Alemania

Copa Mitropa; el torneo que tuteó a una guerra

Antes, mucho antes, de la creación por parte de la UEFA de la Copa de Europa existía la Copa Mitropa. Y antes, mucho antes, de que se creara el Campeonato Europeo de la UEFA (por todos conocido como Eurocopa) ya existía la Copa Mitropa. Y, por supuesto, antes de que se creasen competiciones de dudoso interés como la Liga Europa Conferencia de la UEFA o la Liga de Naciones de la UEFA, también existía la Copa Mitropa. Y, desde luego, antes de que una pandemia obligase a aplazar partidos y torneos ya había guerras que ponían patas arriba al mundo, y por ende, al planeta fútbol.

La Copa de la Europa Central fue creada en 1927 impulsada por Hugo Meisl, afamado entrenador y arquitecto del ‘Wunderteam’ austriaco que asombraría al mundo en la década de 1930. Hasta entonces los clubes tenían que demostrar su valía internacional en encuentros amistosos. La idea de la Copa Mitropa era crear un torneo entre los mejores equipos de Europa Central. Los motivos eran dos. Por un lado, el nivel del fútbol centroeuropeo era entonces sobresaliente y ya reputadas voces consideraban que al menos igualaba al británico. Por otro parte, la excelente red de ferrocarriles de la zona y la escasa distancia entre las principales capitales centroeuropeas permitían desarrollar un campeonato de corta duración.

En las dos primeras ediciones participaron los campeones y los subcampeones de Austria, Hungría, Checoslovaquia y Yugoslavia. En 1929 los italianos reemplazaron a los yugoslavos, quienes estaban a punto de iniciar una guerra civil, y en 1934 se decidió la ampliación del torneo a cuatro escuadras por país. En 1936 entró en liza Suiza, y la última reforma data de 1937 cuando se unieron los clubes de Rumanía y se reincorporaron los de Yugoslavia. La Copa de la Europa Central pronto pasó a ser conocida como Copa Mitropa por la empresa que la patrocinaba. Mitropa era la compañía de restauración que operaba en las líneas férreas de Centroeuropa. De hecho, Mitropa no es más que el acrónimo de ‘Mittleuropa’, que es el término alemán para definir la Europa central.

Durante la década de 1930 la Copa Mitropa vio desfilar a algunos de los mejores futbolistas del momento. Ganadores en esos años fueron el Sparta de Praga de Nejedly (máximo goleador del Mundial de 1934), el Bolonia FC de Schiavo, Andreolo o Ceresoli (bicampeones en el Mundial de 1934 y 1938), el Slavia de Praga de Josef Bican (futbolista con el mayor número de goles de la historia) y, especialmente, el Austria Viena del maravilloso e icónico Matthias Sindelar. El sistema de participación era simple. Campeones ligueros como cabezas de serie y eliminatorias a ida y vuelta hasta quedar un único contendiente.

MATTHIAS SINDELAR, el futbolista que desafió a Hitler.
Sindelar; el Mozart del fútbol

Para 1939 la Copa Mitropa comenzó con una ausencia significativa. Tras el ‘Anschluss’ del año anterior, Austria pasaba a ser una provincia más del Tercer Reich alemán. Sindelar aparecería muerto en su casa por culpa de una intoxicación por monóxido de carbono. Aún hoy se discute si fue un accidente, un suicidio o el asesinato de un futbolista judío. Pero la historia de Sindelar no es la que nos ocupa hoy. El caso es que en 1939 ningún equipo austriaco pudo participar en la que fue la última Copa Mitropa antes del inicio de la guerra.

Y es que en septiembre de 1939 estallaba la II Guerra Mundial.

Con Europa en guerra lo normal es que la competición se parase.

Pero no fue así.

El torneo ocupaba dos meses en el calendario, generalmente junio y julio, a imagen de los torneos internacionales de selecciones de la actualidad. En el verano de 1940 Austria y Chequia eran provincias alemanas, Italia empezaba a lamentarse de haber retado a Gran Bretaña por la hegemonía del Mediterráneo y Suiza se dedicaba a contemporizar. La Copa Mitropa de 1940 contó con ocho equipos y, entre los participantes en esos cuartos de final, sólo había escuadras húngaras (3), yugoslavas (3) y rumanas (2).

Copa Mitropa | Wanderers
Copa Mitropa

Cuando el 17 de junio se disputan los partidos de ida de los cuartos de final, Francia estaba a punto de capitular ante el fulgurante avance de las tropas alemanas. Cinco días después Alemania controlaba un territorio que iba desde Hendaya, a orillas del Cantábrico, hasta Memel, bañado por el Mar Báltico. La intención de los alemanes para ese verano de 1940 era reorganizarse y preparar el asalto de Gran Bretaña por mar y aire.

Así, la relativa calma de Europa central permitía continuar con la Copa Mitropa aunque fuese bajo mínimos. Rumanía había sido el país más beneficiado en Europa central tras el fin de la I Guerra Mundial. Prácticamente había doblado su territorio. Favorecido además por la existencia de pozos petrolíferos, el rey Carol II firmó un acuerdo con los nazis para suministrarles crudo a cambio de su neutralidad. Sin embargo, tras el inicio de las hostilidades, la Unión Soviética, con la que Rumanía compartía frontera, exigió a los rumanos la devolución de la Besarabia, una región que había sido adquirida por Rumanía al término de la I Guerra Mundial. Todavía nazis y comunistas mantenían la paz, pero era obvio que Rumanía iba a tener que elegir bando.

En cambio, Hungría había sido la gran derrotada en la I Guerra Mundial. Lo que antes había sido un inmenso Imperio ahora era un pequeño Estado sin voz ni voto en las decisiones importantes de Europa. Hungría alcanzó la II Guerra Mundial con un régimen fascista que simpatizaba con los nazis, pero sin atreverse a aliarse con ellos. El gran escollo era Eslovaquia. Tras considerar Chequia provincia alemana, los nazis crearon Eslovaquia como un país títere bajo su control. Sin embargo, el territorio que había servido para crear Eslovaquia era reclamado por Hungría como propio. Para complicar más la situación los húngaros exigían también la devolución de parte del territorio rumano. Lo cierto es que los nazis estaban de acuerdo con los húngaros, pero no estaban dispuestos a perder el apoyo de los rumanos y, con ello, perder también el control de los pozos petrolíferos.

Yugoslavia era en 1940 un paraje de paz en medio de la tormenta. Pero era un país débil. Estaba gobernado por una regencia con apoyo militar en la que había que hacer malabares para contentar a serbios y a croatas, a anglófilos y filonazis. A medida que los designios de la guerra iban dando vencedor a los alemanes, era más que evidente que el país iba a estallar en mil pedazos.

Un ‘cacao maravillao’. Pero conviene explicar el contexto histórico para entender lo que sucedió después.

Europa ocupada por la Alemania nazi - Wikipedia, la enciclopedia libre
Europa 1941. El triunfo nazi

Cuando Rapid de Bucarest, Gradanski Zagreb (antecesor del Dinamo de Zagreb), Ferencvaros y OFK Belgrado se clasifican para semifinales, los alemanes están haciendo el Desfile de la Victoria a los pies del Arco del Triunfo parisino. Alarmados ante el éxito de los nazis y sabedores de que sus tropas están ocupadas en el oeste, la Unión Soviética decide dar un paso al frente. El 26 de junio de 1940 Stalin lanza un ultimátum a Rumanía exigiéndole la devolución de la Besarabia, a sabiendas de que Hitler no se interpondrá por ahora en su camino al necesitar la Wehrmacht un más que evidente descanso.

Rumanía pide ayuda a Alemania. Los teutones se hacen los suecos y recomiendan a los rumanos que pidan una prórroga a los soviéticos para responder al ultimátum. Mientras todo esto ocurre tienen lugar las semifinales. El Ferencvaros se clasifica derrotando por un global de 2-1 al OFK Belgrado. En el otro duelo Rapid de Bucarest y Gradanski tienen que jugar un tercer partido de desempate en la yugoslava ciudad de Subotica al acabar en empate sin goles los dos partidos.

El desempate está fechado para el 10 de julio. Pero ya entonces la Besarabia es parte de la URSS tras una rápida intervención militar. También lo son Lituania, Letonia y Estonia. Hitler tiene los ojos puestos en Gran Bretaña y deja hacer a Stalin. En el ámbito futbolístico el partido de desempate también acaba en tablas (1-1), por lo que hay que dictaminar por sorteo quien se clasifica para la final. La diosa fortuna sonríe al Rapid que se convierte en el primer equipo rumano en disputar una final de la Copa Mitropa.

La final entre Rapid de Bucarest y Ferencvaros estaba programada para el 21 y el 28 de julio de 1940. El partido de ida sería en Rumanía y el de vuelta en Hungría.

Fue entonces cuando Hungría decidió dar un paso al frente. Viendo la debilidad rumana, los húngaros contemplaron la posibilidad de hacerse con la Transilvania, el territorio que demandaban desde el fin de la I Guerra Mundial a Rumanía. Hungría consideraba que, si la URSS podía recuperar la Besarabia, ellos también podrían hacer lo propio con Transilvania.

Ocupación soviética de Besarabia y el norte de Bucovina - Wikipedia, la  enciclopedia libre
Transilvania (oeste) y Besaravia (este)

Rumanía se niega y moviliza sus tropas. Hungría hace lo mismo. En Alemania estalla la preocupación. Hitler ve como sus dos aliados, uno por su petróleo y el otro por razones étnicas e ideológicas, están a punto de estallar en guerra. Los diplomáticos van y vienen y se establece un arbitraje tras reunión a tres bandas para el 30 de agosto en Viena. Hitler manejaba con destreza la lisonja. Cuando tenía formada una opinión sobre un asunto, consultaba con aquellos que sabía que la compartían. Cuando tenía tomada una decisión en firme, la persona que había sido consultada, halagada por haber sido llamado por Hitler, se sentía doblemente agradecida al pensar que había influido en la decisión del Führer. También tenía la cualidad extraordinaria de memorizar pasajes de libros y datos estadísticos, utilizando el viejo truco de halagar a los subordinados conociendo pasajes de su vida profesional y personal.

El caso es que el partido se aplaza y se fijan como fechas alternativas el 18 y el 25 de agosto. Pero en estas el Ferencvaros se niega a jugar en Rumanía, por lo que hay que buscar una solución de compromiso. Se decide celebrar una final en campo neutral en Viena…el 30 de agosto.

Justo el 30 de agosto.

No hubo final.

A primera hora de aquel 30 de agosto se dividió en dos Transilvania. El norte pasó a pertenecer a Hungría y el sur a Rumanía. Lejos de resolver el problema lo enquistó. Más de 1.000.000 de rumanos pasaron a ser ciudadanos húngaros y medio millón de húngaros siguieron siendo rumanos. A partir de ahí Hitler actuaría con inteligencia contentando los deseos de unos y de otros. El temor de que Alemania cediese la totalidad de la Transilvania a uno de los dos bandos ayudó a que en 1941 rumanos y húngaros se conviertan en aliados activos de los nazis y participen en la invasión de la URSS.

El partido entre Ferencvaros y Rapid de Bucarest nunca llegó a disputarse. Tras el fin de la II Guerra Mundial, Transilvania volvió a ser rumana. Besarabia hubo de esperar a 1991 para lograr su independencia. La mayoría de su territorio forma hoy Moldavia, aunque otras zonas se reincorporaron a Ucrania en el norte y a Rumanía en el sur. Por su parte Rumanía tuvo que ceder territorio a Bulgaria, Hungría se quedó como estaba y Yugoslavia se volvió a unir tras fragmentarse en mil pedazos. Todo, por supuesto, bajo control de Moscú, que desde 1945 sustituyó a Berlín como centro de decisión de la zona.

La Copa Mitropa no volvería a disputarse hasta 1951, aunque a partir de entonces su interés y su nivel registraron un constante declive. En 1949 se había creado la Copa Latina que contaba con conjuntos españoles, portugueses, italianos y franceses, cuyo nivel de fútbol estaba en continua progresión y que pronto iba a dejar muy atrás al de Centroeuropa. Después, la creación de la Copa de Europa en 1955 acabaría por enterrar definitivamente a este tipo de competiciones.

