doping

Juanito Mühlegg

Resulta que el país más montañoso de Europa es Andorra. Dado que Andorra es un microestado con menos habitantes que la ciudad de Lugo, vayamos al siguiente de la lista. El país más montañoso de Europa es Armenia (1.792 metros de altitud media) y el siguiente es Georgia (1.432 metros). Como habrá quien diga que estos dos estados son europeos con calzador y lo mismo se dirá de Turquía (1.132 metros), diremos que la clasificación está liderada por Suiza (1.350 metros), seguida de Montenegro, Austria, Albania y España (660 metros).

Obsérvese que no hay ningún país escandinavo entre los más montañosos. Si que están entre los más ricos. Exceptuando casos similares al andorrano, véase Mónaco o Luxemburgo, el país con mayor renta per cápita de Europa es Suiza. Le siguen, por este orden, Noruega, Dinamarca, Países Bajos, Islandia y Suecia. España se encuentra en el 15º lugar de la tabla con Lituania pisándole los talones.

España es un país situado al suroeste de Europa, lo que le otorga una posición estratégica protegida por tres fronteras naturales que son el Océano Atlántico, los Pirineos y el Mar Mediterráneo. A pesar de ello posee un talón de Aquiles en el estrecho de Gibraltar, hito geográfico que ha sido paso de distintas civilizaciones con el transcurrir de los siglos. Sin embargo, el mayor desafío geográfico de España se encuentra en su interior. Hay extensas mesetas y sierras que abarcan gran parte del país. La mayor contrariedad es el Sistema Ibérico, región de las menos pobladas de Europa debido a su terrible complejidad geográfica. Esto ha llevado a que el 70% de la población hispana viva cerca de la costa aislada de Madrid (la capital). Coincide que el Sistema Ibérico, con forma de cuña y cercado por los Pirineos, es el que contribuye a separar a Madrid de dos de las puntas del triángulo influyendo al aislamiento cultural de unos territorios semiautónomos que son, como es fácil de adivinar, Cataluña y el País Vasco.

El caso es que es que el entramado montañoso de España adolece de dos condiciones; falta de nieve al ser un país sureño (dentro del hemisferio norte) y sin poderío económico (en comparación con el norte de Europa). Tan sólo las zonas pirenaicas catalanas pueden combinar ambos factores. No obstante, no son más que una pequeña muestra de la diversidad geográfica española. España suma únicamente 32 pistas de esquí. Suiza cuenta con 275 pistas. Austria presume de 392 estaciones de esquí.

Es fácil entender que en más de un siglo de existencia de los Juegos Olímpicos de Invierno la delegación española únicamente haya sumado dos medallas de oro. Fue el esquiador Paco Fernández Ochoa quien logró el éxito en Sapporo 1972. Ahora, en 2026, recién salida del horno, es la presea dorada en esquí de montaña de Oriol Cardona. Dos décadas más tarde que Paco Fernández Ochoa, sería su hermana Blanca quien se colgase una medalla de bronce en el cuello. Contamos también con una plata en snowboard de Queralt Castellet (2022) y un bronce en la misma disciplina de Regino Fernández (2018). Por último, una medalla de bronce más en 2018 gracias a Javier Fernández en patinaje artístico y otra también en 2026 de Ana Alonso en esquí de montaña.

Son siete medallas por las 197 que se han conseguido en los Juegos Olímpicos de Verano.

Es de entender que al inicio de este siglo el Comité Olímpico Español buscase un milagro.

La España blanca

En 1970 nacía en Suabia, una región alemana al pie de los Alpes, un niño al que pusieron de nombre Johann Mühlegg. El muchacho comenzó a practicar esquí de fondo desde muy joven con tal éxito que se proclamó campeón del mundo juvenil en la prueba de los 30 kilómetros. Participaría en los Juegos de 1992, en los de 1994 (fue cuando el COI decidió escalonar bianualmente los invernales de los veraniegos) y en los de 1998 logrando diploma olímpico en todos ellos en la disciplina de los 50 kilómetros de esquí de fondo.

Frustrado por rozar la medalla en hasta tres ocasiones, al parecer Mühlegg comenzó a tener desavenencias con la federación alemana de esquí. La cosa fue in crescendo hasta que a finales de 1998 Mühlegg decidió denunciar a su entrenador por daños morales. Hoy calificaríamos aquello de mobbing. Expulsado del equipo germano, Johann decidió buscar alternativas.

Como cualquier alemán con posibles, Mühlegg veraneaba en la costa mediterránea y no se sabe bien como recibió la visita del presidente de la federación territorial de deportes de invierno de Murcia….si….de Murcia. El caso es que a finales de 1999 la Real Federación Española de Deportes de Invierno hacía los trámites correspondientes para dotar a Mühlegg de la nacionalidad española. Automáticamente España contaba con una opción real de medalla para los Juegos Olímpicos de Invierno de Salt Lake City de 2002.

Mühlegg

Capital del estado mormón de Utah y ciudad que debe su nombre a un gigantesco lago salado, Salt Lake siempre fue pertinaz candidata a los Juegos Olímpicos. La elección de una ciudad estadounidense parecía un hecho consumado, dado que las anteriores citas habían sido en Asia (Japón) y Europa (Francia y Noruega). Y sin embargo el escándalo estalló cuando se supo que los organizadores habían pagado estudios en universidades norteamericanas a hijos e hijas de federativos africanos para influir positivamente en el voto. Como suele ocurrir en estos casos, se cogió la escoba y se guardó todo debajo de la alfombra.

Acudieron más de 2.000 deportistas y el pebetero fue encendido por los integrantes de la selección estadounidense de hockey sobre hielo que en 1980 derrotaron a la Unión Soviética en un partido legendario que fue llevado a la gran pantalla bajo el nombre de ‘Milagro sobre el hielo’. En los 1.000 metros de patinaje de velocidad los cuatro primeros chocaron entre sí al borde de la línea de meta, lo que le dio la medalla de oro al australiano Steven Bradbury, quién en ese momento marchaba quinto. El biatleta noruego Ole Einar Bjorndalen ganó cuatro oros que sumará a los cuatro ganados en ediciones anteriores y que ganará en ediciones posteriores. Por último, la croata Janica Kostelic conseguirá tres oros y una plata en esquí alpino.

¿Y España? España acudirá a Salt Lake City con únicamente siete deportistas. Se espera que la esquiadora María José Rienda consiga un buen puesto, aunque únicamente una carambola le podría hacer subirse al pódium. Pero el as bajo la manga es Johann Mühlegg. Tras su nacionalización exprés había logrado el oro en 50 kilómetros y la plata en los 20 kilómetros en el Mundial de Esquí de 2001. Fue entonces cuando Johann pasó a ser conocido por prensa y aficionados como Juanito y ser adoptado como uno de los nuestros.

Para otros muchos no lo era. Su nacionalización fue duramente criticada por Paco Fernández Ochoa, el oro y mito del esquí español. A su juicio, la tarea de la Federación Española era fomentar el esquí en España y no el nacionalizar a posibles medallistas del extranjero. Los defensores argumentaban que precisamente las medallas ayudarían a impulsar los deportes de invierno en el territorio español. El caso es que no era extraño el asunto. En los Juegos Olímpicos de Verano de Sídney 2000 un total de 17 deportistas nacionalizados compitieron bajo bandera española. Así que Juanito era uno más en una tendencia imparable.

