Francia

Clásica de Bretaña. Guía de viaje

Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste, todavía y como siempre, al invasor. Así reza la introducción del primer cómic de Astérix publicado allá por el año 1959. Pero, ¿dónde está esa aldea? Sabemos que se ubica en Armórica y que está rodeada por cuatro destacamentos romanos, siendo el más celebre el de Petibonvm. También, al acercar la vista con la lupa, comprobamos que es un enclave costero con acceso al mar. Está al noroeste, entre Bretaña y Normandía, aunque las pistas nos indican que orbita más hacia el finisterrae que hacía el este. La pista nos la da un cómic donde Astérix y Obélix desembarcan en Gesocribate (Brest) y comentan que están cerca de su poblado. Por lo tanto, viven en Bretaña.

Aunque Albert Uderzo, creador del cómic, siempre afirmó que la aldea es fruto de su imaginación, los historiadores consideran que se ubica en la costa de Armórica en un lugar llamado Erguy. El motivo es que hay tres islotes frente a la playa, un accidente paisajístico que también aparece en los cómics. Aunque Erguy promociona turísticamente el filón, hay centenas de pueblos que hacen lo propio. Lo fidedigno es que Astérix y Obélix son bretones. Cualquiera que haya leído alguna vez en su vida un cómic de Uderzo conocerá paisajes y costumbres de esta preciosa región francesa.

La irreductible aldea gala…

Bretaña evoca a infancia. A tradición. A andar en bicicleta. Después de cada guerra el Tour de Francia siempre se ha refugiado en Bretaña. Es el norte, la frontera con Bélgica y Alemania la cuna del ciclismo. También es tierra de obuses y trincheras. En Bretaña hay paz y tranquilidad. Paisajes bucólicos y paseos inolvidables. Una quinta parte de los ganadores galos en el Tour nacieron en Bretaña, incluido Bernard Hinault, quíntuple vencedor. En una tierra donde apenas hay inmigrantes porque siempre llueve. En los años dorados del ciclismo, allá por la década de 1960, se organizaban carreras en cada uno de los municipios de la región.

Es Bretaña, como Gales, como Irlanda y como Galicia, tierra celta. Y no sólo ese pasado es común. También el verde y las carreteras. Falsos llanos, terrenos quebradizos, sin grandes ascensiones, pero con continuos subes y bajas que destrozan las piernas y forman a auténticos luchadores. En Bretaña se habla diferente y también se pelea diferente, siendo leal a Paris, pero reivindicando con fuerza que Francia no es sólo Paris.

La Clásica de Bretaña es una prueba reconocida y exigente que se disputa siempre el último domingo de agosto. Ensombrecida por la disputa en las mismas fechas de la Vuelta a España, tiene dificultad para atraer estrellas, pero su fama es prodigiosa tanto en Francia como en el norte de Europa. La carrera tiene su salida y su llegada en Plouay, corazón del ciclismo francés. Es apenas un pueblo de 5.000 habitantes, pero entre sus calles se llegó a disputar el Mundial de ciclismo del año 2000 y desde 1931, camino ya del siglo de vida, tiene lugar una de las clásicas más reconocidas del ciclismo.

La costa de Bretaña (Morbihan)

Son 260 sinuosos kilómetros, perfectos para cambios de ritmo y movimientos desestabilizadores, con un recorrido variable que se adentra en el Morbinhan y en Finisterre. Se suele salir hacia el noreste para, en sentido contrario a las agujas del reloj, retornar al punto de partida. Tras la primera parte de la carrera se puede llegar a las estribaciones del Menez-Hom (la Montaña Negra), uno de los puntos más altos de Bretaña con apenas 330 metros. Lugar de parapentistas, es un enclave natural con soberbias vistas sobre la ensenada de Brest. Montaña sagrada de Armórica, lugar de druidas y menhires, se dice que el rey de Cornualles descansa sobre esta ladera por culpa de una maldición de amor que le hizo crecer unas orejas y una cola de caballo.

Descendiendo, y no muy lejos, encontramos castillos descomunales. Uno de ellos es el de Trévarez, prototipo de mansión bretona y primer lugar en toda Bretaña en contar con ascensor. Luego la carrera sigue en dirección sur entre bocage, vacas, manzanos, hortensias y más vacas. Los esforzados de la ruta tomarán sus barritas energéticas y sus bebidas isotónicas como avituallamiento. Los aplaudidores de las cunetas podrán optar por delicatessen más interesantes. Mar y montaña.

Para los primeros langostinos y bogavantes del Finisterre bretón, pero también centollas, vieiras o mejillones. También caballas, sardinas, merluzas o lenguados. En todo caso no hay nada más típico como la tortilla francesa de mejillones. En Bretaña los mejillones se cultivan en vertical usando estacas de roble clavadas en la arena. También destaca la ostra morlaisienne y la plana de Bélon, con sabor a avellana. Si el visitante quiere carne cuenta con estupendo ganado vacuno, no obstante, no hay nada más típico que una crépe (trigo blanco) o una galette (trigo negro) rellena al gusto. También son válidas para el postre, aunque en Bretaña, como en todo el norte de Francia, un postre sin mantequilla no es un postre. Indispensable probar un kouign amann, cuya traducción no deja lugar a dudas de lo que tratamos; pastel de mantequilla. Eso sí, la mantequilla en Bretaña (a diferencia de Paris) lleva cristales de sal.

Con el estómago lleno el pelotón llega a Lorient, la ciudad más poblada de la región. Ciudad creada en el siglo XVI como astillero para los barcos franceses que navegaban alrededor del mundo, en el siglo XX fue base de submarinos de la Alemania nazi. Una vez avanzado Lorient ya la carrera se adentra en el golfo de Morbihan, que en bretón significa mar pequeño. Allí nos encontramos con Concarneau, un excepcional conjunto de callejas intramuros. Su célebre Ville Close, es un amurallado islote medieval unido a tierra firme por dos puentes desde el que se observa un agitado puerto pesquero.

Luego toca Quimper, una de las más bellas y luminosas ciudades de Bretaña. Antigua capital del reino de Cornualles, cuenta con una espectacular catedral gótica. Preciosa ciudad medieval con entramados de madera, es el lugar ideal para tomarse una sidra elaborada con uno de los 200 tipos de manzanas diferentes con los que cuenta Bretaña. El barrio más celebrado de Quimper es el de los ceramistas, con numerosos teatros, creperías y con una preciosa iglesia románica del siglo XII. Si el tiempo acompaña, y debería hacerlo dado que estamos a finales de agosto, también seducen sus buenas playas, largas y recogidas del siempre frío viento del norte.

Volviendo ya hacia el noroeste, toca visitar Vannes. Levantada sobre restos galorromanos, se trata del centro urbano más importante del golfo de Morbihan. Rodeado de murallas, su casco histórico es simplemente espectacular. En Vannes arribó Benjamin Franklin cuando, como ministro de exteriores, viajó a Francia para pedir ayuda económica y militar en la lucha que las colonias americanas mantenían contra Gran Bretaña para lograr la independencia. Fue de Bretaña de donde salió la idea de las barras y estrellas para la bandera de Estados Unidos, de ahí su gran parecido con la de Bretaña. Muy cerquita, en Auray, había tenido lugar la famosa batalla que en la que los bretones lograron en 1364 una independencia que duraría siglo y medio hasta que finalmente pasaron a formar parte del Reino de Francia.

Antes de acercarnos a Plouay, la ruta abandona definitivamente el Atlántico en la Costa Sauvage. Desde allí se puede ir en barco a la isla de Moines, de exuberantes vegetación, hermosos senderos y numerosas calas. Justo enfrente está la isla de Arz, conocida por su rica vida aviar. En la Costa Sauvage cada rincón es una lengua de granito que se adentra en el mar proporcionando un regalo para los sentidos y un paraíso de luces cambiantes para los fotógrafos.

Por entonces la carrera ya suma 200 kilómetros de recorrido. Antes de que los ciclistas busquen la victoria toca pasar cerca de Carnac. Más desconocido que Stonehenge, Carnac deslumbra por la vertiginosa extensión de sus campos de menhires de tres metros de altura y más de 5.000 años de antigüedad.

Los menhires de Carnac

Aunque el terreno es siempre quebradizo, la carrera suele dictar sentencia en el circuito de menos de 15 kilómetros que rodea a la villa de Plouay. Allí se afrontan tres tachuelas, todas cortas y todas exigentes, y mucho más tras seis horas de esfuerzo continuado. Si algún favorito consigue romper el grupo tiene la victoria a su alcance. Quizás un grupo reducido se la juegue en el sprint final. El circuito comienza y termina en el Boulevard des Championnats du Monde, a las afueras de la localidad. En un primer momento se interna en Plouay, para inmediatamente dirigirse hacia al norte afrontando la primera dificultad montañosa, la Cote du Lezot, que consta de unos 600 metros a una pendiente media cercana al 7 %. Luego hay otro accidente montañoso tras rodear un frondoso bosque. Se trata de Chapelle Saint Anne des Bois (1,2 km al 5 %). Tras este rodeo se vuelve al punto donde se separan los dos circuitos para afrontar, desde el oeste y en dirección de nuevo a Plouay, la cota más dura del día, Ty-Marrec (700 metros al 75). De ahí, quedan 4.000 metros hasta la línea de meta.

Saint Anne des Bois

La Clásica de Plouay se creó en 1931 y se ha disputado ininterrumpidamente hasta la actualidad excepto durante la Guerra Mundial. En 1989 adoptó el nombre oficial de Clásica de Bretaña. El palmarés de la prueba fue completamente dominado por corredores franceses hasta inicios de los 80, cuando la prueba fue internacionalizándose. Hasta un total de ocho ciclistas han levantado los brazos como vencedores en Plouay en dos ocasiones, sin que exista, pues, un triunfador hegemónico. Corredores de la fama de Wout van Aert, Vicenzo Nibali o Sean Kelly han logrado la victoria en el gran premio bretón.

Van Aert

Otras guías de viaje

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Estados Unidos 2026. Balance

Un helicóptero se planta sobre el cráneo del venezolano Nicolás Maduro y su cabeza y el resto de su cuerpo son trasladados a Estados Unidos en una razzia patrocinada y aplaudida por un presidente de Estados Unidos que se comunica con el pueblo a través de su propia red social. La vicepresidenta Delcy Rodríguez, asociada a las FARC, al Tren de Aragua y al Cártel de Sinaloa, al igual que Nicolás Maduro, es ascendida por el mismo presidente de Estados Unidos tuitero a cambio de millones de barriles de petróleo. El mismo día, un agente del Servicio de Control de Inmigración de Estados Unidos, asesina con tres disparos a una ciudadana blanca estadounidense por manifestarse a favor de aquellos venezolanos que buscaban fortuna en Norteamérica escapando de la pobreza venezolana. El 4 de julio, la autoproclamada como cuna de la libertad, celebró su 250 aniversario.

En Suiza se firma una paz entre Estados Unidos e Irán mientras Israel sigue bombardeando el Líbano por una guerra que nadie acierta a saber bien en razón de qué se inició. Dos semanas después al zumbado de Trump le da por llamar locos a los ayatolás y vuelve a lanzar bombas a destajo. En Ucrania la duración de la contienda supera a la de la I Guerra Mundial. Es un pozo sin fondo en el que los drones suicidas de 500 euros pueden alargar el conflicto tanto tiempo que igual alguien acaba reconociendo que conoció a Jeffrey Epstein. Rusia y Estados Unidos ponen fin al tratado de limitación de armas nucleares estratégicas y China sigue creando islas artificiales en el Pacífico que sirven de base para sus submarinos termonucleares.

Los groenlandeses prefieren malo conocido que bueno por conocer y votan masivamente por partidos prodaneses. Los gibraltareños pasan a tener todos los derechos de los europeos sin ser miembros de la Unión Europea. En Suiza un 45% de votantes declaran en referéndum que no quieren más inmigrantes, cuando todos sabemos que no existe suizo de ocho apellidos suizos. Quien no sigue en el poder es el húngaro Viktor Orban, aunque la ultraderecha avanza a pasos agigantados en toda Europa y el cordón sanitario ya parece un fino hilo de seda. A Orban lo sucedió un conservador católico, pero la izquierda europea lo celebró como si fuese la segunda venida de Lenin. La extrema derecha sólo rasca trono en Italia, país que acumula doce años sin acudir a un Mundial, aunque celebró unos Juegos Olímpicos de Invierno de impecable factura.

Wikipedia cumple un cuarto de siglo acorralada por la IA. Elon Musk se convierte en el primer billonario conocido. Quizás los millones le permitan a Musk viajar a Marte, pero mientras tanto la nave Artemis II se convirtió en la primera embarcación tripulada en pisar la Luna en medio siglo. Ahora el big-bang está en entredicho ya que dicen que han encontrado azúcar en el espacio e igual todos somos hijos de una diabetes universal. Un barco lleno de turistas se infecta de hantavirus y las reservas de papel higiénico vuelven a colapsar los trasteros de las casas acomodadas. El 12 de agosto parece que habrá un eclipse solar. Se han vendido millones de gafas solares sin que nadie parezca haberse percatado que el 12 de agosto igual amanece nublado o pingan unas cuantas gotas, dado que Galicia no es California.

El CIS realiza hasta nueve preguntas sobre el eclipse de sol considerándolo interés general, cuando nunca se dignó ni a hacer pregunta alguna sobre la Ley de Amnistía. En Córdoba un descarrilamiento de tren por mal mantenimiento de vías deja 39 fallecidos y el ministro español del ramo se disculpa ante las víctimas diciendo que él no había soldado el raíl. Pedro Sánchez continúa como presidente del Gobierno y ya supera en tiempo a Rajoy. Quizás sabremos si también sus iniciales superan a las de Don Mariano, pero, mientras tanto, las iniciales que han caído en desgracia son las del amante de las joyas antiguamente conocido como el austero y progre ZP.

Se celebra Eurovisión, pero en España nadie se entera dado que no nos presentamos en la muestra más estúpida y cobarde jamás conocida de protesta por un genocidio. En la piel de toro también fallece plácidamente Antonio Tejero a los 93 años. Chuck Norris no logra vencer a la muerte tras una pelea de 86 años. La muerte venció, pero se marchó acojonada. Fallecen el empresario Ted Turner, el filósofo Jürgen Habermas y el reverendo Jesee Jackson. Nos dejan el consegliere Robert Duvall, el doble Balón de Oro Kevin Keegan, el diseñador Valentino y Tsutomu Shibayama, más conocido por crear al gato cósmico Doraemon.

El cine confirma su falta de ideas. Se estrena la quinta de Toy Story, la segunda de El diablo viste de Prada, la cuarta de 28 días después, la sexta de Jack Ryan, la séptima de Scream, la tropecientas versión de Spiderman y la tropecientas de Torrente, la cual, por supuesto, se convierte en la película más vista en España. Menos mal que nos queda Christopher Nolan para contar la historia de Ulises 2.800 años después. No obstante, para película la que se montó en el fútbol de África, donde a Marruecos le dieron el título de campeón africano dos meses después de que Senegal se proclamase campeona sobre el césped.

En Estados Unidos, México y Canadá se disputa la XXIII Copa del Mundo de fútbol. Participaron 48 países entre los cuales debutaron Jordania, Uzbekistán, Cabo Verde y la diminuta isla de Curaçao. Fue un Mundial de excesos y récords. 104 partidos y una semana más de torneo como forma de entrar de una puñetera vez en un mercado de 350 millones de personas. 980 cromos de Panini a 1’5 el sobre de siete cromos para hacer saltar el presupuesto familiar antes de que llegue la cuesta de septiembre. Precios disparados, accesos denegados para entrar como espectador, tres ceremonias de inauguración distintas…y sin Italia una vez más. Pero el fútbol lo aguanta todo. Hasta dividir los partidos en cuatro tiempos para el bienestar de los futbolistas incapaces de soportar temperaturas de 18 grados en estadios techados e hiperventilados.

Se exige sinceridad. Que digan que es para contentar a los patrocinadores. Pausas publicitarias.

Total. Acabaremos aguantándolo y aceptándolo todo. Si los futbolistas callan y aceptan y son los que tienen la sartén por el mango, imagínense que haremos los sufridos aficionados.

¡A beber!

La inauguración tuvo lugar por tercera vez en el Azteca, aunque el cogollo del asunto tuvo lugar en Estados Unidos. Tal fue la cosa que Canadá se convirtió en el primer anfitrión en jugar fuera de su país como local. Hubo entradas a 10 dólares y otras que superaron los 30.000. Para un mexicano típico hubiesen hecho falta 18 años de salario medio para poder acudir a ver la final. Hubo 150.000 agentes desplegados en el Mundial tripartito, nueve árbitros por partido, cinco segundos cronometrados por saque de banda, diez segundos para dejar el campo tras el cambio, un minuto para volver al césped tras ser atendido y una parafernalia preciosa para escuchar los himnos. Eso sí, alguien debió darse cuenta de que no era viable enfocar a los 26 convocados y al final las cámaras decidieron quedarse con los 11 protagonistas de inicio.

La FIFA está decidida a convencernos de que el fútbol necesita compañía para entretenernos. Nunca antes los futbolistas se parecieron tanto entre sí y nunca los países quisieron ser tan distintos. El descanso de la final duró cerca de media hora. Partidos de 100 minutos en cuatro partes. Se rompen inercias, se ajustan presiones, se corrigen marcas y se rescata a equipos que estaban contra las cuerdas. Es un tiempo muerto de libro. La televisión mexicana se negó a poner anuncios, mientras que la estadounidense FOX se comió varios segundos de los partidos para meter un par de spots a mayores. ¿Grandiosidad o gigantismo? A las debutantes les dio exactamente lo mismo. Disfrutaron de su momento. A excepción de la minúscula Curaçao (con menos habitantes que A Coruña y a base de descartes neerlandeses) todos compitieron dignamente. Cabo Verde hasta le arrancó un empate a España y puso de los nervios a Argentina.

Cabo Verde había montado su equipo a base de anuncios en Linkedin y su estrella fue un portero de 40 años llamado Vozinha. Las redes hicieron famoso a un delantero neozelandés, la mitad de la plantilla iraquí era analfabeta, Irán tuvo que entrenar en México para poder jugar en Estados Unidos, al mejor árbitro de África no se le concedió el visado por miedo terrorista y dos goles de un delantero sueco nacido en Túnez acaban con su país de nacimiento y, de paso, con su seleccionador, aun sin acabar la primera fase. Marruecos se presentó por vez primera en la historia un once con jugadores no nacidos en el país (cuatro en Francia, tres en España, dos en Holanda, uno en Bélgica y otro en Canadá). 19 de los 26 seleccionados eran hijos de la emigración. Se podía haber dicho que Marruecos era una plantilla de altísimo nivel sin marroquís. La tautología Rajoliana hubiese sido la misma que con Francia.

La reacción del pueblo no.

Marruecos sin marroquís

El seleccionador de Haití, un francés llamado Sebastian Migne, tras más de un año en el cargo, sigue sin haber pisado jamás la isla caribeña. Hubo más audiencia en los partidos de fútbol de Estados Unidos que en los de los playoffs de la NBA, lo que hizo que Donald Trump se implicase en el asunto y le pidiera a Infantino una ayuda arbitral para ayudar a los socceros frente a Bélgica. Lo consiguió, y si la podredumbre de la FIFA se midiera en millones de dólares, ni siquiera Amancio Ortega sería capaz de aguantar la comparación.

Hubo más partidos y menos nivel. ¿Resultado? Muchos más goles y diez o quince paradas por partido (récord del mundo para el guardameta de Curaçao) de guardametas que encajan una pila de tantos. ¿Más espectáculo? En los resúmenes seguro que sí. En los partidos seguro que no. Messi metió tres goles a una semana de cumplir los 39. Cristiano marcó con 41 en el que fue su sexto Mundial, dato que habla muy bien de los dos, pero muy mal del nivel de los rivales. Destacaron varios goleadores. Messi apenas necesitó moverse, Haaland casi no tocó balón, VInicius sobrevivió por sí mismo, Kane explotó su lentitud, Mbappé reventó los espacios y Cristiano vivió a la espera. Todos tuvieron su momento, aunque el título de máximo goleador fue para el francés del Real Madrid y el título de rey del Mundial sería para un delantero de la desconocida Real Sociedad.

En Ecuador rebajaron el impuesto de la cerveza para celebrar una clasificación agónica a dieciseisavos. Ya fue más de lo que logró Uruguay, dado que Muslera le negó la vida competitiva a su país. Tampoco logró la clasificación Escocia y ya van nueve torneos consecutivos sin pasar a la fase eliminatoria. En 1/16 también se quedó la Argelia de Zidane hijo, que no se parece en nada al padre, ni tan siquiera en la nacionalidad. En la misma ronda perdieron en los penaltis los alemanes por vez primera en su historia. Cayeron ante un portero paraguayo de casi dos metros que tuvo que vender todas sus posesiones para pagar una operación que salvase la vida de su hija y ante una ministra que, primero rajó de los germanos, para luego soltar basura racista contra Mbappé.

El caso es que Alemania ya no es fiable. Van tres Mundiales seguidos haciendo el ridículo. Al menos se clasifican, no como Italia. Alemania no es fiable. Y Holanda aburre a las ovejas. Ambas selecciones contaban con un fondo común innegociable basado en atacar, buscar la victoria hasta el extremo y en el que la derrota se asumía como parte del proceso. Todo eso ha desaparecido. Al menos el gobierno de turno no abrió una comisión de investigación para conocer los motivos del fracaso deportivo como sucedió en Corea. En su vecina Japón diseñaron un libro de estilo en 2018 llamado Japan Way con el objetivo de ganar el Mundial antes de 2050. Siguen en ello.

A Japón la echó Brasil. A Brasil la echó Erling Haaland. Se culpó a Ancelotti. Culpa no tiene alguna. Croacia jugó una final y accedió a una semifinal con Rakitic, Perisic y un Modric que fue capaz de ganar un Balón de Oro en tiempos plenos de Messi y Cristiano. Un país de cuatro millones de habitantes tardará un par de generaciones en reunir semejante colección de talento. Brasil cuenta con 200 millones de habitantes y hasta las piedras juegan al fútbol. ¿Son mejores Bruno Guimaraes y Mattheus Cunha o Martin Odegaard y Erling Haaland? Tras Ronaldo, Ronaldinho y Rivaldo no ha habido nada. El juego de Brasil es discreto, su estrella (Vinicius) es poco resplandeciente, cuentan con dos laterales burocráticos y desconocidos y una falta de talento alarmante.