La Copa Latina feneció en 1957 tras ocho ediciones, mientras que la Copa Mitropa sobrevivió hasta 1992. Lo hizo de mala manera, con equipos de segunda fila, muchos de ellos no profesionales. Acabó siendo un torneo amateur exactamente igual a aquellos que pretendía sustituir. Pero lo que nadie le podrá quitar a la Copa Mitropa es ser la competición pionera en la construcción de una cohesión europea a través del fútbol. Y, sobre todo, la Copa Mitropa seguirá siendo esa competición capaz de tutear a una guerra y estar a un único partido de vencerla.

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La gimnasta eterna

Oksana Chusovitina y su marido estaban a punto de coger un avión que los llevase de vuelta a Uzbekistán. Acababan de terminar los Juegos Asiáticos donde Bahtier, el esposo de Oksana y renombrado luchador grecorromano, había perdido la disputa por alcanzar la medalla de bronce. Para Oksana había sido su despedida de la alta competición. Tres años atrás había decidido ser madre y, tras un enorme esfuerzo físico y mental, consiguió clasificarse para los Juegos de Sidney y cerrar su carrera con dos medallas en los citados Juegos Asiáticos de 2002 celebrados en Corea del Sur. Tenía entonces 27 años y había decidido dejar definitivamente el deporte profesional.

Cuando el matrimonio se disponía a embarcar, Oksana recibió una llamada de su madre. El tono de voz de la abuela era preocupante y los lloros pronto harían su aparición. A Alisher, el pequeño de la familia, le acababan de diagnosticar una leucemia linfocítica aguda.

Alisher contaba con tres años de edad.

Tras un vuelo infinito, Oksana pudo comprobar en primera persona la gravedad de la situación. Alisher había tosido sangre y decidieron trasladarlo al hospital en una ambulancia con sospechas de que podría tratarse de una neumonía. No lo era. Era algo mucho peor. Oksana supo inmediatamente que en Uzbekistán sería imposible salvar a su hijo. Los médicos aconsejaron a la familia trasladarse al hospital alemán de Colonia, donde Alisher recibiría el tratamiento adecuado.

El problema es que no había dinero para pagarlo.

El matrimonio mal vendió su apartamento de tres dormitorios y sus dos coches, pero con eso no consiguieron ni cubrir el coste de la mitad del tratamiento. Hubo que recurrir a la ayuda popular. Tantos años dando alegrías deportivas a sus compatriotas tuvo su recompensa y Oksana y su marido consiguieron recaudar el dinero necesario para cubrir la parte inicial del tratamiento.

Lo más difícil se había logrado, pero ahora el matrimonio debía iniciar una nueva vida en Colonia. Sin vivienda, sin trabajo, sin conocer el idioma y, sobre todo, sin un céntimo. Fue entonces cuando Shanna Brüggemann, entrenadora de la selección alemana de gimnasia, se puso en contacto con Oksana para ofrecerle competir por el país teutón. Eso era la salvación para la uzbeka, ya que los emolumentos por ser deportista en Alemania eran muy superiores a los percibidos en la antigua república soviética. Oksana tuvo que volar a Taskent y pedir entre lágrimas una autorización especial para obtener la nacionalidad germana. En Uzbekistán no gustó aquella decisión, pero al final dieron su brazo a torcer. Oksana Chusovitina sería alemana.

Uzbekistán liberó a Chusovitina para competir por Alemania en 2003. Sin embargo, debido a que la legislación teutona no otorga la nacionalidad hasta cumplir tres años de residencia, estuvo hasta 2006 entrenando y compitiendo a nivel local en Alemania, pero representando a Uzbekistán en los torneos internacionales. El esfuerzo era terrible. Oksana pasaba de los 30 años en un deporte donde las mejores no llegan a la veintena y siempre con el miedo a que una lesión acabase con su carrera y le impidiese seguir ganando dinero y sostener el día a día de su hijo.

Iba a continuar así una historia que había comenzado mucho antes, allá por 1991, cuando a sus tiernos dieciséis Oksana Chusovitina lograba la victoria en el ejercicio de suelo de los Mundiales de Gimnasia. Al año siguiente obtendría otra medalla áurea, en este caso por equipos, formando parte del conjunto de la CEI (la extinta Unión Soviética) que acudió a los Juegos Olímpicos de Barcelona. Tras el desmembramiento de la URSS, Chusovitina pasó a representar a la nueva república de Uzbekistán. Lo hará en Atlanta, Sidney y Atenas, pero, aunque logró múltiples medallas internacionales, jamás consiguió presea alguna representando a Uzbekistán en los JJ.OO.

Gymnast Oksana Chusovitina, 46, Got Standing Ovation at 8th Olympics
Oksana Chusovitina. Barcelona 92. 16 años y 11 meses.

Lo cierto es que las condiciones de entrenamiento en Taskent eran muy diferentes a las de Moscú. El material escaseaba y las instalaciones eran deficientes. Oksana tenía que poner de su peculio para competir a nivel internacional y todo esto sucedía mientras sus mejores años volaban sin remedio alguno.

Pero ese afán por contentar a su nuevo país y esa lucha titánica para ver a su hijo recuperado hacen que Chusovitina logre para Alemania una medalla de bronce en el Mundial de Gimnasia de 2007. Oksana tiene entonces 32 años y será la gimnasta más veterana en participar en los Juegos Olímpicos del año siguiente, donde logra una inesperada medalla de plata en la prueba de salto.

Ese inesperado éxito se unió en el tiempo con la feliz recuperación de su hijo. El tratamiento había dado resultado y la leucemia había sido superada. Oksana se planteó entonces dejar la gimnasia e iniciar una carrera como entrenadora, pero ahora estaba presionada por la federación alemana que la incitaba a seguir compitiendo. Dolida, pero agradecida, Chusovitina ganó unas cuantas medallas más a nivel europeo y mundial, batiendo siempre los registros de edad conocidos, hasta que, en 2012, en los que eran sus sextos Juegos Olímpicos, logró la quinta plaza en el concurso individual.

Tenía 37 años y, ahora sí, había decidido retirarse.

Pero algo rondaba la cabeza de Oksana. Sentía que había traicionado a su país. Sus compatriotas la habían apoyado cuando su hijo estaba enfermo y se sentía en deuda con ellos. Había ganado medallas olímpicas en su juventud defendiendo la bandera soviética y en una inesperada madurez bajo los colores alemanes. Y, sin embargo, durante su plenitud física, no había podido subirse al cajón olímpico defendiendo los intereses uzbekos.

Tras unas semanas de dudas decidió volver al ruedo. Solicitó permiso para cambiar una vez más de nacionalidad y poder competir nuevamente con Uzbekistán. En esta ocasión no hubo traba alguna. Tanto en Berlín como en Taskent estuvieron de acuerdo y el COI (Comité Olímpico Internacional) hizo la vista gorda y entendió la excepcionalidad del cambio.

Representando de nuevo a Uzbekistán, Chusovitina compitió en Río 2016, donde fue séptima en el evento de salto. Aquella prueba fue ganada por Simone Biles, 22 años más joven que Oksana y tan sólo dos años mayor que Alisher, antes niño enfermo y ahora un robusto adolescente. A pesar de no lograr una presea, Chusovitina tuvo que subir al pódium ante el clamor popular, mientras el video marcador del pabellón mostraba imágenes de sus mejores momentos. Era un más que merecido homenaje.

Pero había llegado demasiado pronto.

Seguía sin conseguir una medalla olímpica para Uzbekistán y seguía fija en su empeño. Atentando contra todas las leyes de la naturaleza, Oksana pretendía estar en Japón para los Juegos de 2020. Por entonces tendría 45 años, una edad asombrosa para cualquier deportista profesional e inaudita en gimnasia donde la flexibilidad es intrínseca a su dificultad. El Covid alejó su objetivo en doce meses, pero Oksana siguió entrenando hasta competir en Tokio a los 46 años de edad.

Aquel 25 de julio de 2021 saltó al tatami por enésima vez. No logró superar la ronda previa y no consiguió la nota necesaria para clasificarse para la final olímpica de gimnasia. Dio igual. Jueces, rivales, entrenadores y periodistas se pusieron en pie para dar una cerrada ovación a Chusovitina. Rodeada de flashes y de un mar de lágrimas tuvo que volver al centro del tartán para dar las gracias. Lástima de pandemia que impidió que el gentío se sumase a la fiesta.

Fiel a sí misma, y a pesar de haber declarado que tras Tokio se retiraría, actualmente Oksana Chusovitina apura sus opciones para clasificarse para los Juegos Asiáticos de 2022. A pesar de contar con dos medallas olímpicas y más de una decena en pruebas mundiales, Oksana Chusovitina no es una leyenda de la gimnasia por sus logros. Lo es por su infinita longevidad, por una capacidad de sacrificio espartana y por demostrar que la voluntad y el amor de una madre es una fuerza que mueve montañas.

Tokio 2020: la gimnasta Oksana Chusovitina demuestra a sus 46 que la edad  es solo un número
Oksana Chusovitina. Tokio 21. 46 años y 1 mes.

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Cuando un loco apuñaló a Mónica Seles

Con una demostración de poderío absoluto y desplegando su característico juego de zurda a dos manos desde ambos fondos de la pista, Mónica Seles destrozaba por agotamiento a Steffi Graf (4-6, 6-3 y 6-2) consiguiendo el que era su tercer Open de Australia y su noveno Grand Slam. Era 1993. Acababa de cumplir los 19 años y tenía el mundo a sus pies.

Nacida en Novi Sad, antes Yugoslavia y hoy Serbia, a los 14 años ya pegaba raquetazos en el circuito profesional y con 16 ya salía triunfante en Roland Garros. En aquella final venció a la entonces nº1 del ranking, Steffi Graf, anunciando el cambio de dinastía que estaba por llegar. Por si quedaran dudas, en ese mismo año logró también el Masters de la WTA derrotando en la final a otra de las grandes tenistas del momento, la argentina Gabriela Sabatini.

Hasta entonces Steffi Graf dominaba el circuito tenístico de la misma forma que Atila subyugó a Roma. Graf arrasaba con un tenis en el que dibujaba la perfección en las líneas y una gracilidad impropia de semejante fiereza. Pero entonces llegó ella. Mónica Seles era un soplo de aire fresco con sus golpes a dos manos, siempre al ataque y desconcertando a los rivales con gritos y gestos continuos. El actor Peter Ustinov, un amante del tenis, declaró con agudeza que compadecía a los vecinos de Seles en su noche de bodas.

Mientras Graf se había formado en una escuela de tenis siendo niña, Seles era producto de un padre fanático que le obligaba a golpear pelotas contra la pared del aparcamiento que había delante de su casa. Su talento era tal, que hubo que llevarla a los 13 años a Estados Unidos para pulir un juego selvático en el que huía continuamente de la red asustando los ojos de los puristas.

Así, si en 1988 y 1989 Steffi Graf ganó 7 de 8 grandes (sólo Arantxa Sánchez Vicario la derrotó en Roland Garros 89) para 1991 y 1992 Mónica Seles emulaba el logro dejando únicamente las migajas para Wimbledon 92 a favor de la alemana. 1993 comenzaba con otro triunfo de la serbia y todo indicaba que mientras Seles seguía ascendiendo Graf ya se había estancado.

Hasta que todo cambió.

Mónica Seles estaba disputando un partido de cuartos de final en Hamburgo. Un torneo previo y preparatorio para Roland Garros. En un descanso entre juego y juego, Seles se sentó en una silla y sorbió un poco de agua. Segundos después, ante los gritos de los espectadores y la incredulidad de los televidentes, se levantó, se llevó la mano a la espalda y cayó al suelo. Mónica Seles gritaba aturdida mientras un cuchillo de cocina de 23 centímetros de longitud le succionaba la espalda. Ante el desconcierto y el horror de los 7.000 espectadores presentes, la tenista se levantó, se llevó la mano al hombro, dio varios pasos y se desplomó en la arcilla.

https://www.youtube.com/watch?v=Xt7vbkXkjpQ

Con Yugoslavia desmembrándose en una guerra de identidades (Seles era serbia de ascendencia húngara) se habló de atentado. Pero no. El asunto era más mundano. El tarado fue detenido al instante. Se trataba de un alemán que obedecía al nombre de Günter Parche. “Quería ver a Steffi Graf ganar otra vez”, declaró en el juicio. Quedó en libertad condicional y tuvo que someterse a tratamiento psiquiátrico. Al parecer cada vez que Seles derrotaba a Graf sufría instintos suicidas y amenazaba con quitarse la vida.

