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Auge y caída de Nikolai Starostin (un retrato del stalinismo) 2ª parte

Dado que a través del fútbol no podía luchar contra Starostin y su Spartak, Lavrenti Beria y su NKVD decidieron cambiar de táctica. Tras unos primeros meses caóticos, la URSS consiguió frenar al ejército alemán a las puertas de Moscú en diciembre de 1941. Establecido el frente, el NKVD obtuvo vía libre para apresar, juzgar, encarcelar y ejecutar a cualquier ciudadano acusado de supuesta o real traición al régimen. El 20 de marzo de 1942 Lavrenti Beria ordenó la detención de Nikolai Starostin y de sus tres hermanos acusándolos de traición a la patria. Como dictaba la costumbre de la época, Nikolai fue llevado a la ‘Lubianka’ para un primer interrogatorio.

La escena era terrible. En un sótano, apenas iluminado y con fuerte hedor a cloaca y humedad, el acusado se sentaba tras una mesa aguardando ser interrogado. Tras una espera que podía contarse en horas y después de un tenso silencio, un comisario político preguntaba al detenido si estaba dispuesto a confesar. Muchos revelaban cualquier cosa esperando que la NKVD se mostrara compasiva. Otros callaban sabiendo del riesgo de mantener su inocencia. Nikolai Starostin fue uno de estos últimos.

Desde ese momento el acusado sabía que su suerte estaba echada. Durante semanas Nikolai estuvo subsistiendo en poco más de tres metros cuadrados. La luz estaba encendida día y noche para imposibilitar que Starostin pudiese conciliar el sueño. Desde las 22:00 horas hasta las 07:00 horas del día siguiente era llevado a una sala de interrogatorios donde únicamente le preguntaban si estaba dispuesto a confesar, mientras sus captores le sometían a golpes y patadas por todo el cuerpo que aumentaban en frecuencia en la misma medida que se multiplicaban los vasos de vodka.

Pasado un tiempo, y ante la fortaleza y fama del preso, la NKVD tuvo que buscar una acusación. Se le atribuyó la preparación de un atentado contra Stalin el día del famoso partido de exhibición de la Plaza Roja. Nikolai lo tuvo fácil para defenderse. Argumentó que era imposible que desde el terreno de juego pudiese atacar a Stalin y que bajo la camiseta y el pantalón de deportes era inverosímil que lograse esconder un arma. Además, Stalin estaba rodeado de miembros del ejército y de la NKVD, incluido Beria. Ante esos argumentos a los acusadores no les quedó más remedio que callar, porque acusar a Starostin de atentar contra Stalin equivalía a proclamar la incompetencia de la NKVD y de su líder supremo.

Al igual que Nikolai sus hermanos estaban aislados en zulos similares. No se sabe bien como, pero NIkolai consiguió hacerles llegar una nota en la que les indicaba que se mantuviesen firmes y callados y que cuando se les acusase de algo tan sólo dijesen que no tenían ni idea de nada. Lo único que tenían que decir es que quien estaba al tanto de todo era su hermano mayor. Al final, a Beria no le quedó más remedio que acusar a Nikolai Starostin y a sus hermanos de fomentar el deporte burgués. Era una acusación fácil de demostrar y ante la que no se podrían defender. Era una pena menor, si por menor se puede concebir pasar diez años de trabajos forzados en un gulag, campos de trabajo en lugares extremos de la estepa siberiana. Se habían librado de la muerte aunque iban a ser enterrados en vida. Nikolai ordenó a sus hermanos que aceptasen la condena y que manifestaran su amor por el deporte burgués como un mal menor. La acusación final alegaba que “los hermanos Starostin han vivido por encima de sus posibilidades, han recibido regalos del extranjero y han dado premios especiales para motivar a los deportistas”.

Dentro de la desgracia Nikolai Starostin fue un afortunado. Era un personaje de gran fama en toda Rusia y si no hubiese sido por el fútbol la condena hubiese sido mucho mayor. Aun así, Starostin recorrió la geografía de la URSS junto a miles de sus compatriotas ayudando a industrializar el país bajo condiciones infrahumanas. La Rusia campesina del zar Nicolás II pasó a ser una potencia industrial bajo Stalin gracias a unos planes quinquenales basados en la expropiación y en los trabajos forzados. En la ciudad siberiana de Ujta, a la que llegó tras un viaje de tres meses en tren, Nikolai Starostin tuvo la suerte de trabajar como enfermero en el hospital (forma eufemística de decir que transportaba cadáveres de la cámara mortuoria al crematorio) y allí conoció a un médico que lo reconoció y que consiguió que le dieran el encargo de crear un equipo de fútbol para mejorar la condición física de los reclusos. En su autobiografía Nikolai recordaba que veía pasar frente a sus ojos a unos cuarenta muertos al día. Pronto fue llamado de gulag a gulag para ejercer de entrenador. Con el paso de los meses los jefes de los distintos campos de trabajo se lo rifaban para tenerlo a sus órdenes.

Una noche de 1948, con seis años de condena a cuestas y con la II Guerra Mundial ya finalizada, despertaron a Starostin en plena madrugada. Tenía una llamada de teléfono de Stalin. Pero no del gran líder, sino de su hijo, Vasili Stalin, vástago del dictador. Vasili era el jefe de las Fuerzas Aéreas, un loco del fútbol, un alcohólico reconocido, y, lo más importante, mantenía una conocida rivalidad en las esferas de poder con Lavrenti Beria, quien había salido muy reforzado del conflicto bélico y era el candidato más plausible para suceder a Stalin padre. El objetivo de Vasili era contratar a Starostin como entrenador del VVS (el equipo de las fuerzas aéreas) y de paso fastidiar al Dinamo de Moscú de Beria que durante esos años de posguerra reinaba a sus anchas en la liga soviética.

A pesar del poder del hijo de Stalin la autoridad de Beria era mucho mayor, por lo que Vasili Stalin tardó dos años en sacar a Starostin del gulag de Amur (a orillas del Pacífico) en el que se encontraba para trasladarlo a Moscú. El problema es que Beria, inteligente como era, sólo le regalaría la libertad a Starostin a cambio de que no volviese nunca más a Moscú. A Stalin hijo no le valía de nada tener a Nikolai libre si no podía llevarlo a la capital para que entrenase a su equipo de fútbol.

La solución fue propia de un loco. Vasili Stalin se puso al mando de un comando de asalto formado por hombres de su regimiento, abordó el gulag, metió a Starostin en un avión del ejército y lo trasladó en secreto a su dacha de las afueras de Moscú. Lo confinó en su propia habitación. Sólo salía de allí para ir al baño. Cada vez que tenía que dirigir un entrenamiento del VVS una patrulla militar lo acompañaba para mantenerlo protegido de la NKVD de Beria. Al volver del campo de entrenamiento, Starostin tenía que regresar directamente a la habitación de Vasili. Incluso en ocasiones, cuando Vasili estaba borracho –lo cual era su estado natural- Nikolai compartía lecho con el hijo de Stalin y su arma reglamentaria (que siempre quedaba debajo de la almohada).

La situación kafkiana se sostuvo durante un par de meses. Una noche, aprovechando una de las bacanales de Vasili, Nikolai Starostin escapó por una ventana y se marchó a su casa. Por primera vez en ocho años iba a ver a su mujer y a su hijo. Es de imaginar la emoción del momento. Más quizás podría engañar al borracho de Vasili pero nunca a la sanguijuela de Beria. Al levantase, poco antes del alba, dos hombres del NKVD de Beria estaban en la puerta de su casa preparados para detenerlo. Ni tan siquiera Vasili Stalin logró contener la ira del líder de la NKVD, por lo que Starostin le pidió que no se entrometiera y le dijo a Beria que estaba dispuesto a seguir cumpliendo con su condena.

Aun así la victoria del líder de la NKVD no pudo ser plena. Intentó enviarlo nuevamente a un gulag pero ya no fue posible. A pesar del control estatal la gente de Moscú seguía teniendo vivo el recuerdo de Starostin. Los últimos años de condena de Nikolai fueron más llevaderos. Los pasó en una cárcel de Alma Ata (Kazajstan) viviendo en un régimen de semiarresto, durmiendo en una celda, pero ejerciendo de entrenador del equipo de la población local.

Nikolai se encontraba en su celda de Alma Ata cuando el 5 de marzo de 1953 Iosef Stalin moría víctima de una insuficiencia cardiaca. Durante las siguientes semanas hubo una lucha por el control del Partido Comunista entre Molotov, Malenkov, Kruschev y Beria. A pesar de que éste último se hizo con el mando en un primer momento, Kruschev supo ganarse a los dos primeros y acusó a Beria de traición y de actividades capitalistas (malversación de fondos y cohecho). Lavrenti Beria probó de su propia medicina y fue ejecutado en junio de aquel año. Nikita Kruschev inició entonces su mandato, una década de medrosas aperturas y búsqueda de las esencias del comunismo. Un proceso que se dio a conocer como desestalinización, o lo que es lo mismo, la eliminación del culto a Stalin.

Así, en 1955, los cuatro hermanos Starostin, al igual que miles de soviéticos, fueron liberados de los gulags poniendo fin a dos décadas de campos de concentración, represión, muerte y trabajos forzados. Para Nikolai Starostin, con 53 años, comenzaba una nueva vida. Una vida que pasaba por y para el fútbol.

Nikolai fue recibido por miles de personas a su llegada a Moscú y hábilmente fue rehabilitado. Fue nombrado presidente del Spartak de inmediato y se le dio el cargo de entrenador de la selección soviética de fútbol.

El Spartak había quedado desmantelado durante la guerra y no volvió a ganar una Liga hasta 1953, justo el mismo año de la muerte de Stalin y de Beria. A pesar todo, Nikolai demostró tener cintura y comprender que sin perdón no habría paz. Cuando en 1956 la URSS se proclame vencedora en el torneo de futbol de los Juegos Olímpicos de Melbourne, el once inicial estará formado por una mezcla de jugadores del Dinamo, liderados por Lev Yashin y del Spartak, comandados por Igor Netto. Esos dos jugadores serían la base del equipo que ganaría la primera Eurocopa de la historia cuatro años más tarde.

Starostin había vuelto de la muerte y con la victoria en los JJ.OO se había convertido en un héroe nacional. Pidió permiso para centrarse en la presidencia de su Spartak y abandonó el cargo de técnico de la selección con el visto bueno de un Kruschev que vio en Starostin una forma de afianzar su poder delante del pueblo.

Nikolai Starostin fue presidente del Spartak de Moscú hasta 1994. Tuvo tiempo de sufrir un descenso, pero también de disfrutar con la hegemonía de su equipo en los años finales del comunismo y en los primeros del postcomunismo liderados por la última gran generación ‘spartakista’ de Dasaev, Mostovoi, Popov, Radchenko, Onopko o Karpin. Tuvo además la visión de transformar a un club amateur en uno capitalista, y de hecho, el Spartak fue el único club soviético que mantuvo su estructura ejerciendo un dominio en la nueva Liga rusa hasta que en el siglo XXI los millones del gas y el petróleo hicieron su aparición.

En 1996, a los 94 años de edad, Nikolai Starostin falleció. A pesar de ser el mayor fue el más longevo de sus hermanos. En una de sus últimas declaraciones afirmaba que “los futbolistas de hoy tienen dinero pero no cultura. Sólo se interesan por los vídeos y el rock. En mi época yo me codeaba con la élite cultural, dramaturgos, bailarines y pintores”. Palabras que recogen lo mejor del ciudadano soviético dichas por un hombre que sufrió la represión comunista.

https://www.youtube.com/watch?v=xsH5RSrqRfI

Una estatua suya de bronce preside hoy la entrada del Spartak Arena, el flamante estadio del Spartak de Moscú construido con motivo de la celebración del Mundial de Rusia de 2018.

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Auge y caída de Nikolai Starostin (un retrato del stalinismo) 1ª parte

El fútbol no alcanzó tierras rusas hasta inicios del siglo XX y lo hizo a cuentagotas. Era una moda foránea que se estableció únicamente en las ciudades, esencialmente en Moscú. Se crearon diversos equipos de barrio que iban y venían y se jugaban torneos locales en estadios improvisados y sin apoyo federativo. Prueba del bajo nivel ruso es que en los Juegos Olímpicos de 1912 Rusia fue derrotada por un esclarecedor 16-0 ante Alemania. Bajo ese iniciático panorama emergió la figura de Nikolai Starostin (1902-1996) el mayor de cuatro hermanos apasionados por el fútbol y el hombre que iba a liderar el auge y crecimiento del balompié soviético.

Esta es la historia de los hermanos Starostin. De Nikolai, Andrei, Aleksandr y Piotr. Es una historia de la URSS. De gulags y de revolución. Una historia de Stalin y de Beria. De miedo y de represión. De stalinismo y de desestalinización. Pero es sobre todo una historia de supervivencia a través del fútbol.

Cuando la Revolución Rusa triunfa en 1917 los clubes de fútbol –al igual que el resto de sociedades privadas- o pasan a control estatal o bien son liquidados. En el ámbito que nos ocupa, y dado que el deporte está considerado amateur, los equipos polideportivos pasan a depender del Estado. Así, surgen por toda la Unión Soviética los CSKA (equipo del ejército), Dinamo (policía y asuntos secretos), Lokomotiv (ferrocarril y sistemas eléctricos), Zenit (acero e industria pesada) o Torpedo (industria de la automoción). Todos los futbolistas cobraban bajo cuerda con un contrato de trabajo ficticio de la empresa estatal correspondiente. Por causas obvias el CSKA y el Dinamo eran los clubes más potentes y los que gozaban de mayores ventajas públicas.

