Guerra Mundial

El partido de la muerte

A inicios 1942 gran parte de la Rusia europea estaba ocupada por la Alemania nazi. Uno de esos territorios era Ucrania, una inmensa y rica planicie industrial y agrícola del tamaño de España con capital en la esplendorosa Kiev. Para Occidente aquello fue, era y es Rusia. Nada más lejos de la realidad. Ucrania formaba parte de la Unión Soviética como una de sus repúblicas y, aunque sus vínculos con Rusia eran tanto reales como ficticios, tenía, y tiene, una autonomía histórica independiente de Moscú.

Fue en el siglo IX cuando una masa de escandinavos estableció, con epicentro en Kiev, un territorio que ocupaba buena parte de lo que hoy es Ucrania y atravesaba el río Dniéper hasta llegar al actual noroeste de Rusia. Ese territorio era conocido como Rus e iría creciendo de tal manera que acabaría teniendo dos ciudades principales, una al sur y otra al norte.

Tras la invasión mongola el Rus fue absorbido por los súbditos de Genghis Kahn. Cuando en el siglo XV los mongoles sean un recuerdo, la realidad a la que se enfrentará el Rus será muy diferente a la de sus orígenes. El Rus se habrá dividido en dos. El rus (los ucranianos) formarán un amplio territorio llamado Gran Ducado de Lituania. Al norte estará el Gran Principado de Moscú. Con el tiempo, unos y otros se irán enemistando dado que el Gran Ducado de Lituania procesará el catolicismo y el Gran Principado de Moscú la fe ortodoxa. Debido a que los ucranianos eran ortodoxos y los polacos (los otros integrantes del Gran Ducado de Lituania junto a los propios lituanos) católicos era cuestión de tiempo que la unión se rompiese. De este modo Catalina la Grande iniciará una serie de campañas militares que convertirán a Moscú (ya de facto el Imperio Ruso) en la potencia dominante de la zona y absorberá los territorios ucranianos.

Para entonces ya se hablaba de Ucrania y de Rusia. El problema es que para los rusos el territorio ucraniano era el corazón de su Imperio. No en vano la palabra ‘Rus’ tiene su origen en Ucrania. Es más, la única salida posible al Mediterráneo de los rusos estaba en Crimea, una península a los pies de Ucrania. Sin Crimea, los mercantes y los buques de guerra rusos estarían inmovilizados por culpa del hielo invernal y estarían a expensas de los alemanes y del embudo que forma el Mar Báltico en el estrecho de Kattegat. A finales del siglo XVIIII Catalina inició una política de rusificación que continuaron sus sucesores expulsando a los cosacos de Ucrania (sí, los cosacos son ucranianos) y a los tártaros de Crimea (si, los tártaros tampoco son ‘rusos’).

El mapa político de Ucrania - Mapas de El Orden Mundial - EOM
Ucrania

Así pues, cuando en 1917 triunfa la Revolución Bolchevique y la familia del Zar es asesinada, los ucranianos verán el cielo abierto y proclamarán su independencia. Será un movimiento efímero ya que, abandonados por Occidente, no les quedará más remedio que aceptar lo inevitable y Ucrania será una de las repúblicas autónomas que formarán parte de la URSS. Pero Rusia no olvidará la afrenta y Stalin mandará matar por hambre a más de cuatro millones de ucranianos en la década de 1930 al confiscar las reservas de cereales ucranianas para llevarlas a los territorios más dóciles de la Unión Soviética.

Volvamos pues a 1942. Decía que Ucrania estaba ocupada por Alemania. En un primer momento los ucranianos vieron a los alemanes como libertadores. Fue una ficción. Para Hitler todo aquello más allá del Oder formaba parte del ‘Lebensraum’. Para el pensamiento nazi tanto polacos como rusos o ucranianos eran lo mismo, subhumanos que había que eliminar o esclavizar para que los arios tuviesen el espacio vital que necesitaban para existir.

Tras la debacle de Stalingrado, y ante el más que probable colapso del Reich, los nazis enarbolaron banderas nacionalistas para intentar poner de su lado a la población autóctona. Nació así el Ejército Ruso de Liberación de Andrei Vlasov y la Organización de Nacionalistas Ucranianos. Los esfuerzos fueron en vano, dado que, aunque estos grupos querían librarse de los comunistas, también eran conscientes de que la alternativa no era ni la democracia ni la independencia, sino el exterminio nazi. El fracaso de estas iniciativas se contempla con los números. Apenas 300.000 soldados integraron la Organización de Nacionalistas Ucranianos, mientras que se estima que unos seis millones (muchos de ellos forzados) formaron las filas del Ejército Rojo.

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Kiev. 1942

— EL PARTIDO DE LA MUERTE —

Entre aquellos chicos obligados a combatir en el Ejército Rojo estaban los futbolistas del Dinamo de Kiev. Fundado en 1927 como el equipo de la policía soviética, el Dinamo gozaba de gran reputación, aunque su nivel era inferior al de los equipos de Moscú. Cuando en septiembre de 1941 los alemanes ocupen Kiev varios de aquellos futbolistas acabarán en un campo de concentración, bien por servir al Ejército Rojo o bien por formar parte de la defensa civil de la ciudad.

Los meses pasaron, el invierno llegó y el hambre hizo su aparición. A inicios de 1942 Mykola Trusevych, portero del Dinamo, fue liberado de prisión y deambulaba por la ciudad en busca de un trabajo. En uno de esos días aciagos se tropezó con Iosif Kordik, un fanático del Dinamo de Kiev que lo reconoció enseguida. Trusevych estaba demacrado y extremadamente delgado por lo que Kordik no dudó en ofrecerle trabajo en la panadería que regentaba un par de manzanas más allá. Kordik había podido mantener su negocio intacto al ser de ascendencia alemana.

A Kordik se le cayó el alma a los pues cuando vio a Trusevych. Lo que antes era un hombre fornido y elástico era hoy un amasijo de huesos. Lo empleó como barrendero en la tienda, la mayoría de las veces sin sueldo, pero lo que nunca le faltaría sería que comer. Pronto Trusevych comenzó a ganar peso y a Kordik se le ocurrió la idea de formar un equipo de fútbol patrocinado por la panadería.

Trusevych se mostró encantado con la idea. Aquel panadero le había dado trabajo, pero sobre todo le había devuelto la dignidad. Comenzó a recorrer los barrios de Kiev puerta con puerta buscando a sus antiguos compañeros. No era tarea fácil. Alguno estaba preso, otros fallecidos y el resto estaban desperdigados por la ciudad.

Al cabo de unas semanas Trusevych había reunido a un grupo heterogéneo formado por ocho antiguos futbolistas del Dinamo de Kiev y tres jugadores del Lokomotiv de Kiev. Todos se reunían en la panadería estatal número 3, el establecimiento regentado por Kordik, para charlar de la vida, de fútbol…y para comer.

Aquellos chicos formaron el FC Start.

Su historia pasaría a ser legendaria.

Los nazis, en su intento por dar normalidad a la ocupación, organizaron un campeonato de liga en la ciudad. Participarían un total de seis equipos. Dos conjuntos alemanes y otros dos formados por las guarniciones rumana y húngara de la ciudad. Las otras dos escuadras serían el FC Start y el conjunto hecho con los colaboracionistas ucranianos. Éstos últimos serían los únicos que podrían jugar como locales en el antiguo estadio nacional.

El primer partido del FC Start fue contra los colaboracionistas ucranianos y se saldó con una clara victoria (7-2). La siguiente víctima fueron los húngaros que, al igual que los rumanos, eran aliados de los nazis y solían ocuparse de las zonas ya conquistadas, dado que el Alto Mando alemán confiaba poco de sus dotes en el campo de batalla. Decía que el FC Start se enfrentó a los húngaros logrando una fácil victoria (6-2). Más apabullante sería la siguiente ante la guarnición rumana (11-0) o la lograda ante los militares alemanes (9-1).

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La única foto conocida del FC Start

Por entonces la fama del FC Start ya era conocida en Kiev y en buena parte de Ucrania. Estaba claro que los rivales eran simples aficionados y que el FC Start estaba formado por futbolistas de verdad, pero cada pequeña victoria henchía el orgullo de los ucranianos, los cuales veían cada gol como una patada a la vanidad de los ocupantes.

Conscientes de que las victorias del FC Start podían inspirar a los ucranianos y disminuir la moral de las tropas del Eje, las autoridades nazis tenían la esperanza en que el Flakeif lograse vencer a esos rebeldes. El Flakeif era el equipo de la Luffwaffe, las fuerzas áreas, y allí era donde servían la mayoría de los antiguos futbolistas alemanes. Antes el FC Start volvió a vencer a rumanos y húngaros por 6-0 y por un ajustado 3-2 respectivamente. Cabe señalar que por entonces Hungría era una potencia futbolística de primer nivel, y aunque solo se tratasen de futbolistas aficionados, la victoria contaba con cierto prestigio.

Que aquellos futbolistas desarrapados humillasen al Reich era inaceptable. Y lo fue mucho más cuando el FC Start derrotó al Flakeif por un clarísimo 5-1. Mal equipados y alimentados, aquellos futbolistas ucranianos estaban poniendo en tela de juicio tanto el orgullo alemán como las teorías raciales nazis. Sin apenas tiempo para recuperarse, apenas 72 horas más tarde se programó la revancha entre el Flakeif y el FC Start. El partido se jugaría en el estadio nacional Zenit de Kiev, antes conocido como Estadio Rojo y en la actualidad renombrado Estadio Olímpico de Kiev. Se trataba de un coloso de cemento capaz de acoger a cerca de 70.000 espectadores a pesar de sufrir diversos desperfectos por culpa de varios bombardeos.

Ya no era un partido de campeonato. Era una revancha a vida o muerte.

Los días previos la comida comenzó a llegar en tropel a la parte de atrás de la panadería de Kordik. Junto a la carne o los huevos llegaban también mensajes de ánimo y lágrimas de orgullo ante lo que aquellos chicos estaban haciendo. Aparecieron también nuevas camisetas y hasta alguna bota de fútbol usada.

El 9 de agosto el FC Start y el Flakeif saltaron al césped del Olímpico de Kiev ante una multitud callada, pero con el pecho henchido de júbilo. En el palco varios gerifaltes alemanes. En el circulo central, el colegiado. Un oficial de las Waffen-SS, el cuerpo de élite del entramado nazi, sin más conocimiento del reglamento que el de ayudar lo máximo posible a los suyos. Los ucranianos sabrían que el arbitraje sería tendencioso y mucho más cuando minutos antes del partido reciban la visita de un miembro de las SS que les advertiría de las funestas consecuencias de una nueva victoria.

Como era de esperar el Flakeif hizo gala de su poderío físico ante la impasibilidad del árbitro. Así llegaría el primer tanto. Trusevych recibió una patada en la cabeza en un tumulto en el área, y mientras el portero ucraniano se recuperaba, los alemanes anotaron el primer gol a puerta vacía.

El partido transcurrió y las fuentes orales hablan de tirones de pelos, agarres de camiseta, puñetazos en el estómago y violentas patadas en la espinilla, todas con el beneplácito del colegiado. Aun así, el FC Start logró anotar tres goles antes del descanso, uno de ellos tras un precioso zig-zag entre varios defensores de Makar Goncharenko, seguramente el futbolista con mayores cualidades técnicas de los allí presentes.

En la segunda parte el FC Start acusó los golpes y el cansancio. Llegó a anotar dos tantos más, que rápidamente fueron contrarrestados por los nazis. El marcador señalaba un 5-3 a favor de los ucranianos cuando Kimilenko, defensa central de los locales, avanzó con la pelota, sorteó a varios rivales y se plantó delante del portero alemán engañándole con un golpe de cadera hasta encontrarse con la portería vacía. Fue entonces, cuando en lugar de anotar un gol, decidió darse la vuelta y pegar un pelotazo dirigido al público mientras alzaba los brazos en señal de victoria.

Los casi 70.000 espectadores rugieron como si no hubiese un mañana.

Faltaban aún unos minutos para el final del encuentro, pero el árbitro decidió pitar la conclusión antes de tiempo.

Aquello iba a tener consecuencias. Ya habían sido advertidos.

La afrenta resquebrajó la sonrisa hierática de los ocupantes nazis. Sí, el FC Start era un equipo de ex futbolistas. Pero eran seres humanos mal alimentados, con profundas cicatrices por la represión y con el miedo azuzando sus cabezas. Era subhumanos que habían vencido a la élite del ejército más poderoso jamás visto.

Una semana más tarde, el 16 de agosto de 1942, el FC Start venció a otro equipo alemán por 8-0. Al día siguiente los jugadores ucranianos fueron arrestados por orden de la Gestapo acusados de ser espías soviéticos. En realidad, todos eran miembros del Partido Comunista porque para jugar al fútbol en la Unión Soviética era obligatorio afiliarse al partido. Nikolai Korotkykh murió torturado mientras el resto de la plantilla fue enviada a un campo de concentración. Cuatro compañeros más acabarían falleciendo, entre ellos el portero Mykola Trusevych, el impulsor de esta epopeya.

A finales de 1943 los soviéticos liberarían Kiev de la ocupación nazi y la historia saldrá a la luz por vez primera. Lo hará con sordina, dado que serán acusados por Moscú de “confraternizar con el enemigo” por aceptar jugar partidos de fútbol contra los nazis. Los tres supervivientes tuvieron que callar hasta que tras la muerte de Stalin el régimen comunista decida abrir algo la mano. Fue entonces cuando gracias al esfuerzo de Makar Goncharenko, uno de los tres supervivientes, la historia pase a ser ‘vox populi’ debido a la publicación de un libro. Inmediatamente aquellos chicos del Dinamo de Kiev se convirtieron en héroes nacionales ucranianos y en héroes soviéticos en Rusia y en el resto de la Unión Soviética. Fue tal la fama que en 1981 se inauguró un grupo escultórico conmemorativo a las puertas del Estadio Olímpico de Kiev, que durante unos años fue rebautizado como Estadio FC Start.