Por suerte el impacto del cuchillo fue menor del esperado y la herida cicatrizó con facilidad al no superar los dos centímetros de profundidad. Si la hondura hubiese llegado a los siete centímetros, Seles hubiese quedado paralítica. No había órganos ni tendones dañados. A la suerte también le ayudó que cuando Parche intentó clavarle el cuchillo por segunda vez, dos agentes de seguridad lo aplacaron a tiempo.

Era un milagro. Iba a estar un mes de baja. No podría competir en Roland Garros pero estaría lista para asaltar Wimbledon.

Fueron 28 los meses de ausencia. Cerca de dos años y medio sin competir.

Mientras Graf llenaba de felicidad a Parche ganando 6 torneos de Gran Slam de 8 posibles durante esos 28 meses, Mónica Seles se introducía en una espiral de miedo y terror de la que nunca llegó a salir completamente. Sus ingresos cayeron, su novio la abandonó y sus patrocinadores escaparon. Aquella chica alegre y decidida se convirtió en un ser huraño que detestaba ser vista en público. Sufría continuas pesadillas, ataques de ansiedad y comenzó a coleccionar pastillas de todo tipo para la depresión.

La WTA propuso mantenerla como número 1 adyacente hasta que regresase, pero todas las tenistas votaron en contra con la excepción de Gabriela Sabatini, que se abstuvo. De algún modo, tal falta de cariño le hizo recuperar la entereza y volver a las pistas para disputar el Open de Montreal de 1995. Su victoria fue espectacular, al ganar el trofeo sin ceder un solo set. Dos semanas más tarde disputaba la final del US Open ante Steffi Graf y, aunque acabó cediendo tras tres sets, la ovación del público a Seles (por entonces nacionalizada estadounidense tras el fin de la guerra de Yugoslavia) superó, y por mucho, a la recibida por Graf.

Parecía que Mónica Seles había vuelto.

La vida aun le tenía guardada otra sorpresa.

Su sonrisa volvió al cajón cuando su padre le contó que sufría de un cáncer de estómago terminal que no respondía al tratamiento. Para aquella muchacha de apenas 21 años fue la gota que colmó el vaso. A la ansiedad, a la depresión y al continuo cambio de su cuerpo por culpa de la adolescencia, hubo que sumar tan devastadora noticia. Se refugió en la comida y ganó cerca de 20 kilos de peso. Se despertaba de madrugada y asaltaba la nevera.

De pequeña le habían enseñado a no dejar nada en el plato. Y en Miami los platos eran mucho más abundantes que en Novi Sad. Engullía patatas fritas a cualquier momento. La prensa no ayudaba y los tabloides le llamaban gorda de cuando en cuando. Lo de la depresión en los deportistas de élite seguía siendo tema tabú. Años más tarde, cuando Seles se abrió al mundo, llegó a confesar que era capaz de decir al menos un restaurante italiano de cualquiera ciudad del orbe. Por entonces su única alegría era escoger un lugar al azar e ir a engullir comida en busca de la felicidad.

Y a pesar de todo volvió. “Cuanto más sufría Seles la conexión de los fans del tenis con ella crecía. Comparada con todos los atletas millonarios que parecen vivir en otro planeta, Seles resultaba gloriosamente mortal. Ella también estaba de luto por su padre, ella también luchaba contra sus problemas de sobrepeso, ella también lo pasaba mal en su trabajo. Ella era uno de nosotros”; escribiría el periodista Jon Werthein. La gente se volcó con Mónica como nunca antes lo había hecho. Las tenistas que le habían dado la espalda clamaron por su vuelta. Y no se sabe bien como, Mónica se levantó y a volvió a competir.

Meses más tarde reapareció en Australia. Había bajado unos cuantos kilos su peso, pero no era la misma. Tenía más cuerpo, era más lenta y poseía menos resistencia. No trasmitía energía y su movilidad era menor. Pero su clase había revivido. Su zurda a dos manos doblegó a la alemana Anke Huber para lograr su noveno Grand Slam y su cuarto título en Australia.

Fue su canto del cisne. Llegó a jugar tres finales más de Grand Slam pero no logró alzarse con el triunfo. El reinado de Graf fue sucedido efímeramente por Martina Hingis la cual pronto claudicaría ante la exuberancia de las hermanas Williams. Seles se retiró en 2003, a los 29 años, sin volver nunca a ser ella misma. Su paranoia fue tal que jamás volvió a pisar Alemania desde que Parche truncara la que era una carrera que iba camino del olimpo.

Mónica Seles forma parte de la terna de las mejores tenistas de la historia, pero quizás un loco la privó de ser considerada la mejor de todos los tiempos. Hoy Seles vive feliz en Florida y ejerce de relaciones públicas para programas que combaten la depresión y la ansiedad. Indirectamente también contribuyó a mejorar la seguridad en los torneos. Desde 1993 es obligatorio que los guardias se sienten de cara al público con el fin de prevenir cualquier altercado.

Günther Parche está internado en un psiquiátrico. Según el último artículo conocido sobre su vida, su antigua casa sigue adornada con fotografías y posters de Steffi Graf.

Stories of the Open Era- Monica Seles - YouTube
A un paso del olimpo

“Me apuñalaron, me dañaron el alma y mi carrera cambió de forma irreversible. Una fracción de segundo me convirtió en otro ser humano (…) A algunas personas les ha ido mejor que a mí y a otras les ha ido peor. En general creo que me ha ido bien, pero aunque mantengo una relación sana con el tenis, no es mi vida”. Mónica Seles.

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La semana mágica de Paolo Rossi

29 de junio de 1982. Barcelona. Estadio de Sarriá. 44.000 espectadores en las gradas. 18:30 horas. Alrededor del minuto 60 de partido. Paolo Rossi, el delantero centro de la selección italiana, recibe en solitario al contraataque, se interna en el área pequeña y es incapaz de levantar el balón por encima de Fillol, cancerbero argentino. Es un mano a mano clarísimo. Era el cuarto partido consecutivo en el que Rossi salía de titular en el Mundial y el cuarto consecutivo en que abandonaba el encuentro sin anotar un tanto. Italia triunfa, pero Rossi fracasa, titula la prensa transalpina. Italia venció a Argentina y se jugará el pase a semifinales ante Brasil, la indiscutible favorita del torneo.

Con 14 años Luciano Moggi lo captó para la Juventus procedente de la Cattolica de Virtus. Era un delantero oportunista, no exento de técnica, pero que destacaba por estar en el lugar preciso en el momento justo. Paolo Rossi era una prometedora estrella pero sufre tres lesiones distintas de menisco antes de los 18 años. Se recuperaría, pero a los 30 ya estaría retirado. El caso es que la Juve se deshace de él y lo manda al Vicenza que estaba en la Serie B. El primer año es el máximo goleador de Segunda y asciende a Primera. La segunda temporada repite ‘Pichichi’ en la Serie A y deja a su modesto equipo en puestos europeos. Pablito había renacido.

Va al Mundial del 78 y se sale. Italia alcanza las semifinales. Y llega el escándalo. El Perugia, un modesto, ofrece una millonada. La Juve se echa atrás. Entonces los italianos sólo podían salir del país con el equivalente a 65 euros de la actualidad. El fichaje de Rossi cuesta 5 millones de hoy, pero el sueldo de Rossi sigue siendo modesto. Los jugadores exigen cobrar más. Los equipos pagar menos impuestos. Se rumorea que se amañan partidos. Nunca se probó que Paolo Rossi cobrara ninguna mordida, pero al igual que a la hora de meter goles estaba en el lugar preciso en el momento justo, el escándalo del ‘Tottonero’ le salpicará de lleno. Un coloso como el AC Milan es castigado con el descenso a la Serie B y una figura como Paolo Rossi estará dos años sancionada sin jugar. Era 1980.

Archivo:Paolo Rossi Vicenza.jpg - Wikipedia, la enciclopedia libre
Pablito

Enzo Bearzot siempre creyó en su inocencia. El seleccionador ‘azzurro’ lo estimaba como futbolista y como hombre. Fue su medicina durante dos largos años. Creía en ese delantero oportunista. Tras sólo tres partidos jugados en dos largos años decide convocarlo para el Mundial 82. Le da la posibilidad de forjarse un destino. Rossi jugará la primera fase del Mundial como un futbolista encadenado. La prensa quiere a Roberto Pruzzo y no a un chico tramposo y falto de forma. Bearzot decide que ningún jugador hable con los medios. Sólo hablará él. Dice que pone a Rossi de titular “por una cuestión moral”. El escándalo está servido. Italia está a punto de irse a casa en la primera fase. Las críticas son duras. Pero Rossi, con el 20 a la espalda, seguirá siendo el 9 titular.

5 de junio de 1982. Barcelona. Estadio de Sarriá. 44.000 espectadores. 17:20. Minuto 5 de partido. Centro al área, Rossi arranca una décima de segundo antes que su defensor y de cabeza cruza el balón. Es el gol más importante de la carrera de Pablito. El que le abre las puertas del paraíso tras 365 minutos en el averno. Luego vendría el segundo en el que Rossi volvió a ser Pablito el oportunista al ganarle el balón a Toninho Cerezo y anotar un gol de pillería. En el tercero demostró que nadie era capaz de defenderlo. Aquella tarde sólo un hombre podía entrometerse entre Brasil y las semifinales. Rossi anotó un ‘hat-trick’ en el que fue el partido más hermoso de todo el Mundial.

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Brasil del 82 era como el Brasil del 70 pero no tenía ni portero ni gol. Era como bailar con tu hermana. Todo era hermoso hasta que llegabas al final. Rossi, el proscrito, el delantero que había jugado tres partidos en dos años, que no había marcado ningún gol en el Mundial, volvió a ser Pablito. En una época donde se marcaba al hombre, Rossi era el delantero que se escabullía, el pillo que se escurría y bailaba con el balón hasta llevarlo a la línea de gol.

8 de junio de 1982. Barcelona. Camp Nou. 60.000 espectadores. 17:15 horas. Italia contra Polonia. Semifinales. Italia ya no tenía a un delantero. Tenía a un héroe nacional. Paolo Rossi anotó otros dos goles tocando apenas un par de balones. No podía haber escogido un mejor momento para resucitar. Italia volvía a la final de un Mundial tras haber perdido ante Brasil doce años antes.

Cuando Enzo Bearzot llegó a la ‘Nazionale’ siete años atrás decidió apostar por algunos jóvenes que conocía de las categorías inferiores. Concretamente dos de ellos se mostraron indispensables. Antonio Cabrini en la defensa y Paolo Rossi en la delantera. Esos dos futbolistas eran innegociables. Bearzot era un hombre culto. No era un entrenador al uso, era como un pintor que sabía cómo combinar colores. Y Paolo Rossi era como el azul, el azul de Italia, el azul del cielo y del mar. Como ese color que permite enlazar con los demás.

11 de junio de 1982. Madrid. Santiago Bernabéu. 90.000 espectadores. 20:00 horas. Italia contra Alemania Federal. Final del Mundial. El sueño de una vida. Minuto 57 de partido. Tardelli abre a la derecha, Gentile recibe el balón y centra al área donde cayendo y todo potencia aparece Rossi que entre su cabeza y su corazón abre el marcador. Esta vez solo fue un gol, pero se dice que en una final el primero vale por tres. Alemania venía de una extenuante prórroga ante Francia, Rummenigge estaba tocado y los teutones bajaron los brazos. Italia acabaría ganando 3-1 y lograría el que hasta el momento era su tercer Mundial.

