fútbol

El último partido de la RDA

En agosto de 1989 el gobierno húngaro decidió abrir sus fronteras durante un periodo de tres horas. Se esperaba temida respuesta desde Moscú. Y la hubo. Pero no la que se rumiaba. Mijaíl Gorbachov dio el visto bueno y días después miles de personas aprovecharon la ocasión para introducirse en Austria vía Hungría. Para escapar del bloque comunista y probar fortuna en el bloque capitalista. Donde el agujero fue más considerable fue en la RDA (República Democrática Alemana). Al otro lado del muro (una barrera física que abarcaba mucho más que la ciudad de Berlín) había un país con las mismas costumbres y la misma lengua y en el que vivían amigos y familiares. En un par de semanas más de 10.000 personas cambiaron la RDA por la RFA (República Federal Alemana).

Ante la presión ciudadana todo se aceleró el 7 de noviembre. Esa mañana la RDA promulgó un decreto que permitía los viajes turísticos a países de la órbita capitalista. La medida fue comunicada al público mediante una rueda de prensa en la tarde del 9 de noviembre. Fue entonces cuando Ricardo Ehrmann, periodista de la agencia de noticias italiana ANSA, preguntó a partir de cuando entraba en vigor la medida. Günter Schabowski, miembro del Politburó, contestó tras un breve titubeo: “Los viajes privados al extranjero se pueden autorizar sin presentación de un justificante, motivo de viaje o lugar de residencia. Los responsables de los visados y del registro han sido instruidos para autorizar sin retraso los permisos permanentes de viaje”. Tras un profundo murmullo en la sala alguien volvió a reformular la pregunta y Schabowski sólo acertó a añadir; “de inmediato”.

Se acababa de abrir la espita.

Miles de personas se dirigieron a los puntos fronterizos. Ante tal acumulación de gente, y poco antes de la medianoche, los controladores decidieron levantar las barreras y permitir que los ciudadanos de Berlín Este y los de Berlín Oeste se abrazaran, se tocaran, se gritaran y se besaran 28 años después.

Era la noche del 9 de noviembre y el Muro de Berlín pasaba a formar parte de otra época.

Pero la unión de las dos Alemanias no se iba a resolver de un día para otro.

Un mes antes de la caída del Muro de Berlín, la selección de fútbol de la RDA derrotaba por 2-1 a la URSS en un encuentro disputado en Chemnitz (por entonces ciudad rebautizada como Karl-Marx Stadt). Esa victoria unida a la derrota de Austria ante Turquía en Estambul estimulaba la ilusión de la RDA que tan sólo necesitaba un empate en el siguiente partido ante los austriacos para clasificarse para el Mundial de Italia 1990. De hacerlo sería la segunda vez en su historia en la que la RDA participase en un Mundial de fútbol.

La selección de fútbol de la RDA jugó y perdió su primer partido ante Polonia (3-0) en Varsovia en 1952. Desde entonces y hasta su disolución casi 40 años más tarde disputó cerca de 300 encuentros y ninguno más trascendental como la victoria por 1-0 con gol de Sparwasser ante sus vecinos de la RFA en Hamburgo durante el Mundial de 1974. Historia que daría y dará para un artículo en el futuro.

La RDA había destacado en las pistas de atletismo y en la piscina olímpica. Años más tarde se sabría que en gran medida gracias al dopaje de Estado. Pero en fútbol no pasaba de ser una selección menor. Irónicamente tan sólo logró clasificarse para el citado Mundial organizado por Alemania del Oeste. Con la base de ese equipo lograrían ganar la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1976. A parte de eso, poco más. Sin embargo, a finales de la década de 1980 la RDA podía presumir de contar con la mejor selección de su historia. Con el sistema comunista a punto de estallar los germanos oriéntales tan sólo necesitaban un empate en el Prater de Viena ante Austria para clasificarse para el Mundial y volver a estar en el mapa.

Hacía casi un mes que el partido se había programado para el miércoles 15 de noviembre de 1989 a las 18:00 horas.

Pero una semana antes el Muro de Berlín había caído.

Y el mundo cambió.

Y la vida de esos futbolistas lo hizo más rápidamente que la de cualquier otro alemán.

La selección estaba citada la tarde del día 10 en Berlín para iniciar la preparación del decisivo encuentro. Aquellos futbolistas pasaron del amateurismo al profesionalismo en un breve lapso de tiempo. Ese mismo día, horas después de la caída del Muro, los teléfonos de las habitaciones del hotel de concentración se colapsaron de llamadas de agentes y presidentes de clubes de la RFA poniendo precio a los sueños de esos futbolistas. En el entrenamiento vespertino decenas de periodistas rodeaban las líneas del terreno de juego y señores de oscuras gafas y valiosos trajes departían con los jugadores a la salida de los vestuarios.

La semana transcurrió con idas y venidas de agentes y escapadas a destiempo de los futbolistas. El día 14 el equipo viajó hasta Viena. Con la expedición también iba un misterioso hombre al que pronto se le identificó como un directivo del Eintracht de Frankfurt. La noche anterior al señalado partido Andreas Thom y Ulf Kirsten, la pareja de delanteros de la RDA, firmaron un precontrato con el equipo del águila bicéfala. Al día siguiente, en el banquillo de los suplentes, junto a los jugadores y el cuerpo técnico, aquel directivo ataviado con una oscura gabardina se sentaba al lado de la expedición de la RDA. Se trataba de aquel intrépido empleado del Eintracht.

La RDA formó con Hayne; Kreer, Stahmann, Lindner, Schössler, Döschner; Sammer, Stubner, Steinmann; Thom y Kirsten. Desde el banquillo partieron Doll y Weidemann. El seleccionador era Hans-Jürgen Dörner.

Con el Estado en plena descomposición, la selección germano oriental buscaba su pase al Mundial en medio de la incertidumbre. Fue un desastre. La derrota no pudo ser más contundente. Austria se impuso por un rotundo 3-0. Un triplete de Anton Polster, entonces delantero del Sevilla, les dio el billete para el Mundial. Matthias Sammer, Andreas Thom, Ulf Kirsten o Thomas Doll, las grandes estrellas de la RDA, deberían esperar por otra oportunidad.

La derrota supuso un alivio para la FIFA que en años venideros tendría que hacer malabares para aceptar o denegar el acceso a sus competiciones a los nuevos países surgidos por el fin del comunismo. Aquel verano la RFA ganó el Mundial de Italia de 1990 bajo un clima de exaltación, arrebato y fervor que se extendió a la frontera oriental del país. Franz Beckenbauer, seleccionador y mito viviente del fútbol alemán, afirmaría en los fastos de la celebración por la victoria que “con la reunificación la selección alemana sería invencible”.

El feliz acontecimiento tuvo lugar el 3 de octubre de 1990. Desde ese día Alemania volvió a ser oficialmente un país unido. Un par de semanas antes, el 12 de septiembre, la RDA disputó un encuentro amistoso ante Bélgica en Bruselas en lo que fue la despedida oficial de tan especial selección. Los federativos prepararon un fin de fiesta lleno de melancolía, pero estrellas como Ulf Kirsten o Andreas Thom declinaron volver a jugar para la RDA. Otros como Rainer Ernst sí que decidieron participar, pero manifestaron su disconformidad por el sinsentido del choque. Y alguno como Uwe Rösler, que debutaba como internacional, mostró su orgullo por jugar un partido que pasaría a la historia.

En un principio el encuentro era un choque de clasificación para la Eurocopa de 1992. Así lo había dictaminado el sorteo celebrado en febrero de aquel año, pero una vez que se vio que nunca más habría dos Alemanias pasó de ser oficial a oficioso. Pocos jugadores querían arriesgarse a jugar un partido sin sentido en el que podrían sufrir una desafortunada lesión que mermara sus nuevos y lucrativos contratos.

Se concentraron en Berlín y en un principio sólo había 10 jugadores disponibles. Muchos, como Rösler, aún jugaban en Alemania Oriental y confiaban en que una buena actuación les abriese las puertas de la Bundesliga. Hubo una excepción notabilísima entre las vedettes, el capitán Matthias Sammer, quien ya jugaba en el Stuttgart de la RFA y que estaba considerado uno de los mejores centrales del mundo. Pero lo cierto es que su presencia fue casual. Llegó a Berlín con la idea de encontrarse con otras estrellas como Kirsten o Thom, pero cuando le dijeron que éstos habían declinado la convocatoria decidió coger un vuelo de vuelta a Stuttgart. Desafortunadamente para él era muy tarde y tendría que esperar a la mañana siguiente para volver a casa. Aquella noche, Eduard Geyer, seleccionador de la RDA, lo convenció de la importancia histórica del choque y logró que Sammer capitanease a un equipo en el que al final habría de tener 14 integrantes, de los cuales 3 eran debutantes.

El partido, pasmosamente, fue un éxito. La RDA jugó con una pasión y un compromiso inesperado y venció por 0-2 con goles de Rösler y de Sammer. Rösler ganó mucho dinero en el Manchester City y en el Kaiserlautern pero nunca llegó a ser internacional con la Alemania unificada. Matthias Sammer llegó a ser capitán de la nueva Alemania que ganó la Eurocopa de naciones de 1996 así como vencedor de la Copa de Europa con el Borussia Dortmund en 1997 tras un desafortunado paso por el Inter de Milán.

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Una vez se supo que para la temporada 1991/92 habría una única liga alemana hubo que preparar un plan de choque para unificar las dos competiciones. Para los clubes de la RDA fue una hecatombe. No existió una unión. Fue una absorción. El músculo financiero de la Bundesliga de la RFA fagocitó a la paupérrima Oberliga de la RDA. Los dos primeros de la liga comunista (Hansa Rostock y Dinamo Dresde) pasarían a integrarse a una Bundesliga que ampliaba a 20 sus integrantes. Los seis siguientes clasificados recalaban en la Bundesliga 2 y el resto de los equipos transitarían por las categorías regionales del fútbol alemán.

Poco a poco varios internacionales del Este se sumaron al bloque que había ganado el Mundial de 1990. Fue el caso de Sammer, Doll, Andreas Thom o Kirsten. Curiosamente los dos primeros debutaron en marzo de 1991 ante una Unión Soviética ya moribunda. Pero los equipos de la RDA fueron incapaces de levantar el vuelo. El Dinamo de Berlín, el conjunto vinculado a la Stasi y gran dominador de la Oberliga, malvive hoy en campos de regional. Situación similar al Rot-Weiss Essen, el Carl Zeiss Jena o el Lokomotiv Leipzig, éste último finalista de la Recopa de 1987 y todos ellos equipos mitificados por aquellos que hoy frisan los 60 o los 70 y que en su juventud presumían de leer a Marx o a Bakunin.

Beckenbauer había afirmado con fanfarria que la nueva Alemania sería invencible pero su bravuconada no se cumplió. Después de que en 1996 los alemanes ganasen su tercer cetro continental (el primero como un único país) la selección teutona entró en una profunda crisis derivada del envejecimiento, la ausencia de estructuras de cantera adecuadas, metodologías anticuadas y crisis financieras que afectaron por igual a los clubes del Este por falta de liquidez y a los del Oeste por haber gastado mucho más de lo que tenían. El cambio de siglo se tornó complicado y en ellos futbolistas nacidos en la RDA como Ballack, Schneider, Linke, Jancker o Jeremies tuvieron un peso importante a la hora de lograr el subcampeonato mundial de 2002. Sin embargo, la falta de un patrón de juego claro y la irregularidad fueron una tendencia que no remontaron hasta la llegada al banquillo años más tarde de Joachim Löw.

En la actualidad tan sólo hay dos equipos del Este en la Bundesliga. El más destacado es el RB Leipzig, propiedad de la multinacional Red Bull, en una alegoría que trae a la memoria la escena de la película ‘Goodbye Lenin’ en la que un joven trata de convencer a su madre de que la RDA sigue en pie y que si ve tanta Coca-Cola en los supermercados es porque la multinacional se ha convertido en una empresa comunista. En el combinado nacional apenas hay futbolistas nacidos en los territorios de la antigua RDA. En la victoria de Alemania en el Mundial de Brasil en 2014 tan sólo Toni Kroos había nacido en la Alemania comunista.

«El Muro seguirá existiendo dentro de 50 y de 100 años si las condiciones que se dieron para que se erigiera no se combaten». Erich Honecker, presidente de la RDA en declaraciones a la prensa en febrero de 1989, apenas diez meses antes de la caída del Muro de Berlín.

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El nazi bueno (2ª parte)

Bert (en realidad se llamaba Bernhard Carl) firma por el City en el verano de 1949. La prensa inglesa está encolerizada y la gente de Manchester se echa a la calle reclamando que Bert Trautmann vuelva a Alemania. Se estima que unas 20.000 personas (50.000 según algunas fuentes) salen a protestar colapsando Maine Road, la calle que daba nombre al antiguo estadio del City, con gritos de ¡nazi! dedicados a Trautmann y de ¡criminales de guerra! a los miembros de la junta directiva. Los titulares de prensa del día siguiente no le iban a la zaga: “A los nazis hay que enviarlos a casa”, “El portero del Manchester City no quiere recordar nuestro dolor”, o mi favorito: “Buy kraut goalkepper with Iron Cross”, que se podría traducir por “Comprado portero bajo palos con una Cruz de Hierro”.

¿Por qué el City decide fichar a Trautmann? ¿Por razones humanitarias? Obviamente no. El Manchester City ficha a Trautmann porque era un buen portero. Un muy buen portero. Solo necesita un puñado de partidos para acallar a los hinchas del City. Lo que en un primer momento eran gritos de ¡nazi! cada vez que realizaba una parada pronto se convierten en rotundos aplausos.