Mitos y verdades sobre el "partido de la muerte": el día que un equipo  ucraniano venció a soldados nazis - Infobae
Estatua en los aledaños del Estadio Olímpico de Kiev

Por entonces ya Crimea formaba parte de Ucrania. Tras la muerte de Stalin en 1953 y la llegada al poder de Nikita Kruschev se inició un proceso de Desestalinización. Kruschev pidió perdón por el genocidio cometido en Ucrania durante los años 30 y, como medida de distensión, decretó que la península de Crimea formase parte de la República Soviética de Ucrania. Cuando la URSS se desmiembre en 1991 y Ucrania consiga al fin su independencia, aquella decisión se verá como errónea cuando Rusia y Ucrania peleen por el territorio más codiciado del Este de Europa. El desatino acabará con una guerra iniciada en 2014 y todavía inconclusa a la hora de escribir estas líneas.

Mientras, el Dinamo de Kiev se recompuso y en 1961 obtuvo su primera liga soviética. A partir de entonces se erigió en el equipo más importante de la Unión Soviética, practicando siempre un fútbol técnico y ofensivo. Al igual que los equipos lituanos sobrepasaron a los moscovitas en baloncesto, el Dinamo de Kiev hizo lo mismo en el deporte rey. En 25 años ganó 13 ligas de la URSS, se convirtió en el único equipo soviético en lograr títulos internacionales y parió al mejor entrenador que ha dado el Este de Europa (Valeri Lobanovsky) y a dos Balones de Oro (Oleg Blokhin e Igor Belanov). Sí, Lev Yashin, el jugador más legendario de la URSS, era ruso, pero si bien en la victoria soviética en la Eurocopa 1960 había siete rusos por tan sólo un ucraniano, cuando en 1988 queden subcampeones de la Eurocopa habrá tan sólo dos rusos en el once inicial frente a siete ucranianos. El influjo del fútbol ucraniano y del Dinamo de Kiev llegó incluso al siglo XXI, cuando Andrey Shevchenko y compañía siguieron demostrando la superioridad del balompié en el antiguo Rus de Kiev.

P.D: A Hollywood le dio por convertir la historia en una película. Stallone fue Trusevych y Pelé fue Goncharenko. En lo único en que se parecía ‘Evasión o Victoria’ al ‘Partido de la Muerte’ es en que todo estaba poblado de nazis. Todo lo demás es pura, y deliciosa, ficción.

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Copa Mitropa; el torneo que tuteó a una guerra

Antes, mucho antes, de la creación por parte de la UEFA de la Copa de Europa existía la Copa Mitropa. Y antes, mucho antes, de que se creara el Campeonato Europeo de la UEFA (por todos conocido como Eurocopa) ya existía la Copa Mitropa. Y, por supuesto, antes de que se creasen competiciones de dudoso interés como la Liga Europa Conferencia de la UEFA o la Liga de Naciones de la UEFA, también existía la Copa Mitropa. Y, desde luego, antes de que una pandemia obligase a aplazar partidos y torneos ya había guerras que ponían patas arriba al mundo, y por ende, al planeta fútbol.

La Copa de la Europa Central fue creada en 1927 impulsada por Hugo Meisl, afamado entrenador y arquitecto del ‘Wunderteam’ austriaco que asombraría al mundo en la década de 1930. Hasta entonces los clubes tenían que demostrar su valía internacional en encuentros amistosos. La idea de la Copa Mitropa era crear un torneo entre los mejores equipos de Europa Central. Los motivos eran dos. Por un lado, el nivel del fútbol centroeuropeo era entonces sobresaliente y ya reputadas voces consideraban que al menos igualaba al británico. Por otro parte, la excelente red de ferrocarriles de la zona y la escasa distancia entre las principales capitales centroeuropeas permitían desarrollar un campeonato de corta duración.

En las dos primeras ediciones participaron los campeones y los subcampeones de Austria, Hungría, Checoslovaquia y Yugoslavia. En 1929 los italianos reemplazaron a los yugoslavos, quienes estaban a punto de iniciar una guerra civil, y en 1934 se decidió la ampliación del torneo a cuatro escuadras por país. En 1936 entró en liza Suiza, y la última reforma data de 1937 cuando se unieron los clubes de Rumanía y se reincorporaron los de Yugoslavia. La Copa de la Europa Central pronto pasó a ser conocida como Copa Mitropa por la empresa que la patrocinaba. Mitropa era la compañía de restauración que operaba en las líneas férreas de Centroeuropa. De hecho, Mitropa no es más que el acrónimo de ‘Mittleuropa’, que es el término alemán para definir la Europa central.

Durante la década de 1930 la Copa Mitropa vio desfilar a algunos de los mejores futbolistas del momento. Ganadores en esos años fueron el Sparta de Praga de Nejedly (máximo goleador del Mundial de 1934), el Bolonia FC de Schiavo, Andreolo o Ceresoli (bicampeones en el Mundial de 1934 y 1938), el Slavia de Praga de Josef Bican (futbolista con el mayor número de goles de la historia) y, especialmente, el Austria Viena del maravilloso e icónico Matthias Sindelar. El sistema de participación era simple. Campeones ligueros como cabezas de serie y eliminatorias a ida y vuelta hasta quedar un único contendiente.

MATTHIAS SINDELAR, el futbolista que desafió a Hitler.
Sindelar; el Mozart del fútbol

Para 1939 la Copa Mitropa comenzó con una ausencia significativa. Tras el ‘Anschluss’ del año anterior, Austria pasaba a ser una provincia más del Tercer Reich alemán. Sindelar aparecería muerto en su casa por culpa de una intoxicación por monóxido de carbono. Aún hoy se discute si fue un accidente, un suicidio o el asesinato de un futbolista judío. Pero la historia de Sindelar no es la que nos ocupa hoy. El caso es que en 1939 ningún equipo austriaco pudo participar en la que fue la última Copa Mitropa antes del inicio de la guerra.

Y es que en septiembre de 1939 estallaba la II Guerra Mundial.

Con Europa en guerra lo normal es que la competición se parase.

Pero no fue así.

El torneo ocupaba dos meses en el calendario, generalmente junio y julio, a imagen de los torneos internacionales de selecciones de la actualidad. En el verano de 1940 Austria y Chequia eran provincias alemanas, Italia empezaba a lamentarse de haber retado a Gran Bretaña por la hegemonía del Mediterráneo y Suiza se dedicaba a contemporizar. La Copa Mitropa de 1940 contó con ocho equipos y, entre los participantes en esos cuartos de final, sólo había escuadras húngaras (3), yugoslavas (3) y rumanas (2).

Copa Mitropa | Wanderers
Copa Mitropa

Cuando el 17 de junio se disputan los partidos de ida de los cuartos de final, Francia estaba a punto de capitular ante el fulgurante avance de las tropas alemanas. Cinco días después Alemania controlaba un territorio que iba desde Hendaya, a orillas del Cantábrico, hasta Memel, bañado por el Mar Báltico. La intención de los alemanes para ese verano de 1940 era reorganizarse y preparar el asalto de Gran Bretaña por mar y aire.

Así, la relativa calma de Europa central permitía continuar con la Copa Mitropa aunque fuese bajo mínimos. Rumanía había sido el país más beneficiado en Europa central tras el fin de la I Guerra Mundial. Prácticamente había doblado su territorio. Favorecido además por la existencia de pozos petrolíferos, el rey Carol II firmó un acuerdo con los nazis para suministrarles crudo a cambio de su neutralidad. Sin embargo, tras el inicio de las hostilidades, la Unión Soviética, con la que Rumanía compartía frontera, exigió a los rumanos la devolución de la Besarabia, una región que había sido adquirida por Rumanía al término de la I Guerra Mundial. Todavía nazis y comunistas mantenían la paz, pero era obvio que Rumanía iba a tener que elegir bando.

En cambio, Hungría había sido la gran derrotada en la I Guerra Mundial. Lo que antes había sido un inmenso Imperio ahora era un pequeño Estado sin voz ni voto en las decisiones importantes de Europa. Hungría alcanzó la II Guerra Mundial con un régimen fascista que simpatizaba con los nazis, pero sin atreverse a aliarse con ellos. El gran escollo era Eslovaquia. Tras considerar Chequia provincia alemana, los nazis crearon Eslovaquia como un país títere bajo su control. Sin embargo, el territorio que había servido para crear Eslovaquia era reclamado por Hungría como propio. Para complicar más la situación los húngaros exigían también la devolución de parte del territorio rumano. Lo cierto es que los nazis estaban de acuerdo con los húngaros, pero no estaban dispuestos a perder el apoyo de los rumanos y, con ello, perder también el control de los pozos petrolíferos.

Yugoslavia era en 1940 un paraje de paz en medio de la tormenta. Pero era un país débil. Estaba gobernado por una regencia con apoyo militar en la que había que hacer malabares para contentar a serbios y a croatas, a anglófilos y filonazis. A medida que los designios de la guerra iban dando vencedor a los alemanes, era más que evidente que el país iba a estallar en mil pedazos.

Un ‘cacao maravillao’. Pero conviene explicar el contexto histórico para entender lo que sucedió después.

Europa ocupada por la Alemania nazi - Wikipedia, la enciclopedia libre
Europa 1941. El triunfo nazi

Cuando Rapid de Bucarest, Gradanski Zagreb (antecesor del Dinamo de Zagreb), Ferencvaros y OFK Belgrado se clasifican para semifinales, los alemanes están haciendo el Desfile de la Victoria a los pies del Arco del Triunfo parisino. Alarmados ante el éxito de los nazis y sabedores de que sus tropas están ocupadas en el oeste, la Unión Soviética decide dar un paso al frente. El 26 de junio de 1940 Stalin lanza un ultimátum a Rumanía exigiéndole la devolución de la Besarabia, a sabiendas de que Hitler no se interpondrá por ahora en su camino al necesitar la Wehrmacht un más que evidente descanso.

Rumanía pide ayuda a Alemania. Los teutones se hacen los suecos y recomiendan a los rumanos que pidan una prórroga a los soviéticos para responder al ultimátum. Mientras todo esto ocurre tienen lugar las semifinales. El Ferencvaros se clasifica derrotando por un global de 2-1 al OFK Belgrado. En el otro duelo Rapid de Bucarest y Gradanski tienen que jugar un tercer partido de desempate en la yugoslava ciudad de Subotica al acabar en empate sin goles los dos partidos.

El desempate está fechado para el 10 de julio. Pero ya entonces la Besarabia es parte de la URSS tras una rápida intervención militar. También lo son Lituania, Letonia y Estonia. Hitler tiene los ojos puestos en Gran Bretaña y deja hacer a Stalin. En el ámbito futbolístico el partido de desempate también acaba en tablas (1-1), por lo que hay que dictaminar por sorteo quien se clasifica para la final. La diosa fortuna sonríe al Rapid que se convierte en el primer equipo rumano en disputar una final de la Copa Mitropa.

La final entre Rapid de Bucarest y Ferencvaros estaba programada para el 21 y el 28 de julio de 1940. El partido de ida sería en Rumanía y el de vuelta en Hungría.

Fue entonces cuando Hungría decidió dar un paso al frente. Viendo la debilidad rumana, los húngaros contemplaron la posibilidad de hacerse con la Transilvania, el territorio que demandaban desde el fin de la I Guerra Mundial a Rumanía. Hungría consideraba que, si la URSS podía recuperar la Besarabia, ellos también podrían hacer lo propio con Transilvania.

Ocupación soviética de Besarabia y el norte de Bucovina - Wikipedia, la  enciclopedia libre
Transilvania (oeste) y Besaravia (este)

Rumanía se niega y moviliza sus tropas. Hungría hace lo mismo. En Alemania estalla la preocupación. Hitler ve como sus dos aliados, uno por su petróleo y el otro por razones étnicas e ideológicas, están a punto de estallar en guerra. Los diplomáticos van y vienen y se establece un arbitraje tras reunión a tres bandas para el 30 de agosto en Viena. Hitler manejaba con destreza la lisonja. Cuando tenía formada una opinión sobre un asunto, consultaba con aquellos que sabía que la compartían. Cuando tenía tomada una decisión en firme, la persona que había sido consultada, halagada por haber sido llamado por Hitler, se sentía doblemente agradecida al pensar que había influido en la decisión del Führer. También tenía la cualidad extraordinaria de memorizar pasajes de libros y datos estadísticos, utilizando el viejo truco de halagar a los subordinados conociendo pasajes de su vida profesional y personal.

El caso es que el partido se aplaza y se fijan como fechas alternativas el 18 y el 25 de agosto. Pero en estas el Ferencvaros se niega a jugar en Rumanía, por lo que hay que buscar una solución de compromiso. Se decide celebrar una final en campo neutral en Viena…el 30 de agosto.

Justo el 30 de agosto.

No hubo final.

A primera hora de aquel 30 de agosto se dividió en dos Transilvania. El norte pasó a pertenecer a Hungría y el sur a Rumanía. Lejos de resolver el problema lo enquistó. Más de 1.000.000 de rumanos pasaron a ser ciudadanos húngaros y medio millón de húngaros siguieron siendo rumanos. A partir de ahí Hitler actuaría con inteligencia contentando los deseos de unos y de otros. El temor de que Alemania cediese la totalidad de la Transilvania a uno de los dos bandos ayudó a que en 1941 rumanos y húngaros se conviertan en aliados activos de los nazis y participen en la invasión de la URSS.

El partido entre Ferencvaros y Rapid de Bucarest nunca llegó a disputarse. Tras el fin de la II Guerra Mundial, Transilvania volvió a ser rumana. Besarabia hubo de esperar a 1991 para lograr su independencia. La mayoría de su territorio forma hoy Moldavia, aunque otras zonas se reincorporaron a Ucrania en el norte y a Rumanía en el sur. Por su parte Rumanía tuvo que ceder territorio a Bulgaria, Hungría se quedó como estaba y Yugoslavia se volvió a unir tras fragmentarse en mil pedazos. Todo, por supuesto, bajo control de Moscú, que desde 1945 sustituyó a Berlín como centro de decisión de la zona.

La Copa Mitropa no volvería a disputarse hasta 1951, aunque a partir de entonces su interés y su nivel registraron un constante declive. En 1949 se había creado la Copa Latina que contaba con conjuntos españoles, portugueses, italianos y franceses, cuyo nivel de fútbol estaba en continua progresión y que pronto iba a dejar muy atrás al de Centroeuropa. Después, la creación de la Copa de Europa en 1955 acabaría por enterrar definitivamente a este tipo de competiciones.