Suiza se plantó en cuartos por vez primera desde 1954 pinchando el globo del buen juego de Colombia. México destapó el jarrón de la felicidad, hasta que cayó ante Inglaterra (viagra de por medio) y Egipto clamó por la existencia del VAR después de generar el mejor gol del Mundial. Ay. El VAR. Ese instrumento que iba a traer la paz y que determina una justicia selectiva que habitualmente perjudica al débil para favorecer al grande. En Bélgica, Courtois, Meunier, Lukaku y De Bruyne se reunieron con el grupo, quitaron el mando al entrenador y lograron llegar hasta cuartos donde plantaron cara a España hasta que los cuádriceps de Courtois decidieron que el partido se inclinase hacia los herederos del Duque de Alba. Marruecos también llegó hasta cuartos, pero Francia fue rival de otra galaxia. Ocurre que siendo negro el futuro de los belgas, el de los moros es esplendoroso. Medio siglo de fenómenos migratorios y sociales han hecho que Marruecos cuente con futbolistas seleccionables en las mejores academias de fútbol de Europa. Respeto da lo que el talento, el dinero y la bajada de pantalones de Infantino pueda provocar en el Mundial 2030.

España apareció en el Mundial con medio país dándole la espalda. No había ningún jugador del Real Madrid. Resultó que Unai Simón transmutó en Iker Casillas, Mikel Oyarzabal en Raúl y Mikel Merino en Joselu Mato. España fue de menos a más. Patinó con Cabo Verde, echó como de costumbre a Portugal y dio una clase avanzada de juego asociativo en cuartos. Luego vino Francia, un miura que fabrica futbolistas de elite en serie. España rebajó a Mbappé y compañía a la nada, con una actuación histórica cargada de personalidad y genialidad de un Rodri superlativo y con Fabián y Olmo abrillantando su Balón de Oro. Ayudó también una torpeza en forma de patada de Digne, uno de los pocos franceses con pinta de francés.

Gracias Digne

Messi mostró dos velocidades y ambas buenas. Ocurre que pensamos que los héroes y los hijos nunca envejecen. Sucede que envejecen tan despacio que tardamos en darnos cuenta. Lo cierto es que Leo y Argentina jamás estuvieron exigidos y aun así poco faltó para el naufragio ante los minúsculos cañones de los dragaminas de Egipto y Suiza. Argentina fue de angustia en angustia hasta que la Royal Navy, capitaneada por Harry Kane, pareció hundir al General Belgrano. Sucedió que se descubrió que Tuchel era un espía alemán que decidió poner cuatro centrales, encular al equipo y darle el título de inmortal a un Messi que tardó 35 años en ganar un Mundial y con 39 se plantó en otra final.

El partido decisivo no fue ni un partido. Argentina sumaba 16 partidos marcando gol. España 37 sin perder. ¿Resultado? Argentina no tiró a puerta hasta el minuto 115. España desmanteló a Argentina, la abrasó con su juego y la fue pinchando con tiros blandos hasta que acabó rematándola con un zurdazo de Ferrán Torres. Un goleador igual de imprevisible que el seleccionador, un tipo llamado Luis de la Fuente que hace un lustro era un completo desconocido y que en la España plurichupimegaflower de 2026 presume de católico, taurino y orgulloso de la rojigualda. En Argentina todos jugaron para que no se acabase Messi, como hinchas los del campo y como futbolistas los de las gradas. Pero no bastó. No hubo ni cosquillas. España ama el balón y el balón ama a España. Es un amor tan profundo que España ya es Brasil.

La Brasil del siglo XXI.

El máximo goleador del Mundial fue el francés Kylian Mbappé con diez tantos, para acumular un total de 22 y ser el Pichichi de la tabla histórica. El mejor jugador fue el madrileño Rodrigo Hernández el cual, tras años de mofa, está en disposición de mirar por encima del hombro a otro Hernández, de nombre Xavi. La FIFA nombró mejor jugador joven a Pau Cubarsí, pero luego no permitió que fuese seleccionable para el once ideal. Unai Simón fue escogido como mejor portero, pero la FIFA abrió la votación a internautas de todo el planeta y lo ningunearon. La oligarquía es la forma idónea de gobierno, ocurre que hay que aceptar la democracia por aquello del qué dirán. Así que, según la plebe llevada al monte como borregos por pastores de la FIFA, el once ideal del Mundial estuvo formado por: Vozinha (Cabo Verde); Porro (España), Lisandro Martinez (Argentina), Upamecano (Francia), Cucurella (España); Rodri (España), Bellingham (Inglaterra), Olise (Francia); Mbappé (Francia), Haaland (Noruega) y Messi (Argentina).

¡Campeones!

Otros resúmenes mundialistas

Rusia 2018 (Balance del Mundial ganado por Francia)

Qatar 2022 (Balance del Mundial ganado por Argentina)

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Cabeza de chorlito

Si hay algún boomer que se pase por estas páginas reconocerá, conocerá y, quizás, usará la expresión cabeza de chorlito. Los que, como yo, somos de la generación millenial la reconocemos, aunque no la usamos. A los de la generación Z lo de cabeza de chorlito les sonará a chino (aunque la generación Z no usa expresiones políticamente incorrectas y con sesgo racista como la que acabo de emplear).

En francés se dice tète de linotte. Y digo lo del francés, porque chorlitos en España no hay muchos. Entiéndaseme bien. Cazurros en España los hay a patadas, pero el chorlito es un ave. De ahí viene la expresión. En Europa, se crían en alta montaña, en los Alpes o en los Pirineos, por lo que es más fácil que hable en francés a que lo haga en castellano. Eso sí, en época de migración, como buen espécimen de la Europa rica, gusta de buscar humedales y zonas costeras de la Península Ibérica.

Al parecer el chorlito, un ave de bonito plumaje, es un calzonazos. Se dedica a cuidar de la progenie y atender al nido mientras se incuban los huevos. La hembra, mientras, se aparea con otros machos. El chorlito, pues, es manso y confiado. Tan tontiño es que muchas veces colocan sus nidos en el suelo, sin protección, lo que unido a su tosco andar y a su pequeña cabeza, hicieron triunfar a la expresión cabeza de chorlito como sinónimo de persona despreocupada, tonta y de pocas luces.

Chorlito (pluvialis dominica)

Resulta que finalizada la II Guerra Mundial despunta un pequeño ciclista francés. Es bajito, apenas roza el 1’60 de estatura, y no es muy agraciado a la vista. De piernas largas, amplia frente, pequeños ojos y gran cabeza, a todo ello suma que no es el más listo de su clase. Alguno diría que la falta una primavera, otros, viendo la descomunal circunferencia que asoma por su cuello y la cantidad de serrín que hay dentro de ese cerebro, decide llamarle cabeza de chorlito.

Aquel pequeño bretón tuvo un costalazo de cuidado en una tarde veraniega de 1945. Tropezó con los raíles de un tranvía, cayó, se rehízo y concluyó la etapa. Al día siguiente, al examinar las radiografías, el médico comprobó con asombró que cabeza de chorlito se había fracturado el cráneo. Cabeza de chorlito decidió entonces ponerse un casco de cuero de por vida en una época donde ningún ciclista llevaba protección en la cabeza. Las risas no se hicieron esperar y el apodo de cabeza de cuero complementó para siempre al de cabeza de chorlito.

Jean Robic, nombre de nuestro cabeza de cuero o de chorlito, se presentó a la edición del Tour de Francia de 1947 con aires de grandeza. Se había casado dos días antes diciéndole a su mujer que no tenía nada que ofrecerle, pero que en tres semanas tendría dinero y sería famoso. El Tour volvía a ponerse en marcha siete años después, tras haber estado parado por culpa de la II Guerra Mundial. Era una Francia devastada, con grandes socavones en las carreteras y en la que, aun por encima, iba a coincidir un mes de julio terriblemente lluvioso. Muchos corredores estaban desnutridos y acabarán llorando al pie de las montañas.

Desaparecido el periódico L’Autó se fundará en 1946 el diario L’Equipé que cogerá el relevo como organizador del Tour. La prueba emprenderá en Paris y contará únicamente con 79 ciclistas que durante 22 etapas recorrerán Francia en el sentido de las agujas del reloj. Se compite por selecciones nacionales (Bélgica, Luxemburgo, Países Bajos, Suiza e Italia), mientras que los franceses compiten con un equipo nacional y varios regionales. Entre los favoritos está el escalador italiano Pierre Brambilla y el francés René Vietto, quien había sido segundo en el último Tour antes de que la guerra partiese en dos partes su carrera profesional. Jean Robic formaba parte de uno de los equipos regionales y no estaba entre los favoritos.

Vietto se pondrá líder en los Alpes y mantendrá una dura lucha con Brambilla en los Pirineos, pero el italiano le arrebatará el liderato a falta de dos jornadas para el final en una larguísima contrarreloj de ¡139! Kilómetros. Fueron casi cuatro horas sobre la burra con diferencias de quince minutos entre los favoritos. Otros tiempos. Por el camino, Jean Robic se encuentra en la tercera posición de la general con tres victorias de etapa en parciales.

Se llega pues a la última etapa. 257 kilómetros desde Caen hasta Paris. Tradicionalmente un paseo, en antaño la llegada a Paris era una etapa abierta como cualquier otra. Pasa el pelotón por la tachuela de Bonsecours (2 km al 6%) y ataca Jean Robic. A su rueda va Brambilla y más atrás un tal Edouard Fachleitner. Los dos gallos paran, el pelotón parece que se reagrupa…y Fachleitner vuelve a tirar hacia adelante seguido por Jean Robic. Se van los dos. Italiano y francés. Quedan cien kilómetros de llano. No van a ningún lado.

Pero hay acuerdo. Robic le ofrece a Fachleitner 100.000 francos (dos años de sueldo tipo de entonces) a cambio de que le de relevos. Si cabeza de chorlito gana el Tour, habrá acuerdo. Fachleitner acepta. Por detrás un caos. Los italianos le quieren dejar la tostada a los franceses de Vietto y no tiran. Los gabachos no saben si apostar por Vietto (francés de primera) o por Robic (francés de segunda). El caso es que nadie tira en el pelotón y cuando la parejita llega a meta lo hace con catorce minutos de ventaja. Vietto queda fuera de un pódium copado por Fachleitner, Brambilla y por Jean Robic en primer lugar.

Aquella locura de etapa está considerada la mejor etapa llana de la historia del Tour de Francia. Camino de los 125 años, sólo en cuatro ocasiones ha habido cambio de líder en el día final. Jean Robic se vistió de amarillo aquella tarde en Paris. Ganó el Tour el único día en toda su carrera en que lucio la túnica sagrada.

Jean Robic

Jean Robic era como una señora mayor con gafas y pañuelo, pero era el hombre más famoso de toda Francia. Vencedor del Tour de 1947. Ganaría seis etapas más en años venideros, pero nunca más conseguirá subirse al pódium. En 1950 se proclamó campeón del mundo de ciclocrós en la que fue se primera edición. Sigue siendo el único ciclista que ha logrado tan dispar doblete.

Con todo, lo mejor de Robic era aquello que salía de aquella cabecita llena de serrín cuando se bajaba de la burra. En el Tour de 1949 (acabó cuarto) le preguntaron si se veía inferior a Fausto Coppi en la montaña. Su respuesta es legendaria. “Soy mejor que él. Si engancho un remolque a mi bicicleta y subo a mi suegra seguro que llegó a la cima antes que Coppi”. En esa edición ganó una etapa tras bajar el Tourmalet con un bidón lleno de plomo de diez kilos para descender más rápido y mantener su centro de gravedad bajo. En una París-Roubaix se rieron de él por correr con el casco de tiras de cuero. Enfadado, Robic pidió un martillo a un paisano y se golpeó la cabeza con fuerza para demostrar que aquel casco salvaba vidas. “¿Lo veis? Nunca se rompe”, le dijo a sus compañeros, mientras caía desplomado al suelo bajo un reguero de sangre sobre su cara.

¡Guapo!

Socarrón e ignorante a partes iguales llegó a decir que tenía mejores piernas que Gino Bartali y que Fausto Coppi juntos y sería capaz de retar a Poulidor y a Anquetil cuando ya contaba con cerca de 50 primaveras. Los dos monstruos aceptaron el reto en bici de ciclocrós y obviamente Robic perdió la apuesta. Lo achacó a que estaba resfriado. En el Tour de 1969, con casi 60 tacos, llegó a presentarse en la salida de una etapa para provocar a Eddy Merckx quién, con fortuna, decidió tomarse el asunto como una broma.

A Robic le costó adaptarse a una vida normal cuando terminó su carrera. Dirigió el café familiar, pero fracasó, al igual que lo hizo su matrimonio. Cayó en una depresión. Quedó sin trabajo. Probó suerte haciendo acrobacias. También fue árbitro de combates de lucha libre profesional, donde su baja estatura animaba a los luchadores a echarlo del ring. “Si alguien nos hubiera dicho que aquel chico flacucho, con orejas lo suficientemente grandes como para ayudarnos con el viento a favor, era un futuro ganador del Tour de Francia, nos habríamos reído”, diría de él Jacques Goddet, patrón del Tour y director de L’Equipé.

Dicen que, retirado, Robic entraba en los restaurantes y esperaba a que lo mirasen y lo reconociesen, antes de acercarse a las mesas a firmar autógrafos sin que nadie se lo solicitase. Tras una cena con exciclistas, cogió la bicicleta para volver a casa. Iba borracho, era de noche e iba zigzagueando por la carretera. Un conductor acabó con su vida. Jean Robic contaba con 59 años.

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El hundimiento de Van de Velde

Jean Van de Velde nació en Mont-de-Marsan, en las Landas, no muy lejos de la frontera con España. Mont-de-Marsan es donde Luis Ocaña plantó raíces y lugar en el que decidió dejar este mundo con un disparo a bocajarro. Ocaña es apellido español al igual que Van de Velde es un apellido neerlandés. Podríamos traducirlo por ‘Del Campo’. No se le conocen antepasados de Holanda al Van de Velde que nos ocupa. Jean era uno de los hijos de un empresario francés. La familia contaba con una casa en la playa, cerca de Biarritz. Colindante al jardín de la vivienda había un campo de golf y, desde la ventana de la habitación del pequeño Jean, se veía el hoyo 4 y el hoyo 6 del campo. Así Jean se pasaba las horas mirando a través del cristal.

Con seis años Jean Van de Velde se convirtió en el único niño socio del club. Jugaba rodeado de mayores y con palos de adulto, dado que entonces no existían ni hierros ni maderas para infantes. Su padre no entendía nada de lo que él consideraba un capricho infantil. Ocurre que Jean decidió declinar la oferta paterna de introducirse en la empresa familiar y resolvió hacerse profesional del golf. Contaba con veinte años cuando se convirtió en el golfista número 1 en Francia.

La cosa pintaba bien, aunque no demasiado. A la altura de 1999 Jean Van de Velde llevaba un lustro liderando al golf francés, pero apenas era el 152º del mundo. Decir que era un completo desconocido suena a eufemismo, aunque no resulte exagerado. Lo cierto es que, tras casi una década de carrera, apenas había disputado un puñado de grandes torneos y su mejor clasificación en un major es un modestísimo 34º puesto. Tampoco es cuestión de tildar a Van de Velde de incompetente. Ningún golfista francés ganaba un gran torneo desde 1907 y no se atisbaba cambio alguno a la hora de celebrarse el British Open del citado 1999.

El British Open no es otra cosa que el Abierto Británico. Hablamos del torneo más antiguo (1860) y con más solera del golf internacional. Se celebra en un campo de golf británico que puede variar, pero que siempre está en línea de costa y dónde las dunas y el viento deben formar parte de la esencia del juego. El lugar más conocido y con más abolengo es Saint Andrews, aunque para la edición de 1999 el campo elegido fue el de Carnoustie, sito en Escocia, cuna del golf. Se trata de un campo con pocos lagos y menos árboles. Es tremendamente molesto para el golfista por culpa del viento y con un recorrido con múltiples trampas. Golfear en Carnoustie se considera toda una proeza.

Carnoustie

El sistema de juego es una ronda diaria de 18 hoyos con varios cortes hasta la jornada final de la mañana del domingo. Quien acumule menos golpes al llegar a la mañana final se proclama vencedor del torneo. Van de Velde tuvo un discreto inicio tras el primer día para acabar en el puesto 24º. Poca cosa, más teniendo en cuenta que nos referimos al 152º del mundo se trata de un éxito morrocotudo.

Durante aquellos cuatro días Carnoustie estará envuelto en una tormenta de viento y agua de donde gran parte de los favoritos irán cayendo cansados de pelear contra los elementos. Tiger Woods, David Duval o Sergio García ya claudican al poco de empezar. La sorpresa se convirtió en realidad en el segundo día. Van de Velde suma una tarjeta prodigiosa de 68 golpes y se coloca segundo provisional tras el español Ángel Cabrera. En la rueda de prensa posterior los pocos periodistas presenten no saben ni cuál es su nombre de pila. El propio Van de Velde es el primer sorprendido y da por hecho que al día siguiente finalizará el cuento de hadas.

Así tendría que haber sido. Ocurre que no fue así. Despreocupado al golpear, con un estilo agresivo qué le beneficiaba por las condiciones inhóspitas de un campo donde el viento arreciaba con fuerza, se coloca en primera posición y se convierte en el máximo favorito al triunfo. Golpea sin miedo, fuerte, sin nada que perder, y la moneda siempre cae de cara.

Tras esa tercera ronda hay más de 200 periodistas en la sala de prensa. Los juntaletras franchutes han cogido un vuelo en el aeropuerto Charles de Gaulle y se han plantado en Escocia. Es sábado por la noche. Van de Velde no pegará ojo. Se pasará la tenebrosidad haciendo la tostada. Vuelta y vuelta. Y vuelta a empezar.

Amanece. Llega el domingo. Jean Van de Velde lo hace bien. A la altura del hoyo 18 lleva tres golpes de ventaja sobre el segundo. El par del hoyo está en cuatro golpes.

Si hace un doble bogey y emboca la pelota en el hoyo con dos golpes más de los que se establecen será campeón igualmente.

Vayan enfriando el champán.

Jean Van de Velde

Para iniciar el golpeo lo más recomendable en el hoyo 18 de Carnoustie es utilizar un driver para enviar la bola bien lejos. Sin embargo, con tres golpes de ventaja, lo más inteligente hubiese sido ser conservador. Con un viento arrollador como el de aquella mañana, más todavía. Van de Velde decidió arriesgar. Todos los comentaristas se llevaron las manos a la cabeza. Tras el impacto, la bola se elevó y Van de Velde la mandó al otro lado del campo, cerca del hoyo 17.

La jugada había sido catastrófica. Van de Velde mira al público, hace un gesto que parece decir con los hombros qué no todo puede ser perfecto y el público le ríe la gracia.

Podemos arreglarlo.

Con todo, con un buen golpe, usando un hierro largo, aún podría mandarla al green y recuperar parte de lo perdido. Van de Velde tomó impulso con su estilo elegante y napoleónico, impactó con la bola…y escuchó un ruido sordo. La bola chocó en algún punto de la grada, rebotó contra la valla que separa al campo de los espectadores, aporreó un muro y fue a parar a 57 metros del hoyo 18 en medio de un montículo de hierba alta.

Aquello era un desastre.

Amplio suspiro.

Van de Velde había dilapidado su ventaja. Ahora necesitaba acertar con el tercer golpe si no quería ver comprometida su victoria. Con la mirada perdida y sin parecer comprender nada de lo que estaba a suceder, golpeó la bola para sacarla de su prisión con tal mal tino que cayó en el arroyo que la separaba del green. La bola pasó a hundirse en el fondo del agua. Y ese no era el único problema. Ya no sólo había que sacarla del agua, sino superar un muro que había enfrente del líquido elemento.

Van de Velde decidió remangarse el pantalón y comprobar la magnitud del desastre.

Aquella imagen forma parte de la mitología del desastre deportivo.

El hundimiento

Van de Velde ya no sabe ni lo que está haciendo. La gente lo ovaciona con más pena que ganas. Repasemos un instante. Le bastaba con hacer seis golpes en un par de 4 (sencillísimo para un golfista profesional) para lograr un torneo que nunca hubiese imaginado haber ganado. De repente se encuentra con que ya ha dado tres… y su bola está en el agua. Entra en pánico. Empieza en su cerebro una cuenta atrás frenética; ¿Cuántos golpes me quedan para ganar el torneo? Tres. Si consigo meter la pelota en el hoyo después del tercer golpe ganaré el British Open.

La televisión enfoca a su esposa. Tiene las manos tapándose la cara.

Ante la imposibilidad de golpear la bola en el agua, Van de Velde decide cogerla con la mano y colocarla sobre el césped para golpearla. Ese movimiento es lícito en el golf, aunque supone sumar un golpe más en la tarjeta del golfista. Se sienta en el borde, se quita los zapatos y los calcetines, se arremanga los pantalones como un percebeiro y baja al riachuelo para tomar la decisión. Si lo que quería era ser recordado, lo está consiguiendo. Otra imagen que dará la vuelta al mundo. Son pues cinco golpes. Uno sobre el par. Peligro.

O percebeiro

A 45 metros del hoyo Van de Velde se juega el todo por el todo. Al salir de la ría, se seca con una toalla los pies y las piernas, vuelve a bajarse el pantalón, ponerse las zapatillas con clavos e intenta parecer un jugador de golf. El golpe es elegante y balanceado…y es horrible. La bola se va a la arena. Y desde allí comprueba como Craig Parry hace el hoyo 18…en tres golpes. En ese momento Parry queda en quinta posición, Cabrera en cuarta y Van de Velde ya no tiene opciones matemáticas de ser campeón. El escocés Paul Lawrie y el estadounidense Justin Leonard lideran el British Open. Van de Velde únicamente puede empatar con ellos si emboca la bola en su séptimo golpe.

Séptimo golpe. Van de Velde bambolea los brazos…y el golpe es perfecto. La bola sale de su prisión, enfila el green y entra en el hoyo. Hay triple empate.

Toca una ronda final de tres hoyos para un desempate.

Apenas hay tres cuartos de hora de descanso antes de poner rumbo a esa ronda final. Para Van de Velde no es tiempo suficiente para tomar conciencia de lo sucedido. Ha perdido el British Open cuando lo tenía ganado. Tres golpes de ventaja en el último hoyo es como ir ganando 3-0 en un partido de fútbol a diez minutos del final. No hay opción para Van de Velde en el playoff. No compite. Deambula. Paul Lawrie gana el British Open.

Van de Velde ni siquiera es segundo. Finalizará tercero.

Van de Velde ha quedado asociado para siempre como ejemplo de fracaso deportivo. Se retiró en 2008 y nunca jamás estuvo ni cerca de proclamarse vencedor de ningún gran torneo de golf. Y, con todo, su legado es más que positivo. Siempre contestó con una sonrisa a las preguntas, a las burlas o a las mofas sobre su desgracia. Extremadamente educado, hoy en día se gana la vida dando conferencias sobre como aprender de los fracasos. Tiene también una escuela de golf para niños. Es la más destacada de Francia. En la actualidad Francia cuenta con unas 300.000 licencias de golf, diez veces más que cuando el niño de Mont-de-Marsan miraba desde su ventana hacia el infinito. El crecimiento es continuo desde que Van de Velde decidió convertir un domingo de ensueño en una pesadilla de época.

