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¡A mí, Sabino, que los arrollo!

Para 1920 la selección española de fútbol iba a hacer su debut internacional. Por entonces aún no existía la Liga, pero se consiguió armar un equipo para disputar los Juegos Olímpicos de Amberes. El grupo que salió en tren desde la estación de Irún rumbo a Bélgica estaba formado por 21 futbolistas que representaban la realidad futbolística del momento. 15 vascos, 3 catalanes y 3 gallegos. Entre estos últimos destacaban los mediterráneos Ricardo Zamora y Pepe Samitier y entre los atlánticos Luis Otero. Todas las demás ‘vedettes’ eran vascuences entre ellos Rafael Moreno ‘Pichichi’, Sabino Bilbao y José María Belaustegigoitia, conocido por todos como Belauste.

Fue la primera vez de la selección. Se cumple ahora un siglo. Se escogió una camiseta roja con un león rampante en el escudo, pantalón blanco y medias negras con vuelta amarilla. El uniforme reserva estaba diseñado en azul, aunque España jugó su primer partido con pantalón blanco para no confundirse con Dinamarca, su primer rival. En Amberes no gustó mucho la indumentaria porque los belgas también usaban en su escudo un león dorado.

Para preparar el combinado nacional se realizó una pequeña concentración en Irún con probables y posibles, como se decía entonces. Una selección A y una selección B. El fútbol vasco era el hegemónico porque a través de sus puertos se mantenía una conexión constante con Inglaterra, aun por entonces dueña y señora en el desarrollo del fútbol. Además, mientras que en el norte se jugaba en hierba, tanto en Madrid como en el sur los campos solían ser de tierra. Por ello en un primer momento la idea era llevar a 21 vascos a Amberes, aunque al final algún que otro posible se convirtió en probable.

Como indicaba, la comitiva viajó en tren hasta Amberes en vagones de tercera clase. Eran tratados como segundones en comparación con los olímpicos del polo o del tenis. Mientras éstos eran señoritingos, la mayoría de los futbolistas eran falsos amateurs que tuvieron que pedir permiso en sus trabajos para disputar los JJ.OO. Ramón Eguizábal, que además de defensa era albañil, intentó entre partido y partido sacarse unas perras poniendo ladrillos en Bélgica. Al final, lograron una dieta de 67 francos por día. Alguno como Eguizábal usaba la mitad para comer y dormir y ahorraba el resto. Estrellas urbanitas como Samitier o Zamora gastaban toda la dieta en alojarse en el lujoso Hotel L’Industrie junto a los encorbatados del COI.

El torneo tenía un sistema cuanto menos peculiar. Había 14 equipos clasificados, por lo que primero hubo una fase previa para determinar las ocho selecciones que se clasificarían para los cuartos de final. Una vez ahí, el que ganase las siguientes rondas sería el campeón y medalla de oro. Sin embargo todos los perdedores, ya fuese en cuartos, en semifinales o incluso el perdedor de la final, tendrían que seguir luchando para obtener la plata o el bronce. Evidentemente el equipo que quedaba eliminado en cuartos de final debía disputar varias rondas eliminatorias y aquel que caía en la final tan sólo tenía que jugar un único partido con el bronce ya asegurado.

El debut, el primer partido en la historia de ‘La Roja’, es el 28 de agosto de 1920 ante Dinamarca. Y no será en Amberes, sino en la capital Bruselas. Para los anales una alineación formada por Zamora (Barcelona); Otero (Vigo Sporting), Arrate (Real Sociedad); Eguizábal (Real Unión de Irún), Belauste (Athletic), Samitier (Barcelona); Pagaza (Arenas de Getxo), Sesúmaga (Barcelona), Pichichi (Athletic), Patricio (Real Unión de Irún) y Acedo (Athletic). Ocho vascos, dos catalanes y un gallego. Belauste fue el capitán.

La plata, Sabino y el debut oficial | El Diario Montañes
Los once pioneros

España venció por 1-0 a Dinamarca, por entonces un rival con más pedigrí que el combinado español, pero caerá en cuartos de final ante Bélgica (1-3). Los anfitriones acabarían logrando el oro al derrotar posteriormente a Países Bajos y a Checoslovaquia. A España aún le quedaba la oportunidad de lograr la medalla de plata en el batiburrillo del torneo de consolación. Para ello tenía que derrotar por este orden a Suecia, Italia y Países Bajos. ¿Y por qué no tenía que jugar con Checoslovaquia? Los checoslovacos, tras perder la final, consideraron indigno luchar por la plata y se retiraron.

Cosas del ‘fairplay’ de entonces. No se puede juzgar el pasado con los ojos del presente.

El primero de esos choques tuvo lugar el 1 de septiembre de 1920 y enfrentaba a España contra Suecia. Los escandinavos se adelantaron mediada la primera parte gracias a un fútbol enormemente físico. Según las crónicas, los suecos practicaban un juego violento y eran mucho más altos y fuertes que unos españoles que, a inicios del siglo XX, tenían una talla raquítica en comparación con los bien alimentados habitantes del norte de Europa.

Comenzó pues la segunda mitad con España necesitada de remontar. A los seis minutos de la reanudación, el conjunto hispano avanzaba por la banda cuando Belauste se incorporó al ataque. José María Belaustegigoitia era un mediocentro del Athletic, quizás su primera gran estrella junto al delantero Pichichi. No existía la Liga, pero entre 1910 y 1923 consiguió siete títulos de Copa del Rey convirtiendo a los bilbaínos en el conjunto de referencia en España. Belauste era el capitán de la selección, un vasco imponente y un rara avis de 1,93 metros de altura. Podía retar de tú a tú a los suecos y jugaba siempre con un pañuelo en su cabeza que amortiguara los golpes con el balón y para, según se creía, evitar la alopecia.

Así que Belauste se incrustó dentro del área rival a la espera de que le llegase un centro.

Quien percutía por la banda era Sabino que tras levantar la vista vio como Belauste le pedía el balón. Y fue entonces cuando sucedió.

Según la primera de las versiones Belauste exclamó; “¡A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo! Al parecer de otra versión el grito fue; “¡A mí, Sabino, que los arrollo! Fuese una la súplica o fuese otra, lo que sucedió después también cuenta con varias alternativas. Según unos Belauste controló el balón con el pecho y según otros lo hizo con la cabeza. Pero en lo que concuerdan todas las crónicas, y aquí viene lo realmente importante, es que Belauste se introdujo él mismo junto al esférico en la portería rival llevándose por delante a tres defensas suecos y al guardameta, los cuales no pudieron evitar, ni a base de patadas, que aquel gigante se metiese dentro de la portería.

Había nacido la ‘Furia Española’.

La mazeta deportiva: José María Belauste
Belauste. 193 centímetros de bilbaíno

Fiel a las crónicas de la época, fue el vigués Manuel de Castro el que dotó de costumbrismo, épica y pasión, la anécdota al momento. Conocido como ‘Handicap’, Manuel de Castro fue un verdadero ‘sportsman’ de inicios de siglo. Fue jugador, entrenador, árbitro, directivo, periodista y también seleccionador nacional. Su busto adorna la entrada del estadio de Balaídos, instalación que impulsó a levantar. El caso es que ‘Handicap’ describió aquel gol como “hercúleo”, apodó a Belauste como “el león de Amberes” y exclamó que aquella exaltación de cojones y españolía representaba “la furia española”.

Al éxito internacional del término ayudó que a un colega neerlandés de ‘Handicap’ le gustase la expresión y titulase de la misma forma en la portada de un periódico holandés, y, sobretodo, que Henri Desgrange, patrón del Tour de Francia y director de ‘L’Auto’ (antecedente de L’Equipé), usase el mismo enunciado.

Eso sí, no con el mismo propósito.

Fuera en Amberes donde en 1576 se hablara por vez primera de la ‘Furia Española’. Tras años de guerra en Flandes, las tropas españolas estaban exhaustas y acumulaban cerca de dos años sin cobrar debido a la ruina del gobierno de Felipe II. Exasperado, un ejército de 5.000 hombres comandado por Sancho Dávila ocupó diversas poblaciones entre las que estaba la importante ciudad portuaria de Amberes. Los nativos, indignados, exigieron la expulsión de los tercios y la confrontación acabó con el incendio de la ciudad y la muerte de 10.000 civiles. El saqueo de Amberes fue conocido como la ‘Furia Española’ y fue el detonante para la sublevación completa de Flandes y uno de los sucesos más conocidos de la leyenda negra española.

Así pues, un hombre ilustrado como Manuel de Castro aprovechó la coyuntura para darle una vuelta al significado histórico. El deporte, que siempre ha casado de maravilla con el patriotismo y el lenguaje bélico, iba a redefinir un concepto y dotaba al fútbol español de un ‘leitmotiv’ basado en el coraje y el pundonor que no sería puesto en tela de juicio hasta muchos años más tarde cuando las ideas de Johan Cruyff (un neerlandés -ironías de la vida-) calen en España.

Y lo cierto es la importancia del gol fue más bien escasa. La remontada no se culminaría hasta minutos más tarde e incluso los suecos pudieron empatar el partido poco antes del final gracias a un penalti que consiguió salvar Ricardo Zamora. España pasó de ronda, pero aún tendría que ganar a Italia (2-0) y a los Países Bajos (3-1) para lograr una histórica medalla de plata en su primera participación internacional.

Con el paso del tiempo, y ante la falta de testimonio sonoro, hubo quien afirmó que nunca se había dicho tal frase. Incluso hay quien sostiene que lo que dijo Belauste era “¡Sabino, aurrera!” (¡Sabino, adelante!, en vasco). Lo cierto es que fue el propio Belauste el que acalló todos los rumores cuando cerca de 20 años más tarde rememoró el suceso en un reportaje periodístico: “Estando yo en posición ventajosa para anotar, y viendo que Sabino avanzaba con la pelota, le dije simplemente: «¡A mí, Sabino, que los arrollo! Después, rodamos tres o cuatro por el suelo».

