historia

Zamora; ¿Rojo o facha?

La Avenida de Sarriá forma parte de la zona noble de Barcelona. Comunica la Diagonal, la arteria que separa el mar de la montaña, con el barrio que da nombre a la Avenida. Cerca de su fin, subiendo a mano derecha, hay una plaza en la que abunda el cemento y escasea la naturaleza. Al otro lado de la calle hay un bar llamado ‘Mundial 82’, el cual recuerda que en aquel solar, en lo que en el presente es plaza, se levantaba el estadio de Sarriá. Hoy, forman una coqueta urbanización de viviendas de clase media-alta y uno de los que residen en ese bloque de edificios es Thomas N’Kono, legendario portero camerunés del Espanyol.

La plaza fue bautizada con el nombre de otro guardameta perico; Ricardo Zamora Martínez.

Ricardo Zamora forma parte de la mitología del fútbol internacional. El fútbol aficionado y el incipiente balompié profesional del primer tercio del siglo XX permanecen en la memoria gracias a artículos periodísticos y a recuerdos orales que de generación en generación han convertido a aquellos primeros deportistas en símbolos icónicos. Zamora es uno de ellos. El portero por excelencia en el fútbol español y, según todos los especialistas, uno de los dos o tres mejores antes de 1950, cuando con el Mundial de Brasil y la creación de la Copa de Europa tuvo su inicio el ‘fútbol moderno’.

De corazón espanyolista, el portero barcelonés militó tanto en el Real Madrid como en el FC Barcelona. Hoy, lejos en el tiempo y lejos los tiempos de la confrontación política, Zamora es una figura reconocida. Durante el Franquismo fue especialmente controvertida. Tildado de rojo por unos y de fascista por otros.

Dos días después del inicio de la Guerra Civil, el 20 de julio de 1936, el ABC (periódico monárquico) informaba de que Zamora había aparecido en una cuneta en el barrio madrileño de La Moncloa al haber sido asesinado por milicianos comunistas. En Francia, donde Zamora también era un ídolo, la prensa gala se hizo eco de la información, y, de hecho, una semana después con motivo de un congreso de la FIFA, Jules Rimet, presidente del organismo, decretaba un minuto de silencio en todos los partidos internacionales por la muerte del cancerbero catalán.

Todo era falso. Simples rumores. ‘Fake news’ en un mundo analógico.

Pero, ¿quién era Zamora? Era un futbolista, y como cualquier futbolista antes, ahora y después se preocupaba, y muy mucho, de no hacer manifestaciones políticas. Pertenecía a la burguesía catalana, tenía cierto poder y disfrutaba de la fama. Era liberal y se podía presuponer que sus ideas serían las de un republicano conservador. Podría bailar a dos aguas. No tendría motivo por el que sentirse a disgusto con un Franquismo de cuello blanco y, así mismo, tampoco en una República que no girase a posiciones próximas al comunismo. En un momento de polarización, Zamora era reaccionario para unos y libertino para otros.

Dos sucesos servían para acusarlo tanto de pertenecer a uno como a otro bando. En 1934 le fue otorgada las Orden de la República en una recepción presidida por el presidente Alcalá Zamora (años más tarde Franco le agasajó con la Gran Cruz de la Orden de Cisneros y mucho antes, en 1920, el rey Alfonso XIII se desató en elogios por su contribución a la defensa de la Patria durante los Juegos Olímpicos de Amberes). Para más inri, en febrero de 1936, en un amistoso entre España y Alemania celebrado en Barcelona, Zamora decide levantar el puño mientras suena el himno hispano, en respuesta al saludo nazi con el brazo en alto de los germanos.

Parecía clara su afiliación a la República, pero, tan sólo un mes antes del inicio de la Guerra Civil, y poco después del encuentro internacional antes citado, el Real Madrid vence al FC Barcelona en la final de la Copa del Rey, encuentro que pasará a la historia por la célebre parada con el hombro de Zamora (la zamorana). Durante la cena, en plena celebración en un restaurante valenciano (fue a orillas del Turia donde se celebró el partido), Zamora dio un discurso que cerró con un viva Valencia, el Real Madrid y España. Inmediatamente un periodista replicó ¡y la República! ante lo que el guardameta enmudeció y pasó a sentarse.

Se supone que ese fue el motivo de su detención por parte del bando republicano. Porque Zamora no fue fusilado, pero sí que fue detenido.

En septiembre de 1936, Ricardo Zamora era el preso más famoso de la hoy desaparecida cárcel Modelo de Madrid. Zamora gozaba de un trato excepcional. Todos los milicianos querían conocerle, y por el mero hecho de charlar un rato con el gran portero, Zamora recibía una ración extra de comida o algún que otro cigarrillo.

Estuvo varios meses encarcelado y las muestras de apoyo le llegaron del extranjero, y, lo que es mucho más sorprendente, desde dentro del bando republicano. El 18 de octubre de 1936 se disputó un partido entre Cataluña y Valencia en el estadio de Les Corts. La recaudación estaba destinada para conseguir fondos para ‘el desarrollo de la lucha contra los fascistas’. En el descanso del mismo, el capitán del combinado catalán, Martín Vantolrá, se dirigió a Lluis Companys, presidente de la Generalitat, pidiendo la liberación de Zamora “que se halla detenido en Madrid y nos consta que no es fascista y es uno de los deportistas que más ha hecho por el fútbol nacional”.

Se sucedieron los meses hasta que su esposa consiguió que lo soltaran gracias a la intervención de la embajada de Argentina. El plan era salir en coche rumbo a Valencia y una vez allí embarcarse rumbo a Niza. Salió de la embajada camuflado con barba, bigote y unas gafas oscuras, para sortear los pocos metros que separaban la embajada del coche oficial que lo iba a trasladar a Alicante. Al parecer, y a pesar de las medidas tomadas, un miliciano lo reconoció, pero embobado por quien acababa de ver, se abstuvo de avisar a su superior.

Tras desembarcar se trasladó a Marsella, pero falto de forma y con 36 años, no quisieron contar con sus servicios. Se fue a Niza, a un club menor, y durante su primera temporada coincidiría con otra leyenda del fútbol español, el también catalán Pepe Samitier. Aún ejercería una campaña más como futbolista compaginando la labor con el cargo de entrenador. Mientras, en España se libraba una feroz y cruenta guerra en la que poco a poco se veía que iba a salir victorioso el mal llamado ‘Bando Nacional’.

Antes del inicio de las hostilidades, Zamora había colaborado como articulista en el diario católico ‘Ya’ y contaba con amplias simpatías en las filas franquistas. Cabe recordar que Zamora era una leyenda y que había sido encarcelado por los republicanos. Pero para la plana mayor de Franco, Ricardo Zamora era un proscrito. Otras personas públicas habían marchado al exilio de forma temporal pero habían vuelto en medio de la contienda para ponerse a las órdenes del Movimiento. Zamora no se dio prisa por volver y además, y aquí lo contradictorio, no le dejaban volver porque se le consideraba republicano. Al no haber manifestado nunca su apoyo a Franco no se confiaba plenamente en él. En abril de 1937, en un viaje a Paris declaró: “No soy un fascista y mi único deseo es regresar a España y trabajar por mi Patria. Jamás iré a Burgos”.

Burgos, hasta la toma de Madrid, era la capital de la España sublevada. El lugar donde tenía su cuartel general Franco.

Pero volvió.

Volvió a España el 7 de diciembre de 1938 para jugar un partido amistoso en San Sebastián en beneficio del bando franquista. El público lo aclamó ávido de ver a su héroe. Se instaló en Barcelona, y no se supo nada más de él hasta el verano de 1939 (con la guerra concluida) cuando disputaría otros partidos benéficos en Barcelona con viejas glorias del club azulgrana en beneficio de las Juventudes de las FET y las JONS.

Zamora viviría en España hasta su fallecimiento en 1978, aunque se reconciliación nunca fue plena con el bando franquista. En 1939 fue obligado a ser el entrenador del Atlético Aviación, equipo cuya directiva estaba formada por altos cargos militares (de hecho, el Atlético de Madrid era el verdadero equipo del Régimen). Consiguió dos títulos ligueros consecutivos y luego incluso llegaría a dirigir a la selección nacional.

Fue un brillante portero, con actuaciones de leyenda dignas de ser contadas, pero sobre todo fue un superviviente. Sí, es cierto, a todos nos gustan los héroes. Las cosas fáciles. Blanco y negro. Pero la vida es más difícil. Zamora jugó con dos barajas, y el que juega con dos barajas suele ganar. Fue conservador, luego rojo, fue encarcelado por fascista, se exilió sin que nadie se lo pidiese y volvió a la España franquista a pesar de haber simpatizado con la República.

¿Quién de nosotros no jugaría con las cartas marcadas si pudiese?

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Una de entrenadores. La regla de los 10 años

Cuando en un anterior artículo escribí sobre los inicios de Mourinho como entrenador lo hice teniendo en cuenta que hoy por hoy está en franco declive. Tras dejar tierra quemada en Madrid, tuvo el canto del cisne en Londres y si bien, estoy seguro, que alcanzará éxitos con el Manchester United, ni serán de renombre, ni los jugadores ni la afición están a pies juntillas con sus ataques al entorno para mantener intacta la coraza directa de amor hacia su persona y su disciplina.

A raíz de ello, he querido versar sobre la excelencia del entrenador. Esa excelencia no puede ser eterna. Hace unos cuantos años leí en un artículo médico que un futbolista de élite puede jugar 450 partidos al máximo nivel, es decir, 45 por temporada en una carrera de una década.

Se puede argumentar que con los avances en alimentación y entrenamiento este margen se ha ampliado. Y es cierto. Solo hay que ver la longevidad en la élite de Messi o de Cristiano Ronaldo. Pero se debe tener en cuenta que aunque un futbolista de élite juegue en la actualidad en torno a 70 partidos al año, no quiere decir que los dispute al máximo nivel. Cuando Messi compite contra el Leganés, el Anderlecht o la selección de Venezuela, no lo hace exprimiendo su cuerpo.

En el deporte, como en cualquier otra disciplina que requiere esfuerzo físico o mental, el tiempo máximo de excelencia está determinado. Esta plenitud se sustenta en una horquilla que oscila entre los 10 y los 15 años. Es lo que yo he llamado ‘LA REGLA DE LOS 10 AÑOS’.

