Guerra Mundial

Auge y caída de Nikolai Starostin (un retrato del stalinismo) 2ª parte

Dado que a través del fútbol no podía luchar contra Starostin y su Spartak, Lavrenti Beria y su NKVD decidieron cambiar de táctica. Tras unos primeros meses caóticos, la URSS consiguió frenar al ejército alemán a las puertas de Moscú en diciembre de 1941. Establecido el frente, el NKVD obtuvo vía libre para apresar, juzgar, encarcelar y ejecutar a cualquier ciudadano acusado de supuesta o real traición al régimen. El 20 de marzo de 1942 Lavrenti Beria ordenó la detención de Nikolai Starostin y de sus tres hermanos acusándolos de traición a la patria. Como dictaba la costumbre de la época, Nikolai fue llevado a la ‘Lubianka’ para un primer interrogatorio.

La escena era terrible. En un sótano, apenas iluminado y con fuerte hedor a cloaca y humedad, el acusado se sentaba tras una mesa aguardando ser interrogado. Tras una espera que podía contarse en horas y después de un tenso silencio, un comisario político preguntaba al detenido si estaba dispuesto a confesar. Muchos revelaban cualquier cosa esperando que la NKVD se mostrara compasiva. Otros callaban sabiendo del riesgo de mantener su inocencia. Nikolai Starostin fue uno de estos últimos.

Desde ese momento el acusado sabía que su suerte estaba echada. Durante semanas Nikolai estuvo subsistiendo en poco más de tres metros cuadrados. La luz estaba encendida día y noche para imposibilitar que Starostin pudiese conciliar el sueño. Desde las 22:00 horas hasta las 07:00 horas del día siguiente era llevado a una sala de interrogatorios donde únicamente le preguntaban si estaba dispuesto a confesar, mientras sus captores le sometían a golpes y patadas por todo el cuerpo que aumentaban en frecuencia en la misma medida que se multiplicaban los vasos de vodka.

Pasado un tiempo, y ante la fortaleza y fama del preso, la NKVD tuvo que buscar una acusación. Se le atribuyó la preparación de un atentado contra Stalin el día del famoso partido de exhibición de la Plaza Roja. Nikolai lo tuvo fácil para defenderse. Argumentó que era imposible que desde el terreno de juego pudiese atacar a Stalin y que bajo la camiseta y el pantalón de deportes era inverosímil que lograse esconder un arma. Además, Stalin estaba rodeado de miembros del ejército y de la NKVD, incluido Beria. Ante esos argumentos a los acusadores no les quedó más remedio que callar, porque acusar a Starostin de atentar contra Stalin equivalía a proclamar la incompetencia de la NKVD y de su líder supremo.

Al igual que Nikolai sus hermanos estaban aislados en zulos similares. No se sabe bien como, pero NIkolai consiguió hacerles llegar una nota en la que les indicaba que se mantuviesen firmes y callados y que cuando se les acusase de algo tan sólo dijesen que no tenían ni idea de nada. Lo único que tenían que decir es que quien estaba al tanto de todo era su hermano mayor. Al final, a Beria no le quedó más remedio que acusar a Nikolai Starostin y a sus hermanos de fomentar el deporte burgués. Era una acusación fácil de demostrar y ante la que no se podrían defender. Era una pena menor, si por menor se puede concebir pasar diez años de trabajos forzados en un gulag, campos de trabajo en lugares extremos de la estepa siberiana. Se habían librado de la muerte aunque iban a ser enterrados en vida. Nikolai ordenó a sus hermanos que aceptasen la condena y que manifestaran su amor por el deporte burgués como un mal menor. La acusación final alegaba que “los hermanos Starostin han vivido por encima de sus posibilidades, han recibido regalos del extranjero y han dado premios especiales para motivar a los deportistas”.

Dentro de la desgracia Nikolai Starostin fue un afortunado. Era un personaje de gran fama en toda Rusia y si no hubiese sido por el fútbol la condena hubiese sido mucho mayor. Aun así, Starostin recorrió la geografía de la URSS junto a miles de sus compatriotas ayudando a industrializar el país bajo condiciones infrahumanas. La Rusia campesina del zar Nicolás II pasó a ser una potencia industrial bajo Stalin gracias a unos planes quinquenales basados en la expropiación y en los trabajos forzados. En la ciudad siberiana de Ujta, a la que llegó tras un viaje de tres meses en tren, Nikolai Starostin tuvo la suerte de trabajar como enfermero en el hospital (forma eufemística de decir que transportaba cadáveres de la cámara mortuoria al crematorio) y allí conoció a un médico que lo reconoció y que consiguió que le dieran el encargo de crear un equipo de fútbol para mejorar la condición física de los reclusos. En su autobiografía Nikolai recordaba que veía pasar frente a sus ojos a unos cuarenta muertos al día. Pronto fue llamado de gulag a gulag para ejercer de entrenador. Con el paso de los meses los jefes de los distintos campos de trabajo se lo rifaban para tenerlo a sus órdenes.

Una noche de 1948, con seis años de condena a cuestas y con la II Guerra Mundial ya finalizada, despertaron a Starostin en plena madrugada. Tenía una llamada de teléfono de Stalin. Pero no del gran líder, sino de su hijo, Vasili Stalin, vástago del dictador. Vasili era el jefe de las Fuerzas Aéreas, un loco del fútbol, un alcohólico reconocido, y, lo más importante, mantenía una conocida rivalidad en las esferas de poder con Lavrenti Beria, quien había salido muy reforzado del conflicto bélico y era el candidato más plausible para suceder a Stalin padre. El objetivo de Vasili era contratar a Starostin como entrenador del VVS (el equipo de las fuerzas aéreas) y de paso fastidiar al Dinamo de Moscú de Beria que durante esos años de posguerra reinaba a sus anchas en la liga soviética.

