Italia

La batalla de Highbury

Los camisas negras de Benito Mussolini ya dominaban el norte de Italia a base de amenazas y coacciones, con la cómplice pasividad de ciudadanos y policía. A finales de octubre de 1922, fuese a pie, en camiones o en ferrocarril, arribaron a Roma miles de paramilitares fascistas ataviados de camisas negras para exigir la deposición del gobierno. El rey Víctor Manuel III se negó a movilizar al ejército y aceptó que Mussolini se pasase la democracia por los mismísimos y fuese elegido primer ministro. Il Duce aun tardó unos cuantos años en convertirse en dictador y transformar las leyes en un ordeno y mando. En un principio optó por un perfil bajo. Entre las primeras medidas a adoptar, aquellas que no molestasen en demasía, estaba el deporte. Y las medidas fueron, cuanto menos, bastante ridículas.

Lo primero que hizo Mussolini fue prohibir el rugby y el fútbol. Ambos eran deportes británicos que apestaban a extranjerismo. En su lugar fomentó a base de liras la competición de volata, una mezcla de ambos deportes en los que el objetivo era meter la pelota en una portería pudiendo utilizar cualquier parte del cuerpo. Se llegó a montar hasta una liga de cien equipos, pero la tontería sólo duró hasta 1925 cuando hubo que volver a lo que funcionaba. Eso sí. Nada de fútbol. Se recuperó el nombre de un juego medieval muy popular en Florencia llamado calcio. Así que la federación de football pasó a llamarse FIGC (Federazione Italiana Giucco Calcio) y con éxito, ya que el nombre se mantiene (al Franquismo lo de balompié sólo le funcionó con el Betis).

En esos primeros años Mussolini apostó por una dictadura blanda que luego convertiría en dura. Todas las federaciones deportivas eran controladas por el aparato fascista de igual modo que lo era el CONI (Comité Olímpico Italiano). La diferencia era radical con lo que ocurría en las democracias, principalmente en el Reino Unido, cuna del deporte moderno. El deporte británico era, y es, profundamente apolítico. Eso no quiere decir que no hubiese una unión entre deporte y Estado. Recordar que los chicos de Eton, Rugby o Winchester fueron los primeros que le pegaron patadas a un balón y todos esos chavales luego acabarán siendo hombres trajeados con cargos poderosos. Lo de apolítico significaba que el Estado asumía una política de no intervención en el deporte. No existía ley alguna que lo dictaminase, pero era un acuerdo entre caballeros que contaba con la vigilancia extrema de la prensa ante cualquier injerencia.

En el Reino Unido las federaciones deportivas no recibían ningún tipo de subvención estatal, por lo que el deporte era un asunto totalmente privado. Ningún equipo contaba con el patrocinio de la realeza, a pesar de ser un país profundamente ligado a la corona. Todo lo contrario, ocurría en Italia. Todas las federaciones bebían del dinero público y la manipulación política del deporte hacía que fuese imposible separarlo del Estado. Hasta clubes privados poderosos, caso del Internazionale milanés, hubieron de cambiar su nombre por apestar a extranjero. Así, hasta la caída del Duce, el Inter fue la Ambrosiana en honor a San Ambrosio, patrón de Milán.

Il Duce

Y con todo Italia e Inglaterra eran países amigos. En la magistral película El Gran Dictador de Chaplin se ve como Mussolini y Hitler son encarnizados rivales que se disputan Austria como dos aves rapiñas, mientras los ingleses alaban al Duce y tratan de poner paz entre ambos dictadores. Aquello se localiza un puñado de años antes del inicio de la II Guerra Mundial. Entonces Mussolini era visto por la mayoría de los británicos como un reformista de derechas necesario para contener al comunismo. El caso, y es lo que nos ocupa, es que Inglaterra e Italia mantenían buenas relaciones a inicios de la década de 1930. A la altura de 1933 italianos e ingleses juegan un partido de fútbol en Roma que acaba con empate (1-1). En Italia se considera un buen resultado que ocupa páginas y páginas en los medios y del que se habla con profusión en el Gran Consejo Fascista. Dudamos que en Downing Street poco más que un puñado de parlamentarios fuesen conscientes de que el encuentro se hubiese jugado.

Y llegó entonces 1934. Mundial de Fútbol de 1934. Italia es anfitrión. Vencer o morir dicen que dijo el Duce antes de la final ante Hungría. E Italia venció. Se proclamó campeón mundial. Y Mussolini hizo lo posible y lo imposible para explotar esa victoria. En Inglaterra escuece tanto bombo. Los ingleses no jugarán un Mundial hasta 1950. Comen aparte. Se consideran los mejores, los inventores del fútbol, y no piensan en acudir a una disputa entre países que creen chabacana. Para la tradición inglesa de deporte amateur usar un partido de fútbol con fines políticos se considera impensable y repugnante.

Pero algo está cambiando. Mussolini empapela Italia con carteles donde proclama a los italianos como reyes del mundo por haber ganado el Mundial. El tema quema en Inglaterra y se prepara un encuentro amistoso en el estadio de Highbury de Londres entre las dos escuadras. La cita tendrá lugar el 14 de noviembre de 1934. Es el primer partido de los italianos como campeones del mundo.

Es más que un partido. Se dirime cual es la mejor escuadra del planeta. En Italia es asunto de Estado. Y en Inglaterra, por vez primera, también.

No es fútbol. Es prestigio. Es orgullo. Es democracia vs fascismo.

Pasará a la posteridad como La Batalla de Highbury. “El más brutal y peligroso de los encuentros internacionales jamás jugados en la historia” se escribirá en el Daily Herald.

La batalla de Highbury

Benito Mussolini ofreció a cada jugador italiano un coche Alfa Romeo y la exención del servicio militar si vencían a los ingleses. La promesa fue dada a viva voz delante de miles de compatriotas que acudieron a la salida del tren que llevó a la comitiva desde Italia a Calais, para luego tomar un barco hasta Londres. Los campeones del mundo formarían con Ceresoli; Monzeglio, Allemandi, Ferraris; Monti, Bertolini; Guaita, Serantoni, Meazza, Ferrari y Orsi. Estaban dirigidos por Vittorio Pozzo y entre ellos había tres argentinos nacionalizados. Por los ingleses formaban Moss; Male, Hapgood, Britton; Barker, Copping; Matthews, Bowden, Drake, Bastin y Brook. Los anglosajones contaban con siete jugadores titulares del Arsenal que dirigía el gran Herbert Chapman, el técnico que transformó la táctica defensiva al retrasar a un medio y formar con la después archirepetida WM. Acompañaba a la expedición italiana un periodista de apellido Carosio, el preferido del Duce para narrar los encuentros.

60.000 espectadores abarrotan Highbury sobre una continua lluvia. En el primer minuto Brook falló un penalti. A los doce minutos los ingleses ganan por 3-0 confirmando los temores de Pozzo, que de puertas para adentro contaba con perder de manera honrosa. Pero semejante baile tenía una explicación. Nada más empezar un planchazo de Ted Drake le destroza el tobillo a Doble Ancho Monti, mediocentro italiano cuyo mote derivaba que era tal su despliegue físico que ocupaba el ancho del campo y su presencia valía tanto como la de otros dos futbolistas juntos. El caso es que entonces no hay cambios y Monti, con buena voluntad, decide mantenerse sobre el césped provocando un agujero en el medio campo. Con 3-0 en contra, Pozzo lo obligó a salir del terreno de juego, reorganizó el sistema y, ya con diez jugadores, Italia reacciona con fuerza, furia y fútbol. Le sale su orgullo de campeón mundial…y también un fuerte deseo de venganza.

A Hapgood le rompen la nariz, Bowden acabará con fractura de clavícula, Barker con una mano rota y a Ted Drake se la devuelven clavándole los tacos en una pierna y torciéndole el tobillo. Los cuatro jugadores anglosajones acabarán el partido sobre el campo, pero las fuerzas quedarán igualadas a base de patadas. Los ingleses no se quedan atrás y responden, aunque no son tan efectivos. Eso sí, al cojo Monti le parten la nariz con un puñetazo camino del túnel de vestuarios. Aquello es una carnicería donde el colegiado, un sueco de apellido Olsson, ni pincha ni corta.

En la segunda parte Italia se recuerda a sí misma que además de pegar sabe jugar, y dos tantos de Giuseppe Meazza (minuto 58 y 62) acortan distancias. Luego Meazza disparó al poste y un poco después remató con fuerza y sólo una milagrosa intervención del guardameta inglés impidió la igualada. Fue entonces cuando Wilf Copping decidió intervenir. Tres o cuatro patadas después del central inglés el pobre de Giuseppe Meazza era un inválido que deambulaba por el área. Por supuesto por el camino habría un par de tanganas.

Giuseppe Meazza

El partido no resolvió nada. Es cierto que Inglaterra venció por 3-2 y podrían auto otorgarse el título de campeones mundiales, pero la verdad es que jugaban en casa (y en aquellos tiempos eso era una ventaja formidable) y habían marcado sus tres goles solo cuando Monti vagaba cojo por el centro del campo. Los italianos perdieron y se quedaron sin sus Alfa Romeo, pero fueron recibidos como héroes en Italia al grito de los leones de Highbury. Mucho le debe agradecer la expedición italiana a Carosio, quien en su narración consideró héroes a los italianos y poco menos que dijo que habían estado en el corredor de la muerte y habían salido ilesos. Mussolini quedó encantado a pesar de la derrota.

Hubo consecuencias. Stanley Matthews, quien se retirará dos décadas más tarde, declararía que fue el partido más violento que jamás disputó en su longeva carrera. Inglaterra queda tan aturdida ante la brutalidad que al día siguiente la FA acuerda renunciar en el futuro a jugar partidos internacionales, en la idea de que lo que se jugaba por ahí fuera era una barbaridad peligrosa. Afortunadamente, se volverá atrás al cabo de un año, cuando le quedó a más distancia la fuerte impresión por el atroz partido y siguió concertando partidos internacionales. Aun así, tardarían hasta 1950 en decidirse a participar en un Mundial.

En 1938 Italia volverá a ganar el Mundial. Será en Francia, lejos del paraguas de Mussolini y pitados antes de cada encuentro por escuchar el himno con el brazo alzado en honor al fascismo. Demostraron que eran buenos, muy buenos, la mejor selección del mundo de la década de 1930, por mucho que los ingleses se negasen a lo inevitable.

Pero hubo más consecuencias. Consecuencias que llegaron a la política. La opinión publica inglesa rechazó totalmente tanto a Italia como a sus políticas de supremacía sobre el deporte popular inglés. Italia contraatacó. Sport pasó a ser diporto. Tennis se convirtió en pallacorda, Rugby sería palla ovale y cricket pasó a ser gioco del bastone. Por supuesto football fue totalmente desterrado y sustituido para siempre por calcio.

Apenas unos meses después, en abril de 1935, se celebró una conferencia en Stresa, una pequeña población de los Alpes italianos. Allí Pierre Laval (Francia), Ramsay McDonald (Gran Bretaña) y Benito Mussolini (Italia) firmaron un acuerdo de paz que reditaba el hecho antes de la I Guerra Mundial y que consideraba a Austria un país independiente al que Alemania se tendría que abstener de invadir en caso de no querer entrar en guerra con las otras tres potencias. Apenas un año antes el llamado Frente de Stresa hubiese tenido éxito. Ahora no. Y el motivo no era que la sociedad inglesa se hubiese dado cuenta de los peligros del fascismo. No. El motivo era lo ocurrido aquel 14 de noviembre de 1934 en Highbury. Los italianos eran ahora vistos como bestias asesinas. Cuando las noticias sobre el acuerdo salieron en la prensa, la sociedad inglesa bramó en su contra. Cuatro meses después aquello era papel mojado, Mussolini acordaba unirse a Hitler y olvidarse de sus disputas en Austria y los ingleses, dueños de medio mundo, condenaban con sanciones económicas, en un gran ejercicio de hipocresía, la intervención italiana en Libia y Abisinia.

Hitler acabaría entrando a lomos de un tanque por las calles de Viena, luego invadiría Checoslovaquia con el beneplácito de ingleses y franceses y poco después estalló la II Guerra Mundial. Italia combatió junto a la Alemania nazi y los británicos lideraron la resistencia de las democracias. Hubo de esperar a 1949 para que Italia volviese a jugar un partido en Inglaterra. Pero ese era otro mundo. A los británicos sólo le quedaban los restos de su fastuoso Imperio e Italia había decidido extirpar su pecado fascista y se había aferrado con uñas y dientes a la democracia a cambio de que británicos y estadounidenses les diesen una hogaza de pan y un vaso de agua.

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La farfalla granata

Luigi estaba adormilado. No se había acostado temprano precisamente. Comió algo insulso que encontró en la encimera, se puso unos vaqueros que descansaban aburridos sobre una cómoda de diseño y se dispuso a salir a la calle con la misma camiseta con la que se había quedado dormido. Antes de salir cogió las llaves y regresó a la cocina. Pescó la correa, se la ató a su mascota y juntos emprendieron el camino por el centro de Turín.

Ese era Luigi ‘Gigi’ Meroni.

Y su mascota era una gallina.

Luigi Meroni había nacido en Como allá por 1943. Cuando Gigi era niño no existía equipo más poderoso en toda Europa que el Grande Torino. Valentino Mazzola, padre del celebérrimo Sandro, capitaneaba a un equipo de los que diez de sus once titulares también lo eran de la selección italiana. Aquel equipo de ensueño se hizo trizas una tarde de 1949 cuando el avión que los trasportaba se estrelló al pie de la basílica de Superga, a las afueras de Turín.

Fue el fin del Torino FC. Hasta 31 personas dejaron sus vidas aquel nebuloso día de primavera, incluidos los 18 futbolistas de la plantilla granate.

Por entonces Gigi Meroni contaba con seis añitos. Unos cuantos más contaba el piloto del Fiat G212 siniestrado. El cual también se llamaba Luigi Meroni.

La vida está llena de inexplicables casualidades.

Decía antes que aquel fue el fin del Torino FC como gran club italiano. Los dos colosos milaneses pronto le pasaron por encima, pero fue, sobre todo, la Juventus FC el que pasó de ser un igual a un tótem inalcanzable.

Y eso fue así hasta que apareció Gigi Meroni.