En todas las disciplinas de la cultura contemporánea vemos como los más laureados o bien constriñeron su obra en un espacio corto de años o bien han alargado su obra durante décadas. Pero en este último caso, por mucho que el artista sea longevo, se puede comprobar como su plenitud y el legado que dejará para la posteridad está concentrado temporalmente.

En todos los rankings y listas elaborados por expertos musicales aparecen grupos tan variopintos y diferentes como The Beatles (1960-1970), Nirvana (1987-1994), The Doors (1965-1973) o ABBA (1972-1982). En estos grupos advertimos como la regla de los 10 años también se cumple. Ya fuese por decisión propia o por causa de fallecimiento dejaron su legado en apenas una década. Otros como The Rolling Stones, AC/DC o U2 superan con creces las dos décadas sobre los escenarios, pero sus grandes éxitos están ligados a un periodo muy concreto de tiempo. Si cambiamos de registro y hablamos de cantantes en solitario tipo Julio Iglesias, Frank Sinatra o Raphael nos sucede lo mismo. Los números 1 de que encumbraron a Julio Iglesias (‘La vida sigue igual’, ‘Gwendolyne’, ‘Un canto a Galicia’, ‘Me olvide de vivir’, ‘Soy un truhán’…) fueron compuestos en un plazo de 10-15 años.

En el cine, donde los directores pueden alargar sus carreras incluso más allá de medio siglo, sucede tres cuartas partes de lo mismo. Orson Welles dirigió ‘Ciudadano Kane’ y ‘La dama de Shanghai’ en espacio de cinco años. Francis Ford Coppola nunca superará sus obras de los 70 comandadas por ‘El Padrino’ y ‘Appocalypsis Now’. Alfred Hitchcock, a pesar de su basta y maravillosa filmografía, realizó en el plazo de 7 años obras maestras como ‘Psicosis’, ‘Los pájaros’, ‘El hombre que sabía demasiado’ y ‘Vértigo’. Algo parecido le pasa a Steven Spielberg, que aunque sigue fabricando películas por doquier nunca superará el binomio bélico de ‘La lista de Schindler’ (1993) y ‘Salvar al soldado Ryan’ (1997). Si nos vamos a la comedia, repetimos escenario. Billy Wilder triunfó en los 50 y 60, y del gran Charles Chaplin siempre gozaremos de su aptitud como director y actor entre 1925 y 1940, desde ‘La quimera del oro’ a ‘El gran dictador’.

Pero es que si cambiamos de registro y si se me permite la comparación (sacrílega para muchos) entre deporte y pintura (lo cual será corriente en el futuro, de igual manera que hoy el cine se considera arte) todos los estudiosos consideran que Velázquez pintó sus obras cumbres en su última década de vida. Goya concentró en 15 años obras como ‘La familia de Carlos IV’, ‘La Maja desnuda’ o ‘Los fusilamientos del 2 de mayo’. Y hasta Pablo Picasso, inventor o perfeccionista de múltiples estilos pictóricos en más de 90 años de vida, concentra sus obras maestras en algo menos de dos décadas (‘Maternidad’, ‘Arlequín’, ‘Las señoritas de Avignon’…). La única excepción; ‘Guernica’.

Lo excepcional es tener una vida plagada de éxitos. Lo corriente es tener unos años dorados por los que ser recordado.

—Entrenadores de fútbol—

Así que los entrenadores (sean de fútbol o de otros deportes) no pueden ejercer su maestría en los banquillos con la misma firmeza e innovación por los siglos de los siglos. No he analizado en esta clasificación a aquellos que han dirigido a selecciones nacionales, un trabajo a tiempo parcial, que no se parece en absoluto a tutelar diariamente a un club. A ese cargo se llega o bien por ser un hombre de la federación de turno (Joachim Löw) o bien como premio después de una fructífera y/o larga trayectoria (Marcelo Lippi).

También hay notables entrenadores que han logrado inmensas hazañas con equipos de baja categoría. Pero la élite es aquella que colecciona títulos. Y la élite entre la élite está formada por aquellos entrenadores que o bien han transformado la historia de un club convirtiéndolo para la posteridad en una referencia o bien aterrizaron en un club ya de por si grande y tuvieron la responsabilidad y la obligación de seguir ganando. Las obras cumbres de Velázquez se concentran en 10-15 años, pero toda su obra es incomparable porque es un genio. Lo que se discute es la perfección dentro de la perfección. Eso es la élite.

La presión de entrenar a un equipo de élite quita años de vida. Además, las innovaciones técnicas y tácticas dejan de sorprender y de tener efecto entre tus rivales e incluso son adaptadas por ellos al crear tendencia. Pero hay otro problema a mayores. El vestuario, el grupo humano que uno dirige, deja de prestar atención y no te considera como referente por lo que tu profesionalidad se ve quebrada por el paso del tiempo.

Es por ello que un entrenador está en la élite una media de 10 años, 15 a lo sumo. Lo normal es que llegue a los banquillos una vez retirado (fuese jugador de primer nivel o de categoría regional) en torno a los 40 años, por lo que al alcanzar los 50 o 55 debería dejar su lugar y retirarse en la cúspide.

Siempre habrá técnicos como Claudio Rainieri, Luis Aragonés o Javier Irureta en los que lo mejor de tu carrera llega en la edad de jubilación. Son éstos entrenadores de larguísima trayectoria y modestos méritos, pero que se han ganado la fama de ser respetados por sus jugadores. Pero sus éxitos se deben más a una gestión de vestuario y a una pizca de suerte. En cuatro décadas en banquillos de primera categoría tarde o temprano conseguirás ganar. Es una cuestión de probabilidad. Es como los grupos de música que sacan un hit del que viven toda su carrera.

He consultado diversas fuentes para ver cuáles son los entrenadores más laureados en la historia. La dificultad del fútbol, a diferencia de otros deportes como el balonmano, tenis, beisbol u otros de similar rango, es que no existe una competición que sobresalga por encima de las demás. Es cierto, está la Liga de Campeones, pero es prácticamente imposible valorar más o menos un título liguero o copero en Inglaterra, España o Italia. Y muchas veces depende de la época, ya que por ejemplo hoy ganar un título en Francia da mucho más pedigrí que en Holanda, algo impensable hace 20 o 30 años.

Una vez puesto los datos sobre la mesa, he comprobado como el patrón, la regla de los 10-15 años, se cumple fidedignamente. He escogido a los más laureados en bloques de países, con la excepción de España (Guardiola) y Mourinho (Portugal), los únicos de la lista aún en activo.

Podemos diferenciar:

1. 10/15 años en la élite

A) —Walter Smith— (1991-2002) y (2007-2012): Campeón de 10 Ligas escocesas y finalista de la UEFA con el Glasgow Rangers en dos etapas.
—Jock Stein— (1960-1978): Campeón de 10 Ligas escocesas y 1 Copa de Europa con el Celtic de Glasgow.

B) —Pep Guardiola— (2009-): Tricampeón liguero en Alemania con el Bayern Münich y bicampeón de Europa con el FC Barcelona.
—Jose Mourinho— (2001-): Bicampeón de Europa con el Oporto y el Internazionale y campeón de ligas en Portugal, Inglaterra, Italia y España.

C) —Bob Paisley— (1974-83): Campeón de 6 ligas inglesas y 3 Copas de Europa con el Liverpool.
—Bill Shankly— (1959-1974): Ascendió al Liverpool de categorías inferiores y lo convirtió en un grande ganando tres títulos ligueros y 1 Copa de la UEFA.

D) —Arrigo Sacchi— (1984-1991) y (1996-2000): Bicampeón de Europa con el AC Milan y creador de un estilo de juego que le llevó a ganar ligas desde la Serie C italiana a la Serie A.
—Fabio Capello— (1991-2007): Campeón liguero con Real Madrid, Roma, Juventus y Milan y ganador de la Copa de Europa con este último.

E) —Johan Cruyff— (1985-1996): Campeón de 4 ligas españolas y 1 Copa de Europa con el FC Barcelona y de la Recopa con el Ajax.
—Louis Van Gaal— (1991-2000) y (2002-2011) y (2014-2016): Campeón de Europa con el Ajax y vencedor liguero en España u Holanda.

2. Largas trayectorias en los banquillos y éxitos concentrados en 10 años

—Giovanni Trapattoni— (1974-2000) y (2004-2008): Cimentó su fama entre 1977 a 1989 con el Inter, y principalmente la Juventus consiguiendo 7 Ligas italianas y 1 Copa de Europa. Acabó entrenando en Austria.

—Ottmar Hitzfeld— (1984-2008): Consiguió 7 Ligas alemanas y 2 Copas de Europa entrenando a Borussia Dortmund y Bayern Münich entre 1995 y 2003.

—Valery Lobanovsky— (1974-2001): A pesar de que siempre mantuvo al Dinamo Kiev como referente en Europa Oriental, sus grandes logros europeos tuvieron lugar de 1975 a 1986.

—Brian Clough— (1967-1993): El niño prodigio de los banquillos ingleses tuvo tiempo entre 1972 de ascender a Primera y ganar la Liga con el modesto Derby County y de ganar 2 Copas de Europa con el aún más modesto Nottingham Forest. A partir de entonces coleccionó fracaso tras fracaso.

—Helenio Herrera— (1948-1981): El mago está rodeado de un aura de invencibilidad, pero fue despedido de muchos banquillos. Sus grandes éxitos tuvieron lugar entre 1959 y 1969 con FC Barcelona e Internazionale (5 ligas, 2 Copa de Europa y 1 Copa de la UEFA).

—Ernst Happel— (1962-1991): De 1969 a 1983 fue campeón de liga en Holanda, Bélgica y Alemania y alzó 2 Copas de Europa con Feyenoord y Hamburgo.

—Rinus Michels (1965-1992): Sí, es cierto, entrenó en 4 épocas distintas a la selección holandesa logrando éxitos hacia el final de su carrera. Pero su legado, la revolución del fútbol total, se concentra en 8 años, los que pasó dirigiendo al Ajax y al FC Barcelona.