A pesar del poder del hijo de Stalin la autoridad de Beria era mucho mayor, por lo que Vasili Stalin tardó dos años en sacar a Starostin del gulag de Amur (a orillas del Pacífico) en el que se encontraba para trasladarlo a Moscú. El problema es que Beria, inteligente como era, sólo le regalaría la libertad a Starostin a cambio de que no volviese nunca más a Moscú. A Stalin hijo no le valía de nada tener a Nikolai libre si no podía llevarlo a la capital para que entrenase a su equipo de fútbol.

La solución fue propia de un loco. Vasili Stalin se puso al mando de un comando de asalto formado por hombres de su regimiento, abordó el gulag, metió a Starostin en un avión del ejército y lo trasladó en secreto a su dacha de las afueras de Moscú. Lo confinó en su propia habitación. Sólo salía de allí para ir al baño. Cada vez que tenía que dirigir un entrenamiento del VVS una patrulla militar lo acompañaba para mantenerlo protegido de la NKVD de Beria. Al volver del campo de entrenamiento, Starostin tenía que regresar directamente a la habitación de Vasili. Incluso en ocasiones, cuando Vasili estaba borracho –lo cual era su estado natural- Nikolai compartía lecho con el hijo de Stalin y su arma reglamentaria (que siempre quedaba debajo de la almohada).

La situación kafkiana se sostuvo durante un par de meses. Una noche, aprovechando una de las bacanales de Vasili, Nikolai Starostin escapó por una ventana y se marchó a su casa. Por primera vez en ocho años iba a ver a su mujer y a su hijo. Es de imaginar la emoción del momento. Más quizás podría engañar al borracho de Vasili pero nunca a la sanguijuela de Beria. Al levantase, poco antes del alba, dos hombres del NKVD de Beria estaban en la puerta de su casa preparados para detenerlo. Ni tan siquiera Vasili Stalin logró contener la ira del líder de la NKVD, por lo que Starostin le pidió que no se entrometiera y le dijo a Beria que estaba dispuesto a seguir cumpliendo con su condena.

Aun así la victoria del líder de la NKVD no pudo ser plena. Intentó enviarlo nuevamente a un gulag pero ya no fue posible. A pesar del control estatal la gente de Moscú seguía teniendo vivo el recuerdo de Starostin. Los últimos años de condena de Nikolai fueron más llevaderos. Los pasó en una cárcel de Alma Ata (Kazajstan) viviendo en un régimen de semiarresto, durmiendo en una celda, pero ejerciendo de entrenador del equipo de la población local.

Nikolai se encontraba en su celda de Alma Ata cuando el 5 de marzo de 1953 Iosef Stalin moría víctima de una insuficiencia cardiaca. Durante las siguientes semanas hubo una lucha por el control del Partido Comunista entre Molotov, Malenkov, Kruschev y Beria. A pesar de que éste último se hizo con el mando en un primer momento, Kruschev supo ganarse a los dos primeros y acusó a Beria de traición y de actividades capitalistas (malversación de fondos y cohecho). Lavrenti Beria probó de su propia medicina y fue ejecutado en junio de aquel año. Nikita Kruschev inició entonces su mandato, una década de medrosas aperturas y búsqueda de las esencias del comunismo. Un proceso que se dio a conocer como desestalinización, o lo que es lo mismo, la eliminación del culto a Stalin.

Así, en 1955, los cuatro hermanos Starostin, al igual que miles de soviéticos, fueron liberados de los gulags poniendo fin a dos décadas de campos de concentración, represión, muerte y trabajos forzados. Para Nikolai Starostin, con 53 años, comenzaba una nueva vida. Una vida que pasaba por y para el fútbol.

Nikolai fue recibido por miles de personas a su llegada a Moscú y hábilmente fue rehabilitado. Fue nombrado presidente del Spartak de inmediato y se le dio el cargo de entrenador de la selección soviética de fútbol.

El Spartak había quedado desmantelado durante la guerra y no volvió a ganar una Liga hasta 1953, justo el mismo año de la muerte de Stalin y de Beria. A pesar todo, Nikolai demostró tener cintura y comprender que sin perdón no habría paz. Cuando en 1956 la URSS se proclame vencedora en el torneo de futbol de los Juegos Olímpicos de Melbourne, el once inicial estará formado por una mezcla de jugadores del Dinamo, liderados por Lev Yashin y del Spartak, comandados por Igor Netto. Esos dos jugadores serían la base del equipo que ganaría la primera Eurocopa de la historia cuatro años más tarde.

Starostin había vuelto de la muerte y con la victoria en los JJ.OO se había convertido en un héroe nacional. Pidió permiso para centrarse en la presidencia de su Spartak y abandonó el cargo de técnico de la selección con el visto bueno de un Kruschev que vio en Starostin una forma de afianzar su poder delante del pueblo.

Nikolai Starostin fue presidente del Spartak de Moscú hasta 1994. Tuvo tiempo de sufrir un descenso, pero también de disfrutar con la hegemonía de su equipo en los años finales del comunismo y en los primeros del postcomunismo liderados por la última gran generación ‘spartakista’ de Dasaev, Mostovoi, Popov, Radchenko, Onopko o Karpin. Tuvo además la visión de transformar a un club amateur en uno capitalista, y de hecho, el Spartak fue el único club soviético que mantuvo su estructura ejerciendo un dominio en la nueva Liga rusa hasta que en el siglo XXI los millones del gas y el petróleo hicieron su aparición.

