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Historia contrafactual del Balón de Oro de porteros

Por petición de alguno de mis lectores me he animado a realizar otra de esas historias contrafactuales. Una vez otorgados los siete balones de oro a Pelé, creada una lista hipotética de mejores futbolistas del mundo entre 1930 y 1955 y reordenar la historia de la Copa de Europa tras la aparición de la Ley Bosman, en esta ocasión toca hablar del premio Lev Yashin de los porteros. Elaborar una historia contrafactual del Balón de Oro de los porteros.

La otra alternativa sería reabrir el debate sobre los mejores de siempre. Una discusión perennemente abierta y reavivada polémicamente por ‘France Football’ el año pasado tras robarle a Robert Lewandowski un Balón de Oro que le será entregado este año, pero sin efectos retroactivos. En estas páginas ya se debatió quien era el mejor futbolista de todos los tiempos, y ya es conocida de sobra mi reacia opinión a comparar distintas épocas. Mucho más justo es confrontar a coetáneos y explicar cómo esos hechos influyen en el futuro.

Como ya he indicado en otras ocasiones, la labor del periodista, del periodista deportivo en este caso, es contar, juzgar, verificar y explicar los sucesos que ocurren. Y para ello el receptor no necesita ver el partido. Y ni siquiera viéndolo, sea en vivo o a través de la televisión, tendrá una visión ecuánime, ya que le faltarán perspectivas que no alcanzará a poseer. Echar la vista atrás es una labor de investigación válida, aun sin YouTube en nuestras manos.

Obviamente lo ideal es que cada uno de nosotros leyese, escuchase y viese varias interpretaciones del mismo hecho, porque el periodista tiene un componente subjetivo intrínseco a la condición humana. Aunque haya un patrón común, hay diferentes sesgos. Eso sería lo ideal, pero nadie lo hace. Porque el receptor lo que quiere es leer, escuchar y ver su verdad, por lo que escoge cual es la información que quiere absorber.

Y como tampoco me voy a repetir (para eso están los enlaces a otros artículos que encontrareis al final de éste), sencillamente conviene aclarar para neonatos que una historia contrafactual es una historia alterna en la que se responde a la pregunta; ¿Qué hubiera pasado sí? Es un ejercicio de abstracción y ficción, pero desde un punto de vista histórico. Mi labor es devanarse los sesos, convertirse en una rata de biblioteca, navegar durante unas cuantas horas a través de la web, desempolvar unos cuantos libros de la estantería y comerse con la vista unas cuantas clasificaciones de revistas y de federaciones internacionales. No es decir voy a escoger a tal o a cuál como el mejor porque me sale de los mismísimos.

Para crear la historia contrafactual del Balón de Oro de porteros he tenido que escoger un punto de divergencia. He tomado como inicio el año 1930, al igual que hice en otras ocasiones. ¿Motivo? Es entonces cuando se celebra el primer Mundial de fútbol, que marca el punto de inflexión de la globalización de un deporte inventado por los británicos a mediados del siglo XIX. Por otro lado, en 1930 la profesionalización ya es una realidad en gran parte de los países occidentales. De hecho, la creación del Mundial obedece a ello. Dado que los profesionales no podían competir en los Juegos Olímpicos, las victorias uruguayas de 1924 y 1928 se ponían en entredicho al no haber podido participar los mejores futbolistas de Europa.

Es importante resaltar un par de apuntes para los menos entendidos. La mayoría no sabe, por ejemplo, que la Copa de Europa no cogió vuelo hasta unos cuantos años después de empezar. El vuelo se lo dio precisamente el Real Madrid ganando cinco de forma consecutiva, pero su valor era ínfimo comparado con el presente. Si uno tiene un poco de consideración por el pasado sabrá que los encuentros amistosos internacionales eran considerados como pequeñas copas del mundo y era en ellos donde se veía el verdadero nivel de los grandes futbolistas. Y uno también sabrá que la diferencia entre las ligas era mínima. Ser el portero menos goleado en Hungría era al menos tan importante como serlo en España.

Para los escépticos es importante señalar que la diferencia Europa-América no será efectiva hasta mediados de los 60. El milagro económico de la posguerra hará que Europa pase por encima de Sudamérica, lo que, como no podía ser de otro modo, se reflejará en la industria futbolística. El proceso culminará en los 90 con la aprobación de la Ley Bosman y la ruina definitiva de las ligas de fútbol iberoamericanas. Pero entre 1930 y 1960 el nivel de equipos y jugadores sudamericanos y europeos occidentales era parejo. De hecho, en los años 40 la preponderancia del fútbol latinoamericano fue total frente a una Europa que estaba desmembrándose en el campo de batalla.

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Para realizar este listado he tenido en cuenta clasificaciones oficiales de FIFA, UEFA, Conmebol y trofeos individuales o clasificaciones de prestigiosas instituciones como IFFHS, Balón de Oro, ‘World Soccer’, ‘El Gráfico’, ‘Don Balón’ o ‘Guerin Sportivo’. La única licencia que me he tomado ha sido en escoger al mejor portero del año 1983. No existía un candidato ideal y me decidí por Luis Arconada, quien quizás lo hubiese ganado al año siguiente si un fatídico balón no se le hubiese escurrido por debajo de las piernas.

Decía que no se puede comparar épocas distintas, pero sí sujetos en el mismo espacio tiempo. Eso hace que fuera de series como Oliver Kahn (2001, 2002) solo cuenten con dos trofeos al coincidir en el tiempo con fenómenos como Schmeichel, Buffon o Cech. Por parte contraria, futbolistas históricamente menores como Sergio Livingstone tienen tres (1941, 1942 y 1943) porque destacaron en un mundo donde el fútbol se esfumó por culpa de la II Guerra Mundial. 

Del mismo modo, leyendas como Gordon Banks (1966, 1970, 1971) jamás habrían ganado el trofeo en la actualidad militando en un modesto equipo inglés que nunca ganó una Liga. De la misma manera, es difícil de creer que alguien considerase a Fabian Barthez el mejor portero del mundo en 1998 si no fuese porque Francia ganó el Mundial. Es importante tener en cuenta que los logros colectivos tienen más fuerza en la actualidad que en el pasado, si se quiere hacer una clasificación justa y equilibrada que no esté contaminada por la realidad del presente.

Todos estos porteros son excepcionales y todos son fruto de la evolución de la posición. ¿Es mejor Manuel Neuer de lo que fue Guyla Grosics? Quizás sí. Es más grande, más rápido, más flexible, está mejor entrenado y lleva desde niño preparándose física y mentalmente para ser un deportista de élite. Pero si Grosics no hubiese sido el primer portero con éxito en salir del área, ejercer de líbero improvisado y ser capaz de dar un pase al pie a un delantero, quizás nunca Neuer hubiese sabido jugar el esférico con los pies.

Index - Futball - Futball - Meghalt Grosics, az Aranycsapat kapusa
Guyla Grosics

No se pueden comparar épocas. Sólo se puede considerar quien fue el mejor en la suya. Y hay épocas donde para ser rey hay que ganarse el trono día a día y otras donde con sólo sentarse en la poltrona y ceñirse la corona ya está el trabajo hecho.

Así pues vamos con la lista de los ganadores del Balón de Oro de porteros antes de que hubiese el Balón de Oro de porteros (trofeo Lev Yashin). Además de haber sido grandes guardametas, muchos de ellos pertenecen a la época más romántica del fútbol, sin representantes, sin acólitos, sin millones y sin la saturación de los medios de comunicación. No son más que los ganadores de un trofeo. Pudieron tener un gran año, una gran trayectoria, pertenecer a un gran club o tener la suerte de no coexistir con otros grandes campeones. No es más que una lista. No es más que un trofeo. Pero son la fotografía de un instante. Una base que nos permite recordar a los grandes campeones del pasado.

Los ganadores entre 1930 y 2021 serían los siguientes:

1930 Ricardo Zamora (España) Real Madrid

1931 Giampero Combi (Italia) Juventus FC

1932 Ricardo Zamora (España) Real Madrid

1933 Ricardo Zamora (España) Real Madrid

1934 Ricardo Zamora (España) Real Madrid

1935 Ricardo Zamora (España) Real Madrid

1936 Flantisek Planicka (Chequia) Slavia Praga

1937 Vic Woodley (Inglaterra) Chelsea FC

1938 Flantisek Planicka (Chequia) Slavia Praga

1939 Fernando Bello (Argentina) Independiente Avellaneda

1940 Rudi Hiden (Austria) Racing de Paris

1941 Sergio Livingstone (Chile) Universidad Católica

1942 Sergio Livingstone (Chile) Universidad Católica

1943 Sergio Livingstone (Chile) Universidad Católica

1944 Fernando Bello (Argentina) Independiente Avellaneda

1945 Roque Máspoli (Uruguay) CA Peñarol

1946 Valerio Bacigalupo (Italia) Torino FC

1947 Frank Swift (Inglaterra) Manchester City

1948 Torsten Lindberg (Suecia) IFK Norrköping

1949 Moacir (Brasil) Vasco da Gama

1950 Roque Máspoli (Uruguay) CA Peñarol

1951 Walter Zeman (Austria) Rapid Viena

1952 Vladimir Beara (Croacia) Estrella Roja

1953 Guyla Grosics (Hungría) Honved FC

1954 Guyla Grosics (Hungría) Honved FC

1955 Amadeo Carrizo (Argentina) River Plate

1956 Lev Yashin (Rusia) Dinamo Moscú

1957 Amadeo Carrizo (Argentina) River Plate

1958 Harry Gregg (Irlanda del Norte) Manchester United

1959 Rogelio Domínguez (Argentina) Real Madrid

1960 Lev Yashin (Rusia) Dinamo Moscú

1961 Costa Pereira (Portugal) SL Benfica

1962 Gilmar (Brasil) Santos FC

1963 Lev Yashin (Rusia) Dinamo Moscú

1964 Lev Yashin (Rusia) Dinamo Moscú

1965 Giuliano Sarti (Italia) Inter Milan

1966 Gordon Banks (Inglaterra) Leicester City

1967 Ladislao Mazurkiewicz (Uruguay) CA Peñarol

1968 Dino Zoff (Italia) Juventus FC

1969 Ladislao Mazurkiewicz (Uruguay) CA Peñarol

1970 Gordon Banks (Inglaterra) Stoke City

1971 Gordon Banks (Inglaterra) Stoke City

1972 Sepp Maier (Alemania) Bayern Munich

1973 Dino Zoff (Italia) Juventus FC

1974 Sepp Maier (Alemania) Bayern Munich

1975 Sepp Maier (Alemania) Bayern Munich

1976 Ivo Viktor (Chequia) Dukla Praga

1977 Dino Zoff (Italia) Juventus FC

1978 Ubaldo Fillol (Argentina) River Plate

1979 Peter Shilton (Inglaterra) Nottingham Forest

1980 Peter Shilton (Inglaterra) Nottingham Forest

1981 Ubaldo Fillol (Argentina) River Plate

1982 Dino Zoff (Italia) Juventus FC

1983 Luis Arconada (España) Real Sociedad

1984 Toni Schumacher (Alemania) FC Colonia

1985 Rinat Dasaev (Rusia) Spartak Moscú

1986 Nery Pumpido (Argentina) River Plate

1987 Jean-Marie Plaff (Bélgica) Bayern Munich

1988 Hans van Breukelen (Países Bajos) PSV Eindhoven

1989 Walter Zenga (Italia) Inter Milan

1990 Walter Zenga (Italia) Inter Milan

1991 Walter Zenga (Italia) Inter Milan

1992 Peter Schmeichel (Dinamarca) Manchester United

1993 Peter Schmeichel (Dinamarca) Manchester United

1994 José Luis Chilavert (Paraguay) Velez Sarfield

1995 Vitor Baia (Portugal) FC Porto

1996 Andreas Köpke (Alemania) Olympique Marsella

1997 Peter Schmeichel (Dinamarca) Manchester United

1998 Fabien Barthez (Francia) AS Mónaco

1999 Peter Schmeichel (Dinamarca) Sporting Lisboa

2000 Fabien Barthez (Francia) Manchester United

2001 Oliver Kahn (Alemania) Bayern Munich

2002 Oliver Kahn (Alemania) Bayern Munich

2003 Gianluigi Buffon (Italia) Juventus FC

2004 Gianluigi Buffon (Italia) Juventus FC

2005 Petr Cech (Chequia) Chelsea FC

2006 Gianluigi Buffon (Italia) Juventus FC

2007 Gianluigi Buffon (Italia) Juventus FC

2008 Iker Casillas (España) Real Madrid

2009 Iker Casillas (España) Real Madrid

2010 Iker Casillas (España) Real Madrid

2011 Iker Casillas (España) Real Madrid

2012 Iker Casillas (España) Real Madrid

2013 Manuel Neuer (Alemania) Bayern Munich

2014 Manuel Neuer (Alemania) Bayern Munich

2015 Manuel Neuer (Alemania) Bayern Munich

2016 Gianluigi Buffon (Italia) Juventus FC

2017 Gianluigi Buffon (Italia) Juventus FC

2018 Thibaut Courtois (Bélgica) Real Madrid

2019 Alison Becker (Brasil) Liverpool FC

2020 Manuel Neuer (Alemania) Bayern Munich

2021 Gianluigi Donnarumma (Italia) PSG

Por una cuestión numérica y espacial, el número de porteros laureados es inferior al de futbolistas y la acumulación de galardones mucho más notoria. Ante lo cual, y según la historia contrafactual formulada, la lista de los más laureados porteros con el Balón de Oro sería la siguiente.

1. Buffon (Italia) Juventus (2003, 2004, 2006, 2007, 2016, 2017) 6

2. Zamora (España) Real Madrid (1930, 1932, 1933, 1934, 1935) 5

2. Casillas (España) Real Madrid (2008, 2009, 2010, 2011, 2012) 5

3. Yashin (Rusia) Dinamo Moscú (1956, 1960, 1963, 1964) 4

3. Zoff (Italia) Juventus (1968, 1973, 1977, 1982) 4

3. Schmeichel (Dinamarca) Manchester United / Sp.Lisboa (1992, 1993, 1997, 1999) 4

3. Neuer (Alemania) Bayern Munich (2013, 2014, 2015, 2020) 4

4. Livingstone (Chile) Universidad Católica (1941, 1942, 1943) 3

4. Banks (Inglaterra) Leicester City / Stoke City (1966, 1970, 1971) 3

4. Maier (Alemania) Bayern Munich (1972, 1974, 1975) 3

4. Zenga (Italia) Inter Milan (1989, 1990, 1991) 3

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De patrocinadores y ciclistas

En un deporte donde la monetización de derechos audiovisuales y el taquillaje es nula para los equipos, la presencia de los patrocinadores es indispensable para la supervivencia del ciclismo. El patrocinador principal suele aportar el 70% de la cantidad total de un equipo. Se estima que la inversión de la empresa patrocinadora puede reportar hasta un 30% en el volumen de crecimiento del mercado y multiplicar en hasta tres veces el reconocimiento de la marca en diferentes áreas geográficas. Como todo, los resultados deportivos tienen que acompañar, pero la inversión suele ser rentable.

