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El show de Perico

El Tour de 1989 comenzaba con un gran favorito. No era otro que Pedro Delgado. El escalador segoviano era el vigente campeón del Tour y apenas un par de meses atrás había vitoreado en la Vuelta. Había progresado notablemente en las contrarrelojes y mantenía su mística relación con la alta montaña. De hecho, su triunfo en España se finiquitó en una clara victoria en la crono final de Medina del Campo. En la lista de notorios también estaban tres campeones del Tour; Laurent Fignon (1983 y 1984), Greg Lemond (1986) y Stephen Roche (1987), pero todos ellos parecían por detrás del español porque, ya fuese de una forma u otra, las lesiones habían cercenado sus carreras. Ya más lejos quedaban el francés Charly Mottet o el irregular escalador colombiano Lucho Herrera.

Aquel año el Tour realizaba un recorrido contrario a las agujas del reloj. Se salía de Luxemburgo para pasar las primeras etapas en tierras belgas. Luego traslado aéreo hasta Normandía para recorrer la costa atlántica dirección sur hasta tropezar con los Pirineos. Transición por la Provenza, los colosos de los Alpes y fin de fiesta en Paris. La salida tendría lugar el 1 de julio en Luxemburgo. Era la primera vez que la ‘Gran Depart’ se acometería en el Gran Ducado, un minúsculo país incrustado entre Alemania, Bélgica y Francia.

Se trataba de una etapa prólogo. Una contrarreloj de 7.800 metros de longitud con salida en una rampa con cabina acristalada colocada en la Plaza de Paris y meta en la amplía Avenida de la Libertad. El cielo es gris, pero es capaz de contener la lluvia. Como vigente ganador del Tour, Pedro Delgado saldrá el último. Lo hará con el número 1 a la espalda de su maillot. Su turno será a las 17.17 hora local.

Justo antes que Perico el corredor que tiene que salir es el irlandés Sean Kelly. Lo hace un minuto antes que Delgado. En ese momento lo normal es que el ciclista del Reynolds estuviese cercano a la rampa, en la escalerilla que da acceso al soporte desde donde dos jueces lo mantendrían en vertical antes de liberarlo.

Pero Pedro no está.

En la escena se ve a un hombre haciendo aspavientos. Se trata de Carlos Vidales, su mecánico de confianza, desesperado al no encontrar por ningún lado al vigente ganador del Tour. También exasperado, pero básicamente con un cabreo de tres pares de c… está José Miguel Echávarri, director del equipo, y que espera al volante del coche que va a seguir durante toda la etapa el recorrido del ciclista segoviano.

Los segundos pasan volando.

Y Perico sigue sin aparecer.

Son las 17.17 horas. Los jueces ponen el crono en marcha. Un señor de llamativa americana de color rojo encoge los hombros en señar de incredulidad. Detrás de él otro juez de corte marcial echa un vistazo a su reloj mientras dicta sentencia con su mirada. Echávarri sale del coche como pollo sin cabeza y pega gritos a los cuatro vientos. Vidales había desaparecido de la escena mientras proclamaba el nombre de ¡Perico! con la ayuda de las decenas de periodistas que salen tras él.

El caso es tremebundo. Aparece también en escena Arturo Romaní, vicepresidente del Banco Español de Crédito (Banesto), que estaba en el Tour para firmar el acuerdo por el que Reynolds, el equipo navarro del papel de aluminio, se iba a convertir en el gigante Banesto. Romaní no entiende nada. ¡Pero es que nadie entiende nada!

De pronto una estela amarilla ilumina el plomizo día luxemburgués. Con pelo ensortijado, cinta envolviendo la cabeza y bicicleta con rueda lenticular trasera, se abre paso Pedro Delgado. Atolondrado, se enfrenta a las cámaras de televisión y a los fotógrafos de la prensa. Hay codazos, insultos y kilos y kilos de tensión hasta que Perico aparece en la rampa.

Se baja de la bici y sube con ella a cuestas la escalerilla. Se sienta. Recibe el empujón del juez principal y comienza la etapa.

Lo hace a las 17.19 horas de la tarde y 26 segundos. O lo que es lo mismo. Con dos minutos y 26 segundos de retraso.

La bronca que le cayó a Vidales debió ser de aúpa. Lo cierto es que había sido Delgado el que le había dicho al mecánico que quería estar solo, por lo que Vidales se acercó a atender a William Palacio, colombiano del equipo Reynolds. Aunque peor debió de ser la diatriba que Romaní hubo de echarle a Echávarri preguntándose donde narices estaba invirtiendo su dinero.

El neerlandés Erik Breukink ganó el prólogo y se vistió con el maillot amarillo. Entre los favoritos los mejores situados fueron Greg Lemond y Laurent Fignon, ambos a seis segundos de Breukink. A la misma distancia también quedó Sean Kelly. Mottet llegó nueve segundos más tarde e Induráin lo hizo a 10 segundos del vencedor de la etapa. Con todo lo sucedido, los nervios, la rabia y la tensión, Pedro Delgado no hizo mala contrarreloj al acabar a 14 segundos de distancia del vencedor.

A 14 segundos si no se tiene en cuenta el retraso inicial.

Pedro Delgado, el vigente ganador del Tour, comenzaba el Tour de 1989 como farolillo rojo a 2’40’’ del maillot amarillo.

Una auténtica burrada tras menos de ocho kilómetros de Tour a sus espaldas.

Delgado cruza la línea de meta y una horda de periodistas acude a su encuentro. Se muestra sonriente, sereno. Podría ser una cara de póker, pero para aquellos que conocen a Perico no es más que su pose habitual. Simpático y cercano, su éxito lleva años fraguándose tanto dentro como fuera de las carreras. Lo que en otros podría parecer impostura, en Perico es naturalidad. Atiende a Televisión Española con una media sonrisa y explica que lo sucedido ha sido un despiste. Un estúpido despiste del que sólo él tiene culpa. Mas se muestra confiado y tranquilo a pesar del tiempo perdido y argumenta que por delante hay 21 etapas y más de 3.000 kilómetros de recorrido para darle la vuelta a la situación.

Pocos hubiesen tomado con tal naturalidad semejante error. Pero así era Delgado. Jocoso, simpático, despistado y alocado. ‘Le fou’. Ese fue el apodo que años atrás le pusieron en Francia tras un descenso a tumba abierta por los Pirineos a más de 90 km/h con la cabeza besando la rueda delantera. Perico era una celebridad por su forma de correr y por valorar con la misma naturalidad las victorias y las derrotas.

Pero tan sencilla explicación no era válida en un mundo racional. ¿Cómo narices va a llegar tarde a la salida el deportista principal del mayor espectáculo ciclista jamás realizado? Lo cierto es que entonces no existía una separación estricta entre deportistas, prensa y espectadores como ocurre en la actualidad. La delimitación con vallas era precaria. Además, el caos solía ser especial cuando las etapas salían o llegaban fuera de Francia, donde los países se veían superados por el volumen de gente y mercancías que mueve el Tour. Era la primera vez que el Tour salía de Luxemburgo y no existía ni el rigor ni la disciplina ni la meticulosidad necesaria para llevar todo a buen puerto.

No obstante, la culpa era de Perico. Tampoco había que darle más vueltas. En una contrarreloj en una Paris-Niza estuvo a punto de pasarle lo mismo. Entonces no existían los rodillos para hacer calentamiento, por lo que a Delgado le gustaba estirar las piernas y forzar el tiempo al máximo. Como había hecho su tocayo, estuvo jugando con el lobo hasta que acabó comiéndose a las ovejas.

Perdidos: cuando el ciclista no llega
Inexplicable

Durante esos primeros días la prensa se hizo eco de varias posibles causas del famoso despiste intentando dar explicación a lo inexplicable. Se dijo que Perico había llegado tarde porque estaba tomando un café. También se comentó que el retraso se debía a una amenaza de atentado por parte de ETA. Fuera de España se insinuó que la tardanza había sido pactada con la organización del Tour para compensar el cerrar de ojos por un positivo por dopaje en la edición del año anterior, donde Perico había salido victorioso. Otra parte de la prensa aceptó las explicaciones de Perico y sencillamente se dedicaron a llamar tonto al segoviano. Lo cual, por cierto, no era faltar a la verdad.

Con los años la versión oficial de que simple y llanamente había sido un despiste salió victoriosa. No obstante, hubo un ‘casus belli’ que permitió a Delgado salir del paso. El día anterior Romaní había traído un obsequio en nombre de Mario Conde, director de Banesto, para todos los componentes del equipo. Se trataba de un reloj con tres agujas en forma de B, una blanca, otra azul y la última roja, cumpliendo con los colores del nuevo patrocinador. Era original, pero no era demasiado práctico para conocer la hora. Ni a Delgado ni al resto del equipo les entusiasmaba el reloj, pero se vieron en la obligación de usarlo durante el prólogo como acto de buena fe. El caso es que Delgado intuyó en esas agujas que tenía diez minutos de margen…y el resultado es historia.

Sonriente y despreocupado Delgado dejó pasar la tarde esperando que el trascurrir del tiempo volviese poner todo a su sitio. Error. Llegó el ocaso y la tensión hizo estallar todo en mil pedazos. Jodido, no pegó ojo en toda la noche. Primero serio, después triste y finalmente lloroso, se dio cuenta de que la cagada había sido hercúlea. La culpa se hizo suya. Porque jamás culpó a nadie del estropicio. Siempre se culpó a sí mismo. Aquella larguísima noche de insomnio se vio entre la espada y la pared. Se le ofreció un somnífero, pero lo rechazó. Ya había probado la medicina de Morfeo cuando abandonó el Tour de 1986 tras el fallecimiento de su madre y tras la acusación de dopaje del Tour del año anterior, pero en este caso rechazó la pastilla. Tenía que mantener hacia el exterior la imagen de que estaba bien, de que no había ningún problema.

Sin pegar ojo, un Delgado con muy mala cara se presenta la mañana del 2 de julio para disputar la segunda etapa del Tour. Nadie cuenta con que vaya a ganar la carrera, pero sí en que se convierta en el agitador oficial, en el hombre que a base de espectáculo determine quién y cómo la ganará. La prensa acorrala al segoviano, pero esta vez sin éxito. No hay sonrisas ni contestaciones dicharacheras. Solo respuestas secas y rostro circunspecto.

La segunda etapa contaba con dos sectores. Práctica habitual en el Tour de hace décadas, consistía en una etapa en línea matutina y en una contrarreloj vespertina. En este caso era una vuelta por el Gran Ducado de unos 150 kilómetros y una crono por equipos por los alrededores de la ciudad de Luxemburgo de 46 kilómetros. Y será en la crono donde se le vean las costuras a Perico. La tensión y la falta de sueño harán que a diez kilómetros del final se quede. El Reynolds tiene que aflojar el ritmo e Induráin y Gorospe se ponen a su lado para protegerlo. La carretera tiende ligeramente a bajar y parece que el problema se soluciona, pero en el siguiente repecho Delgado vuelve a quedarse. Es el quinto ciclista el que marca el tiempo en la crono por equipos y existía la opción de abandonarlo a su suerte. Pero por entonces nadie se planteaba dar todos los galones a Induráin. A fin de cuentas, Delgado seguía siendo el vigente ganador del Tour.

Parlamento Ciclista - Pedro Delgado Robledo - El Baúl de los Recuerdos
Reynolds 1989

Total, que sus compañeros le esperan y traspasan la línea de meta con Delgado formando parte de los nueve ciclistas del Reynolds. El equipo navarro es el último en la contrarreloj. A 4’32’’ del Super-U de Laurent Fignon. El francés le sacaba ya a Perico 7’20’’ en la general. Era la segunda etapa y el Tour era una quimera.

Y aun hubo más. Antes de la jornada de descanso de tres días después, el Tour tenía que afrontar dos larguísimas etapas de 250 kilómetros por tierras belgas. Fignon se encargaría de colocarse en paralelo de Delgado para hacer ‘trash-talking’ y recordarle una y otra vez al español que había tirado el Tour por la borda. Todo aquello minaba la moral de un Delgado que malgastaba fuerzas en ataques sin sentido contra el pelotón buscando la heroica ante las risas del parisino.

Tras la jornada de descanso, Delgado realizó una descomunal contrarreloj en la que prácticamente igualó los tiempos de Lemond y Fignon, dos consumados especialistas. Después llegaron los Pirineos con exhibiciones día sí y día también de Delgado y con victoria de etapa de un Induráin que pedía paso. Luego Perico se consolida como el mejor en la subida al Alpe d’Huez, culminando una prodigiosa remontada desde el último puesto de la clasificación que lo lleva al tercer lugar de la clasificación general.

Greg Lemond gana el Tour de Francia de 1989 tras una emocionante contrarreloj final por tan solo ocho segundos de ventaja a Laurent Fignon. Pedro Delgado es tercero a 3’34’’ del estadounidense. Les ha quitado más de tres minutos a ambos si descontamos lo perdido en las dos primeras etapas.

Aquel Tour tenía que haber sido de Perico.

Perico más fuerte y Lemmond más listo. Fignon el pupas - La Grada Sports
Fignon, Lemond y Delgado

Cuando al año siguiente Pedro Delgado se presente en Poitiers, en el parque temático de Futuroscope, para acometer el prólogo del Tour de 1990 las preguntas son inevitables. Con esa actitud desenfadada, delgadiana, podríamos decir, ante la vida, comenta ante los medios que había pedido salir ese año a la organización del Tour con 2’40’’ de ventaja. Con el tiempo el propio Delgado fabricará sus propios memes en cada una de las entrevistas que le hagan. Una vez diría que le había detenido la policía por culpa de una infracción de tráfico. Otra vez que se había ido a calentar con una chica. En cierta ocasión dijo que había sido abducido por un OVNI. Daba igual si tenía gracia o no, pero Pedro Delgado siempre consiguió darle normalidad a un suceso del todo anormal.

“Nunca me sentí tan bien como aquel año, ni siquiera el año que gané el Tour. Fue mi ocasión perdida. Me encontraba tan bien físicamente que andaba con una pierna”. Pedro Delgado sobre el Tour de Francia de 1989.

