FC Barcelona

Gasol (2ª parte): Versión FIBA

Fue en Roma. En 1960. Era la primera vez que la selección española de baloncesto lograba clasificarse para unos Juegos Olímpicos. Estados Unidos ganó el oro humillando a la Unión Soviética en la final. Walt Bellamy (2’11) pasó por encima del rey letón Janis Krumins (2’20). España quedó en penúltima posición. Los dos pívots de la selección, Juan Martos y Alfonso Martínez, medían 1’95 metros, lo mismo que Oscar Robertson, base titular estadounidense. Jerry West, la más rutilante estrella de aquellos Juegos, era un escolta de 1’88 metros. Nino Buscató, el mejor jugador español, medía 178 centímetros.

Medio siglo después España había parido a un chico de 216 centímetros coordinado, fluido, atlético, elegante y con una inteligencia para el juego paranormal. En los JJ.OO de Londres fue un martillo pilón que hizo parecer real una gesta imposible. Durante el tercer cuarto (15 puntos) bailó a sus defensores con una gracilidad y una fiereza no entendible para aquellos que conocimos el baloncesto del viejo testamento (A.G.). Sus 24 puntos, 8 rebotes y 7 asistencias no fueron suficientes para doblegar a Lebron James, Kevin Durant y Kobe Bryant, pero dio igual. Cuando toda la expedición estadounidense rindió pleitesía al vencido, comprendimos que el legado de Pau trascendía a lo universal.

Y es que España iba a por el oro. Gasol iba a por el oro. Ya en China, cuatro años atrás, España había querido hacer posible lo imposible. El francés George Eddy, más de 2.000 partidos comentados a lo largo de su exitosa carrera, declaró que aquella final olímpica de Pekín había sido “el mejor partido FIBA de siempre”. En Pekín se perdió de once puntos y en Londres de siete, pero en ambas ocasiones la sensación fue de miedo, de pánico entre las estrellas estadounidenses. Lo más extraordinario no es que España rozase la victoria, sino que Estados Unidos tuvo que jugar a su máximo nivel para lograrla.

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Curiosamente en Río la derrota fue más ajustada (seis puntos), pero la sensación de impotencia española afloró por vez primera en una década. Allí, a orillas de Copacabana, Gasol y sus pretorianos ponían el punto final a una escandalosa pléyade de éxitos. Es cierto que Pau quiso darse un homenaje cuasi póstumo en Tokio, como también lo es que Ricky Rubio lideró la victoria española en el Mundial 2019. Pero fue en Río 2016 cuando se clausuró una trayectoria de dominio absoluto en el baloncesto mundial, coronada por aquellas dos platas olímpicas irrepetibles ante un ‘Dream Team’ que, nunca antes y nunca después, sintió tal miedo contando con sus mejores jugadores en la pista.

Pau Gasol fue el alma de esa generación liderada por los llamados ‘juniors de oro’ que en el Mundial sub-20 de 1999 lograron, esta vez sí, derrotar a Estados Unidos. Unos chicos que se iban a comer el mundo hasta tal punto que Gasol sumaría once medallas (cuatro de oro -tres Europeos y un Mundial-) con la selección. 11 medallas en 16 años. A.G. España sumó 6 medallas en 65 años.

Si en la NBA Pau pecó de mordiente y entendió que debía adaptar su juego a un ente superior para conseguir el éxito colectivo, con España se erigió en dueño y señor del equipo. Todos los ataques empezaban con balón al poste bajo para que luego Pau decidiese que hacer con la jugada. Todos, Navarro, Felipe, Calderón, Rudy o Ricky, orbitaban alrededor de un rey Sol que durante más de una década fue un jugador que sembró el terror de Europa cada vez que se ponía la Roja. Con Gasol la selección española pasó de intentar derribar gigantes a ser EL gigante.

31 puntos ante la Alemania de Nowitzki para colgarse el bronce europeo en 2001 (17’3 puntos y 9’7 rebotes de media en el torneo). 31 tantos sólo en la primera parte ante Rusia en la semifinal europea de 2003 (12/14 en tiros) y 36 tantos y 12 rebotes ante Lituania en la final (máximo anotador del torneo con 25’8 puntos de media). Mejor jugador (21’1 puntos y 9’4 rebotes) en el Mundial 2006, en el que no pudo disputar la final tras torcerse el tobillo a 100 segundos del fin de la semifinal ante Argentina (19 puntos y 11 rebotes). Los dos últimos tras anotar un par de tiros libres cojeando.

Y con todo, su sensación de dominio, de ascendencia sobre la cancha, es difícil de expresar en palabras o en datos. Son pálpitos. Inquietudes. Sensaciones. Esa sensación que le hizo estar presente en el interior de cada uno de sus compañeros en aquella final ante Grecia en la que Gasol recibió la medalla de oro apoyado en una sola pierna con lágrimas en los ojos. Esa sensación, que solo tienen los más grandes, de hacer temblar la tierra con su sola presencia. Con cada gesto, con cada mirada, las piernas del adversario tiemblan y las dudas asoman en su cabeza.

De Japón a China, la historia que se repite: un Mundial sin EEUU y con  España en busca del oro
Rodeando al Cid

Gasol convirtió Europa en el patio de su recreo. Su dominio en el planeta FIBA también contó con las dulces derrotas olímpicas, pero fue en el Eurobasket donde cimentó la leyenda de inexpugnable. España fue el ogro. Lo que antes había sido la Unión Soviética y más tarde Yugoslavia. Una entelequia de talento coronado por el jugador más dominante que ha dado el baloncesto FIBA, el de los 40 minutos de partido y el del colectivo antes del individuo. Olvídense de Belov, Tkachenko, Spanoulis, Bodiroga, Sabonis, Petrovic o Kukoc, todos palidecen ante Pau. Y de los Nowitzki, Parker y todos aquellos de brillantes andanzas NBA que claudicaron cada vez que Gasol se vistió de Quijote y se puso España por bandera.

El cénit de ese dominio llegó en 2009 tras alcanzar su máximo apogeo gracias a la tortura mental a la que fue sometido por Kobe Bryant, su ‘hermano mayor’, en los Lakers. En aquel campeonato Scariolo decidió darle la titularidad a Marc Gasol como pívot inicial para que intimidase y tapase espacios. Pau iba a jugar de 4 por vez primera con España. Aquella propuesta no dejó indiferente a nadie y dio lugar a una fuerte discusión popular que amainó cuando se vio que, sin responsabilidades defensivas, Pau iba tener como único límite vencerse a sí mismo.

Su actuación fue imperial. Lideró a España desde el primer minuto del primer partido al último minuto del último encuentro. En octavos le dio por anotar seis triples para machacar a Polonia, en cuartos pasó por encima de Francia con 28 tantos y 9 rebotes y en la final sumó 18+11 ante Grecia. El triunfo de España fue de una suficiencia pocas veces vista y la exhibición al tran tran de Gasol no se recordaba en la vieja Europa. Inteligente, ambicioso, motivado y siempre pendiente de aprender, mejorar y competir, el resultado era un jugador de corte histórico.

Aquello de 2009, como lo del Eurobasket de 2011, fue de un dominio insultante. En 2013 Pau no estuvo presente, y España pasó del oro al bronce. Daba igual. Ese equipo de ensueño, siempre contó con Pau. Su éxito se basó tanto en su faceta de jugador como en su faceta de ser humano. Cuando los rigores y las exigencias norteamericanas le impedían acudir a la llamada de la selección, Pau siempre estaba ahí. Como comentarista, como amigo, entrenando, pero no jugando. En todos y cada uno de los torneos en los que no se puso las zapatillas, Pau estuvo presente. Siempre buscó la forma. Y siempre la encontró. La familia, dieron en llamar a la ÑBA. Y el cabeza de familia siempre fue él. Siempre fue Pau.

Gasol fue un artista, un talento y una figura portentosa que alcanzó cotas inimaginables. A sus cualidades se le unió una cabeza excepcional que le permitió estar a la altura que demandaban sus responsabilidades. Su apogeo y sus éxitos con la ÑBA coincidieron en el tiempo con unos años en los que desde Madrid y desde Barcelona se buscó la apropiación ideológica de su figura. Ha sabido defender con hechos y palabras ambas posturas y sólo los más nacionalistas recalcitrantes han querido incautarse de sus sentimientos.

Pau Gasol: los principales hitos de una carrera de 26.516 puntos - AS.com
España (2001-2021)

Pau quiso despedirse en el parqué y no en una consulta médica. Lo hizo tras rozar con las yemas de los dedos la Euroliga, la única muesca que falta en su revólver, y tras disputar sus quintos Juegos Olímpicos con 41 años ¿Por qué? Porque quiso y punto. Su despedida real había tenido lugar seis años antes, cuando ya contaba con 35 primaveras. Quiso entonces Pau poner el broche de oro no a su carrera, pero sí a sus años de reinado. Cuando nadie lo esperaba, cuando sus años de gloria vislumbraban su fin, a Pau le dio por pintar su ‘magnus opum’, su obra maestra.

El feliz acontecimiento tuvo lugar en Lille, donde Francia pierde su nombre y pasa a ser Bélgica. Allí, ante 27.000 almas, Pau hizo lo que llevaba haciendo durante una década, con la salvedad de que nadie contaba con que lo hiciese en ese momento de su carrera. España había caído derrotada en el Mundial del año anterior ante Francia, ante lo que se dio a pensar que era el fin de una era dorada. Los franceses, más jóvenes y más grandes, eran el futuro.

En Lille, en el Eurobasket 2015, España llegó a semifinales con sufrimiento y con el depósito de gasolina en la reserva. El corderito estaba tierno para asar, pero a Gasol le dio por sacar los colmillos cuando nadie lo esperaba. Firmó 40 puntos (de los 80 de España) y 11 rebotes para un 52 de valoración. Gasol era King Kong. “El Imperio contraataca”, acertó a titular un diario. Pau bailó a un joven Gobert hasta sacarlo del partido por exceso de faltas. La imagen de Pau dándose golpes en el pecho tras machacar el aro francés simbolizaba un reinado. El reinado del ogro de Europa. Con aquel mate Pau ganó la semifinal y ya, de paso, la final ante Lituania.

Nunca fue cosa de títulos. Nunca fue cosa de números. Fueron las sensaciones. Lecciones y más lecciones de como jugar al baloncesto.

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“Gasol ha completado un partido colosal, el tercero consecutivo en el que supera la barrera de los 25 puntos en esta fase final. Ha estado monumental. Ha eliminado prácticamente él solo a Francia en la semifinal y nos ha hecho llorar (…) Su actuación ha sido absolutamente monstruosa, formidable, genial y sobrehumana. Ha estado gargantuesco.” Frederic Forte en el diario ‘L’Equipé’, en el análisis de la histórica victoria de España ante Francia en el Eurobasket 2015.

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Gasol (1ª parte): Versión NBA

El viernes 1 de febrero de 2008 los Memphis Grizzlies traspasaban a Pau Gasol a Los Ángeles Lakers a cambio de Kwame Brown, Aaron McKie, Javaris Crittenton y los derechos de su hermano Marc, por entonces dominador de la ACB en las filas del Basket Girona. Aquel traspaso está considerado el más desigual de la historia de la NBA. Y no es un comentario chauvinista, sino que está refrendado por los periodistas especializados y los directivos más reputados de Estados Unidos.

En Memphis admitieron que el traspaso no les reportaba gran beneficio. Sencillamente lo habían hecho por Pau. Por un tipo racional y reflexivo, solidario y cabal, que jamás tenía una palabra negativa que ofrecer. Dicen los plumillas al otro lado del Atlántico que Pau Gasol era el único jugador que interpelaba a los reporteros por si querían preguntar algo más. Por eso, tras una temporada horrenda en la que se había desmantelado al equipo, todo el mundo en Memphis consideró que aquel larguirucho extremadamente educado merecía una oportunidad para conseguir el anillo.

Gasol había subido al Everest. Era E.T, cómo le hubo de bautizar acertadamente Andrés Montes. Con 216 centímetros de altura era más rápido que sus iguales y más alto que los que alcanzaban a seguirle. Su tiro desde cinco metros era de una amenaza colosal y su inteligencia para entender el juego superaba con creces la media. Había decidido batirse contra los más grandes ante la incredulidad de Aíto García Reneses, el hombre que lo había hecho debutar con el Barça, un ‘old school’ que renegaba de todo lo que atufaba a NBA. Fue escogido por los Atlanta Hawks en el mismo puesto que el Jesús Negro e inmediatamente fue traspasado a Memphis a cambio de Shareef Abdur-Rahim, un jugador que no es necesario recordar.

Trasladados de Vancouver a Memphis, los Grizzlies dejaron la tierra de los osos para irse a los dominios del rock and roll. Suplente en su primer partido, acabaría como ‘Rookie of the year’ y con mate en la cara de Kevin Garnett para ganarse el respeto de la NBA. En Memphis se hizo grande, liderando a un equipo pequeño a tres clasificaciones consecutivas de playoffs, todas históricas y todas finiquitadas con un absoluto fracaso. Son los años de Pau ‘Gasoft’, un juego de palabras para calificar a Pau como blando (soft). Porque eso era Gasol, un buen jugador, con buenos movimientos, pero incapaz de llevar a su equipo a lo más alto. Sus números eran bondadosos (18’8 puntos y 8’6 rebotes de media en Memphis), pero se mantenían estancados temporada tras temporada. No se vislumbraba progresión. No era un primer espada.

Hasta aquel 1 de febrero de 2008. El día que a Gasol se le abre el cielo. En Los Ángeles se convierte en poste de circulación, como un aclarado del juego en el que su talento natural y el estímulo táctico lo promueve. Phil Jackson ve cómo puede perfeccionar el sistema del triángulo ofensivo, esquema que utilizó con éxito en los Bulls de Jordan, pero que siempre estuvo cojo al carecer de un pívot pasador. Lo que algunos no consiguen entender en un curso, Pau lo domina en dos semanas. Ahora con Gasol, Jackson dispone de un hombre que ventile cargas de juego, como una puerta intermedia que dé paso una y otra vez al lado débil y que permita el lucimiento y el descanso de Kobe Bryant. Gasol aporta resolución colectiva y mejora del entorno, lo que en la actualidad se da en llamar IQ. Entender el juego de toda la vida. Comprendió el papel que se le pedía a la perfección y se sintió cómodo. Era el facilitador. Era el pasador. Era el ancla para que los demás se luciesen.