A la aceptación del cancerbero alemán contribuyen notablemente dos figuras. El primero es Alexander Altmann, rabino de Manchester. Decide escribir mano a mano con Trautmann una carta abierta que publicará la prensa local. En ella, el paracaidista de Bremen pedirá perdón y argumentará que hizo “todo lo que le ordenaron como soldado”. Altmann aprovecha para dirigirse a la populosa comunidad judía del Gran Manchester con las siguientes palabras: “Bert es un joven decente. No seáis estúpidos. No podemos castigar a un alemán en concreto por aquello que haya hecho un país. Dejemos que demuestre si es un buen portero y luego ya veremos”.

Pero más notables aún fueron las escuetas pero concretas palabras de Eric Westwood. Capitán del Manchester City y veterano del desembarco de Normandía, sólo necesito un par de partidos para comprobar que Trautmann ya no era un nazi. Ni siquiera era un soldado. Tampoco era un prisionero de guerra. Ya ni siquiera era alemán. Tan sólo era un futbolista. “No existen las guerras en este vestuario”, soltó Westwood ante la prensa. Ya no hubo más discusiones. Nadie más en Maine Road volvió a llamar nazi a Trautmann.

No ocurría así en terreno visitante. Después de 15 años en el City a Trautmann aún seguían llamándole nazi a lo largo y ancho de Inglaterra. Pero cuanto más hostil era el recibimiento, mejor era la actuación del meta alemán. En un partido en Londres contra el Fulham los pitos y los insultos de comienzo del encuentro se convirtieron en aplausos tras una exhibición de bravura y de valía personal. Bob Wilson, portero del Arsenal en la década de los 60 y los 70, contaba como de pequeño su ídolo era Bert Trautmann. Tanto su padre como sus dos hermanos mayores habían muerto en la guerra y en casa le recriminaban taxativamente que no podía admirar a un nazi. Pero su fascinación ante Trautmann era tal que no lo podía remediar. Wilson cuenta que la valentía del alemán, al borde de la temeridad, su templanza, su espectacularidad y su eterna compostura ante los continuos insultos recibidos, eran para él pura seducción.

En su primer partido con el equipo de reservas del City acudieron casi 27.000 personas. Trautmann comentaría años más tarde que había escogido Manchester porque le explicaron que cuanto más al norte de Inglaterra residiera mejor le aceptaría la gente. La realidad es que era el payaso del circo y el mono del zoo. Con el City vivirá dos descensos a segunda división pero la gloria a mediados de los 50. En esos años junto a Trautmann aparecerá el centrocampista Roy Paul y el delantero Don Revie, más tarde afamado entrenador y seleccionador inglés.

Con todos ellos a bordo el Manchester City se clasifica para la final de la FA Cup de 1955 ante el Newcastle. Es la primera vez que un alemán juega la final copera de Wembley y por supuesto es también la primera vez que lo hace delante de la reina Isabel II. ‘Pecata minuta’ en 2019 pero cacareada agitación en 1955. El City pierde por 1-3, pero se vuelve a clasificar para la final de 1956, en este caso ante el Birmingham City.

Y es en aquella final disputada el 5 de mayo de 1956 cuando Bert Trautmann se ganará para siempre el corazón de todos los seguidores del City y el respeto y la admiración de todos los aficionados ingleses.

A falta de 20 minutos para el final del partido el Manchester City ganaba por un claro 3-1. Entonces, un centro al área del Birmingham se queda corto. A por el balón se lanzará a tumba abierta Trautmann y a la carrera el delantero rival Peter Murphy. Los dos jugadores llegan al mismo tiempo y la rodilla de Murphy impacta en la base del cráneo del portero. Durante unos agónicos minutos Trautmann es asistido por el personal médico. Está inconsciente, aunque rápidamente se despierta. Las imágenes muestran cómo se levanta tambaleándose y con el cuello torcido hacia su izquierda. En 1956 no existían los cambios, por lo que si Trautmann se retira lesionado un jugador de campo tendría que colocarse bajo palos y el City afrontar los minutos finales del partido en inferioridad numérica.

No está en condiciones médicas para jugar. Pero Trautmann va a seguir jugando.

Trautmann nunca supo que ocurrió en esos últimos 20 minutos. Jamás recordó nada. Sólo resuena una neblina y unos cuantos sonidos en lo más profundo de su memoria. El caso es que consciente o inconscientemente realiza cuatro paradas espectaculares y un par de salidas suicidas que salvan al City y que permiten a los de Manchester alzarse con el título copero.

Por la noche, antes de la cena de gala para celebrar la victoria, Trautmann acude a un hospital de Londres donde le dicen que tiene un simple calambre y que en un par de días estará recuperado.

Al día siguiente una multitud de ‘citizens’ corea su nombre frente al ayuntamiento de Manchester. Él sonríe desde el palco con la cabeza torcida hacía un lado. Ese mismo año es designado mejor jugador de la liga, la primera vez que un portero recibe la mención y, por supuesto, la primera vez que un alemán recibe tal distinción. Días después un amigo le obliga a ir al hospital y se revelará su locura. La primera vértebra lumbar se había roto y su tercera vértebra estaba montada sobre la segunda debido al impacto recibido en el cuello el día de la final. Según le explica un médico ese golpe de azar evitó la rotura del cuello y su muerte en aquel mismo instante.

Durante las siguientes tres semanas estará totalmente inmovilizado sobre una plancha de madera. Tardará otros siete meses en volver a jugar al fútbol y durante la convalecencia sufrirá la pérdida de su segundo hijo (el primero reconocido) víctima de un atropello a los cinco años de edad. Esa pérdida hará que su matrimonio se termine años más tarde y que, sin hijo y sin esposa, Bert Trautmann decida conocer a su hija ilegítima fruto de aquella relación navideña en el campo de prisioneros de 1946.

En la vida de Trautmann no existen las medias tintas.

Bert Trautmann se retiró en 1964 tras 545 partidos oficiales con el Manchester City. Luego se convirtió en entrenador de las categorías inferiores de la selección alemana y más tarde de la inglesa. También dirigió a selecciones tan dispares como Birmania, Tanzania o Pakistán, hasta que a mediados de los 80 descubre el sol de la costa de Castellón y decide instalarse en el pueblo pesquero de Almenara hasta su muerte en 2013.

En 1964 su partido de homenaje reunió en el mismo equipo al City y al United en un combinado de Manchester que se enfrentó a la selección inglesa. Y medio siglo después, ya con 91 años a sus espaldas, la Reina Isabel II lo distinguió como Oficial del Imperio Británico en una ceremonia celebrada en Berlín. Años antes, el City había inaugurado una estatua en la memoria de un hombre que vivió dos vidas. Un hombre que pasó de enemigo a amigo. Un nazi bueno.

Bert Trautmann: “Me considero más inglés que alemán. Mi educación comenzó después de la guerra. Hasta ese momento yo no había tenido capacidad para decidir. Ellos me aceptaron. Mi verdadera educación comenzó a los 22 años en Inglaterra cuando aprendí sobre humanidad, tolerancia y perdón. Me preguntaban si había matado gente. Los muertos no se ven. En la guerra sólo ves sombras en el horizonte, figuras que corren. Y tú te defiendes, porque si no lo haces te disparan y te matan”.

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El nazi bueno (1ª parte)

Antes, mucho antes, de Robinho, Tévez, Agüero, Gündogan, Silva o De Bruyne, el Manchester City era un paria. Un club modesto, a caballo entre la primera y la segunda categoría del fútbol inglés y siempre a la sombra de los diablos rojos del United. Tuvo sus años de gloria a finales de los 60 cuando conquistó la Premier de forma sorpresiva, pero la historia del club tiene más sombras que luces. Y, a pesar de todo ello, para todo buen hincha ‘citizen’ por muchos títulos y por muchas estrellas que los petrodólares se encarguen de llevar a orillas del río Mersey no habrá nunca un futbolista más admirado que Bert Trautmann, el nazi bueno.

En 1949 el Manchester City necesitaba un portero. Frank Swift, el cancerbero del club en el último lustro, se acababa de retirar y aunque estaban convencidos de que el elegido era mucho mejor que él, los directivos del City dudaban de que fuese aceptado por la afición. Bert Trautmann era un excepcional portero que llevaba varios meses destacando en el fútbol regional pero que aún no había dado el paso al profesionalismo. Y no por culpa de sus aptitudes, a ojos de todos excepcionales, sino por culpa de su pasaporte.

Trautmann era alemán. Era un soldado alemán. Un sargento de la Luftwaffe. Bert Trautmann se iba a convertir en el primer teutón que jugaría en la liga inglesa. En el primer alemán que iba a disputar la FA Cup, la competición de fútbol más antigua del mundo. Y todo ello apenas un puñado de años después del fin de la II Guerra Mundial.

Bert Trautmann nació en Bremen en 1923, días antes del golpe de Estado fallido conjeturado por Hitler y otros gerifaltes del partido nazi en una cervecería de Münich. Como todo chiquillo alemán de raza aria, Bert era un niño alto, fornido y rubio. Y como tantos otros niños altos, fornidos y rubios creció mamando la propaganda nazi, pasó su pubertad en los campamentos organizados por las Juventudes Hitlerianas y cuando la guerra estalló en 1939, y con apenas 16 años de edad, corrió a alistarse como voluntario para defender el Reich de los 1.000 años.

Trautmann había pasado una difícil infancia. Sus padres no tenían trabajo y él vivía de pedir en la calle y de los alimentos que le daban en los comedores comunitarios. Con apenas 10 años ya se unió a las Juventudes Hitlerianas, donde le proporcionaban comida, le enseñaron el oficio de mecánico y, sobretodo, le devolvieron la dignidad. Es fácil comprender como aquel chaval de 16 años estaba dispuesto a dar su vida por Alemania y por su Führer.

Intentó alistarse en la sección de inteligencia. Su idea era convertirse en operador de radio, pero suspendió el examen para intérprete de código morse. Finalmente fue reclutado por la Luftwaffe como paracaidista. Los ‘fallschirmjager’ eran unidades de élite, fuertemente nazificadas y claves para la ofensiva nazi. Los alemanes fueron los primeros que crearon unidades específicas de paracaidistas para asaltar las líneas enemigas, cortar comunicaciones y crear el caos en la retaguardia del enemigo. Los ‘fallschirmjager’ eran muy respetados en el campo de batalla y estaban armados con el fusil de asalto FG 42, un arma de combate ligera y plegable, sin paragón por entonces.

Tras un arduo entrenamiento Trautmann fue enviado a la Polonia ocupada, hasta que en el verano de 1941 fue movilizado para iniciar la ofensiva alemana contra la URSS. Pasaría tres años combatiendo en el frente del Este siendo uno de los 90 supervivientes de una división aerotransportada conformada por 1.000 individuos. Trautmann es uno de los pocos afortunados que entró en la guerra en 1939 y salió indemne de sus garras en 1945.

Primero luchó en Crimea y más tarde fue enviado al frente de Moscú. Allí, durante la contraofensiva soviética, una granada le estalló en los pies e increíblemente no sufrió rasguño alguno. Era el invierno de 1942 y poco después fue capturado por los rusos. Dicen quienes lo conocieron que era un soldado entusiasta y eficiente y que mantenía la compostura incluso encerrado en un campo de trabajo. Su fidelidad a Alemania se mantenía por entonces inquebrantable. A los pocos meses de ser capturado fue enviado junto a otros presos a reasfaltar y adecentar una carretera que había sido demolida en el transcurso de los combates. Mientras estaba trabajando, un escuadrón de cazas de la Luftwaffe atacó a las posiciones más avanzadas del flanco soviético. Aprovechándose del caos originado, Trautmann consiguió escapar de su cautiverio y emprender una larga huida para regresar a territorio alemán. Con motivo de su hazaña fue galardonado con una Cruz de Hierro, una condecoración militar alemana de origen prusiano, y aún vigente en la actualidad, que es concedida por actos de gran valentía. Tan sólo fue una más de las cinco condecoraciones que Trautmann recibió en los años de contienda.

Tras unas semanas de descanso en Bremen volvería a Rusia donde alcanzaría el grado de sargento, hasta que en 1944 fue desplegado sobre Bélgica para tratar de ayudar a detener la ofensiva de los aliados tras el desembarco de Normandía. Pero por entonces su visión de la guerra ya había cambiado. En Bremen había comprobado como parte de su familia había muerto y como la otra malvivía. Había sufrido en sus carnes como su ciudad era víctima de bombardeos aliados continuos, algo que la propaganda nazi se había encargado de ocultar. Pero no sólo eso. Años más tarde confesaría lo orgulloso que se había sentido cuando había logrado escapar de los soviéticos. Pero también explicaría que su nazismo se había visto diezmado cuando advirtió como un comando de las SS aniquilaba a los habitantes de un pueblo ruso al completo y los enterraba en una fosa común. “Si no hubiese sido tan niño entonces creo que me hubiese suicidado”, se sinceraría en un profundo reportaje.

En diciembre de 1944 participó en la batalla de las Ardenas, la última ofensiva alemana de la guerra. La ofensiva fracasó y Trautmann nuevamente fue capturado, en esta ocasión por un comando francés. Nuevamente consiguió escapar, en esta oportunidad sin mayores dificultades, pero en esta ocasión no habría tiempo para descansar. El ejército alemán estaba a punto de colapsar y no se podía escatimar en personal. Trautmann fue enviado al frente de nuevo, esta vez a defender la frontera del Rin, el último reducto antes de que los enemigos entrasen en Alemania.

