tenis

Lew Hoad

Lewis Allan Hoad nació en una barriada de Sydney una mañana de noviembre de 1934. Lew fue un niño enfermo. Necesitado y enfermo. No supo lo que era una raqueta hasta los cinco años de edad. Y no era una raqueta. Era un palo que sostenía un aro de metal. La pelota se la habían regalado. No era nueva, por supuesto. Era usada. Y la circunferencia distaba mucho de ser perfecta. No hablemos de pista de tenis. Evidentemente eso sería una quimera. Lew golpeaba con fuerza una pared de ladrillo que hacía las veces de parte de atrás de la humilde casa familiar.

Aquello se convirtió en una obsesión. Se levantaba a las cinco de la mañana para golpear con fuerza la pelota. Los vecinos, fuese por caridad o para sacárselo de encima, hicieron una colecta para comprarle una raqueta y pagarle una entrada en el club de tenis del barrio. No se sabe bien como aquel niño de físico endeble y técnica autodidacta, con diez años ya competía en su primer torneo. Ni siquiera llegaba a la altura de la red, pero su golpeo era efectivo y hermoso al mismo tiempo. Jugó entonces un partido con Ken Rosewall, de su misma edad y futuro ganador de ocho Grand Slam, quien le venció por un apabullante 6-0 y 6-0. Fue entonces cuando Lew decidió unirse a un gimnasio. El pequeño Lew dedicaría los siguientes años de su vida a entrenar durante siete horas diarias. Pronto se convirtió en el favorito del polideportivo y Lew será invitado a comer por unos y por otros al ver que aquel chaval famélico apenas podía sostenerse en pie vencido por el hambre.

Un par de años después los preadolescentes Ken Rosewall y Lew Head volvieron a enfrentarse en un torneo infantil. Esta vez fueron tres sets. Rosewall ganó por 6-0, 6-0 y 6-0.

Lew se marchó llorando a casa.

Meses después ambos contendientes volvieron a enfrentarse. Esta vez era la final del campeonato de Australia sub-12. A dos sets. Rosewall ganó por 6-0 y 6-0.

Lew se marchó llorando a casa.

Y decidió dejar el tenis para siempre. Tenía 12 años.

Los siguientes dos años se los pasó en la escuela. Finalizó sus estudios y se puso a buscar trabajo. Camino de los 15 años Lew Hoad se convertía en encordador de raquetas para la marca Dunlop. Tras dejar el tenis, Lew había encontrado un trabajo donde su cometido era quitarle las cuerdas viejas a las raquetas para colocar unas nuevas o bien tensar las viejas para que mantuviesen su elasticidad.

Algo brotó de nuevo en Lew y empezó a jugar al tenis aprovechando las instalaciones que Dunlop tenía tras su fábrica en Sydney. Dado que los mejores jugadores del país iban de tanto en tanto a la tienda, Lew aprovechaba para hacerles preguntas y también ejercía de sparring en los entrenamientos cuando se lo solicitaban. Sin darse cuenta contaba ya con 17 años. Era 1951. Y decidía volver a competir.

Se apuntó al campeonato australiano junior. No fue cabeza de serie en ninguna de las rondas eliminatorias, pero fue pasando todas ellas hasta que se plantó en la final. Su rival, como no podía ser de otra forma, era Ken Rosewall. El archifavorito Ken Rosewall.

Lew Hoad ganó el partido y el torneo. 7-5 y 7-5.

Fue el último torneo de juveniles de ambos. Su siguiente aparición ya sería con los mayores. Rosewall se acercó a Head y, tras felicitarle por el triunfo, le preguntó si querría formar pareja de dobles junto a él.

Durante los años siguientes la pareja formada por Lew Hoad y Ken Rosewall llegaría a nueve finales de Grand Slam ganando seis de ellas. También formarían equipo en la Copa Davis. Y también saldrían victoriosos.

Hoad y Rosewall

En la Davis Lew Hoad se destapó como un jugador asombroso tanto en dobles como en individuales. En 1955 Australia firmó el mejor año en la historia de la centenaria competición. Ganó todas las eliminatorias fuera de casa y todas por un aplastante 0-5. México, Canadá, Japón e Italia antes de viajar a Estados Unidos para enfrentarse a los norteamericanos. Lew jugó los dos individuales y el dobles para firmar otro 0-5. Era un primer espada, pero seguía sin ganar un Grand Slam individual. Mientras, Rosewall añadía a su triunfo en la Davis un torneo tras otro.

Al fin, en 1956, los dos viejos amigos se enfrentaron en la final del Open de Australia. Hoad se llevó el título por 6-3, 3-6, 7-5 y 6-4. No acabó ahí la racha. Hoad se llevaría también Roland Garros al vencer al sueco Sven Davidson y Wimbledon al derrotar nuevamente a Ken Rosewall. Increíblemente Hoad, que apenas siete meses antes tan sólo sumaba una final de Grand Slam, acababa de vencer en tres de los cuatro Grand Slam del circuito.

Tenía la opción de lograr la victoria en el Open de Estados Unidos y lograr los cuatro Grand Slam en un año. Algo inédito en dos décadas, dado que no se lograba desde 1938 cuando la proeza fue firmada por el estadounidense Don Budge. Hoad llegó a la final del torneo con una autoridad incontestable al perder únicamente un set en seis partidos. En la final, como no podía ser de otra forma, le esperaba Ken Rosewall. Hoad se adelantó por 6-4, ocurre que acabó cediendo en cuatro sets por 2-6, 3-6 y 3-6. El consuelo para Lew fue ser número 1 del mundo al finalizar el año.

A Hoad aún le dio para ganar otro Wimbledon antes de dar el salto al profesionalismo (un año antes ya lo había dado Rosewall). Aquella estúpida diferenciación entre aficionados y profesionales duraría hasta 1968 y no permitió que muchos jóvenes jugadores engordaran su palmarés. Hoad dejó de competir en los Grand Slam con apenas 26 años.

Lew Hoad

De Hoad todo el mundo hablaba maravillas. Hasta Pancho González, considerado el jugador más arisco y solitario de su generación, lo consideraba un amigo. Lew era simpático, amable, generoso y era un jugador indefendible. Dicen que no tenía un patrón de juego. Era capaz de avanzar a la red y a los pocos minutos desplegar un juego de derecha desde el fondo de la pista. Podía ganar al servicio, con bola liftada o mediante saque y volea y era capaz de hacerlo durante el mismo set o durante el mismo juego. Aquel niño enclenque se convirtió en un adulto musculado que manejaba la raqueta con tal fuerza que la convertía en un arma arrojadiza. Su obsesión por realizar pesas será tan enfermiza que acabará retirándose por problemas de espalda. Al ser operado se descubrió que tenía rotos dos discos vertebrales desplazados con herniación.

Cuando abandonó la práctica del tenis, Lew se fue a vivir a España, concretamente a Fuengirola, donde abrió una escuela de tenis, muy frecuentada durante los siguientes años por gente famosa, entre ellos, actores muy conocidos, como Sean Connery, Charlton Heston, cantantes como Frank Sinatra o hasta miembros de la realeza caso de Diana de Gales. Aquellos largos, lujosos y privilegiados viajes en avión de los 60 hicieron que su esposa y sus hijos recalasen en España. Lew tenía entonces que emprender un nuevo viaje a Sudáfrica antes de volver a la Península Ibérica para continuar con la gira europea. Su esposa se enamorará de la Costa del Sol y la familia acabó comprando un terreno en el que además del club de tenis se abrirá restaurante y hotel y se le dotará de siete pistas de tenis y otras tantas de pádel.

Su apego a España fue tal que entre 1970 y 1974 fue seleccionador nacional para la Copa Davis. Hoad falleció en 1994, antes de cumplir los 60 años, por culpa de un ataque al corazón, aunque ya arrastraba una enfermedad oncológica en el último lustro.

“El mejor tenista anterior a la era profesional de 1968 fue Lew Hoad, sin lugar a dudas. Tenía poder, volea y explosividad”. Rod Laver, ganador de 11 Grand Slam y contemporáneo de Hoad.

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Boris Becker

1985. Boris le pega tan fuerte a la bola que siempre parece que va a salir por fuera de la pista. Tiene 17 años. Su saque es pura potencia. Su volea es perfecta. Un potro salvaje que parece a punto de despeñarse. Rubio. Guapo. Con cara de no haber roto nunca un plato. El futuro es suyo. Se le otorga el apodo de ‘Boom boom Boris’, dado que sólo necesita dos derechazos para noquear a su oponente.

1978. Leimen. Alemania Occidental. Boris es campeón nacional. Cuenta con once años. Lo hace todo a lo grande. Con las victorias se muestra eufórico hasta rozar la demencia. Con las derrotas se llena de rabia y se vuelve impredecible. Para Boris no hay término medio. O el todo o la nada.

1985. Wimbledon. John McEnroe, el gran favorito, queda eliminado en cuartos de final. A la final llega el sudafricano Kevin Curren, cabeza de serie número 8. Su rival es un chico de 17 años y 7 meses que responde al nombre de Boris Becker. Toda Alemania se pega a la televisión. Boris es una fuerza imparable al subir a la red. Su celebración cerrando los puños y dando pasitos con los pies hacia adelante causa sensación. Visceral, en su tenis no hay respeto alguno por su cuerpo. Se tira al suelo por la bola como muñeco de trapo. Pide aplausos al público por doquier. Es tribunero hasta la saciedad. Y gana. Es histórico. El jugador más joven en vencer en Wimbledon. El primer alemán que gana en la casa del tenis británico. Becker es un héroe nacional y es recibido como tal a su vuelta a Alemania. En las siguientes semanas recibirá más de 50.000 cartas de admiradoras con peticiones entre románticas y de sexo explícito. No es tiempo de redes sociales.

2005. Boris Becker reside en Miami. Conoce allí a Lilly. Boris es halagador, carismático, guapo y tiene mucho dinero. Muchísimo dinero.

1986. Boris es captado por Ion Tiriac, un exjugador ahora convertido en agente. Tiriac decide hacer millonario a Becker y de paso hacerse millonario él mismo. Boris se instala en Londres y vende exclusivas sobre su vida cada dos por tres. El alemán Bild se harta de sacar fotos de Boris y sus amigas. Todo forma parte de un acuerdo. No son robadas. Son pactadas. Él mismo perdió la oportunidad de hacer una vida normal. Por ahora le va bien. Gana Wimbledon por segundo año consecutivo. Becker es sinónimo de éxito. También es una superestrella sin valores.

Boris Becker

1987. Se muda de nuevo. Ahora vive en Montecarlo. La idea es no pagar impuestos. Pero la mina de oro gripa al entrar en una pista de tenis. Cae a las primeras de cambio en Australia. Su entrenador, aquel que lo conoce desde niño, decide renunciar ante los aires de divo de su antaño protegido.

2008. Zúrich. Boris lleva unos meses saliendo con una chica de la nobleza alemana mucho más joven que él. Llama por teléfono a Bild y anuncia que se va a casar. Lilly, su novia desde hace tres años, se entera por la prensa. Se entera de que Boris va a contraer matrimonio…con otra.

1989. Boris vuelve. Gana su tercer Wimbledon ante Stefan Edberg y logra el triunfo en el US Open. En el mes de enero de 1990 vence en el Open de Australia y obtiene el número 1 mundial. Recibirá honores ante los fotógrafos acompañado de su nueva conquista.

1992. Open de Australia. Boris aparece con su nueva novia. Se llama Bárbara. Es negra. Y es la buena. Un año después contraen matrimonio. El noviazgo marca un hito en tierras teutonas. Es la primera pareja interracial de renombre que se recuerda en Alemania. Su boda es televisada. Boris se convierte en papá y su rendimiento cae en picado. Parece otro y deja de un lado el tenis.