Y era también el defensor. Si en su adolescencia Juan Carlos Navarro le hizo conocer la noche y al mismo tiempo le hizo entender que su mente y su talento extraordinario tenían que escapar de ella, Kobe Bryant se encargó en su madurez de demostrarle que no podía ser primera espada, pero que si se mostraba intenso en defensa sería un jugador inexpugnable. Tras caer ante los Celtics de Garnett en las finales de 2008, Bryant se encargó de preparar mentalmente a Gasol para convertirlo en una máquina insuperable e intimidatoria en defensa.

Gasol quiso ser excepcional y con sus dos títulos (2009, 2010) de la NBA lo consiguió. Aquel chico que soñaba con ser Kukoc, acabó debajo del aro, al igual que el croata, por imperativo NBA. En el primer anillo dejará a Dwight Howard, en aquel momento el mejor pívot del planeta, en menos del 50% de tiros en toda la eliminatoria. Ya Pau había dejado de ser el “hombre del renacimiento” como fue calificado por Phil Jackson, a ser un muro en la zona. En su primer partido de playoffs con Los Ángeles acabaría con 36 puntos, 16 rebotes y 8 asistencias. En el séptimo partido de la final de la NBA de 2010 pasaría por encima de Kevin Garnett con 19 puntos, 18 rebotes y 4 asistencias (con Bryant agotado con un 6/24 en tiros) y cambiando la trayectoria de cada uno de los tiros de los interiores de los Celtics.

Por entonces Pau ya era en Estados Unidos un ser humano, no un jugador de baloncesto. Apareció en una portada de ‘The New York Times’ como una persona culta, curiosa, amable y sencilla. Solo así se entiende que entre sus múltiples premios (dos campeonatos, seis veces ‘All-Star’) acumule el trofeo Walter Kennedy, el premio Magic Johnson y el Impact Player. Traducido: premio al jugador de la NBA más filántropo, premio al jugador con mejor trato con los medios de comunicación y premio al jugador que más ayuda a difundir los valores de la NBA.

Pau se sale de la norma en una competición donde la norma es usar el baloncesto para salir del gueto. Es difícil de entender para un negro norteamericano la, para ellos, riqueza y opulencia de la depauperada clase media europea. Es cierto que Larry Bird fue un niño pobre, tanto, que Magic Johnson quedó impactado cuando visitó a su madre. También lo es que al joven Jordan lo del gueto solo le sonó de oídas o que Stephen Curry es millonario desde la infancia. Pero la realidad es que solo hay escepticismo cuando un chico salta de Europa y se adentra en una competición dominada por el poder negro.

Gasol es raro hasta en Europa. Pau destaca por la variedad y sofisticación de sus aficiones. No es extraño que quisiese hacer oficial su retirada en el Liceu de Barcelona. Lo primero que hizo al llegar a Los Ángeles fue preguntar por el calendario de las obras de teatro, salas de conciertos y exposiciones. “Nunca antes un jugador me había preguntado eso”, confesaría más adelante el relaciones públicas de los Lakers. Como es igual de posible que ningún jugador de la NBA prefiera ir a un concierto de Plácido Domingo que a uno de Daddy Jankee, o que se decante para firmar por un equipo en función de la oferta cultural de la ciudad, como cuando fichó por los Chicago Bulls.

A Chicago llega tras alargar demasiado su estancia en Los Ángeles. Es ya un hombre veterano (35 años) y le toca lidiar con un baloncesto distinto, donde los codos y el juego de pies han dejado paso a los triples imposibles y a las fintas excesivas. Gasol ya no es un rara avis, es uno más entre gigantes de siete pies con coordinación de un seis pies. Sus piernas ya no le permiten percutir en el poste, pero su inteligente lectura de espacios y una impresionante mejoría en el tiro a pie quieto de larga distancia le permite ser un jugador total. Nunca fue un tirador extraordinario, pero si extremadamente agudo para saber cuándo lanzar.

Con los Bulls volverá a ser ‘All-Star’, incluyendo un impagable salto inicial con su hermano Marc. Le dará tiempo a dejar un par de perlas. Marcar el tope de carrera con 46 puntos en un partido al que le añadió 18 rebotes, y firmar un encuentro perfecto con 22 puntos sin fallo en el tiro, 9 rebotes y 6 asistencias, algo nunca visto en un cuarto de siglo en alguien de 36 años.

Los hermanos Gasol en el All Star - NBA
Hermanos estrellas

Gasol ha vivido acomplejado por su comparación con Dirk Nowitzki, el patrón oro de los jugadores europeos. Con talla y peso similar, el alemán contó con un mayor arsenal de movimientos ofensivos y aterrizó en una franquicia que desde el primer momento apostó por él como piedra angular. La carrera NBA de Gasol es fantástica, pero está superada por la del alemán, por la de Antetokoumpo y, en futuro no muy lejano, por la de Luka Doncic.

Y aun así Nowitzki no puede presumir de tener dos anillos ni de sumar en su carrera al menos 20.000 puntos, 10.000 rebotes, 3.500 asistencias y 1.500 tapones. Sólo el de Sant Boi y tres jugadores más han llegado a tal hazaña. Pau consiguió normalizar lo asombroso, cuando lo normal hasta su aterrizaje en la NBA es que nos contentáramos con que un español (realmente cualquier europeo que no fuese yugoslavo) jugase un par de partidos al otro lado del Atlántico.

Gasol estiró “demasiado”, según sus propias palabras, el chicle. Primero en San Antonio y sobre todo en Milwaukee, donde una fractura en el pie abortó la caza de su tercer título. Mas Pau es de esos tipos que eligen cómo y cuándo quieren acabar su carrera. Durante dos años peleó cuando tenía que descansar, ya no para alcanzar la gloria, sino para demostrar que lo podía hacer. Para despedirse con honores vistiendo la camiseta de la selección española. “Soy consciente de que he sido un privilegiado, pero los privilegios conllevan responsabilidades”.

Pero esa, la historia de Pau con España, será otra historia.

“Era maduro, inteligente, poseedor de una profunda comprensión de nuestro deporte y dispuesto a adoptar una función subalterna, si era necesario, con tal de aumentar las probabilidades que tenía el equipo para ganar. Fue la persona correcta en el momento adecuado. En cuanto se incorporó, dejamos de ser un equipo que luchaba por arañar cien puntos por encuentro para transformarnos en una veloz máquina de anotar que promediaba más de 110 puntos y se divertía muchísimo al conseguirlo”. Phil Jackson, entrenador de Gasol en los Lakers.

“Uno de los aspectos más impresionantes de la trayectoria de Pau es como ha sabido hacerse un hueco en la NBA. La NBA está muy dispuesta a adoptar el talento extranjero para mejorar su competición, pero está menos dispuesta a otorgar responsabilidad o representatividad. El respeto a Pau yo le he respirado desde el inicio, en un mundo donde eso cuesta mucho. Y cuesta ganárselo, y mucho, sobre todo si vienes desde otro mundo”. Sergio Scariolo, seleccionador español y campeón de la NBA formando parte del cuerpo técnico de Toronto Raptors.

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Cuando un volcán derrotó al Barça

En 2010 el FC Barcelona era un ciclón. Con Busquets como guardia de tráfico y una cuadrilla de virgueros rodeando al balón, aquel Barça practicaba un juego primoroso y ordenado en el que, de vez en cuando, Messi se salía de la norma para elevar la elegancia a arte. La temporada anterior aquel conjunto había logrado el sextete, incluyendo un histórico 2-6 en el Bernabéu en el día que Pep Guardiola se inventó lo del falso nueve y pasó de pupilo de Cruyff a ser reverenciado por su maestro.

Con Xavi e Iniesta a los mandos, Guardiola había formado un equipo legendario a través de un juego de toque y de una presión en campo rival jamás vista en el fútbol de élite. Aquel Barça machacaba a los rivales en los primeros minutos de partido con un ritmo asfixiante para luego ampliar el marcador por simple inercia. Ese Barça se estaba ganando a pulso un hueco entre los equipos más fastuosos de la historia del futbol.

En la primavera de 2010 se barruntaba otro sextete, pero una descomunal actuación del portero sevillista Andrés Palop en la Copa del Rey hizo añicos dicha posibilidad. Lo que estaba encaminado era el doblete Liga-Champions. A pesar de la vuelta a la presidencia de Florentino Pérez y de los fichajes de Cristiano Ronaldo y Kaká, el Real Madrid era incapaz de meterle mano a los azulgranas. Sumaron la escandalosa cifra de 96 puntos, pero fue insuficiente para doblegar a un FC Barcelona que ganó los dos duelos directos ante los merengues y que tan sólo perdió un partido (2-1 ante el Atlético de Madrid) en toda la Liga.

Liga Española - FC Barcelona: La evolución de Messi del primer Balón de Oro  al sexto | MARCA Claro Usa
Barça 09/10

Aun así, todo eran migajas a falta del premio gordo. El Madrid naufragó en octavos ante el Olympique de Lyon, en la que fue la sentencia deportiva del técnico Manuel Pellegrini. En aquel 2010 la final de la competición fetiche por excelencia tendría lugar en el Santiago Bernabéu. El aficionado merengue veía con pánico como el Barça destrozaba al VFB Sttutgart (5-1 en el global) y al Arsenal (6-3 en el global) y se plantaba en semifinales a dos pasos de levantar la orejona en el Santiago Bernabéu.

El Barça era el gran favorito para alzarse con el título y, por ende, para ganar su semifinal. Y más cuando se supo que su rival era el Inter de Milán. Ambos conjuntos ya se habían enfrentado en la fase de grupos. Hubo empate en tierras italianas (0-0) y una clara victoria del Barça (2-0) en el Camp Nou, a pesar de la ausencia por lesión de Lionel Messi y de Zlatan Ibrahimovic.

Sin embargo, había un hombre que se mostraba confiado de lograr la victoria. José Mourinho era tan histriónico y voluble como en la actualidad, pero por entonces el personaje todavía no había devorado al entrenador. Mou estaba en la cumbre de su capacidad motivacional y estratégica. Se barruntaba ya que la temporada siguiente sería él el encargado de dirigir al Real Madrid, pero antes debía demostrar que su kriptonita era la adecuada para batir a Pep Guardiola.

Con lo que nadie podía contar es que con la kriptonita llegase de Islandia.

A unos 3.000 kilómetros de Milán a un volcán de nombre impronunciable (Eyjafjallajökull) le dio por estallar unos días antes de la disputa del partido de ida en el Giuseppe Meazza. La explosión hizo brotar fragmentos de vidrio que ascendieron por la columna de ceniza del volcán. Los vulcanólogos dictaminaron que su presencia en las capas altas de la atmósfera dificultaba la presencia de vuelos aéreos, por lo que durante una semana más de 17.000 vuelos fueron cancelados en Europa Occidental.

Tras unos días de incertidumbre, el Barça tuvo que tomar la decisión de viajar a Milán por carretera. Se descartó el tren por culpa de una huelga ferroviaria en Francia, paso obligatorio antes de llegar a Italia. La expedición cubrió en dos autobuses los 980 kilómetros entre Barcelona y Milán parando a dormir en Cannes, para que el exceso de horas en autocar afectara lo menos posible a los futbolistas. Partieron el domingo a las 14.30 horas de Barcelona y llegaron el lunes a última hora de la mañana a tierras lombardas. Allí estaba la prensa, que acababa de completar el viaje de un tirón aprovechando la noche. Todo era trastorno para el siempre metódico Guardiola, que contaba con un plácido vuelo de una hora hasta Milán.

Barça: Diez años del volcán, el viaje en autocar y Benquerença
Rumbo a Milán

Mas si alguna perturbación hubo, aplacada quedó. El Inter despreció la posesión y decidió agazaparse y esperar. Con Xavi en modo imperial el Barça arrinconó al Inter y en el minuto 19 Pedro (entonces aún Pedrito) ponía en franca ventaja la eliminatoria para el Barça. Tuvo Messi otra que Julio César calmó con la parada de su carrera antes de que Sneijder anotase el 1-1 en una jugada aislada cuando ya avanzaba el primer tiempo.

La segunda mitad fue rock and roll. Pandev, Milito y Eto’o descuajeringaron al Barça con contraataques a velocidad de vértigo hasta que Maicon puso por delante a los neroazurros. Quizás fatigado por el viaje o tal vez derrengado por el esfuerzo acumulado tras jugar ante Real Madrid y Espanyol la semana anterior, el Barça se vino abajo y el Inter pico cual avispa hasta poner el 3-1 por obra de Diego Milito. Cierto que éste último tanto fue en fuera de juego, como que cierto es que hubo un claro penalti sobre Dani Alves, pero más cierto fue que el Inter fue el justo vencedor del encuentro.

“Aún van a decir que tengo un amigo en el volcán y he sido yo quien ha provocado su erupción. Un equipo que gana siempre a veces no sabe perder”, soltó Mourinho en rueda de prensa. Lo cierto es que la prensa catalana disculpó al Barça por el cansancio acumulado y culpó a Olegario Benquerença, árbitro del encuentro y paisano de Mourinho, de la derrota. Fuese el volcán o fuese el trencilla, pocos dudaban en la Ciudad Condal de que el traspiés había sido eso, un traspiés, y que la victoria en el partido de vuelta estaba asegurada. “90 minutos en el Camp Nou son muy largos”, había advertido Guardiola haciendo suya una sentencia de la biblia madridista.

No necesitaba más Mourinho para poner a sus pretorianos en guardia. Durante las siguientes dos semanas su humor de trazo grueso se encargó de hacer ver a sus chicos que su esfuerzo no era valorado por nadie. Sus chicos era hombres. Los otros eran niños que se quejaban de no haber descansado lo suficiente. Era el Inter el que había derrotado al Barça, no aquel volcán islandés de nombre impronunciable. Si el Barça estaba cansado no era por el viaje, sino por el partidazo de sus chicos.

Había que demostrarlo en el partido de vuelta.