Nikolai Starostin tenía otros planes. Era el capitán y estrella del Krasnaja Presnya, un club de barrio considerado entonces el mejor equipo de Moscú. Al disolverse el club, y con el apoyo de sus hermanos menores, propuso al Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos la creación de un nuevo equipo que no dependiese del Estado. Para su sorpresa la petición fue aceptada, pero con unas condiciones draconianas. Podía crear un nuevo club, pero tendría que hacerlo sin dinero. No podía invertir ni un rublo en esa nueva escuadra.

Starostin consiguió lo imposible. Congregó a más de 2.000 vecinos que en sus horas libres le ayudaron a levantar un estadio de fútbol para más de 10.000 espectadores en un descampado del barrio. Lidero diversos actos benéficos, bailes y partidos de exhibición para conseguir fondos que hábilmente donó a un conglomerado de alimentación, una de las pocas empresas semiprivadas que quedaban en la ciudad, y que serviría de coartada para dar un ‘trabajo’ a sus futbolistas. Y así, en 1922, nacía el Spartak de Moscú. El nombre no fue escogido al azar. Se denominó Spartak en honor al esclavo romano Espartaco, quien lideró una sublevación de gladiadores y esclavos ante la República romana y que ha pasado a la posteridad como símbolo de la lucha por la libertad. El Spartak era un club de fútbol singular dentro de la URSS y el único que hoy, casi tres décadas después del fin del comunismo, tiene miles de seguidores más allá de la frontera rusa.

Aunque hasta tan tardía fecha como 1936 no se disputaría la primera liga soviética, el Spartak era ‘de facto’ el mejor equipo ruso. Consiguió derrotar al Racing de Paris y a la selección de Euskadi en sendos amistosos, hazañas de renombre por aquel entonces para el incipiente fútbol del país. En la URSS no tenían rival y Nikolai Starostin pronto pasó a ser una figura reconocida y venerada en todo el país.

Tal era la fama de Starostin y del Spartak que en julio de 1936 el Komsomol (la organización juvenil del Partido Comunista) decidió celebrar un partido de fútbol en la Plaza Roja de Moscú. El objetivo era dar a conocer el nuevo deporte al líder supremo, Iosif Stalin. Se fabricó una enorme alfombra de fieltro de más de 10.000 metros cuadrados sobre el empedrado de la plaza que tuvo que ser tejida en horario nocturno para no entorpecer el trajín del día a día. El responsable de los actos era Nikolai Starostin, presidente, entrenador y aún capitán a sus 34 años del Spartak de Moscú. El acto central de los festejos era un choque de exhibición entre el primer y el segundo equipo del Spartak bajo la atenta mirada de Stalin y del resto de miembros del Politburó desde la tribuna presidencial, cuidadosamente situada junto al mausoleo de Lenin. Se trataba de un encuentro de media hora de duración que más bien era una representación teatral en la que habría goles de todo tipo para satisfacción de papá Stalin “el mejor amigo de los deportistas”. Si antes de esa media hora Stalin daba síntomas de aburrimiento, un camarada desde el palco agitaría parcamente un pañuelo para que Starostin se diese cuenta y parase el partido. Al parecer Stalin disfrutó de su primera experiencia futbolística y, no sólo aceptó de buen grado la media hora, sino que exigió jugar un cuarto de hora más para regocijo de Nikolai Starostin y de todos los presentes.

Todos salvo uno.

Lavrenti Beria, por entonces secretario del Partido Comunista en Georgia, había jugado al fútbol contra Starostin cuando era un adolescente y había sido humillado partido tras partido. Beria era un apasionado del fútbol pero pronto descubrió que no tenía nivel suficiente para competir y orientó sus esfuerzos en escalar en el terreno de la política. Ya entonces era considerado una sanguijuela, pero su fama de hombre implacable crecería hasta el infinito cuando un par de años más tarde, en 1938, pasaría a ser el director del Comisionado del Pueblo para Asuntos Internos, o lo que es lo mismo, del NKVD –hoy KGB-, el órgano represivo más temido de la Unión Soviética.

https://www.youtube.com/watch?v=qKAwAaeJ8SU

Cuando en 1936 se celebra la primera liga soviética el Spartak se convierte en el vencedor. Al año siguiente, ya con Nikolai Starostin ejerciendo únicamente de entrenador, el campeón será el Dinamo, pero el Spartak (con los tres hermanos menores de Nikolai en la plantilla) logra vencer nuevamente en 1938 y 1939. Es algo que Beria no puede tolerar. Al acceder al cargo de director del NKVD, Beria pasó automáticamente a ser presidente del Dinamo de Moscú (el equipo de la policía y los asuntos secretos). En teoría era una formalidad. Su antecesor no tenía el más mínimo interés en el cargo, pero Beria, como apasionado del balompié que era, se propuso que su Dinamo fuese el club más poderoso de la Unión Soviética.

Beria estaba presente en cada uno de los encuentros del Dinamo. Según se cuenta amenazaba a sus jugadores con fusilamientos y continuas visitas a los calabozos de la ‘Lubianka’, el nombre popular del gigantesco edificio de ladrillos amarillos sede de la NKVD. El Dinamo ganó la liga de 1937 bajo sospechas, pero tanto en 1938 como en 1939 no pudo hacer nada ante la superioridad del Spartak, campeón tanto del torneo liguero como del copero. Aun así Beria lo intentó de todas las formas posibles. Incluso haciendo uso de otros ‘Dinamos’, conjuntos que estaban en su área de influencia.

En las semifinales de Copa de 1939 el Spartak de Moscú derrotó por 1-0 al Dinamo de Tiblisi. Estos últimos denunciaron que en el gol del Spartak el balón no había traspasado totalmente la línea de gol. A pesar de que el Spartak derrotó en la final al Leningrado días después, Beria mandó repetir la semifinal tres semanas más tarde. Nuevamente se enfrentaron Spartak y Dinamo y nuevamente ganaron los primeros por 3-1. Como ya comentamos, aunque Beria sólo era presidente del Dinamo de Moscú también era ‘de facto’ presidente de todos los ‘Dinamos’. Estuvo presente en el choque, y, tras el tercer gol del Spartak, se marchó airadamente del palco y ordenó el fusilamiento de los periodistas que publicasen la reseña del partido. La lógica dictaba que también habría que repetir la final pero Beria se dio por derrotado y se decidió dar por buena la ya jugada. Así pues el Spartak se proclamó rocambolesco campeón tras disputar una semifinal tras haber ganado una final.

A pesar de todo el poder de Beria y del NKVD éste se veía incapaz de contrarrestar el fervor popular de Nikolai Starostin y de su Spartak de Moscú. Pero a las 03:15 horas del 22 de junio de 1941 cerca de 5 millones de soldados alemanes y más de 8.000 carros blindados y aviones cruzaron la frontera soviética dando lugar al inicio de la guerra entre la Alemania de Hitler y la URSS de Stalin. Un holocausto que cambiaría por completo la vida de millones de personas, entre la cuales estaban tanto Nikolai Starostin como Lavrenti Beria.

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Antes de que Nápoles amase a Maradona

La historia es conocida incluso para buena parte de la gente a la que no le interesa el fútbol. Maradona es un dios terrenal y no hay lugar del mundo más sagrado para su culto que Nápoles. Existe un mural con su rostro en el barrio de Teduccio, conocido como ‘el Bronx de Nápoles’, con una leyenda que reza ‘Dios umano’. En la ciudad italiana, descrita por el escritor Jimmy Burns como “una Babilonia sin salida al mar, tan mística como pagana”, Diego Armando Maradona compite en popularidad y en devoción con San Genaro, el patrón napolitano. Pudo haber escogido cualquier otro destino pero se decantó por una ciudad maltratada por la historia y por un equipo sin pedigrí. En sus siete años en Nápoles, Maradona consiguió 2 títulos ligueros, 1 copero y 1 Copa de la UEFA. No es un palmarés extraordinario para un futbolista de ese calibre, pero su valía no se mide en trofeos. ‘El pelusa’ otorgó a los ‘terroni’ italianos vanidad, orgullo y dignidad, adjetivos con los que no estaban familiarizados.

Empero, lo que los napolitanos no suelen o no quieren recordar es que hubo un tiempo en el que no estaban enamorados de Maradona. Un tiempo en el que perdieron la ilusión por sus andanzas. El ‘10’ argentino tuvo un cuatrienio glorioso (1986-1990), pero en sus dos primeros años en Italia (1984-1986) las muestras de que fuera el genio que se presumía que era se exhibían en dosis chicas.

Maradona fue presentado en el estadio San Paolo de Nápoles el 5 de julio de 1984. Hizo su aparición cual estrella hollywoodiense al aterrizar en helicóptero en el centro del terreno de juego. Otros dirían que había sido un mesías que había bajado del cielo. Había tal cantidad de curiosos y periodistas en el aeropuerto que hubo que preparar un señuelo para despistarlos. Mientras el cebo marchaba dirección Capri, Maradona y su séquito avanzaba por carreteras secundarias hasta dar con el descampado donde estaba el helicóptero. Una vez en tierra bajó al vestuario. Ataviado con un chándal anti glamuroso, una camiseta Puma y una bufanda del Nápoles, subió las escaleras del foso que llevaban al césped y más de 70.000 personas observaron con atención como daba toques de balón de un pie a otro. Antes, con el estadio aún vacío, había estado jugueteando con un globo terráqueo. Quizás una metáfora de lo que pretendía conseguir.

Maradona había dejado el FC Barcelona con veladas percepciones de problemas con la cocaína. Había espantando a entrenadores y directivos azulgranas por su falta de disciplina y por lo que se dio en llamar ‘el clan Maradona’, un grupo de familiares y amigos que vivían con el astro en su mansión de Pedralbes y que eran conocidos por sus incidentes nocturnos en la noche barcelonesa. Solo con esos antecedentes era entendible que un jugador de esa dimensión no firmase por uno de los grandes transatlánticos europeos y tuviese que fichar por un modesto como el Nápoles. Días antes de su presentación, Maradona dijo que lo único que sabía de la ciudad es que se comía pizza.

Lo que es más difícil de explicar es de dónde sacó el club napolitano los 13 millones de euros (cifra récord en la época) para fichar a Maradona. El mismo día de la presentación un periodista francés hizo esta misma pregunta. Por supuesto obtuvo evasivas como respuesta. ‘Vox populi’ era sabido que la Camorra, la mafia napolitana, había financiado el fichaje con dinero conseguido de la extorsión, negocios inmobiliarios fraudulentos y con ‘donaciones voluntarias’ de los napolitanos.

Gracias a la visión de su representante, Maradona era de los pocos futbolistas que poseía el beneficio y explotación de sus derechos de imagen. Pero eso no iba a suceder en Nápoles. Había miles de objetos del ‘10’, desde llaveros a esculturas a tamaño real, a la venta en las calles de la ciudad, así como camisetas y vídeos con sus mejores jugadas. Cyterszpiler, representante de Maradona, tuvo que llegar a un acuerdo con la Camorra. Los derechos de imagen serían del jugador en el mercado internacional. En el mercado nacional sería cosa de la mafia.

Así es como se iba a pagar su fichaje.

En Nápoles Maradona pudo dar rienda suelta a su vida disoluta con total tranquilidad. Sus amigos se mezclaron con naturalidad en los bajos fondos napolitanos. Nadie cuestionaba sus salidas nocturnas e incluso se sentía integrado en el barrio de primerísimo nivel en el que vivía. Una pareja de policías locales le abrían paso cuando viajaba en coche y los locales de ropa o de restauración adaptaban sus horarios en función de sus necesidades. Cuando un turista argentino era víctima de uno de los frecuentes robos que asolan a la ciudad de Nápoles tan sólo tenía que acudir a la policía. Por el simple hecho de ser argentino se le ponía en contacto con Gabriel ‘El Morsa’, cuñado de Maradona, que al cabo de unas horas se hacía con lo sustraído y se lo devolvía a su compatriota.

En Barcelona era visto como un niño rico e ignorante en las vecindades colindantes. En Nápoles sus compañeros de parcela solían ocultar secretos más turbios que los suyos.

Pero la paciencia tiene un límite. Maradona era un genio, pero entrenaba poco y estaba pasado de peso. A mitad de su primera temporada el Nápoles estaba en puestos de descenso. Comenzó a ser criticado en la prensa y los aplausos de los aficionados se tornaron en indiferencia. Dado que los periodistas no se atrevían a hablar de sus asuntos con la droga y con la Camorra, comenzaron a publicitar sus escarceos amorosos. Sea como fuese, Diego le vio las orejas al lobo y consiguió remontar el vuelo en la segunda vuelta y colocar al Nápoles en mitad de la tabla. Además acabó siendo el tercer máximo goleador del Calcio.

Había salvado un ‘match-ball’, pero estaba lejos de conseguir lo que los napolitanos esperaban de él. Era el verano de 1985. Maradona rompió con Cyterszpiler, quien además de representante era su amigo desde la infancia, y contrató como nuevo representante a Guillermo Coppola, un empresario argentino de pasado turbio y que inmediatamente claudicó con la Camorra. La temporada comenzó y el rendimiento del Nápoles, si bien mejor que el del año anterior, seguía siendo mediocre. En la prensa se empezó a publicar sin tapujos sobre la vida social de Maradona y sus fiestas regadas de excesos. La gente lo seguía queriendo, pero en las segundas partes, cuando Maradona era víctima del cansancio y de la mala preparación, llegaba el runrún de la grada.