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Induráin contra la Santa Alianza

A Miguel Induráin se le acusa de ser un gran campeón de una sola carrera. No les falta razón a sus críticos. En su palmarés no se encuentra ninguno de los cinco monumentos y tan sólo se coronó en 1990 logrando la Clásica de San Sebastián. Por muchos cinco Tours seguidos que conquistase el gigante de Villava su palmarés palidece ante bestias competitivas del calado de Merckx o Hinault. Sin embargo, muchos olvidan que Miguel logró dos triunfos en el Giro de Italia (1992 y 1993) ambos en doblete con el Tour. Y el único en la historia de las dos ruedas que ha conseguido semejante proeza en dos años consecutivos es Miguel Induráin Larraya.

El Giro es aún hoy la más local de las tres grandes carreras ciclistas. Ninguna gran ronda es tan prolífica para los corredores nativos como la carrera más dura del mundo en el país más bello del mundo. Hasta 69 victorias italianas se suman en 104 ediciones, aunque bien es cierto es que en la última década solo Vicenzo Nibali (2013 y 2016) ha hecho sonar el himno de mameli en el pódium final. Es por ello que cuando un icono extranjero se aventura a asomarse por el país de la bota todo son agasajos y sonrisas.

Así pasó con Induráin. La organización del Giro lo trató como un rey antes de la salida. Desde Hinault en 1982 el vigente ganador del Tour no competía en el Giro de Italia. Miguel había renunciado a correr la Vuelta para evitar la presión mediática (por entonces la carrera española era en abril), en una decisión que fue muy protestada por los poderes fácticos. Renunciar a la Vuelta, la carrera nacional, donde el año anterior había sido segundo, para debutar en el Giro con veintisiete años no era algo del agrado de la prensa deportiva española.

Hace ahora 30 años, a la altura de 1992, ningún ciclista español había logrado vencer en el Giro de Italia. Induráin llegaba al prólogo de Génova como vigente campeón del Tour, pero no era el favorito. Por el contrario, los grandes candidatos a la victoria eran los transalpinos Franco Chioccioli y Claudio Chiappucci. El primero, apodado ‘Il Coppino’ en honor a Fausto Coppi, era un gran escalador, había ganado el Giro el año anterior y conformaba el estereotipo tipo de ciclista italiano con rendimiento sorprendente dentro de sus fronteras mas incapaz de exportarlas al exterior. El segundo era un diablo sobre dos ruedas que a punto estuviera de arrebatar el Tour a Induráin el año anterior. Chiappucci era un purasangre, un tormento que ponía a prueba el temple de Miguelón, que acumulaba pódiums en Giro y Tour, pero que confiaba en subir al escalón más alto por vez primera. Más lejos en las quinielas estaban Massimiliano Lelli, la gran promesa, y el veterano Marco Giovanetti.

Los 10 mejores momentos de Miguel Indurain en el Giro - AS.com
Induráin. Giro 1992

El Giro empezó con un prólogo cronometrado por las calles de Génova en el que se puso de rosa el francés Thierry Marie. Induráin quedó a ocho segundos, pero en la tercera etapa se colocaría de líder tras un ataque de Chiappucci que puso patas arriba el pelotón. No era una jornada de montaña, simplemente fue uno de esos sin sentidos que tanto le gustaban a Claudio. Hubo un corte en el pelotón y el de Villava será maglia rosa. Al día siguiente tocaba contrarreloj, y en los 38 kilómetros a pleno esfuerzo Induráin tritura a sus rivales. Le mete 2’16’’ a Chioccioli y 1’09’’ a Chiappucci. “El tiempo es bueno, pero podría haber sido mejor”, comenta el ciclista navarro. Pero lo cierto es que es el patrón del Giro y tiene a sus rivales donde quería. Y sólo iban cuatro jornadas.

En el Giro abundaban los equipos italianos y los ciclistas italianos. Al igual que en el baloncesto o en el fútbol, no existían escuadras de otros lugares capaces de poner en solfa el dominio transalpino. La cantidad de liras que movía el deporte profesional italiano en los 80 y buena parte de los 90 era inimaginable. Fue Massimiliano Lelli el que puso el grito en el cielo. Daba igual quien fuese el ganador, pero tenía que ser de la casa. No se podía permitir que Miguel Induráin resultase el vencedor del Giro.

La propuesta fue bien acogida por el GB-MG (Chioccioli, Vona), Carrera (Chiappucci), Gatorade-Chateau d’Ax (Giovanetti) o Ariostea (Lelli). Se creó entonces lo que se daría en conocer como la ‘Santa Alianza’, cuyo objetivo era evitar a toda costa la victoria de Induráin. El zafarrancho tenía que comenzar en las etapas llanas para desgastar a un equipo Banesto mucho más limitado que sus rivales. En principio Induráin había ido al Giro para preparar el Tour, así que la teoría decía que iría de menos a más. La idea era destrozarlo día a día para que al llegar la montaña acabase desfondado.

Giro de Italia: Cuando Miguel Indurain derrotó a la Santa Alianza:  ''Hablaba poco, le bastaba con un gesto'' | Giro de Italia 2022
La Santa Alianza al ataque

Se sucedieron los pequeños ataques y las emboscadas hasta llegar a la novena etapa con final en el alto del Terminillo, en los Abruzzos. Chioccholi demarró e Induráin se quedó sólo. Sería una constante el resto del Giro. El Banesto se había desfondado en las etapas llanas. El objetivo se había cumplido. Pero Induráin se puso en marcha. Con su ritmo machacón cogió a Chioccholi y se puso a marcar el ritmo al punto de que ‘Il Coppino’ se dejó tres minutos. Induráin, fiel a su estilo, dejó ganar a Lucho Herrera mientras que sólo Giovanetti aguantaba su rueda. Chiappucci se dejaba treinta segundos.

Al día siguiente, Chioccholi, encorajinado, recupera dos minutos en una escapada consentida por el gran jefe navarro. Pasan los días y se llega a los Dolomitas. Es la etapa de Alta Badia. Ataca Franco Vona y se va. Es el único. Atacaran todos. Lelli, Giovanetti y, sobre todo, Chiappucci y Chioccholi. Una, dos, tres, diez, veinte veces. Es la ‘Santa Alianza’ en acción. Molesto, Induráin se coloca tubular con tubular una, dos, tres, diez, veinte veces, y mira desafiante hacia atrás. ¿Queréis guerra? Tendréis guerra. Si Induráin normalmente dejaba marchar por delante a los escaladores a cierta distancia para tenerlos contentos y controlados al mismo tiempo, esta vez no será así. O llegan todos juntos, o ninguno. Incluso se dio el gusto de quedar el segundo de la etapa tras dejarlos marchar a 500 metros de la meta y exhibirse con un sprint portentoso para demostrar quién era el patrón del Giro.

Aún quedaba el consuelo de la etapa del día siguiente, con final en el Monte Bondone tras un doble paso por el mismo, además del Pordoi y Campolongo, pero fue otro consuelo vano; Indurain salió de los Dolomitas indemne sin dejar las migajas para los demás.

Los 10 mejores momentos de Miguel Indurain en el Giro - AS.com
Chiappucci (izq), Induráin y Chioccioli (dch)

La Santa Alianza no cejó en su empeño y en las tres etapas alpinas volvieron a la carga. Aquí Miguelón fue permisivo. Permitió una victoria parcial de Giovannetti en un ataque consentido, pero se mostró inflexible con Chioccioli y Chiappucci, que llegarán a la meta de Milán sin poder dejar de rueda en ningún momento al líder de la carrera. No necesitaba hacer gran cosa. A veces bastaba un gesto, una mirada, para controlar la carrera. Induráin jamás se enfadaba, pero aquel Giro había colmado su paciencia. Se estaba hartando de matar moscas con el rabo.

Quedaba la crono final. 66 kilómetros entre Vigevano y el palacio de los Sforza en Milán. El Giro estaba más que sentenciado, pero Induráin se había propuesto destrozar a todos aquellos que lo habían estado desafiando. Colocó una rueda lenticular y corrió con la misma bicicleta con la que mes y medio después tenía pensado disputar la primera contrarreloj del Tour, que aquel año sería en Luxemburgo.

Ese era el objetivo. Poner la primera piedra para ganar el Tour.

Induráin fue un rayo. La crono una carnicería. Acabó doblando en la misma recta de meta a Chiappucci que había salido tres minutos antes. El diablo hizo una de las mejores cronos de su vida quedando tercero en la etapa, por lo que la impotencia fue aún mayor. La estampa de la aplastante superioridad del navarro no se marcharía nunca de la cabeza del italiano. De hecho, Chiappucci confesaría más adelante que aquella tarde comprendió que jamás vencería a Induráin, cosa que así sería porque en el mes de julio repetirá en el segundo cajón del pódium detrás de Miguelón.

Y es que Chiappucci quedó segundo en la general final a más de cinco minutos y Chiocchioli tercero a más de siete minutos. Induráin quedo además el tercero en la clasificación de la montaña y segundo en la de la regularidad por detrás de Mario Cipollini. La ‘Santa Alianza’ había fracasado al igual que fracasó en 1815, cuando las monarquías europeas firmaron un pacto para detener los ideales de la Revolución Francesa y proteger a las monarquías absolutas por toda Europa.

Nadie fue capaz de contener a la democracia. Al igual que nadie fue capaz de contener a Induráin.

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Lieja-Bastoña-Lieja. Guía de viaje

No es sino Lieja una pica en el corazón de Europa. Tierra de Carlomagno, el hombre que sacó a Europa de la penumbra e inició el sueño imposible de unir a francos y germanos en una sola nación. Es Lieja ciudad francófona por definición, pero orgullosa y tenaz de sentimiento teutón. Allí, anclada en un triángulo imposible de pasiones y nacionalidades, se encuentra Lieja, a orillas del caudaloso Mosa y a los pies de las Ardenas.

Es en Lieja, en 1892, donde nace ‘La Doyenne’ (La Decana) de las clásicas. La Lieja-Bastoña-Lieja es el más antiguo de los cinco monumentos que honran al ciclismo y el cuarto en orden cronológico tras Milán-San Remo (marzo), Flandes y Paris-Roubaix (ambos también en abril) y mucho antes del Giro de Lombardía que cierra la temporada a inicios de octubre.

Decimos Lieja correctamente porque es su nombre en francés. Lo de Liège en neerlandés conviene obviarlo en una ciudad que fue la primera población extranjera en obtener la Legión de Honor por su agónica resistencia en 1914 frente a las tropas del Kaiser. No solo eso. Cada 14 de julio Lieja reúne a miles de personas para entonar los acordes de La Marsellesa desde que Hitler posó sus sucias zarpas en la ciudad durante la II Guerra Mundial.

Bien que la Lieja-Bastoña-Lieja no tiene nada de francesa. ‘La Doyenne’ transcurre íntegramente por territorio belga y lo hace de forma capicúa, naciendo y muriendo en Bélgica tras un recorrido contrario a las agujas del reloj. Es un caso único, en una ciudad única. Lieja, capital del carbón, de los telescopios y de los gofres, ha sido paso de Tour, Giro y Vuelta con tan extraordinaria condición de no haber estado nunca ni en Francia, ni en Italia ni, por supuesto, en España. Quizás ese cosmopolitismo lo tenga al ser parada en el Camino de Santiago a pesar de estar a casi 2.000 kilómetros del sepulcro compostelano.

Decía que en 1892 tenía lugar la primera edición de la carrera. Como no fue gracias a la iniciativa periodística, en este caso de ‘L’Espresse’. La idea era recorrer la parte sur de Bélgica en bicicleta obviando el territorio norteño de Flandes. O lo que es lo mismo. Crear una competición por la parte francófona que pudiese rivalizar con el pujante norte neerlandés. La primera edición tuvo como inicio Spa, una ciudad balnearia hoy celebérrima por su circuito de carreras, mas pronto se ideó el trazado icónico de Lieja a Lieja con vuelta en Bastoña, porque permitía a los periodistas seguir la carrera en el mismo día alcanzando la línea ferroviaria.

Son unos 260 kilómetros por las Ardenas con un clima impredecible. Aunque todos los años los organizadores realizan una serie de cambios, sus líneas maestras se mantienen inalterables. Es la clásica de la lluvia y de los muros en la que la victoria se la lleva aquel que sabe cuándo y cómo tiene que apretar. El rey de la Lieja es el de siempre, el Caníbal, don Eddy Merckx con cinco triunfos. Le siguen Moreno Argentin y Alejandro Valverde con cuatro victorias. El murciano es el único que ha ganado tres veces en el mismo año (2006, 2015 y 2017) la Flecha Valona y Lieja por eso es considerado el Rey de las Ardenas. Aunque ninguna victoria será más recordada como la de Bernard Hinault en 1980 bajo la nieve siendo uno de los 21 supervivientes de entre los 174 participantes en una edición que pasó a la historia como ‘Niege-Bastogne-Niege’ (Nieve-Bastoña-Nieve).

Pedaladas de Historia: Lieja 1980: El orgullo de Hinault
1980. Niege-Bastogne-Niege

Si Roubaix es dureza y Flandes sentimiento, Lieja es historia y un placer para los sentidos. Tras empaparse de su agitada vida universitaria y embelecarse con su catedral gótica, los ciclistas ponen rumbo al sur por tierras valonas atravesando interminables pastos y amplios ríos. Cruzarán Chaudfontaine y una interminable ristra de pequeños pueblos con campanarios y extensos prados poblados de vacas. Tras subir la Cote de la Roche (apenas tres kilómetros al 6’2%) los ciclistas enfilan por largos caminos hasta llegar a Bastoña, a un paso de Luxemburgo y de la frontera con Francia. Hasta entonces van unos 100 suaves kilómetros de carrera a la falta de 160 más.

Es Bastoña el punto de inflexión de la carrera, porque es a partir de aquí donde se inicia la vuelta a Lieja y donde se pasa de un recorrido llano y sin sobresaltos a uno lleno de minas e imprevistos. Es Bastoña un cruce de caminos que se abre en árbol para ofrecer al transeúnte un mar de posibilidades tras sortear las Ardenas. Fue en Bastoña donde las tropas alemanas soltaron su último fogonazo en el invierno de 1944 ante la incredulidad estadounidense, que aseguró la victoria final a costa de dejarse más de 20.000 almas bajo el acero y la nieve.