Por lo tanto, Juanito creó entusiasmo. Logró de forma consecutiva el oro en 30 kilómetros de esquí de fondo libre, 20 kilómetros persecución y los 50 kilómetros en estilo libre. ¡3 medallas de oro! La cara de Juanito con la baba congelada rodando por una montaña llena de nieve inundó las televisiones españolas en el invierno de 2002. Su sonrisa, su pelo rubio y su español macarrónico hacían las delicias de los periodistas. España era un clamor.

Juanito era uno de los nuestros. Juanito era un regalo caído del cielo.

¡Juanito!

Los entendidos avisaban entre líneas. Nunca había tenido resultados tan elevados y contaba con 32 años. No era un chaval que a base de entrenamientos hubiese mejorado su rendimiento. Era un deportista que ya tendría que haber llegado al cénit y que debía iniciar la cuesta abajo en su carrera. Su entorno era raro. Nunca convivió con otros miembros de la Federación ni residió en España. Vivía con su hermano y con una novia portuguesa en una cabaña en el interior de Brasil donde no había nieve ni se le aguardaba. Luego viajaba a Austria para entrenar, previo paso por Portugal, para luego desaparecer en semanas. Era todo muy extraño, pero se le consentía. Los resultados acompañaban y era lo único que importaba.

Y entonces saltó el escándalo. Menos de 24 horas después de lograr la tercera presea Juanito Mühlegg daba positivo por dopaje. Luego se sabría que Alemania lo había expulsado años atrás porque Mühlegg se había negado a ser controlado medicamente. Lo del mobbing era todo mentira. Lo cierto es que Juanito dio positivo por un alto nivel de darbepoetina, se le retiraron sus tres medallas de oro y fue suspendido dos años de la alta competición por dopaje.

La imagen de España en el concierto internacional fue vergonzosa. Por entonces el país ya tenía fama de encubrir el dopaje y aquello fue la gota que colmó el vaso. Juanito pasó a ser conocido para siempre como Johann y se le culpó de todo como si los federativos no tuviesen su parte de responsabilidad por dejarle hacer y permitir que Mühhlegg viviese fuera de España ajeno a controles médicos y entrenamientos.

¡Ay! ¡Juanito!

Pasados los dos años de sanción pretendió ser seleccionado para los Juegos de Turín 2006. Sus marcas, obviamente inferiores a sus mejores años, seguían siendo infinitamente superiores a las de cualquier otro fondista español, por lo que prontamente fue seleccionado. La Federación, increíblemente, aceptó el órdago, pero serían los propios deportistas españoles, ayudados por el altavoz de la prensa, los que abortaron lo que hubiese sido otro colosal error. Así que, con el rabo entre las piernas, Johann volvió a Alemania, dejó los esquís y años más tarde se instaló en Brasil. A orillas del Atlántico cambió los esquís por las tablas de surf y creó una inmobiliaria que construye casas turísticas en la costa brasileña para europeos que, como él, quieren dejar atrás su pasado.

“A caballo regalado… no se le miran los dientes”. Refranero español.

“El que no está contento con lo que tiene, no merece lo que desea”. Refranero español.

Otras historias sobre la nieve

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Cuando el primer caso de dopaje conocido

Cuando en 1896 se ponen en marcha los Juegos Olímpicos lo hacen con una prueba de nuevo cuño. De viejo cuño eran cinco. Tiro, esgrima, lucha, gimnasia y atletismo. Tal y como habían sido concebidos los Juegos en la Antigua Grecia. Dentro de la disciplina del atletismo, a los nuevos griegos se les ocurrió crear una prueba que tenía un cóctel que empezaba por lo mitológico, se barnizaba de histórico y contaba con tintes nacionalistas. Se trató de una carrera de 42 kilómetros bautizada con el nombre de Maratón, en honor a la batalla de dicho nombre en la que una coalición de fuerzas helenas venció a los invasores persas en el año 490 a.C.

Su origen se basa en la historia sobre el soldado griego Filípides, quien murió de un infarto provocado por la fatiga de haber corrido los aproximadamente 42 kilómetros desde Maratón hasta Atenas para anunciar la victoria sobre el ejército persa. En realidad, Filípides recorrió el camino hasta Atenas, donde descansó, y luego retomó la marcha hasta Esparta para pedir refuerzos, sumando otros 200 kilómetros al asunto. Dicha carrera, de un total de 246 kilómetros, también se realiza anualmente bajo el nombre de Spartathlon, aunque afortunadamente nadie ha tenido la osadía de incorporarla al programa olímpico.

El caso es que nunca antes se habían corrido 42 kilómetros en una prueba cronometrada. La primera vez tendría lugar en los aclamados Juegos de 1896. El coronel Papadiamantopoulos, cual Filípides a caballo, dio la noticia de que un griego iba en cabeza. Se trataba de Spiridon Louis, quien se proclamó el primer campeón olímpico de maratón tras casi tres horas de carrera, un tercio más de lo que lleva en la actualidad. De profesión aguador, en una Atenas que entonces no contaba con agua corriente, Spiridon Louis recibió como regalo por parte del rey de Grecia una mula y un carro para poder facilitar su trabajo. Con el tiempo, Louis conseguiría una plaza como policía y se le regalarán servicios como peluquería o zapatos gratis de por vida en mérito a lo conseguido.

Spiridon. El primer maratoniano

Y es que Spiridon Louis se convirtió en leyenda. Inmediatamente fue percibido que el espectador se embobaba a partes iguales por saber quién era el campeón de los 100 metros lisos y el vencedor en el maratón. El más rápido sobre la faz de la tierra y también el más resistente.

Para el año 1900 se clasificaron 19 valientes de cinco países distintos para disputar la maratón de los Juegos de París. El recorrido partía del Palacio de Versalles para finalizar en la antigua Lutecia, en un trayecto que más tarde repetirá varias veces el Tour de Francia para su contrarreloj final. Sucedió que como hacía un calor infernal se cambió el trazado el día anterior para recorrer en varias vueltas el Bois de Boulogne. Aquello no gustó. Hubo que descalificar a un francés que conocía el parque e hizo trampas saltándose varios tramos. A un estadounidense lo atropelló una bicicleta de un transeúnte, dado que la organización se había olvidado de acotar el bosque y avisar a la gendarmería para evitar la entrada de los lugareños. El ganador fue un tal Newton, también norteamericano, quien siguió corriendo una vez llegó a meta, dado que nadie le comunicó que había sido vencedor hasta minutos más tarde.

Pierre de Coubertin estaba apenado. Lo que fuera un éxito en Atenas se había tornado en fracaso en París. Tenían lugar ahora los Juegos Olímpicos de 1904 en Saint Louis, en el corazón de Estados Unidos. Volverán a ser descafeinados y, de hecho, sino llega a ser por el éxito de Londres 1908 es más que probable que el invento olímpico hubiese finalizado para siempre con el estallido de la I Guerra Mundial. Comentaba pues, que los Juegos de 1904 fueron un desastre organizativo y de público, a excepción hecha del maratón, cuya celebración empezaba a tener condición de leyenda por su condición de desafío descomunal para la condición humana.

El 30 de agosto de 1904 participan 32 valientes, de los cuales 19 son estadounidenses y 9 de ellos griegos. Es un duro trazado con subida a diferentes colinas y que tras cinco vueltas finaliza en el estadio olímpico. Todo el recorrido estará abarrotado de público. Única vez que ocurre en estos Juegos Olímpicos de Saint Louis.