3. La excepción que confirma la regla

—Alex Ferguson— (1975-2013). Ganó la liga escocesa y una Recopa con el modesto Aberdeen y desembarcó en el Manchester United en 1986. Si bien es cierto que tardó tres años en ganar su primer título, desde 1990 hasta su retiro en 2013, únicamente en 5 de sus 23 años en el banquillo su equipo no consiguió un trofeo, ya fuese nacional o internacional.

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En el nombre del padre

La película ‘In the name of the father’ (En el nombre del padre), narra una historia social de denuncia de la violencia policial en la Irlanda de los años de plomo. Pero el fondo del filme, y lo que hace que fuese aceptada por crítica y especialmente por el público, trata sobre un hijo y su padre. En la negación de la adolescencia y en la aceptación en la madurez. Del honor de un padre y de la lucha por dejar vivo un legado.

El Día del Padre (así, en mayúsculas) fue instaurado el tercer domingo del mes de junio de 1924 por parte de Calvin Coolidge, uno de los presidentes más irrelevantes de los Estados Unidos. Parece ser que su origen se remonta un par de décadas más atrás cuando en los inicios de la lucha del movimiento feminista unas cuantas mujeres lideradas por Smart Dood quisieron destacar el papel del padre en la educación de sus hijas. Concretamente la tal Dood era la hija pequeña de un hombre que perdió a su mujer tras el parto por lo que tuvo que criar sólo a sus 6 hijas.

Este día fue exportado prácticamente por todo el orbe, aunque con variaciones en la fecha. En el caso de España, al igual que en otros países católicos, se celebra el 19 de marzo coincidiendo con la festividad de San José. Parece ser que la primera vez que se gozó de la fecha fue en 1948 en un colegio madrileño. Fue radiado con estrépito y difundido con éxito por la prensa y, rápidamente, Galerías Preciados (para los no iniciados lo que hoy sería El Corte Inglés) se apropió de la idea. Desde 1953 San José pasó de ser una celebración religiosa a una festividad comercial.

En el deporte, como en tantos otros ámbitos de la vida, hay numerosos hijos que han querido seguir los pasos de sus padres. Por supuesto, hay diversos grados de éxito. El porqué de que una saga familiar se perpetúe tiene dos razones básicas. La primera es genética y la segunda responde a la imitación. Si los genes y el deseo de imitar se unen, lo habitual es que el hijo mejore al padre. Pero existe un aspecto adyacente; el hábitat. El padre no tuvo presión y probablemente tuvo que escalar socialmente desde abajo para llegar a la cima. El hijo tiene muchas puertas abiertas pero también una presión asfixiante y una comodidad que puede provocar o bien su renuncia o bien su fracaso.

1) HIJO, NO HAS LLEGADO A MI NIVEL

Pocas cosas hay más cruentas para un hijo que su padre sea uno de los grandes del fútbol mundial. Eso le pasó a Jordi CRUYFF un buen delantero con una larga carrera pero minusvalorada por el éxito de su padre. Mucho peor le fue al hijo de PELÉ, un portero brasileño que tuvo que retirarse antes de tiempo por no aguantar las comparaciones constantes y que incluso acabó en la cárcel por tráfico de drogas.

https://www.youtube.com/watch?v=BWFiSultQeM

Saga de porteros es la de los daneses SCHMEICHEL. El padre fue una leyenda en la selección y en el Manchester United, el hijo se ha labrado una buena carrera en la Liga inglesa pero muy lejos de los estándares de excelencia del primero.

Uno de los sucesos más curiosos es el de la familia BARRY. Brent, el padre, fue uno de los grandes jugadores de la NBA en las décadas de los 60 y 70. Sus tres hijos llegaron a jugar al baloncesto profesional pero ninguno alcanzó ni de lejos los logros de su progenitor. Lo mismo le sucedió a Luke WALTON que pasó sin pena ni gloria por la NBA cuando su padre llegó a ser MVP de la Final de 1977.

Es muy duro ser hijo cuando tu padre ha sido el mejor en la historia de su deporte. Le pasó a Edinho, el retoño de Pelé, y también le sucedió a Axel MERCKX, un buen ciclista de finales de la década de 1990 pero que vivió bajo la sombra de Eddy, el ganador de 5 Tours y 5 Giros, el ‘caníbal’ del ciclismo. Otro ganador del Tour fue el irlandés Stephen ROCHE nivel al que no ha podido llegar todavía su vástago.

A otros que les pasa lo mismo es a los RIVERA. Valerio, el padre, fue estrella del Barcelona como jugador y como entrenador. El hijo (que también se llama Valerio) ha tenido una carrera mucho más modesta aunque consiguió ser campeón del mundo de balonmano….y su padre también, porque era el seleccionador.

2) PAPÁ, TE HE SUPERADO

Pocos mediocentros existen en la actualidad con la jerarquía de Sergio BUSQUETS. Su padre defendió la portería del FC Barcelona a mediados de los 90 pero será el hijo el que inscriba su nombre con letras de oro en la historia del club azulgrana. Otro que superó a su progenitor y con claridad fue Frank LAMPARD, uno de los mejores futbolistas ingleses de la historia y que tras formarse en el West Ham como su padre acabó siendo leyenda en el Chelsea.

En el deporte de la canasta, la NBA está plagada de sagas familiares. Stephen CURRY es quizás el mejor jugador de la actualidad y ha dejado en nada la trayectoria de su padre Dell. Lo mismo hizo Kobe BRYANT cuyo padre tuvo que deambular por equipo en equipo mientras que su hijo ganó 5 anillos de la NBA con Los Ángeles Lakers.

En el deporte de las dos ruedas, uno de los pocos ciclistas que consiguió batir a Contador en su época de esplendor fue Andy SCHLECK, siempre bajo el paraguas de su hermano Frank quien le ayudaba con un último esfuerzo en las etapas de montaña. Ambos superaron al patriarca de la familia, el cual también fue ciclista profesional.
Y qué decir de Floyd MAYWEATHER junior, el boxeador más laureado del momento y sucesor de su padre, que ni por asomo podía siquiera imaginar en lo buen púgil que se iba a convertir su retoño.

3) ESTAMOS EMPATADOS

Manuel SANCHÍS padre y Manuel SANCHÍS hijo fueron dos extraordinarios defensas del Real Madrid. Ambos fueron campeones de Europa y ambos disputaron un Mundial. Otra saga ilustre de defensas es la de Cesare MALDINI y Paolo MALDINI. Y aunque es cierto que el hijo superó al padre, ambos pueden presumir de títulos europeos y de presencias en la selección italiana. Caso parecido es el de Perico ALONSO y Xabi ALONSO. El hijo superó las prestaciones de su progenitor, aunque la carrera del primero es digna de vitrina al igual que la de su vástago. Otros casos similares son los de los VERÓN en Argentina o el clan de los CHICHARITOS en México.

Cuestión parecida a los Maldini es la de los también italianos MENEGHIN. En este caso, Dino, el padre, tiene más trofeos en la estantería que el hijo (Andrea), pero ambos fueron campeones con la selección italiana de baloncesto.
Existen también padres e hijos que comparten genes pero deciden llevar sus habilidades a diferentes disciplinas. Yannick NOAH fue un excelente tenista francés ganador de Roland Garros. Joakim, el hijo, nacido en Estados Unidos, se ha labrado una excelente carrera como pívot en la NBA.

También los DUJSHEBAEV se pueden sentar cara a cara para hablar de sus éxitos. Si bien el padre está considerado uno de los mejores jugadores de balonmano de la historia, su hijo (aún en activo) ya es campeón de Europa de clubes y con la selección española.

“Cuando yo tenía 14 años mi padre era tan ignorante que no podía soportarle. Pero cuando cumplí los 21, me parecía increíble lo mucho que mi padre había aprendido en siete años”. Mark Twain.

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La milla de Bannister

La semana pasada el mundo del deporte en España se sobresaltaba por el fallecimiento de Enrique Castro ‘Quini’, excepcional delantero que labró su carrera en el Sporting de Gijón añadiendo un par de brillantes temporadas en el FC Barcelona. Confieso que la imagen que tenía del ariete asturiano era la de un tosco cazagoles, pero visionando alguno de sus mejores tantos que estos días han circulado por la red, me ha sorprendido con un repertorio de recursos técnicos con los que no contaba. El caso es que en esa misma semana, y coincidiendo con la celebración del Campeonato Mundial de Atletismo en Pista Cubierta, también fallecía Roger Bannister, un personaje capital en el deporte internacional. El hombre que derrotó a la milla. El neurólogo del atletismo.

El récord de la milla llevaba anclado en 4´02’’ desde la época de la II Guerra Mundial. El objetivo era bajar de los 4 minutos. 240 segundos. Hoy el récord del mundo está en 3’43’13’’ (Hicham El Guerrouj) pero hace seis décadas reducir la marca por debajo de los 4 minutos se consideraba un límite inexplorado para la humanidad. Era una cifra icónica.

Una milla es algo tan inglés como una taza de té. Corresponde a 1609,34 metros, y a pesar de que es una medida en desuso y de que no es una distancia que forme parte de las disciplinas olímpicas, forma parte de la mitología del atletismo. El deporte moderno había nacido en Inglaterra, y el mundo, hasta 1939, era británico. En 1954 el sistema métrico decimal ya era el que regía los pesos y medidas universales, pero la milla seguía siendo una distancia sagrada para los atletas.

La crónica explica que en una mañana lluviosa del 6 de mayo de 1954, Bannister acabó su trabajo de prácticas en el Hospital de Sant Mary de Londres (en el mismo laboratorio donde Fleming descubrió la penicilina) y al mediodía tomó el tren camino de Oxford. Una vez allí, se quitó el pantalón y la gabardina, se calzó las zapatillas deportivas y se dispuso a acometer la hazaña de batir el récord del mundo. Dos compañeros, Chris Baxter y Cristopher Chataway, hicieron de liebres durante el primer kilómetro.

Todavía estamos en la época de la heroica y de la épica. De la lucha del ser humano contra desafíos naturales y de episodios románticos dignos de elogio. Para Gran Bretaña, tocada y hundida como potencia tras la II Guerra Mundial, se iniciaba un doloroso proceso de descolonización y de pérdida de supremacía global. Hazañas como las de Edmund Hillary, que sólo un año antes había alcanzado la cima del Everest, servían para recuperar el orgullo herido. Bajar de los cuatro minutos en la milla era una de esas gestas herculinas.