A partir de Bastoña ‘La Doyenne’ muestra su verdadera cara. Regresa a casa sorteando las colinas de las Ardenas, un continuo zigzag con subidas y bajadas que destrozan las piernas de los ciclistas. Al igual que en la lejana Galicia, en las Ardenas no hay grandes picos, ni largas ascensiones, sino trampas, carreiros revirados, cunetas angostas y ondulaciones inhóspitas de difícil acceso. La primera de esas puñaladas es la Cote de Saint Roch, una tortura de poco más de 1.000 metros al 11,2%. Tras sortear el coqueto pueblo de Vielsalm (punto más alto del recorrido a tan solo 650 metros de altitud), comienzan a agolparse las subidas que, como dientes de sierra, se acumulan para separar el grano de la paja y decidir quién se jugará el triunfo. Uno de estos picos es Stockeu (1 km al 12,5%) llamado ‘cota Merckx’ por ser el lugar donde en 1971 el Caníbal soltó una dentellada a 92 kilómetros del fin y marcharse en solitario hasta lograr la victoria en un agónico final en el que casi le vencen en la línea de meta.

Otro de esos puntos en los que el ácido láctico hace su aparición es la Cote de Desnié pero antes el pelotón, o lo que quede de él, debe pasar por Spa. Es conveniente en esta guía de viaje detenerse en la ciudad balneario, origen de los lugares modernos de salud y ocio en los que el agua es el elemento primordial. Su casino, el más antiguo del mundo, y su coqueto centro histórico hacen de esta villa Patrimonio de la Humanidad.

Se llega entonces a ese punto donde la planificación y la previsión saltan por los aires. El momento en el que la astucia y el golpe de pedal superan a la condición física. El lugar en el que el ciclismo se vuelve agónico y bello a partes iguales. En la Lieja-Bastoña-Lieja ese lugar es la Cote de la Redoute, una serpenteante ascensión de 1.700 metros al 9,5% donde la pasión y el griterío se hacen un hueco entre los jadeos de los deportistas. El alto -cuya traducción es Alto del Reducto-, debe su nombre a una victoria de los republicanos franceses en 1794 ante las tropas del archiducado de Austria que querían vengar el corte de cabeza de María Antonieta. El antes lugar del triunfo bélico y hoy triunfo deportivo, está situado en el municipio de Sprimont, cerca de donde nació Philippe Gilbert, ganador en Lieja en 2011 y el único ciclista del siglo XXI que, de momento, ha logrado ganar en cuatro de los cinco monumentos.

Cota de La Redoute - Wikipedia, la enciclopedia libre
La Redoute

Desde aquí apenas 30 kilómetros faltan para la línea de meta. Si la carrera aún no está decidida aquellos que guarden fuerzas aun podrán atacar en la Cote de la Roche-aux-Faucons. Se trata de un mirador rodeado de roca caliza con excelentes vistas a 15 kilómetros de Lieja que fue introducido por vez primera en el recorrido en 2008 para dar más picante a la prueba. Tras ascender esos 1.300 metros al 11% comenzará un veloz descenso que llevará a los elegidos a Lieja.

Allí tendrá lugar la recepción final. En 2019 se recuperó la entrada triunfal con los vítores de los 200.000 pobladores de Lieja. Pero en los 90 y buena parte de este siglo en vez de admirar la calle Feronstree, los ciclistas se trasladaban a Ans, antes barrio obrero de mineros y hoy moderna ciudad dormitorio. Allí, en las afueras, otra pequeña trampa aguardaba a los valientes si tras 260 kilómetros aún queda alguno con ganas de fiesta. La subida a la iglesia de San Nicolás era bella, pero tras un paso por polígonos que no eran del gusto del televidente.

‘La Doyenne’ marca el punto final de las clásicas del norte. Mayo es el mes del Giro, luego vendrá el Tour y más tarde la Vuelta. Por el camino habrá pruebas de un día y lejos en el otoño el Giro de Lombardía. Pero con ‘La Doyenne’ se acaba la temporada del frio, la lluvia y el ciclismo clásico. El ciclismo del norte de Francia y de Bélgica. El de la épica, el relinchar de dientes y la fiesta dominical. El de la esencia y la tradición. El del barro, el verde y la pureza.

104° Lieja-Bastoña-Lieja: historia, curiosidades y estadísticas – Ciclismo  Internacional
Lieja

“Los ciclistas que ganan en Lieja son fondistas, hombres con un nivel superior de resistencia. La subida de la Redoute hay que abordarla con ritmo, llega después de 220 o 230 kilómetros y no hay que ser un genio para darse cuenta lo duro que es. Muchos ciclistas piensan que debes atacar en la parte más empinada, pero en realidad destrozas a los rivales en el llano que va inmediatamente después”. Moreno Argentin, vencedor en Lieja en 1985, 1986, 1987 y 1991.

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De patrocinadores y ciclistas

En un deporte donde la monetización de derechos audiovisuales y el taquillaje es nula para los equipos, la presencia de los patrocinadores es indispensable para la supervivencia del ciclismo. El patrocinador principal suele aportar el 70% de la cantidad total de un equipo. Se estima que la inversión de la empresa patrocinadora puede reportar hasta un 30% en el volumen de crecimiento del mercado y multiplicar en hasta tres veces el reconocimiento de la marca en diferentes áreas geográficas. Como todo, los resultados deportivos tienen que acompañar, pero la inversión suele ser rentable.

No solo para las empresas. Turismo de Galicia estima que las visitas al Mirador del Ézaro han subido más de un 50% desde que las administraciones ponen dinero para que sea final de etapa en la Vuelta a España. Sea como fuere, el caso es que el ciclismo es un deporte único porque fue, es, y seguirá siendo, gratuito para el aficionado.

El ciclismo sobrevive sin cobrar entradas. Vive de los medios, de la sinergia y de la dependencia con ellos. Es un deporte que busca al periodista. Primero fue la prensa escrita la que a través de crónicas agraciadísimas elevó a los altares las miserias del ciclista. Luego la radio les daría exaltación y entusiasmo inusitado a situaciones anodinas. Después la televisión nos mostraría la belleza y la sincronía del movimiento acompasado.

En las carreras menores se ha llegado a pagar al medio de comunicación de turno para que retransmita las pruebas. El ciclismo necesita ser emitido en televisión en abierto para que llegue al mayor número posible de espectadores. No hay escudos, ni equipos. Solo bellos parajes, esforzados deportistas y la continua e inexorable visión de unos maillots que segundo a segundo se introducen en nuestro subconsciente.

Tour de Francia: la más grande de las vueltas
La serpiente multicolor

La bicicleta nació como un medio de locomoción. Antes de la motocicleta, del coche o del avión, ya existía la bici. No sería hasta después de la II Guerra Mundial cuando los transportes de motor se democratizasen. A inicios del siglo XX la bici era el medio individual más común para desplazarse. No es de extrañar que las grandes empresas de neumáticos, cuadros o componentes, quisiesen publicitarse para vender el mayor número de velocípedos posibles.

‘La Française Diamant’ (1901-1955) con sede en París era uno de estos fabricantes de bicicletas. Sus colores fueron defendidos por Alfredo Binda, el primer hombre que ganó cinco Giros, o por Jacques Anquetil, el primero que triunfó en cinco Tours. El segundo patrocinador era ‘Dunlop’, marca de neumáticos con sede en el Reino Unido. ‘Alcycon’, fabricante francés de bicis, motos y coches, fue otro clásico de la primera mitad de siglo hasta que fue absorbido por ‘Peugeot’, tanto deportiva como comercialmente. En estos tres equipos militaron todos los grandes ciclistas del primer tercio del siglo XX.

Durante tres décadas, entre 1930 y 1960, el Tour decidió eliminar los patrocinadores y competir por escuadras nacionales. Eso no era óbice para que en las diferentes pruebas del calendario las casas comerciales cumpliesen su función. En España la gran marca de bicicletas era la guipuzcoana ‘BH’ (Beistegui Hermanos). Con ese equipo el gallego Álvaro Pino ganó la Vuelta a España en los 80 al igual que el belga Gustaaf Deloor hiciese lo propio en la primera edición de 1935. Hoy ‘BH’ sigue en pie al formar parte del equipo ‘Burgos-BH’. En Bélgica destacó entre los 50 y los 70 ‘Flandria’, que si bien era un fabricante de dos ruedas de origen francés contaba con las estrellas belgas Roger De Vlaeminck y Rik Van Looy.

En Italia existía ‘Atala-Dunlop’, un fabricante de bicis que empezó sus patrocinios en 1908 y que de un modo u otro aguantó hasta 1989, aunque sin ciclistas de relumbrón. Italia es ‘Legnano’ el equipo de Baldini o de Gino Bartali, pero sobre todo es ‘Bianchi’. Con sede en Milán, ‘Bianchi’ cambió el concepto de bicicleta al dotarlas de belleza. No sólo eran duras, sino también hermosas. El legendario Fausto Coppi vistió el icónico maillot celeste y blanco que también portaría Jan Ullrich en pleno siglo XXI.

Fausto Coppi Portrait by James McLean on Dribbble
Glamour

La primera marca externa al mundo del ciclismo que patrocinó a un equipo fue ‘Saint Raphäel’ (1954-1965), famosísima marca francesa de agua con gas. Sucesor de ‘Dunlop’, en sus filas se mantenía Anquetil. Montaban bicicletas ‘Gitane’, un fabricante de bicis del oeste de Francia que más adelante fue absorbido por ‘Renault’. En el equipo ‘Renault-Gitane’ primero y ‘Renault-Elf’ después triunfaría Bernard Hinault hasta 1983. Al año siguiente Hinault y Lemond, primero su lugarteniente y luego su odiado rival, marcharán a ‘La vie claire’ (alimentación biológica) que acabará siendo ‘Toshiba’ (empresa electrónica japonesa). ‘Renault’ (donde también ganó el Tour Laurent Fignon), pasaría a ser ‘Super U’ (supermercados) y la estructura tendría un final en los 90 bajo el nombre de ‘Castorama’ (bricolaje y jardinería).

Además de ‘Saint-Raphäel’ existieron otros equipos financiados por bebidas. En ‘La Casera’ militó unos años Federico Martín Bahamontes. Pero el más famoso es el ‘KAS’ vitoriano que entre 1960 y 1970 formó unos de los bloques más compactos del mundo con Francisco Galdós, López Carril y José Manuel Fuente, y más adelante en los 80 con Sean Kelly.

Los 80 fueron una edad de oro para el ciclismo en España con multitud de equipos de lo más variopinto. Estaba ‘Hueso’ (Antes ‘Huesitos’, empresa de chocolates que hoy es ‘Chocolates Valor’), ‘Zahor-Lotus’ (una empresa de chocolates y otra de relojes), que acabaría siendo el andorrano ‘Festina’ de Richard Virenque o Ángel Casero, chivo expiatorio del escándalo de dopaje en el Tour 1998. También existía el ‘Teka’ (electrodomésticos) de Marino Lejarreta, el ‘Zor’ (encendedores -sí, amigos ‘millennials’, en los 80 aún era mayoría la leña y el butano-) o el ‘Amaya seguros’ de Lale Cubino.

Aseguradoras ha habido unas cuentas. ‘Ag2r’ es la aseguradora francesa que patrocinaba a Romain Bardet, igual que antes lo hizo ‘Groupama’ con Thibaut Pinot. La más legendaria es ‘Gan’ aseguradora que sustituyó a ‘Mercier’ (fábrica de bicis) con su mítico maillot púrpura que defendió durante más de una década Raymond Poulidor. ‘Gan’ compartió patrocinio con ‘Fagor’ (electrodomésticos vascos) o ‘Miko’ (helados franceses creados por un español). Después ‘Gan’ pasaría a ser ‘Z’ (marca de ropa) para acabar siendo la entidad bancaria ‘Credit Agricolé’.

Pero si hay un banco famoso en el ciclismo ese es ‘Banesto’. Miguel Indurain ganó sus cinco Tours con la hoy desaparecida entidad bancaria que antes con Perico Delgado fuera ‘Reynolds’ (empresa de aluminios) y hoy con Enric Mas o Alejandro Valverde es ‘Movistar’ (telecomunicaciones). El danés ‘Saxo Bank’ de Carlos Sastre o el neerlandés ‘Rabobank’ que hoy es el ‘Jumbo Visma’ de Primoz Roglic también han sido equipos importantes de raíces financieras.

1991 – Banesto | Movistar Team
Perico y Miguelón

‘Jumbo’ es la lotería neerlandesa al igual que ‘FDJ’ es la francesa y ‘Lotto’ es la belga. El ‘US Postal’ del proscrito Lance Armstrong estaba financiado por el servicio de correos de Estados Unidos al igual que ‘Café de Colombia’ contaba con erario estatal. Son estos patrocinios públicos escondidos. Los hay a cara descubierta como el gallego ‘Xacobeo-Galicia’, el vasco ‘Euskaltel-Euskadi’, el kazajo ‘Astana’ (Contador o Níbali), o el ‘Israel Star-Up’ (Froome). También está el ‘UAE’ (Pogacar) que antes de servir a los Emiratos era el ‘Polti’ (pequeños electrodomésticos) o el ‘Bahrein’, anteriormente financiado por ‘Lampre’ (producción de acero).

Y es que el ciclismo da para todo tipo de patrocinios. Eddy Merckx corría en el italiano ‘Faema’, un fabricante de máquinas de café. Después se convertiría en ‘Molteni’, una empresa de productos charcuteros con sede en las cercanías de Milán. Contaba con un maillot marrón poco agraciado, con el descargo de ser defendido por el más grande de todos los tiempos. Uno de los contendientes de Merckx, el italiano Felice Gimondi, competía con el ‘Salverani’ (cocinas y encimeras). Luis Ocaña, otro de sus rivales, lo hacía en el francés ‘Bic’ (productos desechables de plástico). Antes estuvo el ‘Ignis’ (electrodomésticos), quizás más conocido por su equipo de baloncesto con sede en Varese. Más recientes son el ‘Mercatone Uno’ (productos del hogar) de Pantani y Cipollini, que luego fue ‘Saeco’ (cafeteras). En la actualidad contamos con ‘Bora-Hansgrohe’ (campanas extractoras y sanitarios), ‘TREK-Segafredo’ (bicis y máquinas de café) y el clásico ‘Deceuninck-Quick Step’ (sistemas de PVC y tarimas) de Boonen, Alaphilippe o Evenepoel.