La Copa Latina feneció en 1957 tras ocho ediciones, mientras que la Copa Mitropa sobrevivió hasta 1992. Lo hizo de mala manera, con equipos de segunda fila, muchos de ellos no profesionales. Acabó siendo un torneo amateur exactamente igual a aquellos que pretendía sustituir. Pero lo que nadie le podrá quitar a la Copa Mitropa es ser la competición pionera en la construcción de una cohesión europea a través del fútbol. Y, sobre todo, la Copa Mitropa seguirá siendo esa competición capaz de tutear a una guerra y estar a un único partido de vencerla.

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Vasas de Budapest. 6 títulos de Copa Mitropa

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París-Roubaix. Guía de viaje

En abril de 1919, cuando la guerra había terminado pero la paz aún no se había firmado, la París-Roubaix se puso en marcha como si nada hubiese pasado. Los ciclistas deambulaban por caminos de tierra llenos de cráteres y vías de tren partidas en dos. La tierra estaba sembrada de sangre y el olor a muerte se inhalaba en cada pedalada. Cuando aquellos locos llegaron al velódromo de Roubaix un periodista decidió cambiar para siempre el nombre de aquella carrera. Donde era conocida como ‘La Pascale’ (La Pascua), al celebrarse el Domingo de Resurrección, pasó a ser el ‘Enfer du nord’ (El infierno del norte).

El nombre triunfó, porque aunque los cráteres se aplanaron y los campos se sembraron, la París-Roubaix es terriblemente dura. Un verdadero infierno. ‘La clásica de las clásicas’ es distinta a los demás monumentos del ciclismo. Aunque su trazado es incluso más llano que el de la Milán San Remo, sus cerca de 60 kilómetros de adoquines sobre un recorrido de unos 260 kilómetros la hacen totalmente distinta a las demás clásicas. Es la única clásica primaveral que discurre totalmente en tierras francesas pero, en su espíritu, es la más flamenca de todas las pruebas belgas.

Aunque París está en el imaginario, lo cierto es que hace tiempo que la carrera no sale desde la vieja Lutecia. En 1896 la primera edición partió desde el Bois de Boulogne, antes coto de caza ahora pulmón verde de la megalópolis. Fue punto de inicio durante más de medio siglo hasta que los automóviles fagocitaron París y hubo que llevar la prueba más cerca de la naturaleza. En los 60 se mudó a Chantilly (la del castillo y la nata montada con vainilla) y en los 70 a la pequeña Compiégne, lugar donde sigue establecida.

Lo de salir de París fue una innovación. Donde siempre era llegar a la ciudad de la luz, pasó a ser punto de partida. Más radical fue convencer a la Iglesia de que cambiase el horario de los oficios. Los organizadores pronto descubrieron que la gente no acudía a las cunetas y si a la misa del Domingo de Resurrección. Hubo que programar misas excepcionales hasta que la secularización hizo efecto y las cunetas se llenaron sin la acción del fervor divino. Hoy la prueba se realiza el segundo domingo del mes de abril, diga lo que diga el calendario católico, y siempre y cuando la guerra, bélica o bacteriológica, no dicte lo contrario.

Decíamos que la carrera nace en Compiégne. Preciosa y coqueta villa con una plaza y un castillo fastuoso, está situada en las confluencias del Aisne y del Oise, dos ríos que dan agua al Sena y que la historia ha teñido de rojo en innumerables ocasiones. En Compiégne está el famoso vagón de la rendición. O mejor dicho, la reconstrucción de la petulancia francesa que Hitler se encargó de pisotear.

Como el Tour de Flandes, la París-Roubaix es una clásica que no recorre grandes núcleos de población sino que se adapta al terreno y lo hace suyo. Discurre por la vieja Artois, entre Picardia y Flandes. Hoy Artois es el Nord, tras una burocratización sin corazón de la République en plena ola de austeridad tras la crisis de 2008. Artois es el granero y el descanso de París, lugar de majestuosos campanarios y de melancólicas miradas. Artois es orgullo de Francia, pero también es traición. Fue borgoñona cuando la Guerra de los Cien Años y española cuando los Austrias campaban a sus anchas por medio mundo. Luis XIV la convirtió en su jardín, mas su vasta e indefendible campiña ha sido víctima de las desdichas del tiempo y de la muerte desde que Prusia giró al oeste y pasó a llamarse Alemania.

La París-Roubaix es una ruta por el corazón de la Revolución Industrial. Los campanarios y las granjas conviven en una enorme cuenca minera hoy adormecida pero antaño poderosa y gigantesca. No es verde ni azul. Gris es el color que nos acompañará durante nuestro viaje. El gris del carbón y el gris de las nubes, porque una París-Roubaix sin lluvia no es una París-Roubaix. Barro, polvo y lodazales. Esa es la Roubaix.

Es esta una región de paso para las borrascas. La humedad es constante y la condensación insoportable. Las temperaturas no son bajas, pero el frío húmedo cala en los huesos hasta dejarlos sin alma. Es más llana que la Milán San Remo y tan frugal como el Tour de Flandes, pero es la humedad lo que la hace tremebunda. La humedad, la lluvia y el pavés. El dichoso pavés.

10 imágenes que demuestran que la París-Roubaix es un verdadero infierno
Enfer du nord

Los adoquines se agarran a las piernas de los ciclistas y trepan por sus músculos disparando un estallido de dolor. Es un ejercicio de equilibrista donde se debe combinar la fuerza de la juventud con la maña de la veteranía. El pavés no es más que una calzada de adoquines. No es más, pero no es menos. Es una zona de vibración extrema donde cada pedalada descarga un trallazo en los brazos que se traslada por todo el cuerpo. La rueda no tiene donde agarrarse y el impulso de las pedaladas se diluye entre los ojuelos del pedrusco. El pavés seco genera una niebla de polvo que se inserta en los pulmones y acaba con el más fogoso de los incautos corredores. El pavés mojado convierte la estela de adoquines en una demoniaca pista de patinaje.

Y el pavés en la Roubaix es siempre mojado. Es espantosamente húmedo. La bici patina, las caídas son frecuentes. La hierba crece entre las molduras. Las carreteras no existen. Los caminos son autopistas para vacas. En la Roubaix las asociaciones de vecinos se afanan para conservar los caminos adoquinados intactos. Sin artificios, ni arreglos. La París-Roubaix es el heavy metal del ciclismo.

Son tres los puntos clave de la París-Roubaix. El primer gran muro de adoquines se encuentra a 90 kilómetros de meta. La trinchera de Arenberg es el nombre de este estallido de dolor de 2.400 metros de duración. Se encuentra en la villa minera de Wallers de donde era Jean Stablinski, campeón del mundo y de la Vuelta a España. A finales de los 60 la París-Roubaix estaba perdiendo su esencia ante el continuo asfaltado de las carreteras por la popularización del automóvil. Hubo que buscar nuevos caminos y Stablinski encontró una enorme recta a la que se entra en bajada, a todo gas, como toro en arena, para encontrarse un deforme camino de grava comprimida y adoquines desfigurados y mal colocados. Una verdadera autopista para vacas en medio de un bosque.

A 50 kilómetros de la llegada está ‘Mons en pavele’, otra trampa de 3.000 metros de longitud donde el barro se convierte en un accesorio de la cara. Es un tramo completamente llano que acaba con un giro de 90 grados a la izquierda en una inmensa explanada. Es el lugar preferido por los fanáticos de la París-Roubaix para acampar y hacer noche a la espera del gran día.

Tras dejar a un lado el precioso ayuntamiento de Valenciennes, en la única aproximación a una cuidad de toda la carrera, (Lille, motor económico de la región, quedará al oeste), el momento cumbre de la París-Roubaix está a 15 kilómetros de meta. El ‘Carrefour de L’Arbre’ es una recta de 2.000 metros a campo abierto adornada por un restaurante de estrella Michelin. A golpe de riñones y relinchar de dientes los supervivientes de la prueba encaran el acto decisivo antes de llegar a Roubaix.

Los 29 tramos claves y el recorrido de adoquín de la París-Roubaix 2019
Carrefour de L’Arbre

Es una llegada apoteósica al viejo velódromo de la ciudad. Antes de levantar los brazos hay que cumplir con la tradición y dar una vuelta y media al óvalo. Antigua ciudad textil, Roubaix hoy presume de sus edificios Art-Decó y de su gran plaza, pero es el velódromo lo que hace a esta ciudad internacional. Los valientes que completan los 260 kilómetros pasan después a las viejas duchas del estadio con cajones de granito decorados con el nombre de los ganadores de todas las ediciones.

Nunca un español ha ganado en el infierno del norte. Son los belgas, clasicómanos por definición, los grandes triunfadores de la París-Roubaix. Tom Boonen y Roger de Vlaeminck cuentan con cuatro títulos en su palmarés. Con tres hay varios ciclistas, entre ellos, como no, el más grande, Eddy Merckx. El segundo en discordia, el francés Bernard Hinault, sólo ganó una vez en el ‘Infierno del norte’ (1981). A pesar de su carácter indómito, odiaba la París-Roubaix. El primer año que la corrió se cayó en hasta siete ocasiones. Furioso por las críticas recibidas, volvió la temporada siguiente y se llevó la victoria. Tras recibir el trofeo en forma de adoquín que se le entrega al vencedor, anunció que jamás volvería a disputar la prueba. “La París-Roubaix es una mierda”, soltó el más grande de los ciclistas galos en la única clásica de primavera que nace y muere en territorio francés.

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Evasión o victoria (2ª parte)

La idea de hacer ‘Evasión o victoria’ fue de John Huston. Si no hubiese sido por Huston la Paramount nunca hubiese dado ni un centavo para rodar una película futbolera. John Huston era por entonces un hombre camino del ocaso, uno de los pocos directores vivos que quedaban de la primera era dorada de Hollywood. Huston era el director de ‘El tesoro de Sierra Madre’, de ‘La reina de África’ o de ‘El halcón maltés’ y antes de morir aún le daría tiempo a dirigir ‘El honor de los Prizzi’. Huston también había ejercido de documentalista en la II Guerra Mundial plasmando para la eternidad algunas de las mejores imágenes que se han tomado del conflicto bélico.

Así que la pregunta es obvia. ¿Cómo un director como Huston se iba a embarcar en semejante proyecto?

Y es que a pesar de tener ascendencia europea, a Huston no se le conocía interés alguno por el fútbol. Lo que si tenía Huston era una profunda amistad con Pelé. ‘O Rei’, tan extraordinario futbolista como empresario, había abandonado años atrás el Santos FC para firmar por el New York Cosmos. La idea era pasar una jubilación tranquila para, según sus palabras, “elevar el potencial del fútbol de Estados Unidos”. La realidad era mucho más prosaica. Lo que iba a hacer Pelé en Nueva York era elevar en muchos millones de dólares su cuenta corriente.

El fútbol en Estados Unidos funcionó como una gaseosa y, tras una rápida expansión, en menos de una década caería en la bancarrota. Mas mientras el éxito fue la tónica, Huston conoció a Pelé y advirtió el filón que el fútbol representaba. Pensó que una película futbolera protagonizada por ‘O Rei’ sería un taquillazo y así consiguió venderle el proyecto a Paramount Pictures.

A Pelé, como no podía ser de otra forma, además de darle el papel de estrella del equipo le encargaron que organizase las secuencias de fútbol. Vamos, que fuese el coreógrafo del partido. Todos se pusieron a las órdenes de Pelé, incluido el doble de Michael Caine, que debía de tener dos pies izquierdos, porque tuvo que ser doblado en las escenas llamémoslas de riesgo. Pelé se guardó para sí la icónica escena del gol de chilena, una inoportuna lesión que no le impide ser el mejor del partido y unos cuantos regates de más en el centro del campo.

Pero era ‘O Rei’. Tampoco era cuestión de discutirle nada. Y más cuando la famosa chilena, rodada con una cámara panorámica, la finiquitó en dos tomas idénticas rodadas en distintos ángulos.

Como para llevarle la contraria.

Para los futboleros lo más doloroso de la película era Stallone. Para empezar no era europeo, era estadounidense. Ya lo dice él mismo al poco de iniciarse la película, no tiene ni idea de que es el fútbol. Pero es que sin Stallone no hubiese habido película. Por entonces Sylvester Stallone era una estrella emergente del cine. Había triunfado con ‘Rocky’, no sólo como actor sino como guionista, y aún no había rodado su primer Rambo, por lo que aún no había sido encasillado como machaca ochentero. La Paramount fue clara con Huston. Puede salir Pelé y pueden salir futbolistas famosos, pero sin Stallone no hay película.

El problema para Huston es que si el personaje de Stallone (Robert Hatch) reconocía no saber lo que era un balón de fútbol, el propio Stallone se negaba a admitirlo. Al poco de iniciarse el rodaje apostó 1.000 dólares de la época a Pelé a que conseguía pararle cinco penaltis de diez intentos.

Por supuesto no paró ni uno.

Consiguió tocar el balón una vez.

Y se rompió un dedo.

Stallone exigió todas las comodidades habidas y por haber (que no eran excesivas, pues la película se rodó en la Hungría comunista) y ni siquiera se juntaba con Michael Caine o Von Sydow por considerarlos actores de segunda fila, cuando realmente eran mucho mejores que él. Aprovechaba los descansos en el rodaje para fletar un vuelo privado y viajar a Londres o París. Mientras, Michael Caine rápidamente congenió con los futbolistas, y famosos se hicieron sus anocheceres a base de whisky junto a Booby Moore o Mike Sumerbee.

Los futbolistas. Quizás antes de continuar sería bueno explicar a los menos profanos en la materia quienes eran los futbolistas. Y es que no eran poca cosa (para más detalles ver la ficha técnica del partido en la primera parte del artículo).

Había ex futbolistas. Gente que rondaba los cuarenta y que a lo sumo llevaban dos o tres años retirados. Estaba Pelé, del que considero que no hace falta añadir nada, porque en tal caso no tiene sentido que una persona se acerque a la lectura de este blog. Estaba Bobby Moore, capitán de la selección inglesa campeona del Mundial de 1966 y considerado uno de los mejores centrales de la historia. También el inglés Mike Sumerbee, un centrocampista con una sólida carrera en Inglaterra, de una notable exquisitez técnica, pero más amigo de la mala vida que del balón. Paul Van Himst fue hasta la aparición de la generación de Hazard la gran leyenda del fútbol belga, cuatro veces ganador de la Bota de Oro e insignia del Anderlecht, por entonces un grande del fútbol europeo. Por último estaba Co Prins, un delantero holandés atípico que formó parte de las primeras andanzas del Ajax de Cruyff, pero que decidió cambiar la gloria por el dinero y hacer carrera en Estados Unidos.