La noche del 7 al 8 de febrero de 1945 la aviación inglesa convirtió en escombros gran parte de la ciudad medieval de Cléveris. Entre los cascotes emergió Bert Trautmann tras tres largos días y tres largas noches inmóvil debajo de las ruinas. Sólo, aislado de su división, sin pertrechos ni comida, deambulaba vestido de uniforme camino de Bremen usando la persistencia como su único método para sobrevivir. Un par de días después fue sorprendido por un par de soldados norteamericanos mientras dormía en un granero. Consiguió zafarse de ambos, pero mientras escapaba corriendo campo a través tropezó. Al levantar la cabeza vio a un grupo de soldados ingleses que le espetaron: “¡Eh! Fritz (así es como los ingleses llamaban a todos los alemanes), ¿te apetece una taza de té?”. Y Trautmann definitivamente se rindió. Su guerra había acabado.

“Fue una liberación. Estaba cansado de escapar y de combatir. Todo cambiaba demasiado rápido y era imposible soportar aquella sensación de que en cualquier momento todo podía acabarse”, declararía Trautmann años más tarde.

Los aliados primero le enviaron a un campo de prisioneros situado en Bélgica y, al acabar la guerra, fue trasladado a Essex, al noreste de Londres. Existían tres categorías de reclusos. Los negros eran considerados nazis impenitentes, los reclusos grises eran considerados simpatizantes pero no militantes y los convictos con distintivo blanco eran aquellos soldados alemanes que se consideraban antinazis.

Trautmann fue catalogado como recluso de distintivo negro. Fue clasificado como un nazi peligroso.

Durante más de medio año fue sometido a un plan de desnazificación. Fue reeducado en los valores democráticos, fue sometido a sesiones de vídeo con imágenes de los campos de exterminio de judíos y, en definitiva, se le hizo partícipe de todas las atrocidades que los nazis perpetraron durante la guerra y que él se encargó de defender al vestir el uniforme del ejército alemán.

En el verano de 1946 fue recalificado como prisionero de distintivo gris y fue enviado a un campo de trabajo en Ashton-in-Makerfield, un pueblo a caballo entre Manchester y Liverpool. Allí se convierte en conductor de un camión de reparto entre granjas y se entremezcla con los pueblerinos en labores de intendencia como el arreglo de tendidos eléctricos, el levantamiento de puentes, el traslado de enseres o la retirada de bombas que quedaron sin estallar.

El director del campamento era un general escocés fanático del fútbol que tan pronto como pudo organizó un equipo para competir en las ligas locales. Trautmann no había jugado nunca al fútbol y es utilizado como defensa central. Fuerte, robusto y con 1’89 metros de altura se convierte en un central leñero. Pero el azar le tenía destinado otra aventura. El portero del equipo se lesiona y Trautmann es enviado bajo palos. Aquel central mostrenco y bruto se convertirá en un portero seguro, ágil y de gran colocación. El boca a boca pronto hará efecto y los partidos del domingo del equipo del campamento de prisioneros número 50 pronto serán seguidos por miles de curiosos.

En las navidades de 1946 Trautmann, al igual que otros presos, pasará la Navidad con una familia de la zona en un intento de normalizar una situación anómala. Es entonces cuando conoce a Marion Greenhall, una chica de un pueblo cercano que pronto se quedará embarazada. Bert Trautmann, ya con 23 años de edad, había matado a cientos de hombres pero aún no sabía lo que era el sexo. Cuando en 1947 el Gobierno inglés repatrie a los presos a su país de origen, Trautmann decide rechazar el ofrecimiento. En Bremen ya no tiene ni familia ni amigos. En Inglaterra tiene una nueva vida.

La buena voluntad le dura apenas un par de meses. Antes de que Marion dé a luz a una niña que llamará Frida, Trautmann escapará víctima del miedo y de la responsabilidad. Hoy parecerá extraño, pero en los años de posguerra los hijos de madre soltera fueron pan de cada día. Hasta los años 60 Frida no sabrá quién es su padre biológico y tuvo que esperar a 1990 para conocerlo.

Bert malvive trabajando en una granja hasta que en abril de 1948 el Saint Helens Town, un equipo de regional contra el que había jugado en alguna ocasión, le ofrece un puesto como portero y un empleo en la fábrica local. Trautmann acepta y con sus paradas consigue con rapidez que el St. Helens ascienda de categoría.

Antes de que termine la temporada 1948/49 sus actuaciones han llamado la atención del Manchester City. Es evidente que Trautmann es un portero de primer nivel, pero una cosa es que un prisionero de guerra, un alemán, juegue en un equipo semiamateur y otra es que salte a los campos de la primera división inglesa.

Pero esa será la historia de la próxima semana.

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El asesinato de Andrés Escobar

Corría el minuto 13 del partido cuando John Harkes avanzó por el carril central y armó la pierna izquierda para arrojar un centro al interior del área colombiana. El balón voló sin aparente riesgo, pero Andrés Escobar se deslizó a ras de césped para despejar el esférico con tan mal tino que introdujo el balón en su propia portería, pillando desprevenido a Óscar Córdoba. La selección colombiana no supo reponerse de tal desgracia y cayó por sorpresa ante Estados Unidos por 1-2 quedando eliminada del Mundial de 1994 en la fase de grupos. Antes de empezar el torneo Colombia era la tercera favorita para alzarse con el título para la mayoría de las casas de apuestas.

Era el 22 de junio de 1994. Apenas diez días después, en la madrugada del 2 al 3 de julio, Andrés Escobar era abatido a tiros dentro de su coche a la salida de una discoteca. El central de 27 años, capitán de la selección colombiana, fallecía minutos más tarde.

Hasta mediados de los años 80 el fútbol colombiano era secundario en América Latina. Falto de infraestructuras y recursos, los pocos jugadores de renombre emigraban a las más potentes ligas argentina y brasileña. Pero en esos años Colombia experimenta un fuerte crecimiento económico a través del narcotráfico. El más fiero exponente de los años de la coca es Pablo Escobar (sin ningún parentesco con Andrés), un hombre que se hizo archimillonario primero a través del contrabando y luego con la introducción de cocaína tanto en Estados Unidos como en Europa. Pablo llegó a crear un Estado paramilitar que se ganó el corazón de buena parte de los colombianos invirtiendo indecentes sumas de dinero en casas, alumbrado, carreteras o servicios sanitarios en los barrios más pobres de Colombia. Concretamente en Medellín, la ciudad que controlaba a su antojo.

Esas obscenas sumas de dinero tenían que ser ‘lavadas’ de alguna forma. Y que mejor forma que hacerlo que a través del fútbol. Antes de las tarjetas de crédito o de las compras online, las taquillas de los partidos se hacían con billetes. Con el fútbol se podía inflar al antojo del capo la recaudación de un partido. Es así como Pablo Escobar se convierte en el dueño del Atlético Nacional de Medellín o como Miguel Orejuela hace lo propio con el América de Cali.

El narcofútbol se encargó de comprar árbitros, pagar millonadas a jugadores que en condiciones normales emigrarían a otros países e invertir en infraestructuras. Futbolistas como Leonel Álvarez o René Higuita fueron formados en su juventud en campos de fútbol construidos con dinero donado por Pablo Escobar.

En esas circunstancias los Higuita, Álvarez o Arango, dirigidos por Pacho Maturana, logran con el Atlético Nacional el título de la Copa Libertadores de 1989, siendo el primer equipo colombiano en alzarse con el mayor honor futbolero de Sudamérica.

En aquel equipo destacaba un joven central de apenas 22 años llamado Andrés Escobar. Apodado ‘el caballero de la cancha’ era un chico formal, educado y serio, que a diferencia de la mayoría de sus compañeros no procedía de las clases más humildes de Medellín. Andrés era un joven de clase acomodada que no comulgaba con el narcofútbol.

Estos futbolistas junto a otros como Carlos Valderrama, Faustino Asprilla o Adolfo ‘El tren’ Valencia formaron una selección irrepetible que causó furor en el panorama internacional. Practicaban un fútbol imprevisible, con continuos cambios de ritmo y de velocidad que convirtieron a Colombia en la selección de moda a inicios de los 90, una época donde la defensa de cinco, el uso de la trampa del fuera de juego y el fútbol control reinaban en buena parte del mundo.

Entre 1991 y 1994 Colombia disputó 26 partidos internacionales encajando una sola derrota. Por el camino derrotaron en Buenos Aires a Argentina por 0-5 en un encuentro que aún hoy está considerado una hazaña en Colombia y una tragedia a orillas del Río de la Plata. La ovación de la afición albiceleste a los cafeteros al término del choque aún pone los pelos de punta a los seguidores colombianos.

Pero durante esos mismos años, mientras el fútbol colombiano daba una imagen de felicidad de cara el exterior, Colombia estaba sumida en una cruenta guerra civil. El índice de criminalidad en el país entre 1985 y 1995 fue el más elevado del mundo. Los cadáveres en las calles podían esperar días antes de ser retirados. Estados Unidos solicitó la extradición de Pablo Escobar, por lo que el capo de la droga decidió intervenir en política para blindarse. Se sucedieron los asesinatos de políticos, jueces, policías o civiles. Y el Estado contraatacó matando a soldados de Escobar y de otros jefes de la mafia, e incluso atacando a familiares del propio Pablo Escobar.

Escobar (el capo) llegó a estar encarcelado. Durante su cautiverio, jugadores como Higuita fueron a visitarlo con frecuencia. Pablo organizaba partidos en la cárcel e invitaba a futbolistas de renombre. Apostaba grandes sumas de dinero y pagaba millones a esos futbolistas para que jugaran delante de él. Incluso en una ocasión la selección colombiana fue hasta la cárcel para disputar un partido de exhibición delante de Pablo. Había futbolistas que iban encantados. Otros, como Andrés Escobar, lo hacían por obligación. Pero no había alternativa. El poder de la mafia era superior al del Estado. Además, Juan José Bellini, presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, tenía negocios en el mundo de la cocaína, por lo que era él mismo el que ordenaba a sus chicos que jugasen esos encuentros en la cárcel.

Como no podía ser de otro modo, Pablo Escobar sobornó a varios funcionarios y consiguió escapar de la cárcel para finalmente ser abatido en diciembre de 1993. El Estado había sobornado a otros capos para conseguir a la presa mayor.

Al entierro de Pablo acudieron miles de personas, pero aunque se había descabezado a la bestia el problema estaba lejos de haber finalizado. Durante las siguientes semanas se sucedieron las detenciones y, muerto el gran capo, dio la sensación de que en Colombia comenzaba una nueva era. A ello ayudó que a los pocos meses tendría lugar el inicio del Mundial de Estados Unidos donde Colombia partía como uno de los candidatos al triunfo.

Colombia estaba encuadrada en un grupo previo junto a Rumanía, Suiza y Estados Unidos. Los dos primeros se clasificaban para octavos de final junto al mejor tercero. Se daba por hecho la clasificación de los cafeteros. Andrés Escobar, con el número 2 en la camiseta, era el capitán y el líder de los sudamericanos. Contaba con un precontrato con el AC Milan para sustituir al legendario Franco Baresi al frente de la zaga del por entonces campeón de Europa. El acuerdo se haría efectivo al término del campeonato.

El primer partido enfrentaba a Colombia y a Rumanía. Los hombres dirigidos por Pacho Maturana dominaron el partido con autoridad y tuvieron numerosas ocasiones desde el inicio del choque. Pero en una jugada aislada, Florin Raducioiu aprovechó un despiste de la zaga para anotar el 0-1. A partir de ese momento Colombia entró en colapso y Hagi anotó después el 0-2 en un extraordinario lanzamiento lateral desde fuera del área. El partido finalizaría con un claro 1-3 a favor de los europeos.

Con una derrota en el casillero, Colombia estaba obligada a ganar en el siguiente partido a Estados Unidos para tener opciones de llegar a octavos de final. Ambos equipos se habían enfrentado en numerosas ocasiones en la última década y todos los encuentros habían acabado o en empate o en victoria colombiana.

Pero los de Maturana estaban psicológicamente muertos.

Viendo que el cerco sobre los narcos era cada vez más estrecho, los grandes capos decidieron apostar ingentes sumas de dinero en el Mundial para tratar de recuperar buena parte del efectivo perdido. Tras la derrota ante Rumanía muchos perdieron millones, por lo que amenazaron a varios miembros del equipo con la muerte si no ganaban a Estados Unidos. Maturana recibió una llamada anónima amenazante horas antes del inicio del choque y poco después entró llorando a los vestuarios para comunicarle a sus chicos la noticia. La mafia también ordenó que Barrabás Gómez, titular en el primer partido, no volviese a jugar en el Mundial, culpándolo de la derrota ante Rumanía.

Y por supuesto no volvió a jugar. De hecho, el encuentro ante los rumanos fue su último choque como profesional. Al acabar el campeonato decidió colgar las botas.

En estas circunstancias era de esperar que Colombia hiciese un partido espantoso ante Estados Unidos. Y así fue. Apenas tuvieron ocasiones claras y tras el ya comentado autogol de Andrés Escobar una nube negra se posó sobre la cabeza de los colombianos. Fue el primer gol en propia puerta de Escobar en toda su carrera. Se dice que su sobrino de nueve años, que estaba viendo el partido en casa junto al resto de su familia por la televisión, comentó; “por culpa de este gol van a matar al tío”.

Colombia, favorita a la victoria, había quedado eliminada a las primeras de cambio. Se ganó un último e intrascendente partido ante Suiza (2-0) y se tomó un avión de vuelta a Bogotá.

