terrorismo

¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?

Amos Klausner nació en Europa. Con los años emigró a Jerusalén y cambió su apellido por el de Oz, que significa coraje. Vivió en un kibutz, las comunas agrícolas israelís, y participó como soldado en la Guerra de los Seis Días (1967) y en la del Yom Kippur (1973). Novelista, profesor universitario y escritor, ganó diversos premios literarios en Israel y medio mundo. Francia le otorgó la Legión de Honor, España le concedió el Príncipe de Asturias y estuvo varios años nominado al Nobel de Literatura. Amos Oz era uno de los israelitas más sobresalientes, respetados y conocidos del mundo. Un faro para cualquier judío. Una muestra de cómo desde la miseria se puede llegar a la excelencia.

Hasta que en 2015 Amos Oz dijo lo siguiente: “La supervivencia del Estado de Israel requiere la creación de un Estado Palestino independiente. No hay otra solución porque los palestinos no se van a ir, no tienen adónde. Los judíos israelíes tampoco nos vamos a ningún lugar, no tenemos adónde. No podemos ser una gran y alegre familia porque no somos una familia. Somos dos familias muy infelices. Debemos dividir la casa en dos apartamentos más pequeños. No hay otra opción”.

Inmediatamente Amos Oz fue tildado de traidor. De pacifista izquierdista y de vendedor de la Patria. Cuando falleció en 2018 gran parte de los que le habían admirado no quisieron llorar su pérdida. Su editor le dijo una vez a Amos que sus libros tenían unas ventas grandiosas en Israel porque los sionistas compraban sus libros no para leerlos, sino para quemarlos.

Los palestinos luchan dos guerras al mismo tiempo. Una para lograr su libertad, y es justa. La otra no lo es porque luchan para expulsar a los israelís de su tierra. Los israelitas luchan dos guerras al mismo tiempo. Una justa para defenderse del terrorismo alentado por Hamás y Hezbolá los cuales son financiados por Irán con el objetivo de doblegar a Israel y convertirse en la fuerza hegemónica en Oriente Medio. La otra no es justa y busca la expulsión y el exterminio de los palestinos en la llamada Franja de Gaza.

¿Quién tiró la primera piedra? No es asunto de estas líneas. Las bases de este desastre las pusieron británicos y franceses en 1917 y nunca verán solución adecuada. Hablamos de convivencia pacífica desde Occidente. De diálogo y de consenso. Hablamos y hablamos, sin embargo, sabemos que es imposible. Son dos pueblos que se odian, que no tienen el mismo concepto de Derechos Humanos aceptado por nosotros, y que ocupan el mismo territorio. Poco se puede hacer.

Amos Oz

El motivo de este artículo es otro. La pregunta es otra. ¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?

El pasado 14 de septiembre el Gobierno de España tenía un trabajo qué hacer y era garantizar que pudiese desarrollarse la última etapa de la Vuelta Ciclista a España. El delegado del Gobierno en Madrid, y por lo tanto el Gobierno, fracasó en esa tarea, dado que la Vuelta no pudo finalizar (el pódium de vencedores se hizo en un garaje subiendo al triunfador a una nevera portátil). El Gobierno fue incapaz de asegurar la integridad de los ciclistas y de despejar las calles del recorrido. Se movilizaron 3.000 policías, cifra superior a la cumbre de la OTAN según explicaron.

Pues no fueron suficientes.

El trabajo del Gobierno también era asegurarse de que quien quisiese manifestarse a favor de la causa palestina o por la desaparición del Estado de Israel pudiese hacerlo con normalidad. También era asegurarse de que la Vuelta llegase a la meta con normalidad. Consiguió lo primero y fracasó en lo segundo con la duda que ha quedado, y es responsabilidad del Gobierno por sus declaraciones que haya esa duda, respecto de la voluntad real de que el Gobierno pudiese completar ese cometido. Esa misma mañana, el presidente de España había mitineado a favor de la causa palestina usando el viejo truco de decir que respetas a los deportistas, pero, sobre todo, diciendo que admiras a los que al manifestarse no van a dejar a trabajar a los deportistas.

La duda sobre la voluntad del Gobierno es muy legitima dado que llevan un mes quitándole hierro a los incidentes y exigiendo la expulsión de un equipo ciclista patrocinado por un israelí de las competiciones internacionales. Y la duda es legítima, debido a la satisfacción de varios ministros al celebrar el fracaso del dispositivo de seguridad de la carrera. El Gobierno usó interesadamente la manifestación pacifica para diluir su responsabilidad y los desórdenes públicos que acabaron provocando que la carrera fuera abortada. Y es que no fue el clamor del pueblo de Madrid lo que abortó la carrera, sino la incompetencia de la Delegación del Gobierno de Madrid.

Camuflar un fracaso proclamando con enorme sobreactuación una evidencia.

También la oposición debería abstenerse de hablar en nombre del pueblo madrileño. En Madrid no hubo violencia ni tampoco hubo un Sarajevo (Ayuso dixit). La sobreactuación llega a todos los extremos de la política.

Días después de los incidentes en el fin de la Vuelta a España se reunieron en Madrid el canciller de Alemania Friedrich Merz, conservador, con el presidente de España Pedro Sánchez, progresista. Sánchez habla de genocidio. Merz no. Sánchez considera necesario reconocer el Estado Palestino. Merz no. Sánchez no quiere competiciones deportivas si participa Israel. Merz no se ha pronunciado al respecto. Sánchez entiende que Netanyahu viola los Derechos Humanos. Merz está de acuerdo. Sánchez anunció el embargo de armas a Israel hace meses, pero hasta hace tres días no lo hizo efectivo. Merz ya tiene el embargo en vigor desde hace muchos meses. Sabiendo en qué coinciden y en qué discrepan, ambos comparecieron en ambiente de concordia y en sintonía subrayando como están de acuerdo en lo esencial. Ninguno acusó al otro de ser cómplice de Netanyahu ni cómplice de Hamás.

Una muestra más de que lo que ocurrió aquel 14 de septiembre en una carrera ciclista en la capital de España no fue más que una escena sobreactuada con la única idea de embarullar y confrontar. Lo que polariza la vida española no es lo que ocurre en Gaza, sino que es el afán de polarizarlo todo lo que contamina cualquier situación tanto interna como externa de nuestro día a día.

Madrid 14/IX/25

Una vez que el suflé ha finalizado, las preguntas que el presidente del Gobierno debería responder serían; ¿Con qué otras medidas de protesta celebraría él que el pueblo español protestase ante Netanyahu? Si mañana alguien propone boicotear cualquier empresa, cualquier marca, señalar un producto en un supermercado (¿con una estrella de David?) de Israel, ¿lo celebrará el presidente del Gobierno? Si alguien propone sitiar la Embajada de Israel en Madrid, ¿el Gobierno de España aplaudirá también y dirá que está orgulloso de su pueblo? ¿Propondría y jalearía el Gobierno que la selección masculina de fútbol no participase en el Mundial de 2026 en el caso de que Israel se clasificase? Si alguien boicotea las relaciones diplomáticas del Estado español con el Estado israelí, ¿también le producirá admiración al presidente del Gobierno? Decir lo siento por la Vuelta, pero lo siento más por los palestinos masacrados vale para cualquier situación demagógica. Consiste en sustituir la Vuelta por lo que ustedes consideren (por ejemplo, por un estudio científico contra el cáncer cofinanciado por universidades israelitas).

¿Quién fija la línea entre lo que es Israel y lo que es el Gobierno de Israel? ¿Al Partido Laborista de Israel que está en contra de la guerra y de Netanyahu hay que echarlo de la Internacional Socialista sólo por el hecho de ser israelí? ¿La prensa libre israelita que es crítica con Netanyahu también es censurable? Coincidiendo con la Vuelta se celebró el equivalente a los Premios Goya del cine en Israel. Las banderas palestinas y los gritos de no a la guerra inundaron una sala donde el premio al actor protagonista se le dio a un musulmán. ¿También son censurables todos esos críticos con Netanyahu?

Lo que diferencia a Israel de Rusia es que mientras la primera es una democracia la segunda es una dictadura. El equipo ciclista Gazprom-RusVelo fue expulsado de la Unión Ciclista Internacional (UCI) semanas después de la invasión rusa de Ucrania. El Israel Premier Tech lleva dos años circulando sin censura. Es obvio que la fortaleza económica y tecnológica de Israel lo hacen un socio primordial para Occidente y que cuenta con el paraguas de Estados Unidos para cada uno y todos sus actos de barbarie. Rusia no. Rusia es el ogro. Pero no está mal recordar que en el pasado (1973 y 2001 significativamente) Israel hubo de retroceder ante sus propios pasos por exigencia de Occidente.

Rusia no es una democracia. En Rusia no hay libertad de prensa, no hay elecciones libres ni hay división de poderes, no hay derecho de reunión ni de asociación (desde 2015 las leyes nacionales tienen autoridad sobre los tratados internacionales). Vladimir Putin es un dictador, aunque no lo ponga en los papeles oficiales. En Israel sí. Israel es una democracia. Antes de Netanyahu gobernaron en Israel conocidos lideres como Simon Peres o Amir Peretz, quienes abogaban por el pacifismo y la coexistencia con Palestina. Benjamín Netanyahu es primer ministro de Israel desde diciembre de 2022. Veremos si en 2026 sigue siéndolo. Tocan elecciones. Una fuerte oposición le acecha. Y no viene de Irán, ni de Egipto, ni de Francia ni de España. Viene de dentro del propio Israel.

Hay más. Rusia cerca a Europa. A Europa Occidental. Para estonios, letonios, lituanos, fineses, suecos, polacos, ucranianos, checos, eslovacos, austriacos, húngaros, rumanos, croatas, búlgaros, griegos y alemanes, Rusia es el enemigo. Para Estados Unidos también. Y para defenderse de ese enemigo, Israel es pieza imprescindible. Plásticos, instrumentos médicos y ópticos y productos farmacéuticos químicos y militares obtenidos a precio justo. Rusia aporta a Occidente combustible. Un combustible demonizado por sus efectos para el medio ambiente y en el que Europa cada vez está menos interesado en comprar y Rusia ansía que así sea para poder vendérselo en mejores condiciones a India y a China.

Rusia tiene un colchón detrás de origen chino que le permite desafiar a Occidente. Europa cuenta con un colchón que se llama Estados Unidos. Y no existe colchón si Israel no forma parte de la misma cama.

Israel Premier Tech

Así entonces; ¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?

El Comité Olímpico Internacional (COI) expone sus razones, la cuales, gusten o no, están fundamentadas. Es cierto que los principios olímpicos son muy generales y maleables, como también lo es cierto que las decisiones son tomadas de forma democrática por los comités deportivos nacionales (que no por los Estados). En su artículo 28 la Carta Olímpica dice que “la jurisdicción territorial de un Comité Nacional ha de coincidir con los límites del país donde ha establecido su sede”. Ese es el motivo argumentado para expulsar a Rusia, que desde el momento de la invasión ha vulnerado y ocupado territorio del Comité Olímpico Ucraniano.