La Camorra, viendo peligrar a la gallina de los huevos de oro, mandó a dos emisarios al entrenamiento del Nápoles. Era enero de 1986. Se le comunicó que estaba invitado a una fiesta que organizaba Luigi Giuliano, el padrino de la mafia napolitana. Por supuesto que a Maradona no le quedaba otra alternativa que acudir a esa celebración.

Nunca se supo que pasó aquella noche. Años más tarde Maradona negó relación con Giuliano y sostuvo que no sabía quién iba a acudir a aquella fiesta y que la Camorra se había aprovechado de su fama para sacarse fotos con él. Sea como fuere, todo cambió a partir de esa noche. Maradona comenzó una relación extramatrimonial con una joven napolitana llamada Cristina Sinagra, con la que años más tarde tendría un hijo ilegítimo. La relación fue breve pero la chica consiguió que ‘el Pelusa’ dejase la cocaína, abandonase temporalmente el alcohol y volviese a entrenar con fiereza.

Por su parte la prensa dejó de criticar a Maradona, presumiblemente por influencia del clan de los Giuliano. Y así, con ‘el 10’ centrado y sin injerencias externas, el Nápoles acabó la temporada 1985/86 en una excelente tercera posición. Aunque Maradona había bajado su producción de goles y de asistencias, se había convertido en referente y en líder de un equipo, que a pesar de ser inferior a sus rivales, ya creía en sus posibilidades de éxito.

Y por supuesto la afición lo adoraba.

Aquel verano Maradona se vistió de superhéroe y ganó el Mundial con Argentina en la mayor demostración de dominio personal que se ha visto en la historia de la Copa del Mundo. Desde entonces, y hasta su debacle en el siguiente Mundial celebrado en Italia cuatro años más tarde, Maradona fue con una insulsa superioridad el mejor jugador del planeta, dejó las drogas y el alcohol para ocasiones especiales y jamás fue criticado hiciese lo que hiciese por el público napolitano.

Luego vendría la segunda caída. Pero esa sería otra historia.

https://www.youtube.com/watch?v=-kYToi45fts

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Tottenham vs Liverpool

Tottenham y Liverpool disputan una final de Copa de Europa extraña por inesperada. Insospechada porque ambos conjuntos superaron la primera fase a duras penas. Impensada porque ha sido esta una Liga de Campeones extraña hasta las entrañas. Estuvimos a un suspiro de ver al Ajax en una final, algo inimaginable en la era post-Bosman. Hemos presenciado remontadas cotidianas como la de la Juve ante el Atlético, pero las más frecuentes han sido las imposibles como la del United en Paris, la de los tulipanes holandeses en el Bernabéu, y, especialmente, la del Liverpool ante el Barça en Anfield.

Será una final sin rimbombantes ‘Balones de Oro’, sin futbolistas de portada, sin brujos de la fachada. Ninguno de los futuribles del Real Madrid estará presente en la final del Metropolitano. Y mira que es difícil porque el cambio climático ha llegado a Chamartín y llevan desde marzo instalados en el verano. Leía hace unas semanas en un artículo que por no cumplirse ni se han cumplido los pronósticos médicos. Han llegado a la final dos equipos ingleses, con diferencia los conjuntos que más partidos disputan en una temporada. El fin de semana antes de la vuelta de las semifinales Ajax y Barça estuvieron en la tumbona viendo como Tottenham y Liverpool se partían el pecho en la liga inglesa. Luego, los primeros se desfondaron en las segundas partes de sus partidos mientras los británicos parecían Spitfires con propulsión a chorro.

Es una victoria de la liga inglesa, aunque ya se sabe que en el mundo mediático del histrionismo en el que nos situamos lo que hoy es negro mañana es blanco. Esto ocurre incluso con la tradicional mesura británica. Antes de los partidos de vuelta había enconadas críticas acerca de la falta de competitividad de sus equipos tras perder ante FC Barcelona y Ajax en los encuentros de ida de semifinales. Como decía es una victoria de la liga inglesa, una competición con excelsa salud fomentada en la combinación de tradición y modernidad que se refleja tanto en sus estadios, sus aficionados, las plantillas y cuerpos técnicos de sus equipos, y en una fuerte economía que ha sabido globalizarse sin olvidar las esencias. Será la segunda vez que dos conjuntos ingleses se enfrenten en una final (Manchester United vs Chelsea en 2008), hazaña conseguida por la liga española también en dos ocasiones (2000 y 2014), la liga italiana (2003) y la liga alemana (2013). También es la primera vez que los cuatro finalistas de las dos principales competiciones europeas son del mismo país. Lo más parecido a tal proeza tuvo lugar en 1990 cuando la hoy depauperada liga italiana dio campeones europeos en Copa de Europa, Copa de la UEFA y Recopa.

No son solo cuatro equipos ingleses, son tres equipos londinenses. Y esto es un hito con dos caras. Londres quizás sea el rincón de Europa donde la globalización pone a prueba el pulso de las identidades de manera más patente. Este año hasta seis equipos londinenses han competido en la Premier. Londres, al igual que Roma, Paris o Berlín, no ha necesitado nunca del fútbol. El arte, la cultura o la innovación las han convertido en imanes de población y ejes de la humanidad. En Inglaterra fueron las ciudades industriales las que hicieron el fútbol garantía de éxito para ser referente mundial. En otros lugares, como Barcelona o Münich, el fútbol sirvió como acicate para visibilizar una identidad diferente a la impuesta desde la capital. Otras urbes, caso de Lisboa o Madrid, utilizaron el fútbol para legitimarse en una época oscura. Que en el último decenio Londres haya salido victorioso en la Copa de Europa (Chelsea 2012) y que en este 2019 tenga tres finalistas en competiciones europeas es una evidencia del declive de Londres como referente mundial y de la búsqueda de nuevas formas de autoafirmación.

Ambos clubes pertenecen a la élite del fútbol inglés pero se comportan como hermanos pobres. Son como los socialistas acomodados, progres de corazón y liberales de actuación. Luchan contra equipos de bolsillos más profundos y compiten por el mismo nicho de mercado de jugadores argumentando una falsa modestia. Ambos defienden una idea de espíritu y de tradición a pesar de que la globalización los afecta de igual manera que a sus archirrivales (Arsenal o United).

Así entonces el nuevo campeón será un falso pobre. El Liverpool gastó una millonada en fichar a un central que se había hecho hombre curtiéndose en Escocia. La decisión fue un éxito porque hoy Virgil van Dijk está considerado el central más maduro y con más proyección del mundo. A cambio cobró un pastizal por Coutinho y no se le fue la cabeza invirtiendo en parches innecesarios. El Tottenham no fichó ni atacantes ni defensores. Construyó un nuevo estadio, más grande y más moderno, y ha dedicado el año a exprimir sus recursos y a desarrollar su cantera. Un modelo exitoso que ha llamado la atención por estos lares donde la construcción de infraestructuras no lleva a la contención de gastos sino a la petición de créditos bancarios o de ayudas públicas (Valencia, Athletic, Real Madrid…).

Tottenham y Liverpool conforman una rivalidad moderna. Cuando el Real Madrid derrotó al Liverpool en la final de la Copa de Europa de 2018 los aficionados ingleses que más lo celebraron (según los exabruptos de las redes sociales) fueron los del Tottenham. Cuando Harry Kane se lesionó hace unas semanas el ‘big data’ dice que en Liverpool hubo exaltación por la noticia. No hay una explicación sensata o racional. Una rivalidad está intrínsecamente ligada a un conflicto geográfico o de identidad, pero en tiempos donde los hinchas y los jugadores deambulan de un lugar a otro se dan rivalidades a golpe de twitter. Eso pasa entre el Tottenham y el Liverpool. Simplemente el City y el Chelsea son los nuevos ricos, el United y el Arsenal los ricos de toda la vida, mientras que Tottenham y Liverpool, que también son ricos y también son de toda la vida, han sabido venderse como los chicos del pueblo.

Ambos equipos ya se vieron las caras en las semifinales de la Copa de la UEFA de 1973. Los londinenses estiraban los últimos coletazos de su edad de oro. Contaban con el portero norirlandés Pat Jennings y con el delantero Jimmy Greaves, uno de los goleadores más prolíficos de la historia que era igual de letal con un balón en los pies que con una botella de whisky en la mano. Ante la curva descendente del Tottenham, el Liverpool estaba en proceso de ascenso a los cielos. Dirigidos por Bill Shankly, habían ido conformando un grupo de jóvenes en ebullición donde destacaban Phil Thompson y sobretodo Kevin Keegan. En el partido de ida disputado en Liverpool el Tottenham aguantó las embestidas de los ‘reds’ que sólo pudieron vencer por 1-0. En la vuelta, pugnada en White Hart Lane, los londinenses liderados por el campeón del mundo Martin Peters estuvieron a punto de dar la vuelta a la eliminatoria, pero finalmente el valor doble de los goles en campo contrario clasificó a los ‘reds’ (2-1). El Liverpool pugnó la final y doblegó al Borussia Mönchengladbach logrando el primero de sus 6 títulos europeos en 11 años.

El Liverpool tiene una historia más brillante pero el Tottenham es junto al United el único equipo inglés que ha ganado al menos un título en cada una de las últimas siete décadas. Ambos clubes tienen directivas y entrenadores jóvenes y dinámicos. Excesivos y fanáticos. Del heavy metal y la incontinencia educada de Jürgen Kloop a la lengua viperina bajo guante de seda de Mauricio Pochettino. Tottenham y Liverpool conforman una rivalidad “inventada” que dará con la sexta estrella en el blasón del ‘Pool’ o que permitirá estrenar el emblema de los Spurs del Tottenham.

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El penalti de Djukic

14 de mayo de 1994. Coruña. Noche fría, aunque parece que no lloverá. Se superan por poco los 10 grados centígrados. En torno a las 22.15 horas de la noche. Minuto 43 de la segunda parte. Minuto 88 de partido. Fran se dispone a ejecutar un lanzamiento de esquina a la derecha del palo defendido por González, guardameta del Valencia. El balón vuela hasta el centro del área y es despejado por un zaguero valencianista fuera de los límites del terreno de juego. Fran corre presto a poner el balón en liza de nuevo. Es un saque de banda a unos 30 metros de la portería rival. El Dépor ataca hacia el fondo de pabellón, justo enfrente de donde se sitúan los seguidores más radicales del club blanquiazul. Justo en la parte delantera de la explanada que va a llevar a la playa de Riazor, el mismo arenal que da nombre al bello estadio insertado en el corazón de la capital herculina desde 1944.

Al principio fue Lendoiro. Empresario desde niño, eterno aspirante a suceder a Fraga, acabó salvando al RC Deportivo de la desaparición en 1988 y lo convirtió en su cortijo particular y en el equipo más querido de España. Fran, José Ramón y Arsenio ya estaban. Los tres daban la nota ‘enxebre’ al invento. El primero de ellos, ‘O neno’, se convertiría en el mejor futbolista zurdo de España en los 90 a pesar de las cabezonadas de Javier Clemente. Luego vendría Djukic en un golpe de suerte durante un viaje a Belgrado. Más tarde arribaron las gangas. Jugadores rechazados que llegan al Dépor a coste cero. López Rekarte (Barcelona), Nando y Voro (Valencia) o Aldana (Real Madrid). Pero el plato gordo se cocinó en Brasil. En el verano de 1992 Lendoiro se lió la manta a la cabeza y se fue en búsqueda de Mauro Silva y de Bebeto. El primero era un mediocentro que, si bien era internacional, jugaba en un equipo desconocido y era incapaz de tirar a puerta aun estando delante de la portería rival. El segundo formaba con Romario la dupla atacante de Brasil y estaba a punto de firmar por el Borussia Dortmund. Lendoiro pagó, y pagó bien (de aquellos polvos vienen estos lodos), pero lo que decantó la balanza fue la mujer de Bebeto. Una semana de abril Lendoiro se la llevó a Coruña y le enseñó la fantástica ensenada de Riazor. Bebeto y su familia vieron en Coruña un pequeño Río de Janeiro. La suerte para Lendoiro es que las meigas se llevaron la lluvia durante unos días y aquel abril hizo un tiempo esplendoroso en esa esquina de Galicia.

Fran saca de banda y se apoya en López Rekarte que le devuelve el esférico al primer toque sin siquiera dejarla caer al suelo. Fran controla con la derecha y juguetea con la izquierda mientras intenta avanzar hasta el área rival. Hombro con hombro es encimado por un defensa ché que parece jugarse la vida en el envite, cuando lo único que ha puesto en liza es el honor, si eso existe. En una fracción de segundo Fran encuentra un pasillo libre y envía un balón mortal a las tripas del área para la carrera de Mauro Silva. El brasileño controla a trompicones y avanza hasta la línea de fondo buscando un centro imposible con el que sus notables cualidades defensivas no están familiarizadas. Un valencianista le niega esa posibilidad y decide volver a retrasar el esférico que llega a pies de Alfredo. El pequeño centrocampista tiene unas décimas de segundo para colocar el balón en posición, poner un mal centro a la olla y rezar para que alguien lo cace.