Entre los futbolistas en activo estaban Osvaldo Ardiles (campeón del mundo con Argentina en 1978 y estrella del Tottenham), Kazimierz Deyna (uno de los mejores centrocampistas del mundo en la década de los 70 y líder de Polonia en el Mundial de 1974), el noruego Hallvar Thoresen (máximo goleador extranjero en la historia de la liga holandesa y capitán del PSV Eindhoven) y el danés Soren Lindsted (tres veces máximo goleador de su país).

Como se puede observar, y exceptuando a Bobby Moore, hubo una querencia por los jugadores de ataque.

¿Y qué pasa con los alemanes? La escuadra nazi estuvo formada por jugadores húngaros semi profesionales, con la excepción del número 4, el defensa central Baumann, interpretado por Werner Roth. Éste había nacido en Yugoslavia, pero había emigrado de niño a Estados Unidos donde se convirtió en el futbolista más importante de su país en la década de los 70.

Ok. Tenemos a los nazis formados por chicos húngaros a los que se le añadió un futbolista estadounidense. Y tenemos a los Aliados capitaneados por Pelé. Pero si añadimos a la pléyade de estrellas del balón a Michael Caine y a Sylvester Stallone sumamos un total de 11 futbolistas. No obstante, en toda película que se precie hay que añadir una pizca de tensión y unos cuantos giros dramáticos. Y eso en el fútbol son unas lesiones, un arbitraje fraudulento y un par de cambios.

Hacían falta unos cuantos suplentes.

Así que aprovechando un viaje a Inglaterra, uno de los productores de la película se acercó al este del país para acudir a un entrenamiento del Ipswich Town, un modesto conjunto de la Premier dirigido por Bobby Robson. Tras departir con el técnico se pidió voluntarios para salir en una película de Hollywood. Contaban con el visto bueno del club, porque tan sólo tendrían que rodar unas escenas durante un par de días. Así entonces, John Wark (un mediapunta escocés con una sólida carrera en Inglaterra y que acababa de ser elegido futbolista del año en la Premier) y Russell Osman (fornido central con 11 internacionalidades con Inglaterra) se unieron al equipo de los Aliados, mientras que Robin Turner y el portero Laurie Sivell hicieron lo propio con el de los nazis.

Los Aliados estaban formados por futbolistas de distintos países, todas ellas naciones en guerra con los nazis. Tras la caballeresca disputa entre Colby (que representa a un militar que en su juventud había sido futbolista del West Ham) y Karl von Steiner (“Los países deberían resolver sus diferencias en un campo de fútbol” –llegará a decir-), da comienzo la preparación para el partido y la consabida fuga. Una vez solventado el problema de conseguir que los presos alcancen una buena condición física (“como oficial y como caballero está obligado a darme una posibilidad de ganar” –le suelta Colby a von Steiner-), el inglés debe conseguir incorporar al deslenguado Hatch al equipo y convencer a los oficiales británicos que consideran un deshonor jugar un partido frente a los nazis.

Cine en familia, Evasión o Victoria un clásico que tienes que v...
Stallone, Caine, Pelé y Huston

Hatch es igual de coñazo en la ficción como Stallone en la realidad. Se empeña en entrar en el equipo para poder fugarse a pesar de no tener ni idea de jugar. Al final descubren que tiene gran habilidad como portero, por lo que le dan un puesto como guardameta suplente. Pero Hatch no entiende de honor e intenta fugarse antes del partido. Acabará en una celda, por lo que habrá que simular la lesión del portero titular para que von Steiner acepte liberarlo y pueda jugar el partido.

Por el camino veremos sesiones de entrenamiento un tanto histriónicas y hasta un poco de pizarra, que Luis (Pelé) solventará haciendo un dibujito en el que él recibe el balón y se encarga por sí mismo de llevarlo desde el centro del campo hasta la portería rival. Pero la apoteosis se da cuando reciben las equipaciones. Preciosa camiseta blanca con una inmaculada franja vertical con los colores azul, blanco y rojo de la libertad, de la Revolución Francesa. La zamarra de ‘Evasión o victoria’ es una habitual en los listados de las camisetas más hermosas en la historia del fútbol. Pero ni siquiera los nazis le iban a la zaga, vestidos de negro y mangas blancas con medias rojas, en clara similitud al patrón en la elástica del Arsenal, uno de los mejores conjuntos del mundo antes del inicio de la II Guerra Mundial.

Camiseta de Evasión o Victoria Pelé | Retrofootball®
Oh Lá Lá!

Como en la primera parte de este artículo ya se hizo ‘spoiler’, se haya o visto no la película ya se sabe cómo termina. Tras firmar un 4-1 desalentador en el descanso, los Aliados deciden no escapar y salvar su honor como futbolistas aún a costa de sus vidas y a pesar de Hatch, al que Luis tendrá que implorar casi de rodillas que continúe jugando, que más importante que la libertad es acabar aquel partido. Al final acabaran remontando para empatar (4-4), lo cual no será ápice alguno para que consigan escapar y recobrar su libertad al más puro estilo Hollywood.

Durante la media hora de metraje de partido hay lugar para todo. Desde un Stallone preguntando donde se tiene que poner para atajar un córner, un ramillete de entradas violentas de los alemanes que cuentan con el visto bueno del árbitro, un Brady (Bobby Moore) marcando un gol de cabeza como si de un delantero centro se tratase, un estadio con 50.000 almas cantando la Marsellesa mientras los MP40 les apuntan a la cabeza, y hasta a Stallone parando un penalti en versión ‘Rocky’. Pero por supuesto lo mejor es Pelé. Desde su icónico gol de chilena, hasta sus regates con caños incluidos y con el brazo encogido, fruto de una violenta tarascada en el primer tiempo.

La película es la única que ha conseguido describir con cierta similitud las vivencias y la belleza de un partido de fútbol. Y por eso le perdonamos los fallos, las horteradas y hasta las ñoñerías. Como cuando vemos al oficial von Sydow emocionado en el palco, cuando observamos que el público de Colombes viste con vaqueros acampanados y camisas de cuello elefantino como si de ‘Fiebre del sábado noche’ se tratase o como cuando observamos esos entrenamientos, digamos de tercera o cuarta regional, al son de la fanfarria de la música de Bill Conti.

Al final no hubo ni evasión ni hubo victoria. Huston, un director al que le encantaban hacer películas llenas de perdedores, decidió que no habría nada. Tras el empate de Pelé hubo que darle la gloria final a Stallone, y ahí quedó el partido. 4-4. Ni vencedores ni vencidos. Pero era lo de menos. ‘Evasión o victoria’ emociona. Como en la paradoja del gato de Schrödinger, damos por hecho que logran escapar aunque no llegamos a verlo. Caine, Stallone, Pelé y compañía fueron capaces de hacernos vibrar a partes iguales como espectadores de cine y como aficionados al fútbol. Esa fue su gran victoria.

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Evasión o victoria (1ª parte)

Fútbol y cine son como agua y aceite. Sí, hay un buen puñado de largometrajes que tienen el deporte del balón como argumento principal. Desde ‘Quiero ser como Beckham’, ‘Goool’, ‘Kes’, ‘Once pares de botas’ o la legendaria ‘Victory’, o lo que es lo mismo ‘Evasión o victoria’. Incluso hay películas que si bien no tienen el fútbol como eje sí que se sirven de él para trazar una historia. En la oscarizada ‘Volver a empezar’ José Luis Garci, tan apasionado del cine como del fútbol, cuenta la historia de un ex jugador del Sporting de Gijón que se marcha al exilio tras la Guerra Civil y que vuelve a España cuarenta años más tarde convertido en Premio Nobel de Literatura.

Pero lo cierto es que fútbol y cine nunca han casado. El inventario puede ser amplio, pero la calidad no le acompaña. En un principio las artes escénicas siempre renegaron del fútbol. El deporte perennemente ha sido visto por la izquierda como un pasatiempo creado por las élites para tener entretenido y alienado al pueblo. Para la derecha el cine es concebido como un lugar turbulento, contestatario y contracultural. Ha tenido que pasar más de una centuria para que esas aristas se hayan moldeado –que no eliminado- y que fútbol y cultura hayan decidido dejar de mirarse de lado.

Pero hay una causa de fuerza mayor que hace dificultosa la unión de los dos grandes elementos de ocio de nuestro tiempo. Y esa no es otra que la belleza.

Jean Luc-Godard consideraba que “en la avalancha de imágenes filmadas aparece la estrella y su gloria, no el hombre y su miseria”. Quizás el cine pueda reflejar las ansias de una grada enfervorizada, la pasión de los niños frente a sus ídolos o el afán de superación de una chica que derriba muros que parecían inquebrantables. Puede que a través del fútbol se expliquen problemas sociales o políticos, hechos históricos, dramas o amores de adolescencia. Puede. Pero lo que el cine no ha podido lograr es captar la belleza y la pureza del juego.

Hay grandes películas que captan la esencia del baloncesto, el béisbol, las carreras de coches y, especialmente, el boxeo. El género pugilístico ha dado maravillas al séptimo arte. Todos estos deportes tienen la particularidad de la congelación del tiempo. Son deportes que viven del reloj. El cine puede expandir o contraer a su antojo el espacio-tiempo para dirigir el foco al momento esencial que quiere resaltar.

En las películas de fútbol hay un derrumbe general cuando el cineasta se adentra en la belleza del juego. El fútbol es un deporte corrido en el que el único orgasmo es el gol. La incertidumbre del fútbol estriba en saber si entrará o no entrará la pelota. El cine puede estirar esa secuencia hasta el infinito, pero lo que es incapaz de lograr es recrear toda la atmósfera, toda la tensión y toda la incertidumbre que se produce hasta que llega ese momento mágico. De hecho el fútbol es de los escasos deportes, sino el único, que es capaz de mantener su ser incluso si el resultado se torna en inamovible.

Quizás la dificultad estribe en que se juega con los pies, y los pies están a años luz de la cara, que es el más importante de los utensilios de trabajo de un actor. O tal vez el problema es que el fútbol es tremendamente coral y las estrellas se difuminan en la pantalla. O igual es que al ser un deporte poco agraciado en Estados Unidos nunca haya sido tomado en serio por Hollywood. Pero el caso es que fútbol y cine no consiguen filmar una verdadera obra de arte.

Si bien ninguno de estos infructuosos intentos ha logrado pasar a la posteridad con una retahíla de premios, hay una película que está grabada a fuego en las mentes de todo buen aficionado al fútbol. Y lo cierto es que en ‘Evasión o Victoria’ el juego tampoco es bello o armonioso, de hecho, abundan las escenas cómicas más propias de un juego infantil que de un partido a vida o muerte.

‘Evasión o victoria’ es una historia de presos que preparan una gran fuga, con la particularidad de que la fuga va a ser perpetrada mientras se juega un partido de fútbol. La película se asemeja en temática, escenarios y hasta en el tipo de música a ‘La gran evasión’, un drama bélico que convirtió a Steve McQueen y a su motocicleta en estrellas mundiales. Pero la particularidad de ‘Evasión o victoria’ es que se trata de una buena, una muy buena película en la que se juega al fútbol. Es una señora película. El director es John Huston (2 premios Óscar y 12 nominaciones) y los actores principales son Michael Caine (2 premios Óscar y 4 nominaciones) y Sylvester Stallone (3 nominaciones).

Pero es que además, y aquí está el intríngulis, actuaban Bobby Moore, Paul Van Himst, Osvaldo Ardiles o Kazimierz Deyna. Para los menos puestos en historia fílmica e historia futbolística es como si hoy dirigiese ‘Evasión o Victoria’ Martin Scorsese, actuasen Daniel Day-Lewis y Bradley Cooper y la película contase con los participación especial de Sergio Ramos, Kevin de Bruyne, Paul Pogba o Mohamed Salah.

Y también actuaba Pelé.

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Los Aliados

— EVASIÓN O VICTORIA —

‘Evasión o victoria’ está basada en hechos reales. En 1942 lo que hoy es Ucrania estaba ocupada por la administración nazi. Entre los miles de prisioneros se encontraban varios ex jugadores del Dinamo de Kiev, el equipo de fútbol más importante del país. Ocho de aquellos futbolistas constituyeron un club denominado FC Start al que pronto se incorporaron otros prisioneros. Empezaron a jugar encuentros contra sus carceleros cosechando victoria tras victoria. Con cada uno de esos triunfos se corría la voz entre la población ucraniana y se socavaba la autoridad alemana.

Tras siete derrotas consecutivas, los gerifaltes nazis decidieron formar un equipo con los mejores jugadores disponibles dentro de las filas del ejército. La idea era localizarlos entre la flor y la nata militar, para así poder derrotar a aquellos futbolistas de élite que ahora parecían esqueletos en movimiento. Antes de comenzar el choque, el oficial de las SS al mando advirtió a los ucranianos de que o se dejaban vencer o acabarían todos fusilados. A pesar de la terrible advertencia, los jugadores del FC Start saltaron al campo, se negaron a realizar el saludo nazi y se dispusieron a llevarse la victoria. Los ucranianos ganaron el partido por 5-3 con el beneplácito del público y la ira de las autoridades nacionalsocialistas.

Una semana más tarde la Gestapo detuvo a todos los jugadores acusándolos de ser espías soviéticos. Fueron enviados a un campo de concentración de los que únicamente tres de ellos sobrevivirían al fin de la II Guerra Mundial. Después, y aunque los propios sobrevivientes jamás se declararon comunistas, la URSS se apropió de la historia y la hizo suya como ejemplo de lucha ante el nazismo.

En ‘Evasión o Victoria’ la historia está dulcificada. Ambientada en un campo de prisioneros en el año 1943, el oficial alemán Von Steiner (Max von Sydow) decide organizar un encuentro de fútbol y rememorar los tiempos anteriores a la guerra cuando era un famoso futbolista alemán. Con ese propósito convence al inglés John Colby (Michael Caine) para que organice y entrene a un equipo entre los prisioneros. Colby acepta, pero exige que, en virtud del honor y de la justicia deportiva y para garantizar una igualdad de oportunidades, sea imprescindible aumentar las raciones de los prisioneros. Von Steiner, que encarna el estereotipo del militar de la Wehrmacht que aborrece a los nazis (el mito del nazi bueno), acepta gustoso en una muestra de decencia y caballerosidad.