1996. Boris es la sexta raqueta en el ránking mundial. Es el número uno en el ránking de los mejores pagados. 125 millones de dólares en nueve años. Tiene propiedades en Londres, Múnich, Miami y Montecarlo. Todas son casas de lujo. El fisco alemán le reclama. Nunca ha pagado impuestos. Comenzará un largo juicio y Boris renegará de los alemanes. Envidia me tienen, dice. Cae de los 100 primeros del mundo y en 1998 se retira. Apenas cuenta con 29 años.

1999. Boris va a ser padre por segunda vez y decide volver a las pistas acuciado por sus problemas fiscales. Entrena como nunca. Pero su vuelta es terrible. Cae en primera ronda de Wimbledon por tres sets a cero ante Patrick Rafter. Lo deja definitivamente. Está destrozado. Se siente viejo e inútil. Esa noche deja a su mujer embarazada en casa y se va a cenar y a bailar a un local de lujo en el barrio de Mayfair londinense. Acabará acostándose con una empleada del restaurante.

2000. Annus horribilis. El Bild publica fotos de un recién nacido que es idéntico a Boris. Es su hijo ilegítimo. Nacido de aquella noche en Mayfair. Boris otorga una entrevista donde cuenta la surrealista historia de que aquella mujer le había drogado para luego hacerle una felación y quitarle el esperma con la intención de inseminarse. Sin embargo, eso no fue lo peor. La condena del fisco alemán es firme y Boris no puede enfrentarse a ello. Por un lado, toca pagarle al Estado alemán y por otro pagarle un multimillonario divorcio a su hasta entonces esposa.

2003. Boris está en Nueva York. Había sido condenado a dos años de cárcel de los que se libró. Hubo de pagar más de dos millones al fisco.

2008. Boris comunica a Bild que no se casa. Apenas ha pasado un mes desde que anunció que pasaría por la vicaría en segunda ocasión. Vuelve con Lilly y al poco ambos aparecen en un programa de máxima audiencia de la televisión alemana para anunciar su compromiso. En 2009 son matrimonio. Es el segundo de ‘boom boom’. Y otra vez es televisado. La boda es televisada. Para Becker la fama es una droga. Sino conseguía ser famoso por algo que hacía bien, lo iba a seguir siendo por hacer el ridículo. Aparece en shows televisivos bailando, cocinando, cantando o, simplemente, riéndose de sí mismo. Invierte en negocios de diferente calado y todos caen en desgracia. Pone dinero en la construcción de pozos petrolíferos en Nigeria que no van para arriba y en torres en Dubái que no se levantan.

2017. Arbuthof Bank, el banco que había financiado con intereses escandalosos la lujosa vida de Boris, reclama a su cliente 4.000.000 de dólares. Becker redobla sus exclusivas, sus ridículos y sus apariciones en fiestas privadas. Está perdido.

2013. Djokovic confía en Becker para ser su entrenador. Boris encarga su biografía. Le va bien. Compra una finca en Mallorca y encomienda una casa cuyo coste asciende a 15 millones de dólares. No les paga a los trabajadores y acumula una deuda de medio millón de euros con el constructor. Es demandado y recibe una visita de la justicia española. Le ordenan subastar la propiedad. El día del peritaje mete dos caballos purasangres en el dormitorio principal para que el perito no los encuentre. Necesita dinero rápido y lo consigue con un particular que le da 1.200.000 dólares al 25%. El particular se cubre las espaldas con una entidad bancaria llamada Arbuthof Bank.

2018. A Becker le piden el divorcio. El segundo. Otra vez una infidelidad. Y otra vez se publica en Bild. Y sigue sin ser el principal problema. El fisco está al acecho. Ahora la cárcel sí que es una realidad. De la primera se salvó por no tener antecedentes. Ahora no tiene salvavidas. Le paga a un alto funcionario de la República Centroafricana un pastizal para conseguir el cargo de agregado de deportes y así lograr la inmunidad diplomática. Es una estafa. Es todo falso. Está acabado. Le quitan sus propiedades en Estados Unidos y en Inglaterra y tras un largo litigio es condenado a tres años de cárcel en 2022.

2022. En diciembre, tras ocho meses en una prisión londinense, Becker sale de la cárcel por buen comportamiento y bajo la premisa de no volver a pisar nunca más el Reino Unido. Un helicóptero lo espera en la puerta del presidio y de allí lo lleva a su casa de Múnich. Al día siguiente da una entrevista en exclusiva en la televisión alemana por la que se lleva 250.000 euros.

Tres meses después presenta un documental sobre su vida y es cazado por los fotógrafos con su nueva y jovencísima novia mientras sigue aferrándose a la fama con la misma fiereza con la que golpeaba pelotas cuando apenas contaba con diecisiete años.

Becker saliendo de la cárcel

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Nadal y el efecto Pigmalión

Cuentan que Pigmalión, rey de Chipre, buscó durante años a una mujer con la que casarse. Obsesionado por la perfección era incapaz de encontrar a la dama elegida, por lo que decidió crear una escultura con la que poder moldear a la mujer perfecta. Una de aquellas estatuas, a la que le puso de nombre Galatea, le pareció tan hermosa que acabó enamorándose de ella. Fue entonces cuando la diosa Afrodita, conmovida por el deseo del rey, dotó de vida a Galatea para que pudiese casarse con Pigmalión.

Los psicólogos dieron en llamar efecto Pigmalión al suceso en el que las expectativas de los demás nos llevan a tener un mejor rendimiento. La teoría fue puesta en práctica hace unos años en un instituto norteamericano. Se seleccionó a un grupo de alumnos al azar y se les comentó a los profesores que habían sacado resultados extraordinarios en unos test de inteligencia. Inmediatamente estos alumnos comenzaron a recibir de forma inconsciente un trato diferenciado, con más atención y paciencia por parte de sus educadores. Al finalizar el año, aquellos chicos ‘normales’ conseguían sacar unas notas elevadas con las que nadie contaba.

Estos mismos psicólogos dieron en llamar efecto Galatea al proceso vivido por el propio alumno. Al explicarles que eran unos alumnos brillantes (sin serlos) y viendo que sobre el agraciado se depositaban altas expectativas, el alumno en cuestión se esforzaba para tratar de corresponderlas logrando unas tasas de éxito académicas más altas a posteriori.

Perdía Rafael Nadal ante Daniil Medvedev. La inteligencia artificial le daba un 4% de opciones de triunfo a un Nadal de 35 años. Open de Australia 2022. 2-6 en el primer set. 6-7 en el segundo. En el tercero era un 2-3 para el ruso y un 0-40 con saque a favor del hijo de las estepas. Y aun así el público seguía expectante. Quizás si estuviese Djokovic delante. Quizás si el rival hubiese sido Federer. Pero no. No era ninguno de ellos. Era difícil. Nunca imposible. Y lo imposible es intrínseco a Nadal. Acostumbrados a lo inhumano, a las remontadas increíbles, todos esperábamos un resultado extraordinario de Nadal. Las expectativas del público provocaron un efecto Pigmalión en un Nadal que acabó llevándose el partido para obtener su 21º Grand Slam por 2-6, 6-7, 6-4, 6-4 y 7-5.

Al vencer en el tercer set, y aun estando dos sets a uno en contra, tanto el público que abarrotaba la pista central australiana como aquellos que veían el partido desde su casa, sabían que el favorito era Nadal. Lo sabía también Medvedev, quien comenzó a cometer errores hasta entonces inexistentes en su juego. Pero, esencialmente, lo sabía el propio Nadal. Rafa sabía las altas expectativas que se cernían sobre su tenis, por lo que se esforzó más allá de sus límites para tratar de corresponderlas. A eso se llama efecto Galatea.

Rafael Nadal ha sido un deportista excepcional catalogado por expertos, aficionados y rivales como uno de los más grandes de siempre y el mejor tenista en tierra batida que ha habido. Pero fundamentalmente ha sido un aglutinador de emociones. Rafael Nadal ha sido y será la antítesis de la cultura de la queja. Ha construido su leyenda sobre una ética de autoexigencia.

La figura de Rafa no se puede entender sin la de su tío Toni. No porque haya moldeado su juego, sino porque ha moldeado su mente. Cuando los padres de Rafa decidieron poner el futuro de su hijo en manos del tío Toni no lo fue porque éste fuese preparador físico, sino porque les prometió educación. Durante años, Toni hacía entrenar a Rafa con pelotas en malas condiciones, en pistas estropeadas y le alargaba los entrenamientos indefinidamente porque le interesaba que fortaleciese su carácter. En cierta ocasión Rafa jugaba un torneo cadete en el que perdía por 0-5 en el primer set. Su tío se acercó a él y se dio cuenta de que tenía la raqueta rota, por lo que tuvo que cambiarla. Acabaría perdiendo el partido por 0-6 y 5-7 aunque, evidentemente, su juego había mejorado. Cuando al finalizar el encuentro Toni preguntó a su sobrino porque no le había dicho que tenía rota la raqueta, Rafa contestó:

“No me había dado cuenta y como siempre estoy acostumbrado a que si pierdo la culpa sea mía no pensé que fuera por culpa de la raqueta”.

Mas deliciosa aun si cabe es la anécdota ocurrida tras ganar Rafa un torneo internacional sub-12. Le quisieron hacer una entrevista y bajó de la habitación del hotel en el que se hospedaba con pantalón corto y chanclas. Su tío le mandó de vuelta a la habitación y le exigió ponerse unas bambas y pantalón largo. Luego, tras la entrevista, viendo que Rafa estaba envalentonado, su tío le recitó el nombre de los últimos veinte ganadores de aquel trofeo infantil.

El joven Rafa apenas conocía a uno de ellos. Y apenas un puñado de aquellos niños habían conseguido llegar al circuito profesional.

Toni y Rafa

De Rafael Nadal Parera se han escrito miles de líneas sobre sus triunfos y otras tantas miles sobre su calidad humana. En las academias de tenis siempre aparece como ejemplo por su actitud, jamás sobre su tenis. Ningún profesor recomienda imitar a Nadal. A inicios de su carrera Nadal jugaba a cuatro o cinco metros de la línea de fondo abusando de fuerza física e imprimiendo un top spin a la bola imposible de replicar. Aquellos esfuerzos hercúleos llevaron a decir que su carrera sería extremadamente corta. André Agassi dijo que a los 25 estaría retirado. No fue así. Nadal ha estado presente en varias generaciones. Fue un rebelde de pelo largo con camiseta sin mangas y ha acabado siendo un dandy de cabeza lampiña entrado en años.

La enseñanza de Nadal viene tanto de sus victorias como de sus derrotas. De sus golpes ganadores, del partido del siglo en Wimbledon 2008 ante Federer o de la interminable semifinal de Roland Garros ante Djokovic en 2013. Mas Rafa también es aquel que se desliza de una rueda de prensa del US Open camino de una silla de ruedas y el mismo que llora tras ganar una medalla de oro y compartir pensión y cama con anónimos deportistas en la Villa Olímpica.

Nadal enseñó que no hay que ser un robot, que se puede ser emocional y nervioso, pero siempre concentrado.

Los tenistas jóvenes no te dicen que quieren jugar como Rafa, sino que quieren ser como él. En un país profundamente fragmentado como es España, cierto filósofo dijo en una ocasión que lo único que tenemos en común los españoles es que cuidamos de nuestros mayores y nos ocupamos de los enfermos. Pocas sociedades contemporáneas lo hacen y, al menos de momento, en la antigua Hispania aún se realiza. A pocos deportistas de élite imaginas pasando tarde de hospital con un abuelo o limpiándole el culo a una anciana madre. A Rafa sí. A Rafa Nadal te lo imaginas.

Nadal

Rafa es 14 veces París. Su esplendor está profundamente conectado al Bois de Boulogne, a la tierra de arcilla de la Philippe Chatrier. Eléctrico, magnético, gladiador incomparable y jugador inolvidable. Sufridor y ganador a partes iguales. Para los tenistas no existen escondites. Los futbolistas cuentan con Japón, Qatar o Estados Unidos. El tenista no. Nadal extendió un cheque contra su cuerpo e igual que brilló en Paris fue en Paris donde lo vimos frágil, débil y quebradizo. Pero que fue mejor; ¿verlo reinar en Roland Garros año tras año o verlo caer de rodillas ante un público entregado que le dirigió una ovación interminable en su último baile? Sólo el simple hecho de poder plantearse esta pregunta demuestra la grandeza del personaje.

