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Mardy Fish; el segundo que nunca quiso ser primero

Durante décadas la supremacía del tenis fue capitaneada por Estados Unidos. De cuando en cuando surgían fueras de serie desde Australia hasta Suecia, pero siempre había, al menos, un estadounidense en la cima del tenis mundial. En los 70 Jimmy Connors era el abanderado, para los 80 fue el turno de John McEnroe, Jim Courier cabalgó entre los 80 y los 90, Pete Sampras dominó los 90 y André Agassi dio su último coletazo ganando el Open de Australia de 2003.

Ese mismo año, un chico de Nebraska de apenas 21 años de edad conseguiría ser proclamado número 1 del mundo tras lograr la victoria en el Open de Estados Unidos. Se llamaba Andy Roddick, y aquel tendría que ser el primero de muchos Grand Slam. Debía ser el próximo abanderado del dominio estadounidense en el mundo del tenis masculino.

No fue así.

Andy Roddick era el elegido. Había sido modelado en Boca Ratón, un lugar paradisíaco a orillas del Caribe donde los mandamases del tenis norteamericano preparan a los niños con potencial para alcanzar el estrellato. En Boca Ratón centenas de candidatos reciben una educación espartana donde se les enseña a no quejarse por el dolor y a no mostrar debilidad tras una derrota. De cuando en cuando leyendas como McEnroe y Courier aparecían por las instalaciones y advertían a los aspirantes de que, sin sufrimiento, jamás alcanzarían la excelencia.

De toda aquella generación de preadolescentes modelada a mediados de los 90, cuando Sampras y Agassi brillaban en los torneos internacionales, destacaba sobremanera Andy Roddick. Con 1’88 de altura y un saque descomunal que superaba de largo los 200 km/h, Roddick será perfecto para el juego de saque y volea común de las pistas rápidas. Roddick era catalogado por todos como un número 1 mundial y como el futuro ganador de varios Grand Slam.

El sparring de Roddick era un chico totalmente opuesto a él. No tenía excesivo talento, tenía pies planos y, aunque disfrutaba del tenis, tenía una perspectiva amplia de la vida. Un verano, cuando eran quinceañeros, Roddick le invitó a pasar las vacaciones con su familia mientras acumulaban partido tras partido entre chapuzón y chapuzón. Se hicieron compañeros de entrenamiento al tiempo que afianzaban su amistad. Para Roddick era el amigo ideal. Nunca le hacía sombra y le permitía maximizar al máximo su preparación.

Aquel chico respondía al nombre de Mardy Fish.

Fish no era un don nadie. Era la segunda mejor raqueta juvenil de Estados Unidos. Su proyección estimada es que podría estar entre los diez mejores del mundo en sus años de esplendor y que sería capaz de llegar a las rondas finales de los Grand Slam. No era poca cosa. Pero nada especial para un tenis acostumbrado a la excelencia como es el estadounidense.

Los pronósticos se cumplieron, aunque solo en parte. Tras ganar el US Open de 2003 Roddick se instaló en la élite del tenis mundial, pero tras aquella victoria sumo derrotas y más derrotas ante un talento imperecedero como es Roger Federer. Después del suizo surgirá Rafa Nadal y tras éste Novak Djokovic. Las críticas se ceban contra Roddick. Lo cierto es que no es culpable. Es un gran tenista, pero está compitiendo ante dioses.

También en parte los pronósticos acertaron al hablar del futuro de Mardy Fish. Claramente era la segunda raqueta estadounidense, pero ni de lejos estaba entre los mejores del mundo. Entre torneo y torneo Fish sumaba fiesta tras fiesta, pizza tras pizza y gin-tonic tras gin-tonic. Disfrutaba de la vida, competía sin tensión y gozaba de ser tenista profesional sin tener detrás la presión de ser la esperanza de una nación.

Hasta que llega el año 2009. Aquel verano Roger Federer supera en la final de Wimbledon a Andy Roddick en el quinto set por 16-14 tras un maratoniano partido. Era la enésima derrota. La cuarta en una final de Grand Slam. Y la más cruel de todas. Roddick es incapaz de superarlo. Entra en una espiral de malos resultados que acabarán originando continuos problemas físicos y mentales. Mientras todo esto sucede Roddick y Fish se enfrentan en Cincinnati. Es la décima vez que ocurre desde que ambos son profesionales y es la primera vez que Fish logra alzarse con la victoria.

No había ocurrido antes. Mardy Fish es la primera raqueta estadounidense. Nunca antes a lo largo de su carrera había tenido la responsabilidad de defender el prestigio de su país.

Mardy decide intentarlo. Deja la noche, entrena como nunca y se prepara para ser el mejor. No es un niño. Se acerca a la treintena. Pero se va a dejar la piel en ello. Comienza 2010 como un tiro y gana fácilmente en Newport y Atlanta. De repente Mardy Fish es el número 7 del mundo y sólo Djokovic y Federer son capaces de vencerlo en las rondas finales de un Grand Slam.

La inercia positiva continúa en 2011 cuando Novak Djokovic tenga que sudar sangre para derrotarlo en la final del Masters Series de Montreal, pero, y aunque él no se da cuenta, la presión está haciendo mella en su interior. Mardy está siendo agresivo, tenaz, egoísta y ambicioso. Está siendo alguien que no es.

Todo estallará en 2012. La temporada se inicia con el anuncio de Roddick de retirarse tras la disputa del US Open durante el mes de agosto. Apenas tiene 29 años, pero para Roddick ha sido suficiente. No ha logrado dominar el tenis mundial, pero su carrera ha sido francamente buena. Cuando Juan Martín del Potro lo elimine en octavos final del torneo neoyorkino las lágrimas acompañarán su rostro y una retahíla de aplausos inundarán Flushing Meadows.

Ese 2012 es tremendo para Fish. El anuncio de la retirada de Roddick y sus dos buenas temporadas anteriores convierten a Mardy Fish en la única esperanza norteamericana. Es un veterano, pero detrás de él hay un erial. Estados Unidos es incapaz de generar una nueva estrella, en un tiempo donde el tenis europeo presenta una supremacía cruel. Fish acusa la presión y encadena derrota tras derrota a inicios de 2012. El pánico es tal que en Miami tiene que ser tratado en mitad del torneo por culpa de una taquicardia. Los médicos le dicen que ha sido una arritmia sin mucha importancia. Chapa y pintura. Pero desde entonces nada será igual.

Apenas horas después de la derrota y retirada de Roddick ante Del Potro, Mardy Fish debe enfrentarse a Roger Federer en otro partido de los octavos de final del US Open 2012. Fish apenas es entonces el número 24 del mundo tras un horrendo año. Federer acaba de recuperar la primera posición mundial tras ganar por séptima vez Wimbledon. Ambos tienen la misma edad, pero ambos comparten una realidad muy diferente.

Por alguna extraña razón los medios norteamericanos tienen esperanza en la victoria de Fish. Lo cierto es que ha estado jugando muy bien, mientras que Federer se ha mostrado más bien discreto, pero todo parece obedecer a una estrategia de mercadotecnia ante la única esperanza que tienen los estadounidenses de ver triunfar a uno de los suyos en casa. El partido se disputará en la pista central y será retransmitido en horario de máxima audiencia.

Mardy está a punto de jugar contra el mejor de todos los tiempos y tiene la posibilidad de conseguir el mejor resultado de su vida en su torneo favorito. Lo hará en su pista, en su casa, bajo el escrutinio de la CBS y el día del cumpleaños de su padre. Lo hará con su mujer en las gradas y con el apoyo de un público que lo adora.

Con sus raquetas al hombro y su siempre pulcra vestimenta, Federer aparece en la pista de juego preparado para el duelo.

Mardy Fish no.

No está. No aparece. No es un retraso.

Sencillamente no va a jugar.

Rumores y rumores. Especulaciones varias. Nada en concreto. Fish no ha aparecido y Federer es ganador de la eliminatoria por incomparecencia.

Nadie entiende nada.

La presión por ser el mejor acumulada durante los últimos 24 meses explotó aquella noche en Nueva York. Fish se estaba volviendo loco. Su éxito era destructivo. Sabía que le estaba yendo mejor, pero sabía que no era lo suficientemente bueno. Hubo que esperar a la mañana siguiente para encontrar luz en las sombras. Mardy Fish se ha colapsado. Los nervios le habían vencido. La ansiedad se había apoderado de su ser. Su cabeza dijo basta.

No jugó ante Federer. No lo haría nunca más. Tiempo después anunciaría públicamente una retirada del tenis profesional que hacía meses que era efectiva.

“Tenía problemas para conciliar el sueño. No podía dormir solo. Tuve que llevar a mi esposa conmigo, a todos lados, siempre. Tenía que tener a alguien en el cuarto siempre. Era un tipo que amaba estar solo, viajar solo, esa soledad. Me traía paz apagar el móvil y pasar un largo vuelo. Pero ya no podía viajar solo. Mis padres tuvieron que venir a Wimbledon. Necesitaba personas conmigo todo el tiempo. Punto. Pero seguía teniendo estos pensamientos, esta ansiedad. Y estaba consumido por ese agotador y confuso temor. Entonces, los ataques comenzaron a ser peores”, declaró.

Fish tuvo que recurrir a ayuda psicológica para salir de aquel pozo negro. Contó con la ayuda de Roddick, con el que continuamente hablaba de todo menos de tenis. La herida fue cicatrizando y en 2015, tres años más tarde, Mardy Fish y Andy Roddick se animarán a participar en un torneo de dobles. Era la primera vez en dos décadas que los siempre rivales, las dos primeras raquetas americanas, competían juntos en una cancha de tenis. Fish incluso logro una invitación para participar en el US Open por última vez y despedirse, esta vez sí, dentro de la cancha de tenis.

Hoy Mardy Fish es el orgulloso capitán estadounidense de la Copa Davis. Intenta devolver parte de su grandeza a un país que durante décadas dominó el tenis mundial. En el momento de escribir estas líneas la mejor raqueta estadounidense es John Isner, que ocupa la vigesimotercera posición del ranking mundial. Isner, de 36 años, compartió andanzas con Roddick y Fish.

No se vislumbra a ningún estadounidense que vaya a ser el mejor del mundo en la próxima década.

Quizás Fish era mejor jugador de lo que la gente pensaba.

Olympic Medalist Mardy Fish Seemingly Had It All — Until Anxiety Hit
Mardy Fish

“Preferiría ser el primero en este pueblo, que el segundo en Roma”. Dijo Julio César a sus legiones cuando estas se burlaban de las costumbres de una aldea gala.