Es entonces cuando los prisioneros, liderados por el estadounidense Robert Hatch (Sylvester Stallone), planifican una fuga que tendría lugar en el descanso del encuentro. El choque se iba a disputar en el parisino recinto de Colombes, por entonces un majestuoso estadio que en 1938 había albergado la final del Mundial. Para la fuga contarán con la ayuda de la resistencia francesa liderada por Reneé (Carole Laure), quien es la encargada de dirigir la excavación de un túnel de escape en los vestuarios del estadio.

Evasión o victoria (1981) - Filmaffinity
Cartel original de la película

A pesar de que en el descanso los aliados van perdiendo con claridad (4-1) y de que la fuga está preparada, los chicos se auto convencen de la victoria y consideran que, más allá de sus vidas, lo que está en juego es su honor, por lo que deciden no escapar y volver al césped para lograr la victoria. En un final hollywoodiense, la parada de un penalti de Hatch y un precioso gol de chilena de Luis (Pelé) hacen que el resultado pase de un posible 5-3 a favor de los alemanes a un grandilocuente 4-4. El público que abarrota el estadio, y que poco antes entonó la marsellesa a grito pelado con un palco lleno de oficiales nazis (clara mención a ‘Casablanca’), invade el terreno de juego y en el tumulto los futbolistas aprovechan para escapar dando por concluida la película.

‘Evasión o Victoria’ fracasó en Estados Unidos pero se convirtió de inmediato en un éxito de taquilla en Europa y buena parte de Sudamérica. Recaudó el triple de lo que había costado. Fueron cerca de dos horas de metraje de los que 30 minutos se dedicaron al partido de fútbol. Era 1981. Cada cierto tiempo la rumorología habla de una segunda parte o de un ‘remake’ con los ídolos del momento. Pero el caso es que casi cuatro décadas más tarde no se ha vuelto a hacer una película futbolera tan exitosa como ‘Evasión o victoria’.

Y eso que para llevarla a cabo hubo que superar unas cuantas vicisitudes.

Pero eso queda para la segunda parte.  

Como aperitivo, os dejo con la ficha técnica del partido.

—FICHA TÉCNICA—

Estadio de Colombes (París) 15-VIII-1943. 50.000 espectadores. Tarde soleada.

ALEMANIA 4-4 ALIADOS

Alemania

1. Schmidt (Laurie Sivell)

2. Kuntz

3. Reinhardt

4. Baumann

5. Kuntz II

6. Kuntz III

7. Becker

8. Kuntz IV

9. Bronte

10. Schmidt (Robin Turner)

11. Albrecht

Aliados

1. Robert Hutch (USA) Sylvester Stallone

2. Michael Fileu (BEL) Paul Van Himst

3. John Colby (ING) Michael Caine

4. Pieter van Beck (HOL) Co Prins

*sustituido en la segunda parte por Gunnar Nilsson (NOR) Hallvar Thoresen

5. Dough Clure (ING) Russell Osman

6. Terry Brady (ING) Bobby Moore

7. Arthur Hayes (ESC) John Wark

*sustituido en la segunda parte por Paul Wolchek (POL) Kazimierz Deyna

8. Carlos Rey (ARG) Osvaldo Ardiles

9. Sid Harmor (ING) Mike Sumerbee

10. Luis Fernández (GBR) Pelé –Aunque brasileño, en la película Pelé hace de súbdito de una de las colonias del Imperio Británico

11. Eric Borge (DIN) Soren Lindsted

Goles

1-0 (min.14) Albrecht

2-0 (min.35) Bronte

3-0 (min.31) Baumann, de penalti

4-0 (min.41) Albrecht

4-1 (min.44) Brady, tras centro de Borge

4-2 (min.52) Rey, tras driblar a medio equipo alemán

4-3 (min.76) Clure, tras rechace del portero

4-4 (min.88) Luis en una preciosa chilena

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Una historia del catenaccio

‘Catenaccio’. Foneticamente hermoso. Deslucido en su significado. Palabra italiana usada en el argot futbolístico, el ‘catenaccio’ más que un estilo de juego es un estado de ánimo. La paradoja estriba en que en un país donde las reglas las dictamina el imperio de la belleza, el fútbol es la única actividad donde se suprime esta regla. En Italia el refinamiento y la retórica inundan todas las disciplinas, ya sea para pintar un cuadro, fabricar un coche o hacer la comida. Pero en el fútbol se predica lo pragmático, lo astuto y lo austero. En Italia el regate es un intruso, es el enemigo. Un lugar donde el músculo siempre vence a la técnica. El ‘catenaccio’ no es más que un arte. Es el arte de defender.

El ‘catenaccio’ es al fútbol, lo que el confinamiento es al coronavirus.

Toda idea necesita que sea difundida, y en el ‘catenaccio’ no existió mayor ministro de propaganda que Gianni Brera. Nacido en 1917 en la provincia de Pavía, Brera está considerado la pluma más sobresaliente en la historia del periodismo deportivo italiano. Antes de convertirse en el redactor más joven en acceder a la dirección de ‘La Gazzetta dello Sport’, Brera había formado parte de la resistencia italiana frente a los nazis que luchaba al norte de Milán. En esos meses finales de 1944 Brera aprendió a agazaparse, golpear rápido y volver a esconderse. A luchar como un guerrillero. Como un partisano.

A defender, y salir al contraataque.

Brera estaba convencido de que el italiano era un ser débil. Mediocres en talla y en fuerza frente a los rubios o pecosos habitantes del norte de Europa, pensaba que el soldado italiano no tenía nada que hacer si no recibía ayuda norteamericana. Trasladado al fútbol, Brera rumiaba que Italia podía producir defensas resueltos y correosos o delanteros oportunistas y escurridizos, pero que era incapaz de formar hombres enérgicos y rudos que sujetaran al equipo en el centro del campo. Por ello consideraba que los italianos tenían que esperar cerrados en defensa, burlar el medio del campo con pases largos y aprovechar las pocas oportunidades durante el partido con rápidos contraataques. Sólo así, según Brera, un equipo italiano podría batir a una escuadra superior.

Gianni Brera – Cartas Esféricas
Gianni Brera. La pluma de la defensa.

El apóstol difundía sus ideas, pero pocos lo escuchaban. Italia era una potencia futbolística y lo era gracias a un juego de enorme belleza… y la ayuda de unos cuantos argentinos nacionalizados. Los ‘azzurri’ habían ganado el Mundial de 1934 y 1938 con el sistema WM (3-2-2-3) o con su variante más defensiva (3-2-3-2), táctica creada por el inglés Herbert Chapman a comienzos de esa década y que era utilizada por la inmensa mayoría de los equipos. Una de las pocas excepciones era la modesta Suiza, que se plantó en los cuartos de final de 1938 con un sistema mucho más defensivo ideado por Karl Rappan, del que hablaremos más adelante.

Tras el fin de la II Guerra Mundial, Italia siguió siendo una selección ofensiva, poderosa y ganadora, que combinaba la gambeta sudamericana con el orden europeo. Pero en 1949 un avión se estrellaba a los pies de la basílica de Superga cerca de Turín. En ese aeroplano viajaba la plantilla del AC Torino, por entonces uno de los clubes más fuertes del mundo y que aportaba entonces 10 de los 11 titulares de la selección italiana. Los ‘azzurri’ viajaron a Brasil para disputar el Mundial de 1950 en un clima de pesimismo y claudicaron con estrépito. Para 1958 ni siquiera lograron clasificarse.

Italia se iba a convertir en un conjunto pequeño y ultradefensivo para agachar sus notables carencias. El ‘catenaccio’ iba a tener su oportunidad. No habría nunca más hueco en Italia para el fútbol ofensivo.

Gianni Brera vio entonces como sus soflamas y su prosa brillante iban a tener acogida. Necesitaba un ideólogo que las plasmara sobre el césped.

Y ese ideólogo iba a ser Nereo Rocco.

Rocco era el típico padre-entrenador de la época. Severo y huraño, pero querido por sus jugadores. En los años 50 había dirigido a la Triestina y al Pádova, dos conjuntos modestos a los que llevó a puestos altos del Calcio ganándose la inquina de media Italia mientras la otra mitad admiraba que con tan pocos mimbres consiguiera tanto éxito. Cuando la ‘azzurra’ no logró clasificarse para el Mundial de 1958, Rocco recibió su gran oportunidad y se le dio el mando de la selección olímpica italiana en los Juegos de Roma de 1960.

Rocco basaba su esquema de fútbol en una variante de la WM, en la que uno de los centrocampistas retrocedía para colocarse detrás de la defensa (4-3-3). Hoy podría parecer una táctica ofensiva, pero en un fútbol que hasta dos décadas antes aún jugaba con dos defensas y cinco delanteros, lo que proponía Rocco era un sacrilegio.

Rocco seguía la teoría de Brera de que si eras un equipo menor lo mejor era defenderse y jugar al contraataque. Pero Rocco no era el primero que intentaba algo parecido. Él sólo introdujo el ‘catenaccio’ en Italia. El verdadero ideólogo era Karl Rappan, el hombre que había llevado a Suiza a los cuartos de final del Mundial de 1938.

Austriaco de nacimiento, Rappan inventó el ‘verrou’ (cerrojo) cuando dirigía al Servette antes de ponerlo en práctica en la selección nacional de Suiza. Retrocediendo al centrocampista a la línea defensiva lo dejaba libre de obligaciones de marca, con la única función de asegurar la cobertura defensiva cuando el atacante lograba zafarse de su marcador. Con ese esquema de cuatro defensores siempre habría uno que estaría libre para la ayuda. Luego sería Brera quien a través de ‘La Gazzetta dello Sport’ convirtió el ‘verrou’ en ‘catenaccio’ y llamó líbero (libre en italiano) al futbolista que se situaba detrás de la defensa ejerciendo de escoba.

Aunque se sabe que en Francia y en la Unión Soviética hubo entrenadores que pusieron en marcha la técnica del ‘verrou’ en la década de los 40, nunca tuvieron excesivo éxito porque se consideraba que jugar a la defensiva atentaba contra la idea básica y los conceptos del fútbol.

Volvemos pues a Rocco, al que en 1961 le llegó su gran oportunidad al ofrecérsele el cargo de entrenador del AC Milan. Es entonces cuando el ‘catenaccio’ pasa a ser glorificado al alzarse los milaneses con la victoria en la liga italiana, pero sobre todo al lograr el triunfo en la Copa de Europa al derrotar a la sublime máquina ofensiva que era el SL Benfica de Eusebio.

—HELENIO HERRERA—

Pero si hay un hombre que popularizó el ‘catenaccio’ y lo convirtió en religión fue Helenio Herrera. Argentino afrancesado, a Herrera siempre le había gustado el fútbol físico pero sin renunciar al virtuosismo. Antes de ser Mourinho antes de Mourinho, Herrera no era un técnico ultradefensivo. De hecho, para Brera, amigo íntimo de Rocco, Herrera era un charlatán y un cambia chaquetas.

El caso es que Herrera llega al Inter de Milan en 1960 y lleva el ‘catenaccio’ a una nueva dimensión. Tras el nacimiento de la Copa de Europa, el industrializado norte de Italia (conviene aclarar la acotación geográfica) se hinchó a gastar dinero en la locura del fútbol. A finales de los 50 llegaron los suecos (Nordhal, Liedholm, Gren) y los 60 fueron turno para los británicos (John Charles, Law) o los españoles (Luis Suárez, Del Sol, Peiró) y a partir de los 80 los mejores futbolistas del momento estaban en Italia (Platini, Zidane, Maradona, Batistuta, Zico, Ronaldo, Rummenigge, Matthaüs, Gascoigne, Laudrup, Van Basten, Gullit). Así que desde los 60 el ‘catenaccio’ pasó a estar formado por una tropa de italianos abnegados al esfuerzo y a un par de extranjeros extraordinarios que marcasen la diferencia. Y es importante acotar lo de extranjero. Porque si el futbolista que se salía de la norma era italiano (Rivera, Mazzola, Conti, Baggio, Del Piero, Totti) la duda era acusada.

De la pizarra de Herrera salía una orden clara. Todo el equipo, desde los defensores hasta los atacantes, se volcaría en defensa cuando los rivales tuvieran el balón. Herrera buscaba explotar las cualidades defensivas de sus jugadores. Y dobló la apuesta. Retrasó a un jugador más creando un 1-4-2-3, donde el quinto defensa actuaba de libre ejerciendo de escoba detrás de la línea de 4 (5-2-3). Además, los tres jugadores de ataque ayudaban en defensa, por lo que lo que era un 1-4-2-3 (5-2-3) sobre el papel se convertía en un 1-4-5-1 (5-5-1) en labores defensivas. Con ese esquema en el que Picchi era el 1, el líbero que se situaba delante del portero, los laterales Burgnich y Fachetti eran locomotoras que subían y bajaban la banda y Jair o Mazzola eran liebres al ataque, el Inter consiguió 3 títulos ligueros y 2 Copas de Europa en cuatro temporadas.

El Inter de Helenio Herrera era un conjunto compacto, efectivo y resolutivo. Exigencia, disciplina y sacrificio desde la defensa hasta el ataque. Y tuvo un plus a mayores. Además de los éxitos, también contó con las imágenes televisivas. Aquel Inter fue uno de los primeros equipos exitosos seguidos y admirados a través de la pequeña pantalla.

El ‘catenaccio’ perfeccionado por Herrera se basaba en zagueros extraordinarios y en una rápida transición defensa-ataque. El mediocampo pasó a estar despoblado, ya que los equipos, viendo el éxito italiano, pasaron a formar en su vertiente ofensiva con un 4-2-4. El cuarto defensor ya era innegociable. Es en esa época cuando en España se empieza a hablar de ‘zona ancha’ para referirse al centro del campo, ya que normalmente estaba despoblado. Es por ello que para el triunfo del ‘catenaccio’ era indispensable un centrocampista fuerte, disciplinado, con férrea condición física y capaz de dar pases milimétricos a 30 o 40 metros de distancia. Ese hombre era Luis Suárez. Sin el coruñés, Herrera nunca habría tenido su ‘Grande Inter’.