Molteni, E.Merckx | Fotos ciclismo, Ciclismo, Bicicletas retro
A Merckx le faltó glamour

El francés ‘Cofidis’ (entidad crediticia) es desde 1997 el veterano del pelotón. Clásicos también fueron el ‘Kelme’ (material deportivo) de Heras o Escartín, los italianos ‘Mapei’ (materiales de construcción) de Rominger o Bettini, ‘Carrera’ (ropa y complementos) de Chiappucci y Pantani o el alemán ‘Telekom’ (telecomunicaciones) de Rijs y Ullrich, que con el tiempo pasó a ser ‘HTC’ (también telecomunicaciones pero estadounidense). Pero para clásico el ‘ONCE’, la organización de ciegos española, que durante los 90 se convirtió en vanguardia del ciclismo mundial. Su maillot amarillo se convertía en rosa cuando en el mes de julio surcaba tierras francesas. Su estructura fue heredada en el siglo XXI por los kazajos de ‘Astana’.

Donde antes las escuadras extravagantes eran angloholandesas como el ‘Ti-Raleigh’ (fabricante de bicicletas) en la que triunfó (Zoetemelk), suizas como ‘Phonak’ (productos auditivos) de Óscar Pereiro o alemanas como ‘Sunweb’ (agencia de viajes) de Dumoulin, ahora el ciclismo ha traspasado la vieja Europa. En Rusia destacó el ‘Katusha-Alpecin’ (holding empresarial y productos capilares) de Joaquim Rodríguez, en Estados Unidos el fabricante de bicis ‘BMC’ de Cadel Evans, que luego fue el polaco ‘CCC’ (zapatos y bolsos) y en Australia el ‘Mitchelton Scott’ (cadena de hoteles y casa de vinos). Destacado es el caso del sudafricano ‘Dimension Data’ (telecomunicaciones) que ahora es el ‘Qhubeka Assos’ con el objetivo de difundir la pasión por el ciclismo en África.

Pero quizá nada más extraño que la química británica ‘Ineos’ que patrocina al equipo ciclista más potente de todos los tiempos. Se presupuesto es más de un 30% superior al de la siguiente escuadra y dobla a todos los demás miembros del UCI-Pro Tour. El precedente podría ser el neerlandés ‘PDM’ una industria química de capital estadounidense que en los 80 tuvo en sus filas a Pedro Delgado, Greg Lemond o Erik Breukink. El proyecto de ‘Ineos’ nació en 2010 bajo el nombre de ‘Sky’ (telecomunicaciones) y desde entonces ha ganado el Tour con Bradley Wiggins, Chris Froome, Geraint Thomas y Egan Bernal, además de Giro y Vuelta y demás pruebas del calendario mundial.

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Bernal

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Durante quince días Eddy Merckx no tocó su bicicleta. No quiso ver a nadie. Tan sólo su mujer tenía el derecho y el deber de sufrir una compañía en la que las lágrimas y la rabia se mezclaban a partes iguales. Merckx tenía tanto de ganador como de frágil. A diferencia de los héroes ciclistas de entonces, Merckx ni fue un niño de campo ni vivió rallando la miseria. Fue un chico de ciudad que escogió la bicicleta porque quiso, pero que podría haber ido a la universidad si le hubiese apetecido. Siempre le había ido todo bien y, ahora que por vez primera algo le iba mal, no sabía cómo lidiar con tal frustración.

Se sentía traicionado y engañado. Humillado y avergonzado. El ‘Savona affaire’ fue como un sopetón de realidad. Una pérdida de la inocencia en toda regla. Entendía el ciclismo como una diversión y se dio cuenta que además de un deporte también era un negocio.

Fueron quince días encerrado en casa. Quince días de largos silencios y profundas reflexiones. Pero pasada la quincena, una mañana, sin venir a cuento, le pidió a su mujer que le preparase la ropa mientras bajaba al garaje en busca de la bicicleta. Se subió a la burra y se metió 240 kilómetros bajo una tormenta torrencial del mes de julio.

Eddy había vuelto.

Paradójicamente los quince días de descanso le vinieron genial. Merckx no competía dos o tres meses en la temporada. Lo hacía todo el año durante todas las semanas. Fue la primera vez en su vida en la que estuvo más de diez días sin competir. Estaba fresco y tenía ganas de desquite. Sentía que tenía que demostrar su valía más que nadie.

Se propuso ganar el Tour de principio a fin. Sin contemplaciones.

El resultado fue un despliegue de fuerza bruta de hercúleas proporciones.

El primer movimiento sobrenatural tuvo lugar a escasos metros de la cima del Tourmalet un 15 de julio de 1969. Divisó el terreno, se dejó caer a cola del grupo para dar la sorpresa y puso el plato grande en unas rampas que superaban el 10%. Fue como cuando un cañón sale disparado. Contaba delante con un compañero de equipo que iba a tener el honor de coronar la más mítica de las cimas pirenaicas en primera posición. Pero Merckx no se lo iba a permitir. Este era un Merckx que iba a ganarlo todo. Había nacido un ogro. Había nacido el ‘Caníbal’.

Parlamento Ciclista - una pregunta sobre estas etapas - El Baúl de los  Recuerdos
Luchon-Mourenx 1969

Merckx pilló a su compañero de equipo, lo pasó y se lanzó en solitario a descender el Tourmalet. Al llegar al llano su ventaja sobre el pelotón de los favoritos era de apenas 40 segundos.

Distancia totalmente insustancial.

Y mucho más faltando todavía 145 kilómetros para la línea de meta.

Ante los gritos en contra de su director de equipo, Merckx pedaleó sin descanso en el llano en solitario ante la incredulidad general y mantuvo la renta frente al pelotón antes de comenzar la ascensión del Soulor. Al llegar a la cima ya sumaba tres minutos sobre el grupo de los favoritos. Serían cinco tras coronar el Aubisque. A partir de ahí 70 kilómetros hasta la meta en el pueblo de Mourenx sorteando bajadas y amplias llanuras. Llegó a contar con hasta 10 minutos de ventaja, pero hasta el Caníbal es humano, y en los últimos kilómetros el tío del mazo haría su aparición para reducir la diferencia final a ocho minutos.

Eddy Merckx, el Caníbal
El Caníbal

La etapa de Mourenx fue una epopeya en solitario de cuatro horas escapado sobre la bicicleta. Antes del Tourmalet ya se había ascendido bajo un sol abrasador el Peyresourde y el Aspin. ‘L’Equipé’ titularía ‘MERCKXISSIMO’. Lo extraordinario dentro de lo extraordinario es que Merckx no tenía necesidad alguna de atacar. Era el líder de la carrera. Su objetivo no era ganar, sino aplastar. Otra de las razones que lo diferencian de todos los demás campeones es que los fastuosos ataques del Caníbal no se producían en situaciones de desventaja, sino cuando iba de líder, y de líder destacado. Se sentía superior y no le importaba lanzarse al vacío temiendo una pájara. Eddy Merckx entendía el ciclismo como una lucha al ataque de una forma nunca vista.

Merckx tenía un estilo más rotundo que estético. Su pedaleo gravitaba en la fuerza bruta, la cual resultaba bella por su intensidad, pero no por su gracia. Portaba un desarrollo pesado y usaba continuamente los hombros y los riñones como si estuviese poseído. Era digno y eficaz, pero nunca elegante. Medía 1,82 metros, altura considerable para un ciclista, y siempre tuvo que mostrarse muy firme para no aumentar de peso. Pero era precisamente eso, esa capacidad de esfuerzo, lo que engatusaba.

Solo Hinault ha tenido ese colmillo asesino entre los grandes campeones. Merckx ganaba con claridad, pero sufriendo. Sin órdenes de equipo, con pájaras, con esfuerzo y con dolor. El ABC de una prueba de tres semanas es minimizar los riesgos y aprovechar las debilidades del rival. Merckx no ganó ninguna de sus más de 500 carreras de ese modo. Siempre iba a tumba abierta. Podías ver la rabia y el esfuerzo en su cara. Por eso es el más grande.

Emparanoiado por lo ocurrido semanas atrás en el Giro, no aceptó bidón ni comida alguna por miedo a ser envenenado. Él mismo bajaba al coche a buscar su avituallamiento que previamente estaba marcado para no cambiarlo de manos. Se acotó el hotel únicamente para su equipo y se vetó la entrada de periodistas, algo inconcebible entonces y mucho más en un deporte tan pegado al patrocinio y a los medios como el ciclismo. Y todos los días pasó control voluntario de sangre y orina, algo que haría costumbre en años sucesivos para mostrar su limpieza.

La etapa de Mourenx fue el culmen de un Tour apoteósico. En una etapa que salía de Bruselas, Merckx decidió escaparse a la salida para que lo vieran sus familiares y sus amigos con el maillot amarillo puesto. Lo perdería en una etapa intrascendente y lo recuperó en la subida al Ballon de Alsacia donde atacó en el llano y se llevó a todos los favoritos a su rueda sin mirar atrás. Merckx jamás miraba para atrás. Rudi Altig, el último de los buenos, claudicó a falta de cuatro kilómetros para la meta. Hubo que ampliar el cierre de control para que medio pelotón no se fuese para casa a las primeras de cambio.

Dos días después ganó la contrarreloj y al día siguiente, en una decisión imposible de comprender, decidió atacar en una etapa llana reventando definitivamente a Altig a Gimondi y a Poulidor. Tan sólo Roger Pingeon aguantaba a una cierta distancia entre los gallos, pero claudicaría en la siguiente jornada subiendo el Col de la Madeleine. Pingeon osó atacar al Caníbal que, una vez cogida la rueda del francés, decidió dar el golpe definitivo.

Y así llegaríamos a la famosa etapa de Mourenx. Al culmen del canibalismo. Con Merckx primero y con Pingeon, Poulidor y Gimondi peleando por el pódium a unos 10 minutos de distancia. Y así, en esa inmejorable posición, Eddy Merckx decidió atacar en el Tourmalet y marcharse en solitario con 145 kilómetros de carretera por delante.

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Pingeon (i), Gimondi y Merckx (d)

La etapa de Mourenx es el ejemplo indiscutible de dominio deportivo total. Merckx ganó el Tour con casi 18 minutos sobre el segundo clasificado. El décimo clasificado, Jan Janssen, vencedor en la edición del año anterior, acabó a casi una hora. Merckx ganó siete etapas, incluida la contrarreloj final donde llegó a golpearse con una valla incapaz de ser conservador y controlar sus instintos. Venció también en la clasificación de la montaña, en la combinada, por equipos y la clasificación por puntos (jugándose el tipo en los sprints de la penúltima etapa para arrebatarle el maillot a Cyrille Guimard, un consumado esprínter). Aun no existía la clasificación de los jóvenes, sino también la habría ganado. Nunca antes y nunca después (y sí, en este caso se puede decir con certeza nunca después) se repetirá nada igual.

El Caníbal subió al pódium del Tour el mismo día que el hombre pisó la luna. Merckx fue entrevistado por la televisión belga al mismo tiempo que Neil Armstrong correteaba por el espacio. Mientras la gente alucinaba con el alunizaje, Merckx parloteaba sobre su hazaña lunática en el Tour.

Una analogía perfecta.

“Mourenx fue de una extravagancia tal que es complicado encontrarle paralelismo en otros deportes. Imaginen a George Best poniendo un 4-0 a favor del Manchester United en la final de la Copa de Europa para después decirle a la mitad del equipo que saliera del campo y aun así marcar otros dos goles. O a Juan Manuel Fangio doblando dos veces a los demás pilotos en Mónaco a mitad de gran premio y después seguir tirando en vez de controlar el ritmo. O a Mohammed Ali ofreciéndose a repetir una pelea en la selva con una mano atada a la espalda”. William Fotheringham sobre la hazaña de Merckx.

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El nacimiento del Caníbal (1ª parte)

Si Eddy Merckx ha pasado a la historia como el más grande de una forma rotunda e indiscutible que no tiene parangón en prácticamente cualquier deporte, lo es, además de por sus victorias, porque su imagen está asociada a un clima dantesco. Pocos deportes como el ciclismo están tan condicionados por la climatología. Ninguno cuenta con sus continuos destellos de épica.

Muchas de las hazañas de Merckx ocurrieron empapadas de lluvia o bañadas de nieve. Era su comportamiento sobrehumano en esas condiciones lo que lo hacía parecer inmortal. Merckx era conocido por sus descensos a tumba abierta en los que se quitaba el impermeable mientras sus rivales tiritaban. Además, a diferencia de las estrellas contemporáneas, Merckx no centraba su calendario en el verano, competía a pleno rendimiento durante todas las estaciones. Muchas de sus victorias ocurrieron al inicio de la primavera, en otoño y hasta en invierno. Son menos las imágenes en movimiento pero innumerables las fotografías de Merckx golpeado por el granizo, sin guantes en medio de la nieve o esperando al coche de equipo bajo una espesa lluvia sin calentadores ni cubre botas.

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Inhumano

Uno de esos días, durante el Giro de 1968, Merckx puso las bases de un dominio físico y psicológico que acabó con sus rivales durante cerca de una década. Aquella jornada lluviosa, fría y nevada, en el que la hipotermia llevaría el cuerpo y la mente al límite, el Giro terminaba en las Tres Cimas de Lavaredo, una fastuosa ascensión que finaliza a 2.300 metros de altitud. Allí, besando el cielo, emergen imperiales tres rocas que como tres dedos esperan al visitante antes de cruzar los Dolomitas y dejar Italia para invadir Austria.

Hasta entonces el joven Merckx se había centrado en las clásicas y en las carreras de una semana. Como buen belga era un enamorado de las pruebas de un día donde atacaba sin piedad, sin contener las fuerzas y amasaba un desarrollo brutal para dejar atrás a sus rivales. Con una capacidad de sacrificio inusual, una pedalada excepcional para el llano y un pico de velocidad más que aceptable, dichas carreras parecían ideales para Merckx. Pero en 1968 Eddy fichó por el Faema, un equipo patrocinado por una casa de pequeños electrodomésticos italianos. La orden fue clara; había que correr el Giro de Italia. Tocaba probarse en una carrera de tres semanas.

La etapa de Lavaredo era la 12º del Giro. Lideraba Michelle Dancelli, que no contaba para la general, y los favoritos estaban a unos dos minutos de distancia. Éstos eran Merckx, el español Julio Jiménez y los dos últimos vencedores del Giro, los italianos Gianni Motta y Felice Gimondi, el cual era, con diferencia, la ‘prima donna’ de la carrera ya que contaba en su palmarés con Tour, Giro y Vuelta.

