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El partido de la muerte

A inicios 1942 gran parte de la Rusia europea estaba ocupada por la Alemania nazi. Uno de esos territorios era Ucrania, una inmensa y rica planicie industrial y agrícola del tamaño de España con capital en la esplendorosa Kiev. Para Occidente aquello fue, era y es Rusia. Nada más lejos de la realidad. Ucrania formaba parte de la Unión Soviética como una de sus repúblicas y, aunque sus vínculos con Rusia eran tanto reales como ficticios, tenía, y tiene, una autonomía histórica independiente de Moscú.

Fue en el siglo IX cuando una masa de escandinavos estableció, con epicentro en Kiev, un territorio que ocupaba buena parte de lo que hoy es Ucrania y atravesaba el río Dniéper hasta llegar al actual noroeste de Rusia. Ese territorio era conocido como Rus e iría creciendo de tal manera que acabaría teniendo dos ciudades principales, una al sur y otra al norte.

Tras la invasión mongola el Rus fue absorbido por los súbditos de Genghis Kahn. Cuando en el siglo XV los mongoles sean un recuerdo, la realidad a la que se enfrentará el Rus será muy diferente a la de sus orígenes. El Rus se habrá dividido en dos. El rus (los ucranianos) formarán un amplio territorio llamado Gran Ducado de Lituania. Al norte estará el Gran Principado de Moscú. Con el tiempo, unos y otros se irán enemistando dado que el Gran Ducado de Lituania procesará el catolicismo y el Gran Principado de Moscú la fe ortodoxa. Debido a que los ucranianos eran ortodoxos y los polacos (los otros integrantes del Gran Ducado de Lituania junto a los propios lituanos) católicos era cuestión de tiempo que la unión se rompiese. De este modo Catalina la Grande iniciará una serie de campañas militares que convertirán a Moscú (ya de facto el Imperio Ruso) en la potencia dominante de la zona y absorberá los territorios ucranianos.

Para entonces ya se hablaba de Ucrania y de Rusia. El problema es que para los rusos el territorio ucraniano era el corazón de su Imperio. No en vano la palabra ‘Rus’ tiene su origen en Ucrania. Es más, la única salida posible al Mediterráneo de los rusos estaba en Crimea, una península a los pies de Ucrania. Sin Crimea, los mercantes y los buques de guerra rusos estarían inmovilizados por culpa del hielo invernal y estarían a expensas de los alemanes y del embudo que forma el Mar Báltico en el estrecho de Kattegat. A finales del siglo XVIIII Catalina inició una política de rusificación que continuaron sus sucesores expulsando a los cosacos de Ucrania (sí, los cosacos son ucranianos) y a los tártaros de Crimea (si, los tártaros tampoco son ‘rusos’).

El mapa político de Ucrania - Mapas de El Orden Mundial - EOM
Ucrania

Así pues, cuando en 1917 triunfa la Revolución Bolchevique y la familia del Zar es asesinada, los ucranianos verán el cielo abierto y proclamarán su independencia. Será un movimiento efímero ya que, abandonados por Occidente, no les quedará más remedio que aceptar lo inevitable y Ucrania será una de las repúblicas autónomas que formarán parte de la URSS. Pero Rusia no olvidará la afrenta y Stalin mandará matar por hambre a más de cuatro millones de ucranianos en la década de 1930 al confiscar las reservas de cereales ucranianas para llevarlas a los territorios más dóciles de la Unión Soviética.

Volvamos pues a 1942. Decía que Ucrania estaba ocupada por Alemania. En un primer momento los ucranianos vieron a los alemanes como libertadores. Fue una ficción. Para Hitler todo aquello más allá del Oder formaba parte del ‘Lebensraum’. Para el pensamiento nazi tanto polacos como rusos o ucranianos eran lo mismo, subhumanos que había que eliminar o esclavizar para que los arios tuviesen el espacio vital que necesitaban para existir.

Tras la debacle de Stalingrado, y ante el más que probable colapso del Reich, los nazis enarbolaron banderas nacionalistas para intentar poner de su lado a la población autóctona. Nació así el Ejército Ruso de Liberación de Andrei Vlasov y la Organización de Nacionalistas Ucranianos. Los esfuerzos fueron en vano, dado que, aunque estos grupos querían librarse de los comunistas, también eran conscientes de que la alternativa no era ni la democracia ni la independencia, sino el exterminio nazi. El fracaso de estas iniciativas se contempla con los números. Apenas 300.000 soldados integraron la Organización de Nacionalistas Ucranianos, mientras que se estima que unos seis millones (muchos de ellos forzados) formaron las filas del Ejército Rojo.

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Kiev. 1942

— EL PARTIDO DE LA MUERTE —

Entre aquellos chicos obligados a combatir en el Ejército Rojo estaban los futbolistas del Dinamo de Kiev. Fundado en 1927 como el equipo de la policía soviética, el Dinamo gozaba de gran reputación, aunque su nivel era inferior al de los equipos de Moscú. Cuando en septiembre de 1941 los alemanes ocupen Kiev varios de aquellos futbolistas acabarán en un campo de concentración, bien por servir al Ejército Rojo o bien por formar parte de la defensa civil de la ciudad.

Los meses pasaron, el invierno llegó y el hambre hizo su aparición. A inicios de 1942 Mykola Trusevych, portero del Dinamo, fue liberado de prisión y deambulaba por la ciudad en busca de un trabajo. En uno de esos días aciagos se tropezó con Iosif Kordik, un fanático del Dinamo de Kiev que lo reconoció enseguida. Trusevych estaba demacrado y extremadamente delgado por lo que Kordik no dudó en ofrecerle trabajo en la panadería que regentaba un par de manzanas más allá. Kordik había podido mantener su negocio intacto al ser de ascendencia alemana.

A Kordik se le cayó el alma a los pues cuando vio a Trusevych. Lo que antes era un hombre fornido y elástico era hoy un amasijo de huesos. Lo empleó como barrendero en la tienda, la mayoría de las veces sin sueldo, pero lo que nunca le faltaría sería que comer. Pronto Trusevych comenzó a ganar peso y a Kordik se le ocurrió la idea de formar un equipo de fútbol patrocinado por la panadería.

Trusevych se mostró encantado con la idea. Aquel panadero le había dado trabajo, pero sobre todo le había devuelto la dignidad. Comenzó a recorrer los barrios de Kiev puerta con puerta buscando a sus antiguos compañeros. No era tarea fácil. Alguno estaba preso, otros fallecidos y el resto estaban desperdigados por la ciudad.

Al cabo de unas semanas Trusevych había reunido a un grupo heterogéneo formado por ocho antiguos futbolistas del Dinamo de Kiev y tres jugadores del Lokomotiv de Kiev. Todos se reunían en la panadería estatal número 3, el establecimiento regentado por Kordik, para charlar de la vida, de fútbol…y para comer.

Aquellos chicos formaron el FC Start.

Su historia pasaría a ser legendaria.

Los nazis, en su intento por dar normalidad a la ocupación, organizaron un campeonato de liga en la ciudad. Participarían un total de seis equipos. Dos conjuntos alemanes y otros dos formados por las guarniciones rumana y húngara de la ciudad. Las otras dos escuadras serían el FC Start y el conjunto hecho con los colaboracionistas ucranianos. Éstos últimos serían los únicos que podrían jugar como locales en el antiguo estadio nacional.

El primer partido del FC Start fue contra los colaboracionistas ucranianos y se saldó con una clara victoria (7-2). La siguiente víctima fueron los húngaros que, al igual que los rumanos, eran aliados de los nazis y solían ocuparse de las zonas ya conquistadas, dado que el Alto Mando alemán confiaba poco de sus dotes en el campo de batalla. Decía que el FC Start se enfrentó a los húngaros logrando una fácil victoria (6-2). Más apabullante sería la siguiente ante la guarnición rumana (11-0) o la lograda ante los militares alemanes (9-1).

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La única foto conocida del FC Start

Por entonces la fama del FC Start ya era conocida en Kiev y en buena parte de Ucrania. Estaba claro que los rivales eran simples aficionados y que el FC Start estaba formado por futbolistas de verdad, pero cada pequeña victoria henchía el orgullo de los ucranianos, los cuales veían cada gol como una patada a la vanidad de los ocupantes.

Conscientes de que las victorias del FC Start podían inspirar a los ucranianos y disminuir la moral de las tropas del Eje, las autoridades nazis tenían la esperanza en que el Flakeif lograse vencer a esos rebeldes. El Flakeif era el equipo de la Luffwaffe, las fuerzas áreas, y allí era donde servían la mayoría de los antiguos futbolistas alemanes. Antes el FC Start volvió a vencer a rumanos y húngaros por 6-0 y por un ajustado 3-2 respectivamente. Cabe señalar que por entonces Hungría era una potencia futbolística de primer nivel, y aunque solo se tratasen de futbolistas aficionados, la victoria contaba con cierto prestigio.

Que aquellos futbolistas desarrapados humillasen al Reich era inaceptable. Y lo fue mucho más cuando el FC Start derrotó al Flakeif por un clarísimo 5-1. Mal equipados y alimentados, aquellos futbolistas ucranianos estaban poniendo en tela de juicio tanto el orgullo alemán como las teorías raciales nazis. Sin apenas tiempo para recuperarse, apenas 72 horas más tarde se programó la revancha entre el Flakeif y el FC Start. El partido se jugaría en el estadio nacional Zenit de Kiev, antes conocido como Estadio Rojo y en la actualidad renombrado Estadio Olímpico de Kiev. Se trataba de un coloso de cemento capaz de acoger a cerca de 70.000 espectadores a pesar de sufrir diversos desperfectos por culpa de varios bombardeos.

Ya no era un partido de campeonato. Era una revancha a vida o muerte.

Los días previos la comida comenzó a llegar en tropel a la parte de atrás de la panadería de Kordik. Junto a la carne o los huevos llegaban también mensajes de ánimo y lágrimas de orgullo ante lo que aquellos chicos estaban haciendo. Aparecieron también nuevas camisetas y hasta alguna bota de fútbol usada.

El 9 de agosto el FC Start y el Flakeif saltaron al césped del Olímpico de Kiev ante una multitud callada, pero con el pecho henchido de júbilo. En el palco varios gerifaltes alemanes. En el circulo central, el colegiado. Un oficial de las Waffen-SS, el cuerpo de élite del entramado nazi, sin más conocimiento del reglamento que el de ayudar lo máximo posible a los suyos. Los ucranianos sabrían que el arbitraje sería tendencioso y mucho más cuando minutos antes del partido reciban la visita de un miembro de las SS que les advertiría de las funestas consecuencias de una nueva victoria.

Como era de esperar el Flakeif hizo gala de su poderío físico ante la impasibilidad del árbitro. Así llegaría el primer tanto. Trusevych recibió una patada en la cabeza en un tumulto en el área, y mientras el portero ucraniano se recuperaba, los alemanes anotaron el primer gol a puerta vacía.

El partido transcurrió y las fuentes orales hablan de tirones de pelos, agarres de camiseta, puñetazos en el estómago y violentas patadas en la espinilla, todas con el beneplácito del colegiado. Aun así, el FC Start logró anotar tres goles antes del descanso, uno de ellos tras un precioso zig-zag entre varios defensores de Makar Goncharenko, seguramente el futbolista con mayores cualidades técnicas de los allí presentes.

En la segunda parte el FC Start acusó los golpes y el cansancio. Llegó a anotar dos tantos más, que rápidamente fueron contrarrestados por los nazis. El marcador señalaba un 5-3 a favor de los ucranianos cuando Kimilenko, defensa central de los locales, avanzó con la pelota, sorteó a varios rivales y se plantó delante del portero alemán engañándole con un golpe de cadera hasta encontrarse con la portería vacía. Fue entonces, cuando en lugar de anotar un gol, decidió darse la vuelta y pegar un pelotazo dirigido al público mientras alzaba los brazos en señal de victoria.

Los casi 70.000 espectadores rugieron como si no hubiese un mañana.

Faltaban aún unos minutos para el final del encuentro, pero el árbitro decidió pitar la conclusión antes de tiempo.

Aquello iba a tener consecuencias. Ya habían sido advertidos.

La afrenta resquebrajó la sonrisa hierática de los ocupantes nazis. Sí, el FC Start era un equipo de ex futbolistas. Pero eran seres humanos mal alimentados, con profundas cicatrices por la represión y con el miedo azuzando sus cabezas. Era subhumanos que habían vencido a la élite del ejército más poderoso jamás visto.

Una semana más tarde, el 16 de agosto de 1942, el FC Start venció a otro equipo alemán por 8-0. Al día siguiente los jugadores ucranianos fueron arrestados por orden de la Gestapo acusados de ser espías soviéticos. En realidad, todos eran miembros del Partido Comunista porque para jugar al fútbol en la Unión Soviética era obligatorio afiliarse al partido. Nikolai Korotkykh murió torturado mientras el resto de la plantilla fue enviada a un campo de concentración. Cuatro compañeros más acabarían falleciendo, entre ellos el portero Mykola Trusevych, el impulsor de esta epopeya.

A finales de 1943 los soviéticos liberarían Kiev de la ocupación nazi y la historia saldrá a la luz por vez primera. Lo hará con sordina, dado que serán acusados por Moscú de “confraternizar con el enemigo” por aceptar jugar partidos de fútbol contra los nazis. Los tres supervivientes tuvieron que callar hasta que tras la muerte de Stalin el régimen comunista decida abrir algo la mano. Fue entonces cuando gracias al esfuerzo de Makar Goncharenko, uno de los tres supervivientes, la historia pase a ser ‘vox populi’ debido a la publicación de un libro. Inmediatamente aquellos chicos del Dinamo de Kiev se convirtieron en héroes nacionales ucranianos y en héroes soviéticos en Rusia y en el resto de la Unión Soviética. Fue tal la fama que en 1981 se inauguró un grupo escultórico conmemorativo a las puertas del Estadio Olímpico de Kiev, que durante unos años fue rebautizado como Estadio FC Start.

Mitos y verdades sobre el "partido de la muerte": el día que un equipo  ucraniano venció a soldados nazis - Infobae
Estatua en los aledaños del Estadio Olímpico de Kiev

Por entonces ya Crimea formaba parte de Ucrania. Tras la muerte de Stalin en 1953 y la llegada al poder de Nikita Kruschev se inició un proceso de Desestalinización. Kruschev pidió perdón por el genocidio cometido en Ucrania durante los años 30 y, como medida de distensión, decretó que la península de Crimea formase parte de la República Soviética de Ucrania. Cuando la URSS se desmiembre en 1991 y Ucrania consiga al fin su independencia, aquella decisión se verá como errónea cuando Rusia y Ucrania peleen por el territorio más codiciado del Este de Europa. El desatino acabará con una guerra iniciada en 2014 y todavía inconclusa a la hora de escribir estas líneas.

Mientras, el Dinamo de Kiev se recompuso y en 1961 obtuvo su primera liga soviética. A partir de entonces se erigió en el equipo más importante de la Unión Soviética, practicando siempre un fútbol técnico y ofensivo. Al igual que los equipos lituanos sobrepasaron a los moscovitas en baloncesto, el Dinamo de Kiev hizo lo mismo en el deporte rey. En 25 años ganó 13 ligas de la URSS, se convirtió en el único equipo soviético en lograr títulos internacionales y parió al mejor entrenador que ha dado el Este de Europa (Valeri Lobanovsky) y a dos Balones de Oro (Oleg Blokhin e Igor Belanov). Sí, Lev Yashin, el jugador más legendario de la URSS, era ruso, pero si bien en la victoria soviética en la Eurocopa 1960 había siete rusos por tan sólo un ucraniano, cuando en 1988 queden subcampeones de la Eurocopa habrá tan sólo dos rusos en el once inicial frente a siete ucranianos. El influjo del fútbol ucraniano y del Dinamo de Kiev llegó incluso al siglo XXI, cuando Andrey Shevchenko y compañía siguieron demostrando la superioridad del balompié en el antiguo Rus de Kiev.