No solo para las empresas. Turismo de Galicia estima que las visitas al Mirador del Ézaro han subido más de un 50% desde que las administraciones ponen dinero para que sea final de etapa en la Vuelta a España. Sea como fuere, el caso es que el ciclismo es un deporte único porque fue, es, y seguirá siendo, gratuito para el aficionado.

El ciclismo sobrevive sin cobrar entradas. Vive de los medios, de la sinergia y de la dependencia con ellos. Es un deporte que busca al periodista. Primero fue la prensa escrita la que a través de crónicas agraciadísimas elevó a los altares las miserias del ciclista. Luego la radio les daría exaltación y entusiasmo inusitado a situaciones anodinas. Después la televisión nos mostraría la belleza y la sincronía del movimiento acompasado.

En las carreras menores se ha llegado a pagar al medio de comunicación de turno para que retransmita las pruebas. El ciclismo necesita ser emitido en televisión en abierto para que llegue al mayor número posible de espectadores. No hay escudos, ni equipos. Solo bellos parajes, esforzados deportistas y la continua e inexorable visión de unos maillots que segundo a segundo se introducen en nuestro subconsciente.

Tour de Francia: la más grande de las vueltas
La serpiente multicolor

La bicicleta nació como un medio de locomoción. Antes de la motocicleta, del coche o del avión, ya existía la bici. No sería hasta después de la II Guerra Mundial cuando los transportes de motor se democratizasen. A inicios del siglo XX la bici era el medio individual más común para desplazarse. No es de extrañar que las grandes empresas de neumáticos, cuadros o componentes, quisiesen publicitarse para vender el mayor número de velocípedos posibles.

‘La Française Diamant’ (1901-1955) con sede en París era uno de estos fabricantes de bicicletas. Sus colores fueron defendidos por Alfredo Binda, el primer hombre que ganó cinco Giros, o por Jacques Anquetil, el primero que triunfó en cinco Tours. El segundo patrocinador era ‘Dunlop’, marca de neumáticos con sede en el Reino Unido. ‘Alcycon’, fabricante francés de bicis, motos y coches, fue otro clásico de la primera mitad de siglo hasta que fue absorbido por ‘Peugeot’, tanto deportiva como comercialmente. En estos tres equipos militaron todos los grandes ciclistas del primer tercio del siglo XX.

Durante tres décadas, entre 1930 y 1960, el Tour decidió eliminar los patrocinadores y competir por escuadras nacionales. Eso no era óbice para que en las diferentes pruebas del calendario las casas comerciales cumpliesen su función. En España la gran marca de bicicletas era la guipuzcoana ‘BH’ (Beistegui Hermanos). Con ese equipo el gallego Álvaro Pino ganó la Vuelta a España en los 80 al igual que el belga Gustaaf Deloor hiciese lo propio en la primera edición de 1935. Hoy ‘BH’ sigue en pie al formar parte del equipo ‘Burgos-BH’. En Bélgica destacó entre los 50 y los 70 ‘Flandria’, que si bien era un fabricante de dos ruedas de origen francés contaba con las estrellas belgas Roger De Vlaeminck y Rik Van Looy.

En Italia existía ‘Atala-Dunlop’, un fabricante de bicis que empezó sus patrocinios en 1908 y que de un modo u otro aguantó hasta 1989, aunque sin ciclistas de relumbrón. Italia es ‘Legnano’ el equipo de Baldini o de Gino Bartali, pero sobre todo es ‘Bianchi’. Con sede en Milán, ‘Bianchi’ cambió el concepto de bicicleta al dotarlas de belleza. No sólo eran duras, sino también hermosas. El legendario Fausto Coppi vistió el icónico maillot celeste y blanco que también portaría Jan Ullrich en pleno siglo XXI.

Fausto Coppi Portrait by James McLean on Dribbble
Glamour

La primera marca externa al mundo del ciclismo que patrocinó a un equipo fue ‘Saint Raphäel’ (1954-1965), famosísima marca francesa de agua con gas. Sucesor de ‘Dunlop’, en sus filas se mantenía Anquetil. Montaban bicicletas ‘Gitane’, un fabricante de bicis del oeste de Francia que más adelante fue absorbido por ‘Renault’. En el equipo ‘Renault-Gitane’ primero y ‘Renault-Elf’ después triunfaría Bernard Hinault hasta 1983. Al año siguiente Hinault y Lemond, primero su lugarteniente y luego su odiado rival, marcharán a ‘La vie claire’ (alimentación biológica) que acabará siendo ‘Toshiba’ (empresa electrónica japonesa). ‘Renault’ (donde también ganó el Tour Laurent Fignon), pasaría a ser ‘Super U’ (supermercados) y la estructura tendría un final en los 90 bajo el nombre de ‘Castorama’ (bricolaje y jardinería).

Además de ‘Saint-Raphäel’ existieron otros equipos financiados por bebidas. En ‘La Casera’ militó unos años Federico Martín Bahamontes. Pero el más famoso es el ‘KAS’ vitoriano que entre 1960 y 1970 formó unos de los bloques más compactos del mundo con Francisco Galdós, López Carril y José Manuel Fuente, y más adelante en los 80 con Sean Kelly.

Los 80 fueron una edad de oro para el ciclismo en España con multitud de equipos de lo más variopinto. Estaba ‘Hueso’ (Antes ‘Huesitos’, empresa de chocolates que hoy es ‘Chocolates Valor’), ‘Zahor-Lotus’ (una empresa de chocolates y otra de relojes), que acabaría siendo el andorrano ‘Festina’ de Richard Virenque o Ángel Casero, chivo expiatorio del escándalo de dopaje en el Tour 1998. También existía el ‘Teka’ (electrodomésticos) de Marino Lejarreta, el ‘Zor’ (encendedores -sí, amigos ‘millennials’, en los 80 aún era mayoría la leña y el butano-) o el ‘Amaya seguros’ de Lale Cubino.

Aseguradoras ha habido unas cuentas. ‘Ag2r’ es la aseguradora francesa que patrocinaba a Romain Bardet, igual que antes lo hizo ‘Groupama’ con Thibaut Pinot. La más legendaria es ‘Gan’ aseguradora que sustituyó a ‘Mercier’ (fábrica de bicis) con su mítico maillot púrpura que defendió durante más de una década Raymond Poulidor. ‘Gan’ compartió patrocinio con ‘Fagor’ (electrodomésticos vascos) o ‘Miko’ (helados franceses creados por un español). Después ‘Gan’ pasaría a ser ‘Z’ (marca de ropa) para acabar siendo la entidad bancaria ‘Credit Agricolé’.

Pero si hay un banco famoso en el ciclismo ese es ‘Banesto’. Miguel Indurain ganó sus cinco Tours con la hoy desaparecida entidad bancaria que antes con Perico Delgado fuera ‘Reynolds’ (empresa de aluminios) y hoy con Enric Mas o Alejandro Valverde es ‘Movistar’ (telecomunicaciones). El danés ‘Saxo Bank’ de Carlos Sastre o el neerlandés ‘Rabobank’ que hoy es el ‘Jumbo Visma’ de Primoz Roglic también han sido equipos importantes de raíces financieras.

1991 – Banesto | Movistar Team
Perico y Miguelón

‘Jumbo’ es la lotería neerlandesa al igual que ‘FDJ’ es la francesa y ‘Lotto’ es la belga. El ‘US Postal’ del proscrito Lance Armstrong estaba financiado por el servicio de correos de Estados Unidos al igual que ‘Café de Colombia’ contaba con erario estatal. Son estos patrocinios públicos escondidos. Los hay a cara descubierta como el gallego ‘Xacobeo-Galicia’, el vasco ‘Euskaltel-Euskadi’, el kazajo ‘Astana’ (Contador o Níbali), o el ‘Israel Star-Up’ (Froome). También está el ‘UAE’ (Pogacar) que antes de servir a los Emiratos era el ‘Polti’ (pequeños electrodomésticos) o el ‘Bahrein’, anteriormente financiado por ‘Lampre’ (producción de acero).

Y es que el ciclismo da para todo tipo de patrocinios. Eddy Merckx corría en el italiano ‘Faema’, un fabricante de máquinas de café. Después se convertiría en ‘Molteni’, una empresa de productos charcuteros con sede en las cercanías de Milán. Contaba con un maillot marrón poco agraciado, con el descargo de ser defendido por el más grande de todos los tiempos. Uno de los contendientes de Merckx, el italiano Felice Gimondi, competía con el ‘Salverani’ (cocinas y encimeras). Luis Ocaña, otro de sus rivales, lo hacía en el francés ‘Bic’ (productos desechables de plástico). Antes estuvo el ‘Ignis’ (electrodomésticos), quizás más conocido por su equipo de baloncesto con sede en Varese. Más recientes son el ‘Mercatone Uno’ (productos del hogar) de Pantani y Cipollini, que luego fue ‘Saeco’ (cafeteras). En la actualidad contamos con ‘Bora-Hansgrohe’ (campanas extractoras y sanitarios), ‘TREK-Segafredo’ (bicis y máquinas de café) y el clásico ‘Deceuninck-Quick Step’ (sistemas de PVC y tarimas) de Boonen, Alaphilippe o Evenepoel.

Molteni, E.Merckx | Fotos ciclismo, Ciclismo, Bicicletas retro
A Merckx le faltó glamour

El francés ‘Cofidis’ (entidad crediticia) es desde 1997 el veterano del pelotón. Clásicos también fueron el ‘Kelme’ (material deportivo) de Heras o Escartín, los italianos ‘Mapei’ (materiales de construcción) de Rominger o Bettini, ‘Carrera’ (ropa y complementos) de Chiappucci y Pantani o el alemán ‘Telekom’ (telecomunicaciones) de Rijs y Ullrich, que con el tiempo pasó a ser ‘HTC’ (también telecomunicaciones pero estadounidense). Pero para clásico el ‘ONCE’, la organización de ciegos española, que durante los 90 se convirtió en vanguardia del ciclismo mundial. Su maillot amarillo se convertía en rosa cuando en el mes de julio surcaba tierras francesas. Su estructura fue heredada en el siglo XXI por los kazajos de ‘Astana’.

Donde antes las escuadras extravagantes eran angloholandesas como el ‘Ti-Raleigh’ (fabricante de bicicletas) en la que triunfó (Zoetemelk), suizas como ‘Phonak’ (productos auditivos) de Óscar Pereiro o alemanas como ‘Sunweb’ (agencia de viajes) de Dumoulin, ahora el ciclismo ha traspasado la vieja Europa. En Rusia destacó el ‘Katusha-Alpecin’ (holding empresarial y productos capilares) de Joaquim Rodríguez, en Estados Unidos el fabricante de bicis ‘BMC’ de Cadel Evans, que luego fue el polaco ‘CCC’ (zapatos y bolsos) y en Australia el ‘Mitchelton Scott’ (cadena de hoteles y casa de vinos). Destacado es el caso del sudafricano ‘Dimension Data’ (telecomunicaciones) que ahora es el ‘Qhubeka Assos’ con el objetivo de difundir la pasión por el ciclismo en África.

Pero quizá nada más extraño que la química británica ‘Ineos’ que patrocina al equipo ciclista más potente de todos los tiempos. Se presupuesto es más de un 30% superior al de la siguiente escuadra y dobla a todos los demás miembros del UCI-Pro Tour. El precedente podría ser el neerlandés ‘PDM’ una industria química de capital estadounidense que en los 80 tuvo en sus filas a Pedro Delgado, Greg Lemond o Erik Breukink. El proyecto de ‘Ineos’ nació en 2010 bajo el nombre de ‘Sky’ (telecomunicaciones) y desde entonces ha ganado el Tour con Bradley Wiggins, Chris Froome, Geraint Thomas y Egan Bernal, además de Giro y Vuelta y demás pruebas del calendario mundial.

Egan Bernal habla sobre su función en el Ineos - Ciclismo - Deportes -  ELTIEMPO.COM
Bernal

Otras historias sobre ciclismo más allá de la carretera

Propuesta de un Tour por Europa (De Oslo a Lisboa a golpe de pedal)

100 años del maillot amarillo (historia de la túnica sagrada)

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El secreto de Gino Bartali (una historia de fe, deporte, espionaje y solidaridad durante la II Guerra Mundial)

La desconocida fiebre del ciclismo en Eritrea (el boom de las bicicletas en el corazón de África)

Las cuatro primas de Jacques Anquetil (sobre como Anquetil ganó una carrera en cuatro ocasiones a golpe de picaresca)

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El nacimiento del Caníbal (2ª parte)

Durante quince días Eddy Merckx no tocó su bicicleta. No quiso ver a nadie. Tan sólo su mujer tenía el derecho y el deber de sufrir una compañía en la que las lágrimas y la rabia se mezclaban a partes iguales. Merckx tenía tanto de ganador como de frágil. A diferencia de los héroes ciclistas de entonces, Merckx ni fue un niño de campo ni vivió rallando la miseria. Fue un chico de ciudad que escogió la bicicleta porque quiso, pero que podría haber ido a la universidad si le hubiese apetecido. Siempre le había ido todo bien y, ahora que por vez primera algo le iba mal, no sabía cómo lidiar con tal frustración.

Se sentía traicionado y engañado. Humillado y avergonzado. El ‘Savona affaire’ fue como un sopetón de realidad. Una pérdida de la inocencia en toda regla. Entendía el ciclismo como una diversión y se dio cuenta que además de un deporte también era un negocio.

Fueron quince días encerrado en casa. Quince días de largos silencios y profundas reflexiones. Pero pasada la quincena, una mañana, sin venir a cuento, le pidió a su mujer que le preparase la ropa mientras bajaba al garaje en busca de la bicicleta. Se subió a la burra y se metió 240 kilómetros bajo una tormenta torrencial del mes de julio.

Eddy había vuelto.

Paradójicamente los quince días de descanso le vinieron genial. Merckx no competía dos o tres meses en la temporada. Lo hacía todo el año durante todas las semanas. Fue la primera vez en su vida en la que estuvo más de diez días sin competir. Estaba fresco y tenía ganas de desquite. Sentía que tenía que demostrar su valía más que nadie.

Se propuso ganar el Tour de principio a fin. Sin contemplaciones.

El resultado fue un despliegue de fuerza bruta de hercúleas proporciones.

