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El regalo de Reyes de Pierre

Pierre pasaba con creces de los 70 pero aquella noche se sentía como un niño con zapatos nuevos. Aquel desconocido de brillante traje blanco, aquel guía con alas, le había cogido con ternura del brazo y le estaba ayudando a sentarse en un cómodo y mullido sofá de terciopelo. Delante de él, una nevada pared con la única salvedad de una enorme pantalla que se asemejaba a aquellos cines de su juventud. Pero aquello no era una sala de cine, más bien parecía el vasto salón de una casa. Pierre llevaba más de 80 años en el otro mundo, pero le habían dicho que por una vez, y como regalo de Reyes, iba a recobrar el cuerpo de anciano con el que había dejado este mundo e iba a presenciar en lo que se había convertido su legado.

Era un favor especial que el más allá le iba a conceder por todo el bien que había legado a la humanidad.

El guía dispuso todo en perfecto orden para que se acomodase y que disfrutase. El show iba a comenzar. Pierre se alisó el cabello, jugueteó con su canoso bigote y abrió los ojos con sumo interés.

La película comenzó con lentitud enlazando imágenes inconexas del joven Pierre. Se vio a sí mismo a los pies de la Torre Eiffel, en la Exposición Universal de 1889, convenciendo al gobierno de Francia a introducir el deporte en los programas de estudio. Vio fotos de sí mismo cogiendo barco tras barco y tren tras tren, recorriendo parte de Estados Unidos y media Europa, convenciendo a crédulos e incrédulos de los beneficios del deporte y de cómo su poder podía convertir las guerras y los conflictos en paz y solidaridad entre pueblos. Y así, tras varios minutos de recuerdos y dulces sonrisas, la proyección se paró en el 26 de junio de 1894. La Universidad de la Sorbona de París lucía esplendida el día que se decide instaurar los Juegos Olímpicos.

Las imágenes viajaron con prontitud al 6 de abril de 1896 para ver aquel inaudito gentío de más de 80.000 personas que se reunieron en el estadio Panathinaikó de Atenas. Tenía lugar un milagro de la modernidad. Al viejo Pierre de Coubertin se le saltaron las lágrimas cuando se reconoció a si mismo pronunciar unas palabras que para siempre iban a estar ligadas a su recuerdo: “Lo importante no es vencer, sino participar”.

La película rodaba seguidamente por todo el orbe. De Atenas a París, pasando por Londres, Estocolmo, Amberes, Ámsterdam o Los Ángeles. El guía, hábilmente, no incluyó imágenes de Saint Louis, donde en 1904 una catastrófica programación estuvo a punto de enterrar los Juegos para siempre. Pierre agradeció con una sincera sonrisa que el guía también obviase los parones en el desarrollo de su obra por culpa de la maldita guerra. Suspiró profundamente cuando recordó el empeño que había puesto en convertir los Juegos en una garantía de paz y advirtió en la pantalla el megalómano desfile que los nazis habían hecho para los Juegos de Berlín. Él mismo, ya frágil y anciano, a escasos meses de su muerte, había dado las gracias a Hitler por aquellos majestuosos Juegos, los más grandes hasta entonces. Maldita mancha. Maldito error.

Todas aquellas escenas, rodadas en blanco y negro, habían sido vividas por Pierre. Poco a poco la pantalla fue apagándose y el guía encendió una magnifica lámpara de estilo rococó que recorría la estancia. Pierre dio las gracias de todo corazón al guía por los gratos recuerdos y señaló que estaba preparado para volver al sueño eterno.

Estaba ya a punto de levantarse del sofá cuando el desconocido de impoluto traje blanco, con un rápido ademán, le dijo que se agarrase nuevamente a su brazo, que el día no había terminado.

Enganchados del brazo, aquellos dos seres recorrieron la estancia y por una pequeña puerta al fondo del salón accedieron a una especie de cuarto oscuro. Viendo que Pierre se asustaba, el guía, con un cálido gesto, se apiadó del anciano y con una franca sonrisa le dijo que no se preocupase por nada.

De pronto, se hizo la luz, y Pierre y su guía estaban sentados en un impresionante estadio olímpico, de una elegancia asombrosa. Pierre no entendía nada. Era un estadio, sí, pero no comprendía de qué material estaba hecho. Era colosal, pero todo daba sensación de ligereza, de caerse en cualquier momento. No veía columnas, tan sólo soportes similares al vidrio y unas estructuras que parecían más frágiles que las cuerdas que amarran a un pequeño navío. El guía procedió entonces a encender los focos y Pierre pegó un salto hacia atrás. El corazón palpitaba con fuerza. Jamás había visto tal cantidad y potencia de luz, ni siquiera en los Campos Elíseos de su querida París. Una vez calmado empezó a escrutar el estadio de arriba a abajo. Había pantallas por todos los lados y una gran cantidad de relojes. O algo parecido a relojes, pero sin agujas. Había también pequeñas pantallas de cine, y ante sus dudas el guía le explicó que eran estudios de televisión. Pierre, profundamente sorprendido, le preguntó si la gente tenía eso en sus casas, a lo que el guía le dijo que se relajase y disfrutase, que todo era muy complicado para su mente. Tan sólo le dijo que el gentío que ahora iba a los estadios lo hacía para disfrutar del ambiente y de la solemnidad de la competición, pero el que únicamente quiere ver las pruebas deportivas lo puede hacer donde quiera y cuando quiera con un pequeño aparato. Sacó del bolsillo derecho de su impoluto traje un smartphone y el anciano cogió el móvil con curiosidad. El guía también le dijo que con ese utensilio se podían sacar fotos y vídeos y comunicarse al instante con cualquier lugar del planeta. Pierre suspiró y recordó sus largos viajes en barco y sus interminables cartas a la luz de las velas.

Dominado por las emociones, Pierre logró preguntar dónde estaba. El guía le dijo con firmeza que estaba en el año 2020, en el estadio olímpico de Tokio. ¿2020? ¿Tokio? ¿Los Juegos han llegado a Asia? Preguntó Pierre y pidió bajar al centro del estadio. El guía le agarró por el brazo izquierdo mientras Coubertin sostenía un bastón con el derecho. Una vez pisó aquella extraña superficie el guía le dijo que era tartán y que gracias a ella los atletas hacen marcas extraordinarias y que no hay riesgo de que sufran una fractura si se caen al suelo.

Pierre balbuceó y pidió una silla para sentarse. El guía se la dio y le explicó que todo lo que veía era obra suya. Pierre volvió a recorrer su bigote de derecha a izquierda como siempre hacía y negaba con la cabeza. El guía le volvió a dedicar un amplía sonrisa y le indicó que le acompañara al palco, que aún tenía que ver algo más. Pierre torció el gesto pensando en todas las escaleras que tenía que subir, pero el guía se acercó con un pequeño vehículo y lo aproximó hasta un coqueto ascensor que lo llevó a las puertas del palco de autoridades.

Ambos se sentaron en el palco y entonces el guía le requirió a Pierre que cerrase los ojos. Le pidió que confiara en él y que se dejara llevar. Que no se asustase y que todo lo que iba a ver era real, por increíble que le pareciese. El anciano dijo que sí, aunque en su fuero interno no estaba muy convencido. Pasado unos segundos, un fuerte griterío asoló el estadio y Pierre abrió los ojos.

A punto estuvo de morir una segunda vez por culpa de un infarto.

Tras el griterío distinguió una nube de flashes y un pistoletazo que daba salida a una carrera que había acabado antes incluso de parpadear. Sin espacio material ni lógica alguna, tan sólo distinguió a un grupo de hombres negros corriendo y discernió que el que acababa de ganar era un tal Usain Bolt de Jamaica, un país que debía ser inventado. 9’59’’. Aquello no podía ser real.

Todo cambió de nuevo, y de repente percibió a Coe luchar codo con codo con Ovett en Moscú. Vio también a Bikila vencer descalzo el maratón de Roma. Y a Michael Johnson ganar carrera tras carrera danzando como un pato mareado. Vio también a Bob Beamon saltar lo imposible y a Fosbury ganar el salto de altura brincando de espaldas como si fuese un rana. Vio a Isinbayeva bailar con la pértiga con una facilidad que despertaría la envidia de los hombres de su tiempo. Y es que vio mujeres. Muchas mujeres. Deportistas, periodistas y aficionadas. Y las vio solas, sin padres y sin maridos. Y vio países, muchos países desconocidos. Y los vio a todos mezclados. A hombres y a mujeres. A negros y a blancos. A creyentes de todo el mundo. Advirtió los Juegos que él quería. Unos Juegos universales, desde Canadá a Nueva Zelanda, desde Sudáfrica a Corea. No entendía, y de hecho, en su mente decimonónica no alcanzaba a comprender tal mezcla de razas y sexos, pero observaba que la gente reía y se divertía.