Las manecillas del reloj giran incluso para los héroes. Valiente, constante, cercano, humilde, pero por encima de todo ello un extremo competidor. Un sufridor y un icono a base de apretar los dientes. Una figura tan colosal, que a media tarde del mes de junio era capaz de tapar el Sol. Rafa Nadal es el mejor deportista español sin discusión alguna y, aunque no fue tan bello como Federer ni tan perfecto como Djokovic es, sin género de dudas, el tenista que más respingones de asiento ha provocado de un lado al otro del planeta. Al gélido Federer, la aparición de Nadal le dotó de pasión y buen temple. Al compacto Djokovic, sus combates con Nadal le obligaron a ser más versátil y a usar al mismo tiempo la cabeza y la ambición. Para Rafa todo fue fe o resiliencia, esa palabra que en tiempos de secularización ha substituido a la religión. Nadal ha vivido siempre al borde del trastorno obsesivo compulsivo, como Merckx, Ali, Jordan, Phelps o Maradona, pero siempre con una buena cara, un buen gesto y con una sonrisa hacia el respetable.

Hay obras maestras de Nadal. Ante Roddick en la Davis de 2004, Coria en Roma 2005, sus noventa golpes ganadores ante Verdasco en Australia 2009, la final interminable de la misma Australia en 2012 ante Djokovic o la de los lloros de Federer en 2009. Antes de la ya citada de Medvedev en 2022 ya le había levantado un 0-2 en contra al ruso en el US Open de 2010. Fueron 92 títulos en su carrera (22 Grand Slam). Entre rodillas, espalda, pies o muñecas fueron más de treinta lesiones en su carrera. Es el cuajo psicológico le que convirtió en grande a Nadal. Es curioso que una sociedad que ha abandonado la cultura del esfuerzo, donde la abolición al mérito es cotidiana y donde la igualdad está en profundo riesgo, a la altura de 2024 un archimillonario como Rafa Nadal dé un ejemplo de pundonor, épica, sacrificio o empeño. Todo lo que queremos ser, pero no somos.

Y es que no fue ni Djokovic ni Federer. No. Ninguno de ellos fue su máximo rival. Tenía Rafa la mayoría de edad recién conseguida y todavía el casillero de Grand Slam sin estrenar cuando abandonaba en cuartos de final de Estoril por culpa de una fractura de estrés en el pie izquierdo. Müller-Weiss. Ese ha sido su máximo rival. Una enfermedad crónica que deforma el escafoides tarsiano, uno de los huesos situados en la parte media del pie y que es esencial para la movilidad del mismo. Una enfermedad que no tenía cura. Y sigue sin tenerla.

Nadal aprendió a jugar, a ganar y a vivir con dolor. Vendajes, plantillas especiales y cambios en la forma de caminar. Desafió a médicos y también a periodistas. Primero se convirtió en un experto del polvo de ladrillo y luego tuvo que volver a adecuar su tobillo a otras latitudes para poder aspirar a ser el más grande y vencer en pista dura.

E incluso eso no fue lo peor. Hombros, espalda, muñeca, cuádriceps y rodilla. Su peor pesadilla. En 2008, tras ganar un partido épico en la hierba de Wimbledon a Roger Federer, empezó a tener molestias en su rodilla derecha. Tendinitis que se convertiría en rotura del tendón rotuliano y que le mantuvo meses fuera de las canchas. Regresó para ganar Roland Garros al año siguiente, pero iniciando una costumbre que le obligó a seleccionar torneos y a finalizar su temporada en septiembre para ahorrar esfuerzos. La intensidad del mallorquín para golpear cada pelota, para correr cada centímetro de la cancha y para pelear cada punto hasta el final fueron desgastando un cuerpo que al principio parecía indestructible. Sus músculos, sus articulaciones y sus huesos le pidieron decir basta una y otra vez.

Fue entonces que apareció su fortaleza mental, la que le permitió reponerse de cada golpe, reinventarse para adaptarse al tenis de sus nuevos rivales y cuidar y preservar lo mejor posible su físico. Por lo que, si hasta 2014 Rafa Nadal fue campeón gracias a físico, técnica y mentalidad por este orden, a partir de 2016 lo fue por mentalidad, técnica y físico en sentido inverso. Sus brazos ya eran pistones alimentados por la madurez de una cabeza capaz de retomar problemas y contratiempos (desde el divorcio de sus padres, la separación profesional con su tío Toni o las dificultades de su esposa para concebir un hijo).

Así que cuando en 2023 Rafa anuncia que lo único que quiere es pasarlo bien y no lamentarse por haberlo intentado, a nadie debió sorprenderle. Él, y todos, sabíamos que no le daba para más. Ni siquiera en Roland Garros, por mucho que lo deseáramos. Lo inesperado sería que un tipo con una disciplina mental de hierro, con una dedicación espartana y con una capacidad de concentración y superación infinita no lo hubiese intentado. Ha sido un año lleno de frustraciones en los que se ha aferrado por no decir adiós. Al final el adiós ha llegado. Pero ha sido tan precioso el viaje como la agónica conclusión.

No en vano Rafa fue capaz de convertir la agonía en placer.

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“Lograr aquello que has soñado te hace feliz, pero, sobre todo, te hace feliz recordar el esfuerzo empleado para lograrlo”. Rafael Nadal.

“Lo que diferencia a Rafa no son los títulos, son sus golpes. Hace golpes que otros no hacen. A veces tengo ganas de saltar la red, pasar al otro lado y chocarle los cinco”. Roger Federer.

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El 68 de Arthur Ashe

Actualmente formamos parte de lo que los historiadores dieron en llamar Historia Contemporánea. Hay quien argumenta que, en tiempos futuros, 1989 marcará el fin de esa etapa para darle paso a una nueva que está por nombrar. La caída del Muro de Berlín es la pauta a marcar para el común de los mortales. Pero hay algo más. En 1989 Tim Berners-Lee comenzó a desarrollar la página web que haría realidad en 1991, el mismo año en el que la bandera de la hoz y el martillo dejó de ondear en el Kremlin. Sólo el futuro nos dirá si 1989-1991 marcará una nueva era. No obstante, hay historiadores que van más allá. Según sus teorías el mundo futuro (nuestro presente) comenzó en 1968. Ese año, por vez primera en la Historia de la Humanidad, los jóvenes pasaron a tomar el control de la sociedad substituyendo a la experiencia y al respeto de los más ancianos a los que siempre se les había considerado como garantes de sabiduría.

La mujer arrinconada en su casa dio un salto triple mortal hacia la libertad. Y el hombre por vez primera se rebeló ante la guerra. Todas las generaciones de varones debían afrontar la posibilidad de morir en el campo de batalla. Aquellos nacidos en la década de 1940 se rebelaron contra el futuro establecido. En 1968 los jóvenes occidentales desaprobaron al sistema, rechazaron a la autoridad y renegaron del mundo que había sido construido. La tradición, la religión y la familia dieron paso, y para quedarse para siempre jamás, al ocio, a la libertad individual y a lo que se daría en llamar disfrutar de la vida.

Arthur Ashe es una de esas personas a las que 1968 les cambió la vida.

Arthur Robert Ashe fue un niño del sur. Nacido y criado en Richmond, capital de Virginia. O lo que es lo mismo. Capital de los Estados Confederados de América. De la América del algodón y de la esclavitud. Su padre trabajaba como chapuzas para un reputado médico…reputado médico blanco. Ashe y su padre eran negros. El señor Ashe era humilde, pero se afanó por ofrecerle a su hijo una educación exquisita. Ante todo, le mostró que podría conseguir lo que desease mientras se manifestase sereno. Si era inteligente, si tenía un comportamiento impecable y si usaba el cerebro y nunca los puños, lograría prosperar.

Arthur Ashe se aplicaría a rajatabla las enseñanzas de su padre. En la vida y en el tenis. Y es que Arthur comenzó a practicar en el jardín de la casa del doctor Johnson. Sus progresos fueron extraordinarios. Jugaba vestido de blanco, con una pelota blanca, con líneas blancas y rodeado de blancos. Y era el mejor entre todos ellos. Y se reían de él, y le insultaban y le escupían. Y Arthur contestaba con una sonrisa.

Si se mostraba sereno podría conseguir lo que querría. Lo tenía grabado a fuego.

Era un Tío Tom.

El Tío Tom es el personaje de una célebre novela del siglo XIX que cuenta la historia de un esclavo y su familia, quienes a pesar de las múltiples desgracias que les acontecen, aceptan su destino y su situación con respecto a los blancos. Malcolm X llamaba Tío Tom a Martín Luther King.

Los negros estadounidenses llaman Tío Tom a aquellos otros negros que consideran sumisos con los blancos o, simplemente, poco reivindicativos.

Arthur Ashe era un Tío Tom de manual.

Arthur Ashe

Lo que es seguro que era Arthur era un tenista extraordinario y mejor persona. Como tenista tenía una derecha descomunal. Era rápido y agresivo. Delgado, desgarbado y con un gran revés y un mejor saque. Pudo saltar al mundo profesional, pero recibió varias becas deportivas y decidió matricularse en la Universidad de California Los Ángeles (UCLA). Allí estudió economía y aprovechó su tiempo libre para viajar. Se echó una novia blanca y aprovechó la libertad y el anonimato que le daba California para convertirse en ciudadano del mundo.

Arthur era in intelectual. Jugaba al tenis con gafas de pasta. Le gustaba vestir bien y llevar ropa de marca. Frecuentaba los clubes elitistas de la América blanca. No era para nada el estereotipo del afroamericano. Los blancos cumplían con el cupo y los negros no entendían que hacía rodeado de blanquitos. Arthur el Cagón le llamaban. Había dudas y desprecio. Pero él no apreciaba nada de ello. Su padre no sabía leer y le había inculcado una obsesión por la disciplina y por el respeto hacia los blancos. Si él lo tenía hacía ellos, ellos lo tendrían hacía él.

Había guerra en Vietnam. Los negros renegaban de ella. Era una guerra de blancos. Si en Estados Unidos no había libertad no iban a ir ellos a luchar para defenderla en un remoto rincón de Asia. Ashe no pensaba así. Renunció nuevamente a su carrera profesional, cambió de universidad y se matriculó en la Academia Militar de West Point. Su hermano estaba en Vietnam. Desde el fin de la II Guerra Mundial se estableció que dos hermanos no podrían combatir en la misma guerra. A Arthur le dio igual. Se alistó en los marines y allí estuvo. Es cierto que no fue un recluta al uso. Fue tratado en palmitas y no estuvo nunca en primera línea de combate. Pero allí estuvo.

Muhammad Ali perdió su título de los pesados y fue encarcelado por negarse a ir a Vietnam. Arthur Ashe hizo todo lo contrario.

Arthur era un Tío Tom.

Fue vilipendiado por sus hermanos negros.

Era 1968. Y entonces mataron a Luther King. El hombre que creía en la reconciliación entre razas. Fue un golpe para Ashe. Por vez primera sintió la necesidad de dar un paso adelante. Dio un discurso en una marcha en Washington DC.

Meses después mataron a Bobby Kennedy. El pequeño del clan era candidato a la presidencia. Era un rico blanco de la Ivy League, pero creía en la igualdad de razas. Aquello supuso un golpe total para Ashe. Todos sus ideales estallaron en mil pedazos.

Y fue asaltado.

Y fue presionado.

Tenía que dar un paso al frente.

Tenía que convertirse en activista.

Era tiempo del US Open. Su primer US Open. Su primer gran torneo como profesional.

“Todos quieren que hable. Será la raqueta la que hablará por mí”.

Fueron las únicas palabras de Ashe en todo el torneo.

