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PSG vs Bayern (reflexiones)

Desde que la familia real catarí adquirió el PSG en 2011 con el objetivo primordial de cimentar su prestigio a través de la victoria en la Copa de Europa, se ha esperado con ansia en París, y en buena parte de Francia, la cita que le medirá al Bayern este domingo en el estadio Da Luz de Lisboa. Con no poca razón, pensaron que a través de la chequera conseguirían su objetivo a la primera. Las estrellas llegaron a borbotones hasta el acabose de hace un par de veranos al pagar 180 millones por Mbappé y arrebatarle a Neymar al Barça por 222 kilos.

Por más que la colección de estrellas sea insultante, el PSG lleva años adoleciendo de un plan de juego. Una vez que Rabiot escapó de un vestuario lleno de egos, únicamente Verratti es capaz de darle un sentido a la circulación del balón. Cuando allá por marzo Emmanuel Macron soltaba aquello de “estamos en guerra sanitaria”, el cuerpo técnico del PSG perdió el contacto con todos sus jugadores sudamericanos hasta nuevo aviso. El único que tuvo a bien comunicarse con sus patrones fue Cavani, el cual acabó contrato el 30 de junio, decidió no alargar el compromiso y no estará presente en la primera final de la historia del PSG en la Copa de Europa.

Edinson Cavani se subió al transatlántico parisino en 2013 y es el máximo goleador de la historia del club. El club, que hace apenas una semana celebró su quincuagésimo aniversario, decidió ‘homenajear’ al delantero uruguayo excluyéndolo de un cuadro de honor con los mejores jugadores que han pasado por el Parque de los Príncipes.

Y es que el PSG puede convertirse en campeón de Europa, pero tiene harto complicado dejar un legado.

El Bayern representa a la aristocracia europea. A pesar de que su palmarés es notablemente inferior al del Real Madrid, es el único club al que le puede tutear en mística y pedigrí. Y a la par que el Madrid, es igual de amado que de odiado. Los bávaros son después de los madrileños el equipo con más participaciones en semifinales y finales de Copa de Europa, aunque su ratio de victorias es mucho menor. De lo que si puede presumir el Bayern es de ser el equipo más regular, ya que es el único conjunto que ha jugado al menos una final de Copa de Europa en todas las décadas desde 1970 (1974, 1975, 1976, 1982, 1987, 1999, 2001, 2010, 2012, 2013 y 2020), lo que demuestra una continuidad en proyectos y resultados.

El Bayern personifica el clasicismo. Un conjunto que creció a través de un grupo excepcional de canteranos, la construcción de un gran estadio y el reconocimiento social y económico de una ciudad y de un país. El PSG es un invento de una metrópolis que nunca necesitó del fútbol para brillar, pero que lo ha adoptado de manera virtual para irradiar modernidad en plena revolución tecnológica y global.

Algún lector podrá cuestionar esta afirmación. Uno se puede preguntar qué diferencia habrá entre el PSG y el Bayern si ambos conjuntos amasan fortunas y compran activos arrebatándoselos a equipos con menor músculo financiero. Para expresar esa diferencia entre los llamados ‘grandes’, los equipos que son conocidos por aquellos aficionados al fútbol y también por los que sólo se asoman al deporte rey de tanto en tanto, podríamos clasificarlos en cuatro tipos distintos:

1. Equipos que desde su fundación aglutinaron el gusto de la mayor parte de su comunidad, convirtiéndoles en hegemónicos en su ciudad y en su comarca. Con el transcurrir de los años, se convirtieron en clubes dominantes en su país y la globalización los convirtió en marca a nivel europeo o mundial. Ese proceso histórico está basado en la aparición de un elemento interno (jugadores/entrenadores/presidentes) que se cristianizan en la piedra filosofal de la idiosincrasia y de los valores del club.

2. Clubes de rango abolengo, con una gran masa social y con un pasado lleno de triunfos, pero que no han sabido ni adaptarse ni sobrevivir a las leyes de la globalización. A pesar de no mantener el nivel competitivo son capaces de aglutinar una ingente masa social y de penetrar en el acervo social de todo un país.

3. Escuadras de reciente aparición en la élite que gracias a la globalización se han abierto paso en un mercado complejo y prefijado. Hay dos subtipos. Equipos de grandes ciudades que han utilizado con inteligencia sus recursos financieros para dar un salto en sus posibilidades. Y por otro lado, equipos de suburbios o de ciudades pequeñas que a través de un buen programa de fútbol base y una cuidada selección de personal han conseguido instalarse en la élite.

4. Y por último los nuevos ricos. Escuadras con mayor o menor tradición, o incluso totalmente artificiales, que han sido comprados por un magnate para conseguir el éxito en el menor tiempo posible. La falta de masa crítica hace que sin éxitos y sin dinero su influencia se evapore.

Durante esta Copa de Europa exprés hemos visto a varios de esos nuevos ricos. A un RB Leipzig sin masa social y con apenas una década de vida, y al Manchester City, con fuerte implantación social pero de escaso valor añadido hasta que fue adquirido por un jeque casi al mismo tiempo que un empresario de bebidas austriaco hacía lo mismo con el Leipzig. El músculo financiero del City es mayor y su presencia en la élite más palpable, pero ambos conjuntos sustentan su crecimiento en una liga fuerte y una metrópolis moderna. Sólo el tiempo y el dinero dirán si su arraigo en la sociedad será permanente.

El PSG, del mismo modo que el City, tiene un pasado al que aferrarse, pero su crecimiento ha sido igual de artificial. La diferencia con el Olympique de Lyon, brillante semifinalista, es abismal. Cuando el PSG se fundaba en 1970 el gran equipo galo era el Saint Ettiene. Ésta era una ciudad orgullosa de sí misma, de extracción carbonífera y cuna de la industria armamentística francesa. El Saint Ettiene (‘el rayo verde’) llegó a jugar la final de la Copa de Europa de 1976 -precisamente ante el Bayern-, antes de iniciar su declive al mismo tiempo que se desmantelaba la industria pesada de la ciudad.

Fue entonces, a finales de los 80, cuando a 60 kilómetros de allí emergió la ciudad de Lyon. Con vestigios romanos, un gran legado cultural, importantes universidades y vaca sagrada de la gastronomía francesa, Lyon volvió por sus fueros y a inicios del siglo XXI es una ciudad luminosa que pisoteó el legado de su vecina Saint Ettiene. Una era sucia y oscura y la otra radiante y vigorosa. De igual modo el Olympique de Lyon ocupó esa sinergia y se convirtió en un poderoso club ocupando y mejorando el legado del Saint Ettiene. Así, el Olympique de Lyon es un claro ejemplo de equipo (3) y el Saint Ettiene es de tipo (2).

Pero volvamos a la final. PSG-Bayern. Francia contra Alemania. Ha sido una Copa de Europa extraña en tiempos extraños. A partido único, sin público y con una temporada alargada en el calendario hasta el infinito. Desde 1987 no había un ratio de campeones tan bajo entre los cuartofinalistas (2/8) y desde 1991 no se habían presenciado una semifinales sin escuadras italianas, inglesas o españolas. El Bayern puede lograr su sexto título, empatar con el Liverpool (6) y situarse por detrás de AC Milan (7) y Real Madrid (13). Si gana el PSG será un nuevo club al que añadir al palmarés desde que el también proyecto millonario del Chelsea se coronase en 2012 al vencer en los penaltis, precisamente -otra vez-, al Bayern.

Veremos cual equipo y cuales jugadores desencantan la balanza, pero los focos apuntan a tres. En Francia todos los ojos estarán puestos en el parisino Kylian Mbappé. Si Mbappé hace un doblete las mentes pensantes de ‘France Football’ se rasgaran las vestiduras, ya que hace apenas un par de semanas se pegaron un tiro en el pie al anunciar que este año se dejaría desierto el palmarés del Balón de Oro. Con la liga francesa parada desde marzo y sin Eurocopa en el horizonte, no contaban con ver a algún gabacho triunfar en Lisboa.

Lo cierto es que las excusas fueron peregrinas. Que si la Copa de Europa se completa a un solo partido, que si no hay Eurocopa y que si no sabemos aún si volverán las ligas cuando llegue septiembre. Pero el caso es que sigue habiendo fútbol, y si no es Mbappé quizás sea Neymar el que se quede sin balón dorado. Por hambre y ganas, no hay futbolista que más lo reclame en esta burbuja lisboeta que el brasileño. Su nivel de compromiso con la Champions es inversamente proporcional al que demuestra en la Ligue 1.

La lógica dice que tanto Neymar como Mbappé tendrán otra oportunidad de ganar el Balón de Oro. No será ese el caso de Robert Lewandowski.

Estrella de una selección menor sin opciones en Mundial o Eurocopa, Lewandowski ha completado la temporada de su vida. Con 31 años, el polaco es el heredero de Lato y Boniek, y tiene en esta final la opción de coronarse como el gran ‘9’ de la última década. Alto, fuerte y corpulento, es capaz de encimar a los centrales y crearse su propio espacio en el área. Ostenta un sublime juego de espaldas y posee el instinto depredador necesario para completar segundas opciones. Es un ‘rara avis’, un ‘9’ de los que no quedan, pero, y ahí su excelso nivel, sabe dejarse caer a la banda, dispara con las dos piernas, juega al primer toque, ha aprendido a jugar de falso ‘9’ y posee una estética y una flexibilidad sólo comparable con la de Ibrahimovic.

https://www.youtube.com/watch?v=IF29f_FuveI

El Bayern puede ser el primer equipo de siempre en proclamarse campeón ganando todos y cada uno de los partidos. Si lo hace lo hará fiel a su estilo. A la alemana. Como un pegador sin compasión. Monótono y molesto, a la espera de dar la estocada. El PSG buscará la gloria a la parisina. Con prisas, con ruido y con insolencia. Pero también con belleza, con arte y con harmonía. A lo parisino. A lo Neymar.

“Si mi teoría de la relatividad resulta exitosa, Alemania me reclamará como alemán y Francia declarará que soy ciudadano del mundo. Si mi teoría resulta equivocada, Francia dirá que yo soy alemán y Alemania declarará que soy judío”. Albert Einstein.

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Cuando la UEFA eliminó las semifinales de la Liga de Campeones

Ya está aquí la Copa de Europa. La Liga de Campeones. La Champions. En agosto. A partido único. Extraño. Extraño en tiempos extraños. Pero no es la primera vez. Cuando la Copa de Europa pasó a ser la Liga de Campeones, a las cabezas pensantes de la UEFA les dio por innovar y durante un trienio crearon un formato de competición que, cuanto menos, podríamos calificar de curioso. En la temporada 1991/1992 y en la 1992/93 no hubo semifinales y en 1993/94 se disputaron a partido único.

Y todo por culpa del Estrella Roja.

Cuando el sueco Lennart Johansson accede a la presidencia de la UEFA en 1990 lo hace con la promesa de una profunda remodelación de la Copa de Europa. Desde su creación en 1955 el máximo torneo futbolístico europeo se había basado en el formato de ‘knock-out’, eliminatorias directas a doble partido hasta la disputa de una final en campo neutral. Esto implicaba que según los designios de la diosa fortuna dos gallos podrían enfrentarse en una ronda inicial y un equipo menor acceder con dicha a una ronda definitiva. Quizás el caso más paradigmático sea el de los eslovacos del Spartak Trnava, que en 1969 cayeron ante el Ajax en semifinales tras haber batido a los terribles y temidos Steaua de Bucarest, Reipas Lahti finlandés y al AEK Atenas.

La UEFA fue dirigiendo el sorteo en años posteriores estableciendo una ronda previa y creando cabezas de serie en la primera eliminatoria, pero seguía siendo inevitable que los gallos se enfrentasen antes de tiempo. Cuando en 1988 la Copa de Europa se quede sin Maradona en dieciseisavos de final tras caer su Nápoles ante el Real Madrid un trueno recorre los salones de la jefatura de la UEFA. Pero cuando en 1991 el Nápoles vuelva a caer antes de tiempo y el vigente campeón (AC Milan) ni siquiera consiga llegar a semifinales la decisión está tomada. Aquel año ganaría la Copa de Europa el Estrella Roja de Belgrado, un equipo menor, con jugadores semidesconocidos y que, para más inri, venció en la final al Olympique de Marsella, otro conjunto novato en esas lides.

Era inaceptable que los campeones de UEFA (Inter de Milan) y Recopa (Manchester United) de 1991 tuviesen más pedigrí que el de la Copa de Europa.

El Estrella Roja de 1991, último triunfo europeo de Yugoslavia
29/V/91.Crvena Zvezda

Para la campaña 1991/92 se introdujo un cambio en el formato. Se modificó el original de eliminatorias directas introduciendo dos liguillas en las que los vencedores de esos hipotéticos cuartos de final se disputaban el liderato para designar los participantes en la final. Lo que se buscaba era mayores ingresos de taquilla y televisión al aumentar los partidos y asegurarse de la presencia de los grandes equipos en las rondas decisivas. Se reducían las posibilidades de sorpresa y los cruces entre equipos menores e insulsos.

Así pues, y tras una eliminatoria de octavos de final, se conformaron dos grupos con cuatro equipos. En el primero de ellos la Sampdoria de Pagliuca, Mancini y Vialli se clasificó para la final al superar a Estrella Roja (vigente campeón), Anderlecht y Panathinaikos. En el segundo grupo fue el FC Barcelona el vencedor al prevalecer con suficiencia frente a Sparta de Praga, Benfica y Dinamo de Kiev. La UEFA tenía su final soñada. El campeón español contra el campeón italiano. Sería la primera Copa de Europa del Barça, la del legendario gol de falta de Koeman y la del apogeo del ‘Dream Team’ de Johan Cruyff y su equipo de ensueño.

Visto el éxito del formato, la UEFA decidió repetir experiencia para el curso 1992/93. Lo haría con nueva denominación. La Copa de Europa fenecía y daba paso a la Liga de Campeones. Se repitió el sistema de liguillas, pero hubo que añadir varias rondas previas para separar a la paja del grano. La desmembración del bloque soviético hizo aparecer una docena de nuevos países en el mapa europeo cuyos campeones ligueros reclamaban su sitio en la nueva competición. Con el nuevo sistema de cabezas de serie ninguno de esos nuevos países logró clasificarse para octavos de final donde, eso sí, el no ya tan modesto CSKA de Moscú eliminaba al FC Barcelona.

La 92/93 trajo un nuevo campeón. Se enfrentaron dos proyectos millonarios concebidos por dos megalómanos. Por un lado el Olympique de Marsella de Bernard Tapie que lideró el primer grupo y por otro el AC Milan de Silvio Berlusconi que hizo lo propio en el suyo. Francia contra Italia. Otros dos grandes mercados frente a frente. Y sería la primera, y hasta la fecha, única vez que los franceses se alzarían con la Copa de Europa con un equipo plagado de grandes futbolistas entre los que destacaban Barthez, Desailly, Deschamps, Boskic o Rudi Völler.