Fue Nereo Rocco, uno de los apóstoles del catenaccio, el que le puso aquello de farfalla granata. Y es que, en un fútbol de argamasa y ladrillo, Meroni era una mariposa que flotaba sobre las defensas rivales. Se trataba de un futbolista de banda, excesivo en el regate y apasionado en el pase. Uno de esos elegidos que aman el juego y lo convierten en arte.

Gigi Meroni

Estamos a mediados de los 60. Meroni es una suerte de quinto Beatle. Como George Best, Meloni lleva el pelo largo, barba descuidada, viste a la moda y disfruta de la noche. No obstante, al contrario del genio irlandés, Meroni tiene unas inquietudes que van más allá del Macallan y de las mujeres fáciles.

Meroni pinta cuadros y escribe poesía. Gusta de ir a sesiones de jazz, buenos restaurantes y pasea con orgullo su gallina por el centro de Turín. Es un bohemio. Un hombre inquieto. De vez en cuando se disfraza y se hace pasar por periodista para preguntarle a los tifosi por la calle que opinan de Gigi Meroni. Su ropa es estrambótica. Se la envían directamente desde el Lejano Oriente. Luce colores variados con telas que le hacen ser la comidilla en todas las trattorias. Luce gafas de aviador aun cuando el día este nublado y vive en un ático en el centro de Turín acompañado de una bella mujer.

Una bella mujer que está casada.

No con Meroni, por supuesto.

Meroni vive en el centro, pero no en el mismo barrio que el resto de sus compañeros. Vive en la zona vieja, en el barrio de los artistas. Rodeado de estudiantes universitarios con olor a marihuana. Habita con Cristiana, su compañera, a la que fue a buscar al altar cuando estaba a punto de dar el ‘sí, quiero’ a un hombre que no amaba por imposición de su padre. Gigi agarró a Cristiana y ambos salieron corriendo de la iglesia e iniciaron una vida juntos ante el asombro y la indignación del suegro, de los allí presentes y de la conservadora y religiosa sociedad italiana.

Y así estamos. Meroni es una estrella y alcanza el estatus de titular en la Nazionale, en la selección italiana. Y con todo, las cosas no van bien. No gusta. Al menos no gusta a los que mandan. Le ordenan cortarse el pelo. Meroni se niega. De repente deja de ser un habitual del once. Italia fracasa estrepitosamente ante Corea del Norte en el Mundial de 1966. Meroni se libra del desastre al no jugar el partido, pero le llueven miles de palos igualmente. Llega la temporada 1966/67 y Meroni se sale. Lo borda partido tras partido. El Torino se instala en los puestos altos del Calcio y la Juve decide asestar una puñalada a su rival vecinal. La Vecchia Signora hace una oferta astronómica por Meroni. Los hinchas del Toro rodean las oficinas del club y se manifiestan en contra de una venta que estaba más que apalabrada.

Verano de 1967. Con Meroni en el equipo, el Torino FC empieza como un tiro la temporada 67/68. En los primeros cuatro encuentros de la campaña gana tres y empata uno. El 15 de octubre se enfrenta a la Sampdoria venciendo por 4-2 en otro buen partido de Meroni. Por entonces había la costumbre de hacer una concentración postpartido en un hotel cercano. Gigi Meroni y su compañero Fabrizio Poletti solicitan a su técnico dar una vuelta para tomar un helado. Nereo Rocco, técnico granota, acepta a regañadientes y les da diez minutos de asueto.

Atravesando la corsa Ré Umberto ambos jugadores se paran en medio de la carretera debido al intenso tráfico. Quiso el azar que en el momento en el que Meroni decidió salir a tomarse su helado un Fiat 124 Coupé fuese a pasar justo por delante del hotel. El conductor del deportivo era un chico de apenas 19 años. Iba rápido, aunque no demasiado, pero si despistado, muy despistado, y el golpe le rompe a Meroni la pierna izquierda y lo manda por el aire varios metros hacia atrás no dando tiempo a reaccionar al conductor de un Lancia que pasa por encima de la estrella del Toro a más de 70 km/h.

…corsa Ré Umberto

Gigi Meroni murió apenas llegado al Hospital Mauriziano, seguramente en parte debido al gran embotellamiento que se producía tras los partidos del Toro (Turín, un hombre, un coche, un Fiat) que dejó a la ambulancia que lo transportaba enterrada en el tráfico, hasta que un peatón de nombre Giuseppe Messina se ofreció para llevarlo en brazos hasta el hospital. El día era gris pero pronto pasó a negro. El esfuerzo fue inútil. La farfalla granata fallecía a la tierna edad de 24 años.

Quiso el siempre caprichoso destino que el chico de 19 años conductor del Fiat 124 Coupé que impactó con Meroni fuese un tifosi del Torino. Pero no solo eso. Era absoluto admirador de Gigi Meroni. Imitaba su forma de vestir, su manera de peinarse y llevaba la misma barba que su ídolo. Attilio Romero, que así se llamaba el chaval, tenía el coche empapelado con fotos de Meroni y las que allí no cabían adornaban su habitación.

Attilio se entregó y al momento fue declarado culpable de homicidio involuntario. No llegó a pisar la cárcel. Su padre era un reputado médico y movió hilos para salvar a su hijo. Ni siquiera la hinchada del Toro lo consideró culpable y se volcó con un chaval cuya vida acababa de perder todo sentido.

En la siguiente jornada el Torino humilló a la Juve por 4-0, en una suerte de homenaje al fallecido. Aquella temporada el Torino acabó ganando la Copa de Italia y en años posteriores llegó a alzarse con un título liguero. Pero todo fue un impase, ante el negro futuro que les aguardaba.

A la altura del año 2000 el Torino FC es un equipo ascensor. Francesco Cimminelli renuncia a la presidencia acosado por las deudas y un miembro de su junta directiva decide dar un paso adelante y es nombrado nuevo presidente.

Se trata de Attilio Romero.

33 años después de atropellar a su ídolo. Romero se dispone a devolverle al Torino parte de aquello que le fue arrebatado. “Mis tres amores son mi madre, mi padre y el Torino, y no siempre por ese orden”, comentó en cierta ocasión. Romero es entonces un alto cargo de la FIAT, un exitoso hombre de negocios. Pero no podrá hacer nada para salvar al club y en 2005 es obligado a dimitir. El cisma es tal que en el estadio se llegarán a ver pancartas en las que algún tifosi lo tilda de asesino recordando aquella aciaga tarde de octubre de 1967.

El caso es que el club entra en bancarrota y en 2006 se ve obligado a refundarse y al descenso administrativo de categoría. Attilio Romero será acusado de fraude y malversación de fondos y recibirá una condena de dos años y medio de prisión y la inhabilitación para ejercer cualquier cargo deportivo.

Fue el fin de Attilio Romero. Pasará a la historia como el hombre que mató dos veces al Torino FC. El hombre que le cortó las alas a la farfalla granata, a aquel chico que paseaba su gallina por el centro de Turín y que estaba destinado a devolverle la fama al Grande Toro.

Attilio Romero

“Un equipo perfecto tiene que tener un arquero para todo, un asesino en defensa, un genio en el mediocampo, un estúpido que haga goles y siete burros que corran”. Nereo Rocco, entrenador de Meroni (el genio del mediocampo) en el Torino FC.

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Un paseo entre las montañas italianas

Quizás es la gastronomía. Igual es el clima y la diversidad de paisajes. Puede que sea el romanticismo y la sonoridad del idioma. Posiblemente sea la mística del Imperio Romano o la belleza del Renacimiento. Tal vez es el estilo de vida desenfadado y el trabajar para vivir y no el vivir para trabajar. A lo mejor es su fidelidad a la familia y a la amistad o simplemente es que está cerca de todo y lejos de nada. El caso es que nos gusta Italia. ¿A quién no?

Cada rincón de Italia tiene algo que contar y arte para apabullar. Caminar por un pueblo o una ciudad italiana es recorrer en primera persona los designios de la historia. Y sin embargo, cuando se hace hincapié en las bondades del país de la bota siempre se omite una verdad de Perogrullo; Italia es un país de montañas.

Sol y playa. Eso es para muchos Italia. Son poco más de 300.000 kilómetros cuadrados rodeados de cinco mares. El mar Mediterráneo baña todo el país (exceptuando el norte), incluyendo la isla de Cerdeña, pero localmente toma nombres diversos. El mar de Liguria (de San Remo a La Spezia) es de costas altas y rocosas, el mar Tirreno (de La Spezia a la costa de Palermo) no presenta cabos ni golfos en demasía, el mar Jónico (de la costa de Palermo a Otranto) es promiscua en playas largas y llanas y el mar Adriático (de Otranto al golfo de Venecia) es un golfo gigante, estrecho, tranquilo y sin peligrosidad para el navegante.

Italia

Las montañas eran vistas en la Antigüedad como objeto de miedos, intrigas, bestias salvajes y hondas penumbras. Eran obstáculos que separaban pueblos, llamaban a los peligros y dificultaban la agricultura o la ganadería. Grandes y extremas, pobladas por deidades, monstruos y seres sobrenaturales, eran un imposible para el homo sapiens. Con la expansión de las religiones monoteístas, las montañas comenzaron a verse como una forma de unión a Dios. Allí seguían viviendo brujas o demonios, se hacían milagros y se fabricaban mitos, pero también se intentaba llegar a lo más alto posible para comunicarse con Dios. Edificar un lugar de meditación y oración en lo alto de una montaña era la forma más factible de comunicarse con el Altísimo.

Fue con la Ilustración cuando el ser humano cambia su concepción por las alturas. El microscopio, a lo cerca, y el telescopio, a lo lejos, revolucionaron nuestra perspectiva. Con el telescopio también nace la geología. Donde antes la montaña era inmutable ahora se desgasta. La montaña también se pliega y se rompe. Nace entonces la fascinación por la naturaleza. El interés por indagar y descubrir. Lo hará en una época donde el ser humano pasará a ser un animal de ciudad. La tecnología y el urbanismo forja un hombre que convierte en una obsesión dominar la naturaleza y conquistar las montañas. Lo forjará a través de ingenieros, aventureros y deportistas.

Hoy vemos en las montañas libertad, desconexión y un reencuentro con nuestros orígenes. Nuestro yo urbano desprecia a aquel que se gana la vida en el campo, pero anhela la libertad de una vida paradisiaca al pie de las montañas y lejos de los gigantes de hormigón y acero que nos aprisionan a diario. Hoy consumimos montañas de fin de semana, o montañas de verano. No obstante, el anhelo de llegar a lo más alto, de conseguir lo imposible, de acercarnos al infinito, sigue igual de vivo que estaba hace miles de años.

Es Italia un país que no se entiende sin el mar. Mas tampoco se entiende sin las montañas. Exceptuando la llanura del Po, que se puede considerar un terreno tendido, el resto de la geografía italiana es un terreno accidentado de naturaleza escarpada formado por picos de gran altitud incluso en sus territorios insulares.

Al norte Italia está enclaustrada por los formidables Alpes con sus múltiples denominaciones (Marítimos, Ötzales, Dolomíticos, Cárnicos, Julianos…). Con ellos se cierra Italia y hace sus fronteras con Francia, Suiza, Austria y Eslovenia y enclaustra la llanura padana al sur. Después están los infravalorados Apeninos que cruzan la espina dorsal de la península de norte a sur. Y luego tanto Sicilia como Cerdeña plagados de montes y volcanes dormidos.

Trento y Los Dolomitas

Como es bien sabido no existe mayor evento de exaltación de patriotismo, naturalismo y explosión viajera que el ciclismo. La mejor forma de conocer un país es a través de una vuelta ciclista, y son las montañas la salsa y el picante de cada una de las múltiples historias que las laderas escarpadas dejan en el recuerdo colectivo de la comunidad. El trabajo se multiplica hacia el norte, pero toda Italia está plagada de subidas propicias para el sufrimiento y la agonía.

Vamos, pues, de lleno con el ciclismo. Si obviamos el sur del país, menos propicio por simple cuestión orográfica, y viajamos definitivamente a la frontera norte, el compromiso se multiplica exponencialmente. Los Alpes han visto casi tanta historia ciclista como jaleo político, ardor bélico e inestabilidad territorial. Los relatos son interminables en los tres sectores alpinos (piamonteses, lombardos y vénetos), aunque hay subdivisiones mucho más precisas si se quiere. El Giro de Italia se explica alrededor de esta temible cordillera.

En el Trentino están el rey y la reina de las montañas italianas. El Gavia y el Stelvio. El Paso Gavia (19 km al 7,3%) fue concebido en el siglo XVIII como un camino para mercaderes venecianos que desde la ciudad de la laguna hacían parada en Bormio, para luego marchar en dirección a tierras del Imperio Austrohúngaro. El Gavia, a sus 2.600 metros de altitud, no era más que un paso peatonal de carros y cabras hasta que en la década de 1960 se convirtió en una estrecha carretera propicia para las hazañas ciclistas. Son varias las veces en las que la nieve ha impedido ascender el Gavia, dado que en mayo el invierno sigue presente por esas latitudes. En 1988 la gran mayoría de los ciclistas, congelados a causa de una fortísima ventisca, tuvieron que bajar en los coches de sus equipos con la calefacción a máximo gas.

A unos 60 kilómetros del Gavia está el paso del Stelvio (22 km al 7,1%). Digo bien paso y no alto, ya que al igual que el Gavia el Stelvio es un altísimo paso de montaña (2.700 metros de altitud) creado por los hados de la ingeniería. Fueron los austriacos, tras derrocar a Napoleón, los que en el siglo XIX construyeron un paso que uniese la región de Lombardía con el Tirol. Fausto Coppi bautizó para el ciclismo una subida de 48 curvas serpenteantes con unas de las mejores vistas que la humanidad puede contemplar.

Stelvio

Más al este hay otras tres montañas mágicas. El Pordoi (9,4 km al 6,8%), La Marmolada (14 km al 7,9%) y las Tres Cimas de Lavaredo (23 km al 5,1%) en la región del Véneto. Lavaredo es el pico más conocido de los Dolomitas, los tres picos si somos más específicos, ya que la subida está coronada por tres picos rocosos (a 3.000 metros de altura) que conformaron frontera entre Austria e Italia hasta 1919, cuando la zona fue recuperada por los italianos como botín de guerra tras la I Guerra Mundial. Las fortificaciones y los cementerios compiten en fama con las hazañas de Eddy Merckx, que se dio a conocer al mundo en Lavaredo una tarde de 1968. Por último, y ya cerca de Eslovenia, está el Zoncolan (10 km al 12,1%), mientras que 500 kilómetros al oeste, en la frontera suiza, destaca el Mortirolo (12,5 km al 10%) o en la frontera francesa el Agnello (31 km al 5,60 %) una bestia a 2.800 metros de altura cuyo clima lo hace casi siempre impracticable para el ciclismo, pero que forma parte de la historia europea por ser el lugar por donde se cree que Aníbal y sus elefantes cruzaron para desafiar a Roma en el siglo III a.C.