En 1996, a los 94 años de edad, Nikolai Starostin falleció. A pesar de ser el mayor fue el más longevo de sus hermanos. En una de sus últimas declaraciones afirmaba que “los futbolistas de hoy tienen dinero pero no cultura. Sólo se interesan por los vídeos y el rock. En mi época yo me codeaba con la élite cultural, dramaturgos, bailarines y pintores”. Palabras que recogen lo mejor del ciudadano soviético dichas por un hombre que sufrió la represión comunista.

https://www.youtube.com/watch?v=xsH5RSrqRfI

Una estatua suya de bronce preside hoy la entrada del Spartak Arena, el flamante estadio del Spartak de Moscú construido con motivo de la celebración del Mundial de Rusia de 2018.

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Auge y caída de Nikolai Starostin (un retrato del stalinismo) 1ª parte

El fútbol no alcanzó tierras rusas hasta inicios del siglo XX y lo hizo a cuentagotas. Era una moda foránea que se estableció únicamente en las ciudades, esencialmente en Moscú. Se crearon diversos equipos de barrio que iban y venían y se jugaban torneos locales en estadios improvisados y sin apoyo federativo. Prueba del bajo nivel ruso es que en los Juegos Olímpicos de 1912 Rusia fue derrotada por un esclarecedor 16-0 ante Alemania. Bajo ese iniciático panorama emergió la figura de Nikolai Starostin (1902-1996) el mayor de cuatro hermanos apasionados por el fútbol y el hombre que iba a liderar el auge y crecimiento del balompié soviético.

Esta es la historia de los hermanos Starostin. De Nikolai, Andrei, Aleksandr y Piotr. Es una historia de la URSS. De gulags y de revolución. Una historia de Stalin y de Beria. De miedo y de represión. De stalinismo y de desestalinización. Pero es sobre todo una historia de supervivencia a través del fútbol.

Cuando la Revolución Rusa triunfa en 1917 los clubes de fútbol –al igual que el resto de sociedades privadas- o pasan a control estatal o bien son liquidados. En el ámbito que nos ocupa, y dado que el deporte está considerado amateur, los equipos polideportivos pasan a depender del Estado. Así, surgen por toda la Unión Soviética los CSKA (equipo del ejército), Dinamo (policía y asuntos secretos), Lokomotiv (ferrocarril y sistemas eléctricos), Zenit (acero e industria pesada) o Torpedo (industria de la automoción). Todos los futbolistas cobraban bajo cuerda con un contrato de trabajo ficticio de la empresa estatal correspondiente. Por causas obvias el CSKA y el Dinamo eran los clubes más potentes y los que gozaban de mayores ventajas públicas.

Nikolai Starostin tenía otros planes. Era el capitán y estrella del Krasnaja Presnya, un club de barrio considerado entonces el mejor equipo de Moscú. Al disolverse el club, y con el apoyo de sus hermanos menores, propuso al Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos la creación de un nuevo equipo que no dependiese del Estado. Para su sorpresa la petición fue aceptada, pero con unas condiciones draconianas. Podía crear un nuevo club, pero tendría que hacerlo sin dinero. No podía invertir ni un rublo en esa nueva escuadra.

Starostin consiguió lo imposible. Congregó a más de 2.000 vecinos que en sus horas libres le ayudaron a levantar un estadio de fútbol para más de 10.000 espectadores en un descampado del barrio. Lidero diversos actos benéficos, bailes y partidos de exhibición para conseguir fondos que hábilmente donó a un conglomerado de alimentación, una de las pocas empresas semiprivadas que quedaban en la ciudad, y que serviría de coartada para dar un ‘trabajo’ a sus futbolistas. Y así, en 1922, nacía el Spartak de Moscú. El nombre no fue escogido al azar. Se denominó Spartak en honor al esclavo romano Espartaco, quien lideró una sublevación de gladiadores y esclavos ante la República romana y que ha pasado a la posteridad como símbolo de la lucha por la libertad. El Spartak era un club de fútbol singular dentro de la URSS y el único que hoy, casi tres décadas después del fin del comunismo, tiene miles de seguidores más allá de la frontera rusa.

Aunque hasta tan tardía fecha como 1936 no se disputaría la primera liga soviética, el Spartak era ‘de facto’ el mejor equipo ruso. Consiguió derrotar al Racing de Paris y a la selección de Euskadi en sendos amistosos, hazañas de renombre por aquel entonces para el incipiente fútbol del país. En la URSS no tenían rival y Nikolai Starostin pronto pasó a ser una figura reconocida y venerada en todo el país.

Tal era la fama de Starostin y del Spartak que en julio de 1936 el Komsomol (la organización juvenil del Partido Comunista) decidió celebrar un partido de fútbol en la Plaza Roja de Moscú. El objetivo era dar a conocer el nuevo deporte al líder supremo, Iosif Stalin. Se fabricó una enorme alfombra de fieltro de más de 10.000 metros cuadrados sobre el empedrado de la plaza que tuvo que ser tejida en horario nocturno para no entorpecer el trajín del día a día. El responsable de los actos era Nikolai Starostin, presidente, entrenador y aún capitán a sus 34 años del Spartak de Moscú. El acto central de los festejos era un choque de exhibición entre el primer y el segundo equipo del Spartak bajo la atenta mirada de Stalin y del resto de miembros del Politburó desde la tribuna presidencial, cuidadosamente situada junto al mausoleo de Lenin. Se trataba de un encuentro de media hora de duración que más bien era una representación teatral en la que habría goles de todo tipo para satisfacción de papá Stalin “el mejor amigo de los deportistas”. Si antes de esa media hora Stalin daba síntomas de aburrimiento, un camarada desde el palco agitaría parcamente un pañuelo para que Starostin se diese cuenta y parase el partido. Al parecer Stalin disfrutó de su primera experiencia futbolística y, no sólo aceptó de buen grado la media hora, sino que exigió jugar un cuarto de hora más para regocijo de Nikolai Starostin y de todos los presentes.