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Un futbolista distinto (Karembeu)

Christian nació en Europa. Es europeo. Vino a este mundo un 3 de diciembre de 1970. Resulta que para un europeo Christian nació un 2 de diciembre. Y es que hay diez horas de diferencia entre Lifou y París. Christian nació en una de las islas que conforman Nueva Caledonia, un archipiélago localizado en el Océano Pacífico a más de 16.000 kilómetros de Lutecia. En Nueva Caledonia se usa el euro y se canta la marsellesa desde que en 1853 los franceses arrebataran estas paradisiacas tierras a los británicos (de ahí el nombre de Nueva Caledonia, dado que Caledonia es como los romanos se referían a Escocia en latín). Rica en níquel, Francia se ha aferrado a Nueva Caledonia con uñas y dientes, aunque desde 2018 se ha visto obligada a conceder un par de referéndums de independencia que, más tarde o más temprano, deberán acabar con la independencia de la isla.

Esos movimientos eran prácticamente inexistentes en 1970. Entonces el pueblo canaco, la comunidad aborigen caledónica, era humillado y apartado de las instituciones públicas. Hoy, el canaco defiende con orgullo su legado. No obstante, no era así en 1970. Mucho menos generaciones atrás. Uno de los bisabuelos de Christian había sido expuesto como caníbal en un zoo humano en el París de 1931. No hace ni cien años. Christian se enteró de la historia a los siete años cuando su abuelo se lo contó. Ese año hubo de caminar 20 kilómetros para ir a agitar una bandera francesa ante la visita del presidente Giscard d’Estaing.

Christian contaba con 17 hermanos. Era de familia muy humilde. Por eso no dudó cuando a los 17 años, en 1988, el Nantes FC decidió reclutarlo para su equipo filial. Al llegar allí descubrió que no había libertad, ni fraternidad, ni igualdad. El que menos lo miraba mal y el que más directamente lo insultaba. Si los senegaleses o los argelinos llevaban décadas ganándose con sudor un sitio en la multicultural sociedad francesa, a los caledonios poco más que se les consideraba monos con taparrabos. No sólo eso. Justo entonces se fundó un grupo terrorista independentista en Nueva Caledonia, por lo que el joven Karembeu pronto pasó a ser mono y asesino a partes iguales.

Christian Karembeu en 1990

Karembeu no veía entonces claro lo del fútbol. Quería estudiar medicina, pero cambió de idea al toparse con su nueva realidad. Decidió hacerse antropólogo para transmitir la historia canaca y que fuese comprendida por los franceses. Así pues, Karembeu comenzó a entrenar y a estudiar. No salía ni bebía. Sus aficiones eran muy diferentes a las de los chicos de su edad. Christian iba a pescar y lo hacía con las manos. Plantaba en su propio huerto y se iba al campo a recoger fruta. También cazaba, pero siempre con respeto a la naturaleza. Desde pequeño aprendió a adelantarse a los movimientos de la presa y a conocer las particularidades del terreno. Según afirmaba, eso le permitía ser mejor futbolista, integrarse en la sociedad y ser humilde y generoso con sus compañeros. Entrenaba descalzo, aunque acabarían obligándole a usar botas de tacos.

Christian Karembeu era un mono con taparrabos, un asesino y un bicho raro.

Un bicho rarísimo.

Ocurre que aquel bicho raro sabía jugar muy bien al fútbol. Tenía 20 años cuando debutó con el primer equipo del Nantes FC. Serían cuatro temporadas gloriosas gobernando el centro del campo del Nantes hasta conseguir un título liguero, el primero del equipo del Loira en más de una década. En aquella escuadra compartían sala de máquinas Karembeu y Makelelé, en la mediapunta estaba Pedrós y la delantera era para Patrice Loko. El primero de Nueva Caledonia, el segundo del Zaire, el tercero de madre portuguesa y el cuarto nacido en Orleans de padres congoleños.

Todos internacionales con Francia.

En 1995 Karembeu firma por la Sampdoria, entonces equipo de campanillas de la fortísima Serie A. Allí se establecería como uno de los mejores pivotes del planeta amén de competir en la banda derecha en un clásico 4-4-2. En esa posición firmaría una estupenda Eurocopa en 1996 y otra gran temporada en Italia que harán que en el verano de 1997 se convierta en pieza deseada para los dos grandes clubes españoles.

Y es que Lorenzo Sanz, presidente del Real Madrid, llamó directamente a Karembeu preguntándole si estaría interesado en firmar por el conjunto blanco. Christian accedió de inmediato a la petición y llevó la oferta madrileña a la sala de presidencia de la Sampdoria. El problema vino cuando días después el FC Barcelona hacía una oferta superior al club genovés. Los azulgranas tantearon entonces a Karembeu, quien desde un primer momento se mostró firme en su deseo de jugar en el Real Madrid, no por un amor a los colores, sino por una cuestión de honor. Le habían llamado primero y había dado su palabra. Jugaría para el Real Madrid.

El problema es que la Sampdoria sólo quería vender a Karembeu al FC Barcelona dado que la oferta era considerablemente superior. Presionado, Karembeu fue apartado del equipo durante seis meses en año previo al Mundial. Iba todos los días a la ciudad deportiva y se entrenaba en solitario en un campo anexo mientras observaba a sus compañeros. Era convocado a todos los desplazamientos y siempre era el descarte de última hora, por lo que se quedaba en el hotel de turno mientras el resto de la expedición se desplaza al estadio.

Con todo, en un tira y afloja el jugador suele obtener lo que desea, y en las navidades de 1997 Christian Karembeu firmó por el Real Madrid. Lo que sucedería en los siguientes seis meses iba a hacer olvidar, y con creces, lo sucedido en los anteriores 180 días. Únicamente marcará cuatro goles en su trayectoria en el Real Madrid, pero tres de ellos los anotará en esos seis gloriosos meses. En cuartos de final de la Copa de Europa registrará con un derechazo el gol del empate en el partido de vuelta ante el Bayer Leverkusen para luego volver a marcar en el partido de vuelta que acabaría con victoria merengue. Aún más importante fue el segundo gol que sentenciaba la semifinal ante el Borussia Dortmund. Luego, no anotaría, pero sería titular en la victoria ante la Juventus, en la que fue la séptima Copa de Europa del Real Madrid. La primera tras 32 años de sequía.

¡La Séptima!

Poco más de un mes después de tal hazaña, Christian Karembeu era campeón del mundo. Titular en la final de Paris en la que Francia venció a Brasil (3-0). Para Karembeu fue algo más que un partido. En su adolescencia había tenido el corazón dividido cuando Francia había vencido a Brasil en los cuartos de final de México 1986. Entonces Jean Tigana era el único negro en el equipo galo. Brasil era el sueño de cualquier adolescente de color. Ahora no. Thuram, Desailly, Vieira y el propio Karembeu representaban una nueva Francia. Karembeu organizó un viaje y fletó un autobús para medio centenar de amigos y familiares. Estuvieron en el Stade de Francia y se llevaron la camiseta, la medalla, los pantalones o las medias de Karembeu. Para aquel chaval isleño lo importante no eran los trofeos, sino el recorrido. Su madre ni siquiera vio el partido entero. Con 2-0 al descanso, y viendo a su hijo feliz en el campo, decidió levantarse e irse a una cafetería cercana a tomarse un té.

A partir de ahí todo se torció un poco para Karembeu. Nunca volvió a mostrar el excelso nivel de aquellos seis meses. Jugó dos temporadas más en el Real Madrid sin cumplir las expectativas depositadas en él. Ganó otra Copa de Europa con los blancos amén de una Eurocopa con Francia en el año 2000. En ambos casos como suplente. Contrajo matrimonio con la espectacular modelo Adriana Sklenarikova y se convirtió en carne de meme cuando aún no había memes. Era el hombre más afortunado del mundo. Lo había ganado todo como futbolista sin ser un futbolista extraordinario y tenía una esposa que era la envidia de cualquier hombre.

¿El hombre más afortunado del mundo?

Firmaría por el Middlesbrough y más adelante por el Olympiakos. Por entonces ya no iba convocado con la selección francesa. En su último partido con los galos fue sonoramente pitado. Se había manifestado públicamente en contra de las pruebas nucleares en Nueva Caledonia considerándolas colonialismo.

Karembeu se retiró en 2008. Contaba con 38 años. Lo primero que hizo fue convencer a la plantilla campeona del mundo de 1998 en ir a jugar un partido benéfico a favor de los niños necesitados de Nueva Caledonia. Era un motivo de vida. Se había marchado de allí a los 17 años y consideraba que sus vecinos debían sentir que eran campeones del mundo al igual que todos sus compatriotas de la metrópolis. Llevó a Dugarry y a Deschamps a pescar tiburones con una soga atada a un palo. Por la noche invitó a Zidane y a Lizarazu a comer mandioca y boniato.

Según sus propias palabras aquello fue mejor que haber ganado el Mundial.

«Yo nací en Nueva Caledonia. No soy francés. Yo no me lo considero y ellos tampoco me lo consideran. Mientras jugué en Francia descubrí que es un país racista. En Francia, un ciudadano de color no dispone de las mismas posibilidades que un ciudadano blanco. Estuve a punto de renunciar a la selección cuando se realizaron las pruebas nucleares en el atolón de Mururoa. No lo hice porque siendo internacional, mis reivindicaciones tienen más relevancia». Karembeu en 1996 al poco de fichar por la Sampdoria.

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¿Favoritos o sorpresas? ¿Qué países ganaron el Mundial cumpliendo con los pronósticos?

En el momento en el que estas líneas salen a la luz se están a dirimir las últimas plazas mundialistas. Ayer, en Bérgamo, Italia derrotó a Irlanda del Norte en el primero de los dos partidos de repesca necesarios para acudir al Mundial. La tetracampeona del mundo lleva dos citas (2018 y 2022) sin acudir a la fiesta grande del fútbol. De no hacerlo por tercera vez consecutiva sería la vez primera que un campeón mundial se ausenta ¡12! años (que serían ¡16! en el 2030) del torneo de referencia. Sería una catástrofe para Italia con el agravante de que para esta edición se ha ampliado a 48 el número de participantes.

A quien no le ha hecho falta jugar repesca es a España. Desde 1978 no ha faltado a la cita del fútbol universal. En el caso de Argentina la racha hubo de comenzar en 1974 y ya supera el medio siglo de éxito. Con todo, tal día como hoy, 27 de marzo de 2026, se iba a disputar un partido entre España y Argentina en Qatar. Se le dio en llamar Finalísima como un enfrentamiento intercontinental entre los vigentes campeones de América y de Europa. El estallido de la Guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán y la negativa de los argentinos de disputar el partido en territorio europeo, al ser imposible de celebrar en Qatar, ha hecho cancelar el encuentro. Lo cierto es que, millones al margen, había ciertos recelos para un enfrentamiento entre las máximas favoritas a menos de cien días para que empiece el Mundial. ¿Quién sería capaz de levantarse de una dura derrota a tres meses de desafiarse en una hipotética final? En este momento es España (6 euros por euro jugado) el preferido en las casas de apuestas seguida por Argentina y Francia (8 euros por euro apostado). Una victoria o una derrota en la Finalísima hubiese significado el fortalecimiento de uno y un jarro de agua fría para el perdedor.

Finalísima cancelada

Hay constancia de que en la Antigua Grecia ya se hacían apuestas deportivas en los Juegos Olímpicos. Los romanos lanzaron un órdago sobre el asunto y apostaban por todo. Desde carreras de cuadrigas a muertos en la arena. Las apuestas eran un negocio en sí mismo. No obstante, hay que esperar a finales del siglo XVIII para que la costumbre se vuelva a retomar en Gran Bretaña alrededor de las carreras de caballos y de galgos.

En 1923, Littlewoods estableció su base en Liverpool, y se convirtió en la primera casa de apuestas en permitir pronósticos combinados. Menos de una década después nacía William Hill, la casa de apuestas más popular del mundo que gestó su imperio de forma semiilegal al no blindar por ley las apuestas de bajo importe lo que, al mismo tiempo, permitía que todo tipo de público accediese al mundo del juego. En la actualidad se estima que el mercado mundial de apuestas deportivas supera los 150.000 millones de dólares anuales de los cuales un 70% se realiza de forma online. El fútbol es el deporte que más dinero mueve en este mercado. Se estima que 1/6 parte de esos 150.000 millones provienen del fútbol. El beisbol es el segundo deporte más demandado por los apostantes.

Así que cuando se celebró en 1930 el primer Mundial de fútbol de la historia había favoritos y aspirantes. Había apuestas dobles y sencillas, algún afortunado y muchos fracasados. Cojamos la máquina del tiempo y analicemos las apuestas deportivas del pasado. ¿Quién o quiénes eran los favoritos para ganar el Mundial de 1930, el de 1954 o el de 1998? ¿Se cumplieron los pronósticos? ¿Hubo sorpresas? Comprobaremos que campeones que hoy nos parecen obvios no lo eran entonces y también reafirmaremos que hay casos donde el favorito no deja lugar alguno a la sorpresa. Para ello bucearemos en la base de datos de William Hill y veremos cual ha sido la tasa de éxito.

URUGUAY 1930

Favorito: Uruguay. Uruguay había ganado con suficiencia la competición de fútbol en los dos anteriores Juegos Olímpicos. Tal éxito hizo que la FIFA crease el Mundial de fútbol cada cuatro años (siempre alternos con las Olimpiadas) y otorgó a los charrúas la organización como muestra de respeto. Hubo desbandada europea. Y algo más. Inglaterra no aceptaría jugar un Mundial hasta 1950 en una muestra de soberbia y suficiencia. Sólo Argentina, vigente vencedor de la Copa América, parecía poder hacer frente a los uruguayos.

Campeón: Uruguay. Argentinos y uruguayos arrasaron como era de esperar. Ambos ganaron sus respectivas semifinales por 6-1. En la final se jugaría media parte con un balón propiedad de la federación uruguaya y la otra con un esférico propiedad argentina. La primera mitad, con pelota argentina, se la anotarían los visitantes por 1-2. En el segundo periodo, con balón charrúa, Uruguay anotaba tres tantos para vencer por 4-2, hacer buenos los pronósticos y convertirse en el primer país campeón mundial.

Veredicto: Acierto.

Uruguay 30

ITALIA 1934

Favorito: Austria. Los uruguayos decidieron aplicar la ley de talión. El boicot de cuatro años atrás se repetía ahora a la inversa. Sin Uruguay, la indiscutible favorita era Austria. El Wunderteam (equipo maravilla) sumaba 14 partidos invicto con sonoras goleadas a Escocia (5-0), Alemania (5-0) o Hungría (8-2) por el camino. Dirigidos por Hugo Meisl y liderados en el campo por Matthias Sindelar, conocido como Mozart del fútbol, nadie dudaba de la victoria austriaca. Su juego de movilidad posicional en el que Sindelar abandonaba su puesto de delantero centro para organizar el juego desde el centro del campo era algo tan poco frecuente como indefendible.

Campeón: Italia. Benito Mussolini puso todo su empeño para que el Mundial fuese perfecto. Construyó estadios, arregló carreteras, agasajó a periodistas extranjeros, metió a disidentes en la cárcel y nacionalizó a varios futbolistas argentinos (alguno de ellos subcampeones mundiales) buscándoles padres y abuelos italianos. Con todo, su influencia fue más notoria en dos aspectos; motivar a los integrantes de la selección italiana diciéndoles que la victoria era cuestión de vida o muerte (literalmente) y pagando bajo cuerda a los árbitros para obtener un beneficio arbitral. Así logró Italia superar a España en cuartos de final tras un partido tan escandaloso que la FIFA decidió prohibir arbitrar de por vida al suizo que se prestó a dirigir aquel choque. En semifinales Italia jugó contra Austria. Los transalpinos anotaron tras falta no señalada al poco de iniciar, pero en los siguientes 80 minutos de partido el trencilla no tuvo culpa de la derrota austriaca. Italia demostró que no tenía la calidad en las piernas de su adversario, pero si una solidaridad y una fortaleza colectiva que se convertirá en su seña de identidad perpetua. Austria perdería también en el partido por el tercer puesto e Italia se proclamará campeón al vencer en la final a Checoslovaquia por 2-1.

Veredicto: Error.

Italia: Vencer o morir

FRANCIA 1938

Favorito: Italia y Austria. Las casas de apuestas daban favorita a Austria. Aunque envejecido, el Wunderteam seguía siendo formidable. Ocurrió que con el sorteo del Mundial ya celebrado, las tropas alemanas ocuparon territorio austriaco y lo anexionaron al III Reich por orden de Adolf Hitler. El partido de octavos de final que debía celebrarse en Lyon entre Suecia y Austria jamás tendría lugar. Se les ofreció a los austriacos ingresar en las filas de la selección alemana pero la mayoría de ellos declinó la invitación, incluido un Matthias Sindelar que aparecerá muerto en su apartamento meses después en circunstancias nunca aclaradas. Sin Austria el favorito indiscutible era Italia, vigente campeón mundial y olímpico, escuadra que ya no contaba con nacionalizados en su once ideal. Había ganado en automatismos y jugaba un fútbol más alegre.

Campeón: Italia. En un ambiente hostil (una Francia gobernada por el Frente Popular) y sin ninguna ayuda arbitral por el camino, Italia se reconcilió con el planeta fútbol y se convirtió en bicampeón mundial. Liderados por el fantástico Giuseppe Meazza vencieron a Noruega y aplastaron a Francia antes de enfrentarse a Brasil en semifinales, en la que fue la final anticipada. Meazza contra Leónidas. Un duelo en el que vencieron con autoridad los europeos quienes acabarían siendo despedidos por aplausos por un público que hora y media antes los había recibido con una sonora pitada. En la final Italia venció por 4-2 a Hungría, los cuales se habían beneficiado de no tener a Austria por su lado del cuadro.

Veredicto: Acierto.

Giuseppe Meazza

BRASIL 1950

Favorito: Brasil. El año anterior los brasileños habían ganado la Copa América anotando en un año natural 48 goles a favor por tan sólo 7 en contra. Contaban con Zizinho y Ademir y habían construido un descomunal estadio en el que entraban unas 150.000 almas que era conocido como Maracaná. Jugaban en casa y eran archifavoritos. Italia había perdido a 10 de sus 11 titulares en la tragedia aérea de Superga del año anterior e Inglaterra era una incógnita dispuesta a participar en su primer Mundial.

Campeón: Uruguay. La FIFA tuvo la estúpida idea (nunca jamás repetida y esperemos que nunca jamás rescatada) de sustituir la final por una liguilla semifinal de cuatro equipos en formato todos contra todos. A esa liguilla llegaron Suecia, Uruguay, España y Brasil. Inglaterra había caído humillada ante Estados Unidos e Italia no tenía ni fútbol ni moral. Brasil venció a Suecia (7-1) y luego a España (6-1). Uruguay sufrió ante Suecia (3-2) y empató ante España (2-2). A Brasil le valía el empate, aunque se contaba con ganar. En siete de los últimos nueve enfrentamientos entre Brasil y Uruguay los brasileños habían resultado vencedores. Jules Rimet, presidente de la FIFA, tenía en el bolsillo de su chaqueta escrito el discurso que tendría que dar en la fiesta posterior preparada para Brasil, el más que seguro ganador. No fue así. Brasil se adelantó, pero Uruguay remontó con goles de Schiaffino y Ghiggia. “Sólo Sinatra, el Papa y yo hemos conseguido silenciar Maracaná”, diría años más tarde Alcides Ghiggia. Fue la sorpresa del siglo. Si por entonces se pudiesen hacer apuestas minuto a minuto algún valiente se habría hecho de oro apostando por Uruguay cuando caía por 1-0 mediada la segunda parte.

Veredicto: Error.

Gol de Ghiggia: Maracanazo

SUIZA 1954

Favorito: Hungría. Si el Wunderteam era favorito en 1934 que decir del Aranycsapat (Equipo de oro) húngaro en 1954. Nunca ha habido tan claro favorito en un Mundial como en la edición de 1954. Hungría sumaba 32 partidos consecutivos sin perder, había ganado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1952 y había asombrado a medio mundo al vencer por 3-6 en Wembley para luego machacar por 7-1 a Inglaterra en Budapest. Kocsis, Hidegkuti, Czibor y Ferenc Puskás representaban una revolución futbolística. El fútbol total antes del fútbol total. Movimiento continuo con y sin balón. Tan sólo Uruguay, vigente campeón, rivalizaba con los húngaros. No se consideraba a nadie más por el título.

Campeón: Alemania. Uruguay y Hungría se enfrentaron en semifinales. Fue catalogado como el mejor partido en los primeros 25 años de Mundiales. Vencieron los húngaros por 4-2 con dos tantos de Kocsis en la prórroga. Para llegar a ese momento Hungría había vencido a Brasil (4-2), Corea del Sur (9-0) y Alemania (8-3). En aquel partido de la primera fase los germanos habían jugado con suplentes sabedores de que iban a perder de cualquier manera. Los alemanes habían vencido a Austria en semifinales (por entonces una sorpresa) y se presentaban como víctimas en la final. Hungría se adelantó por 2-0 a los ocho minutos bajo un manto de lluvia. Ocurre que los alemanes estrenaban unas botas de tacos extraíbles inventadas por Adidas que se adaptaban a los campos encharcados. Los alemanes danzaban y los húngaros resbalaban. Del 2-0 se pasó al 2-3 con un tanto de Helmut Rahn a falta de seis minutos para el final. Puskás, que jugó todo el partido visiblemente cojo por un esguince de tobillo, empataría con el tiempo cumplido. El gol sería anulado por fuera de juego. Hungría nunca más volverá a estar en condiciones de jugar una final y Alemania recuperará el orgullo perdido tras la caída de la II Guerra Mundial e iniciará un idilio con los dioses del fútbol basado en la fiabilidad y la invencibilidad.

Veredicto: Error.

El milagro alemán

SUECIA 1958

Favorito: Alemania. Como vigentes campeones los teutones eran los favoritos. Con todo, sus estrellas estaban envejecidas, por lo que asomaban dos aspirantes. Uno era la Unión Soviética del portero Lev Yashin. Los soviéticos afrontaban su primera participación mundialista tras décadas haciendo de menos un deporte que consideraban capitalista. Sin embargo, desde que acudieron por vez primera a los Juegos Olímpicos en 1952, habían apostado por la competición deportiva como una forma de vencer en el discurso ideológico de la Guerra Fría. El otro outsider era Yugoslavia que había arrasado en la fase clasificatoria a Italia (6-1) e Inglaterra (5-0).