Rusos y bielorrusos (aliados en la invasión) llevan desde entonces sin participar en los grandes eventos deportivos y sus deportistas a título individual que sí lo hacen compiten sin himno ni bandera (a los JJ. OO de Paris 2024 únicamente fueron 15 deportistas rusos considerados limpios de la influencia de Putin). Si bien es cierto que la decisión fue relativamente fácil por la presión de Estados Unidos y de Europa, también lo es que se ajusta al derecho olímpico.

¿Ha invadido Israel territorio de Palestina? Cierto es. Pero el deporte juega con ventaja. Palestina no ha sido reconocido como Estado de forma masiva hasta hace apenas unos meses. Cuando reclamó su independencia en 1988 los apoyos provinieron de África y de países musulmanes fundamentalmente. Es ahora cuando se debate esa realidad en entes poderosos de todo el planeta (no es cuestión de la Unión Europea, importantes países como Suiza o Japón no se lo plantean y otros como Canadá o Australia han reconocido a Palestina hace una semana cuando cuatro semanas atrás lo rechazaban). En el deporte esa realidad es mucho más sólida y antigua. La ONU reconoce que en el planeta hay 195 países. El COI reconoce a 206 Comités Olímpicos Nacionales. Palestina es uno de ellos. Participa en los Juegos Olímpicos desde 1996 con el apoyo de todos los miembros y sus deportistas han compartido espacios en la Villa Olímpica con los deportistas israelís en varias ocasiones.

Deporte y política están estrechamente unidos. Separar ambas cosas son pamplinas. Ocurre que en el mundo hay en estos momentos más de medio centenar de conflictos armados activos. Se calcula en unos 70.000 los fallecidos oficiales en Gaza. Sólo en guerras que se hayan iniciado en 2023, mismo año en el que se inició el conflicto en Palestina, comenzaron conflagraciones en Birmania (20.000 muertos), en el Sahel (35.000), Sudán (30.000), Etiopía (15.000) o hasta en el eterno conflicto por el narcotráfico en México que suma en dos años cerca de 10.000 fallecidos. En Ucrania superan los 100.000 fallecidos sólo entre los agredidos. El deporte internacional tiene que hilar muy fino para sobrevivir en un mundo global.

Gaza

Al que escribe, la situación le recuerda al 11-S. Entonces los ataques a las Torres Gemelas provocaron una reacción furibunda de Estados Unidos. Salvo los activistas de extrema izquierda, el conjunto de la sociedad mundial (países árabes incluidos) apoyaron o aceptaron que Estados Unidos iniciara una operación de ocupación en Afganistán. Dos años más tarde, con la falsa excusa de la existencia de armas químicas en Irak, Estados Unidos inició una nueva operación de conquista que fue rechazada por la inmensa mayoría de la población mundial, con la única excepción de grupos de extrema derecha.

Cuando Hamás inició una masacre el 7 de octubre de 2023 que acabó con la muerte de cerca de 800 civiles israelís, nadie puso en duda la necesidad de Israel de defenderse e iniciar una operación contra el terrorismo (países árabes incluidos). Así como nadie dudó de excluir a Rusia de todo evento internacional haciendo gala del poder blando, no hubo nadie que pretendiese hacer lo mismo con Israel, país identificado, claramente, como víctima.

Dos años más tarde muy pocos podrían justificar la guerra liderada por Netanyahu como una cuestión de operación antiterrorista. Genocidio o no, lo que es indudable es que es una masacre que busca la total ocupación de la Franja de Gaza sin la intención alguna de volver a las fronteras anteriores al 7 de octubre de 2023, aunque supuestamente se consiguiese desmantelar a Hamás. Poco a poco el mundo le da la espalda a Israel, como en su día se hizo con Estados Unidos.

¿Por qué Rusia sí e Israel (por ahora) no?

Por ahora no.

Por ahora.

“Somos el único país del mundo al cual se le exige garantizar la seguridad de su ocupante mientras Israel es el único país que pretende defenderse de sus víctimas. No necesitas ser árabe para apoyar a Palestina, tan sólo necesitas ser humano”. Hanan Ashrawi, diputada palestina.

“Podemos perdonar a los árabes por matar a nuestros hijos. No podemos perdonarlos por obligarlos a matar a nuestros hijos. La paz llegará cuando los árabes amen a sus hijos más de lo que nos odian a nosotros”. Golda Meir, primer ministro de Israel.

«Cuando hablamos al pueblo de Israel estamos hablando a un pueblo de hermanos. Un pueblo que cuando regresa a España, regresa a su casa. Por eso nos duele tanto, nos cuesta tanto comprender lo que el Gobierno de Israel está haciendo en la Franja de Gaza. Por eso clamamos, imploramos y exigimos que detengan ya esta masacre». Discurso de Felipe VI de España en la ONU el 24/IX/25 con un perfecto y diplomático uso de las palabras.

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Múnich 72: Operación Ikrit

Era la madrugada del 5 al 6 de septiembre de 1972. Hace ahora cincuenta años. El verano daba sus últimos coletazos y el clima invitaba al paseo nocturno. Se acercaban las cinco de la mañana cuando unos cuantos componentes de la delegación estadounidense volvían a la Villa Olímpica. Habían estado explorando la noche muniquesa, disfrutando de la exuberancia de la juventud y de los galones que le permitían su estatus de deportistas olímpicos. Entre risas y un par de copas de más se toparon con otros ocho chicos. No hablaban inglés, pero portaban bolsas de deportes y vestían con chándales, por lo que estaba claro que eran deportistas. No dudaron en ayudarles a saltar la valla que separaba el complejo olímpico del resto de la ciudad para que pudiesen volver a sus habitaciones.

Una vez adentrados en los pasillos que conducían a los apartamentos, los ocho desconocidos se acercaron al lugar donde descansaban los miembros de la delegación israelí. Se trataba de una delegación minúscula que ni ganó medalla en Múnich ni la había ganado nunca, y que no ganaría su primera presea hasta Barcelona 92. El caso es que aquellos ocho jóvenes se quitaron los chándales, se pusieron una ropa un tanto estrafalaria y sacaron de las bolsas de deportes diferentes objetos.

Fusiles semiautomáticos, pistolas y unas cuantas granadas.

El primero en caer fue Moshé Weinberg, entrenador de lucha del conjunto israelí. No fue solo el primero en caer, sino que se convirtió en héroe involuntario permitiendo que un total de 17 atletas lograsen escapar. Weinberg estaba despierto, preparando unas tostadas en la cocina. Al escuchar alboroto en el pasillo se acercó a la puerta y, cuando vio que alguien la abría, se abalanzó sobre la madera para impedir que la traspasasen. Poco podía hacer él sólo ante aquellos terroristas que usaban sus fusiles como palanca para acceder al interior del apartamento. Los gritos despertaron a Yossef Romano, quien consiguió arrebatar una pistola a uno de los asaltantes, pero resultó muerto de un disparo. A Weinberg también le pegaron un tiro, pero aun vivo fue obligado a conducir a los terroristas a los otros apartamentos. Weinberg los dirigió expresamente al recinto donde estaban los atletas de boxeo o de lucha, ya que pensó que al ser estos los más fuertes podrían reducir a la fuerza a los terroristas.

Fue en vano.

Todos estaban durmiendo. No opusieron resistencia. El único que lo hizo fue Weinberg, quien fue acribillado a balazos.

Hasta nueve atletas fueron tomados como rehenes. Pertrechados en el edificio, a las 6:00 de la mañana los asaltantes lanzaron por una ventana unos papeles con sus demandas. Si al cabo de tres horas no se cumplía con lo solicitado se acabaría con la vida de uno de los rehenes. Si pasasen otras tres horas más, se perpetraría la muerte de un segundo israelí. Y así hasta acabar con los nueve secuestrados. El comando solicitaba la liberación de 234 prisioneros palestinos alojados en cárceles israelíes, así como la de los alemanes Andreas Baader y Ulrike Meinhof, encarcelados en tierras germanas como miembros fundadores del RAF (Fracción del Ejército Rojo).

Los asaltantes decían hablar en nombre de la organización terrorista palestina Septiembre Negro. La maniobra en cuestión fue bautizada como ‘Operación Ikrit’.

Desde mediados de la década de 1960 los grupos terroristas campan a sus anchas por buena parte de Occidente. En gran medida es una respuesta cultural a un mundo nuevo, totalmente distinto al conocido hasta entonces. Por vez primera en la historia los hombres no tienen que perder su juventud en campos de batalla y por vez primera las mujeres son quienes de decidir su futuro por sí mismas. La sociedad de consumo ensancha sus objetivos a las clases media y apuesta por la juventud como reclamo, en una tendencia que ha llegado a límites insospechados en la actualidad y en la que no se vislumbra fin. La adolescencia ya llega hasta los 50 años y la vejez ha sido denostada.

Esa juventud se rebela ante todo aquello que sus padres y los padres de los padres de sus padres conocían. La cultura popular, comandada por la música, el cine y el deporte desbanca con rapidez a la tradición, el orden o la religión. Los cambios son rápidos y por lo general pacíficos, teniendo como cénit el llamado ‘Mayo del 68’. No obstante, hay grupos de jóvenes que quieren cambiar la forma de entender el mundo y apuestan por la violencia para cumplir con sus objetivos. Para ellos el sistema vigente está muerto y sólo a través de las armas podrán purificarlo. La inmensa mayoría de estos grupos serán marxistas y beberán de la utopía comunista para justificar sus crímenes, aunque algún otro abrazará la extrema derecha para reivindicar el orden tradicional. Lo cierto es que izquierda y derecha no forman una línea, sino más bien un círculo en el que los extremos acaban tocándose.

Entre esos muchos grupos que aterrorizan el mundo occidental destacan el IRA (Irlanda), las Brigate Rosse (Italia), Rote Armee Fraktion (Alemania Federal) o ETA (España), que comenzó a matar antes de que España se convirtiese en una democracia. Todas ellas mantenían lazos con los diferentes grupos armados de Oriente Medio que veían (y ven) la creación del Estado de Israel como una imposición de Occidente de la que no fueron consultados.

Desde que buena parte de Palestina se convirtió en Israel en 1948 como un intento de las democracias occidentales para resolver el conflicto judío y de paso limpiar sus conciencias sobre el Holocausto, la zona se ha visto alterado por continuas guerras, atentados y diferentes escaramuzas. En 1967 los israelís conformaron una de las campañas militares más espectaculares de la era moderna al derrotar a una coalición liderada por Egipto en apenas seis días. Ocuparon Gaza, Cisjordanía, los Altos del Golán y buena parte de Jerusalén. Más de medio siglo después esos territorios siguen en disputa y sin acuerdo internacional satisfactorio para su resolución.

Es entonces cuando tienen el germen la mayor parte de los grupos terroristas de Oriente Medio. De hecho, esas masacres a objetivos civiles y su poder sobre el petróleo, que tendrá su primer golpe de efecto en la crisis de 1973, conseguirá que Occidente tenga que mediar y buscar un equilibrio entre judíos y árabes por su propio interés.