De todos ellos el más mítico para el Giro de Italia es el citado Mortirolo, en los Alpes lombardos. Una vía de cabras estrecha y de pendiente desproporcionada con un perfil brusco y angosto donde Miguel Induráin comenzó a perder el Giro de 1994 tras desfondarse subiendo sus rampas para luego reventar remontando el Valico de Santa Cristina ante Eugeni Berzin.

Esas terribles montañas desahogan sus lágrimas en los fastuosos lagos que hacen del recorrido que va de Verona a Varese uno de los más hermosos del planeta. Desde que en 1948 fue proclamada por el Papa Pio XII como Patrona del Ciclismo todo ciclista debe ascender y visitar el santuario de Madonna del Ghisallo (9,4 km al 6%) y luego poner a prueba sus piernas en el corto, pero brutalmente empinado, Muro di Sormano (1,7 km al 17%) siempre a los pies de los citados lagos.

Tras ese continuo discurrir de montañas por el norte de Italia el valle del Po hace su aparición. Regado de agua, ideal para cultivar, industrial y próspero, marca la división entre dos Italias totalmente diferentes. A partir de ahí, el país se convierte en un continuo de playas y de mar dividido en dos vertientes por los Apeninos, una cordillera que parte por la mitad a Italia. Al oeste el mar Tirreno vive a espaldas del Mar Adriático enclavado al este. Ambos plagados de ríos cortos, colinas dentadas y picos imponentes. Eso es lo que nos espera. Y en el centro de todo ello, los Abruzzos. El techo de esta larga cordillera.

El Blockhaus (30 km al 6,5%), paralelo a Roma, pero próximo al Adriático, impone con sólo nombrarlo. El nombre es germánico y significa casa de piedra, dado que en lo alto de la cima (2.145 metros) se localiza un fuerte de piedra que mandó construir un comandante austriaco durante las guerras de unificación del siglo XIX. Desde su alto se ve con facilidad el mar y desde allí Eddy Merckx sufrió una de sus pocas derrotas ante el asturiano José Manuel Fuente.

Mas al norte está el Gran Sasso, una burrada de 45 kilómetros al 3,9%, quizás no muy duros, pero si extenuantes. En 1999 un Marco Pantani avasallador sepultaría a todos sus rivales. El Gran Sasso (gran piedra) es una preciosa subida de lagos y piedras blancas, la más alta de todos los Apeninos y el lugar a donde los Aliados llevaron preso a Mussolini durante la II Guerra Mundial antes de que un comando de las SS liderado por Otto Skorzeny lo liberase y lo transportase junto a Adolf Hitler. Está zona es conocida como el pequeño Tíbet y está poblada de idílicos valles y múltiples hoteles. El Gran Sasso es venerado por los amantes de los deportes de invierno del sur de Italia.

Gran Sasso

Y eso que en el sur hay montañas. Volcanes dormidos que esperan agazapados a que los ciclistas coronen su cima. Cerca de Nápoles está la subida a Ercolano (13 km al 7,4%), mas conocida por todos como el monte Vesubio. Cerca de tres millones de personas desafían a la muerte asentándose a sus laderas con la esperanza de no ser una nueva Pompeya. Pero no hay que viajar a la época romana para revivir una desgracia. En 1944 el Vesubio hizo capitular a la villa de San Sebastiano (2.000 habitantes) y de paso a 88 bombarderos norteamericanos que dormitaban a la espera de ser lanzados contra la Alemania nazi.

Ya fuera de la bota italiana, cruzando el estrecho de Messina, nos encontramos con Sicilia. Allí mueren los Apeninos para nacer los Sículos, que convierten a la isla en montañosa y árida. Nos aguarda el Etna (14 km al 7,2%) el otro gran volcán italiano. Su pico, al que es imposible acceder, está a 3.300 metros de altitud, a escasos kilómetros del mar. El Etna es gigante. Cubre un área de cien kilómetros y según la tradición es la boca del mismísimo infierno. A diferencia del Vesubio el Etna ha sido más magnánimo con el homo sapiens, aunque sus erupciones son mucho más frecuentes que las de su homologo napolitano.

“Si no escalas la montaña, jamás podrás contemplar el paisaje”. Pablo Neruda.

“Los hombres se acercan para admirar las alturas de las montañas, las poderosas olas del mar, la amplia extensión de los ríos, el circuito del océano y la revolución de las estrellas. Lo hacen, pero nunca lo consideran”. Petrarca.

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L’arte di perdere (San Marino)

En Twitter (sigue siendo más conocido como Twitter que como X) existe una cuenta con más de 250.000 seguidores. Es la cuenta de la selección de fútbol de un país. Parece poca cosa, pero gana en consideración cuando sabemos que el país en cuestión tiene 33.000 habitantes, siendo el único del mundo que tiene más vehículos a motor que seres humanos. El asunto tiene aún más enjundia al conocer que la cuenta es mantenida por un argentino que nada tiene que ver con el país en cuestión. Lo más curioso de tan curiosa trama es que el número de followers aumenta con cada derrota, con cada goleada encajada. Algo más que frecuente, dado que la selección del país en cuestión sólo ha ganado un partido en toda su historia y ha fracasado continuamente ante las selecciones más patéticas del planeta.

El país en cuestión es la República de San Marino.

San Marino tiene el honor de ser el Estado soberano más antiguo del mundo. Se enclava en las laderas del monte Titano a escasos kilómetros del Mar Adriático, aunque San Marino no tiene frontera marítima. Sus 61 kilómetros cuadrados están rodeados por límites italianos, su moneda es el euro, como antaño había sido la lira, y mantiene estrechas relaciones con las más populosas ciudades italianas de Rimini y Pesaro. San Marino está a unos 150 kilómetros tanto de Bolonia como de Florencia.

El origen de este pequeño estado data del año 301 cuando un tal Marino, perseguido por sus creencias cristianas, escapó de la persecución del emperador Diocleciano para construir una iglesia en el monte Titano. Con la caída del Imperio Romano el territorio de San Marino pasó a formar parte del Ducado de Spoleto. Así fue hasta que en 1243 el capitán regente de San Marino empieza a actuar como jefe de estado independiente del ducado siendo reconocido por el papa Nicolás IV (que dominaba la zona en nombre de los Estados Pontificios) como país independiente en 1291. Aun siendo ocupada militarmente en alguna esporádica ocasión, (la última por los nazis) en el siglo XIX su independencia fue reconocida internacionalmente tras la unificación de Italia. San Marino, como Andorra, Liechtenstein o Mónaco, parece un anacronismo de tiempos medievales, cuando la jurisdicción de una ciudad no iba más allá del alcance de las armas que asomaban desde las murallas. San Marino es, Junto con la Ciudad del Vaticano, el único país europeo completamente rodeado por otro.

San Marino

La selección de fútbol de San Marino no se creó hasta 1986. Entonces jugaron un partido amistoso frente a Canadá hasta que dos años después, en 1988, San Marino fue reconocida por la FIFA y pasó a formar parte de las rondas clasificatorias de los torneos de la UEFA y de la FIFA. Hasta entonces los nacidos en San Marino eran italianos a efectos futbolísticos. Quizás el jugador más notable de su historia sea Massimo Bonini, campeón de Europa con la Juventus en los años 80 y que, tras ser internacional italiano sub-21, defendió la camiseta de San Marino en 19 ocasiones.

En esos 19 encuentros Bonini no celebró victoria alguna. No es de extrañar. Desde que en 1990 perdió por 4-0 ante Suiza en su primer encuentro oficial valedero para la clasificación de la Eurocopa 1992 San Marino jamás ha ganado un partido clasificatorio. Invariablemente cosecha derrotas y celebra con orgullo sus escasos empates. Año tras año está considerada por la FIFA como la peor selección del planeta (a la hora de escribir estas líneas ocupa el 210º puesto en el ranking -el último-) en dura y vergonzosa disputa frente a las Islas Vírgenes, Guam o Sri Lanka. Lo que está fuera de toda duda es su título como peor equipo europeo, lo que los ha llevado en los últimos años a buscar alegrías fuera del Viejo Continente. En seis ocasiones han programado partidos amistosos contra equipos no europeos, pero el fracaso ha sido igual de constante. Perdieron frente a Cabo Verde (2-0) y Santa Lucía (1-0) a domicilio y contra San Cristóbal y Nieves (1-3) en casa. Lograron arrancar un empate en la revancha contra la citada isla caribeña (0-0) así como otra igualada ante las Seychelles y también ante Santa Lucía. Ante los santalucenses (país de 180.000 habitantes) llegaron a jugar media parte con superioridad numérica, pero ni aun así consiguieron romper una racha de partidos sin vencer que ronda los 150 encuentros.

El peor resultado de su historia se dio en 2006 cuando San Marino cayó en casa ante Alemania por un escandaloso 0-13. Hasta en cincuenta ocasiones han encajado al menos seis goles. Cada gol anotado se celebra como un triunfo mundialista. Los saques de esquina a favor son muestras de júbilo y si se consigue llegar al 40% de posesión la fiesta está asegurada. Quizás por todo ello, por esa aura de antihéroes, de simpatía ante el débil, el éxito de San Marino en redes sociales es tan notorio. El fenómeno fan es tal que a mayor número de derrotas mayores son los tweets. Los poco más de 6.000 espectadores que siguen los encuentros in situ de su selección portan pancartas con lemas tan complacientes como “15 minutos con un 0-0 es un triunfo”, “Brigada ni una alegría” o “Una victoria, escasos empates e infinidad de derrotas”.

Y es que hubo una victoria. La única. Fue un amistoso. Hace ahora veinte años. Partido amigable. 28 de abril de 2004. San Marino (33.000 habitantes) vs Liechtenstein (40.000 habitantes). Los visitantes son malos. Pero no tanto. 17 victorias desde que se pusieron en marcha en los años 80. Liechtenstein es el favorito. Aquel día todo fue distinto. A los cinco minutos de partido Andy Selva adelantaba a San Marino con un fenomenal gol de lanzamiento de falta que se coló por la escuadra derecha del portero de Liechtenstein. Selva nació en Roma. De padre italiano y madre sanmarinense optó por jugar para el país de su madre. Con el tiempo se convirtió en el máximo goleador histórico de San Marino con únicamente ocho tantos. Llegó a golear en la Serie C italiana. El caso es que tras el gol de Selva los sanmarinenses se dedicaron a aguantar el marcador e intentar la sentencia en rápidos contraataques. La victoria llegó y con ello una alegría que ni se había celebrado dos décadas atrás ni se ha vuelto a repetir dos décadas después.

Al menos el desastre no es igual en el fútbol de clubes. Se cuentan un puñado de alegrías en competiciones UEFA. El Tre Fiori logró vencer en rondas previas de la Europa League o de la Conference League al Shirak de Armenia y al Bala Town de Gales, mientras que el también sanmarinense Tre Penne venció al Fola Esch de Luxemburgo. Incluso en 2014 la selección de San Marino jugó un amistoso ante un conglomerado de clubes sanmarinenses a los que se privó de sus mejores jugadores buscando una victoria que sumar a su palmarés. Ni aun así lograron pasar de un empate (1-1).

San Marino es un tótem. Un símbolo. Forma parte de una mitología derrotista. El santismo marinero le llaman sus fieles. Sus esperanzas han sido pisoteadas y resquebrajadas constantemente y aun así la esperanza sigue viva en sus seguidores. En sus últimos tres partidos oficiales perdieron, pero lo hicieron dignamente. Frente a Kazajistán (3-1), Finlandia (2-1) y la todopoderosa Dinamarca (2-1) lograron anotar un tanto. Son como nosotros. Como el niño que elegían el último en la pachanga del recreo. Como el niño que tropezaba cada vez que intentaba golpear la pelota. San Marino es sonrisa. Es alegría. La encarnación de la derrota alegre.

“Aunque su territorio es pequeño, su estado es uno de los más honrados de la historia”. Abraham Lincoln, presidente de Estados Unidos, sobre San Marino en un discurso de 1861.

«Caer está admitido, levantarse es obligatorio». Proverbio ruso.

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Fratelli d’Italia

Lo primero antes que nada es explicar lo que es el irredentismo. En España, desde donde escribo, es un concepto en desuso. El nacionalismo lo abarca todo. Pero el irredentismo existe. El reclamo de Gibraltar como parte de España es irredentismo. Lo es también la proclama por unos Países Catalanes desde Barcelona. Del mismo modo irredentismo es cuando desde Euskadi se solicita la anexión de Lapurdi, Zuberoa y Nafarroa (Navarra). El irredentismo es, en definitiva, la corriente política que propugna la anexión a un territorio considerado como nación de otros territorios que se consideran propios de aquel por motivos culturales, históricos, lingüísticos o raciales. Irredento significa ‘no liberado’. Por lo tanto, hace referencia a aquellos territorios que deberían formar parte de la nación o estado reclamante.

Argentina (Malvinas), Bolivia (corredor de Atacama), China (Taiwán), Israel (Palestina), India (Cachemira) o Rusia (Crimea), son algunos de los movimientos irredentistas más conocidos a nivel global. Sin embargo, es en la Europa continental donde esto es común a cualquier nación. La implosión del Imperio Austro-Húngaro en 1918 y, anteriormente, el surgimiento del movimiento nacionalista vinculado al Estado-Nación en el siglo XIX, convirtió a Europa en una suerte de reino de taifas. Fue en ese siglo XIX cuando se fundaron dos entes esenciales en la historia europea que hasta entonces no conformaron una unión sólida. Se trata de Alemania e Italia, y ambas, curiosamente, cerraron fronteras reconocidas en 1871. Desde ese mismo año, desde el primer minuto de la unificación, Alemania reclamaba territorios en otros lugares. Fue el germen de una deriva que llevaría al nazismo a reclamar lo que se dio en llamar ‘Espacio Vital’. Hoy, mutilada, Alemania tendría motivos para contar con un fuerte movimiento irredentista, pero al ser una ideología ligada al nazismo no tiene apoyo alguno ni entre las elites dirigentes ni entre la sociedad.