El ambiente en el Camp Nou era el de las grandes ocasiones. Cientos de aficionados tuvieron que ser dispersados la noche anterior al partido por presentarse en la puerta del hotel del Inter con la intención de no dejar pegar ojo a los italianos. La tarde del encuentro los hinchas acompañaron con sus motos al autocar azulgrana en su camino al Camp Nou. El Barça salió hipermotivado y el Inter acobardado. Mourinho dispuso una línea de cinco defensas y a Guardiola le dio un ataque de entrenador y colocó a Gabi Milito de lateral izquierdo. En el minuto 28 Motta golpeó a Busquets, quien convirtió un homicidio en un asesinato a sangre fría. Expulsado el italobrasileño, la siguiente hora el Inter se dispuso a defender la renta con un futbolista menos.

El Barça tuvo un 73% de posesión, lanzó 14 veces a puerta y dispuso de nueve saques de esquina a favor. El Inter tiró una vez entre los tres palos. Fue un asedio. Fue la guerra. Pero el Inter resistió. Pocos recuerdan que Mou no hizo su primer cambio hasta el minuto 81. Tras la expulsión no tocó al equipo. Colocó a Eto’o de lateral derecho, tan dañino para la vista como inolvidable de ver. Le dijo a Luis Figo, por entonces recién retirado y delegado del Inter, que saltase a protestar al campo en cada jugada. Sonido de viento para el Camp Nou. Leña al fuego. Pocas veces se ha visto a un equipo de élite defender tan atrás. Y pocas veces se ha visto a un equipo de élite tan entregado, solidario y sacrificado por el bien común.

Piqué anotó en el 84, pero fue insuficiente. Bojan lo haría más tarde, pero su gol fue anulado (esta vez correctamente). Fue el mejor día de la carrera de Mourinho. Edificó un castillo que Guardiola no pudo asaltar. Si el Barça pintaba un cuadro el Inter arañaba el marco. El brillante repliegue y la implicación defensiva de los atacantes del Inter no eran válidos para un restaurante de estrella Michelin, pero saciaban de hambre al más hambriento de los comensales.

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El Inter acababa de batir al equipo imbatible. Un torrente de euforia viajaba desde Milán a Madrid. Mourinho atravesó el Camp Nou de una punta a otra con el brazo levantado y dedo acusador mientras se dirigía a la grada donde se encontraban los aficionados del Inter. Sus aspavientos enervaron a Víctor Valdés que agarró por el cuello al portugués. Para que la sangre no llegase al río alguien tuvo la feliz idea de poner en marcha los aspersores del Camp Nou. Mourinho y sus pretorianos tuvieron que abandonar el césped y siguieron con la fiesta en los vestuarios.

El Inter acabó ganando aquella Copa de Europa y el Barça recuperaría el trono continental la temporada siguiente, tras uno de los mayores recitales de juego colectivo que se recuerdan ante el Manchester United. Durante tres años (2009-2011) el Barça fue, y con diferencia, el mejor equipo del mundo, pero, en 2010, el Inter modelado por Mourinho demostró que a un equipo vestido para matar no le hace falta jugar.

El volcán Mourinho consiguió desgastar a Guardiola que, hastiado, acabaría abandonando Barcelona. No obstante, a Pep le dio tiempo a humillar a Mou unas cuantas veces cuando el portugués dirigía al Real Madrid. Alimentando así la excéntrica teoría, muy arraigada en Barcelona, de que el Barça hubiese sumado tres Copas de Europa seguidas si un volcán de nombre impronunciable no se hubiese cruzado en su camino.

“¿Autobús? Ese día en el Camp Nou no pusimos el autobús, pusimos un A-340 con las alas bien desplegadas”. José Mourinho.

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Ronaldinho y el partido del gazpacho (el debut de Ronnie en el Camp Nou con un gol a la una y media de la madrugada)

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Ronaldinho y el partido del gazpacho

En el verano de 2002 el FC Barcelona era un club con un cuadro clínico de profunda depresión. En la temporada recién finalizada el Barça había acabado en una vergonzosa sexta posición, su peor clasificación en década y media, y había quedado eliminado de la Copa del Rey ante el modestísimo Novelda FC. Pasarían hasta tres entrenadores distintos por un Camp Nou en el que apenas se alcanzaba la media entrada. En febrero, Joan Gaspart había presentado su dimisión tras una vicepresidencia victoriosa de dos décadas y un bienio negro como presidente que se iniciara con la fuga de Luis Figo rumbo a Madrid.

En julio se iban a celebrar elecciones. Se necesitaba un revulsivo. El Barça llevaba un lustro sumido en el desánimo a lo que no ayudaba una nueva edad de oro del Real Madrid que aquel año logró su tercera Copa de Europa en color. El total ya era de nueve. El Barça vivía del recuerdo de Wembley 92.

Joan Laporta no era el favorito para ganar las elecciones. Pero al igual que había hecho Florentino con Figo años atrás para conseguir el trono madridista, Laporta hizo una promesa electoral que le garantizaría la victoria. Repitió por activa y por pasiva que si ganaba David Beckham sería futbolista del FC Barcelona. Además de guapo y una máquina expendedora de dinero, el centrocampista inglés era un volante de exquisita técnica que estaba considerado uno de los mejores jugadores del mundo.

En realidad todo era un farol. Sabedor de que Beckham era objetivo del Madrid, Laporta lo que hizo fue torpedear la operación y encarecer la compra. El Manchester United llega a un acuerdo con el FC Barcelona, pero Beckham prefiere firmar por el Madrid. A los merengues no les quedaría más remedio que subir la oferta para llevarse finalmente al centrocampista inglés. Pero mientras todo esto sucedía Laporta ya era presidente del Barça. Todo había salido tal y como había planeado.

El objetivo de Laporta era otro. Su vicepresidente era Sandro Rosell, el cual gestionaba los intereses publicitarios de Nike con la selección brasileña. Rosell tenía una excelente relación con Ronaldinho, un descomunal talento que por entonces militaba en el Paris Saint Germain. Había ganado el Mundial, pero eclipsado por futbolistas como Ronaldo y Rivaldo y militando en un equipo que por entonces era menor, tenía menos cartel que Beckham. Curiosamente el Barça hubo de luchar con el United para firmarlo, pero la resistencia fue mínima. Ronaldinho era nuevo jugador azulgrana.

Se cumplen 18 años de la presentación de Ronaldinho
Un nuevo ’10’

Ronaldinho será un desfibrilador que reviva el corazón de un club moribundo. El vestuario es otro. Ronaldinho es alegría, risas e infinidad de bromas. Es un artista que hace malabarismos con el balón mientras se ducha. Es un soñador que pone música en el vestuario y da toques al balón mientras saborea una caipirinha.

Ronaldinho debutó el sábado 30 de agosto de 2002 en San Mamés. Habría victoria azulgrana, pero con actuación individual decepcionante. Días después, el miércoles 3 de septiembre, tendría lugar el debut liguero en el Camp Nou. Aquella jornada se había adelantado porque el siguiente fin de semana había compromisos internacionales de selecciones. Brasil tenía una cita en Barranquilla ante Colombia la madrugada del sábado 6 al domingo 7 según el horario europeo.

Aunque el choque se tenía que disputar el miércoles, el FC Barcelona solicitó su adelanto para el martes. La decisión estaba falta de lógica dado que así los jugadores tendrían un día menos para descansar. Era un mal mayor. El miércoles Ronaldinho debía viajar a Brasil para incorporarse con su selección. No podría estar en el Camp Nou. Era indispensable su presencia. Se esperaba un Camp Nou lleno. Algo nunca visto en toda la temporada anterior. De hecho, en muchos choques no se había llegado ni al tercio de la entrada. Ronaldinho era el mesías. Habría que jugar el martes sí o sí. Sin la estrella no habría fiesta.

El problema es que el Sevilla FC, rival del Barça para aquella jornada entre semana, venía de vencer la tarde noche del domingo anterior al Atlético de Madrid en el Sánchez Pizjuán. Según la normativa vigente tenía que pasar un mínimo de 48 horas antes de poder disputarse otro encuentro. Así pues, el sueño del Barça era irrealizable. Ronaldinho no estaría aquella noche en el Camp Nou.

Pero ya se sabe que un hombre con una nueva idea es un loco hasta que la idea triunfa. Y Laporta tuvo una idea de loco. O al menos fue de loco hasta que se hizo real. Dado que el choque del Sevilla y el Atleti había terminado entorno a las 23:50 horas del domingo la junta directiva lo tuvo claro. Todo consistía en programar el choque para las 00:00 del miércoles, cumpliendo así con las 48 horas de rigor establecidas. Para evitar suspicacias y problemas alguien comentó que mejor programarlo para las 00:05 horas, no fuera a ser que la Liga considerase que las 00.00 horas seguía siendo un horario prohibido.

Dicho y hecho. El partido entre FC Barcelona y Sevilla FC tendría lugar a las 00:05 horas del miércoles 3 de septiembre cumpliendo con las 48 horas de descanso que establecía la Liga y permitiendo que Ronaldinho jugase el encuentro antes de coger un avión rumbo a Río de Janeiro. Tres días después de defender al Barça, Ronnie vestiría la verdeamarela en tierras cafeteras y así todos acabarían contentos.

Pero ya se sabe que a la masa no se le convence con consignas, sino con la satisfacción de sus necesidades.

Fue un partido especial, único. Diferente a todos los demás. Fue el inicio de todo. Pero no bastaba con Ronnie. Hacía falta algo más. Era un día de semana y el partido finalizaría a las dos de la madrugada. La mayoría no se abrazaría a la almohada hasta bien pasadas las tres del alba. Hacía falta un buen cebo.

Se organizaron un par de conciertos y actividades de ocio familiares en los aledaños del Camp Nou. Las entradas rebajaron su precio considerablemente y todo aquel que resolvió acudir al coliseo azulgrana recibió un vaso con su ración de gazpacho. Aquel día el Barça decidió homenajear a su rival andaluz, y de paso a los miles que desde las largas tierras de labranza se aventuraron a mejorar su fortuna en la industrial y cosmopolita Barcelona, regalando a todos los presentes una sopa fría con tomate, pimiento, ajo y pan.

Barcelona-Sevilla, el partido del gazpacho
Si la vida te da tomates…¡gazpacho!

Al que pasaría a la posteridad como el partido del gazpacho acudieron algo más de 81.000 espectadores. No se llenó el Camp Nou, pero fue una entrada colosal teniendo en cuenta el delirante horario. De todo ello nos hubimos de enterar al día siguiente, porque ningún canal de televisión quiso pujar por un partido que se antojaba deficitario. Lo disfrutaron los allí presentes. Como disfrutaron del gazpacho…y del pan, del chocolate, del fuet, del jamón y de la crema catalana. Porque todo era bueno para combatir el insomnio. Y el gazpacho refresca. Pero sólo con gazpacho no se llena el estómago.

Quedaba saber si Ronaldinho cumpliría con las expectativas.

Y Ronnie no falló.

El duelo ‘after hours’ no defraudó. Se adelantaron los sevillistas poco antes del minuto 10 tras un penalti transformado por el hoy malogrado y entonces imberbe José Antonio Reyes. Era aquel un Sevilla de corte menor, comandado por Caparrós en el banquillo y con Javi Navarro y Alfaro dando estopa en el campo, pero en el que los brotes verdes surgían por las esquinas. El Barça acusó el golpe, pero a medida que la primera mitad avanzaba recuperaba el mando por medio de Xavi, mientras los más hambrientos agotaban sus reservas sin esperar siquiera al descanso para tomar el postre.

Cuando la segunda parte hizo su aparición de Ronaldinho se sabía poco. Había dejado un taconazo en dirección a Luis Enrique que el asturiano malogró con un mal control. Como el buen dulce, el gusto por el taconazo fue efímero pero sus consecuencias terribles. El público esperaba algo más que un gesto técnico y sólo los estómagos agradecidos evitaban los murmullos.

Corría el minuto 59 cuando a Ronaldinho se le ocurrió demostrar que la entrada valía algo más que un vaso de gazpacho. Recogió el balón a la altura del círculo central, escorado en la banda izquierda. El brasileño montó el contraataque encarando a Martí, al que dribla con un golpe de cintura. Conduce con la derecha y con un cambio de ritmo deja atrás a otro sevillista para soltar un latigazo a 30 metros de la portería defendida por Notario. El balón describe una parábola perfecta y se cuela por la escuadra derecha del meta andaluz tras golpear el larguero.

Eran la 1:26 de la madrugada. El Instituto Geográfico Nacional detectó un breve movimiento sísmico en el barrio barcelonés de Les Corts. Más de 81.000 personas se levantaron de sus asientos. Dio exactamente igual que el Barça no marcase más goles y que el partido no pasase del empate. Aquel día se produjo un flechazo entre el Camp Nou y Ronaldinho. Ronnie iba a ser más que un jugador. Era una inyección anímica. Aquel día los socios del Barça dejaron el Prozac.

Lo cierto es que jugando de madrugada lo anormal era que Ronnie no jugase bien. Aquel malabarista de eterna sonrisa era un adicto a los partidos de la NBA e intentaba copiar jugadas realizadas con las manos a través de sus pies. Ronnie jugaba para divertirse y para que la gente se divirtiese. Era un funambulista del balón. Un pícaro con botas.

Tras estirar, ducharse y suponemos que cenar algo, Ronaldinho se acercó hasta el aeropuerto del Prat donde a las 07:00 de la mañana de aquel 3 de septiembre cogió un vuelo rumbo a Brasil para cumplir con su selección. La ‘canarinha’ vencería por 1-2 en Bogotá y Ronaldinho no llegaría a vestirse de corto.

Tanta historia para nada.

Ronaldinho sacó de la UCI al Barça y puso los cimientos para la época más gloriosa de su historia. Con el tiempo hubo que sacarlo de Barcelona para que sus devaneos nocturnos no corrompiesen a aquel enjuto argentino criado en La Masía que miraba a Ronnie con ojos embobados. Pero antes de que Messi dominase el fútbol contemporáneo, Ronaldinho fue durante un par de años el mejor futbolista del mundo liderando al FC Barcelona a la conquista de su segunda Copa de Europa y exhibiéndose hasta el punto de que el Bernabéu acabaría aplaudiendo su genio.