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Vilas; un rey sin corona

22.545 resultados de partidos de tenis en 542 torneos distintos que equivalen a más de 300.000 filas de Excel en 50 columnas diferentes. Esa es la cruzada a la que durante años se enfrascó el periodista Eduardo Puppo para restablecer la memoria de Guillermo Vilas. Su batalla y empecinamiento personal duró más de una década, recopilando archivos personales, documentación de la ATP y entrevistando y aliándose con matemáticos para obtener respuesta a la gran duda.

¿Por qué Guillermo Vilas no fue nunca número 1 del mundo?

Melena al viento, revés descomunal y una resistencia asombrosa que lo hacían casi infalible en el quinto set, Guillermo Vilas fue el único cacique capaz de competir en tierra batida con Björn Borg y uno de los pocos habilitados para coquetear con la sombra de Rafa Nadal en el polvo de arcillas. Vilas forma parte de esa estirpe de niños que son obligados por su padre a practicar un deporte. Mas lo curioso en su caso es que su progenitor no le prometió ni fama, ni dinero ni gloria. Papá Vilas le dijo que si prosperaba como tenista podría aprender inglés y viajar gratis a cualquier ciudad de Europa.

Cuando en 1970 Guillermo Vilas comenzaba a dar sus primeros pasos en el circuito, el tenis estaba herido de muerte. Había una división pestosa entre profesionales y amateurs, y los tenistas se debatían entre ganar dinero y no poder acudir a los grandes torneos o acumular telarañas en los bolsillos y llenar su palmarés de gloria eterna. Para 1972 se produjo el gran cambio con la creación de la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP) que admitía el profesionalismo en torneos de realengo como Wimbledon o Roland Garros.

Al año siguiente la recién creada ATP decidió instaurar un ranking que determinaría a los mejores tenistas del mundo y que establecería los cuadros eliminatorios de los distintos torneos. Acabada la dicotomía entre profesionales y amateurs el objetivo era crear un “método histórico objetivo basado en méritos para determinar la aceptación y siembra en todos los torneos para individuales y dobles”.

La idea era buena, pero en exceso ambiciosa. ¿Cómo contabilizar el sistema de puntos? En 1973 los métodos informáticos estaban en pañales. La ATP tardaba varios días en actualizar los datos y en más de una ocasión tenían que rectificar. Al inicio de un torneo aún no se habían trasladado al ranking los puntos del torneo anterior. Se tomaban notas provisionales a la espera de ser revisadas.

No sólo eso. Una victoria en Roland Garros valía lo mismo que una victoria en El Espinar.

Actualmente se otorgan determinados puntos en función de la categoría del torneo. Los Grand Slam (Australia, Roland Garros, Wimbledon y US Open) reparten desde 2.000 puntos por ganar a 25 por participar. Los Masters 1000 (9 en total) reparten entre 1.000 y 12, los ATP 500 (14 en total) entre 500 y 10 y los ATP 250 (38 en total) entre 250 y 5. El sistema es sencillo de aplicar y rápido de ejecutar y actualizar. Así lo es, y así lo parece. Pero no era así en 1973.

Entonces el ranking ATP no distinguía de torneos, únicamente distinguía victorias. Se contaba el promedio de puntos obtenido en función de los partidos disputados. Pongamos como ejemplo un caso extremo. Un tenista podría obtener la victoria en 5 torneos y obtener un promedio perfecto, mientras que otro que jugando 30 torneos hubiese ganado 25, tendría un promedio inferior. Esta circunstancia era posible porque, ante la incapacidad de la ATP para contar todas las semanas, los rankings no se actualizaban. De hecho, de las 280 semanas disponibles en el lustro 1973-1978, tan sólo en 128 se publicó el ranking ATP.

Ese es el gran lustro de Vilas. En 1975 pierde la final de Roland Garros ante Borg pero antes y después de la final parisina vence en hasta cinco torneos en tierra batida. Sin embargo, ni Vilas ni Borg están en lo más alto del ranking de la ATP. El agraciado es el norteamericano Jimmy Connors, que será número 1 del mundo desde principio a fin de año. Eso es lo que llama la atención de Puppo que no comprende como Connors puede estar 365 días seguidos en lo alto de la clasificación de la ATP sin haber ganado ningún torneo de Grand Slam.

Eduardo Puppo, el biógrafo de Vilas: "A Guillermo le corresponde el N° 1" |  Perfil
Vilas (i) y Puppo (d)

El problema radica en que oficialmente Connors sólo estuvo en lo alto de la clasificación durante 13 semanas. Las 39 restantes fueron adjudicadas al tenista norteamericano ‘ad hoc’. Connors había pasado de ganar tres Grand Slam el año anterior a perder tres finales y eso tendría que haberse notado en el ranking, porque aunque Vilas tampoco lograr ganar ningún Grand Slam, sí que había triunfado en múltiples torneos menores. Su ascenso respecto al año anterior era meteórico.

Revisando los datos y actualizando el ranking semana tras semana se constata que Vilas tenía que haber sido número 1 mundial durante cinco semanas entre el mes de septiembre y octubre de 1975 y también un par de ellas a inicios de 1976.

Pero lo que Puppo descubrió y presentó al mundo hace unos años se torna en un secreto a voces cuando el año a analizar es 1977. No hizo falta ninguna revisión matemática ni ningún loco periodista para que la comunidad tenística no alzara la voz sobre la injusticia cometida con Guillermo Vilas en 1977.

En plenitud física y mental, con 25 años cumplidos, en 1977 Guillermo Vilas alcanzó la victoria en Roland Garros y el US Open alargando su excelente estado de forma saliendo victorioso en enero del año siguiente en el Open de Australia. En el 77 Vilas ganó un total de 16 torneos y sumó 46 victorias seguidas en todas las superficies (récord aun no superado) y 53 victorias consecutivas en tierra batida, hazaña que pareció inalterable hasta la aparición de Nadal.

Ganó Roland Garros perdiendo tan sólo un set en todo el torneo y destrozó a Jimmy Connors (2-6, 6-3, 7-6 y 6-0) en la final del US Open. Y sin embargo no fue número 1. Aquello sí que resultaba inconcebible. Connors fue otra vez líder todo el año exceptuando una semana de agosto en la que en lo más alto de la lista estaba el sueco Björn Börg. En 1977 Connors no ganó ningún Grand Slam. Lo más sangrante es que ni siquiera participó ni en Australia ni en Paris. Borg también se ausentó de los dos primeros grandes de año, aunque logró el triunfo en Wimbledon.

No había que ser matemático para saber que Vilas tendría que ser número 1. En una edición especial la revista ‘World Tennis’, la más influyente del mundo de la raqueta, sacaba una portada con Vilas en la que explicaba que el argentino era el verdadero número 1. Ese año Vilas había ganado 14 torneos de la ATP (2 Grand Slam), Connors 9 (ningún Grand Slam) y Borg 7 (1 Grand Slam)

Según la ATP su sistema de clasificación de tenistas es totalmente fiable. Argumentan que los posibles fallos del sistema en los años 70 son indetectables y que es imposible obtener los datos de todos los partidos jugados de aquella época. Tras aportar un extenso ensayo con más de 1.000 folios con el apoyo de un reputado matemático, Puppo obtuvo para Vilas el reconocimiento de tenistas, medios y público… así como el silencio por parte de la ATP que sigue sin reconocer la evidencia.

Jimmy Connors seguiría siendo número 1 en diferentes semanas desde ese 1977 hasta 1983, compartiendo el trono o bien con su compatriota John McEnroe o bien con Borg. Vilas volvió a ganar el Open de Australia en 1979 y consiguió alcanzar otra final de Roland Garros en 1982, pero jamás volvió a mostrar aquel excelente nivel de 1977, cuando fue el mejor tenista del planeta.

Aunque fuese de manera oficiosa.

https://www.youtube.com/watch?v=x-EqoIZ1MrE

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Cuando un loco apuñaló a Mónica Seles

Con una demostración de poderío absoluto y desplegando su característico juego de zurda a dos manos desde ambos fondos de la pista, Mónica Seles destrozaba por agotamiento a Steffi Graf (4-6, 6-3 y 6-2) consiguiendo el que era su tercer Open de Australia y su noveno Grand Slam. Era 1993. Acababa de cumplir los 19 años y tenía el mundo a sus pies.

Nacida en Novi Sad, antes Yugoslavia y hoy Serbia, a los 14 años ya pegaba raquetazos en el circuito profesional y con 16 ya salía triunfante en Roland Garros. En aquella final venció a la entonces nº1 del ranking, Steffi Graf, anunciando el cambio de dinastía que estaba por llegar. Por si quedaran dudas, en ese mismo año logró también el Masters de la WTA derrotando en la final a otra de las grandes tenistas del momento, la argentina Gabriela Sabatini.

Hasta entonces Steffi Graf dominaba el circuito tenístico de la misma forma que Atila subyugó a Roma. Graf arrasaba con un tenis en el que dibujaba la perfección en las líneas y una gracilidad impropia de semejante fiereza. Pero entonces llegó ella. Mónica Seles era un soplo de aire fresco con sus golpes a dos manos, siempre al ataque y desconcertando a los rivales con gritos y gestos continuos. El actor Peter Ustinov, un amante del tenis, declaró con agudeza que compadecía a los vecinos de Seles en su noche de bodas.

Mientras Graf se había formado en una escuela de tenis siendo niña, Seles era producto de un padre fanático que le obligaba a golpear pelotas contra la pared del aparcamiento que había delante de su casa. Su talento era tal, que hubo que llevarla a los 13 años a Estados Unidos para pulir un juego selvático en el que huía continuamente de la red asustando los ojos de los puristas.

Así, si en 1988 y 1989 Steffi Graf ganó 7 de 8 grandes (sólo Arantxa Sánchez Vicario la derrotó en Roland Garros 89) para 1991 y 1992 Mónica Seles emulaba el logro dejando únicamente las migajas para Wimbledon 92 a favor de la alemana. 1993 comenzaba con otro triunfo de la serbia y todo indicaba que mientras Seles seguía ascendiendo Graf ya se había estancado.

Hasta que todo cambió.