Paolo Rossi jugó 7 partidos en aquel Mundial y anotó 6 goles distribuidos en apenas 230 minutos. Fue el máximo goleador. En dos años disputó únicamente 10 partidos oficiales marcando 7 tantos. Al acabar el Mundial firmó por la Juventus, su amor de adolescencia, tuvo un par de años mediocres y se apagó. Paolo Rossi fue una estrella fugaz. Fue un héroe que entró en combustión durante una semana mágica para ingresar en el olimpo de los dioses. Es uno de los únicos 8 futbolistas que han ganado la Copa de Europa, el Mundial y el Balón de Oro. Un Balón de Oro, aquel de 1982, que es uno de los más baratos de siempre, porque a Paolo Rossi tan sólo le hizo falta una semana para justificar un año. Para justificar una carrera. Para justificar una vida.

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Lutz Eigendorf: El Beckenbauer del Este

Una de las múltiples diferencias que había entre la Alemania del Este (RDA) y la Alemania Occidental (RFA) estaba en la posibilidad de adquirir un vehículo. En la RDA había un número limitado de modelos de fabricación propia a los que se podía acceder en función del estatus laboral y de la disposición familiar. Para alcanzar un coche de importación hacía falta un salvoconducto oficial, un muy probable soborno y una espera de meses o incluso años. En la RFA el acceso al vehículo obedecía a términos capitalistas. Si tienes dinero te lo compras. Si no lo tienes no te lo compras. Así que una de las primeras cosas que Lutz Eigendorf hizo al escapar a la RFA fue comprarse un deportivo, un Alfa Romeo GTV-6.

Mucho antes de realizar tal compra, Lutz Eigendorf era el ojito derecho de los jefazos de la RDA. En 1974 la RFA había ganado el Mundial de fútbol en el que habían ejercido como anfitriones, pero a la RDA le quedó la satisfacción de haber vencido a sus vecinos en la fase de grupos tras un gol de Sparwasser que se tornó en mítico. Aquello, unido a los éxitos internacionales del Magdeburgo, envalentonó a los dirigentes de la RDA en su pesquisa por lograr el éxito a través del deporte. Fueron los inicios del dopaje de Estado y también de la búsqueda del nuevo Franz Beckenbauer, el jugador alemán nacido al otro lado del muro que por entonces era una de las estrellas más rutilantes del planeta fútbol.

El elegido fue Lutz Eigendorf, un elegante futbolista que militaba en el Dinamo de Berlín. Tenía porte, buena presencia y una notable calidad técnica. Erich Mielke lo nombró capitán con apenas 22 años. Es preciso explicar que Mielke, además de máximo responsable del Dinamo de Berlín, era el director de la Stasi, la policía secreta de la RDA. Mucho antes, de jovenzuelo, combatiera en la Guerra Civil española enrolado en las Brigadas Internacionales. Cuando sus obligaciones de espionaje y de asesinatos se lo permitían, a Mielke le encantaba dirigir la Oberliga a su antojo y promover los amaños necesarios para que su Dinamo se proclamase campeón.

Eigendorf era un privilegiado. Era tratado en palmitas por el Partido Comunista. Se había casado con la chica más popular del instituto y era padre de una niña de dos años. Tenía una buena casa y acceso al mejor coche que la RDA le podía dar. Pronto fue apodado el Beckenbauer del Este y pasó a ser cara cotidiana en los medios como representación del éxito en la Alemania comunista.

Pero Eigendorf no era feliz. Desde que fuese reclutado como joven proyecto futbolista a los 14 años vivía bajo estricto control. Le decían lo que tenía que hacer, cuando y como hacerlo. Se ahogaba. Y tenía envidia. Tenía envidia del verdadero Beckenbauer y de todo lo que se estaba perdiendo. Así que, sin comunicárselo a su esposa, decidió emprender una nueva vida.

El Dinamo de Berlín jugaba un partido amistoso ante el FC Kaiserlautern a más de 600 kilómetros rumbo a la libertad. El encuentro se disputó sin mayor noticia y en el viaje de vuelta el autobús paró para repostar antes de entrar en la RDA. A pesar de la vigilancia, era en esas ocasiones cuando los futbolistas aprovechaban para hacer alguna compra e introducir objetos de contrabando en el país. Las autoridades solían hacer la vista gorda, para así mantener a sus estrellas contentas. Pero Eigendorf tenía otro plan en la cabeza. Se escabulló, subió a un taxi y le dijo al conductor que lo llevase de vuelta a Kaiserlautern, concretamente a las oficinas del club renano. Una vez bajó del vehículo, se reunió con el presidente, se ofreció como defensa central y firmó un papel en blanco.

Acababa de ser contratado por el FC Kaiserlautern. Acababa de desertar.

Dado que tenía mujer e hija, la Stasi jamás se podría haber imaginado que Eigendorf desertase. Mielke estalló en cólera y puso en marcha la llamada ‘Operación Rosa’ con el objetivo de hacerle la vida imposible a Eigendorf. Pusieron en nómina a un agente encubierto, un tal Peter Hommann, con el objetivo de seducir a la mujer de Eigendorf y ponerla en su contra.

Erich Mielke - Maestro del miedo | TV | DW | 06.02.2018
Mielke. Maestro del terror

Quién sabe lo que pensaría esa mujer de un marido que en su búsqueda de la libertad había convertido en infierno su vida y la de su hija, pero el caso es que Gabriele, así se llamaba la mujer, acabó pidiendo el divorcio y casándose con el tal Hommann. Es más, el agente, no se sabe si por celo amoroso o por celo laboral, acabaría también adoptando a la hija del desertor.

Quién sabe, también, lo que pensaría aquel joven en busca de la libertad. Eigendorf tenía larvada una insatisfacción. Se había casado muy pronto y había tenido una hija que no quería. Hay documentación al respecto. Como que cometió al menos un par de infidelidades al poco de casarse. Al igual que cualquier veinteañero estaba fascinado por la libertad. Habitaba en lo más profundo de su ser una frustración por no haber vivido al límite, por no haber tenido aventuras. Pesó mucho más la fascinación por cruzar el Muro que el pesar por dejar mujer e hija al otro lado.

Así que el plan de Mielke, la ‘Operación Rosa’, no había dado los frutos previstos. Mielke se subía por las paredes y su paciencia se agotó cuando Eigendorf dio una entrevista a una televisión occidental pegado al propio Muro y con un plano televisivo en el que al fondo se veían los focos del Friedrich-Ludwig-Jahn-Sportpatk, la casa del Dinamo. Aquello era intolerable. Por si su deserción fuese poca afrenta, Eigendorf aprovechaba toda ocasión para denunciar en público las condiciones de vida de la RDA y al régimen comunista.

En todas y cada una de las reuniones que Mielke mantenía en su despacho con sus subordinados de la Stasi recordaba que el objetivo número uno era Eigendorf. Ni disidentes políticos, ni espías occidentales. El diablo con patas era ese sucio futbolista. Mielke se sentía dolido, engañado y humillado, y no precisamente por ese orden.

Según los papeles desclasificados una vez que Alemania volvió a ser una, Lutz Eigendorf llegó a tener hasta 50 agentes diferentes de la Stasi ocupándose de su vigilancia. Todas las noches un par de espías de la Stasi hacían vigilancia en las puertas de su casa de Braunschweig donde volvió a casarse y tuvo un segundo hijo. Uno de esos agentes era un tal Klaus Schlosser que velozmente lo engatusó hasta convertirse en su mejor amigo.

Y es que Eigendorf pronto cambió el FC Kaiserlautern por el más modesto Eintracht Braunschweig. Ya fuese porque el nivel en la Oberliga era inferior a la Bundesliga (lo cual se certificó con la caída del Muro), o quizás mentalmente exhausto y deprimido al sentirse perseguido, Eigendorf bajó considerablemente su rendimiento. Fueron tres años mediocres en Renania antes de pasar a las filas del modesto conjunto cuya ciudad es más conocida por un licor de hierbas llamado Jägermeister que por su club de fútbol.

Y así llegamos a la noche del 6 de marzo de 1983. Como tantas otras veces Eigendorf salió a pasar el rato y como tantas otras veces cogió su Alfa Romeo GTV-6 para acercarse a su bar habitual. El caso es que cuando cerca de las once de la noche se dirigía a su casa perdió el control del vehículo y se estrelló contra un árbol falleciendo en el acto. La tasa de alcohol en sangre era de 2,2 por lo que la conclusión era obvia. Estaba borracho. Muy borracho. Muy, muy borracho.

El problema es que Eigendorf apenas bebía. Si acaso un par de cervezas. Se interrogó a los que estaban en el bar aquella noche y todos dijeron que apenas había consumido. Sus compañeros de equipo y amigos dijeron lo mismo. Era imposible que Eigendorf hubiese bebido tanto. Además, estaba haciendo un cursillo de piloto de avionetas y tenía clase al día siguiente. Conociendo lo importante que era aquello para él, todos descartaban por completo que se hubiese emborrachado.

Lutz Eigendorf... el día que un futbolista 'condenado a muerte' jugó en el  Bernabéu | Marca.com
El Alfa Romeo hizo pum

Hubo que esperar al año 2010 para que un antiguo colaborador de la Stasi presentase de forma anónima en unos juzgados unos documentos fechados en 1983 en la RDA en la que se contemplaban las órdenes para asesinar a Eigendorf. Al parecer dos agentes de la Stasi habrían secuestrado al futbolista obligándole a ingerir una alta cantidad de alcohol antes de dejarle volver a coger el coche para provocar su accidente.

Una vez que el escándalo salió a la luz, a las pesquisas policiales le siguieron las investigaciones históricas y los reportajes periodísticos. Se desveló un probable envenenamiento a través de la piel, y la existencia de un segundo vehículo (del que nada se supo en 1983) que deslumbró a Eigendorf desde un lateral de la carretera justo en el momento en el que perdió el control de su vehículo. Estas certezas echaron por tierra la teoría popular, comúnmente aceptada, de que la Stasi, simple y llanamente, lo que había hecho era cortarle los frenos del Alfa Romeo.

Se estima que sólo en la década de 1970 más de 500 deportistas desertaron de la RDA. Ninguno tan importante como Lutz Eigendorf. Su aventura apenas duró tres años antes de ser asesinado con 26 primaveras. De su primera mujer no se supo mucho más. De su segunda mujer se sabe que vivió con miedo y con antidepresivos hasta que el Muro cayó. Schlosser, su supuesto mejor amigo, recibió 500 marcos en forma de gratificación por parte de la Stasi y hoy disfruta de una apacible jubilación sin admitir preguntas. Tras la reunificación alemana de 1990, el Dinamo de Berlín deambula por categorías regionales y Mielke tuvo que pasar un par de años en prisión, aunque por su avanzada edad pudo fallecer plácidamente en su hogar a los 92 años de edad.

Un total de 66 años más de los que vivió Lutz Eigendorf.

El «Beckenbauer del Este» que fue víctima de la Stasi
El Beckenbauer del Este
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PSG vs Bayern (reflexiones)

Desde que la familia real catarí adquirió el PSG en 2011 con el objetivo primordial de cimentar su prestigio a través de la victoria en la Copa de Europa, se ha esperado con ansia en París, y en buena parte de Francia, la cita que le medirá al Bayern este domingo en el estadio Da Luz de Lisboa. Con no poca razón, pensaron que a través de la chequera conseguirían su objetivo a la primera. Las estrellas llegaron a borbotones hasta el acabose de hace un par de veranos al pagar 180 millones por Mbappé y arrebatarle a Neymar al Barça por 222 kilos.

Por más que la colección de estrellas sea insultante, el PSG lleva años adoleciendo de un plan de juego. Una vez que Rabiot escapó de un vestuario lleno de egos, únicamente Verratti es capaz de darle un sentido a la circulación del balón. Cuando allá por marzo Emmanuel Macron soltaba aquello de “estamos en guerra sanitaria”, el cuerpo técnico del PSG perdió el contacto con todos sus jugadores sudamericanos hasta nuevo aviso. El único que tuvo a bien comunicarse con sus patrones fue Cavani, el cual acabó contrato el 30 de junio, decidió no alargar el compromiso y no estará presente en la primera final de la historia del PSG en la Copa de Europa.

