Inglaterra

Una historia del destino: Edwards y Charlton

El partido de vuelta de cuartos de final de la Copa de Europa entre el Estrella Roja y el Manchester United llega a su fin. Es el miércoles 5 de febrero de 1958. Tras una cómoda ventaja de 0-3 al descanso, los yugoslavos fueron capaces de empatar el partido después de una segunda parte soberbia. Habían rozado la hazaña, pero el empate (3-3) era insuficiente para levantar el 2-1 en contra de la ida. La estrella del partido es el inglés Bobby Charlton, que en su tercer partido europeo marca dos soberbios goles. Charlton apenas tiene 20 años y juega de mediapunta. Sus espaldas están resguardadas por un mediocentro colosal, el estandarte de la selección inglesa. Se trata de Duncan Edwards, otro joven valor, en este caso de 21 años, con un presente esplendoroso y un futuro prometedor.

Nada existe por el azar al igual que nada se crea de la nada. Eso era el destino para los griegos. Decía Aristóteles que la naturaleza humana está orientada hacia un fin, y ese fin último es la felicidad. La pregunta que teólogos y filósofos de entonces, de después y del mañana se hacen es resolver el porqué. ¿Por qué no todos podemos disfrutar de ese fin? ¿Por qué si el destino no está prescrito, no es concebible y es vivible, se ceba en unos y no en otros? Supongo que preguntas como esta rondaron día tras día la vida de Bobby Charlton. Digo rondaron en pasado porque, aunque Charlton sigue vivo ya pasados los 80, el alzhéimer hace tiempo que se ha encargado de destrozar sus recuerdos. Esta leyenda del fútbol no lo hubiese sido si el destino no lo hubiese querido. Porque Bobby Charlton era bueno, muy bueno, pero dicen que no era tan bueno como Duncan Edwards.

Quiso el destino que Edwards dejara este mundo antes de tiempo.

Mucho antes de tiempo.

Al acabar el partido la plantilla del United y del Estrella Roja confraternizaron alrededor de unas cuantas botellas. Tras una noche de alcohol a la mañana siguiente tocaba coger un vuelo rumbo a Londres, previa escala en Múnich. Era un vuelo chárter, algo inusual en la época, porque el día 8 el United tenía que jugar en Inglaterra ante el Wolverhampton un encuentro liguero. Busby, técnico y factótum de los Diablos Rojos, trato de atrasar el partido, pero la Federación Inglesa se negó, por lo que tuvo que alquilar un avión para poder llegar a tiempo a Inglaterra tras jugar apenas 48 horas antes el citado encuentro europeo frente al Estrella Roja.

Edwards y Charlton se conocieron en el verano de 1956. Duncan Edwards había sido colegial en los cuarenta y era adolescente en los cincuenta. Pertenecía a esa generación feliz que dejó atrás la guerra. Edwards cumplía con todos los tópicos. Era honrado, superlativo, fuerte y simpático. Era la encarnación de las fantasías infantiles. El niño bueno que a base de trabajo, talento y esfuerzo había logrado su sueño siendo humilde y excelente persona. En el campo era un box to box. Un hombre que tenía tanto talento y estilo como fuerza y serenidad.

Tras la resaca, la expedición del United se dispuso a desayunar y a abandonar el hotel. Era la mañana del jueves 6 de febrero. Subieron a un autobús y pusieron rumbo al aeropuerto de Belgrado. Eran 44 personas entre futbolistas, técnicos, directivos y periodistas. Cuando llegaron al control de pasaportes tuvo lugar el primer inconveniente. Johnny Berry, un hábil extremo derecho, no encontraba su pasaporte. Buscaba y rebuscaba sin suerte en su maleta hasta que cayó en la cuenta de que el pasaporte había quedado olvidado en su habitación. Una hora después un empleado del hotel aparecía en taxi con el susodicho visado. El vuelo a Londres, con parada para repostar en Múnich, salía con una hora de retraso.

Como Robben, Bobby Charlton era tímido y eternamente calvo. Hijo de minero y de una madre de porcelana que hasta el matrimonio fue una fenomenal futbolista, Charlton combinaba elegancia y espectacularidad. Un trescuartista capaz de silenciar a una multitud a la espera de un pase, un cambio de dirección, un disparo o una decisión. Uno de esos futbolistas capaz de levantar del asiento a periodistas y aficionados de mirada triste.

El Airspeed Ambassador, que era el nombre de aquel pájaro de hierro, aterrizó en el aeropuerto de Múnich a eso de las 14.00 horas. Había una soberana capa de hielo en la pista y los copos de nieve caían sin cesar. Tras el repostaje el comandante intentó despegar, pero un extraño ruido en el motor y el asfalto helado le hicieron rectificar. Tras unos minutos hubo un segundo intento. Las sensaciones fueron las mismas y a los contratiempos hubo que añadir una fuerte ventisca. Se ordenó a los pasajeros tomar un café en la terminal mientras se revisaban los motores y se echaba sal a la pista de despegue.

Aquel equipo era conocido como los ‘Busty Babes’. Matt Busby había reclutado a unos adolescentes extraordinarios a inicios de los 50 que tocaron el cielo al ganar la Liga en 1956. Duncan Edwards lideraba un equipo que seguía la máxima de que el balón es redondo y debe rodar por el césped, algo poco frecuente en aquella Inglaterra. Jugaban a un toque y con un desparpajo sin igual. En 1957 aquellos imberbes habían caído ante el todopoderoso Madrid en las semifinales de la Copa de Europa, pero para 1958 el objetivo era ganarla. Edwards, que sumaba 18 internacionalidades con 21 años -un récord estratosférico de la época-, había acogido bajo su ala a Charlton, de 20 años recién cumplidos, y que aquella temporada se había ganado un puesto en el once titular tras dos años alternando la cantera y el primer equipo. “Deja de pedir un puesto en el equipo y robalo”, le había dicho Edwards a Charlton el verano anterior.

Por tercera ocasión, a las 16:05 del 6 de febrero de 1958, el comandante, que respondía al nombre de James Thain, se dispuso a intentar el despegue que creía definitivo. Por entonces el miedo ya estaba presente entre los pasajeros. La mayoría hubiese preferido hacer noche y esperar al día siguiente, pero el compromiso ante el Wolverhampton era ineludible si el United no quería hacer frente a una sanción y a la pérdida del partido. El caso es que el avión se deslizó por la pista incapaz de coger la altura suficiente. Se estrelló en una colina cercana en la que había una casa deshabitada. Pronto las llamas hicieron su aparición. El avión se había partido en dos.

Por entonces Charlton aún no había sido internacional. Lo sería meses más tarde, pero le costó alcanzar la madurez. Eres incapaz de meter la pierna, le decían. Un jugador al que se admira, pero al que los niños no deben imitar. La pelota puede rebotarle en el estómago que se mantendrá indiferente, se comentaba. Duncan Edwards llevaba desde los 18 siendo una estrella. “No recuerdo ningún jugador tan grande que se mueva a tal velocidad”, diría de él Stanley Matthews, el mito viviente, el primer Balón de Oro de la historia.

En el mismo momento en el que el avión se partió en dos las llamas comenzaron a brotar por todo el fuselaje. El horror hace su aparición. Muchos quedan calcinados en sus asientos, otros saltan por los aires con algún miembro partido. Alguno de los supervivientes es incapaz de soltar el cinturón de seguridad mientras agoniza a la espera de una ambulancia.

De 'Viven' al desastre de Múnich: las desgracias aéreas de la historia del  deporte
El infierno con alas

Fueron 23 los fallecidos. Hubo periodistas, técnicos y directivos. Entre los futbolistas perecieron Geoff Bent, Eddie Colman, Mark Jones, Bill Whelan, David Pegg, Roger Bryne y Tommy Taylor. Los tres últimos eran internacionales con Inglaterra. Todos ellos estaban comenzando a disfrutar de la vida.

Entre los supervivientes destacaba Bobby Charlton. Milagrosamente quedó intacto a pesar de que su asiento saltó por los aires hasta topar con la nieve. Impresionado y aturdido, fue incapaz de ayudar a sus compañeros. Quien sí lo hizo fue Harry Gregg, el portero del United, que ayudó a sacar del avión tanto a Matt Busby como a Duncan Edwards.

Aquello dolió lo indecible, pero la conmoción adicional de la tragedia la iba a traer Duncan Edwards. Justo una semana después, Matt Busby respondía, sin que se le esperase, a los estímulos de los médicos cuando horas antes le habían dado la extremaunción. Tendría que seguir hospitalizado en Múnich, aunque se recuperaría. Los futbolistas supervivientes también iban a poner rumbo a Londres con la excepción de uno. Duncan Edwards tenía un riñón perforado y había sobrevivido a un trasplante de urgencia hecho a través de uno artificial. Pero el invento no funcionaba y la sangre de Edwards se coagulaba.

Fueron quince días lo que el héroe de los tres leones estuvo luchando entre la vida y la muerte. Aquel gigante con pies de funambulista y corazón de león expiró a los 21 años causando un dolor nacional. 5.000 personas acudieron a su entierro en la pequeña aldea de Dudley, en cuyo cementerio su padre ejercía de jardinero. En la iglesia del pueblo una hermosa vidriera con su imagen mantiene vivo el recuerdo de un jugador brillante y con coraje que dejó una sensación de obra incompleta.

Días antes de volver a Inglaterra Jimmy Murphy, segundo técnico del United, visitó a Edwards obviando la verdad sobre su estado. En la charleta, Edwards le dijo a Murphy que estaría listo para jugar contra los Wolves, pero que si no conseguía llegar a tiempo tenía que ser Charlton el encargado de liderar al equipo.

Lo cierto es el partido ante el Wolverhampton se volvería a aplazar, pero el 19 de febrero, dos días antes del fallecimiento de Edwards y apenas 13 días después del accidente, el Manchester United tendría que jugar sí o sí ante el Sheffield Wednesday. La idea es no jugar, pero a las oficinas del United llegan miles de cartas y de sobres de dinero para que el club pueda seguir participando tanto en la Liga como en la Copa de Europa, en un tiempo en el que un futbolista tenía el mismo sueldo que un carpintero. Finalmente, un United plagado de juveniles derrota al Sheffield en un encuentro donde el programa del partido se dejó en blanco y en el cual no se nombró por megafonía a ninguno de los nuevos jugadores. Todos, juveniles y fallecidos, eran parte del United.

Bobby Charlton vería desde el palco aquel encuentro, Había decidido no volver a jugar al fútbol impactado por la tragedia y avergonzado por no auxiliar a sus compañeros. El United sólo ganaría un encuentro de Liga de los 14 disputados de ahí a final de temporada. Quedó eliminado de manera honrosa (2-5 en el global) ante el AC Milan en las semifinales de la Copa de Europa. Charlton no jugaría ninguno de esos encuentros. Tardó semanas antes de volver a calzarse las botas.

Matt Busby tardaría un lustro en recuperar a los Diablos Rojos. El United ganaría la Liga en 1965 y 1967 y al año siguiente se convertiría en el primer conjunto inglés en ganar la Copa de Europa. Por entonces una nueva generación comandada por George Best y Denis Law lideraba a un grupo maravilloso. De los supervivientes de la tragedia de Múnich de diez años atrás se mantenía el portero, entonces suplente, Harry Gregg, el defensa Bill Foulkes…y el por entonces capitán Bobby Charlton.

Supercopa de Europa: El Manchester United, un histórico de 139 años y un  puñado de vidas | Marca.com
Bobby Charlton (sentado a la izq de Matt Busby)

Meses después de la tragedia de Múnich, Charlton debutó con Inglaterra y su trayectoria no tendría picos de sierra siguiendo una línea continua con un punto álgido en el Mundial de 1966. Quiso el destino que Charlton ocupase el lugar de Edwards como el futbolista más importante de la nación más importante del deporte más importante jamás inventado. Pocos como él pueden presumir de ser campeones de Europa de clubes, del mundo con su selección y tener el Balón de Oro.

Y ninguno de todo eso y de haber sobrevivido a un accidente de avión.