Todos salvo uno.

Lavrenti Beria, por entonces secretario del Partido Comunista en Georgia, había jugado al fútbol contra Starostin cuando era un adolescente y había sido humillado partido tras partido. Beria era un apasionado del fútbol pero pronto descubrió que no tenía nivel suficiente para competir y orientó sus esfuerzos en escalar en el terreno de la política. Ya entonces era considerado una sanguijuela, pero su fama de hombre implacable crecería hasta el infinito cuando un par de años más tarde, en 1938, pasaría a ser el director del Comisionado del Pueblo para Asuntos Internos, o lo que es lo mismo, del NKVD –hoy KGB-, el órgano represivo más temido de la Unión Soviética.

https://www.youtube.com/watch?v=qKAwAaeJ8SU

Cuando en 1936 se celebra la primera liga soviética el Spartak se convierte en el vencedor. Al año siguiente, ya con Nikolai Starostin ejerciendo únicamente de entrenador, el campeón será el Dinamo, pero el Spartak (con los tres hermanos menores de Nikolai en la plantilla) logra vencer nuevamente en 1938 y 1939. Es algo que Beria no puede tolerar. Al acceder al cargo de director del NKVD, Beria pasó automáticamente a ser presidente del Dinamo de Moscú (el equipo de la policía y los asuntos secretos). En teoría era una formalidad. Su antecesor no tenía el más mínimo interés en el cargo, pero Beria, como apasionado del balompié que era, se propuso que su Dinamo fuese el club más poderoso de la Unión Soviética.

Beria estaba presente en cada uno de los encuentros del Dinamo. Según se cuenta amenazaba a sus jugadores con fusilamientos y continuas visitas a los calabozos de la ‘Lubianka’, el nombre popular del gigantesco edificio de ladrillos amarillos sede de la NKVD. El Dinamo ganó la liga de 1937 bajo sospechas, pero tanto en 1938 como en 1939 no pudo hacer nada ante la superioridad del Spartak, campeón tanto del torneo liguero como del copero. Aun así Beria lo intentó de todas las formas posibles. Incluso haciendo uso de otros ‘Dinamos’, conjuntos que estaban en su área de influencia.

En las semifinales de Copa de 1939 el Spartak de Moscú derrotó por 1-0 al Dinamo de Tiblisi. Estos últimos denunciaron que en el gol del Spartak el balón no había traspasado totalmente la línea de gol. A pesar de que el Spartak derrotó en la final al Leningrado días después, Beria mandó repetir la semifinal tres semanas más tarde. Nuevamente se enfrentaron Spartak y Dinamo y nuevamente ganaron los primeros por 3-1. Como ya comentamos, aunque Beria sólo era presidente del Dinamo de Moscú también era ‘de facto’ presidente de todos los ‘Dinamos’. Estuvo presente en el choque, y, tras el tercer gol del Spartak, se marchó airadamente del palco y ordenó el fusilamiento de los periodistas que publicasen la reseña del partido. La lógica dictaba que también habría que repetir la final pero Beria se dio por derrotado y se decidió dar por buena la ya jugada. Así pues el Spartak se proclamó rocambolesco campeón tras disputar una semifinal tras haber ganado una final.

A pesar de todo el poder de Beria y del NKVD éste se veía incapaz de contrarrestar el fervor popular de Nikolai Starostin y de su Spartak de Moscú. Pero a las 03:15 horas del 22 de junio de 1941 cerca de 5 millones de soldados alemanes y más de 8.000 carros blindados y aviones cruzaron la frontera soviética dando lugar al inicio de la guerra entre la Alemania de Hitler y la URSS de Stalin. Un holocausto que cambiaría por completo la vida de millones de personas, entre la cuales estaban tanto Nikolai Starostin como Lavrenti Beria.

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El secreto de Gino Bartali; el Schindler de la bicicleta

En un pueblo cualquiera, a caballo entre Toscana y Umbría, cientos de pasajeros esperan impacientes la llegada de un tren. Entre todos los transeúntes destaca la figura de un hombre moreno, de anchas espaldas y con nariz de púgil. Aparecía siempre en el andén acompañado de una preciosa bicicleta dorada que apoyaba cuidadosamente en el muro de piedra que separaba el apeadero de la cafetería de cualquier estación. Rápidamente todos los presentes se giran para darle la bienvenida y saltar en busca de un saludo, de una sonrisa o de un autógrafo, o de las tres cosas, si había un golpe de suerte. El hombre en cuestión se llama Gino Bartali, por entonces doble ganador del Giro de Italia y flamante vencedor del Tour de Francia. Tras deslumbrar a los presentes con su sonrisa se dirige a un vagón determinado y con la confusión del sube y baja se esconde entre la muchedumbre. Pasados unos segundos se retira y grita a los cuatro vientos “pasado mañana vuelvo”.

Parecía una frase de cortesía hacía los aficionados, pero en realidad lo que fijaba era una cita para intercambiar unos documentos furtivos que estaban destinados a salvar cientos de vidas.