Uno de esos grupos terroristas palestinos es Septiembre Negro. Fundado en 1970, reivindica la existencia del Estado de Palestina y la expulsión de los judíos. Forma parte de los grupos controlados por la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) una coalición política y paramilitar dirigida por Yasir Arafat que tiene como objetivo la destrucción de Israel. Tiene lazos con la RAF, también conocido como la Banda Baader-Meinhof, en honor a sus dos fundadores, un par de chicos que pretendían derrocar el capitalismo en Alemania a través de una guerra de guerrillas.

Conflicto israelí-palestino - Wikipedia, la enciclopedia libre
Israel & Palestina

Pero esta realidad no era más que un pequeño apéndice de un entorno sumido en la más absoluta felicidad. A la altura de 1972 Europa cabalgaba a gran velocidad por una era de gran prosperidad. Tras el fin de la II Guerra Mundial, el Viejo Continente sumaba dos décadas de increíble crecimiento económico. La locomotora de Europa era la hasta hace nada demoniaca Alemania. Concretamente la RFA, la parte Occidental de un país que había sido amputado, pero que no expresaba la menor queja por esa mutilación. En 1966 el COI seleccionó a Múnich como sede de los Juegos Olímpicos de 1972 y el país se preparó a conciencia para demostrarle al mundo que el nazismo era agua pasada.

El lema de aquellos Juegos era la felicidad. Se creó el inmenso Oympiapark con su fascinante cubierta de metacrilato, se apostó por vez primera por el reciclaje y destacaron Mark Spitz, Laase Viren u Orga Korbut.

Sin duda uno de los momentos cumbres tuvo lugar en la ceremonia de inauguración cuando la delegación israelí dio la vuelta al estadio olímpico bajo el atronador aplauso de 80.000 alemanes. Había sido Múnich la cuna del nazismo, el lugar donde Hitler había dado un golpe de Estado fallido en 1923. Y no había atleta israelí allí presente que no tuviese un familiar que no hubiese perecido en un campo de exterminio construido con el beneplácito de muchos de los padres de los que hoy estaban allí aplaudiendo tranquilamente sentados.

No es de extrañar pues que el secuestro de aquellos atletas israelís y la toma de la Villa Olímpica por parte de los terroristas causaran un shock mundial. Era una bomba mediática de la que todo el planeta se hacía eco. Millones de personas contuvieron la respiración durante horas. Y que fuese en Alemania, y que las víctimas fuesen judías, lo convertirían en algo catártico para la opinión pública germana.

Juegos Tokyo 2020: Septiembre Negro: El ataque terrorista que eclipsó los  Juegos Olímpicos de Munich 1972 | Marca
Horror en la Villa Olímpica

Un terrorista, con la cara untada de betún y sombrero, se erigió en portavoz de los asaltantes. Se hizo llamar a si mismo Issa y se encargó de negociar con el ministro de interior alemán. Hans-Dietrich Genscher, que así se llamaba, prometió a Issa una suma de dinero e incluso intercambiar su vida por la de los secuestrados, pero todo intento fue en vano. De hecho, resultó contraproducente, porque a juicio de los palestinos era una muestra más de la simplista retórica capitalista para resolver los problemas. Lo único que se consiguió fue alargar el límite de la respuesta hasta las 12:00 a.m.

Mientras todo esto sucedía medio mundo desayunaba con las imágenes del asalto. Casi tres décadas después de la caída del nazismo, Alemania se presentaba ante el mundo como garante de la paz y como país ferozmente opuesto a los nacionalismos. Deliberadamente las medidas de seguridad en los Juegos eran laxas y relajadas y los símbolos nacionales se mostraban a cuenta gotas. La idea era que todo deportista, periodista y visitante no asociase bandera o uniforme con un pasado del que querían escapar.

Pronto se iba a demostrar que las decisiones tomadas habían sido erróneas.

Poco después de las 11.00 Golda Meir, por entonces primera ministra de Israel, declaró tajantemente que no negociaría con terroristas. Israel daba carta blanca a los alemanes para tratar de liberar a los rehenes con todos los medios a su alcance. El negociador y jefe de policía de Múnich, Manfred Schreiber, consiguió alargar la hora límite hasta las 15.00 horas al anunciar a Issa que Baader y Meinhof, los cabecillas de la RAF, habían sido liberados y que se seguía negociando con el gobierno de Israel. Parcialmente satisfechos los asaltantes solicitaron comida para unas 20 personas.

Varios policías se disfrazan como cocineros y agachan armas en medio de la pitanza con la intención de subir a las habitaciones, pero Issa les exhorta a dejar la comida en el suelo y marcharse de allí bajo amenaza. El engaño no surte efecto y ahora los asaltantes saben que están siendo burlados. Uno de los policías es cosido a balazos. En ese momento todo está a punto de estallar, pero el repentino anunció del COI de cancelar los Juegos Olímpicos devuelve la calma a los terroristas. No hay televisión ni radio en el planeta que no hable de Septiembre Negro y de la causa palestina. Al menos uno de los objetivos se ha conseguido.

Alrededor de las 16:30 más de 70.000 personas rodeaban la Villa Olímpica mientras Issa y sus compadres hacían la señal de la victoria desde la azotea del edificio ocupado. Es entonces cuando Genscher ejecuta el mayor de los errores. Se decide acometer un asalto armado al edificio formado por un escuadrón de 38 miembros de la policía germana. Mal preparados e inexpertos, los policías visten ropa deportiva y se instalan en las azoteas de los edificios adyacentes. El ejército no puede participar en el asalto porque tiene prohibido operar en tiempos de paz debido a las sanciones derivadas de la II Guerra Mundial.

A nadie se le pasó por la cabeza romper esa estúpida restricción.

Total, que el asalto fue un rotundo fracaso. Entre la multitud agolpada, que con sus gritos anunciaban los pasos dados por la policía, y que todo estaba siendo retransmitido por televisión, con lo cual Issa y sus compinches seguían segundo a segundo los acontecimientos, la operación fue cancelada en el último instante. Los policías debieron bajar del edificio entre las risas de los terroristas.

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Genscher al teléfono

Si bien los alemanes daban palos de ciego, los terroristas también sabían que su suerte ya estaba echada. A escasos minutos del fin del plazo se llegó a una solución de compromiso. Los guerrilleros y los rehenes serían trasladados en helicóptero a una base área cercana a Múnich para luego viajar en avión a Egipto. Allí, en El Cairo, en territorio amigo, los terroristas se comprometían a liberar a los rehenes a cambio de que en el plazo de un mes fuesen liberados media centena de palestinos, supuestamente, injustamente encarcelados.

Previamente al traslado, Genscher exigió ver a los rehenes. Según dijo impresionaba la tranquilidad aparente de aquellos israelís de ojos perdidos que yacían sentados apoyados en un pared mientras el cadáver frío y la sangre seca de Weinberg regaba el suelo.

El plan consistía en atacar a los terroristas en el trayecto de unos 200 metros que los llevaría junto a los rehenes hasta los helicópteros. Issa exigió inspeccionar el camino y utilizó para ello a un par de rehenes como escudos humanos. Nervioso, uno de los policías que espera oculto detrás de un coche aparcado tropieza. El ruido alerta a los terroristas que vuelven sobre sus pasos para atrincherarse en los apartamentos.

En esos momentos la angustia se agigantaba mientras el mundo contenía la respiración a través del televisor. Los palestinos exigieron entonces un autobús para recorrer el escaso trayecto. Por entonces ya eran las 22.00 horas y por supuesto los terroristas demandaron que el vehículo estuviese vacío e inspeccionarlo antes de subirse a el y poner sus vidas en juego.

Hubo que pasar a un nuevo plan. En la base aérea esperaba un grupo de francotiradores dispuestos a matar a los terroristas en cuanto los dos helicópteros aterrizasen. Había un tercer helicóptero en el que viajaban los negociadores y varios policías que estarían esperando órdenes. Mientras, un Boeing 727, que pretendía viajar a El Cairo, estaba integrado por cinco policías armados que ejercían de improvisados miembros de Lufthansa.

El caso es que cuando los palestinos subieron a los helicópteros se pudo comprobar que los terroristas eran un total de ocho. Los francotiradores jamás llegaron a recibir esa información. Genscher había transmitido que no eran más de cuatro o cinco los que había visto al visitar a los rehenes. Para añadir un error más a la cadena de despropósitos, ninguno de los supuestos francotiradores era tal. Ninguno era militar por las restricciones a las que nos referimos párrafos atrás. Eran policías que habían sido seleccionados porque les gustaba practicar tiro los fines de semana. Tres se instalaron en el techo de la torre de control y otros dos se escondieron en tierra. Ninguno tenía equipo protector, radio, ni visor nocturno.

Y ya era noche cerrada. Las 22.30. Ya eran más de 18 horas de tensión acumulada.

Al momento de aterrizar los helicópteros, los miembros de Septiembre Negro tomaron como rehenes a los pilotos de los aparatos para acercarse con paso firme al Boeing. En ese momento los policías que hacían de tripulación del avión decidieron desdecirse de su juramento de honor y abandonaron el aparato. La incredulidad de la jefatura alemana era semejante a la de los palestinos que, al ver que el avión estaba vacío, pensaron que les habían engañado, por lo que corrieron de vuelta a los helicópteros.

Fue entonces cuando los francotiradores abrieron fuego. Y se desató el pandemónium. El cielo se ilumina de llamas y el humo recorre el horizonte. Trepidar de motores, sirenas y ráfagas de ametralladoras. En el intercambio de golpes, dos terroristas fallecieron así como un policía alemán. Los pilotos de los helicópteros consiguieron huir, pero no así ninguno de los rehenes israelís atados de pies y manos. Al cabo de unos minutos llegaron refuerzos por tierra e Issa, viendo que todo estaba perdido, fusiló a todos los rehenes. Después lanzó una granada en el interior del helicóptero y corrió por la pista de aterrizaje.

Fue masacrado.

Atentado a los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972: un trauma aún por  asimilar | El Mundo | DW | 25.08.2022
Una carnicería

Once atletas (nueve en el aeropuerto), un policía alemán y cinco terroristas palestinos fallecieron ese día. Los otros tres miembros de Septiembre Negro fueron capturados vivos. Los tres pasaron a ingresar en una cárcel de máxima seguridad teutona y tan solo una semana después la RFA creaba el GSG9, la unidad antiterrorista alemana. Los cadáveres de los otros cinco palestinos fueron enviados a Libia donde recibieron un funeral de héroes. Apenas un par de meses después Septiembre Negro secuestró un vuelo comercial de Lufthansa y exigió la liberación de los tres terroristas encarcelados para evitar el siniestro del avión.

Los mandos alemanes accedieron a todas las peticiones de los terroristas sin consultar a las autoridades israelís.