Mónica Seles estaba disputando un partido de cuartos de final en Hamburgo. Un torneo previo y preparatorio para Roland Garros. En un descanso entre juego y juego, Seles se sentó en una silla y sorbió un poco de agua. Segundos después, ante los gritos de los espectadores y la incredulidad de los televidentes, se levantó, se llevó la mano a la espalda y cayó al suelo. Mónica Seles gritaba aturdida mientras un cuchillo de cocina de 23 centímetros de longitud le succionaba la espalda. Ante el desconcierto y el horror de los 7.000 espectadores presentes, la tenista se levantó, se llevó la mano al hombro, dio varios pasos y se desplomó en la arcilla.

https://www.youtube.com/watch?v=Xt7vbkXkjpQ

Con Yugoslavia desmembrándose en una guerra de identidades (Seles era serbia de ascendencia húngara) se habló de atentado. Pero no. El asunto era más mundano. El tarado fue detenido al instante. Se trataba de un alemán que obedecía al nombre de Günter Parche. “Quería ver a Steffi Graf ganar otra vez”, declaró en el juicio. Quedó en libertad condicional y tuvo que someterse a tratamiento psiquiátrico. Al parecer cada vez que Seles derrotaba a Graf sufría instintos suicidas y amenazaba con quitarse la vida.

Por suerte el impacto del cuchillo fue menor del esperado y la herida cicatrizó con facilidad al no superar los dos centímetros de profundidad. Si la hondura hubiese llegado a los siete centímetros, Seles hubiese quedado paralítica. No había órganos ni tendones dañados. A la suerte también le ayudó que cuando Parche intentó clavarle el cuchillo por segunda vez, dos agentes de seguridad lo aplacaron a tiempo.

Era un milagro. Iba a estar un mes de baja. No podría competir en Roland Garros pero estaría lista para asaltar Wimbledon.

Fueron 28 los meses de ausencia. Cerca de dos años y medio sin competir.

Mientras Graf llenaba de felicidad a Parche ganando 6 torneos de Gran Slam de 8 posibles durante esos 28 meses, Mónica Seles se introducía en una espiral de miedo y terror de la que nunca llegó a salir completamente. Sus ingresos cayeron, su novio la abandonó y sus patrocinadores escaparon. Aquella chica alegre y decidida se convirtió en un ser huraño que detestaba ser vista en público. Sufría continuas pesadillas, ataques de ansiedad y comenzó a coleccionar pastillas de todo tipo para la depresión.

La WTA propuso mantenerla como número 1 adyacente hasta que regresase, pero todas las tenistas votaron en contra con la excepción de Gabriela Sabatini, que se abstuvo. De algún modo, tal falta de cariño le hizo recuperar la entereza y volver a las pistas para disputar el Open de Montreal de 1995. Su victoria fue espectacular, al ganar el trofeo sin ceder un solo set. Dos semanas más tarde disputaba la final del US Open ante Steffi Graf y, aunque acabó cediendo tras tres sets, la ovación del público a Seles (por entonces nacionalizada estadounidense tras el fin de la guerra de Yugoslavia) superó, y por mucho, a la recibida por Graf.

Parecía que Mónica Seles había vuelto.

La vida aun le tenía guardada otra sorpresa.

Su sonrisa volvió al cajón cuando su padre le contó que sufría de un cáncer de estómago terminal que no respondía al tratamiento. Para aquella muchacha de apenas 21 años fue la gota que colmó el vaso. A la ansiedad, a la depresión y al continuo cambio de su cuerpo por culpa de la adolescencia, hubo que sumar tan devastadora noticia. Se refugió en la comida y ganó cerca de 20 kilos de peso. Se despertaba de madrugada y asaltaba la nevera.

De pequeña le habían enseñado a no dejar nada en el plato. Y en Miami los platos eran mucho más abundantes que en Novi Sad. Engullía patatas fritas a cualquier momento. La prensa no ayudaba y los tabloides le llamaban gorda de cuando en cuando. Lo de la depresión en los deportistas de élite seguía siendo tema tabú. Años más tarde, cuando Seles se abrió al mundo, llegó a confesar que era capaz de decir al menos un restaurante italiano de cualquiera ciudad del orbe. Por entonces su única alegría era escoger un lugar al azar e ir a engullir comida en busca de la felicidad.

Y a pesar de todo volvió. “Cuanto más sufría Seles la conexión de los fans del tenis con ella crecía. Comparada con todos los atletas millonarios que parecen vivir en otro planeta, Seles resultaba gloriosamente mortal. Ella también estaba de luto por su padre, ella también luchaba contra sus problemas de sobrepeso, ella también lo pasaba mal en su trabajo. Ella era uno de nosotros”; escribiría el periodista Jon Werthein. La gente se volcó con Mónica como nunca antes lo había hecho. Las tenistas que le habían dado la espalda clamaron por su vuelta. Y no se sabe bien como, Mónica se levantó y a volvió a competir.

Meses más tarde reapareció en Australia. Había bajado unos cuantos kilos su peso, pero no era la misma. Tenía más cuerpo, era más lenta y poseía menos resistencia. No trasmitía energía y su movilidad era menor. Pero su clase había revivido. Su zurda a dos manos doblegó a la alemana Anke Huber para lograr su noveno Grand Slam y su cuarto título en Australia.

Fue su canto del cisne. Llegó a jugar tres finales más de Grand Slam pero no logró alzarse con el triunfo. El reinado de Graf fue sucedido efímeramente por Martina Hingis la cual pronto claudicaría ante la exuberancia de las hermanas Williams. Seles se retiró en 2003, a los 29 años, sin volver nunca a ser ella misma. Su paranoia fue tal que jamás volvió a pisar Alemania desde que Parche truncara la que era una carrera que iba camino del olimpo.

Mónica Seles forma parte de la terna de las mejores tenistas de la historia, pero quizás un loco la privó de ser considerada la mejor de todos los tiempos. Hoy Seles vive feliz en Florida y ejerce de relaciones públicas para programas que combaten la depresión y la ansiedad. Indirectamente también contribuyó a mejorar la seguridad en los torneos. Desde 1993 es obligatorio que los guardias se sienten de cara al público con el fin de prevenir cualquier altercado.

Günther Parche está internado en un psiquiátrico. Según el último artículo conocido sobre su vida, su antigua casa sigue adornada con fotografías y posters de Steffi Graf.

Stories of the Open Era- Monica Seles - YouTube
A un paso del olimpo

“Me apuñalaron, me dañaron el alma y mi carrera cambió de forma irreversible. Una fracción de segundo me convirtió en otro ser humano (…) A algunas personas les ha ido mejor que a mí y a otras les ha ido peor. En general creo que me ha ido bien, pero aunque mantengo una relación sana con el tenis, no es mi vida”. Mónica Seles.

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Algunas curiosidades del tenis

Durante la Edad Media se practicaba en Europa un deporte muy popular entre las clases nobles, con cierta similitud a la pelota vasca, y que está considerado como predecesor de nuestro tenis. Para puntuar, aquellos participantes idearon un sistema de medición sexagesimal, el utilizado en la época. Al tomar con base el número 60 (para medir tiempos o ángulos) se asegura una gran cantidad de opciones divisibles. No existe número más pequeño que sea divisible por 1,2, 3, 4, 5 y 6.

Ese sistema sexagesimal seguirá vigente hasta finales del siglo XIX. De hecho, aunque el sistema métrico decimal fue creado en la Francia napoleónica, hasta 1884 no fue aceptado, y con muchas reticencias, por Gran Bretaña, por entonces primera potencia mundial. Y justamente con el transcurrir de aquel siglo la mano fue sustituida por la raqueta. Con ello, y con la aparición de la nueva cultura postindustrial del ocio, el tenis moderno nacería tal y como hoy lo conocemos.

He aquí el nacimiento del tenis y su peculiar forma de puntación para unos. Aquellos lores de flema británica tenían que establecer las reglas de su nuevo juguete. Y coincidió que esos jóvenes de rancio abolengo formaban en su mayoría parte de la Royal Navy. Contaban entre sus asuntos de debate establecer o no el sistema métrico decimal en la navegación o mantener la medición en millas náuticas.

Y, por supuesto, aquellos caballeros iban a defender la tradición y la idiosincrasia del Imperio Británico a capa y espada. Así pues, decidieron inspirarse en el sextante para establecer la puntuación del tenis. El sextante, por cierto, es un aparato inventado en Inglaterra en el siglo XVIII para medir la elevación del sol y conocer así su latitud. Hoy, con las satélites y el GPS, queda para los nostálgicos, pero durante cerca de dos siglos fue el utensilio más preciado de la imperial Royal Navy británica.

El sextante está dividido en cuatro partes que atañen a cuatro ángulos (15º, 30º, 45º y 60º) y corresponde con la sexta parte de una circunferencia, es decir, 360º; razón por la cual un set se divide en seis juegos. Posteriormente, los 45º fueron sustituidos por 40, porque su pronunciación inglesa (‘forty’ frente a ‘forty five’) hacía más fácil al árbitro cantar los puntos. Esta es la teoría más aceptada, pero hay muchas más.

Como producto snob y caballeresco, para los inventores del tenis la belleza del juego tenía que ser más importante que la victoria. Y en geometría pocas cosas hay más hermosas que una circunferencia. Símbolo de la perfección, una circunferencia tiene 360º y equivale a un set, el cual se divide en seis partes iguales (60º) que corresponden a cada juego del partido. Estos 60º se dividen en cuatro partes dando lugar a los diferentes tantos. El vencedor no sea el que consiga más puntos, sino el que antes llegue a la perfección.

Cabe señalar que el tenis es de los pocos deportes, sino el único, en el que el ganador no tiene por qué ser el que ha conseguido más puntos a lo largo de un partido.

Pero como las cosas a veces son mucho más simples, también deambula por los pasillos de la historia la teoría de que había un duque que no era muy ducho en matemáticas. Propuso contar de 15 en 15, pero como siempre sumaba mal, fuese la cantidad que fuese, al final la puntuación se quedó en los ya conocidos 15, 30 y 40.

Tenis proviene del francés ‘tenez’ y su uso deriva de que cuando el jugador ponía la pelota en movimiento gritaba ¡tenez!, que en castellano podríamos traducir por ‘¡ahí va! Luego los zapatos de corte deportivo que usaban los tenistas pasarían a ser conocidos como zapatos de tenis y así, como tenis, conocemos en buena parte del orbe a las bambas, zapatillas o playeras.

Antes de que se inventara la raqueta, los prototenistas golpeaban la pelota con un palo de golf. Ni que decir tiene que aquello era ardua tarea. No obstante, lo de sacudir a la bola con un madero común es la base del cricket. Mas es cierto que en el tenis el golpeo es constante y continuo y requiere de un utensilio con mayor área de recepción.