El primer movimiento sobrenatural tuvo lugar a escasos metros de la cima del Tourmalet un 15 de julio de 1969. Divisó el terreno, se dejó caer a cola del grupo para dar la sorpresa y puso el plato grande en unas rampas que superaban el 10%. Fue como cuando un cañón sale disparado. Contaba delante con un compañero de equipo que iba a tener el honor de coronar la más mítica de las cimas pirenaicas en primera posición. Pero Merckx no se lo iba a permitir. Este era un Merckx que iba a ganarlo todo. Había nacido un ogro. Había nacido el ‘Caníbal’.

Parlamento Ciclista - una pregunta sobre estas etapas - El Baúl de los  Recuerdos
Luchon-Mourenx 1969

Merckx pilló a su compañero de equipo, lo pasó y se lanzó en solitario a descender el Tourmalet. Al llegar al llano su ventaja sobre el pelotón de los favoritos era de apenas 40 segundos.

Distancia totalmente insustancial.

Y mucho más faltando todavía 145 kilómetros para la línea de meta.

Ante los gritos en contra de su director de equipo, Merckx pedaleó sin descanso en el llano en solitario ante la incredulidad general y mantuvo la renta frente al pelotón antes de comenzar la ascensión del Soulor. Al llegar a la cima ya sumaba tres minutos sobre el grupo de los favoritos. Serían cinco tras coronar el Aubisque. A partir de ahí 70 kilómetros hasta la meta en el pueblo de Mourenx sorteando bajadas y amplias llanuras. Llegó a contar con hasta 10 minutos de ventaja, pero hasta el Caníbal es humano, y en los últimos kilómetros el tío del mazo haría su aparición para reducir la diferencia final a ocho minutos.

Eddy Merckx, el Caníbal
El Caníbal

La etapa de Mourenx fue una epopeya en solitario de cuatro horas escapado sobre la bicicleta. Antes del Tourmalet ya se había ascendido bajo un sol abrasador el Peyresourde y el Aspin. ‘L’Equipé’ titularía ‘MERCKXISSIMO’. Lo extraordinario dentro de lo extraordinario es que Merckx no tenía necesidad alguna de atacar. Era el líder de la carrera. Su objetivo no era ganar, sino aplastar. Otra de las razones que lo diferencian de todos los demás campeones es que los fastuosos ataques del Caníbal no se producían en situaciones de desventaja, sino cuando iba de líder, y de líder destacado. Se sentía superior y no le importaba lanzarse al vacío temiendo una pájara. Eddy Merckx entendía el ciclismo como una lucha al ataque de una forma nunca vista.

Merckx tenía un estilo más rotundo que estético. Su pedaleo gravitaba en la fuerza bruta, la cual resultaba bella por su intensidad, pero no por su gracia. Portaba un desarrollo pesado y usaba continuamente los hombros y los riñones como si estuviese poseído. Era digno y eficaz, pero nunca elegante. Medía 1,82 metros, altura considerable para un ciclista, y siempre tuvo que mostrarse muy firme para no aumentar de peso. Pero era precisamente eso, esa capacidad de esfuerzo, lo que engatusaba.

Solo Hinault ha tenido ese colmillo asesino entre los grandes campeones. Merckx ganaba con claridad, pero sufriendo. Sin órdenes de equipo, con pájaras, con esfuerzo y con dolor. El ABC de una prueba de tres semanas es minimizar los riesgos y aprovechar las debilidades del rival. Merckx no ganó ninguna de sus más de 500 carreras de ese modo. Siempre iba a tumba abierta. Podías ver la rabia y el esfuerzo en su cara. Por eso es el más grande.

Emparanoiado por lo ocurrido semanas atrás en el Giro, no aceptó bidón ni comida alguna por miedo a ser envenenado. Él mismo bajaba al coche a buscar su avituallamiento que previamente estaba marcado para no cambiarlo de manos. Se acotó el hotel únicamente para su equipo y se vetó la entrada de periodistas, algo inconcebible entonces y mucho más en un deporte tan pegado al patrocinio y a los medios como el ciclismo. Y todos los días pasó control voluntario de sangre y orina, algo que haría costumbre en años sucesivos para mostrar su limpieza.

La etapa de Mourenx fue el culmen de un Tour apoteósico. En una etapa que salía de Bruselas, Merckx decidió escaparse a la salida para que lo vieran sus familiares y sus amigos con el maillot amarillo puesto. Lo perdería en una etapa intrascendente y lo recuperó en la subida al Ballon de Alsacia donde atacó en el llano y se llevó a todos los favoritos a su rueda sin mirar atrás. Merckx jamás miraba para atrás. Rudi Altig, el último de los buenos, claudicó a falta de cuatro kilómetros para la meta. Hubo que ampliar el cierre de control para que medio pelotón no se fuese para casa a las primeras de cambio.

Dos días después ganó la contrarreloj y al día siguiente, en una decisión imposible de comprender, decidió atacar en una etapa llana reventando definitivamente a Altig a Gimondi y a Poulidor. Tan sólo Roger Pingeon aguantaba a una cierta distancia entre los gallos, pero claudicaría en la siguiente jornada subiendo el Col de la Madeleine. Pingeon osó atacar al Caníbal que, una vez cogida la rueda del francés, decidió dar el golpe definitivo.

Y así llegaríamos a la famosa etapa de Mourenx. Al culmen del canibalismo. Con Merckx primero y con Pingeon, Poulidor y Gimondi peleando por el pódium a unos 10 minutos de distancia. Y así, en esa inmejorable posición, Eddy Merckx decidió atacar en el Tourmalet y marcharse en solitario con 145 kilómetros de carretera por delante.

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Pingeon (i), Gimondi y Merckx (d)

La etapa de Mourenx es el ejemplo indiscutible de dominio deportivo total. Merckx ganó el Tour con casi 18 minutos sobre el segundo clasificado. El décimo clasificado, Jan Janssen, vencedor en la edición del año anterior, acabó a casi una hora. Merckx ganó siete etapas, incluida la contrarreloj final donde llegó a golpearse con una valla incapaz de ser conservador y controlar sus instintos. Venció también en la clasificación de la montaña, en la combinada, por equipos y la clasificación por puntos (jugándose el tipo en los sprints de la penúltima etapa para arrebatarle el maillot a Cyrille Guimard, un consumado esprínter). Aun no existía la clasificación de los jóvenes, sino también la habría ganado. Nunca antes y nunca después (y sí, en este caso se puede decir con certeza nunca después) se repetirá nada igual.

El Caníbal subió al pódium del Tour el mismo día que el hombre pisó la luna. Merckx fue entrevistado por la televisión belga al mismo tiempo que Neil Armstrong correteaba por el espacio. Mientras la gente alucinaba con el alunizaje, Merckx parloteaba sobre su hazaña lunática en el Tour.

Una analogía perfecta.

“Mourenx fue de una extravagancia tal que es complicado encontrarle paralelismo en otros deportes. Imaginen a George Best poniendo un 4-0 a favor del Manchester United en la final de la Copa de Europa para después decirle a la mitad del equipo que saliera del campo y aun así marcar otros dos goles. O a Juan Manuel Fangio doblando dos veces a los demás pilotos en Mónaco a mitad de gran premio y después seguir tirando en vez de controlar el ritmo. O a Mohammed Ali ofreciéndose a repetir una pelea en la selva con una mano atada a la espalda”. William Fotheringham sobre la hazaña de Merckx.

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El nacimiento del Caníbal (1ª parte)

Si Eddy Merckx ha pasado a la historia como el más grande de una forma rotunda e indiscutible que no tiene parangón en prácticamente cualquier deporte, lo es, además de por sus victorias, porque su imagen está asociada a un clima dantesco. Pocos deportes como el ciclismo están tan condicionados por la climatología. Ninguno cuenta con sus continuos destellos de épica.

Muchas de las hazañas de Merckx ocurrieron empapadas de lluvia o bañadas de nieve. Era su comportamiento sobrehumano en esas condiciones lo que lo hacía parecer inmortal. Merckx era conocido por sus descensos a tumba abierta en los que se quitaba el impermeable mientras sus rivales tiritaban. Además, a diferencia de las estrellas contemporáneas, Merckx no centraba su calendario en el verano, competía a pleno rendimiento durante todas las estaciones. Muchas de sus victorias ocurrieron al inicio de la primavera, en otoño y hasta en invierno. Son menos las imágenes en movimiento pero innumerables las fotografías de Merckx golpeado por el granizo, sin guantes en medio de la nieve o esperando al coche de equipo bajo una espesa lluvia sin calentadores ni cubre botas.

Puertos de Montaña - HISTORIA DEL TOUR. La Grande Bouclé. - Le Tour
Inhumano

Uno de esos días, durante el Giro de 1968, Merckx puso las bases de un dominio físico y psicológico que acabó con sus rivales durante cerca de una década. Aquella jornada lluviosa, fría y nevada, en el que la hipotermia llevaría el cuerpo y la mente al límite, el Giro terminaba en las Tres Cimas de Lavaredo, una fastuosa ascensión que finaliza a 2.300 metros de altitud. Allí, besando el cielo, emergen imperiales tres rocas que como tres dedos esperan al visitante antes de cruzar los Dolomitas y dejar Italia para invadir Austria.

Hasta entonces el joven Merckx se había centrado en las clásicas y en las carreras de una semana. Como buen belga era un enamorado de las pruebas de un día donde atacaba sin piedad, sin contener las fuerzas y amasaba un desarrollo brutal para dejar atrás a sus rivales. Con una capacidad de sacrificio inusual, una pedalada excepcional para el llano y un pico de velocidad más que aceptable, dichas carreras parecían ideales para Merckx. Pero en 1968 Eddy fichó por el Faema, un equipo patrocinado por una casa de pequeños electrodomésticos italianos. La orden fue clara; había que correr el Giro de Italia. Tocaba probarse en una carrera de tres semanas.

La etapa de Lavaredo era la 12º del Giro. Lideraba Michelle Dancelli, que no contaba para la general, y los favoritos estaban a unos dos minutos de distancia. Éstos eran Merckx, el español Julio Jiménez y los dos últimos vencedores del Giro, los italianos Gianni Motta y Felice Gimondi, el cual era, con diferencia, la ‘prima donna’ de la carrera ya que contaba en su palmarés con Tour, Giro y Vuelta.

Llovió desde la salida, agua que con la altura se transformaba en nieve. Era un ‘tappone’. A falta de la ascensión final un grupo de seis escapados tenía nueve minutos de ventaja sobre el pelotón. Fue entonces cuando Merckx tiró de desarrollo y desoyendo los consejos de su director de equipo atacó a pie de puerto. La sacudida fue colosal y tan sólo Gimondi aguantó durante escasos 400 metros semejante desarrollo.

Lo que los contemporáneos cuentan de lo que allí sucedió quedó para la historia del ciclismo. Merckx fue abriéndose camino bajo el aguanieve machacando uno a uno a todos los ciclistas de la escapada. En los apenas siete kilómetros que dura la ascensión consiguió enjuagar una renta de nueve minutos. Algo sanguinario. La imagen de Merckx de manga corta, y apenas visible bajo los copos de nieve, mientras el público aguarda en las cunetas con gorros, impermeables y gruesos guantes, queda para la posteridad. Merckx cruzó la línea de meta y cayó redondo antes de que varias personas acudiesen a taparlo con una manta.

Motta y Jiménez se dejaron cuatro minutos y Gimondi, desfondado, llegó a casi seis. Eran diferencias inconcebibles para tan escaso kilometraje. “Coppi ha resucitado”, escribiría la prensa italiana al día siguiente. Fue el primer triunfo de un belga en el Giro y la confirmación y la comprensión de que Eddy Merckx podría correr una prueba de tres semanas. En Lavaredo Merckx perdió el miedo a las montañas. Se dio cuenta de que, si bien no era un as en las ascensiones, si conseguía poner tierra de por medio ningún otro ciclista era capaz de mantener su ritmo durante tanto tiempo. Como Hinault o como Induráin (aunque éste nunca lo puso en práctica en las clásicas) aprendió que el esfuerzo de neutralizar a un escalador en una montaña no era mucho mayor que el que tenía que afrontar en el llano. Todo consistía en poner un ritmo brutal y nadie podría atraparlo.

—SAVONA AFFAIRE—

Tras la victoria del año anterior, Eddy Merckx repitió exhibición en el Giro de 1969. A la altura de la 15ª etapa Merckx contaba con dos minutos de ventaja sobre Gimondi y sumaba cuatro etapas en el zurrón. Pocos dudaban de la victoria del belga.

Fue entonces cuando, en una etapa intrascendente en Savona, el director del Giro y un par de periodistas de la RAI entraron en su habitación sin previo aviso.

Había dado positivo en fencafamina. Así, a quemarropa. Sin paños calientes. Y la televisión lo estaba dando en riguroso directo.

La humillación fue total. El golpe sistémico.

LAS BATALLITAS DEL ABUELO XABIER
Vergüenza en riguroso directo

La fencafamina un estimulante que podía comprarse en cualquier farmacia, pero que acababa de ser prohibido en el deporte profesional. Un par de años antes Tom Simpson había caído al suelo mientras ascendía el Mont Ventoux durante el Tour de Francia falleciendo en el acto. De su bolsillo se desprendió un bote con anfetaminas y lo que todos sabían se convirtió en realidad. Fue el inicio de unos muy rudimentarios controles antidopaje.

El positivo de Merckx, que pasaría a ser conocido como ‘Savona affaire’, sigue siendo uno de los grandes misterios del ciclismo. Para empezar no se hizo contraanálisis alguno. El bote con la segunda muestra de orina se perdió misteriosamente en el mismo instante en el que la prensa salió de la habitación de Merckx. Por otro lado, el sistema de detención no estaba homologado. Estamos en 1969. Las muestras tendrían que haber sido analizadas en un laboratorio de Roma, el único capacitado. En su lugar se hacía en un laboratorio móvil instalado en la comisaría de policía de cada pueblo sin ningún toxicólogo que diese fe de que el tubo no hubiese sido manipulado. Por último, Merckx jamás fue avisado tal y como indican los protocolos y la irrupción en su habitación fue tan humillante como kafkiana.

Y lo más interesante. En el Giro del año anterior hasta 10 ciclistas habían dado positivo por fencafamina, incluido Felice Gimondi. Todos eran italianos. Los resultados de los controles fueron anunciados después del Giro y no hubo sanción alguna. Repito, estamos en los años 60. Aquello era lo que movía a Merckx, y a buena parte del ciclismo internacional, a pensar en la conspiración. Por entonces el Tour era más abierto, pero tanto el Giro como la Vuelta eran carreras muy cerradas y ajenas a ciclistas extranjeros. Para los conspiracionistas estaba claro que el director del Giro no quería a Merckx por segunda vez subido al primer puesto del pódium.