En la temporada 1992/93 nació el SuperDépor. Concretamente nació tras una victoria en Riazor ante el Real Madrid por 3-2 tras ir perdiendo por 0-2 en el descanso. Aquella temporada el equipo coruñés acabaría tercero y se convertiría en el segundo equipo de todos los españoles. El tobillo mágico de Bebeto se proclamó máximo goleador y las seguras manos de Liaño el portero menos goleado. Pocos esperaban que el milagro se repitiese en la siguiente temporada, pero, tras una victoria en la duodécima jornada ante el FC Barcelona, el RC Deportivo se colocó en el liderato. Y ya no lo soltó más.

El centro de Alfredo no es lo suficiente fuerte ni lo suficiente débil y desciende lánguidamente hasta el punto de penalti, donde, por increíble que parezca, no hay nadie. Por allí asoma Bebeto preparado para armar la pierna pero al levantar la cabeza advierte que tiene una muralla de defensores entre él y la portería. Con un sutil gesto con el exterior del pie desplaza el balón a Nando que avanza hacia el área como caballo desbocado directo a disparar a gol con todas sus fuerzas. Nando intenta controlar, pero se le va demasiado largo, y, en ese momento, justo cuando entra dentro del área, aparece la pierna del valencianista Serer. López Nieto señala el punto de penalti. Iban 43 minutos y 27 segundos de la segunda mitad. 88 minutos y 27 segundos del último partido de la Liga. Del último de los 38 partidos disputados por el RC Deportivo en la Liga. El último de los 3.420 minutos de una temporada.

En una Liga con dos puntos por victoria el Dépor se aferraba a la media inglesa; ganaba en casa y empataba fuera. Tenía una sólida ventaja pero el Barça apretaba fuerte. De los últimos 14 partidos los azulgranas ganaron 12 y empataron 2. Por el camino Johan Cruyff aprovechaba las ruedas de prensa para meter presión a los gallegos. Y surtía efecto. A falta de seis jornadas la ventaja era de seis puntos. En la jornada 35 el RC Deportivo empató ante el descendido Lleida y el Barça vapuleó al Celta en Vigo (0-4). Tres jornadas y dos puntos de distancia. Luego el Dépor tampoco pudo pasar del empate en otro presumible fácil encuentro ante el Rayo (0-0) mientras que el Barça nuevamente sacudía a su rival (4-0 al Sporting). Faltaban dos jornadas y había igualdad de puntos, una igualdad que favorecía al RC Deportivo, pero la sensación en el ambiente es que la Liga se escurría entre los dedos.

Riazor salta de alegría tras la señalización del penalti. En Coruña se tiran fuegos y hay quienes ya se empiezan a dar los primeros baños en la fuente de Cuatro Caminos. En el campo, Bebeto se santigua y se arrodilla mientras brotan unas lágrimas por su rostro. Sus compañeros son más cautos, pero las cámaras de televisión captan unas cuantas sonrisas. En el palco, las tres gabardinas y los tres orondos estómagos de Manuel Fraga, Francisco Vázquez y Augusto César Lendoiro se regocijan por un éxito que piensan tomar como propio. En Barcelona, con el partido ya decidido, las caras de incredulidad de los radioyentes van desde Nuñez y sus acólitos del palco hasta el más humilde socio ataviado con bufanda azulgrana. Mientras, pocos observan como Miroslav Djukic se mantiene en solitario y pensativo un poco más allá del punto de penalti.

A pesar del cansancio mental del equipo las cuentas aún cuadraban. Quedaban dos jornadas y el Barça tenía que visitar el Bernabéu. Con Cruyff de entrenador el Barça nunca había ganado al Madrid en su casa, pero escogió el mejor momento para romper el maleficio. Con un tanto de Guillermo Amor (0-1) los catalanes se ponían provisionalmente como líderes. Era sábado. Al día siguiente el Dépor jugaba en Las Gaunas ante el Logroñés. 8.000 coruñeses poblaban las gradas del vetusto estadio con capacidad para 15.000 almas. Se fletaron autobuses para festejar un título contando con la victoria del Real Madrid, pero al final salieron igualmente contentos porque los goles de Manjarín y Donato dieron la primera victoria fuera de casa (0-2) en dos meses. Quedaba una jornada y el Dépor dependía de sí mismo. Jugaba en casa ante el Valencia que estaba perdido en mitad de la tabla. El Barça se enfrentaba en el Camp Nou al Sevilla que se jugaba acceder a la Copa de la UEFA. Al Dépor le valía igualar el resultado del Barça para ser campeón. Si ganaba sería matemáticamente campeón pasase lo que pasase en la Ciudad Condal. Dependía de sí mismo.

Arsenio Iglesias camina pensativo a lo largo y ancho de la pista de atletismo que rodea el banquillo local. El técnico coruñés lleva todo el año pregonando la paciencia y enfriando una euforia que considera desmedida. En sus entrañas sabe que hay muchas opciones de fallar el penalti. El especialista en los lanzamientos era Donato, pero a mediados de la segunda parte había sido substituido por Alfredo con la intención de dotar de más mordiente ofensiva al equipo. La lógica dictaminaba que Bebeto fuese el lanzador. Pero el astro brasileño, libélula en el área, también lo era de carácter. Había fallado un par de penas máximas durante la temporada y ya había pedido a Arsenio no tirar más penaltis. Luego se diría que se escondió, pero realmente nunca fue una opción real para tirarlo. Nunca quiso hacerlo y nunca tuvo la orden de hacerlo. Otro tema es si debería haberlo hecho. En el ejército un coronel no puede delegar en un sargento. Por mucho que quiera hacerlo. Así pues el encargado era Djukic. El serbio solía aguantar hasta el final los penaltis y tiraba indistintamente a izquierda o a derecha sin ajustar al palo. Había anotado uno unas jornadas antes en el Calderón, pero en la memoria también estaba uno que había fallado ante Buyo y que le había dado la victoria al Real Madrid en un choque en el Bernabéu.

La semana fue eufórica en Coruña. Los niños fuimos el día antes del partido con la cara pintada de azul al colegio. Había banderas blanquiazules por toda la ciudad. Todo era blanquiazul. Las hormigoneras, las cariñosas pescaderas de la plaza de abastos, las simpatiquísimas chicas del Corte Inglés, el ayuntamiento, La Voz de Galicia o Estrella Galicia. Todo tenía un lazo azul. Había banderolas que festejaban el título de Liga. Como diría Mourinho una década más tarde en otro sueño, esta vez europeo, “os veo un poco creciditos”. Y era verdad. El Dépor estaba sin gasolina y paralizado por la responsabilidad. La primera parte fue horrenda, pero las noticias desde Barcelona eran positivas. El Sevilla ganaba 1-2. La gente festejaba el título y en el campo el equipo se echaba atrás y amarraba el empate. El problema es que al poco de iniciarse la segunda mitad, Koeman, Guardiola, Stoichkov, Romario y compañía sacaron la apisonadora y dieron la vuelta al partido. El Barça ganaba 5-2 y se puso presto a la espera. Quedaban 20 minutos y el Dépor trataba de dar un paso adelante pero se veía incapaz. Bebeto tuvo una cerca de boca de gol pero poco más. El partido agonizaba y sobre la segura victoria se ceñía una negra sombra.

Hacía falta un milagro.

El cronómetro ya se acercaba al final del tiempo reglamentario cuando Djukic se acercó con tranquilidad al punto de penalti. Fueron doce pasos para atrás hasta situarse encima de la línea que marca el inicio del área grande. Hizo un rápido gesto con un par de dedos para eliminar unos cuantos molestos mocos de la nariz y luego puso las manos en jarra. Toda su expresión corporal indicaba nervios y tensión. Cuando 25 años después uno observa las imágenes sabe que Djukic tenía que fallar ese penalti. Las piernas rígidas, los hombros tensionados y una búsqueda incesante de las manos a cualquier punto de la cara. Djukic coge aire, tanto aire como si fuese a perder la respiración por un instante. Luego lo suelta en una explosión impetuosa sin mirar atrás. En la portería, González arquea las piernas y coloca las manos entre ellas preparado para saltar a un lado o al otro. Está concentradísimo. Sorprendentemente concentrado. Deseando ser la bruja que rompe el cuento de hadas. Luego se sabrá que cobró 14 millones de pesetas (unos 85.000 euros de la época) vía Barcelona por parar el penalti. Pero era su trabajo. No se los pagaron por dejárselo meter. Se los pagaron por pararlo. Fuese ético o no, él hizo lo que tenía que hacer. López Nieto pita, Djukic coge carrerilla y lanza un disparo amarra tegui, flojo, a la derecha de González, que adivina la trayectoria y para con suma facilidad. Ya antes de lanzar Djukic sabe que ha fallado. Ya antes de lanzar tapa la cara con sus manos y clama a las alturas por su error. González proyecta su brazo al cielo y levanta el puño en señal de triunfo, lo que le generará el odio eterno de los coruñeses y de media España. En el gesto no hubo ética alguna, sólo odio pesetero.

Un lamento corre por Riazor. Los jugadores del Dépor bajan los brazos y ni siquiera intentan la heroica en los segundos restantes. Varios valencianistas se tiran al suelo y celebran el fallo (a razón de 7 millones de pesetas por cabeza, unos 42.000 euros de la época). En el palco, la pena y el quebranto de Lendoiro es inversamente proporcional a la alegría y el regodeo de Núñez. Cuando López Nieto pita el final, Djukic es de los primeros que se desploma en el campo. Un aficionado se tira a su lado y le da ánimos. Los demás enfilan el túnel de vestuarios en shock. No hay lágrimas. Aún no. Todavía están en shock. La gente salta al campo y acompaña a sus ídolos mientras le susurran al oído que no ha pasado nada. Que ha sido un sueño. Que el penalti ha sido gol. Que son campeones. Pronto el manto de Riazor estará cubierto por miles y miles de coruñeses. Pronto la fuente de Cuatro Caminos será lugar de celebraciones. De agrias celebraciones. De sonrisas comidas por las lágrimas. Será el lugar donde se venere el éxito del SuperDépor, un club humilde, que a pesar de la derrota acababa de hacer historia.

Al año siguiente se rompería el maleficio en una agónica final copera ante el Valencia. Un acto de justicia poética. Luego vendría el tan deseado título liguero para despedir el siglo XX. Pero la espina del penalti de Djukic permanecerá inalterable al paso del tiempo. Nunca antes se había decidido una gran liga de fútbol con un penalti en el último minuto del último partido de la última jornada de la temporada. Y nunca jamás se volverá a repetir.

https://www.youtube.com/watch?v=UEog2Uxnio4

“Mucho que decir y poco que contar (…) Estaba escrito así. El equipo ha corrido, no ha jugado bien. Tuvo muchos atrancos, quizás estuvo demasiado nervioso. Nos ha faltado marcar un gol. Llevamos el peso del partido pero no con buen tono. ¡Qué le vamos a hacer! ¡No pudo ser! (…) los chicos se han dejado la piel, han sido cabeza todo el año, los han desestabilizado, los han puesto nerviosos, han hecho lo que han podido y lo han hecho bien. Ha sido una pena. Es triste y es duro. Porque esto es una vez en la vida y no pudo ser (…) No puedo contestar a preguntas porque no sé qué decirles (…) He pasado muy mal día, pero ahora estoy muy entero. Alguno de los jugadores lo están pasando muy mal. Siento una gran tristeza por esas gentes de la calle que veía todos los días, esa gente mayor y esos niños y que yo pensaba que podíamos desilusionarnos, porque podía pasar esto. No es la primera vez que pasa y ha pasado. Fuimos a fallar un penalti cuando no había tiempo ni para respirar. Que Dios reparta suerte”. Arsenio Iglesias en la rueda de prensa posterior al partido. No hubo preguntas. Los periodistas callaron al unísono y aplaudieron al técnico herculino.

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La tragedia de Superga

Recientemente hemos asistido a la desaparición de una avioneta en la que viajaba el futbolista argentino Emiliano Sala. Suceso trágico, doloroso y punzante por infrecuente, saltó a noticiarios de todo el mundo debido a la jerarquía mediática del deportista. Su familia contrató a un equipo de rastreo para intentar localizarlo en la inmensidad del Canal de la Mancha mas todo concluyó en un funesto final. La misma conclusión que se vivió en las afueras de Turín en 1949. Este 4 de mayo se cumplen 70 años de la llamada tragedia de Superga, un accidente aéreo que conmocionó a medio planeta. Desde entonces, pase lo que pase, cada 4 de mayo cientos de personas peregrinan hacia la Basílica de Superga y, tras una admirable ceremonia, un grupo de aficionados finaliza el acto instalando una corona de flores al pie del monumento que perpetúa al ‘Il Grande Torino’.

En los años 40 no existían los torneos europeos por lo que los calendarios de los equipos eran mucho más ligeros que en la actualidad. Era común que se celebrasen giras y partidos amistosos entre los clubes más respetables del momento. Era una ocasión única para ver en directo a las grandes estrellas del planeta de las que limitadamente se tenía constancia por reseñas periodísticas. También era motivo de algarabía poder ver distintos modelos de fútbol, formas de juego y, en definitiva, salir de la rutina habitual a través de las patadas dadas a un esférico.

Uno de esos encuentros amigables tuvo lugar el 3 de mayo de 1949. La directiva del Benfica decidió celebrar un partido de homenaje en honor a Francisco ‘Xico’ Ferreira quien llevaba una década ejerciendo de capitán del conjunto lisboeta. Se trataba de una práctica habitual en la época para ayudar a la jubilación de los futbolistas más significativos, ya que el dinero de la taquilla iba íntegramente para el homenajeado. El rival escogido fue el Torino FC, quizás el equipo más fuerte de Europa en esos momentos y en dura pugna con los argentinos de River Plate por la hegemonía mundial.