El ‘catenaccio’ sufrió un duro golpe en el Mundial de 1970, cuando Brasil arrasó a Italia con un fútbol angelical. “El catenaccio no tiene ninguna posibilidad de subsistir”, declaró Pelé. Por lo general los 70 no sentaron bien a los italianos, porque en los Países Bajos iba a nacer el ‘fútbol total’, un balompié de genios que menospreciaba el ganar por ganar. Pero el ‘catenaccio’ había llegado para no marcharse. “Los italianos no te pueden ganar, pero tú puedes perder contra ellos”, dijo en una ocasión Johan Cruyff. En 1982 una Italia mediocre se alzó con el Mundial contando con un delantero corriente (Paolo Rossi) y una línea defensiva sucia y durísima liderada por Gentile y Scirea. Fue un milagro táctico y psicológico que aquel equipo derrotase a Brasil, Argentina, Polonia y Alemania. Aquello fue el culmen del ‘catenaccio’.

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A finales de los 80 el fútbol vivía su penúltima revolución. Un desconocido técnico llamado Arrigo Sacchi iba a devolver al AC Milan a la cima europea con una idea revolucionaria. Si en el fútbol total los once jugadores tenían libertad, para Sacchi los once jugadores eran uno sólo. A través de un rígido 4-4-2 en el que los futbolistas estaban juntísimos, presionando la salida del balón y adelantando la defensa para hacer caer al rival en el fuera de juego. Aquel equipo era ofensivo, pero tenía una disciplina física y técnica brutal que hacía que estrellas como Van Basten pareciesen obreros de una fábrica.

¿Qué hicieron los italianos? Quedarse con lo de la disciplina y olvidarse del ataque. Capello o Lippi cogieron las ideas de Sacchi pero las adaptaron al ‘catenaccio’. Si, era un 4-4-2 y los jugadores estaban juntos y ordenados, pero ni presionaban ni atacaban. Los dos puntas se colocaban a la altura del centro del campo, y a esperar la salida al contraataque. “Solo se han preocupado de vencer. En Italia el fútbol siempre fue sinónimo de sufrimiento, nunca de alegría o de felicidad. Son las arenas romanas, donde había que ir a morir”, explicaba Sacchi, quien siempre ha renegado de los entrenadores defensivos que dicen haberse inspirado en él.

Durante décadas los italianos ganaron a base de disciplina, encorsetamiento táctico y rigidez defensiva. Los brasileños aprendían a defender, los argentinos encajaban por su fiereza, los alemanes por su disciplina y todos, fuesen del país que fuesen, aprendían a sufrir y a jugar como equipo. Los equipos eran italianos por mucha estrella extranjera que tuviesen. Las plantillas funcionaban como una fábrica de montaje y los futbolistas creativos eran vanagloriados por su capacidad de transición defensiva y se esperaba que desnivelaran un partido en momentos puntuales.

Hoy el ‘catenaccio’ está en la UCI, pero nunca estará muerto, porque la gracia del fútbol es que no siempre ganan los que juegan mejor.

Perdón. Jugar mejor es una soflama. Rectifico. No siempre ganan los que practican un fútbol más ofensivo.

 “Somos campeones del mundo, no nos interesa el fútbol de toque”. Marcelo Lippi, seleccionador italiano, contestando a las críticas recibidas por el mal juego de Italia tras proclamarse vencedora del Mundial de 2006.

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Juegos Olímpicos cancelados. De Tokio a Londres pasando por Helsinki (1940-1944)

En 1936, durante la disputa de los Juegos Olímpicos de Berlín (aquellos que tendrían que haberse celebrado en 1916) el Comité Olímpico Internacional (COI) determinó que los Juegos de la XII Olimpiada se programaran para Tokio. Hito histórico, porque por vez primera los Juegos salían de Europa y de Estados Unidos para aproximarse al Lejano Oriente.

Fue en 1932 cuando los japoneses presentaron su candidatura. Al mismo tiempo que Tokio hubo tres contendientes europeos; Roma, Helsinki y Barcelona. Los catalanes habían quedado por detrás de Berlín cuando el año anterior se había escogido a la ciudad organizadora para 1936, por lo que ahora eran los favoritos para organizar los Juegos Olímpicos de 1940. El mundo era entonces eurocéntrico, y aún no existía esa regla no escrita de rotación continental por cada edición olímpica.

La elección de Tokio fue una rotunda sorpresa. El país nipón, gobernado por un régimen castrense, comenzó los años 30 del siglo pasado ocupando militarmente Manchuria. Al avanzar la década una guerra contra China era más que evidente para la sociedad internacional. Pero la caída de Barcelona representó una oportunidad para Tokio. Apenas un par de semanas antes de la elección de la sede olímpica, la Guerra Civil española estallaba y con ella se sepultaban las aspiraciones olímpicas catalanas.

Muestra de la sorpresa nipona por la elección, y del escaso interés por la misma, es que no se construyó ningún estadio olímpico. Se embelleció y preparó el ‘Meiji Jingu’, un estadio de beisbol, y se planeó trasladar el resto de instalaciones al parque de Kinuta, hoy un área de esparcimiento protegida, que es famosa por sus cerezos y sus instalaciones golfistas.

Todo iba en orden, aunque sin demasiado entusiasmo, hasta que en julio de 1937 estalló la esperada guerra entre Japón y China. Los nipones creían que la guerra sería rápida. Además los combates se ceñían al territorio chino, por lo que aun a comienzos de 1938 los japoneses aseguraban al COI que no habría ningún problema en celebrar los Juegos Olímpicos. El COI aceptó la espera, pero cuando la delegación nipona fue a contar la buena nueva al gobierno los militares exigieron el fin de los JJ.OO para centrar todo el esfuerzo del país en la guerra. Así, en julio de 1938, los japoneses renunciaron oficialmente a su candidatura.

El COI debía buscar con rapidez un candidato alternativo. Con Barcelona y Roma en guerra (los italianos habían ocupado Albania y participaban activamente en la guerra civil española) la única ciudad disponible era Helsinki.

Los finlandeses estaban sobradamente preparados. Por entonces Finlandia era una potencia deportiva de primerísimo nivel. Y finés era Paavo Nurmi, el atleta más laureado del momento. En 1934 habían iniciado la construcción de un estadio olímpico futurista coronado con una espectacular torre de maratón con vistas sobre la ciudad que se eleva hasta los 72,71 metros de altura, exactamente la distancia a la que Matti Järvinen envió su jabalina cuando ganó la medalla de oro en Los Ángeles 1932. Para 1938 el estadio estaba listo para ser sede olímpica.

Cuadernos de Finlandia - El estadio olímpico de Helsinki
Helsinki. La torre más icónica del atletismo.

El único problema era el alojamiento. Helsinki no era una metrópoli y estaba escasa de plazas hoteleras, por lo que la organización diseñó un conjunto de apartamentos en un bosque a las afueras de la ciudad, que una vez finalizada la competición se podrían a la venta pública. Los fineses también acometieron el desafío tecnológico de retransmitir en directo a través de la radio los Juegos Olímpicos para todo el mundo (para quien tuviese receptor, lógicamente).

Pero el 1 de septiembre de 1939 Alemania invadía Polonia y daba comienzo la II Guerra Mundial. A diferencia de otros conflictos bélicos, cuando un par de días después Gran Bretaña y Francia declaraban la guerra a los alemanes se daba por seguro que la contienda iba a ser larga y cruenta. No habría lugar para los Juegos Olímpicos. Y mucho menos cuando en noviembre de ese mismo año la Unión Soviética invadía el territorio finlandés. Si había alguna ligera esperanza de que se celebrasen los JJ.OO ahora quedaba totalmente sepultada.

Al final no hubo Juegos ni en Tokio ni en Helsinki. Los nipones tuvieron que esperar a 1964 (y a 2021 coronavirus mediante) y los fineses a 1952. Y un detalle más. La cancelación de los JJ.OO de 1940 nos privó de una de las iniciativas más audaces de relevo de la antorcha olímpica.

Fue Carl Diem el que inventó el relevo de la antorcha olímpica para Berlín 1936. La idea era encender un fuego en los restos arqueológicos de Olimpia, donde se celebraban los Juegos en la Antigüedad. Desde ahí, y a través del relevo de la antorcha por voluntarios, la llama tendría que llegar a la ciudad anfitriona, en este caso Berlín, y con esa llama encender el pebetero instalado en el estadio olímpico.

Para 1940 la llama tendría que viajar de Olimpia a Tokio recorriendo 10.000 kilómetros y pasando por infinidad de países donde ni siquiera se intuía que era eso del espíritu olímpico. La primera idea era llevar la llama por medio de jinetes a través de la Ruta de la Seda, pero fue descartada por su peligrosidad. La segunda propuesta vino de Alemania. Consistía en llevar la llama en un Messserschmitt 261, el primer avión del mundo capaz de superar los 10.000 kilómetros sin repostar. La idea era magnífica, pero desvirtuaba el espíritu de confraternización. Al final los nipones aceptaron la sugerencia alemana, pero exigieron que se hiciese a través de un Mitsubishi fabricado en Japón. Como no tenía tanto alcance como el aeroplano alemán, el Mitsubishi tendría que aterrizar en algún punto del sur de Asia para luego la llama subirse a un barco de guerra japonés y alcanzar Tokio.

Los finlandeses lo tuvieron más fácil. Su idea era repetir ‘grosso modo’ el recorrido de Berlín en 1936, para luego atravesar el estrecho que separa Dinamarca y Escandinavia a través de un bote de remos. Al final habría que esperar a Londres 1948 para ver por primera vez la llama olímpica en el mar. Pero curiosamente fue en Helsinki, pero en 1952, cuando la llama viajaría por vez primera en el aire. Salió de Olimpia en un vuelo que haría escala en Munich y Düsseldorf antes de aterrizar en la ciudad danesa de Aalborg, para seguir por mar y tierra su viaje final a la capital finlandesa.

—LONDRES 1944—

En junio de 1939 los gerifaltes del COI se reunieron en Lausana para decidir cuál sería la ciudad anfitriona de los Juegos Olímpicos de 1944. En junio de 1939 Helsinki preparaba con celeridad la Olimpiada de 1940. En junio de 1939 el mundo aún estaba en paz. Se presentaron Londres, Roma, Lausana, Atenas, Budapest, Montreal, Detroit….y Helsinki. Los ingleses ganaron por abrumadora mayoría en la primera votación superando a Roma y se dispusieron a preparar los Juegos de la XIII Olimpiada.

Y ya está. No hay mucho más que contar. Ese verano el gobierno británico, viendo que la guerra era inevitable, decidió aumentar más del 50% su gasto militar, incremento que sería mucho más acusado cuando en septiembre la II Guerra Mundial daba comienzo.

Si en 1940 la guerra aún escapaba a algún lugar del globo terráqueo, en 1944, ya fuese directa o indirectamente, era total.

1944 era el año en el que el COI celebraba su quincuagésimo aniversario. Y a pesar de que Europa estaba arrasada por la guerra, Carl Diem organizó en la neutral Lausana diferentes actos de celebraciones a pesar de la ausencia de los Juegos Olímpicos. Hubo izada de la bandera de los cinco aros, un canto a la paz y a la harmonía del deporte y unos cuantos discursos. Pero no hubo competiciones.

Londres buscó de nuevo la oportunidad tras el cese de las hostilidades y el retorno de la paz. En mayo de 1946, apenas ocho meses después del fin de la II Guerra Mundial, los miembros del COI votaron por correo y dieron de forma unánime los JJ.OO a Londres, en este caso para el verano de 1948. A pesar de que la suiza Lausana y las estadounidenses Baltimore, Minneapolis, Los Ángeles y Philadelphia presentaron candidatura, el COI decidió premiar el esfuerzo inglés, aún a sabiendas de que Londres no estaba en condiciones de organizar unos Juegos Olímpicos.

Londres 1948 pasaría a la historia como ‘Los Juegos de la Austeridad’. Los ingleses decidieron no invertir en nuevas instalaciones. Al estadio de Wembley se le añadió una pista de atletismo, se aprovechó el Támesis para las pruebas náuticas y los atletas durmieron en los barracones militares levantados durante la II Guerra Mundial. La escasez de alojamiento, comida y equipamiento no iba a impedir recuperar el espíritu olímpico.

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Juegos Olímpicos cancelados. Berlín 1916

Al final se descartó la primavera y el florecimiento de los cerezos y se apostó por el verano, cuando la inmensidad del casco urbano de Tokio se acerca a los 40 grados, pero el caso es que los Juegos de la XXXII Olimpiada que se iban a disputar en 2020 quedan pospuestos para el 2021. Lo nunca visto. Sólo las guerras mundiales impidieron la celebración de los de Juegos Olímpicos de Berlín 1916, así como de las ediciones de 1940 y 1944.

Hasta la aparición de la pandemia del coronavirus nunca se había violado a la Olimpiada. Conviene explicar que los Juegos Olimpicos es el periodo en el que se disputan las competiciones deportivas, mientras que la Olimpiada es el espacio de tiempo que hay entre unos Juegos y los siguientes. Este periodo es de cuatro años, como quedó establecido en la Carta Olímpica moderna de 1896 en imitación de lo que antes de Cristo se hubo establecido en la Antigua Grecia.

Y es conveniente resaltar este detalle. Los Juegos Olímpicos se celebran cada cuatro años. Si por causa de fuerza mayor no se pueden disputar, ni se retrasan ni se posponen. Lo propio es saltar hasta la siguiente fecha estableciéndose una Olimpiada de ocho años. De hecho, y tal como veremos ahora, los Juegos de Berlín de 1916 son oficialmente los Juegos de la VI Olimpiada a pesar de que nunca se celebraron. La V Olimpiada fue en Estocolmo en 1912 y la VII Olimpiada en Amberes en 1920. Pero a efectos oficiales los Juegos Olímpicos de Berlín de 1916 constan en los registros olímpicos aunque nunca se celebrasen.

Digo esto porque la celebración de la XXXII Olimpiada en 2021 atenta contra los principios olímpicos. Se podía haber retrasado los Juegos de Tokio a finales de 2020, pero cambiarlos de año va en contra de la tradición, el espíritu y las reglas.