La tormenta mediática fue enorme y los abucheos a Gimondi en el pódium superaron a los aplausos, incluso entre los propios italianos. Aún hoy no está claro si Merckx se dopó o no. Que el proceso estuvo lleno de irregularidades es evidente, pero eso no justifica el positivo. Lo cierto es que nunca antes y nunca después Merckx volvió a dar positivo.

Merckx fue expulsado del Giro y se le acarreó una sanción de un mes sin competir. La pena que a ojos actuales se entorna ridícula era durísima para los cánones de 1969. No era tanto el hecho de no competir sino la culpabilidad. La sanción implicaba culpabilidad lo cual era deshonra para el ciclista.

La pena finalizaba de forma conveniente el día antes del inicio del Tour de Francia. Iba a ser la primera participación del as belga en la ‘Grande Boucle’.

Si es que Merckx decidía ir al Tour. Bajo un mar de lágrimas Eddy puso pie en tierra y cogió un coche a Savona. De ahí 15 horas de carretera hasta llegar a su casa de Bruselas.

Encerrado en su habitación y sumido en un profundo silencio decide no volver a montarse en bicicleta.

Nunca jamás.

¿Cambiará de idea Eddy Merckx y se animará a correr el Tour de Francia?

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A propósito del despropósito de la vacunación

Ahora que ya nos hemos alejado en el tiempo y los árboles que no nos permitían ver el bosque han sido talados, conviene hacer una reflexión a propósito del despropósito de la vacunación de la selección española de fútbol. Una chapuza de matrícula de honor donde se han visto involucrados el Gobierno de la Nación, la Real Federación Española del Fútbol y políticos y periodistas de distinta categoría. Reveladora, por lo que a mí respecta, la actuación del gremio deportivo del cuarto poder dejando a la altura del betún a todo aquel que en algún momento ha ejercido la profesión.

Antes de que a una semana del inicio de la Eurocopa, allá por el 6 de junio, la noticia saltase con el positivo por Covid-19 de Sergio Busquets, ningún medio informativo se preocupó de tratar la posible vacunación de la selección española. Sería el mes de febrero cuando los medios se manifestaron ante dicha posibilidad como algo baladí e insustancial. Rubiales, presidente de la RFEF, declararía, cuando la tormenta estaba en su auge, que llevaba dos meses luchando para obtener el visto bueno del Gobierno, el cual negó la mayor. No es que la palabra del Gobierno vaya a misa, de hecho no suele ni pisarla, pero es más fiable que la de Rubiales teniendo en cuenta que ningún medio ni periodista se hizo eco de dichas peticiones o exigencias hasta que todo estalló.

Lo cierto es que antes de que Busquets diese positivo el mundo del periodismo deportivo estaba a otras cosas. Unos comentando que “la selección no representa a España porque no lleva a nadie del Real Madrid” o “Laporte es un francés que ni siente el himno, ni el escudo, ni la camiseta” y otros replicando que “preguntar a un jugador si se siente español es xenofobia” o argumentando que “los jugadores que mejor rinden en la selección son aquellos a los que no les importa España”.

En esto estaba la materia gris de este país cuando estalló el positivo. La noticia pilló a los jefazos de la prensa con fin de semana de asueto. Con Eurocopa y Juegos Olímpicos en el horizonte había que aprovechar entre el fin de la Liga y el inicio de la competición para coger unos días libres. Del mismo modo los futbolistas contaron con unos exiguos días de descanso antes de penetrar en la burbuja de Las Rozas. Y aquí vino el problema, ya que Sergio Busquets estuvo en contacto con un positivo y, fruto de ello, llegó el contagio.

Es probable, querido lector, que no sepa que ese fue el motivo del contagio. La noticia fue dada con sordina en ‘La Razón’ y ‘ABC’ y también en ‘La Sexta’, para luego ser replicada a lo bajini en otros medios. Pronto se tapó. No hay que estudiar Ciencias de la Información para saber porque dos periódicos de editorial conservadora con sede en Madrid son los únicos que explican los motivos del positivo del centrocampista catalán del FC Barcelona. Un poco más avispado hay que estar para saber porque ‘La Sexta’ destapa la información. Dado que los derechos televisivos de la Eurocopa los tiene Mediaset (Telecinco y Cuatro), lo que para éstos será cerrar filas contra cualquier información negativa, para Atresmedia (La Sexta y Antena 3) es una oportunidad de dañar a la competencia.

Será Mediaset quien desvele un par de días después la inmensa preocupación en el seno de la RFEF tras el positivo de Diego Llorente y el más que probable de Thiago Alcántara. Y es que el centrocampista del Liverpool FC es el compañero de habitación de Busquets. Atresmedia nos contará que el verdadero motivo de la preocupación fue la salida a cenar en un restaurante madrileño de los ya citados.

Todo esto sucedía mientras la RFEF y el mundo periodístico deportivo mostraba su indignación y su preocupación ante la falta de respuesta del Gobierno y la negligencia mostrada al no haber vacunado a la selección. El aficionado medio se enervaba con tales comentarios pero, alguno, más reflexivo, se preguntaba. ¿Cómo pudieron ir a cenar a un restaurante cualquiera si están en una burbuja?, ¿cómo se le puede dar un fin de semana libre a miembros de una burbuja?, ¿cómo hacen vida en común si nos dijeron que comen por separado y que no comparten duchas en el vestuario?

Preguntas que no obtuvieron respuesta.

Crece la polémica tras positivo por COVID para Sergio Busquets, ¿Le  pidieron cuarentena a España?
De salud bien, gracias

Una vez que Sergio Busquets fue apartado del grupo y comenzaron las rutinas de entrenamiento individuales y los protocolos PCR para el resto de la expedición, se montó la marimorena. Inmediatamente se exteriorizó la indignación de la RFEF y se inició una campaña exprés a favor de la vacunación clamando por el buen nombre de España y su prestigio internacional. Se contaron un par de gruesas mentiras que conviene examinar antes de seguir con la cronología de los hechos:

A) España es el único país que no ha vacunado a su selección: Mediaset lo soltó a las primeras de cambio y luego hubo efecto rebote y rectificaciones varias. Lo cierto es que Italia y Turquía eran las únicas dos selecciones vacunadas entre las 24 participantes al inicio del campeonato. En Alemania, Austria, Eslovaquia, Chequia o Inglaterra se descartó por completo la vacunación y en Francia, Polonia o Portugal se le dio libertad a cada jugador para que se vacunase por su cuenta y riesgo si así lo desease. Dinamarca, Finlandia o Suecia también descartaron la posibilidad y ésta última aceptó con resignación y estoicismo los casos de coronavirus. En Bélgica y en los Países Bajos se les fueron ofrecidas, pero los propios jugadores las rechazaron ante el temor de sufrir efectos secundarios en los primeros partidos. En Rusia se vacunó al cuerpo técnico y a algún miembro de la expedición por cuestión de edad, pero no así a los futbolistas.

B) Los olímpicos fueron vacunados por el Gobierno: Es una media verdad. El COI (Comité Olímpico Internacional) se puso en contacto el año pasado con los Gobiernos de todo el mundo para establecer un protocolo de vacunación con todos los deportistas olímpicos. Para ello el COI se ofreció a pagar el doble de precio del mercado por cada vacuna inyectada a un deportista. Algunos países, caso de España, donaron esa plusvalía a países subdesarrollados y asumieron ellos mismos la vacunación de los deportistas. Todos los deportistas de los más de 200 países del COI estarán vacunados en Tokio por iniciativa privada, programada hace un año y ejecutada hace un par de meses.

Fueron estos los dos ejes sobre los que pivotó un debate banal y pestoso que dio lugar a diferentes consideraciones políticas. “Se les inmuniza en función de su cuenta corriente”, dijo una ministra del Gobierno español como apóstol, apóstola u apóstole de la miseria. Como si esas 60 vacunas fuesen a destrozar el erario público o como si se las fueran a quitar a unas viejecitas del bolso. El debate no es ese. Ahí se equivoca la izquierda. Como el debate no es que haya que vacunarlos por patriotismo y porque “defienden la honra, el orgullo y la decencia de España en el extranjero”, como argumenta la derecha mal llamada patriótica con verborrea chatarrera. Alimentando las llamas de la pira separatista.

¿Se tenía que haber vacunado a la selección española de fútbol? Si se quería haber vacunado a la selección se tendría que haber hecho hace un par de meses. La RFEF insiste en que así lo solicitó en repetidas ocasiones y en las mismas su solicitud fue denegada. Sanidad dice no saber nada y al ministro de Cultura y Deportes (sí, existe) nadie le vio el pelo hasta hace unos días. El problema es que nadie sabía hace 60 días quién iba ir a la Eurocopa. Ni siquiera Luis Enrique. Que le pregunten a Robert Sánchez. La opción de haber vacunado a la selección hace dos meses era irrealizable (imagínense haber vacunado al entonces intocable Sergio Ramos o a Aymeric Laporte para que luego fuese requerido por Francia).

El COI decidió vacunar a todos los deportistas con marcas mínimas para ir a Tokio, aun sabiendo que algunos de ellos no disputarían los Juegos Olímpicos. ¿Habría que haber vacunado a todos los futbolistas seleccionables? ¿A todos los futbolistas de élite? Llevamos desde marzo de 2020 en esta situación y se han disputado campeonatos nacionales e internacionales. Año y medio de nueva normalidad en el que hemos visto situaciones absurdas e incomprensibles. Futbolistas que comparten mascarilla en el banquillo para luego echarse el aliento a la cara mientras juegan. Entrenadores que dan instrucciones con máscara y luego organizan comidas de confraternización con decenas de personas. Clubes que separan a sus jugadores en hoteles y vestuarios y luego les permiten libre albedrio la noche antes y la noche después del partido. O campos vacíos de lloros y alegrías para luego celebrar títulos en reuniones multitudinarias de futbolistas y aficionados. ¿Y ahora nos rasgamos las vestiduras por un positivo?

Los futbolistas no han hecho nada que no hayan hecho la mayoría de los mortales en estos tiempos de pandemia. Pero ya hace un par de milenios se sabía que la mujer del César no solo debe serlo, sino parecerlo. O en la versión moderna, un gran poder conlleva una gran responsabilidad. La selección española de fútbol no es un conjunto de futbolistas, sino los seleccionados para representar a España en una competición internacional. Eso implica privilegios, pero también obligaciones. Si esos futbolistas nos representan (guste o no guste), también lo hace el Rey, los miembros del Gobierno o hasta el alcalde de tu pueblo (guste o no guste). Y también Rafa Nadal. O Ferran Adriá. O Blas Cantó en Eurovisión. Y ninguno fue vacunado ‘ad hoc’.

El problema, claro está, es que la vacunación es de carácter público. Justo cuando el caso Busquets estalló la prensa anunciaba que ‘El Corte Inglés’ empezaba a vacunar a aquellos empleados que por tramo de edad aún no habían sido vacunados, como antes hicieron o harán otras empresas. La RFEF (de base pública y fondos privados) pudo haber tomado esa decisión y no lo hizo, sencillamente porque nadie pensó en la vacunación hasta el fatídico domingo 6 de junio.

También pudo haber buscado la vacunación grupal la UEFA, pero no quiso. Sus criterios tendrían pero decidieron apostar por la responsabilidad individual y flexibilizar al máximo sus normas. Permitieron modificar la convocatoria hasta el pasado sábado a las 21:00 horas, cuando ya la Eurocopa contaba con cuatro partidos en liza, algo totalmente extraordinario. Lo cierto es que aunque el medallero es por países, los Juegos Olímpicos son una competición individual donde un positivo trastoca cuatro años de trabajo. La Eurocopa es una competición de equipo en la que se establece que con la mitad de los integrantes en condiciones (13/26) se permite seguir compitiendo.

Y es que en previsión de positivos por coronavirus la UEFA permitió extender las listas a 26 futbolistas cuando lo habitual era llevar a 23 seleccionados. Del mismo modo llevan año y medio permitiendo cinco cambios en los partidos y el aplazamiento sin coste deportivo alguno en caso de un brote que afecte a más de la mitad de la plantilla. Esas son las reglas, fueron conocidas y así fueron aceptadas y permitidas. No vale ahora quejarse.

Luis Enrique perdió el mismo día que dio la lista. Y él lo sabía. Y le daba igual. Esnob con tendencia a la confrontación, quizás algo bueno saque de tanto lio como amante que es del buen fango. Pero al no llevar a 26 jugadores y ante el miedo a una réplica del terremoto Busquets, surgió el pánico. Hubo que buscar culpables e iniciar una vacunación a toda pastilla.

Explicado ya los motivos por los cuales la selección de fútbol no fue vacunada a inicios del mes de mayo, volvamos a la semana del 7 de junio y sigamos con la cronología de una esperpéntica vacunación.

Aquel lunes el ministro de Cultura y Deporte asegura que en 24 horas la selección será vacunada a lo que contestará la titular de Sanidad al día siguiente para corroborar sus palabras y, 24 horas más tarde – ya en miércoles -, asegurar que no es competencia del ministerio y que debe ser la Comisión de Salud Pública la que tiene que tomar la decisión en función de criterios clínicos. Ese día la selección sub-21 de fútbol sustituye a la absoluta en un amistoso ante Lituania que RTVE decide emitir por ‘Teledeporte’ en vez de por ‘La 1’ ante la indignación de la RFEF. Rubiales manifestará pena por lo que él considera “falta de apoyo a la selección”. Mientras, los que debieron ser en principio 26 y se quedaron en 24 son ahora 24-2+4+1+1+11=39, en tres burbujas paralelas. Y Luis Enrique, siempre por encima del bien y del mal, manifestando que volvería a convocar a 24 en vez de a 26.

Y a todo esto, ¿qué hacía el mundo del periodismo deportivo? Pues poca cosa. Porque mientras la parodia nacional aumentaba la RFEF sacaba un comunicado que rezaba lo siguiente: “Se ha reforzado la burbuja y se mantienen las distancias”. ¿Cómo que se ha reforzado la burbuja? ¿Es que se puede reforzar una burbuja?

Es que no ha habido burbuja. Ni en Las Rozas, ni en la Liga, ni en la Copa de Europa ni tampoco la habrá en la Eurocopa. ¿Burbuja en la Eurocopa? Ni la competición se disputa en una única sede, ni todos los futbolistas están recluidos en un mismo complejo hotelero. Ni siquiera en la misma ciudad. Ni siquiera se prohíben los días libres en el exterior. La UEFA establece un protocolo que cada selección cumple o no cumple, porque la culpa es poca y el control es mínimo.

Ese control podría venir del periodismo. Es exasperante y frustrante para la profesión ver como la beligerancia es ausente cuando el fútbol hace su aparición. Los periodistas deportivos ejercen de palmeros incapaces de criticar todo aquello que rodea al juego. Corrupción, apuestas, exigencias contractuales, discusiones o ausencias a los entrenamientos o hasta denuncias sexuales nunca son motivo de investigación. El periodista vive del ego, de la oportunidad de la exclusiva, de la amistad con tal y con cual. Y meterse con uno o con otro resta poder de decisión.