Al principio las pistas eran de hierba. De los cuatro Grand Slam tan sólo el parisino Roland Garros se disputaba sobre tierra batida. Podría parecer que mantener un cancha de hierba es más costoso que conservar una de polvo de arcilla, pero sucede justo lo contrario, y es la pista verde la más económica. Esto fue así hasta que aparecieron las pistas duras hechas a base de asfalto, plástico o cemento, y que hoy pueblan la mayoría de los torneos al ser las más baratas de construir y mantener.

Uno de los grandes problemas del tenis en el siglo XXI es la duración de los partidos. Para satisfacer a los ‘millennials’ se han ido ofreciendo modificaciones en los ‘tie-break’ para que los partidos no se conviertan en interminables. El objetivo es establecer un tope de puntos por el que no sea necesario ganar por dos de diferencia al rival para conquistar el ‘tie-break’. Experiencias de más de once horas de duración como las de John Isner y Nicolas Mahut en Wimbledon 2010 se antojan pavorosas (6-4, 3-6, 6-7, 7-6 y 70-68).

Las normas estandarizadas del tenis fueron probadas por vez primera en 1877 en el ‘All England Lawn Tennis and Croquet Club’, situado en Wimbledon, una pequeña y aristocrática población emplazada al suroeste de Londres. El torneo de Wimbledon es el alfa y el omega de la tradición tenística y sus ritos darían para un artículo por sí solo. En sus instalaciones sólo puede usarse el verde, púrpura y blanco. El blanco es el color obligatorio de la vestimenta de los tenistas y la tradición -o el machismo según se mire- se mantiene en el calificativo ‘Miss’ o ‘Mrs’ cuando el árbitro se refiere a una tenista. Al tenista, por supuesto, se le interpela por el apellido.

Y como no, si tanto en Francia, Estados Unidos y Australia al vencedor masculino y al femenino se les entrega una copa de campeones, en el torneo londinense a la copa de los hombres hay que contraponer una bandeja de plata que es concedida a las mujeres….

…para los que ven en esto connotaciones machistas, nada mejor que la historia de la ensaladera de la Copa Davis. Dicen que cuando Dwight Davis propuso crear una competición internacional entre los mejores tenistas de Estados Unidos y Gran Bretaña se olvidó de encargar un trofeo y tuvo que coger prestada una ensaladera de plata de casa de su abuela. No es más que una leyenda, porque la realidad es que Davis encargó a un joyero de Boston la confección de un trofeo de plata. Al parecer el orfebre, aunque residente en Estados Unidos, era un aristócrata británico. Quizás la bandeja de plata de Wimbledon fuera motivo de su extraña inspiración.

El trofeo de la Davis es uno de los más voluminosos del mundo. A su extraordinario tamaño contribuye un pedestal de madera que fue creado en 1932 para recoger el nombre de todos los campeones. Por ahora se le han añadido un total de tres pedestales y se espera que en 2036 haya que fabricar un cuarto pedestal.

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105 kilos de trofeo

Blancas, e incluso negras, eran las pelotas hasta la década de 1970. Fue entonces cuando la televisión pasó a interesarse por el deporte de la raqueta y obligó a pintar las bolas de amarillo o de amarillo verdoso, una tonalidad mucho más visible para el telespectador. La norma se hizo obligatoria en 1972, pero en Wimbledon, dónde sino, no lo sería hasta 1986.

Seguimos en Londres. A los afortunados que consiguen entrada o invitación para presenciar el torneo de Wimbledon se les invita a una taza de fresas con nata, ya que antes de que el Gran Londres arrasara con todo, las tierras de Wimbledon eran lugar de cultivo de una dulcísima variedad de fresas.

Sesudos estudios universitarios también se han preguntado porque los tenistas gritan. Los expertos concluyen que el tenista debe inhalar con la nariz y exhalar con la boca. A menudo, sin embargo, ocurre que el tenista, tras largos peloteos, ya no respira bien y emite gritos todavía más fuertes de lo habitual. Con esta técnica se imprime más fuerza al golpe y se relajan los músculos. Otros expertos, sin necesidad de estudios universitarios, sostienen que lo de los gritos es una técnica de intimidación y distracción ante el oponente a modo de hordas de bárbaros asaltando legiones.

Las primeras raquetas eran más pequeñas que las actuales y estaban fabricadas con cuerdas procedentes del intestino de una oveja y con carátula y mango de madera. Pronto lo de la oveja pasó a mejor vida, pero la madera siguió presente hasta finales de los 70. A finales del siglo XX tocó el turno del aluminio y en la actualidad las raquetas son de fibra de carbono y las cuerdas ultrarresistentes son sintéticas.

Los cuatro torneos más importantes (Open de Australia, Roland Garros, Wimbledon y US Open) configuran el ‘Grand Slam’. En categoría masculina conforman los únicos torneos donde se juega al mejor de cinco sets. El nombre proviene del bridge, un juego de cartas medieval y muy en boga entre las elites inglesas de inicios del siglo XX, y da nombre a una jugada victoriosa. Originalmente un tenista lograba el ‘Grand Slam’ cuando se alzaba con los cuatro torneos en el mismo año natural, aunque en la actualidad se acepta para el que lo consiga aun de forma alterna. Únicamente la alemana Steffi Graf ha logrado el ‘Golden Slam’, es decir, triunfar en el mismo año en los cuatro grandes torneos y lograr a mayores la medalla de oro en los Juegos Olímpicos.  

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Graf. Golden Slam 1988

Otras historias tenísticas

En Wimbledon se gana de blanco (otras curiosidades del torneo por excelencia)

La primera vez de Federer (cuando Roger Federer ganó su primer grande)

Los cuatro mosqueteros de la Davis (la leyenda del tenis francés de los años 20)

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La retirada de Björn Borg (como el hastío hizo mella en el mejor tenista del momento)

Cuando España ganó la Davis sin Nadal (la épica victoria de España en la Copa Davis 2008)

¿Por qué nadie se acuerda de Bill Tilden? (tenis, Hollywood y homosexualidad en los Estados Unidos de la década de 1920)

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¿Por qué nadie se acuerda de Bill Tilden?

Hace un siglo no existía tenista más dominante en el mundo que el estadounidense Bill Tilden. Por palmarés aún hoy está entre los mejores de siempre. Consiguió levantar 10 trofeos de Grand Slam (7 US Open y 3 Wimbledon) durante la década de 1920 así como ayudar a la victoria de Estados Unidos en hasta seis Copas Davis. Es uno de los ocho tenistas que ha alcanzado los dobles dígitos en triunfos de Grand Slam, el que más US Open ha levantado y el segundo tenista estadounidense con más grandes tras los 14 de Pete Sampras. Y sin embargo no hay ni una calle, ni una estatua o ni una pista de tenis que recuerde la memoria de Bill Tilden.

¿Por qué?

Bill Tilden hizo que el tenis pasase de ser un pasatiempo snob a un deporte de masas. Los tipos duros universitarios en Estados Unidos, los que boxeaban, jugaban al fútbol americano o al béisbol, pasaron a interesarse por el tenis. El US Open construyó su nuevo estadio con cerca de 15.000 asientos en Forest Hills cerca de Nueva York para satisfacer la demanda de los aficionados que querían ver a Suzanne Lenglen en el cuadro femenino y a Bill Tilden en el masculino.

Tilden era hijo de un empresario y de una pianista, la cual inculcó en él el gusto por la cultura. Era producto de una familia acomodada, pero perdió antes de tiempo a sus tres hermanos, a su madre cuando apenas había llegado a la quincena y a su padre al poco de cumplir los 19 años. Tuvo que irse a vivir con una tía, de marcado temperamento y desahogada económicamente, con la que seguiría viviendo hasta cerca de los 50 años haciendo gala de continuas depresiones y de un carácter retraído. Que un hombre de su fama y de su posición tomase esa decisión era cuanto menos inquietante.

Bill Tilden tardó en interesarse por el tenis. Fue su tía quien le habló del deporte de la raqueta como fórmula de encontrar un equilibrio mental. Ella ya sabía de las inclinaciones sexuales de su sobrino y de su tendencia a rodearse de recogepelotas que deslumbraban por su perfección. Pero más allá de la libido, descubrió que el tenis le apasionaba. Tilden tenía 27 años cuando ganó su primer US Open, una edad tremendamente avanzada para un tenista, y mucho más en aquellos años. Se iniciaría así una racha que duró hasta 1925 y que tendría su epílogo en 1930.

Se convirtió en dominador del tenis mundial gracias a una considerable planta que rebasaba el 1,90 de estatura. Sus brazos largos y sus anchos hombros le valieron el apodo de ‘cannonball’ porque convertía servicios que superaban los 250 kilómetros por hora, un hecho extraordinario con aquellas pesadas raquetas de madera. Y aun así no solía usar esa arma a menudo porque le aburrían los puntos cortos. Era un superclase que poseía además una sonrisa embaucadora que pronto le convirtió en el favorito del público estadounidense en rivalidad con otras leyendas de la época como el golfista Bobby Jones o el beisbolista Babe Ruth.

Bill Tilden, un grande del tenis irreverente, snob y provocador
Bill Tilden

Tilden fue pionero en la lucha psicológica. Hablaba cuando el árbitro solicitaba silencio y devolvía bolas lentas cuando tocaba lanzar una rápida. Consideraba la victoria como algo menor, y aunque era temperamental, era feliz tras una derrota si razonaba que el tenis de su rival había sido de más clase que el suyo. Soñaba con ser actor y le encantaba demostrarlo durante los partidos. Sus muecas de asombro y sus golpes de rabia estaban programados para satisfacer a la grada. Se dejaba dominar y permitía que sus rivales ganasen puntos fáciles, para luego exaltar al respetable con una remontada apoteósica.

Tilden era un bigardo de anchos hombros, pero no era ni duro en las formas ni le gustaba hacer exhibición de su fuerza. Se salía de la norma, en una época donde la norma era el éxito. Era ‘vox populi’ su inclinación por los hombres, pero eso era más que habitual en sectores progres como el hollywoodiense. Lo que más chirriaba de Tilden era su pasión por el teatro, la ópera y la literatura. Que un deportista leyese era inconcebible. ¡Pero es que Tilden escribía! Publicó varias novelas mediocres, un par de obras de teatro (hizo de Drácula en una de ellas) y un ‘best-seller’. El primer manual técnico sobre la técnica del tenis titulado ‘Match Play and the Spin of the Ball’, que hoy en día está considerado la Biblia del deporte de la raqueta.