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Cuando Montero anotó una bandeja y Vrankovic le puso un tapón

En el extenso museo del FC Barcelona hay espacio para infinidad de trofeos. Es lo que ocurre al ser el club polideportivo más exitoso del mundo. En la sección dedicada al baloncesto se exponen las, hasta el momento de escribir estas líneas, dos Euroligas (2003 y 2010). Junto a ellas aparece un balón de baloncesto adyacente a la reproducción de una carta que reza lo siguiente: “La FIBA admite, en razón de las anomalías producidas, el derecho que asistía al Barcelona en la reclamación ante el juez único a pesar de que fuera rechazada por este. La FIBA desea con esta declaración ofrecer una compensación moral por el posible perjuicio causado por los errores cometidos en la medida que podrían haber afectado al resultado final».

Dicha carta irrumpe el hueco que debería ocupar el trofeo de la Euroliga de 1996. Fue tan flagrante el error arbitral y tan espantosa la aplicación del reglamento que un mes después de los acontecimientos la FIBA (Federación Internacional del Baloncesto) tuvo que admitir que el Barça debía haber sido el campeón. Ese reconocimiento le da a los catalanes un vano triunfo moral, pero ni devuelve a Montero la honra ni le quita a Vrankovic la suya.

Esta es la historia de la bandeja de Montero. O la del tapón de Vrankovic. Las dos caras de una misma moneda.

Dirigido por Aíto García Reneses, a mediados de los 80 el Barça acabó con la tiranía del Real Madrid en la competición doméstica. Entrada la década de 1990 los azulgranas repitieron regicidio en el fútbol a lo que añadieron la ansiada Copa de Europa. La Copa de Europa en color frente a las seis en blanco y negro del eterno rival. En el básket pasaba tres cuartos de lo mismo. Por muchas ligas ACB que se lograsen la obsesión era conseguir el primer cetro continental. Una herida agrandada por las ocho coronas que poseían por entonces los de la capital del reino.

El Barça acumulaba unas cuantas Final Four y tres finales perdidas en una década. Y uno de los protagonistas de tales derrotas era José Antonio Montero. Se trataba de un base moderno. Superaba el 1’90, gran penetrador y defensor y eminentemente físico. Procedía del Joventut y había sido el segundo español tras Fernando Martín en ser elegido en el draft de la NBA. Tenía problemas con el tiro exterior, lo cual hoy sería una contrariedad para un jugador exterior pero entonces era irrelevante, pero cargaba con fiereza el rebote ofensivo y era capaz de hacer mates.

Conviene recordar este último apunte. Que un base de raza blanca hiciese mates era en aquel tiempo extravagante.

Roberto Dueñas (1997) - Fotogalería - MARCA.com | Jugadores de baloncesto,  Nba, Balonmano
Montero. 113º del draft de 1987

Stojan Vrankovic pertenecía a la fantástica generación yugoslava del momento. Con 2’18 era un pívot intimidador y algo lento que destacaba en la faceta defensiva. Había probado fortuna sin suerte en la NBA y, aunque quizás era el menos talentoso de los pívots yugoslavos, su envergadura y su intimidación no tenían parangón en Europa.

A pesar de sus problemas en ataque su capacidad para rebotear y taponar era maravillosa.  También conviene recordar este apunte.

Stojan "Stojko" Vrankovic, el hombre del tapón - Pivot World 9
Vrankovic. 218 centímetros de ser humano

El caso es que en París, allá por la primavera de 1996, el FC Barcelona se presenta en una nueva Final Four. El rival en semifinales es el Real Madrid. Los blancos fueron por delante durante casi todo el encuentro hasta que a minutos del final un triple de Ferrán Martínez y varias acciones de mérito de Karnisovas y Salva Díez voltearon el partido y dieron la victoria a los catalanes (76-66). En la otra semifinal el Panathinaikos venció con facilidad al CSKA de Moscú.

En una época donde sólo se podía tener a dos extranjeros por equipo, los griegos eran los grandes favoritos. Los helenos (Ekonomou, Alvertis, Giannakis) estaban un punto por encima de los cuatribarrados (Xavi Fernández, Montero, Andrés Jiménez), pero la diferencia estribaba en los foráneos. El Barça contaba con el extraordinario alero lituano Arturas Karnisovas, pero su pívot titular era un norteamericano blanco de muy bajo rango llamado Dan Godfread.

Además del citado Vrankovic, el Panathinaikos contaba con Dominique Wilkins, un alero anotador con muelles en los pies que fichara por el conjunto griego con 35 años, pero tras firmar 18 puntos por partido la temporada anterior en los Boston Celtics. Wilkins fue ocho veces ‘All-Star’ y una de las más rutilantes estrellas de la NBA en los 80. Su fichaje por el Panathinaikos fue una de las últimas ocasiones en las que Europa consiguió subyugar a la NBA para atraer a una ‘primma donna’ a golpe de talonario.

El favorito tomó pronto ventaja y al descanso ya ganaba de amplia diferencia al Barça (35-25). Gracias a la dirección de Galilea, el acierto exterior de Xavi Fernández y a algún destello de calidad de Karnisovas, los catalanes consiguieron llegar con vida a los últimos cinco minutos de partido. Entonces Wilkins decidió asumir la responsabilidad y tras un robo de balón, una bandeja y una suspensión situaba el 65-53 con tres minutos por disputar.

Aíto decide poner a dos bases y hacer presión a media pista y, no se sabe bien como, los experimentados griegos empiezan a perder balones sin ton ni son. De repente, parcial de 2-13 para el Barça y se ponen a un punto a falta de 36 segundos (67-66 para los griegos).

Faltan 36 segundos y la posesión es para el Panathinaikos. Korfas marca jugada. En 1996 son 30 los segundos de posesión. Korfas estira la posesión tanto como puede y penetra asustado por lo que decide enviar el balón a Vrankovic que recibe en el poste alto. El gigante de 2,18 no sabe qué hacer con el balón y busca a Giannakis que recibe una doble ayuda defensiva, se trastabilla y cae al suelo.

El balón rueda sin dueño.

En la marabunta el balón aparece como por arte de magia en las manos de Montero. Está sólo. Solísimo. Y está en campo griego. Quedan siete segundos de posesión. Montero sólo tiene que echar a correr y anotar una bandeja.

En aquel momento Montero suma 0 puntos en el partido. Había lanzado un triple y lo había fallado en apenas 10 minutos de juego. Recoge el balón encorvado, besando el suelo, y se eleva zancada a zancada hasta que se adentra en la zona helena. Un pie para coger impulso y otro para mantener el equilibrio con el codo y la muñeca. Es una bandeja fácil. Y detrás, por si acaso, sólo por si acaso, aparece como flecha Xavi Fernández ante un poco probable rebote ofensivo.

Montero suelta la bandeja. Quedan 4 segundos y 9 décimas.

Justo entonces aparece Vrankovic. Aquel pívot lento y pesado se las ha arreglado para cruzar la pista con sus 2,18 y llegar el primero. ¿Cómo? No se sabe. El caso es que el balón toca el tablero y Vrankovic con una zarpa lo barre alejándolo del aro. Los integrantes del banquillo azulgrana saltan como un resorte y piden la validez de la canasta. Los miembros de la mesa, los que llevan las cuentas de las faltas, los tiempos muertos y el cronómetro del partido se ponen nerviosos y, vete tú a saber el porqué, paralizan el reloj de posesión.

Con el crono congelado, Xavi Fernández recoge el balón y se lo envía a Galilea que, ante la parálisis del tiempo, no sabe si arrancar o quedarse quieto. En esta está el base del Barça cuando el crono vuelve a moverse. Galilea arranca e intenta a penetrar mientras una jauría de lobos se lanza sobre él. No hay falta. La bocina aúlla.

El Panathinaikos consigue la primera Euroliga de su historia. El MVP de la final es Dominique Wilkins (16 puntos y 10 rebotes) pero el héroe del partido es Stojan Vrankovic que, al igual que Montero, acabará el encuentro sin anotar un solo punto. Pero aportando la acción defensiva que decidió la final.

Reuven Virovnik de Israel y el afamadísimo colegiado francés Pascal Dorizon son los encargados del despropósito. Montero liderara la frustración, los gritos y las duras protestas, pero todo será en vano. La decisión está tomada. La confusión es generalizada.

La primera duda está en el motivo de la paralización del cronómetro. Al haberse agotado los 30 segundos de posesión que tenían los griegos, la mesa decidió paralizar el tiempo. Si ese fuese el caso, todo lo que sucedió desde que Korfas perdió la bola tendría que haber sido anulado y la posesión pasaría a ser del Barça. Por otro lado, en la alocada penetración de Montero se cuentan hasta tres pasos antes de elevarse para realizar la bandeja, por lo que la canasta nunca tendría que haberse permitido. Después, cuando Galilea inicia un último intento a la desesperada es barrido en una clarísima falta por Wilkins.

Y lo más desvergonzado. Si uno analiza el vídeo de la final se dará cuenta que aquellos 4,9 segundos fueron en realidad 12.

Pero todo ello son nimiedades ante el escándalo mayúsculo acometido al dar como válido el tapón de Vrankovic. La normativa es clarísima. Se considera tapón ilegal cuando el balón está en trayectoria descendente. Si, además, el balón impacta con el tablero ya no hay ningún tipo de duda. Una vez choca con el tablero, cualquier intento de taponar o impedir que el balón se introduzca en el aro se considera ilegal. La canasta siempre será válida. Incluso aunque hipotéticamente el balón no llegase a entrar.

Inexplicablemente ni Virovnik ni Dorizon fueron capaces de apreciar la infracción. No había ningún tipo de impedimento visual. De hecho, uno de los colegiados se encuentra justo detrás de los dos protagonistas. Lo que hubo fue miedo o incompetencia. Sobre lo segundo los hechos hablan por sí mismos. En relación a lo primero hay mucha tela que cortar.

Una vez sonó la bocina, una marabunta de griegos ocupó el parqué del Omnisport de París-Bercy para que a nadie se le pasara la cabeza rearbitrar la jugada o discutir el triunfo final. La confusión fue total y absoluta. El Barça hizo todo lo posible para cambiar el 67-66 final, pero de nada sirvieron todas las alegaciones. El presidente de la sección de básket del Barça, por aquel entonces Salvador Alemany, presentó un recurso justo después del encuentro que fue estudiado hasta las cuatro de la madrugada en el hotel Concorde Lafayette, donde tenía instalado su cuartel general la FIBA.

De nada sirvió que los árbitros admitieran su error delante del secretario general de la FIBA. La decisión estaba tomada. El tapón de Vrankovic era válido.

Aunque fue eliminado del acta arbitral.

¿?

El Barça había perdido a la griega.

Después de que Grecia ganase el Eurobasket de 1987 un boom por el baloncesto sacudió la península helena. El AEK, el Aris de Salónica o el Olympiakos estuvieron a punto de conseguir la Euroliga pero, por h o por b, se quedaron en el camino. De repente, en los 90 el dracma griego parecía el dólar estadounidense y los clubes griegos se convierten en los mejores del continente. Fichan a norteamericanos de renombre, atraen con casa, coche y buen clima a jugadores del bloque del Este y buscan abuelos y bisabuelos griegos a yugoslavos para nacionalizarlos en tiempo récord.

Son tiempos donde se vuelve habitual perder a la griega. Pabellones que incumplen las normativas con exceso de aforo, lanzamiento de objetos, sirenas y pitidos en medio del partido, acoso y amenazas a los árbitros, paradas sospechosas de los cronómetros…es el llamado infierno griego que durante décadas fue permitido y protegido por la FIBA. Hoy, en Grecia, Turquía o la antigua Yugoslavia el ambiente sigue siendo intimidante, pero sólo beneficia al equipo local en el aspecto moral.

El FC Barcelona impugnó el partido y desplegó toda su maquinaria. Consiguieron incluso la intermediación de Juan Antonio Samaranch, entonces presidente del Comité Olímpico Internacional. No sirvió de nada y la apelación fue rechazada. El club no aceptó la derrota. El Barça encargó una reproducción de la Copa de Europa  para entregársela a cada jugador y los directivos del club mantuvieron el discurso victimista hasta conseguir que la FIBA admitiese su error y declarase al FC Barcelona campeón moral tal y como vimos en la carta citada al inicio del artículo.

El error arbitral fue admitido, la reparación moral aceptada, pero el campeón era el Panathinaikos. Las aguas se calmaron y de la indignación hacia los árbitros se pasó a la incomprensión por la acción de Montero. Le llovieron palos por todos los lados. ¿Se acuerdan que Montero era un base que hacía mates? Ya daba igual que los árbitros se hubiesen equivocado o que la FIBA hubiese prevaricado. La cuestión era; ¿por qué c*** Montero no hizo un mate?

El FC Barcelona repetiría final la temporada siguiente. Perdería con justicia y claridad ante el Olympiakos, el otro gran equipo griego. En esa final Montero no jugaría ni un minuto. Estaba relegado al fondo del fondo del banquillo. Decidió probar fortuna en Francia y poco después retirarse. Tenía 33 años. Tras el verano Vrankovic volvió a probar fortuna en la NBA, nuevamente sin demasiada suerte, mientras el Panathinaikos se instalaba en la elite y ganaba Euroliga tras Euroliga.

El Barça hubo de esperar a 2003 para romper el maleficio, pero el fantasma de la canasta de Montero sigue apareciendo de cuando en cuando.

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La mandíbula alargada de Robert Prosinecki

Desde que Eden Hazard firmó un suculento contrato con el Real Madrid en el verano de 2019, el conjunto blanco ha disputado 96 partidos oficiales de los cuales el mediapunta belga apenas ha sumado 36 (la mayoría como suplente). Los motivos son los siguientes. Rotura muscular en el muslo izquierdo, fractura del tobillo derecho, fisura en el peroné, traumatismos varios, problemas musculares desconocidos y hasta coronavirus. Sin olvidarnos de unos supuestos kilos de más. La clase de Hazard es incuestionable e igual da un puñetazo en la mesa en el próximo partido, pero cada día que pasa su caso recuerda más a Kaká. Ya saben, un fichaje excepcional que con el tiempo se volvió cochambroso por culpa del pubis y del menisco. Como decía, a Hazard se le está poniendo cara de Kaká. El problema para él, y para el madridismo, es que la cosa vaya a peor y acabe poniéndosele cara de Robert Prosinecki. 