La política se acerca al periodismo por interés. Necesita de los medios para exponer su argumentario y su apoyo mediático para derribar al rival. Desde el más humilde hasta el más poderoso. Los deportes minoritarios también se afanan por buscar al periodista, pero no ocurre así con el fútbol de élite, donde el contacto es a la inversa. El medio y el periodista tratan al futbolista como ídolo intocable besando el suelo que pisa. La crítica sólo se produce en la derrota, y el chivo expiatorio nunca es el sistema, siempre un particular, generalmente un extranjero fácilmente criticable por no ser objeto de entrevista.

Cada presidente, cada club o cada futbolista de élite cuentan con su grupo de palmeros. También los directivos o incluso el estamento arbitral. Pero nadie osa arremeter contra los dejes y los fallos del sistema. Contra el fútbol como un todo. Contrasta esto con la facilidad con la que se suelta el látigo en la política, donde cada error es pagado con suma beligerancia. A pesar de su abuso de poder, su lengua viperina y su ego desmedido, de vez en cuando se echa de menos al rey de la noche. Al menos mostraba credibilidad y contaba las verdades del barquero.

Y así los palmeros se pusieron “al servicio de España y del fútbol español” para solicitar que a los futbolistas se les pusiese la vacuna de Janssen, la de una única dosis. Todo alimentado por unas oportunas declaraciones de Luis Enrique en las que manifestaba sus dudas sobre una vacunación que podría causar efectos secundarios en los futbolistas.

Se establece que en la mañana del jueves 11 la expedición española, compuesta por unas 60 personas, sería vacunada con Pfizer en una primera dosis por sanitarios del Ejército, siendo la segunda el 1 de julio, con tal desatino que, cuando tocase la segunda dosis, los jugadores podrían estar luchando por ganar la Eurocopa o bañándose en las aguas de Bali. Si el objetivo era inmunizarlos para mejorar la convivencia y restar preocupaciones a los ya preocupados futbolistas, que baje Dios y lo vea.

Tras más profusos debates y exclusivas varias (la SER y la COPE peleando por ver quien lo dijo primero) hay una nuevo giro de guión. La RFEF se niega a vacunar a sus futbolistas con Pfizer y exigen la monodosis de Janssen. Se pospone todo para el viernes y en caso de que el Gobierno no ceda se decidiría no vacunar a los futbolistas.

¿Pero no era tan trascendental vacunarlos?

Y nuevamente lo importante se deja de lado y nadie hace las preguntas necesarias. Ningún medio (incluidos los generalistas) se preguntan porque si el Comité de Sanidad Pública recomendó Pfizer en 24 horas se cambia de decisión para suministrar la monodosis de Janssen. Con la cantidad de mentiras, medias verdades y contradicciones con las que las diferentes autoridades nos llevan obsequiando año y medio ya nada sorprende, pero si el Comité de Sanidad Pública considera que la más segura es la de Pfizer no habría nada más que añadir. Entiendo que todo el mundo quiere pincharse con una sola dosis, pero entiendo también que cuando a los españoles de entre 20 y 30 años les toque vacunarse les pondrán Janssen. ¿O dirán que no es recomendable por sus efectos secundarios?

El caso es que al final fue la monodosis de Janssen la elegida y el viernes 11 de junio el día de autos. Como se ve, no había preocupación alguna por los efectos secundarios, tan solo presión mediática para evitar las dos dosis. En realidad se le administró Janssen a los futbolistas vírgenes y una dosis de Pfizer a aquellos que, o bien habían pasado el coronavirus o bien ya se les había administrado una dosis.

Sí, querido lector, otro tema tratado con sordina y en el que no se ha profundizado. Si usted ha pasado el Covid-19 y tiene más de 65 años le pondrán dos dosis. Si tiene menos de 65 años deben pasar seis meses desde que tuvo el Covid-19 para ser vacunado. ¿No ha sido así? Normal. En la práctica se le pone doble dosis a todo el mundo. Pero si usted es futbolista ni hace falta esperar seis meses ni tampoco una segunda dosis. Y sí, querido lector, hay futbolistas que ya tenían una dosis. O bien porque en el país en el que trabajan los protocolos sanitarios lo establecían, o bien porque tiraron de billetera y se vacunaron por decisión propia.

La Selección se vacuna a tres días de su estreno en la Eurocopa 2020 ante  Suecia en Sevilla - Eurosport
Todo por España

El pasado lunes el balón asomó y las vísperas turbulentas se olvidaron. O por lo menos lo hicieron hasta que Morata se hinchó a fallar goles y los pitos superaron a los aplausos. Las tertulias periodísticas debatían sobre si habría que cambiar a Morata por Gerard Moreno en el segundo partido y también sobre si es patriótico o no silbar a un delantero de la selección española. En ninguna de esas tertulias escuche que la inquina a Morata, además de por su falta de gol, quizás fuese porque un par de días antes había censurado a los que criticaban la vacunación de la selección en una entrevista. “Hay una España que apoya y otra que no”.

Quizás, sólo quizás, el enfado de la afición se deba no sólo a que la pelotita no entre sino a semejante esperpento. Quizás, la gente se pregunte como no se ha vacunado a la selección española femenina de baloncesto que ha perdido a Alba Torrens y a Tamara Abalde por culpa del Covid-19 en vísperas del inicio del Eurobasket. Torneo que, además, se va a disputar en tierras españolas. Quizás no muevan ni tanta gente ni tanto dinero como los chicos del fútbol, pero en la última década han defendido la marca España consiguiendo tres Eurobasket y el subcampeonato mundial y olímpico. Pero ni el Gobierno ni, por supuesto, el mundo del periodismo deportivo han puesto el grito en el cielo.

Con Llorente y Busquets incorporados al grupo sólo los designios del balón nos dirán como será recordada esta chapuza. Que la selección masculina de fútbol es uno de los mayores argumentos de cohesión nacional y representación internacional es innegable (de ahí que catalanes o vascos se afanen por hacer lo mismo). Que se haya favorecido de forma chapucera y vertiginosa su vacunación era esperable y hasta entendible. En Francia se canceló el toque de queda durante una noche por la disputa de la semifinal de Roland Garros entre Djokovic y Nadal. Nada nuevo bajo el sol.

Mas el fútbol debe entender que, lenta pero inexorablemente, está perdiendo el contacto con la realidad. El foco suele ponerse en la volatilidad de los jóvenes, su aprecio por la inmediatez y su incapacidad para consumir un producto deportivo de larga duración. Pero el otro gran problema radica en que la distancia entre seguidores y futbolistas cada vez es más grande. El fútbol fue creciendo de la mano de la sociedad. Pero hace décadas que mientras la curva social o bien se mantiene o bien desciende, la del fútbol crece sin descanso alcanzando proporciones estratosféricas.

Los debates se centrarán en si tenían que haber sido vacunados o no. O en si son unos privilegiados millonarios o unos representantes de España en el mundo. O si 60 vacunas deben ser pagadas con fondos públicos o con fondos privados. Y mientras todo eso ocurre el fútbol y los futbolistas seguirán alejándose de la realidad, perdiendo adeptos y alimentando frustraciones.

Siempre y cuando la pelota no entre…

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La Liga del asterisco (un retrato del fútbol en tiempos del coronavirus)

Cómo de obsceno es el sueldo de un futbolista (la escalada sin fin de los nuevos millonarios del balón)

El portero es negro, los centrales gabachos, la estrella es un moro y el que mete los goles es un sudaca (¡pero daría mi vida por mi equipo!)

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Vilas; un rey sin corona

22.545 resultados de partidos de tenis en 542 torneos distintos que equivalen a más de 300.000 filas de Excel en 50 columnas diferentes. Esa es la cruzada a la que durante años se enfrascó el periodista Eduardo Puppo para restablecer la memoria de Guillermo Vilas. Su batalla y empecinamiento personal duró más de una década, recopilando archivos personales, documentación de la ATP y entrevistando y aliándose con matemáticos para obtener respuesta a la gran duda.

¿Por qué Guillermo Vilas no fue nunca número 1 del mundo?

Melena al viento, revés descomunal y una resistencia asombrosa que lo hacían casi infalible en el quinto set, Guillermo Vilas fue el único cacique capaz de competir en tierra batida con Björn Borg y uno de los pocos habilitados para coquetear con la sombra de Rafa Nadal en el polvo de arcillas. Vilas forma parte de esa estirpe de niños que son obligados por su padre a practicar un deporte. Mas lo curioso en su caso es que su progenitor no le prometió ni fama, ni dinero ni gloria. Papá Vilas le dijo que si prosperaba como tenista podría aprender inglés y viajar gratis a cualquier ciudad de Europa.

Cuando en 1970 Guillermo Vilas comenzaba a dar sus primeros pasos en el circuito, el tenis estaba herido de muerte. Había una división pestosa entre profesionales y amateurs, y los tenistas se debatían entre ganar dinero y no poder acudir a los grandes torneos o acumular telarañas en los bolsillos y llenar su palmarés de gloria eterna. Para 1972 se produjo el gran cambio con la creación de la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP) que admitía el profesionalismo en torneos de realengo como Wimbledon o Roland Garros.

Al año siguiente la recién creada ATP decidió instaurar un ranking que determinaría a los mejores tenistas del mundo y que establecería los cuadros eliminatorios de los distintos torneos. Acabada la dicotomía entre profesionales y amateurs el objetivo era crear un “método histórico objetivo basado en méritos para determinar la aceptación y siembra en todos los torneos para individuales y dobles”.

La idea era buena, pero en exceso ambiciosa. ¿Cómo contabilizar el sistema de puntos? En 1973 los métodos informáticos estaban en pañales. La ATP tardaba varios días en actualizar los datos y en más de una ocasión tenían que rectificar. Al inicio de un torneo aún no se habían trasladado al ranking los puntos del torneo anterior. Se tomaban notas provisionales a la espera de ser revisadas.

No sólo eso. Una victoria en Roland Garros valía lo mismo que una victoria en El Espinar.

Actualmente se otorgan determinados puntos en función de la categoría del torneo. Los Grand Slam (Australia, Roland Garros, Wimbledon y US Open) reparten desde 2.000 puntos por ganar a 25 por participar. Los Masters 1000 (9 en total) reparten entre 1.000 y 12, los ATP 500 (14 en total) entre 500 y 10 y los ATP 250 (38 en total) entre 250 y 5. El sistema es sencillo de aplicar y rápido de ejecutar y actualizar. Así lo es, y así lo parece. Pero no era así en 1973.

Entonces el ranking ATP no distinguía de torneos, únicamente distinguía victorias. Se contaba el promedio de puntos obtenido en función de los partidos disputados. Pongamos como ejemplo un caso extremo. Un tenista podría obtener la victoria en 5 torneos y obtener un promedio perfecto, mientras que otro que jugando 30 torneos hubiese ganado 25, tendría un promedio inferior. Esta circunstancia era posible porque, ante la incapacidad de la ATP para contar todas las semanas, los rankings no se actualizaban. De hecho, de las 280 semanas disponibles en el lustro 1973-1978, tan sólo en 128 se publicó el ranking ATP.

Ese es el gran lustro de Vilas. En 1975 pierde la final de Roland Garros ante Borg pero antes y después de la final parisina vence en hasta cinco torneos en tierra batida. Sin embargo, ni Vilas ni Borg están en lo más alto del ranking de la ATP. El agraciado es el norteamericano Jimmy Connors, que será número 1 del mundo desde principio a fin de año. Eso es lo que llama la atención de Puppo que no comprende como Connors puede estar 365 días seguidos en lo alto de la clasificación de la ATP sin haber ganado ningún torneo de Grand Slam.

Eduardo Puppo, el biógrafo de Vilas: "A Guillermo le corresponde el N° 1" |  Perfil
Vilas (i) y Puppo (d)

El problema radica en que oficialmente Connors sólo estuvo en lo alto de la clasificación durante 13 semanas. Las 39 restantes fueron adjudicadas al tenista norteamericano ‘ad hoc’. Connors había pasado de ganar tres Grand Slam el año anterior a perder tres finales y eso tendría que haberse notado en el ranking, porque aunque Vilas tampoco lograr ganar ningún Grand Slam, sí que había triunfado en múltiples torneos menores. Su ascenso respecto al año anterior era meteórico.

Revisando los datos y actualizando el ranking semana tras semana se constata que Vilas tenía que haber sido número 1 mundial durante cinco semanas entre el mes de septiembre y octubre de 1975 y también un par de ellas a inicios de 1976.

Pero lo que Puppo descubrió y presentó al mundo hace unos años se torna en un secreto a voces cuando el año a analizar es 1977. No hizo falta ninguna revisión matemática ni ningún loco periodista para que la comunidad tenística no alzara la voz sobre la injusticia cometida con Guillermo Vilas en 1977.

En plenitud física y mental, con 25 años cumplidos, en 1977 Guillermo Vilas alcanzó la victoria en Roland Garros y el US Open alargando su excelente estado de forma saliendo victorioso en enero del año siguiente en el Open de Australia. En el 77 Vilas ganó un total de 16 torneos y sumó 46 victorias seguidas en todas las superficies (récord aun no superado) y 53 victorias consecutivas en tierra batida, hazaña que pareció inalterable hasta la aparición de Nadal.

Ganó Roland Garros perdiendo tan sólo un set en todo el torneo y destrozó a Jimmy Connors (2-6, 6-3, 7-6 y 6-0) en la final del US Open. Y sin embargo no fue número 1. Aquello sí que resultaba inconcebible. Connors fue otra vez líder todo el año exceptuando una semana de agosto en la que en lo más alto de la lista estaba el sueco Björn Börg. En 1977 Connors no ganó ningún Grand Slam. Lo más sangrante es que ni siquiera participó ni en Australia ni en Paris. Borg también se ausentó de los dos primeros grandes de año, aunque logró el triunfo en Wimbledon.

No había que ser matemático para saber que Vilas tendría que ser número 1. En una edición especial la revista ‘World Tennis’, la más influyente del mundo de la raqueta, sacaba una portada con Vilas en la que explicaba que el argentino era el verdadero número 1. Ese año Vilas había ganado 14 torneos de la ATP (2 Grand Slam), Connors 9 (ningún Grand Slam) y Borg 7 (1 Grand Slam)

Según la ATP su sistema de clasificación de tenistas es totalmente fiable. Argumentan que los posibles fallos del sistema en los años 70 son indetectables y que es imposible obtener los datos de todos los partidos jugados de aquella época. Tras aportar un extenso ensayo con más de 1.000 folios con el apoyo de un reputado matemático, Puppo obtuvo para Vilas el reconocimiento de tenistas, medios y público… así como el silencio por parte de la ATP que sigue sin reconocer la evidencia.