Entonces el atletismo era completamente amateur. La pista de ceniza de la Universidad de Oxford sirvió como lugar para cumplir el objetivo ante la atenta mirada de cientos de estudiantes, algún periodista y un par de miembros de la IAAF para corroborar el récord, en caso de que lo hubiese. También había una cámara de la BBC, y, por ello, contamos con unas preciosas imágenes que atestiguan la proeza.

A falta de 440 yardas (unos 400 metros) se consideraba que el récord era imposible. Bannister tenía que recorrer la última vuelta en 59 segundos, en una pista de ceniza encharcada de barro y agua, y con el viento de cara y sin el apoyo de sus liebres. Alto, y de fuerte zancada, Bannister apretó los dientes y se dispuso a dejar un registro para la historia.

No eran tiempos de marcadores electrónicos y el público esperaba ansioso a que el encargado de la megafonía diese a conocer el tiempo cronometrado por los jueces. Cuentan las crónicas que el encargado de tan solemne momento lo hizo con toda la parafernalia que se le presupone a un caballero inglés, tirando de galantería, flema y compostura. Después de dar las gracias a los asistentes por acudir a la carrera, de nombrar la procedencia y el nombre de los corredores presentes y de agradecer a la Universidad de Oxford la cesión de sus instalaciones, afirmó que Bannister había conseguido un nuevo récord británico, récord europeo y mundial. Y sólo entonces, cuando la expectación del respetable era colosal, sólo entonces, lo dijo… 3’59’4’’.

New York Times tituló: “Roger Bannister alcanza uno de los objetivos inalcanzables hasta ahora por el hombre”. Lo curioso es que el récord sólo duró 49 días, momento en el que fue batido por el australiano John Landy. Mes y medio después, Bannister lo volvió a superar. En poco más de un trimestre se consiguió hasta en tres veces lo que nunca antes se había hecho.

Y a partir de ahí nada más. A finales de aquel año Bannister abandonó el atletismo y empezó su carrera como neurólogo. Nunca ganó una medalla olímpica. En 1952 había sido cuarto en los 1.500 metros. Por aquel entonces nadie se ganaba la vida corriendo. De hecho, Bannister fue un afamado neurólogo y en la Facultad de Medicina de Oxford hay una sala de investigación que lleva su nombre. Y no. Contrariamente a lo que se pueda suponer, su nombre está gravado en el alto de la puerta por sus méritos en el campo de la ciencia y no por lo hecho en una pista de atletismo.

En sus memorias, Bannister comentaba que había aprendido a correr como una liebre “bajo la lluvia de bombas de los bombarderos”. En ese mismo libro disertaba: “Es extraño que una acción intrínsecamente simple y sin importancia como poner un pie delante de otro durante 1760 yardas (una milla) lo más rápido posible se haya convertido en un logro deportivo tan importante. Creo que su atractivo reside en su simplicidad; no exige dinero ni equipamiento ni un físico especial, ni sabiduría, ni educación. En un mundo de creciente complejidad tecnológica destaca como una declaración ingenua de la naturaleza humana. Usando simplemente sus dos pies, una persona puede superar tremendas dificultades para alcanzar una cumbre desde la que puede proclamar que nadie había hecho eso antes”.

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Los cuatro mosqueteros de la Davis

Después de casi 125 años la Copa Davis va a sufrir su primer gran lavado de cara. En el tenis hiperprofesionalizado y comercial de la actualidad era inviable un torneo a cinco sets, con continuos cambios de tipo de superficie y con partidos por todo el globo que no sumaban puntos para el ranking ATP. Las estrellas intentan zafarse de las primeras rondas eliminatorias y cuando ya tienen un título en su palmarés pocos se comprometen a buscar un segundo o un tercer entorchado.

El tenis, y no sólo la Copa Davis, necesita un cambio. En la era de la instantaneidad y de los “highlights” ningún chaval aguanta cuatro o cinco horas delante del televisor viendo un partido, y mucho menos mañana y tarde engullendo una eliminatoria. Es un debate que está en otros deportes, el de la reducción del tiempo de juego, que choca frontalmente con los intereses televisivos a favor de ampliar las pausas para aumentar los ingresos publicitarios.

La tendencia es aumentar el espectáculo, pero con menos épica. Más momentos mágicos pero menos remontadas para el recuerdo.

La Copa Davis fue creada en 1900 por Dwight Davis (de ahí viene su nombre) un tenista estadounidense que concibió la idea de enfrentar anualmente a los mejores tenistas de Estados Unidos contra los de Gran Bretaña. Davis también fue quien donó el popular trofeo con forma de ensaladera, que se mantiene inalterable con el paso del tiempo y al que se le fueron incorporando refuerzos en forma de tablas de madera para inscribir año a año el nombre de los ganadores.

El trofeo no alcanzaría vuelo internacional y se convertiría en un tótem tenístico hasta los años 20. Durante seis años seguidos (1927-1932) los denominados cuatro mosqueteros franceses acabaron con el dominio anglosajón del deporte de la raqueta. Cuatro tenistas extraordinarios, cuatro personalidades completamente distintas y cuatro hombres que popularizaron un trofeo legendario.

Jean Borotra (1898) era considerado el mejor jugador cerca de la red. Procedía de Biarritz, había jugado a la pelota vasca y destacaba por la ‘txapela’ que utilizaba en todos los partidos. Henri Cochet (1897) era de Lyon, era el más enjuto de todos y sobresalía por una velocidad endiablada. Jacques Brugnon (1897) parisino de nacimiento, un ‘bon vivage’ de la época y el especialista en dobles del equipo. Por último, René Lacoste (1904) quien era el adelantado a su época. Era el único del cuarteto que tenía entrenador personal y que realizaba ejercicios de estiramientos previos a los encuentros. Característico de Lacoste era esperar el saque del rival agachado y con la boca abierta, mientras daba impetuosos giros a su raqueta cual cocodrilo espera a su presa. Con ese apodo pasaría a la historia y con ese apodo se haría millonario tras su retirada elaborando camisetas y zapatillas deportivas. Aunque todos procedían de buena familia (el tenis era un deporte elitista) representaban a distintas regiones de Francia con sus costumbres y sus estereotipos y pronto se convirtieron en leyenda. De hecho, la pista central de Roland Garros fue levantada en 1928 para ver los triunfos de los cuatro mosqueteros.

Los franceses, por lo general unos apasionados del tenis, nunca han vuelto a tener una generación de la misma categoría. Y la Copa Davis tuvo nunca tanto esplendor como entonces con los tumultuosos duelos entre franceses y estadounidenses. De 1900 a 1975 la Davis fue coto privado de países de habla inglesa con la excepción de aquellos seis años de gloria gala.

Tal fue la fama de esos cuatro jugadores que hasta el pueblo francés les supo perdonar sus devaneos con los nazis. Jean Borotra llegó a ser ministro de Educación y Deporte en la Francia de Vichy durante la II Guerra Mundial, cargo que ocupó hasta 1943 cuando se pasó al bando libre y luchó en la resistencia hasta que fue capturado y llevado a un campo de concentración cerca de Berlín. Henri Cochet, por su parte, participó en torneos tenísticos organizados por los nazis y fue un firme defensor de la figura del colaboracionista Petain. El único de los cuatro que siempre se mostró en contra de Hitler fue Lacoste, y tal vez por ello sea el más famoso del grupo.

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Paris

Con motivo de la Exposición Universal de París de 1867, se le encargó a Víctor Hugo un libro sobre la capital francesa. La pequeña obra llevó por título ‘Elogio de Paris’ y puede ser considerada la primera guía moderna de la ‘ville lumière’ (ciudad de las luces). Es una declaración de amor a París, una reinterpretación de la historia de la urbe y un aplauso a su importancia en el devenir del desarrollo de la humanidad. Víctor Hugo utiliza cientos de adjetivos elogiosos para reivindicar la importancia de la antigua Lutecia en la cultura universal. “Sus libros, sus periódicos, su teatro, su industria, su arte, su ciencia, sus modas, lo bueno y lo malo, el bien y el mal, todo ello agita a las naciones del mundo y las guía”.

El resplandor de Paris no necesita del fútbol. Por lo menos no lo ha necesitado hasta ahora.

Ha habido 22 equipos que han ganado la Copa de Europa de fútbol representando a un total de 21 ciudades diferentes (Milán tiene dos equipos campeones). Si nos detenemos a examinar a estas urbes observaremos tres tipos distintos de localidades. Ciudades provinciales con fuerte desarrollo industrial (Turín, Liverpool, Manchester, Birmingham, Nottingham, Hamburgo, Dortmund, Rotterdam, Eindhoven y Marsella), ciudades provinciales que funcionan como segunda capital por motivos económicos, históricos o culturales (Milán, Glasgow, Barcelona, Ámsterdam, Múnich y Oporto) y capitales de países que necesitaron del deporte para reafirmarse durante una dictadura (Madrid, Lisboa, Bucarest y Belgrado).

Las cuatro capitales más grandes de Europa no tienen representación en este listado. Moscú, Londres, Paris y Berlín. La excepción es la quinta en la clasificación; Madrid. La sexta, Roma, tampoco ha ganado nunca la Copa de Europa de fútbol.

Ninguna de estas magníficas ciudades ha tenido la necesidad de enfatizar su relevancia a través de un club de fútbol. Todo lo que Víctor Hugo aplicaba a París puede ser aprovechado a todas ellas. Roma es igual al Coliseo; Moscú a la Plaza Roja; Berlín a la Puerta de Brandemburgo y Londres al Big Ben.

Dortmund es el Borussia, Eindhoven el PSV, Manchester es el United y Turín es la Juventus.