Donde fue acuñado el termino irredentismo fue en Italia. Ligado al Risorgimento (Renacimiento) tiene hasta un museo en Turín, primera capital del nuevo Estado. Allí, en el majestuoso Palacio Carignano, donde se ubicó el primer parlamento italiano, un toro con los colores de la bandera italiana recibe a los visitantes que quieran enfrascarse en la historia del país de la bota. La reunificación italiana consiguió unir en un solo reino a territorios repartidos por dinastías extranjeras como los Habsburgo o los Borbones así como los Estados Pontificios. Pero había algo más. Algo que no se logró conseguir. Los territorios irredentos. Lugares donde los italianos eran mayoría. Trentino, Fiume y Dalmacia, provincias que entonces pertenecían al Imperio Austrohúngaro.

Italia unificada (1871) y sus reclamaciones irredentas

Antes de que Italia fuese una, la Península Itálica estaba divida en múltiples entidades territoriales. Uno de ellos era la Serenissima República de Venecia. Fundada sobre una laguna por ciudadanos romanos que escapaban de las invasiones de hunos y godos cuando el Imperio Romano tocaba a su fin, Venecia fue creciendo hasta convertirse en una pujante Ciudad-Estado durante la Edad Media. En el siglo XVI, en su época de máxima expansión, ocupaba Chipre, Creta, Líbano, Montenegro, múltiples islas del Mediterráneo y buena parte de lo que hoy conforma Grecia.

Eran esos territorios que podríamos tildar de coloniales. Extraterritoriales. Pero controlaba también las montañas del Trentino, la llanura del Fiume y la costa de Dalmacia (hoy Croacia). Todos lugares considerados geográficamente italianos y todos con fortísima presencia en la psique del pueblo italiano al ser parte esencial del Imperio Romano. Las dos costas del Mar Adriático, lo que hoy es Italia en una ribera y la ex Yugoslavia en la otra, construían para Italia un territorio propio.

Y no era para menos. Cuando la I Guerra Mundial estalla en 1914 se estima que en el Fiume habitan más de un 75% de italianos, mientras que en Dalmacia el porcentaje es de un 25%. En Split, por citar un ejemplo, existen dos equipos de fútbol. El Hajduk, fundado por nacionalistas croatas, y el Calcio Splato, fundado por nacionalistas italianos. Y esto es significativo de una realidad. Los tres territorios irredentos reclamados pertenecían al Imperio Austrohúngaro, Imperio que estaba a punto de estallar en mil pedazos.

Tras cuatro sangrientos años de contienda el Imperio Austrohúngaro desaparece. Italia, en el bando de los vencedores, recibe como compensación territorial el Trentino (capital en Trento). Sin embargo, el Fiume (Rijeka para los croatas) y la Dalmacia (Dubrovnik para los croatas y Ragusa para los italianos) pasó a formar parte del recién formado reino de Yugoslavia. Aquello es una afrenta para los irredentos italianos. Habían ganado la guerra, pero se sentían olvidados por Francia y Gran Bretaña, los dominadores del cotarro.

Será ese el germen del movimiento fascista liderado por Benito Mussolini.

¡El Adriático es italiano!

Es 1919. Época de afanosísimas convicciones nacionalistas de patria y honor. Doloroso es especialmente el caso del Fiume. Los leones venecianos de San Marcos adornan la entrada de ciudades como Zadar o Split. Ciudades que son yugoslavas (croatas) cuando tendrían que ser italianas. Fiume era una daga en el corazón de los italianos. No en vano, en 1919, meses después del término de la IGM, hubo un referéndum en Fiume cuyos resultados convertían la provincia en territorio italiano. No obstante, los efectos de la consulta no fueron vinculantes y Yugoslavia, con el apoyo de la Sociedad de Naciones (antecesor de la ONU), se mantuvo firme y conservó el territorio como propio.

Es entonces cuando aparece en escena Gabriele D’Annunzio. Duque, poeta, sex-symbol y militar, D’Annunzio sobrevoló Viena con su caza durante la I Guerra Mundial. Perdió un ojo durante una contienda en la que se convirtió en uno de esos héroes caballerescos, uno de esos ases del motor que al mando de su escuadrón eran venerados por militares y civiles a partes iguales. Amante de la tecnología, futurista, D’Annunzio fue uno de los primeros seres humanos que lanzó torpedos desde un avión. Tras la guerra se convirtió en parlamentario y en articulista destacado de ‘Il Popolo d’Italia’, el periódico dirigido por un tal Benito Mussolini. Con esos ideales no era de extrañar que en 1920 el comandante D’Annunzio, liderando a miles de militares, ocupase el Fiume y lo declarase provincia italiana. Aquello no estaba bien. No se podía permitir. El gobierno italiano, por entonces democrático, acabaría bombardeando (a regañadientes, porque en su fuero interno no querían hacerlo) en las navidades de ese año el Fiume, por lo que D’Annunzio se desdijo de lo dicho y proclamó la independencia del territorio como Estado Libre del Fiume. Luego, en 1924, ya con Mussolini y el fascismo en el poder, Italia se anexionaba el Fiume con el beneplácito de D’Annunzio y sus hombres. Yugoslavia, por cierto, dejó hacer. Bastante tenía con mantener la paz y el orden dentro de sus fronteras.

D’Annunzio

Esos cuatro años de mandato del ‘Duce’ D’Annunzio en el Fiume fueron cuanto menos curiosos. Prohibió la presencia de piratas o contrabandistas en sus costas bajo pena de muerte, anuló los divorcios y eliminó las drogas, fuesen blandas o duras, de las calles. Pero fundamentalmente lo que intentó fue italianizar al máximo posible la región.

Una de los métodos elegidos fue celebrar partidos de fútbol internacionales. Oficiosos, obviamente. Escogió como color de la camiseta del Estado Libre del Fiume el azul de la selección italiana, como no podía ser de otra manera. Por aquel entonces Italia vestía con una camiseta en cuyo pecho llevaba en escudo sobre fondo rojo con cruz blanca en representación de la Casa de Saboya, la casa reinante en Italia desde 1861. Pero claro, el Fiume era una cosa e Italia era otra. D’Annunzio no podía utilizar dicho escudo. Hubo de cambiar de idea. Decidió montar sobre el pecho una escarapela tricolor de franjas horizontales. Verde, blanca y roja. Los colores de la bandera italiana.

A eso se le llamó ‘Scudetto’.

La idea gustó. Y gustó mucho. Cuando en 1924 el Fiume pase a formar parte de Italia, la FIGC (Federación Italiana de Fútbol) decide adoptar el ‘Scudetto’ como propio. El 10 de octubre de 1924 se establece que el vigente vencedor de la liga italiana (Serie A) lleve en el pecho el distintivo del ‘Scudetto’ como símbolo honorífico del trofeo conquistado. Tras la II Guerra Mundial y la deposición de la monarquía, el ‘Scudetto’ también sustituirá al escudo de la casa de Saboya de la camiseta de la selección ‘Azurra’.

Como explicaba en el párrafo anterior, la idea D’Annunzio gustó, y gustó mucho. Para Italia, como nación de nuevo cuño, es imprescindible que los méritos se sepan y se reconozcan. Además, la simbología castrense era complementaria al nuevo ideario fascista. La escarapela no es más que un trozo de tela, pero su simbología es fascinante. Se emplea desde la Antigüedad como complemento del uniforme militar. La posibilidad de fabricarlo a gran escala en color resultaba ideal durante el siglo XIX en plena efervescencia de banderas nacionalistas. Lo que antes se colocaba en una bandera, gorra o sombrero, pasó a llevarse en la solapa o en la manga del uniforme castrense. En la Francia de la Revolución o en la Sudamérica independentista ya había hecho fortuna entre civiles como símbolo de libertad.

Scudetto

Fue el Génova FC el primer club que lució el ‘Scudetto’ en 1924 como vigente campeón nacional. Con el paso de los años gustó la idea de hacer lo mismo con el campeón copero. Sería en 1958 con la creación de la Recopa de Europa. La FIGC consideró que el representante italiano tendría que lucir una escarapela que lo distinguiera como campeón copero por el Viejo Continente. Nacía entonces la ‘Coccarda’, un distintivo circular formado por tres circunferencias siendo la exterior, y más grande, roja, la del medio blanca, y la interior, y más pequeña, verde.

Aún hubo algo más. En ese mismo 1958 la Juventus FC turinesa lograba su décimo título de la Serie A. Umberto Agnelli, presidente de la Juve, consideró que la efeméride debía ser recordada, por lo que solicitó a la FIGC un distintivo representativo. Tras un mes de deliberaciones se otorgó a la Juve la opción de colocar una estrella dorada de cinco puntas encima de su escudo. Hoy se otorga una estrella a cada club que consigue alzarse con una decena de títulos de la Serie A. La idea pronto fue copiada por otros países e incluso la FIFA la adoptó para las selecciones nacionales en reconocimiento a sus títulos en el Mundial de fútbol.

Juve (18/19). Scudetto, coccarda y estrella dorada

¿Y el Fiume?

Volviendo a la irredenta región del Fiume, en aquellos agitados años 20 se fundaron dos equipos. La Unione Sportive Fiumana, con los colores rojo, amarillo y azul del Fiume, llegó a competir en la Serie A en 1929 aunque, exceptuando ese año, militó en la Serie B hasta que en 1943 la liga hubo de suspenderse por culpa de la II Guerra Mundial. El otro club existente era el NK Rijeka, fundado en 1906 por nacionalistas croatas, y que pasó por diferentes vicisitudes hasta que en 1945 fue refundado por comunistas y pasó a integrar la liga yugoslava. En 2017 ganó su primera liga croata.

Desde 1945 el Fiume (Rijeka) formó parte de Yugoslavia y, tras la Guerra de los Balcanes iniciada en 1991, forma parte de Croacia. Hoy, anualmente, el estadio Marmi de Roma acoge un triangular irredento (triangolare del ricordo) que cuenta con la notable presencia de 5.000 o 6.000 espectadores. Son los hijos, nietos y hasta bisnietos, de aquellos italianos que hubieron de marcharse de los territorios irredentos. Compiten la Union Sportive Fiumana (Fiume-Rijeka), el Dalmacia Calcio (Zara-Zadar) y el Giovanni Grion Pola (Pola-Pula), todos conjuntos croatas con fuertes raíces italianas.

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Pantani; una vida sin paracaídas (2ª parte)

A Pantani primero se le conoció como ‘Elefantino’. Era un sobrenombre que odiaba. Le recordaba a su niñez, cuando se metían con él por esas enormes orejas que al subir a la bici ejercían de acordeón frente al viento. Maduro, alguien le puso el mote de ‘Pollo’, porque esas interminables y atléticas piernas se coronaban por una cabeza que las más de las veces tan solo servía como investidura del cuerpo. Ese transitar sin sentido, esos ataques sin paracaídas, le hicieron ser conocido como ‘il pollo Pantani’.

Pero en 1999 Marco Pantani era ‘Il Pirata’. Era un ciclista colosal. Sus ataques sin sentido eran ahora alabados por arriesgados y valientes. El carácter guerrero de Pantani y esa estética de pelo rapado, bandana en la cabeza, perilla y pendientes le convertían en un auténtico pirata. Un corsario que luchaba contra las carabelas del ciclismo, dispuesto a cambiar el status quo establecido.

El Giro de Italia de 1999 recibió al entonces doble vencedor de Giro y Tour (1998) con un recorrido diseñado para vanagloriarle. Era un Giro repleto de alta montaña que rompía con la tendencia de la carrera en la última década. Pero este era un Pantani tan excepcional que ya desde principios de temporada había demostrado un progreso inaudito en las cronos y había puesto patas arriba la Milán-San Remo manteniendo un pulso en el llano frente a un pelotón lleno de rodadores.

Es tal la alfombra roja que se le pone a Pantani que hasta se le prepara un sprint en Cesanatico, donde Marco nació, para que ‘Il Pirata’ se dé un baño de multitudes. Pantani se había puesto líder muy pronto, en la octava etapa, tras 253 kilómetros que acabaron en el Gran Sasso. Mas tarde, en el Santuario de Oropa, salta a pie de puerto y por el camino se le sale la cadena. Es adelantado por el grupo de elegidos y, con una fuerza sobrehumana, sin bandana ni gafas, suelta a los compañeros que acudieron a arroparle, atrapa a los demás y acaba con Laurent Jalabert, quien le había quitado efímeramente el liderato en la contrarreloj impidiendo que su familia y sus amigos de Cesanatico lo hubiesen visto con la maglia rosa. “Tuve que apartarme para que no me arrollara”, comentaría el ciclista francés sobre el adelantamiento de Pantani.

A partir de ahí Pantani da un show y gana en la jornada con final en Madonna di Campiglio, vigilia de la última etapa de enjundia con paso por el Mortirolo. ‘Il Pirata’ lo hará con una amplísima renta sobre sus perseguidores a solo tres días de la llegada a Milán. Había demostrado una extraordinaria suficiencia. Concentrado, apenas saludaba a nadie al bajarse de la bicicleta. “Si veis que no os saludo no os lo toméis a mal, simplemente es que estoy compitiendo”, le había dicho a su guardia pretoriana antes de iniciar el Giro.

Tras dormir en uno de los hoteles de Madonna di Campiglio, en la jornada siguiente el Giro saldría desde la afamada estación de esquí rumbo a Aprica. Era primerísima hora del amanecer cuando un par de tipos aporrearon la puerta de la habitación donde descansaba Pantani. Eran dos ‘vampiros’. ‘Il Pirata’ hubo de levantarse de la cama medio adormecido, balbuceó un par de palabras inconexas y se dirigió al baño para llenar de orina un tubo que se le fue proporcionado.

Era un proceso más que extraño. Pantani ya había pasado dos controles antidopaje en lo que iba de Giro. De hecho, siempre se anunciaba con horas de antelación a quien le tocaba pasar revista. Ese día estaban citados los diez primeros de la general…pero ese día al acabar la etapa, no esa madrugada. En el fondo, en ese Giro hubo graves contradicciones a la hora de realizar los controles. La UCI (Unión Ciclista Internacional) abogaba por unos procesos más laxos. Era sabiduría popular que tomando salinas u aspirinas se lograba bajar los niveles de hematocrito antes de echar la meada. Pero tras el ‘escándalo Festina’ del Tour anterior, la AMA (Agencia Mundial Antidopaje) inició una cruzada antidopaje de la que en la actualidad ha salido victorioso. Por entonces tenía las de perder, aunque contaba con el apoyo del CONI (Comité Olímpico Italiano).