Edinson Cavani se subió al transatlántico parisino en 2013 y es el máximo goleador de la historia del club. El club, que hace apenas una semana celebró su quincuagésimo aniversario, decidió ‘homenajear’ al delantero uruguayo excluyéndolo de un cuadro de honor con los mejores jugadores que han pasado por el Parque de los Príncipes.

Y es que el PSG puede convertirse en campeón de Europa, pero tiene harto complicado dejar un legado.

El Bayern representa a la aristocracia europea. A pesar de que su palmarés es notablemente inferior al del Real Madrid, es el único club al que le puede tutear en mística y pedigrí. Y a la par que el Madrid, es igual de amado que de odiado. Los bávaros son después de los madrileños el equipo con más participaciones en semifinales y finales de Copa de Europa, aunque su ratio de victorias es mucho menor. De lo que si puede presumir el Bayern es de ser el equipo más regular, ya que es el único conjunto que ha jugado al menos una final de Copa de Europa en todas las décadas desde 1970 (1974, 1975, 1976, 1982, 1987, 1999, 2001, 2010, 2012, 2013 y 2020), lo que demuestra una continuidad en proyectos y resultados.

El Bayern personifica el clasicismo. Un conjunto que creció a través de un grupo excepcional de canteranos, la construcción de un gran estadio y el reconocimiento social y económico de una ciudad y de un país. El PSG es un invento de una metrópolis que nunca necesitó del fútbol para brillar, pero que lo ha adoptado de manera virtual para irradiar modernidad en plena revolución tecnológica y global.

Algún lector podrá cuestionar esta afirmación. Uno se puede preguntar qué diferencia habrá entre el PSG y el Bayern si ambos conjuntos amasan fortunas y compran activos arrebatándoselos a equipos con menor músculo financiero. Para expresar esa diferencia entre los llamados ‘grandes’, los equipos que son conocidos por aquellos aficionados al fútbol y también por los que sólo se asoman al deporte rey de tanto en tanto, podríamos clasificarlos en cuatro tipos distintos:

1. Equipos que desde su fundación aglutinaron el gusto de la mayor parte de su comunidad, convirtiéndoles en hegemónicos en su ciudad y en su comarca. Con el transcurrir de los años, se convirtieron en clubes dominantes en su país y la globalización los convirtió en marca a nivel europeo o mundial. Ese proceso histórico está basado en la aparición de un elemento interno (jugadores/entrenadores/presidentes) que se cristianizan en la piedra filosofal de la idiosincrasia y de los valores del club.

2. Clubes de rango abolengo, con una gran masa social y con un pasado lleno de triunfos, pero que no han sabido ni adaptarse ni sobrevivir a las leyes de la globalización. A pesar de no mantener el nivel competitivo son capaces de aglutinar una ingente masa social y de penetrar en el acervo social de todo un país.

3. Escuadras de reciente aparición en la élite que gracias a la globalización se han abierto paso en un mercado complejo y prefijado. Hay dos subtipos. Equipos de grandes ciudades que han utilizado con inteligencia sus recursos financieros para dar un salto en sus posibilidades. Y por otro lado, equipos de suburbios o de ciudades pequeñas que a través de un buen programa de fútbol base y una cuidada selección de personal han conseguido instalarse en la élite.

4. Y por último los nuevos ricos. Escuadras con mayor o menor tradición, o incluso totalmente artificiales, que han sido comprados por un magnate para conseguir el éxito en el menor tiempo posible. La falta de masa crítica hace que sin éxitos y sin dinero su influencia se evapore.

Durante esta Copa de Europa exprés hemos visto a varios de esos nuevos ricos. A un RB Leipzig sin masa social y con apenas una década de vida, y al Manchester City, con fuerte implantación social pero de escaso valor añadido hasta que fue adquirido por un jeque casi al mismo tiempo que un empresario de bebidas austriaco hacía lo mismo con el Leipzig. El músculo financiero del City es mayor y su presencia en la élite más palpable, pero ambos conjuntos sustentan su crecimiento en una liga fuerte y una metrópolis moderna. Sólo el tiempo y el dinero dirán si su arraigo en la sociedad será permanente.

El PSG, del mismo modo que el City, tiene un pasado al que aferrarse, pero su crecimiento ha sido igual de artificial. La diferencia con el Olympique de Lyon, brillante semifinalista, es abismal. Cuando el PSG se fundaba en 1970 el gran equipo galo era el Saint Ettiene. Ésta era una ciudad orgullosa de sí misma, de extracción carbonífera y cuna de la industria armamentística francesa. El Saint Ettiene (‘el rayo verde’) llegó a jugar la final de la Copa de Europa de 1976 -precisamente ante el Bayern-, antes de iniciar su declive al mismo tiempo que se desmantelaba la industria pesada de la ciudad.

Fue entonces, a finales de los 80, cuando a 60 kilómetros de allí emergió la ciudad de Lyon. Con vestigios romanos, un gran legado cultural, importantes universidades y vaca sagrada de la gastronomía francesa, Lyon volvió por sus fueros y a inicios del siglo XXI es una ciudad luminosa que pisoteó el legado de su vecina Saint Ettiene. Una era sucia y oscura y la otra radiante y vigorosa. De igual modo el Olympique de Lyon ocupó esa sinergia y se convirtió en un poderoso club ocupando y mejorando el legado del Saint Ettiene. Así, el Olympique de Lyon es un claro ejemplo de equipo (3) y el Saint Ettiene es de tipo (2).

Pero volvamos a la final. PSG-Bayern. Francia contra Alemania. Ha sido una Copa de Europa extraña en tiempos extraños. A partido único, sin público y con una temporada alargada en el calendario hasta el infinito. Desde 1987 no había un ratio de campeones tan bajo entre los cuartofinalistas (2/8) y desde 1991 no se habían presenciado una semifinales sin escuadras italianas, inglesas o españolas. El Bayern puede lograr su sexto título, empatar con el Liverpool (6) y situarse por detrás de AC Milan (7) y Real Madrid (13). Si gana el PSG será un nuevo club al que añadir al palmarés desde que el también proyecto millonario del Chelsea se coronase en 2012 al vencer en los penaltis, precisamente -otra vez-, al Bayern.

Veremos cual equipo y cuales jugadores desencantan la balanza, pero los focos apuntan a tres. En Francia todos los ojos estarán puestos en el parisino Kylian Mbappé. Si Mbappé hace un doblete las mentes pensantes de ‘France Football’ se rasgaran las vestiduras, ya que hace apenas un par de semanas se pegaron un tiro en el pie al anunciar que este año se dejaría desierto el palmarés del Balón de Oro. Con la liga francesa parada desde marzo y sin Eurocopa en el horizonte, no contaban con ver a algún gabacho triunfar en Lisboa.

Lo cierto es que las excusas fueron peregrinas. Que si la Copa de Europa se completa a un solo partido, que si no hay Eurocopa y que si no sabemos aún si volverán las ligas cuando llegue septiembre. Pero el caso es que sigue habiendo fútbol, y si no es Mbappé quizás sea Neymar el que se quede sin balón dorado. Por hambre y ganas, no hay futbolista que más lo reclame en esta burbuja lisboeta que el brasileño. Su nivel de compromiso con la Champions es inversamente proporcional al que demuestra en la Ligue 1.

La lógica dice que tanto Neymar como Mbappé tendrán otra oportunidad de ganar el Balón de Oro. No será ese el caso de Robert Lewandowski.

Estrella de una selección menor sin opciones en Mundial o Eurocopa, Lewandowski ha completado la temporada de su vida. Con 31 años, el polaco es el heredero de Lato y Boniek, y tiene en esta final la opción de coronarse como el gran ‘9’ de la última década. Alto, fuerte y corpulento, es capaz de encimar a los centrales y crearse su propio espacio en el área. Ostenta un sublime juego de espaldas y posee el instinto depredador necesario para completar segundas opciones. Es un ‘rara avis’, un ‘9’ de los que no quedan, pero, y ahí su excelso nivel, sabe dejarse caer a la banda, dispara con las dos piernas, juega al primer toque, ha aprendido a jugar de falso ‘9’ y posee una estética y una flexibilidad sólo comparable con la de Ibrahimovic.

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El Bayern puede ser el primer equipo de siempre en proclamarse campeón ganando todos y cada uno de los partidos. Si lo hace lo hará fiel a su estilo. A la alemana. Como un pegador sin compasión. Monótono y molesto, a la espera de dar la estocada. El PSG buscará la gloria a la parisina. Con prisas, con ruido y con insolencia. Pero también con belleza, con arte y con harmonía. A lo parisino. A lo Neymar.

“Si mi teoría de la relatividad resulta exitosa, Alemania me reclamará como alemán y Francia declarará que soy ciudadano del mundo. Si mi teoría resulta equivocada, Francia dirá que yo soy alemán y Alemania declarará que soy judío”. Albert Einstein.

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Cuando Mark Spitz ganó siete oros, escapó en helicóptero y creó una marca de bañadores

Cuando Mark Spitz apenas contaba con doce primaveras ya se entrenaba seis horas diarias en la piscina de la Escuela YMCA, en Sacramento, en la soleada California. Al acabar cada sesión su padre le esperaba en la puerta del complejo acuático al volante de su coche para llevarlo a casa. Al salir del recinto, el progenitor siempre le preguntaba por el número de calles que tenía la piscina, a lo que Mark Spitz invariablemente tenía que contestar: “Tiene seis, pero sólo en una está la del ganador, que es la mía”.

El padre de Mark Spitz era húngaro y su madre era rusa. El patriarca de la familia era de origen judío y había escapado de la Europa cainita de la primera mitad del siglo XX. El nadador del bigote, el hombre de los siete oros olímpicos, aprendió a nadar antes que a caminar. Cuando tenía 18 años ya era considerado una estrella mundial. Era muy bueno, y él lo sabía. Su arrogancia hizo que sus compañeros lo marginaran. No era hombre de muchos amigos, ni de buenas conversaciones. Cuando se clasificó para los JJ.OO de México de 1968 quisieron eliminarlo del equipo de relevos. Pero Spitz era muy bueno, y con animadversión o sin ella, tenía que estar en ese equipo. Mark Spitz logró 2 oros (en relevos), 1 plata y 1 bronce. Un triunfo para muchos, pero no para él.

Aquel chico introvertido, egocéntrico, sobrado y prepotente que siempre soltaba aquello de “para mi nadar no lo es todo, sino ganar”, había quedado en entredicho. Un chico que nunca hizo pesas y que apenas media 1’76 metros, una estatura modesta para un nadador. Pero era un diamante en bruto que sólo había que pulir. Tenía por delante cuatro años para resarcirse.

Spitz se trasladó a la otra punta del país para entrar en el programa deportivo de la Universidad de Indiana bajo las órdenes de James Counsilman, el arquetipo de entrenador-sargento de hierro. Aquel equipo de natación logró entre 1968 y 1973 seis campeonatos nacionales de Estados Unidos seguidos, hazaña que aún hoy no ha sido superada. Por supuesto Spitz era la estrella, pero era un gran conjunto en el que también estaba el español Santiago Esteva.

Mark Spitz estaba dispuesto a arrasar con todo y con todos en los JJ.OO de Múnich de 1972. Pero lo haría a su manera. En contra de la opinión de su técnico, justo antes de coger el vuelo dirección a Alemania, decidió tomarse tres semanas de vacaciones. Counsilman se cansó de llamarle vago, amenazarlo e insultarlo. Pero todo fue en vano. Spitz se presentó en Múnich fresco, o, en opinión de su entrenador, en mala forma.

Firmó siete medallas de oro con sus siete récords olímpicos. Siete. Ganó en los 100 libres, 200 libres, 100 mariposa, 200 mariposa, 400 relevo, 400 combinado y 800 relevo. Un factor hace aún más especial semejante hazaña. Todos sus oros, los siete, supusieron un nuevo récord mundial. Había destrozado los límites del ser humano. Aquel mes de agosto de 1972 Mark Spitz llegó a la Luna y se convirtió en el gran tiburón de la natación hasta que décadas más tarde apareciese un extraterrestre con aletas llamado Michael Phelps.