Alguien exclamará, ¡pero el Chelsea ganó en 2012 una Copa de Europa para Londres! Cierto. Ahí es a donde quería llegar. La victoria del Chelsea no es el esfuerzo de una ciudad, ni es fruto del desarrollo histórico de un club de fútbol. Ni siquiera el Chelsea es el gran equipo londinense, honor que ostenta el Arsenal o en su defecto el Tottenham. El triunfo del Chelsea es el reflejo de como el fútbol se ha convertido en el pasatiempo primordial de nuestro tiempo y en el principal motor económico de la cultura de ocio. El Chelsea es hoy una gran escuadra porque un acaudalado ruso decidió invertir una fortuna en comprar el equipo. En el siglo XIX mandabas construir una piscina de oro en tu mansión, encargabas alfombras persas e invitabas a tus conocidos para regodearte. Hoy, si eres millonario, compras un club de fútbol y haces lo mismo en el palco VIP de tu estadio.

Los parisinos nunca han tenido la necesidad de poseer un gran club de fútbol. Un parisino es ciudadano de la capital del mundo. Un parisino crea la Copa de Europa y observa como el resto del mundo lucha por conseguir el trofeo. Un parisino crea los Juegos Olímpicos para demostrar que la civilización griega y la francesa son el corazón y el alma del progreso. Un parisino organiza exposiciones universales porque su ciudad es el jardín de Occidente.

El Racing Club de France Colombes 92, conocido popularmente como ‘Racing de Paris’, conquistó una Liga francesa y varios títulos coperos en el período de entreguerras. Sin embargo, quebró a mediados de la década de 1960 y Paris quedó huérfano de fútbol de primer nivel. Por supuesto que hay decenas de clubes de menor categoría en la capital francesa, pero ninguno digno de mención, y muchísimo menos capaz de rivalizar con Stade de Reims, Saint Éttiene, Olympique de Marsella o Lyon, los grandes del fútbol francés. Más adelante, en la década de 1980, el modesto Red Star de Paris fue comprado por la empresa de armamento Matra, la cual invirtió millones en crear un equipo en torno a figuras como Francescoli, Madjer o Littbarski. En cinco temporadas sólo consiguió un subcampeonato, y la familia Matra abandonó el proyecto.

El Paris Saint Germain es un club relativamente joven. Fue creado en 1970 tras la fusión del Paris Football Club y el Stade Saint Germanois. Cuatro años después de su fusión alcanzaron la primera categoría del fútbol galo. En su escudo aparecen representados la Torre Eiffel y la flor de Lis de la monarquía borbónica, debido a que la corte de Luis XIV fue la que proporcionó notoriedad al arrabal parisino de Saint Germain.

El club no ganó ningún título liguero hasta 1986 y no tuvo su primera época de esplendor hasta la década de 1990 cuando fue comprado por Canal +. La corporación mediática fue la primera en intuir que la globalización del fútbol iba a hacer de Paris un mercado muy apetecible e infinitamente superior al de ciudades de provincia como Burdeos, Nantes o Lille. Se logró alzar la Recopa y varios títulos ligueros con jugadores como Ginola, Djorkaeff, Raí o Weah. Luego, con el PSG asentado como grande de Francia, vendrían Pauleta o Ronaldinho.

El gran cambio se producirá en 2011 tras la compra del club por parte de Qatar Investement Authority. Primero desbandaran a sus contrincantes franceses adquiriendo a las estrellas de otros equipos como Giuly, Matuidi o Ben Arfa, y luego asestarán poco a poco una puñalada al mercado internacional con futbolistas de la talla de Beckham, Ibrahimovic, Cavani, Di María, Thiago Silva o Neymar.

El PSG juega en el Parque de los Príncipes, una coqueta instalación insertada en el Bosque de Boulogne y cerca de las pistas de Roland Garros. Todo es muy ‘très chic’. No existe estadio que al ser imaginado evoque menos pasión y sudor. Todo lo contrario. Parece que vamos a acudir a ver una ópera o una obra de teatro y que bajando las escaleras del palco brotaran las pelucas, los tacones y los vestidos de vuelo. El Parque de los Príncipes. Es curioso. No hay nada más glamuroso y más monárquico que París, la capital de la democracia republicana.

El Paris Saint Germain va a ganar la Copa de Europa. Quizás eliminé al Real Madrid y sea este año. Tal vez no lo consiga y tenga que esperar otro año más. O quizás no habrá trono hasta dentro de una década. Pero la ganará. Igual que la ganó el Chelsea. E igual que la ganará la Roma o el Hertha de Berlin si algún magnate decide invertir su fortuna en el fútbol. Pero, por muchos trofeos que levante el PSG, para los parisinos y para el resto de los mortales (los turistas), Paris seguirá siendo la Torre Eiffel, Notre Dame, los Campos Elíseos y el Sena, pero nunca, nunca, nunca será un club de fútbol.

https://www.youtube.com/watch?v=Nm5UY9qE-eM

“París responde a todo lo que el corazón desea. Uno puede divertirse, aburrirse, reír, llorar o hacer lo que se le antoje sin llamar la atención, puesto que miles de personas hacen otro tanto…y cada uno como quiere”. Frédéric Chopin.

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Un cuento de Navidad

Otto von Bismarck había dicho en 1878 que “Europa es un barril de pólvora y sus líderes son como hombres fumando en un arsenal. Una simple chispa desatará una explosión que nos consumirá a todos. No puedo decirles cuando será la explosión, pero sí puedo decirles dónde: alguna maldita estupidez en los Balcanes la desatará”. Hoy son palabras proféticas, pero en 1914 se las consideraba una estupidez de un viejo resentido. Al inicio de aquel verano era inimaginable que la próspera Europa se viera asolada por una guerra que pondría la primera piedra del fin de su hegemonía mundial y que se saldaría con un cambio en la concepción de la vida y de la muerte. A comienzos del otoño se creía que ese conflicto bélico remataría a las pocas semanas y todo volvería a su cauce. A finales de diciembre tanto las tropas como la población tenían asumida que aquella sería una guerra larga y muy gravosa.

Aunque luego fuese declarada mundial, hubo dos frentes de combate principales. En uno de ellos se retaron austrohúngaros y alemanes contra rusos en las llanuras del Vístula. Al mismo tiempo, francobritánicos y alemanes dejaban sus vidas en Bélgica y la Picardía, que junto a Alsacia y Lorena son las regiones donde se han librado siglo tras siglo las luchas de poder para conseguir el control de Europa. En esa línea que comprende desde Amberes a Estrasburgo tuvo lugar la llamada guerra de trincheras, un proceso en el que los combates eran sangrientos y los avances minúsculos. Entre la batalla de Verdún, del Somme y de Passchendaele fallecieron cerca de 2,5 millones de personas y los avances no llegaron a los 50 kilómetros.

El 24 de diciembre de 1914 hacía mucho frío. Las heladas y la nieve fueron habituales durante un mes especialmente gélido que se había cobrado víctimas no con armas, sino con enfermedades propagadas por los insectos que correteaban por las trincheras. Para levantar la moral en Nochebuena, el káiser Guillermo decidió enviar al frente raciones extras de pan, salchichas y alcohol así como algún abeto y adornos ante la nostalgia de los soldados de pasar las navidades a cientos de kilómetros de sus seres queridos. Al caer la noche, los cañones callaron y cientos de alemanes rompieron el silencio entonando a coro el ‘Stille nacht’ (Noche de paz) un villancico austriaco compuesto a inicios del siglo XIX y hoy símbolo de la Navidad.

Tras la sorpresa inicial, los británicos contraatacaron con sus propios villancicos. A través de las cartas y de los testimonios orales recogidos, sabemos que por toda la línea del frente se dieron situaciones parecidas y, como no todos somos iguales y en cada pandilla hay algún chistoso y desvergonzado, surgieron soldados que, ni cortos ni perezosos, brotaron de sus trincheras sin permiso y arriesgando sus vidas para felicitar las pascuas al bando enemigo, mientras muchos otros quedaron agazapados y muertos de miedo, y los menos echaban pestes y decían que había que aprovechar el descuido para abalanzarse sobre sus rivales. Cuentan que los alemanes regalaban salchichas a los británicos mientras ellos daban chocolate y cigarrillos a los germanos. “Los alemanes nos dijeron en inglés que si no disparábamos, ellos tampoco lo harían –contaba el sargento británico Bernard Brooks-. Encendieron fuegos fuera de sus trincheras, se sentaron alrededor y empezaron un concierto”.

Al día siguiente, 25 de diciembre, la tregua continuó, esta vez con la oposición de los mandos del ejército. Sin embargo, prefirieron no soliviantar a las tropas y dejar que la farsa continuase un día más. Es entonces cuando circulan numerosas historias apócrifas sobre partidos de fútbol que se disputaron ese día. Es posible que se celebrasen por todo el frente. Es probable que fuesen casos aislados y se haya exagerado todo a posteriori. Lo único cierto es que en un descampado a orillas de una iglesia en el pueblo belga de Yprés se disputó uno de esos encuentros. Y lo sabemos porque nos ha llegado una carta del teniente alemán Johannes Niemman en la que explica que pasó aquel día de Navidad.

“Un soldado apareció cargando un balón de fútbol. No sé de donde lo sacó. Ellos hicieron su portería con unos sombreros extraños, mientras que nosotros hicimos lo mismo. No era sencillo jugar en un lugar congelado, pero eso no nos detuvo. Mantuvimos las reglas del juego aunque el partido sólo duró una hora y no había árbitro”. El encuentro acabó con victoria británica por 3-2 y de tan extraño y admirable suceso también se hizo eco el general inglés Walter Congrave, que a pesar de no formar parte del juego, sí que vio como sus soldados disputaban el choque: “Ha pasado algo extraordinario. Esta mañana un alemán gritó que quería una tregua de un día. Así que, con mucha cautela, uno de nuestros hombres se levantó por encima del parapeto y vio como un alemán hacía lo mismo. Uno de mis informantes me dijo que había podido fumarse un cigarrillo con el mejor tirador del ejército alemán, quien no tenía más de 18 años pero ya había matado tantos hombres como 12 soldados juntos”.

Un reportero de Manchester escribió sobre aquel y otros muchos partidos, pero al ser el único periodista que habló del tema siempre quedó la duda sobre cuánto de verdad habría. Se dice también que el alto mando no deseaba que se publicitara estos hechos entre la población para no ablandar la moral de los ciudadanos por lo que se censuró la información. No hay pruebas que demuestren más casos, pero es obvio que hubo más partidos, y, de hecho, un soldado francés contaba en un periódico inglés que en el encuentro que disputó su batallón se puso en liza una liebre como trofeo para el vencedor.