En el kilómetro 15 un tal Fred Lorz decide retirarse y se sube a un coche de la organización. El vehículo se dirige al estadio para que Lorz pueda ducharse y recoger su ropa de paisano. No obstante, en un punto del recorrido, exactamente a siete kilómetros del final, revienta una rueda del coche, el cual queda varado en una cuneta. Lorz, ya descansado, comienza a caminar y más tarde a trotar. Los jueces son conscientes de lo que está a suceder, pero Lorz replica que únicamente va al estadio a recoger su ropa y que llegará antes trotando que si espera a un nuevo coche escoba.

Fred Lorz. El impostor

¿Qué sucedió? Lo que todos imaginamos. Lorz llegó al estadio, la gente comenzó a vitorearlo, y él alzó las manos proclamándose vencedor. No había información al instante. No había televisión y tampoco contábamos con la radio. Alice Roosevelt, hija del presidente Theodore Roosevelt, bajó del palco para felicitar al campeón.

El caso es que la voz de la conciencia surge en un momento dado y entre foto y foto Lorz se escapa al vestuario con la excusa de ir al baño. Allí se ducha, se viste y se escapa por una puerta de emergencia mientras el resto de deportistas empiezan a entrar en el estadio olímpico.

Quince minutos después llega Thomas Hicks, el verdadero vencedor, cual piltrafa y apunto de desmallarse. El público y la señorita Roosevelt no entienden nada. Mientras los jueces corren en dirección a los vestuarios para dar un escarmiento a Lorz quien por entonces ya ha tomado las de Villadiego. Al mismo tiempo, Hicks cruza la línea de meta y cae inconsciente.

Tardará tres horas en recuperarse.

La argucia de Lorz le causará una sanción a perpetuidad. Semanas después, ante el Comité Olímpico, se desguazará en excusas, soltará miles de lágrimas, pedirá indulgencia…y al año siguiente correrá y ganará el maratón de Boston.

Entre el desastre de 1900 en el Bois de Boulogne y la argucia de Lorz parecía que el maratón olímpico estaba herido de muerte… pero contábamos con Hicks, el héroe que había logrado el oro para luego caer inconsciente en la línea de meta.

¿Quién era Thomas Hicks? Nacido en 1876 en Inglaterra, había emigrado de niño a Estados Unidos donde ejercía como trabajador febril y payaso de circo a partes iguales. Conseguirá una beca deportiva en la YMCA de Cambridge debido a su infatigable labor como atleta.

En la maratón de Sant Louis, Hicks va en cabeza desde la tercera de las siete vueltas al circuito. El sol aprieta y los caminos sin asfaltar hacen que el polvo se introduzca en los ojos y en las bocas de los atletas provocando una molesta sequedad. A la altura del kilómetro 24, Hicks nota que sus piernas comienzan a flaquear. Su entrenador, desde el coche de la YMCA, le da un vaso con una clara de huevo. No es suficiente. Tiene que parar. En ese momento se acerca al vehículo y una jeringuilla asoma tras la puerta del bólido. Le inyectan un gramo de estricnina, sustancia que estimula el sistema nervioso.

Sigue.

Llega el kilómetro 29. Nueva crisis. Dos claras de huevo con agua extraída del radiador del coche. Nada. Lo remolcan en una pendiente tirándole de los brazos mientras su entrenador saca una mano por la ventanilla agarrándole de la muñeca.

Tampoco.

En el kilómetro 34 Hicks se para. No puede más. Va a abandonar. Le inyectan otro gramo de estricnina y le animan a continuar dado que va en cabeza. Tiene un amago de desmayo y pone las manos en el suelo, pero lo levantan y continuará corriendo hacia la meta.

Llegará a meta entre empujones y ánimos y como moribundo, pero se proclamará campeón olímpico con un tiempo notablemente superior a los registrados por los hasta entonces únicos dos vencedores olímpicos del maratón.

Como comenté líneas atrás, se tardaron tres horas en reanimar a Thomas Hicks. El médico que lo atendió advirtió de que una tercera dosis de estricnina le hubiese causado la muerte.

La estricnina es un estimulante.

También es la base química para elaborar los raticidas.

Aquel fue el primer caso de ayuda química registrado en el deporte.

El primer campeón olímpico dopado.

A partir de su caso se establecieron las primeras, aunque muy ligeras, medidas contra las sustancias químicas en el deporte.

Thomas Hicks. Remolcado.

P.D: Cuarto clasificado finalizó un cubano llamado Félix Carvajal. Pobre, de apenas 155 centímetros de altura, mendigó en su La Habana natal para costearse un pasaje a Estados Unidos. Llegó a Sant Louis como polizón en vagones de ganado, robando fruta para comer y ayudado por buenas gentes. Corrió con un pantalón de trabajo y sin camiseta. Se convirtió en un héroe y Coubertin pagó de su bolsillo el pasaje de vuelta a Cuba en donde fue recibido con vítores y ejerció de cartero hasta su fallecimiento.

El Comité Olímpico Internacional explotó en los años siguientes la historia de Félix Carvajal hasta la saciedad y ocultó lo máximo posible el nombre de Thomas Hicks como campeón olímpico.

Hicks fue el primer dopado y también el primer proscrito.

Otras historias del maratón

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Christophe Fauviau

Leí no hace mucho un texto sobre la victoria. Decía que lo mejor de la victoria no es lograrla, sino exhibirla. Tras un triunfo uno se ve obligado a hacerlo público, a darle valor, como el primate que se golpea furibundo el pecho en señal de victoria. La monstruosidad del triunfo militar está en el desfile de la victoria. El éxito del jefe reside en la invitación a una buena cena a aquellos que tiene como subordinados. La conquista entre familiares y amigos es la exhibición pública de fotografías y videos que demuestren unas vacaciones de alto copete. Lo peor que hizo Christophe Fauviau no fue drogar a adolescentes con somníferos y ansiolíticos para lograr la victoria en unos partidos de tenis, sino invitar a sus allegados a que admirasen su impresionante colección de trofeos, sabedor de que todos ellos fueron fruto de una farsa.

Incluso lo peor de Christophe Fauviau no es lo que hizo a esos adolescentes envenenados; es lo que les hizo a sus propios hijos. Destrozarle sus vidas. Quebrar sus sueños. Y es que Christophe no era tenista. Eran sus dos hijos. Christophe Fauviau era un militar retirado que residía cerca de Mont-de-Marsan, capital de Las Landas, una región del sur de Francia a apenas hora y media de la frontera con España. En Mont-de-Marsan es donde Luis Ocaña jugueteaba con sus viñas hasta que su cabeza dijo basta y un disparo intencionado acabó con su vida. El caso es que Christophe quería convertir a sus retoños en gigantes del tenis y lo hizo con la misma determinación con la que pilotaba helicópteros de combate. Tenía el varón (Maxime) y la fémina (Valentine), contrató entrenadores personales y llevó a sus hijos a las mejores academias de la contorna.

Pero no funcionaba. Sus hijos eran buenos, pero no lo suficiente como para destacar en una piscina llena de tiburones como es el tenis profesional. Mucho más en el competitivo mercado francés. La más destacada era Valentine, pero apenas estaba entre las 20 mejores tenistas alevines del país, hecho reseñable, pero insuficiente para llegar a la grandeza. Christophe no se perdía ninguno de los partidos de sus hijos y desde las gradas daba raquetazos imaginarios víctima de su impotencia. Ésta aumentará exponencialmente cuando ambos retoños empiecen a competir en torneos fuera de Francia y se den cuenta de que su nivel no es suficiente para competir con las mejores raquetas de Europa.