¿De dónde había salido el Torino FC?

El Torino FC era una máquina ofensiva de primerísima magnitud. Había ganado cinco campeonatos italianos consecutivos y si hubiese existido la Copa de Europa estaríamos inmortalizando a un ilustre campeón. A finales de la década de 1940 al menos ocho (Bacigalupo, Ballarin, Castigliano, Loik, Maroso, Mazzola, Menti y Rigamonte) de los 11 titulares de la selección italiana pertenecían al Torino FC, aunque no era descabellado que ese número se ampliara hasta los diez. Tan sólo el portero ‘azzurro’ solía ser de otro equipo, aunque, por supuesto, el guardameta del Torino FC era el habitual suplente. Cabe recordar que por aquel entonces Italia era la vigente campeona mundial, y si bien es cierto que la II Guerra Mundial había provocado un impase en la celebración de los Mundiales, también lo era que los transalpinos habían vencido tanto en 1934 como en 1938. Semanas antes de la tragedia de Superga, Italia bailó a Hungría –por entonces potencia internacional- en un choque en el que ‘Il Grande Torino’ dotó a la selección de diez titulares. El partido acabó 3-2, pero no fue el resultado sino un fútbol vistoso con continuos cambios de posiciones de ataque y de sincronía entre defensores y atacantes, lo que hizo que fuese alabado por aficionados y periodistas.

‘Il Grande Torino’ es considerado como el antecesor del Ajax. Conjunto de altísima calidad técnica en el que las posiciones en el terreno de juego no importaban. Sus dos centrales, Aldo Ballarín y Virgilio Maroso, conducían el balón desde área propia y a menudo ingresaban en el centro del campo para distribuir el juego, algo muy poco frecuente por entonces. Conformaban una perfecta máquina ofensiva en la que el hábil artista era Ezio Loik y el virtuoso finalizador Valentino Mazzola. Juntos formaban una brutal dupla ofensiva que ayudó a que en la temporada 1947/48 el Torino FC anotase 125 goles en tan sólo 40 partidos.

Lamentablemente no tenemos imágenes en movimiento, tan sólo fotografías y bellas líneas escritas, pero todos los cronistas coinciden en considerar a Valentino Mazzola como el antecesor de Johan Cruyff. Figura y capitán tanto del Torino FC como de la selección italiana, Mazzola era un delantero de gran talento y notable técnica, de porte magistral, escurridizo y de fuerte carácter. Los que lo vieron jugar dirían de su hijo Sandro (también leyenda en el fútbol italiano como capitán y líder del Inter de Milán) que encarnaba los valores de su padre. Y de Sandro, afortunadamente, tenemos imágenes.

Así pues, aquel 3 de mayo, con un estadio da Luz a rebosar, portugueses e italianos disputaron un entretenido choque que se saldó con la victoria del Benfica por un ajustado 4-3.

Tras la disputa del partido, la mañana del miércoles 4 de mayo de 1949 los 18 integrantes de la plantilla italiana, personal técnico, tripulación y tres periodistas, para sumar un total de 31 pasajeros, surcaron el aire en un vuelo de cuatro horas con destino a Barcelona. El vuelo transcurrió con normalidad y los jugadores aprovecharon las dos horas muertas de escala que tenían para almorzar con la plantilla del AC Milan, que también hacía escala en la capital catalana tras haber jugado otro amistoso, en este caso en Madrid.

A las 14.50 horas el avión puso rumbo a Turín sin novedad alguna. Al superar la Costa Azul y acercarse a la frontera italiana el tiempo se tornó adverso y comenzaron a registrarse alguna que otra turbulencia. A la altura de Génova, el piloto, el teniente coronel Meroni, fue informado de que en Turín había fuertes ráfagas de viento, visibilidad prácticamente nula y enérgicos chubascos. Dado que el aeropuerto de Turín está al norte de la ciudad, Meroni contestó que haría un rodeo dirección Sur para luego remontar dirección Este a la altura de Superga.

Superga. La Basílica de Superga.

Al este de Turín, antes de avanzar a las llanuras del Po, la ciudad cuenta con un pulmón verde en forma de colina que está coronado por una iglesia. La Basílica de Superga es un precioso santuario neoclásico en el que están enterrados los miembros de la casa de Saboya. Entre los finados está Amadeo I, rey de España durante un par de tumultuosos años tras la proclamación de la I República.

A las 16.59 horas la torre recibió la comunicación de que el avión estaba a nueve millas de la pista de aterrizaje perfectamente alineado para aterrizar.

La pista está a 305 metros sobre el nivel del mar. La Basílica de Superga asciende a una altitud de 669 metros.

No hubo más comunicaciones.

El FIAT G-212 de la Avio Linee Italiane se estrelló a las 17.03 horas en la parte trasera de la colina sobre la que se levanta la Basílica. La única parte de la nave que permaneció intacta fue la cola. Los 31 pasajeros fallecieron en el acto.

18 futbolistas; Valerio Bacigalupo, Aldo Ballarin, Dino Ballarin, Emile Bongiorni, Eusebio Castigliano, Rubens Fadini, Guglielmo Gabetto, Ruggero Grava, Giuseppe Grezar, Ezio Loik, Virgilio Maroso, Danilo Martelli, Valentino Mazzola, Romeo Menti, Piero Operto, Franco Ossola, Mario Rigamonti y Giulio Schubert. 3 miembros del cuerpo técnico; Egri Erbstein, Leslie Levesley y Osvaldo Cortina. 3 directivos; Arnaldo Agnisetta, Ippolito Civalleri y Andrea Bonaiuti. 3 periodistas; Renato Casalbore, Renato Tosatti y Luigi Cavallero. Y por último los 4 miembros de la tripulación; Pierluigi Meroni, Celeste D’Inca, Antonio Pangrazi y Cesare Biancardi.

Era tal el estado tan desolador de los cuerpos que los miembros policiales y sanitarios se vieron incapaces de identificar a los cadáveres a pesar de que muchos de ellos eran personajes conocidos por el gran público y que sus fotografías eran de circulación frecuente en la prensa. Se tomó la decisión de llamar al seleccionador italiano Vittorio Pozzo para tan desagradable misión. Pozzo vivía en Turín y se acercó hasta Superga junto a Sauro Tomá, el único futbolista de la plantilla del Torino FC que no había viajado a Lisboa. Tomá estaba convaleciente de una fractura de menisco por lo que no pudo trasladarse con sus compañeros a Portugal. El destino le reservó la agridulce noticia de ser el único jugador vivo después del accidente. Tomá falleció en 2018 a los 92 años de edad. Tocado de por vida, necesitó ayuda psicológica durante años y cuando en 1989, cuatro décadas después del accidente, apareció llorando en la televisión pública italiana durante un reportaje de la tragedia sus lágrimas impactaron a aquellos que no conocían el suceso.

Paradojas de la historia, además de Tomá otro hubo superviviente del que poco se sabía entonces. Ladislav Kubala era un delantero húngaro que había huido de su país escapando del comunismo. Tras pasar unos meses en un campo de refugiados cerca de Roma, una semana antes de la tragedia viajó hasta Turín para firmar por el Torino FC. Aunque no estaba previsto que jugase, la idea era que viajara con el resto de sus futuros compañeros hasta Lisboa. La fortuna quiso que tanto su mujer como su hijo estuviesen enfermos en aquellos días por lo que finalmente se decidió que permaneciese en Turín.

El resto es historia. Kubala acabó firmando por el FC Barcelona siendo el buque insignia de la primera edad de oro del club catalán.

La consternación en Italia fue inconmensurable. Los documentales cinematográficos de la época enseñan como los ataúdes iban entrando en la catedral de Turín en el mismo orden con el que los jugadores ingresaban en el campo. De hecho, desde la megafonía eclesiástica se vitoreaba a los futbolistas como si del ‘Stadio Filadelfia’ se tratase. Se dice que hubo más de medio millón de personas que acudieron al entierro comunitario. Aún hoy, en el museo del Torino FC, se pueden ver las bolsas de viaje de tres de aquellos desafortunados chavales, incluida la del gran Valentino Mazzola. Junto a otros enseres también está la hélice del avión y a los pies de la Basílica de Superga no faltan nunca los ramos de flores.

Quedaban cuatro jornadas para el final de la Serie A pero se decidió que el Torino FC fuese proclamado campeón de Liga. En los partidos restantes los equipos rivales alinearon a sus juveniles para mitigar el impacto de los resultados. Semanas más tarde, River Plate se desplazó con todas sus figuras, incluyendo a Ángel Labruna y a Alfredo Di Stéfano, para jugar un partido amistoso en Turín a beneficio de los familiares de las víctimas. Desde entonces, y hasta que la mercadotecnia destrozase las buenas costumbres, la segunda zamarra del Torino FC pasó a ser blanca con franja roja en homenaje a los argentinos y River adoptó como segunda camiseta el color vino de los turineses.

La tragedia de Superga supuso un cambio total de paradigma en el fútbol italiano. A corto plazo provocó una crisis de resultados. Sin la base turinesa, la selección italiana pasó 20 días en un barco camino de Brasil para disputar el Mundial de 1950 por miedo a subirse a un avión. Quedarían eliminados en la primera fase del torneo al igual que sucedería en la cita de 1954. Para el Mundial de Suecia de 1958 ni llegaron a clasificarse. A largo plazo provocó un cambio de estilo. A finales de los 40 Italia era un equipo ofensivo, poderoso, ganador, que combinaba la gambeta sudamericana con el orden europeo. Tras la tragedia de Superga, muertos sus jugadores más técnicos, Italia se convirtió en un conjunto pequeño y ultradefensivo para agachar sus notables carencias. Cuando una vez pasada la crisis de los 50 la selección italiana y los equipos de Milán alcancen éxitos a través del catenaccio el cambio ya estaba hecho. No habrá nunca más hueco en Italia para el fútbol ofensivo.

Para el Torino FC no hubo cambio de paradigma. Para el Torino FC la tragedia de Superga supuso el fin. Jamás llegó a recuperarse. ‘Il grande Torino’ dejó paso a la ‘Vecchia Signora’. El equipo de la Cinzano claudicó ante el de la Fiat.

En 1949 el Torino FC pugnaba con la Juventus, no sólo por ser el mejor club de la ciudad, sino de Italia. La Juve contaba con 6 trofeos mientras que los granates tenían 5 entorchados. Empataban con títulos con el Inter de Milan (5), y superaban al AC Milan (3) y a los capitalinos de la AS Roma (1). Desde aquella fatídica tarde de 1949, el Torino FC sólo logró el `scudetto’ de 1976, mientras que la Juventus cuenta con 35 entorchados ligueros amén de sus conquistas europeas.

Siete décadas más tarde los hinchas del ‘Toro’ siguen lamentado aquella trágica tarde del 4 de mayo a los pies de la Basílica de Superga.

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A propósito del Brexit. El reinado inglés en el fútbol europeo de los 70 y los 80

Tras la II Guerra Mundial los archienemigos franceses y alemanes se sentaron tras una mesa y contemplaron la hecatombe que habían originado. Tras la masacre afloraron dos bestias pardas que habían contribuido a crear tanto en Oriente como en Occidente, y llegaron a la brillante y simple conclusión de que o bien se ponían a trabajar juntos o bien quedarían los restos de lo que antes había sido la hegemónica Europa. Así fue gestándose la Unión Europea, con la inestimable ayuda del fútbol, quizás el único objeto de deseo que los europeos compartimos desde Lisboa hasta Sebastopol.

Pero los británicos dijeron que no. En principio no. Su país no había sido arrasado por las bombas y se mantenía como líder comercial gracias al poder de su ya por entonces paupérrimo Imperio llamado ahora Commonwealth. Y el fútbol. El fútbol era un invento inglés. Y por supuesto no necesitaban ni la FIFA ni la Copa de Europa ni tonterías varias. No había mejor fútbol que el que se practicaba en las Islas Británicas.

Pero los tiempos habían cambiado. Mientras Francia, Alemania y hasta la raquítica Italia crecían de forma imparable en la posguerra, Gran Bretaña no carburaba, el Imperio se hacía pedazos y Estados Unidos se pasaba por el forro la flema y los modales. Así que al león británico no le quedó más remedio que entrar en la Unión Europea en 1973.

No pudo haber escogido peor momento.

La crisis del petróleo de 1973 puso fin a los años de bonanza de la posguerra. Los países que habían alcanzado la prosperidad aceptaron el desafío y fortalecieron sus lazos más si cabe. Fue una década dura para todos. Para el Reino Unido fue terrible. Fueron años de paro, recortes, desindustrialización y huelgas. Luego vino Margaret Thatcher y enderezó el país dotándolo de orgullo y patriotismo, o populismo, como se dice en estos tiempos. Y Gran Bretaña nunca pasó a ser miembro pleno de la Unión Europea. El brexit siempre estuvo en el aire desde el año 0. Nunca cumplió con Schengen (mantiene restricciones en la libre circulación de personas), no aceptó el euro (mantiene la libra) y es el único país de la UE que rechazó la carta de derechos europeos.

El proyecto europeo siempre ha sido para los ingleses un instrumento, nunca un fin ni un ideal. El escenario donde poder levantar cabeza y reafirmar sus sueños de grandeza. Una vía para poder ejercer una influencia que se desvanece por todo el orbe.