Y mientras todo esto sucedía Duncan Edwards acumulaba malvas en un pequeño cementerio de los midlands ingleses.

Duncan Edwards era mejor jugador que Bobby Charlton. «Era bueno con la derecha, bueno con la izquierda, con un extraordinario remate de cabeza y muy sólido en defensa. Era capaz de ponerte un balón a sesenta metros de distancia”, diría de él Charlton. “Tan sólo Edwards y Pelé me han hecho sentirme inferiores en un campo de juego”, contaría en otra ocasión. Quizás el recuerdo exagere el comentario, pero los hechos y los datos recogidos de aquel joven centrocampista reafirman lo pensado.

Quiso el destino que Edwards fuese un sueño y Charlton su realidad.

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Los nuevos yuppies (Chelsea vs Manchester City)

Desde que nació sabía que tendría una vida plena, pero que nunca podría brillar. No era el pequeño, pero tampoco el primogénito de entre los cinco hermanos. Nunca sería emir, pero viviría a cuerpo de rey. Apenas una década antes de su nacimiento, tanto su vida como la de sus allegados cambiaría para siempre. Unos perforadores de petróleo habían descubierto reservas de crudo cerca de Abu Dabi. De producir dátiles y criar camellos se pasó a exportar oro negro. Las cabañas de barro y los caminos polvorientos dieron paso a oficinas bancarias e inmensos rascacielos.

Apenas un puñado de años antes, y a más de 4.000 kilómetros al norte, venía al mundo un niño que no lo iba a tener nada fácil para hacerse un hueco en la vida. Sus abuelos, judíos y de origen lituano, acabaron en Siberia víctimas de las purgas de Stalin. Sus padres terminaron asentándose en Saratov, a orillas del Volga, cerca de la martirizada Stalingrado. No duraron mucho. Cuando el pequeño tenía cuatro años ya era huérfano. Acabaría criándose con unos parientes lejanos al norte de Moscú.

Cuando creció, aquel joven de la realeza de los Emiratos marchó a Estados Unidos para licenciarse en comercio y política internacional. Ya estudiado, volvió a su país para ejercer diferentes puestos en el gobierno presidido por su hermano, así como para dirigir el banco más importante del país. No sólo eso, también logró el cargo de presidente del Consejo Supremo del Petróleo, lo que le convierte de facto en uno de los hombres más poderosos de Oriente Medio al controlar el 6% de las reservas mundiales de crudo.

Aquel pobre huérfano hubo de buscarse la vida en las calles de Moscú. Trabajó como mecánico y como vendedor ambulante, antes de comercializar con todo tipo de alimentos en el mercado negro aprovechándose de la desintegración de la URSS. Aquellas operaciones ilegales se convirtieron en legales de la noche a la mañana y pronto se interesó en poner en regla sus asuntos. Decidió investir lo ganado en el mundo del petróleo y al cabo de pocos años le comprará al Estado la principal empresa de crudo del país para crear Sibneft. Ya era inmensamente rico, pero lo será mucho más cuando una década más tarde el Estado ruso le devuelva estúpidamente el favor y adquiera la mayoría de acciones de la empresa. Lo que fue público y después privado pasaba ahora a ser nuevamente público. Hoy la empresa es la archiconocida Gazprom.

Sheikh Mansour, que así se llama nuestro protagonista arábigo, es un gran aficionado al deporte. Fue un reconocido jinete y es el responsable de que en los Emiratos se celebren distintos acontecimientos deportivos de repercusión internacional. Es también un fanático del fútbol.

A Roman Abramovich, que así se llama nuestro protagonista de las estepas, no se le conocía relación alguna con el mundo del deporte. Lo que sí se le presupone, como a todo nuevo rico procedente del Este, es fascinación por el glamour de Occidente. Pedro I fundó San Petersburgo para sacar a los rusos del oscurantismo y acercarlos a Europa. Desde entonces esa es la obsesión de la élite eslava. A Abramovich no le hechizaba el fútbol, pero le embrujaba Londres. Y cuenta la leyenda que sobrevolando el Támesis durante una tarde primaveral sus ojos se fijaron en un estadio de fútbol.

En 2008 Sheikh Mansour compraba el Manchester City por 210 millones de libras. La historia del club ‘citizen’ cambiaría para siempre. En apenas una década ha sumado más del doble de ligas que en los 125 años anteriores.

En 2003 Roman Abramovich compraba el Chelsea FC por 198 millones de libras. La historia de los ‘blues’ cambiaría para siempre. En cerca de dos décadas ha sumado cinco ligas mientras que en el siglo anterior sólo había sumado un entorchado. Sumó además una Copa de Europa en 2012, logrando convertir a Londres en una ciudad capital en el entramado futbolístico algo que ni París, ni Roma ni Berlín han conseguido alcanzar.

2011/12: Drogba termina con la espera del Chelsea | UEFA Champions League |  UEFA.com
Chelsea 2012

En el momento de escribir estas líneas estamos a apenas unos días de la disputa de la tercera final inglesa en la historia de la Copa de Europa tras las de 2008 (Manchester United vs Chelsea FC) y 2019 (Liverpool FC vs Tottenham). Si gana el City sería el sexto club inglés tras Liverpool FC, Manchester United, Nottingham Forest, Aston Villa y Chelsea FC en coronarse como rey de Europa. Además, en el caso de salir perdedor, el City se sumará a Leeds United, Arsenal FC y Tottenham como clubes ingleses que han jugado una final de Copa de Europa. Más aún. El City y estos tres perdedores cuentan con algún título europeo (UEFA o Recopa) al igual que West Ham, Everton e Ipswich Town. En total son 12 conjuntos anglosajones con réditos europeos. Ninguna otra liga puede compararse con los éxitos de la inglesa, en un claro contraste con los continuos fracasos de su selección que, a pesar de haber ganado el Mundial en el que ejerció de anfitrión, acumula malos resultados cada vez que hay un torneo de selecciones.

El Manchester City ha sido siempre el patito feo de la ciudad. Nació como club de los trabajadores de una acería, su campo de juego estaba al lado de un vertedero y varios de sus fundadores fueron detenidos por estafa. Aun así fueron el primer equipo de la ciudad en ganar un título. El United lo solucionó fichando por una cifra récord a Billy Meredith, capitán del City y el mejor jugador inglés del momento.

Los inicios del Chelsea FC son aún más humildes. Que no es lo mismo que pobres. Los hermanos Mears compraron un terreno al oeste de Londres, en el barrio de Fulham. Era, y es, una zona bien de la capital y allí edificaron un estadio llamado Stamford Bridge, que era como se llama el puente que cruza el Támesis en el barrio de Fulham. Su idea era que el Fulham FC pasase a ocupar el nuevo estadio pero, ante su negativa, a los hermanos Mears no les quedó más remedio que fundar un club para amortizar su inversión. El Chelsea FC nació en un barrio rico pero se mantuvo como paria del fútbol londinense hasta que medio siglo después, en 1955, se alzó con el título de liga.

Manchester City y Chelsea FC son unos yuppies del fútbol. Cuentan con dinero, visten a la moda, están en la vanguardia tecnológica y tienen una marcada tendencia a valorar en exceso lo material. A pesar de que como buenos conjuntos ingleses tienen una larga historia a sus espaldas y que incluso contaron con una edad dorada de éxitos -curiosamente compartida a finales de los 60 e inicios de los 70-, estos nuevos yuppies son vistos por los demás como arrogantes e inmerecidamente ricos. Si Madrid, Bayern o United son asquerosamente ricos gracias a los designios del balón, el City o el Chelsea FC lo son con una falta total de escrúpulos.

Para aquellos que tenemos mucho fútbol acumulado a nuestras espaldas, ni la hipotética primera corona del City o la segunda del Chelsea FC cambiarán esta perfección de yuppies. Sólo el paso del tiempo y la aceptación de los que hoy son adolescentes colocarán a estas dos escuadras inglesas en lo alto del altar social que con ahínco persiguen.

El Chelsea FC está a punto de lograrlo. Partía de una base más sencilla. En Londres los equipos de fútbol se acumulan, pero los éxitos escasean. Los ‘blues’ sólo tienen la competencia del Arsenal FC y bocado a bocado se están comiendo a los ‘gunners’. El Chelsea FC partía de un suelo más alto que el del City porque en los 90 había reunido a un grupo apañado que había logrado asentarse en los puestos de privilegio de la Premier además de lograr una Recopa de Europa.

Para el City es mucho más complicado. Aunque consiga ganar la Copa de Europa seguirá siendo el segundo equipo de Manchester. Es visto como un impostor. Abandonó Maine Road para instalarse en el Etihad, un estadio situado en el extrarradio de Manchester rodeado de zonas comerciales. El United (al igual que el Chelsea FC en Londres) ocupa una coqueta e histórica parcela al lado del río y en el corazón de la ciudad.

Será el dinero y el paso del tiempo los que dictaminarán que la masa social del City crezca lo suficiente para volverse irreversible. Sólo así sabremos si el City se instalará para siempre en el Olimpo del fútbol o bien quedará en el recuerdo de los hoy jóvenes y mañana ancianos aficionados, irrumpiendo en el lugar que hoy ocupan Stade de Reims, Nottingham Forest, Parma o el Borussia Mönchengladbach, por citar varios ejemplos.

https://www.youtube.com/watch?v=JrOfFSCVQy8&list=RDCMUCcMguvBd0eq6bctu1K7sS6Q&start_radio=1&rv=JrOfFSCVQy8&t=776

«El banco de inversión Goldman Sachs publicó un informe de 60 páginas en mayo de 2018 pronosticando que Brasil ganaría el Mundial venciendo a Alemania en el camino. No fue un ejercicio frívolo (…) analistas de riesgos y otras eminencias llegaron a la conclusión tras un minucioso examen de factores (…) Por si alguien no se enteró, Brasil cayó humillado por 7-1 ante Alemania. Los individuos más listos del mundo hacen el tonto cuando intentan comprender el fútbol (…) En un día, probablemente lejano, quizá se hará la revolución y aquellos que hoy se forran y a la vez se ríen de los demás mortales desfilaran cabizbajos mientras las multitudes les lanzan tomates podridos, pero mientras tanto tenemos el fútbol como refugio. Sí, por supuesto, el fútbol tiene sus putos amos, pero durante los 90 minutos que dura un partido la vida se vuelve imprevisible. El fútbol se escapa de los Goldman Sachs y de los Abramovich. Un consuelo mientras esperamos que llegue la revolución”. John Carlin en ‘El córner inglés’.

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The Boat Race (Oxford vs Cambridge)

Charles Merivale y Charles Wordsworth eran muy buenos amigos. Ambos pertenecían a la élite inglesa del momento y ambos eran unos entusiastas de los deportes que se estaban desarrollando en las universidades británicas en la primera mitad del siglo XIX. Merivale declinó una prometedora carrera como alto funcionario en la India para acabar sus estudios de historia y teología en Cambridge y acabar siendo el capellán de la Cámara de los Comunes en el Parlamento británico. Wordsworth terminó sus estudios en Oxford antes de tomar el mando como obispo de la Iglesia de Escocia, cuestión que ya venía predeterminada por su familia, dado que su padre había sido un afamado sacerdote y erudito.

El caso es que Merivale y Wordsworth se habían hecho amigos en la infancia cuando estudiaban en Harrow, un internado londinense de los más pomposos del momento. Allí, en la adolescencia, ambos participaron en los primeros partidos de cricket de la historia que enfrentaron al citado colegio con los también elitistas Eton o Winchester. En Harrow uno y otro se convirtieron también en entusiastas atletas y organizadores de continuas carreras contra el cronómetro.

Si bien los dos amigos tenían pensado estudiar en Cambridge, Wordsworth se decantó por Oxford porque contaba con un centro exclusivo dedicado a la teología cristiana. Así, esta pareja de colegas entusiastas del deporte dejaron de verse a diario, por lo que maquinaron una forma de mantener su sana rivalidad deportiva.