Al volver a su casa de Medellín a Andrés se le presentaba una disyuntiva. Mientras que el Mundial estuviese en liza el AC Milan no iba a dar el paso definitivo, pero quedarse en Colombia implicaba poner su vida en peligro. Su familia le imploró que se marchase a vivir a un hotel milanés a la espera de acontecimientos, pero Andrés no quería esconderse y decidió seguir haciendo su rutina habitual.

Diez días después, a la salida de la citada discoteca, los hermanos Gallón Henao se acercaron a Escobar y empezaron una acalorada discusión. Ambos eran conocidos narcotraficantes que habían perdido más de 3 millones de dólares por la temprana eliminación de Colombia en el Mundial. Andrés Escobar intentó calmarlos, a lo que los hermanos respondieron taxativamente; “no sabes con quien te estás metiendo”. Instantes después se acercó el lugarteniente de los hermanos Gallón, un pistolero llamado Humberto Múñoz, que descargó su revólver sobre el cuerpo de Escobar mientras gritaba: “¡Gracias por el autogol”. Minutos más tarde una ambulancia trasladaba a Andrés a un hospital cercano donde certificaron su defunción al poco de llegar.

Más de 120.000 personas acudieron al funeral de Andrés Escobar. Entre ellos sus compañeros de la selección colombiana que durante las siguientes semanas contaron con escolta policial proporcionada por el gobierno cafetero.

A partir de entonces el narcotráfico y el fútbol vivieron de la mano un lento declive. Miguel Orejuela, ex presidente del América de Cali, cumple hoy condena de 30 años en una cárcel de Estados Unidos. Juan José Bellini, ex presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, pasó presidio entre 1995 y 2001. Carlos Castaño, el hombre que sucedió como gran capo a Pablo Escobar tras su muerte, fue asesinado en 2004. Humberto Múñoz, el verdugo de Andrés, fue condenado a 30 años aunque ya salió de prisión por buen comportamiento. Y los hermanos Gallón Henao estuvieron encarcelados en Colombia y en estas fechas se está negociando su extradición a Estados Unidos.

Hoy, en buena parte de las ciudades de Colombia se pueden encontrar camisetas o libros sobre la vida de Pablo Escobar como un icono de la lucha de clases a imagen y semejanza del Ché Guevara. Junto a estas, en las tiendas de recuerdos y de mercadotecnia deportiva, se pueden localizar camisetas de Andres Escobar, ‘el caballero de la cancha’.

Pablo y Andrés. Dos Escobar. Dos países en uno.

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Neymar; diario de mi verano

He de confesar que un primer momento no estaba seguro de aquel movimiento. La temporada había acabado mal. Nos dejamos ir y perdimos la final de copa. Pero la cosa ya llevaba mucho tiempo atrancada. He vuelto a ganar la liga y he metido 34 goles en 37 partidos. Perdimos en la Copa de Europa, pero no fue culpa mía. Siento que todo el mundo tiene envidia de mí, tiene envidia de Neymar. Yo soy la estrella y no me dejan tirar los penaltis. Los franceses están con Mbappé, el vestuario con Cavani, y Tuchel no me respeta. Y aún encima el jeque ya no me apoya. Antes patrocinaba mis fiestas, me acompañaba en la noche parisina y ahora filtra mis excesos a los periodistas de mierda. Mi papá dice que sea feliz, que ganamos 37 millones de euros al año. Pero yo quiero que la gente me quiera, que me digan que soy el puto amo. Soy el puto Neymar. Quiero irme de París.

24 de mayo

Mi relación con Al-Khelaifi está rota. Le he dicho que a mí sólo me interesa la Champions. Que me da igual ganar la copa de Francia. El presi me ha dicho que aunque no pudiese jugar la final por culpa de mi sanción debería estar en el palco por el bien del PSG y por el de mis compañeros. Le he dicho que mi familia es Brasil y voy a coger mi jet para pasar unos días de descanso antes de empezar la Copa América. El presi y Leonardo siempre me habían consentido todo desde que fiche por el PSG, pero desde que Mbappé ganó el Mundial nada ha vuelto a ser lo mismo. Cuando le dije que iba a Brasil tuvimos una discusión muy dura y me dijo que disfrutara del verano que cuando volviese de la Copa América se acabarían los privilegios.

28 de mayo

Necesito ganar la Copa América. Necesito derrotar a Messi. Me fui del Barça para ganar el Balón de Oro. Mi papá me dijo que tenía que irme de allí, que al lado de Messi nunca sería el mejor del mundo. La gente no me toma en serio en Europa. Ahora ya no es sólo Messi y Cristiano. Es Mbappé, Griezmann, Salah y hasta ¡hablan más de los estúpidos niños del Ajax que de mí! Pero aquí todos me quieren. Soy el nuevo Pelé. Tengo que ganar la Copa América para que me vuelvan a respetar. Si ganamos y soy el máximo goleador, Al-Khelaifi volverá a hacerme caso. Le diré que venda a Mbappé al Madrid, que despida a Cavani y a Di María, y que con el dinero que le den que fiche a Coutinho a Firmino y a Allison y que renueve a Dani.

1 de junio

¡Tomar no cú! ¿Por qué coño me pasa a mí esto? ¡Filha da puta! Puta de mierda. Mentirosa. ¡Ahora dice que la he violado! ¡Ta brincando! ¡Con lo que le gustaba cuando me la follaba! Mierda de envidia. La gente es una envidiosa de mierda. Tengo dinero, soy guapo, ¿saben a cuantas mujeres me puedo follar cada noche si me da la gana? Soy Neymar. Soy el puto Neymar. Lo único que quiere esa zorra es mi dinero, es hundirme. Seguro que alguien del PSG la ha liado para hundirme. ¡Si iba más bébeda que yo! Y luego está el hijo de puta de Tite. Dice que me apoya pero me quita el brazalete de capitán para dárselo a Alves. ¡Filho de puta! Los voy a destruir a todos. Voy a acabar con esa panda de egoístas.

5 de junio

Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Cuando me pegaron la patada no pensé que fuera para tanto. Casi no me dolía. Ahora los médicos dicen que tengo una fractura en el tobillo derecho y que no podré jugar la Copa América. ¿Y ahora qué hago? Mis abogados me dicen que lo mejor que puedo hacer es no aparecer en público, pero mi papá dice que vaya a todos los partidos de Brasil para que vean que no tengo miedo. Para que vean que no soy un violador y que quiero que Brasil gane la Copa América. Le voy a hacer caso a mi papá pero la verdad es que espero que mi amigo Messi gane y perdamos en la final. Pensé que al volver a casa la gente me querría, pero veo que con esto de la violación mucha gente pasa de mí. He recibido la llamada del presidente Bolsonaro dándome su apoyo, pero no es suficiente. Necesito que la gente me vuelva a respetar y que la selección me necesite.

16 de junio

Me acaba de llamar mi papá. Dice que hay una entrevista en ‘L’Equipe’ en la que el presi ha dicho que Mbappé es el único jugador intocable de la plantilla. Es un traidor. Ahora me quiere echar. Pues no pienso perdonar ni un euro. ¿Cuántas Champions ha ganado el PSG? ¿Cuántos balones de oro tiene el PSG? Deberían besar el suelo por donde piso. Deberían dar gracias de que yo juegue allí. Tanta ciudad de mierda, tanto Paris. No se ve el sol en todo el año. ¿Y la mierda de liga esa? Tengo amigos en Copacabana que juegan mejor al fútbol que los tontos esos del Angers o del Montpellier.

7 de julio

Estoy de bajón. Ayer fuimos de fiesta. Tengo un resacón de la leche. Llevo cinco horas jugando al FIFA. Mi hermana ha fichado a Neymar para el Real Madrid. Yo jugué con el Barça y también me fiche a mí. Jugué con la delantera MSN, Messi, Suárez y Neymar, como en los viejos tiempos. Brasil ganó la Copa América y nadie habla de mí. Lo único bueno es que ganamos pero jugamos como el culo y el mejor jugador del torneo fue Dani. Menos mal. Dani es mi amigo, pero es un viejo. Tenía miedo de que Coutinho o Firmino jugasen bien y la gente se olvidara de mí, pero hicieron una final de mierda. Mañana tengo que volver a Paris para empezar la pretemporada, pero ya le dije a mi papá que no pienso ir. Tuchel sigue de entrenador y no han vendido a Cavani. Ya me echaran de menos.

14 de julio

Hoy una periodista que estaba buenísima me ha preguntado por mi mejor recuerdo en el mundo del fútbol. Le dije que cuando ganamos con el Barça al PSG 6-1 y remontamos en la Champions. Aquel día me salí, la gente no paraba de decir que era el sucesor de Messi. En Paris me han llamado traidor y Judas. Dicen que es una ofensa nacional. Que lo he hecho adrede. Que es 14 de julio, un día sagrado para ellos. Leonardo dice que me va a expedientar. Me da igual. Es la verdad. Quiero volver al Barça. Mi papá dice que para volver a Barcelona tenemos que devolver 40 millones de euros y que no puede ser. Le dije que me da igual, pero que yo no volveré a jugar con esos paletos del PSG.

26 de julio

Mi papá se ha reunido con José Ángel Sánchez. Me ha dicho que el Real Madrid quiere colocar a Bale y que les interesaría rebajar mi precio con ese intercambio. Dice que sólo hay dos equipos en el mundo que me pueden pagar 30 millones al año y dar al PSG los 200 millones que piden, sea abaratando con jugadores o sin ellos. A mí me encantaría jugar en el Madrid. Me dijeron que es muy frío en invierno y que no tiene mar, pero el Madrid es la leche. Además, ahora que ya no está Cristiano yo sería el puto amo. La gente adoraría a Neymar. Benzema, Hazard o Modric no me harán sombra. Y el Madrid siempre gana la Champions.

30 de julio

Zidane no me quiere. Que no se fían de mí. Que el Madrid es club señor y no sé qué mierdas. ¡Cómo si Ramos y Benzema se fueran a la cama a las 10! Que llevo dos años sin ser top y que no que van a pagar 200 millones por mí. Mi papá dice que si me pongo a tiro me fichan igual, aunque sólo sea por joder al Barça. Que tenga paciencia. Me da igual. Yo no pienso volver a jugar en Paris, así que tarde o temprano me venderán.

9 de agosto

Ya he vuelto a Paris. A mi casa. Estaba comiendo una pizza con mamá cuando llamó papá. Me dijo que un juez de Sao Paulo ha archivado la denuncia por violación por falta de pruebas. Me dijo que llamara a Bolsonaro para agradecerle su apoyo y que diera un comunicado en público dando las gracias porque todo se haya aclarado. Yo siempre lo dije, ella sólo quería dinero. Todas las noches cientos de chicas se me tiran al cuello para que me las lleve a mi casa y las folle. Lo mejor es que ahora que ya no hay denuncia por violación el Barça y el Madrid ya no van a tener problemas para hacerme una oferta. ¡Seguro que vuelvo a Barcelona! ¡Qué gosto!

10 de agosto

Hoy empezó la liga francesa. PSG-Nimes. Ganaron 3-0. Yo me quedé en casa. Dije que tenía problemas musculares, pero me la suda la mierda de liga esa. Yo sólo quiero ganar la Champions. Leonardo dijo al acabar el partido que mi venta está más cerca. Mejor. Ya están tardando. Papá dice que lo del Madrid está parado. Que el PSG no quiere a Bale y que hasta que lo coloquen no pueden hacer nada. Cobra 18 millones. No está mal para ser un don nadie. Me dice que si no dan vendido a Bale ni a James no ficharan, y que Zidane sólo quiere a Pogba o a Mbappé. No sé qué les ha dado todos con el niño ese, que lo único que sabe hacer es correr.

13 de agosto

Abidal y Leonardo se han reunido hoy en Paris. Lo he visto en twitter, pero papá me ha contado los detalles. Él les ha dicho que por Neymar no hay problema. Es verdad, si tengo que pedir perdón a la afición lo pediré y si tenemos que devolver el dinero a Bartomeu lo devolvemos. Le dije a papá que cuando ganemos la Champions le pedimos un aumento y ya lo recuperamos. Me dicen que el Barça ha ofrecido a Coutinho y a Semedo, pero que el PSG también quiere a Dembelé. A mí me parece normal que Leonardo pida más porque el único tío en el Barça que es tan bueno como yo es Messi. Papá dice que tenga paciencia. Que el mercado en España cierra el 2 de septiembre. Que siga entrenando en el gimnasio y qué esté listo para mediados de septiembre que es cuando empieza la Champions.

17 de agosto

Ayer estuve en mi yate viendo al Barça con mi hijo. No estaba Messi, jugaron mal y perdieron contra el Athletic. Lucca dice que le gustaría que volviera a jugar con Messi. Todos los que me critican por inmaduro no saben que tengo un hijo. ¡Y lo cuido yo! ¡Y a la madre la traje de Brasil a Barcelona para que estudiara fisioterapia! Pero eso a la gente le da igual. No le interesa. En fin. Le digo a Lucca que lo del Barça está más difícil, que han vendido a Coutinho al Bayern. Ahora el PSG va a pedir a Dembelé y no sé si lo soltarán. Y aún encima papá me dice que el PSG quiere a Vinicius, pero que el Madrid no lo suelta. ¡No me jodas! ¡Vinicius es un niño! ¿Cómo se puede comparar conmigo?