Belauste se convirtió en un icono del fútbol español y en el padre de la llamada ‘Furia Española’ a pesar de haber jugado únicamente tres partidos con la selección. El revisionismo histórico ha mostrado como irónico que un chico de familia acomodada y militante del PNV (su hermano mayor era íntimo amigo de Sabino Arana) represente la quintaesencia del nacionalismo español. La realidad es que hasta el primer tercio del siglo pasado pocas regiones del país fueron más representativas del auténtico españolismo y de lo más primigenio de la identidad española que la provincia de Vizcaya.

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La Liga del asterisco

Pues al final hay Liga. A la hora de escribir este artículo apenas faltarán seis días para que se inicie el primer partido de una de las once jornadas que se van a comprimir en apenas 40 días. Será la Liga del asterisco, porque, sea el que sea el campeón, siempre habrá un borrón en el historial. Al menos en el palmarés no habrá un vacío, suceso inaudito y mayoritario en buena parte de las competiciones deportivas, y que nos retrotraen a tiempos de guerra, miseria y hambre en los que el ser humano tenía que hacer lo indecible sólo para poder comer, dormir y vestirse.

La Liga del asterisco será la Liga de la nueva normalidad. Un fútbol distinto. Un fútbol para ciegos, donde el sonido recobra diversos matices. Los gritos de rabia, el golpeo de balón o el crujir de los postes. También las indicaciones de los técnicos. Se trata de un fútbol envuelto en papel de burbuja, frágil, pero agradable al tacto. Extraño, propio a estos tiempos extraños. Con los suplentes fuera del banco, expectantes en las trincheras, cubriéndose la cara con la mascarilla a la espera de que el capitán del batallón los mande al frente a lidiar en la guerra bacteriológica. La ausencia de los saludos chocando las manos o de los abrazos al celebrar un gol serán jueces de un fútbol con sabor a cloroformo.

Así es porque así tiene que ser. Después de todo simplemente es fútbol, lo más importante de lo menos importante. Y aun siendo extraño e insólito, seguirá habiendo pasión, disparos implacables, carreras meteóricas, goles imposibles, tensión en las áreas y pases milimétricos.

La Bundesliga nos ha dado varias pistas de cómo va a ser esta Liga tan distinta. El factor campo dejará de tener importancia. En Alemania sólo hubo tres victorias locales en las tres primeras jornadas tras el coronavirus. 3 triunfos caseros en 27 partidos. No existe ni el local ni el visitante. No existe el duodécimo hombre, ni el miedo escénico, ni los pitos ni los abucheos.

Tampoco los gritos racistas.

El fútbol fue el primer deporte que entendió que tener aficionados fieles era un filón deportivo y económico. Desde una posición salvaje a una acomodada, el número de seguidores ha ido creciendo de forma ininterrumpida durante siglo y medio. El factor campo hace décadas que dejó de ser trascendental, pero el templo aún conserva buena parte de su mística y de su importancia. En la Liga de la temporada pasada, FC Barcelona (59%) y Real Madrid (55%) sacaron más puntos al calor de su afición que en campo ajeno, y eso a pesar de que las dos transatlánticos del fútbol español hace mucho tiempo que vitorean con la misma eficacia en cualquier ruedo.

No era así cuando la Liga se puso en marcha en 1929. Había campos más anchos y otros más estrechos y había notable diferencia entre jugar entre el barro y las charcas del norte y los campos pelados y el polvo del sur. Aún en tan tardía fecha como 1960 los equipos de casa ganaban cerca del 70% de los partidos. Pero no sólo era el estado del césped. Por entonces los aficionados estaban encima de los límites del campo, saltaban a menudo al terreno de juego cuando había una jugada conflictiva y la masa se presentaba de pie y amenazante asustando a rivales y a colegiados. Y peor aún. Había que viajar. Hoy los traslados de ciudad en ciudad se han atenuado. A mediados del siglo pasado ir de Coruña a Barcelona o de Oviedo a Granada era una odisea de un par de días de suplicio, entre brinques de autocar, ausencia de entrenamiento y noches en vela en vagones de tren.

Ante la deserción del factor campo, es la hora de los campeones del mundo de los entrenamientos. Jugadores que hasta ahora nunca habían existido. Es el momento de genios desconocidos que no soportan la presión. La hora de jóvenes canteranos o imberbes fichajes que no acusaron gritos ni miradas de acoso.

En esta Liga del asterisco es de esperar que el sheriff gane y el forajido pierda. Los intangibles, la garra o la pillería desaparecen. En la Liga del asterisco la calidad marcará más que nunca las diferencias. Que un campo sea vertical y que haya poca distancia entre las gradas y el césped es irrelevante. Desaparecen los partidos importantes en los que cuando el cansancio llega toque el correr por vergüenza torera. No. No habrá excitación, solo silencio. La fuerza inspiradora que hace inmune al cansancio se sustituirá por la frustración.

La calidad brotará sin cortapisas. Amanecerá el futbolista vanidoso, el que no necesita valeriana para jugar sin estrés. Será difícil tomar conciencia de lo que se está jugando. Desaparecerán de la escena los futbolistas que apenas entrenan pero que salen al ruedo como toros, con la adrenalina hasta los topes al escuchar el rugido del público. Habrá más goles, más boquetes en el centro del campo fruto del cansancio y más errores defensivos al bajar la intensidad y la concentración. Será más divertido para los que hagamos ‘sillón-ball’.

Pero la ausencia de público no solo afectará a los jugadores. La nueva normalidad inquietará sobremanera a los árbitros. En la Bundesliga se ha comprobado que el número de infracciones se ha reducido notablemente. La ausencia de exaltación y la rebaja de revoluciones perturban por igual a los rugidos del público como a la intensidad de los futbolistas. El árbitro no saltará asustado por los truenos y aullidos del respetable. Y poco o nada podremos decir los periodistas sobre si tal o cual decisión ha estado influenciada por el ambiente.

En el momento de ponerme a escribir aún se estaba debatiendo si incorporar a los estadios aficionados virtuales o de si permitir el acceso a la carne y al hueso aunque con aforo limitado. Lo que si se ha aprobado es un plan de cánticos enlatados con una sesión ‘remember’ con los ánimos e ínfulas más entonados en cada estadio. Además de rellenar el silencio, el plan de gradas enlatadas permitirá remediar la ansiedad de los clubes ante la posibilidad de que el aficionado conozca los secretos de entrenadores y jugadores. Fue a mediados del siglo pasado cuando los productores televisivos idearon un conjunto de risas enlatadas para insertar en las series y así hacer más llevadera la soledad de quien ve la televisión en la penumbra de la noche o del invierno.

En definitiva, la Liga del asterisco será una Liga con menos disputas, menos ritmo, más creatividad, más estrategia y con una fuerte dosis de fortaleza mental. Será también un fútbol con cinco cambios. Para los que vimos un fútbol con límite de extranjeros, porteros amasando el balón para perder tiempo y rectángulos de juego de los que podrían salir unos cuantos kilos de patatas, se nos antojan demasiados. Pero para los que en vez de escudriñar el espejo para tapar las primeras canas se plantan delante del cristal recordando tiempos mejores, será el acabose. Pero es lo que hay en unos tiempos de miedo y precaución. Mucha precaución. Habrá que confiar que lo de los cinco cambios sea una de esas cosas de la nueva normalidad que dejen de existir cuando vuelva la normalidad.

¿Y por qué el fútbol sí y los demás no? La Liga mueve tal cantidad ingente de dinero, que la prosperidad del fútbol permite que de sus beneficios se detraigan cantidades significativas para el resto de federaciones. Pero es una respuesta políticamente incorrecta. La Liga tuvo que pagar un impuesto casi revolucionario al Consejo Superior de Deportes (CSD) y a la Federación Española de Fútbol (RFEF) para ponerse en marcha.

Pero la controversia es evidente. Un país como España envía a los Juegos Olímpicos unos 300 atletas y a eso habría que añadir unos 5.000 deportistas de élite nacional o internacional. No son muchos, y parecen aún menos, si tenemos en cuenta que entre Primera y Segunda División del fútbol hay alrededor de 1.000 futbolistas. O lo que es lo mismo. 1.000 tests diarios. Solo se ha salvado el baloncesto, con fuerte enraizamiento social en ciudades pequeñas, muchas de ellas sin fútbol de élite, y por el efecto arrastre de Real Madrid y FC Barcelona con sendos equipos en la ACB. Y por eso vuelve la Liga y la ACB y no así el voleibol, el hockey, el balonmano, o la Liga femenina, ésta última con fuerte crecimiento y patrocinio en el último lustro, pero sin arraigo social capaz de mover los cimientos de una comunidad.

Estos números refuerzan los clichés anti fútbol, los cuales tienen su verdad, pero muchos no son más que eso, clichés. Da la impresión de que el fútbol lo mueve todo, y a su rebufo esa suerte de hermano tonto y feo, el baloncesto. Pero urge intentar comprender la importancia de la Liga como fenómeno económico y social, como escape psicológico y como retorno a la normalidad.

Como ya tengo expresado en otras ocasiones, el fútbol fue (y a pesar de Gran Bretaña) una pata trascendental para la reconstrucción de Europa tras la II Guerra Mundial. Una Europa donde no había euro, ni becas Erasmus, ni vuelos de bajo coste ni permeabilidad de fronteras. Una Europa constreñida en la que había monarquías y repúblicas, democracias y dictaduras, capitalistas y comunistas y también católicos, protestantes, ortodoxos y musulmanes.

Digo esto para defender los efectos terapeutas del fútbol. Ahora que hay barra libre de test y de mascarillas (ya saben, antes no, ahora sí, antes de usar y tirar ahora reutilizables porque contaminan) la indignación se ha atenuado, pero hace tan sólo unas semanas era un clamor popular porque los dichosos futbolistas tenían acceso diario a los tests. Era inquietante, desde luego, pero también lo era que las grandes empresas españolas (Inditex, Seat, BBVA o Mercadona) los tuviesen, o que laboratorios privados hiciesen su agosto a cuenta del pánico general, pero, por ellos, nadie se rasga las vestiduras.