Llovió desde la salida, agua que con la altura se transformaba en nieve. Era un ‘tappone’. A falta de la ascensión final un grupo de seis escapados tenía nueve minutos de ventaja sobre el pelotón. Fue entonces cuando Merckx tiró de desarrollo y desoyendo los consejos de su director de equipo atacó a pie de puerto. La sacudida fue colosal y tan sólo Gimondi aguantó durante escasos 400 metros semejante desarrollo.

Lo que los contemporáneos cuentan de lo que allí sucedió quedó para la historia del ciclismo. Merckx fue abriéndose camino bajo el aguanieve machacando uno a uno a todos los ciclistas de la escapada. En los apenas siete kilómetros que dura la ascensión consiguió enjuagar una renta de nueve minutos. Algo sanguinario. La imagen de Merckx de manga corta, y apenas visible bajo los copos de nieve, mientras el público aguarda en las cunetas con gorros, impermeables y gruesos guantes, queda para la posteridad. Merckx cruzó la línea de meta y cayó redondo antes de que varias personas acudiesen a taparlo con una manta.

Motta y Jiménez se dejaron cuatro minutos y Gimondi, desfondado, llegó a casi seis. Eran diferencias inconcebibles para tan escaso kilometraje. “Coppi ha resucitado”, escribiría la prensa italiana al día siguiente. Fue el primer triunfo de un belga en el Giro y la confirmación y la comprensión de que Eddy Merckx podría correr una prueba de tres semanas. En Lavaredo Merckx perdió el miedo a las montañas. Se dio cuenta de que, si bien no era un as en las ascensiones, si conseguía poner tierra de por medio ningún otro ciclista era capaz de mantener su ritmo durante tanto tiempo. Como Hinault o como Induráin (aunque éste nunca lo puso en práctica en las clásicas) aprendió que el esfuerzo de neutralizar a un escalador en una montaña no era mucho mayor que el que tenía que afrontar en el llano. Todo consistía en poner un ritmo brutal y nadie podría atraparlo.

—SAVONA AFFAIRE—

Tras la victoria del año anterior, Eddy Merckx repitió exhibición en el Giro de 1969. A la altura de la 15ª etapa Merckx contaba con dos minutos de ventaja sobre Gimondi y sumaba cuatro etapas en el zurrón. Pocos dudaban de la victoria del belga.

Fue entonces cuando, en una etapa intrascendente en Savona, el director del Giro y un par de periodistas de la RAI entraron en su habitación sin previo aviso.

Había dado positivo en fencafamina. Así, a quemarropa. Sin paños calientes. Y la televisión lo estaba dando en riguroso directo.

La humillación fue total. El golpe sistémico.

LAS BATALLITAS DEL ABUELO XABIER
Vergüenza en riguroso directo

La fencafamina un estimulante que podía comprarse en cualquier farmacia, pero que acababa de ser prohibido en el deporte profesional. Un par de años antes Tom Simpson había caído al suelo mientras ascendía el Mont Ventoux durante el Tour de Francia falleciendo en el acto. De su bolsillo se desprendió un bote con anfetaminas y lo que todos sabían se convirtió en realidad. Fue el inicio de unos muy rudimentarios controles antidopaje.

El positivo de Merckx, que pasaría a ser conocido como ‘Savona affaire’, sigue siendo uno de los grandes misterios del ciclismo. Para empezar no se hizo contraanálisis alguno. El bote con la segunda muestra de orina se perdió misteriosamente en el mismo instante en el que la prensa salió de la habitación de Merckx. Por otro lado, el sistema de detención no estaba homologado. Estamos en 1969. Las muestras tendrían que haber sido analizadas en un laboratorio de Roma, el único capacitado. En su lugar se hacía en un laboratorio móvil instalado en la comisaría de policía de cada pueblo sin ningún toxicólogo que diese fe de que el tubo no hubiese sido manipulado. Por último, Merckx jamás fue avisado tal y como indican los protocolos y la irrupción en su habitación fue tan humillante como kafkiana.

Y lo más interesante. En el Giro del año anterior hasta 10 ciclistas habían dado positivo por fencafamina, incluido Felice Gimondi. Todos eran italianos. Los resultados de los controles fueron anunciados después del Giro y no hubo sanción alguna. Repito, estamos en los años 60. Aquello era lo que movía a Merckx, y a buena parte del ciclismo internacional, a pensar en la conspiración. Por entonces el Tour era más abierto, pero tanto el Giro como la Vuelta eran carreras muy cerradas y ajenas a ciclistas extranjeros. Para los conspiracionistas estaba claro que el director del Giro no quería a Merckx por segunda vez subido al primer puesto del pódium.

La tormenta mediática fue enorme y los abucheos a Gimondi en el pódium superaron a los aplausos, incluso entre los propios italianos. Aún hoy no está claro si Merckx se dopó o no. Que el proceso estuvo lleno de irregularidades es evidente, pero eso no justifica el positivo. Lo cierto es que nunca antes y nunca después Merckx volvió a dar positivo.

Merckx fue expulsado del Giro y se le acarreó una sanción de un mes sin competir. La pena que a ojos actuales se entorna ridícula era durísima para los cánones de 1969. No era tanto el hecho de no competir sino la culpabilidad. La sanción implicaba culpabilidad lo cual era deshonra para el ciclista.

La pena finalizaba de forma conveniente el día antes del inicio del Tour de Francia. Iba a ser la primera participación del as belga en la ‘Grande Boucle’.

Si es que Merckx decidía ir al Tour. Bajo un mar de lágrimas Eddy puso pie en tierra y cogió un coche a Savona. De ahí 15 horas de carretera hasta llegar a su casa de Bruselas.

Encerrado en su habitación y sumido en un profundo silencio decide no volver a montarse en bicicleta.

Nunca jamás.

¿Cambiará de idea Eddy Merckx y se animará a correr el Tour de Francia?

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El divorcio de Fausto Coppi (2ª parte)

‘Un uomo solo è al comando’. Fue el periodista Mario Ferrer el que popularizó una expresión que aún en la Italia del siglo XXI se reconoce como distintivo de Fausto Coppi. El término obedecía a las kilométricas escapadas alpinas de Coppi, que nunca fueron tan continuas como tras el fallecimiento de su hermano Serse. Porque Fausto era ‘un uomo solo’. Era un héroe trágico que buscaba la soledad. Coppi logró el doblete Giro-Tour de 1952 bajo la penumbra de la tristeza y atacando sin contemplación. Nunca la rabia de su pedaleo fue tan voraz como en su victoria sobre la carretera sin asfaltar del Pordoi en el Giro de aquel año. Si Bartali era un coronel, Coppi era un general. Nunca antes la afirmación fue tan rotunda como cuando ‘Il Campionissimo’ ganó el Tour de aquel año con media hora de ventaja sobre el segundo, incluyendo la primera victoria de etapa en un Alpe d’Huez rodeado de un río de gente. Prueba de la grandeza de Fausto es que la organización del Tour decidió incrementar el premio para el segundo a mitad de Tour a sabiendas que la victoria de Coppi era incontestable.

Además del triunfo en Alpe d’Huez, Coppi logró otra gran victoria en Sestriere. Quiso el destino que a aquel final de etapa se acercase Bruna, cosa extraña, ya que la mujer de Coppi no solía acudir a las carreras. Quien sí que solía ir era Giulia, su por entonces más que presumible amante. Lo que pasó en aquel final de etapa sólo lo saben ellos, pero lo que sí se sabe a ciencia cierta es que una vez finalizó el Tour, Coppi decidió tomarse el resto del año de asueto en compañía de su mujer y de su hija.

Esa fue la versión oficial.

La realidad es que Coppi no volvió a su casa y se pasó los siguientes meses en compañía de Giulia.

Tras la muerte de su cuñado, Bruna suplicaba a su marido que dejase de correr. Le obligaba a llevar coderas y chichonera, en una época donde la seguridad era sinónimo de falta de virilidad. Pero el abismo en el matrimonio era mucho más profundo que eso. Bruna era la hija de un tendero de provincias que no conocía mundo. Apenas veía a su marido, el cual estaba todo el año de viaje entre carrera y carrera, y tenía que deducir como se encontraba por las fotos que veía en la prensa. Bruna era la misma persona de siempre, pero Fausto había evolucionado. Cuentan que tras el triunfo del Tour de 1952, Bruna vio en los noticiarios a su marido contestando a un periodista en inglés. El impacto fue inmenso porque Bruna no sabía que Fausto dominaba idiomas. El matrimonio estaba roto.

Bruna Ciampolini (moglie di Fausto Coppi) con la figlia Marina, 1947  Fotografía de stock - Alamy
Bruna y Marina Coppi

Si ya de por si era retraído, tras la muerte de su hermano los silencios de Fausto se hicieron interminables. Giulia Locatelli era un torbellino precioso y de incomparable estilo que se podía hacer cargo de esos silencios. La familia Coppi se trasladó a Nova Liguri y se instalaron a menos de 10 kilómetros de la familia Locatelli y, ante la sorpresa general, sus respectivos callaban o ignoraban.

Todo estalló en el Giro de Italia de 1953. Aunque Coppi no lo sabía, esa iba a ser su última victoria en una grande. La cimentó tras una impresionante exhibición en el Stelvio, un coloso próximo a la frontera con Austria con una de las carreteras más hermosas que ha otorgado la ingeniería. Coppi se fue abriendo pasó entre la multitud y la nieve hasta lograr la victoria. Allí, en la línea de meta, estaba Giulia, y ambos marcharon a la habitación del campeón para celebrarlo. Apenas un mes después Coppi renunciará al Tour, pero viajará hasta Francia en una caravana para seguirlo como espectador en compañía de unos amigos…entre los que estaba Giulia Locatelli.

Giulia Occhini e Fausto Coppi, 1955 | Coppie
Giulia y Fausto

El código penal italiano, vigente hasta 1968, establecía un año de cárcel para la esposa o el esposo en caso de adulterio. En la práctica no se dictaba. Pero si, y sólo en el caso de las mujeres, el escarnio público, la ruina económica y la perdida de la custodia de los hijos. Incluso el marido cornudo podía matar a la esposa o al amante sin miedo a recibir una pena carcelaria siempre y cuando los pillara ‘in fraganti’ en el lecho conyugal.

En esa Italia Fausto Coppi también estaba manteniendo un pulso con el Vaticano. Aunque a menudo se considera a Coppi un ateo, lo cierto es que era creyente. Había sido recibido en un par de ocasiones por el Papa Pio XII, el cual era tan fanático del ciclismo que usaba símiles ciclistas en sus homilías.

Pero que Fausto Coppi, el hombre más famoso de Italia, engañara a su mujer era inconcebible. El ciclismo era un deporte misógino y era más que habitual que las estrellas pusiesen los cuernos a sus esposas, pero siempre conservando las apariencias. Todo hombre tenía que mantener a su familia. Si un famoso tenía una aventura no pasaba nada si era capaz de conservarla en secreto, y, siempre y cuando, pudiese mantener económicamente a ambas parejas. El problema para Fausto es que Giulia era la antítesis de lo que por entonces se consideraba una buena mujer. Ni era abnegada, ni era bondadosa, ni era dócil. Ni Fausto ni Giulia iban a hacer nada por mantener en secreto su aventura. Habían declarado la guerra a la Iglesia.

Aunque las revistas del corazón ya llevaban tiempo desvelando la realidad, la confirmación oficial del escándalo tuvo lugar durante el Giro de 1954. Hasta entonces Giulia llevaba a su hija Lolli, de ocho años, a las carreras como tapadera, y, mientras la pareja retozaba en la habitación del hotel, alguno de los gregarios de Coppi ejercía de canguro de la pequeña. Pero durante una etapa en los Dolomitas, Giulia Locatelli se presentó en la línea de meta con una espectacular trenca de color blanco. Al día siguiente las portadas de los periódicos obviaron a los ciclistas y dejaban para la foto principal a aquella mujer que para la posteridad iba a ser conocida como la ‘Dama Bianca’, la hechicera que había hipnotizado a Coppi. Al día siguiente se producirá un hecho inaudito, cuando la ‘Dama Bianca’ siga a Coppi durante una contrarreloj en el asiento del copiloto de su equipo. Aquello era la gota que colmó el vaso.

Un par de semanas más tarde Fausto Coppi recibirá en su casa una carta con el sello del Vaticano. En ella el Papa Pio XII le pide que se reconcilie con su familia, pero cuidándose mucho de no utilizar la palabra adulterio y siempre hablando de los rumores que salen en la prensa. Coppi tirará la carta al fuego, ganándose para la posteridad la fama de ateo, y decidirá contraatacar. Firma a Giulia como su secretaria personal y se compra una casa para vivir con su enamorada, oficialmente, su empleada. Es entonces cuando el doctor Locatelli, que o bien estaba ciego o bien era tonto, se da cuenta del affaire y decide denunciar a su mujer por adulterio.

El Vaticano publicará los archivos de Pío XII, papa durante la Segunda  Guerra Mundial
Pio XII. El Papa Pacelli

La madrugada del 8 de septiembre de 1954 los carabinieri asaltaron la casa de Coppi y arrestaron a Giulia, que pasaría los siguientes días en el calabozo. Tras pagar la fianza, se le prohibió ver a su hija y se le retiró el pasaporte, al igual que a Coppi, a la espera del juicio.

Comenzó entonces una demolición pública del personaje.

La salsa rosa del juicio era digna de las mejores producciones hollywoodienses. La ‘Dama Bianca’ fue públicamente machacada. Se le prohibió ver a su hija hasta que ésta cumpliese los 18 años, momento en el que le tendría que leer una carta admitiendo su adulterio y su abandono de la familia. El juicio, seguido minuto a minuto por los italianos a través de la radio y la prensa, daba detalles del fornicio. Peor aún. La patética comparecencia de Lolli y Marina, las hijas de los dos proscritos, dando detalles íntimos de la pareja cuando ni siquiera habían cumplido los 10 años de edad fue el acabose. Giulia (ya para siempre la ‘Dama Bianca’) quedó como una furcia y Coppi como un analfabeto que había sido engatusado. A la causa no ayudo que los dos amantes decidiesen compartir habitación de hotel durante el juicio.

Fausto Coppi y Bruna tuvieron que pedir permiso a la Iglesia para separarse. Costó lo suyo, pero lo lograron, a cambio de que Coppi mantuviese la manutención de su esposa y su hija, la cual, por cierto, prácticamente dejó de ver. En cambio, el doctor Locatelli se negó a separarse de Giulia e impidió el fin del matrimonio. Esto implicaba que cualquier hijo entre Fausto y Giulia sería legalmente del doctor Locatelli.