Israel sigue clamando en la actualidad por la incompetencia alemana a la hora de resolver el conflicto. El Mossad (servicio de inteligencia israelí) fue advirtiendo a los alemanes de los diversos fallos cometidos en la operación y todos sus consejos fueron rechazados. Tanto el ministro Genscher como el jefe de policía muniquesa Schreiber habían sido miembros del partido nazi y habían combatido en la II Guerra Mundial. Ninguno fue cesado de su cargo tras el fiasco de la operación de rescate. Para los israelís los alemanes no hicieron lo suficiente para salvar la vida de aquellos once atletas judíos.

Así que decidieron hacer la justicia por su cuenta. Golda Meir ordenó al Mossad que pusiera en marcha la operación ‘Cólera de Dios’. Se buscó y asesinó a los tres supervivientes, así como a decenas de activos terroristas y miembros de la OLP. Se bombardearon objetivos civiles en Siria y Líbano argumentando que ocultaban bases militares propalestinas y todo concluyó con una breve guerra en octubre de 1973 cuyo resultado, más allá de los muertos, fue el que los países árabes descubrieron que a través del petróleo podían fagocitar a Occidente y a Israel a su antojo.

Pero volvamos a Múnich. Al 6 de septiembre de aquel año. Los Juegos Olímpicos estaban cancelados.

Pero solo momentáneamente.

Se realizó una ceremonia de conmemoración al día siguiente ante 80.000 espectadores y 3.000 atletas, pero nunca un funeral oficial. Los familiares de las víctimas llegarían a pedir la construcción de un monumento conmemorativo, pero el COI tendría siempre un no como respuesta. La única muestra del duelo del COI fue izar a media asta la bandera olímpica hasta el fin de los Juegos. El COI, como organización independiente, prefirió no significarse políticamente. “Los Juegos deben continuar”, fueron las polémicas palabras del estadounidense Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Internacional.

Fueron los últimos Juegos de Brundage, quien falleció tres años más tarde. Fue un feroz defensor del amateurismo, un racista empedernido al que desagradaba la proliferación de atletas de raza negra en su país y un defensor de la excelencia de los Juegos de Berlín de 1936 y la perfección organizativa de los nazis. Ese fue el hombre que dijo aquello de “los Juegos deben continuar”. El mismo hombre que meses más tarde se casó con una princesa alemana mucho más joven que él y que fallecería poco después en Garmish, una localidad no muy lejana de Múnich y su desgraciada Villa Olímpica, de la base aérea de Fürstenfeldbruck donde la sangre corrió a raudales una noche de septiembre, y tampoco no muy lejos de Berchtesgaden, donde Adolf Hitler tenia su búnker de verano, el fastuoso ‘Nido del Águila’.

 “La violencia engendra violencia”. Evangelio de San Mateo 26:52.

A 45 años del atentado de Munich 1972 en los Juegos Olimpicos
A media asta

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Cuando Mark Spitz ganó siete oros (la gran historia de éxito de Múnich 1972)

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Cuando Mark Spitz ganó siete oros, escapó en helicóptero y creó una marca de bañadores

Cuando Mark Spitz apenas contaba con doce primaveras ya se entrenaba seis horas diarias en la piscina de la Escuela YMCA, en Sacramento, en la soleada California. Al acabar cada sesión su padre le esperaba en la puerta del complejo acuático al volante de su coche para llevarlo a casa. Al salir del recinto, el progenitor siempre le preguntaba por el número de calles que tenía la piscina, a lo que Mark Spitz invariablemente tenía que contestar: “Tiene seis, pero sólo en una está la del ganador, que es la mía”.

El padre de Mark Spitz era húngaro y su madre era rusa. El patriarca de la familia era de origen judío y había escapado de la Europa cainita de la primera mitad del siglo XX. El nadador del bigote, el hombre de los siete oros olímpicos, aprendió a nadar antes que a caminar. Cuando tenía 18 años ya era considerado una estrella mundial. Era muy bueno, y él lo sabía. Su arrogancia hizo que sus compañeros lo marginaran. No era hombre de muchos amigos, ni de buenas conversaciones. Cuando se clasificó para los JJ.OO de México de 1968 quisieron eliminarlo del equipo de relevos. Pero Spitz era muy bueno, y con animadversión o sin ella, tenía que estar en ese equipo. Mark Spitz logró 2 oros (en relevos), 1 plata y 1 bronce. Un triunfo para muchos, pero no para él.

Aquel chico introvertido, egocéntrico, sobrado y prepotente que siempre soltaba aquello de “para mi nadar no lo es todo, sino ganar”, había quedado en entredicho. Un chico que nunca hizo pesas y que apenas media 1’76 metros, una estatura modesta para un nadador. Pero era un diamante en bruto que sólo había que pulir. Tenía por delante cuatro años para resarcirse.

Spitz se trasladó a la otra punta del país para entrar en el programa deportivo de la Universidad de Indiana bajo las órdenes de James Counsilman, el arquetipo de entrenador-sargento de hierro. Aquel equipo de natación logró entre 1968 y 1973 seis campeonatos nacionales de Estados Unidos seguidos, hazaña que aún hoy no ha sido superada. Por supuesto Spitz era la estrella, pero era un gran conjunto en el que también estaba el español Santiago Esteva.

Mark Spitz estaba dispuesto a arrasar con todo y con todos en los JJ.OO de Múnich de 1972. Pero lo haría a su manera. En contra de la opinión de su técnico, justo antes de coger el vuelo dirección a Alemania, decidió tomarse tres semanas de vacaciones. Counsilman se cansó de llamarle vago, amenazarlo e insultarlo. Pero todo fue en vano. Spitz se presentó en Múnich fresco, o, en opinión de su entrenador, en mala forma.

Firmó siete medallas de oro con sus siete récords olímpicos. Siete. Ganó en los 100 libres, 200 libres, 100 mariposa, 200 mariposa, 400 relevo, 400 combinado y 800 relevo. Un factor hace aún más especial semejante hazaña. Todos sus oros, los siete, supusieron un nuevo récord mundial. Había destrozado los límites del ser humano. Aquel mes de agosto de 1972 Mark Spitz llegó a la Luna y se convirtió en el gran tiburón de la natación hasta que décadas más tarde apareciese un extraterrestre con aletas llamado Michael Phelps.

Además, su éxito no sólo fue deportivo. Spitz se convirtió en el ídolo olímpico por antonomasia y en mito sexual de los 70. Su poblado bigote, su sonrisa y su moreno, luciendo las siete medallas entre el pecho desnudo y el bañador ceñido de barras y estrellas, pasaron a empapelar las paredes de las jovencitas y de algún que otro jovencito.

Leyendas de los Juegos Olímpicos: Mark Spitz: El torpedo humano ...
Sex bomb

Apenas tenía 22 años, pero fue la última vez que se zambulló para competir en una piscina. “Ya he ganado todo lo que podía ganar”, espetó. Y más si ya tenía el futuro asegurado.

Tras ganar en los 200 metros libres, en la que fue su tercera medalla de oro, Spitz se presentó en el pódium para recibir la presea con los pies desnudos y unas ‘Adidas Gazelle’ sujetadas de una mano. Conviene recordar que por entonces el falso amateurismo olímpico impedía cualquier tipo de patrocinio o remuneración en beneficio de los atletas.

Cuando los acordes del himno estadounidense comenzaron a sonar, Spitz dejó las Adidas en el suelo, pero al acabar la música volvió a recogerlas, y con ellas en la mano, se dispuso a saludar al público y a abrazar a sus compañeros en el pódium. Al cabo de unos minutos Spitz atendió a las preguntas de los medios y aseguró que las zapatillas eran suyas, que no recibía ninguna contraprestación por parte de Adidas y que si las llevaba en la mano era porque no le había dado tiempo a calzárselas.

adidas gazelle olympic
Puro marketing

La realidad era que Horst Dassler, hijo de Adi Dassler -fundador de Adidas- firmó un acuerdo con Spitz para que llevase las zapatillas en la mano de manera que los pantalones no las tapasen y se distinguiesen lo mejor posible. Los 70 fueron la década en las que los patrocinadores de ropa y calzado deportivo hicieron su aparición y Adidas era la empresa líder del sector. No obstante, Horst Dassler afirmaría que si escogió a Spitz no fue sólo por su categoría como deportista sino porque era el único nadador que llevaba bigote, por lo que era muy fácil de diferenciar para el público televisivo.

Según los estatutos del Comité Olímpico Internacional (COI) había motivos para sancionar y descalificar a Spitz, pero ante el éxito de sus siete medallas de oro a nadie se le pasó por la cabeza acabar con un mito por culpa de unas zapatillas. Justo un año después de aquello Dassler fundaba ‘Arena’ la marca líder en la creación de artículos de natación, waterpolo y triatlón y cuyo primer deportista de referencia fue, como no, Mark Spitz.

Pero aún existe otra intrahistoria a mayores de aquella hazaña de los siete oros. Horas después de lograr su séptima presea, el grupo terrorista ‘Septiembre Negro’ entró en la villa olímpica y tomó como rehenes a once atletas israelís. Este caso (que dará para otro artículo) acabó con un chapucero intento de rescate que se cobró un total de 17 vidas, la polémica continuación de los JJ.OO y un cambio radical en los sistemas de seguridad y control de aficionados en eventos deportivos de gran magnitud.

El caso es que el deportista más famoso de aquellos Juegos Olímpicos era judío. El Gobierno de Alemania puso un helicóptero y tres guardaespaldas a disposición de Mark Spitz, que fue sacado de Múnich en secreto para tomar de inmediato un avión que lo llevase a Inglaterra. Pasaron algo menos de 24 horas entre el asalto de los terroristas y el trágico final televisado. Cuando todo comenzó Mark Spitz dormía en su habitación de la villa olímpica. Cuando todo acabó estaba cenando en una suite de un hotel de Londres.

El posible secuestro de Spitz era causa de pánico para Alemania que estaba empeñada en usar los Juegos como muestra al mundo del poderío de su milagro económico y del lavado de cara llevado a cabo con su desnazificación. Nadie quería volver a hablar de matanza de judíos cuando apenas tres décadas antes, a unos 12 kilómetros al norte del estadio olímpico de Múnich, se situaba el campo de concentración de Dachau, donde se estima que fallecieron unas 40.000 personas.

Masacre de Múnich - Wikipedia, la enciclopedia libre
A pesar del funeral, los JJ.OO continuaron

P.D: Para los JJ.OO de Barcelona de 1992, sobrepasando la cuarentena, Mark Spitz disputó los preliminares estadounidenses sin bigote y con un bañador de la marca ‘Arena’. No logró clasificarse. Mejor. Para que clasificarse cuando para él lo único importante era ganar.

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El asesinato de Andrés Escobar

Corría el minuto 13 del partido cuando John Harkes avanzó por el carril central y armó la pierna izquierda para arrojar un centro al interior del área colombiana. El balón voló sin aparente riesgo, pero Andrés Escobar se deslizó a ras de césped para despejar el esférico con tan mal tino que introdujo el balón en su propia portería, pillando desprevenido a Óscar Córdoba. La selección colombiana no supo reponerse de tal desgracia y cayó por sorpresa ante Estados Unidos por 1-2 quedando eliminada del Mundial de 1994 en la fase de grupos. Antes de empezar el torneo Colombia era la tercera favorita para alzarse con el título para la mayoría de las casas de apuestas.