Campeón: Brasil. Alemania despachó en cuartos a una Yugoslavia que decepcionó durante el torneo. En semifinales Alemania caería sorprendentemente ante los anfitriones, quienes disponían de un buen equipo comandado por Gren, Liedholm y Hamrin, todos ellos con fructíferas carreras en la Serie A italiana. Los suecos, por cierto, habían derrotado a la Unión Soviética en cuartos de final en un partido que dominaron con autoridad. El otro lado del cuadro estaba mucho más abierto. El choque entre Gales y Brasil iba camino del empate sin goles hasta que el técnico brasileño metió en el partido a Garrincha (24 años) y a Pelé (17 años), quién anotó el gol de la victoria. En semifinales, con los dos chicos en el campo ante la insistencia del vestuario y a pesar de la negativa de Feola (así se llamaba el entrenador), Brasil venció por 5-2 a Francia en una de las mayores exhibiciones de fútbol ofensivo en la casi centenaria historia del Mundial de fútbol. En la final Brasil repitió resultado ante Suecia (5-2) en la que fue la coronación de un adolescente como O Rei del fútbol. Brasil lograba su primera corona y desde esa edición en adelante, Pelé y sus sucesores siempre pasarán a estar entre los favoritos al triunfo.

Veredicto: Error.

O Rei

CHILE 1962

Favorito: Brasil. La canarinha sumaba 14 partidos seguidos con victoria cuando arribó a Santiago de Chile. Pelé era el mejor jugador del planeta a años de luz de los demás. Brasil era, pues, indiscutible favorito. La Unión Soviética, vigente campeona europea, y Yugoslavia volvían a aparecer como aspirantes.

Campeón: Brasil. Ocurrió que, en el segundo partido, un empate sin goles ante Checoslovaquia, Pelé es cazado con una brutal entrada y se marchará cojeando del campo. No volverá a jugar en lo que resta de Mundial. En su lugar emergió el suplente Amarildo (tres goles en el torneo) y, esencialmente, Garrincha. El ángel de las piernas torcidas hará un torneo descomunal, una exhibición legendaria antes de que el alcohol y las mujeres le hagan abandonar prematuramente su carrera. Garrincha bailará a Inglaterra en cuartos (3-1) y a Chile (4-2) en semifinales. Chile había eliminado sorprendentemente a la URSS en cuartos con arbitraje favorable y fallo inesperado de Yashin. Una ronda más aguantará Yugoslavia, que perderá ante Checoslovaquia en semifinales. En la final, y aunque Masopust (Balón de Oro) adelante a los europeos, Brasil remontará con facilidad para proclamarse bicampeón mundial.

Veredicto: Acierto.

Garrincha en movimiento

INGLATERRA 1966

Favorito: Brasil. No podía ser de otra manera que Pelé y Brasil repitiesen como favoritos en las casas de apuestas. O Rei tenía ganas de resarcirse del Mundial anterior. Como alternativas se tenía fe en Inglaterra, por el hecho de ser anfitriona, y de Portugal. Los lusos, con Eusebio de referente y con la base del Benfica que sumaba dos entorchados europeos y dos subcampeonatos en el lustro anterior, habían eliminado a Checoslovaquia, vigente subcampeón, en la fase clasificatoria.

Campeón: Inglaterra. A Pelé volvieron a cazarlo como animal en campo abierto. En este caso Brasil no tuvo forma de levantarse del golpe. Hungría venció a Brasil en fase de grupos, por lo que el último partido de dicha ronda era en la práctica un octavo de final entre Brasil y Portugal. Pelé marchó llorando del campo y dos años después la FIFA implantará las tarjetas para intentar frenar el juego violento tan habitual durante los años 60. El caso es que un imperial Eusebio lidera a Portugal (3-1) y elimina a los favoritos en primera ronda. Portugal camina hasta las semifinales donde, con un Wembley a rebosar, Inglaterra vence (2-1) en duelo entre Bobby Charlton y Eusebio. En el otro lado del cuadro la Alemania de Uwe Seeler y de un joven Beckenbauer despacha a la URSS en semifinales (2-1) para acceder a la final. El duelo, tan sólo 20 años después del fin de la II Guerra Mundial, es mucho más que fútbol. Ingleses y germanos empatan en los 90 minutos de juego y será en la prórroga cuando Inglaterra venza (4-2) con gol polémico de Hurst tras balón que golpea en el larguero y bota en la línea de meta. No fue gol, y no lo pareció, pero el árbitro, a instancias del linier, lo daría por bueno. Según se dice Tofik Bakhramov, el juez de línea soviético culpable del asunto, en su lecho de muerte susurró al oído de su nieto; “Stalingrado” cuando le preguntó si aquel gol concedido a los ingleses fue o no fue real. El caso es que entonces no había VAR y los ingleses festejaron el que, hasta la fecha, es su único entorchado mundial.

Veredicto: Error.

Los inventores del fútbol

MEXICO 1970

Favorito: Brasil e Inglaterra. Inglaterra contaba con un combinado incluso mejor que el que se había proclamado vencedor cuatro años antes. Italia sumaba dos años invicto tras vencer en la Eurocopa de 1968 gracias a Facchetti, Rivera, Mazzola y Riva. Alemania rebosaba talento y era clara aspirante al título. Las tres selecciones estaban muy bien valoradas, pero por encima de todos volvía a estar Brasil. Gerson, Tostao, Jairzinho, Rivelino y Pelé. Cinco ‘10’ de primerísimo nivel. La única duda era si un balón sería suficiente para todos ellos.

Campeón: Brasil. Inglaterra y Brasil coincidieron en la primera fase. El vencedor tendría un recorrido más favorable camino de la final. Fue un duelo de poder a poder que fue solventado por Brasil el día de la famosa parada de Gordon Banks a cabezazo de Pelé. En cuartos, sin Banks por una gastroenteritis, Inglaterra vencía a Alemania por 2-0 en el minuto 70 cuando Alf Ramsey decidió sustituir a Bobby Charlton para darle descanso. Los germanos forzaron la prórroga y doblegaron a los ingleses en el añadido. En semis, en el llamado partido del siglo, Italia fue quien venció a Alemania en la prórroga por 4-3 tras un empate a un tanto en los primeros 90 minutos. Brasil, pues, tuvo el camino más favorable al vencer a Perú y a Uruguay. La final no tuvo color y Brasil pasó por encima de Italia (4-1) en la que fue la última obra de arte de Pelé, quién sumaba su tercer Mundial (récord inigualado) con apenas 29 años.

Veredicto: Acierto.

Brasil del 70

ALEMANIA 1974

Favorito: Alemania. En los últimos cinco torneos los germanos encadenaban victoria, semifinales, cuartos, final y semifinales. Eran vigentes campeones de Europa y jugaban en casa. Beckenbauer, Netzer, Müller y Maier eran archifavoritos. Brasil, envejecida y sin Pelé, iniciaba un duro proceso de transición. Como alternativa en las casas de apuestas aparecía Holanda, primeriza en un Mundial y que había sufrido para lograr clasificarse. Los holandeses eran una apuesta arriesgada a pesar de sumar sonoros triunfos (9-0 a Noruega y 4-1 a Argentina) meses antes de iniciarse el Mundial.

Campeón: Alemania. La final fue la esperada. Alemania vs Holanda. El camino, no obstante, no tuvo nada de esperado. Alemania había maravillado en la Eurocopa de 1972. En 1974 Alemania era un transatlántico encallado. Pasó la primera fase sufriendo tras perder contra sus vecinos de la RDA, y luego vencieron a Suecia y a Polonia sin merecer el triunfo en ninguno de los dos partidos. Por su parte, Holanda fue una bocanada de aire fresco pocas veces antes disfrutada. El fútbol total, con diez jugadores presionando por todo el campo y alternando sus posiciones, maravilló a espectadores y a televidentes. Holanda destrozó a las naciones sudamericanas que se orgullecían de ser las garantes del espectáculo frente a la rigidez europea. Países Bajos humilló a Uruguay (2-0), Argentina (4-0) y en semifinales despachó a Brasil (2-0) en la que seguramente es la mayor diferencia de nivel que se ha visto en un partido de poder a poder en un Mundial. El resultado no refleja la impotencia de unos brasileños que acabaron desquiciados corriendo tras un balón que apenas tocaron. En la final, Cruyff se escapó de cuanto defensor tuvo y provocó un penalti que ponía a Holanda por delante antes del minuto de juego. Holanda lo tenía en la mano, pero entró en pánico. Beckenbauer y compañía pusieron a funcionar el rodillo, dieron la vuelta al encuentro y Holanda clamará para siempre que nadie se acordará del ganador y sí del vencido.

Veredicto: Acierto.

Cruyff y Beckenbauer

ARGENTINA 1978

Favorito: Alemania. Los actuales campeones del mundo volvían a ejercer de favoritos en las casas de apuestas. Era un equipo más industrial ya sin Netzer, Müller ni Beckenbauer, pero contaban con Karl-Heinz Rummenigge y ese colmillo asesino de las grandes ocasiones. Dado que nunca un país europeo había vitoreado en Mundial jugado en América también contaba en los pronósticos como aspirante Brasil, que mantenía a Rivelino y contaba con el extraordinario Zico. La que estaba a años luz en los pronósticos era Argentina que no había superado los cuartos de final de un Mundial desde 1930, llevaba dos décadas sin ganar la Copa América y no había conseguido vencer en ninguno de los cuatro amistosos disputados antes del Mundial.

Campeón: Argentina. Liderada por un central de apenas 174 centímetros llamado Daniel Passarella, los argentinos arañaron un empate ante Brasil a golpe de raza, coraje y alguna mala arte que les daba la llave para llegar a la final siempre y cuando venciesen a Perú por cuatro goles de diferencia. Con un arbitraje casero y una actitud escasamente interesada de los peruanos, la sombra del amaño por parte de la dictadura militar argentina siempre planeará sobre dicho encuentro. Cierto o no, Argentina venció a Perú (6-0) y se clasificó pasmosamente para la final. En el otro lado del cuadro, Holanda (sin Cruyff) sorprendió a Italia, mientras que Alemania caía con estrépito ante la Austria de Krankl dejando que los tulipanes repitiesen final cuando nadie contaba con ellos. En el duelo definitivo, un partido malo y lleno de nervios, se llegaría a la prórroga. Emergió entonces Mario Alberto Kempes (dos goles en la final y seis en el torneo) para darle la victoria a Argentina cuando pocos contaban con ella.

Veredicto: Error.

Argentina 78

ESPAÑA 1982

Favorito: Brasil. A España 82 acudió Brasil con un equipo que recordaba al fabuloso de 1970. Zico era el Pelé blanco y Falcao, Sócrates y Toninho Cerezo acompañaban al director de orquesta. Brasil sumaba 20 partidos sin perder incluyendo victorias en Londres ante Inglaterra, en Paris ante Francia y ante Alemania en Stuttgart. Como aspirantes estaban la Francia de Platini y la Alemania de Rummenigge, vigente campeona europea. Con todo, aquello que no fuese una victoria brasileña sería considerada una sorpresa. 

Campeón: Italia. Brasil pasó como elefante en una cacharrería por delante de Escocia y la Unión Soviética antes de ganar con facilidad a la Argentina de Maradona. En un simulacro de cuartos de final (realmente era un grupo de segunda fase) le tocó Italia. Los europeos habían pasado la primera fase de carambola tras empatar sus tres partidos y antes del Mundial habían perdido con Suiza, Dinamarca y la RDA. Ya era un milagro que se hubiesen clasificado. Paolo Rossi, su delantero centro, estuvo dos años sancionado por un escándalo de apuestas deportivas y por entonces sumaba cuatro partidos y cero goles. El caso es que, en una preciosa tarde veraniega en Barcelona, Claudio Gentile secó a Zico y Paolo Rossi revivió con un hat-trick. Brasil abandonaría para siempre el jogo bonito e Italia, tras deshacerse de Polonia en semifinales, se clasificaba para el partido decisivo. En el otro lado del cuadro era Francia la que enamoraba, pero será Alemania la que se lleve el gato al agua. En otro memorable partido, en este caso bajo la noche estrellada de Sevilla, hasta cuatro goles en la prórroga llevarán el partido a los penaltis donde los teutones se mostrarán más acertados. En la final, una Alemania fundida tras 120 minutos a casi 40 grados en Andalucía no tendrá opción ante una hipermotivada Italia que sumará su tercer título cuando nadie lo esperaba.

Veredicto: Error.

Paolo Rossi

MEXICO 1986

Favorito: Brasil. Tocaba Mundial en América y todos los favoritos provenían del Nuevo Continente como mandaba la tradición. Junior, Falcão, Sócrates y Zico ya superaban la treintena y estaban ante su última oportunidad. Tele Santana seguía de seleccionador, pero había cambiado de táctica y apostaba por un 3-5-2 mucho más conservador que el 4-2-2-2 con laterales ultraofensivos de cuatro años atrás. Como outsider aparecía Uruguay, vigente campeona americana, y que había reverdecido viejos laureles gracias a Enzo Francescoli. Muy por detrás asomaban Francia, Alemania y una Argentina que contaba con Maradona, pero que acumulaba resultados pobres tanto en los amistosos previos como en la fase de clasificación.

Campeón: Argentina. Los brasileños avanzaron hasta cuartos de final de forma inmaculada sin brillar, pero también sin encajar un tanto. Tocó entonces encuentro ante Francia. Fue el mejor partido de aquel Mundial. Un choque de poder a poder entre Zico y Platini que se decantó del lado europeo en la tanda de penaltis. En semifinales los galos eran favoritos ante Alemania, que nuevamente sacó el rodillo cuando hacía falta tras haber sufrido, y mucho, en las rondas previas ante Escocia, Marruecos o México. En el otro lado del cuadro Uruguay decepcionaría al caer en octavos ante Argentina. Emilio Butragueño, delantero español, declararía que cualquier clasificada para octavos que hubiese contado en su plantilla con Maradona se hubiese proclamado campeón del Mundial. Lo cierto que es el Pelusa hizo cuatro partidos seguidos pluscuamperfectos que le darían a Argentina el triunfo con un equipo mediocre en muchas de sus posiciones. Maradona dirigió la victoria ante Uruguay, luego se convirtió en un dios ante Inglaterra (al cielo siendo un barrilete cósmico y al infierno con una mano divina), más tarde aplastó a Bélgica con su pie izquierdo y en la final dirigió la orquesta albiceleste ante los fieros alemanes. Argentina venció a Alemania por 3-2 ganando su segunda corona y haciendo que Rummenigge se despidiese del fútbol con dos derrotas consecutivas en la final del Mundial.

Veredicto: Error.

D10S

ITALIA 1990

Favorito: Italia. La Nazionale tenía un equipazo. Su línea defensiva era imponente con Ferri, Baresi, Bergomi y Maldini y Walter Zenga en la portería. Llegaron al Mundial con ocho partidos sin recibir un gol en contra. Arriba tenían a Giannini, Vialli y al magnífico Roberto Baggio. Jugaban en casa y eran indiscutibles favoritos. Como alternativa en las casas de apuestas estaban Holanda y Alemania. Los tulipanes eran vigentes campeones europeos y tenían a Koeman, Gullit, Rijkaard y Van Basten. Los germanos acababan de reunificarse y estaban en plena efervescencia nacional. Quizás no contaban con un equipo tan redondo como el de ediciones anteriores, pero la unificación parecía llevar en volandas a toda la nación.

Campeón: Alemania. Italia fue el ciclón que todos esperaban. Sumó otros cinco partidos sin encajar un gol antes de plantarse en semifinales. Cierto es que el camino no fue sumamente complicado, pero cumplieron con el objetivo. Quien no cumplió con su cometido fue Países Bajos que, tras empates con Egipto e Irlanda, pasó con la soga al cuello a octavos. Así pues, tocó enfrentamiento prematuro Alemania-Países Bajos en octavos de final. Frank Rijkaard fue expulsado por escupir en la cara a Rudi Völler y Alemania pasó con justicia a cuartos. En su semifinal Alemania fue inferior a Inglaterra que, liderada por Gascoigne, hizo su mejor fútbol en años. Ocurre que, fiel a la tradición, fueron los alemanes los que se clasificaron para su tercera final consecutiva tras vencer en la tanda de penaltis. En la otra semifinal, en un partido terriblemente aburrido, Italia encajaba su primer gol (1-1) y también perdía en los penaltis en este caso ante Argentina. La final comenzó precedida por una sonora pitada a Maradona, verdugo italiano, quien en semifinales había pedido a su público napolitano que apoyase a su dios en vez de a la Nazionale. Como era de esperar los espectadores fueron con Italia y no con Argentina y aquello hizo que Maradona cavase su propia tumba al llamar hijos de puta a los napolitanos. Así pues, con 75.000 romanos animando a Alemania, en otro partido terriblemente malo, Lotthar Matthaüs y sus compañeros superaron a los argentinos para lograr la victoria mundialista.

Veredicto: Error.

Alemania unificada

ESTADOS UNIDOS 1994

Favorito: Brasil y Alemania. Las casas de apuestas daban un empate técnico entre el eterno favorito y el vigente campeón. Brasil contaba con una dupla de ataque con los fabulosos Romario y Bebeto y con ellos como finalizadores se había formado un bloque compacto y sólido que, si bien no enamoraba como los de antaño, era más que fiable. Sin embargo, en el ambiente flotaba la sensación de que por vez primera una selección europea sería capaz de conquistar América. Esa era Alemania, siempre favorita y que desde la unificación era considerada invencible. Como tercer aspirante quedaba Italia que mantenía el bloque de 1990 con Arrigo Sacchi a los mandos y un Roberto Baggio en el mejor momento de su carrera.

Campeón: Brasil. Hubo dos gigantescas sorpresas en el Mundial de Estados Unidos. Una fue Bulgaria. Un 10 de julio de 1994 en Nueva York los de Hristo Stoichkov eliminaban a Alemania en cuartos de final. Aquello fue una bomba que sería desactivada por Italia al conseguir superar a los búlgaros en semifinales, tras haber echado previamente en octavos a Nigeria y en cuartos a España. La otra sorpresa la dio Suecia que consiguió meterse en semis con un calendario favorable. Allí fue eliminada por un gol de Romario, pero la verdadera prueba de fuego de los brasileños había tenido lugar una eliminatoria antes cuando en un precioso choque lograron superar a Holanda por 3-2 el día que Bebeto patentó la celebración acunando a un bebé imaginario para conmemorar el nacimiento de su hijo. La final enfrentó a Brasil y a Italia en busca de ser el primer país en sumar cuatro títulos mundialistas. Fue la primera final de la historia que acabó sin goles, lo que irremediablemente llevó el partido a los penaltis. Allí, Franco Baresi falló su lanzamiento y Roberto Baggio mandó el suyo a las nubes para felicidad de un Brasil que ganó el Mundial siendo menos brasileño de lo que nunca antes había sido.

Veredicto: Acierto.

Mazinho, Bebeto y Romario

FRANCIA 1998

Favorito: Brasil. No había discusión alguna. Brasil era favorita por mayoría aplastante. Era un equipo compacto que había añadido como arma ofensiva a un chico de 21 años que esa temporada sumó 50 goles. Se trataba de un Ronaldo Nazario que opositaba para ser uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. No existía alternativa alguna al dominio brasileño. Alemania tenía el peor equipo en años, Inglaterra e Italia no eran gran cosa y Argentina contaba con un buen equipo, pero era sabido que a la hora de la verdad solía fallar. Hasta España se asomaba por el retrovisor al sumar 31 partidos sin conocer la derrota. La opción más aceptada para el otro puesto de finalista era Francia, pero más por ser anfitriona que por creer de verdad en sus posibilidades. Los galos eran tremendamente irregulares y había un run-run constante entre la titularidad de Zidane o bien de Djorkaeff en la mediapunta.

Campeón: Francia. Como era de esperar España decepcionó. Incluso más de lo habitual dado que feneció en la primera fase. Inglaterra caería en octavos ante Argentina y Argentina hizo lo propio en cuartos ante Holanda. Para Alemania la derrota fue aún más dura. Tras caer ante la advenediza Bulgaria en 1994 en esta ocasión hubo de soportar un humillante 0-3 ante Croacia, entonces en su primera participación en un Mundial. Así pues, la final esperada por anfitriones y aficionados parecía lista para hacerse realidad. Brasil tumbó a Chile (4-1), Dinamarca (3-2) y a Holanda en los penaltis (1-1) con un Ronaldo imperial para llegar a la final. Francia perdió a Zidane por una estúpida expulsión y sudó sangre para echar a Paraguay (1-0) en octavos. Ya con Zidane, volvió a sufrir ante Italia (0-0 y penaltis) para voltear un 0-1 ante Croacia y ganar por 2-1 con dos tantos de Thuram, sus dos únicos goles en 142 partidos internacionales, en semifinales. Horas antes de la final Ronaldo sufrió un ataque epiléptico y, aunque estuvo presente en cuerpo, su mente y su alma no jugaron la final del Mundial. Si lo hizo Zidane, quién se convirtió en héroe nacional (marsellés de padres magrebís) al anotar dos cabezazos que, junto al gol de Petit, le dieron el triunfo a Francia (3-0) y su primer entorchado mundial.

Veredicto: Error.

Francia multicolor

COREA Y JAPÓN 2002

Favorito: Argentina y Francia. La Francia de Zidane era una máquina arrolladora. Vigente campeona mundial y europea tenía mejor equipo que en 1998 dado que había incorporado a la delantera a un Thierry Henry en el mejor momento de su carrera. Con todo compartía favoritismo con Argentina que había ganado la fase clasificatoria sudamericana con 12 puntos de ventaja sobre el segundo. Justo antes del Mundial, Argentina salió victorioso de un amistoso ante Italia en Roma y de otro ante Alemania en Stuttgart. Zanetti, Simeone, Verón, Aimar, Hernán Crespo o Batistuta. Más atrás en los pronósticos estaba Brasil, con un Ronaldo mermado que venía de jugar una decena de partidos en dos años y medio víctima de dos devastadoras lesiones de rodilla.

Campeón: Brasil. El primer Mundial en Asia estuvo lleno de cataclismos. Francia perdió con Senegal y Dinamarca y se fue para casa en la fase de grupos. Lo mismo le ocurrió a Argentina, aunque de forma mucho más cruel tras empatar a puntos con Suecia y tener peor diferencia de goles. Hubo más. Corea del Sur llegó a semifinales tras echar a Italia y a España con arbitrajes caseros. Allí fueron frenados por una Alemania de entretiempo que se benefició de las escabechinas francesa y argentina. Por el otro lado del cuadro el momento estrella tuvo lugar en cuartos con el duelo entre Brasil e Inglaterra. Por entonces ya se sabía que Ronaldo quizás no tenía las rodillas de antes, pero seguía siendo igual de extraordinario como lo era antes. La tripleta Ronaldinho-Ronaldo-Rivaldo fue demasiado para un más que decente conjunto inglés. En semis Ronaldo ajustició a Turquía y en la final se disputó el primer Brasil-Alemania en 72 años de Copa del Mundo. Vencieron los brasileños (2-0) en parte gracias a una pifia de Oliver Kahn, quién con sus paradas había sostenido a los alemanes durante todo el torneo, pero que emborronó su trayectoria con un tachón en el día decisorio.