Ashe fue el único negro participante en todo el torneo. El único entre 128 candidatos. Venció en la final al neerlandés Tom Okker en cinco sets. Al día siguiente, un lunes lluvioso en Nueva York, decenas de ciudades estadounidenses registraron disturbios raciales que se saldaron con varios muertos. Ashe dio su primera entrevista en semanas. Habló de tenis y por vez primera habló de lo que estaba sucediendo en Estados Unidos. Nuevamente fue ambiguo. Fue calmado. Fue el Luther King de la raqueta. No gustó ni a unos ni a otros. “Soy un campeón negro. Se me escuchará y utilizaré las palancas del poder para hablar. Pero lo haré a mi manera, no a la manera que quieren los demás. Yo no me reprimo. Yo interiorizo las cosas”.

Ashe comenzó a frecuentar programas de radio y de televisión y a conceder entrevistas a periódicos y revistas influyentes. Lo hacía siempre sin levantar la voz, con una calma pasmosa. Iba bien vestido y se mostraba afable a la vez que beligerante. Usaba siempre gafas de pasta de distintos colores que lo hacían agradable a la cámara. Comenzó a cartearse con Nelson Mandela, quien desde una cárcel sudafricana propugnaba el perdón entre negros y blancos en lugar de la venganza. Ashe renunció a jugar la Copa Davis o a ganar dinero en grandes torneos para poder competir en Sudáfrica, un lugar donde los negros tenían prohibido empuñar una raqueta. Le negaron por tres veces el visado hasta que a la cuarta logró entrar en el país. Se dedicó a visitar barrios negros, jugar al tenis con niños pobres o regalar material deportivo a cualquiera que se lo pidiese. Después jugó el torneo de Johannesburgo ante miles de espectadores blancos. Él era el único negro presente en el recinto. Perdió frente a su compatriota Jimmy Connors, la genuina expresión del blanco rico y arrogante.

En Estados Unidos fue criticado. Su derrota era una vergüenza para los negros. Su exposición en Sudáfrica era un sinsentido para los blancos. No era querido ni por unos ni por otros. Pero Ashe estaba haciendo algo distinto. Algo que poco a poco iba a calar entre la sociedad estadounidense. Arthur Ashe fue la primera persona pública que hizo comprender a los negros que la ortodoxia negra no era sustituta del racismo blanco institucionalizado. No es negros contra blancos. No es venganza. Se trata de que la gente tenga libertad para tomar sus propias decisiones. Ese es el objetivo.

Ashe en Sudáfrica

Los años pasan y la figura de Ashe es cada vez más respetada. Ashe lleva tiempo lejos de su mejor nivel. La raqueta ya no es su prioridad. Estamos en 1975. Wimbledon. Jimmy Connors es el gran favorito. No pierde set alguno hasta plantarse en la final. Connors había demandado a Ashe años atrás, cuando lo de Sudáfrica, por antipatriota al renunciar a jugar la Copa Davis. No pierde set alguno. Ashe, ya con 32 años, había vencido contra pronóstico a Björn Borg anteriormente.

En la final Ashe cambia se habitual juego directo y agresivo por uno de ritmo lento donde usa y abusa de los globos. La idea es bajar el ritmo para que Connors no se muestre cómodo. Arthur utiliza la cabeza y no los músculos, tal y como le hubo inculcado su padre. Vencería por 6-1, 6-1, 5-7 y 6-4 poniendo un colofón majestuoso a su carrera.

Wimbledon 1975

Una vez retirado Arthur Ashe se convertiría en capitán estadounidense de la Copa Davis. No le tembló el pulso para meter en vereda a John McEnroe por sus desplantes e hizo las paces con Jimmy Connors por el bien del equipo. Cuando Ashe se cuadraba ante el himno nacional todos callaban. Por entonces ya era un hombre reverenciado por negros y por blancos a lo ancho y largo de Estados Unidos. Se casó con una fotógrafa negra y siempre se jactó de anteponer la carrera profesional de su mujer por encima de todo lo demás. También luchó para incrementar los premios en los torneos femeninos para igualarlos al de los hombres.

En 1983 sufrió un ataque al corazón y en 1988 se hizo público que era portador de Sida. Su hija de cinco años se enteró a través del USA Today que filtró la noticia con un gusto deplorable. Fiel a su estilo, Ashe cerró la boca e invitó a su hija a un helado. Nunca más volvería a dar una entrevista a ese diario, pero de su boca tampoco salió jamás palabra malsonante alguna. Viviría cinco años más y aun tendría tiempo, visiblemente enfermo, para viajar a Sudáfrica y darle un abrazo a Nelson Mandela cuando éste salió de la cárcel.

«Sé que nunca me habría perdonado si hubiera elegido vivir sin un propósito humano, sin tratar de ayudar a los pobres y desafortunados, sin reconocer que, quizás, el goce puro de la vida viene al tratar de ayudar a otros». Arthur Ashe.

“Demasiados negros sueñan con ser deportistas y pocos sueñan con ser médicos, abogados, ingenieros, periodistas o profesores”. Arthur Ashe.

“En el mundo 50.000.000 de chicos comienzan a jugar al tenis, 5.000.000 aprenden a jugarlo, 500.000 aprenden tenis profesional, 50.000 entran al circuito, 5.000 alcanzan jugar un Grand Slam, 50 llegan a Wimbledon, 4 a las semifinales, 2 a la final. Cuando estaba levantando el trofeo en Wimbledon nunca le pregunté a Dios; ¿Por qué a mí? Y hoy con el Sida, tampoco le debería preguntarle; ¿Por qué a mí?”. Arthur Ashe.

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A finales de los 70 había dos fuerzas extraordinarias en el circuito femenino. Una era Chris Evert. Tenista brillante por su juego de pies desde el fondo de la pista con un potente golpeo en carrera que le permitió ser la reina de la tierra batida. La otra era Martina Navratilova. Jugadora de ataque con un revés a una mano infalible que le permitió dominar el circuito durante una década. Cuando Navratilova restaba al fondo contaba con un revés liftado precioso y si subía a la red utilizaba el revés cortado para cambiar el ritmo de juego. Eran tan antagonistas en el juego como en su vida. Evert era guapísima. Sonrisa perenne, cuerpo perfecto, rubia de bote. Casada con otro tenista de cuerpo escultural. La novia de América. Navratilova no era mal parecida, pero no se ayudaba. De largas piernas, pero de rictus serio, desaliñada y corte de pelo desfavorecedor. Navratilova era checoslovaca. Del otro lado del Telón de Acero.

Sus grandes batallas tendrían lugar entrados los años 80. Antes de eso ya se habían visto las caras en incontables ocasiones. Fueron hasta cuatro finales de Grand Slam con un balance de tres victorias para Martina y una para Chris (al final de sus carreras serán 14 finales con diez triunfos para Navratilova y cuatro para Evert). El tema es que cuando Chris ganaba eran todo elogios y aplausos y cuando perdía también recibía la misma recompensa. Navratilova era la mala de la película. Pero no por mala, sino por fría. Aún por encima el guaperas de marido del novio de Evert le puso los cuernos y el público, que ya adoraba a la novia de América, pasó a amarla.

Navratilova (i) y Evert (d)

El caso es que, tras unos excelentes resultados en los años anteriores, la temporada de 1980 fue mala para Martina. No se le ve disfrutar en la pista y su actitud se torna agria en las ruedas de prensa. Se filtra que su mal juego y su mal humor se deben a las presiones del régimen comunista checo que le impiden conseguir la nacionalidad estadounidense. Martina había nacido como Subertova en 1956. Tres años después sus padres se divorciaron y en 1962 su madre se volvió a casar. Martina adoptó el apellido Navratilova del que sería su padrastro, quien también se convirtió en su primer entrenador de tenis. Miroslav, como se llamaba el interfecto, era un gran entrenador y también un acérrimo comunista. Cuando en 1975 Martina viaje por vez primera a Estados Unidos para disputar un torneo decidirá coger un avión sin billete de vuelta. Decide solicitar asilo político y dejar atrás a su madre y al resto de su familia.

Martina llevaba entonces cinco años pinchando en hueso. Debería ser más fácil conseguir la nacionalidad y más para una deportista reconocida como ella, pero desde Checoslovaquia no se lo iban a facilitar. Así que su carácter agrio y sus malos resultados parecían tener causa concreta.

Pero había algo más.

Algo más trascendental.

Martina iba camino de los 25 y no se le conocía pareja alguna. Ni oficial ni extraoficial. Era un ciborg diseñado por los soviets que únicamente se dedicaba al tenis. Hasta que estalló la bomba.

Y menuda bomba.

A inicios de 1981 Martina consiguió finalmente la nacionalidad estadounidense. Para celebrarlo le concedió una entrevista al New York Daily News donde confesó que era lesbiana y que tenía una relación con una mujer. Sin embargo, Martina acordó con el periodista no publicar el artículo hasta que hablase con su pareja y hasta que acabase la gira europea. Entonces, Martina estaba enfrascada en la disputa de Roland Garros y Wimbledon y su idea era que la entrevista saliese a la luz en agosto, antes de la disputa del Open USA.

Fuese por el motivo que fuese el periodista no respetó los tiempos y el mundo descubrió que Martina Navratilova era lesbiana mientras se celebraba el torneo de Wimbledon de 1981.

Fue un shock.

Recordemos que la homosexualidad estuvo penada en Gran Bretaña hasta 1967. Apenas catorce años atrás.

En España se despenalizó en 1978. Tres años antes.

En Estados Unidos hubo que esperar a una ley federal aprobada en 2003.

Faltaban casi veinte años.

En su autobiografía Martina confiesa que de joven sentía atracción por ambos sexos pero que fue al cumplir los 18 años cuando mantuvo su primera relación íntima con una mujer descubriendo que su orientación sexual era lésbica. Confesaría también que había decidido mantenerlo en secreto, ya que pensaba que de saberse eso le habría imposibilitado obtener la nacionalidad estadounidense. De ahí que decidiese salir del armario una vez conseguido el pasaporte.

Inmediatamente hubo reacciones desde Checoslovaquia. Sus padres se sintieron perturbados al descubrir la orientación sexual de su hija. Su padre (padrastro) lo calificó de enfermedad y sostuvo que hubiese preferido que Martina hubiese sido prostituta. Visiblemente afectada, Martina respondió a esas palabras comentando que en Checoslovaquia a los gais se les enviaba a manicomios y a las lesbianas ni se les daba esa posibilidad, porque ninguna lesbiana sería capaz de confesar públicamente sus sentimientos. Se descubría también que la huida de Martina de Checoslovaquia se debía más a temas personales que a políticos.

Así, una tocada Martina se clasifica para las semifinales de Wimbledon. En la final ya espera Chris Evert, quien ha apabullado a todas sus rivales en las rondas previas. Ironías de la vida, Martina se enfrenta en semifinales ante la checa Hana Mandalikova. Pierde el primer set por 5-7 y gana el segundo por 6-4. Comienza el tercero y definitivo y Martina pierde su servicio. Desde ese momento su juego se torna en errático con fallos groseros en cada resto. Su rostro compungido nunca antes había sido mostrado. Otro error le da la victoria a Mandalikova por 1-6.

Es entonces cuando Martina Navratilova se echa a llorar. Lo nunca visto.

Todos los presentes en el All England Club de Wimbledon su pusieron a aplaudir mientras vitoreaban a Martina. Nadie hacia el menor caso a la vencedora. La protagonista era aquella hermética chica. Había asumido el papel de mala ante Chris Evert a pesar de sus numerosos triunfos y ahora una derrota la convertía en querida y amada por el público. Los vítores poco tenían que ver con el tenis. Eran aplausos de aceptación, de respeto, incluso de cariño. Martina nunca había sentido algo así en su vida. Le estaban animando como persona, no como tenista. Nunca se había sentido tan querida.