Y se sintió en paz.

Pero lo que de verdad le impactaba eran las marcas. Todo ocurría a una velocidad que parecía propia del demonio. Vio luego a Bekele arrasar carrera tras carrera y años antes a Laase Viren tropezar, levantarse y recuperar el resuello para ganar a sus rivales. Contempló a Edwin Moses correr y saltar unas vallas como si fuese una gacela. Todo era una ofensiva de estímulos abrumadora.

Fue entonces cuando el guía, que disfrutaba con cada gesto inconsciente de Pierre, le mandó volver a cerrar los ojos. Coubertin, que aunque incrédulo estaba saboreando cada palada de aquel gran regalo, lo hizo sin dudar y cuando los abrió, sucedió lo inimaginable.

El estadio olímpico se convirtió en un gran palacio y vio a una niña llamada Comaneci volar de anilla a anilla y de aro a aro. El palacio de pronto se transformó en una impresionante piscina y distinguió a Spitz ganar medalla tras medalla con un frondoso bigote. Pensó en lo increíble de sus marcas, hasta que vio nadar a un pez con piernas, un tal Michael Phelps. Y vio al joven Mohammed Alí atizar derechazos en un cuadrilátero, y a Greg Louganis saltar al vacío desde un trampolín. Vio a Steffi Graf pegar raquetazos con elegancia y violencia. Vio a Messi hacer diabluras con un balón de fútbol en Pekín, y vio como Estados Unidos no ganaba la medalla de oro en baloncesto en unos Juegos Olímpicos. Y cuando creyó haberlo visto todo, vio a Estados Unidos ganar una medalla de oro en baloncesto cuatro años más tarde en Barcelona con un equipo al que todos llamaban ‘Dream Team’.

Distinguió entonces deportes que no conocía mientras el guía le explicaba los pormenores de su funcionamiento. Natación sincronizada, bádminton, taekwondo, voleibol, tenis de mesa o triatlón entraban en escena ante la incredulidad de Pierre.

La función tocaba a su fin. Poco a poco el guía fue apagando las luces del estadio, y, una vez apagada la última, le dijo a Pierre que el día había terminado. Pierre, un hombre decimonónico, un hombre que no sabía lo que era llorar, estalló en un mar de lágrimas.

Conmovido, el ángel apretó con fuerza la mano del barón Pierre Fredy de Coubertin y de repente, tras un fulgurante estallido, Pierre perdió años de vida y se convirtió en un enjuto niño de mirada inocente y brillante.

El ángel se colocó la chaqueta de su impoluto traje blanco y subió al pequeño Pierre a sus hombros. Le agarró con ternura de los pelos y le dijo con una amplia sonrisa que tenían que volver al mundo de las ánimas, mientras le preguntaba si le había gustado su regalo de Reyes Magos.

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El récord imposible de Marita Koch

En el antaño majestuoso boulevard ‘Unter den linden’ (bajo los tilos) está el corazón de Prusia y el lugar de confraternización y encuentro entre lo que hasta hace apenas tres décadas eran dos Alemanias. Esa amplia avenida berlinesa que comienza en la Puerta de Brandenburgo cuenta con varios edificios de interés. Alguno de ellos consiguió milagrosamente sobrevivir a la II Guerra Mundial. Es el caso del edificio del Arsenal de Artillería que desde 1987 alberga el Museo de Historia de Alemania. Una de las secciones del museo está dedicada a la República Democrática Alemana (RDA), la parte oriental de un país que estuvo casi medio siglo separado por la Guerra Fría. Llama la atención que en una de las vitrinas de la exposición hay una pequeña caja de esteroides. Se trata de unas pastillas conocidas como Oral Turinabol. A través de ese blíster de píldoras se puede trazar la historia del deporte en la RDA. De hecho hasta se puede esbozar la misma historia de la RDA. Una historia de dopaje de Estado.

El legado más perdurable del socialismo de laboratorio no está en obras sociales, ni en colosales construcciones públicas, ni en la calidad de la enseñanza. Está en legendarios registros deportivos. El dopaje de Estado en la RDA está demostrado, comprobado, analizado y reprobado. Algo que en menor medida se verificó en todos los países comunistas, pero que en ningún lugar fue tan descarado y premeditado que en Alemania Oriental. La RDA, un país de 17 millones de habitantes, llegó a ser segundo en la tabla de medallas durante los Juegos Olímpicos de Seúl de 1988 con 102 preseas. Alemania, unificada, con cerca de 80 millones de habitantes, ni se ha acercado a esas cifras, descendiendo de las 82 logradas en Barcelona´92 a las 42 de los Juegos Olímpicos de Río de 2016.

El dopaje de Estado comenzó en la RDA en 1974 y se estima que en década y media unos 15.000 deportistas pasaron por el laboratorio del dopaje. La obra maestra de esta locura pseudocientífica tuvo lugar el 6 de octubre de 1985 en Canberra y estuvo protagonizada por la atleta Marita Koch.

La prueba de los 400 metros lisos está considerada la más agónica del atletismo. Se requiere mantener durante una vuelta al estadio la explosividad de una carrera de velocidad y resistir al déficit de oxígeno y al aumento del ácido láctico con la mentalidad de un fondista. Marita Koch llevaba años siendo la reina de la distancia, pero aquella tarde no sólo ganó, sino que humilló a sus rivales. Pocas veces se ha visto superioridad tan apabullante entre seres supuestamente iguales. La exageración del enunciado adquiere significado al ver la grabación de la carrera. Aupada por un vigoroso tren inferior, Koch sacó una ventaja excesiva a sus rivales desde la curva para marcar un inaudito 47’60’’.

Koch pulverizó el récord mundial de 400 metros femeninos con una facilidad pasmosa. Corriendo por la calle número 2 su suficiencia fue tal que hasta se consideró que no había hecho lo máximo, con la intención de batir el récord en una carrera posterior. Para comprender la magnitud de la marca es necesario señalar que el récord sigue vigente más de 30 años después y que campeonas olímpicas como Marie Jose-Perec, Cathy Freeman o Sanya Richards ni se han acercado a los 48 segundos.

El récord de España de Sandra Myers está en 49’69’’. Comparar la marca de Koch con la de Myers es como comparar el jamón de cebo ibérico con la mortadela siciliana.

Koch nunca dio positivo en los arcaicos controles antidopajes de aquellos años. Hoy, superados los 60, sigue negando la mayor. De sobra es conocido y reconocido por muchos de sus compañeros que el Oral Turinabol, los esteroides que aceleraban el crecimiento muscular sostenido, tenían barra libre en los campus de entrenamiento. El Turinabol, un medicamento diseñado y comercializado en la RDA, es el causante de que muchas de aquellas chicas hoy parezcan hombres e incluso hayan tenido que cambiar de sexo.

El Oral Turinabol era consumido mayoritariamente por mujeres. Era un esteroide anabólico-androgénico que fue creado por Jenapharm, una compañía farmacéutica con sede en Jena, ciudad de renombre gracias a Napoleón. La multinacional sigue en activo gracias a sus progresos en el campo de la fertilidad, algo, cuanto menos chocante, cuando desde hace años se sabe que a las atletas de Alemania Oriental se les inseminaba artificialmente para que la producción de hormonas aumentase durante el embarazo y, una vez alcanzado el rendimiento óptimo para la competición, se les obligaba a abortar.

Koch, como la mayor parte de atletas del bloque comunista, evitaba las competiciones menores para así sortear los controles, participando sólo en las dos o tres pruebas importantes del año logrando victorias cual Sputniks. Una vez logrado el récord del mundo Koch no tenía nada más que demostrar y mucho que ocultar. Alegó problemas en el tendón de Aquiles y se retiró a los 29 años.

Hoy repudiada, lo cierto es que a mediados de los 80 Marita Koch era una figura legendaria. Para el emergente movimiento feminista era una heroína que estaba demostrando que podía romper las leyes biológicas y superar las marcas de los hombres. Además, para sorpresa de machistas y misóginos, Koch no era fea. Se casó con su entrenador (que también era su camello), tuvo una hija, se dejó el pelo largo y pasó de marimacho a mujer atractiva.

Tan solo otra mujer, la checa Jarmila Kratochvilova, consiguió bajar de 48 segundos en los 400 metros. Kratochvilova tiene el otro récord prohibido en el atletismo los 1’53’28’’ en los 800 metros desde 1983, que si bien son estratosféricos parecen más reales que los 400 de Koch. Aunque es ‘vox populi’ que Kratochvilova era producto del doping, su caso se adscribe más al de hombre que nació con el cuerpo de una mujer. De aspecto andrógino, musculada y fisiológicamente hombruna, nunca pareció una fémina. Al igual que le ocurre a la sudafricana Caster Semenya (que en 2018 ha ganado 25 de 28 carreras sin el beneplácito de la IAAF) la controversia radica en su sexo.