23 de agosto

Le he dicho a mi amigo Diogo que publicara una foto mía con la camiseta del Barça en instagram. Escogimos una de toda la pandilla con todos los títulos que en 2016 gane en Barcelona. Tuchel dice que me va a convocar para jugar el domingo ante el Toulouse. ¡Puta que pariu! ¡Vaise foder! No quiero jugar. Papá me dice que tengo que jugar, que lo del Barça está muy complicado. El jeque no quiere que juegue allí y el Barça no quiere poner la pasta. Hablan de una cesión. Papá dice que ha hablado con Nedved y que igual hay una opción de que juegue en la Juve, que Tuchel quiere a Dybala para el PSG. No sé, prefiero Barcelona. Turín me parece igual de frío y aburrido que París y Madrid.

30 de agosto

Leonardo le ha dicho a Tuchel que tampoco voy a jugar contra el Metz. Que están negociando con el Barça. Ofrecen 130 kilos a Rakitic y a Dembelé. Por mi pagaron 222. Me parece una oferta muy buena. El Dembelé es buen futbolista y es casi tan fiestas como yo. Al Khelaifi pide 170 y Dembelé no se quiere ir del Barcelona. Sé que Leo y Luis están peleando por mi vuelta, que se están enfrentando con Bartomeu. Está difícil, pero papá dice que lo vamos a conseguir. Sería genial. Volveré a las faldas de Leo, pero tanto él como Luis están viejos. En un par de años yo seré el jefe del Barça, el Messi del mañana y ganaré el Balon de Oro. El Madrid sigue ahí. Ahora van a vender a Keylor Navas.

2 de septiembre

Hoy he estado llorando toda la tarde. Me ha llamado Bartomeu y me ha dicho que no hay nada que hacer. Le dije que perdonaba 20 de los 40 millones que me deben, pero que nada. Que no se puede hacer. Estoy roto. Estoy triste y frustrado. Ni Barça ni Madrid. ¿Y ahora qué? Messi me ha  mandado un whatsapp y me ha dicho que tiene la sensación de que han jugado conmigo.

13 de septiembre

PSG-Estrasburgo. 14 de septiembre. Tocarán pitos y abucheos. Tendré que meter un gol, decir que todo ha sido un invento de la prensa, que soy feliz en Paris y que quiero ganar la Champions. Tocará entrenarse y ver como los compañeros me escupen con la mirada. Dicen que habrá pancartas en mi contra. Tocará jugar en Nimes, Guingamp, Estrasburgo y en Dijon. Tocará esperar al próximo verano y sonreír a las cámaras… Por lo menos siempre podré disfrutar de mis 37 millones por temporada.

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Auge y caída de Nikolai Starostin (un retrato del stalinismo) 2ª parte

Dado que a través del fútbol no podía luchar contra Starostin y su Spartak, Lavrenti Beria y su NKVD decidieron cambiar de táctica. Tras unos primeros meses caóticos, la URSS consiguió frenar al ejército alemán a las puertas de Moscú en diciembre de 1941. Establecido el frente, el NKVD obtuvo vía libre para apresar, juzgar, encarcelar y ejecutar a cualquier ciudadano acusado de supuesta o real traición al régimen. El 20 de marzo de 1942 Lavrenti Beria ordenó la detención de Nikolai Starostin y de sus tres hermanos acusándolos de traición a la patria. Como dictaba la costumbre de la época, Nikolai fue llevado a la ‘Lubianka’ para un primer interrogatorio.

La escena era terrible. En un sótano, apenas iluminado y con fuerte hedor a cloaca y humedad, el acusado se sentaba tras una mesa aguardando ser interrogado. Tras una espera que podía contarse en horas y después de un tenso silencio, un comisario político preguntaba al detenido si estaba dispuesto a confesar. Muchos revelaban cualquier cosa esperando que la NKVD se mostrara compasiva. Otros callaban sabiendo del riesgo de mantener su inocencia. Nikolai Starostin fue uno de estos últimos.

Desde ese momento el acusado sabía que su suerte estaba echada. Durante semanas Nikolai estuvo subsistiendo en poco más de tres metros cuadrados. La luz estaba encendida día y noche para imposibilitar que Starostin pudiese conciliar el sueño. Desde las 22:00 horas hasta las 07:00 horas del día siguiente era llevado a una sala de interrogatorios donde únicamente le preguntaban si estaba dispuesto a confesar, mientras sus captores le sometían a golpes y patadas por todo el cuerpo que aumentaban en frecuencia en la misma medida que se multiplicaban los vasos de vodka.

Pasado un tiempo, y ante la fortaleza y fama del preso, la NKVD tuvo que buscar una acusación. Se le atribuyó la preparación de un atentado contra Stalin el día del famoso partido de exhibición de la Plaza Roja. Nikolai lo tuvo fácil para defenderse. Argumentó que era imposible que desde el terreno de juego pudiese atacar a Stalin y que bajo la camiseta y el pantalón de deportes era inverosímil que lograse esconder un arma. Además, Stalin estaba rodeado de miembros del ejército y de la NKVD, incluido Beria. Ante esos argumentos a los acusadores no les quedó más remedio que callar, porque acusar a Starostin de atentar contra Stalin equivalía a proclamar la incompetencia de la NKVD y de su líder supremo.

Al igual que Nikolai sus hermanos estaban aislados en zulos similares. No se sabe bien como, pero NIkolai consiguió hacerles llegar una nota en la que les indicaba que se mantuviesen firmes y callados y que cuando se les acusase de algo tan sólo dijesen que no tenían ni idea de nada. Lo único que tenían que decir es que quien estaba al tanto de todo era su hermano mayor. Al final, a Beria no le quedó más remedio que acusar a Nikolai Starostin y a sus hermanos de fomentar el deporte burgués. Era una acusación fácil de demostrar y ante la que no se podrían defender. Era una pena menor, si por menor se puede concebir pasar diez años de trabajos forzados en un gulag, campos de trabajo en lugares extremos de la estepa siberiana. Se habían librado de la muerte aunque iban a ser enterrados en vida. Nikolai ordenó a sus hermanos que aceptasen la condena y que manifestaran su amor por el deporte burgués como un mal menor. La acusación final alegaba que “los hermanos Starostin han vivido por encima de sus posibilidades, han recibido regalos del extranjero y han dado premios especiales para motivar a los deportistas”.

Dentro de la desgracia Nikolai Starostin fue un afortunado. Era un personaje de gran fama en toda Rusia y si no hubiese sido por el fútbol la condena hubiese sido mucho mayor. Aun así, Starostin recorrió la geografía de la URSS junto a miles de sus compatriotas ayudando a industrializar el país bajo condiciones infrahumanas. La Rusia campesina del zar Nicolás II pasó a ser una potencia industrial bajo Stalin gracias a unos planes quinquenales basados en la expropiación y en los trabajos forzados. En la ciudad siberiana de Ujta, a la que llegó tras un viaje de tres meses en tren, Nikolai Starostin tuvo la suerte de trabajar como enfermero en el hospital (forma eufemística de decir que transportaba cadáveres de la cámara mortuoria al crematorio) y allí conoció a un médico que lo reconoció y que consiguió que le dieran el encargo de crear un equipo de fútbol para mejorar la condición física de los reclusos. En su autobiografía Nikolai recordaba que veía pasar frente a sus ojos a unos cuarenta muertos al día. Pronto fue llamado de gulag a gulag para ejercer de entrenador. Con el paso de los meses los jefes de los distintos campos de trabajo se lo rifaban para tenerlo a sus órdenes.

Una noche de 1948, con seis años de condena a cuestas y con la II Guerra Mundial ya finalizada, despertaron a Starostin en plena madrugada. Tenía una llamada de teléfono de Stalin. Pero no del gran líder, sino de su hijo, Vasili Stalin, vástago del dictador. Vasili era el jefe de las Fuerzas Aéreas, un loco del fútbol, un alcohólico reconocido, y, lo más importante, mantenía una conocida rivalidad en las esferas de poder con Lavrenti Beria, quien había salido muy reforzado del conflicto bélico y era el candidato más plausible para suceder a Stalin padre. El objetivo de Vasili era contratar a Starostin como entrenador del VVS (el equipo de las fuerzas aéreas) y de paso fastidiar al Dinamo de Moscú de Beria que durante esos años de posguerra reinaba a sus anchas en la liga soviética.

A pesar del poder del hijo de Stalin la autoridad de Beria era mucho mayor, por lo que Vasili Stalin tardó dos años en sacar a Starostin del gulag de Amur (a orillas del Pacífico) en el que se encontraba para trasladarlo a Moscú. El problema es que Beria, inteligente como era, sólo le regalaría la libertad a Starostin a cambio de que no volviese nunca más a Moscú. A Stalin hijo no le valía de nada tener a Nikolai libre si no podía llevarlo a la capital para que entrenase a su equipo de fútbol.

La solución fue propia de un loco. Vasili Stalin se puso al mando de un comando de asalto formado por hombres de su regimiento, abordó el gulag, metió a Starostin en un avión del ejército y lo trasladó en secreto a su dacha de las afueras de Moscú. Lo confinó en su propia habitación. Sólo salía de allí para ir al baño. Cada vez que tenía que dirigir un entrenamiento del VVS una patrulla militar lo acompañaba para mantenerlo protegido de la NKVD de Beria. Al volver del campo de entrenamiento, Starostin tenía que regresar directamente a la habitación de Vasili. Incluso en ocasiones, cuando Vasili estaba borracho –lo cual era su estado natural- Nikolai compartía lecho con el hijo de Stalin y su arma reglamentaria (que siempre quedaba debajo de la almohada).

La situación kafkiana se sostuvo durante un par de meses. Una noche, aprovechando una de las bacanales de Vasili, Nikolai Starostin escapó por una ventana y se marchó a su casa. Por primera vez en ocho años iba a ver a su mujer y a su hijo. Es de imaginar la emoción del momento. Más quizás podría engañar al borracho de Vasili pero nunca a la sanguijuela de Beria. Al levantase, poco antes del alba, dos hombres del NKVD de Beria estaban en la puerta de su casa preparados para detenerlo. Ni tan siquiera Vasili Stalin logró contener la ira del líder de la NKVD, por lo que Starostin le pidió que no se entrometiera y le dijo a Beria que estaba dispuesto a seguir cumpliendo con su condena.

Aun así la victoria del líder de la NKVD no pudo ser plena. Intentó enviarlo nuevamente a un gulag pero ya no fue posible. A pesar del control estatal la gente de Moscú seguía teniendo vivo el recuerdo de Starostin. Los últimos años de condena de Nikolai fueron más llevaderos. Los pasó en una cárcel de Alma Ata (Kazajstan) viviendo en un régimen de semiarresto, durmiendo en una celda, pero ejerciendo de entrenador del equipo de la población local.

Nikolai se encontraba en su celda de Alma Ata cuando el 5 de marzo de 1953 Iosef Stalin moría víctima de una insuficiencia cardiaca. Durante las siguientes semanas hubo una lucha por el control del Partido Comunista entre Molotov, Malenkov, Kruschev y Beria. A pesar de que éste último se hizo con el mando en un primer momento, Kruschev supo ganarse a los dos primeros y acusó a Beria de traición y de actividades capitalistas (malversación de fondos y cohecho). Lavrenti Beria probó de su propia medicina y fue ejecutado en junio de aquel año. Nikita Kruschev inició entonces su mandato, una década de medrosas aperturas y búsqueda de las esencias del comunismo. Un proceso que se dio a conocer como desestalinización, o lo que es lo mismo, la eliminación del culto a Stalin.

Así, en 1955, los cuatro hermanos Starostin, al igual que miles de soviéticos, fueron liberados de los gulags poniendo fin a dos décadas de campos de concentración, represión, muerte y trabajos forzados. Para Nikolai Starostin, con 53 años, comenzaba una nueva vida. Una vida que pasaba por y para el fútbol.

Nikolai fue recibido por miles de personas a su llegada a Moscú y hábilmente fue rehabilitado. Fue nombrado presidente del Spartak de inmediato y se le dio el cargo de entrenador de la selección soviética de fútbol.

El Spartak había quedado desmantelado durante la guerra y no volvió a ganar una Liga hasta 1953, justo el mismo año de la muerte de Stalin y de Beria. A pesar todo, Nikolai demostró tener cintura y comprender que sin perdón no habría paz. Cuando en 1956 la URSS se proclame vencedora en el torneo de futbol de los Juegos Olímpicos de Melbourne, el once inicial estará formado por una mezcla de jugadores del Dinamo, liderados por Lev Yashin y del Spartak, comandados por Igor Netto. Esos dos jugadores serían la base del equipo que ganaría la primera Eurocopa de la historia cuatro años más tarde.

Starostin había vuelto de la muerte y con la victoria en los JJ.OO se había convertido en un héroe nacional. Pidió permiso para centrarse en la presidencia de su Spartak y abandonó el cargo de técnico de la selección con el visto bueno de un Kruschev que vio en Starostin una forma de afianzar su poder delante del pueblo.

Nikolai Starostin fue presidente del Spartak de Moscú hasta 1994. Tuvo tiempo de sufrir un descenso, pero también de disfrutar con la hegemonía de su equipo en los años finales del comunismo y en los primeros del postcomunismo liderados por la última gran generación ‘spartakista’ de Dasaev, Mostovoi, Popov, Radchenko, Onopko o Karpin. Tuvo además la visión de transformar a un club amateur en uno capitalista, y de hecho, el Spartak fue el único club soviético que mantuvo su estructura ejerciendo un dominio en la nueva Liga rusa hasta que en el siglo XXI los millones del gas y el petróleo hicieron su aparición.