Las lágrimas de Martina

Semanas más tarde Martina llegó a la final del Open de Estados Unidos. Perdería contra la local Tracy Austin y las escenas de Londres se repitieron en Nueva York. El público ni prestó atención a las dobles faltas de saque que cometió Navratilova durante el choque. No estaban animando a Martina la tenista, ni a la perdedora, ni a la checa, ni a la desertora. Animaban a la persona, a la valiente, a aquella que había decidido abandonar sus miedos y abrirse al mundo. Otra vez hubo lloros y, nuevamente, los aplausos y los vítores a la perdedora superaron con creces a los de la vencedora cuando tuvo lugar la entrega de trofeos.

En los siguientes seis años, de 1982 a 1987, Martina Navratilova ganó un total de 14 Grand Slams de 20 posibles. Sumó 6/6 en Wimbledon, 4/6 en el Open USA y 2/6 y 2/6 en el Open de Australia y en Roland Garros. Se convirtió en la favorita del público tanto dentro como fuera de la pista. Tanto en Estados Unidos como en su Checoslovaquia natal, a donde volvió por vez primera en 1990 tras la caída del comunismo y el restablecimiento de la democracia. Lo hizo como heroína deportiva e icono lésbico.

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Christophe Fauviau

Leí no hace mucho un texto sobre la victoria. Decía que lo mejor de la victoria no es lograrla, sino exhibirla. Tras un triunfo uno se ve obligado a hacerlo público, a darle valor, como el primate que se golpea furibundo el pecho en señal de victoria. La monstruosidad del triunfo militar está en el desfile de la victoria. El éxito del jefe reside en la invitación a una buena cena a aquellos que tiene como subordinados. La conquista entre familiares y amigos es la exhibición pública de fotografías y videos que demuestren unas vacaciones de alto copete. Lo peor que hizo Christophe Fauviau no fue drogar a adolescentes con somníferos y ansiolíticos para lograr la victoria en unos partidos de tenis, sino invitar a sus allegados a que admirasen su impresionante colección de trofeos, sabedor de que todos ellos fueron fruto de una farsa.

Incluso lo peor de Christophe Fauviau no es lo que hizo a esos adolescentes envenenados; es lo que les hizo a sus propios hijos. Destrozarle sus vidas. Quebrar sus sueños. Y es que Christophe no era tenista. Eran sus dos hijos. Christophe Fauviau era un militar retirado que residía cerca de Mont-de-Marsan, capital de Las Landas, una región del sur de Francia a apenas hora y media de la frontera con España. En Mont-de-Marsan es donde Luis Ocaña jugueteaba con sus viñas hasta que su cabeza dijo basta y un disparo intencionado acabó con su vida. El caso es que Christophe quería convertir a sus retoños en gigantes del tenis y lo hizo con la misma determinación con la que pilotaba helicópteros de combate. Tenía el varón (Maxime) y la fémina (Valentine), contrató entrenadores personales y llevó a sus hijos a las mejores academias de la contorna.

Pero no funcionaba. Sus hijos eran buenos, pero no lo suficiente como para destacar en una piscina llena de tiburones como es el tenis profesional. Mucho más en el competitivo mercado francés. La más destacada era Valentine, pero apenas estaba entre las 20 mejores tenistas alevines del país, hecho reseñable, pero insuficiente para llegar a la grandeza. Christophe no se perdía ninguno de los partidos de sus hijos y desde las gradas daba raquetazos imaginarios víctima de su impotencia. Ésta aumentará exponencialmente cuando ambos retoños empiecen a competir en torneos fuera de Francia y se den cuenta de que su nivel no es suficiente para competir con las mejores raquetas de Europa.

Valentine

Es entonces cuando Fauviau decide tomar cartas en el asunto. Serán 27 las víctimas antes de que la tragedia haga explotar todo por los aires. Christophe decide echar somníferos y ansiolíticos en botellas de agua que sigilosamente coloca en el banco donde se van a sentar los rivales de sus hijos. Hablamos de tenis amateur, sin medidas de seguridad y donde, quien más y quien menos, se conoce. Nadie sospecha de Christophe y a nadie se le ocurre llevar sus propias botellas de agua.

La dedicación del papá se había convertido en algo siniestro. Su medicamento de cabecera es Lorazepam, indicado para alcohólicos en abstinencia, como es su caso, por lo que le es sencillo conseguir pastillas y pastillas. La farsa surtió efecto durante un par de años y el efecto fue inmediato para Maxime y Valentine. La chica llegó a colocarse como la mejor raqueta del país sub-15 y aspirar a la cima mundial para orgullo de Christophe, que veía un futuro esplendoroso para la pequeña de la saga. El chico, tres años mayor, no llega tan alto, pero se consolida como un buen tenista dentro del mercado francés.

Todo se torció una mañana de julio de 2003. El padre de un chico, abogado de profesión, había presentado una denuncia en los juzgados acusando a Christophe Fauviau de intento de envenenamiento al manipular la botella de su hijo en un torneo de tenis. El chaval en cuestión, alertado por su padre, no había bebido aquella agua misteriosa y, de hecho, venció a Maxime Fauviau, por lo que el caso parecía no tener mayor recorrido. Pero quiso el destino que un par de días más tarde un tal Alexandre Lagardere muriese en un accidente de tráfico al quedarse dormido al volante. Se podía pensar que había sido la inexperiencia de un novato, pero la autopsia reveló que Lagardere tenía un alto contenido de Lorazepam en sangre.

Y Lagardere acababa de jugar un partido de tenis contra Maxime Fauviau.

Dado que Valentine había subido en el ranking cada vez le era más difícil a su padre seguir con su treta. A más ranking, más público, más medios y más seguridad. Christophe decidió centrarse más en ayudar a Maxime, pero se topó con la otra cara del problema. Maxime ya no era un niño. Ya era mayor de edad. Su independencia frenaba el ímpetu de su padre de merodear la pista y también dificultaba mucho que Christophe se pudiese acercar a los rivales de su hijo. No es lo mismo echar droga en la botella de agua de un niño de 13 años que en la de un hombre de 19. No son los mismos arrestos.

El caso es que aquel abogado había conservado la botella sospechosa y la mandó a analizar. Como no podía ser de otro modo allí había una alta concentración de Lorazepam. Cuando se descubrió lo que había en la sangre de Lagardere todo encajó. La absorción del Lorazepam es rápida, de ahí que fuese usada por Fauviau, pero sus efectos pueden durar hasta 12 horas, con lo que el riesgo fuera de las pistas se mantenía. Era lo que le había pasado a Lagardere quien, tras el partido, no se encontraba bien y decidió echarse en el sofá de un amigo que vivía cerca de las pistas antes de coger el coche. Una hora después se puso al volante sin saber que el Lorazepam seguía haciéndole efecto hasta que se empotró con un muro y falleció en el acto.

La tragedia permitió a la policía francesa llegar a cabo una investigación que pronto reveló la verdad. Christophe Fauviau fue declarado culpable de al menos 27 envenenamientos (6 contra los oponentes de su hijo y 21 contra los de su hija) y fue condenado a veinte años de prisión. La noche que fue llevado a prisión terminaba de regresar de Egipto donde su hija Valentine acababa de caer en las semifinales del torneo de El Cairo.

El escándalo en Francia fue de aúpa. Nadie lo entendía y, entre aquellos que le buscaban un razonamiento (si es que lo hubiese), decían comprenderlo en caso de Valentine, pero no en caso de Maxime. En aquel torneo en el que Lagardere se dejó la vida el premio para el vencedor era de 200 euros. ¿Eso es lo que vale una vida? Titulaba un periódico en aquellos días.

Maxime Fauviau no volvió a jugar al tenis. A Valentine le animaron a seguir jugando con el apoyo de un psicólogo. Lo intentó, pero pronto decidió renunciar ante el escarnio del público. Ellos son dos víctimas. Dos mártires para mayor gloria del César. Su padre. Hoy, en Francia, no existen los ránquines nacionales de tenis hasta los 13 años. Hasta entonces se dan insignias de colores a los niños en función de su pericia a semejanza de los cinturones que tienen los judokas. Pero no existe ni el número 1, ni el 50 ni el 500. Todo para que los niños vuelvan a ser niños y los padres vuelvan a ser padres y no parásitos con dos patas.

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«No voy a hacer ninguna rueda de prensa durante Roland Garros. He pensado muchas veces que la gente no tiene consideración con nuestra salud mental. He visto muchos vídeos de deportistas viniéndose abajo en una sala de prensa tras perder un partido, algo que también me ha pasado a mí». Naomi Osaka, la por entonces número 2 del mundo en la clasificación de la Women’s Tennis Association (WTA), renunciaba a competir en el Grand Slam parisino aquejada de uno de los males de nuestro tiempo; la depresión. Ante la negativa de la organización a aceptar su renuncia a presentarse ante los medios y a los eventos programados por el torneo parisino, Osaka decidió retirarse tras la disputa de su partido de primera ronda.

Solitaria e introvertida, aquello fue el punto de inicio de una ansiedad social que ha paralizado la hasta entonces excepcional trayectoria de Osaka. Acto seguido no ha vuelto a alcanzar las rondas finales de un Grand Slam, hasta que en 2023 decidió paralizar en seco su carrera para ser madre. Antes de aquel abrupto portazo en Paris la tenista nipona, hija de haitiano y japonesa y residente en Estados Unidos desde los tres años de edad, se había convertido en la mejor tenista del planeta tras vitorear en Australia (2019 y 2021) y en Estados Unidos (2018 y 2020). Fue precisamente en Nueva York, en el US Open de 2018, cuando logró su primer gran triunfo, momento, sin saberlo, en el que la mente de Osaka inició su caída por un precipicio.

Su rival en aquella final del US Open de 2018 era Serena Williams. Era Serena el referente de Naomi. El suyo y el de tantas otras. Serena es el tótem del tenis. Es referente por su juego, por su tenacidad, por sus triunfos y también por el color de su piel y por sus declaraciones en defensa de las mujeres y de las minorías. Al igual que Serena, Osaka también es negra y mujer, pero hasta ahí estriban los parecidos. Todo lo agresiva que Osaka era dentro de la pista se transmutaba en timidez fuera de ella. Serena era, y es, persona totalmente opuesta. Igual de volcánica empuñando la raqueta que sacando la lengua a pacer.

En 2018 Serena perseguía a su sombra. Sumaba 23 Grand Slams y solo tendría que ganar uno más para igualar a la australiana Margaret Court, plusmarquista mundial. Icono de Nike y del empoderamiento de la mujer negra, su imagen estaba presente en cada una de las esquinas de la ciudad de Nueva York. La atmósfera era acogedora y se tornaba en expectante sabedores todos de que un hecho histórico estaba a punto de suceder. Estados Unidos ama a Serena. Nueva York ama a Serena.

Serena era consciente de que se estaba gestando su última oportunidad. Tras ganar en Australia en enero del año anterior los achaques de la edad estaban haciendo mella en su vigoroso cuerpo que ya contaba con 36 años. Tras casi un año en blanco había rozado la victoria en Wimbledon meses atrás y, ahora, en casa, en el Open USA, sabía que estaba ante la última oportunidad antes de que el paso del tiempo acabase con ella.

La oponente en aquella histórica final en las pistas de Flushing Meadows iba a ser Naomi Osaka. Alta, tímida, orgullo nipón y representante de una sociedad diversa en lo racial y en lo cultural, hacia acto de presencia en su primera final de un grande con 20 años. Enfrente su ídolo, una tenista físicamente pareja y con la que compartía desprecios de juventud por culpa de raza y físico.

Naomi Osaka defeats Serena Williams in dramatic final - Official Site of  the 2023 US Open Tennis Championships - A USTA Event
Naomi Osaka

Los murmullos de descontento se escucharon por primera vez cuando Serena Williams, quien había perdido el primer set por un contundente 2-6, fue imputada con una violación del código con 2-1 a favor en el segundo parcial. El árbitro, el portugués Carlos Ramos, había dictaminado que el entrenador de Serena estaba indicándole tácticas desde las gradas, lo cual no está permitido. Serena, frustrada ante un mal partido en el que se mostraba incapaz de entrar en ritmo y tremendamente errática con su servicio, incapaz de digerir como el triunfo se le escapaba entre las yemas de los dedos, saltó a la yugular del colegiado. “¡Yo no hago trampas para ganar, prefiero perder!”, vocifero con ansia mientras el respetable se sumía en un profundo silencio para luego aplaudir efusivamente a su ídolo.