En el verano de 2006, coincidiendo con la celebración del Mundial de fútbol, la firma francesa de coches Renault lanzaba una campaña de anuncios en televisión. Era un ‘spot’ cuanto menos curioso. No había vehículo. Renault lanzaba un nuevo modelo de ‘Kangoo’, típica furgoneta pequeña, combi, habitual de autónomos y pequeñas empresas. Pero de coche en pantalla nada de nada. La idea del anuncio era fidelizar al cliente diciéndole que, por descabellada que fuese su nueva empresa, Renault siempre le apoyaría. Para ello contrataron como empresario ficticio a Robert Prosinecki. El ex futbolista croata era el dueño de una empresa de muñecos infantiles. Estos tenían la particularidad de que se iban de fiesta, se lesionaban, se tiraban muertos de cansancio sobre el césped y tenían su propio jacuzzi (rodeado de Barbies).

El muñeco en cuestión era conocido como ‘Prosikito’. Se trataba del alter ego de Robert Prosinecki.

Que una persona sea capaz de reírse de sí misma siempre es digno de elogio. Pero aquello fue el súmmum.

Robert Prosinecki era el unicornio blanco. Un futbolista elegante, recio, con una planta espectacular y una depurada técnica. A los 18 años fue elegido el mejor jugador del Mundial sub-20 en el que lideró a una generación yugoslava irrepetible. A los 20 fue escogido el mejor jugador sub-21 de Europa. Con 21 primaveras ya era campeón de Europa con el Estrella Roja y fue elegido el quinto mejor jugador del mundo antes de firmar por una cantidad indecente de dinero por el Real Madrid.

Y ahí se acabó todo.

Como muchos antes y muchos después, Prosinecki fue descartado por el club de sus amores. Hubo de dejar el Dinamo de Zagreb para probar fortuna en el Estrella Roja, en la rival y vecina capital de Serbia. Por entonces el Estrella Roja estaba formando un conjunto imponente con chavales que antes eran yugoslavos y después fueron serbios (Savicevic, Jugovic o Mihajlovic) pero en el que el jefe en la sala de máquinas era Prosinecki, un croata que ya había fascinado en el citado Mundial sub-20 junto a otros compatriotas como Suker o Boban.

Liderados por Prosinecki, acumularon cuatro campeonatos ligueros consecutivos antes de ganar la Copa de Europa de 1991 derrotando al proyecto millonario del Olympique de Marsella. Lo hicieron tras eliminar al Dinamo de Dresde, al Glasgow Rangers y, esencialmente, al FC Bayern en una épica semifinal.

Prosinecki, el paquete rubio- Odio Eterno Al Fútbol Moderno
‘Prosikito’, Rey de Europa

Cuatro de aquellos campeones fueron elegidos entre los diez primeros en la clasificación del Balón de Oro de aquel año. Belodedici (8º), un aseado defensa que acabaría firmando por el Valencia, Pancev (3º), un goleador que no pudo mantener en el Calcio los registros que atesoraba, y, con más relieve, Dejan Savicevic (2º) y Robert Prosinecki (5º), con diferencia los jugadores con más talento de esa generación.

Estos dos últimos contaban con los mismos pretendientes; Real Madrid y AC Milan. Los merengues acababan de perder la hegemonía en España frente al Barça de Cruyff. Ante la evidente cuesta debajo de Hugo Sánchez, el Madrid buscaba un acompañante para Butragueño. La opción obvia era Savicevic, que si bien no era un goleador, era tan buen facilitador como rematador. Mientras, el AC Milan, que contaba con Van Basten aún sano, se inclinaba más por fichar a un creador de juego como Prosinecki para reforzar su centro del campo.

La disyuntiva, sin embargo, se resolvió en la citada semifinal ante el FC Bayern. En el encuentro de ida disputado en Múnich, Robert Prosinecki bailó a los bávaros con un recital de dirección y clase que ya había demostrado en anteriores ocasiones, pero nunca antes en un escenario tan majestuoso. Ramón Mendoza, presidente del Real Madrid, presenció el encuentro desde las gradas y lo tuvo claro. Su idea era firmar a Savicevic, pero cambió de caballo a mitad de carrera. Quizás Savicevic tenía más instinto asesino que Prosinecki, pero la clase del croata era inigualable. El Madrid iría a por Prosinecki.

Pero Silvio Berlusconi también había visto el partido desde el salón de su casa. El AC Milan también iría a por Prosinecki.

Los lombardos eran por entonces el equipo en boga. Habían hecho doblete en la Copa de Europa (1989 y 1990), contaban con Arrigo Sacchi, el entrenador del momento, y con una pléyade de estrellas lideradas por Maldini, Baresi, Gullit y Van Basten, seguramente cuatro de los diez mejores futbolistas del momento. Así que cuando a Prosinecki se le acercaron los mandatarios ‘rossoneros’ lo tuvo claro. Ficharía por el AC Milan.

Según se supo después, el croata se trasladó a Italia en secreto para pasar un reconocimiento médico. El acuerdo entre el Estrella Roja y el AC Milan aún estaba muy verde. Entonces los futbolistas de los países comunistas necesitaban el visto bueno de su gobierno para salir del país. Aunque con el paso del tiempo se fue ablandando la normativa permitiendo que cada vez se pudiese dejar el país a edad más temprana, que un joven de 21 años lo hiciese resultaba por entonces inconcebible.

Mientras la burocracia hacia su papel, Prosinecki llega a Milán. Y allí se revela la verdad. Tiene la mandíbula alargada y los incisivos salidos (podría pasar por Borbón) y prácticamente todos sus dientes cuentan con una muesca de caries. Los galenos italianos lo tienen claro; es candidato a continuos problemas musculares y de espalda. Se reúnen con Berlusconi y dan su veredicto. Fichar a Prosinecki es fichar a un futbolista propenso a las lesiones.

El fichaje se cancela.

Todo esto sucede sin que el Madrid lo sepa, por lo que Mendoza sigue con su propósito de firmar al croata. Antes de ser presidente blanco, Mendoza se había convertido en uno de los empresarios más influyentes de España y en uno de los pocos con excelentes relaciones más allá del Telón de Acero. Mendoza tiró de contactos y don de gentes, se aprovechó de que Yugoslavia estaba a punto de estallar en mil pedazos, y firma un acuerdo que oscila entre los 1.000 millones y los 1.500 millones de pesetas, según diversas fuentes. O lo que es lo mismo, tras un arduo tira y afloja, el Madrid tuvo que pagar entre 7 y 10 millones de euros. En 2021 equivaldría a más de 100 kilos.

Sólo tiene que convencer al jugador, pero es pan comido. Prosinecki está loco por la música. Todo lo ocurrido en Milán se mantiene en estricto secreto.

Es el fichaje del año. Pero saldrá rana.

Robert Prosinecki es presentado en el Bernabéu en el verano de 1991. No hay fichaje de mayor relumbrón en todo el planeta fútbol. Es el hombre que tiene que acabar con el nuevo Barça de Cruyff. El futbolista que tiene que devolver la exquisitez técnica al Bernabéu. La estrella que debe darle a la Quinta del Buitre su última oportunidad de ganar la Copa de Europa. Aquel rubio de pelo ensortijado, mirada perdida y mandíbula alargada tiró de guión y dijo sentirse radiante “por firmar por el club más grande del mundo”. El Real Madrid acababa de contratar al jugador que se suponía que iba a dominar el fútbol europeo y mundial en la década de 1990.

Únicamente jugó tres partidos en su primera temporada. 1991/92.

En total fueron tres campañas, y fue la última la mejor de todas ellas, donde las lesiones aún le permitieron disputar 23 partidos y anotar 6 goles. Fueron años negros para los blancos. Quizás, si aquellas ligas perdidas en el último partido ante el Tenerife hubiesen sido distintas, ni Cruyff sería el Mesías en Barcelona ni Hagi y Prosinecki (curiosamente los dos acabarían en el Barça) hubiesen salido del Madrid por la puerta de atrás. Quién sabe.

Pero la realidad es que la huella que dejó Prosinecki en Madrid y en la Liga española es la de una serie de motes que harían las delicias en la era del Whatsapp y el Tik tok. El más utilizado era ‘Lesionecki’, pero el que tenía más arte era ‘Marlboro, el paquete rubio más caro’. Y es que el rubio mediapunta croata era un fumador empedernido, y, porque no decirlo, no hacía afán alguno por ocultarlo. Fumaba un par de cajetillas al día y cuentan que en sus años de declive se fumaba un pitillo en el descanso ante el asombro y el beneplácito de sus compañeros.

Conviene ponerse las gafas de la historia y ver las cosas con perspectiva. Es cierto que desde finales de los 80 empezaron a profesionalizarse los entrenamientos y las comidas, pero aún entonces era bastante habitual ver a un futbolista fumando. Lo de beber, aún sigue sucediendo, pero a escondidas. Antes, era la normalidad. “La cerveza viene bien después del entrenamiento porque repones líquidos”, era una coletilla habitual de la época. “El 50% de los futbolistas fuman, pero no lo reconocen. A mí me relaja y nadie vive 100 años. Porque deje de fumar no voy a correr más. Mira a Romario en qué forma está. ¿Es que él no sale por las noches?”, comentaba el bueno de Prosinecki en una entrevista en su última temporada vestido de blanco.

Lo curioso es que aunque fue apodado ‘Marlboro’, Prosinecki era un despiadado fumador de ‘Chester’.

Prosinecki - La Galerna
‘Lesionecki’

Prosinecki acumuló en su primera temporada hasta cinco lesiones musculares diferentes en nueve meses. Un récord que hasta el bueno de Hazard está lejos de igualar. Tras una de esas roturas, allá por el mes de enero, los servicios médicos del Madrid decidieron someter a Prosinecki a una intervención quirúrgica, y ¡voilà!, fue entonces cuando descubrieron aquello por lo que los galenos del AC Milan descartaron el fichaje. Tenía la boca llena de caries y una grave periodontitis. Lo enviaron de inmediato a un dentista.

Pero tampoco es que los médicos blancos fuesen unos incompetentes. Cuando Prosinecki llegó a Madrid sí que descubrieron que tenía las piernas hechas un cromo. Una colección de golpes y pinchazos. Pocos jugadores habían recibido tantos porrazos como él. Sus extremidades inferiores se asemejaban a los de un futbolista próximo a la retirada y no a uno que aún estaba empezando a forjar su carrera.

Se descubrió que el Estrella Roja llevaba un par de años explotando a Prosinecki. Jugaba partido si y partido también infiltrado. Tenía no sólo destrozados los cuádriceps o los tobillos, también se descubrieron infiltraciones en la rodilla. Aquella Europa del Este buscaba reconocimiento internacional destrozando a sus estrellas. Al acabar la temporada 1992/93, a los 24 años de edad, Robert Prosinecki acumulaba un total de dos decenas de lesiones musculares. Nunca pasó por el quirófano hasta llegar a España. En Yugoslavia acumuló infiltración tras infiltración.

Pero aun había un problema a mayores. El psicológico. Prosinecki llegó a Madrid mientras que muchos de sus familiares y de sus amigos sobrevivían a la guerra que estaba destrozando Yugoslavia. Como otros jugadores de la época, pasó por un torbellino de emociones. Mientras él lidiaba con una nueva vida acomodada, muchos de sus conocidos pasaban hambre o luchaban en el campo de batalla.

Y aunque psicológicamente estaba tocado y físicamente destrozado, de puertas para fuera Prosinecki era la alegría personificada. Quienes lo conocen dicen que era simpatiquísimo y que siempre tenía una palabra agradable o una sonrisa para cualquiera que se acercase a él. Podía echar horas en la cafetería de la ciudad deportiva del Real Madrid hablando con aficionados o con periodistas, mientras invitaba a cerveza y fumaba unos cuantos cigarros. Solo pedía una cosa. Que nadie le hiciese fotos.

El caso es que, tras tres temporadas catastróficas, el Madrid empaqueta el paquete de Marlboro y lo envía a Oviedo. El conjunto carballón estaba dirigido por el serbio Radomir Antic, que le obliga a cambiar de hábitos alimenticios a cambio de darle manga ancha con el tabaco y permitirle un par de noches locas al mes. Y Prosinecki se sale. Hace una temporada tremenda y lleva a los asturianos a la parte alta de la clasificación, incluyendo una victoria en casa ante el Madrid en la que Prosinecki da un recital.

Fue tan buena la conexión que, cuando al año siguiente Antic firme como entrenador del Atlético, intentará llevarse con él al croata. Pero en estas pasa por el medio Cruyff y Prosinecki decide fichar por el Barça, que lo compra por un tercio de lo que el Madrid había pagado por él. “Si hubiera ido al Atlético, no hubiesen ganado el doblete. Resultó mejor para Antic que fuera Milinko Pantic y yo me marchara al Barcelona», recordaba años después rememorando el fichaje frustrado y la victoria de los colchoneros en la Liga y la Copa de la temporada 1995/96.

El rubio contaba ya con 26 años y en el Barça iba a demostrar porque era el centrocampista con más talento de Europa. Tenía un regate en el que amagaba un tiro, hacía una finta y la pisaba. Siempre volvía loco al defensa. Sabías que venía, sabías que lo haría, pero era imparable. Y así fue durante 19 partidos… hasta que otra vez las lesiones dijeron basta. Fueron dos campañas en Can Barça y el resultado fue igual de catastrófico que en Madrid, tanto en lo personal como en lo colectivo. Y ya no volverá a resurgir. Tras un breve paso por Sevilla, vuelve a Croacia para jugar en el Dinamo de Zagreb. Tiene 28 años y está acabado. Alargará su carrera hasta los 35 jugando en ligas menores que le permitirán demostrar su increíble capacidad técnica escondiendo sus carencias físicas.

En 11 de sus 18 temporadas como profesional jugó menos de 30 partidos, contando encuentros ligueros, coperos y europeos. Y aun así, como la fortuna suele ser caprichosa, durante unas cuantas semanas del verano de 1998 Robert Prosinecki dio un clase magistral de como dirigir y organizar en equipo de fútbol.

En el Mundial de 1998 Robert Prosinecki fue el encargado de manejar la sala de máquinas de la selección croata. Visiblemente pasado de peso y olvidado en el Dinamo de Zagreb, el seleccionador dálmata lo llamó para la causa en la que fue la primera participación en un Mundial del recién creado país. Prosinecki marcó un par de goles (es el único jugador de la historia que ha marcado con dos selecciones – Yugoslavia en 1990 y Croacia en 1998- en un Mundial), pero sobretodo mostró como de clase iba sobrado.