Sólo trasciende si hablamos de fútbol. Primero porque fue el primer deporte que se profesionalizó, generando la inquina de las otras disciplinas. Después, porque fue capaz de generar ingentes sumas de dinero. Y eso generó envidia. La envidia de ver como con algo tan primigenio y al alcance de cualquier persona unos pocos se hacen de oro. Y en segundo lugar, porque en la España cainita en la que vivimos aún perduran los rescoldos del Franquismo que eliminó de nuestro subconsciente la simbiosis entre deporte y cultura y convirtió al fútbol en el tonto útil de la dictadura.

Los anti fútbol ponen como ejemplo la racionalidad de Macron que ya hace semanas decidió cancelar la competición. Pero en Francia el fútbol es algo menor. En Europa hay cinco grandes Ligas de fútbol, en la que la quinta, y sin discusión, es la francesa. Las otras han bajado o subido posiciones en función de los designios del dinero y los acertijos de la historia, pero de los cinco grandes países es en Francia donde el fútbol es un pato cojo. Por eso Macron se bajó pronto del carro y dijo que en el país galo ya no habría más patadas a la pelota.

El fútbol en Francia es provinciano, banal, cosa de ciudades pequeñas o industriales. El fútbol pasa de largo por Paris por mucho que se empeñe el jeque, que heredó una idea nunca acertada de Canal + allá a inicios de los 90. Y no en todas las pequeñas urbes de provincias triunfa el fútbol, porque en muchas de ellas está arrinconado por el rugby. En Francia el deporte nacional es el ciclismo. El Tour es glamour, orgullo y la mejor guía turística existente. Es una cuestión de Estado, y por eso Macron se apresuró pronto en asegurarlo. El Tour se tiene que celebrar por lo civil o por lo criminal.

Al fútbol en Francia le ha sucedido lo mismo que al baloncesto a nivel europeo; que no es relevante. Si bien la ACB se retoma en España, no ha sucedido lo mismo con la Euroliga. Un sin sentido para algunos. Una lógica geopolítica aplastante para muchos. Ni en Inglaterra, ni en Alemania ni en Francia, el baloncesto es esencial. En Italia hace unos cuantos lustros que está sumido en un fuerte retroceso, por  lo que de los cinco grandes países occidentales tan sólo en España es ‘prima dona’. En el momento en el que Rusia (CSKA Moscú) expresó su temor por volver a la competición, los fanáticos, pero pequeños, países del Báltico y del Mediterráneo que luchaban por el retorno de la Euroliga, tuvieron que claudicar.

Así pues celebremos la vuelta del fútbol. Como dijo Winston Churchill tras la batalla de El Alamein, la primera en la que los británicos salieron victoriosos tras cerca de tres años de contienda, esto no es el fin, ni siquiera es el principio del fin, pero sí es el fin del principio.

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Una historia del catenaccio

‘Catenaccio’. Foneticamente hermoso. Deslucido en su significado. Palabra italiana usada en el argot futbolístico, el ‘catenaccio’ más que un estilo de juego es un estado de ánimo. La paradoja estriba en que en un país donde las reglas las dictamina el imperio de la belleza, el fútbol es la única actividad donde se suprime esta regla. En Italia el refinamiento y la retórica inundan todas las disciplinas, ya sea para pintar un cuadro, fabricar un coche o hacer la comida. Pero en el fútbol se predica lo pragmático, lo astuto y lo austero. En Italia el regate es un intruso, es el enemigo. Un lugar donde el músculo siempre vence a la técnica. El ‘catenaccio’ no es más que un arte. Es el arte de defender.

El ‘catenaccio’ es al fútbol, lo que el confinamiento es al coronavirus.

Toda idea necesita que sea difundida, y en el ‘catenaccio’ no existió mayor ministro de propaganda que Gianni Brera. Nacido en 1917 en la provincia de Pavía, Brera está considerado la pluma más sobresaliente en la historia del periodismo deportivo italiano. Antes de convertirse en el redactor más joven en acceder a la dirección de ‘La Gazzetta dello Sport’, Brera había formado parte de la resistencia italiana frente a los nazis que luchaba al norte de Milán. En esos meses finales de 1944 Brera aprendió a agazaparse, golpear rápido y volver a esconderse. A luchar como un guerrillero. Como un partisano.

A defender, y salir al contraataque.

Brera estaba convencido de que el italiano era un ser débil. Mediocres en talla y en fuerza frente a los rubios o pecosos habitantes del norte de Europa, pensaba que el soldado italiano no tenía nada que hacer si no recibía ayuda norteamericana. Trasladado al fútbol, Brera rumiaba que Italia podía producir defensas resueltos y correosos o delanteros oportunistas y escurridizos, pero que era incapaz de formar hombres enérgicos y rudos que sujetaran al equipo en el centro del campo. Por ello consideraba que los italianos tenían que esperar cerrados en defensa, burlar el medio del campo con pases largos y aprovechar las pocas oportunidades durante el partido con rápidos contraataques. Sólo así, según Brera, un equipo italiano podría batir a una escuadra superior.

Gianni Brera – Cartas Esféricas
Gianni Brera. La pluma de la defensa.

El apóstol difundía sus ideas, pero pocos lo escuchaban. Italia era una potencia futbolística y lo era gracias a un juego de enorme belleza… y la ayuda de unos cuantos argentinos nacionalizados. Los ‘azzurri’ habían ganado el Mundial de 1934 y 1938 con el sistema WM (3-2-2-3) o con su variante más defensiva (3-2-3-2), táctica creada por el inglés Herbert Chapman a comienzos de esa década y que era utilizada por la inmensa mayoría de los equipos. Una de las pocas excepciones era la modesta Suiza, que se plantó en los cuartos de final de 1938 con un sistema mucho más defensivo ideado por Karl Rappan, del que hablaremos más adelante.

Tras el fin de la II Guerra Mundial, Italia siguió siendo una selección ofensiva, poderosa y ganadora, que combinaba la gambeta sudamericana con el orden europeo. Pero en 1949 un avión se estrellaba a los pies de la basílica de Superga cerca de Turín. En ese aeroplano viajaba la plantilla del AC Torino, por entonces uno de los clubes más fuertes del mundo y que aportaba entonces 10 de los 11 titulares de la selección italiana. Los ‘azzurri’ viajaron a Brasil para disputar el Mundial de 1950 en un clima de pesimismo y claudicaron con estrépito. Para 1958 ni siquiera lograron clasificarse.

Italia se iba a convertir en un conjunto pequeño y ultradefensivo para agachar sus notables carencias. El ‘catenaccio’ iba a tener su oportunidad. No habría nunca más hueco en Italia para el fútbol ofensivo.

Gianni Brera vio entonces como sus soflamas y su prosa brillante iban a tener acogida. Necesitaba un ideólogo que las plasmara sobre el césped.

Y ese ideólogo iba a ser Nereo Rocco.

Rocco era el típico padre-entrenador de la época. Severo y huraño, pero querido por sus jugadores. En los años 50 había dirigido a la Triestina y al Pádova, dos conjuntos modestos a los que llevó a puestos altos del Calcio ganándose la inquina de media Italia mientras la otra mitad admiraba que con tan pocos mimbres consiguiera tanto éxito. Cuando la ‘azzurra’ no logró clasificarse para el Mundial de 1958, Rocco recibió su gran oportunidad y se le dio el mando de la selección olímpica italiana en los Juegos de Roma de 1960.

Rocco basaba su esquema de fútbol en una variante de la WM, en la que uno de los centrocampistas retrocedía para colocarse detrás de la defensa (4-3-3). Hoy podría parecer una táctica ofensiva, pero en un fútbol que hasta dos décadas antes aún jugaba con dos defensas y cinco delanteros, lo que proponía Rocco era un sacrilegio.

Rocco seguía la teoría de Brera de que si eras un equipo menor lo mejor era defenderse y jugar al contraataque. Pero Rocco no era el primero que intentaba algo parecido. Él sólo introdujo el ‘catenaccio’ en Italia. El verdadero ideólogo era Karl Rappan, el hombre que había llevado a Suiza a los cuartos de final del Mundial de 1938.

Austriaco de nacimiento, Rappan inventó el ‘verrou’ (cerrojo) cuando dirigía al Servette antes de ponerlo en práctica en la selección nacional de Suiza. Retrocediendo al centrocampista a la línea defensiva lo dejaba libre de obligaciones de marca, con la única función de asegurar la cobertura defensiva cuando el atacante lograba zafarse de su marcador. Con ese esquema de cuatro defensores siempre habría uno que estaría libre para la ayuda. Luego sería Brera quien a través de ‘La Gazzetta dello Sport’ convirtió el ‘verrou’ en ‘catenaccio’ y llamó líbero (libre en italiano) al futbolista que se situaba detrás de la defensa ejerciendo de escoba.

Aunque se sabe que en Francia y en la Unión Soviética hubo entrenadores que pusieron en marcha la técnica del ‘verrou’ en la década de los 40, nunca tuvieron excesivo éxito porque se consideraba que jugar a la defensiva atentaba contra la idea básica y los conceptos del fútbol.

Volvemos pues a Rocco, al que en 1961 le llegó su gran oportunidad al ofrecérsele el cargo de entrenador del AC Milan. Es entonces cuando el ‘catenaccio’ pasa a ser glorificado al alzarse los milaneses con la victoria en la liga italiana, pero sobre todo al lograr el triunfo en la Copa de Europa al derrotar a la sublime máquina ofensiva que era el SL Benfica de Eusebio.