Al caer el Muro de Berlín y pasar a ser públicos los archivos de la policía secreta de la RDA se descubrió la existencia del ‘Plan Estatal 14.25’ un programa sistemático de dopaje al que ningún deportista se podía negar y que dio a la RDA más de 400 medallas de oro en competiciones de atletismo y natación durante 15 años. Fue tal la vergüenza que la IAAF intentó en el año 2001 borrar todos los récords existentes en atletismo y empezar de cero, aunque tan controvertida idea no logró materializarse.

Marita Koch sigue diciendo que la única razón por la que se dedicó al atletismo era porque era la única forma que le permitía escapar de la RDA y conocer otros países. Siempre cuenta, medio en broma y medio en serio, que si en su primera competición internacional en vez de disputarse en Atenas hubiese tenido lugar en un sitio menos atractivo como Polonia hubiese dejado el atletismo. Sigue afirmando que nunca se dopó y que no sabe que es el Oral Turinabol.

Siguen siendo curiosas afirmaciones para alguien que además de una atleta voraz y fanática del atletismo es también licenciada en medicina.

“Me siento confuso, y, sin embargo, al término de mi vida, tengo la certeza de que la RDA no fue fundada en vano. Dejó planteado el hecho de que el socialismo puede existir y ser mejor que el capitalismo. Fue un experimento que fracasó. Pero la humanidad no ha abandonado jamás la búsqueda de nuevas verdades y caminos a causa de un experimento fracasado”. Erich Honecker, presidente de la RDA (1976-1989).

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Vitaly Scherbo

Era guapo. Muy guapo. Con una sonrisa que rompía cualquier corazón. Parecía de todo menos soviético. Pero era el arquetipo del nuevo hombre soviético. Soberbio y bravucón. Distante, altruista, saludable y culto. Un stajanovista en el cuerpo de un Apolo.

Vitaly Scherbo (Vitali Shcherbo) era bielorruso. Nacido en Minsk, encarna la típica figura de niño hiperactivo al que los padres le buscan una ocupación para que los deje tranquilos. Scherbo encontró esa válvula de escape en la gimnasia. Con 15 años ya estaba en Moscú en la selección soviética de gimnasia. Tenía 16 cuando se disputaron los JJOO de Seúl. Con cualquier otra nación habría sido olímpico, con el alto nivel de la gimnasia soviética tuvo que esperar 4 años más. Su momento tendría lugar en Barcelona 92. Pero ya no existía la Unión Soviética.

Se plantó en Barcelona defendiendo la bandera del Equipo Unificado, una amalgama de repúblicas, entre las que se encontraba su Bielorrusia natal, en la que fue una idea del COI para acoger a todos aquellos atletas que con la ruptura de la URSS se encontraban sin patria deportiva. Scherbo compitió vestido de negro, y, sin que nadie lo esperase, se convirtió en la estrella de los JJOO. Ni siquiera era el favorito en su propio equipo, distinción que defendía Grigory Misutin.

Ganó 6 medallas de oro en 5 días. Tan sólo los nadadores Mark Spitz y Michael Phelps lograron más medallas áureas en unos mismos Juegos Olímpicos. Venció en paralelas, salto, anillas, caballo con arco y en las competiciones por equipos y en el individual. Por supuesto ningún otro gimnasta ha completado una actuación similar.

Todo era felicidad para Scherbo. Era joven. Era apuesto. Era elegante. Era una estrella. El año de Barcelona se había casado con Irina, su novia desde la adolescencia. En 1993, mientras seguía ganando en Europeos y Mundiales, tuvo a Kristina, su única hija. La vida le sonreía y la recién creada República de Bielorrusia lo escogía como cara visible de la nueva nación, participando en múltiples actos públicos.

A pesar de ello no todo era tan idílico. La convulsa realidad social de la Europa postcomunista afectó a la familia Scherbo. En un país convulso y en construcción recibió amenazas de muerte a cambio de altas sumas de dinero. En otra ocasión varios ladrones entraron en su casa. No le robaron las medallas olímpicas. Ya se lo temía, y estaban guardadas en casa de su madre.

Scherbo se planteó emigrar a Estados Unidos. El punto de inflexión se dio cuando la policía echó al traste un intento de secuestrar a su hija. Eligió como destino una pequeña ciudad cerca de Philadelphia. Allí prosiguió con su carrera con la ilusión de defender la bandera bielorrusa en los JJOO de Atlanta de 1996, a donde acudiría como indiscutible favorito.

Sin embargo, el 13 de diciembre de 1995 su esposa Irina sufría un gravísimo accidente de automóvil. Su BMW impactó contra un poste telefónico partiendo el coche en dos. Estuvo casi 2 horas atrapada en el asiento del conductor hasta que los bomberos lograron excarcelarla. Cuando Scherbo llega al hospital se encuentra a su mujer en coma y los médicos le anuncian que tiene un 99% de posibilidades de fallecer.

Destrozado, Scherbo abandona los entrenamientos a escasos 8 meses del inicio de los JJOO. Al principio acude diariamente al hospital y se afana por cuidar a su hija y ocultarle la gravedad de la enfermedad de su madre. Va al hospital y lava a su mujer, la acaricia, le corta el pelo. Pero es todo fachada. Cuando llega a casa se derrumba. Se ve incapaz. Al cabo de una semana, su rutina es pasarse las noches bebiendo. Su entrenador lo encuentra día sí y día también borracho a primera hora de la mañana.

Pero un día, al igual que se había quedado dormida, Irina despertó.

Faltaban tres meses para ir a Atlanta. Vitaly no quería. No estaba en forma y no quería hacer el ridículo. Irina le insistía. Que fuera, que lo hiciese por ella. Que ya vería como todo iría bien. Y además hacía falta el dinero en casa. Scherbo era un atleta de éxito, pero los costes de la operación y de la estancia en el hospital eran muy altos. Al final Vitaly dio el brazo a torcer, pero no tenía muchas ganas de entrenar. Acude a su primera competición de esa primavera. Es en Paris y tiene una actuación lamentable. Hasta se daña el hombro al estar pasado de peso. “La peor competición de mi vida. Incluso cuando era niño lo hacía mejor”, declara.

Mientras tanto Irina encadena operación con operación. El coma es cosa del pasado, pero la recuperación es larga. Costillas, pelvis y bazo. Eterno viaje por el quirófano.

Scherbo vuelve de Paris y habla con su mujer. Le vuelve a preguntar. Ella le mira a los ojos y le dice que es el mejor gimnasta del mundo y le explica que lo es no por su talento, sino porque es el más fuerte mentalmente. Ella sigue con la rehabilitación. Él le vuelve a preguntar. Le dice que si de verdad quiere que vaya a los JJOO debe ir a Minsk, abandonarla y recluirse de todo y de todos. Ella le dice que sí. Scherbo llama a su entrenador y se marcha a Bielorrusia donde va a entrenar como un poseso. Llega a tiempo para ganar una competición en Puerto Rico. Al final Scherbo irá a Atlanta. Como una incógnita. Pero irá.

Era Vitaly Scherbo. El ganador de 6 medallas de oro en Barcelona. Pero no estaba en forma. Por lo menos no estaba en plena forma. Incluso el seleccionador bielorruso dudaba de él. El nombre imponía, los aficionados le daban vencedor. Los entendidos no le daban ninguna posibilidad. Había gimnastas más jóvenes, pero sobretodo más preparados.

Ganó 4 medallas de bronce, en la competición individual, salto, barras paralelas y barra fija. La ovación fue de órdago. La que más aplaudía era Irina, que con dificultades se había desplazado al pabellón olímpico.

Aun así Scherbo no estaba contento. Era un ganador y no le gustaba la autocomplacencia. No quiso atender a los medios. No estaba de humor. No había atisbos de la sonrisa que había enamorado a los barceloneses. Sólo atendió a la llamada de su mujer. Y cuentan que una vez que habló con ella, comprendió que aquellos 4 bronces tenían mucha más valía que los 6 oros de Barcelona.

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Apuntes sobre el maratón

Existen diversas barreras fisiológicas que los deportistas de élite han roto para así desmontar los tratados de la medicina y de la biología médica. Se ha bajado de los 4 minutos en la milla, de los 10 segundos en los 100 metros lisos y parece que más pronto que tarde también se ultrajarán las 2 horas en la prueba del maratón. Aprovechando la buena climatología y la planísima orografía de la ciudad de Berlín, el keniano Eliud Kipchoge batió el pasado 16 de septiembre de 2018 el récord del mundo de maratón (42 kilómetros y 195 metros), estableciéndolo en 2h 1m 39s, siendo el primer ser humano que baja de las 2h 2m.