Bartali era una fuerza de la naturaleza que con sólo 22 años había ganado el Giro de Italia de 1936 y que al año siguiente repetiría victoria sin demasiado esfuerzo. Era la estrella ciclista del momento y eso era mucho decir en los años en los que el ciclismo era el ‘santo sactorum’ del deporte. Se le conocía como el hombre de hierro. Fumaba abundantemente y era habitual del whisky y del brandy, el doping de aquel entonces. Era un enamorado del esfuerzo y cuando los rivales tiritaban ante la tormenta y el frío, Gino retozaba con alegría. Bartali había nacido en un pueblecito de los arrabales de Florencia, en una casa que hoy es un museo dedicado a su memoria. Nació en el seno de una familia humilde, conservadora y trabajadora que le inculcó los caminos de la fe católica. No en vano su apodo más célebre era el de “monje volador”. Pero Bartali iría más allá. Cuando su hermano muera atropellado por un coche en una carrera ciclista, Bartali se encerrará durante semanas junto a su bicicleta en el sótano de su casa para llorar su muerte. La tragedia reforzó su fe y no encontró mejor camino para llegar a ella que a través de las dos ruedas.

La II Guerra Mundial mutiló el palmarés de un ciclista excepcional que logró 3 Giros de Italia (1936, 1937, 1946) y 2 Tours de Francia (1938, 1948) dejando yermos los años de madurez y de mayor fortaleza física. Un talento quebrado en una época rota. Los duros tiempos de los ismos también dañaron su imagen. En 1938 Benito Mussolini le obligó a no presentarse en el Giro para que preparase a conciencia el Tour de Francia. Para ‘il Duce’ era una cuestión de Estado que un italiano triunfase en la prueba ciclista de referencia. Bartali vio, llegó y venció, y pronto lo catalogaron como ciclista del Régimen y emblema del fascismo, a pesar de que no existe documento cinematográfico o fotográfico en el que se le vea haciendo el saludo fascista.

Bartali murió en el año 2000, con 84 años de edad, y siempre vivió bajó la tirria y la animadversión de media Italia. A ello contribuyó su rivalidad con Fausto Coppi en los años posteriores al fin de la II Guerra Mundial. Bartali representaba a la Italia campesina, católica y tradicional. Coppi era el futuro, la elegancia, la ciudad. Era el tergal contra el esmoquin. El primero representaba a los fascistas, el segundo a los comunistas. La realidad era mucho más simple. Sencillamente eran estereotipos. Ni se llevaban mal ni eran tan radicales en sus ideas. En el Tour de 1952 ambos intercambiaron un sorbo de agua camino de los Pirineos. La mística de aquella instantánea aún retumba en el presente. En la Italia de hoy se sigue discutiendo quien le dio el agua a quien. Ellos siempre mantuvieron el secreto. Aquella imagen simboliza la solidaridad entre las dos italias.

Porque aquella Italia estuvo al borde de una guerra civil. Con la mitad de la población votando a Democracia Cristiana (DC) y la otra mitad al Partido Comunista (PC), el 14 de julio de 1948 un pistolero atenta contra Palmiro Togliatti, presidente del PC. Con buena parte de la izquierda exaltada en las calles, Alcide de Gasperi, presidente de Italia y líder de DC, telefonea a Cannes, en la Costa Azul francesa, al hotel donde se encuentra Gino Bartali quien está disputando el Tour de Francia. De Gasperi le pide a Bartali que gane el Tour para evitar una guerra civil. Aún faltaban por ejecutarse las etapas alpinas, pero Bartali estaba a más de 21 minutos de Louison Bobet el líder de la carrera. Bartali le promete a de Gasperi que será el ganador de la etapa, aunque no se aventura a prometerle la conquista global.

Aunque en el ciclismo de entonces la distancias se medían por minutos y no por segundos, es de locos pensar que Bartali pueda ganar el Tour.

Al día siguiente, a lo largo de cerca de 300 kilómetros de frío, lluvia y barro, Bartali lanza su ataque en el Izoard y gana la etapa con cerca de 20 minutos de ventaja sobre Bobet. En la siguiente etapa rematará su hazaña venciendo en Aix les Bains y alzándose con un liderato que ya no abandonará hasta París. Las radios (aún no había televisión) se pasan las horas hablando del Tour de Francia. La noticia que abre los noticiarios es la victoria de Bartali dejando en segundo plano las declaraciones de un Togliatti que se recupera milagrosamente de sus heridas en la cama de un hospital. Tras dar las gracias a los médicos, el líder del PC solicita calma a la población y a sus compañeros del Partido Comunista mientras se congratula por los éxitos del católico Bartali.

—EL SECRETO DE GINO BARTALI—

Cuando enterraron a Bartali lo vistieron con el sallo franciscano. Consideraba que no había mejor vestimenta para dejar este mundo, porque el traje capuchino no tiene bolsillos. En la otra vida no hay dinero y sin bolsillos no hay donde guardarlo. Con esa misma humildad falleció guardando un secreto que ni insinuó ni contó a su familia. Tan sólo su nieta desvelaría años después que su abuelo siempre le decía que sería más querido en muerte que en vida, algo que no lograba comprender. Bartali había pasado a la eternidad como un hombre amado por media Italia y que había logrado el respeto de la otra media que lo odiaba con su legendaria victoria en el Tour de 1948.

Lo que muy pocos sabían es que sus pedaladas más heroicas fueron anónimas.

Entre el otoño de 1943 el cardenal Elia Dalla Costa, amigo de Bartali, le puso en conocimiento de un plan que estaba tramando. Había organizado una red clandestina formada por frailes franciscanos, monjas y laicos que ayudaban a escapar a cientos de judíos amenazados por las deportaciones a Europa del Este ordenadas por los fascistas a instancias de la Alemania nazi. El plan estaba bendecido por el Papa Pio XII pero necesitaba de un correo que transportase los documentos de identidad falsificados, dinero y fotografías sin llamar la atención.