Veredicto: Error.

La resurrección de Ronaldo

ALEMANIA 2006

Favorito: Brasil. Otra vez Brasil era favorito. Y otra vez lo hacía como indiscutible favorito. Ronaldinho era Balón de Oro, un Ronaldo pasado de peso seguía goleando y el sitio de Rivaldo era ocupado por el sensacional Kaká. Por si fuera poco, en el banquillo aguardaban Robinho y Adriano, siendo este último una versión 2.0 del Ronaldo antes de la lesión de rodilla. Todo lo que no fuera un triunfo de la verdeamarela era una sorpresa. Como aspirante asomaba Alemania, no tanto por su capacidad futbolística, sino por su competitividad y por el hecho de jugar como anfitriona. Bastante más atrás en las apuestas aparecían Inglaterra y Portugal, con un formidable cuarteto atacante formado por Cristiano Ronaldo, Deco, Figo y Pauleta.

Campeón: Italia. Ocurrió que en la primera fase Suiza superó a Francia. Eso tuvo dos efectos colaterales. Por un lado del cuadro permitió que Italia tuviera un camino favorable (aunque, fiel a su estilo, sufrió ante Australia) hasta semifinales. Allí se encontró con una Alemania que antes había superado a Argentina en un duelo memorable. Igual de memorable fue esta semifinal que se resolvería en la prórroga y que llevó a Italia al partido decisivo con un gol en el minuto 119 y otro en el 120. Por el otro lado del cuadro, la derrota de Francia le llevó a enfrentarse con primmas donnas en las que siempre partía como víctima. En octavos tocó España. Los hispanos eran jóvenes y los galos unos viejos. Zidane, quien se retiraba al finalizar el Mundial, hizo magia y Francia venció a España (3-1). En cuartos tocaba Francia-Brasil. Ronaldinho nunca llegó a carburar en ese Mundial y ni Ronaldo ni Kaká dieron ni la mitad de su valor. Dos veteranos Zidane y Henry sí que dieron lo mejor de sí mismos y Francia pasó de ronda sorpresivamente. En semis Francia fue inferior a Portugal, pero tiraría de oficio, veteranía y alguna decisión arbitral polémica para colarse en la final. Allí, Zidane adelantó a Francia con un penalti a lo Panenka y luego Materazzi empató de cabeza. Precisamente una cabezada de Zidane a Materazzi tras una provocación verbal del central italiano acabó con Zidane expulsado el día de su último partido. Zizou tuvo que sufrir desde los vestuarios una tanda de penaltis que le dio a Italia su cuarto título mundialista.

Veredicto: Error.

¡Qué tiempos! ¡Cuándo Italia ganaba!

SUDAFRICA 2010

Favorito: España. Sumó entonces la selección española 35 partidos sin conocer la derrota incluyendo la victoria en la Eurocopa 2008. Realizaba un juego fabuloso de combinación que se dio a bautizar como tiki-taka. Contaba con Casillas, Puyol, Ramos, Xavi e Iniesta seguramente los mejores del mundo en sus correspondientes puestos. Por vez primera España iba de favorita a un Mundial y no se vislumbraba respuesta alguna a su reinado. En un segundo escalón, pero muy lejos en las apuestas, aparecía una Brasil que asustaba más por sus cinco estrellas en el pecho que por su plantilla, la Argentina de Leo Messi en el campo y los bemoles de Maradona desde el banquillo e Inglaterra. Era la última oportunidad de una brillante generación capitaneada por Beckham y en la que maravillaban Terry, Ferdinand, Gerrard, Lampard y Rooney.

Campeón: España. Con más de un 70% de posesión España avasalló a Suiza, pero un contraataque aislado les daría el triunfo a los helvéticos. El pánico se apoderó de la opinión pública, sin embargo, los pilares de la selección eran sólidos y dieron pronta vuelta a la situación. Se ganó con solvencia a Chile, Portugal y Paraguay, aunque siempre por la mínima al no ser capaces de trasladar en goles un dominio insultante. En semifinales un gol de cabeza de Carles Puyol tumbó a una Alemania que venía de jubilar a Beckham en octavos (4-1) y de invalidar el carnet de entrenador de Maradona en cuartos (4-0). En el otro lado del cuadro Holanda superó a Brasil antes de deshacerse de la mejor Uruguay en medio siglo (Forlán, Cavani y Luis Suárez) por 3-2. En la final Holanda fue del todo menos fiel a su memoria. Se dedicó a encerrarse atrás y salir al contraataque cediéndole el balón a España. Una milagrosa parada de Casillas en un mano a mano ante Robben y un gol de Iniesta en la prórroga le otorgó el primer Mundial a España en la que fue la primera Copa del Mundo disputada en África.

Veredicto: Acierto.

Tiki-taka

BRASIL 2014

Favorito: Argentina y Brasil. Brasil jugaba en casa y contaba con la mejor línea defensiva que había producido en su larga historia; Alves, David Luiz, Thiago Silva y Marcelo. En la delantera contaban con Neymar, pero tenían graves problemas a la hora de crear juego en el centro del campo. Con todo ello; ¿quién podría dudar de Brasil? Argentina tenía un equipo de ensueño con Agüero, Di María, Higuain y Leo Messi. La Pulga estaba en el mejor momento de su vida anotando 60 goles y dando 30 asistencias por temporada. Era evidente que el Mundial, de una forma u otra, tendría que quedarse en Sudamérica. La única opción real de victoria procedente de Europa era la selección española que encadenaba victoria en Eurocopa-Mundial-Eurocopa.

Campeón: Alemania. España cayó con estrépito en la primera fase incluyendo un 1-5 ante Países Bajos. También Italia e Inglaterra fueron incapaces de meterse en octavos. Quien se metió en las rondas eliminatorias como un ciclón fue Argentina, aunque la gasolina se le acabó al pasar a octavos de final. Prevaleció por la mínima ante Bélgica, necesitó de una prórroga ante Suiza y superó en los penaltis a Holanda en semifinales, en la que fue la despedida internacional de Sneijder, Van Persie y Robben. En el otro lado del cuadro Neymar bailó a México y a Camerún, pero un golpe ante Chile lo dejó fuera del Mundial a la altura de cuartos de final. Sin su faro ofensivo, Brasil sufrió para vencer a Colombia y fue un pelele en manos de una Alemania que vencía por 0-5 a la media hora del inicio de la semifinal. Aquello acabó con un 1-7 y pasó a ser conocido como Mineirazo, tragedia nacional que una década después sigue sin ser superada. Antes de soberana paliza, los alemanes ya había dado cuenta de Portugal (4-0) o Francia (1-0) con un imperial Manuel Neuer bajo palos, un Philip Lahm haciendo de todo campista y una dupla perfecta formada por Miroslav Klose y Thomas Müller. Ocurrió que fue, Mario Götze, habitual suplente, el que dio el triunfo en la final a los alemanes con un gol en la prórroga tras varios errores groseros de los argentinos comandados por una tarde aciaga de Gonzalo Higuain.

Veredicto: Error.

Primer europeo que conquista América

RUSIA 2018

Favorito: Alemania y Brasil. Alemania había ganado la Copa Confederaciones del año anterior con una plantilla de 23 jugadores alternativa formada en su mayoría por sub-21 ¡Qué no iba a hacer con su equipo titular! Se contaba con un paseo militar germano. La alternativa venía del otro lado del Atlántico. A pesar del bochorno del Mineirazo, Brasil seguía contando con una línea defensiva fortísima, tenía portero (Allison), ahora también un mediocentro (Casemiro) y Neymar era mejor jugador que cuatro años atrás. Tite, el seleccionador, jugaba a la defensiva y les iba bien. Arrasaron en la fase de clasificación. Como outsiders las apuestas hablaban de Argentina (con Messi, pero con peor equipo que en 2014), Francia (con un equipazo enclaustrado en el corsé de su entrenador) y Bélgica, que encandilaba con su fútbol ofensivo comandado por el tridente Hazard, De Bruyne y Lukaku.

Campeón: Francia. Alemania se convirtió en el tercer campeón vigente en caer en una fase de grupos. El descalzaperros germano perdió ante México y Corea del Sur. A Brasil le fue bien hasta que en cuartos de final le tocó enfrentarse a Bélgica. Los europeos demostraron que, independiente de las modas, un centro del campo técnico siempre debe primar sobre el físico y se llevaron el duelo por 2-1. El camino de la sorprendente Bélgica se frenó en seco ante Francia en semifinales. Antes, en octavos, un explosivo Francia-Argentina (4-3) parecía encumbrar a Mbappé y jubilar a Leo Messi. En el otro lado del cuadro, los ingleses se beneficiaban de la caída alemana para abrirse paso hasta las semifinales. Su rival, una Croacia que venía de ganar en los penaltis a Dinamarca y a Rusia. En este caso Inglaterra perdió su enésima oportunidad al caer en la prórroga ante Croacia (1-2) gracias a un gol decisivo de Mandzukic. La epopeya croata liderada por Luka Modric (Balón de Oro) finalizó en el duelo definitivo al perder ante la Francia de Pogba, Griezmann y Mbappé por 2-4. El gallo sumaba su segundo kikiriki mundialista.

Veredicto: Error.

Mbappé y compañía

QATAR 2022

Favorito: Francia. Las casas de apuestas daban como favorito a Francia, vigente campeón mundial. El equipo era fortísimo y Mbappé era un jugador maduro y mucho más completo que cuatro años atrás. Había problemas por la exclusión de Benzema del equipo nacional, pero pocos podían competir en técnica y en fortaleza física con los galos. Por vez primera la Inteligencia Artificial hizo un pronóstico y el suyo fue que Brasil seria la selección vencedora. Parecía poco probable, especialmente por la falta de un delantero de tronío, pero la realidad es que los brasileños sumaban victoria tras victoria antes del Mundial. Como alternativas estaban España, dirigida por el polémico Luis Enrique, e Inglaterra, reciente subcampeona europea y con una joven generación ilusionante. Mucho más detrás estaba la Argentina de un Leo Messi que se había borrado los últimos meses de sus responsabilidades en el PSG en su última oportunidad para ganar el Mundial.

Campeón: Argentina. Aquel raro Mundial que se disputó en diciembre lo hizo con Alemania, Bélgica y Uruguay cayendo en la primera fase. En octavos se despidió España tras perder en los penaltis ante Marruecos. Los africanos doblegarán en cuartos a Portugal y a un lloroso Cristiano Ronaldo. El sueño magrebí feneció en semifinales al perder ante Francia (0-2), que antes se había cepillado a Inglaterra en un precioso partido de cuartos de final sentenciado por el infatigable Oliver Giroud. Por el otro lado del cuadro, Brasil venció a Corea (verdugo de Uruguay) pero tropezó con una Croacia que volvió a aferrarse a los penaltis para plantarse por segunda edición consecutiva en las semifinales. Ahí ya Messi olía sangre. Tapando sus carencias físicas propias de los años y atrasando su posición para ser organizador, Messi dirigió la orquesta argentina que sufrió ante Holanda (2-2 y penaltis) pero que apabulló a Croacia (3-0). En la final, la más hermosa en medio siglo, los franceses remontaron un 2-0 para llevar el partido a la prórroga. Un tanto más de Messi y otro de Mbappé (tres en la final) firmaron un 3-3 en el que el semidesconocido arquero Emiliano Martínez le regaló a Messi un Mundial para, quizás, darle el trono de mejor futbolista de todos los tiempos.

Veredicto: Error.

¿El más grande?

NORTEAMERICA 2026

Favorito: España y Argentina. Vigente campeona europea, España parte en la primera posición entre los favoritos. Los españoles suman 30 partidos invictos, tienen dos jugadores intercambiables por posición y cuentan con Lamine Yamal, una rutilante estrella que aún no ha cumplido los 20 años de edad. Argentina va al Mundial como vigente campeona. Scaloni ha dotado al grupo de una moral de hierro. Messi ejerce como organizador escoltado por De Paul y McAllister y arriba la dupla formada por Lautaro Martínez y Julián Álvarez es formidable. Como outsiders están la Portugal del incasable Cristiano Ronaldo y un poco más atrás se espera que en algún momento explote la fantástica generación de jóvenes de Inglaterra o que Carlo Ancelotti resucite a Brasil de sus cenizas.

Campeón: En unos meses lo sabremos.

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París-Niza. Guía de viaje

Conocida como Lutecia por los romanos, no tomaría el nombre de Paris hasta la caída de Rómulo Augusto, quién fue su último emperador a finales del siglo V. Lo de Paris era una referencia a un pueblo galo que vivía a orillas del Sena en tiempos prerromanos. El caso es que Paris era un sitio oscuro. No era Roma. Ni tampoco Niza. Más bien era Londres. Si en Roma hay unas 2.700 horas de sol al año en Paris apenas alcanzan las 1.700, únicamente un centenar más que en Londres. En Coruña, una esquina de la España atlántica donde la lluvia es eterna, se obtienen 2.200 horas, muchas más que en Paris. En Niza, 900 kilómetros al sur de Paris, superan las 2.800 horas.

Va a ser que lo de Paris: Ciudad de la Luz no tiene mucho que ver con el rey Sol. O sí. Pues fue Luis XIV, el Rey Sol, el que en 1667 decidió instalar farolas de aceite en las calles principales y obligar a colocar velas en las ventanas de los residentes para mejorar la iluminación y reducir la feroz delincuencia nocturna de Paris.

La antigua Lutecia sería la primera urbe del planeta en adoptar un sistema de alumbrado público, pero aún no era motivo para tener tan bello apodo. En el siglo siguiente la aparición de un movimiento filosófico, cultural e intelectual conocido como Ilustración tuvo a Paris como motor del cambio en un proceso que vio su culmen con la Revolución Francesa. Fue entonces cuando, faro de conocimiento y creatividad, Paris pasó a ser la Ciudad de la Luz.

Y aún hubo más. A mediados del siglo XIX, con Napoleón III en el poder, se decidió tirar abajo el antiguo Paris para rehacerlo a base de amplios y ajardinados bulevares y edificios majestuosos. Fue el Barón Haussmann el ejecutor de una colosal obra que coincidió en el tiempo con la sustitución del gas y del aceite por las bombillas eléctricas. Teatros, cafés y escaparates no relucieron mejor en ninguna otra ciudad del mundo que en la nueva, mejorada e iluminada capital parisina.

Concluimos entonces que Paris tiene luz. Lo que Paris no tiene es sol.

La París-Niza adelanta el verano de los franceses. Sucede que lo que en marzo es tránsito de bicicletas será cosa de los coches al llegar el mes de julio. Cientos de miles de franceses llenan el maletero y se arman de paciencia para incorporarse a la A6, hincharse a pagar peajes y dejar el cargado y nuboso ambiente parisino hasta la soleada y pecaminosa Riviera francesa. Es un viaje que recorre todo lo que da sentido a la idea de Francia. Desde Paris a la napoleónica Fontainebleau. De Fontainebleau a los viñedos borgoñones de Auxerre. De Auxerre al poderío, culinario, artístico y católico de Dijon. De Dijon a los restos romanos y al modernismo tecnológico de Lyon. De Lyon al mestizaje cultural y al señorío del puerto de Marsella. Y de Marsella al sol sempiterno de Niza.

La Course al Soleil (Carrera hacia el Sol) marca el pistoletazo de salida de la primavera. Los rentistas abandonan Paris para instalarse en sus casas de veraneo, los mortales de a pie rascan un fin de semana de asueto mientras planifican sus vacaciones de julio y el resto sigue trabajando con envidia esperando un sol que nunca llegará. La Paris-Niza es la carrera de la alegría. La carrera de la esperanza. Hay algo más allá del frío y la lluvia. La París-Niza reemplaza las velas por el sol y convierte las lágrimas en anhelo.

Cartel París-Niza

Fue en 1933. Fue un periodista, como de costumbre. Se llamaba Albert Lejeune y era propietario de un periódico en Paris y de otro en Niza. La distancia era excesiva para cubrir las dos ciudades en un día (unos 900 kilómetros) por lo que tuvo una idea innovadora. Crear una carrera de una semana en busca del sol. Por entonces había pruebas por etapas largas como el Tour o el Giro y cientos de pruebas de un día, pero no se contaba con carreras de una semana. Las autoridades de la Costa Azul se mostraron ilusionadas. Vislumbraron una oportunidad para promocionarse en primavera antes de la llegada del verano. Y así fue que un 13 de marzo de 1933 un total de 149 valientes salieron de la Plaza de Italia parisina rumbo a Niza pasando por Dijon, Lyon, Avignon, Marsella, Cannes y Niza previo paso por el Col de la Turbie. El vencedor, coronado en el Paseo de los Ingleses, lucía un hermoso maillot azul celeste y dorado evocando el azul del Mediterráneo y el dorado del sol nizardo.

De azul celeste iba Louison Bobet cuando en 1955 venció en la que fue la primera final contrarreloj de la carrera. La edición de 1971 también es legendaria, con Eddy Merckx ganando la carrera por más de nueve minutos y dominando en cada una de las etapas, incluida una brutal cronoescalada donde destrozó a Luis Ocaña. En los 80 Sean Kelly, plusmarquista de la prueba, vencía vestido de blanco celestial. Por entonces la carrera ya tenía el formato actual de ocho etapas, con una mezcla de terreno plano, colinas y alta montaña.

Antes, hubo que parar la prueba varios años por culpa de la II Guerra Mundial y en la década de 1960 habría que escapar de la inmensidad de Paris para acometer la salida en una de sus múltiples ciudades dormitorio, pero, en esencia, el recorrido sigue siendo el mismo. Desde 2002, cuando ASO, la empresa organizadora del Tour, tome las riendas del evento, el recorrido se volverá más exigente, se alejará completamente de Paris y se establecerá el amarillo como el color del campeón. Todo más uniforme, más globalizado, pero con la incesante búsqueda del sol como eje de la prueba.

Recorrido 2026

Alejada de Paris, la prueba da comienzo en una de las fabulosas ciudades que sirven de avanzadilla antes de alcanzar la vieja Lutecia. Poissy es una de ellas. Ciudad de la industria del motor, en el pasado fue lugar de nacimiento de la realeza francesa. En la cercana Saint-Germain-en-Laye nació Luis XIV y en su palacio instaló Napoleón la escuela de caballería francesa y se firmará la desmembración del Imperio Austrohúngaro de 1919. En todo caso, el lugar más esplendoroso para dar el pistoletazo de salida es Versalles, donde el Palacio con el impresionante Salón de los Espejos acongoja al visitante y da una pequeña muestra del colosal poder universal que llegó a tener el Reino de Francia.

A partir de entonces la carrera se aleja del bullicio para adentrarse en el corazón de Francia. Las primeras etapas se caracterizan por su inicio rectilíneo marcado por el paisaje bucólico impregnado de viñedos y donde el viento y la lluvia pueden alterar al viandante. La organización puede optar por remontar el imponente Loira y visitar la catedral de Orleans. Allí Francia recuperó su orgullo gracias a una joven llamada Juana de Arco a la que luego sus propios compatriotas mandaron a la hoguera. Después el pelotón puede zigzaguear por los viñedos y tomarse un tinto acompañado por una porción de queso de cabra antes de tomar un pastel berrichon, una masa de hojaldre rellena de carne de cerdo y huevos duros típica de la zona. Llegamos así a Bourges y a su descomedida catedral gótica y más tarde a Nevers, ya en el Franco Condado, donde hay una importante industria de la cerámica y lugar donde se ubica el circuito de Magny-Cours en cuyas curvas campeonaron Mansell, Prost, Schumacher, Raikonnen o Fernando Alonso, quien sigue manteniendo la vuelta rápida del circuito, ya que desde el 2008 la F1 no se asoma al interior del país del hexágono.

Son estas etapas donde la organización apuesta por instituir una contrarreloj individual o quizás una por equipos. Quizás opte por una salida natural y tradicional en dirección al sureste hacia tierras de la Borgoña. La buena comida y el buen beber son patrimonio de borgoñones, quienes en el pasado fueron aliados de los ingleses y rivales de los reyes franceses. Dijon está considerada la capital cultural de Francia, así como inventora de la mostaza. No muy lejos contamos con Cluny y su famosa abadía, centro de poder y sabiduría en la Europa cristiana. Auxerre, paso obligado de la prueba, enamora al visitante con sus casas de madera y su torre del reloj. Tal vez, se prefiera ir hacia el este y pasar por Moulins, cuna de la casa real de los borbones.

A partir de entonces la carrera se vuelve más exigente. El recorrido tradicional, el recorrido que los turistas parisinos siguen en verano, sigue el curso del Ródano, río que se abre paso entre los Alpes y el Macizo Central. Es un viaje llano, pero peligrosísimo debido a los fuertes vientos que azotan la zona. El sol hace aparición en Valence, un cruce de caminos que los romanos convirtieron en villa, y no deja al ciclista hasta llegar a los alrededores de Marsella, donde el Ródano esparce sus aguas a diestra y siniestra para dotar de color y vida a aquel litoral bendecido por luz solar. Por el camino el viajero tuvo antes que pasar por Avignon con su famosísimo puente a medio hacer y su Palacio Episcopal donde el Papa de Avignon rivalizaba con el Papa de Roma por el control de la cristiandad en el siglo XIV.

Ocurre que desde hace décadas la organización apuesta por adentrarse en el Macizo Central para dificultar la llegada de los ciclistas a la Costa Azul. Las trampas y los peligros acechan en una zona boscosa que, si bien no es de gran altitud, sí que tiene continuos cambios de desnivel que son terroríficos para los ciclistas. No sólo eso, apenas unos kilómetros más al sur el sol y las buenas temperaturas aguardan a los deportistas, pero adentrarse en el Macizo Central es hacerlo en una climatología extremadamente cambiante en donde el frío helador, la lluvia torrencial y el sol preveraniego pueden hacer su aparición en un mismo día.

Es aquí donde la Paris-Niza adquiere velocidad de crucero. Hay mucha tensión en el pelotón porque todo el mundo está fresco y busca obtener resultados. Ganar o acabar entre los primeros en la general quita mucha presión a un corredor para el resto del año y, tras pasarse el invierno entrenando, todas las piernas están frescas. Todos creen que pueden ganar en cada sprint, meterse en cada escapada y vitorear en cada etapa de montaña.