Jimmy Connors seguiría siendo número 1 en diferentes semanas desde ese 1977 hasta 1983, compartiendo el trono o bien con su compatriota John McEnroe o bien con Borg. Vilas volvió a ganar el Open de Australia en 1979 y consiguió alcanzar otra final de Roland Garros en 1982, pero jamás volvió a mostrar aquel excelente nivel de 1977, cuando fue el mejor tenista del planeta.

Aunque fuese de manera oficiosa.

https://www.youtube.com/watch?v=x-EqoIZ1MrE

Otras historias tenísticas

En Wimbledon se gana de blanco (tradición y mística en el All England Club)

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Cuando un loco apuñaló a Mónica Seles (cómo un obseso puede acabar con la carrera y la vida de una persona)

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Cómo de obsceno es el sueldo de un futbolista

El debate no es cuánto gana Leo Messi. No parece probable que los mandamases del FC Barcelona sean propensos al suicidio. Se supone que el sueldo de Messi está acorde a los beneficios que le genera al Barça (otra cosa es que el coronavirus haya puesto todo patas arriba). Un segundo motivo de discusión es saber cómo de lícito es ocultar un contrato cuando el Barça no es una sociedad anónima y sigue, aunque de soslayo, siendo propiedad de sus asociados. Al no haber público en el Camp Nou nos hemos quedado sin saber la opinión del respetable, aunque me aventuro a pensar que los aplausos ganarían en clara ventaja a los silbidos. Puestos a culpar a alguien por el cráter económico del Barça me da que el socio echaría más en cuenta excesos llamados Philippe Coutinho o Ousmane Dembelé que otros que obedecen al nombre de Leo Messi.

Lo que el diario ‘El Mundo’ aireó con clarines y timbales (con mucha diferencia la mejor redacción de investigación periodística de España, a pesar de cierto tufo a amarillismo) no fue el sueldo de Messi en sí (70 millones fijos anuales), sino unas disparatadas cláusulas que pueden hacer que el astro alcance los 140 kilos por temporada. Entre las más insólitas están los 39 millones que cobrará por fidelidad el día que se vaya del Barça (¿?), la posibilidad de quedar libre si Cataluña declarase la independencia o un bono por partidos jugados en el que se contabilizan aquellos que Messi no puede disputar por lesión (¿?).

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Solo faltan los céntimos

Decía que el debate no es cuánto gana Messi. Se supone que obedeciendo a la ley de la oferta y la demanda si llega a ganar 140 kilos al año es que al menos genera otros 140 al Barça. La pregunta y el debate es cuánto de obsceno es el sueldo de Messi. Y la respuesta es obvia. Es muy obsceno. Incontable e ilimitadamente obsceno.

Pero, ¿cuánto de obsceno?

Cuando en 1928 nace en España la Liga de Fútbol Profesional el sueldo medio de aquellos primeros asalariados rondaba los 40 euros (de la época) por temporada. Son los tiempos de Ricardo Zamora, la primera gran estrella del fútbol en España y el mejor portero del mundo en los años 30, por el que el Real Madrid pagó 900 euros al RCD Espanyol por su traspaso. Zamora firmó un contrato que le reportaba 215 euros al año.

Dada la relevancia futbolística, mediática y económica del Real Madrid, no existe mejor paño para apreciar la evolución del sueldo de los futbolistas. Entre la Guerra Civil, la inflación y la aguda crisis económica, la ficha de Zamora no fue superada hasta que en 1953 Alfredo Di Stéfano llegó a España. ‘La Saeta Rubia’ fue la comidilla en todo el país por un fichaje que se disputaron Barça y Madrid en el que finalmente los blancos salieron ganadores. Hubo desidia por parte azulgrana, pero también tráfico de influencias. El caso es que el Gobierno hubo de autorizar al Madrid a pagar la entonces escandalosa cifra de 4.000 euros anuales a beneficio de Di Stéfano. Para el año 1962 obtendría un contrato récord de 25.000 euros anuales, a lo que habría que añadir las correspondientes primas.

¿Eso era mucho? Pues sí. Di Stéfano cobraba 200 salarios mínimos anuales por temporada. Kubala, estrella azulgrana, cobraba menos que ‘La Saeta Rubia’, pero aun así  era un total de unos 150 salarios mínimos al año. Como veremos, aunque inmensas, son cifras ridículas si las comparamos con los sueldos millonarios de la actualidad.

Aunque Kopa, Puskás o Amancio superaron con amplitud los 10.000 euros por temporada, nadie se acercó al sueldo de Di Stéfano hasta que en los 70 el mercado internacional se volvió a abrir de par en par. Cruyff aterrizó en Barcelona con un traspaso que fue récord mundial y el Madrid contraatacó firmando a Gunter Netzer a razón de 115.000 euros anuales.

En 1979 Laurie Cunningham se convertía, además del primer negro en ser internacional con Inglaterra, en el fichaje más caro del momento. El Real Madrid le hizo un contrato de 78.000 euros anuales. Dicha cifra representaba un total de 48 sueldos mínimos anuales. Era mucho, pero era menos que en época de Di Stéfano.

Hubo que esperar a los 80 para el siguiente gran salto. En 1985 Emilio Butragueño fue el primer madridista en firmar un contrato de 100 millones de pesetas al año (600.000 euros) que llegaría a ser de 2 millones de euros tras diferentes renovaciones, misma cantidad que cobraba el croata Robert Prosinecki o el montenegrino Pedja Mijatovic.

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El Buitre. A 100 kilos de pesetas al año

—LA LEY BOSMAN—

En 1996 la llamada Ley Bosman permitió la libre circulación de jugadores europeos, por lo que el fútbol entró de lleno en el libre mercado de la oferta y demanda. Los clubes más poderosos aumentaron sus ofertas y los futbolistas vieron como su capacidad negociadora para obtener mejores contratos se ensanchaba exponencialmente. La Ley coincidió en el tiempo con la aparición del fútbol en emisión bajo pago y el desarrollo de internet. Ambos hechos llevaron a que las mejores ligas europeas formasen parte de la vida cotidiana en todos los rincones del planeta. La globalización es el motivo principal por el que cada vez más firmas comerciales centran hoy en día sus objetivos hacia las grandes estrellas futbolísticas como íconos de una juventud que, en buena parte, han dejado a un lado a los ídolos del cine y de la música (chicas incluidas).

Tras la aprobación de la Ley Bosman los sueldos se dispararon. Raúl fue el primer jugador merengue que firmó un contrato de 1.000 millones de pesetas por temporada (6 millones de euros), cifra igualada y luego superada (ya se sabe que las renovaciones siempre son al alza) por Figo, Zidane o Ronaldo. Kaká sería el primero en firmar por 10 millones de euros al año, misma cifra de un Cristiano Ronaldo que paso a paso llegó a cobrar 30 kilos antes de marcharse a Italia.

Florentino tuvo suerte de largarlo antes de que el coronavirus hiciese su aparición. O quizás no. Quizás mejor haberlos invertido en Cristiano que en Jovic, Militao, Mendy, Rodrigo y hasta Hazard, que inesperadamente oposita a Prosinecki.

La influencia y la locura que la Ley Bosman generó en el fútbol de cambio de siglo se puede observar en el precio de las contrataciones de los futbolistas. Desde que en 1893 el Aston Villa pagase unos 80 euros al WBA por el fichaje del escocés Willie Greaves, la progresión en aumento ha sido un fiel reflejo de la economía mundial. De Inglaterra se pasó a Italia previo paso por Argentina. Fue un argentino, Bernabe Ferreyra, el que mantuvo el récord de traspaso durante más tiempo, un total de 17 años entre 1932 y 1949 fiel reflejo de las vicisitudes de la II Guerra Mundial. Después, tan sólo el Barça con Cruyff y Maradona osó discutir el trono de los fichajes galácticos a Italia hasta la entrada de la Ley Bosman en 1996.

A partir de entonces un récord que solía durar unos años pasó a ser roto verano tras verano. Shearer (Newcastle) en el 96, Ronaldo (FC Barcelona) en el 97, Denilson (Real Betis) en el 98, Vieri (Inter Milan) en el 99, Figo (Real Madrid) y Hernán Crespo (SS Lazio) ambos en el año 2000, hasta que el Madrid rompió la banca fichando a Zidane en 2001 por 77 millones de euros. Otros lo superarían después, pero teniendo en cuenta la inflación, la contratación de Zidane fue el fichaje más caro de la historia hasta que el PSG pagó 222 millones por Neymar en el verano de 2017.

La burbuja estalló con la crisis financiera del 2008. A inicios del siglo XXI los sueldos estaban tan inflados que había futbolistas de Tercera División con salarios que les permitían vivir con holgura, y en Primera Autonómica se llegaban a pagar 1.000 euros mensuales. En la actualidad, hasta en Tercera División, hay jugadores que únicamente cobran bonos en función de los resultados y de los desplazamientos.

En la década de 2010 los salarios de los futbolistas volvieron a aumentar. Antes de la pandemia el sueldo bruto de un futbolista de Primera División se estimaba en 4 millones de euros anuales. Sólo entre 2013 y 2018 los sueldos de los jugadores habían crecido un 20% y representaban entre el 50% y el 70% del presupuesto de un club de fútbol. El salario mínimo de un futbolista profesional prepandemia era de 155.000 anuales por los 10.300 que representaban el salario mínimo de un trabajador. No es necesario señalar que en ninguna otra profesión ve aumentar sus ingresos fijos un 20% en un lustro. La pandemia ha roto con esa progresión. Siempre hubo y habrá cracks, pero para el futbolista medio, haber debutado en 1996 y retirarse en 2008 significa haberse hecho inmensamente millonario.

En los últimos 40 años mientras que el salario mínimo apenas ha aumentado un 10% el sueldo de los futbolistas se ha multiplicado cerca de un 200%. Netzer o Cruyff vivían muy bien, pero lo que ocurre en la actualidad es demencial. Contaba que Di Stéfano tenía 200 salarios mínimos anuales. Mucho, ¿verdad? Pues ni siquiera hablemos de Messi o de Cristiano, los Di Stéfano del momento. Se estima que Sergio Ramos, quizás el buque insignia del Madrid actual, cobra 15 millones de euros al año. Dicha cifra representa 1190 salarios mínimos anuales…y habría que añadir los contratos publicitarios.

Lo cierto es que la desigualdad entre los más ricos y los más pobres no deja de aumentar en todo el mundo. El directivo medio en Estados Unidos gana 104 veces lo que su trabajador, cuando esa diferencia era de 25 veces en los años 70 según ‘The New York Times’. Poco puede hacer el currante para que esto cambie. Pero cuando ese trabajador paga 300 euros para ir al Camp Nou o al Bernabéu está ratificando el sueldo de los 22 multimillonarios a los que luego critica por acaudalados cuando no juegan como a él le gusta.

Hoy en día Messi cobra unas 30 o 40 veces más que Di Stéfano en su época. Pero es que Messi cobra más que ningún otro deportista (según ‘Forbes’ solo es superado por Roger Federer, pero únicamente si se cuentan los ingresos por publicidad). Es normal. Es el mejor en el deporte más seguido. Leo Messi es producto de la globalización del fútbol. Ni siquiera los ídolos de la NBA llegan a establecerse por todas las esquinas del globo terráqueo como lo hacen los astros del balompié. Messi vende el 85% de las camisetas del Barça y es un filón turístico para Barcelona y Cataluña.

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Rey Midas

Pero para el forofo no existe la mercadotecnia ni las giras millonarias por Asia. Para el trabajador lo que gana Messi es obsceno, aunque los directivos del Barça digan que es rentable. Y es obsceno, ilimitadamente obsceno, porque aunque Lebron James sea archimillonario lo es por ejercer su trabajo en la nación más poderosa del mundo. Que Messi sea el deportista mejor pagado del mundo ejerciendo su trabajo en un país que no está entre los 15 más ricos del planeta y que pelea con Grecia por tener la tasa de paro más alta de la Unión Europea es obsceno. Irremediablemente obsceno.

Otras historias sobre lo que rodea al fútbol

El caso Di Stéfano (la lucha entre Barça y Madrid para fichar al crack argentino)

Gerard Piqué. Políticamente incorrecto (las polémicas fuera del césped de un magnífico futbolista)

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Un Balón de Oro para los europeos (1995-2020). Una historia contrafactual

Clasificar. Desde pequeños tendemos a agrupar, ya sea por colores, por tamaños o por formas. Es algo innato a la especie humana y todo se lo debemos al desarrollo de nuestro cerebro. Desde hace miles de años hacemos listas y clasificaciones que nos permiten recordar y memorizar y, de hecho, el orden es de las cosas más humanas que existen. Clasificamos porque nuestra mente nos dice que dentro de nuestro ser hay un orden y nuestro cerebro lo necesita para ayudarle a facilitarnos la vida.

Por eso nos gusta tanto clasificar. Por eso hacemos y rehacemos historias. ¿Qué pasaría sí? ¿Y si hubiésemos hecho esto asá? ¿Y si ponemos esto otro aquí? Hacemos continuas clasificaciones y exploramos que hubiese sucedido si las decisiones fuesen otras. Hacemos historias contrafactuales.

Despedimos 2020 con buena parte del mundo en precario y empapados de una psicosis colectiva. En estos meses hemos cerrado fronteras, exteriores e interiores, y nos hemos puesto a mirar con aire de desprecio (con más si cabe) a aquellos que vienen de fuera. En Europa los duros muros de cemento de la construcción europea hace tiempo que dejaron paso al adobe y la pandemia no ayuda a revertir esta decrépita situación. Estamos a escasas fechas de que el brexit sea una realidad y los europeos vuelvan a ser extranjeros en el Reino Unido. A escasos días de que la Premier League vuelva a 1995.

Pero, ¿qué hubiese pasado si no hubiese existido la Ley Bosman? Ya en otro artículo trate de responder a esta pregunta y busqué unos vencedores de la Copa de Europa contrafactuales. Pero el motivo del artículo de este viernes no es grupal, sino individual.

Robert Lewandowski ha sido galardonado con el premio ‘The Best’ que la FIFA otorga al mejor futbolista en un año natural. Es el único premio que el delantero polaco ha ganado este año. Le han robado el otro. ‘France Football’ decidió hace unos meses no dar este año el Balón de Oro según explicaron “por las circunstancias excepcionales por la pandemia del coronavirus”. A cambio se han inventado una chapuza en la que buscan el mejor once de la historia obviando el propio historial del premio y recolocando a futbolistas en posiciones que no son las suyas para no solaparse con otros favoritos.

Y todo ello como si no hubiese habido fútbol profesional este año. Como si Lewandowski y compañía llevasen desde marzo encerrados en casa sin calzarse las botas de tacos.