En 1996, a los 94 años de edad, Nikolai Starostin falleció. A pesar de ser el mayor fue el más longevo de sus hermanos. En una de sus últimas declaraciones afirmaba que “los futbolistas de hoy tienen dinero pero no cultura. Sólo se interesan por los vídeos y el rock. En mi época yo me codeaba con la élite cultural, dramaturgos, bailarines y pintores”. Palabras que recogen lo mejor del ciudadano soviético dichas por un hombre que sufrió la represión comunista.

https://www.youtube.com/watch?v=xsH5RSrqRfI

Una estatua suya de bronce preside hoy la entrada del Spartak Arena, el flamante estadio del Spartak de Moscú construido con motivo de la celebración del Mundial de Rusia de 2018.

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Auge y caída de Nikolai Starostin (un retrato del stalinismo) 1ª parte

El fútbol no alcanzó tierras rusas hasta inicios del siglo XX y lo hizo a cuentagotas. Era una moda foránea que se estableció únicamente en las ciudades, esencialmente en Moscú. Se crearon diversos equipos de barrio que iban y venían y se jugaban torneos locales en estadios improvisados y sin apoyo federativo. Prueba del bajo nivel ruso es que en los Juegos Olímpicos de 1912 Rusia fue derrotada por un esclarecedor 16-0 ante Alemania. Bajo ese iniciático panorama emergió la figura de Nikolai Starostin (1902-1996) el mayor de cuatro hermanos apasionados por el fútbol y el hombre que iba a liderar el auge y crecimiento del balompié soviético.

Esta es la historia de los hermanos Starostin. De Nikolai, Andrei, Aleksandr y Piotr. Es una historia de la URSS. De gulags y de revolución. Una historia de Stalin y de Beria. De miedo y de represión. De stalinismo y de desestalinización. Pero es sobre todo una historia de supervivencia a través del fútbol.

Cuando la Revolución Rusa triunfa en 1917 los clubes de fútbol –al igual que el resto de sociedades privadas- o pasan a control estatal o bien son liquidados. En el ámbito que nos ocupa, y dado que el deporte está considerado amateur, los equipos polideportivos pasan a depender del Estado. Así, surgen por toda la Unión Soviética los CSKA (equipo del ejército), Dinamo (policía y asuntos secretos), Lokomotiv (ferrocarril y sistemas eléctricos), Zenit (acero e industria pesada) o Torpedo (industria de la automoción). Todos los futbolistas cobraban bajo cuerda con un contrato de trabajo ficticio de la empresa estatal correspondiente. Por causas obvias el CSKA y el Dinamo eran los clubes más potentes y los que gozaban de mayores ventajas públicas.

Nikolai Starostin tenía otros planes. Era el capitán y estrella del Krasnaja Presnya, un club de barrio considerado entonces el mejor equipo de Moscú. Al disolverse el club, y con el apoyo de sus hermanos menores, propuso al Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos la creación de un nuevo equipo que no dependiese del Estado. Para su sorpresa la petición fue aceptada, pero con unas condiciones draconianas. Podía crear un nuevo club, pero tendría que hacerlo sin dinero. No podía invertir ni un rublo en esa nueva escuadra.

Starostin consiguió lo imposible. Congregó a más de 2.000 vecinos que en sus horas libres le ayudaron a levantar un estadio de fútbol para más de 10.000 espectadores en un descampado del barrio. Lidero diversos actos benéficos, bailes y partidos de exhibición para conseguir fondos que hábilmente donó a un conglomerado de alimentación, una de las pocas empresas semiprivadas que quedaban en la ciudad, y que serviría de coartada para dar un ‘trabajo’ a sus futbolistas. Y así, en 1922, nacía el Spartak de Moscú. El nombre no fue escogido al azar. Se denominó Spartak en honor al esclavo romano Espartaco, quien lideró una sublevación de gladiadores y esclavos ante la República romana y que ha pasado a la posteridad como símbolo de la lucha por la libertad. El Spartak era un club de fútbol singular dentro de la URSS y el único que hoy, casi tres décadas después del fin del comunismo, tiene miles de seguidores más allá de la frontera rusa.

Aunque hasta tan tardía fecha como 1936 no se disputaría la primera liga soviética, el Spartak era ‘de facto’ el mejor equipo ruso. Consiguió derrotar al Racing de Paris y a la selección de Euskadi en sendos amistosos, hazañas de renombre por aquel entonces para el incipiente fútbol del país. En la URSS no tenían rival y Nikolai Starostin pronto pasó a ser una figura reconocida y venerada en todo el país.

Tal era la fama de Starostin y del Spartak que en julio de 1936 el Komsomol (la organización juvenil del Partido Comunista) decidió celebrar un partido de fútbol en la Plaza Roja de Moscú. El objetivo era dar a conocer el nuevo deporte al líder supremo, Iosif Stalin. Se fabricó una enorme alfombra de fieltro de más de 10.000 metros cuadrados sobre el empedrado de la plaza que tuvo que ser tejida en horario nocturno para no entorpecer el trajín del día a día. El responsable de los actos era Nikolai Starostin, presidente, entrenador y aún capitán a sus 34 años del Spartak de Moscú. El acto central de los festejos era un choque de exhibición entre el primer y el segundo equipo del Spartak bajo la atenta mirada de Stalin y del resto de miembros del Politburó desde la tribuna presidencial, cuidadosamente situada junto al mausoleo de Lenin. Se trataba de un encuentro de media hora de duración que más bien era una representación teatral en la que habría goles de todo tipo para satisfacción de papá Stalin “el mejor amigo de los deportistas”. Si antes de esa media hora Stalin daba síntomas de aburrimiento, un camarada desde el palco agitaría parcamente un pañuelo para que Starostin se diese cuenta y parase el partido. Al parecer Stalin disfrutó de su primera experiencia futbolística y, no sólo aceptó de buen grado la media hora, sino que exigió jugar un cuarto de hora más para regocijo de Nikolai Starostin y de todos los presentes.

Todos salvo uno.

Lavrenti Beria, por entonces secretario del Partido Comunista en Georgia, había jugado al fútbol contra Starostin cuando era un adolescente y había sido humillado partido tras partido. Beria era un apasionado del fútbol pero pronto descubrió que no tenía nivel suficiente para competir y orientó sus esfuerzos en escalar en el terreno de la política. Ya entonces era considerado una sanguijuela, pero su fama de hombre implacable crecería hasta el infinito cuando un par de años más tarde, en 1938, pasaría a ser el director del Comisionado del Pueblo para Asuntos Internos, o lo que es lo mismo, del NKVD –hoy KGB-, el órgano represivo más temido de la Unión Soviética.

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Cuando en 1936 se celebra la primera liga soviética el Spartak se convierte en el vencedor. Al año siguiente, ya con Nikolai Starostin ejerciendo únicamente de entrenador, el campeón será el Dinamo, pero el Spartak (con los tres hermanos menores de Nikolai en la plantilla) logra vencer nuevamente en 1938 y 1939. Es algo que Beria no puede tolerar. Al acceder al cargo de director del NKVD, Beria pasó automáticamente a ser presidente del Dinamo de Moscú (el equipo de la policía y los asuntos secretos). En teoría era una formalidad. Su antecesor no tenía el más mínimo interés en el cargo, pero Beria, como apasionado del balompié que era, se propuso que su Dinamo fuese el club más poderoso de la Unión Soviética.

Beria estaba presente en cada uno de los encuentros del Dinamo. Según se cuenta amenazaba a sus jugadores con fusilamientos y continuas visitas a los calabozos de la ‘Lubianka’, el nombre popular del gigantesco edificio de ladrillos amarillos sede de la NKVD. El Dinamo ganó la liga de 1937 bajo sospechas, pero tanto en 1938 como en 1939 no pudo hacer nada ante la superioridad del Spartak, campeón tanto del torneo liguero como del copero. Aun así Beria lo intentó de todas las formas posibles. Incluso haciendo uso de otros ‘Dinamos’, conjuntos que estaban en su área de influencia.

En las semifinales de Copa de 1939 el Spartak de Moscú derrotó por 1-0 al Dinamo de Tiblisi. Estos últimos denunciaron que en el gol del Spartak el balón no había traspasado totalmente la línea de gol. A pesar de que el Spartak derrotó en la final al Leningrado días después, Beria mandó repetir la semifinal tres semanas más tarde. Nuevamente se enfrentaron Spartak y Dinamo y nuevamente ganaron los primeros por 3-1. Como ya comentamos, aunque Beria sólo era presidente del Dinamo de Moscú también era ‘de facto’ presidente de todos los ‘Dinamos’. Estuvo presente en el choque, y, tras el tercer gol del Spartak, se marchó airadamente del palco y ordenó el fusilamiento de los periodistas que publicasen la reseña del partido. La lógica dictaba que también habría que repetir la final pero Beria se dio por derrotado y se decidió dar por buena la ya jugada. Así pues el Spartak se proclamó rocambolesco campeón tras disputar una semifinal tras haber ganado una final.

A pesar de todo el poder de Beria y del NKVD éste se veía incapaz de contrarrestar el fervor popular de Nikolai Starostin y de su Spartak de Moscú. Pero a las 03:15 horas del 22 de junio de 1941 cerca de 5 millones de soldados alemanes y más de 8.000 carros blindados y aviones cruzaron la frontera soviética dando lugar al inicio de la guerra entre la Alemania de Hitler y la URSS de Stalin. Un holocausto que cambiaría por completo la vida de millones de personas, entre la cuales estaban tanto Nikolai Starostin como Lavrenti Beria.

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Antes de que Nápoles amase a Maradona

La historia es conocida incluso para buena parte de la gente a la que no le interesa el fútbol. Maradona es un dios terrenal y no hay lugar del mundo más sagrado para su culto que Nápoles. Existe un mural con su rostro en el barrio de Teduccio, conocido como ‘el Bronx de Nápoles’, con una leyenda que reza ‘Dios umano’. En la ciudad italiana, descrita por el escritor Jimmy Burns como “una Babilonia sin salida al mar, tan mística como pagana”, Diego Armando Maradona compite en popularidad y en devoción con San Genaro, el patrón napolitano. Pudo haber escogido cualquier otro destino pero se decantó por una ciudad maltratada por la historia y por un equipo sin pedigrí. En sus siete años en Nápoles, Maradona consiguió 2 títulos ligueros, 1 copero y 1 Copa de la UEFA. No es un palmarés extraordinario para un futbolista de ese calibre, pero su valía no se mide en trofeos. ‘El pelusa’ otorgó a los ‘terroni’ italianos vanidad, orgullo y dignidad, adjetivos con los que no estaban familiarizados.

Empero, lo que los napolitanos no suelen o no quieren recordar es que hubo un tiempo en el que no estaban enamorados de Maradona. Un tiempo en el que perdieron la ilusión por sus andanzas. El ‘10’ argentino tuvo un cuatrienio glorioso (1986-1990), pero en sus dos primeros años en Italia (1984-1986) las muestras de que fuera el genio que se presumía que era se exhibían en dosis chicas.

Maradona fue presentado en el estadio San Paolo de Nápoles el 5 de julio de 1984. Hizo su aparición cual estrella hollywoodiense al aterrizar en helicóptero en el centro del terreno de juego. Otros dirían que había sido un mesías que había bajado del cielo. Había tal cantidad de curiosos y periodistas en el aeropuerto que hubo que preparar un señuelo para despistarlos. Mientras el cebo marchaba dirección Capri, Maradona y su séquito avanzaba por carreteras secundarias hasta dar con el descampado donde estaba el helicóptero. Una vez en tierra bajó al vestuario. Ataviado con un chándal anti glamuroso, una camiseta Puma y una bufanda del Nápoles, subió las escaleras del foso que llevaban al césped y más de 70.000 personas observaron con atención como daba toques de balón de un pie a otro. Antes, con el estadio aún vacío, había estado jugueteando con un globo terráqueo. Quizás una metáfora de lo que pretendía conseguir.

Maradona había dejado el FC Barcelona con veladas percepciones de problemas con la cocaína. Había espantando a entrenadores y directivos azulgranas por su falta de disciplina y por lo que se dio en llamar ‘el clan Maradona’, un grupo de familiares y amigos que vivían con el astro en su mansión de Pedralbes y que eran conocidos por sus incidentes nocturnos en la noche barcelonesa. Solo con esos antecedentes era entendible que un jugador de esa dimensión no firmase por uno de los grandes transatlánticos europeos y tuviese que fichar por un modesto como el Nápoles. Días antes de su presentación, Maradona dijo que lo único que sabía de la ciudad es que se comía pizza.

Lo que es más difícil de explicar es de dónde sacó el club napolitano los 13 millones de euros (cifra récord en la época) para fichar a Maradona. El mismo día de la presentación un periodista francés hizo esta misma pregunta. Por supuesto obtuvo evasivas como respuesta. ‘Vox populi’ era sabido que la Camorra, la mafia napolitana, había financiado el fichaje con dinero conseguido de la extorsión, negocios inmobiliarios fraudulentos y con ‘donaciones voluntarias’ de los napolitanos.

Gracias a la visión de su representante, Maradona era de los pocos futbolistas que poseía el beneficio y explotación de sus derechos de imagen. Pero eso no iba a suceder en Nápoles. Había miles de objetos del ‘10’, desde llaveros a esculturas a tamaño real, a la venta en las calles de la ciudad, así como camisetas y vídeos con sus mejores jugadas. Cyterszpiler, representante de Maradona, tuvo que llegar a un acuerdo con la Camorra. Los derechos de imagen serían del jugador en el mercado internacional. En el mercado nacional sería cosa de la mafia.

Así es como se iba a pagar su fichaje.