El caso es que Pantani, además de capo en carrera era también capo del pelotón. Como representante de los ciclistas se opuso a los designios decretados por el CONI y la AMA en el asunto de los controles. Los ciclistas veían en esas redadas nocturnas una acusación sin pruebas y un trato despectivo sobre lo que sucedía en otras disciplinas deportivas. Consideraban que eran acusados de criminales, aunque el fondo de la cuestión era que esas redadas hacían saltar por los aires años de omertá.  

El resultado llegó rápido. La tasa de hematocrito de Marco en sangre era del 52%. Superaba en dos puntos el valor permitido. En otras palabras, había consumido EPO para mejorar su nivel de glóbulos rojos y así poder alargar en el tiempo su pico de esfuerzo. La noticia le llegó ‘aex aquo’ por boca de Martinelli y Zomegnan. Ambos, tanto el director del Mercatone Uno como el director del Giro, pudieron ver la incredulidad de Pantani al conocer la noticia y sus ojos desorbitados cuando con un puñetazo reviente de rabia el espejo de la habitación. Pero es en el momento en el que Paolo Pantani, padre de Marco, entre en la habitación cuando el silencio haga su aparición. Paolo no abre la boca. La cara de decepción de su progenitor adentró a Marco en un mundo de lágrimas del que tardará días en salir.

Zomegnan sugirió a Pantani salir del hotel por la salida de emergencia. Pantani se negó. Era inocente y no tenía nada que ocultar. Fue al baño, se limpió las lágrimas, se duchó, se vistió y salió por la puerta principal para contestar a las preguntas de la prensa que allí se agolpaba.

Fue una masacre.

Aunque más lo sería al día siguiente. No existía la presunción de inocencia, era Pantani quien debía demostrar que era no culpable. No habría forma de hacerlo. Era un caso visto para sentencia. No ayudó a Marco que días después saliese a la luz que cuando en el invierno de 1996 fue operado de la fractura de tibia y peroné un análisis de sangre revelara que su nivel de hematocrito estuviese en un exagerado 60%.

Fue propuesto a un año de sanción sin competir.

La Camorra falseó el hematocrito de Pantani | Marca.com
Juicio popular

No había dudas. Era ‘vox populi’ que el dopaje estaba más que extendido entre el pelotón. Apostar por la inocencia de Pantani era un acto de fe. Pero había muchos interrogantes en el asunto. El control fue totalmente ilegal. No se avisó al ciclista con antelación ni estuvo presente el médico del equipo. Además, el contranálisis fue hecho por el mismo laboratorio, cuando debía cotejarse el resultado con otro laboratorio. Hubo también quien dijo que pudo haber un cambio brusco de temperatura o una mala conservación del recipiente, o, simplemente, que Pantani no se había hidratado suficientemente. Todas teorías posibles, pero de rocambolesca probabilidad. Todo semejaba un intento desesperado de defender lo indefendible.

El caso es que la mala praxis en el control sí que era fehacientemente probada, por lo que la sanción de un año sin competir fue revocada. Daba igual. El daño estaba hecho. A Pantani lo sacaron del Giro cuando sumaba cuatro victorias de etapa y tenía el triunfo guardado bajo llave. Le dijeron de competir en el Tour. Ni ganas. Pantani se echó un par de semanas encerrado en su casa de Cesanatico llorando hora tras hora. Entró en una depresión de la que ya no podría escapar. Su credibilidad había saltado por los aires. Competir no tendría sentido para él.

Buscaba refugio.

Y lo encontraría en la cocaína.

Fue Felice Gimondi quien convenció a Pantani para volver a subirse a la burra. Gimondi era la gran leyenda viva del ciclismo italiano, el hombre que logró desafiar y hasta vencer a Anquetil y a Merckx. También el ‘Canibal’ había tenido una mancha con el dopaje, pero a base de victorias había dejado en el olvido aquel incidente. Solo con victorias podrás sacarte el estigma de encima, le había dicho Gimondi a ‘Il Pirata’.

Pero Pantani no era Merckx. Era débil. Un pollo sin cabeza. Vuelve para la temporada siguiente. Se arrastra en el Giro, donde se le niega ser líder de su equipo, y va al Tour del año 2000 como un muerto viviente. Físicamente era el mismo, pero moralmente era otra persona. Se dejó ir en las etapas llanas hasta que llegó el día del Mont Ventoux. Allí, en la montaña lunar, Pantani resucitó. Sacó su golpe de pedal y balanceó la bici como en sus mejores tiempos. Fue dejando atrás a uno tras otro para cabalgar a la cima de la sagrada montaña. Solo Lance Armstrong logró aguantar su rueda. El norteamericano era el dueño y señor de la carrera y lo quiso demostrar. Se ponía por delante de Pantani y abría unos metros de distancia. Frenaba. Se ponía al lado de ‘Il Pirata’ y volvía a adelantarse. Le estaba esperando para dejarle ganar. Aquello era humillante. Induráin había dejado ganar a muchos en sus años de reinado. Se ponía a rueda y se dejaba ir. Lo que hacía Armstrong era egocéntrico. Le enseñaba al mundo que podía, pero que no quería. No era solidaridad, era caridad. Y lo sería mucho más cuando en la línea de meta se pare para que Pantani gane.

Marco explotó. No era un cualquiera, un don nadie que necesitara migajas. Despotricó contra Armstrong. Y el texano no se iba a achantar. Usó a los medios como altavoz para llamar ‘Elefantino’ a Pantani, el mote que tanto odiaba.

Encendido, Pantani lanza un durísimo ataque en la etapa que acaba en Courchevel y que pasa el temible Izoard. Es el Pantani de los buenos tiempos. Poesía en movimiento. Armstrong se pega a su rueda, pero acabará cediendo a falta de tres kilómetros para la cima. Marco Pantani vuelve a ser un grande. Un dios sobre dos ruedas.

Sería el canto del cisne.

Mont Ventoux ⛰️ La trágica y épica montaña del Tour - Ciclismo Épico
Armstrong y Pantani

Al día siguiente a Pantani le da una voutada y ataca a 130 kilómetros de la meta. Lo acabarán cogiendo y se dejará una minutada en la línea de meta. Decide abandonar y no terminar el Tour.

Un sin sentido.

Ni otro Tour ni otro Giro, ni ninguna otra gran carrera. Pantani acumuló desde entonces abandono tras abandono. Siguió entrenando e inyectando cocaína a su cuerpo a partes iguales. Llevo su ser a un masoquismo autodestructivo. Se alejó de su familia y su novia se vio obligada a consumir para que lo aceptase a su lado. Siguió firmando autógrafos y sacando fotos con esos fans que le perdonaban todo porque les había hecho vivir alguno de los mejores momentos de su vida. Eran fotos en blanco y negro donde las sonrisas eran sueños del pasado.

El día de San Valentín de 2004 Marco Pantani se encontraba en un hotel de Rimini, una bella ciudad a orillas del Adriático, bulliciosa en verano y solitaria en invierno. Allí, en un decrépito hotel, Marco Pantani atrancó la puerta de su habitación con una cómoda y con una mezcla de antidepresivos y cocaína espero que su cuerpo fuese capaz de ascender de nuevo el Galibier.

No fue así.

Falleció por un paro cardíaco provocado por un edema pulmonar y cerebral. Dejó tras sí una suerte de testamento en el que se juntaban frases inconexas.

Desde aquella madrugada en Madonna di Campiglio hasta aquella otra madrugada de San Valentín de 2004 Marco Pantani no volvió a dar positivo. Curioso ante un hombre que se pasó el último lustro de su vida enganchado a la cocaína. De hecho, en su última exhibición, en su victoria en Courchevel (donde vibramos) lo hizo a pesar de la cocaína polvo. Solo por lo que hizo en Courchevel habría que poner a Pantani en el mismo pedestal en el que se encuentra Maradona. Lo que hizo Pantani fue grandioso, no gracias a la cocaína, sino a pesar de ella.

Apenas tenía 34 años. Eran ya cinco de penurias. Su novia confirmó que su primera raya de coca fue en octubre de 1999. Cuatro meses después del positivo de Madonna di Campiglio. Aquello rompió el corazón de muchos. Semanas atrás se había marchado José María Jiménez, otro ángel de la las montañas sin el tronío del italiano. La cocaína también se había llevado por delante al ‘Chava’ con 32 años.

Miles de aficionados al ciclismo despiden a Marco Pantani en Cesenatico, su  localidad natal | Deportes | EL PAÍS
El último adiós

Luego vino el perdón. En 2014 se reabrió la investigación sobre la muerte de Marco Pantani. Dos años después se demostró que la muestra del positivo de Madonna di Campiglio había sido manipulada por la mafia siciliana. Al parecer había ingentes sumas de dinero apostadas a la derrota de última hora de Marco en el Giro de 1999. También se supo que aquel día de San Valentín de 2004 Marco Pantani había sido golpeado y obligado bajo coacción a beber cocaína diluida en agua.

Marco era grandioso.

Pero estaba muerto.

Hoy, un coqueto museo rinde homenaje a ‘Il Pirata’ en Cesenatico, no muy lejos de aquel hotel que lo vio marchar. Pero es en el Galibier, en el punto exacto donde Pantani pegó una dentellada a Ullrich durante un aguacero caído en la decimoquinta etapa del Tour de Francia, en donde una estatua se alza para honrar el recuerdo imperecedero de un escalador de tronío. El último pirata de las montañas.

“Su problema es que escala con las piernas y no con la cabeza” Lucien Van Impe, ganador del Tour de Francia y hexacampeón del maillot de la montaña.

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Pantani; una vida sin paracaídas (1ª parte)

Nueve días antes habíamos perdido la inocencia. Un tráiler del equipo Festina había sido parado en un control aduanero y lo que era un vehículo pesado de dos ruedas se convirtió en una farmacia en movimiento. Docenas de cajas de testosterona y de hormonas de crecimiento y más de 200 ampollas de Eritropoyetina (mundialmente conocida como EPO) trasmutaron a los ciclistas de héroes sacrificados en yonkis consentidos. Herido de muerte, el Tour de Francia de aquel año acabaría con diez ciclistas detenidos (entre ellos Richard Virenque, héroe nacional francés) y con siete equipos que abandonaron la carrera por solidaridad con los detenidos. Entre ellos estaban los cuatro conjuntos españoles (Banesto, ONCE, Kelme y Vitalicio Seguros), decisión, que, con el paso del tiempo, no deja en buen lugar a ninguno de ellos.

El caso es que, en medio de semejante panorama desolador, nueve días después de aquello, el Tour iba a presenciar una de sus jornadas más legendarias. Quizás, la mayor hazaña del último cuarto de siglo. Era la decimoquinta etapa del Tour 1998 y se recorrían 189 kilómetros entre Grenoble, capital de los Alpes franceses, y la cima de Les Deux Alpes tras transitar por la Croix de Fer y por el temible Galibier, este último a 50 kilómetros de la línea de meta.

Dossier – Recorridos históricos de las GV – 1995-2007 | Plataforma  Recorridos Ciclistas
Grenoble-Les Deux Alpes

Jan Ullrich había cogido el amarillo en la octava etapa tras ganar la contrarreloj de Correze. Era Ullrich una locomotora de impresionante pedalada y anchas espaldas que estaba llamado a ser el sucesor de Miguel Induráin. Era el vigente ganador del Tour y contaba con apenas 24 años. La magnificencia con la que había ganado el Tour el año anterior hacía sonrojar cualquier victoria del gigante navarro. Ullrich tenía igualmente controlada la edición de 1998. A la altura de esa decimoquinta jornada, el coloso alemán contaba ya con cinco minutos de ventaja sobre Marco Pantani, un irregular y excelente escalador que meses antes había salido triunfante del Giro de Italia.

Antes, en los Pirineos, primero en la etapa con final en Luchon y luego en la de Plateau de Beille, Pantani llegó a recortar minuto y medio ante un Ullrich que se limitaba a controlar el grupo principal y permitir márgenes poco preocupantes. Llegaron así los Alpes, y con ellos un radical cambio climatológico. Del sol de los Pirineos se pasó a la lluvia, al frío y a un ocasional y doloroso granizo.

Con las piedras de granizo cayendo de costado al pie del Galibier, Fernando Escartín lanzó dos latigazos. Ambos fueron contestados por Ullrich sin cambiar el rictus de su rostro. Al tercer intento Ullrich dejó marchar al pequeño escalador aragonés mientras mandaba a sus compañeros de equipo mantener un ritmo sosegado. Como en los tiempos de Miguel, nadie se atrevía a cuestionar al capo de la carrera, pero, al igual que a Induráin, a Ullrich le hacía mucho daño el frío. Donde otros vieron condescendencia, Pantani vio debilidad. ‘Il Pirata’ cambió de piñón, agarró la parte baja del manillar, dio un golpe seco y soltó un demarraje brutal. Ullrich se fue tras Pantani, pero reventó al poco de ponerse en pie. La pájara fue de época. En la cima del Galibier, a 2.642 metros de altitud, Marco Pantani aventaja a Jan Ullrich en 2’49’’. Por el camino fueron quedando Escartín y un grupo de valientes que marchaban escapados.

Fue un ataque sin sentido, una demostración de fuerza sobrehumana. Pantani era un lobo acosando a un rebaño. Una fiera desbocada demasiado endeble para vencer a la climatología. Solo aquel que alguna vez haya subido un puerto sabrá de la potencia que hay que imprimir para subir una montaña de pie con las manos bajas.

La bajada es de traca. Niebla, frío, dolor y cansancio. Pantani es un papel al que se lo lleva el viento, pero posee una determinación enfermiza. Al llegar a la falda de Deux Alpes no sólo ha conseguido mantener la ventaja, sino que ha logrado aumentarla hasta los cuatro minutos a pesar de los esfuerzos de los compañeros de Ullrich.

Comienza entonces una ascensión apoteósica. Cada golpe de pedal de Pantani es enfermizo. Favorecido por el aguacero, Pantani realiza uno de los ascensos más plásticos jamás filmados. Pedalada a pedalada asalta un golpe en el corazón de Ullrich que se deja en la meta 8’56’’. En la general la ventaja es de 5’56’’ a favor del italiano. Increíble. Al día siguiente, en la etapa de la Madelaine, Ullrich lo intentó todo, desesperado, pero no consiguió sacar a Pantani de su rueda. Llegaría a recortarle un par de minutos en la contrarreloj final, tiempo insuficiente para sacar a Marco de lo alto del pódium.