En 1829 Wordsworth le propuso a Merivale organizar una competición de remo de ocho miembros entre las dos universidades. Merivale se mostró entusiasmado y aceptó el reto. Ambos colectivos comenzaron un duro entrenamiento y una dieta que hoy consideraríamos estrambótica. Durante las semanas previas al duelo los remeros ingirieron día tras día filetes de ternera o de cerdo a tutiplén. Se descartó la ingesta de verduras al considerar que éstas no aportarían energía.

El 10 de junio de 1829 cientos de estudiantes se agolparon en la ribera del río Támesis, a unos 35 kilómetros de Oxford, para ver la primera regata de la historia entre las universidades de Oxford y de Cambridge. La victoria fue para los primeros y con relativa facilidad ya que además de Merivale, la Universidad de Oxford contaba con varios remeros experimentados. En aquella primera prueba los de Oxford remaron vestidos de azul oscuro y los de Cambridge de blanco con una banda rosa. Para la siguiente edición sustituyeron el blanco y el rosa por el azul esmeralda que mantienen hasta la fecha.

When Was the First Oxford and Cambridge Boat Race? | History Hit
Merivale (I) y Wordsworth (D)

A pesar del éxito hubo que esperar a 1836 para que se celebrase una nueva regata y a 1839 para que se disputase de forma anual sin interrupciones hasta nuestros días (guerras mundiales y coronavirus mediante). El motivo de ese trienio de parálisis estribaba en el lugar de celebración de la regata.

El río Támesis, el más importante de Gran Bretaña, recorre el sur de Inglaterra de oeste a este pasando por Londres antes de desembocar en el Mar del Norte. En su tránsito discurre a través de un canal por Oxford, pero no así por Cambridge, que se sitúa unos 150 kilómetros al noreste. Cambridge recoge su nombre del río Cam (‘Cambridge’ significa ‘puente del Cam’) que es afluente del río Ouse, el otro gran curso fluvial de Inglaterra.

Total, que los de Cambridge querían alternar el Támesis con el Cam y los de Oxford se negaban.  Los de Oxford argumentaban que eran la institución universitaria más antigua (1096) y que eran los que había tenido la idea de hacer la regata. Los de Cambridge, institución que fue fundada en 1209 por antiguos estudiantes de Oxford, argumentaban que eran la más prestigiosa (aunque ambas son fijas entre las 5 o 10 mejores del mundo, Cambridge siempre supera a Oxford) y que para que hubiese una carrera justa tendría que haber paridad.

Para evitar problemas se dispuso que la regata se celebrase en Londres. Concretamente entre Putney y Mortlake, dos barrios del sur londinense por donde fluye el Támesis. Decisión salomónica, dado que tanto Oxford como Cambridge están a un par de horas en coche de la capital. La prueba consta de 6 kilómetros y 800 metros río arriba, y aunque antaño discurría entre prados y campos de labranza. Hoy lo hace entre adoquines y edificaciones de varios pisos de altura. Un total de nueve hombres o mujeres (desde 1927) ocupan las embarcaciones a razón de ocho remeros y un timonel. Antes del inicio se lanza una moneda al aire y el ganador escoge por cual lado del río va a remar. No es decisión baladí, y no sólo por como sople el viento, sino porque quien escoja el lado norte tendrá ventaja en la primera y última curva, mientras que el del lado sur tendrá ventaja en la curva más larga del recorrido.

Regata Oxford-Cambridge - Wikipedia, la enciclopedia libre
La carrera

A fecha de este artículo, Cambridge cuenta con 84 victorias y Oxford con 80 triunfos. Tan sólo se ha registrado un empate. En la prueba de 1877 el juez dictaminó paridad entre los dos contendientes. Aún no había cronómetros y John Phelps, que así se llamaba el árbitro, no fue capaz de decidir qué universidad había ganado. La mayoría de la gente presente aquella mañana pensaba que había vencido Oxford, pero Phelps, de 70 años y ciego de un ojo, no se atrevió a afirmarlo.

Ha habido también hundimientos, como cuando en 1912, y debido a un terrible temporal, tanto la embarcación de Cambridge como la de Oxford acabaron en el fondo del Támesis. En 1978 volvió a suceder lo mismo, aunque en esta ocasión mientras que Cambridge pasaba a mejor vida, Oxford se recomponía y se alzaba con la victoria.

El punto crítico de la carrera tiene lugar en la curva de mitad de recorrido (la gran curva del lado sur de la que hablamos antes). Es entonces cuando ambas embarcaciones suelen tocarse y rozan cuchilla con cuchilla buscando las mejores corrientes del Támesis. Se dice que quien sale de primero en dicha curva llegará vencedor al final.

Una vez que los remeros desembarquen en Mortlake se entrega el trofeo, conocido con el nombre de ‘Boat Race Trophy’, a la universidad ganadora. Según la tradición es entonces cuando la escuadra vencedora tira su bote al río para celebrar el logro. Y luego, como toda buena tradición británica, hay una cena en la que a los vencidos les toca aguantar las bromas y la flema inglesa de los vencedores.

La regata Oxford-Cambridge no está en la agenda habitual de los consumidores del deporte fuera del Reino Unido, pero es sagrada en territorio británico. La BBC lleva retransmitiendo la carrera desde 1927 (primero a través de la radio y luego gracias a la televisión) y es seguida por cerca de 500 millones de espectadores tanto del Reino Unido como de los países que forman la Commonwealth. Es, y con diferencia, el evento deportivo amateur más seguido del planeta.

The Boat Race: La regata de Oxford vs Cambridge - Tour Londres
Duelo en el Támesis

Universidad de Oxford: Clement Atlee, Margaret Thatcher, Tony Blair, Indira Gandhi, Lawrence de Arabia, Rupert Murdoch, Lewis Carroll, Oscar Wilde, J.R. Tolkien, Adam Smith, John Locke, Thomas Hobbes, Albert Einstein o Tim Berners-Lee. Y celebridades como Rowan Atkinson (Mr. Bean), Hugh Grant o Rosamund Pike.

Universidad de Cambridge: Isaac Newton, Charles Darwin, Francis Bacon, James Watson, Alan Turing, William Talbot, Stephen Hawking, John Keynes, Lord Byron, Oliver Cromwell, Niall Ferguson o Bertrand Russell. Y celebridades como Hugh Laurie (Dr. House), Emma Thompson o Sacha Baron Cohen.

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Los límites del ser humano (genes y tecnología al servicio de la natación)

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La tardía juventud de Tony Book

Anthony ‘Tony’ Book nació en Bath, una preciosa ciudad inglesa de origen romano, en 1934. A los cuatro años dejó aquella localidad para moverse a otro lugar idílico como era la India gobernada por el Imperio Británico. Allí pasó su infancia mientras su padre combatía a los japoneses en la jungla de Birmania. Fue en tierras asiáticas donde comenzó a jugar al fútbol con balones hechos a base de retales y cosidos con cuerdas. Entre patada y patada aprendía a matar serpientes con tirachinas y a bosquejar un poco de birmano, hasta que, con 11 años, regresó con sus padres a Bath para seguir con sus estudios.

Fueron breves, los estudios, porque Tony Book no iba a ser disciplinado como su padre. Dejó la escuela y a los 16 años empezó a trabajar primero como minero y más tarde como albañil, a la vez que repartía patadas como defensa del equipo de fútbol de su ciudad. Bath puede ser Patrimonio de la Humanidad, pero en fútbol es un despojo humanitario. El Bath FC es un equipo amateur que suele deambular en categorías regionales. Allí estuvo Book durante una década con una aventura extravagante de unos meses en Canadá a donde fue a probar fortuna y encontrar un trabajo mejor y de paso fue elegido como mejor jugador de la modestísima liga canadiense de fútbol.

A su regreso a Inglaterra, con 30 años de edad, Tony Book firmó su primer contrato profesional con el Plymouth FC. Ojo. Que nadie piense que era la élite. Era la tercera categoría del fútbol inglés. Por vez primera Book iba a cobrar por jugar al fútbol, pero era una cantidad ínfima. De lunes a viernes Book seguía acumulando ladrillos y argamasa mientras se subía al andamio.

La suerte para Book es que el entrenador del Plymouth FC era Malcolm Allison, que un par de temporadas más tarde fue contratado por el Manchester City como nuevo técnico. El City, que no era ni la sombra de lo que es hoy, acababa de ascender a la Premier pero buscaba un nuevo entrenador y una revolución en su plantilla para afrontar el ascenso. Así pues Allison llegó al conjunto de Manchester y solicitó la incorporación de Book, por entonces con 32 años y sin ninguna experiencia en la élite del fútbol inglés. Para ello técnico y jugador tuvieron que urdir una treta; falsificar la partida de nacimiento de Book y restarle un par de años para que el City accediese a firmarle un contrato de larga duración.

Aun así, la directiva del City se negó a financiar el fichaje y Allison tuvo que poner su cargo a disposición del club si la contratación no se hacía efectiva. Finalmente en la temporada 1966/67 Tony Book debutaba en la Premier con 32 años y dejaba la paleta para siempre.

Al año siguiente, soplando las 33 velas, ya era el capitán del equipo.

El Manchester City ganó la Premier. La segunda en toda su historia. Book jugó como titular todos los partidos.

Para celebrarlo la directiva del City acordó una gira por Estados Unidos para el verano de 1968. Por entonces se creía que el fútbol en Estados Unidos era el nuevo Santo Grial y se estaban sentando las bases para crear una liga profesional. Tras un encuentro amistoso, los jugadores contaban con un día libre y Book se propuso explorar los encantos de Nueva York. Cogió un taxi y en mitad del trayecto oyó por la radio la noticia del asesinato de Bobby Kennedy, hermano del ex presidente y entonces candidato del Partido Demócrata a la presidencia de Estados Unidos. Al parecer el taxista, alarmado por la noticia, sufrió una conmoción y perdió el control del taxi que saltó de la carretera para empotrarse contra un camión de refilón y, tras el golpe, convertir en chatarra un semáforo.

Book salió ileso. Hacía tiempo que su ‘baraka’ había cambiado.

En la siguiente campaña, en la pretemporada 1968/69, Tony Book se fracturó el talón de Aquiles y el equipo naufragó estrepitosamente. Volvió para jugar los últimos cuatro meses de campeonato y ayudar a su equipo a ganar la FA Cup en el estadio de Wembley.

Fue nombrado jugador de la temporada. Y nunca fue internacional. Demasiado viejo, le decían.

George Best, el ‘bon vivant’ que acababa de ganar el Balón de Oro y la Copa de Europa con el Manchester United, definió a Book como el mejor defensa contra el que jamás se había enfrentado. Tony Book contaba entonces con 35 primaveras. Hacía escasamente un lustro seguía subido a un andamio.

La temporada siguiente el Manchester City disputó la extinta Recopa, una competición europea en la que participaban los equipos que habían ganado los torneos coperos en su país la temporada anterior. Para llevarse el título tuvieron que eliminar al Athletic o al Schalke 04 antes de superar al Gornik Zabrze en una de las finales europeas más descafeinadas de siempre. El City se convirtió en el primer equipo inglés en ganar un trofeo europeo y nacional (la Copa de la Liga) en la misma temporada. Book alzó ambos trofeos como capitán del equipo.

Book se retiró en 1974 a los 40 años de edad. Exprimió al máximo una carrera que había comenzado a los 32 años. Nada más retirarse se le ofreció el cargo de director deportivo del club. Apenas estuvo un puñado de temporadas en el cargo antes de dejarlo por aburrimiento. Nunca le gustaron ni los trajes ni los despachos. Aun así le dio tiempo a contratar a Kazimierz Deyna, extremo polaco de relumbrón y figura hollywoodiense en ‘Evasión o vitoria’.

Por entonces acometer la tarea de fichar a un futbolista de un país comunista era una ardua faena. Para empezar, el jugador de turno tenía que haber cumplido la treintena. Una vez que sus mejores años habían pasado, los gobiernos comunistas podían permitir aventuras al extranjero si los méritos a la patria del futbolista eran adecuados. Deyna, campeón olímpico y máximo goleador en Múnich 1972, y uno de los artífices de la fenomenal actuación de Polonia en el Mundial de 1974 donde alcanzaron las semifinales, cumplía a la perfección con estos requisitos. El otro inconveniente residía en que todos los futbolistas del Este eran miembros del ejército. Eran falsos amateurs y al no poderles darles un sueldo se les asignaba un cargo militar con el que accedían a diversos beneficios materiales.