A pesar del éxito no faltaban voces que criticaban el nuevo formato. Los defensores de la tradición clamaban por una vuelta a las eliminatorias directas. Esos críticos fueron rápidamente callados vista la aceptación popular de la Liga de Campeones. Sin embargo, lo que era un suspiro generalizado es que volviesen las semifinales. Se podía aceptar las liguillas, pero no la ausencia de esa última ronda previa con el calor de la afición y plagada de momentos y remontadas épicas. Sin ir más lejos, el AC Milan se había clasificado para la final de esa temporada a falta de dos partidos para la conclusión de la liguilla. Y eso, era inaceptable.

Es por eso que para la edición de 1993/94 volvieron a instaurarse las semifinales tras el sistema de liguilla. Pero, y aquí estaba lo novedoso, se jugarían a partido único en el campo del primer clasificado de cada grupo. En el primero de ellos, el FC Barcelona se clasificó como líder y el AS Mónaco como segundo, quedando fuera el Spartak de Moscú y el Galatasaray (que en octavos había dado la campanada eliminando al Manchester United). En el segundo grupo, el primero fue el AC Milan, seguido del FC Oporto y quedando descartados el Werder Bremen y el Anderlecht.

Así entonces a finales de abril de 1994 tienen lugar las que hasta ahora habían sido las únicas semifinales de Copa de Europa o de Liga de Campeones a partido único. Fueron un visto y no visto donde los primeros de cada grupo cumplieron con los pronósticos. En el Camp Nou el Barça derrotó al FC Oporto (3-0) en una exhibición de carácter y juego de Hristo Stoichkov. En San Siro el AC Milan firmó idéntico resultado ante los monegascos en otra lección de seriedad y contundencia de los italianos. Semanas más tarde los ‘rossoneros’ barrieron al Barça en Atenas (4-0) y conquistaron su quinta Copa de Europa en una final que significó el punto y final del lustro legendario con el que el ‘Dream Team’ asombró al mundo.

La final no sólo significó el fin del ‘Dream Team’ sino el final del experimento. Tras dos años sin semifinales y un último con semifinales a partido único, la UEFA acabó encontrando la fórmula mágica que aunaba tradición y renovación. Para 1994-95, tras una ronda previa, se establecerían cuatro grupos con cuatro equipos, cada uno de ellos con sus cabezas de serie en función de un coeficiente previo. Los dos primeros de cada grupo se clasificaban para los cuartos de final y, tanto esta ronda como la de semifinales, se disputarían con sorteo puro y con el tradicional formato de ida y vuelta. Fue un éxito morrocotudo y más cuando el vencedor fue el Ajax, un equipo perteneciente a la realeza europea, pero que, plagado de adolescentes de diferentes razas, parecía adelantarse al futuro.

Con los años y con la aparición de la Ley Bosman, la Liga de Campeones fue aumentando los grupos hasta llegar a un máximo de ocho. También se fueron ampliando los participantes permitiendo la inclusión de los mejores clasificados en las ligas más potentes y poniendo trabas a los campeones de los países más modestos. Pero con mayor o menor número de conjuntos, y con mayor o menor número de rondas, lo que se ha mantenido inalterable es tanto la ronda de cuartos de final como la de semifinales.

Tan solo el extraño experimento de principios de los 90 y la pandemia del coronavirus han alterado la esencia y la belleza de la vaca sagrada del planeta fútbol.

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La Liga de 22

Con una negligencia sanitaria por un lado y una chapuza deportiva por el otro, a la hora de escribir este artículo la Liga de Fútbol Profesional (LFP) está inmersa en un batiburrillo de dimes y diretes que inexorablemente acabaran en una decisión de compromiso y en un cúmulo de denuncias. En Fuenlabrada, bien por desidia o bien bajo extorsión, Alicante (Elche), Madrid (Rayo), Soria (Numancia) o Coruña (Deportivo) esperan con ansia una solución que pusiese fin a la liga de Segunda que todavía se mantiene en parálisis por culpa del coronavirus. Desde Coruña, con una pizca de pánico, un cuarto de cabeza y un lote de corazón, se solicita una Liga de 24 recordando a la famosa ‘Liga de 22’, la, hasta el momento, gran chapuza del fútbol hispano.

‘La Liga de 22’ no es más que, como su propio nombre indica, un campeonato regular de 22 equipos. La particularidad radica en que las grandes ligas europeas se manejan en una horquilla de equipos que van desde los 16 hasta los 20. Superar la veintena no entra dentro de lo estipulado. Mas durante dos campañas, 1995-1996 y 1996-1997, la Primera División de España contó con 22 conjuntos, tras un rocambolesco verano donde la presión popular y mediática quebraron el dictamen de las leyes.

Pero antes de revivir aquel tumultuoso mes de agosto de 1995 conviene alejar un poco más el foco. En 1990 el Gobierno de Felipe González lanzó el proyecto de la conversión de los clubes deportivos profesionales en Sociedades Anónimas Deportivas (SAD). Esto implicaba un plan de saneamiento (con dinero público, por supuesto) que salvaguardara a unos clubes que estaban en el colapso financiero. Por entonces los futbolistas tenían dos sueldos, el oficial (A) y el extraoficial (B). En la práctica, los Lopera, Lendoiro o Gil siguieron haciéndolo en los 90, pero hasta la creación de las SAD era práctica común a todos los clubes sin excepción. Paulo Futre, estrella del Atlético a caballo entre los 80 y los 90, llegó a afirmar que cobraba en B el doble de lo que ganaba en A.

Únicamente aquellos clubes que en el trienio 1989-1992 hubiesen presentado balance positivo podían negarse a convertirse en SAD. Esto implicaba que seguían siendo propiedad de los socios, o, lo que es lo mismo, podían –y pueden- seguir siendo opacos con sus finanzas y no presentar cuentas de resultados a un consejo de administración. Fue el caso de CA Osasuna, Athletic de Bilbao, FC Barcelona y Real Madrid, aunque en el caso de los blancos, y según todos los indicios, gracias al beneplácito gubernamental, ya que sus cuentas habían sido debidamente maquilladas.

Para julio de 1992 todos los clubes de Primera y Segunda salvo los cuatro citados eran SAD. Otros, caso del Real Murcia o el CD Málaga, no lograron reunir los avales necesarios y fueron descendidos administrativamente. Así pues, las cuentas comenzaron a ser auditadas y los pagos en B eliminados. Y eso dio lugar a problemas. A enormes problemas. Las cuentas no salían. Por lo menos, las oficiales no salían. Además, los clubes tuvieron que invertir cientos de millones en modernizar sus estadios para sustituir las plazas de pie por los asientos, y todo ello con un contrato televisivo que aún era incipiente y estaba a años luz de lo que depararía el futuro.

Este complejo proceso tenía prevista su finalización en 1995. Ese año la LFP exigió a todos los clubes presentar un aval del 5% de su presupuesto para posibles deudas futuras antes del 1 de agosto de aquel año. La noticia bomba saltaba cuando al comenzar el mes se descubre que ni RC Celta de Vigo ni Sevilla FC han presentado dicho aval. La norma es clara. Si no se presenta el aval el club de turno descenderá administrativamente a Segunda División B.

El shock en Vigo y Sevilla es brutal, y contrasta con la alegría desmesurada en Albacete y Valladolid. Y es que esos dos conjuntos castellanos habían descendido a Segunda por deméritos deportivos, pero tras la resolución de la LFP se decide que se mantengan en Primera en detrimento de gallegos y andaluces.

El Sevilla FC reaccionó con rapidez y al día siguiente envió el aval correspondiente. En caso del RC Celta la respuesta fue mucho más tibia. Abdujeron desde Vigo que el aval estaba en camino, pero la realidad es que el tiempo pasó y nunca llegó. En todo caso, la LFP no admitió el aval sevillano al estar fuera de plazo. A la causa no ayudó la actitud de Luis Cuervas, presidente sevillista, que aquel 1 de agosto espetó a la prensa: “No hay cojones para echarnos”.

A partir de ahí el caos.

Sevilla FC y RC Celta decidieron acudir al Consejo Superior de Deportes (CSD) el cual remitió a los clubes a presentar una denuncia en los tribunales. La estrategia era clara, primero acudir a los tribunales deportivos y luego a los ordinarios, pero era una estrategia lenta. En menos de un mes tenía que empezar la temporada 1995/96 y la LFP decidió ponerse de lado y esperar a que las aguas volvieran a su cauce.

Llegó el día 3 y miles de personas salieron a las calles sevillanas y viguesas a mostrar su indignación. En la capital andaluza se cifraron en 30.000 los manifestantes y en la ciudad olívica en 25.000. Fue la mayor manifestación que hubo en Vigo en toda su historia. Ni en la Transición, ni en los duros 80 de la reconversión industrial de los astilleros, ni cuando el desastre ecológico del Prestige. Nunca tanta gente salió a la calle como para defender al RC Celta. Esto da para una pequeña reflexión acerca de la importancia social del fútbol, el poder de la masa y los estómagos agradecidos.

Donde caben 20, caben 22 - Odio Eterno Al Futbol Moderno
Portugueses dando las gracias al rey de los turcos

En esas movilizaciones llamaron la atención el apoyo de aficionados del Dépor y del Betis, rivales enconados de celtistas y sevillistas. El clamor popular era tal que Pérez Rubalcaba, por entonces ministro de la Presidencia, llegó a afirmar que “no se puede castigar a la gente”. El Gobierno, a través del CSD, presionó para la readmisión de los morosos, por lo que a la LFP no le quedaba más remedio que recular y readmitir a ambos equipos. Pero, y ahí el gran inconveniente, eso implicaba redescender a Real Valladolid y Albacete Balompié.

El mes de agosto transitaba y la solución parecía lejos de producirse. Para mayor dificultad ni Real Madrid ni FC Barcelona eran partidarios de una ‘Liga de 22’, dado que llevaban un par de temporadas reclamando la reducción de equipos a 18. En esas estamos cuando la LFP anuncia una sesión extraordinaria y televisada para el 16 de agosto.

Poco después del anuncio, las fuerzas vivas de cada ciudad se ponen en marcha. En Vigo, el Ayuntamiento fleta autobuses gratuitos para que unos 5.000 gallegos estén presentes en la sede de la LFP y hagan fuerza ante la salomónica decisión. En Sevilla se habla de “humillación” y de defender “un legado de abuelos y de padres” y se solicita a Renfe, a la Diputación de Sevilla y a la Junta de Andalucía que abonen billetes gratis para acudir a Madrid.

Con miles de fanáticos a las puertas, los presidentes de los clubes de Primera y Segunda acudieron a una reunión que se tornaba maratoniana. A pesar de que el apoyo a la ´Liga de 22´ no era mayoritario, la amenaza de indemnizaciones millonarias por parte de los patrocinadores y de las televisiones ante la suspensión judicial del inicio de la próxima Liga hicieron rectificar a la mayoría de los clubes, incluidos Real Madrid y FC Barcelona, a los que no les quedó más remedio que aceptar un trágala.

La imagen de la asamblea es la de Ramón Mendoza y Joan Gaspart, presidentes de Madrid y Barça, votando al unísono a favor de la ‘Liga de 22’ tras encogimiento de hombros y mueca de desagrado. Pero la actuación estelar fue la de José María Caneda, el histriónico presidente de la SD Compostela, que afirmaría en su intervención: “Los señores del Gobierno y del CSD son unos capullos. El Compostela no acepta, pero traga, pero que no nos la envaine Cortés Elvira (presidente del CSD) ni ningún capullo por ahí”. Destacada también la sentencia de la matriarca María Teresa Rivero, presidenta del Rayo Vallecano: “Como mujer y madre de familia numerosa votaré una solución que traiga paz, orden, bien social y entendimiento para lograr alegría y satisfacción para todos los patriotas”.

Por votación unánime la LFP decidió que los cuatro equipos (Sevilla FC, RC Celta, Real Valladolid y Albacete Balompié) se iban a mantener en Primera División. Fue una sesión dura y compleja en la que se creaba la ‘Liga de 22’. Esta cantidad de equipos se mantendría durante la temporada 1995-1996 y la 1996-1997, pero en esta última se decretó que descenderían un total de cuatro clubes de forma directa mientras que ascenderían dos. Para la 97/98 se volvería a la normalidad, pero desde entonces sería la Segunda División la que se quedaría con el sambenito de ‘Liga de 22’, a no ser que la propuesta del Dépor prospere y el sambenito se eleve a 24 conjuntos.

Por cierto, de los cuatro clubes implicados en aquella ‘Liga de 22’, tan sólo el Albacete Balompié descendería a Segunda al finalizar la temporada. Fue también la última temporada con límite de jugadores comunitarios y la primera en la que los jugadores llevaron un dorsal fijo en las camisetas. Y, para los niños y los coleccionistas, hubo que añadir un suplemento en el álbum de cromos de Panini para acomodar en el libro a los futbolistas de los 22 equipos.

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Evasión o victoria (2ª parte)

La idea de hacer ‘Evasión o victoria’ fue de John Huston. Si no hubiese sido por Huston la Paramount nunca hubiese dado ni un centavo para rodar una película futbolera. John Huston era por entonces un hombre camino del ocaso, uno de los pocos directores vivos que quedaban de la primera era dorada de Hollywood. Huston era el director de ‘El tesoro de Sierra Madre’, de ‘La reina de África’ o de ‘El halcón maltés’ y antes de morir aún le daría tiempo a dirigir ‘El honor de los Prizzi’. Huston también había ejercido de documentalista en la II Guerra Mundial plasmando para la eternidad algunas de las mejores imágenes que se han tomado del conflicto bélico.

Así que la pregunta es obvia. ¿Cómo un director como Huston se iba a embarcar en semejante proyecto?

Y es que a pesar de tener ascendencia europea, a Huston no se le conocía interés alguno por el fútbol. Lo que si tenía Huston era una profunda amistad con Pelé. ‘O Rei’, tan extraordinario futbolista como empresario, había abandonado años atrás el Santos FC para firmar por el New York Cosmos. La idea era pasar una jubilación tranquila para, según sus palabras, “elevar el potencial del fútbol de Estados Unidos”. La realidad era mucho más prosaica. Lo que iba a hacer Pelé en Nueva York era elevar en muchos millones de dólares su cuenta corriente.

El fútbol en Estados Unidos funcionó como una gaseosa y, tras una rápida expansión, en menos de una década caería en la bancarrota. Mas mientras el éxito fue la tónica, Huston conoció a Pelé y advirtió el filón que el fútbol representaba. Pensó que una película futbolera protagonizada por ‘O Rei’ sería un taquillazo y así consiguió venderle el proyecto a Paramount Pictures.

A Pelé, como no podía ser de otra forma, además de darle el papel de estrella del equipo le encargaron que organizase las secuencias de fútbol. Vamos, que fuese el coreógrafo del partido. Todos se pusieron a las órdenes de Pelé, incluido el doble de Michael Caine, que debía de tener dos pies izquierdos, porque tuvo que ser doblado en las escenas llamémoslas de riesgo. Pelé se guardó para sí la icónica escena del gol de chilena, una inoportuna lesión que no le impide ser el mejor del partido y unos cuantos regates de más en el centro del campo.