Lewandowski, ganador del The Best 2020
The Best 2020

2020 es el año que en el que a Robert Lewandowski le han hurtado un más que merecido Balón de Oro. Sucedería en el trono a Leo Messi que, con seis trofeos, es el hombre récord. No obstante, si los jugadores no europeos hubiesen tenido libre acceso al trofeo desde 1956, año de su creación, el recordman sería Pelé con 7 entorchados tal y como expliqué tiempo atrás.

Pero en este caso la pregunta es otra. ¿Qué hubiese pasado si en 1995 las fronteras siguiesen cerradas y el Balón de Oro continuase siendo coto cerrado para los europeos? ¿Qué hubiese sucedido si Weah, Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho, Kaká o Messi no pudiesen haber ganado el Balón de Oro?

Vamos a ello entonces. Un Balón de Oro (1995-2020) en el que sólo puedan participar los europeos. En mayúsculas estarían aquellos que lo ganaron en la realidad. En minúsculas aquellos usurpadores del trono:

1995 Jürgen Klinsmann (Alemania) Bayern Munich

1996 MATTHIAS SAMMER (Alemania) Borussia Dortmund

1997 Predrag Mijatovic (Montenegro) Real Madrid

1998 ZINEDINE ZIDANE (Francia) Juventus

1999 David Beckham (Inglaterra) Manchester United

2000 LUIS FIGO (Portugal) FC Barcelona / Real Madrid

2001 MICHAEL OWEN (Inglaterra) Liverpool FC

2002 Oliver Kahn (Alemania) Bayern Munich

2003 PAVEL NEDVED (Chequia) Juventus

2004 ANDREI SHEVCHENKO (Ucrania) AC Milan

2005 Frank Lampard (Inglaterra) Chelsea

2006 FABIO CANNAVARO (Italia) Juventus / Real Madrid

2007 Cristiano Ronaldo (Portugal) Manchester United

2008 CRISTIANO RONALDO (Portugal) Manchester United

2009 Cristiano Ronaldo (Portugal) Real Madrid

2010 Andrés Iniesta (España) FC Barcelona

2011 Cristiano Ronaldo (Portugal) Real Madrid

2012 Cristiano Ronaldo (Portugal) Real Madrid

2013 CRISTIANO RONALDO (Portugal) Real Madrid

2014 CRISTIANO RONALDO (Portugal) Real Madrid

2015 Cristiano Ronaldo (Portugal) Real Madrid

2016 CRISTIANO RONALDO (Portugal) Real Madrid

2017 CRISTIANO RONALDO (Portugal) Real Madrid

2018 LUKA MODRIC (Croacia) Real Madrid

2019 Virgil Van Dijk (Países Bajos) Liverpool FC

Es interesante recordar que hay dos jugadores no europeos que antes de 1995 ganaron el Balón de Oro. Son los casos de Alfredo Di Stéfano (argentino nacionalizado español) y Omar Sívori (argentino nacionalizado italiano). El tercero en discordia sería Eusebio, que es el primer nativo africano que ganó el Balón de Oro. Sin embargo, el caso de Eusebio es sumamente controvertido. Nació en Maputo, que hoy es capital de Mozambique, pero en enero de 1942, cuando Eusebio vino a este mundo, era Lourenço Marques y pertenecía a Portugal. Eusebio nunca renegó de sus orígenes pero siempre se consideró así mismo portugués.

Sin Di Stéfano en la ecuación, el defensa inglés Billy Wright (1957) y el delantero francés Raymond Kopa (1959) hubiesen ganado el Balón de Oro. Sin Sívori (1961) el español Luis Suárez sumaría un nuevo trofeo al que había ganado el año anterior. Y una cosa más. Sin los dos delanteros argentinos en liza, Ferenc Puskás hubiese subido al pódium de un Balón de Oro que le llegó tarde y viejo, cuando años atrás el nombre de Puskás tronaba por el Viejo Continente.

Ampliemos ahora el foco. Primero, segundo y tercero. Nuevamente en mayúsculas los que ocupan un puesto real y en minúsculas los que representan un puesto contrafactual:

1995 Klinsmann / Litmanen / Del Piero

1996 SAMMER / Shearer / Del Piero

1997 Mijatovic / Zidane / Bergkamp

1998 ZIDANE / SUKER / Owen

1999 BECKHAM / Shevchenko / Figo

2000 FIGO / ZIDANE / SHEVCHENKO

2001 OWEN / RAÚL / KAHN

2002 Kahn / Zidane / Ballack

2003 NEDVED / HENRY / MALDINI

2004 SHEVCHENKO / DECO / Henry

2005 Lampard / Gerrard / Henry

2006 CANNAVARO / BUFFON / HENRY

2007 Cristiano Ronaldo / Pirlo / Van Nistelrooy

2008 CRISTIANO RONALDO / Fernando Torres / Casillas

2009 Cristiano Ronaldo / Xavi / Iniesta

2010 Iniesta / Xavi / Sneijder

2011 Cristiano Ronaldo / Xavi / Iniesta

2012 Cristiano Ronaldo / Iniesta / Xavi

2013 CRISTIANO RONALDO / Ribery / Ibrahimovic

2014 CRISTIANO RONALDO / Neuer / Robben

2015 Cristiano Ronaldo / Lewandowski / Thomas Müller

2016 CRISTIANO RONALDO / Griezmann / Bale

2017 CRISTIANO RONALDO / Buffon / Modric

2018 LUKA MODRIC / CRISTIANO RONALDO / GRIEZMANN

2019 Virgil Van Dijk / Cristiano Ronaldo / Mbappé

A lo que habría que añadir el trofeo que este año ‘France Football’ ha decidido no otorgar:

2020

Robert Lewandowski (Polonia) Bayern Munich Oro

Kylian Mbappé (Francia) PSG Plata

Manuel Neuer (Alemania) Bayern Munich Bronce

Así pues saldrían beneficiados de soslayo depuradas técnicas como las de Ibrahimovic, afamados fantasistas como Del Piero, tremendos goleadores como Suker o Van Nistelrooy, todocampistas como Ballack o Gerrard, cerebros privilegiados como Pirlo o un corazón soberbio como el de Thomas Müller.

Triunfadores saldrían defensas aseados como Virgil Van Dijk y delanteros de colmillo afilado como Klinsmann y Mijatovic. David Beckham sería el primer Balón de Oro inglés en dos décadas y Andrés Iniesta el primero español en media centuria. Oliver Kahn hubiese sido el segundo Balón de Oro bajo palos sucediendo al mítico Lev Yashin.

20/03/1999: Oliver Kahn establece un récord en la Bundesliga
Kahn, ¿Balón de Oro?

Pero el gran beneficiado sería Cristiano Ronaldo que sin Messi de por medio doblaría sus registros actuales y alcanzaría los 10 trofeos del Balón de Oro. Bien es cierto que durante un lustro el Balón de Oro tuvo una tumultuosa convivencia con el FIFA World Player en la que la entrada en las votaciones de capitanes y entrenadores de selecciones de todo el mundo desvirtuó la idiosincrasia del trofeo.

Así, para los puristas, 2012 (Iniesta), y, especialmente, 2013 con Frank Ribery y, quizás, aunque solo quizás, 2014 (Neuer), el trofeo no debería haber sido para Cristiano (ni tampoco para Messi). Pero sea como fuere, es indudable que Cristiano es uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, y, sin duda alguna, el futbolista europeo más dominante de la historia cuya longevidad es aún más extraordinaria que su capacidad futbolística.

Esta afirmación coge más vuelo si tenemos en cuenta que de los cuatro grandes (Di Stéfano, Cruyff, Pelé y Maradona) tan sólo hay uno que sea europeo y el que será quinto cuando se retire (Messi) también nació allende los mares. Que Cruyff sea más grande que Cristiano sólo se sostiene porque el mediapunta holandés es el fundador de un estilo, porque los números, el colmillo y la persistencia de Cristiano no tienen parangón en la vieja Europa.

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Lance Armstrong: El fraude de un campeón (2ª parte)

Lance Armstrong es un gran campeón. De eso no hay duda. No se ganan siete Tour de Francia si no lo eres. Con EPO o sin EPO. Armstrong odiaba a todos y cada uno de sus rivales y tenía el colmillo asesino de los grandes egos. Dominaba a sus compañeros, controlaba el pelotón y era un genio de la táctica en carrera. Tan sólo mostraba respeto y temor por Jan Ullrich, el eterno segundo, la némesis necesaria que le permitía brillar.

Pero Lance Armstrong era sobre todo el adalid contra el cáncer. Tras ganar su primer Tour se convirtió en el hombre más famoso del mundo. En Estados Unidos, un país donde el ciclismo era residual, evocaba a un semidiós que se codeaba con políticos y estrellas de Hollywood. Armstrong consiguió que ser adolescente y tener cáncer pasase de ser vergonzante a convertirse en un reto motivacional.

Su lucha y su compromiso contra el cáncer ni estuvieron ni están puestos en duda, pero Lance supo usarlos como escudo contra aquellos que lo acusaban de doparse. Cuando la prensa, liderada por el irlandés David Walsh, comenzó a lanzar informaciones basadas en fuentes anónimas que aseguraban que Armstrong se dopaba, éste, con presteza, usó el cáncer en su beneficio. Lance salía a la palestra visiblemente indignado e invariablemente su discurso se parecía a un “vengo de una sentencia de muerte, ¿de verdad alguien puede creer que voy a doparme por algo tan insignificante como un deporte?”.

Se antojaba difícil luchar contra esa argumentación.

Pero se hizo. Los primeros en abandonar el barco fueron sus compañeros de equipo. Tras años cumpliendo el papel de gregarios, muchos de aquellos prometedores ciclistas estadounidenses que admiraban a Lance decidieron hacer camino por sí mismos. El primero de ellos fue Tyler Hamilton, que logró acabar a las puertas del pódium del Tour en 2003. Para la siguiente campaña contaba con alcanzar la victoria, no obstante el destino quiso que un par de meses antes de la cita francesa diese positivo. Hamilton estaba estupefacto. Y lo estaría mucho más cuando tiempo después averiguó que Armstrong alertó del fraude a Verbruggen, presidente de la UCI. Cuando el mandamás de la UCI preguntó a Lance que hacer, el texano fue tajante. Hamilton iría de cabeza al patíbulo.

Aquello rompió los cimientos del entramado. Dolidos y traicionados, sus compañeros no entendían porque Armstrong tenía barra libre mientras ellos tenían que acatar las normas.

Y es que antes de aquello, el citado Walsh había destapado el esqueleto del fraude de Armstrong gracias a la confesión de Emma O’Reilly, fisioterapeuta del US Postal, y el arrepentimiento de Frankie Andreu y Jonathan Vaughters, ex compañeros de equipo de Lance. Sin embargo, la falta de pruebas (palabra contra palabra), la aureola de santo de Armstrong (una mentira es verdad si la repites 1.000 veces) y, esencialmente, el apoyo sin fisuras de la UCI, hicieron que la causa no fuera a mayores.

David Walsh described Tom Humphries as 'a great, great man' after child sex  allegations
Walsh y el Sunday Times. Azote de Armstrong

En todo caso, y tras convertirse en el primer ciclista en superar la marca de Anquetil, Merckx, Hinault e Induráin de cinco Tours, Armstrong comenzó a pensar en la retirada para salvaguardar su honor. Por el camino lograría el sexto en 2004, el mismo año que el doctor Ferrari tuvo que pasar por los tribunales, y en 2005 el último y séptimo maillot amarillo con un nuevo equipo, tras la renuncia de US Postal que se negó a pagarle varios pluses de su contrato ante la sospecha de su reiterado dopaje.

Con dudas, con incontables dudas, Lance lo había logrado. Todo eran rumores, no había certezas. El ciclismo parecía ya un deporte limpio y una vez que el Mesías estaba fuera de la circulación ya nada hacía temer que el castillo de naipes se derrumbase.

Sin Armstrong, el Tour de Francia de 2006 iba a ser al fin el Tour de Jan Ullrich (campeón en 1997 y subcampeón en cinco ocasiones). Pero semanas antes del inicio de la prueba, la Guardia Civil destapa un entramado de dopaje bajo el nombre de ‘Operación Puerto’ liderado por un médico que obedecía al nombre de Eufemiano Fuentes. Entre sus clientes había ‘prima donnas’ como Roberto Heras, Iván Basso o el citado Ullrich. Se inició una nueva cacería y, ya sin Armstrong, el ciclismo parecía ahora herido de muerte.

En estas que el Tour se inicia sin un claro favorito y se convierte en un carrusel de desfallecimientos y actuaciones heroicas que lo vuelven el más fascinante desde finales de los 80. Y es un espíritu libre, un joven norteamericano que nunca congeniara con Armstrong, el que se lleva la victoria. Floyd Landis gana el Tour de 2006 siendo el más humano de los ganadores y reavivando la esperanza de un ciclismo limpio.

Pero Landis estaba igual de manchado que los demás y al poco de acabar el Tour dará positivo por testosterona. Lo negará, mas Landis no sabe mentir y acabará sin Tour, sancionado y con una depresión de caballo que lo llevará a refugiarse en el alcohol. En el medio de la cacería decide pedir ayuda a Armstrong obteniendo el silencio por respuesta.

Landis es una bomba de relojería. Deprimido y traicionado principia a comprender que la vara de medir es distinta para unos y para otros y empieza a arremeter contra la UCI y contra Lance Armstrong. Una vez cumplida su sanción de dos años por dopaje solicita volver al pelotón internacional pero se encuentra con la negativa de todos los equipos y con una respuesta común que le llegará a lo más fondo del corazón: “Eres radioactivo”.

Mientras todo esto sucede, limpio, pero con la credibilidad bajo mínimos, Lance Armstrong decide volver de su retiro e intentar ganar su octavo Tour de Francia en 2009 camino de los 38 años. Para demostrar su inocencia anuncia que pasará controles antidopaje a diario. Es cierto. Pero también lo es que el doctor Ferrari viajará con él etapa tras etapa en un coche privado. Con Bruyneel como director, pero con otro gallo como Alberto Contador en el equipo, se tuvo que conformar con la tercera posición. Lance no estaba contento, pero, dopado o no, esa demostración de poderío y autoridad tras tres años retirado le volvió a granjear el amor del gran público.

Entretanto Armstrong se llevaba la gloria, Landis seguía aferrado a la botella de whisky. No comprendía que si en el ciclismo funcionaba la ‘omertá’ nadie le ayudase. La mafia era un club cerrado donde a cambio de tu silencio recibías ayuda. En el ciclismo no sucedía lo mismo. Landis estaba callado, pero en vez de ayuda recibía amenazas, lo llamaban loco y tenía que cargar con las culpas de toda una generación.

Asustado, resentido y frustrado, Landis decidió pasar a la acción.