Era el 22 de junio de 1994. Apenas diez días después, en la madrugada del 2 al 3 de julio, Andrés Escobar era abatido a tiros dentro de su coche a la salida de una discoteca. El central de 27 años, capitán de la selección colombiana, fallecía minutos más tarde.

Hasta mediados de los años 80 el fútbol colombiano era secundario en América Latina. Falto de infraestructuras y recursos, los pocos jugadores de renombre emigraban a las más potentes ligas argentina y brasileña. Pero en esos años Colombia experimenta un fuerte crecimiento económico a través del narcotráfico. El más fiero exponente de los años de la coca es Pablo Escobar (sin ningún parentesco con Andrés), un hombre que se hizo archimillonario primero a través del contrabando y luego con la introducción de cocaína tanto en Estados Unidos como en Europa. Pablo llegó a crear un Estado paramilitar que se ganó el corazón de buena parte de los colombianos invirtiendo indecentes sumas de dinero en casas, alumbrado, carreteras o servicios sanitarios en los barrios más pobres de Colombia. Concretamente en Medellín, la ciudad que controlaba a su antojo.

Esas obscenas sumas de dinero tenían que ser ‘lavadas’ de alguna forma. Y que mejor forma que hacerlo que a través del fútbol. Antes de las tarjetas de crédito o de las compras online, las taquillas de los partidos se hacían con billetes. Con el fútbol se podía inflar al antojo del capo la recaudación de un partido. Es así como Pablo Escobar se convierte en el dueño del Atlético Nacional de Medellín o como Miguel Orejuela hace lo propio con el América de Cali.

El narcofútbol se encargó de comprar árbitros, pagar millonadas a jugadores que en condiciones normales emigrarían a otros países e invertir en infraestructuras. Futbolistas como Leonel Álvarez o René Higuita fueron formados en su juventud en campos de fútbol construidos con dinero donado por Pablo Escobar.

En esas circunstancias los Higuita, Álvarez o Arango, dirigidos por Pacho Maturana, logran con el Atlético Nacional el título de la Copa Libertadores de 1989, siendo el primer equipo colombiano en alzarse con el mayor honor futbolero de Sudamérica.

En aquel equipo destacaba un joven central de apenas 22 años llamado Andrés Escobar. Apodado ‘el caballero de la cancha’ era un chico formal, educado y serio, que a diferencia de la mayoría de sus compañeros no procedía de las clases más humildes de Medellín. Andrés era un joven de clase acomodada que no comulgaba con el narcofútbol.

Estos futbolistas junto a otros como Carlos Valderrama, Faustino Asprilla o Adolfo ‘El tren’ Valencia formaron una selección irrepetible que causó furor en el panorama internacional. Practicaban un fútbol imprevisible, con continuos cambios de ritmo y de velocidad que convirtieron a Colombia en la selección de moda a inicios de los 90, una época donde la defensa de cinco, el uso de la trampa del fuera de juego y el fútbol control reinaban en buena parte del mundo.

Entre 1991 y 1994 Colombia disputó 26 partidos internacionales encajando una sola derrota. Por el camino derrotaron en Buenos Aires a Argentina por 0-5 en un encuentro que aún hoy está considerado una hazaña en Colombia y una tragedia a orillas del Río de la Plata. La ovación de la afición albiceleste a los cafeteros al término del choque aún pone los pelos de punta a los seguidores colombianos.

Pero durante esos mismos años, mientras el fútbol colombiano daba una imagen de felicidad de cara el exterior, Colombia estaba sumida en una cruenta guerra civil. El índice de criminalidad en el país entre 1985 y 1995 fue el más elevado del mundo. Los cadáveres en las calles podían esperar días antes de ser retirados. Estados Unidos solicitó la extradición de Pablo Escobar, por lo que el capo de la droga decidió intervenir en política para blindarse. Se sucedieron los asesinatos de políticos, jueces, policías o civiles. Y el Estado contraatacó matando a soldados de Escobar y de otros jefes de la mafia, e incluso atacando a familiares del propio Pablo Escobar.

Escobar (el capo) llegó a estar encarcelado. Durante su cautiverio, jugadores como Higuita fueron a visitarlo con frecuencia. Pablo organizaba partidos en la cárcel e invitaba a futbolistas de renombre. Apostaba grandes sumas de dinero y pagaba millones a esos futbolistas para que jugaran delante de él. Incluso en una ocasión la selección colombiana fue hasta la cárcel para disputar un partido de exhibición delante de Pablo. Había futbolistas que iban encantados. Otros, como Andrés Escobar, lo hacían por obligación. Pero no había alternativa. El poder de la mafia era superior al del Estado. Además, Juan José Bellini, presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, tenía negocios en el mundo de la cocaína, por lo que era él mismo el que ordenaba a sus chicos que jugasen esos encuentros en la cárcel.

Como no podía ser de otro modo, Pablo Escobar sobornó a varios funcionarios y consiguió escapar de la cárcel para finalmente ser abatido en diciembre de 1993. El Estado había sobornado a otros capos para conseguir a la presa mayor.

Al entierro de Pablo acudieron miles de personas, pero aunque se había descabezado a la bestia el problema estaba lejos de haber finalizado. Durante las siguientes semanas se sucedieron las detenciones y, muerto el gran capo, dio la sensación de que en Colombia comenzaba una nueva era. A ello ayudó que a los pocos meses tendría lugar el inicio del Mundial de Estados Unidos donde Colombia partía como uno de los candidatos al triunfo.

Colombia estaba encuadrada en un grupo previo junto a Rumanía, Suiza y Estados Unidos. Los dos primeros se clasificaban para octavos de final junto al mejor tercero. Se daba por hecho la clasificación de los cafeteros. Andrés Escobar, con el número 2 en la camiseta, era el capitán y el líder de los sudamericanos. Contaba con un precontrato con el AC Milan para sustituir al legendario Franco Baresi al frente de la zaga del por entonces campeón de Europa. El acuerdo se haría efectivo al término del campeonato.

El primer partido enfrentaba a Colombia y a Rumanía. Los hombres dirigidos por Pacho Maturana dominaron el partido con autoridad y tuvieron numerosas ocasiones desde el inicio del choque. Pero en una jugada aislada, Florin Raducioiu aprovechó un despiste de la zaga para anotar el 0-1. A partir de ese momento Colombia entró en colapso y Hagi anotó después el 0-2 en un extraordinario lanzamiento lateral desde fuera del área. El partido finalizaría con un claro 1-3 a favor de los europeos.

Con una derrota en el casillero, Colombia estaba obligada a ganar en el siguiente partido a Estados Unidos para tener opciones de llegar a octavos de final. Ambos equipos se habían enfrentado en numerosas ocasiones en la última década y todos los encuentros habían acabado o en empate o en victoria colombiana.

Pero los de Maturana estaban psicológicamente muertos.

Viendo que el cerco sobre los narcos era cada vez más estrecho, los grandes capos decidieron apostar ingentes sumas de dinero en el Mundial para tratar de recuperar buena parte del efectivo perdido. Tras la derrota ante Rumanía muchos perdieron millones, por lo que amenazaron a varios miembros del equipo con la muerte si no ganaban a Estados Unidos. Maturana recibió una llamada anónima amenazante horas antes del inicio del choque y poco después entró llorando a los vestuarios para comunicarle a sus chicos la noticia. La mafia también ordenó que Barrabás Gómez, titular en el primer partido, no volviese a jugar en el Mundial, culpándolo de la derrota ante Rumanía.

Y por supuesto no volvió a jugar. De hecho, el encuentro ante los rumanos fue su último choque como profesional. Al acabar el campeonato decidió colgar las botas.

En estas circunstancias era de esperar que Colombia hiciese un partido espantoso ante Estados Unidos. Y así fue. Apenas tuvieron ocasiones claras y tras el ya comentado autogol de Andrés Escobar una nube negra se posó sobre la cabeza de los colombianos. Fue el primer gol en propia puerta de Escobar en toda su carrera. Se dice que su sobrino de nueve años, que estaba viendo el partido en casa junto al resto de su familia por la televisión, comentó; “por culpa de este gol van a matar al tío”.

Colombia, favorita a la victoria, había quedado eliminada a las primeras de cambio. Se ganó un último e intrascendente partido ante Suiza (2-0) y se tomó un avión de vuelta a Bogotá.

Al volver a su casa de Medellín a Andrés se le presentaba una disyuntiva. Mientras que el Mundial estuviese en liza el AC Milan no iba a dar el paso definitivo, pero quedarse en Colombia implicaba poner su vida en peligro. Su familia le imploró que se marchase a vivir a un hotel milanés a la espera de acontecimientos, pero Andrés no quería esconderse y decidió seguir haciendo su rutina habitual.

Diez días después, a la salida de la citada discoteca, los hermanos Gallón Henao se acercaron a Escobar y empezaron una acalorada discusión. Ambos eran conocidos narcotraficantes que habían perdido más de 3 millones de dólares por la temprana eliminación de Colombia en el Mundial. Andrés Escobar intentó calmarlos, a lo que los hermanos respondieron taxativamente; “no sabes con quien te estás metiendo”. Instantes después se acercó el lugarteniente de los hermanos Gallón, un pistolero llamado Humberto Múñoz, que descargó su revólver sobre el cuerpo de Escobar mientras gritaba: “¡Gracias por el autogol”. Minutos más tarde una ambulancia trasladaba a Andrés a un hospital cercano donde certificaron su defunción al poco de llegar.

Más de 120.000 personas acudieron al funeral de Andrés Escobar. Entre ellos sus compañeros de la selección colombiana que durante las siguientes semanas contaron con escolta policial proporcionada por el gobierno cafetero.

A partir de entonces el narcotráfico y el fútbol vivieron de la mano un lento declive. Miguel Orejuela, ex presidente del América de Cali, cumple hoy condena de 30 años en una cárcel de Estados Unidos. Juan José Bellini, ex presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, pasó presidio entre 1995 y 2001. Carlos Castaño, el hombre que sucedió como gran capo a Pablo Escobar tras su muerte, fue asesinado en 2004. Humberto Múñoz, el verdugo de Andrés, fue condenado a 30 años aunque ya salió de prisión por buen comportamiento. Y los hermanos Gallón Henao estuvieron encarcelados en Colombia y en estas fechas se está negociando su extradición a Estados Unidos.

Hoy, en buena parte de las ciudades de Colombia se pueden encontrar camisetas o libros sobre la vida de Pablo Escobar como un icono de la lucha de clases a imagen y semejanza del Ché Guevara. Junto a estas, en las tiendas de recuerdos y de mercadotecnia deportiva, se pueden localizar camisetas de Andres Escobar, ‘el caballero de la cancha’.

Pablo y Andrés. Dos Escobar. Dos países en uno.