P.D: A Hollywood le dio por convertir la historia en una película. Stallone fue Trusevych y Pelé fue Goncharenko. En lo único en que se parecía ‘Evasión o Victoria’ al ‘Partido de la Muerte’ es en que todo estaba poblado de nazis. Todo lo demás es pura, y deliciosa, ficción.

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Una historia del destino: Edwards y Charlton

El partido de vuelta de cuartos de final de la Copa de Europa entre el Estrella Roja y el Manchester United llega a su fin. Es el miércoles 5 de febrero de 1958. Tras una cómoda ventaja de 0-3 al descanso, los yugoslavos fueron capaces de empatar el partido después de una segunda parte soberbia. Habían rozado la hazaña, pero el empate (3-3) era insuficiente para levantar el 2-1 en contra de la ida. La estrella del partido es el inglés Bobby Charlton, que en su tercer partido europeo marca dos soberbios goles. Charlton apenas tiene 20 años y juega de mediapunta. Sus espaldas están resguardadas por un mediocentro colosal, el estandarte de la selección inglesa. Se trata de Duncan Edwards, otro joven valor, en este caso de 21 años, con un presente esplendoroso y un futuro prometedor.

Nada existe por el azar al igual que nada se crea de la nada. Eso era el destino para los griegos. Decía Aristóteles que la naturaleza humana está orientada hacia un fin, y ese fin último es la felicidad. La pregunta que teólogos y filósofos de entonces, de después y del mañana se hacen es resolver el porqué. ¿Por qué no todos podemos disfrutar de ese fin? ¿Por qué si el destino no está prescrito, no es concebible y es vivible, se ceba en unos y no en otros? Supongo que preguntas como esta rondaron día tras día la vida de Bobby Charlton. Digo rondaron en pasado porque, aunque Charlton sigue vivo ya pasados los 80, el alzhéimer hace tiempo que se ha encargado de destrozar sus recuerdos. Esta leyenda del fútbol no lo hubiese sido si el destino no lo hubiese querido. Porque Bobby Charlton era bueno, muy bueno, pero dicen que no era tan bueno como Duncan Edwards.

Quiso el destino que Edwards dejara este mundo antes de tiempo.

Mucho antes de tiempo.

Al acabar el partido la plantilla del United y del Estrella Roja confraternizaron alrededor de unas cuantas botellas. Tras una noche de alcohol a la mañana siguiente tocaba coger un vuelo rumbo a Londres, previa escala en Múnich. Era un vuelo chárter, algo inusual en la época, porque el día 8 el United tenía que jugar en Inglaterra ante el Wolverhampton un encuentro liguero. Busby, técnico y factótum de los Diablos Rojos, trato de atrasar el partido, pero la Federación Inglesa se negó, por lo que tuvo que alquilar un avión para poder llegar a tiempo a Inglaterra tras jugar apenas 48 horas antes el citado encuentro europeo frente al Estrella Roja.

Edwards y Charlton se conocieron en el verano de 1956. Duncan Edwards había sido colegial en los cuarenta y era adolescente en los cincuenta. Pertenecía a esa generación feliz que dejó atrás la guerra. Edwards cumplía con todos los tópicos. Era honrado, superlativo, fuerte y simpático. Era la encarnación de las fantasías infantiles. El niño bueno que a base de trabajo, talento y esfuerzo había logrado su sueño siendo humilde y excelente persona. En el campo era un box to box. Un hombre que tenía tanto talento y estilo como fuerza y serenidad.

Tras la resaca, la expedición del United se dispuso a desayunar y a abandonar el hotel. Era la mañana del jueves 6 de febrero. Subieron a un autobús y pusieron rumbo al aeropuerto de Belgrado. Eran 44 personas entre futbolistas, técnicos, directivos y periodistas. Cuando llegaron al control de pasaportes tuvo lugar el primer inconveniente. Johnny Berry, un hábil extremo derecho, no encontraba su pasaporte. Buscaba y rebuscaba sin suerte en su maleta hasta que cayó en la cuenta de que el pasaporte había quedado olvidado en su habitación. Una hora después un empleado del hotel aparecía en taxi con el susodicho visado. El vuelo a Londres, con parada para repostar en Múnich, salía con una hora de retraso.

Como Robben, Bobby Charlton era tímido y eternamente calvo. Hijo de minero y de una madre de porcelana que hasta el matrimonio fue una fenomenal futbolista, Charlton combinaba elegancia y espectacularidad. Un trescuartista capaz de silenciar a una multitud a la espera de un pase, un cambio de dirección, un disparo o una decisión. Uno de esos futbolistas capaz de levantar del asiento a periodistas y aficionados de mirada triste.

El Airspeed Ambassador, que era el nombre de aquel pájaro de hierro, aterrizó en el aeropuerto de Múnich a eso de las 14.00 horas. Había una soberana capa de hielo en la pista y los copos de nieve caían sin cesar. Tras el repostaje el comandante intentó despegar, pero un extraño ruido en el motor y el asfalto helado le hicieron rectificar. Tras unos minutos hubo un segundo intento. Las sensaciones fueron las mismas y a los contratiempos hubo que añadir una fuerte ventisca. Se ordenó a los pasajeros tomar un café en la terminal mientras se revisaban los motores y se echaba sal a la pista de despegue.

Aquel equipo era conocido como los ‘Busty Babes’. Matt Busby había reclutado a unos adolescentes extraordinarios a inicios de los 50 que tocaron el cielo al ganar la Liga en 1956. Duncan Edwards lideraba un equipo que seguía la máxima de que el balón es redondo y debe rodar por el césped, algo poco frecuente en aquella Inglaterra. Jugaban a un toque y con un desparpajo sin igual. En 1957 aquellos imberbes habían caído ante el todopoderoso Madrid en las semifinales de la Copa de Europa, pero para 1958 el objetivo era ganarla. Edwards, que sumaba 18 internacionalidades con 21 años -un récord estratosférico de la época-, había acogido bajo su ala a Charlton, de 20 años recién cumplidos, y que aquella temporada se había ganado un puesto en el once titular tras dos años alternando la cantera y el primer equipo. “Deja de pedir un puesto en el equipo y robalo”, le había dicho Edwards a Charlton el verano anterior.

Por tercera ocasión, a las 16:05 del 6 de febrero de 1958, el comandante, que respondía al nombre de James Thain, se dispuso a intentar el despegue que creía definitivo. Por entonces el miedo ya estaba presente entre los pasajeros. La mayoría hubiese preferido hacer noche y esperar al día siguiente, pero el compromiso ante el Wolverhampton era ineludible si el United no quería hacer frente a una sanción y a la pérdida del partido. El caso es que el avión se deslizó por la pista incapaz de coger la altura suficiente. Se estrelló en una colina cercana en la que había una casa deshabitada. Pronto las llamas hicieron su aparición. El avión se había partido en dos.

Por entonces Charlton aún no había sido internacional. Lo sería meses más tarde, pero le costó alcanzar la madurez. Eres incapaz de meter la pierna, le decían. Un jugador al que se admira, pero al que los niños no deben imitar. La pelota puede rebotarle en el estómago que se mantendrá indiferente, se comentaba. Duncan Edwards llevaba desde los 18 siendo una estrella. “No recuerdo ningún jugador tan grande que se mueva a tal velocidad”, diría de él Stanley Matthews, el mito viviente, el primer Balón de Oro de la historia.

En el mismo momento en el que el avión se partió en dos las llamas comenzaron a brotar por todo el fuselaje. El horror hace su aparición. Muchos quedan calcinados en sus asientos, otros saltan por los aires con algún miembro partido. Alguno de los supervivientes es incapaz de soltar el cinturón de seguridad mientras agoniza a la espera de una ambulancia.

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Fueron 23 los fallecidos. Hubo periodistas, técnicos y directivos. Entre los futbolistas perecieron Geoff Bent, Eddie Colman, Mark Jones, Bill Whelan, David Pegg, Roger Bryne y Tommy Taylor. Los tres últimos eran internacionales con Inglaterra. Todos ellos estaban comenzando a disfrutar de la vida.

Entre los supervivientes destacaba Bobby Charlton. Milagrosamente quedó intacto a pesar de que su asiento saltó por los aires hasta topar con la nieve. Impresionado y aturdido, fue incapaz de ayudar a sus compañeros. Quien sí lo hizo fue Harry Gregg, el portero del United, que ayudó a sacar del avión tanto a Matt Busby como a Duncan Edwards.

Aquello dolió lo indecible, pero la conmoción adicional de la tragedia la iba a traer Duncan Edwards. Justo una semana después, Matt Busby respondía, sin que se le esperase, a los estímulos de los médicos cuando horas antes le habían dado la extremaunción. Tendría que seguir hospitalizado en Múnich, aunque se recuperaría. Los futbolistas supervivientes también iban a poner rumbo a Londres con la excepción de uno. Duncan Edwards tenía un riñón perforado y había sobrevivido a un trasplante de urgencia hecho a través de uno artificial. Pero el invento no funcionaba y la sangre de Edwards se coagulaba.

Fueron quince días lo que el héroe de los tres leones estuvo luchando entre la vida y la muerte. Aquel gigante con pies de funambulista y corazón de león expiró a los 21 años causando un dolor nacional. 5.000 personas acudieron a su entierro en la pequeña aldea de Dudley, en cuyo cementerio su padre ejercía de jardinero. En la iglesia del pueblo una hermosa vidriera con su imagen mantiene vivo el recuerdo de un jugador brillante y con coraje que dejó una sensación de obra incompleta.

Días antes de volver a Inglaterra Jimmy Murphy, segundo técnico del United, visitó a Edwards obviando la verdad sobre su estado. En la charleta, Edwards le dijo a Murphy que estaría listo para jugar contra los Wolves, pero que si no conseguía llegar a tiempo tenía que ser Charlton el encargado de liderar al equipo.

Lo cierto es el partido ante el Wolverhampton se volvería a aplazar, pero el 19 de febrero, dos días antes del fallecimiento de Edwards y apenas 13 días después del accidente, el Manchester United tendría que jugar sí o sí ante el Sheffield Wednesday. La idea es no jugar, pero a las oficinas del United llegan miles de cartas y de sobres de dinero para que el club pueda seguir participando tanto en la Liga como en la Copa de Europa, en un tiempo en el que un futbolista tenía el mismo sueldo que un carpintero. Finalmente, un United plagado de juveniles derrota al Sheffield en un encuentro donde el programa del partido se dejó en blanco y en el cual no se nombró por megafonía a ninguno de los nuevos jugadores. Todos, juveniles y fallecidos, eran parte del United.

Bobby Charlton vería desde el palco aquel encuentro, Había decidido no volver a jugar al fútbol impactado por la tragedia y avergonzado por no auxiliar a sus compañeros. El United sólo ganaría un encuentro de Liga de los 14 disputados de ahí a final de temporada. Quedó eliminado de manera honrosa (2-5 en el global) ante el AC Milan en las semifinales de la Copa de Europa. Charlton no jugaría ninguno de esos encuentros. Tardó semanas antes de volver a calzarse las botas.

Matt Busby tardaría un lustro en recuperar a los Diablos Rojos. El United ganaría la Liga en 1965 y 1967 y al año siguiente se convertiría en el primer conjunto inglés en ganar la Copa de Europa. Por entonces una nueva generación comandada por George Best y Denis Law lideraba a un grupo maravilloso. De los supervivientes de la tragedia de Múnich de diez años atrás se mantenía el portero, entonces suplente, Harry Gregg, el defensa Bill Foulkes…y el por entonces capitán Bobby Charlton.

Supercopa de Europa: El Manchester United, un histórico de 139 años y un  puñado de vidas | Marca.com
Bobby Charlton (sentado a la izq de Matt Busby)

Meses después de la tragedia de Múnich, Charlton debutó con Inglaterra y su trayectoria no tendría picos de sierra siguiendo una línea continua con un punto álgido en el Mundial de 1966. Quiso el destino que Charlton ocupase el lugar de Edwards como el futbolista más importante de la nación más importante del deporte más importante jamás inventado. Pocos como él pueden presumir de ser campeones de Europa de clubes, del mundo con su selección y tener el Balón de Oro.

Y ninguno de todo eso y de haber sobrevivido a un accidente de avión.

Y mientras todo esto sucedía Duncan Edwards acumulaba malvas en un pequeño cementerio de los midlands ingleses.

Duncan Edwards era mejor jugador que Bobby Charlton. «Era bueno con la derecha, bueno con la izquierda, con un extraordinario remate de cabeza y muy sólido en defensa. Era capaz de ponerte un balón a sesenta metros de distancia”, diría de él Charlton. “Tan sólo Edwards y Pelé me han hecho sentirme inferiores en un campo de juego”, contaría en otra ocasión. Quizás el recuerdo exagere el comentario, pero los hechos y los datos recogidos de aquel joven centrocampista reafirman lo pensado.

Quiso el destino que Edwards fuese un sueño y Charlton su realidad.

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Cuando Jopie conoció a Gento

“Gento era el jugador que ponía en pie al Bernabéu. Sus carreras, locas y descontroladas en un primer año en el que llegó a ser martirizado con burlas, terminaron por ser la delicia del estadio y el terror de los rivales. Di Stéfano le salvó ante Bernabéu, que al final de la primera temporada lo quería devolver al Racing de Santander (…) Fue arrollador. No era un estilista, pero su velocidad y potencia de tiro le mantuvieron por encima (…) Deja en su palmarés 23 títulos. De ellos, 12 son de Liga y 6 de Copa de Europa, récords impresionantes. Jugó el solemne partido Inglaterra-Resto del Mundo, celebración Centenario del fútbol. Dos veces mundialista. Si quieren ver una jugada que le defina, busquen en ‘google’ su carrera ante México en Chile-62; lástima que lleva el ‘9’ y no su ’11’ (…) En su tiempo fue un trueno, en el campo y fuera de él. Con razón se le apodó ‘La Galerna del Cantábrico’”. Alfredo Relaño, Diario AS.

Jopie trabajaba en una tienda de deportes. Apenas los pelos comenzaban a asomar por su cuerpo. El dinero no sobraba en casa. A papá se lo había llevado la muerte. Mamá limpiaba retretes y fregaba suelos a destajo. Jopie no era muy habitual de los libros. Aquel chaval flacucho y respondón era amigo de saltarse las clases y pasar el día en los billares o jugando con el balón.

A Jopie le aburría su trabajo. Cargar y desembalar cajas, poner etiquetas a los artículos u ordenar ropa en los estantes. Pero el dueño de la tienda era un antiguo jugador de fútbol y Jopie aprovechaba para hacerle toda clase de preguntas. Porque si algo caracterizaba a Jopie era su lengua afilada. Siempre quería hablar con gente mayor que él para aprender cosas nuevas. Nunca se cansaba de hacer preguntas. Se sabía en un estrato superior a la gente de su edad y sólo mostraba respeto por aquellos que consideraba mejores que él.

Los cuales eran la excepción.

Leo, que así se llamaba el dueño de la tienda, acudía los sábados a suministrar material nuevo a su antiguo club de fútbol. O a limpiar alguna que otra cosa. O a arreglar cualquier otra. Pronto Jopie se convertiría en el encargado de dicha tarea. Gracias a su lengua viperina, aquello rapidamente se convertiría en una oportunidad fantástica para preguntar, charlar y debatir de forma insolente con aquellos hombres hechos y derechos que se ganaban la vida pateando un balón de fútbol.