Luego vino el Brexit (o eso parece) por causas que más o menos todos conocemos. Pero estos son los orígenes. Unos orígenes que se remontan a la década de los 70, al mismo momento en el que el Reino Unido decide incorporarse sin demasiada fe a la Unión Europea. Buscaron luz donde había negrura y no lograron iluminar la estancia. Y es que los 70 en Inglaterra fueron lúgubres. Acabado el boom de la minifalda y de los Beatles, perdido el Imperio y aislados del resto de Europa, los británicos vivían instalados en la depresión.

Pero, ¿y el fútbol?

Inglaterra había ganado el Mundial de 1966 en casa. Tenían una buena generación y aprovecharon los beneficios arbitrales de actuar como anfitrión. Aquel grupo cayó en semifinales de la Eurocopa del 68 y feneció definitivamente al perder ante Alemania en cuartos de final del Mundial de México 70. Al fin se había ganado un Mundial, y los ingleses tenían argumentos para mantener viva la llama del aislacionismo y de la supuesta superioridad de su fútbol.

La desdicha llegó poco después. En 1974 y en 1978 Inglaterra no consiguió clasificarse para el Mundial. Practicaba un juego rudimentario basado en lanzar el balón hacia adelante, sus jugadores no eran conocidos internacionalmente y, por si fuera poco, lo habitual era escuchar historias de alcohol y de drogas entre muchos de sus componentes. El Manchester United, el único equipo inglés con sentido internacional, había descendido de categoría. De pronto la Inglaterra de provincias hizo su aparición.

Y la Inglaterra de provincias salvó al siempre colosal orgullo inglés. Fueron los años del Forest y del Aston Villa. Las victorias más sorprendentes que ha forjado la Copa de Europa. Entre 1977 y 1984 (con la excepción de 1983) algún equipo inglés fue campeón de la Copa de Europa de fútbol. Y lo hicieron desde el anonimato. Fueron conjuntos de ciudades provinciales, sin tradición, que representaban lo más profundo de la Inglaterra más profunda. Lugares donde la insularidad era acusada.

Durante el bienio 1979-1980 en Europa reinó el Nottingham Forest, el más fiero exponente de los midlands ingleses. Un equipo sin historia y sin tradición (y también sin dinero, lo que lo distingue de ‘trapalladas’ como el Manchester City) que en el espacio de tres años pasó de la segunda categoría del fútbol inglés a ser bicampeón europeo. Es cierto que tuvo cierta suerte en las eliminatorias, pero machacó a Ajax, Hamburgo o Colonia por el camino, rivales de enjundia en esos tiempos. Lo hizo con un fútbol directo basado en el contraataque y la solidaridad de sus jugadores. Tan sólo la fama del fenomenal portero Peter Shilton ha cruzado las aguas del Canal de la Mancha. Otros como Viv Anderson o Trevor Francis quizás suenen a los estudiosos del fútbol. Los demás son simples obreros sin nombre ni recuerdo al escapar del corazón de la campiña inglesa.

Más sangrante para la Europa futbolera y más satisfactorio para el inglés medio fue la victoria del Aston Villa en 1982. El Villa es el principal equipo de Birmingham, quizás la más inglesa de las ciudades inglesas. Cuna de la Revolución Industrial, se jacta de ser lugar de nacimiento de mil y un inventos y mil y una empresas, entre las que por supuesto están varios deportes como el criquet, el fútbol o el tenis. El Aston Villa había sido un grande en los albores de la competición a finales del siglo XIX, pero cuando en 1981 gana la Liga inglesa sorprende a propios y extraños. Con un fútbol cicatero, elemental y ultradefensivo elimina a Dinamo de Kiev y Anderlecht para ganar al Bayern de Münich en la final. En el caso del equipo de Birmingham no hay nadie, absolutamente nadie, que sea digno de guardar en el recuerdo. Ni tan siquiera su entrenador, ya que Tony Barton había accedido al cargo escasamente dos meses antes de la disputa de la final. El triunfo del Villa elevó el ego ingles hasta el infinito en una demostración de conjunto, lealtad y solidaridad entre compatriotas, que daba por sentado la superioridad frente a los incautos al otro lado del estrecho de Dover.

Por el camino hubo otros equipos recordados en la isla y olvidados fuera de ella. Equipos sin jugadores plausibles de aparecer en la lista del Balón de Oro, incapaces de destacar en un Mundial, indignos de ser recordados en un tomo sobre ases del balón, pero que dejaron su huella en Europa. El Leeds United, subcampeón de la Recopa en 1973 y de la Copa de Europa en 1975 y considerado uno de los equipos de fútbol más duros que se recuerdan. El ‘Dirty Leeds’ (sucios Leeds) hizo apología del destrozo al rival capitaneados por Billy Bremmer, un centrocampista pequeño y aguerrido que coleccionaba tarjetas partido tras partido. También fue subcampeón de la Recopa (1976) el West Ham, el conjunto de la clase obrera londinense con un fútbol y una alineación imposible de recordar. Igualmente perdió la final el Arsenal (1980), mientras que el Everton se proclamó campeón en 1985 con un equipo más ofensivo pero de escaso relieve. Por su parte el Tottenham venció en la Copa de la UEFA (1984) con Steve Archibald como jugador estrella, un delantero de escaso recuerdo en su posterior aventura en el FC Barcelona. Pero quizás el más estrafalario de los campeones fue el Ipswich Town en 1981. Conocidos como los ‘tractor boys’, el equipo del este de Inglaterra era un modestísimo conjunto. Practicaba un fútbol atractivo pero de arraigado carácter británico comandado por el central Terry Butcher, defensa que pasó a la historia por perder la cintura ante Maradona en México 86.

He omitido deliberadamente al gran Liverpool, la excepción que confirma la regla. El único equipo inglés que apostaba abiertamente por un juego de toque, de posesión y en el que el ataque primaba frente a la defensa. El famoso ‘passing game’ hizo grande al Liverpool y lo convirtió junto al Manchester United en el único conjunto inglés ‘europeo’, querido y respetado fuera de Gran Bretaña. Entre 1973 y 1984 se alzaron con 2 Copas de la UEFA y 4 Copas de Europa. Durante una década fue estandarte del fútbol europeo, liderado en un primer momento por Kevin Keegan, un doble ganador del Balón de Oro pequeño y de gran desborde y después por Kenny Dalglish, un escocés igual de diminuto pero con menos desborde y más gol. Pero, a pesar de todo, el triunfo de Liverpool fue una victoria del conjunto. Se recuerda más al equipo que a las estrellas. Primaba la fortaleza y la determinación inglesa frente a los focos y los millones de las vedettes del Continente.

Y es que las vedettes de aquellos equipos ingleses de entre décadas eran los entrenadores. Bill Shankly (Liverpool) Don Revie (Leeds), Bobby Robson (Ipswich Town), Howard Kendall (Everton) o Brian Clough (Nottingham Forest). Ellos representaban el estereotipo del inglés medio. Con sus lógicas diferencias todos personificaban al ‘míster’. Hombres educados, sencillos a la vez que inflexibles, egocéntricos y desconfiados, de lealtad intachable y de extrema eficiencia. Esos equipos eran sus equipos. Y esos equipos representaban a un pueblo. A una comunidad. Representaban a Inglaterra ante el resto de Europa. Como si de la Royal Navy se tratase y cada entrenador fuese un Nelson en miniatura.

Ese cóctel victorioso levantó el orgullo de los ingleses, pero también hizo que mucha gente inadaptada y desilusionada con la vorágine de la globalización se refugiara en el hooliganismo. Encontraron en el fútbol el nuevo faro de los ideales británicos. Cuando los muertos en las gradas traspasaron el Canal de la Mancha y ensangrentaron Heysel en la trágica final europea entre Liverpool y Juventus de 1985, la euforia futbolera se evaporó y un nuevo telón de acero se erigió entre Europa y las Islas Británicas. El fútbol mantuvo a Inglaterra en Europa a caballo entre los 70 y los 80. Heysel contribuyó a volver a separarlas entre los 80 y los 90, justo cuando en la mesa estaba la pluma preparada para firmar el Tratado de Maastricht.

“Todos nuestros problemas han venido de la Europa continental, y todas las soluciones han venido de las naciones anglohablantes a lo largo y ancho del mundo”. Margaret Thatcher, primera ministra del Reino Unido.

“Los ingleses tienen tantos deportes porque cuando otro país lo derrota inventan uno nuevo”. Peter Ustinov, actor nacido en Londres ganador de dos premio Óscar.

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¿Por qué Alemania odia al Bayern?

Recientemente hemos presenciado el humillante derrumbe del Real Madrid. Lo han echado de su trono europeo después de una desastrosa semana donde ha sido barrido, no sólo por el Ajax, sino también por el Barça. Al mismo tiempo el faraónico proyecto del PSG ha vuelto a hincar la rodilla, mientras que el Bayern hacía lo propio en un paupérrimo partido ante el Liverpool. Los tres gigantes cayeron en casa y el dolor de sus derrotas se ha convertido en celebración y fiesta en buena parte del mundo. Al menos la mitad de España considera prepotencia el llamado señorío del Real Madrid. Algo parecido ocurre en Francia, donde la soberbia del PSG genera ojeriza y rencor. Pero si hay un país donde la cuasi totalidad de la población odia a un club ese es Alemania.

El Bayern de Múnich es el equipo más laureado y a la vez más odiado de Alemania. Mayor poder es sinónimo de más responsabilidad y más responsabilidad es sinónimo de más envidia. Es lógico que el Bayern, dominador con mano de hierro de la Bundesliga (ha ganado la mitad de los títulos 27/55) tenga miles de detractores, pero lo suyo es un fenómeno cuanto menos llamativo. Otros grandes caso del Real Madrid, Manchester United o Ajax cuentan con seguidores en todo el territorio de su país. Incluso algún otro como la Juventus o el Celtic son hegemónicos en su país, a pesar de ser la segunda preferencia dentro de su ciudad. En el Bayern su filiación alemana se restringe al länder de Baviera y por el contrario son millones los seguidores fuera de las fronteras germanas. ¿Por qué Alemania odia al Bayern?

Como de costumbre es necesario desempolvar el libro de historia para comprender de donde viene este odio. En 1618 lo que hoy es Alemania era un batiburrillo de principados, reinos y repúblicas divididas por la religión. El cristianismo en Europa estaba en medio de una crisis de proporciones bíblicas, mientras en el resto del mundo cumplía una labor de evangelización universal. Por supuesto que la religión era lo que hacía moverse a la plebe, mientras que a la élite lo que le preocupaba era el poder económico. Durante tres décadas las grandes potencias del momento se enfrentaron en lo que sería conocida como ‘La guerra de los 30 años’. Los protestantes de Sajonia, Prusia y la Liga Hanseática fueron apoyados por Países Bajos, Inglaterra o Suecia. Los católicos de Baviera fueron apoyados por el Imperio Español y Austria. ‘La guerra de los 30 años’ acabó con la derrota de estos últimos, una aceptación del protestantismo y, lo que a nosotros nos ocupa, un giro en la relación de Baviera con el resto de Alemania. Los católicos del sur pasaron a ser vistos como extranjeros.

‘La guerra de los 30 años’ forma parte de la identidad nacional de Alemania al igual que otras guerras civiles ocupan ese espacio en España o Estados Unidos o distintas revoluciones hacen lo propio en Francia o Rusia. Según los historiadores especializados en esa época, la Paz de Westfalia (1648) sentó las bases de la Unión Europea. Fundamentó dos principios esenciales; la libertad de religión (cristiana) dentro de unas fronteras y la negociación entre Estados soberanos (multilateralismo) antes de declarar una guerra. Estos dos principios hicieron posible que con el paso de los siglos Alemania fuese el único gran estado europeo con notable diversidad religiosa (cristiana) y que las decenas de reinos de taifas que la poblaban se uniesen pacíficamente en un Estado soberano en 1871.

Cuando en 1871 se constituyó Alemania los bávaros mantuvieron buena parte de su independencia. Primordialmente conservaron a sus embajadores en el extranjero, se encargaron de regular y construir su propio sistema de transportes y mantuvieron un ejército privado. Baviera era una región católica, eminentemente agraria y que mantenía fuertes lazos con la imperial Austria. Sí, había unión, pero Berlín y los industriales y militares prusianos y los protestantes comerciantes del norte del país eran poco menos que extranjeros con los que tan sólo se compartía el idioma. Tampoco era nada nuevo ni extraño. Cuando Napoleón conquistó Europa, Baviera se alió con el emperador y con otros länders fronterizos con Francia conformando la Confederación del Rin. Para Berlín y el resto de grandes ciudades industriales alemanas los bávaros eran unos traidores.

En Münich fue donde Hitler se dio a conocer e intentó un Golpe de Estado. En Münich y en el resto de Baviera fue donde más se impulsó la anexión con Austria durante la II Guerra Mundial. En Nuremberg, la otra gran ciudad de la región, tenían lugares los grandes desfiles nazis. Cuando la guerra acaba y toca hacer cuentas, Baviera era la cuna del nacionalsocialismo. Cuando se establece el sistema bipartidista entre socialdemócratas (centro izquierda) y democristianos (centro derecha), en Baviera se crea un partido propio de corte católica (CDU) que aún hoy se mantiene independiente del CSU, a imagen y semejanza de lo que ocurre en España con el PSOE y el PSC catalán.

Baviera era un lugar tradicionalista de cebada, vacas y misa dominical.