Pero ya sabemos que el dinero hace tiempo que es el aro más grande de la bandera olímpica.

El caso es que los primeros Juegos Olímpicos que se tuvieron que cancelar fueron los de Berlín 1916. Durante la celebración de los Juegos Olímpicos de 1912 organizados en Estocolmo, los miembros del Comité Olímpico Internacional (COI) se reunieron para dirimir la ciudad sede de los de 1916. Las urbes candidatas eran las europeas Ámsterdam, Berlín, Bruselas y Budapest; la norteamericana Cleveland y la africana Alejandría.

Desde tan temprana fecha como 1904 Alemania ya había empezado a postularse como anfitrión de los Juegos Olímpicos. Durante el siglo XIX los germanos fueron los más firmes defensores de la práctica de la gimnasia por parte de los escolares, así como de la introducción de los deportes dentro del ejército. Si en Inglaterra se crearon las reglas y se impulsó el deporte federativo, Alemania era la cuna de la gimnasia y la higiene como forma de crear una juventud más sana y robusta. Así pues, Berlín ya había propuesto organizar los Juegos de 1912, pero finalmente el COI designo a Estocolmo como sede. Que Berlín fuese la ciudad elegida para organizar los Juegos Olímpicos de 1916 era ‘vox populi’.

Apenas un mes después de la elección de Berlín como ciudad olímpica comenzaron las obras para la construcción del estadio olímpico. Su diseño fue encargado a Otto March, un influyente arquitecto alemán que no pudo ver acabado su proyecto ya que falleció escasos meses antes del fin de las obras.

El estadio fue bautizado como ‘Deutsches Stadion’, mismo nombre que escogerían los nazis para el fastuoso escenario de sus mítines celebrados en Núremberg años más tarde. El lugar seleccionado fue un parque al noroeste de Berlín donde ya existía un hipódromo. El modelo de March replicaba al White City Stadium de Londres que había acogido los JJ.OO. de 1908. Constaba de un espectacular estadio rodeado de pista de atletismo con un velódromo en su exterior. Junto al estadio también se levantó una piscina adornada por numerosas estatuas neoclásicas. El estadio olímpico, con capacidad para 33.000 espectadores, fue inaugurado el 8 de junio de 1913 junto a la modernísima estación de metro que se encontraba a su entrada. El acto fue un apogeo a la cultura gimnástica alemana con la presencia de cerca de 10.000 deportistas.

Photo: Das Deutsche Stadion - Berlin B&W | Germany album ...
La construcción del Deutsches Stadion

A mediados de junio de 1914, apenas un par de semanas antes del estallido de la I Guerra Mundial, tuvo lugar un ensayo olímpico en Berlín a modo de campeonato nacional que iba a determinar que deportistas teutones participarían en los JJ.OO. de 1916. En ese ensayo se utilizó una bandera blanca en la que estaban dibujados cinco aros. Había sido diseñada personalmente por Pierre de Coubertin, presidente del COI, y sería para siempre el símbolo de los Juegos Olímpicos. Representa los cinco continentes a través de los cinco aros entrelazados. Europa (azul), Asia (amarillo), África (negro), Oceanía (verde) y América (rojo).

Todo iba viento en popa hasta que poco más de un mes después un serbio de nombre Gavrilo Princep asesinaba a sangre fría a Francisco Fernando, heredero de la corona austrohúngara, en nombre del nacionalismo serbio. Esto fue la espita para que a través de un complejo sistema de alianzas estallase una guerra europea que pronto se iba a convertir en mundial.

Fue una guerra en cierto modo esperada y en cierto modo deseada. Todas las grandes naciones europeas llevaban años implementando en sus ejércitos nuevas armas nacidas de la fogosa industrialización. Aunque las tácticas militares en 1914 aún obedecían a patrones napoleónicos, los avances en artillería, comunicaciones, vehículos o armas ligeras hacían pensar a cada una de las potencias que resultarían vencedoras tras apenas unos meses de batalla.

Nadie se planteó cancelar los Juegos. La guerra comenzó en agosto de 1914 y era de locos pensar que el conflicto continuaría en el verano de 1916.

Duraría hasta noviembre de 1918.

Las esperadas nuevas tecnologías lo que hicieron fue llevar a la guerra a una nueva dimensión. El honor y la lucha cuerpo a cuerpo, que desde la guerra civil americana ya estaba dando visos de desaparecer, pasó a mejor vida durante la I Guerra Mundial. La carnicería que las ametralladoras, los obuses o los morteros causaron en los soldados convirtió lo que iba a ser una guerra rápida en un sin sentido. Los hombres esperaban en un foso rodeado de alambre de espino y cavado bajo una mugre de barro y ratas, la orden de un descerebrado para correr campo abierto camino de la parca.

En 1915 la guerra de trincheras era una realidad y que la guerra fuese a acabar rápidamente era una utopía. Pierre de Coubertin comienza a dar pasos para salvaguardar el movimiento olímpico. En primer lugar decide trasladar la sede del COI de Paris a la neutral ciudad suiza de Lausana, donde aún permanece a día de hoy. En segundo lugar los miembros del COI plantean que dado que Suecia es neutral, Estocolmo repita como sede aprovechando las instalaciones de 1912. Otros miembros del COI votan por llevar los Juegos a Sudamérica.

El problema es que Gran Bretaña exige que de disputarse los Juegos Olímpicos se excluya de los mismos tanto al Imperio Austrohúngaro como a Alemania, al considerar a ambos países causantes de la guerra. Obviamente las potencias centrales rechazan la idea y mantienen que los Juegos o se disputan en Berlín o no se celebran. Pero el principal problema es que la gran mayoría de los futuribles deportistas olímpicos o están en el frente o hace tiempo que la muerte se los llevó consigo.

Coubertin aún aguantará unos meses con los diferentes planes de contingencia sobre la mesa, hasta que en enero de 1916 los Juegos de la VI Olimpiada de Berlín 1916 son oficialmente cancelados. “Hoy, como en la antigüedad, una Olimpiada podrá no celebrarse si circunstancias imprevistas vinieran a oponerse, pero no se puede cambiar ni el orden ni el número”; comunica el mandamás del COI.

Palabras de 1916 que no han sido recordadas en 2020.

El COI no se volvería a reunir hasta 1919 cuando se decidió que la ciudad belga de Amberes organizase los de 1920, principalmente porque era el único gran puerto europeo que se mantenía en pie. En ningún momento se planteó que Berlín organizase los Juegos de 1920. Primeramente porque Alemania estaba en clima prerevolucionario y el hambre era común a la mayoría de sus ciudadanos. Pero también porque Alemania fue considerada por los vencedores culpable de la guerra y fue sometida a unas draconianas medidas económicas. Se le expulsó de la mayoría de los organismos internacionales, incluyendo los JJ.OO. de 1920 y los de 1924.

Pierre de Coubertin, el padre del olimpismo moderno - José Cárdenas
Coubertin. Padre de los JJ.OO.

El ‘Deutsches Stadion’ fue usado como hospital militar durante la I Guerra Mundial. Al volver la normalidad se recuperó su uso deportivo y pasó a ser sede habitual de los partidos de fútbol de la selección alemana y de la final copera. También fue lugar de mítines políticos o de récords del mundo de atletismo, que llegaron a acumular hasta 64.000 espectadores después de una ampliación del aforo.

Y algo aún más importante tendría lugar en el complejo olímpico. En las oficinas del ‘Deutsches Stadion’ el profesor Carl Diem inauguró en los años 20 la primera escuela de investigación deportiva del mundo. Diem, responsable de la organización de los JJ.OO. de 1916 y de 1936, fue el primer estudioso de las ciencias del deporte. Corredor de larga distancia, entrenador, directivo y creador de la tradición de la antorcha olímpica, ha sido rehabilitado hoy como el padre de la historiografía deportiva a pesar de su conexión con los nazis.

Berlín 1916 iba a ser también la primera vez que el COI iba a organizar un sucedáneo de Juegos Olímpicos de Invierno. Se pretendía realizar una semana invernal en la que el patinaje, el esquí y el hockey sobre hielo estuviesen presentes. No pudo ser, y hubo que esperar hasta 1924 para ver la primera edición con deportes invernales.

Finalmente fue en 1931 cuando Berlín superó a Barcelona y fue elegida sede de los Juegos Olímpicos de 1936, exactamente veinte años después de cuando se tenían que haber celebrado. La idea del gobierno alemán era retocar el ‘Deutsches Stadion’ y no excederse en el gasto en medio del clima de recesión mundial que se vivía en aquel momento.

Pero en 1933 el Partido Nacionalsocialista alcanzó el poder y Joseph Goebbels, ministro de Propaganda, decidió usar unos Juegos Olímpicos, que en principio no le interesaban, en beneficio de los nazis. En 1934 se decretó la demolición del ‘Deutsches Stadion’ y la construcción de un gran complejo olímpico que iba a estar coronado por el nuevo e imponente ‘Olympiastadion’. Se designó que Werner y Walter, hijos de Otto March y también arquitectos, diseñasen el ‘Olympiastadion’ de 1936 en el que los alemanes iban a demostrar al mundo que la raza aria era superior.

Pero esta era la historia de Berlín 1916. La historia de Berlín 1936 es otra historia.

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El nazi bueno (2ª parte)

Bert (en realidad se llamaba Bernhard Carl) firma por el City en el verano de 1949. La prensa inglesa está encolerizada y la gente de Manchester se echa a la calle reclamando que Bert Trautmann vuelva a Alemania. Se estima que unas 20.000 personas (50.000 según algunas fuentes) salen a protestar colapsando Maine Road, la calle que daba nombre al antiguo estadio del City, con gritos de ¡nazi! dedicados a Trautmann y de ¡criminales de guerra! a los miembros de la junta directiva. Los titulares de prensa del día siguiente no le iban a la zaga: “A los nazis hay que enviarlos a casa”, “El portero del Manchester City no quiere recordar nuestro dolor”, o mi favorito: “Buy kraut goalkepper with Iron Cross”, que se podría traducir por “Comprado portero bajo palos con una Cruz de Hierro”.

¿Por qué el City decide fichar a Trautmann? ¿Por razones humanitarias? Obviamente no. El Manchester City ficha a Trautmann porque era un buen portero. Un muy buen portero. Solo necesita un puñado de partidos para acallar a los hinchas del City. Lo que en un primer momento eran gritos de ¡nazi! cada vez que realizaba una parada pronto se convierten en rotundos aplausos.

A la aceptación del cancerbero alemán contribuyen notablemente dos figuras. El primero es Alexander Altmann, rabino de Manchester. Decide escribir mano a mano con Trautmann una carta abierta que publicará la prensa local. En ella, el paracaidista de Bremen pedirá perdón y argumentará que hizo “todo lo que le ordenaron como soldado”. Altmann aprovecha para dirigirse a la populosa comunidad judía del Gran Manchester con las siguientes palabras: “Bert es un joven decente. No seáis estúpidos. No podemos castigar a un alemán en concreto por aquello que haya hecho un país. Dejemos que demuestre si es un buen portero y luego ya veremos”.

Pero más notables aún fueron las escuetas pero concretas palabras de Eric Westwood. Capitán del Manchester City y veterano del desembarco de Normandía, sólo necesito un par de partidos para comprobar que Trautmann ya no era un nazi. Ni siquiera era un soldado. Tampoco era un prisionero de guerra. Ya ni siquiera era alemán. Tan sólo era un futbolista. “No existen las guerras en este vestuario”, soltó Westwood ante la prensa. Ya no hubo más discusiones. Nadie más en Maine Road volvió a llamar nazi a Trautmann.

No ocurría así en terreno visitante. Después de 15 años en el City a Trautmann aún seguían llamándole nazi a lo largo y ancho de Inglaterra. Pero cuanto más hostil era el recibimiento, mejor era la actuación del meta alemán. En un partido en Londres contra el Fulham los pitos y los insultos de comienzo del encuentro se convirtieron en aplausos tras una exhibición de bravura y de valía personal. Bob Wilson, portero del Arsenal en la década de los 60 y los 70, contaba como de pequeño su ídolo era Bert Trautmann. Tanto su padre como sus dos hermanos mayores habían muerto en la guerra y en casa le recriminaban taxativamente que no podía admirar a un nazi. Pero su fascinación ante Trautmann era tal que no lo podía remediar. Wilson cuenta que la valentía del alemán, al borde de la temeridad, su templanza, su espectacularidad y su eterna compostura ante los continuos insultos recibidos, eran para él pura seducción.

En su primer partido con el equipo de reservas del City acudieron casi 27.000 personas. Trautmann comentaría años más tarde que había escogido Manchester porque le explicaron que cuanto más al norte de Inglaterra residiera mejor le aceptaría la gente. La realidad es que era el payaso del circo y el mono del zoo. Con el City vivirá dos descensos a segunda división pero la gloria a mediados de los 50. En esos años junto a Trautmann aparecerá el centrocampista Roy Paul y el delantero Don Revie, más tarde afamado entrenador y seleccionador inglés.

Con todos ellos a bordo el Manchester City se clasifica para la final de la FA Cup de 1955 ante el Newcastle. Es la primera vez que un alemán juega la final copera de Wembley y por supuesto es también la primera vez que lo hace delante de la reina Isabel II. ‘Pecata minuta’ en 2019 pero cacareada agitación en 1955. El City pierde por 1-3, pero se vuelve a clasificar para la final de 1956, en este caso ante el Birmingham City.

Y es en aquella final disputada el 5 de mayo de 1956 cuando Bert Trautmann se ganará para siempre el corazón de todos los seguidores del City y el respeto y la admiración de todos los aficionados ingleses.

A falta de 20 minutos para el final del partido el Manchester City ganaba por un claro 3-1. Entonces, un centro al área del Birmingham se queda corto. A por el balón se lanzará a tumba abierta Trautmann y a la carrera el delantero rival Peter Murphy. Los dos jugadores llegan al mismo tiempo y la rodilla de Murphy impacta en la base del cráneo del portero. Durante unos agónicos minutos Trautmann es asistido por el personal médico. Está inconsciente, aunque rápidamente se despierta. Las imágenes muestran cómo se levanta tambaleándose y con el cuello torcido hacia su izquierda. En 1956 no existían los cambios, por lo que si Trautmann se retira lesionado un jugador de campo tendría que colocarse bajo palos y el City afrontar los minutos finales del partido en inferioridad numérica.