Por entonces Jopie tenía 14 años. Su talento no pasaba desapercibido y hubo de falsificar su fecha de nacimiento para ser aceptado en un equipo juvenil que sólo permitía acceso a los 16 años. Era éste un tema trascendental, porque tener ficha juvenil implicaba recibir un pequeño sueldo que, combinado con el trabajo en la tienda de deportes, le permitiría convencer a su madre de dejar de forma definitiva los estudios.

Las posibilidades de que Jopie pudiese vivir del fútbol eran ínfimas. No por su talento, descomunal para su edad, sino por las condiciones del fútbol en su país. El profesionalismo apenas había sido aprobado cinco años atrás y la selección se conformaba con ganar a Luxemburgo y buscar el milagro del empate ante los gigantes europeos. Abe Lenstra, un referente para Jopie y para todos los niños del país, tuvo que compaginar el fútbol con su trabajo como funcionario del ayuntamiento.

Pronto se vería que Jopie era diferente. Jugando con chicos que le superaban en dos años de edad apresuradamente se convirtió en el mejor jugador juvenil del momento. Una vez metió 17 goles en un partido de 40 minutos de juego. Destacaba por un regate y un cambio de ritmo nunca vistos. Con un simple giro de tobillo era capaz de parar el juego. También era veloz. Muy veloz. Al ser tan escuálido había aprendido a correr con el balón pasándoselo indistintamente de un pie a otro para evitar las patadas de los rivales.

Pero lo más sorprendente era su confianza. No paraba de gritar y ordenar a sus compañeros donde colocarse. Otras veces se acercaba a la banda para discutir la táctica a seguir con el entrenador. Era inaguantable. Deliciosamente inaguantable. Con 17 años firmará su primer contrato profesional y cambiará la vida de su equipo y del fútbol de su país para siempre.

Pero antes, apenas una semana después de que Jopie cumpliese los 15 años, un suceso iba a convencerlo definitivamente de que había nacido para jugar al fútbol.

A Jopie le encantaba acercarse a De Meer los domingos por la tarde para ver que hacían los profesionales. También acudía al Estadio Olímpico de vez en cuando para presenciar algún encuentro de la selección neerlandesa. Analizaba lo que sucedía en el campo, pero no se sentía satisfecho. De hecho, en De Meer jugaba el AFC Ajax. Ese era su equipo. El equipo de origen judío al que los sábados suministraba material y en el que los domingos se calzaba las botas para defender los intereses del juvenil. Era también el club cuyas estancias eran limpiadas y acicaladas día tras día por su abnegada madre, trabajadora del servicio de limpieza. Pero era un mal equipo. En ocasiones hasta era superado por el DWS Amsterdam, la otra escuadra de la ciudad.

Pero el caso es que el 2 de mayo de 1962 el Estadio Olímpico de Ámsterdam sería la sede de la final de la Copa de Europa que iba a enfrentar a Real Madrid y SL Benfica. Para un neerlandés era lo nunca visto. Di Stéfano contra Eusebio. El equipo de las cinco coronas frente a su heredero en el trono europeo.

Era fútbol de altísima calidad al que Jopie iba a acceder por vez primera.

Y le costó lo suyo. El Ajax jugaba en De Meer, un modesto estadio con capacidad para 19.000 espectadores, mientras que el DWS o el FC Amsterdam jugaban en el Olímpico con sus 65.000 plazas disponibles. Así que los recogepelotas de estos dos últimos equipos serían los afortunados de escoltar a las rutilantes estrellas merengues y encarnadas al círculo central. Tras dimes y diretes al Ajax le permitieron llevar a dos chavales y, uno de ellos, evidentemente, tenía que ser Jopie.

Jopie tenía claro con quien querría posar cuando sonasen los himnos. Su ídolo era el número 11 que vestía de blanco. Se trataba de un extremo zurdo de tremenda velocidad y elasticidad. Un huracán. Un vendaval. Era capaz de coger el balón en campo propio, cosérselo a la bota y pararse en seco para retornar inmediatamente la carrera. Era eso lo que más le llamaba la atención de Jopie. La parada en seco. Iba a practicarla una y otra vez hasta conseguir para el tiempo.

Para el flacucho Jopie aquel número 11 era un gigante. Y eso que Francisco Gento no era muy alto. Pero todo lo que Jopie había leído sobre Gento y todas las filmaciones que había podido ver de él lo tenían hipnotizado. Ese despliegue físico y ese ritmo endiablado lo tenían cautivado. Veía en Gento un reflejo del futbolista que quería ser él. De cómo a través de la velocidad y los desplazamientos en diagonal cara a la portería se podía sortear a rivales más grandes y fuertes.

Así que allí estaba Jopie con su sudadera de entrenamiento del AFC Ajax acompañando al legendario extremo cántabro mientras sonaban los himnos. Luego se acomodaría detrás de la portería donde se anotarían seis de los ocho goles de aquella final que el SL Benfica se llevaría por 5-3. Desde allí Jopie vio a Gento, pero también al maravilloso Puskas que anotó tres tantos, uno de ellos exquisito tras cazar un rechace, sortear a un rival y ajustar a la base del poste. Y también vio al joven Eusebio, apenas cinco años mayor que él, emerger por el ancho de la zona de ataque y soltar latigazos con su pierna derecha desde cualquier lugar del campo.

Y por supuesto vio a Alfredo Di Stefano. Pasado de kilos, y ya con 35 años, Di Stéfano seguía dirigiendo la orquesta merengue. Jopie se fijaba en como mandaba y en cómo se colocaba en el campo. Y es que mientras la mayoría adoraba al Di Stéfano goleador, Jopie se propuso analizar lo que hacía cuando no tenía el balón.

Así que Jopie lo tenía claro. Una vez acabase el partido tendría que preguntarles a esos ases como lo hacían. En 1962 el fútbol seguía siendo familiar. El partido finalizó y el público neerlandés invadió el campo de forma pacífica. A Eusebio lo llevaron a hombros al vestuario mientras agarraba como un tesoro la ‘9’ merengue de Don Alfredo.

Así que Jopie aprovechó el tumulto para colarse en los vestuarios. Por todos era conocido, a todos conocía y la pillería hizo el resto. Allí estaban todos. Santamaría, Del Sol, Puskas y, sobre todo, Alfredo Di Stéfano y Paco Gento.

Quiso Jopie hablar con ‘La Saeta’ pero le fue imposible. Un gruñido de lo más profundo de la pampa salió de la boca de Di Stéfano, que estaba tratando de digerir la que él sabía era su última oportunidad de conquistar otra Copa de Europa. Entonces los ojos sagaces de Jopie se fijaron en Gento, el cual contestó al chaval con una franca sonrisa.

Embelesado y desconocedor del castellano, Jopie trató de preguntarle a Gento como hacía para frenar en seco. Aquel huracán embravecido, aquella galerna del Cantábrico, se encogió de hombros en una respuesta con doble significado. Ni entendía lo que le preguntaban ni sabía desvelar cual era la pócima de su secreto.

Real Madrid: el mítico exfutbolista Paco Gento falleció a los 88 años de  edad | LaLiga | España | Copas de Europa | NCZD | FUTBOL-INTERNACIONAL |  DEPOR
Mr. Champions

Para Jopie aquel fue el mejor partido que vio en su vida. No muchos años después Jopie se convertirá en Johan Cruyff y se encargará de que otros chavales sueñen con ser profesionales de igual forma que el soñó el día que vio volar a ras de césped a Paco Gento.

Johan Cruyff acabará superando a Gento. No tendrá nunca la velocidad del extremo cántabro, pero mejorará tanto su capacidad de desborde como su regate con ambas piernas. De hecho, será una versión mejorada de Di Stéfano, con su misma capacidad de mando, su entendimiento del juego y con el punto de maldad necesario para emerger en los instantes decisivos de los partidos. La comparación entre Di Stéfano y Cruyff será constante, pero no será otro sino Gento el que hizo posibles los sueños de Jopie.

Algo tendría aquel alocado extremo cuando Cruyff lo convirtió en su ídolo y Di Stéfano lo catalogó como su mejor compañero.

“Tiene velocidad y le pega al balón como un cañón. Sigue, arranca y frena durante todo el partido en carreras de 50 metros. Sabe correr, pero lo más importante es que sabe interpretar el fútbol. Yo, los balones todos a Gento”. Alfredo Di Stéfano; compañero en el Real Madrid durante más de una década.

“Gento corría tan rápido que no podías cogerle nunca en fuera de juego. Técnica con velocidad, la más rápida que nunca he visto”. Bobby Charlton, ex jugador del Manchester United y Balón de Oro.

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Copa Mitropa; el torneo que tuteó a una guerra

Antes, mucho antes, de la creación por parte de la UEFA de la Copa de Europa existía la Copa Mitropa. Y antes, mucho antes, de que se creara el Campeonato Europeo de la UEFA (por todos conocido como Eurocopa) ya existía la Copa Mitropa. Y, por supuesto, antes de que se creasen competiciones de dudoso interés como la Liga Europa Conferencia de la UEFA o la Liga de Naciones de la UEFA, también existía la Copa Mitropa. Y, desde luego, antes de que una pandemia obligase a aplazar partidos y torneos ya había guerras que ponían patas arriba al mundo, y por ende, al planeta fútbol.

La Copa de la Europa Central fue creada en 1927 impulsada por Hugo Meisl, afamado entrenador y arquitecto del ‘Wunderteam’ austriaco que asombraría al mundo en la década de 1930. Hasta entonces los clubes tenían que demostrar su valía internacional en encuentros amistosos. La idea de la Copa Mitropa era crear un torneo entre los mejores equipos de Europa Central. Los motivos eran dos. Por un lado, el nivel del fútbol centroeuropeo era entonces sobresaliente y ya reputadas voces consideraban que al menos igualaba al británico. Por otro parte, la excelente red de ferrocarriles de la zona y la escasa distancia entre las principales capitales centroeuropeas permitían desarrollar un campeonato de corta duración.

En las dos primeras ediciones participaron los campeones y los subcampeones de Austria, Hungría, Checoslovaquia y Yugoslavia. En 1929 los italianos reemplazaron a los yugoslavos, quienes estaban a punto de iniciar una guerra civil, y en 1934 se decidió la ampliación del torneo a cuatro escuadras por país. En 1936 entró en liza Suiza, y la última reforma data de 1937 cuando se unieron los clubes de Rumanía y se reincorporaron los de Yugoslavia. La Copa de la Europa Central pronto pasó a ser conocida como Copa Mitropa por la empresa que la patrocinaba. Mitropa era la compañía de restauración que operaba en las líneas férreas de Centroeuropa. De hecho, Mitropa no es más que el acrónimo de ‘Mittleuropa’, que es el término alemán para definir la Europa central.

Durante la década de 1930 la Copa Mitropa vio desfilar a algunos de los mejores futbolistas del momento. Ganadores en esos años fueron el Sparta de Praga de Nejedly (máximo goleador del Mundial de 1934), el Bolonia FC de Schiavo, Andreolo o Ceresoli (bicampeones en el Mundial de 1934 y 1938), el Slavia de Praga de Josef Bican (futbolista con el mayor número de goles de la historia) y, especialmente, el Austria Viena del maravilloso e icónico Matthias Sindelar. El sistema de participación era simple. Campeones ligueros como cabezas de serie y eliminatorias a ida y vuelta hasta quedar un único contendiente.

MATTHIAS SINDELAR, el futbolista que desafió a Hitler.
Sindelar; el Mozart del fútbol

Para 1939 la Copa Mitropa comenzó con una ausencia significativa. Tras el ‘Anschluss’ del año anterior, Austria pasaba a ser una provincia más del Tercer Reich alemán. Sindelar aparecería muerto en su casa por culpa de una intoxicación por monóxido de carbono. Aún hoy se discute si fue un accidente, un suicidio o el asesinato de un futbolista judío. Pero la historia de Sindelar no es la que nos ocupa hoy. El caso es que en 1939 ningún equipo austriaco pudo participar en la que fue la última Copa Mitropa antes del inicio de la guerra.

Y es que en septiembre de 1939 estallaba la II Guerra Mundial.

Con Europa en guerra lo normal es que la competición se parase.

Pero no fue así.

El torneo ocupaba dos meses en el calendario, generalmente junio y julio, a imagen de los torneos internacionales de selecciones de la actualidad. En el verano de 1940 Austria y Chequia eran provincias alemanas, Italia empezaba a lamentarse de haber retado a Gran Bretaña por la hegemonía del Mediterráneo y Suiza se dedicaba a contemporizar. La Copa Mitropa de 1940 contó con ocho equipos y, entre los participantes en esos cuartos de final, sólo había escuadras húngaras (3), yugoslavas (3) y rumanas (2).

Copa Mitropa | Wanderers
Copa Mitropa

Cuando el 17 de junio se disputan los partidos de ida de los cuartos de final, Francia estaba a punto de capitular ante el fulgurante avance de las tropas alemanas. Cinco días después Alemania controlaba un territorio que iba desde Hendaya, a orillas del Cantábrico, hasta Memel, bañado por el Mar Báltico. La intención de los alemanes para ese verano de 1940 era reorganizarse y preparar el asalto de Gran Bretaña por mar y aire.

Así, la relativa calma de Europa central permitía continuar con la Copa Mitropa aunque fuese bajo mínimos. Rumanía había sido el país más beneficiado en Europa central tras el fin de la I Guerra Mundial. Prácticamente había doblado su territorio. Favorecido además por la existencia de pozos petrolíferos, el rey Carol II firmó un acuerdo con los nazis para suministrarles crudo a cambio de su neutralidad. Sin embargo, tras el inicio de las hostilidades, la Unión Soviética, con la que Rumanía compartía frontera, exigió a los rumanos la devolución de la Besarabia, una región que había sido adquirida por Rumanía al término de la I Guerra Mundial. Todavía nazis y comunistas mantenían la paz, pero era obvio que Rumanía iba a tener que elegir bando.

En cambio, Hungría había sido la gran derrotada en la I Guerra Mundial. Lo que antes había sido un inmenso Imperio ahora era un pequeño Estado sin voz ni voto en las decisiones importantes de Europa. Hungría alcanzó la II Guerra Mundial con un régimen fascista que simpatizaba con los nazis, pero sin atreverse a aliarse con ellos. El gran escollo era Eslovaquia. Tras considerar Chequia provincia alemana, los nazis crearon Eslovaquia como un país títere bajo su control. Sin embargo, el territorio que había servido para crear Eslovaquia era reclamado por Hungría como propio. Para complicar más la situación los húngaros exigían también la devolución de parte del territorio rumano. Lo cierto es que los nazis estaban de acuerdo con los húngaros, pero no estaban dispuestos a perder el apoyo de los rumanos y, con ello, perder también el control de los pozos petrolíferos.

Yugoslavia era en 1940 un paraje de paz en medio de la tormenta. Pero era un país débil. Estaba gobernado por una regencia con apoyo militar en la que había que hacer malabares para contentar a serbios y a croatas, a anglófilos y filonazis. A medida que los designios de la guerra iban dando vencedor a los alemanes, era más que evidente que el país iba a estallar en mil pedazos.

Un ‘cacao maravillao’. Pero conviene explicar el contexto histórico para entender lo que sucedió después.

Europa ocupada por la Alemania nazi - Wikipedia, la enciclopedia libre
Europa 1941. El triunfo nazi

Cuando Rapid de Bucarest, Gradanski Zagreb (antecesor del Dinamo de Zagreb), Ferencvaros y OFK Belgrado se clasifican para semifinales, los alemanes están haciendo el Desfile de la Victoria a los pies del Arco del Triunfo parisino. Alarmados ante el éxito de los nazis y sabedores de que sus tropas están ocupadas en el oeste, la Unión Soviética decide dar un paso al frente. El 26 de junio de 1940 Stalin lanza un ultimátum a Rumanía exigiéndole la devolución de la Besarabia, a sabiendas de que Hitler no se interpondrá por ahora en su camino al necesitar la Wehrmacht un más que evidente descanso.