Pero era ‘O Rei’. Tampoco era cuestión de discutirle nada. Y más cuando la famosa chilena, rodada con una cámara panorámica, la finiquitó en dos tomas idénticas rodadas en distintos ángulos.

Como para llevarle la contraria.

Para los futboleros lo más doloroso de la película era Stallone. Para empezar no era europeo, era estadounidense. Ya lo dice él mismo al poco de iniciarse la película, no tiene ni idea de que es el fútbol. Pero es que sin Stallone no hubiese habido película. Por entonces Sylvester Stallone era una estrella emergente del cine. Había triunfado con ‘Rocky’, no sólo como actor sino como guionista, y aún no había rodado su primer Rambo, por lo que aún no había sido encasillado como machaca ochentero. La Paramount fue clara con Huston. Puede salir Pelé y pueden salir futbolistas famosos, pero sin Stallone no hay película.

El problema para Huston es que si el personaje de Stallone (Robert Hatch) reconocía no saber lo que era un balón de fútbol, el propio Stallone se negaba a admitirlo. Al poco de iniciarse el rodaje apostó 1.000 dólares de la época a Pelé a que conseguía pararle cinco penaltis de diez intentos.

Por supuesto no paró ni uno.

Consiguió tocar el balón una vez.

Y se rompió un dedo.

Stallone exigió todas las comodidades habidas y por haber (que no eran excesivas, pues la película se rodó en la Hungría comunista) y ni siquiera se juntaba con Michael Caine o Von Sydow por considerarlos actores de segunda fila, cuando realmente eran mucho mejores que él. Aprovechaba los descansos en el rodaje para fletar un vuelo privado y viajar a Londres o París. Mientras, Michael Caine rápidamente congenió con los futbolistas, y famosos se hicieron sus anocheceres a base de whisky junto a Booby Moore o Mike Sumerbee.

Los futbolistas. Quizás antes de continuar sería bueno explicar a los menos profanos en la materia quienes eran los futbolistas. Y es que no eran poca cosa (para más detalles ver la ficha técnica del partido en la primera parte del artículo).

Había ex futbolistas. Gente que rondaba los cuarenta y que a lo sumo llevaban dos o tres años retirados. Estaba Pelé, del que considero que no hace falta añadir nada, porque en tal caso no tiene sentido que una persona se acerque a la lectura de este blog. Estaba Bobby Moore, capitán de la selección inglesa campeona del Mundial de 1966 y considerado uno de los mejores centrales de la historia. También el inglés Mike Sumerbee, un centrocampista con una sólida carrera en Inglaterra, de una notable exquisitez técnica, pero más amigo de la mala vida que del balón. Paul Van Himst fue hasta la aparición de la generación de Hazard la gran leyenda del fútbol belga, cuatro veces ganador de la Bota de Oro e insignia del Anderlecht, por entonces un grande del fútbol europeo. Por último estaba Co Prins, un delantero holandés atípico que formó parte de las primeras andanzas del Ajax de Cruyff, pero que decidió cambiar la gloria por el dinero y hacer carrera en Estados Unidos.

Entre los futbolistas en activo estaban Osvaldo Ardiles (campeón del mundo con Argentina en 1978 y estrella del Tottenham), Kazimierz Deyna (uno de los mejores centrocampistas del mundo en la década de los 70 y líder de Polonia en el Mundial de 1974), el noruego Hallvar Thoresen (máximo goleador extranjero en la historia de la liga holandesa y capitán del PSV Eindhoven) y el danés Soren Lindsted (tres veces máximo goleador de su país).

Como se puede observar, y exceptuando a Bobby Moore, hubo una querencia por los jugadores de ataque.

¿Y qué pasa con los alemanes? La escuadra nazi estuvo formada por jugadores húngaros semi profesionales, con la excepción del número 4, el defensa central Baumann, interpretado por Werner Roth. Éste había nacido en Yugoslavia, pero había emigrado de niño a Estados Unidos donde se convirtió en el futbolista más importante de su país en la década de los 70.

Ok. Tenemos a los nazis formados por chicos húngaros a los que se le añadió un futbolista estadounidense. Y tenemos a los Aliados capitaneados por Pelé. Pero si añadimos a la pléyade de estrellas del balón a Michael Caine y a Sylvester Stallone sumamos un total de 11 futbolistas. No obstante, en toda película que se precie hay que añadir una pizca de tensión y unos cuantos giros dramáticos. Y eso en el fútbol son unas lesiones, un arbitraje fraudulento y un par de cambios.

Hacían falta unos cuantos suplentes.

Así que aprovechando un viaje a Inglaterra, uno de los productores de la película se acercó al este del país para acudir a un entrenamiento del Ipswich Town, un modesto conjunto de la Premier dirigido por Bobby Robson. Tras departir con el técnico se pidió voluntarios para salir en una película de Hollywood. Contaban con el visto bueno del club, porque tan sólo tendrían que rodar unas escenas durante un par de días. Así entonces, John Wark (un mediapunta escocés con una sólida carrera en Inglaterra y que acababa de ser elegido futbolista del año en la Premier) y Russell Osman (fornido central con 11 internacionalidades con Inglaterra) se unieron al equipo de los Aliados, mientras que Robin Turner y el portero Laurie Sivell hicieron lo propio con el de los nazis.

Los Aliados estaban formados por futbolistas de distintos países, todas ellas naciones en guerra con los nazis. Tras la caballeresca disputa entre Colby (que representa a un militar que en su juventud había sido futbolista del West Ham) y Karl von Steiner (“Los países deberían resolver sus diferencias en un campo de fútbol” –llegará a decir-), da comienzo la preparación para el partido y la consabida fuga. Una vez solventado el problema de conseguir que los presos alcancen una buena condición física (“como oficial y como caballero está obligado a darme una posibilidad de ganar” –le suelta Colby a von Steiner-), el inglés debe conseguir incorporar al deslenguado Hatch al equipo y convencer a los oficiales británicos que consideran un deshonor jugar un partido frente a los nazis.

Cine en familia, Evasión o Victoria un clásico que tienes que v...
Stallone, Caine, Pelé y Huston

Hatch es igual de coñazo en la ficción como Stallone en la realidad. Se empeña en entrar en el equipo para poder fugarse a pesar de no tener ni idea de jugar. Al final descubren que tiene gran habilidad como portero, por lo que le dan un puesto como guardameta suplente. Pero Hatch no entiende de honor e intenta fugarse antes del partido. Acabará en una celda, por lo que habrá que simular la lesión del portero titular para que von Steiner acepte liberarlo y pueda jugar el partido.

Por el camino veremos sesiones de entrenamiento un tanto histriónicas y hasta un poco de pizarra, que Luis (Pelé) solventará haciendo un dibujito en el que él recibe el balón y se encarga por sí mismo de llevarlo desde el centro del campo hasta la portería rival. Pero la apoteosis se da cuando reciben las equipaciones. Preciosa camiseta blanca con una inmaculada franja vertical con los colores azul, blanco y rojo de la libertad, de la Revolución Francesa. La zamarra de ‘Evasión o victoria’ es una habitual en los listados de las camisetas más hermosas en la historia del fútbol. Pero ni siquiera los nazis le iban a la zaga, vestidos de negro y mangas blancas con medias rojas, en clara similitud al patrón en la elástica del Arsenal, uno de los mejores conjuntos del mundo antes del inicio de la II Guerra Mundial.

Camiseta de Evasión o Victoria Pelé | Retrofootball®
Oh Lá Lá!

Como en la primera parte de este artículo ya se hizo ‘spoiler’, se haya o visto no la película ya se sabe cómo termina. Tras firmar un 4-1 desalentador en el descanso, los Aliados deciden no escapar y salvar su honor como futbolistas aún a costa de sus vidas y a pesar de Hatch, al que Luis tendrá que implorar casi de rodillas que continúe jugando, que más importante que la libertad es acabar aquel partido. Al final acabaran remontando para empatar (4-4), lo cual no será ápice alguno para que consigan escapar y recobrar su libertad al más puro estilo Hollywood.

Durante la media hora de metraje de partido hay lugar para todo. Desde un Stallone preguntando donde se tiene que poner para atajar un córner, un ramillete de entradas violentas de los alemanes que cuentan con el visto bueno del árbitro, un Brady (Bobby Moore) marcando un gol de cabeza como si de un delantero centro se tratase, un estadio con 50.000 almas cantando la Marsellesa mientras los MP40 les apuntan a la cabeza, y hasta a Stallone parando un penalti en versión ‘Rocky’. Pero por supuesto lo mejor es Pelé. Desde su icónico gol de chilena, hasta sus regates con caños incluidos y con el brazo encogido, fruto de una violenta tarascada en el primer tiempo.

La película es la única que ha conseguido describir con cierta similitud las vivencias y la belleza de un partido de fútbol. Y por eso le perdonamos los fallos, las horteradas y hasta las ñoñerías. Como cuando vemos al oficial von Sydow emocionado en el palco, cuando observamos que el público de Colombes viste con vaqueros acampanados y camisas de cuello elefantino como si de ‘Fiebre del sábado noche’ se tratase o como cuando observamos esos entrenamientos, digamos de tercera o cuarta regional, al son de la fanfarria de la música de Bill Conti.

Al final no hubo ni evasión ni hubo victoria. Huston, un director al que le encantaban hacer películas llenas de perdedores, decidió que no habría nada. Tras el empate de Pelé hubo que darle la gloria final a Stallone, y ahí quedó el partido. 4-4. Ni vencedores ni vencidos. Pero era lo de menos. ‘Evasión o victoria’ emociona. Como en la paradoja del gato de Schrödinger, damos por hecho que logran escapar aunque no llegamos a verlo. Caine, Stallone, Pelé y compañía fueron capaces de hacernos vibrar a partes iguales como espectadores de cine y como aficionados al fútbol. Esa fue su gran victoria.

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Evasión o victoria (1ª parte)

Fútbol y cine son como agua y aceite. Sí, hay un buen puñado de largometrajes que tienen el deporte del balón como argumento principal. Desde ‘Quiero ser como Beckham’, ‘Goool’, ‘Kes’, ‘Once pares de botas’ o la legendaria ‘Victory’, o lo que es lo mismo ‘Evasión o victoria’. Incluso hay películas que si bien no tienen el fútbol como eje sí que se sirven de él para trazar una historia. En la oscarizada ‘Volver a empezar’ José Luis Garci, tan apasionado del cine como del fútbol, cuenta la historia de un ex jugador del Sporting de Gijón que se marcha al exilio tras la Guerra Civil y que vuelve a España cuarenta años más tarde convertido en Premio Nobel de Literatura.

Pero lo cierto es que fútbol y cine nunca han casado. El inventario puede ser amplio, pero la calidad no le acompaña. En un principio las artes escénicas siempre renegaron del fútbol. El deporte perennemente ha sido visto por la izquierda como un pasatiempo creado por las élites para tener entretenido y alienado al pueblo. Para la derecha el cine es concebido como un lugar turbulento, contestatario y contracultural. Ha tenido que pasar más de una centuria para que esas aristas se hayan moldeado –que no eliminado- y que fútbol y cultura hayan decidido dejar de mirarse de lado.

Pero hay una causa de fuerza mayor que hace dificultosa la unión de los dos grandes elementos de ocio de nuestro tiempo. Y esa no es otra que la belleza.

Jean Luc-Godard consideraba que “en la avalancha de imágenes filmadas aparece la estrella y su gloria, no el hombre y su miseria”. Quizás el cine pueda reflejar las ansias de una grada enfervorizada, la pasión de los niños frente a sus ídolos o el afán de superación de una chica que derriba muros que parecían inquebrantables. Puede que a través del fútbol se expliquen problemas sociales o políticos, hechos históricos, dramas o amores de adolescencia. Puede. Pero lo que el cine no ha podido lograr es captar la belleza y la pureza del juego.

Hay grandes películas que captan la esencia del baloncesto, el béisbol, las carreras de coches y, especialmente, el boxeo. El género pugilístico ha dado maravillas al séptimo arte. Todos estos deportes tienen la particularidad de la congelación del tiempo. Son deportes que viven del reloj. El cine puede expandir o contraer a su antojo el espacio-tiempo para dirigir el foco al momento esencial que quiere resaltar.

En las películas de fútbol hay un derrumbe general cuando el cineasta se adentra en la belleza del juego. El fútbol es un deporte corrido en el que el único orgasmo es el gol. La incertidumbre del fútbol estriba en saber si entrará o no entrará la pelota. El cine puede estirar esa secuencia hasta el infinito, pero lo que es incapaz de lograr es recrear toda la atmósfera, toda la tensión y toda la incertidumbre que se produce hasta que llega ese momento mágico. De hecho el fútbol es de los escasos deportes, sino el único, que es capaz de mantener su ser incluso si el resultado se torna en inamovible.

Quizás la dificultad estribe en que se juega con los pies, y los pies están a años luz de la cara, que es el más importante de los utensilios de trabajo de un actor. O tal vez el problema es que el fútbol es tremendamente coral y las estrellas se difuminan en la pantalla. O igual es que al ser un deporte poco agraciado en Estados Unidos nunca haya sido tomado en serio por Hollywood. Pero el caso es que fútbol y cine no consiguen filmar una verdadera obra de arte.

Si bien ninguno de estos infructuosos intentos ha logrado pasar a la posteridad con una retahíla de premios, hay una película que está grabada a fuego en las mentes de todo buen aficionado al fútbol. Y lo cierto es que en ‘Evasión o Victoria’ el juego tampoco es bello o armonioso, de hecho, abundan las escenas cómicas más propias de un juego infantil que de un partido a vida o muerte.

‘Evasión o victoria’ es una historia de presos que preparan una gran fuga, con la particularidad de que la fuga va a ser perpetrada mientras se juega un partido de fútbol. La película se asemeja en temática, escenarios y hasta en el tipo de música a ‘La gran evasión’, un drama bélico que convirtió a Steve McQueen y a su motocicleta en estrellas mundiales. Pero la particularidad de ‘Evasión o victoria’ es que se trata de una buena, una muy buena película en la que se juega al fútbol. Es una señora película. El director es John Huston (2 premios Óscar y 12 nominaciones) y los actores principales son Michael Caine (2 premios Óscar y 4 nominaciones) y Sylvester Stallone (3 nominaciones).

Pero es que además, y aquí está el intríngulis, actuaban Bobby Moore, Paul Van Himst, Osvaldo Ardiles o Kazimierz Deyna. Para los menos puestos en historia fílmica e historia futbolística es como si hoy dirigiese ‘Evasión o Victoria’ Martin Scorsese, actuasen Daniel Day-Lewis y Bradley Cooper y la película contase con los participación especial de Sergio Ramos, Kevin de Bruyne, Paul Pogba o Mohamed Salah.

Y también actuaba Pelé.