Valentine

Es entonces cuando Fauviau decide tomar cartas en el asunto. Serán 27 las víctimas antes de que la tragedia haga explotar todo por los aires. Christophe decide echar somníferos y ansiolíticos en botellas de agua que sigilosamente coloca en el banco donde se van a sentar los rivales de sus hijos. Hablamos de tenis amateur, sin medidas de seguridad y donde, quien más y quien menos, se conoce. Nadie sospecha de Christophe y a nadie se le ocurre llevar sus propias botellas de agua.

La dedicación del papá se había convertido en algo siniestro. Su medicamento de cabecera es Lorazepam, indicado para alcohólicos en abstinencia, como es su caso, por lo que le es sencillo conseguir pastillas y pastillas. La farsa surtió efecto durante un par de años y el efecto fue inmediato para Maxime y Valentine. La chica llegó a colocarse como la mejor raqueta del país sub-15 y aspirar a la cima mundial para orgullo de Christophe, que veía un futuro esplendoroso para la pequeña de la saga. El chico, tres años mayor, no llega tan alto, pero se consolida como un buen tenista dentro del mercado francés.

Todo se torció una mañana de julio de 2003. El padre de un chico, abogado de profesión, había presentado una denuncia en los juzgados acusando a Christophe Fauviau de intento de envenenamiento al manipular la botella de su hijo en un torneo de tenis. El chaval en cuestión, alertado por su padre, no había bebido aquella agua misteriosa y, de hecho, venció a Maxime Fauviau, por lo que el caso parecía no tener mayor recorrido. Pero quiso el destino que un par de días más tarde un tal Alexandre Lagardere muriese en un accidente de tráfico al quedarse dormido al volante. Se podía pensar que había sido la inexperiencia de un novato, pero la autopsia reveló que Lagardere tenía un alto contenido de Lorazepam en sangre.

Y Lagardere acababa de jugar un partido de tenis contra Maxime Fauviau.

Dado que Valentine había subido en el ranking cada vez le era más difícil a su padre seguir con su treta. A más ranking, más público, más medios y más seguridad. Christophe decidió centrarse más en ayudar a Maxime, pero se topó con la otra cara del problema. Maxime ya no era un niño. Ya era mayor de edad. Su independencia frenaba el ímpetu de su padre de merodear la pista y también dificultaba mucho que Christophe se pudiese acercar a los rivales de su hijo. No es lo mismo echar droga en la botella de agua de un niño de 13 años que en la de un hombre de 19. No son los mismos arrestos.

El caso es que aquel abogado había conservado la botella sospechosa y la mandó a analizar. Como no podía ser de otro modo allí había una alta concentración de Lorazepam. Cuando se descubrió lo que había en la sangre de Lagardere todo encajó. La absorción del Lorazepam es rápida, de ahí que fuese usada por Fauviau, pero sus efectos pueden durar hasta 12 horas, con lo que el riesgo fuera de las pistas se mantenía. Era lo que le había pasado a Lagardere quien, tras el partido, no se encontraba bien y decidió echarse en el sofá de un amigo que vivía cerca de las pistas antes de coger el coche. Una hora después se puso al volante sin saber que el Lorazepam seguía haciéndole efecto hasta que se empotró con un muro y falleció en el acto.

La tragedia permitió a la policía francesa llegar a cabo una investigación que pronto reveló la verdad. Christophe Fauviau fue declarado culpable de al menos 27 envenenamientos (6 contra los oponentes de su hijo y 21 contra los de su hija) y fue condenado a veinte años de prisión. La noche que fue llevado a prisión terminaba de regresar de Egipto donde su hija Valentine acababa de caer en las semifinales del torneo de El Cairo.

El escándalo en Francia fue de aúpa. Nadie lo entendía y, entre aquellos que le buscaban un razonamiento (si es que lo hubiese), decían comprenderlo en caso de Valentine, pero no en caso de Maxime. En aquel torneo en el que Lagardere se dejó la vida el premio para el vencedor era de 200 euros. ¿Eso es lo que vale una vida? Titulaba un periódico en aquellos días.

Maxime Fauviau no volvió a jugar al tenis. A Valentine le animaron a seguir jugando con el apoyo de un psicólogo. Lo intentó, pero pronto decidió renunciar ante el escarnio del público. Ellos son dos víctimas. Dos mártires para mayor gloria del César. Su padre. Hoy, en Francia, no existen los ránquines nacionales de tenis hasta los 13 años. Hasta entonces se dan insignias de colores a los niños en función de su pericia a semejanza de los cinturones que tienen los judokas. Pero no existe ni el número 1, ni el 50 ni el 500. Todo para que los niños vuelvan a ser niños y los padres vuelvan a ser padres y no parásitos con dos patas.

Christophe Fauviau

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Pantani; una vida sin paracaídas (2ª parte)

A Pantani primero se le conoció como ‘Elefantino’. Era un sobrenombre que odiaba. Le recordaba a su niñez, cuando se metían con él por esas enormes orejas que al subir a la bici ejercían de acordeón frente al viento. Maduro, alguien le puso el mote de ‘Pollo’, porque esas interminables y atléticas piernas se coronaban por una cabeza que las más de las veces tan solo servía como investidura del cuerpo. Ese transitar sin sentido, esos ataques sin paracaídas, le hicieron ser conocido como ‘il pollo Pantani’.

Pero en 1999 Marco Pantani era ‘Il Pirata’. Era un ciclista colosal. Sus ataques sin sentido eran ahora alabados por arriesgados y valientes. El carácter guerrero de Pantani y esa estética de pelo rapado, bandana en la cabeza, perilla y pendientes le convertían en un auténtico pirata. Un corsario que luchaba contra las carabelas del ciclismo, dispuesto a cambiar el status quo establecido.

El Giro de Italia de 1999 recibió al entonces doble vencedor de Giro y Tour (1998) con un recorrido diseñado para vanagloriarle. Era un Giro repleto de alta montaña que rompía con la tendencia de la carrera en la última década. Pero este era un Pantani tan excepcional que ya desde principios de temporada había demostrado un progreso inaudito en las cronos y había puesto patas arriba la Milán-San Remo manteniendo un pulso en el llano frente a un pelotón lleno de rodadores.

Es tal la alfombra roja que se le pone a Pantani que hasta se le prepara un sprint en Cesanatico, donde Marco nació, para que ‘Il Pirata’ se dé un baño de multitudes. Pantani se había puesto líder muy pronto, en la octava etapa, tras 253 kilómetros que acabaron en el Gran Sasso. Mas tarde, en el Santuario de Oropa, salta a pie de puerto y por el camino se le sale la cadena. Es adelantado por el grupo de elegidos y, con una fuerza sobrehumana, sin bandana ni gafas, suelta a los compañeros que acudieron a arroparle, atrapa a los demás y acaba con Laurent Jalabert, quien le había quitado efímeramente el liderato en la contrarreloj impidiendo que su familia y sus amigos de Cesanatico lo hubiesen visto con la maglia rosa. “Tuve que apartarme para que no me arrollara”, comentaría el ciclista francés sobre el adelantamiento de Pantani.