EL 17 de diciembre de 2014, para conmemorar el centenario de tan bella historia, se celebró en aquella iglesia belga de Saint Martin de Ypres una ceremonia organizada por la UEFA y con la presencia de los jefes de estado de Reino Unido, Bélgica, Francia, Italia y Alemania. Paradojas de la historia, San Martín es el santo soldado, ya que antes de ayudar a los mendigos y propagar las enseñanzas de Cristo en Francia fue miembro de la guardia imperial romana.

Bajo su auspicio se erigió un monumento en el mismo sitio en el que se improvisó el duelo futbolístico. Michel Platini, por aquel entonces presidente de la UEFA, cerró la ceremonia recordando que “hace un siglo se expresó la humanidad en un partido de fútbol escribiendo un capítulo en la construcción de la unidad europea que debe servir de ejemplo a las jóvenes generaciones”.

«Lo que sudes en la paz, no lo sangrarás en la guerra».

P.D: En el vídeo el narrador comenta que el vencedor del partido fue Alemania. Falso. Fueron los británicos.

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Templos del fútbol (4ª parte y final. Wembley y Maracaná)

Si alguien ha tenido la paciencia, fuese por gusto o por convicción, de leer u hojear los tres anteriores artículos que versaban sobre los estadios de fútbol de ayer y de hoy y su significado en la arquitectura y en la sociedad contemporánea, debería haber notado que hay dos de ellos que no han sido reseñados. Cualquiera que se considere un buen aficionado se habrá percatado de que los dos grandes templos de ambos hemisferios han sido omitidos.

Al norte de este planeta está el más grande templo futbolístico de la antigüedad; que no es otro que Wembley. Sí, es cierto, Wembley sigue en pié. Pero es uno nuevo. No es Wembley. Lleva el mismo nombre y está en el mismo barrio londinense. Pero no es el mismo estadio. Por otra parte, en el hemisferio sur está el más grande santuario futbolístico aún en pie; Maracaná. Quizás el lugar con mayor aroma de fútbol y con mayor significado para un pueblo.

WEMBLEY (Londres. 1923-2002): Basta el nombre para evocar el mito. Un templo del fútbol mundial lleno de encanto, de desafíos legendarios disputados a la sombra de aquellas 39 gradas que llevan al palco real, para entrar por derecho propio en la historia del balompié. Ganar en Wembley no es como ganar en cualquier otro lugar. Es el estadio donde sólo juega la selección inglesa y donde se disputan la final de la F.A.Cup amén de alguna que otra final europea, siempre bajo la atenta mirada de la realeza británica. Es por eso que el Real Madrid, a pesar de su basta historia, nunca ha jugado en Wembley, por lo menos en el viejo Wembley.

Y es que en una decisión incomprensible se decidió demoler este símbolo del fútbol para edificar uno nuevo a escasas yardas. Un símbolo que nació de pie.

La leyenda prorrumpió en su primer encuentro. En la primera final copera del nuevo estadio. Se estima que en abril de 1923 acudieron unas 200.000 personas a presenciar el encuentro entre el Bolton Wanderers y el West Ham. Se sobrepasaba con más del doble la capacidad del campo y la gente saltó todas las barreras ocupando incluso el terreno de juego. Un policía a lomos de un caballo blanco, de nombre Billy, se colocó en el centro del campo y empezó a dar vueltas formando círculos cada vez de mayor diámetro. Poco a poco la gente se fue apelotonando fuera de las líneas del campo y se permitió que 130.000 de aquellos valientes presenciarán una final que pasó a la historia como la ‘The White horses final’ (la final del caballo blanco).

El estadio de Wembley (nombre de la villa al norte de Londres que lo acoge), se llamaba realmente Empire y fue construido con motivo de la Exposición del Imperio Británico de 1924 bajo orden de los arquitectos John Simpson y Maxwell Ayerton. El conjunto resultante fue una imponente cubierta y un único anillo de gradas con algo más de 100.000 espectadores, y, lo más extraordinario, con la mitad de ellos sentados, algo inaudito por aquel entonces. El exterior refleja la suntuosidad del proyecto con las fachadas de estilo victoriano y las dos torres blancas gemelas de 38 metros de alto que dan la bienvenida a la entrada principal. Esa majestuosidad lo ha diferenciado siempre del resto de estadios ingleses caracterizados por una arquitectura básica, integrada en el entorno y poco llamativa.

Wembley también era de leyenda por su pista de atletismo y por el encadenamiento de las gradas que daban continuidad al perímetro. Es decir, visualmente parecía que las gradas estaban próximas al césped a pesar de la separación creada con las ocho calles de tartán. En Wembley se celebraron los Juegos Olímpicos de 1948, cinco finales de la Copa de Europa y el evento más importante de la historia del fútbol inglés, la victoria ante Alemania por 4-2 en la final del Mundial de 1966. Pero quizás el hecho más selecto fuese la derrota de la selección inglesa ante la húngara por 3-6 en 1953 en el denominado “partido del siglo”. A raíz de aquella derrota se creó la Copa de Europa y la Eurocopa y los conjuntos británicos abandonaron definitivamente su aislacionismo y admitieron que su supuesta superioridad era inexistente.

El 7 de octubre de 2000 el estadio se despidió con una derrota inglesa ante la selección alemana. Dos años después comenzó la demolición. El nuevo estadio, de más de 90.000 espectadores, incorpora un arco de 113 metros que pretende igualar en misticismo a las dos torres blancas. ¿Qué hubiese costado haberlas mantenido? ¿Modernizar en vez de destruir? ¿O trasladar esas torres a un nuevo estadio? Eso sí, por lo menos han mantenido los mismo 39 escalones del viejo Wembley para llegar al palco real. El hilo conductor de un estadio que no debería haber dejado nunca de existir.

MARIO FILHO ‘MARACANÁ’ (Rio de Janeiro. 1950-): Maracaná es Brasil. La imagen de Brasil son las playas de Copacabana, el Carnaval de Río y el coloso de cemento. La unión de los brasileños con el fútbol es la conexión entre negros y blancos. En un mundo dominado por los blancos, los negros debían adaptarse a sus costumbres y hábitos si querían progresar en la sociedad. El fútbol permitió una unión de razas, pero la forma de jugar era muy distinta. Los chicos blancos jugaban de forma académica al estilo aprendido a través de los comerciantes ingleses. Los chicos negros jugaban saltando, sonriendo y bailando, incorporando al fútbol el baile aborigen de la capoeira. Al igual que ocurrió con el baloncesto en Estados Unidos, la forma de jugar de los negros fue vilipendiada, especialmente tras el Maracanazo. Pelé y los triunfos de la ‘canarinha’ en los Mundiales sirvieron de acicate para cohesionar al pueblo brasileño y para definirlo en una forma de jugar característica. Hoy el fútbol es global, pero entonces en Maracaná se dibujaba un fútbol de pobres que paladeaba la fortuna y el poder a través de la simbiosis de dos estirpes en un mismo estadio.

La edificación de un estadio con 170.000 asientos (en la final del Mundial de 1950 dicen que hubo más de 250.000) en el corazón de Rio de Janeiro fue idea de Eurico Gaspar Dutra, presidente de Brasil, pero fue profusamente elogiada por el periodista deportivo Mario Filho, en honor a quien están dedicadas unas instalaciones popularmente conocidas como Maracaná, por el nombre de un pequeño arroyo que circula por la zona y que también da nombre a un papagayo típico de Brasil. La historia de este estadio está ligada al 16 de julio de 1950 cuando Brasil y Uruguay se enfrentaron por el título de campeón del mundo. La historia es archiconocida y no merece la pena extenderse. Después de una liguilla final entre cuatro equipos (no había final) a los brasileños les llegaba con un empate. El título se daba por hecho e incluso Brasil se adelantó en el marcador. Dos goles uruguayos, el último de Ghiggia a diez minutos del final, dieron el título a los albicelestes y desencadenó en los brasileños la depuración, la desesperación, los suicidios (si, no estoy exagerando) y una herida que nunca ha sido cerrada llamada ‘Maracanazo’.

A pesar de que hoy el aforo es netamente inferior, sigue siendo un estadio imponente gracias a su forma elíptica casi circular. Destacan sobre manera las dos rampas exteriores a ambos lados que proporcionan una rápida forma de evacuación. Desde las afueras del parque de Maracaná da la sensación de que te adentras en una nave espacial. La atmosfera siempre alegre y calurosa ha sido compartida tanto por el Botafogo, como por el Flamengo y el Fluminense. Pero sobre todo por la selección brasileña. En Maracaná tuvo lugar el gol 1.000 de la carrera de Pelé en un encuentro entre el Santos y el Vasco da Gama.

En 1999 tuvo lugar una primera reforma que redujo de 140.000 a 100.000 el número de asientos. Las normas de confort y seguridad dejaron el estadio en 80.000 espectadores para el Mundial de 2014, aun siendo inmenso, muy lejos de lo que llegó a ser. Actualmente la visibilidad y la inclinación de las gradas son más acusadas y se construyó un sistema energético basado en la energía solar. También cuenta con un paseo de la fama al estilo hollywoodiense donde los grandes del fútbol carioca y mundial dejan sus huellas para la posteridad. Para ese Mundial se esperaba que Brasil borrara para siempre el recuerdo de 1950, pero una clamorosa derrota por 1-7 ante Alemania en semifinales sigue perpetuando el maleficio. Afortunadamente semejante tropiezo se produjo en el estadio Mineirao de Belo Horizonte y Maracaná y Rio de Janeiro se vieron aislados de una tragedia conocida como el ‘Mineirazo’.