De este modo, la ‘Dama Bianca’ marchó a Argentina para dar a luz a Faustino, el hijo que había concebido con Fausto, porque en el país sudamericano podía inscribir como padre a Coppi a pesar de no estar casados. En el momento de dar a luz, Coppi estaba corriendo el Giro de Italia, carrera en la que, por vez primera, el Papa Pio XII se negó a dar la bendición al pelotón por estar entre los ciclistas una oveja descarriada.

Por entonces Fausto Coppi tenía 36 años y sus mejores años habían pasado. Estuvo arrastrándose unas cuantas temporadas más porque necesitaba el dinero para mantener a dos familias, pero sobre todo para soportar el alto tren de vida que mantenía con Giulia. A la ‘Dama Bianca’ se le acusó de mujer fatal, un cliché común y que denota connotaciones machistas. Lo cierto es que Coppi también disfrutaba de la buena vida y, con la ‘Dama Bianca’ o sin ella, su toque excelso de pedal había pasado a mejor vida.

Pero es indudable que Giulia disfrutaba de la fama y gustaba de ser famosa. La pareja viajaba en cruceros de lujo, compraba coches ostentosos o alquilaba hoteles enteros para que nadie los molestase. Sin embargo, otras veces Giulia llamaba a la prensa rosa para dar entrevistas y enseñar los rincones de su casa en el ‘Oggi’. Fuerte, impulsiva, impetuosa y ambiciosa, disfrutaba de los lujos y la ostentosidad. Comían en cubertería de plata, el servicio cambiaba las sábanas todos los días y estrenaba modelo a diario.

Coppi decidió centrarse en las pruebas de velódromo buscando el dinero fácil. No había lugar donde se respirase más glamour que allí. Antes de que la televisión fuese común a los hogares, el ciclismo en pista era un deporte de masas. Solo en el velódromo se podía admirar a los ases del pedal a los que apenas podías ver durante un par de segundos en la cuneta de una carretera. El champán, los buenos trajes y las buenas comidas eran habituales en las tournés invernales que Coppi y otras estrellas hacían por los velódromos europeos. Ahí es donde se veía la clase y el poderío de Guilia. El contraste con Bruna que, a pesar de tener posibles, era incapaz de comprar una prenda cara pensando en el qué dirán, era infinito.

Parecía que Fausto Coppi había recobrado la felicidad, pero todo se desvaneció a finales de 1959. Empezó a echar de menos a sus amigos del mundillo ciclista, muchos de los cuales no tragaban a la ‘Dama Bianca’. Pero el principal problema es que tenía un hijo que no era suyo (Faustino no llevaría el apellido Coppi de forma legal en Italia hasta 1978) y una hija (Marina) a la que apenas veía. Imploró a Bruna poder ver a su hija y, al cabo de un tiempo, Coppi escapaba de casa de su amante para tener relaciones esporádicas con su mujer.

Para más inri la Iglesia decidió acercarse nuevamente a Coppi tras el fallecimiento de Pio XII. Su sucesor, Juan XXIII, modernizador de la curia, usó al piadoso Bartali para acercarse a Coppi e intentar reconciliarlo con su familia. Cuando su viejo rival y el enviado del Papa fueron a hablar con Fausto, éste su hundió y cayó en un mar de lágrimas.

Así estaban las cosas cuando Coppi aceptó disputar una carrera de exhibición para las navidades de 1959 en Burkina Faso. Otros corredores como Anquetil o Riviere aprovecharon para hacer turismo con sus parejas, pero Coppi viajó solo mientras la ‘Dama Bianca’ se quedaba en Italia, un claro indicio de que algo iba mal en la relación. La mala suerte quiso que en una noche de risas entre amigos, un mosquito picase a Coppi y éste contrajese la malaria. Coppi volvió a su casa con una fuerte fiebre que, según los médicos, no era más que una gripe. Fallecería apenas 72 horas después, el 2 de enero de 1960, a los 40 años. Raphael Geminiani, un corredor francés que fue con él a Burkina Faso, se salvó de la muerte porque 48 horas antes su médico dedujo que el mal era la malaria.

Por supuesto hubo quien culpó a la ‘Dama Bianca’ de su muerte y aún hay quien lo mantiene en la actualidad. Se dice que el día anterior alguien llamó desde la casa de Geminiani para advertir de la presencia de la malaria pero que se hizo caso omiso de la llamada. Nunca se investigó. Está claro que hubo negligencia médica, pero tampoco nadie se explica como Coppi o Giulia no le contaron al médico que ‘Il Campionissimo’ había estado en Burkina Faso.

Fausto Coppi: el mito de Italia | ctxt.es
Un uomo solo

La polémica no solo se quedó ahí. Horas antes de su muerte, el obispo de Tortona se acercó a la habitación de un moribundo Coppi para darle la extremaunción. El prelado cogió la mano de Coppi y le preguntó si quería confesar sus pecados. Fausto contestó apretando las manos. Para Bruna eso significaba que volvían a ser una familia. Para Giulia no era más que una vil manipulación. Porque si, por increíble que parezca, ambas mujeres pululaban por el hospital al mismo tiempo.

Más de 50.000 personas acudieron a Castellania a un entierro que, como no, tuvo su dosis de polémica. En los pueblos italianos, como aún ocurre hoy en los españoles, es costumbre que la familia coloque en cada aldea una esquela informativa del evento. Hubo una oficial realizada por Bruna y por la madre de Coppi. También una extraoficial que encargó imprimir la ‘Dama Bianca’.

El día que Castellania lloró a Fausto Coppi
El adiós de ‘Il Campionissimo’

El entierro fue el último reflejo de cómo eran ambas mujeres. Bruna salió por la puerta de atrás de la casa familiar de los Coppi y esperó la llegada del féretro dentro de la iglesia. Giulia se puso detrás de los compañeros de equipo que portaban el ataúd y caminó detrás de ellos en soledad. Bruna se retiró discretamente al acabar el sepelio. A Giulia hubo que sacarla arrastras cuando todo el mundo ya se había ido. Antes, en medio de la misa, el cura habló de la confesión de Fausto en el hospital, momento en el que la ‘Dama Bianca’ se desmayó. O hizo que se desmayaba.

Todo esto está perfectamente documentado porque los diarios y las revistas italianas nos lo dejaron escrito para la posteridad. Décadas más tarde la RAI haría una serie sobre los hechos.

Arrasó en los medidores de audiencia.

Tras la muerte de Coppi la ‘Dama Bianca’ tardó sólo una semana en dar su primera exclusiva periodística. Pasaría los siguientes años de su vida concediendo entrevistas y buscando notoriedad. Sin embargo, hasta su muerte en 1993, 33 años más tarde, aquella mujer decidida y aparentemente fría se acercaba cada sábado a Castellania para llevar flores frescas a la tumba de Coppi. Su hija Lolli Locatelli, con la que nunca más tuvo contacto, fallecería antes que ella víctima de un cáncer.

Bruna Coppi, fiel a sí misma, volvió a la monotonía de su vida tras el fallecimiento de su marido y nunca más se supo de ella hasta su muerte en 1979 víctima de una parada cardiaca. Hubo que esperar al año 2000, en una carrera de homenaje a Coppi, para que Marina y Faustino, los dos hermanastros, se conociesen en persona.

Fausto Coppi murió joven, en el esplendor de la vida. Pero antes tuvo tiempo de convertirse en la primera estrella internacional del ciclismo. Gianni Mura, uno de los grandes periodistas deportivos de la historia, dijo de Coppi que era el mito perfecto, porque es la suma de muchos. El mito total, libre de cualquier ambigüedad, porque su influencia en la estética, en el organigrama, en el entrenamiento y en el glamour de la competición hacen que haya un antes de Coppi y un después de Coppi en la historia del ciclismo.

https://www.youtube.com/watch?v=BJ1ImeJzWwI

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El divorcio de Fausto Coppi (1ª parte)

60 años después de su muerte Fausto Coppi sigue siendo un héroe nacional en Italia. Su mito tiene vida propia. Coppi el mito. Coppi el héroe. Coppi vive. Arriba Coppi. ‘Un uomo solo è al comando’. Para muchos el más grande ciclista de todos los tiempos. ‘Il Campionissimo’, un título que algunos portaron antes, pero que ninguno llevó después. Al cruzar la recepción en el edificio ‘La Gazzetta dello Sport’ aparece su fotografía decorando la estancia. No lo hace un futbolista, ni tampoco un piloto de Ferrari. Es la instantánea de Coppi. La imagen del mejor deportista italiano del siglo XX. Todas las carreteras del norte del país están llenas de memorias de un hombre cuyo recuerdo obsesivo solo es igualado por el de Marco Pantani, otro ciclista que hizo doblete Giro-Tour y otro James Dean que falleció antes de tiempo.

Fausto Coppi era un chico sencillo criado en Castellania, una aldea del Piamonte en el noroeste de Italia. Provenía de una familia que rozaba la pobreza y que, como tantas otras, vivía de la agricultura de subsistencia. Cuando Coppi ganó su primera carrera profesional le regaló a su ‘mamma’ un frigorífico. Aquella nevera jamás conoció el tendido eléctrico. Aquel aparato era ideal para almacenar la leña.

Y es que muchos de los grandes, caso de Coppi, Hinault o Induráin, provienen del campo. El ciclismo era y es sinónimo de libertad, posibilidad de conocer mundo y, además, ganar dinero y salir de las limitaciones. Ver a hijos de herreros, albañiles, granjeros o pastores ganarse la vida a través del ciclismo era inspirador. La bici era una necesidad básica como el pan o el agua. En tiempos de Coppi el coche era un bien impensable y aún no se había creado la Vespa. La bici era status. Era glamour.

Fausto Coppi era uno de esos soñadores que querían ampliar su mundo más allá de las montañas que rodean su pueblo. Era un chico torpe, escuálido, excesivamente delgado y con nariz un tanto aguileña. Alguien acertó a compararlo con una garza, porque era mostrenco en tierra, pero ascendiendo cumbres parecía que volaba. Y es que todo lo que aparentaba en la primera impresión se desvanecía al cabo de unos segundos. Su postura, su pedaleo y el arco de su espalda eran perfectos. Lo mismo ocurría cuando se bajaba la camiseta. Siempre con gafas de sol para ocultar su timidez, tenía una clase natural al vestir y al andar. Sí, era un campesino, pero tenía porte de galán.

Fausto | Jersey de ciclismo, Ciclismo, Historia del ciclismo
‘Il Campionissimo’

Con apenas 20 años se presentó en el Giro de Italia de 1940 enrolado en el equipo Legnano. El jefe de filas era Gino Bartali, el ciclista más laureado del momento. En la segunda etapa Bartali tuvo una caída y Coppi, sorpresivamente, se convirtió en el capo de la carrera. Cuando a Fausto se le pinche una rueda ascendiendo los Dolomitas, Bartali pondrá pie en tierra para darle su bicicleta a su joven gregario. Coppi acabará convirtiéndose en el más joven vencedor del Giro de Italia mientras Bartali proclamará a los cuatro vientos que había sido un triunfo falso y que en igualdad de condiciones Coppi nunca habría sido el vencedor.

Acababa de iniciarse una de las rivalidades deportivas más enconadas de la historia que se prolongaría durante algo más de una década.

Apenas dos días después del triunfo de Coppi, Italia declaraba la guerra a Francia y Mussolini unía su destino al de Hitler al introducir a su país en la II Guerra Mundial. Coppi sería llamado a filas y enviado a Túnez, donde al cabo de un mes ya había sido hecho prisionero por los británicos. Al ser ya una celebridad tuvo un cautiverio llevadero en el que ejerció de mecánico, transportista y de voluntario de la Cruz Roja. Cuando en mayo de 1945 fue liberado se encontraba en Nápoles, a más de 800 kilómetros de su casa. Se disponía a recorrer una Italia desbastada en bicicleta, llegar a Castellania y casarse con Bruna, su novia de la adolescencia, y vivir una vida tranquila pegado al campo y a la tierra.

No fue así. Fausto tenía un hermano pequeño que se llamaba Serse. Si bien Fausto, que jamás habló de política ni de su experiencia en combate, era simpatizante izquierdista, Serse había combatido con convencimiento a favor de la causa fascista. Ninguno sabía si el otro había sobrevivido, pero el azar quiso que se encontrasen en Roma. Allí Serse se sacaba unas liras compitiendo en carreras con una vieja bicicleta y enfundado con la maglia rosa que su hermano había ganado cinco años atrás. Serse era la antítesis de Fausto. Dicharachero, optimista, ligón y decidido, convenció a Fausto para que volviese a las carreras y de inmediato se convirtió en su confidente, su psicólogo y también en su gregario más fiel.

De este modo a finales de 1945 Fausto se casaba con Bruna y con el dinero que había ganado en varias pruebas de exhibición se compraba un pequeño piso en Sestri Ponente, en los arrabales de Génova, para iniciar una nueva vida. A pesar de los años de contienda, la fama de Fausto era tal que los aficionados se encargaban de subirle la bici del rellano al cuarto piso sin ascensor donde vivía para evitar que gastase fuerzas innecesarias después del entrenamiento.

Así en 1946 el mundo ciclista se reanuda. Es el llamado Giro de la reconstrucción, que merecería artículo propio. El recorrido pasaba por todos los lugares destrozados en la guerra incluida una marcha por Trento, que entonces estaba en disputa entre Italia y Yugoslavia. Habrá manifestaciones, huelgas y muertos por el camino, antes de que Bartali se proclame campeón gracias a su regularidad y Coppi acabe segundo pero venciendo en las etapas alpinas más relevantes. Antes, en primavera, Coppi había dado una exhibición en la Milán-San Remo. Aquella había sido la primera gran prueba tras la guerra, y cuando la radiante cadencia de Coppi atreviese en solitario el túnel del Turchino, sin luz eléctrica y sin asfaltar, para dejar atrás las montañas y poner rumbo al sol de San Remo en ‘La Gazzetta dello Sport’ se escribirá que “Coppi en 24 minutos a dado luz a un túnel que llevaba 6 años en la oscuridad”.