En Nápoles Maradona pudo dar rienda suelta a su vida disoluta con total tranquilidad. Sus amigos se mezclaron con naturalidad en los bajos fondos napolitanos. Nadie cuestionaba sus salidas nocturnas e incluso se sentía integrado en el barrio de primerísimo nivel en el que vivía. Una pareja de policías locales le abrían paso cuando viajaba en coche y los locales de ropa o de restauración adaptaban sus horarios en función de sus necesidades. Cuando un turista argentino era víctima de uno de los frecuentes robos que asolan a la ciudad de Nápoles tan sólo tenía que acudir a la policía. Por el simple hecho de ser argentino se le ponía en contacto con Gabriel ‘El Morsa’, cuñado de Maradona, que al cabo de unas horas se hacía con lo sustraído y se lo devolvía a su compatriota.

En Barcelona era visto como un niño rico e ignorante en las vecindades colindantes. En Nápoles sus compañeros de parcela solían ocultar secretos más turbios que los suyos.

Pero la paciencia tiene un límite. Maradona era un genio, pero entrenaba poco y estaba pasado de peso. A mitad de su primera temporada el Nápoles estaba en puestos de descenso. Comenzó a ser criticado en la prensa y los aplausos de los aficionados se tornaron en indiferencia. Dado que los periodistas no se atrevían a hablar de sus asuntos con la droga y con la Camorra, comenzaron a publicitar sus escarceos amorosos. Sea como fuese, Diego le vio las orejas al lobo y consiguió remontar el vuelo en la segunda vuelta y colocar al Nápoles en mitad de la tabla. Además acabó siendo el tercer máximo goleador del Calcio.

Había salvado un ‘match-ball’, pero estaba lejos de conseguir lo que los napolitanos esperaban de él. Era el verano de 1985. Maradona rompió con Cyterszpiler, quien además de representante era su amigo desde la infancia, y contrató como nuevo representante a Guillermo Coppola, un empresario argentino de pasado turbio y que inmediatamente claudicó con la Camorra. La temporada comenzó y el rendimiento del Nápoles, si bien mejor que el del año anterior, seguía siendo mediocre. En la prensa se empezó a publicar sin tapujos sobre la vida social de Maradona y sus fiestas regadas de excesos. La gente lo seguía queriendo, pero en las segundas partes, cuando Maradona era víctima del cansancio y de la mala preparación, llegaba el runrún de la grada.

La Camorra, viendo peligrar a la gallina de los huevos de oro, mandó a dos emisarios al entrenamiento del Nápoles. Era enero de 1986. Se le comunicó que estaba invitado a una fiesta que organizaba Luigi Giuliano, el padrino de la mafia napolitana. Por supuesto que a Maradona no le quedaba otra alternativa que acudir a esa celebración.

Nunca se supo que pasó aquella noche. Años más tarde Maradona negó relación con Giuliano y sostuvo que no sabía quién iba a acudir a aquella fiesta y que la Camorra se había aprovechado de su fama para sacarse fotos con él. Sea como fuere, todo cambió a partir de esa noche. Maradona comenzó una relación extramatrimonial con una joven napolitana llamada Cristina Sinagra, con la que años más tarde tendría un hijo ilegítimo. La relación fue breve pero la chica consiguió que ‘el Pelusa’ dejase la cocaína, abandonase temporalmente el alcohol y volviese a entrenar con fiereza.

Por su parte la prensa dejó de criticar a Maradona, presumiblemente por influencia del clan de los Giuliano. Y así, con ‘el 10’ centrado y sin injerencias externas, el Nápoles acabó la temporada 1985/86 en una excelente tercera posición. Aunque Maradona había bajado su producción de goles y de asistencias, se había convertido en referente y en líder de un equipo, que a pesar de ser inferior a sus rivales, ya creía en sus posibilidades de éxito.

Y por supuesto la afición lo adoraba.

Aquel verano Maradona se vistió de superhéroe y ganó el Mundial con Argentina en la mayor demostración de dominio personal que se ha visto en la historia de la Copa del Mundo. Desde entonces, y hasta su debacle en el siguiente Mundial celebrado en Italia cuatro años más tarde, Maradona fue con una insulsa superioridad el mejor jugador del planeta, dejó las drogas y el alcohol para ocasiones especiales y jamás fue criticado hiciese lo que hiciese por el público napolitano.

Luego vendría la segunda caída. Pero esa sería otra historia.

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Tottenham vs Liverpool

Tottenham y Liverpool disputan una final de Copa de Europa extraña por inesperada. Insospechada porque ambos conjuntos superaron la primera fase a duras penas. Impensada porque ha sido esta una Liga de Campeones extraña hasta las entrañas. Estuvimos a un suspiro de ver al Ajax en una final, algo inimaginable en la era post-Bosman. Hemos presenciado remontadas cotidianas como la de la Juve ante el Atlético, pero las más frecuentes han sido las imposibles como la del United en Paris, la de los tulipanes holandeses en el Bernabéu, y, especialmente, la del Liverpool ante el Barça en Anfield.

Será una final sin rimbombantes ‘Balones de Oro’, sin futbolistas de portada, sin brujos de la fachada. Ninguno de los futuribles del Real Madrid estará presente en la final del Metropolitano. Y mira que es difícil porque el cambio climático ha llegado a Chamartín y llevan desde marzo instalados en el verano. Leía hace unas semanas en un artículo que por no cumplirse ni se han cumplido los pronósticos médicos. Han llegado a la final dos equipos ingleses, con diferencia los conjuntos que más partidos disputan en una temporada. El fin de semana antes de la vuelta de las semifinales Ajax y Barça estuvieron en la tumbona viendo como Tottenham y Liverpool se partían el pecho en la liga inglesa. Luego, los primeros se desfondaron en las segundas partes de sus partidos mientras los británicos parecían Spitfires con propulsión a chorro.

Es una victoria de la liga inglesa, aunque ya se sabe que en el mundo mediático del histrionismo en el que nos situamos lo que hoy es negro mañana es blanco. Esto ocurre incluso con la tradicional mesura británica. Antes de los partidos de vuelta había enconadas críticas acerca de la falta de competitividad de sus equipos tras perder ante FC Barcelona y Ajax en los encuentros de ida de semifinales. Como decía es una victoria de la liga inglesa, una competición con excelsa salud fomentada en la combinación de tradición y modernidad que se refleja tanto en sus estadios, sus aficionados, las plantillas y cuerpos técnicos de sus equipos, y en una fuerte economía que ha sabido globalizarse sin olvidar las esencias. Será la segunda vez que dos conjuntos ingleses se enfrenten en una final (Manchester United vs Chelsea en 2008), hazaña conseguida por la liga española también en dos ocasiones (2000 y 2014), la liga italiana (2003) y la liga alemana (2013). También es la primera vez que los cuatro finalistas de las dos principales competiciones europeas son del mismo país. Lo más parecido a tal proeza tuvo lugar en 1990 cuando la hoy depauperada liga italiana dio campeones europeos en Copa de Europa, Copa de la UEFA y Recopa.

No son solo cuatro equipos ingleses, son tres equipos londinenses. Y esto es un hito con dos caras. Londres quizás sea el rincón de Europa donde la globalización pone a prueba el pulso de las identidades de manera más patente. Este año hasta seis equipos londinenses han competido en la Premier. Londres, al igual que Roma, Paris o Berlín, no ha necesitado nunca del fútbol. El arte, la cultura o la innovación las han convertido en imanes de población y ejes de la humanidad. En Inglaterra fueron las ciudades industriales las que hicieron el fútbol garantía de éxito para ser referente mundial. En otros lugares, como Barcelona o Münich, el fútbol sirvió como acicate para visibilizar una identidad diferente a la impuesta desde la capital. Otras urbes, caso de Lisboa o Madrid, utilizaron el fútbol para legitimarse en una época oscura. Que en el último decenio Londres haya salido victorioso en la Copa de Europa (Chelsea 2012) y que en este 2019 tenga tres finalistas en competiciones europeas es una evidencia del declive de Londres como referente mundial y de la búsqueda de nuevas formas de autoafirmación.

Ambos clubes pertenecen a la élite del fútbol inglés pero se comportan como hermanos pobres. Son como los socialistas acomodados, progres de corazón y liberales de actuación. Luchan contra equipos de bolsillos más profundos y compiten por el mismo nicho de mercado de jugadores argumentando una falsa modestia. Ambos defienden una idea de espíritu y de tradición a pesar de que la globalización los afecta de igual manera que a sus archirrivales (Arsenal o United).

Así entonces el nuevo campeón será un falso pobre. El Liverpool gastó una millonada en fichar a un central que se había hecho hombre curtiéndose en Escocia. La decisión fue un éxito porque hoy Virgil van Dijk está considerado el central más maduro y con más proyección del mundo. A cambio cobró un pastizal por Coutinho y no se le fue la cabeza invirtiendo en parches innecesarios. El Tottenham no fichó ni atacantes ni defensores. Construyó un nuevo estadio, más grande y más moderno, y ha dedicado el año a exprimir sus recursos y a desarrollar su cantera. Un modelo exitoso que ha llamado la atención por estos lares donde la construcción de infraestructuras no lleva a la contención de gastos sino a la petición de créditos bancarios o de ayudas públicas (Valencia, Athletic, Real Madrid…).

Tottenham y Liverpool conforman una rivalidad moderna. Cuando el Real Madrid derrotó al Liverpool en la final de la Copa de Europa de 2018 los aficionados ingleses que más lo celebraron (según los exabruptos de las redes sociales) fueron los del Tottenham. Cuando Harry Kane se lesionó hace unas semanas el ‘big data’ dice que en Liverpool hubo exaltación por la noticia. No hay una explicación sensata o racional. Una rivalidad está intrínsecamente ligada a un conflicto geográfico o de identidad, pero en tiempos donde los hinchas y los jugadores deambulan de un lugar a otro se dan rivalidades a golpe de twitter. Eso pasa entre el Tottenham y el Liverpool. Simplemente el City y el Chelsea son los nuevos ricos, el United y el Arsenal los ricos de toda la vida, mientras que Tottenham y Liverpool, que también son ricos y también son de toda la vida, han sabido venderse como los chicos del pueblo.

Ambos equipos ya se vieron las caras en las semifinales de la Copa de la UEFA de 1973. Los londinenses estiraban los últimos coletazos de su edad de oro. Contaban con el portero norirlandés Pat Jennings y con el delantero Jimmy Greaves, uno de los goleadores más prolíficos de la historia que era igual de letal con un balón en los pies que con una botella de whisky en la mano. Ante la curva descendente del Tottenham, el Liverpool estaba en proceso de ascenso a los cielos. Dirigidos por Bill Shankly, habían ido conformando un grupo de jóvenes en ebullición donde destacaban Phil Thompson y sobretodo Kevin Keegan. En el partido de ida disputado en Liverpool el Tottenham aguantó las embestidas de los ‘reds’ que sólo pudieron vencer por 1-0. En la vuelta, pugnada en White Hart Lane, los londinenses liderados por el campeón del mundo Martin Peters estuvieron a punto de dar la vuelta a la eliminatoria, pero finalmente el valor doble de los goles en campo contrario clasificó a los ‘reds’ (2-1). El Liverpool pugnó la final y doblegó al Borussia Mönchengladbach logrando el primero de sus 6 títulos europeos en 11 años.

El Liverpool tiene una historia más brillante pero el Tottenham es junto al United el único equipo inglés que ha ganado al menos un título en cada una de las últimas siete décadas. Ambos clubes tienen directivas y entrenadores jóvenes y dinámicos. Excesivos y fanáticos. Del heavy metal y la incontinencia educada de Jürgen Kloop a la lengua viperina bajo guante de seda de Mauricio Pochettino. Tottenham y Liverpool conforman una rivalidad “inventada” que dará con la sexta estrella en el blasón del ‘Pool’ o que permitirá estrenar el emblema de los Spurs del Tottenham.

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El penalti de Djukic

14 de mayo de 1994. Coruña. Noche fría, aunque parece que no lloverá. Se superan por poco los 10 grados centígrados. En torno a las 22.15 horas de la noche. Minuto 43 de la segunda parte. Minuto 88 de partido. Fran se dispone a ejecutar un lanzamiento de esquina a la derecha del palo defendido por González, guardameta del Valencia. El balón vuela hasta el centro del área y es despejado por un zaguero valencianista fuera de los límites del terreno de juego. Fran corre presto a poner el balón en liza de nuevo. Es un saque de banda a unos 30 metros de la portería rival. El Dépor ataca hacia el fondo de pabellón, justo enfrente de donde se sitúan los seguidores más radicales del club blanquiazul. Justo en la parte delantera de la explanada que va a llevar a la playa de Riazor, el mismo arenal que da nombre al bello estadio insertado en el corazón de la capital herculina desde 1944.