Y no solo eso. Como todos los adelantados a su tiempo, Tilden fue uno de los primeros que diseñó su propio vestuario buscando la mayor comodidad y ligereza, así como tomaba notas sobre sus rivales y practicaba mediante repeticiones distintos golpes. Eso era demasiado para el americano medio, que lo único que pedía era un buen par de huevos y que el tenista se dejase el hígado en la pista. Los titubeos eran claros. Vivía con su tía, vestía con clase y elegancia, tenía ademanes dóciles y jamás sudaba. Blanco y en botella leche. Se le presionaba para que buscase una esposa, pero Tilden siempre contestaba con evasivas.

Irreverente y estrafalario, los gerifaltes de la federación estadounidense de tenis sabían de sus inclinaciones sexuales y de su vida hollywoodiense y siempre renegaron de él. Un año llegaron incluso a expulsarlo del equipo de la Copa Davis antes de jugar la final, pero sus compañeros intercedieron para readmitirlo. Por supuesto, con Tilden en el equipo, EE.UU. logró una nueva victoria. No sería hasta la aparición de los mosqueteros franceses cuando su reinado se derrumbe y la federación tenga la excusa perfecta para echar a Tilden de la selección.

Tilden, residente en Los Ángeles, era íntimo de los grandes de Hollywood. Fue inseparable de Mary Pickford, Greta Garbo, Errol Flynn o Charles Chaplin. Invirtió sus ganancias en diferentes proyectos cinematográficos e intentó ser actor, pero cuando el cine sonoro hizo su aparición quedó patente que, obviando su cara bonita, era una nulidad sobre el escenario. Daba igual. Tilden se divertía. Era un excéntrico que iba de fiesta en fiesta. Le encantaba jugar en Europa, especialmente en Alemania rodeado de hombres rubios de ojos azules. Allí se sentía libre. Era anónimo.

Todo cambió en 1946.

Una tarde de otoño una pareja de policías detuvo a un vehículo que zigzagueaba por las colinas angelinas de Beverly Hills. Al parecer un menor conducía, mientras un hombre de media edad se apoyaba en su hombro. El chico al volante llevaba la cremallera del pantalón abierta.

Bill Tilden fue arrestado.

El abogado de Tilden le recomendó que negase la evidencia ya que era su palabra contra la del chico, pero Tilden, en un gesto que le honra, asumió toda su responsabilidad. Bill Tilden afirmó que había contratado los servicios sexuales de aquel chico de 14 años, aunque dogmatizó que era la primera vez que lo hacía, lo cual, era una rotunda mentira. Gracias a su fama y a sus amistades se libró de la cárcel (su pena de siete meses no tuvo efecto) pero tuvo que someterse al escarnio público y a sesiones psicológicas para “curar su enfermedad” siendo definido como “un hombre mentalmente enfermo, impulsivamente débil y autista pasivo”.

A raíz del suceso sus amistades de Hollywood le dieron la espalda. Era pura hipocresía, ya que buena parte de la industria del cine ejercía prácticas parecidas. Uno de los pocos amigos que lo apoyó fue Charles Chaplin, otro asiduo de los prostíbulos aunque, en su caso, con carácter heterosexual. Tilden dejó de dar clases de tenis y de acudir a fiestas, pero aprovechó el tiempo para escribir su autobiografía y una nueva novela.

Los meses pasaban y parecía que las aguas volvían a su cauce. Nada más lejos de la realidad.

Apenas tres años más tarde, a inicios de 1949, un joven de 16 años hacía autostop en Los Ángeles. Tilden se apresuró a darle un asiento en su coche y a acercarlo a su destino. Pero Tilden, ya caído en desgracia, no pudo evitar abalanzarse sobre el muchacho y buscar su miembro mientras estiraba la mano. Empezó entonces un forcejeo entre ambos que acabaría con el chico expulsado del coche. Michael, que así se llamaba el adolescente, se acercó a una comisaría de policía y denunciaba el intento de violación.

Bill Tilden fue arrestado y tras un juicio tuvo que pasar diez meses en prisión. Fue su fin. Tras salir de la cárcel nadie quiso saber nada de él. No tenía amigos y había gastado su fortuna en financiar libros y obras de teatro sin éxito y en pagar desmesuradas minutas a abogados. Dejó de comer y de asearse y comenzó a deambular por las calles cual vagabundo.

En 1953 Bill Tilden murió solo y arruinado víctima de un ataque al corazón.

Fred Perry cuenta con una estatua a la entrada de las pistas de Wimbledon y una calle en Stockport, donde nació. Los mosqueteros franceses cuentan con su plaza en Roland Garros, la pista principal del Open de Australia se llama Rod Laver y en el US Open hace tiempo que hay honores por Billie Jean King, icono tenístico, feminista y homosexual.

De Bill Tilden, escogido el mejor tenista de la primera mitad del siglo XX, hay un tupido silencio.

Bill Tilden, la extravagancia del supercampeón - Diario Alfil
Chaplin, en horizontal, apoyado en Tilden
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Cuando España ganó la Davis sin Nadal

La pareja formada por Feliciano López y Fernando Verdasco estaba jugando en precisa sincronía y consiguió una considerable ventaja de 5-1 en el transcurso del tercer set. Pero en un arrebato de arrojo y coraje David Nalbaldian se llevó con él a Agustín Calleri para una igualada imposible a seis juegos. Tie-break. 6-6. Muerte súbita. La pareja que ganara aquel set se pondría con 2-1 de ventaja en el partido y con 2-1 de ventaja en la eliminatoria. Tendría la ventaja cuantitativa, pero sobre todo cualitativa, para ganar la Copa Davis de 2008.

Una semana antes de la disputa de la final, Rafa Nadal comparecía en rueda de prensa. El flamante número 1 del mundo acababa de cerrar la temporada que lo encumbró al olimpo de los dioses de la raqueta consiguiendo el doblete Roland Garros-Wimbledon. En la hierba londinense lo hizo incluyendo una épica y maratoniana victoria ante Roger Federer que en opinión de crítica y público está entre los más grandes partidos jamás disputados. Con Nadal en el equipo España era archifavorita para derrotar a Argentina en la final de la Copa Davis. Pero Nadal no iba a ser de la partida. Rafa Nadal padecía una inflamación de la rodilla y no volvería a las pistas hasta la siguiente temporada.

De pronto España había perdido gran parte de sus opciones de victoria. De los 80 periodistas acreditados para viajar a Argentina antes de aquella rueda de prensa, sólo 10 acabarían en el Cono Sur para contar una improbable victoria hispana.

No sólo la falta de Nadal enturbiaba el panorama español. Había otros pájaros de mal agüero. Meses atrás la Real Federación Española de Tenis (RFET) preguntó a los tenistas a quien preferirían como seleccionador. Estos dieron el nombre de Albert Costa. La costumbre era elegir a un tenista que llevase poco tiempo retirado y que incluso hubiese formado parte del circuito con los tenistas vigentes. La RFET dio el visto bueno de boquilla, pero convinieron hacer una oferta a Emilio Sánchez Vicario, un tenista destacado en los 80 pero desconectado de la actualidad tenística del momento.

Con ese panorama, con seleccionador y jugadores enfrentados, España derrotó a domicilio a Perú y a Alemania y se clasificó para las semifinales de la Copa Davis ante Estados Unidos. La selección jugaría en casa, en pista de tierra batida y con Nadal en perfecta ebullición.

La RFET volvió a preguntar a los jugadores. En este caso donde querían jugar la semifinal. La preferencia era una ciudad al nivel del mar, ya que a mayor altura la bola bota más alta por culpa de la densidad del aire favoreciendo a los jugadores más corpulentos y rápidos. En España los tenistas suelen ser especialistas en tierra batida, donde la bola bota baja y favorece el juego lento y de resistencia propio del tenis local. La RFET volvió a dar el visto bueno, pero nuevamente despedazaron su promesa. Una oferta mareante llevó la semifinal a Madrid, a 650 metros de altitud en la plaza de toros de Las Ventas. Fue entonces cuando Sánchez Vicario se ganó a los jugadores. Se alió con ellos y rompió relaciones con la RFET. Al acabar aquella Copa Davis dimitió y aún hoy no se habla con varios directivos de aquella época.

A pesar del problema de la altura, Nadal destrozó a Estados Unidos y clasificó a España para la final. Una vez se supo de la lesión del manacorí, Sánchez Vicario seleccionó para la final a David Ferrer (por entonces 12 del mundo), Fernando Verdasco (16), Feliciano López (30) y Marcel Granollers (56). Ninguno sabía lo que era vencer en un Masters 1000 y por descontado tampoco en un Grand Slam. Argentina contaba con David Nalbaldian (número 11 del mundo y con mucha diferencia el tenista con más experiencia y mejor palmarés de los presentes) Juan Martín del Potro (número 9 y que llegaba a la Copa Davis tras 26 partidos consecutivos sin perder y como la más firme promesa del tenis mundial), José Acasuso (38) y Agustín Calleri (60).

Los argentinos jugaban en casa, sus primeros espadas eran mejores sobre el papel y, esencialmente, eran unos monstruos de la desestabilización psicológica. Días antes de la final Del Potro se encargó de calentarla cuando declaró que iba «sacarle a Nadal los calzones del orto», en referencia a la costumbre de Rafa de sacarse los calzoncillos de la raja del culo entre punto y punto.

El inconveniente para los argentinos, por increíble que pareciese, es que en la final de la Copa Davis no iba a estar Rafael Nadal.

Argentina preparó una pista ultrarrápida a sabiendas de que a Nadal le gusta la lentitud del polvo de arcilla. El problema para los sudamericanos es que Nalbaldian era un excelso jugador de pista rápida y Del Potro de tierra batida, por lo que éste último se sintió perjudicado. Para contentar a Del Potro se llevó la final a Mar de Plata, ciudad al sur del país, cuando Nalbaldian y Calleri preferían jugar en Córdoba, de donde ambos eran nativos.

Así pues, el viernes tienen lugar los dos primeros partidos. En un pabellón arcaico, de techos bajos, con el público chillando y aullando y con los aficionados a ras de pista, aquello parecía más un partido de fútbol que uno de tenis. David Nalbaldian pasó como un ciclón por encima de David Ferrer (6-2; 6-3; 6-2) y ponía el 1-0 en una final al mejor de 5. Los pronósticos iban bien encaminados.