—HELENIO HERRERA—

Pero si hay un hombre que popularizó el ‘catenaccio’ y lo convirtió en religión fue Helenio Herrera. Argentino afrancesado, a Herrera siempre le había gustado el fútbol físico pero sin renunciar al virtuosismo. Antes de ser Mourinho antes de Mourinho, Herrera no era un técnico ultradefensivo. De hecho, para Brera, amigo íntimo de Rocco, Herrera era un charlatán y un cambia chaquetas.

El caso es que Herrera llega al Inter de Milan en 1960 y lleva el ‘catenaccio’ a una nueva dimensión. Tras el nacimiento de la Copa de Europa, el industrializado norte de Italia (conviene aclarar la acotación geográfica) se hinchó a gastar dinero en la locura del fútbol. A finales de los 50 llegaron los suecos (Nordhal, Liedholm, Gren) y los 60 fueron turno para los británicos (John Charles, Law) o los españoles (Luis Suárez, Del Sol, Peiró) y a partir de los 80 los mejores futbolistas del momento estaban en Italia (Platini, Zidane, Maradona, Batistuta, Zico, Ronaldo, Rummenigge, Matthaüs, Gascoigne, Laudrup, Van Basten, Gullit). Así que desde los 60 el ‘catenaccio’ pasó a estar formado por una tropa de italianos abnegados al esfuerzo y a un par de extranjeros extraordinarios que marcasen la diferencia. Y es importante acotar lo de extranjero. Porque si el futbolista que se salía de la norma era italiano (Rivera, Mazzola, Conti, Baggio, Del Piero, Totti) la duda era acusada.

De la pizarra de Herrera salía una orden clara. Todo el equipo, desde los defensores hasta los atacantes, se volcaría en defensa cuando los rivales tuvieran el balón. Herrera buscaba explotar las cualidades defensivas de sus jugadores. Y dobló la apuesta. Retrasó a un jugador más creando un 1-4-2-3, donde el quinto defensa actuaba de libre ejerciendo de escoba detrás de la línea de 4 (5-2-3). Además, los tres jugadores de ataque ayudaban en defensa, por lo que lo que era un 1-4-2-3 (5-2-3) sobre el papel se convertía en un 1-4-5-1 (5-5-1) en labores defensivas. Con ese esquema en el que Picchi era el 1, el líbero que se situaba delante del portero, los laterales Burgnich y Fachetti eran locomotoras que subían y bajaban la banda y Jair o Mazzola eran liebres al ataque, el Inter consiguió 3 títulos ligueros y 2 Copas de Europa en cuatro temporadas.

El Inter de Helenio Herrera era un conjunto compacto, efectivo y resolutivo. Exigencia, disciplina y sacrificio desde la defensa hasta el ataque. Y tuvo un plus a mayores. Además de los éxitos, también contó con las imágenes televisivas. Aquel Inter fue uno de los primeros equipos exitosos seguidos y admirados a través de la pequeña pantalla.

El ‘catenaccio’ perfeccionado por Herrera se basaba en zagueros extraordinarios y en una rápida transición defensa-ataque. El mediocampo pasó a estar despoblado, ya que los equipos, viendo el éxito italiano, pasaron a formar en su vertiente ofensiva con un 4-2-4. El cuarto defensor ya era innegociable. Es en esa época cuando en España se empieza a hablar de ‘zona ancha’ para referirse al centro del campo, ya que normalmente estaba despoblado. Es por ello que para el triunfo del ‘catenaccio’ era indispensable un centrocampista fuerte, disciplinado, con férrea condición física y capaz de dar pases milimétricos a 30 o 40 metros de distancia. Ese hombre era Luis Suárez. Sin el coruñés, Herrera nunca habría tenido su ‘Grande Inter’.

El ‘catenaccio’ sufrió un duro golpe en el Mundial de 1970, cuando Brasil arrasó a Italia con un fútbol angelical. “El catenaccio no tiene ninguna posibilidad de subsistir”, declaró Pelé. Por lo general los 70 no sentaron bien a los italianos, porque en los Países Bajos iba a nacer el ‘fútbol total’, un balompié de genios que menospreciaba el ganar por ganar. Pero el ‘catenaccio’ había llegado para no marcharse. “Los italianos no te pueden ganar, pero tú puedes perder contra ellos”, dijo en una ocasión Johan Cruyff. En 1982 una Italia mediocre se alzó con el Mundial contando con un delantero corriente (Paolo Rossi) y una línea defensiva sucia y durísima liderada por Gentile y Scirea. Fue un milagro táctico y psicológico que aquel equipo derrotase a Brasil, Argentina, Polonia y Alemania. Aquello fue el culmen del ‘catenaccio’.

https://www.youtube.com/watch?v=qxUQaBkgJRE

A finales de los 80 el fútbol vivía su penúltima revolución. Un desconocido técnico llamado Arrigo Sacchi iba a devolver al AC Milan a la cima europea con una idea revolucionaria. Si en el fútbol total los once jugadores tenían libertad, para Sacchi los once jugadores eran uno sólo. A través de un rígido 4-4-2 en el que los futbolistas estaban juntísimos, presionando la salida del balón y adelantando la defensa para hacer caer al rival en el fuera de juego. Aquel equipo era ofensivo, pero tenía una disciplina física y técnica brutal que hacía que estrellas como Van Basten pareciesen obreros de una fábrica.

¿Qué hicieron los italianos? Quedarse con lo de la disciplina y olvidarse del ataque. Capello o Lippi cogieron las ideas de Sacchi pero las adaptaron al ‘catenaccio’. Si, era un 4-4-2 y los jugadores estaban juntos y ordenados, pero ni presionaban ni atacaban. Los dos puntas se colocaban a la altura del centro del campo, y a esperar la salida al contraataque. “Solo se han preocupado de vencer. En Italia el fútbol siempre fue sinónimo de sufrimiento, nunca de alegría o de felicidad. Son las arenas romanas, donde había que ir a morir”, explicaba Sacchi, quien siempre ha renegado de los entrenadores defensivos que dicen haberse inspirado en él.

Durante décadas los italianos ganaron a base de disciplina, encorsetamiento táctico y rigidez defensiva. Los brasileños aprendían a defender, los argentinos encajaban por su fiereza, los alemanes por su disciplina y todos, fuesen del país que fuesen, aprendían a sufrir y a jugar como equipo. Los equipos eran italianos por mucha estrella extranjera que tuviesen. Las plantillas funcionaban como una fábrica de montaje y los futbolistas creativos eran vanagloriados por su capacidad de transición defensiva y se esperaba que desnivelaran un partido en momentos puntuales.

Hoy el ‘catenaccio’ está en la UCI, pero nunca estará muerto, porque la gracia del fútbol es que no siempre ganan los que juegan mejor.

Perdón. Jugar mejor es una soflama. Rectifico. No siempre ganan los que practican un fútbol más ofensivo.

 “Somos campeones del mundo, no nos interesa el fútbol de toque”. Marcelo Lippi, seleccionador italiano, contestando a las críticas recibidas por el mal juego de Italia tras proclamarse vencedora del Mundial de 2006.

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Leña al moro

Los 1.500 metros conforman junto a los 100 metros lisos y el maratón la santísima trinidad del atletismo. Durante poco más de tres minutos y medio (cuatro en el caso de las mujeres) se recorre kilómetro y medio en una combinación casi perfecta entre resistencia y velocidad. En España es una prueba fetiche desde que en la década de los 80 del siglo pasado José Luís González y José Manuel Abascal se acostumbraran a ganar medallas en competiciones internacionales. Al llegar los 90 el boom de los 1.500 llegaría a su cénit con Fermín Cacho y, en menor medida, con Reyes Estévez.

Cuando en 1997 tiene lugar el Mundial de Atletismo en Atenas, la delegación española tiene en el maratón y en los 1.500 sus mayores esperanzas para lograr la victoria. En la prueba de los 42 kilómetros y 195 metros Abel Antón conseguirá la medalla de oro y Martín Fiz la de plata. Para los 1.500 el problema para Fermín Cacho es Hicham El Guerrouj.

Hicham El Guerrouj, marroquí de 23 años, era en esos momentos la estrella de los 1.500. Al año siguiente batiría el récord del mundo con una marca perfecta de 3:26.00, pero aún entonces le faltaba asaltar un gran campeonato. En los Juegos Olímpicos de Atlanta era uno de los favoritos, pero un inoportuno tropezón a mitad de carrera lo dejó fuera de la lucha por las medallas.

Por su parte Fermín Cacho, de 28 años, había sido plata en los citados Juegos y el héroe español en los de 1992 de Barcelona al conseguir el oro en una carrera memorable. Por experiencia y frialdad debía lograr el oro mundial para añadir a un palmarés en el que ya tenía el olímpico y el europeo.

El tercero en discordia era Nouredinne Morceli. Argelino, de 27 años, era el vigente campeón olímpico y llevaba tres títulos mundiales consecutivos. Era el favorito por status, pero esa temporada ya había dado muestra de un acusado declive.

Y el tapado y gran promesa era Reyes Estévez. Con 21 años recién cumplidos había deslumbrado en categoría juvenil y estaba considerado el sucesor de Fermín Cacho. Aunque se confiaba en que alcanzase su cénit para el Mundial que se tendría que celebrar en Sevilla un par de años más tarde, para gran parte de la prensa especializada era el gran secreto de aquel Mundial de Atenas.

La carrera se iba a celebrar el miércoles 6 de agosto de 1997 en horario de máxima audiencia televisiva. Era verano, aún no había comenzado la Liga de fútbol, y el diario ‘Marca’, el más leído en España, decide ocupar toda su portada con Cacho y Estévez al pie de la Acrópolis ateniense mientras se abrazan y sonríen haciendo el símbolo de la victoria.

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Toma ya.

Moro. Leña al moro.

Hoy subnormal, maricón, moro, negro, zorra y expresiones similares están siendo relegadas a la privacidad de las reuniones de amigos y a la intimidad de los grupos de whatsapps. Hace 25 años aún era políticamente correcto decir ciertas expresiones. A decir verdad poca gente se escandalizó. Hubo un artículo bastante comentado de Hermann Tertsch en ‘El País’ y poco más. Después la risa, el chascarrillo y el silencio.