Rumanía pide ayuda a Alemania. Los teutones se hacen los suecos y recomiendan a los rumanos que pidan una prórroga a los soviéticos para responder al ultimátum. Mientras todo esto ocurre tienen lugar las semifinales. El Ferencvaros se clasifica derrotando por un global de 2-1 al OFK Belgrado. En el otro duelo Rapid de Bucarest y Gradanski tienen que jugar un tercer partido de desempate en la yugoslava ciudad de Subotica al acabar en empate sin goles los dos partidos.

El desempate está fechado para el 10 de julio. Pero ya entonces la Besarabia es parte de la URSS tras una rápida intervención militar. También lo son Lituania, Letonia y Estonia. Hitler tiene los ojos puestos en Gran Bretaña y deja hacer a Stalin. En el ámbito futbolístico el partido de desempate también acaba en tablas (1-1), por lo que hay que dictaminar por sorteo quien se clasifica para la final. La diosa fortuna sonríe al Rapid que se convierte en el primer equipo rumano en disputar una final de la Copa Mitropa.

La final entre Rapid de Bucarest y Ferencvaros estaba programada para el 21 y el 28 de julio de 1940. El partido de ida sería en Rumanía y el de vuelta en Hungría.

Fue entonces cuando Hungría decidió dar un paso al frente. Viendo la debilidad rumana, los húngaros contemplaron la posibilidad de hacerse con la Transilvania, el territorio que demandaban desde el fin de la I Guerra Mundial a Rumanía. Hungría consideraba que, si la URSS podía recuperar la Besarabia, ellos también podrían hacer lo propio con Transilvania.

Ocupación soviética de Besarabia y el norte de Bucovina - Wikipedia, la  enciclopedia libre
Transilvania (oeste) y Besaravia (este)

Rumanía se niega y moviliza sus tropas. Hungría hace lo mismo. En Alemania estalla la preocupación. Hitler ve como sus dos aliados, uno por su petróleo y el otro por razones étnicas e ideológicas, están a punto de estallar en guerra. Los diplomáticos van y vienen y se establece un arbitraje tras reunión a tres bandas para el 30 de agosto en Viena. Hitler manejaba con destreza la lisonja. Cuando tenía formada una opinión sobre un asunto, consultaba con aquellos que sabía que la compartían. Cuando tenía tomada una decisión en firme, la persona que había sido consultada, halagada por haber sido llamado por Hitler, se sentía doblemente agradecida al pensar que había influido en la decisión del Führer. También tenía la cualidad extraordinaria de memorizar pasajes de libros y datos estadísticos, utilizando el viejo truco de halagar a los subordinados conociendo pasajes de su vida profesional y personal.

El caso es que el partido se aplaza y se fijan como fechas alternativas el 18 y el 25 de agosto. Pero en estas el Ferencvaros se niega a jugar en Rumanía, por lo que hay que buscar una solución de compromiso. Se decide celebrar una final en campo neutral en Viena…el 30 de agosto.

Justo el 30 de agosto.

No hubo final.

A primera hora de aquel 30 de agosto se dividió en dos Transilvania. El norte pasó a pertenecer a Hungría y el sur a Rumanía. Lejos de resolver el problema lo enquistó. Más de 1.000.000 de rumanos pasaron a ser ciudadanos húngaros y medio millón de húngaros siguieron siendo rumanos. A partir de ahí Hitler actuaría con inteligencia contentando los deseos de unos y de otros. El temor de que Alemania cediese la totalidad de la Transilvania a uno de los dos bandos ayudó a que en 1941 rumanos y húngaros se conviertan en aliados activos de los nazis y participen en la invasión de la URSS.

El partido entre Ferencvaros y Rapid de Bucarest nunca llegó a disputarse. Tras el fin de la II Guerra Mundial, Transilvania volvió a ser rumana. Besarabia hubo de esperar a 1991 para lograr su independencia. La mayoría de su territorio forma hoy Moldavia, aunque otras zonas se reincorporaron a Ucrania en el norte y a Rumanía en el sur. Por su parte Rumanía tuvo que ceder territorio a Bulgaria, Hungría se quedó como estaba y Yugoslavia se volvió a unir tras fragmentarse en mil pedazos. Todo, por supuesto, bajo control de Moscú, que desde 1945 sustituyó a Berlín como centro de decisión de la zona.

La Copa Mitropa no volvería a disputarse hasta 1951, aunque a partir de entonces su interés y su nivel registraron un constante declive. En 1949 se había creado la Copa Latina que contaba con conjuntos españoles, portugueses, italianos y franceses, cuyo nivel de fútbol estaba en continua progresión y que pronto iba a dejar muy atrás al de Centroeuropa. Después, la creación de la Copa de Europa en 1955 acabaría por enterrar definitivamente a este tipo de competiciones.

La Copa Latina feneció en 1957 tras ocho ediciones, mientras que la Copa Mitropa sobrevivió hasta 1992. Lo hizo de mala manera, con equipos de segunda fila, muchos de ellos no profesionales. Acabó siendo un torneo amateur exactamente igual a aquellos que pretendía sustituir. Pero lo que nadie le podrá quitar a la Copa Mitropa es ser la competición pionera en la construcción de una cohesión europea a través del fútbol. Y, sobre todo, la Copa Mitropa seguirá siendo esa competición capaz de tutear a una guerra y estar a un único partido de vencerla.

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Vasas de Budapest. 6 títulos de Copa Mitropa

Otros torneos alterados por una guerra

¡No tinc por! (el terrorismo en el mundo del deporte)

¿Por qué Israel juega en Europa? (de como los judíos pasaron a ser de apestados a protegidos por la élite europea)

Cuando la Vuelta abandonó el País Vasco (ETA y los duros años de la Transición a golpe de pedal)

De cuando se perdonó al rugby en Irlanda (católicos y protestantes; fútbol y rugby; república y monarquía)

Obradovic y el Partizán de Fuenlabrada (de como un club de exiliados ganó una Copa de Europa de baloncesto)

Cuando el rugby convirtió a Sudáfrica en un país (Mandela y el poder del rugby para impedir una guerra civil)

Berlín 1916 (de como la I Guerra Mundial canceló los Juegos Olímpicos de 1916)

De Helsinki a Tokio (de como la II Guerra Mundial canceló los Juegos Olímpicos de 1940 y 1944)

A los 30 años de la Guerra de Yugoslavia (la perspectiva deportiva de la última guerra europea del siglo XX a través de dos artículos)

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El largo camino a casa de Isidro Lángara (2ª parte)

Con las tropas franquistas asediando Bilbao, el gobierno vasco del PNV (conservador pero aliado con la izquierda para preservar su independencia) programó una operación de propaganda. La idea fue del Lehendakari José Antonio Aguirre, quien había sido jugador del Athletic. Fletó un avión que puso rumbo a París con algunos de los mejores futbolistas del momento para defender la causa republicana. El objetivo era servir de altavoz para pedir ayuda internacional y, de paso, obtener dinero a través de la celebración de diferentes partidos amigables.

Lángara no era ni mucho menos un significado político. De hecho, como vimos, pasó de ser un héroe izquierdista a estar a punto de ser ejecutado acusado de fascista. Si lo eran varios de los componentes de aquel conjunto como Luis Regueiro o Tomás Aguirre, declarados independentistas. Así que Lángara se dedicó a lo suyo. Meter goles. El primer partido fue ante el Racing de París y acabaría con victoria del combinado vasco con triplete del delantero de Pasajes. Fue el mismo día del bombardeo de Guernica. Luego habría partidos por Checoslovaquia, Polonia, Noruega, Finlandia, Dinamarca o la Unión Soviética. En Moscú se llegó a parar un choque para que el árbitro examinase las botas de Lángara ante la incredulidad general por la violencia de sus disparos.

Los bolos terminaron y la expedición regresó a Paris. Por entonces ya pocos dudaban de la victoria del llamado bando nacional y aquellos futbolistas temían, no por su futuro futbolístico, sino por sus vidas. Roberto Echevarría y Guillermo Gorostiza decidieron volver a España (éste último un extremo rapidísimo del Athletic apodado irónicamente ‘bala roja’) a través de Irún, hacer borrón y cuenta nueva y seguir con sus vidas en la España franquista. El resto cogió un barco en Le Havre y puso rumbo a México.

Lángara | El Penalty de Panenka
Lángara, abajo en el centro

Era 1937 cuando la expedición de futbolistas errantes llegó a Ciudad de México tras desembarcar en el puerto de Veracruz. Una muchedumbre de personas, algunas españolas de nacimiento y la mayoría de origen hispano, esperaba en la estación capitalina la llegada del esperado convoy. Arrollando hasta a niños y policías, los forofos buscaron con ahínco a Isidro Lángara, lo alzaron en hombros y lo sacaron en volandas de la estación.

No diríamos mentira alguna si afirmásemos que ninguno de los allí presentes había visto jugar nunca a Isidro Lángara. Salvo alguna que otra fotografía que atestiguase lo contrario, jamás algún mexicano le había visto tocar un balón. Y sin embargo la fama de Lángara era tal que todo buen aficionado al fútbol sabía de la excelencia de aquel brutal delantero gracias a la infinidad de artículos periodísticos que lo alababan.

Tras unos partidos amistosos en México aquellos chicos pasaron a Cuba, y de las Antillas a Argentina. Para entonces el ‘Tanque’ ya era conocido como ‘El Vasco’. Y para entonces Francisco Franco ya estaba bastante asentado en el poder como para exigir que esos desertores no pisaran un campo de fútbol. Argentina claudicó ante el miedo a las represalias y los exiliados tuvieron que volver a México, el último país de habla hispana simpatizante con la República.

Era noviembre de 1938 y aquel equipo pasó a integrarse en la liga mexicana con el nombre de Club Deportivo Euskadi. Quedaron segundos y Lángara consiguió el galardón de máximo goleador con 19 goles en 11 partidos. Memorable fue un gol de chilena anotado ante Raúl Estrada, considerado por muchos el mejor portero de América. Lángara, veinte metros más allá del arco, vio pasar el balón sobre su cabeza, dio media vuelta y, de espaldas a la portería, se lanzó al aire y la pescó con el pie derecho. La esférica fue por los aires directamente al gol y se metió en un ángulo, sin que Estrada pudiera hacer otra cosa que observar impávido lo que ocurría.

Tras dimes y diretes y tras un duro debate en el seno de la FIFA, en 1939 aquellos exiliados son libres para firmar por el equipo que quieran. Lángara, junto a José Iragorri y Ángel Zubieta (otro que merece capítulo aparte), firman por el argentino San Lorenzo de Almagro. En su primer partido Lángara le marcará cuatro goles a River Plate. Un hincha de River de 12 años llamado Alfredo di Stéfano padeció con admiración los latigazos de aquel vasco. En las filas de San Lorenzo pasará Lángara cinco temporadas, siendo otra vez máximo goleador y disfrutando de la vida en la neutral Argentina mientras el mundo se desquebrajaba en mil pedazos.

Libre de muerte y destrucción, en Argentina se jugaba entonces el mejor fútbol del mundo. Hasta el NO-DO se hacía eco del asunto e imágenes de aquel fenomenal San Lorenzo invadían los cines españoles. Pero por muchas imágenes que del ciclón se emitiesen jamás aparecía en los resúmenes un gol de Lángara, vetado y censurado por el Régimen.

442 | Isidro Lángara, el vasco dueño de Boedo
Goleador en Argentina

En 1942 Lángara volverá por vez primera a México donde sigue siendo un ídolo. En una gira de diez partidos amistosos, San Lorenzo anota 42 goles de los cuales 23 son obra de Lángara, incluidos siete tantos en una victoria por 9-1. Aun así, Lángara nunca estuvo del todo cómodo en Argentina. El uso y abuso del regate y del manoseo del balón nunca fueron plato de buen gusto para el ‘Tanque’, un hombre de acción que disparaba y después preguntaba.

Los latigazos de Lángara volverían a resurgir en México tras regresar a la capital de Centroamérica en 1943. Será en las filas del Real Club España, club fundado en 1912 por emigrantes españoles y el más importante de México durante la primera mitad del siglo XX. En la campaña 43/44 el RC España ganó su última Liga con Lángara en sus filas tras un desenlace agónico resuelto en la última jornada ante el CF Asturias, cuyos orígenes son más que obvios. Lángara fue otra vez máximo goleador, y lo será nuevamente en la campaña 45/46 superando todos sus registros conocidos con 40 tantos en 30 partidos.

Fue esa su última campaña en México. Con 34 años fue reclamado por la Patria. Resulta que Felipe Polo, cuñado del Generalísimo, era un acérrimo simpatizante del Real Oviedo. Estuvo años detrás de Carmen, su hermana y esposa de Franco, para que le levantasen el veto a Lángara y le permitiesen volver. En la capital de Asturias no se habían olvidado del hombre que con sus más de 200 goles había llevado a los carballones a la cima.

El problema es que tras el fin de la Guerra Civil se había aprobado el llamado Decreto Ley sobre Responsabilidades Políticas que perseguía a los que, habiéndoles pillado la guerra en zona republicana y consiguiesen llegar al extranjero, no hubiesen decidido regresar a la zona nacional. En el caso de los deportistas el veto era por 12 años.

Lángara llevaba fuera diez años, pero Carmen Polo intercedió y se permitió que Lángara volviese antes de tiempo.

Sabido de la buena nueva, Santiago Bernabéu quiso tirar de contactos y adelantarse a las intenciones del Real Oviedo. Pero pinchó en hueso. El Real Madrid acababa de fichar a Luis Molowny y estaba empantanado en la construcción de un nuevo y colosal estadio en la Castellana. Con todo, encareció el precio de Lángara que firmó por el Real Oviedo a razón de 100.000 pesetas anuales, con diferencia el contrato más alto jamás firmado por Carlos Tartiere, presidente del club carballón.

Isidro Lángara llegó en barco a Bilbao y de ahí en tren a Oviedo. Era agosto de 1946. Lángara hubo de apearse en Colloto, última parada antes de arribar en Oviedo, para evitar el gentío que le aguardaba en la estación. Allí le esperaba Herrerita, compañero de antes de la Guerra, y el presidente Tartiere. Se subieron al coche de este último y allí mismo firmaron el contrato. Al día siguiente Lángara ya estaba entrenando.

Real Oviedo: Con Lángara en el recuerdo
Vuelta a casa

Así fue como Lángara regresó de México para estirar su carrera un par de temporadas. Con algún kilo de más, y abundantes entradas, había ciertas dudas sobre su regreso. Las disipó todas en su primer año con 18 tantos en 20 partidos. No así en el segundo, donde apenas pudo jugar por culpa de las lesiones. Sería su adiós al fútbol profesional.

Abandonó a los 36, en declive físico, pero sobre todo mental, decepcionado por la España que reencontró. Nada tenía el Régimen contra él, pero aquel Oviedo no se parecía en nada al que conoció. Además, día sí y día también, veía pasear por el centro de Oviedo a Nieves, su novia de antes de la guerra, ahora felizmente casada con otro hombre. Así que Lángara decidió volver al lugar donde había pasado los mejores años de su vida. Comenzó una carrera en los banquillos que lo llevó por Chile, Argentina y, por supuesto, por su querido y añorado México. Dicen los que lo conocieron que jamás hablaba de su pasado como futbolista. Que el silencio y la discreción eran su religión.

Viajó frecuentemente a España. Madrid, Oviedo, Andoain. Siempre el mismo recorrido. No tuvo hijos. Tampoco domicilio habitual. Cuando le atacó el alzhéimer, ya en 1990, se estableció en Andoain, en casa de su sobrina, hasta que la muerte le sobrevino en agosto de 1992, cuando España disfrutaba de la resaca de unos históricos Juegos Olímpicos.