Además, su éxito no sólo fue deportivo. Spitz se convirtió en el ídolo olímpico por antonomasia y en mito sexual de los 70. Su poblado bigote, su sonrisa y su moreno, luciendo las siete medallas entre el pecho desnudo y el bañador ceñido de barras y estrellas, pasaron a empapelar las paredes de las jovencitas y de algún que otro jovencito.

Leyendas de los Juegos Olímpicos: Mark Spitz: El torpedo humano ...
Sex bomb

Apenas tenía 22 años, pero fue la última vez que se zambulló para competir en una piscina. “Ya he ganado todo lo que podía ganar”, espetó. Y más si ya tenía el futuro asegurado.

Tras ganar en los 200 metros libres, en la que fue su tercera medalla de oro, Spitz se presentó en el pódium para recibir la presea con los pies desnudos y unas ‘Adidas Gazelle’ sujetadas de una mano. Conviene recordar que por entonces el falso amateurismo olímpico impedía cualquier tipo de patrocinio o remuneración en beneficio de los atletas.

Cuando los acordes del himno estadounidense comenzaron a sonar, Spitz dejó las Adidas en el suelo, pero al acabar la música volvió a recogerlas, y con ellas en la mano, se dispuso a saludar al público y a abrazar a sus compañeros en el pódium. Al cabo de unos minutos Spitz atendió a las preguntas de los medios y aseguró que las zapatillas eran suyas, que no recibía ninguna contraprestación por parte de Adidas y que si las llevaba en la mano era porque no le había dado tiempo a calzárselas.

adidas gazelle olympic
Puro marketing

La realidad era que Horst Dassler, hijo de Adi Dassler -fundador de Adidas- firmó un acuerdo con Spitz para que llevase las zapatillas en la mano de manera que los pantalones no las tapasen y se distinguiesen lo mejor posible. Los 70 fueron la década en las que los patrocinadores de ropa y calzado deportivo hicieron su aparición y Adidas era la empresa líder del sector. No obstante, Horst Dassler afirmaría que si escogió a Spitz no fue sólo por su categoría como deportista sino porque era el único nadador que llevaba bigote, por lo que era muy fácil de diferenciar para el público televisivo.

Según los estatutos del Comité Olímpico Internacional (COI) había motivos para sancionar y descalificar a Spitz, pero ante el éxito de sus siete medallas de oro a nadie se le pasó por la cabeza acabar con un mito por culpa de unas zapatillas. Justo un año después de aquello Dassler fundaba ‘Arena’ la marca líder en la creación de artículos de natación, waterpolo y triatlón y cuyo primer deportista de referencia fue, como no, Mark Spitz.

Pero aún existe otra intrahistoria a mayores de aquella hazaña de los siete oros. Horas después de lograr su séptima presea, el grupo terrorista ‘Septiembre Negro’ entró en la villa olímpica y tomó como rehenes a once atletas israelís. Este caso (que dará para otro artículo) acabó con un chapucero intento de rescate que se cobró un total de 17 vidas, la polémica continuación de los JJ.OO y un cambio radical en los sistemas de seguridad y control de aficionados en eventos deportivos de gran magnitud.

El caso es que el deportista más famoso de aquellos Juegos Olímpicos era judío. El Gobierno de Alemania puso un helicóptero y tres guardaespaldas a disposición de Mark Spitz, que fue sacado de Múnich en secreto para tomar de inmediato un avión que lo llevase a Inglaterra. Pasaron algo menos de 24 horas entre el asalto de los terroristas y el trágico final televisado. Cuando todo comenzó Mark Spitz dormía en su habitación de la villa olímpica. Cuando todo acabó estaba cenando en una suite de un hotel de Londres.

El posible secuestro de Spitz era causa de pánico para Alemania que estaba empeñada en usar los Juegos como muestra al mundo del poderío de su milagro económico y del lavado de cara llevado a cabo con su desnazificación. Nadie quería volver a hablar de matanza de judíos cuando apenas tres décadas antes, a unos 12 kilómetros al norte del estadio olímpico de Múnich, se situaba el campo de concentración de Dachau, donde se estima que fallecieron unas 40.000 personas.

Masacre de Múnich - Wikipedia, la enciclopedia libre
A pesar del funeral, los JJ.OO continuaron

P.D: Para los JJ.OO de Barcelona de 1992, sobrepasando la cuarentena, Mark Spitz disputó los preliminares estadounidenses sin bigote y con un bañador de la marca ‘Arena’. No logró clasificarse. Mejor. Para que clasificarse cuando para él lo único importante era ganar.

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Juegos Olímpicos cancelados. Berlín 1916

Al final se descartó la primavera y el florecimiento de los cerezos y se apostó por el verano, cuando la inmensidad del casco urbano de Tokio se acerca a los 40 grados, pero el caso es que los Juegos de la XXXII Olimpiada que se iban a disputar en 2020 quedan pospuestos para el 2021. Lo nunca visto. Sólo las guerras mundiales impidieron la celebración de los de Juegos Olímpicos de Berlín 1916, así como de las ediciones de 1940 y 1944.

Hasta la aparición de la pandemia del coronavirus nunca se había violado a la Olimpiada. Conviene explicar que los Juegos Olimpicos es el periodo en el que se disputan las competiciones deportivas, mientras que la Olimpiada es el espacio de tiempo que hay entre unos Juegos y los siguientes. Este periodo es de cuatro años, como quedó establecido en la Carta Olímpica moderna de 1896 en imitación de lo que antes de Cristo se hubo establecido en la Antigua Grecia.

Y es conveniente resaltar este detalle. Los Juegos Olímpicos se celebran cada cuatro años. Si por causa de fuerza mayor no se pueden disputar, ni se retrasan ni se posponen. Lo propio es saltar hasta la siguiente fecha estableciéndose una Olimpiada de ocho años. De hecho, y tal como veremos ahora, los Juegos de Berlín de 1916 son oficialmente los Juegos de la VI Olimpiada a pesar de que nunca se celebraron. La V Olimpiada fue en Estocolmo en 1912 y la VII Olimpiada en Amberes en 1920. Pero a efectos oficiales los Juegos Olímpicos de Berlín de 1916 constan en los registros olímpicos aunque nunca se celebrasen.

Digo esto porque la celebración de la XXXII Olimpiada en 2021 atenta contra los principios olímpicos. Se podía haber retrasado los Juegos de Tokio a finales de 2020, pero cambiarlos de año va en contra de la tradición, el espíritu y las reglas.

Pero ya sabemos que el dinero hace tiempo que es el aro más grande de la bandera olímpica.

El caso es que los primeros Juegos Olímpicos que se tuvieron que cancelar fueron los de Berlín 1916. Durante la celebración de los Juegos Olímpicos de 1912 organizados en Estocolmo, los miembros del Comité Olímpico Internacional (COI) se reunieron para dirimir la ciudad sede de los de 1916. Las urbes candidatas eran las europeas Ámsterdam, Berlín, Bruselas y Budapest; la norteamericana Cleveland y la africana Alejandría.

Desde tan temprana fecha como 1904 Alemania ya había empezado a postularse como anfitrión de los Juegos Olímpicos. Durante el siglo XIX los germanos fueron los más firmes defensores de la práctica de la gimnasia por parte de los escolares, así como de la introducción de los deportes dentro del ejército. Si en Inglaterra se crearon las reglas y se impulsó el deporte federativo, Alemania era la cuna de la gimnasia y la higiene como forma de crear una juventud más sana y robusta. Así pues, Berlín ya había propuesto organizar los Juegos de 1912, pero finalmente el COI designo a Estocolmo como sede. Que Berlín fuese la ciudad elegida para organizar los Juegos Olímpicos de 1916 era ‘vox populi’.

Apenas un mes después de la elección de Berlín como ciudad olímpica comenzaron las obras para la construcción del estadio olímpico. Su diseño fue encargado a Otto March, un influyente arquitecto alemán que no pudo ver acabado su proyecto ya que falleció escasos meses antes del fin de las obras.

El estadio fue bautizado como ‘Deutsches Stadion’, mismo nombre que escogerían los nazis para el fastuoso escenario de sus mítines celebrados en Núremberg años más tarde. El lugar seleccionado fue un parque al noroeste de Berlín donde ya existía un hipódromo. El modelo de March replicaba al White City Stadium de Londres que había acogido los JJ.OO. de 1908. Constaba de un espectacular estadio rodeado de pista de atletismo con un velódromo en su exterior. Junto al estadio también se levantó una piscina adornada por numerosas estatuas neoclásicas. El estadio olímpico, con capacidad para 33.000 espectadores, fue inaugurado el 8 de junio de 1913 junto a la modernísima estación de metro que se encontraba a su entrada. El acto fue un apogeo a la cultura gimnástica alemana con la presencia de cerca de 10.000 deportistas.

Photo: Das Deutsche Stadion - Berlin B&W | Germany album ...
La construcción del Deutsches Stadion

A mediados de junio de 1914, apenas un par de semanas antes del estallido de la I Guerra Mundial, tuvo lugar un ensayo olímpico en Berlín a modo de campeonato nacional que iba a determinar que deportistas teutones participarían en los JJ.OO. de 1916. En ese ensayo se utilizó una bandera blanca en la que estaban dibujados cinco aros. Había sido diseñada personalmente por Pierre de Coubertin, presidente del COI, y sería para siempre el símbolo de los Juegos Olímpicos. Representa los cinco continentes a través de los cinco aros entrelazados. Europa (azul), Asia (amarillo), África (negro), Oceanía (verde) y América (rojo).

Todo iba viento en popa hasta que poco más de un mes después un serbio de nombre Gavrilo Princep asesinaba a sangre fría a Francisco Fernando, heredero de la corona austrohúngara, en nombre del nacionalismo serbio. Esto fue la espita para que a través de un complejo sistema de alianzas estallase una guerra europea que pronto se iba a convertir en mundial.

Fue una guerra en cierto modo esperada y en cierto modo deseada. Todas las grandes naciones europeas llevaban años implementando en sus ejércitos nuevas armas nacidas de la fogosa industrialización. Aunque las tácticas militares en 1914 aún obedecían a patrones napoleónicos, los avances en artillería, comunicaciones, vehículos o armas ligeras hacían pensar a cada una de las potencias que resultarían vencedoras tras apenas unos meses de batalla.

Nadie se planteó cancelar los Juegos. La guerra comenzó en agosto de 1914 y era de locos pensar que el conflicto continuaría en el verano de 1916.

Duraría hasta noviembre de 1918.

Las esperadas nuevas tecnologías lo que hicieron fue llevar a la guerra a una nueva dimensión. El honor y la lucha cuerpo a cuerpo, que desde la guerra civil americana ya estaba dando visos de desaparecer, pasó a mejor vida durante la I Guerra Mundial. La carnicería que las ametralladoras, los obuses o los morteros causaron en los soldados convirtió lo que iba a ser una guerra rápida en un sin sentido. Los hombres esperaban en un foso rodeado de alambre de espino y cavado bajo una mugre de barro y ratas, la orden de un descerebrado para correr campo abierto camino de la parca.

En 1915 la guerra de trincheras era una realidad y que la guerra fuese a acabar rápidamente era una utopía. Pierre de Coubertin comienza a dar pasos para salvaguardar el movimiento olímpico. En primer lugar decide trasladar la sede del COI de Paris a la neutral ciudad suiza de Lausana, donde aún permanece a día de hoy. En segundo lugar los miembros del COI plantean que dado que Suecia es neutral, Estocolmo repita como sede aprovechando las instalaciones de 1912. Otros miembros del COI votan por llevar los Juegos a Sudamérica.

El problema es que Gran Bretaña exige que de disputarse los Juegos Olímpicos se excluya de los mismos tanto al Imperio Austrohúngaro como a Alemania, al considerar a ambos países causantes de la guerra. Obviamente las potencias centrales rechazan la idea y mantienen que los Juegos o se disputan en Berlín o no se celebran. Pero el principal problema es que la gran mayoría de los futuribles deportistas olímpicos o están en el frente o hace tiempo que la muerte se los llevó consigo.