En aquel artículo Tertsch afirmaba que “el deporte siempre ha sido utilizado para aunar voluntades y exaltar identidades. Es comprensible y hasta legítima esa emoción. Lo que no parece legítimo y es zafio, grotesco y peligroso es instigar a despreciar y a odiar al contrario. Y son intolerables los llamamientos que implican violencia aunque sea en forma de metáforas de supuesto ingenio como ‘Leña al moro’ (…) Los autores de este disparate deben haberse sentido inmensamente ingeniosos. El entusiasmo ante semejante hallazgo para arengar a la clientela patria no les habrá dejado ver que es un titular perfectamente asumible por cualquier revista neonazi prohibida por agitación e incitación al odio racial”.

Tertsch (de padre austríaco y madre española) era entonces subdirector de ‘El País’ tras una guerrillera juventud en las filas del Partido Comunista. Hoy es eurodiputado por Vox y colaborador habitual en ‘Esradio’ y ‘13 televisión’.

Curioso.

Si optamos por ser académicos, es de justicia aclarar que no hay negatividad por llamar a alguien moro. Puede o no puede tener connotaciones peyorativas. Moro es todo habitante del norte de África. Lo que se conoce como Magreb, y que comprende entre otros a marroquís y argelinos. El nombre viene de la Antigüedad, pues moros fueron llamados por los romanos los habitantes de Mauritania. Y moros también eran calificados los pobladores de España en la época de Al-Andalus.

Aunque como San Jorge y el dragón o San Miguel y el diablo Santiago se dedicaba en el medievo a matar moros, el término peyorativo data de los estudios etnográficos del siglo XIX, cuando moro pasa a ser sinónimo de tez negra y de raza inferior. Es entonces cuando desde España, y desde otros países, el vocablo moro pasa a usarse, en la inmensa mayoría de los casos, de forma despectiva.

Total, que allí nos pegamos a la tele para ver cómo se daba leña al moro. Y como suele pasar en estos casos, la bravuconada no surtió efecto.

Fue una carrera lenta como mandan los cánones de las grandes citas, hasta que a mitad de recorrido Reyes Estévez decidió ponerse en cabeza. Joven y de frondoso pelo, Estévez no se parecía en nada al alopécico atleta de años posteriores. Poco antes de llegar a la última vuelta, al paso por la curva, El Guerrouj decidió que ya estaba bien de ir andando y que tocaba correr un poco. El marroquí subió el ritmo y empezaron a acumularse los cadáveres.

Al sonar la campana para los últimos 400 metros El Guerrouj iba primero con un ritmo infernal, seguido de Morceli y Cacho por este orden, mientras que Estévez había caído a la quinta plaza. A través de ese estilo tan alegre y cautivador que lo hizo famoso, El Guerrouj fue poco a poco aumentando la distancia mientras que Cacho atacaba a Morceli por fuera para alcanzar el segundo puesto. La sorpresa tendría lugar escasos segundos más tarde cuando un desfondado Morceli era batido en la línea de meta por Estévez que se alzaba con la medalla de bronce.

Después de arrodillarse y besar el suelo como siempre hacía tras cada victoria, Hicham El Guerrouj se ponía la bandera marroquí como capa y daba la vuelta al estadio para celebrar su título mundial con una marca de 3:35.83.

Todos esperamos con ansía la portada de ‘Marca’ del día siguiente. Y si la de ‘Leña al moro’ había causado sensación, ésta tampoco iba a pasar desapercibida.

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‘Moro, plata, bronce’. Leña al moro 2.0.

Esta vez, y ya que no hubo victoria, el fútbol volvió a ocupar el espacio principal, pero en todo el ancho de página y ocupando las cinco columnas estaba ese ‘ingenioso’ juego de palabras que sustituía el vocablo oro por la palabra moro.

Hoy en día aquellas portadas forman parte del baúl de los desastres del periodismo español. O si queremos abrir el foco, del español. Sin más adjetivos. Esa era la España de los 90, ni mejor ni peor, profundamente distinta. Hoy es inaceptable, de aquella no lo era.

“Los moros, no es beber lo que les interesa, sino darse por culo. Está prohibido beber en su religión, por lo visto, pero darse por el culo no”. Louis-Ferdinand Céline, escritor francés considerado uno de los mejores novelistas del siglo XX.

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Historia contrafactual del Balón de Oro

Hace unos días recibía un whatsapp de un buen amigo de confesión madridista. Estaba indignado por mi último artículo referido a los siete balones de oro de Pelé. Según mi colega no podía quitarle un Balón de Oro a Di Stéfano para dárselo a Pelé. En su opinión la Copa de Europa debería estar por encima de todo y Alfredo Di Stéfano tendría que tener cinco balones dorados consecutivos en su haber. Después me señalaba que Pelé nunca había jugado en Europa y que eso le impedía estar valorado a la misma altura que Di Stéfano, Cruyff o Maradona. Y para concluir me decía que como nunca vio jugar a ninguno de los dos lo único que cuenta son los títulos.

Como ya le comenté, y mantengo su anonimato para que no se me irrite, me parece loable la discusión pero los argumentos que me esgrimía no me valían. Cometemos el error, yo el primero, de discutir sobre temas de las que no somos expertos. Si bien en las ciencias puras donde hay afirmación no hay réplica, en las ciencias sociales donde hay afirmación hay opinión y polémica. Así como nadie va a cuestionar la aseveración de un químic@, un físic@, un matemátic@, un biólog@, un médic@, un telec@ o un geólog@, todos vamos a acalorarnos ante un economist@, un psicólog@, un lingüist@, un historiad@r y, por supuesto, un periodist@.

Y la discusión es sana, porque es cierto, si una ciencia no es exacta por propia definición está sujeta a la interpretación. Hay decenas de teorías económicas y, al menos sobre el papel, todas son ciertas. Aun así, y en el caso que nos atañe, hay un axioma común cuando se habla de fútbol en pasado: “Yo nunca lo vi jugar así que no sé si es bueno”. Falso.

La labor del periodista, del periodista deportivo en este caso, es contar, juzgar, verificar y explicar los sucesos que ocurren. Y para ello el receptor no necesita ver el partido. Y ni siquiera viéndolo, sea en vivo o a través de la televisión, tendrá una visión ecuánime, ya que le faltarán perspectivas que no alcanzará a poseer.

Obviamente lo ideal es que cada uno de nosotros leyese, escuchase y viese varias interpretaciones del mismo hecho, porque el periodista tiene un componente subjetivo influenciado por el medio en el que trabaja. Aunque haya un patrón común hay diferentes sesgos. Eso sería lo ideal, pero nadie lo hace. Porque el receptor lo que quiere es leer, escuchar y ver su verdad, por lo que escoge cual es la información que quiere absorber.

Por eso la labor del historiador/periodista deportivo, como sería mi caso, es devanarse los sesos, convertirse en una rata de biblioteca, navegar durante unas cuantas horas a través de la web, desempolvar unos cuantos libros de la estantería y comerse con la vista unas cuantas clasificaciones de revistas y de federaciones internacionales.

Y si uno lo sabe sabrá, por ejemplo, que la Copa de Europa no cogió vuelo hasta unos cuantos años después de empezar. El vuelo se lo dio precisamente el Real Madrid ganando cinco de forma consecutivas, pero su valor era ínfimo comparado con el presente. Si uno tiene un poco de consideración por el pasado sabrá que los encuentros amistosos internacionales eran considerados como pequeñas copas del mundo y era en ellos donde se veía el verdadero nivel de los grandes futbolistas. Y uno también sabrá que la diferencia entre las ligas era mínima y que ser máximo goleador en Hungría era al menos tan importante como serlo en España.

Así pues, si un medio o un periodista de referencia (abstenerse los Roberto Gómez de turno) dice que Pelé fue el mejor jugador del Mundial de 1958, que había horas de cola en la puerta del hotel brasileño para pedirle un autógrafo y que su forma de regatear y pisar el balón no había sido nunca antes apreciada en Europa, no hace falta haberlo visto para creerlo. Ya te lo están contando. Igual que nos han contado que el 12 de octubre de 1942 Cristóbal Colón llegó a América. Y tampoco estuvimos allí para comprobarlo. Y tampoco lo vimos en la televisión.

Aunque también los hay que sostienen que la Tierra es plana.

El caso es que después de ese intercambio de whatsapps (y de buen rollo, que nadie piense que nos tiramos los trastos) he decidido hacer una historia contrafactual del Balón de Oro. Por supuesto, sujeta a discusión, pero con argumentos que vayan más allá del “yo nunca lo vi jugar”.

¿Qué es una historia contrafactual? Es una historia alterna en la que se responde a la pregunta;  ¿qué hubiera pasado sí? Es un ejercicio de abstracción y ficción pero desde un punto de vista histórico. Uno de los ejemplos más relatados es la hipotética victoria de los nazis en la II Guerra Mundial. Una historia contrafactual se basaría en datos, personajes y relaciones geopolíticas reales para crear una nueva historia en la que la Guerra Fría se libraría entre el Eje y el llamado Mundo libre. Un futuro lleno de nazis zombis, de esclavitud y de apocalipsis nuclear sería una historia de literatura fantástica.

Para crear la historia contrafactual del Balón de Oro he tenido que escoger un punto de divergencia. He tomado como inicio el año 1930. Es entonces cuando se celebra el primer Mundial de fútbol, que marca el punto de globalización definitivo del deporte inventado por los británicos a mediados del siglo XIX. Por otro lado en 1930 la profesionalización ya es una realidad en gran parte de los países occidentales. De hecho, la creación del Mundial obedece a ello. Dado que los profesionales no podían competir en los Juegos Olímpicos, las victorias uruguayas de 1924 y 1928 se ponían en entredicho al no haber podido participar los mejores futbolistas de Europa.