Desconocido, primero por el exilio y luego por el olvido, Lángara ha sido injustamente enterrado. Su nombre pasaría desapercibido durante el Franquismo y nadie se preocupó de recuperarlo tras la vuelta de la democracia. Los tambores de la historia resuenan para Pichichi o Belauste, como recuerdos del glorioso Athletic y de la plata olímpica de Amberes. También retumban para Zamora o Samitier, ambos emigrados y retornados, y ambos iconos de Madrid y Barcelona. Para Isidro Lángara Galarraga quedó el silencio. Un silencio que es estruendo al cruzar el charco. Lo normal ante el mejor goleador español de la historia. Lo normal ante uno de los mejores delanteros que ha parido la historia.

El Oviedo publica la biografía en inglés del histórico delantero  guipuzcoano Isidro Lángara | El Diario Vasco
Homenaje a Lángara (d) en Andoaín

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El largo camino a casa de Isidro Lángara (1ª parte)

Celebraba México sus 125 años de Independencia, al igual que ahora celebra su Bicentenario, cuando ingentes masas de aficionados despedían a Isidro Lángara en el puerto de Veracruz. Estamos en 1946 y aún faltaban un par de años para que se inaugurasen los vuelos entre Ciudad de México y Madrid. Tras casi una década de exilio, Isidro Lángara volvía a España. Cercano a los 35 años, Lángara dejaba atrás una ristra de goles que lo convirtieron en uno de los mejores delanteros de todos los tiempos y, con diferencia, en el mejor futbolista que ha militado en la liga mexicana. Si Ricardo Zamora fue la primera gran estrella del fútbol en España, Isidro Lángara fue la primera estrella autóctona de corte internacional.

Isidro Lángara Galarraga anotó 525 goles en 403 partidos oficiales. Fue el primer jugador en ser máximo goleador en tres ligas diferentes (española, mexicana y argentina). Es con 1,42 goles por partido el futbolista con mayor promedio goleador de la selección española, con 1,16 el de mayor promedio goleador de la Liga y también es el único que ha anotado tres hat-tricks en tres partidos consecutivos de la competición española.

Ni Di Stéfano ni Cruyff. Ni Messi ni Cristiano.

Alto, bien parecido, con cara de niño, labios de mujer y orejas de elfo, Isidro Lángara nació en Pasajes, hoy Pasaia, a la entrada de San Sebastián. Flexible y atlético, Lángara disparaba tan fuerte que rompía redes y, dice la leyenda, reventaba largueros. Tenía 18 años y jugaba en el Tolosa, entonces en Tercera División, cuando un ojeador del Atlético de Madrid fue a echarle el guante. El directivo cumplió y firmó por 20.000 pesetas al delantero centro tolosano. Pero no fue Lángara el elegido. Aquel día Isidro jugó de extremo izquierdo y el Atlético se llevó gato por liebre.

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Isidro Lángara

Lángara compaginaba el fútbol con su trabajo en una fábrica algodonera y quiso el destino que semanas después el hijo del dueño de la fábrica marchase a Asturias por un asunto de negocios. Uno de sus clientes era el presidente del Real Oviedo y era cuestión de tiempo que el nombre de Lángara saliese a colación. Fue así como el Tolosa se llevó 7.000 pesetas (42 euros) y Lángara un contrato de 500 mensuales (3 euros de la época) y un bono por el fichaje que de inmediato entregó a su abnegada y viuda madre que, por supuesto, no contaba con que Isidro se ganase la vida con el fútbol.

Es 1930. El Real Oviedo está en Segunda. Narran las crónicas que Lángara era un desastre, es incapaz de dar dos pases bien dados. Si recibe el balón, o abre a la banda para que le envíen un centro o remata sin pensárselo. Pero es una bestia. Una bestia sin control. Los porteros ovetenses que comparten entrenos con Lángara dicen que nunca antes les había dolido tanto las manos al parar un balón. En su primer partido marcó dos goles. Y en el segundo también. Y así día tras día. Las crónicas cuentan todas lo mismo. Lángara pasó inadvertido hasta que…gol de falta, gol desde fuera del área, gol tras centro, gol tras saque de esquina, gol de penalti. Lángara era Gerd Müller, Hugo Sánchez y Van Nistelrooy. No hacía nada. Salvo lo más importante.

Para 1932 el Real Oviedo, que gracias a la República ahora era simplemente Oviedo, seguía en Segunda, pero eso no fue impedimento para que Lángara fuese convocado por la selección española. Fue un amistoso contra Yugoslavia. Por supuesto marcó. Con el hombro, en un barullo en un área embarrada por culpa de la lluvia. En 1933 ya estaba con los carballones en Primera. El primer año acabó ‘Pichichi’ con 27 goles en 18 partidos. Repitió galardón las dos temporadas siguientes. Fueron los años de la ‘delantera eléctrica’ formada por Casuco, Gallart, Lángara, Herrerita y Emilín, que llevarían al Oviedo a la tercera posición liguera en 1935 y 1936. Lo nunca visto.

Antes, en 1934, Isidro Lángara viajó a Italia con la intención de proclamarse campeón del mundo. Lo haría como delantero centro titular y estrella de una selección española formidable. El estatus de intocable se lo había ganado en la fase de clasificación anotando cinco de los nueve tantos que España le endosó a Portugal en Chamartín. En Lisboa, la victoria rojigualda fue más ajustada (1-2), pero ambos tantos fueron anotados por el mismo martillo pilón de siempre.

España le dio un meneo a Brasil en octavos (3-1) del Mundial con dos zarpazos de Lángara. Algún periodista extranjero acertó en apodarle ‘Tanque’. Años más tarde será ‘Vasco’. Pero aún estamos en 1934. En cuartos toca Italia. En Florencia. Los anfitriones con el brazo derecho en alto. Vencer o morir, les había dicho el ‘Duce’. La batalla acabó en empate. Y digo batalla porque hasta siete españoles acabaron lesionados y no pudieron jugar el partido de desempate programado para el día siguiente. Lángara fue uno de ellos. Sin Lángara en la delantera y sin Zamora en la portería, Italia venció a España (1-0) otra vez con polémica arbitral (se le anularon los dos goles válidos a España) y se clasificó para semifinales. Baert y Marcet, colegiados de ambos encuentros, nunca más volvieron a dirigir un partido internacional.

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‘El Tanque’

Y aun así y con todo, Lángara formó parte del once ideal de aquel Mundial junto a Zamora y Quincoces. Isidro Lángara, aquel chico de Pasajes, ya era una estrella internacional. Al año siguiente España viajó hasta Colonia para disputar un partido amistoso contra Alemania. En una época en la que los partidos internacionales eran poco más que tres o cuatro al año, un encuentro era amistoso, pero nunca amigable. Las imágenes que nos han llegado son las de un estadio enfervorecido con 80.000 banderolas nazis en el aire, alemanes con mentón al cielo y brazo en alto y unos españoles quietos, con cabeza gacha y brazos pegados al cuerpo. Noble imagen que contrastará con la de los futbolistas ingleses que, tres años más tarde, jugarán un amistoso en tierras teutonas brazo en alto para regocijo y orgullo de Adolf Hitler.

El caso es que España venció por 1-2 con un par de goles de, quien, si no, Isidro Lángara, pero el camarógrafo alemán no quiso dejarnos ese recuerdo para la posteridad. Los goles españoles fueron omitidos de la historia.

Lángara, héroe de España frente a la Alemania nazi | Real Oviedo - Web  Oficial
Nazis vs republicanos

Hay quien quiso ver en esta victoria tintes políticos. Y los hubo, por supuesto. Pero Lángara estaba a otras cosas. Derrotó con sus goles a la Alemania nazi y estuvo a punto de tirar al traste con los sueños mundialistas de la Italia fascista. Pero lo de nazi y lo de fascista, como lo de la España republicana, eran adjetivos pasajeros. Las selecciones de fútbol son estructurales. Los regímenes políticos son coyunturales.

Pero las pasiones no entienden de razón y, tras salir victorioso ante los alemanes, Isidro Lángara fue considerado un héroe izquierdista. Lo curioso es que apenas un año antes lo habían tildado de fascista. 

En octubre de 1934 se decretó una huelga insurreccional en buena parte de España, con gran éxito en la naval Ferrol, en toda Cataluña y, especialmente, en la cuenca minera asturiana. Aquella huelga acabaría convirtiéndose en un golpe de Estado encubierto promovido por la UGT, la CNT y los independentistas catalanes que obligará a la República a hacer uso del ejército para mantener el orden constitucional vigente. En Asturias el encargado de sofocar la rebelión será el general Franco, quien lo hará con mano de hierro y dejando tras de sí cerca de 2.000 muertos. Entre sus soldados cuenta con un joven al que la revuelta le ha cogido prestando el servicio militar.

Se trata de Isidro Lángara.

Lángara aparecerá días después entrevistado en el diario ‘AS’ con uniforme militar y contando el día a día de un futbolista que acude diariamente al cuartel para cumplir con sus obligaciones con la Patria. Lángara no pegó ni un tiro en Asturias. Estaba allí, cumplió con lo que le mandaron y no se metió en ningún lio. Pero aquella entrevista estuvo a punto de costarle la vida.

Real Oviedo: Los que vieron a Lángara, la leyenda
Lángara; fusil en mano

Cuando el 18 de julio de 1936 gran parte del ejército se rebele y ejecute un golpe de Estado contra la República, Isidro Lángara se encontraba disfrutando de sus vacaciones en Andoain, un pueblecito al sur de Guipúzcoa. En el País Vasco el golpe no tendrá éxito y se mantendrá la legalidad republicana. Pronto se corre la voz de que unos milicianos se dirigen a casa de Lángara para apresarlo, acusado de haber combatido contra los mineros en la Revolución de 1934. No se libra de la detención, pero sí de la ejecución, gracias al aval de dos chicos asturianos que afirmaron que Lángara era un soldado de reemplazo que tan sólo cumplía órdenes.

Pero el peligro seguía acechándole. De inmediato fue movilizado por el ejército republicano, pero con la ayuda de Eduardo Iturralde (árbitro y abuelo del también colegiado Iturralde González) fingió su arresto y ejecución. Le dieron por fusilado junto a otras 200 personas por fascista, mientras escapaba a Irún para cruzar a pie la frontera hasta Hendaya y de ahí coger un tren rumbo a París.

Aquel 18 de julio de 1936, cuando el general Francisco Franco tome un vuelo desde Las Palmas a Tetuán, la vida de 25 millones de españoles cambiará para siempre. También para Isidro Lángara, un delantero de fama mundial de tan sólo 24 años que tardará más de una década en volver a casa.

Pero esa será otra historia.

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Historia contrafactual del Balón de Oro de porteros

Por petición de alguno de mis lectores me he animado a realizar otra de esas historias contrafactuales. Una vez otorgados los siete balones de oro a Pelé, creada una lista hipotética de mejores futbolistas del mundo entre 1930 y 1955 y reordenar la historia de la Copa de Europa tras la aparición de la Ley Bosman, en esta ocasión toca hablar del premio Lev Yashin de los porteros. Elaborar una historia contrafactual del Balón de Oro de los porteros.

La otra alternativa sería reabrir el debate sobre los mejores de siempre. Una discusión perennemente abierta y reavivada polémicamente por ‘France Football’ el año pasado tras robarle a Robert Lewandowski un Balón de Oro que le será entregado este año, pero sin efectos retroactivos. En estas páginas ya se debatió quien era el mejor futbolista de todos los tiempos, y ya es conocida de sobra mi reacia opinión a comparar distintas épocas. Mucho más justo es confrontar a coetáneos y explicar cómo esos hechos influyen en el futuro.

Como ya he indicado en otras ocasiones, la labor del periodista, del periodista deportivo en este caso, es contar, juzgar, verificar y explicar los sucesos que ocurren. Y para ello el receptor no necesita ver el partido. Y ni siquiera viéndolo, sea en vivo o a través de la televisión, tendrá una visión ecuánime, ya que le faltarán perspectivas que no alcanzará a poseer. Echar la vista atrás es una labor de investigación válida, aun sin YouTube en nuestras manos.

Obviamente lo ideal es que cada uno de nosotros leyese, escuchase y viese varias interpretaciones del mismo hecho, porque el periodista tiene un componente subjetivo intrínseco a la condición humana. Aunque haya un patrón común, hay diferentes sesgos. Eso sería lo ideal, pero nadie lo hace. Porque el receptor lo que quiere es leer, escuchar y ver su verdad, por lo que escoge cual es la información que quiere absorber.

Y como tampoco me voy a repetir (para eso están los enlaces a otros artículos que encontrareis al final de éste), sencillamente conviene aclarar para neonatos que una historia contrafactual es una historia alterna en la que se responde a la pregunta; ¿Qué hubiera pasado sí? Es un ejercicio de abstracción y ficción, pero desde un punto de vista histórico. Mi labor es devanarse los sesos, convertirse en una rata de biblioteca, navegar durante unas cuantas horas a través de la web, desempolvar unos cuantos libros de la estantería y comerse con la vista unas cuantas clasificaciones de revistas y de federaciones internacionales. No es decir voy a escoger a tal o a cuál como el mejor porque me sale de los mismísimos.

Para crear la historia contrafactual del Balón de Oro de porteros he tenido que escoger un punto de divergencia. He tomado como inicio el año 1930, al igual que hice en otras ocasiones. ¿Motivo? Es entonces cuando se celebra el primer Mundial de fútbol, que marca el punto de inflexión de la globalización de un deporte inventado por los británicos a mediados del siglo XIX. Por otro lado, en 1930 la profesionalización ya es una realidad en gran parte de los países occidentales. De hecho, la creación del Mundial obedece a ello. Dado que los profesionales no podían competir en los Juegos Olímpicos, las victorias uruguayas de 1924 y 1928 se ponían en entredicho al no haber podido participar los mejores futbolistas de Europa.

Es importante resaltar un par de apuntes para los menos entendidos. La mayoría no sabe, por ejemplo, que la Copa de Europa no cogió vuelo hasta unos cuantos años después de empezar. El vuelo se lo dio precisamente el Real Madrid ganando cinco de forma consecutiva, pero su valor era ínfimo comparado con el presente. Si uno tiene un poco de consideración por el pasado sabrá que los encuentros amistosos internacionales eran considerados como pequeñas copas del mundo y era en ellos donde se veía el verdadero nivel de los grandes futbolistas. Y uno también sabrá que la diferencia entre las ligas era mínima. Ser el portero menos goleado en Hungría era al menos tan importante como serlo en España.

Para los escépticos es importante señalar que la diferencia Europa-América no será efectiva hasta mediados de los 60. El milagro económico de la posguerra hará que Europa pase por encima de Sudamérica, lo que, como no podía ser de otro modo, se reflejará en la industria futbolística. El proceso culminará en los 90 con la aprobación de la Ley Bosman y la ruina definitiva de las ligas de fútbol iberoamericanas. Pero entre 1930 y 1960 el nivel de equipos y jugadores sudamericanos y europeos occidentales era parejo. De hecho, en los años 40 la preponderancia del fútbol latinoamericano fue total frente a una Europa que estaba desmembrándose en el campo de batalla.

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Para realizar este listado he tenido en cuenta clasificaciones oficiales de FIFA, UEFA, Conmebol y trofeos individuales o clasificaciones de prestigiosas instituciones como IFFHS, Balón de Oro, ‘World Soccer’, ‘El Gráfico’, ‘Don Balón’ o ‘Guerin Sportivo’. La única licencia que me he tomado ha sido en escoger al mejor portero del año 1983. No existía un candidato ideal y me decidí por Luis Arconada, quien quizás lo hubiese ganado al año siguiente si un fatídico balón no se le hubiese escurrido por debajo de las piernas.