Hay tres ciudades a destacar. De norte a sur la primera es Vichy. Coqueta ciudad balneario, lugar decimonónico donde el tiempo parece haberse detenido. Allí llevo el General Petain a su gobierno en 1940 cuando pactó con Hitler una paz que se ha convertido en suplicio para su memoria. Al sur aparece Clemont-Ferrand y detrás el imponente Puy de Dôme. Lugar de volcanes dormidos y de una piedra negra, volcánica, que hace de su catedral una de las más características del mundo. Luego, al sureste, está Saint-Éttiene, la ciudad industriosa. Rivalizando siempre con la conocidísima y riquísima Lyon, Saint-Éttiene es una fría y dura ciudad industrial sin la cual no habrían brillado las que están a su alrededor. Con todo, siempre es interesante acercarse a su monumental museo de la minería, comer su famosísima carne de buey o su salchichón de cerdo acompañado de galletas de patatas. 

Para pasar de la gran llanura del Loira a la desembocadura del Ródano que baña a la Costa Azul hay que cruzar el Macizo Central. Es marzo, y la nieve y el hielo hacen su aparición en las montañas que rodean Saint-Éttiene. En 1959 los últimos kilómetros de etapa hubieron de ser recorridos en autobús y en el Col de la Batterie, en las Cevenas, ha habido que recortar kilometraje en varias ediciones. Célebre es la edición de 1962 en donde la contrarreloj de Saint-Éttiene se disputó con los corredores envueltos de nieve. En 1995 una fuerte tormenta mandará a los ciclistas de vuelta al hotel cerca de Clermont-Ferrand, suceso que también se ha repetido en varias ocasiones en el presente siglo. A veces toca acabar etapa en Uchon (8 kilómetros al 4’5%) y otras veces en Mendé (5,2 km al 6’4%) en donde Alberto Contador tocó a rebato camino de su triunfo en 2007 en el día que se dio a conocer al mundo.

Contador 2007

Es entonces cuando la carrera se adentra en los Alpes Marítimos, antesala de la llegada al mar. De la llegada a la Costa Azul. Aquí la organización puede tomar diferentes alternativas. En ocasiones se apuesta por poner rumbo al este y aventurarse a escalar el Mont Ventoux (21 kilómetros al 7’4%). Se trata de un coloso de paisaje lunar que desde 1975 forma parte de la prueba. Sus habituales rachas de viento y el hecho de que en sus últimos kilómetros esté totalmente desprotegido de superficie arbórea lo han hecho un icono tanto de la Paris-Niza como del Tour de Francia. Las frías y áridas tierras de esta región son el escenario perfecto para una carrera que se desarrolla en paisajes realmente hermosos y desolados, lo que añade un elemento de dureza y belleza al espectáculo ciclista.

En todo caso, lo habitual es que las dos últimas etapas sean un rompepiernas con constantes subidas y bajadas alrededor de los Alpes Marítimos. Al igual que ocurre en California o en el Levante español, la proximidad de altas montañas a la costa hace que las llanuras formen un sublime paisaje, un vergel paradisiaco regado de lluvias, donde el sol lo hace ideal para cultivar y, por tanto, para vivir. Como si de una paradoja se tratase, tras gestionar el esfuerzo y adaptarse a un clima plagado de contratiempos, el ciclista, ya sacudido el óxido del invierno, contempla la magnificencia del sol justo cuando la carretera presenta mayores dificultades. Toda una prueba de resistencia mental en apenas una semana.

Auron (7,3 kilómetros al 7’2%), Mont Faron (6 km al 7’3%), Col de la Porte (8,7 km al 7’2%), Col de Chateuneuef-Villevieille (6,6 km al 8’8%), Cote de Saint-André (2,8 km al 7’4%), La Madone d’Utelle (15,9 km al 5’6%) o el durísimo Col de la Coillole (16 km al 7’3%) suelen formar parte del recorrido. Tras esforzadas subidas toca descender hacia el mar en un recorrido enrevesado de curvas que hace las delicias de los presentes y de los televidentes. Las fastuosas playas de Antibes, los yates de Saint Tropez, el paseo marítimo de Cannes o los encantadores y coquetos pueblos como Cap Martin, Ramatuelle o Saint Paul de Vence, son envidia de medio planeta.  Seguro que las cámaras televisivas captan alguna terraza donde el puré de anchoas, la copa de pastis, la sopa au pistou y la bullabesa adornan alguna de sus mesas.

Con todo, el cogollo de la carrera, el momento donde se suele decidir el campeón, es el tramo de apenas 30 kilómetros en línea recta que separa Mónaco de Niza, seguramente el lugar más exclusivo de Europa. Obviamente los corredores no se dedican a dar un paseo bordeando la costa, sino que se adentran en las montañas para librar la batalla final.

Abandonando el casino de Montecarlo, se puede ascender el larguísimo Col de Turini (24,1 km al 5’2%) con sus curvas de herradura donde todos los meses de enero se celebra el Rally de Montecarlo. No es extraño que los más de 20 grados y el sol de Mónaco se conviertan en bajo cero y en aguanieve al llegar a la cima de la montaña. Más explosivo es el exigente y corto Acolle sur Lou (1,8 km al 10’5%) y algo más largo es La Turbie (8 km al 5’6%). Aquí Alberto Contador lo intentó por activa y por pasiva, pero acabaría perdiendo por dos segundos la edición de 2017 al ser incapaz de destronar al colombiano Sergio Henao.

Otro clásico es el Mont Brouilly (2,2 km al 8’7%), pero si hay una ascensión icónica de la Paris-Niza es la subida al Col d’Éze (1,7 km al 9’4%). Eze es la esencia misma de la Paris-Niza. Suele aparecer en una etapa última de corto kilometraje. Puede aparecer como cronoescalada final, como final de etapa o como tachuela antes de arribar a Niza tras un descenso vertiginoso. Eze es un coqueto pueblo rodeado de jardines botánicos y coches descapotables donde los ricos más ricos entre los ricos tienen sus chalets con prodigiosas vistas al Mediterráneo.

Col d’Éze

Después los ciclistas serpentean hacia Niza para finalizar en el Promenade des Anglades (Paseo de los Ingleses) un peligroso sendero rodeado de una playa de enormes guijarros que a mediados del siglo XIX fue convertido en una amplia y preciosa avenida y en el lugar de veraniego por excelencia de la nobleza y la burguesía británica. Por entonces Niza pertenecía al Reino de Saboya y no será francesa hasta 1860 cuando sea anexionada por Francia como pago por la ayuda militar contra Austria-Hungría en la guerra que permitió que Italia se constituyese como país con primera capital en Turín (lugar de residencia del saboyano Víctor Manuel, primer monarca italiano). Allí, a los pies del Hotel Negresco, se celebra la ceremonia del pódium en honor del vencedor.

Niza (Hotel Negresco)

El irlandés Sean Kelly es el plusmarquista de la prueba con siete triunfos logrados de forma consecutiva entre 1982 y 1988 cuando convirtió la Paris-Niza en su cortijo personal. Ciclista con guante de seda, se habituó a dar golpes demoledores en puntos exactos del recorrido para trastocar a sus rivales. Ganó 31 etapas parciales (incluyendo cinco cronoescaladas a Eze) y dejando ataques para el recuerdo ante ganadores del Tour como Zoetemelk, Hinault, Roche, Lemond o Fignon. El citado Joop Zoetemelk, Eddy Merckx y Laurent Jalabert cuentan con tres victorias y el francés Jacques Anquetil es el segundo ciclista más laureado con cinco triunfos. Célebre es su éxito en la edición de 1966 donde, tras perder ante Raymond Poulidor en la contrarreloj de dos días antes, en la última etapa ataca durante decenas de veces en La Tourette hasta que Poulidor cede y así poder alzar los brazos en el Promenade des Anglades.

Sean Kelly, rey de Niza

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La primera perla negra (Salif Keïta)

En estas páginas ya he hablado alguna vez sobre el racismo. Al que da patadas se le llama asesino. Al que no es capaz de correr noventa minutos se le tilda de gordo o de viejo. Cabrón si pierde tiempo. Hijo de puta si contesta a la grada. Todo está mal. Pasa y pasa mucho. Y no son minorías. Reflejan el sentir de una sociedad que usa expresiones como ‘ser traidor como judío’, ‘engañar como un chino’ o ‘sudar como un panchito’. El caso es que llamar a alguien negro, atacarlo lanzándole plátanos o mofarse de él simulando gritos de mono dentro de un campo de fútbol no es racismo. Es una forma de desestabilizar al rival. De mal gusto, penable, incluso, pero es una entre tantas formas de ahondar en la mentalidad del oponente y comerle la moral.

Y con todo, no siempre fue así. El racismo no era cuestión en España, básicamente porque no había nadie distinto de nuestra raza en el país salvo un puñado de futbolistas. No éramos racistas, dado que no había necesidad de ello. Contaba mi padre que la primera vez que vio a un negro fue a un feriante en las fiestas de su pueblo. Años 60. Aquella tarde nadie subió a atracción alguna. Todos los niños se escondieron detrás de columnas para presenciar de cerca a aquel junco color de ébano. A aquel Baltasar venido del Lejano Oriente.

Ben Barek, Mendoza, Waldo o Jones pertenecían a esos futbolistas que no es que fueran mal tratados, sino que eran buscados, admirados. Todos eran vistos con la simpatía de lo exótico. Había poquísimos, la mayoría de los equipos no tenían ninguno y si recibían insultos nada tenían que ver con el racismo. Además, todos compartían lengua, costumbres y religión, ya que provenían de América. Y en caso contrario, caso de Ben Barek, lo hacían de Marruecos, país con lazos muy profundos con España.

Hasta que llega 1973.

Ese año se abren fronteras tras una década sin presencia de extranjeros en la liga española. El Barça fichó a Cruyff (Países Bajos) y a Sotil (Perú), el Madrid a Netzer (Alemania) y Más (Argentina) y el Atlético a los también argentinos Ayala y Heredia. Todos ellos blancos. Todos contrastados.

El Valencia CF, siguiendo la línea iniciada con los brasileños Waldo y Walter, decidió apostar por un delantero negro. Ocurre que en este caso indagó en una ruta jamás explorada. El África subsahariana.

El Valencia CF fichó a Salif Keïta.

Era un fichaje extraño para una España donde el Franquismo daba sus últimos coletazos. No obstante, era un fichaje de tronío. Procedía del Olympique de Marsella, era natural de Mali, jugaba como segundo delantero y había sido galardonado con el primer Balón de Oro africano. Ocurre que en Francia estaba muy asentado el fichaje de jugadores africanos. La época colonial había dado hijos afrancesados y el recorrido África-Francia estaba más que formalizado. Se argumentaba que encajaban bien en el país vecino por la misma razón que los sudamericanos se aclimataban con éxito en España. Pero aquello de que un subsahariano pudiese triunfar en la piel de toro no era visto como algo posible. Las editoriales de los periódicos fueron muy críticas con su llegada. En Las Provincias se dijo que el Valencia iba a por un alemán y acabó fichando a un negro. Así. A un negro. Y no pasaba nada. Keïta protestó con educación y ahí quedó la cosa.

Lo cierto es que era sensacional. Había debutado con apenas 16 años con la selección y ahora estaba en el Valencia con 27 años en su periodo de plenitud. Pecaba de individualista y su procedencia africana hacía que el aficionado multiplicase al cubo ese defecto, pero lo cierto es que técnicamente era fantástico y tenía ese gracejo propio del que aprende a jugar en la calle. Debutó con dos goles ante el Real Oviedo y dejó para el recuerdo un golazo ante el Atlético, el día del debut de Luis Aragonés como técnico colchonero, tras tumbar a varios rojiblancos dentro del área.

El debut de Keïta

Keïta había sido captado por un oftalmólogo francés que ejercía en Bamako, capital de Mali. Se lo ofreció a un amigo que era directivo del Saint Étienne, por entonces prima donna del fútbol francés. Era un chico liviano de apenas 62 kilos en unos 178 centímetros de altura. No lo tuvo fácil. En Mali era un símbolo nacional. Tuvo que abandonar Bamako de manera clandestina para coger un vuelo en Liberia temeroso de que el régimen dictatorial de Mali impidiese su salida del país. Salió rumbo al aeropuerto parisino de Orly un día antes de lo establecido para que nadie pudiese interceptar su salida. Así que llegó, solo, a una ciudad donde nadie lo conocía. Se subió a un taxi y puso rumbo a Saint Éttiene para cubrir 500 kilómetros sin un duro en el bolsillo. Tuvo suerte de que el taxista fuese futbolero y confiase en su palabra de que cobraría la carrera de 1.000 francos que le habían prometido.

Y luego estaba lo de aclimatarse. Había llegado a un club que recién se había proclamado campeón, por lo que tendría que funcionar desde el primer minuto. Con su zancada, regate y capacidad de remate se ganó el título, luego tan manoseado, de perla negra. Y eso que le costó. Tardó quince partidos en anotar su primer gol. Luego, subió como cohete. En la temporada 1968-69 marcó 21 dianas y en la siguiente dobló la cifra y se fue a 42 goles. Ese año fue el máximo goleador de Europa tan sólo por detrás de Gerd ´Torpedo’ Müller. En 1971 el Saint Éttiene disputó un amistoso en Paris ante el Santos y Keïta rivalizó en aplausos con el gran Pelé. Salif Keïta era pura belleza en piernas finas y fibrosas.

En Saint Éttiene era un semidios. La bandera con una pantera negra en fondo verde puebla, más de medio siglo después, las gradas del conjunto francés. Durante un tiempo incluso se añadió la pantera al escudo del club. Fueron 125 goles en 149 partidos y un legado incalculable. Luego Salif Keïta fichó por Olympique. No le fue bien. Le incitaron a pedir la nacionalidad francesa para no ocupar plaza de extranjero y se negó. Se enfrentó con los directivos de Marsella y dio el salto a Valencia. Aquí la cosa tampoco cuajó. Le pegaron mucho. No tenía cuerpo para aguantar a los defensas de la época y sufrió lesiones en los dos años que estuvo en la capital del Turia. Y no sólo eso. Por vez primera el racismo aparecía en el fútbol español. Donde antes el negro era visto con simpatía por exótico ahora era visto con desprecio por extraño. Quino Sierra, cinco temporadas en Valencia e internacional con España, dejó en el diario AS una perla para el recuerdo: «Los demás equipos se han reforzado y nosotros tenemos un negro que no rasca bola». Con Keïta también sucedió algo que nunca antes se había visto en un campo español. Los plátanos. Por vez primera aparecieron en el verde cuando Keïta se acercaba a la línea de cal.

Rápidamente la imponente presencia de Kempes en Valencia difuminó el recuerdo de Keïta. Y es una pena. En 1973 la FIFA organizó en el Camp Nou un encuentro amistoso América frente a Europa. Keïta fue el único invitado de otro continente y dio un recital en los 45 minutos en los que defendió la camiseta europea. Su presencia en el fútbol español y en el Valencia CF en particular es notoria como primer subsahariano de una larga lista que en la actualidad parece no tener fin.

El futbolista que cambió un escudo

El presidente del Sporting de Lisboa se enteró a través de una noticia radiofónica que el Valencia quería vender a Keïta. Contactó con el club ché a sabiendas de que no tenía dinero suficiente para pagarle la ficha. Pero Keïta quería jugar en Lisboa y conocer a Eusebio, el africano que goleó como europeo y que llevó el nombre de Portugal y de su Mozambique natal a ser conocido por medio mundo. No tuvo problema en aceptar una fuerte bajada de sueldo. A cambio pidió no entrenar los lunes y decidir si jugar o no jugar a domicilio en función de lo pesado de los desplazamientos.

En Portugal también fue ídolo y querido por sus compañeros. Llegaba siempre una hora antes de los entrenamientos y era el último en marcharse para casa. Gustaba de ejercer de defensa en los partidillos para enseñarle a los jóvenes delanteros como encarar a sus contrarios. En 1979 se convertiría en uno de los primeros africanos que emigraría al fútbol estadounidense para hincharse a ganar el dinero que había perdido en sus años de farándula lisboeta.

Keïta

Salif Keïta es un personaje capital en el deporte africano como precursor de la globalización del fútbol. Además de ganar el Balón de Oro africano, creado por L’Equipé en su honor, fue el primer negro en recibir la Orden del Mérito de la FIFA, fue presidente de la Federación de Fútbol de Mali y, por descontado, fue presidente de honor del Saint Éttiene. Es también tío de dos estupendos futbolistas. Su sobrino Mohamed Sissoko ganó la Copa de la UEFA con el Valencia CF y la liga francesa con el Paris Saint Germain. Otro de sus sobrinos, Seydou Keïta, se formó en la cantera del Olympique de Marsella antes de ganar dos Copas de Europa con el FC Barcelona.

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No son frecuentes las goleadas entre las selecciones de primerísimo nivel. La igualdad es manifiesta y la tensión intrínseca a los encuentros de grandes campeonatos hacen que las precauciones defensivas se sitúen por encima de las cualidades ofensivas. Con todo ello, hay resultados escandalosos que hicieron sonrojar a equipos de tronío y causaron profundo pesar en el país derrotado. Otros resultados no son tan llamativos al ser leídos, pero supusieron un baile futbolístico de tal calibre que la exhibición ha traspasado los umbrales del tiempo para permanecer perpetuamente y con letras de oro en la historia del fútbol.

Para clasificarse para la Eurocopa de 1984 la selección española debía ganar por once goles de diferencia a Malta y así superar en la diferencia de tantos a Holanda, país con el que estaba empatado a puntos. Fue un 12-1 total, un 9-0 tras el descanso. Aquel frío día navideño en Sevilla está en la memoria de cualquier español y sólo las victorias europeas y mundialistas del siglo XXI le han restado importancia. Pero eso no es una paliza. Al menos no es el tipo de paliza que buscamos. Los aquí presentes son aquellos duelos de poder a poder, de igual a igual, que sorprendentemente acabaron decantándose de manera clara y notoria por uno de los dos contendientes. Muchos de estos partidos significan el inicio de una dinastía gloriosa o el cénit de esa misma dinastía en caso de los vencedores. Para los perdedores es el principio del fin o la fecha de defunción de lo que hasta entonces era una trayectoria gloriosa.

Entre los partidos descartados encontramos un encuentro amistoso del que sólo nos quedan relatos y fotografías. Ocurrió en 1932 y enfrentó a Austria contra Hungría. Los magiares eran entonces el mejor equipo de Europa. Los austriacos eran los aspirantes. Fue el nacimiento del llamado Wunderteam (equipo maravilla) liderado por Matthias Sindelar. El denominado Mozart del fútbol anotó un hat-trick y lideró a su equipo tras un legendario baile de futbol ofensivo que acabó con un 8-2. Sólo los nazis pudieron acabar con aquella sinfonía ofensiva al anexionar Austria al III Reich un lustro más tarde. Aquello fue el inicio del Wunderteam. Lo que sucedió en 2008 fue el punto y final de la escuela soviética de juego solidario, robotizado y efectivo. A la URSS de 1960, o al Dinamo de Kiev de 1986 le sucedió la Rusia de 2008. Aquel equipo perdería en semifinales de la Eurocopa 2008 ante España para diluirse para siempre en la historia. Antes había bailado a Países Bajos (3-1) en cuartos. El choque se resolvería en la prórroga tras un empate a un tanto, pero durante los 120 minutos del duelo el dominio fue total por parte rusa. Un fútbol rápido y desenfadado liderado por Andrey Arshavin.

Nos quedaran otros dos choques en el tintero y con los mismos protagonistas, aunque con los papeles cambiados. En 1972 Inglaterra y Alemania se enfrentaron en Wembley en cuartos de la Eurocopa. Los teutones vencieron por 1-3 en el que es considerado el mejor encuentro que Beckenbauer y compañía firmaron en aquella década dorada. A su rigor táctico y a su fortaleza física añadieron un juego de combinación exquisito liderado por un Netzer, quien realizó el mejor partido de su vida. Tres décadas más tarde, en 2001, Inglaterra asaltó Múnich en partido clasificatorio para el Mundial 2002, al vencer a Alemania por 1-5. Los británicos manejaron el partido con autoridad insultante y a varias velocidades; con posesión elaborada y paciencia por un lado y al contraataque cuando le interesaba hacerlo. Michael Owen anotó tres goles aquella noche y se aseguró ganar un Balón de Oro que muchos siguen clamando para Raúl.

El día grande de Owen

Vamos pues con las 10 grandes palizas entre selecciones de todos los tiempos. Resultados llamativos y apabullante juego frente a un adversario que antes del choque era considerado un igual a igual.

10 Australia 31-0 Samoa (clasificación Mundial 2002): Vale. Estoy de acuerdo. Este partido no tendría que aparecer en esta lista. No tiene el pedigrí suficiente. Pero es la madre de todas las palizas. La mayor goleada jamás registrada en un partido oficial. Un gol cada 180 segundos. No solo eso. El discreto delantero Archie Thompson anotó 13 tantos, por supuesto, también récord no igualado e inigualable. Ese 31-0 cambió el fútbol. Al menos lo cambió al otro lado del globo, aunque en la vieja Europa no fuésemos conscientes de ello. El abuso de los aussies fue tal que la Federación Australiana de Fútbol renunció a formar parte de la Confederación de Oceanía y desde entonces forma parte de la AFC (Confederación Asiática de Fútbol) disputando las fases de clasificación para el Mundial frente a Japón o Irán y la Copa de Asia contra Corea, Arabia Saudí o China. Todos salieron ganando. Australia ha mejorado notablemente su nivel, Nueva Zelanda tiene ahora muchísimas más opciones de jugar un Mundial (como ocurrirá en 2026) y la historia de los samoanos saltó en 2023 al celuloide con el título Next goal wins (El peor equipo del mundo).

31 goles encajados…

9 Brasil 5-2 Francia (semifinal Mundial 1958): Just Fontaine respondió en el minuto nueve al gol anotado por Vavá al poco de empezar el encuentro. Era la final anticipada. Francia contaba con Jonquet en el centro de la zaga, Piantoni hilando el juego y una dupla terrible formada por Fontaine y Kopá. Brasil había sufrido al inicio del torneo, pero en cuartos de final el seleccionador Feola dio su brazo a torcer y ante el clamor popular colocó como titulares a Garrincha (24 años) y a Pelé (17 años). Entonces todo cambió. En aquella semifinal fueron treinta minutos de igualdad. En el minuto 39 un zambombazo de Didí, la estrella de Brasil (con permiso del imberbe Pelé), ponía por delante a la canarinha. Desde ese instante sólo hubo un equipo sobre el campo. La segunda parte fue un baile de Brasil dirigido por Pelé. Aquel niño bajaba a recibir el balón al centro del campo, corría la banda, filtraba un pase y aparecía en el punto de penalti para armar la pierna. Y todo lo hacía con elegancia. Y todo lo hacía con alegría. Fue un hat-trick de un adolescente que al acabar el partido ya será O Rei. Luego Piantoni maquilló el resultado final dejándolo en un 5-2. Brasil pasará a la final y repetirá resultado ante Suecia. 5-2. Pelé anotó dos tantos, uno de ellos de una plasticidad inigualable. Control con el pecho tras centro, sombrero al defensor y remate con la derecha sin dejarla caer al palo corto del portero. El jogo bonito venía para quedarse.