A partir de ahí Pantani da un show y gana en la jornada con final en Madonna di Campiglio, vigilia de la última etapa de enjundia con paso por el Mortirolo. ‘Il Pirata’ lo hará con una amplísima renta sobre sus perseguidores a solo tres días de la llegada a Milán. Había demostrado una extraordinaria suficiencia. Concentrado, apenas saludaba a nadie al bajarse de la bicicleta. “Si veis que no os saludo no os lo toméis a mal, simplemente es que estoy compitiendo”, le había dicho a su guardia pretoriana antes de iniciar el Giro.

Tras dormir en uno de los hoteles de Madonna di Campiglio, en la jornada siguiente el Giro saldría desde la afamada estación de esquí rumbo a Aprica. Era primerísima hora del amanecer cuando un par de tipos aporrearon la puerta de la habitación donde descansaba Pantani. Eran dos ‘vampiros’. ‘Il Pirata’ hubo de levantarse de la cama medio adormecido, balbuceó un par de palabras inconexas y se dirigió al baño para llenar de orina un tubo que se le fue proporcionado.

Era un proceso más que extraño. Pantani ya había pasado dos controles antidopaje en lo que iba de Giro. De hecho, siempre se anunciaba con horas de antelación a quien le tocaba pasar revista. Ese día estaban citados los diez primeros de la general…pero ese día al acabar la etapa, no esa madrugada. En el fondo, en ese Giro hubo graves contradicciones a la hora de realizar los controles. La UCI (Unión Ciclista Internacional) abogaba por unos procesos más laxos. Era sabiduría popular que tomando salinas u aspirinas se lograba bajar los niveles de hematocrito antes de echar la meada. Pero tras el ‘escándalo Festina’ del Tour anterior, la AMA (Agencia Mundial Antidopaje) inició una cruzada antidopaje de la que en la actualidad ha salido victorioso. Por entonces tenía las de perder, aunque contaba con el apoyo del CONI (Comité Olímpico Italiano).

El caso es que Pantani, además de capo en carrera era también capo del pelotón. Como representante de los ciclistas se opuso a los designios decretados por el CONI y la AMA en el asunto de los controles. Los ciclistas veían en esas redadas nocturnas una acusación sin pruebas y un trato despectivo sobre lo que sucedía en otras disciplinas deportivas. Consideraban que eran acusados de criminales, aunque el fondo de la cuestión era que esas redadas hacían saltar por los aires años de omertá.  

El resultado llegó rápido. La tasa de hematocrito de Marco en sangre era del 52%. Superaba en dos puntos el valor permitido. En otras palabras, había consumido EPO para mejorar su nivel de glóbulos rojos y así poder alargar en el tiempo su pico de esfuerzo. La noticia le llegó ‘aex aquo’ por boca de Martinelli y Zomegnan. Ambos, tanto el director del Mercatone Uno como el director del Giro, pudieron ver la incredulidad de Pantani al conocer la noticia y sus ojos desorbitados cuando con un puñetazo reviente de rabia el espejo de la habitación. Pero es en el momento en el que Paolo Pantani, padre de Marco, entre en la habitación cuando el silencio haga su aparición. Paolo no abre la boca. La cara de decepción de su progenitor adentró a Marco en un mundo de lágrimas del que tardará días en salir.

Zomegnan sugirió a Pantani salir del hotel por la salida de emergencia. Pantani se negó. Era inocente y no tenía nada que ocultar. Fue al baño, se limpió las lágrimas, se duchó, se vistió y salió por la puerta principal para contestar a las preguntas de la prensa que allí se agolpaba.

Fue una masacre.

Aunque más lo sería al día siguiente. No existía la presunción de inocencia, era Pantani quien debía demostrar que era no culpable. No habría forma de hacerlo. Era un caso visto para sentencia. No ayudó a Marco que días después saliese a la luz que cuando en el invierno de 1996 fue operado de la fractura de tibia y peroné un análisis de sangre revelara que su nivel de hematocrito estuviese en un exagerado 60%.

Fue propuesto a un año de sanción sin competir.

La Camorra falseó el hematocrito de Pantani | Marca.com
Juicio popular

No había dudas. Era ‘vox populi’ que el dopaje estaba más que extendido entre el pelotón. Apostar por la inocencia de Pantani era un acto de fe. Pero había muchos interrogantes en el asunto. El control fue totalmente ilegal. No se avisó al ciclista con antelación ni estuvo presente el médico del equipo. Además, el contranálisis fue hecho por el mismo laboratorio, cuando debía cotejarse el resultado con otro laboratorio. Hubo también quien dijo que pudo haber un cambio brusco de temperatura o una mala conservación del recipiente, o, simplemente, que Pantani no se había hidratado suficientemente. Todas teorías posibles, pero de rocambolesca probabilidad. Todo semejaba un intento desesperado de defender lo indefendible.

El caso es que la mala praxis en el control sí que era fehacientemente probada, por lo que la sanción de un año sin competir fue revocada. Daba igual. El daño estaba hecho. A Pantani lo sacaron del Giro cuando sumaba cuatro victorias de etapa y tenía el triunfo guardado bajo llave. Le dijeron de competir en el Tour. Ni ganas. Pantani se echó un par de semanas encerrado en su casa de Cesanatico llorando hora tras hora. Entró en una depresión de la que ya no podría escapar. Su credibilidad había saltado por los aires. Competir no tendría sentido para él.

Buscaba refugio.

Y lo encontraría en la cocaína.

Fue Felice Gimondi quien convenció a Pantani para volver a subirse a la burra. Gimondi era la gran leyenda viva del ciclismo italiano, el hombre que logró desafiar y hasta vencer a Anquetil y a Merckx. También el ‘Canibal’ había tenido una mancha con el dopaje, pero a base de victorias había dejado en el olvido aquel incidente. Solo con victorias podrás sacarte el estigma de encima, le había dicho Gimondi a ‘Il Pirata’.

Pero Pantani no era Merckx. Era débil. Un pollo sin cabeza. Vuelve para la temporada siguiente. Se arrastra en el Giro, donde se le niega ser líder de su equipo, y va al Tour del año 2000 como un muerto viviente. Físicamente era el mismo, pero moralmente era otra persona. Se dejó ir en las etapas llanas hasta que llegó el día del Mont Ventoux. Allí, en la montaña lunar, Pantani resucitó. Sacó su golpe de pedal y balanceó la bici como en sus mejores tiempos. Fue dejando atrás a uno tras otro para cabalgar a la cima de la sagrada montaña. Solo Lance Armstrong logró aguantar su rueda. El norteamericano era el dueño y señor de la carrera y lo quiso demostrar. Se ponía por delante de Pantani y abría unos metros de distancia. Frenaba. Se ponía al lado de ‘Il Pirata’ y volvía a adelantarse. Le estaba esperando para dejarle ganar. Aquello era humillante. Induráin había dejado ganar a muchos en sus años de reinado. Se ponía a rueda y se dejaba ir. Lo que hacía Armstrong era egocéntrico. Le enseñaba al mundo que podía, pero que no quería. No era solidaridad, era caridad. Y lo sería mucho más cuando en la línea de meta se pare para que Pantani gane.

Marco explotó. No era un cualquiera, un don nadie que necesitara migajas. Despotricó contra Armstrong. Y el texano no se iba a achantar. Usó a los medios como altavoz para llamar ‘Elefantino’ a Pantani, el mote que tanto odiaba.