Serena fue amonestada, dado que recibir instrucciones (coaching en el argot) de un técnico no está permitido en el tenis. Momentos después, visiblemente afectada, Williams perdió su saque y lanzó con furia la raqueta al suelo rompiéndola con un golpe seco. En ese instante, Ramos, apelando al reglamento, amonestó por segunda vez a Serena. Fuera de sí, Williams se acercó a Ramos y le volvió a espetar a grito pelado: “¡Me debes una disculpa, yo no hago trampas! El juez de silla aguantaba estoicamente, hasta que Serena volvió a la carga: “Atacas mi personalidad, eres un mentiroso, no volverás a subirte a otra silla. Di lo siento y no me hables porque también eres un ladrón, me has robado un punto”.

Todo esto sucedía mientras Osaka aguantaba impertérrita al otro lado de la red jugueteando con su raqueta y bajando la cabeza al suelo. Minutos después el partido se puso en marcha y la atmósfera cambió por completo. El público, ya por si volcado con Serena, la tomó con Naomi, quien que a partir de entonces comenzó a ejecutar errores con golpes fáciles. Durante el cuarto juego de ese segundo set perdió por vez primera en el partido su saque ante el estallido de júbilo neoyorquino.

Pero si Osaka estaba tocada, no lo estaba menos Williams. Serena también estaba realizando malos golpes y pronto perdió su saque, por lo que Osaka recuperó la ventaja. A partir de entonces la japonesa recuperó el mando (4-3) mientras que Serena seguía escupiendo sapos y culebras ante Ramos entre punto y punto. Tras una doble falta, Serena volvió a perder los estribos y llamaba mentiroso a Ramos mientras gritaba: “Yo soy madre y nunca he hecho trampas”. Fue entonces cuando Ramos levanto la mano, se acercó al micrófono y amonestó a Serena con un punto menos en el partido por abuso verbal del juego. Del 4-3 para Osaka, al 5-3 para la japonesa. Sin más dilación, con dedo índice hacia el infinito, Serena volvió a gritarle al juez de silla portugués: “Me hacen esto porque soy una mujer, entiendo las reglas, pero esto no es justo. Muchos hombres dicen cosas a los jueces y no pasa nada. ¿Me va a quitar el juego por ser una mujer?”.

Con 5-4 para Osaka y punto de partido para la japonesa, Serena explotó definitivamente y unas lágrimas asomaron por sus mejillas mientras volvía a llamar mentiroso a Ramos. Impasible, el juez de línea volvió a amonestar a Serena ante la incredulidad y los abucheos del respetable. Completamente ida, Serena exigió que se presentase el máximo responsable de la WTA mientras los abucheos del público se tornaban en amenazas veladas.

Al mismo tiempo Osaka esperaba. Se giraba de espaldas y con la cabeza agachada aguardaba acontecimientos.

No se sabe bien como, el partido se reanudó y Osaka puso el sello a su victoria final que le daba su primer título de Grand Slam por 6-2 y 6-4.

«Cuando abracé a Serena me sentí como una niña pequeña otra vez», dijo Osaka, tras recibir el abrazo de la más grande y recibir su trofeo como campeona.

Bonitas palabras para la posteridad. Nada más lejos de la realidad.

Los abucheos a Osaka no cesaron desde el fin del partido. La ceremonia de entrega de trofeos se realizó con vítores a Serena y sonora pitada a la japonesa. Fue entonces cuando Osaka explotó. Toda la tensión acumulada hizo su aparición y comenzó a llorar como una magdalena.

Desgarrada por el dolor y consciente de que su comportamiento había perjudicado a quien no tenía culpa, Serena decidió intervenir y salir en defensa de su oponente: “¡No más abucheos, por favor! ¡Felicitaciones para Naomi!”, exclamó desde el centro de la pista. Llorando, Osaka veía como los abucheos poco a poco se tornaban en aplausos.

US Open 2018 - Naomi Osaka was denied her magic moment - ESPN
Osaka y Williams

Ese fue el inicio del fin. Aquella frustrante victoria dejo tocada a Naomi de por vida y ella misma ha confesado que el inicio de sus problemas de salud mental comenzaron esa tarde en Nueva York. Serena nunca pudo ganar su vigesimotercer Grand Slam y, aun hoy, retirada, defiende que fue víctima de un juez de silla sexista.

Lo cierto es que multitud de tenistas y comentaristas defendieron a Serena. Si bien es cierto que Ramos cumplió a rajatabla con el reglamento y que el portugués está considerado uno de los árbitros más estrictos del circuito profesional, también lo es que los improperios y las salidas de tono en los partidos masculinos suelen pasarse más por alto que en el circuito femenino. No obstante, aun dando la razón a Williams, esos mismos expertos consideran que todo fue fruto de la frustración de Serena al ver que no tenía opción de derrotar a Naomi. Frustración, que, sin ella esperarlo, tuvo unos daños colaterales que aún no han sido solucionados.

“Ha hecho que gente que nunca había oído hablar del tenis entre en este deporte. Creo que soy un producto de lo que ella ha hecho”. Naomi Osaka sobre Serena Williams.

“Lo siento por Naomi. No todos somos iguales, yo soy gorda, otras personas son delgadas. Todos son diferentes y todos manejan las cosas de manera diferente. Solo tienes que dejar que lo maneje de la manera que quiera y de la mejor manera que ella piense. Ella puede. Eso es lo único que puedo decir. Soy su mayor fan”. Serena Williams sobre Naomi Osaka.

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La marcha de los campeones

Wimbledon 1980. John McEnroe vs Björn Borg. El supermocoso contra el hombre de hielo. El aspirante contra el gran campeón. El volátil contra el reflexivo. El mejor resto y contraataque contra el saque y volea perfecto. El partido fue épico, glorioso. Adjetivos usados con cierta profusión, con tanta profusión que pierden su propio valor. En este caso no. Expertos, jugadores y aficionados lo catalogaron como la mejor final del siglo XX. Hasta que Nadal y Federer contrastaron estilos en la hierba londinense allá por 2008 no se volvió a ver nada igual. Pero volvamos a 1980. McEnroe pierde por un set a dos ante Borg. Lo tiene perdido. No obstante, se levanta. Gana el cuarto set por 18-16 en el tiebreak. Lo tiene en su mano. Pero se le escurre entre los dedos y pierde el quinto y definitivo. (6-1; 5-7; 3-6; 18-16 (tiebreak), 6-8).

John McEnroe lo había dado todo. Y todo no era suficiente. En el quinto set Borg había cambiado el ritmo. Había dado una marcha más. Años después McEnroe denominó la diferencia entre la élite y el olimpo “la marcha de los campeones”. Y esa marcha era algo que John todavía no tenía.

https://www.youtube.com/watch?v=oRign2Pkhes

John se había hecho tenista por Borg. Era su ídolo. Su modelo a seguir. Lo cierto es que apenas se llevaban un puñado de años. Concretamente el sueco le sacaba un trienio al estadounidense. Ambos crecieron en los 70, década en la que el tenis dio el salto al profesionalismo y con ello al prestigio, la fama y el dinero. Es el tenis un deporte individualista y, por ende, profundamente estadounidense. Y John McEnroe quería ser uno de esos triunfadores.

Hijo de abogado con carrera militar, intensamente respetuoso y buen estudiante, el niño McEnroe pronto se convirtió en rebelde adolescente. Era una estrella del rock en potencia. Su padre se había graduado como abogado como número dos de su promoción y no se cansaba de repetir a su hijo que él no podía ser número dos en nada a lo que quisiese dedicarse. Su objetivo tenía que ser siempre el número uno. Cuando John se hizo profesional su padre pasó a llevarle sus asuntos empresariales. No lo hacía gratis y, de hecho, le cobraba a su hijo las horas extras. Con esos mimbres, disciplina y ética de trabajo por un lado y presión y falta de cariño por el otro, el cóctel resultante resultó fascinante.

En un mundo en expansión, arrogante y necesitado de estrellas, aparece un neoyorkino de 18 años que se planta en cuartos de final de Wimbledon con pocos músculos y gran variedad de golpes perfectamente sincronizados. Su carácter volcánico le lleva a insultar al árbitro, a romper raquetas y a acordarse de la madre de su rival o de cualquier elemento del público que osase mirarle mal.

Es 1977. En semifinales se enfrenta ante Jimmy Connors, compatriota y entonces mejor jugador del mundo. Perderá McEnroe. No es su momento. Pero la anécdota tendrá lugar antes del inicio. Los modales del niño disciplinado surgen cuando McEnroe se aproxime a la gigantesca figura de Connors. “Encantado de conocerle, señor Connors”, le dice. Obtendrá el silencio como respuesta.

A partir de entonces la guerra será el pan de cada día.

John McEnroe o gusta o no gusta. No hay término medio. Gana su primer grande en casa. Es 1979. Open USA. Lo celebra con una noche de rock, drogas y sexo por Nueva York. John encanta al público neoyorkino. Amortigua la pelota con ingenio y presiona constantemente a su rival para buscar su error. No para quieto e, incluso cuando está quieto, no para de hacer aspavientos con su raqueta.

No para ni dentro ni fuera de la pista. Maniático, pero con mil rutinas. Un bicho raro. Una vez llamó gordo a un tipo que comía gustosamente un perrito caliente durante un partido. Otra vez hizo un comentario sobre el sugerente escote de una mujer que, según afirmó, le impedía concentrarse en el partido. Todo ello podía tener su pizca de gracia en el desenfadado Nueva York, pero era absolutamente reprobable en la tradicional Londres. “Wimbledon es una anciana con una taza de té bebiendo”, diría en cierta ocasión.

John McEnroe - Wimbledon 1981 | Tennis legends, Tennis, John mcenroe
John McEnroe

Si. McEnroe era persona non grata en Wimbledon. Todo el mundo celebró su derrota ante Borg en 1980. Björn era el niño mimado. Elegante, educado, serio, respetuoso y guapo. Guapísimo. Su éxito con las chicas era más envidiado por McEnroe que sus triunfos con la raqueta. Sueco y monárquico. Lo tenía todo para ser adorado en Londres. Y lo curioso es que Borg había sido un niño travieso y movido. Mal estudiante. A base de golpes y castigos pasó a ser un adolescente reservado en la pista capaz de controlar sus propias emociones. Afrontó justo el proceso inverso que había vivido John. Borg era la antítesis de McEnroe.

Volvamos a Wimbledon 1980. Semifinales. McEnroe vs Connors. Éste último logra un punto de saque directo. McEnroe protesta y dice que la bola ha salido fuera. Hace el amago de irse de la pista. Pero no lo hace. Ha madurado. Gana los dos siguientes sets y se clasifica para la final. Y piensa que va a ganar. Pero no lo hace. Pierde en esos cinco famosos sets. En el partido del siglo. Y reflexiona. ¿Qué tiene Borg que no tiene él?

La marcha de los campeones.

John McEnroe decide buscar la grandeza. Ser el número uno. Entrena como nunca. Se centra. Deja las drogas y el alcohol. Deja la fiesta. Su padre le diseña un campus de entrenamiento pseudomilitar.

Meses después llega el Open USA 1980. John se coloca con ventaja de dos sets. Pero Borg empata. Vuelven los miedos. Pero todo cambia. McEnroe gana el quinto y con ello el título (7-6; 6-1; 6-7; 5-7; 6-4). Es la primera vez desde 1974 que Björn Borg pierde un partido a cinco sets.