El nacimiento de O Rei

8 Alemania 3-0 URSS (final Eurocopa 1972): Entre 1972 y 1976 la República Federal Alemana fue un torbellino. Selección compacta, fiable, de tremenda exuberancia física y con una pegada bestial. No dominaban ni era bellos, pero eran ganadores. Así fue en el Mundial 1974, pero no fue el caso de la Eurocopa 1972. Ese año Alemania fue todo eso y además una máquina preciosista en el juego. Tras una exhibición ante Inglaterra en Wembley, Alemania echó a Bélgica en semifinales y se plantó en la final ante la temida Unión Soviética (tres finales de cuatro posibles en Eurocopa). Alemania dominó de principio a fin. Fueron tres goles, pero pudieron ser el doble o el triple. Hasta cuatro lanzamientos teutones acabaron en los postes. Maier fue un espectador más en un estadio de Heysel abarrotado por los miles y miles de alemanes que afrontaron la cercanía con Bruselas. Beckenbauer armaba desde atrás y Heynckes y Müller (que anotó un doblete en la final) ajusticiaban en el ataque. Pero la diferencia entre esa Alemania y la de dos años después radicaba en el centro del campo. El partido ante la URSS encumbró a Günter Netzer como el mejor mediocentro del mundo. Barría el balón, pasaba en corto o en largo y marcaba el tempo del partido. Netzer sufrió marcaje doble y hasta triple en algún momento del choque, por lo que el entonces jugador del Gladbach retrasó inteligentemente su posición para sacar de sitio natural a sus marcadores y darle total libertad a Wimmer, el otro mediocentro teutón. Ese año Beckenbauer, Müller y Netzer ocuparían por este orden los tres primeros puestos en la ceremonia del Balón de Oro.

Perfección germana

7 España 3-0 Rusia (semifinal Eurocopa 2008): Si entre 1972 y 1976 Alemania fue un torbellino, la selección española entre 2008 y 2012 fue un huracán. Y si los rusos cayeron por 3-0 el día del encumbramiento de Netzer, otra vez los rusos cayeron por 3-0 en este caso para el encumbramiento de Xavi Hernández. La segunda parte de aquel partido fue un rondo perfecto liderado por el metrónomo catalán. A aquella forma de jugar sobando el balón hasta gastarlo en un continuo movimiento por el campo a base de triangulaciones y primer toque se le dio en llamar tiki-taka. Su promotor fue el comentarista deportivo Andrés Montes. Aficionados y compañeros de profesión renegaron en primera instancia de tal ocurrencia, pero finalmente ha pasado a definir una forma de jugar en el que la posesión es innegable y la defensa siempre se hace con el balón. Lástima que Montes falleciese antes de que su ingenio se hiciese universal. El caso es que Luis Aragonés había apostado en darle el poder a Xavi y acompañarlo de unos locos bajitos que respondían al nombre de Andrés Iniesta y David Silva. España, que siempre había basculado entre ser toro o torero, finalmente decidía ser torero. Luis Aragonés había detectado con sabiduría que en su equipo abundaban los artistas y creó una obra de arte. En la primera parte la lesión de Villa y algún fogonazo de Arshavin hicieron que el marcador no pasase del empate a cero. La bestia se desató tras el descanso. La sinfonía fue interpretada en la segunda mitad gracias a los tantos de Xavi, Güiza y Silva, todos ellos tras jugadas bordadas con cariño y esmero.

Y Xavi dirigió la orquesta

6 Argentina 0-5 Colombia (clasificación Mundial 1994): Argentina acababa de ganar la Copa América de 1993 a la que sumó el triunfo de 1991. Llegó a sumar 33 partidos consecutivos sin perder. Colombia no llegaba a semejante racha, pero sumaba doce meses sin conocer la derrota. Maradona no estaba (acusado de drogadicto), pero sí Ruggeri, Redondo, Simeone y un colosal Batistuta. Colombia no contaba con René Higuita (acusado de camello), pero sí con Valderrama, Rincón, Valencia y Asprilla. A Colombia le bastaba el empate para clasificarse para el Mundial. Argentina necesitaba el triunfo. El perdedor tendría que jugar un repechaje en la otra punta del mundo. El encuentro se celebra en el Monumental de Buenos Aires. Argentina llevaba seis años invicta en casa. Fue un baile. Una cumbia colombiana. 0-5. Freddy Rincón anotó el 0-1 al filo del descanso gracias a una asistencia de Valderrama. En la reanudación los argentinos se lanzaron al ataque sin demasiada precisión y Colombia desparramó sus encantos basados en la precisión técnica y una excelsa velocidad para lograr una victoria histórica. Freddy Rincón anotaría otro tanto más y Faustino Asprilla firmaría un doblete de ensueño con un gol tras burlar al portero y un segundo tras una vaselina inolvidable. Pero sería el quinto el que quedaría en la retina de todos los colombianos. El balón paso de uno a otro jugador cafetero siempre bajo las órdenes de Valderrama hasta que Asprilla le dé un pase filtrado a Adolfo Valencia quien bate con suma ligereza a Sergio Goycoechea. Fue la primera derrota en casa de Argentina en una eliminatoria de clasificación para el Mundial. Nunca más Colombia ha vuelto a ganar un partido en territorio albiceleste. Valderrama y compañía regalaron una obra de arte a una nación destrozada por la violencia y donde apenas tres meses después sería abatido el narcotraficante Pablo Escobar. Luego, tras el Mundial de 1994, el cártel de la droga asesinaría al defensa Andrés Escobar por meter un gol en propia puerta ante Estados Unidos.

Once héroes cafeteros

5 Inglaterra 3-6 Hungría (amistoso 1953): El PARTIDO. Así. Con mayúsculas. Fue la primera derrota inglesa en Wembley ante un equipo no británico. Es difícil de comprender en la actualidad, pero aquello marcaba un fin ya intuido y aquella noche confirmado. Los inventores del fútbol ya no eran los dueños del juego. Inglaterra había renunciado a jugar el Mundial hasta 1950 y allí cayó ante Estados Unidos y frente a España. Quedaba claro que algo sucedía, pero se le echó la culpa a lo pesado del viaje y a cierta relajación. Hungría, por su parte, era el gran equipo del momento. Una máquina de juego ofensivo, posiciones cambiantes y victorias estruendosas (20 victorias y 3 empates en sus últimos 23 partidos) lideradas por Ferenc Puskás. Así que, en 1953, para conmemorar el 90 aniversario del nacimiento del fútbol, se programó un Inglaterra-Hungría en Wembley. Inglaterra jugaba un rígido 3-2-5 popular en la época. Hungría no. Hungría era vanguardista. Hidegkuti era un nueve que bajaba a ofrecerse al centro del campo mientras que Budai y Czibor eran dos extremos que se convertían en laterales en posición defensiva. Arriba, tanto Kocsis como Puskás eran del todo menos inmóviles. Hidegkuti anotó al minuto de juego, los ingleses empataron, pero a la media hora del duelo el marcador ya era de 1-4 con dos tantos de Puskás. Recortó Inglaterra antes del descanso, sin embargo, el público ya era consciente de estar viendo algo diferente y despidieron a Hungría con una sonora ovación. En el minuto 55 el resultado era de 2-6. Pero no era el resultado. Era la forma de jugar. Algo diferente. El fútbol total antes del fútbol total. Uno de los tantos de Puskás se produjo tras un control tras pase largo al primer toque, finta para dejar sentado al capitán inglés Billy Wright y disparo seco al poste de la meta inglesa. Aquel control y aquella finta, grabada por la BBC en un tiempo donde la televisión era muy incipiente, quedó para la posteridad como el primer frame de un gesto técnico diferente. Claro que antes había habido regates, recortes y delicatessen varias, pero aquello se podía ver y no solo leer y escuchar. ¡Y era en Wembley y frente a Inglaterra! No sólo eso. Puskás anotaría un gol olímpico lanzando el córner con el exterior de su pie izquierdo. Los ingleses no daban crédito. Al final el resultado fue de 3-6. Y gracias. Inglaterra tiró a puerta cinco veces y anotó tres goles. Hungría lanzó 35 veces (21 a portería) para sumar seis tantos. Aquello fue un estruendo mundial. Meses después Inglaterra devolvería visita en Budapest y caerá por 7-1. Luego perdería el Wolverhampton (campeón inglés) frente al Honved (campeón húngaro). Inmediatamente se creó la Copa de Europa de clubes. Y cuando en 1958 Inglaterra se clasifique para el Mundial nadie la contará ya entre los favoritos al título.

El partido del siglo

4 Brasil 4-1 Italia (final Mundial 1970): México Distrito Federal. 110.000 almas. Brasil-Italia. Dos selecciones luchando por ser el primer país con tres títulos del Mundial. Italia llegó a la final tras una extenuante semifinal ante Alemania. Fachetti, Riva, Mazzola y compañía llegaban al último partido fieles a su estilo, de menos a más y con una fe defensiva granítica. A los transalpinos les encomendaron seguir a ‘los cinco dieces’ hasta a los vestuarios si fuese necesario. Catenaccio a muerte. Comenzaron fuertes y tuvieron dos buenas ocasiones en el primer cuarto de hora, hasta que un mal centro de Rivelino es convertido en gol de cabeza por Pelé. Burgnich, que era el hombre que estaba con O Rei en esa jugada, lo explicó así: “Saltamos juntos, pero cuando yo estaba en la tierra, él seguía en el aire. Yo había pensado para darme ánimo; Pelé es de carne y hueso, como yo. Estaba equivocado”. Pelé cayó del cielo para batir a Albertosi y poner el 1-0. Poco después Clodoaldo hace una frivolidad en el centro del campo, pierde el esférico y Boninsegna empata el partido. Quedaba toda la segunda mitad, pero a Italia se le había acabado la gasolina. Los 45 minutos finales fueron una exhibición canarinha. Las marcas se aflojaron y el primero que quedó libre fue Gerson. De los cinco genios era el menos temido por los transalpinos, por lo que Gerson jugó la segunda parte a placer dando pases milimétricos a diestra y siniestra. Con un precioso tiro desde fuera del área puso el 2-1 en la final. Luego, ya con Brasil jugando a placer, vendría el 3-1 por parte de Jairzinho. Y quedaba el fin de fiesta del 4-1. Un gol que era puro jogo bonito. Una hermosa jugada colectiva que se inició en defensa y en la que sólo faltó que el balón fuese acariciado por un jugador de banquillo. Tras tocar y tocar el balón, el cuero le llegó a Pelé que paró el tiempo y deslizó el esférico a su derecha. La imagen queda en pausa. Uno, dos, tres. A los tres segundos aparece una estampida por el carril derecho que tras un derechazo descomunal ponía el 4-1 definitivo. Era el gol de Carlos Alberto, un gol legendario que culminaba una actuación legendaria. El Brasil del 70 jugó un fútbol digno de las ganas de fiesta de su gente para lisonjear al primer Mundial en color de la historia. Los ‘cinco dieces’ del Brasil del 70 perforaron las redes rivales. Jairzinho fue el máximo goleador del Mundial con siete tantos, Pelé metió cuatro, Rivelino conquistó tres, Tostao hizo dos goles y Gerson anotó uno. Todos brillaron, pero el astro más resplandeciente del firmamento fue Pelé. Todos eran dieces en sus equipos, pero todos revolotearon por el campo cual artistas para goce y disfrute del pasar del tiempo.  

Y gol de Carlos Alberto

3 Brasil 1-7 Alemania (semifinal Mundial 2014): La tarjeta de visita no indica lo que ocurrió aquella noche en Belo Horizonte, Brasil lanzó 18 veces (8 a puerta) por las 14 de Alemania (10 a puerta). La posesión fue 53-47 a favor de los teutones y en pases, regates, saques de esquina y demás variables del Big Data la igualdad era lo imperante. Pero el fútbol es mucho más que números. Son sensaciones. Y lo que sucedió en Belo Horizonte, lo que se dio en llamar Mineirazo, fue un cataclismo psicológico pocas veces visto. A la media hora de juego el marcador era de 0-5 (Müller, Khedira, Klose y dos tantos de Kroos). Brasil había comenzado presionando y generando ocasiones, pero un despiste defensivo tras un saque de esquina originó el primer tanto a los diez minutos de juego. Al poco Klose anotó el tanto que le convertía en el máximo goleador de la historia del Mundial y a partir de entonces lo que se sucedieron fueron una suerte de errores groseros acompañados del silencio y de los lloros del público brasileño allí presente. En la segunda parte Alemania bajó descaradamente el ritmo y aun así en el minuto 69 el marcador era de 0-7. Un tanto de Óscar al poco del final dejaba el resultado en un histórico 1-7. La probabilidad de que Alemania ganara a Brasil por más de seis goles de diferencia era de un 0,025%. El encuentro significó la peor derrota de la selección de Brasil en su historia futbolística. Y tuvo que ser en casa. Y en las semifinales de un Mundial. De su Mundial. Sólo dos de los 23 seleccionados brasileños para el Mundial fueron convocados para la Copa América del año siguiente. Desde entonces los brasileños no han parado de producir porteros y defensas y en todas las grandes competiciones en las que han competido el miedo ha hecho mella en los planteamientos de los partidos, todos excesivamente conservadores para lo que el jogo bonito significó para el fútbol en el siglo XX. Desde 2014 Brasil nunca ha vuelto a ser Brasil.

O Mineirazo

2 España 4-0 Italia (final Eurocopa 2012): Durante un lustro inolvidable España se convirtió en el rey del fútbol Mundial. Los Casillas, Xavi, Iniesta, Villa y compañía confirmaron una realidad inexorable; España detenta la hegemonía del balompié en el siglo XXI. El caso es que toda esa superioridad nunca se vio reflejada en el marcador. Es conocido que el tiki-taka logró con brillo vitorear en Sudáfrica, pero todo a base de 1-0. Así que la final de la Eurocopa de 2012 es considerado el partido más redondo de esa generación dado que al dominio aplastante y a la belleza del juego se le sumó la efectividad frente al arco rival. Aquella España jugaba con dos laterales abiertos que, cuando eran poseedores del balón, se convertían en centrocampistas. Esto hacía de España de un equipo insuperable. Arbeloa y Jordi Alba apoyaban a Busquets en primera fase y dejaban total libertad para armar y crear a Xavi y a Xabi Alonso. España renunciaba a las bandas conscientemente, ya que sabían que nadie sería capaz de quitarles la pelota. Ellos dos junto a Silva, Cesc e Iniesta deleitaban con un rondo inmortal que acabó desquiciando a Italia. La imagen de Iniesta haciendo su icónica croqueta rodeado de cinco italianos forma parte de la esencia de este bendito deporte. España no necesitó de delanteros para marcar cuatro goles. En realidad, el 4-0 refleja lo que fue el partido. Alonso, Xavi, Iniesta y Silva frente a Andrea Pirlo. La batalla estaba decidida antes de empezar. Al descanso el resultado era de 2-0. Si en la primera mitad los transalpinos aun tuvieron algo de vergüenza torera, en el segundo tiempo fueron un pelele. Visiblemente agotados de correr tras el balón no tuvieron capacidad de asustar a un invisible Casillas. Con el partido controlado, los minutos fueron pasando en la segunda parte hasta llegar la sentencia en dos arreones finales. Silva, Jordi Alba, Fernando Torres y Mata fueron los firmantes de un encuentro que le daba a España su tercera Eurocopa enlazando victorias europeas en 2008 y 2012 junto al Mundial de 2010.

La final perfecta

1 Países Bajos 2-0 Brasil (semifinal Mundial 1974): No es el resultado. Es el simbolismo. Brasil era dueña del fútbol. Tanto en resultados como en juego. Holanda era una advenediza. Era su primer Mundial. Eran dos concepciones similares y a la vez diferentes. Brasil proponía un juego vistoso y de toque y Holanda rizaba el rizo al proponer lo mismo, pero a través del orden y el cambio posicional. Aun contaba Brasil con dos de los cinco dieces del mágico México 1970. A Rivelino y a Jairzinho se les había unido Dirceu. Por la banda izquierda se mostraba el excepcional Marinho Chagas. En Holanda, también por la izquierda avanzaba de cuando en cuando Ruud Krol, en el medio dirigía Neeskens, arriba amenazaba Resenbrinck y como jefe de todo estaba Johan Cruyff. Con esos mimbres Holanda ya había avasallado a Argentina (4-0). Roberto Perfumo, capitán albiceleste, dejaría una frase para la posteridad: “Nunca he sentido tanta impotencia. La única forma de parar a los holandeses es con una pistola”. Con todo Brasil seguía siendo favorito. Lo que ocurrió cambió para siempre la forma de ver el fútbol de los brasileños. Holanda dominó de principio a fin. Sus jugadores de ataque cambiaban de posición constantemente y los defensores neerlandeses aparecían de tanto en tanto cerca del área rival. Brasil tuvo que echarse atrás y jugar al contraataque. Lo nunca visto. A pesar de las numerosas ocasiones el marcador no registró goles hasta el minuto 50 cuando Neeskens finiquitaba un excepcional pase de Cruyff. Los siguientes cuarenta minutos están catalogados por muchos periodistas y aficionados como el mejor fútbol practicado por una selección en un Mundial. Tras salida de balón parado una masa de jugadores neerlandeses iba cual hienas en busca del rival con balón. Las jugadas al primer toque de los oranges se sucedieron una tras otra y, aunque únicamente lograron anotar un tanto más (Cruyff a pase de Krol), el daño infligido era mucho mayor que el que irradiaba el electrónico. Brasil tiró la toalla y se conformó con no sufrir una goleada. Brasil dejó de ostentar la hegemonía de la vanguardia en el fútbol y comenzó, aun con muchas reticencias, a defender, a tener miedo. Tardó dos décadas en ganar otro Mundial y lo hizo con muchísimas precauciones defensivas. Holanda perdió la final ante Alemania, pero dio igual. Holanda portaría desde entonces la bandera de la creatividad y del juego ofensivo, bandera que mantiene, a pesar de que la han mancillado en numerosas ocasiones.

Baile neerlandés

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¿Qué es un partido épico? Aquel con resultado incierto hasta el final, con multitud de goles y ocasiones y aquel en que ambos equipos mostraron un juego excelso tanto en ataque como en defensa. Son aquellos partidos en los que tanto el vencedor como el derrotado son recordados y son aquellos que elevan al fútbol a la categoría de arte y donde tanto la razón como el corazón hacen acto de aparición.

Sin ningún género de dudas es en este listado donde más partidos he tenido que dejar fuera de la lista con todo el dolor de mi corazón. Tras mucho seleccionar me quedé con una categorización de 23 encuentros de selecciones épicos y ha sido harto difícil considerar tan sólo una decena de ellos. De hecho, dado que soy yo quien escribe y quien dictamina las reglas podría haber seleccionado los 23. Pero, en fin, quedémonos con 10 de ellos.

¿Cuáles se han quedado fuera? Son tantos que vayamos por orden cronológico. A los albores del juego nos tenemos que ir para encontrar el Escocia 0-0 Inglaterra de 1872. Fue el primer partido entre selecciones de la historia y por ello es épico. El encuentro acabó sin goles y eso que el dibujo táctico de ambos contendientes era un 1-1-8. Una prueba como tantas otras de que hay que ver más allá de los números. Donde hubo goles fue en el Suiza 5-7 Austria de cuartos de final del Mundial de 1954. La mayor orgía de goles jamás vista en una Copa del Mundo. Los helvéticos llegaron a ir ganando por 3-0, aunque al descanso ya perdían 3-5. El partido, disputado a más de 40 grados de temperatura, dio el pase a Austria a semifinales del Mundial.

Ese mismo año, en una de las semifinales, Hungría venció por 4-2 a Uruguay tras una prórroga en el que fue catalogado como el mejor partido de los primeros 25 años de la historia del Mundial. Hidegkuti, Czibor o Kocsis frente a Andrade o Schiaffino. Fue la primera derrota charrúa en la Copa del Mundo y certificó la coronación de Hungría como mejor equipo del planeta gracias a un juego de pases y movilidad nunca antes visto que sumó treinta encuentros imbatidos. Hungría perdió ese Mundial jugando como los ángeles al igual que Holanda lo perdió ante Alemania (1-2) en 1974 en un partido en el que tuvieron múltiples ocasiones. Salieron dominando la final, ocurrió que se confiaron en exceso ante una escuadra teutona que supo mantener la calma con Maier en portería, Beckenbauer de mariscal y Müller en ataque para darle la vuelta al choque.

Gerd Müller fue el hombre de aquella final al igual que Kylian Mbappé fue el hombre del partido en el 4-3 de Francia ante Argentina en octavos de final del Mundial 2018. Aquel correcalles coronado con un estratosférico gol de Pavard encumbró al imberbe Mbappé ante el que por entonces parecía acabado Leo Messi. Los franceses también se llevaron la gloria en otro épico encuentro de cuartos de Mundial ante Brasil (1-1) en 1986 con Platini y Zico danzando como cisnes por el terreno de juego antes de que los penaltis dictasen sentencia. Francia resultó vencedora como también lo fue en las semifinales de la Eurocopa 2000 ante Portugal (1-0) en el que fue el mejor partido en el mejor torneo que jamás jugó el excepcional Zinedine Zidane. Antes, en 1984, en la misma ronda (semifinales) y ante el mismo rival, Michel Platini había dictado sentencia. El 1-1 dio paso a una prórroga donde Portugal se puso por delante. A falta de siete minutos para cumplir los 120 de juego, el galo Domergue empató y con el tiempo añadido Platini anotaba el tanto de la victoria que clasificaba a Francia (3-2) rumbo a su primer título continental.

Sigamos con la Eurocopa y volvamos a la edición de 2000. Alemania e Inglaterra se estrellaron en la primera fase ante una superlativa Portugal. Los lusos vencieron a los ingleses (3-2) al remontar un 0-2 en contra gracias a un excepcional Luis Figo quien anotó uno de los mejores goles jamás vistos en competición continental. Cuatro años más tarde volveríamos a ver otra remontada de un 0-2. Esa era la ventaja de Holanda frente a Chequia a los veinte minutos de juego. Entonces el seleccionador checo decidió quitar a un central para meter a un delantero. Aquello fue una orgía de fútbol ofensivo comandada por Pavel Nedved y Tomas Rosicky que acabó con 3-2 para los centroeuropeos en esa primera fase de 2004. Y antes, allá por 1988, los dioses del fútbol se redimían y daban a Holanda su primer y único título oficial. Holanda venció por 2-0 a la Unión Soviética en la final de la Euro en una exhibición coral de dos equipos ofensivos y que hacían del pase la exaltación del juego. Y, aun con todo, lo que queda del choque es una perla individual, un escorzo inverosímil de Marco Van Basten para la posteridad.