Camisetas para la historia. 'Evasión o Victoria': la mejor ...
Los Aliados

— EVASIÓN O VICTORIA —

‘Evasión o victoria’ está basada en hechos reales. En 1942 lo que hoy es Ucrania estaba ocupada por la administración nazi. Entre los miles de prisioneros se encontraban varios ex jugadores del Dinamo de Kiev, el equipo de fútbol más importante del país. Ocho de aquellos futbolistas constituyeron un club denominado FC Start al que pronto se incorporaron otros prisioneros. Empezaron a jugar encuentros contra sus carceleros cosechando victoria tras victoria. Con cada uno de esos triunfos se corría la voz entre la población ucraniana y se socavaba la autoridad alemana.

Tras siete derrotas consecutivas, los gerifaltes nazis decidieron formar un equipo con los mejores jugadores disponibles dentro de las filas del ejército. La idea era localizarlos entre la flor y la nata militar, para así poder derrotar a aquellos futbolistas de élite que ahora parecían esqueletos en movimiento. Antes de comenzar el choque, el oficial de las SS al mando advirtió a los ucranianos de que o se dejaban vencer o acabarían todos fusilados. A pesar de la terrible advertencia, los jugadores del FC Start saltaron al campo, se negaron a realizar el saludo nazi y se dispusieron a llevarse la victoria. Los ucranianos ganaron el partido por 5-3 con el beneplácito del público y la ira de las autoridades nacionalsocialistas.

Una semana más tarde la Gestapo detuvo a todos los jugadores acusándolos de ser espías soviéticos. Fueron enviados a un campo de concentración de los que únicamente tres de ellos sobrevivirían al fin de la II Guerra Mundial. Después, y aunque los propios sobrevivientes jamás se declararon comunistas, la URSS se apropió de la historia y la hizo suya como ejemplo de lucha ante el nazismo.

En ‘Evasión o Victoria’ la historia está dulcificada. Ambientada en un campo de prisioneros en el año 1943, el oficial alemán Von Steiner (Max von Sydow) decide organizar un encuentro de fútbol y rememorar los tiempos anteriores a la guerra cuando era un famoso futbolista alemán. Con ese propósito convence al inglés John Colby (Michael Caine) para que organice y entrene a un equipo entre los prisioneros. Colby acepta, pero exige que, en virtud del honor y de la justicia deportiva y para garantizar una igualdad de oportunidades, sea imprescindible aumentar las raciones de los prisioneros. Von Steiner, que encarna el estereotipo del militar de la Wehrmacht que aborrece a los nazis (el mito del nazi bueno), acepta gustoso en una muestra de decencia y caballerosidad.

Es entonces cuando los prisioneros, liderados por el estadounidense Robert Hatch (Sylvester Stallone), planifican una fuga que tendría lugar en el descanso del encuentro. El choque se iba a disputar en el parisino recinto de Colombes, por entonces un majestuoso estadio que en 1938 había albergado la final del Mundial. Para la fuga contarán con la ayuda de la resistencia francesa liderada por Reneé (Carole Laure), quien es la encargada de dirigir la excavación de un túnel de escape en los vestuarios del estadio.

Evasión o victoria (1981) - Filmaffinity
Cartel original de la película

A pesar de que en el descanso los aliados van perdiendo con claridad (4-1) y de que la fuga está preparada, los chicos se auto convencen de la victoria y consideran que, más allá de sus vidas, lo que está en juego es su honor, por lo que deciden no escapar y volver al césped para lograr la victoria. En un final hollywoodiense, la parada de un penalti de Hatch y un precioso gol de chilena de Luis (Pelé) hacen que el resultado pase de un posible 5-3 a favor de los alemanes a un grandilocuente 4-4. El público que abarrota el estadio, y que poco antes entonó la marsellesa a grito pelado con un palco lleno de oficiales nazis (clara mención a ‘Casablanca’), invade el terreno de juego y en el tumulto los futbolistas aprovechan para escapar dando por concluida la película.

‘Evasión o Victoria’ fracasó en Estados Unidos pero se convirtió de inmediato en un éxito de taquilla en Europa y buena parte de Sudamérica. Recaudó el triple de lo que había costado. Fueron cerca de dos horas de metraje de los que 30 minutos se dedicaron al partido de fútbol. Era 1981. Cada cierto tiempo la rumorología habla de una segunda parte o de un ‘remake’ con los ídolos del momento. Pero el caso es que casi cuatro décadas más tarde no se ha vuelto a hacer una película futbolera tan exitosa como ‘Evasión o victoria’.

Y eso que para llevarla a cabo hubo que superar unas cuantas vicisitudes.

Pero eso queda para la segunda parte.  

Como aperitivo, os dejo con la ficha técnica del partido.

—FICHA TÉCNICA—

Estadio de Colombes (París) 15-VIII-1943. 50.000 espectadores. Tarde soleada.

ALEMANIA 4-4 ALIADOS

Alemania

1. Schmidt (Laurie Sivell)

2. Kuntz

3. Reinhardt

4. Baumann

5. Kuntz II

6. Kuntz III

7. Becker

8. Kuntz IV

9. Bronte

10. Schmidt (Robin Turner)

11. Albrecht

Aliados

1. Robert Hutch (USA) Sylvester Stallone

2. Michael Fileu (BEL) Paul Van Himst

3. John Colby (ING) Michael Caine

4. Pieter van Beck (HOL) Co Prins

*sustituido en la segunda parte por Gunnar Nilsson (NOR) Hallvar Thoresen

5. Dough Clure (ING) Russell Osman

6. Terry Brady (ING) Bobby Moore

7. Arthur Hayes (ESC) John Wark

*sustituido en la segunda parte por Paul Wolchek (POL) Kazimierz Deyna

8. Carlos Rey (ARG) Osvaldo Ardiles

9. Sid Harmor (ING) Mike Sumerbee

10. Luis Fernández (GBR) Pelé –Aunque brasileño, en la película Pelé hace de súbdito de una de las colonias del Imperio Británico

11. Eric Borge (DIN) Soren Lindsted

Goles

1-0 (min.14) Albrecht

2-0 (min.35) Bronte

3-0 (min.31) Baumann, de penalti

4-0 (min.41) Albrecht

4-1 (min.44) Brady, tras centro de Borge

4-2 (min.52) Rey, tras driblar a medio equipo alemán

4-3 (min.76) Clure, tras rechace del portero

4-4 (min.88) Luis en una preciosa chilena

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La tardía juventud de Tony Book

Anthony ‘Tony’ Book nació en Bath, una preciosa ciudad inglesa de origen romano, en 1934. A los cuatro años dejó aquella localidad para moverse a otro lugar idílico como era la India gobernada por el Imperio Británico. Allí pasó su infancia mientras su padre combatía a los japoneses en la jungla de Birmania. Fue en tierras asiáticas donde comenzó a jugar al fútbol con balones hechos a base de retales y cosidos con cuerdas. Entre patada y patada aprendía a matar serpientes con tirachinas y a bosquejar un poco de birmano, hasta que, con 11 años, regresó con sus padres a Bath para seguir con sus estudios.

Fueron breves, los estudios, porque Tony Book no iba a ser disciplinado como su padre. Dejó la escuela y a los 16 años empezó a trabajar primero como minero y más tarde como albañil, a la vez que repartía patadas como defensa del equipo de fútbol de su ciudad. Bath puede ser Patrimonio de la Humanidad, pero en fútbol es un despojo humanitario. El Bath FC es un equipo amateur que suele deambular en categorías regionales. Allí estuvo Book durante una década con una aventura extravagante de unos meses en Canadá a donde fue a probar fortuna y encontrar un trabajo mejor y de paso fue elegido como mejor jugador de la modestísima liga canadiense de fútbol.

A su regreso a Inglaterra, con 30 años de edad, Tony Book firmó su primer contrato profesional con el Plymouth FC. Ojo. Que nadie piense que era la élite. Era la tercera categoría del fútbol inglés. Por vez primera Book iba a cobrar por jugar al fútbol, pero era una cantidad ínfima. De lunes a viernes Book seguía acumulando ladrillos y argamasa mientras se subía al andamio.

La suerte para Book es que el entrenador del Plymouth FC era Malcolm Allison, que un par de temporadas más tarde fue contratado por el Manchester City como nuevo técnico. El City, que no era ni la sombra de lo que es hoy, acababa de ascender a la Premier pero buscaba un nuevo entrenador y una revolución en su plantilla para afrontar el ascenso. Así pues Allison llegó al conjunto de Manchester y solicitó la incorporación de Book, por entonces con 32 años y sin ninguna experiencia en la élite del fútbol inglés. Para ello técnico y jugador tuvieron que urdir una treta; falsificar la partida de nacimiento de Book y restarle un par de años para que el City accediese a firmarle un contrato de larga duración.

Aun así, la directiva del City se negó a financiar el fichaje y Allison tuvo que poner su cargo a disposición del club si la contratación no se hacía efectiva. Finalmente en la temporada 1966/67 Tony Book debutaba en la Premier con 32 años y dejaba la paleta para siempre.

Al año siguiente, soplando las 33 velas, ya era el capitán del equipo.

El Manchester City ganó la Premier. La segunda en toda su historia. Book jugó como titular todos los partidos.

Para celebrarlo la directiva del City acordó una gira por Estados Unidos para el verano de 1968. Por entonces se creía que el fútbol en Estados Unidos era el nuevo Santo Grial y se estaban sentando las bases para crear una liga profesional. Tras un encuentro amistoso, los jugadores contaban con un día libre y Book se propuso explorar los encantos de Nueva York. Cogió un taxi y en mitad del trayecto oyó por la radio la noticia del asesinato de Bobby Kennedy, hermano del ex presidente y entonces candidato del Partido Demócrata a la presidencia de Estados Unidos. Al parecer el taxista, alarmado por la noticia, sufrió una conmoción y perdió el control del taxi que saltó de la carretera para empotrarse contra un camión de refilón y, tras el golpe, convertir en chatarra un semáforo.

Book salió ileso. Hacía tiempo que su ‘baraka’ había cambiado.

En la siguiente campaña, en la pretemporada 1968/69, Tony Book se fracturó el talón de Aquiles y el equipo naufragó estrepitosamente. Volvió para jugar los últimos cuatro meses de campeonato y ayudar a su equipo a ganar la FA Cup en el estadio de Wembley.

Fue nombrado jugador de la temporada. Y nunca fue internacional. Demasiado viejo, le decían.

George Best, el ‘bon vivant’ que acababa de ganar el Balón de Oro y la Copa de Europa con el Manchester United, definió a Book como el mejor defensa contra el que jamás se había enfrentado. Tony Book contaba entonces con 35 primaveras. Hacía escasamente un lustro seguía subido a un andamio.

La temporada siguiente el Manchester City disputó la extinta Recopa, una competición europea en la que participaban los equipos que habían ganado los torneos coperos en su país la temporada anterior. Para llevarse el título tuvieron que eliminar al Athletic o al Schalke 04 antes de superar al Gornik Zabrze en una de las finales europeas más descafeinadas de siempre. El City se convirtió en el primer equipo inglés en ganar un trofeo europeo y nacional (la Copa de la Liga) en la misma temporada. Book alzó ambos trofeos como capitán del equipo.

Book se retiró en 1974 a los 40 años de edad. Exprimió al máximo una carrera que había comenzado a los 32 años. Nada más retirarse se le ofreció el cargo de director deportivo del club. Apenas estuvo un puñado de temporadas en el cargo antes de dejarlo por aburrimiento. Nunca le gustaron ni los trajes ni los despachos. Aun así le dio tiempo a contratar a Kazimierz Deyna, extremo polaco de relumbrón y figura hollywoodiense en ‘Evasión o vitoria’.

Por entonces acometer la tarea de fichar a un futbolista de un país comunista era una ardua faena. Para empezar, el jugador de turno tenía que haber cumplido la treintena. Una vez que sus mejores años habían pasado, los gobiernos comunistas podían permitir aventuras al extranjero si los méritos a la patria del futbolista eran adecuados. Deyna, campeón olímpico y máximo goleador en Múnich 1972, y uno de los artífices de la fenomenal actuación de Polonia en el Mundial de 1974 donde alcanzaron las semifinales, cumplía a la perfección con estos requisitos. El otro inconveniente residía en que todos los futbolistas del Este eran miembros del ejército. Eran falsos amateurs y al no poderles darles un sueldo se les asignaba un cargo militar con el que accedían a diversos beneficios materiales.

Book hubo de negociar no sólo con el Legia Varsovia, el equipo de Deyna, sino con la cúpula del ejército polaco. Una vez se acordó el montante económico los polacos exigieron un moderno equipamiento tecnológico del que no disponían…fotocopiadoras… Por suerte Book seguía teniendo la ‘baraka’ de su lado. Apenas un par de años antes se había instalado en Manchester una filial de la empresa japonesa ‘Brother’. La multinacional que hoy produce impresoras o máquinas de realidad virtual, había nacido creando máquinas de coser y por aquel entonces lideraba el mercado de las primitivas fotocopiadoras. Book usó su don de gentes para cerrar el trato y logró el traspaso de Deyna a cambio de un importante suministro de material de oficina. Y no sólo eso. Fruto de aquel acuerdo ‘Brother’ se convirtió en el patrocinador principal de la camiseta del City durante más de una década cuando la FA permitió el establecimiento de la publicidad en la indumentaria deportiva.

Tras la marcha de Book de los despachos, el City se hundió y deambuló lejos de la Premier hasta que los millones del petróleo lo han convertido en el equipo de moda. Hoy aquel albañil nacido en Bath es un verdadero caballero inglés que camino de los 90 años sigue asistiendo a todos los encuentros de su equipo –coronavirus mediante- desde su asiento como presidente de honor del Manchester City.

Exclusive interview: Manchester City's 1969 FA Cup winner Tony ...
Book y su legendario 1969

Tony Book sigue disfrutando de su tardía juventud.

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Brasil del 70 (50 aniversario) 2ª parte

No hay discusión. El Brasil del 70 realizó la mejor fase final que nunca se ha hecho en un Mundial de fútbol. Fue un fogonazo sin continuidad. ¡Pero qué fogonazo! Hay quien dice que el fútbol que España realizó en el Mundial de Sudáfrica de 2010 se le asemejó. Pues no. España tocó y enamoró, pero no concretó. Brasil fue un terremoto. Tocó, enamoró y concretó. España jugó a lo ancho, Brasil a lo ancho y a lo largo. El Brasil del 70 lo ganó todo y nunca se dudó de su victoria. Vapuleó a todos. 6 de 6. 19 goles a favor y 6 en contra. Y todo esto venciendo a tres campeones del mundo (Inglaterra, Uruguay e Italia) incluyendo entre ellos al que entonces era el vigente vencedor. España ganó 6 de 7. 9 goles a favor y 2 en contra y tan sólo derrotó a Alemania entre los triunfadores mundiales. Pero lo más relevante es que aunque España tiñó el campo de flores nunca transmitió la suficiencia que mostró Brasil.