Fue el coletazo final del arquetipo de futbolista bajo la exclamación de lo que pudo haber sido. Hoy Prosinecki es un entrenador obeso de escaso éxito que se ríe de sí mismo y que es igual de venerado como de querido en su Croacia natal.

Prosinecki: "Fumaba cuando era futbolista, si un jugador mío fuma... ¿qué  le voy a decir?" | MARCA Claro México
Antes (d) y después (i)

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A los 20 años de la Copa de Gasol

Una vez se dé por vencido y admita que ante el tiempo no se puede luchar, Pau Gasol pondrá punto final a una carrera legendaria. Se supone que vivirá a caballo entre Barcelona y Los Ángeles, pero será en la ciudad californiana donde tendrá su cuartel general. En numerosas ocasiones ha manifestado que es un enamorado de la cultura norteamericana y es ‘vox populi’ que más pronto que tarde pedirá la nacionalización estadounidense (quizás para evitarse un futuro problema hispanocatalán). El caso es que en estas dos últimas décadas su vida ha estado en los Estados Unidos. Y lo cierto es que antes de comenzar su idilio con la NBA, hasta en tres ocasiones la nación más poderosa del mundo se cruzó en su camino hacía el estrellato ya fuese de una forma o de otra.

La primera de las veces fue en el verano de 1999. Meses antes un imberbe, rubio, y flacucho chico con la cara despedazada por el acné había debutado en la Liga ACB. Ese verano la selección española juvenil disputó en Portugal el Mundial de la categoría alcanzando la hazaña, por entonces alucinante, de vencer a los imbatibles estadounidenses en la final. Gasol era entonces un jugador de relleno, con un potencial inmejorable, pero débil y con notables carencias tácticas. Germán Gabriel, Raúl López o su íntimo amigo Juan Carlos Navarro llevaban la voz cantante de aquella generación.

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Felipe Reyes, Gasol y Navarro

En todo caso aquel verano triunfante hizo que Pau obtuviese el permiso de sus padres para seguir jugando al baloncesto y renunciar a matricularse en la facultad de medicina. La temporada 99/00 fue la primera de Gasol como miembro de derecho en la plantilla del FC Barcelona. Era habitual suplente pero presentaba unas magníficas prestaciones en los pocos minutos de los que disfrutaba. Mantenía una clara fragilidad defensiva, pero partido a partido gozaba con el ataque y aprendía a posicionarse. Aun así a finales de temporada seguía estando detrás de Rentzias y Alston en la rotación aunque, indudablemente, era el favorito de la afición.

Fue entonces cuando Estados Unidos se cruzó por segunda vez en su camino. Esta vez bajo el nombre de Johnny Rogers.

España acudía sin demasiadas expectativas a los Juegos Olímpicos de Sidney. El seleccionador era Lolo Sainz, veterano, de la vieja escuela, no propenso a los artificios. Se decantó por una terna de pívots intimidadores y confió el puesto de ala-pívot a un 4×4 como era Alfonso Reyes. Para rellenar el cupo, como jugador número 12, el clamor nacional era la convocatoria de Pau Gasol. Otros talentos de su generación como Raúl López y Juan Carlos Navarro iban a ser importantes y aunque Pau estaba verde, la opinión generalizada era que la experiencia sería positiva para ese niño de 2,16 al que no se le vislumbraba techo.

Sainz prefirió apostar sobre seguro y llamó como quinto pívot a Johnny Rogers. Nacido en California hacía ya 36 años, Rogers era un interior móvil con buen lanzamiento a 5 metros y que había aterrizado en España en 1988. Por entonces militaba en el Panathinaikos. Sus números eran mejores que los de Gasol pero su convocatoria fue una soberana sorpresa. Llevaba cuatro años nacionalizado pero jamás había sido convocado. Debutó aquel verano con la selección y apenas la mitad de sus 17 años en Europa los pasaría jugando en nuestro país.

El palo para Gasol fue duro, pero lo sería mucho más cuando al empezar la temporada 2000/01 el FC Barcelona contrate a Rony Seikaly. La tercera vez que Estados Unidos se cruzó en su camino antes de su explosión en dirección al estrellato.

Quiso el destino que Seikaly naciese en el Líbano, mas era un estadounidense de tomo y lomo. Conoció España en 1986 cuando formó parte de la selección de Estados Unidos que se proclamó campeona del mundo en tierras hispanas. Después fue número 9 del draft y sostuvo una sólida carrera con medias de 15 puntos y 10 rebotes por partido en una época donde era tan difícil como ahora triunfar en la NBA pero era mucho más complicado jugar. Al Barça llegó con 34 tacos, lastrado por las lesiones pero con vitola de estrella. Con 2 millones de euros de entonces en el bolsillo pasó a ser el jugador mejor pagado del momento.

Seikaly acompañaría a Roberto Dueñas formando un juego interior aterrador. En el banquillo quedaba el electico Efthimios Rentzias, un buen reboteador como Francisco Elson y el veterano Zoran Savic. Gasol tendría que luchar con éste último por arañar unos cuantos minutos en la rotación sabiendo que la experiencia gana en confianza al descaro cuando los nervios hacen su aparición.

Pero la tercera vez que, de una forma u otra, los Estados Unidos hacían aparición en la vida de Gasol su vida iba a dar un vuelco definitivo. Apenas cuatros partidos después de su debut, Seikaly decidió quedarse a pernoctar en Londres tras un partido de la Euroliga y no presentarse al entrenamiento del día siguiente en Barcelona. Aíto García Reneses, hoy entrenador venerado pero entonces técnico criticado por sargento inflexible, lo fulminó al instante. Seikaly dejó Cataluña y acabó su carrera como baloncestista profesional.

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Seikaly. Visto y no visto

—LA COPA DE GASOL—

La opción lógica era colocar a Rentzias junto a Dueñas, pero el ala-pívot griego era un jugador con sangre de horchata que combinaba grandes actuaciones con desconexiones antológicas. Tanto Savic como Elson eran pívots duros y fuertes pero se solapaban con Dueñas. Aíto había sido el primer entrenador que introdujo en España el alero alto cuando convirtió a Andrés Jiménez en un ala-pívot moderno a finales de los 80. Su gusto por el jugador alto capaz de amenazar desde fuera e intimidar debajo del aro le hizo fijarse en Gasol y darle la titularidad apenas un mes después de la fuga de Seikaly.

El resto es historia.

Gasol creció a pasos agigantados. Seguía presentando deficiencias en los tiros libres y en el rebote defensivo, pero su capacidad ofensiva y su comprensión del juego pasaron de la educación primaria a la universitaria en medio año. Fue escogido en el segundo mejor quinteto de la Euroliga disputando apenas seis partidos porque una inoportuna apendicitis le impidió jugar ante el Benetton de Treviso en una sorprendente y temprana eliminación del Barça. En la ACB asombraba su muy respetable 37% en triples con sus 2,16 de altura y con una movilidad para semejante tamaño que en Europa sólo se había visto en Toni Kukoc.

Llegó entonces la Copa del Rey. Un torneo de apenas cuatro días en el que ganas o te vas para casa. En un fin de semana los ocho mejores equipos de España (entre ellos 4 o 5 de los más potentes de Europa) se reúnen ante la atenta mirada de los ojeadores de la NBA. Gasol era el diamante más codiciado y se especulaba con que sería elegido en la primera ronda del draft.

El Barça pasó por encima del Fuenlabrada (98-76) en cuartos con Gasol en modo imperial con 16 puntos y 8 rebotes en apenas 20 minutos. Igual de contundente fue la victoria en semifinales ante el Pamesa Valencia (95-69) aunque más discreta fue la actuación de Pau (13+5). El Barça que empezó la temporada con un exceso de músculo y una clara ausencia de cerebro, había girado 180 grados con un quinteto formado por Jasikevicius, Hawkins (Navarro era su suplente), Karnisovas, Gasol y Dueñas, en el que únicamente este último vivía más de su físico que de su talento.

Pau Gasol fue un cambio total, un avance, un extraterrestre. E.T. como lo bautizó el fallecido Andrés Montes. El primer baloncestista español del siglo XXI. Llevaba varias semanas avisando, pero explotó de forma fugaz antes de cruzar el charco en aquella final de la Copa del Rey ante el Real Madrid.

Meses antes, cuando Barça y Madrid se vieron las caras en partido de Liga, Gasol ya había anotado 20 puntos con 8 rebotes, justo antes de alcanzar la cifra de 23 en un choque de Euroliga. Pero aquel clásico fue ganado de paliza por los catalanes (82-54) por lo que muchos vieron en la estadística un engorde natural producto de los minutos de la basura.

Sabiendo que en altura el Barça era muy superior al Madrid, Aíto se decidió por rotar continuamente a Karnisovas y a Pau Gasol en la posición de 3, lo que en el argot del baloncesto se considera alero alto, un jugador con buena mano en el triple y capaz de percutir en el rebote defensivo y de ataque. El Madrid, entrenado por Sergio Scariolo, contaba con una línea exterior de campanillas con Djordjevic (Raúl López de suplente), Lucio Angulo, Alberto Herreros e Iker Iturbe, pero en el que únicamente Eric Struelens podría ser considerado como un decente jugador interior. Era un equipo notablemente más bajo, en el que Iturbe (1,98 metros) jugaría de 4 y tendría que defender a Gasol (2,16 de altura).

En el citado partido de Liga había sido Alberto Herreros el encargado de emparejarse con Gasol en la posición de alero. Triplista descomunal tras recibir, magnífico saliendo de los bloqueos y lo suficientemente fuerte para postear, Herreros había sido máximo anotador del Mundial de 1998 y era el mejor jugador nacional del momento. Pero Gasol demostró ser lo suficientemente rápido como para aguantar al madridista en el uno contra uno. No perseguía a Herreros, sino que iba por delante de él abriéndose y sorteando rivales para entorpecer las líneas de pase.

Así que Scariolo, sabiendo de su déficit de altura, decidió apretar a media pista e intercambiar diferentes defensas en zona, mientras Iturbe y Milic (un alero esloveno con muelles en los pies) lidiaban con Karnisovas y Gasol de tanto en cuando. El experimento funcionó durante toda la primera parte (31-41) gracias a la sabia labor de dirección de Djordjevic y Raúl López y los puntos de Herreros que hicieron quedar en mal lugar las aptitudes defensivas de Navarro, otro por el que peleaban los ojeadores de la NBA y que quedó muy mal parado tras el torneo.

Llegó el descanso y fue tras la vuelta a la cancha cuando Gasol demostró un dominio pocas veces visto. Sacó del atolladero en el que se vio metido el Barça a medio partido, tiró de todo un equipo en frustración y decidió con una sangre fría “nunca vista desde los tiempos de Drazen Petrovic”, según claudicó Scariolo al término del partido.

Gasol dio un clinic. Recibía en la línea de tres y se llevaba por velocidad a Iturbe y sus 22 centímetros de eje gravitacional a favor. Recibía lejos de los 6,25 metros y anotaba con claridad a pesar de ser el tipo con mayor distancia entre los pies y la cabeza de toda la pista. Después corre zancada tras zancada a toda pista como un prestigiador antes de regalar una asistencia, para acabar su actuación con un mate a una mano ante la cara de un atónito Struelens.

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E.T.

Firmó 25 puntos, 6 rebotes, 3 asistencias y 3 robos en apenas 31 minutos. Ni siquiera falló en la línea de tiros libres con un magnífico 12/14 cuando en temporada regular arrastraba un flojo 65% de efectividad. El FC Barcelona se llevó la Copa (80-77) y Gasol recibió el trofeo de MVP. La entrega gozó de mayor influjo porque quiso el azar que el encargado de realizarla fuese el Rey Juan Carlos I un habitual en la finales coperas que llevan su nombre cuando de fútbol se trataba pero al que pocas veces se le ha visto en una cancha de baloncesto.

Meses más tarde Gasol repetiría MVP y actuación estelar al dejar una estela de grandeza en semifinales ante el Unicaja de Málaga y arrasar al Madrid en la final de la Liga ACB (3-0). Allí, en el tercer y definitivo partido jugado en la capital, Gasol dejó su imagen más icónica antes de dar el salto a la NBA. Con el Madrid cuatro puntos abajo y presionando a toda pista, Gasol pidió el balón y ejerció de base. Superó a Milic, al que le sacaba una cabeza, con un cambio de mano propio de Harlem y se lanzó a recorrer la pista de una punta a otra antes de dar una asistencia. El siglo XXI era una realidad.

A pesar de que Aíto decía que estaba verde para dar el salto a los Estados Unidos, lo cierto es que esas carencias defensivas de las que el técnico hablaba se compensaban con una ambición, una inteligencia y una excelencia ofensiva jamás vista anteriormente. Cuando aquel verano Gasol sea elegido en tercera posición del draft de la NBA las dudas serían enormes, pero el chico que eclosionó en aquella Copa del Rey de febrero de 2001 marchaba a Estados Unidos para no volver.

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Cómo de obsceno es el sueldo de un futbolista

El debate no es cuánto gana Leo Messi. No parece probable que los mandamases del FC Barcelona sean propensos al suicidio. Se supone que el sueldo de Messi está acorde a los beneficios que le genera al Barça (otra cosa es que el coronavirus haya puesto todo patas arriba). Un segundo motivo de discusión es saber cómo de lícito es ocultar un contrato cuando el Barça no es una sociedad anónima y sigue, aunque de soslayo, siendo propiedad de sus asociados. Al no haber público en el Camp Nou nos hemos quedado sin saber la opinión del respetable, aunque me aventuro a pensar que los aplausos ganarían en clara ventaja a los silbidos. Puestos a culpar a alguien por el cráter económico del Barça me da que el socio echaría más en cuenta excesos llamados Philippe Coutinho o Ousmane Dembelé que otros que obedecen al nombre de Leo Messi.

Lo que el diario ‘El Mundo’ aireó con clarines y timbales (con mucha diferencia la mejor redacción de investigación periodística de España, a pesar de cierto tufo a amarillismo) no fue el sueldo de Messi en sí (70 millones fijos anuales), sino unas disparatadas cláusulas que pueden hacer que el astro alcance los 140 kilos por temporada. Entre las más insólitas están los 39 millones que cobrará por fidelidad el día que se vaya del Barça (¿?), la posibilidad de quedar libre si Cataluña declarase la independencia o un bono por partidos jugados en el que se contabilizan aquellos que Messi no puede disputar por lesión (¿?).