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Templos del fútbol (3ª parte. Estadios de la actualidad)

Elaborar una lista con los 7 grandes templos del fútbol de la actualidad ha sido tremendamente complicado. He tenido que dejar fuera el increíble Azteca, el único estadio capaz de albergar dos finales mundiales, el inmenso Olímpico de Berlín, el coqueto Maksimir de Zagreb, el funcional Ullevi de Goteborg, el precioso Philips Stadium de Eindhoven, el señorial Ernest Happel de Viena, el práctico Velodrome de Marsella, el majestuoso Américo Vespucio Liberti -más conocido como Monumental de River Plate-, el original Luigi Ferraris de Génova, el pomposo estadio Luzhniki de Moscú, el intenso Westfalenstadion de Dortmund o incluso el Camp Nou barcelonés, una maravilla para los sentidos futbolística y estructuralmente y que aún por encima tiene el honor de ser el estadio europeo de mayor capacidad. También han tenido que ser descartados recintos de reciente construcción que aun siendo iconos del presente lo serán aún más en el futuro, caso del Olímpico de Estambul, el Allianz Arena de Münich, el Stade de France de París o el nuevo Wembley. Todos los que forman parte de esta lista cuentan con al menos 70 años de historias.

7. ALBERTO ARMANDO ‘LA BOMBONERA’ (Buenos Aires. 1940-): José Delpini, el ingeniero jefe, manifestó al acabar la construcción que el estadio le parecía una caja de bombones. Había quedado rebautizada para la posteridad la casa de Boca Juniors. La forma del estadio es similar a una D, con tres gradas unidas y una tercera, donde están los palcos, sencilla y aislada que no tiene nada que ver con el resto del estadio. Esto se debe a que se aprovecharon los terrenos donde había un viejo campo y que la existencia de viviendas en esa zona impedía hacer una grada con un ancho normal. También es fascinante la cantidad de colores del graderío, lo cual se debe a que el barrio bonaerense de Boca está formado por un conjunto de casas con fachadas muy llamativas. Seguramente el bombón más apetitoso del que hayan disfrutado sus 57.000 gargantas sea el de Diego Armando Maradona, probablemente el mejor futbolista de la historia.

6. SANTIAGO BERNABÉU. (Madrid. 1947-): Manuel Muñoz Monasterio propuso a Santiago Bernabéu edificar un nuevo estadio en el Paseo de la Castellana de Madrid. Ahí ya se encontraba el viejo estadio del Real Madrid y Bernabéu aún lo quiso llevar más lejos del centro, a una zona periférica y poco hospitalaria. Creía que con el paso del tiempo el estadio y la zona se revalorizarían, y a buena fe que lo hizo. La Castellana paso de ser un trazo hacia la nada a la columna vertebral de la ciudad. Aunque ahora tiene unos 75.000 espectadores, el Santiago Bernabéu llegó a tener 120.000 siendo uno de los más grandes del mundo. Originalmente tenía dos líneas de gradas a los que se les añadió un tercer anillo. Para ser sede mundialista en 1982 se construyó una nueva fachada totalmente blanca sobre la estructura de cemento armado y una cubierta que le daba a la atmósfera una incandescencia de la que nació el mito del ‘miedo escénico’, argumento felizmente inventado por Valdano. Después se añadieron las hoy características torres circulares en cada una de las esquinas del estadio. En el Bernabéu han tenido lugar las gestas más importantes del club más laureado del mundo, pero también varias finales europeas y hasta la fiesta de celebración de la victoria de Bahamontes en el Tour de 1959.

5. GIUSEPPE MEAZZA (Milán. 1926-): El estadio milanés ya fue rompedor en su día al eliminar las pistas de atletismo. De hecho, fue construido ante multitud de críticas. Se tenía miedo de que al pasar la moda del fútbol aquel coliseo de cemento quedara inservible para otras disciplinas. Piero Pirelli, presidente el AC Milan y de la famosa casa de neumáticos, quería un estadio de estilo inglés con 35.000 espectadores de capacidad y con la condición de que las gradas principales estuviesen a cubierto. Se inauguró en 1926 con el nombre de San Siro, pequeña iglesia próxima al estadio. Para el Mundial de 1934 soportó la ampliación y el cierre de los cuatro graderíos dejando su capacidad en 55.000 almas. Dado que el coste de la obra fue sufragado por el ayuntamiento milanés, el estadio pasó a titularidad pública por lo que el Internazionale empezó a jugar sus encuentros también en San Siro. Por aquel entonces la estrella del Inter y capitán de la selección italiana bicampeona del mundo era Giuseppe Meazza, con lo que en 1980 se renombró el estadio en su honor. Sin embargo, para los tifossi del AC Milan el recinto sigue siendo conocido como San Siro honrando los deseos de quien lo levantó en 1926.

Lo magnífico de este estadio es que en la remodelación de la década de 1960 se construyó un nuevo anillo de gradas superpuestas a las anteriores y que descansan sobre una estructura independiente. Ergo, para trasladarte a tu asiento debes acceder por una serie de rampas. Para el Mundial de 1990 se dejó definitivamente la capacidad en 85.000 almas creando un tercer graderío también autónomo. Para ello hubo que rebajar el terreno y hundirlo, por lo que la sensación es que estás en un foso y no en un graderío. La intensidad es similar a la de un pabellón. Se cubrieron también todos los fondos salvó el del este, ante la imposibilidad de hacerlo debido a la cercanía de las instalaciones de un hipódromo cercano. Aquellos abonados con asientos en la parte alta de ese fondo se empaparán en un día de lluvia. A cambio, por el mismo precio y con apenas girar el cuello, podrán disfrutar de una vista maravillosa del horizonte de Milán y de su excepcional catedral.

4. CENTENARIO (Montevideo. 1930-): Como homenaje a la selección ganadora de la medalla de oro futbolística en los Juegos de 1924 y 1928 se le otorgó la organización del primer Mundial de fútbol a Uruguay en 1930. Precisamente ese año se conmemoraba el centenario de la independencia uruguaya, así que se acometió la construcción de un coloso capaz de acoger a 100.000 espectadores (en la actualidad son 65.000 asientos). El arquitecto Juan Antonio Scasso proyectó cuatro graderíos siguiendo una estructura elíptica y equidistante en todas partes con el terreno de juego. Se bautizaron los cuatro fondos con los nombres de América (la principal), Olímpica, Colombes (lugar de la victoria en los JJ.OO de 1924) y Ámsterdam (lugar del triunfo en los JJ.OO de 1928). Sobre la llamada tribuna Olímpica despunta una torre de 100 metros de alto símbolo de la monumentalidad del proyecto y donde tendría que ondear la bandera de la selección campeona, que felizmente fue Uruguay. El estadio ha sufrido varios cambios pero su esencia es muy parecida, por lo menos a la espera de que Uruguay consiga la candidatura para el Mundial de 2030 al que aspira.

3. HAMPDEN PARK (Glasgow. 1903-): El estadio nacional inglés (aquí no juega ni el Celtic ni el Rangers) es hoy una multifuncional instalación de vanguardia que en 1903 era un gran hoyo. El gran hoyo. El afamado arquitecto escocés Archibald Leitch mandó construir el estadio en el parque de Hampden, al sur de Glasgow. Excavando y modelando la tierra se pudo realizar un sólido soporte para los espectadores sin tener que recurrir a las estructuras de madera de la época. Un incendio en 1945 hizo reducir sus 150.000 asientos a 55.000 aunque, eso sí, todos de asiento. La tribuna central pasó a ser cubierta y a finales del siglo pasado se cerró el estadio completamente. El encanto de Hampden reside en que al ser un gran hoyo la sensación de vértigo y de proximidad de los espectadores es brutal, aun existiendo una pista de atletismo. En Hampden se disputó la famosa final de la Copa de Europa en la que el Real Madrid de Di Stéfano arrolló por 7-3 al Eintracht finalizando se glorioso ciclo de cinco campeonatos consecutivos.

2. OLD TRAFFORD (Manchester. 1910-): El proyecto de Archibald Leitch es conocido como ‘the theatre of dreams’ (el teatro de los sueños). Y lo es porque John Davies, propietario del United, decidió llevar a su equipo a la otra punta de la ciudad, a la zona verde de Trafford Docks con la intención de simbolizar un resurgimiento económico y una nueva era lejos de calles estrechas y fábricas humeantes. Old Trafford presentaba amplias tribunas unidas a diferencia de lo habitual entonces en Inglaterra. Con un aforo de 80.000 personas y con la tribuna cubierta por una serie de pequeños techos articulados en capas colgantes ya era un estadio futurista en 1910. Un bombardeo alemán en la II Guerra Mundial lo destrozó casi por completo y tuvo que ser reconstruido. Se proyectaron dos niveles de gradas y en el centro de las mismas se colocó la tribuna, la primera vez que se hacía eso en un recinto. Pero más importante que el estadio era el césped. En una época de campos embarrados y con muchas calvas, Old Trafford se mantuvo impoluto durante décadas y con un césped inmaculado que permitía el juego de toque característico del Manchester United. Actualmente el estadio tiene capacidad para casi 70.000 almas y las gradas están totalmente cubiertas. En un muro de ladrillo de los exteriores están escritos los nombres de los históricos del equipo como Edwards, Charlton, Best, Keane, Giggs o Schmeichel. Al lado de ese muro se levanta una pared de ladrillo que a comienzos de este siglo fue recubierta con una vitrina de plexiglás. Desde el aire el estadio se asemeja a un gran almacén industrial que destaca ante las viviendas de ladrillo típicas de los alrededores.

1. ANFIELD ROAD (Liverpool. 1884-): Hablamos del estadio más antiguo en pie. De los de relevancia, quiero decir. ‘This is Anfield’ reza en el túnel de acceso al campo. Una forma de atención y respeto para todo aquel que entre en ese terreno de juego. Anfield Road, típico barrio victoriano de casas estrechas, era el hogar del Everton, el otro club de la ciudad, pero en 1892 John Houlding, antiguo presidente el Everton, decidió fundar el Liverpool. ¿Qué había sucedido? Que Houlding además de presidente era el dueño del estadio y ni corto ni perezoso decidió triplicó el alquiler de las instalaciones, por lo que los socios del Everton resolvieron echarlo de la presidencia, emigrar y comprar un nuevo terreno en Goodison Park para construir otro campo de juego. Houlding, propietario de un estadio pero sin equipo que lo ocupase, decidió fundar uno nuevo. Los hinchas del Everton aún se mofan de los del Liverpool por ello, pero el caso es que con un hecho especulativo nacía uno de los clubes más importantes del mundo.