Brasil sedujo, convenció y conmovió con la pureza de un argumento sencillo. Una dicotomía basada en el toque de balón y en la combinación ofensiva. La simplicidad del juego, el jugar e improvisar, se convirtieron en creación y belleza. El equipo de los cinco dieces. De los cinco mediapuntas. Jairzinho, Pelé, Tostao, Gerson y Rivelino. Todos ellos sostenidos por Clodoaldo, un imberbe de 20 años que ejercía de patrón de barco. Y es que por delante de Clodoaldo sólo había magia. Quizás semejante despropósito ofensivo no hubiera ganado una Liga, pero en un campeonato corto formaban una colección de ases indestructible.

Primer partido. 3 de junio. Estadio Jalisco de Guadalajara. Una bomba que superaba siempre los 30 grados de temperatura con una humedad procedente del Pacífico que cortaba la respiración. El primer partido del grupo era una repetición de la final de 1962. Brasil-Checoslovaquia. Los europeos habían declarado no tenerle miedo a la ‘canarinha’ abduciendo que Pelé estaba en la cuesta abajo de su carrera. Y lo cierto es que al poco de comenzar Brasil tocó y tocó hasta que le llegó el balón a Pelé que, a puerta vacía, envío el balón al segundo anfiteatro. Luego Petras le rompió la cintura a Brito y puso el 0-1 en el marcador a los diez minutos.

Fue un espejismo. Los acabados eran los checoslovacos. A partir de entonces Brasil fue un terremoto. Minutos más tarde Pelé cae en la media luna del área. Todo el mundo espera el lanzamiento de Pelé, pero es Rivelino el que dispara un misil con la zurda que se cuela en la base del poste izquierdo de la meta defendida por Ivo Viktor.

Con el 1-1 llegó una muestra de fragancia de ‘O Rei’. Pelé se había percatado de que Viktor tenía tendencia a salir del área, algo inusual en los porteros de entonces. Así que antes de pisar la línea del centro del campo, a unos 60 metros de distancia, Pelé quiso comprobar cuanto de miope tenía. Imprimió al balón la fuerza necesaria, pero el esférico se marchó lamiendo el palo derecho del portero. Fue prodigioso. Nunca antes se había visto algo semejante en un partido de tal envergadura. Y si antes alguien lo hubo hecho no tenía la televisión para darle pábulo. Fue el primer no-gol de Pelé en ese Mundial. Todo un shock. “Desgraciadamente el balón rozó el palo, pero el grito de aprobación del público lo compensó”, señaló Pelé al acabar el choque.

La segunda parte fue un baño de juego brasileño que se saldaría con otros tres goles, uno de Pelé y dos de Jairzinho, el segundo de ellos tras un fenomenal disparo cruzado tras salvar las tarascadas de tres defensores.

Rivelino (11) formaba la media izquierda junto a Gerson. Era el hombre de la visión de juego, los regates y sobre todo el libre directo. Zurdo. Ser zurdo es al fútbol como nacer con una barra de pan en la punta de la bota. Dicen que tras un partido, mientras los jugadores se relajaban en la piscina de su hotel de Guadalajara, apareció Pelé. Tostao, Gerson y Rivelino se miraron entre sí como diciendo a ver cómo podían picar a ‘O Rei’. De repente Rivelino gritó: “Oye, ¿a ti te gustaría haber nacido zurdo, no?”, mientras los demás se meaban de la risa. Y es que Pelé era dios, pero Pelé era diestro. Rivelino tenía una siniestra asombrosa que convertía mandarinas en obuses. Su forma de golpear era tan ingeniosa que en plena Guerra Fría fue bautizada como ‘patada atómica’. De Rivelino se recordarán sus faltas, su bigote y su elástica, un regate hecho con piernas de chicle y botas de gelatina. Ronaldinho, antes de Ronaldinho.

Segundo partido. 7 de junio. Estadio Jalisco de Guadalajara. Otra tarde tórrida. Se jugaba al mediodía, tarde-noche en Europa. Cosas de los derechos televisivos. Brasil-Inglaterra. Los dos gallos del grupo luchando por el primer puesto. Inglaterra era el vigente campeón mundial.

La prensa inglesa no escatimó elogios: «Debía estar prohibido jugar un fútbol tan bello», clamaron los periódicos ingleses por los recitales de toque, movilidad y las incorporaciones sorpresivas de Carlos Alberto y Everaldo en los laterales. “No se escribe P-E-L-É, se escribe D-I-O-S”, clamó otro rotativo. Ese partido fue la prueba más fehaciente de que Brasil era todo coordinación, estética y hambre de victoria. Inglaterra, la gran Inglaterra de Moore y Charlton, puso el autobús. No fue un partido de fútbol, fue un frontón. Una humillación de clase y juego que se vio acolchada porque la ‘canarinha’ sólo consiguió anotar un gol.

Pero menudo gol. Tostao se atrae a tres ingleses, caño a Bobby Moore incluido, centra al punto de penalti y Pelé, con un control sublime y un giro de tobillo, tira a otros tres ingleses al suelo, hasta que aparece un Jairzinho que, acostumbrado a escabullirse en los arrabales de Río, no lo iba a tener complicado para sacar el cuchillo ante aquellos victorianos.

Antes, en la primera parte, vimos otro momento icónico del Mundial. Jairzinho centró desde la derecha y Pelé se elevó a los cielos para realizar un perfecto remate picado de cabeza. Entonces, de la nada, apareció Banks, que con un escorzo felino desvió el balón por encima del larguero. Aquella es considerada la parada de la historia, porque si ya de por sí era complicada, lo que es incomprensible es como Banks consiguió despejarla por encima del larguero cuando la lógica dictaba que el balón quedase muerto dentro del área.

Tostao (9) era técnicamente perfecto. Zurdo, como no. Lo tenía todo. Regate, visión de juego, coraje, personalidad, imaginación y disparo. Era un estilista. Tenía permiso para comprar la careta de Pelé en una fiesta de disfraces. Pero no le dio tiempo. Meses antes de iniciarse el Mundial, con apenas 22 años, Tostao recibió un balonazo en un ojo que le causó un desprendimiento de retina. Tuvo que ir a operarse a Estados Unidos y al Mundial llegó medio ciego. No necesitaba más que un ojo para sentar cátedra, pero tras cinco intervenciones quirúrgicas tuvo que quitarse la careta de Pelé con solo 26 años. Tostao fue, pero pudo haber sido.

Tercer partido. 10 de junio. Estadio Jalisco de Guadalajara. Más calor. Brasil está clasificada. Toca jugar un trámite ante Rumanía. Es el partido más flojo del Mundial. La ‘canarinha’ sale con exceso de confianza y se rompen con facilidad sus pocas costuras defensivas. Gana 3-2 en un partido sin historia. El choque da para ver como Pelé anota un gol de falta calcando la posición y el disparo de Rivelino ante Checoslovaquia. Aquí mando yo, parece que exclama. También sirve para que Jairzinho anote un doblete. Es su cuarto gol en el Mundial. Acabará con siete, siendo el primer y único jugador que ha anotado en todos y cada uno de los partidos de un Mundial desde la inauguración hasta la final.

Jairzinho (7) era el más terrenal de los cinco. Tuvo que sustituir a Garrincha tanto en el Botafogo como con Brasil, y eso hace terrenal a cualquiera. Era un huracán que se comía la banda a bocados y que tenía un disparo demencial que convertía a los porteros en mantequilla. Solía pegarse a la línea de cal y tras una finta disparar un fastuoso tiro cruzado a pierna cambiada. En México alcanzó el clímax de su carrera porque de los ‘cinco dieces’ era el único que estaba a gusto con la posición asignada.

Cuartos de final. 14 de junio. Estadio Jalisco de Guadalajara. Del calor ya no hablamos más. Brasil-Perú. El mejor partido de todo el Mundial. Ataque y más ataque. Pelé contra Cubillas. Dos equipos que no sabían defender. Fue un festival de juego, paredes y regates por parte de ambos equipos. Hubo 49 tiros a puerta entre los dos conjuntos. El entrenador del mejor Perú de la historia (Chumpitaz, Sotil, Cubillas) era Didí, una leyenda del fútbol brasileño que había ganado el Mundial de 1958 compartiendo delantera con un jovencísimo Pelé.

Cuando uno contempla un resumen del choque (4-2) ve que los goles de Rivelino, Tostao (2) y Jairzinho son preciosos (así como los de Perú, con la inestimable ayuda de Félix), pero más lo son las jugadas que los preceden y las que no acaban en gol. Al poco de empezar hay una clásica jugada de Pelé que mata el balón con el pecho al borde del área tras un pase perfecto de Gerson, usa la rodilla como guante para tumbar a un defensor, y, sin bajar de revoluciones, remata a la base del poste. No es gol. Pero de repente aparece Pelé para pasar por encima de un defensor e intentar revivir la jugada con un taconazo. ¡Qué más da que no fuese gol! «Si un marciano preguntase qué es el fútbol, un vídeo del partido Brasil-Perú del Mundial de México de 1970 lo convencería de que se trata de una elevada expresión artística», diría el escritor escocés Alastair Reid.

Gerson (8) era otro genio, y como genio que era, también era zurdo. Aportaba la pausa, la cautela, pero fundamentalmente el carácter. De los cinco dieces Gerson era el que tenía el carácter más agrio, el que reñía y vociferaba cuando el golpeo no era el adecuado. Le llamaban papagayo porque no paraba de graznar y protestar ejerciendo de profesor tanto fuera como sobre el tapete. Era el delineante del grupo. El que con escuadra y cartabón colocaba suavemente el balón a los pies de su dueño. Atacado por las lesiones se perdió un par de partidos, pero reapareció ante Perú y ya lo jugó todo hasta la final.

17 de junio. Semifinales. Estadio Jalisco de Guadalajara. Brasil-Uruguay. Era la primera vez que ambos conjuntos se enfrentaban en un Mundial desde el ‘Maracanazo’. Había tensión. Muchísima tensión. La junta militar exhortó a los futbolistas para ganar. Los periodistas estaban muy encima, y el sentir de la afición y de los jugadores denotaba miedo. Uruguay era competitividad pura. Ya en el sorteo de campos los uruguayos se pusieron a gritar la palabra Maracaná para sembrar el terror en la ‘canarinha’. Brasil comenzó el partido de forma irreconocible, dando malos pases y sin imponerse en el juego. Y Uruguay domina físicamente, con dureza y patadas, y también en el marcador.

En el minuto 19 Brasil comete un error en la entrega y en un rápido contraataque Uruguay se adelanta. Por primera vez se ve a los brasileños discutiendo entre ellos. Los nervios afloran mientras las patadas se suceden permitidas por el árbitro español Ortiz de Mendibíl (el de los tebeos de Zipi y Zape). Pero en el descuento del primer tiempo Clodoaldo sube al ataque, algo que nunca hacía, y tras una pared con Tostao anota el empate. 1-1. Gol psicológico.

A partir de ahí cambia el partido. Brasil vuelve a ser Brasil en la segunda parte. Controla el juego, imprime velocidad y actúa con inteligencia. Primero Pelé ataca cual gacela dejando con hambre a varios leones, hasta que suelta el balón para que Jairzinho anote. Y luego en el 89 se adentra dentro del área, para el tiempo y decide que sea Rivelino el que ajusticie a Uruguay. 3-1 y a la final.

Y en el descuento la apoteosis. El otro no-gol. Con Uruguay volcado al ataque Tostao lanza un contraataque. Pelé va a recibir el balón ante la salida de Mazurkiewicz, pero en vez de tocar el esférico decide dejarlo pasar como si fuese el hombre invisible. Pelé lleva el circo al fútbol y decide rodear a Mazurkiewicz en vez de encararlo. Vuelve hacia atrás para rematar su obra, pero otra vez la diosa fortuna considera que la imperfección es más bella que la perfección. Es el arte sin gol. “A lo mejor Pelé falló el gol porque yo le forcé a escorarse”, replicaba un dolido Mazurkiewicz al finalizar la semifinal. Hasta tres impactos dejó Pelé para la posteridad en México 70, pero ninguno acabó en gol.

Pelé (10) era la poesía. Era el fútbol hecho hombre. Contaba con diversas velocidades. En la primera era capaz de romper las defensas cual cuchillo. En la segunda tenía la capacidad de parar el tiempo e hipnotizar a los rivales con giros inclasificables de su tobillo. Dicen que una vez le preguntaron a Menotti como se podía marcar a Pelé, y el técnico argentino contestó; “con una tiza”. Pelé dejó para el recuerdo algunas de las jugadas más inverosímiles que se han visto en un campo de fútbol y la sensación de que su juego pervivirá en la inmortalidad. El hombre de los 1.000 goles es más recordado por sus no-goles que por los que convirtió. En aquel Mundial los hizo de falta, de cabeza, con la derecha y con la izquierda, pero inconformista, siempre dijo que los hubiese cambiado todos por hacer anotado una chilena en un Mundial.

21 de junio. Final. Estadio Azteca. México Distrito Federal. El coloso de Santa Úrsula. 110.000 almas. Hace calor, pero menos. Brasil-Italia. Dos selecciones luchando por ser el primer país con tres títulos del Mundial. La noche anterior tocó rezar. Pelé fue también el impulsor de una tradición que aún hoy en día mantiene la ‘canarinha’. Ferviente católico, Pelé promovió que todos los días tras la cena se realizara una oración de forma conjunta. Nunca se hacía un rogo sobre el fútbol. Siempre era por un familiar enfermo, un amigo o los más necesitados. No era obligatorio, pero creyentes o no, acabaron todos formando parte del ritual.

Italia llegó a la final tras una extenuante semifinal ante Alemania. Fachetti, Riva, Mazzola y compañía llegaban al último partido fieles a su estilo, de menos a más y con una fe defensiva granítica. A los transalpinos les encomendaron seguir a ‘los cinco dieces’ hasta a los vestuarios si fuese necesario. Catenaccio a muerte. Comenzaron fuertes y tuvieron dos buenas ocasiones en el primer cuarto de hora, hasta que un mal centro de Rivelino es convertido en gol de cabeza por Pelé. Burgnich, que era el hombre que estaba con ‘O Rei’ en esa jugada, lo explicó así: «Saltamos juntos, pero cuando yo estaba en la tierra, él seguía en el aire. Yo había pensado para darme ánimo: Pelé es de carne y hueso, como yo. Estaba equivocado». Pelé cayó del cielo para batir a Albertosi y poner el 1-0. Poco después Clodoaldo hace una frivolidad en el centro del campo, pierde el esférico y Boninsegna empata el partido. Quedaba toda la segunda mitad, pero a Italia se le había acabado la gasolina.

Los 45 minutos finales fueron una exhibición ‘canarinha’. «Italia se enfrentó a monstruos de otro planeta. Auténticos tiranos del fútbol que juegan a ritmo de samba”, escribió ‘La Stampa’. Las marcas se aflojaron y el primero que quedó libre fue Gerson. De los cinco genios era el menos temido por los transalpinos, por lo que Gerson jugó la segunda parte a placer dando pases milimetrados a diestra y siniestra. Con un precioso tiro desde fuera del área puso el 2-1 en la final. Luego, ya con Brasil jugando a placer, vendría el 3-1 por parte de Jairzinho.