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Solo faltan los céntimos

Decía que el debate no es cuánto gana Messi. Se supone que obedeciendo a la ley de la oferta y la demanda si llega a ganar 140 kilos al año es que al menos genera otros 140 al Barça. La pregunta y el debate es cuánto de obsceno es el sueldo de Messi. Y la respuesta es obvia. Es muy obsceno. Incontable e ilimitadamente obsceno.

Pero, ¿cuánto de obsceno?

Cuando en 1928 nace en España la Liga de Fútbol Profesional el sueldo medio de aquellos primeros asalariados rondaba los 40 euros (de la época) por temporada. Son los tiempos de Ricardo Zamora, la primera gran estrella del fútbol en España y el mejor portero del mundo en los años 30, por el que el Real Madrid pagó 900 euros al RCD Espanyol por su traspaso. Zamora firmó un contrato que le reportaba 215 euros al año.

Dada la relevancia futbolística, mediática y económica del Real Madrid, no existe mejor paño para apreciar la evolución del sueldo de los futbolistas. Entre la Guerra Civil, la inflación y la aguda crisis económica, la ficha de Zamora no fue superada hasta que en 1953 Alfredo Di Stéfano llegó a España. ‘La Saeta Rubia’ fue la comidilla en todo el país por un fichaje que se disputaron Barça y Madrid en el que finalmente los blancos salieron ganadores. Hubo desidia por parte azulgrana, pero también tráfico de influencias. El caso es que el Gobierno hubo de autorizar al Madrid a pagar la entonces escandalosa cifra de 4.000 euros anuales a beneficio de Di Stéfano. Para el año 1962 obtendría un contrato récord de 25.000 euros anuales, a lo que habría que añadir las correspondientes primas.

¿Eso era mucho? Pues sí. Di Stéfano cobraba 200 salarios mínimos anuales por temporada. Kubala, estrella azulgrana, cobraba menos que ‘La Saeta Rubia’, pero aun así  era un total de unos 150 salarios mínimos al año. Como veremos, aunque inmensas, son cifras ridículas si las comparamos con los sueldos millonarios de la actualidad.

Aunque Kopa, Puskás o Amancio superaron con amplitud los 10.000 euros por temporada, nadie se acercó al sueldo de Di Stéfano hasta que en los 70 el mercado internacional se volvió a abrir de par en par. Cruyff aterrizó en Barcelona con un traspaso que fue récord mundial y el Madrid contraatacó firmando a Gunter Netzer a razón de 115.000 euros anuales.

En 1979 Laurie Cunningham se convertía, además del primer negro en ser internacional con Inglaterra, en el fichaje más caro del momento. El Real Madrid le hizo un contrato de 78.000 euros anuales. Dicha cifra representaba un total de 48 sueldos mínimos anuales. Era mucho, pero era menos que en época de Di Stéfano.

Hubo que esperar a los 80 para el siguiente gran salto. En 1985 Emilio Butragueño fue el primer madridista en firmar un contrato de 100 millones de pesetas al año (600.000 euros) que llegaría a ser de 2 millones de euros tras diferentes renovaciones, misma cantidad que cobraba el croata Robert Prosinecki o el montenegrino Pedja Mijatovic.

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El Buitre. A 100 kilos de pesetas al año

—LA LEY BOSMAN—

En 1996 la llamada Ley Bosman permitió la libre circulación de jugadores europeos, por lo que el fútbol entró de lleno en el libre mercado de la oferta y demanda. Los clubes más poderosos aumentaron sus ofertas y los futbolistas vieron como su capacidad negociadora para obtener mejores contratos se ensanchaba exponencialmente. La Ley coincidió en el tiempo con la aparición del fútbol en emisión bajo pago y el desarrollo de internet. Ambos hechos llevaron a que las mejores ligas europeas formasen parte de la vida cotidiana en todos los rincones del planeta. La globalización es el motivo principal por el que cada vez más firmas comerciales centran hoy en día sus objetivos hacia las grandes estrellas futbolísticas como íconos de una juventud que, en buena parte, han dejado a un lado a los ídolos del cine y de la música (chicas incluidas).

Tras la aprobación de la Ley Bosman los sueldos se dispararon. Raúl fue el primer jugador merengue que firmó un contrato de 1.000 millones de pesetas por temporada (6 millones de euros), cifra igualada y luego superada (ya se sabe que las renovaciones siempre son al alza) por Figo, Zidane o Ronaldo. Kaká sería el primero en firmar por 10 millones de euros al año, misma cifra de un Cristiano Ronaldo que paso a paso llegó a cobrar 30 kilos antes de marcharse a Italia.

Florentino tuvo suerte de largarlo antes de que el coronavirus hiciese su aparición. O quizás no. Quizás mejor haberlos invertido en Cristiano que en Jovic, Militao, Mendy, Rodrigo y hasta Hazard, que inesperadamente oposita a Prosinecki.

La influencia y la locura que la Ley Bosman generó en el fútbol de cambio de siglo se puede observar en el precio de las contrataciones de los futbolistas. Desde que en 1893 el Aston Villa pagase unos 80 euros al WBA por el fichaje del escocés Willie Greaves, la progresión en aumento ha sido un fiel reflejo de la economía mundial. De Inglaterra se pasó a Italia previo paso por Argentina. Fue un argentino, Bernabe Ferreyra, el que mantuvo el récord de traspaso durante más tiempo, un total de 17 años entre 1932 y 1949 fiel reflejo de las vicisitudes de la II Guerra Mundial. Después, tan sólo el Barça con Cruyff y Maradona osó discutir el trono de los fichajes galácticos a Italia hasta la entrada de la Ley Bosman en 1996.

A partir de entonces un récord que solía durar unos años pasó a ser roto verano tras verano. Shearer (Newcastle) en el 96, Ronaldo (FC Barcelona) en el 97, Denilson (Real Betis) en el 98, Vieri (Inter Milan) en el 99, Figo (Real Madrid) y Hernán Crespo (SS Lazio) ambos en el año 2000, hasta que el Madrid rompió la banca fichando a Zidane en 2001 por 77 millones de euros. Otros lo superarían después, pero teniendo en cuenta la inflación, la contratación de Zidane fue el fichaje más caro de la historia hasta que el PSG pagó 222 millones por Neymar en el verano de 2017.

La burbuja estalló con la crisis financiera del 2008. A inicios del siglo XXI los sueldos estaban tan inflados que había futbolistas de Tercera División con salarios que les permitían vivir con holgura, y en Primera Autonómica se llegaban a pagar 1.000 euros mensuales. En la actualidad, hasta en Tercera División, hay jugadores que únicamente cobran bonos en función de los resultados y de los desplazamientos.

En la década de 2010 los salarios de los futbolistas volvieron a aumentar. Antes de la pandemia el sueldo bruto de un futbolista de Primera División se estimaba en 4 millones de euros anuales. Sólo entre 2013 y 2018 los sueldos de los jugadores habían crecido un 20% y representaban entre el 50% y el 70% del presupuesto de un club de fútbol. El salario mínimo de un futbolista profesional prepandemia era de 155.000 anuales por los 10.300 que representaban el salario mínimo de un trabajador. No es necesario señalar que en ninguna otra profesión ve aumentar sus ingresos fijos un 20% en un lustro. La pandemia ha roto con esa progresión. Siempre hubo y habrá cracks, pero para el futbolista medio, haber debutado en 1996 y retirarse en 2008 significa haberse hecho inmensamente millonario.

En los últimos 40 años mientras que el salario mínimo apenas ha aumentado un 10% el sueldo de los futbolistas se ha multiplicado cerca de un 200%. Netzer o Cruyff vivían muy bien, pero lo que ocurre en la actualidad es demencial. Contaba que Di Stéfano tenía 200 salarios mínimos anuales. Mucho, ¿verdad? Pues ni siquiera hablemos de Messi o de Cristiano, los Di Stéfano del momento. Se estima que Sergio Ramos, quizás el buque insignia del Madrid actual, cobra 15 millones de euros al año. Dicha cifra representa 1190 salarios mínimos anuales…y habría que añadir los contratos publicitarios.

Lo cierto es que la desigualdad entre los más ricos y los más pobres no deja de aumentar en todo el mundo. El directivo medio en Estados Unidos gana 104 veces lo que su trabajador, cuando esa diferencia era de 25 veces en los años 70 según ‘The New York Times’. Poco puede hacer el currante para que esto cambie. Pero cuando ese trabajador paga 300 euros para ir al Camp Nou o al Bernabéu está ratificando el sueldo de los 22 multimillonarios a los que luego critica por acaudalados cuando no juegan como a él le gusta.

Hoy en día Messi cobra unas 30 o 40 veces más que Di Stéfano en su época. Pero es que Messi cobra más que ningún otro deportista (según ‘Forbes’ solo es superado por Roger Federer, pero únicamente si se cuentan los ingresos por publicidad). Es normal. Es el mejor en el deporte más seguido. Leo Messi es producto de la globalización del fútbol. Ni siquiera los ídolos de la NBA llegan a establecerse por todas las esquinas del globo terráqueo como lo hacen los astros del balompié. Messi vende el 85% de las camisetas del Barça y es un filón turístico para Barcelona y Cataluña.

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Rey Midas

Pero para el forofo no existe la mercadotecnia ni las giras millonarias por Asia. Para el trabajador lo que gana Messi es obsceno, aunque los directivos del Barça digan que es rentable. Y es obsceno, ilimitadamente obsceno, porque aunque Lebron James sea archimillonario lo es por ejercer su trabajo en la nación más poderosa del mundo. Que Messi sea el deportista mejor pagado del mundo ejerciendo su trabajo en un país que no está entre los 15 más ricos del planeta y que pelea con Grecia por tener la tasa de paro más alta de la Unión Europea es obsceno. Irremediablemente obsceno.

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A propósito del VAR (los cambios de la tecnología en el fútbol moderno)

Cláusula de rescisión (sobre el mercado de fichajes)

Expresiones del lenguaje deportivo (como el fútbol y el resto de deportes condicionan nuestra habla)

Fútbol postnacional (migrantes e identidades culturales)

El fútbol en el futuro (una ojeada al fútbol en el 2050)

La dignidad colectiva y el deportista dominante (en relación a la identidad de grupo y a la aceptación social del sujeto a través del deporte)

La España vacía (la ausencia del deporte de élite en la España olvidada)

El aficionado al fútbol (las inquietudes y los condicionantes del forofo)

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De la final de las botellas al caso Guruceta (2ª parte)

Poco menos de dos años después de la llamada ‘final de las botellas’, Real Madrid y FC Barcelona volvieron a cruzar sus caminos en la Copa del Generalísimo. En este caso se trataba de una eliminatoria de cuartos de final que se resolvería en el encuentro de vuelta, un choque que pasó a la posteridad como el del ‘caso Guruceta’. En ese interludio de 24 meses ocurrieron un par de hechos sobresalientes. En una entrevista veraniega Santiago Bernabéu, presidente madridista, declaró sin pelos en la lengua: “No están en lo cierto quienes digan que no quiero a Cataluña. La quiero y la admiro mucho, a pesar de los catalanes. Y a quien admiro de verdad es a Vilá-Reyes. Ser presidente en Cataluña de un club que se llama Español es digno de admiración”. En esas mismas fechas, Narcís de Carreras, presidente azulgrana, acuñaría en un acto público una expresión que llevaría el significado del barcelonismo a una nueva dimensión: “El Barcelona es algo más que un club de fútbol, es más que un lugar de esparcimiento donde los domingos vamos a ver jugar al equipo. Más que todas las cosas es un espíritu que llevamos muy arraigado dentro”.

La Liga 1969-70 finalizó con el Real Madrid sexto. Era la primera vez que los blancos no iban a disputar la Copa de Europa. Hasta entonces lo habían hecho siempre al ser vigentes campeones europeos o vigentes campeones de Liga. La única opción que tenían de competir en el continente la siguiente temporada era ganar la Copa y así clasificarse para la Recopa. Al FC Barcelona tampoco le había ido mucho mejor, pero al menos finalizó cuarto (llevaba diez años sin conquistar la Liga) y se había clasificado para la Copa de la UEFA. La Liga la había ganado el Atlético de Madrid en dura pugna con el Athletic de Bilbao.

Total, que en cuartos se enfrentan los dos gigantes en el único torneo que les puede permitir salvar la temporada. En el Barça Manolo Reina había sustituido en la portería a Sadurní, Olivella se había retirado y en el centro del campo Pereda había dejado su lugar a Marcial. El principal cambio del Real Madrid era Sebastián Fleitas, un delantero paraguayo que no dio resultado, y la entrada en el once titular de Goyo Benito, un joven y duro central que haría carrera en la casa blanca. Con estos mimbres el encuentro de ida tiene lugar en el Bernabéu y el Madrid gana por 2-0 con mucha polémica. Desde Barcelona se reclama que el segundo gol, obra de Amancio, tiene lugar en claro fuera de juego.

La vuelta se disputa en el Camp Nou el 6 de junio de 1970. Como árbitro se designó al guipuzcoano Emilio Guruceta, un prometedor colegiado que esa temporada había hecho su debut en Primera División. Se trataba de un trencilla autoritario pero dialogante, que dejaba jugar al estilo inglés, a imagen de lo que hoy podría ser Mateu Lahoz. Cuando en 1987 fallezca víctima de un accidente de circulación el diario ‘Marca’ instaurará un premio que llevará su nombre para designar al mejor árbitro de cada temporada.

La primera parte no tiene gran historia, pero al filo del descanso un latigazo de Rexach pega en el poste y se cuela dentro. El FC Barcelona gana 1-0 y tan sólo necesita otro gol para empatar la eliminatoria.

El Barça sale en tromba en la segunda mitad y se suceden las ocasiones en el área defendida por Junquera. Pero en el minuto 14 de ese período el Madrid recupera el balón y lanza un contraataque comandado por Velázquez. Comienza una carrera que lo ha de llevar hasta el área contraria momento en el que es derribado por detrás por Rifé (el mismo que había centrado en el autogol de Zunzunegui dos años atrás). Guruceta pita penalti.