La confirmación tiene lugar al año siguiente. Wimbledon 1981. Por el camino un famosísimo cabreo de tres pares de pelotas por una bola que según él había entrado (ver vídeo al final). Pierde el primer set ante Borg, pero luego tira de templanza para levantar varias bolas complicadas y hacerse rey de Londres (4-6; 7-6; 7-6; 6-4) McEnroe gana…y explota. Vuelve a ser él mismo. Arrogante, vulgar y totalmente falto de empatía. Es su esencia. Necesitaba ganar para mandar a todo el mundo a la mierda. Declina ir al baile de los campeones. Renuncia a los actos oficiales organizados en Wimbledon.

Las siguientes semanas vuelve a las andadas. La marihuana y la cocaína a la orden del día. Decide tomarse un descanso y marcharse una semana de gira musical con Bruce Springsteen. Con el tiempo dirá que, al igual que Maradona, podría haber ganado mucho más de no haberse drogado. No son los estupefacientes los que aumentaron su rendimiento. Al contrario. Cuestionará siempre a los que duden de él.

Sin saberlo el duelo estaba llegando a su fin. Open USA 1981. Gana John. Borg se va de la pista durante la entrega de trofeos. Como Federer ante Nadal, Borg está destrozado. Ha encontrado a su némesis. Y Borg revienta. Anuncia su retirada con 26 años de edad. Busca paz y alivio. También desenfreno tras tantos años reprimido. Se introducirá en un túnel oscuro con los sospechosos habituales (alcohol y drogas), pero en unos años volverá al redil y será feliz. Mucho más feliz que cuando jugaba al tenis.

“Me sentía vacío. Es más fácil llegar a la cima que mantenerse. Ganaba, pero no me importaba. Lo único que deseaba es que Borg anunciara su vuelta. Era lo único que me hacía feliz”; entonaría años después John McEnroe.

Sin Borg, McEnroe pierde el rumbo. Combina derrotas bochornosas con actuaciones portentosas. Es irregular. Muy irregular. Y su carácter se avinagra mucho más. Necesita ayuda psicológica. 1982 y 1983 son para olvidar. En 1984 resucita. Vuelve a dejar la noche durante unos meses. Un clic asoma en su cabeza. Es la marcha de los campeones. No compite en Australia porque no está preparado, pero se propone ganar los otros tres grandes en 1984. Su tenis es excelso. El mejor de su carrera. Es el número 1 del mundo tanto en individuales como en dobles. Arrasa en Wimbledon y en el US Open, pero pierde la final de Roland Garros. Cae ante Ivan Lendl, el nuevo chico malo del tenis. Gana los dos primeros sets y luego llega la debacle (6-3; 6-2; 4-6; 5-7; 5-7). Lendl es un bicho de tierra y McEnroe sabe que no volverá a tener otra oportunidad igual. Nunca ganará en Paris.

Falto de motivación, McEnroe se apaga. Acabará haciéndose amigo de Borg. Hablaran de la presión de las pistas y de sus complicadas infancias. McEnroe fue excepcional, pero solo llegó al olimpo en determinados momentos. La marcha de los campeones fue efímera en su trayectoria. Orgulloso como pocos, McEnroe no se retiró. Las siguientes ocho temporadas deambuló por el circuito convirtiéndose en una caricatura histriónica de sí mismo. Intentando recuperar una marcha que ya estaba perdida.

“Algún día lo entenderás”. Las cuatro palabras que Borg le dijo a McEnroe cuando éste último le pidió explicaciones por su abrupto retiro.

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El largo adiós de Roger Federer

Fue la Alemania de Otto von Bismarck la que a finales del siglo XIX desarrolló un sistema nacional de pensiones. Era opcional y semiprivado. Pero era algo. A España llegó en 1908, todo gestionado a través de los bancos y las cajas de ahorro. Pero será tras la II Guerra Mundial cuando las pensiones se vuelvan globales y universales. Ahí los pioneros fueron los británicos, creando un sistema que a través del impuesto sobre la renta costeaba la educación, la sanidad y las pensiones. En un contexto de expansión laboral y familias numerosas el sistema nacía con el éxito garantizado. Por vez primera en la historia una persona podía llegar a sus últimos años de vida con la tranquilidad de que no necesitaría trabajar para subsistir. La idea era que, si todo niño debía crecer bajo el paraguas de la felicidad, todo anciano debía dejar este mundo protegido por el mismo paraguas.

Viva alegría. Así define la Real Academia Española de la Lengua (la RAE) la palabra júbilo. De júbilo pasamos a estar jubiloso. Y uno está jubiloso cuando está jubilado. O debería. Pero no siempre es así. Hay gente que vive con más estrés cuando dejan de trabajar que cuando están trabajando.

Se dice que la clave consiste en la planificación. La hay de dos tipos. Primero la del día a día. Decidir cuáles serán tus ocupaciones cotidianas cuando llegue la senectud. Segundo los planes a largo plazo. Los proyectos que uno quiere acometer antes de que la guadaña haga su aparición. Los críticos argumentan que si planear es un error cuando se es joven mucho más lo es cuando el ocaso hace su aparición. Lo real es que planificar es indispensable para tener un proyecto de vida, pero siempre sabiendo que los planes raramente se cumplen. Sin planes no hay ilusión. Pero sin improvisación no hay felicidad. Planificar, replanificar y volver a planificar. Así funciona la vida. Si pensamos que tenemos que comprar en el supermercado para comer el próximo domingo, ¿Cómo no pensar en que hacer los siguientes 10 años de vida? ¿20 años? ¿30 años, quizás?

Los años de estudios y tus prácticas podrían contar para tu jubilación! -
La rueda de la vida

Cuando uno se jubila habitualmente tiene una luna de miel consigo mismo, pero pasadas las primeras semanas hay quien no es capaz de soportar los cambios sociales (y económicos) de la etapa final. El trabajo lo ocupa casi todo, cuando, en realidad, es un tiempo de la vida. Muchas personas son asociadas al trabajo que se desempeñan. Peor aún. Cuando esa persona ha triunfado en su trabajo, su vida es el trabajo. Son militantes de una empresa. Son incapaces de jubilarse porque su estado de felicidad no está en su tiempo libre. Su felicidad es trabajar e intentarán alargar ese momento hasta las últimas consecuencias.

Ese es el caso de Roger Federer.

Roger Federer no ha estado en Londres. Lo que antaño era su jardín ahora es meramente un recuerdo. En 2021 logró avanzar hasta cuartos de final de Wimbledon. Lo hizo favorecido por una organización que lo adora y que le seleccionó un cuadro amable no acorde con su ranking presente. No gana Wimbledon desde 2017. Hace ahora cinco años. Estaba a punto de cumplir 36. A la hora de escribir estas líneas camina hacia los 41. Su última victoria en un Grand Slam fue en Australia en enero de 2018. También tenía 36. En 2021 jugó ocho partidos. En 2022 aún no ha debutado.

Pero Roger Federer no se ha retirado. Se espera que regrese en octubre para disputar el Open de Basilea. Pocos cuentan con que ese sea su último torneo.

Federer se ha ganado a pulso cuando y como irse, pero al decidir alargar de forma interminable su carrera ha humanizado al mito. Lo que en otros podría ser virtud en Federer se torna en defecto. Si hay quien cincela su estatua a base de exuberancia física y superioridad moral, Federer lo hace a base de aptitud, eficacia, calidad y elegancia. El mito de Federer se basa en una bondad indestructible que lo convierte en faro y guía incluso para aquellos que nunca lo han visto jugar. Cuando otros bajan del pedestal carcomidos por el paso del tiempo ganan en moralidad. Para Federer bajarse del pedestal es emborronar una carrera pluscuamperfecta.

Durante un cuatrienio inolvidable (2004-2007) Roger Federer ganó 11 Grand Slams. Son los años en los que el suizo era más grande que el Sistema Solar. Durante la primera década del siglo sólo la relación amorosa de Nadal con Paris hacía que el dominio de Federer no fuese definitorio. Pero no era la retahíla de títulos sino la forma de ganar lo que hacían del suizo algo nunca antes visto.

De Rod Laver hay muy poco material audiovisual. Bjorn Börg es un ídolo intergeneracional, pero al igual que le sucede a Rafa Nadal su tenis sólo está al alcance de superhéroes con raqueta. Jimmy Connors, Ivan Lendl y sobre todo John McEnroe eran una delicia para la vista, pero eran infinitamente más insoportables que Novak Djokovic. Pete Sampras era elegante pero incompleto y frío y André Agassi acumulaba triunfos y fracasos a partes iguales.

Nadie ha tenido la magnificencia de Roger Federer. La capacidad de jugar grandes golpes durante cada punto de cada set. En sus años de gloria Federer dejó una cantidad tal de raquetazos geniales como cualquier otro campeón en toda su carrera y todo, y ahí está el quid de la cuestión, con una naturalidad pasmosa, ya fuese con un agresivo saque y volea o con un golpe desde fuera de la pista en su tan poca querida tierra batida.

La marcha de Federer es dolorosa para el tenis. Porque no solo se acaba un gran campeón. Lo que se acaba es la connotación de un tenis perfecto. Tiene la estética, el repertorio de recursos y ha establecido el listón de la excelencia para generaciones venideras.

Roger Federer da señales sobre su regreso al tenis tras lesión en rodilla
Federer

2011 fue la primera vez en nueve años que Federer no conseguía un Grand Slam. Al año siguiente volvió a ganar en Wimbledon. Era la séptima vez y hacía un total de 17 Grand Slams. Por entonces Rafael Nadal contaba con 11 y Novak Djokovic coleccionaba cinco. El lugar del suizo en el Olimpo de los dioses parecía asegurado.

Aquejado de problemas de espalda anuncia que en 2013 acudirá a torneos seleccionados y aligerará notablemente su calendario. No conseguirá ganar ningún grande. Y lo mismo sucedería en los siguientes tres años. Ni siquiera en su tan querido Wimbledon conseguirá alzarse con la victoria sucumbiendo ante la eficacia y la perseverancia de Novak Djokovic. En 2014 juega un increíble partido en el que acaba pereciendo ante el serbio en el quinto set tras más de cuatro horas de infatigable toma y daca. En 2015 vuelve a caer tanto en Londres como en el US Open estadounidense y ve como la vejez hace su aparición y anuncia un tiempo nuevo.

Se opera de una rotura de menisco de la rodilla. Es la primera vez. Sale del Top-10 de la ATP tras catorce años. Sigue con 17 grandes, pero Nadal cuenta con 14 y Djokovic tiene 12 y viene como un cohete. Cierra el año sin ningún título. Deja de competir en el mes de agosto. Tiene 35 tacos. La retirada planea por su cabeza.

No es así. Resurge. Gana en Australia batiendo en otra épica lucha a Nadal. Gana Wimbledon por octava vez y se convierte en plusmarquista del torneo. Es otro Federer. Más suelto, con un revés ultra definido y que minimiza esfuerzos. Es más lento, pero incluso más grácil. Al año siguiente vuelve a ganar en Australia. Es enero de 2018. Vuelve a ser el número 1 del mundo.

Es el canto del cisne.

Entonces Roger Federer llevaba 20 Grand Slams. Un Nadal ya renqueante con su pie maltrecho sumaba 16 y al cohete Djokovic se le había frenado en los 12 títulos. Se suponía que Nadal ganaría Roland Garros (cosa que hizo) y Federer debería sumar el número 21 en Wimbledon antes de colgar la raqueta y dejar la cosa finiquitada para ser el más grande de todos los tiempos. En cuartos de final se enfrenta al sudafricano Kevin Anderson al que gana 6-2 y 7-5 y llega a tener un punto de partido en el tercer set. Sorprendentemente acaba perdiendo el duelo por 6-2, 7-5, 5-7, 4-6 y 11-13. El resto de la temporada es un fracaso, pero vuelve a sacar su clase al año siguiente para matar a Nadal en semifinales y plantarse en la final de Wimbledon donde cae ante Djokovic en cinco horas y tras desperdiciar dos bolas de partido en la que, ahora sí, parece la última oportunidad.

https://www.youtube.com/watch?v=KU_Fuc6c0dM

Ahí sí que la suerte de Federer está echada. Cuenta con 20 grandes. Nadal, con cinco años menos, tiene 18 y Djokovic suma un total de 16 con seis años menos. A partir de ahí se acumulan los despropósitos. Lesión en la ingle, segunda intervención en la rodilla y pandemia del coronavirus. Camino de los 40 se anuncia una retirada día tras día.