Book hubo de negociar no sólo con el Legia Varsovia, el equipo de Deyna, sino con la cúpula del ejército polaco. Una vez se acordó el montante económico los polacos exigieron un moderno equipamiento tecnológico del que no disponían…fotocopiadoras… Por suerte Book seguía teniendo la ‘baraka’ de su lado. Apenas un par de años antes se había instalado en Manchester una filial de la empresa japonesa ‘Brother’. La multinacional que hoy produce impresoras o máquinas de realidad virtual, había nacido creando máquinas de coser y por aquel entonces lideraba el mercado de las primitivas fotocopiadoras. Book usó su don de gentes para cerrar el trato y logró el traspaso de Deyna a cambio de un importante suministro de material de oficina. Y no sólo eso. Fruto de aquel acuerdo ‘Brother’ se convirtió en el patrocinador principal de la camiseta del City durante más de una década cuando la FA permitió el establecimiento de la publicidad en la indumentaria deportiva.

Tras la marcha de Book de los despachos, el City se hundió y deambuló lejos de la Premier hasta que los millones del petróleo lo han convertido en el equipo de moda. Hoy aquel albañil nacido en Bath es un verdadero caballero inglés que camino de los 90 años sigue asistiendo a todos los encuentros de su equipo –coronavirus mediante- desde su asiento como presidente de honor del Manchester City.

Exclusive interview: Manchester City's 1969 FA Cup winner Tony ...
Book y su legendario 1969

Tony Book sigue disfrutando de su tardía juventud.

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Juegos Olímpicos cancelados. De Tokio a Londres pasando por Helsinki (1940-1944)

En 1936, durante la disputa de los Juegos Olímpicos de Berlín (aquellos que tendrían que haberse celebrado en 1916) el Comité Olímpico Internacional (COI) determinó que los Juegos de la XII Olimpiada se programaran para Tokio. Hito histórico, porque por vez primera los Juegos salían de Europa y de Estados Unidos para aproximarse al Lejano Oriente.

Fue en 1932 cuando los japoneses presentaron su candidatura. Al mismo tiempo que Tokio hubo tres contendientes europeos; Roma, Helsinki y Barcelona. Los catalanes habían quedado por detrás de Berlín cuando el año anterior se había escogido a la ciudad organizadora para 1936, por lo que ahora eran los favoritos para organizar los Juegos Olímpicos de 1940. El mundo era entonces eurocéntrico, y aún no existía esa regla no escrita de rotación continental por cada edición olímpica.

La elección de Tokio fue una rotunda sorpresa. El país nipón, gobernado por un régimen castrense, comenzó los años 30 del siglo pasado ocupando militarmente Manchuria. Al avanzar la década una guerra contra China era más que evidente para la sociedad internacional. Pero la caída de Barcelona representó una oportunidad para Tokio. Apenas un par de semanas antes de la elección de la sede olímpica, la Guerra Civil española estallaba y con ella se sepultaban las aspiraciones olímpicas catalanas.

Muestra de la sorpresa nipona por la elección, y del escaso interés por la misma, es que no se construyó ningún estadio olímpico. Se embelleció y preparó el ‘Meiji Jingu’, un estadio de beisbol, y se planeó trasladar el resto de instalaciones al parque de Kinuta, hoy un área de esparcimiento protegida, que es famosa por sus cerezos y sus instalaciones golfistas.

Todo iba en orden, aunque sin demasiado entusiasmo, hasta que en julio de 1937 estalló la esperada guerra entre Japón y China. Los nipones creían que la guerra sería rápida. Además los combates se ceñían al territorio chino, por lo que aun a comienzos de 1938 los japoneses aseguraban al COI que no habría ningún problema en celebrar los Juegos Olímpicos. El COI aceptó la espera, pero cuando la delegación nipona fue a contar la buena nueva al gobierno los militares exigieron el fin de los JJ.OO para centrar todo el esfuerzo del país en la guerra. Así, en julio de 1938, los japoneses renunciaron oficialmente a su candidatura.

El COI debía buscar con rapidez un candidato alternativo. Con Barcelona y Roma en guerra (los italianos habían ocupado Albania y participaban activamente en la guerra civil española) la única ciudad disponible era Helsinki.

Los finlandeses estaban sobradamente preparados. Por entonces Finlandia era una potencia deportiva de primerísimo nivel. Y finés era Paavo Nurmi, el atleta más laureado del momento. En 1934 habían iniciado la construcción de un estadio olímpico futurista coronado con una espectacular torre de maratón con vistas sobre la ciudad que se eleva hasta los 72,71 metros de altura, exactamente la distancia a la que Matti Järvinen envió su jabalina cuando ganó la medalla de oro en Los Ángeles 1932. Para 1938 el estadio estaba listo para ser sede olímpica.

Cuadernos de Finlandia - El estadio olímpico de Helsinki
Helsinki. La torre más icónica del atletismo.

El único problema era el alojamiento. Helsinki no era una metrópoli y estaba escasa de plazas hoteleras, por lo que la organización diseñó un conjunto de apartamentos en un bosque a las afueras de la ciudad, que una vez finalizada la competición se podrían a la venta pública. Los fineses también acometieron el desafío tecnológico de retransmitir en directo a través de la radio los Juegos Olímpicos para todo el mundo (para quien tuviese receptor, lógicamente).

Pero el 1 de septiembre de 1939 Alemania invadía Polonia y daba comienzo la II Guerra Mundial. A diferencia de otros conflictos bélicos, cuando un par de días después Gran Bretaña y Francia declaraban la guerra a los alemanes se daba por seguro que la contienda iba a ser larga y cruenta. No habría lugar para los Juegos Olímpicos. Y mucho menos cuando en noviembre de ese mismo año la Unión Soviética invadía el territorio finlandés. Si había alguna ligera esperanza de que se celebrasen los JJ.OO ahora quedaba totalmente sepultada.

Al final no hubo Juegos ni en Tokio ni en Helsinki. Los nipones tuvieron que esperar a 1964 (y a 2021 coronavirus mediante) y los fineses a 1952. Y un detalle más. La cancelación de los JJ.OO de 1940 nos privó de una de las iniciativas más audaces de relevo de la antorcha olímpica.

Fue Carl Diem el que inventó el relevo de la antorcha olímpica para Berlín 1936. La idea era encender un fuego en los restos arqueológicos de Olimpia, donde se celebraban los Juegos en la Antigüedad. Desde ahí, y a través del relevo de la antorcha por voluntarios, la llama tendría que llegar a la ciudad anfitriona, en este caso Berlín, y con esa llama encender el pebetero instalado en el estadio olímpico.

Para 1940 la llama tendría que viajar de Olimpia a Tokio recorriendo 10.000 kilómetros y pasando por infinidad de países donde ni siquiera se intuía que era eso del espíritu olímpico. La primera idea era llevar la llama por medio de jinetes a través de la Ruta de la Seda, pero fue descartada por su peligrosidad. La segunda propuesta vino de Alemania. Consistía en llevar la llama en un Messserschmitt 261, el primer avión del mundo capaz de superar los 10.000 kilómetros sin repostar. La idea era magnífica, pero desvirtuaba el espíritu de confraternización. Al final los nipones aceptaron la sugerencia alemana, pero exigieron que se hiciese a través de un Mitsubishi fabricado en Japón. Como no tenía tanto alcance como el aeroplano alemán, el Mitsubishi tendría que aterrizar en algún punto del sur de Asia para luego la llama subirse a un barco de guerra japonés y alcanzar Tokio.

Los finlandeses lo tuvieron más fácil. Su idea era repetir ‘grosso modo’ el recorrido de Berlín en 1936, para luego atravesar el estrecho que separa Dinamarca y Escandinavia a través de un bote de remos. Al final habría que esperar a Londres 1948 para ver por primera vez la llama olímpica en el mar. Pero curiosamente fue en Helsinki, pero en 1952, cuando la llama viajaría por vez primera en el aire. Salió de Olimpia en un vuelo que haría escala en Munich y Düsseldorf antes de aterrizar en la ciudad danesa de Aalborg, para seguir por mar y tierra su viaje final a la capital finlandesa.

—LONDRES 1944—

En junio de 1939 los gerifaltes del COI se reunieron en Lausana para decidir cuál sería la ciudad anfitriona de los Juegos Olímpicos de 1944. En junio de 1939 Helsinki preparaba con celeridad la Olimpiada de 1940. En junio de 1939 el mundo aún estaba en paz. Se presentaron Londres, Roma, Lausana, Atenas, Budapest, Montreal, Detroit….y Helsinki. Los ingleses ganaron por abrumadora mayoría en la primera votación superando a Roma y se dispusieron a preparar los Juegos de la XIII Olimpiada.

Y ya está. No hay mucho más que contar. Ese verano el gobierno británico, viendo que la guerra era inevitable, decidió aumentar más del 50% su gasto militar, incremento que sería mucho más acusado cuando en septiembre la II Guerra Mundial daba comienzo.

Si en 1940 la guerra aún escapaba a algún lugar del globo terráqueo, en 1944, ya fuese directa o indirectamente, era total.

1944 era el año en el que el COI celebraba su quincuagésimo aniversario. Y a pesar de que Europa estaba arrasada por la guerra, Carl Diem organizó en la neutral Lausana diferentes actos de celebraciones a pesar de la ausencia de los Juegos Olímpicos. Hubo izada de la bandera de los cinco aros, un canto a la paz y a la harmonía del deporte y unos cuantos discursos. Pero no hubo competiciones.

Londres buscó de nuevo la oportunidad tras el cese de las hostilidades y el retorno de la paz. En mayo de 1946, apenas ocho meses después del fin de la II Guerra Mundial, los miembros del COI votaron por correo y dieron de forma unánime los JJ.OO a Londres, en este caso para el verano de 1948. A pesar de que la suiza Lausana y las estadounidenses Baltimore, Minneapolis, Los Ángeles y Philadelphia presentaron candidatura, el COI decidió premiar el esfuerzo inglés, aún a sabiendas de que Londres no estaba en condiciones de organizar unos Juegos Olímpicos.

Londres 1948 pasaría a la historia como ‘Los Juegos de la Austeridad’. Los ingleses decidieron no invertir en nuevas instalaciones. Al estadio de Wembley se le añadió una pista de atletismo, se aprovechó el Támesis para las pruebas náuticas y los atletas durmieron en los barracones militares levantados durante la II Guerra Mundial. La escasez de alojamiento, comida y equipamiento no iba a impedir recuperar el espíritu olímpico.

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Old Firm

Al principio no había mayor antagonista que el de la calle de enfrente. Y no existe antagonismo que se pueda comparar con el ‘Old Firm’. La rivalidad futbolística por excelencia es la de Glasgow. Católicos contra protestantes. Irlandeses contra unionistas. Odio, tensión religiosa e intimidación. El ‘Old Firm’ condiciona la vida cotidiana como ningún otro partido del mundo. Las diferencias no están en el balón, están en el pensamiento. Futbolísticamente los hay mejores, pero por intensidad un Celtic-Rangers solo es comparable a un Boca-River. Por condicionantes extradeportivos sólo un Barça-Madrid puede subírsele a las barbas. Pero es que un Madrid-Barça no es un derbi.

La palabra ‘derby’ (castellanizado a derbi y aceptado por la Real Academia Española de la Lengua) da nombre a una carrera de caballos considerada como la decisiva en una competición. Su uso data de finales del siglo XVIII y no se sabe bien como medio siglo más tarde era usado como sinónimo de una competición deportiva entre clubes de una misma ciudad.