La disciplina del maratón es la prueba más simbólica del atletismo. La carrera de la resistencia. Bebe de la leyenda de Filípides, quien en el año 490 a.C. recorrió los aproximadamente 42 kilómetros entre Maratón y Atenas para comunicar a los atenienses que la coalición de ciudades-Estado griegas habían derrotado al ejército persa. Una vez acabado el encargo se dice que Filípides cayó al suelo víctima de un paro cardíaco.

La hazaña es lustrosa, pero es ficción. Aunque lo interesante es que, haciendo válido el dicho, la realidad supera a la ficción. Y con creces.

Según el historiador Herodoto, los vigías de Atenas observaron en un amanecer como la armada persa se dirigía a desembarcar en el puerto de Maratón. Los atenienses encargaron a un joven llamado Filípides que se desplazara a la ciudad aliada de Esparta para pedir refuerzos. En total eran algo más de 200 kilómetros. Parece ser que Filípides pernoctó a mitad de camino, y efectivamente, al llegar a Esparta y dar el mensaje se desplomó en el suelo y falleció en el acto.

Así pues, si a alguien le parece poco un maratón siempre puede emular a Filípides y disputar un sparthalón, la salvajada de carrera entre Atenas y Esparta que se celebra anualmente el último fin de semana de septiembre y que es 6 veces más larga que un maratón.

Cuando en 1896 se disputaron en Atenas los primeros Juegos Olímpicos modernos, el maratón iba a ser la prueba estrella. Se fijó en 42 kilómetros la distancia, en parte por la errónea leyenda de Filípides y en parte porque ya se consideraba de por sí una distancia sobrehumana. Era un trayecto que no formaba parte del concepto moderno del atletismo y que no era practicado en ningún instituto o universidad tanto europea como estadounidense. Sin embargo, Pierre de Coubertin, presidente del Comité Olímpico Internacional, decidió crear esa prueba como homenaje a los orígenes helenos del olimpismo.

Para orgullo del joven nacionalismo griego, el primer vencedor olímpico de maratón fue Spiridon Louis, un vendedor de agua de 24 años que como preparación estuvo un par de días antes del evento sin comer ni beber. Como regalo por su triunfo recibió un carro y un caballo con los que poder ejercer su costoso trabajo por las calles de Atenas sin cargar con pesados barriles de madera llenos del preciado líquido. En Grecia, la expresión ´égine Louis´ (haz como Louis) es sinónimo de hacer algo con mucha celeridad.

Doce años después los Juegos Olímpicos tuvieron lugar en Londres. Se dice que fue la edición que salvó al olimpismo. Por primera vez se construyó un estadio olímpico, se concentró el calendario en dos semanas (salvo un par de deportes) y lo más importante, para el tema que nos ocupa, se estableció la distancia definitiva del maratón, 42 kilómetros y 195 metros.

En plena época imperial, la metrópolis de Londres convirtió el maratón en un homenaje a la realeza británica. La prueba saldría del castillo de Windsor para finalizar en el estadio olímpico, justo delante de la tribuna real, presidida por el rey Jorge V. El problema es que aunque el rey iba a estar en el estadio, el resto de la familia real se quedaría en el castillo. Era un día lluvioso y no se contemplaba que la reina y el Príncipe de Gales bajasen al jardín a mezclarse con la plebe, por lo que hubo que pintar la línea de salida justo debajo del balcón de la puerta Este del castillo. Ese ligero cambio implicó la añadidura de 195 metros a los 42 kilómetros de la prueba, quedando para la posteridad el establecimiento de tan curiosa distancia y dotando de más literatura a la leyenda del maratón.

En aquella edición de 1908 salió victorioso el estadounidense John Hayes, si bien el vencedor moral de la prueba fue el italiano Dorando Pietri. Totalmente deshidratado, Pietri entró en el estadio olímpico en un destacado primer lugar pero desorientado y a un tris del derrumbe. Empezó a dar la vuelta final en sentido contrario, por lo que los jueces tuvieron que ayudarle a girar 180 grados ante los vítores de una multitud compungida. Pietri llegó a caerse al suelo hasta en cinco ocasiones antes de cruzar la línea de llegada, y en todas ellas tanto jueces como aficionados (entre ellos el escritor Arthur Conan Doyle) se ocuparon de levantarlo y redirigirlo hacia la meta. Más mal que bien llegó el primero, pero minutos después fue justamente descalificado por haber recibido ayuda externa. Hayes se llevó el oro olímpico, aunque Pietri se convirtió en una celebridad en la época y hasta recibió un trofeo de plata de manos de la reina Alejandra.

Lo cierto es que el ser humano está programado para recorrer grandes distancias. Según biólogos y antropólogos todo se debe a que, a diferencia de otros mamíferos, tenemos capacidad para disipar el sudor mientras corremos. De ahí que el ser humano pudiese sobrevivir pacientemente en la sabana africana corriendo detrás de sus presas e incluso a la espera de que estas falleciesen a causa de un golpe de calor. Esta misma teoría evolutiva explica porque hemos desarrollado nuestra capacidad de aguante y en contra no hemos hecho lo mismo con la explosividad muscular tan típica de otros mamíferos depredadores.

Está estimado que para correr un maratón en menos de 2 horas hay que mantener una media de 21 km/h, similar, por ejemplo, a la de un ciclista subiendo un puerto con una pendiente media del 10% y con el hándicap de llevar el peso de un utensilio de 7 kilos de peso. En algo más de un siglo se ha rebajado en casi 1 hora el tiempo de Spiridon Louis de 1896.

No sabemos si el hombre que pasará a la historia será Kipchoge o algún otro, pero, se puede asegurar que procederá de África, y rizando el rizo, hasta podríamos ajustar y decir que surgirá de África Oriental. Un estilo de vida donde no existe el transporte a motor y donde la múltiple actividad física realizada desde niño se expone a más de 2.000 metros de altura, concede a keniatas, ugandeses o etíopes una considerable ventaja. Si a esto añadimos que por una cuestión social correr es la única forma de salir de un modo de vida primitivo, tenemos el caldo de cultivo para presenciar un nuevo hito en la evolución de la especie humana.

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Carros de fuego

Verano. Tiempo de los Campeonatos de Europa de Atletismo. Turno de deporte en la calle. Época de correr. Calzarse las zapatillas y disfrutar de jardines, ríos, valles o de la brisa del mar. Insertamos los cascos en los oídos y ponemos nuestra lista de Spotify. Alguno prefiere techno, otros rock duro y los demás chill out o instrumental. Pero entre las canciones más memorables a la hora de quemar el asfalto ninguna como los sintetizadores y los teclados de Vangelis y su ‘Chariots of Fire’.

La banda sonora de la película ‘Carros de fuego’ (1981) ha pasado al imaginario colectivo como la canción por antonomasia para una carrera o para un esfuerzo físico extraordinario. Realmente no mucha gente ha visto la película, y de los que la vieron poco más recordarán que la icónica carrera por la playa y la vanguardista melodía del compositor griego. Pero es lo de menos. Forma parte de la cultura moderna.

De hecho, el filme no es fácil de digerir. Al contrario de lo que pueda parecer por la temática a tratar, es una película lenta, incidiendo, especialmente en la primera parte, en la formación de los dos jóvenes protagonistas, sus miedos, sus vivencias y sus inquietudes personales. En la segunda parte, la trama se centra más en el aspecto deportivo, pero lo que llevó a la película a la gloria fue el uso y la combinación de la cámara superlenta con la banda sonora y una perfecta ambientación, documentación (las escenas fueron rodadas en la pista del estadio olímpico de Colombes y coinciden las calles y los dorsales de todos los atletas) y vestuario de los años 20, cuando se desarrolla la trama. ‘Carros de fuego’, a semejanza de otras películas deportivas como ‘Rocky’ o ‘Evasión o victoria’, alcanzaron la aceptación de público y crítica porque son historias humanas de superación, amistad y compromiso en las que el deporte sólo aparece como instrumento secundario para convertir en éxito el drama social.

‘Carros de fuego’ cuenta la historia de los atletas británicos Harold Abrahams y Eric Lidell y su participación en las pruebas de atletismo de los Juegos Olímpicos de Paris de 1924. Como suele ocurrir en estos casos, son dos formas antagónicas de vida que recorren caminos distintos para llegar a un mismo objetivo. También, como suele ocurrir, la película tiene varias licencias artísticas, siendo la más relevante que Lidell si sabía que la carrera de 100 metros iba a disputarse un domingo antes de partir a Paris, cuando en el filme se dice que se enteró horas antes de la celebración de la prueba. Como veremos, la religión será pieza clave para entender la renuncia de Lidell a correr en domingo. Del mismo modo, en la religión hallaremos la explicación de porqué tan singular título para una película de atletismo, y es que ‘Carros de fuego’ hace referencia a un pasaje de la Biblia que expone como el profeta Elías fue llevado al cielo en un carro de fuego tirado por una cuadriga de caballos.