Pero no se produce.

Vuelve. Juega un torneo y queda eliminado. Juega otro y se retira lesionado. Se vuelve a operar del cartílago tras perder en Wimbledon, donde compite con una visible cojera, con el semidesconocido Hubert Hurkacz que le endosa un rosco. Algo inimaginable. Algo humillante. Pero sigue sin anunciar su retirada. Y mientras Nadal y Djokovic siguen ganando.

Hace hoy justo 365 días de aquella derrota. Roger Federer lleva un año entero sin pegar un raquetazo. No está oficialmente retirado. Pero como si lo estuviera. En agosto de 2021 anunció que volvería a pasar por el quirófano para operar su maltrecha rodilla. Era su tercera operación en la misma articulación en 18 meses. Acababa de llegar a la cuarentena. Su idea era despedirse en Wimbledon 2022, pero no ha sido posible. Debería decir adiós dentro de unos meses en Basilea, en casa, en el torneo donde hace ya tres décadas empezó como recogepelotas.

Nadie es perfecto. Ni siquiera Federer. Incluso a pesar de lucir una resplandeciente chaqueta blanca con sus iniciales y un bolso dorado en el All England Club de Wimbledon. Pensar que podría volver a ganar un Grand Slam es una quimera. Pero allí sigue. Negándole la oportunidad a la jubilación. Soñando con volver a la juventud.

“No dividí mi vida en días, sino mis días en vidas, cada día, cada hora, toda una vida”. Juan Ramón Jiménez.

LOS LOOKS DE FEDERER EN WIMBLEDON
Mr. Perfecto

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Cuando Michael Chang lanzó globos para ganar Roland Garros

Ivan Lendl y Michael Chang se enfrentaron en alguna primera ronda en algún torneo del año 1988. Lendl, primera raqueta mundial, apabulló a aquel adolescente de 16 años en dos plácidos sets. Al acabar el choque ambos se saludaron en el centro de la pista hasta que Chang se dirigió a las gradas para saludar a sus padres, dos inmigrantes taiwaneses que habían emigrado a Estados Unidos para brindarle un futuro mejor a Michael y al resto de sus hermanos. Fue entonces cuando Lendl, tan dechado de virtudes en la pista como ordinario fuera de ella, se acercó a Chang y le dijo: “No tienes saque ni tienes un segundo servicio decente. Por mucho que corras no podrás sobrevivir en la pista sino desarrollas un arma más poderosa para vencerme”.

El extracto de esta conversación la daría Michael Chang muchos años después cuando, con esas mismas miseras armas, acumule una década entre los diez mejores jugadores del mundo y haya disputado tres finales de Grand Slam, además de haber ganado Roland Garros en 1989.

A finales de la década de 1980 una serie de jóvenes estadounidenses se habrían paso a zancadas entre los mejores tenistas del mundo. El más mediático era André Agassi. También hijo de inmigrantes, en su caso iranies, Agassi era una estrella del rock empuñando una raqueta. Sin llegar a los 18 ya estaba entre los cinco mejores del mundo y sabía lo que era llegar a semifinales de un Grand Slam. Era un producto consumista perfecto con su melena cardada, sus camisetas de colores, su nervio visceral y con una sonrisa igual de agresiva que cautivadora. Era un producto grunge camino de ser el mejor tenista del planeta.

Agassi era el sucesor moderno de McEnroe. O del clasicista Connors. Ninguno de ellos había conseguido ganar nunca Roland Garros. De hecho, desde que en 1955 Tony Trabert había ganado en París ya iban más de tres décadas sin triunfo norteamericano en las pistas de arcilla. El favorito era el checoeslovaco Lendl que tantas y tantas veces había frustrado los intentos de McEnroe de salir victorioso en la tierra batida. Tenían opciones Edberg o Becker, pero ambos eran hombres de pista dura. Si había alguien que tenía que ganar en 1989 Roland Garros tenía que ser el adolescente André Agassi.

A excepción de Lendl, todos cayeron antes de octavos de final. Agassi cayó ante Jim Courier, un pelirrojo mozo estadounidense que era el favorito de los puristas. Con el tiempo Courier acabaría ganando Roland Garros, pero entonces aquello fue una sorpresa. Por lo tanto, el camino quedaba expedito para que Ivan Lendl ganase por cuarta vez en su carrera Roland Garros.

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Lendl; tres veces campeón

Una de las pequeñas piedras que Lendl se iba a encontrar por el camino era un tal Michael Chang. Como Agassi, Michael Chang era un prometedor adolescente, pero a diferencia de éste era un chico apocado y desapercibido. Era un hijo de taiwaneses que cumplía a la perfección con todos los estereotipos que el mundo le tenía asignado. Era delgado, pequeño, con cara de no haber roto un plato, de ojos rasgados, grandes orificios nasales y pelo desordenado. Era una tachuela enfrentándose a un terremoto.

Con 15 años había ganado su primer partido en el US Open, el más joven en alcanzar dicho logro, y con 16 su primer trofeo ya decoraba el salón de casa de sus padres. Con 17 afrontaba Roland Garros como decimoquinta raqueta del planeta.

Había hecho tanto o más que Agassi, pero nadie lo tomaba en serio. Era carne de mobbing escolar. Pocos creían que fuese a tener recorrido en el circuito profesional. Lo cierto es que su día a día en el torneo fue un lento pesar. Pasaba ronda con sufrimiento. Pero pasaba. Uno de los derrotados fue Pete Sampras, otro adolescente estadounidense entonces ni entre los 100 mejores del mundo, pero que con el tiempo se convertirá en uno de los mejores tenistas en pista rápida de la historia.

En octavos de final a Chang le tocaba enfrentarse con Lendl. David contra Goliat. Uno un niño de colegio de curas. El otro un Apolo en pantalón corto. Con el tiempo quedó en la retina como la final de Roland Garros 1989. La realidad es que no era más que un partido de cuarta ronda. ¡Pero qué partido!

Durante los dos primeros sets Ivan Lendl cumplió con el pronóstico y pasó por encima del imberbe estadotaiwanense con más claridad de lo que dictaba el electrónico (6-4 y 6-4). En el tercer set llegó a romper el servicio de Chang en lo que parecía una victoria clara y rotunda. No fue así. Chang se recompuso y empezó a devolver siempre un golpe más que su rival. Desde el fondo de la pista mandaba la bola hacia uno y otro lado convirtiéndose en una pared infranqueable. La misma pared y el mismo juego de contraataque que lo convertirá en un muro de elite durante la siguiente década.

En un abrir y cerrar de ojos, Chang había conseguido remontar el tercer set y se ponía también por delante en el cuarto (3-5). El día anterior los tanques del ejército popular chino habían entrado en la plaza de Tiananmén causando un número indeterminado de muertos. Chang era como aquellos estudiantes que se colocaron delante de los blindados reclamando libertad. Era terco y obstinado y no tenía miedo a nada.

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Michael Chang

Lendl había perdido los nervios, situación completamente inusual en el checo. No había derrochado una manga en todo el torneo y de repente estaba a un tris de perder dos. Comenzó a discutir con el juez de silla por cualquier nimiedad y emprendió a juguetear con los pantalones, con la bola, con el pelo o con la toalla. Todo le estaba mal.

Lo cierto es que por mucho que Chang acabase con la paciencia de Lendl, claudicar y dimitir del partido era lo que tendría que suceder. Su físico de niño endeble estaba a punto de finar. Los calambres hacían su aparición y la boca era incapaz de cerrarse. Con ese 3-5 y saque para finiquitar el cuarto set, Chang se dio cuenta de que era un moribundo. Empezó a tirar globos a campo contrario. Lendl golpeaba con todas sus fuerzas y Chang se limitaba a enviar bolas altas para poder recuperar el aliento entre golpe y golpe. Eran globos muy largos, groseramente altos, que obligan a Lendl a marcharse fuera de la pista para poder restar y seguir con el juego.

A los silbidos le siguieron las risas del entendido público parisino, pero lo cierto es que el ejercicio de supervivencia de Chang tuvo éxito y ganó el set por 3-6. Con aquel tenis de urbanización con piscina estaba ganando al mejor especialista en tierra batida del último lustro. La táctica de enviar la bola a la Luna surtió efecto en el quinto y definitivo set y Chang rompió el saque de Lendl para adelantarse por dos juegos de diferencia. Entonces los calambres volvieron a hacer su aparición y Lendl sacó a relucir su físico de granito para poner el 2-2 en el electrónico.

Según confesó Chang al acabar el torneo, en ese momento, después del 2-2 y con unos calambres insoportables, Chang se acercó al juez de silla con la intención de abandonar el partido. A escasos metros de la llegada decidió darse la vuelta y continuar con el choque. “Tengo 17 años, si la primera vez que me encuentro en una situación así, me retiro, ¿qué haré la cuarta o la quinta? Retirarme también”, comentaría a la prensa.

Luchando contra los elementos Michael Chang consiguió volver a romper el saque de Lendl y con ese nuevo break se ponía 4-3 a favor y con servicio para poner un 5-3 que se antojaba definitorio.

Con 15-30 para Lendl, y viendo que iba a perder su servicio, Michael Chang iba a idear un truco digno de niño de preescolar. Si lo de lanzar globos era tenis de urbanización con piscina lo que ahora pretendía realizar era tenis infantil de palas y bañador. Chang flexiona las rodillas, estira el brazo, inicia la rutina de saque…y saca de abajo a arriba.

Saca de cuchara.

Ojiplático, Lendl se ve obligado a correr hacia la red lo que acaba siendo una dejada. Como es un superclase lo consigue, pero Chang tiene todo de su mano para lanzar una derecha que firma el 30-30. El público ríe y aplaude a partes iguales, mientras Lendl revienta los labios a base de dentelladas de impotencia.

Chang logra el 5-3 de ventaja y se enfrenta al servicio de Lendl. Aún le quedaba otro truco en la recámara al hijo de taiwaneses. Lendl falla el primer servicio y Chang se coloca para el segundo al borde de la red. Un suicidio. Algo propio del tenis de dobles o del pádel, jamás de un partido a campo abierto entre dos tenistas. Otra vez el griterío hace su aparición entre incrédulo y jocoso, y otra vez Lendl pierde los nervios. El checo saca y la doble falta se consuma.

Michael Chang acabó ganando el partido en cinco sets (4-6, 4-6, 6-3, 6-3 y 6-3) para luego vencer en cuartos y en semifinales siempre remontando un set en contra. En la final le tocaba el sueco Stefan Edberg, el cual se puso dos sets a uno a favor. Chang no tiró de trucos en este caso, pero llegó a salvar hasta once bolas de break e incluso volvió a remontar un 0-2 en contra en el último set para al final salir victorioso por 6-2.

Con 17 años y tres meses Michael Chang se proclamaba campeón de Roland Garros. El día anterior otra adolescente de 17 años y, en este caso cinco meses, llamada Arantxa Sánchez Vicario se proclamaba vencedora en el torneo femenino.

Ivan Lendl ganó su último Grand Slam en Australia a inicios del año siguiente antes de dejar las pistas en 1994 como uno de los más grandes. Michael Chang no volvió a disputar una final de Roland Garros hasta 1995 donde perdió con claridad ante el austriaco Thomas Muster tras vencer en semifinales al español Sergi Bruguera. Con el tiempo Chang y Lendl han compartido tardes de pesca, aunque al parecer jamás han vuelto a hablar de aquel partido ni de aquellos globos propios de tenis de urbanización con piscina.

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“Como haga lo mismo en Wimbledon y gane, prometo quitarme los calzoncillos en plena pista central”, John McEnroe sobre la victoria de Chang ante Lendl en los octavos de final de Roland Garros 1989.

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