Jan Ullrich nunca sería el nuevo Induráin. Marco Pantani era el nuevo Coppi. Se convertía en el primer italiano en casi medio siglo en ganar el mismo año el Giro de Italia y el Tour de Francia. Tan sólo Fausto Coppi (1949 y 1952), Jacques Anquetil (1964), Eddy Merckx (1970 y 1972), Bernard Hinault (1982 y 1985), Miguel Induráin (1992 y 1993) y Marco Pantani (1998) han logrado semejante proeza.

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Tour 1998

Marco Pantani había nacido para volar. Su perfil cumplía el canon del escalador. Enjuto, frágil y delgado, uno de esos seres al que sólo la bicicleta le da el empaque suficiente para ser considerado un hombre. En la burra Pantani era un depredador, un pirata con carisma. Fuera de ella era un pollito asustado, pero honrado y sincero. Marco era de esas personas auténticas que no necesitaba papeles para certificar lo dicho. Llegaba con una mirada a los ojos y un sincero apretón de manos para justificar unas palabras.

Pantani había nacido ciclísticamente en el Giro de 1994. En una de esas etapas terroríficas que han pasado a mejor vida. Cinco colosos que ascender y 240 kilómetros sobre las piernas. Un trueno de apenas 24 años decidió apelar a la épica y lanzarse al vacío obteniendo una prestigiosa victoria. Al día siguiente tocaba subir el Stelvio y el Mortirolo antes de llegar a Aprica. Pantani pegó un hachazo en el Mortirolo y acabaría ganando una etapa que lo consagró como estrella, sucediendo en el corazón de los tifosi a Chiappucci el mismo día que Induráin dijo adiós a una grande por única vez en un lustro maravilloso.

Acabaría segundo aquel Giro por detrás de Eugeni Berzin y por delante de Induráin. Solo dos meses después el gigante de Villava corregía ese error y lograba su cuarto Tour consecutivo. Pantani no lograba esta vez ganar ninguna etapa, pero volvió a hacer la delicia de los aficionados. Con ataques imposibles lograba un meritorio tercer lugar en el cajón del Tour confirmándose como la gran promesa del ciclismo mundial.

Era ese un Pantani muy distinto al de años después. No había bandana en su frente. En su lugar una gorra calada en la cabeza o la frente despejada peleando con las inclemencias del tiempo. Marco intentaba luchar con su galopante alopecia peinando los escasos pelos que circulaban por su cabeza y no había visos de barba que adornaran su rostro. Por supuesto no había pendientes ni tatuajes. Solo su interminable sonrisa dotaba de juventud a un rostro que ya hacía tiempo había dejado la adolescencia.

The World of Cycling on Twitter: "Marco Pantani had his first victory as a  pro on Saturday 4 June 1994 stage 14 of the Giro d Italia.  https://t.co/gGSRuvn3Hf" / Twitter
Pantani. Giro 1994

Para 1995 era la alternativa. Era su año. Lo fue a medias. Un coche se lo llevó por delante en un entrenamiento. Se perdió el Giro. Llegó al Tour justo de forma. Ganó dos etapas, pero no brilló en la general. Dio una exhibición en Alpe d’Huez atacando a pie de puerto, cazando a Jalabert, Virenque y Escartín que marchaban escapados y metiéndole minuto y medio a Induráin en un abrir y cerrar de ojos. Pero días después su amigo Fabio Casartelli se caía descendiendo el Col de Aspet y se dejaba la vida. Pantani, hundido, desconecta y pierde una minutada. Meses después reaparece en el Mundial y logra la medalla de bronce tras Olano e Induráin tras otra portentosa exhibición montaña arriba y montaña abajo.

Con el bronce en el cuello Pantani se va a dar un baño de multitudes a Italia para acabar la temporada. Decide correr la Milán-Turín, una clásica que hoy se disputa en marzo, pero entonces tenía lugar en octubre. Tras salir de una curva, un todoterreno hace una aparición en la carretera y se lleva por delante a ‘Il Pirata’. Se trata de una fractura abierta de tibia y peroné de su pierna izquierda. El coche había surgido de un camino comunal y había atravesado la carretera sin que la organización hubiese previsto el desastre.

Eran cinco meses de baja. Fue más de un año. En el 96 no compite. El Carrera (textil) no renueva su contrato y deja el ciclismo. Se forma el Mercatone Uno (supermercados), un conjunto modesto que apuesta por Pantani como buque insignia jugándoselo todo a una carta. Unos 50 trabajadores dependen de que esa pierna izquierda vuelva a funcionar. Con la presión sobre sus hombros por primera vez en su vida, Marco comienza el Giro de 1997 de menos a más, pero en una etapa de transición un gato negro se cruza delante del pelotón y acaba besando el asfalto. Dolorido, se tiene que bajar de la burra.

No quiere correr el Tour, pero el patrocinador le obliga. Marcha a trompicones, un constipado le hace pensar en dejarlo, pero otra vez el Alpe d’Huez se convierte en su talismán. Realiza otra portentosa ascensión, se convierte en el cuarto ciclista de la historia en ganar dos veces en la montaña mágica y se llena de moral para acabar el Tour en tercera posición y volver a formar parte de la élite del ciclismo mundial.

Archivo:Marco Pantani, 1997.jpg - Wikipedia, la enciclopedia libre
Alpe d’Huez 1997

Y ese debía ser el techo de Pantani. Por entonces era inconcebible que un escalador pudiese ganar una vuelta de tres semanas. Había interminables etapas contrarreloj que levantaban un muro infranqueable para aquellos especímenes ligeros y soñadores que surcaban las montañas. El Giro o el Tour estaban diseñados para todoterrenos o para rodadores que sabían defenderse en las montañas. Lejos estaban los tiempos de Coppi, Bahamontes o Charly Gaul, escaladores con mayúsculas victoriosos en los años 50. Tan solo Pedro Delgado, vencedor en el Tour de 1988, podría ser considerado uno de esos aventureros. Era la excepción que confirmaba una regla que llevaba vigente un par de décadas.

Mas de 80 kilómetros contrarreloj y escasas etapas de montaña hacen que Marco Pantani estalle contra la organización del Giro 1998. En la primera crono ‘Il Pirata’ es doblado por Alex Zülle y adelantado por Pavel Tonkov. Otra vez a contracorriente y otra vez a ganar etapas de alta montaña que le permitan soñar con el pódium. Pero este Pantani es distinto. Se ha puesto un pendiente, se ha dejado perilla y definitivamente se ha rapado la cabeza. Aun no lleva la bandana en la cabeza, eso será una innovación que se vislumbrará en el Tour, pero ya es un pirata en toda regla.

Se sube entonces la Marmolada, uno de esos puertos dolomíticos donde el retroceso de los glaciares abre hojas de la historia. Era la primera vez que Marco asciende esos 2.050 metros. Jugando con los pedales le pregunta a un compañero de equipo cuando empieza lo más duro, a lo que éste contesta, incrédulo, que ya están en la parte más exigente. Pantani acelera el paso, arranca la moto y se escapa a 50 kilómetros de la meta. Se pone líder por vez primera en su vida. Es la maglia rosa. Dos días después vuelve a reventar la carrera y aumenta su ventaja en otra etapa dolomítica donde se quita el pendiente en medio de la ascensión para aligerar el peso, en otra icónica imagen que quedará en la retina de los aficionados.

Italia recuerda a Marco Pantani 16 años después de su muerte - AS.com
Maglia rosa

Llegaba Pantani a la crono final de 34 kilómetros con 1’28’’ sobre Pavel Tonkov. Insuficiente para aficionados, periodistas y ciclistas. No será así. Pantani no solo mantiene la ventaja, sino que la aumenta en un puñado de segundos. ‘Pantani è Dio’.  Es una celebridad al ancho y al alto de la bota italiana. Se le exige, se le suplica, que acuda al Tour a reeditar la hazaña lograda en tierras transalpinas. Pero Pantani no lo ve claro. Hay dos cronos de más de 50 kilómetros y las etapas que acaban en alto, aunque son durísimas, son escasas. Al final fue, y lo que allí sucedió, como ya contamos, es historia y poesía en movimiento.

‘Il Pirata’ cerraba el año 1998 con ese asombroso doblete Giro-Tour. Su reputación era planetaria. Acudía a saraos de todo tipo y se convertía en efigie de numerosas marcas publicitarias. Su imagen rebelde con perilla, bandana, pendiente y gafas de sol, lo convertían en imán para los adolescentes. Para celebrar el Tour se había teñido la perilla de amarillo, moda que muchos deportistas imitarán en los siguientes años para loar una victoria.

Marco Pantani se presentaba al Giro de 1999 como una estrella mediática. Como el hombre a batir. Y, sobre todo, como el patrón indiscutible del ciclismo de aventuras, del ciclismo espectáculo, que, esta vez sí, estaba sustentado con victorias.

Aquel 1999 se prometía feliz. Pero fue el año en el que Marco Pantani cayó a los infiernos.

Pero esa será otra historia.

Será el próximo viernes.

“Disfruto creando el vacío a mi espalda”. Marco Pantani.

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The Six Nations; el torneo más decimonónico de los deportes decimonónicos

En ‘Astérix en Bretaña’ el valiente galo de bigote dorado y su fiel e inseparable Obélix desembarcan al otro lado del Canal de la Mancha para ayudar a los britanos en su lucha contra Julio César. Durante su aventura tendrán que hacer frente a la extrema educación de los nativos, lo que incluso los llevara a solicitar un alto en su lucha con los romanos para tomar el agua hervida a las cinco de la tarde. Vestirán prendas de tweed, viajarán en un barco pilotado por remeros de Cambridge, verán a unos bardos firmar autógrafos (los Beatles) o tendrán problemas para conducir su carro por la izquierda, entre otras maravillosas delicias anacrónicas.

En uno de esos pasajes, Astérix y Obélix acabarán en Camulodunum (Colchester) donde verán un partido de ‘Las Cinco Tribus’. Por supuesto el grandullón de Obélix acabará saltando al césped y pronto se convertirá en estrella del encuentro, pero antes, fascinado por lo que ve, le comenta a Astérix: “Es un juego inteligente, lo llevaremos a la Galia.”

Dos milenios después Francia es por pleno derecho miembro del torneo más prestigioso que ha parido el rugby. Cuando en 1966 Albert Uderzo publique ‘Astérix chez les Bretons’ los galos ya formaban parte de un torneo que empezó como Cuatro Naciones en 1883 (Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda), pasó a ser Cinco Naciones en 1910 (con la inclusión de Francia) y desde el año 2000 es el Seis Naciones (Italia). La mayor rareza la protagonizan los irlandeses, que en estos 135 años ha pasado de ser provincia autónoma a Estado independiente, dejaron la monarquía por la república y renunciaron a ser un único país para dividirse en dos mitades. Sin embargo, en lo que a rugby se refiere, Irlanda compite desde los inicios con un único equipo formado en la actualidad por jugadores irlandeses y norirlandeses en total harmonía.

Fue Winston Churchill, un hombre poco sospechoso de ser deportista pero que hubiese sido campeón olímpico de verborrea, el que dio con la más aguda definición con la que ha contado el rugby. “Se trata de un deporte de hooligans jugado por caballeros”. El aserto viene como anillo al dedo porque, aunque a ojos del espectador inexperto el rugby es de una brutalidad pasmosa, cuenta con unas reglas y tácticas complejas y rígidas que son seguidas con total concordia y deportividad. Es el deporte decimonónico por excelencia. Creado hace dos siglos, se ha mantenido prácticamente inflexible en sus ideales hasta hace apenas unas décadas. Aunque la mercadotecnia y el estrellismo (Lomu, Wilkinson, O’Driscoll) ha hecho tambalear sus cimientos, es increíble observar cómo sigue conservando buena parte de su misticismo, su amateurismo y sus tradiciones.

Si bien la profesionalización y la creación del Mundial en 1987 llevaron al rugby a otra dimensión y si también es cierto que es en el hemisferio sur donde está la hegemonía del deporte del balón ovalado (hasta la fecha Inglaterra es el único país europeo que ha ganado un Mundial palideciendo ante Nueva Zelanda (3), Sudáfrica (3) y Australia (2)), no existe nada comparable al Seis Naciones en lo que a rugby se refiere.

En este todos contra todos, Inglaterra y Escocia dominaron las primeras ediciones, pero fue Gales quien en 1893 conquistó por vez primera la Triple Corona. Los galeses estuvieron invictos en casa entre 1900 y 1913, pero pronto los ingleses se mantuvieron como la selección a batir mejorando el registro y permaneciendo intocables entre 1910 y 1926. En esos años Inglaterra había conquistado el Grand Slam en cinco ocasiones, mientras que Escocia había sumado el primero en 1925.

¿Qué es el Grand Slam? Además del trofeo como vencedor del Seis Naciones, durante la competición hay múltiples batallas que deben ser libradas. El Grand Slam no es un trofeo, simplemente es un honor. Se otorga a aquel que gana el Seis Naciones venciendo en todos y cada uno de sus partidos. Son los ingleses los que hasta la fecha más veces lo han logrado (13 ocasiones de 29 títulos conseguidos). Gales (28 títulos y 12 Grand Slam), Francia (17/9), Escocia (15/3), Irlanda (14/3) e Italia (0/0) cierran la clasificación. La Triple Corona (Triple Crown) tampoco es un trofeo, sino una mención, y es para aquel país que logra vencer a los otros tres equipos de las Islas Británicas, es decir, una mini competición en la que no participan franceses ni italianos.

6 Naciones 2023 | Rugby: El VI Naciones vuelve con Francia favorita y el  Mundial de fondo | Marca
Seis Naciones

Los franceses entraron en disputa en 1910 aunque fueron expulsados en 1931 acusados de ser demasiados violentos y de pagar bajo cuerda a sus jugadores. Los galos volvieron tras la II Guerra Mundial, donde fallecieron muchos deportistas, aunque no se llegó a la formidable cifra de 111 jugadores de rugby caídos entre 1914 y 1919 en las trincheras del norte de Europa. Los franceses hubieron de esperar a 1959 para lograr su primer título y en 1968 sumaron su primer Grand Slam.