Envió un correo electrónico a la AMA con fechas, horas y detalles de una red de más de una década de dopaje. Contó sus secretos, los de Armstrong y los de todos sus compañeros del US Postal. Eran palabras. Sólo palabras. Pero o ese hombre decía la verdad o bien tenía una imaginación desbordante.

Floyd Landis monta un equipo con el dinero del cannabis y de delatar a  Armstrong | Marca.com
Landis (d) quiso morir matando

Aun sin pruebas el juez vio indicios para sentar a Armstrong en el banquillo. Lance nunca había dado positivo y nuevamente se libró de la condena, pero por vez primera algo había cambiado. Verbruggen había dejado su lugar en la UCI a Pat Mcquaid y éste había decidido drenar la ciénaga y limpiar el ciclismo. Se reunió con ex compañeros de Armstrong y les prometió la redención si confesaban. Fue así como George Hincapié, compañero de equipo, de habitación y mejor amigo de Armstrong durante quince años, decidió romper la ley de la ‘omertá’.

Puede que nunca hubiese habido un positivo. Pero no hizo falta. El mundo de Armstrong se abrió bajo sus pies.

La UCI le quitó todos sus trofeos, sus siete Tour de Francia y la medalla olímpica de 2000. Todos sus ex compañeros declararon mediante juramento que en sus victorias hubo consumo de productos dopantes. Al no existir controles fuera de la competición programaba las inyecciones para estar óptimo en carrera. Armstrong lo siguió negando, pero todos sus patrocinadores cancelaron sus contratos. Se convirtió en un paria y hasta tuvo que malvender su mansión para obtener liquidez. Con todo, el poder de la mentira y de la terquedad de Lance era tal que siguió negando la verdad por activa y por pasiva.

Armstrong contaba con que la tempestad pasaría y su vida resurgiría. Pero cierto día recibió la llamada de un directivo de ‘Livestrong’ en el que se le anunciaba que había sido expulsado de su propia fundación. Aquello le hizo hundirse. Más allá del ciclismo, su legado era la lucha contra el cáncer. Lo consideró una traición, y, por vez primera, comprendió que tal vez tendría que confesar la verdad.

Así, a inicios de 2013, tras cerca de dos décadas sosteniendo una mentira, Lance Armstrong acudía al programa de Oprah, uno de los más seguidos de Estados Unidos, para decir la verdad. Fue una dura entrevista en la que Oprah tiró a degüello con cinco preguntas de respuesta cerrada (si o no) en las que Armstrong confesó lo inconfesable. Dijo la verdad, pero apenas expresó sus sentimientos. No mostró arrepentimiento y hasta se negaba a darle la razón a quien le acusaba: “Me dopé por arrogancia y por instinto insaciable de victoria”.

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Siempre seremos escépticos ante Lance Armstrong, pero es evidente que fue un deportista excepcional dotado de ese colmillo competitivo exclusivo de los grandes campeones. Ha sido amado y odiado y, hoy, simplemente, es un apestado. Ha sido un líder inapropiado y un hombre aborrecible y al mismo tiempo fue un ser que utilizó el deporte para dar esperanzas a millones de personas con cáncer. De su pasado ciclista sólo mantiene relación con Jan Ullrich, el único que consiguió motivarle, otro campeón apestado y la única persona por la que se le ha visto llorar en público. Pero mientras Ullrich ha tenido que acudir a un centro psiquiátrico para espiar sus pecados, Armstrong sigue disfrutando de la vida sin ningún remordimiento. Porque, dopado o no, para él nunca habrá un ciclista que sea capaz de superarlo.

Guste o no guste, Lance Armstrong ha dejado una impronta en el ciclismo y un legado de esperanza y superación en la lucha contra el cáncer. Y ahí surge la incómoda pregunta. ¿Se le puede perdonar por todo lo que ha hecho? Este es el quid de la cuestión y el verdadero fondo del problema.

En la mayor parte de Estados Unidos y en buena parte de Europa lo tienen claro. No hay nada que lo compense. Una sociedad que no exija responsabilidades es una sociedad condenada a marchitarse. Es el liberalismo puro y duro. Vive como quieras, pero asume los riesgos y las consecuencias. Para el sur de Europa y para América Latina esto no es así. Y no lo es por el influjo del catolicismo.

Para los protestantes todo cristiano es un sacerdote en potencia, por lo que encontrará su salvación a través de un ejercicio moral intachable consigo mismo y con la sociedad. En consecuencia, todo el mundo está interesado en que le vaya bien pero también que ocurra lo mismo en su comunidad. Para los católicos la salvación pasa por seguir los preceptos de la Iglesia y el error siempre puede ser subsanado en acto de contrición.

En un mundo secularizado la religión ha perdido importancia, pero la tradición pesa en las costumbres y el cristianismo forma parte de nuestra cultura. En las sociedades protestantes las faltas morales y las corruptelas siguen siendo terribles, mientras que en las católicas suelen ser perdonadas. Por eso Armstrong aún tiene gran aceptación entre la amplia comunidad católica de Texas y Nuevo México, pero es vilipendiado en el resto de Estados Unidos.

Maquiavelo dijo que el fin justifica los medios.

Pero es que Maquiavelo era católico.

“Duermo muy bien por las noches. No cambiaría nada de lo que hice. No me arrepiento de nada. Si mi hijo, que está jugando al fútbol (americano) en la universidad, me dice que se quiere dopar le diría que no lo hiciese. Si mi hijo llega a ser profesional y me lo pregunta entonces, le diría; cuéntame y hablamos”. Lance Armstrong, en una entrevista de 2019.

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Lance Armstrong: El fraude de un campeón (1ª parte)

En el año 2004 Lance Armstrong estaba en la cúspide de su existencia. Se preparaba para acudir en julio a Francia, darle una vuelta al hexágono galo y ser el primer ser humano en sumar seis Tours en su palmarés. La temporada siguiente remataría semejante hazaña logrando un séptimo y definitivo título para autoproclamarse el más grande de todos los tiempos. Pero antes, al inicio de aquel año, presentó en la sede de ‘Livestrong’, su fundación contra el cáncer, una pulsera amarilla de plástico que se pondría a la venta por 1 euro y cuya recaudación iría íntegramente al estudio e investigación de proyectos oncológicos.

‘Livestrong’ contaba con vender cinco millones de pulseras en todo el planeta. Se estima que fueron ochenta los millones de ellas que adornaron las muñecas de medio mundo, incluidas las de los más grandes deportistas durante los Juegos Olímpicos de Atenas de 2004.

Y es que Lance Armstrong era un héroe. Era el hombre que había vencido al cáncer. Fue en octubre de 1996, cuando apenas contaba con 25 años de edad. Aquel verano ya había renunciado a correr por una complicada bronquitis, aunque la realidad es que tenía molestias al sentarse en el sillín porque uno de sus testículos estaba hinchado sobremanera. Por vergüenza calló, hasta que pasados unos meses comenzó a esputar sangre. Era un cáncer testicular de estadio 4 con metástasis en los pulmones y en el cerebro. Al día siguiente del diagnóstico ya estaba tumbado en la mesa de operaciones con menos de un 20% de posibilidades de supervivencia según le expresó su urólogo.

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Duro golpe de juventud

Pero pocos enemigos tan implacables iba a tener el cáncer como Lance Armstrong. Aquel joven texano, que no aceptaba las reglas y que siempre vivía al límite, se iba a defender con uñas y dientes. Como cuando falsificó su fecha de nacimiento para poder competir en su primer triatlón. O como cuando salpicaba a sus rivales en la piscina para lograr la victoria. Era el mismo chico que insultaba a sus compañeros de equipo cuando subía un puerto y los llamaba nenazas porque no eran capaces de seguir su diabólico ritmo.

Lance era un bocazas y un irresponsable, pero también una bestia parda que encontró en el triatlón una forma de desahogo y que vio en el ciclismo una manera de hacerse millonario. Con 18 años se pasó a las dos ruedas y decidió quedarse con el apellido Armstrong de un padre adoptivo al que detestaba, porque lo consideraba más comercial que el Gunderson de un progenitor biológico que le abandonó al poco de nacer. Desde niño aprendió a odiar y a afilar un colmillo competitivo que es santo y seña de los grandes campeones.

Por eso era evidente que si alguien podría formar parte de ese 20% de supervivencia tenía que ser Lance. Apenas dos meses después de operarse, y con los pulmones aún encharcados, se volvió a subir a la burra. A finales del año siguiente ya formaba parte de un nuevo equipo norteamericano de ciclismo, el US Postal, dirigido por un ex corredor belga llamado Johan Bruyneel. Pero Armstrong tuvo que empezar de cero. Todo el respeto que se había ganado como ciclista había sido sustituido por cautela y escepticismo.

El Lance Armstrong de antes de la operación había sido campeón del mundo en 1993 por delante del mismísimo Miguel Induráin. Armstrong era el macho alfa del equipo americano Motorola, un ‘rara avis’ en el ciclismo, un deporte eminentemente europeo. Y si bien los españoles suelen ser humildes, los belgas metódicos, los italianos astutos y los franceses arrogantes, a los estadounidenses ni se les conocía ni se les esperaba. Armstrong resultó ser lo que es. Un texano de pura cepa. Odioso, ilógico y sin pelos en la lengua. Podría ganar muchas carreras, pero Lance Armstrong nunca podría ganar un concurso de popularidad.

Armstrong no era una persona equilibrada. Ni antes ni después. Pero cuando uno está a punto de morir cambia de principios. Si no tiene algo, lo quiere. Y lo quiere rápido. Así que Armstrong no iba a aceptar ser un don nadie. Lance Armstrong quiso volver a ser grande.

Concretamente decidió que iba a ser el más grande.

Y no existía camino más rápido para lograrlo que a través del dopaje.

El dopaje. Ah, el dopaje. El doping es tan intrínseco al ciclismo como los Alpes o los Pirineos. Desde el comienzo de los tiempos, desde que a alguien se le ocurrió recorrer más de 4.000 kilómetros sobre una bicicleta subiendo y bajando montañas en apenas unos días, se hizo necesaria la ayuda externa para afrontarlo. Eso es lo conocido como dopaje legal. Al principio fueron chorros de alcohol, para, poco a poco, sofisticar el asunto. La burra cabalga a través de los analgésicos, las anfetaminas, la cortisona, y, sí, también, cocaína.

Antes del cáncer Armstrong ya se dopaba. Y como él todos. O casi todos. No vaya a ser que alguien se ofenda. Cortisona y anfetaminas estaban a la orden del día. Eso era lo permitido. Lo otro o pasó de moda (alcohol) o era rotundamente ilegal (cocaína). Pero he aquí que a finales de los 80 un médico italiano llamado Michele Ferrari empieza a experimentar con la eritropoyetina, más conocida como EPO. Se trata de una sustancia que aumenta la capacidad para transportar oxígeno amplificando la cantidad de glóbulos rojos en sangre. Esto implicaba que a través de una transfusión se podía minimizar la fatiga y aumentar el rendimiento en altitud. A mediados de los 90 era práctica común en el pelotón internacional. Todos lo intuían, pero, y aquí está el matiz, se trataba de dopaje ilegal. No estaba permitido.

Para 1998 la burbuja estalló cuando en un control rutinario de la policía durante el Tour se descubrieron en los tráileres de varios equipos sustancias dopantes a nivel industrial. El llamado ‘caso Festina’ fue algo semejante al salvaje oeste. Una carnicería deportiva, pero, y aquí está el quid de la cuestión, un escándalo con consecuencias legales y penales. Se creó la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) y el ciclismo prometió limpieza. No obstante ya se sabe que tanto la justicia como la ciencia son lentas, por lo que aún tendría que pasar una década para que los vampiros fuesen por delante de los ciclistas.

Y mientras todo esto sucedía, mientras el ciclismo se asomaba al averno, Lance Armstrong se convertía en un icono de la lucha contra el cáncer y creaba su propia fundación para ayudar a los pacientes oncológicos testiculares. Así fue en un principio, pero su fulgurante éxito convirtió en pocos años a ‘Livestrong’ en un gigante de la investigación contra todo tipo de cáncer y de apoyo asistencial a pacientes en Estados Unidos.

Ah, pero mientras todo esto sucedía, mientras Lance Armstrong decidía volcar sus esfuerzos para luchar contra el cáncer, determinó dar el paso y viajar a orillas del Lago Como para visitar al doctor Ferrari. Era 1998, y entretanto el ciclismo mundial entraba en una espiral de autodestrucción, Lance Armstrong comenzaba a suministrarse con regularidad la famosa EPO.

Para 1999 Estados Unidos volvía al Tour de Francia a través del equipo US Postal. Era el Tour de la redención. Se redujeron los kilómetros y las etapas de montaña para minimizar los esfuerzos de los ciclistas. Pero la realidad es que la EPO seguía siendo indetectable. No había forma de averiguar su consumo en competición. El Tour de la redención, el Tour más humano, resulta que fue el Tour más rápido de la historia. Y fue el Tour de Lance Armstrong, que lideró la carrera con absoluta suficiencia.

Era el gran héroe americano. El hombre que había derrotado al cáncer ahora ganaba la prueba ciclista más dura del mundo. Era el mesías del ciclismo. Pero había fraude. Y se sabía. Y la gran diferencia es que mientras a mediados de los 90 se estaba al tanto de que los ciclistas de elite usaban EPO, igualándose mutuamente en términos de fuerza y estafa, después de 1998 había una clara línea que separaba a los que hacían trampa de los que no. El problema era averiguar quién era cada cual.

A punto se estuvo.

A mediados de aquel Tour la prensa francesa desvelaba que Lance Armstrong había dado positivo en cortisona en una prueba de orina. La cortisona, aceptada antes de 1998, pasaba ahora a ser prohibida salvo para dolores intramusculares justificados. Hein Verbruggen, presidente de la Unión Ciclista Internacional (UCI), defendió públicamente a la gallina de los huevos de oro. Absolución total. El ciclismo tenía a su redentor, a la gran estrella del deporte mundial, y nada ni nadie iba a impedir que Lance Armstrong se coronase en los Campos Elíseos de Paris.

El problema es que Lance Armstrong también habría dado positivo en EPO si se hubiesen podido detectar las muestras de eritropoyetina por aquel entonces.

Dos años después la AMA ya estaba en condiciones de detectar la EPO en cada control. Para 2002 nadie podría inyectarse EPO sin ser detectado.

No habría más fraude. Los tramposos iban a ser cazados.

Y sin embargo Lance Armstrong ganó sus siete Tour de Francia sin dar jamás positivo. En 1999, 2000, 2001, 2002, 2003, 2004 y 2005.

Continuará…

Armstrong presume en una foto en su twitter de sus 7 Tours - AS.com
Y dos más que no salen en la foto

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