Este detalle es importante. No existe el derbi gallego ni el derbi vasco. Un derbi no enfrenta a regiones ni a ciudades rivales. La acepción correcta sólo debe usarse cuando compiten dos equipos de la misma villa. Si nos paramos a pensarlo veremos que tiene toda lógica. El concepto de hincha visitante no se popularizó hasta bien entrado el siglo XX, cuando la mejora de la comunicaciones y el adelanto de las condiciones laborales de los trabajadores permitió que los aficionados se desplazaran a otras ciudades.

Atravesada por el río Clyde de este a oeste, Glasgow es una ciudad con dos partes bien diferenciadas. Al suroeste de los meandros del río se instalaron los protestantes. Al noreste se creó el barrio católico. Todos nacieron de la miseria y buscaron en Glasgow olvidarse de ella. Pero los del noroeste eran los campeones de la indigencia. La mayoría eran inmigrantes irlandeses que huían de la gran hambruna de la patata que azotó a la isla de San Patricio a mediados del siglo XIX. Los más atrevidos y los que menos tenían que perder iniciaron una aventura en Estados Unidos. Los más comedidos escogieron la escocesa y compasiva Glasgow por delante de la hostil e inglesa Londres.

Próspero durante el siglo XIX gracias al transporte fluvial de mercancías, el puerto de Glasgow es el único de Escocia que está resguardado de los vientos del Mar del Norte. El clima en Glasgow es mucho más agradable que en el resto del país gracias a las corrientes cálidas del estuario del Clyde y a las montañas que protegen el sur de la ciudad. Glasgow presume de universidad de primer nivel, de una fabulosa arquitectura victoriana y es lugar de peregrinaje en el arte grafitero. Y sin embargo no es buen lugar para vivir. Tiene uno de los menores índices de esperanza de vida del Reino Unido y unos cuantos barrios conflictivos. Vivir en Glasgow y transitar por sus anchas avenidas bajo un cielo plomizo es sinónimo de obesidad, depresión, drogas y alcohol.

Los sociólogos consideran que es un fenómeno reciente. Con la desindustrialización, miles de personas que trabajaban en astilleros y fábricas quedaron sin trabajo. Las grandes compañías daban al trabajador una identidad cultural y grupal que el nuevo sector de servicios es incapaz de igualar. Si bien el área metropolitana de Glasgow cuenta con cerca de millón y medio de habitantes, la ciudad tiene hoy unos 600.000 cuando poco después de la II Guerra Mundial superaba el millón. Se ha disipado el orgullo y Glasgow ha perdido buena parte de su tradición cultural.

En ese punto está también el fútbol. Celtic y Rangers fueron hasta los años 80 del siglo pasado dos grandes del balompié mundial y orgullo de Escocia. La globalización e internacionalización del deporte menguaron el atractivo de un país pequeño y poco acogedor para el futbolista, y con ello descendió el nivel de los equipos escoceses. Este declive también ha afectado en el día a día del ciudadano. Y por ello el ‘Old Firm’ es aún más importante que en tiempos pasados. Es la única vez en todo el año en el que Glasgow vuelve a estar en el centro del mundo.

Desde 1888 se ha desarrollado una rivalidad que no sólo es futbolística, también identitaria, religiosa y cultural. Ese año se jugó el primer ‘Old Firm’ con victoria del Celtic por 5-2. Hoy, 132 años más tarde, aún se aprecian mayor cantidad de rubios y pelirrojos en las gradas de Celtic Park que en las del Ibrox Stadium.

El Celtic fue fundado como club católico en 1887 por el padre Walfrid en la Iglesia de los Maristas. Su idea era crear un club de fútbol que entretuviese a los adolescentes y los alejase del vandalismo, y al mismo tiempo recaudar dinero para los niños huérfanos de la ciudad. Los de rayas blancas y verdes juegan desde 1892 en Celtic Park, el estadio más grande de Escocia. El primer césped que se plantó contaba con una mata de tréboles para recordar su influencia irlandesa. Permanece inamovible en su ubicación en un precioso parque al noreste de la ciudad, a pesar de las profundas remodelaciones que ha sufrido a lo largo del tiempo.

El Rangers fue fundado en 1872 en la otra punta de la ciudad por los hermanos McNeil. Conocidos como los puritanos, tomaron su nombre y su color azul de un equipo de rugby inglés considerado el mejor del momento. Juegan desde 1899 en Ibrox Park, al suroeste de Glasgow. Aunque el estadio ha sufrido sucesivas remodelaciones, continúa manteniendo su característica grada principal de ladrillo victoriano creada por Archibald Leitch, el arquitecto que nos legó la mística del fútbol inglés en estadios de dos alturas de estilo industrial como Old Trafford, Anfield o Highbury.

En las gradas de Celtic Park ondean banderas irlandesas e insignias del IRA. Los ultras del Celtic están hermanados con aficiones de izquierdas como las del Liverpool, hasta el punto de tomar como propio el famoso himno ‘You’ll never walk alone’. Los hinchas del Rangers portan símbolos del Reino Unido como ‘The Union Jack’ y están hermanados con los ultras del Chelsea. De este modo en el ‘Old Firm’ no se ve ninguna bandera escocesa en el estadio. Para eso hay que ir a Hampden Park.

La inquina entre los enemigos es tal que la selección escocesa juega sus encuentros en Hampden Park, uno de los estadios más legendarios para cualquier amante del fútbol. El estadio es casa del Queen’s Park, el club más antiguo de Escocia y que aún hoy se mantiene como amateur por convicción, a pesar de competir en ligas profesionales. Hampden Park se encuentra al sur de la ciudad, formando un perfecto triángulo con Celtic Park e Ibrox Stadium. La distancia entre los tres coliseos es prácticamente similar en un ejercicio de equilibrismo para satisfacción y calma de todos los fanáticos.

Aunque Celtic y Rangers disputaron el primer ‘Old Firm’ en 1888 el nombre data de unos cuantos años más tarde. En 1909, en una final de Copa, el partido entre ambos terminó en empate y, como entonces no había ni penaltis ni prórroga, se pasó a un segundo partido. Dicho encuentro transcurría por los mismos derroteros, por lo que las aficiones de Celtic y Rangers invadieron Hampden Park indignados por lo que consideraban un amaño. Hubo que suspender el choque y el título quedó desierto. El periódico ‘The scottish referee’ denominó el derbi escocés como ‘The old firm of Rangers-Celtic Ltd’ (Antigua empresa del Rangers-Celtic S.L.) por la sospecha de que los partidos importantes estaban arreglados desde siempre para que se repitiesen y así generar una nueva taquilla. Desde entonces al choque se le conoce como ‘Old Firm’ (Vieja Empresa).

Y lo cierto es que, aunque el odio que se profesan es atroz, en pleno siglo XXI siguen usando el ‘Old Firm’ en contra del resto de clubes escoceses. Ambos se benefician económicamente de la rivalidad que se profesan. Negocian juntos los patrocinios, los derechos de televisión e incluso han pedido conjuntamente ingresar en la Premier inglesa. Y habitualmente han compartido patrocinador, porque ninguna empresa es tan inconsciente como para invertir el dinero en uno generando inquina en los seguidores del otro.

El ‘Old Firm’ ha sido lugar de múltiples desgracias. En 1931, durante un encuentro entre Celtic y Rangers, John Thomson y Sam English fueron a por el balón al mismo tiempo y la rodilla de English chocó con la cabeza de Thomson. Éste, portero del Celtic de 22 años, salió peor parado y acabó con una fractura de cráneo falleciendo horas más tarde en el hospital. Hoy una canción en honor de Thomson es tarareada en todos los partidos del Celtic. Célebre por violenta también es la final de Copa de 1980 en la que el Celtic consiguió el título con un gol en el descuento originando una celebración por el título que acabó en una batalla campal en el césped de Hampden Park. Pero el ‘Old Firm’ más popular por aciago fue el disputado en Ibrox en 1971. Una avalancha de espectadores, también causada por un gol de última hora aunque en este caso del Rangers, acabó con 66 fallecidos, muchos de ellos menores. El siniestro provocó una remodelación de Ibrox que lo convirtió en uno de los primeros estadios del mundo con medidas de escape y de seguridad. 

Aunque la mayoría de los astilleros de Glasgow tenían vetada la presencia de trabajadores católicos, la convivencia entre los forofos de las dos religiones se mantuvo en calma hasta la década de 1920. Tras un trágico proceso que duró seis años (1916-1922) Irlanda obtuvo su independencia. Es entonces cuando en Glasgow la mayoría protestante comienza a hostilizar a la minoría católica, iniciando una inquina entre ambas comunidades que aún no ha sido resuelta.

La ferocidad de la rivalidad hace difícil que un jugador pueda defender los colores de las dos escuadras. Se cuentan con los dedos de las manos los futbolistas que han militado en los dos equipos a lo largo de la historia. Con la aprobación de la ley Bosman todo ha cambiado y los mercados a los que pueden acceder ambos conjuntos son enormes, pero hasta 1995 el mercado principal era el nacional. El caso más desgarrador para ambas aficiones fue el de Mo Johnston. Graeme Souness, técnico del Rangers, solicitó a la directiva el fichaje de Johnston, un fenomenal delantero internacional con Escocia que jugaba en la liga francesa pero que había triunfado años atrás en las filas del Celtic. Mo Johnston, además de ex estrella del Celtic, era católico, y se convirtió en el primero de ellos que jugó en el Rangers en más de medio siglo. De este modo Mo Johnston pasó a ser un traidor para la afición del Celtic, pero tampoco fue aceptado por la del Rangers. Muchos aficionados protestantes quemaron su camiseta y su abono de temporada hasta que en un ‘Old Firm’ jugado meses más tarde Johnston pasaría a ser amado por la afición del Rangers al anotar el gol de la victoria.

Y es que el Celtic representa a los irlandeses, católicos, republicanos y en menor medida a las izquierdas y a los trabajadores. El Rangers es el equipo de los protestantes, de los partidarios de la unión del Imperio Británico, de los monárquicos y de forma más rehusada de las derechas y de los burgueses. Celtic y Rangers son instituciones preponderantes en la vida escocesa con un grado de significación social y cultural inimaginable en cualquier otro club de fútbol del mundo. La rivalidad se cierne en una serie de conflictos políticos y en una competencia sectaria y en ocasiones racista y violenta. 

El Rangers puede presumir de ser el club de fútbol con más ligas (54) no sólo en Escocia sino en que cualquier otra liga en el mundo, si bien es cierto que con una condena en ese historial. El Rangers tuvo que refundarse en 2012 al caer en bancarrota. Desde entonces, el nuevo Rangers, aún no sabe lo que es un título liguero. La caída en desgracia de los protestantes será ‘in secula seculorum’ motivo de júbilo para los católicos, con menos ligas (50) pero que son el único club escocés triunfante en una Copa de Europa (1967). Además, para el sempiterno orgullo Celtic, su victoria ante el Inter (2-1) se logró con un once inicial de jugadores nacidos en Glasgow o en sus alrededores.

“Hay gente que insiste en que otras rivalidades futbolísticas pueden generar tanta intensidad como los choques entre Rangers y Celtic. Creedme, no hay nada comparable”. Alex Ferguson,  nacido en Glasgow, y uno de los entrenadores más exitosos de todos los tiempos dirigiendo al Manchester United.

P.D: Había decidido escribir sobre el ‘Old Firm’ porque era el único evento deportivo que quedaba en pie para este fin de semana. Se iba a jugar este domingo, pero escasamente un par de horas antes de publicar este artículo, el ‘Old Firm’ era suspendido hasta nueva orden.

En las próximas semanas seguiré hablando de deporte, aunque el deporte permanezca parado. Porque el deporte no es más que algo secundario. El puñetero coronavirus, que aún estamos empezando a sufrir, nos deja de momento dos reflexiones. La primera la importancia de la libertad. Nos podemos empeñar en obtener reconocimiento social y laboral, pero el bien más preciado de un ser humano es su libertad. El segundo es la salud. Este blog nada a contracorriente. Pone el ojo en el pasado. Cuenta historias, anécdotas y describe el porqué de las cosas, o lo intenta, de forma pausada y amena a través de la palabra. Nada a contracorriente porque el siglo XXI es el siglo de la inmediatez, del futuro, de la imagen y de la tecnología. El coronavirus nos recuerda que no somos dioses. Somos simples, insignificantes y frágiles seres humanos. Como siempre hemos sido y como siempre seremos, por muy rápido que queramos avanzar.