La imagen actual es el resultado de muchas transformaciones aunque los cuatro graderíos siempre se han mantenido independientes y muy cerca del terreno de juego (45.000 espectadores). El más conocido es el fondo sur inaugurado en 1906 y que recibe el nombre de ‘The Kop’, en honor a los soldados ingleses (la mayoría de Liverpool) muertos un par de años en las ‘kopjes’, las colonias sudafricanas en la guerra entre británicos y zulúes. En su momento podía acoger a 30.000 espectadores de pie siendo la grada única más grande del mundo, honor que hoy ostenta el Westfalenstadion de Dortmund. En el exterior del estadio una verja de hierro con el lema del club ‘You’ll never walk alone’ (nunca caminarás sólo) conduce a una estatua de Bill Shankly, histórico entrenador, y a un mausoleo en recuerdo de los 96 aficionados muertos en Hillsborough en 1989 al desplomarse un graderío. Aunque en 2008 estaba prevista la construcción de un nuevo recinto, la presión de los aficionados consiguió paralizar el proyecto. Actualmente Anfield está en proceso de remodelación. No se destruirá, se remozará. Felizmente. Muy felizmente.

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Templos del fútbol (2ªparte. Estadios de la antigüedad)

Si recuerdan del artículo anterior vamos a tratar primeramente los 7 grandes templos futbolísticos de la antigüedad, o lo que es lo mismo, aquellos campos de fútbol de los que únicamente nos quedan evocaciones de recuerdos y momentos de magia en la retina. Quedan fuera de esta lista, coqueta pero a la fuerza demasiada corta, grandes estadios como los argentinos Doble Visera o Viejo Gasómetro, escenario de las gestas de Indepediente y de San Lorenzo de Almagro. Tampoco estarán en esta clasificación el antiguo Das Antas portugués, el Parc Lescure de Burdeos, el Vicente Calderón o el barcelonés Sarriá, donde tuvo lugar uno de los partidos más bellos de la historia de los mundiales entre Brasil y la Italia de un revivido Paolo Rossi. Y también se cae de este inventario el estadio De Meer de Amsterdam que para siempre estará ligado al Ajax y sobre todo a Johan Cruyff, el cual se crió a escasas calles de un campo al que luego se encargó de mitificar.

7. DELLE ALPI (Turín. 1990-2009): Situado sobre una pequeña colina se caracterizaba por estar sostenido sobre unas estacas de acero que sustentaban las cubiertas. Muy característicos también eran los dos arcos con forma de V inversa dispuestos en ambos fondos del campo. La cubierta estaba construida con elementos de aluminio y teflón muy innovadores para 1990, año en el que fue inaugurado un estadio a compartir entre la Juventus (el equipo de Italia) y el Torino (el equipo de Turín). En el encuentro inaugural, una selección de jugadores de ambos conjuntos se enfrentó al Porto. Algo insólito y lejos de la normalidad en la realidad de dos conjuntos irreconciliables. Con 70.000 espectadores de capacidad, el estadio Delle Alpi fue volado en 2009 y desde entonces la Juve juega en su nuevo y acogedor estadio sin pista de atletismo, mientras que el Torino juega en la reformada cancha municipal. El derbi de la Molle Antonelliana, el más antiguo de la Serie A, ya nunca más compartirá ubicación.

6. WHITE HART LANE (Londres. 1899-2017) Tottenham es un barrio al nordeste de Londres que da nombre al que es, junto al Arsenal, el gran club de la capital inglesa. Realmente ni siquiera es Londres, sino Haringey, una de tantas villas que las megaciudades se han ocupado de absorber. El estadio toma nombre de la tienda deportiva que se ubicaba cerca del recinto. Antes de la obligatoriedad de hacer sentadas todas las localidades, unas 70.000 personas se agolpaban en White Hart Lane. Lo más hermoso de aquel estadio es que hasta 1972 no se permitió la instalación de ningún tipo de valla publicitaria. En 1990 se culminó la grada de Park Lane que redujo definitivamente la capacidad a 37.000 espectadores. Demasiado pequeño para las exigencias actuales, se demolió este verano para construir un nuevo coliseo. La memoria de Jimmy Greaves, Glenn Hoddle, Osvaldo Ardiles o Teddy Sheringham quedó dañada para siempre.

5. COLOMBES (Paris. 1924-2006) Aquí me he permitido una pequeña licencia. El estadio Yves de Manoir sigue hoy en pie aunque desde 2006 es una minúscula instalación para 10.000 espectadores dedicada al rugby totalmente alejada de su glorioso pasado. El Olímpico de Colombes (barrio del extrarradio parisino y hoy rebautizado en honor al ex seleccionador de rugby francés) podía acoger a 60.000 almas en un estadio con una cubierta plana de hierro entre las dos gradas principales. En la pista de atletismo de esta arena tuvo lugar el duelo entre Harold Abrahams y Eric Lidell en los Juegos de 1924 inmortalizado en la película ‘Carros de Fuego’. También se disputó aquí la final del Mundial de 1938 y uno de los encuentros amistosos más recordados de todos los tiempos entre el Benfica de Eusebio y el Santos de Pelé. Y como no, en el estadio de Colombes se rodó la que quizás es la mejor película sobre fútbol de la historia, ‘Evasión o victoria’ de John Houston.

4. SAN MAMÉS (1913-2013): A orillas del río Nervión había una ermita dedicada a San Mamés. Ese fue el lugar elegido por el Athletic para levantar su estadio en 1913 y dado que el santo que da nombre a la capilla fue arrojado a las fieras por su fe cristiana, al conjunto bilbaíno se le conoce desde entonces como ‘Los leones’. El legendario Pichichi marcó el primer gol en ‘La Catedral’, un apodo que si bien en sus inicios tenía marcado carácter religioso con el tiempo adquiriría fenómeno de importancia ante el buen juego y los éxitos de conjunto vasco. El estadio formaba un conjunto coqueto de apenas 10.000 espectadores pero que fue ampliándose década a década hasta llegar a las 47.000 almas. En 1952 se construyó el famoso arco (semejante al del actual Wembley) que coronaba la tribuna central y que permitía la ausencia de columnas y por lo tanto una perfecta visibilidad. Diez años más tarde se cerró la última tribuna conocida popularmente con el nombre de Garay, defensa del Athletic que fue vendido al FC Barcelona y que proporcionó los dividendos necesarios para acometer dicha reforma. Lamentablemente en 2013 el Athletic decidió seguir la nueva moda de los estadios de reciente factura y construyó un nuevo San Mamés en unos terrenos adyacentes al antiguo. Otra de esas decisiones inexplicables, y mucho más en un conjunto pegado a las tradiciones y arraigado a la simbología vasca. El nuevo San Mamés es más grande, más moderno y más hermoso, pero no tiene encanto añejo. Por lo menos se decidió trasladar pieza por pieza el famoso arco e injertarlo al campo de entrenamiento de Lezama. Quizás los jóvenes cachorros del Athletic B cada vez que salten al campo adquieran el perfume futbolístico de Gorostiza, Gaínza, Zarra o Sarabia.

3. DA LUZ (Lisboa. 1954-2004): Un caso semejante al de San Mamés. Una auténtica aberración. Para la Eurocopa de 2004 el Gobierno portugués acometió una destrucción y modernización de sus estadios. Aparte del enorme coste económico, se pasó por encima de la historia. El nuevo Da Luz vino a sustituir al viejo Da Luz, cuando con un lavado de cara era más que suficiente. El viejo Da Luz (a apenas 300 metros del nuevo) tenía además algo de solidario. Fue sufragado con donaciones populares de los aficionados ante la imposibilidad del club de construirlo. Tenía una única grada elíptica capaz de acoger a 50.000 espectadores, aunque 10 años después se inauguró un segundo anillo que amplió su capacidad a los 80.000 y 15 años más tarde se abrió el tercer anillo que daba una capacidad récord mundial en aquel entonces de 120.000, reducida posteriormente al convertir las localidades de a pie en asientos. Aquella locura fue promovida por Eusebio, cuyo juego y cuyos éxitos llevaron al Benfica a la gloria mundial en la década de 1960. Su estatua adorna hoy la entrada en el nuevo Da Luz lisboeta.

2. RASUNDA (Solna. 1937-2013): Casi 50.000 espectadores vieron en este estadio en el verano de 1958 la eclosión de un joven brasileño de 17 años que respondía al nombre de Pelé. Situado en Solna, lugar donde descansan los restos de Alfred Nobel, Rasunda fue durante ocho décadas la casa de los encuentros de la selección sueca. Lo más característico eran los sectores que hay detrás de los fondos que, a diferencia de los de los lados, tienen dos niveles de gradas más altas que las tribunas principales. Llamativas también eran sus tribunas de colores y los sostenes metálicos que sujetaban las cubiertas que impedían una completa visión del terreno de juego. En 2013 la Federación Sueca ordenó demoler el estadio ante la construcción del Friends Arena, el nuevo recinto nacional sueco a las afueras de Estocolmo. Un dato más para la nostalgia; Rasunda fue el primer estadio en albergar la final del Mundial masculino y femenino.

1. HIGHBURY (Londres. 1913-2006): El estadio Arsenal, más conocido como Highbury por el nombre del barrio residencial londinense donde su ubica, siempre será recordado por su imponente entrada de estilo Art Decó adornada por el escudo del club y un cañón, dado que el Arsenal es conocido como los ‘gunners’ (cañoneros) al haber sido fundado en 1886 por trabajadores del arsenal de Woolwich. El estadio fue diseñado por Archibald Leitch, el arquitecto por excelencia del fútbol británico con casi 40 proyectos a sus espaldas. Su tribuna este estaba compuesta por una insólita cubierta de nueve arcos. En la década de 1930 se edificó la tribuna oeste con dos niveles superpuestos que se convirtieron en referencia para los restantes estadios europeos (por ejemplo la del Rasunda). Ya a finales del siglo XX, el coliseo se renovó con la adecuación de las plazas de a pie en sentadas descendiendo de 70 a 40.000 espectadores de capacidad. El estadio de Highbury era un exponente claro de la tradición inglesa que permitía al público el contacto directo con el campo y cuyos cimientos estaban enfrascados en medio de calles estrechas y de casas de estilo victoriano. A pesar de que tenía el status de bien arquitectónico (incluido su famoso marcador) fue derribado en 2006 para que el club se trasladase a unas nuevas instalaciones financiadas por dinero árabe en Ashburton Grove.

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