Ese hombre era Gino Bartali.

Entre otoño de 1943 y la primavera de 1944 se estima que Gino Bartali ayudó a salvar la vida de más de 800 personas. Cada uno o dos días, Bartali pedaleaba entre pastos y cipreses, desde Florencia a Asís, sorteando en los días de mayor ajetreo unos 185 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. Por el camino paraba en una estación o en otra, según le indicasen, tomando nota de los retenes alemanes, sorteando controles fascistas y saludando a todo aquel que se sorprendía de verlo aparecer cada mañana. Él, alargaba el cuello, esbozaba una sonrisa, repartía autógrafos y tan sólo acertaba a decir que estaba entrenando, manteniéndose en forma para volver a competir cuando acabase la guerra.

La misión de Bartali consistía en pedalear hasta Asís, donde se imprimían los documentos falsos en una vieja imprenta. Allí, en un convento, mientras la resistencia trabajaba en pleno funcionamiento las monjas cantaban y gritaban con toda la fuerza de sus pulmones para ocultar el ruido del traqueteo de las máquinas. Después llevaba todos esos impresos clandestinos al punto convenido ocultos dentro del tubo de su legendaria y preciosa bicicleta Legnano dorada.

Al parecer en uno de esos trayectos apoyó la bicicleta en la fachada de un bar para descansar y pedir un vaso de agua. Un avión aliado, quizá cegado por el resplandor del sol en la bicicleta, descargó una ráfaga de disparos sobre la bici dejándola inservible. Una vez arreglada decidió llevarla siempre sucia y le sustituyó el color dorado por uno marrón que despistase al ojo ajeno.

Todo esto fue revelado hace poco más de una década, cuando el hijo de uno de esos judíos florentinos felizmente salvados descubrió en el desván de la casa de sus padres un diario que relataba con detalle cómo funcionaba la red clandestina y el papel desempeñado por Gino Bartali en que se llevase a cabo con acierto. Fue entonces cuando la nieta de Bartali comprendió lo que su abuelo le había contado entre bambalinas. Fue entonces cuando Italia comprendió el valor de un hombre que además de fuerza física tenía una gran fuerza interior. De un hombre del que dicen que a través de su humilde generosidad consiguió salvar a un país de una guerra civil. “Él consideraba que esas cosas se hacen, pero no se cuentan. Se lo pidieron, se lo pensó, y simplemente dijo que sí”, diría de él uno de los pocos franciscanos que seguían con vida cuando todo esto se supo. Luego, un par de años después, cuando la curiosidad hacia el mito fue creciendo, también se supo que en el sótano de su casa ocultó a una familia de judíos durante cerca de un año.

https://www.youtube.com/watch?v=8_45M8nMD6U

“¿La fe católica? No, fue una cuestión de humanidad”. Luigi Bartali, hijo de Gino Bartali y director del museo del mismo nombre.

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Croacia. Hija aventajada de Yugoslavia

Al concluir la I Guerra Mundial, los gerifaltes mundiales decidieron crear unos cuantos países nuevos en Europa. Abierta la caja de pandora de los nacionalismos en el siglo XIX, utilizaron como excusa las teorías de la evolución social para proponer y diseñar nuevas fronteras. Para ello no escatimaron en sandeces. Crearon Polonia a cambio de desmembrar Alemania, abandonaron las repúblicas bálticas a los designios de Rusia, se olvidaron de Ucrania, cambiaron lindes en Rumanía y Bulgaria, juntaron a checos y eslovacos sin ‘lev motiv’ aparente y, el sinsentido más grande de todos, fundaron Yugoslavia (el Reino de los eslavos del Sur).

En Yugoslavia había eslavos. Pero no eran todos iguales. Los había católicos (Eslovenia y Croacia) y ortodoxos (Serbia y Montenegro). Los primeros miraban a Europa Occidental. Los segundos tenían sus raíces en Europa del Este. Al sur estaba Macedonia, un batiburrillo lleno de albaneses y gitanos romanís. Además, en lo que hoy son los países de Bosnia y Kosovo estaba la mayor comunidad de musulmanes por km2 de Europa (sin contar Estambul). Para unir esta macedonia cultural se inventaron a un rey, Aleksandar I, que procedía de una dinastía serbia. Y ahí radicaba el gran problema. Yugoslavia bebía su nacimiento de la Gran Serbia y eran los serbios, de marcada influencia rusa, los que iban a dictar las órdenes formando la república más fuerte en ese nuevo Estado.

El contrapeso al poder serbio radicaba en Croacia, que por población y economía, era la única de las repúblicas que podía mirar de tú a tú a Belgrado. De hecho, Croacia llegó a ser independiente (1941-1945) pero bajo un régimen fascista títere de los nazis que muchos croatas prefieren omitir.

A partir de 1945 Yugoslavia fue un Estado Comunista. En teoría cada república era independiente, pero todos los conflictos acabaron explotando con el fin del comunismo y el inicio de la guerra en 1991. Durante esas cuatro décadas, la planificación central del Estado también se vio reflejada en el deporte, donde aprovechando las excelentes condiciones innatas de la raza eslava y una planificada y cuidada ética de trabajo, llevaron a Yugoslavia a la excelencia en la gran parte de los deportes de equipo, destacando mundialmente en balonmano o baloncesto.

Y por supuesto en fútbol.