“Cuando las expectativas de uno se reducen a cero, uno aprecia realmente todo lo que tiene.” Stephen Hawking.

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Cuando en Inglaterra estaba prohibido el fútbol femenino

Dado que el fútbol fue parido en Gran Bretaña es más que lógico que fuese en Inglaterra donde las mujeres diesen las primeras patadas al balón. Si bien es cierto que el deporte, primero en su vertiente amateur y más adelante en la profesional, fue concebido sin ningún tipo de connotación sexual, se daba por lógico que era una práctica pensada para los hombres. Mas eso no fue impedimento para que las mujeres jugasen al fútbol.

Y de hecho lo hicieron sin dilación desde mediados del siglo XIX. Hay constancia de decenas de partidos por toda Inglaterra y en tan temprana fecha como 1890 hay registros de encuentros en los que se superaban los 10.000 espectadores, cifras que rivalizan con las acometidas por los hombres en aquel momento. Por supuesto, y tal y como ocurre en el presente, había firmes detractores de la presencia de la mujer en un campo de fútbol y presagiaban que era una moda pasajera que no duraría mucho en el tiempo.

Y sin embargo en 1921 la Football Asociation (FA) tomo la decisión salomónica de prohibir el fútbol femenino en Inglaterra. La medida estuvo en vigor durante medio siglo hasta que fue abolida en 1971. ¿Por qué?

El cambio de paradigma tuvo lugar en 1914. En ese momento las mujeres inglesas lideradas por Emmeline Pankhurst están en el momento álgido en la lucha por el sufragio femenino. Pero a pesar de sus loables intentos estaban muy lejos de conseguir sus objetivos. Muchas de ellas eran tildadas de lesbianas, otras tantas fueron reprobadas por sus padres o maridos y unas cuantas de ellas jugaban al fútbol con asiduidad. Una mujer estaba diseñada para tener hijos y recibir un golpe en una manifestación o un balonazo durante un partido podría dejarlas tocadas por perpetuidad. El ‘British Medical Journal’ sentenciaba que «de ninguna manera podemos aprobar la exposición imprudente a la violencia de los órganos femeninos, que en la experiencia común ha llevado a las mujeres a protegerse de cualquier forma».

Pero en agosto de 1914 la I Guerra Mundial detonó y el mundo cambió.

Con cientos de miles de hombres yendo a los campos de batalla las mujeres ocuparon sus lugares en las fábricas. De pronto, las mujeres pasaron de la cocina a la oficina y de sonreír detrás de un mostrador a ensamblar las piezas que componen un obús. Pero al mismo tiempo que las mujeres se convirtieron en las máquinas que hacían funcionar a la industria bélica, también se convirtieron en las máquinas que hacían funcionar a la industria del ocio. Aquellos chicos que se fueron a morir a los campos de Francia no volverían a jugar al fútbol. Y alguien tendría que hacerlo.

La I Guerra Mundial tuvo el imprevisto efecto de empoderar a las mujeres inglesas. Al igual que se incorporaron a las cadenas de montaje y empezaron a llevar a cabo trabajos que se consideraban ´peligrosos´ para el sexo débil, no tardaron en formar equipos de fútbol y jugar entre ellas en los descansos del trabajo.

De repente las fábricas comenzaron a organizarse y a fundar sus propios clubes de fútbol, los cuales rápidamente formaron un sucedáneo de liga. El más destacado era el Kerr’s Ladies FC, de la fábrica de municiones del mismo nombre situado en Preston, una de esas ciudades que fueron motor de la Revolución Industrial y que por entonces era uno de los lugares más respetados en el mundillo futbolístico. El Kerr’s Ladies FC ganó poco a poco cientos de seguidores, especialmente cada vez que se enfrentaba a un equipo masculino y lo derrotaba.

Su estrella era Lily Parr, una brava y enérgica delantera con gran toque de balón. Se trataba de una chica que empezó a jugar y a trabajar con apenas 14 años y que se estima que anotó más de 1.000 goles en 30 años de carrera. Se dice que un guardameta le dijo que una mujer sería incapaz de meterle un gol desde lejos. Parr aceptó el reto a lo Oliver y Benji, disparó y metió un gol con tal potencia que acabó partiendo el brazo del pobre hombre en su intento de atajar el balón. Obviamente es una leyenda, pero contribuyó al mito de Parr y a empoderar la lucha de aquellas mujeres futbolistas.

El Kerr’s Ladies FC gozó del favor de los dirigentes más retrógrados porque durante los cuatro años que duró la I Guerra Mundial donó el dinero recaudado en todos sus partidos a beneficio de las víctimas de la contienda. Disputaron encuentros por toda Gran Bretaña y lograron juntar hasta 600 libras en un partido, que en los parámetros actuales se situarían en torno al millón de euros.

Poco después del fin de las hostilidades, en marzo de 1919, el Kerr’s Ladies FC jugó un encuentro ante un combinado francés que reunió a 35.000 espectadores. Al año siguiente inició una gira por toda Europa para recaudar dinero para los soldados mutilados. En 1920 el Kerr’ Ladies FC congregó a 53.000 espectadores en el Goodison Park de Liverpool ante el Saint Helen’s Ladies. Las chicas de la fábrica de Kerr disputaron 67 partidos en doce meses y se vieron forzadas a rechazar más de 120 invitaciones. Era 1920, y por entonces había más de 150 equipos femeninos federados en Inglaterra.

El fútbol femenino estaba en su apogeo, pero de repente todo iba a volver a cambiar. Las mujeres habían conseguido ya el derecho al voto, pero la sociedad aún no estaba preparada para un cambio tan brusco. Los hombres que consiguieron volver del infierno pretendían regresar a sus vidas de 1914. Esperaban retornar a sus trabajos y que las mujeres volviesen a sus quehaceres domésticos. Aquellos hombres habían dado los mejores años de su vida y no estaban dispuestos a perder lo que según ellos habían defendido en las trincheras francesas.

De un día para otro se consideró a las mujeres como incapacitadas para jugar al fútbol. Los médicos (y las médicas) volvieron a alertar de los peligros del fútbol para las mujeres, de como un golpe en el lugar inadecuado podía incapacitar a una mujer para tener hijos. Los expertos alertaban de la pérdida de población de la nación y de cómo la mujer tenía que dotar de vástagos al país para recuperar sus cifras de natalidad. La doctora y tenista Eustace Miles llegó a afirmar: «Las patadas son un movimiento brusco para las mujeres y la presión es severa. La complexión física de una mujer tiende a ser más redonda que la del hombre, pero el fútbol obliga a movimientos menos redondos y más angulares”.

La campaña fue cruenta hasta que el 5 de diciembre de 1921 la FA ordenó a los clubes pertenecientes a la asociación que no permitieran el uso de los recintos para los partidos entre mujeres. Así pues, las féminas no podrían usar ningún estadio profesional bajo las excusas ya conocidas sobre los peligros físicos. Pero había otro motivo velado. Se acusaba a las mujeres de ser incapaces de ver el beneficio económico del fútbol, ya que únicamente sabían recaudar sumas de dinero con fines benéficos.

Aun así las mujeres podrían seguir jugando con tal de que encontrasen un rectángulo habilitado para la práctica del fútbol. Pero la FA fue más lejos todavía. Prohibió que un colegiado o juez de línea federado pudiese arbitrar en un partido de fútbol femenino. Las mujeres protestaron, evidentemente, pero ni era el momento ni el lugar. Ningún partido político, sindicato o medio de comunicación consideró de relevancia sus protestas. «El órgano controlador de la FA lleva cientos de años de retraso y sus acciones son simples prejuicios de género. Ninguna de nosotras ha sufrido ningún efecto dañino debido a la práctica del fútbol», declaraba la capitana del Plymouth Ladies, en una de las escasas entrevistas a las que las mujeres obtuvieron acceso.

La gran mayoría de clubes femeninos desaparecieron de un día para otro. El Kerr’s Ladies FC fue el único que aguantó con la nueva denominación Preston Ladies FC. Jugaron numerosos partidos en Canadá y Estados Unidos, muchos de ellos arbitrados por Tom Finney, internacional inglés nacido en Preston y que siempre apoyó la causa. El equipo se disolvió en 1965 en medio de enormes medidas de presión de la FA, la cual consiguió cancelar muchos de sus encuentros.

Hubo que esperar a 1969 para que en Inglaterra se formara la Asociación Femenina de Fútbol aprovechando el éxito de los chicos en el Mundial celebrado tres años antes. Y en 1971 la FA permitió medio siglo después que las mujeres pudiesen jugar en los estadios de los equipos profesionales.

Habría que esperar aún un poco más, hasta 1984, para que se celebrase la primera Eurocopa femenina, a 1991 para el primer Mundial femenino y a 2002, ayer como quien dice, para el primer torneo europeo de clubes femenino.

Y aún así, no hay equipo femenino que aglutine 30 o 40.000 espectadores en cada encuentro como hacían las Kerr’s Ladies FC a inicios de 1920.

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El nazi bueno (2ª parte)

Bert (en realidad se llamaba Bernhard Carl) firma por el City en el verano de 1949. La prensa inglesa está encolerizada y la gente de Manchester se echa a la calle reclamando que Bert Trautmann vuelva a Alemania. Se estima que unas 20.000 personas (50.000 según algunas fuentes) salen a protestar colapsando Maine Road, la calle que daba nombre al antiguo estadio del City, con gritos de ¡nazi! dedicados a Trautmann y de ¡criminales de guerra! a los miembros de la junta directiva. Los titulares de prensa del día siguiente no le iban a la zaga: “A los nazis hay que enviarlos a casa”, “El portero del Manchester City no quiere recordar nuestro dolor”, o mi favorito: “Buy kraut goalkepper with Iron Cross”, que se podría traducir por “Comprado portero bajo palos con una Cruz de Hierro”.

¿Por qué el City decide fichar a Trautmann? ¿Por razones humanitarias? Obviamente no. El Manchester City ficha a Trautmann porque era un buen portero. Un muy buen portero. Solo necesita un puñado de partidos para acallar a los hinchas del City. Lo que en un primer momento eran gritos de ¡nazi! cada vez que realizaba una parada pronto se convierten en rotundos aplausos.

A la aceptación del cancerbero alemán contribuyen notablemente dos figuras. El primero es Alexander Altmann, rabino de Manchester. Decide escribir mano a mano con Trautmann una carta abierta que publicará la prensa local. En ella, el paracaidista de Bremen pedirá perdón y argumentará que hizo “todo lo que le ordenaron como soldado”. Altmann aprovecha para dirigirse a la populosa comunidad judía del Gran Manchester con las siguientes palabras: “Bert es un joven decente. No seáis estúpidos. No podemos castigar a un alemán en concreto por aquello que haya hecho un país. Dejemos que demuestre si es un buen portero y luego ya veremos”.

Pero más notables aún fueron las escuetas pero concretas palabras de Eric Westwood. Capitán del Manchester City y veterano del desembarco de Normandía, sólo necesito un par de partidos para comprobar que Trautmann ya no era un nazi. Ni siquiera era un soldado. Tampoco era un prisionero de guerra. Ya ni siquiera era alemán. Tan sólo era un futbolista. “No existen las guerras en este vestuario”, soltó Westwood ante la prensa. Ya no hubo más discusiones. Nadie más en Maine Road volvió a llamar nazi a Trautmann.

No ocurría así en terreno visitante. Después de 15 años en el City a Trautmann aún seguían llamándole nazi a lo largo y ancho de Inglaterra. Pero cuanto más hostil era el recibimiento, mejor era la actuación del meta alemán. En un partido en Londres contra el Fulham los pitos y los insultos de comienzo del encuentro se convirtieron en aplausos tras una exhibición de bravura y de valía personal. Bob Wilson, portero del Arsenal en la década de los 60 y los 70, contaba como de pequeño su ídolo era Bert Trautmann. Tanto su padre como sus dos hermanos mayores habían muerto en la guerra y en casa le recriminaban taxativamente que no podía admirar a un nazi. Pero su fascinación ante Trautmann era tal que no lo podía remediar. Wilson cuenta que la valentía del alemán, al borde de la temeridad, su templanza, su espectacularidad y su eterna compostura ante los continuos insultos recibidos, eran para él pura seducción.