—Los JJ.OO—

Harold Abrahams (1898-1978) era un inglés hijo de judíos procedentes de Lituania que se hicieron ricos con varios negocios. Abrahams recibió una educación elitista que le llevaría a estudiar Derecho en la Universidad de Oxford y pretendía dejar de correr tras los Juegos de París para abrir su propio bufete de abogados.

Eric Lidell (1902-1945) nació en China, donde vivían sus padres, unos misioneros protestantes escoceses que habían ido al país asiático en misión evangelizadora. Cuando Lidell tenía 6 años regresaron a Escocia iniciando éste una carrera estudiantil en un colegio de misioneros que le llevaría a licenciarse en Ciencias Exactas por la Universidad de Edimburgo. Al mismo tiempo comenzó una carrera deportiva que lo llevaría a disputar 2 torneos del Cinco Naciones de Rugby con la selección escocesa.

Abrahams ya había participado en los JJ.OO de 1920 pero esperaba alcanzar la gloria en 1924. Lidell abandonó el rugby y decidió prepararse en exclusiva para la cita parisina. Abrahams tuvo que dar siempre un poco más de sí ya que su condición de judío le causaba ciertas dificultades en la Inglaterra de la época. Para él, un joven de familia rica, el éxito deportivo era una forma de encajar dentro de la élite postvictoriana. Tenía dinero y un futuro brillante, pero por cuestiones de procedencia y de religión no se sentía aceptado de pleno derecho. Abrahams esperaba cambiar todo esto ganando la medalla de oro en los 200 metros, donde era el favorito, pero acabaría en un decepcionante sexto lugar.

Pero Lidell era el verdadero bicho raro de esta historia. El tiempo que no dedicaba a entrenar lo entregaba a tareas de carácter social o evangelizadoras. Lidell era un predicador protestante y cuando obtenía una victoria siempre exclamaba; “el Señor guía mis pasos”. Así, meses antes de los JJ.OO, y, al contrario de lo que cuenta la película, la organización determinó que la final de los 100 metros lisos tendría lugar el domingo 7 de julio. Lidell tenía prohibido correr un domingo, día sagrado, y renunció a su prueba fetiche ante la presión, las protestas y la incredulidad de la federación británica.

Especialmente en Escocia la decisión fue tomada con gran pena, ya que Eric Lidell era el indiscutible favorito a conseguir el oro olímpico y era un héroe nacional. Al final, Eric tomó la decisión de disputar las pruebas de 200 y 400 metros donde sus posibilidades eran mucho menores. Dedicó los dos últimos meses de preparación a cambiar sus hábitos de entrenamiento para potenciar su resistencia a coste de perder velocidad.

En Gran Bretaña la polémica estaba servida. Muchos medios de comunicación discutieron sobre la decisión de llevar a un “religioso radical” a los JJ.OO. Otros, deslegitimaron a Lidell al considerarlo un antipatriótico escocés nacido en China. La pelotera se haría gigantesca cuando el día anterior a la final de 200 metros Lidell estuvo en varias iglesias parisinas predicando. A pesar de todas las críticas, y con la opinión pública en contra, al día siguiente logró una inesperada medalla de bronce que le daba una vida extra y le descargaba de presión. Se había convertido en el aceptado mientras que Abrahams (con su sexto puesto) era la oveja negra.

A Abrahams le quedaba una bala. La final de los 100 metros lisos. Sin Lidell, el favorito era el estadounidense Charles Paddock, vigente campeón olímpico. Pero Abrahams voló y alcanzó la notoriedad que tanto perseguía logrando el oro olímpico con récord de 10’6’’. Ya iba a ser aceptado como un igual en la élite londinense.

Quedaba la final de los 400 metros.

Cuentan que antes de la final de los 400, Lidell recibió una nota anónima en su habitación que rezaba “aquel que me honra será honrado por mí”, cita del Libro de Samuel. Quien sabe que si con ayuda divina o no, pero Lidell, por la calle siete, sin referencias de sus rivales, corrió como nunca había hecho. Con un estilo poco académico, con la cabeza inclinada y la boca abierta, alcanzó la victoria logrando la medalla de oro y destrozando el récord del mundo. Se acababa de convertir en leyenda en el Reino Unido, y cuando comunicó que también renunciaba a correr el 4 x 100 al disputarse el domingo siguiente a nadie pareció importarle. Sus pecados fueron perdonados.

Después de Paris, Lidell siguió los pasos de sus padres y se marchó a China a seguir con su labor evangelizadora. De hecho, Lidell es el gran protagonista de ‘Carros de fuego’ y su vida, antes y después de los JJ.OO, no necesita de Abrahams para ser digna de elogio (Abrahams se convirtió al catolicismo y hasta su muerte siguió ligado al mundo del atletismo como escritor, comentarista y directivo). En China, Lidell combinará los ejercicios espirituales con los atléticos, ya que también ejercerá de entrenador. Se casó con una canadiense y tuvo 3 hijos, pero su vida cambió radicalmente con el estallido de la II Guerra Mundial y la ocupación de China por tropas japonesas. Su familia emigró a Canadá pero Lidell decidió quedarse por lo que fue capturado y llevado a un campo de concentración. Allí era llamado por todos ‘el tío Eric’ porque estaba siempre levantando la moral de los presos y preparando pruebas deportivas que entretuvieran a los recluidos. Tuvo ocasión de lograr la libertad tras un acuerdo de intercambio de prisioneros entre Japón y el Reino Unido, pero decidió ceder su plaza a una mujer embarazada y afrontar lo que le quedase de vida como cautivo. Allí fallecería en 1945, al parecer por culpa de un tumor cerebral, aunque su salud ya estaba quebrada a causa de las insalubres condiciones del campo.

“¡Ganemos! Pero luzcamos una corona de modestia.”

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¿Por qué Israel juega en Europa?

La edición de este año del Giro de Italia tiene una particularidad. Su salida tuvo lugar en Israel. Un total de 3 etapas en las que la ‘corsa rosa’ deambuló por las calles de Jerusalén, visitó las playas de Haifa, el cosmopolitismo de Tel Aviv, la ciudad bíblica de Beerseba y la conflictiva Eliat. ¿Por qué el Giro salió de Israel? La respuesta es sencilla; por dinero. Concretamente por 12 millones de dólares. En un momento en el que los conatos de terrorismo islamista son preocupantes en Europa, en Israel, por extraño que parezca, se vive un periodo de cierta calma (con permiso de los cambios de humor de Trump). El gobierno hebreo ha impulsado una campaña turística y ha encontrado en el deporte (o en la música como lleva años haciendo con Eurovisión) una forma de entrar en el mercado europeo.

Los deportistas y equipos del país hebreo son habituales en las competiciones europeas. Sin embargo, Israel dista mucho de ser una potencia deportiva, por lo que invariablemente su presencia pasa desapercibida. Quizás, por su relevancia, el caso más conocido es el del Maccabi Tel Aviv, equipo de baloncesto 6 veces campeón de Europa, el tercero más laureado en la Euroliga tan sólo por detrás del Real Madrid y del CSKA de Moscú.

Si alguien tiene un planisferio a mano (o acceso a Internet) comprobará que geográficamente Israel pertenece a Asia. Limita con Líbano, Jordania y Palestina (país no reconocido por la ONU pero si por organismos deportivos como la FIFA), estados miembros de la Confederación Asiática de Fútbol (AFC). Al sur tiene frontera con Egipto, que juega en la Confederación Africana de Futbol (CAF).

Cuando en 1948 se creó el estado de Israel ya existían competiciones y estamentos deportivos en la zona. Toda esa comarca formaba parte de un protectorado británico, por lo que el gusanillo del fútbol caló pronto entre la población. Así, por ejemplo, la Federación Palestina de Fútbol había sido fundada en 1928, comprendiendo buena parte de lo que hoy es Israel. Cuando el país hebreo adquirió status internacional, dicho organismo fue absorbido y su federación se integró en la Federación Israelí de Fútbol.

El primer gran problema surgió en la fase de clasificación para el Mundial de Suecia de 1958. Israel formaba parte de la AFC pero varios países musulmanes se negaron a jugar contra sus vecinos. Turquía e Indonesia decidieron no presentarse y fueron descalificados. Sin nadie que quisiese jugar ante los israelitas, la FIFA tuvo que inventarse un partido entre Israel y Gales, con victoria de los británicos, para discernir la plaza “asiática” de aquel Mundial.