Para los escépticos es importante señalar que por entonces no existía la diferencia Europa-América. Realmente no será hasta mediados de los 60 cuando el milagro económico de la posguerra haga que Europa pase por encima de Sudamérica lo que, como no podía ser de otro modo, se reflejará en la industria futbolística. El proceso culminará en los 90 con la aprobación de la Ley Bosman y la ruina definitiva de las ligas de fútbol iberoamericanas. Pero entre 1930 y 1960 el nivel de equipos y jugadores sudamericanos y europeos occidentales era parejo. De hecho, en los años 40 la preponderancia del fútbol latinoamericano fue total frente a una Europa que estaba desmembrándose en el campo de batalla.

Para más inri los británicos, sabiéndose ya sino en inferioridad al menos no superiores al resto del mundo, declinaban participar en las competiciones de clubes y de selecciones por lo que era muy complicado calibrar su verdadero nivel en comparación con el resto de naciones. No será hasta 1950 cuando Inglaterra participe en un Mundial de fútbol y lo hará de forma estrepitosa.

La última consideración a tener en cuenta es el escaso número de partidos disputados en comparación a la actualidad. En una temporada habitual una figura de la época podía disputar menos de 30 partidos oficiales con su club y tan sólo 3 o 4 con su selección. Los partidos amistosos eran vistos como auténticos torneos internacionales. Al acabar las ligas los grandes equipos emprendían giras por otros países, cuyas visitas solían ser devueltas al año siguiente. Eran esos choques amistosos de carácter internacional los que llenaban estadios de fútbol y páginas de prensa. La leyenda de la gambeta argentina se fraguó en amistosos jugados en España, la invencibilidad del ‘Wunderteam’ austriaco en partidos por toda Europa y el mito de Pelé en las giras veraniegas del Santos.

Así pues, vamos con la lista de los ganadores del Balón de Oro antes de que hubiese el Balón de Oro. Además de haber sido grandes futbolistas todos ellos pertenecen a la época más romántica del fútbol, sin representantes, sin acólitos, sin millones y sin la saturación de los medios de comunicación. No son más que los ganadores de un trofeo. Pudieron tener un gran año, una gran trayectoria, pertenecer a un gran club o tener la suerte de no coexistir con otros grandes campeones. No es más que una lista. No es más que un trofeo. Pero son la fotografía de un instante. Una base que nos permite recordar a los grandes campeones del pasado. Aquellos de los que apenas hay imágenes, pero si un hondo recuerdo.

Los ganadores entre 1930 y 1955 serían los siguientes.

1930 José Nasazzi (Uruguay) Club Atlético Bella Vista

1931 Héctor Scarone (Uruguay) Nacional de Montevideo / Inter Milan

1932 Dixie Dean (Inglaterra) Everton FC

1933 Matthias Sindelar (Austria) FK Austria Viena

1934 Giuseppe Meazza (Italia) Inter Milan

1935 Ricardo Zamora (España) Real Madrid

1936 Giuseppe Meazza (Italia) Inter Milan

1937 Stanley Matthews (Inglaterra) Stoke City

1938 Silvio Piola (Italia) SS Lazio

1939 Arsenio Erico (Paraguay) Independiente de Avellaneda

1940 Josef Bican (Austria) Slavia Praga

1941 José Manuel Moreno (Argentina) River Plate

1942 José Manuel Moreno (Argentina) River Plate

1943 Obdulio Varela (Uruguay) Montevideo Wanderers

1944 Adolfo Pedernera (Argentina) River Plate

1945 Adolfo Pedernera (Argentina) River Plate

1946 Valentino Mazzola (Italia) AC Torino

1947 José Manuel Moreno (Argentina) River Plate

1948 Ferenc Puskás (Hungría) Honved

1949 Zizinho (Brasil) Flamengo

1950 Juan Alberto Schiaffino (Uruguay) CA Peñarol

1951 Gunnar Nordahl (Suecia) AC Milan

1952 Ferenc Puskás (Hungría) Honved

1953 Billy Wright (Inglaterra) Wolverhampton Wanderers

1954 Ferenc Puskás (Hungría) Honved

1955 Alfredo Di Stéfano (Argentina) Real Madrid

Como todos ya sabéis, el primer Balón de Oro en 1956 fue para Stanley Matthews. Por aquel entonces el extremo inglés ya contaba con 40 años y el premio no fue más que un reconocimiento a su trayectoria y a la del fútbol británico.

De este modo, y esto alegrará a mi amigo, es justo modificar al ganador del Balón de Oro de 1956 y otorgárselo a Alfredo Di Stéfano, goleador y artífice de la victoria del Real Madrid en la primera Copa de Europa de la historia.

1956 Alfredo Di Stéfano (Argentina) Real Madrid

Por lo tanto, y según la historia contrafactual formulada en éste y en el artículo de la semana pasada, la lista de los más laureados futbolistas con el Balón de Oro sería la siguiente.

1. Pelé (Brasil) Santos FC(1958, 1959, 1960, 1961, 1963, 1964, 1970) 7

2. Lionel Messi (Argentina) FC Barcelona(2009, 2010, 2011, 2012, 2015, 2019) 6

3. Cristiano Ronaldo (Portugal)M. United / Real Madrid(2008, 2013, 2014, 2016, 2017) 5

4. José Manuel Moreno (Argentina) River Plate(1941, 1942, 1947) 3

4. Ferenc Puskás (Hungría) Honved(1948, 1952, 1954) 3

4. Alfredo Di Stéfano (Argentina) Real Madrid(1955, 1956, 1957) 3

4. Johan Cruyff (Holanda) AF Ajax / FC Barcelona (1971, 1973, 1974) 3

4. Michel Platini (Francia) Juventus (1983, 1984, 1985) 3

4. Marco van Basten (Holanda) AC Milan (1988, 1989, 1992) 3

5. Giuseppe Meazza (Italia) Inter Milan(1934, 1936) 2

5. Adolfo Pedernera (Argentina) River Plate(1944, 1945) 2

5. Franz Beckenbauer (Alemania) Bayern Munich (1972, 1976) 2

5. Karl-Heinz Rummenigge (Alemania) Bayern Munich(1980, 1981) 2

5. Diego Maradona (Argentina) SS Nápoles(1986, 1990) 2

5. Ronaldo (Brasil) Inter Milan / Real Madrid(1997, 2002) 2

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El último baile de Supergarcía. Cuando José María García acabó con una huelga de Iberia (2ª parte)

José María García desembarcó en Onda Cero en el año 2000. Después de toda una vida contra lo que él llamaba “el imperio del monopolio” tenía ante sí la oportunidad de dirigir los deportes de un verdadero conglomerado mediático de radio, prensa, televisión e internet, bajo la titularidad de una multinacional como Telefónica. El hombre que había combatido contra molinos de viento en Antena 3 Radio y COPE (que como él bien se encargaba de repetir por activa y por pasiva había cogido en quiebra técnica) tenía la oportunidad de liderar un gran proyecto.

García seguía siendo el periodista más popular de España, pero ya no era el líder. José Ramón de la Morena le había superado y muchos chavales habían cambiado el tono guerrillero de García por la radio deportiva trivial y humorística que defendía de la Morena en los micrófonos de la SER. De hecho, lo que Telefónica quería para competir con Prisa era que García dirigiese desde los despachos, no que estuviese delante de un micrófono. Pero pedirle eso a Supergarcía era imposible.

Los resultados de audiencia no acompañaban. Le recortaron el programa en media hora. Algo inédito. Y empezaban los problemas que iban a convertir a Aznar y a García en enemigos confesos y que iban a dar al traste con la idea de crear un conglomerado mediático afín al centro-derecha. Pero lo peor para García es que, acostumbrado a ser el jefe de todo y de todos, ahora veía que era una parte minúscula de un proyecto gigante que se le iba de las manos.

De este modo, a inicios de 2002 lanzó un órdago a César Alierta, presidente de Telefónica, pidiendo plenos poderes. Obtuvo el silencio por respuesta. Por lo que el domingo 7 de abril de 2002 se emitiría el último Supergarcía de la historia.

Según han contado todos sus colaboradores cercanos, la etapa de Onda Cero tuvo dos fases bien diferenciadas. Los primeros meses García tenía la ilusión de un niño. Trabajaba a destajo y se afanaba por lograr exclusivas como siempre había hecho. Sin embargo, en su último año apenas pisaba la radio. Llegaba justo para comenzar el programa y nada más terminar se ponía la americana y se marchaba para casa.

Tuvo un último destello.

Era la noche del sábado 7 al domingo 8 de julio de 2001, y tal y como explicaba en la primera parte de este artículo, se iniciaba una huelga indefinida de trabajadores de Iberia que amenazaba con paralizar los aeropuertos de toda España. A las 00.00 horas sonó la sintonía de Simple Minds y José María García comenzó su programa junto a Javier Algarra, entonces director de informativos de Onda Cero. No obstante, salvo un par de comentarios en los primeros minutos del programa, Algarra estuvo de escuchante aquella noche.

El programa se inició con varias entrevistas a alguno de los pilotos que habían dimitido. Empezaron exponiendo sus demandas, pero García cortó por lo sano y comenzaron a tratar el tema de la seguridad ciudadana. Los pilotos dijeron que era todo mentira y que no había problema alguno de seguridad en las torres de control. Según ellos era falso que no pudiesen operar los servicios mínimos y los vuelos de otras compañías, y por ese motivo habían decidido dimitir.

Por supuesto García ordenó a sus reporteros que fuesen raudos a cada uno de los aeropuertos del país y aparcasen la información deportiva para otro momento. Los micrófonos de Onda Cero se llenaron de declaraciones de gente anónima que estaban pasando la noche en las terminales a la espera de una respuesta oficial.

Luego un miembro de la directiva del PSOE entró en el programa para pedir la comparecencia inmediata del presidente Aznar. Fue entonces cuando García dio el número de la central de Iberia por antena (cabe recordar que poca gente tenía acceso entonces a Internet) provocando el inmediato colapso de las líneas telefónicas de la compañía.