Antes de que Europa Occidental invirtiese ingestas sumas de dinero público y privado en el fútbol, Yugoslavia era una potencia del balompié. Fue subcampeona de Europa en 1960 y 1968 y semifinalista en el Mundial de 1962. Mucho antes, en 1930, había sido también semifinalista en el primer Mundial de la historia. En los años 60 Galic, Durkovic, Acimovic y especialmente Dragan Dzajic (futbolista del gusto del mismísimo Pelé), deleitaban en los campos europeos con un fútbol de alto nivel técnico pero sobretodo con una mezcla exacta de organización y caos. Yugoslavia también llegó a semifinales en la Eurocopa de 1976 y, ‘ergo’, era un país que solía llegar a las rondas finales de la competición que disputase.

Al acabar la guerra surgieron nuevos Estados. Croacia disputó su primera competición internacional en la Eurocopa de 1996 y dos años después alcanzó las semifinales en el Mundial de 1998. Croacia cuenta aproximadamente con la mitad de habitantes que Serbia. El Estrella Roja, el único campeón yugoslavo de la Copa de Europa, es de Belgrado. Que Croacia encadenase éxitos no entraba dentro del guión previsto.

Antes de la guerra, en 1987, Yugoslavia se había proclamado campeona mundial sub-20 de fútbol. Las estrellas de aquel equipo eran croatas. Prosinecki, Boban, Suker, Pavlicic o Stimac habían sido criados en Zagreb o Split. Ninguno era de Belgrado. Ninguno era serbio. Cuando en 1998 comandaron a una selección con apenas un lustro de vida como Croacia a disputar unas semifinales mundialistas ante Francia (tras eliminar a Alemania en cuartos de final) el planeta fútbol se convulsionó.

Con la independencia, Serbia mantuvo el nombre de Yugoslavia. Era la república heredera y principal de la antigua nación. Sólo en el siglo XXI, y tras la independencia de Montenegro, Serbia abandonó su antigua denominación. Pero, tras Mijatovic, Savicevic o Stojkovic ha habido la nada. Serbia no juega una Eurocopa desde el año 2000 y cuando se clasifica para un Mundial no supera la primera ronda.

En Croacia el terremoto de 1998 ha abierto unas brechas que alcanzan el presente. Desde hace una década Croacia no ha parado de generar buenos jugadores, mientras que Serbia sigue sin encontrar la tecla. Srna, Corluka, Olic, Robert Kovac, Pletikosa sirvieron de puente a la generación actual. Modric y compañía han llevado a un pequeño país de 4 millones de habitantes y que no está ni entre los 50 con mayor PIB del mundo, a ser un habitual de las rondas finales en Europa y en la Copa del Mundo.

Un habitual quiere decir ser un ‘outsider’. Un equipo complicado de primera ronda, que con un buen calendario puede plantarse en cuartos de final. Lo que nadie imaginaba es que Croacia alcanzase ser ganador de un Mundial. Nadie pensaba que Croacia pudiese ser la Uruguay del siglo XXI. Que en plena era de la globalización y de los grandes Estados, un minúsculo país de 55.000 kilómetros cuadrados (no mucho más grande que Aragón) se plantase en la final de la madre de todas las competiciones deportivas.

No lo había conseguido nunca Yugoslavia. Croacia llega a la final tras tres prórrogas, las dos primeras resueltas por tandas de penaltis y la tercera por un gol agónico de Mandzukic. Queda para la discusión si todo es fruto del trabajo mental y físico o de la buena suerte. Venció a Argentina en la primera fase, y luego se midió a rivales inferiores (Dinamarca), inferiores pero con nombre (Rusia) y similares con mucho nombre (Inglaterra). También queda para el debate sin tan favorable calendario fue suerte o destino.

Croacia lo ha logrado siendo fiel al ideario yugoslavo. Modric y Rakitic son los abanderados de la exquisita calidad técnica del conjunto. Y jugadores como Rebic, Strinic o Perisic aportan ese caos organizado, futbolistas desgarbados y hasta aparentemente toscos pero dotados de grandes recursos y que mantienen una entrega constante a favor del grupo. No hay que olvidar que Croacia no es una potencia mundial (por lo menos no lo era) pero su once inicial está plagado de futbolistas que son primeras espadas en los principales conjuntos de Europa.

En menos de 48 horas sabremos si lo de Croacia queda en el recuerdo como la hazaña sin premio de un pequeño país (Hungría en 1938, 1954; Checoslovaquia en 1934 y 1962; Holanda en 1974 y 1978; Suecia en 1958) o si por el contrario podemos afirmar que Croacia es el Uruguay del siglo XXI y aparte del centro histórico de Dubrovnik, las ruinas romanas de Split, la majestuosa Zagreb o las playas del Adriático, los croatas también pueden presumir de ser campeones del Mundial de Fútbol.

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Un cuento de Navidad

Otto von Bismarck había dicho en 1878 que “Europa es un barril de pólvora y sus líderes son como hombres fumando en un arsenal. Una simple chispa desatará una explosión que nos consumirá a todos. No puedo decirles cuando será la explosión, pero sí puedo decirles dónde: alguna maldita estupidez en los Balcanes la desatará”. Hoy son palabras proféticas, pero en 1914 se las consideraba una estupidez de un viejo resentido. Al inicio de aquel verano era inimaginable que la próspera Europa se viera asolada por una guerra que pondría la primera piedra del fin de su hegemonía mundial y que se saldaría con un cambio en la concepción de la vida y de la muerte. A comienzos del otoño se creía que ese conflicto bélico remataría a las pocas semanas y todo volvería a su cauce. A finales de diciembre tanto las tropas como la población tenían asumida que aquella sería una guerra larga y muy gravosa.