Encendido, Pantani lanza un durísimo ataque en la etapa que acaba en Courchevel y que pasa el temible Izoard. Es el Pantani de los buenos tiempos. Poesía en movimiento. Armstrong se pega a su rueda, pero acabará cediendo a falta de tres kilómetros para la cima. Marco Pantani vuelve a ser un grande. Un dios sobre dos ruedas.

Sería el canto del cisne.

Mont Ventoux ⛰️ La trágica y épica montaña del Tour - Ciclismo Épico
Armstrong y Pantani

Al día siguiente a Pantani le da una voutada y ataca a 130 kilómetros de la meta. Lo acabarán cogiendo y se dejará una minutada en la línea de meta. Decide abandonar y no terminar el Tour.

Un sin sentido.

Ni otro Tour ni otro Giro, ni ninguna otra gran carrera. Pantani acumuló desde entonces abandono tras abandono. Siguió entrenando e inyectando cocaína a su cuerpo a partes iguales. Llevo su ser a un masoquismo autodestructivo. Se alejó de su familia y su novia se vio obligada a consumir para que lo aceptase a su lado. Siguió firmando autógrafos y sacando fotos con esos fans que le perdonaban todo porque les había hecho vivir alguno de los mejores momentos de su vida. Eran fotos en blanco y negro donde las sonrisas eran sueños del pasado.

El día de San Valentín de 2004 Marco Pantani se encontraba en un hotel de Rimini, una bella ciudad a orillas del Adriático, bulliciosa en verano y solitaria en invierno. Allí, en un decrépito hotel, Marco Pantani atrancó la puerta de su habitación con una cómoda y con una mezcla de antidepresivos y cocaína espero que su cuerpo fuese capaz de ascender de nuevo el Galibier.

No fue así.

Falleció por un paro cardíaco provocado por un edema pulmonar y cerebral. Dejó tras sí una suerte de testamento en el que se juntaban frases inconexas.

Desde aquella madrugada en Madonna di Campiglio hasta aquella otra madrugada de San Valentín de 2004 Marco Pantani no volvió a dar positivo. Curioso ante un hombre que se pasó el último lustro de su vida enganchado a la cocaína. De hecho, en su última exhibición, en su victoria en Courchevel (donde vibramos) lo hizo a pesar de la cocaína polvo. Solo por lo que hizo en Courchevel habría que poner a Pantani en el mismo pedestal en el que se encuentra Maradona. Lo que hizo Pantani fue grandioso, no gracias a la cocaína, sino a pesar de ella.

Apenas tenía 34 años. Eran ya cinco de penurias. Su novia confirmó que su primera raya de coca fue en octubre de 1999. Cuatro meses después del positivo de Madonna di Campiglio. Aquello rompió el corazón de muchos. Semanas atrás se había marchado José María Jiménez, otro ángel de la las montañas sin el tronío del italiano. La cocaína también se había llevado por delante al ‘Chava’ con 32 años.

Miles de aficionados al ciclismo despiden a Marco Pantani en Cesenatico, su  localidad natal | Deportes | EL PAÍS
El último adiós

Luego vino el perdón. En 2014 se reabrió la investigación sobre la muerte de Marco Pantani. Dos años después se demostró que la muestra del positivo de Madonna di Campiglio había sido manipulada por la mafia siciliana. Al parecer había ingentes sumas de dinero apostadas a la derrota de última hora de Marco en el Giro de 1999. También se supo que aquel día de San Valentín de 2004 Marco Pantani había sido golpeado y obligado bajo coacción a beber cocaína diluida en agua.

Marco era grandioso.

Pero estaba muerto.

Hoy, un coqueto museo rinde homenaje a ‘Il Pirata’ en Cesenatico, no muy lejos de aquel hotel que lo vio marchar. Pero es en el Galibier, en el punto exacto donde Pantani pegó una dentellada a Ullrich durante un aguacero caído en la decimoquinta etapa del Tour de Francia, en donde una estatua se alza para honrar el recuerdo imperecedero de un escalador de tronío. El último pirata de las montañas.

“Su problema es que escala con las piernas y no con la cabeza” Lucien Van Impe, ganador del Tour de Francia y hexacampeón del maillot de la montaña.

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Durante quince días Eddy Merckx no tocó su bicicleta. No quiso ver a nadie. Tan sólo su mujer tenía el derecho y el deber de sufrir una compañía en la que las lágrimas y la rabia se mezclaban a partes iguales. Merckx tenía tanto de ganador como de frágil. A diferencia de los héroes ciclistas de entonces, Merckx ni fue un niño de campo ni vivió rallando la miseria. Fue un chico de ciudad que escogió la bicicleta porque quiso, pero que podría haber ido a la universidad si le hubiese apetecido. Siempre le había ido todo bien y, ahora que por vez primera algo le iba mal, no sabía cómo lidiar con tal frustración.

Se sentía traicionado y engañado. Humillado y avergonzado. El ‘Savona affaire’ fue como un sopetón de realidad. Una pérdida de la inocencia en toda regla. Entendía el ciclismo como una diversión y se dio cuenta que además de un deporte también era un negocio.

Fueron quince días encerrado en casa. Quince días de largos silencios y profundas reflexiones. Pero pasada la quincena, una mañana, sin venir a cuento, le pidió a su mujer que le preparase la ropa mientras bajaba al garaje en busca de la bicicleta. Se subió a la burra y se metió 240 kilómetros bajo una tormenta torrencial del mes de julio.

Eddy había vuelto.

Paradójicamente los quince días de descanso le vinieron genial. Merckx no competía dos o tres meses en la temporada. Lo hacía todo el año durante todas las semanas. Fue la primera vez en su vida en la que estuvo más de diez días sin competir. Estaba fresco y tenía ganas de desquite. Sentía que tenía que demostrar su valía más que nadie.

Se propuso ganar el Tour de principio a fin. Sin contemplaciones.

El resultado fue un despliegue de fuerza bruta de hercúleas proporciones.

El primer movimiento sobrenatural tuvo lugar a escasos metros de la cima del Tourmalet un 15 de julio de 1969. Divisó el terreno, se dejó caer a cola del grupo para dar la sorpresa y puso el plato grande en unas rampas que superaban el 10%. Fue como cuando un cañón sale disparado. Contaba delante con un compañero de equipo que iba a tener el honor de coronar la más mítica de las cimas pirenaicas en primera posición. Pero Merckx no se lo iba a permitir. Este era un Merckx que iba a ganarlo todo. Había nacido un ogro. Había nacido el ‘Caníbal’.

Parlamento Ciclista - una pregunta sobre estas etapas - El Baúl de los  Recuerdos
Luchon-Mourenx 1969

Merckx pilló a su compañero de equipo, lo pasó y se lanzó en solitario a descender el Tourmalet. Al llegar al llano su ventaja sobre el pelotón de los favoritos era de apenas 40 segundos.

Distancia totalmente insustancial.

Y mucho más faltando todavía 145 kilómetros para la línea de meta.

Ante los gritos en contra de su director de equipo, Merckx pedaleó sin descanso en el llano en solitario ante la incredulidad general y mantuvo la renta frente al pelotón antes de comenzar la ascensión del Soulor. Al llegar a la cima ya sumaba tres minutos sobre el grupo de los favoritos. Serían cinco tras coronar el Aubisque. A partir de ahí 70 kilómetros hasta la meta en el pueblo de Mourenx sorteando bajadas y amplias llanuras. Llegó a contar con hasta 10 minutos de ventaja, pero hasta el Caníbal es humano, y en los últimos kilómetros el tío del mazo haría su aparición para reducir la diferencia final a ocho minutos.