Aquello se semejaba a un minuto y resultado radiofónico. Sólo faltaban los anuncios de Terry, Seguros Finisterre y Ponche Caballero. Los corresponsales de deportes estaban en los aeropuertos de media España alertando de las cancelaciones y de los retrasos de las compañías que no eran Iberia. Y García dando paso a diestro y siniestro. Radio y directo en estado puro.

Es entonces cuando García conecta con Pedro J. Ramírez, director de ‘El Mundo´, y a dos voces pone en antena al ministro Cascos que afirma que pronto volverá la normalidad y que Iberia debe rectificar. “Por una vez, José María –dijo el ministro-, los pilotos tienen razón”.

Quedaba patente que esa noche no iba a haber información deportiva. García, ya de por sí una celebridad, había pasado a la historia colectiva de la nación cuando retransmitió el asalto de Tejero al Congreso el 23-F desde el capó de un coche como si de una retransmisión futbolística se tratase. Salvando las distancias, estaba haciendo lo mismo.

Cascos le había comunicado a García que el Ministerio había enviado unas cartas a la plana mayor de Iberia y a los pilotos (a través del sindicato SEPLA) instándoles a volver al trabajo para más adelante negociar un acuerdo.

Era la 01:00 a.m.

Entraba en antena un nuevo personaje. Ángel Mullor, vicepresidente de Iberia, le dijo a García que ni él, ni Irala ni ningún piloto había recibido ninguna de esas cartas de las que los medios estaban hablando. Inmediatamente García pidió comunicación con Cascos. No lo consiguió, pero en su lugar entró en directo Sanmartí (director general de Aviación Civil) como portavoz oficial de la versión del Gobierno. Este reiteró que las cartas habían sido mandadas y pidió al SEPLA y a los pilotos que no faltasen a la verdad y que dejaran de mentir.

Según parecía, los huelguistas, visto el cariz de los acontecimientos, querían dar marcha atrás, por lo que los pilotos (con el beneplácito del SEPLA) remitieron las cartas a Mullor y al resto de la plana mayor de Iberia, con la condición, eso sí, de que volverían al trabajo “sólo hasta que la dirección de la empresa encuentre a quien los pueda sustituir temporalmente”.

No obstante todo esto aún no era de dominio público. Ahora que el Gobierno estaba metido en el ajo y como la presión social era asfixiante, Irala y Mullor pretendían que la huelga siguiese para poder forzar un acuerdo favorable a sus intereses.

García seguía en antena y ni él ni nadie sabían lo que se cocía entre bambalinas. El programa deportivo estaba a punto de terminar. Tras García le tocaba el turno a Juan Antonio Cebrián y ‘La rosa de los vientos’, un espacio cajón de sastre que era líder de las madrugadas radiofónicas.

No era ni la primera ni la última vez que Supergarcía alargaba su programa para rabia del compañero que iba detrás de él. García comunicó a los oyentes que el directo mandaba y que había que solucionar la huelga y llamó al responsable del SEPLA. Tras varias preguntas incisivas, la mentira saltó por el aire y se descubrió que los pilotos estaban dispuestos a dejar la huelga.

Era turno del García en ebullición. Consigue tener al mismo tiempo a las tres partes implicadas, a Sanmartí (Aviación Civil, Gobierno), a Mullor (Iberia) y al representante de la SEPLA. Espectáculo y servicio social al mismo tiempo. Preguntas cerradas con respuestas obligadas. Puro García.

Consiguió arrancarles un acuerdo verbal del fin de la huelga. A los tres. Al mismo tiempo.

Eran cerca de las 02.30 a.m. Hacía más de una hora que el programa tenía que haber finalizado. Fueron 210 minutos de emisión. Cuando se despidió de sus oyentes García tiró de socarronería y egolatría para recordar que así es como se tienen que hacer las cosas.

A las 05:00 a.m. los aviones de Iberia surcaban los aires con total normalidad.

A la mañana siguiente, todas las cadenas de televisión destacaban el papel de García en el fin de la huelga. Periodistas de tan diverso pelaje e ideología como Matías Prats o María Teresa Campos calificaron aquella madrugada, seguramente de forma exagerada, “la otra noche de los transistores”. Pero tenía su punto de verdad. Fue José María García quien propició el acuerdo, los paros se suspendieron y, en reconocimiento a su labor, un par de meses después Supergarcía fue nombrado ‘piloto del año’ por el SEPLA.

P.D: Esa noche falleció Miguel Gila, el humorista más famoso de España. Nadie se enteró hasta la mañana siguiente.

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El último baile de Supergarcía. Cuando José María García acabó con una huelga de Iberia (1ª parte)

El sábado 7 de julio de 2001, con media España pendiente de una ola de calor y la otra media contando los días para empezar sus vacaciones, el SEPLA (Sindicato Español de Pilotos de Líneas Aéreas) anunciaba una huelga de carácter indefinido que comenzaría dos días más tarde. Iberia cancelaba más de 200 vuelos diarios (un 20-25 % del total) tanto nacionales como al extranjero.

En 2001 los vuelos baratos aún eran rara-avis. Era Iberia o la nada.

Iberia, creada como empresa privada en 1927, había sido la mayor parte de su vida una compañía de titularidad pública. El Gobierno del PP (1996-2004) decidió sacársela de encima ante la necesidad de conseguir dinero inmediato para aprobar las cuentas que permitirían a España entrar en la zona Euro. Ese proceso de privatización llevaría a Iberia a Bolsa en 2001 y amenazaba con acabar con los muchos privilegios que los empleados de la compañía aérea mantenían de cuando Iberia era de titularidad pública.

El presidente de Iberia era Xabier de Irala. Pretendía que el Gobierno solucionase el problema como en los tiempos de la propiedad pública. Como cuando existía el Sindicato Vertical, que no era otra cosa que la ley de la pirámide, donde el que está en la cima consulta pero si no hay acuerdo tiene potestad de imponer su voluntad sobre la base inferior.

El problema es que José María Aznar había nombrado a Irala presidente de Iberia en 1996 cuando la compañía aún dependía del Ministerio de Fomento. A pesar de que ahora era una empresa privada, Irala seguía pensando que el Gobierno era quien tenía que arreglar sus problemas.

Nada más lejos de la realidad. Irala tenía que responder ante un consejo de administración. Irala sabía que las pérdidas causadas por una huelga le podían costar el puesto.

Sindicatos y patronal no consiguen llegar a un acuerdo y surge la noticia bomba. El jueves 12 de julio, Xavier de Irala decide “suspender las operaciones de Iberia y forzar la intervención del Gobierno en el conflicto por el bien de la seguridad aérea”. Traducción: ni servicios mínimos ni farrapos de gaita. O el Gobierno obliga a los trabajadores a parar la huelga o en todo el verano ni un solo avión de Iberia surcará los vuelos. Para España, potencia turística mundial, era la hecatombe.

En un primer momento el Ministerio de Fomento no se tomó muy en serio la noticia. Álvarez Cascos (a la sazón titular del cargo) explicó a través de los medios que “no se puede mezclar la falta de seguridad con la paralización de la flota y con un conflicto de negociación colectiva”. El día siguió con relativa normalidad para los ciudadanos hasta que poco antes de los telediarios de la noche, a eso de las 20:30 h, llegaba la notificación oficial de la paralización total de la actividad aérea de Iberia.

Bomba.

Faltaba otra bomba.

Ante la decisión unilateral tomada por la dirección de Iberia, 99 de sus pilotos (casi la mitad de la plantilla) presentaban su dimisión.

Álvarez Cascos estaba volviendo de Córdoba a Madrid en AVE cuando saltó la noticia. Al llegar a Madrid se subió a un taxi y se instaló en su despacho. No saldría de allí hasta las 7 de la mañana del día siguiente.

Irala argumentaba que la huelga impedía que hubiese personal suficiente para poder efectuar vuelos con seguridad. Dado que entre el personal de Iberia seguía habiendo trabajadores en las torres de control de los aeropuertos, y siendo estos de titularidad estatal, Irala lanzaba la pelota al tejado del Gobierno para que zanjase el asunto por las bravas. Los técnicos de Fomento repudiaban ese argumento y sostenían que era una cortina de humo para que el Ministerio negociase con los pilotos y accediese a sus demandas con dinero público.

Pasadas las 23.30 h, un motorista fue hasta casa del presidente de Iberia con una carta sellada y firmada por Cascos, con el beneplácito de José María Aznar, entonces Presidente del Gobierno. En la misiva se instaba a Iberia a reanudar inmediatamente los vuelos. El contenido de la carta nunca salió a la luz, aunque Xavier de Irala manifestaría tiempo después que había sido “extremadamente dura”. Al mismo tiempo, Enrique Sanmartí, director general de Aviación Civil, hizo lo propio dirigiéndose a los responsables de SEPLA y encomiándoles a cambiar su actitud ya que “la seguridad también es responsabilidad de los pilotos y eso les obliga a reaccionar”.

De esta guisa nos acercábamos a las 00.00 horas, con los aeropuertos de todo el país inoperativos y con la programación deportiva radiofónica a punto de comenzar. Desde la década de 1970 esa hora intempestiva se había convertido en la hora fetiche del deporte en la radio española.

Todo había sido idea de un enjuto e incisivo periodista que acabó en deportes por accidente. En pleno franquismo, en los años 60, lo que él quería hacer era investigar y denunciar y el único lugar donde tenía manga ancha para hacerlo era en la sección de deportes. Cuando ese joven es enviado por el diario ‘Pueblo’ a los Juegos Olímpicos de México se convertirá en celebridad en toda Europa por sus crónicas sobre las matanzas estudiantiles en la plaza de las Tres Culturas. Aquel chaval desobedeció a sus jefes, abandonó a los deportistas que batían récords en el Estadio Olímpico de DF y se fue a cubrir las revueltas que junto a las de Paris y a las manifestaciones contra la guerra de Vietnam conmovieron a Occidente en 1968.