En su primer partido con el equipo de reservas del City acudieron casi 27.000 personas. Trautmann comentaría años más tarde que había escogido Manchester porque le explicaron que cuanto más al norte de Inglaterra residiera mejor le aceptaría la gente. La realidad es que era el payaso del circo y el mono del zoo. Con el City vivirá dos descensos a segunda división pero la gloria a mediados de los 50. En esos años junto a Trautmann aparecerá el centrocampista Roy Paul y el delantero Don Revie, más tarde afamado entrenador y seleccionador inglés.

Con todos ellos a bordo el Manchester City se clasifica para la final de la FA Cup de 1955 ante el Newcastle. Es la primera vez que un alemán juega la final copera de Wembley y por supuesto es también la primera vez que lo hace delante de la reina Isabel II. ‘Pecata minuta’ en 2019 pero cacareada agitación en 1955. El City pierde por 1-3, pero se vuelve a clasificar para la final de 1956, en este caso ante el Birmingham City.

Y es en aquella final disputada el 5 de mayo de 1956 cuando Bert Trautmann se ganará para siempre el corazón de todos los seguidores del City y el respeto y la admiración de todos los aficionados ingleses.

A falta de 20 minutos para el final del partido el Manchester City ganaba por un claro 3-1. Entonces, un centro al área del Birmingham se queda corto. A por el balón se lanzará a tumba abierta Trautmann y a la carrera el delantero rival Peter Murphy. Los dos jugadores llegan al mismo tiempo y la rodilla de Murphy impacta en la base del cráneo del portero. Durante unos agónicos minutos Trautmann es asistido por el personal médico. Está inconsciente, aunque rápidamente se despierta. Las imágenes muestran cómo se levanta tambaleándose y con el cuello torcido hacia su izquierda. En 1956 no existían los cambios, por lo que si Trautmann se retira lesionado un jugador de campo tendría que colocarse bajo palos y el City afrontar los minutos finales del partido en inferioridad numérica.

No está en condiciones médicas para jugar. Pero Trautmann va a seguir jugando.

Trautmann nunca supo que ocurrió en esos últimos 20 minutos. Jamás recordó nada. Sólo resuena una neblina y unos cuantos sonidos en lo más profundo de su memoria. El caso es que consciente o inconscientemente realiza cuatro paradas espectaculares y un par de salidas suicidas que salvan al City y que permiten a los de Manchester alzarse con el título copero.

Por la noche, antes de la cena de gala para celebrar la victoria, Trautmann acude a un hospital de Londres donde le dicen que tiene un simple calambre y que en un par de días estará recuperado.

Al día siguiente una multitud de ‘citizens’ corea su nombre frente al ayuntamiento de Manchester. Él sonríe desde el palco con la cabeza torcida hacía un lado. Ese mismo año es designado mejor jugador de la liga, la primera vez que un portero recibe la mención y, por supuesto, la primera vez que un alemán recibe tal distinción. Días después un amigo le obliga a ir al hospital y se revelará su locura. La primera vértebra lumbar se había roto y su tercera vértebra estaba montada sobre la segunda debido al impacto recibido en el cuello el día de la final. Según le explica un médico ese golpe de azar evitó la rotura del cuello y su muerte en aquel mismo instante.

Durante las siguientes tres semanas estará totalmente inmovilizado sobre una plancha de madera. Tardará otros siete meses en volver a jugar al fútbol y durante la convalecencia sufrirá la pérdida de su segundo hijo (el primero reconocido) víctima de un atropello a los cinco años de edad. Esa pérdida hará que su matrimonio se termine años más tarde y que, sin hijo y sin esposa, Bert Trautmann decida conocer a su hija ilegítima fruto de aquella relación navideña en el campo de prisioneros de 1946.

En la vida de Trautmann no existen las medias tintas.

Bert Trautmann se retiró en 1964 tras 545 partidos oficiales con el Manchester City. Luego se convirtió en entrenador de las categorías inferiores de la selección alemana y más tarde de la inglesa. También dirigió a selecciones tan dispares como Birmania, Tanzania o Pakistán, hasta que a mediados de los 80 descubre el sol de la costa de Castellón y decide instalarse en el pueblo pesquero de Almenara hasta su muerte en 2013.

En 1964 su partido de homenaje reunió en el mismo equipo al City y al United en un combinado de Manchester que se enfrentó a la selección inglesa. Y medio siglo después, ya con 91 años a sus espaldas, la Reina Isabel II lo distinguió como Oficial del Imperio Británico en una ceremonia celebrada en Berlín. Años antes, el City había inaugurado una estatua en la memoria de un hombre que vivió dos vidas. Un hombre que pasó de enemigo a amigo. Un nazi bueno.

Bert Trautmann: “Me considero más inglés que alemán. Mi educación comenzó después de la guerra. Hasta ese momento yo no había tenido capacidad para decidir. Ellos me aceptaron. Mi verdadera educación comenzó a los 22 años en Inglaterra cuando aprendí sobre humanidad, tolerancia y perdón. Me preguntaban si había matado gente. Los muertos no se ven. En la guerra sólo ves sombras en el horizonte, figuras que corren. Y tú te defiendes, porque si no lo haces te disparan y te matan”.

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El nazi bueno (1ª parte)

Antes, mucho antes, de Robinho, Tévez, Agüero, Gündogan, Silva o De Bruyne, el Manchester City era un paria. Un club modesto, a caballo entre la primera y la segunda categoría del fútbol inglés y siempre a la sombra de los diablos rojos del United. Tuvo sus años de gloria a finales de los 60 cuando conquistó la Premier de forma sorpresiva, pero la historia del club tiene más sombras que luces. Y, a pesar de todo ello, para todo buen hincha ‘citizen’ por muchos títulos y por muchas estrellas que los petrodólares se encarguen de llevar a orillas del río Mersey no habrá nunca un futbolista más admirado que Bert Trautmann, el nazi bueno.

En 1949 el Manchester City necesitaba un portero. Frank Swift, el cancerbero del club en el último lustro, se acababa de retirar y aunque estaban convencidos de que el elegido era mucho mejor que él, los directivos del City dudaban de que fuese aceptado por la afición. Bert Trautmann era un excepcional portero que llevaba varios meses destacando en el fútbol regional pero que aún no había dado el paso al profesionalismo. Y no por culpa de sus aptitudes, a ojos de todos excepcionales, sino por culpa de su pasaporte.

Trautmann era alemán. Era un soldado alemán. Un sargento de la Luftwaffe. Bert Trautmann se iba a convertir en el primer teutón que jugaría en la liga inglesa. En el primer alemán que iba a disputar la FA Cup, la competición de fútbol más antigua del mundo. Y todo ello apenas un puñado de años después del fin de la II Guerra Mundial.

Bert Trautmann nació en Bremen en 1923, días antes del golpe de Estado fallido conjeturado por Hitler y otros gerifaltes del partido nazi en una cervecería de Münich. Como todo chiquillo alemán de raza aria, Bert era un niño alto, fornido y rubio. Y como tantos otros niños altos, fornidos y rubios creció mamando la propaganda nazi, pasó su pubertad en los campamentos organizados por las Juventudes Hitlerianas y cuando la guerra estalló en 1939, y con apenas 16 años de edad, corrió a alistarse como voluntario para defender el Reich de los 1.000 años.

Trautmann había pasado una difícil infancia. Sus padres no tenían trabajo y él vivía de pedir en la calle y de los alimentos que le daban en los comedores comunitarios. Con apenas 10 años ya se unió a las Juventudes Hitlerianas, donde le proporcionaban comida, le enseñaron el oficio de mecánico y, sobretodo, le devolvieron la dignidad. Es fácil comprender como aquel chaval de 16 años estaba dispuesto a dar su vida por Alemania y por su Führer.

Intentó alistarse en la sección de inteligencia. Su idea era convertirse en operador de radio, pero suspendió el examen para intérprete de código morse. Finalmente fue reclutado por la Luftwaffe como paracaidista. Los ‘fallschirmjager’ eran unidades de élite, fuertemente nazificadas y claves para la ofensiva nazi. Los alemanes fueron los primeros que crearon unidades específicas de paracaidistas para asaltar las líneas enemigas, cortar comunicaciones y crear el caos en la retaguardia del enemigo. Los ‘fallschirmjager’ eran muy respetados en el campo de batalla y estaban armados con el fusil de asalto FG 42, un arma de combate ligera y plegable, sin paragón por entonces.

Tras un arduo entrenamiento Trautmann fue enviado a la Polonia ocupada, hasta que en el verano de 1941 fue movilizado para iniciar la ofensiva alemana contra la URSS. Pasaría tres años combatiendo en el frente del Este siendo uno de los 90 supervivientes de una división aerotransportada conformada por 1.000 individuos. Trautmann es uno de los pocos afortunados que entró en la guerra en 1939 y salió indemne de sus garras en 1945.

Primero luchó en Crimea y más tarde fue enviado al frente de Moscú. Allí, durante la contraofensiva soviética, una granada le estalló en los pies e increíblemente no sufrió rasguño alguno. Era el invierno de 1942 y poco después fue capturado por los rusos. Dicen quienes lo conocieron que era un soldado entusiasta y eficiente y que mantenía la compostura incluso encerrado en un campo de trabajo. Su fidelidad a Alemania se mantenía por entonces inquebrantable. A los pocos meses de ser capturado fue enviado junto a otros presos a reasfaltar y adecentar una carretera que había sido demolida en el transcurso de los combates. Mientras estaba trabajando, un escuadrón de cazas de la Luftwaffe atacó a las posiciones más avanzadas del flanco soviético. Aprovechándose del caos originado, Trautmann consiguió escapar de su cautiverio y emprender una larga huida para regresar a territorio alemán. Con motivo de su hazaña fue galardonado con una Cruz de Hierro, una condecoración militar alemana de origen prusiano, y aún vigente en la actualidad, que es concedida por actos de gran valentía. Tan sólo fue una más de las cinco condecoraciones que Trautmann recibió en los años de contienda.

Tras unas semanas de descanso en Bremen volvería a Rusia donde alcanzaría el grado de sargento, hasta que en 1944 fue desplegado sobre Bélgica para tratar de ayudar a detener la ofensiva de los aliados tras el desembarco de Normandía. Pero por entonces su visión de la guerra ya había cambiado. En Bremen había comprobado como parte de su familia había muerto y como la otra malvivía. Había sufrido en sus carnes como su ciudad era víctima de bombardeos aliados continuos, algo que la propaganda nazi se había encargado de ocultar. Pero no sólo eso. Años más tarde confesaría lo orgulloso que se había sentido cuando había logrado escapar de los soviéticos. Pero también explicaría que su nazismo se había visto diezmado cuando advirtió como un comando de las SS aniquilaba a los habitantes de un pueblo ruso al completo y los enterraba en una fosa común. “Si no hubiese sido tan niño entonces creo que me hubiese suicidado”, se sinceraría en un profundo reportaje.

En diciembre de 1944 participó en la batalla de las Ardenas, la última ofensiva alemana de la guerra. La ofensiva fracasó y Trautmann nuevamente fue capturado, en esta ocasión por un comando francés. Nuevamente consiguió escapar, en esta oportunidad sin mayores dificultades, pero en esta ocasión no habría tiempo para descansar. El ejército alemán estaba a punto de colapsar y no se podía escatimar en personal. Trautmann fue enviado al frente de nuevo, esta vez a defender la frontera del Rin, el último reducto antes de que los enemigos entrasen en Alemania.