Eddy Merckx, el Caníbal
El Caníbal

La etapa de Mourenx fue una epopeya en solitario de cuatro horas escapado sobre la bicicleta. Antes del Tourmalet ya se había ascendido bajo un sol abrasador el Peyresourde y el Aspin. ‘L’Equipé’ titularía ‘MERCKXISSIMO’. Lo extraordinario dentro de lo extraordinario es que Merckx no tenía necesidad alguna de atacar. Era el líder de la carrera. Su objetivo no era ganar, sino aplastar. Otra de las razones que lo diferencian de todos los demás campeones es que los fastuosos ataques del Caníbal no se producían en situaciones de desventaja, sino cuando iba de líder, y de líder destacado. Se sentía superior y no le importaba lanzarse al vacío temiendo una pájara. Eddy Merckx entendía el ciclismo como una lucha al ataque de una forma nunca vista.

Merckx tenía un estilo más rotundo que estético. Su pedaleo gravitaba en la fuerza bruta, la cual resultaba bella por su intensidad, pero no por su gracia. Portaba un desarrollo pesado y usaba continuamente los hombros y los riñones como si estuviese poseído. Era digno y eficaz, pero nunca elegante. Medía 1,82 metros, altura considerable para un ciclista, y siempre tuvo que mostrarse muy firme para no aumentar de peso. Pero era precisamente eso, esa capacidad de esfuerzo, lo que engatusaba.

Solo Hinault ha tenido ese colmillo asesino entre los grandes campeones. Merckx ganaba con claridad, pero sufriendo. Sin órdenes de equipo, con pájaras, con esfuerzo y con dolor. El ABC de una prueba de tres semanas es minimizar los riesgos y aprovechar las debilidades del rival. Merckx no ganó ninguna de sus más de 500 carreras de ese modo. Siempre iba a tumba abierta. Podías ver la rabia y el esfuerzo en su cara. Por eso es el más grande.

Emparanoiado por lo ocurrido semanas atrás en el Giro, no aceptó bidón ni comida alguna por miedo a ser envenenado. Él mismo bajaba al coche a buscar su avituallamiento que previamente estaba marcado para no cambiarlo de manos. Se acotó el hotel únicamente para su equipo y se vetó la entrada de periodistas, algo inconcebible entonces y mucho más en un deporte tan pegado al patrocinio y a los medios como el ciclismo. Y todos los días pasó control voluntario de sangre y orina, algo que haría costumbre en años sucesivos para mostrar su limpieza.

La etapa de Mourenx fue el culmen de un Tour apoteósico. En una etapa que salía de Bruselas, Merckx decidió escaparse a la salida para que lo vieran sus familiares y sus amigos con el maillot amarillo puesto. Lo perdería en una etapa intrascendente y lo recuperó en la subida al Ballon de Alsacia donde atacó en el llano y se llevó a todos los favoritos a su rueda sin mirar atrás. Merckx jamás miraba para atrás. Rudi Altig, el último de los buenos, claudicó a falta de cuatro kilómetros para la meta. Hubo que ampliar el cierre de control para que medio pelotón no se fuese para casa a las primeras de cambio.

Dos días después ganó la contrarreloj y al día siguiente, en una decisión imposible de comprender, decidió atacar en una etapa llana reventando definitivamente a Altig a Gimondi y a Poulidor. Tan sólo Roger Pingeon aguantaba a una cierta distancia entre los gallos, pero claudicaría en la siguiente jornada subiendo el Col de la Madeleine. Pingeon osó atacar al Caníbal que, una vez cogida la rueda del francés, decidió dar el golpe definitivo.

Y así llegaríamos a la famosa etapa de Mourenx. Al culmen del canibalismo. Con Merckx primero y con Pingeon, Poulidor y Gimondi peleando por el pódium a unos 10 minutos de distancia. Y así, en esa inmejorable posición, Eddy Merckx decidió atacar en el Tourmalet y marcharse en solitario con 145 kilómetros de carretera por delante.

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Pingeon (i), Gimondi y Merckx (d)

La etapa de Mourenx es el ejemplo indiscutible de dominio deportivo total. Merckx ganó el Tour con casi 18 minutos sobre el segundo clasificado. El décimo clasificado, Jan Janssen, vencedor en la edición del año anterior, acabó a casi una hora. Merckx ganó siete etapas, incluida la contrarreloj final donde llegó a golpearse con una valla incapaz de ser conservador y controlar sus instintos. Venció también en la clasificación de la montaña, en la combinada, por equipos y la clasificación por puntos (jugándose el tipo en los sprints de la penúltima etapa para arrebatarle el maillot a Cyrille Guimard, un consumado esprínter). Aun no existía la clasificación de los jóvenes, sino también la habría ganado. Nunca antes y nunca después (y sí, en este caso se puede decir con certeza nunca después) se repetirá nada igual.

El Caníbal subió al pódium del Tour el mismo día que el hombre pisó la luna. Merckx fue entrevistado por la televisión belga al mismo tiempo que Neil Armstrong correteaba por el espacio. Mientras la gente alucinaba con el alunizaje, Merckx parloteaba sobre su hazaña lunática en el Tour.

Una analogía perfecta.

“Mourenx fue de una extravagancia tal que es complicado encontrarle paralelismo en otros deportes. Imaginen a George Best poniendo un 4-0 a favor del Manchester United en la final de la Copa de Europa para después decirle a la mitad del equipo que saliera del campo y aun así marcar otros dos goles. O a Juan Manuel Fangio doblando dos veces a los demás pilotos en Mónaco a mitad de gran premio y después seguir tirando en vez de controlar el ritmo. O a Mohammed Ali ofreciéndose a repetir una pelea en la selva con una mano atada a la espalda”. William Fotheringham sobre la hazaña de Merckx.

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El nacimiento del Caníbal (1ª parte)

Si Eddy Merckx ha pasado a la historia como el más grande de una forma rotunda e indiscutible que no tiene parangón en prácticamente cualquier deporte, lo es, además de por sus victorias, porque su imagen está asociada a un clima dantesco. Pocos deportes como el ciclismo están tan condicionados por la climatología. Ninguno cuenta con sus continuos destellos de épica.

Muchas de las hazañas de Merckx ocurrieron empapadas de lluvia o bañadas de nieve. Era su comportamiento sobrehumano en esas condiciones lo que lo hacía parecer inmortal. Merckx era conocido por sus descensos a tumba abierta en los que se quitaba el impermeable mientras sus rivales tiritaban. Además, a diferencia de las estrellas contemporáneas, Merckx no centraba su calendario en el verano, competía a pleno rendimiento durante todas las estaciones. Muchas de sus victorias ocurrieron al inicio de la primavera, en otoño y hasta en invierno. Son menos las imágenes en movimiento pero innumerables las fotografías de Merckx golpeado por el granizo, sin guantes en medio de la nieve o esperando al coche de equipo bajo una espesa lluvia sin calentadores ni cubre botas.