Décadas después era el líder de la radio deportiva en España y referente del periodismo de investigación.

Era hora de ‘Love song’ de Simple Minds.

Era hora de José María García.

Era hora de Supergarcía.

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Expresiones del lenguaje deportivo

Hay gente, mucha gente, que considera el deporte una tontería, algo banal, ‘pan y circo’. Son tan obtusos que son incapaces de ver que detrás del deporte hay una serie de ramificaciones que conforman esta expresión cultural como una evolución del desarrollo del ser humano. Esta misma gente suele tener cierto repelús a la hora de unir deporte con literatura y lenguaje académico, o, algo aún más prosaico, a la hora de usar el lenguaje deportivo como forma de lenguaje cotidiano. Estoy seguro que esa gente ignora que en el siglo V a.C. un ateniense llamado Arístocles puso las semillas de la filosofía, de la política, de la psicología o de la ética a través de sus libros escritos en forma de diálogo. Ese erudito ha pasado a la historia con el nombre de ‘Platón’, apodo que le pusieron sus amigos en la adolescencia porque era un gran atleta con una formidable espalda tan firme y tan ancha que parecía un plato. Siempre me ha resultado interesante que uno de los mayores genios de la humanidad sea conocido para la eternidad con su apodo deportivo.

Con la excepción del siempre presente fútbol, seguramente el deporte que más expresiones ha dado al habla cotidiana ha sido el hoy denostado boxeo. Podemos empezar con la clásica ‘tirar la toalla’, tan habitual para constatar que nos rendimos o que no nos esforzamos más y que tiene su origen en el gesto que los preparadores indican al árbitro para dar por finalizado un combate. Esto suele ocurrir cuando el boxeador está ‘grogui’, es decir, cuando se tambalea por el ring, expresión que hoy usamos para indicar un mareo fortuito muchas veces por culpa del alcohol. La palabra ‘grog’ hace referencia a un combinado cuya base es el ron, bebida de alta graduación que era muy habitual en el ejército británico. Se dice que los soldados consumían altas cantidades de esta bebida para entrar en combate y así quitarse el miedo antes de la batalla, en definitiva, entrar en combate ‘groguis’. Cuando un boxeador está ‘grogui’ o a punto de acabar en K.O. suele ‘estar contra las cuerdas’, arrinconado en una esquina del cuadrilátero. Dicha expresión la usamos cotidianamente cuando estás a punto de claudicar en cualquier ámbito de la vida. Pero, sin en el último momento consigues librarte de tan mal final es que te has `salvado por la campana´, dicho que hace referencia al fin del asalto, cuando el boxeador que va perdiendo tiene un minuto de descanso para recuperarse.

Otro clásico del argot pugilístico es recibir `un golpe bajo´, en referencia a golpear al rival en la entrepierna y hoy usado metafóricamente cuando somos sometidos a una traición en cualquier ámbito de la vida personal o profesional. Normalmente un `peso pesado´ no da `golpes bajos´ porque es un púgil de alto nivel, una persona de la máxima categoría, mientras que un ´sparring´ necesita de esas pequeñas triquiñuelas para obtener la victoria, lo cual tampoco está tan mal, porque un `sparring´ es aquel que en sentido figurado nos pone a prueba o que nos sirve para prepararnos ante algún acontecimiento más complicado.

Pero para deporte `grande, grande donde los haya´ como diría el bueno de José María García, no cabe duda de que ese es el fútbol. La regla más definitoria del llamado `deporte rey´ es el fuera de juego, y `quedarse en fuera de juego´ es algo habitual en nuestras relaciones cotidianas, especialmente en las de pareja. Los delanteros son los futbolistas que suelen caer más en fuera de juego y lo harán continuamente a lo largo de su carrera hasta que `cuelguen las botas´, algo que todos hacemos en algún momento de nuestra vida al llegar a la jubilación. `Colgar las botas´ o `colgar los guantes´ (volvemos otra vez al boxeo) es una expresión ciertamente prohibitiva en Centroamérica donde el significado es doble; dejar una actividad pero a través del fallecimiento.

La salsa del fútbol es `meter goles´ que es algo que todos hacemos cuando engatusamos a alguien y conseguimos lo que queremos, pero también podemos `echar balones fuera´ y agazaparnos para no entrar en una discusión y `lavarnos las manos como Poncio Pilato´. Cuando hay una falta peligrosa el portero se afana en `poner la barrera´ algo que los adolescentes enamorados deben realizar si no quieren evitar sustos a los 9 meses de colocar en funcionamiento sus hormonas.

Hay una expresión futbolera que es `100 x 100 made in Spain´. `Tener más moral que el Alcoyano´, que es algo así como rezarle a Santa Rita la `patrona de los imposibles´. Al parecer, en un encuentro en el que el CD Alcoyano iba perdiendo 13-0 los jugadores protestaron al árbitro por no dar varios minutos de descuento al término de la segunda parte. Según ellos esto impidió la remontada del equipo alicantino. Eso es lo que cuenta la leyenda. La realidad explica que a caballo entre los años 40 y los años 50, el CD Alcoyano era un `equipo ascensor´ que deambulaba entre Primera y Segunda División por lo que año tras año sus seguidores se cargaban de moral aún a sabiendas de que la vuelta a la máxima categoría iba a ser efímera.

Otra frase muy recurrente en el balompié es la de `ganar sin bajarse del autobús´, muy usada en los mítines políticos de los 70 y los 80 para referirse a la superioridad manifiesta entre el favorito y el aspirante. Este tipo de bravuconadas también se da entre jugadores. No obstante, cuando el entrenador utiliza su `mano de hierro´ para imponerse ante algún futbolista díscolo este inmediatamente pasa a `chupar banquillo´, expresión que era muy usada entre los adolescentes (sustituida por la de `pagafantas´ más recientemente), y que tiene su origen en la barra de metal que estaba colocada en muchos vestuarios (a semejanza de los asientos de las montañas rusas y otras atracciones) y que el jugador acababa chupando por aburrimiento.

La trilogía tradicional del deporte en España se completa con el ciclismo, otra disciplina llena de expresiones y frases hechas usadas en el día a día. Sin embargo, las dos expresiones más conocidas del mundo de las dos ruedas no tienen origen ciclista. La expresión `farolillo rojo´, que utilizamos para referirnos a aquel que va último en una carrera es originaria del mundo del ferrocarril, ya que originalmente el último vagón de un convoy llevaba una luz colorada para indicar el fin del vehículo a los transeúntes. Del mismo modo, cuando usamos la palabra `pelotón´ para indicar un grupo numeroso de personas inmediatamente pensamos en el Tour de Francia, cuando en origen es un vocablo de corte militar.

Siempre que discutimos con alguien y a pesar de las evidencias es incapaz de cambiar de parecer, decimos que es una persona `de piñón fijo´, como las primeras bicicletas de carrera o las de paseo que usamos de pequeños. Con ese tipo de bicis es más difícil `esprintar´ un verbo común en la actualidad y que implica un esfuerzo final y a última hora. En el ciclismo las victorias al sprint se consiguen después de jornadas `maratonianas´, que hacen referencia a la prueba atlética más larga y más fatigosa con sus más de 42 kilómetros de longitud.

En el mundo de la raqueta, si bien es cierto que en Francia la palabra ´deuce´ se utiliza como empate aunque realmente no quiere decir eso (la palabra francesa para empate es ‘egalité’), en el castellano lo más curioso es como la palabra tenis ha pasado a designar un tipo de zapato deportivo, dado que en el siglo XIX los únicos que llevaban tenis eran los jugadores de tenis, valga la redundancia.

Del norteamericano deporte del baloncesto hemos absorbido la expresión `tiempo muerto´, útil para hacer un `kit-kat´ en medio de una discusión o de un esfuerzo. Cuando la discusión no acaba como deseamos puede que nos `pillemos un rebote´ que hace referencia al acto, muchas veces desagradable porque implica dar codazos o manotazos, de recoger el balón cuando sale expulsado del aro.

El juego del ajedrez (deporte para muchos) tiene su origen en la Edad Media, momento en el que las lenguas romances adquieren forma propia para más adelante establecer reglas de uso y escritura a través de la gramática. Es por ello que el ajedrez, desde hace varios siglos, forma parte de la lengua de muchos países, y por supuesto del castellano, idioma en el que trazamos este artículo. El propio tablero de juego, tablero `ajedrezado´ ha creado un adjetivo usado para referirse a prendas de ropa o tipos de arquitectura que combinan cuadrados de distintos colores. Menos conocido es que cada uno de esos cuadrados recibe el nombre de `escaques´ de donde proviene el verbo `escaquear´, usado en el presente para quien evita una tarea impuesta y que en el medievo se refería a dividir los ejércitos en pequeñas unidades en una especie de `guerra de guerrillas´.

Por supuesto, la jugada maestra del ajedrez es el `jaque mate´, que se traslada a cualquier ámbito en el que gracias a nuestra pericia salimos victoriosos. Previamente hemos tenido que `poner en jaque´ a nuestro rival (pongamos por caso que sea nuestro jefe o nuestro padre) para poder conseguir nuestro objetivo, aunque a veces, ese jefe o ese padre, sabe `enrocarse´ y así defender su posición, por lo que no nos queda más remedio que dejar todo `en tablas´, o lo que es lo mismo en empate, porque aún a sabiendas de tener razón no tenemos ni fuerzas ni argumentos para demostrarlo.

Y luego hay otras ‘cositas´ que pasan desapercibidas. Desde el no muy usado verbo `placar´ sinónimo de derribar y común en el rugby, a otras más elitistas como `touché´ referidas a una argumentación brillante que es alabada y que proviene del afrancesado deporte de la esgrima.

Seguramente hay muchos más, pero con esto es suficiente para pasar un rato entretenido en una tarde de otoño. Porque como dijo Arístocles, más conocido como ‘Platón’; “mejor un poco que esté bien hecho, que una gran cantidad imperfecta”.

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