Con mayores o peores problemas (renuncias, partidos en campo neutral, disturbios entre aficiones…), Israel se mantuvo en la AFC hasta 1972, participando en el Mundial de 1970 (el único hasta la fecha) y ganando una Copa de Asia en 1964. Éste es un título que podría tener el calificativo de descafeinado ya que únicamente compitieron otras 3 selecciones (India, Corea del Sur y Taiwán). Todos los países asiáticos que procesaban religión musulmana se negaron a participar.

El punto de inflexión se produjo en el verano de 1972. Durante los Juegos Olímpicos de Münich, un comando terrorista palestino secuestró y mató a 11 atletas israelís y la guerra que al año siguiente enfrentó a Israel con una coalición de países árabes, provocó que los hebreos fuesen expulsados de la AFC en 1973 por 17 votos a favor, 13 en contra y 6 abstenciones. A partir de entonces a Israel se le buscó acomodó en el mundo. Tarea que se antojaba complicada.

No sería hasta 1992 cuando fue aceptada definitivamente en Europa por la UEFA. Antes llegó a adscribirse a la CAF e incluso batalló en varios torneos de Oceanía disputando eliminatorias mundialistas ante países tan alejados de su esfera de influencia como Fiji o Nueva Caledonia.

La solución europea venía operando desde tiempo atrás gracias al baloncesto, mejor dicho, gracias a Raimundo Saporta. Brazo derecho de Bernabéu, fue el impulsor de la Copa de Europa de baloncesto en 1957. Saporta había nacido en Tesalónica en el seno de una familia y una comunidad sefardí, descendientes de los judíos que siglos atrás fueron expulsados de España. La ventaja que tenía el baloncesto es que por entonces aún no existían las confederaciones continentales, por lo que ya había experiencia con la participación de países no europeos en torneos del Viejo Continente.

Cuando se crea el Eurobasket en 1935 se considera como “europeo” cualquier país que tenga salida al Mar Mediterráneo. Esto provoca anomalías tales como que Egipto tenga un título de campeón europeo conseguido en 1949. Hasta que a finales de los 50 se crean delegaciones continentales el sistema se mantiene inamovible.

Gracias a esta ley no escrita y a sus dotes de persuasión, Saporta conseguirá que el Maccabi Tel Aviv participe en aquella primera edición de la Copa de Europa. Y lo hará con notable relevancia, ya que el baloncesto era capital en el orgullo del joven país hebreo. Antes de que los jugadores de raza negra dominaran el deporte de la canasta, el baloncesto puede ser considerado una disciplina de judíos. En Estados Unidos, los europeos del este abrazaron al hockey sobre hielo, los irlandeses y los italianos el beisbol, y todos, procedentes de uno u otro lugar del planeta, el fútbol americano o americanizado. Los judíos de la Costa Este se enamoraron del baloncesto. Fueron los pioneros y fueron los que introdujeron el deporte en Israel y los que llevaron a los primeros norteamericanos de nivel a jugar en Europa.

Aunque en otros deportes quizás no se entienda, la historia del baloncesto europeo está ligada al Estado de Israel. A judíos como Tal Brody, Miki Berkowich, Doron Jamchi o Moti Aroesti y a nortemericanos como Anthony Parker, Kevin Magee o Derrick Sharp.

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Bobsleigh nigeriano

En 2018 tres mujeres nigerianas pasaran a la historia al integrar el primer equipo africano que competirá en los Juegos Olímpicos de Invierno en la modalidad de bobsleigh. Nigeria. Un país con una temperatura media anual de 28 grados. Una nación donde el invierno no existe. Una tierra en donde habrán oído hablar de fútbol, boxeo, atletismo o incluso criquet. Un país donde el que conoce el significado de la palabra hielo o es porque la ha buscado en la Wikipedia o bien porque ha bebido unas cuantas copas de más.

El mérito es triple. Equipo africano, equipo femenino y disciplina deportiva de alto poder económico. El valor, el empeño y la tenacidad de este grupo de mujeres es digno de elogio. La líder de toda esta locura es Seun Adigun, quien compitió en los Juegos Olímpicos de Verano en la prueba atlética de 100 metros lisos. Viendo la dificultad y la cantidad de velocistas de su país con buenas marcas decidió cambiar la pista de tartán por la nieve y el hielo y seguir avivando su sueño olímpico.

Comenzó practicando bobsleigh con el equipo estadounidense, ya que aunque de padres nigerianos, Adigun nació en Chicago. En 2015 el Comité Olímpico Nigeriano se puso en contacto con ella para formar un equipo propio. La dificultad era tremenda, pero Adigun se puso manos a la obra. Dado que es un deporte donde la velocidad y la fortaleza del tren inferior son fundamentales para introducirse en el coche (bobsleigh), buscó a dos compañeras especialistas en los 100 y 200 metros lisos, Ngozi Onwumere y Akuoma Omeoga, ambas estadounidenses, pero también ambas de raíces nigerianas. Unas y otras se formaron a través del sistema de becas deportivas de Estados Unidos. Adigun estudió empresariales y sus compañeras cursan estudios quiroprácticos.

No tenían mucha idea de cómo empezar. “Cuando eres el primero en hacer algo nunca hay un plan”, sostiene Adigun. Realizaban sus entrenamientos en Texas, sin coche de competición y rodeadas de reses y arena a cerca de 40 grados a la sombra. Montaban en trineos de madera y se deslizaban a través de colinas de tierra. Pronto el boca a boca y las redes sociales hicieron su trabajo y todo Estados Unidos se hizo eco de su osadía. Se convirtieron en habituales de los informativos televisivos e iniciaron una campaña de mecenazgo con el auspicio de una entidad bancaria. Unos cuantos meses después habían logrado los 150.000 euros necesarios para acceder a un centro de entrenamiento en Canadá, donde por primera vez se subieron a un bobsleigh de competición.

Y es que la epopeya es singular. Etiopía, Senegal, Madagascar o Ghana ya han sido países olímpicos en deportes de invierno, pero lo de este trio nigeriano es especial.

Quien sabe, pase lo que pase en la competición, igual a Disney le gusta la idea y decide llevar al cine esta proeza. Una hazaña que nos recuerda a ‘Cool runnings’ (Elegidos para la gloria) una entrañable película de 1993, protagonizada por John Candy, en la que dos empresarios estadounidenses ponen en marcha la creación de un equipo jamaicano de bobsleigh para que compita en los Juegos de Calgary de 1988. Aunque la película tiene varias licencias artísticas, lo que recoge fidedignamente es la admiración, el aplauso y el reconocimiento del público cuando el coche se sale de la pista y los jamaicanos quedan eliminados en la ronda clasificatoria. A pesar de ello, el mérito de aquellos chicos, al igual que el de estas jóvenes nigerianas, es el mero hecho de haber puesto en práctica un imposible. Dentro de 10 días sabremos si la epopeya se convierte en tragedia o en comedia, más lo que es seguro es que queden en el puesto que queden, no habrá deportistas más admiradas y elogiadas en estos Juegos Olímpicos de Pyeongchang.

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El clásico de Año Nuevo

Cuando ya peinas canas y dejas de comer churros aderezados con chocolate e impregnados de un tufo inaguantable de alcohol con un traje de baratija lleno de manchas, no hay nada más tradicional que enchufar el televisor y ver uno de esos deportes de los que no tienes ni idea; los saltos de esquí.

Un inciso. Es lo que nuestros padres o abuelos hicieron desde 1962 hasta 2012. Desde entonces, hay que pagar una cuota mensual y verlos en la televisión de pago. Otra tradición al carajo.

Seguimos.

Es curioso porque no hay nada más navideño que la nieve. Y si bien es cierto que en el Valle de Arán, en la gótica Burgos o en las profundidades de Teruel es posible que pases las navidades rodeado de un manto blanco, lo normal en estos confines del mundo es que el Año Nuevo sea un día frío, lluvioso o incluso agradable, y lo único blanco que veas es de la pared de tu baño.

Pues eso. Nos ponemos la bata, almorzamos como si no hubiese un mañana a las puertas de engullir aún más calorías al mediodía y nos disponemos a ver a unos tipos que bajan colina abajo sujetados por dos tablas de madera y saltando espectacularmente al vacío. Luego, el narrador dice que estamos en Garmisch, y soltamos un característico deje de admiración por esas cosas que vienen del primer mundo y que aquí nos cuesta entender.

Alcanzan cerca de los 100 kilómetros por hora en un espacio de 150 metros. Es espectacular, a la vez que arriesgado, pero es una tradición que se mama desde la infancia. En Europa, en esa masa montañosa que se inicia en el Macizo Central francés y finaliza en los Montes Cárpatos, los niños no sólo pegan patadas a una pelota; también juntan estacas de madera, las unen con la ayuda de sus padres y se dedican a subir a la parte más alta de su pueblo y lanzarse cuesta abajo una y otra vez.