El problema es que el derribo había sido fuera del área. Pero no por unos escasos centímetros, sino por unos cuantos metros. La dificultad estriba en que la caída no es limpia. Velázquez se va trastabillando y acaba con el cuerpo dentro del área. Pero no es excusa. El error es de bulto, tanto desde la televisión como dentro del campo.

El Camp Nou estalla. Hay lluvia de almohadillas (ya no había botellas, pero sigue habiendo incómodos asientos de cemento que son aderezados por cojines) y los jugadores del Barça hacen amago de marcharse del campo, pero son frenados por el inglés Buckingham, técnico azulgrana, y que al llevar poco tiempo en España no sabe de qué va la película. La lluvia de almohadillas no cesa y entre una cosa y otra pasarán casi nueve minutos hasta que Amancio lance el penalti e iguale el partido (1-1). Es entonces cuando Eladio, capitán azulgrana, se acerca a Guruceta y le aplaude en tono de guasa. Guruceta saca la cartulina roja de su bolsillo y expulsa al catalán. Un trueno recorre el Camp Nou y a las almohadillas le siguen unos cuantos espontáneos que invaden el campo. Como sería el ambiente que hasta los jugadores del Real Madrid le piden a Guruceta que rectifique y no expulse a Eladio, pero será como predicar en el desierto.

El partido sigue jugándose a trompicones con continuos lanzamientos de almohadillas y continuos parones en el juego mientras el público grita con ironía “¡campeones, campeones!” a los madridistas. A falta de diez minutos para el final Rifé cae en el área pero Guruceta no pita penalti. Más abucheos y nueva entrada de hinchas al rectángulo de juego. Emilio Guruceta decide dar por finalizado el partido y dar por válido el empate que clasifica al Real Madrid. En el acta del encuentro el colegiado vasco especificará que cayeron “más de 30.000 almohadillas” sobre el césped del Camp Nou.

El postpartido es de traca. Miles de aficionados barcelonistas se concentran en el entorno de la Plaza Canaletas gritando consignas que mezclan el deporte y la política hasta que la policía disuelve a los manifestantes. Bernabéu, fiel a su estilo, declara; “ha sido un penalti como una casa”. Pero lo que avivará el fuego son las declaraciones de Antonio Calderón, gerente madridista: “Ha pasado lo que suele pasar en cualquier pueblo”. De traca. Con menos los CDR te montan una barricada en Barcelona. Agustín Montal, un joven de 35 años que apenas unos meses antes había sustituido a Carreras en la presidencia azulgrana, no entra al trapo, y bien asesorado se limita a pedir que el partido se repita a partir del minuto 59, eso sí, eliminando de la escena el penalti que considera “un robo”.

La RFEF quiere dar por finiquitado el partido e imponer una sanción al FC Barcelona por el lanzamiento de objetos. Pero la indignación en Cataluña es brutal. El asunto pasa directamente al Consejo de Ministros. Y se decide intentar contentar a todos. En primer lugar el partido se da por terminado con la clasificación del Real Madrid a pesar de que faltan diez minutos por jugarse. En segundo término se castiga a Eladio con dos partidos de sanción por menosprecio al árbitro, pero a cambio se decide no clausurar el Camp Nou. Y por último se suspende de empleo y sueldo a Emilio Guruceta durante seis meses “por alteración del orden público”.

Pero eso no bastó para aplacar la indignación catalana. Era 1970 y lo que antes era sumisión ahora es rebeldía. Hubo que pasar a la pela. En las semanas siguientes el Consejo de Ministros libera 50 millones de pesetas que sirvieron para que el Barça construyera el Palau Blaugrana y la pista de hielo.

El Real Madrid eliminó al Athletic en semifinales y se clasificó para la final a disputar ante el Valencia. El partido se celebró en el Camp Nou en medio de un ambiente terrible hacia los madridistas que aun así lograron alzarse con el título tras vencer por 3-1. Cuando Franco entregue el trofeo a Gento, capitán madridista, el estadio se tornará vacío salvo por la presencia de unos cuantos miles de aficionados merengues.

Guruceta no volvió a arbitrar al FC Barcelona en más de 17 años de carrera. Muchos años después de su muerte una investigación de la UEFA demostró que había recibido un millón de francos suizos para facilitar la victoria del Anderlecht ante el Nottingham Forest (3-0) en las semifinales de la Copa de la UEFA de 1984. La noticia fue portada en la prensa deportiva catalana e intensificó el dolor por el recuerdo del ‘caso Guruceta’.

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De la final de las botellas al caso Guruceta (1ª parte)

Ahora que parece que por fin se va a disputar el Barça-Madrid es sugestivo rememorar otros clásicos plagados de odio, vísceras y altas dosis de política. En este blog ya hemos repasado la relación entre el FC Barcelona y la identidad catalana a través de una trilogía de artículos que nos llevaban desde los albores del nacionalismo hasta la Transición. En toda esta epopeya histórica tanto Madrid como Barça representan a disgusto o por convicción los papeles de españolidad y de catalanidad. Mas a pesar de los niveles de exaltación patriótica de la actualidad aún no se ha superado el cataclismo del bienio 1968-70, cuando en plenos estertores del Franquismo a la ‘final de las botellas’ le siguió el ‘caso Guruceta’.

La llamada ‘final de las botellas’ no es más que el calificativo con el que la posteridad recuerda la polémica final de Copa (entonces del Generalísimo) que enfrentó a FC Barcelona y a Real Madrid en 1968. Por entonces la Copa se empezaba a disputar en mayo una vez consumada la Liga. En el torneo de la regularidad el Real Madrid había ganado con claridad liderando la tabla desde el inicio de la segunda vuelta. Era el séptimo título consecutivo de los merengues. En la Copa vencieron al Sevilla y al Zaragoza para arrollar al Celta de Vigo en semifinales y clasificarse con holgura para la final.

El Barça tenía puestas sus esperanzas en la Copa. En semifinales se enfrentó al Atlético de Madrid, por aquel entonces club con más enjundia que los catalanes. En la ida ganaron los rojiblancos por 1-0 pero acabaron el duelo indignados por lo que consideraban un mal arbitraje. En la vuelta el Barça ganaba 2-1 a escasos segundos del final, lo que conducía a la prórroga (no había valor doble de los goles en campo contrario), pero el colegiado del encuentro aplicó un tiempo de descuento excesivo que permitió a Zaldúa anotar al filo del minuto 99 y clasificaba al Barça para la final.

El árbitro de ambos encuentros fue el mallorquín Antonio Rigo, acreditado colegiado con fama de barcelonista. Había dirigido 11 de los 30 partidos del Barça en aquel campeonato y también los cuartos de final ante el Athletic. La prensa madrileña sacó el látigo y en medio de aquel follón se conoció que Rigo iba a ser el árbitro de la final entre el FC Barcelona y el Real Madrid. Por si la polémica fuese poca hubo que retrasar varios días la final por problemas de agenda de Franco, lo que hizo sino aumentar la vorágine escritora de los periodistas.

El partido se iba a disputar el jueves 11 de julio de 1969, único día posible en la agenda del Caudillo. El Madrid no estaba de acuerdo con la designación arbitral y el Barça mostraba su indignación porque el choque se tendría que disputar en el Santiago Bernabéu, una ofensa contra la neutralidad de la final.

El Madrid tiene a tres titulares lesionados, el lateral Calpe, el cerebro Velázquez y la leyenda Gento. El Barça cuenta con su once de gala incluido a Carles Rexach, un joven extremo que había debutado esa temporada y que estaba considerado la gran perla del fútbol español. El Bernabéu estaba a reventar con más de 100.000 espectadores en las gradas con lógica mayoría madridista. En el palco de autoridades las vacas sagradas del Franquismo junto a Bernabéu, el presidente que convirtió al Real Madrid en el club de fútbol más importante del mundo, y a Narcís de Carreras, el presidente que acuñó la frase ‘més que un club’ y que ha definido la trascendencia social del FC Barcelona hasta nuestros días.

Apenas seis minutos después del pitido inicial, el azulgrana Rifé se interna por la banda izquierda y centra al corazón del área blanca. Zunzunegui se prepara para despejar el balón con una fuerte volea, pero con tan mal tino que se trastabilla y proyecta un perfecto remate que se cuela en la portería defendida por Betancort. Gol en propia puerta. Silencio sepulcral en el Bernabéu y el Barça se adelanta por 0-1.

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Zunzunegui anotó el tanto más desafortunado de su carrera

El Barça se echa atrás y el encuentro se convierte en un monólogo madridista. Minutos después Pereda, con la pierna en alto, golpea al madridista José Luis que queda largo rato conmocionado en el terreno de juego. Hay protestas en el graderío. Un poco más tarde es Serena el que es cazado con dureza por Gallego. Aún no había aparecido Cruyff por Barcelona y no se sabía lo que era el ‘fútbol total’. El Barça era un equipo que daba mucha leña, tal y como mandaban los cánones a finales de los 60.

Minutos después el propio Gallego caza a Pirri que vuela por los aires y sufre una luxación de clavícula. Pirri acabaría el partido con el brazo doblado hacia arriba anticipándose a la icónica imagen de Beckenbauer con el brazo en cabestrillo del Mundial de 1970. Es entonces cuando caen las primeras botellas al césped. Los aficionados iban al estadio con botellas de cristal. A diferencia de lo que ocurre en la actualidad aquellas botellas estaban llenas de alcohol, el cual, tras pasar por el tubo digestivo y ser descompuesto a partes iguales por el intestino y el hígado, viaja a través de la sangre hasta el cerebro para convertir al brazo de un ciudadano ejemplar en un arma de destrucción masiva.

Entre tanta mala leche también hay tiempo para el buen fútbol, donde resplandecen los regates de Amancio, pero mucho más las extraordinarias paradas del azulgrana Sadurní. Poco después del inicio de la segunda parte se desata la locura. Serena enfila el área y la parte en dos cual cuchillo hasta que es cazado por Eladio. Rigo dice que no ha pasado nada. Que siga el juego. Las botellas llueven sobre el Bernabéu. A decenas. A cientos. A miles. Botellas de cristal. De tercio de litro. De cerveza y también alguna de Coca-cola y de Kas. Lo normal entonces era tirar almohadillas. Aquello de las botellas era lo nunca visto.

El juego se para, pero minutos después hay otra entrada de juzgado de guardia. En este caso el derribado es Amancio. Vuelven a llover las botellas. Montones de botellas. Sadurní decide meterse dentro de su propia portería esperando que la red le proteja de los impactos. Los jugadores del Madrid se dirigen al público pidiéndoles que dejen de lanzar objetos, pero la masa está extasiada y no cesan de arrojar todo lo que tienen a mano.

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Sadurní recibió un aluvión de botellas dentro de su área

A partir de entonces, y hasta el final del choque, cada vez que un jugador del Barça tenga que sacar de banda o lanzar un córner recibirá como obsequio unas cuantas botellas. En el último cuarto de hora apenas se juega al fútbol y el Barça consigue aguantar el chaparrón y proclamarse campeón de Copa gracias al tempranero gol en propia meta de Zunzunegui.

El capitán Zaldúa se dirige al palco para recibir el trofeo de manos de Franco y el estadio grita de forma unánime ¡Rigo, campeón! visiblemente disconformes con la actuación del árbitro mallorquín. Aun cuando el Barça se retira al túnel de vestuarios caerán unas cuantas almohadillas sobre la cabeza de los futbolistas, una vez que las botellas han pasado a mejor vida.

Pero el intríngulis de la ‘final de las botellas’ tendrá lugar en el palco. Entre los presentes está Camilo Alonso Vega, veterano de las guerras de Marruecos y por entonces ministro de Gobernación. Al parecer su mujer se acerca a Bernabéu y le dice: “¡Qué desgracia, hemos perdido!”. Alonso Vega la acerca a su lado, la reprende y le indica que felicite al presidente del FC Barcelona. Ella se vuelve hacía Narcís de Carreras y le espeta: “Felicidades. Porque Cataluña también es España, ¿verdad?”, a lo que éste replica: “Señora, no fotem”, expresión que no necesita traducción.

En Barcelona se espera una fuerte sanción para el Real Madrid. La federación no hace nada. No es el Real Madrid el que ha organizado el partido. Al ser la final de Copa la organización corre a cargo de la propia Federación. Si la Federación decide sancionar, tendría que sancionarse a sí misma. Por lo que va a ser que no. Barcelona estalla de indignación. La única decisión que toma la RFEF es prohibir la venta de líquidos en botellas de cristal dentro de los estadios de fútbol. Desde entonces los vasos de plástico se hicieron un hueco en los graderíos del balompié español.

Por su parte el Real Madrid decidió recusar a Antonio Rigo. Nunca más volvió a dirigir a los de Chamartín. El FC Barcelona contraatacó haciendo lo propio con Ortiz de Mendíbil, uno de los mejores colegiados del mundo pero simpatizante madridista que en 1966 había alargado un Madrid-Barça durante 11 minutos hasta que los blancos marcaron el gol de la victoria. Rigo siguió arbitrando al resto de clubes de la Liga hasta que en 1975 fue obligado a retirarse al aparecer su nombre en una trama de corrupción que la llegada de la democracia dejó en el olvido.

Para el Barça que el Madrid no fuese sancionado tras la ‘final de las botellas’ era un síntoma más del poder del Madrid. Para los merengues que aquella final fuese dirigida por Rigo no hacía más que demostrar que las protestas llegadas desde Barcelona no eran más que lloreras, y que gracias a esas lloreras conseguían lo que querían.

Una vez retirado Antonio Rigo admitió que tras la ‘final de las botellas’ se hizo profundamente antimadridista. Obviamente para los blancos ya lo era antes de esa final. Lo único cierto es que aquella imagen del césped del Bernabéu lleno de botellas dio la vuelta al mundo y que el Barça consiguió sumar un nuevo título en su palmarés en casa del eterno rival.

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Rigo, el gran protagonista de ‘la final de las botellas’

P.D: Hubo que tirar de fotografías en prensa y de las crónicas de los periodistas para comprobar que hubo ‘final de las botellas’. Tanto en el resumen del NO-DO como en la retransmisión de TVE se evitó mostrar imágenes que incitasen a la polémica y a la violencia.

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