Y quedaba el fin de fiesta del 4-1. Un gol que era puro ‘jogo bonito’. Una hermosa jugada colectiva que se inició en defensa y en la que sólo faltó que el balón fuese acariciado por un jugador de banquillo. Tras tocar y tocar el balón, el cuero le llegó a Pelé que paró el tiempo y deslizó el esférico a su derecha. La imagen queda en pausa. Uno, dos, tres. A los tres segundos aparece una estampida por el carril derecho que tras un derechazo descomunal ponía el 4-1 definitivo. Era el gol de Carlos Alberto, un gol legendario que culminaba una actuación legendaria.

El Brasil del 70 jugó un fútbol digno de las ganas de fiesta de su gente para lisonjear el primer Mundial en color de la historia. Un periodista carioca entró al vestuario brasileño de rodillas y pidió perdón a toda la plantilla a lágrima viva por sus críticas a los futbolistas antes del Mundial. “Cuando llegó el Mundial nos encontramos todos números diez. Entonces tuvimos que adaptarnos para poder jugar juntos. Y todo salió a la perfección. Conformamos la mejor delantera de la historia del fútbol brasileño y creo que del mundo,” declaró Jairzinho.

Los ‘cinco dieces’ del Brasil del 70 perforaron las redes rivales. Jairzinho fue el máximo goleador del Mundial con 7 tantos, Pelé metió cuatro, Rivelino conquistó tres, Tostao hizo dos goles y Gerson anotó uno. Todos brillaron, pero el astro más resplandeciente del firmamento fue Pelé. Camino de cumplir los 30 años dio su último recital y se consolidó como el mejor jugador de todos los tiempos para la mayor parte de los expertos y el único con tres títulos mundiales en su palmarés.

 “Con aquel equipo hubiésemos ganado tres Mundiales más seguidos. No había jugadores como Pelé, Tostao, Jairzinho, Rivelino o yo. No los ha habido y no los va a volver a haber nunca”. Gerson.

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Brasil del 70 (50 aniversario) 1ª parte

Abril de 1970. Faltaban apenas un par de meses para el inicio del Mundial de México y la selección brasileña se disponía a jugar su penúltimo partido de preparación en Sao Paulo. El rival era la débil y desconocida selección de Bulgaria. Se esperaba una plácida y fácil goleada. El resultado final fue de 0-0, mismo marcador que el cosechado quince días antes en otro amistoso ante Paraguay. Las sensaciones no eran buenas. Pero la gota que colmó el vaso no fue el empate, sino que en aquel encuentro de preparación el seleccionador Saldanha dejó en el banquillo a ‘O Rei’ Pelé.

Hace justo ahora medio siglo una fugaz aparición en el planeta fútbol expresó la técnica en términos renacentistas. El Brasil del 70 es al fútbol lo que Picasso a la pintura o Mozart a la música. Hipérboles de los amantes del balón, pero que no son más que la admiración por un equipo que hizo del juego colectivo algo extraordinario a través de maravillosas individualidades. Su famosa delantera formada por cinco dieces era un conjunto de virtuosos técnicos enamorados del gol. Brasil desplegaba un juego que hoy en día sería considerado lento, pero con un nivel de desarrollo y confección de las jugadas estéticamente perfecto. Era hipnótico ver como los brasileños acariciaban el balón incluso cuando lo golpeaban con fiereza.

El Brasil del 70 es para algunos el mejor equipo de la historia del fútbol. Es mucho decir, porque, como nos hemos cansado de repetir en este blog, no es coherente comparar distintas épocas. Además, entre la prematura retirada de Pelé y las lesiones que castigaron a Gerson y a Tostao, ese equipo de ensueño no tuvo continuidad. Lo que sí que se puede decir sin discusión es que es el Brasil del 70 es el conjunto que ha unido la victoria con el brillo y la estética de forma más hermosa.

Al mito del Brasil del 70 lo ayuda la perfección del Mundial de México. Un Mundial único. Y es que México 70 representa el juego del fútbol más puro que se ha visto por plasticidad y por ejecución, junto a un nivel técnico superlativo. Todo era nuevo, todo era hermoso. Era la primavera del fútbol. Se usaron por primera ocasión las tarjetas para beneficiar a los futbolistas de ataque. Consintieron dos sustituciones por equipo, otorgando mayor riqueza táctica al juego y oxigenando a los futbolistas fantasistas. Se retransmitió el Mundial a color y vía satélite por vez primera, y se diseñó un bellísimo balón de fútbol de nombre Telstar compuesto por hexágonos blancos y pentágonos negros que desterraría al baúl de la historia a la bola de cuero de color marrón tradicional.

Preciosas también eran las camisetas de juego que inauguraron una década icónica y rompedora. Aquellos cuellos anchos, melenas al viento y ese color tan puro que percutía en el iris de la gente a través del televisor diseñó algunas de las indumentarias más recordadas del fútbol. Las primeras zamarras proporcionadas por marcas oficiales y que lucían resplandecientes en color y con la preciosa luz del verano mexicano. Nunca antes se habían fabricado camisetas diseñadas para evitar la acumulación de transpiración en el cuello. Elásticas hechas a medida como si de un traje de tweed se tratase.

Y por supuesto Mexico 70 fue el Mundial del partido del siglo. Una agónica victoria en la prórroga de Italia ante Alemania en una electrizante semifinal. La epopeya más grande jamás vista en cerca de cien años de historia de los mundiales de fútbol.

Pero volvamos al mes de abril de 1970. Al partido de Brasil ante Bulgaria. ‘O Rei’ saltó al campo en la segunda parte con el número 13 en la espalda. Si la suplencia ya hacía daño, lo del número 13 era de juzgado de guardia. Daba la sensación de que los jugadores, los mismos que en la fase de clasificación pasaron por encima de sus rivales, le hacían la cama al seleccionador. La prensa estalló. Se acusaba a Saldanha de loco visionario, pero también se culpaba a los jugadores por falta de carácter y por tener actitud de divos. Gerson, uno de los acusados, fue taxativo: “Este Mundial lo va a ganar Brasil. La única manera de que no lo ganemos será rompiéndole una pierna a Pelé, un brazo a Tostao, la cabeza a Rivelino o quebrando mis rodillas”.

Tres días después Joao Saldanha era destituido y se elegía como seleccionador a Marío Zagallo.

¿Qué había pasado?

Pelé y Brasil habían fracasado en 1966. ‘O Rei’ acabó el campeonato cosido a patadas y, viendo que la generación victoriosa de 1958 y 1962 se apagaba, decidió dejar la selección brasileña. 1966 fue el año en el que anotó menos goles. Apenas tenía 26 años, pero daba la sensación de que estaba cansado y había perdido la magia por el juego.

Por entonces Pelé era un animal de circo explotado por el Santos. En una ocasión el Santos FC realizó una gira por África con parada en Nigeria. Los nigerianos estaban enfrascados en una guerra con Biafra, una región que proclamaba su independencia. Fue llegar Pelé al país e inmediatamente se decretó una tregua de una semana para que ‘O Rei’ y su equipo pudiesen realizar la gira. Más estrambótico fue la parafernalia que rodeó a Pelé el día en el que marcó su gol número 1.000, con una cantidad de festejos que harían palidecer al carnaval de Río.

En aquellos años Brasil estaba regido por una dictadura militar. Como había restricción de libertades, el fútbol era uno de los pocos campos donde la crítica era libre. Y había motivos para criticar. No sería hasta 1968 cuando Pelé decidió volver, pero aun así Brasil no carburaba y pocos daban como favorita a la ‘canarinha’ para el Mundial de 1970. Uno de los más críticos era Joao Saldanha, un polémico ex entrenador y ahora periodista de filia comunista. Joao Havelange, entonces máximo mandatario de la federación brasileña, creyó que si le daba el cargo de seleccionador acallaría las críticas, e hizo suya la máxima bélica de que si no puedes con tu enemigo lo mejor es unirte a él.

Pelé nunca fue un hombre de política. Dicen que la diferencia entre Brasil y Estados Unidos, los dos países desarrollados más poblados del mundo con mayor porcentaje de población negra, radica en que los primeros tienen un deporte común para todos y los segundos tienen cosificados sus deportes según la raza. El caso es que el fútbol en Brasil es religión, y aun habiendo problemas raciales, existe un consenso comúnmente aceptado de que su éxito reside en que está ajeno de polémicas. Pelé siempre siguió al dedillo esa máxima. En su vocabulario sólo hubo fútbol. “Llegó donde los negros nunca llegan, pero nunca regaló un minuto de su tiempo ni nunca se le cayó una moneda del bolsillo”, dijo de él Eduardo Galeano.

Saldanha se reunió con Pelé y ofreció el reinado absoluto. Le juró que sería el alma del equipo como siempre había sido y le prometió un juego ofensivo total. También le dijo que al haberse establecido las tarjetas los defensas no serían tan duros. Pero lo que cambió la idea de ‘O Rei’ fue la posibilidad de ser el primer futbolista en ganar un tercer Mundial y poder hacerlo disputando todos y cada uno de los partidos. En 1958 empezó como suplente y tanto en 1962 como en 1966 acabó lesionado al poco de comenzar el torneo.

Brasil se clasificó para el Mundial arrasando a Paraguay, Colombia y Venezuela en la fase eliminatoria. Sumó 23 goles en 6 partidos. Faltaba aún un año para el Mundial pero parecía que todo marchaba sobre ruedas.

El problema radicaba en que Saldanha era una mosca cojonera. Y a una mosca le encanta la mierda. Empezó a soltar declaraciones gratuitas a la prensa. Se decía que los futbolistas eran tan buenos que jugaban solos (lo cual no era del todo incorrecto) y que se había vendido a los gerifaltes de la federación brasileña. Así que empezó a decir lindezas. Primero sostuvo que Leao, el portero suplente, era un deformado y tenía los brazos cortos. En otra ocasión criticó los actos de rabia de Gerson y le recomendó públicamente que fuera a un psicólogo. Pero la traca fue cuando dijo que Pelé ofrecía un bajo rendimiento porque era miope. Pelé ya era miope cuando con 17 años asombró al mundo en el Mundial de 1958 pero, ahora, siempre según Saldanha, su miopía le impedía rendir a buen nivel.

Y Saldanha tenía otro problema a mayores. En una entrevista, el general Medici, presidente de Brasil, manifestó que su jugador favorito era Darío, un delantero del Atlético Mineiro que aquella temporada había anotado más goles que el mismísimo Pelé. Cuando fue preguntado si Darío iría al Mundial, Saldanha fue rotundo: “El presidente dirige al país y yo dirijo a la selección”.

Así que cuando a Saldanha le da un ataque de entrenador y decide poner de suplente a Pelé ante Bulgaria ya había cavado su propia tumba. Mario Zagallo sería el nuevo técnico.

— LOS CINCO DIECES —

Zagallo había sido campeón del mundo en 1958 acompañando a Pelé en la delantera y también había resultado victorioso en 1962, aunque relegado ya al rol de suplente. Zagallo era un hombre honesto pero inexperto en tácticas, y escogió como segundo a un veinteañero desconocido, pero obseso por el fútbol, llamado Carlos Alberto Parreira, y que décadas después sería un célebre entrenador. El caso es que Zagallo tenía la autoridad moral y la cercanía necesaria para mandar sobre aquellas estrellas, pero también sabía que a las estrellas no se les manda. En medio de un ambiente enrarecido, y a escasas semanas del inicio del Mundial, Mario ‘Lobo’ Zagallo llamó a seis de sus jugadores a una habitación del hotel Das Palmeiras de Río de Janeiro. Jairzinho, Gerson, Pelé, Tostao, Rivelino y Clodoaldo. Los cinco cracks y el cerebro. Y allí, tras un par de horas de debates técnicos, se produjo el gran pacto. Los cinco dieces de Brasil jugarían todos juntos para formar la delantera más célebre y temible de todos los tiempos. El talento de Jairzinho se desplazaría al extremo derecho, Pelé de interior derecho, Tostao de punta, Gerson de interior izquierdo y Rivelino en el costado izquierdo. Clodoaldo, que era un ciclón y había pasado unas semanas en la NASA aprendiendo técnicas límites de entrenamiento, quedaría relegado a labores de contención.

Era una revolución. Eran cinco mediapuntas creativos y goleadores que ocupaban la misma posición en sus clubes y realizaban el mismo papel de líderes y genios. Eran cinco dieces. Pelé en el Santos, Gerson en el San Paulo, Tostao en el Cruzeiro, Rivelino en el Corinthians y Jairzinho en el Botafogo. Todos eran ‘10’. Eran cinco galácticos.

El esquema era simple, que no es lo mismo que sencillo. En la portería estaba Félix, que como buen portero brasileño del siglo XX era de todo menos buen portero. Los laterales eran más bien extremos profundos que aguijoneaban continuamente los costados del enemigo. Por la derecha percutía Carlos Alberto, un malabarista de técnica exquisita que además ejercía de capitán tanto en el Santos de Pelé como con la ‘canarinha’. Carlos Alberto era por la derecha lo que años después sería Roberto Carlos por la izquierda. Por la siniestra penetraba Everaldo, más disciplinado defensivamente, pero igual de molesto en la ofensiva. En el centro de la zaga se mostraba Piazza, que en realidad era un volante pero que en el Brasil del 70 iba a ser un central que rivalizaría en clase con Beckenbauer. Su acompañante era Brito, el jugador más criticado de toda la selección, porque era el más parco en técnica. Brito era contundente y duro y aportaba la fiereza que todo grupo necesita.

Por delante, con toda la zona ancha para sí, se situaba Clodoaldo, el de la NASA, que tenía la obligación de ejercer de apagafuegos mientras los laterales atacaban sin cesar. Tostao quedó como el delantero centro, sacrificando su creatividad para jugar de pivote, continuamente de espaldas, ejerciendo de fijante de los centrales. Pelé alternaba de organizador y de delantero, realizando funciones de interior derecho e inmolando su posición de hombre dominante en detrimento de Gerson, que ejercía la misma función desde el centro o desde el carril izquierdo. Jairzinho, escorado a la banda, fue el más feliz de todos, porque Rivelino tenía que pisar el freno cada vez que intentaba asomarse a la zona de creación.

(ABAJO) Jairzinho, Gerson, Tostao, Pelé y Rivelino

Brasil formó una estructura invencible. Tan sólida e impenetrable y de una potencia ofensiva tan descomunal que hasta podía haber jugado sin arquero.

En la citada reunión en el hotel Das Palmeiras se determinó también que Carlos Alberto sería el capitán, y que todas las decisiones que se tomasen tendrían que estar aprobadas tanto por él, como por Pelé y por Gerson. Un trío que sería conocido como ‘los cobras’. Cualquier disposición que tomase Zagallo debería contar con el beneplácito del trío elegido.