Puertos de Montaña - HISTORIA DEL TOUR. La Grande Bouclé. - Le Tour
Inhumano

Uno de esos días, durante el Giro de 1968, Merckx puso las bases de un dominio físico y psicológico que acabó con sus rivales durante cerca de una década. Aquella jornada lluviosa, fría y nevada, en el que la hipotermia llevaría el cuerpo y la mente al límite, el Giro terminaba en las Tres Cimas de Lavaredo, una fastuosa ascensión que finaliza a 2.300 metros de altitud. Allí, besando el cielo, emergen imperiales tres rocas que como tres dedos esperan al visitante antes de cruzar los Dolomitas y dejar Italia para invadir Austria.

Hasta entonces el joven Merckx se había centrado en las clásicas y en las carreras de una semana. Como buen belga era un enamorado de las pruebas de un día donde atacaba sin piedad, sin contener las fuerzas y amasaba un desarrollo brutal para dejar atrás a sus rivales. Con una capacidad de sacrificio inusual, una pedalada excepcional para el llano y un pico de velocidad más que aceptable, dichas carreras parecían ideales para Merckx. Pero en 1968 Eddy fichó por el Faema, un equipo patrocinado por una casa de pequeños electrodomésticos italianos. La orden fue clara; había que correr el Giro de Italia. Tocaba probarse en una carrera de tres semanas.

La etapa de Lavaredo era la 12º del Giro. Lideraba Michelle Dancelli, que no contaba para la general, y los favoritos estaban a unos dos minutos de distancia. Éstos eran Merckx, el español Julio Jiménez y los dos últimos vencedores del Giro, los italianos Gianni Motta y Felice Gimondi, el cual era, con diferencia, la ‘prima donna’ de la carrera ya que contaba en su palmarés con Tour, Giro y Vuelta.

Llovió desde la salida, agua que con la altura se transformaba en nieve. Era un ‘tappone’. A falta de la ascensión final un grupo de seis escapados tenía nueve minutos de ventaja sobre el pelotón. Fue entonces cuando Merckx tiró de desarrollo y desoyendo los consejos de su director de equipo atacó a pie de puerto. La sacudida fue colosal y tan sólo Gimondi aguantó durante escasos 400 metros semejante desarrollo.

Lo que los contemporáneos cuentan de lo que allí sucedió quedó para la historia del ciclismo. Merckx fue abriéndose camino bajo el aguanieve machacando uno a uno a todos los ciclistas de la escapada. En los apenas siete kilómetros que dura la ascensión consiguió enjuagar una renta de nueve minutos. Algo sanguinario. La imagen de Merckx de manga corta, y apenas visible bajo los copos de nieve, mientras el público aguarda en las cunetas con gorros, impermeables y gruesos guantes, queda para la posteridad. Merckx cruzó la línea de meta y cayó redondo antes de que varias personas acudiesen a taparlo con una manta.

Motta y Jiménez se dejaron cuatro minutos y Gimondi, desfondado, llegó a casi seis. Eran diferencias inconcebibles para tan escaso kilometraje. “Coppi ha resucitado”, escribiría la prensa italiana al día siguiente. Fue el primer triunfo de un belga en el Giro y la confirmación y la comprensión de que Eddy Merckx podría correr una prueba de tres semanas. En Lavaredo Merckx perdió el miedo a las montañas. Se dio cuenta de que, si bien no era un as en las ascensiones, si conseguía poner tierra de por medio ningún otro ciclista era capaz de mantener su ritmo durante tanto tiempo. Como Hinault o como Induráin (aunque éste nunca lo puso en práctica en las clásicas) aprendió que el esfuerzo de neutralizar a un escalador en una montaña no era mucho mayor que el que tenía que afrontar en el llano. Todo consistía en poner un ritmo brutal y nadie podría atraparlo.

—SAVONA AFFAIRE—

Tras la victoria del año anterior, Eddy Merckx repitió exhibición en el Giro de 1969. A la altura de la 15ª etapa Merckx contaba con dos minutos de ventaja sobre Gimondi y sumaba cuatro etapas en el zurrón. Pocos dudaban de la victoria del belga.

Fue entonces cuando, en una etapa intrascendente en Savona, el director del Giro y un par de periodistas de la RAI entraron en su habitación sin previo aviso.

Había dado positivo en fencafamina. Así, a quemarropa. Sin paños calientes. Y la televisión lo estaba dando en riguroso directo.

La humillación fue total. El golpe sistémico.

LAS BATALLITAS DEL ABUELO XABIER
Vergüenza en riguroso directo

La fencafamina un estimulante que podía comprarse en cualquier farmacia, pero que acababa de ser prohibido en el deporte profesional. Un par de años antes Tom Simpson había caído al suelo mientras ascendía el Mont Ventoux durante el Tour de Francia falleciendo en el acto. De su bolsillo se desprendió un bote con anfetaminas y lo que todos sabían se convirtió en realidad. Fue el inicio de unos muy rudimentarios controles antidopaje.

El positivo de Merckx, que pasaría a ser conocido como ‘Savona affaire’, sigue siendo uno de los grandes misterios del ciclismo. Para empezar no se hizo contraanálisis alguno. El bote con la segunda muestra de orina se perdió misteriosamente en el mismo instante en el que la prensa salió de la habitación de Merckx. Por otro lado, el sistema de detención no estaba homologado. Estamos en 1969. Las muestras tendrían que haber sido analizadas en un laboratorio de Roma, el único capacitado. En su lugar se hacía en un laboratorio móvil instalado en la comisaría de policía de cada pueblo sin ningún toxicólogo que diese fe de que el tubo no hubiese sido manipulado. Por último, Merckx jamás fue avisado tal y como indican los protocolos y la irrupción en su habitación fue tan humillante como kafkiana.

Y lo más interesante. En el Giro del año anterior hasta 10 ciclistas habían dado positivo por fencafamina, incluido Felice Gimondi. Todos eran italianos. Los resultados de los controles fueron anunciados después del Giro y no hubo sanción alguna. Repito, estamos en los años 60. Aquello era lo que movía a Merckx, y a buena parte del ciclismo internacional, a pensar en la conspiración. Por entonces el Tour era más abierto, pero tanto el Giro como la Vuelta eran carreras muy cerradas y ajenas a ciclistas extranjeros. Para los conspiracionistas estaba claro que el director del Giro no quería a Merckx por segunda vez subido al primer puesto del pódium.

La tormenta mediática fue enorme y los abucheos a Gimondi en el pódium superaron a los aplausos, incluso entre los propios italianos. Aún hoy no está claro si Merckx se dopó o no. Que el proceso estuvo lleno de irregularidades es evidente, pero eso no justifica el positivo. Lo cierto es que nunca antes y nunca después Merckx volvió a dar positivo.

Merckx fue expulsado del Giro y se le acarreó una sanción de un mes sin competir. La pena que a ojos actuales se entorna ridícula era durísima para los cánones de 1969. No era tanto el hecho de no competir sino la culpabilidad. La sanción implicaba culpabilidad lo cual era deshonra para el ciclista.

La pena finalizaba de forma conveniente el día antes del inicio del Tour de Francia. Iba a ser la primera participación del as belga en la ‘Grande Boucle’.

Si es que Merckx decidía ir al Tour. Bajo un mar de lágrimas Eddy puso pie en tierra y cogió un coche a Savona. De ahí 15 horas de carretera hasta llegar a su casa de Bruselas.

Encerrado en su habitación y sumido en un profundo silencio decide no volver a montarse en bicicleta.

Nunca jamás.

¿Cambiará de idea Eddy Merckx y se animará a correr el Tour de Francia?

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