unos futbolistas que no eran ganadores. Exprimía a sus jugadores a muerte y los defendía ante el club y ante la prensa, pero quedaban agotados mentalmente al cabo de un par de temporadas. Acabó condenando al banquillo a Manu Sarabia, el jugador más técnico de aquel conjunto, que pronto se dejaría abrazar en las ondas por Lama, Paco González y De la Morena para contrariar a García. Si bien eso es harina de otro costal.

Luego triunfaría en el Espanyol (por aquel entonces Español) aunque también acabaría enfrentado con sus jugadores más talentosos y según él faltos de compromiso. Quedaba la histriónica aventura en el Atlético de Madrid de Jesús Gil al más puro Stan Laury y Oliver Hardy.

España no se había clasificado para la Eurocopa de 1992. Villar –ya presidente de la RFEF- tiene muy claro quién debe mover el avispero y dar una vuelta de tuerca a la trayectoria de la selección.

Clemente seleccionador

En el triunvirato Villar-Clemente-García la primera medida que tocaba era despojar de la selección a la Quinta del Buitre. Butragueño, Buyo Sanchís o Michel desaparecieron de las convocatorias, y si bien es cierto que ya no estaban en el cénit de sus carreras, también lo es que aún eran titulares en el Real Madrid. El primer día de entrenamiento en Las Rozas un grupo de madridistas fueron a protestar por la exclusión de Michel. Clemente decretó que los entrenamientos se hiciesen a puerta cerrada “porque es lo que se merecen”. Luego dijo aquella gloriosa sentencia de “conmigo juegan Zubizarreta, Salinas y nueve más”.

El problema es que los sustitutos que aportaba Clemente eran pretorianos, castigadores, hombres de negro. Surgió el debate de si había que llevar a los buenos o a los comprometidos y hacer equipo. No eran los mejores, eran los más fieles.

Se decía que España no sabía si ser toro o torero. El dilema surgía con fuerza. Aún no existía el tiqui-taka y lo que tocaba era ser toro. Lo curioso es que el representante de la furia española, de los bemoles patrios, fuese un vizcaíno. No obstante tampoco era tan extraño. Como siempre en la historia castellana han sido los vizcaínos los que le han aportado bravura, españolía y toda esa sarta de sandeces.

Y si Clemente-Mou era el toro, Cruyff-Guardiola era el torero. La animadversión que el de Barakaldo tenía contra el holandés era legendaria. El favorito de la prensa le llamaba. El inventor del fútbol. Cuando Cruyff descartó para el Barcelona a la guardia pretoriana de Clemente (Zubi, Goicoetxea, Beguiristain y Salinas), él no dudo en designarlos indiscutibles para la selección. Otros incidentes significativos tuvieron lugar ante Heynckes y sus comentarios racistas y sobre todo cuando obsequió a la prensa con un memorable calvo en un encuentro amistoso en Oviedo.

El caso es que Clemente triunfó aunque sus detractores crecían día a día. Hizo unas fases de clasificación maravillosas (desde entonces arrasar en una clasificación se antoja como algo corriente) y quedó eliminado de la Eurocopa de 1996 sin perder ningún partido y del Mundial de 1994 ante Italia en cuartos tras un buen partido. Pero la forma de jugar. Ay, ¡qué manera de jugar!. En octavos de aquel Mundial, venció por 3-0 a la inferior Suiza, esperando atrás y saliendo al contraataque. Aquella alineación es puro Clemente. Zubizarreta; Ferrer, Alkorta, Nadal, Abelardo, Camarasa, Sergi; Hierro, Goicoetxea, Bakero y Luis Enrique. Un creativo 6-3-1. Y el delantero era Luis Enrique que en esa temporada había marcado 2 goles jugando algunos partidos de lateral derecho en el Real Madrid (si, jugaba en el Madrid). Pero Clemente se defendía con que había marcado 3 goles y que tenía el mejor promedio goleador de la historia de la selección. Era cierto. Como lo es que ser efectivo no es lo mismo que ser vistoso.

Chipre

Pero si la efectividad se acaba ya no hay nada de lo que presumir. Para el Mundial de Francia 1998 España iba de outsider. Clemente hizo oídos sordos al clamor popular que pedía a De La Peña pero sí que incluyó en la convocatoria a Raúl, flamante campeón europeo con el Real Madrid. 31 partidos invictos. Se podía hacer algo histórico.

La hostia fue de órdago.

España cayó en primera fase ante Paraguay, Nigeria y Bulgaria. Toda la España mediática, salvo un García en franca decadencia, pidió la marcha de Clemente. Su amigo Villar aguantó y el de Barakaldo siguió en el cargo. Tocaba jugar en Larnaca un partido clasificatorio para la Eurocopa de Holanda y Bélgica. Era septiembre, los jugadores no tenían tensión competitiva pero el rival estaba formado por policías, fontaneros, empleados de banca y electricistas.

Clemente hizo una mini revolución. En la portería estaba el madridista Cañizares y en el lateral Michel Salgado. Jugo con tres hombres adelantados; Alfonso, Raúl y Morientes, todos del gusto de los críticos. Eso sí, no se pudo contener en la creación y dejó el juego imaginativo en el centro del campo para Fernando Hierro. El ridículo fue mayúsculo. Se dijo que se le había hecho la cama. Seguramente. La selección sesteó y perdió 3-2, anotando sus goles en los últimos 20 minutos de partido.

La Federación ofreció el cargo a Luis Aragonés que rehusó y se contrató a José Antonio Camacho. Desde entonces del famoso triunvirato sólo se salvó el incombustible Villar. A García se le acabo el mojo, se le escaparon las exclusivas y los amigos y tuvo que abandonar la radio al cabo de unos años. Quedó como leyenda y maestro de periodistas. Pero se quedó en el pasado.

Clemente no llegó a asentarse en ningún otro equipo, aunque tuvo su canto del cisne ganando la Copa de África con Libia en 2014. ¿Cómo consiguió ese título? Empató en cuartos y pasó por penaltis. Empató en semifinales y se clasificó por penaltis. Y consiguió el título empatando y ganando por penaltis. Puro Clemente.

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