Cuentan que en una de las primeras noches que la selección pasó concentrada en México antes del inicio del Mundial, ‘los cobras’ pidieron permiso a Zagallo para hablar. Éste accedió y se dispuso a escuchar. Hubo un debate filosófico de varias horas con el objetivo de concienciar al grupo de la importancia del reto, del objetivo de lograr que Brasil fuese el primer país en lograr tres títulos mundialistas. Pero no lo iban a conseguir de cualquier forma. Debatieron sobre fútbol. Según ‘las cobras’ había tres tipos de fútbol; el físico, el resultadista y el fútbol arte, el llamado ‘jogo bonito’. Expresaron que ganarían realizando un fútbol arte, y que, de ninguna manera, iban a cambiar de estrategia.

Pasaron tres semanas en México para acostumbrarse a la altura y al calor. En general todo fueron risas y buen ambiente, pero como en toda buena historia hubo un momento desagradable. Una mañana se despertaron con la noticia de la detención de dos venezolanos que la noche anterior fueron cazados preparando el secuestro de Pelé. Pasado el susto, volvió la alegría.

Zagallo había formado un equipo de genios, pero ahora esos genios tenían que funcionar cual línea de ensamble. Jarzinho, Pelé, Tostao, Gerson y Rivelino, todos ellos números ‘10’, todos ellos mediapuntas, que tenían que demostrar una coordinación y una capacidad de adaptación extraordinarias en apenas 540 minutos de juego.

El Brasil del 70 fue un cometa fugaz que pervive en el recuerdo y al que se le espera su regreso. Ningún otro equipo dejó tal marca en tan poco tiempo. Una disposición táctica única que tuvo que prescindir del delantero centro para ser una trama ofensiva inigualable. Y es que Zagallo no tenía los arrestos de Saldanha y convocó a Darío. El punta del Atlético Mineiro se proclamaría campeón del mundo, eso sí, sin llegar a disputar ni un mísero segundo en todo el Mundial.

Pero eso, quedará para la segunda parte.

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La Liga del asterisco

Pues al final hay Liga. A la hora de escribir este artículo apenas faltarán seis días para que se inicie el primer partido de una de las once jornadas que se van a comprimir en apenas 40 días. Será la Liga del asterisco, porque, sea el que sea el campeón, siempre habrá un borrón en el historial. Al menos en el palmarés no habrá un vacío, suceso inaudito y mayoritario en buena parte de las competiciones deportivas, y que nos retrotraen a tiempos de guerra, miseria y hambre en los que el ser humano tenía que hacer lo indecible sólo para poder comer, dormir y vestirse.

La Liga del asterisco será la Liga de la nueva normalidad. Un fútbol distinto. Un fútbol para ciegos, donde el sonido recobra diversos matices. Los gritos de rabia, el golpeo de balón o el crujir de los postes. También las indicaciones de los técnicos. Se trata de un fútbol envuelto en papel de burbuja, frágil, pero agradable al tacto. Extraño, propio a estos tiempos extraños. Con los suplentes fuera del banco, expectantes en las trincheras, cubriéndose la cara con la mascarilla a la espera de que el capitán del batallón los mande al frente a lidiar en la guerra bacteriológica. La ausencia de los saludos chocando las manos o de los abrazos al celebrar un gol serán jueces de un fútbol con sabor a cloroformo.

Así es porque así tiene que ser. Después de todo simplemente es fútbol, lo más importante de lo menos importante. Y aun siendo extraño e insólito, seguirá habiendo pasión, disparos implacables, carreras meteóricas, goles imposibles, tensión en las áreas y pases milimétricos.

La Bundesliga nos ha dado varias pistas de cómo va a ser esta Liga tan distinta. El factor campo dejará de tener importancia. En Alemania sólo hubo tres victorias locales en las tres primeras jornadas tras el coronavirus. 3 triunfos caseros en 27 partidos. No existe ni el local ni el visitante. No existe el duodécimo hombre, ni el miedo escénico, ni los pitos ni los abucheos.

Tampoco los gritos racistas.

El fútbol fue el primer deporte que entendió que tener aficionados fieles era un filón deportivo y económico. Desde una posición salvaje a una acomodada, el número de seguidores ha ido creciendo de forma ininterrumpida durante siglo y medio. El factor campo hace décadas que dejó de ser trascendental, pero el templo aún conserva buena parte de su mística y de su importancia. En la Liga de la temporada pasada, FC Barcelona (59%) y Real Madrid (55%) sacaron más puntos al calor de su afición que en campo ajeno, y eso a pesar de que las dos transatlánticos del fútbol español hace mucho tiempo que vitorean con la misma eficacia en cualquier ruedo.

No era así cuando la Liga se puso en marcha en 1929. Había campos más anchos y otros más estrechos y había notable diferencia entre jugar entre el barro y las charcas del norte y los campos pelados y el polvo del sur. Aún en tan tardía fecha como 1960 los equipos de casa ganaban cerca del 70% de los partidos. Pero no sólo era el estado del césped. Por entonces los aficionados estaban encima de los límites del campo, saltaban a menudo al terreno de juego cuando había una jugada conflictiva y la masa se presentaba de pie y amenazante asustando a rivales y a colegiados. Y peor aún. Había que viajar. Hoy los traslados de ciudad en ciudad se han atenuado. A mediados del siglo pasado ir de Coruña a Barcelona o de Oviedo a Granada era una odisea de un par de días de suplicio, entre brinques de autocar, ausencia de entrenamiento y noches en vela en vagones de tren.

Ante la deserción del factor campo, es la hora de los campeones del mundo de los entrenamientos. Jugadores que hasta ahora nunca habían existido. Es el momento de genios desconocidos que no soportan la presión. La hora de jóvenes canteranos o imberbes fichajes que no acusaron gritos ni miradas de acoso.

En esta Liga del asterisco es de esperar que el sheriff gane y el forajido pierda. Los intangibles, la garra o la pillería desaparecen. En la Liga del asterisco la calidad marcará más que nunca las diferencias. Que un campo sea vertical y que haya poca distancia entre las gradas y el césped es irrelevante. Desaparecen los partidos importantes en los que cuando el cansancio llega toque el correr por vergüenza torera. No. No habrá excitación, solo silencio. La fuerza inspiradora que hace inmune al cansancio se sustituirá por la frustración.

La calidad brotará sin cortapisas. Amanecerá el futbolista vanidoso, el que no necesita valeriana para jugar sin estrés. Será difícil tomar conciencia de lo que se está jugando. Desaparecerán de la escena los futbolistas que apenas entrenan pero que salen al ruedo como toros, con la adrenalina hasta los topes al escuchar el rugido del público. Habrá más goles, más boquetes en el centro del campo fruto del cansancio y más errores defensivos al bajar la intensidad y la concentración. Será más divertido para los que hagamos ‘sillón-ball’.

Pero la ausencia de público no solo afectará a los jugadores. La nueva normalidad inquietará sobremanera a los árbitros. En la Bundesliga se ha comprobado que el número de infracciones se ha reducido notablemente. La ausencia de exaltación y la rebaja de revoluciones perturban por igual a los rugidos del público como a la intensidad de los futbolistas. El árbitro no saltará asustado por los truenos y aullidos del respetable. Y poco o nada podremos decir los periodistas sobre si tal o cual decisión ha estado influenciada por el ambiente.

En el momento de ponerme a escribir aún se estaba debatiendo si incorporar a los estadios aficionados virtuales o de si permitir el acceso a la carne y al hueso aunque con aforo limitado. Lo que si se ha aprobado es un plan de cánticos enlatados con una sesión ‘remember’ con los ánimos e ínfulas más entonados en cada estadio. Además de rellenar el silencio, el plan de gradas enlatadas permitirá remediar la ansiedad de los clubes ante la posibilidad de que el aficionado conozca los secretos de entrenadores y jugadores. Fue a mediados del siglo pasado cuando los productores televisivos idearon un conjunto de risas enlatadas para insertar en las series y así hacer más llevadera la soledad de quien ve la televisión en la penumbra de la noche o del invierno.

En definitiva, la Liga del asterisco será una Liga con menos disputas, menos ritmo, más creatividad, más estrategia y con una fuerte dosis de fortaleza mental. Será también un fútbol con cinco cambios. Para los que vimos un fútbol con límite de extranjeros, porteros amasando el balón para perder tiempo y rectángulos de juego de los que podrían salir unos cuantos kilos de patatas, se nos antojan demasiados. Pero para los que en vez de escudriñar el espejo para tapar las primeras canas se plantan delante del cristal recordando tiempos mejores, será el acabose. Pero es lo que hay en unos tiempos de miedo y precaución. Mucha precaución. Habrá que confiar que lo de los cinco cambios sea una de esas cosas de la nueva normalidad que dejen de existir cuando vuelva la normalidad.

¿Y por qué el fútbol sí y los demás no? La Liga mueve tal cantidad ingente de dinero, que la prosperidad del fútbol permite que de sus beneficios se detraigan cantidades significativas para el resto de federaciones. Pero es una respuesta políticamente incorrecta. La Liga tuvo que pagar un impuesto casi revolucionario al Consejo Superior de Deportes (CSD) y a la Federación Española de Fútbol (RFEF) para ponerse en marcha.

Pero la controversia es evidente. Un país como España envía a los Juegos Olímpicos unos 300 atletas y a eso habría que añadir unos 5.000 deportistas de élite nacional o internacional. No son muchos, y parecen aún menos, si tenemos en cuenta que entre Primera y Segunda División del fútbol hay alrededor de 1.000 futbolistas. O lo que es lo mismo. 1.000 tests diarios. Solo se ha salvado el baloncesto, con fuerte enraizamiento social en ciudades pequeñas, muchas de ellas sin fútbol de élite, y por el efecto arrastre de Real Madrid y FC Barcelona con sendos equipos en la ACB. Y por eso vuelve la Liga y la ACB y no así el voleibol, el hockey, el balonmano, o la Liga femenina, ésta última con fuerte crecimiento y patrocinio en el último lustro, pero sin arraigo social capaz de mover los cimientos de una comunidad.

Estos números refuerzan los clichés anti fútbol, los cuales tienen su verdad, pero muchos no son más que eso, clichés. Da la impresión de que el fútbol lo mueve todo, y a su rebufo esa suerte de hermano tonto y feo, el baloncesto. Pero urge intentar comprender la importancia de la Liga como fenómeno económico y social, como escape psicológico y como retorno a la normalidad.

Como ya tengo expresado en otras ocasiones, el fútbol fue (y a pesar de Gran Bretaña) una pata trascendental para la reconstrucción de Europa tras la II Guerra Mundial. Una Europa donde no había euro, ni becas Erasmus, ni vuelos de bajo coste ni permeabilidad de fronteras. Una Europa constreñida en la que había monarquías y repúblicas, democracias y dictaduras, capitalistas y comunistas y también católicos, protestantes, ortodoxos y musulmanes.

Digo esto para defender los efectos terapeutas del fútbol. Ahora que hay barra libre de test y de mascarillas (ya saben, antes no, ahora sí, antes de usar y tirar ahora reutilizables porque contaminan) la indignación se ha atenuado, pero hace tan sólo unas semanas era un clamor popular porque los dichosos futbolistas tenían acceso diario a los tests. Era inquietante, desde luego, pero también lo era que las grandes empresas españolas (Inditex, Seat, BBVA o Mercadona) los tuviesen, o que laboratorios privados hiciesen su agosto a cuenta del pánico general, pero, por ellos, nadie se rasga las vestiduras.

Sólo trasciende si hablamos de fútbol. Primero porque fue el primer deporte que se profesionalizó, generando la inquina de las otras disciplinas. Después, porque fue capaz de generar ingentes sumas de dinero. Y eso generó envidia. La envidia de ver como con algo tan primigenio y al alcance de cualquier persona unos pocos se hacen de oro. Y en segundo lugar, porque en la España cainita en la que vivimos aún perduran los rescoldos del Franquismo que eliminó de nuestro subconsciente la simbiosis entre deporte y cultura y convirtió al fútbol en el tonto útil de la dictadura.

Los anti fútbol ponen como ejemplo la racionalidad de Macron que ya hace semanas decidió cancelar la competición. Pero en Francia el fútbol es algo menor. En Europa hay cinco grandes Ligas de fútbol, en la que la quinta, y sin discusión, es la francesa. Las otras han bajado o subido posiciones en función de los designios del dinero y los acertijos de la historia, pero de los cinco grandes países es en Francia donde el fútbol es un pato cojo. Por eso Macron se bajó pronto del carro y dijo que en el país galo ya no habría más patadas a la pelota.

El fútbol en Francia es provinciano, banal, cosa de ciudades pequeñas o industriales. El fútbol pasa de largo por Paris por mucho que se empeñe el jeque, que heredó una idea nunca acertada de Canal + allá a inicios de los 90. Y no en todas las pequeñas urbes de provincias triunfa el fútbol, porque en muchas de ellas está arrinconado por el rugby. En Francia el deporte nacional es el ciclismo. El Tour es glamour, orgullo y la mejor guía turística existente. Es una cuestión de Estado, y por eso Macron se apresuró pronto en asegurarlo. El Tour se tiene que celebrar por lo civil o por lo criminal.

Al fútbol en Francia le ha sucedido lo mismo que al baloncesto a nivel europeo; que no es relevante. Si bien la ACB se retoma en España, no ha sucedido lo mismo con la Euroliga. Un sin sentido para algunos. Una lógica geopolítica aplastante para muchos. Ni en Inglaterra, ni en Alemania ni en Francia, el baloncesto es esencial. En Italia hace unos cuantos lustros que está sumido en un fuerte retroceso, por  lo que de los cinco grandes países occidentales tan sólo en España es ‘prima dona’. En el momento en el que Rusia (CSKA Moscú) expresó su temor por volver a la competición, los fanáticos, pero pequeños, países del Báltico y del Mediterráneo que luchaban por el retorno de la Euroliga, tuvieron que claudicar.

Así pues celebremos la vuelta del fútbol. Como dijo Winston Churchill tras la batalla de El Alamein, la primera en la que los británicos salieron victoriosos tras cerca de tres años de contienda, esto no es el fin, ni siquiera es el principio del fin, pero sí es el fin del principio.

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La Liga del Dépor

Una muchedumbre de 50.000 personas se amontonó en la Plaza de María Pita para festejar el título de Liga del RC Deportivo de La Coruña. Todos los futbolistas cargaban con una resaca formidable y un inmundo pelo color pollo, obra y gracia del peluquero de Djalminha. El día anterior algún futbolista llegó a temer por su vida. El citado Djalminha tuvo cerca de veinte personas encima de él. Según confesó, llegó a perder el aire durante unos segundos. Otros, como Makaay, tuvieron que regalar la camiseta a un aficionado para que ejerciera de escolta privado y lo llevase a base de patadas y empujones a los vestuarios. Y es que la fiesta de la Liga del Dépor fue de las gordas. Muy gorda. Fue una fiesta que sumaba seis años de espera.