La noche del 7 al 8 de febrero de 1945 la aviación inglesa convirtió en escombros gran parte de la ciudad medieval de Cléveris. Entre los cascotes emergió Bert Trautmann tras tres largos días y tres largas noches inmóvil debajo de las ruinas. Sólo, aislado de su división, sin pertrechos ni comida, deambulaba vestido de uniforme camino de Bremen usando la persistencia como su único método para sobrevivir. Un par de días después fue sorprendido por un par de soldados norteamericanos mientras dormía en un granero. Consiguió zafarse de ambos, pero mientras escapaba corriendo campo a través tropezó. Al levantar la cabeza vio a un grupo de soldados ingleses que le espetaron: “¡Eh! Fritz (así es como los ingleses llamaban a todos los alemanes), ¿te apetece una taza de té?”. Y Trautmann definitivamente se rindió. Su guerra había acabado.

“Fue una liberación. Estaba cansado de escapar y de combatir. Todo cambiaba demasiado rápido y era imposible soportar aquella sensación de que en cualquier momento todo podía acabarse”, declararía Trautmann años más tarde.

Los aliados primero le enviaron a un campo de prisioneros situado en Bélgica y, al acabar la guerra, fue trasladado a Essex, al noreste de Londres. Existían tres categorías de reclusos. Los negros eran considerados nazis impenitentes, los reclusos grises eran considerados simpatizantes pero no militantes y los convictos con distintivo blanco eran aquellos soldados alemanes que se consideraban antinazis.

Trautmann fue catalogado como recluso de distintivo negro. Fue clasificado como un nazi peligroso.

Durante más de medio año fue sometido a un plan de desnazificación. Fue reeducado en los valores democráticos, fue sometido a sesiones de vídeo con imágenes de los campos de exterminio de judíos y, en definitiva, se le hizo partícipe de todas las atrocidades que los nazis perpetraron durante la guerra y que él se encargó de defender al vestir el uniforme del ejército alemán.

En el verano de 1946 fue recalificado como prisionero de distintivo gris y fue enviado a un campo de trabajo en Ashton-in-Makerfield, un pueblo a caballo entre Manchester y Liverpool. Allí se convierte en conductor de un camión de reparto entre granjas y se entremezcla con los pueblerinos en labores de intendencia como el arreglo de tendidos eléctricos, el levantamiento de puentes, el traslado de enseres o la retirada de bombas que quedaron sin estallar.

El director del campamento era un general escocés fanático del fútbol que tan pronto como pudo organizó un equipo para competir en las ligas locales. Trautmann no había jugado nunca al fútbol y es utilizado como defensa central. Fuerte, robusto y con 1’89 metros de altura se convierte en un central leñero. Pero el azar le tenía destinado otra aventura. El portero del equipo se lesiona y Trautmann es enviado bajo palos. Aquel central mostrenco y bruto se convertirá en un portero seguro, ágil y de gran colocación. El boca a boca pronto hará efecto y los partidos del domingo del equipo del campamento de prisioneros número 50 pronto serán seguidos por miles de curiosos.

En las navidades de 1946 Trautmann, al igual que otros presos, pasará la Navidad con una familia de la zona en un intento de normalizar una situación anómala. Es entonces cuando conoce a Marion Greenhall, una chica de un pueblo cercano que pronto se quedará embarazada. Bert Trautmann, ya con 23 años de edad, había matado a cientos de hombres pero aún no sabía lo que era el sexo. Cuando en 1947 el Gobierno inglés repatrie a los presos a su país de origen, Trautmann decide rechazar el ofrecimiento. En Bremen ya no tiene ni familia ni amigos. En Inglaterra tiene una nueva vida.

La buena voluntad le dura apenas un par de meses. Antes de que Marion dé a luz a una niña que llamará Frida, Trautmann escapará víctima del miedo y de la responsabilidad. Hoy parecerá extraño, pero en los años de posguerra los hijos de madre soltera fueron pan de cada día. Hasta los años 60 Frida no sabrá quién es su padre biológico y tuvo que esperar a 1990 para conocerlo.

Bert malvive trabajando en una granja hasta que en abril de 1948 el Saint Helens Town, un equipo de regional contra el que había jugado en alguna ocasión, le ofrece un puesto como portero y un empleo en la fábrica local. Trautmann acepta y con sus paradas consigue con rapidez que el St. Helens ascienda de categoría.

Antes de que termine la temporada 1948/49 sus actuaciones han llamado la atención del Manchester City. Es evidente que Trautmann es un portero de primer nivel, pero una cosa es que un prisionero de guerra, un alemán, juegue en un equipo semiamateur y otra es que salte a los campos de la primera división inglesa.

Pero esa será la historia de la próxima semana.

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Tottenham vs Liverpool

Tottenham y Liverpool disputan una final de Copa de Europa extraña por inesperada. Insospechada porque ambos conjuntos superaron la primera fase a duras penas. Impensada porque ha sido esta una Liga de Campeones extraña hasta las entrañas. Estuvimos a un suspiro de ver al Ajax en una final, algo inimaginable en la era post-Bosman. Hemos presenciado remontadas cotidianas como la de la Juve ante el Atlético, pero las más frecuentes han sido las imposibles como la del United en Paris, la de los tulipanes holandeses en el Bernabéu, y, especialmente, la del Liverpool ante el Barça en Anfield.

Será una final sin rimbombantes ‘Balones de Oro’, sin futbolistas de portada, sin brujos de la fachada. Ninguno de los futuribles del Real Madrid estará presente en la final del Metropolitano. Y mira que es difícil porque el cambio climático ha llegado a Chamartín y llevan desde marzo instalados en el verano. Leía hace unas semanas en un artículo que por no cumplirse ni se han cumplido los pronósticos médicos. Han llegado a la final dos equipos ingleses, con diferencia los conjuntos que más partidos disputan en una temporada. El fin de semana antes de la vuelta de las semifinales Ajax y Barça estuvieron en la tumbona viendo como Tottenham y Liverpool se partían el pecho en la liga inglesa. Luego, los primeros se desfondaron en las segundas partes de sus partidos mientras los británicos parecían Spitfires con propulsión a chorro.

Es una victoria de la liga inglesa, aunque ya se sabe que en el mundo mediático del histrionismo en el que nos situamos lo que hoy es negro mañana es blanco. Esto ocurre incluso con la tradicional mesura británica. Antes de los partidos de vuelta había enconadas críticas acerca de la falta de competitividad de sus equipos tras perder ante FC Barcelona y Ajax en los encuentros de ida de semifinales. Como decía es una victoria de la liga inglesa, una competición con excelsa salud fomentada en la combinación de tradición y modernidad que se refleja tanto en sus estadios, sus aficionados, las plantillas y cuerpos técnicos de sus equipos, y en una fuerte economía que ha sabido globalizarse sin olvidar las esencias. Será la segunda vez que dos conjuntos ingleses se enfrenten en una final (Manchester United vs Chelsea en 2008), hazaña conseguida por la liga española también en dos ocasiones (2000 y 2014), la liga italiana (2003) y la liga alemana (2013). También es la primera vez que los cuatro finalistas de las dos principales competiciones europeas son del mismo país. Lo más parecido a tal proeza tuvo lugar en 1990 cuando la hoy depauperada liga italiana dio campeones europeos en Copa de Europa, Copa de la UEFA y Recopa.

No son solo cuatro equipos ingleses, son tres equipos londinenses. Y esto es un hito con dos caras. Londres quizás sea el rincón de Europa donde la globalización pone a prueba el pulso de las identidades de manera más patente. Este año hasta seis equipos londinenses han competido en la Premier. Londres, al igual que Roma, Paris o Berlín, no ha necesitado nunca del fútbol. El arte, la cultura o la innovación las han convertido en imanes de población y ejes de la humanidad. En Inglaterra fueron las ciudades industriales las que hicieron el fútbol garantía de éxito para ser referente mundial. En otros lugares, como Barcelona o Münich, el fútbol sirvió como acicate para visibilizar una identidad diferente a la impuesta desde la capital. Otras urbes, caso de Lisboa o Madrid, utilizaron el fútbol para legitimarse en una época oscura. Que en el último decenio Londres haya salido victorioso en la Copa de Europa (Chelsea 2012) y que en este 2019 tenga tres finalistas en competiciones europeas es una evidencia del declive de Londres como referente mundial y de la búsqueda de nuevas formas de autoafirmación.

Ambos clubes pertenecen a la élite del fútbol inglés pero se comportan como hermanos pobres. Son como los socialistas acomodados, progres de corazón y liberales de actuación. Luchan contra equipos de bolsillos más profundos y compiten por el mismo nicho de mercado de jugadores argumentando una falsa modestia. Ambos defienden una idea de espíritu y de tradición a pesar de que la globalización los afecta de igual manera que a sus archirrivales (Arsenal o United).

Así entonces el nuevo campeón será un falso pobre. El Liverpool gastó una millonada en fichar a un central que se había hecho hombre curtiéndose en Escocia. La decisión fue un éxito porque hoy Virgil van Dijk está considerado el central más maduro y con más proyección del mundo. A cambio cobró un pastizal por Coutinho y no se le fue la cabeza invirtiendo en parches innecesarios. El Tottenham no fichó ni atacantes ni defensores. Construyó un nuevo estadio, más grande y más moderno, y ha dedicado el año a exprimir sus recursos y a desarrollar su cantera. Un modelo exitoso que ha llamado la atención por estos lares donde la construcción de infraestructuras no lleva a la contención de gastos sino a la petición de créditos bancarios o de ayudas públicas (Valencia, Athletic, Real Madrid…).

Tottenham y Liverpool conforman una rivalidad moderna. Cuando el Real Madrid derrotó al Liverpool en la final de la Copa de Europa de 2018 los aficionados ingleses que más lo celebraron (según los exabruptos de las redes sociales) fueron los del Tottenham. Cuando Harry Kane se lesionó hace unas semanas el ‘big data’ dice que en Liverpool hubo exaltación por la noticia. No hay una explicación sensata o racional. Una rivalidad está intrínsecamente ligada a un conflicto geográfico o de identidad, pero en tiempos donde los hinchas y los jugadores deambulan de un lugar a otro se dan rivalidades a golpe de twitter. Eso pasa entre el Tottenham y el Liverpool. Simplemente el City y el Chelsea son los nuevos ricos, el United y el Arsenal los ricos de toda la vida, mientras que Tottenham y Liverpool, que también son ricos y también son de toda la vida, han sabido venderse como los chicos del pueblo.

Ambos equipos ya se vieron las caras en las semifinales de la Copa de la UEFA de 1973. Los londinenses estiraban los últimos coletazos de su edad de oro. Contaban con el portero norirlandés Pat Jennings y con el delantero Jimmy Greaves, uno de los goleadores más prolíficos de la historia que era igual de letal con un balón en los pies que con una botella de whisky en la mano. Ante la curva descendente del Tottenham, el Liverpool estaba en proceso de ascenso a los cielos. Dirigidos por Bill Shankly, habían ido conformando un grupo de jóvenes en ebullición donde destacaban Phil Thompson y sobretodo Kevin Keegan. En el partido de ida disputado en Liverpool el Tottenham aguantó las embestidas de los ‘reds’ que sólo pudieron vencer por 1-0. En la vuelta, pugnada en White Hart Lane, los londinenses liderados por el campeón del mundo Martin Peters estuvieron a punto de dar la vuelta a la eliminatoria, pero finalmente el valor doble de los goles en campo contrario clasificó a los ‘reds’ (2-1). El Liverpool pugnó la final y doblegó al Borussia Mönchengladbach logrando el primero de sus 6 títulos europeos en 11 años.

El Liverpool tiene una historia más brillante pero el Tottenham es junto al United el único equipo inglés que ha ganado al menos un título en cada una de las últimas siete décadas. Ambos clubes tienen directivas y entrenadores jóvenes y dinámicos. Excesivos y fanáticos. Del heavy metal y la incontinencia educada de Jürgen Kloop a la lengua viperina bajo guante de seda de Mauricio Pochettino. Tottenham y Liverpool conforman una rivalidad “inventada” que dará con la sexta estrella en el blasón del ‘Pool’ o que permitirá estrenar el emblema de los Spurs del Tottenham.

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