Coubertin aún aguantará unos meses con los diferentes planes de contingencia sobre la mesa, hasta que en enero de 1916 los Juegos de la VI Olimpiada de Berlín 1916 son oficialmente cancelados. “Hoy, como en la antigüedad, una Olimpiada podrá no celebrarse si circunstancias imprevistas vinieran a oponerse, pero no se puede cambiar ni el orden ni el número”; comunica el mandamás del COI.

Palabras de 1916 que no han sido recordadas en 2020.

El COI no se volvería a reunir hasta 1919 cuando se decidió que la ciudad belga de Amberes organizase los de 1920, principalmente porque era el único gran puerto europeo que se mantenía en pie. En ningún momento se planteó que Berlín organizase los Juegos de 1920. Primeramente porque Alemania estaba en clima prerevolucionario y el hambre era común a la mayoría de sus ciudadanos. Pero también porque Alemania fue considerada por los vencedores culpable de la guerra y fue sometida a unas draconianas medidas económicas. Se le expulsó de la mayoría de los organismos internacionales, incluyendo los JJ.OO. de 1920 y los de 1924.

Pierre de Coubertin, el padre del olimpismo moderno - José Cárdenas
Coubertin. Padre de los JJ.OO.

El ‘Deutsches Stadion’ fue usado como hospital militar durante la I Guerra Mundial. Al volver la normalidad se recuperó su uso deportivo y pasó a ser sede habitual de los partidos de fútbol de la selección alemana y de la final copera. También fue lugar de mítines políticos o de récords del mundo de atletismo, que llegaron a acumular hasta 64.000 espectadores después de una ampliación del aforo.

Y algo aún más importante tendría lugar en el complejo olímpico. En las oficinas del ‘Deutsches Stadion’ el profesor Carl Diem inauguró en los años 20 la primera escuela de investigación deportiva del mundo. Diem, responsable de la organización de los JJ.OO. de 1916 y de 1936, fue el primer estudioso de las ciencias del deporte. Corredor de larga distancia, entrenador, directivo y creador de la tradición de la antorcha olímpica, ha sido rehabilitado hoy como el padre de la historiografía deportiva a pesar de su conexión con los nazis.

Berlín 1916 iba a ser también la primera vez que el COI iba a organizar un sucedáneo de Juegos Olímpicos de Invierno. Se pretendía realizar una semana invernal en la que el patinaje, el esquí y el hockey sobre hielo estuviesen presentes. No pudo ser, y hubo que esperar hasta 1924 para ver la primera edición con deportes invernales.

Finalmente fue en 1931 cuando Berlín superó a Barcelona y fue elegida sede de los Juegos Olímpicos de 1936, exactamente veinte años después de cuando se tenían que haber celebrado. La idea del gobierno alemán era retocar el ‘Deutsches Stadion’ y no excederse en el gasto en medio del clima de recesión mundial que se vivía en aquel momento.

Pero en 1933 el Partido Nacionalsocialista alcanzó el poder y Joseph Goebbels, ministro de Propaganda, decidió usar unos Juegos Olímpicos, que en principio no le interesaban, en beneficio de los nazis. En 1934 se decretó la demolición del ‘Deutsches Stadion’ y la construcción de un gran complejo olímpico que iba a estar coronado por el nuevo e imponente ‘Olympiastadion’. Se designó que Werner y Walter, hijos de Otto March y también arquitectos, diseñasen el ‘Olympiastadion’ de 1936 en el que los alemanes iban a demostrar al mundo que la raza aria era superior.

Pero esta era la historia de Berlín 1916. La historia de Berlín 1936 es otra historia.

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El último partido de la RDA

En agosto de 1989 el gobierno húngaro decidió abrir sus fronteras durante un periodo de tres horas. Se esperaba temida respuesta desde Moscú. Y la hubo. Pero no la que se rumiaba. Mijaíl Gorbachov dio el visto bueno y días después miles de personas aprovecharon la ocasión para introducirse en Austria vía Hungría. Para escapar del bloque comunista y probar fortuna en el bloque capitalista. Donde el agujero fue más considerable fue en la RDA (República Democrática Alemana). Al otro lado del muro (una barrera física que abarcaba mucho más que la ciudad de Berlín) había un país con las mismas costumbres y la misma lengua y en el que vivían amigos y familiares. En un par de semanas más de 10.000 personas cambiaron la RDA por la RFA (República Federal Alemana).

Ante la presión ciudadana todo se aceleró el 7 de noviembre. Esa mañana la RDA promulgó un decreto que permitía los viajes turísticos a países de la órbita capitalista. La medida fue comunicada al público mediante una rueda de prensa en la tarde del 9 de noviembre. Fue entonces cuando Ricardo Ehrmann, periodista de la agencia de noticias italiana ANSA, preguntó a partir de cuando entraba en vigor la medida. Günter Schabowski, miembro del Politburó, contestó tras un breve titubeo: “Los viajes privados al extranjero se pueden autorizar sin presentación de un justificante, motivo de viaje o lugar de residencia. Los responsables de los visados y del registro han sido instruidos para autorizar sin retraso los permisos permanentes de viaje”. Tras un profundo murmullo en la sala alguien volvió a reformular la pregunta y Schabowski sólo acertó a añadir; “de inmediato”.

Se acababa de abrir la espita.

Miles de personas se dirigieron a los puntos fronterizos. Ante tal acumulación de gente, y poco antes de la medianoche, los controladores decidieron levantar las barreras y permitir que los ciudadanos de Berlín Este y los de Berlín Oeste se abrazaran, se tocaran, se gritaran y se besaran 28 años después.

Era la noche del 9 de noviembre y el Muro de Berlín pasaba a formar parte de otra época.

Pero la unión de las dos Alemanias no se iba a resolver de un día para otro.

Un mes antes de la caída del Muro de Berlín, la selección de fútbol de la RDA derrotaba por 2-1 a la URSS en un encuentro disputado en Chemnitz (por entonces ciudad rebautizada como Karl-Marx Stadt). Esa victoria unida a la derrota de Austria ante Turquía en Estambul estimulaba la ilusión de la RDA que tan sólo necesitaba un empate en el siguiente partido ante los austriacos para clasificarse para el Mundial de Italia 1990. De hacerlo sería la segunda vez en su historia en la que la RDA participase en un Mundial de fútbol.

La selección de fútbol de la RDA jugó y perdió su primer partido ante Polonia (3-0) en Varsovia en 1952. Desde entonces y hasta su disolución casi 40 años más tarde disputó cerca de 300 encuentros y ninguno más trascendental como la victoria por 1-0 con gol de Sparwasser ante sus vecinos de la RFA en Hamburgo durante el Mundial de 1974. Historia que daría y dará para un artículo en el futuro.

La RDA había destacado en las pistas de atletismo y en la piscina olímpica. Años más tarde se sabría que en gran medida gracias al dopaje de Estado. Pero en fútbol no pasaba de ser una selección menor. Irónicamente tan sólo logró clasificarse para el citado Mundial organizado por Alemania del Oeste. Con la base de ese equipo lograrían ganar la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1976. A parte de eso, poco más. Sin embargo, a finales de la década de 1980 la RDA podía presumir de contar con la mejor selección de su historia. Con el sistema comunista a punto de estallar los germanos oriéntales tan sólo necesitaban un empate en el Prater de Viena ante Austria para clasificarse para el Mundial y volver a estar en el mapa.

Hacía casi un mes que el partido se había programado para el miércoles 15 de noviembre de 1989 a las 18:00 horas.

Pero una semana antes el Muro de Berlín había caído.

Y el mundo cambió.

Y la vida de esos futbolistas lo hizo más rápidamente que la de cualquier otro alemán.

La selección estaba citada la tarde del día 10 en Berlín para iniciar la preparación del decisivo encuentro. Aquellos futbolistas pasaron del amateurismo al profesionalismo en un breve lapso de tiempo. Ese mismo día, horas después de la caída del Muro, los teléfonos de las habitaciones del hotel de concentración se colapsaron de llamadas de agentes y presidentes de clubes de la RFA poniendo precio a los sueños de esos futbolistas. En el entrenamiento vespertino decenas de periodistas rodeaban las líneas del terreno de juego y señores de oscuras gafas y valiosos trajes departían con los jugadores a la salida de los vestuarios.

La semana transcurrió con idas y venidas de agentes y escapadas a destiempo de los futbolistas. El día 14 el equipo viajó hasta Viena. Con la expedición también iba un misterioso hombre al que pronto se le identificó como un directivo del Eintracht de Frankfurt. La noche anterior al señalado partido Andreas Thom y Ulf Kirsten, la pareja de delanteros de la RDA, firmaron un precontrato con el equipo del águila bicéfala. Al día siguiente, en el banquillo de los suplentes, junto a los jugadores y el cuerpo técnico, aquel directivo ataviado con una oscura gabardina se sentaba al lado de la expedición de la RDA. Se trataba de aquel intrépido empleado del Eintracht.

La RDA formó con Hayne; Kreer, Stahmann, Lindner, Schössler, Döschner; Sammer, Stubner, Steinmann; Thom y Kirsten. Desde el banquillo partieron Doll y Weidemann. El seleccionador era Hans-Jürgen Dörner.

Con el Estado en plena descomposición, la selección germano oriental buscaba su pase al Mundial en medio de la incertidumbre. Fue un desastre. La derrota no pudo ser más contundente. Austria se impuso por un rotundo 3-0. Un triplete de Anton Polster, entonces delantero del Sevilla, les dio el billete para el Mundial. Matthias Sammer, Andreas Thom, Ulf Kirsten o Thomas Doll, las grandes estrellas de la RDA, deberían esperar por otra oportunidad.

La derrota supuso un alivio para la FIFA que en años venideros tendría que hacer malabares para aceptar o denegar el acceso a sus competiciones a los nuevos países surgidos por el fin del comunismo. Aquel verano la RFA ganó el Mundial de Italia de 1990 bajo un clima de exaltación, arrebato y fervor que se extendió a la frontera oriental del país. Franz Beckenbauer, seleccionador y mito viviente del fútbol alemán, afirmaría en los fastos de la celebración por la victoria que “con la reunificación la selección alemana sería invencible”.

El feliz acontecimiento tuvo lugar el 3 de octubre de 1990. Desde ese día Alemania volvió a ser oficialmente un país unido. Un par de semanas antes, el 12 de septiembre, la RDA disputó un encuentro amistoso ante Bélgica en Bruselas en lo que fue la despedida oficial de tan especial selección. Los federativos prepararon un fin de fiesta lleno de melancolía, pero estrellas como Ulf Kirsten o Andreas Thom declinaron volver a jugar para la RDA. Otros como Rainer Ernst sí que decidieron participar, pero manifestaron su disconformidad por el sinsentido del choque. Y alguno como Uwe Rösler, que debutaba como internacional, mostró su orgullo por jugar un partido que pasaría a la historia.

En un principio el encuentro era un choque de clasificación para la Eurocopa de 1992. Así lo había dictaminado el sorteo celebrado en febrero de aquel año, pero una vez que se vio que nunca más habría dos Alemanias pasó de ser oficial a oficioso. Pocos jugadores querían arriesgarse a jugar un partido sin sentido en el que podrían sufrir una desafortunada lesión que mermara sus nuevos y lucrativos contratos.

Se concentraron en Berlín y en un principio sólo había 10 jugadores disponibles. Muchos, como Rösler, aún jugaban en Alemania Oriental y confiaban en que una buena actuación les abriese las puertas de la Bundesliga. Hubo una excepción notabilísima entre las vedettes, el capitán Matthias Sammer, quien ya jugaba en el Stuttgart de la RFA y que estaba considerado uno de los mejores centrales del mundo. Pero lo cierto es que su presencia fue casual. Llegó a Berlín con la idea de encontrarse con otras estrellas como Kirsten o Thom, pero cuando le dijeron que éstos habían declinado la convocatoria decidió coger un vuelo de vuelta a Stuttgart. Desafortunadamente para él era muy tarde y tendría que esperar a la mañana siguiente para volver a casa. Aquella noche, Eduard Geyer, seleccionador de la RDA, lo convenció de la importancia histórica del choque y logró que Sammer capitanease a un equipo en el que al final habría de tener 14 integrantes, de los cuales 3 eran debutantes.