Por entonces Coppi ya era el líder del equipo Bianchi, mientras que Bartali seguía en Legnano. Coppi se llevó a Bianchi a su hermano Serse, así como a un masajista y a un mecánico personal, algo inaudito por entonces. Coppi fue el inventor del entrenamiento centrado y sistemático. Era la clase, mientras que Bartali era la fuerza bruta. Aunque nunca fueron enemigos, ambos supieron explotar esas diferencias para crear dos personajes antagónicos que apasionaron a la prensa y a la afición italiana en un momento donde el ciclismo era el deporte de masas e Italia estaba sumida en un caos político absoluto.

Coppi era tímido y educado, pero también desconfiado y distante. Siempre lacónico hablando, siempre con silencios largos. Era frágil, pero también muy estudioso. Por su parte Bartali era duro como el mármol. Un ciclista a la antigua usanza. Comía abundantemente antes o durante las carreras y era aficionado a la vida nocturna. Coppi experimentó con una dieta vegetariana (¡en los años 40!) y obligaba a sus gregarios a que cargasen con su comida para minimizar esfuerzos. Modernizó el ciclismo con sus maillots Bianchi celeste, sus guantes a juego y sus Ray-Ban. Se preocupaba por el material en una época donde los ciclistas ejercían de mecánicos sobre la marcha. Siempre buscaba innovaciones y con su trabajo ayudó a convertir las fábricas del norte de Italia en la vanguardia del ciclismo internacional. Cuentan que una vez se levantó a medio comer de un restaurante. El dueño se acercó y le preguntó si no le gustaba la comida. “Me gusta demasiado” -contestó Coppi-, “por eso me tengo que marchar”. 

En la foto de Bartali, Coppi y el bidón resulta que tiene truco
¿Quién dio la botella de agua a quién?

Tras cerrar 1947 con el nacimiento de su hija Marina, 1948 fue un año para olvidar para Fausto Coppi. Se cayó en el Giro y no pudo correr el Tour, donde el triunfador fue Gino Bartali, que con su victoria salvó a Italia de una Guerra Civil. Pero aquel año 1948 también dejó un encuentro que marcaría el futuro de Fausto. A orillas del Adriático un médico de provincias llamado Enrico Locatelli seguía sin cesar las hazañas de Coppi. Coincidiendo con que Coppi iba a disputar una carrera cerca de su casa, Locatelli se acercó al inicio de la prueba para obtener un autógrafo de su ídolo. Junto a él, iba su esposa, una decidida y brillante morena llamada Giulia. Ésta no entendía la obsesión de su marido con el ciclismo, pero decidió ir con él. Era una mujer ambiciosa, que se sentía constreñida en el papel de ama de casa abnegada que la sociedad le demandaba, así que aceptó con gusto el proyecto de viaje. Mucho más decidida que su marido, fue ella quien asaltó a Coppi para pedirle un autógrafo. Fuese por lo que fuese, aquella mujer se sintió atraída por aquel mundillo y al cabo de unas horas compartía el fanatismo de su marido por el mundo del ciclismo.

Concretamente por la figura de Fausto Coppi.

Para 1949 Fausto Coppi iba a realizar una hazaña nunca vista. El doblete Giro-Tour. En la carrera transalpina consiguió una legendaria victoria en una de las etapas de montaña más duras de la historia. Eran 254 kilómetros con un desnivel de más de 4.000 metros pasando por cinco colosos alpinos. Coppi atacó a ¡192! Kilómetros de meta y ganó la etapa con 12 minutos sobre Bartali.

El Tour se corría por equipos nacionales, por lo que Coppi y Bartali tendrían que compartir equipo. Tuvo que intervenir Alcide de Gasperi, presidente de Italia, para que los dos egos fuesen de la partida. Al final cada uno eligió a sus gregarios y corrieron por libre. Llegaron a la etapa decisiva del Izoard prácticamente pegados y el seleccionador los obligó a trabajar en equipo, pero cuando al día siguiente en el descenso del Iseran (2.800 metros) Bartali se caiga, a Coppi le darán barra libre para marchar. Aunque Coppi sentenciaría la prueba en una contrarreloj de ¡137 kilómetros! en la que sacó 7 minutos a Bartali, aun hoy se debate en Italia si de verdad a Coppi le mandaron o no esperar a Bartali.

Aquel doblete lo convirtió en leyenda, y mucho más cuando en 1952 lo vuelva a repetir. Solo Hinault e Induráin lo han hecho en dos ocasiones, mientras que el caníbal de Merckx lo hizo en hasta tres oportunidades.

Pero antes de la gloriosa temporada de 1952, Coppi pasó el año 1950 en blanco por una fractura de clavícula que se produjo a los pocos días de comenzar una nueva edición del Giro. Pasó un par de meses hospitalizado. Entre sus visitas una de las más habituales era la del matrimonio Locatelli. Por entonces se había trabado una amistad entre seguidores e ídolo y Fausto ya contaba con ellos dentro de su círculo de confianza. Dado que el doctor Locatelli tenía que atender su consulta, las más de las veces era Giulia la que acudía al hospital, siempre acompañada de su hija o de alguna amiga que ejerciera de carabina para mantener las formas.

Era evidente que algo estaba surgiendo entre Fausto y Giulia. Al año siguiente el matrimonio Locatelli se trasladó a Novo Ligure, a menos de una hora de distancia de la residencia de los Coppi. Con la excusa de salir a entrenar, Fausto se acercaba a casa de Giulia aprovechando las ausencias de su marido. Por si fuera poco, Coppi volvió a sufrir una fuerte caída y las visitas de Giulia al hospital empezaron a tornarse en más que sospechosas. A diferencia de la tímida y humilde Bruna –la esposa de ‘Il Campionissimo’-, Giulia era una mujer decidida a comerse el mundo y que, más que atemorizada, disfrutaba con el qué dirán.

Por entonces el círculo de confianza de Coppi sabía que su matrimonio estaba a punto de romperse. Entre ellos su hermano Serse, quién era el que evitaba que la cosa fuese a mayores. Como ya comenté, Serse no sólo era su gregario más fiel, sino su confidente y el hombre que ejercía de guía y de apoyo psicológico. Con Serse de por medio, Fausto no se atrevía a dar el paso adelante.

Fue entonces cuando todo cambió. Una tarde de verano, Serse Coppi estaba disputando el Giro del Piamonte cuando en una curva introdujo el neumático de su rueda delantera en la vía del tranvía, iniciándose una caída que le llevaría a impactar la cabeza con el asfalto. A pesar del susto Serse se levantó y se marchó a su habitación del hotel para descansar. Únicamente contaba con un fuerte dolor de cabeza, pero, camino del anochecer, se dispuso a darse un baño quedando totalmente inconsciente. A pesar de que el equipo llamó a una ambulancia, Serse Coppi fallecía víctima de una hemorragia cerebral.

ROSSELLA SPINOSA: TRIBUTO A COPPI | Ikki Lab
Serse (i) y Fausto Coppi (d)

La desolación de Fausto fue brutal. No sólo había perdido a su hermano pequeño, también a su mejor amigo y guía espiritual. A los cuatro días del fallecimiento, Fausto tuvo que acudir al Tour de Francia porque le obligaron los patrocinadores. Perdió más de media hora durante la primera semana. Día tras día acumulaba sobre la bicicleta las vomitonas, los lloros y la rabia. Pero fue Gino Bartali, su gran rival, y compadre de correrías nocturnas de Serse, quien le animó a acabar el Tour para honrar la memoria de su hermano. Coppi acabaría en un digno décimo puesto y ganando una etapa de prestigio en los Alpes, pero ya nada volvería a ser lo mismo.

Todo estaba servido para que la vida de Fausto Coppi pasara a ser un infierno…

Continuará…

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París-Roubaix. Guía de viaje

En abril de 1919, cuando la guerra había terminado pero la paz aún no se había firmado, la París-Roubaix se puso en marcha como si nada hubiese pasado. Los ciclistas deambulaban por caminos de tierra llenos de cráteres y vías de tren partidas en dos. La tierra estaba sembrada de sangre y el olor a muerte se inhalaba en cada pedalada. Cuando aquellos locos llegaron al velódromo de Roubaix un periodista decidió cambiar para siempre el nombre de aquella carrera. Donde era conocida como ‘La Pascale’ (La Pascua), al celebrarse el Domingo de Resurrección, pasó a ser el ‘Enfer du nord’ (El infierno del norte).

El nombre triunfó, porque aunque los cráteres se aplanaron y los campos se sembraron, la París-Roubaix es terriblemente dura. Un verdadero infierno. ‘La clásica de las clásicas’ es distinta a los demás monumentos del ciclismo. Aunque su trazado es incluso más llano que el de la Milán San Remo, sus cerca de 60 kilómetros de adoquines sobre un recorrido de unos 260 kilómetros la hacen totalmente distinta a las demás clásicas. Es la única clásica primaveral que discurre totalmente en tierras francesas pero, en su espíritu, es la más flamenca de todas las pruebas belgas.

Aunque París está en el imaginario, lo cierto es que hace tiempo que la carrera no sale desde la vieja Lutecia. En 1896 la primera edición partió desde el Bois de Boulogne, antes coto de caza ahora pulmón verde de la megalópolis. Fue punto de inicio durante más de medio siglo hasta que los automóviles fagocitaron París y hubo que llevar la prueba más cerca de la naturaleza. En los 60 se mudó a Chantilly (la del castillo y la nata montada con vainilla) y en los 70 a la pequeña Compiégne, lugar donde sigue establecida.

Lo de salir de París fue una innovación. Donde siempre era llegar a la ciudad de la luz, pasó a ser punto de partida. Más radical fue convencer a la Iglesia de que cambiase el horario de los oficios. Los organizadores pronto descubrieron que la gente no acudía a las cunetas y si a la misa del Domingo de Resurrección. Hubo que programar misas excepcionales hasta que la secularización hizo efecto y las cunetas se llenaron sin la acción del fervor divino. Hoy la prueba se realiza el segundo domingo del mes de abril, diga lo que diga el calendario católico, y siempre y cuando la guerra, bélica o bacteriológica, no dicte lo contrario.

Decíamos que la carrera nace en Compiégne. Preciosa y coqueta villa con una plaza y un castillo fastuoso, está situada en las confluencias del Aisne y del Oise, dos ríos que dan agua al Sena y que la historia ha teñido de rojo en innumerables ocasiones. En Compiégne está el famoso vagón de la rendición. O mejor dicho, la reconstrucción de la petulancia francesa que Hitler se encargó de pisotear.

Como el Tour de Flandes, la París-Roubaix es una clásica que no recorre grandes núcleos de población sino que se adapta al terreno y lo hace suyo. Discurre por la vieja Artois, entre Picardia y Flandes. Hoy Artois es el Nord, tras una burocratización sin corazón de la République en plena ola de austeridad tras la crisis de 2008. Artois es el granero y el descanso de París, lugar de majestuosos campanarios y de melancólicas miradas. Artois es orgullo de Francia, pero también es traición. Fue borgoñona cuando la Guerra de los Cien Años y española cuando los Austrias campaban a sus anchas por medio mundo. Luis XIV la convirtió en su jardín, mas su vasta e indefendible campiña ha sido víctima de las desdichas del tiempo y de la muerte desde que Prusia giró al oeste y pasó a llamarse Alemania.

La París-Roubaix es una ruta por el corazón de la Revolución Industrial. Los campanarios y las granjas conviven en una enorme cuenca minera hoy adormecida pero antaño poderosa y gigantesca. No es verde ni azul. Gris es el color que nos acompañará durante nuestro viaje. El gris del carbón y el gris de las nubes, porque una París-Roubaix sin lluvia no es una París-Roubaix. Barro, polvo y lodazales. Esa es la Roubaix.

Es esta una región de paso para las borrascas. La humedad es constante y la condensación insoportable. Las temperaturas no son bajas, pero el frío húmedo cala en los huesos hasta dejarlos sin alma. Es más llana que la Milán San Remo y tan frugal como el Tour de Flandes, pero es la humedad lo que la hace tremebunda. La humedad, la lluvia y el pavés. El dichoso pavés.

10 imágenes que demuestran que la París-Roubaix es un verdadero infierno
Enfer du nord

Los adoquines se agarran a las piernas de los ciclistas y trepan por sus músculos disparando un estallido de dolor. Es un ejercicio de equilibrista donde se debe combinar la fuerza de la juventud con la maña de la veteranía. El pavés no es más que una calzada de adoquines. No es más, pero no es menos. Es una zona de vibración extrema donde cada pedalada descarga un trallazo en los brazos que se traslada por todo el cuerpo. La rueda no tiene donde agarrarse y el impulso de las pedaladas se diluye entre los ojuelos del pedrusco. El pavés seco genera una niebla de polvo que se inserta en los pulmones y acaba con el más fogoso de los incautos corredores. El pavés mojado convierte la estela de adoquines en una demoniaca pista de patinaje.

Y el pavés en la Roubaix es siempre mojado. Es espantosamente húmedo. La bici patina, las caídas son frecuentes. La hierba crece entre las molduras. Las carreteras no existen. Los caminos son autopistas para vacas. En la Roubaix las asociaciones de vecinos se afanan para conservar los caminos adoquinados intactos. Sin artificios, ni arreglos. La París-Roubaix es el heavy metal del ciclismo.

Son tres los puntos clave de la París-Roubaix. El primer gran muro de adoquines se encuentra a 90 kilómetros de meta. La trinchera de Arenberg es el nombre de este estallido de dolor de 2.400 metros de duración. Se encuentra en la villa minera de Wallers de donde era Jean Stablinski, campeón del mundo y de la Vuelta a España. A finales de los 60 la París-Roubaix estaba perdiendo su esencia ante el continuo asfaltado de las carreteras por la popularización del automóvil. Hubo que buscar nuevos caminos y Stablinski encontró una enorme recta a la que se entra en bajada, a todo gas, como toro en arena, para encontrarse un deforme camino de grava comprimida y adoquines desfigurados y mal colocados. Una verdadera autopista para vacas en medio de un bosque.

A 50 kilómetros de la llegada está ‘Mons en pavele’, otra trampa de 3.000 metros de longitud donde el barro se convierte en un accesorio de la cara. Es un tramo completamente llano que acaba con un giro de 90 grados a la izquierda en una inmensa explanada. Es el lugar preferido por los fanáticos de la París-Roubaix para acampar y hacer noche a la espera del gran día.