Como Alemania fue dividida en dos al finalizar la contienda mundial, Prusia quedó en el este comunista. Por lo tanto, tocaba buscar un centro gravitacional en el oeste. Baviera, eminentemente agrícola, recibió millones de dólares americanos y de marcos alemanes para crecer y modernizarse. Inteligentemente se apostó por la investigación y la industrialización. La tierra del lúpulo y de Wagner se convirtió en la tierra de Siemens, BMW, Allianz, Adidas o Puma. Así pues, en la década de 1960 Baviera se había convertido en la región más rica de Alemania Occidental gracias a la ayuda de unos länders que ahora miraban aún con mayor envidia a sus paisanos del sur.

—FC BAYERN—

La Bundesliga alemana no fue creada hasta 1963. Tiene esto que ver con la independencia de los länders y la falta de una idea nacional en el pueblo. Hasta ese año los campeones regionales se enfrentaban en un torneo final del que salía el vencedor del país. Cuando en 1963 se disputa la primera liga, el gran equipo de Baviera era el Münich 1860.

El Bayern de Münich se jacta de representar la forma de ser y la idiosincrasia de los bávaros (efectivamente Bayern quiere decir Baviera, sería algo así como si el Barça se denominara Catalunya Barcelona). De hecho, los 16 puntos de la filosofía del Bayern, que adornan las paredes del complejo deportivo y del estadio Allianz Arena, resumen lo que es Baviera para Baviera y lo que piensa de Baviera el resto del país: “Somos un club, un ejemplo, tradición, innovación, confianza en nosotros mismos, respeto, alegría, fidelidad, motor, patria, responsabilidad, familia (…) mia san mia FC Bayern!”. Para los que somos de fuera se asemejan a las líneas comerciales de Adidas o de cualquier otra multinacional. Pero el caso es que el Bayern no era nada hasta Franz Beckenbauer.

Beckenbauer fue rechazado por el Münich 1860, el equipo de su niñez, y recaló en el Bayern, por entonces un equipo de segunda. El ‘kaiser’ fue y será venerado porque apareció en el momento exacto y elevó a su equipo a la élite mundial. No es un caso extraño. Todos los grandes equipos tienen su bautismo de fuego, y si ese bautismo se encuentra en un momento del pasado donde la televisión, las competiciones europeas y la revolución juvenil se unen, hacen de ese equipo una leyenda eterna (Di Stéfano y el Real Madrid; Cruyff y el Ajax; Eusebio y el Benfica; Charlton y el United).

Maier, Müller, Beckenbauer y compañía elevaron la capacidad de un equipo que era ejemplo del milagro alemán. Concienzudo, cuadriculado, con unas finanzas de hierro y que funcionaba como un engranaje perfectamente engrasado. De repente el Bayern pasó a gobernar la Bundesliga y en poco tiempo se convirtió en tricampeón europeo.

Hasta entonces el gran club alemán era el Hamburgo, representante de la rica burguesía del norte. Pero no llegó a tiempo para los fastos europeos. El gran rival del Bayern en los 70 fue el Borussia Mönchengladbach. Los primeros representaban a los nuevos ricos del sur. Los segundos eran la imagen de una ciudad de provincias, textil y obrera. Los primeros eran aburridos hasta la saciedad. Los segundos hacían un juego que enamoraba a propios y extraños. Los primeros ganaban. Los segundos perdían finales.

Alemania ganó la Eurocopa de 1972 y el Mundial de 1974. El trofeo continental se ganó con una exhibición de fútbol coral. El título universal con una buena dosis de fortuna. No es casualidad que en el 74 el once inicial estuviese basado en el Bayern (Maier, Schwarzenbeck, Beckenbauer, Breitner, Hoeness, Müller). Los muniqueses se acostumbraron a ganar títulos en esa década a pesar de hacer un fútbol aburrido. En Alemania a eso le llaman ‘Bayern-dusel’, algo así como ‘la potra del Bayern’. Para los bávaros no es más que otra muestra de envidia.

‘Mia san mia’ es la frase de cabecera del club, que en dialecto bávaro significa ‘nosotros somos nosotros’. Es decir, nos da igual lo que piensen los demás. Para los seguidores del Bayern todo está claro, se les odia porque ganan siempre. Les odian porque son bávaros. Sus seguidores defienden que Baviera era pobre y que gracias a su trabajo han alcanzado el éxito. Consideran que el Bayern es un club familiar que con esfuerzo ha logrado ser millonario sin recurrir a bancos ni a jeques extranjeros. Es de los pocos clubes de elite europeos donde la presidencia y demás estamentos del club están ocupado por antiguos futbolistas.

En el resto de Alemania la visión es radicalmente opuesta. Critican la unión de grandes empresas como Adidas o Audi con el club. Reprochan que muchos de sus directivos sean accionistas de esas grandes corporaciones. Predican que los exjugadores que ocupaban la presidencia usan su fama y la fuerza de su leyenda para incidir en la Bundesliga y en la Federación Alemana de Fútbol.

Lo cierto es que raro es el año en el que el Bayern no fiche a la estrella de un club de la Bundesliga con el objetivo de reforzarse y de paso perjudicar a un posible rival. En Alemania no existen dos grandes. Ni existe un clásico. Dependiendo de la época el Bayern va cambiando de gran rival. El gran partido del año es cualquiera que se juegue contra los muniqueses. Viaje a Dortmund, Sttutgart, Hamburgo, Bremen o Genselkirchen, el Bayern es recibido con suma hostilidad.

“Los rivales nos respetan más de lo que nosotros los respetamos a ellos”. Uli Hoeness, presidente del Bayern.

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La filosofía del Athletic

Si uno entra en la página web del Athletic de Bilbao podrá echar un vistazo a un apartado bajo el título de ‘filosofía’. Una vez dentro, un corto buceo por la web y acabará encontrando una de las máximas más conocidas en el mundo del fútbol: “El Athletic Club está radicado en Bilbao, provincia de Bizkaia (País Vasco). Nuestra filosofía deportiva se rige por el principio de que pueden jugar en sus filas los jugadores que se han hecho en la propia cantera y los formados en clubes de Euskal Herria, que engloba a las siguientes demarcaciones territoriales: Bizkaia, Guipuzkoa, Araba, Nafarroa, Lapurdi, Zuberoa y Nafarroa Behera, así como, por supuesto, los jugadores y jugadoras que hayan nacido en una de ellas”.

Luego hojeas el periódico y averiguas que el Athletic acaba de fichar a Kenan Kodro. Sí, un joven delantero nacido en San Sebastián pero hijo de padres bosnios (concretamente el papá es un icono en Donostia). Lees que se ha formado en la cantera de la Real Sociedad pero que nunca ha jugado en un club de Vizcaya. Observas que ha hecho carrera en Suiza y en Dinamarca.

Y se te queda mal cuerpo.

Al igual que la inmensa mayoría de los primeros clubes de fútbol surgidos en España, en el Athletic Club de inicios del siglo XX había franca mayoría de futbolistas nacidos en Gran Bretaña. Es más, dado que había mucha población flotante en la capital de Vizcaya gracias a la pujanza industrial, había jugadores de distintas regiones españolas. Lo normal en cualquier alineación del conjunto bilbaíno de 1900 o de 1905 era encontrar a 5 o 6 oriundos de Albión, 2 o 3 vizcaínos y otros tantos castellanos.

Al parecer fue en 1911 cuando el Athletic decidió no contratar jugadores foráneos a perpetuidad. Más la causa no obedecía a ningún tipo de romanticismo. Aún no existía campeonato de Liga, y el torneo que reunía a la flor y la nata del fútbol español era la Copa del Rey. En la edición de 1911 se reglamentó que ningún equipo participante podría contratar jugadores profesionales ingleses y tan solo los extranjeros que llevasen 2 años residiendo en el país podrían ser alineados. Según las crónicas, el Athletic jugó y venció en su partido de octavos de final al Fortuna de Vigo contando en su once inicial con un tal Sloop y un tal Martin (que no Martín), dos británicos que incumplían la normativa. Curiosamente no fueron los gallegos quienes denunciaron por alineación indebida a los bilbaínos. La denuncia fue cosa de la Real Sociedad, que ni siquiera se había clasificado para las rondas finales de Copa, pero que ya por entonces mantenía fuerte rivalidad con sus vecinos provinciales. Finalmente la denuncia no prosperó debido a las agarraderas con las que contaba el Athletic en la Federación. Tal fue la cosa que los vascos se proclamaron campeones tras vencer al RCD Espanyol (de aquella aún Español) en la final. Aun así, heridos en su orgullo y ante las acusaciones de tramposos, el Athletic tomó una decisión salomónica. No volverían a fichar extranjeros. Ni siquiera españoles. Ni siquiera vascos ni navarros. Solo jugarían con vizcaínos.

Tan sólo era una declaración de intenciones. No había nada por escrito. Ni lo había, ni lo hubo, ni lo habrá. Tan sólo es una filosofía. Pero el caso es que los años pasaron y el Athletic se consolidó como el mejor equipo de España. Los jugadores vascos evolucionaron con más rapidez que sus compatriotas debido a varios factores. En primer lugar, los norteños eran más físicos y tenían una talla media más elevada. En segundo lugar, los puertos éuscaros eran lugar de entrada de innovaciones procedentes del Reino Unido, y el Athletic y demás conjuntos vascos contaron desde sus inicios con técnicos ingleses de primer nivel. Por último, los jugadores del norte estaban acostumbrados a jugar en campos encharcados y bajo la lluvia, lo que en un fútbol donde el balón, las botas o las camisetas triplicaban el peso actual, era un plus importantísimo.

Pero había algo más. La causa definitoria para mantener esa norma autoimpuesta de 1911. Las décadas iniciales del siglo XX vieron un florecer de los nacionalismos periféricos. Las ideas de Sabino Arana fluyen y se concretan en el PNV (Partido Nacionalista Vasco). La cultura del Athletic se convirtió en santo y seña de Euskadi. Si los resultados en el terreno de juego acompañaban, ¿quién podría cuestionar la filosofía? En 1911 el Athletic había ganado 4/9 de los primeros torneos coperos y cuando estalló la Guerra Civil acumulaba un total de 13/32. De las 8 Ligas disputadas hasta 1936 el Athletic había sido campeón en la mitad de ellas. En la temporada 1930/31 consiguió el doblete de Liga y Copa, perdiendo sólo 1 partido entre ambas competiciones.

Aunque en los años 40 y 50 el Athletic vio como otros conjuntos poco a poco le superaban, se mantenía como el club de referencia del fútbol español. Silenciados por el Franquismo, los vascos hubieron de buscar otras fórmulas para dar visibilidad a su forma de ser. Los vizcaínos vieron en el Athletic un instrumento de reivindicación nacionalista y convirtieron en dogma lo que era una mera tradición.

No había reglas escritas, pero cuando la década de 1950 echó a andar cualquier presidente del Athletic que pretendiese seguir en su cargo sabía que no podía sacar la escopeta de su coto de caza. Lo contrario equivaldría a un suicidio deportivo.

Cuando en 1957 el técnico Fernando Daucik le echó el ojo a un prometedor extremo de raza negra que jugaba en el Barakaldo y estudiaba en la Universidad de Deusto, inmediatamente fue a las oficinas del Athletic a solicitar su fichaje. A Daucik (que era checo, aunque llevaba años entrenando en España y conocía de sobra la filosofía de los bilbaínos) le costó comprender como un futbolista criado en Euskadi y que había jugado desde niño en equipos de la periferia de Bilbao no podía jugar en el Athletic. Miguel Jones, nombre del prometedor muchacho, acabaría siendo un pilar del Atlético de Madrid y nunca pudo jugar en el equipo de sus amores porque había nacido y vivido hasta los 6 años en Guinea Ecuatorial.

No fue el único caso. Famosos también son los de Chus Pereda y José Eulogio Gárate. El primero se formó en el Indautxu, pero dado que había nacido en un pueblo de la provincia de Burgos no pudo nunca jugar en el Athletic. Acabaría haciendo carrera en otros equipos, destacando sus años de gloria en el FC Barcelona. El caso de Gárate es mucho más sangrante. Nació en Argentina por accidente y a los 3 meses ya residía junto a sus padres en la ciudad guipuzcoana de Éibar. Jugó para los eibarreses y para el Indautxu (que era algo así como un Athletic B) pero tampoco pudo jugar como local en San Mamés y se tendría que conformar con visitar Bilbao con la camiseta del Atlético de Madrid, donde, por supuesto, es una leyenda.

Otro de los casos más conocidos por injusto y estúpido es el de los hermanos Sarabia. Manuel, el pequeño, es un icono del Athletic, el delantero goleador en su último título liguero de 1984. Lázaro, el mayor, nació en Jaén antes de que la familia emigrase a Bilbao, por lo que fue rechazado cuando quiso entrar en las recién creadas categorías inferiores rojiblancas.

Estos casos hicieron mucho daño en Bilbao que veía como poco a poco quedaba anquilosado frente a los portaviones provenientes de Madrid y Barcelona. El Athletic estuvo 11 años sin ganar ningún título (1958-1969). Algo inaudito. Hasta entonces no había pasado de un trienio sin levantar una copa. Había miedo, y la norma se hizo entonces más laxa. A mediados de los 60 se abrió la mano. Se empezaron a reclutar jugadores formados en Guipúzcoa (Guisasola o Iribar) y en los 70 la enemistad con la Real se hizo patente al cazar a otros guipuzcoanos como Irureta, Churruca o Lasa. A partir de los 80 se incorporó a alaveses como Zubizarreta y se empezó a formar en la cantera a riojanos (Valverde, Aranzubia, Ezquerro), navarros (Urzaiz, Llorente) y hasta se llegó a fichar a vascofranceses (Lizarazu).