En el segundo encuentro se enfrentaban Del Potro y Feliciano López. Sobre el papel el argentino era superior, pero Feli es el único jugador español que prefiere la pista rápida a la tierra batida. Además el madrileño ya había jugado y perdido la final de la Copa Davis 2003 y tenía experiencia en esos derroteros. El caso es que Del Potro gana el primer set, pero a medida que avanza el partido Feliciano domina a un rival que es incapaz de restar con criterio. Feliciano acabará ganando en 4 sets y sonriendo a la grada cada vez que reciba una retahíla de insultos.

Llegamos así al sábado, cuando se juega el partido de dobles que suele decantar las eliminatorias. En principio era Del Potro el que iba a ser la pareja de Calleri, pero ante su debacle del día anterior es sustituido por Nalbaldian, que vuelve a ser un ciclón y comanda en el primer set.

La pareja española fue el gran acierto de Sánchez Vicario como seleccionador. Apostó por Verdasco y López en los cuartos ante Alemania. Una improbable pareja de zurdos que funcionó y solucionó el sempiterno problema español con el dobles. Al principio Verdasco se mostró dubitativo con el saque ante la presión de la grada y los continuos parones por culpa del ruido, pero se rehicieron con solvencia hasta ponerse por delante en el tercer set.

Con el citado 6-6, y en medio del tie-break, Calleri comete una doble falta en el saque por culpa del grito de un aficionado español en la grada y en la siguiente jugada Nalbaldian falla un resto fácil en la red. La pareja española gana el tercer set y el mundo se abre a los pies de los argentinos. Henchidos de moral, Feliciano y Verdasco ganan con facilidad y finiquitan con solvencia en el cuarto set. (7-5; 5.7; 6-7; 3-6).

Llegamos así al domingo con Argentina tocada pero no hundida. El cuarto partido iba a enfrentar a Del Potro y a Ferrer. Pero ambos están cagados. Jugarán Acasuso, el más inexperto de los albicelestes, y Verdasco, vencedor del dobles, pero el más inestable mentalmente.

Nerviosos y excitados ambos juegan un mal partido, pero Acasuso va creciendo en su tenis juego a juego y se pone con 2-1 de ventaja. Es entonces cuando Sánchez Vicario se lleva a Verdasco al vestuario con la excusa de ir al baño y con la ayuda de Feliciano le echa un rapapolvo al tenista madrileño. Le solicita que se olvide del ambiente y que empiece a jugar como si la pista fuese de tierra.

Dicho y hecho. Verdasco empieza a jugar puntos largos y a mover al pesado Acasuso de un lado al otro del rectángulo. El público acabará sin voz, Acasuso sin piernas y Verdasco se llevará la victoria por 3-6; 7-6; 6-4; 3-6 y 1-6.

El equipo español ganó la final por un global de 3-1. Era la sexta final y la tercera Copa Davis para España, quizás la más improbable de todas las ensaladeras ganadas. Al año siguiente España volvería a ganar (en casa ante la República Checa) con Nadal y Ferrer en los individuales y con la pareja formada por Verdasco y Feliciano en dobles. Argentina tuvo que esperar a 2016 para ganar su primera Davis comandados por Del Potro, pero ya sin Nalbaldian.

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La dignidad colectiva y el deportista dominante (¿Por qué gusta Rafa Nadal?)

Martin Lutero forma parte de una larga tradición cristiana que veía la libertad como un don de Dios que otorgaba a los seres humanos una dignidad y una identidad que los hacía diferentes del resto de las especies. Esa tradición fue continuada por Kant, quien la dotó de secularidad, y fue rematada por Nietzsche a finales del siglo XIX. El filósofo alemán dilucidó que el Dios cristiano existió como horizonte moral de la sociedad europea, pero, a diferencia de Lutero o de Kant, Nietzsche consideraba que los seres humanos no solo eran libres para aceptar la ley moral sino también para crearla. Para Nietzsche, Dios desaparece con la ruptura de la creencia y eso implica que hay un vacío moral que debe llenarse con valores alternativos.

Las ideas de Nietzsche no pueden ser comprendidas sin el surgimiento de la Revolución Francesa. Con sus idas y venidas, con sus revoluciones y sus contrarrevoluciones, a partir de 1789 el mundo occidental establece por primera vez dos tipos de dignidad con independencia de Dios.

La primera es la dignidad individual (primero de los hombres y mucho más tarde de las mujeres) que contempla que todos somos iguales y nacimos libres. Las instituciones deben preservar esa libertad natural entroncándola con la necesidad de una vida social común.

La segunda es la dignidad colectiva. El problema de la vida social es que si no estamos de acuerdo con una cultura común mínima no podemos cooperar entre nosotros y no consideraremos legítimas las instituciones que regulan y en cierto modo coartan nuestra libertad. De hecho, ni siquiera podríamos tener dignidad colectiva si no tuviésemos un idioma común que nos permitiese comunicarnos.

Para cubrir este segundo tipo de dignidad surgieron los nacionalismos. Y no lo hicieron sólo por eso. Según Nietzsche todos somos superhombres que buscamos redefinir nuestros valores. La realidad es que superhombres hay pocos. Los seres humanos suelen ser criaturas emocionales que necesitan ajustarse a una sociedad. La mayoría de la gente no se alegra por tener libertad. La mayoría de la gente se alegra por tener un horizonte moral estable y compartido.

¿A dónde pretendo llegar con esto si estoy hablando de deporte?

Si bien tanto la dignidad individual como la colectiva necesitan resortes externos, es ésta última la que no depende de uno mismo. El deporte, o más bien el deporte de élite, es una de las herramientas más valiosas que tiene el ser humano para alcanzar una dignidad colectiva plena. Los clubes, especialmente los de fútbol, reconocen la dignidad colectiva. Representan los ideales difuminados de la tribu, sea local, regional o nacional.

Pero no sólo un club puede representar la dignidad y la identidad colectiva. En ocasiones podemos recurrir a deportistas de disciplinas individuales. A deportistas dominantes. Generales modernos. Seres humanos reconocidos por su capacidad de liderazgo y persuasión, pero que a la vez destacan por su sociabilidad.

No siempre hay que recurrir a disciplinas individuales para descubrir a esa persona dominante. Pocos deportistas han influido tanto en la psique de una sociedad como Michael Jordan en la estadounidense. De hecho, cientos de personas podrían describir a Jordan con numerosos adjetivos calificativos a pesar no haber visto jamás un partido del alero neoyorkino. Jordan, como buen ser humano dominante, buscaba aliados y trataba de convencer a los demás inquiriendo argumentos. Cuando los argumentos fallaban, como buen líder, usaba el ejemplo para convencer y persuadir.

Jordan traspasó la frontera estadounidense y se convirtió en un icono global. En un triunfador. En un ejemplo. Dotó de dignidad colectiva a millones de seres humanos de todo Occidente que vieron en él la representación del sueño americano, del sueño capitalista. Del ‘es alguien como yo’ y del ‘ese podría haber sido yo’. Jordan es un caso único por su capacidad de traspasar fronteras.

Se dice que Jordan era arrogante. Pero no lo era. Los individuos dominantes, al contrario de lo que se suele creer, no son arrogantes. Suelen seguir y admirar a personas que toman buenas decisiones. Escuchan y aprenden. Y cuando aprenden superan lo que han hecho sus antecesores.

Conviene distinguir. Existe el individuo dominante arrogante que considera el liderazgo como algo propio y que minusvalora el trabajo de los demás. Pero el verdadero líder es el individuo dominante social que aprende, respeta y consigue el liderazgo por aclamación popular.

Ese es Rafael Nadal.

Rafael Nadal representa todos los valores que lo hacen ser querido y admirado por todos aquellos que jamás le han visto jugar. Como le hubiese ocurrido a Nietzsche, habrá a quien Nadal no le aporte valor moral alguno, pero para la masa, para aquellos que necesitan ver reforzada su dignidad y su identidad, Nadal lo es todo.

Nadal representa los valores morales y sociales universales. Se le llama gladiador, extraterrestre o superhéroe porque le asignamos capacidades sobrenaturales. Su poder no viene de sus triunfos extraordinarios. Su poder surge de sus caídas y de sus resurrecciones. Porque caer lo hace humano. Y levantarse lo hace sobrehumano. Mohammed Alí, Tiger Woods, Niki Lauda o Rafa Nadal estaban acabados y volvieron. Se levantaron y siguieron. Se convirtieron en ejemplo.

Son seres humanos modélicos en su comportamiento, pero con el toque irreverente que hace que, aun perteneciendo a la masa, se acerquen a los confines de la misma.

¿Por qué gusta Nadal? Porque gana. Sí, pero no. Gusta porque sufre. Porque juega con inteligencia, con cabeza. Porque se ha adaptado y ha superado las adversidades. Porque lo hemos visto como joven insolente, como dominante en aprendizaje, y ahora lo vemos como ser superior, como líder dominante. Gusta Nadal por el cómo y no por el qué. Gusta porque nos creemos su humildad. Porque creemos que sin raqueta y sin los bolsillos llenos sería uno de los nuestros. Uno de esos con los que llenaríamos nuestros valores. Gusta porque Nadal tiene rivales, pero nunca enemigos. Gusta porque es magnánimo y sincero. Gusta porque no se aferra a lo que tiene, porque es desapegado al triunfo. Gusta porque lo hemos visto perder y lo hemos visto lesionarse. Gusta porque no busca excusas. Gusta porque habla claro y directo y cuenta sus problemas con sinceridad y con dolor, como le ocurriría a cualquiera de nosotros.

Rafa Nadal es un ser humano dominante. Reconocemos en él una forma de satisfacer nuestra dignidad y nuestra identidad colectiva. Reconocemos en él una forma de nacionalismo.

Reconocemos en él una forma de cubrir nuestros valores, a pesar de que en opinión de Nietzsche éste tipo de valores sean frívolos y mundanos.

“El dominio de Rafa Nadal en Roland Garros atenta contra la base del deporte, el sentimiento fundamental por el que millones de personas de todo el mundo gastan (buena) parte de su tiempo en ver a personas hacer ejercicio; la emoción. Sin emoción, la duda sobre quien será el ganador no tiene sentido (…) Si yo fuera parisino o neoyorkino o tokiota, odiaría a Rafa Nadal. Y usted también, no mienta. Por fortuna, no lo somos”. Página de opinión del diario ‘El Mundo’ el día 10/06/2019, el día después de que Rafael Nadal ganase su 12º título de Roland Garros.