Decía que no se puede comparar épocas distintas, pero sí sujetos en el mismo espacio tiempo. Eso hace que fuera de series como Oliver Kahn (2001, 2002) solo cuenten con dos trofeos al coincidir en el tiempo con fenómenos como Schmeichel, Buffon o Cech. Por parte contraria, futbolistas históricamente menores como Sergio Livingstone tienen tres (1941, 1942 y 1943) porque destacaron en un mundo donde el fútbol se esfumó por culpa de la II Guerra Mundial. 

Del mismo modo, leyendas como Gordon Banks (1966, 1970, 1971) jamás habrían ganado el trofeo en la actualidad militando en un modesto equipo inglés que nunca ganó una Liga. De la misma manera, es difícil de creer que alguien considerase a Fabian Barthez el mejor portero del mundo en 1998 si no fuese porque Francia ganó el Mundial. Es importante tener en cuenta que los logros colectivos tienen más fuerza en la actualidad que en el pasado, si se quiere hacer una clasificación justa y equilibrada que no esté contaminada por la realidad del presente.

Todos estos porteros son excepcionales y todos son fruto de la evolución de la posición. ¿Es mejor Manuel Neuer de lo que fue Guyla Grosics? Quizás sí. Es más grande, más rápido, más flexible, está mejor entrenado y lleva desde niño preparándose física y mentalmente para ser un deportista de élite. Pero si Grosics no hubiese sido el primer portero con éxito en salir del área, ejercer de líbero improvisado y ser capaz de dar un pase al pie a un delantero, quizás nunca Neuer hubiese sabido jugar el esférico con los pies.

Index - Futball - Futball - Meghalt Grosics, az Aranycsapat kapusa
Guyla Grosics

No se pueden comparar épocas. Sólo se puede considerar quien fue el mejor en la suya. Y hay épocas donde para ser rey hay que ganarse el trono día a día y otras donde con sólo sentarse en la poltrona y ceñirse la corona ya está el trabajo hecho.

Así pues vamos con la lista de los ganadores del Balón de Oro de porteros antes de que hubiese el Balón de Oro de porteros (trofeo Lev Yashin). Además de haber sido grandes guardametas, muchos de ellos pertenecen a la época más romántica del fútbol, sin representantes, sin acólitos, sin millones y sin la saturación de los medios de comunicación. No son más que los ganadores de un trofeo. Pudieron tener un gran año, una gran trayectoria, pertenecer a un gran club o tener la suerte de no coexistir con otros grandes campeones. No es más que una lista. No es más que un trofeo. Pero son la fotografía de un instante. Una base que nos permite recordar a los grandes campeones del pasado.

Los ganadores entre 1930 y 2021 serían los siguientes:

1930 Ricardo Zamora (España) Real Madrid

1931 Giampero Combi (Italia) Juventus FC

1932 Ricardo Zamora (España) Real Madrid

1933 Ricardo Zamora (España) Real Madrid

1934 Ricardo Zamora (España) Real Madrid

1935 Ricardo Zamora (España) Real Madrid

1936 Flantisek Planicka (Chequia) Slavia Praga

1937 Vic Woodley (Inglaterra) Chelsea FC

1938 Flantisek Planicka (Chequia) Slavia Praga

1939 Fernando Bello (Argentina) Independiente Avellaneda

1940 Rudi Hiden (Austria) Racing de Paris

1941 Sergio Livingstone (Chile) Universidad Católica

1942 Sergio Livingstone (Chile) Universidad Católica

1943 Sergio Livingstone (Chile) Universidad Católica

1944 Fernando Bello (Argentina) Independiente Avellaneda

1945 Roque Máspoli (Uruguay) CA Peñarol

1946 Valerio Bacigalupo (Italia) Torino FC

1947 Frank Swift (Inglaterra) Manchester City

1948 Torsten Lindberg (Suecia) IFK Norrköping

1949 Moacir (Brasil) Vasco da Gama

1950 Roque Máspoli (Uruguay) CA Peñarol

1951 Walter Zeman (Austria) Rapid Viena

1952 Vladimir Beara (Croacia) Estrella Roja

1953 Guyla Grosics (Hungría) Honved FC

1954 Guyla Grosics (Hungría) Honved FC

1955 Amadeo Carrizo (Argentina) River Plate

1956 Lev Yashin (Rusia) Dinamo Moscú

1957 Amadeo Carrizo (Argentina) River Plate

1958 Harry Gregg (Irlanda del Norte) Manchester United

1959 Rogelio Domínguez (Argentina) Real Madrid

1960 Lev Yashin (Rusia) Dinamo Moscú

1961 Costa Pereira (Portugal) SL Benfica

1962 Gilmar (Brasil) Santos FC

1963 Lev Yashin (Rusia) Dinamo Moscú

1964 Lev Yashin (Rusia) Dinamo Moscú

1965 Giuliano Sarti (Italia) Inter Milan

1966 Gordon Banks (Inglaterra) Leicester City

1967 Ladislao Mazurkiewicz (Uruguay) CA Peñarol

1968 Dino Zoff (Italia) Juventus FC

1969 Ladislao Mazurkiewicz (Uruguay) CA Peñarol

1970 Gordon Banks (Inglaterra) Stoke City

1971 Gordon Banks (Inglaterra) Stoke City

1972 Sepp Maier (Alemania) Bayern Munich

1973 Dino Zoff (Italia) Juventus FC

1974 Sepp Maier (Alemania) Bayern Munich

1975 Sepp Maier (Alemania) Bayern Munich

1976 Ivo Viktor (Chequia) Dukla Praga

1977 Dino Zoff (Italia) Juventus FC

1978 Ubaldo Fillol (Argentina) River Plate

1979 Peter Shilton (Inglaterra) Nottingham Forest

1980 Peter Shilton (Inglaterra) Nottingham Forest

1981 Ubaldo Fillol (Argentina) River Plate

1982 Dino Zoff (Italia) Juventus FC

1983 Luis Arconada (España) Real Sociedad

1984 Toni Schumacher (Alemania) FC Colonia

1985 Rinat Dasaev (Rusia) Spartak Moscú

1986 Nery Pumpido (Argentina) River Plate

1987 Jean-Marie Plaff (Bélgica) Bayern Munich

1988 Hans van Breukelen (Países Bajos) PSV Eindhoven

1989 Walter Zenga (Italia) Inter Milan

1990 Walter Zenga (Italia) Inter Milan

1991 Walter Zenga (Italia) Inter Milan

1992 Peter Schmeichel (Dinamarca) Manchester United

1993 Peter Schmeichel (Dinamarca) Manchester United

1994 José Luis Chilavert (Paraguay) Velez Sarfield

1995 Vitor Baia (Portugal) FC Porto

1996 Andreas Köpke (Alemania) Olympique Marsella

1997 Peter Schmeichel (Dinamarca) Manchester United

1998 Fabien Barthez (Francia) AS Mónaco

1999 Peter Schmeichel (Dinamarca) Sporting Lisboa

2000 Fabien Barthez (Francia) Manchester United

2001 Oliver Kahn (Alemania) Bayern Munich

2002 Oliver Kahn (Alemania) Bayern Munich

2003 Gianluigi Buffon (Italia) Juventus FC

2004 Gianluigi Buffon (Italia) Juventus FC

2005 Petr Cech (Chequia) Chelsea FC

2006 Gianluigi Buffon (Italia) Juventus FC

2007 Gianluigi Buffon (Italia) Juventus FC

2008 Iker Casillas (España) Real Madrid

2009 Iker Casillas (España) Real Madrid

2010 Iker Casillas (España) Real Madrid

2011 Iker Casillas (España) Real Madrid

2012 Iker Casillas (España) Real Madrid

2013 Manuel Neuer (Alemania) Bayern Munich

2014 Manuel Neuer (Alemania) Bayern Munich

2015 Manuel Neuer (Alemania) Bayern Munich

2016 Gianluigi Buffon (Italia) Juventus FC

2017 Gianluigi Buffon (Italia) Juventus FC

2018 Thibaut Courtois (Bélgica) Real Madrid

2019 Alison Becker (Brasil) Liverpool FC

2020 Manuel Neuer (Alemania) Bayern Munich

2021 Gianluigi Donnarumma (Italia) PSG

Por una cuestión numérica y espacial, el número de porteros laureados es inferior al de futbolistas y la acumulación de galardones mucho más notoria. Ante lo cual, y según la historia contrafactual formulada, la lista de los más laureados porteros con el Balón de Oro sería la siguiente.

1. Buffon (Italia) Juventus (2003, 2004, 2006, 2007, 2016, 2017) 6

2. Zamora (España) Real Madrid (1930, 1932, 1933, 1934, 1935) 5

2. Casillas (España) Real Madrid (2008, 2009, 2010, 2011, 2012) 5

3. Yashin (Rusia) Dinamo Moscú (1956, 1960, 1963, 1964) 4

3. Zoff (Italia) Juventus (1968, 1973, 1977, 1982) 4

3. Schmeichel (Dinamarca) Manchester United / Sp.Lisboa (1992, 1993, 1997, 1999) 4

3. Neuer (Alemania) Bayern Munich (2013, 2014, 2015, 2020) 4

4. Livingstone (Chile) Universidad Católica (1941, 1942, 1943) 3

4. Banks (Inglaterra) Leicester City / Stoke City (1966, 1970, 1971) 3

4. Maier (Alemania) Bayern Munich (1972, 1974, 1975) 3

4. Zenga (Italia) Inter Milan (1989, 1990, 1991) 3

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Buffon. Rey de los porteros

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¿Camisetas sagradas? No tanto como pensamos

Con el capitalismo democrático como gran triunfador, atrás quedaron los tiempos donde las ideas eran defendidas con la vida. Quizás es mejor dejar de un lado el concepto derecha/izquierda y abrazar definitivamente el de conservador/progresista. Para los conservadores las respuestas suelen estar en el pasado. Todo aquello susceptible de cambio debe respetar la tradición y, antes de afrontar un nuevo proyecto, primero hay que probar a arreglar el ya existente. Para los progresistas no existe más allá que el futuro. Toda mejora está por venir y, romper con lo que no ha funcionado, se tiene como lo lógico.

El fútbol siempre ha estado en manos de los tradicionalistas. Hasta hoy. Las reglas básicas y todo lo que rodea al fútbol, desde las comunicaciones hasta la forma de entrenar o el diseño de los balones, se mantuvieron prácticamente inalterables hasta hace un par de décadas. El cataclismo al que se está enfrentando el fútbol para adaptarse al galopante avance tecnológico y a una nueva forma de ocio juvenil está removiendo sus cimientos.

Los conservadores mal se adaptan a estos cambios. Especialmente gravantes son las permutas en las indumentarias y en los escudos de los equipos. Ambos representan la identidad, la memoria y el sentido de pertenencia de la comunidad. Son el símbolo de una pasión. El escudo desempolva hechos del pasado para ponerlos en valor. Las nuevas formas de comunicar cambian la imagen para buscar distintas sensaciones impregnadas de modernidad.

Juventus | El revolucionario escudo de la Juventus ya es todo un éxito -  AS.com
Juventus FC (1897-)

Pero donde el insulto se convierte en sacrilegio es cuando se hace un cambio de diseño en la equipación. A fin de cuentas, es el club el que decide modificar el escudo, pero es una ambiciosa casa comercial la que decide cambiar el diseño de la camiseta.

Sacrilegio, ¿verdad? Mas, quizás, esos colores que tanto amamos igual no lo son tanto.

Cuando en 1872 Inglaterra y Escocia disputen el primer partido internacional de la historia lo harán con camisa de manga larga y pantalones por debajo de la rodilla. Las botas de cuero eran, por supuesto, negras, se llevaban calcetines largos y los guardametas solían usar gorra con independencia de que el día fuese soleado. Muchos futbolistas llevaban también una cinta a modo de protector en la frente para los remates de cabeza.

A principio del siglo XX las camisetas ya empezaron a asemejarse a las actuales. Se implantó el pantalón corto con las medias, ya eran más comunes las botas con tacos y las espinilleras sustituyeron a los calcetines largos como forma de protección. Durante esta primera mitad del siglo XX muchos equipos comenzaron a usar ropa con rayas y con variedad de colores. También se generalizaron los escudos en las camisetas y más adelante la serigrafía numérica para identificar a cada futbolista. Los porteros empezaron a abandonar la gorra, pero no una prenda de lana que les llegaba a las rodillas conocida como zamarra.

Tanto las zamarras como el resto de uniformes pesaban mucho y eran molestas. Las camisetas solían tener cierre de cuerdas o botones en los cuellos, hasta que en los 70 se produjo el gran cambio. Aparecieron las telas sintéticas y se empezaron a generalizar los cuellos de pico y los redondos. La mayoría de los clubes y de las selecciones adoptaron sus colores y diseños definitivos durante esa época.

Así que era normal que a inicios de los 80 las marcas deportivas decidiesen implantar su firma en la camiseta y, de paso, empresas ajenas al fútbol decidiesen utilizar a los jugadores como anuncios móviles. A partir de los 90 aparecerán los estampados y con el siglo XXI tecnologías textiles que absorben la humedad, protegen de los rayos ultravioletas, mejoran la comprensión de los músculos, y todo ello hecho con material reciclado. Se ha llegado al punto de que los jugadores del FC Barcelona visten esta temporada camisetas personalizadas, adaptadas personalmente a sus figuras tras realizar escáneres 3D a sus cuerpos.

La nueva equipación del Barça se inspira en el escudo y rompe moldes
Al gusto del consumidor

—CAMISETAS NO TAN SAGRADAS—

Al principio, por cuestiones de diseño, de logística y de sentido común, las camisetas solían ser blancas. No hay elástica color nieve más famosa que la del Real Madrid. La elección de dicho color obedece a la admiración de los madrileños por el Corinthian FC, quizás el club amateur inglés más famoso del siglo XIX (de ahí el nombre y los colores del Corinthians brasileño). Más de medio siglo después, Don Revie se hizo cargo del Leeds United y ordenó cambiar el azul y amarillo tradicional por el blanco para honrar al gran Madrid de Di Stéfano. Lo cierto es que el cambio fue para bien, porque de blanco llegaría la era dorada de la entidad de Yorkshire.

Igual de sorprendente es conocer que el Sevilla FC vestía en su origen de rojiblanco. Fue el retraso en un pedido lo que les obligaría a usar una camiseta totalmente blanca. Pero para sorprendente de verdad lo del Barça. Es de todos conocidos que el FC Barcelona viste con los colores del cantón de Ginebra por obra y gracia de Hans Gamper, su primer presidente. Lo que no es tan sabido es que hasta los años 60 la segunda zamarra era de blanco impoluto con la cruz de Sant Jordi en el pecho. No sería hasta bien avanzado el Franquismo cuando la inquina a todo lo níveo se extienda como un virus por toda Cataluña y el amarillo con tonos azulgranas sean los colores habituales para la segunda indumentaria.

De azulgrana juegan dos modestos españoles. Uno es la SD Huesca, en su caso por simple admiración hacia el gigante catalán. Más interesante es el porqué del azulgrana en la zamarra de la SD Éibar. Cuando en 1940 el cuadro vasco se fundó, recibieron por cortesía unas camisetas del Barça. El utillero decidió quitarles el escudo y coserles el de la SD Éibar. Por increíble que parezca la tradición duró hasta tan tardía fecha como 1987.

Sin marcharnos de la Ciudad Condal nos encontramos con el RCD Espanyol, que viste de blanquiazul en honor a los colores del blasón de Roger de Lauria, Gran Almirante de la Corona de Aragón. Lo que muchos periquitos desconocen es que durante su primer decenio de vida el RCD Espanyol vistió de amarillo. Caso inverso al del Villarreal CF, que se pasó al amarillo en 1946 tras tres décadas vistiendo con camiseta blanca y pantalón negro.