Al principio fue Lendoiro. Empresario desde niño, eterno aspirante a suceder a Fraga, acabó salvando al RC Deportivo de la desaparición en 1988 y lo convirtió en su cortijo particular y en el equipo más querido de España. Fran, José Ramón y Arsenio ya estaban. Los tres daban la nota ‘enxebre’ al invento. El primero de ellos, ‘O neno’, se convertiría en el mejor futbolista zurdo de España en los 90 a pesar de las cabezonadas de Javier Clemente. Luego vendría Djukic en un golpe de suerte durante un viaje a Belgrado. Más tarde arribaron las gangas. Jugadores rechazados que llegan al Dépor a coste cero. López Rekarte (Barcelona), Nando y Voro (Valencia) o Aldana (Real Madrid). Pero el plato gordo se cocinó en Brasil. En el verano de 1992 Lendoiro se lió la manta a la cabeza y se fue en búsqueda de Mauro Silva y de Bebeto. El primero era un mediocentro que, si bien era internacional, jugaba en un equipo desconocido y era incapaz de tirar a puerta aun estando delante de la portería rival. El segundo formaba con Romario la dupla atacante de Brasil y estaba a punto de firmar por el Borussia Dortmund. Lendoiro pagó, y pagó bien (de aquellos polvos vienen estos lodos), pero lo que decantó la balanza fue la mujer de Bebeto. Una semana de abril Lendoiro se la llevó a Coruña y le enseñó la fantástica ensenada de Riazor. Bebeto y su familia vieron en Coruña un pequeño Río de Janeiro. La suerte para Lendoiro es que las meigas se llevaron la lluvia durante unos días y aquel abril hizo un tiempo esplendoroso en esa esquina de Galicia.

Fran saca de banda y se apoya en López Rekarte que le devuelve el esférico al primer toque sin siquiera dejarla caer al suelo. Fran controla con la derecha y juguetea con la izquierda mientras intenta avanzar hasta el área rival. Hombro con hombro es encimado por un defensa ché que parece jugarse la vida en el envite, cuando lo único que ha puesto en liza es el honor, si eso existe. En una fracción de segundo Fran encuentra un pasillo libre y envía un balón mortal a las tripas del área para la carrera de Mauro Silva. El brasileño controla a trompicones y avanza hasta la línea de fondo buscando un centro imposible con el que sus notables cualidades defensivas no están familiarizadas. Un valencianista le niega esa posibilidad y decide volver a retrasar el esférico que llega a pies de Alfredo. El pequeño centrocampista tiene unas décimas de segundo para colocar el balón en posición, poner un mal centro a la olla y rezar para que alguien lo cace.

En la temporada 1992/93 nació el SuperDépor. Concretamente nació tras una victoria en Riazor ante el Real Madrid por 3-2 tras ir perdiendo por 0-2 en el descanso. Aquella temporada el equipo coruñés acabaría tercero y se convertiría en el segundo equipo de todos los españoles. El tobillo mágico de Bebeto se proclamó máximo goleador y las seguras manos de Liaño el portero menos goleado. Pocos esperaban que el milagro se repitiese en la siguiente temporada, pero, tras una victoria en la duodécima jornada ante el FC Barcelona, el RC Deportivo se colocó en el liderato. Y ya no lo soltó más.

El centro de Alfredo no es lo suficiente fuerte ni lo suficiente débil y desciende lánguidamente hasta el punto de penalti, donde, por increíble que parezca, no hay nadie. Por allí asoma Bebeto preparado para armar la pierna pero al levantar la cabeza advierte que tiene una muralla de defensores entre él y la portería. Con un sutil gesto con el exterior del pie desplaza el balón a Nando que avanza hacia el área como caballo desbocado directo a disparar a gol con todas sus fuerzas. Nando intenta controlar, pero se le va demasiado largo, y, en ese momento, justo cuando entra dentro del área, aparece la pierna del valencianista Serer. López Nieto señala el punto de penalti. Iban 43 minutos y 27 segundos de la segunda mitad. 88 minutos y 27 segundos del último partido de la Liga. Del último de los 38 partidos disputados por el RC Deportivo en la Liga. El último de los 3.420 minutos de una temporada.

En una Liga con dos puntos por victoria el Dépor se aferraba a la media inglesa; ganaba en casa y empataba fuera. Tenía una sólida ventaja pero el Barça apretaba fuerte. De los últimos 14 partidos los azulgranas ganaron 12 y empataron 2. Por el camino Johan Cruyff aprovechaba las ruedas de prensa para meter presión a los gallegos. Y surtía efecto. A falta de seis jornadas la ventaja era de seis puntos. En la jornada 35 el RC Deportivo empató ante el descendido Lleida y el Barça vapuleó al Celta en Vigo (0-4). Tres jornadas y dos puntos de distancia. Luego el Dépor tampoco pudo pasar del empate en otro presumible fácil encuentro ante el Rayo (0-0) mientras que el Barça nuevamente sacudía a su rival (4-0 al Sporting). Faltaban dos jornadas y había igualdad de puntos, una igualdad que favorecía al RC Deportivo, pero la sensación en el ambiente es que la Liga se escurría entre los dedos.

Riazor salta de alegría tras la señalización del penalti. En Coruña se tiran fuegos y hay quienes ya se empiezan a dar los primeros baños en la fuente de Cuatro Caminos. En el campo, Bebeto se santigua y se arrodilla mientras brotan unas lágrimas por su rostro. Sus compañeros son más cautos, pero las cámaras de televisión captan unas cuantas sonrisas. En el palco, las tres gabardinas y los tres orondos estómagos de Manuel Fraga, Francisco Vázquez y Augusto César Lendoiro se regocijan por un éxito que piensan tomar como propio. En Barcelona, con el partido ya decidido, las caras de incredulidad de los radioyentes van desde Nuñez y sus acólitos del palco hasta el más humilde socio ataviado con bufanda azulgrana. Mientras, pocos observan como Miroslav Djukic se mantiene en solitario y pensativo un poco más allá del punto de penalti.

A pesar del cansancio mental del equipo las cuentas aún cuadraban. Quedaban dos jornadas y el Barça tenía que visitar el Bernabéu. Con Cruyff de entrenador el Barça nunca había ganado al Madrid en su casa, pero escogió el mejor momento para romper el maleficio. Con un tanto de Guillermo Amor (0-1) los catalanes se ponían provisionalmente como líderes. Era sábado. Al día siguiente el Dépor jugaba en Las Gaunas ante el Logroñés. 8.000 coruñeses poblaban las gradas del vetusto estadio con capacidad para 15.000 almas. Se fletaron autobuses para festejar un título contando con la victoria del Real Madrid, pero al final salieron igualmente contentos porque los goles de Manjarín y Donato dieron la primera victoria fuera de casa (0-2) en dos meses. Quedaba una jornada y el Dépor dependía de sí mismo. Jugaba en casa ante el Valencia que estaba perdido en mitad de la tabla. El Barça se enfrentaba en el Camp Nou al Sevilla que se jugaba acceder a la Copa de la UEFA. Al Dépor le valía igualar el resultado del Barça para ser campeón. Si ganaba sería matemáticamente campeón pasase lo que pasase en la Ciudad Condal. Dependía de sí mismo.

Arsenio Iglesias camina pensativo a lo largo y ancho de la pista de atletismo que rodea el banquillo local. El técnico coruñés lleva todo el año pregonando la paciencia y enfriando una euforia que considera desmedida. En sus entrañas sabe que hay muchas opciones de fallar el penalti. El especialista en los lanzamientos era Donato, pero a mediados de la segunda parte había sido substituido por Alfredo con la intención de dotar de más mordiente ofensiva al equipo. La lógica dictaminaba que Bebeto fuese el lanzador. Pero el astro brasileño, libélula en el área, también lo era de carácter. Había fallado un par de penas máximas durante la temporada y ya había pedido a Arsenio no tirar más penaltis. Luego se diría que se escondió, pero realmente nunca fue una opción real para tirarlo. Nunca quiso hacerlo y nunca tuvo la orden de hacerlo. Otro tema es si debería haberlo hecho. En el ejército un coronel no puede delegar en un sargento. Por mucho que quiera hacerlo. Así pues el encargado era Djukic. El serbio solía aguantar hasta el final los penaltis y tiraba indistintamente a izquierda o a derecha sin ajustar al palo. Había anotado uno unas jornadas antes en el Calderón, pero en la memoria también estaba uno que había fallado ante Buyo y que le había dado la victoria al Real Madrid en un choque en el Bernabéu.

La semana fue eufórica en Coruña. Los niños fuimos el día antes del partido con la cara pintada de azul al colegio. Había banderas blanquiazules por toda la ciudad. Todo era blanquiazul. Las hormigoneras, las cariñosas pescaderas de la plaza de abastos, las simpatiquísimas chicas del Corte Inglés, el ayuntamiento, La Voz de Galicia o Estrella Galicia. Todo tenía un lazo azul. Había banderolas que festejaban el título de Liga. Como diría Mourinho una década más tarde en otro sueño, esta vez europeo, “os veo un poco creciditos”. Y era verdad. El Dépor estaba sin gasolina y paralizado por la responsabilidad. La primera parte fue horrenda, pero las noticias desde Barcelona eran positivas. El Sevilla ganaba 1-2. La gente festejaba el título y en el campo el equipo se echaba atrás y amarraba el empate. El problema es que al poco de iniciarse la segunda mitad, Koeman, Guardiola, Stoichkov, Romario y compañía sacaron la apisonadora y dieron la vuelta al partido. El Barça ganaba 5-2 y se puso presto a la espera. Quedaban 20 minutos y el Dépor trataba de dar un paso adelante pero se veía incapaz. Bebeto tuvo una cerca de boca de gol pero poco más. El partido agonizaba y sobre la segura victoria se ceñía una negra sombra.

Hacía falta un milagro.

El cronómetro ya se acercaba al final del tiempo reglamentario cuando Djukic se acercó con tranquilidad al punto de penalti. Fueron doce pasos para atrás hasta situarse encima de la línea que marca el inicio del área grande. Hizo un rápido gesto con un par de dedos para eliminar unos cuantos molestos mocos de la nariz y luego puso las manos en jarra. Toda su expresión corporal indicaba nervios y tensión. Cuando 25 años después uno observa las imágenes sabe que Djukic tenía que fallar ese penalti. Las piernas rígidas, los hombros tensionados y una búsqueda incesante de las manos a cualquier punto de la cara. Djukic coge aire, tanto aire como si fuese a perder la respiración por un instante. Luego lo suelta en una explosión impetuosa sin mirar atrás. En la portería, González arquea las piernas y coloca las manos entre ellas preparado para saltar a un lado o al otro. Está concentradísimo. Sorprendentemente concentrado. Deseando ser la bruja que rompe el cuento de hadas. Luego se sabrá que cobró 14 millones de pesetas (unos 85.000 euros de la época) vía Barcelona por parar el penalti. Pero era su trabajo. No se los pagaron por dejárselo meter. Se los pagaron por pararlo. Fuese ético o no, él hizo lo que tenía que hacer. López Nieto pita, Djukic coge carrerilla y lanza un disparo amarra tegui, flojo, a la derecha de González, que adivina la trayectoria y para con suma facilidad. Ya antes de lanzar Djukic sabe que ha fallado. Ya antes de lanzar tapa la cara con sus manos y clama a las alturas por su error. González proyecta su brazo al cielo y levanta el puño en señal de triunfo, lo que le generará el odio eterno de los coruñeses y de media España. En el gesto no hubo ética alguna, sólo odio pesetero.

Un lamento corre por Riazor. Los jugadores del Dépor bajan los brazos y ni siquiera intentan la heroica en los segundos restantes. Varios valencianistas se tiran al suelo y celebran el fallo (a razón de 7 millones de pesetas por cabeza, unos 42.000 euros de la época). En el palco, la pena y el quebranto de Lendoiro es inversamente proporcional a la alegría y el regodeo de Núñez. Cuando López Nieto pita el final, Djukic es de los primeros que se desploma en el campo. Un aficionado se tira a su lado y le da ánimos. Los demás enfilan el túnel de vestuarios en shock. No hay lágrimas. Aún no. Todavía están en shock. La gente salta al campo y acompaña a sus ídolos mientras le susurran al oído que no ha pasado nada. Que ha sido un sueño. Que el penalti ha sido gol. Que son campeones. Pronto el manto de Riazor estará cubierto por miles y miles de coruñeses. Pronto la fuente de Cuatro Caminos será lugar de celebraciones. De agrias celebraciones. De sonrisas comidas por las lágrimas. Será el lugar donde se venere el éxito del SuperDépor, un club humilde, que a pesar de la derrota acababa de hacer historia.

Al año siguiente se rompería el maleficio en una agónica final copera ante el Valencia. Un acto de justicia poética. Luego vendría el tan deseado título liguero para despedir el siglo XX. Pero la espina del penalti de Djukic permanecerá inalterable al paso del tiempo. Nunca antes se había decidido una gran liga de fútbol con un penalti en el último minuto del último partido de la última jornada de la temporada. Y nunca jamás se volverá a repetir.

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“Mucho que decir y poco que contar (…) Estaba escrito así. El equipo ha corrido, no ha jugado bien. Tuvo muchos atrancos, quizás estuvo demasiado nervioso. Nos ha faltado marcar un gol. Llevamos el peso del partido pero no con buen tono. ¡Qué le vamos a hacer! ¡No pudo ser! (…) los chicos se han dejado la piel, han sido cabeza todo el año, los han desestabilizado, los han puesto nerviosos, han hecho lo que han podido y lo han hecho bien. Ha sido una pena. Es triste y es duro. Porque esto es una vez en la vida y no pudo ser (…) No puedo contestar a preguntas porque no sé qué decirles (…) He pasado muy mal día, pero ahora estoy muy entero. Alguno de los jugadores lo están pasando muy mal. Siento una gran tristeza por esas gentes de la calle que veía todos los días, esa gente mayor y esos niños y que yo pensaba que podíamos desilusionarnos, porque podía pasar esto. No es la primera vez que pasa y ha pasado. Fuimos a fallar un penalti cuando no había tiempo ni para respirar. Que Dios reparta suerte”. Arsenio Iglesias en la rueda de prensa posterior al partido. No hubo preguntas. Los periodistas callaron al unísono y aplaudieron al técnico herculino.

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