Pero no fue suficiente. El Athletic no gana un título desde 1984 (ganar una Supercopa sin haber ganado ni la Liga ni la Copa no se puede considerar ganar un título) por lo que la norma está siendo estirada hasta extremos impensables. Jugadores nacidos en Salamanca (Patxi Ferreira), en Brasil (Biurrun) o en Venezuela (Amorebieta) han jugado en el Athletic por el simple hecho de haber pasado al menos una temporada en un club de formación vasco.

Imaginamos que con la sana envidia de todos los Gárate que quedaron por el camino.

Al igual que el mal jugador de solitarios, el Athletic ha llegado al absurdo de hacerse trampas a sí mismo. Aymeric Laporte, hoy flamante central del Manchester City, nació en Agen, localidad francesa que dista unos 250 kilómetros de Irún. Ojeadores del Athletic captaron las virtudes de Laporte, pero el joven central no había nacido ni en Lapurdi ni en Zuberoa. sino mucho más al norte. No era vascofrancés. Laporte tenía 15 años y si un jugador supera los 16 y no ha sido formado en el País Vasco (en este lado de la raya o en el otro) pasa a no ser seleccionable para ‘los leones’. Así pues, el Athletic incitó a los padres de Laporte para mudarse con el chaval a Bayona, capital del País Vasco francés. Una vez cumplida la temporada de trámite en la provincia vascofrancesa de Lapurdi, el Athletic formalizó su fichaje para su equipo juvenil.

Este galimatías crea paradojas que son difíciles de explicar. Antoine Griezmann podría jugar en el Athletic porque se formó en la cantera de la Real Sociedad a pesar de haber nacido en la poco vasca villa de Macon, a una hora en coche de Suiza. Lo mismo sucede con el hoy cedido en el Numancia Cristian Ganea, un futbolista rumano que únicamente vivió en Euskadi de los 11 a los 17 años, pero dado que esa fue la época de su formación ya es un futurible del Athletic. Sin embargo, estrellas mundiales como Gonzalo Higuaín o Marco Asensio, con padres y/o abuelos vascos, no podrían jugar en Bilbao por no haber nacido ni haberse formado en tierras vascas.

El Athletic del siglo XXI pasa por la reinvención. El Athletic tiene los medios para lograrlo. Tiene un estadio moderno y de gran capacidad, una economía saneada con el respaldo de empresas públicas y privadas y el club es un estandarte social en Vizcaya y en buena parte del País Vasco. Cuenta con unas instalaciones y una red de ojeadores de primer nivel y, por prestigio e importancia, se encuentra entre los 50 clubes de referencia en Europa. Y sigue siendo el cuarto en jerarquía en España, por mucho que le pese a Valencia CF o Sevilla FC.

Su filosofía es su seña de identidad y es lo que le hace especial en una era de globalidad. De nada le vale al Athletic traicionarse a sí mismo para clasificarse cuarto o ganar algún título menor. Tan sólo si le garantizasen el olimpo mundial podría el Athletic traicionarse a sí mismo. Pero su filosofía es su mejor garante de estabilidad y de prestigio. Es algo único y especial.

Su futuro pasa por invertir en la cantera y por ampliar las miras. El objetivo para el Athletic es seguir haciéndose trampas a sí mismo y estirar el chicle de su filosofía. El objetivo es encontrar a Messi y llevarlo a Lezama. El objetivo es buscar a un abuelo de Bermeo o a una abuela de Guernika y traer al Indautxu a un Asensio. El objetivo es buscar a cientos de Iñaki Williams que dejaron sus tierras buscando fortuna en el Gran Bilbao. El objetivo es convencer a los Iñigo Martínez de la Real, del Osasuna o del Alavés para que fichen por el Athletic.

Y ese es el gran reto del Athletic del siglo XXI; convencer. Al final la filosofía no es otra cosa que el amor a la sabiduría, y ahí radica el gran reto de los rojiblancos. No reside en captar talento y formarlo. No. Reside en darles amor. En enseñarles lo que es el amor por el Athletic. El gran reto del Athletic es que su filosofía no se muera en el camino que va de la grada al campo. El reto es que todo aquel que se ponga la camiseta del Athletic sienta el amor por su filosofía.

La diferencia entre un Athletic vivo y un Athletic muerto está en las decisiones que tomen los Fernando Llorente, Javi Martínez, Ander Herrera o Kepa Arrizabalaga del futuro. ¿De qué vale tener el Messi del futuro si no ama al Athletic?

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River Plate – Boca Juniors

Cuando llega el rigor del invierno los erizos buscan un lugar en el que guarecerse. Desarmados por culpa del frío deciden juntarse para proporcionarse calor. Lamentablemente para ellos el juntarse implica pincharse, por lo que pegan un salto, reculan y vuelven a alejarse. Una vez calculado el punto exacto entre dolor y calor vuelven a acercarse hasta que determinan una distancia apropiada para darse ardor sin sufrir daño.

Acostumbrados a una versión eurocéntrica del mundo, tendemos a considerar que no existe acontecimiento futbolístico más relevante que un duelo entre el FC Barcelona y el Real Madrid. Si bien es cierto que por nivel futbolístico y por cuestiones socioculturales estamos ante el partido de fútbol más atractivo del momento, no debemos perder la perspectiva sobre otros encuentros. Para empezar, Madrid y Barcelona son dos ciudades en conflicto que se encuentran a 600 kilómetros de distancia. El mal llamado ‘clásico’ desde hace un par de décadas, por y obra gracia del marketing, ni siquiera es un enfrentamiento entre hermanos.

No recuerdo en que libro leí la historia del erizo, pero si puedo afirmar que no era un tratado de ciencias sociales ni un libro de naturaleza. Era una metáfora que explicaba porque las guerras civiles son las más dolorosas de entre todas las guerras. Las relaciones entre hermanos son las más profundas, pero a la vez son las más débiles, y encontrar el equilibrio entre el dolor y el amor se entorna siempre complicado.

Un derbi es un enfrentamiento entre hermanos. Entre vecinos de una misma ciudad. Entre familias y amigos. Es cierto que el desarrollo de los medios de transporte ha hecho que consideremos derbi luchas entre distancias kilométricas, pero la esencia del derbi sigue siendo una rivalidad de vecindario. Una final de la Copa Libertadores entre Boca Juniors y River Plate tiene una carga emocional de tal envergadura que ni Real Madrid ni FC Barcelona pueden comprender. Tan sólo una final de la Copa de Europa entre los protestantes y unionistas del Glasgow Rangers y los católicos y separatistas del Celtic de Glasgow podría asemejarse a lo que en estos días están viviendo en Argentina. Pero que los dos colosos del fútbol escocés lleguen a enfrentarse en una final europea suena a ciencia ficción.

Boca Juniors y River Plate ocupan un lugar privilegiado en una lista en la que destacan AC Milan vs Inter de Milan, Betis vs Sevilla, Fenerbahce vs Galatasaray, Real Madrid vs Atlético, Olympiakos vs Panathinaikos, Partizan de Belgrado vs Estrella Roja, Nacional vs Peñarol o Lazio vs Roma. ‘Conditio sine qua’ puede haber un gran derbi es que tiene que existir una gran urbe en la que tengan cabida dos equipos de nivel superlativo e igualitario.

En Buenos Aires no sólo hay dos equipos, hasta 12 de los 26 que conforman la Liga Argentina se concentran en lo que se denomina Gran Buenos Aires. No es más que la muestra de la pujanza de un área metropolitana donde viven 13 millones de personas, un tercio de la población del país. Además de Boca Juniors y de River Plate, Argentinos Juniors, Huracán, San Lorenzo de Almagro y Vélez Sarfield compiten por la supremacía de la ciudad. En la otra orilla del río Matanza (conocido por los bonaerenses como el Riachuelo), en lo que antaño eran cuadras y haciendas y hoy son bloques de edificios, están Independiente, Racing de Avellaneda, Lanús, Tigre, Banfield y Defensa y Justicia. En total hay censados en la ciudad hasta un total de 66 estadios de diferentes categorías.

Que Boca Juniors y River Plate disputen una final de la Copa Libertadores es la amplificación de la exageración. Realmente “en Argentina todo es hiperbólico” como señaló el periodista Andrés Burgo. Buenos Aires es el centro mundial del fútbol. Del fútbol de barrio y del fútbol profesional. A nadie se lo ocurre compartir estadio con otro rival y a nadie se le ocurre demoler un estadio añejo y canonizado por uno funcional e innovador por muchos dividendos que vaya a generar.

La final de la Copa Libertadores se juega a doble partido. Lo que pierde en especial lo gana en sentimental. El primer duelo se jugó en el estadio Alberto José Armando, que no es otro que ‘La Bombonera’, con su característica forma de D y su tribuna vertical. Pequeño y angosto, los dirigentes de Boca llevan años tratando de convencer a la hinchada para mudarse, pero las protestas de la afición hacen que todos los planes se aparquen. La vuelta se jugará en el Antonio Vespucio Liberti, que no es otro que el ‘Monumental’. Mucho más grande, los aficionados de River disfrutan de este coloso de hormigón desde 1938. Parece que tras incontables discusiones hay acuerdo para tirarlo y levantar otro en el mismo solar, pero todo bajo promesa de albergar la final del Mundial de 2030. Si no hay Mundial, no hay final. Y si no hay final, no hay estadio nuevo.

Mauricio Macri (hoy presidente de Argentina y en el pasado máximo responsable de Boca Juniors) pidió prudencia y dijo que lo mejor es que la final jamás se hubiese jugado. Seguro que recuerda los disturbios entre aficiones de los 80 y los 90 de los que él formó parte o los recientes sucesos del derbi de 2015. Para Macri la tragedia vendrá para el derrotado “porque el que pierda estará tres semanas metido en cama y tardará 20 años en recuperarse”. Estos días las farmacias dispensan ansiolíticos por doquier y los servicios de cardiología de los hospitales argentinos han recibido cientos de llamadas para adelantar los chequeos médicos antes de la disputa del segundo encuentro de la final.

No tenemos datos sobre el parte médico de Andrés Cunha, el bendito que arbitrará el encuentro de vuelta.

Han tenido que pasar casi 60 años para que estos dos acérrimos enemigos se desafíen en una final continental. Realmente hasta el año 2005 las reglas de la competición impedían que se enfrentasen en la final dos equipos del mismo país. Es la última etapa de dos escuadras que tienen el mismo origen.

En 1901 se fundó River Plate en el barrio de La Boca. En la desembocadura del Río Riachuelo estaba el arrabal donde los españoles depositaban el cargamento de plata proveniente de las minas de Perú antes de partir a Europa. Con la independencia de Argentina en el siglo XIX la población se desplazó hacia el interior de la llanura abandonando el antiguo puerto comercial. Sin embargo, con el cambio de siglo los emigrantes italianos se asentaron en La Boca y en 1905 un grupo de jóvenes fundó Boca Juniors, rápidamente conocidos como los xeneizes (genoveses) comenzando una intensa rivalidad con los franjirojos de River. Con el paso de los años Boca Juniors se adueñó del barrio y River emigró al norte, primero al barrio de Palermo y luego a Belgrano, barrio de palacetes y haciendas y ensanche financiero de clase media-alta desde mediados del siglo XX.

En España a menudo se hace una errónea comparativa entre River Plate y Real Madrid y entre Boca Juniors y FC Barcelona. Al igual que el Madrid, River tuvo un presidente visionario que construyó un estadio en una zona periférica que con el tiempo se convirtió en privilegiada. Además a los aficionados de River se los conoce como ‘millonarios’ porque cuando el profesionalismo se hizo realidad en los años 30, River se convirtió en el club hegemónico del país gracias a Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau, una delantera legendaria conocida como ‘La Máquina’.

Sin embargo, River es especialista en dilapidar finales. En 1966 ganaban por 2-0 a Peñarol en la final de la Copa Libertadores a falta de media hora para la conclusión y acabaron perdiendo el partido. Desde entonces los ‘millonarios’ pasaron a ser ‘los gallinas’. Nunca han tenido el hambre y el aura victoriosa de los madridistas.

A Boca se le asocia con el FC Barcelona. En parte porque en estos dos equipos jugó Maradona de la misma forma que Di Stéfano jugó en River y en el Real Madrid. Como Boca se mantuvo fiel al puerto y fiel a su barrio, se asocia ese sentimentalismo con el ‘més que un club’ catalán. Nada más lejos de la realidad. Boca es un depredador de títulos y de finales, tiene el colmillo de la victoria mucho más afilado que el Barça. En Boca no existe conciencia política, ni apoyo de la burguesía, ni juego bonito. En Boca lo que importa es ganar por encima de todas las cosas.

Boca y River. River y Boca. Están prácticamente empatados en lo que a títulos nacionales se refiere, por lo que la diferencia hay que buscarla en la Copa Libertadores. Boca Juniors aspira a ser el equipo más laureado del continente y conseguir su séptimo entorchado, mientras que River Plate cuenta con tan sólo 3 títulos, eso sí, el último en 2015 tras eliminar en semifinales a Boca. En todo caso es Independiente de Avellaneda con 7 Copas Libertadores el que más títulos tiene e incluso el también argentino Estudiantes de la Plata cuenta con 4 trofeos continentales.

No es cuestión de títulos, es cuestión de sentimientos. ‘La final de todos los tiempos’ como ha sido calificada en Sudamérica. “Un partido que va a acabar con una coronación y un entierro” según el periodista Manuel Jabois.

https://www.youtube.com/watch?v=ZDW-ceeMCn0

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