Luego vino una edad de oro para el rugby galés que dominó con fiereza los 70 al igual que el rugby champagne francés los hizo en los 80. Antes, en 1973, se dio un quíntuple empate, caso enormemente curioso. Desde 1993 esto es imposible que vuelva a suceder, ya que los empates se dirimen por diferencia de tantos o por mayor número de ensayos conseguidos. Son cuatro puntos por triunfo, dos por empate y un cero en caso de derrota. En 2017 se inauguró una bonificación de un punto ofensivo por anotar al menos cuatro ensayos y otro punto, en este caso defensivo, si el que pierde lo hace por menos de siete puntos de diferencia. Lo que sigue siendo tabú, a pesar de la ayuda de la tecnología, es poner en duda una decisión arbitral. Está prohibido discutir las decisiones del trencilla y siempre hay que acercarse a parlamentar con él interpelándole como señor.

En el 2000 entra en liza Italia y nace el Seis Naciones. Los transalpinos lograron contra todo pronóstico la victoria en su debut ante Escocia, sorprendiendo a propios y extraños, aunque a partir de ahí encadenaron catorce derrotas consecutivas. Año tras año luchan por evitar la Cuchara de Madera, y aunque mejoran a pasos agigantados, más de dos décadas después sigue pareciendo ciencia ficción que se alcen con la victoria. Italia es incapaz de doblegar tanto a Francia como a Inglaterra, sea en el estadio Flaminio de Roma o sea a domicilio. Son cinco los partidos del Seis Naciones por lo que no existe la ida y la vuelta. Un sistema rotatorio determina a quien le toca ejercer como local en función del año en disputa.

¿Y qué es la Cuchara de madera? La Cuchara de madera (Wooden spoon) es un irónico trofeo que se entrega al equipo que pierde todos y cada uno de sus partidos. Hasta en doce ocasiones entre 2000 y 2022 semejante deshonor ha recaído en Italia, que lucha año tras año por escapar de esa aberración. A parte de la Wooden spoon en cada partido del Seis Naciones se entrega un trofeo en cada duelo particular. El Millennium Trophy, con su característica forma de vikingo, data de 1989 y se la da al vencedor del partido entre Irlanda e Inglaterra. De ese mismo año es el Centenary Quaich, disputado entre Irlanda y Escocia. Otros son el Trofeo Garibaldi (2007 Francia vs Italia), Auld Alliance (2018 Escocia vs Francia) y el Doddie Wier (2019 Escocia vs Gales). Sorprendentemente a nadie se le ha ocurrido todavía dotar de un trofeo el enfrentamiento entre franceses e ingleses.

Pero el origen de todos ellos es la Copa Calcuta. El inicio de todos estos ritos tuvo lugar el día de Navidad de 1872. Fue en Calcuta, hoy megalópolis de la India y por entonces prospera ciudad del Imperio Británico, donde se jugó un partido de rugby que enfrentó a Inglaterra frente a un combinado de jugadores de Escocia, Gales e Irlanda. Tal fue el éxito de la iniciativa que una semana más tarde se repitió el enfrentamiento y pronto todos los allí presentes fundaron el Calcutta Football Club.

El equipo se unió a la RFU (Rugby Football Union) pero, tras un año de grandes dificultades, comprendieron que era imposible competir regularmente con los equipos de rugby de las Islas Británicas situados a 8.000 kilómetros de distancia. Así pues, decidieron disolver el equipo y retirar los fondos del banco. Con ese dinero encargaron una copa de plata que donaron a la RFU con el compromiso de que a partir de 1878 se disputase un encuentro anual entre Inglaterra y Escocia, siendo un año anfitrión una selección y al siguiente la otra, cuyo vencedor sería el poseedor de una copa de manufactura india de 45 centímetros de alto.

Había nacido la Calcutta Cup. El origen del Seis Naciones.

What is the Calcutta Cup? - Rugby World magazine
Copa Calcuta 1872

— LA ARISTOCRACIA DEL RUGBY —

Toda nación que participa en el Seis Naciones tiene su apodo, su nombre de guerra. Hasta Italia tiene su propio alias. Los transalpinos fueron considerados durante años los sextos mejores de Europa en dura pugna con Rumania o la antigua Unión Soviética hasta que en 2000 entraron en el selecto club de los grandes. Son conocidos como los ‘azzurri’ debido al color azul cielo de sus camisetas que honra a la Casa de Saboya, reinante en Italia desde la independencia hasta 1945. Abolida la monarquía, la camiseta adoptó un escudo (scudetto) con la bandera tricolor con una corona de laurel dorada.

El ‘XV del gallo’ es motivo de mofa y de orgullo a partes iguales. Si bien es cierto que gallo deriva de la palabra galo, nombre con el que el Imperio Romano se refería a buena parte de lo que hoy es Francia, pronto los franceses adoptaron como emblema al gallo, el macho de la gallina. Sin ser un símbolo oficial representa el orgullo y la grandeza francesa y para el resto del mundo su suficiencia y su vanidad. Su chauvinismo. A Francia también se le conoce como ‘les bleus’ por el intenso azul de su camiseta de juego.

En Gales el rugby es el deporte nacional y en el ratio practicantes /habitantes incluso superan a Nueva Zelanda. Los galeses utilizan como símbolo a un dragón, en este caso un animal mitológico. El dragón proviene de la colonización romana, pues era un emblema que los ejércitos usaban en sus estandartes. Pero su uso en la idiosincrasia galesa viene de mucho más atrás. La leyenda cuenta que existía un dragón de color blanco que representaba el mal y un dragón de color rojo adalid del bien. El mago Berlín fue quien los liberó de su lucha y de esa pelea resultó vencedor el dragón rojo. Siglos más tarde el rey de Gales Uther Pendragon decidió tomar como emblema de Gales el dragón.

Los galeses también son conocidos como ‘el XV del puerro’ y por las tres plumas de un avestruz. El puerro data del siglo VI, cuando los galeses, junto a otros pueblos celtas, combatieron ante los sajones. Los aliados celtas decidieron colocar un puerro sobre sus cascos para distinguirse del enemigo resultando victoriosos de la contienda. Por su parte las plumas de avestruz datan del siglo XIV, cuando tras la batalla de Crecy (1346) una coalición de británicos y bohemios derrotó a los franceses. Fruto de esa unión el rey de Bohemia concedió al príncipe de Gales las tres plumas de avestruz para añadir a su escudo heráldico como símbolo de su honor.

El escudo de la selección inglesa de rugby se remonta al siglo XV. Por aquel entonces se produjo una guerra civil por el trono de Inglaterra entre la Casa de Lancaster y la Casa de York. Los primeros tenían como símbolo una rosa roja mientras que los segundos lucían como emblema una rosa blanca, por ello la disputa pasó a la posteridad con el nombre de la Guerra de las Dos Rosas. El conflicto terminó en 1485 con la victoria de Enrique Tudor de la Casa de Lancaster. Pero Enrique, sabiamente, decidió casarse con Elisabeth de York, uniendo las dos casas para siempre y creando la dinastía de los Tudor. Fue entonces cuando se estableció como emblema de los Tudor una rosa roja que en su interior porta una pequeña rosa blanca. A pesar de que hoy la familia real inglesa pertenece a la dinastía de los Windsor, la selección de rugby de Inglaterra sigue siendo conocida como el ‘XV de la rosa’.

Escocia es para todos el ‘XV del cardo’, nombre que proviene de una batalla contra los vikingos en el siglo XI. Los nórdicos desembarcaron en las inhóspitas tierras altas escocesas y la leyenda cuenta que los gritos de dolor de los vikingos al pisar encima de los cardos fue lo que alertó a los escoceses. El ejército se puso en marcha y pudieron detenerlos antes de que llegasen a los núcleos de población.

Irlanda es el ‘XV del trébol’ por cuestiones puramente religiosas. Se dice que en el siglo V San Patricio llegó a las costas irlandesas y recorrió la isla de cabo a rabo introduciendo el cristianismo en Irlanda. Para que los nativos comprendiesen la complejidad del misterio de la Santísima Trinidad arrancó un trébol del suelo. San Patricio les contó que al igual que las tres hojas del trébol conforman una única planta, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo representaban a una sola persona. Irlanda, al igual que Polonia, no se puede entender sin el cristianismo. Más allá de la espiritualidad, el catolicismo está intrínsecamente unido a la nación, y, por supuesto, a su selección de rugby. La complejidad es tal que mientras ‘el XV del trébol’ canta el himno nacional (A soldier’s song) cuando juegan en el Aviva Stadium en Dublín, cambian de cántico al jugar en territorio británico (Ireland call) para no herir susceptibilidades políticas con sus vecinos, y en el rugby compañeros, de Irlanda del Norte.

La Selección de Irlanda apodada "del Trébol" 🍀 -
Irlanda unida por el rugby

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Milán-Turín. Guía de viaje

En 1876 aún no se había inventado el fonógrafo. Tampoco el coche ni el avión. No existía el cine ni tampoco las Coca-Cola. No había aspirinas ni tampoco termómetros. No teníamos lavadoras ni aspiradoras, tampoco ositos de peluche o cremalleras. Nadie sabía lo que era el acero inoxidable. 1876 queda muy atrás en el tiempo.

Pero en 1876 ya existía la Milano-Torino, la carrera ciclista más antigua del mundo aun en disputa. Siempre en marzo, una semana antes de la más famosa Milano-San Remo, salvo entre 1987 y 2005 donde fue trasladada a octubre. Es la Milán-Turín una lección de historia, un remonte a través del valle del río Po, un paseo por uno de los lugares más prolíficos de la industria y la agricultura europea.

Desde que en 1876 el ciclista, naturalista y explorador italiano Paolo Magretti completó los 150 kilómetros que separan a la capital de Lombardía con la del Piamonte son más del centenar las ediciones celebradas. Hasta la I Guerra Mundial fue imposible coser dos ediciones consecutivas. Aún habría un intervalo de paralización a finales de los años 20, pero desde 1930 la Milán-Turín fue fiel al calendario salvo contadas excepciones. En el 2000 el motivo fueron unas lluvias dantescas que anegaron el valle del Po. Lo curioso es que la Milán-Turín sobrevivió con dignidad a la hecatombe de la II Guerra Mundial, pero no así a la crisis financiera de 2008. Rehusados los patrocinadores alarmados por los escándalos de dopaje en el ciclismo y acumulando pérdidas millonarias, entre 2008 y 2011 hubo que mandar al cubo de la basura a la Milán-Turín.

Al igual que la Milán-San Remo, la Milán-Turín es el último paseo del invierno. Si la primera viaja al sur en busca del sol, la segunda cabalga hacia el oeste indagando los orígenes de Italia. La primera es conservadora y la segunda explora caminos más progresistas, pero ambas son el vivo ejemplo de un deporte que, en esa eterna pugna entre progresismo y conservadurismo, siempre ha escogido la cautela a pesar de la fuerza de los vatios y de las analíticas.

La Milán-Turín es ciertamente monótona, pero rezuma belleza por todos sus poros. Es una prueba para tipos rápidos, pero también para aventureros que apuestan todos sus créditos a dar la sorpresa en la subida final. Quizás para el aficionado inexperto el pedaleo es tedioso, pero para el amante de la cultura, la naturaleza y la arquitectura, la Milán-Turín, como tantas y tantas maravillas del ciclismo, es una amalgama de excitación para la percepción.

Fue el Club Ciclista de Milán quien promovió la primera edición. Hoy es la empresa RCS Sport la que se hace cargo de la organización de la carrera, así como también del Giro de Italia. Es de las pocas carreras de renombre que no deben sus inicios a la idea empresarial de un periódico, aunque hoy sí dependa de ello, ya que RCS Sport es el brazo organizativo de ‘La Gazzetta dello Sport’. Solo hubo ocho valientes en aquel 1876, y tan sólo el ya citado Magretti y tres aventureros más consiguieron llegar a Turín. Siempre fue una prueba muy italiana y su escasez de cotas montañosas hizo rehusar a los Merckx, Hinault y compañía de intentar hincarle el diente. Cavendish, Jalabert, Bugno, Saronni, de Vlaeminck o Magni son algunos de los insignes triunfadores.

Milano–Torino - Wikipedia

La prueba debería empezar en Milán, a los pies de la Madoninna. La Asunción de María vigila a devotos, paisanos y turistas cuando se acercan a la imperial Duomo milanesa o se arriman a pecar a las cercanas galerías de Vittorio Emanuele II. Lo cierto es que los viajeros comienzan la aventura más al norte, en un pueblo, hoy ciudad dormitorio de Milán, conocido como Novate Milanese. Allí nació Vicenzo Torriani, el hombre que se puso a cargo de ‘La Gazzetta dello Sport’ y reflotó el Giro de Italia o la Milán-San Remo tras el fin de la II Guerra Mundial. La tradición hoy es olvidada y a veces los ciclistas empiezan a rodar en las también próximas San Giuliano o Magenta, famosa ésta última por una batalla de la independencia italiana de 1859 que dio nombre al pigmento descubierto ese mismo año.

De Lombardía pronto se pasa al Piamonte. Los milaneses ya tienen San Remo. La Milán-Turín es más turinesa que milanesa. Pero la Milán-Turín es, por encima de todo, la carrera del Po. El valle del Po conforma un triángulo cuyas tres partes son idénticamente prósperas. Podrido el sistema político italiano, a inicios de los 90 a alguien se le iluminó la bombilla y le dio por decir que aquello era un ente propio. Padania independiente. Es el Po el que cruza ese paradisiaco lugar de prosperidad e inquina al mismo tiempo. De admiración y odio visceral a partes iguales. En el extremo inicial del triángulo, cuando el Po pasa de niño a adolescente, están Piamonte y Lombardía. En el invierno los días son duros, ventosos, fríos y propensos a la niebla. Encerrados por altas cordilleras y solo abiertos al este, los veranos son húmedos y asfixiantes. Podrán ser ricos y poderosos, pero opresivos e industriosos, los habitantes de Padania están rodeados de una de las capas de contaminación más vigorosas de toda Europa.

Decía entonces que la carrera remonta el valle del Po. Lo hace cuando es modesto y aún no es navegable, cuando el Ticino todavía no vierte sus aguas en él para volverlo descollante. Se remonta el Po y la carrera camina hacia el norte para buscar a algunos de sus afluentes. Traspasa la barrera de la Galia cisalpina y los ciclistas dejan de ser ciudadanos romanos y se convierten en bárbaros. La bienvenida a Piamonte la da Vercelli, una pequeña ciudad anclada entre Milán y Turín. Es hermosa y serena, y, rodeada de campos de arroz, es capital de comarca. La basílica de San Andrés saluda a los ciclistas con sus tres estilos, románico, gótico y lombardo, el propio de la zona y el que sirve de enlace entre la recatada y la luminosa. De Vercelli es también el Pro Vercelli, el primer gran campeón del fútbol italiano donde jugó Silvio Piola, aun hoy el máximo goleador histórico de la Serie A.