De rojiblanco viste el Athletic y el Atlético (en sus orígenes sucursal de los bilbaínos) por un malentendido. El Athletic vestía a cuadros blanquiazules como el Blackburn Rovers, pero en un pedido realizado a Inglaterra para la temporada de 1909 se encontraron con que no quedaban. Decidieron solicitar una remesa al Southampton FC que vestía de rojiblanco. Y es que el influjo británico es trascendental para buscar significado a los colores de los equipos españoles. Es el caso del Real Betis que sustituyó el azul por el verdiblanco cuando Manuel Ramos, capitán bético, viajó a Glasgow y se enamoró del Celtic FC.

La camiseta del Athletic Club a lo largo de la historia
Athletic Club (1898-1909)

Quizás los dos casos más estrambóticos sobre los orígenes de unos colores sean los del Rayo Vallecano y los del Granada CF. En sus inicios el Rayo era un modestísimo club que vestía totalmente de blanco. En 1948 ascendió a Tercera División y solicitó la cesión de varios futbolistas al Atlético de Madrid. A cambio los colchoneros pidieron al Rayo algún detalle rojo para que ese blanco impoluto no se pareciese tanto al Real Madrid. Había nacido la franja más famosa del fútbol español.

En el momento de su fundación la camiseta del Granada CF constaba de rayas verticales azules y blancas. Al finalizar la Guerra Civil, al no encontrar los colores originales del club, compraron unas camisetas rojas y blancas, pasando a ser estos los colores del club andaluz. Pero el caso es que, en 1973, ante la mala clasificación del club y para diferenciarse de la mayoría de equipos, Cándido Gómez, presidente nazarí, decidió pasarse a las rayas horizontales. Se formó un pollo considerable y las rayas horizontales aparecieron y desaparecieron como el Guadiana, hasta que en el año 2005 los estatutos reflejaron la horizontalidad de las elásticas ‘per saecula saeculorum’.

—CAMISETAS NO TAN SAGRADAS, UNA VUELTA POR EL MUNDO—

Si alguien bucea por Internet y encuentra un club llamado Everton Athletic que viste de azul y blanco y juega en Anfield, le disculparemos si lo identifica con el actual Everton FC. Lo cierto es que se trata del Liverpool FC, club fundado por una disputa sobre la propiedad del estadio de Anfield. Para evitar confusiones el Liverpool FC dejó de llamarse Everton Athletic y de paso se pasó a la camiseta roja y al pantalón blanco, hasta que en 1964 el rojo se extendió también a medias y pantalones.

Si bien no son los ‘Reds’, al Manchester United se le conoce como ‘Red Devils’. No obstante, durante su primer cuarto de siglo de vida el United vistió con camiseta amarilla y verde dividida en dos mitades iguales. Lo cierto es que el club tampoco se llamaba así sino Newton Heard Lancashire and Yorkshire Railway FC.

Newton – Camiseta de Heath 1892 firmado por 24 leyendas del Manchester  United : Amazon.es: Deportes y aire libre
Manchester United (1872-1902)

De burdeos viste el Girondins por razones obvias. También lo hace el modesto Burnley FC que cambió su tradicional blanquiazul por el burdeos como homenaje al Aston Villa, por entonces el club más laureado de los campos ingleses. También como homenaje al Aston Villa viste de tinto el londinense West Ham. Inicialmente aquel equipo fundado por trabajadores del metal lucía el azul oscuro y pretendían combinarlo con el burdeos. La dificultad de entonces para mezclar ambos tonos hizo que se pasasen directamente al tinto en su totalidad. Y ya nos referimos antes al Leeds United que se pasó al blanco en 1960 para ensalzar al Real Madrid.

El Arsenal FC es otro de esos equipos que copió sus colores para honrar a otra institución, en este caso el Nottingham Forest. Sin embargo, hacia 1930, los londinenses decidieron eliminar el rojo de las mangas y convertirlas en blanco como un signo diferencial que permanece inalterable con el paso del tiempo. Más adelante el Sporting de Braga imitará al Arsenal FC e introducirá las mangas blancas en su camiseta. Por cierto, las estadísticas dicen que el rojo es el color más ganador y el azul el más usado entre los clubes de fútbol.

En Nottingham debemos parar si queremos encontrar el porqué de los colores de la Juventus de Turín. En este caso en Notts County, un modestísimo club inglés. La Juve lucía una llamativa camiseta rosa con una estrecha franja negra a modo de corbata. El caso es que el rosa se desteñía con facilidad. Resultó que solicitaron a una fábrica de Nottingham una nueva remesa (todas las camisetas entonces se pedían a Inglaterra) y el comerciante, al ver el original, pensó que era blanco desteñido. Envió a Turín unas camisetas de rayas blancas y negras como las que lucía el Notts County, que fueron rechazadas nada más llegar a Italia. Pero como la Juve tenía un compromiso inmediato y, no había con que vestir a sus jugadores, se aceptó aquella camiseta blanquinegra. Y hasta hoy.

El AC Milan siempre ha vestido de rojinegro, colores escogidos para infundir miedo entre sus oponentes por representar al diablo. No es el caso del Internazionale, que abandonó el azul y negro por el blanco con una cruz roja en honor a San Ambrosio, patrón de la ciudad, entre 1928 y 1945. De burdeos juega el Torino FC que suele utilizar como segunda equipación una zamarra similar a la de River Plate, en agradecimiento al partido homenaje que los argentinos disputaron para recordar a las víctimas de la tragedia de Superga de 1949. Del mismo modo la segunda de River suele ser color burdeos, mientras que la famosa franja de su camiseta titular es una honra al pasado genovés de la ciudad.

Más caótica es la historia de los colores de Boca Juniors. Empezaron de rosa, se pasaron al celeste y luego al blanquinegro hasta que, dice la leyenda, un barco con bandera sueca atracó en el barrio de Boca y el azul y amarillo quedó establecido para siempre. Seis años más tarde se instituyó la característica franja horizontal de los xeneizes (genoveses). Es tal la fuerza del azul y amarillo que en La Bombonera es uno de los escasos lugares del mundo donde ‘Coca-Cola’ debe renunciar al rojo (los colores de River) y buscar otras tonalidades.

El Santos FC de Pelé es asociado al blanco, por lo cierto es que sus colores originales imitaban las rayas blanquinegras de la Juve. El Olympique de Marsella combina el azul de múltiples formas cuando en sus estatutos de fundación pregonaban el blanco tanto en la camiseta como en el pantalón para imitar la pureza olímpica del Barón de Coubertin. De igual modo el Borussia Dortmund es asociado al amarillo y al negro, los colores del mono que llevaban los mineros de la zona, cuando lo cierto es que el azul y el blanco eran sus colores originales.

Pero si hay una indumentaria caótica por excelencia esa es la del FC Bayern. Los tonos originales de los muniqueses eran el azul y el blanco (los colores de Baviera). Por un fallo en un pedido se pasaron a la camiseta blanca y el pantalón negro. Tras absorber a un pequeño club de barrio que vestía de rojo, introdujeron esa tonalidad al pantalón y más tarde a la camiseta, que pasó a ser roja con rayas azules o blancas. Cuando Beckenbauer ganó su primera Copa de Europa el Bayern iba con rayas rojiblancas. Tres años después vestía de rojo. Desde entonces el rojo se ha impuesto, pero las rayas blancas (horizontales o verticales) e incluso el azul hacen su aparición de vez en cuando.

50 años del primer doblete
1970. El primer gran FC Bayern

Hablando de alemanes, ¿se han fijado que la selección teutona viste de blanco a pesar de ser un color que no luce en su bandera? Viste de blanco y negro, los colores de Prusia. De igual modo Italia (casa de Saboya) o Países Bajos (casa de Orange) hacen ascos a su bandera nacional para honrar los colores de sus respectivas casas reales. Japón (azul), Venezuela (burdeos) o Australia (amarillo), son otras selecciones que no respetan los tonos de sus banderas.

“De jugador no cambiaba la camiseta del Atleti. Me tenían que dar dos, la mía valía más”. Diego Pablo Simeone.

“No sé si lo entendéis; lleváis en la camiseta el escudo del Real Madrid”. Santiago Bernabéu.

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Las camisetas de fútbol más bonitas de la historia

El primer club de fútbol que decidió vender una réplica de su camiseta de juego fue el Leeds United en 1973. Lo hizo por ocho euros de la época y abrió una ventana a lo que hasta entonces consistía en comprar una camiseta con los colores de tu equipo y decirle a tu abuela que te cosiese un escudo a mano. En la actualidad una réplica oficial ronda de media los 80 euros, con picos que llegan a los 130 euros cuando en el verano de turno los grandes clubes presentan sus nuevos diseños.

Sobre la segunda camiseta poco que decir. Consistía en no coincidir con el equipo que jugaba como local. Si uno tenía rayas, el otro no. Si uno vestía de azul, pues el otro de blanco. Ni siquiera se molestaban en trastocar los pantalones o las medias. Todo cambió cuando la televisión a color se hizo popular en medio mundo a mediados de los 70. Tocaba distinguir, pero distinguir con todas las de la ley. Para inicios de los 80 la segunda equipación era un producto de marketing de igual valor que la primera. Luego llegaron los 90 y la tercera camiseta, hasta que en la actualidad la cosa se ha desmadrado. Hay camisetas edición especial, conmemorativas y hasta se puede jugar ante tu afición con una cuarta indumentaria.

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¿¿¿El Inter de Milán???

Conjuntamente las camisetas retro están en continuo auge. En un principio eran producidas por tiendas que hacían réplicas exactas, pero en las que no podía figurar ni la publicidad impresa ni la marca comercial por culpa de los derechos de imagen. Ahora son las propias marcas y los propios clubes los que sacan ediciones especiales calcadas rememorando sus grandes éxitos. Y todo ello a precios cercanos a los 150 euros. Y es que el enorme aumento del patrocinio de las camisetas conlleva, para refinanciarlo, que suban los precios de las réplicas para aficionados.

Tiempo ha, los equipos recibían la ropa deportiva gratuitamente para promocionarla. Los clubes más pequeños directamente tenían que pagarla, tal y como hacemos cada uno de nosotros. A partir de la explosión del marketing los patrocinadores solían comprar derechos para patrocinarlo todo, desde estadios hasta medias. Actualmente la mayoría de los acuerdos se centran en ceder al patrocinador el derecho a usar la propiedad intelectual del club, y, a través del club, los derechos de imagen de los jugadores. Así, el fabricante de las camisetas puede establecer el precio de las réplicas y su rediseño anual para obtener un retorno concreto de su inversión. Se trata de una estrategia distinta a calcular exclusivamente lo que obtendrían por algo tan difícil de cuantificar como el valor de la marca o la fidelidad del consumidor.

Lo que en un principio eran camisetas pensadas para el joven forofo se han convertido en ropa informal para jóvenes y adultos de todas las edades. Por ello muchos diseños apelan a la nostalgia y muchas camisetas sirven como complemento ideal para una tarde veraniega de entre semana.

Hay quien se pregunta si la fastuosa cantidad de dinero que las firmas comerciales gastan en los clubes se acaba recuperando. De hecho, es más que sabido que las plataformas audiovisuales suelen perder dinero con sus contratos televisivos. En el caso de las marcas deportivas se estima, por ejemplo, que Nike obtiene en un cuatrimestre el retorno de su inversión anual en sus principales equipos de fútbol en Europa. La distribución del precio de una camiseta suele clasificarse en un 59% para los costes de marketing, la distribución y el IVA, un 22% para el minorista, un 11% de beneficio para el fabricante, un 5% como coste de fabricación y un 3% de ingresos para el club.

Hasta aquí la teoría. Ahora viene la práctica.

Llevar la camiseta de un equipo de fútbol se ha normalizado. A nadie le chirría ver a un tipo de rojo Liverpool pavoneándose como si fuera el dandi del barrio. O visitar la Sagrada Familia con una camiseta de Neymar. O ver a una chica salir de una tienda de Inditex con una camiseta del Real Madrid (¿¡rosa!?). O vislumbrar a un musculitos embutido en una camiseta de la Juve con unos vaqueros Levi’s y un Tissot en la muñeca camino de una cita romántica en un restaurante italiano. Seguramente no es lo ideal. “Está bien que la moda baje a la calle, no que venga de ahí”, dijo Coco Chanel. Nadie dice que sea muy decoroso. Igual hasta es hortera. Pero es la realidad.

No se sabe muy bien cuándo empezó todo esto. Quizá podamos situar el arranque en la Inglaterra de los 80, cuando tras el desarraigo de la desindustrialización thatcheriana los chicos de barrio se entregaron al único símbolo de socialización que quedó en pie. Erradicada la fábrica, la socialización tenía lugar en el estadio. El resto de Europa asistiría al fenómeno a remolque. Uno de los primeros personajes públicos en tener la osadía de ponerse una camiseta de fútbol en un contexto civil fue Platini, en un palco, durante la final del Mundial del 98. ¡Y se la puso debajo de un traje! Nadie debería imitar nunca nada que haya hecho Michel Platini desde que abandonó los terrenos de juego.

Los críticos apuntan, y no les falta razón, que si da vergüenza llevar camisetas o gorras de propaganda es incongruente que aceptemos vestir una zamarra elástica llena de publicidad de casas de apuestas o de páginas web chinas. Es cierto que somos hombres-anuncio, como también lo es que lo que parece hermoso en seres humanos jóvenes y musculados resulta espantoso cuando las canas asoman y el cuerpo se vuelve flácido.

Quizás por ello las camisetas de baloncesto son ahora con mangas.

—LAS CAMISETAS DE FÚTBOL MÁS BONITAS DE LA HISTORIA—

Y aun sabiendo que están sobrevaloradas y que son un atentado contra la moda, a mí, personalmente, me encantan. Por ello va un listado, subjetivo, de las que son las 10 camisetas más bonitas que el mundo del fútbol ha parido:

10. TSV Múnich 1860 (2012/13): Para seleccionar estas 10 camisetas he tenido en cuenta su belleza, pero también su relevancia histórica en forma de grandes éxitos deportivos. Así, en esta lista no están la camiseta de Dinamarca en el 86, la del Hull City, la camiseta sin mangas de Camerún, la de Colombia de 1990 o la del Vasco da Gama, por citar unas cuantas. Para honrar a todas ellas he escogido la del TSV Múnich 1860, el segundo club de la capital de Baviera. Se trata de una camiseta celeste con la particularidad de un juego de cuadros y un cuello polo. Con estilo propio, está considerada una de las camisetas más elegantes jamás diseñadas.

Original: camiseta del München 1860 en homenaje a la Oktoberfest - Marca de  Gol
TSV München 1860

9. Celtic de Glasgow (2012/13): También han sido descartadas en esta clasificación las segundas equipaciones y las camisetas conmemorativas. Obras de arte como la camiseta de la Ambrosiana del Inter, la de los centenarios de la Juve o del Arsenal, las zamarras con los colores propios de Cataluña o el País Vasco en Barça o Athletic, la blanca impoluta de los 100 años del Madrid o la del siglo cumplido por el AC Milan… De todas ellas me quedó con la camiseta conmemorativa del 125 aniversario del Celtic de Glasgow. Deja de lado las rayas blancas y verdes para honrar el blanco con un escudo celta de color verde a la altura del corazón.

Celtic 125 year anniversary Kit - Just Football
The Celtic FC

8. París Saint Germain (2019/20): Desde su fundación en 1970 el PSG ha hecho gala de representar a la ciudad del glamour a través de sus camisetas. A eso ayuda la combinación de rojo, azul y blanco, los colores escogidos para crear la bandera francesa y que luego han sido base de múltiples jirones. Inspirados por el Ajax que campeaba por Europa por aquel entonces, el diseño consiste en un tono azul adornado por una franja central roja con ribetes blancos. El precioso proyecto de la temporada 19/20 se coronó con el título liguero y su primera final de la Copa de Europa.