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De cuando se perdonó al rugby en Irlanda

Durante siglos Irlanda funcionó como un sucedáneo de colonia inglesa y aunque en 1801 pasó a integrarse en el Reino Unido, en la práctica seguía teniendo el mismo status. A lo largo del siglo XIX una serie de catastróficas cosechas hicieron que millones de irlandeses emigraran a Estados Unidos. Humillados, hastiados y cansados, el romanticismo y el nacionalismo que brotaba por aquel entonces calaron con rapidez en buena parte de la población, por lo que en 1916 los irlandeses declaraban unilateralmente la independencia el Lunes de Pascua. A partir de entonces, y durante los siguientes seis años, tendría lugar una serie de escaramuzas que se acabarían convirtiendo en una guerra contra la Corona Británica.

Como cualquier hijo de vecino, los irlandeses habían abrazado con efusividad la llegada tanto del fútbol como, especialmente, del rugby, dos deportes ingleses de enorme aceptación. Sin embargo, en Eire ya había dos deportes de enorme arraigo; el hurling y el fútbol gaélico. ‘Grosso modo’ representaban la idiosincrasia celta de la nación irlandesa y venían a ser dos sustitutos del criquet y del rugby respectivamente.

Las grandes competiciones de ambos deportes se celebraban en Croke Park, un recinto propiedad de la Asociación de Deportes Gaélicos (GAA en sus siglas originales). Se trataba de un coqueto estadio de madera de altos muros que impedía miradas ajenas. La GAA se consideraba una plataforma de salvaguardia de las costumbres y la historia irlandesa y, a medida que el conflicto se fue enquistando, se fueron endureciendo las normas para el acceso a la Asociación. Se decretó la prohibición de practicar deportes gaélicos a los miembros del funcionariado que fuesen de origen británico. Por otro lado, los socios de la GAA tenían terminante prohibido practicar deportes ingleses, es decir, ni fútbol ni rugby.

El deporte simbólico por excelencia era y es el hurling. Jugado con un palo de madera, cuando la Corona británica prohibió a los irlandeses portar armas éstos pasaron a usar dicho palo como arma arrojadiza. En los funerales, y como reivindicación nacional, el stick del hurling se elevaba a lo alto y se tapaba en señal de luto.

El 21 de noviembre de 1920, Michael Collins, Comandante del Ejército Republicano Irlandés (IRA en sus siglas originales), ordenó una matanza que acabó con la vida de 18 miembros del servicio secreto británico que tenían su base en Dublín. Esa misma tarde se disputaba en Croke Park un encuentro de fútbol gaélico entre el equipo de la capital dublinesa y el Tipperary. Los paramilitares británicos aprovecharon la ocasión para tomarse cumplida venganza. Treparon por los muros del estadio para atizar con saña a todo sujeto viviente y acabar con la vida a golpe de metrallazos de 14 personas. Fue el llamado ‘Bloody Sunday’ (no confundir con el ocurrido en 1972 e inmortalizado en forma de canción por los irlandeses U2). Se cuenta que los británicos se jugaron a cara o cruz si asaltar con violencia Croke Park o liarse a tiros por la calle más transitada de Dublín.

Así entonces, Croke Park se convirtió en un templo del nacionalismo y la GAA tomó la decisión de que nunca se celebrarían en ese recinto competiciones extranjeras, es decir, ni fútbol ni rugby. Aquel desaliñado estadio de madera se acabaría convirtiendo en un coloso de 82.000 espectadores, el tercero más grande de Europa. Hoy es visita obligada para turistas, tanto por cuestiones deportivas como por causas históricas y políticas.

—EL XV DEL TRÉBOL—

Total que, tras una cruenta guerra, en 1922 se constituye formalmente la República de Irlanda que conforma algo más de las ¾ partes de la isla del mismo nombre. En el noreste, en la llamada región del Ulster, los ciudadanos decidieron seguir fieles al Rey de Inglaterra y establecieron un nuevo país llamado Irlanda del Norte, que continúa bajo mandato monárquico integrando parte del Reino de Gran Bretaña.

Ese año, como era lógico, se instauraron dos federaciones distintas de fútbol, una para Irlanda y otra para Irlanda del Norte. Lo curioso es que había futbolistas que jugaban indistintamente para una y para la otra, hasta que en 1953 la FIFA tomó cartas en el asunto y prohibió esos intercambios, amén de reconocer a ambas federaciones nacionales.

Con todo, el rugby había arraigado con mayor fuerza en la isla del trébol, por lo que, a pesar de existir dos países, se tomó la decisión de seguir formando con un único equipo. No fue esta una decisión fácil. Ayudaba que la mayoría de los jugadores solían ser irlandeses así que a los norirlandeses les quedaba poco más que callar. Los partidos acostumbraban jugarse en Dublín, aunque de vez en cuando se viajaba a Belfast, la capital unionista del norte.

El juego de equilibrismos llegaba al paroxismo de cambiar de himno en función de donde se disputase el choque. En Dublín sonaba el ‘Amhrán na Bhfiann’ (la canción del soldado) himno gaélico de Irlanda. Si el encuentro se disputaba en Belfast se entonaba el ‘God save the queen’ (Dios salve a la reina), himno británico. Así fue hasta 1954, cuando los jugadores irlandeses se negaron a escuchar la canción inglesa y desde entonces nunca más se volvió a jugar un partido en Belfast. Mucho después, en 1995, se tomó la decisión de elaborar un nuevo himno para los encuentros internacionales que representase a las dos Irlandas. ‘Ireland’s call’ (La llamada de Irlanda) está escrita en inglés, sustituye al himno británico y su letra está llena de continuas referencias al trabajo en equipo y a la unión de todos los irlandeses.

Lo de las banderas también es de traca. Cuando el equipo juega en Dublín, junto a la bandera de la Irish Rugby Union ondea la naranja, blanca y verde de Eire. Cuando juega en Belfast o sale de la isla para jugar en el extranjero, se elimina la bandera de Eire y se cambia por un blasón que representa las cuatro regiones irlandesas; Connacht, Munster y Leinster -que conforman la tradicionalmente católica Irlanda- y Ulster -en los que 6 de sus 9 condados forman la tradicionalmente anglicana Irlanda del Norte-.

Con todo este batiburrillo de información viajamos a 2006. Ya sabemos que es tal la inquina de los tradicionalistas que en Croke Park no se puede jugar ni al fútbol ni al rugby. Así pues, la selección del balón ovalado disputa sus encuentros en Lansdwone Road, un recinto histórico levantado en 1872. Tras diversas modificaciones a lo largo de las décadas llegó a contar con unos 45.000 espectadores de aforo, una buena cifra, pero notablemente inferior a la de Croke Park.

Cómo es de recibo, Lansdwone Road sufrió pertinentes modificaciones hasta que en 2006 se tomó la decisión de una renovación integral que básicamente consistía en tirar el estadio y construir uno nuevo a través de los cimientos del antiguo. La selección de futbol se quedaba sin hogar, pero sobretodo, quien se quedaba sin hogar era la selección de rugby. El ‘XV del Trébol’ iba a disputar el 6 Naciones, y además era favorito, pero no tenía estadio donde disputar sus partidos como local. Existía la alternativa de jugar en Belfast, pero teniendo en cuenta que poco más del 5% de su plantilla era norirlandesa y que desde 1954 no se iba por esos lares, no se consideraba una opción viable.

Se podía jugar en Croke Park.

Violar suelo sagrado.

La Irish Rugby Union, con el apoyo del Gobierno, presionó a la GAA para que aceptase que como excepción se jugasen partidos de rugby en Croke Park. A regañadientes la GAA realizó una votación entre sus socios. El resultado fue de 227 votos a favor y 97 en contra, pero la claridad de los números no deja de ser engañosa. Fue una votación polémica y muy reñida porque por el medio hubo muchas dimisiones y protestas. Muchos exjugadores y familiares de exjugadores de hurling y de fútbol gaélico pidieron retirar sus recuerdos del museo del estadio.

Y así, el 11 de febrero de 2007, la selección irlandesa de rugby jugó y perdió ante Francia violando el sagrado suelo de Croke Park. No obstante, 15 días después tendría lugar el verdadero sacrilegio. Nuevamente en Croke Park, el rival iba a ser Inglaterra. Se tenía pavor ante la llamada a la violencia cuando sonase el himno inglés. Sorprendentemente el silencio y el respeto fueron memorables. Cuando los jugadores ingleses dejaron de entonar el himno hubo numerosos aplausos desde la grada. Segundos después el himno irlandés sonó por megafonía y miles de espectadores derramaron ríos de lágrimas. Horas después Irlanda vencía por 43-13 y la fiesta de la concordia se convirtió en fiesta deportiva.

Durante los siguientes tres años la selección irlandesa disputó sus partidos en Croke Park y volvió a jugar como local en Belfast tras más de medio siglo de voluntaria ausencia. En 2010 fue inaugurado el nuevo Lansdwone Road (llamado Aviva Road por motivos comerciales) y tanto el rugby como el fútbol volvieron a su lugar de origen.

Durante esos tres años en Croke Park se había enterrado para siempre una historia de sangre y odio entre hermanos que iba camino de la centuria de antigüedad.

Católicos y protestantes. Irlandeses libres e irlandeses unionistas. Fútbol gaélico y rugby.

El rugby irlandés había sido perdonado.

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Cuando la Vuelta abandonó el País Vasco

A diferencia del Tour de Francia y del Giro de Italia, la tercera gran vuelta por etapas, la Vuelta Ciclista a España, no nació con un propósito comercial. Ni fueron los grandes diarios deportivos ni las fábricas de neumáticos o de bicicletas las que promovieron su nacimiento, sino intereses políticos. Fue el exciclista Clemente López Dóriga quien convenció a Juan Pujol, director del diario `Informaciones´ de Madrid, para que pusiese en marcha la Vuelta en 1935. Pujol, además de empresario, era diputado en Cortes por la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) y convenció al entonces presidente Lerroux de lo positivo de la carrera en medio de un ambiente prebélico. Tras la Guerra Civil, el régimen de Franco comprendió que volver a poner en marcha la Vuelta era una forma de darle normalidad a España y también de promocionar interna y externamente la imagen, la cultura y la relación entre las distintas regiones ibéricas.

A partir de 1955 la prueba pasó a ser organizada por el diario ‘El Correo Vasco-El Pueblo Español’. Rotativo bilbaíno hoy conocido con el más sencillo nombre de ‘El Correo’, es un diario conservador que navega a dos aguas entre ideales constitucionalistas y su velado compromiso con el PNV. Hace algo más de medio siglo era uno de los medios de cabecera del Franquismo. Por lo tanto, era de recibo que desde finales de 1960, ‘El Correo Vasco’ y la Vuelta a España pasaran a ser objetivos de la organización terrorista e independentista ETA.

Dado que la Vuelta a España era una carrera ´vasca´, la fiesta final no tenía lugar en Madrid, sino en Bilbao. Por norma general la prueba concluía en la capital de Vizcaya, y las etapas finales, las decisivas, se disputaban en territorio éuscaro. A esto ayudaba la enorme afición al ciclismo que había y hay en las tres provincias vascas y en Navarra, el paisaje quebrado, los excelentes puertos de montaña y un nivel de corredores y de equipos sin parangón en el resto de España, encabezados por el club vitoriano KAS. El equipo de la bebida refrescante contó durante tres décadas con figuras como Patxi Gabica, José Pérez Francés, Vicente López Carril, Francisco Galdós, Txomin Perurena, Joaquim Agostinho o Sean Kelly.