Eso hace que lo que para nosotros sea cosa de unos locos, congregue a más de 5 millones de espectadores en la televisión alemana, a más de 100.000 personas que pagan su entrada para ver los saltos in situ en Garmisch o para que el líder mundial de saltos se embolse más de 250.000 euros en premios, cantidades que, por ejemplo, son el doble que un salario estándar en la Liga ACB.

Pero esto no consiste en saltar el 1 de enero e irte para tu casa. Es bastante más complicado.

El ‘vierschanzentournee’ (torneo de los cuatro trampolines) comienza el 29 de diciembre y finaliza el 6 de enero. Como se propio nombre indica, se trata de cuatro saltos distintos que se celebran en Oberstdort, Garmisch, Innsbruck y Bischfshofen, las dos primeras alemanas y las últimas austriacas, y todas ellas villas alpinas maravillosas para disfrutar de la naturaleza o relajarse en sus aguas termales. Dicho torneo comenzó a disputarse en 1952 y el finés Janne Ahonen con cinco victorias generales es el esquiador más laureado. Por países, Finlandia (16), Austria (16) y Alemania (16) rivalizan por la primacía.

Pero no acaba aquí la cosa. El torneo de los cuatro trampolines forma parte desde 1979 de la Copa del Mundo de Saltos de Esquí. Se celebra anualmente en el hemisferio norte entre noviembre del año saliente y marzo del año entrante. Cada prueba suma puntos para una clasificación general que determina al campeón mundial, sistema idéntico, por ejemplo, al motociclismo, modalidad mucho más cercana al aficionado en España.

Consta de un total de 18 pruebas y aunque se han disputado en pistas de esquí de Estados Unidos, Canadá, Japón o Corea del Sur, la primacía europea de este deporte es colosal. En el calendario de este año, los países que acogerán torneos valederos para el mundial serán Polonia (2), Finlandia (2), Rusia (2), Alemania (4), Suiza (1), Austria (3) y Noruega (4). En este último país se disputa el torneo de Holmenkollbaken, el único en importancia y prestigio capaz de rivalizar con los cuatro trampolines. Solo este ha permanecido inalterable en el calendario. Se trata de una descomunal colina a las afueras de Oslo que tiene el honor de ser el decano de las pistas de esquí del mundo ya que fue construida en 1889.

Pero dejando a un margen a la joya noruega, no hay nada más célebre como ganar en Garmisch el día 1 de enero. La meca del esquí es cuna de saltadores desde 1921 y es la única que ha mantenido inalterable su lugar de salto sin añadir ningún tipo de modificación a su recorrido. Garmisch es el Wimbledon del esquí y vencer en los cuatro trampolines es una hazaña similar a conseguir un Grand Slam. Hasta la fecha únicamente el alemán Sven Hannavald en 2002 logró la cuádruple victoria.

— Hitler siempre está presente —

Y un pequeño apunte final. Toda buena historia en la que aparezca Alemania tiene que tener un regusto nazi. Algo de salsa.

Cuando pongamos la tele observaremos como se habla de Garmisch. Realmente habría que referirse a Garmisch-Partenkirchen. Hasta 1940 había una estúpida norma que obligaba al país que acogía los Juegos Olímpicos de Verano celebrar también los de Invierno. Y digo estúpida porque en 1928 Ámsterdam tuvo que ceder tal honor a la suiza Saint Moritz porque, que yo sepa, en Holanda hay canales pero de montañas nevadas poco saben. En la actualidad se escalonan ambos eventos, y, por ejemplo, en un par de meses se celebrarán los invernales en Corea del Sur (los veraniegos tuvieron lugar en Brasil en 2016).

Volviendo a 1936, nos referimos a la famosa Olimpiada de Berlín, a Jesse Owens y a la huida (que no fue tal, algún día lo explicaré) de Hitler del palco. Pero unos meses antes también había que celebrar los invernales. Y había un problema.

Münich podía ser el lugar central, el eje olímpico. Pero Münich está a unos 90 kilómetros de los Alpes. Las pruebas se tenían que celebrar al pie de la cordillera. Ahí aparece Garmisch. Con unos 18.000 habitantes se encontraba Garmisch (en terreno alemán) y con otros 10.000 estaba Partenkirchen (en terreno austríaco). Ambas eran villas demasiado pequeñas, pero juntas podían celebrar una Olimpiada (hay que recordar que estamos en 1936). Los nazis lo tienen claro. Se obliga a la unión de las dos localidades que pasan a formar parte de la frontera alemana. El gobierno austriaco débil, y que tenía los días contados, deja hacer y se consuma la unión ante la incredulidad de los vecinos de Partenkirchen.

https://www.youtube.com/watch?v=hn-rzQhxo5Y

El propio Hitler fue quien dio por inaugurados unos Juegos Olímpicos en los que por primera vez se encendió un pebetero. Este hecho es identificado siempre con Berlín, pero unos meses antes hubo un ensayo general en Garmisch con un increíble espectáculo de fuegos artificiales a mayor gloria de la fortaleza internacional del III Reich.

Eso sí, la fiesta no fue completa porque la nación que lideró el medallero fue Noruega, doblando en número de preseas a los alemanes.

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Frank Shorter; el hombre que hizo que el mundo corriera

Como todos los años desde 1970, el primer domingo del mes de las ánimas, o primer domingo del mes de Halloween, que dirán los ‘millennials’, o primer domingo del Samaín, que dirán los nuevos enxebres, se celebró una nueva edición del Maratón de Nueva York. Una prueba icónica para el deporte popular y para los ‘runners’ en particular que discurre por uno de los parajes urbanos más significativos jamás diseñados por el ser humano. Fluye por los cinco barrios emblemáticos de la llamada ‘Gran Manzana’. Inicia su aventura en Staten Island, alcanza el puente Verrazano, los barrios de Brooklyn y Queens, cruza Manhattan y asciende por el empinado Bronx antes de finalizar en Central Park.

Hoy es la cima de muchos deportistas amateurs y un icono del estilo de vida del siglo XXI; tecnología (dispositivo informático), deporte (correr) y comida sana (productos naturales). Hace medio siglo disputar una maratón por placer era la idea de unos hippies que querían destrozar el ‘American way of Life’; tecnología (coche), deporte (desde el sofá) y comida sana (cualquier cosa en cantidades industriales). Un hombre blanco, joven, de buena familia, un yanqui, un hijo de Nueva Inglaterra, ayudó a popularizar el ‘running’ a partes iguales entre corbatas y maletines caros por un lado y martillos, gafas de seguridad y camisas de cuadros por el otro.

Frank Shorter era un estadounidense que nació en Múnich. Lo hizo porque su padre era un médico militar que estuvo destinado en Alemania en los años posteriores al fin de la II Guerra Mundial. La mezcla de disciplina castrense y germana contagió a Frank que se convirtió en un adicto de las pruebas de fondo de atletismo. Su valía le otorgó una beca deportiva, aunque la verdad es que no le hacía mucha falta, ya que por sus méritos académicos fue seleccionado para cursar psicología en Yale.

A inicios de la década de 1970 Shorter era el mejor atleta norteamericano en 5.000 y 10.000 metros. También se atrevió con algún maratón, aunque no era la prueba donde más destacaba. Su momento iba a llegar en su Münich natal donde se iban a celebrar los Juegos Olímpicos de 1972. Competiría en 10.000 metros y en el maratón. En la primera prueba su objetivo era la medalla. En la segunda quedar entre los 20 primeros.

Shorter no era un atleta típico. No sólo entrenaba para la competición. Corría porque le gustaba. De noche, de tarde o de mañana. Con vecinos y con amigos. Se saltaba todas las recomendaciones de los entrenadores. Era un hippy. Un Forrest Gump de la carretera. Su vida giraba en torno a correr y pronto su desgarbada imagen y su profunda sonrisa cautivaría a todo Norteamérica.

La carrera del diez mil fue vibrante. El finés Lasse Viren batió el récord del mundo a pesar de caerse a mitad de recorrido. El vallisoletano Mariano Haro, el mejor fondista hispano del momento, consiguió un cuarto puesto increíble en la España de aquel entonces. Justo detrás de él, aparecía un atleta blanco, de anchos hombros y esqueléticos brazos, sin patillas y con frondoso bigote. Era Frank Shorter que acababa en un decepcionante quinto lugar.

Sólo cuatro días después tocaba el maratón. Una prueba mítica para los africanos y la más respetable para la vieja Europa. No para Estados Unidos. Allí lo que prima es la velocidad y el espectáculo. Para correr 42 kilómetros y 195 metros tienen dos opciones; hacer el recorrido en un confortable Chevrolet o un siempre fiable Ford.