Milanuncios - Camiseta psg final champions 2020
Paris Saint-Germain FC

7. River Plate (2014/15): Las franjas diagonales siempre le han dado un toque fastuoso a las camisetas. Como el fajín de un general o las bandas de la realeza, la distinción es elegante y refinada. River Plate es quizás el club más prestigioso en lo que a franjas diagonales se refiere. Camiseta blanca y banda roja, la zamarra de la temporada 14/15 -con victoria en la Copa Libertadores incluida- es de las más hermosas. Incluso la publicidad de BBVA queda perfectamente insertada en el ancho de la camiseta.

Camiseta Local River Plate 2014-15
Club Atlético River Plate

6. Juventus FC (1984/85): Poca gente sabe que la Juve comenzó vistiendo una zamarra de color rosa, hasta que por culpa de un error en un pedido cambió el rosa por unas franjas verticales negras y blancas. Hay camisetas preciosas de la ‘Vecchia Signora’, a lo que siempre ayuda la escarapela con el escudo de Italia que puede lucir el vigente campeón de la Serie A. La indumentaria de 1985 con cuello de pico es de las más recordadas. Entre otras cosas porque fue el año en el que la Juve ganó su primera Copa de Europa mientras decenas de personas morían en Heysel.

Camiseta retro Juventus Michel Platini 1984-85 | Retrofootball®
Juventus FC

5. Países Bajos (1974): Muy pocos conjuntos visten de naranja. El Galatasaray en parte y el Shakhtar Donetsk en su totalidad y la selección de Costa de Marfil entre los equipos nacionales. Pero el naranja es por excelencia el color de la selección neerlandesa. El color de la naranja mecánica. A priori no parece una tonalidad muy apropiada para lucir, pero Países Bajos la ha hecho propia. La camiseta de Holanda en el 74, cuando Cruyff y compañía asombraron al mundo, es de las más lúcidas. Naranja intenso adornado por las tres rayas negras de Adidas en los laterales y el escudo de la realeza neerlandesa en el pecho.

Valeria Rodríguez on Twitter: "⚽️ Cruyff y la camiseta de dos rayas en el  mundial de Alemania 1974. El capitán de la selección holandesa, Johan Cruyff,  vistió una camiseta distinta a la
Nederland 1974

4. Sao Paulo (1991/92): La alegría del fútbol brasileño queda fielmente representada en sus camisetas. Colores vivos y combinaciones estrambóticas lucen en muchos de sus equipos siendo, quizás, la más llamativa la atrevida combinación de verde y rojo de Fluminense. El Sao Paulo es más regio, con una preciosa camiseta blanca adornada por una franja horizontal que semeja la bandera de Egipto. Esa zamarra y el ‘10’ de Raí finiquitaron al todopoderoso Barça en la Copa Intercontinental de 1992.

1992 Sao Paulo Home Camisa # 10 L
Sao Paulo FC

3. UC Sampdoria (1991/92): Confieso que esta camiseta es mi debilidad. Gusto de apreciar las líneas rectas y el orden visual. Similar a la del Sao Paulo, la camiseta de la Sampdoria de Génova luce un azul intenso adornado por una franja horizontal blanca, roja y negra. El club es fruto de la unión del Andrea Doria, que lucía camiseta azul adornada con la cruz de San Jorge, y la Sampierdarenese, que vestía de blanco, rojo y negro. La combinación resulta exquisita e incluso más en la segunda equipación, cuando el azul se invierte por el blanco. La cima de la ‘Samp’ tuvo lugar con el título de la Serie A en 1991 y la final de la Copa de Europa de 1992.

Camiseta Local Sampdoria 1992-93
Unione Calcio Sampdoria

2. Francia (1984): Azul, blanco y rojo. La combinación de la libertad. De la Revolución Francesa. Siempre triunfante, dichos colores se mezclan perennemente con acierto y mucho más cuando hablamos de la camiseta de la selección gala. Adidas diseñó una obra de arte con motivo de la Eurocopa de 1984 que Platini y compañía ganaron con solvencia en el Parque de los Príncipes. Se trata de una camiseta azul con cuatro finas rayas blancas horizontales combinadas con una más ancha en un vivo rojo. Sobre ésta última aparece el símbolo de la marca alemana y un gallo dorado emblema de la orgullosa Francia. El diseño ha sido repetido hasta la saciedad, incluida la victoria gala en el Mundial de 1998, pero el original sigue sin ser superado.

Top 10 reediciones de camisetas de selecciones - Marca de Gol
France 1984 / France 1998

1. Alemania (1990): Aquí no hay subjetividad que valga. Todas las publicaciones futbolísticas y las diferentes webs especializadas en ropa deportiva lo tienen claro. No existe camiseta más bonita que la que los alemanes portaron durante la consecución del título mundial en 1990. Fue el torneo de la unificación. El primero de Alemania como una única nación en medio siglo. Adidas apostó por el clásico blanco de Alemania aportando una franja quebrada con los colores de la bandera teutona. Simbolizaba la caída de un muro y la unión de un pueblo. Tanto la camiseta como la sudadera a juego se vendieron, y se venden, como churros. La geometría perfecta de la ‘Mannschaft’ coronó a una máquina primorosa a la que el mismo Helmut Kohl calificó de indispensable para reunificar al país.

Las 10 camisetas de fútbol más bonitas de la historia
Deutschland 1990

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La España vacía (la temporada perfecta del CD Ourense)

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Cuando un volcán derrotó al Barça

En 2010 el FC Barcelona era un ciclón. Con Busquets como guardia de tráfico y una cuadrilla de virgueros rodeando al balón, aquel Barça practicaba un juego primoroso y ordenado en el que, de vez en cuando, Messi se salía de la norma para elevar la elegancia a arte. La temporada anterior aquel conjunto había logrado el sextete, incluyendo un histórico 2-6 en el Bernabéu en el día que Pep Guardiola se inventó lo del falso nueve y pasó de pupilo de Cruyff a ser reverenciado por su maestro.

Con Xavi e Iniesta a los mandos, Guardiola había formado un equipo legendario a través de un juego de toque y de una presión en campo rival jamás vista en el fútbol de élite. Aquel Barça machacaba a los rivales en los primeros minutos de partido con un ritmo asfixiante para luego ampliar el marcador por simple inercia. Ese Barça se estaba ganando a pulso un hueco entre los equipos más fastuosos de la historia del futbol.

En la primavera de 2010 se barruntaba otro sextete, pero una descomunal actuación del portero sevillista Andrés Palop en la Copa del Rey hizo añicos dicha posibilidad. Lo que estaba encaminado era el doblete Liga-Champions. A pesar de la vuelta a la presidencia de Florentino Pérez y de los fichajes de Cristiano Ronaldo y Kaká, el Real Madrid era incapaz de meterle mano a los azulgranas. Sumaron la escandalosa cifra de 96 puntos, pero fue insuficiente para doblegar a un FC Barcelona que ganó los dos duelos directos ante los merengues y que tan sólo perdió un partido (2-1 ante el Atlético de Madrid) en toda la Liga.

Liga Española - FC Barcelona: La evolución de Messi del primer Balón de Oro  al sexto | MARCA Claro Usa
Barça 09/10

Aun así, todo eran migajas a falta del premio gordo. El Madrid naufragó en octavos ante el Olympique de Lyon, en la que fue la sentencia deportiva del técnico Manuel Pellegrini. En aquel 2010 la final de la competición fetiche por excelencia tendría lugar en el Santiago Bernabéu. El aficionado merengue veía con pánico como el Barça destrozaba al VFB Sttutgart (5-1 en el global) y al Arsenal (6-3 en el global) y se plantaba en semifinales a dos pasos de levantar la orejona en el Santiago Bernabéu.

El Barça era el gran favorito para alzarse con el título y, por ende, para ganar su semifinal. Y más cuando se supo que su rival era el Inter de Milán. Ambos conjuntos ya se habían enfrentado en la fase de grupos. Hubo empate en tierras italianas (0-0) y una clara victoria del Barça (2-0) en el Camp Nou, a pesar de la ausencia por lesión de Lionel Messi y de Zlatan Ibrahimovic.

Sin embargo, había un hombre que se mostraba confiado de lograr la victoria. José Mourinho era tan histriónico y voluble como en la actualidad, pero por entonces el personaje todavía no había devorado al entrenador. Mou estaba en la cumbre de su capacidad motivacional y estratégica. Se barruntaba ya que la temporada siguiente sería él el encargado de dirigir al Real Madrid, pero antes debía demostrar que su kriptonita era la adecuada para batir a Pep Guardiola.

Con lo que nadie podía contar es que con la kriptonita llegase de Islandia.

A unos 3.000 kilómetros de Milán a un volcán de nombre impronunciable (Eyjafjallajökull) le dio por estallar unos días antes de la disputa del partido de ida en el Giuseppe Meazza. La explosión hizo brotar fragmentos de vidrio que ascendieron por la columna de ceniza del volcán. Los vulcanólogos dictaminaron que su presencia en las capas altas de la atmósfera dificultaba la presencia de vuelos aéreos, por lo que durante una semana más de 17.000 vuelos fueron cancelados en Europa Occidental.

Tras unos días de incertidumbre, el Barça tuvo que tomar la decisión de viajar a Milán por carretera. Se descartó el tren por culpa de una huelga ferroviaria en Francia, paso obligatorio antes de llegar a Italia. La expedición cubrió en dos autobuses los 980 kilómetros entre Barcelona y Milán parando a dormir en Cannes, para que el exceso de horas en autocar afectara lo menos posible a los futbolistas. Partieron el domingo a las 14.30 horas de Barcelona y llegaron el lunes a última hora de la mañana a tierras lombardas. Allí estaba la prensa, que acababa de completar el viaje de un tirón aprovechando la noche. Todo era trastorno para el siempre metódico Guardiola, que contaba con un plácido vuelo de una hora hasta Milán.

Barça: Diez años del volcán, el viaje en autocar y Benquerença
Rumbo a Milán

Mas si alguna perturbación hubo, aplacada quedó. El Inter despreció la posesión y decidió agazaparse y esperar. Con Xavi en modo imperial el Barça arrinconó al Inter y en el minuto 19 Pedro (entonces aún Pedrito) ponía en franca ventaja la eliminatoria para el Barça. Tuvo Messi otra que Julio César calmó con la parada de su carrera antes de que Sneijder anotase el 1-1 en una jugada aislada cuando ya avanzaba el primer tiempo.

La segunda mitad fue rock and roll. Pandev, Milito y Eto’o descuajeringaron al Barça con contraataques a velocidad de vértigo hasta que Maicon puso por delante a los neroazurros. Quizás fatigado por el viaje o tal vez derrengado por el esfuerzo acumulado tras jugar ante Real Madrid y Espanyol la semana anterior, el Barça se vino abajo y el Inter pico cual avispa hasta poner el 3-1 por obra de Diego Milito. Cierto que éste último tanto fue en fuera de juego, como que cierto es que hubo un claro penalti sobre Dani Alves, pero más cierto fue que el Inter fue el justo vencedor del encuentro.

“Aún van a decir que tengo un amigo en el volcán y he sido yo quien ha provocado su erupción. Un equipo que gana siempre a veces no sabe perder”, soltó Mourinho en rueda de prensa. Lo cierto es que la prensa catalana disculpó al Barça por el cansancio acumulado y culpó a Olegario Benquerença, árbitro del encuentro y paisano de Mourinho, de la derrota. Fuese el volcán o fuese el trencilla, pocos dudaban en la Ciudad Condal de que el traspiés había sido eso, un traspiés, y que la victoria en el partido de vuelta estaba asegurada. “90 minutos en el Camp Nou son muy largos”, había advertido Guardiola haciendo suya una sentencia de la biblia madridista.

No necesitaba más Mourinho para poner a sus pretorianos en guardia. Durante las siguientes dos semanas su humor de trazo grueso se encargó de hacer ver a sus chicos que su esfuerzo no era valorado por nadie. Sus chicos era hombres. Los otros eran niños que se quejaban de no haber descansado lo suficiente. Era el Inter el que había derrotado al Barça, no aquel volcán islandés de nombre impronunciable. Si el Barça estaba cansado no era por el viaje, sino por el partidazo de sus chicos.

Había que demostrarlo en el partido de vuelta.

El ambiente en el Camp Nou era el de las grandes ocasiones. Cientos de aficionados tuvieron que ser dispersados la noche anterior al partido por presentarse en la puerta del hotel del Inter con la intención de no dejar pegar ojo a los italianos. La tarde del encuentro los hinchas acompañaron con sus motos al autocar azulgrana en su camino al Camp Nou. El Barça salió hipermotivado y el Inter acobardado. Mourinho dispuso una línea de cinco defensas y a Guardiola le dio un ataque de entrenador y colocó a Gabi Milito de lateral izquierdo. En el minuto 28 Motta golpeó a Busquets, quien convirtió un homicidio en un asesinato a sangre fría. Expulsado el italobrasileño, la siguiente hora el Inter se dispuso a defender la renta con un futbolista menos.

El Barça tuvo un 73% de posesión, lanzó 14 veces a puerta y dispuso de nueve saques de esquina a favor. El Inter tiró una vez entre los tres palos. Fue un asedio. Fue la guerra. Pero el Inter resistió. Pocos recuerdan que Mou no hizo su primer cambio hasta el minuto 81. Tras la expulsión no tocó al equipo. Colocó a Eto’o de lateral derecho, tan dañino para la vista como inolvidable de ver. Le dijo a Luis Figo, por entonces recién retirado y delegado del Inter, que saltase a protestar al campo en cada jugada. Sonido de viento para el Camp Nou. Leña al fuego. Pocas veces se ha visto a un equipo de élite defender tan atrás. Y pocas veces se ha visto a un equipo de élite tan entregado, solidario y sacrificado por el bien común.

Piqué anotó en el 84, pero fue insuficiente. Bojan lo haría más tarde, pero su gol fue anulado (esta vez correctamente). Fue el mejor día de la carrera de Mourinho. Edificó un castillo que Guardiola no pudo asaltar. Si el Barça pintaba un cuadro el Inter arañaba el marco. El brillante repliegue y la implicación defensiva de los atacantes del Inter no eran válidos para un restaurante de estrella Michelin, pero saciaban de hambre al más hambriento de los comensales.

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El Inter acababa de batir al equipo imbatible. Un torrente de euforia viajaba desde Milán a Madrid. Mourinho atravesó el Camp Nou de una punta a otra con el brazo levantado y dedo acusador mientras se dirigía a la grada donde se encontraban los aficionados del Inter. Sus aspavientos enervaron a Víctor Valdés que agarró por el cuello al portugués. Para que la sangre no llegase al río alguien tuvo la feliz idea de poner en marcha los aspersores del Camp Nou. Mourinho y sus pretorianos tuvieron que abandonar el césped y siguieron con la fiesta en los vestuarios.

El Inter acabó ganando aquella Copa de Europa y el Barça recuperaría el trono continental la temporada siguiente, tras uno de los mayores recitales de juego colectivo que se recuerdan ante el Manchester United. Durante tres años (2009-2011) el Barça fue, y con diferencia, el mejor equipo del mundo, pero, en 2010, el Inter modelado por Mourinho demostró que a un equipo vestido para matar no le hace falta jugar.

El volcán Mourinho consiguió desgastar a Guardiola que, hastiado, acabaría abandonando Barcelona. No obstante, a Pep le dio tiempo a humillar a Mou unas cuantas veces cuando el portugués dirigía al Real Madrid. Alimentando así la excéntrica teoría, muy arraigada en Barcelona, de que el Barça hubiese sumado tres Copas de Europa seguidas si un volcán de nombre impronunciable no se hubiese cruzado en su camino.

“¿Autobús? Ese día en el Camp Nou no pusimos el autobús, pusimos un A-340 con las alas bien desplegadas”. José Mourinho.

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