Se cruzan entonces el rio Sesia, uno de esos lagartos de agua que llenan las tripas del gran cocodrilo. A veces se cruza más al sur por el valle Lomellina, paraje de garzas y otras aves. Por allá también habrá viñedos de uva freisa, una uva italiana que da vinos tintos como el Canavese o rosados como el Monferrato. Todo es zona de iglesias hermosas, renacentistas y barrocas a partes iguales, y donde los elementos arquitectónicos se integran con colinas, bosques y lagos. Estatuas, frescos y campanarios conforman lugares que obedecen al culto mariano.

Otras veces se cruza Dora Baltea que da al Po truchas, percas y salmones. Por allí está el canal Cavour, que riega del agua necesaria al arroz con el que poder hacer un risotto paniscia, con sus judías, su tocino y su salami, siempre regado con una botella de vino tinto. Piamonte es uno de esos lugares donde nació el ‘slow food’, la apuesta por la alimentación sana, el turismo cultural y de tenedor, cuchillo y cuchara.

A unos 50 kilómetros de Turín se encuentra San Germano Vercellese y su iglesia de Santa Águeda con su campanario lombardo, su fachada en forma de panteón griego y los frescos en su interior. En vez de seguir hacia Turín la carrera da un rodeo dirección norte hasta encontrarse con Ivrea y así poder acercarse a los 200 kilómetros de recorrido. Eporedia en tiempos romanos, Ivrea vislumbra el paso del tiempo desde un cerro en el que se levanta un castillo del cual sobreviven tres torres quedando la cuarta inutilizada por un relámpago que acabó con el polvorín que se guardaba en su interior. Al pie del cerro, se conserva el edificio Olivetti, hoy Patrimonio de la Humanidad, donde a inicios del siglo XX se diseñaron no las primeras máquinas de escribir y calculadoras, pero si las primeras que combinaron funcionalidad con hermosura.

Luego ya se desciende dirección Turín dejando kilómetro a kilómetro lo rural por lo urbano y lo añejo por lo moderno. Son múltiples los pueblos por los que el tiempo parece haberse detenido y donde la plaza, el bar y la iglesia siguen siendo el centro comunitario. Para lugares como Rivarossa, la Milán-Turín es una fiesta y una afirmación de identidad. Todo el recorrido no será patrimonio de la humanidad, pero si lo es del ciclismo y de la vida.

Se entra entonces en el gran Turín por el noroeste. A poco más de 30 kilómetros está la abadía de San Michele, localización famosa por ser donde se rodó ‘El nombre de la Rosa’, película de Sean Connery que igualó o mejoró la novela de Umberto Eco. Se encuentra tan magno lugar en el valle del Susa donde más adelante estará el Venaria Reale, la residencia de la casa real de Saboya, hecha a imagen y semejanza del parisino de Versalles y cuya Galería de Diana pretendía rivalizar con la Galería de los Espejos francesa.

Turín es una señorita, refinada, distinguida y de gustos remilgados. Primera capital de la Italia cuando el yelmo de Escipión cubrió la cabeza, Turín nos recibe con largas avenidas, calles porticadas y vastas vistas a los Alpes. Atravesada por el Po, en Turín encontramos la Mole Antonelliana, una antigua sinagoga que hoy alberga el Museo Nazionale del Cinema y que en su momento fue la construcción de albañilería más alta de Europa. Formidable también es el arcón de madera que guarda la Sábana Santa, donde dice la tradición que fue enterrado Jesucristo y que preside majestuosa la catedral de fachada de mármol blanco de la ciudad.

En Turín los ciclistas también pueden circular y admirar la vía Roma, la vía Po o la vía Garibaldi, siendo ésta última la calle comercial más larga de Europa y que desemboca en la Piazza Castello que une a todas las anteriormente citadas. Allí está el fin de fiesta tras cerca de 200 kilómetros de ritmo elevado, codazos, destrucción, colocación y velocidad. Pero cuando la Milán-Turín revivió a inicios del siglo XXI se quiso darle un vuelco a la prueba acorde a los tiempos actuales.

La principal seña de identidad de la carrera es el alto de Superga, una ascensión de dificultad media situada a las afueras de Turín y que tras su descenso da por acabada la carrera. Aunque la Milán-Turín es una prueba para velocistas, la ascensión a Superga exigía un esfuerzo extra para con los sprinteres y daba la oportunidad de victoria a los valientes. Fue en el descenso de Superga donde Marco Pantani fue atropellado en 1995 dejándolo año y medio en el dique seco. Y fue a los pies de la basílica de Superga donde en 1949 la niebla hizo trizas el avión en el que viajaba el Torino FC de Valentino Mazzola acabando con uno de los mejores equipos de fútbol de todos los tiempos.

Pero en 2012 los organizadores escogieron un final más duro y mediático, realizando un doble paso por la vertiente más dura de Superga (4,3 km al 9,1%) y finalizando la prueba en lo alto de la cima. Un trazado sin mucha dureza global, siendo básicamente llano desde la salida hasta llegar a los alrededores de Turín, pero que de pronto contaba con veinte kilómetros sin respiro encadenando dos subidas a Superga. Desde entonces se ha mantenido con asiduidad el final en alto, aunque las variantes siguen siendo múltiples. A veces finaliza en Rivoli, bella ciudad situada al oeste de Turín y de Superga, y otras se apuesta por un final más llano y tranquilo.

Milano Torino 2023 | Official website
Milano-Torino

En aquel 2012 aquella renovada edición dio como vencedor a Alberto Contador. Miguel Poblet, Valentín Uriona, Igor Astarloa y el gallego Marcos Serrano son los otros españoles que han vencido en Turín. Por supuesto son los italianos con 73 triunfos de 103 posibles los plusmarquistas y el maravilloso Constante Girardengo el más laureado con cinco victorias (1915, 1915, 1919, 1920 y 1923). Piamontés, Girardengo fue una de las primeras estrellas mundiales del ciclismo y un icono italiano ganador en Lombardía, San Remo y en la clasificación general del Giro de Italia.

Otras guías de viaje ciclistas

Propuesta de un Tour por Europa (una vuelta de norte a sur por el Viejo Continente a lomos de una bicicleta)

Tour de Flandes (adoquines y barro en tierras belgas)

Giro de Lombardía (un paseo otoñal por el norte de Italia)

París-Roubaix (pavés, trincheras y agonía en la clásica de las clásicas)

Milán-San Remo (Una oda a la llegada de la primavera en ‘La Classicissima’)

Lieja-Bastoña-Lieja (la carrera de los valones, la competencia directa al Tour de Flandes)

La desconocida fiebre del ciclismo en Eritrea (como los italianos llevaron al corazón de África la pasión por el ciclismo)

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Usted no puede irse al extranjero, entienda que es Patrimonio del Estado

Antes de Mbappé existió Ronaldo. Y antes de Ronaldo existió Eusebio. Pero antes de ser Eusebio, Eusebio fue Magagaga. Magagaga era un velocista con recursos para la finta y para el regate y con una capacidad innata para golpear en seco desde cualquier parte del campo rival. Por eso Magagaga dejó Lourenço Marqués a los 18 años para probar fortuna en Lisboa. Con el paso del tiempo Lourenço Marqués pasará a ser Maputo, Mozambique un país independiente y Eusebio será considerado el mejor futbolista africano del siglo XX.

Pero Eusebio no es africano.

En Mozambique a Eusebio se le admira, pero no se le ama.

Eusebio es bandera de Portugal. Eusebio es Patrimonio del Estado.

En la década de 1960 la selección portuguesa de fútbol se hizo un hueco en el panorama internacional con un fútbol hermoso y ofensivo que tuvo su culmen al alcanzar el tercer puesto en el Mundial de Inglaterra. La base de aquel conjunto era el Benfica, bicampeón europeo y hasta tres veces subcampeón en el plazo de ocho años. En aquel conjunto destacaban varios futbolistas nacidos en las colonias portuguesas de África. Titulares eran Costa Pereira y Joaquim Santana, ambos angoleños, así como Mario Coluna y Eusebio, nacidos en Mozambique.

Todo el amor del que carece Eusebio en África es recogido con profusión por Coluna, el capitán y ancla organizativa de aquel Benfica. Una vez Mozambique declaró su independencia en 1975, Mario Coluna regresó a sus orígenes y se convirtió en el primer presidente de la federación nacional de fútbol. Después ostentaría el cargo de ministro de deportes antes de fallecer en 2014, tras cuatro décadas residiendo en Mozambique.

Eusebio estuvo veinte años sin pisar tierras africanas. Ni siquiera acudió al sepelio de su madre. Con un pánico atroz a los aviones y constantes problemas estomacales, evitó siempre que pudo el viaje hasta que se hizo inevitable. Eusebio falleció en Lisboa, apenas seis meses antes que Coluna, y el Gobierno de Portugal declaró tres días de luto oficial.

Eusebio es un icono portugués que trasciende el paso del tiempo.

Eusebio es Patrimonio Nacional.

Former Portugual captain Mario Coluna dead at 78
Coluna (i) y Eusebio (d)

En el verano de 1964 la Juventus de Turín necesitaba dar un golpe de efecto para recobrar la primacía futbolística. Los turineses seguían siendo el equipo más laureado en Italia, pero tanto el AC Milan como el Inter habían ganado la Copa de Europa. Para más escarnio ambos conjuntos contaban con las dos figuras más rutilantes del país; Gianni Rivera en el caso de los rossoneros y Sandro Mazzola en caso de los neroazurros. Hacía falta una estrella para recuperar la primacía. Con Di Stéfano a punto de retirarse y Cruyff aun imberbe, no existía figura igual en Europa que Eusebio da Silva Ferreira.

Eusebio era un torbellino que alteraba con estruendo todo lo que le rodeaba. Con 19 años había tumbado al Madrid a base de latigazos en la Copa de Europa y con 22 discutía a base de goles el trono del rey Pelé. Era el delantero del momento y del futuro porque tenía años y años de dominio por delante. El Calcio vivía su primera edad de oro y cazaba jugadores de otras ligas con la misma suficiencia con la que las vacas cazan moscas con el rabo. Años atrás el Inter había batido todas las marcas al quitarle a Luis Suárez al Barça. La Juventus tiró de chequera y ofreció al Benfica una oferta irrechazable. Lo que se le daba a Eusebio tampoco era ‘pecata minuta’. El delantero portugués cuadriplicaría su sueldo.

Todo Portugal estaba pendiente de la confirmación del acuerdo, cuando Eusebio fue invitado a comer por el primer ministro Antonio de Oliveira Salazar. La oferta era irrechazable, entre otras cosas, porque lo de primer ministro era un eufemismo, ya que Salazar llevaba ejerciendo el poder de forma autoritaria desde hacia tres décadas atrás. Salazar era la cabeza visible de un régimen dictatorial y conservador, rancio, pero no sanguinario. Se sustentaba en lo que se dio en llamar las tres efes (fado, fútbol y Fátima), aunque, curiosamente, Salazar detestaba el fado y le era indiferente el fútbol.

Pero nadie echa tres décadas en la poltrona si no es astuto e inteligente. Apenas Eusebio se había sentado a la mesa que Salazar le espeta: “Usted no puede irse al extranjero. Entienda que usted es Patrimonio del Estado”. Eusebio, joven, pero con arrestos, alza los ojos y replica: “¿Y cómo es que siendo Patrimonio del Estado tengo que pagar impuestos?” Pero Salazar es perro viejo y rechaza la réplica con un una sonrisa y un par de aspavientos y empieza a hablar con él sobre fútbol como si la discusión no tuviera más de sí. Hablaron del Benfica, del sistema de juego de la selección o del Mundial de Inglaterra que iba a celebrarse un par de años más tarde. Eusebio lo pasó de cine, consiguió pagar unos cuantos miles de escudos menos en impuestos y, una vez retirado, rememorará la charla con afecto admirado ante los conocimientos futbolísticos de Salazar.

Como es de suponer Eusebio se quedó en Portugal.

Salazar e Itália fecharam as portas - Benfica - Jornal Record
Eusebio y Salazar

Eusebio siguió jugando con los encarnados y exhibiéndose por el Viejo Continente, llegando al cénit de su carrera en 1966 cuando quedó máximo goleador del citado Mundial de Inglaterra eclipsando al mismísimo Pelé. ‘O Rei’ no dudó en considerarlo su sucesor a pesar de que apenas era año y medio menor que él.

Tuvo entonces Eusebio una nueva oportunidad. En este caso era el Internazionale milanés quien apostó por su fichaje. El conjunto dirigido por Helenio Herrera era el mejor equipo del momento, aunque carecía de un delantero de campanillas. Los méritos en aquel Mundial le abrieron las puertas y Salazar dio el visto bueno a su marcha. Eusebio firmó por el Inter, le encontraron casa, pasó reconocimiento médico…y todo se fue al carajo. En ese mismo Mundial Italia hizo el ridículo al caer en la fase de grupos ante Corea del Norte. Los mandamases italianos respondieron al fracaso cerrando la entrada a los futbolistas extranjeros durante más de una década.

Así que la ‘Pantera Negra’ se quedaría en Portugal. Y esta vez sería para siempre. Aunque hubo algún que otro rumor las únicas dos ofertas en firme que tuvo fueron las procedentes de tierras italianas. Eusebio siguió rugiendo, pero sus gritos fueron ahogados con el paso del tiempo. Con su Benfica ganaría el Balón de Oro de 1966 y la Bota de Oro en 1968 y 1973, con 43 y 40 goles respectivamente, pero la gran generación portuguesa envejeció y los recambios no estuvieron a la altura.

Cuando por fin salió de Portugal para jugar en Estados Unidos, Eusebio ya superaba los 33 años. Era 1975 y contaba con seis operaciones en la rodilla izquierda y una en la derecha. Magagaga, aquel hijo de África, es Patrimonio del Estado portugués como lo es la Universidad de Coimbra, el Monasterio de los Jerónimos, la Torre de Belem o el Castillo de Guimarães. Hoy, una estatua suya, apoyado sobre una rodilla, con un balón entre una mano y el suelo y una hoja de laurel elevada al cielo con la otra, adorna la entrada principal del estadio Da Luz de Lisboa.   

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