No está en condiciones médicas para jugar. Pero Trautmann va a seguir jugando.

Trautmann nunca supo que ocurrió en esos últimos 20 minutos. Jamás recordó nada. Sólo resuena una neblina y unos cuantos sonidos en lo más profundo de su memoria. El caso es que consciente o inconscientemente realiza cuatro paradas espectaculares y un par de salidas suicidas que salvan al City y que permiten a los de Manchester alzarse con el título copero.

Por la noche, antes de la cena de gala para celebrar la victoria, Trautmann acude a un hospital de Londres donde le dicen que tiene un simple calambre y que en un par de días estará recuperado.

Al día siguiente una multitud de ‘citizens’ corea su nombre frente al ayuntamiento de Manchester. Él sonríe desde el palco con la cabeza torcida hacía un lado. Ese mismo año es designado mejor jugador de la liga, la primera vez que un portero recibe la mención y, por supuesto, la primera vez que un alemán recibe tal distinción. Días después un amigo le obliga a ir al hospital y se revelará su locura. La primera vértebra lumbar se había roto y su tercera vértebra estaba montada sobre la segunda debido al impacto recibido en el cuello el día de la final. Según le explica un médico ese golpe de azar evitó la rotura del cuello y su muerte en aquel mismo instante.

Durante las siguientes tres semanas estará totalmente inmovilizado sobre una plancha de madera. Tardará otros siete meses en volver a jugar al fútbol y durante la convalecencia sufrirá la pérdida de su segundo hijo (el primero reconocido) víctima de un atropello a los cinco años de edad. Esa pérdida hará que su matrimonio se termine años más tarde y que, sin hijo y sin esposa, Bert Trautmann decida conocer a su hija ilegítima fruto de aquella relación navideña en el campo de prisioneros de 1946.

En la vida de Trautmann no existen las medias tintas.

Bert Trautmann se retiró en 1964 tras 545 partidos oficiales con el Manchester City. Luego se convirtió en entrenador de las categorías inferiores de la selección alemana y más tarde de la inglesa. También dirigió a selecciones tan dispares como Birmania, Tanzania o Pakistán, hasta que a mediados de los 80 descubre el sol de la costa de Castellón y decide instalarse en el pueblo pesquero de Almenara hasta su muerte en 2013.

En 1964 su partido de homenaje reunió en el mismo equipo al City y al United en un combinado de Manchester que se enfrentó a la selección inglesa. Y medio siglo después, ya con 91 años a sus espaldas, la Reina Isabel II lo distinguió como Oficial del Imperio Británico en una ceremonia celebrada en Berlín. Años antes, el City había inaugurado una estatua en la memoria de un hombre que vivió dos vidas. Un hombre que pasó de enemigo a amigo. Un nazi bueno.

Bert Trautmann: “Me considero más inglés que alemán. Mi educación comenzó después de la guerra. Hasta ese momento yo no había tenido capacidad para decidir. Ellos me aceptaron. Mi verdadera educación comenzó a los 22 años en Inglaterra cuando aprendí sobre humanidad, tolerancia y perdón. Me preguntaban si había matado gente. Los muertos no se ven. En la guerra sólo ves sombras en el horizonte, figuras que corren. Y tú te defiendes, porque si no lo haces te disparan y te matan”.

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El nazi bueno (1ª parte)

Antes, mucho antes, de Robinho, Tévez, Agüero, Gündogan, Silva o De Bruyne, el Manchester City era un paria. Un club modesto, a caballo entre la primera y la segunda categoría del fútbol inglés y siempre a la sombra de los diablos rojos del United. Tuvo sus años de gloria a finales de los 60 cuando conquistó la Premier de forma sorpresiva, pero la historia del club tiene más sombras que luces. Y, a pesar de todo ello, para todo buen hincha ‘citizen’ por muchos títulos y por muchas estrellas que los petrodólares se encarguen de llevar a orillas del río Mersey no habrá nunca un futbolista más admirado que Bert Trautmann, el nazi bueno.

En 1949 el Manchester City necesitaba un portero. Frank Swift, el cancerbero del club en el último lustro, se acababa de retirar y aunque estaban convencidos de que el elegido era mucho mejor que él, los directivos del City dudaban de que fuese aceptado por la afición. Bert Trautmann era un excepcional portero que llevaba varios meses destacando en el fútbol regional pero que aún no había dado el paso al profesionalismo. Y no por culpa de sus aptitudes, a ojos de todos excepcionales, sino por culpa de su pasaporte.

Trautmann era alemán. Era un soldado alemán. Un sargento de la Luftwaffe. Bert Trautmann se iba a convertir en el primer teutón que jugaría en la liga inglesa. En el primer alemán que iba a disputar la FA Cup, la competición de fútbol más antigua del mundo. Y todo ello apenas un puñado de años después del fin de la II Guerra Mundial.

Bert Trautmann nació en Bremen en 1923, días antes del golpe de Estado fallido conjeturado por Hitler y otros gerifaltes del partido nazi en una cervecería de Münich. Como todo chiquillo alemán de raza aria, Bert era un niño alto, fornido y rubio. Y como tantos otros niños altos, fornidos y rubios creció mamando la propaganda nazi, pasó su pubertad en los campamentos organizados por las Juventudes Hitlerianas y cuando la guerra estalló en 1939, y con apenas 16 años de edad, corrió a alistarse como voluntario para defender el Reich de los 1.000 años.

Trautmann había pasado una difícil infancia. Sus padres no tenían trabajo y él vivía de pedir en la calle y de los alimentos que le daban en los comedores comunitarios. Con apenas 10 años ya se unió a las Juventudes Hitlerianas, donde le proporcionaban comida, le enseñaron el oficio de mecánico y, sobretodo, le devolvieron la dignidad. Es fácil comprender como aquel chaval de 16 años estaba dispuesto a dar su vida por Alemania y por su Führer.

Intentó alistarse en la sección de inteligencia. Su idea era convertirse en operador de radio, pero suspendió el examen para intérprete de código morse. Finalmente fue reclutado por la Luftwaffe como paracaidista. Los ‘fallschirmjager’ eran unidades de élite, fuertemente nazificadas y claves para la ofensiva nazi. Los alemanes fueron los primeros que crearon unidades específicas de paracaidistas para asaltar las líneas enemigas, cortar comunicaciones y crear el caos en la retaguardia del enemigo. Los ‘fallschirmjager’ eran muy respetados en el campo de batalla y estaban armados con el fusil de asalto FG 42, un arma de combate ligera y plegable, sin paragón por entonces.

Tras un arduo entrenamiento Trautmann fue enviado a la Polonia ocupada, hasta que en el verano de 1941 fue movilizado para iniciar la ofensiva alemana contra la URSS. Pasaría tres años combatiendo en el frente del Este siendo uno de los 90 supervivientes de una división aerotransportada conformada por 1.000 individuos. Trautmann es uno de los pocos afortunados que entró en la guerra en 1939 y salió indemne de sus garras en 1945.

Primero luchó en Crimea y más tarde fue enviado al frente de Moscú. Allí, durante la contraofensiva soviética, una granada le estalló en los pies e increíblemente no sufrió rasguño alguno. Era el invierno de 1942 y poco después fue capturado por los rusos. Dicen quienes lo conocieron que era un soldado entusiasta y eficiente y que mantenía la compostura incluso encerrado en un campo de trabajo. Su fidelidad a Alemania se mantenía por entonces inquebrantable. A los pocos meses de ser capturado fue enviado junto a otros presos a reasfaltar y adecentar una carretera que había sido demolida en el transcurso de los combates. Mientras estaba trabajando, un escuadrón de cazas de la Luftwaffe atacó a las posiciones más avanzadas del flanco soviético. Aprovechándose del caos originado, Trautmann consiguió escapar de su cautiverio y emprender una larga huida para regresar a territorio alemán. Con motivo de su hazaña fue galardonado con una Cruz de Hierro, una condecoración militar alemana de origen prusiano, y aún vigente en la actualidad, que es concedida por actos de gran valentía. Tan sólo fue una más de las cinco condecoraciones que Trautmann recibió en los años de contienda.

Tras unas semanas de descanso en Bremen volvería a Rusia donde alcanzaría el grado de sargento, hasta que en 1944 fue desplegado sobre Bélgica para tratar de ayudar a detener la ofensiva de los aliados tras el desembarco de Normandía. Pero por entonces su visión de la guerra ya había cambiado. En Bremen había comprobado como parte de su familia había muerto y como la otra malvivía. Había sufrido en sus carnes como su ciudad era víctima de bombardeos aliados continuos, algo que la propaganda nazi se había encargado de ocultar. Pero no sólo eso. Años más tarde confesaría lo orgulloso que se había sentido cuando había logrado escapar de los soviéticos. Pero también explicaría que su nazismo se había visto diezmado cuando advirtió como un comando de las SS aniquilaba a los habitantes de un pueblo ruso al completo y los enterraba en una fosa común. “Si no hubiese sido tan niño entonces creo que me hubiese suicidado”, se sinceraría en un profundo reportaje.

En diciembre de 1944 participó en la batalla de las Ardenas, la última ofensiva alemana de la guerra. La ofensiva fracasó y Trautmann nuevamente fue capturado, en esta ocasión por un comando francés. Nuevamente consiguió escapar, en esta oportunidad sin mayores dificultades, pero en esta ocasión no habría tiempo para descansar. El ejército alemán estaba a punto de colapsar y no se podía escatimar en personal. Trautmann fue enviado al frente de nuevo, esta vez a defender la frontera del Rin, el último reducto antes de que los enemigos entrasen en Alemania.

La noche del 7 al 8 de febrero de 1945 la aviación inglesa convirtió en escombros gran parte de la ciudad medieval de Cléveris. Entre los cascotes emergió Bert Trautmann tras tres largos días y tres largas noches inmóvil debajo de las ruinas. Sólo, aislado de su división, sin pertrechos ni comida, deambulaba vestido de uniforme camino de Bremen usando la persistencia como su único método para sobrevivir. Un par de días después fue sorprendido por un par de soldados norteamericanos mientras dormía en un granero. Consiguió zafarse de ambos, pero mientras escapaba corriendo campo a través tropezó. Al levantar la cabeza vio a un grupo de soldados ingleses que le espetaron: “¡Eh! Fritz (así es como los ingleses llamaban a todos los alemanes), ¿te apetece una taza de té?”. Y Trautmann definitivamente se rindió. Su guerra había acabado.

“Fue una liberación. Estaba cansado de escapar y de combatir. Todo cambiaba demasiado rápido y era imposible soportar aquella sensación de que en cualquier momento todo podía acabarse”, declararía Trautmann años más tarde.

Los aliados primero le enviaron a un campo de prisioneros situado en Bélgica y, al acabar la guerra, fue trasladado a Essex, al noreste de Londres. Existían tres categorías de reclusos. Los negros eran considerados nazis impenitentes, los reclusos grises eran considerados simpatizantes pero no militantes y los convictos con distintivo blanco eran aquellos soldados alemanes que se consideraban antinazis.

Trautmann fue catalogado como recluso de distintivo negro. Fue clasificado como un nazi peligroso.

Durante más de medio año fue sometido a un plan de desnazificación. Fue reeducado en los valores democráticos, fue sometido a sesiones de vídeo con imágenes de los campos de exterminio de judíos y, en definitiva, se le hizo partícipe de todas las atrocidades que los nazis perpetraron durante la guerra y que él se encargó de defender al vestir el uniforme del ejército alemán.

En el verano de 1946 fue recalificado como prisionero de distintivo gris y fue enviado a un campo de trabajo en Ashton-in-Makerfield, un pueblo a caballo entre Manchester y Liverpool. Allí se convierte en conductor de un camión de reparto entre granjas y se entremezcla con los pueblerinos en labores de intendencia como el arreglo de tendidos eléctricos, el levantamiento de puentes, el traslado de enseres o la retirada de bombas que quedaron sin estallar.

El director del campamento era un general escocés fanático del fútbol que tan pronto como pudo organizó un equipo para competir en las ligas locales. Trautmann no había jugado nunca al fútbol y es utilizado como defensa central. Fuerte, robusto y con 1’89 metros de altura se convierte en un central leñero. Pero el azar le tenía destinado otra aventura. El portero del equipo se lesiona y Trautmann es enviado bajo palos. Aquel central mostrenco y bruto se convertirá en un portero seguro, ágil y de gran colocación. El boca a boca pronto hará efecto y los partidos del domingo del equipo del campamento de prisioneros número 50 pronto serán seguidos por miles de curiosos.

En las navidades de 1946 Trautmann, al igual que otros presos, pasará la Navidad con una familia de la zona en un intento de normalizar una situación anómala. Es entonces cuando conoce a Marion Greenhall, una chica de un pueblo cercano que pronto se quedará embarazada. Bert Trautmann, ya con 23 años de edad, había matado a cientos de hombres pero aún no sabía lo que era el sexo. Cuando en 1947 el Gobierno inglés repatrie a los presos a su país de origen, Trautmann decide rechazar el ofrecimiento. En Bremen ya no tiene ni familia ni amigos. En Inglaterra tiene una nueva vida.

La buena voluntad le dura apenas un par de meses. Antes de que Marion dé a luz a una niña que llamará Frida, Trautmann escapará víctima del miedo y de la responsabilidad. Hoy parecerá extraño, pero en los años de posguerra los hijos de madre soltera fueron pan de cada día. Hasta los años 60 Frida no sabrá quién es su padre biológico y tuvo que esperar a 1990 para conocerlo.

Bert malvive trabajando en una granja hasta que en abril de 1948 el Saint Helens Town, un equipo de regional contra el que había jugado en alguna ocasión, le ofrece un puesto como portero y un empleo en la fábrica local. Trautmann acepta y con sus paradas consigue con rapidez que el St. Helens ascienda de categoría.

Antes de que termine la temporada 1948/49 sus actuaciones han llamado la atención del Manchester City. Es evidente que Trautmann es un portero de primer nivel, pero una cosa es que un prisionero de guerra, un alemán, juegue en un equipo semiamateur y otra es que salte a los campos de la primera división inglesa.

Pero esa será la historia de la próxima semana.

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