Tras dejar a un lado el precioso ayuntamiento de Valenciennes, en la única aproximación a una cuidad de toda la carrera, (Lille, motor económico de la región, quedará al oeste), el momento cumbre de la París-Roubaix está a 15 kilómetros de meta. El ‘Carrefour de L’Arbre’ es una recta de 2.000 metros a campo abierto adornada por un restaurante de estrella Michelin. A golpe de riñones y relinchar de dientes los supervivientes de la prueba encaran el acto decisivo antes de llegar a Roubaix.

Los 29 tramos claves y el recorrido de adoquín de la París-Roubaix 2019
Carrefour de L’Arbre

Es una llegada apoteósica al viejo velódromo de la ciudad. Antes de levantar los brazos hay que cumplir con la tradición y dar una vuelta y media al óvalo. Antigua ciudad textil, Roubaix hoy presume de sus edificios Art-Decó y de su gran plaza, pero es el velódromo lo que hace a esta ciudad internacional. Los valientes que completan los 260 kilómetros pasan después a las viejas duchas del estadio con cajones de granito decorados con el nombre de los ganadores de todas las ediciones.

Nunca un español ha ganado en el infierno del norte. Son los belgas, clasicómanos por definición, los grandes triunfadores de la París-Roubaix. Tom Boonen y Roger de Vlaeminck cuentan con cuatro títulos en su palmarés. Con tres hay varios ciclistas, entre ellos, como no, el más grande, Eddy Merckx. El segundo en discordia, el francés Bernard Hinault, sólo ganó una vez en el ‘Infierno del norte’ (1981). A pesar de su carácter indómito, odiaba la París-Roubaix. El primer año que la corrió se cayó en hasta siete ocasiones. Furioso por las críticas recibidas, volvió la temporada siguiente y se llevó la victoria. Tras recibir el trofeo en forma de adoquín que se le entrega al vencedor, anunció que jamás volvería a disputar la prueba. “La París-Roubaix es una mierda”, soltó el más grande de los ciclistas galos en la única clásica de primavera que nace y muere en territorio francés.

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Lance Armstrong: El fraude de un campeón (2ª parte)

Lance Armstrong es un gran campeón. De eso no hay duda. No se ganan siete Tour de Francia si no lo eres. Con EPO o sin EPO. Armstrong odiaba a todos y cada uno de sus rivales y tenía el colmillo asesino de los grandes egos. Dominaba a sus compañeros, controlaba el pelotón y era un genio de la táctica en carrera. Tan sólo mostraba respeto y temor por Jan Ullrich, el eterno segundo, la némesis necesaria que le permitía brillar.

Pero Lance Armstrong era sobre todo el adalid contra el cáncer. Tras ganar su primer Tour se convirtió en el hombre más famoso del mundo. En Estados Unidos, un país donde el ciclismo era residual, evocaba a un semidiós que se codeaba con políticos y estrellas de Hollywood. Armstrong consiguió que ser adolescente y tener cáncer pasase de ser vergonzante a convertirse en un reto motivacional.

Su lucha y su compromiso contra el cáncer ni estuvieron ni están puestos en duda, pero Lance supo usarlos como escudo contra aquellos que lo acusaban de doparse. Cuando la prensa, liderada por el irlandés David Walsh, comenzó a lanzar informaciones basadas en fuentes anónimas que aseguraban que Armstrong se dopaba, éste, con presteza, usó el cáncer en su beneficio. Lance salía a la palestra visiblemente indignado e invariablemente su discurso se parecía a un “vengo de una sentencia de muerte, ¿de verdad alguien puede creer que voy a doparme por algo tan insignificante como un deporte?”.

Se antojaba difícil luchar contra esa argumentación.

Pero se hizo. Los primeros en abandonar el barco fueron sus compañeros de equipo. Tras años cumpliendo el papel de gregarios, muchos de aquellos prometedores ciclistas estadounidenses que admiraban a Lance decidieron hacer camino por sí mismos. El primero de ellos fue Tyler Hamilton, que logró acabar a las puertas del pódium del Tour en 2003. Para la siguiente campaña contaba con alcanzar la victoria, no obstante el destino quiso que un par de meses antes de la cita francesa diese positivo. Hamilton estaba estupefacto. Y lo estaría mucho más cuando tiempo después averiguó que Armstrong alertó del fraude a Verbruggen, presidente de la UCI. Cuando el mandamás de la UCI preguntó a Lance que hacer, el texano fue tajante. Hamilton iría de cabeza al patíbulo.

Aquello rompió los cimientos del entramado. Dolidos y traicionados, sus compañeros no entendían porque Armstrong tenía barra libre mientras ellos tenían que acatar las normas.

Y es que antes de aquello, el citado Walsh había destapado el esqueleto del fraude de Armstrong gracias a la confesión de Emma O’Reilly, fisioterapeuta del US Postal, y el arrepentimiento de Frankie Andreu y Jonathan Vaughters, ex compañeros de equipo de Lance. Sin embargo, la falta de pruebas (palabra contra palabra), la aureola de santo de Armstrong (una mentira es verdad si la repites 1.000 veces) y, esencialmente, el apoyo sin fisuras de la UCI, hicieron que la causa no fuera a mayores.

David Walsh described Tom Humphries as 'a great, great man' after child sex  allegations
Walsh y el Sunday Times. Azote de Armstrong

En todo caso, y tras convertirse en el primer ciclista en superar la marca de Anquetil, Merckx, Hinault e Induráin de cinco Tours, Armstrong comenzó a pensar en la retirada para salvaguardar su honor. Por el camino lograría el sexto en 2004, el mismo año que el doctor Ferrari tuvo que pasar por los tribunales, y en 2005 el último y séptimo maillot amarillo con un nuevo equipo, tras la renuncia de US Postal que se negó a pagarle varios pluses de su contrato ante la sospecha de su reiterado dopaje.

Con dudas, con incontables dudas, Lance lo había logrado. Todo eran rumores, no había certezas. El ciclismo parecía ya un deporte limpio y una vez que el Mesías estaba fuera de la circulación ya nada hacía temer que el castillo de naipes se derrumbase.

Sin Armstrong, el Tour de Francia de 2006 iba a ser al fin el Tour de Jan Ullrich (campeón en 1997 y subcampeón en cinco ocasiones). Pero semanas antes del inicio de la prueba, la Guardia Civil destapa un entramado de dopaje bajo el nombre de ‘Operación Puerto’ liderado por un médico que obedecía al nombre de Eufemiano Fuentes. Entre sus clientes había ‘prima donnas’ como Roberto Heras, Iván Basso o el citado Ullrich. Se inició una nueva cacería y, ya sin Armstrong, el ciclismo parecía ahora herido de muerte.

En estas que el Tour se inicia sin un claro favorito y se convierte en un carrusel de desfallecimientos y actuaciones heroicas que lo vuelven el más fascinante desde finales de los 80. Y es un espíritu libre, un joven norteamericano que nunca congeniara con Armstrong, el que se lleva la victoria. Floyd Landis gana el Tour de 2006 siendo el más humano de los ganadores y reavivando la esperanza de un ciclismo limpio.

Pero Landis estaba igual de manchado que los demás y al poco de acabar el Tour dará positivo por testosterona. Lo negará, mas Landis no sabe mentir y acabará sin Tour, sancionado y con una depresión de caballo que lo llevará a refugiarse en el alcohol. En el medio de la cacería decide pedir ayuda a Armstrong obteniendo el silencio por respuesta.

Landis es una bomba de relojería. Deprimido y traicionado principia a comprender que la vara de medir es distinta para unos y para otros y empieza a arremeter contra la UCI y contra Lance Armstrong. Una vez cumplida su sanción de dos años por dopaje solicita volver al pelotón internacional pero se encuentra con la negativa de todos los equipos y con una respuesta común que le llegará a lo más fondo del corazón: “Eres radioactivo”.

Mientras todo esto sucede, limpio, pero con la credibilidad bajo mínimos, Lance Armstrong decide volver de su retiro e intentar ganar su octavo Tour de Francia en 2009 camino de los 38 años. Para demostrar su inocencia anuncia que pasará controles antidopaje a diario. Es cierto. Pero también lo es que el doctor Ferrari viajará con él etapa tras etapa en un coche privado. Con Bruyneel como director, pero con otro gallo como Alberto Contador en el equipo, se tuvo que conformar con la tercera posición. Lance no estaba contento, pero, dopado o no, esa demostración de poderío y autoridad tras tres años retirado le volvió a granjear el amor del gran público.

Entretanto Armstrong se llevaba la gloria, Landis seguía aferrado a la botella de whisky. No comprendía que si en el ciclismo funcionaba la ‘omertá’ nadie le ayudase. La mafia era un club cerrado donde a cambio de tu silencio recibías ayuda. En el ciclismo no sucedía lo mismo. Landis estaba callado, pero en vez de ayuda recibía amenazas, lo llamaban loco y tenía que cargar con las culpas de toda una generación.

Asustado, resentido y frustrado, Landis decidió pasar a la acción.

Envió un correo electrónico a la AMA con fechas, horas y detalles de una red de más de una década de dopaje. Contó sus secretos, los de Armstrong y los de todos sus compañeros del US Postal. Eran palabras. Sólo palabras. Pero o ese hombre decía la verdad o bien tenía una imaginación desbordante.

Floyd Landis monta un equipo con el dinero del cannabis y de delatar a  Armstrong | Marca.com
Landis (d) quiso morir matando

Aun sin pruebas el juez vio indicios para sentar a Armstrong en el banquillo. Lance nunca había dado positivo y nuevamente se libró de la condena, pero por vez primera algo había cambiado. Verbruggen había dejado su lugar en la UCI a Pat Mcquaid y éste había decidido drenar la ciénaga y limpiar el ciclismo. Se reunió con ex compañeros de Armstrong y les prometió la redención si confesaban. Fue así como George Hincapié, compañero de equipo, de habitación y mejor amigo de Armstrong durante quince años, decidió romper la ley de la ‘omertá’.

Puede que nunca hubiese habido un positivo. Pero no hizo falta. El mundo de Armstrong se abrió bajo sus pies.

La UCI le quitó todos sus trofeos, sus siete Tour de Francia y la medalla olímpica de 2000. Todos sus ex compañeros declararon mediante juramento que en sus victorias hubo consumo de productos dopantes. Al no existir controles fuera de la competición programaba las inyecciones para estar óptimo en carrera. Armstrong lo siguió negando, pero todos sus patrocinadores cancelaron sus contratos. Se convirtió en un paria y hasta tuvo que malvender su mansión para obtener liquidez. Con todo, el poder de la mentira y de la terquedad de Lance era tal que siguió negando la verdad por activa y por pasiva.

Armstrong contaba con que la tempestad pasaría y su vida resurgiría. Pero cierto día recibió la llamada de un directivo de ‘Livestrong’ en el que se le anunciaba que había sido expulsado de su propia fundación. Aquello le hizo hundirse. Más allá del ciclismo, su legado era la lucha contra el cáncer. Lo consideró una traición, y, por vez primera, comprendió que tal vez tendría que confesar la verdad.

Así, a inicios de 2013, tras cerca de dos décadas sosteniendo una mentira, Lance Armstrong acudía al programa de Oprah, uno de los más seguidos de Estados Unidos, para decir la verdad. Fue una dura entrevista en la que Oprah tiró a degüello con cinco preguntas de respuesta cerrada (si o no) en las que Armstrong confesó lo inconfesable. Dijo la verdad, pero apenas expresó sus sentimientos. No mostró arrepentimiento y hasta se negaba a darle la razón a quien le acusaba: “Me dopé por arrogancia y por instinto insaciable de victoria”.

https://www.youtube.com/watch?v=9SV4K1nBIwA

Siempre seremos escépticos ante Lance Armstrong, pero es evidente que fue un deportista excepcional dotado de ese colmillo competitivo exclusivo de los grandes campeones. Ha sido amado y odiado y, hoy, simplemente, es un apestado. Ha sido un líder inapropiado y un hombre aborrecible y al mismo tiempo fue un ser que utilizó el deporte para dar esperanzas a millones de personas con cáncer. De su pasado ciclista sólo mantiene relación con Jan Ullrich, el único que consiguió motivarle, otro campeón apestado y la única persona por la que se le ha visto llorar en público. Pero mientras Ullrich ha tenido que acudir a un centro psiquiátrico para espiar sus pecados, Armstrong sigue disfrutando de la vida sin ningún remordimiento. Porque, dopado o no, para él nunca habrá un ciclista que sea capaz de superarlo.

Guste o no guste, Lance Armstrong ha dejado una impronta en el ciclismo y un legado de esperanza y superación en la lucha contra el cáncer. Y ahí surge la incómoda pregunta. ¿Se le puede perdonar por todo lo que ha hecho? Este es el quid de la cuestión y el verdadero fondo del problema.

En la mayor parte de Estados Unidos y en buena parte de Europa lo tienen claro. No hay nada que lo compense. Una sociedad que no exija responsabilidades es una sociedad condenada a marchitarse. Es el liberalismo puro y duro. Vive como quieras, pero asume los riesgos y las consecuencias. Para el sur de Europa y para América Latina esto no es así. Y no lo es por el influjo del catolicismo.

Para los protestantes todo cristiano es un sacerdote en potencia, por lo que encontrará su salvación a través de un ejercicio moral intachable consigo mismo y con la sociedad. En consecuencia, todo el mundo está interesado en que le vaya bien pero también que ocurra lo mismo en su comunidad. Para los católicos la salvación pasa por seguir los preceptos de la Iglesia y el error siempre puede ser subsanado en acto de contrición.

En un mundo secularizado la religión ha perdido importancia, pero la tradición pesa en las costumbres y el cristianismo forma parte de nuestra cultura. En las sociedades protestantes las faltas morales y las corruptelas siguen siendo terribles, mientras que en las católicas suelen ser perdonadas. Por eso Armstrong aún tiene gran aceptación entre la amplia comunidad católica de Texas y Nuevo México, pero es vilipendiado en el resto de Estados Unidos.

Maquiavelo dijo que el fin justifica los medios.

Pero es que Maquiavelo era católico.

“Duermo muy bien por las noches. No cambiaría nada de lo que hice. No me arrepiento de nada. Si mi hijo, que está jugando al fútbol (americano) en la universidad, me dice que se quiere dopar le diría que no lo hiciese. Si mi hijo llega a ser profesional y me lo pregunta entonces, le diría; cuéntame y hablamos”. Lance Armstrong, en una entrevista de 2019.

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