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La retirada de Björn Borg

A finales de la década de 1970 Björn Borg era el mejor tenista del mundo. Poseía un revés a dos manos que era inquebrantable y una profesionalidad y meticulosidad no conocida hasta entonces. Sus golpes liftados desde el fondo de la pista y su colocación en los saques mostraron el camino para el tenis moderno. Era conocido como ‘Iceberg’ porque no mostraba emoción alguna ni en la pista ni fuera de ella. Era como un bloque de hielo impertérrito a golpes externos que navegaba con extrema seguridad por la inmensidad del océano. Contaba con más de treinta raquetas que tenían que ser tensadas noche tras noche, no se afeitaba si estaba en medio de un torneo, usaba las mismas toallas partido tras partido y nunca variaba de hotel, comida o transporte mientras obtuviese la victoria. Sus manías rozaban el paroxismo.

Durante tres años consecutivos (1978, 1979, 1980) hizo doblete en Roland Garros y en Wimbledon, proeza jamás igualada y que difícilmente se volverá a lograr dado el extremadamente difícil cambio entre la superficie lenta de arcilla a la rápida de hierba en poco más de treinta días. Años atrás había ganado la Copa Davis para Suecia, por entonces primer equipo europeo con la excepción de Francia en lograrlo.

Y sin embargo, en 1982, a los 26 años de edad y en plena efervescencia física, Björn Borg, vigente campeón de Roland Garros y finalista de Wimbledon y del Open de Estados Unidos anunciaba su retirada del tenis.

¿Por qué? En 1979 surgió de la nada un joven neoyorquino llamado John McEnroe. En su habitación contaba con un poster de Borg, pero no podía ser más opuesto al sueco. Explotaba durante los partidos, contestaba bruscamente en las ruedas de prensa, se reía de sus rivales cuando los derrotaba e insultaba al público y al juez de silla cuando tomaba decisiones controvertidas. McEnroe había tenido una disciplina espartana desde niño y el tenis era su válvula de escape. Borg había sido un niño rebelde y gracias al tenis se convirtió en un hombre meticuloso.

En 1980 Borg y McEnroe se enfrentaron en la final de Wimbledon. El primero perseguía conseguir ser el primer tenista en enlazar 5 títulos consecutivos. El segundo buscaba su primer trofeo en Londres. El choque fue considerado el mejor partido en la historia del tenis hasta que Nadal y Federer se enfrentaron en la final de 2008. Tras perder claramente el primer set y tras un interminable ‘tie-break’ en el que McEnroe llegó a tener 7 puntos de partido, Borg se llevó el título tras cinco agotadores mangas (1-6, 7-5, 6-3, 6-7, 8-6).

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Borg se había llevado el título, pero había acabado mentalmente exhausto. Durante años se había propuesto ser el mejor y ocultar sus dudas y frustraciones ante rivales y aficionados. Por el camino se había vuelto introvertido y lloraba a escondidas mientras miles de jovencitas y afilados publicistas llamaban a su puerta. Era una estrella del pop. El primer tenista con entrenador personal y con un batallón de guardaespaldas. Y ahora, por primera vez, tenía un rival enfrente al que creía que no podría derrotar.

Meses después ambos tenistas se enfrentaron en el Open de Estados Unidos. Borg nunca había ganado en Nueva York y en 1980 tampoco iba a lograrlo. McEnroe se llevó el triunfo y otra vez fueron necesarios cinco agotadores sets (7-6, 6-1, 6-7, 5-7, 6-4).

Por el camino Borg se casó con su novia, una joven rumana que había surgido de la nada, y empezó a barajar abandonar el tenis mientras era tentado una y otra vez a jugar en torneos de exhibición y los patrocinadores le llevaban de un estudio a otro a grabar anuncios.

Así pues, la temporada de 1981 dio comienzo y Borg volvió a barrer en Roland Garros logrando su sexto título en tierra batida. Poco después tocaba el turno de obtener el doblete y vencer en la hierba de Wimbledon. Pero esta vez el ganador fue McEnroe en cuatro ajustados sets. Borg salió de la pista central convencido de que todo había acabado. Para McEnroe la felicidad no fue completa, porque se convirtió en el primer campeón de la historia que no era invitado a la cena oficial debido a sus exabruptos durante el torneo.

Aún hubo una última vez para Borg. Nuevamente en la final del Open de Estados Unidos y nuevamente con McEnroe como rival. El estadounidense se proclamó vencedor con cierta comodidad. Borg jugaría un par de torneos más y tras cuatro meses de ausencia reapareció por sorpresa en Montecarlo en abril de 1982 para anunciar en rueda de prensa que dejaba el tenis profesional a los 26 años.

Borg sabía que podía competir físicamente con McEnroe y con otros jóvenes colosos como Lendl o Connors. Pero mentalmente estaba muerto. Le tocó ser una ‘vedette’ cuando sólo quería jugar al tenis. Llevaba desde los 15 años siendo controlado 24 horas al día los 365 días del año y tenía ganas de ser libre.

Fue una decisión que nadie entendió. Y el que menos la entendió fue McEnroe. Nada más enterarse de la noticia, McEnroe convocó una rueda de prensa con el único fin de pedirle a Borg que no se retirase, que quería seguir jugando contra él. Necesitaba a su némesis. Aquel año no ganaría ningún título de Grand Slam. Perdió la estimulación de luchar contra un campeón y aunque en 1984 tendría un año estratosférico logrando 13 títulos, lo cierto es que siempre dio la sensación de que si Borg hubiese estado en pista su tenis habría sido de más quilates.

Borg quiso recuperar el tiempo perdido y cual volcán entró en erupción una vez retirado. Acumuló bodas y divorcios con la misma facilidad con la que golpeaba la bola, empezó a practicar orgias con prostitutas, intentó suicidarse y fue un adicto al juego y a la cocaína. Acabó arruinado y tuvo que volver a las pistas cuando contaba con 35 primaveras para enjuagar su cuenta corriente. Fue un rotundo fracaso porque quiso jugar con su antigua raqueta de madera en vez de utilizar las modernas de aluminio. En 2006 pretendió subastar sus trofeos de Wimbledon para conseguir liquidez y sólo la intervención telefónica de McEnroe consiguió paralizar la venta.

“Sé que podría haber ganado más títulos. Me retiré con 26 años y podía haber estado cinco años más entre los 10 mejores del mundo y habría ganado algún Grand Slam más. Pero perdí la motivación. Si hubiese venido alguien a hablar conmigo y me hubiese dicho que no me retirase, le hubiese escuchado”. Björn Borg.

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La revolución feminista de Suzanne Lenglen

El llamado techo de cristal se está resquebrajando a pasos agigantados. En pocos sitios esa grieta es tan vasta como en el deporte. La importancia de las mujeres deportistas en unos Juegos Olímpicos no tiene nada que envidiar a la expresada hacia los hombres. Los patrocinadores advierten como invertir en competiciones femeninas es sinónimo de aceptación popular. Las ligas de fútbol, balonmano o baloncesto forman parte de la agenda de los medios con mayor asiduidad. Es un triunfo de la mujer.

Un arduo triunfo que tiene su base en las pioneras. La pionera no es la mejor, pero si la que debe ser recordada y reverenciada. Es aquella que fue la primera en sacar los codos y estirar el cuello. Es aquella que consiguió lograr lo prohibido. Revolución feminista. Pioneras hay muchas. En España surgen rápido en cualquier conversación nombres como los de Blanca Fernández Ochoa, Lydia Valentín o Carolina Marín. A nivel mundial son pioneras Annika Sorenstam (golf), Alice Coachman (atletismo) o Lucy Harris (baloncesto).

Si hay un deporte donde se le ha dado popularidad a la mujer desde hace décadas ese es el tenis. Pero no siempre fue así. Existe una mujer que se puede considerar pionera, pero no únicamente como pionera con la raqueta. Es la primera deportista que fue ídolo de masas, que superó en relevancia y notoriedad a los hombres, que fue un referente para niños y niñas de todo el mundo y que fue respetada por políticos, hombres de negocios y por la jet-set de su tiempo. Se trata de Suzanne Lenglen y su particular revolución feminista.

Lenglen vino al mundo cuando el siglo XIX estaba a punto de fenecer. Era una niña parisina acomodada. La empresa de transportes de la familia había sustituido los caballos por el coche a motor y se presagiaba un futuro esplendoroso. Sin embargo, Suzanne se pasaba las semanas en la cama aquejada de diversas dolencias de índole respiratorio. El padre de Suzanne, un hombre de mundo, decidió comprarle una raqueta a su hija alentándole de los beneficios del deporte y en contra de las recomendaciones de reposo de los médicos. Habilitó una pista en la mansión de la casa familiar y colocaba en la otra punta palos de madera a los que Suzanne tenía que acertar desde el otro lado de la cancha. Con 15 años recién cumplidos, Suzanne era una muchacha fuerte y sana que ganaba contra pronóstico Roland Garros.

Conquistó la final en tres sets y al mes siguiente estalló la I Guerra Mundial. En ese interludio bélico de cinco años Suzanne pasaría de ser una niña a una mujer.

Después de más de 20 millones de muertos el mundo que surgió tras el fin de la guerra no podía ser el mismo. Las mujeres estaban en lucha por la consecución del derecho al voto y, tras haber salido de la cocina de su hogar para mantener en pie la economía de sus países durante el conflicto, no estaban dispuestas a dar marcha atrás. Cuando en el verano de 1919 se vuelve a poner en marcha el torneo de Wimbledon nada es ya lo mismo.

Lenglen apareció en las pistas del ‘All England Club’ con una cinta en la cabeza, un vestido en el que dejaba los hombros al descubierto y las pantorrillas al aire. El escándalo fue inmenso. Hasta ese momento las tenistas jugaban con un vestido que les tapaba todo el cuerpo, a excepción de los tobillos, y la mayoría saltaban a la pista con sombrero. Los jueces se miraron incrédulos sin saber qué hacer. Las normas de Wimbledon tan sólo especificaban que las tenistas tenían que jugar de blanco impoluto. Suzanne cumplía con las norma, por lo que no les quedó más remedio que aceptar lo evidente.