—El colesterol—

El descubrimiento del colesterol no es actual. Ya a finales del siglo XVIII los médicos franceses de la corte ya hablaban de una sustancia aceitosa que aparecía en la bilis de los cadáveres. Un siglo después ya se discutía abiertamente del colesterol, pero, claro, no entre la plebe. Con sopa de cebolla, patatas y alguna que otra manzana poco ibas a comer. Lo de fallecer de un infarto por zanpar a reventar era una muerte reservada para los afortunados.

Al finalizar la II Guerra Mundial, Occidente asistió a una explosión comercial sin precedentes sustentada por Estados Unidos. Había mucho que comprar, pero sobretodo había mucho que comer. Occidente nunca más pasaría hambre ni estaría pendiente de los rigores climatológicos para poner un plato en la mesa. El azúcar, las neveras y la publicidad se encargaron de llenar nuestros estómagos. Después de tantas privaciones los padres sólo querían que sus hijos engullesen. Y cuanto más, mucho mejor.

Sólo una década después, la Sociedad de Cardiología de Estados Unidos advirtió que el número de infartos se había elevado considerablemente. Para 1958 advierten que “la composición de la dieta desempeña un papel fundamental en el desarrollo de la adenomatosis en las arterias tanto grandes como pequeñas”. Toma ya. Se les estaba diciendo a unos padres que habían tenido privaciones que no dieran tanto de comer a sus hijos. ¡Qué se privaran voluntariamente! Pocos hicieron caso.

Pero algo estaba cambiando. Eran los 60. Aquellos niños de la posguerra vieron el mundo de otra forma. Sin guerras. Con drogas. Con muchas drogas. Con sexo. Con mucho sexo. Pero sobretodo se volvió a apreciar la unión del ser humano con la naturaleza. Lo artesanal frente a lo industrial. Los hippies. Haz la paz y no la guerra, decían. Haz deporte y come sano, añado yo.

Volvamos al maratón. Shorter iba a participar en Münich en el sexto maratón de su vida. A los 10 kilómetros iba en un grupo con los favoritos. A los 20 kilómetros ya iba sólo. Cruzó la meta con dos minutos de ventaja sobre el segundo. Oro. Era la primera vez que un estadounidense ganaba el maratón desde que John Hayes lo hiciese en 1908. La fiebre del ‘running’ iba a estallar.

El maratón de Nueva York necesitaba una figura y ya la tenía. Shorter aparece en la televisión, en la radio, da conferencias, desfila en carreras populares… Se desata la fiebre entre los urbanitas. Pero aún hay más.

Sólo un año antes de los Juegos Olímpicos muniqueses, los entrenadores de atletismo Phil Knight y Bill Bowerman fundan Nike, una empresa de calzado y ropa deportiva de Oregon que viene a cubrir una creciente demanda en la sociedad. Aun así, apenas venden zapatillas a universitarios y profesionales del atletismo, pero el fenómeno de Shorter se encarga de hacer el resto. Cuatro años después Nike ostenta el 50% de mercado en tenis deportivos. Luego vendría el ‘boom’ de Michael Jordan. Pero esa es otra historia.

Para los Juegos de 1976 Shorter se tuvo que conformar con la medalla de plata en el maratón. Pero su legado ya estaba en funcionamiento. Los estadounidenses siguieron comiendo mal, rematadamente mal. Pero empezaron a hacer deporte y lo siguen haciendo cada vez más. Porque al final los médicos puede que tengan razón, pero suele ser más sugerente lo que hace un chico con zapatillas Nike que lo que dice un chico vestido con bata blanca.

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El ama de casa voladora

Sólo hay una mujer que haya conseguido cuatro oros olímpicos en unos mismos Juegos Olímpicos. Ni Marion Jones, ni Florence Griffith, ni Wilma Rudolph. Mantuvo su récord del mundo de los 100 metros lisos vigente durante nueve años y durante 14 años batió 20 récords distintos. No era negra. Ni siquiera era atleta, sino que era nadadora. Y su entrenador era un machista convencido, un detractor del deporte femenino.

Fanny Koen era una prometedora nadadora holandesa con un fuerte tren inferior y unos no tan excelentes músculos superiores. Un entrenador y periodista famoso por sus comentarios en contra de las mujeres la observó un día que estaba haciendo un reportaje y agudizó los sentidos ante lo que vio. Jan Blankers, que así se llamaba el interfecto, la observó y le animó a probar en la pista de tartán. Fanny tenía diecisiete años. Blankers unos cuantos más. Blankers era el seleccionador nacional. Un año después la incluyó en el equipo nacional holandés de atletismo. Ya no era Fanny Koen, era Fany Blankers-Koen. Su entrenador no sólo se había quedado prendado por sus virtudes como atleta, también por sus virtudes como mujer.

Su primer éxito fue a los 20 años al obtener el bronce en el Europeo de atletismo de 1938. Era la atleta del futuro y llenaba páginas y páginas de los periódicos. Nadie entendía como una mujer casada se podía dedicar al deporte. Por aquel entonces cuando una fémina contraía matrimonio abandonaba lo que estaba haciendo para dedicarse a cuidar a su familia y a su hogar. Koen fue enormemente criticada. Desafortunadamente la II Guerra Mundial llegó para acabar lo que los críticos comenzaban a sembrar.

“La ama de casa voladora”, apodo que le fue puesto por un periodista inglés, tuvo la suerte de llevar una vida relativamente decente y no dejó de entrenar durante la contienda, como ella misma manifestó, para mantenerse viva. Compitió en las pocas pruebas que durante la guerra se celebraron, contra rivales provenientes de países neutrales o de los por entonces vencedores y en poco tiempo perdedores.

Para 1946 la paz había vuelto a Europa y se disputaron unos austeros campeonatos continentales en Oslo, país que no había sido arrasado por las bombas. Fanny acababa de dar a luz a su segundo hijo, pero su continuo entrenamiento y su disciplina dieron sus frutos y logró un oro en vallas y otro en el relevo 4×100. Aun así el regusto fue amargo. Poseía los récords del mundo no sólo en las pruebas de velocidad, sino también en salto de longitud, salto de altura y pentatlón. La siguiente cita eran los Juegos Olímpicos de 1948 en Londres.

Doce años en deporte es una eternidad. Muchos quedaron en el camino. Otros vieron pasar sus mejores años. Sólo dos oros olímpicos en Berlín lo volvieron a ser en Londres, el checo Jan Brzak en piragüismo y la húngara Ilona Elek en esgrima. Un verdadero milagro y en dos países muy castigados por la II Guerra Mundial. Pero sorpresivamente la estrella no fue otra que Blankers-Koen.

En la cita londinense Fanny contaba con 30 años y dos hijos. Tuvo que eliminar de su programa el salto de longitud por temor a no recuperarse a tiempo para el resto de pruebas. Compitió en los hoy desaparecidos 80 metros vallas, 100 metros, 200 metros y en el relevo 4×100. Sí, tenía las mejores marcas, pero también era la más veterana de las atletas.

Su potencia no encontró respuesta en ninguna de las pruebas.

Su oro más sufrido se produjo en la prueba de vallas donde los jueces tuvieron que acudir a la foto-finish para determinar si había ganado el oro ella o la británica Maureen Gardner. La decisión se retrasó varios minutos y durante la espera sonó el God Save The King. Durante unos instantes Fanny se asustó, pero los acordes de tan majestuoso himno nacional sonaban en honor a Jorge VI que acababa de entrar en el palco de Wembley. Fanny respiró aliviada.

Fue recibida como una heroína en Amsterdam. Un carruaje tirado por caballos llevaba en volandas a una mujer que estaba ayudando a levantar la moral de una nación destrozada por la ocupación nazi. El ayuntamiento le regaló algo tan holandés como una bicicleta y la reina Juliana le concedió la Orden de Nassau a lo que Blankers-Koen contestó; “tanto por correr unos pocos metros”, dejando para la posteridad una de las mejores perlas deportivas de la historia. Consiguió tres oros más en el siguiente campeonato europeo pero para los Juegos Olímpicos de 1952, ya con 34 años, no obtuvo ninguna medalla olímpica.

La IAAF (Federación Internacional de Atletismo) la escogió en 1999 como la mejor atleta del siglo XX. Tres años después le rindieron un nuevo homenaje, aunque lamentablemente ella no sabía quién era esa rubia, alta y desgarbada que corría con el pelo al aire. Sentada en una silla de ruedas y aquejada de alzheimer, se limitó a preguntar si de verdad era ella la chica que proyectaban en la televisión. Se fue en 2004, Su marido ya lo había hecho 30 años antes convencido del valor de la mujer en el deporte.

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