Mientras Franco estuvo presente, los incidentes fueron controlados en mayor o menor medida. En 1968 se llegó a cancelar una etapa tras recibir la organización una amenaza de bomba. Quizás, el suceso más llamativo tuviera lugar en la edición de 1972, ganada por José Manuel ‘Tarangu’ Fuente. Una bomba estalló en el puerto de Lizarraga, al norte de Navarra, originando un enorme cráter en la carretera que afortunadamente no causó daños personales.

Todo se agravaría tras la muerte del Dictador y con la incertidumbre social y política vivida en lo que pasó a ser conocida como ‘La Transición’.

Estamos a finales de abril de 1977. En unos meses tendrán lugar las primeras elecciones libres en España desde 1936. El 9 de abril, el presidente Adolfo Suárez, con la negativa de buena parte de su Gobierno y de las Fuerzas Armadas, había legalizado el Partido Comunista. El 28 de abril serían legalizados los sindicatos. Pero en el País Vasco no era suficiente. El PNV aceptó concurrir a las elecciones que se iban a celebrar el 15 de junio, pero la izquierda abertzale decidió desmarcarse de las mismas. Desde el 26 de abril al 15 de mayo de 1977, durante la celebración de la Vuelta, tuvo lugar una serie de mítines, manifestaciones y huelgas que pedían la amnistía de los presos políticos. Aquella Vuelta a España fue llamada la ´Vuelta de la ikurriña` porque también coincidió en el tiempo con la legalización de la bandera vasca.

Tras iniciarse en la Manga del Mar Menor y viajar hacia el norte, las cuatro últimas etapas iban a tener lugar en territorio vasco. El 12 de mayo, en Rentería, una manifestación acabó con varios muertos y la jornada ciclista del día siguiente que iba a finalizar en Bilbao se presentaba aciaga. Durante los primeros 50 kilómetros, policías, según las crónicas “escoltados hasta los dientes”, acompañaron al pelotón a través de unas carreteras donde las ikurriñas aparecían por doquier. La etapa acabó en un tranquilo sprint sin incidentes, pero Bergareche (director de La Vuelta) recibió amenazas telefónicas por parte de ETA y se decidió cancelar la contrarreloj final que se iba a celebrar dos días después en San Sebastián. Las pruebas contra el crono son más fáciles de controlar, pero, al mismo tiempo, son más fáciles de boicotear.

Antes quedaba una etapa. El 14 de mayo se salía de Bilbao para finalizar en el Alto del Urkiola. El pelotón tuvo que sortear barricadas, clavos y chinchetas. Nazábal ganó la etapa, pero en medio de la celebración del pódium, una avalancha de gente llenó la línea de meta de ikurriñas. La policía tuvo que intervenir y se escucharon varios disparos y una estampida generalizada en medio de un clima enrarecido.

Cancelada la contrarreloj, Bergareche improvisó una última etapa final con salida en Durango y final en Miranda de Ebro (provincia de Burgos). Los equipos extranjeros se negaban a correr. Las crónicas de la prensa foránea hablaban de una prueba tercermundista. El belga Freddy Maertens, el líder y virtual vencedor, en una decisión que le honra fue el que convenció a su equipo de que se tomase la salida, ya que no quería ganar la Vuelta sin disputar todas las etapas. De hecho, se haría con la victoria en la etapa final tras un fuerte ataque logrando su decimotercer triunfo parcial, un récord aún no superado. Ese mismo día, mientras acababa la prueba, en Bilbao, a poco más de 80 kilómetros de Miranda, tuvo lugar un esperpéntico escenario de violentos enfrentamientos en el que las que manifestaciones cívicas coincidieron con corrillos de grupos paramilitares abertzales, las fuerzas de seguridad del Estado y hasta algún miembro de extrema derecha.

Cinco días después de finalizar la Vuelta, un comando de ETA secuestraba a Javier Ybarra propietario de ‘El Correo Vasco-El Pueblo Español’ y quien durante el Franquismo había sido alcalde de Bilbao. El 18 de junio su cadáver fue encontrado en las faldas del pico Gorbea, a caballo entre las provincias de Álava y de Vizcaya.

—1978—

Para 1978, con la Constitución en camino y los Estatutos de Autonomía en Cataluña y Euskadi en procesos de negociación, parecía que el ambiente iba a ser más tranquilo. Nada más lejos de la realidad.

Aquella edición la Vuelta acababa en San Sebastián, capital de Guipúzcoa, el bastión de la izquierda abertzale. ETA siguió intensificando los secuestros y los asesinatos por lo que el Gobierno seguía actuando. En aquel entonces, 1 de 4 efectivos de la Guardia Civil estaban destinados en Euskadi. La Vuelta al País Vasco era la carrera de casa y no había problemas, pero año a año, cada vez que la Vuelta a España circulaba por carreteras vascas con el despliegue habitual de la Guardia Civil, había múltiples incidentes.

Ese año se derramó la gota que colmó el vaso.

En 1978 la Vuelta a España languidecía. El premio al vencedor del Tour era 7 veces mayor que el de la ronda hispana, que teniendo en cuenta la inflación galopante, era el equivalente al de la primera edición de 1935. La esperanza de los organizadores procedía de la Bretaña francesa. Un semidesconocido ciclista llamado Bernard Hinault disputaba su primera carrera de tres semanas y venía con la intención de hacerse con el triunfo. Arrasó. Se llevó 6 etapas y la victoria general y se fue como futuro dominador del ciclismo mundial.

Como de costumbre las etapas decisivas se iban a disputar en tierras vascas. Hinault era líder destacado y la penúltima etapa entre Bilbao y San Sebastián era de transición a la espera de la contrarreloj del último día a celebrar en Donostia. Era 14 de mayo de 1978.

La mañana comenzó con amenaza de bomba, por lo que se llevó la salida hasta la localidad vizcaína de Amurrio. Dado que Hinault era líder destacado, varios equipos propusieron cancelar la etapa. Finalmente los ciclistas recorrieron en autobús los 50 kilómetros entre Bilbao y Amurrio por autopista (recién inaugurada) y la etapa comenzó. El pelotón, en clara protesta, no disputó la etapa y con ritmo de cicloturista se llegó a San Sebastián donde Perurena ganó al sprint.

Al día siguiente tuvo lugar el fin de fiesta. La etapa contaba con dos sectores. Por la mañana había una etapa en línea entre Durango y San Sebastián que tuvo que ser parada por el lanzamiento de troncos a los corredores. A 50 kilómetros de la salida, el pelotón se encontró la carretera cortada llena de clavos, tablones y más troncos. Era la época del apoyo activo y pasivo a ETA, cuando la banda armada contaba con mayor sostén ciudadano. Hubo que bajarse de la bici. Los corredores fueron llevados en autobús hasta Zarautz y sólo se disputaron los últimos 34 kilómetros hasta San Sebastián con fuertes medidas de seguridad.

Los ciclistas españoles estaban acostumbrados a estos incidentes en el País Vasco, pero los extranjeros protestaron enérgicamente y temieron por sus vidas. El escaso prestigio internacional de la Vuelta se disolvía cual azucarillo.

Por la tarde tendría lugar una contrarreloj de 31 kilómetros en un circuito alrededor de San Sebastián. Era un día lluvioso, pero aun así miles de vascos acudieron a presenciar la carrera. A diferencia del año anterior, esta vez Bergareche quiso continuar hasta el final y no hizo ademán de cancelar la etapa. Hinault reventó el cronómetro, pero hubo que invalidar los tiempos porque muchos ciclistas recibieron golpes, puñetazos o pincharon por culpa de lanzamientos de objetos de buena parte del público. Alguno incluso fue víctima de algún proyectil compuesto a base de tierra y de mierda.

A finales de año, un hundido Bergareche anunció que dejaba de organizar la Vuelta esgrimiendo razones económicas. La realidad es que la carrera no podía acercarse al País Vasco y mucho menos podía ser organizada por un periódico de aquella tierra.

Con este panorama pocos apostaban porque la Vuelta a España se celebrase en 1979. Luis Puig, presidente de la Federación Española de Ciclismo, consiguió el milagro de organizar la prueba con tan sólo tres meses de antelación. Consiguió convencer a la agencia de publicidad Unipublic para que se hiciese cargo de la Vuelta. Las mentes pensantes de Unipublic le dieron un nuevo impulso a la prueba sacándola del espectacular norte para llevarla al soleado sur y vender una España de playa y mar a medio mundo. Fue un éxito. Aparecieron nuevos puertos como Sierra Nevada y una aglomeración de medio millar de personas en Madrid se concentró para ver la última etapa con imágenes de TVE. Y todo ello a pesar de que el triunfo final no fue para un español, sino para el holandés Zoetemelk.

Unipublic relanzó la prueba, el KAS desapareció y el centro de gravedad del ciclismo español giró del País Vasco a la ´Navarra española` gracias al éxito del equipo Reynolds y de Miguel Induráin. La Vuelta no volvería a tierras vascas hasta 2011 y desde entonces lo ha hecho con asiduidad y normalidad a pesar de pequeños incidentes. Sin embargo los Orduña, Urkiola, Arrate o Sollube han sido sustituidos por los Sierra Nevada, Lagos de Covadonga, L’Angliru o La Covatilla y, quizás, los puertos míticos del País Vasco jamás volverán al imaginario colectivo de la Vuelta Ciclista a España.

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¿Por qué Israel juega en Europa?

La edición de este año del Giro de Italia tiene una particularidad. Su salida tuvo lugar en Israel. Un total de 3 etapas en las que la ‘corsa rosa’ deambuló por las calles de Jerusalén, visitó las playas de Haifa, el cosmopolitismo de Tel Aviv, la ciudad bíblica de Beerseba y la conflictiva Eliat. ¿Por qué el Giro salió de Israel? La respuesta es sencilla; por dinero. Concretamente por 12 millones de dólares. En un momento en el que los conatos de terrorismo islamista son preocupantes en Europa, en Israel, por extraño que parezca, se vive un periodo de cierta calma (con permiso de los cambios de humor de Trump). El gobierno hebreo ha impulsado una campaña turística y ha encontrado en el deporte (o en la música como lleva años haciendo con Eurovisión) una forma de entrar en el mercado europeo.

Los deportistas y equipos del país hebreo son habituales en las competiciones europeas. Sin embargo, Israel dista mucho de ser una potencia deportiva, por lo que invariablemente su presencia pasa desapercibida. Quizás, por su relevancia, el caso más conocido es el del Maccabi Tel Aviv, equipo de baloncesto 6 veces campeón de Europa, el tercero más laureado en la Euroliga tan sólo por detrás del Real Madrid y del CSKA de Moscú.