La sorpresa se convirtió en estupor cuando, en un descanso para el cambio de set, Suzanne se sentó en el banco y sacó de su bolsa de deportes una botella de coñac, se pegó un par de lingotazos y volvió a la pista. Eso fue el terremoto total. La gente comenzó a cuchichear y la fama de Suzanne subió como la espuma.

Pero claro, nada de esto importaría si no fuese una buena tenista. Y lo era. Según las crónicas se movía en la pista cual mariposa. De pequeña además de tenis había practicado ballet y dado que era bajita parecía que jugueteaba flotando en el aire. Consiguió llegar a la final y derrotar a la británica Dorothea Douglass en la que durante muchos años fue considerada la gran final de todos los tiempos (10-8; 4-6; 9-7). A pesar de que su rival era inglesa, el público londinense dio una sonora ovación a Lenglen al término del choque. Fue la primera vez en su vida que jugaba un torneo sobre hierba. Su leyenda había comenzado.

A partir de entonces todos los torneos se desvivieron para tener a Suzanne en su cuadro de participantes. Los niños y las niñas esperaban al término de los partidos para pedirle un autógrafo, un recuerdo o simplemente para saludarla. Era un ídolo de masas en todo el mundo, pero especialmente en Francia. Los galos, masacrados por la guerra, necesitaban algo a lo que aferrarse y Suzanne era un cúmulo de alegrías constantes suscitando, por supuesto, la envidia de los deportistas masculinos.

Amiga del modisto Jean Patou, abanderó el llamado movimiento ‘flapper’ con el que las mujeres reivindicaban su independencia a través de una ruptura con el vestuario tradicional. Suzanne aparecía siempre con el pelo corto, blusas sin mangas y chaquetas de punto. Aflora en traje de baño en revistas de moda como Vogue. ‘Le divin’ (la divina), como fue bautizada por la prensa francesa, era un torbellino dentro y fuera de la pista. En la década de 1920 llegó a contar con una línea de zapatillas con su nombre y por supuesto era perseguida por la prensa rosa en busca de romances. Que los tenía. Y a pares. En los torneos menores exigía jugar sus partidos en horario vespertino y así poder salir a bailar y a beber hasta altas horas de la madrugada.

Suzanne ganó dos medallas de oro (individual y dobles mixtos) y una de bronce (dobles femeninos) en los Juegos Olímpicos de Amberes. Triunfó en Wimbledon cinco años seguidos (1919, 1920, 1921, 1922 y 1923) y durante tres años hizo doblete con Roland Garros (1921, 1922, 1923). Acumuló 181 partidos consecutivos sin perder. Era tan digna y competitiva que obligó a cambiar las reglas. Hasta 1920 la vigente campeona de Wimbledon pasaba directamente a la final. Lenglen se negó en rotundo y exigió disputar todas las rondas de aquella edición. A partir de entonces la regla fue abolida.

Nunca triunfó en Estados Unidos. En 1921 hizo un pesado viaje en barco hasta el otro lado del Atlántico para jugar una serie de partidos propagandísticos y recaudar fondos para la reconstrucción de Francia. Por el camino contrajo la tosferina y cuando le propusieron jugar el Open de Estados Unidos no le quedó más remedio que aceptar por imperativo de la Federación Francesa de Tenis. Se tuvo que retirar en segunda ronda con fuertes dolores. El público estadounidense la despidió con abucheos mientras la prensa norteamericana la llamaba “niña consentida”.

La salud de Suzanne, ya de por si débil (también padecía de migrañas crónicas), no llegó nunca a recuperarse del todo de aquel episodio. En 1924 no logra ningún Grand Slam, pero se rehace en 1925 para volver a lograr el doblete Roland Garros-Wimbledon. Al año siguiente vuelve a vencer en el torneo parisino y, como era menester, decide celebrarlo a lo grande.

Al mes siguiente, durante la celebración del torneo de Wimbledon, Suzanne no se encuentra bien. La vida nocturna y su mala salud no son buenas compañeras. Cuando iba a disputar un partido de tercera ronda se encontraba tan indispuesta que llegó una hora tarde a la pista. La mala suerte para ella es que en la tribuna estaba la reina María de Inglaterra deseosa de verla en acción. Al llegar al estadio Lenglen comunicó que no estaba en condiciones de jugar, se desmayó y se tuvo que retirar del torneo. Por primera vez fue abucheada en Londres y recibió sonoras críticas. Incluso el Gobierno de Francia le exigió que se disculpase públicamente. Así, entre rabiosa y avergonzada, Lenglen decidió retirarse y emigrar a Estados Unidos para disputar lucrativos partidos de exhibición. Tenía tan sólo 27 años.

A partir de entonces se le consideró una suerte de proscrita en Europa. Eso no haría más que aumentar su rebeldía. Y en Estados Unidos encontró el país ideal para sus propósitos. En 1928 disputó cerca de 40 partidos de exhibición con los que ganó 75.000 dólares, una cifra desorbitada para la época. Era la primera mujer que vivía, y se hacía inmensamente rica, gracias al deporte.

En Estados Unidos se carisma y su ‘glamour’ la convertirán en una asidua de los estudios hollywoodienses. Aparecerá en anuncios publicitarios y tendrá breves papeles en películas. Entabló profunda amistad con el matrimonio de Douglas Fairbank y Mary Pickford, el más famoso en el mundo del celuloide de la época.

A los 35 decide dejar la raqueta y vuelve a Paris para montar una escuela de tenis (que hoy es la residencia oficial de cientos de niños y niñas que sueñan con ser profesionales) y escribir varios libros de iniciación al tenis. Por desgracia, en junio de 1938 anuncia que padece de leucemia. De aquella no había trasplante de médula ni Fundación Carreras, por lo que al mes siguiente fallece en su casa a los 38 años de edad. Su funeral en Notre Dame fue apoteósico y su traslado al cementerio parisino de Saint Ouen estuvo seguido de miles de compatriotas.

Después de que Lenglen rompiese las convenciones, en la década de 1930 se dieron nuevos pasos revolucionarios para la mujer. En 1931 la española Lili Álvarez compitió en Roland Garros con una suerte de falda-pantalón y un par de años después Eileen Bennett se atrevió a llevar un pantalón de hombre en Wimbledon.

Hoy, como no podía ser de otro modo, una estatua de Suzanne con la falda al aire, la cinta en la cabeza y a punto de finiquitar un juego con su implacable revés irradia la entrada de la pista de Roland Garros bautizada con su nombre.

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Los cuatro mosqueteros de la Davis

Después de casi 125 años la Copa Davis va a sufrir su primer gran lavado de cara. En el tenis hiperprofesionalizado y comercial de la actualidad era inviable un torneo a cinco sets, con continuos cambios de tipo de superficie y con partidos por todo el globo que no sumaban puntos para el ranking ATP. Las estrellas intentan zafarse de las primeras rondas eliminatorias y cuando ya tienen un título en su palmarés pocos se comprometen a buscar un segundo o un tercer entorchado.

El tenis, y no sólo la Copa Davis, necesita un cambio. En la era de la instantaneidad y de los “highlights” ningún chaval aguanta cuatro o cinco horas delante del televisor viendo un partido, y mucho menos mañana y tarde engullendo una eliminatoria. Es un debate que está en otros deportes, el de la reducción del tiempo de juego, que choca frontalmente con los intereses televisivos a favor de ampliar las pausas para aumentar los ingresos publicitarios.

La tendencia es aumentar el espectáculo, pero con menos épica. Más momentos mágicos pero menos remontadas para el recuerdo.

La Copa Davis fue creada en 1900 por Dwight Davis (de ahí viene su nombre) un tenista estadounidense que concibió la idea de enfrentar anualmente a los mejores tenistas de Estados Unidos contra los de Gran Bretaña. Davis también fue quien donó el popular trofeo con forma de ensaladera, que se mantiene inalterable con el paso del tiempo y al que se le fueron incorporando refuerzos en forma de tablas de madera para inscribir año a año el nombre de los ganadores.

El trofeo no alcanzaría vuelo internacional y se convertiría en un tótem tenístico hasta los años 20. Durante seis años seguidos (1927-1932) los denominados cuatro mosqueteros franceses acabaron con el dominio anglosajón del deporte de la raqueta. Cuatro tenistas extraordinarios, cuatro personalidades completamente distintas y cuatro hombres que popularizaron un trofeo legendario.

Jean Borotra (1898) era considerado el mejor jugador cerca de la red. Procedía de Biarritz, había jugado a la pelota vasca y destacaba por la ‘txapela’ que utilizaba en todos los partidos. Henri Cochet (1897) era de Lyon, era el más enjuto de todos y sobresalía por una velocidad endiablada. Jacques Brugnon (1897) parisino de nacimiento, un ‘bon vivage’ de la época y el especialista en dobles del equipo. Por último, René Lacoste (1904) quien era el adelantado a su época. Era el único del cuarteto que tenía entrenador personal y que realizaba ejercicios de estiramientos previos a los encuentros. Característico de Lacoste era esperar el saque del rival agachado y con la boca abierta, mientras daba impetuosos giros a su raqueta cual cocodrilo espera a su presa. Con ese apodo pasaría a la historia y con ese apodo se haría millonario tras su retirada elaborando camisetas y zapatillas deportivas. Aunque todos procedían de buena familia (el tenis era un deporte elitista) representaban a distintas regiones de Francia con sus costumbres y sus estereotipos y pronto se convirtieron en leyenda. De hecho, la pista central de Roland Garros fue levantada en 1928 para ver los triunfos de los cuatro mosqueteros.

Los franceses, por lo general unos apasionados del tenis, nunca han vuelto a tener una generación de la misma categoría. Y la Copa Davis tuvo nunca tanto esplendor como entonces con los tumultuosos duelos entre franceses y estadounidenses. De 1900 a 1975 la Davis fue coto privado de países de habla inglesa con la excepción de aquellos seis años de gloria gala.

Tal fue la fama de esos cuatro jugadores que hasta el pueblo francés les supo perdonar sus devaneos con los nazis. Jean Borotra llegó a ser ministro de Educación y Deporte en la Francia de Vichy durante la II Guerra Mundial, cargo que ocupó hasta 1943 cuando se pasó al bando libre y luchó en la resistencia hasta que fue capturado y llevado a un campo de concentración cerca de Berlín. Henri Cochet, por su parte, participó en torneos tenísticos organizados por los nazis y fue un firme defensor de la figura del colaboracionista Petain. El único de los cuatro que siempre se mostró en contra de Hitler fue Lacoste, y tal vez por ello sea el más famoso del grupo.

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