Dos perlitas más para acabar. La agónica semifinal del Mundial de 2006 entre Alemania e Italia (0-2) donde los transalpinos demostraron que también podían jugar al ataque y que acabó con dos tantos seguidos en el último minuto de la prórroga. Y por último la gran victoria del fútbol africano. Fue la de Nigeria ante Argentina (3-2) en los Juegos Olímpicos de 1996. Los africanos remontaron por dos veces el marcador antes de llevar el duelo a la prórroga. Tras una falta lateral Amunike daba la victoria al continente negro tras haber eliminado en semifinales al Brasil de Roberto Carlos, Bebeto, Ronaldo y Rivaldo y en la final a la Argentina de Ayala, Zanetti, Simeone o Crespo. Casi nada al aparato.

Las águilas nigerianas

Vamos pues con los 10 mejores partidos épicos de selecciones de todos los tiempos. No es más que un listado. No es nada. Y a la vez lo es todo. Diez instantes igual de mágicos y emocionantes que son recordados por los aficionados al fútbol con independencia de sus filias y sus fobias.

10 Uruguay 1-1 Ghana (cuartos Mundial 2010): El que más me ha costado introducir en la clasificación. A fin de cuentas, no es más que un cuarto de final de un Mundial. Pero fue el lloro de África. El único hasta la fecha (y tiene pinta que el único en mucho tiempo) en el más pobre de los continentes. Y es que sí. Marruecos alcanzó las semifinales en 2022. Pero el Magreb no es el África negra. El África profunda. Y Ghana lo tuvo en la mano. Lo rozó con los dedos. Arrancó eléctrico el partido con claro dominio uruguayo que se fue nivelando poco a poco hasta que Muntari fusiló a Muslera y puso el 0-1 a favor de los africanos. Forlán respondería de falta en la segunda parte y lo que siguió fue un maravilloso correcalles que duró prórroga incluida. Entonces, abocados a los penaltis, en el minuto 120, un remate de cabeza de Ass a puerta vacía encontró la mano de Luis Suárez, quien en vez de delantero ejercía de portero. Era gol. Sería penalti y roja directa para el entonces delantero del Ajax. 85.000 espectadores sudafricanos empujaban a Asamoah Gyan para que anotase el penalti y llevase a África por vez primera a las semifinales de un Mundial. El disparo, seco y fuerte, se estrelló en el travesaño. Habría penaltis y ahí Gyan, valiente, lanzará y anotará el primero, pero dos compañeros suyos no conseguirán batir a Muslera. Sebastián Abreu, a lo Panenka, anotará el quinto y definitivo para dar carpetazo a un encuentro legendario.

El Loco Abreu tumbó a África

9 Checoslovaquia 2-2 Alemania (final Eurocopa 1976): Lo del penalti a lo Panenka nació precisamente en esta final de la Eurocopa. Antonín era el nombre de este checoslovaco irreverente. Aquella Eurocopa estaba destinada a un postrero duelo entre Cruyff y Beckenbauer. Sería la última oportunidad del genio neerlandés y de muchos de su grupo de locos melenudos de convertir en un título su fastuoso fútbol total. Para la RFA, con sus mitos superando la treintena, era el fin de fiesta a un ciclo que los había coronado como campeones mundiales un par de años antes. Los naranjas contaban con hacer lo mismo, pero cayeron en la prórroga ante Checoslovaquia en semifinales. La sorpresa fue mayúscula. Quiso el destino que la final tuviese un guion parecido al de la semifinal. Checoslovaquia se adelantó pronto y, aunque Alemania recortó al descanso, los checos vencían por 2-1. Como de costumbre los teutones iban a trompicones y como siempre pusieron el rodillo a funcionar doblegando a Ivo Viktor tras innumerables intentos gracias a un gol en el último minuto. Hubo prórroga y luego penaltis. Hoeness lo mandó al limbo y Panenka tenía en sus manos darle la victoria a Checoslovaquia. El silbato suena. Pequeña carrerilla. Antonín avanza. Maier dobla las rodillas hacía su izquierda. Panenka acaricia el balón. Su bota atrapa el esférico como cuchara en plato de sopa. En lugar de sacar un cañonazo de sus botas, Panenka orientó su cuerpo hacia la derecha y lanzó un balón bombeado por el centro de la portería. Con un ligero toque el esférico realizó una parábola que se dirigía lentamente al centro de la portería. Maier, tirado en el césped, observaba incrédulo lo fácil que habría sido pararla. El balón no había llegado a la red cuando Antonín levantó los brazos. Sabía que sería gol. Lo sabía mucho antes de haber lanzado. Había pasado a la historia.

El Panenka original

8 Italia 3-2 Brasil (cuartos de final Mundial 1982): A Brasil le faltaba un goleador. Tampoco le hacía falta. Sócrates, Falcao y Zico se bastaban. Aquello era un espectáculo. Fútbol ofensivo sin red. No tenían portero. Eso sí. Italia daba pena. Enfrentados a la prensa, los italianos habían pasado de carambola la primera fase sin haber ganado ningún partido. Su delantero titular había estado dos años sancionado por un escándalo de apuestas deportivas y aun no se había estrenado en el Mundial. Aquella tórrida tarde barcelonesa anotaría tres tantos. Italia jugó un partido valiente, ofensivo, algo que nadie se esperaba. Fue un partido precioso. Los italianos se adelantaron por dos veces y por dos veces empataron los brasileños. Luego, en el minuto 74, Paolo Rossi marcaba el tercero personal y el tercero para Italia. El partido, como dije, fue precioso e igualado. El colorido y la pasión de las gradas, el encanto de Barcelona y la demolición del estadio de Sarriá, han convertido el partido en mítico. En los últimos minutos Italia anotó un cuarto gol que fue anulado, pero ahí sí que el dominio fue íntegramente brasileño. Los transalpinos pusieron el autobús y defendieron como ellos sólo saben. Zico, Falcao y, especialmente, Serginho en un mano a mano que falló ante Dino Zoff pudieron darle la vuelta al marcador. Italia pasó a semifinales y luego ganaría la final a Alemania para llevarse un Mundial con el que nadie contaba. Para Brasil fue tal la decepción (a tragédia do Sarriá) que dio carpetazo para siempre al jogo bonito. Desde 1982 los porteros, los centrales y los mediocentros defensivos forman parte del ideario brasileño tal y como lo forman en el ideario futbolero del resto del mundo.

Y Paolo Rossi resucitó en Sarriá

7 Alemania 3-2 Hungría (final Mundial 1954): En la primera fase ambas escuadras se habían enfrentado. 3-8 ganó Hungría. Los magiares eran el mejor equipo del mundo. Sumaban 33 partidos consecutivos sin perder. No sólo eran los triunfos. Era la manera de lograrlos. A través de un 4-2-4 con continuos movimientos, Hungría tenía un portero que jugaba el balón al pie, defensas que armaban y barrían y delanteros que bajaban a recibir el balón al medio campo. Era el fútbol total antes de que existiese el fútbol total. Hidegkuti organizaba una bacanal ofensiva que remataba Puskás. Ocurrió que en la final llovió. Y llovió mucho. Y Alemania contaba con unas botas Adidas de tacos regulables, una innovación de la época. Los húngaros se resbalaban y cuantiosas eran las caídas. Y Puskás, lesionado en el tobillo, era incapaz de correr. Los alemanes, además, contaban con Fritz Walter, un excepcional centrocampista que rendía bien en los días lluviosos, ya que una malaria contraída en tiempos de la II Guerra Mundial le impedía rendir bien cuando el sol abrasaba. Al principio nada de eso se notó. A los diez minutos el marcador ya era 0-2 para los magiares. Aquello estaba visto para sentencia. Tenía pinta de masacre. Pero no sería así. Antes del descanso los alemanes empataban. En la segunda mitad el agua golpeaba con fuerza los cuerpos de los jugadores y el balón se asemejaba a una roca. Hungría salió con todo tras el descanso a sabiendas que el depósito de gasolina estaba quedándose seco. Un lanzamiento al poste de Kocsis, un paradón de Turek a tiro de Puskás, otro lanzamiento al poste de Hidegukti y otro paradón de Turek a cabezazo de Kocsis.  A base de ganas, orgullo y algo de suerte Alemania sobrevive y se mantiene en pie. Por entonces el campo es un barrizal. Es el minuto 84 de la final cuando Rahm lanza un latigazo con la zurda que bate a un Grosics que resbala cuando va a atajar el balón. Un Puskás cojo aun conseguiría empatar el encuentro, pero el gol era anulado por fuera de juego. Hungría perdió la final y se diluyó como un azucarillo en los anales de la historia. Para Alemania fue la primera vez que se cantaba el himno con orgullo desde tiempos del III Reich y el inicio un carácter indomable y una fortaleza de hierro que los hará grandes en el fútbol mundial.

El nacimiento de la Alemania invencible

6 Inglaterra 4-2 Alemania (final Mundial 1966): Alemania se aventajó al poco de comenzar e inmediatamente Hurst puso el empate en el marcador. A doce minutos del final los ingleses se adelantaron y, cuando ya se veían celebrando su primer Mundial, el teutón Weber empató el encuentro en el minuto 89. Prórroga. El partido lo tenía todo. Apenas dos décadas atrás ingleses y alemanes estaban matándose en el campo de batalla. Quien más y quien menos tenía padres que habían ido a la guerra, tanto los que estaban sobre el césped como los que veían el choque desde las gradas. Lo que vino después es celebérrimo. Alan Ball pone un balón franco para Hurst que dispara con fiereza. El esférico golpea ferozmente en el larguero y en el rebote el balón botó sobre la línea de portería. No parece que la haya traspasado. O sí. O no. El árbitro da el gol por válido. 3-2. Los alemanes montan en cólera. Los ingleses lo celebran eufóricos. El colegiado era suizo, pero el culpable de la validez del tanto fue un juez de línea soviético que respondía al nombre de Tofiq Bahramov. Luego vino la leyenda. Se dijo que tras el partido la Reina Isabel II le regaló a Bahramov un silbato de oro por sus servicios. Y la cosa tomó tintes míticos en octubre de 1993. Estando Bahramov en su lecho de muerte fue preguntado cómo pudo saber si el balón había traspasado o no la línea de gol. Al parecer, el ex colegiado respondió: “Stalingrado”. El caso es que sin VAR no había mucho más que hacer. Aún le daría a Geoff Hurst tiempo a meter otro gol en el minuto 120, firmar el primer hattrick que se ha logrado en la final de un Mundial y convertir a la orgullosa Inglaterra, aunque fuese por una única ocasión, en rey del planeta.

El ¿gol? de Hurst

5 Argentina 3-3 Francia (final Mundial 2022): Fue un Mundial tan extraño que comenzó con una derrota de Argentina frente a Arabía Saudí. Era diciembre. Y era en Qatar. Y aun con todo, Argentina se plantó en la final. Leo Messi tenía que haber salido campeón en 2010 o en 2018. Y lo tuvo en su mano en 2014. Era su año. Nadie contaba con 2022, pero el destino lo quiso así. Un Messi crepuscular, más organizador que finalizador, pero que manejó los partidos a su antojo con su clarividencia habitual y con una fiereza nunca antes vista. En la final tocaba enfrentarse con la ultrafísica Francia dirigida por el talento de Mbappé. Argentina se trabajó la tercera estrella en la pechera. Durante 80 minutos impecables sumó dos tantos y mostró una superioridad absoluta. El segundo de Di María, tras jugada colectiva, fue un tanto maravilloso. Pero fue que a diez minutos del final Kylian Mbappé anotó de penalti. 95 segundos después el mismo protagonista puso el empate, en esta ocasión tras una volea perfecta. 2-2. Entonces los europeos crecieron y tuvieron varias para llevarse el Mundial antes de la prórroga, pero tocaba media hora más de espectáculo. El tiempo extra fue precioso. Inolvidable. Lautaro Martínez tuvo un par de ellas y en la tercera despejada por el meta Lloris anotó tras rechace para adelantar otra vez a Argentina. Otros 100 segundos tardó Francia. Penalti clarísimo que anota Mbappé. 3-3. Tres goles de Mbappé que empataba a tantos en una final con el inglés Hurst. Kolo Muani tendría un mano a mano en el último instante, pero tocaba penaltis. Apareció entonces en escena un tal Emiliano Martínez, un portero semidesconocido con pinta de soldador que había jugado en ocho equipos distintos en los anteriores ocho años. Atajó un lanzamiento, Tchouamení mandaba otro fuera y Leo Messi adelantaba por la derecha a Diego Maradona.

Éxtasis Messianico

4 Alemania 3-3 Francia (semifinal Mundial 1982): Se puede catalogar como la mejor prórroga que jamás se ha jugado. Preciosa. Un duelo sin red al ataque. El culmen de un partido épico cuyo momento álgido no fue ningún gol, sino un golpe. Sevilla. Sánchez Pizjuán. Era el minuto 62. Alemania había dominado el encuentro que, de todos modos, se mantenía igualado (1-1). Platini recibe el balón y envía al espacio para la carrera de Battiston. Frontal del área. Toni Schumacher, meta alemán, sale con todo a despejar, se olvida del balón e impacta de lleno contra Battiston. La cadera de uno impacta contra la cabeza del otro. Battiston cae el suelo inconsciente. No hay roja. Ni penalti. Y Battiston no se levanta. Sale en camilla del campo sin recuperar la consciencia. Platini sale de la mano con él. Y, mientras, Schumacher ni se inmuta, masca chicle y juguetea con el balón en su área. Luego dirá que tuvo miedo de acercarse a preguntar. Para todo el mundo será siempre el villano de Sevilla. El caso es que los franceses, que hasta entonces no habían tenido la iniciativa, le meten una marcha más al partido. Tendrán varias ocasiones, la más clara un remate al larguero de Amorós. Prórroga. En el segundo minuto se adelanta Francia con una volea de Tresor y luego Giresse anota el 1-3. Alemania está desbordada. Todo parece decidido. Pero no. Rummenigge, quien acaba de entrar al campo a la desesperada dado que estaba lesionado, recorta distancia con un escorzo. Descanso. Y en la segunda mitad de la prórroga el rodillo teutón coloca el 3-3 final. En los penaltis todos anotan hasta que Stielike lanza al muñeco. Francia lo vuelve a tener en su mano, pero Schumacher detiene el penalti lanzado por Didier Six. Luego el villano de Sevilla aun pararía otro más. Alemania había alcanzado la final gracias a las paradas de Toni Schumacher, el villano de Sevilla.

Battiston y Platini

3 Argentina 2-1 Inglaterra (cuartos de final Mundial 1986): Sin lugar a dudas el partido del que más se ha escrito en la historia. La literatura sobre este duelo es soberbia, tanto en castellano como en inglés. El contexto era inmejorable. Cuatro años antes los argentinos habían ocupado las Malvinas, un archipiélago insignificante en la costa argentina, pero de soberanía inglesa. En apenas un mes los ingleses barrieron la ocupación sudamericana. La derrota hizo caer a la dictadura militar y en 1983 se celebraron elecciones libres en Argentina. Para 1986 la herida aun sangraba. Y Maradona estaba presente. Maradona era el potrero. El niño sonriente, pícaro, el gambeteador que creía en la ley de la calle. Un cara sucia. Un irrespetuoso del poder. Y no existe más rectitud y más poder que el anglosajón. Así que aquello no era un partido más. El encuentro fueron dos instantes. ¡Qué dos instantes! Valdano no logró controlar un pase y el balón atrás de un defensa inglés iba a ser despejado por Shilton cuando Maradona se levantó de un salto y golpeó el balón con su mano izquierda simulando que le había dado con la cabeza. “Lo hice con la cabeza de Maradona, pero con la mano de Dios”, diría Diego Armando. Seis minutos después el Barrilete Cósmico cogió un balón en el centro del campo, hizo un giro sobre sí mismo y comenzó una carrera prodigiosa con el balón pegado en su pie izquierdo en el que se llevó por delante a cinco defensores ingleses y al arquero Peter Shilton. Fue la esencia del fútbol. El fútbol como juego, como un pasatiempo azaroso en el que gana el más fuerte o el más listo y donde el resultado es imprescindible. La belleza de la trampa y el arte hecho carne. El fútbol de la infancia. Un fútbol que hoy ya no existe…Volvamos al juego. Bobby Robson realizó un par de cambios ofensivos y los ingleses tomaron el control del choque hasta que a diez minutos del final Gary Lineker, un delantero excepcional pulcro y académico antítesis de Maradona, recortaba distancias. Inglaterra siguió presionando y atacando y los argentinos pusieron en marcha otra treta callejera perdiendo tiempo y simulando calambres. Final. 2-1. Maradona daba otro paso hacia el Olimpo. ¡Malvinas argentinas! se cantaba en el vestuario albiceleste tras la victoria.

La mano de Dios

2 Brasil 1-2 Uruguay (final Mundial 1950): La FIFA tuvo la estúpida y terrible idea de suprimir la final del Mundial. En su lugar programó un cuadrangular final con los cuatro semifinalistas en formato de liguilla. Pero quiso el destino que el último partido enfrentase a Brasil y a Uruguay. No era una final, pero se le asemejaba. Si Brasil ganaba o empataba era campeón. A los charrúas sólo les valía la victoria. Más de 200.000 espectadores en Maracaná, cifra jamás igualada en un campo de fútbol. Se habían vendido más de medio millón de camisetas felicitando al campeón brasileño y todos los actos oficiales de celebración estaban programados. Había banda de música en el campo y se habían acuñado monedas con el rostro de los futbolistas brasileños. Jules Rimet, presidente de la FIFA, llevaba en el bolsillo de su americana un papel con un discurso en portugués en honor a Brasil. Antes del partido el embajador uruguayo se acercó al vestuario charrúa y exhortó a sus compatriotas a sufrir una derrota digna. Ese era el panorama. Brasil dominó el choque y a los dos minutos del segundo tiempo se adelantó en el marcador. La explosión de júbilo fue estruendosa. Obdulio Varela, capitán uruguayo, cogió el balón con las manos y se acercó al árbitro a reclamar un fuera de juego del todo inexistente. El negro Varela, un mestizo de madre gallega y padre africano, sabía de sobra que no había sido fuera de juego, pero su intención eran ralentizar al máximo el partido y no volver a poner el balón en el centro del campo hasta que público y jugadores se calmasen. Con inteligencia logró su objetivo y lejos de desmoronarse Uruguay tomó las riendas del encuentro. Un cuarto de hora después un remate de Schiaffino firmaba el 1-1. Con ese resultado Brasil era campeón, pero el miedo recorrió las entrañas de todos los brasileños allí presentes. Paralizados los cariocas, Uruguay empezó a acumular ocasiones hasta que en el minuto 79 un remate de Ghiggia al palo corto del arquero brasileño puso el 1-2 definitivo. Aquello pasaría a ser conocido como Maracanazo. 200.000 presentes lloraban a lágrima viva y Jules Rimet tuvo que darle la copa de campeón a Obdulio Varela a escondidas. Brasil abandonó para siempre su camiseta blanca y la cambió por la verdeamarela. Barbosa, portero brasileño, se acercó, ya anciano, un día de 1993 a presenciar un entrenamiento de la selección brasileña. Se le fue negada la entrada porque creían que les daría mala suerte. “La pena máxima en Brasil por un delito son treinta años, pero yo he cumplido condena durante toda mi vida”, declararía a los medios.

Y 200.000 brasileños lloraron

1 Italia 4-3 Alemania (semifinal Mundial 1970): El partido del siglo. Y punto. Alemania (la RFA para ser más exactos) combinaba en su selección la clase, el talento y el esfuerzo de varias generaciones, a pesar de que su Liga no tenía tal poder. Tenía un equipo descomunal línea por línea, empezando por Maier en la portería, Vogts en defensa, Beckenbauer o Overath en el centro del campo y una dupla increíble en punta formada por Uwe Seeler y Gerd ‘Der bomber’ (Torpedo) Müller. En 1970 Italia tenía un equipo fabuloso. Lideraba la defensa el capitán Giacinto Fachetti, y contaban con dos extraordinarios mediapuntas, Sandro Mazzola (ídolo del Inter de Milan) y Gianni Rivera (ídolo del AC Milan). En cualquier otro país ambos podrían jugar juntos. En Italia eso era imposible. Es más, en la punta del ataque estaba Luigi Riva, un delantero con una zurda descomunal, pero que a menudo acababa desesperado ante la ausencia de pases dignos de ser convertidos en gol. El choque fue un partido lleno de giros imprevistos. Un combate extenuante, sembrado de rachas de buen juego, errores clamorosos, lesiones, jugadas polémicas y un esfuerzo descomunal ante un calor abrasador. La fatiga provocó un desenlace en la prórroga que se tornó en inolvidable. Durante la primera parte el encuentro se ajustó al guion previsto. Alemania dominaba y tenía varias ocasiones de peligro, mientras que Italia esperaba agazapada. Fruto de la legendaria paciencia azzurra, al filo del descanso Boninsegna cargó con velocidad y adelantó a Italia en el marcador con un fulgurante disparo desde 30 metros. Inmediatamente los transalpinos se echaron aún más atrás si cabe esperando el fin del encuentro. Recibieron entonces un bombardeo con infinidad de ocasiones desperdiciadas, hasta que en el tiempo de descuento Alemania hizo gala de su fama y Schnellinger marcaba. 1-1. Su primer gol en 47 partidos internacionales. Prórroga. No hay cambios. Ya se habían agotado. 40 grados de temperatura. Beckenbauer juega el tiempo extra con una clavícula rota y brazo en cabestrillo tras ser derribado minutos antes. Es la imagen del partido. En el minuto 95 del choque (5’ de la prórroga), Gerd Müller adelanta a Alemania tras un fallo defensivo transalpino. Los italianos dejaron las precauciones defensivas para otro momento y en tan sólo cuatro minutos firmaban el 2-2. Poco después el cazagoles Riva bajaba el balón dentro del área, se libraba de Schulz con un precioso regate y con un zurdazo cruzado batía a Maier y ponía por delante a Italia. 3-2. Segunda parte de la prórroga. Italia empezó a perder tiempo de forma descarada, en una mezcla de lesiones simuladas y exhausto cansancio. Pero Alemania no estaba muerta. En un saque de esquina Seeler cabecea en primera instancia y luego Müller volvió a anotar. 3-3. En ese momento parecía que el partido iba a acabar en tablas. Ello implicaba otro extenuante partido al cabo de dos días, ya que por aquel entonces no estaba todavía implantado el sistema de penaltis. Sin embargo, en el minuto 116 la elegancia de Rivera surgió cerca del área para, con un precioso disparo con el interior, batir a Sepp Maier. Italia se clasificaba para la final tras un majestuoso partido en el que se anotaron siete goles, cinco de ellos durante la prórroga, tiempo extra al que se había llegado tras un gol alemán en el minuto 93. Colosal. Inolvidable.

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