Si alguien tiene un planisferio a mano (o acceso a Internet) comprobará que geográficamente Israel pertenece a Asia. Limita con Líbano, Jordania y Palestina (país no reconocido por la ONU pero si por organismos deportivos como la FIFA), estados miembros de la Confederación Asiática de Fútbol (AFC). Al sur tiene frontera con Egipto, que juega en la Confederación Africana de Futbol (CAF).

Cuando en 1948 se creó el estado de Israel ya existían competiciones y estamentos deportivos en la zona. Toda esa comarca formaba parte de un protectorado británico, por lo que el gusanillo del fútbol caló pronto entre la población. Así, por ejemplo, la Federación Palestina de Fútbol había sido fundada en 1928, comprendiendo buena parte de lo que hoy es Israel. Cuando el país hebreo adquirió status internacional, dicho organismo fue absorbido y su federación se integró en la Federación Israelí de Fútbol.

El primer gran problema surgió en la fase de clasificación para el Mundial de Suecia de 1958. Israel formaba parte de la AFC pero varios países musulmanes se negaron a jugar contra sus vecinos. Turquía e Indonesia decidieron no presentarse y fueron descalificados. Sin nadie que quisiese jugar ante los israelitas, la FIFA tuvo que inventarse un partido entre Israel y Gales, con victoria de los británicos, para discernir la plaza “asiática” de aquel Mundial.

Con mayores o peores problemas (renuncias, partidos en campo neutral, disturbios entre aficiones…), Israel se mantuvo en la AFC hasta 1972, participando en el Mundial de 1970 (el único hasta la fecha) y ganando una Copa de Asia en 1964. Éste es un título que podría tener el calificativo de descafeinado ya que únicamente compitieron otras 3 selecciones (India, Corea del Sur y Taiwán). Todos los países asiáticos que procesaban religión musulmana se negaron a participar.

El punto de inflexión se produjo en el verano de 1972. Durante los Juegos Olímpicos de Münich, un comando terrorista palestino secuestró y mató a 11 atletas israelís y la guerra que al año siguiente enfrentó a Israel con una coalición de países árabes, provocó que los hebreos fuesen expulsados de la AFC en 1973 por 17 votos a favor, 13 en contra y 6 abstenciones. A partir de entonces a Israel se le buscó acomodó en el mundo. Tarea que se antojaba complicada.

No sería hasta 1992 cuando fue aceptada definitivamente en Europa por la UEFA. Antes llegó a adscribirse a la CAF e incluso batalló en varios torneos de Oceanía disputando eliminatorias mundialistas ante países tan alejados de su esfera de influencia como Fiji o Nueva Caledonia.

La solución europea venía operando desde tiempo atrás gracias al baloncesto, mejor dicho, gracias a Raimundo Saporta. Brazo derecho de Bernabéu, fue el impulsor de la Copa de Europa de baloncesto en 1957. Saporta había nacido en Tesalónica en el seno de una familia y una comunidad sefardí, descendientes de los judíos que siglos atrás fueron expulsados de España. La ventaja que tenía el baloncesto es que por entonces aún no existían las confederaciones continentales, por lo que ya había experiencia con la participación de países no europeos en torneos del Viejo Continente.

Cuando se crea el Eurobasket en 1935 se considera como “europeo” cualquier país que tenga salida al Mar Mediterráneo. Esto provoca anomalías tales como que Egipto tenga un título de campeón europeo conseguido en 1949. Hasta que a finales de los 50 se crean delegaciones continentales el sistema se mantiene inamovible.

Gracias a esta ley no escrita y a sus dotes de persuasión, Saporta conseguirá que el Maccabi Tel Aviv participe en aquella primera edición de la Copa de Europa. Y lo hará con notable relevancia, ya que el baloncesto era capital en el orgullo del joven país hebreo. Antes de que los jugadores de raza negra dominaran el deporte de la canasta, el baloncesto puede ser considerado una disciplina de judíos. En Estados Unidos, los europeos del este abrazaron al hockey sobre hielo, los irlandeses y los italianos el beisbol, y todos, procedentes de uno u otro lugar del planeta, el fútbol americano o americanizado. Los judíos de la Costa Este se enamoraron del baloncesto. Fueron los pioneros y fueron los que introdujeron el deporte en Israel y los que llevaron a los primeros norteamericanos de nivel a jugar en Europa.

Aunque en otros deportes quizás no se entienda, la historia del baloncesto europeo está ligada al Estado de Israel. A judíos como Tal Brody, Miki Berkowich, Doron Jamchi o Moti Aroesti y a nortemericanos como Anthony Parker, Kevin Magee o Derrick Sharp.

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¡No tinc por! también en el deporte

Según la enciclopedia Espasa, que para los niños del baby-boom es como la wikipedia para los millennials, el terrorismo es en un primer significado “una sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror” y en una segunda acepción es la “actuación criminal de bandas organizadas, que, reiteradamente y por lo común de modo indiscriminado, pretende crear alarma social con fines políticos”.

El terrorismo se produce cuando desde fuera del sistema se quiere cambiar parte o la totalidad del sistema. Esto no tiene por qué producir rechazo. De hecho, hasta hace poco menos de un siglo, era una forma más de hacer política, al igual que lo era la guerra. Como bien argumentó von Clausewitz ésta no es más que una continuación de las relaciones políticas con otros medios. Para aquellos que no tenían la opción económica de formar un ejército quedaban los actos del terror. España ganó una Guerra de Independencia a base de terrorismo…y militares y armas inglesas.

Existen infinidad de hechos históricos que han nacido fuera de las leyes y de los que ahora nos vanagloriamos. Seguramente el más trascendental es el corte de la cabeza de Luis XVI. Un regicidio, una permuta social, un cambio de paradigma económico. Un puro acto terrorista. La perspectiva del acto, el paso del tiempo, o las consecuencias futuras, hacen que la varita de la historia le dé un carácter terrorista, un barniz de mal menor o sencillamente se legitime algo que no estaba legitimado. El tiempo, por ejemplo, ha considerado como algo permisivo el asesinato perpetrado por ETA de Carrero Blanco en 1973. Apenas dos años después, la muerte de, pongamos por caso Adolfo Suárez, se hubiese considerado el mayor atropello terrorista de la historia de España.

El problema, para los terroristas, es que desde hace medio siglo hemos decidido (y menos mal que lo hemos hecho) resolver todos los problemas dentro de la legalidad. Y cuando la legalidad no nos convence usamos un método, muchas veces naíf y edulcorado, basado en manifestaciones sociales y en cambiar las leyes para cambiar el sistema. Es un procedimiento imperfecto, pero deja las balas guardadas en el cajón del olvido. De este modo, hoy en día ningún grupo terrorista será aceptado socialmente aunque sus propósitos sean loables, que de todos modos no lo son, y mientras seguiremos con la palabra y la solidaridad, y otras muchas veces con velas, ositos de peluches, pos-it y alguna que otra ñoñería.

Lógicamente el deporte es lugar escogido por los terroristas para amplificar su acción violenta y llegar a más público con un doble objetivo; aumentar el terror y conseguir un altavoz de sus actos. Parafraseando a Clausewitz el deporte hoy es una continuación de las acciones políticas. La tan manida frase de no hay que mezclar deporte y política es una cruel paradoja. Es difícil separar ante semejante sobredimensión y mediatización del deporte. Para los neonatos en la materia cabe recordar que cuando los JJOO se pusieron en marcha en 1896 los atletas competían de forma individual y sin distinción de fronteras. Fue en 1932, en Los Ángeles, cuando se implementó el izado de bandera nacional, el himno, la ceremonia del pódium y de modo retrospectivo se calculó las medallas por países. Estados Unidos, inmersa en la Gran Depresión, diseñó todo con el beneplácito del COI para a través del deporte fomentar el orgullo nacional.

Fue durante una competición olímpica cuando tuvo lugar el atentado más recordado por la repercusión del evento, el impacto mediático y el número de víctimas. La muerte de once atletas israelís en un acto perpetrado por comando palestino llamado Septiembre Negro durante los JJOO de Múnich 1972 y que ya comentamos en este blog.

También en los JJOO, pero en este caso de 1996 celebrados en Atlanta, una bomba reivindicada por un grupo de extrema derecha estalló dentro del complejo olímpico dejando tras de sí un muerto y más de una decena de heridos.

Ha habido atentados genuinamente europeos, si entendemos por ello reclamaciones nacionales fruto de tensiones políticas dentro de los distintos estados europeos. El IRA, en castellano Ejercito Republicano Irlandés, atentó en Manchester durante el Mundial de Fútbol de 1966 ocasionando más de dos centenares de heridos al detonar un camión lleno de diferentes explosivos en el centro de la ciudad. En España, 17 personas resultaron heridas en el año 2002 al estallar cerca del Santiago Bernabéu un coche bomba puesto por un comando de ETA antes del inicio de un encuentro entre el Real Madrid y la Real Sociedad.

En otros lugares del mundo, hechos lejanos y anodinos para nosotros, son igual de dolorosos y aprensivos, aunque cambiemos el balón de fútbol por el bate de criquet. También en 2002 un ataque suicida contra la selección de críquet de Nueva Zelanda dejó 14 muertos en el hotel donde se hospedaba el conjunto oceánico. Igualmente jugadores de criquet eran, en este caso de Sri Lanka, las víctimas que fueron atacadas por un grupo armado izquierdista dejando siete fallecidos y seis heridos.

Muy mediático también fue la muerte de tres personas y cientos de heridos en la maratón de Boston de 2015. Dos jóvenes de origen checheno colocaron dos artefactos en la línea de meta. De mucha más suerte disfrutaron los miembros de la selección de fútbol de Togo, a los que rebeldes angoleños acribillaron a balazos cuando iban camino de disputar un partido de la Copa de África. Salieron ilesos de tal peripecia aunque abandonaron el campeonato negándose a jugar.

Son muestras, desgraciadamente pocas entre muchas, de cómo decisiones estúpidas pueden llenar de lágrimas y sangre el mayor proceso de entretenimiento, exaltación del cuerpo, la mente, la juventud y la modernidad. El deporte.

Y si a estúpido, necio y dolorido nos referimos, lo que todos tenemos en mente en estos días es un tipo de terrorismo terrorífico por su simplicidad, su desconocimiento y su barbarie; el yihadismo. Un caso muy conocido por todos es el del atentado perpetrado en 2015 durante un amistoso entre Francia y Alemania. Aquel día fallecieron 129 personas en París, aunque finalmente se evitó la masacre en Saint Denis. También se salvó Dortmund la temporada pasada cuando una bomba explosionó cerca del autobús de los jugadores. No fue un atentado yihadista, fue ideada por un empresario ruso y tuvo motivos bursátiles. Pero sé, avispado lector, que pensabas que lo era. Se nos ha colado en nuestro imaginario, como nos pasará cada vez que oigamos que ha habido un atropello o un acuchillamiento en cualquier ciudad europea.

“En nuestro mundo moderno, el hambre en masa, el estancamiento económico, la catástrofe medioambiental, la inestabilidad política y el terrorismo no se pueden poner en cuarentena dentro de las fronteras nacionales”. Willy Brandt, canciller de Alemania…. ¡en 1969!

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