El partido, pasmosamente, fue un éxito. La RDA jugó con una pasión y un compromiso inesperado y venció por 0-2 con goles de Rösler y de Sammer. Rösler ganó mucho dinero en el Manchester City y en el Kaiserlautern pero nunca llegó a ser internacional con la Alemania unificada. Matthias Sammer llegó a ser capitán de la nueva Alemania que ganó la Eurocopa de naciones de 1996 así como vencedor de la Copa de Europa con el Borussia Dortmund en 1997 tras un desafortunado paso por el Inter de Milán.

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Una vez se supo que para la temporada 1991/92 habría una única liga alemana hubo que preparar un plan de choque para unificar las dos competiciones. Para los clubes de la RDA fue una hecatombe. No existió una unión. Fue una absorción. El músculo financiero de la Bundesliga de la RFA fagocitó a la paupérrima Oberliga de la RDA. Los dos primeros de la liga comunista (Hansa Rostock y Dinamo Dresde) pasarían a integrarse a una Bundesliga que ampliaba a 20 sus integrantes. Los seis siguientes clasificados recalaban en la Bundesliga 2 y el resto de los equipos transitarían por las categorías regionales del fútbol alemán.

Poco a poco varios internacionales del Este se sumaron al bloque que había ganado el Mundial de 1990. Fue el caso de Sammer, Doll, Andreas Thom o Kirsten. Curiosamente los dos primeros debutaron en marzo de 1991 ante una Unión Soviética ya moribunda. Pero los equipos de la RDA fueron incapaces de levantar el vuelo. El Dinamo de Berlín, el conjunto vinculado a la Stasi y gran dominador de la Oberliga, malvive hoy en campos de regional. Situación similar al Rot-Weiss Essen, el Carl Zeiss Jena o el Lokomotiv Leipzig, éste último finalista de la Recopa de 1987 y todos ellos equipos mitificados por aquellos que hoy frisan los 60 o los 70 y que en su juventud presumían de leer a Marx o a Bakunin.

Beckenbauer había afirmado con fanfarria que la nueva Alemania sería invencible pero su bravuconada no se cumplió. Después de que en 1996 los alemanes ganasen su tercer cetro continental (el primero como un único país) la selección teutona entró en una profunda crisis derivada del envejecimiento, la ausencia de estructuras de cantera adecuadas, metodologías anticuadas y crisis financieras que afectaron por igual a los clubes del Este por falta de liquidez y a los del Oeste por haber gastado mucho más de lo que tenían. El cambio de siglo se tornó complicado y en ellos futbolistas nacidos en la RDA como Ballack, Schneider, Linke, Jancker o Jeremies tuvieron un peso importante a la hora de lograr el subcampeonato mundial de 2002. Sin embargo, la falta de un patrón de juego claro y la irregularidad fueron una tendencia que no remontaron hasta la llegada al banquillo años más tarde de Joachim Löw.

En la actualidad tan sólo hay dos equipos del Este en la Bundesliga. El más destacado es el RB Leipzig, propiedad de la multinacional Red Bull, en una alegoría que trae a la memoria la escena de la película ‘Goodbye Lenin’ en la que un joven trata de convencer a su madre de que la RDA sigue en pie y que si ve tanta Coca-Cola en los supermercados es porque la multinacional se ha convertido en una empresa comunista. En el combinado nacional apenas hay futbolistas nacidos en los territorios de la antigua RDA. En la victoria de Alemania en el Mundial de Brasil en 2014 tan sólo Toni Kroos había nacido en la Alemania comunista.

«El Muro seguirá existiendo dentro de 50 y de 100 años si las condiciones que se dieron para que se erigiera no se combaten». Erich Honecker, presidente de la RDA en declaraciones a la prensa en febrero de 1989, apenas diez meses antes de la caída del Muro de Berlín.

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El nazi bueno (2ª parte)

Bert (en realidad se llamaba Bernhard Carl) firma por el City en el verano de 1949. La prensa inglesa está encolerizada y la gente de Manchester se echa a la calle reclamando que Bert Trautmann vuelva a Alemania. Se estima que unas 20.000 personas (50.000 según algunas fuentes) salen a protestar colapsando Maine Road, la calle que daba nombre al antiguo estadio del City, con gritos de ¡nazi! dedicados a Trautmann y de ¡criminales de guerra! a los miembros de la junta directiva. Los titulares de prensa del día siguiente no le iban a la zaga: “A los nazis hay que enviarlos a casa”, “El portero del Manchester City no quiere recordar nuestro dolor”, o mi favorito: “Buy kraut goalkepper with Iron Cross”, que se podría traducir por “Comprado portero bajo palos con una Cruz de Hierro”.

¿Por qué el City decide fichar a Trautmann? ¿Por razones humanitarias? Obviamente no. El Manchester City ficha a Trautmann porque era un buen portero. Un muy buen portero. Solo necesita un puñado de partidos para acallar a los hinchas del City. Lo que en un primer momento eran gritos de ¡nazi! cada vez que realizaba una parada pronto se convierten en rotundos aplausos.

A la aceptación del cancerbero alemán contribuyen notablemente dos figuras. El primero es Alexander Altmann, rabino de Manchester. Decide escribir mano a mano con Trautmann una carta abierta que publicará la prensa local. En ella, el paracaidista de Bremen pedirá perdón y argumentará que hizo “todo lo que le ordenaron como soldado”. Altmann aprovecha para dirigirse a la populosa comunidad judía del Gran Manchester con las siguientes palabras: “Bert es un joven decente. No seáis estúpidos. No podemos castigar a un alemán en concreto por aquello que haya hecho un país. Dejemos que demuestre si es un buen portero y luego ya veremos”.

Pero más notables aún fueron las escuetas pero concretas palabras de Eric Westwood. Capitán del Manchester City y veterano del desembarco de Normandía, sólo necesito un par de partidos para comprobar que Trautmann ya no era un nazi. Ni siquiera era un soldado. Tampoco era un prisionero de guerra. Ya ni siquiera era alemán. Tan sólo era un futbolista. “No existen las guerras en este vestuario”, soltó Westwood ante la prensa. Ya no hubo más discusiones. Nadie más en Maine Road volvió a llamar nazi a Trautmann.

No ocurría así en terreno visitante. Después de 15 años en el City a Trautmann aún seguían llamándole nazi a lo largo y ancho de Inglaterra. Pero cuanto más hostil era el recibimiento, mejor era la actuación del meta alemán. En un partido en Londres contra el Fulham los pitos y los insultos de comienzo del encuentro se convirtieron en aplausos tras una exhibición de bravura y de valía personal. Bob Wilson, portero del Arsenal en la década de los 60 y los 70, contaba como de pequeño su ídolo era Bert Trautmann. Tanto su padre como sus dos hermanos mayores habían muerto en la guerra y en casa le recriminaban taxativamente que no podía admirar a un nazi. Pero su fascinación ante Trautmann era tal que no lo podía remediar. Wilson cuenta que la valentía del alemán, al borde de la temeridad, su templanza, su espectacularidad y su eterna compostura ante los continuos insultos recibidos, eran para él pura seducción.

En su primer partido con el equipo de reservas del City acudieron casi 27.000 personas. Trautmann comentaría años más tarde que había escogido Manchester porque le explicaron que cuanto más al norte de Inglaterra residiera mejor le aceptaría la gente. La realidad es que era el payaso del circo y el mono del zoo. Con el City vivirá dos descensos a segunda división pero la gloria a mediados de los 50. En esos años junto a Trautmann aparecerá el centrocampista Roy Paul y el delantero Don Revie, más tarde afamado entrenador y seleccionador inglés.

Con todos ellos a bordo el Manchester City se clasifica para la final de la FA Cup de 1955 ante el Newcastle. Es la primera vez que un alemán juega la final copera de Wembley y por supuesto es también la primera vez que lo hace delante de la reina Isabel II. ‘Pecata minuta’ en 2019 pero cacareada agitación en 1955. El City pierde por 1-3, pero se vuelve a clasificar para la final de 1956, en este caso ante el Birmingham City.

Y es en aquella final disputada el 5 de mayo de 1956 cuando Bert Trautmann se ganará para siempre el corazón de todos los seguidores del City y el respeto y la admiración de todos los aficionados ingleses.

A falta de 20 minutos para el final del partido el Manchester City ganaba por un claro 3-1. Entonces, un centro al área del Birmingham se queda corto. A por el balón se lanzará a tumba abierta Trautmann y a la carrera el delantero rival Peter Murphy. Los dos jugadores llegan al mismo tiempo y la rodilla de Murphy impacta en la base del cráneo del portero. Durante unos agónicos minutos Trautmann es asistido por el personal médico. Está inconsciente, aunque rápidamente se despierta. Las imágenes muestran cómo se levanta tambaleándose y con el cuello torcido hacia su izquierda. En 1956 no existían los cambios, por lo que si Trautmann se retira lesionado un jugador de campo tendría que colocarse bajo palos y el City afrontar los minutos finales del partido en inferioridad numérica.

No está en condiciones médicas para jugar. Pero Trautmann va a seguir jugando.

Trautmann nunca supo que ocurrió en esos últimos 20 minutos. Jamás recordó nada. Sólo resuena una neblina y unos cuantos sonidos en lo más profundo de su memoria. El caso es que consciente o inconscientemente realiza cuatro paradas espectaculares y un par de salidas suicidas que salvan al City y que permiten a los de Manchester alzarse con el título copero.

Por la noche, antes de la cena de gala para celebrar la victoria, Trautmann acude a un hospital de Londres donde le dicen que tiene un simple calambre y que en un par de días estará recuperado.

Al día siguiente una multitud de ‘citizens’ corea su nombre frente al ayuntamiento de Manchester. Él sonríe desde el palco con la cabeza torcida hacía un lado. Ese mismo año es designado mejor jugador de la liga, la primera vez que un portero recibe la mención y, por supuesto, la primera vez que un alemán recibe tal distinción. Días después un amigo le obliga a ir al hospital y se revelará su locura. La primera vértebra lumbar se había roto y su tercera vértebra estaba montada sobre la segunda debido al impacto recibido en el cuello el día de la final. Según le explica un médico ese golpe de azar evitó la rotura del cuello y su muerte en aquel mismo instante.

Durante las siguientes tres semanas estará totalmente inmovilizado sobre una plancha de madera. Tardará otros siete meses en volver a jugar al fútbol y durante la convalecencia sufrirá la pérdida de su segundo hijo (el primero reconocido) víctima de un atropello a los cinco años de edad. Esa pérdida hará que su matrimonio se termine años más tarde y que, sin hijo y sin esposa, Bert Trautmann decida conocer a su hija ilegítima fruto de aquella relación navideña en el campo de prisioneros de 1946.

En la vida de Trautmann no existen las medias tintas.

Bert Trautmann se retiró en 1964 tras 545 partidos oficiales con el Manchester City. Luego se convirtió en entrenador de las categorías inferiores de la selección alemana y más tarde de la inglesa. También dirigió a selecciones tan dispares como Birmania, Tanzania o Pakistán, hasta que a mediados de los 80 descubre el sol de la costa de Castellón y decide instalarse en el pueblo pesquero de Almenara hasta su muerte en 2013.

En 1964 su partido de homenaje reunió en el mismo equipo al City y al United en un combinado de Manchester que se enfrentó a la selección inglesa. Y medio siglo después, ya con 91 años a sus espaldas, la Reina Isabel II lo distinguió como Oficial del Imperio Británico en una ceremonia celebrada en Berlín. Años antes, el City había inaugurado una estatua en la memoria de un hombre que vivió dos vidas. Un hombre que pasó de enemigo a amigo. Un nazi bueno.

Bert Trautmann: “Me considero más inglés que alemán. Mi educación comenzó después de la guerra. Hasta ese momento yo no había tenido capacidad para decidir. Ellos me aceptaron. Mi verdadera educación comenzó a los 22 años en Inglaterra cuando aprendí sobre humanidad, tolerancia y perdón. Me preguntaban si había matado gente. Los muertos no se ven. En la guerra sólo ves sombras en el horizonte, figuras que corren. Y tú te defiendes, porque si no lo haces te disparan y te matan”.

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