Tras perder la Liga de 1994 con el penalti más famoso de todos los tiempos, el Dépor cosechó el título copero de 1995. Aquel modesto equipo que se dio en llamar Superdépor se habituó a las primeras plazas del fútbol español. Lo haría de forma casi ininterrumpida durante algo más de una década. Y digo casi, porque el último día del cierre de mercado veraniego de 1997 el FC Barcelona pagaba 4.000 millones de pesetas (24 millones de euros) y se hacía con Rivaldo, el eje insignia del nuevo proyecto blanquiazul. Esa puñalada a última hora provocó un cataclismo en el Dépor, que hizo de la campaña 1997/98 una temporada de transición.

Para remediarlo, en 1998 el Dépor nombraba como nuevo entrenador a Javier Irureta. El vasco, que había dirigido entre otros al Real Oviedo o a la Real Sociedad, acababa de sellar una gran temporada en el RC Celta, así que tras su fichaje por el Dépor se convirtió en persona ‘non grata’ en el sur de Galicia. Irureta, vivo ejemplo de escolarización jesuitina, fue elegido por Lendoiro con dos misiones. La primera convertir un vestuario que parecía la ONU en un grupo unido. La segunda revivir la mística de Arsenio. Tras los mediáticos Toshack y Carlos Alberto Silva, la idea de Lendoiro era contratar a un entrenador de perfil bajo, tranquilo y que tuviese mano izquierda.

E Irureta lo consiguió. Aunque no cómo él pensaba.

En los siete años que el vasco estuvo en el banquillo deportivista logró que todos los jugadores se uniesen contra él. Irureta mantuvo cohesionado al equipo porque nadie era capaz de aguantarlo. Las súplicas eran variadas. Djalminha, Fran o Molina manifestaron que su exceso de conservadurismo impidió que el Dépor lograse más éxitos. Makaay o el Turu Flores se quejaban de que nunca jugaban en su posición natural. Capdevila o Pandiani que los méritos de los entrenamientos no importaban. Y los que callaban en público criticaban en privado. Irureta no dejó amigos, pero logró lo imposible, conseguir la unión de un equipo a través del odio a su entrenador.

Y no conviene restar mérito al hombre que tuvo que lidiar con Diego Tristán y consiguió sacarle jugo durante un par de temporadas.

El caso es que Irureta clasifica al Dépor para la Copa de la UEFA en su primera temporada y las expectativas para la segunda son las mismas. Repetir clasificación europea. Para ello el Dépor vende a jugadores importantes como Ziani, Bonnissel, Manjarín o Armando y ficha entre otros a Víctor, un futbolista de banda que había destacado en el Real Madrid, Jokanovic, un pivote defensivo procedente del Tenerife, y especialmente al delantero holandés Roy Makaay. De 24 años de edad, y también ex futbolista del Tenerife, no era del agrado de Irureta. Y de hecho, nunca lo fue. Pero en el primer partido de Liga anotó un ‘hat-trick’ en la victoria por 4-1 ante el Alavés, convirtiéndose en uno de los favoritos de la afición y convenciendo al técnico vasco de su valía.

Los blanquiazules empezaron fuerte en casa y flojeando fuera. Fue un indicio de lo que iba a deparar la temporada. El Dépor ganó 16 de los 19 partidos que disputó en Riazor. Una bestialidad. Sólo el Numancia y el Racing de Santander salieron de Coruña con los tres puntos. O mirado desde otro prisma, el Dépor sólo ganó cinco partidos como visitante en la temporada 99/00. 21 triunfos en total. Cinco victorias menos de las que necesitó el Barça para proclamarse campeón la campaña pasada. Y le valió.

Aquella Liga se inició con un duelo por el liderato entre el FC Barcelona y el Rayo Vallecano. Sí, han leído bien. Los madrileños hicieron un primer tercio de campeonato excepcional para acabar desfondándose en la segunda vuelta. Pero a finales de octubre el Dépor fascinó con una prestigiosa victoria ante el Barça del odiado Rivaldo con dos goles de Makaay, un sufrido triunfo en el Carlos Tartiere de Oviedo gracias a un penalti transformado por Djalminha y una fácil conquista (5-2) ante el Sevilla en casa con tres goles de Pauleta. Era la jornada decimosegunda y el Dépor se colocaba en el liderato.

Y ya no lo abandonaría.

El Depor enganchó una racha de siete victorias consecutivas que le llevó a liderar la clasificación con un colchón de ocho puntos de distancia. La última de ellas fue ante el RC Celta, por entonces segundo clasificado, al que derrotó por 1-0 en un derbi gallego bronco y duro, que pasaría a la historia por una actuación teatral digna de Broadway.

Total, que el Dépor se presenta en la segunda vuelta como líder, amarrando en casa lo que pierde fuera. Entre las derrotas fuera se incluyó una dolorosa en Soria ante el Numancia con gol mal anulado a Songo’o, el portero deportivista, que subiera a rematar un córner a la desesperada en la prolongación. Los esquemas de Irureta son conocidos por todos de cabo a rabo. En Riazor sale con dos pivotes, Mauro Silva y Flavio Conceiçao, y coloca a Djalminha de enganche por detrás de Makaay. Si el partido se tuerce sitúa al delantero holandés en una banda y saca a Pauleta o al Turu Flores en la punta del ataque. En los partidos lejos de Riazor, o cuando toca amarrar el resultado, sacrifica a Djalminha para colocar un ‘trivote’ en el que el elegido suele ser Jokanovic. El famoso ‘trivote’ de Irureta será la piedra angular de la famosa unión del vestuario. La unión del odio común ante el entrenador irundarra.

Que al Dépor le sirviera ese plan tan conservador para ganar la Liga obedece a sus aciertos, pero también a los errores de los rivales. El RC Deportivo triunfó con 69 puntos y 11 derrotas (7 en la segunda vuelta). La diferencia entre el campeón y el sexto clasificado (Alavés) fue de tan solo ocho puntos. En la famosa Liga de los 100 puntos, el Real Madrid aventajó al sexto clasificado (Levante) en 45 puntos, más diferencia que entre el Dépor y el último de la 99/00 (Sevilla) que acabaron separados por 41 puntos. Esto no resta mérito a los herculinos. La clasificación tan sólo es la fotografía de su tiempo. Lendoiro, el mandamás de los coruñeses, siempre ha defendido que la Liga del Dépor tiene más mérito que las de la Real Sociedad o las del Athletic en los 80, porque el RC Deportivo la ganó en un mercado internacional de futbolistas expansivo.

Antes del esperado desenlace hubo varios momentos para el recuerdo. El primero tuvo lugar en Riazor ante el Real Madrid. Por entonces los coruñeses vapuleaban a los madrileños cada vez que se asomaban al Atlántico. Esos duelos solían emitirse en horario de máxima audiencia en Canal Plus, canal televisivo de pago que contaba con una infraestructura de cámaras fantástica que llevaba los lugares más recónditos del estadio al hogar del telespectador. Djalminha, igual de impresentable que de genio, lo sabía, y gustaba de hacer algo especial en esos partidos. Rodeado de cuatro jugadores del Real Madrid, a Djalminha se le ocurrió salvar el escollo con un disparate perpetrado con el tacón con el que pretendía realizar un autopase por encima de su cabeza y de la de sus defensores. El balón, por equivocación, acabó en Víctor y la jugada en intrascendente, pero el recuerdo ha pervivido con el nombre de ‘lambretta’.

https://www.youtube.com/watch?v=XjixZWxmuyw

Al acabar la primera parte Raúl, entonces uno de los mejores delanteros del mundo, se fue a buscar a Djalminha para preguntarle porque hacía tonterías. El brasileño contestó: “Tú metes goles, pero yo soy jugador de fútbol”.

Genio y figura.

Aquel choque ganado por el Dépor por 5-2 fue la primera vez que en Coruña se volvió a creer que se podía ganar la Liga. Faltaban todavía 15 jornadas pero el Dépor iba como un tiro. Y fue justo entonces cuando los fantasmas del 94 volvieron a aparecer.

El Dépor era incapaz de ganar fuera de casa y, mientras, el FC Barcelona apretaba el ritmo. Parecía un ‘deja vú’ del 94. Por detrás el Real Madrid se desfondaba y se centraba en la Copa de Europa que acabaría ganando por octava ocasión, y el Real Zaragoza ascendía a la tercera posición liderado por el serbio Savo Milosevic.

Las meigas salieron del armario en la jornada 35. El Barça pasaba por encima del Atlético en el Calderón (0-3) el mismo día que el Dépor visitaba Balaídos para enfrentarse al RC Celta. Los vigueses no se jugaban nada y hubo petición en los medios para un pacto de no agresión entre los gallegos. Pero no iba a ser así. Había muchas rencillas abiertas entre los dos equipos. Celta y Dépor no son Real Sociedad y Athletic. El partido se jugó a cara de perro y acabó con sufrida victoria viguesa por 2-1. Tras la catástrofe, sería la segunda y última vez que Lendoiro bajó a un vestuario a hacer una `’santiaguina’ para animar a sus jugadores. El presidente estaba reviviendo el agónico final de Liga de 1994 y sentía que la Liga se le escurría entre sus dedos.

Quedaban 3 jornadas. El Dépor aventajaba en dos puntos al Barça y en cinco al Zaragoza…y tenía que recibir a los maños en Riazor. Tocaba ayuda divina. Y la hubo. El Barça jugaba en el Camp Nou ante el Rayo Vallecano. Un trámite. Pero el mismo equipo que en la primera vuelta era un matagigantes y en la segunda un corderito, hizo la machada y silenció el coliseo azulgrana (0-2). Si el Dépor ganaba al Zaragoza era virtualmente campeón.

Todos los goles tuvieron lugar en la segunda parte. Los maños se adelantaron, pero el Dépor le dio la vuelta al partido primero con un gol de Makaay a centro de Fran y luego con un disparo raso desde fuera del área de Djalminha. Es el 2-1. El que escribe, por entonces quinceañero, se levantó junto a los otros 35.000 presentes en Riazor para celebrar no un gol, sino un título de Liga. Pero es entonces cuando aparece el diablillo en la oreja izquierda del brasileño. En la celebración del tanto Djalminha se saca la camiseta, recibe la segunda tarjeta amarilla y es expulsado. Gilipollas. Quedan 10 minutos y el Dépor se echa atrás. Muy atrás. El Zaragoza empata (2-2) y gracias. Hubo ocasiones para perder.

Llegamos así a la penúltima jornada donde el Dépor pone el trivote, el cuatrivote y lo que haga falta para amarrar un empate en Santander. Apenas cruza el centro del campo. Pero es suficiente. Éste Barça no es el de Cruyff y tampoco pasa del empate ante la Real Sociedad. Son tres de ventaja sobre catalanes y aragoneses. 

Para que el Dépor se proclamase campeón le bastaba un empate en casa ante un equipo que no se jugaba nada. Era un viernes. 19 de mayo de 2000. En 1994 el Dépor tenía que ganar, o al menos igualar el resultado del Barça. En el año 2000 al Espanyol no le interesaba el partido. En 1994 al Valencia tampoco. Pero a diferencia de los levantinos, los periquitos nunca iban a aceptar una prima procedente de Can Barça.

Pero el Dépor sí que lo propuso. Según se supo después, tres días antes del partido y tras una comida en el Playa Club – un restaurante de moda situado a escasos metros de Riazor -, cuatro pesos pesados (Fran, Donato, Mauro y Djalma –según la rumorología-) se subieron a un Mercedes con las lunas tintadas junto al presidente Lendoiro pidiéndole que le diera una prima a los periquitos para firmar el empate. Al parecer Lendoiro rechazó la idea y exigió a sus chicos que ganasen el partido.

La realidad es que el Dépor no sufrió. Cuentan que, fiel a su estilo, Irureta no realizó ninguna arenga antes de saltar al campo. No hizo falta. De eso ya se encargó Coruña durante toda la semana anterior. De hecho los jugadores hasta disfrutaron. El Espanyol se comportó con honor. Defendiendo ordenadamente y atacando cuando podía, pero sin mordiente, ánimo ni velocidad. A medio gas. Aun así, Riazor enmudeció a mediados de la primera parte cuando Naybet hizo un más que posible penalti sobre Tamudo que García Aranda no quiso ver.

Pero ni aun así se hubiese propagado el miedo en Riazor. Sólo se necesitaron cuatro minutos para que Víctor lanzara un córner y Donato buscando el primer palo peinara el balón y anotara el 1-0 que otorgaba infinita tranquilidad a los blanquiazules. Donato esbozó esa sonrisa que le hizo ganarse a los coruñeses que se mostraron escépticos cuando el Dépor firmó a un rechoncho defensa de 31 años al que no había renovado el Atlético de Madrid por sus continuas lesiones musculares. Aquel 19 de mayo Donato iba camino de los 38 años y aún aguantaría tres temporadas más como eje de la defensa del Deportivo más glorioso de todos los tiempos.

Riazor había explotado como si de la Bombonera se tratase. Una lluvia de papelitos cubrió el verde mientras Donato le dedicaba el gol a su amigo Orejuela, compañero en el Atlético de Madrid y que estaba ingresado por una delicada operación. Donato sabía que iba a marcar. Orejuela le había dicho que iba a anotar un gol. Esas cosas que siempre se dicen, pero pocas veces se cumplen. Pero esta vez sucedió. Lo cierto es que Víctor siempre sacaba los córners al primer palo. No necesitaba hacer ninguna señal. Donato sabía lo que tenía que hacer.

Pero es que luego ocurrió lo que nadie esperaba. El RC Celta se adelantaba ante el FC Barcelona en el encuentro que a la misma hora se disputaba en el Camp Nou. Nunca antes y nunca después se celebró con tal fuerza un gol celeste en Riazor.

Al fantasma de Djukic sólo le faltaban cinco minutos para fenecer. Manuel Pablo corre la banda, realiza un recorte en la línea de fondo y envía un centro al primer palo que Roy Makaay convierte en su vigesimosegundo gol de la temporada.

https://www.youtube.com/watch?v=_c1qb4plWfc

La segunda parte fue una fiesta. Un despiporre. Y hasta el Espanyol mantuvo su honra, porque atacó con ansía y tuvo un par de buenas ocasiones. Pero daba igual. El Dépor conseguía una Liga que la fortuna le debía. Una Liga que fue querida por toda España. Incluso, quizás, hasta en algún lugar de Vigo.

La victoria del RC Deportivo en la Liga 1999/00 es una hazaña difícilmente repetible. Desde que la Ley Bosman permite la libre circulación de futbolistas continentales no ha vuelto a haber un ganador liguero tan inesperado en una de las grandes ligas europeas. Tan sólo los triunfos del Kaiserlautern (97/98) o Wolfsburgo (08/09) en la Bundesliga o del Leicester en la Premier (15/16) puede comparársele. Pero a diferencia de estos conjuntos, el triunfo del Dépor no fue fruto de una gran temporada. Fue el resultado de una constancia de años de trabajo que no sólo le otorgó una Liga (2000), sino 4 subcampeonatos (1994, 1995, 2001 y 2002) y 2 copas del rey (1995 y 2002).

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