Aunque luego fuese declarada mundial, hubo dos frentes de combate principales. En uno de ellos se retaron austrohúngaros y alemanes contra rusos en las llanuras del Vístula. Al mismo tiempo, francobritánicos y alemanes dejaban sus vidas en Bélgica y la Picardía, que junto a Alsacia y Lorena son las regiones donde se han librado siglo tras siglo las luchas de poder para conseguir el control de Europa. En esa línea que comprende desde Amberes a Estrasburgo tuvo lugar la llamada guerra de trincheras, un proceso en el que los combates eran sangrientos y los avances minúsculos. Entre la batalla de Verdún, del Somme y de Passchendaele fallecieron cerca de 2,5 millones de personas y los avances no llegaron a los 50 kilómetros.

El 24 de diciembre de 1914 hacía mucho frío. Las heladas y la nieve fueron habituales durante un mes especialmente gélido que se había cobrado víctimas no con armas, sino con enfermedades propagadas por los insectos que correteaban por las trincheras. Para levantar la moral en Nochebuena, el káiser Guillermo decidió enviar al frente raciones extras de pan, salchichas y alcohol así como algún abeto y adornos ante la nostalgia de los soldados de pasar las navidades a cientos de kilómetros de sus seres queridos. Al caer la noche, los cañones callaron y cientos de alemanes rompieron el silencio entonando a coro el ‘Stille nacht’ (Noche de paz) un villancico austriaco compuesto a inicios del siglo XIX y hoy símbolo de la Navidad.

Tras la sorpresa inicial, los británicos contraatacaron con sus propios villancicos. A través de las cartas y de los testimonios orales recogidos, sabemos que por toda la línea del frente se dieron situaciones parecidas y, como no todos somos iguales y en cada pandilla hay algún chistoso y desvergonzado, surgieron soldados que, ni cortos ni perezosos, brotaron de sus trincheras sin permiso y arriesgando sus vidas para felicitar las pascuas al bando enemigo, mientras muchos otros quedaron agazapados y muertos de miedo, y los menos echaban pestes y decían que había que aprovechar el descuido para abalanzarse sobre sus rivales. Cuentan que los alemanes regalaban salchichas a los británicos mientras ellos daban chocolate y cigarrillos a los germanos. “Los alemanes nos dijeron en inglés que si no disparábamos, ellos tampoco lo harían –contaba el sargento británico Bernard Brooks-. Encendieron fuegos fuera de sus trincheras, se sentaron alrededor y empezaron un concierto”.

Al día siguiente, 25 de diciembre, la tregua continuó, esta vez con la oposición de los mandos del ejército. Sin embargo, prefirieron no soliviantar a las tropas y dejar que la farsa continuase un día más. Es entonces cuando circulan numerosas historias apócrifas sobre partidos de fútbol que se disputaron ese día. Es posible que se celebrasen por todo el frente. Es probable que fuesen casos aislados y se haya exagerado todo a posteriori. Lo único cierto es que en un descampado a orillas de una iglesia en el pueblo belga de Yprés se disputó uno de esos encuentros. Y lo sabemos porque nos ha llegado una carta del teniente alemán Johannes Niemman en la que explica que pasó aquel día de Navidad.

“Un soldado apareció cargando un balón de fútbol. No sé de donde lo sacó. Ellos hicieron su portería con unos sombreros extraños, mientras que nosotros hicimos lo mismo. No era sencillo jugar en un lugar congelado, pero eso no nos detuvo. Mantuvimos las reglas del juego aunque el partido sólo duró una hora y no había árbitro”. El encuentro acabó con victoria británica por 3-2 y de tan extraño y admirable suceso también se hizo eco el general inglés Walter Congrave, que a pesar de no formar parte del juego, sí que vio como sus soldados disputaban el choque: “Ha pasado algo extraordinario. Esta mañana un alemán gritó que quería una tregua de un día. Así que, con mucha cautela, uno de nuestros hombres se levantó por encima del parapeto y vio como un alemán hacía lo mismo. Uno de mis informantes me dijo que había podido fumarse un cigarrillo con el mejor tirador del ejército alemán, quien no tenía más de 18 años pero ya había matado tantos hombres como 12 soldados juntos”.

Un reportero de Manchester escribió sobre aquel y otros muchos partidos, pero al ser el único periodista que habló del tema siempre quedó la duda sobre cuánto de verdad habría. Se dice también que el alto mando no deseaba que se publicitara estos hechos entre la población para no ablandar la moral de los ciudadanos por lo que se censuró la información. No hay pruebas que demuestren más casos, pero es obvio que hubo más partidos, y, de hecho, un soldado francés contaba en un periódico inglés que en el encuentro que disputó su batallón se puso en liza una liebre como trofeo para el vencedor.

EL 17 de diciembre de 2014, para conmemorar el centenario de tan bella historia, se celebró en aquella iglesia belga de Saint Martin de Ypres una ceremonia organizada por la UEFA y con la presencia de los jefes de estado de Reino Unido, Bélgica, Francia, Italia y Alemania. Paradojas de la historia, San Martín es el santo soldado, ya que antes de ayudar a los mendigos y propagar las enseñanzas de Cristo en Francia fue miembro de la guardia imperial romana.

Bajo su auspicio se erigió un monumento en el mismo sitio en el que se improvisó el duelo futbolístico. Michel Platini, por aquel entonces presidente de la UEFA, cerró la ceremonia recordando que “hace un siglo se expresó la humanidad en un partido de fútbol escribiendo un capítulo en la construcción de la unidad europea que debe servir de ejemplo a las jóvenes generaciones”.

«Lo que sudes en la paz, no lo sangrarás en la guerra».

P.D: En el vídeo el narrador comenta que el vencedor del partido fue Alemania. Falso. Fueron los británicos.

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